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HAS SIDO NOMINADO:

EL NOMBRE COMO SIMBOLO

Edgardo Werbin Brener

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El mundo universal de los medios de comunicación nos aturde con sus
latiguillos. Uno de ellos que ha tomado significativa popularidad y top
mediático es el de “has sido nominado”. El gran hermano de los
medios nos invade con sus tips, pseudo figuras, apariciones, famas
efímeras, banalidades garantizadas. Pero algo perdura resonando como
idea-fuerza, como sello de la tira, como marca registrada, como claim
mimético: “has sido nominado”. La fuerza del nombre, para
identificar en función de un objetivo, sea para diferenciar, expulsar,
condenar, destacar o la infinitud de verbos posibles asociados a la tarea
de nominar, totaliza los planos del pensamiento creativo del hombre.

Nominar no es tarea sencilla: es una función excluyente de los hombres


por diversos motivos. Tu me nombras, me llamas, me mencionas, me
citas, me proclamas, me colocas, me designas, me aludes, me invistes,
me denominas, me eliges, me mentas, me asciendes, me nominas. El
nombre es un artilugio del lenguaje que transforma al Homo Sapiens
en un “empalabrador”, un “nominalizador”. Esta función primordial
posibilita crear una identidad, una forma de incluir en el mundo de los
humanos aquello desconocido o bien, aquella circunstancia, persona o
cosa que deseamos comprender, apropiarnos, conjurar, integrar, poseer,
limitar, controlar, dominar, sujetar o simplemente clasificar, a través de su
nominalidad.

Para los antiguos, el nombre personal era bastante más que un signo
de identificación. Era una dimensión nuclear, medular del individuo
que generaba una historia, una narración y a partir de ahí, múltiples
condicionamientos. Se creía en el poder creador y apremiante de la
palabra. En este sentido, el nombre es algo vivo. El conocimiento
del nombre intervenía en los ritos de conciliación, de hechizo, de
aniquilamiento, de posesión. “Su nombre ya no estará más entre los vivos”,
es la sentencia más radical de las condenas a muerte (Egipto). Conocer
el nombre, pronunciarlo de forma justa, es poder ejercer una potencia
sobre el ser o el objeto. Cuando "el nombre se pronuncia en voz alta,
toda la tierra se conmueve de estupor”; por esa razón los antiguos querían
conservar secreta su pronunciación. Divulgarlo era permitir a los hombres
impíos y a los brujos usarlo para el mal.

En el nombre se encuentran todos los caracteres del símbolo: 1) es


cargado de significación; 2) escribiendo o pronunciando el nombre de
una persona se la hace vivir o sobrevivir, lo que responde al dinamismo
del símbolo; 3) el conocimiento del nombre da prerrogativas
sobre una persona: aspecto mágico, vinculo misterioso del símbolo. “Los
símbolos marcan las marcas”, siendo el nombre personal, la primera

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marca que nos identifica, personaliza, diferencia, individualiza. El nombre
personal establece una “marca” en nuestra vida. “Nuestro nombre”,
es la primera “marca” que el lenguaje emocional parental nos instala.
Es decir, las imágenes del deseo de nuestros padres que se transmutan
en letras, palabras, sonidos, números, significados, configurando y
conformando la definición iniciática de nuestro ser en el mundo.

Elegir un nombre implica: a) tener la información necesaria para formar


una identificación fuerte y duradera con él; b) comprender en forma
correcta la identidad que se genera con el nombre; c) entender que el
nombre es una piedra basal en la vida de la persona ya que establece una
determinada relación con la realidad, funda bases claves de la personalidad
y genera pautas tangibles en la dirección y la calidad de la vida; d) tener
en claro que el nombre indica lo que necesita ser vivido (la práctica
vital en sí) como así también, establece profundamente lo que uno es.

Somos nuestros nombres en la misma medida en que tenemos un


código genético, una secuencia propia y única de proteínas que marca
una impronta y se replica a través de nuestras actitudes y hábitos. Desde
nuestro nacimiento, pasando por los ritos que nos inician, nuestras fiestas,
trabajos, relaciones, creencias, asociaciones, quizá también todos los
verbos que conjugamos, se inscriben los nombres que nos rotulan.
Los nombres estructuran nuestra personalidad, son el primer molde
que fragua nuestro carácter. El hombre es aquel que tiene nombre.
El nombre es lo que hace a un hombre.

El nombre aprieta los botones nucleares de nuestro comportamiento


con mucha eficacia. Son como una contraseña, una clave de acceso
a un tejido muy apretado de condicionamiento que se remonta
a nuestro nacimiento. Cuando llaman nuestro nombre surge nuestro
pasado. Cuando alguien se dirige a alguien por el sobrenombre
o nombre por el que se lo conocía cuando era un niño, la
persona puede cambiar inmediatamente la postura y la actitud, asumir
un modo especial que se corresponde con el nombre.

El nombre como portador de energía, como potente marca de la vida,


conjuga el deseo concentrado de los padres. El deseo que une los cuerpos
(Eros) engendra a través del nombre, el “deseo del cumplimiento del
deseo”. Se configura la primera “lápida” vital de nuestras vidas; es la
primera pauta que la organiza en función de un destino inscripto en
letras, sílabas, palabras, sonidos y grafías. Se hace foco en el deseo que
se cristaliza como “marca” de ganadería, como “huella” de propiedad.

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El nombre consuma los trazos de pertenencia, el “sos de los
nuestros”, “enmarcando” a la persona en una tribu simbólica, cultural
e ideológica. Saber el significado profundo, simbólico, arquetípico
del nombre permite discernir, elucidar con que aspecto “me puedo
quedar” del nombre real y del nombre simbólico; que asumo
como propio permitiendo elegir por sobre la ignorancia y ser así sujeto
de mi propia historia y no ser un mero objeto del destino.

Un proverbio latino nos instala en el meollo de la cuestión en lo que


a nombres se refiere: nomem est omen, el nombre es el destino.
El nombre se convierte en una clave, en una potencia como primera
marca del destino, cuando se aborda con la información suficiente y
necesaria, que se adquiere con el estado mental correcto. Recrearlo,
comprenderlo, estudiarlo, renueva la comprensión de nuestro devenir
personal. Con el material simbólico al que se accede, se recrean
nuevas historias, se encuentran nuevas aberturas, nuevas puertas.

Todo nombre, como impronta del lenguaje en la realidad tiene un


significado. Responde a un origen. Define una historia. Esta cargado y
contiene un sentido. En lo visible, su onomástica, el significado que emana
de su etimología y origen idiomático, nos indica el sentido transcultural
reconocible en su trama evidente. En otro aspecto, en lo no visible, son
los núcleos simbólicos ocultos en los pliegues del significado de cada letra
que lo componen, en las formas de las mismas que condicionan la lectura
estructural de una imagen, en los sonidos que quedan configurados en el
entrelazado de sus melodías, en los números explícitos e implícitos que se
leen en el desarrollo del mismo.

Frente al asombro, los nombres personales muestran, en muchas


oportunidades, los senderos y escenografías por donde se desenvolverán
las actividades, hábitos, personalidades y costumbres de sus portadores.
Los aptónimos (apto,ta, es es un adjetivo que significa idóneo, hábil,
a propósito para hacer una cosa) son los nombres que resultan
increíblemente “aptos” para desarrollar las tareas que sus nombres
expresan. Por ejemplo cito casos reales: Amperio Benítez, profesión
electricista; Joseph Cardinal Bernardin, cardenal; Custodio A. Fuertes,
fabricante de cajas fuertes; Rosendo Cruz, seminarista; Jesús Juarez,
obispo auxiliar; Carlos Cañon, asesor en temas militares; Delphin Da
Graca Marcoris, veterinario; Proscopio Candado, marino; como estós
los ejemplos se multiplican sin fin…

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A pesar de su importancia, la mayoría las personas saben muy poco sobre
los nombres y sobre los efectos que ellos generan en la vida cotidiana.
En un sentido muy real, somos consumidores de nombres, y nosotros
tenemos una necesidad y el derecho de saber sobre el significado
psicológico, mágico, aspectos legales, religiosos y étnicos de nuestros
nombres. El conocer el significado evidente y no evidente, visible y no
visible de nuestros nombres personales genera nuevas dimensiones de
comprensión de aspectos de nuestro ser, de nuestro carácter, de nuestra
personalidad desconocido o no identificados. Necesitamos métodos
pertinentes, apropiados, profundos, con sentido común y fáciles de
comprender para desentrañar los significados ocultos de nuestros
nombres.

El comprensión profunda del significado del nombre personal genera,


elementos de descondicionamiento. El saber, el sabor de lo familiar
actualizado en símbolos descifrados, grafías que hasta cierto punto eran
secretas, crípticas, establece un nuevo plano de entendimiento de nuestro
propio devenir. Nos ayuda a liberarnos de nuestro destino involuntario
para generar certeros indicios de quienes somos y hacia donde vamos,
de ser sujetos de nuestra vida, y no objetos del deseo de los demás,
lo que implica que cuando digan “has sido nominado”, sepamos
exactamente de que se trata, de entender en que encrucijada nos
encontramos, que tejer y destejer en la compleja trama que nos toca vivir
y que rumbo tomar con la seguridad y derecho que nos otorga ser parte
voluntaria de la comunidad del gran hermano.

Edgardo Werbin Brener


Analista de símbolos
SIMBOLOGIA ESTRATEGICA®
ewb@fibertel.com.ar
Investigación: Prof. María Fabiana Martinelli Celi