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LA FLEXIBILIDAD EN EL MERCADO DE TRABAJO
¿UN CONFLICTO ENTRE EQUIDAD Y EFICIENCIA?
La vigencia de los actuales institutos laborales
en un modelo de relaciones laborales para el siglo XXI

Dr. Julio César Neffa, CEIL-PIETTE del CONICET

Introducción
Las primeras modalidades de flexibilidad tuvieron su origen a comienzos de la
década de los 70 en los principales países capitalistas industrializados y desde allí se
transfiere dicha innovación en cuanto a la gestión de la fuerza de trabajo a nuestro medio,
debido a la acción de las empresas transnacionales o los procesos de subcontratación
internacional.
El contenido de este trabajo se refiere a los aspectos teóricos acerca de las causas
de la emergencia y las consecuencias de las diversas modalidades de flexibilidad en
cuanto al trabajo y el empleo. Como se trata de un problema complejo y que tiene su
lógica, es necesario recortar el tema de análisis para comprender para interpretarlo.
En la primera parte se presenta el marco teórico a partir del cual trataremos de
analizar e interpretar el fenómeno de la flexibilidad, que surge como una alternativa para
salir de la crisis en la cual entraron los países capitalistas industrializados en la década de
los años 70.
En la segunda parte se aplican esos conceptos al caso argentino y se intenta
caracterizar las consecuencias que provocaron las diversas modalidades de
flexibilización introducidas parcialmente durante el periodo 1989-2001.

I.- La crisis y la transformación de los modos de desarrollo.

Voy a tratar el tema desde el enfoque de la Teoría de la Regulación (TR), porque
es el enfoque que mejor me permite encontrar las causas profundas que le dieron origen,
postulando que la crisis de las instituciones jugaron un papel determinante. Según sus
principales autores, la viabilidad de una economía capitalista de mercado depende de la
existencia de esas “instituciones escondidas” que se refieren a la moneda y el régimen
monetario, al Estado-nación, a la forma que adopta la competencia entre firmas, la
inserción internacional y a la relación salarial. Los regulacionistas postulan que desde el
punto de vista estrictamente lógico, las instituciones son necesarias para que exista una
economía de mercado, máxime si es capitalista.
La regulación fue definida primero como ..."el modo de funcionamiento global
de un sistema, la conjunción de ajustes económicos asociados a una configuración dada
de las relaciones sociales, de las formas institucionales y de las estructuras" y más tarde
como: ..."la conjunción de mecanismos que concurren a la reproducción del sistema en su
conjunto, dadas las formas institucionales en vigor y el estado de las estructuras
económicas y sociales" (Boyer, 1996).
En la historia se han manifestado numerosas variantes de las relaciones sociales
de producción. Para la TR, esas relaciones sociales pueden variar dentro de un mismo
modo de producción y sin que éste desaparezca (por ejemplo: los asalariados pueden
reivindicar para limitar las intenciones empresariales de disminuir el salario en momentos
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de crisis y pedir aumentos salariales cuando se produce la expansión, pueden reivindicar
una indexación respecto de la inflación, o un reparto de las ganancias de productividad
que contribuyeron a realizar).
Las formas institucionales mencionadas, que son el resultado de la codificación de
las relaciones sociales fundamentales, dan origen a un modo especifico de regulación.
Este es el que crea las condiciones para que emerjan y se consoliden las regularidades
económicas que constituyen un régimen de acumulación. El modo de desarrollo, sería el
resultado de la conjunción de un modo de regulación y un régimen de acumulación.

El modo de regulación, noción de filiación marxista (modo de producción), es el
resultado de la articulación entre una serie de formas institucionales o estructurales. El
estudio del modo de regulación permite "esclarecer el origen de las regularidades que
canalizan la reproducción económica durante un período histórico determinado"
(Aglietta, M. 1976; Boyer, R., 1986, Boyer R. y Saillard, Y., 1988). Consiste entonces
en el conjunto de procedimientos, comportamientos y conductas, individuales, grupales y
colectivas, que tienen esencialmente las propiedades y funciones siguientes:
1) asegurar la continuidad y la reproducción de las relaciones sociales fundamentales;
2) conducir o guiar el régimen de acumulación, y
3) asegurar la compatibilidad de los comportamientos económicos descentralizados de las
unidades de producción y de los individuos sin que, -ex-ante, dichos agentes se hayan
puesto voluntariamente de acuerdo entre sí, o hayan internalizado los principios de ajuste
del sistema.
De entre las formas institucionales que constituyen el modo de regulación, una de
ellas se relaciona directamente con nuestro tema de reflexión. Se trata de la relación
salarial, comúnmente denominada relaciones capital/trabajo, que en sentido amplio se
refiere a la organización del trabajo, a los modos de vida y a las modalidades de
reproducción de los asalariados. Los componentes de la relación salarial son el tipo de
medios de producción utilizados, las formas que adopta la división social y técnica del
trabajo dentro de las firmas, las modalidades de movilización de los asalariados para que
pasen desde la inactividad -o de la desocupación- al empleo, las maneras cómo los
asalariados están relacionados con las empresas, los determinantes del salario directo e
indirecto, los modos de vida de los asalariados que están en relación con la adquisición de
las mercancías en función del salario directo y la utilización que éstos hacen de los
servicios colectivos no mercantiles (el salario indirecto).
A menudo, el trabajo es tratado por la teoría neoclásica como si fuera una
mercancía igual a las demás, cuyo punto de equilibrio de precios y cantidades es el
resultado del juego de la oferta y la demanda sin que intervengan instituciones como el
Estado y los sindicatos Si como resultado de esta confrontación existe la desocupación,
ésta solo puede ser voluntaria, debido a que el salario real es insuficiente o porque el
salario mínimo se ha fijado muy alto.
Pero para la TR el trabajo no es una mercancía como las otras, su reproducción no
es fruto del mercado, no obedece a las leyes de la oferta y la demanda, sino que nace y se
desarrolla en la esfera doméstica. Por otra parte, cuando se contrata el uso de la fuerza de
trabajo la misma ya existe previamente y se ha reproducido por fuera del mercado
quedando los costos a cargo de las familias. Por eso no se puede confiar al mercado la
producción de la fuerza de trabajo.
El uso de la fuerza de trabajo es contradictorio y da lugar a conflictos. Los
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trabajadores son contratados a cambio de un salario. Dentro de la unidad de producción,
el asalariado queda subordinado a la autoridad del empresario y la legislación le da
atribuciones para indicarle cuales son las actividades a realizar. La contradicción que
surge consiste en que los empresarios exigen maximizar la cantidad y la calidad de
trabajo buscando minimizar el costo del mismo, mientras que los asalariados buscan no
sólo minimizar el esfuerzo y maximizar sus salarios, sino también desarrollar una
actividad que les permita crecer personalmente, adquirir conocimientos y experiencia y
construir su identidad profesional. Esta contradicción no puede resolverse plenamente por
intermedio del mercado de trabajo. Por eso históricamente se han establecido dispositivos
legales: la ley de contrato de trabajo y otras que se refieren a la jornada de trabajo, al
salario mínimo, la prevención de riesgos ocupacionales, etc., instaurando dispositivos
organizacionales e institucionales. Así, a nivel de la firma, las gerencias imponen normas
de control en materia de presencias, de división social y técnica del trabajo y se
establecen remuneraciones incitativas. Hay entonces una relación de trabajo a nivel de
cada firma, en virtud de la cual se determinan el salario y las condiciones de uso de la
fuerza de trabajo.
Esto se inscribe en un marco más amplio, jurídico e institucional, donde se
establecen los derechos de los asalariados, las prerrogativas de los empleadores, las
modalidades de resolución de conflictos. Esas reglas definen la relación salarial. Según
las investigaciones regulacionistas, los modos de regulación en los países capitalistas
industrializados y la relación salarial evolucionaron conjuntamente a lo largo de la
historia.
La regulación “antigua o tradicional” fue la que predominó cuando el capitalismo
mercantil se desarrolló a partir de las estructuras rurales moviéndose a sus impulsos. El
resultado de las cosechas tenia así implicaciones sobre los precios, los salarios reales y el
empleo. La regulación “competitiva” es la que predominó desde que el centro de
impulsión pasó a ser la industria manufacturera, sucediéndose fases de prosperidad y de
depresión. El capital estaba todavía poco concentrado y los precios se formaban de
manera competitiva; los precios industriales y los salarios evolucionaban de manera
similar que la coyuntura, pero debido a los impulsos de la acumulación, el sistema
económico estaba siempre en desequilibrio, existiendo una sobre o una sub-acumulación.
Los asalariados estaban sometidos a esta evolución de la acumulación sin poder influir
para mejorar el salario nominal. Durante la transición entre las dos guerras mundiales se
gestó un modo de regulación caracterizado por la concentración del capital y de la
producción, aparece la moneda de crédito no convertible, los asalariados se organizan en
sindicatos y desarrollan las luchas para reducir el trabajo de mujeres y niños, aumentar
los salarios, establecer límites a la jornada de trabajo y en días festivos, se dictaron
normas sobre accidentes de trabajo, se generalizó el sistema de pensiones y jubilaciones
y, como había en permanencia inflación, los sindicatos con apoyo de partidos políticos
aliados reivindicaron la periódica indexación del salario según la evolución de los
precios de la canasta familiar sin lograrlo plenamente.
Después de la segunda guerra mundial y hasta mediados de 1970 predominó una
regulación “monopolista o administrada”. Sus características fueron las siguientes:
predomina la moneda de curso forzoso y se abandona el patrón oro, los salarios se
indexan sobre el incremento de los precios pasados y anticipadamente respecto de las
previsiones de incremento de la productividad, y se desarrollan diversas modalidades de
salario indirecto instaurándose los sistemas de seguridad social, inspirados en Bismarck
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(financiado con contribuciones de empleadores y de asalariados) o en Beveridge
(financiado mediante impuestos), generalizándose la compensación de ingresos en casos
de desempleo. Durante ese periodo se incrementó el salario real y el salario nominal dejó
de ser directamente sensible respecto del nivel de desocupación. Fue en este periodo
donde se gesta el modelo de relación salarial que denominamos “fordista”, en referencia a
lo sucedido en la industria automotriz cuando para hacer posible la producción masiva se
instauran las cadenas de montaje, se busca el pleno empleo y se incrementan los salarios.
Este modelo es lo opuesto a la flexibilidad que conocemos.
Este modo de regulación entró en crisis desde comienzos de los años 70, bajo el
impuso de la desreglamentación de los mercados, el predominio de las dimensiones
financieras sobre la economía real, la promoción de las inversiones extranjeras y la
apertura internacional, implicando un cambio profundo de la relación salarial dado que
desde esa época los salarios se consideran no solo como un componente de la demanda
efectiva sino en primer lugar como un costo esencial que afectaba la competitividad
internacional. Desde entonces son los Estados y no solo las empresas, los que están en
competición, debido a la mundialización y a la movilidad del capital. Las estructuras
productivas se transforman y en lugar de ser la industria el sector motriz que imponía su
lógica y su dinámica al conjunto, se incrementa la parte del PBI y del empleo en el sector
terciario o de servicios, con lo cual las variaciones de la coyuntura se hacen menos
amplias, debido a la inercia que prevalece en dicho sector.
El modo de regulación se financiariza debido a las múltiples innovaciones
financieras que emergen y al flujo de capital internacional. Cambia la jerarquía de las
formas institucionales: en algunos países la moneda y el régimen monetario, la inserción
internacional y las formas de competencia pasan a jugar un papel dominante sometiendo
a su lógica tanto a la relación salarial como al Estado.
Las crisis del modo de regulación se caracterizan porque se producen graves
desequilibrios a nivel macroeconómico, aunque el régimen de acumulación anterior siga
siendo viable, porque los mecanismos asociados a la regulación vigente son incapaces de
modificar los encadenamientos coyunturales desfavorables debido a una inadecuación de
las formas institucionales. (Boyer y Saillard, 1996, 1997, 1998). Surgen contradicciones
internas, porque se han bloqueado y/o agotado sus potencialidades las anteriores formas
institucionales para que siga en vigencia el anterior régimen de acumulación y se
cuestionan las regularidades más esenciales, es decir las que dan sustento a la
organización de la producción, la distribución del ingreso y la composición de la
demanda social, cuando:
a) la prolongación de las regularidades anteriores no permiten la reconstitución
automática de la tasa de ganancias y, por lo tanto, la recuperación endógena de la
acumulación;
b) se dan al mismo tiempo la desactualización en los antiguos métodos de producción
debido a la obsolescencia de los bienes de capital y el agotamiento de la demanda de los
viejos productos, porque se producen cambios en el volumen y composición de la misma;
c) para fabricar nuevos productos es necesario implantar nuevos procesos con otras
combinaciones técnicas de producción y hacer diferentes localizaciones en el territorio;
d) se pierde la coherencia entre las innovaciones técnicas y por otra parte los cambios en
la organización y en las formas institucionales,
e) se produce un desequilibrio entre la oferta y la demanda social, por causa del
desarrollo desigual de las secciones productivas.
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En esos casos las vías para instaurar otras reglas de juego serán las luchas sociales,
el establecimiento de Pactos Sociales, la introducción acelerada de innovaciones
tecnológicas y/o organizacionales, o las tentaciones de regreso al pasado.

El régimen de acumulación (RA) puede concebirse como un esquema o modelo
de crecimiento de una economía nacional en una época dada. El mismo asigna
importancia por igual a las condiciones de producción -productividad, rentabilidad,
salarios- y a las condiciones de realización, -o sea de venta-, de las mercancías. Son las
formas institucionales mencionadas las que configuran el régimen de crecimiento,
induciendo incluso la dirección y la intensidad de las innovaciones.
Dentro de una estructura económica dada, el juego de las formas institucionales
mencionadas en los párrafos precedentes está en el origen del conjunto de regularidades
económicas propias de cada formación social. Según la TR, esas regularidades
económicas en cuanto a procedimientos y comportamientos reproducen las relaciones
sociales fundamentales a través de la conjunción de formas institucionales históricamente
determinadas; ellas hacen posible una progresión general y relativamente coherente de la
acumulación del capital, aseguran la compatibilidad dinámica de un conjunto de
decisiones descentralizadas de los agentes económicos sin que sea necesario la
interiorización de los principios globales de ajuste del sistema y tienen, por hipótesis, la
capacidad para absorber, anular o desplazar en el tiempo los desequilibrios y las
contradicciones que ese mismo régimen de acumulación va a engendrar naturalmente a
causa de su propio dinamismo.
El cuanto al carácter del RA, el mismo puede ser predominantemente extensivo,
cuando la configuración productiva se extiende hacia el conjunto de la economía sin
necesidad de que se produzca un gran cambio en las técnicas de producción, o sea que se
basa en la extracción del plus valor denominado absoluto, debido a la incorporación de
nueva fuerza de trabajo o a la extensión de la jornada. Pero también puede tener un
carácter predominantemente intensivo, cuando para aumentar la productividad se
introducen cambios en las tecnologías y en la organización de las producción, para así
extraer plus valor llamado relativo. Las características de la acumulación dependen de la
naturaleza y del modo o normas de consumo predominantes entre los asalariados, las que
a su vez son función de su grado de dependencia respecto de la producción efectuada en
ramas y empresas capitalistas, de la tasa de asalarización y del modo de vida de los
asalariados.
La TR ha identificado un cierto número de esas regularidades económicas a los
efectos de explicar las modalidades y el ritmo de crecimiento de cada régimen de
acumulación. Ellas son:
- la articulación existente dentro del sistema productivo entre el modo de producción
dominante y las diversas formas de organización de la actividad económica, que no
tienen la entidad de un modo de producción;
- la evolución de la organización de la producción dentro de las unidades económicas y
la composición técnica del capital;
- la relación de los asalariados con los medios de producción;
- el horizonte temporal de valorización del capital, fruto de las expectativas de los agentes
económicos, que dan lugar a las diversas formas de gestión de la producción;
- la distribución del valor producido entre la parte que corresponde a las remuneraciones
de los asalariados, la que se apropian como ganancia los capitalistas y la que representan
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las transferencias asociadas con la relación rentística; esta distribución es la que crea las
bases para la reproducción dinámica de las clases y grupos sociales y
- la dimensión y composición de la demanda social (según secciones productivas: bienes
de consumo durables y no-durables, productos intermedios y bienes de producción) que
fundamenta la tendencia a la evolución de las capacidades de producción.
Estos mecanismos y regularidades económicas, que permiten la formación,
apropiación y utilización de los excedentes, son los que aseguran en el largo plazo la
adecuación relativa del dinamismo de la producción y del consumo y dan lugar a un
régimen específico de acumulación del capital. Pero la continuidad o la ruptura del
régimen de acumulación en un determinado período es, en última instancia, el resultado
del funcionamiento de las formas institucionales antes mencionadas y de su influencia
sobre esas regularidades. La cuestión central que abordan los regulacionistas es la de
saber cómo un proceso tan contradictorio en sí mismo, como es el modo de producción
capitalista, pudo mantenerse, resolver o desplazar sus contradicciones y transformarse
para mantenerse en el largo plazo.
Cuando en los países capitalistas industrializados predominó un modo de
regulación monopólico o administrado y la acumulación fue predominantemente
intensiva, se consolidó el “fordismo”. Sus características más conocidas han permitido su
formalización: predominaba la producción masiva de productos homogéneos, que
favorecía el incremento de la productividad y el aprovechamiento los efectos de
aprendizaje. Esto se debía a los impulsos del cambio técnico (exógeno y endógeno), a las
nuevas inversiones, a la intensidad de la formación de capital (según el ritmo de
crecimiento de la demanda, por efectos del acelerador keynesiano y de los cambios en
cuanto a la demanda de bienes durables y de bienes de producción), así como a la
existencia de rendimientos crecientes de escala debido al impacto del dinamismo de la
producción sobre la productividad (como lo expusieron Kaldor-Verdoon). Los salarios
evolucionaban ex-post de acuerdo con la inflación y ex-ante instaurando el reparto de
las ganancias de productividad esperadas, indexación aceptada por los empleadores
como una forma de evitar los conflictos, intensificar el trabajo y frenar la rotación. Pero
en ese caso es el salario real lo que importaba, pues el salario nominal estaba indexado de
manera explícita e institucionalizada. Durante este periodo, de casi pleno empleo, la
desocupación (el ejército industrial de reserva) no jugó un papel importante sobre la
determinación de los salarios. Se generalizó la norma de consumo de bienes durables por
parte de los asalariados gracias al aumento de los salarios reales y a su mayor
participación en la distribución del ingreso; esto estimuló la demanda y por ese medio las
inversiones dado que, como decía Kalecki, “los capitalistas ganan lo que consumen y los
asalariados gastan lo que ganan”, pero generando al mismo tiempo una asimetría en
cuanto al volumen y el tipo de consumo entre los distintos sectores sociales. El sistema
productivo disponía de suficientes capacidades de producción y las importaciones no
absorbían una parte muy importante de dicha demanda, debido a que las economías
estaban poco, o nada, abiertas al intercambio internacional. Es la dinámica de la
demanda la que limitaba la producción. El crecimiento del empleo dependía de la brecha
establecida entre las tendencias de la producción y de la productividad; no dependía de
los fenómenos de substitución de trabajo por capital, sino del nivel de la demanda y de
los determinantes de la productividad, como postulan los enfoques post-keynesianos.
La viabilidad de este RA “fordista”, dependía de la existencia de un crecimiento
acumulativo y para que este régimen fuera estable se necesitaba que no hubiera una
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perturbación exógena , aunque fuera transitoria, que afectara este sendero de crecimiento.
Entonces, la indexación de los salarios en función del crecimiento de la productividad se
debía situar entre dos limites: por debajo del mismo, por falta de demanda, la economía
se derrumba y por encima de aquel, por falta de inversiones, la economía explota.
Durante la vigencia del fordismo no había propiamente una desocupación; por el
contrario, se necesitaba incorporar fuerza de trabajo movilizando las mujeres y
recurriendo a la inmigración, para cubrir puestos de trabajo especializados y poco
calificados. En síntesis, el nivel de empleo era creciente puesto que durante esa fase el
crecimiento autónomo de la demanda era más rápido que el progreso técnico, cuyo efecto
primero era economizar trabajo. Dicho en otros términos, la innovación en cuanto a los
productos fue superior a la innovación en cuanto a los procesos.
La “relación salarial fordista” había sido instituida por iniciativa de los
empleadores para fidelizar a sus trabajadores, hacer frente a la escasez y a las elevadas
tasas de rotación de la fuerza de trabajo calificada. En síntesis, el fordismo implicaba el
predominio de los contratos de duración por tiempo indeterminado, trabajando a tiempo
completo en el establecimiento del empleador, existía una garantía legal de la estabilidad
con fuertes penas en caso de despidos injustificados, así como salarios elevados e
indexables, puestos de trabajo definidos de manera rígida y codificados en el marco de
convenios colectivos de trabajo utilizando los métodos y técnicas tayloristas de
organización del trabajo, se había consolidado un sistema generoso de protección social y
estaban presentes sindicatos reivindicativos que agrupaban a la mayoría de los
asalariados con un elevado poder de negociación. Con posterioridad, los altos salarios
alimentaron la demanda.
Este régimen de acumulación y su correspondiente relación salarial también entró
en crisis en los países capitalista industrializados desde la década de los años 70, debido
a varios factores estructurales. En primer lugar, debido al agotamiento de las anteriores
posibilidades de obtener ganancias de productividad asociadas a la división social y
técnica del trabajo tayloriana y a los métodos fordistas de producción, las economías
entraron en una zona de inestabilidad. En segundo lugar, el mantenimiento del pleno
empleo había dado mucho poder negociador a los sindicatos, que reivindicaron una total
indexación de los salarios sobre las ganancias de productividad y continuaron
presionando aún cuando comenzaron a disminuir las tasas de crecimiento de la
productividad. En ese periodo no se produjeron suficientes innovaciones radicales de
productos que hubieran requerido más empleos, sino que maduró el consumo masivo y
las innovaciones en cuanto a los procesos superaron a las innovaciones de productos,
buscando ahorrar fuerza de trabajo. Por otra parte, se produjo un desplazamiento del PBI
y del empleo hacia el sector terciario, dentro del cual los métodos fordistas para aumentar
la productividad eran difícilmente aplicables. Los procesos de apertura económica, de
mundialización y de financiarización, la introducción de las innovaciones tecnológicas y
organizacionales, junto con las privatizaciones y la desreglamentación de los mercados,
alteraron el anterior régimen de acumulación, dando lugar a profundas crisis que
generaron estancamiento, inflación y desocupación y presionaron para reformar la
legislación del trabajo. La disminución de las tasas de beneficios, redujo las de inversión
y en esas condiciones la economía comenzó a funcionar como habían previsto los
clásicos: el deterioro de los beneficios tiene una influencia negativa sobre el nivel de
actividad, pues caen las inversiones y por esa causa a término también se reduce el
empleo. Ese fenómeno se enunció en los términos del llamado teorema de Schmidt: “Las
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ganancias de hoy, son las inversiones de mañana y serán el empleo de pasado mañana”.
Los salarios que antes eran el elemento dinamizador de la demanda pasaron a ser
considerados cómo una carga que elevaba los costos y disminuía las posibilidades de ser
competitivos a nivel internacional.

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2.- Las consecuencias de la flexibilidad en Argentina reciente

Utilizando los conceptos elaborados por la Teoría de la Regulación, los resultados
del cambio operado en el modo de desarrollo, el régimen de acumulación y el modo de
regulación sobre la relación salarial pueden ser evaluados en el caso argentino, tanto a
nivel de las instituciones y normas que la regulan, como a nivel del mercado de trabajo
durante el periodo 1989-2001 y brindar elementos para comprender mejor las causas y
consecuencias de la flexibilización.
El modo de desarrollo consistió en la conjunción de un régimen de acumulación
predominantemente intensivo, basado en el ingreso de capitales extranjeros y el
endeudamiento para mantener en vigencia la convertibilidad con una tasa de cambio fija
respecto al dólar, pero sin dar lugar a un consumo masivo de bienes durables por parte
del conjunto de los asalariados, con un modo de regulación que en lugar de estar
administrado pasó a ser competitivo y flexible. Se introdujeron innovaciones tecnológicas
de procesos y organizativos en cuanto a las empresas, la producción y el trabajo para
flexibilizar el sistema productivo con el propósito de hacer frente de manera rápida a los
acelerados y profundos cambios manifestados en la demanda, en cuanto a volumen,
contenido y calidad de los productos en un contexto de apertura y de exacerbada
competencia internacional.
El objetivo buscado y explícitamente anunciado por el modo de desarrollo
articulado en función de la Ley de Convertibilidad, con un horizonte de corto plazo para
la valorización del capital, fue el de abrir la economía para controlar la inflación,
promover el ingreso de Inversión Extranjera Directa (IED), modernizar el sistema
productivo mediante la incorporación de innovaciones tecnológicas y organizacionales,
privatizar las empresas productivas de bienes y de servicios públicos para reducir el
déficit fiscal y crear condiciones para ampliar el espacio de valorización del capital,
desreglamentar el funcionamiento de los mercados reconociéndoles le propiedad de
asignar eficazmente los recursos y de esa manera aumentar la competitividad de las
firmas y reformar la legislación laboral para reducir los costos salariales y flexibilizar el
uso de la fuerza de trabajo. Esto significaba implícitamente que entrarían en crisis las
grandes empresas tradicionales que producían con elevados costos productos
tradicionales de baja calidad y sobre todo numerosas empresas pequeñas y medianas de
capital nacional que no pudieran adaptarse y re-estructurarse para reducir sus costos,
mejorar la calidad, introducir innovaciones en cuanto a los productos y los procesos.
Esta flexibilidad en el sistema productivo y en cuanto a la organización de las
empresas se dio juntamente con intentos de flexibilizar el uso de la fuerza de trabajo y
reducir los costos laborales unitarios.
Como veremos, el elevado crecimiento económico experimentado entre 1991 y
1998, no exento de crisis, se dio con una disminución del empleo en el sector industrial y
elevadas tasas globales de desocupación, de subocupación, de trabajo no registrado o “en
negro”, de informalidad y un deterioro de la calidad del empleo predominando diversas
formas de precariedad y deficientes condiciones y medio ambiente de trabajo.
El cambio de las instituciones laborales y de las reglas que organizaban su
funcionamiento, se introdujo reformando y multiplicando las normas regulatorias como
en ningún otro período histórico, con una orientación flexibilizadora que, como veremos,
redujo los salarios reales, facilitó e hizo mas baratos los despidos, frenó la generación de
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empleos estables y decentes y contribuyó a incrementar la desocupación y la
precarización de la fuerza de trabajo.
Veamos a continuación cuales fueron las principales modalidades de flexibilidad
incorporadas y sus consecuencias. La bibliografía complementaria más importante que
recomendamos sobre el tema son: Altimir y Beccaria,1997; Cetrángolo y Goldbert, 1996;
Altimir, Beccaria y González Rosada, 2003; Beccaria y Galín, 1998 y 2002; Gallart,
1995, Monza 1992 y 1997; Neffa, 1998, Boyer y Neffa (2004).

1.- El mercado de trabajo

Uno de los resultados más dramáticos provocados por el auge y la crisis del modo
de desarrollo basado en la convertibilidad y por los problemas evocados más arriba, se
reflejó cuantitativamente sobre el mercado de trabajo, como puede observarse en los
gráficos que figuran en el anexo, elaborados por el CEIL-PIETTE a partir de la EPH.
Creció tendencialmente la PEA, básicamente por el aporte de las mujeres (que vieron
disminuida su discriminación en cuanto al acceso al empleo) y de los grupos de edad 50-
65 años de ambos sexos. Eso sucedió a pesar de la disminución de las tasas de actividad
del conjunto de los varones adultos y sobre todo de los jóvenes de ambos sexos.
La quiebra de numerosas empresas produjo una desocupación creciente, elevada y
persistente, concentrándose en la fuerza de trabajo más joven que buscaba su primer
empleo, en los trabajadores que envejecían y en las mujeres jefes de hogar con bajos
niveles de calificación. La cantidad y la proporción de desocupados de larga duración de
ambos sexos se fue así incrementando a medida que pasó el tiempo. La desocupación
alcanzó mayores magnitudes en los sectores y ramas de actividad que producían bienes
transables destinados al mercado interno, que habían quedado expuestos a la competencia
internacional en virtud del nivel de la tasa de cambio y la modificación de los precios
relativos que de ello resultó. Este drama afectó de manera heterogénea a la PEA según su
posición en la distribución del ingreso: entre 1991 y 2002 el crecimiento de la
desocupación fue muy elevado para las personas situadas en los deciles inferiores, pero
mucho menor entre los activos incluidos en los mayores deciles. En el año 2000 el 5% de
los jefes de “hogares no pobres” se encontraban desocupados, mientras que ese
porcentaje era de 20% en el caso de los jefes de “hogares pobres” (Damill, y Frenkel,
2003).
Aumentó cuatro veces la duración media de la permanencia en situación de
desocupación. Solo un bajo porcentaje de los desocupados, calculado entre el 5% y el 8%
según los años, tenían legalmente derecho y percibían efectivamente el subsidio en
concepto de seguro de desempleo. Esta situación debió ser compensada con políticas
pasivas de empleo y con políticas sociales que permitieron hacer frente a la indigencia,
pero no generaron nuevos empleos genuinos en cantidad suficiente. La reciente
introducción de los beneficiarios del Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados dentro de
la contabilidad de la PEA, y su cuestionable inclusión en la categoría de ocupados,
cambió sustancialmente las magnitudes contables de la desocupación y de la población
económicamente inactiva, reduciéndolas.
Las elevadas tasas de desocupación abierta provocaron el ingreso al mercado de
trabajo de los trabajadores mal llamados “secundarios”, es decir familiares de los
desocupados, incluso niños de corta edad, con el objeto de sustituir o de completar
ingresos, presionando hacia arriba los índices de desocupación.
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La subocupación también se incrementó de manera sostenida, llegando su tasa a
ser incluso superior a las del desempleo abierto: pero dentro de esta categoría creció
sobre todo la de carácter demandante o sea que la mayoría de los sub-ocupados estaba
involuntariamente en esa situación.
Debido a las dificultades para encontrar empleo a pesar de buscarlo activamente,
muchos desocupados se desanimaron y terminaron siendo “trabajadores desalentados”,
contabilizándose dentro de la población económicamente inactiva, aunque de hecho eran
“desocupados que estaban escondidos dentro de esa categoría”.
El proceso de incorporación de innovaciones tecnológicas y organizacionales, la
intensificación del trabajo, hecha posible por los cambios en la legislación en un contexto
de desempleo elevado y persistente, y el aumento de los niveles de escolaridad del
conjunto de la población, dieron como resultado un fuerte incremento de la productividad
horaria del trabajo (reduciendo en contrapartida la elasticidad del crecimiento del empleo
respecto del producto) y al mismo tiempo promovió un “progreso técnico sesgado” contra
los trabajadores menos calificados.
Al igual que en otros países, la introducción de las nuevas tecnologías requirió
fuerza de trabajo más calificada, con la cual son complementarias y, por el contrario,
requieren cada vez menos trabajadores poco o no calificados, con los cuales son
sustitutivas. Por esa causa, el elevado volumen de los desocupados de larga duración
cuyo stock se ha incrementado, especialmente de los que tienen un bajo nivel educativo y
poca formación y experiencia profesionales, corre el riesgo de permanecer e
incrementarse.
Otro de los resultados negativos que es necesario destacar fue el desarrollo de las
formas específicas o particulares de empleo. Aumentó la proporción y el volumen de los
trabajadores con contratos de tipo precario, es decir sin garantías de estabilidad (contratos
de temporada, contratos de duración determinada o a plazo fijo, empleos obtenidos por
medio de empresas de trabajo temporario, trabajos a tiempo parcial y con horarios
atípicos, changas intermitentes, contratos promovidos, pasantías de diverso tipo, etc.).
Así, el mercado de trabajo funcionó de hecho como una “bomba aspirante-
expelente”, pero de diversos “productos”: mientras la mayoría de los nuevos desocupados
provienen de los sectores y ramas donde predominaban anteriormente los contratos
estables y por tiempo indeterminado, los nuevos empleos creados se caracterizan por ser
a plazo fijo, por tiempo determinado y de carácter precario. Predominó la precarización
entre los empleos creados, reduciendo las garantías de estabilidad de la mayoría de los
nuevos contratos de trabajo debido a las reformas de las instituciones y de las normas
individuales y colectivas de trabajo, que lo permitieron y lo promovieron.
Creció mucho durante la últimas décadas el trabajo considerado “informal” (que
según la OIT tradicionalmente comprende a los empleados domésticos, los trabajadores
familiares no remunerados, a los trabajadores por su propia cuenta excluidos los
profesionales universitarios y a los que trabajan en micro-emprendimientos de menos de
5 trabajadores). A mediados de los años 70 su porcentaje sobre la PEA se estimaba en
cerca del 25%, pero durante la última década se situó entre 35 y 40% según los años y la
coyuntura económica, adoptando un comportamiento anti-cíclico y actuando como un
sector “refugio” para permitir la sobrevivencia (Battistini, 1997).
La búsqueda exacerbada de reducir los costos laborales unido a las reformas
laborales flexibilizadoras, el debilitamiento del poder sindical y la reducción de la
capacidad de inspección y de sanción por parte del sector público, explican en lo esencial
12
el aumento pro-cíclico del trabajo no registrado o “en negro” (que a comienzos del siglo
XXI involucró a más del 40% de los trabajadores asalariados) realizado en condiciones
precarias, a veces clandestinas, donde a menudo los salarios están por debajo de los
mínimos legales y convencionales. Además de lo que significa en sí mismo esa magnitud
y su consiguiente presión sobre los salarios, lo que cabe señalar es que como en esos
casos no se hacen las contribuciones patronales ni de los asalariados a las obras sociales y
a las demás instituciones de la seguridad social, dejan a ese importante volumen de
trabajadores al margen de la acción reivindicativa y defensiva de las organizaciones
sindicales, sin tener acceso a los beneficios de la protección social, con dificultades para
intentar acceder a la jubilación cuando se alcanza la edad mínima y para beneficiar con
una pensión a sus familiares en caso de fallecimiento.
Como los ajustes fiscales implicaron una tendencia hacia la disminución del
Gasto Público Social per cápita, las familias impulsaron el crecimiento de la PEA para
aumentar sus ingresos, recurriendo a las horas extraordinarias (por la vía de los efectos
“llamado” y “trabajador adicional”) y al pluriempleo. La eliminación de las restricciones
al trabajo nocturno femenino y de tiempo parcial, estimularon su participación en el
mercado de trabajo.
Se acentuó el desequilibrio en cuanto a los niveles de educación, formación
profesional y competencias entre, por una parte, los requerimientos de los nuevos puestos
de trabajo ofrecidos y, por otra parte, la educación y las calificaciones adquiridas por los
trabajadores que buscaban empleo, debido al sesgo tecnológico mencionado y dando
lugar al fenómeno de sobrecalificación desvalorizando la fuerza de trabajo.
La flexibilización externa de la fuerza de trabajo se incrementó, promoviendo la
externalización y la subcontratación para disminuir los efectivos y reducir los costos
laborales, eliminando de hecho los impedimentos legales y los requerimientos de
autorizaciones previas para proceder a despidos.

2.- El salario directo

La estabilidad de precios debido a la tasa de cambio fija y sobrevaluada respecto
del dólar, e incluso la deflación, produjo desde 1991 hasta mediados de 1994 un pequeño
incremento de los salarios reales para los sectores asalariados de menores ingresos,
medidos en dólares, con lógicas incidencias sobre las posibilidades de exportar. Pero para
contrarrestar esa tendencia, a partir de entonces la política empresaria tuvo que orientarse
a flexibilizar y a reducir los salarios reales (directos e indirectos).
Como resultado de la aplicación de estos dispositivos, los costos laborales totales
que se habían incrementado aproximadamente un 21,4% entre 1991 y 1993 debido al
cambio de los precios relativos generado por la convertibilidad, comenzaron a disminuir
desde 1994 y hasta 2001. Así, tomando como base 100 el año 1991, fecha de adopción de
la tasa de cambio fija y en paridad con el dólar, el salario real en dólares se estimó en 115
para 1990 y en 90 para 1997. En cuanto a los costos laborales unitarios, que constituyen
el indicador más apropiado, se observó un incremento del 10% entre 1991 y 1993
respecto del nivel medio de 1990, pero hacia el final del período se constató una
disminución de 25% por debajo de ese nivel (Damil y Frenkel, 2003).
La flexibilidad en materia de remuneraciones se logró eliminando los procesos
automáticos de indexación periódica en función de la inflación dispuestos por la ley del
Salario Mínimo Vital y Móvil, fraccionando y pagando con retrasos el sueldo anual
13
complementario, y en varias oportunidades para reducir el déficit fiscal se justificó la
reducción del sueldo de los empleados públicos y hasta de las jubilaciones.
Finalmente, la aplicación del Decr. 1344/9l, condicionando los incrementos
salariales a la obtención de incrementos de la productividad, dio lugar con frecuencia a la
celebración de acuerdos o convenios flexibles a nivel de las firmas, frenando el
incremento de los salaries reales y generando una gran heterogeneidad dentro de cada
rama de actividad.
La adopción de este conjunto de medidas se vio facilitada por la presión
disciplinadora ejercida por el creciente y elevado desempleo y la insuficiencia del sistema
de protección social de los desocupados (Battistini, 1999).

3.- Las instituciones y las normas

En materia de Derecho Individual del Trabajo, el resultado de las políticas
implementadas de flexibilización en cuanto al uso de la fuerza de trabajo logró reducir
levemente los costos laborales y por consiguiente un aumento de las tasas de ganancia,
pero con escasos resultados en términos de preservación o de creación neta de empleos.
Entre las normas que estuvieron vigentes hasta fines de 2001 cabe citar: la prolongación
del período de prueba; la inclusión de diversas modalidades de empleo precario dentro
del “menú” de contratos posibles de concretar sin que constituyan una verdadera relación
salarial estable (tales como las denominadas “modalidades laborales promovidas”, los
contratos de pasantía y de aprendizaje insertos en la Ley Nacional de Empleo); la
autorización explícita para la creación y desarrollo de intermediarios privados de carácter
mercantil en el mercado de trabajo (como las empresas Consultoras y de Trabajo
Temporario) y la autorización y el estímulo para instalar legalmente variados sistemas de
terciarización, subcontratación y externalización de la fuerza de trabajo, estrategias
empresariales de carácter mercantil (que generan precariedad, transfieren los riesgos
hacia terceros y facilitan la tendencia a vulnerar el régimen de control de las normas
laborales y de la Seguridad Social).
También disminuyeron algunos derechos que en materia de empleo tenían
anteriormente los trabajadores de empresas públicas con contratos de duración por
tiempo indeterminado (CDI) y se adoptaron medidas tendientes a la flexibilización del
uso de la fuerza de trabajo, adoptadas generalmente por iniciativa empresarial, o en
acuerdo con la autoridad del sindicato que estaba habilitada para firmar los convenios
colectivos de trabajo (CCT).
Dichas medidas flexibilizadoras se referían a diversos aspectos:
a) el tiempo de trabajo (fraccionamiento del periodo de vacaciones en función de
necesidades de la empresa, autorización permanente para trabajar en días domingos y
feriados en ciertas actividades comerciales y de servicios sin que se consideren horas o
días extraordinarios, ampliación del número máximo de horas extraordinarias a realizar
por día, semana o mes, implementación de sistemas de jornadas promedio mensual y
anual);
b) los procesos productivos (eliminando las restricciones a la movilidad de los
trabajadores entre diversas secciones dentro del establecimiento, imponiendo la rotación
entre puestos de trabajo e incorporando, sin consulta previa ante las instancias sindicales,
nuevas formas de organización del trabajo, innovaciones tecnológicas en materia de
14
informática y comunicaciones así como cambios en la estructura y organización de la
empresa y de sus relaciones con proveedores y sub-contratistas);
c) en materia de calificaciones y competencias (aprovechando la elevación del nivel
de instrucción y la sobre-calificación de los jóvenes trabajadores respecto de los
requerimientos de los puestos de trabajo, para promover la movilidad y la polivalencia
funcional, con el propósito de hacer frente más eficaz y rápidamente al ausentismo y a la
rotación);
d) la reducción del período de preaviso y de los montos de la indemnización por
despido así como la eliminación de ciertos requisitos administrativos previos para
proceder a los despidos colectivos y, como corolario;
e) la implementación de un “sistema de fuga” de la relación salarial respecto del
ámbito del derecho del trabajo (mediante la utilización de institutos jurídicos
comerciales o civiles, la actuación de cooperativas de trabajo en calidad de servicios de
colocación laboral, la contratación de trabajadores “autónomos” y “monotributistas”,
etc.).
En cuanto al Derecho Colectivo, los cambios se centraron básicamente en varios
campos. En primer lugar la búsqueda de la eliminación imperativa y en el corto plazo
de la “ultra-actividad” y la descentralización de los convenios colectivos, desde la
rama hacia la firma o el establecimiento, donde la relación de fuerzas y la capacidad de
negociación eran a ese nivel totalmente favorables a los empleadores. En segundo lugar
la disminución de las anteriores atribuciones informativas y consultivas de las
comisiones sindicales internas para objetar la introducción de normas flexibilizadoras o
de cambios en la organización y contenido del trabajo implementados para incrementar la
productividad. Mientras que los convenios firmados antes de 1976 se referían a las
normas legales y en particular a la versión original de la Ley de Contrato de Trabajo, para
incorporarlas como “piso” y a partir de allí lograr condiciones más beneficiosas para los
asalariados, los convenios y acuerdos firmados en la década de los 90 estuvieron
condicionados a incorporar cláusulas acordes con las reformas adoptadas, que pasaron a
jugar el papel de un “techo”. En tercer lugar se introdujeron durante varios años
modificaciones a las disposiciones constitucionales y a la legislación sobre conflictos
colectivos, procurando su reglamentación junto con un control más severo, ampliando
los sectores y actividades económicas que se consideraban de carácter esencial,
quedando los trabajadores obligados en caso de conflicto a la prestación de un servicio
mínimo so pena de declaración de ilegalidad. En cuarto lugar, la nueva legislación
facilitó a los empleadores de las PYMES la posibilidad de instaurar la
disponibilidad colectiva y de modificar hacia abajo los derechos en materia de
indemnización, jornada, descansos, vacaciones y sueldo anual complementario.
Finalmente, la Ley de Quiebras estableció que, en esos casos, se suspende por hasta tres
años la vigencia del C.C.T., pero se puede proceder a firmar otro, específicamente a nivel
de la empresa, denominado “Convenio Colectivo de Crisis”, en virtud de lo cual se
podrían modificar hacia abajo los montos y derechos mínimos establecidos por la
legislación y los anteriores CCT de dicha rama en materia de salarios y de condiciones
de trabajo.

4. El salario indirecto

Los cambios más importantes introducidos en el periodo fueron los siguientes.
15
Se concentraron las instituciones encargadas de regular el salario indirecto en la
Secretaria de Seguridad Social.
Se reformó el Sistema de Previsión Social, que atravesaba una fuerte crisis financiera
y organizativa desde mediados de los años 70, abriendo este ámbito de la actividad
económica en dirección de las empresas privadas financieras y de seguros, de capitales
nacionales y extranjeros, que adoptaron la forma de AFJP. Esta reforma que introdujo
una gran cantidad de recursos financieros a la actividad económica, contribuyó también a
la financiarización de la economía y generó un fuerte desequilibrio fiscal al reducir para
el sector público la recaudación de aportes pero manteniendo los egresos en concepto de
pago de jubilaciones y pensiones.
Otra de las reformas flexibilizadoras introducidas en el sistema de seguridad social
consistió en la disminución de los aportes patronales, con el propósito de reducir los
costos laborales y de esa manera estimular (con poco éxito) a los empresarios para que no
despidieran en las fases recesivas del ciclo y por el contrario generaran nuevos puestos de
trabajo, provocando una reducción de los ingresos fiscales y un desfinanciamiento del
sistema.
Además de que continuó la evasión contributiva, cabe mencionar por una parte el
problema de los trabajadores por cuenta propia que sistemáticamente no hacen aportes y
el de los asalariados no registrados o “en negro” cuyos empleadores no los han declarado
ante el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, y no hacen los aportes. Todos
ellos van a tener grandes dificultades para jubilarse normalmente por falta de años de
aportes y en el mejor de los casos debido a la reducción de los correspondientes aportes
patronales .
La privatización de la prevención y reparación de los riesgos ocupacionales quedó en
manos de las ART, aseguradoras de carácter privado. Esto permitió socializar los riesgos
pero al mismo tiempo “des-responsabilizar” a los empleadores por las consecuencias de
los accidentes de trabajo y enfermedades profesionales generadas en sus
establecimientos, reduciendo la compensación máxima a abonarse en casos de
fallecimiento y cerrando las posibilidades de que los damnificados pudieran recurrir a la
justicia civil. La posterior creación de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT)
y su acción de regulación y control de las actividades de las ART comenzó a revertir los
efectos negativos de esas reformas, pero sin tener la competencia para modificar las
normas legales.
Se debilitaron aún más las Obras sociales sindicales que ya habían consolidado un
enorme déficit desde el golpe militar de l976 debido a la ineficiencia y la corrupción de
los interventores designados para reemplazar a los dirigentes sindicales, deteriorándose la
variedad, la cantidad y la calidad de los servicios de salud prestados. Esta situación abrió
la posibilidad para desarrollar los sistemas privados de medicina prepaga, beneficiando a
los sectores de clase media y alta que estaban en condiciones de pagar cuotas más
elevadas que en el caso de la obras sociales sindicales. Las reformas introducidas
generaron dificultades financieras en las obras sociales más débiles y deficitarias,
estimularon su fusión o concentración, instaurando además la posibilidad de movilidad de
asalariados entre ellas.
El seguro contra el desempleo establecido mediante la Ley Nacional de Empleo
(LNE) fue muy restrictivo para admitir nuevos beneficiarios y su cobertura fue muy
reducida frente a las dimensiones de la desocupación, protegiendo solo al 5-8% de los
desocupados según los años.
16

5. Las condiciones generales de vida

En cuanto al nivel de ingresos y a las condiciones generales de vida, se observó
primeramente una mejoría entre 1991 y fines de 1994 debido al freno de la inflación;
pero a partir de esa fecha se registraron fuertes variaciones y un sensible
desmejoramiento, siguiendo procíclicamente la evolución del PBI. Como ya se había
mencionado, fruto de la flexibilizacón el deterioro del nivel de empleo, la sub-ocupación,
el trabajo no registrado y la precarización dieron desde entonces como resultado un
incremento de la pobreza medida según el nivel de ingresos, tanto en términos personales
como familiares. La crisis política, económica y social desencadenada en diciembre de
2001 agravada como consecuencia de la fuerte devaluación y la evolución regresiva del
PBI produjo una fuerte intensificación del proceso pre-existente de reducción de los
ingresos reales medios por trabajador individual y por familia.
La pobreza, la indigencia y la exclusión social provocadas por estos desequilibrios
del mercado de trabajo habían alcanzado los máximos porcentajes históricos al final de
los gobiernos constitucionales del Dr. Raúl Alfonsín, en 1989 y del Dr. Fernando de la
Rúa en 2001, así como en 1995 debido a la crisis financiera internacional (efecto Tequila)
ocurrida durante la presidencia del Dr. Carlos S. Menem.
Varios autores hacen el contraste de lo que ocurrió entre el inicio de la
convertibilidad y la crisis desencadenada cuando renunció el presidente Fernando de la
Rúa. Según Frenkel, Damil y Maurizio (2003), debido a la crisis y a la devaluación, entre
1991 y 2002 las remuneraciones personales de los miembros de la PEA disminuyeron
aproximadamente un 38% (dado que un número reducido de los desocupados perciben un
subsidio por desempleo) y un 30% exclusivamente en el caso de los ocupados, notándose
ya un cambio de tendencias desde 1995, debido al impacto de dicha crisis.
A fines de 1991, cuando comienza a controlarse el proceso hiper-inflacionario, el
50% más pobre de la población captaba el 20% del total de los ingresos, mientras que en
el segundo semestre de 2002, -cuando se manifiesta con mayor agudeza la crisis que
siguió a la ruptura del régimen de convertibilidad-, dicha participación alcanzaba sólo al
12%. En contrapartida, el decil de ingresos más elevados concentraba en 1991 el 35% del
ingreso total y ese porcentaje creció hasta el 42% en 2002. La relación entre el ingreso
personal del primero y del último decil de ingresos que era de 16 veces en 1991, llegó a
ser de casi 30 veces en el segundo semestre de 2002. Estos datos ponen en evidencia la
intensidad del proceso redistributivo y de concentración de ingresos, resultado buscado
implícitamente por el régimen de acumulación (para estimular la inversión) con impactos
en el crecimiento de la desocupación y la sub-ocupación.
En octubre de 2002, cuando la crisis comenzó a ser controlada y la desocupación
empieza a disminuir, todavía el 42,3% de los hogares y el 54,3% de los individuos se
situaban por debajo de la línea de pobreza, estimada según el enfoque de los ingresos.

6. La flexibilidad laboral se da juntamente con la emergencia de un nuevo paradigma
productivo

En un contexto de mayor competitividad, inseguridad e incertidumbre, con este
nuevo paradigma las empresas deben hacer frente a las dificultades encontradas para
anticipar el comportamiento de los mercados y la magnitud y composición de la
17
demanda, la intensificación de la competencia según los costos, la calidad y la novedad
debido a la presencia de los NICs y de China
A nivel internacional luego de la crisis del fordismo, y de manera más lenta y
heterogénea en nuestro país, se observa la emergencia de un nuevo paradigma productivo
que crea condiciones para flexibilizar y hacer mas barato el uso de la fuerza de trabajo.
Cabe enumerar sus principales características.
Las empresas más dinámicas y competitivas se reorganizan, diminuyendo su
tamaño, planificando estratégicamente su desarrollo futuro, generando alianzas y
fusiones, reduciendo la integración vertical y adoptando formas horizontales de
organización, recurriendo a la deslocalización en el territorio nacional o hacia otros
países para aprovechar insumos y mano de obra más barata y flexible, la subcontratación,
la externalización de la mano de obra y trabajando en redes.
Se adoptan nuevos criterios de gestión en las empresas, presionados por la
financiarización de la economía, buscando en el corto plazo mayores tasas de ganancia, y
obtener resultados financieros al final del ejercicio que hagan posible la distribución de
beneficios a los accionistas, que ejercen ahora un control más estrecho sobre los gerentes,
ofreciendo ventajas y sancionando en función de los resultados.
En cuanto a la organización de la producción, se introducen nuevas modalidades
siguiendo las mejores practicas aplicadas a nivel internacional para reducir costos,
mejorar la calidad, innovando en cuanto a los productos para mercados más exigentes y
segmentados, introduciendo innovaciones tecnológicas y organizacionales como el
trabajo justo a tiempo, la búsqueda de la calidad total, recurriendo a la ingeniería
concurrente para superar las limitaciones del taylorismo, trabajando en equipos e
integrando tareas de concepción y de ejecución.
Se implementaron nuevas formas de organización del trabajo, diferentes de la
OCT, como son la rotación de puestos, la ampliación de tareas, el enriquecimiento de
puestos, el trabajo en equipos, que son más eficaces, pero requieren la polivalencia y más
formación profesional.
La flexibilización del trabajo y del empleo han pasado así a formar parte de las
características de la nueva relación salarial que se está instaurando luego de la crisis del
fordismo.

En función del contexto económico nacional e internacional, de las relaciones de
fuerza entre los actores sociales y de las políticas laborales, la flexibilidad puede adoptar
modalidades diversas.
La flexibilización cuantitativa del empleo, en cuanto al volumen, para ajustar la
fuerza de trabajo a los cambios impredecibles de la demanda, lo cual implica la
deslocalización, la rotación del trabajador entre empresas de un mismo grupo y dentro de
la rama de actividad, precedido por severos procesos de selección y las posibilidades de
despedirlo fácilmente y con bajos costos, desarrollando la contratación por tiempo
determinado, de tipo temporario y a tiempo parcial, sin garantías de estabilidad, así como
el recurso a las horas extraordinarias
También en la nueva situación se necesita la flexibilidad funcional, para facilitar
la rotación, la movilidad y la polivalencia con el propósito de hacer frente al ausentismo,
intensificar el trabajo y mejorar la calidad.
Ante la presión y la amenaza de la desocupación, la flexibilidad salarial consiste
en la posibilidad de reducir los salarios nominales invocando la autonomía colectiva, el
18
abandono de las políticas de salarios mínimos y de la indexación salarial automática
respecto del índice de precios minoristas, la individualización de los salarios según el
rendimiento, la productividad o de acuerdo a las competencias evaluadas por las
direcciones de recursos humanos.
La flexibilidad en cuanto a la seguridad social implicó la privatización del sistema
de previsión social para reducir el gasto público social, la obtención de reducción de las
cargas sociales a cargo de los empleadores con el pretexto de generar empleos,
estimulando el recurso al trabajo no registrado, aumentando la precariedad y la
desprotección de los trabajadores.
La flexibilización en materia de relaciones de trabajo (fue un objetivo buscado
pero cuya concreción quedó incompleta), implicaba el debilitamiento de las
organizaciones sindicales y de su capacidad de negociación, el fin de la “ultra actividad”
y de la negociación colectiva a nivel de la rama de actividad y su descentralización a
nivel de las empresas, la eliminación de ventajas adquiridas en el pasado cuando las
empresas eran públicas y que tenían fuertes implicaciones de costos, la reducción de la
importancia de los complementos salariales por antigüedad y su reemplazo por normas de
rendimiento, la gestión del personal según la lógica de las competencias y el intento de
contratar de manera precaria (por tiempo determinado, de tipo temporario, etc.) al nuevo
personal.
Para ser considerada positiva desde la perspectiva de los trabajadores, la
flexibilidad debería darse juntamente con la estabilidad en el empleo, estar legitimada
por la legislación y sometida al control de la administración del trabajo, ser objeto de
negociación en el marco de convenios colectivos, responder a las necesidades y
demandas de los trabajadores y no ser impuesta de manera autoritaria, permitir un
reconocimiento social expresado en mejoras salariales y mayores posibilidades de
promoción, estar precedida por acciones de formación profesional y acompañada por un
mejoramiento de las condiciones y medio ambiente de trabajo,
Las modalidades negativas de la flexibilidad se concretan cuando los empleadores
recurren al trabajo no registrado, a contratos de duración por tiempo determinado o a
empleos temporarios, generan empleos de tipo precario sin garantías de estabilidad ni
protección legal, ejercen la discriminación según el sexo, la edad avanzada, la raza o la
nacionalidad, procuran debilitar y desestabilizar a los sindicatos instaurando modos de
gestión que individualizan la fuerza de trabajo, buscan intensificar el trabajo y controlarlo
de manera más estrecha instaurando la amenaza del despido o de reducción de salarios
invocando la existencia de niveles elevados de desocupación y transfieren el riesgo
empresario hacia los trabajadores recurriendo a la gestión basada en las competencias.

Conclusiones

En nuestra opinión, y haciendo referencia al tema de esta auspiciosa reunión
organizada por ambas Academias, podemos concluir que la experiencia argentina de
flexibilidad en cuanto al uso y reproducción de la fuerza de trabajo, al igual que lo
sucedido en los países capitalistas industrializados, no es una garantía automática de
eficiencia, dado que no asegura un crecimiento económico sustentable, ni involucra a los
trabajadores estableciendo mutuas concesiones negociadas para aumentar la
productividad, mejorar la calidad e incorporar innovaciones en cuanto a los productos y
los procesos productivos. Pero además tuvo impactos negativos en cuanto al empleo y
19
generó inequidad y pobreza. Por esas causas consideramos que está pendiente una
verdadera reforma laboral, y que tome en cuenta los convenios y recomendaciones de la
OIT ratificados por nuestro país con rango constitucional.
20

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