Está en la página 1de 317

PROYECTO PROHIBIDO

PRÓLOGO

Los siglos XIX y XX de nuestra era han contemplado grandiosas


transformaciones en el mundo de las ideas y en el modo de concebir la vida respecto a
siglos pasados. La industria, el transporte, las telecomunicaciones y un sinfín de otros
aspectos del desarrollo humano han modificado nuestra manera de vivir mucho más
rápidamente que en los dieciocho siglos anteriores. El siglo XXI que estamos
estrenando no se va a quedar atrás en esta carrera hacia el progreso de la humanidad y
vamos a ser testigos en los próximos años de cambios trascendentales que, como toda
realidad nueva, habrá que valorar y utilizar en lo que de beneficioso aporte al ser
humano. Sin duda alguna, la biotecnología va a gozar de un papel protagonista en toda
esta serie de innovaciones que van a configurar la vida de las mujeres y los hombres de
este siglo.
Esta novela es el resultado de una idea: facilitar al lector de manera amena y
asequible el conocimiento del estado actual de la investigación biomédica en el mundo,
consiguiendo a la vez entretenerle con una historia de intriga y una pequeña carga de
ciencia ficción.
Pienso que Proyecto prohibido va a gustar a cualquier tipo de público y,
particularmente, a aquellos que estén interesados en conocer las nuevas posibilidades
terapéuticas que se están abriendo paso, principalmente mediante el cultivo y aplicación
de células madre. El debate incluido en el primer capítulo me ha parecido el mejor
modo de presentar al lector el panorama sobre esta cuestión en España y en el resto del
mundo. Adelanto que ese debate nunca tuvo lugar. No obstante, todo lo que pongo en
boca de los participantes son declaraciones de los propios personajes, que son reales,
entresacadas de lo que ha sido publicado en diversos medios de comunicación, cuando
no se refiere a hechos o datos obtenidos de los mismos medios o al contenido de
determinada legislación.
En la fecha en la que este libro se termina de escribir, todavía no han sido
aprobadas la nueva Ley de Técnicas de Reproducción Humana Asistida que el Gobierno
español tenía previsto que viese la luz a principios de 2006 ni la ley de Investigación
Biomédica, también preparada para su aprobación en el mismo año; se hace referencia a
ambas leyes en el debate con el que comienza la novela. Sin embargo, a partir del
capítulo segundo, se supone que ambas leyes ya han superado todos los trámites
necesarios para su aprobación y han entrado en vigor. Pido disculpas si me he alargado
demasiado en ese primer capítulo, aunque mi intención ha sido convertirlo en algo ágil.
En cualquier caso, querido lector, siempre puede pasar por encima del capítulo inicial, y
volver sobre sus pasos cuando tenga más ganas de informarse sobre el tema. No debe
saltarse, sin embargo, la breve narración que sigue a este prólogo.
La historia que se cuenta en este libro es ficción. De hecho, todo lo que se relata
—a excepción del debate del primer capítulo— está datado en fechas posteriores a la
elaboración de la novela. Los personajes principales son también ficticios. No existe
Álvaro, ni Jaime ni el profesor Albert. Tampoco existe la White’s Foundation for
Development (WFD), que no tiene ninguna relación con la World Federation of the
Deaf, ni con ninguna otra institución que responda a esas iniciales. El Nou Hospital es
un ente también inventado expresamente para esta historia y que, a su vez, no tiene nada
que ver con otro hospital de Valencia llamado Nou d’Octubre, como se aclara
expresamente en un momento de la novela.

1
Sin embargo, los datos que se aportan sobre otros personajes citados, pero que
no intervienen en el libro como actores, salvo los participantes en el debate inicial, o
acerca de investigaciones realizadas o sobre la legislación vigente en determinados
temas y países sí corresponden a la realidad; todos ellos están marcados con una
referencia a la fuente de donde proceden. Como se indica en el párrafo anterior, la única
excepción en este aspecto es aventurarse a prever que la nueva ley de reproducción
asistida y la ley de Investigación Biomédica ya han sido aprobadas en la fecha en que
comienza la narración.
La primera parte de la novela combina la historia que introduce a los personajes
en cierta situación de intriga, con el aporte de datos científicos al alcance del público no
especializado. Al final del libro, no obstante, he añadido un glosario de términos al que
se puede acudir si se desconoce el significado de algunas de las palabras y expresiones
que aparecen.
Al comienzo de la segunda parte se descubre el secreto que se esconde en la
primera y, de ahí hasta el final, acompañaremos a los protagonistas en una aventura que
nunca soñaron vivir.
Espero que disfrute de la lectura de Proyecto prohibido tanto como lo he hecho
yo escribiéndola.
El autor
28 de febrero de 2006

2
PRIMERA PARTE

Lunes, 10 de febrero de 1992. En un país de África

—Viene al revés —comentó el enfermero.


—Pues a ver qué hacemos porque tiene que nacer vivo y en perfecto estado —
respondió su jefe.
Estaban asistiendo a una mujer joven a punto de dar a luz y la cosa no iba bien.
—¿Te duele? —le preguntó el enfermero.
—¡Si no te entiende, leches! ¿No te das cuenta de que no habla nuestro idioma?
Ya era tarde. Los dos estaban cansados y lo que menos deseaban a esas horas era
una intervención arriesgada.
—Habrá que darle la vuelta.
—¡Adelante! No perdamos tiempo.
Al cabo de unos minutos, conseguían poner al niño en la posición correcta.
—Creo que hay un problema con la placenta —dijo el enfermero, asustado—.
Me parece que se está desprendiendo.
La joven no dejaba de gemir y de quejarse. Era su primer alumbramiento y no
estaba preparada para ello.
—Hemos de actuar rápido antes de que se desangre. La pobre ni siquiera
sospecha que se puede quedar en el parto.
—Mira, a mí me importa un bledo si se queda o no —le replicó el médico,
mientras miraba firmemente a su ayudante—; nos pagan para llevarles vivo al niño. O
sea que, manos a la obra. Y si la chica no sale de ésta, que no se hubiera metido.
Después de todo, no es más que una prostituta.
—Sí, pero ésta está limpia.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó el doctor.
—¿Cómo que qué quiero decir? ¿Conoces a alguna tía de éstas que no tenga
sida? Pues ésta no lo tiene.
—Claro —le dijo su jefe—. ¿No sabes que no las quieren sidosas? El niño es lo
importante y tiene que nacer sano.
—Pues vamos a tener que practicar una cesárea si queremos salvarle. Pero me da
miedo por la chica. Ha perdido mucha sangre y no sé si lo soportará.
El enfermero no se atrevía a actuar. Le temblaban las manos.
—Corta y saca al niño —le ordenó el médico.
Al cabo de unos minutos, sólo se oían los lloros de la recién nacida. Los gritos
de la madre habían cesado un rato antes de empezar a escucharse a la niña. El esfuerzo
había sido superior a sus fuerzas. Siempre podrían poner como excusa que el parto se
había presentado muy complicado. La joven, muy débil, casi una adolescente, no lo
había resistido y su cuerpo yacía sin vida sobre la mesa de operaciones.

3
Capítulo 1

Lunes, 5 de diciembre de 2005, en España

La luz roja se encendió. Desde ese instante, se encontraban en el aire. El debate


se retransmitía en directo; el día y la hora —lunes, a las diez de la noche— era el
momento más adecuado, y la propia cadena había recordado a sus oyentes en numerosas
ocasiones, a lo largo de toda la semana anterior, la emisión del programa debate del
lunes.
—Buenas noches —el familiar saludo del presentador dio comienzo a la
emisión—. Un lunes más estamos con ustedes compartiendo las últimas horas del día
para acercarles a las cuestiones de actualidad en nuestro país. El programa de hoy nos
llevará a hablar y debatir la futura ley de Reproducción Asistida que derogará la ley del
año 2003, ahora en vigor, y sus sucesivas reformas. Como saben ustedes, el anuncio de
la nueva ley no ha estado exento de polémica. Sectores a favor y en contra alzan sus
voces en lo que promete ser un pulso muy intenso tanto social, como ético y científico
entre las diversas posturas. El proyecto de ley fue aprobado por el Consejo de Ministros
el pasado mes de mayo y ahora se encuentra en proceso de tramitación de enmiendas
parlamentarias. Se prevé que la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados
emita su dictamen antes de fin de año, con lo que la nueva ley entraría en vigor en 2006.
En nuestro programa debate Fair play nos ha parecido un tema de suficiente interés
como para dedicarle uno de nuestros espacios semanales.
Nicolás Mesa era uno de los técnicos de sonido del programa. Su trabajo
consistía sencillamente en el correcto funcionamiento del micrófono de cada uno de los
participantes. Habitualmente, se limitaba a comprobar que todo iba bien. En esta
ocasión, sin embargo, estaba realmente interesado en lo que se iba a tratar en el
programa. Quería no sólo hacer su trabajo, sino también escuchar atentamente lo que se
diría en el estudio durante los próximos sesenta minutos.
Un amigo suyo, ginecólogo y activista provida, le había avisado de la
importancia del tema del que se iba a hablar. Le había dicho que la aprobación de la
nueva ley no iba a dejar indiferentes a muchas personas y que era posible que produjese
reacciones y movimientos populares como los que habían tenido lugar en Madrid en
junio y en noviembre con motivo de la ley de los “matrimonios gays” o con el proyecto
de la ley Orgánica de Educación.
Su novia también le había hablado mucho del asunto y le decía que su amigo era
un exagerado. Cursaba quinto de medicina y se había estudiado el proyecto de ley de
cabo a rabo. Se sentía muy satisfecha con lo que había leído y no dejaba de insistir a
Nicolás en las ventajas que iba a traer consigo la nueva ley para solucionar
determinados problemas reproductivos y sanitarios. Se prometía un debate muy
interesante.

El moderador comenzó a presentar a los invitados de la noche.


—Tenemos el placer de tener con nosotros a cuatro personajes del mundo de la
ciencia y de la política que nos explicarán lo que para ellos significa la nueva ley que se
está estudiando y cuya aplicación no tardaremos en ver.
El sonido llegaba perfectamente a los auriculares de Nicolás, lo que le daba la
certeza de que también lo estaban recibiendo sin problema los telespectadores.
—Una de las personas que participarán en el debate de esta noche es un invitado

4
de excepción. Me estoy refiriendo a Doña Elena Salgado, ministra de Sanidad y
Consumo. No es frecuente que uno de los miembros de nuestro Gobierno asista al
programa. Por eso, su presencia hoy en nuestros estudios es un honor que queremos
agradecerle encarecidamente.
La ministra, sabedora de que las cámaras estaban enviando su imagen a miles de
hogares españoles en ese momento, se mostraba tranquila y sonriente. Efectivamente,
nadie recordaba que un máximo mandatario de un ministerio hubiera participado en
alguno de los debates durante el tiempo que el programa llevaba emitiéndose. Después
de la presentación del personaje principal de la noche, el moderador continuó
explicando quién era y lo que era cada uno de los demás participantes en el debate. A su
izquierda estaba sentado el doctor Justo Aznar, jefe del Departamento de Biopatología
Clínica del Hospital Universitario La Fe, de Valencia. Se trataba de un conocido
científico comprometido hasta la médula en la defensa de la vida humana desde la
fecundación hasta la muerte natural. Junto a él se encontraba Juan Antonio García-
Velasco, director del Instituto Valenciano de Infertilidad de Madrid. Al otro lado de la
mesa, sentada junto a la ministra de Sanidad, estaba Mónica López Barahona, bióloga
molecular y miembro del Comité Director de Bioética del Consejo de Europa.
Después de las presentaciones, el moderador introdujo el tema de la noche.
—La nueva Ley de Técnicas de Reproducción Humana Asistida supone, sin
lugar a dudas, un paso adelante en la difícil tarea de proporcionar descendencia a las
parejas que recurren a las técnicas artificiales con poco o ningún éxito. Tengo sobre la
mesa las declaraciones de la Vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa
Fernández de la Vega, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros en el que
se aprobó trasladar al Congreso el proyecto de ley. Decía, son sus palabras textuales,
que «el Gobierno está especialmente satisfecho porque con esta ley se abre una puerta a
la esperanza de muchas personas que quieren tener hijos y se da un paso de gigante para
luchar contra ciertas enfermedades». Pienso que a todos nuestros espectadores les
gustaría escuchar a la titular del Ministerio de Sanidad un breve resumen de la ley que
se está discutiendo actualmente.
—En primer lugar —comenzó la ministra— quiero agradecer a los productores
del programa la invitación recibida para participar en la reunión de esta noche. Mi
intención al venir aquí no es tanto discutir acerca de la legislación que próximamente
verá la luz, sino mostrar a los ciudadanos españoles las mejoras que se van a dar cuando
la nueva ley entre en vigor. Si en algún momento es necesario aclarar algunas
cuestiones que surjan a lo largo del programa, entraremos a explicar lo que los demás
participantes en el debate planteen sobre el asunto que nos ha traído aquí.
«Ésta quiere llevar la voz cantante», pensó Nicolás. «Bueno, después de todo, es
la ministra y debe ser quien más sabe del tema.»
—El objetivo fundamental de la nueva ley es facilitar al máximo que las parejas
con problemas de fertilidad puedan tener hijos, así como aplicar las técnicas de
reproducción asistida a la prevención y tratamiento de enfermedades. El Gobierno del
que formo parte piensa que es una ley que responde a las demandas de la sociedad
española y constituye un avance que dará esperanza a muchas familias. Además, entre
las novedades que recoge el proyecto, destaca la posibilidad de llevar a cabo la
selección genética para terceros, estudiando detenidamente cada caso y con previa
autorización. Esto permitirá a las familias españolas que tengan hijos con alguna
enfermedad genética concebir otro hijo sano compatible con el primero, sin tener que
buscar auxilio en el extranjero, como ha ocurrido hasta la fecha. Quiero señalar que el
texto del proyecto ha recibido el visto bueno de la Comisión Nacional de Reproducción
Asistida, lo que siempre es una garantía de buen hacer y constituye un refrendo de la

5
comunidad científica acerca de lo acertado del contenido de la ley.
—¿Podría explicarnos en qué consisten esa mayores facilidades que se ofrecen a
las parejas con dificultades para tener descendencia?
—Por supuesto. La ley vigente sobre este tema, que aprobó el anterior Gobierno,
dificulta que las personas que quieran tener hijos con estas técnicas puedan conseguir su
objetivo. Por esta razón, se elimina la limitación de fecundar un máximo de tres
ovocitos en cada ciclo, remitiendo esta decisión al criterio médico. De esta manera, las
posibilidades de éxito se multiplican. Cuando tuvo lugar la sesión de control al
Gobierno en el pleno del Congreso de los Diputados, en el pasado mes de febrero, ya
expliqué que los principales beneficiarios serán estas parejas con problemas de
infertilidad porque el proyecto permitirá incrementar el número de embarazos en los
procesos de reproducción asistida y evitar, en lo posible, la repetición de los traumáticos
procesos que son necesarios en cada ciclo, reforzando la seguridad de los mismos y
ofreciendo una mayor información.
—Las ventajas respecto a la anterior legislación se ven con claridad. —El
moderador del programa procuraba siempre mostrarse partidario de la opinión del
último que había intervenido—. Sin embargo, si no estoy equivocado, la nueva ley
habla de la posibilidad de aplicar técnicas experimentales. ¿No puede resultar, en cierto
modo, algo peligroso?
—No hay de qué preocuparse —dijo Elena Salgado—. Esas técnicas
experimentales serán tuteladas en todos los casos por expertos. Además, se va a ver
incrementada la seguridad de los procesos, tanto para los donantes como para los
receptores, gracias a una mayor y mejor información, así como a un estricto régimen de
sanciones para quienes incumplan la legislación.
—Muchas gracias, señora ministra de Sanidad. Cedemos la palabra ahora al
doctor Justo Aznar, que nos dará su parecer sobre la nueva ley de reproducción asistida.
—Buenas noches. En primer lugar, quiero decir que me siento muy complacido
de participar en este programa, acompañado de tan ilustres personajes —agradeció el
doctor Aznar—. Quisiera empezar señalando que España es uno de los países de Europa
donde se permite un número mayor de implantación de embriones por ciclo. En este
sentido, me gustaría citar, como simple referencia, la resolución que tomó el pasado año
la Human Fertilisation and Embriology Authority, que es el organismo británico que
regula la reproducción asistida, limitando a dos el número de embriones por ciclo que se
pueden implantar en el Reino Unido. Sin embargo, hace apenas unos días, este mismo
organismo ha anunciado la apertura de una ronda de consultas para estudiar la
conveniencia de bajar el límite a un solo embrión por ciclo. El motivo de este cambio es
el riesgo que conllevan los partos múltiples, frecuentes en la fecundación artificial, tanto
para la mujer como para los niños. Otros países de la Unión Europea, como Bélgica,
Holanda, Finlandia y Suecia, ya han adoptado medidas similares. Esto es lo que ocurre
fuera de nuestras fronteras, aunque ciertamente, muy cerca de nosotros. Al ser tan
grande el número de embriones producidos en el laboratorio en nuestro país,
precisamente para evitar su crecimiento, el Gobierno anterior aprobó la ley de
Reproducción Asistida de noviembre de 2003, que venía a sustituir a la del mismo
nombre de 1988. En la nueva ley se proponía que no se pudieran obtener más de tres
ovocitos en cada ciclo de estimulación ovárica, que todos deberían ser fecundados y que
no se podrían implantar más de tres embriones.
—Sin embargo —le interrumpió el presentador del programa—, en esa ley se
incluía la posibilidad de que pudieran existir casos excepcionales en los que se
permitiera generar e implantar un número mayor, si no me equivoco.
—Así es —continuó el doctor Aznar—. Dichas excepciones deberían ser

6
reguladas por un reglamento posterior que debería haber sido propuesto por la anterior
ministra de Sanidad, Ana Pastor. Con la llegada del nuevo Gobierno, fue retomado el
tema, escuchándose con especial atención, como ha recordado doña Elena Salgado, la
opinión de la Comisión Nacional de Reproducción Asistida, que en ese momento se
mostró favorable a que el número de excepciones fuera muy amplio. Por fin, en el
último Consejo de Ministros antes de las vacaciones de verano, en julio de 2004, el tan
esperado reglamento vio la luz. Como era de prever, la opinión de la nueva ministra
prevaleció y las excepciones fueron incluso más amplias de las que se esperaban.
Además, en cada caso, la última palabra, como ha recordado la ministra de Sanidad, la
tienen los especialistas. No hay que olvidarse de que ellos son, sin duda, los más
interesados en asegurar la eficiencia de sus técnicas, para lo cual, el camino más fácil es
aplicar la máxima liberalidad en el número de óvulos que legalmente se puedan obtener
y fecundar, y el de embriones que se permita implantar.
—¿Y usted ve algo malo en todo esto, doctor?
—Se resuelve un problema, pero a costa de provocar otro peor, en mi opinión.
Me explicaré. Por un lado, cuando se implanta un número elevado de embriones se
corre un grave riesgo de producirse embarazos múltiples, lo que no corresponde al
deseo habitual de las parejas que acuden a estas técnicas, además de la complejidad que
se introduce para la gestación y el parto de las criaturas. Pongo en conocimiento de los
espectadores que nos escuchan que existe un remedio para evitar esos embarazos
múltiples, que se llama reducción embrionaria: consiste sencillamente en inyectar al
embrión que sobra, y que se encuentra aún en el seno materno, una solución de cloruro
potásico que le producirá una parada cardiaca y posteriormente la muerte. Así de fácil.
He podido comprobar con mis propios ojos en una grabación que recoge una ecografía
cómo el pequeño trata de evitar los pinchazos de la aguja dentro del útero de su madre.
Es algo que se aplica en bastantes casos y que yo no me atrevería a calificarlo como
algo bueno.
Nicolás había oído contar a su amigo ginecólogo que en el hospital donde
trabajaba la reducción embrionaria era una práctica corriente.
—Por otro lado —continuó Aznar—, todo el mundo sabe contar: si se ha partido
de tres o cuatro ovocitos fecundados en el laboratorio y sólo uno de ellos se desarrollará
hasta nacer, se habrán perdido por el camino dos o tres embriones, hijos también de esa
pareja y hermanos del que ha sido dado a luz. Me parece algo poco deseable que se
pierdan vidas humanas de una manera tan absurda.
—Me gustaría hacer un breve comentario acerca de las palabras del doctor
Aznar —intervino Elena Salgado—. Creo no equivocarme si afirmo que, hoy por hoy,
inseminar y transferir al seno materno tres ovocitos en un ciclo de fecundación in vitro
es necesario para conseguir una tasa de embarazo razonable. Al decir esto, me parece
que hablo en consonancia con lo que piensan muchos médicos embriólogos en nuestro
país.
El presentador tomó de nuevo la palabra.
—Muchas personas se preguntan qué va a ocurrir con los embriones sobrantes
de las técnicas de reproducción asistida. Se sabe que en España hay en torno a 200 000
embriones congelados a la espera de su destino. Señor García-Velasco, ¿podría
explicarnos la situación actual de estos embriones y cuál va a ser su futuro?
—Buenas noches a todos, en primer lugar —se presentó el director del IVI
Madrid—. Precisamente por la masiva acumulación de embriones, la nueva ley prevé
que, con el consentimiento previo de los progenitores, se puedan utilizar con fines
experimentales los preembriones sobrantes sin necesidad de esperar los cinco años
previstos por la antigua legislación. En octubre de 2004, como conocerá el público que

7
nos oye, el Gobierno aprobó el decreto por el que se permitía experimentar con células
madre embrionarias, con la condición de que el proyecto de investigación contase con
un informe favorable desde el punto de vista científico y ético elaborado por el Centro
Nacional de Trasplantes y Medicina Regeneradora. En este momento, hay varios
proyectos en marcha en nuestro país, que gozan de todas las garantías. Con la ley que se
aprobará en breve se reduce en gran parte la cantidad de material conservado, ya que
podrá utilizarse una vez creado.
Aznar no le dejó continuar. Después de todo, se trataba de un debate.
—Con todos mis respetos, señor García-Velasco, su visión de la cuestión
planteada es demasiado reduccionista. Se nos ha preguntado por el destino de todos esos
embriones que se conservan actualmente en las clínicas de reproducción asistida, no por
los que se van a seguir produciendo a partir de mañana.
—Todos sabemos —replicó García-Velasco— que esos embriones, por lo
general, no tienen futuro. Usted mismo, doctor Aznar, ha explicado innumerables veces
las tres posibles salidas para esos embriones congelados: la implantación en la propia
madre o en una madre de adopción, su uso como material de investigación o
descongelarlos y dejarlos morir en paz.
—Así es, en efecto —respondió el interpelado.
—Muchos de esos embriones —continuó García-Velasco— han perdido en gran
parte sus potencialidades. Lo diré con otras palabras para que los telespectadores lo
entiendan: por un lado, es muy posible que un buen número de ellos estén muertos; por
otro lado, no se puede esperar grandes avances científicos si se los emplea con fines
experimentales puesto que, en una gran mayoría de los casos, pueden llevar mucho
tiempo congelados y haber sufrido daños irreparables en el proceso de congelación o
durante el tiempo que llevan crioconservados.
—Lo que usted quiere indicar, si no le he entendido mal —contestó Justo Aznar
a las palabras de García-Velasco—, es que no se les puede considerar material de
primera calidad; que son preferibles los embriones frescos, recién producidos, para
investigar. Sin duda, es el mejor modo de retirar a esos hombres en potencia lo poco de
dignidad que todavía les conceden algunos. Respecto a la calidad de los embriones que
se conservan congelados, debo recordarle que en agosto de este año nació el primer niño
que en su día era uno de estos embriones de los que estamos hablando. Llevaba siete
años congelados y fue adoptado por una mujer de 41 años llamada Eva, que está feliz
con su hijo. La adopción de embriones fue puesta en marcha en España hace un año por
el Instituto Marqués de Barcelona y no me parece una mala solución; mucho mejor,
desde luego, que utilizarlos para investigar con ellos.

El moderador había dejado enzarzarse brevemente a los dos científicos. El


asunto no había pasado a mayores y derivó hacia otros aspectos de la ley.
—Otra importante novedad, como se ha recordado al principio, es que la nueva
ley establece el diagnóstico preimplantacional con fines terapéuticos para terceros, un
avance que permitirá seleccionar preembriones compatibles para que, tras su
nacimiento, puedan ayudar a salvar la vida de un hermano afectado de una enfermedad
genética. Es lo que se conoce como «niño medicamento». Esta vez me dirijo a Mónica
López Barahona. ¿Puede darnos su opinión acerca de lo que esto supone?
—Le agradezco que me ceda la palabra justo cuando vamos a tratar de este
asunto que, en mi parecer, no se trata de ningún avance. Trataré de explicarme.
La bióloga se incorporó en su asiento y tosió suavemente para aclarar su voz.

8
—Soy madre y bióloga molecular. Personalmente, no creo que me sometiera a
generar una serie de embriones hasta encontrar uno inmunológicamente compatible con
mi hija, si no tengo la idea de gestarlos después. Creo que a un hijo lo deseas y lo
quieres por otros motivos y no porque pueda curar a otro hijo. Si no lo haces así, se
entra en una mentalidad utilitarista y una se olvida de la concepción personal que
siempre se ha tenido del embrión.
Juan Antonio García-Velasco se vio en la obligación de responder.
—Yo he hablado con parejas que tienen este problema y estoy convencido de
que ninguna de ellas tiene un concepto utilitarista del niño que va a nacer. No estamos
hablando de generar un mecano, una pieza del hermano. Si tienes un hijo lo vas a querer
y, si te cura al otro hijo enfermo, lo querrás más todavía. Los padres no dudan de si el
hijo es más o menos querido.
De nuevo, intervino el presentador.
—El portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez
Camino, se manifestó muy duramente cuando fue preguntado sobre este tema. Leo lo
que dijo: «Si para curar a un hermano produzco ocho embriones, crío uno en probeta y
los otros los tiro a la papelera, eso se llama eugenesia. Se trata de curar a un ser humano
a costa de siete hermanos suyos a quienes quito el derecho a la vida». Agradecería
escuchar su opinión acerca del uso adecuado de la palabra eugenesia en este caso.
García-Velasco fue el primero en contestar.
—Esta palabra ha entrado en el contexto que estamos tratando como la palabra
«papelera». No tiene nada que ver. No estamos hablando de mejorar la raza humana ni
de hacer niños más inteligentes. No hay un gen que regule la inteligencia y un gen que
te ponga los ojos azules. Estamos hablando de seleccionar embriones que serán
compatibles con el hermano desde el punto de vista inmunológico, para hacerle un
implante y nada más. No nos referimos a que sean individuos mejores o peores.
—Sin embargo —intervino sobre la marcha Mónica López, al tiempo que
buscaba unos papeles que llevaba en su carpeta—, sí se da una selección de los
embriones en función de sus genes. A ninguno de ustedes les sonará como algo nuevo el
artículo 11 del Convenio Internacional sobre Derechos Humanos y Biomedicina,
suscrito por España en el año 2000, en el que se prohibía, cito textualmente, «cualquier
forma de discriminación de una persona a causa de su patrimonio genético». Después de
una selección genética de embriones, el que sea compatible se transferirá al útero y los
no compatibles se congelarán. Desde el punto de vista ético, creo que es necesario poner
en tela de juicio discriminar a alguien en función de sus genes.
Nicolás acompañaba los planteamientos que iban surgiendo en el debate con
movimientos de su cabeza en sentido horizontal o vertical. No se perdía detalle. Y como
a él le llegaba bien la señal, no tenía de qué preocuparse.
—¿Y dónde está el problema? —volvió a contraatacar García-Velasco—.
¿Cómo se explica a los padres que eso no es posible éticamente?
—No es legítimo —respondió López Barahona— si se tiene una concepción
personalista del embrión, como he indicado hace unos instantes. Toda vida tiene el
mismo valor y no vale más el embrión genéticamente compatible que el que no lo es. Se
entiende que todo hijo se desea igualmente y no se desea más a aquel que puede ser más
útil en detrimento de los demás, concebidos por los mismos padres y del mismo modo
que el que puede curar al hermano. Ése es el dilema: entrar en una bioética utilitarista o
en una bioética centrada en la persona.
—¡Vamos a hablar claro! —exclamó García-Velasco—. Cuando se sabe que un
niño va a morir y hay un tratamiento que requiere tener un segundo hijo para que, con
un noventa por ciento de posibilidades, se le pueda curar, es poco discutible que eso no

9
se pueda hacer.
—Depende del criterio, la perspectiva y el valor que se otorga a los embriones
—respondió Mónica López—. Estoy y estaré siempre en contra de la selección
embrionaria en cuanto no se me demuestre científicamente que en un embrión no hay
vida humana. No es más válida una vida que otra.

El moderador vio oportuno volver a tomar la palabra para cortar la fuerte tensión
que habían provocado las palabras que se acababan de escuchar en el estudio.
—En nuestro programa Fair play hacemos gala de que siempre conseguimos
poner de acuerdo a los invitados al menos en algún punto del tema que se discute. Señor
Aznar, señora López, me gustaría que alguno de los dos señalase cualquier aspecto
positivo de la nueva ley que, sin lugar a dudas, y a pesar de su oposición a la misma,
habrán descubierto.
—Como ha dicho usted —señaló Aznar—, hay cosas en esta ley que me parecen
positivas, como son la prohibición de las madres de alquiler, con el consiguiente
impedimento legal de traspasar los derechos de maternidad a un tercero, y que se niega
la posibilidad de clonar seres humanos con fines reproductivos, siguiendo de este modo
la misma línea marcada por las directrices europeas vigentes.
—Muchas gracias, doctor Aznar. Hay un asunto —continuó el presentador— en
el que pienso que los telespectadores pueden estar interesados y del que me gustaría que
nuestros invitados nos hablasen. Está relacionado en cierto modo con la discusión que,
en términos absolutamente correctos, acaban de mantener Juan Antonio García-Velasco
y Mónica López. Me refiero a la posibilidad de generar clones humanos con fines
terapéuticos. Se trata de otro modo de curar a una persona; en este caso, utilizando
células madre procedentes de embriones clonados del mismo individuo. ¿Quién quiere
ser el primero en dar su opinión?
Nicolás notó en ese momento una ligera vibración en el bolsillo de su pantalón
procedente de su teléfono móvil. Miró en la pantalla quién le llamaba y desconectó el
aparato. Se le había olvidado hacerlo al comienzo del programa. Ya llamaría a su madre
más tarde. Con la distracción, estuvo a punto de perderse las primeras palabras de la
ministra Salgado, que quería ir por delante de los demás invitados para aclarar el estado
de la cuestión propuesta por el moderador.
—La clonación terapéutica es algo que no está recogido en la nueva ley de
reproducción asistida porque son temas distintos. Sin embargo, sí puede llegar a
incluirse en el proyecto de ley de Investigación Biomédica que el Ministerio de Sanidad
tiene intención de presentar al Consejo de Ministros en un futuro próximo, para que sea
aprobado por el Parlamento el próximo año. Diversos expertos han examinado los
primeros bocetos de este proyecto de ley y han manifestado su predisposición a incluir
la transferencia nuclear en el texto. Consideran que es posible establecer un marco
jurídico apropiado en el que puedan desarrollarse este tipo de investigaciones, ya que el
proyecto que se está preparando señala unos límites que garantizan los máximos
controles éticos y jurídicos sobre estas investigaciones, de modo que consigan la
confianza por parte de todos los españoles.
—Doctor Aznar —le invitó el presentador del programa—, ¿desea hacer alguna
consideración respecto a este otro proyecto de ley?
—Sí, muchas gracias. De entrada, quiero recordar a las personas que están
viendo el programa lo que supone la clonación terapéutica. Se trata de algo que se
presenta a la opinión pública como la gran revolución para practicar una medicina

10
regenerativa a partir de células madre embrionarias. Para precisar de qué estamos
tratando, esta estrategia consiste en obtener por clonación embriones humanos del
paciente al que se desea curar y extraer sus células llamadas células troncales o células
madre, en cuanto que aún no están diferenciadas. Para conseguir esto, hoy por hoy, es
necesario destruir el embrión. Estas células se cultivarán después en medios adecuados,
de modo que se especialicen y lleguen a ser células musculares, nerviosas, hepáticas,
epiteliales o del tipo que interese para curar al paciente. La persona enferma las aceptará
sin ningún tipo de rechazo porque llevan su propio genoma y se le podrán implantar
para curar la enfermedad que padece. La técnica sin duda ofrece un gran potencial
terapéutico. Sin embargo, como hemos podido comprobar en este mismo programa, las
declaraciones de los científicos y las posturas de diferentes grupos de bioética son
discordantes sobre la licitud de utilizar embriones humanos para curar enfermedades de
otros humanos.
Se sirvió un poco de agua del botellín que tenía preparado, tomó un sorbo y
continuó.
—Quisiera aportar un dato muy revelador: de los veinticinco proyectos que
tratan sobre células madre que está financiando la Unión Europea con fondos públicos
dentro del VI Programa Marco, veintitrés de ellos corresponden a células madre adultas
y tan sólo dos a embrionarias. Basándose en consideraciones científicas y éticas, el
Parlamento Europeo acordó en el mes de abril dar prioridad incondicional a la
investigación con células madre adultas. Para el espectador inexperto en estas
cuestiones, recordaré que las células madre adultas se obtienen del propio individuo, sin
necesidad de crear un embrión clónico, que será posteriormente destruido, por lo que no
existe ninguna objeción ética a su obtención y utilización. Ellas son las células
destinadas para la regeneración y recuperación del cuerpo y se encuentran repartidas por
numerosas partes del organismo adulto. Como se ve, la financiación europea se vuelca
con el I+D de células adultas porque se muestran más esperanzadoras para su uso
clínico. En España, sin embargo, actualmente se dedican 54 millones de euros a la
investigación con células embrionarias frente a los dieciocho millones que se destinan a
las terapias, ya efectivas, con células adultas: exactamente, una tercera parte. A las
razones científicas se unen las éticas, ya que el uso de estas células adultas, como acabo
de señalar, carece de los problemas que presentan las embrionarias y que están
dividiendo a los científicos y a la sociedad.
—Sin embargo —intervino el moderador del programa—, se oye hablar poco de las
células madre adultas.
—Efectivamente —confirmó el doctor Aznar—. Por eso, la información que acabo
de aportar contrasta, a mi parecer, con lo que estamos oyendo a determinadas personas
repetidamente desde hace meses en España, insistiendo en que se debe potenciar la
investigación con células madre embrionarias porque es esencial para el avance en el
tratamiento de muchas enfermedades. Son los mismos que no tienen inconveniente en
añadir que «la ciencia estará siempre de acuerdo con la ética» para tranquilizar a los
ciudadanos de a pie que muestran ciertos escrúpulos o no ven con buenos ojos la
creación de embriones que serán inevitablemente destruidos, aunque sea con el fin de
ayudar a curar a una persona. Pienso que es una pena que nuestro país no siga la
decisión de Europa de priorizar la investigación con células madre adultas.
Salgado no quería dejar de aprovechar su presencia en el programa para explicar
del mejor modo posible el progreso que iba a suponer la aplicación de la clonación
terapéutica.
—Con su permiso...
—Por supuesto —le animó el presentador.

11
—Muchos de nosotros nos llenamos de expectación cuando nos llegó desde
Corea la noticia de la clonación del primer ser humano, aunque no se llegara a una fase
avanzada en su desarrollo. Al conocer los avances logrados por Woo Suk Hwang, el
conocido investigador de la universidad de Seúl y, más tarde, las falsedades que había
detrás de sus experimentos, hemos querido tomar nuestras precauciones éticas y
científicas, como ya he dicho antes. Estamos a la espera de que expertos en bioética,
juristas y científicos informen sobre la transferencia nuclear con fines terapéuticos para
resolver con el máximo consenso si se incluye o no en la futura ley de Investigación
Biomédica. Siempre he dicho, con relación a este tema, que deben ser los expertos
quienes expliquen en sus informes hasta dónde debe llegar la futura norma y cuáles
deben ser las garantías, condiciones, limitaciones y obligaciones que debería imponer.
Sólo cuando se tengan estas respuestas y con el máximo consenso, repito, será el
momento de plasmar por escrito lo que podrían ser los criterios que deberá seguir la
investigación biomédica. La futura ley deberá ser debatida y votada posteriormente por
todos los grupos en el Parlamento.
—Sin embargo —señaló Aznar—, parece que la vida corre más aprisa que la
ley. Como bien sabe la señora ministra, actualmente se solicita desde muchos centros de
investigación una normativa para comenzar la aplicación de esta nueva terapia celular.
En unas recientes declaraciones, el director del nuevo Centro de Investigación Príncipe
Felipe, de Valencia, ha manifestado que «el futuro de la medicina es la clonación
terapéutica porque significa usar las propias células para que no haya rechazo del tejido
implantado». También conoce doña Elena Salgado, porque estuvo allí, lo que dijo el
director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, Juan Carlos Izpisúa,
durante la presentación de los acuerdos de colaboración entre el Instituto de Salud
Carlos III, el Centro Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto Salk de
Estudios Biológicos de California (EE. UU.), refiriéndose a que «la transferencia
nuclear no es una tecnología del futuro, sino de hoy». Con tantas y tan variadas
solicitudes, me parece que las simples peticiones se van a convertir en exigencias a las
que será muy difícil decir que no, aunque los informes que se reciban en su ministerio
vayan en contra.
—Por el momento, doctor Aznar, esperamos el dictamen de los expertos —
respondió la ministra—. No sé cuándo verá la luz la ley de Investigación Biomédica,
pero sí puedo decirle que si llega a incluirse la clonación terapéutica en el texto, no se
podrá considerar algo disparatado. Corea no es el único país del mundo donde puede
llevarse a cabo la llamada transferencia nuclear. India, China, Japón, Singapur e Israel
son otros países en los que la clonación con fines curativos cuenta con el respaldo de la
ley. Dentro de Europa, sucede lo mismo en Suecia, Bélgica o Reino Unido, que es el
país que lidera en nuestro continente los proyectos de investigación en clonación
terapéutica. ¿Es su deseo, doctor Aznar, que España se quede atrás en la carrera
científica internacional?
Alguien tocó en el hombro a Nicolás y éste se volvió para ver quién era. El
ayudante de realización le pasó un papel escrito: «Te llama tu madre y dice que es muy
importante». De repente, se acordó de que esa noche ingresaban a su padre para operarle
al día siguiente a corazón abierto y que había quedado en ir a verle antes de la
intervención. Mañana trabajaría lejos de la ciudad y no le iba a ser posible pasar a
preguntar cómo había salido todo. Dejó los auriculares a un compañero, le explicó lo
que ocurría y se marchó corriendo, lamentándose de tener que abandonar el programa
cuando más interesante se estaba poniendo.

12
Capítulo 2

Miércoles, 17 de mayo de 2006. En Valencia (España)

El domingo, Antonio y su mujer cumplirían veinticinco años de casados. Esta


vez no iba a ser tan distraído como para no acordarse de la fecha. Cinco años atrás, sus
cuatro hijos se habían puesto de acuerdo para recordárselo uno tras otro: «Felicidades,
papá. Y no te olvides de regalarle algo a mamá».
¿Qué pasó? Se le fue el santo al cielo y hasta la noche no cayó en la cuenta del
día que era. No hubo regalo ni nada, sólo un abrazo muy fuerte para su mujer y la
promesa de no ser tan despistado al año siguiente. Ella, conociéndole, le felicitó
también por sus veinte años de matrimonio, sin echarle en cara el olvido.
«Este año va a ser especial», se dijo Antonio varios días antes. Había decidido
ser espléndido para la ocasión, compensando de ese modo los desplantes de anteriores
aniversarios. En compañía de su hijo pequeño Toni, se encontraba en una joyería
cercana a su casa, eligiendo lo que iba a ser el regalo para su mujer por sus bodas de
plata.
—Mira —dijo el chico, señalando un reloj—. Ése es el que quiere mamá. Es el
que anuncia en la televisión esa modelo tan guapa.
—Vaya, conque ése es el que le gusta. ¿Dónde dices que está?
—Ahí, en el escaparate. A la derecha.
Desde el interior de la joyería se veía un elegante reloj de diseño Armani, del
tamaño y la forma parecidos al que su mujer había perdido un par de años atrás en un
día de playa. Mientras padre e hijo se aclaraban, uno de los dependientes apretaba el
botón que abría la puerta a una mujer.
—¡Vaya si es bonito!
—¡Claro!, y es el que le gusta a mamá.
—Estás seguro de que es ése, ¿verdad?
—Que sí, papá —insistió su hijo—. El Armani que anuncian en la tele. No veas
cómo se queda mirándolo cada vez que pasamos junto al escaparate. Lo que no sé es el
precio. Desde aquí no se ve. Ahora vengo.
—Espera, hombre, ahora se le preguntamos a este señor. Además, se puede
mirar desde aquí dentro…
Sin escuchar a su padre, Toni salió a la calle para echar una mirada a la etiqueta
del reloj que iría a parar a la muñeca de su madre. A la vez que el chico salía, un
hombre joven, con barba, entró en la joyería, llevando un maletín en la mano, como el
de cualquier trabajador de una gran ciudad.
El joven apoyó su portafolios sobre el mostrador y estaba comenzando a abrirlo,
cuando Toni, aprovechando que la puerta no se había cerrado del todo, entró de nuevo
en la tienda:
—Son 170 euros, papá. Es barato.
Era miércoles. El guardia de seguridad se había marchado quince minutos antes
de la hora como era su costumbre ese día de la semana. De este modo, conseguía llegar
a su casa con el tiempo justo para ver comenzar el partido de fútbol de la Champions
League. Era un acuerdo tácito que tenía con el dueño. Ese día, además, se jugaba la final
y no estaba dispuesto a perdérsela.
—¡Que no se mueva nadie! —ordenó de repente el joven del maletín.

13
En ese instante, uno de los hombres tenía una mano ocupada levantando la tapa
de cristal del mostrador donde se encontraban los anillos más lujosos, solicitados por la
señora que había entrado un minuto antes. El otro dependiente estaba abriendo el
escaparate por la parte interior de la tienda con intención de mostrar más de cerca al
padre de Toni el reloj que le había pedido.
El joven había sacado del maletín dos pistolas provistas de silenciador. Con una
apuntaba al hombre del escaparate y pasó la otra a la supuesta cliente interesada en los
anillos más preciosos, quien se aseguraba de que el otro joyero no se moviese ni un
milímetro. Ambos, en un abrir y cerrar de ojos, se habían enfundado un par de guantes
de látex. El chico y su padre observaban la escena petrificados, incapaces de actuar.
—Muy bien, señores. Dejen abiertos tanto el mostrador como el escaparate. —
Obedecieron—. Les ruego que no hagan ningún movimiento sospechoso mientras
estamos a la vista de todo el que pasa por la calle. Usted —dijo, dirigiéndose después al
que había abierto el escaparate—, baje la puerta metálica y así evitaremos miradas
indiscretas. Después de todo, ya es la hora de cerrar. ¡Ah!, y ojito con el botón que
apretamos.
La voz del joven se había convertido en un susurro después de la orden inicial.
Tanto el botón de alarma como el de bajada de la reja se encontraban en la zona
de atención al público, ocultos tras una pequeña mampara. La información la había
obtenido el atracador de un antiguo empleado del establecimiento.
—Un momento. Voy con usted, no vaya a ser que pulse el botón equivocado.
Como el atracador desconocía cuál de los dos correspondía a la bajada de la
puerta metálica, se acercó con el hombre del escaparate a la zona oculta para vigilarle de
cerca.
—No se confunda con lo que aprieta, amigo —le dijo, sin dejar de apuntarle con
su arma. El hombre pulsó el botón de color rojo, pero no pasó nada.
—¡Me la has jugado, cabrón!
—¡No, no! ¡Se lo aseguro, ése es el correcto, de verdad!
Desesperado, volvió a pulsarlo y esta vez funcionó: la puerta de seguridad
empezó a descender poco a poco hasta que tocó suelo y cesó su movimiento.
—Lo siento. —El hombre respiró aliviado—. Es que a veces se atasca.
Tras los instantes de tensión, el ladrón parecía de nuevo dueño de sí mismo y
prosiguió con el plan previsto.
—Bloquee la apertura de la puerta —le dijo al joyero, señalando la cerradura de
seguridad que había junto al botón que controlaba la reja. Éste sacó un manojo de llaves
de su bolsillo, metió una en la cerradura y aseguró la puerta.
—Ahora vamos a por los grabadores.
Por un robo anterior en esa misma joyería y las noticias que salieron en la
prensa, el joven sabía que las imágenes que estaba recogiendo la cámara de seguridad
iban a parar a dos grabadores distintos, para solventar posibles fallos en alguno de los
aparatos. No debían haberlo mencionado a los periodistas. Los dos grabadores digitales
se encontraban en sendos armarios, dentro de la pieza posterior. Después de apagar las
cámaras y de retirar los DVD, el ladrón y su víctima se reunieron con el resto.
A esas alturas, el maletín se encontraba a rebosar de todos los artículos que
podía contener, entre anillos, relojes, collares y gargantillas. Su compañera había hecho
un buen trabajo ayudada, a la fuerza, por Antonio, que había ido llenando el portafolios
según le ordenaba la mujer.
—Ahora déme todas las llaves, incluida la de la puerta que da al portal de la
casa.
El hombre más mayor, que parecía el dueño del local, mostró todo su

14
desconcierto en la cara que puso. Pensaba que nadie conocía la existencia de ese acceso
a la tienda, ya que apenas lo utilizaba y, cuando lo hacía, siempre era con discreción. Se
veía que el joven atracador había estudiado bien el terreno. Les hicieron pasar a todos a
la pieza posterior de la tienda.
—Se van a quedar ahora los cuatro un largo rato en esta habitación mientras mi
compañera y yo nos largamos por la puerta de atrás —dijo, mientras cerraba con llave la
puerta de comunicación con la joyería.
Ese fue el momento de descuido que aprovechó el hombre más joven para
abalanzarse sobre él, dirigiendo sus manos hacia la que empuñaba la pistola. No estaba
dispuesto a que nadie se llevase sin su consentimiento toda esa mercancía; el seguro de
la joyería no lo habían renovado por falta de fondos y no podía quedarse quieto, viendo
cómo les desvalijaban. Estaba seguro de que esos tipos no se atreverían a disparar: se
había convencido de ello cuando la reja metálica no bajó a la primera.
El joyero mayor fue más lento que su compañero, pero le dio tiempo de agarrar
el brazo de la ladrona, tratando de arrebatarle el arma antes de que pudiera usarla.
Los dos primeros se enzarzaron en una pelea por la pistola, que había ido a parar
al suelo, mientras que el otro hombre y la mujer se debatían por controlar la segunda
pistola. Toni y su padre seguían sobrecogidos, sin atreverse a intervenir.
De pronto, se oyó un disparo. Todos se quedaron inmóviles: en el forcejeo
provocado por hacerse con las armas, alguien apretó el gatillo de una de las pistolas y
una bala fue a parar al pecho de Toni, muy cerca del corazón. Los dos atracadores
fueron los primeros en reaccionar. Cogieron el maletín y las pistolas y salieron aprisa en
dirección a la puerta trasera. La cerraron con llave; se despojaron, ella de la peluca y las
gafas, y él, de la barba postiza, guardaron sus disfraces en el bolso de mano que llevaba
la mujer y salieron a la calle por el portal, agarrados como dos novios, aparentando la
mayor tranquilidad que les era posible.
—¡Los móviles! —recordó la mujer de repente, en un susurro al oído de su
compañero— ¡Se nos ha olvidado pedírselos! Ahora podrán avisar a la policía.
—¿Qué quieres? —le respondió él—. ¿Que después de pegar un tiro al chaval
vayamos pidiendo a cada uno su teléfono? Lo que teníamos que hacer era salir
corriendo como hemos hecho. Y esperemos que no le pase nada al chico.

Toni estaba tendido en el suelo. Le habían quitado la camisa y habían dejado su


torso desnudo. No paraba de manar sangre de la herida. Su padre le sujetaba la cabeza
por detrás, a modo de almohadón, viéndose incapaz de hacer algo más por el chico. La
ambulancia parecía que no iba a llegar nunca. Además, el guardia de seguridad, que
conservaba el otro juego de llaves del establecimiento, ese día no había ido a su casa,
sino que estaba con unos amigos, viendo el partido. Tardaron quince minutos en
localizarle.
Cuando llegó, media hora después de lo sucedido, se encontró con que la policía
había forzado la puerta trasera de la joyería y estaban colocando al joven en la camilla
de una ambulancia. Aún respiraba.
—¿Pero qué ha pasado aquí? —preguntó al dueño de la joyería.
—¡Esa zorra disparó al chico y se largaron! —respondió escuetamente el
hombre. No estaba para más explicaciones.
Eran las nueve de la noche y muchas personas que paseaban por la calle, al ver
la ambulancia, se reunieron alrededor del cerco que habían trazado en torno a la entrada
del establecimiento varios policías de uniforme.

15
De un furgón de la policía nacional que acababa de llegar, se bajó un hombre de
unos cincuenta años. Se abrió paso entre la gente que se había convocado y se encaminó
hacia la joyería
—¡Paco!, ¡Paco! ¿Dónde te has metido?
El comisario Peláez buscaba al inspector Francisco Agulló entre el grupo de
policías que habían ido llegando.
—¡Aquí, comisario! En la tienda —le respondió éste desde dentro del local, al
otro lado de la puerta metálica.
José Ramón Peláez pertenecía al Cuerpo Nacional de Policía desde hacía
veinticinco años y estaba al cargo de la comisaría del distrito de Patraix. Aunque no era
propiamente su sitio, dado su rango, siempre procuraba estar en el lugar de los hechos y
recoger información de primera mano. Además, el acontecimiento deportivo de la noche
le importaba muy poco y ese día se encontraban faltos de personal.
El inspector Agulló llevaba en la Policía quince años. Colaboraba con Peláez en
muchos casos. Como el comisario, era partidario de acudir al escenario del delito lo más
pronto posible y hacerse una idea de conjunto, aparte de que posteriormente alguno de
sus hombres pudiera informarle de más cosas. Paco tenía cuarenta y dos años y había
vivido toda su vida en Valencia. Estaba casado, tenía cuatro hijos y su mujer estaba
esperando el quinto. Era inspector en la brigada de la policía científica de la ciudad.
—Me parece que hay pocas huellas que tomar hoy —dijo Peláez a Agulló,
mientras pasaba desde la trastienda a la zona de clientes del establecimiento—. Según
me han dicho, los dos llevaban unos guantes que no se quitaron ni para mear.
—Ya, bueno, pero nunca se sabe. En cualquier caso, no creo que estuviesen
pensando en eso en el momento del atraco. Estaré un rato más por aquí a ver si
encuentro algo.
El propietario de la joyería había levantado, entretanto, la puerta metálica
haciendo uso de las llaves que había traído el guardia de seguridad. Desde el interior de
la tienda, el comisario vio alejarse a la ambulancia. «Pobre chaval —pensó para sus
adentros—. No debía haber estado aquí». Acompañaban al chico su padre y también su
madre, que había llegado al lugar veinte minutos después del disparo.
Más tarde tendría tiempo de acercarse al hospital para interesarse por ellos; ya
había encargado a un policía que les acompañase y le hiciera prestar declaración al
padre del muchacho mientras atendían a su hijo. De momento, se centraría en estudiar lo
que los dos joyeros estaban terminando de contar a otro de sus hombres y así tener algo
con lo que empezar a trabajar.

Toni fue recibido en la puerta de urgencias del Hospital General por Jaime Puig,
un joven licenciado en medicina en su último año de MIR, que estaba de guardia esa
noche. Le trasladaron con la mayor rapidez posible al quirófano, donde ya estaban
esperándole para la intervención. El propio Jaime condujo al chico hasta la sala de
operaciones, dándole ánimos y esperanzas, sin percatarse de que el herido apenas era
consciente de lo que ocurría a su alrededor. Había perdido bastante sangre; todo parecía
indicar que la bala había alcanzado algún vaso sanguíneo principal.
La operación duró tres horas. El joven médico que se había encargado de recibir
al muchacho había participado también. Estaba terminando su formación en cardiología
y sabía cómo desenvolverse y cuál era su misión en el quirófano. Extrajeron la bala y
pudieron constatar que efectivamente tenía la aorta rasgada. El cirujano hizo lo que
pudo pero la evolución del chico no se presentaba nada esperanzadora.

16
—La cosa no tiene muy buena pinta, ¿sabes? —le comentó Jaime a otro médico
que se había acercado al quirófano tras la operación—. ¿Pero qué le había hecho el
pobre a ese par de cabrones para que le dispararan?
—Anda, Jaime, vamos a tomarnos un café, que a los dos nos sentará bien.
Álvaro Costa, su mejor amigo, con el que había compartido las aulas de la
facultad y que estaba, como él, a punto de terminar la especialidad, le cogió del brazo y
le llevó hasta el ascensor, camino del bar del hospital.

El comisario Peláez y el inspector Agulló llegaron poco después de terminar la


operación. Toni había sido conducido a la UCI y sus padres sólo pudieron verle un
momento, lo que duró el traslado hasta la planta de intensivos. Los policías los
encontraron en la puerta. La sensación de impotencia se dibujaba en sus rostros.
—Siento muchísimo lo ocurrido. Soy José Ramón Peláez —se presentó el
comisario— y dirijo la comisaría del distrito de Patraix; y mi acompañante —dijo
señalando a Paco— es el inspector Agulló. Estamos tratando de encontrar alguna pista
que pueda llevarnos a identificar a los atracadores. Si me lo permiten, quisiera hacerles
algunas preguntas.
—¿Tiene que ser ahora? —preguntó el padre de Toni, a quien se le veía con
pocas ganas de hablar—. Además, hace un par de horas ya hablé con otro policía. No se
me ocurre qué más añadir a lo que le dije.
—Acabo de leer su declaración y me parece bastante completa. Sin embargo,
quisiera hacerle alguna pregunta que me ayudará en la investigación. Si puede ser ahora,
mucho mejor; cuanto más tiempo pase desde los hechos, resultará más difícil capturar a
quienes dispararon a su hijo. Sólo serán diez minutos.
Cuando Peláez terminó su trabajo, se despidió del matrimonio y sugirió a Paco
tomarse un café en el bar más próximo. Deseaba tener la cabeza despierta y despejada.
—Me parece que hay uno en este mismo edificio —le informó Paco—; no creo
que cierre de noche.
El local estaba casi vacío. Aparte de la pareja de policías, había una enfermera
tomándose un poleo, dos personas más que debían de ser familiares de algún
hospitalizado y un par de médicos charlando, sentados alrededor de una mesa sobre la
que había sendas tazas de café.
—Realmente, no ha tenido suerte el chaval: era una bala con muy mala sombra
—comentó Paco mientras abría el sobre del azúcar.
—Pues sí —contestó, sin más, Peláez. Sus ojos estaban fijos en la cuchara con la
que removía el café. Agulló sabía que era un gesto muy propio del comisario; revelaba
un intenso estado de concentración mientras su cabeza repasaba los datos que tenía
acerca del hecho que estuviese investigando. Podía pasarse varios minutos revolviendo
el azúcar, aislado de cuanto le rodease. Paco le devolvió al mundo real.
—¿En qué está pensando?
—En que me parece que va a ser muy complicado encontrar a esos tíos. Una
mujer con grandes gafas de concha y pelo rojizo, largo y con rizos; él, con barba y un
par de gafas tan anormales como las de la mujer. Vamos, que cualquier niño adivinaría
que iban disfrazados. El retrato robot que puedan hacer en la comisaría se va a parecer a
esa pareja en el número de ojos de la cara.
—¿Son ustedes policías?
Uno de los dos médicos que tomaban café se les había aproximado
—Buenas noches —les saludó, tendiéndoles la mano—. Me llamo Jaime Puig y

17
estoy haciendo el quinto año del MIR en este hospital. Mi amigo, el de la mesa, es
Álvaro Costa y está terminando también la especialidad. Si no me equivoco, estaban
hablando del chico al que han traído hace unas horas con un tiro en el pecho.
—Sí. ¿Te interesa el asunto, muchacho?
—Yo le recibí en urgencias y he participado en la operación. Me he
especializado en cirugía cardiovascular. ¿Pueden contarme qué ha pasado?
Paco le refirió brevemente los hechos que, a su vez, les había relatado el padre
de Toni.
—¿Y tienen alguna sospecha de quién puede haber sido? —inquirió Jaime—.
Seguro que ya sabrán algo.
—Mira, chico, en la vida real las cosas no son como en las películas —respondió
irónicamente Peláez—. En esta ciudad hay entre cuatro y seis atracos a mano armada
cada día. Si tenemos en cuenta que unos buenos ladrones no están todos los días dando
golpes, sino que roban cuando lo necesitan o se lo encargan, y si a eso añades que el
mercado negro de armas de fuego ya es casi blanco en muchos rincones de la nación, te
salen aproximadamente un millón de sospechosos. ¿Se te ocurre alguna idea de por
dónde empezar?
—Pero algo tendrán que hacer. ¡Uno no puede andar por ahí disparando a niños
inocentes y aquí no ha pasado nada! —Jaime se había alterado por la respuesta del
policía.
—Tranquilo, hombre —intervino Paco—. Es que cuando el comisario no sabe
por dónde empezar se pone un poco nervioso y le gusta hacer bromas.
—Buenas noches. —El otro médico se acababa de unir al grupo—. Me llamo
Álvaro Costa.
—Sí, ya te ha presentado tu amigo —dijo Peláez—. Por cierto, que es un poco
impaciente: hace tres horas que han disparado al chico y ya quiere que sepamos quién
ha sido.
—No es eso —se defendió Jaime—. Es que me cuesta mucho aceptar la idea de
que muera alguien, y menos un niño, que no ha hecho nada malo. Y todo, por unas
cuantas joyas.
—Pienso que los que lo hicieron no tenían ninguna intención de provocar daño a
nadie. Bueno, daño físico, se entiende, porque los de la joyería, buen cabreo que deben
de tener ahora —dijo Álvaro—. La gente no quiere matar.
—Entonces, ¿por qué hay tantas personas con armas en sus casas? —se lamentó
Jaime—. Saben perfectamente que es algo que mata y que una persona disponga de la
vida de otro me parece algo reprobable. Deberían volver a poner la pena de muerte, al
menos, para los asesinos de niños.
Sólo al terminar de pronunciar estas palabras, cayó en la cuenta de lo que
acababa de decir.
—De modo que está justificado que a unos les matemos y a otros sólo hay que
tenerles en la cárcel una temporadita para que rediman sus penas, según la edad del
difunto —le apuntilló el comisario.
—Bueno, yo no sé exactamente qué es lo que habría que hacer. Sólo sé que odio
que mueran inocentes.
El café de los policías se había quedado frío. Aún así, se lo tomaron casi de un
sorbo. Pasaban ya de las doce y media. Pidieron la cuenta.
—Encantado de haberos conocido, doctores —se despidió Peláez—. Tomaré
nota de vuestras observaciones. Buenas noches.
Agulló estrechó las manos de ambos médicos, a la vez que les guiñaba el ojo,
como diciéndoles: «No os toméis demasiado en serio lo que os diga ahora el

18
comisario».
—Hasta la vista —respondió Álvaro. «Aunque no creo que volvamos a vernos
demasiado», añadió en su pensamiento.

Jaime había solicitado permiso para encargarse personalmente de los cuidados


que requiriera el pequeño y pasó gran parte de la noche en vela. A la siete de la mañana
le sustituyeron y fue a echarse en el sofá de la sala de descanso. Se durmió enseguida y
no llegó a percibir la presencia del equipo de limpieza que, como todos los días, pasaba
por esa zona del hospital a partir de las ocho.
A las once, notó que alguien le zarandeaba el brazo y se despertó.
—Chico, no sabes lo que me ha costado encontrarte. Pensaba que te habías ido a
casa después del turno de guardia. —El que le hablaba era Óscar, el compañero con el
que compartía despacho—. Te busca el jefe.
—¿Cómo está el chaval?
—¿El chaval? ¿Qué chaval?
—El que trajeron ayer por la noche, con un disparo en el pecho.
—¡Ah! Murió hace media hora. ¿Lo conocías? —le contestó su compañero
mientras se alejaba por el pasillo, sin esperar una respuesta.
«¡Joder!», no pudo reprimirse. Se quedó tumbado en el sofá pensando en lo que
había pasado la noche anterior. Parecía que el chico se estaba recuperando cuando él se
retiró a descansar un rato. Ahora, ya no existía.
—¡Se me ha muerto!
—¡Eh!, tranquilo, muchacho —era su amigo Álvaro quien trataba de serenarle.
Se había acercado a la sala, pues sabía que le encontraría allí—. Tú hiciste todo lo que
estaba en tu mano y ya está. No te atormentes. No es el primer chico que ves morir.
Muchas personas mueren todos los días y tenemos que acostumbrarnos a ello.
—Sí, pero éste es el primero de los que he tratado. Ha dependido de mí durante
unas horas y no he podido sacarlo adelante. —Se le notaba cansado y deprimido—.
¿Para qué servimos los médicos si la gente se nos muere?
—Jaime, eso es algo que ya hemos hablado cientos de veces —le razonó su
amigo—. Ni tú ni yo tenemos, de momento, poder sobre la vida y la muerte. No vas a
conseguir nada lamentándote, salvo quedarte ahí tirado toda la mañana
—¿Sabes que muchas veces pienso en la impotencia que, en ocasiones, sentimos
ante un enfermo?
Jaime seguía recostado en el sofá, con la cabeza apoyada sobre las manos
cruzadas y contemplando el techo.
—La familia y los amigos confían ciegamente en que el médico les va a resolver
todos sus problemas y me quedo bien jodido, como no te puedes hacer idea, cuando no
puedo hacer nada por una persona.
—Claro, pero ya te he dicho que hemos de irnos acostumbrando; si no, más vale
que busquemos otro trabajo. Recuerda lo que nos decían en la facultad: el médico no es
Dios, y cuando a uno le ha llegado la hora, lo que hay que hacer es ayudarle a pasar el
trance lo mejor posible. Tú has hecho por él lo que has podido y debes quedarte
tranquilo.
—Sí, eso es muy bonito, pero cuando uno pasa por ello, ve las cosas de otro
modo.
Se puso de pie y miró fijamente a su amigo.
—Óyeme bien lo que te voy a decir.

19
Álvaro se dispuso a escuchar otra de las solemnes promesas a las que ya le tenía
habituado.
—Te prometo que voy a poner todos los medios a mi alcance, y te pongo a ti por
testigo, para sacar adelante desde hoy cualquier vida que se me confíe. Estudiaré, no
dormiré, velaré noches enteras con tal de que no se me escape ni una más. ¿Me has
oído?
—Sí, claro —le contestó su amigo con aire socarrón—. Me acabas de recordar a
Escarlata O´Hara después de ver morir a su padre. Venga, ahora vamos a trabajar. Te he
traído esto porque pensaba que te iría bien. —Le ofreció un vaso desechable con café—.
Me parece que tu jefe te andaba buscando.

Jaime había terminado la licenciatura en Medicina y Cirugía con brillantes


calificaciones. El mucho tiempo sentado delante de los libros y el poco ejercicio físico
habían hecho que le creciese una buena tripa: pesaba casi cien kilos. Tras emplearse a
fondo durante un año estudiando el examen para poder acceder a una especialidad,
había obtenido una de las mejores calificaciones del país y pudo escoger la que siempre
había deseado. Le fascinaba la posibilidad de salvar vidas actuando directamente sobre
el motor del organismo humano. No por ello había dejado de fumar, aun conociendo los
peligros que llevaba consigo el tabaco, unido al sobrepeso con el que cargaba. Sin
embargo, él se sentía feliz con su barriga y sus cigarrillos. Eso sí: evitaba el alcohol y le
molestaba la gente que bebía en exceso.
Álvaro Costa y Jaime Puig formaban una pareja inseparable desde que se
conocieron al comenzar la universidad. Álvaro había sido también un excelente
estudiante, aunque no tan brillante como su compañero. Sin embargo, era más metódico
y mucho más cerebral que su amigo, quien en muchas ocasiones se dejaba llevar más
por sus impulsos que por la cabeza.
En ocasiones, los dos amigos rememoraban las numerosas intervenciones de
Jaime en clase, corrigiendo lo que había dicho determinado profesor o poniendo a otro
en evidencia ante toda la clase al hacer alguna pregunta sobre lo que había salido en la
explicación de ese día, mostrando a las claras la ignorancia que el maestro tenía sobre
esa cuestión en particular. Le costaba contenerse porque disfrutaba haciéndose notar,
exhibiendo sus conocimientos y demostrando con ello que era el mejor. Esa actitud le
había granjeado la enemistad de muchos compañeros y de no pocos profesores; sin
embargo, los exámenes que hacía eran perfectos y las calificaciones no podían sino
reflejar la valía científica de ese estudiante tan ambicioso.
Con los años y gracias a los consejos de Álvaro fue cambiando poco a poco su
modo de actuar. Aunque seguía mostrándose orgulloso y muy seguro de sí mismo, se
transformó en una persona simpática y llegó a ganarse la confianza de varios profesores,
que le incluyeron en importantes trabajos de investigación en la facultad. Durante su
periodo de especialización, participó también en algunos otros llevados a cabo en el
Hospital General, que fueron publicados en diversas revistas del sector médico; a su
corta edad, no era un desconocido en los ámbitos biosanitarios.
Los dos amigos compartieron piso durante sus años en la universidad. Tras
obtener la licenciatura en Medicina y Cirugía, compitieron por alcanzar la mejor nota en
los exámenes para optar a una plaza de MIR. Como en la carrera, Jaime había superado
a Álvaro, pero los dos pudieron elegir la especialidad que querían. El deseo de Álvaro
de convertirse en neurocirujano estaba a punto de hacerse realidad después de cinco
largos años que, para él, habían pasado en un abrir y cerrar de ojos. Neurología tenía

20
una duración de cuatro años, pero un grave accidente de circulación le apartó del trabajo
durante diez meses y perdió un curso, con lo que iba a terminar la especialidad al mismo
tiempo que su amigo.
Por otra parte, su dedicación al estudio y al trabajo era del todo voluntaria. Hacía
cinco años que su padre había fallecido de un ataque al corazón. Era el dueño de una de
las mayores constructoras del país y, a su muerte, había dejado a cada uno de sus dos
hijos casi tres millones de euros en herencia. Los problemas económicos no eran lo que
más podía preocuparle.
Su madre y su hermano vivían en Madrid, como él, hasta que cumplió los
dieciocho años. Poco antes de comenzar sus estudios universitarios, expuso a sus padres
la idea de organizarse la vida por su cuenta; en el fondo, se escondía el deseo de
mantenerse alejado de su padre, demasiado obsesionado con la buena marcha académica
de su hijo y dotado de un carácter posesivo que le hacía extremadamente cargante. Las
discusiones entre padre e hijo por cualquier motivo se fueron convirtiendo en algo
corriente a medida que Álvaro se fue haciendo mayor. Procuraban reconciliarse
enseguida y la cosa no pasaba a mayores. Sin embargo, Álvaro estaba convencido de
que el alejamiento de sus padres podría incluso colaborar en la mejora de sus relaciones.
Planteó el asunto con tiempo porque sabía de antemano que iba a tener que enfrentarse
y luchar contra una respuesta negativa. Su marcha de casa para el año siguiente fue un
tema recurrente durante todo el curso y, antes de terminar el instituto, había logrado
vencer la inicial oposición paterna.
Puestos a elegir un lugar para estudiar la carrera y que fuese de su gusto, se
decantó por Valencia; tenía el mar a un paso, solía hacer buen tiempo y estaba
relativamente cerca de Madrid. No albergaba intenciones de romper los lazos familiares,
pero sí quería guardar distancias y comenzar a vivir su vida. Convenció a su padre para
que le enviase puntualmente el dinero necesario para pagar los estudios y la
manutención. Desde que éste murió y Álvaro recibió la sustanciosa herencia, quedó
económicamente independizado. Sus viajes a Madrid para visitar a su madre y a su
hermano se hicieron más frecuentes y aprovechaba la ocasión para saludar a antiguos
amigos y mantener muchos de los contactos que tenía cuando vivía en la capital.
Tras terminar la carrera, los dos recién licenciados decidieron que lo mejor sería,
a partir de entonces, vivir cada uno por su cuenta, en pisos montados y decorados al
gusto de cada uno. Jaime bromeaba con Álvaro porque en su casa no había un solo
libro, cuaderno o revista fuera de sitio. «Claro, así puedo encontrar enseguida cualquiera
de los artículos por los que me preguntas cada dos por tres», le solía responder su amigo
cuando el otro sacaba el tema. El apartamento del futuro cardiólogo se mantenía
convenientemente aseado un día a la semana, que coincidía con el que iba la señora
Virtudes a poner orden en medio de la selva. Poco a poco, el caos volvía a imponerse en
el piso de Jaime hasta el siguiente lunes por la mañana, en que la paciencia de la señora
Virtudes le devolvía, aunque fuese por breve tiempo, el aspecto de un hogar.
Sus padres habían fallecido en un accidente de automóvil cuando él tenía tres
años y la temprana falta de una madre en su casa se había hecho notar en su modus
vivendi. Tras quedarse huérfano, Jaime se fue a vivir con una tía soltera, hermana de su
madre, que apenas se preocupaba de su sobrino. Le daba de comer, le compraba ropa y
lo que necesitara, pero lo hacía más como una obligación de la que no podía liberarse
que por el afecto que pudiera tener al chico. Nunca le había gustado su cuñado ni había
aprobado el matrimonio de su hermana. Desde la muerte de los padres de Jaime, asumió
cargar con su sobrino —después de todo, era el único que tenía— hasta que pudiera
salir adelante por sí mismo. Éste no esperó demasiado tiempo y, en cuanto pudo ganar
un poco de dinero, se marchó de aquel lugar donde no era querido y se encontró con

21
Álvaro. Trabaron amistad enseguida y decidieron alquilar un piso a partes iguales,
donde vivieron hasta el final de los estudios universitarios.
Los dos eran felices con su vida: ambos se dedicaban a lo que les gustaba y no
les faltaban ofertas de trabajo en hospitales privados de la misma ciudad para cuando
terminasen la especialidad, dentro de pocas semanas. La atención personalizada al
enfermo se había incrementado durante los últimos años y ahora no sobraban tantos
médicos como en décadas pasadas. Se sabía que en el Hospital General trabajaban dos
buenos elementos preparándose para salir a la calle y había que pescarlos.

A las doce y media de la mañana, Paco Agulló llamó al hospital para interesarse
por el estado de Toni. Aunque no le conocía más que por el atraco a la joyería, no
cambió en esta ocasión su costumbre de preocuparse por la evolución de los heridos en
los casos que le tocaban de cerca. Le comunicaron el fallecimiento del chico. Dijo quién
era y solicitó el número de teléfono de la familia para llamar a los padres y darles sus
condolencias por la noticia. Por simple deferencia, pidió también el teléfono del joven
médico que había mostrado tanto interés por el muchacho para llamarle y transmitirle su
dolor.
—¿Sí? ¿Quién es?
—¿Eres Jaime?
—No, soy Álvaro Costa. Y usted es el policía que acompañaba al comisario,
¿verdad?
—Sí, efectivamente. —A través de las ondas Álvaro parecía adivinar el gesto
amable del policía—. Me habían dicho que éste era el número de teléfono de tu amigo.
—Y lo es, pero suele dejarse su móvil en cualquier sitio. Hace cinco minutos
pasó por aquí, le llamaron, y se ve que se le quedó olvidado.
—Me he enterado de que ha fallecido el chaval. Como ayer le vi muy afectado,
quería decirle que lo sentía.
—Pues hoy está peor. Déjelo, ya se lo diré yo —se ofreció Álvaro—. Muchas
gracias por su llamada.
—No hay de qué —respondió el policía—. Sólo quería decirle esto. Hasta la
vista, amigo.
—Hasta la próxima —se despidió Álvaro.

22
Capítulo 3

El doctor Eulogio Miralles había sido uno de los más prestigiosos médicos del
país, debido a la probada eficacia de sus métodos de trabajo. Especializado en cirugía de
trasplantes, era capaz de conseguir unos niveles de rechazo muy bajos gracias a cierta
intuición que le hacía elegir «la pieza que mejor encajaba», como solía decir con su
célebre frase. Los éxitos logrados a lo largo de su carrera profesional le habían
granjeado el título de El Mago, sobrenombre con el que se le conocía en los ambientes
médicos. En 1996 se había retirado del ejercicio de la medicina, pasando a dirigir la
delegación española en Madrid de la White’s Foundation for Development, que tenía su
sede central en Houston.
La WFD nació a finales de los años sesenta del siglo XX para ayudar a resolver
los problemas que la familia humana fuese encontrando en el camino hacia su pleno
desarrollo y bienestar o, al menos, eso era lo que rezaban sus estatutos. En la práctica,
las actividades que desarrollaba se centraban en los campos de la salud y de la
sociología, tan interesante para el mundo político del momento y de siempre. Con el
paso del tiempo y tras mucho trabajo, fue ganando notoriedad a nivel internacional.
Hacía veinte años había sido nombrada entidad asesora de Naciones Unidas en
cuestiones sanitarias y sociales. De hecho, su nombre aparecía con cierta frecuencia en
los medios de comunicación, siempre asociado a investigaciones biomédicas, a grandes
logros en operaciones de trasplantes múltiples en alguno de los hospitales de los que era
propietaria o a personas o instituciones que le encargaban estudios de diversa índole
sobre material humano.
El viejo doctor había llevado las riendas del Nou Hospital, en Valencia, desde
sus inicios, compatibilizando el puesto con algunos trabajos de investigación y con
diversas intervenciones en las que se requería toda la pericia y la experiencia adquirida a
lo largo de su profesión. Después de todo, él era el Mago y tenía que seguir
demostrándolo. El Nou Hospital era el principal de los centros sanitarios propiedad de
la WFD en España.
Su hijo, Fernando Miralles, había seguido los pasos de su padre hasta tal punto
que, al dejar éste la dirección del Nou, la persona elegida para sustituirle, tanto en la
gerencia como en la dirección médica, fue el joven doctor Miralles. Fernando tenía
treinta y siete años cuando fue designado para estar al frente del prestigioso hospital.
Poseía el mismo ojo clínico que su padre, pero más desarrollado gracias a las nuevas
técnicas de estudio de compatibilidades y un conocimiento de la genética del siglo XXI
que su padre apenas había llegado a vislumbrar.
En 1983, después de terminar la carrera de medicina, a instancias de su padre se
trasladó a los Estados Unidos para completar su formación en cirugía de trasplantes. Se
disponía a regresar a España cuando el viejo Miralles se empeñó en que su hijo debía
cursar un máster en técnicas de reproducción humana y cuando regresó, después de
cinco años de exhaustiva preparación, se incorporó al equipo médico del Nou Hospital.
El especial interés que puso su padre en el asunto favoreció que fuera nombrado
responsable del equipo de reproducción asistida, unos meses después de empezar a
trabajar en el hospital. Se acababa de aprobar en el país la ley que regulaba este tema y
el Nou Hospital —con la WFD detrás— tenía la intención de ser el mejor centro
nacional de aplicación de FIVET.
La ley se esperaba desde hacía tiempo y para la Fundación White suponía un
gran avance en la lucha a favor del desarrollo humano en libertad, sin limitaciones de

23
ninguna clase. La ciencia ya había dicho sí a la posibilidad de conseguir embriones
viables fuera del seno materno para después implantarlos en la madre, que se encargaría
de la gestación. Sólo faltaba que las autoridades permitieran lo que muchos
consideraban una exigencia social inaplazable, la solución ideal para las parejas con
problemas de fertilidad. La aprobación de la ley de 1988 que permitía la fecundación in
vitro recibió el aplauso de los sectores sociales y científicos más liberales y fue
ampliamente criticada por muchos otros grupos —científicos, éticos y religiosos— que
no veían con buenos ojos que se forzara a la naturaleza a realizar algo para lo que ella
no había dado su consentimiento.

El equipo de reproducción asistida del Nou Hospital llevaba trabajando algunos


años antes de la promulgación de la nueva ley, realizando diversos estudios e
investigaciones; eso sí, siempre dentro de la legalidad. Sus resultados habían sido
realmente sorprendentes en procesos de reproducción in vitro en chimpancés y cerdos, y
sólo faltaba el visto bueno del Gobierno para aplicar los experimentos en humanos.
Después de todo, la consideración del embrión como individuo de la especie humana
era algo no definido científicamente y nada se perdía si se quedaban por el camino unos
cuantos elementos en aras de la supervivencia del que iba a hacer feliz a una pareja.
El Nou Hospital, con el joven Miralles al frente de la unidad de reproducción
asistida, se convirtió en el paradigma de los centros que ayudaban de este modo a
procurar descendencia a aquellas personas que no lo lograban por vía natural. Otras
clínicas y centros sanitarios obtenían también numerosos resultados positivos en el uso
de estas técnicas, pero el Nou se llevaba la palma por el alto porcentaje de nacimientos
de niños sanos y únicos, sin embarazos múltiples. Infinidad de carteles con diversos
mensajes empapelaban el hospital materno-infantil del centro: «Abrimos las puertas a tu
hijo»; «Deja que te ayudemos»; «Antes no podías, ahora sí».
Con el paso del tiempo, y tras dejar de constituir una novedad, la autopublicidad
fue disminuyendo hasta desaparecer por completo. Lo mismo ocurrió con las protestas
que, en forma de exiguas manifestaciones pacíficas, protagonizaban algunos grupos de
personas para mostrar su desacuerdo con esa técnica que calificaban de «antinatural y
antihumana». Como la legislación vigente lo permitía, poco podían hacer, salvo llamar
la atención con sus intervenciones.
Ahora habían pasado casi veinte años desde la primera fecundación in vitro con
final feliz en el país, y veintiocho desde el nacimiento de Louise Brown, la primera niña
probeta del mundo.

Después de diez años de trabajo, Fernando Miralles había abandonado el equipo


de reproducción y comenzó a dirigir al conjunto de médicos y biólogos que formaban el
grupo de Investigación de Bioingeniería, conocido en el Hospital como el GIBI. A la
vez, dejó la gerencia del Nou y quedó sólo como director médico. El nuevo gerente se
llamaba Luis Cortés. Se trataba de un empresario sin conocimientos de medicina; sin
duda, una persona más dotada para la dirección que su predecesor y, sobre todo, con
más disponibilidad de tiempo para tareas burocráticas. También era manejable para
determinados intereses. La WFD lo sabía y había optado por el cambio.
Antes y, más aún, después de la clonación de la famosa oveja Dolly —el primer
mamífero que había venido al mundo gracias a la transferencia nuclear somática—

24
muchos centros hospitalarios y de investigación habían puesto a trabajar a un buen
puñado de personas para conseguir, antes que cualquier otro, resultados y publicaciones
relacionados con técnicas de clonación. Un artículo en The Lancet o en Nature suponía,
por un lado, un buen espaldarazo a los trabajos realizados (era como escuchar: «Bien,
chavales, vais bien, seguid así».) y, por otro, catapultaba al grupo investigador a partir
de ese momento hasta los lugares de referencia para el resto de investigadores.
Las descalificaciones y los desmentidos estaban a la orden del día entre los
diversos equipos científicos, pero eso formaba parte del juego cuando uno saltaba a la
palestra científica y se asumía como algo natural. Además, la polémica siempre servía
para ser citados de nuevo en las revistas de renombre, aunque fuera por un grupo hostil.
El siguiente reto científico se fraguaba desde hacía años y, en parte, ya se
practicaba en la actualidad. El uso de células madre para la regeneración de órganos y
su aplicación en el hombre para la terapia de diversas enfermedades constituía el actual
frente de las investigaciones sanitarias. La ley de Biomedicina, anunciada tiempo atrás
por la anterior ministra de Sanidad, Elena Salgado, acababa de entrar en vigor y con
ella, quedaba expresamente legalizada la clonación terapéutica. Su aplicación, sin
embargo, tenía que pasar por un largo proceso de autorizaciones y permisos y muchos
investigadores tenían la impresión de que se estaba retrasando más de la cuenta.
El GIBI llevaba varios años aplicando las nuevas tecnologías, sobre todo desde
que, en octubre de 2004, había sido aprobada por el Gobierno la experimentación con
células madre embrionarias obtenidas de embriones congelados sobrantes de
fecundaciones in vitro. La puesta en marcha de la nueva ley de reproducción asistida, a
principios de 2006, supuso un gran avance al permitir la utilización inmediata de los
embriones tras su producción en el laboratorio. Las mejoras en los resultados de las
investigaciones no se hicieron esperar, pero para algunos todavía no se había dado el
paso definitivo.

—Acaban de dar la noticia.


La llamada del Mago sorprendió a su hijo en el momento en que éste entraba en
su casa.
—¿Cuándo?
—Hace un momento. —La voz de su padre sonaba triunfal a través del
teléfono—. El Consejo de Ministros lo decidió en su última reunión, pero no se ha
hecho público hasta hoy.
—O sea, que habrá que ponerse a trabajar, y duro —respondió el joven Miralles,
radiante de felicidad.
—Sí, hijo. Y espero que no me defraudes. Sabes lo mucho que hemos peleado
por esto.
—No debes preocuparte, papá. Todo marchará bien. Recuerda que somos los
mejores —contestó Fernando.
Al día siguiente, la portada de toda la prensa nacional era, en síntesis, la misma.
El Gobierno, basándose en los numerosos informes recibidos en el Ministerio de
Sanidad que reconocían la supremacía del Nou Hospital de Valencia en la
experimentación con fines curativos a partir de embriones sobrantes de fecundaciones in
vitro, acababa de declararlo primer centro en España de investigación y aplicación
clínica de clonación terapéutica en humanos.

25
Capítulo 4

A las dos y cuarto del mediodía, en el restaurante del Hospital General, todo el
mundo estaba pendiente del televisor. El telediario del primer canal nacional estaba
dando un breve reportaje sobre el Nou Hospital en el que se incluían los últimos
trabajos de investigación realizados y varias entrevistas a personalidades del mundo de
la medicina y de la biotecnología.
A continuación, el ministro de Sanidad, Víctor Sanz, apareció frente a un grupo
de periodistas, respondiendo a las preguntas que le iban formulando en la sala de prensa
del ministerio. El letrero que se apreciaba en la parte superior izquierda de la imagen
indicaba que la retransmisión estaba teniendo lugar en directo. Era algo muy poco
frecuente, pero el Gobierno deseaba dar a conocer con prontitud la noticia de mano del
propio ministro, a través de la televisión pública, y ofrecer una explicación transparente
y sin tapujos de lo que significaba la resolución aprobada el día anterior. Siempre existía
el riesgo de encontrarse con preguntas capciosas, pero se contaba con el arte y la buena
preparación del entrevistado para salir airoso de cualquier trance.
—¿Podría explicarnos, señor ministro, cuál ha sido el motivo para otorgar este
permiso al Nou Hospital?
—Les ruego que no vean en esta decisión un trato de favor —explicó el
ministro—. El hospital valenciano ha demostrado ser el centro de investigación más
avanzado del país en experimentos de terapia por clonación. Hasta ahora sólo ha podido
demostrarlo en animales. El Gobierno piensa que tiene el equipo que mejores resultados
puede obtener aplicando estas técnicas en personas.
El realizador mostraba alternativamente imágenes del ministro y de los
periodistas que estaban presentes.
—¿Qué pasará si comienzan a tener éxito? —preguntó una periodista de la
segunda fila.
—Este primer permiso permitirá al Gobierno, a través del Ministerio de Sanidad,
continuar manteniendo el control y los límites establecidos hasta el momento, dando la
oportunidad, a la vez, de progresar en las nuevas técnicas terapéuticas en nuestro país.
—¿Con este paso se pone en marcha, al menos en uno de sus aspectos, la ley de
Biomedicina?
—Tal y como se contempla en la nueva ley de Investigación Biomédica,
recientemente aprobada, se otorgarán nuevos permisos progresivamente según se vayan
recibiendo las solicitudes, que serán estudiadas detenidamente.
—¿Va a recibir el Nou Hospital alguna ayuda económica por parte del
Ministerio de Sanidad para desarrollar la nueva técnica?
La pregunta la hizo un corresponsal de prensa extranjera, mientras cambiaba a
toda prisa la cinta de su grabadora.
—Sí —respondió el ministro—. Pero se puede decir que el apoyo que va a
prestar el Gobierno va a ser casi simbólico. El propio centro sanitario cuenta con el
respaldo de una gran fundación que dispone de fondos donados desinteresadamente por
personas generosas, los cuales, sin duda, pondrá a disposición de este proyecto.
La conexión en directo con la sala de prensa del ministerio se alargaba ya
demasiado. Daba toda la impresión de que el director del telediario tenía orden de
proporcionar la mayor cobertura posible a la noticia. El jefe de gabinete del ministro
intervino con la habitual pregunta para terminar el acto:

26
—¿Desean plantear alguna cuestión más?
La cámara se paseó por el grupo de periodistas.
Al fondo de la sala, alguien levantó la mano.
—Señor ministro, ¿se puede considerar esta primera concesión como un ensayo,
digamos, para ver cómo funciona la nueva terapia y, en función de lo que se consiga,
extender los permisos a otros centros de investigación?
—Desde luego, será una primera experiencia de puesta en práctica de la nueva
ley y pienso que nos ayudará a valorar todo su alcance.
El mismo periodista volvió a preguntar.
—Entonces, la decisión que se acaba de tomar, ¿es en cierto modo parecida a la
cuestión del aborto? Me explico: sabemos que está mal abortar, y por eso, está
considerado como delito, aunque esté permitido en algunos casos.
—Desconocemos hasta qué punto tendrá resultados positivos la clonación
terapéutica en humanos ni cuándo podremos verlos —respondió el político—. Y, desde
luego, yo no consideraría la clonación terapéutica como un delito. En nuestro Código
Penal en ningún momento aparece condenada ni hay ninguna ley que lo haga, sino, más
bien, todo lo contrario.
—Con todos los respetos —insistió el periodista—, pienso que no ha contestado
a mi pregunta. Como usted bien sabe, el texto que abrió la posibilidad del aborto legal
fue la Ley Orgánica 9/1985. En España el aborto ha sido un delito castigado por el
Código Penal sin excepciones hasta ese año, en el que una reforma del Código,
conocida popularmente como ley del aborto, estableció los tres conocidos supuestos en
los que, por concurrir determinadas circunstancias, el aborto no es punible. En el resto
de los casos, el aborto en España es un delito regulado en el Capítulo III del Título VIII,
que se refiere a los delitos contra las personas, en concreto, del artículo 411 al 417 bis,
ambos inclusive. La legislación vigente, por tanto, considera delito el aborto provocado,
aunque si se realizara en las circunstancias y condiciones que prevé ese artículo 417 bis,
no se puede castigar a quien lo practique ni a quien consienta que se practique.
—Gracias por el recordatorio. Veo que tiene usted buena memoria —comentó el
ministro.
—Muchas gracias —contestó el periodista—. Por eso, vuelvo con mi pregunta:
¿Ha concedido el Gobierno este primer permiso en plan de prueba y, dependiendo de
los resultados prácticos que se obtengan, sean nulos, abundantes o monstruosos, decidir
si se continúa aplicando la clonación humana con fines terapéuticos en España?
Se hizo el silencio en la sala, mientras todos aguardaban la respuesta del
ministro.
—Mire usted, sólo puedo decirle lo que todos sabemos. La ciencia avanza y
fenómenos y técnicas que antes eran demonizados, están ahora a la orden del día y son
aceptados sin ninguna objeción. Creo y espero que ocurra esto con la clonación
terapéutica.
En ese momento, se cortó la conexión con la sala de prensa del ministerio y
continuó el telediario con las habituales noticias de homicidios, sucesos y guerras, a las
que estaban acostumbrados los telespectadores. Los deportes llegaban al final y, gracias
a eso, conseguían mantener ante la pantalla a una gran mayoría del público masculino.

—El último que ha preguntado sabe de lo que habla —comentó una enfermera
de la planta de ginecología, mientras se echaba un terrón de azúcar en su taza de café.
—¿A qué te refieres? —le preguntó un celador que se llamaba Germán y que era

27
considerado por todo el mundo como el hombre más amable de todo el hospital.
—Pues a que somos un poco hipócritas con esto del aborto. Pienso que a nadie
le hace gracia que haya abortos. Y te lo digo yo, que trabajo el día entero con
embarazadas. —Mirando fijamente a su interlocutor, pero de modo que le oyesen todos
los que estaban almorzando en ese momento, continuó—. ¿Sabías, por ejemplo, que en
Portugal, eso del peligro para la salud psíquica de la madre apenas se admite como
motivo para practicar el aborto? El otro día me lo dijo un amigo que vive en Lisboa.
Allí nada más que el cinco por ciento de los abortos alegan esta causa; en España,
«sólo» es el 97 por ciento.
—Pues tontos que son, que no se acogen a esa posibilidad —comentó el
camarero, que estaba detrás de la barra preparando un par de cafés.
—A lo mejor —continuó la enfermera— resulta que eso, que son tontos. Sin
embargo, a mí me parece que lo que pasa es que aquí tenemos una manga muy ancha.
Mira, como me llamó la atención cuando me lo contó este amigo, le pedí que me
enviase algo por internet y lo recibí el otro día. Lo llevo en el bolso.
Rebuscó entre las cosas que tenía y sacó un folio.
—Es el informe de la Orden de los Médicos que se publicó en Portugal a finales
de 2004, y que dice textualmente: «No se ha establecido ninguna relación causal, directa
e inequívoca, entre el embarazo y alguna lesión grave y duradera para la salud psíquica
que permita justificar la interrupción del embarazo según criterios médicos absolutos».
Mirad lo que dice además su presidente: «La interrupción voluntaria del embarazo como
forma de preservar la salud psíquica no sólo puede no garantizar la resolución del
problema, sino que puede inducirlo o agravarlo»(1). Y estamos hablando de Portugal,
Europa después de todo; no de algún país tercermundista.
—No, si nos va a salir provida la chica —dijo un médico que estaba acabando el
postre, sentado junto a la puerta.
—Doctor Duarte. —La enfermera clavó sus ojos en el que acababa de hablar—.
No sé si usted habrá visto practicar algún aborto provocado. Yo sí; y en muchos casos,
ha sido necesario matar al niño porque la solución salina no había terminado con su vida
en el seno materno. Le aseguro que es un espectáculo que no se lo recomiendo a nadie.

—¿Quién es el pesado que me sacó lo del aborto? ¿Y a santo de qué?


El señor ministro se encontraba ya en su despacho acompañado del jefe de
prensa, una vez terminada la conferencia. Llevaba poco tiempo en el cargo; su
antecesora había dimitido unos meses antes alegando motivos personales que nunca
llegó a explicar y el Presidente del Gobierno tuvo que buscar a marchas forzadas un
sustituto que pusiera en marcha la nueva ley de reproducción asistida y la recién
aprobada ley de Investigación Biomédica.
—Se llama Ferrando, Pascual Ferrando. Es de la revista Vida y Ciencia —
contestó el interpelado—. Ya sabes: no al aborto, no a la eutanasia, no a la clonación,
etcétera, etcétera. Dicen que los obispos están detrás, pero a mí me parece que no; ésos,
cuando dicen algo, te lo dicen a la cara.
—No le conocía; parece un tío agresivo.
Sentado a la mesa donde cada día recibía montones de expedientes, no dejaba de
golpear con el capuchón de su pluma la superficie de su escritorio. Se le notaba
nervioso.
—Pepe, vamos a tener que preparar una buena campaña informativa para
ganarnos la opinión pública.

28
—Sí, claro, como siempre. Pero eso tenía que haberse hecho mucho antes de dar
a conocer la noticia.
—Tienes razón —le reconoció el ministro—. A veces pienso que tomamos
decisiones muy precipitadas en el consejo.
—De todos modos —le dijo su ayudante para tranquilizarle—, pensándolo bien,
quizá no haya que preocuparse tanto. Hay personas que llevan trabajando mucho en el
asunto y seguramente estarán interesados en echarnos una mano.
—¿Te refieres a los del propio hospital? —le preguntó el ministro.
—Tú lo has dicho, Víctor. Es muy probable que tengan preparada desde hace
tiempo una formidable campaña en previsión de que les concedierais el permiso que les
acabáis de otorgar. Además, seguramente les mueve la envidia respecto a los equipos
británicos que les llevan la delantera.
—Espero que sea así. Habla con ellos y pídeles lo que tengan.

—¿Has visto las noticias de las dos? —preguntó Jaime en cuanto vio aparecer a
Álvaro en el comedor.
—Sí —le contestó su amigo—. ¿Te refieres al permiso concedido al Nou
Hospital?
—No, me refiero a la última tía que ha desfilado en la pasarela del final. ¡Ché!
Pues claro que me refiero a lo del Nou, leches. —Jaime se estaba terminando el flan que
había pedido como postre. Mirando fijamente el envase, continuó—: Espero que nadie
se dedique a clonar flanes de esta marca. Están realmente malos.
—Pues toma fruta y te irá mejor.
Álvaro se acababa de sentar junto a su amigo. Aunque seguía el mismo horario
de trabajo, Jaime procuraba almorzar deprisa para acercarse después hasta la biblioteca
y disponer así de un poco de tiempo para leer y estudiar los artículos que más le
interesaban de las últimas revistas que hubiesen llegado. Álvaro, en cambio, procuraba
tomarse el respiro del mediodía con más calma; ya habría otro momento para estudiar.
Además, siempre contaba con que Jaime le acabaría comentando lo que más le hubiera
llamado la atención de sus últimas lecturas. Esta vez, el doctor Puig se permitió el lujo
de alargar un rato la sobremesa.
—Estos tíos se van a hacer de oro en cuanto empiecen a proclamar a los cuatro
vientos sus éxitos —le comentó a su amigo—. Ya verás cómo los del ministerio se
encargarán, además, de pregonar a bombo y platillo que el programa de investigación ha
sido promovido desde el Gobierno y que el Gobierno tal y el Gobierno cual. Ni que
fueran ellos los que se pasan horas en el laboratorio. Además, el ministro es ingeniero;
no tiene ni idea de biotecnología.
—Pues pienso que tendrán razón en echarse los galones —observó Álvaro—.
Como habrás oído, parte del presupuesto corre a cuenta del Estado. Además, podrán
presumir de haber acertado en su elección. Lo que me resulta curioso es que hayan
optado por un centro privado como piloto, pero ellos sabrán lo que hacen.

Una vez pasado el peligro, el grupo se encontraba reunido alrededor de la mesa,


tratando de olvidar los momentos de tensión de las últimas horas. Todo había vuelto a la
normalidad y parecía que el animal o lo que esa cosa fuese ya estaba muerto. Estaban

29
incluso de buen humor porque emprendían el regreso a casa.
De pronto, el que había sufrido el ataque, comenzó a vomitar. Todo su cuerpo se
convulsionaba. Tiró por el suelo el contenido completo de la mesa: platos, cubiertos y
comida volaron por los aires. Parecía un ataque epiléptico. Lograron sujetarle entre tres
de ellos. Cuando ya le tenían bien agarrado, algo trató de emerger desde su vientre; a
través de la camiseta pequeños bultos aparecían y desaparecían. Por fin, estalló: un ser
de cabeza curva y alargada, con grandes mandíbulas, se abrió camino desde el estómago
hasta el exterior convirtiendo todo a su alrededor en un amasijo de carne, tela rota y
sangre. Se quedaron mirándolo, estupefactos, sin saber qué hacer. Como dándose cuenta
del riesgo que corría si permanecía más tiempo en ese lugar, la criatura huyó.
Al llegar a ese trozo de la película, apagó el vídeo. Ya continuaría después. Al
fin y al cabo, se la sabía de memoria. Desde que la vio por primera vez, le fascinó la
puesta en escena de Alien. El 8º pasajero y la imaginación que desbordaba el film. La
segunda parte no estaba mal y el resto, en su opinión, sobraba. Él se quedaba con la
primera. Le entretenía volver a verla de vez en cuando.
Esa tarde, sin embargo, tenía algo más importante que hacer. Dejó la cinta sobre
un sillón. Sabía que debía guardarla convenientemente en su sitio, pero también
confiaba en la eficacia de la señora Virtudes, que se encargaría de colocarla
metódicamente en el lugar de la estantería que le correspondía. Jaime no entendía por
qué Álvaro había prescindido de sus servicios unos años atrás. Por lo visto, había
preferido arreglárselas él solo en vez de tener a una señora contratada.
Encendió el ordenador de su cuarto de trabajo, entró en internet e introdujo las
palabras Nou Hospital y Valencia en la casilla de búsqueda de Google: «Resultados 1 -
10 de aproximadamente 1.100 páginas en español de Nou Hospital y Valencia. (0,24
segundos)». Eligió la primera opción y comprobó que existía una página oficial del
hospital. Le agradó el diseño: mostraba una información muy completa del centro
sanitario, en la que se incluía la Junta de Gobierno, una relación del equipo médico con
la especialidad respectiva, el número de camas y un sinfín de otros datos de fácil acceso.
Una ventana —Actualidad, rezaba el título— mostraba una foto del ministro de Sanidad
en la sala de prensa del ministerio, donde había tenido lugar la reunión con los
periodistas, y el pie de foto informaba de la concesión otorgada. Hizo clic sobre el
titular y la nueva pantalla que se abrió informaba con mayor extensión sobre la noticia
del día.
Volvió al menú principal y desde allí saltó hasta otra página que contenía
algunos de los trabajos de investigación llevados a cabo en el centro. Jaime pudo
comprobar de este modo los fantásticos resultados obtenidos por el equipo de ingeniería
biológica. Se citaban, a modo de ejemplo, dos publicaciones en las revistas British
Medical Journal y en JAMA que avalaban el esfuerzo realizado por el grupo del Nou.
Eran presentadas, a todas luces, como avales del nivel científico del hospital y que, a la
postre, le habían hecho merecedor del derecho a ser el primer centro en el país que
podría clonar seres humanos para curar enfermedades.
El primer artículo informaba de cómo, tras varios intentos fallidos, se había
conseguido la regeneración total del pulmón de una rata, del que se había extirpado un
tumor, llevándose consigo gran parte del lóbulo inferior. Al cabo de dos meses de
tratamiento con terapia celular, «trasladando» células pluripotentes obtenidas de un
embrión clónico, el pulmón dañado estaba como nuevo. Resultaba increíble la
capacidad de regeneración obtenida en el experimento.
Al segundo trabajo publicado, esta vez en JAMA, se accedía a través de un link
de la página del hospital que conectaba con la revista científica. Explicaba el mayor
éxito conseguido hasta la fecha por el equipo. Se trataba del cultivo y posterior

30
implantación de células madre embrionarias humanas en tres pacientes que sufrían el
síndrome de Stevens Johnson. La enfermedad les producía una carencia total de células
madre del limbo ocular, una capa de células epiteliales que recubre la córnea, lo que les
limitaba mucho la visión. Tras un año de seguimiento, comprobaron que en los tres
enfermos se había reconstruido al cincuenta por ciento la superficie de la córnea, habían
conseguido mejorar la transparencia y, sobre todo, estaban recuperando visión.
Al final del artículo aparecían enlaces a noticias relacionadas con el experimento
y Jaime pulsó sobre uno de ellos. Era una página en la que determinados detractores de
la experimentación con embriones humanos recordaban que tres años antes se había
conseguido una curación total de esta enfermedad utilizando células madre adultas de
epitelio de la mucosa bucal del propio enfermo. Además, el tratamiento había terminado
con éxito tan sólo catorce meses después de su inicio(2). En otro enlace que aparecía en
la pantalla, los muchachos del GIBI se defendían con un artículo publicado en la prensa
nacional, en el que argumentaban que sus resultados se habían logrado en un tiempo
récord, comparado con otras terapias celulares basadas en células madre embrionarias.
Además, no había ningún indicio de crecimiento celular masivo que diera lugar a un
posible tumor, principal problema que se producía al utilizar células procedentes de
embriones.

Fue en ese momento cuando cayó en la cuenta. Lo que tenía ante sus ojos era lo
que siempre había deseado: la capacidad de utilizar todas las técnicas disponibles para
sanar, aliviar los sufrimientos de los enfermos y, en definitiva, evitar la muerte de sus
futuros pacientes estaba al alcance de su mano. «Tengo que entrar a trabajar ahí como
sea.» Pensado y hecho; por lo menos en su imaginación ya se veía dentro, investigando
y aplicando clínicamente los resultados de su trabajo y, por qué no, triunfando en la
vida. Él era joven, su expediente académico inmejorable, y había terminado su periodo
de especialización con extraordinario aprovechamiento. Contaba con los avales de su
jefe, en el caso de que los necesitara y, bueno, después de todo, sabía que era el mejor
de su promoción y que su capacidad de trabajo no tenía límite. Había participado en
varios trabajos importantes de investigación y su nombre había aparecido alguna vez en
la prensa médica.
Acababa de decidir —sin marcha atrás posible— que, a partir de ese momento,
iba a poner todos los medios a su alcance para ser contratado en ese hospital, costase lo
que costase. La cuestión económica, de momento, no le preocupaba demasiado. Se
contentaría con un sueldo decente. «Seguro que me cogen. Además —continuó
reflexionando— ahora que me acuerdo, me parece que...». Comenzó a buscar las cartas
que había recibido en los últimos meses. Con algunas, ni siquiera se había tomado la
molestia de abrirlas. Encontró enseguida la que buscaba y, de nuevo, bendijo
mentalmente a la señora Virtudes por lo bien ordenada que dejaba su casa cada vez que
venía. Una sonrisa se dibujó en su boca.
Esa noche soñó con Toni; se desesperaba al ver cómo el muchacho se le
escapaba cada vez que le tendía sus brazos, escurriéndose por una pendiente sin fin.

31
Capítulo 5

«¡Quiero saber si mi hijo nada en formol!». Las exigencias de una mujer


francesa de veintiocho años hicieron salir a la luz el sórdido estado del Hospital Sant
Vicent, en París. Estaba determinada a saber qué había ocurrido con el feto de cuatro
meses y medio que le habían extirpado tres años antes por una supuesta malformación
en ese hospital. La noticia del hallazgo de 351 fetos y cadáveres de niños apilados en
bolsas y frascos saltó enseguida a la prensa nacional francesa, y de ahí, a los medios de
comunicación extranjeros(3).
El ministro de Sanidad francés se apresuró a intervenir en el asunto y la
investigación judicial, en manos de la policía, dio comienzo con el inventario de los
cuerpos y la aclaración de las identidades de los cadáveres y restos hallados.
Un cruce de llamadas liberó la tensión que se había apoderado del señor Gordon
desde que la noticia llegó a sus oídos.
—Gonzalo, confírmeme, por favor, que ya no tenemos nada que ver con el
hospital francés donde han descubierto todo ese material.
—No debe preocuparse, Michael. Hace años que no trabajamos con ellos. No
hacían bien las cosas allí y el asunto tenía que acabar explotando cualquier día.

El edificio de la White’s Foundation for Development en Houston ocupaba la


mitad de una manzana en el centro urbano. Construido a principios de los años setenta
del siglo anterior, el arquitecto tuvo el acierto de no imitar los gustos de moda en la
época, sino que diseñó un modelo más bien convencional, con la intención de levantar
una construcción robusta, seria y con pretensiones de durar muchos años, como le
gustaba al señor White. Tenía quince plantas y cuatro ascensores, más un gran
montacargas donde podía caber incluso un pequeño camión. El paso del huracán Rita
por la ciudad un año antes no había producido grandes desperfectos, pero se aprovechó
la circunstancia para rehabilitar algunas partes de la fachada y mejorar su aspecto
externo.
El gran restaurante para sus más de doscientos cincuenta trabajadores ocupaba la
mitad de la quinta planta. En contadas ocasiones se llenaba, ya que raramente se
encontraba en la sede de la fundación ni la mitad de la plantilla; eran muy frecuentes los
viajes, congresos, conferencias y un largo etcétera de actividades que les impedían
permanecer en sus respectivos despachos u oficinas más de dos o tres días seguidos. El
restaurante admitía público ajeno a la institución, por lo que habitualmente no le faltaba
clientela, que venía atraída por la famosa variedad de comidas, principalmente latinas, a
lo que se añadía la buena calidad de todos sus platos y un ambiente que, sin llegar a ser
elitista, dejaba entrever claramente qué tipo de personas no serían bien recibidas en ese
lugar. Muchos empleados de empresas vecinas se daban cita en el restaurante de la
fundación. Todos sabían que el pequeño plus que se pagaba —un dólar más del precio
estipulado— iba a parar a alguno de los numerosos proyectos que desarrollaba la
fundación y, por ese mismo motivo, sentían cierta satisfacción y tranquilizaban su
conciencia pensando en la buena obra que se llevaría a cabo con su donativo.
Michael Gordon era el inquilino del séptimo piso. Se podía decir que lo ocupaba

32
enteramente él: su gran humanidad —sobrepasaba con mucho los cien kilos— era
objeto de bromas y comentarios por parte del personal, pero a él no le importaba lo más
mínimo. Tenía sesenta años, era el presidente de la WFD y el primer sucesor del
fundador, Frederick White.
Gordon se había criado en Miami, en contacto directo con cubanos exiliados de
su isla, con mexicanos que huían de la corrupción, con colombianos víctimas del
narcotráfico y con un gran conjunto de desposeídos, circunstancia que había marcado su
visión de la vida y su futura actividad profesional. Su padre había ocupado durante
muchos años un alto cargo en el ayuntamiento de la ciudad y por ese motivo no había
experimentado en sus propias carnes la pobreza. Sin embargo, sí había conocido
multitud de historias, narradas por sus protagonistas o por testigos presenciales, que le
ponían los pelos de punta cada vez que las recordaba. Como la de aquellos niños
bolivianos que encontró su amigo Cayetano a pocos kilómetros de Sucre con los
párpados cosidos tras haberles extraído los ojos algún desalmado. O aquella otra de la
tortura —seis meses sin salir de un cubo de tres metros de lado rodeado por sus propios
excrementos— sufrida por Armando en las cárceles de Castro, como castigo por un
frustrado intento de huida.
Desde el principio de su formación profesional, orientó sus estudios hacia todo
lo que se relacionase de un modo u otro con el desarrollo integral de la persona y la
búsqueda de una buena calidad de vida para todos, calidad medida principalmente por
tres criterios: bienestar, capacidad de posesión y dignidad humana. Después de todo,
solía resumir Gordon, eran éstas las necesidades a las que todo ser humano aspiraba, y
muy justamente, por cierto.
Su convivencia con personas que, en mayor o menor grado, habían carecido de
ellas, le había llevado a convertirlas en su propia «liberté, égalité, fraternité» de la
fundación que ahora dirigía. Y el viejo White, cuando le aupó hasta la vicepresidencia,
quedó encantado con los planteamientos del que sería su sucesor. De hecho, las diversas
acciones y proyectos llevados a cabo por la WFD quedaron encuadradas desde entonces
en alguna de sus tres secciones.
Al frente del área de Salud y Bienestar se encontraba el doctor Gonzalo Gil
Gómez, 3G, como le llamaban cariñosamente sus amigos. Con 55 años recién
cumplidos era el jefe de área más joven de la fundación. Había nacido en Madrid y
estudiado la carrera de Medicina en la Universidad Complutense de esa ciudad. En
cuanto pudo, viajó a los Estados Unidos para mejorar su inglés y hacer tres o cuatro
másteres en ciencias empresariales que le lanzasen hacia la dirección de alguno de los
mejores hospitales de España o de Hispanoamérica. Sus objetivos no se cumplieron de
inmediato. Sin embargo, después de trabajar durante un lustro en la gerencia de una
clínica de pequeño rango en México D. F. y otros cinco largos años en la dirección de
un pequeño hospital de Dallas, fue descubierto y contratado por Gordon y puesto a la
cabeza de esa parcela de la fundación en 1989.
Las otras áreas de actividades —Dotación de Bienes y Elevación Humana—
eran dirigidas por dos viejos amigos del difunto fundador. Más que afanarse en su
gobierno, lo que ambos hacían fundamentalmente era esperar su pronta jubilación para
poder aplicarse a sí mismos lo que tanto habían promocionado para otros con su trabajo:
disfrutar de sus espléndidas casas de la ciudad y de la montaña, conducir el Chevrolet
que regalaba la fundación a los directivos que se retiraban y recibir el homenaje de sus
compañeros y de gran parte de la sociedad del estado de Texas en la cena de despedida
que acompañaba el último día de trabajo en la WFD. Esto, sin olvidar las letras de oro
con que quedarían grabados sus nombres en la gran lápida que presidía el salón de la
séptima planta, donde se reunía una vez por semana la Junta Directiva de la fundación,

33
y que los recordaría a perpetuidad como los primeros jefes de sus respectivas áreas. No
era poca cosa.
El señor White, si levantara la cabeza, se sentiría muy orgulloso del estado
actual de desarrollo y de la eficacia alcanzada por su criatura.

—¿Doctor Miralles? —la voz de la nueva telefonista, suave y agradable,


interrumpió el trabajo del doctor.
—Dígame, Julia.
—Le llama el ministro Sanz.
Reflexionó un instante sobre cuál podía ser la mejor manera de actuar y le dijo a
la recepcionista:
—Retenga un minuto la llamada, dígale que me está buscando y después cuelgue
como sin darse cuenta.
—Como usted diga, doctor.
Miralles sabía que volvería a llamarle. Quería tenerle a sus pies; ahora que
habían apostado por ellos, podía apretarles. El prestigio del Gobierno se encontraba otra
vez en juego porque se había terminado ya la política de la rectificación. Querían acertar
a la primera y, como se habían visto prácticamente obligados a dar el paso de la
concesión al Nou Hospital por el apoyo recibido desde la WFD en otros sectores,
Miralles sabía que les tenía bien cogidos y podría sacarles todo lo que quisiera. Prueba
de ello era que le llamase el propio ministro y no algún alto cargo del ministerio.
Al cabo de unos minutos, volvió a sonar el teléfono.
—Doctor, es el ministro otra vez.
—Páseme la llamada.
Miralles esperó unos segundos antes de empezar a hablar. «Que se entere de
quién tiene la batuta.»
—¿Señor ministro? —preguntó.
—¿Doctor Miralles? Me alegro mucho de poder hablar con usted —respondió al
otro lado de la línea el ministro de Sanidad, Víctor Sanz.
—Lo siento mucho. Me ha dicho la telefonista que se ha cortado la
comunicación hace un rato y que es la segunda vez que me llama.
—No se preocupe en absoluto, doctor Miralles.
—¿En qué puedo servirle, señor ministro?
—Bueno, como usted sabe, tenemos un asunto del que tratar en el que el
Gobierno está bastante interesado.
—Cuando usted quiera.
—Necesitaré que me traigan un plan bien trazado del trabajo que van a
desarrollar. Aunque la concesión ya está aprobada, el Gobierno me solicita una
información lo más detallada posible sobre la puesta en marcha del proyecto.
—No se preocupe —contestó Miralles—. Tenemos todo dispuesto desde hace
tiempo; la cosa no es para menos.
—Me lo suponía, pero debía asegurarme —dijo el ministro—. Por otro lado, me
han comunicado que el jefe de prensa del ministerio ya ha establecido contacto con el
responsable de comunicación de su hospital para concretar la puesta en marcha de una
campaña informativa sobre la cuestión, de modo que llegue hasta el último ciudadano
del país. Me han dicho también que lo tenían muy bien pensado. Les felicito.
—Hay que estar preparados para cualquier eventualidad.
—Ha sido un placer hablar con usted, Miralles

34
—Igualmente, señor ministro.
Se despidieron cordialmente y cada uno pasó la llamada a su secretario personal
para concertar la entrevista.

Para Gonzalo Gil, las cosas estaban saliendo según lo previsto. Fuertes
cantidades de dinero colocadas en el sitio y en el momento adecuados y diversas
prestaciones de servicios aparentemente desinteresadas en situaciones difíciles habían
dado el fruto esperado. Contraprestaciones lo llamaban unos; ayudas mutuas lo
calificaban otros. El resultado obtenido era el que se habían propuesto según un plan de
acción trazado muchos años atrás. Era verdad que el equipo británico de Newcastle iba
por delante del Nou debido al Gobierno de su país, de talante más progresista, pero no
les preocupaba demasiado. También Ian Wilmut, el creador de la oveja Dolly, había
obtenido el permiso del Gobierno para clonar pero Gil Gómez sabía que el Nou
disponía de personal mejor preparado y le confortaba la idea de que los trabajos hechos
hasta el momento —todos los laboratorios interesados ya habían experimentado en
terreno prohibido— no hacían más que colaborar en su proyecto de implantación
legislativa, lenta pero progresiva, a nivel internacional. Sólo hacía falta que continuaran
sucediéndose los acontecimientos como habían planeado.
Fernando Miralles acababa de hablar con él. La había comunicado lo satisfechos
que se habían mostrado los del ministerio al comprobar la acertada decisión del Consejo
de Ministros respecto a la adjudicación concedida al equipo investigador del hospital. A
todos les pareció excelente la idea de escoger a un grupo de niños y jóvenes de entre los
clientes habituales del Nou para comenzar con ellos la nueva terapia. El perfil ideal del
enfermo incluía que hubiese nacido en la propia división de maternidad del centro, que
se tuviera su historial médico completo, que todas las intervenciones quirúrgicas
sufridas se hubieran llevado a cabo en el hospital y, por supuesto, que padeciera alguna
enfermedad susceptible de ser curada o aliviada con la aplicación de la medicina
regenerativa a partir de sus propios clones.
—¡Estupendo! —había exclamado el ministro Sanz—. Supongo que será mejor
aplicar la nueva terapia en personas jóvenes, con una mayor capacidad de recuperación,
que en los mayores. ¿No es así? Además, llega con más facilidad a la gente la historia
de un niño enfermo, o incluso de un bebé, que va a ser curado, que la de una persona
adulta o ya anciana, ¿no le parece?
—Sí, señor ministro —le había respondido Miralles—. Pero no olvide que no
son simples historias que puedan mover más o menos el corazón de la gente. Detrás de
cada una, hay un ser humano que está sufriendo, sea joven o mayor, a quien vamos a
tratar de curar.
—Sí, bueno, claro, para eso está la medicina —se había defendido Sanz ante la
solapada puya del doctor.
El argumento de disponer de toda una vida sana por delante, comentó Miralles a
Gil Gómez, liberando de su enfermedad a cada joven paciente, había resultado
suficientemente conmovedor y concluyente para todos los asistentes a la reunión. «Hay
que saber tocar el corazón de la gente; prefieren ver curarse a un niño que restablecerse
a un viejo». Se había determinado que un comité formado por un grupo de médicos y
por algunos miembros del GIBI procedería a la elección de los catorce afortunados que
tendrían la suerte de ser las primeras personas en el país en los que se aplicase la
clonación terapéutica.
—Muy bien, Fernando —aprobó Gil Gómez desde el otro lado del océano, tras

35
escuchar atentamente todo lo acontecido en el encuentro con el ministro—. ¿Cuándo
van a convocar a los padres de los chicos?
—Dentro de una semana —contestó Miralles—. No hay prisas ni debemos dar la
impresión de que la cosa ya está hecha. Dejaremos pasar seis o siete días para que
parezca que el proceso de selección nos ha llevado su tiempo.
—Conforme, Fernando. De hoy en diez días espero sus noticias.
Había llegado el momento de elegir al equipo que formaría parte de la Unidad de
Regeneración y Fernando Miralles sabía que se trataba de algo arriesgado; no iba a
resultar fácil acertar.

La ruta de entrada no había sido localizada por el nuevo encargado del


mantenimiento del sistema del hospital. Además, en caso de serlo, siempre que lo
necesitaba, dejaba un pequeño portal abierto a la red, bien disimulado, para poder
acceder a cualquier información que se le antojase. Es lo que hacía en todos los trabajos
que le encargaban y no se había olvidado de hacerlo también en éste.
Hacía falta ser un auténtico experto para encontrar esos pequeños agujeros
informáticos que dejaba en cada una de las bases de datos y sistemas que había
diseñado. No había ninguna malicia en ello; se trataba simplemente de una especie de
seguro para cobrar su trabajo, cuyo pago casi siempre se retrasaba, pues el cliente quería
comprobar que el sistema informático funcionaba y experimentar con él mil perrerías
antes de soltar el dinero.
Si la transferencia no llegaba a su cuenta corriente con puntualidad, solía enviar
un primer aviso telefónico o por e-mail a quien había encargado el proyecto; si, pasados
unos días, seguía sin recibir el dinero, algo empezaba a fallar en el sistema, de modo
que el usuario no tenía más remedio que llamar al diseñador para que le resolviera el
problema. Solía hacer coincidir la caída del sistema con el final de la tarde de un viernes
cualquiera, cuando había que cuadrar las cuentas o acabar las últimas tareas antes del fin
de semana. A las ganas de terminar el trabajo y olvidarse hasta el lunes, se unía la
crispación generada por no poder cerrar el sistema o por no conseguir que el ordenador
dejase de dar el mensaje de «Error fatal».
No era éste el sistema al que más recurría para que sus clientes acabaran de
pagar su factura, pero, en ocasiones, había tenido que echar mano de él, con un cien por
cien de éxito cada vez que lo había puesto en práctica. Bastaba una línea de código
oculta que evitase el funcionamiento en un determinado día, o una visita vía internet que
bloqueara todo el sistema del cliente. No se consideraba una mala persona: únicamente
quería cobrar por su trabajo; todos los trucos y las habilidades adquiridas en el campo
de la informática sólo los usaba cuando lo consideraba estrictamente necesario.
El Nou Hospital aparecía de nuevo en la primera plana de todos los medios de
comunicación del país relacionados con el mundo sanitario. Desde el ordenador de su
casa, accedió a la página web del centro y leyó las últimas noticias publicadas en la red.
Trataban de la reciente reunión del ministro Sanz con Miralles y de la elección de
jóvenes pacientes, que aún tardaría unos días.
Llevaba tiempo sin entrar en sus antiguos dominios. Le venció la curiosidad por
saber más del asunto y, abriéndose camino por el entramado informático del hospital,
accedió a la base de datos donde se encontraban los expedientes de todos los enfermos
que se trataban en el Nou.
Desde que Cortés se hizo cargo de la dirección, había puesto un especial empeño
en que cualquier novedad sobre el estado de cada paciente quedase registrada el mismo

36
día, de modo que la información estuviera siempre actualizada. Ahí estaba todo lo que
se había hecho hasta el momento con cada enfermo y el tratamiento que debía seguirse
con cada uno. Los médicos y muchos enfermeros se llevaban no pequeñas broncas del
director si se daba el caso de que alguien había olvidado añadir alguna anotación en la
ficha de un enfermo. Era el jefe y había que obedecer.
Comenzó sus indagaciones tratando de averiguar cuántos clientes del Nou
cumplían las condiciones que había señalado Miralles para los que habrían de ser
elegidos: tener entre cuatro y dieciséis años, haber nacido en el propio hospital, disponer
de su historia clínica completa y sufrir alguna enfermedad susceptible de ser curada por
terapia celular. La búsqueda le llevó bastante tiempo, sobre todo en lo referente a la
enfermedad. Consultó varias páginas de internet que informaban sobre el tema. Al final,
la lista de los jóvenes clientes del hospital que podían ser seleccionados para
experimentar la nueva técnica se reducía a veinte.
No disponía de mucho tiempo para estudiar cada caso, así que decidió copiar el
expediente de cada uno que, a bajo nivel, se guardaba en un registro particular.
Combinando cada registro con el formulario de la base de datos, la información de cada
chico aparecía en un formato legible. Antes de copiar el primero, se fijó en las
propiedades del registro: no tenía ganas de leerse historiales larguísimos; mejor sería si
el tamaño del archivo era pequeño. Comprobó que no ocupaba demasiado espacio y
supuso que sería breve su lectura completa; al menos, eso es lo que esperaba.
Se fijó en que ese mismo día alguien había introducido nuevos datos en el
registro, tan sólo unas horas atrás. Después de copiar el primero, vio que el segundo
registro era de tamaño similar al anterior, por lo que dio gracias al Cielo, y comprobó
que también había sido manipulado o copiado por alguien ese día. Continuó el proceso
con cada uno de los dieciocho registros restantes, anotando la fecha y la hora del último
acceso a cada uno.
Catorce de ellos coincidían en haber sido abiertos y modificados en esa misma
fecha, uno detrás de otro. Los seis restantes tenían fechas distintas. Además, en cada
uno de los catorce registros aparecía un nuevo campo con toda la apariencia de ser un
indicador de que la información contenida en él quedaba restringida a determinados
usuarios.
El hacker sacó rápidamente sus propias conclusiones. La selección de los
enfermos ya estaba hecha de antemano. De eso no cabía duda. Lo que no alcanzaba a
comprender era qué tenían en común esos catorce chicos y qué quería ocultar Fernando
Miralles al decir que la elección llevaría su tiempo. Imprimió el contenido de cada uno
de los registros como aparecían en el formulario de la base de datos y los guardó en una
carpeta.

37
Capítulo 6

Jaime se sentía ansioso por comunicar a Álvaro la decisión que había tomado.
Habían quedado al terminar el trabajo en El Sha, un pequeño restaurante regentado por
un iraní llamado Ahmad que había abandonado su país en busca de algo mejor y más
seguro. Había terminado aterrizando en una ciudad que le había otorgado cobijo
primero, trabajo después y, al final, los ansiados papeles. Con el tiempo, había montado
su propio negocio que le daba para vivir ya que, de momento, no tenía más familia que
él mismo. Tanto a Álvaro como a Jaime les gustaba el lugar e iban con frecuencia a
tomar algo después de la jornada laboral. Además de clientes, eran amigos de Ahmad.
—Oye, tío, no sabes la de cosas impresionantes que han conseguido los tipos
esos del Nou; no me extraña que el Gobierno les haya confiado el proyecto.
—He buscado información sobre ese hospital y pienso que estaba cantado —le
dijo Álvaro
—¿A qué te refieres? —le preguntó Jaime
—¿Te acuerdas de unas cuantas centrales nucleares y térmicas que había en
nuestro país hace unos años y que ahora están cerradas para reducir los índices de
contaminación medioambiental?
—Algo me suena. Ya sabes que no leo mucho el periódico.
—¿Sabes quién puso en su día el dinero para que el Gobierno se atreviera con la
prometida reconversión en el sector energético cuando decidió eliminarlas? —le
preguntó Álvaro—. ¿Y quién se comió el marrón de los despedidos de las minas de
carbón, recolocándolos en diversos puestos de trabajo?
—Confieso mi ignorancia —respondió Jaime.
—Hay una fundación estadounidense creada por un tal señor White y que se
llama Fundación White para el Desarrollo que se encargó de todo eso. Abreviadamente
es la WFD, en inglés. Esa fundación puso en su momento sobre la mesa cerca de
quinientos millones de euros para los programas de prejubilaciones y bajas incentivadas
de 15 000 trabajadores. ¿Y a que no sabes tampoco quién es el mayor accionista de la
empresa propietaria del periódico que más apoya al Gobierno?
—No tengo ni idea.
—¿Te suena un tal Michael Gordon?
—¿Quién es? ¿Un jugador de la NBA?
—No precisamente. Resulta que es el actual presidente de la WFD. Y resulta
también que el Nou Hospital es propiedad de esa fundación. Y eso es lo que se conoce
públicamente. A saber qué otras ayudas inestimables ha recibido o puede estar
recibiendo actualmente.
—¡Vaya! ¿Y tú de dónde sacas esa información?
—Leo la prensa, muchacho, y al llegar a las páginas de economía, no me las
salto como hace todo el mundo. Te aseguro que te enteras de cosas muy interesantes.
El pollo asado que habían pedido se había quedado frío. Le pidieron a Ahmad
que lo recalentase un poco.
—Pues de eso quería hablarte —continuó Jaime—. El otro día estuve viendo la
página de internet que tiene el hospital. Está bastante bien hecha, por cierto. Es para no
creérselo la cantidad de cosas que han conseguido estos tíos en la experimentación con
clones de animales; eso sin hablar de las prácticas que llevan haciendo con embriones

38
humanos. En este terreno no han tenido tanto éxito pero sí han logrado regenerar en
parte corazones de algunos pacientes que habían sufrido infartos; lo malo es que el
problema del rechazo sigue ahí y es un peligro muy frecuente.
Álvaro escuchaba a su amigo con interés y le planteó una cuestión que le
rondaba la cabeza los últimos días.
—Desde hace unos meses, estoy dedicando algunos ratos antes de acostarme a
estudiar medicina regenerativa y siempre me asalta la misma pregunta: ¿por qué hay
tanto afán por clonar embriones humanos y aplicarlos a la terapia celular? Todo el
mundo que conoce algo del tema sabe que existe un alto riesgo de que se genere un
cáncer. Es algo comprobado; no entiendo por qué usan células embrionarias en vez de
servirse de células madre adultas que tan buen resultado están dando en muchos
tratamientos.
La pregunta dejó pensativo a su amigo.
Ahmad trajo los dos platos de pollo caliente con patatas fritas recién hechas. Se
lo agradecieron.
—El otro día —continuó Álvaro— leí en una revista de la biblioteca un artículo
acerca de las grandes ventajas de las células madre adultas y mencionaba
particularmente las células madre derivadas de la médula ósea; es facilísimo acceder a
ellas y son del mismo sujeto que se quiere curar, con lo que se evita el rechazo.
Recordaba, además, que se han usado durante décadas en el tratamiento de
enfermedades hematológicas malignas. Ya hace mucho tiempo que se han trasladado las
experiencias del laboratorio a la aplicación clínica y se han tratado con éxito infartos de
miocardio usando células madre de músculo esquelético y de médula ósea. Además, así
te evitas todo el problema que muchos plantean sobre las dificultades éticas para su uso.
La información que Álvaro tenía sobre el tema parecía clara y precisa.
—¿Pero tú te das cuenta de lo que significaría ser el primero que consigue esos
mismos resultados con otro tipo de técnicas? —observó Jaime—. Saldrías en todas las
revistas científicas y en todos los periódicos del país: «Primer corazón totalmente
regenerado en España a partir de un clon del enfermo», con tu nombre debajo. Además,
te apuesto lo que quieras a que, con el tiempo, resultará mucho más económica la
clonación terapéutica que buscar y extraer células madre adultas. Al menos, eso he leído
en la página web de ese hospital.
Álvaro no parecía muy convencido de lo que decía su amigo.
—Vale, pero yo sigo sin estar seguro de que todo eso esté bien. Vamos a ver: si
dejaras crecer el embrión que vas a eliminar con el fin de obtener sus células
indiferenciadas, ¿no llegaría a convertirse en un ser humano? ¿Acaso no lo es ya en ese
estado? Recuerda que tanto tú como yo hemos sido embriones y estamos aquí porque
nos dejaron seguir adelante.
—Pues no me acuerdo. Es que era muy pequeño entonces, ¿sabes?
—Bueno, bromas aparte, ¿no habías pensado en eso?
—Lo que me parece es que ya están aflorando otra vez tus problemas de
conciencia. ¿Te ha comido el coco algún cura o alguien por el estilo?
—No, simplemente me planteo preguntas sobre cosas que mucha gente acepta
como normales y sin trascendencia alguna y yo no las veo tan inocentes.
—Pues quiero que sepas —concluyó la conversación Jaime, que se había puesto
un poco tenso con los comentarios formulados por Álvaro— que voy a hacer lo posible
para entrar en ese hospital porque me parece que es el sitio donde voy a poder trabajar
mejor. ¿Te figuras lo que supone poder dar esperanzas de curación a personas que la
han perdido por completo?
Los ojos de Jaime centelleaban mientras se dirigía a su amigo.

39
—Es lo que más deseo en estos momentos —le confesó—. De hecho, ya les he
enviado mi currículum y estoy seguro de que un día de éstos me van a llamar. Además,
conozco a una persona que trabaja allí desde hace mucho tiempo y pienso que va a
poder ayudarme a entrar.
—¿Quién es? ¿El encargado del jardín? —preguntó Álvaro con sorna.
—No, hombre. —Jaime, que se había irritado un poco, parecía más sereno tras la
broma de su amigo—. Se trata de una de las mujeres que trabajan en recepción. Lleva
allí desde el inicio del hospital y siempre ha tenido mucho contacto con los directivos
del centro. Se llama Pilar y es una vieja amiga de mi tía. Bastante más amable que ella,
por cierto.
—Pues nada, chico, que tengas suerte.
—Suerte, no: no tengo ninguna duda de que me van a coger.
Jaime sacó del bolsillo trasero de su pantalón una carta con el remite del Nou
Hospital.
—¡Vaya! ¿Es que ya te han contestado?
—Claro. Aunque ésta es sólo una de las muchas cartas que recibo diariamente
con ofertas de trabajo en hospitales y clínicas del mundo entero.
—Bueno, vale, vale. Déjate de rollos. O sea, que, ¿ya te habían escrito? —le
preguntó Álvaro.
—Sí; y parece que les intereso. Tú podrías venirte conmigo también —le
propuso Jaime.
La propuesta le sorprendió.
—Bueno, para eso ya habrá tiempo.
—No. Lo pondré como condición. Te debo mucho, como estudiante y como
amigo. Si no fuese por la ayuda y los consejos que me has ido dando estos últimos años,
no estaría ahora en condiciones de trabajar en ese hospital.
La idea no parecía desagradar a Álvaro. Después de todo, en algún sitio tenía
que empezar a trabajar.
—Hazlo por mí, por favor —le suplicó su amigo—. Creo que si estamos juntos,
me sentiré más seguro.
—Pero primero tendrás que esperar a que te confirmen que te quieren allí.
Ahmad les trajo el postre y continuaron hablando de otros temas. Al terminar de
comer, pidieron la cuenta.
—¿A quién le toca hoy, Ahmad?
—A ver; déjame que lo mire. —El iraní consultó la libreta que siempre llevaba
consigo—. Aquí dice que le toca a Jaime.
Hacía tiempo que habían llegado al acuerdo de invitar cada vez uno y era el
propio Ahmad quien les recordaba el turno.
—Revisa esos papeles, querido amigo, porque me parece que siempre tengo que
pagar yo —se quejó amablemente Jaime, mientras sacaba su billetera del bolsillo.
—Me parece que lo que te pasa es que tu memoria es selectiva, chico —bromeó
el iraní.
—Hasta la próxima —se despidieron.
—Que os vaya bien —respondió Ahmad.
Ya estaban en la puerta cuando le llamó el iraní.
—¡Jaime!
—¿Qué quieres? ¿No has tenido suficiente propina? —bromeó el joven.
Ahmad señaló la mesa que acababan de dejar libre.
—¡Mecachis! —Jaime se acercó a recoger su teléfono móvil que, por enésima
vez, había estado a punto de perder—. Gracias, chaval.

40
—No hay de qué. Pero a la próxima, me lo quedo.

Después de la muerte del chico en el asalto a la joyería, Álvaro y el inspector


Agulló se habían visto en alguna ocasión por la calle y habían descubierto que eran
vecinos; les separaban cuatro portales en la Avenida de Campanar. La charla había
surgido con naturalidad y cierta amistad había empezado a forjarse entre ellos. Un
restaurante cercano les había servido de punto de encuentro en las dos o tres ocasiones
que habían quedado desde que se conocieron.
Álvaro había recibido una llamada del policía, invitándole a dar una vuelta al día
siguiente. El joven médico había notado cierta insistencia en Paco: «Tenemos que
hablar mañana; no es nada grave pero sí estoy interesado en que me aclares un asunto»,
le había dicho por teléfono la noche anterior. Quedaron en verse a las ocho y media de
la tarde en el portal de la finca de Álvaro.
A la hora en punto, Paco se encontraba en el lugar de la cita. Álvaro se retrasó
unos minutos.
—¿Dónde quieres que vayamos?
—Me da igual —le contestó Paco—. Podemos pasear un rato hacia el río y
luego, ya veremos.
Paco comenzó su interrogatorio:
—Supongo que tú, como médico, estarás bien enterado de eso que salió el otro
día acerca de la clonación terapéutica que van a practicar en ese hospital, ¿verdad?
—Bueno, algo sé — respondió Álvaro.
—Para un ignorante como yo sobre todos estos temas, a lo mejor podrías
aclararme un poco de qué va todo ese asunto, porque dicen que se van a curar un
montón de enfermedades a partir de ahora.
—Eso afirman algunos —comenzó a explicarle Álvaro—, pero el hecho es que,
como todavía no se ha aplicado en la práctica, no se sabe qué resultados va a tener.
Llegaron hasta el final de la calle y decidieron sentarse en un banco.
—En resumen, se trata de introducir el núcleo de una célula de la persona en
cuestión en un óvulo, al que se le ha quitado previamente el suyo. ¿Me sigues?
—Hombre, de momento, sí —le respondió Paco—. Después de todo, he hecho
bachillerato de ciencias y algo de esto ya sé por mi trabajo en la policía científica. Pero,
bueno, para eso estamos aquí, para que tú me lo expliques de modo que me entere bien
del asunto.
—Como recordarás, todo el material genético se encuentra en el núcleo del
óvulo fecundado del que hemos salido tú o yo; ese óvulo, que también se llama
ovocito…
—¡Ah, claro! «ovo», de huevo y «cito», de célula. Ahora me acuerdo un poco
más —comentó Paco.
—Exacto. Pues ese ovocito fecundado va creciendo en el útero de la mujer y al
cabo de nueve meses nace el niño. Ese niño será un clon; es decir, será genéticamente
igual a la persona que cedió el núcleo de una de sus células. De esta manera, si la
persona que ha aportado el núcleo tiene un riñón que no le funciona, por ejemplo, se le
trasplanta uno de su clon y se evita el riesgo de rechazo, que es uno de los principales
problemas que se da cuando se hace un trasplante.
—Sí, ya había oído algo de que todo parecía muy fácil con la nueva técnica.
Pero suena un poco fuerte fabricar personas para tener cada uno sus propias reservas de
órganos. Vamos, a mí no me parece bien la cosa.

41
—Claro —respondió Álvaro—. Eso no se lo plantea nadie; sería utilizar a seres
humanos como simples objetos de repuesto. Pero no es eso lo que se hace. La clonación
terapéutica no deja crecer al niño. Cuando el cigoto, es decir, la célula resultante de la
unión del óvulo con el espermatozoide, se ha ido multiplicando hasta tener entre cien o
doscientas células, más o menos...
—Momento en que se le llama blastocisto, ¿verdad? —apuntó Paco.
—Exacto. Se ve que sabes más de lo que me decías.
—Un poco; pero continúa, por favor.
—Del blastocisto se aísla la masa celular interna y comienzan los biólogos a
cultivar esas células hasta obtener muchas, millones. Después, se hace que se conviertan
en células del corazón, o de la sangre, o hepáticas; o simplemente las introducen en el
sistema circulatorio y ellas mismas detectan dónde hay una lesión. Acuden allí y se
transforman en células del mismo tipo que, por decirlo de algún modo, las que están
estropeadas; así, el órgano dañado se recupera.
—¡Caramba! ¿Y cómo es posible que se transformen en cualquier tipo de
células?
—¿No has oído hablar de las células madre? —preguntó Álvaro, sorprendido.
—Sí. Pero lo que me gustaría es saber cómo consiguen eso: transformar un tipo
de células en otras del tipo que quieras.
—Bueno, no es tan fácil el asunto; hace falta mucha experimentación y pasar por
muchos fracasos para alcanzar algún resultado. Esa transformación es lo que se llama
diferenciación celular; es algo realmente asombroso y nadie sabe todavía cómo se ha
llegado a ello.
—¿A qué te refieres? —le preguntó el policía.
—Pues al hecho de que en el desarrollo embrionario a partir del óvulo
fecundado, cada célula procedente de la subdivisión de esa primera célula sepa en qué
tipo de tejido debe transformarse y hacia dónde tiene que migrar dentro del organismo
que se va formando: si tiene que convertirse en célula epitelial de un brazo, en tejido
pulmonar o en una neurona del cerebro. ¡Es impresionante! ¿No te parece? —las
palabras de Álvaro no dejaban de expresar su admiración.
—Desde luego que lo es. ¿Y todo eso, por evolución?
—Hombre, hay gente que así lo cree. A mí me parece que hay algo que ha
ordenado la evolución; llámalo Dios o como te venga en gana. La prueba es muy
sencilla: si tú dejas papeles encima de tu mesa, expedientes de asuntos en los que estés
trabajando, pruebas de un caso o lo que se te ocurra, lo más probable es que se quede
donde lo has dejado y no se organice todo al estilo Mary Poppins, ¿verdad? O alguien se
encarga de poner orden a todo eso o el caos llama al caos.
—Dímelo a mí —dijo Paco, con cara de circunstancias—. Cada vez que tengo
que buscar en casa alguna herramienta para arreglar algo que se ha estropeado, me
cuesta sangre encontrarlo porque nunca me acuerdo de dónde lo dejé la última vez.
El tiempo iba pasando y Paco se decidió a preguntar a su amigo lo que más le
intrigaba.
—¿Y tú qué piensas sobre eso de coger embriones y usarlos para curar a otros?
—Paco, me parece que todo lo que te he contado ya lo sabías y te has hecho el
tonto preguntando, ¿no es así?
—Bueno, todo no, pero sí casi todo —confesó—. Tener conocimientos de
genética, del ADN y de temas relacionados con esto forma parte de mi profesión.
Sinceramente, lo que quería saber es tu opinión sobre este asunto. De verdad, ¿tú qué
piensas?
—Mira, hasta hace poco se estaban usando embriones congelados sobrantes de

42
fecundación in vitro, pero, claro, como había que esperar cinco años desde la
fecundación, no fuesen a ser reclamados por los progenitores, y como no son del mismo
enfermo al que se quiere curar, se dan dos problemas: el primero es que las células
madre que se obtenían, al haber pasado tanto tiempo, no eran de buena calidad, y el
segundo es el de la incompatibilidad inmunológica. A principios de este año, se aprobó
la nueva ley que permite experimentar directamente con los embriones que no han sido
implantados. Con la nueva técnica de la clonación terapéutica todo saldrá mejor, o al
menos, eso se espera.
—Sí, ya, pero no me has contestado. ¿Te parece bien o no? Tú eres médico y
sabes lo que es la vida y lo que cuesta cuidar de ella. ¿Tenemos derecho a producir un
pequeño ser humano con el fin exclusivo de curar a otro, a costa de su propia
existencia?
Álvaro se sentía confuso y, en cierto modo, acorralado por las preguntas de su
amigo. Procuró no salirse de lo políticamente correcto.
—Hay médicos que opinan que eso no es un ser humano. Otros afirman que se
trata de un homicidio. Para suavizar el asunto, incluso hay un grupo de científicos
americanos que ha anunciado la obtención de células madre embrionarias sin necesidad
de destruir al embrión.
—Ya, pero eso tardará en ser algo normal —le replicó Paco.
—Para serte sincero —continuó Álvaro— no sé qué decirte. ¿Que la cosa
funciona bien? Pues adelante. Eso es tema para los políticos. Además, si se puede hacer
técnicamente, ¿qué te impide llevarlo a cabo?
—Pues muy sencillo —le respondió Paco—. Considerar que el embrión es un
ser de nuestra especie, del que hay que cuidar. Mira, Álvaro: para mí, que estas nuevas
leyes que se están poniendo en práctica responden más a los intereses de determinados
investigadores y a las industrias relacionadas con la reproducción asistida que a una
demanda social. En el fondo, tengo que confesarte que me defraudas con lo que me
acabas de decir.
Las palabras del policía sorprendieron a Álvaro. Paco continuó.
—Tanto tú como yo estamos del lado de la vida: en mi caso, para que la
conserven los que ya la tienen, evitando, en la medida de mis posibilidades, homicidios,
robos o agresiones, de modo que todos puedan llevar una vida digna y tranquila; y en el
tuyo, para que puedan disfrutarla sanos, pero con la condición de que se le dé a uno la
oportunidad de empezar a tenerla.
—Bueno, Paco, no te pongas tan trascendente.
Álvaro consultó su reloj, con ganas de terminar.
—Quizá ya sea hora de volver a casa, ¿no te parece? —sugirió.
—Sí, es la hora. Me esperan una mujer y cinco niños hambrientos para cenar —
dijo Paco sonriendo—. Ya nos vemos otro día. Gracias por tus explicaciones. Ahora ya
sé un poco más del asunto y puedo opinar.
—Gracias también a ti, Paco. Pensaré en esto que me has dicho. Te lo prometo.

La selección de enfermos a los que se les aplicaría la clonación terapéutica fue


comunicada por correo certificado al domicilio de cada uno de los elegidos. El
subdirector del GIBI, el doctor Diego Zuazo, había sido designado para explicar a los
padres o tutores de los chicos la gracia que les había caído en suerte y lo que llevaría
consigo: el seguimiento médico más cercano que iban a disfrutar, las grandísimas
posibilidades de curación de la enfermedad que arrastraba cada uno y toda una serie de

43
consideraciones que sería necesario tener en cuenta en adelante.
Con este fin, fueron convocados para asistir a una reunión informativa que iba a
tener lugar en el pequeño salón de actos del hospital. En la mesa del estrado se
encontraba Fernando Miralles, acompañado por Zuazo, el doctor Hierro, la doctora
Alarcón, el doctor Camacho y el doctor Guillermo Díaz, decano del equipo médico del
Nou. Éste era el grupo elegido por Miralles para constituir la Unidad de Regeneración
que empezaría a realizar milagros con los pacientes seleccionados. Entre el público se
encontraba ni más ni menos que Gil Gómez. No había querido perderse la sesión y, al
mismo tiempo, iba a aprovechar su estancia en Valencia para organizar el trabajo según
el plan diseñado de antemano. Había algunos periodistas de la prensa local, además de
los corresponsales de los periódicos de tirada nacional y otros de revistas médicas y
científicas.
—En primer lugar —comenzó Zuazo—, quiero felicitarles a ustedes y a sus
hijos por la elección de que han sido objeto. Como muchos de los presentes sabrán, en
el momento actual, dentro de la Unión Europea solamente hay autorizados dos
protocolos para clonar embriones humanos, ambos en el Reino Unido. Uno se lleva a
cabo en la Universidad de Newcastle y el otro lo está desarrollando el grupo que dirige
Ian Wilmut, el creador de la oveja Dolly. En España, el Nou Hospital es el primer
centro que obtiene este permiso, y sus hijos han sido escogidos para ser unas de las
primeras personas que, si la ciencia lo permite, quedarán curadas de su enfermedad
gracias a la nueva técnica terapéutica.
El comienzo de la sesión no podía ser más halagüeño. Interesaba que fueran
conscientes de la fortuna que habían tenido al ser escogidos. Tras una pequeña pausa,
continuó su discurso.
—Como queremos cuidar de la salud integral de sus hijos, el hospital necesita
estar informado día a día de las lesiones, catarros, agravamientos de su enfermedad y
todo aquello que pueda afectar a su salud. Para ello, a cada uno se le dará una pequeña
pulsera, que recoge información del estado general del organismo y que deberán llevar
en la muñeca derecha las veinticuatro horas del día.
—¿Una pulsera? —preguntó una mujer que estaba sentada en la primera fila—.
¿Me puede explicar qué tiene de especial esa pulsera?
—Mi querida señora, lo que usted me pregunta es secreto profesional: nuestros
técnicos informáticos y telemáticos han sido capaces de construir ese pequeño artefacto
después de mucho esfuerzo y trabajo. Sólo puedo decirle que su desarrollo empezó a
partir de un brazalete(4), ideado en el año 2004 por una empresa española, en
colaboración con el departamento de Biotecnología y Telemedicina de la Universidad
Politécnica. Fue un invento que dio buenos resultados. Nosotros los hemos mejorado.
Ha sido probado ya en algunos pacientes de nuestro hospital y le aseguro que funciona
perfectamente. Además, para preservar la tecnología que tanto ha costado desarrollar, si
alguien trata de desmontar la pulsera, el sistema se autodestruye. Somos muy celosos de
nuestro trabajo.
—¿Y qué hay que hacer con el brazalete? ¿Darle cuerda o algo así? —La
pregunta la hizo un señor gordo del fondo que estaba acompañado por un chico de unos
dieciséis años, supuestamente su hijo.
—Simplemente, debe llevarse siempre puesta. La pulsera, que la hemos
bautizado con el nombre de Jove, integra lo último en GPS y una serie de sensores que
detectan movimientos, estados de inconsciencia, la temperatura y otras condiciones
corporales. Es sumergible pero hay que tener cuidado con los golpes; se trata de un
mecanismo delicado. Una pequeña luz verde encendida indica que está funcionando
correctamente.

44
—He oído hablar de aparatos parecidos a éste —dijo un señor—. Algunos llevan
un localizador. ¿Esta pulsera también lo incorpora?
—Sí —contestó Zuazo—. El brazalete lleva integrado un módulo de localización
geográfica vía satélite. En el caso de que se le pierda la pulsera al niño, sólo tendría que
avisar al hospital y les informaremos de su posición exacta.
—Y, de paso, si se pierde el niño, también podremos encontrarle —comentó una
mujer de la tercera fila, provocando las risas de los asistentes.
Otro dijo:
—Esto le iría muy bien a mi padre, que sufre demencia senil. A veces le da por
salir a la calle y no hay modo de saber dónde se ha metido.
—De hecho —explicó Zuazo—, el origen del sistema está relacionado con la
teleasistencia móvil para personas mayores. Como, de momento, vamos a dedicarnos a
pacientes de menos edad, es por eso que la hemos denominado Jove.
—De acuerdo —intervino de nuevo el señor que había preguntado sobre el
localizador—. Pero, concretamente, ¿qué debe hacer el chico o la chica con la pulsera,
aparte de llevarla encima?
—Prácticamente nada. Sólo hay que recargar la batería cuando la luz verde del
pequeño piloto que está en medio del teclado pase a color rojo. Es la señal de que la
batería empieza a agotarse. La pulsera funciona casi como un móvil GSM/GPRS: podría
recibir llamadas, SMS y correos electrónicos. Pero, para simplificar el diseño y reducir
el tamaño, sólo hemos conservado las funciones relacionadas con el envío de
información sobre el paciente. Los datos de su estado físico son transmitidos
automáticamente al hospital. En algunos casos, convendrá que el paciente lleve una
camiseta de látex que contiene otros sensores integrados para medir el nivel de oxígeno
en sangre, la actividad eléctrica del corazón y la presión sanguínea. Casi no la notará: es
elástica, lavable y antialérgica; sin problemas, vaya.
Zuazo dio un pequeño sorbo al vaso de agua que tenía sobre la mesa y continuó.
—Aunque hemos insistido en que deben tener la pulsera siempre puesta, en
determinados momentos pueden quitársela. Por ejemplo, cuando haya que recargar la
batería; no pasa nada si, por comodidad, el chico no la lleva durante ese tiempo. Para
ello, dispone de un teclado exclusivamente diseñado con este fin y también para
ajustársela a la muñeca de cada uno. El paciente puede liberarse de la pulsera después
de teclear un simple código, que es el de la fecha de su nacimiento. En primer lugar, los
cuatro dígitos del año, después los dos dígitos del mes; a continuación, el día del mes,
también con dos dígitos y, por último, habrán de pulsar dos veces el número 0. Al
volver a ponérsela, tendrán que pulsar tres veces el botón asterisco para que se active el
cierre de seguridad.
—Todo eso está muy bien —dijo un caballero de la primera fila, que estaba
tomando nota de todo—. Pero lo que a mí me interesa es saber si mi hija se va curar, y
cuándo, de la insuficiencia coronaria que padece desde que nació.
—Eso, señor…
—Domingo González.
—Para eso es este... montaje, por calificarlo de algún modo. Toda la información
que tengamos sobre sus hijos nos ayudará a conseguir su curación. Los resultados de las
clonaciones terapéuticas que vamos a llevar a cabo son, para serles franco,
impredecibles, pero existe una esperanza grande en que tendremos éxito en un plazo de
tiempo relativamente corto.
—Perdone, señor doctor —quien hablaba era una mujer joven, de unos 35 años,
que tenía junto a sí a un pequeño de diez—. He oído que este tipo de terapia celular
puede generar cáncer por lo incontrolables que se muestran las células madre

45
embrionarias, por muy propias del paciente que sean.
—Le puedo asegurar que hemos llevado a cabo experimentos de medicina
regenerativa en mamíferos y ese hecho se ha producido en un porcentaje muy bajo de
los casos. Vale la pena el riesgo, se lo aseguro.
—Con el permiso del doctor Zuazo —intervino Miralles, dirigiéndose al público
que tenía enfrente—, me gustaría advertirles de que, para tener la información
actualizada de la salud y estado físico de sus hijos gracias a la pulsera Jove, conviene
que para cualquier atención médica que necesiten acudan al Nou Hospital. De este
modo, podremos seguir llevando el historial clínico completo de sus hijos, sin carecer
de ningún dato que quizá pueda ser relevante en el seguimiento que vamos a hacer de
cada uno.
—¿Y si tengo que acudir por alguna urgencia al ambulatorio del barrio? —
preguntó una señora.
Esta vez fue el doctor Díaz quien habló.
—En ese caso, sólo tendrá que informarnos a continuación. Pero siempre será
mejor que se le atienda en nuestro hospital, donde conocemos mejor a su hija o a su
hijo. De todas formas, no se preocupe demasiado por eso, está todo bien pensado para
que salga bien el experimento y...
—Lo que el doctor Díaz quiere decir —le cortó Miralles— es que el mejor
centro de atención médica para sus hijos es el nuestro y que no vale la pena acudir a
otro. Después de todo, Guillermo Díaz es el decano de los médicos de nuestro hospital y
tiene derecho a presumir, ¿no le parece?
Miralles pronunció estas últimas palabras con una sonrisa forzada. A duras
penas consiguió disimular el conato de enfado que unos segundos antes había sentido al
escuchar al viejo doctor. Quizás había dado un paso en falso al elegirle como miembro
del grupo.
Cuando todos los presentes saciaron su curiosidad acerca del nuevo método que
se iba a aplicar a sus hijos, Miralles continuó con la presentación de sus colaboradores.
Se trataba de los jefes de sección de lo que desde entonces sería la UR, la Unidad de
Regeneración del hospital. Cada médico tenía encomendada una especialidad dentro de
la unidad: el subdirector, doctor Zuazo, iba a ser el encargado de regeneración de tejidos
epiteliales y de la estructura ósea; el doctor Hierro se aplicaría al sistema inmunológico;
la doctora Alarcón era la experta en el sistema nervioso, el doctor Camacho estaba
especializado en endocrinología y el doctor Guillermo Díaz sería el responsable de la
aplicación clínica de la nueva técnica a tejidos cardiacos y pulmonares. Por su parte,
Miralles organizaría el trabajo del equipo y procuraría estar un poco en todo.
Quedaba por tratar una cuestión peliaguda. Esta vez le tocó a Carmen Alarcón
dirigirse al público que escuchaba.
—Como ya ha dicho el doctor Miralles, mi cometido dentro de la UR será
coordinar la atención de los enfermos que padezcan algún mal relacionado con el
sistema nervioso y sus funciones: órganos sensoriales, memoria, aprendizajes, destrezas,
imaginación y todo lo que se les ocurra relacionado con nuestra complicada cabeza.
Existe un riesgo que me veo en la obligación de advertirles.
Después de comprobar que había logrado captar la atención de alguno que
pudiera haberse despistado, prosiguió:
—Si llegara a presentarse una situación de extrema gravedad, el paciente
probablemente deberá permanecer ingresado durante una larga temporada en la UR, ya
que las células madre embrionarias no tienen un mecanismo de acción inmediato y
necesitan tiempo para actuar sobre el organismo. Me refiero a casos como puede ser la
regeneración de gran parte de un órgano como el corazón, o el riñón, o a accidentes con

46
múltiples fracturas o con quemaduras en gran parte del cuerpo; en definitiva, situaciones
en las que existe un peligro próximo de muerte. En estas circunstancias, tendremos que
aplicar una fuerte estimulación nerviosa que produce la descarga de determinadas
hormonas y la producción de enzimas que aceleran en gran medida la división y
diferenciación celular oportuna de las células madre embrionarias en el enfermo.
A estas alturas, varios de los presentes ya se habían perdido. La doctora, sin
embargo, continuó con su explicación.
—Esta estimulación provocará pérdidas de memoria en el paciente, de
habilidades adquiridas o cambios en el carácter de la muchacha o del muchacho. Con el
tiempo, podrá ir recuperando lo que temporalmente haya perdido a causa de esta
intervención. El estado del paciente después de aplicarle el electrochoque será de un
prolongado aturdimiento y torpeza, pero le habremos salvado. No llegamos a resucitar a
nadie, pero mientras haya un aliento de vida, intentaremos no sólo conservarla, sino
recuperarla al cien por cien.
—Como ha explicado la doctora Alarcón —continuó Miralles—, ese riesgo
puede darse sólo en situaciones verdaderamente graves o urgentes, cuando la vida del
chico o de la chica corra auténtico peligro. Lo normal será que, una vez iniciado el
tratamiento de cada paciente con sus propias células madre embrionarias, tenga que
estar ingresado en la unidad de regeneración una temporada más o menos larga.
—¿Como cuánto de larga? —preguntó el señor González.
—Eso dependerá de cada enfermo. Esperamos alcanzar los resultados deseados
en el menor tiempo posible; cuente con varias semanas de internamiento. Tanto en un
caso de aplicación normal de la terapia celular como en el caso de extrema gravedad
que ha descrito la doctora Alarcón, los enfermos estarán aislados dentro de la unidad
todo lo que dure el tratamiento. Lo sentimos mucho —continuó Miralles—, pero no
podrán ver a su hija o a su hijo en ese tiempo.
Una vez que el doctor Zuazo dio por terminada la reunión, los asistentes
desalojaron la sala y se escucharon algunos comentarios por los pasillos del hospital que
reflejaban cierta preocupación. La mayoría, sin embargo, se felicitaban por haber tenido
la suerte de haber sido escogidos entre centenares de personas para ser curados con las
nuevas tecnologías. No faltaron incluso algunos elogios al Gobierno y al Ministerio de
Sanidad.
A lo largo del mes siguiente, fueron pasando los pacientes seleccionados para
someterse, uno tras otro, a diversas pruebas y revisiones, con el fin de comenzar a
producir los primeros clones humanos con fines terapéuticos en el país.

47
Capítulo 7

Las primeras semanas en el Nou Hospital habían resultado realmente duras para
los dos nuevos médicos. Tenían la impresión de estar siendo sometidos a prueba para
demostrar su capacidad de trabajo y confirmar la realidad del halo de prestigio que
ambos traían consigo.
Jaime se puso en contacto enseguida con el hospital después de recibir la carta
en la que le ofrecían la posibilidad de incorporarse tras una entrevista previa que se
suponía iba a ser severa. Sin embargo, no lo fue tanto y el joven médico advirtió al poco
de comenzar que realmente querían contar con él. Cortés le habló de las condiciones
laborales, del sueldo y de las posibilidades de ascender poco a poco. Jaime se manifestó
conforme con todo pero dejó claro que no estaba interesado lo más mínimo en subir
escalones hacia puestos directivos. Deseaba el contacto con el enfermo día a día y
evitar, en la medida de lo posible, todo lo relacionado con papeleos y burocracias. Antes
de firmar, aprovechándose del manifiesto interés que había notado en el director del
Nou Hospital por hacerse con sus servicios, Jaime —un tanto titubeante por dentro pero
firme en el exterior— formuló su deseo de que Álvaro fuese también contratado.
Ante la cara de asombro que puso Cortés por la sorprendente propuesta, expuso
las buenas cualidades de su amigo. Tenía un magnífico expediente académico, que
venía acompañado de una excelente calificación como médico interno residente y, sobre
todo, representaba para él más que un amigo y deseaba hacerle ese favor como
compensación a tantos otros que había recibido de su parte. Luis Cortés no se esperaba
una petición como ésa pero, ante la insistencia de Jaime, accedió a conceder una
entrevista a Álvaro Costa
Al día siguiente, fue Fernando Miralles quien charló con Álvaro y quedó
convencido de su valía. Se lo comunicó a Cortés y les cogieron a los dos. Después de
todo, andaban detrás de un buen neurólogo desde hacía tiempo. La falta de experiencia
quedaría suplida en poco tiempo por la enorme cantidad de trabajo que tendría que sacar
adelante.

El hospital se encontraba situado en la esquina de las calles Amics del Corpus y


Doctor Nicasio Benlloch, en posición simétrica a las Escuelas Profesionales San José, al
otro lado de la avenida de Les Corts Valencianes. Tenía cerca un Hipercor y el último
Media Markt abierto en Valencia. La entrada principal se abría a la calle del Doctor
Benlloch. Cerca del recinto del hospital, en el solar donde se pensaba levantar el futuro
estadio de fútbol del Valencia C. F., destacaba una chimenea de mediados del siglo
XIX, que formaba parte de un molino construido en 1771. Al ser parte de la historia de
la ciudad, la chimenea quedó intacta cuando se derribó todo lo que había a su alrededor,
de modo que permanecía allí como un elemento patrimonial decorativo en total
contraste con el entorno.
El Nou constaba de tres edificios rectangulares de diferentes tamaños, que

48
formaban un gran triángulo. Un amplio jardín ocupaba el espacio interior. Resultaba un
lugar agradable como zona de esparcimiento para los enfermos ingresados, aunque la
sensación de estar encerrado entre tres altas paredes de ladrillo y cristal no era fácil de
salvar. El acceso al centro se hacía por el edificio destinado el hospital materno-infantil.
Al final de este primer bloque se encontraba la entrada de urgencias.
El segundo edificio, que era el que daba a la calle Amics del Corpus, había sido
sustituido en sus funciones por el mayor de ellos, situado en la parte interna del solar,
que no se veía desde la calle. Era el menor de los tres y acababa de ser transformado en
la Unidad de Regeneración. En el edificio que cerraba el triángulo se encontraba el
hospital general, con las asistencias de cada especialidad.
Las tres construcciones eran iguales en altura y constaban de cinco plantas
aéreas y tres sótanos. El primer sótano del edificio de acceso albergaba diversos
servicios del hospital que requerían equipos grandes y pesados, así como algunos
laboratorios de investigación y dos animalarios: uno para primates y otro para animales
pequeños como ratones, ratas, conejos, renacuajos y ajolotes. Los sótanos dos y tres
servían de aparcamiento para el personal. En el exterior, a continuación de la entrada de
urgencias, un recinto vallado quedaba reservado como zona de estacionamiento para los
clientes.
El modo en que estaba dispuesta la construcción permitía la comunicación
interior entre los tres edificios. Sin embargo, desde que el más pequeño de ellos se había
destinado a la UR, sólo se podía acceder a él a través del que servía como hospital
general. La unidad disponía de una entrada en cada planta, pero se requería una tarjeta
magnética identificativa para franquear la puerta. Pocas personas conocían cómo había
sido rediseñada esa zona del hospital.
En el sótano uno del hospital general se ubicaban los servicios de medicina
nuclear y de radiodiagnóstico de adultos y el pequeño salón de actos donde había tenido
lugar la sesión informativa con los padres de los chicos seleccionados para la terapia
celular. La planta baja acogía las urgencias que llegaban al centro, los servicios de
maternidad y pediatría, varios laboratorios de análisis y el bar-restaurante. Medicina
interna, endocrinología y neumología, cirugía general y aparato digestivo constituían las
especialidades de las tres primeras plantas. En la cuarta se encontraba el servicio de
cirugía cardiovascular y de reanimación, donde trabajaba Jaime, y en la última planta, la
de neurología, tenía Álvaro su consulta. Lo que más impresionaba a todo aquel que
entraba en el Nou Hospital por vez primera era la extraordinaria luminosidad de los
pasillos y estancias generales. Prácticamente estaba todo acristalado, parecía como si no
hubiera muros en los pasillos.

El horario laboral terminaba alargándose un buen rato todos los días debido a
alguna visita a determinado enfermo al que no se había podido atender debidamente en
su momento, a la redacción de algún informe pendiente o a la anotación de experiencias
clínicas que se iban acumulando, con el fin de estudiarlas algún día que seguramente
nunca llegaría.
Con la llegada de Jaime y Álvaro al hospital coincidió una buena oferta de
ordenadores portátiles que la casa Toshiba presentó al centro sanitario. Habían hecho su
agosto con la venta de un gran lote de aparatos para la sede de la fundación en Madrid y
a Eulogio Miralles le había parecido oportuno hacer lo mismo en el Nou. Como
resultado de la operación, cada médico del hospital dispuso de un ordenador portátil a
estrenar en la mesa de su despacho con los últimos adelantos incorporados y con

49
conexión a internet a través del servidor del propio hospital. Las horas de navegación
eran limitadas para evitar pérdidas de tiempo, aunque el acceso al correo electrónico,
tanto externo como interno, estaba siempre abierto. Para abaratar costes y facilitar la
configuración de los aparatos, todos los ordenadores pertenecían al mismo modelo.
El asunto tenía su trampa ya que, al tratarse de equipos portátiles, si uno no
terminaba su trabajo en el hospital, podía y debía llevarse a casa el ordenador para
acabarlo allí, si no deseaba hacerlo en su despacho. Por indicación del director, toda
actividad realizada en el Nou con los pacientes del hospital debía estar registrada en el
ordenador que hacía de servidor, como muy tarde, a las nueve de la mañana del día
siguiente.
Los informes que redactaban los dos nuevos doctores no dejaban nada que
desear si se los comparaba con los que hacían, de modo ya rutinario, los veteranos del
lugar. A Jaime le habían llegado algunos comentarios al respecto y no disimulaba su
contento, ya que le servían, además, para ganarse el respeto de los demás médicos y del
personal auxiliar. Disfrutaba extraordinariamente con su trabajo y, además, le pagaban
por ello. ¿Qué más podía pedir? Sí que, en ocasiones, acababa rendido y procuraba
buscar al final del día la compañía de Álvaro para comentar lo que había sido la jornada
y tomarse un café tranquilamente en el bar del hospital.

—¡Eh, Jaime! —Álvaro trataba de llamar la atención de su amigo desde la


puerta del bar por la que había entrado, mientras éste salía en ese momento por la otra.
—¿Qué? ¡Ah, hola! ¿Qué hay de nuevo, viejo? —le saludó, volviendo sobre sus
pasos.
—Oye, esta noche voy a ir a visitar a Paco. ¿Te acuerdas de él?
—¿El poli amigo tuyo?
—El mismo. Aunque somos casi vecinos, sólo hemos tenido ocasión de vernos
por la calle o en un bar que nos pilla cerca a los dos. Hoy me ha llamado y me ha dicho
que ya es hora de que vaya a su casa. Me ha invitado a conocer a su mujer y a sus hijos
esta tarde, pero no quiero ir solo y me preguntaba si querrías acompañarme. El pequeño
tiene tres meses y me ha asegurado que es una ricura.
—¡Qué te va a decir el hombre! —exclamó Jaime.
Álvaro, que conocía la predilección de su amigo por los niños, estaba seguro de
su respuesta.
—Vale. ¿A qué hora quedamos?
—Yo termino hoy a las seis y media. Entre unas cosas y otras, supongo que a las
siete estaré presentable para ir de visita. ¿Te parece bien a esa hora?
—De acuerdo; a las siete en la puerta principal. ¿Has traído hoy tu coche? —
Jaime sabía que Álvaro solía ir al trabajo caminando, ya que vivía cerca del hospital—.
El mío está en el taller y he venido en autobús.
—¡Claro! Y luego querrás que te lleve a casa, ¿no?
—Ya sabía yo que no te ibas a negar. Eres un buen amigo.

El niño, que habían bautizado con el nombre de Pablo, era precioso: sonrosado,
mofletudo y sonriente. Jaime disfrutó de lo lindo, y con él, los padres de la criatura,
viendo cómo gozaba el joven médico con su hijo.

50
—Tenías que haber estudiado puericultura, Jaime —le comentó Luisa, la mujer
de Paco.
—Bueno, bueno —repuso Jaime—. Una cosa es que me gusten los niños y otra
que quiera estar todo el día con ellos. Lo mío va por otro lado. Las enfermedades del
corazón son las que más vidas se cobran: ya conocéis «las tres ces»: cáncer, carretera y
corazón.
—Claro —bromeó Álvaro—, por eso el chico se cuida tanto: fuma dos cajetillas
al día, está más gordo que una vaca y no hace nada de ejercicio.
—¡Eh, tú! Sin pasarte. Que mi corazón es mío y cuido de él como me parece.
—Pues yo creo que tu amigo tiene razón —comentó Paco—. Deberías hacer
algo de deporte para rebajar un poco esa barriga y quitarte la opresión que debes de
sentir.
—Bueno, hombre —intervino Luisa—, dejad en paz al chico, si es feliz así.
Además, le vais a dejar un poco cortado para la cena. Porque os vais a quedar a cenar,
¿verdad?
Ninguno de los dos había pensado en esa posibilidad, pero no dudaron en
aceptar el ofrecimiento y se quedaron aquella noche compartiendo la cena familiar.
Conservaban la buena costumbre, en opinión de Paco, de procurar reunirse todos
para la última comida del día, si les era posible, y en esa ocasión lo fue. Solían cenar
pronto, para que los chicos se fueran a la cama a una hora temprana. De este modo,
Álvaro y Jaime conocieron al resto de los hijos del matrimonio. La mayor era Teresa,
tenía quince años y casi no abrió la boca en toda la cena. Le seguía un chico de doce
años, muy despierto, que se llamaba Vicent y que no paró de hacer preguntas a Álvaro
sobre lo que pensaba acerca de los trasplantes de cerebro.
—Estoy leyendo una novela en la que al protagonista le cambian su cerebro por
el de Hitler —explicó el chico—. De momento, sólo he llegado hasta ahí. Ya te contaré
otro día que vengas cómo acaba.
Álvaro, divertido, se defendió como pudo ante el asalto constante del pequeño.
Amparo ocupaba el tercer lugar entre los hermanos; tenía ocho años y, según decía su
padre, era tan despierta como su hermano mayor, pero esa noche le dolía la barriga y no
tomó ni dijo casi nada. En cuanto terminaron de cenar, su madre le dijo que se acostara
y así lo hizo. El cuarto era un chico. Mariano tenía cinco años y no resultaba difícil
darse cuenta de lo mal que le parecían todas las atenciones que estaba empezando a
recibir su nuevo hermanito. «Tiene unos celos que no puede con ellos», le había
comentado Paco a Álvaro.
Entre unas cosas y otras, la cena se alargó y, a las diez, la señora de la casa envió
al resto de los hijos a la cama, recordándoles antes que se cepillasen bien los dientes.
Teresa dijo que necesitaba quedarse a estudiar un rato porque tenía un examen al día
siguiente que no había terminado de preparar.
—Vale, cariño, pero no te quedes hasta muy tarde —le dijo su madre. Y después
de darle un beso a su padre y a su madre y decir buenas noches al resto, la chica se fue a
su cuarto.
—Es muy responsable —explicó su padre, cuando ya se había retirado—. Si no
tiene claro que se lo sabe todo, no se queda tranquila. Así le va —continuó orgulloso—.
Todo dieces menos un aprobadillo en educación física.
—Si, se parece en eso a su padre —dijo Luisa—. Hasta que no está seguro de
algo, no da un paso.
—Bueno, mujer —se defendió Paco—. No seas exagerada. Es que tengo
deformación profesional. Ante una sospecha, me muevo, investigo y, si estoy seguro,
actúo y persigo a quien haga falta. Pero sólo si estoy seguro. Por cierto, no me equivoco

51
si te digo que hoy te toca a ti acompañar a Mariano a rezar antes de acostarse.
—Ya voy… ¿Habéis visto cómo me quita de en medio? Lleva la cuenta hasta de
eso —bromeó la mujer.
Al cabo de unos minutos, Luisa se reincorporó a la tertulia. La conversación
continuó sobre otros temas profesionales relacionados con la policía y con el hospital.
También hablaron de las respectivas familias y del número de hermanos de cada uno.
—Oye, Luisa —dijo Jaime—. Eso de tener una familia numerosa me parece algo
heroico en los tiempos actuales. Quizá será porque hay menos amas de casa que antes o
porque a las mujeres os gusta más trabajar fuera para realizaros.
—No es exactamente como dices, Jaime —le respondió Luisa—. La mayoría de
las veces, no se trata de realizarse sino de que no hay más remedio que buscar otro
sueldo para llevar las cargas económicas de la familia. En nuestro caso —dijo, mirando
a su marido—, al principio de nuestro matrimonio, Paco y yo quedamos en que
recibiríamos los hijos que Dios nos mandase y que yo continuaría trabajando como
aparejadora mientras fuera posible. Con la llegada de Vicent, tuve que dejar el estudio y
me convertí full-time en ama de casa. Nos apretamos un poco el cinturón y tiramos de
algunos ahorros. Y según fueron viniendo primero, Amparo y después, Mariano y
Pablo, pues, ¡qué te voy a decir!: para mí, se ha cumplido lo de que cada hijo trae un
pan debajo del brazo. No tenemos barco en el club náutico de Valencia ni apartamento
en El Saler. Pero tampoco se puede decir que nos falte algo. ¿O no? Paco, ¿tú comes
todos los días?
—¡Vaya si como! Y las cuentas las lleva al céntimo. —Se le veía orgulloso de
su mujer—. Pienso, Jaime, que más que hablar de heroísmo, como decías antes, se trata
de tener mucha paciencia con las personas y con las dificultades que surgen. Como
decía un amigo mío: el heroísmo es la virtud concentrada en una hora mientras que la
paciencia es el heroísmo extendido en muchas. Luisa es heroica y paciente.
—¿Queréis tomar una copa? —intervino Luisa, para desviar la conversación—.
Paco guarda una botella de cazalla que nos trajimos del mismísimo Cazalla de la Sierra
en un viaje que hicimos este verano. Sólo ofrece de ella a los más íntimos.
—No, muchas gracias —dijo Jaime—. Nunca pruebo el alcohol.
—¿Y tú, Álvaro? —le preguntó Luisa.
—No. Te lo agradezco de veras; cualquier cosa un poco fuerte que tomo se me
sube enseguida a la cabeza y debo ir con cuidado.
Se les hicieron las diez y media y fue Álvaro quien sugirió que tendrían que irse.
—Ésta es tu casa —le dijo Luisa—. Ven cuando quieras y no tienes que poner
ninguna excusa para marcharte cuando te parezca.
—Muchas gracias. Hemos pasado un rato muy agradable.
—Lo mismo digo —apuntó Jaime.
—Gracias a vosotros por la visita. Ya quedaremos otro día.

—O sea que, estando al lado de mi casa, ahora tengo que llevar al señor hasta su
residencia.
—Venga, tío, que no te cuesta nada y ya sabes que hemos hecho un trato esta
tarde.
—Si era una broma, hombre. —Álvaro puso en marcha el coche—. Son una
familia muy agradable, ¿verdad?
—Sí —contestó escuetamente Jaime—. Es una suerte tener un padre y una
madre como Dios manda y no como yo, que casi ni les conocí.

52
Los Agulló vivían al comienzo de la Avenida de Campanar y Jaime al final de la
Avenida de la Constitución. Tras subir el trecho hasta la rotonda de cruce con Pío XII,
continuaron por Campanar, bordeando el Hospital La Fe.
De pronto, se encontraron con un grupo de unas doscientas personas delante de
la puerta del hospital.
—¿Que está ocurriendo aquí? —preguntó Jaime.
—No tengo ni idea —contestó Álvaro.
La concentración estaba formada por gente de todas las edades y no parecía que
estuviesen haciendo nada concreto. Si algún coche —pocos, por otro lado, a esa hora de
la noche— trataba de atravesar por entre la gente, se abría el hueco preciso y el grupo
volvía a aglutinarse tranquilamente en torno a las pancartas que llevaban.
—Para un momento —dijo Jaime—. Quiero preguntarles qué hacen ahí parados.
Volvió al cabo de unos minutos.
—¿Sabes que en La Fe se practican abortos todos los jueves? —le preguntó a
Álvaro tras subir al coche de nuevo.
—Sí, me sonaba.
—Pues estas personas se están manifestando en contra del aborto y a favor del
respeto por la vida del no nacido, como me ha dicho uno de ellos.
—¿Y qué hacen concretamente?
—Nada, están ahí. Despliegan sus pancartas y encienden velas por los que no
llegarán a nacer. ¿Sabes qué día del mes es hoy?
—¿A qué viene eso ahora? —preguntó Álvaro, extrañado.
—Pues a que están celebrando lo que ellos llaman el 11V —respondió Jaime—.
Hoy es once de octubre y los días once de todos los meses se reúnen aquí para recordar
a las víctimas de los atentados del 11S y del 11M y pedir que se respete la vida de los
niños concebidos y aún no nacidos. Es el 11 por la Vida; de ahí la V.
—Pues ahora que lo dices, me parece que he leído algo sobre esto en la prensa
—dijo Álvaro, mientras ponía otra vez el coche en marcha—. Yo creía que eran cuatro
gatos y parece que cada día son más.
—Sí. Y, por lo visto, en muchas otras ciudades se reúne gente todos los días
once de cada mes frente a hospitales donde se hacen abortos. Quedan a las diez de la
noche y se van a las once.
—Se ve que cuando uno quiere obtener algo, o sale a la calle o no hay nada que
hacer —dijo Álvaro.
—Sí, pero me parece que éstos, aunque procuren hacerse notar, tienen difícil que
les hagan caso.
—¿Por qué dices eso? –le preguntó Álvaro, mientras se abría paso con cuidado
entre los manifestantes.
—Es muy sencillo: en primer lugar, el aborto es algo ya aceptado por una gran
mayoría de personas; y luego, porque o empiezas a romper cosas y a armar jaleo o te
ignoran completamente.
—Tienes razón. Pero esta gente no parece que sea muy violenta, que digamos —
repuso Álvaro.
—Quizá a base de salir en los periódicos consigan que alguien les escuche.
Dejaron atrás al grupo de gente y continuaron su camino.
—Yo pienso —comentó Álvaro mientras conducía— que toda la cuestión se
centra en si consideramos al embrión como persona humana o no.
—No te me pongas filosófico a estas horas de la noche, ¿eh?
—No, hombre. Sólo estoy pensando en voz alta —repuso Álvaro—. Resulta que
los que lo consideren sólo como un grupo más o menos organizado de células que no

53
merecen el respeto que guardamos a cualquiera de nuestra especie, lo tratarán como una
cosa. Para ésos, se tratará simplemente de algo útil, si se puede experimentar con él para
ayudar a los que sí son considerados personas, o constituirá un estorbo que se elimina
porque me va a complicar la vida o va a producir unos gastos que no estoy dispuesto a
afrontar.
—Que es mi opinión, por otro lado —comentó Jaime.
—Por otro lado —continuó Álvaro su reflexión—, quienes piensan que se le
debe respeto y cuidado desde el primer momento de la concepción le tratarán como a
una persona, con todos sus derechos
Aprovechando un semáforo en rojo, se dirigió directamente a su amigo:
—¿Te acuerdas de cuando salían estas cuestiones en las clases de Albert? —le
preguntó.
—Sí —le contestó Jaime—. Él nos daba datos a favor de una y otra postura, pero
nunca supimos lo que pensaba realmente. Me parece que ya se ha jubilado. Era un buen
tipo y, además, me puso matrícula en su asignatura.
—Podríamos ir a verle un día. Me llevaba bastante bien con él y alguna vez me
dijo que no le importaba que acudiese a su casa para charlar de cualquier tema. Nos
vimos en un par de ocasiones. Me enteré de que su mujer falleció de cáncer hace unos
años. Debe de sentirse muy solo desde entonces.
Llegaron al domicilio de Jaime. Álvaro aparcó el coche en segunda fila y paró el
motor.
—Cuando veía a ese grupo de personas delante de La Fe, me estaba acordando
de un amigo mío de Madrid —comentó—. Bueno, me saca unos cuantos años y más
que amigo mío, lo es de la familia, de toda la vida. Actualmente ejerce de psiquiatra, y
le pega mucho porque de joven hacía bastantes gamberradas. Lleva más de quince años
dirigiendo una consulta de psicopatología para adolescentes. También es profesor de
psicología médica en la Facultad de Medicina de la Autónoma, en Madrid.
—¿Cómo se llama?
—Poveda, Jesús Poveda. Por su consulta han pasado mujeres que han abortado y
otras que no han llegado a hacerlo. Me ha dicho en más de una ocasión que las mujeres
que se deciden a seguir adelante con su embarazo no lo hacen por saber más fetología o
tener más cariño a los niños, sino porque tienen cierta seguridad en sí mismas y pueden
incorporar más fácilmente la maternidad a su propia identidad. Consiguen ver al niño no
esperado no como una amenaza que viene a destruir su vida y a quitarles libertad, sino
como algo nuevo con lo que convivir y a quien querer. ¿Sabes cuál me parece que es la
clave de esta cuestión?
—Venga, dime.
—Pues sencillamente que la mujer que ha quedado embarazada de un hijo no
deseado no puede dejar de preguntarse, quizá de forma inconsciente, si podrá seguir
conservando el control de su vida. El movimiento provida, si quiere conseguir algo,
debería centrarse más en ayudar a la mujer y hacerlo de manera que reafirme esas
innatas e íntimas convicciones de su conciencia, sin condenar otras conductas. Además,
tendría que recordar con frecuencia que hay personas que se encargan de esos niños no
deseados. Conozco el caso de una chica que abandonó la idea de abortar cuando se
enteró de que podía dar su hijo en adopción cuando naciese.
—¿No te irás a poner de su parte? —le preguntó Jaime, extrañado de oír esos
comentarios en boca de su amigo.
—¿Qué pasaría si lo hiciese? —contestó—. No creo que nos pegásemos por ello,
¿verdad?
Álvaro sonrió al recordar algunas pequeñas aventuras que le había contado su

54
amigo de Madrid.
—En su época de estudiante, Jesús era un activista provida de los que promovían
iniciativas, se movían y llamaban la atención.
—¿Qué cosas hacía? —preguntó Jaime, con curiosidad.
—Por ejemplo, fue el que montó en los años ochenta la campaña de tocar el
claxon del coche cada vez que se pasara junto al Palacio de la Moncloa si uno no estaba
de acuerdo con el aborto. No creo que durase mucho el asunto, pero no me digas que la
idea no era buena.
—¡Menudo cabreo tendría Felipe González!
—¡Bah! No sería para tanto. También le llamaban para asistir a debates
televisados. En una ocasión se atrevió a mostrar un feto abortado ante las cámaras para
que el público viese claramente que se trataba de un ser humano, aunque de pequeño
tamaño. Varios de los presentes en el debate, sobre todo las mujeres, se echaron las
manos a la cabeza ante lo que estaban viendo: «¿Pero a quién se le ocurre traer esto
aquí?». Vamos, un escándalo.
—¡Vaya si es guarro tu amigo!
—¿Guarro? —se extrañó Álvaro—. Fue un golpe de efecto que consiguió su
objetivo. La cámara lo enfocó un buen rato. Te decía que me había acordado de él por lo
de la resistencia pasiva. La última vez que nos vimos, hace unos años, me contó que en
una ocasión fue arrestado y conducido al calabozo de la comisaría del barrio de Tetuán,
en Madrid, junto a la plaza de Castilla. El delito fue sentarse en la acera frente al
establecimiento abortista Dator(5).
—Pero estaría haciendo algo, tirando piedras, o insultando a los médicos.
—No, no, qué va. Sólo estaba sentado delante. Como éstos que hemos visto esta
noche. El agente de la unidad de intervención que se lo llevó le pidió perdón por haberle
detenido, ya que no encontraba mucho sentido al asunto, pero tenía que cumplir
órdenes. También me contó que el policía de la comisaría que le puso las esposas para
conducirle al médico de reconocimiento, las ocultó con un pañuelo, porque decía que,
aunque había que cumplir la ley, no quería ver lo que estaba haciendo: «Esposar a un
médico por sentarse en la acera y expresar su disconformidad con la aplicación de una
ley no se merece esto», le dijo. Y el médico que le reconoció, añadió a los policías: «A
los que hay que arrestar, esposar y juzgar es a los que trabajan en ese negocio de vidas
humanas que es la Dator».
—Un poco drástico el médico ése, ¿no te parece?
—Pues no sabría qué decirte. Quizás tuviese razón —le contestó Álvaro—. A
raíz de lo que me contó, me entró curiosidad por conocer el perfil de la mujer que va a
abortar. Un día me dediqué a investigar en internet y encontré un estudio publicado por
la Fundación Mujeres y la propia Clínica Dator. Ya sé que una encuesta no refleja con
un grado de certeza absoluta lo que ocurre en la realidad, pero sí te da una idea
aproximada. Abordaron con un cuestionario a seiscientas mujeres que habían acudido a
interrumpir el embarazo entre diciembre 2002 y enero de 2003. Muchas declinaron
responder. De las que respondieron, usaban preservativo el 49 por ciento. ¡Casi la mitad
y no les sirvió para nada! Y otro diez por ciento afirmaba que tomaba la píldora, que
tampoco les sirvió de mucho. El resto contestaron que no usaban métodos
anticonceptivos(6).
—O sea —dijo Jaime—, que seis de cada diez mujeres que abortaron fueron
víctimas de fallos en la anticoncepción. Pues habrá que mejorar el sistema. Ahí está el
problema.
—Quizá, en vez de eso, la solución sea que la gente se tome un poco más en
serio y con más respeto el sexo —propuso Álvaro—. Apuesto a que Paco y Luisa

55
utilizan métodos naturales para regular la natalidad y no parece que estén frustrados,
vaya.
—Sí, claro, pero eso lo hacen porque son cristianos.
—O simplemente porque respetan lo que consideran la moral natural. Hay
personas que no son cristianas y viven también así.
—Pero, tío. No me vengas con rollos de moral natural. Lo natural es que si te
gusta una tía y a ella le gustas tú, os acostéis juntos y deis rienda suelta a vuestros
deseos.
—Sí, es una forma de verlo —objetó Álvaro—. Sin embargo, para otras
personas, lo natural es utilizar las cosas para lo que se han pensado. Que yo sepa, la
unión carnal entre un hombre y una mujer está pensada para procrear. ¿Que lleva
consigo un gran placer? Pues, mejor. ¡Menos mal! Si no, no habría quien tuviese hijos,
con lo que cuesta sacarlos adelante.
Álvaro parecía ensimismado en sus pensamientos. Aunque casi nunca había
hablado con Jaime de estas cuestiones, sin embargo, había reflexionado por su cuenta
muchas veces sobre la anticoncepción, el aborto y otros temas similares. Quizá por ese
motivo se retrajese habitualmente del trato íntimo con compañeras de estudio y de
trabajo, como no fiándose de sí mismo y de las consecuencias que podían tener algunas
relaciones aparentemente inocentes o inofensivas. Prefería, por el momento, no liarse
con nadie. De pronto, se le vino a la cabeza algo que había leído hacía poco tiempo.
—¿Te suena una tal Carol Everett? —le preguntó a Jaime.
—No. ¿Quién es?
—Una mujer que fue directora de cuatro clínicas abortistas y propietaria de dos
de ellas en Estados Unidos a finales de los setenta y principios de los ochenta. En 1983
lo dejó. En una entrevista que publicaba un periódico hace unos meses, reconocía que la
fuerza que mueve la industria del aborto es el dinero. Sólo en ese año 1983 se había
embolsado 250 000 dólares(7).
—¿Y por qué no continuó si tenía en su mano la gallina de los huevos de oro?
—Contaba que fue por dos motivos. El primero consistió en una profunda
conversión religiosa que le llevó a considerar que lo que estaba haciendo no era bueno.
Y el segundo fue que una cadena de televisión de Dallas denunció los abortos que
hacían en su clínica a mujeres que ni siquiera estaban embarazadas. ¡Y todo por dinero!
—Pues sí que resulta un negocio el tema éste.
—Yo no sé lo que se cobrará por aquí, pero sí lo que se paga en una clínica de
Barcelona, por ejemplo. Lo busqué el otro día por curiosidad en internet. Por un aborto
con doce semanas de gestación y con anestesia general, que es lo mínimo en este tipo de
intervenciones, hay que abonar más de 390 euros; y por lo más, es decir, abortar fetos
de casi veintidós semanas hay que pagar 860 euros(8).
Jaime quería dejar el tema de lado.
—Y volviendo a tu amigo, ¿qué le pasó al final?
—Me contó que le soltaron después de decirle en voz alta y grave que no debía
resistirse a la autoridad y alterar el orden público. Y menos, si iba acompañado de gente
con pancartas de apoyo a las futuras madres con eslóganes como: «Di un sí a la vida», o
«Su vida será una alegría» y otros parecidos. Vaya, que todo quedó en nada.
—Se ve que tenían órdenes de arriba de hacerle callar —comentó Jaime.
—¿Callar? —dijo Álvaro—. Si no estaba diciendo nada el pobre.
—Supongo que el caso sería conseguir que no diese la lata durante una
temporada. Asustarle o algo así.
—Sí, tal vez. Pero me parece que no consiguieron nada de eso. Llegó, incluso, a
poner una querella al fiscal general del Estado por prevaricación cuando archivó el

56
expediente de una clínica que con toda evidencia practicaba abortos a la carta, falseando
informes psiquiátricos e incumpliendo flagrantemente la ley.
—Los tiene bien puestos tu amigo.
—Sí, desde luego. ¿Sabes lo que le contestaron?
—¿Qué?
—Le dijeron que el Sr. Fiscal no puede prevaricar: es él quien decide cuándo
hay o no prevaricación. Denunció también —continuó Álvaro— a un médico que causó
la muerte de una mujer a la que había practicado un aborto en unas circunstancias muy
negligentes. ¿A que no adivinas lo que consiguió? Nada; peor aún, tuvo que pagar los
costos del juicio y, por declararse insolvente, le fueron embargados sus bienes. Puso
denuncias en el Ayuntamiento de Madrid y en la Consejería de Sanidad por multitud de
irregularidades en clínicas abortistas y siempre ha tenido la callada por respuesta. Dice
que nunca le contestan; que es que como si nunca pasara nada.
Jaime miró su reloj. Eran casi las once y media. Álvaro parecía como
ensimismado.
—Oye, habrá que irse a dormir, ¿no?
—Sí, sí —le contestó—. ¿Sabes en qué estaba pensando?
—A ver qué se te ha ocurrido ahora.
—Pues que nunca he asistido a un aborto. ¿Y tú?
Jaime no contestó de inmediato. Álvaro prosiguió.
—Quizá podríamos conseguir que nos permitan presenciar una IVE en La Fe.
Así podremos hablar del tema por propia experiencia. ¿Qué te parece la idea?
—Bueno.
No se le veía muy animado a su amigo.
—Venga, hombre. Yo me entero de cuándo los hacen, pido que nos dejen estar
en la sala de operaciones y ya está. Será un rato nada más.
Ante la falta de respuesta de Jaime, le sugirió:
—Si no quieres, no tienes por qué venir.
—Sí, te acompañaré.
Tenía ganas de terminar la conversación.
—Tú lo arreglas todo y me avisas —dijo—. Bueno, Álvaro, hasta mañana y
gracias por traerme a casa.

Era jueves, 19 de octubre. Después de algunas gestiones con personas conocidas


en La Fe, Álvaro había conseguido que ese día pudieran estar presentes él y su amigo en
el quirófano donde iban a practicar varios abortos. A las 15:30 entró la primera mujer.
Era una chica de unos veinte años. El procedimiento legal había sido tramitado poco
antes. Motivo de la IVE: peligro para la salud psíquica de la madre. El equipo médico lo
formaban un ginecólogo y dos enfermeras. El embarazo, por lo que pudieron
informarse, era de veinte semanas. El método que se iba a emplear era el de dilatación y
curetaje.
Con un cuchillo provisto de una cucharilla filosa en la punta, el médico iría
cortando al feto en fragmentos con el fin de facilitar su extracción completa por el
cuello de la matriz. Tratándose de un embarazo que se encontraba en su segundo
trimestre no podía emplearse una simple succión: el niño era ya demasiado grande para
extraerlo de ese modo. Una vez desmembrado, se sacaban todos los pedazos con ayuda
de unos fórceps. Este método se había convertido, de hecho, en el más usual por su
efectividad. Al final del proceso había que colocar los trozos sobre una bandeja,

57
tratando de componer el cuerpo destrozado, para comprobar que estaba completo y no
había quedado ningún resto en la matriz.
A mitad de la operación, Álvaro notó cómo Jaime retiraba la vista de la mesa de
operaciones. Se apartó un poco. Sus manos se aferraron al borde de una mesa auxiliar y
Álvaro pudo ver cómo los nudillos se le ponían blancos por la presión. De pronto, salió
del quirófano. Álvaro no sabía qué le habría podido pasar.
Al concluir la intervención, lo encontró en el pasillo, sentado en una silla y con
la mirada fija en el suelo.
—¿Qué? ¿Ya ha terminado? —preguntó.
—Sí —le contestó Álvaro.
—¿Y te ha gustado?
—Hombre, la verdad es que no resulta muy agradable.
Estuvieron unos segundos en silencio. Luego, Jaime prosiguió:
—¿Sabes que te engañé el otro día cuando te dije que no había asistido a ningún
aborto hasta ahora?
—Bueno, en realidad, no llegaste a decirme nada.
—Pues, para que lo sepas, no es algo nuevo para mí.
Álvaro se quedó un momento pensativo.
—¿Lorena? —preguntó a su amigo.
—Sí.
—Yo pensaba que se trataba sólo de uno de tus pequeños romances. Esta vez
llegasteis demasiado lejos.
—Bueno, ¿y qué? Falló la goma y se quedó preñada. Algo había que hacer, ¿no?
—Eh... sí, supongo que sí. Pero no sé... Quiero decir que debe de ser muy duro
cuando te pasa a ti.
—No —repuso rotundamente Jaime—. Yo no soy como tú, que te sientas a
pensar y recapacitar en los pros y los contras de lo que vas a hacer. Yo decido con más
rapidez y cuando se me presenta un obstáculo para conseguir lo que quiero, hago lo que
sea necesario para quitármelo de en medio. Eso que llevaba Lorena en su vientre era un
estorbo para su felicidad y para la mía y había que eliminarlo.
Álvaro se sorprendió de la reacción de su amigo. Se dio cuenta de que había
mucho que desconocía todavía de él.
—¿Y cómo lo arreglasteis? —le preguntó.
—Aprovechamos un fin de semana para ir a Madrid. No queríamos que nadie
conocido nos viese en una clínica abortista. No te sabría decir muy bien por qué, pero
no lo quería. Allí se lo hicieron.
—¿Cuánto tiempo llevaba de embarazo?
—Poco, diez o doce semanas. Nos dejamos una buena pasta en ello, pero había
que hacerlo —se reafirmó—. Bueno, ya pasó. Al fin y al cabo, se resolvió el asunto sin
mayor problema. Pero es que al estar ahí metido, en la sala de operaciones, no sé qué
me pasó; me puse muy tenso y preferí esperar fuera a que acabase.
—¿Lo viste? —preguntó Álvaro.
—¿Si vi qué?
—Al feto, hombre.
—No, ni ganas. No era más que un problema que había dejado de existir.
Tuvieron el detalle de no mostrárnoslo. Después de todo, sólo era un feto, no una
persona. Y basta ya, dejémoslo, por favor —concluyó Jaime.
Álvaro se le quedó mirando y le dijo:
—¿Sabes que el otro día me descubrí diciendo lo mismo que tú sobre la
condición del embrión humano a Paco? Y eso que yo te echaba en cara que no estaba

58
tan claro el asunto.
—Pues ya ves que no piensas de manera muy distinta a la mía.
—O quizá sólo sea que ésa es la solución más fácil y por eso la aceptamos como
buena.

Capítulo 8

«¿Para qué narices querrá que nos reunamos un sábado por la mañana si nos
estamos viendo todos los días?» Esta pregunta y otras semejantes se estaban haciendo
cada uno de los médicos de la UR mientras se dirigían al hospital, convocados por
Cortés.
Miralles sabía que no tenía más remedio que soportar a ese tipo. No se
encontraba a gusto con un mandamás supervisando todo lo que hacía, dando órdenes y
sugiriendo procedimientos, en algunos casos, contrarios a los planeados por él. Sin
embargo, debía aguantarse y amoldarse a los requerimientos que formulaba el director.
Sabía que era un hombre de paja, sin grandes dotes pero, en cualquier caso, puesto ahí
por 3G y le representaba en su ausencia. En cualquier caso, necesitaban llevarse bien,
pues formaban un equipo en busca de los mismos objetivos.
El motivo de la reunión le era desconocido y esto le fastidiaba más todavía. A
estas horas debería estar en el campo de golf, aproximándose al hoyo número 5, si la
cosa no se torcía demasiado. Su compañero y rival habitual tendría que contentarse esa
mañana con competir contra sí mismo, a no ser que hubiera encontrado algún novato
despistado al que retar.
Algo parecido les ocurría al resto de los médicos requeridos por Cortés.
Solamente a Guillermo Díaz parecía no molestarle demasiado acudir al hospital en un
día no laborable. Su vida era su trabajo; había enviudado seis años atrás, sus tres hijos
tenían la vida organizada sin necesidad de un padre protector y disponía de tiempo para
gastarlo a su antojo.

— Empezamos a tener problemas —anunció Cortés.


—¿Qué ocurre? —preguntó Miralles.
—Ayer vinieron los padres de uno de los chicos seleccionados.
—¿Y qué quieren? ¿Un tratamiento rápido para su hijo o ya están exigiendo
resultados?
—Nada de eso —respondió Cortés—. Precisamente se trata de todo lo contrario.
No quieren que a su hija se le aplique la nueva técnica. Ceden su sitio a otro.
Todos le miraron con la boca abierta. Se esperaban cualquier cosa menos eso.
—¿Cómo dicen esto ahora, cuatro meses después de la selección? —saltó el
doctor Camacho—. Es imposible. Tú lo sabes.
—Si, yo sí, y todos vosotros; pero ellos no.
—Nos han dejado con el culo al aire —fue el comentario de Guillermo Díaz.
Por un momento, se hizo el silencio en el despacho de Cortés. Se habían topado,
de repente, con un problema que nadie había sospechado.
—¿Cómo es posible que haya gente que no quiera la curación de un hijo? —se

59
preguntaba la doctora Alarcón, al tiempo que dirigía la mirada al resto, como buscando
una respuesta.
—No olvides, Carmen, que los prejuicios sobre la clonación terapéutica han
calado hondo en muchas personas. Existe determinada prensa que nos hace daño y que
llega a más gente de la que pensamos.
La reflexión de Miralles era del todo cierta. Algunas publicaciones que
circulaban por hospitales, determinadas páginas y boletines que se distribuían por
internet y un buen grupo de médicos e investigadores todavía se mostraban contrarios a
la creación de clones humanos, aunque se tratara sólo de usarlos para curar o
experimentar con ellos y no con fines reproductivos.
—¿Cómo se llama nuestra joven enferma? —preguntó Diego Zuazo, que había
permanecido callado hasta ese momento.
Luis Cortés consultó su agenda y leyó:
—Ana de Castro. Sus padres son Yago de Castro y Carmen Villa.
—¿Alguien les conoce personalmente? —volvió a preguntar Zuazo.
—Yo —respondió Hierro—. La niña sufre una inmunodeficiencia combinada
severa. Me entrevisté con ellos al poco de notificarles la elección de su hija. Se
mostraron de acuerdo en todo lo que les dije sobre el tratamiento a seguir y el tiempo de
espera probable hasta que pudiese ser aplicado en su hija.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Miralles.
—Cinco —respondió el doctor Hierro.
—¿Volviste a hablar con ellos alguna vez más? —le preguntó Zuazo.
—No —contestó Hierro.
—¿No quedamos en que el responsable de cada sección se ocuparía de
entrevistarse las veces que hiciera falta con los padres de cada chico para explicarles
detenidamente la enorme suerte que habían tenido al ser seleccionado su pequeño? ¿Y
no dijimos acaso que, si mostraban algún recelo, había que acabar de convencerles de
que el tratamiento médico a que iba a ser sometido no tenía ningún riesgo para su salud
y que, por tanto, estaba en buenas manos?
Las preguntas de Zuazo, lentas, escogiendo cada palabra, trataban de ocultar
toda la irritación que le estaba produciendo el asunto. Era el subdirector del grupo y su
facilidad para perder fácilmente la paciencia era conocida por todos. El menor fallo de
una persona ante un plan bien diseñado se convertía en un enfado monumental que el
otro debía aguantar estoicamente. Luis Cortés y Fernando Miralles se aprovechaban de
ello y le dejaban actuar, para después aparecer ambos como más comprensivos. El jefe
nunca debía encargarse de echar las broncas; para eso estaba el segundo de a bordo.
—Sí, quedamos en eso. Pero sólo hablé con ellos en una ocasión. Las pruebas
médicas se las hicieron las enfermeras. —La respuesta de Hierro era la esperada—. Lo
siento; debí haber tenido más contacto con los padres de la niña.
—¿Se sabe por qué han cambiado de opinión? —preguntó Alarcón.
—Me dijeron que habían leído un artículo en una revista que les había hecho
dudar de la ética de los procedimientos que se pensaban utilizar para curar a su hija.
Después, hablaron con un médico al que conocían y les puso en guardia frente a la
posible aparición de teratomas, lo que les llevó a asustarse aún más.
—¿De qué revista se trataba? ¿Te lo dijeron? —preguntó Miralles.
—Sí. Ésa que se llama Vida y Ciencia —respondió Cortés.
—Otra vez ese Ferrando jodiéndonos —exclamó Zuazo—. Ya quiso hacerlo en
la conferencia de prensa con el ministro y ahora vete tú a saber qué ha publicado en su
panfleto.
—Se ve que ese panfleto, como tú lo calificas, llega a muchos sitios —intervino

60
Guillermo Díaz—. Lleva publicándose más de veinte años y, de vez en cuando, tiene
artículos muy interesantes. Yo lo leo de vez en cuando.
—Vaya. Pues ya podías irnos informando de lo que sacan para salir al paso
enseguida —le recriminó Cortés—. Bueno, el asunto es que nos hemos quedado sin uno
de nuestros clientes para la UR. Podemos dejarlo como está o buscar un sustituto.
—Cuando se hizo la selección de los chicos —dijo Díaz Herrero—, vino un
hombre a mi despacho. Me aseguró que estaba dispuesto a pagar lo que hiciese falta con
tal de que su hijo entrase en el grupo de los elegidos. Yo le dije que no podía ser porque
la selección se había hecho al azar entre los muchachos que reunían los requisitos que
señalamos. Él insistió en que su hijo se encontraba en las mismas condiciones que los
demás y que era injusto que se hubiese quedado fuera.
—¿Cómo se llama el chico? —preguntó Zuazo, más sereno.
—Miguel Galdón. Sufre una cardiopatía congénita, debida a un mal desarrollo
de los tejidos del corazón. Nació en el hospital y tenemos todo su historial clínico en el
ordenador. Simplemente no fue elegido en su día.
—Fernando —dijo el director, dirigiéndose a Miralles—. Siento haberos reunido
a ti y al resto del grupo una mañana de sábado, pero era necesario para plantearos lo
ocurrido y pensar qué vamos a hacer. Personalmente, pienso que habría que mantener el
número de chicos seleccionados, incluyendo a ese Miguel Galdón en lugar de la niña
que se ha borrado, para no dar la impresión de que se trata de algo trazado desde hace
tiempo. Como viajas el martes a Houston, deberías hablarlo con Gil Gómez y que
tomen allí una resolución.
Era por eso la urgencia de la reunión. Menos mal que había un buen motivo,
pensó Miralles. Sí; en cierto modo, el tema se escapaba de sus manos. Era una decisión
importante y arriesgada. Mejor que dictasen desde más arriba lo que se tenía que hacer
y, si algo salía mal, nadie podría echarle a él la culpa.

Alfredo Albert vivía en un pequeño chalé de reciente construcción en El Vedat,


una urbanización perteneciente a Torrent, situada a diez kilómetros de Valencia, hacia el
interior. Siguiendo la autovía que construyeron desdoblando la antigua carretera de
carril único, se llegaba en muy poco tiempo.
Le había sorprendido la llamada de su antiguo alumno Álvaro Costa. Recordaba
de él que era educado y, si la memoria no le fallaba, tenía uno de los mejores
expedientes de los últimos años en que se dedicó a la docencia. Sí, ya se acordaba;
incluso le había invitado en alguna ocasión a ir a su casa para charlar. Comenzaban
hablando de temas relacionados con la carrera para pasar luego a debatir cuestiones de
todo tipo. Era un chico brillante. No le había explicado el motivo de la visita, pero sí
que iría acompañado de un amigo, un tal Puig, que también había sido alumno suyo. A
éste no le recordaba, pero daba lo mismo. Se podían contar por miles los estudiantes que
habían pasado por sus clases.
La asignatura que había impartido durante más de seis lustros era biología
humana general, del primer curso. Apasionante, sobre todo, durante los últimos años, en
los que todos los días necesitaba dedicar tiempo a leer y a estudiar lo que iban
descubriendo sus colegas investigadores de todo el mundo. Hace unos años había
comprado un ordenador pero apenas lo usaba. Recientemente, le había propuesto a un
sobrino que le instalase el acceso a internet y, de paso, que le diera algunas clases para
manejar el aparato, ya que en su día no quiso apuntarse al carro de las nuevas
tecnologías y ahora se había arrepentido. Se decía a sí mismo que todavía tenía las

61
neuronas lo suficientemente flexibles para ser capaz de sacar todo el partido posible al
ordenador. Le resultó sencillo, después de algunas sesiones con su sobrino y de
bastantes horas de práctica. Gracias a la conexión a internet, estaba al día de todas las
novedades que se publicaban relacionadas con su especialidad y, en general, con el
mundo de la medicina.
Habían quedado a las siete y media de la tarde. Diez minutos después de la hora
fijada, sonó el timbre.
—Buenas tardes, profesor Albert.
—Buenas tardes. ¡Ah! Ahora que te veo, ya me acuerdo de ti, Costa. —Jaime se
había quedado detrás de Álvaro—. Y tu amigo se llama...
—Jaime Puig, señor. Álvaro me invitó a venir a charlar un rato con usted y no
me pude negar. —Dio un paso adelante y se colocó a la altura de su amigo.
—Ya me acuerdo de ti —dijo Albert—. Felipe Delgado, el jefe del departamento
de cardiología, con el que me sigo viendo de vez en cuando, me hablaba muy bien de un
tal Jaime Puig: que si era un fiera de tío, que si estaba colaborando en dos o tres trabajos
de investigación dentro del departamento y un montón de cosas buenas más. ¿Conque
eres tú?
—Sí. Soy yo —respondió Jaime un tanto cohibido. Ante otras personas no le
importaba vanagloriarse de sus méritos, pero aquel hombre tenía algo especial que le
hacía a uno sentirse pequeñito delante de él.
—Lamentamos llegar tarde, profesor, pero es que no conozco bien El Vedat y es
muy fácil perderse —se excusó Álvaro ante el retraso.
—No te preocupes, muchacho —le tranquilizó Albert—. Los primeros días que
viví aquí, yo también me extravié varias veces antes de encontrar mi casa. Estoy muy
poco dotado para la orientación. Pero venga, entrad y decidme a qué debo esta
agradable visita de dos antiguos alumnos tan brillantes.
Pasaron al interior de la vivienda. Era sorprendentemente sencilla. Apenas tenía
decoración, salvo algún cuadro, en su sitio y de buen gusto, y diversas fotos
enmarcadas, colocadas encima de varias mesas y sobre las estanterías de la sala de estar.
Todo estaba limpio y ordenado. No sabían si el mismo Albert se encargaba de la
limpieza de la casa o lo dejaba a alguna asistenta, pero lo que se podía apreciar era que
se trataba de una persona pulcra y ordenada que vivía, en parte, de los recuerdos
asociados a cada fotografía que había en el salón.
—Mirad —les dijo, señalando una foto que destacaba del resto. Estaba colocada
sobre una de las mesas de la habitación—. Ésta es mi mujer hace diez años, antes de que
el cáncer comenzara a cebarse en su cuerpo. Estuvo en tratamiento durante cinco largos
años y, total, para nada. La radioterapia no consiguió su objetivo y su vida se fue
apagando poco a poco. Le extirparon casi todo el pulmón izquierdo y después no se
atrevieron a hacer lo mismo con el derecho. Había metástasis por medio cuerpo y
dejaron de aplicarle la medicación. Murió en esta casa hace cinco años.
Albert parecía contento de poder desahogarse contando a alguien todo lo que
había sufrido su mujer.
—Desde entonces, me manejo bien yo solo. Me hago la comida, limpio la casa y
cuido el pequeño jardín que habéis visto a la entrada. Llevo tres años jubilado de la
enseñanza y ahora puedo profundizar en todas esas cuestiones de la medicina a las que
antes me era imposible dedicar tiempo. ¿Vosotros también usáis internet? Es
impresionante todo lo que se puede sacar de la red, ¿verdad?
—Si, es realmente fantástico —dijo Jaime, que se había estado fijando en las
demás fotografías que estaban distribuidas por la habitación—. ¿No tuvieron hijos? No
se ve ningún chico en las fotos.

62
—No, no pudo ser. Lo intentamos de mil modos, pero no fue posible. Y cuando
se aprobó la primera ley de reproducción asistida en nuestro país, ya éramos mayores y
no nos sentíamos con ganas ni con fuerzas para someternos a un proceso que, en
aquellos comienzos, no mostraba resultados muy fiables. Pero bueno, sentaos y decidme
el motivo de vuestra visita.
En un rincón del salón comedor estaba preparada una mesita con un pequeño
aperitivo para ir picando mientras conversaban. Se sentaron en el tresillo que rodeaba la
mesa.
Álvaro le contó lo de la manifestación del 11V y cómo habían decidido a
continuación asistir a una IVE. Omitió, por deferencia a su amigo, lo sucedido a mitad
de la operación y el asunto del aborto de su novia.
—Sí, he leído algo sobre esas concentraciones de grupos provida delante de
ciertos hospitales —dijo el profesor—. No sé si van a conseguir algo de esa forma pero,
por lo menos, hay alguna voz que se levanta para defender al niño que todavía se
encuentra en el seno de su madre.
—Sobre eso queríamos preguntarle —intervino Jaime—. Álvaro decía el otro
día que el dilema está en aclarar qué es de verdad un embrión humano; si se trata de uno
de nuestra especie a quien hay que proteger o es un simple conglomerado de células que
puede ser extirpado sin ningún problema como un tumor que nos molesta o nos
perjudica.
—Efectivamente —asintió Albert—, yo también pienso que ésa es la cuestión
fundamental: qué es y cómo hemos de considerar al embrión; en otras palabras, si la tan
famosa «dignidad del ser humano» se puede aplicar al niño en gestación. Sinceramente,
tengo que confesaros que no sabría explicar con razones de peso en qué consiste esa
dignidad. Como científico, podría deciros muchas cosas, pero pienso que no es
suficiente. Nos faltaría conocer lo que dice sobre el tema la filosofía, e incluso la
teología. Pero, centrándome en lo que me preguntabas, como bien recordarás de mis
clases, Jaime, las especies en general se distinguen unas de otras por el número de
cromosomas que se observan en la división celular. En nuestra especie ese número es
cuarenta y seis, en veintitrés parejas.
—Sí, claro. En ese sentido, el embrión es uno de nosotros. Pero la cuestión quizá
no está bien planteada. Sería más adecuado preguntarse si el embrión se merece el
respeto y cuidado que tenemos con cualquiera de nosotros o empieza a tener ese
derecho a partir de un momento determinado.
Álvaro asintió a lo que Jaime decía, como confirmando que eso era lo que
querían que les aclarase su viejo profesor. A escuchar su opinión habían venido,
después de todo
—Mirad, no sé si recordareis una de las lecciones que, a juicio del profesor, se
podía incluir como parte del contenido de la asignatura. Y digo que no sé si os
acordareis porque es posible que no os la llegase a impartir.
—¿A cuál se refiere?
—A la descripción de cómo el embrión sabe desde el primer momento qué es lo
que tiene que hacer. El desarrollo embrional y la diferenciación celular es algo de lo que
no dejo nunca de asombrarme. Durante varios años, no me atreví a explicarlo con
detalle porque en aquella época yo había practicado unas cuantas decenas de abortos en
uno de los hospitales donde había trabajado. Era como tirar piedras contra mi propio
tejado. ¿Comprendéis? Aquello que estaba destruyendo tenía vida propia y sabía
desarrollarse conforme a unas leyes que la naturaleza ha impreso hace mucho tiempo.
Dictar esa clase era como decirme: «Muchacho, ¿cuándo vas a dejar de cargarte
inocentes? Pero si son muy pequeños, apenas miden unos milímetros», me decía a mí

63
mismo, como para defenderme ante mi conciencia. Pero todos los esfuerzos por
acallarla eran inútiles. Por eso terminé abandonando ese hospital y empecé a trabajar en
otro. Dejé la práctica abortiva y me dediqué a la cirugía y a trasplantes, que siempre me
habían atraído.
—Pero hay mucha gente que no piensa así —apuntó Jaime—. La mayoría, diría
yo.
—Eso ocurre, como con muchas otras cuestiones, por falta de información. Es lo
que me pasaba a mí antes de empezar a reflexionar sobre lo que estaba haciendo. Hay
infinidad de chicas a las que se les engaña: no te va a doler, no es más que una verruga,
lo mejor es que te lo quites de en medio, no vaya a arruinar tu vida, y cosas por el estilo.
Álvaro no se perdía palabra de lo que les estaba diciendo Albert. Era otro modo
de ver el asunto que no se había planteado hasta ahora. Lo que se oía por ahí no hablaba
precisamente de informar, sino de actuar sobre la marcha para eliminar el problema.
—Yo he visto mujeres —continuó el profesor— que se han echado atrás en su
decisión de abortar cuando se les ha explicado bien lo que supone una interrupción
voluntaria del embarazo, como se le llama ahora al aborto provocado. Si el médico ha
sido medianamente honrado, o simplemente no ha querido precipitar las cosas y le ha
enseñado una ecografía del niño que lleva en su vientre; si le ha advertido de que puede
continuar con el embarazo y dar su hijo en adopción después del alumbramiento o si le
ha dicho que no se trata de un grano molesto sino de su hijo, que está luchando por
sobrevivir y llegar a ser un niño como todos lo hemos sido, en muchos casos esa mujer
ha aceptado al hijo que lleva en sus entrañas y ha empezado incluso a quererle como
algo propio.
—Me parece muy bien todo eso, profesor —dijo Jaime—. Pero no me diga que
un niño al que hay que cuidar en el caso, por poner un ejemplo, de una chica de veinte
años que ha sido violada, es un gran engorro.
—No te engañes, muchacho —le respondió Albert—. Sabes que la mayoría de
los casos por los que se cuela el aborto como algo legal es por los problemas que puede
ocasionar en la salud física o psíquica de la madre; o sea, que de violaciones, nada o
casi nada. Además, también deberías saber que de resultas de una violación en
poquísimos casos se produce un embarazo. Yo te diría aún más: si el motivo del
embarazo ha sido un desliz de la muchacha, una pequeña aventura, un da igual... ¿quién
sería el culpable de la generación del nuevo ser? ¿El propio embrión o su madre? ¿Van
a sufrir justos por pecadores? Y ante las posibles malformaciones del feto —continuó el
profesor—, ¿piensas que deberíamos hacer lo que se dice que hacían en Esparta?
—¿Qué hacían? —preguntó Álvaro.
—Se trata de algo conocido. Yo se lo oí contar en una ocasión a Jeróme Lejeune,
un auténtico gigante de la genética que ya murió, en una conferencia que pronunció
hace unos años(9); recordaba cómo se practicaba la eugenesia en tiempos más antiguos.
Los espartanos, como no disponían de un diagnóstico prenatal, esperaban a que nacieran
los niños, y a los recién nacidos que tenían algún defecto físico o mostraban una
complexión incompatible para el uso de las armas, o en el caso de las niñas, si no se las
veía robustas y capaces de engendrar futuros soldados, se los mataba arrojándolos desde
las laderas del monte Taigeto.
—Eran un poco bestias esos tíos, ¿no? —comentó Jaime.
—Un poco, no. Bastante bestias —puntualizó Albert—. Ésta es la única
comunidad de Grecia que practicaba sistemáticamente esta implacable eugenesia.
También hay que decir que de todas las ciudades de Grecia, Esparta es también la única
que no ha legado a la humanidad ni un gran pensador, ni un artista, ni siquiera una
ruina. ¿Por qué esta excepción entre los griegos, de donde han salido los hombres más

64
dotados de la tierra? ¿No será que los espartanos, al despeñar a sus bebés más frágiles,
estaban matando sin saberlo a sus poetas, sus músicos y sus sabios del futuro?
—Perdone, profesor —intervino Álvaro—, pero yo recuerdo haber leído algo
sobre un tal Quilón de Esparta. Me parece que se le considera como uno de los siete
sabios de Grecia.
—Así es —le contestó Albert—. Quilón fue un estadista que vivió a principios
del siglo VI antes de Cristo, pero si repasas su vida, comprobarás que su tarea principal
fue precisamente la militarización de la vida civil de Esparta y las primeras medidas
para la educación castrense de la juventud. Podemos admitir que fue un pensador, pero
primordialmente de cuestiones militares.
Los tres se quedaron un rato pensativos. Álvaro aprovechó el momento para
tomar algunas almendras y dar un sorbo a su cerveza, que empezaba a calentarse.
—La información, chicos, la información. No tener miedo a la verdad. Ahí está
la clave para equivocarse lo menos posible en esta vida. —El profesor apuró el
contenido de su vaso y se quedó mirándolo, como tratando de recordar algo—.
¿Conocéis el caso Roe versus Wade?
—No. ¿De qué se trata?
—El 22 de enero de 1973, el Tribunal Supremo de Estados Unidos reconoció el
derecho al aborto de Jane Roe, nombre ficticio, inventado para proteger a Norma
McCorvey, una veinteañera de Dallas, soltera, pobre, maltratada y con adicción a las
drogas. Texas se encontraba entonces entre los estados que condenaban con hasta cinco
años de prisión a la mujer que abortara. La sentencia Roe contra Wade llegó demasiado
tarde para que la joven interrumpiera su embarazo, pero su caso extendió el derecho al
aborto a todo el país. Más de treinta años después, Norma McCorvey, que ahora tendrá
en torno a sesenta, se pasó al frente provida y renegó de todo su pasado; se convirtió al
catolicismo y fundó un grupo antiaborto llamado Roe no more que, como supongo que
ya sabéis, significa «Roe nunca más»(10).
—¿Y qué tiene de interesante el caso? No es la única persona en el mundo que
se ha pasado al otro grupo —dijo Jaime.
—Ella dijo textualmente en una entrevista de hace unos años: «Todo cambió
cuando me convertí al cristianismo».
—¡Vaya, otra conversa que se cree que lo sabe todo! —apuntilló el joven
cardiólogo.
—Bueno, como éste, hay unos cuantos casos. El doctor Nathanson, en los años
ochenta, también tuvo una experiencia similar y viajó por medio mundo diciendo que él
mismo había practicado con sus propias manos más de 65 000 abortos y mostrando un
vídeo que se hizo famoso: El grito silencioso.
—¡Ah, sí! Yo lo he visto —dijo Álvaro—. Es ése en el que sale una ecografía en
la que se ve cómo el feto abre la boca, como queriendo chillar cuando nota que se le
acerca el fórceps que quiere hacerle daño.
—Justo —afirmó Albert—. Pero experiencias religiosas aparte que, por otro
lado, yo no he experimentado con tanta intensidad, la tal Norma McCorvey contaba
que, al principio, durante diecisiete años se mantuvo en el anonimato. Dio su hijo en
adopción e intentó seguir adelante. Para los grupos proaborto, ella era una heroína; para
el frente antiaborto, el símbolo de la degradación del país. Sólo en los ochenta desveló
el misterio de quién era Jane Roe. Entonces escribió un libro y se volcó activamente en
la defensa del derecho que ella había conseguido para todas las ciudadanas de los
Estados Unidos. Incluso trabajó en clínicas abortivas como consejera. Sin embargo, en
ese tiempo, según cuenta ahora, intentó varias veces el suicidio y se dio a las drogas por
el cargo de conciencia de haber sido la causa de «la pérdida de tantas vidas». En 1995,

65
Norma dio un giro radical a su vida y sorprendió a los activistas de las dos partes. Se
bautizó y se unió a un grupo antiaborto llamado Operación Rescate. Norma entró en
contacto con ellos cuando la asociación abrió una delegación justo al lado de la clínica
donde trabajaba. Un cura le cambió la vida, y ella decidió abjurar de todo lo que había
sido en las cuatro décadas anteriores.
—Hay que ser valiente para hacer una cosa así, sabiendo que se te va a echar
todo el mundo encima —comentó Álvaro.
—Además, decidió también dejar su lesbianismo. Norma ha vivido durante estos
33 años con Connie Gonzales, su única pareja hasta que las dos se convirtieron al
catolicismo. Siguen compartiendo vida y profesión, pero Norma ahora ve la práctica de
la homosexualidad como un pecado. Connie controla de cerca todos los movimientos de
Norma, es su sombra constante. La protege de la prensa, de las críticas y de lo que haga
falta. Filtra sus llamadas y básicamente vive para ella. «Cuando pasó lo que pasó, no
había grupos como nosotras que ayudaran a las mujeres», explicaba Connie en un
artículo que leí hace un par de años, refiriéndose a Texas, uno de los estados más
conservadores del país. Según ella —continuó Albert—, Norma cayó en las garras de
abogadas proabortistas porque no había médicos ni activistas que le dieran apoyo. En el
mismo artículo, Connie decía que en Estados Unidos ahora todo el mundo cuida de las
mujeres que se encuentran en su caso y que a la gente le importa y defiende la vida.
—El mismo Bush, con todo lo que le gusta la guerra y que la gente se mate por
ahí, está poniendo trabas a que haya más libertad para abortar en Estados Unidos —
recordó Jaime.
—Se ve que el movimiento provida va ganando posiciones en USA. En el
artículo al que me refería antes, Norma se declaraba, en ese momento, como «ex
lesbiana, ex proabortista, ex Jane Roe». Como justificación de sus años de activismo
proaborto, aseguraba que fue manipulada por personas ambiciosas que utilizaron a una
chica desesperada para hacerse famosas y conseguir sus propósitos, y que después la
abandonaron.
—Y lo lograron, por lo que parece.
—Sí. Sarah Weddington y Linda Coffee, las abogadas que se ocuparon de ella,
la convencieron para que denunciara al fiscal de Dallas, Henry Wade, y luchara por su
derecho a abortar en Texas. Y así nació Roe contra Wade: según Norma, un cúmulo de
mentiras. Les dijo a sus abogadas que la habían violado, con la intención de que la
justicia fuera más rápida en su caso. Años después, confesó que no era cierto: su
embarazo fue fruto de «una simple aventura», según declaró en una entrevista televisiva
en el veinticinco aniversario de la sentencia. A principios de los noventa, comenzó a
desilusionarse de las campañas y de la clínica; no soportaba la presión de todas las
mujeres que se le acercaban a darle las gracias por haber permitido que ellas pudieran
abortar. Cuando empezó a trabajar con el grupo católico, toda su vida hasta ese
momento le pareció un error. Norma se convirtió en portavoz de la causa prolife y
publicó un nuevo libro desde el frente contrario, Won by Love. Dice que reza cada año
que pasa para que no llegue el siguiente aniversario.
—Pues ya tendrá que hacerlo con intensidad porque tiene a medio mundo en
contra —dijo Jaime.
—No tanto —dijo Álvaro—. Las encuestas sobre la aceptación popular del
derecho al aborto varían entre más del 60 %, según los datos que proporciona NARAL,
un conocido grupo abortista, y el 46 % que The Economist publicaba hace unas semanas
en su radiografía de las actitudes americanas.
—Tú es que lees de todo, chico. Estás siempre al día —le dijo su amigo.
—Contaba el artículo que el National Right to Life Committee, que es la

66
principal organización antiabortista del país y tiene más de 3 000 delegaciones abiertas
a lo largo y ancho de Estados Unidos, confiaba en que quedasen pocos aniversarios por
delante. El portavoz del grupo aseguraba que en un par de años, la situación puede
cambiar. Afirmaba que la gente y los políticos están con ellos y que la tecnología ha
permitido que veamos la fotografía del feto y nos lo ha acercado como un ser humano.
—Yo también leí ese artículo —dijo Albert—. ¿Te acuerdas de lo que decía
sobre la portada de la página web de ese lobby provida?
—Sí —respondió Álvaro—. Es la imagen de un feto, acompañada de la frase:
«Yo soy un americano». Patriotismo y provida en una combinación perfecta.

Capítulo 9

«Hoy no debería haberme levantado», pensó Jaime mientras ordenaba


medianamente su consulta. Se había despertado con dolor de cabeza y sólo poco a poco
le fue desapareciendo a base de aspirinas. Además, la última visita le había puesto los
nervios de punta. Era el tío más pesado que conocía: en un mes había pedido hora
cuatro veces porque en cada momento pensaba que se iba a morir. «Es que me canso
subiendo escaleras; pero, mucho, ¿sabe usted? El corazón se me pone a cien y creo que
es grave. ¿Usted qué piensa, doctor?» Hoy contaba esa historia y mañana saldría con
otra. Pero por lo que tocaba a la presente jornada, se había terminado.
Al salir por la puerta principal, camino de la parada del autobús, se le acercó un
hombre.
—¡Hola, buenas tardes!
—Hola. ¿Nos conocemos? —preguntó Jaime.
—Pues desde hace unos segundos —contestó el otro—. Me llamo Pascual
Ferrando y soy redactor de la revista Vida y Ciencia. Y si no me equivoco tú eres Jaime
Puig.
—Sí, soy yo.
—Tenía unas ganas tremendas de conocerte. He oído hablar mucho de ti. Premio
extraordinario fin de carrera, coautor de varios trabajos sobre esclerosis coronaria
publicados en Medicina Clínica durante tus años en el Hospital General, regeneración
cuasimilagrosa de miocitos en varios enfermos infartados... Vamos, que no has pasado
desapercibido.
Después de un mal día, no resultaba desagradable escuchar de un desconocido
unas cuantas alabanzas que parecían, incluso, sinceras. Estaba empezando a caerle bien
el tal Ferrando. Era joven, como de unos treinta años, llevaba el pelo peinado hacia
atrás, con gomina, y lucía una perilla que le hacía recordar a Sean Penn en Pena de
muerte. En alguna ocasión había oído hablar de esa revista, pero nunca había llegado a
leerla.
—Parece, además —continuó—, que has sabido venderte bien. Que te fichasen
en el Nou no debió de ser fácil.
—Me buscaron ellos —dijo Jaime, más ufano cada vez.
—¿Te apetece tomar un café? Se te nota cansado.
—¿Dentro? —preguntó Jaime señalando el interior del hospital.
—No, te vendrá mejor salir de ahí después de todas las horas que debes de llevar
trabajando. Al otro lado de la rotonda hay un bar tranquilo donde saben hacer café de
verdad. ¿Vamos?

67
Jaime aceptó la invitación.
Era la primera vez que veía a ese periodista pero le había inspirado confianza
desde el primer momento. Además, se moría de curiosidad por saber qué quería de él.
Se acercaron hasta el bar y se sentaron alrededor de una mesa para dos situada en una
esquina del local.
—Bueno, ¿y para qué querías hablar conmigo? —preguntó Jaime, una vez que le
hubieron servido un cortado.
—Simplemente tenía la intención de hacerte una pequeña entrevista que, si no te
parece mal, saldría publicada en el próximo número de mi revista —respondió
Ferrando.
—¿Cuántos ejemplares tira?
—Tres mil semanales. Además, la edición digital es diaria. Lo que se publica en
papel es un resumen de lo que se cuelga en la red cada día.
—¿Cuándo sale a la calle?
—Todos los miércoles —contestó el periodista.— Puedo suscribirte
gratuitamente por una temporada, si quieres.
—¿Así es como llegáis a los tres mil ejemplares?
Ferrando encajó bien la broma.
—Claro. Es nuestro público cautivo. Lo hacen muchas publicaciones, como ya
sabrás. Distribuyen gratuitamente una cierta cantidad de ejemplares para que llegue a la
gente que más interesa y luego éstos lo difunden entre los colegas. Una entrevista con
un futuro premio Nobel de medicina seguro que tiene punch. ¿Te figuras dentro de unos
años? «Sí, yo fui el primero que le entrevisté cuando era un simple médico que atendía
consultas, pasando desapercibido como uno de tantos.»
—Bueno, vale. Déjate de chorradas y vamos al grano. ¿Qué quieres
preguntarme?
—¿Te importa que utilice una grabadora? Resulta más cómodo que ir tomando
notas.
Estuvieron charlando unos veinte minutos sobre su trayectoria en la universidad
para pasar después a su trabajo en el Hospital General y su admisión en el Nou. Jaime
hizo lo posible para que salieran a relucir algunos detalles especialmente destacables de
los trabajos en los que había colaborado y la importancia que tenía el hecho de que el
Gobierno hubiera concedido al hospital en el que trabajaba el permiso para comenzar la
nueva terapia celular.
—¿Cuentan contigo en el equipo que se va a ocupar de la nueva técnica? —le
preguntó Ferrando.
—Soy un recién llegado —contestó Jaime—, así que no estoy entre los
escogidos. Sin embargo, espero poder colaborar pronto en el GIBI en cuanto me den
una oportunidad. Es una de las cosas que más ilusión me hace. Pero esto no lo saques en
la entrevista, por favor. Ya trataré de conseguirlo yo por mis propios medios, sin
necesidad de recurrir a la prensa.
—No te preocupes, que no saldrá.
Ferrando apagó la grabadora y dio por terminada la conversación. Pagó los cafés
y salieron a la calle. Hacía buen tiempo. Estaban en octubre y el otoño en Valencia es la
estación más agradable.
—Bueno, chico. Muchas gracias. Espero que tengas suerte. ¡Ah! Y no dejes de
echar una mirada a nuestra página web. En cuanto pueda, colgaré esta encantadora
charla que hemos tenido. Buenas noches y hasta la próxima.
—Buenas noches y gracias a ti, Pascual.

68
Al llegar a su casa, le faltó tiempo para encender el ordenador y buscar en la red
la edición digital de Vida y Ciencia a la que se había referido Ferrando. Al tercer intento
con el buscador, la encontró. La presentación resultaba sencilla, pero clara. Como en la
mayoría de las páginas de internet, a la izquierda estaban los links a los diversos datos
de la revista: equipo de redacción, dirección y suscripciones, secciones, etc.; y a la
derecha había enlaces a números anteriores y a otras páginas web relacionadas con
noticias que ellos mismos publicaban o que estaban de actualidad en ese momento.
«Y mañana o pasado, ahí me tienes: entrevista con el joven doctor Jaime Puig,
del Nou Hospital.» Su imaginación empezaba a volar. «Es que en este mundo, si no te
promocionas, no eres nadie. Si no sales en los medios, no existes. No se trata de Nature,
pero por algo se empieza.» Se dio cuenta de que la entrevista saldría sin foto porque el
periodista no le había pedido ninguna. «Eso no puede ser. Si salgo, por lo menos que se
me vaya conociendo también por la cara.» Buscó una reciente que tenía guardada, en
formato jpg, en el escritorio del ordenador y la envió a la dirección de correo electrónico
que aparecía en la página. En «Asunto» escribió: «Foto de Jaime Puig para Pascual
Ferrando». Probablemente tenía alguna en que salía más favorecido pero a saber dónde
la guardada. Ésa podía valer.

El vuelo de Iberia IB6275 que cubría el trayecto Madrid-Houston, con escala en


Chicago, acababa de tomar tierra en el aeropuerto intercontinental G. Bush hacía cinco
minutos. Fernando Miralles había salido a las doce del mediodía de Barajas y se
encontraba en Houston a las diez menos cuarto de la noche, hora local. En poco tiempo,
llegó a la parada de taxis que hacían cola, aguardando a los pasajeros procedentes de
vuelos internacionales. Se había ahorrado la interminable espera que suponía la recogida
del equipaje porque sólo llevaba consigo una cartera de cuero con algunos documentos
de trabajo y una bolsa de viaje con algo de ropa y los útiles de aseo. Era lo único que
necesitaba para pasar el día y medio que había previsto que durase su estancia en la
ciudad sede de la WFD.
El taxi le condujo hasta el Holiday Inn Houston Medical Center, donde había
reservado habitación para dos noches. Al día siguiente, a las ocho y media, debía
informar detenidamente a Gonzalo Gil Gómez de la marcha del proyecto y llegar a una
conclusión acerca de la conveniencia o no de admitir al nuevo cliente dentro del mismo.
La reunión del pasado sábado con el director y el resto del equipo de la UR sólo había
servido para plantear el problema, pero no habían llegado a ninguna solución. Nadie
quiso mojarse aportando un sí o un no a la cuestión y quedaron en que se resolviese el
asunto más arriba, ya que no dejaba de tener sus riesgos admitir un nuevo elemento no
previsto dentro del programa.
Encendió el televisor de la habitación y buscó la cadena local. Hacía tiempo que
no practicaba el inglés y se alegró al comprobar que no tenía problemas para entender al
presentador del programa concurso que emitían a esas horas, con la dificultad añadida
del acento tejano. Éste hacía que muchos extranjeros que creían dominar el idioma se
quedasen mudos ante la imposibilidad de entender a uno de esos vaqueros afincados en
la capital. Se acostó, no sin antes dejar recado en la recepción del hotel de que le
despertasen a las siete y media del día siguiente.

69
Era la tercera vez que viajaba a la ciudad tejana. Se sentía orgulloso de haberse
convertido en alguien con peso específico, especialmente en esos momentos, dentro de
la fundación cuya sede tenía delante de sus ojos. No se trataba, por supuesto, del propio
edificio, sino de lo que se gestaba en su interior. Miralles había sido testigo de la
enorme capacidad de influencia que albergaban esas paredes para modificar
determinadas estructuras a nivel mundial o cambiar la opinión del ciudadano medio
mediante una buena campaña informativa. De hecho, legislaciones de ciertos países en
materia de salud pública o de regulación de la natalidad habían salido directamente de
alguna de las oficinas de la White’s Foundation for Development. El nombramiento de
la fundación como órgano consultor de la ONU le había granjeado la fama y la garantía
de entidad seria y segura en los planteamientos que varias naciones se hacían de cara a
la erradicación de la pobreza, del hambre o del analfabetismo. Constituía un punto de
referencia en el ámbito internacional y eso era lo importante.
Algunas de las orientaciones más arriesgadas que se habían propuesto a
gobiernos de determinados estados que solicitaban el asesoramiento de la fundación
salían a la luz con el transcurrir del tiempo, pero siempre eran presentadas como
decisiones de los propios dirigentes de cada país, procurando que el nombre de la
fundación no apareciese. Interesaba la ocultación, sobre todo, en casos como los
ocurridos en la República Checa, que rayaban la violación de los derechos humanos,
pero que resolvían problemas.
Un grupo de mujeres gitanas de este país sufrió coacciones para ser esterilizadas
entre los años 1970 y 2004. Miralles recordaba bien un artículo del British Medical
Journal publicado el año anterior, en el que se decía que más de sesenta de esas mujeres
habían interpuesto una demanda al defensor del pueblo de su país(11). La primera de esas
demandas fue presentada por una mujer que, en el año 2001, fue esterilizada cuando
solamente tenía diecinueve años, después de dar a luz a su segundo hijo en el hospital
de Ostrava. En su demanda solicitaba una indemnización de más de 15 000 euros,
alegando que en la mañana en la que dio a luz, los médicos se presentaron para que
firmara su conformidad para esterilizarse. Le aseguraron que era necesario hacerlo con
urgencia por motivos de salud. No le permitieron contactar con su marido antes de la
operación y, en adelante, ya no pudo tener más hijos.
Antes, bajo el régimen comunista, las cosas se hacían sin demasiada discreción y
sencillamente se les ofrecía a las mujeres gitanas alrededor de 10 000 coronas checas
para que se dejaran esterilizar. Ante el revuelo que se suscitó con la noticia, la ministra
de Sanidad puso en marcha una comisión para investigar las alegaciones de estas
mujeres. Todo había salido de uno de los despachos del área de Salud y Bienestar de la
WFD, pero su nombre nunca se mencionó.

A las ocho y veinticinco, Fernando Miralles se encontraba en el despacho de Gil


Gómez. Después de aguardar durante cinco minutos, oyó cómo éste se acercaba por el
pasillo mientras atendía una llamada telefónica; por el idioma en el que hablaba, dedujo
que procedía de Italia. 3G dio por terminada la conferencia, hizo una anotación en su
agenda y se dirigió a su invitado con ademán de estrecharle la mano.
—¡Mi querido amigo Fernando! ¿Cómo le fue el viaje? ¿Siguen invitando al
pasajero a esas cenas estilo americano para que uno se vaya acostumbrando a lo que se
va a encontrar aquí?
—Estupendamente, Gonzalo —le respondió Miralles—. Sí, continúan

70
ofreciendo la consabida hamburguesa con queso fundido, aunque uno puede elegir otro
menú si lo desea. ¿Cómo está el señor Gordon?
—Como siempre. Enorme y continúa como un volcán, lanzando ideas e
iniciativas sin parar para que todo esto funcione. Es su vida y disfruta con ello.
Compartiremos la mesa con él durante el almuerzo en el comedor privado de la quinta
planta.
—Me muero de gusto por saborear de nuevo la lasaña que tomé la última vez.
¿Continúa el mismo cocinero? —preguntó Miralles.
—¿Pietro? Por supuesto. Después de los jefes de sección es el personaje más
importante de todo el edificio. Se morirá entre sus cacharros de cocina. Está a gusto con
nosotros y nosotros con él.
Continuaron hablando de vaguedades durante un rato más hasta que Gil Gómez
se sentó y ofreció un sillón a su invitado junto a la mesa redonda que servía de lugar de
reunión dentro de su espacioso despacho.
—Pasando ya a temas profesionales —comenzó Gonzalo Gil—, quiero en
primer lugar darle mi enhorabuena por el modo como está llevando adelante el proyecto
en España. Pienso que fue un acierto nombrarle director del grupo de investigación y
delegar la dirección del hospital en Cortés. Es competente pero, entre nosotros, yo me
fío más de usted. Lo que en estos momentos prima es que se vayan cumpliendo los
plazos señalados para conseguir la plena liberalización del sector y podemos decir, sin
lugar a dudas, que en nuestro país vamos por buen camino.
Las palabras de 3G resultaban reconfortantes. Fernando Miralles se sentía
satisfecho consigo mismo.
—Las cosas, sin embargo, van un poco más lentas de lo que cabría esperar en
países como Italia —continuó Gil Gómez—. Como ha visto, acabo de hablar con el
delegado de la fundación en Roma y no se muestra nada contento con la situación
actual. El referéndum del pasado año sobre la reforma de la ley italiana de reproducción
asistida nos dejó planchados. El pueblo no apoyó las modificaciones planteadas y, desde
entonces, vamos en busca de nuevas estrategias para cambiar la opinión pública.
—En el Nou, como bien sabe, venimos trabajando el asunto desde hace meses
—presumió Miralles—, y tenemos a esa opinión pública, tan difícil de manejar, de
nuestro lado. Se ha dejado pasar el tiempo que hemos considerado oportuno para poner
en marcha las curaciones de nuestros pequeños clientes. Vamos a dejar asombrados al
país entero y a esos otros grupos británicos que tienen permisos concedidos para clonar
embriones desde mucho tiempo antes que nosotros.
—Lo hemos hecho bien en España —dijo Gil—. Aunque yo diría que ha sido
más fácil de lo que podíamos esperar. No puedo decir que me alegrase por el atentado
del 11M en Madrid, pero sí pienso que, al propiciar el cambio de Gobierno, salimos
favorecidos. La ley aprobada a principios de este año —se refería a la nueva ley de
reproducción asistida de España— ha venido a ser justo lo que necesitábamos para
acelerar el proceso que estamos a punto de culminar, al menos, en una de sus fases.
La conversación fue interrumpida por las notas de la Primavera, de Vivaldi: era
el teléfono móvil de 3G, que le avisaba de una llamada entrante. Después de mirar en la
pantalla quién le estaba telefoneando, pidió disculpas a Fernando Miralles y la atendió.
Éste hizo ademán de salir del despacho para que el otro pudiera hablar con tranquilidad,
pero le indicó con un gesto que podía quedarse. Ahora el idioma era el castellano, por lo
que pudo enterarse del contenido de la conversación, al menos en parte.
—De nuestro hospital en Costa Rica —explicó Gil, cuando terminó de hablar—.
Tampoco se puede decir que vayan muy bien nuestros planes en ese país. Como sabe,
Costa Rica lideró el grupo de los estados que se oponían a todo tipo de clonación de

71
seres humanos cuando se debatió el asunto en las Naciones Unidas hace un año y
medio(12). ¡Un pequeño país que se pone a dictar órdenes a los demás! Pero así fue.
Claro, que tenía detrás también a Estados Unidos y a un numeroso grupo de países,
sobre todo, americanos y africanos. ¿Pero qué van a saber esos muertos de hambre sobre
lo que conviene más a nuestro mundo? —La irritación de Gonzalo Gil se traslucía en el
tono de sus palabras—. Como recordará, la prohibición recomendada por la ONU en
marzo del año pasado se refería tanto a la clonación reproductiva como a la
experimental o terapéutica. Fue adoptada por la Asamblea General por cincuenta votos
de diferencia entre una postura y otra: ¡una enormidad! Demasiada gente en contra del
progreso. Sin embargo, los países contrarios a esa declaración lograron añadir alguna
que otra cláusula que dejase suficiente margen para que los estados partidarios de
investigar con embriones clónicos la interpretasen a su manera.
—«Hecha la ley, hecha la trampa», como bien sabemos hacer en España —
comentó Miralles. Recordaba perfectamente la noticia.
—Efectivamente. Gran Bretaña y otros estados de su misma opinión se
apresuraron a dejar claro que seguirían promoviendo investigaciones con células madre
obtenidas de embriones clonados.
—Aparte de algunos entendidos, ¿cuánta gente podía saber que, hasta ese
momento, con la clonación de embriones humanos no se había tratado, ni curado
directamente a ningún enfermo? —preguntó Miralles, como pensando en voz alta.
—Supongo que no mucha, por no decir que casi nadie —contestó 3G—. Hay
que seguir hablando de los efectos curativos maravillosos que va a tener la clonación
humana. Ya llegará el momento en el que el mundo entero se convencerá. Nosotros
pondremos nuestro granito de arena para que todo vaya adelante hasta que desaparezcan
los impedimentos absurdos que algunos quieren poner al progreso de la ciencia.
Mientras, tendremos que seguir trabajando por nuestra cuenta, con todas las
precauciones que sean necesarias.
—Por cierto —dijo Miralles— le recuerdo que tenemos que hablar precisamente
del riesgo de admitir al nuevo chico en el proyecto de la UR.
—Sí. Leí el correo electrónico que me envió en el que me explicaba el asunto.
¿Sabe si la familia ha viajado a Bélgica?
—¿Se refiere a si han estado en el Hospital Universitario de Bruselas?(13)
—Sí.
—Estuvieron, efectivamente, como muchas otras parejas —dijo Miralles—. No
parece muy efectivo su tratamiento. El primer resultado positivo de su sistema llegó
después de cuatro años de trabajo y les funcionó en un solo caso de las quince parejas
que completaron todo el proceso. Eso de procrear un bebé seleccionado genéticamente
que les permita curar a un hermano enfermo no debe de resultar tan fácil, aparte del
precio que cobran: más de 6 000 euros. Parece que han mejorado el protocolo y, a fecha
de hoy, sé que, por lo menos, ya han conseguido traer al mundo a dos bebés
medicamento. Con la nueva ley española, hay clínicas que se han puesto a trabajar en la
selección genética y algunas han empezado a tener resultados pero, de momento, son
pocas las que lo han logrado.
—Y por eso hay más parejas que acuden a nuestro hospital, ¿no es así? Eso está
muy bien, amigo Miralles.
—Ahora nos toca decidir qué hacemos. El chico cumple todos los requisitos que
se han hecho públicos, pero no es del grupo de los preseleccionados.
—¿Tiene alguna idea?
—Sí. Hay algo que quisiera proponerle —respondió Miralles. Había tenido
tiempo de sobra para pensar en el asunto, pero quería que la decisión la tomara Gonzalo

72
Gil. Al fin y al cabo, él era el director del área dentro de la fundación—. Creo que
podemos admitirle en el proyecto.
—¿Qué le ha llevado a pensar de ese modo?
—Es muy sencillo. Por un lado, los padres del chico han ofrecido una buena
cantidad para que le incluyamos: 150 000 euros. El dinero siempre viene bien. Como
todo se acaba sabiendo, no conviene ocultar el «donativo» que están dispuestos a darnos
estas personas. Podemos hacer público que se destinará a los fondos generales de la
fundación y ya se encargarán ustedes aquí de meterlos en las cuentas de algún proyecto
que esté en marcha en un país africano indeterminado.
—Y supongo —añadió 3G— que no le iría mal disponer de un tanto por ciento
de esa cantidad para sus..., vamos a llamarlos, «fondos reservados».
—Ciertamente —le confirmó Miralles—, me gustaría que, al menos, parte del
dinero se quedase en casa, ya que somos nosotros quienes lo hemos generado. Ustedes
pueden facilitar las cosas; tienen en estas oficinas los suficientes recursos para hacer
desaparecer unos pocos miles de euros en el entramado de las diversas actividades que
lleva a cabo la fundación.
—Me parece bien esa solución. Pero todavía no me ha dicho cómo va a encajar
al nuevo chico dentro del plan.
—También he pensado en eso —Fernando Miralles dejó pasar unos segundos
antes de exponer su idea, para crear en su interlocutor cierta expectación—.
Simplemente, vamos a incluir al chico en un auténtico proceso de clonación terapéutica.
Gil Gómez le miró extrañado.
—¿Podría explicarse mejor, Fernando?
—Por supuesto. Se trata sencillamente de experimentar con él. Lo más probable
es que no tengamos éxito ya que, como bien sabe, aún faltan unos cuantos años para que
se logre una verdadera curación usando clones humanos. Por lo que parece, las células
madre embrionarias van a ir siempre por detrás de las adultas en la carrera de la terapia
celular. Lo que vamos a hacer con ese chico es precisamente aquello para lo que hemos
obtenido el permiso del Gobierno en España: tratar de curarle con las células de un
embrión clonado.
—¿Y qué pasará cuando se compruebe que no se obtiene la curación deseada en
este caso y sí, en cambio, en los demás? —preguntó Gil.
—¿Acaso hemos asegurado rotundamente a alguno de los clientes de la UR que
va a verse libre de su enfermedad? —fue la respuesta de Miralles.
—No lo sé. Supongo que no se habrán atrevido a hacerlo.
—Exacto. Por eso, no será de extrañar que en algún caso no se cure el enfermo.
Además, no va a hacer falta actuar sobre los catorce chicos; bastarán unos cuantos
«milagros» para haber cumplido el objetivo. Aunque eso dependerá de cómo
manejemos a la prensa, la televisión y al propio Gobierno español.
—Como usted vea, Miralles. Parece que lo tiene bien pensado. Por mí, puede
admitir a ese nuevo chico.

El principal motivo de su viaje a Houston ya estaba tratado, y la decisión,


tomada. Continuaron conversando acerca de otros aspectos del funcionamiento del
hospital y de la Unidad de Regeneración.
—A propósito. Hemos contratado recientemente a un joven cardiólogo con visos
de llegar a lo más alto —comentó Miralles.
—¿Cómo se llama?

73
—Jaime Puig. Le cogimos porque temíamos perder una buena pieza. Había
recibido ofertas de otros hospitales pero ha terminado en el nuestro. Me parece —
continuó Miralles— que tiene unas ganas locas de trabajar en el grupo de investigación.
Quizá se lo proponga dentro de poco tiempo. Es ambicioso. Mucho más que nuestro
viejo doctor Guillermo Díaz Herrero.
—¿No querrá quitárselo de en medio ahora que acaban de empezar a trabajar en
la UR?
—No, de momento —respondió Miralles—. Es bueno, tiene mucha experiencia
y conoce todo el proyecto. Pero creo que le falta ilusión y, a veces, se va un poco de la
lengua. Hemos incluido a su nieta, teóricamente por puro azar, entre los chicos
seleccionados, pero él sabe que ha sido sólo con la intención de mostrar a la gente la
confianza que el médico más antiguo del centro tiene en la nueva terapia. Esa chica no
se curará nunca.
—Que todo funcione bien es tarea suya, amigo Miralles —le animó Gil
Gómez—. Tiene en sus manos una parte muy importante del proceso que puede llevar a
la Humanidad a dar un salto de gigante en su desarrollo. Y, no lo olvide, un eslabón
fuerte garantiza la continuidad de la cadena.
Llegó la hora del almuerzo, que transcurrió en un ambiente jovial y distendido,
bien rociado de vino italiano que ayudó a crear una atmósfera desenfadada al final de la
comida. Michael Gordon se alegró de poder saludar al doctor Miralles, del que tanto se
esperaba. Hizo honor a su apellido, vaciando y volviendo a rellenar su plato en el
tiempo en que los demás se conformaban con una ración de la riquísima lasaña que, a
petición del invitado, había servido Pietro. Después del café, en el que, ante el asombro
de Miralles, el señor Gordon se echó unas gotas de sacarina —«lo hará para que no le
termine de reventar el cinturón», pensó—, se dio por terminada la comida.
El presidente Gordon tenía que asistir treinta minutos después a la junta de
socios y quería reunirse un rato antes con Gil Gómez para que le informara acerca de las
investigaciones en el hospital valenciano. Los socios protectores disfrutaban al
comprobar que sus cuantiosos donativos producían los efectos deseados. Había que
tenerlos siempre contentos y, en este aspecto, Gordon no tenía rival: las noticias que
aportaba, reales o inventadas, sobre la marcha de cada uno de los proyectos
patrocinados siempre lograba de los benefactores grandes elogios para la fundación que
dirigía y el apoyo económico necesario para continuar adelante.
Gonzalo Gil se despidió de Miralles, pues ya no iban a verse de nuevo.
—Que tenga un buen viaje de vuelta y no olvide dar recuerdos a su padre de mi
parte cuando pase por Madrid.
—Descuide, se los daré. Muchas gracias por todo.

74
Capítulo 10

—¡Vaya, vaya! Bonita chavala que te has buscado, muchacho.


—¡Ché! Déjate de tonterías.
La cabeza de Jaime asomaba por la puerta entreabierta de la habitación de una
enferma a la que Álvaro estaba visitando.
—¿Se puede?
Con las manos en los bolsillos de la bata y un chupa-chups en la boca daba la
imagen del médico joven y jovial que pretendía mostrar. Se veía que se había levantado
esa mañana con buen pie.
—Nuria —dijo Álvaro, señalando a su amigo—, te presento al doctor Puig, que
trabaja en la planta de cardiología. Está un poco flaco para su altura pero trata de
arreglarlo con esos caramelos que chupa para evitar fumar.
—Nuria —dijo, a su vez, Jaime—, te presento al doctor Costa, famoso por la
manía que tiene a los gordos y a los diversos métodos que empleamos para mantenernos
en forma.
La chica se quedó desconcertada por el intercambio de divertidas puyas que se
habían dirigido los dos médicos. Nuria tenía catorce años, era morena, con el pelo hasta
los hombros y cierto aire infantil en su mirada.
—Ten cuidado con lo que dices, doctor Puig —continuó la broma Álvaro—:
estás delante de la nieta de uno de los gurús del hospital: Guillermo Díaz Herrero es su
abuelo.
—Vaya. Pues es un honor conocer a la nieta del médico decano del Nou. De
ahora en adelante —continuó Jaime, haciendo una reverencia— os trataré, princesita,
con mayor delicadeza.
Nuria miraba a uno y a otro sorprendida.
—¿Es que ustedes nunca hablan en serio? —les preguntó.
—No te preocupes, muchacha —le respondió Jaime—. Es para romper un poco
la monotonía del trabajo de aquí. Se ve que los enfermos que tiene que visitar el doctor
Costa son más variados que los míos y, en lo que se refiere a las enfermas son, sobre
todo, más guapas.
La chica se ruborizó hasta las orejas.
—Venga, hombre, no se lo hagas pasar mal —intervino Álvaro—. Perdónale,
Nuria; es que Jaime es un poco guasón y está cansado de tratar a personas mayores con

75
el corazón averiado, que suelen ser los enfermos que más ve. Aquí, en la planta de
neurología, los médicos nos relacionamos con gente más diversa.
—Bueno, pero estaba exagerando de todas formas —explicó Jaime—. Hablando
ahora en serio, son personas que sufren y a las que intento curar o aliviar de sus dolores,
que es lo que debe hacer todo médico. Lo que ocurre es que, en ocasiones, uno se cansa
de ver y de decir siempre lo mismo. Por cierto —continuó— si vuelvo a pasar por aquí
o nos vemos en otro lugar, deja lo de «doctor Puig» o el usted. Llámame Jaime, que es
como me llaman mis amigos.
—De acuerdo, doctor Puig..., digo, Jaime —contestó la muchacha.

A los dos del mediodía resultaba una tarea difícil conseguir una mesa en el
restaurante del hospital. Sin embargo, Álvaro había bajado diez minutos antes y había
conseguido reservar una para dos personas. A las dos y cinco, llegó Jaime y pidieron el
menú del día.
—¿Qué hay de nuevo, viejo?
—Lo que has visto esta mañana —contestó Álvaro—. Me han encargado de
cuidar a esa niña y me han dicho que ponga especial esmero. Están haciéndole unas
pruebas estos días.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Jaime.
—Sufre leucodistrofia metacromática.
—¿Y eso qué es?
—Se trata de una enfermedad genética que afecta a los nervios, los músculos y
otros órganos, y empeora progresivamente con el tiempo. Está generalmente ocasionada
por la ausencia de una enzima y causa daño a las vainas de mielina que rodean las
células nerviosas. —Ante la cara de asombro que se le había quedado a Jaime, procuró
explicárselo mejor—. ¿Has visto la película El aceite de la vida?
—Sí. ¿No es ésa que protagoniza Susan Sarandon?
—Exacto. Es un matrimonio que tiene un hijo con una enfermedad que no
aciertan a tratar hasta que descubren una combinación de aceites que logran retardar su
curso, pero que no la cura.
Jaime recordaba la película pero no los detalles de la historia.
—Nuria es una de los catorce de la suerte que un día entrarán en la Unidad de
Regeneración, cuando los cultivos de células madre embrionarias estén lo
suficientemente desarrollados para comenzar el tratamiento. Mientras tanto, hay que
continuar con la terapia tradicional.
—¿Cuántos años tiene? No aparenta más de quince.
—Tiene catorce años y nadie sabe cuántos le quedan por delante. —El tono con
el que dijo estas palabras reflejaba la pena que le producía la situación de la chica—. A
ver si estas técnicas tan revolucionarias se ponen de una vez en marcha y la sacan
adelante. Por lo visto, hay un italiano, un tal Luigi Naldini, que ha logrado curar la
enfermedad en ratones combinando terapia génica y celular: inocula los genes
terapéuticos que codifican la enzima que falta mediante células madre adultas extraídas
de la médula ósea de un ratón gemelo del que está enfermo. No las inyecta directamente
en el cerebro, sino que ellas solas migran hacia las zonas lesionadas y hacia los tejidos
nerviosos y, una vez allí, son capaces de diferenciarse y reparar la función defectuosa.
Un artículo de Diario Médico del año pasado cuenta cómo lo hace.
—¿Y tú qué pintas mientras tanto?
—La mantengo estacionaria, dentro de lo posible. La chica ha tenido suerte,

76
después de todo, porque su enfermedad tiene la forma juvenil tardía; vamos, que los
síntomas han empezado a aparecer hace poco tiempo y quizá se pueda curar. Además,
en esta forma, el mal progresa más lentamente que si fuese una niña más pequeña.
—¿Qué lleva consigo la enfermedad? Vaya, me refiero a qué le pasa a una
persona que la está sufriendo como ella. Cuando la vi en la habitación, no daba ninguna
impresión de encontrarse mal.
—De momento, lleva una vida prácticamente normal, pero pronto vendrán los
primeros signos. Pueden ser problemas de comportamiento, pérdida de las funciones
mentales, desempeño deficiente de las tareas en la escuela o en el trabajo, convulsiones
y pérdida del control muscular...
«¡Pobre chica!», pensó Jaime. Era muy fácil darse cuenta de la preocupación que
Álvaro sentía por la joven.
—Hace ya cinco meses que el Gobierno concedió el permiso para comenzar la
clonación de embriones y todo parece parado —se quejó a su amigo.
—Creo que te equivocas —le dijo Jaime—. ¿No es así, Pilar?
En ese momento pasaba junto a su mesa una mujer, a la que Álvaro había visto
en varias ocasiones en la recepción del hospital, aunque solamente se habían
intercambiado breves saludos. Tendría unos cincuenta años, llevaba el pelo recogido en
un moño y sostenía una taza de café en la mano, buscando un sitio donde sentarse.
—¡Hola, Jaime! —saludó— ¿Qué me decías?
—Lo primero es que, si no tienes inconveniente, te invitamos a nuestra reducida
mesa.
—En absoluto. ¿Me presentas a tu amigo?
—Sí, perdona. Pilar, éste es Álvaro Costa. Álvaro, ésta es Pilar, la amiga de mi
tía, aquélla de la que te hablé.
—Encantado —dijo cortésmente Álvaro.
—Lo mismo digo —respondió la mujer—. ¿Qué me habías preguntado antes?
—Álvaro trabaja en la planta de neurología y le han encargado que cuide de
Nuria, la nieta de Díaz Herrero.
—¡Ah, sí! Me dijeron que había entrado en el grupo de los elegidos para la
aplicación de la nueva terapia, ¿no es así?
—Sí. Mi amigo se lamenta de que todavía no se haya puesto en marcha ningún
protocolo con alguno de los catorce chicos del grupo y a mí me parece que ya han
comenzado a trabajar con una niña de nueve años que sufre anemia de Falconi. Como tú
estás en recepción, coges muchas llamadas y te enteras de todo, igual sabes más que yo.
—O sea —protestó Pilar—, que me estás llamando fisgona.
—Bueno, no te enfades. ¿Puedes decirnos algo o no?
—Claro, hombre. No se trata de ningún secreto. ¿Tu amigo es de fiar? —le
preguntó con una sonrisa pícara en los labios.
—Completamente.
—De acuerdo. Pues os puedo decir que han empezado a trabajar con esa chica,
que, por cierto, se llama Pilar, como yo. Hace un par de días la ingresaron en la UR y
ahora toca esperar. No me preguntéis cuánto tiempo estará ahí dentro porque no soy
médico. De eso, vosotros sabréis.
—Pues igual se tira uno o dos meses en la unidad. Lo importante es que se cure.
—Sería el primer caso en España —intervino Álvaro—. Y apuesto a que le
darán la mayor cobertura informativa posible.
—Naturalmente. Ya se encargará el Gobierno de ello —dijo Jaime—. Para eso
pone el dinero.
—Y a ver cuándo le toca a mi nieta.

77
El que había hablado era el doctor Díaz Herrero, que se encontraba sentado a dos
mesas de distancia de donde se hallaban Álvaro, Jaime y Pilar y estaba escuchando
todo. Se les acercó con una copa de coñac en la mano. Jaime procuró disimular el
desagrado que le produjo el olor a alcohol que emanaba de él. Debía de ser la segunda
copa, por lo menos, aunque era bien conocido en el Nou el aguante que el doctor Díaz
tenía en lo referente a la bebida.
—Me alegro de conocer al médico que está tratando a Nuria —dijo, dirigiéndose
a Álvaro—. Es la única hija de mi hijo Javier y creo que ya va siendo hora de que
hagamos algo por ella. Pero me parece que todavía habrá que esperar.
Álvaro se levantó en señal de respeto, pero Guillermo Díaz le animó a sentarse
con un gesto.
—Deja, hombre, deja. No hace falta. Si me lo permitís, me uniría a vuestra
tertulia. Pero aquí estamos un poco estrechos ¿no os parece?
—Podemos coger la mesa que usted acaba de dejar vacía y unir las dos, si no le
importa al encargado —le sugirió Jaime, para situarse lo más alejado posible de él.
—Hazlo, muchacho, que no te va a decir nada.
Una vez acomodados los cuatro, continuaron charlando, mientras los dos
jóvenes médicos se apresuraban con su almuerzo que, como de costumbre, se les había
quedado frío. Pilar, como veterana del lugar, aprovechó la oportunidad para presentar a
Álvaro y a Jaime al viejo doctor.
—Os había visto por el hospital, pero no conocía vuestros nombres.
—Pilar nos ha informado de que ya hay una niña en la UR —le dijo Álvaro.
—Sí. Hace dos o tres días que ingresó —les confirmó Díaz—. Pero no me
preguntéis nada al respecto: primero porque es secreto profesional, y segundo, porque la
enfermedad que padece pertenece al área del doctor Hierro y no a la mía. De todas
formas, cuando tenga que producirse la curación, se producirá. Por eso, no hay que
temer. Está todo controlado.
—¿Qué quiere decir, doctor? —preguntó Jaime, sorprendido por lo que acababa
de oír a Díaz Herrero.
Diego Zuazo apareció como por arte de magia en ese instante y saludó al grupo.
Dijo que tenía que hablar sobre unos asuntos con el doctor Díaz y se marcharon los dos.
—¿Qué habrá querido decir con eso de «está todo controlado»? —preguntó
Jaime mirando a Pilar y a Álvaro.
—A mí no me preguntes, que yo no sé de estas cosas —le respondió Pilar.
—Quizá nos ha querido transmitir su seguridad de que el experimento va a salir
bien —contestó a su vez Álvaro—. Pero lo ha dicho de un modo muy extraño: «cuando
tenga que producirse la curación, se producirá»; como si alguien tuviese todo
programado.
Terminaron de comer, mientras Pilar se tomaba su segunda taza de café.
—«Doctor Puig. Doctor Puig. El director le espera en su despacho». —El aviso
venía de un altavoz situado a la entrada del restaurante.
—Vaya; se ve que cada día que pasa vas tomando mayor protagonismo en este
hospital. A mí —le dijo Álvaro—, sólo me avisan para acudir a una urgencia o porque
estoy llegando tarde a la consulta.
—Es que en esta vida hay que ser un trepa si quieres llegar a algún sitio. Seguro
que quiere ofrecerme un aumento de sueldo.
—Venga —le dijo Pilar—. No le hagas esperar, que es quien manda aquí.

78
El despacho de Luis Cortés estaba situado en la tercera planta del Nou. La mesa
de trabajo del director, alrededor de la cual podían reunirse hasta cinco personas,
incluyendo al propio Cortés, ocupaba la mitad de la habitación. Detrás, un gran ventanal
se abría a la calle del Doctor Nicasio Benlloch, lo que proporcionaba al despacho una
buena iluminación natural. El suelo estaba revestido de moqueta verde. Resultaba un
lugar agradable para trabajar.
El director estaba sentado de cara a la puerta del despacho. Al otro lado de la
mesa, Jaime sostenía entre sus manos un ejemplar del último número de Vida y Ciencia.
En la penúltima página aparecía su foto y la entrevista que Ferrando le había hecho unos
días antes.
—Me parece, mi querido y joven doctor —comenzó diciéndole Cortés— que
tienes demasiada prisa por darte a conocer y salir en la prensa.
—¿Hay algo malo en lo que hice, señor? —preguntó Jaime—. Ese periodista,
Ferrando, estaba esperándome a la salida del hospital hace unos días. Me preguntó si no
me importaba que me hiciese unas preguntas y yo le contesté que no había ningún
problema.
—Has de saber que ese periodista está tratando de hacernos la puñeta con
algunos de sus artículos. Todo lo que sea relacionarnos de un modo u otro con él, hemos
de procurar evitarlo.
—Bueno, después de todo, ha salido publicado el nombre del hospital, lo que ya
supone cierta propaganda, y en la entrevista no se menciona nada peyorativo para el
Nou —se defendió Jaime.
—Tú no conoces a esa gente, muchacho. Comienzan procurando hacerse los
simpáticos, ganarse la confianza de las personas de buena voluntad como tú para,
después, tratar de sonsacar información y buscarle el lado truculento. Necesitan noticias
todos los días.
Jaime le escuchaba con atención y algo avergonzado por el rapapolvo.
—Ten por seguro —continuó el director— que si algún día ocurriese algún
pequeño accidente, que puede darse como en cualquier otro sitio, o se viese alguna
persona saliendo del hospital echando maldiciones por el motivo que fuera, ese tal
Ferrando acudiría a ti para que le contases algo sobre lo sucedido. Después, dijeses lo
que dijeses, acabaría saliendo publicado lo que al periodista le viniera en gana contar;
eso sí, siempre precedido por las famosas palabras «hemos sabido por fuentes del
mismo hospital que... ».
—Lo siento, señor. A partir de ahora, tendré más cuidado. Gracias por la
advertencia.
—Así me gusta, chico.
Eso de que le llamasen «chico» o «muchacho» no le acababa de agradar, pero
debería aguantarse mientras continuase siendo uno de los nuevos.
—Pero no son sólo pequeñas broncas lo que toca hoy —dijo Cortés, cambiando
el tono de la conversación.
—¿A qué se refiere?
—Supongo... bueno, estoy seguro de que conoces la existencia del Grupo de
Investigación de Bioingeniería.
—Sí. El GIBI. ¿No es ése su nombre?
—Así es —le confirmó Cortés—. Hemos pensado que podrías incorporarte al
grupo, al menos a tiempo parcial, con el fin de que te vayas familiarizando con los
protocolos de clonación y te integres en alguno de los trabajos que están en marcha.
Jaime no cabía en sí de gozo. No era tan malo el tío éste. Bien se merecía la
reprimenda por su candidez respecto al periodista que había tratado de engatusarle. Pero

79
saltaba a la vista que los errores se perdonaban en el lugar en que trabajaba y que la
confianza en uno no se perdía a las primeras de cambio. ¡Incorporarse al Grupo de
Bioingeniería! Esto se lo tenía que contar a Álvaro. No se lo iba a creer.
—¿Cuándo puedo empezar a trabajar? —preguntó ansioso.
—Tendrás que hablar con el doctor Miralles. Supongo que sabes que es el
director del grupo, a la vez que coordina la Unidad de Regeneración. Él hablará con tu
jefe inmediato y te dirá con quién debes ponerte en contacto. Por cierto —continuó
Cortés—, ¿te has enterado de que ha comenzado la aplicación de la terapia celular
embrionaria con una niña en la UR?
—Me han llegado noticias. Me gustaría, si es posible, estar al día de los
resultados que se vayan obteniendo, si no es inmiscuirme en lo que no me toca.
—El protocolo lo dirige el doctor Hierro. Es una persona reservada, pero pienso
que no hay ningún inconveniente en que le preguntes. Te gustaría ocuparte de los
enfermos de esa unidad, ¿verdad?
—Bueno, de momento, me conformo con pertenecer al grupo de investigación.
Si se me presenta la oportunidad de trabajar en la UR, le aseguro que no rechazaré el
ofrecimiento.

Al terminar el día, en toda la planta de cardiología ya se sabía que el joven


doctor Puig iba a comenzar a trabajar en el GIBI. Cuando pasó por recepción del
hospital, Pilar le llamó.
—¡Felicidades! Ven aquí, que te dé un beso.
—Gracias, Pilar, muchas gracias —le dijo Jaime, dejándose abrazar por la
mujer—. Lo malo es que, a partir de ahora, supongo que me verás menos porque tendré
más trabajo que nunca. He de ponerme al día en lo que otros llevan mucho tiempo
investigando.
—Eso está hecho —le dijo Álvaro, que también se había enterado del asunto y
acababa de aparecer saliendo del ascensor más próximo a recepción—. Tres o cuatro
noches en vela y sabrás tanto como cualquiera de ellos.
—Claro, como no te toca a ti…
—¿No te irás a quejar ahora?
—No. Tienes razón —reconoció Jaime—. Tenía ilusión por trabajar en este
hospital y lo he conseguido. Me moría de ganas por investigar en la nueva terapia
celular y ya estoy metido en lo que quería. —Acercándose un poco más a Pilar, que
estaba sola en la recepción en ese instante, y llamando a su amigo junto a sí, continuó
como en secreto—. El paso siguiente es que cuenten conmigo en la UR, pero todo
llegará.
—Si te lo propones, estoy segura de que lo conseguirás —le dijo Pilar,
orgullosa.
Los dos amigos se despidieron de Pilar y, mientras abandonaban el hospital por
la entrada principal, se les acercó un joven con perilla.
—¡Pero mira quién es! ¡El nuevo investigador del Grupo de Bioingeniería! Me
lo ha contado uno de tus compañeros de planta, que es muy buen amigo mío. ¡Me
alegro mucho, muchacho!
La felicitación del periodista parecía del todo sincera.
—Supongo que nuestro pequeño encuentro del otro día que hoy publica mi
revista habrá ayudado en tu nombramiento, ¿no es así?
Jaime no le contestó. No estaba seguro de qué decirle. Álvaro intervino:

80
—Perdona, pero no te conozco. Me llamo Álvaro Costa. Soy amigo de Jaime y
trabajo también en el hospital.
—Y yo —le dijo el periodista, tendiéndole la mano— me llamo Pascual
Ferrando y soy redactor de la revista Vida y Ciencia. ¿No te ha contado nada tu amigo
acerca de la entrevista que le hice hace unos días?
—No.
—Quizá no estaba seguro de que la cosa iba en serio y de que llegase a publicar
su foto y sus declaraciones. Pero, mira, ahí están. Salen en el número de hoy y le han
valido el nombramiento de investigador en el GIBI.
—Te agradecería que, en adelante, me dejases en paz —le dijo Jaime
secamente—. Prefiero que no volvamos a encontrarnos. No me han hablado muy bien
de ti. A propósito, gracias a tu artículo casi me quedo fuera del grupo. Adiós.
Se dirigió hacia la parada de taxis, subió al primero de la fila y desapareció entre
el intenso tráfico de la ciudad a esas horas de la tarde. Álvaro y Pascual se quedaron
mirando cómo se marchaba, asombrados de su reacción.
—¿Qué le pasa a tu amigo? —preguntó Ferrando.
—No lo sé —respondió Álvaro—. Hasta hace un momento estaba radiante de
alegría por el nombramiento. Ha sido aparecer tú y cambiarle la cara. Quizás se trate de
algo que publicaste en ese artículo sobre él o sobre el hospital.
—No lo creo. Más bien, debe de ser que no habrá gustado a la dirección que un
periodista de una publicación que les ha estado buscando las cosquillas en determinados
temas se acerque a uno de sus cachorros e intente hacer amistad con él.
—¿Qué temas son ésos?
—En mi revista trabajamos personas de diversas tendencias políticas —le
explicó Ferrando—, pero tenemos en común el respeto de la vida humana desde su
comienzo, que situamos en la concepción. A partir de ahí, ve tirando del hilo y verás
cuántas otras cosas se derivan: no nos parece bien ni la clonación terapéutica ni, por
supuesto, la reproductiva; colaboramos con los grupos provida en la cobertura
informativa de campañas que llevan a cabo; informamos de páginas web con contenidos
que aportan datos sobre la regulación natural de la natalidad y todo lo que se te ocurra a
favor de la cultura de la vida.
—¿También estáis en contra de la eutanasia?
—¿Y tú?
—¿Yo? —Álvaro se quedó pensativo—. Cuando uno está en contacto con
enfermos todos los días se hace muchas preguntas. Imagino que también hay muchas
respuestas diferentes. Depende de quién sea el que te las dé y cómo te las ofrezca, te
inclinas hacia un lado u otro.
Mientras charlaban, llegaron hasta la esquina de las calles Amics del Corpus y
Miguel Servet. Cruzaron a la otra acera y se dirigieron hacia uno de los muchos bares
que se habían instalado en la zona, a la vez que se construyó el hospital.
—Hace un poco de frío aquí fuera. ¿Qué tal si entramos?
—De acuerdo. Pero sin entrevista, que quiero conservar mi puesto de trabajo.
—Todo será off the record, no te preocupes.
Pidieron sendos cafés con leche, que les sirvieron en la barra, ya que no había
sitio en ninguna de las mesas.
—¿Has oído hablar del Protocolo de Groningen? —le preguntó Ferrando.
—Nunca —respondió Álvaro—. ¿De qué se trata?
—Me he acordado de ello cuando me preguntaste si nuestra revista está en
contra de la eutanasia —le explicó Ferrando—. Fue propuesto por dos pediatras de la
Clínica Infantil Beatrix de Groningen(14), en Holanda. Por si no lo sabías, la eutanasia

81
fue legalizada en ese país en el año 2000. Ese protocolo consiste fundamentalmente en
unas medidas con las que se trata de establecer las bases legales para extender la
eutanasia a recién nacidos que sufran enfermedades graves. Han conseguido el apoyo de
la Asociación Holandesa de Pediatría, que se ha pronunciado a favor de utilizarlo.
Cuando surgió la noticia, la mayor parte de los medios de comunicación extranjeros
reaccionamos con indignación ante esta práctica médica en Holanda. Los autores del
procedimiento se defendieron enseguida, achacando todas estas críticas a
«incomprensión» y a una falta de información.
—¿Qué entienden esas personas por «enfermedades graves»? —apuntó
Álvaro—. No es nada fácil decidir en esos casos.
—En un artículo publicado en la revista New England Journal of Medicine,
Verhagen y Sauer, los autores del protocolo, sostenían que simplemente constituía una
guía para indicar al médico cómo actuar cuando el recién nacido experimentara un
sufrimiento insoportable debido a una enfermedad grave y que no pudiera aliviarse con
los cuidados médicos. Por supuesto, ellos ya iban por delante: el estudio presentado con
el protocolo se refería a veintidós casos de eutanasia a bebés, realizados en la sección de
pediatría de la clínica en los últimos siete años, sin que se hubieran dado repercusiones
judiciales. Todos eran pacientes nacidos con espina bífida, como consecuencia de la
cual no funcionaban varios órganos, entre ellos los riñones y el intestino, por lo que los
bebés sufrían dolores insoportables y ahogos. Los padres se vieron en la «obligación»
de pedir la eutanasia porque no se sentían en el derecho de alargar el sufrimiento de sus
hijos.
—Quizá sea una buena solución para evitar el sufrimiento de esos niños. Su
calidad de vida no habría sido muy envidiable, que digamos, ¿no te parece?
—De hecho —continuó el periodista—, para ofrecer una imagen abierta a las
distintas opciones, el protocolo reconoce que una calidad de vida considerada como
inaceptable para justificar la eutanasia es un criterio subjetivo que depende de las
distintas opiniones de padres y médicos y ellos simplemente están exponiendo la suya.
Ferrando sacó una carpeta de su cartera y comenzó a buscar algo entre diversos
recortes de periódicos y revistas que tenía.
—Mira, aquí está. Lo he encontrado.
—¿Qué has encontrado?
—El artículo del que te hablaba. Es que, en mi opinión, resultan muy atrevidas
unas declaraciones de apoyo al protocolo que hizo en su día el catedrático de
neonatología del hospital adjunto a la Universidad Libre de Amsterdam. Mira lo que
dice: «Es una decisión difícil, pero no podemos dejar vivir a un niño en unas
condiciones inhumanas, aunque los padres lo deseen. En una situación así, sólo el
médico puede determinar objetivamente sobre lo que es lo mejor para el paciente».
—¡Coño! ¿Y los padres no cuentan para nada?
—Pues eso mismo digo yo.
—Claro —dijo Álvaro—. En esos momentos debe de ser cuando todos esos
grupos provida empiezan con sus preguntas de difícil solución, ¿verdad?
—¿A qué te refieres? —le preguntó Ferrando.
—Pues a los dilemas que supongo que debe plantearse un buen médico en casos
como éstos: «¿He de procurar de aliviar ese dolor o será mejor provocar la muerte, que
lo elimina de golpe?» «¿Evitar el sufrimiento es mi obligación prioritaria y justifica
cualquier medio que emplee para alcanzarlo?» «¿No sería mejor recurrir a la sedación,
moralmente aceptable, que contribuye a disminuir el sufrimiento sin provocar
directamente la muerte?».
—Efectivamente, acabas de dar en el clavo. Son interrogantes que muchos se

82
hacen pero que después se evitan la penosa obligación de responder y así, tiran por lo
más fácil. Además —prosiguió Ferrando—, si cuentas con testimonios personales, la
cosa se les pone más fea a los partidarios del protocolo. Douglas Sorocco es el
presidente de la Asociación Americana de Espina Bífida y lo que cuenta de sí mismo
ofrece un serio contraste con la propuesta holandesa. En el momento de su nacimiento,
sufría una de las formas más severas de esta enfermedad y padecía sin esperanzas. Sin
embargo, con la necesaria ayuda médica, ha conseguido llevar una vida de la que se
siente satisfecho. Declaraba hace poco que disfruta de «una vida que vale la pena. Y lo
mismo dirían mi mujer y mi familia».
—Lo malo es que, en opinión de muchas personas, esa persona debería haber
sido eliminada al nacer y, de seguro, se habría ahorrado mucho gasto y muchas
preocupaciones a sus padres y amigos. —Tras unos segundos, Álvaro sentenció—. Sin
embargo, yo soy de los que piensan que vale la pena pagar un precio, aunque sea alto,
para que nuestra sociedad continúe siendo mínimamente humana
Ambos permanecieron callados un rato, dándole vueltas a lo que acababan de
hablar. Ferrando rompió el silencio:
—Personalmente, ¿qué opinión te merece la posibilidad de crear hombrecitos
para obtener de ellos células madre aunque el proceso acabe con su vida? Y sobre eso
de desechar a los que no estén sanos o que, gozando de perfecta salud, no sean
compatibles con el hermano enfermo, ¿a ti qué te parece?
Álvaro reflexionó unos instantes antes de contestar.
—Como hemos comentado, cuando te ves rodeado a diario de enfermos de cierta
gravedad y piensas que tú estás ahí para curarles, te planteas hacer todo lo posible para
conseguirlo. Entonces es cuando empiezas a pensar si existe un límite en los medios que
puedes poner para lograr tu objetivo y salen a la luz todas esas preguntas que decíamos
antes.
El periodista le miró fijamente a los ojos, mientras le decía:
—Tú lo has dicho de nuevo: el problema aparece cuando empiezas a pensar. Lo
más fácil es no pararse a reflexionar y actuar sin más problemas: «¿Se puede? Pues
hágase».
—¿Y tú qué piensas de todo lo que se está haciendo en el Nou?
—Mira —le respondió Ferrando—, te voy a poner un ejemplo que quizá ayude a
explicar mi postura. Habrás visto alguna de esas películas en las que el jefe de la policía
les dice a sus subordinados: «Dispara primero y pregunta después». Eso está bien para
Al Capone o algún otro mafioso criminal. Pero, en el caso del ser humano concebido y
no nacido, ¿no crees que habría que actuar en el orden contrario? No conviene jugar con
algo cuyo valor desconoces.
—Supongo que te refieres a todo ese asunto del estatuto del embrión, en el que
no hay modo de ponerse de acuerdo. Algo parecido al Plan Hidrológico Nacional.
—Sí, pero una vida humana tiene infinitamente más importancia que la
distribución del agua en España.
—Era sólo un ejemplo.
—La gente opina del tema, pero, claro, cada cual según su criterio. Hay quien ve
en el embrión nada más que un pequeño grupo de células; otros dicen que hasta el día
catorce de la nueva vida no se puede considerar ser humano, y lo llaman preembrión;
otros lo consideran como uno de nosotros desde que se fusionan los gametos... Te puedo
decir que entre los científicos más en boga actualmente en nuestro país, hay uno que ha
reconocido recientemente que si el embrión es persona humana claramente resulta
intocable, pero esa premisa, según él, es lo que hay que demostrar. Muchos parten de la
negación de su entidad de ser humano porque es lo más fácil.

83
—Hace unas semanas hablábamos Jaime y yo con un viejo profesor de la
universidad sobre esto mismo —recordó Álvaro—. Es curioso; se inclinaba por
considerar con respeto al embrión y, por ese motivo, dejó de practicar abortos, pero no
sabía cimentar lo que todos llamamos «dignidad del ser humano».
—¿Cómo se llama?
—Albert. ¿Por qué me lo preguntas?
—Me lo había figurado. Colabora de vez en cuando con nuestra revista. En el
próximo número se publicará un artículo suyo referente a la aplicación de células madre
adultas en el tratamiento de infartos de miocardio.
—Vaya. Pues tendré que ir a verle de nuevo. Siempre resulta más enriquecedor
escuchar a la persona que ha escrito un artículo que leerlo simplemente.
Después de un rato más de charla, se despidieron.
—Toma mi teléfono —le dijo el periodista—. Quizás algún día se te pasen los
miedos y quieras colaborar en mi revista.
—Sí. Quizás algún día.

84
Capítulo 11

«Para el profesor Damián García Olmo, director de la Unidad de Terapia Celular


de la Universidad Autónoma de Madrid, el asunto está claro: “Sólo podemos tener
seguridad con las células madre adultas con que estamos trabajando. No es que unas
sean más seguras que otras; es que las embrionarias no se pueden usar porque en seis
semanas desarrollan tumores”»(15).
Alfredo Albert se encontraba repasando artículos que había ido acumulando los
últimos meses, cuando sonó el timbre de su casa. Se acordó entonces de la cita con
Álvaro Costa. Habían quedado hacía un par de días. Álvaro le había telefoneado para
preguntarle si no tenía inconveniente en que fuese a visitarle el sábado por la mañana.
—Encantado de volver a verte. ¿A qué hora vendrás?
Quedaron en que se acercaría sobre las once. Cinco minutos después de la hora
señalada, Álvaro aparcaba su coche delante de la casa de Albert.
Tan enfrascado se hallaba en lo que estaba leyendo que tardó un rato en
reaccionar a la llamada. Volvió a sonar el timbre.
—¡Ya voy!
Abrió y se encontró con el rostro sonriente de Álvaro.
—Perdona, muchacho. Es que estaba repasando una documentación que tengo
guardada y...
—No se preocupe. A mí también me pasa algunas veces.
—¿Hoy vienes solo?
—Sí.
No se le había ocurrido decirle nada a Jaime sobre la nueva visita que pensaba
hacer a Albert.
—Tendrás que disculparme porque no he preparado nada para tomar. Pero
puedo sacar una cerveza de la nevera. Creo que tengo alguna.
—No se moleste, profesor. Sólo venía a charlar un rato sobre un artículo de la
revista Vida y Ciencia que lleva su firma y ya he visto publicado en la edición digital.
Me han dicho que saldrá en papel el próximo miércoles.
—Vaya, pensaba que había poca gente que leía esa revista, pero veo que me
equivoco.
—Me lo contó un redactor que trabaja ahí. ¿Realmente piensa que no tiene
futuro la terapia con células madre embrionarias, como afirma en su artículo? —le
preguntó Álvaro.
Se sentaron en el mismo tresillo que la vez anterior, junto a la mesita, que esta
vez se encontraba llena de folios impresos con noticias sacadas de internet.
—Precisamente, cuando llegaste, estaba leyendo las conclusiones de un
Simposio Europeo sobre Medicina Regenerativa que organizó hace algo más de un año
la Asociación Española de Bioética y Ética Médica. Como ahora le ponen siglas a todo,
se le conoce como la AEBI. Las he descubierto hace unos minutos en internet y me las
he impreso. Prácticamente la totalidad de los ponentes coincidían en que las células
embrionarias son por el momento incontrolables.
Albert cogió uno de los papeles que había sobre la mesa, se ajustó las gafas y
continuó.
—¿Y sabes por qué? En primer lugar, al ser indiferenciadas, hay que saber cómo
dirigirlas para obtener el tipo concreto de células que se necesitan en terapias
determinadas; pero resulta que el conocimiento sobre la diferenciación de las células
madre es todavía muy pobre, por mucho que algunos digan que lo dominan. Además,
como sabrás, no siempre es fácil discriminar las células que se han diferenciado al tejido

85
que tú quieres de las que aún siguen siendo madre. Si introduces una célula madre no
diferenciada en el organismo tienes una probabilidad muy alta de desarrollar un cáncer.
—Todo eso aparece en su artículo. Supongo, entonces, que no solamente la
AEBI habla en estos términos, sino que es algo común y aceptado a nivel internacional.
—Así es. Aún hay más. Una de las principales características que se piensa que
tiene una célula madre es la autorenovación, es decir, su capacidad de dividirse
indefinidamente, multiplicarse, sin por ello dejar de ser célula madre. Pues bien, se ha
comprobado que en realidad no es así.
Albert parecía estar disfrutando como si estuviera dando una clase a un alumno
aventajado.
—Investigaciones recientes muestran que las células madre embrionarias
humanas, cuando se cultivan en el laboratorio, sufren alteraciones de su material
genético a medida que aumentan las fases del cultivo y se van multiplicando más y más.
Lo leí hace unos meses en JAMA(16). Un grupo de investigadores norteamericanos ha
identificado alteraciones en los cromosomas de las líneas celulares actualmente
autorizadas en Estados Unidos para uso experimental. Han comprobado que surgen
mutaciones, desórdenes y aberraciones cromosómicas que van en aumento con el
tiempo ¡No te lo creerás, pero adquieren las mismas características que una célula
cancerosa!
—Esto no lo había oído hasta ahora.
—Pues es como te lo cuento. A pesar de todo esto, siempre te vas a encontrar
con personas que querrán seguir investigando con células madre embrionarias. Y tienen
sus razones. En ese mismo simposio participaba Catherine Verfaille. ¿Sabes quién es?
—No —contestó Álvaro.
—Es la directora del Instituto de Terapia Celular de la Universidad de
Minnesota. Es un número uno en lo que se refiere a la investigación en este terreno. Ha
descubierto un tipo de células denominadas MAPC: en inglés, Multipotent Adult
Progenitor Cells. Por lo visto, hacen maravillas(17). Desde hace varios años, esta
investigadora se dedica a estudiar este tipo de células de la médula ósea, que son escasas
y difíciles de cultivar en el laboratorio. Ha llegado a la conclusión de que tienen todo el
potencial de las células madre embrionarias y una ventaja sobre ellas: no desarrollan
tumores. Otros científicos, desde luego, no están de acuerdo con las conclusiones a las
que ha llegado. Ella misma reconoce que sus células pueden ser demasiado escasas y
frágiles para ser utilizables. Sin embargo, las ventajas que presentan son irrefutables: su
uso está libre de objeciones éticas, no dan problemas de rechazo, ya que son extraídas
del mismo paciente, y, una vez implantadas, se diferencian y multiplican sin causar
tumores.
—Pues no parece que esta mujer vaya a ser de los que investigarán con las
embrionarias.
—No, efectivamente. Pero ahora verás por qué te he contado lo anterior:
aseguraba Verfaille en esa reunión que es posible que dentro de veinte años conozcamos
el proceso de diferenciación de las células madre embrionarias y, como son las que
tienen mayor capacidad de desarrollarse, son también las que nos pueden ayudar a
aprender cómo una célula pasa de ser inmadura a adulta. Es decir, todo lo que sea
investigar en el proceso de diferenciación va a facilitar que se conozca mejor al ser
humano desde su concepción, desde la fusión de los gametos. Y, ahí viene lo peor,
muchos biólogos prefieren ir por el camino de las embrionarias en vez de experimentar
con células madre adultas.
Tras una pausa, continuó.
—El año pasado estuve de oyente en un seminario dedicado a Terapia Celular y

86
Medicina Regenerativa, que formaba parte de uno de los cursos de verano que organiza
la Universidad Complutense de Madrid, en El Escorial. Participó gran parte de los más
destacados expertos españoles sobre esta materia y solamente uno de ellos habló de los
experimentos realizados con células madre embrionarias: el doctor Carlos Simón, de
«nuestro» Instituto Valenciano de Infertilidad. Todos los demás ponentes presentaron
experiencias realizadas con células madre de tejidos adultos.
Álvaro recordaba haber seguido la noticia, pero sin demasiado interés; desde
luego, con mucho menos del que estaba mostrando ahora en el tema.
—Precisamente, en el artículo informo de que solamente en el área de infartos
de miocardio hay en elaboración más de trescientos estudios clínicos, llevados a cabo
todos con células madre de tejidos adultos. En la gran mayoría de ellos se han
conseguido objetivas mejoras funcionales de los corazones infartados que han recibido
la terapia celular. Sin embargo, según se comentó en esa reunión, hasta esa fecha no
había ningún protocolo clínico en el que se estuviesen usando células madre
embrionarias. Desde luego, es algo que contrasta con el gran entusiasmo que han
demostrado algunos investigadores españoles en experimentar con células extraídas del
embrión.
Ambos se quedaron un rato abstraídos, sin decir nada.
—¿Te ha gustado mi artículo? —preguntó Albert.
—Sí. Es muy completo(18).
—Sólo recojo datos de experimentos de unos y otros y los ordeno de modo que
la información sea más inteligible para el lector.
Álvaro llevaba tiempo pensando en plantearle a Alfredo Albert la misma
cuestión de la que habían hablado él y Jaime hacía tiempo.
—Profesor.
—¿Sí?
—Con todo lo que me acaba de decir, sigo sin comprender por qué todavía
tantos investigadores se afanan en trabajar con células madre embrionarias cuando la
mayoría parece estar de acuerdo en que la aplicación de las adultas en terapias es más
esperanzadora a corto plazo y, de hecho, ya se han obtenido resultados en algunos
casos.
Albert esbozó una sonrisa, mientras miraba al joven doctor con una expresión
mezcla de admiración y de afecto.
—Álvaro, se ve que, a pesar de estar bien colocado y de tener por delante un
futuro prometedor, aún no has sido picado todavía por el mosquito del orgullo y el
individualismo; y me alegro mucho por ti.
—¿A qué se refiere?
—A lo que, en un momento u otro de la carrera de un buen médico o
investigador, surge: la tentación de ser el primero, el afán de que nadie te pise el
descubrimiento que estás a punto de culminar; en definitiva, el deseo irresistible de
lograr el merecido reconocimiento por la labor realizada. Ver tu nombre recogido en el
mayor número de medios de comunicación posible y ser considerado por todos como
una celebridad.
Ante la cara de asombro de Álvaro, Albert procuró hacerse entender mejor con
unos ejemplos.
—No deberías sorprenderte. Hay muchos casos en nuestra historia reciente: ahí
tienes a los Raelianos que, en diciembre de 2002, dijeron que había nacido la primera
niña producto de una clonación humana. ¿En qué quedó la cosa? Nadie lo sabe, pero
con esa noticia salieron en la prensa y muchas personas que no sabían nada de ellos se
enteraron de su existencia.

87
Álvaro cayó en la cuenta de que Albert tenía razón. No conocía nada de este
grupo hasta que saltaron a la actualidad internacional por el anuncio que hicieron.
—Todas las investigaciones relacionadas con la clonación —continuó el
profesor— siempre me han dado la impresión de ser una carrera para ver quién llega
antes a no se sabe bien qué meta(19): en 1996, el grupo de Ian Wilmut conseguía el
nacimiento del primer mamífero clonado a partir de una célula adulta: la oveja Dolly;
aunque tuvieron la prudencia de esperar al año siguiente para publicar su logro. En junio
de 1997 la empresa biotecnológica Clonaid, vinculada a los mismos Raelianos, propone
a través de internet el servicio de clonación de humanos para parejas estériles, al precio
de 200 000 dólares; en 1998, otro grupo anunciaba que había conseguido aislar por
primera vez células madre embrionarias a partir de embriones humanos obtenidos por
fecundación in vitro; en al año 2001, una firma comercial de Massachussets, la
Advanced Cell Techology, comunicaba que, utilizando la transferencia nuclear
somática, había producido un embrión humano clonado, que había vivido hasta el
estado de seis células; en el 2004, el grupo surcoreano de Woo Suk Hwang, usando la
misma técnica, generaba, según afirmaron por entonces, treinta embriones humanos que
se desarrollaron hasta la fase de blastocisto, y obtenían finalmente la primera línea de
células madre de embriones humanos clonados; en mayo del año pasado, anunciaron un
nuevo avance en su trabajo, que más tarde se descubrió como fraudulento. Y cada
semana que pasa, un grupo anuncia su éxito particular.
—Pero eso no creo que tenga nada de malo —sugirió Álvaro—. Todos tendemos
a la vanidad y a creernos superiores a los demás; y si podemos probarlo, mejor todavía.
—Tienes toda la razón, Álvaro —admitió el profesor—. Pero hay que informar
de los avances científicos sin callarse lo que esos avances pueden llevarse por delante.
Puedes dominar la opinión pública dependiendo de lo que des a conocer y de lo que
procures que no se conozca. Me gustaría saber, por ejemplo, si los surcoreanos
informaron de que una mujer sometida a tratamiento de superovulación produce sólo
diez óvulos, y que, por lo tanto, se necesitan uno o dos ciclos de estas técnicas invasivas
para obtener la materia prima necesaria para la terapia de un solo paciente. Yo no soy
mujer, pero me parece que no resulta muy agradable que te produzcan dos
hiperovulaciones. Además, no se habla del enorme gasto que estos experimentos llevan
consigo. Por los datos que tengo, me da la impresión de que la clonación terapéutica, si
llega a funcionar, va a ser medicina para millonarios.
Tras una pequeña pausa, continuó.
—Otro ejemplo: el anuncio de este mismo grupo coreano de que habían
conseguido clonar once embriones y crear líneas de células madres provocó la euforia
entre los familiares de pacientes con diabetes, Alzheimer, Parkinson..., y también entre
no pocos científicos, aunque luego no fuese cierta la noticia.
Álvaro recordaba perfectamente cómo apareció en toda la prensa nacional a
finales del año anterior el fraude que había cometido el investigador coreano.
—El problema —continuó Albert— es que unos y otros se regocijaron por dos
motivos diferentes. Los primeros creían que clonar embriones produciría pronto terapias
para enfermedades hoy incurables. Los otros sabían que este tipo de clonación es
básicamente un instrumento de investigación en el futuro inmediato. El mismo Hwang
declaraba que no se atrevía a negar la condición de ser humano de los embriones que
había producido, sean once o dos, me da igual; por eso, llegó a decir que, si no había
personas al lado de las incubadoras, se podrían sentir muy solos(20). Lo habló con su
equipo y decidieron que alguien debía estar junto a las incubadoras hablándoles a las
células. Es muy curioso, pero te prometo que lo leí un día en un periódico nacional.
Lo que Álvaro estaba escuchando le parecía realmente sorprendente, aunque no

88
podía decir que le resultase desconocido. Cuántas veces le había dado la impresión de
vivir en dos países diferentes según leyese un periódico u otro, o escuchase las noticias
en una u otra emisora de radio.
Todavía se acordaba de la noticia que saltó a la prensa en el mes de febrero.
Según decía un periódico, el Instituto Valenciano de Infertilidad había evitado por
primera vez en el mundo que un bebé heredase una determinada enfermedad del sistema
inmunológico de la que sus padres eran portadores. El éxito se había conseguido gracias
al diagnóstico genético preimplantacional, que había permitido la selección genética de
embriones. Al día siguiente, en ese mismo periódico, leyó una carta al director en la que
el autor pedía al diario algo más de rigor en sus informaciones: el hecho de que el bebé
hubiera nacido sin la enfermedad de sus padres no se debía a la aplicación de ninguna
terapia especial, sino que era el resultado de desechar a otros embriones producidos
mediante fecundación in vitro, portadores de la enfermedad, y de conservar uno que, por
el capricho de la genética, no padecía la enfermedad de sus progenitores.
Alfredo Albert prosiguió con su argumentación. Había dedicado mucho tiempo a
ilustrarse a través de internet, buscando en páginas especializadas, y estaba deseoso de
hacer partícipe a alguien del resultado de sus investigaciones.
—Tengo guardado un recorte de Diario Médico que recoge una entrevista a
James Watson. Como recordarás, es el descubridor de la estructura helicoidal del ADN,
uno de los más importantes hallazgos de la historia de la medicina. En esa entrevista se
manifiesta muy claramente sobre la investigación con células madre. Espera un
momento, que enseguida lo traigo.
El profesor cogió una carpeta de la estantería, marcada con el número 2005, y
extrajo una hoja en la que había pegado el recorte.
—Mira, en concreto es del 25 de mayo de 2005. Dice: «Estoy a favor de que se
deje investigar en todas estas prometedoras técnicas pero tenemos que ser realistas y, de
momento, no podemos decir a la gente que curamos el Alzheimer con células madre». Y
hay muchos investigadores prestigiosísimos, como él, que opinan lo mismo.
Álvaro procuró tomar nota mentalmente de todo lo que había oído esa mañana y
le dio las gracias al profesor por recibirle. Tenía mucho en lo que pensar a partir de lo
que Albert le había explicado.

89
Capítulo 12

—¿Puedes repetirme dónde estáis? —preguntó Pilar, que tenía el turno de noche
en el hospital ese día.
—¡En la calle Tres Cruces! ¡Junto a la boca de metro de Hospital! Dense mucha
prisa, por favor —contestó la muchacha.
A su lado, tendido en el suelo, se encontraba Alex. Se habían conocido esa tarde
en la discoteca Dance3, para menores de dieciocho, que se acababa de inaugurar hacía
menos de un mes. A Lola le había gustado el modo como se reía en el círculo de amigos
con los que estaba y a Alex le había gustado el color de sus ojos. Como, además, tenían
una amiga común, resultó fácil saludarse y pasar el resto de la tarde juntos, charlando y
tomando algo. Después de varias horas en el local, ya no sabían qué hacer.
—¿Nos vamos? —le propuso Alex a la chica—. Es que aquí hay que hablar casi
a gritos para entenderse. Además, no quiero llegar tarde a casa.
—Vale. Yo también tengo ganas de irme —contestó ella. Ya habían hablado de
todo y con todos y estaban empezando a aburrirse.
Antes de dejar el local, Alex se ofreció a pagar a su nueva amiga la última
consumición que aún no había cobrado el joven que servía. No se percató de la mirada
que le dirigió otro chico situado de espaldas a la barra, mirando al resto de la gente,
como distraído. La cartera de Alex no andaba escasa de billetes —y de los grandes—,
cosa que no pasó desapercibida al joven de la barra. Desde su puesto de observación,
hizo un gesto a alguien que se encontraba junto a la puerta de la discoteca.
Lola y Alex salieron juntos, charlando sobre dónde vivía cada uno y
comentando, mientras se dirigían a la boca de metro más cercana, cuál podía ser la
mejor combinación de transbordos para hacer la mayor parte del trayecto en compañía.
El sitio era más bien solitario. Desde hace años, los locales de fiesta juveniles se
montaban relativamente lejos de los edificios de viviendas para evitar así denuncias por
contaminación acústica. Dance3 era uno de éstos, con la ventaja de estar bien
comunicado para facilitar la vuelta a casa de los chicos y chicas que lo frecuentaban.
La hora no era muy avanzada pero, con el reciente cambio de hora, la oscuridad
parecía llegar antes de lo acostumbrado. La calle, además, no estaba bien iluminada. No
se sentían completamente solos —se veían varios grupos de chicos y chicas por delante
y por detrás de ellos, a bastante distancia, en la prolongada calle que llevaba al metro—
pero la impresión de aislamiento les animaba a apresurar el paso. Otras veces habían
hecho el mismo camino dentro de un grupo más numeroso. Para evitar la sensación de
desamparo, no dejaban de hablar, a la vez que se intercambiaban los números del móvil
y sus direcciones de correo electrónico.
—¡Oye, tú! —escucharon a su espalda.
Los dos se volvieron y vieron a un chico, algo mayor que ellos, que se
aproximaba. Como no les gustó nada la aparición, ambos se giraron simultáneamente
hacia delante con intención de poner tierra de por medio cuanto antes, pero otro joven,
más alto y corpulento que el anterior, plantado delante de ellos, les cerraba el paso.
«Seguramente —pensó Alex— han salido del solar de la izquierda.» La salida hacia la
calzada estaba tapada por varios coches aparcados. Les tenían encerrados.

90
—¿Qué quieres? —preguntó, dándose la vuelta y dirigiéndose al que tenía a su
espalda.
—Te he visto en la discoteca y me da la impresión de que estás asquerosamente
forrado —contestó el otro—. Y como a mí me gusta que la riqueza esté bien distribuida,
espero que colabores con esta buena causa y me des todo lo que llevas encima.
Alex pensó inmediatamente en su padre y en la cantidad de veces que le había
dicho que no debía llevar tanto dinero encima. Pero a él le gustaba impresionar a la
gente y no le hacía caso. Ahora debería atenerse a las consecuencias de haberse
pavoneado delante de sus amigos. Sin embargo, no pensaba dejarse robar así como así
por un par de rateros.
—¿Y si no quiero?
—Date la vuelta y echa una mirada.
El chico se giró y vio a Lola con la boca tapada por la manaza del tiarrón que
había aparecido por delante de ellos y con el filo de una navaja apoyado en su garganta.
La cosa iba en serio.
—Vamos, dame la cartera y acabemos cuanto antes —le ordenó el ladrón.
Entonces, cometió el segundo error de la noche. Imaginó que el cinturón marrón
de taekwondo conseguido la pasada semana sería suficiente para tumbar a los dos
atracadores y arremetió contra el que tenía delante, suponiendo, como así sucedió, que
su compañero no se atrevería a hacer nada a la chica. Éste, en cuanto vio el movimiento
de Alex, la soltó y corrió en ayuda de su colega. En unos segundos, tenía cogido por el
cuello a Alex mientras Lola contemplaba la escena, incapaz de reaccionar.
—Me has jodido bien, chaval —le dijo el más bajo, que tenía toda la pinta de ser
el que mandaba—. Ahora te vas a quedar sin dinero y vamos a dejarte unos recuerdos
para que no te olvides de nosotros.
Después de una primera patada en el estómago, Alex se llevó las manos al
vientre por el dolor. El atracador se fijó entonces en el pequeño resplandor verde que
salía de la muñeca del chico.
—¡Ah! Y esa pulsera que llevas también me gusta. Dámela.
Alex prefirió no resistirse y comenzó a teclear el código para abrirla y
entregársela a su atracador.
—¿Pero qué estás haciendo? —le gritó el más mayor, que no soltaba su cuello.
—¿Queréis la pulsera? —contestó Alex, casi llorando del dolor—. Pues para
dárosla tengo que pulsar unos botones concretos, ¿vale?
Acababa de terminar y ya estaba quitándosela, cuando el grandullón gritó al
otro, que se había distraído un momento mirando a Lola.
—¡Eh, tío! Que ha llamado a la pasma.
—¡Pero qué has hecho, cabrón! —le gritó éste. Y sacando su propia navaja, de
un palmo de hoja, comenzó a clavarla en el vientre del muchacho. Una, dos, tres, cuatro
veces. El mayor le dejó caer al suelo
El que hacía de jefe sacó la cartera del bolsillo trasero del vaquero de Alex; se
hizo rápidamente con su contenido —el tiempo se le estaba echando encima— y cogió
la pulsera, que, con el forcejeo, había ido a parar al suelo. El resplandor verde
procedente del piloto ya no se veía; debía de haberse golpeado con algo y había dejado
de funcionar. Reunido todo el botín, amenazó a Alex:
—Y a la próxima, te mato.
Después, dirigiéndose a su compañero, le ordenó:
—¡Vámonos!
Los dos ladrones salieron corriendo, atravesando el solar por el que habían
aparecido. Lola despertó de su parálisis mental y comenzó a gritar.

91
—¡Que alguien nos ayude, por favor! —Estaba histérica y apenas se entendía lo
que decía—. ¡Auxilio! ¡Por favor!
El rostro de Alex se contraía por el dolor. Tirado en el suelo, logró sacar el
teléfono móvil del bolsillo de su cazadora y se lo tendió a la chica.
—¡Busca «Hospital» en la agenda y llámales! —consiguió decir.
Lola agarró el móvil. Después de perder unos segundos preciosos tratando de
comprender el funcionamiento del teléfono, encontró la palabra y pulsó el botón de
llamada.

La madre de Alex no paraba de llorar. Su marido trataba de calmarla sin


conseguirlo, mientras conducía todo lo aprisa que le permitían sus nervios. Desde
urgencias del Nou Hospital habían recibido una llamada a las diez y media de la noche,
avisándoles de que su hijo acababa de ser ingresado por herida de arma blanca y que
debían presentarse de inmediato.
Llegaron al hospital y preguntaron en recepción. Pilar, que había atendido la
llamada de la chica, buscó apresuradamente en el ordenador el paradero del muchacho
«herido por arma blanca».
—«Alejandro Ferrer Lucas. En espera de ingreso en la UR» —leyó en la
pantalla—. Es por este pasillo de la derecha, la última puerta de la izquierda.
Apresúrense porque les están aguardando.
Tres caras se volvieron hacia ellos cuando entraron en la sala sin llamar. Alex
estaba acostado en una camilla, aunque apenas pudieron verle porque la enfermera que
acompañaba a los dos médicos corrió enseguida una cortina que les tapó la vista de su
hijo.
Uno de los doctores que estaban atendiendo al chico se dirigió al matrimonio.
—Los señores Ferrer, supongo.
—Sí, somos nosotros —contestó el padre—. ¿Qué le ha pasado a nuestro hijo?
—Le han atracado al salir de una discoteca y le han herido con una navaja —les
informó el médico—. Está muy grave. Ha perdido muchísima sangre y no sabemos si va
a salir con vida.
La mujer empezó a sollozar de nuevo, después de haber conseguido dominarse
poco antes de llegar al hospital.
El otro médico se les acercó.
—Estamos esperando a que llegue el doctor Zuazo —les dijo—. Es uno de los
responsables de la Unidad de Regeneración; él se encargará de Alejandro desde que
ingrese en la UR. Con la medicina tradicional no podemos hacer nada y se nos está
yendo. El doctor me ha anunciado que, con toda probabilidad, tendrán que someterle al
shock encefálico para conseguir una regeneración lo más rápida posible. Y debo
recordarles que si sobrevive, recuperarán a su hijo con las consecuencias que lleva
consigo este tratamiento.
—Sí, ya lo sé —respondió el padre, tratando de mostrarse sereno—. Puede
hacerle perder la memoria y todo lo que sabía hasta ahora, ¿no es así?
—Efectivamente —contestó el médico—. Además, probablemente, no podrán
verle en varias semanas.

Aquella mañana disponía de tiempo libre. A primera hora, después de leer los e-

92
mails recibidos en su cuenta, no pudo vencer la tentación de internarse de nuevo en la
red del hospital. Desde la llegada del nuevo director, la información estaba siempre al
día y podía enterarse de todas las novedades. Repasó el estado de sus enfermos
favoritos, aunque no los conocía personalmente. Se alegró ante la mejoría de la mujer de
la 404. Se había fijado en su historia clínica porque le recordaba en cierto modo a la de
su madre, fallecida algunos años atrás por una insuficiencia coronaria aguda que acabó
mandándola a la tumba. Ésta parecía que iba camino de recuperarse.
Indagó en la base de datos en busca de los últimos ingresos. Uno había ido a
parar a la UR y tuvo que saltarse una pequeña barrera informática. «Nombre: Ferrer
Lucas, Alejandro. Motivo del ingreso: heridas de arma blanca. Estado del paciente:
Fallecido». Sintió mucha pena por el chaval. Buscó la carpeta donde había guardado los
historiales de los catorce chicos elegidos para aplicarles la terapia celular con sus
células madre embrionarias. No había tenido tiempo todavía ni tampoco había sentido
un particular interés por leerlas, a pesar de las sospechas que albergaba acerca de la
aleatoriedad de la selección. Comprobó que se trataba de uno de ellos. Imprimió el
informe de su defunción y lo archivó cuidadosamente en la carpeta, junto a los otros
datos del chico. Un expediente cerrado.

Los padres de Alex permanecieron en el hospital toda la noche, a la espera de


alguna noticia sobre la evolución de su hijo. Por fin, a las siete de la mañana, el doctor
Zuazo apareció en la sala donde había pasado la noche el matrimonio.
—Buenos días —les saludo—. Soy el doctor Diego Zuazo y he acompañado a
Alejandro desde que le llevamos a la UR ayer por la noche. De momento, sólo puedo
decirles que su estado es grave, pero hemos conseguido cortarle la hemorragia
producida por los navajazos que recibió. Le hemos inyectado los cultivos de células
madre que estábamos preparando desde su inclusión en el grupo de la Unidad de
Regeneración, pero no podemos asegurar que vaya a salvarse. Ha sido agredido
brutalmente.
Zuazo no era precisamente delicado en el modo de decir las cosas. La madre de
Alex ocultó la cara en el hombro de su marido tratando de esconder las lágrimas que
volvían a afluir a sus ojos.
—Hemos tenido que aplicarle el shock encefálico que acelerará el proceso de
regeneración —prosiguió el doctor—. Quiero que sepan que estamos haciendo todo lo
posible para salvar la vida del muchacho. Si esto les consuela de algún modo, puedo
anunciarles que si conseguimos sacarle adelante, muy probablemente quedará curado
también de la diabetes que padece. A la vez que hemos empezado a aplicarle células
madre para la reparación de las heridas que ha sufrido, hemos iniciado el tratamiento
para librarle de esta enfermedad. Si todo sale como esperamos, los cultivos de células
madre ya diferenciadas resolverán este problema en Alejandro. No tendrán que
preocuparse más de la maldita diabetes.
—Si todo sale como esperan... —repitió el padre del chico.
—Ahora les recomiendo que vuelvan a casa —les dijo Zuazo—. Aquí no pueden
hacer nada por él. Les avisaremos en cuanto haya alguna novedad. El proceso puede ser
muy largo y ya saben que, después de ser sometido al shock, debe mantenérsele aislado.
Pasarán bastantes días hasta que puedan volver a ver a su hijo.
—Gracias, doctor. —Esta vez habló la madre de Alex, menos nerviosa que unos

93
minutos antes—. Sé que está en buenas manos. Alex nació aquí y siempre le han tratado
muy bien. Pero llámenos, por favor, cuando tengan la más pequeña noticia que decirnos.
—Así lo haré. Por cierto —les dijo el doctor, antes de dejarles—, Alejandro no
llevaba la pulsera cuando le trajeron al hospital. ¿Saben qué ha podido ser de ella?
—No, lo siento. La buscaremos en casa, pero no creo que esté. Siempre la
llevaba puesta.
Se marcharon. Unas horas más tarde, el doctor Zuazo llamó a casa de Fernando
Miralles, pero nadie cogía el teléfono. Era domingo, 5 de noviembre y, por lo visto, no
iba a ser fácil dar con él. No había prisa, sin embargo. Podían esperar hasta el lunes. Le
dejó un mensaje en su teléfono inalámbrico para que se pusiera en contacto con él en
cuanto llegase.

Miralles no apareció hasta el lunes, después de comer. Algo le habría


entretenido. Aunque disponía de teléfono móvil, sólo lo utilizaba para llamar desde él.
No deseaba estar localizado, como una gran mayoría de personas y, por ese motivo,
nunca daba su número a nadie, de modo que para contactar con él había que dejarle
recados. Así lo hizo Zuazo, avisando en recepción de que, si aparecía, le dijesen que le
llamara a su teléfono interno. Lo mismo hizo con otros médicos del hospital. Entre los
avisos que había dejado repartidos por todo el centro y la información que habían hecho
circular los del equipo de guardia de la noche del sábado, casi todos los médicos estaban
al corriente del ingreso de Alejandro en la UR y del estado crítico en el que se
encontraba.
—¿Tú cómo te has enterado? —le preguntó Álvaro a Pilar, durante un momento
de descanso, que aprovechó para ir hasta la planta baja a pasear un rato por el exterior.
—¿Quién te crees que estaba esa noche atendiendo las llamadas? Pues yo
misma.
—Cuéntame más cosas.
—Luego hablan del marujeo de las mujeres —se quejó Pilar—. Sólo te puedo
decir que a las diez atendí una llamada de una chiquilla que gritaba histérica pidiendo
ayuda. Me dio una dirección que tuve que hacerle repetir tres veces hasta enterarme
bien y salió una ambulancia a todo correr para recoger al chico. —Pilar se tomó un
respiro y continuó—. Por lo visto, le habían cosido a navajazos un par de malnacidos.
Llamaron a sus padres, que vinieron lo más rápido posible. Como da la casualidad de
que el chico es uno de los catorce enfermos seleccionados para aplicarles la clonación
terapéutica, le ingresaron enseguida en la UR y están tratando de sacarle adelante.
—¿Y qué dice Miralles?
—No lo sé. Ha estado fuera toda la mañana, como yo. Pero si quieres saber mi
opinión, no creo que salga. Estaba muy mal cuando le trajeron. Si, encima, tiene alguna
de esas enfermedades que hay que curar con terapias especiales, peor me lo pones.
Mientras hablaban, vieron al propio Miralles, a Zuazo y el doctor Díaz Herrero
saliendo del ascensor camino del bar, conversando entre sí y Álvaro no desaprovechó la
oportunidad.
—Perdonen —dijo en voz alta para llamar la atención de los médicos.
Se pararon los tres, sorprendidos por la inesperada interrupción, aunque no
pareció molestarles.
—¿Qué deseas, Costa? —le preguntó Miralles.
—No soy yo —mintió—. Es Pilar. Estábamos hablando del chico que ingresaron
el sábado en la UR y nos preguntábamos cómo se encontraría. Pilar fue la que recogió la

94
llamada de socorro y está muy preocupada por la evolución del muchacho.
Se acercaron al mostrador. Pilar estaba pasando una llamada a una habitación y,
cuando terminó, la saludaron los tres afectuosamente. No en balde llevaba en el hospital
desde los comienzos y conocía bien a todos los médicos y enfermeras. La consideraban
como una buena amiga.
—Pilar —la saludó primero Guillermo Díaz—, ¿cómo estás? Perdona que te
hagamos tan poco caso pero sabemos que tu labor aquí es muy eficaz.
—Es que siempre andamos corriendo de un sitio para otro —le dijo Miralles—.
Valga el saludo y la dedicación que hoy te prestamos como compensación por las veces
que no te decimos ni hola.
—Sólo quería saber cómo se encontraba Alejandro, el chico que trajeron el
sábado —les dijo la mujer.
—Hemos conseguido cortar la hemorragia —le informó el doctor Zuazo—, pero
ha habido que recurrir al electrochoque para provocar la proliferación rápida de las
células madre que teníamos preparadas. Esperamos que funcionen bien. Además, hemos
aprovechado la ocasión para iniciar el tratamiento contra la diabetes que padecía el
chico con las células diferenciadas que manteníamos en cultivo. Si se salva, al mismo
tiempo quedará curado de la enfermedad que sufría.
—Tranquila, mujer, que todo saldrá bien —intervino Díaz—. Aquí todo está
bien programado y se curará cuando se tenga que curar. Ya lo verás.
Álvaro advirtió una mirada rápida de Miralles dirigida al doctor.
—Te informaremos de cómo va todo, Pilar. Descuida —dijo Miralles.
Continuaron su camino hacia el bar.

—¿Conque soy yo la interesada en saber el estado del chico? —dijo Pilar cuando
se marcharon.
—Bueno, mujer. Sabía que a ti te harían más caso que a mí. Además, fíjate en la
cantidad de atenciones que han tenido contigo. Se ve que les caes bien.
—Más les vale. Soy la más antigua del lugar, no la más vieja, ¿eh? Y lo sé todo
de todos.
—¿Te has fijado en la mirada que le ha echado Miralles a Díaz Herrero? ¿Por
qué lo habrá hecho?
—No tengo ni idea.
A Álvaro no le pareció sincera la respuesta, pero prefirió no decirle nada. «Lo sé
todo de todos.» ¿Qué sabría de él mismo? Un día de éstos tendría que ponerla a prueba
para ver hasta dónde había sido capaz de enterarse sobre su vida en los pocos meses que
llevaba en el Nou.
Sonó el teléfono. Pilar pidió disculpas a Álvaro, que se marchó para continuar
con sus visitas, y atendió la llamada. Le sorprendió el número tan largo que aparecía en
la pantalla del teléfono. Llevada por la curiosidad, lo copió rápidamente en un papel y
contestó:
—Nou Hospital. Dígame.
La voz que le respondió tenía acento francés y le pidió que le pusiera con el
doctor Fernando Miralles.
—¿De parte de quién es, por favor?
—Dígale que le llama el piloto.
Pilar pasó la llamada a Miralles y, acto seguido, consultó la guía internacional de
prefijos telefónicos que tenía en el cajón del mostrador. La llamada procedía de algún

95
lugar de Argelia.

Hacía más de un mes que no se veían. Se citaron en el bar de Ahmad a las ocho
de la tarde. Cerca ya de diciembre, apetecía más un café caliente que un refresco.
—Hola, chico —le saludó Ahmad—. ¿Qué va a ser?
—Ponme un café con leche con un cruasán —le respondió Álvaro.
—¿Y para el superpoli?
—Yo tomaré un cortado, gracias —dijo Paco.
En un par de minutos tenían sobre la mesa lo que habían pedido.
—¿Cómo tenemos al pequeño Pablo?
—Muy bien, gracias a Dios.
—Me parece que no te he vuelto a preguntar por aquellos dos que robaron en la
joyería. ¿Habéis conseguido localizarles, al menos?
—No, que yo sepa. Aunque empezamos a investigarlo juntos, el caso quedó en
manos del comisario Peláez y no me ha llegado nada de que tengan alguna pista.
Tampoco hemos cogido a los que atracaron a ese chico que está en tu hospital, el que
salía de la discoteca, aunque tenemos fichados a algunos que podrían ser los autores.
¿Sabes por qué sospechamos de dos en particular?
—No creo que pueda adivinarlo.
—Por lo salvajes que fueron —dijo Paco—. La chica que le acompañaba se puso
tan nerviosa que no ha sido capaz de describir a sus atacantes y apenas se ha podido
hacer un esbozo de retrato robot. Pero lo que sí está claro es que se trata de un par de
desgraciados a los que no les importa llenar de navajazos a un chaval por nada.
—¿Se llevaron algo más que el dinero? Quiero decir que si ella llevaba alguna
sortija o si el reloj del chico era de ésos que valen un pastón —le preguntó Álvaro.
—Además de vaciarle la cartera —señaló Paco—, le pidieron una pulsera que
llevaba el muchacho. Por lo que me han contado, parece que tienen que llevarla puesta
todos los pacientes de esa unidad especial que tenéis en tu hospital y, para quitársela,
tienen que teclear un código. La chica contó que, al ver ese par de delincuentes que
pulsaba unos botones para entregársela, se pusieron nerviosos pensando que estaba
llamando a la policía y fue cuando empezaron con la navaja. ¿Por qué les hacen llevar
ese trasto?
—Por lo visto, es una especie de transmisor parecido a un teléfono móvil que
envía datos sobre el estado general del enfermo. Dispone de un pequeño teclado;
escribiendo la fecha de nacimiento del que la lleva y al final dos ceros, pueden
quitársela o ajustársela a la muñeca. Además, sirve de localizador vía satélite de la
persona que lo lleva.
—¿Y para qué querrían la pulsera? Es que son como las urracas: van detrás de
todo lo que brilla.
Álvaro se fijó en que el policía, como había visto hacer al comisario Peláez,
también removía una y otra vez el azúcar en el café, sin dejar de cavilar.
—Has dicho que emite una señal de localización —dijo Paco—. Supongo que
actualmente no estarán recibiendo nada en el hospital.
—Lo habrían comunicado a la policía, ¿no crees? La pulsera debió de romperse
cuando se la robaron. Esos aparatos son muy delicados.
Álvaro le notaba cansado, aunque con ganas de charlar con alguien. Dejó la
cuchara sobre el plato del café y le dijo, de improviso, a su amigo:
—Tú no sabes lo que cuesta educar bien a los hijos.

96
—¿A qué viene eso? —le preguntó Álvaro.
—Es que me acabo de acordar de una cosa. Es por lo que estábamos hablando de
esos dos desgraciados —se explicó Paco—. El otro día conociste a mi hija Teresa. ¿La
crees capaz de acostarse con un tío de dieciocho años?
—Hombre, no lo sé. Parecía muy modosita. Tú lo sabrás mejor que yo.
—El pasado fin de semana la invitaron a una fiesta que se organizaba en la
misma discoteca donde estuvo el chico que atracaron. ¡Mira qué casualidad! No me
hacía ninguna gracia dejarla ir, pero confié en su buen criterio y acudió a la fiesta.
—¿Y qué pasó? —preguntó, Álvaro, intrigado.
—Era la primera vez que iba a un sitio como ése. Sus amigas del colegio la
habían animado mucho: que si te lo pasas bomba, que si conoces a un montón de gente,
que no te preocupes por el alcohol porque no nos lo sacan a los de nuestra edad,
etcétera, etcétera. Y, efectivamente, como luego nos contó, todo iba muy bien hasta que
se les acercó un chico algo mayor que los del grupo en el que estaba. Se sentó entre ella
y una de sus amigas, forzando un hueco para meter su trasero en un asiento donde no
cabían tres personas. Total, que casi le tenía encima. Se presentó como Borja, un amigo
del dueño de la discoteca, y les dijo que invitaba a todas las chicas a una ronda de lo que
quisieran.
—¡Qué generoso el tío!
—Lo que mi hija quería en esos momentos no era precisamente tomarse una
Coca Cola sino que el tal Borja le dejase espacio al menos para respirar —continuó
Paco—. Pues allí seguía el tío ése. Las amigas, en vista de que parecía que sólo se
interesaba por Teresa, se marcharon hacia otros rincones del local y les dejaron solos.
Entonces, empezó el toqueteo.
—¿Y qué quieres que haga un chico en una discoteca? Ligar con las tías que
van.
—Ya, pero es que en este caso la tía era mi hija y no tenía ninguna gana de ligue
ni de que la tocasen. Estaba asustada al verse sola con aquel chico. Fue en aquel
momento cuando le propuso que se fuesen a su casa a pasar el resto de la noche.
—¿Y qué hizo tu hija?
—¿Que qué hizo?
Paco sonrió mientras lo recordaba.
—Le soltó un bofetón que casi le tira al suelo. Se armó una buena y apareció el
dueño del local. En cuanto vio al chico, le echó a la calle de una patada, recordándole
que no quería volver a verle por allí en toda su vida.
—O sea, que ni amigo del dueño ni nada.
—Elemental, querido Watson. Tú vales para investigador.
—Los hay con mucha cara.
—Sí, pero lo malo es que las autoridades permiten que ocurran estas cosas —se
lamentó Paco.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ya podían informar un poco mejor a los chavales de que la
sexualidad no es mera genitalidad y de que la salud sexual no consiste solamente en no
coger el sida o no quedarse embarazada. Han logrado que muchos identifiquen el
embarazo con una enfermedad.
Paco parecía enfadado.
—No sabes el cabreo que me cojo cuando voy de paseo por la calle con mi
mujer y mis cinco hijos, con el pequeño en su cochecito, y a algún cantamañanas se le
ocurre gritar a Luisa: «¡Coneja!», haciendo una clara referencia al número de niños.
Encima de que estamos sacando adelante al país contribuyendo a aumentar su mejor

97
riqueza natural, que son las personas, algunos se creen con el derecho a insultarnos.
—No les hagas caso, hombre. Es que no han tenido la suerte de conocer a
alguien como Luisa, capaz de cambiar su profesión por sacar adelante una familia
numerosa.
—¿Y qué me dices del sida? Cualquier persona con sentido común sabe que no
va a coger esta enfermedad si se abstiene de tener relaciones sexuales con personas
desconocidas. Fíjate: hasta el mismísimo presidente de los Estados Unidos habla de la
abstinencia como remedio. Habrá cosas en las que no esté de acuerdo con ese tío, pero
creo que en eso acierta. Sin embargo, hay gente empeñada en tratar de convencer a la
juventud de que es imposible vivir sin acostarte de vez en cuando con uno o con una.
Álvaro procuraba escuchar a su amigo con atención porque notaba que
necesitaba desahogarse con alguien.
—¿Sabías que en Uganda han reducido el número de contagios simplemente por
la campaña hecha desde el Gobierno fomentando la abstinencia entre los jóvenes? El
índice de infecciones descendió en ese país de casi un tercio de la población en 1990 a
menos de la décima parte nueve años más tarde(21). Incluso la ONU, a través de
UNICEF, informaba a principios de año en su página web de que el único método
100 % seguro para no contraer la enfermedad es retrasar el momento de la primera
relación sexual y guardar la fidelidad a la pareja. Sólo en tercer lugar hablaba de los
preservativos como medio de prevención. Seguro que te suena lo que algunos llaman la
estrategia ABC: abstinence, be faithful, condom. Abstinencia, fidelidad y, en último
lugar, condón. Con un poco de fuerza de voluntad y una cabeza bien puesta sobre los
hombros, cualquiera puede protegerse contra el sida sin necesidad de gomitas ni de
nada.
Álvaro había oído la noticia que Paco le acababa de recordar sobre lo que habían
hecho en Uganda hace unos años y le había parecido una posible solución al problema,
aunque de difícil puesta en práctica.
—Y eso, por no hablar del aborto. Sí, me dirás que digo estas cosas porque soy
cristiano y todo lo que quieras, pero el hecho es que el número de abortos en este país
no ha parado de crecer desde que se aprobó la ley que lo despenalizaba, a pesar de todas
las campañas que se han puesto en marcha. El preservativo falla en multitud de
ocasiones. Y no te lo digo yo: te lo dice el mismo hospital de Badalona, que es pionero
en España en repartir píldoras del día después: el 80 % de las mujeres que acuden, lo
hacen por fallos del preservativo(22).
—Total, que vamos hacia el aniquilamiento de la raza humana, ¿no?
El comentario divertido de Álvaro hizo que Paco sonriese, después de la diatriba
que acababa de soltar. Por lo menos, se sentía confortado por haber podido decir por
una vez claramente lo que pensaba, aunque fuese «políticamente incorrecto», y porque
su amigo había sido capaz de escuchar con atención los argumentos en los que se
apoyaba.
—Bueno, quizás haya exagerado un poco. Pero, en el fondo, pienso que las
cosas son como te las he dicho. ¿Y sabes qué me ayudó a cambiar de opinión?
—¿Cómo? ¿No has pensado siempre del mismo modo en estos temas?
—¡Qué va! Hace años, yo tenía las mismas o parecidas ideas de las que puede
tener un joven en la actualidad. Fue a raíz de ver en la televisión un programa debate
sobre el aborto en el que un médico se atrevió a mostrar un feto abortado. Se me puso la
piel de gallina con lo que vi y con lo que ese doctor explicó a continuación.
Álvaro se acordó de su amigo Jesús.
—Venga, acábate el café, que ni lo has probado, y vamos a dar una vuelta antes
de volver a casa. Quédate tranquilo, que pensaré en todo lo que has dicho.

98
—Vale, en ese caso, hoy invito yo.

Capítulo 13

Por la mañana, como todos los 22 de diciembre de cada año, las niñas y los
niños del colegio de San Ildefonso se habían encargado de distribuir fortuna. Un año
antes, la ciudad se había visto agraciada con el segundo premio, que dejó repartidos
entre los valencianos unos cuantos millones de euros. En esta ocasión, no hubo tanta
suerte y el premio gordo de la lotería de Navidad fue a parar a Puertollano, y el
segundo, más repartido, había caído en varias poblaciones de la península. El tercero se
fue directo a Canarias para hacer a estas islas más afortunadas todavía de lo que ya lo
eran.
Nadie en el Nou Hospital se había hecho grandes proyectos con lo que podía
tocarle en la lotería, pero lo que sí tenían planeado para esa noche muchos de los
médicos y enfermeras que no estaban de servicio era la cena de Navidad que ofrecía el
centro sanitario para su personal. No acudió todo el que pudo: siempre había alguien al
que no le gustaban esas reuniones, o no podía dejar esa noche a los niños con otra
persona, o simplemente, al ser viernes, había aprovechado la tarde para irse ya de
vacaciones. En total se habían reunido unos cuarenta comensales.
La dirección del hospital había contratado una pequeña sala de fiestas para la
celebración. El local estaba situado en una bocacalle de la Avenida de Francia, muy
cerca de la torre del mismo nombre y de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Se
había colocado una larga mesa reservada a los altos cargos y, distribuidas por toda la
sala, había varias mesas más pequeñas sobre las que un grupo de camareros iba
reponiendo platos según se vaciaban los anteriores. Algunos sofás completaban la
disposición de la sala. La idea era facilitar el contacto y la conversación entre todos los
asistentes, que podían ir de un grupo a otro, sin la necesidad, que a veces podía resultar
odiosa, de tener que pasar toda la cena junto a alguien que no te caía bien. El ambiente
musical corría a cargo de una pequeña banda contratada por uno de los médicos:
guitarra, batería y solista, acompañados del saxo o del teclado, que los tocaba un joven
calvo, amigo del médico en cuestión.
El viejo Miralles, Eulogio, acudía todos los años a la cena, también ahora que
vivía en Madrid. Le recordaba los buenos tiempos pasados en el Nou y le ayudaba a
distraerse un poco y distanciarse del tedioso trabajo burocrático que realizaba. No
faltaba ninguno de los responsables de cada área de la UR ni, por supuesto, el gerente,
Luis Cortés. Jaime y Álvaro asistían también a la cena. «Siempre conviene estar en
estos eventos, dejarse ver, ya sabes... », le había dicho Jaime a su amigo. Después de
más de tres meses trabajando en el hospital no les quedaban caras nuevas por descubrir,
sobre todo a Jaime que, con su natural simpatía y sus ganas de hacerse notar, aparecía
con frecuencia por todas las plantas y por todos los departamentos con motivo o sin él.
El nombramiento de un novato como él, hacía ya un mes y medio, como miembro del
grupo de investigación había servido para darse a conocer en todo el centro. «Además
—continuaba animando a su amigo— este sistema de self service te facilita comer
mucho y de todo sin quedar demasiado mal.»

99
—Como no pares, te va a dar algo. Te estás poniendo como un tonel —le dijo
Álvaro.
—Tú calla; come y deja comer. Para algo que nos regalan, hay que
aprovecharse, ¿no? —le replicó Jaime mientras cogía otro sándwich de jamón y queso
de una bandeja que había en una mesa cercana.
—¿A que no te has hecho todavía la revisión que te dije?
—¡Ché! No te pongas pesado ahora con eso.
Cuando llegó la hora del postre, Cortés, los dos Miralles y todo su equipo
decidieron levantarse, ya que hasta ese momento habían permanecido en la mesa
presidencial saludando a los que se acercaban hasta ahí.
Todos los que ostentaban algún cargo dentro del hospital no querían
desaprovechar la ocasión para alternar con unos y con otros. Dentro de un ambiente
relajado y festivo —algunos se tomaban vacaciones a partir del día siguiente— podían
restañar las viejas heridas que se hubieran producido en el trabajo diario o,
sencillamente, mostrarse como uno más entre sus iguales, a quien le tocaba de cuando
en cuando tomar decisiones y ejercer el mando en sus áreas respectivas. La verdad,
pensaba Álvaro, es que se había logrado una atmósfera alegre y distendida en la
pequeña sala de fiestas.
—Cuidado, que vienen hacia nosotros —bromeó Jaime, al ver acercarse a
Fernando Miralles y al doctor Díaz Herrero.
—¿Te has fijado? Últimamente, siempre que veo al doctor Díaz, está Miralles
con él. Parece como si no se fiase de dejarle solo.
—¡Feliz Navidad, muchachos! ¡Cuánto me alegra veros aquí! —les dijo Díaz—.
¿Cómo sigue mi nieta? Hace tiempo que no sé nada de ella.
El brillo en los ojos y el tono de su voz revelaban que ya llevaba unas cuantas
copas encima.
—La última vez que la atendí se encontraba muy bien —contestó Álvaro—.
Dentro de unos días tiene que volver a la consulta. Si quiere, puedo avisarle y así
aprovecha usted la ocasión para saludarla.
—Sí, hazlo, por favor. Te lo agradecería.
—Por cierto, doctor Miralles. Y perdone si el sitio no es el adecuado, pero me
gustaría preguntarle para cuándo se espera que Nuria pueda ser sometida al tratamiento
con sus células madre. Después del éxito conseguido con Alejandro Ferrer, los padres
de la chica están impacientes.
—Lo comprendo. Yo también lo estaría —reconoció Miralles—. No te lo puedo
decir con exactitud. Todos los de la unidad estamos sorprendidos de la efectividad del
tratamiento en ese chico. Hubo que aplicarle el shock encefálico en varias ocasiones,
pero la pérdida de memoria se puede considerar un mal menor comparado con una
muerte casi segura, como fueron los primeros pronósticos. Sus padres ya han podido
visitarle en la unidad y dentro de unos días podrá estar en casa.
—Además, ha quedado curado de la diabetes, según publicaron los periódicos —
intervino Jaime, para no quedarse en segundo plano.
—Ya te lo dije, muchacho —dijo Díaz, mientras dejaba su copa vacía de
champán en la bandeja de un camarero que pasaba, y se hacía con otra llena—. En el
Nou Hospital todo está bien programado: se curó porque se tenía que curar. ¡Brindemos
por Alejandro! —gritó de repente—. ¡Por el milagroso doctor Miralles y su equipo
infalible!
Alzó su copa y los que estaban a su alrededor hicieron lo mismo y las chocaron
entre sí.
—Os lo digo yo —continuó tras el brindis, dirigiéndose a los dos jóvenes—.

100
Ganaremos la batalla a esos malditos políticos que tratan de pararnos los pies porque no
saben nada de lo que es el auténtico progreso.
Sus ojos brillaban aún más que antes. Miralles le cogió de un brazo y se lo llevó
para conversar con otros grupos de médicos y enfermeras que había en la sala. Jaime
procuró no perderle de vista.
—¿Le has oído? —le dijo Álvaro—. Otra vez ha repetido lo de las curaciones
programadas y de nuevo Miralles lo ha quitado de la circulación. No sé si quiere
transmitirnos algo con eso o es que simplemente está un poco majareta.
—¡En qué cosas te fijas, hombre! —dijo Jaime, mientras hacía esfuerzos para
tener localizado al viejo doctor entre la gente—. Lo que a mí me parece es que empieza
a estar bastante bebido y, como intente volver así a su casa, puede tener algún accidente.
Pilar, que andaba de grupo en grupo, se les unió y les deseó una feliz Navidad.
—Me alegro de veros en la fiesta, muchachos —les saludó.
—Uno no puede dejar pasar la oportunidad de codearse con la gente importante.
Si no te conocen, no eres nadie —le dijo Jaime.
—Pues si quieres conseguir que tu nombre salga en los periódicos, lo tienes muy
fácil. Emborráchate, monta una bronca monumental, empieza a pegar a todo el mundo,
empezando por el director, y ya verás lo conocido que resultas a partir de mañana.
—Hay otros métodos más delicados, mujer.
—Creo que ha llegado el momento de aplicarlos. Por ahí vienen dos
«personajes» con los que ya he estado hablando un rato largo y no me apetece estar
más. Os dejo.
El doctor Zuazo se acercó hasta los dos amigos acompañado por un hombre
mayor al que ni Jaime ni Álvaro conocían.
—¡Feliz Navidad! —les saludó Zuazo.
—Igualmente —respondieron los dos al unísono.
—No sé si conocéis a Eulogio Miralles, el padre del doctor Miralles.
—¡El Mago! —dijo Jaime, con evidente admiración.
Al viejo Miralles se le encendió la cara de satisfacción.
—¿Todavía se acuerdan de mí algunos jóvenes? Eso está muy bien, hombre.
—Cuando estaba terminando los estudios, antes de entrar en la universidad —
recordó Jaime—, leí algunas noticias relacionadas con usted y su capacidad de llevar a
cabo trasplantes con unos ínfimos niveles de rechazo. Pienso que fue El Mago, a través
de esas noticias y de lo que se traslucía en ellas, quien me llevó a tomar la decisión de
estudiar medicina. Y, mire por dónde, ahora le acabo de conocer.
—Me alegro mucho de haberte ayudado a tomar la decisión acertada. Tu nombre
es...
—Jaime Puig, señor.
—¿Y el de tu amigo? —pregunto Eulogio Miralles.
—Álvaro Costa —respondió el propio Álvaro.
—¡Ah, sí! Guillermo Díaz me ha hablado de ti. Estás cuidando de su nieta Nuria,
¿no es así?
—En efecto. Y lo tengo como una gran responsabilidad que se me ha confiado.
—No te preocupes. Guillermo me ha dicho que eres competente y piensa que la
chica está en buenas manos hasta que ingrese en la Unidad de Regeneración.
—Le agradezco el cumplido, doctor Miralles.
—No hay de qué, muchacho, no hay de qué —le dijo Miralles—. Bueno, ya nos
volveremos a ver; voy a continuar saludando a viejos amigos y disfrutando de esta
excelente cena. Hasta la próxima vez que nos veamos, y que tengáis una feliz Navidad.

101
Una vez que se alejaron un poco, Álvaro le dijo a Jaime, sin poder aguantarse
más.
—¡Pero qué mentiroso eres! —le soltó—. Tú siempre me has contado que
querías estudiar medicina desde que tenías diez años.
—A esta gente hay que estar adulándola sin parar si quieres sacar algo de ellos
—le dijo Jaime—. Además, no es del todo mentira lo que le he dicho. Cuando estaba en
el último año del instituto, cayó en mis manos una revista en la que se hablaba de
Eulogio Miralles, alias El Mago. Debía de tener un don especial para los trasplantes. El
hecho es que me confirmó en mi decisión de empezar la carrera que hacía ya varios
años había decidido estudiar. Ese tío era un fuera de serie.
Los dos amigos deambularon un rato de un grupo a otro, riendo los chistes de
uno, escuchando los problemas de otro con su suegra, mientras Jaime continuaba
picando de todas las bandejas que se ponían a su alcance.

Cerca de la medianoche, la mitad de los asistentes a la cena se habían marchado.


Jaime seguía preocupado por el doctor Díaz, que llevaba sentado en un sofá los últimos
treinta minutos y con cierto aire de adormilado. Se acercó hasta él, le tocó en el brazo y
el buen doctor se despertó.
—Doctor Díaz.
—¿Sí? ¡Ah, eres tú, muchacho!
—Ya es muy tarde. Quizá deberíamos irnos ¿Quiere que le acompañe hasta su
casa? —se ofreció Jaime.
—No, no hace falta. Muchas gracias. He traído el coche y pienso que todavía
estoy en condiciones de encontrar el camino.
Se le veía algo recuperado de su estado de semiembriaguez. El sueño le había
sentado bien.
—Me gustaría, de todas formas, marcharme con usted. Yo también he venido en
coche y me sentiría más tranquilo si me permite hacer de «guardaespaldas» hasta su
casa. En cualquier caso, tengo que ir ahora en esa dirección.
Guillermo Díaz vivía en un piso al final de la calle Colón y Jaime, por lo visto,
tenía alguna cita en la zona centro de la ciudad; podría fácilmente ir detrás del doctor,
siguiendo el mismo recorrido hasta su domicilio. Así se lo explicó y acabó
convenciéndole para dejarse acompañar.
—Pues nos vamos cuando quieras —le dijo Guillermo Díaz.
—Permítame un par de minutos para llamar a la persona que me está esperando
y decirle que no tardaré en llegar.
Jaime sacó su teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta —llevaba tres semanas
sin dejárselo olvidado por ahí— y se dirigió a un rincón de la sala. Al cabo de tres
minutos, volvió y le dijo a Díaz:
—Ya podemos irnos.
Se despidieron de los dos Miralles, padre e hijo, y del resto de la plana mayor
del hospital que todavía permanecía en el salón, cada vez menos poblado Se dirigieron
juntos al aparcamiento, subió cada uno en su coche y se incorporaron al tráfico nocturno
de la ciudad, que ese día era algo más intenso del habitual. El 22 de diciembre era la
fecha elegida por muchas empresas para organizar la obligada fiesta de Navidad antes
de la celebración propiamente dicha, y eso se notaba en la cantidad de automóviles que

102
circulaban a esa hora de la noche.
La ciudad estaba alegremente iluminada, lo que, unido al grado de alcohol
acumulado en la sangre, hacía que Guillermo Díaz se encontrase especialmente
contento. De vez en cuando, miraba por el espejo retrovisor para comprobar si su ángel
de la guarda continuaba detrás de él. Observó en dos ocasiones que no paraba de hablar
por el móvil. «Cuando le pongan una buena multa, ya aprenderá este jovencito.» No
obstante, no parecía haber muchos agentes de la policía local por la calle. Quizás ellos
también estaban celebrando su cena de Navidad.
Pasaron junto al Palau de la Música y, tras rodear la plaza de Zaragoza, el Ford
Mondeo del doctor, seguido de cerca por el coche de Jaime, enfiló el puente que cruza
el río y entraron en la Gran Vía Marqués del Turia. Torcieron por la calle Conde de
Salvatierra para girar después a la izquierda por la calle Sorni. El semáforo que daba
acceso a la calle Colón estaba en verde y lo pasaron.
A continuación, todo ocurrió muy aprisa. Un Grand Cherokee que surgió de la
calle de la izquierda golpeó con fuerza el coche de Díaz. Circulaba a gran velocidad y se
había saltado el semáforo en rojo. El choque fue tremendo, sobre todo para el Ford.
Jaime tuvo el tiempo justo de frenar su Renault Mégane y no colisionar con la parte
trasera del automóvil del doctor. El todoterreno, tras unos instantes en que permaneció
parado, dio marcha atrás, retrocedió unos metros y salió disparado por la calle Colón. El
conductor, quienquiera que fuese, no quería saber nada del asunto.
Jaime aparcó su coche junto a la acera para evitar posibles accidentes con los
vehículos que circulaban. Salió con la mayor rapidez que pudo y se dirigió al Ford. El
Grand Cherokee había embestido con fuerza la puerta del conductor y no era posible
abrirla. A través de los cristales rotos de la ventanilla, Jaime vio al doctor con la cara
llena de sangre, parte de la puerta incrustada en su costado y el cuerpo echado sobre el
volante. No se movía. El coche era un modelo antiguo y no tenía airbags laterales, por
lo que nada pudo amortiguar el golpe. Además, Díaz no llevaba puesto el cinturón de
seguridad, aunque de poco le habría servido en esa ocasión.
Al no poder acceder al interior del coche por la puerta del conductor, Jaime trató
de hacerlo por la de la derecha. Ésta sí se abrió. Se sentó en el lugar del acompañante,
dejando la puerta abierta, y, con el mayor cuidado, enderezó el cuerpo del doctor hasta
dejarlo apoyado en el respaldo del asiento. Díaz no hizo ningún gesto de dolor ni emitió
señal alguna de vida. Jaime le cogió por la muñeca y comprobó el pulso. Era
inexistente. Había fallecido en el acto.
Permaneció un tiempo quieto, sin saber qué hacer. Le invadió de pronto una
terrible sensación de impotencia. Una mujer le tocó en el hombro desde fuera del coche,
sacándole de ese estado.
—¿Cómo está? —le preguntó.
—Ha muerto —fue la escueta respuesta.
—¿Tiene un teléfono móvil? Si llamamos a una ambulancia, quizá todavía se
pueda hacer algo.
—¡Le he dicho que está muerto, joder!
Jaime se sentía aturdido y asustado. Después de gritar a la mujer, se volvió hacia
ella y se disculpó.
—Lo siento. Es que se trata de un amigo al que acompañaba a su casa y no me
acabo de creer que haya muerto así, de repente.
Al cabo de un rato, otros peatones y dos coches más se pararon para tratar de
ayudar en lo posible. Al convencerse de que no había mucho que hacer, algunos
siguieron su camino pero otros se quedaron comentando lo sucedido. La ambulancia y
un coche de la policía local tardaron cinco minutos en aparecer. Jaime había conseguido

103
recuperarse un poco y les había avisado por su teléfono móvil.
Entre él y la mujer, que había presenciado el accidente, trataron de reconstruir lo
sucedido y así lo relataron a uno de los policías, que tomaba nota en un bloc.
—Un Grand Cherokee negro. ¿Y la matrícula? ¿Alguno de los dos pudo verla?
Jaime contestó que no, pero la mujer sí había tomado nota mental de ella, sobre
todo al percatarse de la rápida huida del vehículo agresor.
—Puedo estar equivocada, pero me parece que era 4910 CFB.
Comunicaron el dato a la central. La matrícula pertenecía a un Ford Fiesta, color
plata.
—Me temo, señora, que se ha debido de confundir en algún número o en alguna
letra.
—Juraría que era ésa la matrícula —insistió la mujer.
—Ya han empezado a trabajar con posibles combinaciones que se asemejen a
esa matrícula, pero hasta mañana no sabremos nada.
El agente pidió sus datos a la mujer y ésta, después de facilitárselos, se marchó,
pues ya no tenía nada más que aportar. Jaime llamó por teléfono al Nou para comunicar
lo que había pasado, de modo que se lo hicieran saber cuanto antes a Luis Cortés y a
Miralles.
La ambulancia condujo el cuerpo del doctor hasta el hospital. Jaime se les
adelantó y llegó antes. Contó lo ocurrido a los del servicio de urgencias y se fue a casa,
cansado y abatido.
Al día siguiente, a una hora temprana de la mañana, se recibió una llamada en la
central de la Policía Local. Un hombre quería denunciar la desaparición de su coche. Lo
había aparcado la noche anterior a dos manzanas de su casa, ahora no estaba y lo
necesitaba urgentemente porque iba a salir de viaje. Se trataba de un todoterreno,
modelo Grand Cherokee, de color negro. La matrícula era 4916 CFB.

Dos días después tuvo lugar el entierro, precedido por el funeral en la capilla del
tanatorio municipal. La asistencia fue masiva por parte del personal del hospital. Se
trataba, después de todo, de uno de los que habían empezado el centro. Nuria y sus
padres acudieron también a la ceremonia. Saludaron a Álvaro y se dieron mutuamente el
pésame.
—Le conocí lo suficiente para darme cuenta de su valía humana y profesional —
les dijo Álvaro—. Por eso, también para mí ha sido una gran pérdida, aunque no tanto
como para ustedes. Lo siento profundamente.
—Era un buen hombre —dijo Montserrat, la madre de Nuria—. Y hablaba de
usted como de una persona competente. Él mismo le eligió para que se ocupase de
Nuria.
—No me dijo nunca nada —confesó Álvaro, sorprendido—. Más bien pensaba
que apenas me conocía.
—No —intervino Nuria—. Mi abuelo se informó bien antes de confiarme a tus
cuidados.
Álvaro había recibido en herencia del viejo doctor a su nieta y haría lo que
estuviera en su mano para sacarla adelante.

«Milagro en el Nou Hospital.» «Células madre embrionarias arrancan de la

104
muerte a un joven.» La prensa nacional e internacional se había hecho eco los días
anteriores del éxito alcanzado en la Unidad de Regeneración del hospital valenciano. El
chico que había ingresado con cuatro navajazos en el vientre y una diabetes crónica
estaba a punto de ser dado de alta cincuenta días después de su hospitalización.
El topo informático fue directamente a por el informe que había impreso el día 5
de noviembre. Estaba en la carpeta donde había guardado al resto del expediente
sanitario del enfermo. Volvió a leer el encabezamiento: «Nombre: Ferrer Lucas,
Alejandro. Motivo del ingreso: heridas de arma blanca. Estado del paciente: Fallecido».
Se internó en la red del hospital y llegó hasta los datos de Alejandro Ferrer:
«Estado del paciente: dado de alta». Imprimió el informe actualizado. La fecha aparecía
en un campo en la parte superior derecha del formulario: «27 de diciembre de 2006». Lo
guardó cuidadosamente en el dossier que contenía la historia clínica del muchacho.
¿Se trataba de un simple error? No podía ser; no, al menos, en el Nou, donde la
información se actualizaba cada poco tiempo y se revisaba diariamente. No era un error.
Ese chico había muerto y ahora estaba vivo y en su casa. ¿Se debía la curación, acaso, a
la increíble capacidad de la terapia celular que estaban experimentando en la UR? Lo
juzgaba imposible: una cosa era curar y algo muy distinto, resucitar. Si alguien
autorizado no hubiese constatado la muerte del chico, esa información nunca habría
aparecido en su ficha.
¿Qué hacían, entonces, en esa zona restringida del hospital?

105
Capítulo 14

Ese día era viernes, 29 de diciembre. Había transcurrido una semana desde el
accidente. Por la mañana había lloviznado y la capa de nubes seguía ahí arriba, en el
cielo, como esperando una orden para descargar. Álvaro tenía dolor de cabeza, pero se
estaba esforzando por atender bien su última consulta del año 2006. Se trataba, además,
de su enferma preferida. Había venido acompañaba por su madre.
—¿Cómo van esos mareos?
—Va por días. Unos tengo más y otros menos —contestó Nuria—. Además, no
siempre son iguales; cambian de intensidad de un día para otro. No sé, me siento rara
con esas pastillas que me estás dando.
—Sí, pero por lo menos ahora no te caes al suelo de repente, como hace unas
semanas —dijo su madre—. Aunque hay veces que no pronuncias bien cuando hablas y
ya conoces lo nervioso que se pone tu padre con eso.
—¿Y yo qué le voy a hacer? Es algo que no puedo evitar. También me cuesta
tragar, pero de eso no se da cuenta papá.
—De todas formas —continuó su madre—, a mí me parece que últimamente
estás incluso más fuerte. Ya no te quejas tanto cuando vas y vuelves del colegio
andando.
—Es verdad —reconoció la chica—. Desde que estoy en manos de mi nuevo
médico, me encuentro mejor. Además, es más guapo que el anterior.
—¡Pero, Nuria! Ten un respeto al doctor.
—Si es broma, mamá —le dijo, mirando a Álvaro con una sonrisa picarona—.
Entre su amigo Jaime y él estoy empezando a ser un poco menos seria que antes.
¿Cuándo vas a venir otra vez a casa a grabar?
Los últimos estudios realizados por médicos experimentados en la atención de
enfermos que debían permanecer una larga temporada en hospitales recomendaban
hacer lo posible para que el enfermo pudiera olvidarse de su internamiento y tuviese
cierta sensación de encontrarse en casa. El doctor Miralles y su equipo de la UR habían
decidido aplicar a sus pacientes esta ayuda a la terapia. Por ese motivo, los médicos que
atendían a los chicos y chicas seleccionados para su futuro ingreso en la unidad
visitaban de cuando en cuando las casas de los jóvenes y, al tiempo que mantenían una
conversación con ellos o con sus padres o hermanos, grababan en vídeo la entrevista y
otras escenas familiares. De este modo, durante el largo aislamiento previsto, podían ver
esas imágenes, recordar su casa, su habitación, ver las caras de sus padres —aunque
fuese en el televisor— y escuchar voces familiares, que les harían más agradable su
prolongada estancia en la unidad.
—Pronto —le contestó Álvaro—. Probablemente, después de las vacaciones de
Navidad.
—Pues, entonces, a lo mejor podemos ver las imágenes en mi nuevo ordenador
—dijo Nuria, mientras miraba a su madre—. ¿Verdad, mamá, que los Reyes me van a
traer un portátil?

106
—Bueno, ya veremos —respondió Montserrat.
—Y con conexión a internet —continuó insistiendo la chica—. Así voy a poder
ahorrarme un montón de dinero. No te haces idea de lo que me gasto en el local que
tenemos cerca de casa cada vez que tengo que ver mi cuenta de correo o navegar un
rato.
—¿Tienes dirección de correo electrónico? —le preguntó Álvaro—. Dímela, por
favor. Me gusta tener la de todos mis amigos y amigas.
Se intercambiaron sus direcciones y quedaron en que Álvaro les visitaría un día
de la segunda semana de enero. Ya les llamaría para fijar la cita. Se desearon feliz año.
Después de dejar todo recogido y ordenado, se despidió de su despacho hasta el
año siguiente, que entraba al cabo de tres días. Él dispondría de otros dos más de
vacaciones. No tenía pensado nada especial que hacer. Seguramente se quedaría en
Valencia, dejando pasar los días leyendo y ordenando material de estudio que llevaba
tiempo reclamando un poco de atención por su parte. Quizá se acercase uno o dos días a
Madrid para estar con su madre y su hermano, a los que hacía mucho tiempo que no
veía. En cuanto llegó a casa, les llamó por teléfono para saber qué plan tenían.
—¿Diga?
—Mamá. Soy Álvaro.
—¡Hola, hijo! ¿Cómo estás? ¿Has engordado algo?
Álvaro pensaba que todas las madres del mundo siempre preguntaban por lo
mismo; después de todo, él no estaba tan delgado.
—Sí, unos setenta u ochenta kilos.
—Bueno, ahora sin bromas. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el trabajo?
—Muy bien, mamá. Acabo de empezar mis vacaciones de Navidad y estaba
pensando en acercarme a veros un par de días.
—¿Hasta qué día estás libre?
—Me incorporo de nuevo el día cuatro.
—¡Vaya por Dios! —se lamentó su madre—. Resulta que tu tía Macarena nos ha
invitado a pasar el fin de año en su casa de Jerez y ya le he dicho que sí. A tu hermano
le van muy bien los cambios de aires. Lo notará mucho.
—¿Cómo está, por cierto?
—Aparentemente sigue igual. Aunque me parece que poco a poco va ganando
terreno la enfermedad. Pero lo lleva bien, gracias a Dios. ¿Por qué no te vienes con
nosotros y saludas a tu tía? Hará siglos que no la ves.
Y más siglos que pasarán, pensó Álvaro. Había que inventarse una excusa sobre
la marcha. Era superior a sus fuerzas aguantar más de un día conviviendo con la
hermana de su madre.
—No, mamá. Ir hasta Jerez supone un viaje muy largo y, además, mi intención
era estar uno o dos días solamente. Entre que voy y vuelvo allí se me pasa un día entero.
—Puedes venir en avión —le sugirió su madre.
Le había pillado, pero no estaba dispuesto a ceder.
—No, mamá. Déjalo. Ya os llamaré el día uno para felicitaros el año nuevo.
Cuídate mucho. Un beso.
—Lo mismo te digo, hijo.

Acababa de prepararse la cena cuando llamaron al timbre. No esperaba a nadie.


Acudió a abrir y se encontró en la puerta con Jaime.
—¡Vaya! Tú por aquí. ¿No tenías qué llevarte a la boca y has pensado en tu

107
viejo amigo, a ver si te invitaba a cenar?
—El que debería invitarte a cenar soy yo. ¿Sabes con quién he estado esta tarde,
después de comer? —le preguntó Jaime.
—Como no me lo digas tú...
—Con Fernando Miralles. ¿Y a que no adivinas qué me ha propuesto?
—Venga. ¡Suéltalo ya!
—Me ha ofrecido ocupar el puesto del viejo en la UR —dijo, con aire triunfante.
—¿Sustituir al doctor Díaz? —le preguntó Álvaro, asombrado.
—Sí, muchacho. El doctor Puig se va abriendo camino poco a poco en su
trayectoria hacia lo más alto de la medicina en nuestro país.
Les interrumpió una llamada al móvil de Jaime. Lo sacó del bolsillo de la
chaqueta, miró la pantalla y pulsó el botón de rechazo.
—Nada, un tío pesado que me viene llamando desde hace varios días —
comentó—. Como te decía, me ha ofrecido trabajar en la Unidad de Regeneración.
Miralles no me ha asegurado nada todavía porque quiere pensar bien qué persona es la
más adecuada para sustituir al viejo Díaz, pero para mí que el asunto tiene buena pinta.
Yo le he dicho que me gustaría, pero que también tengo que pensarlo; se lo he dejado
caer así para darle cierta sensación de indiferencia. Desde luego que quiero ocupar ese
puesto, pero hay que llevar estas cosas con tacto, amigo mío.
—¿Cuál sería tu trabajo exactamente? —preguntó Álvaro.
—Continuar la labor que llevaba Díaz entre manos. Y conseguir que cuanto
antes se puedan aplicar los cultivos que se están elaborando a alguno de los enfermos
cardiacos que hay entre los niños seleccionados. Si la cosa sale adelante, estos primeros
días me ocuparía...

—...del chico que admitimos en el programa a finales de octubre, ése que no


estaba incluido, de entrada, en el proyecto. Así le tendremos entretenido durante unas
semanas.
Fernando Miralles hablaba con Gil Gómez sobre el posible sustituto del doctor
Díaz Herrero.
—¿Qué le ha explicado del proyecto? —le preguntó Gonzalo Gil Gómez desde
Houston.
—Nada, por ahora. Ya llegará la ocasión. De momento, cubrimos la plaza,
damos toda la impresión de normalidad que podamos y nosotros, a lo nuestro.
—Pero hará falta algo para mantenerle callado cuando usted le exponga
claramente nuestros objetivos.
—No se preocupe, Gonzalo. Ya me las arreglaré. Es muy ambicioso, necesita
ver que todo el mundo le tiene en gran consideración y, cuando se le acepte como
miembro del equipo, hará lo que sea para cumplir bien su trabajo, agarrarse al puesto y
subir y subir como la espuma. Sólo tendremos que pelear con su afán de protagonismo.
Pero el chico es bueno, se lo aseguro.
—Espero que no se equivoque como ocurrió con Guillermo Díaz, que en paz
descanse —dijo Gil Gómez—. Aunque suene un poco fuerte, la fortuna nos ha
acompañado con ese accidente.
—Sí, empezaba a resultar un engorro con todo lo que iba diciendo por ahí.
—Dejo el asunto en sus manos y espero sus noticias.
—Le tendré al corriente —dijo Miralles, y se despidió.
A pesar de la hora, Miralles había conseguido reunir en su despacho a todos los

108
jefes de área de la UR. Cuando constituyó el grupo, pensó cuál podía ser el mejor cebo
para cada uno. Con Hierro había sido fácil: buscaba a toda costa fama y dinero y ni lo
uno ni lo otro le iba a faltar; a Carmen Alarcón le vendió la idea del progreso y de que
era necesario que una mujer como ella liderase uno de los grupos de investigación, a
pesar de no poseer apenas experiencia clínica, por haberse dedicado más a tareas
investigadoras; aceptó de inmediato. Zuazo era un hombre sin escrúpulos; como
subdirector del GIBI tenía información del proyecto desde hacía tiempo y siempre se
había mostrado a favor. Y Camacho poseía dos cualidades que favorecían su elección:
por un lado, era buen médico e investigador y, por otro, resultaba muy manejable. Su
ingenuidad le llevó a meterse en el asunto sin cuestionarse si lo que estaba haciendo era
o era no legal y, cuando se dio cuenta de dónde se había metido, ya estaba demasiado
pringado como para dejarlo. Además, necesitaba dinero para seguir pagando la casa
recién adquirida, el chalet de la montaña y el apartamento que se había comprado en la
playa cuando vio crecer sus ingresos al ser nombrado miembro del grupo. Precisaba de
una gran cantidad todos los meses para hacer frente a tanto gasto.
Guillermo Díaz había sido simplemente un error. Nunca tenía que haberle
incluido en el equipo. Ahora el problema estaba resuelto y había que continuar
trabajando.
—Ya habéis oído a 3G. ¿Qué os parece?
El grupo había seguido la conversación gracias a la opción de manos libres del
teléfono.
Ninguno de los presentes dijo nada. Desde luego, para todos había empezado a
resultar molesto el doctor Díaz, pero nunca habían pensado en un sustituto. La fuerza de
los hechos se imponía y había que tomar una determinación
Zuazo decidió hablar.
—Parece un buen tipo. Sólo tengo mis reservas respecto al modo en que
conseguirás que se amolde al proyecto sin irse de la lengua. Me parece un poco
fanfarrón y es posible que hable demasiado.
—Precisamente, por eso mismo le interesará mantener silencio —contestó
Miralles—. Lo que quiere es ir apuntándose tantos, y no tiene necesidad de decir cómo
lo ha hecho. Dejádmelo de mi cuenta. Uno procura aprender de las equivocaciones. La
experiencia con el doctor Díaz me ha servido.
—Como acaba de decir Gonzalo Gil, lo dejamos en tus manos —concluyó
Carmen Alarcón.

109
Capítulo 15

El día cuatro de enero, el hospital recuperó la normalidad de sus servicios y sus


horarios de consultas. Las vacaciones de Navidad, como siempre, habían parecido
cortas. Jaime estaba citado con Fernando Miralles para verse en su despacho a las once.
—Buenos días, Jaime. Y feliz año nuevo.
—Igualmente, doctor.
—¿Has pensado en lo que hablamos antes de las vacaciones?
—Sí, señor. Por mí, empiezo a trabajar hoy mismo. ¿Y ustedes? ¿Creen que
valgo para participar en el equipo?
Miralles le sonrió antes de hablar. «Buena señal», pensó Jaime.
—La dirección del hospital ha decidido que eres el mejor entre los candidatos.
En otras palabras, el puesto es tuyo.
—¡Muchísimas gracias, señor! —exclamó Jaime, levantándose de su asiento y
tendiéndole la mano a Miralles
—Sí, ya puedes dármelas —le dijo éste, estrechándosela—. He tenido que
defender tus grandes cualidades e insistir en que tu perfil era el más adecuado frente a
otros de la dirección que tenían sus propios aspirantes. Ten en cuenta que sólo llevas
unos meses en el hospital y hay médicos, en cambio, que están aquí desde hace varios
años. En fin, que me he salido con la mía y he conseguido convencerles de que eras el
mejor.
—De nuevo muchas gracias, doctor Miralles. Le prometo que no le defraudaré.
No cabía en sí de gozo y no le importaba que se le notara.
—Estoy seguro de ello. A propósito, ¿tienes teléfono móvil?
Le daba una vergüenza enorme confesar que había vuelto a perderlo.
—Sí, señor. Pero llevo unos días buscándolo. Debe de estar en casa, en algún
rincón.
Miralles extrajo un teléfono de uno de los cajones de la mesa.
—Todos los que trabajamos en la UR usamos un teléfono como éste. Cógelo y
procura no perderlo. En la agenda tienes los números de cada uno de los del equipo, de
algunos enfermeros, del hospital y otros que te pueden ser de utilidad en algún
momento. Cuando encuentres tu teléfono, si quieres, puedes pasar a la agenda de éste
los números que te parezca oportuno, pero quiero que utilices el que te acabo de dar.
Dispone de algunas funciones muy interesantes que no creo que tenga el que usas.
Jaime lo examinó durante un rato. Era infinitamente mejor que el suyo.
—Conviene que estés siempre localizable; por eso te lo doy. Cuídalo, por favor.
—Pondré todo de mi parte para llevarlo siempre encima y no perderlo.

Al terminar el trabajo, Jaime esperaba impaciente a Álvaro en el vestíbulo de


entrada del Nou. No habían tenido posibilidad de hablar durante el día. Sólo había

110
podido dejarle un mensaje en su inalámbrico, citándole a las siete y media en recepción
porque tenía algo que celebrar con él.
—¿Dónde quieres que vayamos? ¿Al Astoria, al Meliá o al hotel Hilton, que lo
tenemos aquí al lado? Me han dicho que el restaurante de este último es el mejor de
todos.
—¿Puedo saber a qué se debe este arrebato de generosidad?
—Por supuesto: Miralles me ha confirmado que soy el sustituto de Díaz Herrero
al frente de su área en la Unidad de Regeneración.
—¡Sabía que lo conseguirías! —le dijo Álvaro, dando un abrazo a su amigo—.
Aunque nunca pensé que fuese en tan poco tiempo.
—Ya te he explicado mil veces cómo has de actuar si quieres alcanzar algo en
esta vida. Hay que dejarse ver, hacer que tu nombre aparezca por aquí y por allí,
disimular intenciones, etcétera, etcétera. Y, al final, logras el objetivo que te has
propuesto.
—Pues muchas felicidades, chico. No sabes cómo me alegro, aunque la lástima
es que esto haya ocurrido por la muerte de un colega. ¿Sabes si han dado con el
conductor del todoterreno?
A Jaime se le nubló el semblante por un momento.
—No sé nada de eso —contestó—. No pensemos en ello. Ahora se trata de
olvidar y de alegrarse por lo que he conseguido, ¿no? Venga, vamos a tomarnos algo
para celebrarlo.
Acabaron, como era habitual, en uno de los bares cercanos al hospital.
—Miralles me ha estado enseñando la unidad —continuó explicándole Jaime—.
Aunque es un ala del edificio de acceso restringido, no te vayas a creer que guardan
grandes secretos. Le he pedido permiso para mostrártela mañana, si dispones de un rato
libre. Ya verás que no hay nada del otro mundo; sólo quieren estar aislados del resto
para poder trabajar sin ser molestados. Tiene incluso una entrada independiente desde la
calle que yo no conocía.
Al día siguiente, a media mañana, se pusieron de acuerdo para visitar la Unidad
de Regeneración, acompañados por Fernando Miralles. Accedieron a la UR por la
entrada que se encontraba en la quinta planta del edificio de Servicios Generales. Álvaro
pudo comprobar lo que le había anticipado Jaime el día anterior. Nada raro o que
llamase la atención se descubría en lo que vieron. La puerta daba a un corto pasillo que
terminaba en otra puerta de cristal que se abría automáticamente, y ésta servía de
entrada a una sala relativamente grande. Álvaro supuso que se trataba de una especie de
almacén, aunque en perfecto estado de revista; había una camilla, varios soportes para
goteros, una silla de ruedas y varias alacenas con toda clase de medicamentos.
De la sala arrancaba otro pasillo, más largo que el primero; en uno de los lados
había un ventanal de cristales translúcidos y en el otro se encontraban las tres
habitaciones de que disponía la unidad para la estancia de los enfermos. Una de ellas
estaba ocupada por Pilar, la niña de nueve años con anemia de Falconi que llevaba
ingresada y aislada desde principios de noviembre. Al final de esa galería había un
despacho a mano derecha y, a la izquierda, una amplia sala de descanso para el personal
sanitario con un pequeño aseo. Dos enfermeros estaban charlando, mientras se tomaban
un café al fondo de la habitación.
La quinta planta era la única de la UR que tenía esa distribución. Ocupando la
misma superficie que la que Miralles les había mostrado, en cada una de las plantas
inferiores se había instalado un enorme laboratorio, dividido en compartimentos según
las necesidades de cada especialidad, y dotado de un ultracongelador y un contenedor de
nitrógeno líquido. Todas estaban comunicadas por un ascensor independiente que

111
llegaba hasta la planta baja, muy cerca de la entrada que Jaime había conocido el día
anterior. Un aseo y una pequeña sala de esparcimiento en cada planta completaban las
dependencias de la unidad.

Álvaro se despertó con una agradable sensación de bienestar. La mañana del


domingo se presentaba despejada. Hacía frío, pero soportable. Al cabo de un rato, la
temperatura subiría varios grados. Desayunó un tazón de café con leche y unas galletas.
Después de escuchar las noticias en la radio, decidió salir a correr por el cauce viejo del
río, convertido en el pulmón de la ciudad. Grandes espacios verdes, campos de fútbol y,
sobre todo, mucha gente de todas las edades, corriendo, montando en bicicleta o
simplemente paseando, hacían del lugar un sitio realmente agradable.
Después de trotar durante 45 minutos estaba de vuelta en casa. Se duchó y se
dispuso a leer el periódico, que había comprado en el quiosco de la esquina antes de
subir a casa. Llevaba unos minutos leyendo, sentado en la mesa de la cocina, cuando un
ruido amortiguado llegó a sus oídos. Al principio, no reconoció de qué se trataba. El
sonido se convirtió en música: era la melodía que Jaime siempre ponía en cada uno de
los móviles que iba comprando y perdiendo sucesivamente. Provenía del sofá de la sala
de estar. Se acercó lo más rápido que pudo hasta allí, lo encontró entre dos almohadones
pero, en el momento de apretar el botón de recepción, apareció en la pantalla: «Fin de
llamada».
«Bueno, ya volverá a llamar, si quiere.» Al cabo de un minuto, el teléfono emitió
otro sonido. «Acaba de recibir un mensaje: Llame al 123», se leía en el visor. Álvaro
supuso que lo mejor sería telefonear a su amigo, decirle dónde había perdido esta vez su
teléfono móvil y, de paso, avisarle de que alguien acababa de llamarle. Le entró la
comezón de que quizá esa llamada que no había llegado a coger podía tratarse de algo
urgente. Nada le impedía escuchar el mensaje que le habían dejado y comunicárselo a
Jaime cuanto antes. Sin embargo, sintió cierto escrúpulo; después de todo, no era para
él. Al fin, se decidió. No había nada malo en hacer un favor a un amigo.
Llamó al 123 y oyó el mensaje que alguien acababa de dejar.
Después de escucharlo, pensó que se trataba de una broma. Siguió las
instrucciones para repetir la reproducción del mensaje; esta vez le pareció que la cosa
iba en serio y se asustó.
No lo creía posible.
Debía salir de dudas sin lugar a error y cuanto antes.
Telefoneó a su amigo y le invitó a comer a su casa. Esperaba que él mismo le
aclarara lo que estaba ocurriendo.

—No te quejarás. He encargado el tipo de pizza que te gusta y la tónica que


siempre pides en el bar.
—Ha estado bien el detalle por tu parte —dijo Jaime, agradecido—. Sólo falta
ver qué tienes de postre.
—Anda y cógelo tú mismo de la nevera —le dijo Álvaro.
Jaime volvió a la mesa del salón con un par de gigantescas copas de mousse de
chocolate.
—¡Qué tío más grande eres! Se ve que me conoces bien.
—Sí. Por una vez no me voy a meter con tu abultado vientre, ya que me siento

112
cómplice en esta ocasión.
Acabaron el postre y se sirvieron café, que tomaron en el tresillo que ocupaba
una esquina del salón, junto a una mesita.
—Te agradezco la invitación —dijo Jaime, después de echarse unas gotas de
sacarina en el café—. De vez en cuando echo de menos el piso que compartíamos hace
años y la buena vida que nos dábamos cuando éramos unos simples estudiantes.
Tenemos que repetir lo de hoy.
—Vale, pero la próxima vez te toca a ti.
Álvaro no sabía cómo sacar el tema, pero tenía que hacerlo. No quería
permanecer mucho tiempo más en la incertidumbre.
—Por cierto —le dijo a su amigo—, esta mañana he encontrado algo que se te
había perdido.
—¿Mi antiguo móvil?
—¿Cómo antiguo? ¿Ya te has comprado otro?
—Sí —repuso Jaime—. Bueno, en realidad, me lo han regalado. Y éste me tiene
que durar.
Jaime sacó el teléfono que le había dado Miralles en su despacho. Le explicó a
Álvaro que era el distintivo de los miembros de la UR y que iba a cuidar de él como oro
en paño.
—Si lo pierdo, se me cae el pelo.
—Bueno, pero éste —dijo Álvaro, sacándolo de su bolsillo— sigue siendo tuyo.
—Sí, pero te lo puedes quedar. A mí ya no me hace falta —repuso Jaime—.
Aunque, pensándolo bien, antes debería copiar algunos teléfonos al nuevo. Déjamelo y
luego haces con él lo que quieras.
Fue a cogerlo de la mano de Álvaro, pero éste la apartó con gesto rápido.
—¿Pero qué haces? Dámelo, hombre.
—Antes quiero que me expliques qué significa esto.
Álvaro marcó el 123 y pulsó el botón de manos libres para que los dos pudiesen
escuchar el mensaje grabado:
—«Jaime, soy Gerardo. Como llevas varios días sin coger el teléfono y me
dijiste que sólo me pusiera en contacto contigo llamándote al móvil, hoy ya no he tenido
más remedio que dejarte un mensaje. Siento lo del viejo. Ya sé que habíamos quedado
en que sólo había que dejarle un poco maltrecho y así apartarle de su trabajo pero,
chico, se me fue la mano y ya viste el resultado. Por tu parte, lo hiciste muy bien: me
avisaste justo en el momento en que el Mondeo iba a pasar y le di de lleno. De todas
formas, no te preocupes por él. Ahora descansa en paz y nosotros también. Era un tío
bastante pesado. Supongo que un día de éstos celebraremos tu nombramiento como jefe
de área de la unidad. ¡Ah, y recuerda los 15 000 que me debes! El tipo que robó el
coche me está agobiando porque quiere el dinero que le prometí. Espero tus noticias. Un
saludo, chaval.»
Se quedaron un rato callados, uno mirando al suelo y el otro, esperando una
respuesta.
Jaime levantó la vista hacia su amigo. Tenía los ojos brillantes.
—¿Por qué tuviste que meterte donde no te llaman? —exclamó.
—El teléfono sonó. Luego se oyó la señal del mensaje y pensé que podía ser
algo urgente. Por eso lo escuché.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a llamar a la policía para que me detengan?
—No había pensado hacer tal cosa —le respondió—. Después de todo, no
parece que tuvieseis intención de matarle. Sólo quiero saber por qué lo hiciste.
El aplomo y la serenidad con que Álvaro se había dirigido a él, hacían sentirse a

113
Jaime como un niño a quien su padre le pedía cuentas de una trastada que acabase de
hacer.
—¿Por qué lo hice? ¡Yo qué sé! Es una de esas locuras que se te pasan un
momento por la cabeza. No te paras demasiado a pensarlas y las haces. ¿Nunca te ha
ocurrido a ti?
—Algunas veces. Pero sigue, por favor —dijo Álvaro, esforzándose lo indecible
para no mostrar su desagrado delante de su amigo.
—La idea partió de ese tío, Gerardo. No sé ni cómo se apellida. Lo único que sé
de él es que está empleado como enfermero en la UR. Un día se me acercó mientras
estaba almorzando. Yo no le conocía. Se me presentó y empezamos a charlar. Según me
contó, llevaba varios años en el hospital y se le hacía insoportable trabajar con
Guillermo Díaz.
—¿Qué edad tiene el tal Gerardo?
—Tendrá entre 45 y 50 años. No creo que le hayas visto muchas veces.
—Continúa.
—Yo le dije que a mí tampoco me caía especialmente bien el doctor Díaz y que
me parecía que no ocupaba el lugar que le correspondía. Era viejo y debía dejar paso a
la gente joven. Me dio la razón. Entre los dos, urdimos el plan para quitárnoslo de en
medio, pero nos pasamos. Ahora el doctor está muerto, yo estoy ocupando su sitio y
debo a ese tío 15 000 euros que no sé de dónde voy a sacar.
—¿Y qué piensas hacer?
—¿Cómo que qué pienso hacer? Nada. Absolutamente nada. La policía no tiene
ninguna pista. Salvo nosotros dos... Bueno, ahora habría que decir nosotros tres, nadie
sabe nada. Puedo fiarme de que no se lo contarás a nadie, ¿verdad? —le preguntó Jaime,
con cierto tono de recelo en su voz.
—¿Tú que crees?
—Que sí. Sabes que siempre me gusta apostar fuerte. Esta vez sobrepasé el
límite y el viejo se fue al otro mundo, aunque nadie quería su muerte.
—Te has convertido en un depredador, Jaime.
Los ojos de su amigo, clavados en los suyos, habían dejado a Jaime petrificado.
Nunca le había dicho algo parecido.
—Creía conocerte bien pero veo que estaba equivocado —le confesó Álvaro—.
Como te he dicho, puedes confiar en mí; no te voy a delatar. Pero, a partir de ahora, ten
mucho cuidado; y no me estoy refiriendo a la muerte de Guillermo Díaz, que es cosa
pasada. Si en el futuro continúas yendo tras el poder y la fama a toda costa, pasando por
encima de leyes y personas, te descubrirás un día convertido en un monstruo. Piénsalo
bien, Jaime.

Esa noche, Fernando Miralles recibió una llamada en su casa. Reconoció a su


interlocutor por el nombre que apareció en la pantalla del teléfono de su dormitorio.
—¿Qué quieres? —dijo directamente al descolgar.
—El chico se lo ha confesado a su amigo. Éste se había enterado a través de un
mensaje que Gerardo le dejó en su móvil. Como siempre anda perdiendo el teléfono, se
ve que se lo dejó olvidado en su casa la última vez que estuvo allí.
—¿Alguno de los dos ha dado muestras de sospechar algo?
—No —contestó la voz al otro lado de la línea—. Jaime se autoinculpa, aunque
no deja de insistir en que fue idea de Gerardo. Por cierto: nuestro modesto enfermero le
ha pedido 15 000 euros por su hazaña.

114
—Eso no estaba previsto —se sorprendió Miralles.
—Lo mismo me parecía a mí —dijo el otro—. ¿Quiere que haga algo más?
—No. Permanece a la escucha y mantenme informado.

Pasaron un par de semanas, en las cuales los dos amigos apenas coincidieron.
Sin duda, el descubrimiento por parte de Álvaro de la complicidad de Jaime en la
muerte del doctor Díaz había conducido a que ambos evitasen encontrarse durante
algunos días. La amistad entre los dos continuaba, pero había sufrido un duro golpe que
amenazaba con resquebrajarla.
Jaime, por su lado, se había sumido en el estudio de la historia clínica de Miguel
Galdón y en el comienzo de los cultivos de células madre embrionarias del nuevo
cliente de la UR. Las pocas veces que Álvaro le vio, le había dado la impresión de que
se encontraba contento en su nuevo puesto, aunque al mismo tiempo se le notaba cada
día más cansado. Los fines de semana los ocupaba durmiendo o estudiando y apenas
salía de casa.
Por fin, el viernes de la última semana de enero encontraron un hueco para
almorzar juntos. Aunque iban a tardar en volver al trabajo un poco más de lo permitido,
se acercaron hasta El Sha. Ahmad se alegró de verlos.
—Caramba, creía que ya no ibais a venir nunca más. ¿Cómo os va en ese
hospital? Cuentan maravillas de lo que están consiguiendo allí.
—Bueno, hacemos lo que podemos —dijo Jaime, sonriéndole.
Ahmad les trajo una par de cafés con leche con sendos cruasanes y les recordó:
—Para que no haya peleas al final, aviso de que hoy le toca pagar a Álvaro.
—Siempre has sido un buen amigo, Ahmad —le dijo Jaime, guiñándole un ojo.
—Vale, vale. Ya te dejaré el dinero encima de la mesa cuando nos vayamos —
dijo Álvaro—. Ahora déjanos, que tenemos que hablar de cosas serias.
—Como gusten los señores.
Ahmad no se sintió ofendido. Había confianza entre ellos y se notaba que ahora
querían estar solos.
—Bueno, muchacho, no se te ha visto el pelo en estas últimas semanas —dijo
Álvaro, tratando de volver a una relación normal con su amigo. Habían pasado muchos
días sin hablarse.
—Es que hay que empezar desde cero con este chaval. Se llama Miguel. No hay
nada hecho. Bueno, el historial sí que está porque siempre ha sido tratado en el Nou,
pero no se había puesto en marcha con él ningún trabajo para conseguir células madre
embrionarias. Y lo que me extraña es el poco movimiento que veo en la unidad. Claro
que yo estoy casi todo el tiempo en mi planta. No sé qué estarán haciendo en las demás.
—¿Tienes alguien que te ayude?
—Sí, un tal Gerardo. ¿Te suena el nombre?
Claro que le sonaba. ¡Vaya compañero que le había tocado! Un constante
recuerdo de algo mal hecho.
—¿Y qué tal tipo es? Me refiero a cosas distintas a lo que ya sabemos sobre su
incapacidad para frenar un coche a tiempo.
—Es un gilipollas. Se cree que lo sabe todo y me he enterado de que terminó
ATS por los pelos. Y lo que es peor, cada dos por tres me está exigiendo el dinero que
le debo. Le he pagado una cantidad pero lo quiere todo y cuanto antes.
—¿De dónde vas a sacar el resto?
—No lo sé —le respondió Jaime—. Creo que le voy a pedir un adelanto a

115
Cortés. No me da miedo el asunto porque con mi nómina puedo pedir un crédito, pero
no quiero verme envuelto en líos con bancos. Además, cuando me pregunten por el
motivo, ¿qué les voy a decir: «extorsión por cooperación en un homicidio»? Quedaría
bien, ¿eh? Y con todas las multas que tengo impagadas, no me conviene que aparezca
mi nombre en la cuenta de ningún banco. Me pagan siempre con un talón porque así lo
pedí.
—No revuelvas la mierda, Jaime, y trata de convivir con ese tipo.
—Si es él quien lo hace. Es un hijo de puta.

El proyecto debía seguir su curso y todo se estaba ralentizando con el asunto de


Díaz y su sustituto. Desde Houston exigían resultados rápidos. Miralles decidió que
había que hablar claro con Jaime Puig y explicarle, al menos hasta determinado punto,
dónde se había metido; y había que hacerlo cuanto antes. Podía ser esa misma mañana.
No había motivo para retrasarlo más. Trató de localizarle con el teléfono interno y, en
vista de que no lo cogía, le llamó al móvil.
—¿Jaime?
—¿Sí, señor Miralles?
Jaime se había acostumbrado a suponer que la llamada desde «Número
desconocido» procedía siempre del móvil de Fernando Miralles, al menos a esas horas
del día. ¿Por qué le llamaba al móvil habiendo teléfonos inalámbricos en el hospital? Se
palpó entonces el bolsillo de su bata y se dio cuenta de que se lo había vuelto a dejar
encima de la mesa de su consulta.
—Me gustaría que sacases algo de tiempo para que hablemos un rato esta
mañana. Será cosa de media hora.
—¿Le parece bien a las doce y media?
—Estupendo. A esa hora te espero en mi despacho.
A los doce y treinta y cinco, Jaime llamaba a la puerta de Miralles.
—¡Adelante!
—Buenos días, doctor Miralles.
—Buenos días, Jaime. Pasa y siéntate, por favor.
Se acomodó en el sillón frente al doctor, con la mesa entre ambos. La cara de
Miralles presentaba un aspecto sombrío.
—Tenemos que hablar de un asunto muy serio, Jaime.
—Sí, ya lo sé. Tendría que ir más aprisa en el trabajo con ese chico, pero le
aseguro, doctor, que...
—Olvídate de eso ahora —le cortó Miralles—. Se trata de algo más grave.
Jaime se puso tenso. No sabía a qué podía referirse y no se sentía a gusto cuando
notaba que no controlaba la situación en la que se encontraba.
—Usted dirá.
—Esta mañana he tenido una conversación muy interesante con Gerardo
Esteban. Sólo ha hecho falta presionarle un poco para que me contase algunas cosas que
ya me suponía y otras que yo no sabía.
¡Maldito cabrón! Conque era eso. Le echaría todas las culpas a él. Diría que la
idea había sido suya y que, en definitiva, fue Gerardo quien provocó la muerte del
doctor. No podían hacer nada en su contra. Pensó, sin embargo, que quizá estaba
adelantando acontecimientos; debía asegurarse de por dónde iban los tiros.
—¿Se puede saber qué son esas cosas que usted ignoraba?
—Tú las conoces mejor que yo, Jaime. El asesinato se paga muy caro en este

116
país.
—Lo negaré todo.
—Él también piensa hacerlo. Y si no consigue convencer al jurado, tiene
preparada una cinta grabada con vuestras conversaciones paras inculparte a ti también.
He escuchado un trozo y me ha parecido de lo más interesante lo que hablabais.
El muy... Lo había planeado mejor que él.
—Me ha dicho además que le debes un montón de dinero. ¿De dónde vas a
sacarlo?
—Pensaba pedir un adelanto al director —le respondió Jaime.
—Y quizá te lo dé, ¿verdad? Sobre todo si le dices el motivo.
Miralles dejó de mostrar la ironía con la que acababa de dirigirse al joven y
adquirió un semblante serio; muy serio, consideró Jaime.
—Mira, chico. Lo que hicisteis es algo muy grave.
Miralles dejó caer cada palabra con todo su peso. Jaime se sintió arrinconado,
realmente culpable de lo sucedido.
—Sin embargo —continuó el doctor—, si quieres, puedo ayudarte a resolver
este asunto porque si esto sale a la luz, se acabó la carrera del doctor Puig, se cerró el
grifo de dinero que significa ahora tu sueldo y quién sabe los procesos judiciales en los
que te puedes ver envuelto.
Le habían cogido y no sabía qué hacer. Accedió a agarrarse a la mano que le
tendía su jefe.
—Se lo agradecería mucho, señor Miralles —le suplicó—. Me dejé embaucar
por ese tipo. Quiero que sepa que nunca tuve la intención de matar al doctor Díaz. Fue
Gerardo, que no supo controlar el coche.
—Puedes decir lo que quieras a la policía y quizá consigas que te caiga una
pequeña pena, pero tendrás que olvidarte en adelante de ser alguien en la medicina. Sin
embargo, yo no voy a decir nada. Te voy a proponer un trato al que no puedes negarte.
—Le escucho.

A la una y media del mediodía, Gerardo Esteban se hallaba sentado en el mismo


sillón que unos minutos antes ocupaba Jaime.
—Gerardo, he estado hablando esta mañana con tu jefe, Jaime Puig.
Eso de «jefe» le sentó como una patada en sus partes íntimas.
—Hemos estado conversando sobre el desafortunado accidente que tuvo el
doctor Díaz y sobre el modo como lo preparasteis entre los dos.
¿A qué venía eso ahora? No sabía a dónde quería llegar ese tipo.
—Me ha dicho también que le estás reclamando un montón de dinero por el
trabajo que hiciste, un tanto defectuoso, por cierto.
—Usted me dijo, doctor, que podía pedirle lo que me pareciese oportuno y así lo
hice. Además, recuerde que todo partió de este despacho. Yo sólo me limité a actuar un
poco delante de ese chico y convencerle de que era muy fácil quitarse a Díaz de en
medio.
—No recuerdo nada de eso que me cuentas —le dijo Miralles—. Los hechos son
los hechos. Tú mataste al doctor y tu cómplice es Jaime Puig.
Nunca debería haberse fiado de él. Ahora se la estaba jugando.
—Vamos a llegar a un acuerdo, Gerardo —le ofreció Miralles—. Yo me callo,
hago como si no supiera nada y tú dejas trabajar con tranquilidad a tu jefe. Y si no estás
conforme, puedes empezar a buscarte un buen abogado porque la policía comenzará a

117
recibir información a partir de mañana sobre cierto homicidio del que hasta este
momento no tienen ninguna pista. Acuérdate de que conservo una cinta grabada y varias
personas dispuestas a declarar lo que se les diga por una pequeña cantidad de dinero.
¡Ah! Y olvídate de cobrar lo que reste de los 15 000 euros. Confórmate con lo que te
haya pagado ya y se acabó el asunto. ¿Qué me dices?
No tenía mucho donde elegir.
—Como usted mande, doctor Miralles.

Después de las dos charlas mantenidas, el director de la UR podía sentirse


satisfecho con la jugada a dos bandas que había realizado. Tanto Jaime Puig como el
enfermero Gerardo tenían la boca cerrada y, por su bien, sabrían mantenerla así.
La conversación con Gonzalo Gil, en la que le había razonado la incorporación
de Jaime a la UR, había resultado convincente. No había que preocuparse por la
continuidad del grupo. Todo iba sobre ruedas. «De todas formas —le había dicho—
procuraré animar un poco a ese chico. Se ve que le ha afectado lo que le he contado
sobre el proyecto. No lo sabe todo; iremos poco a poco.»
—Habrá que estar muy encima de él —le dijo 3G—. Me parece bien que le
aliente en su trabajo, que le ilusione y todo lo que quiera: hemos de mantener a nuestra
gente contenta. Pero, a la vez, procure saber con quién habla, qué impresiones comunica
a sus amigos y cualquier otra cosa que nos pueda comprometer.
—No debe intranquilizarse por eso, Gonzalo. Lo tenemos controlado día y
noche.
No era cierto, pero se aproximaba a la realidad.
—Conforme. Sabe que confío en usted.

118
Capítulo 16

La primavera iba aproximándose poco a poco. Salvo algunos días de febrero, en


que los termómetros bajaron hasta los cuatro o cinco grados, se podía decir que habían
tenido un invierno suave, como es habitual en Valencia.
La niña ingresada en la Unidad de Regeneración estaba de vuelta en su casa
desde hacía varias semanas, curada para siempre de su anemia. De nuevo, la prensa
local y nacional situó la noticia entre sus titulares durante un par de días y la televisión
también se ocupó del asunto. Esa mañana había sido internado en la UR Emilio. Era un
niño de cuatro años y sufría retinitis pigmentosa, que podía degenerar en ceguera.
Álvaro tenía la impresión de que se estaba dando, no sabía si voluntariamente o
como fruto del desarrollo de la investigación, un escalonamiento en la aplicación de la
terapia celular a cada uno de los niños elegidos. Era como si alguien quisiera distanciar
las curaciones, seguro de su éxito, de modo que cada poco tiempo el Nou Hospital fuese
noticia. Le recordaba, en cierto modo, a lo que había escuchado en varias ocasiones al
doctor Díaz acerca de que todo estaba programado en ese hospital.
Sus encuentros con Jaime habían sido todavía más escasos durante los últimos
dos meses. Un domingo de febrero habían comido juntos en El Sha, pero no habían
hablado más que de temas intrascendentes. A las preguntas de Álvaro sobre su trabajo,
Jaime respondía con evasivas, procurando cambiar de tema enseguida. No había duda:
ya no era el mismo. Probablemente, el recuerdo del doctor Díaz y la constante compañía
del autor del crimen le suponían una carga de conciencia que le impedía vivir con un
mínimo de sosiego.
—Debes olvidar lo que sucedió, Jaime —le animó su amigo—. Es algo que
estuvo muy mal pero que hay que enterrar.
—No te inquietes por mí, Álvaro. Ahora tengo lo que quiero y trabajo en lo que
siempre he deseado.
Pero su amigo no dejaba de estar preocupado. Jaime había cambiado y no sabía
qué hacer por él. De ahí sus constantes invitaciones a quedar juntos para almorzar o
cenar. Un fin de semana que se le ocurrió ir a visitar a su madre y a su hermano a
Madrid, le invitó a acompañarle para sacarle de la ciudad y del ambiente agobiante y
enrarecido en el que se estaba metiendo. Jaime declinó la oferta y se quedó en casa,
como había hecho casi todos los fines de semana desde Navidad.

Con la llegada de marzo, las calles de la ciudad se volvían a llenar de luces y de


adornos con motivo de las Fallas, los días de fiesta que, en honor de San José, tenían su
apogeo desde el día 15 hasta el 19, en que se celebraba al santo. Si el buen tiempo
acompañaba, Valencia se convertía durante esos días en un hervidero de gente venida de
toda España. Ese año, el día 19 caía en lunes y no era difícil para muchos de fuera de
Valencia pedir un día de permiso por asuntos propios para asistir al final de la fiesta, en

119
el caso de ser día laborable en su comunidad. Para los valencianos ese día siempre era y
seguiría siendo fiesta.
Desde el día uno del mes, se disparaba en la Plaza del Ayuntamiento la
mascletá: un conjunto de petardos, tracas y cohetes que, combinados según el arte del
pirotécnico contratado, conseguían el enardecimiento del público que día tras día se
congregaba en la plaza a los dos de la tarde, hora en que la Fallera mayor de la ciudad
daba la orden de encender la mecha.
Las jornadas anteriores al día 15 del mes, los diversos grupos de falleros —había
cerca de cuatrocientas fallas en toda la ciudad— se afanaban en el montaje de su falla
particular, diseñada por un artista, apalabrado con muchos meses de antelación, más o
menos, según la calidad de la falla y de la cantidad de trabajo que tuviese que realizar.
El diseño incluía los ninots, muñecos de cartón pintados con gran habilidad y que solían
hacer referencia a sucesos y personajes conocidos de la vida pública, y la composición
de los mismos, de modo que el conjunto ofreciese una imagen vistosa, alegre y divertida
para que la gente que pasara por la calle se parase a admirar la obra.
La noche del 15 todas las fallas tenían que estar montadas —era la plantá— de
modo que, desde la mañana del día siguiente, un jurado especializado pudiese calificar
las de cada categoría e hiciese pública la concesión de los diversos premios otorgados
por la Junta Central Fallera de la ciudad. La falla que resultaba ganadora, dentro de la
sección especial —la que incluía a las de mayor calidad—, se veía inundada de público
desde el momento en que se conocía el veredicto del jurado. Los chiringuitos, bares y
otras atracciones situadas en el recinto de la falla o en sus proximidades se felicitaban
por partida doble, ya que el premio traía público y ese público llevaba dinero destinado
íntegramente a gastarse en la fiesta. La noche del día 19 todas las fallas quedarían
reducidas a cenizas. Hasta entonces, los habitantes de la ciudad y los múltiples
forasteros venidos de fuera tenían la oportunidad de contemplar esta expresión del arte,
única en el mundo.

Álvaro había intentado por enésima vez que su madre participase en las
celebraciones, pasando alguno de los días en torno a San José en Valencia, pero
tampoco este año había conseguido que viniera.
—Hijo —le había dicho, como siempre—, ya sabes que los ruidos me ponen
fatal. Estuve un año en las Fallas y prometí no volver nunca.
En la misma Valencia había personas que opinaban como ella y aprovechaban
esos días para desaparecer de la ciudad e irse a algún lugar más tranquilo, sin
mascletaes, despertaes, ni castillos de fuegos artificiales, que hacían, en cambio, las
delicias de muchos, sobre todo, los últimos días de las fiestas.
En vista de que no iba a tener compañía foránea, hizo lo posible por sacar a
Jaime de su trabajo y de su casa, al menos durante unas horas, y conseguir que se
distrajera con el ruido, los ninots o con cualquier cosa distinta de los manuales, tratados
y cosas por el estilo que tenía siempre entre manos.
Logró quedar con él el sábado por la tarde, en la boca de metro de la calle Játiva,
frente a la Estación del Norte. A esas alturas de las fiestas, esa calle y todas las que
daban al centro de la ciudad estaban cortadas al tráfico. La gente deambulaba, visitando
las diferentes fallas plantadas que, como todos los años, eran especialmente abundantes
en esa zona de Valencia. A esa hora, además, desfilaban por delante de la estación de
tren diversas comisiones, lo que dificultaba circular por la calle. Centenares de falleras,
desde niñas de cuatro o cinco años hasta mujeres adultas, ataviadas con los trajes

120
propios de las fiestas, se dirigían caminando hacia la plaza de la Virgen, para depositar
la tradicional ofrenda de flores a los pies de una reproducción de enormes dimensiones
de la patrona de la ciudad, la Mare de Deu dels Desamparats. Era un espectáculo digno
de contemplar.
Como no resultaba fácil atravesar las comitivas que recorrían en ese momento la
calle Játiva, decidieron entrar a uno de los bares de la calle Bailén. Quizá fuese ése el
lugar donde más inmigrantes latinoamericanos podían verse en todo Valencia. Pegada a
la estación, servía de punto de encuentro para los que iban y venían de la ciudad;
contaba con un gran número de hostales y los locales de conexión a internet y de
llamadas internacionales baratas crecían de día en día.
—Nos tomamos una horchata con fartons y luego nos vamos a ver fallas, ¿de
acuerdo? —le propuso Álvaro.
—¿Ya no te importa que engorde?
—¡Qué va, hombre! He leído esta mañana en el periódico que, según
especialistas de nuestra Facultad de Medicina, la horchata es cardiosaludable, reduce el
colesterol y previene la arteriosclerosis y el cáncer. Casi una panacea.
—¡Vaya! Pues ahora me entero. Ya me podré quitar el complejo de culpabilidad
que me entraba cada vez que me tomaba una. A partir de ahora, la sustituiré por el agua.
Parecía que Jaime se iba animando. Hasta gastaba bromas, como antes.
—¿Te has hecho ya la revisión que te dije?
—Sí, me la hice hace un par de semanas. Con todas tus advertencias, me habías
dejado un poco asustado. Nada, no tengo nada grave. Fui a la consulta de un compañero
de la facultad que es cardiólogo; me dio algunos consejos y no quiso cobrarme, lo que
me vino muy bien. Se llama Luis, Luis Perpiñá. ¿Te acuerdas de él?
Álvaro no sabía a quién se refería. Aunque habían convivido en el mismo piso
durante sus años universitarios, cada uno se había creado su respectivo grupo de amigos
entre los estudiantes de su especialidad. A éste no le conocía.
—No caigo en quién es. ¿Dónde tiene la consulta?
—En la calle Cirilo Amorós —le contestó Jaime—. No me preguntes el número,
porque no me acuerdo. Si alguna vez necesitas hacerte una revisión a fondo, dile que
vas de mi parte.
—¡Mira que somos raros! —exclamó Álvaro—. Trabajamos en un hospital y
preferimos acudir a alguien de fuera cuando se trata de nosotros mismos.
—Quizá es que no nos fiamos...
—¿Por qué dices eso? —le preguntó Álvaro.
—Por nada, son cosas que se me ocurren. Además, estoy cansado y ya no siento
la ilusión que tenía los primeros días, cuando traspasaba las puertas del Nou.
—Sí, no hace falta que me lo jures.
—Hace un par de meses era el tío más feliz del mundo: trabajaba con ganas,
canturreaba a pesar de mi mala voz y de tener al lado a esa pesadilla que se llama
Gerardo, me alegraba cuando salían noticias del hospital en la prensa... Hoy, por
ejemplo, ni siquiera llevo el móvil que me dio Miralles y del que tanto me insistió que
no me separara para nada. Y otros días me lo he dejado en casa a propósito. Quiere
tenerme localizado en todo momento. ¿Para qué tanto control? No estoy contento,
Álvaro.
La broma sobre la horchata había sido el resultado de un estado pasajero. Volvía
a mostrarse triste y agobiado. Y, al menos en apariencia, no existían motivos para
estarlo.
—Pero bueno, chico ¿qué te pasa? —le preguntó resueltamente Álvaro.
—Nada especial. Simplemente se me ha pasado el entusiasmo que tenía antes.

121
Ya volverá. No te molestes tanto por mí. Sé resolver mis propios problemas.

Capítulo 17

La llamada al timbre de su casa sorprendió a Alfredo Albert leyendo el último


número de Nature. Aunque era de natural confiado y nunca había sentido temor a
posibles atracos o encuentros con personas desconocidas durante sus paseos nocturnos,
en esta ocasión quiso tomar precauciones antes de abrir la puerta, ya que no recordaba
haber quedado con nadie esa noche.
Ajustó su ojo a la mirilla de la puerta y, gracias a la luz del porche, que siempre
dejaba encendida, pudo ver a su inesperado visitante. Reconoció al amigo de su antiguo
alumno Álvaro. ¿Cómo se llamaba? Se le había olvidado; tendría que preguntárselo de
nuevo.
—Buenas noches, querido amigo —dijo al abrirle la puerta—. Pasa, por favor, y
cuéntame qué te trae por aquí.
—Buenas noches, profesor, y perdone la molestia. No suelo presentarme en la
casa de una persona sin avisar antes, pero no tenía su teléfono y necesitaba hablar con
usted esta misma noche.
—¿Quieres tomar alguna cosa? No he hecho la cena todavía. Si te parece bien,
podemos preparar algo y cenamos juntos. Me agradaría mucho.
—Gracias, profesor Albert. Acepto su invitación.
—Pensaba hacer una tortilla de dos huevos y tomar algo de fruta. Pero quizá a ti
te apetezca tomar algo más.
—No, muchas gracias. Ya ve lo gordo que estoy —le dijo Jaime, sonriendo—.
Algún día tendré que ponerme a régimen. Podría muy bien empezar hoy mismo con una
cena ligera, ¿no le parece?
—Pues nada, como quieras. Quédate en el salón, mientras yo me ocupo de la
cocina. Durante la cena me cuentas qué te ha traído hoy por aquí.
—No será muy largo. Entro de guardia esta noche y no me puedo entretener
demasiado. ¿Podría usar su ordenador mientras prepara la cena?
—¡Cómo no! No tiene clave ni nada.
—Gracias, profesor.
Albert tardó menos de diez minutos en tener dispuestos sobre la mesa del salón
un par de servicios, con las tortillas recién hechas en los platos y el frutero.
—¡Ah! Se me olvidaba el agua. ¿La quieres embotellada o te basta que sea del
grifo? —le preguntó a su invitado desde la cocina.
Jaime desconectó su mente de lo que estaba escribiendo y volvió al mundo real.
—Del grifo, del grifo. No se moleste.
Jaime oyó cómo el profesor llenaba una jarra.
—El otro día nos dijo que tiene internet en casa, ¿verdad? —preguntó—. Es que
quiero enviar a Álvaro lo que acabo de escribir. Se trata de algo importante y un poco
urgente.
—Sí. Sólo tienes que hacer clic sobre el icono de la «e» grande.
Cuando iba a pulsar sobre el acceso directo al explorador, se acordó de algo.

122
—Mira que soy tonto. Tonto y con poca memoria para algunas cosas: no me
acuerdo de su dirección de correo. Como casi siempre lo que le mando son mensajes
internos en el hospital…
—Pero la tendrás en algún sitio, ¿no?
—Sí, en la agenda. Y la agenda la tengo en el hospital —se lamentó Jaime—.
Bueno, pues ya se ve que tendré que enviarlo desde allí. ¿Tiene algún disquete a mano
que me pueda llevar?
Albert abrió uno de los cajones de la mesa del ordenador y sacó una caja.
—Coge el que más te guste.
Jaime grabó el archivo en el disco y se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Al meterlo ahí, su mano tropezó con algo: esta vez no se había olvidado de llevar
consigo el teléfono móvil. Miralles se pondría contento si le llamaba y respondía a la
primera.
Pensó que sería conveniente avisar a su amigo del correo que le iba a enviar.
Sabía que Álvaro solía pasarse varios días sin abrir su cuenta y deseaba que leyese su
contenido cuanto antes. Le llamó a casa, pero tuvo que contentarse con dejarle un
mensaje en el contestador, ya que no respondió a la llamada.
Sentados a la mesa, el joven comenzó a relatar a Albert su vida. La sencillez que
había demostrado su antiguo profesor de universidad cuando le visitó por vez primera
con Álvaro le había convencido de que podía contar con él como si de un amigo se
tratara. Jaime le estaba explicando cómo había sido contratado en el hospital, cuando
Albert le interrumpió.
—¿Cómo? ¿Álvaro y tú trabajáis en el Nou?
—Sí. ¿No se lo habíamos dicho antes?
—No, hijo. Has de saber que yo ejercí en ese hospital durante bastantes años,
cuando dejé de practicar abortos. ¿Ya os conté eso la otra vez que vinisteis?
—Lo de los abortos sí, pero no nos dijo en qué hospital había comenzado a
trabajar.
—Me dedicaba, entre otras cosas, a los trasplantes de corazón. Fue una buena
época de mi vida. ¿Tenéis noticias de Eulogio Miralles?
—No. Nunca aparece por el hospital. Coincidí con él en la cena de Navidad y
nos lo presentaron a Álvaro y a mí. Ahora trabaja en Madrid, en la sede de la Fundación
White. Su hijo Fernando le sustituyó al mando del hospital, aunque ahora sólo lleva la
dirección médica y ha dejado la gerencia a otra persona.
—Sí, ahora me acuerdo; yo estaba allí cuando se fue a Madrid. Era un auténtico
mago. Así le llamábamos: El Mago. Tenía un don para los trasplantes.
Albert parecía alegrarse al recordar los años pasados en el hospital.
—Profesor.
—¿Sí?
—¿Considera que usted llegó a triunfar en su profesión?
—Yo diría que sí —le respondió Albert—. Por supuesto, no me refiero a los
años en que me dedicaba a lo que con cierto eufemismo se llama ahora IVE. En el Nou
conquisté todo lo que quería y fui feliz. Hasta que pasó algo y hubo que dejarlo todo.
—No quiero molestarle tratando de averiguar qué fue lo que ocurrió —continuó
Jaime—. Pero sí me gustaría que me dijese si se sentía feliz por el propio trabajo que
realizaba con los enfermos o más bien era por la gloria que conseguía con ello.
Alfredo Albert se quedó mirándole, sorprendido ante la confiada audacia del
joven.
—Perdone la pregunta tan directa, pero necesito que me responda con
sinceridad.

123
—Se nota que vas directo a lo que te interesa, muchacho. No me importa
decírtelo. Te responderé sin rodeos.
Tomó un sorbo del vaso de agua y contestó:
—Al principio, me alegraba por el bien que procuraba a las personas que se
ponían en mis manos. Después de todo, para eso me había hecho médico. Más tarde, al
comprobar que era capaz de realizar auténticas obras de arte con mis pacientes, empecé
a encaramarme a la gloria, como tú decías. El éxito es un veneno que se toma poco a
poco y va penetrando en uno sin ser consciente de ello. Eso fue lo que me pasó. Luego,
como te he dicho, tuvo lugar un desgraciado incidente, que me llevó a recapacitar.
Renuncié a grandes proyectos que había planeado, pero que no conducían a nada bueno,
y la fama del doctor Albert pasó a mejor vida. Al cabo de un tiempo, me retiré del
ejercicio de la profesión y ya nadie se acuerda de mí.
Jaime reflexionó unos segundos sobre lo que Albert le acababa de decir.
—Gracias por su franqueza, doctor Albert —le dijo—. Créame si le digo que yo
sí me acordaré de usted. Pienso que lo que me ha dicho va a influir en mi vida más de lo
que se imagina.

124
Capítulo 18

Del tanatorio del hospital, donde había permanecido el cuerpo de Jaime todo el
domingo, los que velaban el cadáver salieron hacia el cementerio, siguiendo al coche
que llevaba el ataúd. Como Cortés sabía que Jaime no tenía familiares próximos,
excepto una tía, con la que no se trataba, preguntó a Álvaro, como persona más
allegada, sobre las creencias de su amigo. Éste contestó que no tenía fe y que no echaría
en falta ni el funeral ni a un sacerdote recitando unas oraciones.
Alfredo Albert no quiso dejar de decir su último adiós a Jaime y se presentó en
el cementerio unos minutos antes de que llegase el cortejo fúnebre. El hospital había
publicado una esquela que anunciaba la muerte de uno de sus médicos, el doctor Jaime
Puig, y el profesor se había informado de la hora del entierro. Cortés, Miralles y algunos
del Grupo de Investigación se habían congregado para la inhumación del cadáver. La
tapa de la caja, a pesar de lo que había dicho Álvaro, llevaba un crucifijo. «Mejor así —
pensó—. Que tenga un buen amigo en la otra vida.»
Al terminar la operación de cierre y sellado de la tumba, Albert saludó a
Fernando Miralles, explicó el motivo de su presencia en el cementerio y, tras unas
breves palabras, se alejó del grupo cogiendo a Álvaro del brazo.
—Lo siento muchísimo, Álvaro.
—Gracias por haber venido, profesor. Necesitaba ver a alguien ajeno al hospital
—le confesó—, y ha aparecido usted como caído del cielo. Ha sido muy duro
encontrarte muerto a tu mejor amigo de la noche a la mañana.
—Cuéntame qué ha pasado.
—El sábado entró de guardia en el hospital.
—Sí, eso ya lo sé. Vino a mi casa esa noche y cenamos juntos. Me dijo que tenía
que irse pronto para llegar a tiempo.
—¡Vaya! —se extrañó Álvaro—. No me dijo que fuera a ir a visitarle.
—Quería hablar de asuntos muy particulares y se ve que prefirió venir solo. Ni
siquiera me había anunciado su visita y a mí también me pilló de sorpresa.
—A eso de las cuatro de la mañana, una enfermera que también estaba de
guardia se lo encontró caído en el suelo, con todos los síntomas de haber sufrido un
infarto, como poco después se confirmó.
—Así que ha sido eso.
Albert no pudo reprimir unas lágrimas, pero se controló enseguida. Imaginaba lo
que debía de haber sufrido Álvaro por el trágico suceso y procuró no aumentar su pena.
—Esa noche —dijo, tratando de dar otro rumbo a la conversación— me dijo,
ante lo exiguo de la cena que le ofrecí, que podía ser un buen día para empezar un
régimen. No creo que hablase en serio. Tenía chispa tu amigo, ¿verdad?
—Era una buena persona —contestó Álvaro, con la mirada en el infinito—. Con
sus defectos, como todo el mundo, pero se volcaba en atenciones con quien necesitase
su ayuda.

125
Vuelto hacia Albert, le dijo:
—Tenía un corazón inmenso y era mi mejor amigo.
Anduvieron un rato, uno junto al otro, entregado cada uno a sus propios
pensamientos.
—El sábado le noté bastante preocupado —señaló Albert tras el prolongado
silencio—. Quería saber si yo había tenido éxito en mi profesión y cómo lo había sabido
llevar. Le contesté lo mejor que pude y pareció quedar satisfecho con lo que le dije.
Hasta le vi sonreír cuando se marchó.
—Se le notaba muy nervioso los últimos meses —comentó Álvaro—. Hace
apenas diez días estuvimos charlando en un bar, pero apenas me permitió ayudarle para
salir de su estado.
Se detuvo y se quedó pensativo.
—Lo que más me llama la atención de su muerte —continuó diciendo— es que
me contó que unas semanas antes se había hecho unas pruebas de corazón en la clínica
de un amigo y los resultados reflejaban que no corría ningún peligro de sufrir un infarto.
Pero nunca se sabe; quizá se le escapase algo a su amigo.
—¿Ya leíste el correo electrónico que te envió? —le preguntó Albert para volver
a dar un giro a la charla—. Lo escribió en mi ordenador mientras yo preparaba la cena.
Quería mandártelo desde mi casa pero no se acordaba de tu dirección. Dijo que lo haría
desde el hospital, al entrar de guardia.
—Sí —le respondió Álvaro—. Lo leí ayer mismo por la tarde. Sólo me insistía
en que no debía preocuparme por él. Que se encontraba en un pequeño bache del que
estaba a punto de salir y que todo se arreglaría pronto. Lo que me pareció muy extraño
fue que me mencionase que no estaba bien de salud y que su corazón no andaba bien;
justo lo contrario de lo que me había dicho unos días antes.
—Bueno, Álvaro, yo no le daría más vueltas.
Caminaron hasta la puerta del cementerio y se despidieron.
—Me quedo un rato por aquí —dijo el profesor—. Aunque no tengo mucha
costumbre de rezar, creo que hoy sí voy a hacerlo. No sé si seré capaz, pero siento que
lo necesito y quizá también le ayude a Jaime. Adiós, muchacho, y cuídate mucho.
—Muchas gracias, profesor.

El sábado por la mañana era el momento de la semana que Álvaro solía dedicar a
leer los mensajes recibidos en sus dos cuentas de correo electrónico y a buscar en
internet referencias a temas que pudieran resultarle de interés. Estaba suscrito a un
boletín de noticias médicas y, desde que conoció a Pascual Ferrando, solía leer también
la edición digital de Vida y Ciencia.
Después de la muerte de Jaime, había recibido una llamada del periodista para
interesarse por lo ocurrido y darle el pésame por la muerte de su amigo. «¡Qué mala
suerte! Tenía mucho futuro por delante ese chico. Precisamente un ataque al corazón;
aunque dado su peso y lo mucho que fumaba no era de extrañar.»
En contra de lo que pensaba el periodista, era completamente anormal que
hubiese muerto de un infarto. Álvaro no basaba sus razones en la situación física de su
amigo, sino en las diferentes informaciones que había recibido en pocos días. Dos
semanas atrás, el mismo Jaime le había dicho que se sentía bien y que, según el
cardiólogo que había visitado, no tenía de qué preocuparse. Sin embargo, al cabo de
siete días, fallecía aparentemente a causa de un infarto. Y, como para dar firmeza al
hecho, un correo electrónico del difunto corroboraba que su estado de salud no era

126
bueno y que habían aparecido algunos síntomas previos a la angina de pecho.
El conjunto de datos contradictorios empezaba a inquietarle. ¿Se había
equivocado el amigo de Jaime en su diagnóstico? Quizá podía ser que lo de la consulta
al médico de corazón había sido una puro cuento para que le dejase en paz. Tendría que
hacer una visita a ese Luis Perpiñá.
Contestó a los mensajes que había recibido los últimos días. Le consoló mucho
el que Nuria le había mandado, condoliéndose por la muerte de Jaime. Le decía que las
dos o tres veces que había coincidido con él en el hospital le habían bastado para
hacerse su amiga por la simpatía y las ganas de vivir que irradiaba. «Esta chica es
bastante despierta. La enfermedad le ha ayudado a madurar antes. Se nota que ya no es
una cría», pensó Álvaro. Le envió un mensaje en el que le agradecía sus sentimientos
por Jaime y le preguntaba qué pensaba hacer durante las vacaciones de Semana Santa y
Pascua.
A mediodía, Paco le llamó a casa.
—¿Cómo estás?
—Bien, todo lo que se puede estar después de haberse muerto tu mejor amigo.
Paco se había enterado del fallecimiento de Jaime por el mismo Álvaro, que se
lo comunicó el día del entierro.
—Te llamaba sólo porque quería invitarte a cenar esta noche. Puedes venir
pronto y nos damos una vuelta antes. No me haría ninguna gracia que te hundieras ahora
psicológicamente. Te conviene salir y quitarte de la cabeza lo que ha pasado.
Era un buen tipo. Se lo agradeció de veras pero declinó la invitación.
—Muchas gracias, Paco, pero hoy quiero estar en casa —le contestó—. No es
que me sienta deprimido ni nada por el estilo, gracias a Dios. Sólo es que tengo ganas
de quedarme aquí solo y dedicar tiempo a buscar en internet unas cosas que me
interesan.
—De acuerdo, pero no me falles la próxima semana.
—Conforme. Quedamos para el sábado que viene.

Álvaro alargó ese sábado su sesión de trabajo y se pasó la tarde pegado al


ordenador. Se había propuesto reunir la mayor cantidad posible de información sobre
medicina regenerativa y «navegó» por todo el mundo desde que acabó de comer hasta la
hora de la cena. Al terminar, quedó satisfecho del trabajo realizado.
La posibilidad de obtener células de cualquier tipo de tejido a partir de células
madre de médula ósea, en lugar de recurrir a las embrionarias, que tantas dificultades
éticas y terapéuticas planteaban, aparecía mencionado en la mayoría de las páginas que
visitó. Constituía uno de los recursos que se manejaba con frecuencia como posible
solución para graves enfermedades, como el Alzheimer, el Parkinson, el infarto de
miocardio o distintas enfermedades neurológicas degenerativas o traumáticas. Además,
se había utilizado durante décadas para curar leucemias.
En la red proliferaban las noticias que reflejaban el interés por encontrar nuevas
fuentes de células madre en tejidos adultos. Entre estos tejidos suministradores de
células madre adultas, varios grupos de investigación habían centrado su trabajo en el
tejido graso. Hasta el momento, se había comprobado que a partir de células madre
obtenidas de grasa se conseguía obtener células de hueso, de cartílago, de músculo, de
la piel y del propio tejido graso. Incluso se habían logrado otras tan específicas como
neuronas. También estas células se habían utilizado de forma experimental, en procesos
de formación de nuevos vasos sanguíneos.

127
Hasta hacía poco tiempo, solamente un tipo de células madre adultas, las
llamadas mesenquimales, presentes en la médula ósea, parecían ser las únicas que no
producían rechazo al ser inyectadas en una persona distinta de la que las proporcionaba.
Precisamente las células madre obtenidas de grasa se habían mostrado similares en este
aspecto a las mesenquimales, como se afirmaba en un estudio publicado en la
prestigiosa revista médica British Journal of Hematology(23). Si se acababan
confirmando esos resultados, podría abrirse una interesantísima posibilidad para obtener
células troncales a partir de grasa de desecho, con el fin de ser utilizadas en el
tratamiento de pacientes distintos al donante que proporcionase la grasa. ¡La cantidad de
enfermos que podría haber curado Jaime tras una buena operación de liposucción!
La noticia aparecida en todos los medios de comunicación del país sobre la
decisión de los Príncipes de Asturias de conservar células madre congeladas del cordón
umbilical de su hija Leonor en un centro especializado de los Estados Unidos hizo que
mucha gente se empezase a interesar por esa fuente de células troncales. Sin duda,
mostraban indudables ventajas. Eran fáciles de obtener y presentaban una menor
incompatibilidad inmunológica y, por ello, un menor rechazo. En una página web que
Álvaro había encontrado —www.vidacordon.com— se informaba claramente y por
extenso sobre este tipo de células madre que, sin poder considerarlas adultas, no se
obtenían como las embrionarias, por la destrucción del embrión en sus primeros días de
vida. No era de extrañar que muchos investigadores, en los últimos años, estuviesen
dedicando grandes esfuerzos a la búsqueda de técnicas de cultivo que permitieran
incrementar el número de células madre que se obtienen de un cordón sin provocar la
pérdida de su actividad funcional característica.
Por este motivo, también se habían empezado a crear bancos de células madre
procedentes del cordón umbilical. Se podía considerar incluso como una alternativa al
uso de médula ósea obtenida de niños-medicamento generados específicamente como
fuente de células madre para tratar a un hermano suyo que padeciese una enfermedad
hereditaria de la sangre. Aunque no se disponía de datos exactos, la información que
Álvaro había consultado hablaba de no menos de 5 000 trasplantes celulares utilizando
sangre de cordón umbilical, la mayoría de ellos realizados en personas con leucemia y,
en un porcentaje menor, en pacientes con algún tipo de enfermedad hereditaria. En el
año 2004 se llevaron a cabo alrededor de 2 000 de estos trasplantes.
Otros investigadores, como los de la Unidad de Diabetes de Bethesda, en
Maryland, habían obtenido células de páncreas productoras de insulina a partir de
células adultas de islotes pancreáticos obtenidos de cadáveres. Este hallazgo, afirmaban
los componentes del equipo, abría nuevas posibilidades para el tratamiento de la
diabetes de tipo 1, sin necesidad de recurrir a células madre procedentes de
embriones(24). Hasta del pelo (en concreto, de los folículos pilosos) investigadores
japoneses y norteamericanos habían demostrado que se podían obtener células
nerviosas(25).

Aparte de los estudios sobre la posibilidad de diferenciación de las células madre


adultas, la aplicación clínica a enfermos ya se estaba aprovechando de los resultados de
las investigaciones. Un equipo de la universidad de Innsbruck, por ejemplo, había
conseguido tratar y mejorar la incontinencia urinaria en un grupo de veinte mujeres de
entre 36 y 48 años, inyectándoles en la pared de su uretra y en el esfínter urinario
células madre obtenidas de los bazos de las pacientes, tras cultivarlas y multiplicarlas
durante seis semanas en el laboratorio(26). Después de un año de tratamiento, dieciocho

128
de las veinte mujeres no sufrían incontinencia. Era, sin duda, una aplicación de gran
interés práctico dado el elevado número de mujeres que padecen esta molesta anomalía.
Navegando entre páginas que trataban del uso de células troncales en lesiones de
corazón, Álvaro descubrió que otro equipo, en este caso de la Universidad de Lovaina,
había presentado un interesante trabajo en la LV Reunión Anual del Colegio Americano
de Cardiología, en el que se habían incluido 67 pacientes que habían sufrido un infarto
de miocardio agudo(27). A la mitad de ellos se les inyectaron intracoronariamente células
madre de su propia médula ósea, veinticuatro horas después de habérseles practicado
una reperfusión mecánica de la arteria asociada al infarto; a la otra mitad se les
administró un placebo. Los resultados se valoraron comprobando la función del
ventrículo izquierdo de los dos grupos de personas. Los pacientes se siguieron durante
36 meses, y los enfermos tratados con la terapia celular mostraron claros resultados de
mejora funcional del corazón, sin que se observaran efectos secundarios negativos.
En cualquier caso, parecía admitido de forma general que distintos tipos de
células madre adultas, especialmente los mioblastos, podían ser capaces de generar
nuevas células del corazón o de regenerar a las allí existentes cuando se trasplantaban a
un corazón que había sufrido un infarto, contribuyendo así a mejorar el funcionamiento
del corazón enfermo(28). Eran muchos, probablemente más de doscientos, los ensayos
clínicos experimentales que en ese momento se estaban realizando en todo el mundo
para valorar esta terapia en el corazón infartado.
Quizás el caso más espectacular que Álvaro había encontrado era el de una
mujer brasileña de 54 años, hemipléjica, que había conseguido recuperar la movilidad y
el habla tras inyectarle en su cerebro células madre extraídas de su propia médula ósea.
Era la primera vez que se conseguía en el mundo. Próximamente se iban a iniciar
experiencias en otras mujeres y se calculaba que en unos cinco o seis años se podría
aplicar este remedio en la clínica habitual(29).
Lo que más le había llamado la atención en todo el estudio que había llevado a
cabo en internet sobre el tema eran las declaraciones de Juan Carlos Izpisúa, una de las
mayores autoridades en esta cuestión en España, propuesto inicialmente para dirigir el
Centro Nacional encargado de coordinar este tipo de experiencias y que ahora lideraba
el trabajo de investigación del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona; afirmaba
que «es lamentable escuchar a determinadas personas que con las investigaciones con
células madre embrionarias se van a curar enfermedades como la diabetes, el Parkinson
o el Alzheimer. Esto es jugar con el sentimiento humano y generar falsas esperanzas
entre estos pacientes, sus familias y amigos»(30).
«¿Qué sentido tiene, entonces —se preguntaba Álvaro—, haber otorgado un
permiso al Nou Hospital para tratar pacientes con sus células madre embrionarias?» Sin
embargo, y Dios sabría cómo, se estaban obteniendo los resultados que nadie hubiera
esperado.

Una vez que dio por concluida su investigación en la red, le entraron ganas de
tomar algo. Llevaba casi seis horas trabajando sin parar. Se preparó dos sándwiches de
jamón y queso, cogió un yogur de la nevera y encendió el televisor. No había querido
aceptar la invitación de Paco porque, además del trabajo que había realizado durante la
tarde, tenía interés en ver el breve documental que iban a poner esa noche sobre el Nou
Hospital. La fama del primer centro en España donde se estaban aplicando clínicamente
con éxito células madre extraídas de embriones clonados había llegado lejos, y los
directivos de la televisión estatal habían decidido que merecía la pena hacer un reportaje

129
sobre el hospital valenciano.
A lo largo de tres días de la semana anterior, un equipo de Televisión Española
había estado grabando imágenes, haciendo entrevistas y compartiendo mesa con
médicos, enfermos y personal de administración y mantenimiento del centro. El
documental elaborado sería el primero dentro del programa Informe semanal que se
emitía ese sábado; era el programa decano de las televisiones españolas, el que más
tiempo llevaba aguantando en las pantallas y seguía manteniendo un buen nivel de
audiencia.
Como introducción al reportaje, se mostraban imágenes del edificio y del
personal sanitario, que servían de marco a una breve explicación del trabajo que se
estaba llevando a cabo en el Nou. A continuación, Luis Cortés era entrevistado por
alguien que no aparecía en pantalla. Le siguieron más escenas de la vida corriente del
centro, acompañadas de una voz que narraba las curaciones logradas entre las paredes
del hospital, haciendo especial mención a la UR. Ahora era Fernando Miralles quien
hablaba, como director de la Unidad de Regeneración. La entrevistadora —esta vez sí
aparecía su rostro en la pantalla— le preguntaba acerca del funcionamiento de la terapia
celular empleada en el hospital y Miralles contestaba con gran acierto, aportando datos
sobre los enfermos beneficiados por el trabajo de todo el equipo, llegando incluso a
conseguir cierto clima sentimental. El tinte emotivo llegó a su culmen con las
declaraciones de la madre de Pilar, la niña curada de la anemia de Falconi: «Nunca
agradeceré lo suficiente a Dios y al Nou Hospital lo que han hecho por mi hija».
Mientras continuaba en off la entrevista a Miralles, el realizador ofrecía imágenes del
interior de la unidad, en la que se veía a la doctora Alarcón hablando con una enfermera,
al niño actualmente ingresado leyendo un tebeo y a uno de los enfermeros, trabajando
en el laboratorio.
El reportaje concluía con una breve entrevista a Carmen Alarcón en la primera
sala que Álvaro había visto cuando Miralles y Jaime le habían mostrado la unidad. En
su opinión, ese espacio era algo relativamente inservible, dado el tamaño de la
habitación. Los aparatos y otros útiles que guardaba podían ser recolocados en otra sala
más pequeña. El centro vacío de la estancia hacía pensar en un lugar destinado a
realizar, quizá, una transfusión de sangre de alguien que ocupase una camilla a otra
persona que ocupara una camilla vecina, o para servir de quirófano, aunque el cuarto no
parecía tener las condiciones suficientes para llevar a cabo operaciones quirúrgicas.
Una especie de alabanza del hospital ponía punto y final, y dejaba los dientes
largos a todos aquellos que no habían tenido la fortuna de ser seleccionados para
aprovecharse de las excelencias que la nueva terapia ofrecía.
«Sí, claro. Y en ningún momento han dicho que en el plazo de tres meses han
muerto dos médicos que trabajaban en la milagrosa y pomposa Unidad de
Regeneración. Parece como si quisieran ocultarlo». Álvaro no podía dejar de pensar en
ello. Todo parecía muy bonito visto desde fuera.

Justo al terminar el reportaje, sonó el teléfono. Álvaro descolgó:


—¿Dígame?
La voz que oyó sonaba de una forma muy rara.
—¿Estoy hablando con Álvaro Costa?
—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
—De momento, le diré que soy una persona amiga. Me perdonará que use un
distorsionador de voz para ocultar mi identidad. Así no sabrá si soy hombre o mujer y si

130
me conoce o no. Mejor que sea así.
¿Una persona amiga que, sin embargo, se ocultaba tras una voz trucada? No
terminaba de gustarle.
—Si se ha tomado la molestia de llamarme, debe de ser porque tiene algo
importante que decirme.
—Dispongo de una información que puede interesarle.
—¿De qué se trata?
—He conseguido una copia de las historias clínicas de las chicas y chicos
seleccionados como pacientes de la Unidad de Regeneración que tan bonita nos han
presentado en la televisión hace unos instantes. ¿Ha visto el reportaje?
—Sí, lo he visto —contestó Álvaro—. ¿Por qué piensa que podrían importarme
esos historiales? Además, mucho me temo que si oculta su identidad debe de ser porque
lo que ha hecho para disponer de esa información no es del todo legal. ¿Me equivoco?
—No, no se equivoca —contestó la voz—. Sé cómo entrar y salir del sistema
informático del hospital, investigar su contenido y coger lo que más me interese sin
dejar la más mínima huella de mi presencia.
—Le felicito por su habilidad, pero no me ha contestado a lo primero que le he
preguntado. ¿Qué interés puedo tener yo en esos documentos?
—Usted sabrá extraer de ellos mucha más información que yo. Sólo le digo que
puede ser el principio del camino que nos lleve a resolver determinadas cuestiones que
muchos nos estamos planteando.
—¿Cómo cuáles?
—Usted es médico y sabe más que yo sobre estos temas. —Tras unos instantes,
la voz continuó—. ¿No se ha preguntado cómo es posible que se consigan esas
milagrosas curaciones en el hospital en el que trabaja?
—Supongo que recurren a la magia negra.
La broma pareció no agradar a su interlocutor.
—Quizá esté perdiendo el tiempo al dirigirme a usted.
—Siento haberle contrariado con el chiste —se disculpó Álvaro—. Si usted
piensa que puedo sacar alguna conclusión después de estudiar todo ese material será
porque debe de ser algo importante lo que se esconde detrás. Si no fuese así, no
estaríamos hablando en este momento.
—Veo que empieza a entenderme. Le enviaré los historiales de esos muchachos
a su casa.
—¿Cómo sé que puedo fiarme de usted y que no se trata de alguien del Nou que
está probando mi fidelidad a la empresa?
La pregunta quedó suspendida en el aire. La respuesta llegó, por fin, clara y
firme:
—Yo también apreciaba al doctor Díaz y a su amigo Jaime. Quizá la resolución
de unas cuestiones nos lleve a encontrar respuestas a otras. Tendrá que fiarse de mí.
La voz dio por concluida la conversación y colgó. La pantalla del teléfono
mostraba el mensaje que Álvaro suponía: «Número desconocido». Le sería
completamente imposible establecer contacto otra vez mientras la otra persona no
tomase la iniciativa.

131
Capítulo 19

Mientras le llegaba la documentación prometida por la voz anónima, Álvaro


decidió empezar a actuar por su cuenta.
Por la tarde del lunes, al terminar de trabajar, visitó a la familia de Miguel
Galdón, el chico que Jaime había comenzado a tratar cuando se incorporó a la UR.
Tanto el muchacho como sus padres le recibieron con afecto, pues conocían la gran
amistad que unía a Álvaro con el recientemente fallecido.
La pregunta que se había propuesto hacerles surgió al final de la visita.
—¿Cómo consiguieron que Miguel fuese admitido como sustituto de la niña que
no siguió adelante?
No se esperaban algo tan directo.
—Nos tocó en suerte —contestó el padre de Miguel.
—Me gustaría que me dijese la verdad, señor Galdón. Aunque sólo sea por el
aprecio que todos teníamos a Jaime. Le aseguro que le guardaré el secreto. ¿Cuánto les
ofreció?
—Ciento cincuenta mil euros —contestó la madre del chico.
—Gracias —dijo Álvaro—. No se preocupen. Si esta información sale algún día
a la luz, no será por mí. Se lo juro por nuestro amigo Jaime.

Todavía le quedaba tiempo para acudir a la casa de Alex Ferrer, el muchacho


que había salvado milagrosamente su vida después de ser atracado a la salida de la
discoteca. Había avisado de que llegaría sobre las ocho de la tarde.
La visita fue muy agradable. Los padres de Alex se consideraban unos
afortunados por tener a su hijo con vida junto a ellos y estaban muy agradecidos al
hospital por el trabajo realizado y el esmero que habían puesto en su curación. El hecho
de que el muchacho hubiese regresado a su niñez, más atrás aún, incluso a una situación
de tener que aprenderlo casi todo de nuevo, como si acabase de nacer, no suponía para
ellos ninguna desgracia.
Tras los sucesivos shocks encefálicos que habían sido necesarios para conseguir
la rápida proliferación y diferenciación de sus células madre embrionarias y lograr la
regeneración de su maltrecho organismo, conservaba algunas de las destrezas más
simples. Sabía andar y hablar, aunque ambas cosas las hacía con dificultad. Sin
embargo, tuvo que volver a aprender a leer y escribir, a usar los cubiertos y a vestirse.
No recordaba, al menos durante los primeros días después de su vuelta a casa, nada
sobre sus padres, su hermano y otros familiares. Tampoco reconocía a sus amigos y

132
amigas del colegio. El hogar, donde había vivido toda su vida, le resultaba algo extraño.
Sin embargo, con el paso de las semanas y la perseverante ayuda de su madre,
Alex iba recordando nombres y detalles que tenía almacenados ahí dentro, en algún
lugar de su memoria y que, poco a poco, salían a la superficie.
—El doctor Miralles nos advirtió de que el proceso de recuperación, si es que se
daba, sería muy lento —le contó su padre—. La verdad es que mi mujer se pasa con él
las veinticuatro horas del día para traerle de nuevo al mundo, a su vida, tal como era
antes de aquel maldito suceso.
—Pienso que avanza bastante aprisa —apuntó su madre—. No obstante, vaya al
ritmo que vaya, se trata de mi hijo, y mientras Dios me dé fuerzas, estaré a su lado para
ayudarle todo lo que pueda. Soy su madre y las madres sabemos muy bien lo que es
sacar a un hijo adelante, a pesar de todos los sacrificios.
Álvaro saludó al chico, que se encontraba sentado en un sillón de su cuarto. Le
respondió un simple «Buenas noches, doctor», con una voz ciertamente débil y
entrecortada. El aspecto externo que presentaba era pulcro y aseado pero Álvaro
percibió su mirada como ida, y algunos de sus gestos, torpes, le recordaban a los de
otras personas que habían sufrido algún tipo de traumatismo craneal. Al ver que el chico
llevaba la pulsera en la muñeca derecha, como todos los pacientes de la UR, se acordó
de que sus atracadores le habían robado la original.
—Veo que le han dado una pulsera nueva.
—Sí. Se la pusieron nada más ingresar en el hospital, después de sufrir el atraco.
—¿Me la puedes dejar un momento, Alex?
—Él no se acuerda de cómo hay que quitársela. Tengo que hacerlo yo todas las
noches y ponerla a recargar. La única diferencia con la primera que tuvo está en lo que
se teclea al final. En vez de 00, hay que teclear 02.
La mujer pulsó los botones correspondientes, le quitó la pulsera a su hijo y se la
mostró a Álvaro. No se apreciaba nada que llamase la atención. Estaba formada por
segmentos rectangulares unidos entre sí por conexiones eléctricas protegidas. En uno de
los segmentos, algo más alargado que los demás, había un teclado, como el de cualquier
teléfono, pero con los botones más pequeños para que ocupasen poco espacio. Después
de la breve inspección, se la devolvió.
—Debe de tratarse de alguna maravilla de la ingeniería actual —le dijo la madre
de Alex, mientras le volvía a poner la pulsera a su hijo.
—Sí, creo que tiene incorporada una tecnología nueva muy especial.
Se despidió de ellos, agradeciéndoles el tiempo que le habían dedicado.
—No tiene que agradecernos nada. Somos nosotros los que le debemos a usted y
al hospital donde trabaja que podamos disfrutar todavía de la compañía de nuestro hijo.

Álvaro montó en su coche y se dirigió a la entrada más próxima a la V30, la


circunvalación que rodea la ciudad de Valencia. Bordeando el nuevo cauce del río
Turia, tomó la desviación que le llevaba hasta El Saler. Tras circular unos pocos
kilómetros por la autovía, cogió la salida que le conducía a la playa, en una zona
próxima al Hotel Sidi Saler. Con frecuencia acudía allí; le gustaba pasear por el lugar,
solitario a esas horas del día, mientras dejaba volar sus pensamientos. Aparcó el coche
lo más cerca que pudo de la arena, se quitó los zapatos y los guardó en la mochila que
siempre llevaba en el maletero. Se acercó hasta la orilla y dejó que el agua del mar
bañase sus pies. La noche era hermosa. La luna creciente iluminaba parcialmente el
cielo. Todo lo que le rodeaba en ese momento le hacía sentirse descansado, cómodo e,

133
incluso, alegre.
Acababa de morir su mejor amigo, pero lo había hecho «con las botas puestas»,
como le hubiera gustado. Hacía unos minutos había estado con una familia que había
rescatado a su hijo de las garras de la muerte y no podían disimular su felicidad. De
acuerdo: merodeaban por su mente ideas a las que debería dedicar tiempo si quería
despejar las dudas que habían surgido en su interior, pero lo que ahora deseaba era
disfrutar de la tranquilidad que le reportaba el momento actual. Necesitaba, aunque sólo
fuese por una hora, olvidarse de todo y descansar.
Mientras caminaba junto a la orilla, rememoró, como otras muchas veces, los
veranos pasados en la costa cuando, de pequeño, consumía los meses de julio y agosto
en Cambrils, con su madre, su hermano y sus primos. Su padre sólo disfrutaba de las
vacaciones durante el mes de agosto. Se celebraba como un acontecimiento el día que
llegaba desde Madrid; la familia estaba reunida al completo.
Cambrils, un viejo pueblo de pescadores, a unos veinte kilómetros al sur de
Tarragona, se había convertido con el pasar de los años en el lugar de veraneo para
muchos turistas extranjeros y para no pocos españoles de toda la geografía nacional. El
reducido número de apartamentos y chalés que había conocido en su niñez se había
multiplicado por cuatro en los quince últimos años. Recordaba con cierta añoranza las
tardes pasadas con su hermano y sus primos dando vueltas por el pueblo, de un lugar a
otro, sin riesgo de atracos, violaciones y otras cosas por el estilo que empezaban a ser
frecuentes en otros lugares.
Uno de sus primos tenía síndrome de Down. Su desarrollo físico y mental no
alcanzaba lo suficiente para permitirle participar en los planes de los demás. Sin
embargo, se acordaba del cariño y de la atención que sus tíos y el resto de sus primos
tenían con él a todas horas. Álvaro no entendía entonces cómo para ellos no era una
carga; no se daba cuenta de que en su familia era un hijo, un hermano. Estaba enfermo y
había que cuidar de él. «¿Y pasarse así toda la vida?», se preguntaba Álvaro en su
sencillez de chaval, que no llegaba a aceptar lo que suponía para el pobre chico y para
su familia la enfermedad de su primo. Ahora la comprendía. Esa vida no valía menos
que la suya. Y si su madre cuidaba de él todos los días con amabilidad y ternura, lo
mismo, y más, merecía su primo.
Una amiga de su familia, estadounidense, que habían conocido durante un
verano en los años noventa, tenía también una hija con síndrome de Down. La chica se
llamaba Margaret. De cuando en cuando se escribían contándose novedades y nunca
faltaba una felicitación en Navidad. La última vez que recibió noticias suyas se
lamentaba de la cantidad de embarazos que se truncaban en su país debido al
diagnóstico prenatal que anunciaba este síndrome en la criatura que iba a nacer. El
resultado era evidente: «El viejo pediatra de Margaret —le decía—, me ha confesado
que hace años acostumbraba a tener un flujo estable de pacientes con síndrome de
Down. Ahora no. En la costa occidental de Los Ángeles ya no nace ninguno.»
¿Cuál era la mentalidad reinante en el mundo actual? En realidad, en algunos
aspectos se había vuelto a la ley de la selva. El más fuerte, el más preparado era el que
prevalecía. El débil era devorado o eliminado por la masa. En alguna ocasión, Álvaro
había escuchado la idea de que en una sociedad donde empiezan a faltar los recursos
morales, los más perjudicados son precisamente los más débiles, los enfermos.
Sencillamente, sobran. Y muchos enfermos lo consideraban así en el fondo de su alma,
aunque el valor de una idea como ésa nada tuviese que ver con la sinceridad de quien la
expusiera.

134
El paseo le había llevado hasta un espigón. Recorrió la hilera de rocas hacia el
interior, donde comenzaba a haber vegetación. Alcanzó una zona de aparcamiento,
débilmente iluminada, en la que había una furgoneta estacionada. Se sentó a descansar
sobre un poyete.
Aunque era noche cerrada, pudo descubrir un par de siluetas que se movían por
uno de los caminos que recorrían aquel lugar apartado. Una de ellas estaba erguida y
parecía pertenecer a una mujer; la otra era de una silla de ruedas en la que se adivinaba a
un hombre de mediana edad. La mujer conducía la silla en dirección a la furgoneta,
despacio, pausadamente. Álvaro esperó a que llegasen y les saludó. Se ofreció a la
mujer para ayudarle a subir la silla al vehículo pero ella, agradeciéndole el gesto, le dijo
que no lo necesitaba. Situó la silla junto a la furgoneta, abrió la puerta lateral y extrajo
un pequeño mando. Pulsó el botón central y un sistema automático se puso en
funcionamiento. La silla fue elevada por un brazo articulado y colocada suavemente
sobre el suelo de la furgoneta. La pareja se despidió de Álvaro y el vehículo se alejó por
el mismo camino por el que antes habían estado paseando. Él también emprendió el
regreso hasta su coche.
El suceso le transportó al momento en que vio por primera vez la película Mar
adentro. La había visto en el cine cuando se estrenó y recientemente la habían puesto en
televisión. Sin duda, planteaba una situación difícil: un hombre postrado en una cama,
incapaz de valerse por sí mismo, pidiendo ayuda para acabar con lo que le parecía un
modo indigno de vivir. Álvaro se había preguntado en numerosas ocasiones qué habría
hecho él en su caso. ¿Habría deseado la muerte como Ramón Sampedro? ¿O habría
luchado por dar un sentido a su vida?
En el Hospital General había tenido ocasión de conocer a varios enfermos
tetrapléjicos. En general, se quejaban de la actitud del protagonista de la película,
aunque ya hacía tiempo que había muerto(31). Afirmaban que les había perjudicado
mucho. Uno de ellos se lamentaba de que en las imágenes que la televisión mostraba de
Sampedro, éste apareciese siempre en la cama, como si los tetrapléjicos estuvieran
acostados todo el día. Él, le contaba, vestía habitualmente de traje y se desplazaba por sí
mismo en una silla de ruedas eléctrica. Le llevaban al trabajo en furgoneta y había
viajado por toda Europa. Iba al cine y salía con los amigos, con normalidad. Tenía sus
limitaciones, pero con la ayuda de personas que se preocupaban por él y de
instrumentos adecuados, podía hacer una vida casi normal.
Paco, otro enfermo que sufría parálisis —aún se acordaba de su nombre—, le
había contado que, en una ocasión, había ido a comer a un restaurante con su esposa, y
que el camarero, colocándose entre la silla de ruedas y su mujer, le preguntó a ella: «¿Y
el caballero, qué va a tomar?». Le contó que casi se levanta de la silla (era un decir) para
gritarle a ese señor que él también sabía hablar. «A tanto llega el desconocimiento sobre
la tetraplejia en nuestro país —le resumía este hombre— que en uno de los documentos
que certifican mi invalidez aparece una sola palabra para calificar mi estado:
subnormal».
«Un enfermo no es un futuro cadáver para el cementerio.» Esa frase, que había
escuchado uno de los primeros días de clase en la facultad, se le había quedado grabada
fuertemente y había procurado actuar en todo momento conforme al profundo sentido
que tenía y que había aprendido de varios de sus profesores. Siempre se debía hacer lo
posible por curar; y si no era posible la curación, había que aliviar el dolor. En último
caso, quedaba el consuelo, pero nunca provocar directamente la muerte del paciente. El
famoso juramento hipocrático, que alguno de sus maestros les había recomendado
aprender de memoria, lo afirmaba con rotundidad.

135
El profesor de patología general les contó un día en clase cómo un buen amigo
suyo, después de diecisiete años trabajando como oncólogo, sólo había recibido una
petición expresa para acelerar la muerte de un paciente. La solicitud había partido de un
hijo ante la metástasis de un cáncer que sufría su padre(32). Él no estaba dispuesto a
hacer lo que le habían pedido; trató al paciente como a cualquier otro y, finalmente,
falleció sin que le pidiera que le aplicara fármacos letales. Y lo más curioso es que ese
hijo le regaló una caja de vino al darse cuenta de que para tener una buena muerte no
había que recurrir a la eutanasia.
Se encendió enseguida el debate en clase: muchos de sus compañeros
manifestaron que, en su opinión, no era justo ser un peso para la sociedad ni para los
familiares que están atendiendo al enfermo terminal y que, por tanto, lo mejor era la
muerte. El profesor les hizo reflexionar haciéndoles ver que el problema había que
centrarlo, entonces, no en el enfermo, sino en esos familiares, en esa sociedad y, sobre
todo, en esos médicos que no ayudan al enfermo a dar un sentido a su vida y acentúan
su sensación de fracaso. «El problema —Álvaro recordaba perfectamente su
explicación— no es el dolor del paciente, sino que se siente enfermo, se siente mal, está
cansado y no se ve mejorar; y lo que es peor, está asustado y transmite su ansiedad y su
frustración a los profesionales que le rodean. El sufrimiento que más daño hace es aquél
que no se acepta. Habéis de ser conscientes de una cosa muy importante: cuando
experimentamos un sufrimiento, lo que más daño nos hace no es tanto el sufrimiento en
sí como su rechazo, porque entonces al propio dolor le añadimos otro tormento: el de
nuestra oposición, nuestra rebelión, nuestro resentimiento y la inquietud que provoca en
nosotros.» Había repasado una y otra vez los apuntes tomados ese día en clase, de modo
que se los había aprendido de memoria, aunque no se incluyeran en el temario de la
asignatura. Sí, en cambio, formaban parte de lo que todo médico, en su opinión, debía
conocer, transmitir y poner en práctica.
«¿Qué lugar queda para los pobres o los discapacitados en un mundo en el que
la persona sólo existe en función de su eficacia o del bien visible que está en situación
de producir?», concluyó Álvaro después de todos esos recuerdos que le habían venido a
la cabeza.
Ya era tarde y tenía que volver a casa. Mañana había que madrugar.

136
Capítulo 20

Los informes anunciados por el anónimo llegaron al día siguiente. Un mensajero


le dejó un paquete en su casa a las ocho de la tarde. Se encontraba verdaderamente
agotado. El día había sido de los que uno preferiría borrar de su vida. Llegar a casa,
ponerse a leer el periódico y meterse pronto en la cama: esos eran sus objetivos al salir
del hospital, tras despedirse de Pilar, que comenzaba entonces su turno.
Sin embargo, le picó la curiosidad y abrió el paquete. Contenía, efectivamente,
el historial de los pacientes de la UR, cada uno dentro de un sobre de color marrón.
Esperaba encontrárselos por orden alfabético, pero no fue así. El primero de toda la pila
correspondía a Alejandro Ferrer, según constaba en la portada. Se fijó en que los demás
sí estaban ordenados según la inicial de su primer apellido. Era como una llamada a
iniciar su estudio por ese expediente.
Iba a empezar a hojearlo, sentado junto a la mesa del salón, cuando una hoja
cayó al suelo. La recogió. Era el prematuro informe del fallecimiento del chico. Se fijó
en la fecha y en la hora que aparecía en el formulario. La broma no estaba mal del todo.
Comenzó a examinar el expediente, que no era demasiado largo. No había terminado de
leerlo todavía cuando sonó el teléfono. Antes de descolgar, miró la pantalla: «Número
desconocido».
—¿Dígame?
—Supongo que sabrá quién soy —dijo la voz—. En este momento, ya debe de
haber leído el expediente de Alejandro Ferrer, ¿no es así?
—Lo estaba acabando —contestó Álvaro—. ¿Por qué ha metido ese informe en
el que se declara el fallecimiento del chico?
—Yo sólo me he limitado a copiar lo que en un momento dado alguien escribió
en su ficha de la base de datos.
—¿No se trata de una broma, entonces?
—A mí me parece más bien un asunto bastante serio. No es normal que resuciten
muertos, salvo en la Biblia, doctor Costa.
—Pero pudo tratarse de una equivocación.
—No lo creo. Cuando un paciente pasa a la UR, el acceso a su ficha se bloquea
salvo para algunas personas muy particulares: el médico de la unidad que le está
atendiendo, el director del hospital y el doctor Miralles. La anotación sobre la muerte de
Alejandro está hecha después de ingresar en la Unidad de Regeneración.
—¿Me está queriendo decir que el chico murió y que no se sabe por qué arte de
magia ahora está vivo?
Álvaro recordó con nitidez en ese instante la cara de Alex, al que había visto por
primera vez durante la visita que había hecho a su casa. Tenía una expresión un tanto

137
encogida, pero no daba muestras de tratarse de un muerto viviente.
—Ayer mismo estuve en su casa y conversé con él —continuó—. Parecía un
poco aturdido pero ya está en vías de recuperarse totalmente.
—Le animo a continuar investigando el material que le he hecho llegar. Con
toda probabilidad —le dijo la voz—, descubrirá cosas interesantes, aunque me temo que
no tanto como lo que acabamos de comentar. Seguiremos en contacto.
Se cortó la comunicación. El misterioso personaje no tenía nada más que decir.
A continuación, Álvaro marcó el número de la casa de Paco.
—¡Hola! ¿Quién es? —dijo una voz infantil.
—¡Hola! ¿Está tu papá?
—Sí, ahora se pone.
Álvaro escuchó la misma voz gritando a pleno pulmón al otro lado de la línea de
teléfono:
—¡Papá!
—¿Sí? ¿Qué quieres?
—Que te pongas. Es un señor.
Oyó los pasos de Paco que se aproximaban al teléfono.
—¿Sí? ¿Quién es?
—¡Paco! Soy yo, Álvaro.
—¡Hola! ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias —le contestó—. ¿Cuándo podemos hablar un rato?
—¿Pero no habíamos quedado para el próximo sábado?
—Sí, pero esto es urgente —insistió Álvaro—. ¿Puedes venir mañana por la
noche a mi casa, a eso de las ocho y media? A esa hora ya estás libre, ¿verdad?
—Bueno, lo que se dice libre, una persona con un trabajo de ocho horas al día y
cinco hijos que atender no dispone de mucho tiempo libre. Pero sí, a esa hora podré.
Total, vivimos a un paso uno del otro.

Álvaro estuvo distraído todo el día, con ganas de acabar la tarea y largarse
cuanto antes a su casa. El hospital, a pesar de su pulcritud, la buena educación del
personal y todas las excelentes cualidades que ostentaba, empezaba a infundirle cierto
desagrado, como una especie de aprensión hacia lo desconocido. Comenzaba a sentirse
extraño dentro de él.
Por fin, llegó la hora de recoger y marcharse. Cuando iba a cerrar la puerta de su
consulta, sonó el teléfono inalámbrico, que había dejado en el soporte para recargar la
batería. Era Miralles. Se disculpó por llamarle justo a la hora de salir y le citó para el día
siguiente, en su despacho, después de comer. Quería hablar con él de algunos asuntos y
hacerle entrega de las pertenencias de Jaime, que aún permanecían en su consulta; nadie
mejor que él para saber qué se podía hacer con ellas.
A las ocho y media, Paco llegó a su casa. Álvaro no había preparado nada para
comer. Se trataba de algo serio y, por otro lado, sabía que su amigo prefería cenar más
tarde en casa con su mujer. Fue directamente al grano.
—Me parece que pasa algo raro en el Nou.
—Pues tú sabrás. Trabajas ahí, ¿no?
—Sí, pero la sensación que tengo viene precisamente de fuera del hospital.
—A ver, explícate un poco.
Con la promesa de su amigo de que no saliese de entre ellos dos, Álvaro le habló
de las llamadas del personaje anónimo, del material que había recibido y de la supuesta

138
resurrección de Alex con el tratamiento recibido en la UR.
—Álvaro, no puedes olvidarte de que soy policía y debo advertirte de que estás
trabajando con material confidencial sobre el que no tienes ningún derecho.
—¡Eso ya lo sé! —protestó el joven—. ¿Vienes a ayudarme o a echarme un
sermón? Hay más cosas que no están claras. Es un detalle que me tiene intranquilo
respecto a la muerte de Jaime.
—Ahora me vas a decir que alguien lo asesinó, ¿verdad?
—No adelantes acontecimientos —le dijo Álvaro—. Según el informe forense
murió de un ataque al corazón. Todo cuadra: una persona gorda, que no sigue ninguna
clase de régimen, que fuma dos cajetillas diarias y que nunca hace ejercicio. Es el
prototipo de candidato a un infarto, aunque un poco joven, me reconocerás.
—¿Adónde quieres llegar?
—Unos días antes de morir, me dijo que se había sometido a unas pruebas en la
consulta de un cardiólogo, antiguo compañero suyo de la facultad. Su amigo le dijo que
no tenía de qué preocuparse. Le advirtió de que le convenía seguir un régimen, pero le
garantizó que su corazón no corría ningún peligro, al menos, de momento. —Estaba
nervioso y se le atragantaban las palabras—. Esta tarde he localizado a ese médico
amigo suyo y me ha confirmado lo que Jaime me contó. De hecho, se mostró muy
sorprendido cuando le dije que nuestro común amigo había fallecido de un ataque al
corazón. Me aseguró que la revisión había sido muy completa porque Jaime le había
insistido por todos los medios en que descartase el peligro de infarto.
—¿Te enseñó Jaime el resultado de la revisión?
—No. Su amigo me dijo que lo metió en un sobre para que se lo llevara a casa,
pero él no quiso. Prefería que le abriese un expediente en la consulta y que lo guardara
allí, porque ya tenía en el piso demasiados papeles.
—¿Y no puede haberse equivocado en el diagnóstico o habérsele pasado algo
por alto a ese doctor?
—Sí, podría ser, desde luego —reconoció el médico—. Pero precisamente por
eso, su amigo repasó delante de mí todos los análisis y los datos recogidos en la revisión
y se reafirmó en lo que me había dicho antes.
—Mira, Álvaro. Sé que la muerte de Jaime te ha afectado mucho. —Las
palabras de Paco adquirieron un tono consolador—. Tienes que dejar de pensar en cosas
raras. Tu amigo murió porque le tocaba y tenía muchas papeletas para sufrir algo como
lo que le mató. Yo no le daría más vueltas.
—Ya. ¿Y qué me dices del informe de Alejandro?
—¿No puede tratarse de un error? Quizás alguien, digamos que para adelantar el
trabajo, escribió en su ficha que había fallecido, cuando todavía se debatía entre la vida
y la muerte. Luego, evidentemente, tuvo que rectificar y rellenó el formulario
correctamente.
—No me vengas con cuentos, Paco. ¿Dos errores que traen y se llevan vidas
humanas así de fácil?
Ambos se quedaron un rato sumidos en sus propios pensamientos.
—Me gustaría contar con tu ayuda si llegase el caso —dijo Álvaro.
—Claro que te ayudaré en lo que necesites, pero lo que deseo es que no veas
fantasmas donde no los hay.
Álvaro advirtió que su amigo no le comprendía. Él había pensado mucho en el
asunto, mientras que Paco quería resolverlo todo de un plumazo. Prefirió dejar de
insistir en sus intentos de convencerle.
—Por cierto, ¿sabes algo de los chicos que atracaron a Alex?
—Creo que estamos a punto de echarles el guante —le respondió el policía.

139
—Cuando lo hagáis, te agradecería que me avisaras. Sobre todo, si encontráis la
pulsera; me gustaría examinarla de cerca.
—De acuerdo. Si encuentras algún microfilm o algo parecido dentro, me lo
dices, ¿vale?
—Anda, déjate de chorradas y vuélvete a casa, que Luisa te estará esperando
para cenar.
Se dieron un apretón de manos y Paco se marchó.

A las tres y cuarto del día siguiente, Fernando Miralles y Álvaro conversaban en
el despacho del primero sobre cuestiones generales del trabajo en el hospital. No en
balde, Miralles ocupaba el puesto de director médico, a pesar de que cada vez estaba
más centrado en la UR y menos en el gobierno del centro. Miralles le preguntó si estaba
contento en el hospital —a lo que Álvaro contestó que por supuesto— y qué
aspiraciones tenía dentro de su carrera profesional. Álvaro divagó con lo primero que se
le vino a la cabeza y Miralles pareció quedar contento con la respuesta.
Pasaron después a charlar sobre Jaime. «Aquí es donde quería llegar éste»,
pensó Álvaro. El jefe de la Unidad de Regeneración volvió a mostrar su dolor por la
pérdida de una persona tan valiosa, con una proyección de futuro tan fantástica y un
talento fuera de lo común. «Sí —se decía Álvaro en su interior— a los muertos siempre
hay que echarles flores. Venga, pregunta de una vez lo que quieres saber.»
—Supongo que debió de ser para ti un gran golpe perder a un buen amigo.
—No era un buen amigo: era mi mejor amigo, doctor Miralles.
—¿Te contó si tenía alguna preocupación, si había algo por lo que pudiera estar
pasándolo mal?
—Le noté bastante serio las últimas semanas, aunque apenas conseguimos
quedar para pasar un rato juntos. Siempre estaba trabajando, durmiendo o estudiando.
En ningún momento me dijo que le preocupase algo determinado.
—Yo también le vi un poco alicaído la última temporada, pero no consigo
encontrar un motivo razonable para que se encontrase así. ¿Se te ocurre alguno, Álvaro?
—Quizá no estaba contento porque avanzaba lentamente en su trabajo con ese
chico, Miguel. El último día que le vi me contó que había mucha tarea por hacer y que
le agobiaba un poco no poder ofrecer resultados. Procuré tranquilizarle y darle ánimos
para continuar trabajando; ya llegarían los frutos a su debido tiempo. También le dije
que necesitaba descansar.
—Pienso lo mismo que tú, pero Jaime era demasiado responsable y no supo
cuidar de sí mismo.
Álvaro tuvo la sensación de que su interlocutor se había quedado tranquilo con
las respuestas que le había dado. Miralles sacó entonces una caja, de las que contienen
paquetes de folios, y se la entregó.
—Toma; es lo que había en su despacho. Tú verás lo que haces con ello. No
tenía familiares próximos, ¿verdad?
—Tiene una tía, hermana de su madre, pero hacía años que no se trataban y
pienso que no tenían ninguna intención de verse próximamente.
—Por tanto, te puedes considerar la persona más allegada. Mira lo que hay y
quédate con lo que quieras.
Álvaro echó un vistazo al contenido de la caja. Ahí estaban las llaves de su casa,
las del coche, unos planos de diversas ciudades de España, varios encendedores, un
teléfono móvil y un montón de libros. Junto a éstos, vio un sobre marrón. Lo cogió y

140
sacó los papeles que contenía. Era el informe de una revisión médica reciente.
—¿Y esto? —preguntó Álvaro—. Parece que se hizo una revisión hace poco
tiempo aquí, en el hospital.
—¡Ah, sí! —recordó, de pronto, Miralles—. Me preguntó si podía someterse
gratuitamente a un reconocimiento. Le preocupaba su obesidad y le animé a hacerse uno
lo más completo posible. Pero no llegó a decirme nada respecto a los resultados.
Álvaro leyó por encima el informe. Le sorprendió bastante lo que decía el
diagnóstico, al igual que las recomendaciones finales.
—¿Ha visto lo que dice aquí, doctor?
—Si ya te he dicho que no me dijo nada. ¿Qué pone?
—«El paciente se muestra propenso a padecer complicaciones cardiovasculares.
Se prevé próxima angina de pecho. Debería someterse a un régimen severo» —leyó
Álvaro—. Desde luego, añade algunas cosas más, pero lo importante creo que ya lo he
leído.
—Esto quiere decir que él se lo esperaba y no quiso comunicárselo a nadie.
Ahora ya no podemos hacer nada por él —se lamentó Miralles.
—Tiene razón. No vale la pena conservarlo. Me desharé del informe y de casi
todo lo suyo.
Álvaro devolvió el sobre a la caja.
—No me consta que hubiese hecho testamento. Lo buscaré en su casa. Me
pondré en contacto con su tía, si consigo dar con ella, para que disponga de su coche y
de los bienes que tenga guardados en el piso. Creo que ya va siendo hora.
—Sí, tienes razón.
—Por cierto, creo que el teléfono móvil pertenece al hospital. Me lo enseñó en
una ocasión y me dijo que se lo había facilitado usted para poder estar siempre
localizable.
—Puedes quedártelo. Te servirá de recuerdo.
—Gracias, doctor Miralles.
Observó que estaba encendido y pulsó el botón de apagar.

—¿Gonzalo?
—¿Sí?
—Soy Fernando Miralles.
—¡Ah, buenos días, Fernando! ¿O quizá debo decir buenas tardes? Aquí, en
Estados Unidos estamos empezando la mañana. ¿Qué me cuenta?
—Sólo quería informarle sobre el amigo de Jaime Puig.
—Dígame. Le escucho.
—No tenemos de qué preocuparnos. No sospecha nada. Está contento en el
hospital y parece que ha asumido bien la muerte de su amigo.
—Estupendo, amigo Fernando.
—Se ha tragado lo del informe médico que habíamos elaborado por si le
quedaban algunas dudas.
—Muy bien —dijo Gonzalo Gil desde el otro lado del océano—. No obstante,
procure no perderle de vista. No es que me preocupe demasiado, pero no estaría de más
que alguien le echase un vistazo de vez en cuando.
—Descuide, Gonzalo. Ya estamos en ello.
—Le agradezco su llamada, pero podía haberme puesto un correo electrónico,
sin más.

141
—No quería tenerle mucho tiempo sin noticias sobre lo que habíamos tratado.
Después de colgar, Miralles marcó el número del inalámbrico de Gerardo
Esteban y le dijo que le esperaba en su despacho esa tarde, a las cinco. Necesitaba
hablar con él.
El enfermero se presentó puntual a la cita. Miralles llegó diez minutos más tarde
de lo previsto. Gerardo se levantó en señal de respeto y Miralles le indicó que se
sentara.
—Espero que sabrás disculpar mi retraso.
—No importa en absoluto. Usted tiene cosas más importantes que hacer que
atender a un simple enfermero como yo.
—Gerardo, querría volver sobre un asunto que dimos por concluido hace unas
cuantas semanas, pero que quisiera repasar contigo.
—Usted dirá.
—Supongo que no te vendría mal conseguir cierta cantidad, al menos, de lo que
nuestro malogrado amigo Jaime Puig te prometió —le dijo Miralles.
—Pensé que era algo zanjado, doctor Miralles —señaló Gerardo, extrañado.
—Desde luego que lo es porque ese muchacho está muerto y no va a poder darte
ni un céntimo. Pero estoy seguro de que te vendría muy bien ganar unos cuantos euros
de más a final de mes, fuera de nómina, por supuesto. Sólo tienes que hacer un pequeño
trabajo que te voy a encomendar y que tiene relación con el amigo del doctor Puig.
—Soy todo oídos.

Un día más, Álvaro esperaba ansioso la hora de dejar el hospital, aunque en esta
ocasión no se trataba de la desazón que últimamente sentía cuando se encontraba allí.
Otro motivo le llevaba a desear salir cuanto antes del Nou. En cuanto acabó el trabajo,
se dirigió a la consulta de Luis Perpiñá. Llevaba consigo los resultados de la revisión
realizada a Jaime en el hospital. Tuvo que esperar a que el cardiólogo terminara de
atender a los pacientes que hacían cola en la sala de espera. Eran más de la nueve
cuando consiguió hablar con Perpiñá.
—Desde luego, este informe se asemeja al mío como un elefante a una hormiga.
—Eso me parecía a mí. Ya sé que el otro día repasaste todas las pruebas que
hiciste a Jaime pero, ¿es posible que te equivocases en la valoración de algún dato o en
algún parámetro de los análisis?
—Me extrañaría mucho. Además, fíjate en que el cuadro que se describe en el
informe del hospital es el típico de un enfermo del corazón. Consultas un libro y
aparecen todos y cada uno de los síntomas que se señalan aquí.
—¿Qué opinas de esto?
—Si quieres que te sea sincero, te diré lo que pienso: aquí hay gato encerrado.
Desconozco qué motivos puede tener un hospital para elaborar un informe totalmente
manipulado de uno de sus médicos, pero te puedo asegurar que lo que hay aquí escrito
no es verdad.
—Gracias —le dijo Álvaro—. Es todo lo que necesitaba saber. Te ruego que no
hables de esto con nadie. Podría dañar la reputación del hospital y del propio Jaime.
—Haré como me digas. Por mí, como si no nos hubiésemos visto nunca.
—Me alegro mucho de haberte conocido, aunque haya tenido que ser por esta
razón. Hasta la vista, Luis.
—Lo mismo digo.
Ahora deseaba con toda su alma que su enigmático confidente se pusiera en

142
contacto con él. Tenía una pregunta importante que hacerle y sólo él podría
proporcionarle la respuesta.

Capítulo 21

Las vacaciones de Semana Santa habían llegado y Álvaro disponía de cuatro


días libres hasta el martes de Pascua. Empleó el viernes en hacer deporte y distraerse
viendo un par de películas en su casa. El sábado entero lo dedicó a estudiar uno por uno
los historiales clínicos de los catorce chicos de la UR. Los repasó una y otra vez, pero
no consiguió dar con algo que le llamase la atención. El anónimo tampoco le había
asegurado que fuera a descubrir grandes secretos. Por lo visto, sólo se podía considerar
fuera de lo normal el informe sobre la muerte de Alex, rectificado con posterioridad.
Esperaba su llamada para hacerle varias preguntas, pero ese día no dio señales de vida.
El domingo por la mañana estuvo en el piso de Jaime. Lo revolvió todo,
buscando el posible testamento, pero, en medio del desorden que reinaba, no halló nada
que se pudiera parecer a unas últimas voluntades. Prosiguió su búsqueda, esta vez con el
objetivo de encontrar el teléfono de su tía. Dio con él en una agenda llena de números y
direcciones que había en una estantería. La llamó y le contó lo sucedido a su sobrino.
No sabía nada, por supuesto. Le explicó la situación y le recordó que ella era el único
familiar conocido. Debía hacerse cargo, por tanto, de los bienes de Jaime y de arreglar
todo lo relativo a la posible herencia. Ni la mujer ni Álvaro sabían cómo funcionaban
las leyes del país en una circunstancia como ésta. En cualquier caso, Álvaro procuró
dejar todo en manos de la tía de su amigo. Le dio el número de su casa, por si necesitaba
algo de él, y también el de la señora Virtudes, que limpiaba una vez a la semana el piso,
por si quería ponerse en contacto con ella.
Se dio cuenta entonces de que nadie había avisado a la buena señora del
fallecimiento de Jaime. Álvaro marcó el número de su domicilio, seguro de encontrarla
en casa en un día de fiesta como aquél.
La misma señora Virtudes fue quien cogió la llamada. Le dijo a Álvaro que se
había enterado de la muerte de Jaime por la esquela publicada en el periódico. Le
recordó en ese instante a su abuela, que todos los días leía las esquelas del ABC para
enterarse del fallecimiento de personas conocidas y alegrarse por haberlas sobrevivido.
Álvaro tenía la impresión de que todas las personas mayores hacían lo mismo.
La señora Virtudes le dijo también que esperaba que él le llamase algún día de
éstos y ya se estaba extrañando de su tardanza. Álvaro le pidió disculpas. Le contó que
había hablado con la tía de Jaime y le aseguró que ella se encargaría de todo lo
relacionado con la casa y con lo que en ella hubiese.
—Pero usted, Álvaro, ya estuvo hace unos días en el piso de su amigo, ¿verdad?
—¿Cómo dice?
—Que usted estuvo hace unos días en casa de Jaime, concretamente el martes
pasado. ¿No es así?

143
Álvaro prefirió decirle que sí.
—Me lo figuraba —continuó la señora—. Lo noté por cómo había dejado la
toalla en el cuarto de baño.
Álvaro no sabía a qué se refería, pero le siguió la corriente.
—Él nunca la dejaba estirada sino toda arrugada y ayer, que estuve allí para ver
si había algún mensaje o alguna nota, la vi muy bien colgada en la barra del aseo. A
usted siempre le ha gustado mucho más que a su amigo que las cosas estén en su sitio y
bien ordenadas.
—Bueno, sí... es cierto.
—Supongo que no le habrá molestado que no haya puesto un poco de orden en
la casa. Ya sé que estaba hecha un lío, como siempre, pero no he querido tocar nada
hasta hablar con usted.
—Hizo muy bien, señora Virtudes —la tranquilizó Álvaro—. Ahora, lo mejor
será que llame a la tía de Jaime y le pregunte si la necesita para algo. Tome nota de su
teléfono, por favor.
Álvaro le dictó el número y se despidieron.
Alguien se había adelantado en la inspección de la casa. Quizá el propio Miralles
había estado de visita unos días atrás buscando alguna información que Jaime guardase
en su piso y que pudiera considerarse comprometedora. Probablemente, después de
hurgar por toda la casa, sintió la necesidad de lavarse las manos. Un simple detalle,
como había sido dejar bien colocada una toalla, había delatado su presencia.

Por la tarde, se acercó a casa de Alfredo Albert. Tenía bastante de qué hablar con
él. Habían quedado a las cinco y media, con tiempo por delante para charlar y exponerle
todo lo que le rondaba la cabeza. Pensaba que era la única persona, aparte de Paco, en la
que podía confiar ahora. Aparcó cerca de su chalé. El suyo era el único coche que había
en la calle; todas las casas del entorno disponían de su propio aparcamiento y las calles
estaban vacías. Como siempre, Albert había preparado algo para picar sobre una mesita
del salón.
Álvaro le puso al corriente de las llamadas del anónimo con voz distorsionada.
Le habló de la anotación en la ficha de Alejandro Ferrer sobre su supuesta muerte y
cómo ahora estaba vivo y coleando. Le contó todo lo que había sobre el supuesto ataque
al corazón de Jaime y le describió también su visita a la casa de su amigo y la
interesante conversación que tuvo con la señora que se encargaba de limpiarla.
—Lo que me cuentas es muy serio, Álvaro —dijo Albert al final de la
exposición—. Estás suponiendo muchas cosas acerca de ese hospital y no son nada
buenas. Procura ir con pies de plomo. Si quieres mi consejo, pienso que quizá lo más
conveniente sea que lo dejes y te busques otro trabajo.
—¿Qué lo deje, me dice? —preguntó Álvaro, enojado—. ¿Qué lo deje cuando
puede ser que alguien se haya quitado de en medio a mi mejor amigo por un motivo
que, además, desconozco? Si me voy, me quedará siempre la duda de si había hecho
todo lo que estaba en mi mano por él. ¿Y qué me dice de esas curaciones milagrosas?
Yo no me creo que estén realmente curando a los chicos. No sé qué hacen en realidad,
pero me resulta muy difícil admitir que sea cierto lo que muestran al público.
—Tú mismo has visto a ese chico sano en su casa. No sólo lo sacaron adelante
cuando nadie habría dado un duro por su vida sino que, además, le curaron la diabetes.
—Sí, profesor, pero tiene que haber algo que no vemos y que nos dé la solución
de lo que está pasando.

144
Albert se sirvió el resto de cerveza que quedaba en su botella y trató de dar un
cambio a la conversación en vista de la ofuscación a la que había llegado Álvaro.
—¿Te dije que Jaime estuvo aquí la tarde del día que falleció?
—Sí, ya me lo dijo, profesor —contestó Álvaro con voz cansada. No dejaba de
darle vueltas a sus ideas.
—Comentó que tenía buena memoria para algunas cosas pero que no recordaba
tu dirección de correo electrónico y que te iba a enviar un e-mail desde el hospital. ¿Te
llegó?
Álvaro estaba empezando a ponerse nervioso con el viejo.
—Sí, me llegó. ¿Es que no se acuerda de que ya se lo dije en el cementerio?
—Perdóname. Me voy haciendo mayor y a veces me olvido de las cosas. Era
para hablar de otra cosa, hombre. Para recordar un poco las buenas cosas que tenía ese
muchacho. ¿No te apetece otra cerveza?
De pronto, Álvaro tuvo una corazonada.
—¿Dónde tiene el ordenador, profesor?
—Dentro, en mi cuarto. Lo metí ahí ayer porque pienso que no es su sitio el
salón de la casa. ¿Quieres usarlo?
—Sí, por favor —le contestó. Parecía haberle entrado mucha prisa de repente.
Albert le ayudó a trasladar el aparato, que tenía instalado sobre una mesa de
ruedas. Lo sacaron al salón y Álvaro lo encendió. Le pareció una eternidad el tiempo
que tuvo que esperar hasta que, por fin, el reloj de arena desapareció por completo y
empezó su búsqueda.
De entrada, no encontró ningún archivo de texto en el escritorio. Álvaro sabía
que Jaime tenía la costumbre de crear cualquier archivo nuevo desde el escritorio y
dejarlo ahí guardado. Después, si se acordaba, lo archivaba en el lugar más adecuado.
Esto último no era frecuente y, por ese motivo, el aspecto de la pantalla de su ordenador
siempre era deplorable. Decenas de iconos se acumulaban a la espera de ser colocados
en otro lugar de la memoria.
—Profesor. ¿Me dijo que Jaime había escrito en este ordenador el mensaje que
quería enviarme?
—Vaya, ahora eres tú el desmemoriado. Claro que te lo dije. ¿Por qué me lo
preguntas?
—Él tenía la costumbre de dejarse en el escritorio prácticamente todo lo que
hacía, pero aquí sólo veo iconos de acceso directo a programas.
—Es que yo soy más aseado —le dijo Albert—. A mí no me gusta que haya
cosas inservibles a la vista. Fue uno de los consejos que me dio mi sobrino cuando me
enseñó a utilizar estos cacharros. ¿Has mirado en la papelera?
No se le había ocurrido. El profesor acertó. Aunque la papelera de reciclaje sí
estaba llena de cosas inservibles, fue fácil encontrar el archivo que Jaime había escrito
la noche del 24 de marzo. El nombre del archivo era «Álvaro». Lo restauró a su
posición inicial y, como esperaba, apareció en el escritorio. Todo era una simple
conjetura, pero presentía que estaba cerca de algo importante. Lo abrió y leyó el
contenido.

Alfredo Albert iba y venía del salón a la cocina, recogiendo los restos de la
merienda. Viendo cómo Álvaro se había quedado con los ojos clavados en la pantalla
del ordenador, le sacó momentáneamente del estado de ensimismamiento en que se
encontraba.

145
—¿Lo has localizado?
—Sí, profesor.
—¿Y para qué lo quieres si ya te lo había mandado?
Álvaro dudó sobre lo que debía decirle. Si el profesor veía lo que él acababa de
leer, equivaldría a meterle de lleno en un asunto peligroso; por otro lado, no deseaba
enfrentarse solo a lo que la lectura del último mensaje de su amigo le había revelado.
Albert podría ser un buen aliado.
—Profesor, ¿puede acercarse un momento al monitor?
—¿Pero qué es lo que me quieres enseñar?
—Esto.
Le cedió el asiento frente al ordenador y esperó.
Cuando Albert terminó de leer el archivo, se irguió en la silla y, mirando a
Álvaro, le preguntó, como esperando una confirmación a lo que ya daba por hecho:
—Este no es el e-mail que recibiste, ¿verdad?
—No, señor.
—Luego, ya han empezado.
—¿Ya han empezado? ¿Qué quiere decir, profesor?
Albert se levantó de la silla y se dirigió a su cuarto. Cogió una chaqueta y
preguntó a Álvaro:
—¿Has traído alguna prenda de abrigo?
—No. La tarde es buena y no hace ninguna falta. ¿Por qué lo dice?
—Vamos a dar una vuelta. Suelo dar un paseo todos los días muy tarde, a partir
de las doce, antes de acostarme. Pero no pasa nada si hoy adelanto la hora.
Álvaro salió de la casa acompañando al profesor. Durante un largo rato, no
hablaron. Albert parecía reflexionar. Daba la sensación de que estaba buscando las
palabras adecuadas para expresar lo que quería decir. Álvaro no se atrevió a preguntarle
nada, dejándole la iniciativa, hasta que Albert comenzó su relato.
Después de más de una hora de paseo por El Vedat, en la que el profesor
descargó su conciencia con su joven amigo, Álvaro pudo hacerse una idea del proyecto
que llevaba en marcha desde muchos años atrás, ideado por personas para los que la
vida humana era un simple objeto de investigación, algo al servicio del que ostentase el
poder político o económico y que hubiese tenido la suerte de nacer antes.
Personas que se habían olvidado de que lo propio de una generación es
transmitir la vida a la siguiente y no apropiarse y manipular a su antojo la existencia de
los que vienen después.
Sabía, por lo que le había contado Albert, el comienzo de la historia y podía
adivinar el estado actual de la misma. El profesor, sin embargo, ignoraba hasta dónde
estaban dispuestos a llegar.
—¿Cuándo fue usted consciente del sitio donde se estaba metiendo?
—En realidad, siempre lo supe. Entre los médicos más veteranos del hospital se
hablaba de estas cosas como de algo posible que terminaría llevándose a cabo en el
futuro. La única traba estaba en la legislación.
—Y el hecho es que no solamente era posible, sino que el proceso había
comenzado ya.
—Sí. Yo estaba de acuerdo con la idea que impulsaba el proyecto, pero no
terminaba de involucrarme. Fue Eulogio Miralles el que un día me dijo: «O dentro o
fuera». Y elegí dentro. Sencillamente, me dejé convencer. Cada vez que recuerdo el
instante en que di mi consentimiento, se me hace un nudo en el estómago. Me he
arrepentido muchas veces de la decisión que tomé. Fue como volver a los tiempos en
que practicaba abortos.

146
—¿Qué pasó después?
—Colaboré en campañas de desinformación de ámbito internacional. Había que
conseguir por todos los medios que los gobiernos se amoldasen a lo que los científicos
más progresistas planteábamos como necesidades ineludibles. Daba igual si lo que
decíamos era verdad o no; lo único que importaba era que las leyes proporcionasen cada
día mayor libertad a los investigadores para llevar a cabo sus experimentos, por
atrevidos o monstruosos que pudieran parecer. Todo era cuestión de adornar lo que se
pedía con resultados fantásticos, reales o no daba lo mismo, e ir poco a poco metiendo
en la mente de los políticos nuestras ideas. Había que lanzar promesas de importantes
avances científicos, con aplicaciones clínicas a corto plazo, y ganarse con esto también
la simpatía del pueblo llano. Con los políticos y el público a nuestro favor, el camino
estaba hecho.
Álvaro reconoció que el profesor tenía razón. Una buena campaña era capaz de
cambiar la opinión de la gente de un extremo al otro en cuestión de días.
—Yo era un cirujano con prestigio, ganado a pulso con las operaciones que
realizaba en el Nou. Casi le hacía sombra al Mago. Esa fama me sirvió para intervenir
en multitud de congresos y ser invitado a dar conferencias en las que defendía la
libertad sin trabas de ningún género para lograr el progreso de todas las ciencias, y
especialmente las biosanitarias. Había que erradicar temores y miedos, y eliminar las
barreras éticas que sólo entorpecían la investigación para la mejora de la raza humana.
Entonces, un suceso me llevó a ver las cosas de otra manera.
—¿Cuál fue, profesor?
Albert guardó unos instantes de silencio. Álvaro pensó que quizá había sido
demasiado atrevido al preguntarle sobre el asunto, pero el profesor continuó.
—Ocurrió hace ocho años. Llevaba trabajando en el hospital desde 1993. Ya te
he dicho que, entre otras intervenciones, hacía trasplantes de corazón. Desde el primer
trasplante de este órgano, en el año 1967, hasta ahora, ha pasado mucho tiempo.
Precisamente donde está la sede central de la WFD, en Houston, hay una gran cantidad
de centros cardiológicos y este tipo de operaciones son ya algo rutinario. Lo mismo
ocurre ahora, y ocurría hace ocho años en España. Por eso, había que hacer algo nuevo,
distinto, que llamase la atención.
Albert se detuvo unos segundos para tomar aliento. La calle por la que estaban
paseando era empinada, como la mayoría de las de la urbanización en que vivía. Tras el
breve descanso, prosiguió.
—Un día se me presentó la ocasión(33). Se trataba de un bebé de pocos meses
que requería con urgencia un donante de corazón. Sufría una valvulopatía. ¿Qué mejor
oportunidad que aquélla para realizar una experiencia a la que estaba dando vueltas
desde tiempo atrás? Fue pensat i fet, como decimos los valencianos. Implanté en el bebé
un corazón de mandril que había adquirido a través de diversos contactos. El hecho fue
conocido, no era un secreto. Y la excusa era fácil: no había ningún humano donante que
pudiera salvar a la criatura. Convencí a los padres de que el niño sobreviviría y de que
debían confiar en mí; no les quedaba otra alternativa. Hasta yo mismo me persuadí de
que el trasplante podía tener éxito.
Álvaro recordaba la noticia, que fue muy comentada en la facultad. Se acordaba
incluso de que lo había hablado con Jaime, sorprendido de hasta dónde podían llegar los
avances en la medicina. Un trasplante de humano a humano no era noticia, pero sí
resultaba mucho más interesante un trasplante de un órgano animal a un bebé.
—Me sentía el rey del mundo. Mi nombre volvía a salir en los periódicos con
letra grande. —El profesor se detuvo y dijo mirando fijamente a los ojos de Álvaro—:
El bebé murió a los pocos días. Un virus procedente del animal acabó con él. Y si no

147
hubiese sido el virus, el propio corazón se habría encargado de hacerlo porque el
rechazo empezó a manifestarse enseguida. El hospital se encargó de que la noticia se
difundiese lo menos posible, a pesar de que no había nada malo en el asunto; después de
todo, se había intentado salvar la vida del niño. Hasta dieron una buena cantidad de
dinero a los padres del niño para que no hablasen del tema. Lo que nunca supieron ellos
ni la prensa ni la televisión era que sí existía ese donante humano en el momento en que
hice el trasplante. Un bebé de similares características acababa de fallecer en un
accidente de tráfico y sus padres estaban dispuestos a ceder su corazón. Los análisis
efectuados en el hospital indicaban que había grandes posibilidades de que el órgano
donado no sufriese rechazo en su nuevo cuerpo. Ya te digo que de esto se enteraron
algunos pocos: Fernando Miralles, Luis Cortés, un par de médicos y dos enfermeras. El
asunto se silenció y nadie volvió a hablar de ello.
El paseo les llevó hasta la Avenida de San Lorenzo, que atraviesa todo El Vedat
en su parte más alta. Albert se paró de nuevo a descansar. Pasado un minuto, siguió con
su relato.
—A partir de entonces, volvieron a aflorar en mi memoria los recuerdos de los
niños a los que no había permitido ni siquiera nacer, y se juntaron con imágenes del
bebé con el que había experimentado. Los remordimientos de que había vuelto a hacer
algo malo, muy malo, estaban ahí de nuevo. Y en esta ocasión simplemente me había
dejado llevar por mi orgullo, por el sencillo deseo de destacar a costa incluso de la vida
de un ser humano. Tomé la decisión de dejarlo todo. Lo hablé con Cortés y con
Miralles. Ellos no comprendieron mi determinación por más que les expliqué que nos
estábamos equivocando. Llegaron incluso a asustarse. Temieron que pudiera irme de la
lengua y llegamos a un acuerdo. Yo no revelaría nada del proyecto en marcha y ellos
continuarían manteniendo en silencio el asunto del bebé, que podría haber sobrevivido
si se le hubiera implantado el corazón apropiado. Y así estamos hasta ahora. Continué
trabajando un tiempo en el hospital y dando mis clases en la Facultad de Medicina hasta
que me jubilé de ambas ocupaciones.
Continuaron caminando en silencio por la avenida hasta toparse con la iglesia
principal de la urbanización, dedicada a Nuestra Señora del Monte Vedat. Se veía
mucha gente dirigiéndose al templo. Álvaro miró su reloj, que marcaba las siete. Se
celebraba el Domingo de Resurrección.
—Ya que me he puesto en paz con mi conciencia, podría tratar de hacer lo
mismo con Dios. Parece que va a empezar una misa. Yo hace años que no asisto pero
me parece que hoy es un día muy especial y, aprovechando que estamos aquí, no voy a
dejar pasar la oportunidad. ¿Me acompañas?
Álvaro no tenía otras cosas más importantes que hacer el resto del día y aceptó la
invitación.
Terminada la ceremonia, salieron con el resto de feligreses y comenzaron el
camino de regreso, esta vez cuesta abajo. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron a
la casa del profesor. Fue éste quien rompió el silencio.
—Ahora ya sabes tanto como yo. Confío en que usarás la información que te he
facilitado con prudencia.
—No lo dude, profesor Albert.
—Por cierto, una última cosa. Es acerca de tu informador anónimo. Intuyo quién
puede ser.
Álvaro prestó especial atención.
—La primera vez que se puso en contacto contigo te dijo que disimulaba su voz
para que no supieses si era hombre o mujer, ¿verdad?
—Sí, así es.

148
—Pues ya sabemos que es una mujer. Los hombres somos todavía demasiado
machistas en este país para ni siquiera hacer esa consideración. Además, tampoco quería
delatarse como alguien conocido por ti, ¿no es cierto?
—Sí. Dijo, más o menos, que disimulaba la voz para que yo no supiese si la
persona que me llamaba era alguien que yo pudiese conocer —recordó Álvaro—. Está
suponiendo, profesor, que precisamente dijo eso porque sí le conozco. ¿Lo he
adivinado?
—Efectivamente. ¿Sabes quién fue el diseñador del sistema informático del
hospital?
Álvaro suponía que se habría encargado el trabajo a alguna empresa, pero nunca
había pensado en una persona particular.
—No —le respondió.
—Es alguien que seguramente tú conoces. Lo que pasa es que ahora se dedica a
otros menesteres. Se llama Pilar Vidal.
—¿Pilar? ¿La telefonista?
—La misma.
Álvaro no salía de su asombro. La veía todos los días, la saludaba al llegar al
hospital y al marcharse, pero nunca había supuesto que pudiera tratarse de ella.
—Te extrañará que ahora esté atendiendo llamadas, ¿verdad? Un día —le
explicó el profesor—, mientras tomábamos un café en el bar del hospital, me contó su
historia. Lleva en el Nou desde sus comienzos. Al principio, trabajaba como
administrativa a la vez que se iba sacando la carrera de matemáticas. Como es
espabilada, no tardó en terminarla. Cuando descubrió el mundo de la informática,
encontró su paraíso personal. Estudió todo lo que le llegaba a sus manos y se hizo una
experta en poco tiempo. En un momento determinado, la dirección del hospital decidió
implantar una red de ordenadores en el centro y le propusieron que se encargarse del
asunto. Se sentía capaz de hacerlo y asumió el reto. Después, se dedicó al
mantenimiento y mejora del sistema durante mucho tiempo. Hace cinco años
aproximadamente, contrataron a un joven que, sobre el papel, estaba más al día en este
terreno, aunque, por lo visto, no ha dejado de preguntarle cosas y de asesorarse con ella
desde que llegó. Como Pilar tenía un contrato indefinido en el hospital tuvieron que
recolocarla. No está casada, tiene sus necesidades económicas cubiertas y no es una
persona ambiciosa. Le ofrecieron trabajar en tareas administrativas, como había hecho
al principio, pero ella solicitó ocuparse de atender la recepción del hospital y hacer de
telefonista.
—Pero eso debió de suponer un bajón tremendo en su posición.
—A ella le daba igual. Le conservaron el sueldo que tenía como mantenedora
del sistema e imagino que se lo habrán ido subiendo conforme han pasado los años. Por
lo visto, le gusta el trato con la gente y estar enterada de todo. Es posible que ya
estuviese cansada de trabajar con tanta máquina que ni te saluda ni te pregunta cómo
estás cada día y prefiriese el contacto directo con personas, sin abandonar el hospital.
—Nunca me lo habría figurado.
—Es lista. Aunque no me parece lo correcto, se ve que dejó abiertos algunos
canales de entrada al sistema para olisquear cuando le viniera en gana y ahora continúa
teniendo acceso a toda la información que se guarda en la red del Nou.
—Tendré que hablar con ella.
—Si lo haces, procura tener tacto —le advirtió Albert—. Quizá niegue ser la
persona que buscamos y se cierre en banda. Sé prudente y ten mucho cuidado, hijo.
—Lo tendré, profesor. Descuide.
—Buenas noches, Álvaro —se despidió el profesor en el jardín de su casa—. Ha

149
sido una tarde maravillosa, de verdad. Me has ayudado mucho con tu compañía.
—Lo mismo le digo. Buenas noches, profesor Albert.

Había sido un duro golpe descubrir la realidad de lo que verdaderamente ocurría


en el Nou Hospital. Ahora, Álvaro se sentía más seguro después de las revelaciones de
Albert, pues ya sabía qué terreno estaba pisando. Incluso se alegraba por haber ofrecido
al profesor una oportunidad de liberarse de un peso que llevaba encima desde hacía
muchos años. El día había resultado intenso y lleno de descubrimientos importantes.
Se dirigió hacia su coche, procurando olvidarse por un rato de la conversación
con Alfredo Albert. Al día siguiente era fiesta y tendría tiempo para reflexionar.
Arrancó y comenzó a descender la calle donde vivía el profesor. Al doblar por la
primera calle de la derecha, estuvo a punto de chocar con un Honda Civic blanco que
estaba parado justo en la esquina. Podría jurar que cuando llegó a casa del profesor ese
coche no estaba ahí y no pudo sino sorprenderse, pues no esperaba encontrarse con
ningún vehículo aparcado en una calle donde todas las viviendas disponían de entrada
de garaje. «Se tratará de una visita», pensó.
Desde niño guardaba la costumbre de fijarse en las matrículas, en una especie de
competición con sus amigos para ver quién descubría cada día la más moderna: «V-
0000-GE». Podía tratarse de un capricho del dueño o ser una simple casualidad. Pronto
se olvidó del Honda y de su matrícula. Encendió la radio y conectó con su emisora de
música favorita.

Una hora más tarde, Fernando Miralles recibió una llamada de Gerardo en la que
le informaba de la visita que Álvaro acababa de hacer al profesor Albert. Miralles se
sentía contrariado por el hecho de que el joven todavía no hubiera utilizado ni una sola
vez el teléfono móvil de su amigo. «Ya tendrá necesidad de usarlo. No hay que ponerse
nerviosos.»
No podía dejar de temer por lo que Albert pudiera haberle contado. La
conversación mantenida con Jaime el día de su muerte resultó inofensiva en ese sentido,
aunque muy provechosa, ya que, en el caso de no haberla escuchado, no habría tenido
conocimiento del correo que pensaba enviar a su amigo. El controlador del sistema
interceptó justo a tiempo el e-mail de Jaime a Álvaro. Como todos los correos
electrónicos pasaban por el servidor del hospital, resultó tarea fácil cambiar un mensaje
por otro. El chico no había sido capaz de guardar el secreto y, desde ese momento, su
vida pendía de un hilo.
La orden de eliminar al joven doctor Puig vino de arriba. Como siempre,
Fernando Miralles se limitó a informar de lo ocurrido y a procurar tener las espaldas
bien cubiertas en el caso de que se tomara una decisión equivocada. La gravedad del
mensaje que Jaime había escrito a su amigo Álvaro Costa hacía necesario actuar con
rapidez. Gonzalo Gil no dudó en que había que quitárselo de en medio y lo más pronto
posible.
—Puede ser esta noche —le había dicho Miralles.
—Pues que sea esta noche —sentenció 3G—. No podemos arriesgarnos más.
Espero dentro de unas horas la confirmación de que ese chico no nos dará más
problemas.
Un somnífero en el café, oportunamente preparado por Gerardo, y una inyección

150
de lidocaína, varias dosis por encima de lo normal, provocó el desenlace fatal. La
muerte de Jaime por infarto cardiaco fue certificada por un compañero que se
encontraba de guardia.

Capítulo 22

Las vacaciones de Pascua habían terminado. Las calles se volvieron a llenar de


niños a primera hora de la mañana y los autobuses escolares regresaron a sus rutas
cotidianas. Habían rebasado la primera mitad del mes de abril y el calor empezaba a
hacerse notar.
«La primavera la sangre altera y con la inquietud que llevo en el cuerpo —
pensaba Álvaro al terminar una de las consultas del día— tendré que hacer algo y
empezar a moverme.» Pero no sabía por dónde empezar. El trabajo, a pesar de todo, le
servía de distracción, pero en cuanto terminaba la jornada no paraba de cavilar,
buscando la manera de destapar todo lo que se ocultaba tras la bonita fachada del Nou
Hospital. Con Albert no podía contar: se moriría con su secreto; ya se había arriesgado
demasiado. No sabía a quién acudir. Quizá Paco empezase a entender que el asunto iba
en serio, a pesar de lo que le había dicho la última vez que hablaron.
Esa noche decidió llamarle. No sabía muy bien qué le iba a decir. Quedaría con
él y ya se le ocurriría algo para convencerle de que necesitaba su ayuda.
—¿Paco?
—¡Buenas noches, Álvaro! ¿Qué hay de ti? ¿Has estado fuera estos días de
Pascua?
—No. Lo pensé, pero preferí quedarme.
—Pues menos mal que me llamas. Se me había olvidado por completo avisarte.
¿Sabes que atrapamos a los dos que asaltaron a Alejandro Ferrer?
Álvaro sintió cómo se le aceleraba el pulso.
—¿Y han confesado?
—Sí. No tenían más remedio —contestó Paco—. Por un lado, teníamos el
testimonio de la chica, que les reconoció nada más verles. Por otro, uno de ellos
conservaba en su casa la famosa pulsera que había robado al muchacho. Me parece
recordar que tenías interés en verla de cerca, ¿verdad?
—Me harías muy feliz si me la prestases unas horas.
—Ojo con ella. Es una prueba. No debería dejártela, pero puedo hacer la vista
gorda si es por un rato. No la pierdas, por favor.
—Descuida. Mañana, después de comer, me acercaré a la comisaría a recogerla.
Te la devolveré por la noche, ¿de acuerdo?
—Conforme. Por cierto, ¿a qué se debía tu llamada?
—A nada en concreto. Tenía ganas de hablar contigo solamente —le respondió.
Después de colgar, volvió a mirar por la ventana y comprobó que el Civic blanco
seguía allí. Llevaba varios días merodeando. Esa noche, el conductor estaba dentro y no
se había movido desde que Álvaro llegó a casa, procedente del hospital. En otras

151
ocasiones, sólo se dejaba ver el coche vacío, sin nadie en su interior. También lo había
descubierto a menudo por el espejo retrovisor de su automóvil, siguiendo sus
desplazamientos por la ciudad durante las últimas dos semanas. En ningún momento,
sin embargo, había podido identificar a su perseguidor, porque siempre llevaba puesta
una gorra con una gran visera, cuya sombra le cubría la cara casi en su totalidad.
¿Hasta cuándo pensaba seguirle y por qué motivo lo estaba haciendo? En
cualquier caso, no era probable que quisiera hacerle daño; daba la impresión de que sólo
trataba de no perderle de vista. Ahora tenía la oportunidad de cogerle por sorpresa si
conseguía acercarse sin que el otro se diese cuenta, pero prefirió dejarlo. No tenía ganas
de peleas a esas horas de la noche. Ya lo intentaría en otro momento. Se metió en la
cama y apagó la luz. Mañana se prometía un día interesante, tenía que estar alerta y
necesitaba descansar bien.

Pilar se sintió muy halagada por la invitación que su joven amigo le había hecho
esa mañana. Nadie había tenido la delicadeza de sacarla a comer fuera del hospital en
los últimos cinco años. Era un buen detalle de su parte. Además, ninguno de los dos
tenía que volver al Nou después de comer. Álvaro había pedido permiso para ausentarse
esa tarde por motivos personales y ella había terminado su turno a las dos del mediodía.
Media hora después, se encontraban los dos sentados alrededor de una mesa en el rincón
preferido de Álvaro en El Sha.
—¿Sabes que eres el primer médico del hospital que me lleva a un restaurante en
el último lustro? —le dijo Pilar—. Todo son sonrisas, palabras de ánimo y palmadas en
la espalda por parte de los jefes, pero a nadie se le había ocurrido que podía apetecerme
comer lejos de mi lugar de trabajo un día cualquiera, como hoy. Eres muy galante.
—No tienes por qué darme las gracias, Pilar —dijo Álvaro—. Después de todo,
no hemos tenido ocasión para hablar despacio de Jaime desde su muerte. Ambos éramos
amigos suyos.
—¿Y por qué habríamos de hacerlo? —La mujer no tenía ganas de recordar lo
sucedido—. Murió y ya está. Dejémoslo en paz.
Llegó Ahmad y les ofreció la carta. A pesar de ser el dueño del establecimiento
y tener camareros a sus órdenes, le gustaba atender personalmente a los buenos amigos
como Álvaro. Eligieron lo que iba a comer cada uno y a los dos minutos tenían el
primer plato servido.
—Perdona que insista, Pilar, pero hay cosas que debes saber sobre la muerte de
Jaime.
—¿Para eso me has invitado a comer?
—Escúchame un momento, por favor. Es importante.
Álvaro le contó todo lo referente a la revisión real y a la inventada que Jaime
había pasado poco antes de morir. Insistió en el modo en que Miralles había tratado de
hacerle creer que su estado de salud no era bueno mediante el falso informe médico.
Pilar le escuchaba atentamente. Si le sorprendía lo que estaba oyendo, no lo
manifestó externamente. Entonces fue cuando Álvaro lanzó la pregunta.
—¿Podrías enterarte de la fecha de creación del archivo que contiene ese
informe falso? Me gustaría saber si es posterior a su muerte.
La mujer se mostró perpleja. Dejó los cubiertos sobre la mesa y preguntó:
—¿Y cómo quieres que haga eso? Yo sólo atiendo el teléfono. ¿Voy a ir a
Miralles y decirle: «Por favor, ¿me permites investigar un poco en la red del hospital a
ver si encuentro un informe de una revisión que no se hizo nunca?»?

152
—No te hace falta. Tú puedes conseguirlo sin pedir permiso a nadie.
Pilar se le quedó mirando sin decir nada.
—Tu imitación de Garganta Profunda no está mal del todo —le dijo Álvaro,
mientras comenzaba a sonreír.
Ella se dio cuenta de que acababa de ser descubierta y sonrió también. Ya no
había nada que ocultar y era mejor así. Se miraron unos segundos y se echaron a reír.
—¿Cómo has sabido que era yo? —le preguntó, después de calmársele la risa.
—El doctor Albert me ayudó —contestó Álvaro.
—¿Albert? ¿Le has hablado de mí?
—Sí. Mejor dicho, le dije que un anónimo me estaba enviando información
confidencial de pacientes de la UR y enseguida adivinó de quién se trataba.
—¿Qué le has contado?
—Todo. No tenía más remedio y no se me ocurría nadie a quién dirigirme. Le he
explicado también lo del prematuro informe de la muerte de Alejandro Ferrer.
—¿Y cuál ha sido su reacción?
Álvaro pensó que tenía que confiar en alguien más y Pilar había demostrado
estar fuera del juego que se traían entre manos otras personas del hospital.
—¿Tienes tiempo y el estómago preparado para escuchar una larga historia?
—Sí. A las dos terminaba mi turno. No tengo nada que hacer hasta mañana.
Álvaro pasó a relatarle la historia del profesor Albert y le habló del contenido
del e-mail que nunca llegó a su destino. Necesitaba su ayuda para seguir adelante.
—Yo también tengo algunas cosas que contarte —dijo Pilar.
La mujer le manifestó las sospechas que tenía de que los chicos elegidos para ser
pacientes de la unidad habían sido seleccionados mucho antes de hacerlo público; antes
incluso de que el Gobierno hubiese otorgado al hospital el permiso para aplicar la nueva
terapia. Le habló también de la extraña llamada que Miralles había recibido del «piloto»
desde un número de teléfono de Argelia cuando Alejandro se hallaba internado en la UR
con grave peligro de su vida. ¿O estaba ya realmente muerto?
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó Pilar.
Ahmad apareció para recoger los platos y preguntar si querían tomar café.
Álvaro ignoró momentáneamente la pregunta de la mujer y se dirigió al iraní:
—¿Sigue ahí?
—Sí. No se ha movido desde que entrasteis.
—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —preguntó Pilar.
Ahmad se retiró con el encargo de dos cafés cortados que aparecieron sobre la
mesa en un santiamén. Álvaro se disculpó y explicó a Pilar cómo había llegado a la
conclusión de que alguien le estaba siguiendo desde hacía varios días. Acababa de
confirmar que esa persona continuaba acechando en la puerta del restaurante.
—Esta tarde tengo una cita importante que puede aportarme algunas luces. Si
averiguo algo, te lo haré saber. Ahora somos socios, no lo olvides —y la invitó a
entrechocar las dos tazas de café, como dos copas de champán.
—Ten cuidado, Álvaro.
—No te preocupes por mí. Todo debe continuar como si no hubiésemos hablado
de esto. Ha sido una comida para recordar a un amigo que se nos fue, ¿comprendido?
—Comprendido —dijo Pilar—. ¿No convendría que pudiésemos comunicarnos
en cuanto uno sepa algo nuevo? ¿Tienes móvil?
Álvaro recordó el teléfono que Miralles le había regalado en recuerdo de Jaime.
—Sí, tengo uno pero no he empezado a usarlo todavía ni me sé el número. Está
en casa.
—Anota ahora mismo el mío. En cuanto te sea posible, me llamas, y así guardo

153
el tuyo en la memoria.
Álvaro escribió en una servilleta de papel el teléfono de Pilar.
—Lo haré. Y así, de paso, me dices cuál es el mío porque será la primera
llamada que haga.
—De acuerdo.
—Ahora vas a hacerme un favor. —Se aproximó a la mujer y en voz baja le
susurró—: Como te he dicho, hay un tipo que me sigue desde hace unos días.
Permanece aquí sentada hasta dentro de cinco minutos, como si estuvieras aguardando
mi vuelta, y luego te vas. Quiero sorprender a ese tío, enterarme de quién es y de por
qué va tras de mí. ¿Conforme?
—Tú mandas.
Álvaro se limpió con la servilleta y la dejó sobre la mesa. Pilar permaneció en la
mesa dando vueltas con la cuchara a un inexistente café. Mientras tanto, Álvaro se
dirigió hacia la cocina del restaurante y, tras saludar a Ahmad, salió por la puerta de
servicio.
El Honda Civic seguía plantado cerca de la entrada de El Sha. Esta vez tenía
inquilino y el inquilino era conocido. Se aproximó por detrás del automóvil y, en un
instante, abrió la puerta trasera y se sentó detrás de Gerardo.
—No sabía que, además de mal conductor, fueses tan tonto. ¿A quién se le
ocurre seguir a alguien con el mismo coche un día y otro?
—¿Cómo has entrado? —le preguntó Gerardo sobresaltado, mientras se daba la
vuelta en su asiento.
—Aunque el modelo es antiguo, tiene cierre centralizado. Deberías saberlo si es
tuyo. ¿O quizás lo has robado como el Grand Cherokee negro?
—¡Yo no fui quien lo hizo!
¡Menudo imbécil habían mandado a seguirle!
—Quiero que me digas por qué te veo en todos los sitios a los que voy.
Gerardo probó con la primera y única idea que se le había ocurrido en el caso de
ser descubierto.
—Es que estás como un camión, tío.
Era lo último que le faltaba por oír.
—¿Y qué me dices de las señoritas de la revista que tienes en el salpicadero?
¿Eres bisexual?
No pensó que podría darse cuenta del truco tan pronto.
—Venga, dime, ¿cuánto te paga Miralles por hacer de detective?
—Bastante menos de lo que me debía tu amigo por hacerle aquel favor.
—Sí, estoy al tanto del asunto.
—¿Qué te contó? No nos salió tan mal, ¿verdad? —Lo decía con la mayor
ingenuidad—. Sólo se me fue un poco el acelerador.
—Me dijo lo suficiente como para que te enchironen si se lo cuento a la policía
—le contestó Álvaro en tono amenazador.
—Pero no tienes ninguna prueba.
Le había entrado miedo de repente.
—Es posible que Jaime dejase algo firmado de su puño y letra explicando lo
sucedido aquella noche y dando el nombre de su compinche y es posible también que un
amigo suyo, como yo, lo tenga bien guardado para usarlo en caso de necesidad. —
Álvaro vio en el espejo retrovisor cómo Gerardo empezaba a sudar—. Jaime está
muerto y a él ya no pueden hacerle nada, pero a ti...
—¡Pero si todo fue idea de Miralles! Yo sólo tenía que convencer a tu amigo de
que era muy fácil conseguir el puesto que ocupaba Díaz en la UR.

154
A Álvaro le dio un vuelco el corazón. El plan para retirar de la circulación al
doctor Díaz había partido de Fernando Miralles. Se lo tenía que haber figurado. Con
esto podía disculpar en parte a su amigo; le fue presentada la manzana y mordió.
—Mira, Gerardo. Vamos a ponernos de acuerdo tú y yo.
—¿Qué quieres que haga?
Estaba dispuesto a venderse al mejor postor.
—Yo mantengo bien guardada la información que poseo y tú continúas haciendo
como que me sigues pero, en cambio, me dejas en paz. Le vas diciendo a Miralles que
no me muevo de casa ninguna noche después de trabajar y sigues cobrando lo que te
prometió. ¿Qué te parece?
No tenía nada que perder. Lo que le importaba era el dinero. Después de todo,
tampoco parecía que el joven médico tuviese intención de hacer nada especial. Visitaba
a amigos y comía con compañeros de trabajo. Ya le había descubierto una vez y podría
volver a hacerlo una segunda. No valía la pena continuar escondiéndose si iba a seguir
cobrando lo mismo.
—De acuerdo. No te molestaré más.
«¡Hay que ver qué simple que es el pobre!», pensó Álvaro.
—Pero que no se te ocurra enseñar nada a la poli, ¿eh?
—Tranquilo. Hemos hecho un trato.

Tras aclarar con Gerardo quién manejaba ahora la situación, Álvaro pasó por
casa, se cambió de ropa y salió corriendo hacia la comisaría. Cuando estaba en el portal
se acordó de que no había cogido el teléfono móvil. Subió de nuevo, lo agarró y se lo
ajustó al cinturón con la pinza que llevaba adherida. Lo encendió. Un mensaje de
bienvenida y varios más se sucedieron en la pantalla. «¿Y ahora me voy a poner a
investigar cómo funciona este cacharro?». Lo dejaría para más adelante. No tenía
tiempo y ya estaba llegando tarde a la cita con Paco. Lo apagó para no consumir batería.
Montó en su Seat León y le costó tan sólo diez minutos llegar a la Jefatura
Superior de Policía, en la calle Ramón y Cajal. Paco le esperaba trabajando en la mesa
de su despacho, detrás de un montón de expedientes.
—¡Hola! Ya estás aquí —dijo, mientras consultaba su reloj—. Un poco tarde,
¿no?
Eran las cuatro y media largas.
—Quedamos después de comer. ¿A qué hora comes tú?
—Bueno, vale. Dejémoslo
El policía sacó una pequeña caja de cartón de un cajón de la mesa. Álvaro la
cogió.
—¿Se puede tocar?
—Sí. La información sobre huellas dactilares y todo lo demás ya está redactada
y lista para incluir en el sumario. Esta noche la quiero en casa, ¿ok?
—Ok. La tendrás.
Esta vez había tenido suerte. Aunque había dejado el coche con los intermitentes
puestos en el carril reservado a taxis y autobuses, no había pasado ningún policía local.
O si lo había hecho, no le había multado. «Ahora, a ver a Peter.»
Peter Björklund era sueco, pero llevaba en España lo suficiente para quererla
como a su misma patria. Se había casado con una antigua compañera de facultad de
Álvaro, al poco de terminar la carrera. Como tenía cierta amistad con esa chica, Álvaro
fue invitado a la boda y allí le conoció. Se intercambiaron teléfonos y quedaron en verse

155
alguna vez. Peter había estudiado ingeniería de telecomunicaciones en Valencia. Sabía
hablar inglés, castellano y sueco. Resultaba un tipo interesante para Ericsson y trabajó
con esta compañía durante cuatro años. Después lo dejó y montó por su cuenta un
negocio de reparación de aparatos electrónicos, desde ordenadores hasta equipos de alta
fidelidad. Álvaro le había llevado en una ocasión el vídeo de su casa, que había dejado
de funcionar. Además, habían quedado a cenar en dos o tres ocasiones. Trabajaba con
otros dos amigos suecos que habían llegado recientemente a España. Álvaro tenía
mucho interés en que Peter destripase cuidadosamente le pulsera Jove. No sabía si
encontraría algo sospechoso, pero era su única oportunidad para descubrirlo. Desde el
principio, le había resultado extraña la insistencia de los médicos de la UR en que sus
pacientes la llevasen siempre puesta.
Aparcó el coche cerca del establecimiento, situado en la calle Juan Llorens,
próxima a la Jefatura de Policía. Se apeó y miró en todas direcciones con la intención de
descubrir un Honda Civic blanco, con matrícula V-0000-GE por algún sitio. «No creo
que sea tan estúpido de seguir persiguiéndome en ese coche. ¡Caray! No me voy a pasar
la vida mirando adelante y atrás buscando a alguien que seguramente ni siquiera está.»
Efectivamente, Gerardo se encontraba en ese momento tomándose plácidamente una
cerveza en un bar e informando a Miralles de que Álvaro permanecía en casa, después
de haber comido en un bar con la telefonista del hospital.
Entró en el bajo comercial donde el sueco había instalado su negocio. En ese
momento, Peter estaba atendiendo a un cliente y le hizo un gesto a Álvaro para que se
sentase en un sillón de cuero, situado junto a otros dos, rodeando una pequeña mesa
cuadrada en una esquina del local. Encima de la mesa había varias revistas de
informática. Álvaro cogió la primera que vio y empezó a hojearla.
Al cabo de cinco minutos, el cliente se marchó y Peter salió de detrás del
mostrador para saludar a su amigo. Se estrecharon las manos y se intercambiaron
noticias, pues hacía más de un año que no se veían.
—Te he traído un aparato para que le eches un vistazo.
—¿Qué es?
—Preferiría enseñártelo ahí dentro —dijo Álvaro señalando la parte interior del
local.
—Espera un momento. Voy a llamar a Nils para que salga y atienda a la
clientela. Ahora no ves a nadie, pero dentro de un cuarto de hora —eran casi las cinco—
empezarán a entrar montones de chicos y chicas con su walkman que no les funciona o
con el reproductor de MP3 que no les va bien y tiene que haber alguien para atenderles.
Entró en la trastienda y salió acompañado de un joven rubio, de unos veinticinco
años. Éste saludó a Álvaro en un defectuoso pero inteligible castellano y ellos pasaron
al lugar donde Peter y sus compañeros tenían dispuestas las mesas de trabajo con todo
tipo de instrumental. Resistencias, condensadores, fuentes de alimentación a medio
montar, cables de diversos colores y una infinidad de material electrónico poblaban la
habitación. Sentado en un taburete, muy concentrado en una soldadura, estaba el otro
amigo de Peter que trabajaba con él. Se llamaba Sven y sabía menos castellano aún que
Nils.
—Bueno, déjamelo ver.
Álvaro sacó la caja del bolsillo de su chaqueta. Extrajo su contenido y se lo
mostró a Peter.
—¿Qué demonios es esto?
—Lo llaman pulsera Jove. La llevan puesta todos los pacientes de la Unidad de
Regeneración del Nou Hospital. ¿Has oído hablar de él?
—Algo me suena. Es ése en el que curan con células que sacan de embriones,

156
¿no?
—Ése es —le respondió Álvaro—. Y resulta que yo trabajo ahí desde septiembre
del año pasado.
Peter le sonrió y le dijo:
—¿Tengo que felicitarte o algo así?
Álvaro no se acordaba de que, a pesar de haber nacido en Suecia, el contacto con
el mundo latino había hecho a su amigo un poco guasón.
—No, no hace falta —le siguió la broma—. Ya lo hago yo todos los días. Sólo
quiero que me digas qué contiene esta pulsera, sin reventarla demasiado.
Álvaro le explicó para qué servía. La pulsera estaba desplegada, lo que facilitaba
el trabajo. Habría sido más complicado estudiarla en caso contrario.
—¿Qué esperas que encuentre?
—No lo sé. Tú investiga y si ves algo que no cuadre con lo que te he explicado,
me lo dices. Los fabricantes de la pulsera aseguran que si se abre, el sistema se
autodestruye. A mí, la frase me recuerda a Misión imposible; vamos, que no me lo creo.
Así que no tengas miedo en hurgar lo que haga falta.
—Veré lo que puedo hacer.
Peter puso manos a la obra. Después de un cuarto de hora dándole vueltas, le
dijo a Álvaro:
—Oye. No hay modo de acceder al interior de este cacharro.
—Si se ha cerrado, es que también se puede abrir. No creo que esté sellada ni
nada parecido. Venga, hombre —le animó Álvaro—. Encontrarás el agujero en unos
minutos, ya lo verás.
Peter siguió trabajando hasta que en un momento determinado, se oyó un ligero
clic. Otros cuatro sonidos semejantes siguieron al primero y, en un instante, Peter tenía
sobre la mesa la pulsera con el interior de sus cinco segmentos a la vista.
—¿Lo ves? Te dije que lo conseguirías ¿Cómo lo has hecho?
—Método de prueba y error. ¿Te has fijado en las pequeñas perforaciones que
tiene cada segmento de la pulsera? En principio, uno puede pensar que se trata de
orificios de ventilación, y así es, sin duda. Pero, además, si introduces un alfiler en cada
uno de los dos orificios más extremos del lado izquierdo de cada segmento... ¡Alehop!
Se abre él solo mediante un pequeño fleje.
—Bueno, ya has conseguido la primera parte. Ahora, a por la segunda.
Peter estuvo los siguientes 45 minutos examinando los componentes de cada
segmento. Mientras tanto, iba llenando de anotaciones una hoja de papel. Álvaro
procuró no molestarle en todo ese tiempo. Al principio, se dedicó a fisgonear por la
habitación. Sabía muy poco de electrónica y se aburrió pronto. Luego, se acordó de las
revistas de informática que había fuera. Salió y regresó con un ejemplar de PC World
del mes anterior. Por lo menos, estaría entretenido mientras el experto terminaba su
trabajo.
Una vez concluida la exploración, Peter le invitó a sentarse en un taburete junto
a él.
—No he encontrado nada extraño —comenzó a explicar—. En un principio,
sirve para lo que me dijiste. Hay receptores de señal y un pequeño pero potente emisor
que debe de ser el que manda toda esa información al hospital. El teclado sólo es
numérico; no admite letras como el de un teléfono, pero creo que esto no te dice nada.
Tiene una toma para recargar la batería que, por cierto, está descargada. Lo que más me
ha llamado la atención es el micrófono, porque se trata de un modelo...
Álvaro le cortó.
—¿Has dicho micrófono?

157
—Sí. Te decía que es un modelo muy bueno, excepcionalmente sensible y
omnidireccional. Debe de tener un alcance de seis metros, aproximadamente.
—Yo no contaba con eso.
—Pues ahí está, te lo aseguro. El sonido entra por el orificio más próximo a la
tecla almohadilla y sólo por ahí. Mira, fíjate.
Peter le señaló con un pequeño destornillador algo semejante a la cabeza de un
alfiler. Hizo el movimiento de cerrar el segmento principal de la pulsera y Álvaro
observó cómo coincidía exactamente con la perforación situada junto al botón que le
había indicado Peter.
—¿No esperabas encontrártelo ahí? —le preguntó.
—La verdad es que no —respondió Álvaro—. ¿Se te ocurre algún modo de que
ese micrófono no recoja ninguna señal?
—Muchos. Ajusta tan bien en el orificio que basta con poner un dedo encima,
tapando el agujero. Y si te cansas de apretar con el dedo, también puedes ponerle un
poco de plastilina u otro material que lo cubra completamente.
Como no quería entrar en explicaciones, prefirió dejar correr el asunto.
—¿No has encontrado nada más?
—No —le respondió Peter—. ¿Puedo quedármela?
—Ni lo sueñes —le contestó Álvaro—. Me la ha prestado un paciente y tengo
que devolverla esta misma noche. Y, por favor, ni una palabra de que has visto la
pulsera ni, por supuesto, que has estado investigando su contenido. Le podría caer un
buen paquete a quien me la ha dejado.
—Por mí, como si no hubieras estado aquí —dijo Peter, y empezó a cerrar
cuidadosamente uno por uno los segmentos de la pulsera. Después, la guardó en la caja.
Álvaro pensó que debía informar a Pilar del hallazgo del micrófono en el interior
de la pulsera por si le sugería alguna idea. No había motivo para esconder un micro ahí
dentro. Se acordó del teléfono móvil y lo desenganchó del cinturón. Peter
probablemente sabría explicarle las funciones básicas y podría empezar a utilizarlo.
Se trataba de un Nokia de última generación que debía de tener una infinidad de
utilidades, pero Álvaro sólo estaba interesado, de momento, en lo principal: cómo
llamar, almacenar números en la memoria y enviar mensajes. Alguna vez había usado
uno prestado, pero había decidido prescindir de él. No lo veía como algo necesario.
—Peter, necesito hacer una llamada a una amiga y quiero hacerlo desde este
móvil. —Se lo enseñó—. Me lo han regalado hace poco tiempo y sólo tengo una ligera
idea de cómo se utiliza.
Peter lo tomó de su mano y se encogió de hombros.
—Supongo que como cualquiera. En primer lugar, hay que encenderlo —le dijo,
mientras pulsaba el botón correspondiente—. Después...
Sven, que se había fijado en el teléfono, se dirigió en ese instante a Peter y le
dijo algo ininteligible. Peter apagó el móvil.
—¿Quién te lo ha regalado?
—Me lo ha pasado un amigo. Y a éste, se lo había dado su jefe.
Peter intercambió unas palabras en sueco con Sven y depositó el teléfono sobre
la mesa donde había estado trabajando antes con la pulsera.
—Sven apenas entiende castellano, pero sabe mucho de teléfonos móviles. Yo
no me fiaría ni un pelo de lo que llevas ahí colgado.
—¿Por qué? ¿No es bueno?
—Al contrario. Es de una calidad excelente. Pero tienes muchas posibilidades de
que te hayan colocado un teléfono espía.
—¿Un teléfono espía?

158
—Sí. Desde hace unos años se comercializan en España. Deberían estar
prohibidos, pero parece que de momento no ha habido denuncias.
—¿Puedes explicarme qué es eso de un espía en forma de teléfono? Es la
primera vez que lo oigo en mi vida.
—Sven es el que se ha dado cuenta cuando me lo enseñaste —le dijo Peter—. Él
ha trabajado en la fabricación de algunos modelos en Italia. En realidad, la modificación
que transforma un teléfono normal en uno espía se realiza en el software; no se trata de
nada externo. A simple vista, estos aparatos son idénticos a los normales y tienen sus
mismas funciones, salvo una. Cuando desde otro teléfono, cuyo número se ha
determinado en la agenda del teléfono espía, se llama a éste, el móvil trucado, sin sonar,
vibrar o iluminarse, abre su sistema de escucha y permite al cotilla enterarse de todo lo
que está ocurriendo en un radio de cinco o seis metros.
—¿Cómo sabe Sven que puede tratarse de un espía?
—Porque me ha dicho que el modelo que tú tienes es uno de los más usados para
este fin. Por lo visto, su software permite fácilmente introducir esta función. Él mismo
ha trucado teléfonos del modelo que tenemos encima de esta mesa.
Los dos se quedaron mirando el aparato como si se tratase de una bomba de
relojería. Álvaro se alegró de no haberlo utilizado en ningún momento desde que
Miralles se lo había regalado: «Te servirá de recuerdo», le había dicho. Lo que sí le vino
a la memoria es que estaba encendido cuando lo vio por primera vez. Gracias a Dios
había tenido la ocurrencia de apagarlo. De repente, le asaltó la duda.
—¿Y no nos estarán escuchando ahora?
—No, tranquilo. Para que ocurra eso, tiene que estar funcionando. Por eso lo he
desconectado enseguida cuando Sven me ha dicho que podía estar trucado.
Que podía estar trucado, no. Seguro que lo estaba. ¿Por qué, si no, Miralles se lo
habría dado encendido? Un teléfono, cuando no se usa, se suele apagar. Lo más
probable era que Miralles lo hubiera encendido poco antes de ofrecérselo, ya que le
parecía difícil que la batería hubiese aguantado tantos días —desde que murió Jaime—
alimentando el aparato sin agotarse.
Sin duda, ésa era la explicación de cómo alguien, ocupado en controlar el
servidor del hospital, se había enterado de la intención de Jaime de enviarle un e-mail el
último día de su vida. Probablemente eso fue lo que le sentenció a muerte.
—El único modo de desactivarlo como espía es borrar todos los teléfonos de la
agenda, porque no es posible saber desde cuál de ellos te están escuchando.
Peter le explicó cómo hacerlo, además de lo más elemental para usarlo.
—Quería pedirte algo más —le dijo Álvaro—. Apuesto a que tú o tu amigo Sven
sois capaces de fabricarme un pequeño aparato.
Le explicó lo que quería y quedaron en que intentarían construirlo. Recogió la
caja con la pulsera y enganchó el móvil —apagado— al cinturón de su pantalón. Dio las
gracias a Sven, quien le contestó con un sencillo «de nada», y salió a la zona exterior de
local. Saludó a Nils, que procuraba atender a tres o cuatro quinceañeros a la vez, cada
uno con su reproductor de CD en la mano. Peter le acompañó hasta la puerta y allí se
despidieron.
—Me ha alegrado mucho verte de nuevo. Estate tranquilo, que no diré a nadie
que has estado aquí, aunque no creo que venga ni la CIA ni el FBI a preguntarme nada.
Le ofreció la mano y Álvaro se la estrechó.
—Muchas gracias por todo, Peter. No te olvides de dar recuerdos a tu mujer de
mi parte.
—Lo haré. Y tú, desconfía del jefe de tu amigo.
No necesitaba el consejo. Ya lo estaba haciendo desde hacía mucho tiempo.

159
Capítulo 23

El martes por la tarde era el momento en que Álvaro había quedado en acercarse
a casa de Nuria. Quería aprovechar la ocasión para grabar imágenes y diversas escenas
familiares con la cámara de video. El uso de estas grabaciones estaba resultando de gran
ayuda durante el internamiento del pequeño de cuatro años que ocupaba la única
habitación de la UR actualmente en uso.
A última hora, la doctora Alarcón le dijo que quería acompañarle durante la
visita para conocer más de cerca a la muchacha, ya que pronto iba a ser internada en la
unidad para someterse al tratamiento del que se esperaba su curación definitiva. Quería
ser ella, además, quien le anunciara la noticia, aunque todavía tendría que aguardar unas
semanas.
Los padres de Nuria habían preparado una sencilla merienda. La chica estaba
estudiando en su cuarto cuando llegaron Carmen Alarcón y Álvaro. Su madre le avisó y
ella salió a saludarles y se incorporó a la conversación. No se sentía cómoda mientras
Álvaro se dedicaba a grabar diversos ambientes de la casa; le parecía tan poco natural...
—¿Me llevas a tu habitación y tomo lo que más te guste recordar cuando te
ingresen?
—Si crees que es necesario…
Nuria le mostró su cuarto. Lo tenía bastante ordenado. Una cama, una mesa de
estudio, un amplio armario y otra mesa para el ordenador y la impresora era todo el
mobiliario. Tenía algunos pósteres de diferentes cantantes enmarcados y colgados en la
pared. La lámpara central, colgada del techo, daba luz a la habitación y otra más
pequeña sobre la mesa estaba encendida iluminando un libro de matemáticas. Cámara
en mano, Álvaro dirigió el objetivo al PC.
—¡Vaya! Veo que conseguiste el ordenador.
—Sí. Los Reyes Magos se portaron muy bien conmigo este año. Claro que yo
también me porto bien con ellos. Además, fue una mezcla de regalo de Reyes y de
cumpleaños.
—A mí también me ha regalado mi madre por mi cumpleaños esta camisa que
llevo. La estreno hoy en tu honor, porque venía de visita a tu casa —le dijo Álvaro, con
una sonrisa simpática —. Me ha llegado desde Madrid. ¿Te gusta?
La chica le miró despacio y le contestó con sencillez.
—Sí. Realmente es muy bonita. El color azul te sienta muy bien.
—Gracias. Se lo diré a mi madre de tu parte. ¿Ya te has instalado la conexión a
internet?
—Fue lo primero que hice en cuanto monté el ordenador. Tenemos tarifa plana
en casa y puedo navegar todo lo que quiera sin gastarme un céntimo.

160
—Se ve que cuando las mujeres os proponéis algo, lo acabáis consiguiendo
siempre.
—No seas machista, hombre.
—Si no es eso. Nos tenéis dominados. Mira con quién he venido hoy. —Y
apagando la cámara para acercarse a la chica, le susurró—: Viene a controlar mis
movimientos.
—No seas tonto, hombre. Es la jefa del área de neurología de la UR, ¿verdad?
—Sí —le confirmó Álvaro, ya con un tono normal—. Y viene a darte una
noticia importante.
—¿Cuál es? —preguntó Nuria, repentinamente excitada.
—Si volvemos al salón, se lo podrás preguntar tú misma.
Álvaro tomó varias imágenes más y regresaron con los demás, que mantenían
una animada conversación. La chica se fijó en su madre y notó enseguida que algo
pasaba; entonces se dirigió a la doctora.
—Doctora Alarcón. Álvaro me ha dicho que tiene que darme una noticia.
Sus padres y la doctora se intercambiaron miradas de complicidad y sonrieron.
—Lo estaba hablando ahora mismo con tus padres —le dijo Alarcón—. La
noticia es que dentro de unas semanas tendremos todo dispuesto para que puedas ser
internada en la Unidad de Regeneración y conseguir que te cures de tu enfermedad.
Tenemos casi terminados los cultivos de células para tu tratamiento y esperamos que en
unos días podamos comenzar.
Nuria se quedó sin habla. Reaccionó a los pocos segundos y se echó a llorar. Se
había emocionado. Álvaro dejó de grabar; no le parecía el momento oportuno.
—Gracias, doctora —le dijo, sorbiéndose las lágrimas—. Lo estaba esperando
desde hace mucho tiempo. Siento que me haya puesto a llorar, pero es que...
Su madre se levantó y le dio un beso y un abrazo. Su padre hizo lo mismo y los
tres se fundieron en uno durante un largo rato. Alarcón hizo un gesto a Álvaro para que
tomase esa imagen pero éste le dijo que no con la cabeza. Una cosa era recrear escenas
familiares y otra mostrar los momentos más íntimos de una familia.
Después del largo abrazo entre padres e hija, Álvaro grabó con la cámara, a
instancias de la doctora Alarcón, unas breves palabras de cada uno —también a Nuria,
como recuerdo para sus padres durante su ausencia de casa— y comenzaron las
despedidas.
—Tengo que darles otra buena noticia —dijo la doctora ya en el recibidor de la
casa—. El tiempo de internamiento de cada paciente es muy variable. Depende de
diversos factores que, en el caso de Nuria, pienso que harán que su permanencia en la
Unidad de Regeneración sea bastante breve. Quizá sólo de unos días, aunque no se lo
puedo asegurar.
Se dirigió entonces a la joven.
—En cierto sentido, has tenido suerte de que otros hayan pasado por la unidad
antes que tú —le dijo—. Durante estos primeros meses, hemos adquirido experiencia en
la nueva terapia y hemos aprendido mucho sobre la diferenciación de las células madre
embrionarias. De todo esto vas a poder beneficiarte tú.
—Muchas gracias, doctora Alarcón.
—No me las des —le dijo ésta—. Estamos en deuda con tu abuelo por todo el
trabajo que ha realizado en el hospital durante tantos años.

Necesitaba contar con alguien para ejecutar su plan. Y esa persona tenía que ser

161
ella. No se le ocurría otro modo de conocer la verdad y llegar al fondo del asunto. Era
joven, sí, pero, por lo poco que la conocía, mostraba tener la suficiente madurez y el
coraje necesario como para comprometerse en algo cuya trascendencia se le escapaba.
No podía hacerlo solo y decidió que era el momento de pedirle su ayuda. Entonces le
envió el primer correo electrónico.

Habían pasado más de tres semanas desde la visita de Álvaro y la doctora


Alarcón a casa de Nuria. Sus padres esperaban que de un día para otro les avisaran para
ingresar a la muchacha. Sin embargo, un pequeño percance les llevó a tener que acudir
ellos al hospital antes de lo previsto.
Una noche después de cenar, Nuria cayó en la cuenta de que necesitaba con
cierta urgencia una medicina que le había recetado Álvaro y que no había comprado
todavía. Quería ser una enferma obediente y no lo estaba consiguiendo. Su madre le
recordó dónde había una farmacia de 24 horas y le dio el dinero para comprarla.
Tenía la mala costumbre de no encender la luz del descansillo al salir de su casa,
y no se percató de que la bolsa de basura de los vecinos más próximos a la escalera
estaba todavía esperando a ser recogida por el portero de la casa. Tropezó con ella y se
fue escaleras abajo hasta el final del primer tramo. Sus padres la oyeron gritar pidiendo
ayuda y salieron corriendo al rellano. El vecino de la casa de enfrente también acudió al
escuchar los gritos. Encendieron la luz y la vieron caída entre un montón de
desperdicios. Entre su padre y el otro hombre la ayudaron a levantarse, pero la chica no
se sostenía en pie. Le dolía bastante el tobillo y estaba muy excitada por el golpe
recibido.
La condujeron al hospital para hacerle unas placas y descartar que hubiese
alguna rotura. En la puerta de urgencias se encontraron con Álvaro, que estaba de
guardia esa noche. Se sorprendió de verles. Le contaron lo sucedido y les dijo que
estuviesen tranquilos, que él se encargaría de todo. Se hizo con una silla de ruedas,
montó a Nuria en ella y desaparecieron por uno de los innumerables pasillos del Nou.
Al cabo de casi una hora, volvieron a verse, pero esta vez Álvaro venía solo. Les
había indicado que le aguardasen en la recepción del hospital, junto a la puerta
principal, y allí les encontró.
—Lo siento, pero va a tener que quedarse unos días ingresada.
—¿Por qué? —preguntó Montserrat, asustada.
—Ya vieron lo alterada que estaba a pesar de que no parecía nada importante —
les dijo Álvaro—. Se ha lesionado el tobillo derecho; no es nada grave. Le hemos
practicado un vendaje fuerte que mantendrá inmóvil el pie un par de días y después
podrá empezar a caminar con normalidad. Sin embargo, parece ser que, al tropezar y
caerse, se golpeó la cabeza contra el suelo y esto es lo que la ha dejado un poco
trastornada.
—¿Qué quiere decir «un poco trastornada»?
—Quiere decir que vamos a tener que mantenerla en observación durante dos o
tres días —contestó Álvaro—. Pienso que no hay por qué preocuparse pero siempre
conviene tomar precauciones. Los golpes en la cabeza pueden tener consecuencias
impredecibles, y más en enfermos como Nuria.
—¿Podemos pasar a verla?
—Naturalmente. Si quieren acompañarme…
Álvaro les condujo hasta uno de los ascensores próximos a recepción. Saludó a
Pilar, que trabajaba esa noche. Pararon en la quinta planta y cogieron el pasillo de la

162
derecha. En la tercera habitación estaba su hija acostada en una camilla.
En cuanto les vio entrar, les saludó con la mano y les sonrió.
—¡Hola, mamá! ¡Hola, papá!
—¿Cómo estás, hija mía? —La madre se adelantó a darle un beso.
—Algo aturdida —respondió ella—. Ya os habrá contado Álvaro lo que me ha
pasado. No quise deciros nada del golpe en la cabeza porque creía que no tenía
importancia, pero este médico —dijo, señalando a Álvaro, como regañándole— me ha
dicho que es conveniente que me quede un par de días en el hospital, hasta que esté del
todo bien.
—¿Te duele la pierna? —le preguntó su padre.
—El tobillo, un poco. Me lo han vendado fuerte para que no lo mueva. Espero
poder andar bien en unos días.
Como se les notaba nerviosos, su propia hija intentó tranquilizarles y
convencerles de que no tenían por qué inquietarse; les insistió en que no había razón
para que permaneciesen más tiempo en el hospital.
—No os preocupéis por mí. Me cuida Álvaro y ya sabéis que dice que soy su
enferma favorita —les dijo, sonriendo—. Venga, marchaos a casa, que ya es tarde.
—Doctor, ¿no podría quedarme con ella esta noche? —preguntó su madre.
—Mamá, ya te he dicho que estoy bien —insistió Nuria—. Además, mira la
habitación y verás que no hay ninguna cama donde puedas pasar la noche.
Efectivamente, la habitación donde se encontraba sólo disponía del espacio
suficiente para la cama de la enferma y un pequeño sillón en el que difícilmente se
podía conciliar el sueño.
En vista de la insistencia de su hija y de que no podían hacer nada más por ella,
se despidieron con un beso cada uno y le desearon un buen sueño. Álvaro les acompañó
hasta la puerta del hospital.
—Si hay alguna novedad, no duden en que me pondré en contacto con ustedes lo
más pronto posible.
—Gracias, Álvaro. Sabemos que cuidará bien de nuestra hija.

Tras pasar toda la noche durmiendo tranquila y sin molestias, al despertarse, en


cambio, la enferma se quejó de un dolor de cabeza intenso. Álvaro le suministró las
medicinas que le pareció oportuno e instó a la enfermera encargada de atenderla a que
no dejase de informarle si notaba algo fuera de lo normal. Después de visitar a otros
enfermos, acudiría a verla y decidiría qué pruebas habría que hacer para descartar
cualquier lesión interna. La doctora Alarcón se encontraba fuera de Valencia y no
volvería hasta un día después. No existía, pues, la oportunidad de comentar el caso con
alguien que conociera de cerca a la enferma. Prefirió actuar por su cuenta, a pesar de
tener a mano dos especialistas en la misma planta. Él era el médico de Nuria y debía ser
él quien la sacara adelante.
Sin embargo, poco antes de la hora de comer, la enfermera avisó a Álvaro de que
la chica había empezado a tener convulsiones. Debía de haber perdido el conocimiento
un rato antes, pero de eso no estaba segura. Álvaro corrió hasta la habitación 503 y vio
cómo Nuria se agitaba en la cama y mostraba todos los síntomas de un ataque
epiléptico. La enfermera, ayudada por una compañera que había acudido a auxiliarla,
trataba por todos los medios de evitar que se tragase la lengua. El episodio duró en total
unos cuatro minutos. Al final, exhausta, quedó como muerta en la cama. Las enfermeras
vieron el desconcierto del médico en su cara, ya que, al comentar con ellas lo ocurrido,

163
no era capaz de figurarse el motivo de tan repentino ataque.
—No sé qué ha podido ser —les dijo—. Ignoro si se trata realmente de un
ataque epiléptico o si es una manifestación de su enfermedad, acentuada por el golpe
que sufrió ayer por la noche. En este estado, no es posible hacerle un TAC.
Ordenó a una de las enfermeras que se mantuviera al lado de Nuria y que le
avisase si se repetía algo parecido o si la enferma despertaba.
Comió lo más aprisa que pudo y, a continuación, buscó a Miralles y le expuso la
situación.
—No puedo decantarme por un diagnóstico claro, doctor Miralles. Existe la
posibilidad de un traumatismo que haya producido alguna lesión interna importante.
—La chica está en tus manos, Álvaro —le dijo Fernando Miralles—. Tú debes
saber lo que hay que hacer con ella.
—Tengo entendido —continuó Álvaro— que dentro de unos días iba a ser
ingresada en la UR porque ya está a punto todo lo necesario para su tratamiento. Si se
confirma la lesión y se agrava su estado, quizá habría que acelerar su internamiento.
—Debería estar aquí la doctora Alarcón para decidir sobre ese asunto.
—¿No podría ponerse en contacto con ella y pedirle su opinión? —le sugirió
Álvaro—. Puede tratarse de algo grave.
—La llamaré esta tarde —le aseguró Miralles.
—Cuanto antes lo haga, mejor. Es la nieta de Guillermo Díaz y pienso que
nuestro deber es poner todos los medios para salvarla.
—Te informaré de lo que haya hablado con ella. Cuida de la chica, mientras
tanto.
—Se lo agradezco, doctor Miralles.
Los ataques se repitieron a primera hora de la tarde y Nuria seguía sin recuperar
el conocimiento. La situación empeoraba por momentos. Después de las primeras
convulsiones, Álvaro le había suministrado sedantes pero, como pudo comprobar
después, habían tenido escaso resultado. Volvió a hablar con Miralles, quien le anunció
que Alarcón estaba de camino. Ya le había puesto al corriente de lo que ocurría y se
había mostrado de acuerdo en ingresar a la joven en la unidad, pero quería estar ella
presente para hacerse una idea de su estado y cerciorarse de la necesidad de internarla
antes de tiempo.
Sólo quedaba esperar a que llegase la doctora y decidiera qué era lo mejor.
Durante todo ese tiempo, Álvaro no se movió del cuarto de la enferma. Los minutos
pasaban muy lentamente. A media tarde, Miralles se acercó hasta la habitación y
preguntó si había alguna novedad. El médico le indicó que no con la cabeza. La
preocupación se dibujaba en su rostro.
El teléfono inalámbrico de Álvaro sonó en varias ocasiones.
—Sí. (...) Conforme, quedamos. (...) No me falles.
—Sí. Gracias. (...) No, no les he dicho nada, prefiero no asustarles quizá sin
motivo. (...) De acuerdo, diles que les llamaré más tarde. (…) Sí, mejor que sea la
doctora Alarcón.
—No, estoy bien. (...) Sí, he anulado las visitas que tenía esta tarde y Marcos me
va a sustituir. (...) Bien, gracias, Pilar.

La enfermera que estaba de turno se asomaba de vez en cuando a la habitación


donde Álvaro hacía guardia y observó cómo la inquietud del médico iba aumentando
según transcurrían las horas. Se levantaba, se acercaba a la enferma y le tocaba la frente,

164
le tomaba el pulso cada poco tiempo… En ningún momento, en cambio, solicitó que
alguien le sustituyese al cuidado de la chica. Incluso, cuando la propia enfermera había
tratado de comprobar el pulso de Nuria, Álvaro se lo impidió con un movimiento
brusco. Era su paciente y no permitiría que nadie, salvo la doctora Alarcón, se hiciese
cargo de ella, ahora que podía ocuparse él personalmente de hacerlo.
Habían dado las nueve de la noche de lo que le estaba pareciendo el día más
largo de su vida. Miralles se acababa de marchar a su casa, pero antes se acercó hasta la
habitación para avisar de que Carmen Alarcón estaba a punto de llegar. Las
convulsiones eran cada vez más frecuentes y Nuria se iba debilitando por momentos.
Cada vez que Álvaro le tomaba el pulso parecía que debía hacer mayores esfuerzos para
encontrárselo.
El teléfono inalámbrico volvía a sonar:
—Por favor, Pilar, ahora no. (...) Sí, gracias.
Por fin, apareció la doctora en la habitación de Nuria. Álvaro le explicó
rápidamente la situación y le metió prisa para que la llevasen cuanto antes a la Unidad
de Regeneración.
—Necesitamos con la mayor urgencia esas células milagrosas, doctora.
—No te preocupes, Álvaro. Ahora mismo la trasladamos y comenzaremos el
tratamiento esta misma noche. Hemos comprobado cómo se reparan grandes zonas del
cerebro en muchos animales con células embrionarias cultivadas. Se han estudiado a
fondo los experimentos realizados por el italiano que ha logrado curar esta enfermedad
en ratones y estoy segura de que con Nuria funcionará también.
El ejemplo no le había parecido el más apropiado, pero prefirió no hacer ningún
comentario.
Se presentó entonces en la habitación una enfermera a la que Álvaro apenas
había visto en un par de ocasiones. Debía de trabajar en la unidad, sin relacionarse con
el resto.
—¿Está todo listo, Laura?
—Sí, doctora. Podemos llevarnos a la enferma.
—¿Me permiten acompañarles? Ya sé que la UR es de acceso restringido, pero
déjenme ir con ustedes, por lo menos, hasta la entrada a la unidad.
Álvaro se pegó a ellas como una lapa. Durante el tiempo que duró el traslado
hasta la Unidad de Regeneración mantuvo cogida la mano de Nuria, como si quisiera no
separarse de ella. Llevaba un rato largo, como una media hora, más tranquila, pero no
había despertado. En el momento de dejarla, el médico le dio un beso de despedida en la
mejilla.
Carmen Alarcón sacó su tarjeta de acceso, la pasó por el lector que había junto a
la puerta y ésta se abrió. Dado lo avanzando de la hora, no había nadie más trabajando
en esa planta de la unidad en aquel momento. La enfermera conducía la camilla; la
doctora entró detrás de ella y desaparecieron por el pasillo.
Álvaro permaneció un rato quieto, con la vista fija en la puerta que se acababa
de cerrar. Cualquiera que le hubiese observado, habría pensado que se iba a quedar allí
clavado toda la noche. No era eso, sin embargo. Estaba tratando de recordar algo.
De pronto, pareció como si aquello que intentaba traer a la memoria hubiese
conseguido aflorar. Sacó su teléfono inalámbrico y marcó el número de la doctora
Alarcón. Ésta le contestó a la primera.
—Doctora, necesito hablar urgentemente con usted. ¿Podemos vernos ahora
mismo?
—¿Ahora? Pero si acabamos de dejarte hace un instante.
—Sí, ya lo sé, pero acabo de recordar un detalle que puede ayudarnos a sacar a

165
Nuria de su estado. Dígale a la enfermera que venga también, por favor, porque
conviene que esté al tanto.
—¿Estás seguro de lo que haces, Álvaro?
—No del todo, pero quiero intentarlo.
—Tú verás. Dejamos a la chica aparcada y vamos enseguida —le dijo Alarcón—
. ¿No pasará nada por dejarla sola?
—No lo creo —respondió el médico.
Al cabo de un minuto, las dos mujeres salían por la puerta de la UR. Se
encontraron a Álvaro caminando de una punta a la otra del pasillo. Estaba al final del
mismo, cuando las vio aparecer.
—¿Podemos hablar cinco minutos? —le sugirió a la doctora.
—Eso depende de ti. Tú conoces mejor que yo la urgencia del caso.
—Es que me parece que tengo la solución, aunque, para comprobarlo, tendrían
que volver a traerla.
—¿No te estarás dejando traicionar por el corazón, Álvaro? —le insinuó
Alarcón—. Si el único remedio para salvarla es ingresarla en la unidad, no hay tiempo
que perder.
—Precisamente se trata de evitar eso, doctora.
Álvaro comenzó a explicarles cómo se había acordado repentinamente de un
caso muy parecido al cuadro clínico que presentaba Nuria y cómo un grupo de médicos
había conseguido devolver al enfermo a su estado normal. Valía la pena intentar
aplicarle el tratamiento que había dejado escrito en un artículo ese equipo médico antes
de hacerla pasar por una terapia demasiado agresiva, como era la regeneración celular.
—Supongo, además, que dada la situación de Nuria, tendrán que ser sometida a
uno o varios shocks encefálicos para acelerar la proliferación celular, con lo que
podríamos curarla, pero, en el mejor de los casos, se la devolveríamos a sus padres
como si fuese un niño pequeño. —El tono de Álvaro era grave—. Recuerden cómo
quedó Alejandro Ferrer. Sus padres han tenido que volver a enseñarle a hacer casi todo
y el muchacho no se acuerda de nadie de su familia ni de sus amistades.
La doctora dudaba. Álvaro trató de ayudarla.
—Hemos de dar una oportunidad a Nuria y evitar que se quede tonta.
Tráiganmela, por favor.
—¿Y cómo no se te ha ocurrido antes eso?
—Es como si hubiese tenido la mente bloqueada todo el día viéndola sufrir —
respondió—. En el momento en que, por fin, parecía que ya no dependía de mí su
suerte, ha sido cuando me he acordado de ese caso similar al de Nuria.
La doctora pensó unos instantes qué decisión tomar.
—Conforme, Álvaro —aceptó Alarcón—. Pero quiero que quede claro que si
muere la chica, tú cargarás con toda la responsabilidad.
—Doctora, eso no es justo. —Álvaro parecía desalentado. Alarcón quería evitar
a toda costa cualquier posibilidad de que la culpasen a ella si algo salía mal—. Yo sólo
estoy procurando hacerlo lo mejor posible.
—Lo dicho, Álvaro. ¿Estás de acuerdo?
Álvaro bajó la cabeza y dijo que sí.
Alarcón y su ayudante Laura se internaron de nuevo en la unidad y regresaron al
poco tiempo con la enferma, que continuaba dormida. Esta vez cogió él la camilla y la
condujo de nuevo hasta la habitación. Pidió a una de las enfermeras de la planta que
estuviese con Nuria unos momentos, mientras él acudía al ordenador más cercano. Hizo
una batida en internet y encontró lo que andaba buscando. Se trataba de un artículo
publicado en una revista sueca de medicina. Copió sólo el texto dejando las fotos aparte

166
e imprimió tres folios con el contenido del artículo.
Volvió a la habitación y empezó a leerlo para dar con la clave que pudiera salvar
a la chica. Alarcón le pidió que le dejase leer las hojas impresas y Álvaro se las pasó.
No entendía nada.
—¡Ah, perdón! Se me había olvidado decirle que el equipo de médicos era sueco
y publicaron su trabajo en una revista de su país.
—¿Tú sabes sueco?
—Pasé varios veranos de mi infancia en Malmö y allí lo aprendí. Caprichos de
mi padre, que en paz descanse. Si me lo devuelve, podré continuar leyendo.
Dejaron trabajar al doctor, enfrascado en el estudio del artículo que sólo él era
capaz de entender. De vez en cuando, escribía alguna palabra castellana en un papel y
cuando terminó, dijo a la doctora y a las enfermeras que estaban con él en la habitación:
—No se trata de la misma enfermedad que la que padece Nuria pero creo que, al
menos, vamos a poder devolverla al estado en que estaba antes de ese golpe en la
cabeza. Va a ser un proceso largo, pero creo que en estos papeles está la clave para
curarla.
Pidió a una de las enfermeras una serie de medicamentos y ésta salió corriendo a
por ellos.
—No necesito a mucha gente aquí. Bastará con que se quede ayudándome la
enfermera que ha ido a buscar esas medicinas.
—¿Puedo hacer algo más? —preguntó Alarcón.
—Sí, doctora. Rece para que todo salga bien.

167
SEGUNDA PARTE

Álvaro:

Te envío un e-mail porque siento vergüenza de contarte a la cara lo que te voy a


decir.
Están... bueno, estamos engañando a la gente. No hay nada de investigación ni
de aplicación real de clonación terapéutica en el Nou Hospital, salvo la que estoy
haciendo yo con Miguel. La aparente regeneración que se produce en los enfermos de
la UR es sólo un trasplante de órganos o de células madre de hermanos gemelos que
tienen escondidos en algún lugar que desconozco; y si uno se les está yendo y acaba
muriéndose, lo sustituyen por un clon: es lo que han hecho con Alejandro Ferrer.
Todos los enfermos de la Unidad de Regeneración fueron engendrados por
fecundación in vitro en el Nou. De cada embrión generaban cinco embriones gemelos
más; uno de ellos iba a la madre verdadera y los otros eran implantados en madres de
alquiler. Si los cinco nacían sanos, se quedaban sólo con tres y se deshacían del resto

168
(no me preguntes cómo).
A los tres gemelos se les va enseñando todo lo necesario para suplantar al
hermano nacido de la madre original; al menos eso es lo que les dicen a los clones de
nuestros chicos para tenerles ocupados y para que mantengan la ilusión de poder
sustituir a su hermano si es necesario. Por ese motivo se graban imágenes de su casa,
de sus padres, etc.; pero quienes les preparan para esto conocen otras cosas sin que el
niño se las haya contado a nadie siquiera: que se ha hecho una herida esa tarde, que se
ha peleado con su hermano, una conversación que ha tenido con un amigo y un montón
de cosas más que deben utilizar para preparar a los posibles sustitutos. Ignoro cómo se
enteran de todo esto, pero tengo la certeza de que lo hacen. En alguna ocasión he
mirado la ficha sanitaria de Miguel en la base de datos del hospital y he comprobado
que alguien había añadido detalles que sólo me había contado a mí y que yo no he
llegado a anotar. No sé si habrá un micrófono oculto en mi consulta o lo llevan ellos
incorporado de algún modo.
Sin embargo, todo lo que aprenden no sirve para nada o casi nada, ya que, si es
necesario traer un sustituto del original porque se les está muriendo, le hacen un
lavado de cerebro de modo que no se acuerden de su vida anterior: resultaría muy
peligroso dejar por ahí suelto a alguien que pudiera hablar sobre un auténtico depósito
de niños de los que se extraen órganos o que están esperando el momento de suplantar
a otra persona.
Por lo visto, no todo lo que les han enseñado respecto a su hermano original se
pierde. Algo conservan en la memoria, y así, si el sustituto la va recuperando, parecerá,
a los padres y a quienes le trataban antes, que empieza a reconocerles o a acordarse de
cosas.
Álvaro, todo esto es una locura; no sabía dónde me metía pero me tienen
cogido: me han amenazado con decir a la policía que fui yo el causante de la muerte
del doctor Díaz. No sé qué hacer ni hasta dónde quieren llegar. Algo me desveló
Miralles de la pelea que mantienen en la clandestinidad con las legislaciones de cada
país y de que habíamos tenido suerte en España, pero no quiso explicarme más; me dijo
que ya tendríamos tiempo más adelante. Estoy asustado, Álvaro. Me advertiste un día
de que podía convertirme en un monstruo si seguía detrás del éxito y de la fama, pero
no te hice caso. Ahora te necesito como nunca en la vida. Tú eres mi mejor amigo:
cuento contigo para ayudarme a salir de esto porque no me gustan las cosas que estoy
viendo aquí.

Tu amigo Jaime.

169
Capítulo 24

—¿Me pone con Eulogio Miralles?


—¿De parte de quién, por favor?
—Dígale que le llama Gonzalo Gil Gómez.
—Ahora mismo le paso la llamada.
Unos segundos después, la voz del viejo Miralles se oyó en el despacho de 3G,
en Houston.
—¡Gonzalo! ¡Qué alegría volver a hablar con usted!
—No podía dejar pasar el cumpleaños de un viejo amigo sin felicitarle.
—Es usted muy amable, Gonzalo. Aquí nadie se ha acordado de decirme ni hola.
—Además, quiero transmitirle la felicitación del señor Gordon por lo bien que
está llevando todo el asunto del Nou Hospital.
—Gracias, Gonzalo. Y déselas también al señor Gordon —dijo Eulogio
Miralles—. Pero debo reconocer que todo se lo debemos a mi hijo. Es él quien dirige
aquello y estoy muy orgulloso de cómo lo está haciendo.
—Transmita, entonces, la felicitación a su hijo.
—Así lo haré. Muchas gracias, Gonzalo. Es usted una buena persona.
—No hay de qué, Eulogio. Sólo le llamaba con esta intención. Cuídese.

Gil Gómez sabía que al viejo le quedaban pocos años de vida. Le acababan de
descubrir un tumor en el pulmón izquierdo que fácilmente podía degenerar en cáncer.
Habría que ir buscando un sustituto y no iba a ser fácil dar con uno. Su hijo Fernando
era, por el momento, inamovible. No podían quitarle del hospital. Las diferencias que
mantenía con él eran salvables, se tomaba el trabajo en serio y lo estaba llevando
adelante cabalmente. Había cometido dos errores seguidos en la elección de los médicos
encargados de área dentro de la UR, pero había sabido subsanarlos con elegancia.
Era una pena no poder contar con Alfredo Albert para relevar a Eulogio
Miralles. Le dolía recordarlo pero, años atrás, Gonzalo Gil había tenido que mostrar
toda su firmeza para mantener a raya al profesor. Él prefería utilizar incentivos y,
aunque el sistema de amenazas no era el mejor, con Albert había dado resultado. Estaba
callado y desaparecido del mapa. De todas formas, habría que estar vigilantes.
Miralles le había informado de las visitas que esos dos jóvenes médicos
contratados en septiembre estaban haciendo a su casa. Uno ya no iba a dar más
problemas. Sobre el otro, no sabía demasiado. Era un buen profesional, atendía bien a
los enfermos y parecía estar a gusto en el hospital. Sin embargo, no habían podido
escuchar la larga conversación que, según el informante de Miralles, había mantenido
con Albert en las vacaciones de Pascua. El teléfono móvil espía, que tan buen resultado
había proporcionado con el otro médico, no había dado sus frutos con éste, de momento.
En el fondo, Gil Gómez pensaba que Albert estaba demasiado viejo y asustado como
para jugársela y hablar de lo que no debía con algún desconocido. Además, no se había
vuelto a ver con el joven doctor desde aquella conversación. No, no tenía de qué
preocuparse.
El recuerdo de Albert le trajo a la memoria los comienzos del proyecto, cuyo
final empezaba a atisbarse. Alfredo Albert había sido un auténtico fenómeno en el arte
de ganarse a la gente para su bando, sobre todo a los políticos. Fue una lástima que se
hubiese echado atrás, justo cuando les era más necesario.
Convencer al mundo de las ventajas que ofrecía la reproducción asistida, como

170
primera parte del proyecto, fue una tarea fácil. ¿Quién se atrevería a negar a una pareja
el derecho a tener un hijo? Aún así, muchas voces se levantaron para impedirlo, como
siempre con la Iglesia católica a la cabeza. Al igual que cuando fue aprobado el aborto
en diversas naciones, los grupos provida también enseñaron sus armas, como lo
llevaban haciendo durante años.
Desde el primer momento en que se consideró en el mundo la posibilidad de
aplicar técnicas de reproducción asistida en humanos, se planteó lo que algunos
llamaban «estatuto del concebido y no nacido»; y desde ese primer instante hubo que
dar la batalla para desposeer a ese pequeño grupo de células de cualquier derecho que
otros querían otorgarle basándose en algo con tan poco fundamento como la famosa
dignidad de la persona humana. ¿Desde cuándo había que considerar persona a ese
conglomerado celular? Además, estaban en juego las futuras investigaciones con
material humano, indispensables si se quería alcanzar un desarrollo real y racional del
género humano. El invento del término preembrión surtió efecto. «Si todavía no es un
embrión, si no es uno de los nuestros, hagamos con él lo que nos venga en gana», como
con un trozo de carne, con un mosquito o con una piedra.
Ejemplos como los de algunas mujeres que, para conservar la vida de su hijo,
habían rechazado someterse a una operación que les habría salvado del cáncer que
padecían, se convertían en un auténtico peligro. Con esa actitud, reconocían
públicamente un valor intrínseco y superior incluso al de su propia persona a ese
hombrecito en potencia que, para muchas mujeres en su misma situación, no
representaba más que un problema ¡Y la Iglesia se atrevía a ponerlas como modelo,
elevándolas a los altares!(34). No sólo el Vaticano hacía cosas como ésas. En Estados
Unidos se había llegado a plantear como crimen dañar o matar a un no nacido si sufría
una agresión la madre gestante(35).
Personas en contra, siempre las habían tenido y las seguirían teniendo, pero eso
no era motivo para echarse atrás. Se hacía necesario continuar avanzando hacia el final
del proceso liberalizador de las técnicas que iban a hacer del hombre del siglo XXI
superior al de cualquier otra etapa anterior de la historia.

España había resultado un buen campo en el que sembrar opiniones, que


germinaban en ideas y daban sus frutos en forma de leyes. Las campañas para conseguir
lo primero seguían unos pasos que, bien planificados y procurando darles el mayor eco
en los medios de comunicación, no podían fallar. En la fundación eran bien conocidos
y, desde el área dirigida por Gonzalo Gil, se habían llevado a la práctica en numerosas
ocasiones.
En primer lugar, se trataba de buscar un caso lacrimógeno cuya solución pasara
obligatoriamente por un atentado contra la legalidad vigente, para darle después toda la
publicidad posible. Una vez conocido el caso por la gran mayoría de la población, se
practicaba con él una transgresión abierta de la ley, procurando que la noticia se
extendiese entre el público que seguía la historia. A continuación, se buscaba un
enemigo para demonizarlo y ridiculizarlo de un modo caricaturesco y cruel, pintándolo
como alguien radicalmente opuesto a lo que determinado individuo o grupo se había
«visto obligado» a hacer por el bien de una persona o para evitar un sufrimiento. No era
difícil encontrar ese enemigo, ya que habitualmente se presentaban como voluntarios la
doctrina de la Iglesia o algún científico imbuido de ideas conservadoras, fáciles de
tachar como intolerantes.
El paso siguiente consistía en difundir que ese acto transgresor de la ley era una

171
«necesidad inaplazable», demandada por amplios sectores de la sociedad, e insistir
después con tozudez en que el legislador debía regularla. Éste acababa cediendo a las
presiones y elaboraba una ley con un carácter —sólo en su letra— altamente restrictivo.
Una vez conseguida la aprobación de la ley, bastaba con ir interpretándola cada vez con
mayor laxitud para llegar a la aceptación, en todos sus casos, del hecho que antes se
calificaba como delito.
Había funcionado con la ley del aborto. Había funcionado con la ley de
reproducción asistida y estaba empezando a resultar con la nueva ley que, si bien
hablaba de que debían darse circunstancias muy particulares para proceder a la creación
de niños medicamento, la realidad era que bastaba cierta presión en forma económica o
sentimental por parte de los padres para que algunos médicos incluyesen el caso como
la excepción que confirma la regla.
Algunas personas se daban cuenta del modus operandi de cualquier campaña
que, como las que se orquestaban desde la WFD, tenía como objetivo cambiar la
opinión, el modo de pensar y la legislación de un país, y organizaban su contraataque.
Los primeros y más peligrosos eran los periodistas con prestigio, que defendían
desde sus posiciones los llamados valores tradicionales, con mayor o menor acierto.
Contra éstos, siempre cabía la solución del contraataque desde los mismos medios que
ellos utilizaban. El público terminaba cayendo en una confusión tal que le daba lo
mismo lo que dijeran unos u otros, siempre que no le tocasen su bolsillo.
En segundo lugar, por lo que respecta a la influencia que podían ejercer, se
encontraban los científicos. Personajes ya fallecidos como el genetista Lejeune
continuaban contribuyendo a través de sus seguidores a ir con el freno puesto. Gonzalo
Gil conservaba un breve texto, tomado de una conferencia pronunciada ante la
Academia Francesa de Ciencias Morales y Políticas, que había repasado varias veces
con el fin de contrarrestar las ideas que ahí exponía el científico francés; calificaba el
futuro de la genética como «brillante», «deslumbrador» y «cegador»:

Brillante, en cuanto que cada día nos permite saborear un nuevo


hallazgo de la vida.
Deslumbrador, porque nuestro análisis de las moléculas, vectores del
mensaje de la vida, conlleva el riesgo de hacer olvidar al organismo que
ellas animan.
Cegador, porque el prestigio de las manipulaciones genéticas lleva a
algunos a creer que todo lo que es posible hacer está permitido hacerlo.
Para ellos la moral debería ceder el paso a la tecnología. Reclaman un
nuevo Derecho que les proporcione todos los derechos.
La manipulación, ciertamente, está en curso en numerosos países. Se
crean Comités de Ética para proponer leyes nuevas que, una vez
votadas, influirán sobre las costumbres, las cuales, a su vez, influirán
sobre las leyes. Con un poco de destreza y unas gotas de pluralismo, el
Bien y el Mal no serán ya los dictámenes inmediatos de la conciencia,
sino el resultado del elástico consenso de una ética estatal.

Más adelante continuaba:

Ciertas enfermedades son muy caras: en sufrimiento para los que las
padecen y para sus familiares, y en cargas sociales para la comunidad,
que debe reemplazar a los padres cuando la carga es tan dura que puede
llegar a ser insoportable para ellos. Pero el montante de este coste, en

172
dinero y en abnegación, se sabe cuál es: es exactamente el precio que
debe pagar una sociedad para permanecer plenamente humana.

En el fondo, Gonzalo Gil reconocía que tenía puntos en común con el difunto
Lejeune: el futuro de la genética era ciertamente deslumbrador y estaba en gran parte en
sus manos. Determinadas enfermedades eran muy costosas, pero ellos ofrecían otra
solución al problema: convencer al enfermo de que lo mejor para todos era morir en
paz, del modo más eficaz y rápido posible. La eutanasia no dejaba de ganar adeptos en
muchos países y también en España.
En el tercer lugar en el ranking de influencia social se encontraban los
personajes públicos, aunque por ese lado no había nada que temer. Pocos cantantes,
deportistas, actores, actrices o directores de cine se mostraban «conservadores»: era
políticamente incorrecto y podía quitarles fama y poder de atracción.
Los políticos eran un caso aparte. Los votos eran lo que contaba y éstos, en
ocasiones, iban y venían según el sentimiento del pueblo. El gobierno de Tony Blair
casi se había dejado seducir unos años atrás para reducir el límite de tiempo en la
práctica de abortos por razones sociales. Y todo, debido al influjo de unas imágenes
obtenidas por nuevas técnicas ecográficas que se difundieron rápidamente por internet.
Mostraban de un modo nunca visto hasta entonces al feto de doce semanas, moviéndose
en el vientre materno con gestos y maneras plenamente humanas(36).
Asunto aparte eran las declaraciones elaboradas en las grandes reuniones que
tenían lugar en la ONU o en el Parlamento Europeo, en las que se trataban estas
cuestiones. Éste último, por ejemplo, había adoptado en marzo de 2005 una resolución
que, entre otras cosas, se mostraba contraria a la clonación humana. En dicha
resolución, el Parlamento Europeo también manifestaba su satisfacción por la
declaración de la ONU, entonces reciente, opuesta también a la clonación de hombres o
mujeres, e instaba a la Comisión de Bioética a manifestar su disconformidad con la
financiación de investigaciones dirigidas a este tipo de experimentos. La votación se
ganó por 307 votos contra 199. Había mucho que hacer todavía en ese terreno.
Pero mientras la legislación se abría camino, ellos marchaban varios años por
delante de las leyes.

El área de salud y bienestar de la White’s Foundation for Development se había


propuesto a principios de los años setenta del siglo XX llegar hasta el máximo de sus
posibilidades para alcanzar su objetivo: salud, bienestar y buena calidad de vida para
toda la Humanidad.
Para ello, un reducido grupo de expertos del área regentada en la actualidad por
Gonzalo Gil había planificado los pasos que, a su entender, debían darse en el campo de
la investigación biológica; pasos que deberían ir acompañados por una legislación que
amparase los procedimientos propuestos. Había que trabajar, por tanto, en ambos
terrenos, pero primordialmente en el científico, que abriría el camino a la ley. El
derecho seguiría a la vida, y la vida iban a dirigirla ellos.
Aparte de los motivos altruistas no desdeñables en el conjunto del proyecto, se
contaba con obtener cuantiosos beneficios económicos durante el desarrollo del mismo
y, sobre todo, en su etapa final. Multitud de empresas alimenticias, farmacéuticas y
biotecnológicas llevaban tiempo fomentando alianzas entre ellas para favorecerse

173
mutuamente de los progresos logrados por unas y por otras. Se trataba de algo
perfectamente conocido para los que se movían en ese mundo. Las cifras que se
manejaban no eran nada despreciables: la empresa Pharmasset y los laboratorios Roche
habían formado un grupo de colaboración por valor de trescientos millones de dólares;
la cooperación entre Merck y Lundbeck ascendía a 270 millones y la del mismo
laboratorio con Nastch alcanzaba los 210 millones(37).
Gonzalo Gil no se había quedado atrás y había lanzado sus tentáculos en todas
direcciones, siempre con extremada precaución, ya que algunos de los productos que
ofrecía se situaban más allá de los límites marcados por las leyes vigentes. Pero él no
podía esperar a la norma. Debía adelantarse al futuro y tener dispuestas las mercancías y
los servicios que en breve tiempo la sociedad moderna exigiría y las normativas
nacionales permitirían. La WFD había firmado acuerdos secretos con varios de los
grandes grupos surgidos por la unión de empresas interesadas en sus ofertas. Algunos
gobiernos de países asiáticos, siempre parapetados detrás de algún importante
empresario, también habían contratado sus servicios para determinados tipos de
productos. Otros clientes eran simples hombres de negocios con la vista puesta en los
años venideros, que servirían de intermediarios con terceras personas a las que Gonzalo
Gil no tenía el más mínimo interés en conocer. También había particulares a los que les
resultaba atractivo el asunto y no querían perder la oportunidad de beneficiarse
personalmente. El total de ingresos previstos por los diversos acuerdos negociados
ascendía a varios miles de millones de euros.

La primera fase del proyecto de investigación pasaba por hacer realidad las
posibilidades teóricas que ofrecía la reproducción asistida. El paso de los años había
demostrado su eficacia. A la vez, el aborto libre debía abrirse camino como derecho
inalienable de la mujer. Las dos cuestiones iban parejas: la primera llevaba consigo la
muerte de embriones en sus primeros días de existencia; la segunda, eliminaba fetos con
varias semanas de vida. Había que conseguir hacer ver a la gente que el efecto final era
el mismo y, por tanto, si se admitía una realidad, no había motivo para rechazar la otra.
En España, la interrupción voluntaria del embarazo había conseguido carta de
legalidad en 1985. La campaña de las «trescientas mil mujeres» que viajaban de España
a Londres para acabar con su embarazo dio buen resultado. Poca gente se había puesto
después a echar cuentas: desde el año 1985, en que se declararon oficialmente nueve
abortos, hasta el año 2004, en que el número había subido hasta casi 85 000, la suma
daba un total de 915 000. Las cifras nunca cuadraron con las de la campaña, pero pocos
se acordaban ya de eso.
Poco después, en 1988, la reproducción asistida era aprobada por el Gobierno. A
primera vista, no parecía un buen terreno por el que continuar el proceso, ya que iba
bastantes años por detrás de otros países: el aborto se había generalizado en Estados
Unidos en 1973 y la primera niña probeta había nacido en 1978. Sin embargo, la
fundación no descartó la posibilidad de continuar trabajando en España y los esfuerzos
en ese país se intensificaron para lograr los objetivos previstos.
Desde que se generalizó la fecundación in vitro, había mucha gente empeñada en
resolver el problema que constituía la enorme cantidad de embriones congelados
producidos. Sólo en España se hablaba de más de 200 000 embriones crioconservados
en las diversas clínicas. Había que aprovechar de algún modo ese material sobrante y se
abrió la mano para investigar con él. Pero, como ya era sabido, por lo general resultaba
de mala calidad, después de haber permanecido varios años en estado de hibernación.

174
Si se podía investigar con embriones congelados que podían estar vivos después
de llevar varios años congelados, ¿qué problemas había para experimentar con
embriones frescos y extraer de ellos células pluripotentes? Sin duda, darían mejor
resultado. Éste era uno de los aspectos que tocaba la nueva ley de reproducción asistida
que se había promulgado precisamente en España. El territorio duro de roturar
comenzaba a transformarse en posible tierra fértil. Al principio, los investigadores sólo
tratarían de profundizar en el estudio del desarrollo embrionario para descubrir los
complejos mecanismos que producían la diferenciación celular. Más tarde, algunos
médicos se encargarían de llevar las conclusiones de esas investigaciones a la aplicación
terapéutica. ¿Cómo no aprovechar esos descubrimientos para sanar a enfermos que
habían perdido toda esperanza de curación?

El uso de embriones frescos que permitía la nueva ley no solventaba el


inconveniente de la incompatibilidad que se podía presentar al recibir células madre
procedentes de otra persona. Si éstas, en cambio, provenían de un embrión clónico del
enfermo, el problema desaparecía.
La clonación terapéutica, segunda fase del proyecto, se apoyaba, pues, sobre la
primera, y ésta, sobre la consideración del embrión y del feto como sujetos carentes de
derechos.
Con un poco de tacto y de paciencia, y tras la aprobación de la ley de
Biomedicina, se había obtenido el permiso necesario para trabajar con la nueva terapia
en el Nou Hospital valenciano, propiedad de la WFD. Era éste uno de los pasos más
importantes de los programados para que el proyecto se hiciese realidad. Su
consecución, dentro de la más completa legalidad, había sido ampliamente celebrada
por Gil Gómez y las personas que trabajaban para él.
Ése era el momento previsto para volver a cambiar la mentalidad de la gente
acerca del tratamiento que debía recibir el embrión. Se haría ver como un acto generoso
y altruista dejar que esos hombres en miniatura alcanzasen su pleno desarrollo,
permitiéndoles crecer hasta su nacimiento natural. ¿Por qué no dejarles continuar y
llegar a convertirse en uno de nosotros? Al mismo tiempo, se silenciaría lo más posible
la discriminación negativa practicada con aquellos otros embriones a los que se les
denegaría la posibilidad de seguir adelante.
Con la aceptación de esta idea, la fase tres daba comienzo. La clonación
terapéutica desembocaba en la reproductiva como un río en el mar. Era sólo un lugar de
paso, pero absolutamente necesario, para introducir de modo natural la producción de
clones humanos.
Entraba entonces en escena el multimillonario hombre de negocios que deseaba
un ser clónico que le sirviera de reserva de órganos en el caso de que alguno le fallase
en el futuro. ¿Y por qué no ofrecer la transmigración del alma? Después de todo,
algunas culturales orientales creían en ella y muchos occidentales estaban imbuidos de
esas doctrinas. En ese momento aparecería el ricachón con el deseo de perpetuarse en el
tiempo y no se mostraría cicatero a la hora de financiar la investigación que dirigiese su
alma a un cuerpo clónico del suyo, joven y, si fuera posible, libre de las enfermedades y
achaques que había tenido el anterior. Sólo se necesitaba saber venderle la idea.

La cuarta y última fase del proyecto llevaba consigo traspasar una frontera.

175
Algún investigador se había lamentado de la incapacidad del hombre para regenerarse
como lo hace una lagartija o un ajolote. Resultaba algo imposible. ¿Imposible?
¿Alguien había llegado a probarlo? ¿Qué pasaría si comenzaban a mezclarse las
especies? ¿No se podría llegar a producir un hombre capaz de autorregenerarse?
Sin duda que no eran los primeros en pensar en esa posibilidad. El intelectual
alemán Hans Magnus Enzensberger, galardonado con el premio Príncipe de Asturias de
Humanidades en el año 2002, había denunciado hacía tiempo los intereses «del
complejo científico-industrial» y era de los pocos que se había atrevido a hablar del
intento de proceder a una «nueva cría de la especie»(38). Llegar a la cuarta fase
supondría la culminación del proyecto: la creación, mediante quimeras y
experimentación genética, de una raza de hombres autorregenerante. Una super raza de
hombres y mujeres, libres de enfermedades y con capacidad ilimitada de repararse a sí
mismos.
¿Qué no daría el gobierno de un estado en constante situación de guerra para
disponer de soldados prácticamente inmortales? Sólo había que echar un vistazo al
continente negro, con sus constantes e interminables conflictos bélicos, para darse
cuenta de que no era una posibilidad disparatada. ¿Quién no querría pertenecer a esa
nueva raza que dominaría el siglo XXI o, al menos, ofrecerle a sus hijos la posibilidad
de formar parte de ella? Una simple inyección intracitoplasmática del núcleo de un
superhombre en el óvulo de la madre y su hijo habría pasado a formar parte del grupo
de los fuertes, que siempre acababan dominando.

La aceptación de la clonación terapéutica era un hecho consumado después de


los éxitos obtenidos en el Nou Hospital, que avalaban la nueva técnica. No obstante,
para la Fundación White se trataba sólo un paso intermedio para llegar al objetivo final.
Fue necesario planear muy bien las cosas desde el principio y se preparó todo
con tiempo para lograr la consecución de esa segunda fase del proyecto. El propio
Gonzalo Gil ideó el procedimiento que se había puesto en marcha más de quince años
atrás.
Muchas eran las parejas que acudían al hospital para obtener un hijo mediante
fecundación in vitro. Una de ellas fue escogida para comenzar el experimento. Se aplicó
la técnica habitual pero, antes del cuarto día de vida de uno de los embriones generados,
se provocó una multigemelación del mismo. El equipo dirigido por Gil Gómez sabía
que tan sólo unos días después, las células ahora totipotentes del embrión se
convertirían en pluripotentes, es decir, mantendrían la posibilidad de diferenciarse en
todos los tipos celulares, pero incapaces de dar lugar a un nuevo individuo. Ése era el
instante preciso para generar los clones.
El grupo de biólogos que realizó la fisión gemelar se basó en los experimentos
de Jerry Hall y de Robert Stillman, dos investigadores de la George Washington
University que, en 1990(39) lo habían logrado por primera vez, aunque, en su caso,
habían utilizado embriones no viables polispérmicos, resultantes de la fecundación de
un óvulo por varios espermatozoides. Este fenómeno hacía al embrión inviable porque
moría al cabo de unos días y, por este motivo, decidieron experimentar con él.
Estos investigadores provocaron una clonación del óvulo por división: lo
incubaron durante un día a 37° C hasta que se dividió en dos células. Disociaron éstas
cuidadosamente y las incubaron por separado durante seis días hasta que cada embrión
contó con 32 células, momento en que dieron por finalizado el experimento. Repitieron
la experiencia con otros 17 embriones polispérmicos, cada uno de ellos con diversa

176
carga genética: eran embriones triploides, poliploides, etc. Consiguieron un total de 48
clones, que fueron los resultados de la primera clonación de seres humanos: un
promedio de tres por original. Al tratarse de embriones no viables, ninguno fue
implantado, por lo que el experimento se detuvo en ese punto.
Gil Gómez dio un paso más. Su equipo de investigadores consiguió la
multigemelación de embriones viables y, después de muchos ensayos, obtuvieron seis
embriones viables clónicos. Uno de ellos se implantó en la madre de todos ellos y los
otros cinco fueron a parar a madres de alquiler. Nacieron los cinco y dos tuvieron que
ser sacrificados, ya que no eran necesarios. El experimento se repitió en numerosas
ocasiones, pues con frecuencia, los embriones gemelos no llegaban a formarse o eran
inviables y había que intentarlo con otros. Se fijó en tres el número de clones a
conservar por cada individuo original para asegurarse de que en el futuro no faltarían
órganos, tejidos o incluso la persona entera en el caso de ser ineludible proceder a un
reemplazo. La implantación de cinco embriones se tomó como medida preventiva por si
alguno de los embarazos no llegaba a buen término. Cuando se dispuso de catorce
grupos de cuatro gemelos, dejaron de realizar fisiones gemelares. Los niños y niñas
engendrados tenían actualmente entre cuatro y dieciséis años. Uno vivía en el mundo
real, con su familia natural, y tres en un mundo aparte, creado especialmente para ellos.
El primero era el patrón, el modelo que los demás debían imitar.

Antes de implantar el embrión en el útero de cada madre verdadera, una pequeña


alteración genética controlada le produciría antes o después la aparición de una
enfermedad. En otros casos de los catorce seleccionados, la enfermedad les sería
inducida más adelante, una vez nacidos. Los tres gemelos «de repuesto» se encargarían
de lograr el «milagro» de la curación del original, bien por trasplante del órgano dañado,
bien por una sustitución completa de un individuo por otro. En este caso, era
absolutamente necesario llevar a cabo una operación de limpieza de memoria. Los
progresos conseguidos en el estudio de esta potencia del hombre habían llegado a
encontrar la forma de borrarla casi por completo, como si se tratase de la de un
ordenador.
Gil Gómez tuvo que diseñar una nueva ciudad de Los Alamos. Como la original,
que había albergado a las personas implicadas en la fabricación de la primera bomba
atómica, debía estar situada lejos de cualquier lugar poblado y el conocimiento de su
existencia sólo podía ser patrimonio de unos pocos. Los nombres de los clones y de las
personas que conviviesen con ellos pasarían a ser sencillas combinaciones de letras y
números, al igual que ocurrió con los científicos que trabajaron en la construcción del
arma que acabó con la Segunda Guerra Mundial. El secreto había formado parte de la
vida cotidiana de esa población durante los dos años que duró el proyecto.
Sin embargo, el mundo que Gonzalo Gil debía crear tenía que ser algo verosímil
y estable durante, por lo menos, veinte años. Al cabo de ese tiempo, era más que
previsible que la segunda fase del proyecto estuviese concluida y el universo creado
para los gemelos podía desaparecer, y ellos con él.
Como emplazamiento más adecuado eligió un lugar cercano a España: Argelia.
La ciudad secreta se construiría como parte de unas instalaciones dedicadas a la
explotación de hidrocarburos, propiedad de una empresa ligada a la fundación. En
aquellos años en que el terrorismo hacía mella en el país norteafricano, las pocas
inversiones extranjeras eran bienvenidas y los trámites burocráticos se agilizaban todo
lo posible por el propio interés nacional. Así se montó en el año 1991 la pequeña Ville

177
Blanche, en honor del padre de la fundación, a cincuenta kilómetros de Orán y veinte de
la población más cercana. Sobre el papel, allí vivían las familias de los trabajadores del
pequeño complejo. La empresa pagaba sus impuestos a las autoridades y nadie les
molestaba con preguntas o inspecciones molestas.
Los niños se mantenían entretenidos aprendiendo a imitar al hermano que vivía
en el mundo exterior, a quien un día el mejor preparado de los tres reemplazaría por un
tiempo determinado. Para ello, se servían de las imágenes grabadas en su casa y de la
información que les hacían llegar sus instructores, que a su vez recogían del micrófono
oculto en la pulsera de cada paciente de la UR. Así, en el caso de intercambio de un
individuo por otro, si el gemelo enviado al mundo real llegaba a recuperar algo de
memoria, saldrían a la luz recuerdos aprendidos en Ville Blanche sobre su hermano
original; y los que surgiesen relacionados con la vida que había llevado hasta entonces
en ese lugar secreto serían achacados por los médicos a algún extraño síndrome.
Los clones se encontraban completamente aislados del mundo exterior, del que
no recibían ninguna información, salvo la que sus instructores les filtraban. No tenían
posibilidad alguna de comprobar si las cosas eran diferentes a como se las contaban. En
esa pequeña ciudad-cárcel habían conseguido que las muchachas y los muchachos
tuvieran como único afán la preparación para suplantar a su hermano en el momento
preciso y vivían felices con esa ilusión, encerrados en el recinto de una explotación, e
ignorados por el resto de la humanidad.

178
Capítulo 25

Seis horas después de su regreso a la habitación desde la UR, en torno a las


cuatro de la madrugada, la chica empezó a despertarse. Álvaro no se había separado de
su cama ni un momento a lo largo de toda la noche. Sentado en un sillón frente a la
enferma, no pudo evitar echar alguna cabezada. La puerta de la habitación permanecía
abierta para que las enfermeras de guardia en la planta percibiesen cualquier novedad,
en el caso de que el médico llegara a quedarse dormido. De hecho, una de ellas despertó
a Álvaro cuando notó, en una de sus visitas a la habitación, que la enferma comenzaba a
salir de su largo sueño.
Álvaro se puso en pie de un brinco. Sus ojos se encontraron con los de la chica,
que acababa de abrirlos. Ambos se miraron y sonrieron. El médico se acercó a la
cabecera de la cama de la joven y comenzó a acariciarle el cabello.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.
—Muy bien —respondió ella.
Álvaro pidió a la enfermera que le dejase un momento a solas con la chica.
Como médico suyo particular, quería explicarle lo que le había pasado la tarde anterior,
porque dudaba que hubiese sido consciente en algún momento de su gravedad. Unos
minutos después, permitió pasar de nuevo a la enfermera.
—¿Sabes que, en vista de lo mal que te vimos, te habíamos ingresado en la UR?
—le dijo ésta.
—¿Tan mal me había puesto? —preguntó la chica.
—Estabas más muerta que viva. Pero el doctor Costa consiguió sacarte adelante.
—Sí, me lo acaba de contar.
—¿Te duele la cabeza? —intervino de nuevo la enfermera.
—No. Me encuentro muy bien, de verdad. Sólo tengo ganas de ir al baño.
—Pues antes tendremos que quitarte estos goteros —le dijo, mientras le
desembarazaba de los tubos.
—¿De veras te sientes con fuerzas para levantarte? —le preguntó Álvaro.
—Que sí, hombre. Ya verás.
Fue todo uno apoyar el pie derecho en el suelo y oírse un grito de dolor.
—Pero, mujer —le dijo la enfermera—, ¿ya no te acordabas de que tienes el
tobillo hinchado?
—Se ve que no —contestó la muchacha, con un gesto de sufrimiento contenido.
—Espera un momento. Ahora mismo te traigo unas muletas.
La enfermera salió a por ellas y, de paso, informó al resto de sus compañeras de
la recuperación de la chica. Volvió al cabo de un par de minutos.
—Toma. Ahora ya podrás andar.
—¿Dónde está el aseo, por favor?
—Pues donde siempre —le contestó la enfermera—. Ésta es la habitación en la
que has estado ingresada otras veces. ¿Es que ya no te acuerdas?
—Es la puerta que hay justo al entrar en la habitación —le dijo Álvaro.
La joven consiguió ponerse de pie y sostenerse con ayuda de las muletas.
Anduvo despacio hasta el baño sin caerse.

A las nueve de la mañana, Álvaro le contaba a la madre de Nuria todo lo


sucedido durante la tarde y la noche pasadas. La tranquilizó acerca del estado de su hija

179
que, después de despertarse a media noche, había permanecido durmiendo hasta las
ocho y media, hora en que había vuelto a abrir los ojos.
Pasaron a la habitación. La mujer trató de mostrarse serena aunque, después de
lo que le había contado el médico, le resultaba difícil hacerlo. Todos sus temores se
disiparon al ver la cara radiante de su hija.
—¡Hola, hija mía! —Se acercó a la cama y le dio un beso—. ¡Menudo susto le
diste a Álvaro ayer!
—¡Hola, mamá! —le dijo ella—. Sí, ya me lo ha contado.
Estaba recostada en la cama, desayunando con buen apetito. Le habían retirado
definitivamente los goteros. Álvaro las dejó un momento para que pudieran charlar con
intimidad.
Después de unos minutos, entró de nuevo en la habitación e invitó a Montserrat
a acompañarle fuera.
—Hemos tenido mucha suerte en acertar con el tratamiento. A veces, las cosas
en medicina son así. Tienes que ir probando hasta dar con el remedio oportuno.
—Lo ha hecho muy bien, doctor Costa. Muchas gracias.
—Tendrá que continuar ingresada unos días para asegurarme de su estado.
—Lo que haga falta, doctor. Sabe que confiamos en usted.
—Puede quedarse con ella todo el tiempo que desee —le dijo Álvaro—. Yo
ahora voy a casa a acostarme un rato. La noche ha sido movidita. Buenos días y que
disfrute con su hija.
—¡Buenos días! Y tómese un descanso.
Álvaro habló con la enfermera que le había acompañado en la atención de Nuria
y le dio instrucciones acerca de la medicación que debía administrarle durante las
próximas horas. Antes de marcharse a casa, llamó a Fernando Miralles, pero tuvo que
conformarse con dejarle un aviso en el contestador. Carmen Alarcón tampoco había
llegado. Dejó una nota en recepción para ella, en la que le decía que se informase a
través de la enfermera sobre cómo se habían desarrollado los acontecimientos durante la
noche. Por último, llamó a Luis Cortés —éste sí estaba en su despacho— y le contó lo
sucedido. Le pidió permiso para ir a su casa a descansar y que, por favor, pasase las
consultas que tenía ese día a un compañero de planta. Cortés le animó a marcharse,
después de felicitarle por el magnífico trabajo realizado.

Los pensamientos de Álvaro circulaban a la velocidad del rayo mientras


conducía hacia su casa. «Se ha realizado el cambio», pensó. La prueba de que Nuria
había cumplido con su parte del trato se encontraba en la respuesta que siguió a las
palabras con las que Álvaro había saludado a la chica al despertarse: «¿Cómo te
encuentras?». La esencia del truco para confirmar el intercambio era muy simple: si no
había tenido lugar y, por lo tanto, la chica que había regresado de la UR era la misma
que había ingresado unos minutos antes, debería haber contestado: «Regular». En
cambio, la joven que habían traído de vuelta desde la Unidad de Regeneración se sentía
perfectamente y lo había confirmado con sus palabras: «Muy bien». El asunto era
demasiado importante para pensar en un olvido. Además, con ese pequeño intercambio
de palabras había comprobado que la muchacha no había sido sometida al electrochoque
que habría borrado todo el contenido de su memoria. Había respondido con
conocimiento de lo que decía, no como el pobre desgraciado que había sustituido a
Alejandro Ferrer.
Acto seguido, Álvaro no había tenido más remedio que sacar de la habitación a

180
la enfermera con la excusa de contar a su paciente con tranquilidad todo lo que le había
ocurrido y someterla a un pequeño examen.
—Voy a tomarte la tensión y después te auscultaré, ¿de acuerdo?
—Como quieras, pero me encuentro bien, de verdad.
Sólo era una argucia para que quien tuviera el control sobre el micrófono de la
chica no se extrañara del silencio que habría a continuación.
—No voy a hacer nada de lo que acabas de oír —le dijo, mientras mantenía
cerrado el orificio del micro de su brazalete.
—Pero, ¿qué haces con mi pulsera?
—Estoy tapando un micrófono que recogería todo lo que hablamos si no
estuviese poniendo mi dedo encima.
—¿Dices que hay un micrófono en la pulsera? Nunca nos lo habían dicho.
—¿De dónde vienes? —le preguntó Álvaro.
—Del recinto. ¿De dónde va a ser si no? ¿No me esperabais?
Álvaro se armó de valor para explicar a la joven el lío en que se había metido
por su culpa. Allí nadie sabía nada de ningún recinto ni persona alguna la estaba
esperando.
—Pues en el internado me dijeron que me iban a llevar a Valencia porque Nuria
estaba a punto de morirse y yo debía sustituirla —dijo sencillamente la muchacha.
Álvaro cayó entonces en la cuenta de que la chica que tenía delante estaba fuera
de control por parte de Miralles y de los que habían planeado el reemplazo de Nuria.
Debía haber sufrido el borrado de memoria pero no había sido así. Nuria había
conseguido intercambiarse por ella, como habían planeado, y nadie se había dado cuenta
de ello.
—¿Sabes quién soy yo? —le preguntó Álvaro.
—Claro. Eres Álvaro Costa, el médico que cuida de Nuria. Te conozco por los
videos que vemos a menudo en el internado.
Álvaro empezó a comprender un poco más el entramado del que Jaime no había
sabido explicarle más que una pequeña parte.
—¿Me harás caso si te digo lo que debes hacer?
—Por supuesto. Nuria siempre te obedecía.
—Compórtate como si fueses la auténtica Nuria. Nadie debe enterarse de que
has venido a sustituirla.
—¿Por qué? —preguntó la chica, desconcertada. Se había incorporado en la
cama—. No entiendo nada de lo que está pasando. ¿No puedes explicármelo?
—Ahora no. Sería demasiado largo. Prométeme que harás lo que te he dicho. Es
más importante de lo que te crees.
—Prometido —le dijo la chica—. Por cierto, ¿se ha muerto Nuria de verdad?
Álvaro se estremeció al escuchar la pregunta de la joven que acababa de
conocer.
—No; se encuentra bien —le contestó—. Todo ha sido un error. Por eso es
importante que la imites lo mejor que puedas.
—Descuida: nos preparan para eso.
—Y no olvides que alguien que no te quiere aquí estará muy atento a lo que
dices durante las veinticuatro horas del día. Ni una palabra del recinto, ni siquiera a tus
padres. En otro momento hablaremos más despacio. Ahora no puede ser.
Álvaro liberó el orificio de la pulsera y dijo a la enferma:
—Nada; está todo normal. Pero tendrás que quedarte unos días aquí todavía.
Necesito comprobar que estás del todo bien antes de volver a casa.
—Si no hay más remedio... —le dijo la muchacha, guiñándole un ojo.

181
Ahora sólo cabía esperar que la Nuria que había venido desde Argelia supiese
interpretar bien su papel. Por lo menos, no tendría que fingir nada respecto a la
torcedura del tobillo. A la chica que había vuelto de la UR le dolía el pie realmente,
mientras que el vendaje que envolvía el tobillo de Nuria no era sino una manera de
ocultar el localizador-móvil que estaba escondido en su interior; Nuria no se había
lesionado el pie en ningún momento. Álvaro confiaba en que el invento que había
encargado a Peter Björklund y sus amigos funcionara correctamente.
Respecto a la nueva chica, él era el único que sabía la verdad y tendría que
ayudarla a desenvolverse con sumo cuidado en el nuevo mundo al que había llegado. La
pobre no sabía ni dónde se encontraba el aseo de la habitación. Álvaro recordó entonces
que nunca habían grabado imágenes que recogiesen la ubicación del cuarto de baño.
Cualquier persona sabe que ese lugar se encuentra a la entrada de la habitación.
Cualquier persona del mundo real. La chica que se encontraba en la habitación 503 no
se sabía de qué extraño mundo provenía.
Hacia ese mismo lugar desconocido había enviado a la Nuria verdadera. Sólo le
unía con ella un teléfono móvil integrado en el localizador extraplano que habían
diseñado en el local de la calle Juan Llorens. Era de reducidas dimensiones y la batería
podía durar bastantes horas, sobre todo, si se utilizaba poco el teléfono. En todo caso, la
suerte de la muchacha dependía a partir de ese momento de ese aparato y de su propio
ingenio para desenvolverse en las difíciles situaciones con las que se iba a encontrar.

Tiempo atrás, el joven doctor había trazado un plan que, por el momento, estaba
saliendo según lo previsto. Al principio, había temido que Nuria no quisiera
involucrarse en el asunto. Sin embargo, la chica se fió de su amigo médico y se metió de
lleno en la aventura. Tenía, además, motivos personales para hacerlo. El ir y venir de
correos electrónicos entre los dos les había convertido en cómplices del engaño
perpetrado. Una vez fijados los pasos a seguir, Nuria se destapó como una excelente
actriz. La simulación de la torcedura, de los ataques epilépticos y las convulsiones
habían persuadido a los que la rodeaban de la gravedad de su estado. Álvaro había
solicitado cubrir la guardia durante la noche señalada para hacerse el encontradizo con
ella y con sus padres y así poder encargarse él personalmente de todo. Él mismo le
vendó la pierna y el tobillo, escondiendo en su interior el localizador.
Nuria comenzó su actuación y consiguió convencer a todos. Álvaro sabía que
Carmen Alarcón se encontraba fuera de Valencia y que, por otro lado, no le habría sido
posible hacerse cargo del estado de la chica ya que, tras varias conversaciones que había
mantenido con ella sobre determinados pacientes, había comprobado que lo suyo era la
investigación y no el diagnóstico ni la curación de un enfermo. Álvaro estaba
convencido de que dejaría el asunto en sus manos y se haría lo que él dijese. Pilar se las
había arreglado para tener ese día el turno de noche. De este modo, podía informarle de
las llamadas entrantes para Miralles, gracias a su costumbre de no dar a nadie el número
de su teléfono móvil.
—La traen —le había dicho a Álvaro cuando recogió una llamada dirigida a
Fernando Miralles desde un número de Argelia.
Más tarde, le confirmó:
—Vienen juntas.
Alarcón llegaba desde al aeropuerto, detrás de la ambulancia que traía a la chica
destinada a sustituir a Nuria, cuya situación, al menos aparentemente, era muy grave y
todo apuntaba hacia su fallecimiento. Estaba a punto de morir y ser desechada, y su

182
repuesto acababa de aterrizar.
El recambio, sin embargo, tuvo que volverse a casa. La chica había sanado
milagrosamente y no había sido necesario realizar el intercambio. Un afortunado
recuerdo sobre determinado artículo publicado en una revista sueca de medicina había
resuelto el difícil compromiso. Ante la posibilidad de que alguien le hubiese pedido que
le tradujera el artículo, Álvaro había memorizado lo que tenía que decir. Con la ayuda
de Peter, había aprendido a decir de un tirón algunas de las frases que aparecían y así
poder convencer a cualquiera de su dominio del sueco, completamente inexistente, por
otro lado.
En ningún momento se extrañó del mínimo interés mostrado por Alarcón y
Miralles por el estado de la enferma al día siguiente de los graves sucesos. A las nueve y
media de la mañana ni siquiera habían hecho acto de presencia en el Nou ni se habían
dignado llamar para preguntar cómo había resultado el tratamiento ideado por los
médicos suecos. Les traía sin cuidado que la chica sanara. Si lo hacía, mejor para ella; y
si no, volverían a traer al repuesto que en esta ocasión había tenido que ser devuelto a su
lugar de origen. Lo que desconocían por completo era quién era en realidad la joven que
llevaban de camino a Argelia.

Peter le había explicado que el localizador mandaba su posición a una


determinada página de internet: latitud, longitud y probable población en la que podía
hallarse el portador del aparato. Álvaro llegó a casa y encendió el ordenador. Tardó
unos segundos, que se le hicieron eternos, en acceder a la página web, después de
teclear un código de entrada.
Se llevó una sorpresa mayúscula cuando tuvo ante sus ojos los datos de la
«Posición Actual»: ¡todos estaban en blanco! Con grandes letras y dígitos que ocupaban
la pantalla entera, los días anteriores había comprobado el funcionamiento del emisor y
la correcta transmisión que hacía de su situación: en cada comprobación realizada, había
visto siempre la misma latitud, la misma longitud y las palabras «VALENCIA
(ESPAÑA)», en el marco destinado a indicar la posición. ¿Cómo podía haber fallado el
aparato? ¡Esos dichosos trastos electrónicos siempre se estropeaban cuando más falta te
hacían! ¿Qué podía hacer ahora? No tenía ninguna referencia sobre su situación. Lo
había perdido y, con él, la posibilidad de encontrar a Nuria. Todo se había ido al traste.
Tenía que pensar, reflexionar despacio a partir de la información que tenía, pero
estaba muy cansado después de una noche en vela. Su cerebro funcionaba con lentitud y
torpemente. Por lo menos, sabía que la nueva chica había sido recogida en el aeropuerto
a una hora determinada y que probablemente venía de Argelia. Podía hacer
averiguaciones acerca de algún avión o helicóptero que hubiese aterrizado a esas horas
y enterarse de su procedencia. Suponía también que el viaje de vuelta habría seguido el
mismo camino, pero no tenía certeza de ello. No era mucho para empezar.
Quizá la manera más directa de saber adónde habían llevado a Nuria sería
preguntar a la muchacha que ahora ocupaba su puesto. Álvaro, sin embargo, tenía la
sospecha de que probablemente no sabría qué contestarle. Con las pocas palabras que se
habían intercambiado había podido darse cuenta de que la pobre había vivido engañada
toda su vida. Era muy posible que el lugar donde había pasado sus días hasta ahora
fuese un lugar apartado del resto del mundo: si no, ¿qué sentido tenían las preguntas que
le había hecho y el desconcierto que había mostrado?
Estaba a punto de ponerse en contacto con Peter para decirle lo que estaba
pasando, cuando se percató de lo que ocurría. «¡Mira que soy imbécil!». Con las ansias

183
que tenía por saber el paradero de Nuria y la angustia que siguió al no hallarlo, no se le
había pasado por la cabeza mirar un poco más abajo en la misma página web: sólo tenía
a la vista la mitad superior, que era la que siempre había visto en las comprobaciones
realizadas los días anteriores. Por debajo del lugar donde aparecía en blanco la
información sobre la situación del localizador, descubrió una lista de registros. Cada
uno de ellos constaba de los mismos elementos que la información que se daba sobre la
posición actual, en letra más pequeña, uno debajo de otro, y la indicación de la fecha y
la hora en que había sido enviada la señal. Los datos que aparecían al final estaban
marcados en rojo con letra de mayor tamaño que el resto. Dio un suspiro de alivio. Por
lo visto, el localizador informaba de su situación cada diez minutos, enviando una señal
que quedaba recogida en esa página. Peter no le había explicado esto.
Álvaro comprobó de este modo que Nuria había permanecido en Valencia desde
la diez de la noche del día anterior, hora en que la doctora Alarcón la había trasladado a
la UR, hasta las dos de la madrugada. A continuación, las coordenadas de su situación
cambiaban constantemente. La habían trasladado a Manises; sin duda, se dirigían al
aeropuerto de la ciudad. Desde allí, tanto la longitud como la latitud cambiaban
gradualmente según pasaban los minutos. Lo más probable era que la hubiesen
embarcado en un avión o en helicóptero, porque la casilla en la que se debía leer la
población estaba en blanco, y se mantenía así durante la hora y media siguiente. Durante
todo ese tiempo, estaría sobrevolando el mar.
La primera población que aparecía después de varios registros vacíos era Orán,
en Argelia. La hora indicaba las cuatro de la madrugada, aproximadamente la misma en
que su suplente se había despertado por primera vez. Durante una hora, las coordenadas
apenas variaban y como ciudad de paradero seguía apareciendo Orán. A las cinco y
diez, según la señal enviada por el localizador, quienes llevaban a Nuria comenzaron a
moverse en dirección sur. A las cinco y veinte, el aparato mandaba su última indicación,
sin especificar ninguna población concreta.
No podía echar la culpa a nadie más que a él mismo: en ningún momento le
había dicho a Peter que se trataba de seguir el rastro del aparato incluso fuera del
territorio nacional. Su capacidad de transmisión debía de llegar hasta algunos
kilómetros más allá de las fronteras españolas. El plan tan cuidadosamente pensado
empezaba a mostrar sus fallos. No podía quejarse del aparato. Había funcionado bien y
había seguido enviando información desde África, aunque fuera por poco tiempo.
La diferencia de coordenadas entre las últimas tres señales recibidas era mucho
menor que la que se apreciaba entre señales consecutivas enviadas cuando
supuestamente se hallaban cruzando el Mediterráneo rumbo a Argelia. El traslado en
este caso habría sido, con toda probabilidad, en coche o en otro vehículo terrestre, por lo
que el destino final no debía de encontrarse muy lejos de la ciudad argelina. Como no
podía hacer nada más por ahora, y se hallaba al borde del agotamiento por la tensión
acumulada durante las últimas horas, decidió que lo mejor que podía hacer era dormir
un rato.

Se despertó a las cinco de la tarde. Se encontraba más relajado. Bajó al bar más
próximo a su casa y pidió un bocadillo de tortilla y una cerveza. Después de la sencilla
comida, se dirigió de nuevo al Nou para comprobar el estado de su «enferma».
Consiguió hablar a solas con ella de nuevo y le preguntó si sabía dónde se encontraba el
lugar de donde provenía. Como había supuesto, la chica le dijo que nunca, en sus quince

184
años de vida, había salido del internado donde había permanecido hasta ese momento y
que no tenía idea de en qué lugar del mundo se hallaba.
No convenía que la chica permaneciese mucho tiempo allí. Miralles, Alarcón y
el propio Cortés se habían convertido, desde esa mañana, en personas peligrosas si, por
cualquier circunstancia, se descubría la trampa. Álvaro se entrevistó con los dos
primeros, quienes no dudaron en seguir confiando la joven a sus cuidados. Tenía las
manos libres para hacer las pruebas que considerase oportunas, determinar el mejor
tratamiento a seguir con la enferma y decidir cuándo había que enviarla de vuelta a casa.
Recordó que Alex Ferrer había sido sustituido por un gemelo que no padecía
diabetes. La chica de la que ahora debía cuidar probablemente no sufriese el trastorno
que tenía Nuria. «Gracias a Dios que las manifestaciones de su enfermedad no son
diarias y están en su primera fase», pensó. Disponía de unos días para empezar a
mostrar extrañeza por la desaparición de todos los síntomas. Los mismos que tenían sus
jefes para caer en la cuenta de que algo empezaba a no cuadrar: Nuria no podía haberse
curado de su mal así como así. Esperaba tener para entonces alguna teoría que
justificase la curación total de la muchacha.

185
Capítulo 26

Nuria se despertó en lo que le pareció un dormitorio múltiple. Estaba acostada


en la cama inferior de una litera de tres pisos. Como el techo de la habitación era alto,
no sintió ninguna sensación de agobio, ya que entre cama y cama había un amplio
espacio. Sentada a sus pies, vio a una chica concentrada en la lectura de un cuaderno de
notas. Se revolvió un poco en la cama, tratando de llamar la atención de la desconocida
y ésta se volvió para mirarla.
Esta vez no se sorprendió. Era su segundo clon que veía en poco tiempo. Parecía
que las cosas iban sucediendo como Álvaro había predicho.

Después de que la doctora Alarcón y su enfermera la abandonaran en el interior


de la Unidad de Regeneración, esperó inmóvil unos instantes. No se oía ninguna voz ni
ningún ruido. Álvaro le había informado de que a esas horas no habría nadie trabajando
en esa planta de la unidad y que dispondría de unos pocos minutos para realizar el
cambio. Dejó de simular su estado inconsciente y se atrevió a abrir los ojos. No sabía lo
que podía encontrarse junto a ella.
Álvaro le había advertido de que simplemente podía suceder que estuviera ella
sola en la sala donde la habían dejado momentáneamente. En ese caso, no tendría que
hacer nada más que esperar a que volviesen a por ella y representar al día siguiente el
papel de la enferma que se había recuperado durante la noche del estado de extrema
gravedad por el que había pasado.
Se incorporó en la camilla y comprobó, en cambio, que tenía compañía. Tal y
como Álvaro había previsto, en una camilla igual a la suya se encontraba dormida una
chica morena, con su mismo corte de pelo, con los mismos granitos en la cara —bueno,
ella tenía menos— y vestida con un pijama como el que ella llevaba. ¡Una copia
perfecta de sí misma! Se quedó mirándola, atónita. Observó que también tenía el pie
derecho vendado. Era como si se estuviese viendo a sí misma en un sueño.
Sólo tenía unos segundos para tomar la decisión de enfrentarse a la aventura que
se le ofrecía o dejarla pasar. Hasta ese momento, todo le había parecido un juego de
Álvaro, incluso una invención, y ella le había ido siguiendo la corriente. Ahora estaba
comprobando con sus propios ojos la verdad de lo que su amigo le había ido contando
en los e-mails que le había enviado. Realmente existían clones de los enfermos y era
evidente que, estando a punto de darla por muerta, tenían preparada a quien iba a
suplantarla. Era como un cuento fantástico que, de pronto, se hacía realidad.
Álvaro le había dicho que iba a pedir que la devolviesen a la habitación para
intentar salvarla porque se habría acordado repentinamente de una posible solución a su
estado. Sabía que disponía de poco tiempo para hacer lo que tenía que hacer y se
decidió.
Se acercó a la chica, que continuaba dormida, y tecleó en la pulsera Jove que
llevaba el código que debería liberarla de su dueña. El brazalete no se abrió. «Recuerda
que si no funciona con el 01, lo hará con el 2, el 3 o el 4.» Volvió a teclear su fecha de
nacimiento, como lo hacía ella cada día para quitarse el brazalete y recargar la batería y,
en lugar de los dígitos 01, escribió 02. El brazalete seguía sin soltarse. El tiempo corría
muy aprisa y se estaba poniendo nerviosa. Fiándose de lo que le había dicho Álvaro,
tecleó esta vez el número 3. La pulsera se abrió y dio un suspiro de alivio. A

186
continuación, repitió la misma operación con su brazalete e hizo el intercambio. Sólo
habían pasado un par de minutos pero, con los dos intentos fallidos, le habían parecido
una eternidad.
A continuación, echó su camilla a un lado, colocó la de la otra chica donde
habían dejado la suya, y puso ésta en el lugar de la de su clon. Un minuto más tarde,
todo era igual que antes, pero al revés.
Se tomó el somnífero que llevaba guardado en el bolsillo del pijama y se tumbó
a esperar, haciéndose la dormida. Justo a tiempo. A los pocos segundos, escuchó las
voces de la doctora Alarcón y de su enfermera, que se aproximaban a la sala donde se
encontraba. Cogieron la camilla de su compañera y desaparecieron.
«En buen lío me he metido. A ver cómo salimos de ésta.»
Fueron sus últimos pensamientos antes de empezar a adormilarse, mientras
sentía cómo la iban llevando por el hospital, atravesando numerosos pasillos que
acababan en un agujero sin fondo por el que la arrojaban. Desde arriba una chica igual
que ella se reía a carcajadas. Al final del pozo veía a Álvaro, dispuesto a agarrarla. Ella
gritaba y seguía cayendo, hasta que se durmió del todo.

Ahora sí que tenía pruebas irrefutables de lo que estaba sucediendo. Una vez de
vuelta en casa, Álvaro llamó a Paco desde el antiguo teléfono móvil de Jaime. Como su
amigo no se lo había reclamado, había decidido quedárselo y aprender a manejarlo con
desenvoltura. Le narró al policía punto por punto lo ocurrido, con todos los detalles que
recordaba.
—¡Pero a quién se le ocurre meter a una niña de quince años en semejante
aventura! —le abroncó Paco.
—No tenía a nadie más con quien contar —se defendió Álvaro—. Además, lo ha
hecho voluntariamente, con plena consciencia de lo que se jugaba.
—De todas formas, Álvaro, pienso que ha sido una imprudencia. ¿Qué les dirás
a sus padres si le ocurre algo?
—Sus padres lo son tanto de Nuria como de la chica que está ahora en la
habitación 503 del Nou Hospital. De momento, están contentos y felices con la hija que
tienen. Ya trataremos de que Nuria regrese a casa lo más pronto posible.
El policía pensó que su joven amigo tenía razón, en cierto modo.
—Ahora no me dirás que me invento las cosas —le dijo Álvaro—. Aquí se está
cociendo algo muy gordo y tenemos que movernos.
—Déjame un tiempo —le dijo Paco—. Tendría que hablar con mis superiores de
aquí y supongo que ellos moverán hilos más arriba. Pero no te puedo asegurar que las
cosas vayan aprisa. Pedirán pruebas, documentos y un montón de cosas más. No
querrán arriesgarse a dar un paso en falso y quedar en ridículo o dejar que el pájaro se
escape por trabajar apresuradamente. Tenme informado de lo que vaya sucediendo y de
lo que se te ocurra para resolver este lío cuanto antes.
—De acuerdo, Paco, pero sé prudente. Lleva cuidado de con quién hablas. No
sabemos quién más puede estar implicado en todo esto. Tienes mi número de móvil.
—Tú también anda con cuidado.
—Lo que más me preocupa ahora es qué estará pasando con Nuria. He dejado
que se metiese en la boca del lobo y no sabemos ni siquiera dónde se encuentra.

187
La chica que estaba sentada a los pies de su cama dejó la libreta que estaba
leyendo y le dijo:
—Bueno, C3, casi consigues salir de aquí, ¿eh?
Nuria notó que la voz era como la suya, aunque muy pocas veces se había
escuchado a sí misma. Recordaba haberse grabado alguna vez imitando a Celine Dion
cantando la canción de Titanic y, por supuesto, no se había atrevido a reconocer como
suya esa voz de pito, aunque no había tenido más remedio que admitir que lo era. Y
ahora no podía ni quería engañarse: tenía delante de sí otro clon de ella misma. O, más
bien, una hermana gemela, según lo que Álvaro le había hecho saber en los mensajes
que le había ido enviando las últimas semanas. Había accedido a participar en la
aventura que le había propuesto su amigo y médico y estaba comprobando, paso por
paso, la realidad de lo que el joven doctor había supuesto. ¡Y bien real que era! Como la
chica que tenía a su lado. Su saludo le pareció afectuoso.
—Pues sí, casi lo consigo; pero ya ves: aquí estoy de vuelta —comentó Nuria,
no muy segura de qué decir. ¿Qué era eso de C3?—. Lo que me gustaría saber es por
qué estoy aquí de nuevo.
—Se conoce que Nuria se recuperó cuando estaba a punto de irse al otro mundo
y resulta que has hecho un viaje en balde —le dijo la chica, al tiempo que se ponía de
pie—. Lo siento porque se veía que tenías muchas ganas de llegar a sustituirla.
Nuria se fijó en ese momento en los signos que había impresos, tanto por delante
como por detrás, en el mono que vestía su compañera: C2. El color, amarillo sobre el
fondo azul del mono, destacaba bien de modo que pudiera apreciarse de lejos.
Se incorporó un poco en su cama y comprobó que ella también estaba
«marcada»: en la camiseta del pijama que le habían puesto aparecían impresos los
caracteres C3. Desde ese instante, asumió que allí, fuera el sitio que fuese el lugar donde
se encontraba, ella era C3; Nuria había dejado de existir. La situación empezaba a
inquietarla. A su izquierda, al otro lado de la habitación, vio tres armarios empotrados,
cada uno con el nombre de su dueña: C1, C2 y C3. Se preguntó dónde estaría C1. Entre
los armarios y la litera había una mesa alargada con tres sillas. En la pared que se
encontraba frente a la puerta de la habitación había una ventana con las cortinas
echadas. Un gran espejo que quedaba oculto detrás de la puerta de la habitación cuando
ésta se abría completaba el contenido del cuarto.
—Perdona, pero estoy todavía un poco atontada.
Le pareció un comentario adecuado para tirar de la lengua a C2 e irse enterando
de cómo era el nuevo mundo en el que se hallaba.
—No, si ya se te ve —le dijo C2—. A ti no te despierta ni un cañonazo. Ni te
enteraste cuando te cambiamos de pijama. Has debido de estar durmiendo casi
veinticuatro horas.
—¿Ah, sí? ¿Tanto tiempo? —se sorprendió Nuria.
—Sí. Te sacaron de aquí a toda prisa ayer, sobre las cuatro de la tarde. —C2
miró el reloj que había sobre la puerta del dormitorio—. Ahora son las dos y te has
despertado hace cinco minutos. Se ve que te debieron de dar alguna pastilla para que
pasaras todo el tiempo durmiendo. Por cierto, hablando de la hora, tendremos que
movernos si no queremos quedarnos sin comer.
—Pues ahora que lo dices, estoy muerta de hambre.
Era lo único de lo que tenía certeza en aquel momento. Se levantó e hizo ademán
de acercarse al armario marcado con C3.
—¿Ya no te duele el tobillo?
En ese instante, Nuria se acordó del localizador, escondido en el vendaje del pie,

188
y de que debía simular la cojera, al menos durante un tiempo. Tuvo reflejos para
reaccionar e hizo una mueca de dolor al apoyar el pie en el suelo.
—Todavía me molesta. Creo que me durará unos días.
—Mira que es bestia I6: hacerte adrede una torcedura en el tobillo para
asemejarte lo más posible a Nuria. No debería haberte hecho eso. Luego fue y se
disculpó, ¿te acuerdas? ¡Qué caradura! En fin —suspiró C2—, todo sea por nuestra
preparación para imitar lo mejor que podamos a C0.
Nuria anotó mentalmente lo que acababa de oír. Aquellas chicas habían sido
creadas para servir de relevo al modelo que vivía en el mundo real; en este caso, a ella
misma, que era el original al que las chicas C debían parecerse lo más posible: C0.
Incluso llegaban a lesionar intencionadamente a los clones para lograr la mayor
identificación con la persona a imitar. ¡¿Pero qué lugar era aquél?! Seres humanos
tratados como meros objetos, sin libertad. Tiempo tendría para pensar en todo eso y
para continuar sonsacándole cosas a C2.
—Tendrás que ayudarme para ir al comedor —le pidió Nuria a su nueva amiga.
De ese modo, resolvía el problema de no saber hacia dónde debía dirigirse.
—Pero no vas a ir en pijama. Tendrás que vestirte, ¿no? —le sugirió C2.
—¿Puedes acercarme mi mono y las zapatillas?
Como C2, Nuria supuso que ella dispondría de la misma vestimenta y calzado
que su compañera.
A pesar de lo extraño de la situación, su inquietud inicial fue desapareciendo y
comenzó a sentirse mejor. Parecía como si C2 fuese una buena amiga suya, además —
¡qué duda cabía!— de su hermana gemela. Lo que le había anunciado Álvaro en su
último mensaje se estaba cumpliendo al pie de la letra: «Es posible que te envíe a un
mundo raro, desconocido para ti y para el resto de la humanidad. No sé si encontrarás
gente que te trate bien o no. Espero que sea lo primero. Eres muy valiente. Vale la pena
correr el riesgo para conseguir que los que acabaron con la vida de Jaime y provocaron
la muerte de tu abuelo sean castigados. Mucha suerte». Estaba segura de que la iba a
necesitar.

Una vez vestida con lo que parecía ser el uniforme de aquel lugar, acompañada
de C2 y apoyándose en un par de muletas, salieron a un pasillo de unos quince metros
de largo, en el que se veían tres puertas a cada lado. Cuatro de ellas estaban marcadas
con diversas letras: la C —la de su habitación— y la E, en dos de la izquierda; la F y la
H, en dos de la derecha. Nuria supuso que la otra puerta de cada lado eran los aseos.
Quiso comprobarlo.
—Espera un momento, que tengo que ir al baño.
—Vale, pero date prisa.
C2 le abrió una de las dos puertas que no tenían ninguna marca y esperó fuera.
Al poco, continuaron su camino hacia el comedor.
Atravesaron la puerta que cerraba el pasillo y aparecieron en otro de iguales
características al que habían dejado atrás. En él también había puertas marcadas: esta
vez las letras eran la A, la B, la D y la G. Cuando pasaron junto a la puerta B, casi las
atropelló un chico que salía a toda prisa de la habitación. No llegó a tocarlas ni tampoco
les dijo nada. Nuria leyó en su mono, de color amarillo, los caracteres B1, impresos en
color azul. Esquivó a las muchachas y desapareció por la puerta que cerraba el segundo
pasillo.
—Este chico no cambia —comentó C2—. Siempre llega tarde a todas las

189
sesiones generales. Menos mal que no nos ha tocado.
—¿Por qué? Ni que tuviera la lepra —dijo Nuria.
—¿Cómo que por qué? Pareces nueva —le dijo C2—. Lo que pasa es que tú
sigues pensando que no es verdad que controlen si estamos cerca una chica y un chico
de los mayores.
—Bueno, quizá sí sea cierto.
—Pues para que lo sepas, ayer mismo una del grupo E estaba conversando
tranquilamente con un chico del grupo A junto a su dormitorio y se les había olvidado
pulsar la tecla almohadilla para la confirmación del permiso. ¡Menudo jaleo que se
armó! Enseguida se oyó al instructor número 1 por los altavoces, echándoles la bronca
por no haber solicitado la autorización antes de comenzar a charlar. Por lo visto, se
estaban contando chistes al oído, se aproximaron demasiado uno al otro y debió de
sonar una señal de alarma en algún sitio. Se ve que tienen un miedo tremendo a que
haya alguna relación sexual y nos quedemos embarazadas. Figúrate que te hubiesen
enviado a sustituir a Nuria con un niño en tu vientre. ¿Qué les habrías dicho a tus
padres?
—¿Qué pasó después? —preguntó Nuria.
—Nada. Se fue cada uno a su cuarto y se acabó todo. No sé cómo lo hacen para
detectar estas cosas, pero es así. Ni siquiera estaban cerca de una de las cámaras que hay
en el internado.
No había caído en la cuenta de que, efectivamente, dos cámaras direccionables
abarcaban con su objetivo todo el pasillo. Más tarde comprobó que no las había en las
habitaciones. Por lo menos ahí podían tener un poco de intimidad. Hasta ese punto
llegaba el control que «ellos» mantenían sobre lo que para Nuria era su nueva
comunidad. Era lo más parecido a una cárcel.
Con la intención de averiguar algo más, se aventuró a hacer un comentario a su
compañera:
—Siempre me he preguntado para qué sirven todos los demás botones de la
pulsera.
—Yo también.
La respuesta le confirmó lo que suponía.
—Como aún son las dos y veinte —comentó C2—, podemos pasar por la sala
central para enterarnos de lo que han dicho en la sesión general del día. Quizás haya
salido algo interesante.
—Como quieras.
Nuria-C3 se dejó llevar por su compañera, haciendo esfuerzos para no olvidarse
de seguir cojeando y mantener así la apariencia de su lesión. Decidió que aquello debía
durar el tiempo justo hasta encontrar un sitio para esconder el localizador donde nadie
pudiese encontrarlo y deshacerse después del vendaje. «Ellos», sin duda, se llevarían
una gran sorpresa si hallasen un aparato como ése en aquel lugar.

La sala central estaba situada en la tercera planta del edificio, una más arriba que
la de los dormitorios. C2 llamó al ascensor para evitar que su compañera tuviera que
subir a pie. La habitación en la que entraron no era mucho más grande que cualquier
aula de su colegio y tenía casi la misma disposición. Al fondo, pegada a la pared, había
una pizarra blanca, para escribir con rotulador y, a su lado, ocupando la otra mitad de la
pared, una pantalla. Miró al otro extremo de la sala y comprobó que había un proyector
de video sobre un soporte que salía de un agujero en el falso techo. Los cables de

190
conexión se perdían por el mismo agujero.
Dispuestos en cuatro filas de sillas y pupitres, había un total de veinticuatro
sitios para los «alumnos». Nuria descubrió tres lugares vacíos; uno era el suyo, con la ya
familiar C3 pintada en el respaldo de la silla; otro era el de su compañera C2. Por
primera vez veía a C1, sentada dos puestos a la izquierda del pupitre que debía ocupar
ella. El tercer sitio vacío correspondía a B2. En el lugar marcado con B1 reconoció al
chico con el que unos minutos antes se habían cruzado. ¿O era el que estaba en la silla
B3? Los dos eran idénticos. Estaba empezando a hacerse un lío.
—Vaya, ya se ha despertado nuestra amiga viajera —dijo el que parecía ser
quien dirigía la sesión al ver entrar en la sala a las dos chicas—. Pasad y sentaos un
instante, que acabamos enseguida.
Se acomodaron en sus respectivos lugares y asistieron al final de la sesión, que
resultó ser un elogio de la recién llegada.
—Para terminar, sólo quiero destacar la disposición de vuestra compañera C3.
Aún sabiendo que todavía le faltaban cinco años para coger el relevo de Nuria Díaz, se
afanó en ser la primera dentro de su grupo y le cayó en suerte la oportunidad de ir al
mundo exterior. Sin embargo, cuando todo estaba preparado para sustituir a C0, ésta se
recuperó milagrosamente y no llegó a fallecer. Como resultado, tenemos de vuelta en
casa a C3. Y sé que cualquiera de vosotros, todos los mayores de diez años que estáis
aquí, tiene ese mismo deseo.
—Como hizo B2, ¿verdad? —dijo B1—. Ya me gustaría saber algo de él. Aquí
desaparece uno y, si te he visto, no me acuerdo.
—No debes preocuparte por vuestro compañero, B1 —le contestó el profesor—.
Lo que importa es que también ha cumplido lo que tenía que hacer y ya no está entre
nosotros.
—¿Y qué fue de B0? —volvió a intervenir B1—. Espero que, por lo menos,
tuviese un buen funeral.
—Sí, seguro que sí.
Nuria procuró no exteriorizar el desasosiego que le estaba produciendo escuchar
lo que decía el instructor. No entendía absolutamente nada. Los demás, salvo ese chico
marcado con B1, le oían como autómatas. Se preguntó si acaso les daban alguna droga
para doblegar su voluntad.
—Por hoy, nada más —concluyó el instructor. Como cada uno de los chicos y
chicas, también él estaba marcado con unos signos. En este caso, sobre el mono verde
lucían con caracteres blancos los signos I4—. Sólo os recuerdo que esta tarde tenéis el
examen teórico para las letras A, B y C a las seis, y una hora más tarde lo tendrán las
letras D, E y F. Será en la sala 4. Podéis recoger vuestros apuntes y salir hacia el
comedor.
«¿Examen teórico?». Nuria se alarmó con el anuncio de la prueba para esa
misma tarde. Ya podía aprovechar la comida para enterarse bien de qué iba la cosa si no
quería empezar con mal pie. Aunque no tenía ni idea de lo que iban a preguntar, estaba
segura de que sería incapaz de contestar a la mayoría de las cuestiones. «Sobre todo,
cuando llegues, procura pasar lo más desapercibida posible», era una de las
recomendaciones que Álvaro le había remarcado en sus correos. Pues buen modo iba a
tener de empezar a llamar la atención nada más llegar: un cero redondo en el primer
examen.
El comedor se encontraba en la cuarta planta. Como ocurría en la sala central, la
disposición de los lugares no permitía alternar demasiado con los compañeros, al
menos, durante las comidas y las sesiones generales. Cada silla tenía escrito su nombre
en la parte trasera, con lo que no había posibilidad de elegir dónde sentarse. Nuria fue a

191
ocupar la suya; a su derecha se sentó B1. Entonces fue cuando le reconoció. Era igual
que Alex, el chico que había sido atracado a la salida de la discoteca y que había
salvado su vida milagrosamente. Lo conocía por la página web del Nou, que había
publicado la noticia de su feliz recuperación en un tiempo récord, después del destrozo
que unos salvajes le habían provocado con una navaja.
Ahora ya sabía por qué estaba vacío el lugar de B2 en la sala central. El supuesto
milagro consistía en una simple sustitución, como la que habían estado a punto de llevar
a cabo con ella. A eso se había referido B1 en la sesión, aunque Nuria dudaba de que
llegara a imaginarse cómo se encontraba ahora el sustituto de Alex. Su indignación
crecía por momentos. ¿Cómo era posible que existiera un sitio como éste? ¿Qué
buscaban esas personas con todo el montaje que traían entre manos? ¿La fama, el
dinero? Álvaro no había sabido explicarle nada de eso. Quizá porque también él estaba
perplejo ante lo que había previsto sólo como una posibilidad y que ahora se estaba
manifestando en toda su crudeza.
A su izquierda tenía a C2, que no dejaba de jugar con los cubiertos, aguardando
a que diesen el permiso para comenzar a servirse.
Acababan de empezar a comer, cuando llegó el grupo de los pequeños
organizando un gran alboroto. Debían de ser los menores de diez años, por lo que había
podido entender al instructor en la sesión previa al almuerzo. Contó hasta quince niños.
Los más pequeños, de unos cuatro años, eran los que más corrían, derechos a sus sillas
marcadas con la letra O. Uno de ellos tropezó en su carrera y se fue de bruces al suelo.
Nuria hizo ademán de levantarse para ayudarle a alzarse pero no hizo falta porque el
niño se puso en pie enseguida, para continuar en dirección a su lugar en la mesa. El
pequeño trastazo provocó que se fijase más en él que en los demás. Se le hizo un nudo
en el estómago cuando se dio cuenta de que tenía los párpados del ojo derecho cerrados
sobre el vacío: le había sido extraído el globo ocular.
—¿Desde cuándo tiene ese niño el ojo así? —le preguntó a C2.
—Hará un par de semanas —le contestó—. Por lo visto, se lo tuvieron que quitar
porque se dio un porrazo tremendo un día que se cayó de la cama y se le clavó algo.
Aunque él dice que no se enteró de nada. Se despertó un día sin ojo.
La sangre le ardía en las venas. Estaba a punto de explotar. ¿Quién era capaz de
permitir una cosa así? Nuria supuso que en el Nou Hospital alguien se estaría apuntando
otro éxito milagroso en medicina regenerativa, tras haber hecho recuperar la vista a un
niño de cuatro años que estaría a punto de perderla por vaya usted a saber qué tipo de
enfermedad degenerativa o lesión.
Estaba convencida de que se trataba de la doctora Alarcón, tan buena, tan atenta,
tan delicada con sus pacientes... y tan cruel como para dejar tuerto a un pequeño que no
había hecho ningún daño a nadie. Sintió de repente una furia tremenda y un odio
indescriptible hacia quienes habían maquinado todo ese plan tan absurdo y monstruoso.
Logró controlarse, sin embargo, y se concentró el resto de la comida en pensar cómo
seguir averiguando cosas sobre el lugar al que había ido a parar.

A unos cientos de kilómetros de allí, Carmen Alarcón atendía en su despacho a


una joven madre, que había acudido a la revisión programada tras la intervención a su
hijo de cuatro años, Emilio.
—¿Qué tal va ese ojo, hombrecito?
—Ya puedo ver bien la tele. Mamá dice que se lo debo a usted. Muchas gracias.
El pequeño se le acercó y le dio un beso.

192
—¡Huy! ¡Qué cariñoso estás!
—Me lo ha dicho mamá: «Cuando vayamos a ver a la doctora, le das las gracias
y un beso».
—¡Qué menos podemos hacer! —manifestó con verdadero agradecimiento
Amparo, la madre del niño—. Hace dos meses apenas veía con ese ojo y ahora... Parece
un milagro. De nuevo, muchas gracias, doctora.
—No tiene por qué dármelas —le dijo Alarcón, sonriéndole—. Es el fruto del
trabajo de todo un equipo. La enfermedad que tenía su hijo es realmente rara. La
retinitis pigmentosa se da en una de cada 4 000 personas. Como teníamos la certeza de
poder curar a Emilio con la nueva técnica sólo ha hecho falta esperar a que sus líneas
celulares estuvieran desarrolladas. Tras implantárselas, las mismas células se han
encargado de todo —explicó la doctora—. Gracias a usted por confiar en nosotros. ¿No
te llevas un caramelo, Emilio?
El niño alargó su mano y cogió un dulce de la pequeña cesta que le ofrecía la
doctora.
—Gracias.

—¿Cómo lo llevas? —preguntó Nuria a su compañera, mientras terminaba de


pelarse una manzana.
—¿Cómo llevo qué? —respondió C2, que ya había terminado de comer hacía
tiempo.
—¿Qué va a ser? El examen de esta tarde.
—¡Ah, bueno! Es que no sabía a qué te referías. Pues supongo que bien y
también supongo que, como siempre, sacarás mejor nota que yo. Probablemente
continúes siendo la primera de las letras C durante una semana más, a menos que
nuestra compañera C1 lo haga mejor que tú. Me parece que sólo le faltan dos o tres
puntos para volver a adelantarte.
La mencionada se encontraba sentada junto a C2, pero hizo caso omiso a la
conversación que se traían sus dos vecinas.
—Pero, bueno, dime qué te has estudiado especialmente —volvió a preguntar
Nuria, tratando de obtener la máxima información posible de su amiga.
—Pues todo: he repasado los nombres de los familiares conocidos de Nuria,
cómo se llaman los amigos que hizo el otro día en la fiesta en la que estuvo antes de
torcerse el tobillo, cuál es el último CD que se ha comprado... Vamos, todo lo que se me
ha ocurrido. Y estoy segura de que sale alguna pregunta sobre ese médico que la está
cuidando tan bien. Para mí que se está enamorando de él.
—¿Sí? ¿De veras lo piensas?
—No estoy segura, pero yo creo que sí.
Así que era cierto lo del micrófono en la pulsera. Álvaro se lo había anunciado
pero ella no se lo había creído. Sin embargo, ¿cómo, si no era porque el micro estaba
ahí, podrían haberse enterado de la fiesta de la semana pasada en casa de Javi si ni
siquiera se lo había contado a sus padres? Y de los nombres de los chicos que había
conocido, es que ya ni se acordaba. Le había hecho gracia el comentario de C2 sobre
Álvaro. Cuando saliera de aquel encierro, se lo contaría a su amigo para reírse un poco.
Porque era sólo eso: un buen amigo. Sin embargo, al escuchar a su amiga, notó en el
fondo de su corazón que comenzaba a sentir algo más por él que una simple amistad.

193
Después de comer, los mayores se dirigieron a una sala de estar, situada en el
quinto piso, el más alto del edificio. Se oía música clásica por los altavoces y en un
rincón había un televisor donde acababa de empezar un reportaje sobre animales.
Algunos se pusieron a estudiar para el examen de la tarde en una mesa alargada que se
encontraba en un ángulo de la sala, algo apartada del resto, mientras que otros
permanecían sentados en los sillones que, en forma de tresillos, ocupaban el resto de la
habitación. De vez en cuando, les llegaba el sonido amortiguado de las voces y gritos de
los más pequeños que tenían su sala de recreo en la habitación contigua. C2 y Nuria,
siempre acompañada de sus muletas, se sentaron en un par de butacas desde donde se
veía el televisor, pero sin que les resultase molesto para charlar.
Se les acercó un chico de unos trece o catorce años, con el mono marcado con el
distintivo D2, que se dirigió a Nuria:
—Me alegro de volver a verte, C3 —le dijo—. ¿Te acuerdas de que el último día
que nos vimos quedamos en echar una partida de ajedrez? Claro, que yo no podía
figurarme que te iban a mandar afuera. Como ahora estás de vuelta, si te parece,
podemos jugar mañana después de comer, ¿vale?
Nuria sólo supo contestarle que de acuerdo; quedaron para el día siguiente y el
muchacho las dejó y se acomodó en una silla frente al televisor. Menos mal que su
abuelo le había enseñado a jugar cuando ella tenía diez años. La verdad es que nadie en
la familia le había ganado desde que cumplió los doce y presumía mucho de eso. «En
esto, al menos, sí puedo pasar como la auténtica C3.» ¿O sería, más bien, que C3 había
aprendido a jugar al ajedrez porque ella misma, el modelo a imitar, sabía hacerlo? Como
se estaba haciendo un lío otra vez, prefirió dejar de pensar en ello.
Desde su sillón, se distinguían los diversos grupos que se habían formado: unos
chicos charlaban entre sí, otros jugaban a las cartas, mientras que unos pocos
dormitaban. Y allí estaba ella, perdida en un entorno que poco a poco se le iba dando a
conocer.
—¿Por qué no ha dicho nada C1 en toda la comida? Sólo ha abierto la boca para
comer.
—Desde luego, no sé qué te pasa hoy: como si acabases de llegar nueva al
recinto —le dijo C2—. Simplemente continúa con su promesa de no dirigirte la palabra
hasta ver cómo te supera en el ranking de nuestra letra. Es una envidiosa de muerte.
—¿Todavía sigue con eso? —preguntó Nuria como si lo supiera de toda la vida.
—Y lo que le durará.
—¿Y qué le pasa a B1? —preguntó de nuevo Nuria—. Tampoco ha soltado
prenda en todo el tiempo que hemos estado en el comedor.
—Es que aún le dura el cabreo por la bronca del otro día —le contestó su
compañera—. Quizá no llegaste a enterarte.
—Pues no. Cuéntame qué pasó.
—Es por lo de su actitud apática respecto a todo: los estudios, el modo de
comportarse, cumplir con lo que está mandado... Ya viste cómo llegaba tarde a la
reunión general. Es lo que hace siempre.
—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —preguntó de pronto un chico alto,
moreno y más bien fuerte que se había aproximado hasta ellas. Traía consigo una silla,
en la que se sentó con el respaldo hacia delante.
—Pues de ti, precisamente, B1 —le dijo C2 con toda sencillez.
—¿Y habláis bien o mal?
Nuria se había sobresaltado un poco ante la inesperada aparición del muchacho.
Sin embargo, reparó enseguida en que representaba una nueva fuente de información

194
para averiguar más cosas.
—Me contaba C2 que todavía estás enfadado por la bronca que te echaron el
otro día —le contestó Nuria-C3.
—Sí, fue el capullo ése del Instructor Mayor —contestó el chico. Se veía que,
después de comer, le habían entrado más ganas de hablar—. Sólo por llegar tarde a casi
todas las clases y hacer lo que me viene en gana. No es grave el asunto, ¿verdad? —les
preguntó a las chicas, con una sonrisa maliciosa.
—A mí me parece que sí lo es —contestó C2.
—Tú, porque eres una chica muy aplicada, pero tienes tapado el agujero de
salida por tu amiguita —dijo B1 dirigiendo su mirada a Nuria—. No sé cómo os podéis
llevar tan bien. Sí, ya sé lo que me vais a decir: tenemos que estar siempre preparados
para sustituir a nuestro hermano original. Lo he oído miles de veces. Pues, ¿sabéis lo
que os digo? —continuó, bajando la voz—: que de aquí, seguro que yo no voy a salir
hasta dentro de cuarenta años. Ya se fue B2 a sustituir a B0. B3 no para de estudiar para
mantenerse el primero del grupo, por si fuera el caso de que también a B2 hubiera que
sustituirle, aunque me parece que va a tener que esperar los veinte años de rigor; y por
lo que a mí respecta, sé que no voy a tener ninguna oportunidad. —Dio la vuelta a la
silla y se recostó muy satisfecho en ella—. Por eso, paso de todo. Cuando tenga casi
sesenta años, me darán una patada en el culo y me dirán: «¡Hala, a cargar con lo que te
ha dejado tu hermano!».
A Nuria se le hacía cada vez más difícil entender el lenguaje que hablaban esos
chicos. ¡Permanecer en aquel lugar cuarenta años!
—No sé por qué dices eso —comentó C2—. Si te esfuerzas, a lo mejor adelantas
a B3 y sales antes de aquí. De todas formas, aunque no fuera así, yo pienso que vivimos
muy bien en el recinto. A mí no me importaría quedarme toda la vida entre estas
paredes. Sé que mi cabeza no da mucho de sí y que probablemente también tenga que
esperar hasta los sesenta, pero mientras tanto, procuraré pasármelo bien. A los que están
fuera de esta casa les toca luchar contra un montón de peligros que aquí no tenemos.
Se dirigió a Nuria.
—¿Te acuerdas del video que vimos el otro día sobre el huracán que arrasó
Nueva Orleáns? A mí no me hubiera gustado nada encontrarme ahí en ese momento, te
lo aseguro. Lo que te digo, B1: si me toca esperar, esperaré lo que haga falta.
—Pues sí que te resignas tan fácilmente —soltó el muchacho—. En fin, si tú lo
ves así, puedes pensar y actuar como quieras. Yo seguiré haciendo lo que me dé la gana.
Después de todo, lo que me parece a mí es que, en realidad, nos necesitan. No sé por
qué motivo pero pienso que no pueden prescindir de nosotros. Vamos, que sería una
buena putada para ellos que, de repente, nos muriésemos o nos escapásemos todos de
aquí.
«No sabes cuánta razón tienes», pensó Nuria. «Es un tío rebelde; quizá pueda
contar con él en el momento adecuado.»
—Además —continuó el chico—, me parece absurdo que no podamos tener la
más mínima relación con las personas a las que vamos a encontrar cuando salgamos del
recinto. Dicen que nos están esperando pero yo no me lo creo. Quizá ni siquiera saben
que existimos.
—¡Eso no es cierto! —exclamó C2—. En una de las clases de la semana pasada,
vimos en nuestra aula unas imágenes en las que aparecía la madre de Nuria, diciendo
que aguardaba nuestra llegada a su hogar.
—¿Cómo puedes estar tan segura de que se trataba de su madre? —le preguntó
B1 en tono desafiante—. Quizá cogieron a una persona muy parecida a ella y os
tragasteis el cuento.

195
—Estoy convencida de que era ella. La hemos visto muchas otras veces, cuando
nos ponen escenas de su casa ¿Te acuerdas, C3? —dijo, volviéndose hacia Nuria—.
Estaba mirando directamente a la cámara, mientras decía: «Tu padre y yo te
esperamos».
Nuria, por supuesto, no sabía a qué se refería su amiga, pero confirmó como
cierto lo que acababa de decir.
Siguieron hablando de otros asuntos hasta que a C2 le entraron prisas por ir a
repasar el examen y se quedaron solos Nuria y B1.
—No estoy de acuerdo contigo —le dijo Nuria. Recordaba que tenía que
conseguir no ser una nota discordante en el ambiente, como lo era el chico que tenía a
su lado—. Sin embargo, me caes bien por lo sincero que te muestras.
Le vio sonreír por primera vez.
—Espero que sigamos charlando en otro momento. Me voy a estudiar el
examen.
—Hasta luego, empollona —se despidió B1, sonriendo—. Tú también me
empiezas a caer un poco mejor.

No tuvo demasiados problemas a la hora de responder a las preguntas del temido


examen. Después de todo, ¡se trataba de ella misma! Había dejado una sin contestar, en
la que se pedía el apellido de Álvaro, y en otra había escrito mal el nombre de su actor
favorito. Con dos preguntas falladas sobre veinte, obtendría dieciocho puntos. «Lo
suficiente —pensó— para continuar en primer lugar entre las C y no llamar demasiado
la atención.»
Durante los quince minutos que duró la prueba, una instructora —en este caso
era I3— no dejó de repetir lo importante que era procurar ser el primero del grupo,
sobre todo, para coger el primer relevo. Les recordó que a partir de los veinte años,
momento en el que estaba previsto el primer cambio por el hermano que estaba en el
mundo exterior, era cuando su tomaban las decisiones más importantes en la vida:
todavía estaba uno a tiempo de cambiar de carrera, si no le gustaba la que había elegido
el anterior; podía escoger marido o mujer; decidir dónde iba a vivir y un montón de
cosas más. En cambio, los que llegasen con el segundo intercambio tendrían que asumir
las decisiones de su hermano anterior o empezar a romper con todo lo que no fuese de
su gusto, lo que resultaría seguramente muy desagradable.
Nuria necesitaba que alguien le explicase urgentemente las reglas del juego que
había en el internado o acabaría volviéndose loca con tantos sinsentidos como estaba
oyendo. ¿Qué era eso de un primer y un segundo intercambio? Probablemente debía de
estar relacionado con lo que había escuchado en la sala de descanso a C2 y B1, respecto
a la edad que tendrían cuando saliesen de allí. No sabía qué hacer y rezó para que, de
algún modo, pudiese enterarse bien y pronto de todo aquello que ahora le parecía
incomprensible.
Después del examen, se planteó la urgente necesidad de esconder el localizador
en lugar seguro. Primero debía sacarlo de su escondite y, para ello, tendría que deshacer
el vendaje en un sitio a salvo de miradas indiscretas. Además, junto al aparato tenía
adheridas varias cápsulas que le mantendrían en buen estado de salud, sin manifestarse
externamente ningún síntoma de su enfermedad, al menos por unos cuantos días. El
aseo le pareció el mejor rincón para no ser vista, suponiendo que en su nueva residencia
fuesen lo suficientemente caballeros para no haber ocultado una cámara en alguna

196
rendija del techo o de la pared. Tendría que ser muy cuidadosa, en cualquier caso.
También estaba ansiosa por ponerse en contacto con Álvaro para contarle cómo era el
lugar adonde había llegado.
La cena se sirvió pronto, a las ocho y media. Al terminar, pasaron algo más de
media hora en el salón, como ocurriera después de comer, hasta que sonó un timbre,
indicando que era la hora de irse a la cama. Se encaminaron todos a sus respectivas
habitaciones; Nuria más lentamente que los demás, apoyada en sus muletas y, pegada a
ella, su fiel compañera C2. Pensó que esa noche, la primera que pasaba en el lugar
desconocido, podría ser una ocasión propicia para llamar a Álvaro, pero no estaba
segura. ¿Qué iba a contarle?
Se dio cuenta de que, en realidad, simplemente sentía unos deseos enormes de
hablar con alguien de fuera, con alguna persona que no estuviera contaminada por esa
especie de locura que parecían sufrir todos los chicos y chicas con los que estaba
conviviendo. Sin embargo, era indudable que al día siguiente tendría muchas más cosas
que contarle y habría dispuesto de más tiempo para pensar mejor en el lugar más idóneo
para ocultar el localizador. Además, se encontraba agotada. Habían sido demasiadas
emociones juntas y podía pasar un día sin tomar la medicación. Decidió que lo más
conveniente sería retrasar la llamada veinticuatro horas. Hoy dormiría plácidamente y
ya mañana planearía cómo debía actuar. Cuando las agujas del reloj que había encima
de la puerta de la habitación marcaron las diez, se apagaron las luces automáticamente.

Alrededor de las once de la noche, se recibió una llamada en el despacho del


director del internado.
—¿Instructor Mayor?
—¿Sí? ¿Quién llama?
—Soy I1
—¿Qué quiere?
—Creo que debería oír una conversación que ha tenido lugar esta tarde en la sala
de recreo de los mayores.
—Pásemela por correo interno y ya la escucharé.
—Creo que es importante que lo haga ahora, si dispone de tiempo.
—No se preocupe, I1, que así lo haré.
Unos minutos después, el Mayor descargaba el archivo de sonido que el
instructor número 1 le había enviado:

«... en realidad, nos necesitan. No sé por qué motivo pero pienso que no
pueden prescindir de nosotros. Vamos, que sería una buena putada para
ellos que, de repente, nos muriésemos o nos escapásemos todos (…).
Además, me parece absurdo que no podamos tener la más mínima
relación con las personas a las que vamos a encontrar cuando salgamos
del recinto. Dicen que nos están esperando pero yo no me lo creo. Quizá
ni siquiera saben que existimos.»

Ese chico, B1, continuaba en su actitud díscola y, además, se permitía transmitir


a otros su manera de pensar y eso resultaba peligroso. Tendría que hablar sobre ello en
la próxima reunión con todos los instructores.

197
Capítulo 27

—Tú mueves.
La voz de D2 devolvió a Nuria a la realidad. Como su compañero de partida
tardaba más de la cuenta en mover ficha, sus pensamientos le habían llevado a repasar
lo que había sido su jornada hasta ese momento, la primera que pasaba completa en
aquel lugar.
A las siete en punto de la mañana empezó a escucharse una suave melodía que
llegaba a la habitación a través de un altavoz que había en el techo. El volumen de la
música iba subiendo gradualmente como para asegurar que nadie se quedara dormido.
«Por lo menos logran un despertar agradable», pensó. Cuando iba camino del desayuno,
reparó en un expositor fijado en la pared que no había visto el día anterior. Estaba
situado poco antes de llegar al comedor. Muchos de los chicos se pararon a mirarlo y
ella también lo hizo. En unas hojas estaban escritos los horarios de las actividades para
cada grupo de letras, junto al general de desayunos, comidas y cenas y otras reuniones
comunes periódicas de todos los internos. Se fijó en que se respetaba el domingo como
día de menor ocupación.
Después de desayunar, acudieron a la sala central para asistir a una sesión de
Hábitos, como señalaba el horario del día. Estaban presentes todos los chicos y chicas,
incluidos los pequeños. Dirigió la clase un hombre mayor, de unos sesenta años. Las
letras IM impresas por delante y por detrás en el mono verde que vestía le identificaban
como el Instructor Mayor. Durante media hora estuvo disertando acerca del
compañerismo que debían vivir entre ellos, de las buenas relaciones que siempre había
que mantener con todos y les puso ejemplos para que pudieran aplicarlos en el día a día.
«Después de todo, no parecen tan desalmados. Te enseñan cosas buenas», pensaba
Nuria según escuchaba las explicaciones del orador.
Cuando terminó la prédica, los que tenían en su mono la misma letra se
reunieron con un instructor o una instructora y se fueron a su aula de trabajo. La de las
letras C era una sala de cuatro por cuatro metros aproximadamente que se encontraba en
la planta baja del edificio. A esa hora tocaba una clase teórica de noventa minutos, con
un breve descanso a mitad. El aula disponía de un grabador-reproductor de video y
DVD, un televisor, una cámara montada sobre un trípode, cuatro sillas con brazo
abatible y una estantería con libros, álbumes de fotos y cuadernos.
I5, la instructora con la que iban a trabajar esa mañana, era una mujer que
aparentaba unos cuarenta años. Para Nuria, toda persona que no era de su misma edad
ya le parecía muy mayor y procuraba no aventurarse a adivinar los años que podía tener.
Y con las mujeres, pensaba, eso era aún más difícil de determinar. Sin embargo,
observándola bien, se fijó en las patas de gallo incipientes a ambos lados de la cara y en
unas pequeñas arrugas que ya aparecían en el cuello. Su madre le había enseñado a
intuir la edad de una mujer por esos dos detalles. «Debe de estar cerca de los
cincuenta», concluyó.
La clase ya había empezado y, como estaba distraída haciendo cábalas sobre la
edad de la mujer, apenas se enteró de la introducción que I5 había hecho, de pie, de
espaldas al televisor. Por lo visto, la instructora había preparado un DVD para la sesión
de esa mañana. De repente, se vio a sí misma en su cuarto, hablando hacia la cámara y
enseñando a alguien el ordenador:
«Sí. Los Reyes Magos se portaron muy bien conmigo este año.»
El video continuó mostrando escenas de su casa y de la charla entre la doctora
Alarcón y sus padres, cuando ésta les estaba anunciando su próximo ingreso en la UR.
Nuria sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. La imagen quedó

198
congelada, pero no así el sonido. Escuchó sus propios sollozos y los de sus padres
mientras se abrazaban formando una piña para celebrar la noticia que la doctora les
acababa de dar. Se le humedecieron los ojos al recordar esa escena, tan lejana ahora en
el tiempo y en el espacio. Las voces continuaron oyéndose hasta que Álvaro y Carmen
Alarcón se despidieron en la puerta de su casa. El sonido sólo podía provenir del
micrófono oculto en la pulsera.
«Muchas gracias, doctora Alarcón», se oyó decir a ella misma. ¡Qué engañada se
sentía ahora!
Se acordó en ese momento de lo que C2 había dicho el día anterior. Las
imágenes a las que se había referido habían sido grabadas el mismo día que las que
acababan de ver. Carmen Alarcón había insistido a Álvaro en que recogiese con la
cámara algunas palabras de sus padres, a cada uno por separado, para que ella pudiera
recordarles mientras durase su estancia en la Unidad de Regeneración. No tenía duda de
que la doctora lo había hecho con la intención de que fuesen después reproducidas ante
el grupo de las chicas C y conseguir el resultado que había tenido en su compañera. Fue
a partir de esa visita cuando Álvaro comenzó a enviarle correos electrónicos en los que
le explicaba lo que estaba sucediendo con los enfermos de la UR y le proponía
participar en la aventura.
Cuando terminaron la sesión audiovisual, comenzó el diálogo.
—Ésta es la segunda vez que veis estas imágenes —empezó diciendo la
instructora—. Y bien, ¿qué más podemos conocer de Nuria con todo lo que acabáis de
ver y escuchar?
—Que cree en los Reyes Magos —contestó C1, con una sonrisa burlona.
—No seas tonta —replicó C2—. Es una forma de decir que le han regalado por
Navidad lo que quería. —Y, dirigiéndose a I5, le preguntó—: usted se refiere a su modo
de ser, ¿no es así?
—Sí, a eso me refiero —respondió I5—. C3, ¿tú qué piensas? ¿Llegaste a ver a
Nuria cuando se iba a hacer el intercambio?
—No —contestó—. Yo estaba dormida. Me desperté en nuestra habitación, con
C2 a los pies de la cama.
—Me he dado cuenta de que te has emocionado con las imágenes que hemos
visto. ¿Qué te ha ocurrido?
Nuria se sobresaltó al verse descubierta. Se repuso en un instante y respondió
con la verdad.
—Estaba pensando en que he estado muy cerca de experimentar lo que se siente
al tener unos padres de verdad.
—¿Es que aquí no estás a gusto? —le interpeló I5—. Tienes todo lo que
necesitas para vivir.
Nuria tardó un poco en contestar.
—Sí, estoy bien.
—¿A pesar de haber fallado tres preguntas del examen de ayer? —intervino C1.
—¿Cómo? ¿Ya han sacado las notas? —preguntó C2.
—Sí, las pusieron en el expositor mientras estábamos en la sesión general —le
respondió C1. Y, fijándose en Nuria, continuó—: ¿Sabes que ya no eres la primera del
grupo?
—Mucho mejor —le contestó ella, mirándola a la cara. Después sonrió—. Así
ya podremos hablar; siempre que quieras, claro.
La clase, dirigida por la instructora, continuó con preguntas, sugerencias y
conjeturas que fueron formulando las cuatro mujeres, incluida la propia Nuria. Por
primera vez desde que se encontraba allí, estaba logrando divertirse un poco al oír

199
hablar de sí misma como si se tratara de un objeto de investigación. Acabaron
concluyendo que sus padres eran unas personas estupendas, y que ella era muy sensible,
además de que su comportamiento a veces resultaba algo infantil para la edad que tenía.
«¿Y a mí, qué? —pensó ella— Me gusto como soy.»
Una vez terminada la clase, disponían de un largo rato de recreo. Al salir del
aula en dirección al patio, Nuria tocó en el brazo a C1, que ya se iba, y le dijo:
—Me alegro de que volvamos a hablarnos.
—¡Déjame en paz, segundona! —le contestó.
C2 estaba colocando en la estantería el material utilizado durante la clase. Nuria
se acercó a ella y examinó con la mayor atención todo lo que había ahí. Los álbumes
contenían montones de fotos en las que salía ella, desde su nacimiento hasta la última
visita de Álvaro a su casa. En varias fotografías aparecían también sus padres y otros
familiares y amigos. Se detuvo en una que le había hecho Álvaro un día que había ido a
su consulta: junto a ella estaba su abuelo Guillermo. Pasó la mano delicadamente sobre
la cartulina y cerró el álbum.
—Venga, chica —le animó C2—. No vas a pasarte el día mirando fotos.
—Espérame un momento, por favor.
Examinó uno por uno los libros almacenados en la estantería para ver de qué
trataban. Se dio cuenta de que eran simplemente novelas y cuentos; algunos títulos le
sonaban, aunque no así otros. Se llevó una grata sorpresa al leer el título del último
volumen que había en la repisa: Tu vida en el internado. Por fin había encontrado algo
en donde esperaba hallar una explicación por escrito de lo que estaba intentando
averiguar dando rodeos en las charlas con sus compañeros. Como era muy pequeño,
prácticamente un cuaderno, se lo metió en el bolsillo del mono para leerlo cuando
tuviese ocasión.
—¿Para qué te llevas eso? —le preguntó C2, que ya estaba empezando a
impacientarse—. Si te lo sabes de memoria.
—Siempre conviene repasar lo que no te esperas que caiga. Quizá en algún
examen pregunten algo de lo que hay aquí escrito.
—Apuesto a que a C1 no se le ocurriría repasar el manual de convivencia. ¿Has
visto qué vanidosa es? Ahora ya puede ir presumiendo por ahí de que es la primera del
grupo.
—Pues, por mí, le regalamos una medalla de oro y que la lleve colgando todo el
día.
C2 sonrió ante la ocurrencia de Nuria y le dijo:
—¿No te acuerdas de la cara que puso cuando se decidió que tú ibas a ser la que
sustituiría a Nuria? Se le echaron de repente encima más de veinte años de espera. Fue
pura casualidad que te eligiesen a ti, ¿verdad? Ella habitualmente ha ido por delante
salvo la última semana y siempre parecía ser la candidata número uno para salir de aquí
la primera. Se ve que se confió y tú la pasaste; y eso que nos habían avisado de que
pronto una de nosotras iba a cambiarse por el original.
—Sí, pero ya ves para qué ha servido: un viaje de ida y vuelta en el que, además,
no me he enterado de nada —contestó Nuria—. Al día siguiente de irme ya estaba otra
vez aquí y ahora vuelvo a ser una «segundona».
Trató de imitar el modo sarcástico en que C1 había pronunciado esa palabra y
las dos se echaron a reír.

—Bueno, ¿vas a mover o te rindes? —Nuria hizo avanzar a uno de sus caballos

200
en actitud desafiante hacia la reina de su contrario y se dispuso a esperar otro buen rato,
mientras continuaba recordando cómo se había desarrollado el día.
C2 y ella dedicaron el tiempo de descanso a charlar sentadas en un banco, a la
sombra de un árbol cuya especie no supo identificar. Si los cálculos no le fallaban, ese
día era martes, 15 de mayo. El sol calentaba fuerte. No sabía en qué lugar del mundo se
hallaba, pero lo que estaba claro era que allí el calor se hacía notar más que en Valencia.
Cuando llamase a Álvaro tendría que preguntárselo. Resultaba incómodo desconocer la
situación que una ocupaba en el globo terráqueo. El patio en el que se encontraban
estaba flanqueado por tres muros altos y por el edificio donde pasaban todo el día,
durmiendo, comiendo y recibiendo clases. Desde su posición no podía ver nada más que
el azul del cielo.
Durante la conversación que tuvo con C2 se puso al corriente de la rivalidad que
siempre había existido entre C1 y C3, incluso desde que eran pequeñas. Entre las
preguntas que Nuria certeramente le hacía y la locuacidad de su compañera se enteró
también de que ningún interno había salido nunca del recinto, como ellos mismos
llamaban a las instalaciones en las que vivían.
—Tengo que confesarte que pocas veces me han entrado ganas de hacerlo —le
comentó C2—. Aquí tenemos de todo y fuera no sabría cómo desenvolverme. Por eso,
no me importa ir siempre la última en el grupo: si tengo que marcharme un día de aquí,
preferiría que fuese lo más tarde posible.
Era realmente sorprendente esa muchacha. No deseaba en absoluto vivir fuera de
esas paredes. Le recordó al protagonista de Novecento. El pobre hombre no había salido
en su vida del barco donde un fogonero le encontró un día, cuando era un bebé de tan
sólo unos días. Sin duda, había sido abandonado por sus padres, que nunca llegaron a
reclamarlo. Jamás tuvo valor para bajar a tierra en ninguno de los puertos en los que el
barco atracaba. Y murió en el buque, sin atreverse a dejarlo ni siquiera en el momento
en que iba a ser volado por los aires y hundido para siempre en el fondo del mar.
Prefirió perder la vida a enfrentarse con lo que le esperaba fuera.
Alguna vez había oído hablar a su padre del síndrome de dependencia que sufren
algunas personas. Eso debía de pasarle a C2. Y los días siguientes pudo comprobar que
muchos de los internos pensaban como su amiga. Tenía la esperanza de que la lectura
del pequeño tomo que había cogido del aula le aclarase las ideas que ya empezaban a
tomar forma en su cabeza.

La partida acabó en tablas. Como todavía les quedaba un rato largo antes de la
primera clase de la tarde, Nuria trató de conseguir más información del muchacho que
tenía enfrente. Debía de tener un año menos que ella. Las letras, por lo que había podido
comprobar, habían sido asignadas siguiendo el orden de nacimiento. Según eso, ella
debía de ser la tercera en edad dentro del recinto.
—¿Cómo te fue el examen de ayer? —le preguntó, para empezar por algo que
pudiera interesar al chico.
—Regular —respondió D2—. Yo siempre voy el último del grupo.
—¿Y los instructores no te ayudan a mejorar?
—¿Los instructores? —dijo el chico con cara de asombro—. A ellos les da igual.
Para un instructor somos simples combinaciones de letras y números a los que hay que
cuidar y enseñarles cosas; incluso a los que hay que lesionar, como hicieron contigo. —
D2 no parecía muy contento de su situación—. Nos tratan prácticamente como si
fuéramos objetos con un código de barras, como los que se ven en algunas de las

201
películas que nos ponen cuando uno de los personajes va al mercado.
«Es como Forrest Gump en Vietnam.» Nuria se había acostumbrado a ver
mucho cine en su casa desde pequeña. Su padre conservaba una buena colección de
películas y de nuevo se le vino a la cabeza el protagonista de uno de los innumerables
filmes que había visto. Como el pobre Forrest, la entonces niña no entendía por qué los
americanos andaban buscando en plena selva vietnamita a un tipo llamado Charly. Su
padre le explicó que ésa era la manera que tenían de despersonalizar al enemigo y así,
en el caso de encontrárselo de frente, no les importaría pegarle un tiro. Llamar a todos
igual era como si fueran uno solo. Resulta más fácil matar a una persona cuyo nombre
desconoces. En el recinto ocurría algo parecido: D2, C3, B1 no eran nombres; eran
simples claves de identificación. En ese lugar se echaba en falta el calor humano.
Como la conversación estaba poniéndose interesante, Nuria siguió tirando de la
lengua a su compañero.
—A lo mejor estás exagerando un poco.
—A mí me parece que no. ¿Sabes? Yo creo que lo que nos identifica a cada uno
es la pulsera; es algo que llevamos siempre encima y no hay modo de quitárnosla. Lo he
intentado varias veces pero no lo he conseguido. Además, con ella puesta, nos tienen
siempre localizados: jamás un instructor nos lo ha confesado abiertamente, pero estoy
seguro de que saben dónde estamos en cada momento; lo tengo comprobado.
D2 le contó que un día se había retrasado en la habitación antes de desayunar;
decidió no ir al comedor y quedarse un rato más en la cama. Se acercó más tarde al
aseo; estaba cepillándose los dientes cuando oyó la voz del instructor número 1 a través
del altavoz del pasillo, que decía: «D2: acaba de una vez en el baño y ve corriendo a
clase, que te están esperando».
—¿Cómo iba a saber que estaba en el aseo si no hay cámaras allí?
—Quizá te vieron entrar desde alguna cámara del pasillo y, como no te veían
salir, te llamaron la atención.
—Te insisto en que tienen un sistema de localización. No es que me importe
demasiado, porque no tenemos muchos sitios adonde ir, pero me parece excesivo tanto
control.
Lo que nos identifica a cada uno es la pulsera; es algo que llevamos siempre
encima y no hay modo de quitárnosla. Claro, por eso había observado la noche anterior
cómo sus compañeras de habitación habían recargado la batería de su brazalete sin
quitárselo. ¡No sabían cómo hacerlo! Ella había actuado del mismo modo, sin
comprender muy bien el motivo. Ahora ya lo entendía.
Se dio cuenta entonces de que jugaba con dos ventajas a su favor: conocía el
modo de liberarse de la pulsera y hacer, si fuera el caso, que señalara su presencia en un
determinado lugar, engañando al receptor sobre su localización real dentro del recinto;
además conocía la existencia del micrófono oculto en la pulsera y cómo hacerlo
inoperante: «Recuerda: el micrófono que recoge el sonido está en el orificio que hay
junto al botón almohadilla del teclado. Si lo tapas con un dedo, no captará ninguna
señal.» Ignoraba cómo había sido capaz Álvaro de enterarse de todo eso, pero si quería
salir de allí y ayudar a todos sus compañeros de prisión, el único agarradero que tenía
era seguir fielmente las indicaciones que su joven doctor le había ido señalando mensaje
tras mensaje.
Cuando faltaban cinco minutos para que terminase el rato de reposo después de
comer, apareció en la sala un instructor al que Nuria no había visto todavía.
—¡C3!
—Sí. Estoy aquí —contestó Nuria desde su silla.
—Tienes que venir conmigo a la enfermería. Vamos a ver cómo sigue ese

202
tobillo.
Una angustia tremenda se apoderó de la chica. ¡Debería haber escondido el
maldito aparato la noche anterior! Como no se le ocurriese algo y pronto, tendría que
empezar a dar explicaciones y no quería imaginarse lo que podía ser de ella si se
enteraban de quién era en realidad. Procuró disimular su alarma moviéndose lentamente
—después de todo, estaba lesionada—, y disponer así de más tiempo para pensar el
modo de salir bien parada de aquella situación.
—¿Me puede acompañar C2?
—No hace ninguna falta. Ella, además, tiene clase ahora. Vamos.
—Ya voy.
Cogió las muletas y se dirigió perezosamente hacia la puerta por donde se había
asomado el instructor. Recorrieron un pasillo con ventanas en ambos lados que debía de
servir de comunicación con otra zona del recinto. Recordaba haberlo visto en el patio
durante el recreo: era un simple pasadizo adosado a una de las altas paredes que
limitaban el patio y que unía las instalaciones dedicadas a los internos con otras cuyo fin
desconocía. Al final del pasillo, una puerta daba a un amplio vestíbulo. De frente, otro
corredor seguía más allá, en la misma dirección del que habían dejado, y en las paredes
del recibidor pudo ver varias puertas. Una de ellas tenía una gran cruz roja pintada.
—Perdone, I6.
—¿Qué pasa ahora?
—Cuando entró en la sala para avisarme de que debía acompañarle a la
enfermería estaba a punto de dirigirme al cuarto de baño. Todos los días tengo
necesidad de ir después de comer y, con la partida de ajedrez que tenía pendiente, hoy
no me ha dado tiempo todavía. ¿Puedo?
—¿Ves esa puerta de la derecha? Es un aseo. Venga, date prisa, que tengo
muchas cosas que hacer.
—Gracias. Enseguida acabo.
Entró en el aseo y cerró la puerta con pestillo. Rápidamente, desenrolló las
vendas justo hasta que tuvo a su alcance el localizador y lo extrajo de su escondite.
Aprovechó la oportunidad para hacer una breve llamada a Álvaro, quien se alegró
muchísimo de escuchar su voz. Hablaron sólo un minuto; no era prudente alargar
demasiado su tiempo de estancia en el servicio para evitar que el instructor se extrañara
de su tardanza en el aseo. A continuación, lo guardó momentáneamente en el bolsillo
del mono. Rehizo el vendaje como pudo y se puso a pensar en un sitio donde ocultarlo.
No quería esconderlo entre su ropa. Un bulto del tamaño del localizador sería
fácilmente visible en el bolsillo de su mono y, si lo guardaba ajustado a su ropa interior,
corría el riesgo de que se le cayese y fuese a parar al suelo. El aseo era, pues, su última
oportunidad. Después de examinar el cuarto unos segundos, se dio cuenta de que no
había ningún recoveco ni nada parecido. Elevó los ojos al cielo, como pidiendo ayuda, y
fue entonces cuando encontró lo que buscaba.
El techo estaba formado por planchas de escayola colocadas sobre una estructura
de aluminio. Se acordó de la broma que le había gastado en una ocasión uno de los
chicos de su clase, cuando le escondió el libro de matemáticas encima de una de las
planchas; se había subido sobre un pupitre y, levantando una de ellas, había dejado el
libro en la plancha vecina. Afortunadamente para Nuria, el techo no se elevaba
demasiado. No obstante, necesitó encaramarse a lo alto del lavabo y ocultó el aparato
justo encima. Luego, vació la cisterna como justificante de los minutos pasados en el
aseo y salió al vestíbulo, donde la esperaba el instructor enfermero.
Éste, una vez dentro de la enfermería, examinó el estado de su tobillo y quedó
sorprendido al observar que, inexplicablemente, la hinchazón había desaparecido por

203
completo. Sí lo notó un poco caliente —la chica lo había mojado un rato largo con agua
casi hirviendo para aparentar una inflamación— pero se podía decir que estaba casi
curada.
—¡Qué curioso! —le dijo—. Ya lo tienes prácticamente bien. En un par de días
te quito la venda y a correr.
Nuria se sintió aliviada por el hecho de que el enfermero no mostrase demasiada
extrañeza ante la repentina curación. Quizá la lesión que habían provocado a su suplente
había sido de poca entidad.
—De todos modos, se te nota como blandita —le dijo el instructor—. Tendrás
que hacer deporte y ponerte más fuerte.
«Blandita», pensó la chica. La flacidez de los músculos de todo el cuerpo,
debida a la maldita enfermedad que padecía, no se arreglaba con ejercicio físico.
Prefirió olvidarse del comentario de I6.

204
Capítulo 28

Después de cenar, Nuria se aisló del resto de sus compañeros y, sentada en una
esquina del salón de descanso, se dispuso a leer despacio Tu vida en el internado. El
libro era pequeño y confiaba en terminarlo antes de irse a dormir.
Según pasaba las páginas, su asombro y su indignación crecían por momentos.
¡Todo lo que se contaba ahí no era más que una pura patraña! Por fin comprendía lo que
habían comentado C2 y B1 sobre la duración de su estancia en el recinto y muchas
cosas más que aún le quedaban por ver.
El manual comenzaba con una felicitación al lector por pertenecer a ese pequeño
grupo de convivencia. Dentro del recinto tenía todo lo que podía desear y su vida allí,
sin duda, era feliz. A continuación explicaba el motivo que dio lugar a la existencia del
internado: en el año 1991, el gobierno español había aprobado una ley por la que, ante
casos de partos múltiples, sólo uno de los nacidos podía incorporarse a la familia, ya
que, de lo contrario, eso supondría un aumento de la población en las ciudades y en todo
el país, insoportable para la economía de la nación. Además, de ese modo, se
descargaba a los padres de la pesada e inesperada obligación de criar y educar a uno o
varios hijos no previstos y se evitaba el agobio y el estrés que producía la convivencia
de mucha gente en una misma vivienda.
Mediante un diagnóstico prenatal, se escogía al primero de los hermanos que
viviría con su familia. El más débil o el que padeciese una enfermedad sería el elegido
para ocupar en primer lugar un puesto en el mundo. Era lo más justo; quizás ni siquiera
llegase a vivir el tiempo previsto para su permanencia fuera del recinto.
Los demás hermanos debían permanecer en internados, a la espera de sustituir al
que les había precedido. Calculando la vida media de una persona en ochenta años, los
grupos de cuatro gemelos vivirían fuera del recinto veinte años cada uno. En grupos de
tres gemelos, cada uno tendría la oportunidad de vivir veintiséis años fuera. Si fuesen
dos, les tocaría cuarenta años a cada uno. El hermano sustituido pasaría a vivir en otro
internado, con personas de edades similares a la suya. El lugar donde Nuria se hallaba
era un centro especializado en grupos de cuatro hermanos; el primero que había sido
designado para ocupar un lugar fuera del recinto era, en todos los casos, cliente del Nou
Hospital valenciano. Ese hospital era la entidad encargada de supervisar todo lo
relacionado con la salud de cada individuo y de los sucesivos intercambios que se
darían en el futuro.
La aplicación de la ley, continuaba el libro, había sido considerada beneficiosa
para la sociedad, y otros países habían seguido el ejemplo de España. Decenas de
centros como ése se repartían por todo el mundo, instruyendo a los internos para poder
sustituir en el momento preciso al hermano que vivía en el mundo exterior. Allí, su
familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo le estaban esperando, y era de suponer
que sería y se comportaría del modo más parecido posible al hermano que le había
precedido en su puesto. Por tanto, en su preparación para ello se jugaba la buena
acogida que tendría al llegar como alguien nuevo al lugar ocupado hasta ese momento
por su hermano gemelo.
Tuvo que parar al llegar a ese punto. ¿Cómo era posible que los muchachos y
muchachas que residían allí se creyeran todas esas mentiras? No obstante, debía
reconocer que la explicación recogida en el libro que tenía en sus manos era
convincente y, de no ser por el conocimiento que ella tenía de la verdad de las cosas,
habría caído en la trampa; sobre todo, si no disponía de ninguna otra fuente de
información.
Comprendió en ese momento que ése era el problema que, a la vez, constituía la

205
ventaja de los instructores sobre los internos. Los primeros podían contar a los chicos
cualquier cosa y éstos no tenían más remedio que creérsela, ya que no había ningún
medio a su alcance para comprobar su veracidad. A sus compañeros no les llegaba ni les
había llegado en toda su vida ninguna noticia del exterior que no hubiese sido filtrada
por alguien del recinto. Durante los ratos pasados en el salón había comprobado que lo
que emitía la televisión era todo grabado. Había visto, junto a los horarios, la
programación que se vería cada día. Por supuesto, no se mencionaba ningún noticiario
ni nada similar; todo eran documentales, películas bien seleccionadas y algunas series
de televisión. Ése era su único contacto con el mundo real. En el aparato del salón no
existía la entrada de antena que había en cualquier televisor.
Como se conocía la mayoría de los títulos que había en la videoteca del
internado, comprobó días después que no había ni una sola película en la que
apareciesen presidiarios, cárceles, motines o alguna referencia a la libertad o a la lucha
por conseguirla. Era una palabra que los instructores se esforzaban en evitar, ya que
ninguno de sus alumnos sería capaz de entender. Ese concepto era algo desconocido
allí.
Continuó leyendo con la intención de terminar antes de que sonase el timbre. La
ley aprobada en 1991 prohibía tener relación alguna entre los internos y las personas de
fuera. En el exterior se conocía su existencia, se sabía que un día determinado se
incorporarían a su mundo, pero se les ignoraba hasta que llegase ese momento.
El tiempo de sustituir al hermano que vivía fuera estaba determinado, como ya
había leído unas páginas antes, por el número de hermanos gemelos. Pero se podía dar
el caso de que falleciese antes de tiempo la persona que debían sustituir: en esa
circunstancia, el cambio se produciría inmediatamente. El suplente ocuparía el lugar del
fallecido sin esperar el tiempo previsto inicialmente. Era lo que habían hecho con Alex
Ferrer y lo que estuvieron a punto de hacer con ella. El libro no explicaba, sin embargo,
el estado en el que el nuevo hijo llegaba a la familia: con la mente completamente en
blanco. Tampoco se decía que, en realidad, se trataba de engañar a los padres, haciendo
pasar a un hijo por otro.
Álvaro le había explicado que el fondo del asunto consistía en convencer a todo
el mundo de que la supuesta clonación terapéutica que se practicaba en el Nou Hospital
estaba siendo un éxito. Con Alex había funcionado a la perfección, mediante el sencillo
hecho de cambiar a una persona por otra, «salvándole de la muerte» y haciendo
desaparecer, de paso, la diabetes que padecía. La niña que había sido curada de su
anemia de Falconi habría recibido, sin duda, un trasplante de células madre de
cualquiera de sus hermanas gemelas, y no precisamente de algún embrión clónico
generado en el Nou. Ella había salvado el pellejo por muy poco; estaba previsto su
ingreso en la Unidad de Regeneración para las próximas semanas. Una de las tres C
ocuparía su lugar desde ese momento y prefería no imaginarse qué tenían pensado hacer
con ella, una vez reemplazada por un ejemplar clónico sano.
El libro acababa señalando algunos criterios de convivencia en el recinto: no
estaba permitido circular por las zonas que no fuesen las destinadas a los internos, a no
ser que se hiciera en compañía de algún instructor; las relaciones sexuales serían
castigadas implacablemente; había que cumplir con los horarios de actividades previstos
sin faltar a ninguna clase o reunión...
Nuria apoyó el libro sobre sus rodillas y cerró los ojos. Ahora ya sabía cómo
debía comportarse y el por qué de tantas cosas absurdas como había visto y oído en el
poco tiempo que llevaba en aquel lugar. Necesitaba hacerse a la idea de que tendría que
permanecer allí, resignándose a ese modo de vida, respetando las normas y
mimetizándose con el resto de sus compañeros hasta que Álvaro viniera a por ella… Si

206
es que lo lograba.

Como ordenaba el manual de convivencia que había leído, el horario marcado


para cada día se fue cumpliendo a rajatabla. Dos veces a la semana —los miércoles y
los sábados— tocaba clase de educación física; los chicos por un lado y las chicas por
otro. Ella estaba exenta de hacer ejercicio y aprovechó la primera ocasión que se le
brindó para fijarse bien y guardar en su memoria todos los detalles que pudieran servir a
Álvaro para encontrarla.
La zona deportiva del recinto ocupaba una gran explanada de forma rectangular,
donde se distribuían un campo de fútbol-sala, una pista de baloncesto, un campo de
balonvolea y una piscina; ésta última estaba rodeada de una verja que la aislaba del
resto. Circundando tres de los cuatro costados de la explanada, se había construido un
muro de unos cuatro metros de altura. En lo alto del muro, un estrecho corredor pegado
a la pared lo recorría en toda su longitud. Una barandilla que miraba hacia la explanada
servía de protección para evitar posibles caídas. Desde esa posición, cualquier persona
podía observar el exterior de la explanada y vigilar el interior. Era lo más parecido al
patio de una cárcel de las películas de presidiarios.
Nuria trataba de imaginarse qué tapadera utilizaban para mantener esas
instalaciones en el país donde se encontraban. Con lo que había visto hasta el momento,
no podía hacerse ni siquiera una pequeña idea. En un instante determinado, vio alzarse
hacia el cielo unas columnas de humo o vapor —no habría sabido decirlo con
exactitud— que salían desde detrás del edificio en el que vivían, pero eso no le ayudó
demasiado en su propósito. Podía tratarse de cualquier tipo de fábrica o de la misma
salida de humos de las cocinas. Durante el día, siempre se escuchaba como música de
fondo el ronroneo de muchos motores y otros tipos de ruidos que daban a entender que
se hallaban muy próximos a algún tipo de factoría. Pensó entonces en los suministros
que necesitaba aquella pequeña ciudad. Probablemente, una o dos veces por semana, o
bien un camión traía mercancías al recinto, o bien alguien del complejo acudía a
comprarlas.

Continuaron las partidas de ajedrez con D2 en los ratos de descanso; una vez
ganaba ella y otras se dejaba ganar. C1 le había dirigido la palabra en contadas
ocasiones en los tres días que llevaba allí, y eso que se mantendría en esa primera
posición por lo menos hasta los siguientes exámenes. Fue conociendo poco a poco a los
otros internos. Cada mañana saludaba a sus compañeras de pasillo: las de los grupos E,
F y H. Eran más pequeñas que ella; debían de tener entre once y trece años. Al tercer día
de su llegada, las tres H aparecieron en el comedor con gafas. Por lo visto, la chica
original había acudido hacía poco al oculista y éste le habría mandado ponérselas. Nuria
sólo esperaba que no fuesen tan salvajes en aquel sitio como para producirles en la vista
la misma lesión que estuviera padeciendo H0. Pero todo era posible. Prefirió no pensar
en ello.
Los A eran tres chicos de unos dieciséis años, bastante gruesos. Como suponía
que debían de ser los primeros residentes del internado, intentó aprender más cosas a
través de uno de ellos.
—Muchas veces me he preguntado cómo os debíais de sentir al principio —le
dijo un día a A1—. Me refiero a que debíais cuestionaros si estabais solos en el mundo

207
o si había alguien más ahí fuera.
El chico la miró extrañado.
—No sé qué quieres decir. Explícate mejor, C3.
—Pues quiero decir que cómo os enterasteis de lo de la ley por la que se creó el
internado y todas esas cosas.
—¡Vaya tontería! Pues como cualquiera de los demás. Nos lo dijeron desde el
principio y aquí estamos desde que nacimos, esperando nuestro momento de ocupar el
lugar del hermano que nos ha precedido. No hay más.
Nuria se dio cuenta de que la pregunta no tenía ningún sentido para el
muchacho. Ésa había sido su vida desde su llegada al mundo y no se planteaba que las
cosas pudieran ser de otro modo. Ella era la excepción, la única interna que sabía que
vivían dentro de un continuo engaño.
—¿Y nadie ha tratado de escapar alguna vez? —continuó Nuria—. Tú debes de
saberlo bien, ya que eres de los mayores.
—¿Escapar? ¿Adónde?
—¿Adónde va a ser? Fuera de estos muros.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Pues por no estar de acuerdo con el sistema, por ejemplo —le respondió
Nuria.
—Tú haces unas preguntas muy raras últimamente. Aquí todos seguimos lo que
está pensado, y si existe una ley, no hay más remedio que cumplirla. ¿Acaso piensas
que hubiera preferido nacer antes de 1991?
—Eso lo sabrás tú.
—Pues te aseguro que no. Aquí estoy bien; es posible que cuando me toque
marchar, me guste la idea. Pero, por el momento, me quedo como estoy. Y respecto a
fugas, te puedo responder lo que tú misma ya sabes: nadie lo ha conseguido. Alguno lo
ha intentado en alguna ocasión pero le pillaron antes de que pudiera acercarse a la
puerta. Hay mucha vigilancia que no vemos.
¡Y tanto! Con un sistema de localización de cada interno era muy difícil que
alguien consiguiera evadirse. Pero sobre eso, A1 no sabía nada.
Las dudas acerca de la formación que tenían sus compañeros en cuestiones tan
fundamentales como la historia o la geografía se le disiparon con las clases a las que
asistió el tercer día de llegar al recinto.
Por el atlas que usaron en una de las sesiones comprobó que conocían el planeta
en el que vivían; se trataba de un atlas normal y corriente, como el que ella utilizaba en
el colegio. La cuestión que quedaba en el aire era si esos muchachos sabían en qué lugar
del mundo se encontraban.
C2 le facilitó la respuesta cuando preguntó a la instructora encargada de la clase
por qué no podían relacionarse con sus padres, aunque no salieran del recinto hasta el
momento determinado.
—Lo sabes perfectamente —le contestó I5—. Así lo marca la ley. Además, ellos
desconocen dónde te encuentras y es mejor así porque de ese modo se evita que puedan
venir a conoceros antes de tiempo.
—¿Y por qué yo tampoco sé dónde estoy?
La respuesta a su pregunta era sencilla.
—¿Para qué necesitas saberlo?
Con respecto a sus conocimientos históricos, comprobó, echando una mirada al
libro de la asignatura, que se explicaba una historia del mundo troceada. Aparecían los
hechos fundamentales protagonizados por la Humanidad, pero en ningún momento se
hacía referencia a guerras, rebeliones o violencias de ningún tipo. Todas las transiciones

208
de un régimen a otro o las conquistas de nuevos territorios siempre se habían logrado
pacíficamente y con una estricta observancia de la ley emanada de la autoridad. Parecía
como si en el mundo no existiera el pecado original.
La insistencia en el peligro que suponía llegar a índices de superpoblación era
abrumadora. En una de las clases vieron un breve documental que reflejaba la hambruna
que se sufría en algunos países menos desarrollados, que hacía ponérsele a uno los pelos
de punta. Nuria se percató enseguida de que se trataba simplemente de convencer a los
internos de la necesidad absoluta de controlar la población, de modo que los que vivían
en el exterior pudieran gozar de un mundo sin estrecheces.
La lección número 15 del libro se titulaba «La explosión demográfica».
Comenzaba con una seria advertencia acerca de la paulatina reducción de los recursos
alimenticios y energéticos del planeta y recordaba que el consumo siempre había sido
regulado por leyes estrictas y que, durante los próximos años, iba a serlo aún más.
«Dentro del recinto, poco se puede gastar», pensó, mientras leía esa lección. De ahí
derivaba la norma legal por la que debían esperar unos años para ocupar un lugar fuera
de esos muros. Tenían que justificar de algún modo la existencia de la famosa ley del
año 91. Todo estaba bien maquinado y constituía un auténtico alarde de imaginación
por parte de quien lo había pensado. Lo único malo era que prácticamente nada de lo
que se decía en ese libro era verdad.
Nuria se acordaba de haber oído hablar a su padre en alguna ocasión sobre ese
mismo tema. Le contaba que, cuando era más joven, era un asunto de frecuente
discusión el temor a un excesivo crecimiento de la población pensando en la posible
carencia de riquezas con las que cubrir las necesidades de la humanidad en el futuro.
Todas esas teorías habían caído por la fuerza de los hechos. Cientos de toneladas de
productos agrarios se tiraban o se dejaban perder en la actualidad por los excedentes que
se producían, y las fuentes de energía no iban a desaparecer de un día para otro. Es más,
Nuria había escuchado más de una vez a su padre que, en muchos casos, la
investigación en este campo era frenada por los respectivos gobiernos para seguir
llevándose un buen pico de lo que el ciudadano de a pie pagaba por el combustible para
su automóvil.
Con lo que había escuchado en esos días, se convenció de que sólo les
enseñaban lo imprescindible para que tuvieran un ligero conocimiento del mundo
exterior y no se extrañasen de nada de lo que pudieran ver en el televisor, aunque
algunas cosas las aprendiesen directamente de la pequeña pantalla. En ese supuesto,
nunca se trataba de conceptos o ideas que fomentasen la rebeldía. Simplemente se
asombraban al ver aparatos de los que no disponían en el recinto, pero que tampoco
echaban en falta, o asimilaban modos de comportarse o costumbres que incluso
favorecían la convivencia pacífica entre todos. No faltaban, en ese sentido,
documentales y películas sobre personas o instituciones que se dedicaban al servicio
desinteresado a los demás.
Nuria acabó sacando sus propias conclusiones después de su tercera jornada
encerrada: todo el mundo es bueno, es una suerte vivir en el recinto, hemos de obedecer
a lo que está establecido porque así nos irá bien. Nadie cuestionaba el sistema porque
nadie había sido enseñado a pensar por cuenta propia. Ella tendría que hacerlo por los
demás.

209
Capítulo 29

Hacía dos días desde su paso por la enfermería y se había propuesto recuperar
sin falta el teléfono. No podía seguir teniendo a Álvaro sin noticias suyas y, además,
necesitaba tomar una cápsula para mantener a raya la enfermedad. Durante la comida, le
había costado mucho tragar y sabía que eso no era un buen síntoma. Para ello, tendría
que regresar al aseo donde lo había ocultado, lo que no iba a resultar nada sencillo. El
manual que había leído recordaba que ningún interno podía deambular por los pasillos
de las instalaciones sin permiso o sin que estuviese acompañado por un instructor o una
instructora. Seguramente por ese motivo, no había cámaras de vigilancia en las áreas del
recinto prohibidas para los muchachos. Se había fijado en ello en su anterior visita a la
enfermería. Sólo las había visto en el edificio donde vivían.
Podía aparentar que no se encontraba bien y que necesitaba ser examinada de
nuevo en la enfermería; a su paso por el vestíbulo, le entrarían de repente unas ganas
tremendas de orinar y así podría acceder al aseo. El plan era factible, pero prefirió
actuar de otro modo. Quería ir sola y, de paso, averiguar hacia dónde conducía el otro
pasillo. La enfermería estaba situada en el quinto piso del edificio, a una altura
suficiente para descubrir, a través de las ventanas, algo más de lo que podía distinguir
desde la zona donde vivían los internos. Aunque el salón se hallaba en la misma planta,
lo único que se veía desde los ventanales era un terreno seco y casi exento de
vegetación. Al fondo del paisaje se adivinaba una pequeña cadena montañosa que hacía
de horizonte. La orientación del edificio era fácil de adivinar observando la sombra que
proyectaba a las distintas horas del día. Las ventanas que daban a poniente sólo ofrecían
la vista de la explanada de la zona deportiva y, más allá de los muros, el mismo
panorama que se apreciaba desde los ventanales que miraban al norte. Había una sola
diferencia: aproximadamente a un par de kilómetros se vislumbraba un conjunto de
ruinas de lo que en su tiempo debía de haber constituido un pequeño poblado. Ahora no
vivía nadie allí.
Decidió que el momento más adecuado para intentar su empresa era el descanso
que tenían después de comer. Ya no usaba las muletas, aunque todavía llevaba el
vendaje. Miró en todas direcciones y le pareció que nadie se fijaba en ella; cada cual
estaba entretenido viendo la televisión, leyendo un libro o jugando a las cartas o al
ajedrez. Se acercó a la puerta por la que dos días antes había aparecido el enfermero.
Probó el pomo y dio gracias a Dios de no encontrarla cerrada con llave. La abrió
sigilosamente, lo justo para colarse al otro lado, y salió al pasillo, cerrándola después,
procurando no hacer ruido con el picaporte. Entonces empezó a andar con normalidad.
Era la primera vez que lo hacía desde que se encontraba allí.
Había caminado unos pasos cuando oyó una voz a su espalda:
—De modo que ya estás curada y tú, haciéndote la coja.
Se quedó helada. No se atrevía a volverse. Aunque la voz le era perfectamente
conocida, un sudor frío le invadió todo el cuerpo. Rezó para que fuese C2 quien la había
descubierto y no su querida rival C1. Afortunadamente, se trataba de la primera.
—Me has pillado —le dijo—. Es que, si sigo cojeando, todo el mundo me trata
con más consideración. Ya estoy bien y mañana seguramente me quitarán la venda.
—Pero, ¿se puede saber a dónde vas? —le preguntó C2—. Me he fijado en
cómo te ibas acercando a esta puerta, vigilando a todo el mundo para asegurarte de que
no te viese nadie y, de pronto, te has atrevido a abrirla. ¿No sabes que no puedes estar
por aquí tú sola?
—Por favor, no se lo digas a nadie.
Nuria había recuperado la serenidad, aunque no dejaba de sentirse inquieta. C2

210
era su amiga y tendría que acabar confiando en alguien, aunque todavía era pronto para
hablar claramente con ella y explicarle algunas cosas que desconocía sobre C3.
—Ya sé que no debería estar aquí, pero tengo que recuperar algo que perdí el
otro día, cuando me llevaron a la enfermería.
—Pues te acompaño —le dijo C2—. Mejor es que pesquen a dos que no a una
sola, ¿no te parece?
Nuria se sintió mejor. Quizá tuviera razón su amiga. Entre ambas podrían
inventar una buena excusa si alguien las encontraba por allí. Además, recordó que todo
lo que estaban diciendo quedaba registrado en algún sitio; tarde o temprano, el
Instructor Mayor o alguno de los de su equipo se encargarían de llamarles la atención y
quizá también les impondrían un castigo. Si eso no era suficiente, con la señal de
localización que emitía la pulsera se suponía que en pocos minutos algún instructor
aparecería por allí para mandarlas de regreso a su zona.
—¿Estás segura de que nadie te ha visto entrar aquí? —le preguntó.
—Por lo menos, más segura de lo que tú estabas me parece que sí —le contestó
C2, sonriendo—. Nadie ha salido por esa puerta después de que yo lo hiciese.
Avanzaron por el pasillo y abrieron una rendija de la entrada al gran recibidor.
Estaba vacío. Todo el mundo debía de estar en el comedor. Dejaron el pasillo y pasaron
al vestíbulo.
—¿Me puedes decir qué es lo que se te ha perdido? —le preguntó C2.
—Una cosa —contestó Nuria.
—Pero, chica, ¿te cuesta tanto decirme lo que es?
Ése no era el momento para entrar en detalles y se le ocurrió una idea.
—Vale. Se trata de un pendiente que no encuentro. Estoy casi segura de que se
me cayó en el aseo que hay ahí —dijo, señalando la puerta—. Entré un momento antes
de que me revisasen el pie y, al lavarme la cara, noté un pequeño ruido, pero no le di
importancia. Ahora ya sé de qué se trataba.
—Pues te acompaño a buscarlo. Entre las dos, tardaremos menos.
—¡Nooo! —le gritó Nuria. C2 se asustó de la reacción de su amiga.
—¡Caray! Que no me lo voy a quedar, mujer. ¿Para qué quiero yo un pendiente
desparejado?
—Perdona —se disculpó Nuria—. Lo buscaré yo sola. Gracias. Tú, quédate aquí
y, si oyes que viene alguien, me avisas, ¿vale?
C2 no tuvo más remedio que permanecer en la puerta del cuarto de baño
mientras su amiga buscaba el pendiente perdido. Después de un par de minutos, Nuria
salió del aseo.
—¿Qué? ¿Lo has encontrado?
—¡Qué va! Han debido de barrer el suelo y no queda ni rastro.
—¿Y qué podemos hacer? —le preguntó C2, visiblemente preocupada.
Le fastidiaba haber tomado el pelo a su amiga, que aún seguía pensando en el
pendiente perdido, pero no había tenido más remedio que hacerlo. C2 era la bondad en
persona. Veía en ella un reflejo de sí misma; pero sólo de su parte buena, ésa que se
sentía incapaz de negarse a prestar su ayuda cuando alguien se lo solicitaba. Al fin y al
cabo, corría la misma sangre por sus venas.
Nuria no sabía si proseguir con el plan de investigación que había pensado o
dejarlo para otro momento. Quizá no se presentase de nuevo una circunstancia como
ésa. Había que aprovechar la oportunidad y juzgó que lo más oportuno era continuar
con su exploración.
—No te preocupes por el pendiente; olvídalo —le contestó—. Pero, ya que
estamos aquí, tengo mucha curiosidad por conocer qué hay más allá de esa puerta.

211
—Tú no sabes dónde te estás metiendo.
—¿Y qué puede pasarnos? ¿Qué nos dejen un día a pan y agua? Pues nada, nos
servirá para adelgazar un poco y cuidar la línea. ¿Vienes o no?
C2 se mostró dubitativa, pero al final se decidió.
—Vamos.
El corredor que arrancaba al otro lado del recibidor sólo tenía ventanas en el
lado izquierdo, según avanzaban desde el vestíbulo. Nuria supuso que la parte derecha
debía de estar ocupada por parte de la enfermería, ya que en toda la pared sólo había una
puerta, casi al final del pasillo. Era una puerta metálica, con toda la apariencia de ser la
entrada a un almacén.
Lo más interesante fue lo que descubrieron al echar una mirada a través de las
ventanas. Ahí encontraron la supuesta fábrica o explotación que servía de careta para las
personas ajenas al recinto. Había tanques de diferentes colores y tamaños y una
infinidad de tubos que circulaban por toda la extensión de la planta, uniendo unos
depósitos con otros. Un edificio de cuatro pisos, pared con pared con el que les servía de
residencia, limitaba la explanada hacia el norte. A continuación de ese edificio, se
levantaba un muro de unos tres metros de alto, en el que se encontraba la puerta
principal del complejo. Se sorprendieron del pequeño tamaño de la factoría o lo que
demonios fuera eso. El espacio ocupado por las instalaciones quedaba cerrado hacia el
sur con otro muro, mucho más alto que al anterior, con el que hacía esquina, y que debía
de terminar muy cerca de la puerta de seguridad en la que acababa el pasillo donde se
encontraban. La visibilidad que tenían desde su posición no llegaba a más. Los que
mandaban allí no temían que alguien tratase de escapar por el muro que tenían enfrente,
aunque ni Nuria ni su compañera estaban tan seguras de lo mismo en lo que se refería a
la zona sur.
Las dos dieron un respingo cuando observaron lo que había al otro lado del muro
que rodeaba esa zona. Desde la explanada de la factoría no era posible ver la malla de
alambre de espino enrollado que lo recorría en toda su longitud porque se encontraba en
la fachada interior de la pared, casi en lo más alto. Daba la impresión de que estaba
dispuesta así, en primer lugar, para no ser vista desde el otro lado y, a la vez, como si
tratara de evitar que lo que estuviera ahí recluido no pudiera nunca llegar a saltar el
muro. Su situación les permitía observar gran parte de esa zona de las instalaciones.
Todo lo que alcanzaba su vista estaba limitado por el mismo muro que las
separaba de la explanada de la fábrica. Por debajo de la barrera de púas había una
pasarela, a modo de antepecho, igual a la que Nuria había visto junto a las paredes de la
explanada en la que hacían deporte. Dos hombres armados con rifles, con todo el
aspecto de ser guardias de seguridad, estaban apoyados en la barandilla y miraban hacia
el interior de ese área del recinto. Se trataba de un espacio más o menos cuadrado,
ocupado en parte por un edificio del que sólo podían ver parte de la fachada que daba al
muro. La puerta que había al final del pasillo daba directamente a ese edificio. Probaron
a abrirla pero estaba cerrada con llave.
—¿Qué pueden guardar ahí?
—No lo sé. Seguramente es el sitio donde meten a las chicas traviesas como
nosotras que están donde no deben —le contestó Nuria.
A continuación, llevó su dedo índice a los labios de su amiga para indicarle que
guardara silencio. Luego, tapó con el dedo pulgar el agujero que había junto a la tecla
almohadilla de su pulsera y, utilizando la otra mano, hizo lo mismo con el orificio de la
que ella llevaba.
—Esta noche hablamos —le dijo—. Ahora continúa como si no te hubieses
extrañado de nada.

212
C2 asintió con la cabeza.
Estaban a punto de emprender el camino de vuelta cuando vieron por la ventana
de la galería cómo se abría la puerta de la fábrica. Entró un camión del que se apeó un
grupo de hombres que empezaron a descargar la mercancía que traían: alimentos,
medicinas, material de oficina y todo lo imprescindible para cubrir las necesidades del
complejo durante los próximos días. Dejaron a aquellos hombres con su trabajo y
volvieron sobre sus pasos, de regreso a la sala de descanso. Inexplicablemente, no se
cruzaron con nadie en su camino de vuelta. Todavía tuvieron tiempo para jugar una
partida a las cartas antes de empezar con las clases de la tarde.

El timbre que anunciaba la hora de irse a la cama acababa de sonar. Se apagó el


televisor, los chicos recogieron los libros y tebeos y guardaron los tableros de juegos
hasta el día siguiente. Estaban abandonando el salón, cuando apareció I5 y cogió del
brazo a Nuria y a C2.
—Venid conmigo un momento.
La acompañaron —no tenían otro remedio— hasta el despacho del Instructor
Mayor. Ya se lo esperaban. Lo que les había extrañado era que hubieran tardado tanto.
IM, de muy buenas maneras pero en un tono contundente, les dijo que habían sido
descubiertas en una zona prohibida y exigía una explicación de inmediato. «¡Qué
hipócrita! Con lo que han escuchado a través del micrófono de la pulsera lo sabe
perfectamente», pensó Nuria.
La chica repitió el cuento del pendiente perdido y pidió mil excusas. Prometió
que no volvería a hacerlo y suplicó que disculparan a su compañera. Sólo ella había sido
la causante de ese desorden. Esperaba que les preguntase también acerca de su pequeño
viaje a través del pasillo que daba al edificio sur, pero IM no lo hizo. Mejor; así él
mismo no tendría que inventarse alguna historia que justificara la alambrada que habían
visto, y ellas se libraban de ser interrogadas sobre algo que no terminaban de entender.

—No me gusta que los internos anden sueltos por el recinto —dijo IM a I5 una
vez que ésta regresó, después de dejar a las dos chicas en su dormitorio—. ¿Dónde
podían estar cuando se preguntaron lo que podíamos guardar «ahí»? ¿De qué lugar
podían estar hablando?
El Instructor Mayor no podía disimular su disgusto por lo que había ocurrido esa
tarde. Lo que más le irritaba, por encima de todo, era que nadie se hubiera enterado.
—No sabría decirle a qué se referían, señor —respondió I5.
—¿Todavía no guarda memoria el ordenador sobre la posición de cada interno?
—No, señor. La información que tenemos sobre la localización de cada uno de
los chicos es únicamente la actual. Llevamos tiempo detrás del programador para que
resuelva el problema, pero no hay modo de hacerle venir. No le gusta trabajar para
nosotros.
—¿Y no hay nadie en toda la instalación que sea capaz de arreglarlo? —
preguntó IM.
—Lo siento, Mayor, pero ninguno de los instructores sabe cómo hacerlo.
—Hable con I7 de mi parte y dígale que necesitamos que ese informático venga
como sea. Le pagaremos lo que pida. No podemos continuar sin conocer dónde ha
estado cada interno a lo largo de las veinticuatro horas del día.

213
—Mañana mismo lo haré.
IM sabía que todo se había debido a un descuido de I1 y de I2, que deberían
haber estado atentos a los movimientos de los muchachos. Era su única función en todo
el día. Habían abandonado la sala de control una media hora para almorzar juntos,
precisamente en el momento en el que las dos chicas salían del salón. Conocían de
sobra que uno de los dos debía permanecer siempre de guardia, pero ese día se saltaron
la norma. Ya había hablado con ellos del asunto, dejándoles claro que de ninguna
manera podían abandonar la vigilancia de los internos un solo instante.
—¿Hemos tenido últimamente algún problema con las grabaciones?
—No, ninguno. El programa funciona a la perfección. Gracias al sistema experto
instalado, los vacíos se ignoran y las palabras clave son localizadas enseguida. Aún así,
los instructores 1 y 2 necesitan varias horas cada noche para repasar todas las
conversaciones. —I5 conocía bien el sistema de escucha—. Por otro lado, casi nunca se
descubren diálogos que puedan preocuparnos. Conocemos perfectamente quiénes son
los más reticentes, pero sólo son capaces de hablar y fanfarronear; no pueden hacer nada
más.
—De todas formas, me preocupa que esto ocurra —le confesó IM—. No debería
pasar. Al menos, deberíamos conseguir que los muchachos sean felices aquí. Hemos de
evitar a toda costa que se sientan como en una cárcel.
—Ninguno, Mayor, ha oído jamás esa palabra ni sabe, por tanto, qué quiere
decir. Toda la información que les llega a través de la televisión o de las imágenes y
diálogos que escuchan en las clases se examina minuciosamente para que jamás oigan
palabras como libertad, emancipación, rebeldía, prisión, guardián... Esas ideas les
resultan completamente desconocidas.
—Sí, ya lo sé, I5, y pienso que ese trabajo se está haciendo bien. Pero
deberíamos pensar en los motivos por los que chicos como B1 se convierten en lo
contrario de lo que pretendemos: unos rebeldes. Los ejemplos que les mostramos son de
sumisión y de obediencia a las leyes y les enseñamos a vivir en paz unos con otros.
—No olvide, Instructor, que el deseo de libertad no es algo que haya que
aprender: es innato al hombre y, por eso, no es extraño que surjan reacciones frente al
sistema —repuso la mujer.
—Quizá estemos intentando algo imposible.
—Es probable, Instructor Mayor.
IM tenía ganas de desahogarse con alguien.
—Sabe, número 5, que confío en usted más que en otros compañeros suyos y
que, por ese motivo, puedo hablarle con mayor franqueza. A pesar de las dificultades
que plantean los muchachos, el trabajo que estamos llevando a cabo en este lugar debe
continuar realizándose con la mayor perfección y con el mismo nivel de secreto. Ya
sabe que estas instalaciones han servido durante muchos años como pretexto para que
nadie de fuera se haya extrañado nunca de oír y ver a niños por aquí: usted misma
aparece como esposa de I2 y tiene a varios de los chicos asignados como hijos.
I5 lo sabía y nunca le había agradado la idea, pero eran las condiciones de su
trabajo.
—El hecho de que todos los instructores tengan un puesto aquí como profesores
de la escuela para los hijos de los trabajadores o como personal auxiliar del complejo
puede contribuir a que se cree cierta familiaridad entre ustedes y los chicos. Sin
embargo, no hemos de bajar la guardia: debemos seguir conservando y mejorando el
sistema de seguridad y es preciso continuar manteniendo las distancias con los
muchachos. Por eso, hemos de tenerles controlados si queremos que nuestra empresa
continúe como hasta ahora.

214
—Tiene toda la razón, Instructor Mayor.
—Me alegro de que me comprenda, I5. Ha sido muy amable por su parte
escucharme. Buenas noches y no se olvide de hablar mañana con I7.
— Buenas noches, Mayor —dijo I5, mientras abandonaba el despacho.
La instructora número 5 ya sabía que era una de las personas en las que más
confiaba IM. Pero eso no era obstáculo para que empezase a sentirse asqueada por la
vida que llevaba dentro del recinto. Se había permitido el lujo de pensar por su cuenta y,
cada día que pasaba, experimentaba con mayor intensidad el rechazo que le provocaba
lo que veía a diario en ese lugar. No eran de extrañar conductas como la de ese chico del
que se quejaba IM. El mundo irreal que se había creado para los internos se le hacía
cada día más insoportable y había llegado a desafiar a su propia conciencia, poniendo en
tela de juicio todo lo que estaban realizando en Ville Blanche. ¿Con qué derecho
mantenían encerrados y engañados a aquel grupo de muchachos? Era una pregunta que
se hacía cada mañana, cuando se levantaba, desde varios meses atrás. Su desazón se
había transformado en auténtico horror cuando sometieron al pequeño O3 a la
extracción del globo ocular que serviría para curar a su hermano gemelo original. ¡Qué
original! Tan original era uno como el otro, pero O3 no había tenido la suerte de ir a
parar al seno de su madre, sino al vientre de una mujer que se había encargado de su
gestación. No había más diferencia entre uno y otro, aunque en la vida real no fuera así.
Algo estaba empezando a cambiar en su modo de ver las cosas, pero no sabía
qué podía hacer ella para arreglar todo aquello.

Nuria y su amiga llegaron a su habitación cuando C1 ya se había acostado en la


más alta de las literas, marcada con su nombre. Las luces continuaban encendidas.
—¿Qué? Buena bronca os han echado, ¿no? —les saludó C1 desde su cama.
—¿Y tú qué sabes? —le dijo C2.
—Como que te crees que no me he dado cuenta de lo que ha pasado esta tarde.
He visto cómo os escabullíais las dos del salón.
—¿Y a ti qué más te da? —dijo, de nuevo, C2—. Íbamos a buscar un pendiente
que C3 perdió el otro día cerca de la enfermería.
—Vale, vale. Eso se lo contáis a otra. Estabais fisgoneando en lugares
prohibidos y eso baja mucho la nota. Seguid así, que vais muy bien.
Nuria se rió en su interior. A ésta sólo le interesaba estar por encima de las
demás. Se le había escapado la primera oportunidad de salir de allí, aunque a la postre
no hubiese resultado bien, y no estaba dispuesta a perderse la próxima. Recargaron la
batería del brazalete, se pusieron el pijama y se acostaron.

Durante las dos horas que siguieron al momento de apagarse la luz, Nuria estuvo
luchando con todas sus fuerzas contra el sueño que trataba de apoderarse de ella. Cada
cinco minutos, miraba el reloj colgado en la pared sobre la puerta del dormitorio, apenas
iluminado por la luz de emergencia. Por fin, las dos agujas se juntaron en la parte más
alta. En ese instante, se levantó de la cama. A esas horas de la noche todo el mundo
debía de estar roncando. Sin embargo, antes de hacer nada, tomó sus precauciones;
quería comprobar que C1 no se despertaría. La zarandeó ligeramente pero la chica no
dio señales de haberse enterado. En el caso de que se hubiera despertado, se habría
inventado cualquier excusa y tendría que haber dejado su aventura nocturna para otro

215
día. A continuación, puso todo su empeño en sacar a C2 del intenso sueño en que estaba
sumida. Lo consiguió, después de menearla varias veces de un lado a otro de la cama, y
le hizo el mismo gesto que la tarde anterior para que no hablara.
Cuando se aseguró de que C2 estaba bien despierta, ante el asombro de su
compañera, Nuria pulsó unos botones en el teclado de su pulsera y se la quitó. C2 se
quedó pasmada. ¡Nunca había visto a ningún interno conseguir lo que su amiga acababa
de hacer con la mayor naturalidad! Ella lo había intentado alguna vez por pura
curiosidad, pero se había aburrido al poco tiempo. Iba a decir algo cuando Nuria le tapó
la boca. Tomó la mano derecha de su amiga y pulsó las mismas teclas, cambiando la
última: en este caso, pulsó el botón marcado con el número 2. La pulsera se desprendió
de la muñeca de C2 con la misma facilidad con que lo había hecho unos segundos antes
de la mano de Nuria. Sin dejar de ordenarle silencio, poniendo el dedo índice sobre su
boca, dejó cada brazalete dentro de la funda de la almohada de sus respectivas camas,
indicó a C2 que la siguiese y las dos chicas salieron de la habitación. Entraron en el
aseo y cerraron la puerta con pestillo para asegurarse de no ser molestadas.
Una vez a salvo de miradas y escuchas indiscretas, Nuria trató de hacer entender
a su hermana gemela quién era ella y qué estaba haciendo allí. Intentó explicarle con la
mayor delicadeza y simplicidad posible el papel que jugaban los chicos y chicas que,
como ella, se habían criado y vivían desde el principio de sus días en el recinto.
A la pobre muchacha se le cayó el mundo encima. C2 no conseguía articular
palabra. ¡Lo que había vivido y creído hasta ahora era una pura y simple mentira! Todo
le que había escuchado a C3 le parecía tan... increíble. Pero no. La realidad era distinta
y estaba ahí afuera, esperándola. Allí mismo tenía a Nuria; la auténtica Nuria, a quien
trataba de imitar y conocer lo mejor posible para sustituirla el día que fuera necesario.
No le hacían falta pruebas. Le había bastado ver cómo se había liberado del brazalete
sin ninguna dificultad, sabiendo lo que hacía, con total soltura.
Nuria, no obstante, quiso enseñarle el localizador que ahora le iba a servir para
intentar escapar de allí, usándolo como teléfono móvil. Lo había escondido en el aseo
más próximo a su dormitorio. Le habló de Álvaro, a quien ya conocía por las sesiones
audiovisuales, y de las circunstancias que le habían llevado a sospechar de la existencia
de un lugar como ése, donde ahora se encontraba. Le habló también del micrófono
oculto en la pulsera, explicándole la manera de anularlo, y del sistema de localización
que había en el recinto gracias a la señal emitida por el brazalete. Por último, como para
terminar de convencerla, le mostró su tobillo, completamente sano.
—Pues yo vi cómo te lo retorcían —dijo la muchacha, desconcertada.
—Te repito que ésa no era yo. Fue a la auténtica C3 a quien lesionaron.
—¿Y cómo lograron producir cuatro hermanas gemelas?
—No te lo puedo decir porque lo ignoro. Lo único que sé es que llevamos la
misma sangre y que ahora debemos permanecer más unidas que nunca.
Quedaron en seguir comunicándose a iniciativa de Nuria, siempre por la noche y
en el mismo sitio, o por escrito, con notas breves que deberían hacer desaparecer nada
más leer su contenido.
Antes de regresar a la habitación, C2 le preguntó a su hermana:
—¿Entonces no era cierto que estabas a punto de morirte?
—No. Todo fue una invención para poder llegar hasta aquí.
—¿Por qué lo has hecho? Estabas muy bien y muy segura en tu casa.
—¿Tú qué habrías hecho? —le respondió Nuria—. Pensé que era mi obligación.
No podía permitir que una hermana mía estuviese más tiempo encerrada y sin
posibilidad de conocer la verdad. Además, tenemos unos padres estupendos que nos
esperan en casa. Te encantará conocerlos.

216
—Gracias —le dijo C2—. Muchas gracias por haberte atrevido a llegar hasta
aquí.
La muchacha le dio un beso en la mejilla a su hermana, venida de fuera para
ayudarla. Estaba prohibido entre los mayores y no lo había hecho con nadie desde que
dejó el grupo de pequeños; pero en ese momento se sentía realmente querida por alguien
y no se le ocurrió otro modo de manifestarlo.

217
Capítulo 30

Los acontecimientos se iban desarrollando conforme a los planes trazados.


Álvaro había recibido una llamada de Nuria un par de días después de que la dejase a
las puertas de la UR. Hablaba en voz muy baja y sólo pudo decirle que se encontraba
bien y que volvería a llamarle en cuanto le fuera posible. También le preguntó en qué
lugar del mundo estaba. «Te han llevado a Argelia. Lo siento, pero el localizador dejó
de emitir cuando entraste en África y no sé con exactitud dónde te encuentras», le
contestó Álvaro. A la chica no le gustó la respuesta, pero no podía hacer nada para
remediar su situación. Tuvieron que cortar la comunicación y despedirse hasta la
próxima vez.
Después de tres días mantenida en observación, C3 regresó a su casa. Álvaro
aprovechó la primera oportunidad que tuvo para explicarle detenidamente a la
muchacha lo que él había tenido como simples conjeturas y que con su presencia allí se
habían transformado en certezas. Le expuso el plan que había ideado con Nuria y el
papel que ahora le tocaba a ella representar. C3, por su parte, le contó con detalle todo
lo que le habían enseñado en el internado desde pequeña. Álvaro le confirmó la
inexistencia de la ley del año 91, que ella tomaba como el origen de su situación en el
mundo.
—O sea, que todo es mentira —dijo la chica, consternada.
—Ya sé que es un golpe muy duro aceptar lo que te estoy diciendo, pero no
tienes más remedio que hacerlo: es la verdad.
—Álvaro. Estoy muy asustada —le confesó C3— y no sé si sabré hacer las
cosas bien.
—No debes preocuparte —procuró tranquilizarla el médico—. En el lugar de
donde provienes te han preparado para hacerlo. Ya verás como no te pasa nada.
—¿Hasta cuándo tendré que estar fingiendo ser quien no soy? —preguntó la
chica, preocupada.
Álvaro no tenía respuesta para esa pregunta.
—No lo sé —le respondió—. Lo siento de veras. Sabes que puedes contar
conmigo en cualquier momento, pero no debes confiar en nadie más.
—Te figuras que llegas a un lugar donde te están esperando con los brazos
abiertos —C3 parecía estar hablando para sí misma—, y resulta que soy una intrusa.
Encima, si me descubren como impostora, nadie sabe lo que me puede pasar.
—No dejaré que te ocurra nada. Te lo prometo.
Álvaro había conseguido que nadie se inmiscuyera en el seguimiento que estaba
haciendo a la enferma. Alarcón prefirió no intervenir, ya que, al fin y al cabo, Álvaro
era el artífice de la curación de Nuria y había demostrado saber más que cualquiera. De
ese modo, ningún médico planteó la necesidad de hacer un TAC ni ninguna otra prueba,
que podrían haber puesto en evidencia que algo raro estaba sucediendo, ya que los
resultados no reflejarían ningún síntoma de la enfermedad que Nuria seguía padeciendo.
Sus padres la visitaron a diario durante los días que estuvo ingresada. Recibieron con
enorme alegría la noticia de que por fin se la podían llevar a su casa.
Álvaro había podido comprobar que la torcedura era real en el caso de la chica
que tenía a su cargo. La mañana del día en que le dieron el alta le propuso echar una
mirada al tobillo y constató que lo tenía todavía hinchado. Afortunadamente, la lesión
no era importante y se curaría pronto. En un par de días podrían quitarle la venda y la
férula. Sintió compasión por ella; alguien, en el sitio del que venía, era capaz de
producirle un daño físico con tal de que sirviese para sus propósitos.

218
Llevaba esperando varios días noticias de Nuria. No entendía tanto retraso y se
estaba temiendo que podía haberle ocurrido algo grave. Cuando vio en la pantalla del
antiguo móvil de Jaime la palabra «Nuria», le dio un vuelco el corazón de la alegría.
Eran las once y media de la noche.
—¿Nuria?
—¿Álvaro? Sí, soy yo.
—¿Cómo estás? ¿Te están tratando bien?
—Sí, perfectamente.
La voz era apenas un susurro. Álvaro supuso que debía de llamarle desde algún
lugar seguro, pero con la incertidumbre de ser descubierta en cualquier momento.
—Estoy haciendo lo posible por llegar hasta ti —le dijo, para tranquilizarla.
—Ya me lo figuro —le aseguró Nuria—. No temas; estoy bien, me tomo la
medicación y ya me he hecho algunos amigos.
Le refirió en pocas palabras la vida que llevaban en el recinto, le habló del resto
de los internos y de los instructores y le resumió el contenido del libro que había leído.
De momento, nadie parecía haber notado el cambio.
—¿Y qué tal lo está haciendo mi doble? —Soltó una pequeña risita al
preguntarlo.
—El tiempo que ha estado en el hospital ha actuado a la perfección. Se ve que es
tan buena actriz como tú. Ella también me ha contado todas las mentiras entre las que ha
vivido toda su vida. Me parece que ha encajado bien el golpe, aunque está muy
asustada.
—¡Claro! Como yo aquí los primeros días.
—Por cierto, me han invitado sus padres...
—Querrás decir «mis» padres.
—Perdona, pero te equivocas —la corrigió Álvaro—. Son tan padres suyos
como tuyos, aunque a ella no la conozcan.
—Tienes razón. Soy una egoísta —reconoció Nuria—. Va a ser difícil
acostumbrarse a esto. Me decías que te habían invitado mis padres.
—Sí. Me han dicho que vaya a comer con ellos el domingo. Quieren devolverme
el favor de haber arrancado a su hija de las garras de la muerte.
—Pues te recuerdo que aún te queda trabajo. Otras hijas suyas se encuentran
perdidas y encerradas en un país de África y especialmente una se acuerda mucho de
ellos. ¿Se lo dirás de mi parte?
Álvaro se alegró al comprobar que la muchacha no había perdido su sentido del
humor, a pesar de su complicada situación.
—Descuida. Les daré recuerdos. —Había que terminar—. Eres muy valiente,
Nuria. Confía en mí. Te sacaré de allí enseguida, pero antes tengo que convencer a
algunas personas de lo que está ocurriendo.
—Álvaro, no dejo de soñar ni un solo día con el momento en el que aparecerás
aquí para llevarme de nuevo a casa. Si no confiase en ti, ¿me habría metido en este
embrollo? Te volveré a llamar en cuanto pueda.

La comida en casa de los padres de Nuria fue muy agradable. No sabían cómo
volcarse en atenciones para compensar el trabajo que el joven doctor había realizado. La
chica —Álvaro no sabía cómo llamarla— se había aprendido muy bien la lección. La

219
información recibida a través de las imágenes grabadas y, sobre todo, a través del micro
del brazalete había sido bien asimilada por la mente de la muchacha y ése era el
momento de ponerla en práctica. Sus padres disfrutaban de la compañía de «su hija»
como si nada hubiera pasado.
Aprovechó la visita para volver a hablar con C3 y ayudarle un poco más a
comprender lo que había sucedido con Nuria. Estaban tomando café, cuando pidió a la
joven que le dejase usar su ordenador para enviar un mensaje urgente a un amigo que lo
estaba esperando. La chica se extrañó, pero le acompañó a su habitación. Álvaro le hizo
un gesto indicándole que cerrase la puerta y C3 lo hizo así. Encendió el ordenador y
esperó a que apareciese el cuadro «Enter password». C3 conocía la clave de entrada
porque en una ocasión Nuria se la había dicho a su madre y el dato no cayó en saco roto.
Tecleó la contraseña.
—Es tuyo —le dijo la chica.
Álvaro sacó un pequeño pedazo de plastilina y lo aplicó sobre el orificio del
micrófono.
—¿Cómo va todo? —le preguntó Álvaro, mientras se sentaba delante del
ordenador—. No tengo intención de enviar nada a nadie. Sólo ha sido una excusa para
mostrarte una cosa.
C3 se encogió de hombros y dijo:
—De momento, no parecen haber notado nada. Procuro hablar poco para no
meter la pata y escuchar atentamente lo que me dicen mis padres.
—Perfecto. ¿Sabes qué es internet?
La chica se sorprendió de la pregunta.
—Sí, claro. Salía en algunas películas que veíamos en el internado.
—¿Y conoces su funcionamiento?
—No. Allí disponíamos de ordenadores y algunos aprendimos a usarlos, pero
nunca entramos en internet.
—Te voy a enseñar lo imprescindible. De ese modo, podrás acceder a los
mensajes que envié a Nuria. En ellos leerás cómo trazamos el plan que la ha llevado a
ocupar tu puesto en Argelia.
En unos minutos, Álvaro le explicó lo suficiente para enviar, recibir y leer
mensajes. Le mostró el primero que había mandado a Nuria y toda la lista que seguía al
que había sido su primer contacto.
—Después de leerlo todo, bórralo.
Le indicó el modo de hacerlo y salieron del cuarto.
—Perdonen que hayamos tardado tanto —se disculpó—. Es que el acceso a
internet iba un poco lento y me ha costado más de lo que pensaba escribir el mensaje a
mi amigo.
—No pasa nada, hombre —le dijo Javier, el padre de Nuria.
—Tengo que confesarles que me siento realmente contento y satisfecho por
haberles devuelto a su hija en perfectas condiciones. Supongo que saben a qué me
refiero: estuvo a punto de ser ingresada en la Unidad de Regeneración y ya conocen
cómo vuelven de allí.
—Sí —intervino Montserrat—. Con la cabeza vacía como la de un niño. Por
cierto, nos extrañó una cosa la primera noche que pasó de nuevo en casa.
—¿A qué se refiere?
—No sabía cómo quitarse la pulsera para recargar la batería. ¿Verdad, cariño?
—dijo, dirigiéndose a C3.
La chica no dijo nada.
—Se la tuve que quitar yo; y también tuve que ponérsela y fijar el cierre.

220
—Bueno, yo no le daría demasiada importancia —la tranquilizó Álvaro—.
Alguno de los fármacos que he tenido que administrarle puede producir pérdidas
temporales de memoria. Quizá no se acuerde durante una temporada de personas
conocidas o no se apañe con actividades que siempre ha sabido desarrollar sin
dificultad. Pero en unos días se le pasará. No hay nada que temer.
Acabaron de tomar café y Álvaro se excusó diciendo que tenía una cita veinte
minutos después en la otra punta de la ciudad y debía marcharse si no quería llegar
tarde. Le acompañaron hasta la puerta, como la última vez que había estado allí con la
doctora Alarcón.
—Voy a tener que acompañarle hasta el portal —le dijo la madre de Nuria—. El
portero no está hoy y se necesita llave para salir.
Bajaron juntos en el ascensor. Cuando se abrieron las puertas, salieron al amplio
recibidor de la finca y, al pasar junto a un pequeño sofá, la mujer cogió del brazo a
Álvaro y le invitó a sentarse. Parecía que quería decirle algo.
—Álvaro. —Era la primera vez que le llamaba por su nombre—. Necesito
manifestarle algo importante. No he querido hacerlo en casa para no alarmar a mi
marido, y pienso que si hay alguien con quien debo hablar de esto es con usted.
El joven médico se encontraba perplejo ante la inesperada petición de la mujer.
—La niña que volvió a casa hace unos días desde el hospital no es mi hija.

221
Capítulo 31

—¿Me pone con el inspector Agulló?


—¿De parte de quién?
—De Álvaro Costa.
—Un momento, por favor.
Era lunes, a primera hora de la mañana. La llamada la estaba haciendo desde el
móvil de Jaime. El otro, el posible espía, lo conservaba en su casa bien guardado por si
en algún momento llegaba a serle de utilidad.
—¿Álvaro?
—Sí, soy yo, Paco. ¿Has avanzado con los de arriba?
—Debes reconocer que es una historia que resulta difícil de creer, Álvaro.
Necesitaría más tiempo y algo con mayor fundamento que corrobore lo que me has
contado.
—Paco, te he mandado toda la información de la que dispongo. —El tono de
Álvaro revelaba claramente la frustración que sentía. No tenía ninguna sensación de que
el policía estuviese de su parte—. Ahí tienes un montón de datos que hacen sospechoso
a ese hospital de actuaciones poco lícitas. Tienes mi testimonio escrito y firmado de lo
que ha ocurrido con Nuria. ¿Qué más necesitas?
—Lo que quiero es no dar un paso en falso.
—Ayer estuve comiendo en casa de los padres de Nuria.
—¿Por qué dices «de los padres de Nuria»? ¿Es que no estaba ella?
—Ya te he dicho mil veces que se trata de un clon. No sé cómo lo habrán
conseguido, pero te repito que no es ella. La propia chica te lo podría contar, como lo ha
hecho conmigo. Me ha explicado cómo era su vida en el lugar de donde procede y
tienes que creerme si te digo que se trata de una mentira muy bien montada. Nuria se
encuentra ahora en algún lugar de Argelia, cerca de Orán.
—Eso del clon me lo tendrás que explicar mejor. ¿Cómo quieres que se lo crean
los que mandan si ni yo mismo lo entiendo? Y lo de la historia que te ha contado esa
chica, me gustaría escucharlo en primera persona.
Álvaro estaba comenzando a desesperarse.
—Te voy a dar dos noticias frescas —le dijo—. A ver si te sirven de algo. La
primera: la chica que vive con los padres de Nuria no sabe quitarse la pulsera, cuando es
algo que Nuria ha hecho todos los días durante los últimos meses. Lo ha tenido que
hacer su madre, al menos las primeras noches. Recuerda que se necesita teclear un
código: sencillamente no se acordaba. O mejor diría: pienso que nunca lo ha sabido y
que jamás se la ha podido quitar en el sitio desde el que ha venido. Debe de ser el modo
de tener localizados a todos los chicos donde quiera que los tengan escondidos.
Acuérdate de que emite una señal de seguimiento. Además, aunque procura mantenerse
callada y hacerse pasar por Nuria lo mejor que puede, no puede evitar que se le escapen
preguntas desconcertantes sobre asuntos de lo más normal, que cualquier niño de cinco
años ni se plantea. Es como si hubiese venido de otro planeta.
—¿Y la segunda?
—Escucha esto y no necesitarás oír la historia que me ha contado la muchacha.
Te la contará otra persona.
Álvaro se había tomado la libertad de grabar las dos conversaciones que había
mantenido con Nuria a través del teléfono móvil instalado en el localizador. Pulsó el
botón del Play y aplicó el altavoz al articular. Cuando terminó la reproducción, le
preguntó a Paco:
—¿Sabes de quién es esa voz?

222
—No, pero me lo figuro.
—¿Te parece que está fingiendo?
—No —contestó Paco, convencido de lo evidente—. Lo siento, Álvaro. Tendrás
que perdonarme por no haber tomado este asunto más en serio hasta ahora.
Tras una breve pausa, continuó.
—Te creo. Y te aseguro que vamos a llegar hasta el fondo.
Álvaro se sintió nuevamente animado.
—Envíame por e-mail lo que me acabas de contar junto con una copia de la
grabación —le pidió el policía—. Te prometo que voy a poner todos los medios para
que esto llegue a las personas que pueden tomar decisiones y consigamos resolverlo
cuanto antes.
—Gracias, Paco
Ya se iba a despedir cuando recordó algo más.
—Por cierto, incluye en tus planes convencer a alguien para que estudie la zona
desde el cielo.
—¿Qué quieres decir?
—Quizá haya algún satélite que pase por encima del lugar donde tienen a todos
los clones y se puedan hacer fotografías.
—Sí, claro. Pero, como comprenderás, para eso primero hay que conocer las
coordenadas de ese sitio.
—Eso corre de mi cuenta. Tú ve moviendo hilos para conseguirlo —le dijo
Álvaro—. De aquí a unos días espero tener la posición exacta. Te llamaré para decírtela.
¡Ah! Se me olvidaba una cosa: me harías un gran favor si te comprases un móvil;
facilitaría que te localizase en cuanto te necesite.
—La verdad es que tengo uno desde hace tiempo, por lo mucho que me ha
insistido mi jefe en tenerme localizable —confesó Paco—. Tendré que romper algunas
reglas. Nunca he dado el número a nadie ajeno a la policía o a mi familia, pero creo que
ésta es una excepción que debe tenerse en cuenta. Toma nota.
Álvaro grabó el número en su móvil.
—Muchas gracias, Paco. Estaremos en contacto.

Álvaro no había contado a Paco la comprometida situación por la que había


pasado el día anterior. Había sentido cómo se le cortaba la respiración cuando la madre
de Nuria le dijo que no reconocía a su hija en la chica que vivía ahora con ellos. Se lo
tenía que haber figurado: es imposible engañar a una madre tan fácilmente sobre su
propia hija. Se estaba preparando para hacer una confesión completa de lo que había
sucedido, cuando Montserrat continuó:
—Entiéndame bien. Nuria sigue siendo Nuria, pero no es la misma desde que
sufrió ese percance, con todo lo que vino después.
Álvaro respiró tranquilo. Afortunadamente, no se trataba de lo que se había
imaginado. La mujer continuó explicándole lo que sentía.
—Nuria era una chica simpática y habladora, y ahora no suelta palabra. Y
cuando lo hace, me pregunta por cosas rarísimas, como si acabase de llegar al mundo.
—No debe preocuparse, de verdad —le dijo Álvaro—. Ha pasado por varios
ataques similares a los que sufre una persona epiléptica, aunque éstos son de otra
naturaleza. Y, la verdad, debo confesarle que no sé hasta qué punto han podido afectarle
a la memoria y a otras facultades de las que antes disfrutaba sin problemas.
—¿Es por la enfermedad? — le había preguntado la mujer.

223
—Sin duda. Y lo peor es que, con todo lo que ha ocurrido, la doctora Alarcón ha
decidido que se retrase su ingreso en la Unidad de Regeneración hasta que pase un
tiempo oportuno.
Álvaro había convencido a la doctora de que era lo mejor para Nuria. El motivo
que había dado para ello era que la chica necesitaba tiempo para recuperarse y que él
debía hacer un estudio más profundo para evaluar el avance de la leucodistrofia que
padecía. En realidad, lo que Álvaro pretendía era mantener alejada a esa chica de la UR
por todos los medios. Había podido comprobar durante sus tres días de convalecencia
en el Nou que, aparte del tobillo lesionado, esa joven estaba completamente sana. No
presentaba ningún síntoma de la enfermedad que Nuria sufría. Cuanto más lejos
estuviese del hospital, mucho mejor.
—Comprendo cómo debe de sentirse, Montserrat, pero tendrá que
acostumbrarse.
Álvaro se había dirigido a ella usando el nombre de pila de la mujer, para
mostrarle mayor confianza.
—Mientras no podamos iniciar el tratamiento que nos lleve a liberarla de su
enfermedad, tendremos que seguir con la medicación habitual.
—¿Se curará, Álvaro?
—Eso quiero y espero.
Montserrat le tomó la mano entre las suyas y le dijo:
—De nuevo, muchas gracias por lo que está haciendo por nuestra hija. De todo
corazón.

Ahora que compartía su secreto con C2, Nuria se encontraba más acompañada.
Sin embargo, no podía evitar sentirse intranquila. Si ella había tardado tres días en
desvelarlo, su hermana podría hacerlo en menos tiempo incluso. Quiso asegurarse de
que guardaría silencio mientras fuera necesario. Por eso, al día siguiente de su charla
nocturna en el aseo, le dejó una nota escrita dentro del cuaderno de apuntes que solía
utilizar. El texto era muy sencillo: «Por lo que más quieras, no hables con nadie hasta
que yo te diga». Esa misma tarde, Nuria vio la misma nota dentro de la libreta que usaba
ella en clase: «Fíate de mí. Llevo toda mi vida viviendo engañada y ahora que voy a
poder conocer la verdad, no te voy a fallar». Metió el papel en un bolsillo de su mono y
aprovechó la primera oportunidad que tuvo para romperlo en mil pedazos y tirarlos al
inodoro. Podía confiar en ella.
Como en todas las comidas tenía de vecino a B1, acabó por trabar amistad con
él. La impresión que le había causado el primer día fue desvaneciéndose y acabó por
convencerse de que era un buen tipo. La cercanía entre chicos y chicas durante las
comidas y los ratos que estaban en el salón de descanso sin duda habría provocado que
saltase la alarma de la que C2 le había hablado al principio de su estancia allí. Se enteró
después de que, como eran zonas vigiladas por cámaras, y éstas a su vez por algún
instructor, se desactivaba en esos espacios de tiempo el aviso de proximidad entre varón
y mujer. Después de todo, no le parecía mala norma de funcionamiento, aunque le
disgustase el control tan férreo al que estaban sometidos.
En alguna ocasión, mientras charlaba con B1, estuvo a punto de escapársele un
comentario sobre el estado en que había quedado su compañero B2, después de pasar
por la Unidad de Regeneración. Se acordaba de la pregunta que le oyó hacer el primer
día que pasó en el internado y quería que supiera la verdad. Pero no era ése el momento.

224
El original seguramente había muerto después del brutal ataque que había sufrido. La
memoria del suplente, B2, según sabía por Álvaro, había sido borrada. Ése era el
procedimiento previsto por los de la UR para que los que llegaban desde donde ahora se
encontraba no pudieran revelar nada acerca del recinto y de los años pasados en él. El
pobre muchacho había tenido que aprender de nuevo a leer y escribir, y no reconocía a
nadie. La cara de alelado que tenía en la foto de la página web del Nou mostraba a las
claras que el tratamiento —el famoso electrochoque— le había dejado marcados sus
efectos destructores.
B1 continuaba haciendo comentarios despectivos sobre su situación y apenas
estudiaba. Seguía llegando tarde a las sesiones y no dejaba de denigrar a los instructores
y a los números uno de cada grupo de letras.
—Son unos meapilas —le dijo a Nuria durante una comida—. Y me alegro por ti
de que esa tonta de C1 quiera ser de por vida la primera de las C. Así mejor, que se vaya
cuanto antes.
B1 sabía que la primera de las C no se perdía palabra de la perorata que estaba
soltando, pero le daba igual. La chica, por su parte, lo despreciaba y no entraba al trapo.
Sin embargo, no desaprovechaba la ocasión para meterse con C2 y con Nuria. Uno de
los peores momentos fue cuando, durante la cena del día siguiente a la aventura vivida
más allá del vestíbulo de la enfermería, le dijo con toda claridad:
—Lo del pendiente perdido, C3, no se lo cree nadie. —Nuria se quedó con la
cuchara a medio camino entre el plato y su boca—. Tú siempre llevas el mismo par de
pendientes y nunca te he visto con uno solo. O sea que ya me contarás algún día qué
hacías en la zona de la enfermería.
Si hubiera podido, la habría estrangulado allí mismo. C2 se limitó a seguir
comiendo, como si no se hubiese enterado del comentario, y B1 miró a Nuria con cara
de extrañeza.
—Lo de vuestra incursión a escondidas en la zona de la enfermería ya lo sabe
todo el mundo —le dijo el chico—. Pero tendrás que explicarme qué es ese asunto del
pendiente.
—Ya te lo contaré otro día, ¿vale?
—Conforme, mujer.

La llamada de IM a Miralles fue puntual, a las nueve y media de la noche. En


ese momento, con la hora de retraso que se llevaba con España, tenía la seguridad de
encontrar a Miralles en casa. El director de la Unidad de Regeneración siempre le
insistía en que quería estar al día de las novedades que se hubieran producido en Ville
Blanche.
—Buenos tardes, señor Miralles.
—Buenas tardes, instructor ¿Qué me cuenta hoy?
—No tengo muchas noticias que darle. —Prefería no hacer mención a la
escapada de las dos chicas a la zona prohibida, ya que podía jugarse el puesto—.
Seguimos teniendo a B1 bastante indolente y crítico con el sistema, pero no es más que
un bravucón. Por cierto, desde que C3 hizo el viaje de ida y vuelta al hospital, se han
relacionado más entre sí y hablan con frecuencia; claro que, por otro lado, es normal, ya
que desayunan, comen y cenan a diario uno al lado del otro.
—Tenga cuidado, Instructor —le advirtió Miralles—. Nuria, la chica original,
puede darnos un susto otra vez y quizá necesitemos traer de nuevo a una suplente,
aunque su médico ha recomendado que no se la ingrese enseguida en la UR. Vigile con

225
quién se relaciona C3 y procure tenerla preparada. Los malos hábitos se pegan.
—Descuide, Miralles. Ahora no es la primera del grupo. En el caso de enviar a
una, C1 sería la que volaría a Valencia.
—Haga usted como le parezca oportuno. Por cierto —recordó Miralles—, hay
algo que nos ha llamado la atención.
—Usted dirá.
—La madre de Nuria ha comentado que, tras su regreso a casa, después de los
días que pasó internada en el hospital, la chica no recordaba el código para quitarse el
brazalete. ¿No le parece curioso?
—Sí que lo es —respondió IM—. Salvo que el médico que la trató le hubiese
dado alguna medicina que le haya producido cierta pérdida de memoria.
—Eso es lo que les dijo a sus padres hace unos días. Le invitaron a su casa para
mostrarle su agradecimiento por haber curado a su hija.
—De todas formas, aquí también hemos notado algún comportamiento extraño
de C3 desde que viajó a Valencia. El primer día andaba como perdida y hemos recogido
trozos de conversaciones que ha tenido con sus compañeros que resultan un tanto
chocantes.
—Haga el favor de estudiar el asunto y manténgame informado, se lo ruego.
—No se preocupe, señor Miralles. Me pondré en contacto con usted si
descubrimos algo anormal.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, señor Miralles.

—¿I1?
—Sí, soy yo.
—Soy el Instructor Mayor. Querría que esta noche usted y su compañero I2
pusieran todo su empeño en el análisis de las grabaciones procedentes de la pulsera de
C3 durante los últimos días. Si escuchan algo que les llame la atención, avísenme. Es
importante.
—Así lo haremos, señor.
El rutinario trabajo nocturno había cobrado ese día cierto aliciente. Quizá
hubiera algo significativo que descubrir en lugar de los diálogos insulsos que noche tras
noche se veían obligados a escuchar. En primer lugar, estudiarían lo que se había
grabado ese día; más tarde, harían un repaso del contenido de los días anteriores.

—Lo del pendiente perdido, C3, no se lo cree nadie. Tú siempre llevas el


mismo par de pendientes y nunca te he visto con uno solo. O sea que ya me
contarás algún día qué hacías en la zona de la enfermería.

—¿Qué pueden guardar ahí?


—No lo sé. Seguramente es el sitio donde meten a las chicas traviesas
como nosotras que están donde no deben

—De modo que ya estás curada y tú, haciéndote la coja.


—Me has pillado. Es que si sigo cojeando todo el mundo me trata con
más consideración. Ya estoy bien y mañana seguramente me quitarán la venda.

226
—Tú haces unas preguntas muy raras últimamente.

—¡Qué curioso! Ya lo tienes prácticamente bien. En un par de días te


quito la venda y a correr.

—Me he dado cuenta de que te has emocionado con las imágenes que
hemos visto. ¿Qué te ha ocurrido?

—¿Y qué le pasa a B1? Tampoco ha soltado prenda en todo el tiempo


que hemos estado en el comedor.

—¿Por qué no ha dicho nada C1 en toda la comida? Sólo ha abierto la


boca para comer.
—Desde luego, no sé qué te pasa hoy: como si acabases de llegar nueva
al recinto.

—¿Cómo que por qué? Pareces nueva.

Había muchas cosas ilógicas en el comportamiento de esa chica desde el día en


el que fue llevada y devuelta del hospital. Informaron a IM y le preguntaron qué debían
hacer.
La respuesta del Mayor no se hizo esperar. Era necesario sacarla de la cama y
aclarar con ella qué estaba ocurriendo. Todos esos olvidos, el tobillo curado
milagrosamente, el tema del pendiente... Había algo que no le gustaba. IM les dijo que
avisaran a I5, que era la que más conocía al grupo C, para que estuviese delante durante
el interrogatorio. A primera hora del día siguiente quería recibir una información
detallada de lo que hubiesen averiguado.

La instructora número 5 apareció en el dormitorio de las chicas. Todavía no


habían dado las diez y las luces permanecían encendidas. Indicó a Nuria que la
acompañara.
—¡Huy! Otra bronca... —comentó C1 desde su cama.
—Y tú, a callar —le ordenó la mujer.
Nuria se vistió con el mono —no le gustaba andar en pijama por ahí— y siguió a
I5 hasta un despacho situado en la quinta planta, muy próximo al salón. Allí la
esperaban dos instructores más, I1 e I2. Había oído que se dejaban ver poco y eran casi
unos desconocidos para los internos, salvo por los avisos que de cuando en cuando les
llegaban de ellos a través de los altavoces. Se comentaba que se encargaban del control
del recinto y no de tareas de enseñanza, como el resto. Nunca nadie les había visto
impartir una lección o dirigir una clase.
—Buenas noches, C3 —le dijo I1—. Puedes sentarte.
—Buenos noches —contestó Nuria. Estaba asustada. No era normal que sacasen
a alguien de la habitación cuando estaba a punto de acostarse.
—Sólo queremos hacerte unas preguntas y podrás volver a tu cuarto enseguida.
La frase le sonaba al típico interrogatorio que había visto en tantas películas. El

227
poli corrupto comenzaba con buenas maneras para acabar haciendo confesar al pobre
hombre que tenía enfrente algo que no había hecho.
—Ustedes dirán —dijo, tratando de mostrarse lo más serena posible.
—Con tu ayuda, vamos a repasar algunos sucesos que te han ido ocurriendo
desde que hiciste ese viaje para sustituir a C0.
Había que estar preparada. Puso en guardia sus cinco sentidos porque la pelea no
iba a ser nada fácil y jugaba en terreno contrario.
I2 fue al grano.
—Sabemos que el primer día te mostrabas extrañada de todo lo que ocurría a tu
alrededor.
—¿Podría explicar a qué se refiere? —le preguntó Nuria con aparente
indiferencia.
—Nos referimos, por ejemplo, a tu desconcierto cuando B1 pasó a tu lado
evitando aproximarse demasiado; todos vosotros sabéis las normas estrictas que hay
aquí al respecto.
—También nos llama la atención —intervino I1— que no recordases el motivo
por el que tu compañera C1 no te habló hasta el día siguiente, una vez que te hubo
superado en la posición dentro del grupo.
—Es que no sé qué me pasaba —respondió Nuria—. Me encontraba muy rara
ese día. Quizá fuese por los somníferos que me habían dado. El caso es que estaba muy
desmemoriada, tienen razón.
Nuria recordaba haber visto a su padre reconocer ante un policía de tráfico la
infracción que había cometido cuando éste estaba dispuesto a multarle. El guardia se
apiadó de su padre y no hubo denuncia. Aunque también recordaba ocasiones en las que
no le había salido bien el truco y el agente le hizo entrega de la nota. Por lo que siguió,
no parecía haber hecho efecto la estratagema.
—No nos vengas con cuentos, muchacha. Tú sabrás por qué actuaste así y
queremos que nos lo expliques.
La chica contraatacó.
—A mí también me gustaría saber cómo se han enterado ustedes de todo esto.
¿Es que hay micrófonos escondidos en las habitaciones y por los pasillos? ¡Vaya modo
de comportarse!
—No es de tu incumbencia saber cómo conocemos todo lo que habláis entre
vosotros —dijo tajantemente I2.
Nada más pronunciar esas palabras, notó cómo su compañero le daba una
discreta patada por debajo de la mesa. Se había pasado. Esa chica estaba logrando
sonsacarles a ellos, cuando se trataba precisamente de lo contrario. I5 no había dicho
nada hasta el momento.
—Dejemos el asunto de los olvidos —dijo I2—. El enfermero nos contó que tu
tobillo se había curado prácticamente en un solo día y eso no es normal.
—Fueron dos días, no uno —replicó ella—. A mí también me extrañó lo
rápidamente que sanó, pero más todavía el que tuviese que provocarme el esguince. Si
mis padres esperaban mi llegada, cuanto más sana llegase a Valencia, mejor, ¿no les
parece?
Las palabras de Nuria respondían a la realidad y los instructores sabían que por
ese camino ya no iban a lograr nada.
—Yo lo único que hice fue no forzarlo, como me indicó el propio enfermero
justo después de haberme producido él mismo la lesión. ¡Si será burro el tío!
—Estaba obedeciendo a las instrucciones que le habían dado —intervino I5—.
No olvides que después te pidió perdón.

228
—Sí, claro. A buenas horas, mangas verdes.
—¿De dónde has sacado esa expresión? —preguntó I1 asombrado.
Nuria no pudo disimular su sobresalto. ¿Por qué le preguntaban eso? Era algo
que le había oído decir a su madre muchísimas veces, aunque no sabía de dónde venía el
dicho.
—Es la primera vez que la oigo en muchos años —dijo I2.
—Pues mi madre... perdón, la madre de Nuria la repite constantemente.
La chica sintió la urgencia de defenderse:
—Ustedes no han visto las imágenes grabadas que a mí me han puesto decenas y
decenas de veces ni han escuchado las grabaciones que yo oigo cada día hasta hartarme.
Nuria sabía que estaba llevando las cosas al límite. No tenía ni idea de si había
alguna grabación en la que su madre utilizase esa expresión. Además, para poner las
cosas más difíciles, tenía delante a la instructora número 5, la encargada de formar a su
grupo; ella habría escuchado las grabaciones tantas veces como cada una de las chicas
C.
—Queda el asunto del pendiente —continuó I1—. Hemos oído esta misma tarde
a tu compañera C1 que sólo tienes un par de pendientes y siempre te ha visto con los
dos puestos. ¿Qué me dices a esto?
—Que piensa que es una sabelotodo, pero que no se entera ni de la mitad de las
cosas. ¿Cómo puede estar tan segura de eso? ¿Me revisa todos los días mi armario? ¿O
son ustedes quienes lo hacen? —La chica les estaba dejando con la palabra en la boca—
. ¿Y si el día que fui a la enfermería tenía puestos unos pendientes que ella no había
visto nunca?
—En ese caso —dijo I5—, conservarás la pareja del pendiente perdido.
—No. Me deshice de él tirándolo por la ventana del salón. ¿Para qué quería
conservar un pendiente sin su pareja?
Viendo que no sacaban nada en claro, decidieron dar por terminada la
conversación. I5 acompañó a Nuria hasta la segunda planta, donde se encontraban los
dormitorios, y continuó por los pasillos que conducían hasta su habitación. Le habían
retirado la venda del pie y andaba con normalidad.
Antes de dejarla en su cuarto, la instructora le dijo:
—Eres muy lista. Has manejado la conversación a tu antojo. —Iluminada por las
luces de emergencia, a Nuria le pareció ver que sonreía. Agarró la muñeca de la chica
en la que llevaba el brazalete y tapó disimuladamente el orificio del micrófono—. Me
parece que sé quién eres, aunque me sorprende cómo has logrado llegar hasta aquí y no
entiendo por qué lo has hecho; pero puedes quedarte tranquila: no diré nada. Yo
también tengo ganas de que esto acabe cuanto antes.
Se dio la vuelta y regresó por donde habían venido.
Nuria la vio alejarse y tardó un rato en reaccionar. ¿La había descubierto?
Probablemente sí, aunque no daba muestras de querer delatarla; en caso contrario, no
habría tapado el micrófono. Se metió en la cama tratando de dormirse, pero su cabeza
no paraba de dar vueltas a lo que le había dicho I5 y al mal rato que acababa de pasar
con los otros dos instructores.
Eran demasiados problemas para una chica de quince años. Se sentía
tremendamente sola y completamente impotente en medio de un universo sin sentido.
Se acordó de sus padres, de su casa y de su cuarto en Valencia. Le costaba admitir que
no podía hacer nada por aliviar su situación. Si, por lo menos, pudiese hablar con
Álvaro todo el tiempo que quisiera... Necesitaba a alguien con quien desahogarse pero
no lo tenía. Las lágrimas acudieron a sus ojos y lloró silenciosamente. Por fin, el sueño
la venció y acabó durmiéndose.

229
Había salido airosa de la encerrona que le habían preparado la noche anterior,
pero notaba que ya no estaba segura en aquel lugar. Un solo desliz más y lo más
probable era que averiguaran quién era. Por otro lado, no sabía qué pensar de I5. Lo que
le había dicho al dejarla en su habitación mostraba que no todo el mundo en aquel sitio
estaba tan contento como parecía. Tenía la certeza de que esa mujer no iba a desvelar lo
que había intuido acerca de quién era en realidad. De no ser así, sus horas estaban
contadas, pero algo le hacía sentir confianza hacia la instructora. Debía hablar con C2 y
contarle lo que había pasado. Quizá a ella se le ocurriera algo. Dudaba sobre la
conveniencia de llamar a Álvaro. La última vez que había usado el móvil se fijó en el
nivel de la batería: quedaba energía para hacer una o dos llamadas más, como máximo.
Aprovechó el descanso de la mañana para reunirse con C2 y explicarle lo
sucedido. No podía esperar a la noche para hacerlo. Hablaron mientras daban vueltas
por el patio interior, sin olvidarse de tapar al agujero del micrófono. Su hermana la
escuchó y, lejos de apaciguarla, consiguió que ambas se pusieran más nerviosas de lo
que ya estaban. No podía culparla a la pobre. Se había encontrado, de golpe, con una
situación que ni siquiera podía haber soñado. Eran un par de chiquillas asustadas.
—¿Y por qué no llamas a Álvaro? Habría que avisarle de que les falta poco para
que sepan quién eres.
¡Vaya ánimos que le daba!
—No quiero hacerlo todavía —le dijo Nuria—. Sólo queda batería para un par
de llamadas, a lo sumo, y quiero reservarlas para el último momento, cuando ya no haya
más remedio.
—¿Y no puede ser éste uno de tus últimos momentos?
Se lo estaba poniendo muy negro. Estaba saliendo a la luz su visión pesimista de
las circunstancias, que tanto le fastidiaba. De nuevo, se reconocía a ella misma en la
actitud de C2 cuando las dificultades arreciaban y no conseguía superarlas.
—Una vez leí una de esas frases famosas que a la gente le gusta citar para
dárselas de culta.
—¿Cuál es? —le preguntó C2.
—«La situación comienza a ser desesperante cuando empiezas a pensar que es
desesperante.» Creo que la pronunció Lincoln.
—¿Quién has dicho?
—Nada, déjalo.
—No sé quién es ese señor, pero supongo que lo que querría decir es que
debemos pensar siempre en positivo —dijo C2. Y, con la cara seria, continuó:
—Pero no resulta nada fácil en determinadas circunstancias.
—Habrá que dejar de hablar en secreto. Puedo tener más problemas si les da por
cotejar las horas en las que nos han visto hablando y los ratos de silencio. De todos
modos —prosiguió Nuria, con cierto tono de miedo en su voz—, me parece que esta
noche van a volver a por mí para continuar con la entrevista de ayer. Mucho me temo
que habrán hablado entre ellos y con el Instructor Mayor y quizás hayan encontrando
algo que se me ha podido escapar. Seguro que ya me han descubierto.
C2 se dio cuenta entonces de que su hermana necesitaba apoyo de verdad.
—Ya verás cómo no te pasa nada, mujer.
—Eso lo dices para animarme porque tú no estás en mi lugar.
Nuria estaba empezando a angustiarse pensando en lo que podría ocurrirle esa
noche. Tenía los ojos humedecidos por las lágrimas.

230
—Prométeme una cosa —le dijo a C2, casi llorando.
—Lo que tú quieras.
—Si me pasa algo —le dijo, secándose con el dorso de la mano las lágrimas que
resbalaban por sus mejillas—, tú te encargarás de seguir adelante con lo que he venido a
hacer. Conoces el modo de neutralizar el micrófono y conseguir que no se enteren de lo
que dices, y sabes también cómo deshacerte del brazalete para que no puedan controlar
tus movimientos.
C2 la escuchaba tensa, tratando de no perderse una palabra de lo que le decía su
hermana, a pesar de que no creía que la situación pudiera llegar tan lejos como se la
estaba presentando.
—Sabes dónde está escondid