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2012, pésimo año demográfico

España perdió habitantes en 2012, de acuerdo con el recuento provisional del padrón municipal a 1 de enero de 2013 hecho público el lunes pasado por el INE. Según los registros oficiales, esto no había sucedido desde el terrible año de 1939, con media España derrotada, y la otra media victoriosa, pero igualmente postrada en lo material. Ni siquiera habíamos perdido gente en 1936, 1937 ó 1938, en plena guerra civil, porque entonces, como siempre hasta hace un tercio de siglo, nos gustaba tanto tener niños que incluso los traíamos al mundo en circunstancias adversas. La pérdida de población, oficialmente certificada para 2012, pero que probablemente ya ocurrió en 2011 y tal vez en 2010 (el padrón es un indicador retrasado, pues la gente que entra y sale del país tarda en empadronarse y desempadronarse), es casi seguro que se repetirá en 2013 y años sucesivos. Con la crisis se está yendo mucha gente de España, tanto nacionales como extranjeros. Y por nuestra bajísima fecundidad, apenas nace ya más gente de la que muere, y en menos de dos o tres años entraremos en una dinámica continuada de más fallecimientos que nacimientos, lo que ya sucede con los españoles autóctonos. La crisis económica y su secuela migratoria sólo están acelerando el proceso de decadencia demográfica de España, provocada por la falta de bebés. A 1 de enero de 2013, había en España casi 206.000 personas menos empadronadas que un año antes, y 445.000 habitantes menos con edades comprendidas entre 20 y 35 años. En cambio, crecieron en número de 110.000 las personas con 65 años o más. Por cierto, aunque en la nota de prensa publicada por el INE sobre este asunto parece achacarse toda la pérdida de población a los extranjeros (incluso se habla en esa nota que hay 10.000 españoles más), lo cierto es que una parte sustancial del descenso en 216.000 de los extranjeros registrados en España se debe a la nacionalización como españoles de inmigrantes con varios años de residencia aquí, y de hijos de inmigrantes nacidos en España y con más de un año de residencia en nuestro país. Tal vez lo peor de estos datos del padrón es que hay registrados 417.500 niños menores de un año, un 6% menos que doce meses antes. De ellos, sólo 359.000 tienen nacionalidad española. Multiplicando el número de bebés empadronados por 82 años de esperanza de vida tendríamos de manera aproximada el número de personas al que tiende nuestra población: 34 millones en total y 29 millones de raíces españolas, respectivamente, partiendo de unos 47 millones en total y de unos 40 millones de españoles autóctonos. Y esa población tendencial disminuye año a año, porque cada año nacen menos niños. Con la natalidad actual (1,3 hijos por española en 2011, muy por debajo de la tasa de reemplazo, 2,1 bebés por mujer), por cada cinco españolitos que nacen, harían falta tres más simplemente para que la población no decrezca. De manera aproximada, eso significa que, si la tasa de fecundidad permaneciese inalterada, la generación de españoles en edad fértil de dentro de treinta años sería un 38% menos numerosa que la actual; la que habría en sesenta años, un 61% menor; y la del cambio al siglo XXII, un 76% inferior. Y de seguir todo igual, la de comienzos del siglo XXIII sería un 94% menos numerosa (por cada 100 adultos jóvenes de 1

ahora, habría sólo 6 entonces), y la del inicio del siglo XXIV, un 99% más pequeña. ¡En poco más de trescientos años, quedarían sólo unos cientos de miles de españoles! España, su sociedad y sus élites (políticas, empresariales, intelectuales, mediáticas) deben reaccionar pronto ante este gravísimo problema, colocándolo en el lugar que merece entre las grandes cuestiones nacionales. O logramos un vigoroso renacimiento demográfico, recuperando fecundidad hasta llegar por lo menos a la tasa de reemplazo, o tenemos asegurada una decadencia continuada en todos los órdenes, en la que el problema del pago de las pensiones será sólo una parte, y tal vez ni siquiera la peor. Una sociedad en la que sólo crecen en número los jubilados y los ancianos, y con menos gente en total cada año, está abocada, inexorablemente, al empobrecimiento económico y afectivo.

***** Autor: Alejandro Macarrón Larumbe Director General de la Fundación Renacimiento Demográfico (en vías de inscripción registral)

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