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EL GENOCIDIO Y SUS CONTEXTOS

«Cuando un poder absoluto capaz de monopolizar los instrumentos modernos de la


acción racional se convierte al sueño modernista y cuando ese poder se libera de todo
control social efectivo, entonces se produce el genocidio»
(Bauman, 2017[1989]: 119)

Este pequeño texto tiene la intención de aproximarse al concepto de genocidio, a su


contexto de producción y desarrollo a través, primero, de su conformación jurídica,
segundo, su posterior desarrollo en los debates sociológicos y, tercero, planteo una
reflexión que lo encauza a una dimensión filosófico-política. Esta última reflexión,
aunque la considero propia estoy seguro que no es original y, por supuesto, no pretende
restar gravedad al fenómeno de genocidio a pesar de situarlo en la naturaliza del Estado
y en la cotidianeidad de la realidad.

DE LEMKIN A LA CONVENCIÓN DE LA ONU: DEFINICIÓN Y ANÁLISIS

Es largamente reconocido que el origen del concepto de genocidio se remonta al final


de la segunda mitad del siglo XX. También que éste fue originalmente acuñado por
Raphael Lemkin en su obra Axis Rule in Occupied Europe de 1944. Desde entonces se
ha producido un largo debate con implicaciones en esferas tanto jurídicas, políticas e
intelectuales y académicas que ha dado lugar a una amplia literatura acerca del tema.
Por el momento, comencemos por donde parece más lógico y habitual en esa literatura:
en Raphael Lemkin.

Lemkin fue un jurista de origen judío y nacionalidad polaca que nació el año en que se
iniciaba el siglo XX. Aunque no llegó a vivir seis décadas de aquel siglo, ya desde muy
joven y a través de su experiencia vital, tomó conciencia acerca de conflictos entre
grupos humanos con distinta identidad colectiva. Siguiendo a Adams Jones (2011),
removió la conciencia de Lemkin el asesinato por parte de un joven armenio de uno de
los principales dirigentes del Imperio Otomano en 1921, al considerarlo responsable del
genocidio de su pueblo. Aunque finalmente fuera considerado no culpable, a Lemkin le
llamaría la atención cómo se podía estar juzgando a un hombre por el asesinato de un
individuo mientras que a los autores del genocidio armenio, el cual había supuesto
millones de asesinatos, no estaban siendo juzgados. Posteriormente, él mismo llegó a
convertirse en refugiado en los EEUU, al huir de la ocupación y amenaza de las fuerzas
nazis. Sin duda toda esta experiencia biográfica debió de ser un importante acicate para
la empresa que emprendió con el objetivo de que la comunidad internacional
reconociera y condenara la realidad de unos crímenes que aun en 1941 Wiston Churchill
había indicado como crímenes sin nombre.

Si tenemos en cuenta que la Asamblea General de las Naciones Unidas ya había


adoptado su concepto en 1946, y que en 1948 fue aprobada por esta misma asamblea la
Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, puede decirse que su
empresa tubo rápido éxito. Pero su empresa se había iniciado mucho tiempo antes de
que el propio Lemkin acuñara el concepto de genocidio. En varios encuentros de
juristas por todo el mundo durante la década de 1930, presentó sus reflexiones
utilizando los conceptos de «barbarity» y «vandalism». Teniendo en cuenta nuevamente
a Jones, quien cita a Lemkin a partir de la obra de Samantha Power (2002), con el
primer término se refirió a «the premeditated destruction of national, racial, religious
and social collectivities», mientras que con el segundo indicó la «destruction of works
of art and culture, being the expresión of the particular genius of these collectivities»
(Jones, 2011: 9). Una posible forma de comprender el concepto de genocidio sea
agrupando el sentido de estos previos, lo que habría tenido lugar en Axis Rule (1944),
donde Lemkin expresa lo que sigue (citado en Jones, 2011: 10-11):
By “genocide” we mean the destruction of a nation or an ethnic group. . . . Generally
speaking, genocide does not necessarily mean the immediate destruction of a nation,
except when accomplished by mass killings of all members of a nation. It is intended
rather to signify a coordinated plan of different actions aiming at the destruction of
essential foundations of the life of national groups, with the aim of annihilating the
groups themselves. The objectives of such a plan would be disintegration of the
political and social institutions of culture, language, national feelings, religion, and the
economic existence of national groups, and the destruction of the personal security,
liberty, health, dignity, and even the lives of the individuals belonging to such groups.
Genocide is directed against the national group as an entity, and the actions involved
are directed against individuals, not in their individual capacity, but as members of the
national group. . . .
Genocide has two phases: one, destruction of the national pattern of the oppressed
group; the other the imposition of the national pattern of the oppressor. This
imposition, in turn, may be made upon the oppressed population which is allowed to
remain, or upon the territory alone, after removal of the population and the
colonization of the area by the oppressor’s own nationals.

En sí, el término responde a una combinación etimológica del vocablo griego «genos»
que significa «raza» o «tribu», y del latino «cidio» que significa asesinato. Pero su
concepción es más amplia y profunda que este sencillo significado etimológico, por eso
son varios los aspectos destacados de su propuesta por diferentes autores. Una pequeña
aproximación a estos aspectos nos pueden servir para una comprensión pormenorizada
del genocidio, en los términos propuestos por Lemkin, y aproximarnos su crítica.

El primer aspecto que quisiera destacar es aquel que acertadamente Jones (2001)
considera opuesto a una concepción liberal clásica: el carácter organicista del
planteamiento de Lemkin. Este carácter es el que le permite concebir que la víctima de
un crimen puede ser fundamentalmente una identidad supraindividual o colectiva,
aunque sea perpetrado a través de los individuos adheridos a ella. Como explica
Stephen Holmes (2002 citado en Jones, 2011) esta concepción nos lleva a pensar que
puede ser muy distinto el asesinato de miles de personas pertenecientes a una misma
colectividad respecto del asesinato de miles que no comparten una misma adscripción
grupal. Obviamente, este hecho se entiende debido a que en el primer caso supone el
riesgo de eliminación de una identidad colectiva en sí, la vida de una identidad y no
tanto la de individuos particulares. Es relevante tener en cuenta en este sentido que
Lemkin, fundamentalmente, atiende a aquellas identidades derivadas de la pertenencia a
una nación o etnia.

Pueden señalarse como razón de ser del aspecto organicista de su propuesta al menos
dos elementos que forman parte del contexto social de producción de su concepto. El
primero es el señalado por Dirk Moses (2013) valiéndose del concepto de «gruopism» –
acuñado por el sociólogo Rogers Brubaker (2004)–, que caracterizó a la ontología social
de la Europa del Este en la que se crió Lemkin. Bajo esta ontología es posible atribuir
capacidad y/o intencionalidad a entidades colectivas, suponiendo una concepción de
éstas como entidades claramente identificables y homogéneas. Moses además repasa las
influencias de la concepción de Lemkin a través de pensadores como Hegel y su idea
del espíritu, así como de antropólogos como Frazer o Malinowski a través de su
concepto operativo de cultura.

El segundo elemento proviene del contexto social más amplio, los grandes conflictos
bélicos de la primera mitad del siglo XX, teniendo excepcional relevancia por su
impacto internacional el exterminio judío por parte de la Alemania de Hitler. En este
sentido Jones señala el acierto de su propuesta.

Esto nos lleva a una de las principales críticas o controversias que podríamos considerar
afecta a la dimensión teórico-metodológica de su propuesta, y este es el segundo
aspecto que quisiera destacar. Su propuesta reviste un carácter universalista que consiste
en la abstracción modélica de un caso particular, el Holocausto.
Lemkin había acuñado un término de pretensión universal, a partir del caso concreto
de la destrucción de los judíos europeos en la Alemania nazi; del tal forma, que lo que
mucho más tarde llamaríamos Holocausto o Shoah se convertirá, desde sus propios
orígenes, en el patrón determinante de lo qué es el genocidio... (Feliu, 2010: 243).

Un momento. Si tenemos en cuenta que el Holocausto no tubo lugar hasta el tardío 1941
y, como hemos visto, el recorrido conceptual de Lemkin hasta acuñar el vocablo
genocidio venía de mucho antes, ¿cómo pudo el Holocausto convertirse en su «patrón
determinante»? En palabras de Paz Moreno Feliu (Ibídem, 245) «el entramado
teleológico con que Lemkin dota al término conduce a la corriente historiográfica sobre
el holocausto denominada, precisamente, intencionalista». Además, la urgencia con la
que trabaja el pensamiento de Lemkin vino marcada por los juicios al nacismo. El éxito
de su término fue parcial en cuanto a los Juicios de Núremberg, ya que muchos de los
arquitectos del régimen nazi fueron acusados de genocidio a penas un año después de su
acuñación, pero durante los juicios esta acusación no prosperó (Jones, 2011). Moses
(2013), apoyado en Donald Bloxham, entiende este hecho debido a que la prioridad de
los Aliados –y en especial de los británicos– fue el juicio por los crímenes de guerra, sin
que los crímenes previos a la guerra o el sentido racial de éstos recibiera especial
atención.

El carácter teleológico que menciona Moreno Feliu es precisamente el segundo aspecto


de la propuesta de Lemkin que quiero destacar. Podemos decir que su definición
reserva, estrictamente, el término genocidio para aquellos casos en que el autor de éste
persigue, premeditadamente, el fin de la destrucción de los fundamentos de un grupo
nacional o étnico. Ambos aspectos destacados –organicista y teleológico– son
retomados por la definición resuelta en la definitiva Convención de la ONU (1948
citado en Jones 2011: 13):
Article I. The Contracting Parties confirm that genocide, whether committed in
time of peace or in time of war, is a crime under international law which they
undertake to prevent and to punish.

Article II. In the present Convention, genocide means any of the following acts
committed with intent to destroy, in whole or in part, a national, ethnical, racial
or religious group, as such:
(a) Killing members of the group;
(b) Causing serious bodily or mental harm to members of the group;
(c) Deliberately inflicting on the group conditions of life calculated to bring
about its physical destruction in whole or in part;
(d) Imposing measures intended to prevent births within the group;
(e) Forcibly transferring children of the group to another group.

Article III. The following acts shall be punishable:


(a) Genocide;
(b) Conspiracy to commit genocide;
(c) Direct and public incitement to commit genocide;
(d) Attempt to commit genocide;
(e) Complicity in genocide.

En su segundo artículo es donde aparecen reflejados los aspectos antes destacados y,


como indica el propio Jones (2011), estos introducen una profunda ambigüedad. Por
una parte, permanece el carácter organicista al mismo tiempo que no quedan definidos
los grupos o identidades colectivas enunciadas, lo que deja la puerta abierta a posibles
interpretaciones. Por otra parte, el aspecto teológico sigue siendo un aspecto crucial en
la definición. La ambigüedad que este introduce tiene que ver con la dificultad de
objetivar cuestiones motivacionales, lo que concuerda con el elemento llamado interno
o subjetivo en el derecho penal actual. Nuevamente, nos encontramos con una puerta
abierta a interpretaciones y variables subjetivas.

David Moshman (2010) nos permite aclarar de manera sintética las modificaciones que
el concepto de Genocidio ha experimentado desde la propuesta de Lemkin hasta la
establecida por la Convención, pasando por la adoptada en 1946 por La Asamblea
General de la ONU. Las decisiones en los Juicios de Núremberg influyeron en la
definición que elaboraría aquella Asamblea General, en la que según Moses (2013)
Lemkin tenía una fuerte influencia. La Asamblea General llegaría a explicitar que el
genocidio puede ser cometido tanto en tiempos de paz como de guerra, y enfatizaría la
dimensión racial o cultural de este crimen, haciendo uso incluso del concepto de
«genocidio cultural». Siguiendo a Moshman (2010) advertimos que la Asamblea
excluyó cualquier referencia a la intención o el objetivo del perpetrador en su
definición, por lo que el aspecto teológico o intencionalista fue retomado a posteriori
por la Convención. También la Asamblea incluyó, en este sentido al igual que la
Convención, además de los grupos nacionales o étnicos planteados por Lemkin, grupos
de carácter racial o religioso. Así la definición de la Convención podría entenderse aún
más amplia o inclusiva que la de Lemkin, además ambas aportadas desde la ONU
consideran que la destrucción puede ser parcial, pero como vamos a ver en el siguiente
aspecto esa inclusividad se ve restringida en la Convención adoptada finalmente.
En principio, en las tres definiciones, el acto de genocidio no esta estrictamente
asociado a mass killing o asesinato masivo: ni para Lemkin ni en las definiciones de la
ONU el exterminio físico o biológico de los individuos es una condición del genocidio.
La Convención, en su segundo artículo, explicita hasta 5 tipos de acciones que pueden
constituir genocidio, siendo el asesinato sólo uno de éstos. A pesar de ello, el sentido
original aportado por Lemkin se ve menoscabado ya que como plantea Martin Shaw
(2007: 22 citado en Jones, 2011: 14) la Convención plantea «stronger emphasis than
Lemkin on physical and biological destruction, and less on broader social destruction».
Esta lista de acciones, para Moshman (2010), más que permitir la inclusión constituye
una limitación, ya que excluye otras acciones que pueden suponer igualmente la
destrucción del grupo. Profundizaré en esta cuestión en el siguiente apartado.

Para concluir con este primer apartado, donde hemos conocido el concepto y sentido del
concepto genocidio a través de la definición propuesta por Lemkin y su trayectoria hasta
la Convención adoptada, valga concretar el desplazamiento semántico durante este
recorrido en el que el foco se desplaza de “la vida de una identidad”, hacia los actos
condenables para acabar con “la vida de una identidad”. Por último, se ha de tener en
cuenta que hasta aquí hemos tratado con su conceptualización jurídica, esto es, con una
cuyo cometido no es tanto la comprensión del fenómeno, sino su identificación general
y sistemática para su aplicación a los casos concretos y el establecimiento de sanciones.

DE LA CONVENCIÓN A LA DISCUSIÓN Y CONCEPCIÓN SOCIOLÓGICA

En este apartado debe tenerse en cuenta que la cualidad jurídica de la conceptualización


de genocidio va diluyéndose para dejar paso a una concepción sociológica que ayude a
identificar de manera acotada y prevenir este crimen.

Si aceptamos que la definición producida por la convención supone una limitación,


podemos aceptar que éste tiene que ver con el Holocausto como «patrón determinante»
del genocidio del que antes nos advertía Moreno Feliu. Precisamente, Jones (2011)
divide en dos la literatura producida a partir de los años 70 según esta cuestión: las que
denomina posiciones “duras”, que suponen un marco más restringido en relación con
una visión del Holocausto exclusivista, y posiciones “suaves”, que pretenden un marco
más amplio y dinámico. Esta división debe ser entendida, como advierte su autor, en
términos ideales, pues las propuestas concretas no se ajustan mecánicamente ni
inequívocamente a una u otra.
Nos ayuda a aclarar esta cuestión lo apuntado por Yehuda Bauer (1984 citado en Chalk
y Johansson, 1990). para Bauer tanto en la definición de Lemkin como en la de la ONU
se subsumen dos tipos diferentes de crimen, genocidio y holocausto, donde sólo este
segundo implicaría «the planned physical annihilation» o mass killing. Para ella la
excepcionalidad del Holocausto no esta garantizada, se trata de un crimen tipo que
podría repetirse en el futuro. En cambio, para Chalk y Johansson (1990) “mass killing”
si es una condición del genocidio. Para los casos donde la destrucción del grupo ocurre
sin destrucción física él reserva el concepto de etnocidio.

Chalk y Johansson proponen una definición clara y precisa para facilitar el análisis:
«Genocide is a form of one-side mass killing in which a state or other authority intends
to destroy a group, as that group and membership in it are defined by the perpetrator»
(Ibíd., 23). Es restrictiva en cuanto a que implica estrictamente el asesinato masivo, pero
además ese asesinato debe ser unilateral y, como la definición de Lemkin o de la
Convención, intencional. El aperturismo en su definición se produce al no concretar el
tipo de grupo que puede sufrir genocidio, para ellos esa definición es producida por
quienes cometen los homicidios independientemente de que se ajuste o no a realidad
objetivable. En definitiva es restrictiva en el sentido de que debe cumplir todo estos
requisitos para considerarse genocidio, aunque proponen el concepto de «genocidal
massacres» para casos que pudieran asemejarse sin llegar a cumplir todos sus requisitos.

Jones (2011: 24) nos aporta una definición de consenso a partir de su análisis de 18
definiciones aportadas por distintos autores –incluyendo los ya tratados–:

... a consensus exists that genocide is “committed with intent to destroy” (UN
Convention), is “structural and systematic” (Horowitz), “deliberate [and] organized”
(Wallimann and Dobkowski), “sustained” (Harff ), and “a series of purposeful
actions” (Fein; see also Thompson and Quets). Porter and Horowitz stress the
additional role of the state bureaucracy.

There is something of a consensus that group “destruction” must involve physical


liquidation, generally in the form of mass killing (see, e.g., Fein [1993], Charny,
Horowitz, Katz/Jones, Bloxham). In Peter Drost’s 1959 view, genocide was
“collective homicide and not official vandalism or violation of civil liberties. . . . It is
directed against the life of man and not against his material or mental goods”. This is
central to my own framing of genocide.

Prestando atención a esta definición, podemos decir se mantiene la destrucción física o


“mass killin” como condición, aunque Jones tiene la intención de hacer posible que el
genocidio no sea dependiente del número, que conste como genocidio la destrucción de
una sola vida humana al formar parte de una campaña de destrucción mayor. En
general, parece que, como indica Moses (2013) para el caso de la Convención, el
componente “vandalism” de la definición original de genocidio (sensu Lemkin) ha ido
desapareciendo tanto en el concepto jurídico como sociológico.

Quizás, como nos platea Jones, en el campo de lo jurídico el concepto de genocidio esté
siendo desplazado hacia el marco más general de “crímenes contra la humanidad”;
mientras que en el campo sociológico, a través de la distinción entre ethnocidio y
genocidio, se limite el foco de éste segundo a los casos en los que se produce el
asesinato masivo de individuos y no solo la muerte de “la vida de una identidad”. A mi
entender el problema surge cuando tratamos de suplir esta falla con otro concepto, ya
sea el de ethnocidio, pues estaríamos limitando la noción de identidad a una en
particular, en este caso, a la de étnica o nacional; y tampoco me parece que un listado de
«cidios» como el propuesto por Jones nos aporte la solución, ya que cualquiera de las
categorías supone un intento de atrapar la identidad, esto es, de volver estable, estática,
esencial, un aspecto de un proceso dinámico, situacional y pluridimensional como es el
de la identidad. Permita el lector que me explique, con ello llegaremos a la reflexión
última de este escrito donde, probablemente –no estoy seguro–, viajemos hacia una
concepción filosófico-política del concepto de genocidio.

HACIA UNA REFLEXIÓN FILOSOFICO-POLÍTICA PROPIA

Zygmunt Bauman en el cuarto capítulo de Modernidad y Holocausto (2017 [1989]),


donde trata la «Singularidad y normalidad del Holocausto», plantea que la
particularidad de este genocidio –el Holocausto– resulta de su carácter moderno –frente
a los asesinatos masivos antiguos–. Además de por la magnitud, para Bauman (2017:
116):
El moderno asesinato en masa se distingue por la práctica ausencia de toda
espontaneidad y por la incidencia de la planificación racional y calculada [...] Pero
sobre todo destaca por su intención [...] El genocidio moderno es genocidio con un
objetivo. Librarse del adversario ya no es un fin en sí mismo [...] El fin es una
grandiosa visión de una sociedad mejor y radicalmente diferente. El genocidio
moderno es un ejercicio de ingeniería social, pensado para producir un orden social
que se ajuste al modelo de la sociedad perfecta.

El vínculo que establece Bauman entre genocidio y modernidad podría describirse en


términos instrumentales: ciertas características de la modernidad proporcionan en forma
de ambiente y/o instrumentos unas condiciones idóneas al acto genocida. El genocidio
se desata cuando se «reúne algunos factores habituales de la modernidad que, por lo
general, suelen mantenerse separados» (Ibíd. 119). Entre ellos aparece la centralización
del poder, el monopolio de la violencia y el aparato burocrático, donde se generan unas
condiciones que permiten la inhibición moral, la responsabilidad moral se ve sustituido
por la técnica, y la deshumanización producida por la racionalización. Todo ello
contribuirá además a la eficiencia y optimización de los objetivos genocidas que, como
vimos antes, forma parte de un ejercicio de ingeniería social.

Aunque Bauman no parece dispuesto a aceptar la reflexión de George M. Kren y Leon


Rappoport (1980) acerca de que la situación del individuo en el Estado moderno no es
tan distinta de la situación de un prisionero de un campo de concentración como lo fue
Auchwitz, si esta dispuesto a afirmar que «la cultura moderna es una cultura de jardín»
(Bauman, 2017: 117), que desconfía de la naturaleza y la espontaneidad y concibe el
orden en forma de diseño. Y también esta dispuesto a asumir la idea de Anthony
Giddens acerca de que «la desaparición de la violencia en la vida cotidiana de las
sociedades civilizadas siempre ha ido asociada a una sostenida militarización del
intercambio entre sociedades y de la producción de un orden dentro de ellas» (Ibíd.
123).

Yo quisiera retomar lo planteado por Kren y Rappoport que, respetando las diferencias,
no me parece una comparación descabellada. Y con esta idea enlazo con el asunto de la
identidad. Me gustaría pensar el genocidio en términos inversos, esto es, no tanto como
destrucción de una identidad colectiva –a través o no del asesinato masivo–, sino más
bien en el sentido de que la construcción de un proyecto de identidad, la del Estado
moderno, supone destrucción, acotamiento o “descapacitación” de cualesquiera otros
proyectos de identidad. Esto supone pensar no tanto en un proyecto de ingeniería social
emergente y en conflicto con el orden precedente, como fueron los casos del estalinismo
o nazismo a los que Bauman refiere, sino una ingeniería social que opera de manera
constante, disciplinaria, en individuos y colectivos; el diseño de jardín de la cultura
moderna.

En el apartado anterior se llegó casi a la conclusión de que el concepto sociológico de


genocidio quedaba prácticamente reducido al asesinato masivo o al original «barbarity»
utilizado por Lemkin –el propio Bauman parece asumirlo así–, aunque con diversos
matices. La solución por parte de esa sociología es la inclusión de otros términos
complementarios –distintos «cidios»– para referir al fenómeno «vandalism» o lo que
llamé la muerte de “la vida de una identidad” –que excluye la muerte de seres
biológicos o humanos–. El problema surge en la «controversia» de la identificación de
la identidad, que será siempre un trabajo de ingeniería social, un artefacto de
sociólogos-legisladores que establecen una definición a priori, «ostensiva», que
establece y/o estabiliza una identificación (Latour, 2005).

Asumiendo el punto de vista de una «sociología de las asociaciones» y no el de una


«sociología de lo social», como el propuesto por Bruno Latour (2005) y otros que
asumen la Teoría del Actor Red, requerimos de una definición «performativa», de los
grupos o la identidad, de lo colectivo, lo que supone no tanto la existencia de una
identidad o colectivo en sí, sino la de una «actuación» requerida tanto por su existencia
como por su mantenimiento en el tiempo. De la bibliografía revisada, la propuesta
práctica que más se aproxima a la concepción teórica que planteo es la de Chalk y
Johansson (1990: 30), cuando al referirse al tipo de grupo-víctima de genocidio
establecen: «we avoid this problem enterely by using the perpetrator’s definition of the
victim». Considero que ello no solo nos ayuda a inhibir en lo posible la implacable
ingeniería sociológica, sino que también nos encamina a superar la perspectiva
organicista original sin caer en la simplicidad de las perspectivas individualistas.

¿En qué sentido entiendo la viabilidad o fecundidad del planteamiento de Kren y


Rappoport? El Estado, y más que ninguno el moderno, no solo pertenece a una «cultura
de jardín» por (con)fundir el orden con su diseño, lo es también porque ese diseño no se
lleva a cabo especialmente a través de “mass killing”, sino a través de la forma bella y
armoniosa con el paisaje civilizado como es la de un mercado “libre” e “inclusivo”, que
más que un sistema “económico” puede ser entendido como un circuito de signos a
través de los cuales todos nos vemos asimilados a un discurso del orden particular que,
a su vez, es universalizante.

Si el genocidio moderno se distingue por no ser un fin en sí mismo como nos indica
Bauman, quizás ese universo particular sea el objetivo del “genocidio moderno”
inherente al Estado. En este sentido el mercado capitalista puede ser contemplado como
la herramienta “civilizada” para la integración o asimilación de la diversidad en ese
universo particular. Teniendo en cuenta lo citado de Giddens, el mercado puede estar
sustituyendo a la guerra o violencia hacia el interior de ese universo –sin dejar por ello
de ser un mecanismo violento– reservándola allí donde se produce la resistencia a la
integración.
BIBLIOGRAFÍA

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