Está en la página 1de 70

El libro

de
mermelada
jorge jolmash

Ediciones el Sementerio 2007


El mundo de mermelada

En algún momento u otro, todos nosotros coqueteamos con


la locura. Algunos, los más decididos, optaron por negar de
plano el mundo exterior. Los demás nos limitamos a
mantenernos tímidamente alejados de él para no hacerle ni
hacernos daño. Al final resultó ser un enfoque equivocado,
pero nadie puede culparnos de pusilanimidad, pues nos
lanzamos sin considerar las consecuencias y sin la menor
intención de hacer trampas.
Y es verdad que abril, con sus lilas podridas, es un mes
terrible, pero también hay que reconocer que con ese estado
de ánimo ninguno de los otros meses es mucho mejor. En fin,
lo que había que pagar se pagó y no creo que nadie haya
sufrido inmerecidamente, aunque claro, algunos la pasaron más
mal que otros. Nosotros, por lo menos, no nos podemos quejar
pues nos hicimos de un par de secretos banales que,
esperamos, nos sirvan en épocas de dificultad y perros
rabiosos en la calle.
Por ejemplo el secreto de la falsa revelación. Por lo
general nuestras explicaciones no se corresponden con la
realidad, lo cual da una cierta sensación de inadecuación al
mundo exterior por demás inevitable. Sin embargo, cuando por
un esfuerzo voluntario de la percepción logramos confundir la
realidad y los sueños, las explicaciones pueden corresponder
exactamente a ese tipo de realidad, dejando la impresión de
una revelación metafísica que por otra parte no es más que
una perogrullada. El mapa coincide perfectamente con el
territorio por que, por definición en este caso especial, el
mapa es el territorio. Es a eso a lo que en otro lugar hemos
llamado “el efecto equis igual a equis”.
Además descubrimos el secreto de la prosa polisémica
automática, que parece decir a todos los lectores un mensaje
nuevo cada vez y que puede interpretarse siempre como una
profecía. El truco es bastante sencillo y consiste en aparear
en la misma frase, palabras sugerentes con otras totalmente
independientes desde el punto de vista semántico, sin dejar
de observar siempre ferozmente las leyes de la sintaxis.
Cuando el que escribe tiene un poco de talento (ni siquiera
es necesario mucho), las oraciones aparentan significar
muchas cosas distintas y a veces contradictorias, algunas de
las cuales dejan una impresión imborrable de sabiduría. Este
efecto polisémico se debe de hecho a una ausencia total de
significados intrínsecos. Aún así, en condiciones ideales, la
libre interpretación de estos textos, al igual que la de las
manchas de tinta de los psiquiatras, además de ser
definitivamente divertida puede desencadenar revelaciones que
no por falsas son menos útiles.
Tal hemos observado mientras nos apegábamos al obsoleto
programa contenido en la carta del vidente. No somos, por
cierto, las mejores mentes de nuestra generación, pero sin
duda tampoco somos las peores. Ahora que ha llegado el
momento inaplazable en que nos vemos obligados a transigir
con el mundo exterior, aunque sólo sea por el afán de
transformarlo en algo más parecido a nuestros sueños,
haciendo uso de toda nuestra sobriedad ofrecemos los
siguientes apuntes de nuestro cuaderno de campo. Saque cada
quien sus propias conclusiones.
Palabras previas

No pretendemos fatigar al lector con dudosas


interpretaciones, decimos las cosas tal como sucedieron en
verdad, sin agregar ni una coma que no hubiese existido. Si
no quieres creernos es tu elección, pero luego no digas que
fuiste inducido por señales engañosas, mejor asume la
responsabilidad por tu mala fe como un adulto.
La historia que vamos a contar, involucra en términos
generales a Leandro, a quien después conoceríamos como el
archidiácono de las gafas, a dios y a Susana, además de a
una multitud de personajes menores como Lagartija y el doctor
Kreenling. Y sobre todo a la Razón y la Locura.
Podemos decir que todo este texto que te invita a
perderse en él como en un bosque ignoto, es al fin y al cabo
una alegoría más o menos elaborada de la interminable lucha
entre el raciocinio y la irracionalidad1. Como tal fue por lo
menos redactado nuestro mundo de mermelada, aunque no por eso
queremos limitar tu soberana lectura. Paséate pues con toda
libertad (o como diríamos “como Juan por su casa”) por este
libro que con ese efecto hemos concebido.
Y procura, si puedes, traer de vuelta una joya cada vez
que te sumerjas en sus salobres aguas. Porque de su fondo
brotan perlas de bilis como leche del túrgido globo del seno
materno. Porque cada travesía conduce a la fuente de la cual
salió la vía láctea. Porque ya descubrirás tú mismo la
respuesta a todos los porqués.
Dejemos entonces de posponer el disfrute de este
disparatado festín que presentamos a tu exigente paladar.

1
Querríamos hacer notar que, como resulta evidente, quienes presentamos los siguientes argumentos no lo
hacemos desde el punto de vista de los amigos del caos. Por el contrario, se necesita tener mucha fe en la
razón para tratar de medir cualquier clase de armas mentales contra un campo de jitanjáforas.
Ojalá tus dientes sean suficientemente fuertes para masticar
estas ostras y te permitan chuparles todo el jugo que tienen
para ti. Aunque la verdad lo dudamos bastante...
La historia de Leandro

Cansado de no poder llegar a donde quería, Leandro


descreyó de la magia que le enseñaron sus ancestros y se
volvió seguidor absoluto de la noble ciencia que no tardó en
decirle qué camino debía seguir. Necesitaba ahora comprender
el mundo, no sólo con su cerebro, sino con cada una de sus
vísceras. Trascender de una vez por todas ese estado de vaga
enajenación de las capacidades humanas. Vencer el sórdido
abatimiento del ángel de la cotidianeidad. Golpear, en fin,
las redes de los dragones lóbregos y los cazadores de
metáforas.
Y como lo único que se le ocurrió fue convertirse en
otra persona, eso fue lo que hizo en verdad. Aunque otros
creerían que dimitir a su propia individualidad fue una
ineludible cobardía que lo transformó una especie de traidor
ontológico, nosotros no estamos de acuerdo, sería una
hipocresía de nuestra parte. Simplemente lo contamos como
sucedió. Decidió transformarse en un personaje oscuro: el
ultra racionalista Archidiácono de las Gafas, (nosotros) un
paladín del intelecto que creía sinceramente en que estaba
ejerciendo su inalienable derecho de modificar al mundo a su
antojo. Si el sueño de la razón produce monstruos – pensaba
el Archidiácono - más nos vale mantener a la razón despierta
y trabajando.
Y que nadie diga que no hacen falta pantalones para
jugar a ser dios, y luego matar a dios.
Un duende es un plato de mantequilla

Un duende es un plato de mantequilla;


un amasijo de contradicciones que se estrellan en la
pared del vecino y no dejan de chisporrotear sobre árboles y
reservas;
una estratagema del ocaso, de esa dulce introspección
que se arrodilla cuando soñamos temas que nadie se atrevería
a entender en todo su esplendente horror;
un beso (frío) en el filo (helado) del bolígrafo;
un poderoso cuento para dormir a los indios y venderles
arañas del tamaño de una cancha de futbol;
un deseo por siempre insatisfecho de cristal cortado y
sopa y descanso los fines de semana y feriados;
yo con mis manos de hueso, vos con tu vientre de pan;
un libro cuyas páginas están pegajosas por el sudor de
un muerto, y el muerto eres tú o, si acaso, un familiar
cercano;
un vacío hambriento en la boca del estómago;
la sorprendente autoridad de los anfibios en cuestiones
de tradición;
la Real
Academia
de las Pulgas;
un pez globo con los cachetes inflados y aire de
magnate;
el rechinar de las calles bajo nuestros zapatos bien
aceitados;
un placentero afinador de la memoria;
una probadita de lo que sería pasar el resto de tu vida
en el manicomio;
una frase sin sentido como podrían serlo (por dar un
ejemplo): “¿dónde fuiste anoche?”, “te quiero mamá”, “ponte
el suéter”, “y el ganador es...”, “estás despedido”, o “hay
una aspirina de colores en el cajón de la cómoda”;
la única forma de cultivar ilusiones que brotan de un
suelo humeante y –hasta cierto punto – repulsivo;
un inofensivo pasatiempo de la clase dominante;
una forma de ir al cine, aunque bastante distinta de las
habituales;
o el guiño cargado de paciencia, de serenidad y de
perdón recíproco que un acuerdo involuntario permite a veces
intercambiar con un gato;
un duende, en fin.
Consideraciones acerca del test de Kreenling

No todo el mundo toma la vida de la misma manera.


Algunos la toman tal y como viene. Recién desempacadita del
envase, cuando aún conserva su color y aroma, y sobre todo,
su temperatura. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que
lo que conserva la atención de los jóvenes en la vida, es
justamente su temperatura.
Algunos sujetos, acudiendo a nuestro llamado, han
permitido que se les incluya en este estudio. Los
experimentos que se llevaron a cabo en ellos son
extremadamente sencillos, prácticamente indoloros, y lo que
es más importante, muy reveladores.
Una de las pruebas más hermosas, el test de Kreenling,
consiste en suspender indefinidamente el suministro de vida
de cada uno de los sujetos de estudio. En estos casos, el
paciente suele reportar un descenso en la temperatura que nos
hace sospechar que existe cierta conexión entre la vida y el
calor, si bien aún es muy prematuro precisar de qué tipo. Lo
cierto es que tras una suspensión muy prolongada de vida se
han llegado a presentar casos de congelamiento.
Otro problema muy común provocado por la suspensión en
la ingesta de vida es la intoxicación por mariscos. Se ha
sugerido que la digestión de los productos marinos inhibe el
metabolismo de la vida, lo cual causa su acumulación
patológica en las inmediaciones de la glándula pituitaria.
En todos los casos la privación del suministro de vida
conlleva eventualmente a la muerte, sin embargo, en ciertas
condiciones puede mantenerse al organismo con dosis muy
pequeñas de vida, aunque no sin presentar ciertos efectos
secundarios que, a la larga, pueden ocasionar necrosis del
tejido vascular.
Por otra parte, la vida en dosis muy elevadas provoca
cuadros poco recomendables, caracterizados en su mayoría por
un exceso de actividad nerviosa y un incremento notorio de la
temperatura. En algunos sujetos se ha detectado incluso una
cierta propensión a dormir en el piso y beber agua del
retrete, si bien se trata de casos aislados (al respecto
véanse las interesantes observaciones de Sánchez et al, 1998
a y c).
Cabe aclarar que hoy por hoy, el metabolismo concreto de
la vida es prácticamente desconocido, aún cuando se conocen
la mayor parte de sus agonistas y antagonistas específicos, e
incluso ya se ha logrado sintetizar a algunos de ellos.
Una corriente de pensamiento que ha tomado fuerza en los
últimos años, postula que el catabolismo de la vida está
relacionado con el ciclo del ácido tricarboxílico. Otra
escuela que, a pesar de haber perdido muchos adeptos aún
conserva a la mayoría de los especialistas en la materia,
propone que la vida es simplemente un mensajero químico que
interactúa con los receptores dopaminérgicos que se
encuentran en las membranas celulares de las células glía.
Ambas tendencias son mutuamente excluyentes, sin embargo, su
yuxtaposición ha generado una tercera escuela que bien poco
comparte las opiniones de sus predecesoras. Esta última
sostiene, simple y llanamente, la inexistencia de la vida.
966 End

La idea era hacer las cosas lo mejor posible, progresar.


Permitir el innoble avance de nuestra horda de simios
vanidosos. Mostrar la casta, nuestra dotación genética de
suerte. Desarrollarnos, pues.
Y eso fue lo que intentamos hacer, buceando en nuestros
sueños, intentando llegar a donde nadie había llegado antes;
altius, citius, fortius, o algo así. Y logramos amasar
fortunas inconmensurables sin caer en las trampas del viejo
moloch de torcidos dientes. O al menos eso hemos creído
siempre.
Pero tampoco podíamos confiarnos demasiado, y eso nos
hacía oscilar en ciertas ocasiones como una veleta de papel
periódico. Es decir, también dudábamos, o mas bien,
simplemente dudábamos, de todo y de todos (incluidos nosotros
mismos, claro está). Esto último, por demás está decirlo,
rara vez nos sirvió de gran cosa pero nos hacía sentir
realmente bien.
Y la verdad mucho nos faltó para ser como el mejor
artesano, que tronaba sus trompas contra la usura y luego
acababa como aliado de los nazis. Y mucho nos faltó para ser
como el miope que se masturbaba en Dublín. Y mucho para ser
como el exquisito cubano, como el colombiano con voz de
encantador de serpientes, como el argentino neurótico que le
temía a los espejos, como el otro argentino que nunca se
cansó de perseguir, como el italiano que hablaba todos los
idiomas del mundo, como el inglés que estaba enamorado de las
niñas, como el mugroso yanqui que sabía que era infinito,
como el protoredneck alcohólico que amaba al deep south, como
el niño santo que veía el futuro, como el académico francés
que tenía la nada en la cabeza, o como su compatriota que se
montaba sobre la multitud con un rifle ardiente con el cual
abatía a la mitad de la población (quizás debí hablar primero
de él).
El caso es que hicimos lo que pudimos.

Preguntamos al oráculo en el día Kuei sze


¿Habrá lluvia?
¿Vendrá la lluvia del Oeste?
¿Vendrá la lluvia del Este?
¿Vendrá la lluvia del Norte?
¿Vendrá la lluvia del Sur?

Y Kung dijo: “They have all answered correctly that is


to say, each in his nature”.

El mundo como un palimpsesto (yo estoy vivo y ustedes


están muertos ustedes los que fueron eliminados por la
explosión que debió haberme eliminado a mí son los medio
vivos los difuntos en hibernación en el moratorio donde creen
que hiberno yo estaba antes que el universo existiera hice
los soles hice los planetas engendré la vida y los sitios que
los habitan soy el verbo y nunca se dice mi nombre el nombre
que nadie conoce que mutará en aparato eléctrico en cerveza
en café en aderezo para ensaladas en antiácido en navaja de
rasurar en revestimiento para cocinas en institución bancaria
en acondicionador para el pelo en desodorante en somnífero en
jalea en brassier en bolsas para conservar comida en remedio
contra el mal aliento en cereal y por fin en entidad
omnipotente para al final morder el anzuelo y caer en la
trampa).
Cantar de enamorados

El agua era negra dentro de las ramas ¿Quién dirá mi


niño lo que tiene el agua?
Y cuando con una sonrisa en los labios quiso ahuyentar a
los fantasmas de sus antepasados purulentos, no encontró
mejor manera que sumergiéndose de golpe en un océano de
nostalgias bárbaras, y corrigiendo la dicción secreta de las
estatuas. Su carne recordaba la de un santo por su palidez,
pero su salud era fuerte. Nadie hubiese dudado en encargarle
semejante tarea.
“La razón de la sinrazón que a mi razón se hace,” sus
labios se movieron de memoria “de tal manera mi razón
enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”.
Con la túnica a medio amarrar dio un trago diabólico al
bebedizo de las mujeres de lúbrica cintura (casi sin respirar
vio como las cosas se deformaban a su alrededor). Las caras
habían cambiado todas y los ojos de las damas centelleaban en
busca de un final feliz. Un gemido de placer se ahogó en su
garganta, mientras constataba la luminosidad de sus párpados.
Sacar de mi sistema a todos los hijos de la locura.
La recordada curvatura de una fiesta perfecta
desparramaba los tentáculos en un salón de paredes gastadas y
roñosas. Un tambor de plástico tocado por un niño disfrazado
de nomo inundaba el ambiente como un millón de enredaderas
apareándose. Tras otro sorbo del licor de las brujas, Leandro
descubrió que su garganta había adquirido un sabor a la vez
dulce y grave. De golpe le asaltó la idea de que había
llegado al manantial de todas las emociones. Todo era posible
(y deseable) a partir de ahí.
Entonces comenzó a escupir el alma, con las rebabas de
los planetas abortados cubriéndole las lágrimas. Poco a poco
se le fue desmoronando el acuerdo y los pájaros volvieron a
cantar.
Duérmete rosal, que el caballo se pone a llorar,
su belfo caliente con moscas de plata.
El recurso a la locura

El recurso a la locura debería ser, después de todo, un


recurso extremo. El último refugio de nuestra maltrecha
humanidad en contra de las garras del absurdo mundo de
mermelada. Como una zarpa enorme que acaricia la arena, una
marejada gigante inunda el viejo barrio en donde coquetos
poetas jugaban sus juegos inútiles. Pero no por eso voy a
llorar. Peores serán las madrugadas del hambre.
Un deseo de recuperar las sinfonolas y trombones de la
infancia nos ahoga lentamente. Tragando saliva echamos un
vistazo a la eternidad, nuestra peor enemiga. Y aún hay algo
más, aunque no acierto a explicarme.
Nadie sabía mejor que nosotros que al aceptar el imperio
de la razón nos volvíamos menos sensibles, pero en cierto
sentido orgulloso, más humanos. POR QUÉ SIMPLEMENTE HEMOS
DECIDIDO NO ESCUCHAR AL DOMINGO de hoy en día. Muera la
metafísica y viva la metodología mitológica en su recinto
famoso. Y viva de una vez por todas la locura. Muera para
siempre la hermana locura.
Y después de todo es por una cierta debilidad ante las
aristas del paisaje que decidimos recurrir a sus alados pies.
Sea la locura un intenso descanso del bastón. Pero un
descanso fértil, al fin y al cabo. Sus áridas esquinas
contienen la violencia del universo entero y una lámina de
carbono. Imperio fatídico de leche cortada.
Poco a poco permitimos a nuestros ojos color púrpura
interpretar la pálida línea que divide a los 2 grandes mares
del odio y la sabiduría. Acorazada revancha del sentido que a
fuerzas de exasperar la polisemia, termina rayando en lo
unívoco.
Brillan las luces fluorescentes en las carreteras. Out,
out, brief candle! Tal parece que te encontrarás finalmente
gracias al turismo. No lo olvides, Life’s but a walking
shadow, a poor player, pobre, pobre. Placer en la punta de la
lengua. That struts and frets his hour upon stage, elevándose
en un augurio pasajero. And then is heard no more. It is a
tale, y mira ni más ni menos que contado por un idiota. Told
by an idiot, full of sound and fury, te lo digo, by an Idiot
Faulkneriano. Pon atención, si te fijas detrás del árbol
verás a Benjy, el idiota; más para allá a Quentin, el
desesperado, y junto a la casa grande a Jason, el amargado.
Pero al final ni siquiera entenderás de que se trata por que
resulta que no significa nada.
Signifying nothing.
Las verdaderas palabras proféticas son las que no se
dicen pero se intuyen en los silencios de la casa de
huéspedes. Sir Francis Bacon era inocente de los cargos que
se le imputaban y eso debe bastarnos. Reflexiones cíclicas
infinitas. Revelaciones falsas de mi Xiyouji privado. I
celebrate myself, and sing myself. Yo nací de un huevo de
piedra, creado a partir de una roca tan antigua como el
tiempo y las esencias del cielo y de la tierra. Sólo yo puedo
retar a unas vencidas al poderoso Emperador Jade. Sólo yo me
atrevo a orinar el dedo del Buda. And what I assume you shall
assume, For every atom belonging to me as good belongs to
you. Sólo yo fui castigado por comer los duraznos de la
inmortalidad. Analogías Darwinistas y Judeocristianas.
Y Estragón y Vladimir que siguen esperando en vano.
El psicoanálisis de una tetera oxidada. Presa del
insomnio ideal de Giacomo Joyce.
Algo así como esa sensación de provocar impunemente un
efecto.
Y hacer auto referencia, sin duda. (Tarde o temprano
todos acaban hablando de la misma lata de SOPA Campbell’s).
Supongo que ya te diste cuenta de que varias de las pistas
eran falsas. Signifying nothing.

Posdata al recurso a la locura


Pero también hay días en que la droga sabe a orines y
nada acierta a hacer salir a los vientos de su madriguera.
Entonces, una tristeza rancia que recuerda el olor de los
viejos libros de amarillentas páginas, se instala para
quedarse en la funda de nuestros abrigos. Y puede haber sol
en las mañanas, no digo que no, pero hay también una
preocupación medio enfermiza por llegar a tiempo a la escuela
o al trabajo. Como si al fin y al cabo no termináramos
pasándonos las mañanas ociosos, entre una visita al cine del
barrio (dos películas por el mismo boleto) y yacer tumbado en
el pasto del patio. Junto a la piedra redonda tan chistosa
(obviamente).
Pero a la vez existe un transformador que se consume lo
mejor que tenés (ayer soñé con los hambrientos, los lobos,
los que se fueron, los que están en prisión). Hay golpes en
la vida tan tristes (yo no sé).
En el fondo sospechas que el problema es que el tiempo
se congeló en un punto cristalino sobre el medio día y todos
los seres vivientes padecen de unas vacaciones interminables.
Algo así, cuando menos, aunque luego te retractas por haber
pensado lo que pensaste (y después de todo ¿qué pensaste?).
Sabiendo que no es tu día te quedas horas observando a las
hormigas como Edward Wilson, sólo que entiendes menos su
comportamiento. Y bueno, a quién le importa.
(signifying nothing)
Castigo

Yo era, hace tiempo, un dios bueno. Inventé de la nada


una curiosa raza de seres humanos capaces a la vez de un
incipiente raciocinio y de la insolente pretensión de saberlo
todo.
Bien vistos, mis hijos eran algo ridículos. A pesar de
que siempre estaban imaginando historias acerca de mí, era
obvio que me querían. O por lo menos que sabían que les
convenía quererme, da igual.
Yo me pasaba los siglos pendiente de sus actos, les
impulsaba a alcanzar cada vez nuevos y mayores logros
tecnológicos y, de vez en cuando, hasta les reprendía con
desgana cuando hacían cosas que no me parecían apropiadas.
Un mal día – no sé por qué, los designios del destino
son inexpugnables hasta para mí – uno de aquellos pobres
diablos hizo algo que me molestó. En honor a la verdad ya ni
siquiera recuerdo qué fue lo que me enfureció, así de absurda
encuentro ahora la causa de mi ruina. El caso es que arremetí
contra el impertinente a maldiciones, le vaticiné la muerte a
todos los de su estirpe y, no contento con eso, lo aplasté de
un manotazo.
Muy tarde comprendí hasta que punto había llegado mi
locura. Al causar la muerte de ese insignificante ser, había
desencadenado la tormenta que me arrastró hasta mi purgatorio
actual. Había privado a una partícula de mi voluntad divina
de la posibilidad de vivir, había apartado de su
entendimiento el soplo que le permitía concebir todas las
cosas del mundo, le había, en fin, clausurado el universo que
yo mismo le ofrecí mendazmente.
Arrepentido por mi injusticia, juré que me castigaría
por cada uno de los momentos que le había arrebatado a ese
ser. Siendo su muerte tan infinita como mi propia
inmortalidad, procedo a penar por cada uno de los segundos
que caben en la eternidad.
Por eso ya no bajo a la tierra tan seguido como antes.
El otro día, oí que uno de los parroquianos del café de la
esquina creía que estoy muerto. Hay que ver las cosas que
tiene uno que soportar.
El jardín perverso de la embriaguez

Susana decidió internarse un día en el jardín perverso


de la embriaguez. Lentamente se había ido cubriendo de hastío
y supo que era el momento de ejercitar su locura o resignarse
a perderla del todo. Como sabía que nadie iría a molestarla,
se encerró toda la tarde sola en su casa, apenas acompañada
por dos caguamas y una botella de tequila barato. Primero
pensó en preparar una botana, pero luego, la urgencia de
perder el control le aconsejó tener el estómago vacío y
susceptible para lo que pudiera suceder.
Con gesto tembloroso por el deseo (aunque realmente no
lo acostumbraba, justo entonces necesitaba una borrachera
terrible que le hiciera convulsionar el aburrimiento y la
rutina) destapó una caguama perlada de rocío y se colgó de su
boca como si la cerveza fuera oxígeno para sus pulmones.
Hubiera deseado acabársela de un solo trago, pero no le
alcanzó el aire y tuvo que empinársela otra vez. Luego, con
un escalofrío metálico dejó la botella, vacía e inservible
sobre la mesa. Con una sonrisa torcida comprobó que comenzaba
a marearse.
Sacó entonces de la bolsa del supermercado la botella de
tequila y tomo un vaso de la alacena. Como no tenía
caballitos a mano, se sirvió lo que en ese momento consideró
el equivalente en líquido dentro de uno de los vasos y se lo
bebió de un trago. Tras una mueca y un par de toses fuertes,
sintió entumidos la nariz y los labios. Luego repitió la
operación un par de veces, sólo que en cada una era más
difícil calcular el tamaño del caballito que en la anterior,
por lo que la última vez, el trago era casi de medio vaso. La
sonrisa torcida se le convirtió en carcajada y reconoció que
ahora sí estaba plenamente borracha.
Sin embargo, algo que pujaba por salir de su interior le
dio a entender que no era el momento de detenerse. Le costó
trabajo encender el cigarrillo sin filtro, pero en cuanto lo
hubo hecho, aspiró el humo con todas sus fuerzas. El tabaco
la mareaba un poco más, pero también le permitía sentirse más
dueña de sí, como si la nicotina fuera el sintonizador fino
del alcohol. Trastabillando, se levantó de la mesa y fue por
el otro envase de caguama y un limón. Aunque jamás había
oído hablar de semejante coctel, se le antojó mezclar el
tequila con la cerveza, limón y un poquito de sal. Como le
supo sabroso, se lo fue bebiendo poco a poco mientras se
quitaba la ropa.
Primero se desprendió de la blusa sintiendo como se
erguían sus pezoncitos por el frío y la travesura, y luego se
desabrochó el ajustado pantalón de mezclilla y se lo bajó
mientras el vientre se le volvía líquido. Cayéndose, pero sin
soltar su vaso (que para entonces era verdaderamente
delicioso) se dirigió al escusado a expulsar un grueso chorro
de orina.
Mientras orinaba se dio cuenta de cuan deseable era. Si
algún hombre la estuviera espiando en ese momento (y la idea
no le disgustaba tanto) hubiera enloquecido irremediablemente
por su carne pálida y jugosa. Pero entonces no había ningún
hombre cerca y Susana descubrió que no le hacía falta, con el
puro deseo que sentía por sí misma, por su cuerpo semi
adolescente, le bastaba y sobraba. Se levantó del escusado y
comenzó a palparse las nalgas enormes y redondas. Aunque
efectivamente tenía un poco de celulitis (que normalmente
hacía todo lo posible por esconder pero que en esas
circunstancias la hacía sentir aún más sexy) se sabía muy
atractiva. Sin dejar de amasarse las nalgas, se limpió la
vulva con un pedazo de papel y al hacerlo se frotó el
clítoris, que respondió a su llamado con mansedumbre.
Al sentir levantarse su clítoris, Susana comenzó a
acariciarlo, al principio con desgana, pero después cada vez
con mayor fuerza y ritmo. Un gemido bovino de placer se le
escapó cuando empezó a introducir los dedos en su vagina
dulcemente lubricada. En ese momento sólo pensaba que era una
hembra en celo, buscando una verga enorme, una auténtica
tranca, que la partiera a la mitad y la traspasara hasta que
las últimas fuerzas abandonasen finalmente su cuerpo. Con la
mano que no tenía ocupada dentro de su vagina, se manoseó,
lúbrica y pura, las tetas de duro estaño, pero al apretarlas
le dolieron un poco, lo cual paradójicamente aumentó su
excitación.
Entonces, algo sucedió. Un chopo de cristal, un sauce de
agua. Los gritos brotaban de su boca como salidos del más
refrescante de los manantiales. El placer le desbordaba por
cada poro, haciendo que se le olvidara que era Susana,
completamente ebria y tirada en el baño, y sintiéndose un
bulto feliz. Luego comenzó a vomitar. Un sauce de cristal, un
chopo de agua.
De prisión (Civitas nova)

La ciudad es el universo, me atrevería a pensar que más


allá de sus confines no hay nada, o si acaso, un conjunto de
ilusiones mal orquestadas. La ciudad (esta ciudad, que al fin
y al cabo es la única) es infinita e hipnotiza a sus
habitantes con sus fuegos de artificio. Hoy tuve la sensación
de que moriría antes de abandonarla, y juro por lo más
sagrado que no hay nada que deseé más que alejarme de ella.
Odio sus casitas, todas iguales, pintadas de color
caramelo, con una sala de estar comprada en el súper y
afiches colgados de las paredes mugrientas. Odio sus calles
olorosas a caño y gatos muertos, donde el sol revienta como
una sandía bomba, generando con sus rayos el musgo que
infecta las banquetas. Pero sobre todo, odio a su gente –
incluidos yo mismo y todos mis amigos cercanos – que deambula
por ella como ratones en la nevera, odiándola como sólo se
puede odiar a una mujer muy hermosa que no deja de
despreciarnos, pero al mismo tiempo incapaces de inventar una
ciudad nueva donde los millones de ojos de un árbol de
liquidámbar nos protejan del salitre y la arena que poco a
poco se va filtrando en nuestros pobres riñones.
Mientras tanto, la ciudad – la única – nos golpea con un
millar de relojes de litio y se estanca sobre nosotros como
amenaza de un inminente atentado.
En verdad desearía largarme hacia una casa enorme y
solitaria, cuyas paredes estén hechas de bloques de harina y
sal, pero temo que me fallarán las fuerzas como siempre que
planeo la retirada. Lo peor de la ciudad es que es tan
inevitable...
Tratado de la Verdadera Historia del Infierno, Obra Hermosa y
Agradable de Armas y Amores, Impresa de Nuevo y Corregida con
la Relación de Los Hechos Espantables que le Ocurrieron a
Maese Lagartija que No Aparece en las Ediciones Anteriores,
Compuesta por el Archidiácono de las Gafas

I
El infierno – contrariamente a lo que casi todos creen –
no es un lugar aislado del mundo, cerrado de puertas y
ventanas, donde una guardia de infames diablejos se encarga
de cuidar que los internos no se escapen. El verdadero
infierno tiene las puertas abiertas todo el tiempo y la gente
entra y sale cuando quiere. El truco consiste en que la
mayoría de las almas que están ahí en realidad no quieren
salir, y por lo tanto se quedan hasta que su eternidad
viviente se transforma en una eternidad reseca y estéril.
Algunos por que esperan recibir una ganancia (que,
adivinen qué, jamás llegará), otros más por que no tienen
noticias de una forma distinta de pasar los días, y aún otros
por que con el tiempo han llegado incluso – faltaba más – a
profesarle cariño. Casi nadie sale del infierno. Si acaso
alcanzan a sacar la cabeza por la ventana (con expresión de
cocker spaniel en un volkswagen) y medio vislumbran
horrorizados lo que hay más allá.
Y es entonces cuando empiezan a recriminarse y desean
arrancarse los ojos y piensan: “Si seré bruto, mira que tener
a la Belleza sentadita aquí en las piernas y a la mera hora
encontrarla amarga e injuriarla. Y ahora ya jamás me
perdonará ni querrá saber más de mí, ¿por qué serán las damas
tan quisquillosas con los ingenuos? ¿Por qué me habré dejado
llevar por ese esnobismo de admirador de papel tapiz con
bigotito y boina? ¿Qué no puedo volver al momentito en que
todo se dañó, y reparar mis actos? Debí haberlo pensado dos
veces”.
Pero entonces es demasiado tarde y el pellejo de los
internos se secó y les da una apariencia de pequeño súcubo
desdentado y maloliente. Y ya nadie quiere salir del infierno
cuando eso pasa, por que ese aspecto vergonzante es demasiado
para andar exhibiéndolo por ahí y hasta los menos vanidosos
se sienten ridículos.
Y hay otros que han llegado a perder todo rastro de
orgullo y ya no pueden vivir sin que alguien los torture. Tal
vez sean una bola de pervertidos que necesitan que los
golpeen para obtener una erección, en cuyo caso tampoco hay
nada que hacer. El paciente preferirá quedarse en el infierno
aún a sabiendas de que es el lugar más miserable en el
universo.

II
Otra cosa que la mayor parte de la gente no sabe es que
el infierno no es un concepto absoluto, sino uno relativo.
Trataré de explicarme mejor.
Supón que hay una cierta alma torturada en el infierno
que, para efectos del presente texto, llamaremos Equis.
Equis, como su nombre lo indica es un sujeto promedio sin
ninguna característica especialmente notoria, al cual uno
podría estar viendo durante horas y horas sin poder
distinguirlo de su propia sombra. Un perfecto mediocre, si se
me permite el oximorón.
Equis sufre mucho por esa situación y es en parte por
eso que se encuentra en el infierno, pero no puede hacer nada
al respecto, por lo que trata de sobrellevar su existencia de
la mejor manera posible.
Un buen día, el demonio lujurioso del licor seduce a
Equis a buscar consuelo en el fondo de una botella, en
compañía de dos de sus más olvidables camaradas, los señores
Ye y Zeta. Aunque al principio la borrachera entumece la
profunda sensación de futilidad de Equis, poco a poco, según
va transcurriendo la noche, un intenso remordimiento se va
apoderando de él. De pronto comprende que la intoxicación no
lo individualizará, sino por el contrario lo hará parecer más
ordinario. Sumido en tales pensamientos, Equis se queda
dormido sobre la roja barra del bar, perdido en el más oscuro
de los infiernos oníricos.
Al día siguiente, cuando despierta en su cama (aunque la
verdad no recuerda como llegó ahí), Equis se siente fatal.
Casi puede imaginarse su cara de baboso promedio,
completamente idéntica a las fotos del resto de los idiotas
que salen en el periódico. Imposible de distinguir de la masa
informe de monigotes llamados Juan Pérez que pululan en
cualquier ciudad. Casi deseando que un rayo lo fulmine, Equis
se arrastra fuera de la cama y se dirige al espejo a saborear
su desgracia.
Pero ¡Oh, sorpresa!, cuando llega hasta el baño y se
mira en el cristal empañado, lo que descubre lo deja en un
estado de indescriptible felicidad. Su rostro ya no es igual
al de la oscura legión de burócratas como el día anterior.
Ahora su frente y sus mejillas, su boca y sus cejas, los
huecos de su nariz y sus rizadas pestañas, su cara en fin, es
de un brillante color rojo como la barra del bar donde se
quedara dormido.
A partir de hoy, Equis será reconocido por todo el
mundo gracias a su peculiar color, y con el tiempo hasta su
nombre se borrará de sus facciones y adquirirá el más
apropiado apodo de Rojo y, por momentos, llegará hasta a ser
feliz.
De esta forma irá construyendo una barrera que acabará
por debilitar al infierno, transformándolo de un concepto
absoluto e infalible, en uno real y latente pero limitado, y
lo que es más importante, susceptible de ser vencido.

III
El mar como una bestia de diez mil lenguas, cuyo
salitroso aliento todo lo corrompe, me trae a la memoria el
recuerdo de Phlebas el fenicio (pobre marinero ahogado,
mirando al infinito desde su infierno de salmuera).
Lamen las olas los pies de los bañistas como si
quisieran comprobar su sabor antes de engullirlos, y en el
cielo las fragatas – enormes y negras como moscardones
antediluvianos – ensayan los giros de su danza, esperando el
momento propicio para abalanzarse sobre nuestras frentes
insoladas.
¿Cuál es el secreto de la arena?
¿Cuál es el secreto
de la arena2 que vuela ante la más leve
provocación de la brisa y se infiltra en los más recónditos
huecos?
De la arena que se incrusta en los lagrimales y en los
bikinis, y lo mismo engendra dunas que polvaderas.
¿Cuál es su secreto?
Eso sólo Satanás lo sabe y tal vez Phlebas (y Tiresias).

IV

2
...miedo en un puñado de polvo.
“¿Cuál es el secreto de la arena?” se preguntaba
Lagartija.
Lagartija es un pobre diablo que vive en Infierno
(Unreal City) y que gusta de ir todos los domingos y días
festivos a la playa del Océano de Fuego. Él cree que la
violencia de su oleaje y las intensas concentraciones de sal
en la brisa han terminado por curtirle la piel, protegiéndola
del daño causado por el paso del tiempo.
Lagartija vive en una alcantarilla con aire
acondicionado por la que paga más de la mitad de su salario y
su única pertenencia es una chamarra de cuero gastada por el
(mal)uso. Cuando no come las inmundicias que le sirven en el
comedor de empleados de su trabajo, Lagartija se la pasa
cazando moscas y hormigas que más tarde bañará en chocolate
para atenuar su sabor agrio. De hecho, para él los días de
fiesta son cuando se decide a vencer la pena y buscar en el
tacho de la basura los restos de algo que alguna vez haya
tenido carne. Lo cierto es que su empleo eventual lavando
baños con la lengua no le permite darse más lujos que ese y,
cada fin de semana, una damajuana de alcohol de madera para
olvidar y un paseo por la playa.
Un buen día, Lagartija abordó el diabólico autobús que,
semana con semana, lo conducía a su tan ansiada excursión.
Ese día no se sentía muy bien; el corazón se le ahogaba en un
alboroto de palpitaciones a causa del medio kilo de hojas de
lechuga envueltas en papel periódico que se acababa de fumar,
y un discreto dolor de cabeza comenzaba a picotearle la sien
(media damajuana de alcohol metílico se balanceaba en algún
lugar entre su pecho y su espalda, provocándole algunos
calambres casi agradables). No es de extrañar, pues, que
entonces se ocupara de la pregunta que eternamente le
atormentaba: “¿Cuál es el secreto de la arena?”.
Distraído por el curso de sus pensamientos, Lagartija
dio un brinco al notar la presencia de una mujer atractiva,
como de cuarenta y tantos años de edad, con brazos de
músculos marcados y un soberbio par de tetas operadas.
De pronto, una potente chispa se generó entre ellos,
haciéndole comprender a Lagartija toda la futilidad de la
vida que antes llevara. Poco a poco (es decir, con aparente
lentitud, pero en apenas una fracción de segundo), Lagartija
comenzó a ser consciente de cual debería ser su próximo paso.
Tomó a la ardiente arpía de la mano y se lanzó corriendo
afuera del camión, y corriendo llegó a la playa, todo el
tiempo con la bruja entre los brazos. Sus labios se trenzaron
siete veces (cada una en honor a un pecado capital distinto)
y conteniendo la respiración se lanzaron al mar en llamas.
En una de las casas vecinas, un estereo aullaba el
sonsonete cansado de una vieja canción yanqui:
“Where do bad folks go when They die?
They don’t go to heaven where the angels fly
They go down to lake of fire and fry
Won’t see’em again till fourth of july”
Leandro y Susana

Con la cabezota hinchada de enciclopedias y reglas de


tres no tan simples como hubiese querido, Leandro abandonó a
las bacantes de lengua estéril a fuerza de alcohol y juró no
volver a sucumbir ante sus encantos. Como hasta el más lerdo
de los lectores podría imaginarse, no lo consiguió, pero hay
que aclarar que no fue por inconstancia, sino por que
entonces conoció a Susana.

-Y ¿tú crees saber, lo que se dice saber?


-Yo creo que los golpes abollan las ideologías más
respetables y que la realidad lame mi cerebro como haría una
osa con sus cachorros.
- Presumes entonces de un bien que no te pertenece,
guapetón.
- Ni a mí, ni a nadie si a esas vamos. Pero dudar de lo
que se duda no puede más que ser una buena señal.

Finalmente lo que los unía era la sed insaciable que en


ambos era un ardor ontológico.
***
a) texto encontrado en el cuaderno de la fiebre
Lanzarse a la aventura. Inventar la calle. Encontrar
esos breves resquicios por donde se cuelan las oportunidades
y apropiarse de ellos. Batallar como cada día de infatigable
noche por apagar la sed. Esa sed de ácido sulfúrico que nos
devora la garganta y nos obliga a salir de nuestro escondite
en busca de quién sabe qué cosas.
Aspirar el último aliento de la jornada a través de un
popote y una gaseosa, cuando parece que ya las horas se
cubren de melcocha. Sentir el dolor del polvo que se queja
bajo el golpeteo de nuestras plantas. Mirar los sitios
cotidianos como si jamás hubieran sido pasto de ningún ojo
humano o animal. Apagar – como ya dijimos – la sed.
Leandro salió como todos los días a comprobar que el
pavimento no se había evaporado con el rocío. Sus ojos
estaban algo resecos por el desvelo, pero su pensamiento no
estaba cubierto por ninguna gasa. Respiró con cierto alivio
el aire de la mañana.
¿Qué decir? ¿Cómo demostrar que esa voluntad de cuerpos
impulsados por discretos engranes y conciencia absoluta no
estaba contaminada por la falsa esperanza? Sus manos dejaron
sin que él se diera cuenta de ser guantes, mientras montado
en sus zapatos, alcanzó la posición de un arbolillo. Tras
unos instantes su avance lo transformó en un punto en el
camino y terminó por sepultarlo en la ávida memoria del
olvido.
Sin embargo, ese árbol en el pasado inmediato de
Leandro, estaba destinado a ser su árbol . Ese árbol había
sido plantado por Susana, quien lo regaba sin falta todas las
mañanas después de soñar cada noche que ese árbol era su
hijo. Leandro era bastante más grande que Susana y por lo
tanto no podía haber sido su hijo, y sin embargo lo era, por
que aunque ni él ni ella lo supieran el árbol era una
representación de Leandro. Era el Árbol-Leandro.
Susana tenía, aunque tampoco se había dado cuenta, una
planta de sí misma, sólo que no era un árbol sino una
enredadera que crecía en el techo de su casa. La Enredadera-
Susana era como Susana misma, a la vez blanda y áspera y con
una vocación invencible de abrazar al mundo entero. Sus ojos
– los de Susana, por supuesto – se habrían empequeñecido de
insatisfacción al creer que nadie la deseaba. Su único
contacto real con otro ser se limitaba al riego de aquel
arbolito que crecía en su jardín y que era en realidad el
hijo que nunca tuvo: Leandro.
Leandro, por su parte, jamás se fijó en la casita de un
sólo cuarto donde vivía Susana, su falsa madre. Él estaba
ocupado como siempre en cambiar el rumbo de las veletas a
soplidos y tratar de apagar aunque fuera por un ratito esa
sed que le inflamaba las entrañas.
Susana también tenía su sed, pero no era la misma. La de
ella era una sed de comunión, olvido de su cuerpo y deseo de
ser otra cosa, un bebé o una madre pródiga. La sed de Leandro
era en cambio una sed de crecimiento, conquista y
comprensión. Un deseo irrefrenable de llenarlo todo con su
cuerpo, un ansia de movimiento perpetuo. Aunque ninguno de
los dos lo sabía, ambos eran víctimas de la sed.

***
b) conversación
- Y bueno, ¿tú que sabes, hembra de nutritivas caderas?
- Sé de cierto que el contacto de mi piel cura la
malaria y el desconsuelo. Y sé también que soy la
prostituta y la santa, la Sophia mitológica.
- Lo cual me da la razón, pues entonces yo soy ni más ni
menos el demiurgo.
- Pobrecito Yaldabaoth, anorgásmico y con mal aliento.
- No quieras jugar a la freudiana conmigo, che.
- Como dijo Lía: “Pim, los arquetipos no existen, sólo
existe el cuerpo. Dentro de la barriguita todo es bonito,
porque allí crecen los nenes, allí se mete, feliz, tu
pajarito, y allí se junta la comida rica y buena”.
- ¿Y eso?
- Es una cita.
- Ok, pero no faltes.
Serán cenizas más tendrán sentido, polvo serán más polvo
enamorado.

***
c) conclusión
Y primero había sido, como ya se sabe, el caos informe
de seductoras formas. Ningún Titán ofrecía todavía su
luz al mundo, ni Febo renovaba sus cuerpos con el
crescendo, ni la tierra, entregada a su propio peso,
estaba suspendida en el aire dando vueltas, ni Anfitrite
había extendido sus brazos a lo largo de las riberas de
la Tierra. Y a partir de ahí, el oro de los alquimistas.
El cálido bautismo del semen, ¿encontraría a la Maga?
Por supuesto, vaya que si la encontraría. Y después
Hermes Trismigesto, rojo mensajero de los dioses, dejó
de asistir al llamado de Oberón, Rey de las Hadas. Y
Susana dijo hágase la luz y la luz fue. Y el
Archidiácono de las Gafas pudo jugar al fin a ser dios.
Serán cenizas más tendrán sentido, polvo serán más
polvo enamorado.
El espíritu de la anarquía
ka tangi te kivi
kivi
ka rangi te mobo
moho...
Y luego todas esas razones prestadas que se nos filtran
como gotas de agua en una galería subterránea, cultivando
estalactitas y estalagmitas en nuestra bóveda craneana.
O el miedo de los dolientes. El inolvidable mundo que se
abre de tanta incongruencia. El sólido grito de un siglo
envuelto en papel aluminio y ríos de ostras que van
glaseando los gases de la aurora. ¡Como si así se pudiera
llegar a algún lugar! Tan sólo el brillo de las azoteas y
cierto anfiteatro de ballenas de rubicundas mejillas.
Si es verdad que todo el aire apesta, no por eso deja de
ser amarillo el camino. Una nueva literatura hecha por frases
viejas masticadas una y otra vez por la misma pluma. A la
mejor aún es posible crear cosas nuevas (¡Santo cielo, Billy!
¡Tal parece que la máquina de golpes se quedó encendida!)
En este supremo vacío
anticuerpos de la noche
suero de mandarina
negaentropía
zapato.
Campos enteros sembrados con semillas fosforescentes que
gritan como esqueletos. Apocalipsis de poca monta nos miran y
quiebran las estructuras del razonamiento. Hache intermedia.
Hordas de motociclistas borrachos golpeando a las mujeres y
violando a los infantes. Un tiro de gracia contra El Sueño.
La depresión fingida de los estudiantes.
(saludos a la familia)
Peces distantes en arbitrarios océanos. Juguetona lengua
contra nuestras encías. Sarcófago de incienso puro. Sed de
estrellas y de rimas de romancero. Rebelión de los internos
en el cementerio. Pánico combinado con hambre.
El plan es el siguiente:
disolver las estructuras,
ablandar el cerebro con baños ácidos de
saliva y voces superadas por soldados empíricos. Abolir el
continuum espaciotemporal, aún cuando sólo sea en el menor de
los cuadrantes. Romper la regla de la paciencia. Desarmar el
sentido de las frases. Trastocar de las frases el sentido.
Ley de fluidos y mordiscos.
El futuro que nos disecciona con su abrazo de rayos
equis. Insoportable deseo de un perfume fuerte como bebida de
moderación. Azúcar, dos onzas de ginebra, la ralladura de un
limón y una yema de huevo. Rampa desdoblada.
El mero azar, nuestro poder.
Nuestro principal poder.
Pirámide.
Absurdo personificado por la guerra.
Simulacro de tablas cuyo orden puede ser descifrado por
un observador atento. Sindicato de outsiders al servicio de
la revolución bolchevique. Flor de lumpen. El reflejo
religioso del mundo real únicamente podrá desvanecerse cuando
las circunstancias de la vida práctica, cotidiana,
representen para los hombres, día a día, relaciones
diáfanamente racionales, entre ellos y con la naturaleza.
Bautizo de sangre en la popular sabana. Pócima amarga,
pero de impredecibles consecuencias.
La última oportunidad de volver ha quedado atrás. Todas
las barreras se desbaratan entre nuestros potentes dedos.
Turbulencia de mantras apócrifos.
Cápsula de harapos de civilizaciones extintas. No las
necesitamos para nada, sólo nuestros pies dejan una huella
hermosa, el resto son tonterías. Tal vez algún día, un grupo
de inadaptados que de seguro ni son nuestros descendientes,
sino los de nuestro peor enemigo, descubre donde reposa el
carbono catorce de nuestros pobres huesos.
Yo sueño que estoy aquí, de estas prisiones cargado (y
el mayor bien es pequeño).
(Yo, tú,
odio,
violencia,
lápida)

(stop)
Playing god (Parte I)

Pues señor, este era... - ¡Un Rey!, dirán enseguida mis


pequeños lectores – Pues no muchachos; nada de eso. Esta vez
no era un rey sino un dios, pero no uno de esos dioses
barbados y de dientes perfectos, que presumen de omnipotentes
para ganarse el favor de las diosas de grandes pechos, sino
un niño dios pequeñito y temeroso.
De hecho, era un diosecillo tan insignificante, que el
resto de los dioses de su barrio lo golpeaban casi todos los
días y le robaban su divino lunch. Claro está que nuestro
dios hacía unas rabietas terribles cuando esto ocurría, pero
como no quería pasar por quejica, nunca acusaba a los dioses
abusivos con sus mayores y soportaba con mansedumbre bíblica
cuanto tormento inventaban sus compañeritos para él.
Finalmente, una tarde lluviosa después de sufrir una tunda
particularmente fuerte, el pequeño diosecito decidió que ya
estaba harto de aguantar a sus vecinos y comenzó a crear un
universo nuevo para el solito, un universo de polvo estelar y
antimateria donde no lo pudieran alcanzar los dioses
vándalos.
Lo primero que hizo nuestro dios, fue juntar toda la
masa que pudo conseguir en la mercería de la esquina, en un
espacio no mayor que la cabecita de un alfiler. Obviamente,
la atracción gravitacional en esas condiciones era tremenda,
y francamente, el universo no se veía muy espectacular que
digamos, pero el diosecito no se amedrentó ante la dificultad
de su tarea. Aguantando la respiración por los nervios,
tendió tres dimensiones espaciales – una a lo largo, otra a
lo ancho y la tercera a lo alto de su universo – con lo cual
generó una buena cantidad de vacío y por consiguiente un
horror atroz en la materia apelmazada en su cabeza de
alfiler. Y luego, como sentía que aún le faltaba algo, tendió
una cuarta línea dimensional, pero esta vez se le habían
acabado las espaciales, por lo que uso una dimensión
temporal.
El problema es que al crear el tiempo lo hizo tan rápido
y con tan poco cuidado (no olvidemos que era un dios
inexperto), que no fue capaz de contener a la materia que,
para vencer su horror ontológico al vacío, corrió a llenarlo
en todas direcciones provocando una enorme explosión. Entre
las secuelas de ese descuido aparentemente tan
intrascendente, se encuentra el constante aumento de la
entropía o cantidad de desorden, que constituye una de las
peculiaridades de este universo.
Pero nuestro dios no se daba fácilmente por vencido y,
no contento con sacarse un universo de la manga, se propuso
dotarlo de formas de vida diseñadas a su imagen y semejanza.
Para lograr esto se tomó un poco más de tiempo, tratando de
cumplir su labor lo mejor posible, y cuando hubo terminado se
sintió verdaderamente satisfecho consigo mismo. Y es que el
nuevo ser era tan perfecto y tan parecido a su creador que
merecía reproducirse y llenar el universo entero. Y nuestro
dios llamó “bacterias” a sus hijos predilectos. Sin embargo,
no contó con que sus criaturas sufrirían a través de millones
de años la acción de la selección natural sobre ellas,
transformándolas en organismos de lo más extraño, ya fuesen
poderosos como las sequoias, evolucionados y hermosos como
las garrapatas o primitivos y vagamente ridículos como los
monos antropoides.
Y viendo concluida su labor, nuestro dios contempló su
creación y se echó a descansar. Entonces, su madre inmaculada
lo llamó para ir a comer y nuestro buen diosecito abandonó su
universo de juguete que no tardó en terminar en el bote de la
basura, entre cáscaras de naranja y periódicos del día
anterior .
Siete perlas de bilis

1) El Qwertyuiop es un ave fantástica con plumas


líquidas. Dicen aquellos que la conocen, que su aleteo
provoca rubor en las mujeres que se encuentren en un
perímetro de treinta y seis yardas de distancia. Su orina
tiene un penetrante aroma a sandía. Aunque no ha podido
sobrevivir ningún ejemplar en cautiverio, todas las
sociedades de naturalistas del mundo saben que se alimenta
principalmente de chícharos y sopa fría.

2) En el país de Falkapán crece un arbustillo cuyas


ramas tienen la peculiar propiedad de emitir gritos
semejantes a los de los delincuentes al ser colgados. Muy
pocos viajeros se atreven a viajar por este país durante las
noches, aunque no se ha registrado ningún suceso importante
desde mil seiscientos treinta y uno.

3) La tribu de los furetesos pretende comunicarse con


los espíritus de sus ancestros mediante la realización de
pequeñas escisiones en las yemas de los dedos de los
ancianos. Según sus creencias, cada corte les provee de una
nueva boca para hablar con aquellos cuya ausencia les
protege.

4) Cuando era niño, mis padres me regalaron un pastel de


cumpleaños. Mi madre, incapaz de molestar a su bebé, fingió
que era una delicia a pesar de estar hecho de pestañas
amasadas. Mi padre no pudo contener su rabia y cantó las
mañanitas durante los siguientes doce días.
5) Se estima que ocho de cada diez varones mayores de
treinta y cinco años, han deseado alguna vez transformarse
repentinamente en paraguas y ser arrastrados por un huracán,
a cientos de kilómetros de distancia de su lugar habitual de
trabajo.

6) Según algunos estudiosos, durante las primeras


décadas del siglo III de nuestra era, una secta herética
afirmaba tener una lista detallada de todas las almas que
cabrían en el paraíso. Después de una serie de análisis
minuciosos de los manuscritos dejados por esta secta, nadie
ha podido encontrar tú nombre en la lista.

7) Para quien vive dentro de un terrón de azúcar, el


hombre del guardapolvos blanco es como el archipámpano de los
tontos.

8) Una moneda cae accidentalmente al pozo mágico. Un


deseo de nadie cobra vida repentinamente.
Real edicto del escalpelo algebraico

El omnisciente narrador arqueó sus omnipresentes cejas


y, abriendo su omnívora boca, soltó un discurso omnipotente:
“Finalmente, nuestro soberano juicio nos ha llevado a
considerar una nueva forma de entender, no sólo al mundo que
nos rodea, sino también – y muy especialmente – a la idea que
nosotros mismos nos hacemos de dicho mundo. Sabed que hemos
llegado al revolucionario punto en que la realidad y las
imágenes que ella genera se han confundido en una
promiscuidad, que sólo nuestro tradicional relativismo evita
que califiquemos de absoluta. Fondo y forma navegan unidos
ahora bajo una bandera de desdibujados contornos e
imprevisibles consecuencias. La única opción posible ante
semejante arrebato conceptual, es abandonarse a un completo
estado de arrobamiento y constante auto contemplación.
Luego de interminables consideraciones y teóricos
debates con nosotros mismos, gracias a la majestad que nos
inviste, hemos llegado a la irrefutable conclusión de que la
esencial casualidad – que no causalidad – del universo debe
generar una filosofía y por ende una literatura,
profundamente comprometidas con el verdadero proceso creador
y jamás creado: el puro azar.
A partir de la promulgación del presente juicio, la
poesía y todas sus actividades tributarias se verán obligadas
a ir destruyendo gradualmente sus obsoletos estilemas, hasta
transformarse en una serie aleatoria de frases sueltas,
finalmente liberadas del sentido que tanto las tiranizara en
el pasado, o mejor aún de simples palabras apiladas sin ton
ni son. Luciérnaga, cinco dromedarios. Rimbombante. Pape
Satán, Pape Satán, Alepe. Ininteligible placer de no
comprender nada. Tal hemos dicho”.

***************************

.
***************************
Himno a Susana

I
¡Ah, querida Susana el error me guía hacia tu camino!
Entiendo, según parece, que abrazarme a tu culto de
fertilidad antigua no hará más que traerme problemas. Y sin
embargo me es imposible dejar de remar hacia el océano de tu
pubis y tus manantiales de leche. Es difícil de explicar,
pero intuyo que en gran parte eres tú quien hace que yo sea
verdaderamente yo. Como si yo existiera también en virtud de
ti, como si mi cuerpo hubiese sido creado sólo para definir
por oposición al tuyo.
Y Susana habló, y esto fue lo que dijo:
“Yo soy tu Susana, oh Rex Nemorensis. Árbol sagrado,
bendita por contagio con la feroz Diana Selvática; patrona de
los bosques, de los animales salvajes, del ganado doméstico y
de los frutos de la tierra. Yo, que procuro a los humanos y a
las terneras con abundante descendencia y ayudo a las futuras
madres a tener un buen parto. Mi fuego sagrado es atendido
por cuatro vírgenes (que a pesar de su olor a santidad son
preñadas por mi infinita gracia) y arde perpetuamente en un
templo redondo situado dentro del recinto de la ninfa Egeria.
Yo te nombro a ti, Leandro, Archidiácono de las Gafas,
mi sumo sacerdote en Nemi y Rey del Bosque. Podrás hacer uso
del título cuantas veces juzgues prudente, mientras no
aparezca un joven rival mejor dotado para la batalla y te
haga perecer. Yo que tú no volvería a dormir.
Yo no soy el que está enterrándole
es Gabriel el que le está enterrando.”
Y aún después sus labios se volvieron a abrir, gritando
a los cinco vientos:
“Länger als einen Tag ohne einen guten harten und
saftigen Schwanz in meiner Möse halte ich’s nicht aus”. Dulce
carcajada purpúrea.

II
La ardua noche aparece ante nosotros en su fatídico
esplendor. Brillan los ojos de las estrellas como farolas de
la antigüedad. Caminamos teniendo a la marea como música
incidental.
La arena de la playa se pega a nuestros pies apenas
humedecidos por el beso de las olas. Esa arena finita (y a la
vez, en otro sentido, infinita), cuyo secreto se escapa de
nuestras manos y nuestro entendimiento, es al mismo tiempo
molesta y bellísima, según se le mire. Todo es tan hermoso
que parece que ocurriera en televisión (Prime time sitcom).
Esta claro que los ojos del recuerdo seguramente
maquillarán lo que pasó en verdad, pero hoy podría jurar que
la ocasión es perfecta. Incluso un coqueto brillito en
nuestros labios al unirse. Nuestras manos parecen estar
atornilladas en aprehensivo abrazo.
Aparte de eso no hacemos gran cosa. Con un paquete de
seis latas de cerveza en nuestro poder, nos sentimos
preparados para hacer frente al ocaso. Nos encomendamos al
benévolo consuelo de nuestra santa patrona, Susana. Jag
njuter så av mitt arbete. Nada nos preocupa ahora, ya habrá
tiempo.
El monje que jugaba billar

Hubo una vez un monje que, tras varios lustros de


riguroso estudio de cuanta tradición se cruzó por su camino,
decidió que jamás alcanzaría la iluminación final a menos que
aprendiera a jugar billar a la perfección. Consciente del
esfuerzo que esta nueva práctica implicaría para él, se
dispuso a sufrir un largo proceso de entrenamiento.
Efectivamente, al principio sus manos, más hechas a
sostener un libro abierto que un taco, eran demasiado torpes,
y sus ojos bizqueaban al enfocar las bolas rodando sobre el
paño. Pero poco a poco, el monótono golpeteo de su tenacidad
fue desgastándole la impericia, hasta que finalmente logró
dominar el juego.
El día que con un simple toque fue capaz de meter todas
las bolas en las buchacas, descubrió que comprendía la voz
interior de las cosas que pueblan la tierra. Cuando su
inquebrantable tesón le permitió concertar carambolas tan
sólo con el pensamiento, supo que con un parpadeo podría
pulverizar las piedras y se alejó volando.
Destino

Para derrocar la horrible paz del estercolero, Leandro


tuvo que practicar miles, aún diría millones, de experimentos
pecaminosos y contra natura. Y al final, cuando ya las
décadas teñían su cabello del color del armiño, Leandro
detuvo unos instantes su labor y pudo ver como sus manos
estaban tintas en sangre de araña.
Con un suspiro de resignación, retiró la marmita llena
de potaje hediondo del fuego del hogar y removió la asquerosa
mezcla con una pala de madera (el hervor parecía más propio
del chapopote que de un caldo).
Qué importaban ahora todos los sacrificios que había
tenido que hacer para lograr esa medicina repulsiva. Si a
pesar del asco conseguía comerla, finalmente sería capaz de
decidir su propio destino con total precisión, sin tener que
volver a pagar tributo a las fuerzas del caos. Si por el
contrario, el vómito le impedía probarla, todo su esfuerzo y
dedicación habrían sido en vano. Luego de varias horas de
duda, una mueca de desagrado fue la única seña de que Leandro
había preferido esperar a que el brebaje se cubriera de
hongos para tirarlo al bote de la basura a bienpodrirse entre
una constelación de latas de sopa instantánea.
Mole sin futuro, atisbando a la oscuridad

I
No se puede simplemente tenerlo todo, no sería
justo. Inevitable como el fuego, el subconsciente destino
busca alejarnos de la completitud, como si el mayor crimen
que se pudiera concebir, fuese ese llano bienestar estúpido
que nos obliga a repetir su sonrisa. Como si de veras.

Reconocemos la Ilusión que nos embarga, debilitando las


opciones y aún así, apenas escuchamos un insulto y saltamos a
ladrarle a los transeúntes. ¿Es verdad o me engaña la
memoria?
Látigos apagados reciben la visita de un infinito hecho
de narcisos y edredones. Cuando la incomprensibilidad
calculada horma los gustos de propios y ajenos,
hipócritamente subimos a las obsoletas peñas de la nocturna
aldea. Una vez ahí, nos detenemos durante más de una vida
humana, a probar terribles desdichas que – de haber querido –
hubiésemos podido evitar.
Duras son las palabras con las que nos condecoran las
escobas, pero casi ni nos importan. Arduas salamandras
recompensan nuestra inquebrantable voluntad. De la locura los
hijos, de mi sistema sacad.
¡Ah! ¡Mira que sencillo es ver a una indefensa idea
hundirse en el escuálido abismo de la experiencia cotidiana!
Pie de inmensas montañas que se desmoronan. Crecimiento y
devastación de las nubes. Por consiguiente, veamos,
Filosofía, Jurisprudencia, Medicina... ¡ay! y tú también
Teología. Todo lo he aprendido, todo lo he estudiado con
infinito esfuerzo; y después de tantas y tan prolongadas
vigilias, heme aquí, pobre loco, tan sabio como antes. Pero
si insisto, sé muy bien que lo conseguiré.
Sea pues el pérfido clima, alimento de nuestra
atolondrada e inútil vocación. Norte hambriento de lo que
sea, sur de menores expectativas. Que la perezosa ruta
florezca en la conciencia de las nuevas generaciones. Y al
fin ¿para qué?
Por que sabemos que la característica principal de
nuestros tiempos es justamente la certeza de que toda
afirmación que se haga de la realidad, termina siendo
inevitablemente una mentira.

II
Lejos de mí, el tibio orgullo de las piedras se lanza
contra los besos de las quinceañeras. Sobre el éter se
escucha un ruido de fondo ensordecedor; el azaroso hígado de
los cerdos que su dulzura alimentaran. Ya habrá tiempo de
arreglar este hueco, todos los huecos que colman la frase Ya
otro día cubrirá nuestra cabeza con el oro gratuito de las
harpías. Sólo lectura.
El receptor debe ser capaz de descifrar el código, los
muertos vivientes (y a quién le importa su supuesta
exquisitez) pasaron de moda, pero sus métodos aún prefunden
las arterias de las nuevas generaciones. En este mundo post-
todo, con el arte de vanguardia más podrido que un salchichón
radioactivo, todas las frases tienen un tufillo agrio a serie
de televisión gabacha. It’s understood that Hollywood sells
californication.
El track 0 consta de un archivo de audio que te hará
experimentar la gloria.
¿Qué es la vida? Un frenesí, una ilusión, una sombra,
una ficción (y el mayor bien es pequeño).
Sólo uno de cada tres experimentos es exitoso. El resto
carece completamente de sentido, pero una cierta fidelidad a
los deseos de la infancia nos obliga a permanecer en esta
zona tan poco iluminada. A veces se tiene miedo, un miedo
algo más que atroz sobre la viabilidad del futuro. Nuestros
huesos tiemblan tan rápido que obligan a nuestros dientes a
castañetear. Sin embargo, al poco tiempo ya hemos sorteado
las dificultades ontológicas y nos abandonamos a un torrente
de imágenes sin orden ni coherencia. Pero bueno, la
coherencia ya vendrá después, seguida por la prudencia y la
honestidad.
La aleatoriedad no es absoluta, los eventos están unidos
aún por un hilo conductor que, sin embargo, se achicla como
si estuviera soportando el más intenso de los calores. Una
nube de colores surcó el cielo rosado y las violentas
extensiones de pasto color helado de limón. Quince años
después.

Las ideas se van agarrotando. Vienen muy de tarde en


tarde y casi ni se acuerdan de uno. Ingratas le digo, señito.
- Ah - dijo la boca con dientes contráctiles – exigimos
nuestro derecho a romper platos.
- Nunca volveré a mirarte – respondió el anciano
sollozando y se alejó del lugar sin mirar atrás.
-Ya nunca más.

Y aunque no lo quieras, la neblina se cuela hasta los


cimientos mismos de tu cuerpo como una enfermedad sin nombre.
Y sabes que esta noche podrás finalmente dormir por que tu
acto creativo – falso o no – ha hecho que este mundo sea un
poco menos horrible. Como si todavía dudaras de aquello que
ya estás seguro (por que por otro lado está fuera de tu
control). Pero no, no debes dejar que ese habito inveterado
te arrastre a la banalidad. Tuyo es el mundo de los Hombres
(obligada mayúscula nominal), tuyo es el laurel ancestral que
cegara a Tiresias. No reniegues de lo que las furias te
deparan.

- Ya más nunca – dijo el archiduque, mi primo, tratando


de contener la carcajada.

Solo las avispas se ríen de nuestros chistes. Nuestro


destino tiene la paradójica condena de Heracles. No diré más
para no delatar un estertor popular de asco.
***

Fiera caída de la que te levantas a duras penas y tratas


de volver al trabajo, pero ya es tarde y están a punto de
cerrar, y los ecos de los cementerios se escuchan hasta la
cocina, y un pato orada un túnel en una rebanada de pan
ácimo, y un soberano tiránico como nosotros mismos nos obliga
a responder de nuestros actos. El fin, como se verá es
siempre el mismo, sólo que no tiene final (sucesión
ininterrumpida de ruidillos de hojarasca quebrándose bajo
unas botas de cartón y acero).

III
Yo vivo en un mundo de ciencia ficción, torturado por
espectros eléctricos de largos dedos fulgurantes. Atrofiado
como un enorme muñeco, duermo los acontecimientos de mi vida
toda y el mayor bien es pequeño. Al fin y al cabo, sangre no
nos ha de faltar. Digo yo, no sé tú.
En el medio de mi día, un camino hermoso me incita a
recorrerlo. Probablemente todo se deba a la frecuente
iluminación que tu cara irradia en mis cosechas.
Y si después de todo es cierto que nos estafaron, es
peor deprimirse en un cabaña en la selva que en un hotel de
cinco estrellas en Tokio, Dublín, Londres o New York. Quizás
lo peor sea no poder decidirse a intentar lo que debería ser
nuestro recurso de todas maneras. Cinco gorilas y medio
transitan por el reino de las caricaturas. Algún día
volverán, algún día volverán. Algún día.

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: “aquí


quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni
sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás
luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores
no te descuelgan para profanarte”. Vale.

IV
El destino es un mal hábito que adquirimos en los
tiempos anteriores a la curvatura del espacio. Entonces
aprendimos a leer la trayectoria de la caída de las aves en
extensiones ridículas de pastel de frambuesa. Los pollos de
goma caían de nuestros abultados bolsillos y nuestros enormes
zapatos rosados se tropezaban por los pasillos.
Pero todo eso ya no importa. Pronto las cadenas-tenaza
golpearán las cabezas del senado y habrá que abandonar todas
nuestras pertenencias. La única y verdadera igualdad (como en
el paraíso previo a la existencia) nos será revelada, aunque
no creo que sea agradable. Azules serán los relámpagos que
bailoteen en las manos del padre del rubio Apolo. Toda esa
gente tarada que tiene grasa en la piel no se entera ni que
el mundo da vueltas.
Y supongo que bajará también el Otro de su escondite y
por un momento luz y oscuridad serán lo mismo. Y una pálida
sonrisa se dibujará en los labios de la muerte. Si apenas
ayer era el tiempo de las papagenas y los papagenos y Ein
Mächen oder Weibchen. Pero ya no. Lamento dedicado a Carl
Solomon (y a veces a Mick Jagger). Triste, muy triste, pero a
la vez capaz de despertar una vieja alegría dormida. “There’s
something wrong with the world today & I don’t know what it
is”.
Por otro lado, no debemos olvidar que aún hay semillas
germinando, aún hay huellas sobre la nieve. Aún descansan los
manuscritos en el escritorio del viejo editor de la realidad.
El cerebro interpreta como quiere, pero de todos modos la
cosa no tiene mucho sentido (Y en el futuro sólo el vacío nos
espera).
(Y en el futuro sólo el vacío nos espera).
( sólo el vació
sólo nos espera
en espera
futuro ).
El mito del caos y la razón triunfante.

En el principio, según nos dijeron, fue el caos. Es por


eso que, recorriendo en reversa la trayectoria del universo,
nuestra vieja mente se pierde en el movimiento browniano de
las partículas de un gas ideal. La eternidad es un corto
circuito de neurotransmisores. Salvar los resultados de
nuestras experiencias de la irreversible incoherencia,
requiere de una buena dosis de trabajo mecánico pero,
creemos, bien vale la pena. Para lo cual habrás de leer entre
líneas, mon semblable, mon frère.

Testimonio fidedigno: “El viernes pasado, 16 de


abril de 1943, me vi obligado a suspender mi trabajo en
el laboratorio a la mitad de la tarde, e irme a casa,
pues me vi sorprendido por una peculiar inquietud
asociada con una sensación de mareo leve”. Palabra del
señor.

Lo más extraño de todo es que el comensal gordo quería,


en efecto, un castillo sangrante. Sofía, la última deidad en
ser creada, tuvo un hijo ilegítimo, ignorante, feo, estúpido,
arrogante y de mal carácter llamado Yaldabaoth. Como
cualquiera puede comprobar, Madame Sosostris dice puras
sandeces (y el Ars Magna por ahí anda). Más nos vale emplear
la gillette de Guillermo.
La brújula, que otros llaman método, nos evita perdernos
en el aparente desorden de los fenómenos aunque sólo sea por
que nos indica como no plantear los problemas y como no
sucumbir al embrujo de nuestros prejuicios predilectos. Y
todo eso sin necesidad del ruido infernal de falsos Filifores
y Antifilifores con todo y su suculento niño envuelto.
Después de todo, y si me apuras mucho, el quid del
asunto estriba en sumergirse de golpe en el mar pegajoso de
los hechos y tratar de darles un sentido lo más comprensible
que se pueda. Y es que si no habría que conformarse con la
simple intuición que rara vez pasa del oximorón común: “¡Oh
suma de todo, primer engendro de la nada! ¡Oh pesada
ligereza, grave frivolidad! ¡Informe caos de seductoras
formas! ¡Pluma de plomo, humo resplandeciente, fuego helado,
robustez enferma, sueño en perpetua vigilia, que no es lo que
es!”
- A fe mía Gregorio, que no soportaremos más la
carga.
¡Bien dicho Billy!

Y luego los abuelos nos obligaron a levantar esa máquina


enorme, pero cada vez me convenzo más de que fue por nuestro
propio bien. O al menos así nos conviene creerlo (aunque
bueno ¿creer nosotros? Ni en sueños).
El caso es que es que cuesta trabajo decidir si vivimos
en un isla de estabilidad en medio de un mar de desorden o
viceversa. En ciertas circunstancias lo contrario de una
verdad profunda es otra verdad profunda. Y en otras
circunstancias cualquier cosa que digamos suena estúpida. En
fin, qué le vamos a hacer, así es esto de jugar al khuniano.
La única objeción posible frente a ese argumento es la
esbozada por el profeta del habano y que a continuación me
permitiré transcribir: “One morning I shot an elephant in my
pajamas. How he got in my pajamas I don’t know”. Me temo que
has dado finalmente en el clavo y ya no hay más que replicar
al respecto.
- ¿Qué es lo que ves tú, oh viejo Tiresisas, anciano de
tetas arrugadas?
- Veo que el estagirita se equivocaba de medio a medio,
pero eso ya lo había dicho el Siderius nuncius (HURRY UP
PLEASE IT’S TIME). Veo también que Clausius no estaba tan
equivocado y el desorden es la espada de Damocles del cosmos.
En conclusión, y sacando cuentas claras y chocolate
abuelita, todos estos eones de evolución han sido estropeados
por el infatigable esfuerzo de la entropía. Así que al final,
también está el caos (sólo que ahora aderezado con la muerte
térmica del universo, dura lex sed lex).
- Todo eso está muy bueno, mi querido Pangloss, pero lo
que importa es no disertar, no argüir y cultivar la huerta.
- Ta güeno pues.
Good night
Good night
Good night
Playing god parte II

LLENO DE MÍ, sitiado en mi epidermis por un dios


inasible que me ahoga. He descubierto como revivir el
milagro de la carne a partir de lo más estéril del
inframundo. Y heme aquí, pobre loco, tan sabio como
antes. Todo lo he estudiado - por consiguiente, veamos –
todo lo he aprendido, con infinito esfuerzo; y después
de tantas y tan prolongadas vigilias ( Filosofía,
Jurisprudencia, Medicina... ¡ay! y tú también Teología).
Lo importante, supongo es que fui capaz de dejar de
hablar en primera persona del plural y volví al singular
yo. Finalmente el delirio está disociando mis múltiples
personalidades, y más pronto que tarde he de despertar.
Tengo miedo, ay de mí, que este vino nocivo sea y en mis
venas cual duende vengador sus dientes clave. Justo
cuando la telaraña del sueño parece mejor tejida es
cuando la mañana se apresta a liberar el velo de
nuestros ojos. Así que supongo que si mantengo el flujo
de palabras podré alcanzar la omnipotencia (bueno, no sé
si tanto así, pero por lo menos esa sensación de
ubicuidad y comprensión absoluta que hace que el tiempo
se detenga y los pasteles de cumpleaños exploten como si
tuvieran una bomba de neutrones dentro). Ahora sé que no
soy (no somos) Mahood ni mucho menos Worm. En una época
fui conocido como Leandro, pero hace ya un buen rato que
abandoné esa forma de vida y me transformé en el
Archidiácono de las Gafas, el espíritu más eléctrico que
ningún ojo viera. Habitante de un mundo que hubiese
podido ser imaginado por DeChirico (aunque de hecho fue
imaginado por un aprendiz de Walt Disney medio
incompetente y pretencioso). Todas las palabras acuden
ahora a mi boca, que ya siento como miles de bocas
unidas por una sentencia entrecortada. No sé que decir,
pero sé que no es el momento de callar. No por ahora.
Por lo pronto un torrente estúpido de imágenes corre
ante mis ojos y no me dejan enfocar la atención en mi
labor: Construirme un mundo de mermelada enorme y lleno
de sangre. Sí, presiento que se acerca el final del
trayecto y, la verdad, no estoy muy seguro si me agrada
o no la perspectiva. Por un lado la vida eterna es un
vigoroso premio, pero por el otro, aún lo sublime
termina por hartarnos, y la vida no es una excepción.
Pero bueno, me estoy desviando para no decir lo
esencial, si no es que ya lo he dicho y ya no tiene
importancia. Lo esencial supongo, es hablar del dios
falso que me tiene atrapado entre sus etéreas garras.
Ese dios enojado, iracundo, ciego como él mismo, como no
puede ser más que dios, que cuando baja tiene un sólo
ojo en mitad de la frente, no para ver, sino para
arrojar rayos e incendiar, castigar, vencer. Tendría que
decir que, sin importar sus absurdas pretensiones, él no
creó el universo ni mucho menos hizo al hombre a su
imagen y semejanza. El universo ya estaba de por sí y el
hombre es apenas un insecto que habita en las partes
pestilentes y rojas del mono y del camello. Más bien, y
ahora que lo pienso con detenimiento, fue el Hombre (yo,
Leandro, el Archidiácono de las Gafas) quien creó al
dios a su imagen y semejanza, y lo hizo pequeño y torpe
y sin gracia. Y el pobre dios que me ahoga como el vaso
al agua (aunque está claro que primero fue el agua y
sólo para contenerla un ocioso inventó al vaso) ni
siquiera tiene el valor de aceptar su papel subordinado
en la trama del universo y se engaña dudando – aunque en
el fondo lo sabe, debe saberlo – y se anestesia
preguntándose qué será más noble y más elevado para el
espíritu, si sufrir los golpes y los dardos de la
insultante fortuna o armarse contra un piélago de
calamidades y haciéndoles frente acabar con ellas. Pero
como dije, él lo sabe y nomás dice que duda para eludir
la aterradora certeza que lo acongoja. Porque lo que no
existe no tiene la facultad de desear la existencia ni
de creer en ella. No existe ergo no piensa. Sin embargo
no concibo que él, con todo y las fallas con las que lo
criamos, sea tan insensible que ignore su propia
inexistencia. O a lo mejor es solamente que se confunde.
O claro, que quiere engañarnos (engañarme a mí, Leandro,
el Archidiácono) para seguir cobrando la pensión de
desempleo a pesar de su flagrante irrealidad.
Finalmente, así como su creación fue obra nuestra,
también su desaparición es prestada. Y es que, estúpido
de mí, escuché al buen Françoise Marie que me decía al
oído que si no existía convendría inventarle. Lo que no
me dijo y yo tardé todas estas edades en descubrir es
que una vez decretada su realidad, lo único decente era
matarle. Y así lo hice, y no niego que algo perdí con el
trueque, pero insisto en que la ganancia fue
infinitamente mayor. Ahora, mientras desgrano entre mis
labios el sabor a fruta podrida de la confesión,
comienzo a sentir como se aflojan los nudos de las
corbatas que me amarran a este potro. Por que la causa
de mi castigo ha sido la insolencia de jugar a ser dios.
Si con un retruécano reconozco mi paternidad sobre él –
ahora lo veo claro – eso significa que automáticamente
me transformo en su creador. Creador del creador del
creador (es una rosa es una rosa es). Caída circular.
Té, chocolate, café, hojas y hojas y nada de té
chocolate, café, hojas y hojas y nada de té chocolate,
café, hojas y hojas y nada de té chocolate, café, hojas
y hojas y nada de ... Pero basta. El absurdo libro de
mermelada pronto llegará a su final. Aquí llega la
hermosa Ofelia.

?
El arte de la paciencia

Es absolutamente indispensable seguir las instrucciones


en el orden en que se indica, de otra manera, los resultados
serán impredecibles (y muy probablemente desastrosos).
Lo primero es ir al desván donde se encuentran guardados
los utensilios de limpieza y tomar una escoba. Es necesario
observarla cuidadosamente, con plena conciencia del misterio
que representa, y levantarla con ambas manos para sentir su
peso. Tan pronto como estemos familiarizados con cada una de
sus astillas podremos pasar al siguiente punto, pero no
antes.
Una vez que nos acostumbramos a nuestra nueva
herramienta, podemos comenzar a barrer. El proceso de barrido
es muy sencillo, pero no por eso debe ser tomado a la ligera.
La operación ha de llevarse a cabo de la siguiente manera: En
primer lugar se empuña la escoba, manteniendo la parte a la
que van unidas las cerdas hacia abajo - lo más cerca del piso
que sea posible – y agarrando el mango de madera a modo de
palanca, con el fin de maniobrarla cómodamente. A
continuación se procederá a deslizar la porción inferior de
las cerdas sobre el suelo, a modo de que arrastren consigo la
basura y las partículas de polvo que se encuentren en su
camino. Es preciso dejar pasar un par de segundos entre cada
movimiento de la escoba y el siguiente, para inhalar y
exhalar tres bocanadas de aire y apreciar todo el trabajo que
aún falta por hacer. Este ejercicio ha de repetirse cuantas
veces sea necesario, hasta que toda la mugre se encuentre
apilada en un montoncito cerca de una esquina de la
habitación. En cuanto hayamos llegado a ese punto, debemos
empujar con la escoba el montoncito de desperdicios rumbo al
recogedor, para después echarlo al bote de la basura. Es de
suma importancia revisar que quede limpia la porción de suelo
que se encuentra bajo la plataforma del recogedor, y si no es
así, volver a pasar la escoba hasta que no queden rastros
visibles de polvo.
Este procedimiento ha de realizarse con riguroso orden
en todas las habitaciones de la casa antes de proseguir con
las instrucciones.
En cuanto se ha terminado de barrer hay que comenzar a
trapear, lo cual debe hacerse como se explica a continuación.
Primero que nada, se toma el mechudo ( o en su defecto, la
jerga) de forma similar a la escoba y se sumergen sus
dreadlocks de estambre en una solución previamente preparada
de agua con detergente de pino. Posteriormente se tuercen
para quitar el exceso de agua jabonosa, y se friegan con
ellas los mismos lugares sobre los que se acaba de barrer.
El siguiente paso consiste en lavar un poco de ropa (si
hay sol) o trastes (si las nubes amenazan con soltar un
aguacero). La primera de dichas actividades ha de realizarse
al aire libre, mientras que la segunda puede ser llevada a
cabo tranquilamente en la tarja de la cocina.
Para lavar ropa es necesario, antes que nada, tener ropa
sucia, lo cual por ser tan común no representará mayor
problema. Una vez que se tiene a mano la ropa sucia, se moja
pieza por pieza y se le unta jabón. Después se restriega
contra el lavadero para sacarle lo percudido, poniendo
especial cuidado en el cuello y las mangas de las camisas,
así como en las valencianas de los pantalones. A continuación
se enjuaga cada prenda hasta que deje de hacer espuma, se
exprime para quitarle tanta agua como sea posible, y
finalmente se tiende de un mecate para que termine de secarse
al sol.
Lavar trastes, por su parte, suele ser muy parecido a
lavar ropa, con la notable diferencia de que los trastes rara
vez están hechos de tela, por lo que no hace falta tenderlos
de un mecate. En este caso, la operación se efectúa de la
siguiente forma: Se toman los trastes sucios y se friccionan
con una fibra remojada en agua de detergente. Acto seguido,
se procede a quitarles la espuma bañándolos en el chorro del
agua (si hace mucho frío se puede usar agua tibia, o cuando
esto no es posible, guantes de hule). En último lugar, se
colocan boca abajo, en una superficie especialmente destinada
para que se les escurra el agua que pudiera haberles quedado.
Tan pronto como se han llevado a cabo los preparativos
antes mencionados, se encuentra uno listo para realizar la
tarea principal. Entonces, y sólo entonces, se toma el lápiz
y el cuaderno y se escribe el poema.
*****
Acertijo
(s.O.s.)

Lo primero es
cerrar los ojos,
aporrear las teclas,
instalarse en el estado de ánimo,
y volver a abrir los ojos.

(Se sienta uno frente a la máquina de escribir, sin


siquiera sospechar las intenciones de la musa. Poco a poco,
casi sin que se dé uno cuenta, su cotidiana verborrea se va
adueñando de uno y eso es todo. Ya no es posible evitar ser
tacleado por ella).

Mira hacia allá.


Quien podría decir que me necesitas.
No,

Y ¿a quién le preocupa la incoherencia?


Si al fin y al cabo,
algún día nos alcanzará.

[No hay mucho que hacer al respecto,


está matemáticamente comprobado
que esta vida no tiene más sentido
que el que se puede leer en el intestino
de un perro muerto.]
tOdO eSo EsTá BiEn, PeRo SaCa De UnA bUeNa VeZ a LoS hIjOs De
La LoCuRa dE mI sIsTeMa!!!!!!.

Tengo en mi closet una camisa nueva que fue muy


barata. Yo, como era de esperarse no quería comprarla, pero
Susana insistió. La verdad lo que pasó fue que quiso probarse
un vestido y al ponérselo, se le rompió. Estaba tan apenada
que trató de llevarse algo para que la dependienta de la
tienda no se fuera a enfurecer con ella, pero lo único que
encontró fue una falda horrenda y una camisa barata de mi
talla. Me preguntó “¿Quieres la camisa?”, y yo “No, gracias”.
“Pero si te hace falta ropa nueva, Leandro”. “Pero no tengo
dinero”. “No le hace, yo te la disparo”. “No, creo que mejor
no. Gracias”. Y se llevó la falda.
A los dos días la fue a cambiar por mi camisa
barata.

¿A qué planeta llevará ese camino?


¿Qué estados de ánimo desencadenará en mí?
¿Hacia dónde se dirige el torbellino
que siempre nos arrastra de vuelta aquí?
Dicen los libros de texto
burgueses, que todos los seres
humanos mantenemos una importante
porción de nuestro cerebro sin usar.
Yo la verdad no sé en qué se basan
para hacer semejante afirmación. ¿A
poco han visto de cerca como
funciona mi cerebro, o el de
cualquier mugrosa gaviota?

mil pares de ojos


observan mejor que uno
durante la oscuridad
de la madrugada!

A veces parece mentira nuestra capacidad para


cortar la vida en rebanadas, y después servirla de tal modo
que la podamos digerir. Cada fracción parece dotada de vida
propia, pero si las lees de corrido, se puede adivinar un
sentido oculto.
Y no será
que en realidad
los hechos brotan
como burbujas,
sin causa racional
y somos nosotros
los que las interpretamos
como un continuum.

Confesión:
Es cierto lo que ustedes piensan, lo confieso. Muchas
veces tengo la impresión de que los distintos momentos
que componen un segundo, no tienen todos un peso
idéntico al de sus congéneres. De ahí a admitir una
concepción idealista de la vida, aún hay mucho trecho.

Una piedra viaja por el espacio a cierta velocidad que hasta


hace poco tiempo nos parecía inconcebible.
¿Cuántos de ustedes habrían sido lo suficientemente listos
como para imaginarlo?

Una palabra se liga a la otra, despejando


incógnitas que ni siquiera imaginábamos que existían, e
iluminando trocitos de otras palabras que reflejan la luz en
todas direcciones. Algún día, más pronto o más tarde,
alumbrarán lo trascendental. Mientras tanto, el camino vale
tanto como la meta.
¡Oh bestia que vives en mi
espina dorsal!
destroza el sentido de cada verso,
no lograrás evitar
que un lector ingenuo
o mal intencionado,
descubra el secreto de la vida
en mi canción.

“De este modo, los mismos iones pueden actuar positiva o


negativamente en la absorción de otros. Con esto la tendencia
de la acción puede cambiarse según las condiciones. El
fenómeno de antagonismo y sinergismo en la absorción de macro
y microelementos puede ser condicionado por la reacción que
presenta el medio, el nivel de contenido en el medio y en la
planta de otros elementos de nutrición mineral, sus
correlaciones, especie de plantas, temperatura del medio
ambiente y otros factores”.3

El comienzo de todo puede ser explicado por el


principio de ιµβεχιλιδαδ una extraña fuerza que se
encuentra presente en todas las cosas. La
consecuencia principal de la ιµβεχιλιδαδ es la
εστυπιδεζ.

3
¿Pero qué está pasando? ¿Qué sentido tiene citar un libro de B. A. Yágodin, y especialmente su
“Agroquímica”? Debe querer decir algo, por que el párrafo copiado no pertenece a la página dos ni a la
cuatrocientos. Seguro que el mensaje es tan importante que no puede ser escrito llanamente. La Verdad ha de
ser encontrada aquí por ojos adecuados.
Supón que por alguna razón eres el único
testigo de un asesinato que todavía no ocurre. El cómo sucede
ese acontecimiento es algo que no debe interesarnos, por
cuanto se encuentra fuera de la trama de nuestra historia.
Supón además que estas obligado a pedir auxilio, pero no
quieres que el asesino se entere, por que aún no se le ha
ocurrido la idea del crimen y si no se la sugieres puedes
ganar tiempo precioso para detenerlo. ¿No sería entonces
lógico emplear una forma de escritura criptográfica que pueda
ser comprendida por la policía, pero que resulte totalmente
esotérica para el delincuente?

¿Entiendes lo que te digo?


Tú, sí, tú,
lector hipócrita, mi igual,
mi hermano.
¿Has entendido algo
o estoy hablándole a la pared?

...poco a poco, como quien no quiere la cosa, los fragmentos


separados van cobrando sentido en la danza dentro de tu
cabeza. Te esfuerzas, enfocas la vista y lo que antes te
parecía un tremendo caos, demuestra ser una enorme y absurda
metáfora de nada.
¿Nada?

Nada.

Out, out, brief candle! Signifying nothing.

(aplausos)

Fin.