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Ni ricos, ni pobres

En casa de don Francisco se vivía modestamente, no obstante


la dote que Lucrecia había traído el día de las bodas:
Cincuenta florines de oro, además de una propiedad en
Montespertoli. A los bienes de su mujer don Francisco añadía
otra pequeña propiedad, herencia del padre y ubicada en
Castel franco de Sopra, en el Valle del Amo, lugar de origen de
los Neri.
Con esta pequeña fortuna se hubiera podido vivir con un cierto
desahogo, si Don Francisco hubiera sido más dedicado a su
trabajo y hubiera derrochado menos dinero en la bebida, su
pasión predominante.

Mamá se va
Con todo si el dinero en la casa de don Francisco no sobraba,
sin embargo, había allí otra clase de riqueza: el amor y los
hijos. En pocos años de matrimonio, Lucrecia le había regalado
cuatro hijitos: dos varoncitos y dos niñitas. El 8 de octubre de
1520 había tenido el último, Antonio, pero poco después se fue
al cielo llevándose también al recién nacido. Felipe contaba

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entonces sólo con cinco años, su hermana Catalina, siete e
Isabel, dos. En esta situación, papá Francisco decidió darles
otra mamá y se casó con Benita Lenzi-Corazzei, una mujer
afectuosa y alegre, que substituyó muy bien a mamá Lucrecia.
"Pipo bueno"

Entre los chicos florentinos, la conducta de Pipo era tal que el


vecindario le puso el sobrenombre de "Pipo bueno", mote que
le duró por toda la vida. Las mamás de los otros chicos lo
señalaban como ejemplo de bondad para sus hijos y felicitaban
a doña Benita por las dotes cordiales de su hijito adoptivo.
El carácter agudo, vivaz y alegre de Pipo lo volvía amable a
sus compañeros, quienes se sentían a gusto a su lado y lo
consideraban como el alma del barrio. Apenas lo veían, le
gritaban a coro: "[Pipo, ven a jugar con nosotros!". "Antes -
respondía Pipo-, una visita al Smo. Sacramento, después estoy
con ustedes".
Luego de haber adorado a Jesús, vivo y verdadero en la Hostia
consagrada, se iba con sus compañeros y todo era alegría con
ellos: "¡La pelota, la pelota! -gritaba alegremente-, ¡juguemos
un partido!". El juego se animaba y todos se divertían. Al final,

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venían las felicitaciones a los vencedores con verdadero
espíritu deportivo. Pipo nunca dejó de jugar en toda su vida, ni
siquiera ya mayor cuando en Roma, con sus rapaces,
perturbaba, con los gritos de los chicos, la paz de las calles
romanas.

A ventura con final feliz


El sobrenombre de "bueno" no le impedía a Pipo combinar una
que otra travesura. El también, como muchos chicos de su
edad, sentía que le corría la sangre por las venas. Y cuando se
prestaba la ocasión, no la dejaba escapar. Un día, mientras
estaba de vacaciones en Castelfranco, vio en los corrales un
gracioso burrito. Decidió montarlo. Despacito se acercó al
animal, le acarició las largas orejas y el lomo y, sin pensarlo
mucho, le trepó de un salto. La pobre bestia, cargada ya con
dos enormes canastas de verdura a los lados, se enfadó, dio
un respingo violento y corrió enfilando por una escalinata que
daba a la calle. Como el animal no dejaba de patear, escaleras
abajo, a cierto punto perdió el equilibrio y cayó patas arriba con
todo Pipo y verduras. "¡Santo cielo! [Auxilio! ¡Auxilio!" gritó una

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vecina que presenció la escena. A los gritos, salió don
Francisco y demás familiares y vieron azorados un montón de
cosas: a Pipo debajo del asno, coronado de coles, lechugas y
cebollas. Una escena en verdad tragicómica. Afortunadamente
más cómica que trágica, gracias a Dios, pues Pipo salió ileso
del percance. Este episodio Pipo lo recordará más de un vez,
considerándolo un verdadero milagro del buen Dios, a quien
siempre le dio las gracias.

La poesía de los salmos


Pipo no era solamente "bueno", también era devoto y piadoso.
Le gustaba rezar seguido, así como conviene a todo buen
cristiano. Le encantaba, de manera especial, rezar los Salmos.
Muchas veces había oído salmodiar a los monjes dominicos en
la iglesia de San Marcos, y había quedado fascinado de esa
oración salmódica. Por lo que, con bastante frecuencia, abría la
ventana de su cuarto y se ponía a cantar. Contemplaba las
maravillas de la naturaleza y el bellísimo panorama de su
amada Florencia. Mientras salmodiaba, su hermana Isabel se
le unía en la oración.

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"Alaben al Señor, pueblos todos, todas las naciones de la tierra
denle gloria; porque grande es su amor por nosotros y su
fidelidad dura para siempre".
Los salmos son la parte más poética de la Biblia. Aunque Pipo
todavía no podía comprender plenamente todo el significado,
sin embargo le parecía que recitaba la poesía más armoniosa y
la oración más bella.

Un empujón a Catalina
Pero, un buen día, mientras Pipo e Isabel salmodiaban juntos,
Catalina, la hermana mayor, quiso turbar su oración. Pipo la
soportó por algunos minutos, luego, enfadado, la amenazó:
"Vete, Catalina, o ya verás". Dicho y hecho, con un violento
empujón la tiró al suelo. Catalina se puso a llorar. Doña Benita
y don Francisco oyeron los lamentos y fueron corriendo a ver
de qué se trataba. El padre reprendió bruscamente a su hijo:
"Pipo, ¿no te da vergüenza lo que hiciste? ¡Que no vuelva a
suceder, eh!".
Mortíficado y arrepentido, Pipo le pidió perdón a Catalina, luego
siguió salmodiando con Isabel. Después de muchos años,

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