8.

—Martes 26 de
©««da prohibida la
ea LÁ

II
quedamos, hace.días, en
«fue fuera de España debemos afirmar,
proclamar, remachar, que las cosas españolas,—como hacia el Castellano viejo, de
Larra,—-son las mejores del mundo, y en
que dentro de España, entre Bosoíros, en
familia, podemos luego llamar las cosas
por so nombre, poner los puntos sobre las
fes y decir ¡a verdad, en román paladino,
en el que «suele el pueblo hablar á su vesino». Primer reparo: ai decir fuera de España, desde luego nuestro querido maestro
don José Pin y Soler quería significar fuera
de la patria. Está bien; pero sabe el lector
que existe ia patria grande y la que llamamos ía patria chica. La identificación de
la patria y el Estado no se ha hecho sino
ea ios íierapos modernos.
"Sn el siglo XVII, por ejemplo, cuando se
patria se entendía ía región
donde se ha nacido- numerosas citas se podrían aducir sacadas de los autores clásicos; pero el trabajo está ya hecho; en Í905
publicó en Barcelona _e3 señor Maspons y
Anglasell un folleto titulado: La. idea de
patria segons les autoritats castellanas, y
en ese opúsculo. puede ver confirmado el
lestor cuanto decimos.
Ahora bien, en la concepción patriótica de Pin y Soler, íhemos de tener en etseafca la patria chica, ó se trata sólo de ía paIria común, grande? Un ciudadano que
lenga por patria chica Castilla, ¿podrá en
Barcelona repetir, nada más que repetir,
hablando de Madrid, el célebre soneto de
Góngora dedicado á Madrid y que comieni&i «Una vida bestial de encantamiento»
*/ que acaba: «Esto es Madrid," mejor dijera
Infierno»? Y un catalán, ¿podrá en Madrid
Hacer la crítica libre y espontánea de su
Siudad? Pero supongamos que el señor Pin
f Soler se refiere solamente á la patria
fraude. Un semillero de dificultades nos
salen al paso al tratar de poner en práctiEa su norma.. Figurémonos—para comentar—que nos hallamos en París; un día
recibimos la visita cortés y amable de un
íeñor—filósofo, sociólogo, economista—•
íue, sintiendo simpatía por España, desea
anterarse .bien, exactamente, de nuestras
¿•osas. ¿Qué haría don José Pin y .Soler?
No olvidemos que nos bailamos fuera de
España; no olvidemos—según la frase del
. propio Pin—que podemos «dar armas al
enemigo». Qué es lo que le diría el querido
maestro á este sociólogo 6 economista, que
desea enterarse del .estado de nuestra agricultura, de nuestra magistratura, de nuestro profesorado, de nuestro parlamentarismo? ¿Le diría que todas estas cosas nuestras son las mejores del mundo y «sustentaría lo dicho á pie y á caballo, por mar
y por tierra»? Otro caso: ya no es un señor
que nos visita; es una revista que nos pide
un estudio sobre ía situación de España.
¿Qué es lo que haremos? ¿Cómo escribiremos ese estudio? ¿Lo llenaremos de falaces superlativos y de hipérboles engañosas?
Pero volvamos á España; regresemos á
la patria grande y querida. Ya estamos entre compatriotas. Ahora podemos despacharnos á nuestro gusto y hablar cuanto
aos cuadre. ¿Hablar tan sólo? Suponemos
que aquí se toma el verbo hablar en so
significado lato de exteriorizar el pensamiento; es decir, en el de lenguaje, sea
hablado ó escrito. Perfectamente; ateniéndonos á la libertad que se nos concede de
hablar de nuestras cosas cuanto nos plazca, publicamos un libro veraz, sincero, sobm las cosas españolas. ¿Qué haremos con
este libro? Desde luego dejarlo circular;
pero, ¿y cuando llegue A Sa frontera camino de los países extranjeros? El conflicto
será terrible. Habremos de poner un aforo 6 portazgo en las fronteras para que no
pasen a! extranjero esta class de libros.
Pero ea la frontera, ¿quién podrá Juzgar
•••de la doctrina y alcance del libro para deeidiF «n sn consecuencia sí el libro debe
pasar ó no? Tendríamos que crear na cuerpo especial de aduaneros literarios y aun
as! las dilaciones, dificultades y engorros
de lodo género serían innumerables. Lo
que 88 dice del libro puede decirse de la
revista y del periódico.
• Perdone—sincera . y cordiaimeníe nos
excusamos;—-perdone el querido y cultísimo literato esta punta de eutrapelia .y de
discreto regodeo. No; el deber de decir ía
verdad, sin atenuaciones, pero sia pasión
agresiva, es para nosotros igual en España
que fuera de España. Hace poco—y de
ello hemos hablado aquí—leíamos con nnn
profunda emoción el ensayo admirable que
Pin y Soler lia puesto ai frente de su traducción catalana de la Utopia de Tomás
Moro. De manera insuperable quedaban
trazadas en aquellas líneas ía semblanza
de aquel hombre que lo sacrificó todo á
la verdad. Luego, más tarde, en la carta
que motiva estos artículos, Pin y Soler tenía, de pasada, un adjetivo despectivo para KanL Y nosotros pensábamos que había
&qui alguna incongruencia. En Kant alentaba el mismo sesudo del deber, el mismo
imperativo ético, que en Moro, en aquel
• Mors fue mmríé es&úe&meais

Mr. ¿Cómo Pin y Soler no veía, á través de!
tiempo, esta relación espiritual entre los
dos grandes espíritus? La verdad, la verdad siempre, la verdad en todas partes: esa
debe ser nuestra norma. Amemos nuestra
patria; procuremos compenetrarnos con su
ambiente, estudiando su historia, sus paisajes, sus monumentos, su literatura, su
arte, sus instituciones. Y cuando tengamos que hablar de las cosas de. nuestra patria, estemos donde estemos, .digamos sencillamente, modestamente, la verdad. Lo
imperdonable, lo condenable sería esagsrar las máculas y corruptelas de nuestra
patria; lo imperdonable, lo condenable sería poner odio ó siquiera desvío es ia crítica que hiciéramos de nuestra patria. Pero esa crítica, esa exposición neta de la
realidad, puede ser hecha con amor, con
un sincero y efusivo pesar de que tales
máculas y corruptelas tengamos qua lamentar. Con ese amor, con esa sencillez,
con esa modestia—lo repetiremos—debemos decir la verdad, la verdad sin exageraciones ni acrimonias, estemos donde estemos, dentro ó fuera de España. ¿Qué ganaríamos con el sistema contrario? Más
aún: ¡qué enorme responsabilidad no sería
la nuestra si practicáramos ese equivocado
sistema y contribuyéramos así á un funesto estancamiento de las corruptelas, viciosy desenfrenos .que los buenos patriotasno Sos falsos que viven de ellos—lamentamos!
Una última observación: el querido
maestro Pin y Soler habla en su carta de
«aquellas abominaciones del León de
Graus, león enjaulado y siempre enfermo,
que' ordenaba cerrar sepulcros y arrojar
llaves», Del mismo modo que Pin habíamos hablado nosotros en un artículo publicado en abril de 1900. En el discurso—
hermosísimo—que Costa leyó en los Juegos Florales de Salamanca, en septiembre
de 1901, recogió nuestras palabras (página 19) y explicó elocuentemente el concepto que nosotros le reprochábamos y cae
ahora Pin y Soler le reprocha. Á esas páginas remitimos al lector. Una advertencia: el concepto de Costa sobre la cancelación del pasado, es un concepto casi tradicional, por lo menos no es original suyo.
Esas abominaciones son más que centenarias. Las expresó doa José Cadalso, en
1768, en la LXXVIII de sus Cartas marruecas. Y aquí sí que con toda crudeza, sin
atenuaciones. «Cuéntese, pues, por nada
lo pasado—dice Cadalso entre otras cosas—
y pongamos la fecha desde hoy, suponiendo que la .península se hudió á mediados
del siglo XVII y ha vuelto á salir de ía mar
á últimos del xvín». No el sepícro del Cid,
como Costa, si no la península entera quería borrar el buen—y admirablemente heroico—coronel Cadalso.
Para concluir: ¿cuál es nuestra fórmula
de patriotismo, en dos palabras? La que
nuestro amigo José Ortega y Gasset dio en
sil conferencia da Bilbao de .1910. «El patriotismo verdadero es crítica de la tierra
de los padres y construcción de la tierra
de los hijos».
AZOEÍH

Parece que de la catástrofe de Bilbao,
cuyo calificativo dejo á los sentimientos del
lector, no tisnen la culpa las autoridades.
Acaso sea la primera desgracia colectiva de
que no quepa culpar al gobierno ó á sus representantes? como se le inculpa de las inundaciones, sequías, pedriscos, motines, mítines y otros fieros males.
Él cine donde el apetecido solas ge trocó,
por burlas del destino^ en inesperada muerte para los cuarenta niños victimas de una
imprudencia más que temeraria, reunía
buenas condiciones y tenía aislada la cabina
con $u correspondiente cortafuegos. El gobernador, delegado del poder ejecutivo, no
había permitido el funcionamiento del cine
par $í y ante sí, sino previo diclamen pericial é informe de la Junta de espectáculos.
Todos loa balduques estaban cuidadosamente miados y todas las formalidades cumplidas. Ni legal ni facultativamente podía llegarse á más en punto á
'¡precauciones,
Pero lo que la autoridad con todo su poder coerciíi&o no alcanza á suplir es la falta del elemento incoercible, sutil, etéreo, y
$in embargo incomparablemente más eficaz
que los cortafuegos y las puertas anchurosas
y cuantas condiciones puramente físie&s se
acumulen con. el humanitario .propósito de
si no impedir en absoluto por fe menos aminorar los efectos de una desgracia. Ees elemento es de naturaleza psíquica: es la serenidad altada con el respeto al débil, al niño,
á la mujsr. Por mucha culpa que al capitán
del Titanio le cupiera sn el horrendo siniestro, la redimió el inexorable rigor demostrado en el salvamento de los niño» grandes
y de los niños chicos,
En Bilbao ha ocurrida desgraciadamente lo contrario, porque un cine no es un buque ni hay allí fuerza suficiente mente poderosa á refrenar los instintivos arrebatos de
la bestia de carne si no los contiene y detiene el predominio del hombre verdadero, del
hombre espiritual, impermeable- á la muerte
y por lo tanto incompatible con el misdo á la
muerte.
Los niños que bruscamente transpusieron
ios ttmbrales rociados por las lágrimas del
amor maternal, » fuliron victimas del fuego sino del miedo y del egoísmo de los mayaresa que m fe ttermslidad de h$ mdd- exigen

delitos, invocando lo$ año», obediencia, sumisión y respeto, pero que en la anormalidad del peligro atropellan brutalmente, por
demasias del instinto de conservación, el
respeto, al muxüio y aun el sacrificio que el
déhü y el menor tienen natural derecho de
exigir del fuerte y del mayor.
Las mejores condicione» de segundad
contra los niniestros serán ineficaces mientras el público no entre en cines y teatros
con el ánimo predispuesto á la serenidad,
como si presintiera la catástrofe y en vez de
acrecentarla con el pánico, que es en casos
de incendio como alquitrán desleído en petróleo, formara ñrme propósito de dominar'
la y vencerla con sereno valor, frente al pe~
ligro que, ía mayor parte de las mees, tiene
mucho parecido con loe fuego* fatuas. Y fuego faino era el grito imprudente de esa mujer que acaba de tronchar tantas existencias,
ALFEÑIQUE

NOTAS DE ARTE

Recorriendo la exposición de obras pictóricas que don Elíseo Meifrén celebra en
esto;-: días en el Salón Pares, es imposible
sustraerse á la admiración que despierta
hallarse ante el crecido número de telas
allí reunidas, en las cuales ee echa de ver
en seguida e! absoluto dominio del procedimiento, que no llega á imponerse al artista; por eí contrario, éste es quien le tiene ea servidumbre. Porque el autor, que
poseyó de antiguo asombrosa facilidad de
ejecución, es dueño de talento suficiente
para no dejar que esa la arrastre, ai le conduzca á la G)aaera, ni le torne un rutinario. Por ello, digámoslo de una vez, deja
de ser esclavo'd© ia ley del menor esfuer so.
So eso es ñoná-e no queda otro remedio
que reconocerle una cualidad extraordinaria, ya que laa más veces ocurre, que
aque! que lojíra que le obedezca el mecanismo, concluye por aer fácilmente dominado por éste, con ío cual viene ei momento ea que la producción no es más que
incesante repetición délos mismos medios
manifestativos, monótono empleo de fórmulas en que todo se va en agilidad,
Ei señor Meifrén, artista por temperamento, no obstante lo fecundo de su labor,
renuévala sin que en £ai renovación pierda jamás la personalidad. Su misma inquietud, que oblígale á no permanecer
eon carácter definitivo en tal ó cual paraje, es favorable, por lo tan*o, á que pueda
sis mirada regalarse con la visión de variados escenarios naturales, y es parte,
además; á que no caiga precisamente en
amaneramiento. A través de su incesante
peregrinación por opuestos horizontes, la
¿ovedad del espectáculo le refresca ia visión, Se brinda gamas distintas, hace que
su paleta no se circunscriba á soluciones
que de antemano tenga descontadas, por
la familiaridad que alcanzara en ellas,
debido á prácticas anteriores.
¿Si así no fuera, qué explicación hallaríamos á que un pintor tan* fácil, entregado á producción tan laboriosa como realiza, no dé señales de agotamiento, antes
venga, como viene ahora, á mostrarnos
pinturas, casi en su inmensa mayoría notables, y algunas de mérito tan excepcional que nos atreveríamos á calificar de
obras definitivas?
Deteneos ea esa exhibición á que nos
referimos ante loo cuadros Can Sé, sí
(Vallvidrera), Son Mo.ragues, Jardín de
Valldemosa y Cala blanca, y no sólo por
los efectos naturales transcritos, pregoneros de acierto en la selección de tomas,
sino, á mayor abundamiento, por el modo
peculiar con que cada uno aparece pintado, en relaeióa á ía calidad 'de los varios
elementos reproducidos, sentiréis innegablemente, crecer vuestro entusiasmo por
artista dotado de un poder de evocación
tan intenso como el que maísifiesta ee sus
lienzos ess autor, neparad, sobre iodo, en
el intitulado Can Si, sí, y frente á él quedaréis sorprendidos por aquella mtachabia ejecución, cuidadosa, no de deslumhrar, sino de que triunfe la exactitud. En
pocos cuadros como éste llegó el autor á
dar íraBunío de la verdad de modo tan cabal y sentido. En él desaparece ©i pintor,
es eaanda presente ©n Bare®don Ramón Piohoí una tanda de
obras suyas. Hay quienes dicen entusiasmarse con ellas; oíros, en cambio, s© admiran de esos entusiasmos. Lo reales que
no consigue que haya unanimidad de juicio respecto de laa producciones. Por revolucionario le tienen unos; los hay que
SÓÍO reparas en que distan mucho de ser
perfectas las produceioees de ese pintor.
Cuñándonos ai momento actúa!, COQvengamoa en que ai pudo esperanzarse
que el seüor Pichot produjera en el arte
pictórico una innovación, no se ha realizado todavía, y aún tememos que no ia
realice, y quizá haya de deaaar que no se
opere, si hubiese de ser para que prevaleciera si descuido da la forma. Túvola
siempre ea menos el aludido pintor, quien
procuró asirse ai colorido, á fin de imponerse por éste, ya que no atendía á conseguirla con aquélla. Pero como la forma

atendida en sus fueros, espose su mortificación y salta categórica á ía vista evidenciando lo ii respetuoso que coa ella ge,
estuvo.
Pertenece el señor Pichot al periodo!
aquel en que se hablaba mucho de is gis*
caridad en arte, y aquí cre\ ó que ello coasistía eo olvidarse dei sentimiento de la IiD8a,de la proporción,dei carácter,del movimiento, corno si el mejor rasgo de sinceridad no fuese la veneración y respeto á 1©
ereado.euando ae pretendsevocario un uaa
obra pictórica ó escultórica. Eaa doctrina
vino muy bina á algunos que no querían
ó acertaban á sujetarse á estrecha, disciplina, y ios años concluyeron por demostrar que sin una base de estudios exigenies no se He&'a á la meta; y lo que, ea
un principio se achacó á atrevimiento, á
ganaa de distinguirse y de «parecer independiente, luego se ha advertido que fue
engañoso espejuelo, pues á lo único qua
condujo es á coüfirnjar que sólo existe un
camino para vencer: ef estudio sereno y
sin preocupaciones, y hacer lo que faaeea
é hicieron los grandes pintores que es el
mundo son y han sido—dar trasunto de la
naturaleza de las cosas, con arreglo á ía
visión propia.
Es de conveniencia hablar claro, porque la tolerancia Üevó á ver como se malograron aptitudes que, bien enderezadas,
cupo que dieran frutos muy distintos <te
i e que han dado. La condescendencia vi™
raos que lie/a á muy lamentables resultados, y hace q»e cunda el mal ejemplo.
Sólo á aquel que debidamente se prepara ea su juventud, cabe que, con loa años,
se le discierna la palma, signo de triunfe,
Eo el propio Fayans Cátala, pera
independientemente de los cuadros dei
pintor de quien acabamos de hablar, expuso don Enrique Casaoovas ocho obras
cscultóricast entre ellas algunas j& exhibidas el año anterior.
;
Cuándo ciñese á un estudio parcial-1
las dos cabezas da mujer y el retrato—'
consigue un resultado superior á lo demás
que exhibía. Guando pretende abarcar ia
figura humana por entero, despierte, ea
ocasiones, la duda de si su labor está hecha con seriedad, ó si obedece á una humorada de artista. Véase Iris alada ó la
estatuita Eva, de formas plebeyas que están en oposición al concepto de io evocado. Aquella Iris en manera alguna, á pesar de las alas, cruzará el espacio ligera1
como una golondrina. S u cuerpo rechoncho, las piernas hinchadas y de grueso
tobillo, pesan con exceso, y harían cumplir con retraso los encargos que eacomendara, Juno á su correvedile. Y ea
cuanto á la representación de la compañera de nuestro padre Adán, ni COD la
ayuda de la insinuante serpiente, ni coa
el atractivo de la consabida manzana, le¡
hubiese hecho caer á ese en ei pecado'
mortal, á poco buen gasto que tuviere^
que es de suponer que viviendo ea Pa-:
raigo, suma da bellezas natarales, algo:
depuradillo ¡o tendría.
Cualidades posee el ssñor Casanovas
para que no haya de singularizarse de ©ss
modo en su labor.
Sin trompeterías ni reclamos, aiuy calladamente, entrégase al estudio don julio
Armengol, uno de IQS jóvenes pintores qiw
marcha á solas consigo mismo, y que, mo-'
vido de gran fervor, acude al natural, sin
apartarse de éi9 deseoso de reproducirlo,1
con arreglo á la emoción que le produjera
un efecto de luz, una antítesis cromática
ó.el feliz acorde de unas masas.
En otras ocasiones ya no le regateamos
los elogios, tanto por las cualidades que
revelara, como por ía recta disciplina á'
que ceñíase al consultar la naturaleza, l®t
que hacía que se manifestara especial-;
mente como paisista delicado, amoroso de'
la luz en los instantes en que baña con
suavidad las planicies pobladas de olivos,
de almendros ó de otro linaje de árboles.
En la serie de pinturas sí paste] que'
ha agrupado al presente en la Gaga Jsstfrn, pone una vea más de relieve las cualidades que advertimos en él en precedestes exhibiciones, y, á la vez5 permite
apreciar una mayor justedad en is
ción de valores, y el ¡ogro, á meaudos ds
una sencillez en la factura, an&e@ no obtenida en el grado que ahora.
De entre esos pasteles, algunos posees
tal viveza de color, que sorprende sea
conseguida con el procedimiento pictórica
empíe&d®.
M. RODRÍGOTZ OOBOLÍ

CRÓNICAS MEDICAS

El hombre ha embellecido y sanead®
su morada en los tiempos moderaos de ua!
modo indiscutible; pero eo cambio ha d<'8cuidado ó no ha cuidado tanto la vía pública, creyéndola quizás de importancia
secundaria: ¿quién ha de enfermar en ía
calle? ¿quién hace la vida en eiia? ¥ sia
embargo, ia calle es muchas veces un temible foco de infección por recoger in6ni=
tos desechos de la existencia urbana. La
calla ha constituido siempre un foco de di»
fusióa y contagio de i as más graves enfermedades. Preciso es, por lo tanto, qu©
digamos algo de ello. En primer lugar, debemos airmar lo que teóricamente pare»
-- - - --*•-•*•'-•'y jMrAciicaawa&to ana