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1.

María ayuda a alcanzar el don de la perseverancia

La perseverancia final es una gracia tan grande de Dios que, como declara el
Concilio de Trento, es un don del todo gratuito que no se puede merecer. Pero como enseña
san Agustín, ciertamente obtienen de Dios la perseverancia los que se la piden. Y según el
P. Suárez, la obtienen infaliblemente siempre que sean diligentes en pedirla a Dios hasta el
fin de la vida. Escribe Belarmino que esta perseverancia hay que pedirla a diario para
conseguirla todos los días. “Pues si es verdad –como lo tengo por cierto según la sentencia
hoy común, como lo demostraré en el capítulo V–, si es verdad, digo, que todas las gracias
que nos vienen de Dios pasan por las manos de María, podremos nosotros esperar y obtener
(de Dios) esta gracia suprema de la perseverancia”. Y ciertamente que la obtendremos si
con confianza la pedimos siempre a María. Ella misma promete esta gracia a todos los que
la sirven fielmente en esta vida: “Los que se guían por mí, no pecarán; los que me dan a
conocer a los demás, obtendrán la vida eterna” (Ecclo 24, 30). Son palabras que la Iglesia
pone en sus labios.

Para conservarnos en la vida de la gracia es necesaria la fortaleza espiritual


para resistir a todos los enemigos de nuestra salvación. Ahora bien, esta fortaleza sólo
se obtiene por María: “Mía es la fortaleza, por mí reinan los reyes” (Pr 7, 14). Mía es
esta fortaleza, nos dice María; Dios ha puesto en mis manos esta gracia para que la
distribuya a mis devotos. “Por mí reinan los reyes”. Por mi medio mis siervos reinan e
imperan sobre sus sentidos y pasiones y se hacen dignos de reinar eternamente en el cielo.
¡Qué gran fortaleza tienen los devotos de esta excelsa Señora para vencer todas las
tentaciones del infierno! María es aquella torre de la que se dice en los Sagrados cantares:
“Tu cuello es como la torre de David, ceñida de baluartes; miles de escudos penden de ella,
armas de valientes” (Ct 4, 4). Ella es como una torre ceñida de fuertes defensas a favor de
los que la aman y a ella acuden en la batalla; en ella encuentran todos sus devotos todos los
escudos y armas que necesitan para defenderse del infierno.
Por eso es llamada también la santísima Virgen plátano: “Me alcé como el plátano
en las plazas junto a las aguas” (Ecclo 24, 19). Dice el cardenal Hugo glosando este texto,
que el plátano tiene las hojas anchas semejantes a los escudos, con lo que se da a entender
cómo defiende María a los que en ella se refugian. El beato Amadeo da otra explicación, y
dice que ella se llama plátano porque, así como el plátano con la sombra de sus hojas
protege a los caminantes del calor del sol y de la lluvia, así, bajo el manto de María, los
hombres encuentran refugio contra el ardor de las pasiones y la furia de las tentaciones.

2. María es nuestro apoyo para perseverar en el bien

¡Pobres las almas que se alejan de esta defensa y dejan de ser devotas de María y
de encomendarse a ella en las tentaciones! Si en el mundo no hubiera sol, dice san
Bernardo, ¿qué sería el mundo sino un caos horrible de tinieblas? Pierda un alma la
devoción a María y pronto se verá inundada de tinieblas, de aquellas tinieblas de las que
dijo el Espíritu Santo: “Ordenaste las tinieblas y se hizo la noche; en ella transitan todas las
fieras de la selva” (Sal 103, 20). Desde que en un alma no brilla la luz divina y se hace la
oscuridad, se hará madriguera de todos los pecados y de los demonios. Dice san Anselmo:
“¡Ay de los que aborrecen este sol!” Infelices los que desprecian la luz de este sol que es la
devoción a María. San Francisco de Borja, con razón desconfiaba de la perseverancia de
aquellos en los que no encontraba especial devoción a la santísima Virgen. Preguntando a
unos novicios a qué santo tenían más devoción, se dio cuenta de que algunos no tenían
especial devoción a María. Se lo advirtió al maestro de novicios para que tuviera especial
vigilancia sobre aquellos infortunados, y sucedió que todos aquellos perdieron la vocación.
Razón tenía san Germán de llamar a la santísima Virgen la respiración de los
cristianos, porque, así como el cuerpo no puede vivir sin respirar, así el alma no puede vivir
sin recurrir a María y encomendarse a ella, por quien conseguimos y conservamos la vida
de la divina gracia. “Como la respiración no sólo es señal de vida sino causa de ella, así el
nombre de María en labios de los siervos de Dios es la razón de su vida sobrenatural, lo que
la causa y la conserva”. El beato Alano, asaltado por una fuerte tentación, estuvo a punto de
perderse por no haberse encomendado a María; pero se le apareció la santísima Virgen y
para que estuviera más prevenido para otra ocasión, le dio con la mano en la cara y le dijo:
“Si te hubieras encomendado a mí, no te habrían encontrado en este peligro”.

3. María garantiza la perseverancia

Por el contrario, dice María: “Bienaventurado el que me oye y vigila


constantemente a las puertas de mi casa y observa los umbrales de ella” (Pr 8, 34).
Bienaventurado el que oye mi voz y por eso está atento a venir de continuo a las puertas de
mi misericordia en busca de luz y socorro. María está muy atenta para obtener luces y
fuerzas a éste su devoto para salir de los vicios y caminar por la senda de la virtud. Por lo
mismo es llamada por Inocencio III, con bella expresión, “luna en la noche, aurora al
amanecer y sol en pleno día”. Luna para iluminar a los que andan a oscuras en la noche del
pecado, para ilustrarlos y para que conozcan el miserable estado de condenación en que se
encuentran; aurora precursora del sol para el que ya está iluminado, para hacerlo salir del
pecado y tornar a la gracia de Dios; sol, en fin, para el que ya está en gracia para que no
vuelva a caer en ningún precipicio.
Aplican a María los doctores aquellas palabras: “Sus ataduras son lazos
saludables” (Ecclo 6, 31). “¿Qué ataduras?”, pregunta san Lorenzo Justiniano, responde:
“Las que atan a sus devotos para que no corran por los campos del desenfreno”. San
Buenaventura, explicando las palabras que se rezan en el Oficio de la Virgen: “Mi morada
fue en la plena reunión de los santos” (Ecclo 24, 16), dice que María no sólo está en la
plenitud de los santos, sino que también los conserva para que no vuelvan atrás; conserva
su virtud para que no la manchen y refrena a los demonios para que no los dañen.
Se dice que los devotos de María están con vestidos dobles: “Todos sus
domésticos traen doble vestido” (Pr 31, 21). Cornelio a Lápide explica cuál sea este
doble vestido. Doble vestido porque ella adorna a sus fieles siervos tanto con las
virtudes de su Hijo como con las suyas, y así revestidos consiguen la santa
perseverancia. Por eso san Felipe Neri exhortaba siempre a sus penitentes y les decía:
“Hijos, si deseáis perseverar, sed devotos de la Señora”. Decía igualmente san Juan
Berchmans: “El que ama a María obtendrá la perseverancia”.
Comentando la parábola del hijo pródigo, hace el abad Ruperto una hermosa
reflexión. Dice que si el hijo díscolo hubiese tenido viva la madre, jamás se hubiera ido de
la casa del padre o se hubiera vuelto antes de lo que lo hizo. Con esto quiere decir que
quien se siente hijo de María jamás se aparta de Dios, o si por desgracia se aparta, por
medio de María pronto vuelve.
Si todos los hombres amasen a esta Señora tan benigna y amable y en las
tentaciones acudiesen siempre y pronto a su socorro, ¿quién jamás se perdería? Cae y se
pierde el que no acude a María. Aplicando san Lorenzo Justiniano a María aquellas
palabras: “Me paseé sobre las olas del mar” (Ecclo 26, 8), le hace decir: Yo camino siempre
con mis siervos en medio de las tempestades en que se encuentran para asistirlos y librarlos
de hundirse en el pecado.
Narra san Bernardino de Bustos que habiendo sido amaestrado un pajarillo para
decir “ave María”, un día se le abalanzó un milano para devorarlo, y al decir el pajarillo
“ave María”, cayó el milano fulminado. Esto nos viene a mostrar que si un pajarillo, ser
irracional, se libró por invocar a María, cuánto más se verá libre de caer en las garras de los
demonios el que esté pronto a invocar a María cuando él le asalte. Cuando nos tienten los
demonios, dice santo Tomás de Villanueva, debemos comportarnos como los polluelos
cuando sienten cerca el ave de rapiña, que corren a toda prisa a cobijarse bajo las alas de la
gallina. Así, al darnos cuenta que viene el asalto de la tentación, en seguida, sin dialogar
con la tentación, corramos a refugiarnos bajo el manto de María. Y tú, Señora y Madre
nuestra, prosigue diciendo el santo, nos tienes que defender, porque después de Dios no
tenemos otro refugio sino tú, que eres nuestra única esperanza y la sola protectora en que
confiamos.

4. María y su ayuda resultan imprescindibles

Concluyamos con lo que dice san Bernardo: “Hombre, quien quiera que seas, ya
ves que en esta vida más que sobre la tierra vas navegando entre peligros y tempestades. Si
no quieres naufragar vuelve los ojos a esta estrella que es María. Mira a la estrella, llama a
María. En los peligros de pecar, en las molestias de las tentaciones, en las dudas que debas
resolver, piensa que María te puede ayudar; y tú llámala pronto, que ella te socorrerá. Que
su poderoso nombre no se aparte jamás de tu corazón lleno de confianza y que no se aparte
de tu boca al invocarla. Si sigues a María no equivocarás el camino de la salvación. Nunca
desconfiarás si a ella te encomiendas. Si ella te sostiene, no caerás. Si ella te protege, no
puedes temer perderte. Si ella te guía, te salvarás sin dificultad. En fin, si María toma a su
cargo el defenderte, ciertamente llegarás al reino de los bienaventurados. Haz esto y
vivirás”.

María, modelo y guía en la fe


6-5-1998

1. La primera bienaventuranza que menciona el Evangelio es la de la fe, y se


refiere a María: "¡Feliz la que ha creído!" (Lc 1, 45). Estas palabras,
pronunciadas por Isabel, ponen de relieve el contraste entre la incredulidad de
Zacarías y la fe de María. Al recibir el mensaje del futuro nacimiento de su hijo,
Zacarías se había resistido a creer, juzgando que era algo imposible, porque tanto
él como su mujer eran ancianos.
En la Anunciación, María está ante un mensaje más desconcertante aún, como es
la propuesta de convertirse en la madre del Mesías. Frente a esta perspectiva, no
reacciona con la duda; se limita a preguntar cómo puede conciliarse la virginidad,
a la que se siente llamada, con la vocación materna. A la respuesta del ángel, que
indica la omnipotencia divina que obra a través del Espíritu, María da su
consentimiento humilde y generoso.

En ese momento único de la historia de la humanidad, la fe desempeña un papel


decisivo. Con razón afirma san Agustín: "Cristo es creído y concebido mediante
la fe. Primero se realiza la venida de la fe al corazón de la Virgen, y a
continuación viene la fecundidad al seno de la madre" (Sermo 293: PL 38,
1.327).

2. Si queremos contemplar la profundidad de la fe de María, nos presta una gran


ayuda el relato evangélico de las bodas de Caná. Ante la falta de vino, María
podría buscar alguna solución humana para el problema que se había planteado;
pero no duda en dirigirse inmediatamente a Jesús: "No tienen vino" (Jn 2, 3).
Sabe que Jesús no tiene vino a su disposición; por tanto, verosímilmente pide un
milagro. Y la petición es mucho más audaz porque hasta ese momento Jesús aún
no había hecho ningún milagro. Al actuar de ese modo, obedece sin duda alguna
a una inspiración interior, ya que, según el plan divino, la fe de María debe
preceder a la primera manifestación del poder mesiánico de Jesús, tal como
precedió a su venida a la tierra. Encarna ya la actitud que Jesús alabará en los
verdaderos creyentes de todos los tiempos: "Dichosos los que no han visto y han
creído" (Jn 20, 29).

3. No es fácil la fe a la que María está llamada. Ya antes de Caná, meditando las


palabras y los comportamientos de su Hijo, tuvo que mostrar una fe profunda. Es
significativo el episodio de la pérdida de Jesús en el templo, a la edad de doce
años, cuando ella y José, angustiados, escucharon su respuesta: "¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?"
(Lc 2, 49). Pero ahora, en Caná, la respuesta de Jesús a la petición de su Madre
parece más neta aún y muy poco alentadora: "Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí?
Todavía no ha llegado mi hora" (Jn 2, 4). En la intención del cuarto evangelio no
se trata de la hora de la manifestación pública de Cristo, sino más bien de la
anticipación del significado de la hora suprema de Jesús (cf. Jn 7, 30; 12, 23; 13,
1; 17, 1), cuyos frutos mesiánicos de la redención y del Espíritu están
representados eficazmente por el vino, como símbolo de prosperidad y alegría.
Pero el hecho de que esa hora no esté aún presente cronológicamente es un
obstáculo que, viniendo de la voluntad soberana del Padre, parece insuperable.
Sin embargo, María no renuncia a su petición, hasta el punto de implicar a los
sirvientes en la realización del milagro esperado: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,
5). Con la docilidad y la profundidad de su fe, lee las palabras de Cristo más allá
de su sentido inmediato. Intuye el abismo insondable y los recursos infinitos de la
misericordia divina, y no duda de la respuesta de amor de su Hijo. El milagro
responde a la perseverancia de su fe.

María se presenta así como modelo de una fe en Jesús que supera todos los
obstáculos.

4. También la vida pública de Jesús reserva pruebas para la fe de María. Por una
parte, le da alegría saber que la predicación y los milagros de Jesús suscitaban
admiración y consenso en muchas personas. Por otra, ve con amargura la
oposición cada vez más enconada de los fariseos, de los doctores de la ley y de la
jerarquía sacerdotal.

Se puede imaginar cuánto sufrió María ante esa incredulidad, que constataba
incluso entre sus parientes: los llamados "hermanos de Jesús", es decir, sus
parientes, no creían en él e interpretaban su comportamiento como inspirado por
una voluntad ambiciosa (cf. Jn 7, 2-5).

María, aun sintiendo dolorosamente la desaprobación familiar, no rompe las


relaciones con esos parientes, que encontramos con ella en la primera comunidad
en espera de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). Con su benevolencia y su caridad,
María ayuda a los demás a compartir su fe.

5. En el drama del Calvario, la fe de María permanece intacta. Para la fe de los


discípulos, ese drama fue desconcertante. Sólo gracias a la eficacia de la oración
de Cristo, Pedro y los demás, aunque probados, pudieron reanudar el camino de
la fe, para convertirse en testigos de la resurrección.

Al decir que María estaba de pie junto a la cruz, el evangelista san Juan (cf. Jn
19, 25) nos da a entender que María se mantuvo llena de valentía en ese
momento dramático. Ciertamente, fue la fase más dura de su "peregrinación de
fe" (cf. Lumen gentium, 58). Pero ella pudo estar de pie porque su fe se conservó
firme. En la prueba, María siguió creyendo que Jesús era el Hijo de Dios y que,
con su sacrificio, transformaría el destino de la humanidad.

La resurrección fue la confirmación definitiva de la fe de María. Más que en


cualquier otro, la fe en Cristo resucitado transformó su corazón en el más
auténtico y completo rostro de la fe, que es el rostro de la alegría.

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