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Intruders Slashzine | Fucked!

#4 | Índice | Ubicación original

Índice de contenidos

1. El rescate
2. La llegada
3. Plata
4. El Mercado
5. Draco (I)
6. Draco (II)
7. Draco (III)
8. El gran lobo malo (I)
9. El gran lobo malo (II)
10. El giratiempo (I)
11. El giratiempo (II)
12. Un mago cualquiera
13. El Slytherin supremo (I)
14. El Slytherin supremo (II)
15. Oro

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EL RESCATE

—Harry, ¡ven, rápido! Lo he encontrado, creo que estabas en lo cierto. ¡Tienes que venir
antes de que lleguen los demás!
—Voy para allá, Remus. Deja que coja mi capa. ¿Te has encargado ya de las
protecciones? —preguntó Harry a la cara en su chimenea.
—¡Sí! —dijo Remus, triunfante—. Deja que te dé las coordenadas exactas.
Harry corrió hacia su habitación del segundo piso, ignorando los gritos ahogados que lo
insultaban. Rápidamente sacó la capa de invisibilidad de su baúl y desapareció. Se
apareció en un túnel oscuro delimitado con puertas de celdas. Con la luz de su varita,
pudo ver a duras penas la silueta de Remus, que lo esperaba al final del túnel. El hedor
casi lo hizo vomitar; el olor de carne putrefacta, heces y orina impregnaba el aire. Había
tantas moscas zumbando entre ellos que el camino se hacía aún más oscuro.
—Por aquí, ¡date prisa! —susurró Remus a su lado. Harry corrió a través de la gruesa
capa de insectos voladores hasta llegar a pararse en frente de la última celda—. Oh,
¡joder! Ese cabrón de Greyback lo ha hecho.
Las barras pintadas de verde eran, a diferencia de las demás, de hierro. La celda era tan
pequeña que la criatura en su interior la llenaba con facilidad, pero aun así su espalda
estaba lejos de las barras. La bestia temblaba y lloriqueaba en sueños, con la cabeza
hacia la pared de piedra del fondo. Harry miró a Remus con aprensión.
—Sólo lo sabré con seguridad cuando lo mire a los ojos —murmuró Harry, mientras se
acercaba para tener una mejor vista del lobo plateado, horriblemente maloliente y cubierto
de mugre.
—Llámalo, Harry, tenemos que darnos prisa. Los aurores están en el piso de arriba
buscando supervivientes.

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—Draco. Draco, ¿eres tú? —murmuró Harry, mirando a la espalda del pobre lobo.
El lobo movió sus largas orejas y se quejó en voz alta mientras se encogía en una bola
más apretada. Su pelaje tocó las barras y el lobo aulló de dolor. Lentamente, se levantó
sobre sus patas y, aprensivo, giró la cabeza.
Harry dio un paso atrás cuando el lobo enseñó los dientes y mordió el aire en dirección a
los intrusos. Aunque él no miraba los dientes; estaba mirando los ojos del lobo. El halo de
plata era a duras penas visible alrededor de las negras y dilatadas pupilas. Pero Harry
supo que era él.
—Draco, soy Potter. No te voy a hacer daño. Ya ha terminado. Se han ido.
El lobo movió la cabeza mirando a los dos magos frente a él, y gimió.
—Sí, Draco, se han ido. Necesito sacarte de aquí antes de que los aurores te encuentren.
Te llevaré a mi casa, con tu madre. Ahora vive conmigo. ¿Quieres ir a casa, Draco?
El lobo miró los ojos de Harry, sin romper el contacto, y luego se sentó sobre las patas
traseras. Una pequeña parte de sus dientes quedó desnuda.
—Draco, te voy a lanzar un zapato viejo; es un traslador. Sólo muérdelo y saldrás de este
círculo del infierno.
Harry lanzó la vieja zapatilla; el lobo la olió, echó un último vistazo a Harry, y luego la
mordió.

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LA LLEGADA

Tanto Remus como Harry saltaron cuando escucharon unos pasos bajar por la escalera.
—Vete, Harry —ordenó Remus—. Llegaré a casa pronto. Antes tengo que ayudar a Tonks
a buscar a sus padres.
Harry asintió y se desapareció. Su llegada a su habitación fue acompañada con un fuerte
crack. Estaba mirando la puerta, así que se giró para buscar al lobo por el cuarto. La
bestia plateada estaba escondida en la esquina entre la pared y el armario.
—Draco —dijo Harry suavemente—. Está bien, sólo soy yo. Estás en mi habitación, en mi
casa. En Grimmauld Place. Tu madre me dijo que estuviste aquí una vez, cuando eras
niño.
El lobo dejó de temblar, pero no avanzó un centímetro. Harry deslizó lentamente un pie
hacia delante, alejándose rápidamente cuando el lobo gruñó, enseñando los dientes.
—Oye, no voy a hacerte daño —dijo Harry, defendiéndose. El lobo lo tenía atrapado en
una lucha de miradas—. Bien, como tú quieras. —Harry se agachó en el suelo y rompió el
contacto. El lobo no se movió, pero dejó de gruñir. Harry lo interpretó como un buen signo
y se recostó en el suelo oscuro. Miró directamente al techo, al viejo candelabro. Oyó el
nítido sonido de unas garras rozando el suelo.
Harry no se movió; a duras penas respiraba, esperando el acercamiento del lobo. Se miró
los pies cuando lo oyó olisquear. En cualquier otro momento, habría encontrado divertida
una situación en la que Draco se pusiera a olerlo pero, en forma lobuna, el rubio era un
oponente formidable. Con magia sin varita o sin ella, un mordisco en el lugar correcto
podría ser determinante. El lobo siguió inhalando. Harry se mordió el labio inferior,
tratando de no respirar el olor del animal. Era un hedor que incitaba al vómito. Había olido
cosas peores durante la guerra, pero saber que éste era el antes pulcro Draco Malfoy lo
hacía aún más desagradable.

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El lobo avanzó, subiendo por su pierna, su pecho y, finalmente, se quedó mirando a Harry,
nariz contra nariz. Levantó el labio superior, revelando un arsenal de dientes con los que
Harry tendría que lidiar si hacía un movimiento equivocado.
El humano se mordió el labio aún más fuerte, tratando de no reírse. Por alguna razón, la
situación se había vuelto cómica. Draco Malfoy finalmente tenía a Harry Potter donde lo
quería.
—Sí, Draco, eres el más feroz —dijo, sin emoción—. Si sigues con esto, no te bañaré ni te
daré de comer. Tu madre está esperando escaleras abajo, pero no creo que quieras que
te vea así.
El lobo movió la cabeza a un lado y levantó la nariz.
—La hueles, ¿verdad? Déjame levantarme, Draco y te llevaré con ella.
El lobo volvió a mirar fijamente a Harry.
—¿Quieres comida y un baño? —preguntó Harry, rezando por una respuesta positiva.
El lobo se agachó un poco más, gruñendo, y luego lamió a Harry a lo largo de la
mandíbula con su húmeda lengua. Después pareció tan sorprendido como Harry se
sentía, y salió en estampida hacia la puerta del baño.
—Eww, ¡maldito chucho! ¡Sabrá Dios dónde ha estado metida esa lengua! —dijo Harry,
levantándose.
El lobo gruñó y cerró los dientes con fuerza en dirección a Harry. Por primera vez, el
moreno sintió aprensión por lo que estaba haciendo.
—¿Qué pasa? ¡Acabas de lamerme!
El gruñido del lupino fue bajo, e hizo que se erizara el vello del brazo de Harry. El moreno
pensó en lo que había dicho, y después se echó a reír.
—Ya lo pillo, Draco. No eres un chucho cualquiera; eres sangre pura… ¿o debería decir
raza pura?
El lobo dejó de gruñir, levantando el hocico al aire y arañando la puerta.
Harry abrió la pesada puerta divisoria y dejó al lobo bajar dos tramos de escalera de
madera que lo llevaron a un descansillo. Harry torció a la izquierda y llegó a una puerta
giratoria. Pasó y la mantuvo abierta.
El lobo entró a la cocina y rápidamente hizo el camino hasta la puerta de atrás, donde se
lo quedó mirando, expectante. Harry lo siguió y le abrió.
—Tendremos que instalar una puerta para mascotas —dijo. El lobo no lo miró, pero corrió
hacia el patio descuidado de Grimmauld Place. Ésa fue la primera vez que Harry notó la
severa cojera del lobo.
Harry dejó la puerta abierta y entró en la cocina para esperar. Se lavó la cara, puso una
tetera a calentar, y miró al lobo a través de la ventana de la cocina.
—¿Entonces es cierto? —Harry saltó cuando escuchó la suave voz.
Se volvió hacia la entrada principal de la cocina y asintió ante la esbelta bruja vestida con
túnica azul semi-formal. Vio cómo la cara normalmente inexpresiva se contorsionaba
durante un momento, para componerse rápidamente.
—¿Puedo verlo?

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—Sí, Narcissa, por supuesto, sólo dame algo de tiempo con él. Está sucio y huele a
rancio. Necesito darle un baño. Déjalo mantener su dignidad.
—Es un lobo, Harry. ¿Cuánta dignidad puede tener?
—¡Narcissa! —Exclamó Harry—. Es tu hijo, y entiende todo lo que decimos.
La cara de la mujer se suavizó. No muchos habrían notado el cambio, pero Harry había
aprendido a reconocer las pistas limitadas que Narcissa Malfoy daba de sus verdaderos
sentimientos. Había llegado a Grimmauld Place ante la insistencia de Harry, la noche
después del funeral de Dumbledore. Durante los primeros meses, la relación había sido
temerosa en el mejor de los casos. Pero, con el paso del tiempo, habían aprendido a
tenerse respeto mutuo, y cuando la guerra llegó a su cenit, se convirtió en algo más. Él
esperaba que algún día se quitara las pinzas que atrapaban su largo cabello rubio, porque
le conferían un aura de austeridad.
—Ve a la sala de estar y tómate una taza de té. Lo llevaré donde estés después de que
haya comido y se haya bañado. Puede que tengas que echarle algunos encantamientos
curativos.
Los ojos azules de Narcisa soltaron un destello, que Harry interpretó como preocupación.
—No lo sé todavía, está cojeando.
—Muy bien, esperaré —dijo Narcissa mientras se daba la vuelta y salía por la puerta.
—¡Dobby! —llamó Harry.
Pop.
El fiel elfo doméstico, que había insistido en venir a Grimmauld cuando Harry se había
mudado, apareció.
—¿Harry Potter necesita a Dobby?
—Sí, Dobby, tenemos otro invitado que se quedará durante un tiempo. Es Draco. —Harry
notó que el elfo comenzaba a temblar—. Dobby, Greyback lo ha convertido en lobo. Ha
sufrido terriblemente. No sé qué querrá comer, pero me imagino que será carne fresca.
—¿Lobo? ¿Un hombre lobo como el profesor Lupin? —preguntó Dobby. Había dejado de
temblar, pero sus orejas se movieron y sus ojos aumentaron dos veces su tamaño.
—No, no, Dobby. Él es un lobo todo el tiempo, pero entiende lo que se le dice. No
sabemos exactamente cómo ha pasado, pero creo que Greyback lo mordió repetidamente
en forma humana. Está hambriento y sucio.
Dobby parecía aterrorizado.
—Dobby entiende, Harry Potter. Dobby conseguirá comida y organizará el baño para el
amo Draco-Lobo.
Harry rió.
—No estoy seguro de cómo quiere que lo llamen, Dobby, pero imagino que ‘amo Draco-
Lobo’ no sería adecuado. Te lo haré saber.
—Dobby está esperando un nombre, Harry Potter.
Pop.
Harry volvió a mirar por la ventana hacia el jardín. Sonrió cuando vio al lobo marcar los
arboles de zarza y vástago. Harry tendría que trabajar en el jardín pronto. Nunca había

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terminado con la lista de reparaciones que tenía que hacer en la casa. El lobo cojeó
mientras regresaba a la casa a través de plantas altas y secas.
Pop.
Harry se volvió para ver un gran plato de pedazos de carne fresca, un hueso y un cuenco
lleno de agua. Todos en la vajilla china más fina de los Black.
Pop.
Harry esperó a que el lobo entrara, pero no lo hizo. Continuó esperando, y finalmente
salió para verlo sentado en las escaleras. Harry se tomó un minuto para registrar qué
estaba pasando.
—Entra, Draco. —El lobo se levantó lentamente y entró en la casa. Su hocico se desplazó
en dirección a la comida puesta en el suelo, pero no se movió.
—Para ti, Draco. No estoy seguro de qué te gusta comer. Esta noche arreglaremos eso.
Adelante, come.
Harry se sentó en una de las sillas de madera en la gran mesa en la cocina, se sirvió algo
de té y cogió El Profeta. Estaba lleno de imágenes y artículos de la derrota de Voldemort
del día anterior. Querían entrevistar a Harry, pero lo había rechazado, diciendo que ya lo
haría en unos días. Quería esperar hasta que se completara la cuenta de quiénes habían
sobrevivido, muerto y salido heridos en ambos bandos. Había habido tantas batallas en
tantos frentes... Los fuertes lametazos en el agua lo sacaron de sus pensamientos, junto
con el instintivo gruñido territorial del lobo mientras devoraba los trozos de carne.
Harry bajó el periódico cuando los sonidos cesaron.
—¿Listo para limpiarte, Malfoy? —El lobo lo miró y estrechó sus ojos—. Vale, Draco
entonces. Necesitamos volver a subir. —Harry abrió la puerta lateral y habló mientras
caminaban por las escaleras—: Sé que estas cojeando, pero no puedo saber cómo de
herido estás, así que voy a poner unas cuantas pociones contra la comezón en el agua, y
relajantes musculares. Tu madre hará el diagnostico y los hechizos curativos que hagan
falta. Resultó ser una de nuestras mejores sanadoras. Ha hecho cosas increíbles este
último año, Draco, deberías estar orgulloso de ella.
Llegaron a la puerta del baño; Harry la sostuvo abierta y la cerró detrás de ellos. La
bañera estaba llena hasta la mitad, y los cubos para el agua estaban alineados cerca. El
lobo olió cada uno y luego se asomó por el borde de la tina.
—Puedo levantarte a peso o levitarte. ¿Tienes alguna preferencia? —El lobo dio un paso
hacia Harry y tocó los bolsillos traseros de éste con el hocico—. Levitación —dijo Harry
mientras sacaba la varita de su bolsillo.
Harry apuntó con la varita al lobo. La criatura, por instinto, cerró los ojos y Harry casi pudo
ver la mueca. Se preguntó qué hechizos había experimentado el lobo bajo el poder de
Voldemort.
El lobo se recostó en el agua tibia con sólo la cabeza fuera. Harry rió.
—¿Te gusta? Bien, porque vas a estar ahí un buen rato.
El lobo se levantó y sacudió su pelaje húmedo, mojando totalmente a Harry, las paredes y
el suelo con agua sucia. Después, el lupino procedió a tumbarse de nuevo.
—¡Maldita sea, Draco! Eso no era necesario.
El lobo alzó una ceja interrogante. Harry negó.

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—Está bien, voy a dejarlo pasar como un instinto lupino no intencional.
Harry vació la bañera repetidamente hasta que el agua pareció estar medio limpia, y
después vertió un par de pociones. Llenó la palma de su mano con champú y empezó a
trabajar en el pelaje. Se tomó su tiempo usando un gran cepillo para desenredar el pelo.
Ocasionalmente, el lobo gemía, pero Harry le hablaba mientras continuaba con el proceso
de arreglarlo.
—Me gustaría que pudieras contarme quién sobrevivió y quién no. Estos últimos meses
han sido horribles. Nadie podía llevar la cuenta de quiénes caían en ambos bandos. Se
combatía por toda Gran Bretaña. Por supuesto, tú ya lo sabes. Te veía a su lado de vez
en cuando. Hice que Remus y Ron también tuvieran un ojo puesto en ti.
»Severus me instó a rescatarte. Hace seis meses recibí un pedazo de pergamino casi
destrozado en la pierna de Hedwig. Lo único que decía era «Salva al lobo». Sabía que era
su letra.
La cabeza del lobo se movió, enfocando los ojos en Harry.
—No lo sé, Draco, fue lo último que supimos de él. Está en el primer puesto de la lista de
personas buscadas. No tengo un buen presentimiento, sin embargo; él estaría con
nosotros ahora mismo, sé que estaría aquí.
El lobo gimió y giró la cabeza al frente.
—Ahora tengo una pregunta para ti. ¿Quieres que otros sepan de tu existencia? Por
ahora, sólo lo sabemos Remus, tu madre y yo.
El lobo bufó.
—Y Severus —murmuró—. Si no quieres que otros lo sepan, tendrás que ser cuidadoso.
Hay mucha gente entrando y saliendo de este sitio. Ésta era una casa segura —continuó
Harry, abriéndose camino a través de los enredos y lavando los meses de mugre
acumulada. Encontró unas cuantas marcas de azotes, y unos cuantos puntos sensibles.
Uno en particular, en la pata trasera izquierda, hizo que el lobo aullara de dolor. Su pierna
izquierda delantera estaba feamente cicatrizada, pero al lobo parecía no molestarle.
—Draco, ¿debemos llamarte así, o quieres otro nombre? ¿Me puedes dar una señal?
¿Qué tal un bonito aullido?
El lobo levantó la cabeza y aulló no muy suavemente.
Harry gruñó.
—¿Entonces debemos llamarte Draco?
El lobo se quedó en silencio.
—Asumo que no quieres que la gente sepa que eres tú.
El lobo alzo su hocico y dejó escapar un suave aullido.
—Está bien, entonces tendremos que darte un nombre.
Harry terminó con la última ducha y envolvió al lobo en una toalla.
—Te voy a levitar para sacarte, y luego te haré unos cuantos hechizos para secarte. —El
lobo cerró los ojos y gimió.
Aterrizó apaciblemente en la mullida alfombra, manteniendo los ojos cerrados mientras
Harry le aplicaba suavemente un hechizo para secarlo, y los abrió con lentitud cuando
Harry comenzó a reír.

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—Lo siento, Draco, pero… ah, mierda, vas a enfadarte mucho cuando te lo diga, pero
eres muy, muy suave.
—Gggrowl.
—Lo sé, pero tu pelaje es hermoso. Sólo tenemos que lavarte la cara y cepillarte los
dientes. Ahora cierra los ojos, voy a echar algo de agua tibia sobre tu cabeza.
Harry puso un cubo vacío debajo de la cabeza del lobo y luego, suavemente, echó el
agua sobre la sucia cara. Secó las largas y punteadas orejas plateadas y el hocico,
tratando de no tirar de los bigotes negros.
—Vale, ya he terminado. Puedes abrir los ojos.
El lobo bizqueó al abrirlos. Harry dejó escapar un sonido ahogado al ver los ojos plata
perforándolo.
—¿Sabes, Draco? Fueron tus ojos los que te delataron; sólo una mirada que atrapé en el
campo de batalla. Fue a principios de verano, más o menos un mes después de recibir la
nota de Severus. No sabía por qué quería que salvara al lobo. El sol se estaba poniendo,
serían alrededor de las nueve y media, el aire estaba pegajoso, y yo estaba escondido y
te vi en una colina. Caminaste hacia abajo; yo estaba entre los cuerpos de los mortífagos.
Fue la primera y única vez que te vi sin Voldemort. Estaba pensando en atraparte ahí,
pero estaba bastante débil y no estaba seguro de poder contrarrestar el ataque de un
verdadero lobo. No sabía que eras tú.
Los ojos del lobo estaban medio abiertos, un lado de su labio superior alzado mostrando
un largo diente canino que todavía necesitaba ser cepillado.
Harry se volvió a morder el labio para no reírse.
—Sí, Draco, soy consciente de que eres un lobo. Caminaste a través de los árboles
olfateando el suelo, y levantaste el hocico en el aire. Pensé que estabas tras de mí. Luego
te acercaste a los cuerpos y oliste entre ellos, hasta que llegaste al más pequeño. Lo
oliste y lamiste la piel descubierta, una mano pequeña que sostenía la varita. Miraste
hacia arriba y aullaste. Tus ojos parecían sorprendidos y tristes. Fue la misma mirada que
vi cuando te lancé el Sectusempra en el baño.
El lobo se recostó en el suelo con las patas estiradas, y miró al frente. Sólo sus orejas se
movieron mientras Harry hablaba.
—Oí un silbido, y supuse que era Voldemort. Esperaba que viniera hacia ti. Tú aullaste
una vez más. Él no se acercó, y volviste a subir la colina. Después de que los dos os
fuerais esperé unos minutos, me arrastré debajo de los cuerpos entre los que me estaba
escondiendo y caminé hacia el que estabas oliendo. Le quité la máscara; era Pansy.
Busque en su brazo y vi que no estaba marcada. Le quité la túnica de mortífago y me
desaparecí con ella de ahí. Llamé a tu madre y la limpiamos. Tu madre le devolvió el
cuerpo a la señora Parkinson. Pansy no había querido unirse. Su padre la llevó ante
Voldemort, pero ya te sabes esa parte, ¿no? Era su primera batalla. Nadie supo cómo
murió, así que se le dio un entierro apropiado. Yo lo pagué, Draco —susurró Harry—. Les
mandé el dinero con una nota firmada como H y D.
El lobo dirigió la mirada a Harry, que parpadeaba rápidamente; le temblaban ligeramente
los labios. El lobo movió la cabeza interrogativamente.
—Yo la maté, Draco. Maté a todos los que había en el campo de batalla ese día. No
sabía… —Harry dejó de hablar.

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»¡Joder! —gritó, y se tambaleó hasta el lavamanos, echándose agua fría en la cara. Se
mantuvo de espaldas al lobo—. Lo siento, normalmente no dejo que me afecte.
El lobo luchó para levantarse de la alfombrilla y caminó hacia Harry, sus uñas haciendo
ruido sobre las baldosas. Olfateó la mano del chico, y después le dio un pequeño lametón.
—Gracias —dijo Harry—. ¿Sabes?, si vas a lamer, es mejor que te laves los dientes.
Luego iremos a ver a tu madre.
El lobo abrió la boca, no muy emocionado.

Harry y el suave lobo plateado se detuieron frente a las puertas corredizas de la sala de
estar. El pelinegro llamó antes de abrirlas. Podía ver a Narcissa sentada elegantemente
en el extremo de un sofá rojo. Su varita, pociones y bálsamos estaban organizados sobre
la mesa.
—Narcissa, Draco esta aquí.
—Déjalo pasar —respondió la mujer. Sin emoción y sin volverse hacia ellos.
Harry caminó hacia el sofá, esperando que Draco lo siguiera. De nuevo, el lobo estaba
sentado en la entrada.
—Narcissa, llámalo o no entrará.
—Por todos los dioses, Draco, ven aquí. Ya.
El lobo plateado entró en la gran y oscura sala, caminando al lado de Harry y hacia su
madre sin cojear ni una vez. Harry suponía que eso le habría costado bastante dolor. El
lobo se sentó frente a su madre, sobre sus cuartos traseros, y la miró.
Narcissa le devolvió la mirada.
—Draco, creo que estás herido. ¿Podrías mostrarme dónde? —preguntó Narcisa, como si
él fuese uno de los muchos pacientes que había atendido a lo largo del último año.
El lobo levantó la pata derecha y la dejó caer sobre su rodilla.
—Ya veo, tienes una infección. ¿Algo más?
El lobo retiró la pata y movió el cuello hacia la izquierda, golpeando sus cuartos traseros
con la nariz.
—Examinaré tus huesos y músculos, ¿algo más? —El lobo miró a Harry.
—Tiene unas cuantas heridas abiertas, marcas en la espalda, y algunas más sobre el
estómago. Su pata delantera izquierda esta cicatrizada, como era de esperar. También
tiene una muela resquebrajada.
El lobo miró de nuevo a su madre. La mujer permaneció quieta, sin emoción. Si quedaba
alguna duda de que el lobo era Draco, desapareció rápidamente. El lobo ladeó la cabeza,
alzó una ceja, bajó las pestañas y gimió.
Harry pudo ver el movimiento de la espalda de Narcissa antes de que la mujer empezara
a reír, y se rió como él nunca la había visto hacerlo. Se acercó y envolvió el cuello del lobo

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con sus brazos, sosteniéndolo con fuerza. El lobo olisqueó su cuello y le lamió la oreja
varias veces.
Harry murmuró que se tenía que ir a limpiar el baño. Se fue sin que ellos lo notaran. Sabía
que estarían bien.

Índice de contenidos

12
PLATA

21 de octubre

Harry limpió el baño de pelo blanco y gotas de agua sucia que habían quedado sobre las
paredes y el suelo. Miró su propia ropa llena de manchas y entró a la ducha. Estaba en su
cuarto, vistiéndose, cuando escuchó un solo toque seguido de tres rápidos.
—Entra, Remus, ¿qué pasa? —preguntó, mientras se secaba el pelo, deseando un buen
corte.
Remus cerró la puerta de la habitación tras él, caminó hacia la cama y se sentó
rápidamente. Parecía asustado de que sus piernas no le respondieran, y miró hacia la
ventana tras las cortinas para evitar ver los horribles cortes en el pecho de Harry.
—Hicimos una búsqueda a conciencia en las mazmorras. Encontramos los restos de un
muggle, a Andromeda y a Ted Tonks. Andromeda todavía está viva, a duras penas;
tuvimos que aplicar la eutanasia a Ted.
—¿Cómo lo lleva Tonks? —preguntó Harry, sin un atisbo de emoción. Estaba tan
acostumbrado a la cuenta diaria de muertos y heridos, que ya apenas se inmutaba. Se
puso una camiseta limpia y cogió sus calcetines y zapatillas, sentándose al lado de
Remus.
—Está con su madre en San Mungo. Están preparando el cuerpo de su padre para el
funeral. Está aguantando; esperaba encontrarlos muertos a los dos.
Harry puso un brazo alrededor de los hombros de Remus. La capa marrón que llevaba
era demasiado delgada para el otoño.
—Lo siento, Remus —murmuró, con preocupación real.

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Remus giró la cabeza y miró directamente al otro. A ninguno le quedaban más lágrimas
que derramar.
—¿Algún documento, pistas…? —preguntó Harry, rompiendo la conexión. Retiró el brazo
y se puso los calcetines blancos.
—No, por ahora nada. Las habitaciones privadas de Voldemort están fuertemente
protegidas con hechizos y maldiciones. Incluso aunque esté muerto se mantienen
intactas. Unos cuantos aurores han sido heridos, nada grave. ¿Y cómo está el lobo?
Harry se puso la zapatilla derecha y comenzó a hacer el nudo.
—Está con su madre. Lo he bañado y le he lavado los dientes. Se ha dado una vuelta por
fuera y ha comido —agregó con una sonrisa.
Remus se rió por lo bajo.
—¿Está bien educado?
Harry sonrió y se puso el otro zapato.
—El lobo es Draco, Remus. Todavía tiene esa actitud de sangre pura, pero ahora además
gruñe. Su mordacidad sigue siendo la misma. Narcissa estaba un poco distante al
principio, pero cuando me fui, le echó los brazos alrededor. Tiene buen aspecto cuando
está limpio. —El chico se levantó y se abrochó los vaqueros—. Otra cosa: no quiere que
la gente sepa quién es. Le preguntaré si está bien que se lo diga a Tonks, ya que ella
andará bastante por aquí. Ahora me voy afuera a trabajar en el patio trasero. La bestia
blanca parecía ofendida por su estado.
Remus se levantó.
—¿Harry, estás bien?
Harry se volvió bruscamente.
—No, Remus. No estoy bien. Lo maté como se esperaba de mí, pero me duele el pecho
como una jodida… He visto demasiado, hemos visto demasiado. Voy a ser egoísta y dejar
que el Ministerio limpie los escombros mientras yo hago jardinería. No me acuerdo de la
última vez que hice algo tan mundano.
Remus sonrió a medias.
—Bien, hijo. Has hecho más que cualquiera, deja que ellos arreglen este desorden. Molly
y Arthur deberían pasarse por aquí pronto. Se espera que Ron regrese en un par de días,
se quiere quedar en Hogsmeade para ayudar a arreglar los comercios. Hermione y Ginny
se le han unido, y también unos cuantos más de los que estaban en Hogwarts.
Harry se recostó al lado de la puerta y sonrió.
—Hermione vale mucho. Ron es un tipo con suerte. Bill y ella se las apañaron genial con
esas defensas. No quiero ni pensar qué habría pasado si Hogwarts no hubiese sido un
refugio.
Remus se sentó en la cama, dejando que Harry dirigiera la conversación. Si el chico
quería hablar, le escucharía. Harry no solía hacerlo.
—¿Sabías que Zabini rompió su neutralidad después de la muerte de Pansy? —dijo
Remus—. Reunió a los Slytherin que no querían pelear y los escondió en las mazmorras.
Han estado viviendo ahí durante meses. Nadie lo sabía.
—¡No me digas! Joder, ¿cómo demonios lo hizo?

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Remus arqueó una ceja.
—Armarios evanescentes.
La cabeza de Harry osciló de atrás a adelante.
—Creí que habían sido destruidos.
—No, sólo bloqueados. Zabini rompió el código.
Harry se mordió el labio y negó con la cabeza, con más suavidad esta vez.
—Bueno, que me jodan. Eso es jodidamente brillante. ¿Tenemos una lista de los que
estaban ahí? Draco querrá saberlo.
Remus suspiró.
—Harry, ¿estás seguro de que Draco es de confianza? Ni siquiera sabes de qué lado
estaba.
Harry rió.
—Draco está del lado de Draco, hasta donde yo sé, pero Severus dijo que salváramos al
lobo. Si ése fue su último deseo, le haré honor.
—Echas de menos al viejo murciélago, ¿verdad? —dijo Remus. Su bigote se movió sólo
un poco.
Harry se deslizó por la pared, sus rodillas doblándose.
—Sí, Remus. Sé que vosotros dos nunca os llevasteis bien, y estoy seguro de que ambos
teníais buenas razones, pero esa pelea no es mía. El hombre estaba bajo dos Juramentos
Inquebrantables, Albus confiaba en él, y Narcissa también. No sé qué otra prueba de
lealtad podría necesitar.
Remus se acarició el bigote grisáceo. Harry sabía que su amigo estaba estudiando cómo
contestarle adecuadamente.
—Tienes razón, no era tu pelea. Dejémoslo en eso. Hay algo importante que tienes que
preguntarle a Draco antes del viernes.
Harry suspiró. Sabía lo que estaba por venir: Remus quería información. No era que él no
la quisiera, sólo que no era un buen momento. Draco necesitaba acomodarse para
entender que Harry no lo iba a herir ni a utilizar.
—Dispara —dijo, y Remus puso los ojos en blanco.
—Tú, jovencito, has pasado demasiado tiempo en las calles del Londres muggle.
Harry chasqueó la lengua.
—Tú sólo dime qué es lo que quieres saber.
—Necesitamos saber si la luna llena lo afectará de alguna forma. La próxima luna llena es
dentro de cinco días, y tenemos que saberlo. Tengo un buen cargamento de poción
matalobos que me dejó Severus, pero no quiero envenenarlo. —Harry estiró las piernas y
miró a Remus; ahora tenía toda su atención. No había pensado en la transformación.
—De hecho, Harry, si sale a la luz pública, necesitará protección para cualquier tipo de
poción. Como lobo, estará tentado de comer cosas que no debería comer. Si otros lo
reconocen como el lobo de Voldemort, lo intentarán asesinar, al menos hasta que las
cosas se calmen.

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Harry levantó la cabeza.
—Tienes razón, me haré cargo de eso y buscaré la manera de preguntarle sobre la
transformación. Consígueme la lista de los Slytherin. Draco… mierda, necesita un nombre
diferente. Llamarlo Draco en público puede ser bastante sospechoso. —Abrió la puerta,
dejando a Remus sentado en su cama, y bajó las escaleras silenciosamente.
Abrió con lentitud las puertas corredizas. Narcissa lo miró y se puso un dedo sobre los
labios. Harry entró casi de puntillas y echó un vistazo al sofá. El lobo estaba estirado, su
cabeza descansando en el regazo de su madre. Estaba roncando. Narcissa bajó la mano
y metódicamente comenzó a acariciar el pelaje.
Harry dedicó a la mujer un guiño y una débil sonrisa. Salió para empezar la tarea de
arreglar el jardín. Con la varita en mano, cortó los arbustos y suavizó las curvas. Podó los
rosales hasta la base. Con unos cuantos y bien puestos hechizos, las hojas caídas
quedaron apiladas junto a las ramas marchitas y las zarzas que amenazaban con ahogar
las plantas de valor. Un señuelo de humo se elevó desde la pila. El olor le traía paz, como
también el ver los retoños escondidos ahora floreciendo. Quitó el óxido de las sillas
blancas y el moho de la fuente de gárgolas. Limpió a conciencia el jardín, dejando sólo lo
fresco convertido en suciedad. Se preguntó si al lobo le gustaba escarbar. Tembló al
pensar en qué tendrían escondido los Black.
—Retoños —dijo una voz serena.
Harry saltó.
—Ya casi se va a acabar el tiempo para plantar retoños de primavera —dijo Narcissa
mientras observaba el jardín—. Y el acebo necesita forma. No se debe dejar que crezca
en cualquier dirección.
Harry miró a la mujer que una vez había supervisado jardines espectaculares en su propia
mansión.
—Yo trabajaré con los retoños, pero te dejo los árboles —respondió Harry mientras se
acercaba a la fuente, viendo si podía conseguir que el agua brotara.
—Ésa es probablemente una decisión sabia, señor Potter. Por cierto, mi hijo desea que se
dirijan a él con el nombre de Plata.
Harry bajó la varita.
—Plata será.
Narcissa avanzó por el camino de piedras con musgo en los bordes hasta llegar junto a
Harry. Levantó la varita y lanzó unos cuantos hechizos que él nunca había escuchado. La
fuente se movió de atrás adelante, hasta asentarse de nuevo sobre su base, y comenzó a
escupir agua llena de lodo. Unos cuantos hechizos más salieron de su varita, y un agua
totalmente cristalina emanó. Harry puso un brazo alrededor de los hombros delgados de
la mujer y le dio un apretón cariñoso.
Ella se recostó contra el hombre con cuidado. Sabía lo de su pecho, era ella a quien
acudía cuando llegaba a casa. Ella había limpiado la sangre, escuchándolo llorar mientras
las heridas malditas se cerraban, y lo escuchó llorar por su alma rota.
—Harry, quiero ir al mercado a comprar algunas cosas.
Harry la cogió con más suavidad.

16
—Ya conoces las reglas, Narcissa, tienes que ir bien cubierta y como máximo una hora.
Cuando el exterior se haya calmado, las cosas cambiarán. Es sólo que no podría soportar
perderte. —La sintió moverse, y entendió que el momento se había perdido, Narcissa no
estaba muy acostumbrada a tales muestras de cariño tan Gryffindor—. ¿Dónde está Dr…
Plata? —preguntó, mientras ella se alejaba y empezaba a darle los toques finales a la
fuente.
—Dormido. Creo que lo estará un buen rato. Atendí su pata infectada, el diente y otras
heridas. Le dolerá unos cuantos días. Las patas traseras son algo complicado, me temo
que le han pegado bastante; hay heridas nuevas y viejas. Su cadera se ha curado sola.
Deduzco que en algún momento estuvo tomando una poción para ayudarlo a sanar, pero
eso fue para una herida vieja. Para arreglarlo, necesitaremos volver a romper el hueso y
dejar que sane apropiadamente. Plata se ha negado a hacerlo inmediatamente. Seguirá
cojeando.
Harry vio el leve temblor del labio inferior de la mujer. Su corazón se rompió; eso era
suficiente para que supiera lo mucho que Narcisa sufría. La tomó del brazo y la llevó a
una silla cercana, donde ambos se sentaron. La mujer jugueteó con su bata mientras
Harry alzaba la cara al cielo. Se sentía tan bien estar fuera, solamente sentado y dejando
que los rayos del sol de otoño se deslizaran por su cara pálida. Había vivido en las
sombras mucho tiempo.
—Sigue siendo hermoso, cojo o no —dijo el chico con suavidad, dejando que la brisa
llevara sus palabras a la mujer a través del aire.
Narcissa clavó el tacón de su bota en el pedazo de musgo que quedaba.
—Quieres decir en forma de lobo, ¿no? Nunca le prestaste atención como humano.
Harry esperó, volviendo a repetir las palabras y tono en su cabeza. La mujer no lo estaba
acusando, sólo establecía los hechos. Una bandada de cuervos aterrizó en el roble
desnudo.
—Nunca lo conocí, al igual que él tampoco me conoció a mí. Creo que he echado un
pequeño vistazo del verdadero Draco a través de ti. Pero, Narcissa, él siempre fue
hermoso.
Narcissa levantó la nariz sólo un poco. Harry sabía que estaba contenta con su respuesta.
La mujer se levantó.
—Bueno, señor Potter, debería empezar con los arbustos, y usted debería encontrarnos
unos retoños.
Harry se secó los zapatos en la alfombra del porche trasero. Oía voces en el interior de la
cocina; Molly y Arthur estaban ahí. Sabía que iban a pasarse por ahí antes de regresar a
La Madriguera, ya que habían estado lejos los últimos seis meses.
Harry abrió la puerta y el olor de sidra caliente mezclada con humo de leña llegó a su
nariz. Molly y Arthur se levantaron inmediatamente, la mujer caminó hasta donde estaba
Harry, para darle un abrazo maternal y administrarle una regañina por dejar el campo de
batalla sin decirle una palabra a nadie. Hizo una mueca de dolor y agradeció que la mujer
no la hubiera visto, porque no quería herir sus sentimientos. Arthur le palmeó la espalda.
Molly se alejó, pero lo mantuvo cogido por los brazos.
—¿Estás bien, Harry? Tienes buen aspecto, pero desapareciste tan rápido que no
supimos qué pensar.
El chico sonrió y se agachó para besarla en las regordetas mejillas.

17
—Estoy bien. Sólo necesitaba estar solo. No me podía quedar, estaba cubierto de sangre,
suya y mía, y quería quitármela de encima. Vine a esta casa y no he salido desde
entonces. Aunque Narcissa quiere unos brotes de primavera, así que tal vez salga dentro
de unos días.
Harry se sentó, y le pusieron una taza de sidra caliente entre las manos.
—Tenemos de sobra en la Madriguera, Harry. Le diré a Percy que saque algunos y los
reparta.
—Eso sería maravilloso, Molly. Estaba pensando en ir a la mansión a hacer lo mismo.
Molly puso mala cara.
—Harry, no es seguro, al menos todavía no.
Harry rió mientras envolvía el vaso de sidra con la mano.
—¿Quién esperaría encontrar a Harry Potter recogiendo brotes de los jardines Malfoy?
Arthur se aclaró la garganta.
—Harry, han visto a Lucius en Gales esta mañana.
—Mierda, ¿el muy cabrón no podía quedarse escondido durante una semana? Voy a
tener que…
Todos se quedaron quietos ante el desgarrador ruido de un aullido que salía de la
habitación contigua. Harry saltó, su silla cayó al suelo, y corrió hacia la puerta de la
cocina.
—Ahora vuelvo —exclamó.
Disminuyó el paso cuando alcanzó las puertas y las abrió. Iba con miedo a lo que se
encontraría. La habitación quedó en silencio al principio; después escuchó el gimoteo del
lobo. Harry rodeó el sofá y se agachó ante la bestia durmiente. Dubitativamente, alcanzó y
acarició el cabello plateado cuando la bestia volvió a aullar y a gimotear de nuevo,
mientras temblaba y convulsionaba. Harry puso la mano entre el pelaje, viendo cómo se la
tragaba una capa blanca. Acarició al lobo lentamente.
—Está bien, Draco. Estás a salvo. No hay más pesadillas. Ahora estás a salvo. —Sus
dedos acariciaron la extensión del animal hasta llegar a la cabeza, donde lo tocó con más
fuerza—. Está bien, Draco. Está todo bien.
El lobo se calmó y abrió lentamente un ojo plateado. Harry no se movió, pero la mirada
era fiera. Retiró la mano rápidamente.
—Lo siento, Draco. Pero estabas teniendo pesadillas, y tenemos compañía. Arthur y Molly
Weasley están aquí. Eres bienvenido en la cocina, tal vez sea buena idea empezar a
presentarte.
Plata se levantó lentamente y estiró las patas traseras, abriendo la cavernosa boca para
mostrar todos sus dientes en un largo bostezo.
—¿Plata? —dijo Harry dudoso—. Tu madre me lo dijo, y me gusta. Te sienta bien. —Plata
lo miró, se separó del sofá, y empezó a ir hacia las puertas de la habitación.
—Bueno, al menos trata de actuar como un lobo, y uno al que yo le guste —dijo el chico,
mientras el lobo salía por la puerta. Éste se giró y subió el labio superior, dejando salir un
gruñido.

18
—Tal vez sería mejor que comenzáramos con la parte de comportarte como un lobo —dijo
Harry en voz alta, mientras reía interiormente.
Entró a la cocina y se sorprendió gratamente al ver a Narcissa sentada a la mesa. Muy de
tarde en tarde visitaba a los que venían a Grimmauld. Esperaba que no volvieran a la
conversación sobre Lucius mientras la mujer estuviera en la habitación.
—Ah, por Dios, Harry, ¡un lobo! —exclamó Molly. Harry podía afirmar que la mujer no
estaba segura de si era o no algo positivo.
Harry se sentó al lado de Narcissa, Plata se acercó y se sentó entre ellos. Ambos
estiraron las manos para acariciarlo y asegurarle que todo estaba bien.
Harry cogió su sidra sin decir más y miró a Molly.
—Sí, se llama Plata. Es una nueva incorporación a la casa.
—¿Es...? ¿Es ése el lobo de Voldemort? —preguntó Arthur, con aspecto preocupado.
—Sí —respondió Harry inmediatamente—. Supongo que se podría decir que me lo llevé
como souvenir. Está muy bien educado, y le ha tomado cariño a Narcissa bastante rápido.
—Harry pilló a Remus poniendo los ojos en blanco.
—Bueno, ciertamente es muy limpio —agregó Remus, y su bigote se movió un poco. La
mano de Narcissa estaba tocando los cabellos del animal.
—¿Cómo lo conseguiste? No lo vi en el campo de batalla. De hecho, no lo había visto
durante meses.
Harry odiaba mentir a su padre adoptivo, pero por ahora tenía que seguir los deseos de
Draco. Harry les sonrió a ambos.
—Cómo lo conseguí es nuestro secreto. Y no lo habíais visto antes porque tiene una
cadera dañada. —Harry no sabía realmente por qué no se lo había visto.
Arthur parecía satisfecho, pero Harry podía leer en Molly como en un libro abierto. Ella
sabía que estaba escondiéndose algo, y pronto le enviaría alguna carta a Hermione. La
chica parecía ser siempre capaz de sacarle la verdad a Harry.
—Bien, sólo tendré que guardar los huesos de la sopa de ahora en adelante —dijo,
dulcemente.
—Eso sería increíble —respondió Narcissa antes de que Harry escuchara el ronroneo que
llegaba del pecho de Plata.
—¿Entonces estáis planeando una reunión Weasley dentro de poco? —preguntó Harry,
tratando de sacar a Plata de la conversación.
Las caras tanto de Molly como de Arthur se iluminaron. Era una de las pocas familias
mágicas que no había sufrido pérdidas. Percy había sido herido gravemente durante una
redada de mortífagos en el Ministerio, pero estaba vivo. Aunque la poción crecehuesos
podía reconstruirlos, no podía reemplazar toda una pierna. Era el único de los Weasley
que estaba en La Madriguera cuando descubrieron que iban a atacar allí. Hasta donde
Harry sabía, Percy nunca dejó la casa.
—Organizaremos un picnic de Halloween y otoño para celebrarlo. Todos estáis invitados,
por supuesto. Pero primero debemos ver cuáles son las condiciones. Percy dijo que ha
hecho lo mejor que ha podido para mantener los preparativos en marcha —dijo Molly,
orgullosa.

19
Harry llevó a los Weasley hacia la puerta principal. Regresó para encontrar a sus
compañeros en el patio trasero. Corrió las cortinas amarillas y vio a Narcissa haciendo la
primera escultura con los árboles sagrados.
Plata estaba ocupado investigando la propiedad como solamente un lobo podía:
marcando los árboles. Harry estiró el cuello cuando el lobo trotó alrededor de la casa.
Escuchó a Remus reír y a Narcissa regañando a su hijo. Harry rió con fuerza, adivinando
que Plata era bueno escarbando. A saber cuánto le duraría ese pelaje blanco.
Harry se ocupó el resto del día en trabajos de la casa que hacía tiempo que no
emprendía. Para cuando la cena estuvo lista, las dos puertas para mascotas de la casa
habían sido instaladas; una en el patio trasero y otra en las puertas entre las habitaciones
de él y de Narcissa en el segundo piso.
Harry negó, y el lobo le puso una mirada lastimera cuando Narcissa trató de que Plata se
sentara con ellos a la mesa. Dobby sirvió platos de porcelana repletos de carne y agua
para que la bebiera en una esquina de la cocina. El lobo pareció quedarse contento.
Después de la cena, la conversación se trasladó a la sala de estar. Remus había estado
entrando y saliendo todo el día en busca de noticias. Narcissa se sentó en su silla, con un
tejido y tiras de varios colores. Harry se había sorprendido al principio, cuando la había
visto hacerlo sin magia. Bueno, las escenas y los resultados eran mágicos, pero sus
manos eran las que creaban estas obras de arte. Remus y Harry se sentaron a cada lado
de la mesa de ajedrez. Plata caminó hasta donde estaba su madre para que le acariciara
la cabeza, y luego fue hacia el tablero para verlos jugar. Tanto Remus como Harry notaron
que la cola del lobo se movía cuando comenzaban a hacer una jugada que podía
determinar el juego. Harry recibió un bufido de desagrado cuando perdió.
Narcissa se excusó temprano antes de irse a la cama. Harry se levantó y le dio un beso
de buenas noches, como había tomado por costumbre durante el último año. Plata no
quedó contento con el gesto y mordió el aire cercano a Harry, mientras que su madre le
regañaba rápidamente.
Remus se fue a los pocos minutos, dejando a Plata y a Harry solos en la sala de estar.
Harry cogió el libro que había dejado en la mesita contigua y comenzó a leer. Plata
caminó por la habitación y de pronto cayó sobre su almohada. Harry podía sentir los ojos
del otro penetrándolo. Finalmente bajó el libro, Tradiciones familiares mágicas.
—¿Qué pasa, Plata? ¿Quieres ir a la cama?
Las orejas del lobo se alzaron y la cola se movió.

—Bien, déjame cerrar la casa y sígueme. Tu habitación está entre la de tu madre y la mía.
Harry bajó las luces y el fuego, hizo una revisión final de las protecciones y después se
encaminó hacia allí, con Draco siguiéndolo detrás. Harry lo llevó hasta la la puerta y la
abrió. Fue obvio que Dobby la había dejado confortable, porque no sólo había una cama,
sino también otra gran almohada en el suelo con un juguete de dragón en el medio. Había
una taza de agua fresca cerca de la puerta. Plata inspeccionó la habitación, tiró el dragón
y se abrió camino hacia la cama. Circuló alrededor, escarbando unas cuantas veces, y se
arrellanó.
Harry se detuvo en la puerta.

20
—Draco, tienes permiso para ir y venir cuanto quieras. Si necesitas entrar y salir, por
favor, hazlo. He ajustado las puertas. —El lobo arqueó su ceja lobuna y bufó. Harry sabía
que a su Draco interior no le alegraba discutir con él asuntos tales como ir al baño.
—Oye, lo estoy intentando —dijo Harry. Levantó su varita y apagó las luces—. Buenas
noches, Dra... Plata.
El lobo gimió incluso antes de que cerrara la puerta. Imágenes de oscuridad pasaron por
la mente de Harry. Levantó la llama de la vela cerca de la cama
—¿Mejor?
No recibió respuesta. Sabía que Draco probablemente estaría completamente aturdido
por la reacción del lobo.
—De acuerdo, entonces —dijo Harry, y cerró la puerta.
El chico se acostó en su cama, oyendo los sonidos del Londres muggle. Escuchó el
sonido de una lata siendo pateada en la calle, y a continuación el ruido de un carro
tomando una curva demasiado rápido. No era el mejor vecindario, pero después de un
año de vivir ahí, y hacer un número modesto de cambios, se sentía como en casa, su
casa. Sabía que Sirius la odiaba, pero Harry creía que la mejor forma de honrarlo era
hacer de Grimmauld Place un lugar de refugio para otros. La casa que antes los excluía
era la que ahora los acogía. Sus dos compañeros constantes en la casa eran una extraña
pareja. Remus vivía en el tercer piso y Narcissa y Harry en el segundo. Cuando Tonks
estaba en la ciudad, se quedaba con Remus. Tener al hombre cerca era tranquilizador, su
viejo profesor y amigo de su padre le daba estabilidad a su vida. Aunque era a Narcissa a
quien de verdad atesoraba en su casa. Sabía que desde fuera nadie entendería su
relación, pero en realidad era demasiado simple: él era un hijo sin una madre, y ella era
una madre sin hijo. Harry imaginaba que su verdadera madre habría sido una mezcla de
las dos mujeres que en ese momento ocupaban ese rol: Molly Weasley y Narcissa Malfoy.
Ron y Hermione, en las escasas ocasiones en que estaban en el mismo lugar al mismo
tiempo, también se quedaban en el tercer piso. Había más habitaciones en el cuarto piso,
pero habían sido usadas sobre todo por miembros de la Orden, para desarrollar sus
planes durante la noche. Incluso Severus se había quedado ahí hasta su última misión,
seis meses antes.
Harry miró la luna. Había olvidado preguntarle a Draco sobre el efecto de la luna llena
sobre el lobo, si es que había alguno. Se estiró entre las sabanas blancas y suaves de su
gran cama. Prendió el fuego cuando su habitación empezó a enfriarse con la brisa del
otoño. Subió las mantas, otro producto de las manualidades de Narcissa. No sabía qué
pensar, solamente era su segunda noche de libertad, libertad de las profecías y de los
planes de batalla. No tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero no le importaba. Harry dejó
que las olas de cansancio lo atraparan, y se dejó llevar por sueños que ya no estarían
invadidos.
Se levantó de la cama cuando se escuchó el primer aullido. Su cuerpo entró en alerta
hasta su última célula mientras escuchaba el aullido solitario del lobo. No estaba
pensando claramente, y creyó que algo le había pasado a Remus. ¿Ya era luna llena?
Miró por la ventana, pero no estaba seguro de si la circunferencia era exacta. Los ruidos
de arañazos contra su puerta le devolvieron la razón. La abrió con un movimiento de la
mano y Plata se deslizó en la habitación. Harry cogió las gafas y despertó el fuego del que
únicamente quedaban carbones. El lobo estaba en medio de la habitación con la cola
entre las piernas.

21
—Plata —susurró—. Está bien, nadie te hará daño de nuevo. Ven aquí.
Plata se acercó con cuidado y se detuvo junto a la cama de Harry. El chico se acercó al
lobo lloroso y le acarició la cabeza.
—¿Pesadillas, Plata? Yo también tengo. Remus y tu madre me ayudan —el lobo miró
alrededor y sollozó de nuevo—. Demonios, súbete.
El lobo retrocedió unos pasos antes de acelerar y saltar en el aire, hasta situarse en
medio de la cama. Harry se quedó estupefacto, sabiendo lo mucho que había debido
dolerle.
—Buen trabajo, Plata —dijo Harry, sin pensar en lo que Draco opinaría de ese
comentario. El lobo no reaccionó, parecía estar más interesado en crear un lugar para
dormir. Plata se movió entre las mantas, dando vueltas por el mayor punto de
acumulación de éstas, y se acostó en medio de la cama. Harry volvió a dejarse engullir
por las mantas—. Está bien, Plata, pero solo por esta noche. No creo que tu lado humano
lo apruebe —dijo, mientras bajaba un poco las llamas del fuego y giraba su cabeza para
encarar a la bestia que había en su cama—. Veras, Plata, si vas a estar en aquí, al menos
tengo derecho a acariciarte —el lobo se congeló en el sitio y después se relajó, mientras
la mano de Harry le acariciaba el pelaje y hacía un rápido repaso por la cabeza—. Buen
abrigo de piel, Plata. Que pases buena noche.

Harry movió la mano y abrió la puerta instintivamente cuando escuchó el suave golpe. Era
Narcissa. Vendría a discutir las atrocidades de la guerra, los planes, o sus pacientes del
primer piso. Nunca iba a las reuniones de la Orden; Harry siempre le informaba de lo que
pasaba por las mañanas. A su cerebro le costó unos momentos recordar que ya no
estaban en guerra.
Narcissa llegó a la cama y él sintió el leve peso cuando se sentó. La mujer retiró con
suavidad el cabello de sus ojos, Harry los abrió casi con pereza y luego se giró
rápidamente para ver qué lo presionaba por la espalda. Estuvo ligeramente sorprendido
de encontrarse con un lobo durmiendo.
—No lo podía encontrar esta mañana, estaba preocupada —le susurró Narcissa.
Harry se giró y dejó caer su cabeza contra la almohada. Alcanzó sus gafas de la mesilla
de noche y se las puso.
—Tuvo pesadillas y vino a arañar la puerta —respondió suavemente—. Le dije que a su
lado humano no iba a gustarle.
Narcissa puso los ojos en blanco.
—Por el contrario, señor Potter, mi hijo habría adorado estar en su cama.
Harry se quedó sin aliento, y se sonrojó considerablemente mientras exclamaba:
—¿Qué? Quiero decir… eh… mierda, ¿en serio? Pensaba que…
Narcissa sonrió.

22
—Pensaba que andaba detrás de toda falda que había en Hogwarts. Al igual que su padre
y todo el mundo, a excepción del señor Zabini. No, Harry, Draco era… es gay.
Harry inclinó la cabeza y miró al ahora lobo que roncaba. Giró la cabeza y frunció el ceño,
mientras miraba a Narcissa.
—Bien, no hay problema, pero igualmente dudo de que a mí me quisiera. Ya
sabes, cabeza rajada, el nene Potty, mestizo —dijo, todavía susurrando.
Narcissa puso una mano en su brazo cubierto por la tela y lo apretó con suavidad.
—Se te ha olvidado chico maravilla, Héroe del Mundo Mágico...
Harry gruñó en respuesta a esos nombres, casi prefería los que lo degradaban.
—Draco no se creía esa mierda.
Ella levantó una mano y acarició al lobo.
—No, estás en lo cierto, pero sí parecía un poco obsesionado contigo.
Harry trató de reunir palabras para construir coherentemente la siguiente frase.
—Narcissa, entonces esto no está bien. Draco, bueno, demonios, no lo sé, es complicado.
—Es un lobo, Harry. Estoy segura de que se siente seguro cerca de ti. Necesita crear un
lazo con su nuevo maestro.
Harry tragó saliva.
—¿Por qué tú no?
Narcissa frunció el ceño.
—Soy su madre, sentiría una rebeldía natural. Creo que mi Draco se apegaría a alguien
poderoso, que pudiera protegerlo, y a quien él pueda proteger.
Narcissa se sentó con la espalda recta, retirando la mano de la cabellera del lobo.
—Creo que tienes una nueva mascota.
Un gruñido bajo salió desde la bestia acostada junto a él.
—Nunca consideraría a Draco, o Plata, como sea, mi mascota, ni me consideraría el
maestro de nadie. Mierda, mira a Dobby.
Narcissa enarcó una ceja.
—Bien, señor Potter, entonces diría que el lobo ha escogido bien. —La mujer se levantó
—. Voy a hacer el desayuno. Sospecho que lo veré pronto.
Mientras ella cerraba la puerta, Harry se giró y miró al lobo. «¿Qué diablos se supone que
voy a hacer con un lobo gay...? Ahora bien, un Draco humano sí que tendría potencial.»
Plata estiró sus largas patas y cerró la boca, abriendo los ojos. Su nariz se movió en el
aire y rápidamente giró la cabeza para mirar a Harry, y saltó. Harry se rió.
—Oye, no fue idea mía. Tenías algún tipo de pesadilla y viniste a arañar mi puerta.
Plata se puso de pie en la suave cama. Y se giró para mirar a Harry, gruñendo.
—Bien, demonios, Draco. Si vas a estar de mal genio, duerme solo de una puta vez.
El lobo se sentó de nuevo y comenzó a lamer su costado. El chico tuvo la sensación de
estar siendo ignorado.

23
—Oye, Plata, necesitamos discutir un par de cosas —Plata paró de lamerse y se sentó de
nuevo en la cama, con las patas hacia delante. Harry estaba feliz de haber conseguido la
atención del lobo.
—Eso está mejor. Eres bienvenido por las noches, incluso en mi cama si quieres, pero no
me gruñas —Plata no reaccionó, ni siquiera parpadeó. Harry continuó—. Tu madre tiene
la impresión de que estás creando un lazo conmigo. Lo aceptaré, pero no seré tu amo, y
tú no serás mi mascota. Te protegeré y esperaré de ti que me protejas. Cuando estemos
en público puede que necesite tratarte como si fueras mi mascota, pero tú y yo sabremos
la verdad.
Plata continúo actuando como una estatua.
—Por Merlín, Draco, dame una señal de que estás de acuerdo.
El lobo estiró su cuello y lamió la mano del chico. Harry sonrió.
—Agg, un movimiento de cola habría funcionado —dijo el chico, secándose contra el
edredón—. Hay dos cosas más que necesitamos discutir antes del desayuno. La primera
es fácil, ¿te molesta que te acaricie? Un movimiento de cola puede ser sí, y un gruñido,
no.
Harry contuvo la respiración, esperando el sonido, pero escuchó un golpe. Sonrió.
—Bien, porque cuando estás cerca es una reacción instintiva acariciarte en tu forma
actual. Eres suave. —El esperado gruñido llegó.
—La segunda es un poco más difícil. Draco, ¿te transformas con la luna llena?
Harry sonrió cuando vio que la cola se movía una vez más. Tomó aliento.
—En hombre lobo. Tenemos poción matalobos, pero Remus teme que te envenenemos.
El lobo gruñó.
—¿Nada de poción matalobos?
El lobo movió la cola. Harry negó, y Plata bufó. Harry suspiró.
—Intentémoslo otra vez. Draco, ¿te transformas?
Golpe.
—¿Necesitas la poción matalobos?
Gruñido.
—Mierda, Draco, un hombre lobo necesita…
Gruñido.
—¿Qué? ¿No te transformas en hombre lobo?
Golpe. Golpe.
—¿Entonces en qué? —preguntó, exasperado—. ¿En qué te transformas? ¿En ti? —
terminó, sarcásticamente.
Golpe, golpe, golpe.
Harry se movió hasta estar sentado.
—¿Te conviertes en humano?
Golpe, golpe, golpe.

24
El chico no pudo resistirse a acercarse y abrazar al lobo.
—Ah, Dios, Draco, me alegro tanto por ti. Te prometo que tu madre y yo haremos que
cada momento valga la pena. Mierda, ella va a estar tan…
El lobo se salió del abrazo en que el chico le tenía, saltando de la cama, yendo a arañar la
puerta y comenzando a quejarse.
Harry abrió la puerta y escuchó cómo el lobo se apresuraba a bajar las escaleras, sus
uñas golpeando el suelo a cada paso. El sentimiento de alegría subió por todo su cuerpo.
Casi no reconocía la emoción.
El chico se lavó y arregló, su mente no estaba en el mundo exterior, sino en su pequeño
mundo dentro de Grimmauld Place.
Narcissa estaba tomando lo que él suponía que era su tercera taza de café. Hacía tiempo
que había terminado su desayuno y no había dejado rastro de ello. Estaba leyendo El
Profeta. Harry sabía que dentro de poco tendría que dar una entrevista, y no tenía ganas
de que ese día llegara. Se sentó, su té y bollos esperándolo. Desde esa posición podía
leer los titulares del periódico. El Ministro Scrimgeour declara los callejones Knockturn y
Diagon siniestro total. Harry bufó; no había que ser un genio para saberlo. Las imágenes
de la última batalla se agolparon en su cabeza, finalizando con su desaparición del
infierno en que se habían convertido las estructuras en llamas.
—El mercado está apareciendo. Parece ser que será completamente funcional y podrá
abrirse para el público en un par de semanas. Estaba pensando en abrir una tienda.
Harry escupió su té.
—¿Perdón?
Bajó el periódico.
—Quiero abrir una tienda. Hablé con la promotora ayer. Creo que te caería bien. Se llama
Morrighan, pero prefiere que la llamen Morr. Muchas brujas, la mayoría como yo, tienen
una tienda. Creo que sería interesante. Lo que está claro es que no puedo vivir aquí toda
mi vida.
Harry estaba tratando de procesar la información que le estaba proporcionando Narcissa.
La última frase dañó su corazón, porque no quería que la mujer se fuera. Ninguno de ellos
había hablado sobre el futuro. Realmente nadie lo hacía, debido a la guerra. Harry tomó
su taza.
—Pero ¿y la mansión?
Narcissa le miró.
—No quiero regresar a mi antigua vida, Harry. Quiero una vida sencilla. Todavía prefiero lo
mejor que el dinero pueda comprar, pero nunca he tenido nada mío. Pasé de la casa de
mi padre a la de Lucius.
Harry asintió.
—Está bien, pero debes dejarme examinar la propiedad. Por cierto, ¿qué planeas vender?
—Velas y candelabros —respondió rápidamente la mujer—. La mansión está llena.
—Narcissa —dijo Harry, lastimeramente—. Ayer vieron a Lucius en Gales.
Ella bufó.
—Mhmmm, será bastante interesante cuando descubra que estamos divorciados.

25
—¿Le verás si él te lo pide?
—Por supuesto —respondió Narcissa, y vieron cómo el lobo entraba por la puerta trasera
—. Ya no le tengo miedo a Lucius Malfoy. Si se atreve a intentar hacerme algo, maldecirá
el día en que se casó y después abandonó a una bruja Black.
Harry rió con fuerza. Era una de las pocas personas que sabía de lo que era capaz
Narcissa Black Malfoy. Podían oír al lobo tomando agua del plato.
—¿Ha comido ya Plata?
—Sí —respondió la mujer, y miraron al lobo mientras se dirigía a la sala de estar.
Harry cogió su bollo, llenándolo de mantequilla y mermelada de frambuesa.
—Plata tiene un par de noticias interesantes para nosotros. Se transforma en luna llena —
Harry oyó a Narcissa gemir—, pero no en lobo —agregó.
Narcissa bajó el periódico, prestándole toda su atención.
—Merlín, entonces ¿en qué?
Harry susurró.
—En Draco. Se vuelve humano.
—¡No! —exclamó la mujer. Harry se maravilló con la emoción que cubrió su cara. Nunca
había visto tal expresión en ella, y le recordó a la de un niño en la mañana de Navidad.
Harry asintió.
—Sí, y le he dicho que haríamos que cada minuto valiera la pena.
Narcissa rió, sorprendiendo aún más a Harry con la expresión de su cara.
—Bueno, si conozco a mi hijo, eso querrá decir que no saldrá de tu cama.
Harry, por segunda vez, escupió el té sobre la mesa.
—¡Narcissa!
—¿Qué? Sólo he dicho lo que para mí es obvio.
Harry se retiró el cabello de las gafas, los cristales salpicados con gotas de té.
—Narcissa, no sé de dónde has sacado esa idea. No me siento cómodo hablando contigo
de ese tema.
—Harry Potter, ¿con quién lo ibas a hablar si no?
El chico se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con una servilleta de tela. Algunas
veces era más cómodo mirar el mundo como una masa borrosa..
—Si tienes que saberlo, hablé con Severus.
Narcissa frunció sus labios como lo hacía Minerva.
—Muy bien, entonces no te presionaré.
Harry sonrió.
—Narcissa, ¿qué hay del heredero Malfoy? No pareces molesta por que Draco no vaya a
procrear.
Ella recogió el periódico y siguió hasta la sección de anuncios.

26
—Realmente, Harry, ¿por qué demonios iba yo, o cualquiera, desear que la dinastía
Malfoy continuara? Sabes que amo a Draco más que a la vida misma, pero detesto los
modales que ha heredado de su padre.
Harry terminó de limpiar sus gafas y las devolvió a su nariz.
—No había pensado en eso. Únicamente asumía que querrías un nieto.
Las páginas del periódico se estremecieron.
—No, si eso significa otro aristócrata esnob orgulloso de ser Slytherin. Apuesto a que
Salazar Slytherin se revuelca en su tumba cada vez que un nuevo Malfoy pone un pie en
Hogwarts. Todos ellos creen que son el epítome de lo que es ser Slytherin. No tiene
sentido.
Harry le puso mantequilla a otro bollo.
—Está bien, Narcissa, me has pillado. ¿Qué demonios es ser Slytherin si un Malfoy no lo
es? La mayoría de los mortífagos salieron de Slytherin, por no mencionar al propio
Voldemort.
Narcissa bajó el periódico, repentinamente.
—Blaise Zabini, Prudence Parkinson, Horace Slughorn, Queenie y Daphne Greengrass,
Terence Higs, unos cuantos más.
—¿No deberías agregar Narcissa Malfoy a la suma?
Narcissa sonrió.
—Todavía no, Harry, todavía no. Todavía tengo algunas confabulaciones pendientes.
Harry cogió la taza de té.
—Narcissa, algunas veces me asustas.
Una pequeña sonrisa revoloteó en los bordes de la cara de la mujer.
—El sentimiento es mutuo, Harry Potter.

Índice de contenidos

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EL MERCADO

26 de octubre

—Es un lugar precioso, Narcissa; me gusta especialmente el piso encima de la tienda.


Los jardines son muy bonitos, parece que sea verano en mitad del otoño. Un poco de
pintura en los listones y en la valla, y será un buen establecimiento. No estoy seguro de
qué hacer con la plaga de hombres-rata, sin embargo… Todos estos edificios que han
construido los han sacado de su hábitat.
Narcissa le dirigió una sonrisa torcida.
—Estaba planteándome buscar una mascota. Hay una tienda en esta calle llamada El
Bestiario, y le he echado un ojo a un animal que creo sería perfecto para protegernos y
deshacernos de las ratas.
Harry se apoyó en la farola más cercana a la sucia valla blanca. Era la primera vez que
veía la tienda de Narcissa y el nuevo Mercado que estaban construyendo en la zona cero
del callejón Diagon.
—Tal vez debería ir a explorar un poco por el pueblo. Plata necesita un collar, una correa
y un amuleto de protección contra venenos. También quería conseguirle una varita a
Draco.
Narcissa agitó su propia varita frente al sendero de ladrillos, limpiando la mugre y las
hojas que lo cubrían.
—La mayoría de tiendas no están abiertas aún, pero hay una tienda de varitas, Sabiduría
del Bosque, y creo que esa sí. Está bajando por un pequeño callejón que llamamos El
Camino del Mago. La propietaria me recuerda a una versión joven y femenina de

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Ollivander. Por lo menos, tienen el mismo pelo escandaloso; quizá sea su nieta. Ah, y
Harry, tiene una lechuza llamada Natscha que podría ser la hermana de Hedwig.
Harry sonrió.
—Narcissa, voy a dejarte las compras a ti, yo sólo quiero echar un vistazo alrededor, y tal
vez tú podrías encargar algunas cosas para mí. Prefiero que no se me vea mucho ahora
mismo. A cambio, yo te ayudaré a mudarte con tus cosas mañana, si quieres. Sigo
creyendo que Lucius va a quedarse apopléjico cuando descubra que has quitado
mobiliario de la mansión Malfoy.
Narcissa bajó la varita, apuntando a una desafortunada babosa que resultó estar en mitad
del camino; la babosa se hinchó antes de explotar.
—Si tenemos suerte, puede que empiece a ponerse morado del enfado y reviente. Por
supuesto, estaría igual de feliz si lo hiciera sólo su polla.
Harry se mordió el labio inferior y puso una mueca de forma instintiva. Sacudió la cabeza,
intentando deshacerse de las imágenes mentales tan rápido como pudo.
—Volveré pronto —dijo, saliendo por encima de la valla y echándose sobre los hombros la
capa de invisibilidad.
El inconfundible sonido y ambiente que caracterizaban lo mágico estaban a su alrededor
cuando se paseó por la calle recién asfaltada. Caminaba por la mitad del camino para
evitar a cualquiera que estuviese dándose un paseo. Había brujas jóvenes y viejas por
todas partes, ocupadas en renovar y construir tiendas nuevas. Echaría de menos el
callejón Diagon, pero en algún lugar de su corazón se alegraba por la actitud de “volver a
empezar” que mostraban las brujas.
La primera tienda que llamó su atención fue la que supuso sería el establecimiento de los
patrocinadores; era el que parecía más acabado. El edificio recién construido tenía tres
señales en la parte frontal, y una contenía el nombre de la promotora. Rótulos
Morrighan ocupaba una esquina del edificio. Otro más pequeño, Artesanía, estaba
apretujado en medio, y al otro lado había un gran rótulo que decía La tienda de segunda
mano. Cada una de las cabeceras y señales era una obra de arte por derecho propio.
Harry se preguntó si Narcissa había encargado ya un rótulo para su tienda.
Sonrió para sí cuando vio al otro lado de la calle un cartel que decía Pequeñas
pociones. Se preguntó qué opinaría Severus del nuevo local. La curiosidad le pudo, y se
acercó para echar un vistazo mejor.
Las persianas estaban abiertas, pero aun así no veía muy claramente el interior debido a
las pesadas cortinas verde oscuro que cubrían las ventanas. La puerta era morada y
estaba decorada con lo que parecía ser un perro de acero.
Miró la tienda desde la puerta, y lo primero que vio fue una mesa baja que mostraba
pociones dentro de botellas de colores, con etiquetas como “Pelo de perro”, “Elixir para el
dolor de cabeza” y “Solución destellante”.
En el mostrador que recorría una de las paredes, había una cesta llena de tejido para
punto, con un par de calcetines y muchas agujas. Pensó inmediatamente en Molly, y se
dejó una nota mental acerca de hablarle de esta bruja. Una túnica lavanda oscuro colgaba
de un gancho detrás del mostrador, con un llamativo sombrero rosa pastel al lado.
Harry procuró ser aún más cuidadoso cuando la propietaria salió del cuarto interior, pero
sintió inmediatamente un impulso de confianza. Parecía muy suave, cálida y maternal,
con su largo vestido verde oscuro y un abrigo rojo encima. Su cabello castaño oscuro

29
estaba teñido de gris y recogido en un moño que se añadía a la ilusión de inocuidad. Se
ajustó las gafas con montura de cobre y empezó a escribir en un trozo de pergamino
sobre el mostrador.
No se veían pociones haciéndose dentro de calderos, pero se dio cuenta de que la
chimenea despedía un maravilloso aroma a sopa de pollo. Harry se sobresaltó cuando
algo olisqueó sus zapatillas. Se le paró el corazón cuando vio un cachorro que parecía
una gárgola a punto de morderle los pies. Por mucho que quisiera entrar, sabía que
debería irse. Se sintió algo triste al pensar que la bruja podría haber sido alguien que a
Severus le habría gustado conocer. Habían pasado cinco días, y seguían sin tener
noticias. Cada día llegaba más información sobre quién estaba dónde, quién había
sobrevivido y quién estaba herido. Sabía que debería haber hecho ya la entrevista para El
Profeta, pero no quería hacerlo. Remus sugirió que escribiera una carta si se oponía tan
profundamente. Harry había estado de acuerdo, y el principio de esa carta estaba en el
escritorio de su cuarto.
Se aferró con más fuerza a la capa cuando la brisa otoñal se convirtió repentinamente en
una ventolera. Casi tuvo arcadas cuando un nuevo olor inundó su nariz; olía a
excrementos animales. Tuvo un escalofrío cuando un chillido ensordecedor llenó el aire.
Se alejó de Pequeñas pociones y siguió el hedor. No tuvo que llegar lejos hasta que, al
doblar una esquina, sus sentidos se vieron asaltados por colores brillantes, una cacofonía
de sonidos, y el olor de los desperdicios animales.
Vio a una mujer con aspecto demacrado forcejear contra un hipogrifo mientras señalaba
con el dedo a un fénix, y la imagen lo hizo parpadear de asombro. El cartel decía El
bestiario, y su corazón se rompió un poco más al pensar que Hagrid habría sido un cliente
habitual. Harry respiró hondo y apartó el sentimiento de desolación a un oscuro rincón de
su alma.
La bruja pronto lo sacó de su melancolía cuando la vio apartarse un lacio mechón de
cabello de los ojos, dejando una mancha oscura sobre su mejilla. Harry quería decir algo,
pero luego se lo pensó mejor cuando ella se giró y le dio un golpe en la nariz a una…
cosa, que se parecía vagamente a un perro extraño de seis patas.
Entonces vio a una bruja joven y hermosa acercarse a la propietaria. Se acercó un poco
más para poder oír la conversación.
—Disculpe —dijo la clienta—, me preguntaba si tienen algún simurg en venta. —Harry
intentó con todas sus fuerzas recordar qué demonios era un simurg. Le vino a la mente la
imagen de un zorro con alas y plumas en la cola. En realidad eran criaturas bastante
asombrosas.
Casi descubrió su escondite riéndose en voz alta con la respuesta de la dueña.
—¡Pues claro! Tengo uno ahí ahora mismo, y… bueno, desafortunadamente está bastante
enamorado de mi quetzalcoatl ahí atrás, como puedes ver. —Tosió, murmurando “pájaros
maricones” en voz baja.
Se acordó de Plata. Sería esta noche cuando verían a Draco. El estómago se le hizo un
nudo ante la idea. La última vez que lo había visto fue en la Torre de Astronomía, en una
de las peores noches de su vida. Ahora era un lobo y, después de cinco días, Harry se
estaba encariñando bastante con él. Encontraba fácil relajarse cuando lo tenía cerca.
Estaba seguro de que Draco haría algún comentario esta noche sobre lo mucho que
Harry hablaba. Sonrió; nadie lo creería jamás, de todas formas.

30
—Me puedo llevar el quetzalcoatl también, si de verdad no pueden separarse, aunque no
sé mucho sobre esos, tendré que investigar una vez lleguemos. Ah, y ¿tienen nombres
ya?
—Se llaman Simmy y Quetie —dijo la propietaria, señalando primero al quetzacoatl y
luego al simurg.
Harry se alejó para echar un vistazo alrededor de El Bestiario mientras la propietaria
estaba ocupada. Para cuando hubo terminado su pequeño paseo, estaba seguro de que
el Ministerio de Magia pronto empezaría a multar la tienda por transgredir las normas de
cruzamiento. Esperaba que el sitio permaneciera abierto; era asombroso poder ver a
tantas criaturas mágicas en el mismo lugar.
Se dio prisa, puesto que aún quería recoger algunas cosas para Plata y Draco. Ya había
separado a ambos en su cabeza, aunque seguía teniendo problemas en tratar a Plata
como a un lobo. Se sentía mejor sabiendo que estaba cerca, y de vez en cuando era lo
suficientemente valiente como para acariciarlo.
Harry volvió sobre sus pasos hacia la tienda que se había pasado mientras iba hacia El
Bestiario. El letrero de madera que se mecía con el viento decía La Armería. Harry se rió
para sí, pensando que una armadura le habría venido bien hacía seis días. Su pecho,
aunque ya se estaba curando bajo el cuidado experto de Narcissa, seguía doliendo
cuando se movía de la forma equivocada. Las cicatrices estarían siempre ahí, más
señales malditas de Voldemort, pero al menos esta vez no estaban conectadas
directamente con ese demente.
Miró a través de la pequeña ventana incrustada en la puerta de madera, y vio una sala
alumbrada con luz de antorchas. Había acero por todas partes, colgando de las paredes y
del techo.
Había otra puerta en la parte de atrás. Harry oía martillazos claramente, pero su atención
estaba fija en un hombre alto que se acercaba a la puerta. El hombre cogió una espada
con las dos manos, casi tan alta como él mismo, y la observó mientras la sostenía entre
ellas.
Aunque había muchos objetos a la venta, Harry sabía que si necesitaba encargar algo
especial, éste sería el sitio adecuado. Le pediría a Narcissa que le encargara un duplicado
de la vaina que había usado en el duelo. Se la pasaría al Ministerio para que la
exhibieran, pero él quería la original.
Se dio la vuelta para alejarse justo a tiempo para ver a la joven bruja de El Bestiario entrar
en una tienda llamada Bibliotheca. Se encendieron las luces de la planta baja. Una
librería; Hermione estaría encantada, y le vendría bien para las vacaciones, que ya
estaban a la vuelta de la esquina.
Siguió paseando por la calle y vio una casa adosada de dos plantas. Las persianas de
madera de jabi estaban abiertas para dejar entrar la luz solar, pero la fuerza de las barras
de acero sobre el cristal de las ventanas era evidente. Harry presintió que, si se atreviera
a probar la fuerza de las barras, se encontraría alguna sorpresa desagradable.
No había picaporte en el exterior de la puerta reforzada, pero sí parecía haber una
pequeña mirilla.
Se acercó más para investigar, y vio una placa discreta en el lado izquierdo: Oropel,
purpurina y glamur. Joyería mística y mundana.

31
A la derecha de la puerta había un timbre; bajo él, una señal: Usar en caso de
emergencia durante las horas de cierre. Harry no estaba por la labor, pero sabía que ése
sería el sitio adecuado para conseguir un amuleto de protección contra venenos. Sacó
una libreta y anotó el nombre de la tienda.
Bajó un poco más y se encontró atraído por una tienda misteriosa sólo para descubrir que
parecía bastante normal. Las cortinas dejaban pasar una suave luminiscencia desde el
interior. Una señal negra colgaba sobre una puerta de ébano con el impreciso nombre
de Al otro lado del paraíso en letras plateadas. La propietaria estaba sentada fuera, sobre
un banquito junto a la puerta. Una bruja con el pelo gris alborotado se acercó. Su atuendo
le llevaba a pensar en una horrible mezcla entre una hipppie y una gitana adivina de las
antiguas películas muggles. El tintineo de las cadenas y abalorios que llevaba al cuello
sonaba casi musicalmente mientras se acercaba a la propietaria, que le sonrió y se llevó a
los labios el cigarrillo que tenía entre los dedos.
—Odio fumar cerca de la mercancía —dijo, arrastrando las palabras suavemente mientras
se colocaba un mechón de pelo tras la oreja—, pero puedes entrar sin mí.
La bruja entró, y Harry la siguió. Vaciló un momento mirando a la persona que había
levantado esta tienda. En cierto sentido, era tan misteriosa como el propio lugar. Se
arremangó los trapos que llevaba por ropa hasta el antebrazo, y Harry se dio cuenta de
que el tintineo que oía cada vez que levantaba el cigarrillo estaba provocado por los
grandes anillos de metal que colgaban de sus brazaletes. Tiró el cigarrillo al suelo y lo
pisó con la punta del zapato antes de agacharse a recoger la colilla, encogiéndose de
hombros, para tirarla en un cenicero.
Harry se apartó y dejó que la mujer lo adelantara. Dio un golpecito con los talones de sus
botas altas en el rellano para asegurarse de que no quedaba mugre en ellas, y entró a su
tienda. Se giró para mirar a la otra bruja, y le hizo una reverencia juguetona con una
sonrisa.
—Bienvenida a El otro lado del paraíso. Nos especializamos en el mejor cuero disponible
en el mercado; espero que puedas encontrar tus… placeres aquí.
Hizo un guiño insolente antes de volverse para ir tras el mostrador y permitir que Harry
viera claramente la tienda por primera vez. Se alegró de estar bajo la capa invisible, y que
nadie pudiera ver cómo se ruborizaba ante la mercancía. Sabía que era algo ingenuo en
estos asuntos, pero el lugar hizo enormemente obvio lo inocente que realmente era. Sí
que vio un collar de cuero y una cadena perfectos para Plata, sin embargo. Lo añadió a su
lista. Estaba a punto de salir cuando casi se tropezó con lo que pensó era un ratón, pero
que en realidad era la gata más pequeña que hubiera visto nunca.
Se escabulló por la puerta pero, para su consternación, el felino en miniatura lo siguió. Al
parecer, no le engañaba la magia. Harry volvió a recorrer la calle buscando un callejón
llamado El Camino del Mago. La gatita trotaba tras él, y algunas personas se quedaron
mirándola, preguntándose qué estaba haciendo. Harry se detuvo y, cuando vio que nadie
lo miraba, la cogió. Cabía perfectamente en el bolsillo de su sudadera. Vio de nuevo a la
bruja con el peinado alborotado. Recordaba que Narcissa había dicho que era la
propietaria de la tienda de varitas, así que decidió seguirla, ya que se le acababa el
tiempo. Tenía que llegar a casa pronto para prepararse para esta noche, la primera luna
llena desde la llegada de Plata.
Persiguió a la bruja de cerca y la siguió por un atajo, hasta que la vio tocar un ladrillo en
un muro; apareció una ventana, y después todo un bar. Había una bonita señal de madera

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sobre la puerta: La taberna del giratiempo. Espirituosas del pasado y el presente. También
había un cartel en la ventana:

Bienvenidos a EL GIRATIEMPO
AHORA ABIERTO:
La casa más novedosa en el Mercado
Para el Libertinaje y los Buenos Ratos
Todos los magos y brujas son bienvenidos
Por favor, cumplan las reglas

Harry estaba cuanto menos intrigado. Siguió a la bruja al interior del bar cuando ésta abrió
la puerta. Se quedó sorprendido cuando se encontró con… nada.
Todas las paredes estaban desnudas. Sólo había algunas mesas con aspecto
destartalado, sillas aquí y allá, y una barra vieja con algunos grifos oxidados. Sorprendido,
giró en un círculo, esperando encontrar algo, cualquier cosa, más prometedor. Sus ojos
dieron con otro pergamino que colgaba de una pared. Se acercó para leerlo en la tenue
luz:

LAS REGLAS DEL GIRATIEMPO.


1. Permitida la entrada a todo mago o bruja.
2. Nada de política, por favor; la guerra no existe aquí y todos son bienvenidos, más
allá de afiliaciones políticas, salvo que haya un comportamiento inadecuado.
3. Prohibidos los maleficios, encantamientos y hechizos malintencionados. Éste es un
lugar de diversión y disfrute.
4. Para poder visitar el bar, debe adherirse a estas condiciones. Para utilizar el
giratiempo y elegir la localización del bar, debe indicar su acuerdo con las reglas y
comprar una licencia de giratiempo.
5. Una vez haya fijado su firma mágicamente vinculante a este pergamino y
comprado la licencia, puede utilizar el giratiempo situado en el estante a la
izquierda de este pergamino para acomodar el ambiente a sus preferencias.
¡Siéntase libre de ser creativo!
6. Para evitar confusiones, el giratiempo sólo podrá utilizarse una vez cada tres
horas.
7. Para utilizar el giratiempo, piense en un tiempo y lugar que desee “visitar”.
Concéntrese profundamente en el periodo de tiempo y la localización, y dé cinco
vueltas al giratiempo.
8. Una vez los giros estén completos, el bar se recreará para ajustarse a la
decoración y atmósfera de un bar típico de dicho tiempo y lugar. Por ejemplo, si
piensa en Inglaterra en tiempos de Shakespeare, el bar tomará la apariencia de un
bar inglés a finales del siglo XVI, con vigas de madera y velas en las paredes. Si
solicita el salvaje oeste americano, el bar tendrá puertas giratorias en la entrada,
un piano, una larga barra de madera, y escupideras cubriendo toda superficie

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disponible. Para hacer un mejor uso de las características del giratiempo, intente
visualizar los elementos del periodo y lugar al máximo de sus capacidades. Cuanto
más detalle provea al giratiempo, más exacto y realista será el bar.
9. El rincón oscuro está disponible para el disfrute de todos. El uso lógico de
encantamientos silenciadores y de cerradura será apreciado, a no ser que se dé
una petición general de evitarlos.
10. El pub está mágicamente servido. Simplemente diga “camarero” y después el
nombre de la bebida que desea. Aparecerá en la barra para usted.
11. ¡Diviértase! ¡Beba! ¡Fume! ¡Sea feliz! ¡Pase el rato de su vida!

Harry sabía que, definitivamente, este lugar tenía posibilidades; quizá en alguna otra
noche de luna llena, traería a Draco hasta aquí. Por ahora, se le acababa el tiempo: la
tienda de varitas tendría que esperar. Estaba a punto de dar la vuelta y salir del callejón,
cuando la bruja, a la que echaba unos treinta años, salió de la taberna y volvió a la calle.
Tocó otro ladrillo, y Harry quedó encantado cuando otra ventana apareció ante él. El
edificio parecía bastante antiguo; las vigas que lo sujetaban estaban oscuras por la vejez.
El tejado estaba decorado con ramas de jengibre blanco en las esquinas.
Se sorprendió un poco cuando el jengibre cambió de color delante de sus ojos: rojo…
verde… azul… morado… de nuevo blanco… ¡arco iris!
Apartando los ojos del sorprendente espectáculo, vio un pequeño cartel en la puerta. Se
acercó a leer.

La sabiduría del bosque


Fabricantes de varitas desde el 612 a.C.
Actualmente cerrados por reformas
Próxima reapertura
Disculpen las molestias
Para reparaciones de varita de emergencia u otras necesidades,
por favor, contacten vía lechuza.

Harry quedó algo decepcionado de que la tienda no estuviera abierta; dejaría que
Narcissa eligiera una varita para Draco más tarde. Para la próxima luna llena de
Noviembre, Draco tendría varita.
Volvió rápidamente a la calle; la gatita estaba empezando a intentar salir de su bolsillo
usando las uñas. Vio el rótulo de la tienda de cueros y devolvió el animal a su legítima
propietaria.
Volvía a la tienda de Narcissa cuando, más allá de su establecimiento, vio una carpa de
colores vibrantes que aparecía de la nada en el rincón más lejano del Mercado. Tal vez
había estado ahí todo el tiempo y se acababa de dar cuenta, o tal vez había aparecido
ahora mismo. La señal pintada sobre la carpa decía Adivinación divina; lectura y
herramientas.
No era una puerta tanto como una cortina desgajada con los colores del arco iris, que se
movía con el viento. De hecho, había bastantes bufandas flotando, atadas a distintos
postes y palos. Considerándolo todo, el conjunto parecía bastante… excéntrico, y tenía

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pinta de que una ráfaga de viento pudiera llevárselo en cualquier momento. ¿Qué clase
de pirada está en este sitio?, se preguntó. Mientras se quedaba ahí de pie, el
inconfundible aroma del aceite de pachulí llegó desde la entrada, seguido por un ataque
de tos.
Harry sacudió la cabeza, acordándose de Trelawney, y volvió a la tienda de Narcissa.
Pasó por encima de la valla, recién pintada de blanco, y luego dio un salto cuando vio una
criatura tumbada en un balancín, ante la entrada. Merlín, ¿qué demonios es
eso? Narcissa salió por la puerta principal, y acarició la cabeza de la criatura, rascándole
bajo la barbilla. Se oían los ronroneos desde donde estaba Harry.
Se quitó la capa de invisibilidad.
—¡Narcissa! —exclamó—, ¿qué es eso?
La mujer alzó una ceja, sorprendiendo aún más a Harry. Pensaba que sólo los varones
Malfoy adoptaban ese gesto.
—Es una ligresa. Se llama Minnie, ¿no es divina? Ya se ha zampado dos docenas de
ratas.
—Dios santo, Narcissa, ese gato es más grande que un hipogrifo. Espero que no se te
acaben las ratas.
—Oh, no te preocupes por Minnie. Entra y dime qué te han parecido las tiendas.
Harry la siguió al interior, esquivando la pila de huesos junto al ligre durmiente. Se dio
cuenta de que Narcissa ya tenía cajas acumuladas en la caja. Abrió una y sacó una gran
vela morada, pasándosela a Harry.
—Esto es para ti, Harry, para tu habitación. Es vela eterna. Siempre estará encendida,
hasta que quien la encendió decida apagarla. He pensado que, ya que Plata está
durmiendo contigo…
Harry la recogió de sus pequeñas manos.
—Es perfecta, Narcissa, gracias. Me encanta el mercado, y creo que serás feliz aquí. He
hecho una lista de cosas que encargar, y dónde hacerlo. La tienda de varitas estaba
cerrada, así que dejaré a tu discreción la varita de Draco.
Narcissa cogió la lista de Harry y sonrió.
—Está bien, lo encargaré todo mañana. Creo que ahora deberíamos volver a casa y
preparar la llegada de mi hijo.
Harry estaba a punto de cogerla del brazo y desaparecerse, pero se detuvo.
—Narcissa, ¿has encargado ya un rótulo?
—Sí, debería llegar la semana que viene.
—¿Puedo preguntar cómo vas a llamar a la tienda?
Ella sonrió y le guiñó el ojo.
—Resplandor. ¿Nos vamos ya?

Índice de contenidos

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DRACO (I)

Harry llegó a casa preparado para la feliz ocasión. Remus estaba encerrado en su cuarto
para pasar la noche acurrucado en un rincón, en forma de lobo. Las precauciones
estaban en su lugar, aunque nunca eran necesarias. Antes de irse, Remus había
bromeado sobre si encontrarían a Harry lleno de moretones y cortes al día siguiente,
conociendo su relación con Draco hasta hacía poco.
Plata se paseaba por la habitación de Harry. A través del método de ensayo y error,
Narcissa y Harry le habían sacado información sobre lo que quería ponerse y comer esa
noche. Harry aún sonreía al recordar a Plata señalando con la pezuña su elección de
ropa: pantalones negros, camisa blanca y un jersey negro. No tenía ni idea de qué
esperar tras la transformación. La última vez que había visto a Draco fue en la Torre de
Astronomía, hacía dieciséis meses. Plata le traía paz; sin embargo, en el pasado, Draco
Malfoy le había traído de todo menos eso. Harry se duchó rápidamente y se vistió de
manera semiformal. De alguna forma, Plata había abierto uno de sus cajones y había
sacado un jersey verde para que se lo pusiera.
Harry terminó de arreglarse y luego dejó la ropa solicitada para Draco sobre la cama,
mientras el lobo lo empujaba con el hocico para echarlo de la habitación. Lo último que
hizo Harry fue encender la vela eterna sobre el escritorio.
Fue a la sala de estar, donde Narcissa esperaba sentada en el sofá, haciendo punto.
Harry había aprendido a lo largo del último año que Narcisa hacía trabajos manuales
cuando se ponía nerviosa. Estaba vestida con una de sus mejores túnicas caseras. A
Harry le encantaba cómo le quedaba el rojo. Resaltaba su pelo color miel, y hacía que sus
ojos parecieran aún más azules. Se había acostumbrado a su nariz alzada y a su boca
cuando mostraba desprecio. Ahora, sus rasgos estaban suavizados. Rara vez veía ya esa
expresión desdeñosa.

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Harry decantó una botella de Burdeos. Narcissa había rescatado una colección de vino y
otras espirituosas de la Mansión. La colocó en la mesita que habían colocado junto al
fuego; estaba puesta para tres. Empezó a pasear por la habitación de paredes oscuras.
Los dos se sobresaltaron y se miraron cuando un aullido perforador se convirtió en un
grito de dolor.
—Mierda, no sabía que pasaría eso —soltó Harry, y corrió hacia la puerta.
—No, Harry —dijo Narcissa firmemente—. Déjalo estar.
Harry volvió a sus paseos, se detuvo junto a la mesa, encendió las velas y se aseguró de
que la comida estuviera conservada a la temperatura adecuada. Se acercó a la ventana y
corrió las cortinas. Se veía un suave resplandor en el cielo, sobre la parte oriental de la
ciudad. La luna se elevaba. Odiaba no estar ocupado; odiaba dejar que su mente
trabajara a sus anchas. Durante los últimos cinco días, mientras llegaban las noticias y se
escribían artículos en El Profeta, se hizo evidente lo mucho que todo el mundo había
sufrido. Su mente quedó atrapada en los y si: si sólo hubiera podido atrapar a Voldemort
antes… Si hubiera sido más listo... más valiente… Si sólo… Entonces, las ideas en su
mente quedaron heladas. La puerta se abrió.
El corazón de Harry se detuvo cuando el hombre alto de pelo largo y plateado entró con
un ligero cojeo. Su primer pensamiento fue para Lucius, pero este hombre era más
delicado, casi etéreo en su belleza. Éste no era el crío asustado llamado Draco Malfoy,
ésta no era en absoluto la persona que conocía.
—Buenas noches, madre —dijo Draco, cuando se adentró en la sala de estar. Se acercó
a Narcissa, cogió su mano entre las suyas, y luego besó ambas mejillas. Ella respondió a
los movimientos, como si estuviera en un trance—. Madre, tienes buen aspecto, y tu
trabajo de punto es exquisito.
—Gracias, hijo. Tú también tienes buen aspecto —dijo Narcissa, con una elegancia que
Harry apenas podía comprender. Tenía la lengua pegada al cielo de la boca.
Draco se giró y avanzó hacia el congelado Harry junto a la ventana. Echó un vistazo al
resplandor de la luna, que se colaba por un resquicio desde el cielo. Era amarilla, como
cualquier luna llena de octubre debería serlo. Draco inclinó la cabeza hacia Harry, bajó la
vista y le dirigió una sonrisa perfecta.
—Potter, gracias por la hospitalidad; es apreciada. —La voz estaba modulada y emitía
escasa emoción.
Harry se quedó paralizado mirando en esos ojos grises, buscando reconocer algo de
Plata. Entonces Draco, inusitadamente para ser él, le guiñó un ojo y extendió su mano
perfectamente cuidada. Sin pensar, Harry respondió con la suya propia. La suavidad de la
piel de Draco lo sorprendió. Anteriormente, sólo se habían tocado con los puños.
—Es un placer para mí, Draco. ¿Cenamos?
Todos tomaron asiento. Harry sirvió el vino y luego la pasta carbonara, una ensalada y
pan crujiente. Draco cogió la cuchara del recipiente y se echó el doble de la cantidad de
pasta que Harry había servido. Harry y Narcissa se lo quedaron mirando con sorpresa.
—El lobo no puede resistirse —dijo él, burlándose. Harry cogió su vino y dio un sorbo
mientras miraba a Draco devorar la pasta, sin embargo de modo bastante elegante.
—¿Qué más no puede resistir el lobo? —siguió el juego Narcissa.
Harry bajó su copa, temeroso de beber mientras esperaba la respuesta de Draco.

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—Madre, tus indagaciones respecto a asuntos personales no son apropiadas —contestó
Draco, como si hubiera dicho algo vulgar.
Narcissa agarró la muñeca de Draco; la pasta se cayó de su tenedor.
—Draco, no uses esa formalidad Malfoy conmigo o te convierto otra vez en un lobo ahora
mismo.
Harry contuvo la respiración, esperando la respuesta. No estaba preparado para ver a
Draco empezar a reírse con ganas. Encontró encantador el sonido de su risa, pero tragó
saliva cuando esa risa reveló unos dientes perfectamente rectos, con colmillos alargados.
Después de unos cuantos bocados más de pasta y una rodaja de pan, Draco cogió el vino
y pareció más relajado.
—Bueno, me parece que sé la mayor parte de lo que pasa en la comunidad, pero tengo
algunas preguntas que me gustaría hacer.
—Adelante, Draco. Contestaré a lo que me sea posible —respondió Harry, y Draco
resopló.
—Es bastante presuntuoso por tu parte, Potter, eso de pensar que las preguntas que
tengo son para ti.
Harry suspiró; el comentario le recordaba mucho al Malfoy que había conocido, y lo
denigraba a sus ojos.
—Discúlpame, Draco, no tenía ni idea de qué querías preguntar —contestó por fin Harry.
Se tragó su orgullo Gryffindor para hacerlo; realmente no quería discutir con Draco esta
noche.
Draco asintió, y luego se volvió hacia su madre.
—¿Ha regresado Padre a Wiltshire?
—Sí.
—¿Está aquí? —preguntó Harry, sorprendido de que Narcissa no se lo hubiera contado.
—Sí, volvió ayer y me envió una lechuza.
—¿Vas a verlo? —preguntó Draco con delicadeza.
—No lo he decidido aún.
—¿Sabe que estoy vivo?
—No lo sé. ¿Sabía que tú eras el lobo?
Draco puso los ojos en blanco.
—Oh, sí, Madre, lo sabía. Fue él quien me hizo la herida en la cadera. El Señor Oscuro
prefería golpearme con un látigo o un hechizo, pero a Padre le encantaba darme patadas.
Narcissa bajó el tenedor con rabia.
—Ese cabrón, ¡voy a matarlo!
Harry observaba la intensidad del intercambio. Horrorizado. Sabía que Lucius era un
sádico, pero darle patadas a su propio hijo… Buscó una reacción en el rostro de Draco.
Apareció en él una sonrisa fría.

38
—Sí, Madre, ése es mi plan. Me gustaría que lo vieras antes de Navidad para hacerle
saber que he sobrevivido. Dile que te gustaría pasar la Navidad con él. La luna llena de
diciembre cae en la noche de Navidad.
—Draco —susurró Narcissa, como si las paredes oyeran—, hablas en serio, ¿verdad?
—Por completo. Padre pasará una última Navidad con nosotros en familia, y después lo
mataremos. Va a intentar reemplazar al Señor Oscuro pronto.
—No lo haría, no podría —intervino Harry—. Los mortífagos han sido aniquilados.
Draco puso los ojos en blanco y dirigió su atención hacia él.
—Lo hará, Harry. La Orden y tú creíais que estaba escondido. Estaba en Europa,
reclutando gente para el Señor Oscuro. Tiene miembros escondidos. Están por todas
partes. Reclutará a más gente cuando empiecen a desencantarse del Ministerio otra vez.
Tú y yo sabemos que eso no tardará mucho.
Harry odiaba admitirlo, pero sólo en los últimos días el Ministerio había metido la pata
arrestando a un ciudadano inocente bajo cargo de falsificación de documentos. Además,
estaban llenando El Profeta con comentarios despectivos sobre el Mercado por no estar
cumpliendo con los permisos de construcción adecuados. Los aurores, según Tonks,
estaban listos para amotinarse ante Scrimgeour.
—Harry —dijo Draco, sujetando firmemente la muñeca de Harry—, no pretendo ser
grosero, pero necesito hablar con mi madre a solas sobre asuntos familiares. Sé que éste
es tu hogar, pero pido tu indulgencia. Por favor, vuelve dentro de una hora, porque tú y yo
también tenemos que tener una charla.
Harry examinó la mano que lo sujetaba y luego los ojos que lo miraban. Parecían estar
rogando.
—Claro, estaré en mi cuarto, y luego traeré la tarta de chocolate que pediste.
Draco sonrió y alzó una ceja.
—Oh, Merlín, chocolate. Gracias, Harry. —Soltó su muñeca. Harry no estaba seguro de si
había sido o no intencionado, pero los dedos de Draco parecieron dejarlo ir casi con una
caricia.
Salió de la sala como se le había pedido, cerrando las puertas tras él, y se dirigió a su
habitación. Se sentó en el escritorio y se quedó mirando fijamente el artículo que aún
tenía que escribir para El Profeta. Desearía que Hermione volviera, ella le ayudaría a
poner palabras a sus sentimientos e ideas. Dejó la pluma sobre la mesa con frustración; lo
único en que podía pensar era en el mago que se encontraba en su sala de estar. Draco
era un gran enigma. Su comportamiento aristocrático era despreciable, pero ahora había
algo más. Por ejemplo, que es jodidamente follable. Harry sacudió la cabeza. No podía
imaginar las cosas por las que había pasado Draco desde la última vez que lo había visto.
Creía saber cómo había sido antes, y aun así Narcissa le había contado anécdotas de
Draco que contradecían esas suposiciones, y era más que una madre presumiendo de su
hijo. Dios, no podía apartar de su mente el recuerdo de Draco hablando de matar a
Lucius. ¿Era éste el mismo Draco que intentó asesinar a Dumbledore para salvar a su
familia? ¿Qué demonios había cambiado?
Sabía por Narcissa que el mayor cambio se había producido cuando Lucius la dejó para
irse a Europa. Ella había estado junto a él en sus momentos más bajos, y sólo encontró a
cambio que la abandonaban de nuevo. Fue la gota que colmó el vaso. Nunca había
dudado del amor de Lucius; antes de ese momento pensaba como una princesa, no como

39
una mujer. Verdaderamente creía que Lucius pondría a su familia por delante, pero no lo
hizo, y eso jamás se lo perdonaría. Había sido duro para ella cuando Lucius estuvo en
Azkaban, y más tarde cuando tuvo que esconderse con Harry. Cuando llegó a Grimmauld
por primera vez, Harry tuvo dudas acerca de si se quedaría en caso de que Lucius
escapara o quedara en libertad. Escapó, como hicieron el resto de mortífagos, pero nunca
intentó encontrarla. El corazón de Narcissa se hizo más duro y, por lo que él sabía, no
había vuelto a mirar atrás.
Harry empezó a desenrollar los pergaminos que tenía a un lado del escritorio. Agradeció
comprobar que la mayoría de ellos eran de magos y brujas que le daban las gracias, en
contraposición con los de los miembros de la Orden, que eran listas de los vivos y los
muertos. Se moría de ganas de volver a ver a Ron y Hermione cuando regresaran.
Llegarían en Halloween. ¿Qué sería de sus vidas? Alzó la vista hacia la vela eterna que
resplandecía. Su colacuerno húngaro estaba cerca, y la proyección de su sombra en la
pared era hipnotizante. Miró el reloj; era hora de bajar. No sabía qué quería Draco discutir
con él, pero suponía que habría información necesaria para la Orden.
Entró a la cocina y puso la deliciosa tarta de chocolate sobre una bandeja, con platos y
cubiertos. En el último momento abrió un estante alto y sacó una botella de brandy sin
abrir. Se la había dado Narcissa; era de la Mansión. Cogió tres copas de coñac y, tras
ponerlas en la bandeja, levitó ésta hacia la sala de estar. No confiaba en que sus manos
estuvieran firmes. Llamó a la puerta antes de entrar.
Harry miró fijamente al frente, hacia la mesa; el sonido de Narcissa sollozando era más de
lo que podía soportar. Sirvió el brandy y llenó hasta la mitad cada copa. Sujetó la suya
encima de la vela para calentar el líquido marrón, y los vio acercarse a la mesa. Narcissa
estaba limpiándose los ojos con el pañuelo. Harry tragó saliva. Nunca había visto llorar a
Narcissa. Se permitió una mirada rápida a Draco, y vio que la máscara Malfoy de la no
emoción estaba en su lugar.
Harry le cedió el cuchillo para la tarta. Parpadeó lentamente cuando vio el enorme trozo
que había cortado para sí mismo, después de servir a Harry y Narcissa. Harry se metió un
trocito de la tarta de varias capas y lo saboreó en la boca. Estaba esponjosa, y el azúcar
glasé se derretía sobre su lengua. Sonrió ampliamente cuando oyó a Draco gemir de
placer.
—Merlín, echo de menos el chocolate. El lobo se pone enfermo si lo come, pero yo sigo
siendo adicto —dijo el rubio, metiéndose un segundo gran bocado en la boca. Harry vio
una pizca de glaseado que se había quedado atrapado en la comisura de su boca.
Reprimió el impulso de acercarse a lamerlo. Tuvo un escalofrío cuando se dio cuenta de
hacia dónde acababa de ir su mente. Antes de que pudiera recuperarse, sin embargo, sus
fantasías fueron en otra dirección cuando la lengua puntiaguda de Draco limpió el
chocolate.
Harry bajó el tenedor, cogió la copa de brandy y lo agitó lentamente para dejar escapar el
aroma. Probó un primer sorbo; el alcohol atravesó el chocolate y bajó por su garganta,
haciéndole estremecerse.
Narcissa seguía sorbiendo y limpiándose los ojos y la nariz entre bocado y bocado. Harry
ni siquiera quería imaginar cómo había llegado a ese estado.
Draco terminó la mitad de su tarta antes de dar un sorbo al brandy.
—Perfecto, Harry, la bebida es un toque estupendo. Gracias —dijo elegantemente.

40
Harry estaba anonadado. Que Draco lo llamara por su nombre ya era bastante extraño,
pero es que el tono era muy diferente. Estaba acostumbrado a que la voz de Draco fuera
maleducada o insolente; se dio cuenta de que antes de esta noche, nunca había oído a
Draco en una conversación amigable.
—De nada, Draco —consiguió murmurar al fin.
Narcissa empujó su plato hacia delante.
—Creo que me tomaré mi copa arriba. Draco, estaré en mi habitación si deseas hablar
conmigo después. —Se levantó, y también Harry, para darle un beso de buenas noches
en la mejilla. Ella le dirigió una mirada que, lo sabía, quería decir que hablarían más tarde.
—Draco, no voy a esperar despierta, tú despiértame si me necesitas —dijo una vez llegó
a la puerta, sin mirar atrás.
—Madre —dijo Draco, casi desesperadamente—. Espera.
Caminó hacia ella, y Harry se dio cuenta de que intentaba no cojear. Sus ojos se
humedecieron cuando vio al rubio tomar a su madre entre los brazos y abrazarla con
fuerza. Oyó el susurro de “te quiero, siempre”.
Draco regresó al asiento junto a Harry y volvió a centrarse en su tarta. Harry lo imitó, y
había avanzado decentemente con su plato cuando Draco se cortó otro trozo.
—El lobo me ha dado un metabolismo increíble. —Harry se rió por lo bajo.
—Ya me he dado cuenta.
Los ojos grises de Draco brillaron con diversión y, con el resplandor de la luz de las velas
reflejada en sus pupilas oscuras, parecían sobrenaturalmente dilatados. Harry no podía
dejar de mirar.
—Soy humano, Harry —dijo Draco, haciendo que se diera cuenta de lo que estaba
haciendo—. Es sólo que algunas características del lobo se quedan ahí cuando soy
humano, igual que algunas de mis características humanas se dejan ver cuando soy un
lobo.
Harry tomó otro sorbo y luego bajó la copa ligeramente desde su boca.
—¿Vas a gruñirme? —preguntó, burlón.
Draco bajó el tenedor y volvió a poner la mano sobre la muñeca de Harry, apretándola con
fuerza.
—Espero hacerlo después, pero antes tenemos que hablar.
Harry tragó saliva. Draco acababa de subir la apuesta, y Harry no estaba seguro de a qué
juego estaban jugando.
—Voy a decirte lo que le he dicho a mi madre. Detesto ser un lobo.
Harry bajó la copa. Eso no era lo que estaba esperando.
—¿Hay algo que…?
Los dedos de Draco acariciaron el dorso de su mano, y el rubio lo miró fijamente a los
ojos. Harry respiró hondo.
—No, hay poco más que puedes hacer por Plata. Te has portado de maravilla con él y
conmigo. Me sorprendió mucho al principio que fueras tan amable después de nuestro

41
sórdido pasado, pero el lobo es muy bueno en eso de reconocer amigos y enemigos. Tú
eres amigo.
»Sigo teniendo dentro el suficiente orgullo Malfoy para no querer vivir de este modo.
Severus estaba trabajando en un antídoto, pero me temo que ese sueño se ha ido con él.
Harry era incapaz de romper el contacto visual en el que se había encontrado involucrado
de pronto. La mano de Draco subió lentamente hacia la suya y la cogió.
—La segunda luna llena a partir de ahora será la noche de Navidad. La pasaré con mi
padre, y moriremos juntos.
Harry cerró los ojos rápidamente, y cuando volvió a abrirlos supo que sus pestañas
estaban húmedas.
—No, Draco, no. Encontraremos el antídoto.
Draco entrelazó sus dedos con los de Harry.
—Es mi deseo hacer esto. Si Severus no ha aparecido para Navidad, entonces seguiré
con mi plan. Madre tiene los detalles; puedes discutirlos con ella más tarde. Te pido que
sigas cuidando de ella.
Harry dejó que su pulgar cubriera el de Draco.
—Por supuesto, Draco. Le he tomado mucho cariño a tu madre. Llegaría a decir que la
quiero mucho.
Draco sonrió.
—Es una en un millón. Ahora sabes por qué estaba tan a la defensiva cuando alguien la
insultaba. Te pido disculpas por las cosas horribles que dije de tu madre. He aprendido
muchas cosas en este último año y medio. La mayor revelación fue la de entender que
era un cabrón lleno de prejuicios.
Harry no pudo evitar dejar escapar una risita. Definitivamente no iba a refutar ese último
comentario. Draco se rió con él.
—No tengo tiempo de demostrarte que soy una persona distinta a la que conociste. Sólo
puedo esperar que aceptes mi palabra.
—Draco, acepto tu palabra pero, en realidad, es gracias a tu madre que lo hago. Ha sido
a través de ella, y de sus historias, que siento que sé más sobre ti de lo que me dejaste
ver en Hogwarts.
Draco asintió.
—Tiene sentido. —Dejó ir la mano de Harry y volvió a su tarta y su brandy. Harry tomó su
último trocito de tarta; la exquisitez del chocolate negro era abrumadora.
—No te muevas —dijo Draco de repente.
Harry se quedó congelado tal y como estaba. Draco se acercó a Harry hasta que sus
narices casi se tocaron.
—¿Puedo? —susurró Draco.
El interior de Harry se derritió cuando la voz seductora lo recorrió. Harry asintió, sin tener
ni idea de qué estaba consintiendo.
Draco inclinó la cabeza ligeramente, y luego se acercó aún más. La punta de su lengua
rozó suavemente la esquina de la boca de Harry. “Mmm,” murmuró Draco.

42
Algo dentro de Harry se desperezó, otra emoción largamente reprimida: el deseo.
—No te muevas —susurró Harry. Sus labios rozaron suavemente los de Draco de lado a
lado hasta que notó la ligera apertura y la calidez de su respiración. La punta de su lengua
trazó el contorno de los labios de Draco: un suave murmullo reverberó desde su garganta.
Todo el cuerpo de Harry cosquilleó cuando sus lenguas se encontraron. Sabía al
chocolate y al brandy. El primer beso superficial continuó mientras los dos saboreaban al
otro y presionaban con más fuerza, tentativamente, el uno contra el otro. Ambos abrieron
lentamente las bocas, hasta que los dos entraron completamente en el otro. Ninguno
lucho por dominar, sino que dejaron que la exploración natural siguiera su curso.
La mano de Draco subió y descansó los dedos sobre el cuello de Harry; la yema de su
pulgar acariciaba su pómulo. Éste se sorprendió al sentir la magia procedente de Draco
extenderse por su rostro. Hizo una mueca cuando su lengua rozó un canino. Nunca había
sentido tanta pasión; abrió los ojos brevemente para ver que los de Draco estaban
cerrados. Sus largas pestañas reposaban unidas, y una mirada de serenidad inundaba su
rostro. Harry cerró los ojos y, para su desgracia, Draco se apartó despacio.
Volvió a mirar y vio a Draco observándolo con una sonrisa contenta.
—Muy bien, Potter. No tenía ni idea de que sabías besar así. Si lo hubiera sabido, tal vez
lo habría intentado hace años.
Harry se reclinó en su asiento y se rió.
—Seguramente te habría mordido la lengua. —Una ceja se alzó a modo de respuesta.
—Tal vez eso también me habría gustado —dijo Draco, y luego dio un gran sorbo al
brandy.
Harry siguió riéndose por lo bajo, y luego bebió algo más de su copa. Decidió poner las
cartas sobre la mesa y ver si aquello era un farol.
—Tu madre tiene la impresión de que quieres acostarte conmigo —dijo, sin darle
importancia, y controló la risa cuando vio un músculo moverse involuntariamente en la
mandíbula de Draco.
—Mi madre tiene muchas teorías e impresiones, no todas correctas.
Harry recorrió el borde de su copa con un dedo.
—Entonces ¿estaba equivocada en este caso?
El dedo de Draco se alargó y se hundió en el glaseado de la poca tarta que quedaba.
—No, Harry, acertó de lleno —contestó Draco, y luego, mientras el moreno miraba con
atención, el dedo de Draco llegó a su propia boca, donde lo chupó con tanta fuerza que se
hizo el vacío en sus pómulos. Harry perjuró por lo bajo; Draco era un profesional en este
juego, y las pruebas empezaban a incomodarlo. Se moría por bajar la mano para ponerse
más cómodo.
Draco suspiró y se echó hacia atrás en la silla. Una mano retiró el largo pelo plateado
desde su rostro hasta sus orejas.
—Esto está bastante lejos de una situación normal, Potter.
Harry se rió por lo bajo.
—No muchas cosas en mi vida han sido normales, Draco. Aunque tú y yo besándonos
alcanza un nivel alto incluso en mi escala de anormalidad.

43
Draco sonrió y sacudió la cabeza.
—Dios, Harry, si tuviera tiempo, te cortejaría y haría que te enamoraras de mí.
—¿Qué? —jadeó Harry, sin creerse del todo lo que estaba oyendo.
Draco se inclinó hacia delante.
—Ya me has oído.
Harry apretó los dedos en torno a la base de su copa y se la llevó a los labios buscando
algo más que un sorbo. Necesitaba un momento para ordenar sus ideas; después, puso
la copa sobre la mesa de un golpe.
—A ver si lo he pillado. ¿Quieres que me cuele por ti, y luego dejarme? Me parece que
no, Malfoy. He perdido a demasiada gente que me importa, y mis días de follar durante
horas ya han terminado. Esa etapa de mi vida terminó cuando lo hizo mi misión en el
Londres muggle.
—Entonces ¿estabas de farol hace un momento? —respondió Draco, con un matiz de
enfado.
—No, Draco, no era un farol. Me dejé llevar por el momento. No he sentido nada así
antes. Lo siento. Me encantaría llevarte arriba y follar contigo toda la noche, pero no estoy
seguro de si podría aceptar otra pérdida a nivel mental.
En la cara de Draco apareció una amplia sonrisa. Harry sintió deseos de borrársela de
una bofetada.
—¿Tienes sentimientos por mí?
Harry asintió.
—Es complicado, Draco. Adoro a Plata, y tú me atraes. Incluso podría decirse que me
gustas en cierta extraña manera.
Draco se reclinó en su silla, cruzó los brazos, le dio la espalda a Harry, y se quedó
mirando el fuego en la chimenea. Harry se limitó a mirar al rubio, sin saber qué había
dicho que pudiera provocar esa reacción. Se acercó y le puso una mano en el hombro.
—¿Qué es, Draco? ¿Qué he dicho que te haya ofendido?
Draco se sacudió la mano de Harry de encima.
—Nada, no has dicho nada malo. Es sólo un montón de mierda Malfoy que me pasa por
la cabeza.
—Cuéntamelo.
Draco negó con la cabeza, y Harry vio un brillo en la esquina de su ojo; se dio cuenta de
que Draco estaba afectado, había visto esa reacción bastantes veces en Narcissa. La
familia Malfoy parecía perfeccionar el arte de ocultar las emociones.
Harry se levantó y se arrodilló junto a la silla de Draco. Puso las manos a cada lado de su
cara.
—Cuéntamelo, Draco.
Podía sentir que estaba obligándose a no mirarlo a los ojos.
—Es complicado, como dirías tú —contestó, mirando aún las llamas.
Harry apartó un mechón de pelo rubio que se había salido de su sitio.

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—A pesar de lo que pensaras de mí en Hogwarts, Draco, no soy estúpido.
Draco se mordió el labio inferior para no sonreír. Su mirada se apartó del fuego y se posó
directamente sobre Harry.
—Vale, pero está bastante liado.
Harry asintió, y se apoyó sobre los talones.
—Dispara. —Draco suspiró.
—Como lobo, sólo puedo aparearme con una pareja de por vida. No soy lo
suficientemente lobo como para querer hacerlo con otro animal. Quiero estar con un mago
humano. No había encontrado a nadie de mi gusto, hasta que has llegado tú. Tu aroma
hace que quiera abalanzarme sobre ti ahora mismo. —Harry sonrió, sabiendo que no era
el único que sentía la lujuria. Puso una mano sobre la rodilla de Draco para conseguir más
equilibrio. Draco colocó sus manos sobre las de Harry antes de continuar.
»El orgullo Malfoy se ha metido de por medio cuando has mencionado lo del sexo con
muggles.
—¿Crees que eso me hace sucio? —preguntó Harry con paciencia, intentando no sonar
acusador. Draco apretó la mano de Harry.
—No, no. ¡Dios, no! Sólo me ha hecho sentir que no soy lo suficiente bueno, no soy lo
suficiente bueno, ni siquiera comparado con esos muggles, para acostarme contigo.
Harry giró la mano para sostener la de Draco.
—Draco, no es así en absoluto. Ellos significaron bien poco para mí. Era sólo físico. No
creo que pudiera tener sexo esporádico contigo, porque no sería esporádico. —Draco
alzó una ceja, y Harry se rió.
»Pero sí quiero saber más sobre eso del apareamiento. No quiero ser indiscreto, pero
había pensado que Voldemort te habría querido para él.
Draco tosió.
—Voldemort puede haber sido muchas cosas, pero gay no era una de ellas. En realidad,
Harry, no creo que fuera lo suficientemente humano como para poder practicar sexo. Para
mí, olía como un reptil. Una parte de mí cree que ésa era la razón de que fuera un puto
cabrón: estaba frustrado sexualmente.
Harry se rió en voz alta.
—Dios, casi haces que sienta lástima de él.
Draco se unió a la risa, pero luego se puso serio.
—No, no sientas lástima. Era malvado, Harry, pura maldad. Le vi hacer cosas a las que ni
siquiera mi gráfica imaginación conseguía acercarse. Le excitaba la tortura. Cuando
llegué esa noche con Severus, después de la muerte de Dumbledore, se hizo cargo
personalmente de mi vida. Me encerró en una de las celdas que viste, pero ésta estaba
en sus habitaciones personales. Una vez a la semana mandaba a Greyback a que me
mordiera o me arañara el brazo. El proceso duró meses pero, al final, casi agradecía no
ser humano ya. Como Plata, me dejaba salir de la celda siempre que me portara bien.
Sólo él sabía que me transformaba. En esas noches me guardaba prisionero. Era muy
posesivo conmigo. Incluso le echó la cruciatus a mi padre cuando me pegó. —Fue Harry
quien levantó una ceja en esa ocasión—. Sí, él también se lo merecía.

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—Entonces, Draco, ¿estás diciendo que quieres emparejarte conmigo? —Draco se limitó
a asentir. Harry se dio cuenta de que tenía miedo a perder la compostura, y apretó con
más fuerza la mano que sujetaba—. Pero entonces, ¿por qué dejarme?
Draco giró repentinamente la silla. Harry se encontró arrodillado ante él. El rubio se inclinó
y le robó un beso rápido. Aquello sorprendió a Harry, aunque no negativamente.
—Harry, el emparejamiento es de por vida. Nunca te pediría eso. Tú, nosotros, los dos
hemos visto cómo se nos obligaba a hacer demasiadas cosas. Ya ves, puedo pedírtelo
ahora, porque será sólo durante un tiempo. Una vez me haya ido, puedes recuperar tu
vida.
Harry se levantó y recuperó el beso robado.
—¿Esto te haría feliz?
Draco le acarició el negro pelo desordenado.
—Sí, Harry, me haría muy feliz, pero no quiero que lo hagas por compasión.
Harry volvió a sentarse sobre sus tobillos, con una mano en cada una de las rodillas de
Draco.
—Tienes razón, es complicado. Quieres que me empareje contigo porque me importas de
verdad, pero si me importas, me romperás el corazón en Navidad.
Draco se mordió el labio inferior, y luego negó con la cabeza.
—Olvídalo, Potter. Sólo estoy siendo egoísta.
Harry dejó que sus manos subieran y bajaran por los muslos de Draco.
—No, Draco. Creo que no estamos siendo lo suficientemente egoístas. Deberíamos
disfrutar del tiempo que tenemos. Sé que no quiero ningún ‘y si…’ recorriendo mi cabeza
una vez te hayas ido.
Draco parecía patidifuso.
—¿Hablas en serio?
Harry dejó que sus pulgares recorrieran la parte interior de los vaqueros negros. Se
encontraron en el vértice entre sus piernas. Los movió arriba y abajo, disfrutando del bulto
que notaba. Draco parecía estar congelado; Harry se levantó.
—Del todo —susurró, y presionó los labios contra los de Draco.
—No juegues conmigo —murmuró Draco entre besos suaves.
La mano de Harry subió por el jersey negro y la camisa blanca, sintiendo los músculos
escondidos debajo.
—No lo hago. —Su otra mano se quedó sobre el bulto en los vaqueros de Draco, quien
gimió audiblemente cuando los besos se profundizaron.
Draco empezó a devolver el gesto, pero su mano subió sin querer por el jersey de Harry,
que se apartó y volvió a descansar sobre los talones. Draco le dirigió una mirada
interrogante.
—Cicatrices, duelen un poco.
—¿Voldemort? —preguntó Draco. Harry asintió.
—Voldemort. No son muy agradables a la vista —dijo, con aire avergonzado.

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Draco sonrió y se levantó, llevando a Harry con él.
—Vamos arriba. Tenemos unas cuantas cosas que compartir el uno con el otro.
—Arriba, entonces —dijo Harry, alzando la vista hacia el hombre en que se había
convertido Draco.

Índice de contenidos

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DRACO (II)

Draco soltó las manos de Harry y se volvió hacia la mesa para poner el brandy y las
copas en la bandeja, junto a la tarta.
—¿Te importa si subo esto? Me niego a permitir que el chocolate se desperdicie.
Harry rió mientras Draco recogía la bandeja.
—Claro, Draco, pero dime, ¿cuándo te has vuelto tan condenadamente alto?
—No tengo ni idea, Potter, sólo sé que el lobo se hizo más grande a lo largo del año
pasado, y yo también.
—Espera. —Harry puso las manos sobre las caderas de Draco, y los apareció en su
habitación.
—¡Mierda! Potter, tienes suerte de que no se me haya caído la bandeja.
—Sólo estaba comprobando si aterrizabas de pie —bromeó Harry, dirigiéndose a su
mesita de noche para coger la varita. Murmuró unos cuantos encantamientos
silenciadores y de privacidad.
—Soy un lobo, no un puto gato —murmuró Draco, dejando la bandeja en la otra mesita y
mirando la varita casi con reverencia. A Harry no le pasó desapercibido el detalle.
—Tendrás una la próxima vez. La tienda estaba cerrada cuando fui yo, pero tu madre
encargará una nueva para ti.
—¿Bigote de dragón? —preguntó Draco sin mucho entusiasmo.
—Si ése es el núcleo que quieres, se lo diré a Narcisa. ¿Quieres usar la mía ahora
mismo? —preguntó Harry, ofreciéndosela por encima de la cama. Draco abrió mucho los
ojos.

48
—¿Lo dices en serio? No puedo creerme que me dejes tocarla siquiera.
Harry se rió por lo bajo y le lanzó el objeto a Draco.
—Si tienes suerte, puede que te deje tocar la otra.
Draco atrapó la varita en el aire.
—Muy listo, Potter, pero tendremos que hablar antes de que eso ocurra. —Draco sujetó la
varita (madera de acebo, once pulgadas) sobre la palma de su mano.
—Adelante, pruébala —lo animó Harry, rodeando la cama para detenerse al lado del
rubio. Draco cerró la mano derecha con fuerza alrededor de la madera.
—¿La usaste para matarlo? Al Señor Oscuro.
—Sí, junto a otros objetos. Hubo bastante sangre. Si no te importa, preferiría no hablar de
eso ahora.
—Comprendido —dijo Draco, y luego agitó la varita—: En argent rosier. —Una rosa de
color plateado, con tintes lilas, apareció en su mano izquierda—. Para ti —dijo,
devolviendo la rosa y la varita a Harry.
Éste se la llevó a la nariz, inhalando el aroma. Nadie le había ofrecido nunca un gesto de
amabilidad tan sencillo. Se preguntó si Draco comprendía la ironía de hacer aparecer algo
tan bello con una varita que había asesinado. Algo dentro de él le dijo que sí; Draco
entendía perfectamente lo que había hecho.
—¿La vela es nueva? —preguntó Draco.
—Un regalo de tu madre. ¿Sabes lo de la tienda?
Draco se sentó en la cama, colocando la mano sobre el lugar donde Plata pasaba las
noches.
—Sí, estoy muy orgulloso de su decisión. Me gustaría verla. Tal vez sea conveniente
buscar un collar y una cadena esta semana.
Harry cogió un vaso de agua del baño y colocó la rosa en él. Estaba nervioso, y estaba
seguro de que Draco también lo estaba. La pasión estaba ahí, en la habitación; casi podía
saborearla, pero no sabía bien cómo empezar. Se sentó en la cama junto a Draco.
Levantó la mano y rozó con los dedos el cuello de Draco.
—Ya he escogido uno de cuero.
Draco agarró la muñeca de Harry y se llevó los dedos a sus labios. Besó pacientemente la
yema de cada uno. De nuevo, Harry sintió una chispa de magia cuando cada dedo recibió
el suyo.
—Muerdo, ¿sabes? Mi padre tiene una preciosa cicatriz en la pantorrilla —dijo Draco,
dejando la mano de Harry sobre su propio muslo. Harry se rió por lo bajo.
—¿Es eso lo que querías discutir? ¿Que muerdes?
Draco se dejó caer sobre la cama.
—Sí, y otras cosas también. —Tiró del brazo de Harry—. Ven aquí, túmbate a mi lado.
Harry obedeció y los dos se pusieron de lado, mirándose el uno al otro. Draco se inclinó, y
sus labios tocaron apenas los de Harry, que volvió a trazar su contorno con la lengua
antes de buscar más. Seguramente duró sólo un minuto, pero Harry se sentía como si el
tiempo se hubiera detenido. La calidez y la pasión salían a borbotones de Draco, y lo

49
único en lo que podía pensar Harry era en la magia. Esto era lo que la magia podía hacer.
Draco llevó una mano a la cara de Harry, acariciándola muy suavemente. Harry dejó su
mano libre sobre la cadera de Draco y dejó que sus dedos se pasearan.
Oyó el gruñido salir de la garganta de Draco, y se lo tragó hasta llevarlo a la suya propia.
Draco se apartó al instante. Harry abrió los ojos, sorprendido al ver otros casi salvajes que
le devolvían la mirada. Draco respiró hondo y tragó saliva.
—Necesito decirte, Harry, que la primera vez que tengamos sexo, no se parecerá a nada
que hayas experimentado antes.
—Un poco prepotente, ¿no, Malfoy? —preguntó Harry, burlón.
Draco le dirigió una falsa mueca de desprecio.
—Severus investigó un poco sobre mi condición y descubrió a otros dos magos a los que
les había pasado. Bueno, sólo hay dos que hayan sido documentados. En cualquier caso,
la primera vez es un apareamiento animal verdadero. Estaremos enlazados, así que
necesito saber si eres sensible después de correrte. ¿Puedes aguantar que te follen
después?
Harry tosió, se enderezó, y buscó su copa de brandy. Sabía que se estaba ruborizando
pero, joder, nunca había discutido algo tan personal con nadie.
—Lo siento, Draco, no estoy seguro de entender lo que quieres decir sobre el
apareamiento. Respecto a lo otro, sólo he sido el pasivo dos veces antes.
—¿Puedes pasarme el brandy? —preguntó Draco. Harry lo hizo y luego volvió a tumbarse
junto a Draco—. Así que alfa y alfa… esto podría no funcionar.
Harry sonrió ampliamente.
—No he dicho que no me gustara. La mayoría de tíos sencillamente asumían que yo
querría estar encima. Sí que lo disfruté, y no he notado ningún problema de sensibilidad.
Y ahora, ¿me puedes explicar qué es lo que te preocupa?
Harry entró en una especie de trance cuando Draco lamió una gota de brandy que se
deslizaba por el exterior del vidrio.
—Harry, deja que sujete tu copa, y luego quiero que me toques, que me cojas la polla, y
me digas cómo está.
Harry se alegró de que su valor no hubiera desaparecido con Voldemort, y le pasó a
Draco la copa. Bajó la mano y cubrió la parte exterior de sus vaqueros.
—Tienes una semierección.
Draco asintió y le devolvió su vaso.
—Siempre estoy así, hasta después del primer apareamiento. Es una característica
lobuna, como los dientes y las pupilas dilatadas. Todos los lupinos están siempre
semierectos; no tienen una erección completa hasta estar dentro. Habrá un flujo de
sangre hacia abajo, y nos vinculará. No podré dejarte ir hasta que haya terminado.
—Continúa —dijo Harry, tomando otro sorbo.
—Pueden ser unos veinte minutos.
—¡Hostia puta! ¿Y qué pasa después?
Draco sonrió.

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—Bueno, en teoría, después mi polla vuelve a ser la de siempre, cosa que espero con
impaciencia. Oh, y puede que te muerda. No tienes que preocuparte por ningún efecto
que pueda tener, sin embargo. Hace falta mucho más que un mordisco para llegar a mi
estado.
Harry se rió suavemente.
—¿Sabes, Draco? Damos bastante pena. Los dos tenemos dieciocho años, pero yo tengo
cicatrices hasta en el alma y tú tienes unos cuantos problemas lupinos. Empiezo a pensar
que nuestro sitio está con el otro.
Draco se rió también.
—Tú no eres el único con cicatrices; mi brazo izquierdo no es muy atractivo. Deja que te
lo enseñe —Draco se enderezó, dejó la bebida en la mesita y recogió la de Harry para
hacer lo mismo. Luego subió las mangas de su jersey y su camisa.
Las cicatrices no asustaron a Harry, pero sí que se sorprendió con otra cosa.
—Draco, ¿dónde está tu marca?
Draco lo miró sin comprender.
—¿Mi marca…? Ah, joder. Creías que tenía una marca tenebrosa. Mierda, Harry, nunca
me han marcado.
—Pero… pero, Draco, se la enseñaste a Borgin aquel día que le preguntaste por el
armario evanescente, y Madam Malkin te pinchó con el alfiler. Y joder, en la Torre de
Astronomía no podía entrar nadie que no tuviera la marca.
Draco se levantó y se dirigió a la ventana. Abrió las cortinas; la luna empezaba a hacerse
más pequeña y más blanca.
—Potter, ni siquiera quiero saber cómo sabías lo de Borgin y Burges, pero le enseñé el
primer arañazo que me hizo Greyback. Por eso me dolía el brazo. Voldemort lo utilizaba
como una amenaza. Decía que la siguiente vez que Greyback lo hiciera, estaría en forma
lobuna. Agradezco que eso no pasara nunca. Sin embargo, con lo de la Torre, recuerda
bien. Pusieron la barrera después de que yo llegara a la torre. Ya la habían retirado
cuando bajé. No, Harry, nunca me han marcado.
—Hostia, sólo pensé que…
—Sólo pensaste que yo era un mortífago más —dijo Draco, sarcásticamente.
Harry se levantó de un salto y se acercó a Draco. Le puso las manos sobre el pecho.
—Draco, basta de hablar por ahora. No quiero resucitar el pasado. Es lo que es: pasado.
—Se giró hacia la chimenea y, tras unos segundos, un fuego crepitó. Miró a Draco, que le
dirigía una mirada de apreciación—. Vamos, Malfoy. Voy a enseñarte mis cicatrices, ya
que tú me has mostrado las tuyas —dijo Harry, y luego se quitó la camisa y el jersey.
Draco mantuvo el equilibrio apoyando una mano en el marco de la ventana.
—Dios mío, Harry, ¿cómo demonios sobreviviste a eso? ¿Cómo puedes siquiera hacerlo?
—Su madre le había comentado que las cicatrices eran feas cuando habían estado
hablando abajo, pero debería haber sabido que serían terroríficas por el simple hecho de
que ella las mencionara. Las tres marcas largas y profundas sobre los abdominales de
Harry mostraban que habían intentado destriparlo, y la del pecho estaba cerca del
corazón. Instintivamente levantó una mano y trazó cada una con los dedos. Sus yemas
largas y delgadas hicieron todo el recorrido, y luego Harry se encontró envuelto en los

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brazos de Draco. Esta vez no le dolió el abrazo; la tensión se desvaneció, y se derritió
contra el contacto. Draco le hundió la nariz cerca de la oreja, susurrando—: Lo siento
muchísimo, Potter.
Harry apoyó la cabeza en el pecho de Draco y escuchó los latidos de su corazón. Los
poderosos brazos del rubio lo sujetaron con más fuerza. Sus manos recorrieron la espalda
de Harry, que levantó la vista para ver los ojos de Plata mirándole fijamente.
—¿Aún me deseas? —susurró Harry.
Draco bajó la cabeza.
—Más que nunca —contestó, y empezó a besar a Harry por toda la cara. Lo empujó hacia
la cama y le animó a tumbarse. Se arrodilló en el suelo sin siquiera romper el beso; ya iba
por los hombros, casi llegando a la cicatriz del pecho. Sus manos buscaron el botón de
los pantalones, y desabrochó la cremallera habilidosamente. Sin decir una palabra, Harry
levantó el culo mientras Draco bajaba la ofensiva tela. Los zapatos y los calcetines
quedaron apartados, y los pantalones y calzoncillos desaparecieron. Draco se echó atrás
un momento y admiró al completamente desnudo Harry—. Gracias a Merlín que nunca te
vi desnudo en la escuela, o me habría vuelto loco por ti entonces —dijo. Harry rió.
—Draco, no creo que nunca me hayas provocado una erección. De hecho, estoy seguro
de que llegaste a matar unas cuantas.
Un dedo acalló los labios de Harry.
—Shhhh, no destroces mi fantasía —bromeó Draco. Sus dedos encontraron el camino
hacia abajo, explorando el miembro de Harry. Paseó el pulgar sobre la cabeza húmeda
que se asomaba entre el prepucio—. Hermoso —susurró, justo antes de inclinarse y
metérsela en la boca.
—Dios —murmuró Harry entre los dientes apretados—. Hay magia aquí, la siento cada
puta vez que me tocas.
Draco se detuvo y alzó la vista hacia Harry.
—¿Nunca habías estado con un mago? —Harry negó con la cabeza.
—Sólo algunas brujas. —Draco sonrió con complicidad y volvió a llenarse la boca con la
polla de Harry.
El Gryffindor no había visto nada tan erótico como el largo pelo plateado que bajaba en
cascada sobre su cuerpo mientras Draco le lamía la polla. Los largos lametones estaban
interrumpidos por rápidas sacudidas de la punta, cada una más intensa que la anterior.
Los brazos de Harry temblaban al aguantar el peso para mantenerse en la misma postura.
Intentó controlarse para no embestir en la lasciva boca de Draco, pero se sobresaltó
cuando sintió un ligero rasguño de los caninos alargados.
—Draco —jadeó Harry—, voy a correrme.
Draco continuó, envolviendo con la mano la parte baja y bombeando arriba y abajo, cada
vez más fuerte y rápido, al tiempo que su boca chupaba la punta. El mundo de Harry se
estrechó hasta abarcar únicamente esa sensación, y gritó cuando el orgasmo lo atravesó
y se lanzó a la boca de Draco, que lo recibió todo con expresión hambrienta.
—Dios, Draco, para —suplicó Harry, llevando una mano al revuelo de pelo rubio que le
cubría la entrepierna.

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Lentamente, Draco se retiró, lamiendo las gotas que quedaban. Besó el estómago algo
peludo de Harry antes de echarse atrás y sentarse sobre los talones.
—Joder, qué bien sabes —dijo, lamiéndose los labios.
Harry abrió los ojos como platos cuando vio la mirada del rubio.
—Draco, tus ojos... son diferentes, son casi dorados. —La sonrisa de Draco le iluminó
toda la cara.
—Es parte del proceso de emparejamiento. El lobo acaba de reconocerte como su pareja
potencial y, para mí y para él, sabes mejor que la tarta de chocolate y el brandy.
Harry le desordenó el pelo.
—¿Crees que podrías unirte a mí desnudo?
Draco se sentó sobre su trasero y empezó a quitarse las botas y los calcetines; el jersey y
la camiseta fueron las siguientes víctimas. Harry se limitó a observar, admirado. El torso
de Draco era delgado y musculado, y su piel era perfectamente lisa aparte del brazo
izquierdo. No estaba seguro de que pudiera aguantar seguir mirando cuando Draco se
levantó y se desabrochó los vaqueros, que cayeron a sus pies. Harry tragó saliva mirando
las largas piernas nervudas; se mordió el labio esperando que los bóxers negros fueran
los siguientes. Draco sonrió.
—¿Te gusta lo que ves? —Harry sólo asintió, incapaz de hacer salir más palabras de su
boca. Draco se dejó los bóxers puestos y volvió a empujar a Harry sobre la cama. Se
echó sobre él, atrapando su mano sobre la cama.
—Es todo para ti, si lo deseas —susurró, su rostro tan cerca del de Harry que las puntas
del cabello rubio caían por las mejillas del moreno.
—Te deseo —contestó Harry sin respiración, mirando fijamente los ojos dorados. Draco
se inclinó más. Harry notó la polla ligeramente erecta aún atrapada en los bóxers subir por
su estómago.
—Bien, porque yo también te deseo a ti —dijo Draco. Se lamió los labios y luego bajó la
lengua hacia la barbilla de Harry, y empezó a lamer el camino hasta su boca.
Manteniendo el equilibrio con una mano, le quitó las gafas a Harry y las apartó a un lado.
Harry no sabía si esto era parte del ritual de apareamiento lobuno o la propia perversión
de Draco, pero le estaba bañando la cara, el cuello y los hombros con la lengua. No le
importaba realmente; nunca se había sentido tan apreciado. Su cuerpo se arqueó bajo el
contacto de la lengua cuando ésta llegó a su pecho y rodeó sus pezones. Draco gruñó
ante el movimiento y se apartó un momento, volviendo a las rodillas. Movió suavemente
una mano entre las piernas de Harry y bajo su trasero, y la otra tras su espalda. Levantó a
Harry con una fuerza que éste difícilmente podía comprender, y lo colocó sobre el centro
de la cama. Por primera vez en su vida, Harry sintió una dominación ante la cual deseaba
rendirse. Con la misma facilidad con que Draco lo había levantado, le dio la vuelta hasta
dejarlo boca abajo.
Draco se colocó entre las piernas de Harry, y con manos fuertes le cogió de las caderas,
levantándolas. Harry estaba preparado para que el primer dedo se introdujera en él, pero
no para la invasión de algo más mojado y cálido. Al principio le sorprendió que Draco
hiciera algo tan íntimo, pero pronto dejó de importarle y se limitó a disfrutar de la lengua
de Draco penetrándole. Nadie le había prestado nunca tanta atención a sus necesidades,
su placer, sus deseos. Encogió los dedos de los pies cuando la lengua se adentró aún
más, y oyó los bajos gruñidos de placer que emitía Draco.

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No tenía ni idea de cuándo se habían unido los dedos de Draco a su lengua, sólo fue
consciente de algo diferente; más estimulación, más sensación de llenado, más apertura
a otras intrusiones.
Harry abrió la boca para decir algo, pero las palabras se le escaparon; casi se avergonzó
cuando empezó a jadear y gemir, mientras los dedos avanzaban. La retirada repentina
parecía casi deliberada. Tenía el culo empapado y el aire frío le hizo temblar, antes de que
el cuerpo largo y delgado de Draco lo volviera a cubrir. En algún momento, se había
quitado los bóxers. Harry se regodeó en el contacto de la parte baja de su espalda con el
miembro de Draco.
—¿Estás bien? —susurró Draco cerca de su oreja. Harry volvió la cabeza hacia un lado y
asintió—. Ahora voy a emparejarme contigo —dijo, directamente en su oído esta vez.
Harry intentó mirar su rostro. El pelo plateado escondía la visión.
—Vale —contestó Harry, casi inaudible.
—Ug, qué romántico, Potter.
Harry se rió por lo bajo.
—Nunca dije que lo fuera.
Cerró los ojos cuando sintió a Draco alejarse un poco, y su mano bajar por su espalda,
hasta el culo. De alguna forma, Draco ya estaba lubricado; un gemido escapó de sus
labios cuando pasó el pene entre sus nalgas.
—Podría convertirte en uno, ¿sabes? —Harry frunció el ceño.
—¿En un qué?
—Un romántico —contestó Draco. Harry dejó de respirar cuando, sin aviso previo, la
cabeza de la polla de Draco lo penetró. Fue muy distinto a cualquier cosa que hubiese
experimentado antes. Draco casi se deslizó en su interior; era al mismo tiempo duro y
suave, y no hubo dolor. Draco le besó el omóplato con suavidad, y sus labios subieron
hacia el cuello de Harry—. Te enamorarías de mí —dijo la dulce voz, y Harry sintió más de
Draco dentro de él.
El corazón de Harry se detuvo. Esto no era lo que había esperado. Jamás se habría
imaginado a Draco como un amante tierno.
—Tal vez ya lo haya hecho —dijo con una pequeña sonrisa; Draco se rió.
—No mientes muy bien, Harry.
El Gryffindor se mordió el labio inferior cuando Draco se movió sobre él, introduciéndose
más. Draco colocó más peso sobre sus rodillas, levantando las caderas de Harry en el
proceso. Dejó escapar un gruñido que Harry no supo identificar como de dolor o de placer.
Sin embargo, estaba seguro de que esto iba a ser duro para la herida de Draco.
—¡Dios! —gritó Harry cuando Draco empezó a embestir, dentro y fuera.
—¿Te gusta?
Harry giró la cabeza hacia el otro lado de la almohada.
—Sí —siseó.
—Bien... oh, ¡joder! —chilló Draco.
—¡Hostia puta! —gritó Harry cuando un bultó entró en su ano, y sintió que las piernas de
Draco temblaban. Harry sólo pudo jadear mientras se producía la expansión—. Dios mío,

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oh, Dios mío. —Su interior estaba siendo prolongado mientras la polla de Draco se hacía
más larga y más dura. No estaba seguro de cuánto podría aguantar, hasta que de repente
sintió que sus propios músculos se retorcían. Estaban vinculados. Harry no estaba seguro
de cuál de los dos respiraba con más intensidad, si él o Draco.
—¿Bien? —jadeó Draco.
—Sí, creo que sí —dijo Harry, intentando recuperar el aliento. Realmente esperaba
estarlo. Se encontraba al límite y lo sabía. Casi se rió en voz alta al pensar que Draco
siempre lo llevaba al límite.
Las piernas de Draco seguían temblando, y de pronto Harry entendió que se estaba
conteniendo. Harry sabía por qué: estaba buscando una garantía. Draco estaba
preocupado de que esto fuera demasiado para Harry. El moreno respiró hondo y se
colocó a cuatro patas.
Draco gimió. Harry giró la cabeza y le miró a los ojos dorados.
—Fóllame, Draco.
Los ojos del Slytherin llamearon. Harry sabía cómo provocarlo. Sólo tenía que soltar otro
reto.
—Vamos, Draco, haz que me enamore de ti.
—Que te follen, Potter —soltó Draco, y luego dejó salir el instinto carnal.
Harry perdió la noción del tiempo y el espacio; sólo recordaba que en algún momento su
cuerpo se relajó por completo y sus músculos se hicieron gelatina. Draco tenía el control
completo de todos los movimientos. No fue romántico, fue puro sexo animal, y Harry supo
que lo habían reclamado. El aroma y la magia de Draco lo protegían mientras éste le
entregaba todo lo que tenía. En algún momento del proceso supo que le habían mordido
el hombro y luego, sin previo aviso, su mundo se detuvo en seco y se rompió en pedazos
con un único aullido de victoria.

Índice de contenidos

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DRACO (III)

Los dos se quedaron tumbados, en trance. Draco se había deslizado al exterior, y yacía a
su lado, casi incoherente. Harry vio una gota de sangre deslizarse por su propio brazo y
llegar a las sábanas de algodón blanco. Sabía que no pasaba nada, así que simplemente
lo miró. Esta sangre era muy distinta al líquido rojo en el que había estado empapado
hacía una semana. Esta gota era de un rico color rojo oscuro, y la encontró hermosa. Un
dedo largo y delgado la limpió.
Harry echó un vistazo a su compañero de cama.
—¿Quieres un poco de agua? —murmuró.
—Sí, eso estaría bien —contestó Draco con voz ronca.
Harry se arrastró hasta el suelo y se dirigió tranquilamente hacia el baño. Abrió el grifo y
dejó salir el agua fría. Se lavó la cara y se miró en el espejo. Tenía aspecto de recién
follado, pero nada más allá de lo normal. Se giró a un lado para ver el mordisco
superficial, y luego se miró los ojos. Sabía que habían cambiado. Cogió el vaso de agua y
se lo bebió de un trago. Estaba muerto de sed, y sabía que Draco también. Sin embargo,
antes quería limpiarse. El grifo pronto estuvo escupiendo agua humeante, y Harry se lavó
mientras el semen de Draco bajaba por sus piernas. Se rió, limpiándose el pecho y el
estómago con la toalla. Él también se había corrido, y no tenía ni idea de cuándo había
pasado.
Volvió a la habitación con agua fría y una toalla limpia. Draco apenas se había movido.
Una parte de Harry deseó que nunca lo hiciera. La sábana le cubría hasta la cadera, tenía
el pelo recogido tras las orejas, y los ojos plateados brillaban. Harry le acercó el vaso.
Draco hizo una mueca mientras se enderezaba para cogerlo; se lo tragó rápidamente, y
Harry lo volvió a llenar con un hechizo sin varita y un guiño. Draco levantó una ceja, pero
siguió bebiendo.
—¿Te encuentras bien?
—No, me duele la cadera.

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Harry cogió el vaso vacío y lo dejó en la mesita. Levantó la sábana y se sentó con las
piernas cruzadas junto al cuerpo extendido. Dejó la toalla caliente sobre el muslo de
Draco, la subió hacia los rizos rubios empapados, y finalmente llegó a su miembro. Draco
le dirigió una sonrisa para mostrar que apreciaba el gesto.
—A mí me parece normal —dijo Harry, burlón.
Draco miró hacia abajo, se sujetó el pene fláccido con una mano y le dio una rápida
sacudida.
—También se siente normal. Gracias a Dios, era horrible estar medio duro todo el tiempo.
—¿Sabes? Tengo unos cuantos bálsamos reparadores, si quieres probarlos. —Draco
negó con la cabeza.
—Estaré bien.
Harry enrolló la toalla y la tiró contra la pared; cayó dentro de una cesta vacía.
Draco estiró la mano y cubrió la nuca de Harry. Sus dedos juguetearon con las puntas del
pelo negro antes de obligarlo a bajar, frotando la nariz contra la de Harry. El moreno no
podía apartar la vista; los ojos de Draco se hundían en los suyos, y se cerraron
lentamente cuando se besaron.
Draco soltó el agarre y Harry se enderezó, rompiendo el corto beso. Suspiró.
—¿Estás bien?
—No, sí, no sé —contestó Harry, sabiendo que sonaba estúpido.
Los ojos de Draco se llenaron de preocupación.
—¿Te he hecho daño? Siento el mordisco. Te juro que...
Harry sonrió; se acercó y puso un dedo sobre los labios de Draco.
—No estoy herido, sólo me siento diferente.
Draco puso su mano libre sobre su muslo.
—¿Diferente bueno o malo?
—Bueno. Me siento en calma, Draco. Nunca me he sentido en calma en toda mi vida.
Draco le dirigió una sonrisa tonta.
—Éxtasis post-orgásmico, Harry.
Harry le dio una palmada suave en la mejilla.
—No, idiota. Sé cómo es eso. Esto es algo más. Ha pasado algo, algo mágico.
Draco dejó que su pulgar recorriera la rodilla de Harry.
—Es el emparejamiento, Harry. Así es como lo sientes.
—¿Tú también lo notas? —preguntó Harry con tono esperanzado.
Draco sonrió.
—Sí, pero probablemente de manera distinta.
—¿Cómo es? —preguntó Harry, avanzando con los dedos hasta enredarlos en el pelo
rubio que brillaba bajo la luz de la vela. Draco cogió su muñeca y llevó los dedos a sus
labios.

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—Satisfecho, y fuerte —dijo mientras besaba los dedos.
—¿Eso es diferente para ti?
Draco se rió por lo bajo, y Harry miró con incredulidad cómo un ligero rubor llegaba a sus
mejillas.
—Sí, las dos cosas son nuevas. ¿Eso te sorprende?
—No, supongo que no. Todo el mundo tiene sus inseguridades. Es sólo que siempre te he
visto como alguien seguro de sí, y fuerte.
—Todo fachada. ¿Me pasas la tarta, por favor? Me muero de hambre.
Harry se echó atrás y cogió el plato de tarta y un tenedor. Lo dejó sobre sus piernas
cruzadas; cortó un trozo bien grande con el tenedor y lo sostuvo para los labios de Draco.
Draco abrió la boca y se lo comió. Harry se quedó mirando cómo la increíble expresión de
éxtasis llegaba a su cara.
—Draco —dijo Harry, cortando otro trozo.
—Mmm.
—Cuando eres Plata, ¿qué sientes por mí?
Draco masticó el segundo trozo. Harry esperó pacientemente.
—No es un sentimiento humano, es difícil de explicar. Tengo pensamientos y recuerdos
humanos, pero se mezclan con los instintos del lobo. Te quiero como parte de mi manada.
Quiero protegerte y satisfacerte. A Plata le gusta que lo feliciten y lo acaricien.
—Ah.
—Y ¿qué sientes tú por Plata?
Harry le dio otro bocado.
—Me gusta, mucho. Me siento muy cómodo cuando está cerca. No sé si tu madre te lo ha
dicho, pero yo no hablo mucho.
—¿En serio? —Draco se rió—. Creía que te gustaba charlar. Al menos, te pasas el día
cascando cuando estás con Plata.
Harry también rió.
—Lo sé. Lo siento. No estoy acostumbrado a compartir mis sentimientos con la gente.
—¿Pero un lobo está bien?
—Un lobo es genial.
—Me parece que lo estás haciendo bastante bien ahora mismo.
El tenedor dividió un trozo especialmente grande. Harry lo apuñaló malvadamente y luego
se lo comió. Draco agrandó los ojos.
—Ése tenía que ser mío.
Harry dejó que el chocolate se derritiera en su boca y saboreó cada ingrediente. Rara vez
se daba esos caprichos.
La mano de Draco subió por su muslo. Harry le dirigió una sonrisa traviesa, pero negó con
la cabeza. Draco también sonrió.

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—Te entiendo, yo también estoy bastante hecho polvo. —Su mano volvió a la rodilla de
Harry—. No nos confundes, ¿verdad? ¿A Plata y a mí?
Harry hizo una mueca.
—No, Draco, eso sería sencillamente perturbador. Pero creo que los dos me gustáis.
Draco se dejó caer en la cama y rugió de risa.
—¡Oh, Dios mío! ¡Le gusto a H.P.!
Harry volvió a dejar el plato en la mesilla y con un movimiento rápido se colocó encima de
Draco, sosteniéndose sobre los codos.
—Me parece que la verdadera pregunta es ¿le gusta H.P. a D.M.?
Draco abrió las piernas, dejando que Harry se acomodara entre ellas, y luego rodeó la
cintura de Harry con ellas y sus brazos con las manos para darles la vuelta con un
movimiento elegante. Se inclinó y besó a Harry con fuerza. Éste abrió los labios, dejando
entrar a la lengua dominante. Sintió que todo su cuerpo volvía a derretirse.
Draco pasó la lengua por la mejilla de Harry, hasta llegar a su oreja. Metió la punta y la
giró un poco. Harry se estremeció. Draco llevó los labios justo hasta la entrada.
—A Draco Malfoy le atrae Harry Potter —susurró—. A Plata le gusta Harry Potter.
La respiración cálida le puso la piel de gallina. Dadas sus respuestas físicas al contacto
con Draco, decidió que era bueno que Draco dijera lo que había dicho.
—Bien —susurró Harry.
Draco se sostuvo sobre los brazos extendidos. Echó un largo vistazo al cuerpo de Harry y
se rió por lo bajo.
—Dios, Potter, ya estás duro otra vez. ¿Qué le ha pasado al cansancio?
Harry agarró las nalgas de Draco y lo atrajo hacia sí.
—Tenemos dieciocho años, Draco, y al parecer a mi cuerpo también le gustas.
Draco dobló los codos, dejándose caer.
—¿No estás dolorido? Yo no creo tener nada dentro con lo que eyacular.
Harry soltó una risa breve.
—Te he dejado seco, ¿eh? Yo tengo un mes para recuperarme... —dijo, levantando el
culo y apretándolo un poco. Sabía que Draco estaba de broma, porque su cuerpo también
empezaba a reaccionar. Observó con fascinación cómo sus párpados de bajaban y una
expresión de éxtasis llegaba a su rostro cuando experimentó una verdadera erección—.
Quiero que me folles como un mago.
Los ojos cerrados se abrieron de golpe, y su intensidad hizo que Harry se replanteara la
petición. Sin decir una palabra, Draco se inclinó salvajemente y mordió el cuello de Harry.
Seguramente aparecería un moretón pronto. Se apoyó en un brazo y con la mano libre
acarició suavemente las nuevas cicatrices del torso. Harry se arqueó cuando una atención
un tanto más agresiva se dirigió a sus pezones. Nunca tendría suficiente del toque de
Draco.
—Joder, ¿qué me has hecho? —se quejó Harry, casi con frustración. Draco dejó ir el trozo
de piel de su cuello del cual se había apropiado y se acercó a su oreja.
—Te he hecho mío.

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Draco murmuró algo más mientras se apartaba; Harry no entendió qué era, pero entonces
sintió la polla de Draco frotándose contra él: estaba lubricada, y él también.
Draco se puso de rodillas y cogió las piernas de Harry. Juntos las llevaron hasta los
hombros de aquel. El moreno miró directamente los brillantes ojos plateados, sin
parpadear; la mirada de Draco no se apartó mientras buscaba su propia polla, la
presionaba contra la entrada expuesta ante él, y se detenía un momento.
—No me lo puedo creer —murmuró. Harry se mordió el interior de la mejilla; sabía en qué
estaba pensando Draco.
—¿El qué, que tú y yo estemos haciendo esto?
—Sí —contestó Draco, y sus labios dibujaron una sonrisa que Harry nunca había visto
antes. Era hermosa.
—Analiza más tarde, Draco.
El Slytherin se rió con ganas y entonces, sin avisar, se introdujo en el estrecho interior de
Harry, que se arqueó como respuesta.
—¿Mejor? —chastised Draco.
—Lo será —contestó Harry entre respiraciones profundas, intentando obligarse a
relajarse. Esto se parecía más a lo que recordaba de otras experiencias. Draco no intentó
entrar más; parecía estar completamente bajo control mientras esperaba la señal de Harry
para seguir adelante. Inclinó la cabeza a un lado para besar el interior de su rodilla. Éste
no sabía por qué el pequeño gesto le hizo relajarse; tal vez porque era algo que haría un
amante, no un compañero de aventura de una noche.
—Sigue. —Draco penetró de manera metódica, juzgando la reacción de Harry ante cada
avance—. ¡Más! —ordenó cuando estuvo casi completamente dentro de él. Ya no dolía.
La sonrisa de Draco no se había ido, y Harry no pudo evitar devolverla. Lo estaban
haciendo; ellos, Harry y Draco, estaban en la cama haciendo el amor. No creía que el
momento pudiera ser más perfecto, pero entonces los dioses apartaron las nubes
nocturnas y los rayos lunares entraron por la ventana, bañando a Draco en su luz.
—Magia —murmuró Harry, sin pensar.

—Magia —repitió Draco mientras las yemas de sus dedos apretaban las endurecidas
nalgas, y empezaba poco a poco a embestir.
—Joder —dijo Harry suavemente. Estar uno frente al otro lo hacía mucho más real, hacía
que sintiera a Draco como un mago, y la magia que fluía entre ellos—. ¡Dios! —gritó Harry
con fuerza, rompiendo el ambiente de serenidad.
—La he encontrado —sonrió Draco traviesamente, revelando su satisfacción por llevar a
Harry hasta ese punto. De pronto, la cara de Draco se convirtió en una máscara de dolor
—. ¡Mierda! —gritó.
—¿La cadera? —preguntó Harry, haciendo una mueca de compasión por Draco. Éste se
mordió el labio inferior y asintió.
Harry bajó las piernas y Draco salió fácilmente, pues su erección había desaparecido por
completo.
—¡Coño! —escupió Draco. Harry se enderezó rápidamente y envolvió los brazos
alrededor de un Draco muy decepcionado.

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—No pasa nada —susurró en su oído.
Draco apoyó la frente en el hombro de Harry, que recorrió su espalda con los dedos,
arañando con suavidad. Draco casi maulló ante la sensación. Sus propios dedos bajaron
por los costados de Harry, acercándose a la polla aún erecta. La respiración de Harry se
detuvo cuando los diez dedos empezaron a acariciar, siempre hacia arriba. La nariz de
Draco se hundió en su pelo hasta que los labios encontraron su cuello, se abrieron, y
mordió suavemente antes de volver a chupar.
El ritmo de los dedos y su presión aumentaron, y de repente había un agarre completo. Le
habían hecho esto muchas veces, pero cuando el pulgar de Draco acarició el glande y
subió por la punta, supo que nunca había sido tan dulce. No había prisa, sólo sencillas
caricias de presión variada que se movían continuamente arriba y abajo.
—Dios, Draco, qué bueno.
Draco le mordió el cuello con más fuerza. Harry sintió las puntas de los caninos a punto
de romperle la piel. No podía embestir con facilidad en las fuertes y despiadadas manos
de Draco. No lo forzó, sino que dejó que el impulso fuera aumentando. Al final le
sobrepasó, y el cálido semen salió por pulsaciones.
—Gracias —fue lo único que Harry consiguió murmurar. Draco dejó de morder y le dio al
trozo de piel morada un último lametón.
—De nada. Ya te he dicho que cuidaría de ti.
Las palabras sorprendieron a Harry. Nadie cuidaba realmente de él. Sus amigos y
pseudofamilia lo adoptaban, le daban consejos y lo querían, pero nadie llenaba el vacío
que sólo un amante podía ocupar. Se dejó caer sobre la cama y recuperó la respiración.
Draco se tumbó a su lado. A Harry le llevó un momento darse cuenta de que Draco se
estaba limpiando la mano con la lengua. Harry se rió en voz baja. Así que algunos rasgos
lobunos. Alargó la mano y acercó el último trozo de tarta. Dejó el plato sobre las sábanas,
entre ellos. Los ojos de Draco se iluminaron, y devoró rápidamente lo que quedaba. Harry
volvió a dejar el plato en la mesa e hizo levitar las copas de brandy hacia ellos.
—Bueno, ¿hablamos?
Draco levantó una esquina de la boca.
—¿Tenemos que hacerlo? Preferiría no destruir este recuerdo con un intento de
comunicarnos sentimientos de amor el uno al otro. —El colchón tembló ligeramente con la
risa de Harry.
—Tanto hablar de lo romántico que dices ser… No, idiota, me refería a la guerra, la
recuperación, cualquier cosa que necesitemos saber.
—Vale, bien. Le he dado a madre algo de información que puede compartir. Una parte son
las últimas órdenes del Señor Oscuro a Sev. Lo enviaron a buscar a mi padre, que no
contestaba los llamamientos. También hay unos cuantos compartimentos escondidos en
la guarida del Señor Oscuro, igual que en la Mansión. Tengo curiosidad por saber cómo
llegó mi madre aquí. Me ha dicho que la invitaste, pero no ha revelado muchos detalles.
Una sonrisa casi de niño pequeño inundó la cara de Harry.
—Fue en el viaje en tren de Hogwarts a Kings Cross cuando se me ocurrió la idea.
Habían pasado sólo unas horas tras el funeral de Dumbledore, y yo estaba sentado solo
en un vagón. Ron y Hermione se ocupaban de las últimas tareas como prefectos, y yo

61
acababa de romper con Ginny. —Draco bajó la copa que tenía en los labios y fue a decir
algo; Harry le puso el dedo en los labios—: Esa conversación, más tarde.
»En cualquier caso, yo estaba ahí solo mirando por la ventana, reproduciendo
mentalmente los últimos días. Realmente era la primera vez que pude estar solo,
sentarme y meditar. Me di cuenta de que nada tenía sentido. Snape podría haberme
llevado con Voldemort esa noche, y yo sabía que Dumbledore confiaba en él. Y estabas
tú. Sabía lo que significaba el hecho de que hubieras bajado la varita.
Draco tragó un gran sorbo de brandy.
—¿Tú estabas ahí?
—Sí, Draco, estaba ahí, bajo una capa de invisibilidad e inmovilizado. Me di cuenta de
que lo que hiciste significaba sacrificar a tu familia. No podía, o más bien ni siquiera
consideré, ayudar a tu padre; pero tu madre, si seguía viva… pensé que debía ofrecerle la
protección de la que habló Dumbledore.
Draco volvió a hacer una mueca e intentó subir las mantas. Harry dejó sus copas a un
lado y terminó el movimiento; los dos se pusieron cómodos bajo la cubierta.
—¿Por qué? Quiero decir que, de verdad, Harry, no me debías nada.
—No, pero sí se lo debía a Dumbledore, y también sé lo duro que es el mundo sin una
madre. Sabía que creías haber tomado la decisión equivocada al unirte a Voldemort.
—No tuve elección —dijo Draco, llanamente.
—Sí, eso también me lo imaginaba, pero aun así eso no quería decir que, si hubieras
podido elegir, hubieras tomado la decisión adecuada.
—Así que estabas intentando que tu bando fuera más atractivo utilizando a mi madre.
Harry gimió.
—No estaba utilizando a tu madre, Draco. De verdad quería protegerla; sin embargo, ése
fue un efecto secundario útil. No funcionó, en cualquier caso: nadie sabía dónde estabas,
ni te había vuelto a ver.
—Sí, fue una maravillosa etapa de mi vida —dijo Draco, sarcástico. Harry lo ignoró.
—Así que le escribí una nota a tu madre diciendo que, si quería protección, se encontrara
conmigo en Kings Cross, disfrazada. Le dije que llevara un lirio blanco. Pedí a Dobby que
se lo entregara personalmente en la Mansión.
—¿Dobby lo entregó? —preguntó Draco, sorprendido.
—Sí, Dobby. Sabía que ella lo reconocería, y posiblemente encontraría la conexión entre
nosotros. Salí del tren, me despedí, y vi a mis parientes a lo lejos. Busqué a Narcissa por
todas partes, pero no la vi. Sí que vi a los miembros de la Orden que venían a vigilarme.
Estaba yendo hacia mis tíos cuando por fin la vi: estaba disfrazada de muggle, con un
carrito lleno de baúles. —Draco sonrió.
»Sí, yo también me reí. La saludé con un gesto y les dije a los Dursley que tardaría unos
minutos. No les gustó, pero no iban a decir nada con mis guardias tan cerca. Le hice un
gesto a Hestia Jones y le dije que llamara a Remus y Tonks; llegaron en unos minutos.
Les expliqué lo que había hecho, y que quería que trajeran a Narcissa a mi casa, a esta
casa. No les gustó a ninguno, pero la casa era mía.

62
»Hablé con tu madre y le expliqué a dónde iba. Pareció apreciar que fuera una residencia
Black. Le hablé un poco de las reglas y le dije que no volvería durante un tiempo. Tenía
que quedarme en casa de mis tíos una temporada, por la protección de mi tía: es mi
pariente más cercana.
Draco se quedó quieto un momento, procesando todo lo que Harry le decía. Éste había
aprendido a leer las limitadas expresiones de Narcissa, pero aunque Draco compartía
algunas de ellas, no lo conocía lo suficiente como para entender otras características de
él. Ahora mismo, resoplaba por la nariz, y Harry no tenía ni idea de qué significaba eso.
—¿Mi madre estaba disfrazada de muggle? —habló finalmente—. Cuéntame eso.
Harry se rió por lo bajo. No era la pregunta que había estado esperando, pero entendía
por qué Draco podría estar interesado en la anécdota.
—Llevaba vaqueros azules, una camiseta blanca más grande de la cuenta, el pelo suelto
y unas gafas de sol. —Draco parpadeó con cada dato mencionado.
—¿Hiciste fotos? —preguntó, esperanzado. Harry se rió.
—No, pero me gustaría haberlo hecho. No la he vuelto a ver con el pelo suelto.
Aparentaba unos veintipocos.
Draco sólo sacudió la cabeza.
—¿Qué hay de Severus? ¿Cómo llegasteis a trabajar juntos?
Harry cambió las piernas de posición bajo las mantas. Draco le agarró un muslo y pasó la
pierna de Harry sobre las suyas; el Gryffindor encontró bastante reconfortantes las suaves
caricias que empezó a recibir su pierna.
—Una vez volví aquí, tu madre y yo empezamos a hablar, aunque limitadamente. Durante
los siguientes meses, me enteré del Juramento Inquebrantable bajo el que puso a Snape.
Me fue difícil llegar a tomar la decisión que tomé, dado el trato que me había
proporcionado el profesor Snape a lo largo de los años. Nunca me había gustado ese
hombre, pero me di cuenta de que, como yo, estaba siguiendo un camino que ya había
sido abierto para él. No era un cobarde, sino lo suficientemente valiente como para seguir
adelante.
—Como tú —dijo Draco. Harry se ruborizó—. No seas tan humilde, Potter.
Harry casi se ahogó de la risa.
—Viniendo de ti, esa orden no tiene precio. En cualquier caso, al final le mandé un
mensaje. Sólo le dije “ven a casa”. Lo envié con Hedwig, esperando que lo pudiera
encontrar. Alrededor de una semana más tarde, él llegó aquí. Hablé, se burló, grité, gruñó,
me enfurruñé, me menospreció… y al final llegamos a un acuerdo. Creo que conseguí
puntos extra por haber protegido a tu madre. Tuve que aguantar un espantoso sermón
sobre lo estúpido e imprudente que había sido hacerlo. Sabía que lo aprobaba. —Draco
se rió, compadeciendo lo que Harry debía de haber pasado.
»Desde el principio pregunté por ti. Dijo que no sabía nada, ya que Voldemort te había
cogido aquella noche y fue la última vez que te vio. Añadió que era mejor dar por hecho
que estabas muerto. Tu madre no estaba de acuerdo con eso: nunca perdió la esperanza.
En un momento dado, cuando alguien preguntó por ti en una reunión de la Orden, Snape
dijo que ya no existías. Le pregunté qué había querido decir y me evitó. No volví a oírle
mencionar tu nombre. —Harry se detuvo y se quitó el pelo de los ojos—. Entonces,
¿sabía lo tuyo y no me lo dijo? —preguntó, con un claro matiz de decepción.

63
Draco retiró la mano del muslo de Harry y la sacó de entre las mantas para apartar el pelo
negro que había vuelto a caer sobre sus ojos.
—Sólo lo supo durante unos meses antes de desaparecer. Una vez me convertí en lobo y
se me permitió salir de la celda, lo vi unas cuantas veces cuando lo llamaba el Señor
Oscuro. No era tan estúpido como para tratar de llamar su atención, pero me alegró saber
que seguía vivo. Mi cadera estaba empeorando, y el Señor Oscuro tuvo un momento de
piedad y le pidió a Severus que me curara. Una vez estuvimos en privado, no le costó
mucho descubrir quién era yo. Me dio pociones y me ayudó a mejorar. Sólo hubo tres
visitas en las que pudimos hablar. En la primera me habló de la situación de mi madre. —
Draco se acercó y le dio a Harry un beso rápido—. Fue la única buena noticia que recibí
en todo ese tiempo, y sólo por eso, Harry, te lo agradezco. Tenía algo positivo en lo que
pensar. Las otras dos veces que me trató, me habló de la investigación que estaba
llevando a cabo sobre mi condición, y lo que podía esperar. También me dijo que estaba
buscando un antídoto. He renunciado ya a esa esperanza —añadió solemnemente.
Harry levantó una mano y acarició la mejilla de Draco antes de acercarse más para
besarlo.
—No te vayas —murmuró cuando sus labios se encontraron. Draco se acercó aún más,
hasta que estuvieron piel contra piel.

—Tengo que hacerlo —respondió entre besos. Harry suspiró y dejó de responder al
contacto. Draco le levantó la barbilla con los dedos—. Por increíble que haya sido esta
noche, que debo admitir ha sido probablemente la mejor de mi vida, no es suficiente. No
puedo vivir como un animal.
Harry asintió.
—Yo tampoco podría. Ni siquiera sé cómo lo hace Remus una vez al mes. —Draco hizo
un sonido que a Harry le pareció se acercaba a un gruñido—. Ya lo sé, Plata es un lobo,
no un hombre lobo… —Se detuvo al ver que sus palabras no parecían ayudar, y vio cómo
Draco respiraba hondo para tranquilizarse—. Sólo quería decir…
—Sé lo que querías decir, pero él sólo tiene que ser así un día. Creo que casi podría
aguantar eso.
—¿Por qué esa reacción?
—Es territorial. Como he dicho, hay algunos instintos lobunos que siguen intactos. Has
sacado el nombre de Remus a la luz unas cuantas veces. Esta vez ha sido más intenso
porque lo has mencionado con el concepto de ser un hombre lobo. No le gustará lo de
esta noche. Te considera parte de su manada.
Harry se contuvo de reír, algo que le llevó bastante esfuerzo. Tragó saliva antes de
responder.
—A Remus no parecía importarle que Plata me eligiera.
Draco resopló.
—Potter, ¿por casualidad le has dicho que Plata se convierte en humano? ¿Le has dicho
que soy gay? ¿Y que tú eres gay?
Harry negó con la cabeza.
—Sabe que te transformas, fue el primero que lo preguntó. Pero no, no le he hablado de
lo demás.

64
—Bueno, entonces prepárate. Tendrá una respuesta.
—Sólo prométeme que si empezáis una competición de meados, lo haréis fuera. No
quiero mis muebles marcados.
Draco le dirigió una mirada asesina, pero Harry sabía que le había parecido gracioso. Aún
tenían algunos asuntos serios por discutir, especialmente dado el deseo de Navidad de
Draco.
—Draco, quiero tu permiso para contárselo todo a Tonks, Ron y Hermione. —Los ojos de
Draco centellearon, pero Harry continuó—: Tonks es la hembra de Remus, según lo verías
tú. Ron y Hermione, como sabes, han sido mis amigos todo este tiempo. Los necesitaré
cuando llegue la Navidad. Intento no guardarles secretos, y cuando me lo propongo,
Hermione los descubre de todas maneras. —Draco no respondió, así que siguió hablando
—: Necesitaré su ayuda para asegurarme de que puedes estar en la Mansión y no haya
problemas por parte del Ministerio ni de la Orden. La vigilan constantemente. También
hará falta algo de planificación para que tu madre no se vea implicada.
Draco se dio la vuelta; parecía estar en trance, mirando la sombra proyectada del dragón.
El pequeño monstruito había despertado y se estaba estirando.
—Puedes hacerlo. Y si te cruzas con Zabini, también puedes contárselo, pero a nadie
más. Es imperativo que esto siga siendo un secreto. No quiero que mi padre lo descubra.
—¿Tanto ha cambiado?
Draco se dio la vuelta, casi intentando leer la mente de Harry, y luego negó con la cabeza.
—No, no ha cambiado. Yo sí lo he hecho, y sé que él nunca lo hará.
Harry le devolvió la mirada, intentando hacer lo mismo. Por malvado que fuera un padre,
¿realmente su hijo podría matarlo? No sabía cómo preguntar si Draco podría hacer eso,
dado que no consiguió matar a Dumbledore.
La expresión del Gryffindor era fácil de leer. Draco sabía que no lo entendía.
—No digo estas cosas a la ligera. Quiero a mi padre, y ya sabes que lo he idolatrado la
mitad de mi vida, pero esto es algo de lo que mi familia tiene que ocuparse. Como el
heredero Malfoy, es mi responsabilidad que el nombre no caiga en más desgracia de lo
que ya está. Incluso si la línea hereditaria termina con mi muerte, la historia será escrita.
Ahora mismo, la comunidad cree que mi padre es un desertor. Preferiría que ése fuera el
último capítulo.
—Pero, Draco, ¿por qué no se lo dejas a los aurores? Y coño, si nos ponemos con esas,
yo puedo hacerlo. Me he pasado el último año entrenando, planeando la batalla contra
otros mortífagos.
Las sábanas saltaron volando.
—¡Maldito seas, Potter! —Gritó Draco—. ¡Mírate! Ya has hecho suficiente. Éste es mi
problema; si fracaso, puedes quedártelo, pero necesito la oportunidad de hacer mi papel,
por todo el mal que he causado. Prométeme que me ayudarás, pero no interferirás. Y
ahora hablemos de otra cosa.
Harry se enderezó y volvió a colocar las sábanas en su sitio.
—Te lo prometo, Draco. ¿Puedes contarme lo que has hecho a lo largo de este año?
Draco resopló.

65
—Poco más que escuchar al Señor Oscuro filosofando. Me utilizaba como su caja de
resonancia personal. Era como estar sentado en la clase de Binns la mayor parte del
tiempo… excepto cuando se cabreaba; entonces se divertía hechizándome.
Harry suspiró.
—Lo siento, supongo que estoy haciendo lo mismo con Plata.
Draco se inclinó y besó la frente de Harry.
—No seas tonto, no te pareces a él en nada. Y ahora, ¿me cuentas cómo te ha ido a ti?
—¡No! —contestó Harry instintivamente—. No estoy preparado.
Draco llevó la mano sobre Harry, hasta su hombro, y movió los dedos por su costado.
—Lo entiendo. —El contacto de sus dedos relajó la tensión momentánea.
—Tal vez la próxima vez —murmuró Harry.
—Tal vez podrías contárselo a Plata, cuando estés listo —sugirió Draco, y besó a Harry
suavemente.
—No querría aburrirlo —contestó Harry, bostezando ampliamente.
—¿Cansado?
—Sí, pero no quiero perder el tiempo.
Draco se giró con cuidado y movió a Harry, utilizando su hombro y pecho como almohada.
Harry sintió un escalofrío mientras las manos de Draco seguían acariciándole la espalda.
—Otra vez no, Potter —dijo Draco, burlón. Harry rió por lo bajo e inclinó la cabeza para
mirarlo.
—No, es sólo que cuando me tocas, siento un cosquilleo, y mis músculos se relajan.
Draco elevó una ceja.
—¿A Potter le gusta que le toqueteen?
Harry sacó la lengua.
—¿Te sientes tú igual?
—No, es más como un tirón: me siento completo. Es agradable. Cuando soy Plata, en
cambio, tus caricias me relajan.
Harry volvió a bostezar.
—¿Hay algo más que pueda hacer por Plata?
Draco bajó los párpados. Harry se dio cuenta de lo largas y gruesas que eran sus
pestañas. El rostro anguloso tenía mucho mejor aspecto cuando estaba relajado. Era
verdaderamente hermoso.
—Deseo que se me llame Plata en todo momento. La única excepción será mi madre
cuando estemos solos, y tú, cuando sea necesario que yo, Draco, entienda algo o
responda. También me gustaría hacer algunas cosas típicas de perros, una vez mi cadera
esté mejor. Ahora mismo, un paseo diario sería genial. Tal vez tú y Plata podríais jugar
con un frisbee o una pelota. Plata es algo más que yo con piel de peluche, también tiene
necesidades.
—¿Eso significa que quieres los huesos de la sopa de Molly?

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La respuesta fue un falso gruñido.
—No, Plata no come huesos cocinados. Y ahora a dormir, Harry. Yo también estoy
agotado. Si me quedo despierto, me dará tiempo a organizar mis pensamientos humanos.
La mano de Harry se quedó sobre el pecho de Draco, notando el constante latido de su
corazón. Bajó los párpados. Era agradable que lo sujetaran mientras el sueño lo invadía.

Índice de contenidos

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EL GRAN LOBO MALO (I)

Harry despertó bruscamente por el sonido de un coche tocando el claxon repetidamente


en la calle. Buscó a ciegas en la mesita de noche hasta coger sus gafas y su varita. El
horroroso ruido quedó silenciado.
Parpadeó con incredulidad al ver la hora en el reloj. Era casi mediodía. Se estiró y curvó
los dedos de los pies hasta que oyó cómo sus tobillos hacían el crujido de la mañana.
Draco se había ido hacía mucho; el centro de la cama estaba frío al tacto. Harry quería
remolonear, pero el baño llamaba. Encendió la ducha; esperaría hasta que el vapor
saliera de la bañera antes de entrar. Mientras tanto, se volvió al lavabo para lavarse los
dientes y afeitarse, y entonces vio la poción y el bálsamo. Entonces se dio cuenta de que
Draco se había quedado despierto y, como había prometido, estaba cuidando de él. Había
una pequeña nota bajo la poción:

Harry,

He pensado que podrías necesitar esto.


Gracias por... bueno, gracias por todo.
Espero nuestra próxima reunión en noviembre.

Draco.

Aunque la longitud de la nota era mínima, el mensaje no lo era. Harry se tomó la poción y
pronto notó la magia funcionando, relajando sus músculos. Estaba en buena forma por su
entrenamiento, pero el sexo había puesto a prueba músculos que rara vez usaba. La
ducha fue larga y caliente. Era uno de los pocos lujos que se había permitido durante la
guerra. Incluso había tenido a la Orden esperando alguna que otra vez mientras se
deleitaba en el vapor ardiente.

68
Se secó con la toalla y extendió el bálsamo por las partes más irritadas de su trasero. Los
recuerdos de la noche anterior se acercaban y se alejaban flotando en su mente. Había
pasado mucho tiempo desde que esa parte de su anatomía había estado dolorida y, por
primera vez, no le importaba realmente. Fue cuando se estaba vistiendo en su habitación
que se dio cuenta de que el dragón no estaba en su armario. Buscó alrededor y lo
encontró durmiendo acurrucado sobre el escritorio. Al principio estaba confuso, pero
entonces vio la carta con letra perfecta. Draco, ¿qué has hecho?, pensó mientras leía la
carta que Draco había escrito para que Harry la enviara a El Profeta. Expresaba mucho
de lo que había en su mente, en su corazón, en su alma. Quedó estupefacto al ver lo
mucho que sabía Draco sobre cómo se sentía. Sabía que no había tenido mucho tiempo
para escribirla, pero era perfecta. Hermione no podría haberlo hecho mejor aún teniendo
una semana.
Harry se sentó y copió la carta palabra por palabra. No se sintió culpable al hacerlo; ésos
eran sus pensamientos, los que le había contado a Plata, y Draco sencillamente había
puesto por escrito todo lo que había oído y comprendido. Echó un vistazo por su
habitación; la percha de Hedwig estaba vacía, probablemente estaba fuera, entre los
árboles del jardín trasero.
La cocina estaba vacía, con la excepción de una nota que flotaba en el aire por encima de
la mesa. Narcissa estaba en el sótano y le pedía que la acompañara. Harry llenó la tetera,
mirando a Plata a través de la ventana, tumbado en la hierba bajo el sol otoñal. Parecía
estar durmiendo. Hedwig estaba subida a un árbol, ahuyentando a los cuervos. Harry
abrió la puerta de atrás y la llamó suavemente. La lechuza bajó en picado silenciosamente
y aterrizó sobre su hombro. Carta en las patas y dulce en el pico, volvió a levantar el
vuelo. Harry se sintió muy aliviado por no tener que volver a pensar ni preocuparse por la
situación.
Dobby apareció pronto, y un gran y sabroso desayuno apareció en la mesa. Harry se
sirvió, pensando que estaba comiendo tanto como Draco había comido anoche. Oyó
movimiento en la casa y pensó que podría ser Remus bajando, pero eso no era probable;
el día después de la transformación no solía bajar hasta la hora de la cena. Intentó
localizar la procedencia del ruido, y dedujo que era el sótano; los conductos de aire
llevaban el sonido a través de la casa. Terminó de comer y bajó las escaleras.
Sólo había llegado a la mitad cuando se dio cuenta de la cantidad de cosas que Narcissa
se había traído de la Mansión. Había un caminito visible entre las cajas y, por encima de
ellas, veía sillas y mesas.
—Narcissa, esto es más que velas y candelabros. Has traído muebles, y Merlín sabe qué
más. ¿Merece la pena buscar la ira de Lucius?
Narcissa alzó la vista; Harry tuvo que evitar sonreír cuando vio su moño despeinado y un
rastro de mugre en su nariz.
—Éstas son mis pertenencias, las que heredé de mi familia y algunas que compré con mi
propio dinero durante el matrimonio. Los documentos del divorcio establecen que todo
esto es mío. Si Lucius desea discutir algo, entonces puede presentarse en el juzgado. Por
cierto, mi nombre es ya oficialmente Narcissa Black.
Harry se rió por lo bajo; sabía cuál era la probabilidad de que Lucius apareciera en un
juzgado.
—Necesito amueblar el piso, Harry. No he hecho nada malo. Pero ya basta de ese tema:
se me ha dado a entender que formaste un vínculo con mi hijo. Me satisface saberlo. Mi

69
corazón se rompía ante la idea de que quedara reducido a un fantasma cuando nos
dejara.
Harry atrajo una fuerte silla de madera, preguntándose si había entendido eso bien.
—¿Un fantasma? Draco no mencionó nada de un fantasma.
—Por supuesto, él no lo haría; no querría obligarte a nada por compasión. Pero sí, era
una posibilidad. Los hombres lobo sin pareja están condenados a recorrer el mundo en
busca de un compañero.
—¡Joder! —Narcissa le dirigió la mirada de reproche que sólo una madre podía dar—.
Disculpa, Narcissa. Es sólo que me sorprende que no me lo contara después.
—Hmm, estoy seguro de que tenía otras cosas en mente.
—Entonces, ¿habló contigo después de que yo me durmiera?
—Sí, tuvimos una agradable conversación. Le dolía la cadera, así que le di una poción
para aliviarlo, y alguna otra para ti. Hablando de pociones, Draco ha pedido que
consigamos veneno para él y Lucius la noche de Navidad. Tendré que encargarlo
en Pequeñas pociones; no tengo los ingredientes.
—¿Podemos confiar en la propietaria? Ya sabes que las apariencias engañan.
—Sí, Harry, creo que podemos. Arianna ha tenido una vida interesante, la conozco desde
hace años.
Harry respiró hondo.
—Encarga tres frascos del veneno que tú opines que puede funcionar mejor, y otro de
poción matalobos. Podemos comparar la calidad de la matalobos con las reservas que
nos ha dejado Severus, y examinar el tercer frasco para saber qué se puede esperar
dados los ingredientes.
Narcissa asintió.
—Aún piensas en la guerra, ¿verdad, Harry? Cubriendo cada detalle hasta el más
mínimo. Haré lo que pides; es lo prudente.
Harry se sentía muy raro discutiendo la forma de la muerte de Draco y Lucius. Sabía que
Narcissa había estado llorando anoche, pero hoy ya se había distanciado. Él no lo había
hecho. Los recuerdos de la noche anterior se reproducían en su cabeza. Nunca había
experimentado tal calma, y ya echaba de menos la sensación del roce de Draco.
—Hemos recibido una invitación oficial de la familia Weasley para ir a su fiesta de
Halloween. He pensado que Plata debería venir con nosotros, para que se acostumbre a
estar con otros. Eso va por ti también.
—Necesitaremos el collar y la protección para entonces —dijo Harry. Quería mucho a
Fred y George, pero tenían demasiadas pertenencias sospechosas por la Madriguera.
Ignoró el comentario velado respecto a su reciente antisociabilidad.
—Ya he recogido el collar, la correa y el medallón esta mañana. Están colgados en el
vestíbulo. El medallón es un dragón dorado, y tendrá un brillo verde si hay veneno cerca.
Plata debería sentir un pequeño cosquilleo. Los disfraces se están preparando.
Harry acarició con la mano el respaldo de la silla en la que estaba.
—¿No podemos ir sin disfraces? Me niego a ir vestido de ogro.

70
Narcissa levantó la nariz y empezó a abrir otra caja. Sacó un grotesco sujetavelas de
cerámica que en opinión de Harry ningún mago no tenebroso habría soñado tener en
casa. La gárgola casi parecía mirarle con odio.
—Iremos como los personajes de Caperucita Roja.
Harry se rió.
—Ya me imagino quién será el gran lobo malo, y Caperucita Roja, pero me niego a ser la
abuela.
La gárgola ofensiva se deslizó entre los dedos de Narcissa con su distracción, y se hizo
pedazos contra el suelo de cemento. Ella alzó la vista hacia Harry.
—¡Eso era de mi abuela!
—Perdón —dijo Harry, pensando que no era una gran pérdida. Narcissa le devolvió una
sonrisa.
—Odiaba esa cosa. En cualquier caso, señor Potter, irá de cazador.
—¿Y yo no tengo poder de decisión?
Narcissa frunció el ceño.
—Dado que Plata viene con nosotros, era eso o Los tres cerditos.
—Ah.

Harry ató el pequeño dragón dorado al collar de cuero. Sonrió al ver que la palabra ‘Plata’
se había grabado en la cinta. No estaba seguro de dónde estaba el lobo en ese momento,
así que se arriesgó; si Draco quería que lo tratara más como a un canino, entonces lo
haría. Se llevó dos dedos a la boca y dio un agudo silbido. Esperó un momento y pronto
oyó el inconfundible sonido de cuatro patas bajando por las escaleras; había estado en la
cuarta planta. Harry no tenía ni idea de qué habría podido estar haciendo ahí.
El lobo se detuvo bruscamente a sus pies. Harry se agachó y le enseñó el collar; los ojos
plateados brillaron. Lo colocó en su cuello y, para el goce de Harry, Plata se quedó ahí
con orgullo, alardeando.
—Te queda bien, Plata. El dragón se volverá verde, y notarás un cosquilleo si estás cerca
de un veneno. ¿Lo entiendes? —La cola del lobo golpeó el suelo—. Bien. Ahora, ¿quieres
dar un paseo hasta la tienda de mascotas? Podemos escoger un frisbee y otras cosas
cuando estemos allí. —Después de otro golpe y de ver cómo se agitaba la cola, Harry le
puso la cadena.
Abrió la puerta principal y salieron juntos al Londres muggle. Sabía que Plata atraería la
atención, pues no había forma de esconder su condición de lobo pura sangre; sólo
esperaba que Plata se portara igual de bien en la calle que dentro. Tuvo una repentina
imagen de Plata de pie al lado de Voldemort durante las batallas. Estará bien, pensó.
Estaba seguro de que habría sido castigado de haber desobedecido.

71
La nariz de Plata iba pegada al suelo, olisqueando conforme avanzaban. Arbustos, farolas
y señales de tráfico quedaron marcados a su paso. Harry tiró de la correa un poco cuando
hacía falta para hacerle saber que los coches aparcados no podían ponerse en la misma
categoría. Su destino estaba sólo unos bloques más allá, pero se tomaron su tiempo para
llegar. Harry sólo sintió orgullo cuando los niños miraron de lejos y luego se acercaron,
para el horror de sus padres. Plata se quedó muy quieto y dejó que lo acariciaran. Harry
charló con los lugareños, evitando hablar mucho de Plata. Dijo que lo habían herido y ya
no podía sobrevivir en su hábitat salvaje.
Por fin llegaron a la tienda de mascotas. Harry leyó el cartel sobre la ventana que permitía
la entrada a las mascotas de buen comportamiento. Abrió la puerta y ambos entraron.
Dejó que Plata lo guiara mientras recorrían los pasillos buscando cualquier cosa que
interesara al lobo. Tras treinta minutos, el mostrador estaba lleno de frisbees, pelotas de
tenis, huesos de cuero crudo (con sabor a ternera) para mordisquear, orejas de cerdo,
juguetes de plástico, y algunas bolsas de dulces para perros. Harry también cogió
limadores de uñas, un peine, un cepillo, y un cepillo de dientes. El único pequeño
incidente pasó al salir; Plata se levantó, puso las enormes patas sobre el mostrador y
olisqueó un gato negro que dormía allí.
Al volver, Harry le quitó la correa y la colgó en un gancho junto a la puerta principal. Pensó
que, en general, había ido excepcionalmente bien. Se agachó y felicitó a Plata por su
buen comportamiento con unas caricias; recibió un lametón como respuesta.
—Hey, Harry. Hala, ¿dónde lo has conseguido? ¡Es precioso!
—Hola, Tonks, me alegro de verte —contestó Harry. Plata se alejó, seguramente para
buscar su cuenco de agua. Harry pasó el brazo sobre los hombros de su auror favorita—.
Siento lo de tu padre, y no haber podido ir al funeral. Es sólo que…
—Harry, lo entiendo, no hace falta ninguna explicación. La cena está lista, pero antes
quiero saber cuándo te has pillado un lobo.
Harry caminó con ella hacia la cocina.
—Era de Voldemort. Severus me envió una nota antes de desaparecer, pidiéndome que lo
rescatara.
Tonks se detuvo en mitad del camino.
—¿Ése es el lobo de Voldemort? Tiene un aspecto genial, pero, ¿por qué iba a querer el
murciélago que lo salvaras?
Entraron a la cocina; Narcissa y Remus se estaban sentando.
—Te lo explicaré después de la cena.
—Cuidado —dijo Tonks, y se puso de puntillas para susurrarle al oído—: Lunático lleva
toda la tarde bastante borde, y ha preguntado por ti.
Harry suspiró y tomó asiento. Vio a Plata comiendo en la esquina de la cocina, y echó un
vistazo a Remus: parecía haber tenido una noche agitada. El estofado pasó alrededor de
la mesa, junto a grandes rebanadas de pan recién hecho de grano grueso. La sala estaba
demasiado silenciosa para el gusto de Harry. Agradeció que Tonks empezara a hablar.
—¿Habéis decidido ya de qué personajes de cuento de hadas iréis a la fiesta de los
Weasley?
—Pregúntale a tu tía —murmuró Harry.

72
—El señor Potter será el cazador, y yo seré Caperucita Roja; Plata irá de sí mismo.
—Oh, eso será increíble. Remus y yo vamos de La Bella y la Bestia.
Harry intentó no reírse, pero sabía que le temblaban los hombros.
—Serás una Belle maravillosa —dijo Narcissa.
—Claro, pero no hemos decidido si Remus debería ser la Bestia o el príncipe.
—Nymphadora —dijo la grave voz, advirtiendo. Tonks miró a Harry y guiñó un ojo, y él
correspondió el gesto.
—Buenos chupetones, Harry. No me había enterado de que tuviste compañía anoche.
Harry no estaba seguro de dónde venía el gruñido realmente, pero consiguió ponerle la
piel de gallina. Se llevó las manos al cuello, y pensó en lo estúpido que había sido no
curarlos esa mañana. Empezaba a pensar que algunas miradas que había recibido en la
calle no habían sido sólo por Plata.
—No es asunto tuyo, Tonks —comentó Harry, en tono de broma.
—Harry, creo que deberíamos hablar después de la cena —dijo Remus, alzando su gran
vaso de leche y bebiéndoselo de un trago.
No era una orden, pero estaba lo suficientemente cerca como para que Harry se diera
cuenta de que Remus hablaba en serio, y que no había forma de escapar.
—Claro, sin problema. Creo que Tonks debería estar también: necesito contarle algunas
cosas.
—Molly ha enviado algunas bolsas de semillas. Tal vez puedas plantarlas mañana, Harry.
—Claro, Narcissa. Apuesto a que tendré ayuda con la parte de hacer agujeros —añadió
Harry, mirando a Plata tumbarse junto a su silla.
La cena siguió en silencio, y ahora Harry lo agradecía.
—¿La biblioteca, Remus? —preguntó cuando se levantó y llevó los platos al hondo
lavadero. Remus asintió y Harry cogió una botella de cerveza muggle antes de dirigirse
hacia allá. La cerveza era el único líquido muggle cuyo equivalente mágico le había
parecido una basura. Plata intentó seguirlo; una vez llegaron al pasillo, Harry se agachó y
le rascó tras las orejas—: Creo que es mejor que haga esto solo.
—Ggrrrrr.
Harry lo miró firmemente y negó con la cabeza.
—Te llamaré si te necesito. Ve a hacerle compañía a Narcissa, tal vez puedas robarle las
madejas. —Harry se rió al ver a Plata arrugar el hocico y salir corriendo hacia la sala de
estar.
Harry se acomodó en su silla favorita de la biblioteca. El mullido asiento había sido uno de
los preferidos de Sirius. Harry encendió el fuego y subió la llama. Esta sala era donde
solían planear estrategias. Aún podía visualizar a Hermione en el sofá, durmiendo con un
montón de libros apilados sobre el regazo. Ron solía tirarse frente al fuego con un
cuaderno, haciendo bocetos y tomando notas. Los echaba mucho de menos. Ahora la
sala estaba en silencio, y sólo se oía a un retrato roncando. Era el tatarabuelo de Sirius,
tocayo suyo.
Harry abrió la botella y tomó un sorbo rápido antes de que se abriera la puerta. Remus se
sentó junto a Harry y Tonks se acomodó en el sofá frente a ellos.

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—Bueno, Remus, ¿tienes algo que discutir conmigo? —dijo Harry con tono animado.
Remus estaba casi rígido; el único movimiento era el de su bigote.
—Harry, sé lo que pasó anoche, y no puedo llegar a comprender cómo has podido ser tan
estúpido.
—Eh, Lunático —dijo Tonks, enderezándose—, ¿a ti qué más te da con quién está Harry?
—Er... Tonks, necesito contarte algunas cosas antes —contestó Harry—. Creo que sé
hacia dónde va esta conversación, así que deja que te rellene algunas lagunas. Plata no
es cualquier lobo. A tu primo, Draco Malfoy, lo mordió e hirió repetidamente Greyback, en
forma humana.
—Ni de puta coña. ¿Plata es Draco?
Harry bebió algo más de líquido.
—Sí, pero se pone aún más interesante. —Se detuvo un momento al oír a Remus gruñir
—. Plata se transforma durante la luna llena, y no en un hombre lobo, sino en Draco.
—Venga ya —soltó Tonks. Parecía divertida, pero luego su rostro cambió cuando unió
todas las piezas del puzzle—. Coño, Harry, ¿te tiraste a Malfoy anoche?
—Oh, Nymphadora, hizo más que eso. En un alarde de inteligencia, se vinculó a él —
escupió Remus.
Harry parpadeó varias veces al ver el pelo de Tonks pasar por una variedad de colores,
para quedarse por fin en plateado. Era irónico, pero sabía que no le convenía reírse.
Remus estaba cabreado.
—Hostia puta, Potter, ¿por qué has hecho eso?
Harry bajó la cerveza y los miró a ambos.
—Porque quería hacerlo, y realmente no creo que esto sea asunto de ninguno de los dos.
Remus fijó la vista en Harry, que volvió a centrarse en su cerveza cuando vio que los ojos
de su amigo ya no eran de un marrón claro; había destellos de oro brillando en ellos.
—Puede que no, Harry, pero, ¿sabes lo que significa ese vínculo? ¿Te habló Draco de
todo lo que implica?
—Me dijo que era de por vida, si es ahí adonde quieres llegar. Sin embargo, no será una
vida larga. Verás, Remus, a Draco no le gusta ser un lobo; quiere suicidarse, y quiere
hacerlo con estilo.
—¿Un Malfoy, matarse? Eso es difícil de creer —dijo Tonks. Harry le dirigió una mirada
incrédula.
—Entiendo completamente por qué querría hacerlo. Tiene demasiado orgullo como para
vivir así. —Miró rápidamente a Remus, para asegurarse de que no le había ofendido—.
Dice que si fuera al revés, humano durante treinta días, podría aguantarlo. Quiere llevarse
a Lucius consigo.
—¿Lucius? ¿Por qué iba a querer hacer eso? —preguntó Remus, calmándose un poco.
—Porque Voldemort lo envió a Europa para reclutar a más mortífagos. Lo mantuvieron
oculto diciendo que Lucius había desertado y estaba escondido. Sin embargo, tras un
tiempo dejó de contestar las llamadas de Voldemort. Draco también ha dicho que hay
miembros encubiertos viviendo aquí. A Lucius le gustaría ser el próximo Señor Oscuro.

74
—Hostia puta —volvió a maldecir Tonks.
—Draco le ha pedido a Narcissa que organice una reunión con todos en la Mansión, la
noche de Navidad, y luego los envenene a él y a Lucius —dijo Harry, y tomó un largo
trago de la cerveza mientras esperaba su respuesta.
—¿Mencionó a Snape? —preguntó Remus.
—Sólo dijo que él y Severus estuvieron solos tres veces, y que Voldemort lo envió a
buscar a Lucius y traerlo de vuelta. Sé que la misión que nosotros teníamos para él era
también encontrar a Lucius. Me imagino que él lo encontró primero, y lo mató. Severus
había estado trabajando en un antídoto para Draco.
—¡Coño! Vosotros dos hicisteis algo más que aparearos anoche —comentó Tonks en tono
de broma. Harry se rió por lo bajo.
—Sí, lo hicimos. También me dijo que tú no estarías contento con todo esto, Remus.
El antiguo profesor negó con la cabeza.
—Sí, me imagino que lo sabía.
—Dijo que me considerabas un miembro de tu manada —murmuró Harry. No estaba
seguro de cómo respondería Remus. Sabía que le faltaban conocimientos sobre el
funcionamiento de una manada de lobos. Anoche, cuando Draco se lo contó, le pareció
gracioso. Esta conversación estaba haciéndole cambiar de opinión.
—Eso es cierto, Harry, lo hago.
Harry se inclinó hacia él.
—Lo siento, Lunático, no lo sabía.
Los dedos de Remus tamborileaban sobre los respaldos de su silla. Harry lo reconoció
como un estado de pensamiento intensivo, y esperó a que hablara.
—Harry, creo que ahora entiendo en parte por qué lo hiciste, pero realmente me parece
que no lo has pillado.
—¿Pillar el qué?
—Harry —dijo Tonks suavemente—, ¿cómo te sentiste cuando él te tocó, después del
vínculo?
Harry sonrió ampliamente.
—Me sentí tranquilo, por primera vez en mi vida. Relajado. —Tonks le devolvió la sonrisa.
—Cariño, yo me siento igual cuando Remus me toca, y por eso no solemos sentarnos
juntos a menudo. Remus sabe que tengo que tener el control completo de mis sentidos,
dada mi posición como auror.
Harry sacudió la cabeza.
—¿Qué? ¿Por qué importa eso?
—Porque, Harry, Remus es el dominante y, sólo con el contacto, me convierto en plastilina
en sus manos. —Harry contuvo el carraspeo que le pedía su garganta. Así se había
sentido anoche. ¿A Potter le gusta que le toqueteen?—. Verás, Harry, Remus podría tener
mucho más control sobre lo que hago o digo, si quisiera.
Harry se pasó los dedos por el pelo.

75
—Mirad, Draco sólo será humano otras dos noches antes de morir. No creo que pueda
conseguir mucho de mí. Además, parece que soy bastante resistente al control.
Remus rugió una risa profunda y desagradable.
—Maldita sea, Harry, tienes que entender en qué posición estás. Draco Malfoy te ha
hecho en una sola noche lo que Voldemort y el Ministerio se han pasado años intentando.
Puede influenciarte, por no decir controlarte por completo, y tú serás capaz de hacer muy
poco al respecto. Sé que piensas que se te da bien juzgar a la gente, pero Harry, a mí
también. Es un Slytherin, igual que Snape, Lucius, y Tom Ryddle, que no se te olvide.
Harry empezaba a cabrearse con todo aquello.
—Remus, ¿por qué insistes en sacar el nombre de Severus? Ve a la despensa, y la verás
llena de la poción matalobos que hizo para ti. Nos ayudó a encontrar y destruir los
horrocruxes, ¿qué coño quieres que haga para que creas en él?
Remus sacudió la cabeza.
—Sí, Harry, pero también sabemos que en otro tiempo fue un seguidor convencido. El
Snape que yo conocí era un crío patético que jugaba con las artes oscuras, y creció hasta
convertirse en un hombre que hacía lo mismo. Créeme, yo quiero que Snape sea bueno,
quiero creer que Albus pidió que lo mataran, pero una parte de mí aún sospecha de él a
día de hoy. Mi instinto de lobo notaba a Severus como amigo cuando lo veía interactuar
con Albus. Sin embargo, cuando estuve ahí fuera con la manada de hombres lobo, lo vi
con Voldemort y se registró como enemigo. Es imposible descifrarlo; ahora mismo, según
sabemos, puede estar vivo, y él y Lucius podrían estar juntos haciendo planes para el
futuro. Lucius tiene el poder ahora, así que Snape lo seguirá hasta que llegue un mago
más poderoso.
—¿Y qué hay de mí? —preguntó Harry, completamente en serio—. Soy mágicamente
más poderoso que Lucius.
—Sí, pero no en las artes oscuras, y también eres un mago muy joven y sin experiencia
social ni política —dijo Remus llanamente, y no había insulto en su franqueza.
Harry suspiró.
—¿Por qué estás intentando destruir esto? Anoche fue la mejor noche de mi vida, y
acabas de mancillarla. Lo has convertido en una trama maquiavélica. Tú no estabas ahí,
Remus; no viste su cara, no oíste su voz, ni sentiste su necesidad. —Se detuvo y se
terminó la cerveza, antes de continuar con la voz ronca—. Es como yo, un hombre joven
atrapado en las contiendas de otra generación.
—Harry, no pretendo hacerte daño, es sólo que tú crees que hay bien en todo el mundo.
Sé que hubo un tiempo en que odiabas tanto a Draco como a Snape, pero después, sin
demasiada información, cambiaste de parecer. El amor no siempre lo conquista todo.
La botella marrón se hizo pedazos cuando se estrelló contra los viejos ladrillos de la
chimenea.
—Entonces, ¿por qué coño tuve que superar a Voldemort, Remus? ¿Sólo para librarnos
de un mago que se había echado a perder? No, lo hice para que pudiera llegar lo bueno,
y para mí, eso llegó anoche.
Tonks se levantó y se acercó a Harry, se arrodilló a su lado, y lo abrazó.
—¿Sabes qué?, probablemente tienes razón. Tú sólo piensa en lo que ha dicho Remus
pero, mientras tanto, disfruta la tranquilidad que esto te otorga. Es algo único.

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Los ojos de Harry se humedecieron, y asintió.
—Por favor, no la toméis con Plata, él no es el gran lobo malo —susurró. Remus sonrió a
medias.
—El lobo es inocente, Harry. No tengo nada contra Plata, es sólo Draco el que me
preocupa. En realidad, me parece que Plata es una buena influencia para ti.
Harry le devolvió la sonrisa.
—Sí, es bueno para mí. —Harry dejó de hablar; un viejo recuerdo se había despertado,
uno en que Remus le hablaba por primera vez de sus padres, de cómo su madre veía el
bien en todo el mundo—. Tal vez te incomoda que me parezca más a mi madre que a mi
padre —añadió Harry.
Remus cerró los ojos y respiró hondo. Harry sabía que él también se acordaba.
Tonks se levantó y volvió al sofá.
—Harry, una última pregunta. ¿Cuánto hace que sabes que eres gay?
—No es asunto tuyo, Tonks.
—¿Lo sabe alguien más? —preguntó Remus.
—Dios, ¿no vais a parar? —Harry se rió con disimulo—. Vale, si queréis la lista...: Ron,
Hermione, Luna, Severus, Narcissa, obviamente Draco, y ahora vosotros dos. No me
avergüenza; es sólo que aparte del tiempo que pasé entre los muggles, nunca he tenido
muchas oportunidades de pensar siquiera en el sexo. Hubo unas cuantas brujas, así que
por favor, no me digáis que estoy experimentando.
Tonks y Remus se rieron. Harry los miró a ambos, y luego se levantó.
—Me voy a mi cuarto. Tendré en cuenta lo que me habéis dicho. Por cierto, habrá un
precioso artículo en El Profeta mañana por la mañana. Tal vez queráis leerlo. Draco lo
escribió para mí anoche, después de que yo me durmiera —presumió Harry antes de salir
de la habitación.

Índice de contenidos

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EL GRAN LOBO MALO (II)

31 de octubre
Solían salir a dar un paseo por las tardes, pero hoy iban a la Madriguera, así que Harry
salió con el lobo bien temprano. Las pociones y el experto cuidado que Narcisa
proporcionaba a Plata habían mejorado inmensamente el estado de su cadera. Los
paseos diarios se hicieron más largos, y hoy se adentraron en el parque. Después de
inspeccionar cuidadosamente los árboles de hoja caduca y los arbustos dispersos, Plata
estuvo listo para recuperar la pelota de tenis que le lanzaba Harry lo más lejos que podía.
Harry no recordaba habérselo pasado tan bien de una forma tan sencilla en años. Reía
con fuerza mientras Plata acechaba y perseguía las ardillas que buscaban bellotas, y
hasta el momento sólo había tenido que intervenir una vez, cuando un pastor alemán se
puso demasiado cariñoso.
La noche que Draco y él habían pasado juntos parecía casi un sueño ahora. Un sueño
maravilloso, pero había despertado una parte de él que había conseguido cerrar desde el
funeral de Dumbledore: quería una relación. Plata era un gran compañero, pero Harry
quería más. Recordaba ese atisbo de una vida normal que había compartido con Ginny
durante unas semanas, al final de su sexto curso. Habían sido semanas maravillosas.
Harry sabía que vería a Ginny pronto. Era el único reencuentro que no esperaba
ansiosamente. Sabía que sería tenso. Ella sabía que no iba a volver a su lado, como una
vez prometió, pero siendo el gallina que era, nunca le había dado una explicación
completa. Enfrentarse a Voldemort le parecía algo bastante más sencillo que discutir su
situación con Ginny. Sabía que no estaba siendo justo, y que ella probablemente lo
entendería, pero aun así temía el momento.
Ginny siempre sería su primer amor, pero como con la mayoría de primeros amores, la
vida intervenía, la situación cambiaba, y ambos crecían. La quería como a una hermana
—ni más, ni menos—, y aun así tenía la sensación de que ella seguía sintiendo algo más.

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Le alegraba que Ron y Hermione fueran a estar allí en ese momento. Fueron los primeros
con los que habló cuando empezó a sentir que las cosas eran diferentes para él. Ron
había estado más sorprendido que Hermione, pero ninguno de los dos vaciló en cuanto al
apoyo que le brindaban. Sonrió para sí al recordar a Ron negando con la cabeza y
diciendo “ya era malo tener que preocuparme por mi única hermana, pero con cinco
hermanos a los que puedes atacar…”. No podía imaginar amigos mejores.
Remus le había contado algunas historias sobre la era de los Merodeadores y, aunque
sonaba grandioso, sabía que el cuarteto había terminado separándose. Habían permitido
que influencias externas cuestionaran sus lealtades. El Trío Dorado, como sabía que
algunos los llamaban, seguía intacto. Hermione le contó una vez que había poder en un
triángulo, y aunque en aquel momento él y Ron pusieron los ojos en blanco y se rieron de
ella, ambos sabían que decía la verdad.
Harry silbó con fuerza cuando vio a Plata persiguiendo a un gato. De repente deseó que
Hermione se hubiera dejado a Crookshanks en Hogwarts. Vio cómo el lobo se paraba en
seco y giraba las orejas, intentando localizar el sonido. Harry volvió a silbar, y Plata llegó
corriendo. Estaba jadeando cuando por fin le ataron la correa.
—Mal, Plata, nada de perseguir gatos. ¿Quién sabe?, podría ser una reencarnación de
McGonagall. —El lobo frunció el hocico y dejó de jadear un momento para emitir un
gemido—. Mierda, Draco, lo siento, no te lo había dicho. Creía que habrías oído a los
mortífagos celebrar la noche que consiguieron vencer a la directora, a Hagrid y a Grawp.
—Plata inclinó la cabeza.
»¿Grawp? Ah, ése era el hermano gigante de Hagrid. Sí, me imagino que no sabías nada
de él. Sé que Voldemort creyó haber derrotado a Hogwarts esa noche, pero no lo hizo.
Cuando volvió para empezar su reinado, él y sus seguidores se toparon con una descarga
de hechizos, encantamientos y transformaciones que no podría haberse imaginado. Eran
todas pequeñas chorradas, pero las combinaciones resultaron tener un efecto increíble.
—Harry se detuvo cuando Plata le gruñó, y empezó a reír—. Ah, cierto, se me había
olvidado que tú sufriste ese ataque. Siempre he querido saber cómo reaccionó tu madre
cuando te encontró en el tren después de intentar hechizarme. Tendré que preguntarle.
Ahora deberíamos irnos; tienes sed, y probablemente te vendrá bien una siesta antes de
salir.

Harry salió del baño para encontrar a Plata aún dormido en mitad de la cama. Se secó y
se puso el temido disfraz. En realidad no era tan malo; por alguna razón, había imaginado
que Narcisa le obligaría a llevar unos leotardos como los de Robin Hood. En lugar de eso,
se había ido al otro extremo, y parecía más un guerrero que un cazador, dadas todas las
armas que llevaba al cinto. Le parecía que los pantalones de ante eran un buen detalle.
Terminó de vestirse y miró al lobo dormido. Sabía que Plata sentía curiosidad por lo que
había pasado con Remus la primera noche, pero Harry había decidido que lo discutiría
con Draco en su próximo encuentro. No quería preocuparle en un momento en que no
podía responder realmente a las acusaciones. Sí que había pensado en ello, y una parte
de él comprendía de dónde sacaba Remus la idea, pero sus sentimientos le contaban otra
historia. Necesitaba hablar de ello con alguien que pudiera reunir información para él, y

79
mirarlo todo desde la lógica. Él estaba demasiado involucrado, y también Remus y, si se
ponía con ésas, Narcissa. Le alegraba saber que Hermione estaría rondando por allí una
temporada.
Harry se enderezó sobre la cama, y luego se inclinó para acariciar el pelaje del lobo.
—Eh, Plata, hora de irnos. —El aludido subió un poco las orejas, abrió mucho la boca, y
se estiró cuan largo era—. Ya estás vestido, a no ser que quieras llevar el gorro de dormir
de la abuela. —Plata se levantó y se sacudió antes de volver a agacharse con las patas
delanteras estiradas. Harry le acarició la cabeza y las orejas—. Plata, cuando lleguemos
allí quédate a mi lado hasta que te sientas cómodo y, por favor, compórtate. —El lobo
arqueó una ceja—. Sí, ya sé que siempre lo has hecho, pero habrá mucha gente allí, y la
mayoría es pelirroja.
Plata empezó a lamerse la pata derecha. Harry tuvo la sensación de que le estaba
ignorando. Al llegar a la sala de estar, se quedó sin respiración.
—¡Narcissa! Estás preciosa. —Ella puso los ojos en blanco. Harry no podía creerse que
aquella fuera la misma mujer que ahora conocía como Narcissa Black. Estaba de pie junto
a la puerta, con calcetines cortos blancos y zapatos negros, y una hermosa capa rojo-
terciopelo con capucha. El vestido era de tela de algodón a cuadros rojos, que se hacía
vaporoso por abajo, y con encajes. Lo mejor de todo, pensó, era su pelo: estaba suelto en
largos tirabuzones—. Estás... Parece que tengas veinte años, y me encanta verte el pelo
suelto.
Narcissa cogió la cesta de mimbre que había sobre la mesa, y se la colocó sobre el codo.
—Me alegra tener su aprobación, señor Potter. ¿Vamos a cumplir nuestro cometido? —
Harry se rió por lo bajo. Sabía que a ella le costaba mucho ir a esta fiesta. Acababa de
abrir su tienda oficialmente esta mañana, y sabía que quería estar tras el mostrador, pero
necesitaba ir a la Madriguera. Era un paso más en lo tocante a empezar su nueva vida, el
reunirse con aquellos que los Malfoy y los Black alguna vez habían despreciado.
—¿Qué hay en la cesta? —preguntó Harry, al ver que el hocico de Plata estaba
trabajando a tope para descubrirlo.
—Velas que quiero regalarles, y algunos dulces para Plata por si acaso necesitamos
sobornarlo.
Plata resopló y se alejó de la cesta. Harry le puso la cadena, se arrodilló para sujetar bien
al lobo, y se desapareció.

La Madriguera
Harry y Plata se aparecieron en el caminito que salía de la Madriguera, cerca de Narcissa.
Harry quería ofrecerle al lobo unos momentos para aclimatarse a la vista, los sonidos y los
olores del lugar. Plata se quedó quieto mientras Harry le daba una palmadita y luego se
levantó.
—¿Estás bien, Plata? No pasa nada, puedes investigar —dijo Harry, quitándole la correa.
Plata se quedó quieto—. De acuerdo entonces, iremos a la entrada a ver quién hay allí.

80
—La verdad, Harry, pensaba que las coordenadas habrían sido directamente para la
entrada —dijo Narcissa, cuya nariz estaba demasiado arrugada para el gusto de Harry.
—Narcissa, estarás bien. Todos llegan aquí, excepto la familia y los miembros de la
Orden. Pero las defensas están bajas, o te habrías dado cuenta.
—¡Harryyyyyyyyyyyyyyyyyyy! —Los tres se sobresaltaron.
—Oh, Dios, es Colin Creevey. Prepárate para que nos hagan una foto —dijo Harry, a la
vez que el flash los cegaba incluso a la luz de la tarde.
Harry extendió la mano y estrechó la del Sombrerero Loco. Le presentó a Narcissa y a
Plata. Colin le dirigió una mirada extraña, pero se recuperó pronto.
—¿Estás bien, Harry? ¿Viste en El Profeta las fotos que hice del callejón Diagon? Una
pasada, ¿eh? ¿Te dolió cuando lo hiciste? Nadie te vio hacerlo, sólo te encontraron
sangrando y…
—Grrrr.
—Er, Colin, tal vez podamos hablar más tarde. Acabamos de llegar, y me gustaría saludar
a nuestros anfitriones.
—Ah, claro, Harry, nos vemos por aquí.
Harry respiró hondo, y no pudo evitar sonreír cuando la vista y el olor de la Madriguera le
hicieron sentir que todo estaba bien en el mundo; la Madriguera seguía existiendo. Una
gran multitud se reunía alrededor de las mesas en el jardín. Era genial ver todo ese pelo
rojo mezclado con los otros. Vio a Ron, más alto que la mayoría, definitivamente más alto
que él. Sonrió al ver el disfraz: el león era adecuado, pero el matiz de cobarde no tanto.
Su brazo estaba sobre los hombros de Hermione, que llevaba un disfraz de Dorothy, y
ambos reían en una conversación con Neville y Dean. Estos dos, se dio cuenta Harry,
eran el espantapájaros y el hombre de hojalata. El corazón de Harry se saltó un latido:
Neville estaba vivo. Estuvo en estado grave hacía un mes, pero ahora tenía buen aspecto.
Los ojos de Harry se iluminaron aún más al ver el delicado pelo rubio de Luna saltando
por allí. Ella había ayudado a conservar la cordura de Harry en algunos de los momentos
más duros. El olor del tinkerbelle era apropiado, de alguna manera, saliendo de su varita
junto a un montón de chispas.
Con todos los disfraces, no llegaba a distinguir quién era todo el mundo, aparte de los
gemelos Tweedle-dee y Tweedle-dum. Plata caminó cuidadosamente junto a él,
olisqueando el aire. Antes de que Harry pudiera reaccionar, el perro corría a toda
velocidad por el caminito, hasta derribar a un hombre alto y negro vestido con pantalones
anchos y blancos. El hombre gritó pidiendo ayuda justo antes de que Plata lo atacara con
lametones en la cara. Harry silbó con fuerza y el lobo se quedó quieto, igual que el resto
de los presentes. Joder, ésa es forma de hacer una entrada.
Plata no se movió y siguió inmovilizando al joven vestido de Ali Baba. Harry corrió hacia
allí mientras todos miraban en un silencio confuso; se agachó al llegar hasta el lobo, y le
puso la correa. Fue entonces cuando reconoció a la persona que había alterado la actitud
usual de Plata. Harry extendió la mano.
—Zabini, mis disculpas.
Blaise Zabini tomó la mano que se le ofrecía y se levantó. Parecía bastante molesto,
quitándose la mugre del atuendo blanco.
—¿Te importa explicar esto, Potter?

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—Blaise, cariño, me alegro mucho de verte —intervino Narcissa, apretando al chico en un
abrazo algo rígido—. ¿Cómo está tu madre? Me muero por que se pase por mi tienda.
—¿Señora Malfoy? —dijo Blaise, incrédulo.
—Sí, vida, pero ahora soy la señorita Black.
Harry dio un suspiro de alivio cuando Narcissa escoltó a Blaise a un banco cercano. Éste
miró por encima del hombro a Harry, que encogió los suyos antes de verse rodeado por
Ron y Hermione. Ron extendió la mano; Harry la cogió, y tiró de ella para darle un abrazo.
—Joder, qué alegría verte, tío. ¿Cómo está tu pecho? —preguntó Ron, separándose.
—Estoy bien, duele un poco de vez en cuando.
Hermione ocupó rápidamente el lugar que había dejado Ron. Harry no pudo evitar
abrazarla con algo más de fuerza.
—Me gustan los zapatos de rubíes, ¿los usas para aparecerte? —Hermione se limitó a
sonreírle, con un matiz de alivio en los ojos marrones.
—Bueno, mamá nos ha contado que te quedaste el lobo. Tiene mejor aspecto ahora que
la última vez que lo vi. —Todos miraron al lobo, que parecía fascinado por la cola de Ron.
Harry tiró de la cadena. Empezaba a pensar que Narcissa había tenido una gran idea al
traer los dulces.
—Sí, a excepción de lo que acabáis de ver, se porta muy bien. Se llama Plata. —El lobo
dejó de mirar la cola para dirigir la vista hacia Narcissa y Blaise—. Eh, voy a llevar a Plata
con Narcissa, vuelvo enseguida. Tenemos que hablar —añadió.
Harry se acercó a los dos Slytherin. La mirada de cautela en el rostro de Blaise no tenía
precio. Plata paseaba junto a Harry, y cuando llegaron se sentó sobre las patas traseras.
—Narcissa, Plata me ha dado permiso para contárselo a Ron, a Hermione, y si lo desea,
a Blaise. ¿Te gustaría hacer los honores? Yo estaré hablando con Ron y Hermione si me
necesitas. —Harry le entregó el final de la correa.
—Eso estará bien, Harry.
El moreno se volvió hacia Blaise.
—Zabini, lo que hiciste fue valiente y brillante. Tal vez puedas pasarte por mi casa pronto,
para que charlemos. Sé que a Plata le gustaría.
Blaise se quedó mirando a Harry con expresión confusa; hasta el momento, raramente se
habían dicho más de una frase en seis años.
—Sí, claro, Potter, suena bien. No sé qué le pasa a tu lobo, sin embargo.
Harry le guiñó un ojo.
—Pronto lo sabrás —dijo, y se alejó. Acababa de alcanzar a sus dos amigos cuando oyó
un “¡ni de coña!” proveniente del banco que acababa de dejar. Echó un vistazo por encima
del hombro para ver cómo Blaise manoseaba al lobo, y a cambio recibía lametones en la
oreja. Harry se sintió feliz por Plata.
—¿De qué va todo eso, Harry? —preguntó Ron.
—Es algo de lo que tenemos que hablar más tarde, cuando no haya tanta gente cerca. En
cualquier caso, Dios, me alegro de veros —dijo Harry, poniendo un brazo sobre los
hombros de cada uno.

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—Nosotros también te hemos echado de menos, Harry. Sentimos no haber venido a…
—Shhh, no lo sintáis, estoy bien y necesitaba pasar algo de tiempo a solas. Habría sido
una compañía horrible.
—¿Y normalmente no lo eres? —preguntó Hermione, mirando a su amigo burlonamente.
Harry fingió ofenderse.
—Bueno, ¿y qué pinta Zabini aquí? —preguntó.
—Unidad de las Casas —respondió Hermione—. Cuando descubrimos lo que había
hecho, y que no se había sentido apoyado por la Orden, supimos que teníamos un
problema que necesitaba solución. Especialmente ahora que ya no está Voldemort para
intentar separarnos. Lo recordaba del Club Slug, pero nunca pensé mucho en él.
—Eh, tío, vamos a coger algo de comida y podremos hablar junto al pantano.
—Suena bien, pero antes debería saludar a unas cuantas personas. Narcissa se enfadará
si no lo hago; cree que he estado demasiado recluido estas últimas semanas.
—Narcissa Malfoy, la madre de Harry. Quién lo iba a decir —bromeó Ron, y Harry se rió.
—Ahora es Narcissa Black. Se ha divorciado de Lucius, entre otras cosas.
Harry sabía que la última vez que se lo había pasado tan bien hablando, comiendo y
riendo con amigos y familia había sido en la boda de Bill y Fleur. Sólo que entonces todo
estaba teñido por el presentimiento de lo que faltaba por venir. Ahora, todo eso había
quedado en el pasado, y él aún seguía bastante sorprendido de estar vivo. Harry alzó la
cerveza cuando Dean brindó en honor de Seamus, el último estudiante muerto en
combate; fue sólo un mes antes de que todo llegara a su espectacular final. Harry
agradeció que nadie lo presionara para que contara cómo lo había hecho; suponía que
Ron y Hermione habían estado contestando preguntas antes de que él llegara.
Una brisa fría se levantó, y los invitados empezaron a dirigirse al interior. Harry prefirió
quedarse bajo el gran roble con un pequeño grupo de amigos. Narcissa se pasó un
momento y le entregó la correa de Plata. Lo había dejado suelto. Harry veía de vez en
cuando al lobo, primero paseando con Blaise y luego buscando a los animales que solían
habitar la casa de los Weasley. Harry se peguntó cuánto de eso era Draco buscando un
poco de venganza, y cuánto el lobo siendo curioso. Ginny estaba al otro lado de la
pequeña multitud; aún tenían que hablar a solas.
Harry vio al mayor de los hermanos Weasley acercarse. Él, como Remus, estaba
disfrazado de Bestia: sus heridas se habían curado, pero quedaban las cicatrices. Según
sabía, la única característica lobuna que había adquirido Bill era el amor por la carne
cruda. Harry hizo una mueca cuando fue golpeado por la idea de cuántas veces debía de
haber sido mordido y arañado Draco para llegar a su estado actual.
—Potter, tu lobo está exterminando a los gnomos. Mamá quiere saber si se lo puede
quedar —se rió Bill, acercándose y dándole la mano a Harry. Éste miró por detrás del pelo
rojo y vio a Plata lanzando un gnomo hacia lo lejos con un fuerte giro de la cabeza.
—Nah, Plata puede venir de visita, pero se queda conmigo.
—¿Y qué hay de Narcissa Malfoy? —preguntó Bill, levantando ambas cejas.
—¿Qué pasa con ella? Por cierto, ahora se llama Narcissa Black —respondió Harry,
buscando entre los invitados que quedaban fuera.

83
—Ah, bueno, eso lo explica todo. El que probablemente sea nuestro futuro ministro
parece estar bastante interesado en lo que tiene más allá de esa cestita —contestó Bill,
riendo. Harry se aclaró la garganta.
—¿Disculpa?
Bill le dio una palmada en la espalda.
—Kingsley y Narcissa han ido a dar un paseo hacia el bosque. Llevan un buen rato sin
salir de ahí.
—¡No jodas! Eso es… raro.
—Venga ya, Harry, está buena. Sé que a él le lleva gustando un año. Me parece que se
hizo heridas a propósito alguna que otra vez —bromeó Bill.
—Bueno, pues más le vale vigilar al ex. Ha vuelto a la ciudad; está escondido, claro, pero
anda por aquí. —Harry sintió la presencia de alguien tras él antes de reconocer el aroma.
Se volvió—. Hola, Ginny.
—Hey, Potter, ¿te apetece un paseo?
—Claro —contestó Harry, y su estómago se convirtió en un gran nudo—. Bill, ¿puedes
echarle un ojo a Plata, y avisarme si hace alguna travesura?
—Sin problema, Potter.
Ginny pasó un brazo por el hueco sobre el codo de Harry cuando se alejaron del grupo.
Harry dejó que ella los dirigiera; parecían ir en la misma dirección que Narcissa y
Kingsley.
—Bonito disfraz, Ginny, eres una gran Alicia.
—Gracias, pero deberías ver lo que los gemelos han hecho con Crookshanks, tiene una
enorme sonrisa pegada a la cara.
—¿Crookshanks está aquí? No lo he visto, espero que Plata tampoco. —Ginny sonrió.
—Er, lo han hechizado para que aparezca y desaparezca.
Harry soltó una carcajada.
—¿Y Hermione les ha dejado?
—No lo sabe, idiota —Ginny le apretó el brazo con algo más de fuerza.
Harry negó con la cabeza. Casi habían llegado a los árboles y sentía que la mano de ella
se deslizaba hacia la suya. La cogió.
—Entonces ¿qué pasa ahora, Harry? —dijo Ginny, mirando al frente.
Harry miró también en esa dirección. El camino estaba cubierto por doradas hojas
otoñales. Le encantaba ver más hojas caer cada vez que soplaba el viento. Sujetó la
mano de Ginny con más fuerza.
—Seguimos viviendo, Ginny. Todos tenemos futuro, y yo me sigo acostumbrando a esa
idea.
—¿Te encuentras bien? —preguntó ella, inclinando la cabeza para mirarlo. Harry bajó la
suya para responder a la mirada.
—Estoy bien. Las heridas se curarán.
Ginny los paró en mitad del camino.

84
—¿Y qué hay de nosotros, Harry? ¿Hay futuro para nosotros?
Harry respiró hondo, cogió la otra mano de Ginny entre las suyas y miró esos ojos
marrones esperanzados.
—No, Ginny, no lo hay.
Ella sonrió un poco.
—Eso creía, pero tenía que preguntar.
—Lo siento, debería habértelo dicho antes.
—Está bien, Harry, lo sabía. ¿Crees que podría tener un beso de despedida, aun así?
Harry sonrió.
—Claro.
Se inclinó y la sujetó con fuerza para darle un último beso. Pero ambos se sobresaltaron
cuando el aullido de un lobo solitario atravesó el silencio de la escena.
Harry se retiró.
—Mierda, ¡tengo que buscar a Plata! Lo siento, Ginny, tengo que irme.
Harry echó a correr por el camino, mirando a derecha e izquierda, buscando al lobo
blanco. Sabía que el aullido había sido de Plata. Vio un destello de su cola entrar a la
casa. Llegó a la puerta trasera de la Madriguera en un tiempo récord, y vio a Tonks.
—¿Has visto a Plata? —preguntó, sin aliento.
—Sí, acaba de entrar corriendo, ha subido por las escaleras.
Harry abrió la puerta rápidamente y corrió hacia la planta superior. No le costó mucho
averiguar dónde estaba el lobo: oía fuertes gruñidos, casi ladridos, procedentes de la
tercera planta. Sabía que ésa era la habitación de Ginny. Subió las escaleras de dos en
dos y entró al cuarto, cerrando la puerta de un portazo tras él. El lobo se quedó quieto y
soltó la almohada de plumas sobre la cama. Las sábanas estaban hechas trizas.
—¡Plata! —gritó Harry—, ¡para ya! No es lo que piensas.
El lobo enseñó los dientes, y emitió un gruñido que hizo que Harry retrocediera un paso
hacia la puerta.
—¡Ya está bien! Draco, para esto, estaba despidiéndome de Ginny. Le he dicho que no
volveríamos a estar juntos.
El lobo dejó de gruñir, y Harry bajó la voz.
—Draco, me pidió un beso de despedida. Eso es todo.
Plata se sentó sobre las patas traseras y se quedó mirando a Harry, que se le acercó
cautelosamente y se sentó en la cama. Alzó la vista ante el lobo sentado a su lado.
—Idiota, sé que ha sido el instinto del lobo tomando el control, pero Draco, créeme, nunca
volveré con Ginny. —Plata se tumbó y frotó el hocico contra la mano de Harry, que
acarició al animal, inseguro.
»Mira esta habitación, Plata, has liado una buena —dijo, soplando una pluma de ganso de
la cabeza del lobo—. En cambio, ¿monté yo una pataleta cuando te tiraste sobre Zabini?
¿Debería acaso estar celoso? Después de todo, tu madre mencionó que él conocía tus
preferencias.

85
Plata inclinó la cabeza. Harry se rió cuando una expresión de arrepentimiento se extendió
por la cara del animal.
—En realidad, de quien deberías estar celoso es de Shacklebolt. Se ha alejado por ese
mismo camino con tu madre. Al parecer, le gusta. Y lo están proponiendo para nuevo
ministro. ¿Qué piensas de eso? Narcissa Black, casada con el ministro de Magia.
Plata empezó a limpiarse las patas delanteras.
—Bueno, déjame limpiar esta habitación, y después te llevaré a…
Toc, toc.
—Harry, ¿estás ahí? ¿Estás bien? ¿Con quién hablas?
Harry se aclaró la garganta.
—Estoy bien, Hermione; estoy aquí con Plata. ¿Por qué no nos reunimos en la habitación
de Ron dentro de unos minutos?
—Claro, pero, ¿por qué estás hablando con el lobo?
—Unos minutos, os lo contaré en un momento.
—Vale, Harry.
Se quedó escuchando los pasos de la chica subir hacia la planta de arriba.
—Y ahora voy a…
Toc.
—Harry, soy Narcissa, ¿estás ahí?
Harry suspiró, aliviado.
—Sí, entra, por favor.
La mujer entró, y Harry se fijó inmediatamente en sus mejillas sonrojadas. El color le
sentaba bien.
—¿Qué ha pasado? He oído a Plata aullar, y luego Nymphadora me ha dicho que estabas
aquí. Harry, ¿qué ha pasado en este cuarto?
Plata seguía lamiéndose las patas.
—Me fui a dar un paseo con Ginny, para contarle oficialmente que no volveríamos a salir.
Nos dimos la mano y le di un beso de despedida. Plata, me parece, se ha puesto un poco
territorial.
Narcissa alzó una ceja, y luego se rió por lo bajo.
—¿Plata, dices? Yo creo que esto se parece más a los resultados de una pataleta de
Draco Malfoy.
El lobo levantó la cabeza y se la quedó mirando.
—¿Crees que podrías ayudarme a volver a colocar la habitación tal como estaba? No
quiero que Ginny vea esto, o tendré que dar muchas explicaciones.
Narcissa cruzó la habitación, y sus zapatos negros de tacón redondeado sonaron con
cada paso. Bajó la vista hacia el lobo.
—Aléjate de la cama, Plata. Madre tiene que ponerse con una magia bastante compleja.

86
Harry se levantó sin que le dijeran nada, y Plata se alejó tranquilamente. Ambos
observaron cómo Caperucita Roja lanzaba hechizos que causaban un remolino de colores
y sonidos. Cuando hubo terminado, Harry pensó que la habitación parecía un poco más
elegante que antes.
—Gracias, Narcissa. Se me dan fatal esta clase de hechizos. Necesito hablar con Ron y
Hermione, y de alguna forma darles esta información sin que piensen que me he vuelto
chalado. —Plata gruñó, y Harry le rascó tras las orejas—. Vamos, Draco, ya sabes que
tus amigos Slytherin te tratarían fatal si se enteraran de que te has emparejado conmigo.
Plata se sentó con altanería y alzó la pata derecha.
—¿Te has hecho daño? —preguntó Harry, preocupado.
—No, no está herido, Harry. Creo que quiere darte la pata.
Harry sonrió. Se agachó y apretó la pata del lobo.
—Sí, Plata, escogimos amigos distintos, pero todo está bien ahora.
—Creo que me lo voy a llevar a casa ya, Harry. Los dos hemos tenido un día bastante
intenso. Tú quédate y disfruta la compañía.
Harry miró a Plata, que se alejaba hacia su madre.
—Vale, no volveré muy tarde. Gracias, Narcissa. Plata… Draco, siento haberte hecho
daño.
El lobo, Harry lo juraría, hizo un gesto de asentimiento.
Harry subió por las dos plantas de escaleras hasta el cuarto de Ron. La última vez que se
había quedado a dormir allí fue antes de la boda de Bill. Preparó la vista para el asalto del
color naranja, e intentó preparar la mente para explicar lo que había hecho. La puerta con
el cartel “Habitación de Ronald” estaba entreabierta. Llamó y luego entró, cerrando la
puerta tras de sí.
Le alegró ver que alguno de ellos le había conjurado una silla cómoda. Se dejó caer sobre
el cojín; Ron tenía un plato de sándwiches y algunas botellas que lo esperaban.
—Bueno, esto debe de ser gordo, Harry. No has hablado con nosotros en privado en
bastante tiempo.
—Quieres decir aparte de para trabajar el hechizo, ¿verdad?
Los ojos marrones de Hermione se pasearon entre Ron y Harry.
—Sí, Harry, eso es lo que quiere decir —dijo, una vez vio que ninguno de los dos estaba
reaccionando emocionalmente.
Harry abrió la botella marrón y dio un largo sorbo al líquido ambarino.
—Ron, ¿recuerdas cuando te pedí que tuvieras un ojo abierto por si veías al lobo?
—Claro, Harry, pero no lo vi durante el último par de meses.
Harry se dio cuenta de que no le había preguntado a Draco por qué había pasado eso.
—Bueno, recibí una nota de Severus pidiéndome que “salvara al lobo”. Fue el último
mensaje que me llegó de él. Remus fue con Tonks a los calabozos de Tom el día
después, y lo encontró en una de las celdas. Me llamó por la chimenea, y yo transporté el
lobo hasta mi casa.

87
—Pero, ¿por qué el lobo? —Ron cogió un sándwich y una cerveza—. ¿Por qué iba a
importarle a Snape ese bicho?
—No sabía por qué, al principio —Harry dio otro sorbo—, pero después del incidente en la
cañada, me entraron sospechas.
—¿Qué pasó realmente en la cañada, Harry? Nunca nos lo has contado realmente.
Harry respiró hondo.
—Todo se complicó mucho, Hermione. Los jóvenes muggles estaban presos en una celda
mágica. Había seis mortífagos custodiándolos, con el disfraz completo. Yo tenía mi capa,
y la poción que me había dado Ojoloco. Se suponía que los iba a dejar inconscientes.
Juro que si no estuviera muerto ya, lo habría asesinado yo mismo. El cabrón puso un
veneno en la poción, y yo lo eché en sus reservas de agua. Tardó mucho en actuar, y
empezaron a revolverse de dolor y a dispararse hechizos los unos a los otros. Era como si
estuvieran paranoicos. Los muggles, gracias a Merlín, estaban protegidos por barreras y
no salieron heridos. Yo no tuve tanta suerte. Me dieron unas cuantas veces antes de
morir. Estaba bastante malherido, pero conseguí romper las barreras. Les di a los
muggles un traslador a un refugio, donde se les borraría la memoria. En cuanto el último
desapareció, vi al lobo bajar por la colina hacia la cañada. Estaba olisqueando la tierra y
el aire, y yo tuve miedo de que me encontrara, así que me escondí debajo de un
mortífago. Miré cómo se paseaba hacia una de las mortífagas más jóvenes. Le lamió la
mano y luego aulló. Le vi los ojos plateados: estaban llenos de sorpresa y tristeza. Había
visto esos ojos, y esa expresión, antes.
—¿Dónde? —preguntó Hermione, conteniendo la respiración.
Harry se terminó lo que le quedaba de la cerveza en unos tragos. La dejó sobre la mesilla
de noche y cogió otra.
—Sexto curso en Hogwarts, baño de las chicas, cuando utilicé el Sectumsempra. La
mortífaga era Pansy. La saqué de allí conmigo.
Los ojos de Hermione se agrandaron; los de Ron lo miraron con incredulidad. Fue él quien
habló primero:
—¿El lobo es Malfoy?
Harry asintió.
—¿Cómo? —preguntó Hermione. Harry veía que se sentía al mismo tiempo horrorizada y
curiosa.
—Greyback lo mordió repetidas veces en forma humana.
—Hostia, eso es tan…
—Jodido —terminó Harry la frase de Ron—. Estaba hecho un desastre, pero lo limpié, y
Narcissa lo curó lo mejor que pudo.
—¿Le diste un baño a un Malfoy? —dijo Ron, con una sonrisa, y Harry se rió.
—Sí, y le lavé los dientes. En cualquier caso, me tomó cariño. Narcissa dijo que era
porque estaba buscando un nuevo amo. Eso ya era bastante, pero entonces Remus me
pidió que averiguara si se transformaba.
—Oh, Dios mío, ¿también es un licántropo?
—No, Hermione, se transforma en humano.

88
—¡Mierda! —dijeron los dos al unísono. Harry vio cómo ambos intercambiaban miradas
entre sí. Recordaba un tiempo en que no podían comprender las expresiones del otro,
pero había pasado hacía ya mucho.
—Entonces, ¿lo viste la semana pasada? —preguntó Hermione.
—Sí, y tuvimos una larga conversación. Ha cambiado. Se ha pasado la mayor parte de
este tiempo con Voldemort; utilizaba a Plata como caja de resonancia para sus planes. En
cualquier caso, Draco no quiere seguir viviendo de esta forma. Quiere suicidarse la noche
de Navidad, y llevarse a Lucius con él.
—Draco Malfoy quiere matar a su padre, eso es increíble —soltó Ron.
—Sí, bueno, al parecer Lucius no desertó. Estaba reclutando nuevos mortífagos en
Europa. Draco cree que pronto intentará convertirse en el próximo Señor Oscuro.
—Hostia, ¿no aprenden nunca estos magos oscuros que al final alguno de los buenos se
lo terminará cargando? —dijo Ron, con tono serio. Harry no pudo evitar reírse.
—Bueno, ¿cómo íbamos a ser nosotros los buenos, si no hay malos? —preguntó Harry,
retóricamente.
—No lo sé, pero me gustaría descubrirlo. Lucius Malfoy, Señor Oscuro… No sé, Harry,
creo que Malfoy podría ir en la dirección adecuada.
Harry cogió un sándwich frío de carne de ternera.
—Yo también, pero hay algo más que necesito contaros, y espero obtener vuestra ayuda,
especialmente la tuya, Hermione. Necesito investigar sobre los emparejamientos de lobos
o, más bien, me imagino, los de hombres lobo.
—¿Malfoy está vinculado? —preguntó Hermione.
Harry se tragó un trozo de sándwich y abrió la segunda botella de cerveza.
—Sí, y Remus y Tonks mencionaron que tendría algo de influencia y control sobre esa
persona. Necesito saber cuánto, y si algo puede rectificar la situación en caso de que se
hiciera necesario.
—Claro, Harry, volveré a Hogwarts, pero… si él va a morir dentro de poco, ¿realmente
hay mucho problema con eso?
Harry vio cómo Ron cerraba los ojos y luego hacía una mueca.
—Podría haberlo, si su pareja es Harry —dijo, vacilando.
En ese momento, Harry vio un destello de algo que le sonreía desde el pie de la cama y
luego desaparecía. No pudo evitar echarse a reír.
—No, Ron, Harry nunca habría hecho eso —dijo Hermione, desafiante. Harry sacudió la
cabeza y sonrió ampliamente cuando la sonrisa apareció y desapareció de nuevo.
—Lo siento, Hermione, pero Ron tiene razón.
La chica se levantó.
—Harry, esto no tiene gracia.
—No, Hermione, no la tiene —volvió a reírse—, pero tu gato sí.
Hermione miró por la habitación.

89
—Crookshanks no está aquí, lo he dejado… Ron Weasley, ¡mira lo que le han hecho tus
hermanos a mi gato!
—¿Qué? —Ron miró por la habitación. El hechizo debía estar perdiendo su efecto,
porque el kneazle aparecía y desaparecía. Ron soltó una carcajada.
—Eso es muy grosero —dijo Hermione con irritación, cogiendo el gato y volviendo a
sentarse sobre la cama.
—Harry —dijo Ron, sacudiendo la cabeza—, ¿puedes por favor decirme qué poción te
hizo tragar Narcissa para emparejarte con su hijo, Draco Malfoy, el gilipollas Slytherin al
que hemos odiado durante años?
Harry se encogió de hombros.
—Er, bueno, tiene un aspecto y una personalidad bastante diferentes.
Hermione se lo quedó mirando con incredulidad.
—Harry, admítelo, estabas cachondo.
Harry tosió.
—Bueno, había un poco de eso. Joder, había pasado mucho tiempo y tenía un aspecto
delicioso
Ron hizo amagos de vomitar sobre su sándwich.
—Lo siento, tío, pero “Malfoy” y “delicioso” sencillamente no combinan bien.
Harry le dirigió una mirada desafiante.
—No voy a entrar en detalles…
—Gracias, se aprecia el gesto —interrumpió Ron, y Harry dio otro sorbo a la cerveza.
—… pero fue la mejor noche de mi vida.
Hermione se cubrió la boca con las manos, pero el “oh, Dios” se escapó de todas formas.
—Pero, ¿no confías en él? —preguntó Ron.
Harry se mordió el labio inferior un momento.
—Sí que lo hago, Ron, pero Remus no. Draco me contó unas cuantas cosas antes de
hacerlo, pero no me explicó esta parte. En Noviembre, quiero darle una oportunidad para
explicarse, y quiero estar mejor informado.
—¿Malfoy es gay? —preguntó Ron cuando la realidad de la situación lo golpeó.
—Dios, Ronald, pues claro, no podría haberse vinculado a Harry de no serlo.
Ron le dio un golpecito en el hombro.
—Me doy cuenta de eso, pero oímos tantos rumores sobre él en Hogwarts…
Harry dejó la cerveza sobre la mesa.
—Basta de ese tema. Quiero que los dos sepáis, antes de juzgarlo, que nunca lo
marcaron. Lo que le enseñó a Borgin aquel día fue el primer mordisco. Además, ¿habéis
leído la carta que envié a El Profeta?
—Sí, Harry, creo que toda la comunidad mágica la ha leído, y probablemente la ha
enmarcado —contestó Hermione—. Era preciosa.

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—Draco la escribió esa noche, después de que me quedara dormido. —Los rostros de
Ron y Hermione se quedaron helados en una expresión de sobrecogimiento—. Entonces,
¿seguís pensando que soy imbécil?
Ron se rió.
—Das por hecho que no lo pensara antes de todo esto. Sí, Harry, creo que eres gilipollas
por vincularte con Malfoy, pero es tu vida, y si necesitas nuestro apoyo, lo tienes.
—Va a ser una Navidad dura, ¿verdad, Harry?
—Sí, Hermione, lo voy a pasar mal, y ésa es la razón de que, una vez más, sepa que soy
el tío con más suerte del mundo, por tener amigos como vosotros.

Índice de contenidos

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EL GIRATIEMPO (I)

25 de noviembre
Harry estaba sentado en la mesa, jugueteando con su empanada de pastor mientras Plata
dormía sobre la alfombra junto a la puerta trasera. Habían ido al parque antes, hasta que
la llovizna otoñal se convirtió en un aguacero con todas las de la ley. Su estómago estaba
hecho un nudo. Plata se transformaría esa noche. Estaba ansioso por volver a ver a
Draco, pero entonces pensaba en la conversación que necesitaban tener. No estaba
seguro de si darle a Draco la varita antes o después de que hablaran. Sería más seguro
esperar. Narcissa les había conseguido una cita en la Taberna del Giratiempo para esa
noche. Las brujas del Mercado seguramente estarían allí, pero según Narcissa guardaban
bien los secretos de las demás, puesto que no confiaban demasiado en el Ministerio ni en
nadie de fuera. Harry había ido a verlo algunas veces con la capa. Parecían ser las únicas
dueñas del establecimiento, y les gustaba provocar a los hombres para que se pelearan.
Esperaba que no ocurriera esa noche.
Narcissa estaba hoy en Resplandor. Había dicho que no se mudaría a su nuevo piso
hasta Año Nuevo. El negocio avanzaba a grandes pasos, algo que lo sorprendió
considerando que su inventario consistía en velas y candelabros oscuros. Supuso que
mucha gente compraba por la novedad de tener un elemento que había estado una vez
en la famosa mansión Malfoy. Se rió al ver cuántos de ellos tenían dragones como
decoración. Narcissa había sido aficionada a los dragones desde que era pequeña, y fue
quien decidió el nombre de Draco cuando éste nació. Había contactado con Lucius por
lechuza, pero decidió no verlo en persona. Parecía contento con los planes para la noche
de Navidad. Narcissa le enseñó la respuesta a Harry: estaba llena de palabrería sobre la
nostalgia y el amor. Harry nunca hubiera creído que Lucius fuera capaz de hablar así.
Narcissa puso los ojos en blanco, diciendo que Lucius tenía una lengua y una pluma
prodigiosas, pero que no podía creerse nada de aquello.

92
Remus y Tonks volverían pronto, a tiempo para que Remus bebiera su última poción
antes de la luna llena. No había vuelto a hablar con Harry sobre Draco, pero Tonks sí.
Hermione había descubierto un montón de información sobre el apareamiento de los
licántropos. La obediencia al hombre lobo era por protección: éste sólo podía tener una
pareja, y por tanto hacía todo lo que estuviera en su poder para protegerla. Nunca podría
hacer daño intencionadamente a su pareja. A Harry le molestó que esa parte no saliera a
la luz durante su discusión con Remus. Además, el asunto de la obediencia podía quedar
más relajado por medio de un vínculo entre magos. La oficialidad del lazo mágico, al
parecer, concedía al hombre lobo la suficiente confianza como para renunciar a algo de
control.
La primera pregunta que Harry le hizo a Tonks fue la de por qué ella y Remus no estaban
vinculados. Tonks se limitó a negar con la cabeza. Remus seguía preocupado por no ser
adecuado para ella, ya que no podrían tener hijos. Tonks reconocía que el razonamiento
de su pareja era erróneo: la pareja podía dejar al licántropo si encontraba otro que fuera
más deseable. Pero, como ella decía, eso era improbable, ya que las reglas biológicas no
tomaban en consideración el factor del amor, y estaba enamorada de Remus. Harry se dio
cuenta durante los días siguientes de que el licántropo, o en este caso, Draco, tenía un
sentimiento instintivo de inseguridad. Por tanto, en realidad era la pareja quien tenía el
poder. Ésta podía irse, y el hombre lobo se quedaría solo el resto de su vida. Al final,
Harry llegó a la conclusión de que era la pareja quien decidía cuánto control podría ejercer
el lobo sobre ella.
Harry se levantó, llevó al fregadero la empanada de pastor que apenas había probado y
dispuso de ella; Plata se estiró, pero no se despertó. Harry volvió a sentarse y se sirvió
una taza de té. La cocina estaba en silencio, aparte del sonido de Plata respirando, y el
reloj que sonaba en la pared. El tiempo, suspiró Harry; era algo completamente fuera de
su control. Quería que se detuviera, o al menos que pasara más lento. Cada pista que
creía tener del paradero de Severus lo llevaba a un callejón sin salida. Sencillamente, el
mago se había esfumado. Harry había visto síntomas de desesperación en los ojos de
Narcissa; intentaba esconderlos, pero él los veía de todas formas.
Fue el día anterior cuando todo salió a la luz. Había decidido llevar a Plata a visitar la
tienda y a Minnie, la ligresa. El lobo y Minnie se habían hecho amigos. La tienda parecía
estar cerrada, pero en la planta superior, detrás de las cortinas echadas, se veía la
sombra de la mujer. Dejó a Plata en el porche con su amiga, y entró por la puerta trasera
con la llave que Narcissa le había dado. El fuerte aroma de las velas se mezclaba con
incienso mientras subía las escaleras. Aquello le hizo rememorar horribles recuerdos de
Trelawney. Le sorprendió lo apropiado que había sido el recuerdo: la puerta estaba
ligeramente abierta y, cuando miró al interior, vio a Narcissa dando vueltas alrededor de
un pedestal con una bola de cristal encima, agitando bufandas de colores. Cerca del
pedestal había una silla cómoda y una pequeña mesa. Vio una taza de té y un trozo de
tarta. Ella estaba bailando alrededor de la bola de cristal, pero en un momento dado se
sentó en la silla, mirando al frente. Con frustración, se echó atrás sobre el respaldo y tomó
un trago de té y un trocito de tarta. Después, volvió a inclinarse hacia delante. Lo único
que Harry veía eran colores rosa y lavanda que llenaban la bola de adivinación. No estaba
seguro de qué estaba buscando, pero entonces la oyó murmurar.
—Severus, maldito seas, ¿dónde estás? Me prometiste que lo protegerías, cabrón.
Harry bajó las escaleras en silencio y se llevó a Plata a casa. Conocía la desesperación
que sentía Narcissa: él la notaba cada día que pasaba sin noticias. Pero también sabía lo

93
que era estar atrapado en una situación en la que no había elecciones correctas, y lo
único que quedaba era una terca voluntad de aguantar. Apoyaría a Draco en su decisión.
Al principio, Ron y Hermione estaban tensos alrededor de Plata. Hablaban en privado de
la situación de Harry cuando Narcissa se lo llevó a la tienda, pero siempre que Plata
estaba en casa, se quedaba cerca de ellos tres. Ron y Hermione, había que reconocerlo,
empezaron pronto a tratarlo como la mascota de Harry; sin degradación y con respeto.
Ron rompió el hielo cuando descubrió que al lobo le gustaba jugar con el frisbee. Al
pelirrojo se le daba fatal lanzarlo a la manera normal, pero cuando lo hacía con magia lo
lanzaba por el patio trasero, y el lobo saltaba en el aire para atraparlo con los dientes.
Hermione había descubierto en su investigación que los lobos complementaban su
alimentación de carne con frutas del bosque, y cada vez que venía Plata le olisqueaba los
bolsillos en busca de éstas. A Plata le gustaban especialmente los arándanos. Harry se
preguntaba a veces qué pensaba la parte Draco del lobo acerca de los tres Gryffindor.
Estaba seguro de que el ambiente era muy distinto que el que habría sido con tres
Slytherin.
Blaise había decidido no ir a Grimmauld Place; en lugar de eso, se acercó a la tienda de
Narcissa, que se llevó a Plata para que se encontraran. Harry era consciente de que no
era un insulto, sino una muestra de que Blaise seguía sin estar cómodo con ‘Harry Potter’.
Narcissa dijo que aquello cambiaría y, a esas alturas, a Harry no le importaba.
Según avanzaban los días, Harry y Plata habían establecido una rutina, y el moreno ya no
podía imaginar la vida sin su compañero al lado. La separación entre Draco y Plata iba
aumentando: había pasado más de una semana desde la última vez que se dirigió al lobo
como Draco. Para cualquier observador externo, los dos parecían sencillamente un mago
feliz con su fiel mascota. Por supuesto, la foto en la portada de El Profeta, con Caperucita
Roja, había provocado un cierto revuelo. Ahora todos sabían que Harry Potter se había
quedado con el lobo de Voldemort.
Esa noche, Harry y Draco cenarían juntos, y después Draco visitaría a su madre. Harry se
encontraría con ambos más tarde, en la Taberna del Giratiempo.
Harry volvió a la realidad cuando oyó una lechuza golpeando la ventana de la cocina. Oyó
un murmuro bajo procedente de Plata.
—No pasa nada, Plata, es sólo una lechuza —Harry le abrió la ventana a una gran
lechuza, un carabo lapón que sabía pertenecía al Ministerio de Magia. Le dio un knut al
animal y la dejó ir.
—Mierda —murmuró Harry. Las orejas de Plata subieron, y Harry le echó un vistazo—.
Mira, Plata, me han invitado a una ceremonia de premios justo antes de Navidad. Me van
a dar una Orden de Merlín, Primera Clase. Genial, justo lo que me apetece: dar un
discurso e ir a un baile formal —dijo Harry con sarcasmo. El lobo se levantó, se estiró, y
se acercó lentamente a Harry. Descansó su gran cabeza sobre su rodilla, que enredó los
dedos en su espeso pelaje blanco. Sintió que la tensión se relajaba, y dejó el pergamino
sobre la mesa de la cocina—. ¿Qué le dices a subir y terminar esa siesta arriba?
Seguramente los dos trasnocharemos hoy bastante.

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Una vez más, Harry paseaba arriba y abajo por la sala de estar. La casa estaba fría esa
noche, pues el chaparrón de la mañana se había convertido en una gran tormenta. Las
pesadas cortinas estaban cerradas; la luz de la luna no entraría hoy en casa. Después de
echar unas cuantas piñas mágicas, el fuego se encendió soltando chispas. Las llamas
eran de todos los colores. Era algo que los gemelos habían descubierto en el oeste de
Estados Unidos el mes pasado, buscando locales para abrir una franquicia de Sortilegios
Weasley.
Las altas y estrechas velas, sujetas en candelabros de bronce sobre la mesa, estaban
encendidas. La cena de esta noche —sopa de setas salvajes, suflé de queso Stilton,
guisantes blandos, tomates aliñados y pan— esperaba colocada en bandejas junto a la
mesa. Para el postre, Narcissa había traído una gran caja de trufas de chocolate y un
coñac añejo. Harry tenía que admitir que había algo bueno en tener gustos caros: eran
buenos gustos.
Seguía planteándose el momento correcto de darle a Draco su varita cuando oyó el
aullido desgarrador, que después se convirtió en un grito humano de dolor. Harry cogió la
varita de la repisa de la chimenea y la colocó sobre el plato adornado con el emblema de
los Black, frente a la silla de Draco. Sirvió el cabernet decantado en las dos copas, y tomó
un sorbo rápido de la suya. Se rió por lo bajo, pensando que lo que realmente quería era
un par de chupitos de whisky de fuego.
Al final, Harry se derrumbó en una silla junto al fuego. Admitió para sí que estaba ansioso,
y últimamente había tomado la costumbre de aliviar su ansiedad recorriendo con los
dedos el pelaje de Plata. Una vez más, no tenía ni idea de en qué estado anímico estaría
Draco. Sus propios pensamientos recorrieron las posibilidades rápidamente, hasta que las
puertas se abrieron sacándolo de su paisaje interior.
Harry alzó la mirada, se levantó, y casi vomitó cuando todos sus nervios parecieron entrar
en ebullición a la vez.
Draco entró a grandes zancadas, su cojeo apenas perceptible. Harry nunca lo había visto
con ropa muggle; sería después cuando se vistieran en un atuendo más formal.
—Draco —consiguió decir Harry.
—Harry, me alegro de verte —contestó Draco, y empezó a levantar las cubiertas de la
cena—. Esto tiene una pinta y un olor delicioso. ¿Puedo preguntar qué hay de postre?
Harry se rió y cogió la caja envuelta en color dorado de la mesita frente al sofá. Los ojos
de Draco se agrandaron, y Harry los vio examinar no sólo la caja de trufas, sino su propio
cuerpo, de la cabeza a los pies.
—Tal vez tengamos que ir a por el postre primero —murmuró Draco.
Harry se estremeció. No estaba del todo seguro de a qué se refería Draco, pero se hacía
una idea. Dejó la caja en su sitio, se acercó a la mesa, y se colocó junto al rubio.
—El postre sabe mucho mejor después del plato principal.
Harry se rió.
—Muy bien, Potter.
Harry inhaló profundamente cuando sintió el primer cosquilleo de la magia de Draco
acariciar su mano. Ni siquiera estaba seguro de si se estaban tocando. Harry bajó la vista

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hacia la mano que subía lentamente hacia su barbilla. Los dedos levantaron su cabeza
hasta que estuvo perdido en los ojos plateados.
—¿Qué tal un pequeño aperitivo antes? —murmuró Draco, y presionó los labios contra
los de Harry.
A éste no le importó que fuera una de las peores frases para ligar que había oído; le
devolvió el beso. La presión bienvenida de los suaves labios de Draco contra los suyos
era mejor de lo que recordaba. La mano de Draco se movió desde su barbilla hasta su
cuello, y lo acercó más. Harry abrió los labios, y luego se derritió cuando la lengua de
Draco tocó la suya. El beso alivió muchas de las preocupaciones que había tenido sobre
si esto era o no una buena idea. La magia y el poder que lo recorrieron cuando la boca de
Draco se abrió aún más y su lengua se introdujo buscando la de Harry le dejaron las
rodillas temblorosas. Se aferró a las caderas de Draco para mantener el equilibrio.
Terminó mucho antes de lo que él habría querido. Draco se apartó, dando un último
mordisco al labio inferior de Harry.
—Tal vez deberíamos tomar antes ese plato principal —dijo Draco, y se volvió hacia la
mesa. A Harry le llevó un momento recuperarse.
—Sí, claro —murmuró, sentándose frente a Draco. Sirvió primero la sopa y el pan.
—¿Esto es para mí? —preguntó Draco, emocionado, cuando vio la varita tallada en
madera de aliso.
—Narcissa la escogió el otro día. Pruébala; no estaba muy segura de si sería la madera
correcta.
Draco pasó los dedos por toda la superficie de la varita antes de cogerla por el mango.
—Bigotes de dragón, lo noto —dijo, casi con reverencia—. La madera es perfecta. Es
buena para hechizos con animales y encantamientos, pero sobre todo para la protección.
Mi última varita era de espino. —Draco agitó la varita y sonrió cuando salieron abundantes
chispas.
Harry rió de alegría cuando Draco empezó una larga lista de hechizos. Las almohadas
levitaron, las velas se apagaron y encendieron, los muebles cambiaron de sitio, las piezas
de ajedrez se transformaron en insectos y volvieron al principio, y luego, para diversión de
Harry, la palabra Serpensortia se proyectó por toda la sala.
Harry miró debajo de la mesa y vio a una víbora siseando mientras se le acercaba. La
serpiente alzó la cabeza y se lo quedó mirando.
—{No passsa nada. No muerdassss. Voy a cogerte en brazosss} —dijo Harry. Para horror
de Draco, Harry bajó una mano y la serpiente se enrolló alrededor de su hombro. Harry la
levantó sobre la mesa.
—Potter, suelta-esa-serpiente-ya —dijo Draco, poniendo énfasis en cada palabra. Harry
oía el matiz de pánico en su voz. Miró a la serpiente mover la cabeza de un lado a otro, y
dijo “finite”. La mortífera criatura se desvaneció, pero Draco se quedó algo acongojado.
—Bueno, ¿y qué esperabas? —preguntó Harry.
—No lo sé. Sólo quería oírte hacerlo otra vez. Han pasado seis años. No esperaba que la
cogieras, podría haberte mordido.
Harry se rió.

96
—No es probable, las serpientes no suelen morder a los hablantes de pársel. La única
excepción es cuando dos hablantes están juntos —dijo Harry, y tomó una cucharada de la
cremosa sopa.
—¿Qué pasa entonces?
—Bueno, el mago que la invoca tiene el poder. Tom me hizo eso con el basilisco.
Draco negó con la cabeza.
—¿Quieres explicarme eso?
Harry resopló.
—No, la verdad es que no. Fue hace mucho tiempo. Hay otras cosas que preferiría
discutir.
Draco hundió la cuchara en su plato de sopa.
—Está bien, pero prométeme que al menos se lo contarás a Plata.
—Claro, le hablaré de todas mis maravillosas aventuras con la muerte —contestó Harry,
sarcástico.
—¿Estás listo para contarme la batalla final con el Señor Oscuro?
Harry bajó las pestañas y jugueteó con su sopa.
—No, Draco. Se lo contaré a Plata antes de Navidad, pero no puedo contártelo a ti. —
Harry se dio cuenta de que Draco estaba empezando a engullir la comida como la última
vez. Después del segundo vaso de vino, Harry se sintió más relajado, menos inhibido. No
sabía si Draco sabía lo que pasaba, o si era sólo coincidencia, pero al fin Draco dio pie a
la conversación que Harry sabía necesitaban tener.
—Bueno, ¿y qué dijo Remus? Debió de ser importante, o se lo habrías contado a Plata.
Harry terminó de tragarse un trozo de suflé.
—Quería hablar de esto contigo, Draco, no con Plata. No me parecía justo, porque no
serías capaz de explicarte o defenderte.
Los ojos de Draco relampaguearon, y Harry vio sus pupilas negras dilatarse.
—¿Defenderme?
—Probablemente una mala elección de palabras, pero necesito saber qué sabes sobre
los emparejamientos con licántropos.
Draco se echó otra copa de vino y bebió unos sorbos.
—Bueno, todo lo que sé viene de Severus. El lobo se empareja de por vida, es muy
protector con su pareja, tiene la habilidad para tranquilizarla y, por tanto, ejerce algo de
control sobre ella.
Harry dejó la copa en la mesa, con gesto de desesperación.
—Lo sabías —dijo—. Lo sabías y no me lo dijiste.
—¿Qué parte no te mencioné? —Harry resopló.
—La parte en la que ejerces control sobre mí.
Draco se rió y sacudió la cabeza, casi disgustado.

97
—Potter, ¿crees que yo podría controlarte? ¿Crees que por eso quería vincularme
contigo? Ya te lo dije, sólo te lo pedí porque sabía que sólo duraría estos pocos meses.
Puedes ser el pasivo conmigo, pero tú también eres un alfa, Potter. No podría controlarte
ni influenciarte.
—Draco —dijo Harry, muy serio—, no sabes lo que me hace el contacto contigo. Me
convierto en un puto cachorrillo necesitado.
Draco sonrió de medio lado.
—De verdad, Harry, puedes sentirte así cuanto te toco, pero créeme que si te pidiera que
hicieras algo contra tu voluntad, me mandarías a la mierda y te irías. ¿Sabes, Harry? Tú
puedes dejarme, pero yo no puedo dejarte a ti. ¿Crees que abusaría de un poder tan
limitado?
Harry se reclinó sobre la silla y escuchó, oyendo la sinceridad en la voz de Draco que
encajaba con la expresión de sufrimiento de su rostro. Sólo le quedaba una pregunta.
—Draco, ¿qué pasa si encontramos a Severus y tiene un antídoto?
La expresión en el rostro de Draco fue uno que Harry esperaba no volver a ver jamás. Era
la expresión de un hombre que acaba de ver el trabajo de su vida destruido; su plan más
perfecto derrumbado.
—No lo sé, Harry. No lo sé, porque me he resignado a acabar con mi vida.
—Bueno, sólo para que lo sepas, hay un modo de mitigar la necesidad de control.
Draco frunció el ceño y Harry casi se rió porque, durante un segundo, le había recordado
a Plata.
—Bueno, ¿y cuál es? —preguntó Draco con impaciencia.
—Un vínculo mágico.
Draco tosió un par de veces.
—Potter, ¿me estás pidiendo que me case contigo?
—¡No! Idiota, sólo te estoy contando lo que sé.
—¿Entonces no quieres casarte conmigo? —preguntó Draco, fingiéndose herido. Harry
no se lo tragó.
—No he dicho eso. ¿Por qué no aplazamos esta conversación? Si encontramos a
Severus antes de Navidad, volveremos a sacar el tema.
—Harry, nunca me casaría con alguien que no estuviera enamorado de mí, o de quien yo
no estuviera enamorado. Ya que no creo que eso ocurra de aquí a Navidad, podemos dar
este tema por zanjado.
Por qué eso le sentó a Harry como una tonelada de rocas aplastándolo y rompiendo todos
sus huesos era algo que no sabía. Él no amaba a Draco, y sinceramente, dudaba que
Draco pudiera amarlo a él, así que, ¿por qué le dolía oírlo?
Siguieron comiendo en medio de un silencio incómodo, hasta que Draco lo rompió.
—Harry, ¿ha encargado mi madre las pociones?
Harry troceó su suflé con el tenedor, haciendo que se formaran finos hilos de queso al
enfriarse.
—No, no que yo sepa.

98
—Asegúrate de que lo hace pronto —dijo Draco, con tono tranquilo, como si estuviera
encargando un nuevo mueble.
—Claro, sin problema —contestó Harry, y luego dejó el tenedor sin comer un bocado.
—¿Ha seguido mi madre viendo a Shacklebolt?
—Sí, comen juntos cuando ella está en el Mercado —respondió a Harry. Sabía que sólo le
faltaba contestar con monosílabos, pero en ese momento su estómago estaba del revés,
y un sentimiento de soledad lo atravesaba. Miró el fuego detrás de Draco. Necesitaba
más piñas.
—Lo siento —dijo Draco, y alargó la mano por la mesa para coger la de Harry. Éste se lo
permitió, pero casi maldijo la sensación que el gesto trajo consigo.
—¿El qué? —murmuró.
—Potter —dijo Draco, severo—, mírame.
Harry elevó lentamente la vista hacia la voz que tanto lo atraía.
—¿Qué? —dijo, casi desafiante. No llegó a mirar directamente a los ojos plateados que
sabía que lo observaban. Los dedos de Draco acariciaron los suyos y apretaron.
—No he dicho que no pudiera hacerlo. —Harry miró, y vio una calidez que no estaba
esperando—. De hecho —continuó Draco, una vez vio que tenía la atención de Harry—,
estoy seguro de que podría. O, más bien, lo haría.
Harry sonrió a medias.
—No pasa nada, Draco, no hace falta que mientas.
El Slytherin soltó la mano de Harry y prácticamente saltó del asiento. Harry ni siquiera lo
vio dar los pocos pasos alrededor de la mesa. Lo único que sintió fue que su silla quedaba
tirada a un lado y que alguien lo levantaba. De repente estaba de pie, y Draco lo llevaba
de la mano hacia el sofá. Harry lo siguió, pero se sentía muy estúpido. Sabía que estaba
actuando como un amante despechado, pero el sentimiento se acumulaba en su interior.
Draco se sentó en el sofá y tiró de Harry hacia su regazo, envolviéndolo. Los brazos de
Draco cubrieron su espalda y lo apretaron. Harry se sentía ahogado: la calidez que lo
inundaba era intoxicante, pero una parte de él quería resistirse. Descansó la frente sobre
el hombro de Draco, rozando los mechones de pelo rubio. Los dedos de Draco le
acariciaron la espalda, mimándolo como a una mascota, y luego alcanzaron el borde de
su sudadera y su camisa. Uno por uno, cada dedo entró bajo la ropa y tocó la piel de su
espalda. Harry sintió la magia, y sintió la tranquilidad. Dejó escapar un suspiro.
—Me estás matando, Harry. Te noto resistirte. Por favor, para —susurró Draco en su oído.
—No puedo evitarlo —murmuró Harry, hablando contra su hombro—. Tus palabras me
han dolido, y no sé por qué.
—Hmmm, ¿no ves que esto es lo que pasa cuando te hago daño? Te distancias de mí, y
es como si me ardiera un fuego por dentro —dijo Draco, y empezó a masajear los
músculos lumbares. Harry se arqueó, echando atrás la cabeza y el cuello. Draco se
inclinó para atacar con la boca el tendón expuesto.
Harry se avergonzó del gemido que escapó de sus labios, pero el sonido sólo pareció
animar a Draco a avanzar aún más. Chupó con fuerza sobre el músculo, y luego la punta
de su lengua recorrió la mandíbula de Harry hasta su barbilla. Harry gimió con más fuerza
cuando Draco abrió más la boca y le mordió, lavando la piel con la lengua y chupando

99
suavemente. Las manos de Draco subieron por su espalda y sus palmas cubrieron los
omóplatos de Harry. Éste sabía que estaba perdiendo la batalla, y se preguntó por qué
estaba luchando siquiera.
Draco dejó libre su barbilla y subió con la lengua hacia la boca de Harry, que bajó la
cabeza y miró las pupilas enmarcadas en plata. No disminuían: estaban llenas de
preocupación. Abrió los labios y miró cómo Draco cerraba los ojos y empezaba a besarlo.
Los cosquilleos de magia lo recorrieron. Harry levantó las manos y empezó a masajear los
músculos a través de la camisa negra. Draco gimió y, para sorpresa de Harry, mordió
suavemente su lengua y empezó a chuparla. Harry se dejó llevar entonces, y las palabras
de su amiga resonaron en su cabeza: Disfruta la tranquilidad. Se rindió.
Su erección estaba ya bien avanzada, y le dolía dentro de los pantalones. Levantó el culo
y embistió ligeramente. Fue la señal que Draco estaba esperando; sus manos se
deslizaron por la espalda de Harry y cogieron el borde de su camisa y jersey,
levantándolos. Harry le devolvió el favor. El beso se rompió brevemente para que
pudieran deshacerse de su ropa. Luego ambos buscaron el pecho musculado del otro y
empezaron a besar de nuevo. Las yemas de los dedos exploraron cada curva, y las
embestidas ganaron velocidad. Draco se abrió camino hábilmente hacia los pantalones
para intentar desabotonarlos. La pelea era frustrante. Harry se enderezó, quedando de
rodillas sobre el sofá, con las piernas bien abiertas. Cogió las manos de Draco para
llevarlo con él, y cada uno se ocupó de sus propios vaqueros y calzoncillos sin que se
rompiera el beso.
Harry buscó con las manos hasta encontrar la polla que se le clavaba en el estómago. La
piel suave se humedeció cuando sus dedos tocaron el presemen y lo extendieron. Rodeó
el miembro con las manos y empezó a subir y bajar, sintiendo cada detalle y disfrutando
de los sonidos que salían de la boca de Draco.
Draco rompió el beso y se dejó caer sobre el sofá, acomodándose con los cojines. Se
estiró y buscó a Harry con las manos para que se le uniera. Harry no pudo evitar comerse
con los ojos el largo cuerpo que lo esperaba. No estaba demasiado seguro de si Draco
había estado siempre en tan buena forma, o si era la influencia del lobo lo que había dado
lugar a esta criatura elegante y fuerte. No había forma de arrepentirse. Apretó las caderas
de Draco y se tumbó sobre su pecho; se preguntó si el corazón de Draco se aceleraba
alguna vez, escuchando el latido lento y regular. Las manos de Draco agarraron sus
caderas y marcaron el ritmo de una lenta fricción. Harry supo, al sentir la polla de Draco
junto a la suya, que no había forma de que esto durara mucho más.
Harry puso el peso sobre sus rodillas cuando Draco levantó las suyas para rodearlo con
las piernas. No estaba seguro de cuánto tiempo se había quedado mirando a ese rostro
que denotaba rasgos de emoción: una ceja arqueada, un ligero movimiento de la nariz,
incluso la pista de una sonrisa; a Harry le fascinaba mirarlo. Jadeó de placer cuando la
mano de Draco bajó para masturbarlos a los dos.
—Levanta —susurró Draco.
Harry obedeció sin dudar. Draco murmuró unas palabras que hicieron a Harry sonreír
cuando sintió el resultado. Rió para sí, preguntándose si ése era el único hechizo que
Draco sabría hacer sin varita. Los dedos de Draco bajaron por su polla y luego jugaron
con cada uno de sus testículos. Harry gimió desinhibidamente de placer, y se agarró al
respaldo del sofá con una mano buscando el equilibrio.
—¿Así? —preguntó Draco con un guiño—. Si no me muriera de ganas por follarte, me los
comería poco a poco.

100
Harry se agarró con más fuerza al sofá, y sus rodillas se hundieron en los cojines.
—Cabrón —bromeó Harry.
—Mmm, esa boca, Potter —lo regañó el rubio, y sus dedos avanzaron hacia el trasero de
Harry. Éste intentó pensar en una réplica inteligente, pero la labia lo dejó plantado cuando
los dedos de Draco llegaron a su culo. La anticipación era casi demasiado: quería a Draco
dentro de él, sus dedos, su polla, su magia; quería que todo lo llenara y se llevara
cualquier rastro de duda que aún quedara. Harry bajó el cuerpo, forzando la entrada.
—Tranquilo, Harry, tenemos tiempo —dijo Draco suavemente, y siguió entrando muy
despacio.
Harry sólo era consciente de su propia respiración, y de que Draco lo miraba fijamente a
los ojos mientras un único dedo recorría su interior. Gracias a Merlín, pronto llegó un
segundo dedo, y un tercero.
—Dios, otra vez —gimió a través de los dientes apretados cuando el primer roce presionó
su próstata. Draco sonrió, y sus ojos se iluminaron mientras repetía el gesto.
—¿Me deseas? —preguntó, mientras Harry se revolvía buscando aliviarse.
—Sssssí —siseó Harry.
Draco sacó metódicamente sus largos dedos y acercó la polla, sujetándola y colocándola
en un ángulo adecuado para que Harry pudiera descender sobre ella.
—Despacio, Harry. Hazlo despacio.
Harry descendió gradualmente. Sólo la cabeza le hizo detenerse un segundo para
recuperar la respiración. No era enorme, pero estaba mejor dotado que sus anteriores
amantes. Mientras Harry bajaba, la otra mano de Draco le acarició el muslo.
—Joder —soltó Draco cuando Harry cerró los últimos dos centímetros y lo cubrió por
completo.
Harry rotó las caderas lentamente, buscando la posición más cómoda; se detuvo, y sonrió
ante su éxito. Tener a Draco dentro de él le daba lo que necesitaba, tranquilidad absoluta.
Draco le devolvió la sonrisa.
—El espectáculo es tuyo, Harry.
Las palabras lo atravesaron, y se mordió el labio al darse cuenta de lo que había hecho
Draco. Había renunciado a algo de control, le había dejado estar arriba, decidir los
movimientos. Sus músculos parecieron relajarse de golpe; se elevó y se dejó caer. La
polla de Draco lo atravesó, y repitió el movimiento, cada vez más alto, cada caída más
brutal. Su cuerpo se cerró alrededor de Draco, como si le asustara perderlo.
—Déjate llevar, Harry, déjate llevar —dijo Draco, casi como si fuera un mantra.
Harry aumentó el ritmo y gimió cuando localizó el punto mágico. No lo forzaba, era mucho
mejor no saber cuándo pasaría. Draco movió la mano y cogió la polla de Harry con fuerza,
adaptándose al ritmo que Harry marcaba. Harry no tuvo ni idea de que Draco estaba a
punto de llegar hasta que su cuerpo se arqueó, se tensó, y luego agitó las caderas
frenéticamente, subiendo y bajando. Harry observó fascinado la expresión de Draco
cuando se corrió. Era puro placer irrefrenado: sus pestañas se movían, su mandíbula
estaba encajada, pero aun así escapaban sonidos de placer. La magia de Draco lo inundó
en ese momento, y Harry se vio lanzado a su propio éxtasis.

101
Draco tiró de él sobre su pecho y lo rodeó con los brazos. Harry sonrió cuando oyó el
corazón de Draco latir aceleradamente.
—Sería tan fácil —jadeó Draco en su oído. No necesitaba preguntar lo que quería decir.
Lo sabía, y estaba de acuerdo.

Harry se duchó cuando Draco salió para visitar el apartamento de su madre. Aún lo
estaba arreglando para mudarse en Año Nuevo, pero Harry sabía que ya se sentía más
cómoda allí que en Grimmauld Place. Entendía bien lo que se sentía al tener un lugar
propio, y lo que significaba para la paz mental.
La caja de bombones estaba en la mesita de noche, junto a la botella de brandy y dos
copas. Draco se había contenido para comer sólo tres trufas. Estaban tan buenas que
Harry apenas pudo terminar la primera. Se rió en voz baja, recordando la reacción de
Draco al morder la de chocolate con arándanos. Si existían los orgasmos orales, Draco
había tenido uno.
Harry escogió un traje elegante y una túnica formal de su armario. Narcissa le había
advertido que la Taberna cambiaría su ropa cuando el giratiempo se activara. Se vestirían
para encajar con el tiempo y lugar en que estuvieran. Dijo que ella haría el giro, pues las
otras brujas eran excesivamente dadas a buscar riñas medievales.
Había más de lo que Draco y él tenían que hablar, pero por primera vez desde la última
luna llena, estaba contento. No, borra eso, pensó; se sentía feliz. Ya volverían a hablar
cuando llegaran a casa.

Índice de contenidos

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EL GIRATIEMPO (II)

La Taberna del Giratiempo


Las patronas se giraron cuando la puerta del Giratiempo se abrió y dos viajeros cubiertos
por capas entraron a la sala: una era obviamente una mujer noble, por el aire de
elegancia con que se movía, y de su brazo iba un joven caballero más alto que ella.
La mujer echó un vistazo al interior de la taberna con sólo un indicio de desprecio; parecía
encontrar ligeramente divertida la situación, la reunión de gente que observaba a las
figuras que luchaban sobre el ring de barro en medio del escenario de madera.
—Merlín, madre, ¿dónde demonios estamos? ¿Quién es toda esta gente? —susurró
Draco al oído de su madre. Ella elevó la mano, como desechando su curiosidad.
—Ya te lo he dicho, son las dueñas de los establecimientos. Acuden aquí para viajar a
distintas épocas. Me imagino que esto es Norteamérica a finales del siglo XVII.
—Madre, hay hombres semidesnudos luchando en el barro. Joder, están semidesnudos.
Por favor, dime que tú no participas en estas incursiones a la indecencia.
Narcisa alzó la mirada hacia su hijo.
—Draco, soy una bruja adulta, no toleraré que me digas qué puedo o no puedo hacer. —
Narcissa se acercó a la barra, dejó el dinero en el lugar indicado, y recogió el giratiempo
cuando apareció junto a su mano.
Incluso bajo la capucha en sombras, se la podía ver bien concentrada, con los ojos
cerrados.
Los árboles desaparecieron lentamente, las luces se atenuaron como si el sol acabara de
decidir que se iba a poner y a colocarse en el perfecto ángulo del crepúsculo. Los

103
gruñidos y gritos de la lucha se vieron reemplazados por los suaves sonidos de la música:
teclas de piano apaciblemente pulsadas y los tonos bajos de un saxofón.
Empezaron a levantarse unas paredes a su alrededor: eran de un verde bosque oscuro, y
la barra estaba adornada con latón.
Todos los ojos se clavaron en la misteriosa pareja de la entrada, y su transformación se
hizo evidente antes de que los propios habitantes del Giratiempo se dieran cuenta de los
cambios en su propia apariencia. La capa y la capucha de la mujer desaparecieron, para
ser sustituidos por un elegante vestido largo. Una gruesa capa sencilla cubría sus
hombros y llegaba hasta el suelo, donde se arremolinaba a sus pies. Su pelo color platino
estaba apretadamente recogido en docenas de elegantes tirabuzones que enmarcaba su
pálido rostro, que sólo estaba decorado por un toque de colorete y los labios ligeramente
rosados. Su edad era difícil de adivinar, pero sin la cabeza cubierta, quedaba claro que
era probablemente la madre del chico que llevaba al brazo.
La apariencia de éste, por supuesto, también cambió, aunque la transformación no
parecía tan drástica. Su capa se esfumó, dejando ver la melena plateada que había
estado ocultando. Los pantalones oscuros que se vislumbraban bajo ella seguían ahí,
pero ahora llevaba también una chaqueta de traje oscura con amplias solapas, abierta
para enseñar unos tirantes sobre la camisa blanca. Una ligera sonrisa adornaba su cara,
iluminando la sala mientras él se inclinaba para decir algo al oído de su madre y la besaba
suavemente en la mejilla.
Ella lo miró mientras se abría paso por la estancia, igual que hizo el resto de presentes.
Era obvio que le dolía la cadera; también era obvio que era demasiado orgulloso como
para mostrarlo. Se detuvo y habló con los músicos un momento antes de seguir
avanzando hacia la barra. El jazz clásico llenó el aire con sus sonidos suaves y
embriagadores.
Su madre se lo quedó mirando sólo un momento antes de empezar a echar vistazos
preocupados hacia la puerta. Parecía bastante impaciente. Miró la mesa de clientes y dio
un paso adelante con vacilación, como preguntándose si debería unirse a ellos. La
pregunta quedó respondida cuando la puerta se abrió para dejar entrar una fría ráfaga de
viento y señalar el contorno de un hombre, de pie en el marco. Cuando los ojos de las
patronas se ajustaron a la luz exterior, vieron a un joven entrar a la sala, la túnica que
llevaba transformándose en una larga gabardina. Se rió suavemente mientras se la
quitaba, y la dobló sobre el brazo para dejar ver un traje color burdeos parecido al del otro
caballero. Se pasó una mano por el cabello oscuro, despeinándolo aún más de lo que
estaba, antes de inclinarse para besar a la mujer en la mejilla.
—Bonito toque, Narcissa. ¿Qué época es ésta?
Narcissa le devolvió el gesto.
—Los sesenta, es un pub de jazz. Deberías haber visto la expresión de Draco antes del
cambio. Las brujas estaban luchando con colonos e indios americanos en el siglo XVII
estadounidense.
Harry se rió con ganas; era un contraste respecto a la música que sonaba. Se volvió y le
guiñó un ojo a Narcissa antes de avanzar hacia la barra donde esperaba Draco. Rodeó
con cuidado un charco de barro; al parecer, la taberna aún tenía algunas deficiencias que
superar.

104
Harry se sentó en el taburete recubierto de cuero que Draco tenía al lado, y éste le pasó
un poco de whiskey. Las patronas no se dieron cuenta de que sus dedos se rozaban un
segundo.
Una bruja se acercó a la barra, llevando un vestido corto que alternaba blanco, morado y
negro. Estaba tirando de él como si intentara cubrirse los muslos. Draco echó un vistazo a
las pequeñas botas de gogó y se giró para mirar a Harry; ambos sonrieron y sacudieron la
cabeza.
—¡Camarero! ¡Tequila, por favor! —dijo la bruja, tirándose otra vez del vestido—. Hmmm.
Al parecer, el Giratiempo ha decidido que no soy tan sofisticada como otros —dijo,
asintiendo hacia Harry y Draco. Ambos le dedicaron una sonrisa.
—Es la dueña de la tienda donde compramos tu collar y correa —susurró Harry al oído de
Draco cuando ella se alejó—. Creo que no están hechos para perros.
—¿En serio? —Draco parpadeó—. Bueno, al menos es cuero de verdad, y no imitación,
como esas botas.
Harry asintió y ambos compartieron una sonrisa cómplice.
Las brujas estaban reunidas en torno a una gran mesa semicircular, sentadas en sillones
rojos. Una gran bolsa de palomitas pasaba de unas manos a otras.
—Nos están mirando, Harry —dijo Draco en un susurro, removiendo su escocés con la
pequeña pajita.
—¿Ves a la chica joven que te está echando el ojo? Es la dueña de la librería. Ah, y la de
las armas es la promotora. Narcissa dijo que tuviéramos cuidado con ella.
—Hmm, ¿cuál de ellas tiene al gatito en miniatura?
—La de las botas.
Draco se lamió los labios lentamente.
—Plata cree que sería un buen aperitivo.
Harry dejó la bebida en la barra para no tirarla y empezó a reír. Justo entonces, la bruja de
las botas abrió el bolso y pareció acariciar algo dentro.
De repente, Draco se vio lanzado hacia el charco de barro, arrastrado por una fuerza
mágica; se agarró a Harry buscando recuperar el equilibrio y lo tiró con él.
—Al menos ahora hay una razón para que os los quedéis mirando —dijo una pequeña
bruja, mirando a sus compañeras. Salió del bar con un giro de las caderas, pues la
minifalda rosa y morada no surtía el mismo efecto que habría tenido una túnica.
—¡Hostia puta! ¿A qué ha venido eso? —escupió Draco. Se levantó rápidamente y fue
hacia la puerta con intención de seguirla, pero Harry lo agarró por la manga y tiró de él.
—No, Draco, es ella quien nos va a dar la poción —susurró Harry a través de los dientes
apretados.
Volvieron a los taburetes; ninguno estaba muy contento. Una bruja con vestido largo y
cubierta de joyas se acercó a la barra. Le susurró algo al camarero y dos bebidas color
magenta aparecieron ante ellos.
—Relajaos —dijo la bruja, con un guiño—, divertíos.
—Bueno, ¿qué opinas? —Draco bajó la vista hacia su ropa mugrienta.

105
—En comparación, esto parece casi inofensivo.
—Entonces, ¿crees que deberíamos beber?
Draco le dirigió una sonrisa despreocupada.
—Sólo se vive una vez —levantó el vaso y se lo bebió de un trago. Harry lo imitó.
La mujer de las botas se acercó a ellos de nuevo.
—Disculpad lo de nuestra amiga —dijo, inclinándose—, me parece que le gustaba nuestra
ubicación anterior. Sé que todos aquí conocemos el Evanesco, pero también sé que a
veces, después de un hechizo como ése, yo sencillamente me cambiaría de ropa. Hay
algunos cambiadores por allí. Si quieres, estoy segura de que el Giratiempo te ofrecerá
ropa de repuesto. —Bajó la vista hacia su horroroso atuendo antes de añadir—: No puedo
asegurar el nivel de elegancia, sin embargo. El bar de Scully tiene un sentido del humor
muy particular, especialmente cuando se trata de mí, al parecer. —La bruja echó un
vistazo a la mesa y se quedó mirando a alguien.
Morrighan, la promotora del Mercado, se levantó. Llevaba un atuendo de estilo hippie,
pero el número de armas que se dejaban ver era impresionante. Examinó a Harry y Draco
con ojos entrecerrados, y luego miró a su propia ropa.
—No hace más que empeorar —dijo, y salió del establecimiento.
Draco puso los ojos en blanco; Harry se encogió de hombros.
—Bueno, ¿vamos a cambiarnos? —dijo—. Ya no me gusta este atuendo.
—A mí no me ha gustado nunca. Sólo espero que no salgamos con sandalias y camisetas
con corbatas pintadas.
Harry siguió a Draco a los probadores. Se dio cuenta de que el cojeo era más
pronunciado que antes.
—¿Te has hecho daño al caer? —preguntó, al cerrar la puerta. Ambos estaban atrapados
en un espacio pequeño, con un espejo y un diván rojo y elegante. Draco le dirigió una
sonrisa.
—No, Potter, eso es de esta tarde. Madre me ha dado una poción; debería empezar a
tener efecto pronto. Bueno, ¿cómo crees que funciona este sitio? ¿nos quitamos la ropa?
Harry se mordió el labio inferior antes de responder.
—No estoy seguro, pero en cualquier caso, ésa me parece una idea genial.
La expresión de Draco se cerró un momento.
—No creo que pueda hacer eso ahora mismo.
—Sólo quítate la ropa, Draco. Tengo otros planes —contestó Harry, quitándose la
chaqueta empapada de barro y tirándola a un rincón, donde se desintegró delante de sus
ojos. Pronto se le sumaron otras prendas—. Vaya, el espejo añade otra dimensión —dijo
Harry, admirando el reflejo de la espalda de Draco.
—¿Y entonces qué...? oh, Merlín —jadeó Draco cuando Harry se arrodilló y empezó a
darle pequeños mordiscos y besos a sus muslos. Sus manos bajaron y se agarraron a los
hombros de Harry cuando los besos se fueron acercando a su polla, que se endurecía por
segundos—. Oh, dulce Morgana —murmuró Draco, cuando una mano acercó sus
testículos a la boca de Harry. Éste tuvo que esforzarse para no reírse ante la respuesta;
en lugar de eso, bautizó meticulosamente cada una de sus pelotas con la punta de la

106
lengua. Con cuidado, se metió cada una en la boca, jugando con la superficie—. Dios mío
—dijo Draco, y buscó detrás de él para equilibrarse sobre el espejo. El dulce tormento
avanzó hasta la base de su polla. Draco sólo podía imaginar los labios de Harry sobre
ella, cómo se sentiría cuando llegara al glande...—. Que me follen —juró Draco, y sus
rodillas temblaron cuando Harry subió con la lengua por su polla.
Harry paró cuando tuvo la cabeza sobre la lengua. Retrocedió hacia la base, para
mantenerla en su sitio, y dejó que sus ojos recorrieran el delgado cuerpo de Draco hasta
llegar a los ahora salvajes ojos dorados.
—Chúpamela, Harry —llegó la orden. Harry asintió y devolvió los ojos al premio que lo
esperaba. Aunque había tenido intención de hacer lo que se le pedía, la voz lo penetró, y
sabía que obedecería.
Sus propias necesidades quedaron a un lado: toda su concentración estaba en la polla
que manipulaba con la boca. El ansia por proporcionarle placer a Draco era abrumador.
Escuchó atentamente cada jadeo, cada gemido, y especialmente cada palabra que
pudiera servir como guía. Harry aprendió rápidamente que a Draco le gustaba la
humedad, así que empapó su polla de saliva con lametones generosos antes de atraparla
entre los labios. El giro de su lengua provocaba un gemido salvaje y el cambio en la
presión de su boca hacía que Draco soltara puñetazos al espejo. No había forma de que
toda la polla de Draco le cupiera en la boca, así que su mano cubrió lo que faltaba. Entre
mano y boca llevaron a Draco a jadear cada vez más rápido, hasta que llegó el aullido
ahogado. El semen se disparó por la garganta de Harry, y el suyo propio cayó sobre los
pies de Draco; ni siquiera recordaba haber estado tocándose.
Draco se deslizó por el espejo, estrechando a Harry entre sus brazos. Éste no sabía si
tenía frío o si la experiencia había sido demasiado, pero su cuerpo estaba temblando.
Draco le frotó la espalda con las manos cálidas y se quedaron sentados en el suelo,
recuperando la respiración y oyendo cómo la música subía de volumen.
—Necesitamos algo de ropa —murmuró Harry.
—Sí, el cartel dice que sólo necesitamos pedirla —contestó Draco, señalando una señal
en la pared detrás del moreno.
—Genial —dijo Harry, leyendo la lista de hechizos sin varita disponibles. En unos minutos,
estaban limpios y vestidos. Ambos se sorprendieron cuando los trajes formales
aparecieron.
Salieron de la cabina y se dirigieron a una mesa pequeña para dos. Cuando se sentaron,
una pared en la parte trasera del bar se abrió y las patronas vieron un gran escenario.
Una mujer con un vestido largo de lentejuelas se subió nerviosamente a la superficie y
empezó a cantar con voz ronca. Tras ella aparecieron tres hombres en traje y, detrás de
ellos, una línea de altas bailarinas con atuendos que enseñaban más de lo que ocultaban.
El escenario estaba pobremente iluminado, pero las luces del suelo se extendían hacia la
zona del público, dirigiéndose directamente a la mesa que ocupaban Harry y Draco.
La mujer se abrió camino a través de las luces, parándose aquí y allá para cantarle a
alguna mesa, hasta llegar a los magos. Se colocó delante de ellos y les dedicó una
canción antes de entregarles un micrófono.
Draco se lo quedó mirando.
—¿Qué es esto?

107
—Es un micrófono —Harry lo cogió, con expresión confusa—, aumenta la potencia de tu
voz.
—¿Qué se supone que tengo que hacer con él?
—No lo sé.
La mujer los cogió a ambos de la mano y los levantó. Aparentemente sin voluntad propia,
ambos se unieron a ella en la canción que estaba empezando. Parecían conocer
perfectamente la letra y los movimientos. Draco miró a Harry cuando las palabras
empezaron a salir, e intentó no reírse.

How glad the many millions of annabelles and lillians


Would be to capture me
But you had such persistence, you wore down my resistance
I fell and it was swell
I'm your big and brave and handsome Romeo
How I won you I shall never never know
Its not that you're attractive
But, oh, my heart grew active
When you came into view
I've got a crush on you, sweetie pie
All the day and night-time give me sigh
I never had the least notion that
I could fall with so much emotion
Could you coo, could you care
For a cunning cottage we could share
The world will pardon my mush
cause I have got a crush on you
Could you coo, could you care
For a cunning cottage
That we could share
The world will pardon my mush
cause I have got a crush, my baby, on you (1)

Las patronas se quedaron con la boca abierta. Ambos se sentaron, increíblemente


avergonzados. Harry se giró hacia Draco.
—Bueno, eso debería dejárselo claro.
—Más vale —contestó Draco—. Hablando de cuelgues, esas cabinas vuelven a parecer
bastante atractivas.
Se sorprendieron cuando lo que habían pensado que era una bruja, de pie en la barra
cerca de ellos, escupió la bebida por la nariz. Debía de tener sangre de dragón en el
interior, pues la bebida se encendió al salir por sus fosas nasales. El camarero se echó
atrás cuando la barra ardió en llamas.
—Ups, disculpad esto. Esta música tan mala me pone el estómago del revés. —La mujer
cogió prestada una capa de una de las patronas y apagó las llamas con aire experto.

108
Los dos sacudieron la cabeza, preguntándose si la noche podía ponerse aún más
extraña, cuando un joven mago entró al bar con una caja en las manos. La camarera se
acercó al chico y abrió la caja. Él sacó una botella y la acercó a la mesa de Harry y Draco,
junto con dos vasos en forma de flauta.
—¿Champán, chicos?
Draco miró a Harry.
—¿Quién lo envía? —preguntó Harry al camarero, sospechando.
—Bueno, no lo sé exactamente. Está encargado. Dice aquí que viene de Wiltshire.
—Mierda —soltó Draco—. ¿Crees que sabe que estamos aquí?
—Lo siento, Draco, pero no podemos arriesgarnos. Creo que tenemos que irnos ya. Sólo
lamento no poder aprovechar el Giratiempo.
Draco se levantó y echó un vistazo alrededor del bar. La comisura de su boca se levantó
un poco.
—Dámelo, Harry. Creo que sé cuál es el lugar perfecto para estas, er... señoritas, ya que
tanto les gusta el contacto físico.
Harry se levantó y le pasó a Draco el giratiempo. Draco lo colocó en la barra y le susurró
algo al camarero, que echó la cabeza atrás en una carcajada y asintió.
—No te preocupes, hijo, sé qué hacer.
Draco se despidió con la mano. Harry y él hicieron un gesto con la cabeza hacia las brujas
y se dirigieron a la salida, pero antes miraron atrás.
El camarero cogió el giratiempo y dio algunas vueltas.
El bar empezó a temblar y luego a girar. Se oían ruidos cada vez más fuertes. Aplausos y
abucheos reverberaron en los oídos de todo el mundo. El bar se expandió en una gran
sala, en el centro de la cual había una plataforma cuadrada con cuerdas alrededor. Todo
quedó en silencio, y luego llegó una voz rugiendo desde ninguna parte:
—DAMAS y CABALLEROS, ¡¡¡HA LLEGADO LA HORA DE LUCHAR!!!
Harry le dio a Draco una palmada en la espalda.
—Perfecto, Draco, perfecto.
Salieron de la Taberna al callejón de El Camino del Mago, desde donde rápidamente se
aparecieron a la habitación de Harry en Grimmauld's Place.

—Gracias a Merlín que estamos en casa —dejó escapar Draco. El comentario marcó
profundamente a Harry: acababa de llamar casa a Grimmauld Place—. Creo que mi
madre tenía buenas intenciones, pero su elección de amistades es cuestionable.
—Sólo se lo está pasando bien. Ya sabes que se toma un café con ellas por las mañanas,
y frecuenta el bar bastante a menudo.
Draco sacudió la cabeza.

109
—Mi padre debe de estar al borde de un ataque. ¿Crees que ese champán era su intento
de envenenarnos? —Harry negó.
—No lo creo, pero me acabo de dar cuenta de que, en caso de que lo fuera, hemos
dejado a esas pobres brujas con él.
Draco le dirigió una mirada de odio.
—¿Pobres brujas? Me han hechizado, nos han mirado mal, de alguna forma nos han
obligado a cantar esa horrible canción, y han escupido fuego.
Harry se rió.
—Tienes razón. Entonces, ¿quieres un poco de brandy y chocolate? —preguntó, abriendo
la vieja botella.
—Dios, sí. Sin embargo, ¿te importa si hablamos un poco? Tengo algunas preguntas.
—Claro —contestó Harry, pasándole la botella. Se sentó en la cama, se quitó los zapatos
y colocó algunas almohadas detrás de su espalda. Draco se le unió. Harry cogió la caja
de bombones y la dejó sobre las piernas de Draco—. Al ataque.
Draco cogió una bola de chocolate, oscura y brillante, y olisqueó.
—Mmmm, frambuesas. —Dio un mordisco, y Harry vio el relleno rosa—. Joder, esto está
buenísimo —dijo Draco, antes de meterse el resto en la boca.
Harry dio un largo trago de brandy. Pensó que si a Draco le daba alguna vez por intentar
darle órdenes, lo único que tendría que hacer sería ponerle chocolate delante.
—Bueno, ¿hay algo en particular de lo que quieras hablar, Draco?
—Ron —contestó Draco—. Quiero que me hables de ti y de Ron.
Harry le dirigió una mirada interrogante.
—¿Qué pasa con él? Ha sido mi mejor amigo desde que nos conocimos en el tren a
Hogwarts.
Draco dejó la caja en el centro de la cama y se puso de lado.
—Harry, hay algo más profundo, Plata lo ha visto. Es como si fuerais hermanos. Granger
se registra como una amiga; sé que te importa mucho, pero con Weasley es otra cosa.
Harry apartó la vista de los ojos de Draco.
—Plata está en lo cierto. No quiero ser abstruso, pero está relacionado con el momento
en que derroté a Voldemort. Te lo contaré más tarde. Lo que puedo decir por ahora es que
Ron me conoce y yo lo conozco mejor que a cualquier otra persona. Podrías haber
pensado que intentaría poner obstáculos a lo nuestro, pero no es así como funcionamos.
Él me entiende, y no tengo que explicarme ante él. No como lo hago con Hermione.
Draco se llevó el brandy a los labios y dio un sorbo.
—No pretendo presionarte, y creo que se lo contarás a Plata, pero, ¿por qué usas la
palabra derrotar en lugar de matar?
Harry se giró para enfrentarse a Draco y examinó la expresión en su rostro. Parecía
genuinamente curioso.
—No lo maté, Draco. No como tú y los otros pensáis. No hubo luz verde, ni Avada
Kedavra. No podía hacer una imperdonable. —Se detuvo y eligió una bolita de chocolate

110
con un grano de café encima. Dio un pequeño mordisco, dejando que la crema de moka
le cubriera la lengua. Draco cogió otra cubierta de polvo blanco; Harry olía el coco.
—Draco, ¿por qué no se te vio el pelo durante los últimos meses? —preguntó Harry.
—Ah, fue un castigo. Plata desobedeció al Señor Oscuro.
—¿Qué hizo plata?
Draco se rió por lo bajo.
—Atacó a Dolohov. —Harry se rió.
—Venga, cuéntamelo.
—Bueno, no es una historia muy bonita. Greg, Greg Goyle, había metido la pata en una
pequeña misión. Dolohov pensó que sería muy divertido hacer que Crabbe lo castigara.
Todo esto pasó en la cámara privada del Señor Oscuro. Crabbe no era capaz de echarle
una Cruciatus a su mejor amigo, así que Anton se la echó a Vincent. Plata lo atacó y le
mordió el brazo. Su varita salió volando. El Señor Oscuro se ensañó bastante con Plata, y
lo volvió a encerrar en la jaula.
—Mierda, no sabía que Crabbe y Goyle estaban tan metidos. Encontraron sus cuerpos en
el callejón Diagon el último día, pero no llevaban ropa de mortífagos.
Draco negó con la cabeza y se rió un poco.
—Fueron degradados. ¿Sabes?, tu bando estaba cargándose a muchos de los mejores.
Ésa era otra de las razones por las que el Señor Oscuro quería a mi padre de vuelta. Lo
necesitaba.
—Vaya, eso es interesante. Desde nuestro lado se veía igual: estábamos perdiendo a los
mejores. —Harry se terminó el chocolate y dio un sorbo. Sabía que era el mejor alcohol
que iba a probar—. ¿Algo más de lo que quieras hablar?
Draco suspiró.
—Sé que esto puede sonar extraño, pero, ¿qué ha dicho Lupin sobre Severus? ¿confía
en él?
Harry sonrió.
—No, la verdad es que no. ¿Por qué lo preguntas?
—Quería saber qué le dicen sus instintos de licántropo.
Harry levantó una ceja.
—Dijo que no podía leerlo. Cuando Snape estaba con Dumbledore, se registraba como
aliado, pero cuando estaba con Voldemort, lo veía como enemigo. Estuvimos discutiendo
sobre eso.
Draco inhaló profundamente y luego exhaló.
—Lo mismo me pasa, Harry, se registraba de ambas formas.
Harry abrió los ojos y se giró para mirar mejor a Draco.
—¿Qué quieres decir? O, más bien, ¿qué significa eso?
—Lo que significa, Potter, es que no sólo puede ocultar su mente, sino también sus
emociones. El espía perfecto. Greyback llegó a decirme que tuviera un ojo abierto con él a
principios del sexto curso. Sé que mi tía no confió en él hasta que hizo un Juramento

111
Inquebrantable con mi madre, pero yo no me enteré del juramento hasta después de que
matara a Dumbledore.
Harry tosió.
—Tu tía, diría yo, no era la mejor a la hora de juzgar un carácter. —Draco se rió.
—Sí, eso es verdad. Tía Bella era una fanática. No creo que llegara a creer en la causa,
pero idolatraba al Señor Oscuro.
—Entonces, ¿no confías en Severus? —preguntó Harry, a su pesar.
Draco tomó otro gran sorbo.
—Oh, confío en él; tomó juramento con mi madre de no permitir que nada me dañara.
—¿Pero no lo harías de otra forma? Quiero decir, Severus y yo tuvimos muchas
conversaciones durante la guerra. Llegué a admirarlo, ampliamente, en realidad.
—Apuesto que a Lupin no le gusta eso. —Harry hizo una mueca.
—No, no le gusta. Esa noche, cuando le hablé de ti y de lo que pensabas hacer con
Lucius, me dijo que Severus podría estar con tu padre, por lo que nosotros sabemos.
¿Sabes?, la última misión de Severus por parte de la Orden fue la misma que le dio
Voldemort: encontrar a Lucius. Yo creo que tu padre lo encontró primero, y lo mató.
Harry vio un repentino temblor recorrer el cuerpo de Draco. El rubio cerró los ojos un
momento, como concentrándose para llegar a una conclusión. Cuando los abrió, a Harry
no le gustó lo que vio.
—Remus podría tener razón.
—No, ¡no tiene razón! —Harry levantó la voz—. Sé que el hombre con el que pasé tiempo
era un buen hombre, un hombre honrado. Dumbledore creía en él.
Draco le dirigió a Harry esa sonrisa que siempre odiaba ver.
—La mayor debilidad de Dumbledore era creer que había bondad en casi todo el mundo,
y que esa bondad terminaría ganando la batalla.
En un segundo, Harry había dejado el brandy en la mesa y estaba a milímetros de la cara
de Draco, con el rostro contraído.
—¿No sabes que soy el hombre de Dumbledore, Draco? ¿No sabes que eso es lo que yo
creo? —Su voz se elevó a un grito—: ¿Acaso no entiendes que ésa es la razón por la que
estás en mi cama?
—Shhh, Harry —dijo Draco, susurrando—. Claro que lo entiendo. Ésa es la razón de que
yo... que yo... Por eso eres el Gryffindor perfecto.
Harry tembló de ira. Draco apartó la caja a un lado. Se colocó sobre Harry y lo apretó con
fuerza.
—Sí, Harry, eso es lo que yo también creo, y es por eso que estoy aquí. —Harry alzó la
vista hacia los ojos plateados, brillantes. Draco le dedicó una media sonrisa y un beso en
la nariz—. Es sólo que tú lo expresas mejor.

Índice de contenidos

112
UN MAGO CUALQUIERA

21 de diciembre, 1999

Harry intentaba acomodarse al espíritu navideño pero, a diferencia de los Malfoy, que
podían enmascarar fácilmente sus emociones, él fracasaba miserablemente. Se tiró en la
cama, intentando descansar para compensar la noche que le esperaba. Había temido
este momento desde que recibió el anuncio y la invitación a la mansión del ministro de
Magia. Iba a recibir su Orden de Merlín, Primera Clase, y se esperaba de él que diera un
discurso. La idea de ponerse delante de toda esa gente convertía su estómago en un
nudo. El baile posterior lo asustaba con la misma intensidad. Iría con Luna, y sabía que
esa parte sí la disfrutaría. Luna sabía de su orientación sexual; de hecho, fue la primera
en insinuárselo. Al menos, ella haría que la noche fuera interesante. Sólo esperaba que
no acusara a Scrimgeour de vampirismo delante de sus narices. Se rió para sí mismo;
bueno, tal vez esperaba que sí lo hiciera.
Las cortinas estaban abiertas, y miró por la ventana para ver los pesados copos de nieve
deslizarse hacia el suelo. Sonrió, recordando el momento en que había empezado a nevar
ese día; Plata había estado saltando de un lado a otro, alzando el hocico al cielo e
intentando atrapar los copos. Quedaba casi completamente camuflado entre el blanco del
paisaje. El dragón de su escritorio se estiró perezosamente y dio un pequeño bostezo que
provocó una chispa; la llama de la vela se sacudió ante la corriente de aire.
Plata estaba con Narcissa, haciendo las compras de Navidad. Harry no era capaz de
imaginar nada más deprimente en este momento. Había conseguido hacer algunas, pero
había sido doloroso. El Mercado estaba repleto de magos y brujas felices. Parecían
acabar de darse cuenta de que eran libres del yugo de Voldemort, y estaban volcándose
en las decoraciones y el ambiente festivo.

113
Harry necesitaba a Draco ya. Durante el último mes, había estado contándole a Plata
acerca de su pasado y lo que ocurría ahí fuera, pero la retroalimentación era mínima.
Aquello era frustrante. Narcissa había comprado por fin el veneno y la poción matalobos.
Juntos, ella y Harry habían comparado la matalobos con un frasco de la de Severus: eran
idénticas. Harry quedó extasiado pensando que realmente había sido él quien la había
elaborado, pero Narcissa hundió sus esperanzas. Le explicó que Arianna, la dueña de
Pequeñas Pociones, era en realidad una prima hermana de Severus. Se llamaba Arianna
Prince, y era seguramente una receta familiar. Narcissa había ido a la tienda para
interrogarla sobre el paradero de Severus, pero la bruja afirmaba no haber sabido nada de
su primo desde hacía años.
La otra poción la diseccionaron, y comprobaron que sus ingredientes eran mortíferos. Era
inodora e insípida; sin embargo, era densa y negra como el alquitrán. A Narcissa le habían
dicho que funcionaba mejor si se usaba como ingrediente culinario, así que haría un
tronco de Navidad para la ocasión. Eso significaba que, la noche de Navidad, Draco
tendría que aguantar con Lucius hasta los postres.
Sabía que había otros trabajando en el problema. Ron le había contado que Hermione se
pasaba la mayor parte de sus momentos de vigilia investigando sobre la situación, pero
era inútil: si siquiera había logrado encontrar los otros dos casos que Draco había
mencionado. Su desesperación la llevó incluso a hablar con el profesor Slughorn, que
sufría de trastorno por estrés postraumático y estaba en San Mungo. Voldemort lo había
capturado y torturado repetidamente hasta que su mente se hizo papilla. Aun así, nunca
llegó a confesar que Harry sabía de los horrocruxes.
Tonks había intentado implicar a algún inefable en el caso, pero ya que no podía darles el
nombre de quien sufría el problema, no estaban interesados. Tonks sabía que si se
enteraban, se llevarían a Plata a lo más hondo del Ministerio para estudiarlo. Harry no
quería ni oír hablar del tema.
No estaba seguro de cómo lograba Narcissa mantener los ánimos altos durante este
tiempo. Insistía en decorar la casa y poner un árbol de Navidad. Remus, Tonks, Ron y
Hermione ayudaban con las festividades. Plata parecía encantado con el abeto: solía
tumbarse a dormir bajo las ramas decoradas. Los Black tenían algunas decoraciones en
la casa, pero Narcissa insistió en usar las suyas. Todas eran de oro.
Harry dedujo que Kingsley ayudaba con el humor de Narcissa. Se había pasado unas
cuantas veces por la casa. Era el jefe de la división de aurores desde hacía cosa de un
año, y Harry entendía completamente por qué los aurores veían en él al próximo ministro
de Magia. Era firme en sus creencias, pero no beligerante. Escuchaba, y parecía
genuinamente interesado en lo que Harry tenía que decir. Por supuesto, a Harry le habían
pedido que hiciera entrenamiento de auror, pero él había declinado con tacto. Kingsley
entendía que, por el momento, el joven necesitaba tiempo para curarse y relajarse; sin
embargo, le pidió a Harry que no descartara por completo la idea. Éste estuvo de
acuerdo.
La mayoría de los estudiantes que deberían haber hecho séptimo curso durante la guerra
habían recibido dispensa de los ÉXTASIS. No tendrían que volver a Hogwarts, y podían
seguir con su futuro. Ron, para sorpresa de nadie, se metió en el programa de aurores.
Hermione seguía indecisa. El Departamento de Misterios le atraía mucho, pero también le
interesaba la política. Estaba planteándose trabajar para la oficina del ministro. Sin
embargo, se negaba a hacerlo tan pronto. Estaba esperando a que las urnas expulsaran a
Scrimgeour de su oficina. Las próximas elecciones serían en primavera.

114
Los planes para el feliz encuentro con la familia Malfoy ya estaban hechos. Lucius seguía
escondido, pero mantenía correspondencia por lechuza con Narcissa. Kingsley, Remus y
Tonks habían conseguido que la Mansión quedara sin vigilancia esa noche. Narcissa le
había dado al jefe de aurores información limitada sobre sus planes, aunque Harry estaba
seguro de que dicha información no incluía la muerte de Lucius ni la de Plata. Dos
miembros de la Orden estarían en los alrededores, patrullando. Remus estaría encerrado
en su habitación. A Harry, Narcissa le tenía prohibido acudir a la fiesta, y estaba seguro de
que Draco tampoco lo permitiría.
Harry suspiró. El sueño lo estaba evitando. Estaba acostumbrado a tener el peluche
blanco y cálido junto a él. El comienzo del invierno había hecho que el pelaje del lobo se
desarrollara con plena fuerza; ahora era más grueso y más largo. La realidad de que
dentro de tres días no sólo perdería a Draco, sino también a Plata, le rompía el corazón.
No se arrepentía de la decisión que había tomado hacía dos meses, pero seguía
doliendo.
Se echó la manta extra por encima y subió las llamas del fuego. El cuarto estaba oscuro,
aparte de la vela y la luz de la chimenea. Su mente se dirigió a un lugar donde se sentía
cálido y seguro, a la última noche que había pasado con Draco. Habían vuelto a casa
desde el Giratiempo y hablado durante horas mientras bebían brandy y comían
bombones. En algún momento, un sencillo beso provocó que las últimas horas de Draco
las dedicaran a hacer el amor. Harry había perdido la cuenta del número de veces que
Draco lo había poseído, y no le importaba; sólo sabía que su cuerpo anhelaba la magia
que recibía. Los recuerdos eran muy dulces: Draco encima de él, sus manos a ambos
lados de los hombros. Los músculos de los brazos del rubio estirándose y contrayéndose
con cada embestida. Hubo muchos momentos en que tuvo que apartar los ojos de Draco,
porque la intensidad era demasiada. Tal vez, si fueran amantes durante mucho tiempo,
podría aguantar las emociones que expresaban esos ojos, y mantener los suyos bien
abiertos.

Narcissa le colocó bien la corbata de tela roja y dorada. Había insistido en elegir su
atuendo para esa noche. La túnica formal, rojo oscuro con bordes negros y dorados, le
hizo entrecerrar los ojos cuando la vio. Ahora que estaba vestido con los pantalones
negros de lana y la camisa de tela también negra, estaba contento de haberle dejado
decidir. Plata parecía ansioso al verlos frente al espejo, en el cuarto de Harry. Sería la
primera vez que se quedara solo toda la tarde desde que había llegado. Dobby había
prometido cuidar de él.
Narcissa, pensaba Harry, tenía un aspecto deslumbrante. Su túnica verde aterciopelada
con bordes blancos era bonita, pero los diamantes y esmeraldas que llevaba al cuello y en
las muñecas la hacían resplandecer. El timbre sonó, Plata aulló, y Harry rió cuando
Narcissa se sonrojó.
Harry abrió la puerta para dejar entrar a Kingsley. El mago estaba vestido tan formalmente
como Harry. Su capa de color verde bosque conjuntaba con el vestido de Narcissa. Harry
tuvo que girar la cabeza cuando vio su amplia sonrisa al verlo. Formaban una pareja
increíble: una tan rubia, otro tan oscuro, pero ambos con un aire de apasionamiento en

115
torno a ellos. Sabía que ésta era una noche importante: Kingsley iba a recibir una Orden
de Merlín, Segunda Clase. Sin embargo, era también la noche en que aparecerían
oficialmente como pareja. Los periódicos estaban cargados de rumores, pero hasta ahora,
éstos no habían sido confirmados.
Harry se encontró con Luna en el punto de aparición a las afueras de la mansión del
ministro de Magia. El edificio ministerial era impresionante desde fuera, pero Harry no
tenía claro por qué era necesaria tanta opulencia. Tenía cuatro plantas, balcones en las
ventanas, estatuas en las alcobas, y numerosas chimeneas que formaban salientes en el
tejado cubierto de blanco. Los copos que seguían cayendo eran ahora minúsculos, pero el
viento había cobrado fuerza y hacía un frío glacial. Luna se estremeció, y Harry le pasó un
brazo por los hombros, cubriéndola con su capa. Le había gustado su vestido rojo, a
juego con la túnica de Harry, pero el chaleco dorado era demasiado fino para ese tiempo.
Su pelo rubio estaba encrespado, y él pensaba que estaba preciosa. Sabía que Hermione
le había aconsejado sobre el atuendo.
Sintieron el cosquilleo de las barreras mágicas cuando subieron por el camino iluminado.
Junto a la entrada, los bombardeó una lluvia de flashes de la manada de fotógrafos, y
preguntas de los periodistas.
—¡Harry! ¿Cómo lo hiciste?
—Harry, ¿cuánto tiempo hace que sale con la señorita Lovegood?
—Harry, ¿dónde está el lobo de Aquel-Que-No-Debe-Ser-Nombrado?
—Harry, ¿qué vas a hacer ahora?
Harry y Luna se apresuraron a subir las blancas escaleras de granito que llevaban al
vestíbulo de grandes columnas. Dos guardias uniformados abrieron las puertas dobles
arqueadas para dejarlos pasar, y se cerraron rápidamente tras ellos, pero había un puesto
de seguridad esperándolos. Unos duendes los escanearon.
—¿Sabíais que los vampiros prefieren la sangre de duende? —preguntó inocentemente
Luna, y Harry supo que había tomado la decisión correcta al traerla. Se rió en voz baja
mientras levantaba los brazos.
Otro conjunto de puertas arqueadas se abrió, y pasaron a un vestíbulo enorme lleno de
invitados que se paseaban por la sala. Los ojos de Harry quedaron atrapados en el techo,
de tres pisos de altura. Las vigas transversales estaban decoradas con guirnaldas de
Navidad e iluminadas por hadas. Largos brotes de muérdago flotaban en el aire, sobre la
multitud vestida de fiesta. Harry deseó ser más alto, para encontrar a Ron y Hermione, o a
Narcissa y Kingsley. La gente que quería darle la mano y hablar del fatídico día estaba
rodeándolos. Harry no estaba acostumbrado; la mayor parte del tiempo, la gente lo dejaba
solo cuando estaba en público. Entonces recordó que siempre tenía a Plata cerca. Todos
tenían miedo del lobo.
—Por aquí, tío —dijo Ron, abriéndose paso a empujones—. Venga, celebridad, estamos
en la esquina, cerca de la mesa de entrantes.
Harry cogió a Luna de la mano y siguieron el rastro vacío que no muy gentilmente dejaba
Ron a su paso. Se sintió aliviado cuando llegó a la mesa del rincón y rápidamente cogió
una copa de ponche rojo que soltaba burbujas al aire. Luna se reía al explotarlas. Las
cabezas conocidas de pelo rojo y antiguos compañeros se fueron acercando.
—Vaya casa de locos —murmuró Harry, tras el primer trago del líquido con sabor a
frambuesa.

116
—Cuidado, Harry —le susurró Hermione al oído—, por ahí viene Scrimgeour.
Harry dejó la copa sobre la mesa y se volvió para encarar al hombre.
—Buenas noches, ministro, gracias por la invitación. —Extendió la mano, y Scrimgeour la
cogió con fuerza. Para su consternación, el ministro tiró de él, forzándolo a un abrazo
incómodo. Un montón de fotógrafos pareció aparecer de la nada, y los flashes quemaron
las retinas de Harry.
—Oh, señor Potter, es usted el invitado de honor esta noche, no es necesario que me dé
las gracias. Estamos aquí para agradecerle a usted —dijo Rufus Scrimgeour, pasándole el
brazo sobre los hombros. Harry se encogió, inseguro de cómo escabullirse de la situación.
De pronto, la sala quedó en silencio y los fotógrafos se apresuraron a ir hacia la puerta de
entrada. Ron se puso de puntillas.
—Parece que tenemos una nueva parejita famosa —dijo. Harry no tenía que mirar para
saber quiénes eran; reconocía la risa profunda de Kingsley. Él y Narcissa debían de
haberse desviado a algún sitio antes de venir al baile—. Wow, Narcissa está buenísima —
dijo Ron, y lo siguió un “¡Au!”. Le dirigió una mirada de odio a Hermione por pisarle, pero
ella sólo puso los ojos en blanco.
Scrimgeour retiró el brazo de los hombros de Harry y, sin una palabra, se alejó a
zancadas hacia la concentración de la multitud.
—Merlín, odio la política —dijo Harry, y volvió hacia la mesa para recuperar su copa.
Hermione asintió.
—Sí, Scrimgeour necesita aparentar que él y Kingsley están en el mismo equipo. Espera
a ver el comedor —dijo, señalando la apertura tras ella—. Tú y Luna estáis en la mesa
principal con el ministro, su mujer, Kingsley y Narcissa. Las mesas de alrededor están
llenas de los ganadores de la Segunda Clase. Creo que quiere vigilar a Kingsley mientras
hace ver que se llevan bien.
Harry dio un sorbo y echó un vistazo sobre la copa.
—¿Dónde estáis Ron y tú?
—En la parte de atrás, con el resto. No me puedo creer que haya puesto a Remus y
Tonks ahí también. Remus es el único ganador que no está al frente.
—Bueno, Hermione, sólo es una Tercera Clase, después de todo —dijo Ron, sarcástico.
Harry se puso furioso al ver la lista de premios publicada en El Profeta. Él era el único con
la Primera Clase, pero los de Segunda Clase habían ido a parar a casi todos los ministros
de Scrimgeour. Kingsley se lo merecía, igual que Arthur Weasley, pero la mayoría de los
otros nombres ni siquiera le sonaban. Remus fue una adición de última hora, cuando
Tonks y Kingsley amenazaron con exponer la Orden al público como los verdaderos
luchadores en la guerra. El prejuicio contra los licántropos persistía, sin importar que
hubiera sido Remus quien venció a Greyback, durante la luna llena. Lo había retado por el
papel dominante de la manada, sabiendo que aunque Greyback era despiadado, también
era un lobo viejo, y era más fácil derrotarlo así que como mago. Pasaron meses hasta que
Remus se recuperó de la lucha a muerte.
Harry se siguió enfadando al ver que Ron y Hermione no estaban en la lista, como
tampoco Severus. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y palpó el pergamino doblado
que llevaba su discurso. Hermione le había ayudado con el esquema general, pero habían
dejado espacio para la improvisación, según el estado anímico de Harry.

117
La charla en la sala volvió a cobrar fuerza pronto, y el grupo volvió a llenarse los platos
con los llamativos entremeses. Harry tenía que admitir que era agradable estar entre sus
amigos y verlos vestidos de gala. Miró a su alrededor, viendo que todos estaban metidos
en la conversación; cogió la mano de Luna y la guió hacia el comedor.
—¿Qué dices, Luna? ¿Quieres sentarte aquí arriba, o con nuestros amigos? —preguntó
Harry, señalando la mesa principal y luego a la parte de atrás. Luna abrió mucho los ojos.
—Creo que sería mucho más divertido mezclarlos a todos —dijo, levantando la varita.
—Mierda, Luna, ¡deja eso! ¿Quién sabe dónde terminaríamos? No quiero arriesgarme a
acabar sentado delante de Umbridge. Yo digo que nos intercambiemos por Remus y
Tonks.
Luna arrugó la nariz.
—Está bien, Harry, pero habría sido interesante ver dónde nos llevaba el destino. —Harry
se rió por lo bajo.
—Luna, el destino no se ha portado muy bien con nosotros en el pasado, y dudo que
empiece a hacerlo ahora.
Luna agitó la varita y cambió las etiquetas.
—La verdad, Harry, el destino parece haberte dado un hermoso regalo con Draco.
Harry se quedó helado.
—¿Lo sabes?
—Claro, Harry. Sólo lamento que no sea humano para que pudieseis tener una aventura
escandalosa.
Harry rió.
—¿Tan escandaloso sería? —preguntó, y se giró hacia la entrada cuando oyó gritos
desde la otra sala. Luna se puso de puntillas y lo besó en la mejilla; sus mechones de
pelo rubio le hicieron cosquillas en la nariz.
—Sí, lo sería, y al menos yo lo encontraría muy entretenido.
Harry guiñó un ojo y la llevó de vuelta a la multitud.
—Ooh, te lo has perdido —dijo Dean, metiéndose una seta rellena en la boca.
—¿El qué? —preguntó Harry, mirando alrededor.
—Kings le dado a tita Cissa un morreo —dijo Tonks. Harry miró tras de sí, pues no sabía
que Tonks había llegado, y abrió los ojos como platos; no se habría imaginado que
Narcissa fuera tan descarada en público.
—¿En la mejilla?
—Nop, en todos los labios —dijo Ron—. Parecía que había lengua y todo.
—Oh, Dios, ¡Ronald! —dijo Hermione. Harry la miró y supo que estaba divirtiéndose tanto
como el resto de ellos.
Empezaron a sonar unas campanitas que indicaban que la cena y la ceremonia de
premios estaban a punto de empezar.
Harry y Luna tomaron asiento en la parte trasera, con Ron, Hermione, Neville, Ginny,
Dean y Padma. Harry le dedicó un guiño a Ginny, que había venido con Neville en calidad

118
de amigos. Todos eran amigos en esa mesa; las parejas iban y venían, pero la amistad se
quedaba. Se necesitaban los unos a los otros.
Harry observó a Scrimgeour acercarse a su asiento con su ligero cojeo; pareció
sorprenderse un momento cuando vio a Remus y Tonks. Levantó la cabeza y buscó por la
sala. Harry no le veía los ojos, pero sí vio sus pobladas cejas arrugarse. Pronto, Harry
orientó su atención hacia la mesa situada junto a la suya, llena de Weasley. Fred y
George llevaban estridentes trajes verde lima con sombreros de copa y corbatas rojas.
Cuando el plato principal de pata de cordero llegó a su fin, apareció un podio con una
mesa cubierta de trofeos, medallas y pergaminos enrollados, atados con hilos de cobre,
plata y oro, en la parte delantera de la sala. El ministro de Magia, Rufus Scrimgeour, se
acercó al podio. A pesar de su actitud jovial, Harry percibía algo de tensión. Se preguntó si
las reubicaciones de mesa tenían algo que ver.
El primer premio fue para Remus Lupin. Su afiliación a la Orden quedaba omitida, pero el
ministro sí comentó su logro de librar al Reino Unido del cruel Greyback. Harry hizo una
mueca cuando el breve discurso terminó. De alguna manera, Scrimgeour había
conseguido darle la vuelta a la historia para que él sonara como el bueno, nominando a
Remus para el premio a pesar de ser un licántropo. Harry echó un vistazo alrededor de la
mesa, consciente de que sus amigos sentían la misma incomodidad. Rellenó su copa con
vino élfico. Sólo era la segunda, pero ya sentía los efectos. La sensación cálida resultaba
reconfortante; lo ayudaría a relajarse para el discurso, pero no sería bueno tomar mucho
más.
Remus se acercó al podio y le dio la mano al ministro, que le puso la medalla de bronce al
cuello y le dio el trofeo y el pergamino. Harry se levantó y empezó a aplaudir con fuerza.
Los invitados se giraron repentinamente para mirar quién había hecho tal cosa, pero
rápidamente se unieron a él. Remus se quedó al frente de la sala, sonrió, y negó con la
cabeza en dirección a Harry. Luego volvió al asiento, y recibió un enorme abrazo de
Kingsley. Harry pronto se dio cuenta de que él sería el único que diera un discurso, aparte
del monólogo irritante del ministro entre premio y premio.
Para la cuarta copa de vino, no quedaba ya duda en las mentes de los otros invitados de
que Harry Potter no sería ministro de Magia en un futuro próximo o lejano. Se levantaba y
aplaudía con entusiasmo a aquellos que él consideraba merecían la Orden de Merlín,
Segunda Clase: Arthur Weasley, Bill Weasley, y Kingsley Shacklebolt. Otros, como el Jefe
de Dirección de la Red Flu, el Jefe de la Oficina contra el Uso Inadecuado de la Magia, y
el Jefe del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, lo encontraban reclinado en su
silla, sacudiendo con la cabeza. La parte de atrás de la sala empezó a reírse cuando soltó
un bufido al ver a Dolores Umbridge acercarse al podio. Debía de haber sido una adición
de último minuto, pues su nombre no estaba en el periódico.
Hermione intentó intervenir, pero Ron la cogió de la muñeca con fuerza.
—Déjalo estar, esto lo ayudará a sanar —dijo, todo ojos azules atravesando a Hermione,
diciéndole que no debería discutir con él en este asunto. Luna y los otros de la mesa
estaban disfrutando de ver a un Harry cabreado, una condición que nadie había
experimentado antes con él.
Una bandeja de postres llegó a cada mesa. Harry eligió la crema de calabaza. El pastel
de chocolate le provocó una sonrisa, pero había descubierto que ya no podía comer
chocolate: le hacía echar demasiado de menos a Draco. Los troncos de Navidad en
miniatura, sin embargo, le humedecieron los ojos.

119
—Eh, tío, está hablando de ti —dijo Ron, inclinado hacia él, porque toda la atención de
Harry estaba dedicada a su postre.
—Harry Potter es un joven con el que todos nosotros estamos en deuda. Acarreó el peso
de esta guerra sobre los hombros y lo manejó admirablemente. El Ministerio, a pesar de
algunos malentendidos iniciales, lo ha apoyado por completo este último año. Aunque sus
tácticas hayan sido excesivamente reservadas, los resultados fueron espectaculares. Tal
vez, esta noche, compartirá con nosotros cómo logró llevar a cabo la tarea para la que
estaba destinado.
»Muy pocos sabremos nunca lo que se siente al ser un héroe, y estamos verdaderamente
agradecidos de que este héroe nos acompañe hoy. Muchos de nosotros estaremos
orgullosos de contar a nuestros nietos que conocimos al gran Harry Potter.
Harry exhaló profundamente y se mordió el labio inferior. Estaba intentando procesar lo
que el ministro vomitaba en forma de palabras. Su conclusión fue que era una completa y
absoluta mierda. Ron le puso la mano en el hombro y apretó.
—Harry, te está pidiendo que subas. Digas lo que digas, tus amigos siempre te
apoyaremos.
—Gracias, Ron —dijo Harry, levantándose. Le dirigió a Ron una rápida mirada de horror
cuando el mundo empezó a dar vueltas.
—¿Necesitas una mano? —preguntó éste, y Harry negó.
—No, he estado peor. Físicamente, al menos —contestó, y caminó con deliberada lentitud
hacia el podio y el ministro de Magia.
Se detuvo por el camino para darle la mano a Remus y dejar un beso en las mejillas de
Tonks y Narcissa. Las dos mujeres parecían haberse deleitado también con el vino élfico,
pero no se le escapó el rápido movimiento de la varita de Narcissa en su dirección. Se
sintió de pronto más coherente.
Harry recorrió con facilidad los pocos pasos que lo separaban del ministro. Se dieron la
mano, Harry bajó la cabeza, recibió la medalla, y cogió el trofeo dorado y el pergamino.
Sonrió rápidamente y colocó de nuevo los objetos sobre la mesa. El ministro se apartó de
su camino cuando Harry se acercó al podio, sacándose el pergamino arrugado del
bolsillo. Oyó unas cuantas risas cuando intentó alisarlo.
—Bueno, tanta preocupación por el discurso y empezáis riéndoos de mí —dijo. La
audiencia se rió aún más alto.
Puso las manos a ambos lados del podio y echó un vistazo por la sala, viendo quién
estaba presente, antes de hablar. Había un vaso de agua junto a su mano derecha, y se
tomó el tiempo de darle un sorbo.
—Estoy un poco nervioso pero, como tal vez os habréis dado cuenta, el vino élfico me ha
relajado bastante —dijo, y se detuvo para dar otro trago de agua—. En realidad, muchos
de nosotros podríais no haberos dado cuenta, puesto que no me conocéis en absoluto. Lo
que sí puedo deciros es que yo no soy el único héroe que está aquí esta noche. En
realidad, no creo ser un héroe en absoluto. Soy un mago cualquiera que ha recibido una
responsabilidad extraordinaria. —El público empezó a murmurar, y oyó alguna que otra
tos entre las que reconoció a Narcissa y Remus.
»No negaré que tengo fuertes capacidades mágicas en algunas áreas, pero soy inútil en
otras. Hay muchos otros que, a diferencia de mí, se apuntaron voluntariamente a los
esfuerzos que realizaron. Ellos también hicieron cosas extraordinarias en esta guerra.

120
Algunos están aquí esta noche, otros han muerto, y otros siguen desaparecidos. —Harry
se detuvo un momento y vio la multitud de ojos que lo observaba, preguntándose qué
diría ahora. Él no estaba muy seguro tampoco, pero entonces vio a sus dos mejores
amigos al final de la sala.
»Este premio significa mucho para mí, pero no es sólo mío. Sí, yo tuve que enfrentarme a
Voldemort, pero sabía que tenía apoyos. Por lo tanto, aquí van unos cuantos magos y
brujas con los que me gustaría compartir este premio: Ron Weasley, por su valentía. Ron
ha sido conocido por asustarse en algunas situaciones pero, a diferencia de la mayoría de
nosotros, él lucha contra sus miedos y logra perseverar. —Se rió por lo bajo—. Como el
cabezón que es —añadió.
»Hermione Granger, que se aseguró de que Ron y yo sobreviviéramos, pese a nuestra
falta de sentido común. No puedo expresar el esfuerzo, las horas de investigación que
dedicó a la causa. De hecho, su trabajo conjunto con Bill en la seguridad de Hogwarts
después del asalto debería ser reconocido. Mis dos mejores amigos llegaron mucho más
allá de lo que les imponía el deber para enfrentarse al peligro por la causa. Y por tanto,
me decepciona no verlos recibir premios.
»Hay otros, como mi amiga y compañera Narcissa Black. Aunque efectivamente es tan
elegante como aparece esta noche, es también extremadamente eficiente y bondadosa.
Pasó muchas noches sola entre los heridos, esos heridos que no podían ir a San Mungo
por temor a ser agredidos allí. No juzgaba a los que se le ponían delante, trataba a cada
paciente con el mismo respeto, y jamás la vi, ni una vez, mostrar ante un paciente el
verdadero horror de lo que veía en ellos al curarlos. Era ella a quien acudía al final del día
para sanar mis heridas. Lo hizo no sólo física, sino también espiritualmente.
»Luego está Neville Longbottom, que quedó seriamente herido. Sin embargo, ¿qué hay
de las cicatrices que comparten él y Dean Thomas por sujetar a uno de nuestros más
queridos amigos, Seamus Finnigan, mientras moría? ¿No hay premios para aquellos que
han muerto o desaparecido? ¿Quedan olvidados? ¿Qué hay de los premios para aquellos
que se enfrentaron a su familia, como Blaise Zabini? Él salvó al menos quince vidas sin
ayuda de nadie. Vosotros me llamáis héroe, pero éstos son mis héroes.
»Hay dos otros héroes míos que no están aquí esta noche. A uno de ellos lo conocisteis:
Albus Dumbledore. Yo no soy ningún Dumbledore: no soy ni de lejos igual de listo,
previsor ni sabio. Él fue mi mentor, y lo echo terriblemente de menos. Son sus ojos
brillantes lo que me gustaría ver ahora, y si lo hiciera sabría en el fondo de mi alma que lo
he logrado. El otro, aún hoy, no lo puedo nombrar. Sigue en las sombras, y no sé si son
las sombras de la muerte, o las sombras de la oscuridad. —Harry se detuvo, consciente
de que le estaba saliendo una buena perorata, pero empezaba a sentir que la tensión se
desvanecía.
»Así que ya veis por qué soy hoy un mago confundido. Es como si pensarais que sólo el
estratega merece reconocimiento, pero, ¿qué hay de los soldados de esta guerra?
Nosotros hemos sido quienes hemos visto la sangre, quienes hemos girado cuerpos sin
vida o arrancado máscaras de mortífagos rezando para que no fuera un conocido.
Nosotros hemos tenido que lanzar hechizos y maldiciones mucho más allá de la edad que
teníamos. —La sala se quedó momentáneamente silenciosa, y empezó a emborronarse;
el hechizo de Narcissa era sólo temporal. Harry sabía que tenía que resumir.
»Puede que suene resentido, pero sigo pensando lo que escribí en El Profeta. Me honra
que tantos de vosotros tuvieseis fe en mí. Me satisface saber que cumplí esas
expectativas. La razón por la que lo logré fue que tenía fe en que el bien conquista al mal,

121
el amor conquista el odio, y las acciones hablan más fuerte que las palabras. —Se detuvo
cuando su voz empezó a romperse.
»Por favor, os lo ruego: no me hagáis pensar que lo hice por nada —dijo, casi en un
susurro, y salió de la sala.
Salió deliberadamente por la entrada y llegó al porche. El frío aire lo golpeó en la cara,
dejándolo aún más sobrio que el hechizo de Narcissa. Sabía que probablemente había
metido la pata hasta el fondo. Se planteó aparecerse en casa sin más, pero entonces las
grandes puertas se abrieron en silencio, y sus dos mejores amigos le pusieron los brazos
en los hombros.
—¿Te sientes mejor? —preguntó Ron, y Harry resopló.
—Sí, hasta mañana por la mañana cuando vea los titulares de El Profeta.
Hermione le abrazó por la cintura.
—De verdad, Harry, ¿desde cuándo nos importa lo que escriban los periódicos.
Harry miró el pelo de Hermione, que atrapaba los copos de nieve.
—¿Creéis que lo han entendido, o les he parecido un completo gilipollas?
—Un completo gilipollas, tío —bromeó Ron.
—Bien, no querría desmerecer mi reputación.
Ron le cogió el hombro con algo más de fuerza.
—No tienes posibilidad de hacerlo.
—Dios, parad, los dos. Harry, has estado increíble. Cuando hemos salido, la mayor parte
de la sala estaba de pie aplaudiendo. Quieren que vuelvas a entrar.
—¿Qué ha hecho Scrimgeour?
—Oh, ha dicho que éstos son sólo los primeros premios, y que habrá más una vez se
revisen los expedientes.
Harry negó con la cabeza.
—Está bien, volveré a entrar, pero tenéis que dejar que me emborrache y luego llevarme
a casa.
Ron se rió.
—Estoy seguro de que mis hermanos te echarán una mano en ese aspecto.

Remus se echó a Harry sobre el hombro cuando llegaron a Grimmauld Place, entró por el
pasillo y subió las escaleras. Narcissa lo siguió, prometiendo llevar una poción a la
habitación de Harry para aliviar algunos efectos del alcohol. Harry los oyó murmurar
mientras pensaba que el mundo se veía bastante extraño desde esa perspectiva. Sólo
esperaba que, lo llevaran a donde lo llevaran, llegasen pronto; estar boca abajo estaba
teniendo efectos sobre el contenido de su estómago.

122
Finalmente se vio depositado sobre algo suave. Giró la cabeza despacio y reconoció su
propia cama. Había algo olisqueándole la mano, y vio un revoltijo de pelo blanco.
—Dónde mis gafas —murmuró, buscando en sus bolsillos.
—Las tienes puestas, cachorro —contestó Remus, intentando no reírse.
—Dónde ta Draco. Quiero ver Draco —se quejó Harry. La cosa suave y blanca empezó a
lamerle la mano; Harry se agachó y acarició al lobo que tenía en la rodilla. Un vaso de
líquido morado apareció frente a sus labios.
—Harry, bebe —dijo una voz estricta que le recordó a la señora Pomfrey.
—No quiero —contestó él, y apartó la mano que sujetaba el vaso ofensor—. Huele raro.
Draco, ¿dónde?
Dos manos fuertes le cogieron la cara y le obligaron a abrir la mandíbula.
—Lo siento, Harry, pero es por tu propio bien. —Le echaron la poción en la boca, y luego
se la cerraron. Él tragó y jadeó.
—Voy a tener una charla con esos niños Weasley, no me puedo creer que le dejaran
llegar a este estado.
Remus se rió.
—Sí, pero podría ser la única vez que viéramos a Harry Potter bailando y riendo tanto.
—Esto hará efecto dentro de unos minutos. Ponle el pijama y mételo en la cama —ordenó
ella.
—Sí, señora.
Narcissa suspiró.
—Remus, mis disculpas, pero realmente deberíamos haberle prestado más atención
anoche.
Remus deshizo los botones de la túnica de Harry y se la sacó.
—Sí, pero a ti también se te permite pasártelo bien, Narcissa. Fuiste la Belle del baile.
—Me lo pasé bastante bien —admitió ella con una pequeña sonrisa.
—Bueno, vuelve abajo y ten entretenido a tu invitado. Yo cuidaré de Harry.
Narcissa se inclinó y besó la mata de cabello oscuro.
—Duerme bien, cariño. Dejaré una poción junto a tu cama por la mañana. —Harry levantó
la cabeza y sonrió estúpidamente.
—Vale, preciosa.
Remus luchó para ponerle el pijama a Harry; lo alegró ver que las cicatrices se estaban
curando. Ya no eran de un violento morado y rojo, sólo unos tonos más oscuras que la
piel natural de Harry.
—Espero que algún día nos lo cuentes, Harry —murmuró, dejándolo sobre la cama y
poniéndole las sábanas. Plata se acurrucó a su lado y se lo quedó mirando—. Cuida de
él, Plata. —Remus salió de la habitación y apagó las luces con un Nox. La vela y la
chimenea iluminaban la habitación.
Harry respiró hondo unas cuantas veces, y agradeció los efectos de la poción; su cabeza
empezaba a aclararse. El mundo seguía un poco borroso, pero no veía doble y el cuarto

123
había dejado de dar vueltas. No estaba sobrio, ni mucho menos; sólo sentía melancolía.
El hocico húmedo de Plata le rozó la barbilla.
—Hola, Plata —dijo, y empezó a acariciar su pelaje—. Creo que he tenido una noche
movidita, le he echado la bronca al ministro... Hostia puta, creo que he hecho más que
eso.
Harry se quedó ahí tumbado, intentando recordar los eventos de la noche. Sus amigos,
estaba seguro, rellenarían las piezas que le faltaban. Ahora mismo, imágenes que se
había forzado a olvidar estaban escapando al filtro. Se quedó mirando los ojos
expectantes de Plata.
—Sí, recuerdo querer ver a Draco —dijo, suspirando. Se puso de lado y apoyó la cabeza
en el brazo, con el codo doblado—. Draco, te prometí que se lo contaría a Plata, pero creo
que necesito decírtelo a ti. No tendremos tiempo dentro de unas noches, así que, ¿crees
que podrás entender lo que te voy a decir?
Plata se enderezó y miró directamente a Harry, estirando las piernas delanteras. Dio un
solo golpe con la cola.
—De acuerdo, entonces —murmuró Harry; su lengua aún se sentía bastante pesada—.
¿Recuerdas que te conté que no podía hacer una maldición imperdonable? Bueno, no fue
por falta de intentos. Ron, Hermione y yo practicamos en el sótano durante semanas.
Incluso invocando todo el odio que tengo hacia mis tíos, Bellatrix o Voldemort, no
funcionaba. Ni siquiera estoy seguro de por qué lo intentaba, Voldemort era un mago
mucho más poderoso que yo, no había manera de que pudiera enfrentarme a él y vencer.
Tenía que haber otra forma —dijo Harry, casi melancólico. Su mano estaba sobre la pata
de Plata. Su cabeza y pensamientos se aclaraban. Sintió un momento de pánico ante lo
que estaba a punto de contar, pero ya había empezado, y se lo había prometido a Draco.
»Me estaba desesperando, e incluso pensé en intentar usar un arma muggle, pero
Severus dijo que no funcionaría. Había hechizos de protección contra esas cosas. Ron,
Hermione y yo pasamos horas interminables en la biblioteca buscando hechizos,
pociones, cualquier cosa que se nos ocurriera. En el fondo estaban siempre las palabras
de Dumbledore, que 'el amor' era el poder desconocido. Ninguno de nosotros pudo
averiguar cómo podía entrar eso en juego hasta agosto. Estábamos trabajando tarde, y
era una noche cálida y húmeda, y de repente Ron dijo, “tú sólo corre hasta él, dale un
abrazo, dile que le quieres, y el cabrón probablemente se morirá del susto”.
Plata arrugó la cara y movió las orejas.
—Sí, nosotros también nos reímos, pero nos indujo a pensar. Podía tocar a Voldemort.
¿Recuerdas que te conté que solía ser incapaz de tocarme, hasta que cogió mi sangre?
—La cola de Plata dio un golpe—. Bueno, pues el contrario también era verdad. Entonces
recordé que Dumbledore no parecía preocupado por que se hubiera roto esa protección.
Las ideas y recuerdos empezaron a arremeter: pensé en el momento en que Voldemort
intentó poseerme en el Ministerio, la noche en que Sirius murió. No podía soportar estar
dentro de mí, porque el sentimiento de amor era demasiado fuerte. Fue la peor
experiencia que sufrí nunca con él; quería morirme. El director me dijo después que
seguramente había sido lo más cerca que Voldemort estaría de sentirse humano. Todo
encajó entonces. La línea de la profecía de ninguno de los dos puede vivir mientras siga
el otro con vida nunca había tenido sentido para mí. Ambos estábamos vivos pero, al
unirnos, sólo un alma podía sobrevivir. Tenía que ser uno con él, tenía que poseerle, y mi
alma tenía que ser más poderosa que la suya.

124
Plata se quedó en trance, como si estuviera petrificado. Harry se levantó, caminó un poco
hacia el baño, y volvió con un vaso de agua para volver a tumbarse junto a Plata.
—Así que, Draco, es por eso que Plata nota la cercanía entre Ron y yo. Él me permitió
practicar con él. No tenía mi sangre, así que fue muy difícil dominar la inmersión pero, una
vez lo conseguí, fue increíble. Tu cuerpo se absorbe por el abdomen del otro, y luego se
expande desde ahí. La reacción natural es luchar contra la posesión, que me venía bien,
así que Ron intentaba echarme. Yo tenía que tratar de detenerlo y al mismo tiempo buscar
por su cuerpo para encontrar dónde habita el alma. ¿Quieres saber dónde es eso? Está
junto al corazón. Pensé que sería el cerebro, pero está cerca del músculo que representa
metafóricamente el amor. El alma de Ron se encontró con la mía. No intenté herirla pero,
en ese momento, nos conocimos mejor de lo que ninguna otra pareja en el mundo puede
conocerse. Conocí lo que significaba el dolor de ser el más joven de seis hermanos con
talento; significaba que quería sentirse especial. Él, por su parte, entendió que yo no
quería otra cosa que no ser especial. Creo que siempre supimos eso el uno del otro, pero
entonces nos quedó claro. También aprendí que era un ser hermoso, que me era leal a
mí, a su familia, a la comunidad mágica. —Harry se detuvo, dio un largo trago de agua y
lo devolvió a la mesita. Se sentía completamente sobrio.
»Una vez aprendí a hacerlo con facilidad, tuve que aprender a hacerlo sin varita. Ya te he
hablado de que mi varita y la de Voldemort son hermanas; era probable que se librara de
mí rápidamente si usaba la mía. Me llevó hasta principios de octubre el ser capaz de
hacerlo sin fallos. Después sólo teníamos que esperar al siguiente ataque a gran escala,
para que pudiera enfrentarme a él. No podía arriesgarme a que los mortífagos llegaran a
mí antes, así que tenían que estar ocupados. Nadie, sin embargo, esperaba la
devastación que ocurrió aquel día en el callejón Diagon.
»Remus y yo recibimos el mensaje de Tonks diciendo que había habido una explosión en
Gringotts y los gnomos estaban en plena batalla entre ambos bandos. Ellos no sabían
quién lo había provocado. Soltaron un dragón de las mazmorras del banco, y empezó a
lanzar fuego sobre los otros edificios. Pensé que los mortífagos se habrían desaparecido
para cuando yo llegara, pero seguían allí. Fue con mucho la mayor batalla que ninguno de
nosotros había visto, y creo que Voldemort pretendía que fuera la última. Me aparecí a
Ollivander; esperaba que no hubiera nadie allí, puesto que estaba cerrado, y me limité a
gritar. Lo provoqué, diciéndole que era un cobarde, y que si me quería, estaba preparado.
El cielo era de un naranja brillante, con humo negro entre las llamas. La gente gritaba
histéricamente e intentaba buscar un lugar seguro, pero no había ningún sitio adonde huir.
Me puse en mitad de la calle y seguí gritándole que viniera.
»De repente, noté una corriente fría; un vértice de humo negro bajó del cielo y aterrizó
frente a mí. Voldemort apareció entre el humo negro. Dios, parecía encantado, tenía la
victoria pintada en toda su asquerosa cara de serpiente. Vi la emoción en sus ojos rojos.
»—¿Ya has tenido bastante, Harry Potter? Todo esto podría terminar si te unieses a mí.
»Casi me eché a reír, porque eso era exactamente lo que tenía planeado: unirme a él.
Hizo lo que pensé que haría: me quitó la varita, y desafortunadamente también todas mis
armas, que incluían la daga que siempre llevaba conmigo. Era de Sirius.
»Me puse las manos en el bolsillo y lancé un puñado de polvo inmediato de oscuridad de
los gemelos. —Plata enseñó los dientes de pronto, y Harry le acarició tras las orejas—. Sí,
esa idea me la diste tú. Entonces, dije el hechizo y mi mundo se convirtió en un puto
infierno. Entré directamente en su cuerpo; fue muchísimo más fácil que cuando lo hacía
con Ron, pero el resultado estaba más allá de cualquier cosa que hubiese experimentado.

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Nos fusionamos casi por completo, y era jodidamente doloroso. Juro que pensé que me
iba a estallar la cicatriz. Quería salir, pero una parte de mí aguantó. Voldemort gritaba, yo
gritaba; no sé de quién era la voz que salía de su boca. Sabía que no tenía mucho tiempo,
dolía demasiado. Empecé a buscar su alma entre los sentimientos de maldad y horror. Me
perdí, y me di cuenta de alguna forma de que era peor en unos sitios que en otros. Tenía
que ir adonde fuera más fuerte. Para entonces, Voldemort ya sabía lo que estaba
intentando hacer. Entró en pánico e intentó todas las maldiciones que se le ocurrieron
para sacarme. Se estaba haciendo daño en el proceso. Se debilitaba, y entonces la
encontré, encontré su alma. Era pequeña y estaba hecha pedazos. La de Ron había sido
brillante y clara, pero la de Voldemort era como una seta podrida. La rodeé con la mía.
»Lo llené de imágenes y memorias de su pasado, cosas que ni siquiera él sabía de sí
mismo, de su madre. Luego compartí mi alma con la suya y le enseñé el amor, y vio
también dolor, pero empezó a quedar en trance ante el amor, y su alma malvada empezó
a desaparecer. Creía que lo había conseguido, que había vencido esa última parte de su
ser. Entonces, levantó una última barrera. El polvo de oscuridad ya se había ido, y él
cogió mi daga. Intentó sacarme de su cuerpo desgarrándose, Draco. Se apuñaló el
estómago tres veces. Sentía la sangre, su sangre, mi sangre, saliendo con sus intestinos.
»—Tom, estoy en tu corazón —le susurré, y se abrió el pecho con la daga. Su alma brilló
una última vez, y desapareció. Salí de su interior cuando cayó al suelo, y me desaparecí
de vuelta a casa.
Harry dejó de hablar y se quedó mirando los amplios ojos plateados. Una única lágrima
bajó entre el pelaje blanco. Harry acercó el pulgar y la limpió.
—Así que ya ves, Draco, así es como el amor lo conquista todo: el amor y la maldad no
pueden coexistir. También es la razón por la que voy a dejarte marchar. Sé que no es lo
mismo, pero entiendo lo que es vivir en un cuerpo que no es el tuyo. Atrapado entre
sentimientos e instintos que no son naturales. Dejaré que te vayas, Draco, pero debes
entender que tanto mi corazón como mi alma estarán rotos.

Índice de contenidos

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EL SLYTHERIN SUPREMO (I)

La cocina bullía de actividad por primera vez en meses. Molly Weasley estaba ocupada glaseando la
última cacerola de bollos de canela calientes, y el aroma se filtraba tres plantas arriba hasta la puerta de
Harry. Ambos, Plata y él, se sentaron en la cama y alzaron la nariz, olfateando.
—¿Preparado para el desayuno? —preguntó Harry, rodeando con los brazos la espalda
del lobo y abrazándole—. Voy a ver si puedo robarte uno de ésos.
Plata dejó escapar un quejido, saltó de la cama y escapó a través de la portezuela del
perro. Harry alcanzó sus gafas y se dirigió al baño. Decidió ducharse luego, así que sólo
se lavó los dientes. Se colocó la gruesa túnica de algodón burdeos, al igual que un par de
zapatillas grises.
Cuando entró en la cocina, le dio un abrazo de buenos días a la regordeta mujer pelirroja.
—Buenos días, Molly. ¿Qué haces aquí? —preguntó mientras llenaba una taza de café
caliente, que se enfrió en seguida por la cantidad de leche que le añadió.
—Buenos días, Harry, querido. Es sólo que se me ha ocurrido pasarme a ver cómo ibas.
Vas a venir mañana a la Madriguera, ¿no? Incluso Charlie estará en casa.
—Por supuesto, no me perdería una Navidad en la Madriguera.
—Eso está bien, querido. Ahora tengo que volver, acababa de poner al fuego unas
salchichas.
—No te preocupes, lo llevo bien. Sé que la otra noche quizá monté un pequeño
espectáculo, pero estoy bien, de verdad.

127
Ella le tendió el cuchillo de mantequilla después de terminar de extender el glaseado
sobre el bollo. Los ojos de Harry brillaron antes de lamerlo hasta dejarlo limpio. Plata
apareció en la puerta trasera y miró a Harry, suspicaz.
—Plata quiere un bollo, Molly, ¿te importaría?
Molly bajó la mirada hacia el lobo y le acarició las orejas enhiestas. Cogió un bollo del
último montón y se lo dio a Plata. Harry se rió cuando el lobo se lo tragó entero,
relamiéndose el hocico.
—Ni uno más, querido. No queremos un lobo enfermo mañana en La Madriguera —le
reprendió Molly cuando Plata miró arriba anhelando más.
—No pasa nada, Molly, estará bien —comentó Harry irónicamente. Plata comería cosas
mucho más cáusticas más tarde. Alcanzó la cacerola, cogió otro bollo y lo colocó sobre la
nariz del lobo sin soltarlo. Plata dejó escapar un gruñido bajo y Harry retiró los dedos. El
segundo bollo de canela desapareció.
—¿Has visto a Narcissa? —preguntó Harry mientras empezaba a calentar las salchichas.
—Sí, dijo que tenía algunas cosas que recoger a última hora, antes de mañana. Debo
decir que la casa tiene un aspecto encantador. Ahora tengo que irme, no hay necesidad
de salir a despedirme, cariño. Oh, y Harry, asegúrate de que Remus y Nymphadora
vienen contigo mañana. Narcissa dijo que ella pasaría una tarde tranquila con Kingsley —
dijo Molly mientras se quitaba el delantal.
Harry le dio un largo abrazo de despedida y después volvió a centrarse en la cacerola de
salchichas, dándoles la vuelta.
—Bueno, Plata, ¿quieres venir hoy a comprar conmigo? Estaba pensando en ir a
Hogsmeade, se supone que la mayoría de las tiendas están abiertas ya.
El lobo movió la cabeza y dio un tímido golpe con la cola.
—No estás seguro, ¿eh? Bueno, había pensado que querrías volver a verlo. Podríamos
comer en Las Tres Escobas —Harry estaba seguro de que había una parte de Draco que
querría ver el pequeño pueblo una vez más. Sabía que en algún momento iba a golpearle
la idea de que era su último día juntos, pero por el momento, su prioridad era que el lobo
pasara un buen rato.
Plata movió de nuevo el rabo.
—De acuerdo, entonces déjame terminar de desayunar y nos vamos.
Harry se permitió una de sus famosas largas duchas; había adquirido el hábito cuando se
mudó a Grimmauld Place. Tener un baño para él solo era un lujo que le había sido negado
en su juventud. Su moral había subido en los últimos días, y eso le sorprendió; imaginó
que se debía al hecho de que finalmente había compartido con alguien todo lo que había
sucedido realmente. También estaba deseando volver a ver a Draco, aunque fuera una
hora o dos. Lo echaba de menos.

*****

Harry fijó el lazo dorado al último de los paquetes envueltos en papel rojo y lo dejó encima
de la pila de regalos con el mismo envoltorio. Tenía sólo uno envuelto en verde y plata;

128
era para Narcissa. Era una pequeña foto enmarcada de los tres, en el picnic de
Halloween. Dirigió una mirada al reloj: eran cerca de las cuatro y pronto se pondría el sol.
Había tenido la esperanza de que nevara. Plata adoraba la nieve, pero en lugar de copos,
caminaron rápidamente entre las tiendas de Hogsmeade bajo la lluvia. Harry guardó el
papel de envolver y salió de la cocina para encontrar al lobo. Tendría que subir al piso de
arriba en breve.
Plata estaba bajo el árbol, moviéndose en sueños. Harry adoraba el contraste entre el
pelaje blanco del lobo y los faldones rojos del árbol. Pensó que ponerle un lazo rojo le
convertiría en el regalo perfecto. Sacudió la cabeza para detener cualquier pensamiento
de esa naturaleza. En su lugar, se dejó caer al suelo y se tumbó junto a Plata. Pronto
descubrió por qué al lobo le gustaba tanto aquel lugar. El terciopelo era suave; el árbol
olía a bosque, y los adornos dorados reflejaban pequeños destellos de luz. Plata dejó
escapar un quejido al tiempo que sus patas sufrían un espasmo. Harry se daba cuenta de
que estaba soñando. Esperaba que fueran sueños felices, y que estuviera cazando por fin
a los gatos que siempre se le escapaban.
Habían disfrutado del día juntos. Rosmerta le había dado algo de carne de conejo fresco a
Plata, y parecía haberlo disfrutado más que los bollos de canela que había recibido por la
mañana. La dueña de Las Tres Escobas había salido de la trastienda para saludar a
Harry, y luego se agachó para abrazar a Plata. Harry se había tenido que reír, sabiendo
que Ron habría estado celoso. Todo el mundo sabía que Ron estaba un poco pillado por
Rosmerta, e incluso Rosmerta lo sabía y flirteaba con él cuando entraba en su
establecimiento. En esos casos, Hermione ponía los ojos en blanco y fingía que estaba
ofendida, aunque sabía que todo era una broma.
Después de dejar los paquetes que habían comprado, Harry había llevado a Plata al
parque muggle cerca de Grimmauld Place. Era uno de sus lugares favoritos para jugar. Le
daba espacio al lobo para correr y estirar las piernas. La lluvia había cesado, pero
persistía una ligera niebla. Los árboles estaban desnudos y no se veía siquiera una simple
ardilla. Habían jugado con una pelota de tenis que Harry lanzaba. Una vez más, tuvo que
silbar cuando un gato negro rayado entró en escena.
El hocico de Plata se estaba moviendo. Harry se estiró para agarrarle con suavidad de
uno de los bigotes negros. Lo levantó, dejando ver los dientes caninos. En un instante,
éstos estaban en la muñeca de Harry. El mordisco no fue fuerte, pero Plata no le dejó ir.
—Eh, tú, suéltame. Sólo te estaba despertando para que pudieras subir —los ojos de
Plata se clavaron en los de Harry y entonces dejó escapar su muñeca—. Así está mejor
—dijo, mientras se inspeccionaba las marcas en la piel. Se levantó de debajo del árbol;
Plata rodó sobre su estómago y se echó hacia atrás.
Harry acarició a Plata de la cabeza a la cola, y no pudo contener un sollozo. El lobo le
miraba, perplejo. Con ambas manos alrededor de su cuello, le quitó el collar, sujetándolo.
—Te voy a echar de menos, Plata. Has sido un buen amigo. Ahora ve escaleras arriba.
Voy a poner algo de picar para cuando baje Draco.
Plata se acercó a Harry, y se restregó contra un lado de su cuello. Harry se tuvo que reír;
la lengua del lobo lamiéndole la oreja repetidamente le hacía cosquillas. Le dio un fuerte
abrazo antes de enviarlo a la segunda planta.
Respiró profundamente, se levantó, y puso el collar sobre el mantel. Se alejó, pero luego
cambió de idea y se giró para volver. Le quitó el medallón del dragón de oro al collar y lo
colgó en el árbol.

129
*****

Harry escuchó el revelador aullido transformarse en un grito humano de dolor. Estaba en


la cocina preparando algunos sándwiches de pavo y salsa de arándanos para él y para
Draco. Narcissa ya le había dicho que la cena de Nochebuena en la Mansión sería algo
bastante elaborado, así que no había que dejar que Draco comiera demasiado antes. Se
irían a las siete.
Harry dejó la bandeja de comida en la mesa y abrió una botella fría de cerveza. Estaba
mirando por la ventana situada encima del fregadero. De la fuente aún manaba agua clara
y fría. Unos cuantos pájaros que estaban pasando el invierno en los arbustos se
alineaban en la orilla para beber.
Casi dejó caer la cerveza cuando unos brazos cálidos le rodearon la cintura. Besos
suaves fueron depositados en su cuello y su hombro. Harry se echó hacia atrás y se relajó
en el abrazo de bienvenida.
—Te he echado de menos —susurró Draco en su oreja.
Harry no estaba seguro de si eran las palabras, o el ligero soplo de aire lo que le hizo
estremecerse. Dejó la cerveza y se giró para encarar a Draco. No había creído posible
que Draco tuviera mejor aspecto, pero lo cierto es que así era. Su pelo estaba ahora
grueso y enredado, y le caía sobre los hombros.
Harry rodeó con sus manos el cuello de Draco, acercándole a sus labios.
—Yo también te he echado de menos —dijo, antes de besarle.
Draco le sujetó más fuerte, y Harry abrió más la boca, dejando pasar la lengua de Draco
para capturar la suya. Draco movió las manos a cada lado de la cintura de Harry,
alzándole sobre la encimera. Se metió entre sus piernas, abriéndoselas sin preguntar.
Rápidamente se colocaron alrededor de su cintura.
Draco interrumpió el beso sólo para susurrar:
—Dios, Harry, te deseo.
—Tómame —susurró Harry antes de que su boca fuera de nuevo llenada.
No estaba seguro de cuál de los dos lo había hecho, pero se aparecieron en su
dormitorio. No pensaba que Draco pudiera hacerlo sin varita, pero no estaba seguro, y
demonios, no le importaba. Aún rodeaba a Draco, y sin titubear, le sujetó colocándole las
manos bajo los muslos. Llevó a Harry hacia la cama, le sentó, y con pericia le colocó boca
arriba en el centro de la cama. Se tumbó sobre él y empezó el ritual de bañar su cara y
cuello con la lengua.
Harry echó la cabeza a un lado, miró el parpadeo de los candelabros, y deseó que ese
momento durara para siempre. El susurro de la garganta de Draco expresaba la pasión
que sentía. Harry se incorporó, se quitó las gafas y las tiró a un lado. Bajó la mano para
alcanzar el borde de su camiseta, subiéndosela. Draco paró sólo un instante para darle
tiempo a sacársela.
—Sigue —ronroneó Draco, rozando su oreja.

130
Los pantalones acabaron bajados junto con los calzoncillos. Harry movió las piernas para
sacudirse la ropa. Draco cayó a su lado, dejando de saborear a Harry. Miró el cuerpo que
se le presentaba; su mano acarició toda porción de piel que quedó a su alcance.
El cuerpo de Harry casi temblaba bajo los dedos de su amante, su compañero, su Draco.
No se sentía expuesto en una posición tan vulnerable, se sentía aceptado y querido. Los
dedos empezaron a recorrer cada una de sus cicatrices. Besos suaves sobre el borde de
sus labios.
—Gracias por contármelo —murmuró Draco.
Harry levantó la mirada. Los mechones de oro en el borde plateado que bordeaba las
dilatadas pupilas negras las hacían incluso más brillantes.
—De nada.
Draco se perdió en la mirada de Harry. Sabía que éste no podía sostenerle la mirada
mucho tiempo. Casi parecía asustado.
—Gracias por entenderlo —Harry asintió, y como Draco había predicho, cerró los ojos. La
primera noche no había sido así, y Draco se preguntó qué había cambiado.
Harry se tumbó allí, disfrutando de las suaves caricias. No hubo vergüenza cuando su
erección se balanceó al acercarse Draco para tocarla. Harry quería que Draco supiera
que su cuerpo le deseaba. Draco descansó la cabeza en su pecho; Harry le abrazó, y
bajó la cabeza para besar el suave pelo rubio.
—Tócame —le urgió cuando la lengua de Draco jugó con su pezón.
Draco obedeció, y su mano de dedos largos abarcó sus testículos, acariciándolos con el
pulgar y el índice. La respiración pesada de Harry le indicó que había tenido suficiente, y
sus dedos se retiraron.
Harry gimió cuando la cabeza del miembro de Draco le penetró. Lo deseaba tanto que
levantó las caderas para tomarle más adentro. Draco llevaba haciéndole el amor a todo su
cuerpo durante una hora, como si, como si... como si tuvieran todo el tiempo del
mundo,pensó Harry.
—Oh Dios, Harry —rugió Draco mientras se hundía más adentro.
Harry apartó las piernas de los costados de Draco y le colocó las rodillas contra el pecho.
Las manos de Draco las devolvieron a su lugar.
—Joder —gruñó cuando la siguiente embestida le enterró a fondo en el núcleo de Harry.
Respiraban pesadamente, el pelo de Draco colgando a cada lado del rostro de Harry, que
estaba envuelto en él. Cerró los ojos cuando Draco se acercó más y le besó. Era tan
perfecto, era demasiado; haber sido poseído una vez por el mal y ahora por el amor
incondicional, era tan poderoso. Draco no lo había llamado así, pero Harry lo sentía.
Draco le amaba. El movimiento continuo del miembro de Draco enterrándose en él
después de cada retirada provocaba que una corriente se formara lentamente a través de
su cuerpo. Se centraba en su polla, pero lo sentía en todas partes. Dejó caer una rodilla y
deslizó la mano entre sus cuerpos. Se llevó la mano a su propia polla, y juntos, mientras
intentaban desesperadamente seguir besándose, alcanzaron la euforia que sólo los
amantes conocían.
Harry miró la hora. Eran las seis. Draco se iría en una hora. Ahora mismo, sin embargo,
estaban acurrucados bajo las mantas con las manos y pies alrededor del otro.

131
—Me muero de hambre —dijo Draco.
Harry se rió.
—Bueno, he hecho unos bocadillos, están en la mesa, abajo, pero tu madre se
preocupaba de que no tuvieras hambre para la cena de esta noche.
Draco gruñó.
—Sí, la comida de varios platos. No tienes idea de cuánto odio esas cosas. Padre solía
ser capaz de dar un discurso en cada cambio entre platos. Hacia el final, yo sólo quería
coger mi pudding y desaparecer en mi habitación.
Harry sonrió. Nunca habían hablado de la vida de Draco en la Mansión. Narcissa le había
hablado de muchas cosas, pero no conocía esas historias desde el punto de vista de
Draco.
—¿Estás nervioso?
Draco soltó una risotada.
—Mi padre pondría nervioso a un nundu (2). La clave siempre ha sido no revelar lo que
realmente sientes o piensas. Es el juego del gato y el ratón. La verdad siempre está ahí,
en alguna parte, escondida entre las palabras.
—Suenas como un verdadero Slytherin —replicó Harry, irónico.
—Me llamaban el Príncipe Slytherin por una buena razón, Harry —dijo Draco mientras
salía de entre las sábanas y desaparecía en dirección al baño. Volvió con las zapatillas y
túnica de Harry—. Vuelvo en un momento. Quiero algo de comer y chocolate.
Harry miró el reloj: cuarenta y cinco minutos más. Draco apareció en cinco, sujetando la
bandeja de bocadillos y dos tazas de chocolate caliente. Harry se dio cuenta de que uno
de los bocadillos ya no estaba.
Draco cogió otro y se fue al baño. Harry escuchó el sonido de la ducha correr. Mordió el
sándwich de pavo y lo dejó rápidamente a un lado. Estaba lejos de tener hambre. Se llevó
el chocolate a los labios y sopló, intentando enfriarlo. Tomó un pequeño sorbo; el sabor
era fuerte. Draco salió del baño vestido impecablemente con pantalones negros, una
camisa blanca almidonada y una corbata plateada. Su capa era negra con ranas
plateadas; líneas de color plata metálico recorrían la tela. Media hora, pensó Harry,
cuando Draco se sentó en la cama cerca de él.
Draco levantó su taza y tomó un largo sorbo del chocolate ya más templado. Harry hizo lo
mismo. Draco la soltó y empezó a acariciar el rostro de Harry. Se echó hacia delante para
robarle un beso.
—Quiero agradecerte…
—Oh Dios, Draco, no —gritó Harry—. No me lo agradezcas y no digas adiós, vamos a
limitarnos a fingir que nos veremos el mes que viene.
Draco asintió.
—Bueno, te he comprado un regalo de Navidad, así que espero que te levantes mañana
para encontrarlo.
Harry le miró con escepticismo.
—¿Me has comprado un regalo? Yo no…

132
—Por supuesto que tú no. Habría sido ridículo si lo hubieras hecho. Tu regalo hacia mí
han sido estos dos últimos meses. Plata y yo hemos sido muy felices. Gracias.
Harry le dirigió un falso mohín de disgusto.
—Tenías que decirlo, ¿no?
Draco le besó una vez más antes de levantar su chocolate. Le alcanzó a Harry el suyo.
—Bebe, Harry. Lo he hecho para ti.
Harry tomó un largo trago; el chocolate caliente le sentaba bien al bajar por la garganta.
Tenía un sabor que no reconoció, así que bebió algo más. Sus ojos fueron al reloj sobre el
tocador. Diez minutos, ¿o eran veinte? Sacudió la cabeza y bebió el resto. Draco le quitó
la taza de las manos.
—Vuelve a tumbarte, Harry —dijo con firmeza.
Harry obedeció. El calor de la bebida se extendió por su cuerpo. Se sentía relajado,
quería cerrar los ojos, pero eran sus últimos momentos…
—Draco —susurró—. ¿Por qué?
Draco le cogió la mano y se la llevó a los labios.
—Tenía que hacerlo, Harry; el vínculo es fuerte entre nosotros. No me podía arriesgar a
que te presentaras allí esta noche. Habría sido demasiado peligroso. Necesito estar en
paz y saber que estás a salvo. Es mi manera de cuidarte.
Draco se arrodilló mientras veía sus ojos cerrarse. Le besó la mejilla.
—Adiós, Harry Potter.
Draco salió de la habitación, cerrando silenciosamente la puerta del dormitorio de Harry
tras él. Harry intentó abrir los ojos y llamarle, pero no pudo. La única palabra que escapó
de su boca fue dicha en voz baja, y dirigida directamente al candelabro morado sobre el
tocador. Nox.

Índice de contenidos

133
EL SLYTHERIN SUPREMO (II)

Mientras tejía una bufanda dorada, miró desde su silla hacia la ventana delantera para ver
a madre e hijo llegar de la nada al punto de aparición, algo apartado de la mansión. Sabía
que el señor Malfoy no estaba contento con su familia. Casi se rió en voz alta cuando vio
a la ligresa, Minnie, salir de entre los arbustos y seguir a su dueña hacia la puerta. El
señor Malfoy se irritaría aún más cuando lo viera. Se preguntó si lo sorprendería que su
hijo tuviese un aspecto muy humano en aquel momento. Ella no se sorprendió; no, en
absoluto. Dejó las agujas insertas en filas perfectas de puntos y se dirigió al espejo para
examinar su apariencia; los falsos mechones grises habían desaparecido de su pelo
marrón miel, y por fin aparentaba su edad. Se estiró la túnica lavanda y ajustó por última
vez el sombrero. La ramita de acebo blanco que su Severus le había dado era un aporte
alegre al color pastel del sombrero.
Se acercó a la puerta principal, que estaba entreabierta. Arianna Prince quería ver y oír
las expresiones en los rostros de cada miembro de la familia Malfoy. Oh, sabía que ahora
Narcissa había adoptado el nombre de Black, pero el señor jamás reconocería ese hecho.
Su conexión con ella sería fuerte hasta que alguno de los dos muriera. Según Severus,
probablemente eso ocurriría esta noche. Arianna se preguntó si Narcissa era capaz de
ello, si era lo suficientemente Slytherin para llegar hasta el final, o si una vez más
fracasaría ante los encantos de su anteriormente amado marido, Lucius Malfoy.
—Arianna, escuchar a hurtadillas no es digno de ti —dijo detrás de ella una voz, fría y
tranquila. Se sobresaltó.
—No, ése es tu territorio, ¿verdad, Severus? —respondió con sarcasmo, girándose para
enfrentarse al mago. Snape frunció la boca.
—Bueno, ¿vas a obligarme a preguntar?

134
—Acaban de entrar por la puerta exterior. El señor Malfoy no los ha visto aún, está en el
estudio. Estoy seguro de que acabarás en la alfombra cuando descubra que lo sabías.
—Sí —dijo Severus secamente—. No dudo que lo haré.

Draco le dio a la elfina, Kiezy, su abrigo, y luego ayudó a su madre a quitarse la chaqueta.
Minnie paseó tranquilamente hasta la chimenea de flu, y se recostó. Habían pasado más
de dos años desde la última vez que Draco estuvo en la mansión. Iba mirando los
muebles y candelabros de pared que faltaban. Imaginó que estarían en la tienda de su
madre. Le echó a Narcissa un breve vistazo; su rostro era inescrutable, y sabía que el
suyo propio también lo era.
Se pasó la punta de la lengua sobre uno de los caninos alargados cuando vio abierta la
puerta que daba al estudio de su padre. Lo vio pasar al vestíbulo, y sus fríos ojos grises
parpadearon una sola vez. Aquella respuesta fue suficiente para satisfacer a Draco. Su
padre parecía un poco más viejo; Azkaban no le había sentado bien. Tenía la misma
estatura, pero Draco se dio cuenta de que su rostro parecía algo más amarillento. Tenía
su bastón en la mano, como esperaba, y estaba impecablemente vestido con su túnica
negra formal. Nadie habría adivinado a raíz de su apariencia que era la noche de
Navidad.
El sonido de las botas de Lucius resonó sobre el suelo de pizarra mientras se acercaba a
Draco y Narcissa. Se detuvo justo en frente de Draco que, para su gran satisfacción, se
vio capaz de mirarlo directamente a los ojos.
—Draco, esto es una sorpresa. Esperaba al lobo, y por tanto había encargado cordero
crudo —dijo Lucius, y las comisuras de su boca se curvaron ligeramente hacia arriba.
—Estoy seguro de que el lobo lo habría disfrutado, padre, pero yo no participaré. Sin
embargo, creo que la ligresa de madre mostrará interés en la oferta.
Los ojos de Lucius pasaron más allá de Narcissa sin reconocer su presencia y se
detuvieron en la alfombra junto a la chimenea.
—Me aseguraré de que se hacen los preparativos adecuados —su mirada fija volvió
rápidamente a Draco—. ¿Puedo preguntar cuándo ha sido tu cambio?
—Sí, padre, hace unas dos horas, cuando ha salido la luna llena.
Lucius asintió.
—Ah, ya veo. ¿Esto era un secreto del Señor Oscuro? —preguntó.
—Sí, padre, sólo él y Severus lo sabían.
La ceja izquierda de Lucius se alzó rápidamente.
—¿Severus, dices? Vaya, eso es interesante. Me imagino que, ya que has estado alojado
en propiedades con marca Potter, él conoce también tu afección, ¿es así?
—Por supuesto, padre, y ahora algunos más. ¿Le inspira preocupación que más personas
lo sepan?
Lucius resopló.

135
—La verdad, Draco, es que tener a un lobo como heredero no es algo de lo que desee
alardear.
Draco asintió.
—Sí, comprendo tu posición —Lucius sonrió.
—No, Draco, no creo que comprendas la gravedad de la situación. Lo seguiremos
discutiendo durante la cena. Ahora, me parece que es hora de dirigirme a tu madre —se
volvió hacia Narcissa, que no había movido un músculo desde que su ex-marido entrara.
»Narcissa, tienes buen aspecto —dijo él, recorriéndola brevemente con los ojos de la
cabeza a los pies.
—Como tú, mi señor —contestó ella, sin apartar la vista. Lucius resopló.
—Ya no soy tu señor, ¿no es así? El decreto de divorcio es irrevocable, si no me equivoco
—respondió, con expresión de haber mordido una manzana podrida. El rostro de Narcissa
se iluminó.
—Ah, Lucius, siempre serás mi señor. Tienes mi corazón y lo sabes; no juguemos a esto
delante de nuestro hijo.
La comisura de la boca de Lucius se elevó, junto con una ceja.
—Creo entonces que un beso será acorde a las circunstancias, antes de las
explicaciones.
—Sí, mi señor, tengo mucho que explicar, pero creo que estarás complacido.
El hombre abrió los brazos y Narcissa se lanzó a ellos. Draco cerró los ojos y dejó a sus
padres disfrutar de la reunión.
La sonrisa fría que Draco conocía tan bien llegó a la cara de su padre cuando se
separaron los labios. Significaba que estaba satisfecho, pero que no todo iba bien en el
mundo.
—Vayamos al comedor y disfrutemos de la cena en este notable día —dijo Lucius, y se
desapareció. Draco y Narcissa lo siguieron rápidamente.
Las cuatro paredes de la sala no contaban con ninguna puerta. Esta estancia estaba en el
centro de la mansión, y nadie entraba sin invitación específica de Lucius. Para sorpresa
de Draco, estaba decorada por Navidad. Largas columnas verdes con ramitas de cristal
cubrían las paredes normalmente desnudas. El gran candelabro de cristal proveía la única
luz. La mesa decorada, que Draco había visto preparada docenas de veces, había sido
reducida para cinco. Sus padres se sentaron en ambos extremos; él se sentó en el lateral
que tenía una sola silla y se quedó mirando los dos asientos vacíos.
—Sí, espero que no os importe: tengo invitados —dijo Lucius con un matiz de
satisfacción.
—Qué encantador, ha sido muy considerado por tu parte —comentó Narcissa. Draco
sabía que su madre era lo suficientemente inteligente como para no preguntar de quiénes
se trataban.
—¡Kiezy! —bramó Lucius.
Pop.
—¿Sí? ¿El amo necesita algo?
—Comunica a nuestros invitados que estamos listos y la cena está a punto de servirse.

136
—Sí, amo.
Pop.
La curiosidad de Draco estaba encendida, pero su expresión se revelaba casi aburrida.
Llegó el sonido de la aparición cuando un mago con túnica formal oscura y una bruja
vestida de lavanda llegaron. Se maldijo a sí mismo en silencio por aclararse la garganta
audiblemente al reconocerlos.
—Severus, Arianna, por favor, tomad asiento y uníos a mi familia en la celebración de
Nochebuena —dijo Lucius fríamente, toda su atención dirigida a su hijo. Lentamente, se
volvió hacia Narcissa.
—Narcissa, creo que ya conoces a Arianna.
—Sí, mi señor, y nos hemos visto bastante a menudo durante los últimos meses. —Lucius
puso cara de desagrado.
—Sí, ya me imagino que lo habéis hecho, puesto que vuestros establecimientos están tan
cerca. De verdad, Narcissa, ¿tenías que hacer algo tan ordinario?
Draco vio a la mujer que tenía delante parpadear rápidamente, consciente de haber sido
insultada.
—Sí, mi señor, todo se ha realizado con un propósito último.
Lucius alzó una ceja; Narcissa había captado su atención.
—Draco, ésta es Arianna Prince, la esposa de Severus. —Fue el turno de Narcissa de
aclararse la garganta—. ¿No sabías eso, Cissa? Dime que no los has creído primos todos
estos años. Me encuentro muy decepcionado contigo.
—Yo, sin embargo, estoy muy orgulloso de que Arianna haya guardado tal secreto —
intervino Severus, casi con un tinte de satisfacción. Draco quería coger la copa de vino
que tenía delante, pero no lo haría hasta que su padre diera el primer sorbo de la suya.
—No hemos sido formalmente presentados, pero sí nos cruzamos el mes pasado —dijo
Draco—. Es un placer conocerla. Disculpe, ¿cómo desea que me dirija a usted?
—Es mi mujer, Draco. La llamarás señora Snape.
Draco asintió.
—Es un placer, señora Snape.
La bruja sonrió, y Draco comprendió la atracción que Severus podría haber sentido hacia
ella. Era pequeña, pero aparentaba fuerza y, especialmente, digna de confianza. No es
que Draco confiara en ella ni por un momento.
—Draco, te has convertido en un hombre bastante apuesto, ¿no es así, Severus?
El profesor puso una mano sobre la de Arianna.
—Sí, Draco, tienes mucho mejor aspecto que la última vez que te vi —dijo, con aire
despectivo. Lucius soltó una carcajada.
—Draco, ¿qué demonios te ha poseído para obligarte a venir esta noche? ¿Creías que
tenía sitio para ti entre mis filas? Yo, a diferencia de tu antiguo maestro, no tengo
necesidad de compañía.
—Eso es cierto, Lucius —intervino educadamente Narcissa—. Yo siempre he estado a tu
lado.

137
La actitud de Lucius cambió en un segundo, y de pronto miró a Narcissa duramente.
—Sin embargo, mi querida esposa, yo no comparto con calaña como Kingsley
Shacklebolt. —Unos cuencos de cerámica verde con sopa de calabaza aparecieron, con
una generosa porción de crema por encima.
»Feliz Navidad, amigos y familia; creo que esta Nochebuena será una noche difícil de
olvidar. —Los demás alzaron las copas y brindaron. Draco bebió con agradecimiento el
primer sorbo del burdeos.
»Hay tantas cosas que discutir... —siguió Lucius, sarcástico—. ¿Por dónde empezamos?
Ya sé: Severus, ¿por qué no me hablaste de la transformación de mi hijo? Hemos pasado
juntos los últimos seis meses, y no llegaste a proveerme de esta información. Sigo
pensando en cuáles deben ser las repercusiones de tal insolencia.
Severus bajó su copa.
—Mi señor, sabes que estoy bajo un Juramento Inquebrantable con Narcissa.
—Sí, sí, pero eso terminó cuando nos liberaste del viejo.
—No, no lo hizo. —Severus suspiró pesadamente—. Verás, Narcissa se comportó de
forma tan astuta como suele e introdujo el término de que no debía permitir que Draco
sufriera daño alguno. Opino, y corrígeme si me equivoco, que habrías matado al lobo de
haberlo sabido. Creo que era, y es, una humillación para ti. Si hubiese permitido que eso
sucediese, yo también habría muerto.
Lucius bajó la copa y le dirigió una pequeña sonrisa pícara.
—Ya veo. Así que, una vez más, estabas sólo cuidando de ti mismo.
—¿Y eso te sorprende, mi señor? —Lucius negó con la cabeza.
—No, Severus, no lo hace. Es lo que esperaba de ti. Sin embargo, Draco, ¿por qué estás
en el hogar de Harry Potter?
—Yo también puedo contestar a eso, mi señor —intervino Severus antes de que Draco
pudiese responder—. Le envié una nota al señor Potter pidiéndole que rescatara al lobo.
Sabía que Narcissa estaba con él, y que Potter haría lo posible para conseguirlo. No se
me ocurrió una protección mejor que estar con el señor Potter y con su madre, lo que
significaba que mi vida ya no consistía en tiempo prestado. Había cumplido mi promesa.
Todos se concentraron en comer en silencio. Cuando los platos desaparecieron, Lucius se
volvió hacia Narcissa.
—Y tú, Narcissa, ¿qué haces en Grimmauld Place? No te sorprendas, sé que has estado
allí.
—No me sorprendo, mi señor. He estado ahí con el objetivo de salvar mi propia vida,
como haría todo buen Slytherin. Me ofreció santuario. Draco había fracasado en su tarea,
y yo temía que el Señor Oscuro hiciera honor a su amenaza.
De la nada apareció una pequeña ensalada con langosta y vinagreta de frambuesas.
Lucius resopló.
—Sí, eso está muy bien, pero no explica tu comportamiento reciente. ¿El divorcio,
Narcissa? Eso ha estado completamente fuera de lugar.

138
Draco vio fuego en los ojos de su padre. Observó su mano diestra atentamente; sentía los
instintos protectores del lobo hacia su madre inundarlo. Echó un vistazo sobre la mesa
hacia Severus; el otro mago evitó mirarlo a los ojos.
—Mi señor, te conozco bien, y si estoy en lo cierto, entonces mi sacrificio habrá merecido
la pena.
—¿Tu sacrificio? —escupió Lucius—. Tu sacrificio te ha dejado en la portada de El
Profeta con ese traidor a la sangre de Shacklebolt.
—Padre, permite que hable. Su razonamiento es sólido —gruñó Draco.
—Draco —Lucius se rió—, tu preocupación queda grabada, pero tu sola presencia me
hace perder los nervios. No me provoques.
—Mi señor, sabía que Severus tenía una misión de la Orden del Fénix para encontrarte.
Eso sólo significaba para mí que estabas desaparecido, y probablemente tenías razones
para creer que el Señor Oscuro probablemente fracasaría. Di por hecho que querrías
volver y ser el próximo Señor, el siguiente líder en la batalla por librar a nuestra
comunidad de los sucios sangres sucia y su calaña. Vi un fallo en tu plan, sin embargo:
ningún lado confía en ti. Necesitas que tus bienes vuelvan a la comunidad.
—Narcissa, ¿todo este cotorreo nos lleva a algún sitio?
—Sí, mi señor. Yo soy tu camino hacia el lugar que te corresponde. Me he ganado un
nombre, la gente me quiere y confía en mí; me he integrado en su sociedad. Los he
manejado como a un arpa, especialmente a Potter y Shacklebolt, quien, como sabrás,
probablemente sea nuestro próximo ministro de Magia. Y ahora dime, Lucius, ¿no te
vendría bien que yo estuviera a su lado, pasándole información sobre los cambios en tu
persona? La comunidad escucha tanto a Harry Potter como a Kingsley Shacklebolt, y
debería añadir que ninguno de los dos puede comprarse con dinero. Puede interesarte el
hecho de que ha sido a través de él y la Orden que hayamos sido capaces de reunirnos
esta noche. Estaba pensando en empezar mañana a indicar sutilmente el cambio que he
visto en ti.
Lucius dio un largo sorbo de vino.
—Muy bien, Narcissa, debo admitir que estoy impresionado, pero no me gusta la idea de
que te vendas a ese hombre, ministro o no.
—Mi señor, sigues siendo el único hombre que me ha tomado. Es la promesa lo que hace
a los hombres complacer a las mujeres, ¿no es así? —dijo ella con una sonrisa traviesa.
Los hombros de Arianna empezaron a temblar; se tapó la boca con una servilleta roja.
—Sin embargo —siguió Lucius—, seguimos divorciados.
—Lo reconozco, mi señor, pero eso también significa que puedes volver a casarte y tener
un heredero, pues nuestro hijo no cumplirá ese papel. Seguiré a tu lado, y compartiré tus
sábanas.
Los platos de ensalada desaparecieron, y llegó el plato principal: carne de venado,
patatas nuevas, y pequeñas hortalizas.
—Entonces, cuéntame, Severus, ¿qué opinas de lo que ha hecho Narcissa? ¿Debo
permitirle conservar su vida? ¿Debo permitir que vuelva a entrar en mi cama?
Severus sonrió y alzó la vista.

139
—Mi señor, opino que ha demostrado ser una digna Slytherin. Estoy ciertamente
impresionado. Como discutíamos, la caída del Señor Oscuro fue su arrogancia. La gente
te seguirá. Tienes su atención, y necesitarán una alternativa en el Ministerio cuando los
vuelva a decepcionar. Kingsley Shacklebolt puede ser un ministro formidable, pero no es
inmune a la seducción del poder; nadie lo es. Narcissa tiene razón: en este momento, la
comunidad no sabe qué pensar de ti. Creen que dejaste al Señor Oscuro, pero no
conocen tu razonamiento. El plan de Narcissa te ayudará a lograr tus objetivos. No
comentaré sobre la última pregunta; ése no es asunto mío.
—El gato no es bienvenido aquí, Narcissa —dijo Lucius, con tono neutral.
Draco sabía que su madre estaba ahora en buena posición respecto a su padre. Se llenó
la copa con más vino.
—Padre, ¿puedo preguntar qué tienes en mente para tus seguidores?
Lucius suspiró.
—No es asunto tuyo, Draco, pero se lo contaré a los demás. Severus, por supuesto, ya lo
sabe. He reclutado a docenas de seguidores en el continente. Están en lo que podrían
llamarse células durmientes; también hay en torno a una docena aquí. Bajo mis órdenes,
atacarán de manera aleatoria para librar a la comunidad, en primer lugar, de los traidores
a la sangre. Una vez ellos no estén, los sangre-sucia serán los siguientes. Por el miedo, y
sin la protección de Dumbledore, no volverán a entrar en la comunidad.
—¿Y qué hay del señor Potter, mi señor? —preguntó Arianna—. Puede no tener la
sabiduría de Dumbledore, ni tanto poder, pero es querido por la comunidad. Será una
fuerza a considerar una vez descubra que ha sido traicionado.
—Veo que has enseñado bien a tu esposa, Severus.
—No le he enseñado nada, señor.
El resto del plato principal pasó en silencio. Una vez los platos desaparecieron, Lucius
volvió a hablar.
—Veo el problema con el señor Potter; es una carta impredecible en esta partida.
Severus, tú llegaste a llevarte bien con el mocoso, ¿qué opinas? ¿Nos causará
problemas?
—Esta vez no hay profecía que lo arrastre a una confrontación, esto es, si descubre que
tú estás detrás de todo. Aunque sea fácil engañarlo, por eso de que le gusta confiar en lo
mejor de la gente, se volverá contra ti si se siente traicionado. Es tan probable que te
ataque personalmente o que lo haga a través de los medios.
—¿Y tú, Narcissa? ¿Qué opinas?
Llegó el queso stilton con trozos de pera, con nueces troceadas esparcidas por encima.
—Harry Potter no será un problema, mi señor. Sé que hemos diferido en opinión sobre
nuestro hijo, pero él solo ha hecho ahora el doble de lo que ningún otro podría hacer. No
sería inteligente dejar tal punto muerto al azar. Draco lidiará con Harry Potter.
Draco, que mordisqueaba el queso ácido y la pera, fue repentinamente consciente de que
todos los ojos estaban sobre él. Una parte de él sonrió de satisfacción. Era tan poderoso
como lo que sintió cuando logró restaurar el armario evanescente.
—Draco —dijo Lucius, arrastrando las palabras—, ¿querrías ilustrarnos en el asunto al
que se refiere tu madre?

140
—Severus está en lo cierto: la debilidad de Harry Potter es la misma que la de
Dumbledore, ve lo bueno de casi todo el mundo. Llega mucho más lejos que el viejo, sin
embargo; cree que si hay bien, puede haber amor, y que el amor y el odio no pueden
coexistir.
—Draco, ¿qué has hecho? —preguntó Severus, en voz baja. Draco echó un vistazo
rápido al hombre que una vez esperó pudiera ayudarle. Era la primera vez que sus ojos
se encontraban. Los ojos oscuros no reconocieron emoción alguna, pero fue la ausencia
de parpadeos lo que Draco reconocíó como preocupación.
Las palabras salieron de la boca de Draco sin trazas de arrogancia ni orgullo.
—Me he emparejado con él.
Fue el único momento de su vida en que dejó simultáneamente anonadados a los dos
magos que habían controlado tanto de su vida anterior. Veía a su padre combinando dos
ideas en la cabeza: la primera, que su hijo era gay; y la segunda, que un licántropo podía
influenciar, si no controlar, a su pareja.
Draco recogió la copa.
—El vínculo es fuerte, incluso he tenido que sedarlo antes de venir aquí hoy. Potter me es
leal. —Dio un largo sorbo del vino tinto y esperó con paciencia alguna respuesta. No hubo
ninguna, así que continuó:
»Tanto el Ministerio como el Señor Oscuro intentaron controlarlo, pero fracasaron y, si me
permitís añadirlo, miserablemente. A Harry Potter le importa bien poco el poder, pero se
pone las gafas color rosa cuando se trata de aquellos a quienes ama. Sería más fácil,
obviamente, controlar mi posición si se me curara. Siento curiosidad, Severus, ¿has
encontrado esa poción?
Las comisuras de los labios de Severus se curvaron.
—No, Draco, dejé de investigar el asunto una vez supe que estabas a salvo. El juramento
no me obliga a llegar más allá de ciertos límites.
—Lástima —contestó Draco—. Pensé que tú en particular habrías podido predecir este
resultado. —El comentario alivió la mirada penetrante que le estaba lanzando su padre,
pues el descontento se dirigió a Severus.
—Severus, ¿sabías que tanto mi hijo como Harry Potter eran homosexuales, y enviaste a
mi hijo a vivir con él? —escupió Lucius, perdiendo cualquier pretensión de mantener sus
emociones en orden.
Snape dirigió una mirada de reproche a Draco, que le devolvió una sonrisa; la satisfacción
de ver tanto a su padre como a Severus perder su tan reconocida compostura merecía
sufrir la degradación por la que su padre le había hecho pasar.
—Sí, Lucius, sabía que tu hijo era gay, pero nunca imaginé que él y el señor Potter
pudieran atraerse el uno al otro. El desprecio que sentían en sus días de Hogwarts debía
compensar la situación. Después de todo, el hecho de que ambos prefieran el mismo
sexo no significa que tengan que sentirse atraídos.
—Severus, ten cuidado con la manera en que te diriges a mí —advirtió Lucius—. Puedo
comprender tu insensatez, pero eso no es de mi interés. Pero cuéntame, ¿hasta dónde
llegaste en la cura de mi hijo?

141
—No hay cura —contestó Severus con satisfacción. Draco respiró hondo—. Sin embargo,
podría haber un tratamiento. Creo que podría llegar a invertir la condición, con el tiempo:
sería un lobo durante la luna llena, y humano el resto de los días.
Draco agradeció la gruesa alfombra bajo la mesa; el taconeo de sus pies no se oía.
—Eso sería aceptable —dijo, lentamente y sin una traza de la emoción que sentía.
—No creo que la decisión te corresponda a ti, Draco —dijo Severus con un toque burlón
—. No estoy seguro de que el señor Malfoy lo pueda encontrar agradable, dado que
podría llevar años.
Draco esperó la respuesta de su padre, que examinaba los ojos de todos los presentes.
—Sería aceptable; podemos mantener escondido al lobo hasta ese momento. Sin
embargo, ya no será mi heredero. Creo que me gusta bastante la idea de hacerme uno
nuevo.
Draco se llevó rápidamente la copa a los labios.
—No, no es aceptable —susurró por lo bajo. Su madre le dirigió una mirada dura por el
rabillo del ojo. Sabía que a Draco no le importaba ser el heredero tanto como el hecho de
permanecer escondido. Él le devolvió una mueca de asco.
Lucius empezó a reírse, sinceramente. Era una visión poco común para los asistentes.
—Vaya, debo decir que esta noche ha resultado ser mucho mejor de lo que esperaba.
Narcissa, te quedarás aquí esta noche, y Draco, tú puedes volver a Grimmauld Place.
Pensaré larga y profundamente sobre tu situación, pero mientras tanto, es mejor que
mantengas a Harry Potter junto a ti.
—Sí, padre. Gracias, padre. Espero ansiosamente el momento de unirme a ti.
Los platos de fruta y queso desaparecieron. Una botella de champán tomó el lugar de las
botellas de vino junto a Lucius. Las copas se intercambiaron por vasos alargados. Lucius
abrió con cuidado la botella, dejando salir el corcho sin apenas un gemido de aire
huyendo. Fue metódico al poner cada vaso a un lado y echar el líquido burbujeante. El
hecho de que fuera Lucius quien les sirviera no se perdió: él, el nuevo Señor, les daba la
bienvenida a su reino.
—Arianna, ¿te encuentras bien? Pareces un poco pálida —dijo Narcissa, mirando a la
bruja de su derecha.
El movimiento de la mano de Severus hacia la de su esposa no le pasó desapercibido a
Draco; vio el tierno apretón y un sutil asentimiento.
—Me avergüenza decir que mi estómago está algo revuelto. —Arianna se volvió hacia
Lucius—. Mi señor, no pretendo ofender, pues la cena de la que nos ha provisto ha sido
exquisita, pero suelo comer de manera sencilla. Mis disculpas, pero la riqueza de estos
manjares...
Lucius asintió.
—Lo comprendo, Arianna. Cuando volví tras mi estancia en Azkaban, me llevó un tiempo
reajustarme.
—Lucius, ¿puedo pedirle a Kiezy que le traiga un poco de té de especias? —Lucius
asintió.

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Draco observó a los comensales atentamente mientras daba sorbos al alcohol
carbonatado y esperaba que la elfina volviera con el té. El centro de mesa floral se vio
reemplazado por una larga bandeja plateada con los postres de la noche. El tronco de
Navidad(3) estaba magistralmente decorado. Las setas con merengue y hojas verdes con
arándanos, colocadas expertamente. Era, con diferencia, lo mejor que Narcissa había
hecho, y según conocimiento de Draco, el único plato que horneaba ella misma. Era una
tradición que había aprendido en el regazo de su madre. Draco olía la tarta de chocolate
desde el asiento, y el relleno de crema mocha sólo se sumaba a su anticipación por lo que
estaba a punto de probar.
Narcissa cortó un trozo para cada uno, dándole a Draco el más grande. Lucius alzó una
ceja, y ella se encogió de hombros.
—Tu hijo ansía el chocolate en su forma humana.
Lucius asintió. Los tenedores cortaron el pastel enrollado y su relleno, y se acercaron a
las bocas. Un repentino chillido de dolor vino de la boca de Arianna. Narcissa se levantó
de un salto y se acercó a ella. El ardiente té derramado le había quemado el brazo.
Severus la miró con gran preocupación.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí, es sólo una pequeña quemadura, mis manos no están muy estables. Mis disculpas
a todos.
—Nada de eso —contestó Narcissa—, esto te lo curo en un segundo. —Narcissa sacó la
varita de su túnica roja y la pasó sobre la ampolla—. Ahí tienes, amiga —dijo, tomando
asiento y cogiendo el vaso alargado.
Severus empezó a reírse. Lucius y Draco lo miraron, curiosos. El profesor de Pociones no
era precisamente conocido por su jovialidad. Tomó otro trozo de pastel, y se lo comió
lentamente antes de hablar.
—¿Cuál es la otra poción, Narcissa?
La aludida terminó su champán y dejó el recipiente vacío sobre la mesa antes de
contestar.
—Es una poción que inventó mi madre; la usaba en las tres hijas cuando nos portábamos
mal. Bella solía ser el objetivo. Se llama Bloqueo de magia negra. Impide el uso de la
magia durante un breve periodo de tiempo.
Severus volvió a reírse.
—Me parece que los diez minutos que tenemos encajarán perfectamente en ese espacio
de tiempo.
Narcissa asintió.
—No logro captar el chiste, Severus, ni por qué ibas a añadir una poción así, Narcissa —
dijo Lucius, con una mirada fulminante a su mujer.
—Ha envenenado el pastel, Lucius. Tenemos unos diez minutos hasta que tú, Draco y yo
estemos muertos —dijo Severus, llevándose la servilleta a la boca para limpiarse los
restos—. Debo admitir que no creí que fueras a hacerlo realmente. ¿Lo has planeado tú
misma?
—No, Severus, ha sido idea de Draco. Tú no eras el objetivo; era su padre a quien
deseaba matar.

143
En un momento, Lucius saltó de la silla, sobre la mesa, avanzó sobre ella y aterrizó sobre
Narcissa, lanzando a ambos al suelo. Sus manos se colocaron sobre el cuello de su ex-
mujer.
—¡No! —chilló Draco, echándose encima de su padre y tirando de los brazos de Lucius
hasta mantenerlo sujeto—. ¡No te atrevas a volver a tocarla, cabrón! —escupió—. Me has
subestimado, pero ya no más, padre, nunca más. Vas a morir conmigo, y piensa en cómo
nos dará la bienvenida el infierno a los tres. Aunque me parece que tu llegada será la más
celebrada.
—¿Por qué, Draco? ¡Está todo en nuestras manos! ¿Tan estúpido eres? —Lucius se
enfurecía mientras luchaba por liberarse. La fuerza de Draco le daba poca tregua.
—No, no soy ningún estúpido, padre; estoy cumpliendo tu sueño de hacer que el apellido
Malfoy sea uno del que estar orgulloso. Tú ibas a llevarlo al lodo una vez más. —Draco
sacó los dientes—. Odio ser un lobo, y Harry estaba equivocado, se puede amar y odiar al
mismo tiempo, porque eso es lo que siento por ti.
—Narcissa —jadeó Lucius, más débil—. Para, para esto ahora mismo. Sabes que te
quiero, sabes que me quieres.
Narcissa se echó hacia atrás en la silla y se rió.
—Oh, Lucius, el estúpido eres tú. No me has amado desde hace años. Yo, por otra parte,
creí que te amaba, y, ¿sabes por qué? Porque nos arrastraste a mí y a esta familia tan
bajo que pensé que debía quererte si me permitía a mí misma llegar hasta ahí. Pero
aprendí, mi querido esposo, que no te amaba; sólo era una bruja estúpida sin respeto
propio. Mi amor, has jodido a una bruja Black. Deberías habértelo pensado mejor.
—¿Severus? —susurró Lucius—. Te lo has tomado de todas formas, ya lo sabías.
Severus negó con la cabeza y sujetó con fuerza a Arianna, que sollozaba sobre su
hombro.
—No, Lucius, lo sospechaba, pero ya no importa, porque habría muerto en cualquier
caso, de no seguir mis sospechas y no impedir que Draco comiera. El Juramento
Inquebrantable habría reinado.
—¿Por qué? —preguntó Lucius, luchando por respirar.
—Nunca lo entenderías —susurró Severus, con voz ronca.
—Madre —dijo Draco, girando la cabeza para mirarla; su voz se debilitaba, y sus ojos se
llenaban de lágrimas—. Díselo.
Narcissa se mordió el labio inferior; sus lágrimas se juntaron con las de su hijo.
—Ya lo sabe, amor mío. Lo sabe —dijo suavemente.
Draco debilitó el agarre sobre su padre, y ambos se derrumbaron sobre el suelo. Severus
se acercó a su mujer y cerró los ojos.
—Narcissa —susurró Arianna—. ¿A quién quiere tu hijo decirle algo? ¿Y qué es lo que
sabe?
Narcissa sonrió amargamente.
—Es Harry Potter, y sabe que mi hijo lo ama. Éste es el regalo de Draco para él, para que
Harry nunca tenga que volver a enfrentarse a otro mago oscuro.

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Arianna sollozó mientras besaba a su marido, cuya cabeza caía en su regazo. Extendió la
mano hacia la túnica negra, buscó el bolsillo, y cogió dos frasquitos. El líquido era dorado.
—El antídoto al veneno —dijo suavemente—. No sabía qué planeaba Draco; él también
quería proteger a Harry Potter. Ha estado con Lucius, observando sus planes y a sus
seguidores. Lo habría matado, llegado el momento.
—Arianna, lo siento. No puedo darle a Draco el antídoto —sollozó Narcissa—. Mi hijo
deseaba morir. Debo respetar sus deseos.

Índice de contenidos

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ORO

25 de diciembre de 1999
El irritante sonido de un lamento animal arrancó a Harry de un placentero sueño en el que
volaba sobre Hogwarts con su Saeta de Fuego. Llevaba ya unas horas intentando
despertarse, pero la promesa de más sueños lo arrastraba siempre de vuelta a dormir.
Estiró la mano hacia el centro de la cama y buscó sobre el colchón para acariciar al lobo
que solía dormir a su lado. Le llevó un buen rato de búsqueda en vano darse cuenta de
que no había ningún lobo en su cama. Los lamentos venían de algún lugar en el suelo, a
su lado. Bajó el brazo hacia la fuente del sonido, y se vio atacado por unos dientes
afilados y pequeños.
—¡Au! —exclamó, y retiró la mano. Buscó sus gafas, se las puso, y luego echó un vistazo
por el lateral de la cama.
Una suave bola de peluche dorada levantaba la mirada hacia él, expectante. A pesar del
repentino escalofrío que recorrió su cuerpo cuando se acordó de qué día era, y de que
Draco y Plata se habían ido, sonrió al cachorrillo de ojos azules.
—Hola, chico, ven aquí arriba —dijo, levantando a la pequeña criatura, que llevaba un
lazo verde sobre la cabeza. Harry se lo quitó y puso al cachorro en el centro de la cama, a
su lado. Buscó el pequeño collar de cuero y se agachó para leer el nombre que tenía
escrito:Dorada.
—Así que Dorada, ¿eh? —murmuró, levantando al animal en el aire—. No eres un chico,
eres una chica —dijo, riéndose. Se imaginaba que a Draco no le habría gustado la idea de
que hubiera otro macho rondándole.
Harry dejó a la lobita sobre su regazo, donde empezó a morderle los dedos de las manos.

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—No, no, no, jovencita, morder no está permitido. Voy a darte algo que masticar. —Salió
de la cama y levantó al cachorro, dejándolo otra vez en el suelo. Después de ir al baño y
lavarse los dientes, se puso la bata y las zapatillas de andar por casa. La casa estaba
silenciosa; demasiado silenciosa. Remus seguiría durmiendo tras su transformación de
anoche, y Narcissa, si estaba en casa, si había sobrevivido, seguramente estaría en su
habitación.
Harry sujetó a Dorada mientras bajaban las varias tandas de escaleras. No estaba seguro
de cómo había subido ella, ni cómo había pasado por la trampilla, pero su intento de bajar
sola tuvo a Harry haciendo piruetas para volver a cogerla antes de que tropezara. Le
gustaba el tacto de su pelaje suave. Sabía que sus ojos cambiarían de azul a dorado
cuando creciera, pero ahora mismo era una monada.
Se paró en seco cuando entró a la cocina por la puerta lateral; estaba hecha un desastre.
Platos sucios, tazas, copas y sobras de comida cubrían la mesa. Ni siquiera podía
imaginarse lo que había pasado la noche anterior. Sabía que estaba cabreado con Draco
por haberlo drogado, pero había poco que pudiera hacer al respecto a estas alturas. Lo
más confuso de todo era el olor. El aroma era de humo fuerte, como si los que estuvieron
en la cocina anoche vinieran de un edificio ardiendo, y Harry tuvo un flash-back del
callejón Diagon.
Dejó a Dorada en el suelo y abrió la puerta trasera para dejarla pasear entre la niebla y el
frío de la mañana, mientras él llenaba un cuenco de agua. Estaba a punto de llamar a
Dobby para preguntar qué había pasado, pero decidió investigar en la sala de estar antes.
Un sentimiento de inquietud lo recorrió. Abrió con cuidado las puertas y no vio nada
sospechoso aparte de más regalos bajo el árbol, y la mesa de café cubierta de papeles y
envoltorios. O Tonks había dejado el desorden, o había sido Narcissa. Esperaba que fuera
Narcissa.
Vio un pequeño envoltorio dorado con un lazo plateado, colgando en una rama a media
altura del árbol de Navidad. Se acercó al árbol; el olor a humo superaba incluso el aroma
del pino. Un sonido de respiración agitada lo sobresaltó; se volvió, y vio a Narcissa
durmiendo en el sofá. Casi dio un salto: tenía un aspecto horrible. Su pelo estaba hecho
una maraña, y su rostro, manos y ropa estaban cubiertos de lo que parecía hollín. En las
manos tenía la edición matinal de El Profeta. Sólo se veía la contraportada, con
publicidad.
Harry no tuvo corazón para despertarla, pues estaba roncando suavemente. Tuvo que
sonreír cuando gimió un momento y luego se puso de lado. Cogió una manta de la parte
de atrás del sofá-cama y la cubrió; ella se acurrucó entre las cálidas cubiertas. Harry se
giró hacia el árbol y examinó el pequeño paquete. Sabía que era de Draco; la etiqueta
tenía escrito el nombre de Harry, y conocía la letra perfecta de su pareja. Le dio la vuelta a
la etiqueta, y dejó escapar un pequeño sollozo.
Te quiero,
Draco

Harry cogió el paquete de la rama; le cabía en la palma de la mano. Rompió el lazo y el


envoltorio, y encontró una nota pegada a la tapa de la caja dorada. Plata dijo que
necesitaríamos esto, pero sólo si tú quieres. Las manos de Harry empezaron a temblar
cuando levantó la tapa, emitió un jadeo ahogado, y cayó sobre sus rodillas. Sus dedos
recogieron dos anillos dorados. Respiró hondo, asustado de dejar que sus pensamientos
derivaran hacia el peligroso territorio de la esperanza.

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—¿Lo has abierto? —llegó un susurro cansado desde el sofá.
Harry se giró para ver la dulce sonrisa de Narcissa. Tenía los ojos hinchados y
enrojecidos. Entonces vio el moretón en su cuello.
—Está... ¿Está vivo? —preguntó Harry, sin llegar a creerse las palabras que salían de su
boca.
—Sí —dijo ella, con voz afectada.
—Oh, Dios mío. —Harry sintió que las rodillas no le aguantaban. Volvió a dejar los anillos
en la cajita, se llevó dos dedos a la boca, y silbó más fuerte de lo que había silbado
nunca.
—¡Señor Potter! —lo regañó Narcissa, y él le dirigió una sonrisa canalla.
—Lo siento, pero necesito ver a mi Plata. Dorada es una monada, pero...
—Pero, ¿qué? —llegaron las palabras arrastradas de la puerta abierta—. Te lo juro,
Potter, ésta es la última vez que acudo cuando silbas.
—¿Draco? —susurró Harry. Empezó a marearse, y se apoyó sobre los talones.
—Vaya, Harry, parece que has visto un fantasma —dijo Draco, acercándose a coger una
bolita de pelo dorado que campaba a sus anchas por la alfombra y el suelo de madera.
—Tengo que decir que si eres un fantasma, eres uno bastante desarreglado. —Harry no
pudo evitar la sonrisa que cruzó su cara. Draco parecía tan agotado y sucio como
Narcissa. Su pelo sólo podía ser descrito como salvaje, pero aun así, pensó que Draco
nunca había tenido mejor aspecto. Se levantó del suelo y atravesó la sala corriendo.
Draco sólo tuvo un momento de aviso, y se preparó cuando Harry saltó a sus brazos y
envolvió las piernas alrededor de sus caderas. Draco emitió un pequeño gemido,
levantando a Harry y sujetándolo con fuerza por la cintura. La boca de Harry se estrelló
contra la del rubio. Su cuerpo y su mente procesaban el sabor, el olor y las emociones a
velocidad récord. ¡Draco estaba aquí! ¡Draco estaba vivo! ¡Draco era humano!
—Por el amor de Dios, Potter, deja que el chico respire.
Harry se quedó helado. Draco bajó con suavidad sus piernas hasta dejarlo en el suelo,
pero siguió apretándolo con fuerza. Esa voz, ese tono... los reconocería en cualquier
parte. Echó un vistazo por encima del hombro de Draco.
—¿Severus? —susurró.
El mago parecía estar en tan mal estado como los otros y la bruja que tenía al lado, a la
que reconoció como la propietaria de Pequeñas pociones. Harry se separó con cuidado
de Draco, y empezó a dar saltitos sobre los talones, gritando "¡lo sabía, lo sabía, lo sabía!"
Los ojos oscuros brillaron, contrastando con la mueca que cruzó la cara de Severus.
—¿Qué sabías, Potter? ¿que estaba vivo?
Harry se detuvo.
—No, Severus, creía que habías muerto, pero sabía que no te habías rendido al Lado
Oscuro.
Severus resopló.
—Señor Potter, estoy seguro de que eso es un intento de halagarme, pero ha fracasado.

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Harry se echó a reír y corrió hacia el mago al que una vez detestara. Estiró los brazos y lo
abrazó con fuerza. Severus se quedó tenso como una roca, pero consiguió darle una
palmadita a Harry en la espalda.
—Yo también me alegro de verte, Harry.
Oyó una suave risa procedente de la mujer junto a ellos. Harry se separó de Severus.
—Gracias —le dijo a la mujer, pero ella se rió suavemente.
—No, señor Potter, soy yo quien debe agradecérselo a usted.
Harry se la quedó mirando, extrañado.
—Harry —dijo Severus con seriedad—, me gustaría presentarte a mi esposa, Arianna
Prince.
—¡Ni de coña! —exclamó Harry, sin pensar—, ¡es tu prima!
—No, no lo es; llevamos casados casi veinte años. Fue necesario mantenerla escondida,
por razones que conoces muy bien.
La cara de Harry volvió a iluminarse con una sonrisa aún mayor, y alargó la mano.
—Es un placer... Lo siento, no sé cómo llamarla.
—Señora Snape servirá por ahora, pero una vez nos conozcamos mejor, Arianna estará
bien —contestó ella, estrechando su mano. Harry se dio cuenta de que también la tenía
cubierta de hollín.
Soltó la mano y volvió rápidamente junto a Draco.
—Vas a pagar por drogarme anoche.
Draco pasó un brazo sobre los hombros de Harry, acercándolo hacia sí.
—Créeme, Potter, no te habría gustado estar en un radio de un kilómetro de nosotros
anoche. Lo siento, pero...
Harry lo detuvo a mitad de frase con otro beso. Sus manos intentaron enredarse en la
larga melena rubia, pero los enredos restringían el movimiento de sus dedos. Las manos
de Draco recorrieron la espalda de Harry; el contacto con Draco, sus besos, su pequeño
gemido, relajaron cada músculo que llevaba tenso desde esa mañana en el cuerpo de
Harry.
—Narcissa, por favor, dime que no son así todo el tiempo —pidió Severus, cogiendo la
mano de Arianna entre las suyas y sentándose junto a la madre de Draco en el sofá.
Narcissa se enderezó y le echó la manta por encima a Arianna.
—No tengo ni idea, la verdad es que no los he visto juntos desde la primera noche. Lo
encuentro bastante entretenido, sin embargo.
Draco se retiró del beso y guió a Harry hacia la silla junto al fuego. Se inclinó sobre la
mesa, cogiendo los anillos al pasar. Se sentó en la silla acolchada y tiró de Harry hasta su
regazo. De pronto, el moreno se sintió muy consciente de su cuerpo, y se ajustó la bata
para asegurarse de que todo estaba cubierto.
—Bueno, ¿quién va a contarme lo que pasó anoche? —preguntó Harry, paseando la
mirada por los presentes. Todos los ojos estaban sobre ellos—. ¿Qué?
—Nada, Harry, sólo es peculiar verte sentado en el regazo de Draco —contestó Severus,
negando con la cabeza.

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Harry estaba a punto de responder cuando oyó un gemidito a los pies de Draco. Se
agachó y levantó a la pequeña loba, que se paseó por la bata hasta tumbarse en su
regazo y disponerse a echar la siesta. Harry sentía la risa resonando desde el estómago
de Draco.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí, pero no puede reemplazar a Plata.
Draco estiró una mano y acarició la cabecita de ojos soñolientos.
—Tendrá compañía la próxima luna llena.
Los ojos de Harry se iluminaron.
—¿Una inversión? —preguntó, emocionado. Draco se rió con más fuerza.
—¡Merlín! Madre, Severus, ¿os podéis creer que este idiota quiere que me transforme en
lobo?
Harry dio un pellizco juguetón en el brazo de Draco.
—Eso es porque Plata me escucha. ¿Con quién voy a hablar ahora, y contarle todas mis
tribulaciones?
—Conmigo, imbécil —contestó Draco, y su mano se movió de Dorada hacia las piernas
dobladas de Harry.
—Ni lo intentes —le susurró Harry al oído, y dio un rápido lametón a la oreja de Draco.
—Bueno, ¿y qué te ha parecido el regalo que has desenvuelto sin preguntar? —dijo
Draco, con tono de reproche. Harry deseó de pronto estar a solas con él, pero también
era verdad que no quería volver a ver cómo Severus se iba.
—Me parece que Plata es un lobo muy listo.
Draco buscó la mano izquierda de Harry.
—Bueno, entonces me parece que deberías llevar esto —dijo, deslizando un anillo de oro
en el dedo de Harry.
La sala quedó en silencio mientras Harry cogía el otro anillo de la mano de Draco y se lo
colocaba a su pareja.
—Sí, creo que sí —dijo. Draco apretó el brazo alrededor de sus hombros con más fuerza,
acercándolo hacia sí, y luego se besaron. Harry supo en unos segundos que este beso
debería quedar relegado al ámbito privado. Sentía la erección de Draco crecer bajo él, y
sabía que esto se iba a convertir en algo embarazoso dentro de poco. Se alejó de mala
gana, cogió la manta del respaldo de la silla y cubrió a la loba y su cuerpo rápidamente.
Miró a los tres adultos en el sofá con gesto inocente—. ¿Qué?
—Si lo de anoche no me mató, seguro que lo hace estar cerca de vosotros dos —dijo
Severus con tono despectivo. Harry no se lo tragó, y le sacó la lengua. Severus miró hacia
su mujer—. ¿Por qué diablos se me ocurrió que merecía la pena salvarlo?
Arianna le dio un golpecito en la rodilla.
—Porque, querido, él fue el único que vio y confió en quien eres realmente.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Draco, mientras su mano se deslizaba bajo la
manta y cubría la rodilla de Harry. El moreno no estaba seguro de cuánto más podría
aguantar si el pulgar de Draco seguía acariciando la parte baja de su rodilla.

150
Severus bostezó de forma poco característica, y el sonido recorrió toda la habitación.
—Quiere decir que el mocoso que está sentado en tu regazo nunca me pidió nada. Ni
juramentos, ni promesas, ni tratos; vio algo en mí cuya existencia casi había olvidado yo
mismo.
—Vio tu alma, ¿verdad, Severus? —susurró Narcissa, y Severus asintió sombríamente.
—Sí.
—También vio la mía, y entonces me di cuenta de cuánto había sufrido con el paso de los
años —confesó Narcissa en voz baja, aún ronca. Draco miró a Harry, interrogante.
—No los poseíste, ¿verdad?
Harry se quedó mirando a Draco y soltó una risa corta.
—Hostia, ¡no! No tengo ni idea de lo que están hablando. —Luego descansó la cabeza
sobre el pecho de Draco. Seguía sin creerse que aquello era real; tenía miedo de
despertar en cualquier momento y descubrir que había sido un sueño. Su pulgar izquierdo
no paraba de acariciar y girar el círculo dorado en su dedo anular. Respiró hondo cuando
sintió la mano de Draco sortear la bata sobre sus piernas y empezar a acariciarle el
muslo. Aquello era muy injusto. Necesitaría proporcionarles una distracción.
—Bueno, no quiero ser grosero, ¿pero por qué tenéis todos pinta de no haber dormido y
haber sobrevivido a un fuego? La casa huele a humo.
—Hemos ido al infierno y hemos vuelto, ésa es la razón, Harry —contestó Narcissa, y
levantó El Profeta—. ¿Quieres oír la historia real o la oficial?
Harry se enderezó para mirar los titulares y la imagen; tanto el lobo como Draco
protestaron.
—¡Oh, Dios mío, Narcissa! ¿Resplandor se ha derrumbado? —chilló Harry.
—Sí, Harry, ya no está, pero su desaparición no ha sido en vano. Verás, sin que yo lo
supiera, mi ex-marido vino a visitarme anoche, bien tarde, mientras mi hijo y yo
estábamos con nuestros buenos amigos en el bar para tomarnos algo en Nochebuena.
Lucius no sabía que la tienda estaba tan bien protegida, y fue atacado por una ligresa que
lo tomó por intruso. En un intento por quitarse a la ligresa de encima, lanzó unos cuantos
hechizos al azar que iniciaron un fuego en la tienda. Minnie escapó por los pelos; la pobre
tiene los bigotes chamuscados.
Harry sacudió la cabeza, incrédulo; ésta era, obviamente, la versión oficial.
—¿Y Lucius?
—Abrasado hasta ser irreconocible. Draco y los aurores que estaban de guardia anoche
intentaron rescatarlo, pero era demasiado tarde. El funeral será dentro de tres días. Habrá
una ceremonia privada —declaró, sin una pizca de tristeza—. Como puedes ver, llevo
toda la noche llorando por la pérdida.
Harry se volvió hacia Draco y miró directamente sus ojos enrojecidos por el cansancio.
—¿Estás bien con lo de tu padre?
Draco le sonrió.
—Sólo tú, Potter, podrías preguntar eso. Estoy bien. Ayudaré a enterrar al mago, y haré
luto por el padre que podría haber sido.

151
Harry retiró una mano de debajo de la manta y limpió una mancha negra de la mejilla de
Draco.
—Vale, pero siento que tuviera que llegar a eso. —Draco acercó la cara a su mano y la
besó suavemente.
—Lo sé.
Harry rompió despacio el contacto visual con Draco y se volvió hacia Narcissa.
—¿Puedo ver el periódico?
Ella se lo pasó. Harry se limitó a sacudir la cabeza cuando vio la imagen de la tienda
ardiendo hasta los cimientos. La verja blanca había sobrevivido.
Luego leyó los titulares y el artículo.

Tragedia en Nochebuena
Lucius Malfoy fallecido
por Rita Skeeter
En lo que sólo puede describirse como una tragedia navideña, Lucius Malfoy
murió anoche en el establecimiento Resplandor del Mercado, propiedad de su
ex-mujer, Narcissa Black. Narcissa Black estaba completamente destrozada
por la noticia cuando concedió a esta reportera una entrevista exclusiva al salir
del Ministerio de Magia esta mañana. Ella, junto a su hijo, Draco Malfoy, y
Severus Snape, fueron arrestados por cargos no relacionados con el incidente.
Todos han quedado en libertad, pendientes de juicio. En lo que sólo puede
verse como ironía, todos ellos están sometidos a arresto domiciliario, lo que en
este caso significa que Narcissa, Draco y Severus vivirán durante las próximas
semanas con Harry Potter.

Narcissa Black explicó las circunstancias lo mejor que pudo a pesar del velo de
lágrimas que caía de su rostro. Su hijo, Draco Malfoy, y su mentor, Severus
Snape, que han sido fugitivos desde la muerte del director de Hogwarts Albus
Dumbledore, regresaron a Gran Bretaña hace dos días. Ella los alojaba en su
piso, en la parte superior de su tienda de velas. Lucius Malfoy, también fugitivo,
la contactó el día anterior solicitando que la familia pasara la Nochebuena
unida. Ella le informó felizmente de que Draco estaba en casa. Lucius quedó
encantado, y le dijo que era hora de que los Malfoy pagaran su deuda pasada.
Iba a entregarse en el Ministerio de Magia, y pidió que su hijo hiciera lo mismo.
Narcissa sollozó al explicar que no esperaban a Lucius hasta la mañana de
Navidad.

En Nochebuena, Narcissa, Draco y Severus fueron a la tienda de Pequeñas


pociones para sorprender a Arianna Prince, a quien todos nosotros creíamos
prima del antiguo profesor de Pociones. Según se ha desvelado, Arianna ha
sido la esposa de Severus Snape durante casi veinte años. Me avergüenza
admitir que no he descubierto nunca esta golosina informativa. Narcissa
reservó entonces una habitación privada en el bar local, y los otros se
reunieron con ella para una pequeña celebración de Navidad.

152
Todos se sorprendieron cuando oyeron una explosión. La camarera pronto
entró a la sala y le dijo a Narcissa que su ligresa, Minnie, estaba en el bar y
parecía estar herida. Narcissa se echó a llorar cuando le contaron que Minnie
tenía sangre en el bigote y las patas delanteras, y sus bigotes estaban
chamuscados. En este punto de nuestra entrevista, Draco Malfoy salió del
Ministerio y abrazó a Narcissa, que sollozó en el hombro de su hijo. Debo
deciros a todos que Draco ha crecido hasta convertirse en un joven muy
atractivo, a pesar de que todo su atuendo y su rostro estaban cubiertos de
cenizas. Draco siguió contando los eventos de la noche, puesto que su madre
estaba ya demasiado traspuesta.

Por lo que se puede deducir, Lucius Malfoy quería sorprender a su ex-mujer y


su hijo en Nochebuena. No era consciente de que ninguno de ellos estaba en
su hogar, ni de que una ligresa protegía la tienda. La ligresa, Minnie,
aparentemente agredió e hirió a Lucius. Él intentó defenderse con un
hechizo Incendio, comenzando así el fuego. Minnie escapó de las llamas, pero
dejó al mago herido ardiendo. El grupo de brujas que estaba en ese momento
en el bar del Mercado corrió a la tienda para encontrar al Jefe de Aurores
Shacklebolt y a la auror Tonks ya intentando apagar el fuego y rescatar a
Lucius Malfoy. Todos se dispusieron a colaborar en la tarea, y Draco incluso
entró al edificio en llamas para salvar a su padre. Encontró el cuerpo y lo
arrastró a la calle. Era demasiado tarde.

Draco Malfoy y Severus Snape se entregaron entonces a los aurores por sus
delitos pasados. Narcissa fue arrestada por dar cobijo a los dos magos
buscados por la ley. Conseguí deducir que Draco había estado viviendo en
Francia, sufriendo la temida fiebre de dragón desde su escape. El abuelo de
Draco, Abraxas Malfoy, murió por esta enfermedad, y aparentemente el virus es
especialmente peligro para la dinastía Malfoy. Severus Snape era el único que
conocía la condición de Draco, y lo visitaba a menudo para tratar la
enfermedad. Sólo en las últimas semanas ha llegado Draco Malfoy a la
completa recuperación.

Narcissa Black rogó entonces a su hijo que la llevara a casa. Ha estado


viviendo con Harry Potter desde la noche posterior al funeral de Albus
Dumbledore; él le ofreció santuario.

Kingsley Shacklebolt salió del Ministerio con Severus Snape y la mujer de éste,
Arianna Prince. El Jefe de Aurores dijo que los juicios de Severus y Narcissa
revelarían que trabajaron duramente para ayudar a Harry Potter durante la
guerra. Ya sabíamos, por el discurso bañado en licor de Harry Potter en la
Ceremonia de la Orden de Merlín, que Narcissa ejerció de enfermera para
muchos heridos durante la guerra. El Jefe de Aurores también cree que Draco
no irá a juicio, puesto que sus delitos fueron cometidos cuando era un mago
menor de edad, y fue obligado a seguir las órdenes de Voldemort mediante
amenazas a su familia. Se administró Veritaserum a Draco para validar la
información recibida.

La única alegría en el seno de esta tragedia es la que conseguí vislumbrar


antes de que todos ellos se desaparecieran: Nymphadora Tonks entregó a

153
Draco Malfoy un formulario de certificado matrimonial. Desgraciadamente, no
pude llegar a ver quién es la bruja afortunada. Sin embargo, puedo decir que
recibirá una agradable sorpresa de Navidad.

El funeral de Lucius Malfoy se celebrará el día veintisiete de este mes en la


cripta Malfoy, dentro de la propiedad Malfoy en Wiltshire. Será una ceremonia
privada, pero me esforzaré por acercaros a la aflicción de aquellos que asistan.

Harry dejó lentamente el periódico sobre su regazo y miró los ojos soñolientos que lo
rodeaban.
—Yo... yo... ¿Cómo terminó Lucius en Resplandor?
—Madre y yo lo llevamos hasta allí, ya que las barreras aún nos dejaban pasar, una vez
Severus y yo nos recuperamos del veneno —respondió Draco. Harry giró la cabeza
rápidamente hacia él.
—¿Qué es eso de que os recuperasteis del veneno? —dijo Harry, tan fuerte que sacó a
los otros tres de su aturdimiento. Harry siguió hablando con incredulidad—: Si Severus
estaba en la Mansión, ¿por qué tomaste el veneno? —Luego se giró hacia Narcissa—. ¿Y
por qué los envenenaste a los dos?
—No culpes a mi madre, Potter. Sabía lo que estaba haciendo, y Severus también. Sólo
teníamos distintas razones para hacerlo.
Harry miró a Draco como si estuviera loco.
—Fue una cena larga, Harry, y cada uno de nosotros tenía que actuar un papel para que
mi padre nos creyera. Pero lo hicimos un poco demasiado bien: yo pensé que Severus se
había unido a mi padre y, hasta que servimos el tronco de Navidad, incluso tuve dudas
acerca de mi madre.
Severus se rió por lo bajo.
—Ya, y no te olvides de tu papel, Draco. Tenías a Harry maniatado, como un costillar listo
para ser presentado ante tu padre en una bandeja de plata.
Harry se quedó con la boca abierta.
—¿Perdón?
Draco se frotó la frente y los ojos.
—Prometo que te contaré todo lo que ha pasado más tarde, pero sólo nos estábamos
comportando como verdaderos Slytherin.
Harry lanzó una mirada escéptica a Narcissa.
—¿Cómo pudiste? —Una arruga de tristeza cruzó su frente.
—Severus dijo que podría haber un tratamiento, pero que había dejado de buscarlo, y
podrían pasar años antes de encontrarlo. Draco dijo que eso era inaceptable. Tuve que
hacerlo, Harry; era lo que él deseaba.
La mente de Harry era un borrón; apenas se le ocurría nada coherente que preguntar
mientras intentaba procesar la locura de lo que oía. Miró a Arianna, que se había quedado
callada todo el tiempo.

154
—¿Estaba usted allí?
—Sí, estaba allí. Puesto que Narcissa me había comprado a mí el veneno, sabía que iba
a usarlo, pero no sabía con quién. Mis sospechas eran que intentaría derribar a Lucius
algún día. Incluso pensé que tal vez lo querría para Harry Potter. Pero fue su comentario
anoche, antes del postre... Dijo que yo parecía enferma, aunque no lo estaba, y fue
entonces cuando me di cuenta de lo que pretendía. Severus me apretó la mano, y me di
cuenta de que él también iba a seguir adelante con su plan. No confiaba en Narcissa, y no
se fiaba demasiado de Draco. Quería protegerte a ti, Harry. Supimos entonces que
Narcissa pretendía asesinar a su hijo y su marido. No fue hasta que el veneno estuvo
repartido cuando descubrimos la verdadera lealtad de Draco. De hecho, lo que
descubrimos fue que todos nosotros sentimos lealtad hacia usted, señor Potter.
Harry suspiró.
—¿Y qué pasó entonces?
—Bueno, Lucius se puso hecho un basilisco e intentó estrangularme; Draco lo sujetó
hasta que el veneno hizo efecto. Antes de que todos perdieran la consciencia, Draco me
pidió que te dijera lo que sentía. Entonces, Arianna sacó dos frascos del antídoto al
veneno. Le dije que no, que Draco no quería seguir viviendo como un lobo. Fue entonces
cuando me habló de la poción en la que Severus llevaba seis meses trabajando. Estaba
en su tienda.
—Os dais cuenta de que estáis todos locos, ¿verdad? —dejó escapar Harry—. Todo esto
podría haberse resuelto si hubierais hablado antes.
Severus contestó fríamente.
—Señor Potter, no habríamos podido saber quién decía la verdad. Todos sospechábamos
de todos los demás. Todos queríamos protegerlo a usted.
—¡Por el amor de Dios! Podríais haber venido a hablar conmigo. Yo confiaba en los tres,
podría haberos dicho que todos erais unos magos y bruja increíbles. Joder, ¡casi os
matasteis!
—Bueno, tú tenías dudas sobre mí, Harry —dijo Draco con una sonrisa. Harry le devolvió
una mirada de odio.
—Sí, pero tú y yo no tuvimos muchas oportunidades de hablar. Además, no duró mucho.
—Harry tragó saliva cuando la mano de Draco volvió a tomar posición bajo las mantas,
esta vez bastante más arriba—. ¿Y dónde está Minnie?
—Está en mi tienda. Ella y nuestro maravilloso perro, Sanson, se llevan bastante bien.
Cuidaré de ella cuando vuelva a casa, pronto.
—Esa bestia es mitad gárgola, Arianna —mencionó Severus con desdén.
—Esperad, ¿por qué se queda Severus aquí y no contigo? —preguntó Harry. Narcissa rió.
—Su certificado matrimonial está en los archivos y el Ministerio está cerrado por
vacaciones, aparte de las emergencias. Tonks consideró que vuestro certificado era más
urgente.
—Lo es —añadió Draco con una sonrisa casi pecaminosa—. No estoy seguro de cuánta
plastilina de Potter puedo aguantar.
Harry saltó del regazo de Draco, se cubrió rápidamente con la bata, y Dorada bajó al
suelo de un salto.

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—Pagarás por ese comentario, Draco. Y ahora, ¿por qué no os dais todos una ducha y
dormís un poco? Yo limpiaré la cocina y hablaré con Dobby de la cena. No creo que
vayamos a cenar con los Weasley... Ay, mierda, a Remus le va a dar un ataque por vivir
aquí con tanto Slytherin.
Severus se levantó despacio; Harry se dio cuenta de que los últimos seis meses se
habían llevado mucho de él. Sabía que habría más conversaciones sobre Lucius.
—Sobrevivirá, por mucho que me pese. Creo que voy a darme una ducha y una larga
siesta. Arianna, ¿vienes?
—Severus —dijo Harry con suavidad—. Bienvenido a casa.
—Es bueno estar en casa, Harry —contestó el ex-profesor con un ligero asentimiento.
Narcissa se desenroscó del sofá y se puso en pie muy lentamente. Lucius debía de
haberle hecho bastante daño anoche, según deducía Harry de sus gestos pausados.
—Narcissa —la llamó cuando ya llegaba a la puerta—, eres una bruja increíble.
Ella se giró para guiñarle un ojo.
—Una bruja Black, cariño. Feliz Navidad, Harry, Draco.
—Feliz Navidad, madre.
—Feliz Navidad, Narcissa.
Draco tiró de la mano de Harry para hacer que volviera a sentarse en su regazo. Él se
dejó caer felizmente, y los brazos de Draco volvieron a rodearlo. Descansó la cabeza
sobre su hombro y se quedaron en silencio. La mirada de Harry pasaba del anillo en su
mano al rincón bajo el árbol donde Dorada dormía. Sólo habían pasado unos minutos
cuando oyó la respiración de Draco hacerse más lenta y profunda. Harry lo miró y sonrió
al ver la cabeza de su prometido echada hacia un lado, y su boca ligeramente abierta.
Pronto empezaron los suaves ronquidos.
Harry los apareció a su cama. Sabía que Draco habría preferido ducharse antes, pero eso
podía esperar. Tenían tiempo, tiempo para aplazar las cosas. Desvistió al otro mago con
cuidado y le puso las mantas por encima. Se tumbó a su lado y se quedó mirando su
rostro relajado. Le golpeó entonces la idea de que ése sería el rostro con el que se iría a
la cama cada noche y junto al que se despertaría cada mañana. Besó la frente de Draco
antes de salir de la cama para darse su propia ducha. Se detuvo junto a la mesita para
buscar ropa limpia y vio la vela morada. Se la quedó mirando un momento antes de
susurrarlo: Lumos.

Era casi de noche cuando Harry volvió a Grimmauld Place para la cena de Navidad. Los
Weasley entendían que tenía una casa llena de invitados de los que cuidar. Era el tema
de conversación más comentado dEe la tarde cuando Harry, Remus y Tonks llegaron con
los regalos. Harry sólo había tenido unos momentos para hablar con Remus, pero Tonks
le había dejado las bases preparadas. Aún parecía un poco cansada. Ambos le felicitaron
por su compromiso, y supo que ambos lo sentían de veras.

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Harry procuró ver a Ron a solas y contarle toda la historia. No creía ser capaz de olvidar
la mirada en los ojos de su mejor amigo cuando le enseñó el anillo: era una mirada de
pura aceptación y alegría. A Ron le faltaron las palabras, pero sabía que el pelirrojo
entendía que Harry había encontrado algo de paz en el mundo, y eso era muy valioso.
Narcissa había olvidado mencionar antes que se había traído a Grimmauld Place a Kiezy,
su elfina doméstica favorita en la Mansión. Entre ella y Dobby, la casa estaba reluciente
cuando Harry llegó, y el ganso estaba cocinándose con todos sus complementos. El olor a
humo había desaparecido, reemplazado por los aromas típicos de la Navidad.
La casa estaba silenciosa, y Harry se rió para sí pensando que todos los Slytherin
estaban metidos en sus camas. Pronto los despertaría para cenar y abrir regalos. No
podía evitar sentirse decepcionado por no tener regalos para la mayoría de ellos. Molly lo
había mandado a casa con un pastel de crema de chocolate y tarta de melaza para el
postre. Sabía cuál de los dos sería la elección de Draco.
Entró en su habitación, que estaba oscura y fría. La única luz era la de la vela. Soltó los
regalos de los Weasley y encendió el fuego. Vio que en algún momento del día, Draco se
había duchado y había cambiado las sábanas, o tal vez le había pedido a uno de los elfos
que lo hiciera. No pudo resistirlo; se quitó los zapatos y calcetines y se tumbó en la cama
junto a Draco. Se encontró mirándolo embobado una vez más. Siempre había pensado
que la nariz de Draco era perfectamente recta, pero ahora sabía que tenía una ligera
inclinación hacia la izquierda. Los pómulos altos y las largas pestañas que descansaban
sobre ellos eran pura herencia aristocrática. Harry se sobresaltó cuando los párpados se
abrieron de golpe, dejando entrever unas pupilas completamente dilatadas que le
devolvieron la mirada.
—Únete a mí —susurró Draco. Harry sonrió.
—¿Eso es una orden o una petición?
Draco levantó un brazo y, poniendo la mano tras la nuca de Harry, tiró de él hacia sí.
—Ambos —contestó, antes de unir sus labios. La suavidad del corto beso lo dejó
necesitado de más—. Tenemos que hablar —dijo Draco, con tono serio.
El estómago de Harry dio un vuelco; su escasa experiencia previa con las relaciones le
había permitido aprender que tener que hablar nunca era buena señal.
—¿Sobre qué? —preguntó, vacilante.
La expresión de Draco era sombría.
—De la boda. Sabes que nunca te obligaría a ello. No creí que viviría para ver este día. —
Harry se mordió el labio inferior. No estaba seguro de querer oír más, pero Draco
continuó.
»Apenas nos conocemos, Harry. Ni siquiera sé cuál es tu color favorito, o tu postre.
Harry no podía soportar el terror. Sólo había una cosa importante en ese momento.
—Draco, ¿amas a la parte de mí que conoces?
Draco sonrió, adelantando una mano y apartando el pelo oscuro que había caído frente a
los ojos de Harry.
—Sí, pero... —Harry lo detuvo presionando dos dedos contra sus labios.

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—Calla, nada de peros. Estoy cansado de la ansiedad, cansado de no saber cómo van a
salir las cosas, y de temer lo que está por venir. Draco, ¿no lo ves? Tenemos el final que
los dos queremos, y ahora tenemos el resto de nuestras vidas para rellenar el interior.
Draco besó los dedos de Harry antes de retirarlos de su boca.
—Sabes que la gente pensará que te he hecho algo para obligarte a que te cases
conmigo.
Harry resopló.
—Como si me importara una mierda lo que piensen. Tú y yo sabemos la verdad y, dentro
de unos años, otros también la sabrán.
La cara de Draco se relajó. Sus ojos plateados se iluminaron.
—Entonces, ¿estás seguro de que quieres esto? —Harry asintió.
—Completamente.
Una sonrisa traviesa se extendió por el rostro de Draco.
—¿Y eso de rellenar el interior incluye que yo me corra dentro de ti?
Harry se rió.
—Sí, pero de vez en cuando me parece que habría que invertir eso. —Draco alzó una
ceja.
—Creo que eso puede arreglarse. Tal vez podríamos reservarlo para la noche de bodas.
—Bien, porque querré tomarme mi tiempo, y ahora mismo tenemos que prepararnos para
la cena.
Draco sonrió.
—Pueden esperar —contestó, y empezó a abrir el cinturón de Harry.
Harry se metió bajo las mantas una vez desnudo. El largo cuerpo que lo cubría hacía que
todo el dolor de otros tiempos se redujese. Miró fijamente los ojos plateados con motas
doradas; ya nunca tendría que volver a apartar la vista. Éstos eran sentimientos que los
amantes compartían con los ojos abiertos.

Harry no recordaba una cena de Navidad más interesante. En la Madriguera, la cena era
ruidosa y estaba llena de risas y travesuras estúpidas. En Grimmauld Place, con todo
lleno de Slytherins, era sencillamente raro. Eran demasiado silenciosos, demasiado
formales, y las conversaciones quedaban demasiado forzadas. Tendría que cambiar, y
Harry insistiría para que cambiara. Sin embargo, ésta era su familia, y los quería
muchísimo a todos.
Se sentían llenos con la cena y estaban descansando en la sala de estar mientras abrían
los regalos. Harry les prometió que les conseguiría más regalos para el día de San
Esteban (4). Todos le dijeron que no importaba y que se callara la boca.

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Los envoltorios y lazos desaparecieron después de que Dorada destrozase todo lo que
pudo. Harry se ajustó la bufanda tejida en dorado que Arianna le había dado. Tendría que
recordar decirle a Draco que su color favorito era el dorado.
Los elfos domésticos trajeron el pastel de chocolate y la tarta de melaza con platos y
tenedores para todos. Narcissa se levantó del sofá y salió con prisas, para pronto regresar
con su tronco de Navidad en una bandeja de plata. Lo dejó en la mesa junto a otros
postres; Draco, Severus y Arianna se la quedaron mirando horrorizados cuando empezó a
cortar porciones.
Draco y Severus eligieron el pastel de chocolate, y Arianna y Narcissa la tarta; sólo Harry
cogió un trocito del tronco de Navidad. Se llevó el tenedor a la boca, y entonces se dio
cuenta de que todos los ojos estaban sobre él.
—¿Qué?

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Original: Roma_fics (Roma's Place)
Traducción: Ronna, Naru, Loves
Beta: Ronna, Heiko
Revisión: Heiko, Pescadora de Estigia
Gráficos: Heiko
PDF: Ronna

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(1). I've Got A Crush On You , compuesta por George e Ira Gershwin, interpretada por varios artistas. Versión
de Frank Sinatra y Barbra Streissand. Traducción de la letra:
Qué felices serían los millones de anabeles y lirios Nunca tuve la más remota idea de que
de poder capturarme pudiera caer con tanta emoción
Pero tú eras tan persistente,
Podrías arrullarme, podrías preocuparte
quebraste mi resistencia
Porque podríamos compartir una buena casita
Caí rendido, y fue maravilloso
Que el mundo me perdone ser tan pasteloso
Soy tu Romeo grande y valiente y hermoso porque estoy colgado por ti
Cómo te gané nunca lo sabré
Podrías arrullarme, podrías preocuparte
No es que seas tan bella
por una buena casita
Pero, oh, mi corazón se puso en acción
que compartir
Cuando entraste en mi campo de visión
Que el mundo perdone mi atrevimiento
Estoy colgado por ti, dulce pastel porque estoy colgado, cariño, por ti
Todo el día y toda la noche me haces suspirar
Vuelve.

(2) Nundu. Esta bestia del este de África puede considerarse la más peligrosa del mundo. Es un gigantesco
leopardo que se mueve silenciosamente pese a su tamaño y cuyo aliento causa enfermedades tan virulentas que
pueden aniquilar poblaciones enteras. Nunca ha sido dominado por menos de cien magos capacitados bien
coordinados. Fuente: Eldiccionario. Vuelve.

(3) Tronco de Navidad: El tronco de Navidad, tronco navideño o bûche de Noël es un postre tradicional
servido durante las navidades en diversos países europeos. Es oriundo de Francia, gozando de especial
popularidad en éste y otros países de influencia francófona. Como indica su nombre, el postre suele prepararse,
presentarse y decorarse de forma que parezca un tronco listo para la chimenea. Fuente: Wikipedia. Vuelve.

(4) Día de San Esteban o Boxing Day, el 26 de diciembre. Wikipedia. Vuelve.

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