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DISCURSO DE LA SENADORA ROSARIO IBARRA

ANTE EL PLENO DEL SENADO ESTE 8 DE ABRIL AL


DISCUTIRSE LA INICIATIVA DE REFORMA
CONSTITUCIONAL SOBRE DERECHOS HUMANOS

Señoras y señores Senadores:

Lamentablemente, la sensibilidad política de la


Mesa Directiva le llevó a extender el turno de esta
importante minuta solamente hasta un punto en que
olvidó incluir a la Comisión de Derechos Humanos del
Senado. Ello a pesar de que la minuta que viene de la
Cámara de Diputados originalmente lo es de las
comisiones unidas de puntos constitucionales y de
derechos humanos de la colegisladora. A pesar
también de la historia de los antecedentes de este
tema, como se recoge en el capítulo correspondiente
del texto que nos ocupa, en que permanentemente se
incluyó, aunque fuera sólo para opinión, a la Comisión
de Derechos Humanos.

Me veo obligada, por tanto, a pronunciarme ,


aunque sea en lo general sobre el dictamen,
consciente de la dificultad para influir ya a estas
alturas en su contenido. Lo hago obligada no sólo por
mi compromiso e interés personal en el tema o por el
compromiso institucional que se deriva de mi carácter
de Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos,
sino que más allá de un protagonismo inútil, tengo
también el compromiso adquirido con organizaciones
de la sociedad civil, académicos y especialistas que
incluso, en su momento, fueron convocados por el
Congreso a opinar sobre una necesaria reforma
integral a los derechos humanos en el nivel
constitucional. Después de meses de trabajo en foros
y seminarios, con la colaboración también de la
Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas,
se obtuvieron también importantes resultados.
Apoyada en esas conclusiones es que me permití en
su momento presentar un proyecto de iniciativa de
reforma constitucional como reconocen los
antecedentes de la presente minuta.

Este debate ocurre en un contexto de violencia y


en un momento crítico de terrible descomposición
social y política, marcado por la militarización del país
y las recurrentes violaciones a derechos humanos.
Ocurre también con la existencia de instituciones
pretendidamente dedicadas a la protección de
derechos humanos incapaces de hacerlo y sin real
autonomía con respecto al poder al que deberían,
primeramente, vigilar. En un momento en que, como
se ha denunciado aquí, se extiende la inhumana
práctica de criminalizar la protesta social. En que
oficinas como las del Secretario de Gobernación dice
preocuparse por el llamado de atención que desde
Ginebra se expresa por el retraso de México en
realizar esta reforma constitucional de derechos
humanos y todavía ayer recurre a la vulgar práctica
de poner celadas a movimientos sociales como lo
hicieron sus funcionarios al citar a dirigentes
campesinos que, de buena fe quieren dialogar en
torno a sus demandas, en un café para entregarlos en
un aparatoso operativo a la policía. Con esos
antecedentes me preocupa que la reforma que
seguramente hoy será aprobada, incluyendo algunos
aspectos legítimos y positivos que tradicionalmente
hemos demandado, se convierta en una pantalla que
oculta una realidad represiva y autoritaria que no se
modifica sino que se refuerza, bajo el argumento
conformista de que “hasta aquí se logró” y de que es
mejor poco que nada. El problema no es, como ya sé
que me dirán, la disyuntiva del todo o nada, sino de
que el poco sirva como propaganda para pretender
ocultar esa realidad represiva y autoritaria, propia de
un estado policiaco que se va imponiendo en la
realidad. Un estado policiaco en vez de un Estado
garantista de derecho, con cara lavada por una
reforma que nombra al primer capítulo de su
Constitución como el de los derechos humanos.

Lo anterior en un proceso que se pretende


culminar con la minuta que ahora se discute;
reconozco que la misma presenta algunos avances,
como la adopción parcial en nuestro orden
constitucional de los últimos avances del derecho
internacional de los derechos humanos, el
reconocimiento del derecho al asilo o la abolición de la
arbitrariedad para expulsar a personas extranjeras de
nuestro país, como propusimos en su momento.

De igual modo, resulta positiva la introducción de


los derechos humanos como parámetro en la
conducción de la política exterior, aunque considero
que la misma debe buscar justamente la promoción
de los derechos fundamentales y no debe nunca ser
pretexto para mermar o incluso violentar otros
principios igualmente valiosos en la misma función,
como lo es la autodeterminación de los pueblos, la no
intervención, la solución pacífica de controversias,
entre otros. Pienso que para este caso la
hermenéutica constitucional permitiría elaborar una
ponderación axiológica que haga prevalecer el
principio más adecuado en cada situación particular
donde haya un conflicto entre los mismos. No debe
servir como pretexto para subordinar la política
mexicana a los designios de potencias imperialistas
que hipócritamente afirman defender derechos
humanos y realizan invasiones, masacran pueblos y
no solamente violan la soberanía nacional de otros
pueblos, sino que extienden y generalizan la violación
a los derechos humanos.

Otro tema igualmente relevante es el del


establecimiento de un núcleo duro e irreductible de
derechos que no pueden ser suspendidos, aún para
enfrentar las situaciones de emergencia que refiere el
artículo 29 constitucional. En general estoy de
acuerdo con imponer esas restricciones. El primero de
ellos tiene, sin embargo, una redacción ambigua. El
derecho a la vida se ha convertido en un lema de
aquellos que se oponen al derecho de las mujeres
sobre su propio cuerpo. En el contexto del artículo 29,
por supuesto, entendemos que el derecho a la vida
implica que en ninguna situación de emergencia se
justifican las ejecuciones, los asesinatos, la
desaparición forzada, todas esas prácticas inhumanas
que por cierto vemos estos días en lugares como
Ciudad Juárez o Monterrey para mencionar solo 2
casos en que se ejecuta a civiles, generalmente
jóvenes o pobres, acusados falsamente de pandilleros
o delincuentes, lo que de ser cierto tampoco hubiera
justificado tales crímenes. Por eso me preocupa dejar
asentado, en caso de que tal redacción no sea
modificada para hacer explícita nuestra oposición a
esas ejecuciones y asesinatos, el que el sentido de los
legisladores actuales va en esa dirección y no en otra
que, mañosamente, en el futuro se le quisiera dar.
Debe darse al derecho a la vida ese sentido preciso
sobre todo porque en los últimos años algunos
sectores han querido contraponerlo a la
despenalización del aborto, aún y cuando la Suprema
Corte ha resuelto que la misma es constitucional. La
no suspensión del derecho a la vida no debe
interpretarse para contravenir el criterio que al
respecto fijó ya el Tribunal Constitucional. Lo que
busca esa adición es proscribir las ejecuciones aún
durante una situación de emergencia, pero nada
indica que deba orientarse hacia la conculcación del
derecho de las mujeres a la maternidad libre y
voluntaria.

Sin embargo, los avances de la reforma son


insuficientes ante la gravedad de los atropellos del
poder público desde hace ya varios años; ¿cómo
enfrenta esta reforma las muertes de personas
inocentes víctimas de la presencia militar en las calles
haciendo lo que la propia constitución les prohíbe?
¿cómo atiende impunidad que provoca el fuero
militar? ¿Qué les responde a las miles de personas
que víctimas de un abuso del poder encuentran un
órgano ineficaz para lograr un respeto pleno a los
derechos humanos, pero que en cambio resulta
sumamente oneroso para las finanzas nacionales?

Esas preguntas me llevan a afirmar que la


reforma no toca instituciones autoritarias como el
propio fuero de guerra, el cual bajo su actual
estructuración ha permitido que cualquier delito que
pueda definir la legislación común, se convierte en
militar por el hecho de haber sido cometido por un
miembro de las fuerzas armadas, permitiendo que el
fuero de guerra se convierta en un privilegio y en un
sistema punitivo parcial en detrimento de la igualdad
ante la ley y del principio de división de poderes que
establece que las penas sólo las puede imponer el
juez ordinario, según el artículo 21 constitucional.
Nuestra iniciativa proponía abiertamente eliminar ya
ese anacrónico fuero de guerra.

No se atiende la iniciativa que propone derogar


tanto el subsistema de excepción para la delincuencia
organizada, el cual suprimió de manera injustificada
las garantías procesales de las personas acusadas de
delitos relacionadas con aquella, como el arraigo, que
es en realidad una forma de detención preventiva de
carácter arbitrario ocasionada por un insuficiente
control jurisdiccional. Es parte de las contradicciones
que representa esta iniciativa y que pretendíamos
combatir en nuestra propuesta: por un lado se eleva a
carácter constitucional los derechos humanos y por el
otro se vienen aprobando reformas como la llamada
reforma judicial que limitan tales derechos.

En fin, tampoco atiende la propuesta de


introducir, en lugar de la Comisión Nacional de los
Derechos Humanos, la figura del Defensor del Pueblo,
el cual sería titular de la acción de amparo contra la
violación de los derechos humanos económicos,
sociales, culturales y ambientales. Proponer que la
CNDH pueda iniciar denuncias penales ante
violaciones a derechos humanos o recomendaciones
no atendidas, que de todos modos ya está incluido en
su ley orgánica, es un regreso al origen del problema.
Si las instituciones defensoras de derechos humanos
se crearon por las insuficiencias del sistema de
justicia, ahora se propone que puedan recurrir a ese
sistema de justicia para lograr que sus
recomendaciones sean atendidas. Es una prueba más
del fracaso e inutilidad de la CNDH y la necesidad de
un cambio radical como el que propusimos de sustituir
a la misma por el Defensor del Pueblo.

Estas insuficiencias son aún más preocupantes


porque al parecer ésta es la única reforma que sobre
derechos humanos se aprobará en esta legislatura,
pretendiendo que con la misma se atienden los graves
problemas y demandas que sobre el particular
existen. No puedo aceptarlo; todo el dolor y los
atropellos que producen tanto autoritarismo como la
falta de control en el ejercicio del poder, me llevan a
reservarme el derecho de seguir impulsando una
reforma integral sobre derechos humanos.
Muchas gracias.