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Cruz1

Luis Nicolás Pietanza2

Conviene que la muerte asista a las asambleas.


Chesterton, Ortodoxia

To Mona Wales

Soltarse

Toda la gran obra de Borges es, para empezar a hablar, una representación de la
realidad, pero una representación que tiene como propósito intentar comprender esa
realidad. El intento literario de comprensión es de tal magnitud que uno está tentado de
afirmar que las ficciones borgeanas logran el desciframiento del modo de construcción
de la realidad. Y lo logran: los grandes cuentos de Borges develan el mecanismo de
construcción de realidad porque crean realidad: son objetos pluridimensionales que
incluyen realidad como una de sus dimensiones: la abarcan, la superan y, finalmente, la
inventan: la realidad se ficcionaliza, la ficción se realiza3. Sólo operan sobre el lector,
que es quien experimenta, a lo largo del tiempo, el impacto de la lectura sostenida de las
ficciones borgeanas. Con los años, el mudo Recabarren empieza a hablar. Con los años,
uno se da cuenta de que la revelación del ser que experimenta Tadeo Isidoro Cruz
podría llegar a ser una experiencia propia.

1
Obra Registrada. Interpretación del cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874).
2
Luis Nicolás Pietanza es argentino, Profesor de Educación Superior en Lengua y Literatura y se
desempeña como docente en escuelas de enseñanza media de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y de
la Provincia de Buenos Aires.
luisnicolaspietanza@gmail.com.
3
Véanse El Aleph y Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.

1
Sé que lo que acabo de describir es una experiencia personal. Ocurre, sin embargo, que
la lectura es una experiencia personal, tanto como la escritura, el amor o el mundo.
Ocurre, también, que los cuentos de Borges iluminan las cadenas que nos sujetan: nos
revelan de qué materia están hechas, y nos señalan el camino que las hará menos
gravosas o, en el mejor de los casos, el camino a través del cual, tal vez, las podamos
transformar en espadas.
La transformación a través de la comprensión es el núcleo de la gran obra borgeana.
Contra todo lo que puedan decir los manuales, Borges -el filósofo menos comprendido
de nuestra literatura4- propone y vindica la sublevación, la revolución, la transformación
total 5 . Dos ejemplos: la transformación total de la sociedad, en Tlön, Uqbar, Orbis
Tertius; la transformación total del hombre, en Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-
1874), obra que, para abreviar, de aquí en adelante designaré Biografía. La
transformación suele conducir al Nirvana (La escritura del dios), a la escritura (El
hacedor, El milagro secreto, Biografía, El fin) o al combate (Biografía) -o a la promesa
de un combate (El sur).
La transformación borgeana perfecta (la que se encuentra en Ficciones y en El Aleph),
como toda verdadera transformación, sucede subrepticiamente: a veces, para el lector;
otras, para el protagonista; otras más, para ambos. Ya se verá cómo, pero adelanto que,
en el caso del cuento que aquí nos convoca, la transformación a través de la
comprensión pasa inadvertida para el lector y para el protagonista, por mucho que, hacia
el final, el narrador machaque con el “Comprendió, comprendió, comprendió”.

Y como la realidad es compleja, la obra es compleja. Como la realidad es atractiva, la


obra es atractiva6. Como la realidad se oculta a sí misma, la obra se oculta a sí misma,
tal como un sueño se va perdiendo en el despertar. Este es un punto importantísimo: da
la impresión de que Borges construye sus cuentos sobre una matriz similar – o quizás,
idéntica- a la matriz del sueño. Se dirá, por supuesto, que cualquier poeta que conozca el
oficio edifica sobre el molde del sueño. ¡Sí, claro! Pero una cosa es el diez de
Cambaceres, y otra cosa, muy distinta, es Maradona: los distingue, fundamentalmente,
el grado de ocultación de la pelota. Gracias a su capacidad de velamiento, Maradona

4
Ya lo demostré en Recabarren; ahora lo demostraré con Cruz.
5
Es cierto que, finalmente, nada se transforma: en los cuentos de Borges pasa todo y no pasa nada
6
Los cuentos de Borges son lindos cuentos.
.

2
está más cerca de Borges que de otro jugador de fúbol, y ésa es la razón que invalida la
comparación futbolística entre el Diego y cualquier otro ser humano que haya pateado
alguna vez una balón7.

Volviendo a Jorge Luis, agrego lo siguiente: Él conoce la matriz del sueño en grado tal,
que sus grandes cuentos logran el mismo efecto que el sueño: una vez leídos, nos
trabajan furtivamente para siempre, y ese obrar de sus cuentos en nosotros obedece,
entre otras cosas, a que los cuentos de Borges, tal como los sueños, son verdad, y lo son
en la misma medida en que son verdad los mitos griegos. La mitad de los valores, de los
mitos y de las ideas fundamentales de la cultura occiedental -y, por ende, de los suyos y
de los míos- no son fruto de una revelación divina: son creaciones de la poesía griega
del siglo VI antes de Cristo. ¿Cuál es la nota de distinción de esos poemas? Que son
verdad. El mito de Edipo es verdad, el mito de Narciso es verdad. Si usted, lector, lo
quiere comprobar, le propongo un ejercicio simplísimo, el mismo que propone
Castoriadis: Mírese en un espejo8.

Creación de realidad, comprensión-transformación y verdad son los tres elementos que


conforman el mecanismo de la ficción borgeana, y que funciona del siguiente modo. La
verdad, que es una verdad íntima e irrevocable, aparece cuando el lector empieza a
pertenecer al cuento que está leyendo. Y comienza a pertenecer sólo desde el momento
en que llega a aferrarase tan firmemente a las palabras que empieza desprenderse de
ellas ¿Cuándo ocurre esto? Cuando las palabras dejan de ser nombres 9. Sólo en ese
instante el lector pertenece al cuento, y es ahí, además, que la comprensión-
transformación ocurre en el lector, junto con la aparición, en el cuento, de una realidad,
hasta ese momento, inverosímil -inverosímil pero entrevista- antes del momento de la
comprensión. En ese momento, el lector accede a una verdad que está más allá de las

7
Cf. Argentina vs. Inglaterra / Méjico 86.
8
Véase el ensayo Homero de Cornelius Castoriadis.
9
En el instante en que las palabras ya no son más etiquetas, el lector se olvida de sí mismo y pertenece al
cuento: puede escuchar, entonces, lo que el cuento está diciendo más allá de las palabras. La comprensión
así alcanzada es el resultado del olvido de sí mismo a través de la extenuación de la propia fuerza en el
ejercicio de la lectura; y, en consecuencia, de la pérdida de la confianza en tal fuerza y en sí mismo (Hay
que recordar aquí la advertencia de Jeremías: “Que no se gloríe el sabio de su sabiduría ni el fuerte de su
fuerza”). Si el lector resulta victorioso en la noche, hará bien en recordar que si el brazo triunfa en el
combate es porque el Espíritu lo guía. Y seguirá haciendo bien si no se jacta del triunfo (Tampoco hay
que olvidar el consejo de Pablo: “Quien se gloría, gloríese en el Señor”).

3
palabras, es decir, que no está estrictamente en el texto, sino que es una manifestación -
una epifanía- del texto mismo, aprehendida por el lector en el instante en que se suelta
de las palabras 10 11
. Así, el tipo de comprensión que alcanza el lector es una
comprensión fugaz, de la misma índole que el sueño12, y que, tal como el sueño, se va
olvidando, hasta que, en una nueva lectura, el lector logra volver a pertenecer al cuento.
Interpretar un cuento de Borges es una ceremonia de rememoración en la que el lector
combate contra el olvido: el olvido de la comprensión fugaz que ha alcanzado -de la
epifanía surgida, en la conciencia del lector, desde ese manojo de jirones de palabras en
que se le ha transformado el texto. Más adelante mostraré que, gracias a esa ceremonia
de rememoración, el lector no sólo comienza a comprender la obra: esa ceremonia,
además, es el inicio de la comprensión de sí mismo a través de la revelación de quién es
verdaderamente el creador de la obra, el Hacedor. Interpretar un cuento de Borges no es
otra cosa que volver a sumergirse en una lúcida noche fundamental en la que el lector y
el texto se enfrentan, luchan y se revelan13 14. En esa lúcida noche común -al lector y al
texto- uno mismo debe entrar para amanecerse, para traer a la luz una verdad tan íntima
y tan lejana como el sueño o como el mito. Ya lo escribí en otro lado15: Nosotros no
leemos un cuento de Borges; en el mejor de los casos, cuento y lector se están leyendo.
Pertenecer es esto: estar dispuestos a que el cuento también lea. Lo mismo que la noche,
el cuento sabe infinitamente más que nosotros de las maravillas ocultas en la tiniebla -
hasta hace sólo un momento, indescifrable- de uno mismo.

10
Soltarse de las palabras es esto: En Biografía, lo mismo que en El fin, no hay que escuchar las palabras
del cuento. Recuérdese que Heráclito ya había dicho que si no lo escuchamos a él, sino al logos,
comprenderemos que Uno es Todo.
11
En Recabarren, a esta epifanía del texto, que ocurre en el lector de El fin en el momento en que se
suelta de las palabras, la denomino el cantar de Recabarren, porque uno empieza a advertir que lo que
está leyendo está siendo cantado,“producido” por alguien -o por algo- que no puede hablar.
12
Un sueño de la vigilia, no del dormir.
13
Tal como se enfrenta, lucha y se revela Cruz en Biografía.
14
Por lo tanto, este escrito es una lucha que trata de abrirse camino entre las palabras de Biografía. Si
está bien encaminado, en algún momento empezará a dar la impresión de que esta lucha se está
escribiendo sola, y de que, de algún modo, este escrito estaba contenido en el texto de Biografía. Si así
ocurriera, Cruz también sería una epifanía.
Con respecto al modo en que un escrito puede estar contenido en otro, véase Recabarren.
15
En Recabarren.

4
Pero hay algo más -fundamental para comprender la obra borgeana-, y que tiene fuerza
de axioma: Borges, a la par que un literato, es un filósofo -y, tal vez, el más grande de
Iberoamérica. Toda su gran obra es –hasta donde yo llego a ver- una alegoría de algunas
de las ideas fundamentales de la filosofía. Si no se comprende esto, no se comprende
nada. Y valga como ejemplo mi Recabarren, ensayo en el que demuestro la intención
borgeana de aunar, en Recabarren, al logos heraclíteo y al ser parmenídeo. No sé si
existen otros que sostengan con tanto fervor el mismo axioma; hasta ahora no encontré a
ninguno; sospecho, sin embargo, que, como yo, alguno andará dando vueltas por ahí. Sé
con certeza, eso sí, que tarde o temprano mi axioma y lo que sostengo en estas páginas,
y en Recabarren, serán la moneda corriente; y sé con certeza, además, que mi
interpretación de El fin será la primera y básica interpretación de una serie que, hoy por
hoy, desconozco. Lo pongo en otros términos: Dentro de un tiempo, la idea de
Recabarren como logos/ser no será más que una de las caras de ese poliedro que es el
texto de El fin, del que ni siquiera sospecho cuántas caras podría llegar a tener, pero que
ya me veo venir que son muchas. ¡Al menos di con una cara16! Tal vez -quién sabe-
como en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, formo parte de una dispersa dinastía de solitarios
que se está dando a la tarea imperceptible de reinterpretar la obra borgeana, cosa que
Borges, evidentemente, ya habría previsto hará, más o menos, ochenta años. Y ya se
sabe lo que pasa en ese cuento: ¡Cuando te querés acordar, el mundo es Tlön!17

El problema

Hay algo en Biografía que nunca me había llamado la atención, y que sin
embargo es lo primero por lo que se me tendrían que haber parado las antenas, lo
primero que debería haber hecho encender alguna señal de la alarma de triquiñuelas
borgeanas. Sucede, por supuesto, que las argucias de Borges son como la mano del
Diego: prácticamente invisibles. Me refiero a lo siguiente.

16
A veces no sé si con Recabarren no me pasó lo mismo que a Cruz en su lúcida noche fundamental, y,
en realidad, lo que alcancé en El fin no es otra cosa que mi propia cara, no la de Recabarren. No sé.
Quizás encontré las dos.
17
“Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue. Si nuestras
previsiones no erran, de aquí a cien años alguien descubrirá los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de
Tlön. Entonces desaparecerán el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön”.

5
Biografía es un cuento en el que sólo al final se descubre que el ignoto Tadeo Isidoro
Cruz no es otro que el archifamoso sargento Cruz de El Martín Fierro. No conozco a
nadie que haya previsto, antes de leer las dos últimas palabras del cuento -que son
“Martín Fierro”-, que Tadeo Isidoro Cruz era el insigne Cruz. Nadie, ni uno. Biografía,
evidentemente, está diseñado para conducir al lector a una revelación final que explica
todo el cuento desde las últimas dos palabras 18: está diseñado para sorprender en el
instante final del último acto. La lúcida noche fundamental no es sólo de Cruz, también
es del lector: al atravesarla, Cruz, pero también el lector, comprenden quién es Cruz19.
Éste comprende que el otro era él; el lector, que Tadeo Isidoro Cruz es el famoso
sargento Cruz. ¿Existe algún problema en lo que acabo de relatar, o bien está todo claro
como el agua? Hay, sí, atento lector, un flor de problema. “¿Cuál?”, preguntará usted en
un grito. “Éste”, diré yo. Salvo por la alusión a su muerte 20 y porque el narrador
menciona que Cruz es padre de un hijo, no hay ni el más mínimo punto de contacto
entre lo que cuenta el sargento Cruz de sí mismo en El Martín Fierro21, y lo que cuenta
el narrador en Biografía. Hasta donde yo sé, este problema no se había planteado hasta
este momento. Lo que me pregunto ahora es por qué no me di cuenta, en la primera
lectura, de la casi absoluta desigualdad biográfica, y sólo reparé en ella en la
quincoagésima22. Le digo honestamente, desconfiado lector, que hasta hace poco tiempo
no tenía respuesta ninguna a la pregunta. Pero quizás convenga, antes de arrancar con la
respuesta, ver si en realidad es cierto que difieren tanto las historias.
Arranco por Biografía, y empiezo por aquello que a todas luces no está en El Martín
Fierro: La persecución inicial, Lavalle, López, la estancia, la pesadilla del hombre, el
grito, Isidora Cruz, Tadeo Isidoro, Suárez, Manuel Mesa. Todo lo recién listado no
figura en El Martín Fierro. Como no sabía quién era Manuel Mesa, se me ocurrió

18
En realidad, la palabra clave para la comprensión es la última: de la penúltima se podría haber
prescindido tranquilamente; se arruinaba, eso sí, la sonoridad perfecta del remate. Hágase usted un
tiempito, caro lector, y pruebe leer el final omitiendo la palabra “Martín”: verá el esperpento en que puede
transformarse una definición magistral.
19
Hay que ver qué comprende cada uno, en el caso de que comprendan algo.
20
“Cuando, en 1874, murió de una viruela negra…”
21
Ni en lo que cuenta Cruz ni en todo El Martín Fierro.
22
Me estoy haciendo precio.

6
buscarlo en Internet. ¿Qué encontré? Encontré la biografía de Manuel Mesa23, escrita
por Jacinto R. Yaben (Biografías argentinas y sudamericanas, Editorial Metrópolis,
1939, Buenos Aires). ¿Qué podría tener de interesante la biografía de Yaben? Que
Borges la leyó, que la usó como modelo de Biografía, y que le robó, incluso, frases
completas. Cosa notable, no encontré, en ninguno de los trabajos dedicados a Biografía,
mención alguna al artículo de Yaben, lo cual me resulta sorprendente, porque hay frases
de Biografía que están casi calcadas del texto de Yaben. ¡Y no tuve que remover cielo y
tierra!: gugleé su nombre, y apareció en la primera entrada. A mí no me interesa, en este
escrito, la intertextualidad, por lo menos la que es tan evidente, pero sí uso el texto de
Yaben en otros ámbitos. En fin, ahí está la biografía de Yaben: el que la quiera usar que
la use24. Volviendo a Biografía, el narrador nos indica que Tadeo Isidoro -que era muy,
pero muy valiente-, mató a un tropero como quien mata una mosca, se enfrentó a sus
perseguidores como un tigre, luchó en las guerras civiles, guerreó contra el indio, y, en
resumen, que vivió en un mundo de barbarie monótona. Luego nos cuenta que le
ordenaron apresar a un malevo; y nos cuenta una lúcida noche fundamental en la
comprendió que el otro era él, noche fundamental en la que consta el famoso grito, que
en El Martín Fierro suena así:

Tal vez en el corazón


lo tocó un Santo bendito
a un gaucho que pegó el grito,
y dijo: “Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar ansí a un valiente”.

Cuando, en busca de Cruz, vamos a El Martín Fierro nos encontramos con esto (¡según
el propio Cruz!): Andaba en amores con una mujer. Esa mujer lo engañaba con un viejo,
comandante de la milicia, para más datos. Al encontrarlos, lejos de matar a su mujer y al
amante, se apiadó de él y le pegó con el cuchillo un planazo en la cabeza, porque le
daba pena matar a un viejo; a la mujer ni la tocó. Se dió después a la mala vida de

23
http://www.revisionistas.com.ar/?=11135
24
Me resulta desconcertante la falta de referencia a la biografía de Mesa escrita por Yaben. Tan
desconcertante, que estoy seguro de que debo estar equivocado; sé que en algún momento alguien me
hará llegar un trabajo que lo nombre. Espero, eso sí, que ese trabajo no sea éste.

7
gaucho matrero, pero no mucho, no exageró. Andaba por los bailes hecho un
zaparrastroso; se burlaban de él los guitarreros, y, si mató a alguno, no está claro, pero
es probable que lo hiciera. Al final, lo llamó el juez y lo empleó como sargento de
policía. Acota, además, que en la noche en que fue a buscar a Martín Fierro vio la
oportunidad de rajarse, porque no le gustaba andar con la lata en la cintura. Eso es todo.
No hay aquí ni el audaz soldado de la guerras civiles ni el valiente matador de indios.
No hay nada de barbarie monótona, sino, más bien, las andanzas de un pícaro miserable
que anduvo rodando por la vida como bolita de purrete arrabalero, sin norte, a la buena
de Dios y en patas. No hay nada más en todo El Martín Fierro.

Sentenciada en una baldosa, una sola frase del narrador de Biografía basta para que esas
dos historias vitales formen una sola. Dice el narrador: “En su oscura y valerosa historia
abundan los hiatos”. ¡Santo Remedio! Si en la historia de Tadeo Isidoro Cruz abundan
las interrupciones temporales -los agujeros en los que no se sabe qué pasa- es ahí donde
tenemos que ubicar, del modo que nos plazca, lo que Cruz cuenta de sí mismo en El
Martín Fierro. Hay que reconocerlo: el recurso que utiliza el narrador para que encajen
las dos biografías es perfecto (Y nótese que aún no hemos dado uso a la otra
característica de la historia de Tadeo Isidoro Cruz: la oscuridad). Además, al narrador
de Biografía no le interesa contar la historia de Tadeo Isidoro: a él sólo le importa una
noche. Dice el narrador:

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la


componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo
indispensable para que esa noche se entienda.

Y agrega un poquito más adelante:

Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la


noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su
nombre. Bien entendida25, esa noche agota su historia; mejor dicho, un
instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro
símbolo.

25
¡Ojo, “Bien entendida”!

8
Si acepto como válida la solución del narrador (tapo con una historia los huecos de la
otra y armo una sola con las dos) puedo llegar a entender que, en Biografía, Borges se
propuso explicar por qué Cruz terminó luchando junto al hombre que perseguía, y
combatiendo contra aquellos que, hasta sólo un momento antes, habían sido sus
subordinados. ¿Por qué lo hizo? Porque comprendió que el otro era él. El otro puede ser
él mismo en modo bárbaro- es decir, en modo Tadeo Isidoro, el guerrero valerosísimo-,
puede ser Martín Fierro, puede ser el desconocido que lo engendró, pueden ser Manuel
Mesa, Lavalle, López, Suárez… En fin, pueden ser todos los anteriores juntos o puede
ser cualquiera, salvo Cruz en modo sargento de El Martín Fierro, que es casi una
esfinge de la gilada: parte ortiba con dos dedos de frente, parte bueno para nada, parte
corneta.

Puestos así, uno a la par del otro, ¿se nota que la diferencia abismal que media entre
Tadeo Isidoro y Cruz no puede salvarse con el simple expediente de la historia oscura
abundante en hiatos 26 ? Yo creo que sí; creo que usted, impertérrito lector, ya anda
sospechando que acá, en Biografía, hay gato encerrado. Y tiene razón, pero lo que hay
escondido en Biografía es bastante más grande que una gato.
Si hay dos historias vitales -y dos personalidades- totalmente disímiles, no hay más
remedio que aceptar que estamos frente a dos personas distintas. Una de ellas es el
parco27, ignoto y valerosísimo Tadeo Isidoro de Biografía. La otra, el cantor, pícaro y
archifamoso Cruz de El Martín Fierro. Para que quede claro, lo paso en limpio: Borges
no escribe la historia de Cruz (La historia de Cruz la cuenta el propio Cruz en El Martín
Fierro). En Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874), Borges escribe la historia de
Tadeo Isidoro Cruz, que no es Cruz, porque Tadeo Isidoro es un guerrero temerario (del
que poco se sabe, por un lado, porque su muy valerosa historia, además de ser
abundante en hiatos, es oscura, y por otro, porque al narrador no le interesa su historia,
lo que le interesa es una noche), y Cruz es el pícaro y famoso sargento que una noche se
encontró con Martín Fierro, le contó toda su vida (¡su vida, no la de Tadeo Isidoro!), se
volvió su amigo, y anduvo unos años junto a él hasta que lo mató la viruela entre la
26
¡Pero cuidado! Si ahora nos parece que al Cruz de El Martín Fierro no le da el cuero para lo que el
poema mismo cuenta, ello obedece a Borges escribió Biografía, y podemos, así, contrastar a Cruz con
Tadeo Isidoro.
En el poema de Hernández el personaje de Cruz es ambiguo; esa ambigüedad fue vista por Borges, y le
sacó partido, mucho partido.
27
¿Mudo, tal vez?

9
indiada. Por todo lo visto hasta acá, no queda otra alternativa que la siguiente: Cruz y
Tadeo Isidoro (¡Chan, chan, chan!)...

Son dos personas distintas, y sus personalidades son radicalmente opuestas:


(Ésta es la clave para entender el cuento)

Ya lo escucho a usted decir, paciente lector: “¡No puede ser, Nicolás28! Si Tadeo Isidoro
y Cruz fueran dos personas, los dos tendrían que haber estado presentes en la lúcida
noche fundamental en la que la partida de soldados se enfrentaron a Martín Fierro.
Salvo que vos estés sugiriendo que Tadeo Isidoro era uno de los soldados de Cruz
(¡Pero en Biografía dice que es el sargento!), o “alguien” (no se sabe quién: alguien que
andaba por ahí, un desconocido) que reemplazó (no sabría decirte por qué, quizás
porque lo conmovió la valentía de Martín Fierro) a Cruz en la lúcida noche (¿lo mató a
Cruz?, ¿lo amenazó para que no dijera nada, se escapara y no apareciera nunca más?
¿Acaso se la tenía jurada?), y, después de sacarse el bozal, le contó a Martín Fierro una
vida que no tuvo -la vida de Cruz- y se mantuvo en su papel sin un solo renuncio hasta
la muerte, un renuncio en el que podría haberle confesado a Martín Fierro su verdadera
vida de coraje y barbarie monótona, y su posterior destino de actor, de estafador, pues
fingió ser quien no era. Pero si ése fuera el caso, este Tadeo Isidoro - un verdadero
desconocido, quizás, el desconocido que engendró a Cruz- tendría que haberlo conocido
íntimamente a Cruz, al punto de saber tan en detalle su historia como para poder
contársela a Martín Fierro 29. ¿O acaso lo que vos estás insinuando es que Tadeo Isidoro
se condolió, no sólo de Martín Fierro, sino también de Cruz? Si fuera así, “salvó” a los
dos: a Martín Fierro, porque lo habría conmovido el espectáculo de una valentía que
conocía profunda y personalmente; pero también “salvó” a Cruz, porque salvó su
memoria: lo salvó para todos nosotros, pero fundamentalmente para su hijo, Picardía,
quien, al conocer la historia de su padre, la del valiente sargento Cruz (que de valiente
no tenía nada; la historia que supo Picardía no fue la de su padre, fue la falsa historia del
sargento Cruz, rescatado del oprobio por un impostor -Tadeo Isidoro-, el oprobio de
haber estado involucrado en el sacrificio de un hombre cabal, Martín Fierro, como

28
Nicolás soy yo; no uso mi primer nombre. Es más, cuando alguien me llama “Luis” siento como si le
hablaran a otra persona.
29
(Nota del Lector) También cabe la posibilidad de que Tadeo Isidoro le haya contado a Martín Fierro
una historia inventada por él, una ficción.

10
integrante de una manada de cobardes que, mano a mano, no se le animarían ni a una
vieja con un plumero) pudo redimirse y encontrarle un nuevo cauce a su vida de pícaro
y bueno para nada, una vida en la que estaba siguiendo el modelo de su padre, Cruz, el
tarambana y pusilánime Cruz30. ¿Y si no es así como recién lo planteé, qué alternativa
queda?¡No me vas a decir que la partida que fue a buscar a Martín Fierro tenía dos
sargentos, y que esos dos sargentos se apellidaban, casualmente, “Cruz”!”.
Veo que está pensando, lector ávido de respuestas, pero le pregunto ahora yo, y escuche
bien la pregunta: ¿no existiría la posibilidad de que esas dos personas -Tadeo Isidoro y
Cruz- fueran, en realidad, el mismo hombre? ¿Eh, qué me dice?
“¡Ah, bueno!”-me dirá usted, levantando las manos hacia la mancha de humedad del
techo- “!Lo que faltaba!, ¡Ahora resulta que Tadeo Isidoro, que también es Cruz, en
realidad es... Batman! ¡Claro, cómo no se me ocurrió desde un principio! Pero si vamos
a plantear cualquier cosa ¿por qué no decimos que Tadeo Isidoro es el doble de riesgo
de Cruz, eh? Al fin y al cabo, podemos pensar que Cruz, que es un cagón, tiene un
reemplazo para las escenas de acción, lo tiene a Tadeo Isidoro. Cuando pasa el peligro
(el peligro de la lúcida noche fundamental fue el único gran peligro que enfrentó Cruz
durante toda su vida31), ahí nomás hace su entrada Cruz, el gran actor Cruz, y entonces
habla y habla y habla, bla, bla, bla. ¡Y habla hasta por los codos! No como Tadeo
Isidoro, al que no se le escucha ni una palabra, ¡ni “mu” dice el tipo! ¡Dale, Nicolás,
dejate de joder, che!
Le anuncio, imaginativo lector, que la teoría del doble de riesgo me está gustando
mucho32. Le aviso, además, que anda usted muy cerca de la solución del caso. Por lo
tanto, le propongo lo siguiente. Ya que usted está motivado y, además, en posesión de
todos los elementos necesarios para resolver por sí solo “El caso Cruz”, lo invito a que
lea nuevamente Biografía, pero a que esta vez lo lea desconfiadamente, con absoluta
suspicacia por cada una de las palabras. Sé que si usted le dedica tiempo y esfuezo
encontrará alguna grieta en la que podrá meter la cuña que abrirá finalmente ese
diamante de oscuridad que es Biografía. La lúcida noche fundamental de Tadeo Isidoro
Cruz podría llegar a ser su lúcida noche fundamental de lector. No se me olvide de lo

30
Véase Tema del traidor y del héroe y La forma de la espada.
31
(Nota del lector) ¡Si es que lo enfrentó!
32
Si luego de leer este escrito, ve usted la película Había una vez en…Hollywood, de Tarantino, verá que
es una película borgeana.

11
que leyó usted al principio de este escrito: la transformación a través de la comprensión
es uno de los ejes que sostienen la obra borgeana: la transformación del personaje y,
simultáneamente, la transformación del lector. Si usted no se transforma en otro lector,
si usted no deja de ser el lector que es y se transforma en el otro lector33, en el valiente
lector que se anima a dar en la noche un salto de comprensión, nunca sabrá quién es
realmente Tadeo Isidoro Cruz, y Biografía seguirá siendo para usted lo mismo que para
la mayoría de los lectores: una noche cerrada. En este momento, todo lo que se ha dicho
y escrito sobre este cuento, para usted no vale nada. Se lo digo en los términos de
Biografía: cualquier autoridad que usted detente, o ante la que usted se rinda, en este
cuento no vale nada. Es más, si usted, como lector, no lucha contra la autoridad que hay
en usted, no comprenderá que las jinetas le andan sobrando, porque las jinetas siempre
andan sobrando cuando uno se enfrenta a un cuento de Borges. Éste, mientras combatía
en la oscuridad -mientras su cuerpo combatía en la oscuridad- también comprendió su
íntimo destino de lobo, no de perro gregario. Si lo quiere más claro, se lo digo más claro:
Borges no escribía ni para la academia ni en la academia. Borges, como Stevenson,
como Hernández, como Chesterton, escribía para el hombre del pueblo, y al hombre del
pueblo los académicos le importan un carajo, porque nada saben de la astucia, la
fortaleza, la templanza, el amor, la fe y el coraje que se necesitan para sobrevivir día
tras día, para llevar, día tras día, el pan a la mesa con alegría.

Así que, valiente lector, ya sabe lo que tiene que hacer. Esta puede ser la noche
fundamental en la que se vea usted cara a cara con usted mismo; y también puede ser la
noche en que escuche su propio nombre. ¿Necesitaba usted la orden -el mandato- de
apresar a un hombre? Ya la tiene. Eso sí, sepa que ese hombre tejerá un largo laberinto
de idas y venidas con tal de que usted no dé con él, porque es un hombre que, aun si
llegara usted a tener la astucia necesaria para rastrearlo y, finalmente, para cercarlo, lo
va pelear a usted hasta su último aliento con tal de que usted se vaya con las manos
vacías, porque ese hombre -como, en el fondo, todos los hombres- quiere seguir siendo
34
libre, y lo quiere porque ama su libertad . Si usted lucha en la tiniebla casi
indescifrable del cuento como luchó Cruz, como un valiente, usted finalmente dará con
él: usted será, finalmente, un lector libre. ¡Convierta su oscura noche en una lúcida

33
¡Si usted no comprende que el otro es usted!
34
No se haga problema por el hombre, ni sienta culpa si da con él. Como en Biografía, recuerde que si
usted se libera, él se libera. ¡Y además Martín Fierro tendrá otro aliado!

12
noche fundamental! ¡Vamos! ¡Anímese! Al fin y al cabo sólo tiene que leer y pelearse
con lo que lee. De última, si no es esta noche, será la próxima; si no es en Biografía,
será en otro cuento de Borges. ¡Vaya no más! Yo acá lo estaré esperando con el mate.
¡Adiós!

¡Bienvenido!

Cualquiera que lea Biografía más de cien veces, en algún momento reparará en
la frase “Un motivo notorio me veda referir el combate”. Bien pensada, la frase no tiene
sentido. ¿Por qué? Porque si la frase está aludiendo al combate que tiene lugar en El
Martín Fierro, en éste el combate es descripto con lujos y detalles por el mismo Martín
Fierro. Cuando releí el poema de Hernández, conté, por lo menos, seis soldados
malheridos o muertos por el héroe. Martín Fierro, además, cuenta pormenorizadamente
cómo malhirió o mató a cada uno de ellos, y la estrategia que usó en cada caso.
Entonces, el motivo notorio al que apunta el narrador de Biografía no es, evidentemente,
la falta de datos respecto del combate mismo, porque lo que sobra son datos. Si el
narrador de Biografía hubiera querido contarnos el combate entre Martín Fierro y los
hombres de Cruz, no habría tenido el más mínimo impedimento para hacerlo: leía El
Martín Fierro, y punto.
Por otra parte, hay que reparar en un asunto crucial: en el combate contado en El Martín
Fierro no (Reitero: no, n-o) participa Cruz. En ningún momento el sargento Cruz lo
encara o lucha con Martín Fierro; su participación en el poema arranca -como es de
público conocimiento- con su voz, con su grito, grito que aparece prácticamente calcado
en el final de Biografía:

Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el


delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra
los soldados junto al desertor Martín Fierro.

En El Martín Fierro, el grito suena así:

13
Tal vez en el corazón
lo tocó un santo bendito
a un gaucho que pegó el grito.
Y dijo: “¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar ansí a un valiene!”.

Y en la estrofa que sigue, Martín Fierro nos cuenta que:

Y ay nomás se me aparió,
dentrándole a la partida:
yo les hice otra envestida,
pues entre los dos era robo;
y el Cruz era como un lobo
que defiende su guarida.

Reitero lo que dije hace unas líneas: En El Martín Fierro nunca combate Cruz con
Martín Fierro; tampoco en Biografía. Biografía termina, justamente, en el momento en
que aparece Cruz en El Martín Fierro. ¿Combate con alguien Cruz en El Martín Fierro?
Sí, en El Martín Fierro –no en Biografía- Cruz combate con dos soldados; a uno de
ellos, lo mata. Y ahí se termina la pelea. Los soldados sobrevivientes huyen, y Martín
Fierro se pone a juntar los cadáveres, y les hace una cruz con un palito. Y después de
que Martín Fierro le refiere a Cruz su vida en tres estrofas, empieza el largo parlamento
de Cruz. Setenta y siete estrofas en las que Cruz cuenta su vida hasta el momento en que
se le dio la orden de captura. Compare usted, fiel lector, esas setenta y siete estrofas con
Biografía35, y constatará por qué postulo yo en estas páginas que Cruz y Tadeo Isidoro
son dos personas distintas, y de personalidades radicalmente opuestas.
Pero vuelvo a la frase sin sentido: “Un motivo notorio me veda referir el combate”. El
combate mismo, lo vimos recién, no es el motivo por el cual el narrador de Biografía no
puede contarlo. El motivo, por otro lado, es, según el narrador, “notorio”, es decir, es
“evidente, conocido, manifiesto, visible, obvio, común, destacado, notable, famoso,

35
Le sugiero que, ya que está con el libro en la mano, lea todo El Martín Fierro. Algunos lo llaman “La
Biblia Gaucha”, y no es por nada, sino porque es un libro extraordinario.

14
célebre”. El motivo, que es notorio para el narrador, no lo es en absoluto para el lector.
Si hay algo que no es notorio es, justamente, el motivo que al narrador le veda referir el
combate. Contrariamente a lo que dice el narrador, lo que sí es de todo punto notorio
es... el combate, pues el combate entre Martín Fierro y los soldados es famoso. ¿Tiene
solución este embrollo? Sí, porque el narrador se explaya un poco sobre la naturaleza
del combate: pese a que un motivo notorio le veda referirlo, algo larga, nos tira un hueso.
Dice el narrador:

Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los


hombres de Cruz. Éste, mientras combatía en la oscuridad (mientras su
cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender.

¿Qué sacamos en limpio de esta última cita? Que, no obstante le está vedado referirlo, el
narrador precisa qué es lo que combate: el cuerpo de Cruz. Esto sí que es fundamental:
Cruz no combate, lo que combate es su cuerpo. Reitero: lo que combate es el cuerpo de
Cruz. El cuerpo de Cruz lucha, combate, pelea; él, no. Mientras su cuerpo combate, él
empieza a comprender, él empieza a ver la luz. Si se recuerda que Cruz grita justo
cuando amanece (“Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis,
gritó”), se verá que el combate de su cuerpo es simultáneo a la comprensión. Cruz
comprende y, simultáneamente, se hace la luz porque (y cuando) combate, porque (y
cuando) su cuerpo lucha.
El final de Biografía coincide con el surgimiento de Cruz en la obra de Hernández:
Luego de un combate corporal en la oscuridad de su lúcida noche fundamental -en la
que vio su propia cara y escuchó su propio nombre- Cruz, con la cabeza descubierta
(“arrojó por tierra el quepis”), grita cuando amanece y ve la luz en la obra de Hernández.
Dicho en una palabra: nace36.

Intermedio Humorístico

Pero si Cruz no entra nunca en combate con Martín Fierro, pregunto yo aquí y
ahora: ¿Con quién corno combate Cruz? ¿Dónde estaba Cruz mientras Martín Fierro se

36
Veremos luego que este nacimiento es también un renacimiento.

15
estaba cargando -¡a cuchillo!- a seis de sus subordinados? ¿No era que el jefe siempre
debía ser el primero en entrar en batalla, el que tenía que dar el ejemplo, ése que se
ponía en la primera línea enfrentando lo que viniera, aunque vinieran degollando? No,
parece que no. Martín Fierro mató al primero, y Cruz no se metió; mató al segundo, y
Cruz no aparecía; mató al tercero, y de Cruz ni noticias; mató al cuarto, mató al quinto y
mató al sexto. En medio de la noche, solito y su alma, Martín Fierro, se sacó de encima
a seis soldados. Eso sí, cuando mató al sexto, Cruz gritó que no iba a consentir el delito
de que se matara a un valiente. Digo yo, Cruz, ¿a qué valiente se estaba refiriendo37? Y
recuérdese, además, que Martín Fierro, antes de matar al sexto soldado, siente que un
sable le hace cosquillas en las costillas, y aclara que, en ese momento, se le heló la
sangre y se salió de las casillas. Es decir que ese hombre, que ya había despachado, en
una lucha cuerpo a cuerpo, a cinco soldados, ni siquiera estaba muy enojado. ¡Muy
enojado estaba ahora que le había hecho cosquillas un sable! ¡Cosquillas!¡Esto es un
héroe, señores!¡Otra que Aquiles! ¿Y qué hace en este momento el héroe, ahora que está
sacado? Mata al sexto. Recién entonces -muy oportunamente- se escucha el grito de
Cruz. En fin...la verdad es que esto ya parece joda. Le confieso, abatido lector, que no
era mi intención llegar hasta este lugar; la escritura me trajo hasta este cómico paraje.
Más adelante, desde aquí, rumbearé para otro lado, pero, si sigo derecho por esta senda,
no me queda más remedio que admitir que el cuerpo de Cruz luchaba del julepe que
tenía ese cristiano. Sí, Cruz estaba muerto de miedo, temblando, con el vacilante
cuchillo en la mano, al borde de la convulsión, con los ojos bizcos, la boca en una
mueca como la del hombre de “El grito” de Munch, o tirándose de los pelos como la
rubia de las películas de Jason o de La masacre de Texas cuando ve venir al loco de la
motosierra. ¡Sí, señores, Cruz era un flor de cagón! ¿Y qué hizo el gonca Cruz para
salirse de tamaño quilombo? Rajar, no podía. ¿Qué iba a decir si volvía?: “Capitán,
capitán, aquí ha vuelto ileso su bravo sargento Cruz, al que le han matado a todos sus
soldados”, rematando con un pucherito con la boca. No, hizo lo único que podía hacer.
Hizo lo que hacen los cobardes: se puso del lado del más fuerte, del serial killer Martín
Fierro. Eso sí, antes de aparecer en la arena, avisó que él estaba del lado del héroe: no
fuera cosa que asomara el hocico blandiendo el facón, y Martín Fierro, que estaba más
cebado que mate de ciruja, lo ensartara para todo el campeonato, y adiós mi plata.

37
Tadeo, en arameo, significa “valiente”, pero esto lo desarrollaré en otro escrito.

16
Retomando la senda digna

Si en la noche de su comprensión, Cruz comprende para siempre quién es, eso


significa que, antes de esa noche, sabía quién era, pero no lo sabía para siempre, porque
su saber respecto de sí mismo estaba parcializado, estaba partido, tanto en el tiempo38
como en su propia conciencia dividida. Sabía quién era, pero durante un rato, no para
siempre. Caía la noche, y lo ovidaba; lo volvía a saber, pero caía la noche, y lo olvidaba
nuevamente; y así seguía por sus vidas. Si lo que sabía no lo sabía para siempre, ello
obedece a que lo que sabía de sí mismo, y luego olvidaba, no era, en cada etapa, lo
mismo. Durante un tiempo, sabía que era Cruz; luego, sabía que era Tadeo Isidoro;
después, volvía a ser Cruz39. En el momento en el que le es ordenada la captura del
malevo que debía dos muertes a la justicia (o sea, antes de la comprensión ocurrida en
la lúcida noche fundamental, en la cual alcanza una conciencia definitiva, para siempre)
la conciencia que imperaba en el cuerpo de Cruz40 era la conciencia de Cruz, no la de
Tadeo Isidoro 41. Estas dos conciencias, como ya vimos, pertenecen, cada una de ellas, a
dos personas distintas, y con personalidades radicalmente opuestas, pero que conviven
en un mismo cuerpo. Ese cuerpo, a veces es Cruz, y, otras veces, es Tadeo Isidoro, en
función de qué personalidad se manifieste en la conciencia.
¿Cómo nos damos cuenta de que las personalidades que conviven en el cuerpo de Cruz
se alternan en la primacía de la consciencia? Porque el narrador así nos lo insinúa.
Fíjese, si no, en que: “Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en
cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un Chajá”. Y

38
Algo similar sucede en El milagro secreto.
39
Desde el punto de vista de Cruz, pero también desde el de Tadeo Isidoro, esta discontinuidad que estoy
describiendo no existe. Ni siquiera puede decirse que pasa inadvertida: sencillamente, no existe para ellos.
No son vidas paralelas; es un mismo cuerpo el que guarece a Cruz y a Tadeo Isidoro. Representadas, más
o menos gráficamente, la etapas que transcurren en el cuerpo de Cruz (desde algún momento
indeterminable después de su nacimiento hasta el 12 de julio de 1870) quedarían así: Cruz
//Transformación y Noche de Olvido// Tadeo Isidoro //Transformación y Noche de Olvido// Cruz
//Transformación y Noche de Olvido // Tadeo Isidoro //Transformación y Noche de Olvido// Cruz
//Transformación Final y Comprensión en la Lúcida noche fundamental (12 de julio de 1870)// Valiente
Sargento Cruz aparece en El Martín Fierro.
40
Lo que aquí denomino “cuerpo de Cruz” bien podría haberlo denominado “cuerpo de Tadeo Isidoro”.
Por comodidad, y para no confundir al lector ni a mí mismo, siempre utilizo la misma fórmula.
41
¿Quién se podría imaginar a Tadeo Isidoro empleado en la policía como sargento? Recuerde, lector, el
incidente con el tropero, recuerde que Tadeo Isidoro enfrentó a la policía, recuerde que es una máquina de
matar que no perdonaría ni a su propios compañeros ni a sus jefes; recuerde, en fin, que ni habla.

17
repárese el siguiente revelador comentario: “Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya
ese momento”.
La declaración del narrador es habilísima, porque ella nos retrotrae a un hito en la vida
de Tadeo Isidoro (¡Ojo! De Tadeo Isidoro, no de Cruz). Me estoy refiriendo a la noche
en la que a Tadeo Isidoro lo había cercado la partida, y en la que guerreó hasta la
extenuación y casi hasta la muerte. Esa pelea memorable (hito inolvidable y definitorio
de la vida y la esencia de Tadeo Isidoro) es presentada por el narrador como un dejá vu
en la memoria de Cruz (no de Tadeo Isidoro). Cruz tiene la impresión de haber vivido
ya ese momento, como aquél que, durante la vigilia, recuerda, súbita y vagamente, un
sueño de la noche. Es decir, que no lo recuerda con la potencia y la vivacidad que
debería tener el recuerdo de un acontecimiento crucial de su vida, aquél en el que estuvo
a punto de morir asesinado, luchando como un tigre en un combate descomunal. Tadeo
Isidoro no se rindió esa vez porque Tadeo Isidoro no se rinde nunca. Si lograron
aprehenderlo, fue a causa de la gravedad de sus heridas, y de la pérdida de sangre que
éstas le ocasionaron y que lo dejaron prácticamente desvanecido. Reitero: Ese mojón en
la vida de Tadeo Isidoro es presentado por el narrador de Biografía como un dejá vu en
la memoria de Cruz. Si en este momento se ha comprendido el peso específico que
debería tener en la memoria un evento de tal envergadura, se entenderá, además, que
Cruz no lo recuerda42 todo lo vívidamente que debería, únicamente porque tal recuerdo
pertenece a la memoria de Tadeo Isidoro43. Sí es cierto que lo que desencadena el dejá
vu es la situación en la que está ahora Cruz, pues ambas situaciones son prácticamente
iguales, con la salvedad de que, en ésta última, Cruz es el perseguidor –el flamante y
ambiguo perseguidor-, y Tadeo Isidoro, en ambas, es el perseguido 44 . La búsqueda
exterior45 en la que está envuelto Cruz46 –porque así se le había ordenado- lo encamina

42
Estrictamente hablando, no es un recuerdo: Cruz se está asomando a Tadeo Isidoro.
43
No podemos decir que el recuerdo pertenezca al otro, porque, como ya será, Tadeo Isidoro no es el otro.
44
Si Tadeo Isidoro representa el íntimo y secreto perseguidor de Cruz, Tadeo Isidoro es la Voluntad. Esta
es una lectura más del cuento, pero no la intentaré aquí. Véase, con respecto a esta nueva lectura, Había
una vez en… Hollywood, de Tarantino, y El club de la pelea.
Por otra parte, le aviso, caro lector, que en la película Bestia Salvaje (Sexy Beast) se puede encontrar un
símil del comportamiento de Tadeo Isidoro.
45
Esta búsqueda exterior es en realidad una fuga de sí mismo que culmina en la lúcida noche fundamental.
Borges mismo lo dice en Borges y yo: “Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o
del otro”.
46
La búsqueda en la que está envuelto Cruz es la misma búsqueda que debería emprender del lector.

18
en una búsqueda interior47 que tendrá como resultado el hallazgo del hombre secreto
que duerme o acecha en la oscuridad de la hondura trémula de su ser, y que está ya está
empezando a asomar en su consciencia48 : “El criminal salió de la guarida para pelearlos.
Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara”.
Acá está la clave: Cruz lo entrevió a Tadeo Isidoro (Tadeo Isidoro siempre es el
perseguidor real del que huye, del que se fuga, Cruz), y lo que alcanzó a ver fue terrible,
porque Tadeo Isidoro es, para Cruz –y quizás para todos-, eso, un hombre terrible, una
despiadada máquina de matar 49 . Si no me cree, recuerde usted el incidente con el
tropero, a quien mata como quien mata un mosquito, y el incidente con la partida. Tadeo
Isidoro es un asesino inclemente, incapaz, no sólo de condolerse del prójimo, sino
también de registrar su existencia para otra cosa que no sea destruirlo. Cruz, si bien es
un cobarde, puede llegar a apiadarse de un viejo, y no matarlo, aunque ese viejo le haya
birlado la mujer. Pero su cobardía es lo que le impide registrar la existencia de Tadeo
Isidoro, pues ya vimos lo que siente cuando se asoma (a) Tadeo Isidoro: terror (Cruz lo
entrevió, terrible).
Las dos personalidades que coexisten en el cuerpo de Cruz son, evidentemente,
irreconciliables. Por tal motivo, alternan su presencia en la consciencia: Cuando Tadeo
Isidoro surge, Cruz va al fondo; cuando Cruz emerge, Tadeo Isidoro va a la sombra.
Reitero lo que escribí hace un rato: Cruz y Tadeo Isidoro son dos personas distintas, y
sus personalidades son radicalmente opuestas. Esas dos personalidades conviven,
alternándose, en el mismo cuerpo. Nos encontramos, ambable lector, frente a un caso de
doble personalidad.

¿Existen casos notorios de doble personalidad, casos en los que personalidades opuestas
convivan en un mismo cuerpo? ¡Sí, claro! ¡Tan notorios como usted y yo, lector; tan
notorios (manifiestos, evidentes) como todos los hombres! Porque en todos nosotros
conviven la luz y la oscuridad, la temeridad y la cobardía, el perseguidor y el perseguido.
¡Pero, ojo: conviven y se conocen! Esto es, se juntan, se mezclan y, de ese modo, se
atenúan y se matizan. Ni el bien absoluto, ni la maldad absoluta; ni la temeridad pura, ni
47
Este es el acápite del cuento: Estoy buscando la cara que tenía antes de que el mundo fuera creado.
48
Podrá enfrentarlo gracias al concurso de conocidas fuerzas extrañas que, en esa noche, su lúcida noche,
caerán sobre él.
49
Existe otra interpretación con respecto a Cruz, y es la siguiente: Cruz no huye de Tadeo Isidoro porque
es un cobarde, sino que Tadeo Isidoro es verdaderamente terrorífico, eso ante cuya visión cualquier ser
humano huiría despavorido pues supondría su inevitable aniquilación.

19
la cobardía pura. Todos somos un poco valientes y un poco cobardes, gracias a que no
saltamos del polo de la temeridad al polo de la cobardía.
Por ser el caso de todos los hombres, el tema de la doble personalidad ha sido plasmado
por el arte, desde sus inicios, en obras innumerables. En la literatura, el caso consta en
un libro insigne, en un libro que puede ser todo para todos (I Corintios 9:22). ¡Ya lo
veo venir a usted, duplicado lector, y ya lo escucho decir que el libro del que estamos
hablando es la Biblia! Y de alguna manera tiene usted razón, porque, en parte, “El caso
Cruz” consta en El Martín Fierro, o sea, en la Biblia Gaucha. Pero si usted se estaba
refiriendo al famoso caso del apóstol San Pablo, fíjese que Pablo y Cruz tienen, sí, algo
en común, pero no el hecho de padecer del síndrome de doble personalidad. No, lo que
ellos comparten es la circunstancia de la conversión súbita: de perseguidores, a aliados
del perseguido. Archifamoso es el caso del Apóstol: él mismo lo cuenta en sus cartas,
con palabras que ya son parte del acervo espiritual de la humanidad. San Pablo
persiguió a Cristo con tanto fervor que, finalmente, se encontró con Él en el camino de
Damasco, y quedó cegado como de rayo. Pero no sólo se encontró con Él: cuando el
Apóstol se encuentra con el Hijo de Dios también se encuentra con sí mismo: Saulo se
convierte en Pablo: escucha su propio nombre, ve su propia cara y sabe para siempre
quién es. Allí, en el camino de Damasco, ocurre su lúcida noche fundamental. Pero
Pablo es consciente de su transformación: sabe que se ha encontrado con Dios y que
Dios lo ha transformado en Pablo. El caso del Apóstol no es un caso de personalidad
dividida, en el cual cada personalidad se alterna en la primacía de la conciencia.
Entonces, no es la Biblia el libro insigne donde consta la historia de Tadeo Isidoro Cruz.
En realidad, se trata aquí de un libro mucho más cercano a nosotros en el tiempo; se
trata de un libro que no es fruto de la revelación divina, sino de la imaginación de un
hombre que supo ver y reflejar en una pequeña novela la división interna y fundamental
de todos los hombres. Ese hombre, que, casualmente, vivió, igual que Tadeo Isidoro
Cruz, cuarenta y cuatro años, escribió un pequeño libro que, a causa de iluminar al
hombre como una lucha constante entre el bien y el mal, bien puede ser todo para todos,
puede ser todo para todos los hombres.

20
El extraño caso del sargento Cruz

Según sus biógrafos, una mañana del otoño de 1886 a Robert Louis Stevenson lo
persiguió una pesadilla tenaz. Gritó; y su mujer, que dormía junto a él, lo despertó. Al
contrario de lo que sucede en Biografía, sí sabemos lo que soñó, pues él mismo se lo
contó a su esposa. Estaba soñando un dulce cuento de terror; su mujer lo había
despertado justo en el momento en que, por primera vez, el Dr. Jekyll se transforma en
Mr. Hyde. Ese sueño fue, también según los biógrafos, el gérmen del El extraño caso
del Doctor Jekyll y el señor Hyde. Ese sueño fue la causa de un acto: la escritura de la
obra en la que Stevenson despliega su obsesión por el tema de “el doble”, que era un
tema que estaba muy en boga por ese entonces: el de las distintas personalidades que
conviven en un mismo hombre.

Todos sabemos que Borges era un admirador incondicional del escritor escocés, y que
en algún lugar declaró que era uno de los pocos escritores que releía 50. Pero lo que no
sabíamos hasta este momento era que Borges lo consideraba su influencia fundamental.
¿Por qué afirmo esto? Porque Biografía no es únicamente la invención de un caso de
doble personalidad, el de Tadeo Isidoro Cruz. Si fuera sólo eso, ya sería un cuento
descomunal. Pero, sabemos, los lectores de Borges, que sus cuentos son objetos
pluridimensionales. Por lo tanto, en un solo cuento conviven, mezclándose, dimensiones
distintas, tal como en todos nosotros conviven, amalgamándose, distintas
personalidades. Nunca aparece una aislada de las otras. Nuestra dimensión filosófica
siempre se da la mano con la literaria. Nuestra dimensión de hijo es acompañada por
nuestra dimensión de padre 51 . Nuestra dimensión histórica convive con nuestra
dimensión íntima y personal. Y además, el tiempo, nuestro tiempo, convive con la
eternidad, como sucede en todos los cuento de Borges, cuentos en los que, como ya
expliqué en Recabarren, sucede todo y no sucede nada. Igual que San Pablo, todos
nosotros experimentamos la visión de la eternidad, del mismo modo vertiginoso en que

50
En Borges y yo, que es un verdadero testamento literario, el único escritor mencionado es Stevenson.
51
Nadie es totalmente hijo o totalmente padre; si lo fuera, sería un monstruo. Y, si no, recuérdese el caso
de la Santísima Trinidad: el Hijo también es el Padre, y el Padre también es el Hijo: uno no es sin el otro,
y ninguno de los dos es sin el Espíritu Santo. Esta convivencia, contrariamente a lo que pueda opinar la
“sana lógica”, es una nota de la sabiduría de la Ortodoxia (Véase Ortodoxia, de Chesterton).

21
Cruz, en su lúcida noche fundamental, comprende para siempre quién es, cuando/porque
comprende que el otro es él52.
Pero vuelvo a lo que estaba diciendo más arriba con respecto a que Borges confesaba
(mostraba, develaba), en Biografía, que Stevenson era su influencia primaria,
fundamental. ¿Cómo llego a tal afirmación? Porque la influencia más importante es
justamente la influencia que no se ve, la oculta en nosotros mismos, la secreta. De ella
no podemos decir palabra alguna: sólo se manifiesta en nuestros actos, que, como muy
bien dice el narrador de Biografía, son nuestro símbolo. En Biografía conviven
notoriamente (visiblemente) El Martín Fierro, Yeats, Yaben, San Pablo y la Ilíada. Sin
embargo, todos esos textos descansan sobre un único y secreto fundamento: El extraño
caso del Doctor Jekill y el Señor Hyde, texto que, para Borges, funciona como El
Martín Fierro para Cruz: Es el texto deslumbrante en el que vio su propia cara, ése en el
que escuchó su propio nombre. ¡Pero cuidado! El extraño caso del Doctor Jekill y el
Señor Hyde no es su espejo (como tampoco Martín Fierro es espejo de Cruz): es el rayo
terrible que lo transformó a tal punto que dejó de perseguirlo y que lo hermanó con él en
lo Otro, y, de ese modo, le dio su propia voz, la voz de Borges, que es la escritura de
Borges, porque la escritura es un acto y, como ya se sabe, los actos son nuestro símbolo.

Biografia es un símbolo de Borges porque es un acto de Borges53, o sea, del otro. Le


advierto, iluminado lector, que no estoy inventando nada: Borges mismo dijo
claramente en Borges y yo (dos que son uno, como el sargento Cruz y el agregado
“cobarde Cruz - terrible Tadeo Isidoro”) lo que en Biografía declara secreta y
alegóricamente: “Yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura
y esa literatura me justifica … Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien
soy) … Así mi vida es una fuga54 y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro”.
Biografía es el acto de escritura del otro, de Borges, de ese otro que descubrió, en una
lúcida noche fundamental, su propio nombre, su propia cara y su propia voz. Y este es
un punto fundamental y precioso: Lo que le sucede a Cruz en su lúcida noche
fundamental es lo mismo que le sucedió a Borges con su escritura55.

52
Borges también lo comprendió.
53
Aquí es donde se entiende Borges y yo.
54
Fuga de sí mismo, como Cruz.
55
Es, también, lo que le sucede al lector cuando comprende Biografía.

22
¿Cómo se resuelve El extraño caso del sargento Cruz? Se resuelve en el combate de su
cuerpo. Gracias y durante ese combate, él comprende quién es: el valiente sargento Cruz.
Y Cruz, ahora transformado en el valiente sargento Cruz, luego de que comprende,
grita56, y es en su grito donde está la clave del modo en que se resuelve el caso. El
resultado de ese combate no es, ni la victoria del cobarde Cruz, ni la del sanguinario
Tadeo Isidoro. Ninguno de los dos puede matar al otro porque se estaría matando a sí
mismo, se estaría suicidando. (El suicidio no es viable, además, porque Cruz es un
cobarde, y Tadeo Isidoro, un asesino, no un suicida).
Esa lucha culmina cuando lo irreconciliable se reconcilia; cuando surge un acuerdo
gracias al cual las dos personalidades se funden en una sola: cuando la ley convive con
la pulsión de destrucción. Y es por eso que Cruz grita lo que grita, que “no va a
consentir el delito de que se mate a un valiente”. El combate entre Cruz y Tadeo Isidoro
se resuelve cuando surge una personalidad que puede ser la síntesis de ambas. Es
gracias a esa síntesis que el ya no más cobarde Cruz –que en las sombras de la noche
luchaba contra sí mismo- puede entrar en la batalla y defender a aquél que –desde hace
apenas un instante- se le parece íntima y secretamente. Gracias a esa síntesis, quien
ahora está en la lid exterior es el valiente sargento Cruz, y no el asesino Tadeo Isidoro ni
el cobarde Cruz. Si la transformación hubiera decantado en Tadeo Isidoro, la historia
hubiera sido otra historia. Pero el destino ya estaba escrito. ¿Dónde? En un escrito: Su
historia consta en un libro insigne, en un libro que puede ser todo para todos: En El
Martín Fierro57 58.
La magnitud de la maestría borgeana es tal, que repárese en el detalle de que Cruz (ya
estoy en la obra de Hernández, y es que con ella está trabajando Borges) no recuerda a

56
Y, luego de que grita, actúa. Los actos son nuestro símbolo. El acto de haberse puesto a pelear contra
sus soldados, junto al desertor Martín Fierro (Ése es el Símbolo de Cruz) es el acto de la noche que le
interesa al narrador de Biografía. Ese acto es el Símbolo del valiente sargento Cruz, no las setenta y siete
estrofas en las que engarza una sandez tras otra. Porque el valiente sargento Cruz es uno cuando habla,
pero, cuando actúa, es el otro.
57
Véase Recabarren.
58
Si le damos una vuelta más de rosca a la frase “Su historia consta en un libro insigne, en un libro que
puede ser todo para todos”, nos percataremos de que la historia de Tadeo Isidoro Cruz consta en el cuento
“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, cuento que pertenece a El Aleph (acto de escritura de
Borges). Y, efectivamente, El Aleph es un libro insigne, es decir, famoso. Pero es también un libro insigne,
es decir notable (que se hace notar) y destacado (que se destaca) porque es el libro que el lector tiene en
sus manos cuando está leyendo “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”. El Aleph, además, es un
libro in-signe, en un signo. ¿Qué signo? Aleph. Además, si usted lee el cuento “El Aleph”, verá que el
Aleph puede ser –si logramos dar con él- todo para todos.

23
Tadeo Isidoro ni al cobarde Cruz. Cruz no le cuenta a Martín Fierro la vida de Tadeo
Isidoro. ¿Por qué? Porque Tadeo Isidoro y el cobarde Cruz ahora viven en él como un
sueño, ahora que ambas personalidades se han reconciliado en una sola: el valiente
sargento Cruz59. Lo contrario sucede en la obra de Stevenson, en la que el propio Jekyll
se lamenta, momentos antes de suicidarse, de no haberles dado un lugar en su
personalidad a sus instintos destructivos. Como no lo hizo, el mal que en él habitaba se
desarrolló y creció en la forma autónoma de Mr. Hyde60.
En Biografía Borges nos muestra que la reconciliación es posible 61 , y que esa
reconciliación de los contrarios tendrá como resultado el olvido62 de que alguna vez
hubo en nosotros una lucha íntima entre el bien y el mal63, entre el cobarde y el asesino.
Este olvido también es simultáneo al olvido del lector, que no puede ver que Tadeo
Isidoro y Cruz son dos personas distintas, cosa que ya vimos al principio de este escrito.
Si es cierto que Tadeo Isidoro Cruz se transforma en un hombre valiente (el valiente
sargento Cruz), también es verdad que tal transformación lo convierte en un hombre
sensato, y esto ocurre porque en él se descubre –porque en él se crea- una personalidad
original. Su grito es el testimonio de esa originalidad, porque el hecho de que matar a un
valiente sea un delito es, nada más y nada menos que “un mandamiento nuevo”64, fruto
del surgimiento de una personalidad nueva y originalísima: la del bravo sargento Cruz.
Ese grito es (y esto les gustará a los lacanianos) una “palabra plena”. No una vida, ¡dos
59
Nótese que se cumple lo que se advertía en las primeras páginas de este escrito: la transformación
ocurre subrepticiamente.
60
Sobre este tema se explaya Borges en la clase 25 de Borges profesor (Está en Internet).
61
Veremos luego que en esta reconciliación se necesita la ayuda de fuerzas aún insospechadas. La
reconciliación, además de ser posible, es lo único que puede salvarnos.
62
En ese olvido, por supuesto, siempre asoma la causa del olvido, del mismo modo en que en Biografía
(entre las palabras de Biografía) asoma la causa real de la identidad del valiente sargento Cruz. Estamos
tratando aquí con un olvido que no debemos olvidar.
Las sibilinas palabras del poeta –de Borges- nos recuerdan la existencia del olvido. La función del poeta
es ésa: la rememoración de quiénes somos.
63
Según Freud, una lucha similar a la que aquí describo se da en todos los hombres; esa lucha tiene por
resultado el surgimiento de la conciencia definitiva, pero también el olvido de esa lucha, la amnesia
infantil. Véase El sepultamiento del complejo de Edipo.
64
Este mandamiento es nuevo con respecto a “No matarás”. El mandamiento nuevo no ordena no matar,
ordena no matar a un valiente. Por lo tanto, no está prohibido matar a los cobardes. Ergo, en este
mandamiento nuevo convive la ley con la pulsión de destrucción.
Como ya vimos más atrás, lo que le sucede a Cruz en su lúcida noche fundamental es lo mismo que le
sucede a Borges con su escritura, porque, en su propia lúcida noche fundamental, Borges descubre su
propio nombre y su propia voz. Y el símbolo de Borges es su acto, su escritura, que -lo mismo que el
“mandamiento nuevo” de Cruz- es “una escritura nueva”.

24
vidas precisó Cruz para dar finalmente con sí mismo en una palabra que expresara su
ser! Este definitivo encuentro tiene, además, las notas características de la sanación. Y
esto es absolutamente cierto, porque en su lúcida noche fundamental, Cruz –al revés de
Jekyll- se sana. El mecanismo de la sanación está descripto claramente en Biografía.
Bien entendida, la lúcida noche fundamental de Cruz es una ceremonia de sanación
chamánica65, y es, además, la causa por la cual el lector no percibe la diferencia entre
Cruz y Tadeo Isidoro.
Trataré de ser claro en el intento de explicar el mecanismo de sanación y olvido de la
lúcida noche fundametal, pero sepa, paciente lector, que caminaré sobre un espejo de
agua, y que cualquier descuido puede hacerme perder pie en la noche, porque aquí,
delante de mí, no hay ninguna huella. Estoy buscando algo preciosísimo: lo mismo que
buscaron Borges y Hernández, lo mismo que buscan Cruz 66 y usted y todos: estoy
buscando la cara que tenía antes de que el mundo fuera creado.

De ahí salió Manuel Mesa…De ahí, el desconocido que engendró a Cruz

Dice el narrador de Biografía:

En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a
un malevo, que debía dos muertes a la justicia (…) el informe agregaba que
procedía de la Laguna Colorada (…) de ahí salió Manuel Mesa (…) de ahí,
el desconocido que engendró a Cruz.

Y agrega:

Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable
inquietud lo reconoció…(¡Los puntos suspensivos son de Borges!)

Repárese, primero, en la pista que nos deja el narrador con respecto a la doble
personalidad de Cruz: “Cruz había olvidado ese nombre, con leve pero inexplicable

65
La escritura y la lectura también son –o, pueden ser- ceremonias de sanación chamánica.
66
No sé si Cruz lo buscó, pero eso es algo que investigaré en otro escrito.

25
inquietud lo reconoció”. Cruz no puede explicar la razón de su inquietud. Pero, ahora (a
esta altura de Cruz) tanto el olvido como la inexplicable inquietud de Cruz son
totalmente comprensibles: No lo recordaba porque ese recuerdo pertenecía a la memoria
de Tadeo Isidoro. Cuando logra reconocer 67 el nombre, su inquietud obedece,
evidentemente, a que se está asomando (a) Tadeo Isidoro. Y ése es el motivo de la
inquietud de Cruz: no quiere enfrentarse con el terrible Tadeo Isidoro68. De la Laguna
Colorada procedía, además, el hombre al que debía perseguir, o sea, Martín Fierro, pero
también procedían Tadeo Isidoro y él mismo, Cruz: Ésta es la lúcida noche fundamental
que hacía rato lo estaba esperando.
Sin embargo, lo que me importa de la cita es “De ahí salió Manuel Mesa…De ahí, el
desconocido que engendró a Cruz”. ¿De dónde salieron? De la Laguna Colorada69. Muy
bien entendidas, estas últimas palabras nos están diciendo que, en el mismo momento en
que Cruz recibe la orden de detención –de aprehensión-, salen, de la Laguna Colorada,
Manuel Mesa y el desconocido que lo engendró. Ya veo que usted dirá: “¡Tenga mano,
tallador! ¿Cómo van a salir si están muertos!” Sí, claro -usted lo ha dicho- están muertos.
Sin embargo, el texto dice claramente que de ahí salió Manuel Mesa y que de ahí (salió)
el desconocido que engendró a Cruz. O sea que, por muy muertos que estuvieran, de ahí
salieron. Pero no salieron sus cuerpos; de ahí salieron…sus espíritus. De la Laguna
Colorada salieron los espíritus de Manuel Mesa y del desconocido que engendró a Cruz.
De ahí salieron y con Cruz van: “Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia
las matas70 en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto”.
Y ahí nomás gritó un chajá, y Cruz tuvo la sensación de haber vivido ya ese momento.
Uno suponía que ahora el narrador nos iba a contar el combate. No, nada de eso; el
narrador aclara que un motivo notorio le veda referirlo, pero indica que lo que combate
es el cuerpo de Cruz.
Quienes secundan al cobarde Cruz en su combate con el sanguinario Tadeo Isidoro, son
Manuel Mesa y el desconocido que engendró a Cruz. Ya lo veo venir, lector asombrado:

67
El narrador usa el infinitivo “reconocer” -no usa “recordar”- porque, como ya se dijo, ese recuerdo
pertenece a la memoria de Tadeo Isidoro.
68
Cruz no lo puede ni ver a Tadeo Isidoro: “Cruz lo entrevió, terrible”.
69
Como se ve, todos (el cobarde Cruz, Tadeo Isidoro, el valiente sargento Cruz, Martín Fierro, Manuel
Mesa y el desconocido que engendró a Cruz) proceden de la Laguna Colorada. ¡Qué noche, Bariloche!
70
¡Qué bien elegida está esta palabra! “Matas”, de “matar”.

26
“Pero si lo que lucha es el cuerpo de Cruz, ¿de qué modo intervienen Manuel Mesa y el
ilustre desconocido?”. El cuerpo de Cruz lucha (por ejemplo, como Edward Norton en
El club de la pelea71). Y esa lucha del cuerpo es simultánea a un combate espiritual que
sucede en una dimensión a la cual ni a usted, ni al narrador, ni a mí se nos está
permitido acceder todavía, porque, para bien o para mal, nos está vedado su paso. Esa
suerte quiere que al narrador le esté vedado referir el combate 72. O sea, el combate
ocurre en una dimensión corporal y, simultáneamente, en una dimensión espiritual, para
cuya descripción no existen palabras, como tampoco existen palabras para explicar por
qué surge la conciencia (Ni por qué surge, ni qué es la consciencia), ni por qué usted y
yo estamos vivos. ¡No hay palabras para explicar lo evidente! 73 74 Lo único que uno
sabe con certeza de sí mismo es que el cuerpo lucha. Nada más. Y mientras el cuerpo
lucha, uno comprende. Pero ¿de dónde procede esa comprensión? ¿Cuál es su origen?
¿Por qué Cruz comprende lo que comprende y no otra cosa? ¿Por qué comprendió,
justamente, un destino de lobo, y no comprendió lo opuesto, un destino de perro
gregario? ¿Por qué comprendió que es un delito matar a un valiente, y no cualquier otra
cosa?
Si Cruz comprende lo que comprende, y no otra cosa, ello obedece a que en su combate
inefable 75 –en esa verdadera ceremonia iniciática y de sanación- Cruz estaba siendo
animado por la tradición, por la tradición del coraje, por una asamblea del coraje de la
que estaba siendo parte junto a Manuel Mesa y al ilustre desconocido que lo engendró.
Gracias a que ambos pertenecen a una tradición de hombres valientes que enfrentaron la

71
El club de la pelea tiene mucho de Biografía, porque tiene mucho de Stevenson.
72
El motivo notorio también es éste: Si el narrador nos contara el combate del cuerpo de Cruz, tendría
que contarnos el combate corporal de Cruz contra sí mismo.
Más allá de que le esté vedado referirlo, el narrador nos asoma a ese combate. Cuando logramos atravesar
las palabras y pertenecer al cuento, el texto de Biografía se nos revela como un espejo: un espejo del que
salen Manuel Mesa y el desconocido que engendró a Cruz. O sea: Cuando el lector se transforma, y
comprende, atraviesa el espejo y entra en un país de mil y una maravillas, en el que, por ejemplo, las
mesas vuelan.
73
Para intentar explicar lo evidente hay que dar un millón de vueltas. Parménides, entre otros, trató de
hacerlo. El nivel de abstracción y de dificultad de su poema es tan alto, que el mismísimo Platón decía
que Parménides era terrible. “Terrible”, como el malhechor que sale de su guarida para pelearlo a Cruz. Y
recuérdese aquí que también Platón –según él mismo cuenta- tuvo que sacrificar a su padre espiritual, al
terrible Parménides, para poder encontrar su propia voz.
74
Si bien no existen palabras para tales explicaciones, es sólo desde las palabras, y soltándonos de ellas,
que podemos acceder a alguna clase de comprensión.
75
Pero no tan inefable.

27
muerte con coraje, puede Cruz enfrentarse a Tadeo Isidoro y reconciliar –siguiendo las
huellas de sus pasos, tomándolos como modelos de valentía- al cobarde Cruz con el
sanguinario Tadeo Isidoro76. ¡Ambos pueden ahora morir a su doble condición de nadie
(Un ser que es dos personas que se alternan desconociéndose en un solo cuerpo, es
nadie77) para nacer -para renacer78- a su condición de hombre -de mortal- en el valiente
sargento Cruz!

Es indispensable agregar ahora que aquello que desencadena este viaje espiritual de
sanación –todo un verdadero “vuelo” 79 - es el miedo a la muerte inminente que
experimenta el cuerpo de Cruz, del cobarde Cruz, ante la visión del terrible Tadeo
Isidoro. Lo que podría uno preguntarse es por qué justamente ahora se sumerge Cruz en
su lúcida noche fundamental, y no, por el contrario, se transforma –como tantas veces
pasadas- en Tadeo Isidoro. Y la respuesta ya cae de madura: ésta es la lúcida noche
fundamental de Cruz -aquella en la que se debe enfrentar a Tadeo Isidoro- porque así lo
determina el destino, que, como es sabido, ya está escrito 80. ¿Dónde? En El Martín
Fierro.
Estrictamente hablando, el que experimenta el temor a una muerte inminente no es Cruz;
es su cuerpo el que experimenta el miedo. Hace unas páginas, en el Intermedio
Humorístico, relaté el comportamiento de Cruz (De Cruz, no de Tadeo Isidoro)
momentos antes de su intervención en la pelea. Lo contado cómicamente fue, en
realidad, aquello que sintió el cuerpo de Cruz. El cuerpo del cobarde Cruz estaba
aterrado, no sólo por el asomo de Tadeo Isidoro en su conciencia, sino también por el
espectáculo de esa máquina de matar que es, para el cobarde Cruz, el héroe de la
literatura argentina81. Y es ese mismo cuerpo -como suele ocurrir en los cuentos de

76
¿De qué modo lo amansan a Tadeo Isidoro? Tadeo Isidoro, en esa asamblea, tendrá que luchar contra
espíritus que son parte de sí mismo, es decir, que también son parte de Cruz, quien tiene la misma –la
idéntica- fuerza corporal que Tadeo Isidoro. Cruz, en su lúcida noche fundamental, por fin está luchando
contra sí mismo, y, como bien dice la letra de El témpano: “la lucha es de igual a igual contra uno mismo,
y eso es ganarla”.
77
Recuérdese Borges y yo.
78
Muerte y resurrección también están escondidas en Biografía.
79
Como el “vuelo” de San Pablo.
80
Sobre este tema, véase, por ejemplo, Recabarren.
81
Si, ante el miedo, Cruz se convierte en una máquina de destrucción, quizás su mecanismo de
transformación podría ser similar al de Hulk.

28
Borges, también aquí, en Biografía- lo que comprende 82 , pues el cuerpo es lo que
comprende, hasta los huesos, la inminencia de la muerte 83 . Esta es la gran prueba
iniciática y de sanación en la que está metido el cobarde Cruz, y en la que vendrán a
socorrerlo los espíritus de Manuel Mesa y del ilustre desconocido que lo engendró. Sin
su compañía, sin “los suyos”, el cobarde Cruz habría salido eyectado de las sombras,
pero no hacia la pelea, sino en dirección contraria, y habría corrido frenéticamente por
la pampa hasta caer desmayado; o se habría transformado en Tadeo Isidoro, y otra
habría sido la historia si el destino no hubiera estado ya escrito en El Martín Fierro.
Gracias a que, durante el combate convulsionado de su cuerpo, se desarrolla la asamblea
espiritual en la que el cobarde Cruz, respaldado por los suyos, puede hacerle frente al
miedo a la muerte (encarnada en su doble, el terrible Tadeo Isidoro, que ya ha salido de
las sombras para pelearlo), y vencerlo; gracias a eso, decía, puede el ahora valiente
sargento Cruz ver a Martín Fierro como lo que es: no una sanguinaria máquina de matar
(ése era Tadeo Isidoro), sino un hombre valiente que lucha fieramente por su libertad.
Más allá de las palabras, y aun del entendimiento, están el cuerpo y el espíritu: esos son
los lugares en los que se desarrolla, nada notoriamente, el combate.
Con respecto a lo dicho recién nomás, vale la pena escuchar a los que verdaderamente
saben del tema. Dice Mircea Eliade:

Esa angustia de la Muerte no es desconocida para él (el primitivo): está


ligada a su experiencia fundamental, a la experiencia decisiva que ha hecho
de él lo que es: un hombre maduro, consciente y responsable; que lo ha
ayudado a sobrepujar la infancia y a desligarse de su madre y de todos los
complejos infantiles. La angustia de la Muerte vivida por el primitivo es la
de la iniciación. Y si pudiésemos traducir la angustia del hombre moderno
con palabras de su propia experiencia y de su lenguaje simbólico, un
primitivo nos diría substancialmente esto: es una gran prueba iniciática, es la
penetración en el laberinto o en las malezas frecuentadas por los demonios y
las almas de los antepasados, las malezas que corresponden al Infierno, al

Esto último es algo que tengo que seguir investigando, pues el incidente del tropero daría la impresión de
contradecir la teoría. Pero ya se sabe que la impresión, en los cuentos de Borges, no es lo que cuenta.
82
Véase Recabarren.
83
La muerte está más allá de las palabras y aun del entendimiento. Si no fuera así, no moriría nadie.
Algo de esto puede encontrarse en La invención de Morel.

29
otro mundo; es el gran miedo que paraliza al candidato a la iniciación en el
momento en que es engullido por el monstruo y se encuentra en las tinieblas
de su vientre o cuando se siente cortado en trozos y digerido a fin de poder
renacer como un hombre nuevo (…) Y sin embargo, a los ojos del primitivo,
esta terrible experiencia de angustia es indispensable para el nacimiento de
un hombre nuevo. No hay iniciación posible sin una agonía, una muerte y
una resurrección rituales84.

Muerte y resurrección; muerte y renacimiento. Como ya dije hace unas cuantas páginas
atrás:

El final de Biografía coincide con el surgimiento de Cruz en la obra de


Hernández: Luego de un combate corporal en la oscuridad de su lúcida
noche fundamental -en la que vio su propia cara y escuchó su propio
nombre- Cruz, con la cabeza descubierta (“arrojó por tierra el quepis”), grita
cuando amanece y ve la luz en la obra de Hernández. Dicho en una palabra:
nace.

Y, como cualquier recién nacido, el valiente sargento Cruz no tiene memoria de esa
lucha interior y anterior a sí mismo85. Recuerda, sí, pero en ese recuerdo no hay ni un
asomo de Tadeo Isidoro ni del cobarde Cruz. Lo que de Biografía sobrevive en El
Martín Fierro, además del valiente sargento Cruz, es su hijo y la muerte86: “Casado o
amancebado, padre de un hijo”. Y esto es así porque un hijo es lo único que, no
habiendo ningún otro acto de ninguna especie, puede sobrevivirnos.

84
Mircea Eliade, Mitos, sueños y misterios, Editorial Grupo Libro, 1991, Madrid, pp. 45-6.
85
Esa lucha ahora vive, íntima y secreta, en el valiente sargento Cruz.
86
Recién ahora, y porque ha nacido, está la muerte: “Cuando, en 1874, murió de una viruela negra”.

30
Tadeo Isidoro Cruz: un mortal de dos cabezas87

Existe en Biografía, de principio a fin, un plan general de obra que coexiste con el plan
de la novela de Stevenson y con el de la biografía de Manuel Mesa de Yaben. Borges,
creo yo, está superponiendo esos tres planes -o mejor, como mínimo, esos tres planes.
Además del plan de Stevenson y del de Yaben, lo que está en Biografía es el afamado
poema de Parménides. Biografía, lo mismo que el poema del sabio de Elea, comienza
con una carrera de caballos88, como resultado de la cual, un mortal de dos cabezas,
luego de llevar durante unos cuantos años una doble vida –en la cual confunde lo que es
y lo que no es- entrará en una lúcida noche fundamental 89 , una verdadera prueba
iniciática. En esa lúcida noche combatirá su cuerpo y, simultáneamente, combatirá su
espíritu, cada uno de ellos en su dimensión respectiva: la corporal y la espiritual90. En el
combate de su espíritu, el iniciado será asistido por aquellos que ya no están en la
dimensión corporal: Manuel Mesa y el ilustre desconocido que engendró al iniciado91,
que saldrá victorioso de la terrible prueba. Su premio es, ¡nada más y nada menos que!:
El conocimiento de lo que es92.

87
En este apartado presento de modo esquemático lo que trataré de desarrollar en otro escrito.
88
La relación que pudiera existir entre Píndaro y Biografía no la voy a investigar aquí.
89
Fragmento 9: “Pero como todo ha sido denominado luz y noche, y aquello que tiene sus propios
poderes fue nombrado gracias a éstos o a aquellos, todo está lleno al mismo tiempo de luz y de noche
oscura, igual la una a la otra, pues, aparte de ellas, nada hay”.
Todas las citas de Parménides están sacadas del libro del filósofo argentino Néstor Luis Cordero, Siendo
se es: la tesis de Parménides, Biblos, Buenos Aires, 2005.
Si bien yo sospechaba en El fin (Véase mi Recabarren) la presencia de Parménides (Si está Gorgias tiene
que estar Parménides; pero además recuérdese que Recabarren vive en el presente de la lectura total, y
que sus atributos son los mismos que los del ser parmenídeo), fue Cordero –a quien no conozco
personalmente- el que me alertó respecto de la lucha corporal propuesta por el eléata como condición de
la comprensión. Sobre este tema, recomiendo que se consulten los trabajos que Néstor Luis tiene subidos
en Internet. Por otra parte, también recomiendo sus libros. Yo los leí todos. Y los releo. Son, para mi
gusto, de lo mejor que existe en divulgación filosófica.
90
Fragmento 16: “Así como en cada ocasión hay una mezcla de miembros pródigos en movimiento, así
el intelecto está presente en los hombres. Pues, para los hombres, tanto en general como en particular, la
naturaleza de los miembros es lo que piensa; pues el pensamiento es lo pleno”.
91
Tanto a Manuel Mesa como al ilustre desconocido los habíamos creído –sólo por el detalle de que están
muertos- ya definitivamente ausentes. Pero en este escrito se demostró que en al asamblea espiritual están
bien presentes. ¡Y si no, escúchelo a Parménides!: “Observa como lo ausente está firmemente presente
para el intelecto; pues no se puede obligar a lo que es a no estar conectado con lo que es, ni dispersándolo
completamente respecto del cosmos, ni reuniéndolo” (Fragmento 4).
92
Fragmento 8.1: “Queda entonces una sola palabra del camino: que es. Sobre él, hay muchas pruebas de
que lo que está siendo es inengendrado e incorruptible, total, único, inconmovible y acabado”.

31
El plan que acabo de esbozar es el plan del Eléata. Su poema es no sólo un tratado
filosófico sobre el ser, sino, además, el relato de un rito de iniciación en los misterios de
la vida (o de la realidad, o del cosmos, o de la physis). Pero tenga usted en cuenta,
filosófico lector, que Parménides, además de filósofo, era médico, lo cual -para los usos
y costumbres de la Grecia del siglo VI antes de Cristo- significa que era chamán. Su
poema, que bien puede ser todo para todos93 -además de un tratado filosófico y el relato
de un rito de iniciación- es la descripción y la explicación de un modo de sanar las
desviaciones y bifurcaciones espirituales.
Por lo tanto, en Biografía, igual que en El fin94, Parménides está presente95.

La laguna del olvido

Además de todo lo dicho ya hasta acá, Biografía es una impresionante estratagema


borgeana que le impide a la mente del lector notar la evidente diferencia biográfica entre
el cuento de Borges y el poema de Hernández, de modo tal que ni siquiera llega a
sospechar el abismo que separa a Cruz de Tadeo Isidoro y, por tal motivo, los confunde
en una sola persona.
Daría la impresión de que el espectáculo final del cuento nos encandila de tal modo que
nos impide cualquier clase de objeción96. Porque cuando uno termina de leer Biografía,
se asombra y dice “¡Claro, pero si éste es el famoso Cruz, el que salvó a Martín Fierro!”.
Y luego no dice ni piensa nada más sobre el tema. Deja el libro, contento por irse del

En términos de Biografía, este fragmento se expresa así: Cruz, en su lúcida noche fundamental,
comprendió para siempre quién es porque encontró la cara que tenía antes de que el mundo fuera creado.
Merced a esa lúcida noche, ya no anduvo más por la vida como “los mortales que nada saben, bicéfalos,
pues la carencia de recursos conduce en sus pechos al intelecto errante. Son llevados ciegos y sordos,
estupefactos, gente sin capacidad de juicio, que consideran que ser y no ser son lo mismo y no lo mismo;
el camino de todos ellos vuelve al punto de partida”.
Cruz supo, en su lúcida noche fundamental, que lo que es, es siempre.
93
Lo que está siendo –lo que es- es todo para todos.
94
Véase Recabarren.
95
¡Hola, Parménides!
96
Como ya se ha dicho, Borges sigue en Biografía el diseño de El extraño caso del Doctor Jekill y el
señor Hyde. En la novela de Stevenson, es el mismo Dr. Jekyll el que se encarga de revelar, al final, la
verdadera naturaleza del protagonista: él y Mr. Hyde conviven en el mismo cuerpo. Pero, en Biografía, el
lector asiste a un simulacro de revelación de la verdadera identidad del protagonista –o mejor, de los
protagonistas.

32
cuento con un caso cerrado, y encima, de modo sorpresivo. Cree que ha llegado al final,
pero ni siquiera sospecha que está en el principio. Uno siente la luz del entendimiento
como un fogonozo en la noche, y la agradece, porque, aunque el encandilamiento
moleste un poco los ojos, al menos pasa rápido97. El problema es que la impresión del
deslumbramiento nos impide comenzar a andar el camino que podría conducirnos al
momento de la comprensión respecto de qué pasó en el cuento. Aparentemente, el
narrador nos resolvió el problema de saber quién era este Tadeo Isidoro Cruz. Pero el
narrador no resolvió nada; como Maya, hechizó al lector con su final deslumbrante,
cerró el expediente, lo archivó y se fue. Es que el final de Biografía es un impacto en el
que se celebra, tanto la aparición de Martín Fierro como el advenimiento de la
comprensión –tanto en el lector, como en Cruz- con respecto a la identidad de Cruz. Sin
embargo, la comprensión a la que arriba el lector es, en realidad, una falsa comprensión,
porque es un golpe de efecto buscado por Borges con el fin de impedir cualquier clase
de reflexión respecto de quién es verdaderamente Tadeo Isidoro Cruz. La comprensión
verdadera respecto de lo que sucede en Biografía sólo podrá ser alcanzada por aquel
lector que se interne cautelosamente en el texto, y lo lea, en asamblea, acompañado por
los suyos y por la sospecha de que alguien se esconde en la hondura trémula del cuento:
un hombre secreto, que duerme o acecha. Pero este tipo de lectura asamblearia que
acabo de prescribir –a la cual, además, debe asistir la muerte- es una clase de
comportamiento inexistente en prácticamente todos98 los ámbitos de la sociedad actual99.
Por lo tanto, conviene mucho más la siguiente advertencia: Si alguien quisiera alcanzar
la comprensión verdadera de Biografía (de Biografía, de cualquier cuento de Borges, o
de lo que fuere), ese alguien no debería olvidar nunca que nada tiene de evidente lo que
se le presenta con absoluta evidencia, tanta que lo impacta y lo encandila, porque eso
97
La velocidad parece ser el signo de nuestros tiempos. Andamos como esas piedras de “el sapito”:
lanzadas paralelamente al agua para que en el agua reboten. Así parece andar el lector frente a la
superficie especular del texto: huyendo del agua como Cruz de Tadeo Isidoro.
98
Pero no en todos.
99
Se parece, eso sí, a una descripción del estado anímico y mental del espectador de la tragedia griega
antigua; al descenso de Eneas al Hades –acompañado por la Sibila- en busca de su padre, Anquises; y al
descenso del Dante al Infierno en compañía de Virgilio.
También se parece –y mucho- a esa epifanía que es la visión de Maradona durante el segundo gol a los
ingleses. Porque el partido contra Inglaterra fue, para el Diez, su lúcida noche fundamental, ésa en la que
vio su propia cara, ésa en la que escuchó su nombre. En ese partido –mejor dicho, en un instante de ese
partido, en un acto de ese partido- Maradona supo para siempre quién es. Y porque, cauteloso y a pie, en
ese acto avanzaba con “los suyos” –y la muerte iba con ellos- Maradona es lo que es: un héroe.
Biografía, además, tiene un aire al mito de Osiris, un aire demasiado grande como para intentar explicarlo
en este escrito. Por lo pronto, habría que tener en cuenta que Isidoro significa “regalo de Isis”.

33
que se presenta ante nosotros se manifiesta ocultándose. En El fin, como ya lo
demostré en Recabarren, ocurre en el lector el mismo fenómeno. En ambos cuentos,
además, el protagonista está partido en dos. Y si todo esto fuera poco, le aviso, caro
lector, que en los dos cuentos existe una lucha a muerte al interior del personaje, lucha
que se entabla entre las dos partes constitutivas de su ser.

De lo dicho en el párrafo anterior concluimos que no basta con leer atentamente para no
caer en las trampas borgeanas. Lá práctica de la lectura atenta sería eficaz si las trampas
borgeanas no fueran similares a la trampa de la realidad. Pero si hay algo en nosotros
que verdaderamente nos está vedado es, precisamente, evadir la imperiosa presencia de
la realidad. Ergo: no podemos sortear las trampas de Borges. Lo único que le queda al
lector es leer y leer y leer, y luego de leer, volver a leer ese largo laberinto de idas y
venidas que es todo gran cuento de Borges. En algún momento, gritará un chajá, y
tendremos la sensación de haber vivido ya ese momento. En ese preciso instante
sabremos que no estamos solos frente al texto, sino que estamos leyendo en asamblea
con los nuestros (los ausentes que están presentes), y que la muerte es uno de ellos; y en
ese mismo instante empezaremos a sospechar que al final del cuento se produce la
revelación –la epifanía- de un misterio, y no la resolución de un caso. Porque lo que nos
queda entre las manos cuando terminamos de leer Biografia es un misterio. La maestría
de Borges está en ponernos frente a un misterio, y en ocultárnoslo, en presentárnoslo
como algo evidente. La maestría de Borges está, como dije en la primera página de este
escrito, en que sus cuentos son una representación de la realidad. Porque la realidad es –
o parece ser- un cuento de Borges: un misterio que nos parece evidente.

Pero hay más, porque Borges, creo yo, está trabajando con la laguna mental que existe
en cada uno de nosotros. La misma laguna mental que nos impele a aceptar la imperiosa
evidencia de la innegable realidad, es la misma de la que se está valiendo Borges para
que la lectura de Biografía produzca el olvido de la historia de Cruz100. La explicación
de por qué Cruz es Cruz (eso es Biografía), en realidad provoca el olvido de la historia
de Cruz (y el desconocimiento de quién es en verdad Tadeo Isidoro Cruz), y crea en el
lector una certeza -un sentimiento de comprensión- cuando, en realidad, no está

100
Borges ha construido en Biografía un máquina del olvido, una máquina que funciona, tanto en el
lector, como en las dos personalidades del protagonista, Cruz y Tadeo Isidoro: Cruz se olvida de Tadeo
Isidoro, y Tadeo Isidoro se olvida de Cruz.

34
comprendiendo nada, porque no ha entendido nada de lo que acaba de leer. El final de
Biografía es un artificio en el que se celebra tanto la aparición de Martín Fierro como el
advenimiento de la comprensión, porque el final de Biografía es una fiesta en la que se
conmemora la aparición del héroe, la aparición de nuestro propio héroe en nuestra
propia consciencia, una consciencia que -igual que la de Cruz antes de su lúcida noche-
no es aún para siempre. Será para siempre, eso sí, cuando los númenes sean propicios,
cuando de esa misma laguna común salgan hacia y desde nosotros aquellos que siempre
están a la espera del momento preciso para emerger y convocarnos en asamblea. Porque
esa íntima laguna común (todo para todos) esconde, pero también alberga. En ese
momento preciso –que es íntimo y personal, y que está determinado, como en Cruz, por
el destino- el lector comprenderá que está leyendo con los suyos, y que entre los suyos
está la muerte. Entonces luchará –su cuerpo luchará- y simultáneamente a esa lucha
comenzará a comprender la diferencia radical entre Cruz y Tadeo Isidoro, el engaño que
tiene frente a sí, el engaño del que nada quiso o pudo saber hasta ese momento de
advenimiento. En el lector, igual que en Cruz, surgirá entonces una nueva conciencia…

El crepúsculo frente al espejo

…que, como toda conciencia, ha necesitado un espejo para descubrirse. En este caso, ha
necesitado el texto de Biografía. Porque eso mismo es el texto de Biografía: un espejo
del que emergen los valientes ancestros cuando en el lector aparece el héroe y, así, se
sumerge en la noche de sí mismo y se encuentra a sí mismo en asamblea con sus
muertos, con los ausentes que siempre están presentes, con aquellos que ya no están
corporalmente entre nosotros, pero que acuden a nosotros cuando erramos, como Cruz,
por el valle de la sombra.
Evidentemente, esta comprensión alcanzada por el lector es sólo un primer nivel de
comprensión. Desde aquí, desde este primer nivel (al que el lector ha llegado porque,
como Cruz, ha atravesado el espejo y, por lo tanto, está adentro del texto) se puede
mirar hacia atrás (hacia afuera del texto) y hacia adelante (hacia adentro del texto, que
es hacia donde miró Cruz: comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que
todo hombre debe acatar el que lleva adentro). Si miramos hacia afuera, desde adentro
de la página hacia nosotros mismos, ¿qué vemos? Vemos al lector que fuimos hasta
hace sólo un momento: vemos la cara de un tipo que se mira en el texto como quien

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mira la cara de un extraño, de un desconocido101, tal y como se veía Cruz a sí mismo
antes de su lúcida noche fundamental. Pero si, desde adentro del texto, miramos hacia
adelante, hacia el interior ¿qué vemos? Vemos lo que suele verse cuando se atraviesa un
espejo: un mundo de mil y una maravillas en el que está todo por descubrirse. En
realidad, no vemos, sino que, igual que Cruz, entrevemos. En la lúcida noche de este
segundo nivel, entrevemos la existencia de una posible resonancia secreta entre
Biografia de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874) y El fin, porque en El fin se oculta un dios,
y en Biografía se oculta un hombre. Entrevemos, también, que, si en El fin se oculta a
Apolo en la figura de Recabarren, quizás en Biografía se esté escondiendo, en Tadeo
Isidoro, a Dioniso. Entrevemos, además, que, si a Cruz no lo hubiese esperado, secreta
en el porvenir, su lúcida noche fundamental, quizás se habría desatado en su cuerpo la
esencia de Tadeo Isidoro: Todas las potencias de la destrucción. Y esas potencias sólo
construyen una cosa: una casa de cadáveres102. Pero esto es lo que entrevemos. Todavía
está por verse, en otro escrito, si lo entrevisto en este segundo nivel podemos alcanzarlo,
al menos, con la punta de los dedos. Hay algo, sin embargo, que de este nivel nos
llevamos como cierto, algo que hemos descubierto para siempre, y es lo siguiente. El
tan mentado espejo que debemos atravesar para comprender, no sólo es el texto: somos
nosotros mismos. Porque nosotros, en los cuentos de Borges, somos, o bien un espejo
de sangre -una laguna colorada- o bien un crepúsculo103. Esos dos símbolos son, para
Borges, símbolos de ese texto esquivo que es el hombre.

El grito

Hay algo que no sé, ni llegaré a saber nunca, y es si Borges comprendió lo que estaba
gritando en la hondura trémula de su ser. No sé si escuchó ese grito, y lo reprimió, o si
jamás alcanzó a advertir que la lucha de su ser podía estar haciéndose eco de un grito
que, allá por 1949 (año de la publicación de El Aleph, libro en el que está Biografía),
imantaba las noches en millones de voces. Porque Borges sabía –gracias a la discordia

101
Vemos la cara del hombre que fuimos antes del momento de la comprensión y de la transformación,
antes de habernos soltado de las palabras para atravesar el espejo.
102
Véase The house that Jack Built, de Lars von Trier.
103
Véase Recabarren.

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de su dos linajes104- que la confrontación entre Civilización y Barbarie postulada por
Sarmiento era una construcción artificial operada por la mejor pluma de la propaganda
inglesa. Tal confrontación no existió nunca. Tal confrontación no existe. Aquellos a los
que Sarmiento califica de bárbaros fueron los guerreros que derrotaron a dos ejércitos
imperiales: al inglés primero, y al español después y, así, conquistaron la independencia
de medio continente. Esto Borges lo sabía muy bien, y lo sabía hasta los huesos: nunca
confunde barbarie con libertad, tampoco con valentía. En él, el elogio y la vindicación
del coraje es también el elogio y la vindicación de sus ancestros (de los ausentes que
están presentes), quienes, según él mismo confiesa, le legaron un valor que no pudo
ejercer: Me legaron valor, no fui valiente, dice en un formidable poema. No fui valiente.
Creo yo que es ahí donde se esconde un Borges que, tal vez, nunca llegaremos a
conocer. Porque Borges, el más grande escritor de todos los tiempos, es conocido por
todos nosotros a través de su acto de escritura, acto en el que se reconció a sí mismo:
encontró su propia voz, escuchó su propio nombre, vio su propia cara y supo para
siempre quién era. Pero hay otro Borges, el Borges político, ese Borges yrigoyenista que
asomaba en sus primeros libros, libros de los que más tarde abjurara. De ese Borges
nada parece haber quedado luego en su obra. Sin embargo, Biografía no es sólo la
invención de un caso de doble personalidad ni la confesión de Borges respecto de su
influencia literaria fundamental. Es además, y de un modo sublime y sibilino, la palabra
del vate –poeta y profeta a la vez- sobre el ser político de un pueblo –su pueblo- que,
allá por 1949 celebraba su renacimiento en la forma de una Nueva Constitución. Un
pueblo que hacía cuatro años había aparecido en la historia, igual que el bravo sargento
Cruz en El Martín Fierro, porque se había comprendido en una lúcida noche
fundamental de octubre de 1945. Un pueblo que se había encontrado a sí mismo a través
de un movimiento físico transformador en una multitudinaria asamblea espiritual. El 17
de octubre de 1945 el pueblo vio su propia cara y escuchó su propio nombre. E, igual
que Cruz, entró a la vida porque no iba a consentir el delito de que se matara a un
valiente. Esto Borges lo vio claramente, pero quizás no pudo o no quiso
comprenderlo…O tal vez sí lo comprendió, y vio que en ese movimiento se
representaba lo que en su propio cuerpo luchaba, y vio, además, que en ese mismo
movimiento se resolvía, se sintetizaba. Si lo comprendió, no se atrevió a decirlo. Si lo
supo -igual que el narrador de Biografía- lo escondió, y sus palabras estuvieron

104
Véase El sur.

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dedicadas a que no existiera la menor sospecha con respecto a su íntima convicción
política y a su verdadera identidad.
Yo creo -y a veces, quiero creer- que sintió que ya era demasiado tarde para
transformarse íntima y públicamente, y por eso dejó en su obra –quizás sin saberlo-
algunas palabras que encerraran la clave de su verdadera pasión y de su identidad
secreta. Y esto último lo digo porque Biografía es, además de lo que ya se ha dicho
hasta acá, una profecía –alegórica, como toda verdadera profecía- de la forma en que se
puede detener la guerra, la íntima y de cada uno, y la guerra de todos contra todos, la
guerra de argentinos contra argentinos: la guerra civil. La transformación a través de la
comprensión nos pacifica, a usted, a mí y a todos, y esa comprensión sale de ahí, del
fondo de nuestra historia, del lugar del que salen los valientes ancestros (De ahí salió
Manuel Mesa…De ahí, el desconocido que engendró a Cruz)… de la mansa laguna de
uno mismo. Borges vio y vivió -no sé si lo comprendió- el movimiento popular del 45.
El padre de ese movimiento, igual que el padre de Cruz, fue un militar; su santa y
hermosa madre Eva supo ser, para sus detractores, como Isidora, mujer de una noche.
Ese movimiento, lo mismo que el valiente Cruz, hizo de la lealtad su lema. Ese
movimiento, compañero lector, nos podría haber pacificado igual que hizo con Cruz. De
ese movimiento, hoy por hoy, sólo quedan jirones de sombra. Pero es sabido que en las
sombras de la noche siempre duerme o acecha el hombre secreto, ése que algún día
saldrá de su guarida para pelearnos, y para que podamos ver, una vez más, nuestra
propia cara, para que volvamos a escuchar nuestro propio nombre. Si así ocurriera, ya
sabe usted, leal lector, cuál será el grito con el que entraremos en la plaza: ese mismo
grito que quedó enmudecido en lo más íntimo de Borges.

Moraleja

Este no es un cuento de moralejas, pero tiene una, hermosísima: Conocer a un hombre, a


través de sus propios dichos o a través de lo que se dice de él, es muy, pero muy, pero
muy difícil.

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Un poema para el final

Al compañero Jorge Luis105

Todo pasará: los sueños soñados


en tus cuentos, la luna, el universo,
el fatal laberinto hecho de versos
que tejió el primer enamorado.

De roca efímera, y en una rosa


de cristal cantado, sabe y no sabe
quien lo trama que, aunque todo acabe
su deber inmediato es esa rosa.

Antes que yo vivieron tantos


por errar en la clave de tu alma,
que voy sin esperanza hacia adelante.

Yo sé que mi victoria es este canto:


no habrá mañana ni piedad ni calma
en la noche que se abra como amante.

105
El compañero Jorge Luis es, evidentemente, el otro del otro de Borges.

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