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Festividades Mayores

dedicadas a la
Virgen María
Obispo Alejandro (Mileant)
Traducido por Taisa Morosoff, Catalina Kuchta, Alejandro Molokanow.

Contenido:
Festividades Mayores
dedicadas a la
Virgen María
Natividad de la
Santísima Virgen.
Presentación en el Templo de la
Santísima Virgen María.
Anunciación a la
Santísima Virgen María.
Dormición de la
Santísima Virgen María.

Natividad de la
Santísima Virgen.
En la montañosa provincia del norte de Jerusalén, en la pendiente de una de las montañas cerca
del valle Esdrelón, se ubicaba Nazaret. Era un pueblito pequeño, que históricamente no sobresa-
lía en nada, por lo cual los hebreos se referían a él hasta con cierto desprecio, diciendo: “¿Podrá
haber algo bueno de Nazaret?”
En este pueblito vivía la piadosa pareja, Joaquín y Ana, a quiénes el Señor eligió como
antecesores del Salvador del mundo. Joaquín provenía de la casa del rey David, y Ana — era de
la clase sacerdotal. La sobrina de Ana, la justa Elizabet, después fue la madre de Juan el Bautista
y era prima hermana de la futura Virgen María
El justo Joaquín era un hombre que estaba en una acomodada situación económica, y te-
nía mucha cantidad de ganado. A pesar de la abundancia, toda la vida de esta justa pareja, estaba
impregnada por el espíritu de un devoto amor a Dios y por la caridad hacia el prójimo. Por estas
cualidades ellos gozaban del respeto y el amor de todos. Los mortificaba, sin embargo, una pena:
no tenían descendencia, lo cual entre los hebreos se consideraba como indicio de castigo Divino.
Ellos pedían incesantemente a Dios que les enviare un hijo para su alegría, aunque hacia la vejez
tenían ya poca esperanza de ello. Joaquín estaba muy apesadumbrado por la falta de hijos y una
vez, trayendo sus ofrendas a Dios, escuchó de cierto Rabí un duro reproche: “¿Por qué razón
quieres ofrecer tus dones a Dios antes que otros? ¡Pues tú no eres digno, por no tener descenden-
cia (ser estéril)!” Por causa de tan grande aflicción el justo Joaquín se alejó al desierto para ayu-
nar y rezar.
Al conocer esto, la justa Ana, considerándose a si misma culpable por la falta de descen-
dencia, se angustió también y comenzó a orar a Dios todavía con mayor fervor, para que Él la es-
cuchara y le mandara un niño. En uno de estos estados de oración, se le apareció un Ángel de
Dios y le dijo: “Tu oración ha sido escuchada por Dios, y tu concebirás y de ti nacerá una hija
bendita, superior a todas las hijas de la tierra. Por causa de Ella se bendecirán todas las razas de
la tierra. Ponle por nombre María.”
Habiendo escuchado estas dichosas palabras, la justa Ana inclinándose ante el Ángel le
dijo: “¡Vive el Señor Mi Dios! ¡Si realmente naciera de mí un niño, lo entregaré al Señor para
que esté a Su servicio! ¡Que Lo sirva, glorificando Su nombre durante toda su vida!”
Ese mismo Ángel del Señor se le apareció también al justo Joaquín, diciéndole: “Dios
aceptó tus oraciones con benevolencia. Tu esposa Ana concebirá y alumbrará una hija, por Quien
todo el mundo se regocijará. He aquí también la señal de la veracidad de mis palabras: ve a Jeru-
salén, y allí encontrarás a tu esposa en las puertas doradas.”
San Joaquín se dirigió sin demora a Jerusalén, llevando consigo presentes para ofrecerlos
a Dios, y también para los sacerdotes.
Llegado a Jerusalén, encontró a su esposa Ana, como lo predijo el Ángel, y relataron el
uno al otro, todo lo que les fue anunciado, y, después de pasar un tiempo más en Jerusalén regre-
saron a su casa, en Nazaret. Pasado el tiempo establecido de su embarazo, la justa Ana dio a luz
una hija, a la Cual llamó María, como lo ordenó el Ángel.
Después de pasado un año, Joaquín organizó un banquete, para el cual invitó a los sacer-
dotes, ancianos y a todos sus conocidos. Durante el banquete alzó a su Bendita Hija y, mostrán-
dola a todos, pidió a los sacerdotes que La bendijeran.
La concepción por santa Ana se festeja por la Iglesia el nueve de Diciembre, llamando
esta concepción como gloriosa y santa. Pero sin embargo la Iglesia Ortodoxa no acepta esta con-
cepción como aspermática e inmaculada, como lo enseña la iglesia católica romana, que en el si-
glo 19 promulgó el dogma de la “Concepción inmaculada.” Entre los católicos se expresaban ob-
jeciones, dirigidas contra esta enseñanza, porque en el concilio de Tridensk se le consideraba
solo como una opinión. Mas en el año 1854 el Papa Pío IX elevó esta opinión de la concepción
inmaculada de la Virgen María al grado de un dogma, no teniendo para ello datos algunos ni en
las Sagradas Escrituras, ni en las enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia.
La iglesia Ortodoxa solo acepta como inmaculado el nacimiento de nuestro Señor Jesu-
cristo, ya que Él fue dado a luz milagrosamente — del Espíritu Santo y la Virgen María.
La Virgen María por su parte, nació por medios naturales y, aunque Ella personalmente
era sin pecado, pero sin embargo, como todos, tenía la naturaleza dañada por el pecado original,
por lo cual Ella misma necesitaba ser redimida. Según las palabras de San Ambrosio: “de todas
los nacidos por mujeres, es completamente Santo solo nuestro Señor Jesucristo, Quien por un es-
pecial, nuevo modo de inmaculado nacimiento, no experimentó la corrupción terrenal.”
En la literatura teológica ortodoxa hay muchos tratados, orientados en contra de la inma-
culada concepción de la Virgen María por la santa Ana. Vamos a mencionar solo la opinión del
protopresbítero Y. M. Skvortsov, profesor de la Academia Espiritual de Kiev que dice: “El Evan-
gelio atestigua que el Espíritu Santo bajó sobre la Santa Virgen y la cubrió, y en consecuencia de
ello, lo nacido de Ella era — santo, perfectamente limpio, sin pecado. ¿Era por ello necesario que

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la Virgen naciera ella Misma sin defecto? No fue por causa, de que Ella era santa desde su naci-
miento, sino por que el Espíritu Santo descendió sobre Ella y la purificó. La Tradición testifica,
que era necesaria para la Madre de Dios la preparación en el Templo desde los tres años de edad.
El pecado original no podía desarrollarse en Ella. Su educación en el templo y la oración purifi-
caban toda Su alma. Su completa santificación sucedió en el día de la Anunciación. ¿Mas cómo
pudo haberse limpiado el pecado original, si aún no se había ejecutado la redención? Este es el
misterio del Bendito Fruto de la Mujer, preparado desde los siglos. La Gracia del Espíritu Santo
pudo haber colocado todo el ser de la Madre de Dios, en tal altura de humildad y devoción en el
momento de la concepción del Hijo de Dios, que en ella no intervino nada humanamente defec-
tuoso.”

Troparion Tono 4: Tu nacimiento oh Madre de Dios Virgen, anunció la alegría a todo el universo.
Porque de Ti resplandeció el sol de verdad, Cristo nuestro Dios, destruyendo la maldición, Él nos
concedió la bendición y destruyendo la muerte, nos otorgó la vida eterna.

Kondaquion Tono 4: Joaquín y Ana fueron liberados del reproche de la esterilidad, Adán y Eva
de la corrupción de la muerte, oh Purísima, por Tu santa Natividad, por eso Tu pueblo celebra
este acontecimiento, por haber sido redimido de la culpa del pecado, celebra exclamándote: la es-
téril da a luz a la Madre de Dios, nutridora de nuestra vida.

El nacimiento de la Madre de Dios es para nosotros un día especialmente gozoso, porque


con él se hizo realidad toda una serie de importantísimas profecías y pronósticos del Antiguo
Testamento. Precisamente a Ella Dios La eligió para que fuera Aquella Virgen, Quien de acuerdo
a las predicciones de Isaías, tenía que concebir sin semen del Espíritu Santo y dar a luz al Hijo-
Emanuel, destinado a salvar al género humano de la maldición y muerte que pendían sobre él.
Ella se convirtió en la misteriosa “escalera” que unió al Cielo con la tierra, vista en sueños por el
patriarca Jacob (Hechos 28:12). Ella se hizo también “la puerta cerrada” quien según la visión
del profeta Ezequiel (Ez. 44:2) traspasó el Señor Dios de Israel para visitar y liberar a su gente.
Es también Ella la creación de la casa de la sabiduría de Dios (Prov. 9:1), que alumbra a todo
hombre, que viene a este mundo (Juan 1:9), y que disipa las tinieblas de la incredulidad y el ex-
travío.
En una palabra, el nacimiento de la Santísima Virgen María es para nosotros el comienzo
del cumplimiento de todas las promesas Divinas, con las cuales vivió y se consoló la humanidad
durante muchos milenios, — la manifestación al mundo de Aquel misterio oculto por siglos y ge-
neraciones, que estaba preparado desde la eternidad para la salvación y gloria del caído género
humano.
Es por eso, que esta celebración, como enseña San Andrés de Creta es, “el principio de
las festividades y sirve como puerta hacia la gracia y la verdad.” San Juan Damasceno dijo: “el
día de la natividad de la Madre de Dios es festividad de alegría universal, pues a través de Ella se
renovó todo el género humano, y la aflicción de la madre Eva se convirtió en alegría.”

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Presentación en el Templo de la
Santísima Virgen María.
Nacida por la Gracia Divina concedida a sus padres por causa de sus plegarias, la Santísima
Virgen María vivió con ellos desde su nacimiento hasta la edad de tres años. Desde los primeros
años ellos le inculcaban el hecho, que Ella pudo nacer solo gracias a las ardorosas súplicas y ora-
ciones a Dios y por ello ya antes de Su nacimiento había sido consagrada a Él. Por ello Su lugar
— estaba en el templo del Señor donde iba a ser educada según la ley de Dios.
Esta intención de Joaquín y Ana — de consagrar a Dios a su hija — fue conocida en Jeru-
salén, y para este acontecimiento se congregaron sus parientes, amigos, y conocidos, y entre ellos
las jóvenes coetáneas de la Santa María.
Las niñas que acompañaban a la Santísima Virgen María en el camino al Templo portaban
cirios encendidos e iban cantando salmos. Acercándose esta marcha al templo, salieron a Su en-
cuentro los sacerdotes, encabezados por el sumo sacerdote.
A la gradería del templo, según las palabras del beato Jerónimo, se llegaba por quince es-
calones — así como era el número de grados de los salmos. Dejada por su madre en el primer es-
calón la Santísima Virgen María por sí misma ascendió los escalones restantes hasta el mismo
andamio del templo. Entrando al templo el sacerdote Zacarías, inspirado por el Espíritu Santo,
La introdujo en el Santuario, dentro del lugar Santísimo, donde a nadie se le permitía entrar, sino
solo al sumo sacerdote y — solamente una vez por año.
Esta introducción en el santuario de la Santísima Virgen extrañó no sólo a los presentes,
sino también a los Ángeles, invisiblemente allí presentes, quienes como se canta en el “Zadostoi-
nik” (Benemérita) de la celebración, “los que vieron se extrañaron, como la Virgen entró en lo
Santo de lo Santísimo.”
El justo Zacarías ubicó a la Santa Virgen en la casa del templo, para habitar allí. El tem-
plo tenía a su alrededor varios anexos, donde vivían los que servían en él. Allí se encontraba tam-
bién el asilo para doncellas.
Los santos y justos Joaquín y Ana, dejando a la Santísima Virgen María en el templo, re-
gresaron a su casa, conscientes de que su Hija, como don Divino enviado, era el sacrificio que
ellos hacían a Aquel, de Quien La habían recibido.
Durante Su vida permanente en el templo la santa Virgen María quedó bajo la tutela y di-
rección de devotas preceptoras, quienes Le enseñaron las Santas Escrituras, así como también di-
versas labores manuales.
Según las palabras de San Juan Damasceno: estando alejada de la compañía de hombres y
mujeres no rectos moralmente, en el templo ella vivía de una manera, que representaba un ejem-
plo de la forma de vida de la mejor y mas purísima Virgen en comparación con las demás. Alerta
en la oración, modesta, humilde, mansa y dulce, estas eran Sus cualidades distintivas.
Su día en el templo se distribuía de la siguiente manera: desde temprano en la mañana
oraba, luego leía las Santas Escrituras, después de lo cual comenzaba con las labores manuales.
Su día finalizaba también con oraciones.
Con el tiempo, habiendo aprendido las Santas Escrituras, la Santísima Virgen María puso
especial atención en las profecías de Isaías, quien escribió con respecto al Mesías: “He aquí, La
Virgen recibirá en Su seno y dará a luz un hijo, y Le pondrán por nombre: Emanuel.” Meditan-
do sobre este texto, Ella ardía en el deseo de ver a Tal Bendita Virgen, que se haría digna de ser
la madre del Salvador de la humanidad.

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Siendo muy joven, la Purísima Virgen perdió a Sus padres. Quedando huérfana, Ella se
dedicó completamente a Dios, sin pensar ni siquiera un poco en el amor terrenal o en la vida fa-
miliar. Habiendo hecho la promesa de la virginidad, fue la Primera en abrir el camino del total
servicio a Dios, el cual mas adelante fue seguido por numerosos ascetas cristianos.
Al cumplir la Santísima Virgen María los quince años, el sumo sacerdote y los sacerdotes
comenzaron a aconsejarle dejar el templo y, como correspondía en aquella época, contraer matri-
monio. Ante esto la Purísima les hizo saber Su promesa de permanecer por siempre virgen, lo
cual les extrañó por sobre manera. Según las enseñanzas de los rabinos cada israelita hombre o
mujer debía contraer matrimonio.
Y he aquí que al sacerdote Zacarías le surgió un dilema: por un lado la ley no permitía
que una joven, llegada a la madurez, permaneciera en el templo, y por otro lado no quería obligar
a la Santa Virgen a transgredir el voto que Ella había hecho.
Meditando sobre esto él ideó el siguiente compromiso: ofrecerle a un familiar, al anciano
José, que fuera Su tutor. Para cumplir con la ley, debía desposarse formalmente con Ella, pero en
los hechos — debía ser solo el guardián de Su promesa. Siendo él una persona benévola y com-
pasiva, aceptó esta propuesta, con la condición de que Ella se trasladase a Nazaret donde él resi-
día.
Después de los esponsales el justo José, con la Santísima Virgen se dirigieron a Galilea, a
su ciudad, Nazaret. La Santísima Virgen María estaba apenada por tener que abandonar el tem-
plo. Mas viendo en todo la voluntad Divina, aceptó obedientemente la providencia Divina.
Acerca de la vida de la familia de José la tradición posee sólo datos dispersos. Por su
edad podía ser abuelo de la joven doncella. Siendo viudo de su difunta esposa Salomé, tenía cua-
tro hijos, Jacobo, Josué, Simón y Judas y también dos hijas: María y Salomé. En el Evangelio se
les llama hermanos y hermanas de Nuestro Señor Jesucristo. Aunque el justo José provenía de fa-
milia de reyes, por ser descendientes del rey David, vivía muy humildemente, ganándose el sus-
tento diario trabajando como carpintero. Poseía mansedumbre, era temeroso de Dios y muy
amante del trabajo.

Troparion Tono 4: Hoy es el preludio de la buena voluntad de Dios hacia nosotros, y el principio
de la salvación de la humanidad. Hoy la virgen es presentada (claramente) en el templo de Dios
anuncia a todos la venida de Cristo, por lo tanto clamemos a Ella en voz alta: regocíjate, Tú que
eres el cumplimiento de la providencia del Creador.

Kondaquion Tono 4: El más puro templo del Salvador, la preciosa cámara nupcial y Virgen, el
sagrado tesoro de la gloria de Dios, es traído en este día a la Casa del Señor, trayendo con ella la
gracia que está en el Espíritu Divino. Y los Ángeles de Dios le cantan alabanza: Ella es el taber-
náculo celestial.

Según lo testifica San Ambrosio de Mediolan, la Santísima Virgen María en Su vida posterior
“era Virgen no sólo corpórea sino también espiritualmente, en su corazón — era humilde, en las
palabras — era sabia, prudente, no ofendía a nadie, deseaba el bien a todos, no despreciaba al in-
digente, en las conversaciones — pudorosa, en el habla — no presurosa, no se burlaba de nadie.
Su aspecto era la imagen de la perfección interior. Todos Sus días los convirtió en ayuno, dormía
solo cuando así lo necesitaba, y aún cuando Su cuerpo reposaba, Su espíritu velaba repitiendo en
sueños lo leído o meditaba sobre el cumplimiento de las intenciones que se había propuestas, o
trazando nuevas. Se alejaba de Su casa solo para ir al templo — y aun así, solo acompañada de

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parientes. Y aunque se encontrare fuera de Su casa y estuviere acompañada por otros, Ella Mis-
ma era el mejor guardián de Sí Misma; los demás sólo resguardaban Su cuerpo, más por Sus cos-
tumbres velaba Ella Misma.”

Anunciación a la
Santísima Virgen María.
Establecida en la casa de José, la Santísima Virgen María llevaba prácticamente el mismo modo
de vida que había llevado en el templo. La mayor parte del tiempo lo pasaba en solitaria oración,
en el silencio, en la lectura de las Escrituras y en manualidades. No descuidaba los quehaceres
domésticos, siendo una fiel y preciosa ayuda para el anciano José.
Pasado un tiempo no muy largo después de que la Santísima Virgen se hubo establecido
en Nazaret, fue visitada por el Arcángel Gabriel, quien antes le había anunciado al sacerdote Za-
carías acerca del nacimiento de Juan el Bautista. Encontrándola leyendo las profecías de Isaías
acerca del nacimiento del Mesías de una Virgen, el Arcángel La saludó con estas palabras: ¡Alé-
grate Bienaventurada! ¡ El Señor está Contigo! ¡Bendita eres Tú entre las mujeres!
Esta imprevista aparición del Ángel y la alegre salutación agitaron a la joven Virgen. ¿No
será esto alguna tentación? Mas el mensajero celestial, tranquilizándola, Le explica que Él le está
anunciando la voluntad de Dios: ¡No temas María! Tú has hallado gracia de Dios, y concebirás,
y de Ti nacerá un Hijo, a Quien llamarás Jesús. Él será grande y Se llamará el Hijo del Todopo-
deroso y el Señor Dios Le dará el trono de David, Su padre, y reinará en la casa de Jacob por
los siglos de los siglos, y Su Reino no tendrá fin.
La Santísima Virgen, que ya en el templo había hecho la promesa de la virginidad, replicó
al Ángel: ¿De qué modo será esto? Yo no tengo esposo. — A lo cual él Le contestó: El Espíritu
Santo descenderá sobre Ti y la fuerza del Todopoderoso Te cubrirá y por esto El que naciere,
Santo será y Se llamará Hijo de Dios.
Revelando con este anuncio el altísimo e inalcanzable misterio de la encarnación del Hijo
de Dios, el Arcángel Gabriel para confirmar la veracidad de sus palabras agregó: He aquí Eliza-
bet, Tu pariente, concibió un hijo en su vejez y este es el sexto mes de ella, que había sido llama-
da estéril. ¡Para Dios todo es posible!
Habiendo oído esto, la Santísima Virgen percibió en su llamado para ser la Madre del
Mesías la voluntad de Dios, para Quien no hay oposición. Imbuida por el sentimiento de agrade-
cimiento y obediencia a Dios, con humildad contestó: Soy la sierva del Señor, que sea en Mí se-
gún Tu palabra. El Arcángel se volvió invisible.
De este modo se cumplió el grandioso milagro de todos los tiempos: por el descenso del
Espíritu Santo sobre la joven Virgen, en Su vientre se encarnó el Hijo de Dios, Quien de este
modo Se hizo verdadero hombre, permaneciendo al mismo tiempo como Dios absoluto, consubs-
tancial con el Dios Padre y el Espíritu Santo.
La Iglesia Ortodoxa enseña, que la Santísima María al hacerse Madre, permaneció siendo
Virgen.

Troparion Tono 4: Hoy es el principio de nuestra salvación y la manifestación del misterio de los
siglos: el Hijo de Dios se hace hijo de una Virgen, y Gabriel anuncia la divina gracia. Por lo tan-

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to, también nosotros clamamos con él a la Madre de Dios: Alégrate, oh llena de gracia, el Señor
está contigo.

Kondaquion, Tono 8: Nosotros Tus siervos, ¡oh Madre de Dios,! Como librados de las desgra-
cias, te traemos a Ti, Generala, que nos defiendes en las batallas, agradecida canción de triunfo,
oh guerrera y defensora. Y Tú que eres invencible, líbranos de las diversas desgracias para que
podamos exclamarte: Regocíjate, oh Novia no Desposada.

La instauración de la celebración de la Anunciación corresponde a la más remota antigüedad.


San Atanasio (siglo IV) en su palabra dedicada a esta festividad, la llama la primera de una serie
de festividades y es especialmente venerada, porque nos recuerda el comienzo de la construcción
de la escalera de la salvación humana. En los siglos V y VI, por causa de las herejías que des-
prestigiaron la personalidad de la Madre de Dios y desfiguraron el dogma de la encarnación de
Jesucristo, se presentaron especiales motivos para que la Iglesia aumentara aun más la solemni-
dad de la celebración de esta festividad. Durante ese tiempo la celebración de los oficios de esta
festividad se enriqueció con muchos cánticos donde se revela el misterio de la encarnación del
Hijo de Dios y la grandeza de la Madre de Dios. San Juan Damasceno y Teófano, obispo metro-
politano de Nicea en el siglo VIII compusieron para esta celebración el canon, que se canta hasta
el día de hoy. Por explicación de antiguos escritores cristianos, el fundamento de la costumbre de
celebrar la Anunciación el 25 de Marzo, yace sobre la tradición de la Iglesia acerca de que preci-
samente ese día fue que sucedió la encarnación de Jesucristo, nueve meses antes de Su nacimien-
to, que se festeja el 25 de Diciembre por el calendario eclesiástico.

Dormición de la
Santísima Virgen María.
Después de la ascensión de Nuestro Señor Jesucristo a los Cielos, la Santísima Virgen habitual-
mente vivía en los dominios de Jerusalén, visitando los lugares donde predicaba y hacía milagros
Su Hijo. Especialmente gustaba visitar el jardín de Getsemaní en la ladera del monte de los Oli-
vos, el que anteriormente había pertenecido a sus ancestros y cerca del cual se encontraba la casa
de Sus padres. Largamente rezaba allí, donde el Señor Jesucristo frecuentemente pasaba las no-
ches rezando y desde donde Lo llevaron al juicio y a los sufrimientos en la Cruz. Rezaba la San-
tísima Virgen por la conversión a la fe del obstinado pueblo hebreo, y por las nuevas iglesias, or-
ganizadas por los apóstoles en varios países.
Y así pues en el final de una de estas oraciones se le presentó el Arcángel Gabriel, quien
no era la primera vez que se le aparecía, anunciando la voluntad Divina. Iluminado de alegría, le
comunicó, que dentro de tres días iba a finalizar el camino de Su peregrinaje terrenal, y Dios La
llevaría a Sus eternas moradas. Después de decir esto, Le entregó una rama celestial, que brillaba
con luz no terrenal. La Madre de Dios Se alegró por esta noticia, ya que ello le abría la oportuni-
dad de reencontrarse con su Hijo.
De regreso del monte Olivos, comenzó a prepararse para partir de esta vida. Ante todo le
comunicó a su hijo adoptivo, el apóstol Juan, que pronto dejaría este mundo, y después lo hizo
saber también a sus cercanos.

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Su pariente el apóstol Santiago (hijo de José del primer matrimonio, nombrado en el
Evangelio “hermano de Jesucristo”), siendo obispo de la ciudad de Jerusalén, se ocupó de que la
despedida con la Santísima Virgen, así como Su entierro se realizaran dignamente.
Al inicio del tercer día la casa de la Virgen María se colmó de parientes y conocidos, que
no pudieron ocultar sus lágrimas, previendo la pronta separación. Para ese día, por la Providencia
Divina, desde diferentes países llegaron los apóstoles, quienes desearon despedirse de Ella. La
Madre de Dios, para consuelo de los que lloraban, prometió que, estando ante el trono de Dios,
Ella permanecerá rezando por ellos, y por todos los que tengan fe, y estén diseminados por todos
los países del mundo. Despidiéndose de todos, pidió que se repartieran entre los necesitados sus
pequeños bienes, y que su cuerpo fuera sepultado en la cueva de Getsemaní, donde estaban se-
pultados sus padres, los justos Joaquín y Ana.
Llegó la hora finalmente, cuando la Madre de Dios debía presentarse ante el Señor. Ardí-
an velas en la habitación, y sobre el lecho adornado yacía la Madre de Dios, rodeada de la gente
que La amaba. De pronto, una luz inusual iluminó la habitación con la gloria Divina, y la parte
superior quedó translúcida. Y he aquí, que en una luz extraordinaria, descendió del cielo el Mis-
mo Señor Jesucristo, rodeado de Ángeles y de las almas de justos del Antiguo Testamento.
La Madre de Dios, contemplando a su Hijo, como adormeciéndose dulcemente, sin nin-
gún tipo de sufrimientos corporales, entregó en Sus manos Su alma pura. Los apóstoles, viendo
esta ascensión del alma de la Purísima Madre de Dios al cielo, siguieron con la vista largamente
esto, de manera semejante a como siguieron la Ascensión del Salvador desde el monte de los Oli-
vos. Mas tarde, recordando este acontecimiento, la Iglesia en uno de sus cánticos (acompaña-
miento al Zadostoinik) dice: “Los ángeles, viendo la Dormición de la Purísima, se extrañaron
¡Cómo la Virgen se arrebataba de la tierra al Cielo!”
Según relata la tradición, durante la sepultura de la Madre de Dios los apóstoles portaban
el lecho, sobre el cual yacía Su Purísimo cuerpo, y una enorme cantidad de creyentes, rodeando
la procesión, cantaban cánticos sagrados.
Los habitantes no creyentes de Jerusalén, perturbados por la solemne sepultura y enfure-
cidos por los honores, ofrecidos a la Madre de Aquel, a Quien ellos rechazaron y crucificaron,
denunciaron lo que sucedía a los principales de los judíos. Estos últimos, ardiendo de furia contra
todo lo que les recordaba a Jesucristo, enviaron siervos y soldados para deshacer esta procesión,
y ultrajar el cuerpo de la Madre de Dios. Llegados los siervos y soldados, juntamente con los in-
servibles de la turba de la ciudad, se abalanzaron sobre la procesión fúnebre de los cristianos.
Pero de repente sucedió un milagro inesperado: una nube con forma de corona, que había estado
flotando en el cielo sobre el cuerpo de la Madre de Dios, bajó hacia la tierra y como una pared,
protegió la marcha funeraria. A pesar de esto, uno de los sacerdotes hebreos de nombre Afonio,
exclamando: “He aquí los honores que se le prodigan al cuerpo, que dio a luz al mentiroso, des-
tructor de la ley de nuestros padres,” — se lanzó hacia el lecho de la Madre de Dios para volcar-
lo. Mas apenas hubo tocado el lecho, un Ángel con espada inmaterial le cortó ambas manos. Ho-
rrorizado, Afonio cayó al suelo, lamentándose: “¡Desgraciado de mí! ¡Desgraciado de mí!” .
Entonces el apóstol Pedro, deteniendo la procesión, le dijo: “¡Afonio! Has recibido, lo
que te merecías. Convéncete pues, ahora, que el Señor es Dios de Venganza, Quien no tarda.”
Viendo la desesperación en el rostro de Afonio agregó: “¡Tus heridas nosotros no las podemos
sanar, a menos que a ello condescendiera nuestro Señor Jesucristo, contra Quien ustedes se le-
vantaron y mataron! Mas ni siquiera Él te sanará, hasta que no creas en Él con todo tu corazón y
no confieses con tus labios, que Él es el verdadero Mesías-Cristo, Hijo de Dios.”

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Afonio, viendo en todo lo sucedido la acción del Mismo Dios, exclamó: “Creo que Jesús
es el profetizado por los profetas, Cristo Salvador del Mundo.”
Los santos apóstoles, escuchado esta confesión pública y viendo el sincero arrepentimien-
to de Afonio, se alegraron por su conversión a la fe. Entonces el apóstol Pedro le ordenó que se
dirigiera a la Santísima Virgen en oración para pedirle perdón, y después de lo cual colocar los
bordes de sus manos a sus correspondientes partes cortadas. Apenas Afonio hubo hecho esto, sus
manos se unieron. Solo una delgada cicatriz en el lugar del corte recordaba lo sucedido. Luego,
colmado de sentimiento de gratitud, se prosternó ante el lecho de la Purísima y en voz alta co-
menzó a agradecerle. Agregándose a la procesión funeraria, él la siguió, entonando himnos de
alabanza.
Durante la procesión fúnebre, muchos enfermos de toda clase se acercaban al lecho de la
Madre de Dios y, tocándolo, sanaban. Llegando a Getsemaní, se detuvieron y comenzaron a des-
pedirse del cuerpo de la Madre de Dios. Era la tarde ya entrada, cuando los apóstoles pudieron
colocar el cuerpo en la gruta-sepultura, y la ocluyeron con una gran piedra.
Entre el número de los apóstoles que se habían reunido no se encontraba uno de ellos, y
era el apóstol Tomás. Llegando tres días después a Jerusalén, fue a Getsemaní para despedirse,
aunque fuera con atraso, del cuerpo de la Santísima. Los apóstoles, que lo acompañaron hasta la
gruta, se compadecieron de él y apartaron la piedra que ocluía su entrada, para que el apóstol To-
más pudiera reverenciar los santos restos mortales. Pero, entrando en la gruta, se encontraron
solo con las telas de Su sepultura que exhalaban un agradable aroma, mas allí no se encontraba el
cuerpo de la Madre de Dios. Consternados por tan inexplicable desaparición de Su cuerpo, deci-
dieron, que seguramente, el Mismo Señor Dios deseó llevarse al cielo Su Santísimo Cuerpo antes
de la resurrección universal.
El apóstol Tomás y otros apóstoles, besando el sudario que aún permanecía en el sepul-
cro, rogaron a Dios les abriera Su voluntad acerca del cuerpo de la Purísima Madre de Dios.
Después de la resurrección del Salvador, los Apóstoles tenían la costumbre de que duran-
te las refecciones, dejaban un lugar libre en la mesa y delante de él colocaban pan en honor del
Resucitado Jesucristo, para, al finalizar, levantándose, rezar y elevar ese pan, que llamaban la
parte del Señor, exclamando “Grande es el nombre de la Santísima Trinidad, Señor Jesucristo,
ayúdanos.” Cuando al tercer día después de la Dormición de la Madre de Dios los apóstoles co-
menzaron a elevar el pan en nombre del Señor Jesucristo, apenas pronunciaron: “Grande es el
nombre...” cuando inesperadamente la Santísima Virgen se presentó en el aire “entre nubes y Án-
geles relucientes que estaban ante Ella,” diciendo: “Alegraos porque con ustedes estaré por siem-
pre.” En respuesta a esto los Apóstoles exclamaron: “¡Santísima Madre de Dios, ayúdanos!”
Luego de tan milagroso suceso los apóstoles comenzaron a realizar la elevación del pan en honor
de la aparición de la Santísima Madre de Dios. Comían una parte del pan dejado por ellos antes
del refectorio, en nombre del Señor, y la otra parte — al finalizar el refectorio — en nombre de la
Madre de Dios. Esta glorificación y alabanza se conoce con el nombre de elevación de panaguia
(del griego todo-santa.)
Mirándolos dulcemente Ella dijo: “¡Alegráos! ¡Desde ahora en adelante Yo estaré siempre
con ustedes!” Alegrados con Su promesa, Le replicaron: “¡Santísima Madre de Dios, ayúdanos!”
La desaparición de Su cuerpo y Su subsiguiente aparición a los apóstoles les dio a enten-
der que la Madre de Dios fue resucitada al tercer día por su Hijo el Señor Dios Jesucristo y as-
cendida con su Purísimo cuerpo a la gloria de los cielos. Así, por la expresión del canto eclesiás-
tico, el sepulcro de la Madre de Dios se convirtió en la “escalera hacia los cielos.”

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Todos los acontecimientos milagrosos sucedidos en la Dormición de la Purísima Madre
de Dios, entre ellos Su resurrección y ascenso a los Cielos, San Damasceno los refiere a la anti-
gua tradición de la Iglesia de Jerusalén. En su palabra sobre esta festividad él dice, que el empe-
rador Marciano y la emperatriz Pulkeria les pidieron al obispo de Jerusalén Juvenal y a los pa-
dres del cuarto concilio Universal de Jalkidon, que les comunicaran los datos acerca de los he-
chos acaecidos en la honorable Dormición de la Purísima y Siempre Virgen María. La Iglesia tie-
ne fe que el cuerpo de la Madre de Dios fue llevado al cielo, y así La glorifica en sus cánticos:
“Vencidas las leyes de la tierra fueron en Ti, Purísima Virgen, después de dar a luz permaneciste
Virgen, la muerte uniste a la vida: permaneciendo desde el nacimiento Virgen y después de la
muerte viva, Madre de Dios, salvas siempre a Tu heredad.

Troparion Tono 1: Oh Madre de Dios en el alumbramiento conservaste la virginidad, en Tu Dor-


mición no abandonaste al mundo, siendo Madre de la Vida, Te trasladaste a la vida (eterna) y por
Tus oraciones salvas de la muerte a nuestras almas.

Kondaquion Tono 2: Incansable en Sus oraciones, Madre de Dios, y en su intercesión esperanza


inquebrantable; no ha sido retenida por el sepulcro ni la muerte, porque siendo la Madre de la
Vida fue trasladada a la vida por Aquel que se encarnó de su vientre virginal.

¿Cuantos años de vida terrenal vivió la Madre de Dios? Algunos padres de la Iglesia ase-
veran que Ella vivió hasta una edad muy avanzada. Los historiadores de la Iglesia Epifanio
(monje del siglo X, quien compuso la vida de la Purísima Virgen María, sobre la base de los da-
tos de la tradición antigua), Jorge Quedrin, (monje del siglo II, compuso la crónica desde el co-
mienzo del mundo hasta el año 1059) consideran que la Santísima Madre de Dios vivió setenta y
dos años.
Esta presuposición se basa en los hechos siguientes: San Dionisio Areopagita, obispo de
Atenas, estuvo presente, entre otros, en la sepultura de la Madre de Dios. Él fue convertido a
Cristo por el apóstol Pablo en el año 52, D.C. Durante cerca de tres años él acompañó al apóstol
Pablo, luego de lo cual viajó a Jerusalén para visitar a la Madre de Dios. Después de esto el após-
tol Pablo lo nombró obispo de Atenas, y pudo llegar a Jerusalén para la sepultura de la Madre de
Dios recién en el año 57 después de Cristo. Y como Nuestro Señor Jesucristo nació cuando la
Virgen María tenía 15 años, en consecuencia, los años de vida sobre la tierra de la Madre de Dios
serían aproximadamente unos 72 años. Esta edad la confirma también el famoso profesor Porfi-
rio, de acuerdo a datos encontrados en Atenas en manuscritos antiguos.

La festividad de la Asunción de la Madre de Dios se conmemora desde los tiempos antiguos del
cristianismo, y ya en el siglo IV era una celebración universal, como lo testifica Gregorio de
Tursk, y especialmente por el hecho, de que ya se la cita en todos los calendarios antiguos. En el
siglo V fueron escritos “stijiri” (canción de alabanza para la festividad) por Anatolio, patriarca de
Constantinopla y en el siglo VIII — dos cánones, atribuidos a Cosme Sviatograd y Juan Damas-
ceno. Al principio se festejaba el 18 de Agosto. Su festejo universal el día 15 de Agosto fue esta-
blecido por voluntad del emperador Mauricio (desde el año 582). El ayuno en honor de la Madre
de Dios se estableció en el siglo XII en el concilio de Constantinopla, durante el patriarcado de
Lucas, desde el 1 al 15 de Agosto, y la fiesta de la Asunción continúa durante nueve días.
La emperatriz santa Pulkeria, esposa de Mauricio, colocó las telas sepulcrales de la Ma-
dre de Dios en el magnifico templo de Vlagerna, construido por ella en la ciudad de Constantino-

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pla. El cinto de la Madre de Dios lo dejó en el templo de Jalcoprad, también ubicado en Constan-
tinopla. En el templo de la Odigitria la santa Pulkjeria colocó la imagen de la Madre de Dios, que
fue pintada, según la tradición, por el Apóstol san Lucas.
La Iglesia glorifica a la Madre de Dios, como mas honorabilísima que los querubines e
inigualablemente mas gloriosa que los serafines, Quien ahora, como Reina, comparece a la dere-
cha del Hijo, y, tomando bajo Su protección al género humano, intercede por él clemencia ante el
Señor. Junto con esto, con el acontecimiento de la dormición de la Madre de Dios la Iglesia nos
enseña, que la muerte no significa la aniquilación de nuestra existencia, sino, solamente nuestro
pasaje de la tierra hacia el cielo, de lo perecedero — a la eterna inmortalidad. A este propósito
fundamental, desde el siglo IV, se le agrega otra intención — la de descubrir el extravío de los
herejes, que negaban la naturaleza humana de la Santísima Madre de Dios y aseguraban por eso,
que no se podía hablar de una muerte de la Madre de Dios. Así era el extravío de los “coliridia-
nos,” herejes del siglo VI.
La santa Iglesia llama la terminación de la vida terrenal de la Madre de Dios, como “dor-
mición” y no como muerte, ya que la muerte como destructora del cuerpo no La tocó. Ella (la
Virgen) sólo “se adormeció” para despertarse inmediatamente a la gloriosa vida eterna y después
de tres días, con el cuerpo incorruptible, establecerse en la morada celestial. En los cánticos de
este día la Iglesia invita a los creyentes a alegrarse; inculcando que en el admirable fallecimiento
de la Madre de Dios, para consuelo de todos, se manifestó con especial solemnidad la fuerza del
Señor, Quien con Su muerte y resurrección quebró el aguijón de la muerte y para Sus fieles, de
espantosa la convirtió en alegre y feliz; porque la Santísima Madre de Dios “se adormeció en la
muerte como en un sueño corto, despertando rápidamente de ella y se despojó de los ojos, como
de una somnolencia, de la muerte sepulcral, percibiendo en la luz del rostro del Señor la vida y
gloria eternas.” Además, nosotros debemos alegrarnos que la Santísima Virgen, luego de Sus
crueles aflicciones y sufrimientos sobre la tierra, recibió en el mundo superior la recompensa por
Sus virtudes. Con esto se nos enseña un nuevo significado de la muerte, proporcionado por El re-
sucitado del sepulcro: siendo hasta entonces un castigo por el pecado, la muerte se hizo ahora
testigo de la virtud y de la recompensa de las hazañas realizadas durante la vida (Apocal. 14:13).
Debemos regocijarnos, de que la Santísima Virgen allá, en los cielos, con Todo Su Ser
compareció ante el Trono de la vivificante Trinidad. Siendo aquí, en la tierra, humilde, ella se
presentó en el cielo incomparablemente mas honorable que los querubines, más gloriosa que los
serafines, la más luminosa entre todos los justos, no sólo sierva del Señor Dios, sino también
Reina de la tierra y del cielo, Señora de las fuerzas superiores y de la gente, colmada de todos los
dones Divinos, mar de gracias Divinas, manantial de todos los dones espirituales y corporales,
gozo para todos los afligidos, Intercesora de los ofendidos, Saciadora para los hambrientos, visi-
tadora para los enfermos, consuelo y cobertura de los débiles, apoyo de la vejez, protectora de las
viudas y huérfanos... A Su Madre, cuando ella implora ante el Señor, Él no puede negarle nada.
Ella es la única esperanza de los pecadores, socorro de los desesperados, intercesora inmutable
ante el Creador, pronta defensora, amparo del mundo, manantial de misericordia, puerta de cle-
mencia Divina. Observad la historia de la Iglesia, la historia de nuestros antepasados, recorred
los templos consagrados en honor de Su nombre, enumerad Sus iconos milagrosos, recorred todo
el mundo — siempre encontraréis incontable cantidad de pruebas de Su potestad e ilimitada mi-
sericordia. Es por ello que en la Iglesia Ortodoxa, no hay servicios divinos, ni oficios, ni oracio-
nes en las cuales la Iglesia no refuerce sus pedidos con el nombre y las plegarias hacia la Santísi-
ma Soberana Nuestra, la Madre de Dios, donde no agradeciera, no exaltara con cánticos a la in-
vencible Generala, nuestra diligente Intercesora y Madre Bienaventurada, siempre Virgen María.

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Folleto Misionero # S101b
Copyright © 2003 Holy Trinity Orthodox Mission
466 Foothill Blvd, Box 397, La Canada, Ca 91011
Editor: Obispo Alejandro (Mileant)

(fiestas_mayores_s_2.doc, 01-13-2004).

Edited by Date
C. M. 10/24/03

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