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ALGO PERSONAL

Fiódor Dostoievski

Más de una vez me han instado a escribir mis memorias literarias. No sé; quizás
escribiéndolas me erigiría un monumento de gloria. Pero es triste recordar; a mí, en general,
no me gustan los recuerdos. Pero algunos episodios de mi carrera literaria suelen
representarse en mi imaginación con fidelidad extraordinaria, no obstante lo débil del
recuerdo. He aquí, por ejemplo, una anécdota: Una vez, cierta mañana de primavera, fui
a visitar al difunto Yegor Petróvich Kovalevski. A él le gustaba mucho mi novela Crimen y
castigo, que por aquel entonces se estaba publicando en El Mensajero Ruso. Me habló con
caluroso elogio de ella y me citó unas palabras, muy estimadas para mí, de una persona cuyo
nombre no recuerdo. En aquel instante entraron en la sala, uno después de otro, dos directores
de periódicos. Uno de estos periódicos llegó luego a tener un número de suscriptores como
ninguno lo tuvo aquí nunca; pero entonces estaba en sus comienzos. El otro, por el contrario,
ejercía un influjo notable en la literatura y la opinión.
Pues bien: con el director de este periódico pasamos a otra habitación y nos quedamos
solos. Sin mencionar su nombre, diré únicamente que mi primer encuentro con él en la vida
fue sumamente afectuoso, dejándome eterno recuerdo. Puede que a él también le suceda
lo mismo. Luego tuvimos muchas divergencias. Al volver yo de Siberia, nos vimos ya muy
rara vez; pero en cierta ocasión me dijo, de pasada, unas palabras muy encendidas,
dedicándome también una alusión en unos versos, quizá los mejores que haya escrito.
Añadiré que, por su facha y sus costumbres, nadie parecía menos que él un poeta y, por si
fuera poco, de los que sufren. Sin embargo, era uno de los más apasionados, sombríos y
sufrientes de nuestros poetas.
—Mire: nosotros lo hemos atacado a usted —me dijo (es decir, en su periódico, a
propósito de Crimen y castigo).
—Lo sé —le respondí.
—¿Y sabe usted por qué?
—Probablemente, por cuestión de principios.
—Por Chernischevski.
Yo me quedé estupefacto.
—N. N., el autor de esa crítica —prosiguió el director—, me dijo así: «Su novela es
buena; pero, como en una obra, hace dos años, no tuvo reparo en meterse con los pobres
deportados y caricaturizarlos, pues ahora voy yo a meterme con su novela».
—¿De modo que todo se debe a ese estúpido chisme a propósito de El cocodrilo?. —
Exclamé, después de recapacitar un momento—. Pero ¿es que usted también se ha creído
eso? ¿Ha leído usted esa novelita mía El cocodrilo?
—No, no la he leído.
—Pues sepa usted que todo eso es una mentira, la mentira más vil que puede
concebirse. Porque se necesita tener todo el talento y toda la intuición poética para leer en
esa novela, entre renglones, semejante alegoría cívica, y, además, contra Chernischevski. ¡Si
usted supiera qué interpretación tan estúpida! Pero, a pesar de todo, ¡nunca me perdonaré no
haber protestado hace dos años contra esa infame calumnia, cuando empezó a difundirse!
Esa conversación mía con el editor de un periódico hace ya tiempo desaparecido tuvo lugar
hace siete años, y hasta ahora yo no he protestado contra la referida calumnia: unas veces no
me acordaba, otras no tenía tiempo.
A todo esto, esa bajeza que me atribuían se quedó grabada en la memoria de algunas
personas como un hecho indudable, corrió por las revistas literarias, trascendió al público y
me ocasionó más de un disgusto. Ahora llegó el momento de decir acerca de eso aunque sólo
sean unas palabras, tanto más cuanto que ahora es oportuno; y, aunque no pueda aducir
pruebas, refutar una calumnia es también en alto grado probatorio. Con mi largo silencio e
indolencia he parecido, hasta ahora, confirmarla.
Conocí a Nikolai Gravrilovich Chernischevski en el año cincuenta y nueve, el primero
de mi regreso de Siberia, no recuerdo dónde ni cómo. Después nos vimos alguna que otra
vez, no con frecuencia, y hablamos, pero muy poco. Aunque siempre, eso sí, nos dábamos la
mano. Herzen me dijo que Chernischevski le había producido pésima impresión, es decir, su
facha y sus modales. A mí, la facha y los modales de Chernischevski me resultaron
simpáticos.
Una mañana encontré en la puerta de mi cuarto, en el tirador, una de las proclamas
más notables de cuantas se publicaban por entonces, y eso que eran bastantes. Se titulaba: "A
la joven generación." No podía concebirse nada más estúpido. Su texto resultaba
desconcertante, en la forma más ridícula que sus autores hubieran podido idear. ¡Como para
matarlos! Yo me llevé un disgusto horrible y estuve triste todo aquel día. Todo esto era aún
tan nuevo, que hasta habría sido difícil descubrir a aquellas gentes. Difícil, porque no se podía
creer que debajo de todo ese alboroto se escondiese tal insignificancia.

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