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19 de abril o crónica de un atraco anunciado

Decidí tomarme toda la tarde del soleado día en el que


supuestamente el pueblo venezolano celebra los supuestos 200 años de
su supuesta independencia, para hacer una serie de fotografías para un
proyecto editorial que actualmente construyo junto con unos amigos.
Comencé a hacer las primeras tomas en la Avenida México, iba
acompañada de mi querido amigo Daniel. Por todos lados había
efectivos de la Guardia Nacional, la Policía Metropolitana, Tránsito
Terrestre, Protección Civil y demás, de modo que nos sentimos un poco
menos inseguros al sacar la cámara fotográfica y usarla en la calle.
Recorrimos toda la avenida fotografiando gentes y estatuas de héroes
nacionales e importados. Después tomamos la Avenida Bolívar hasta las
torres de El Silencio (o Centro Simón Bolívar). Ahí hicimos varias otras
buenas tomas y luego nos dirigimos a la enorme y colosal estatua de El
Libertador. Arriba encontramos a unos cinco o seis Guardias Nacionales
que hablaron con nosotros y que no sólo se dejaron fotografiar, sino que
nos pidieron que lo hiciéramos. Uno que posaba para mí, dijo:

-Mi reina, esta es pa que la pongas en Facebook y digas que yo soy el


que cuida al Libertador-

Al terminar seguimos caminando hacia La Hoyada, donde hicimos otras


tomas. Los efectivos de Tránsito y Guardia Nacional se encargaban de
mantener cerrado el acceso de automóviles, así que era mucho más
cómodo: el día parecía hecho a la medida para hacer fotos. En la salida
del Metro, Daniel sacó a relucir sus dotes periodísticas y se puso a
conversar con una indigente que se peinaba agarrada de una reja, en
medio de la basura. Ella nos explicó que está cuidando de una gata que
acaba de parir -hace tres días- a sus gaticos. Era una mujer casi dulce,
su mirada no estaba perdida, más bien parecía decir: “bueno, esta es la
vida”. Me entró un desconsuelo profundo y tuve que irme. Media cuadra
más adelante me alcanzó Daniel:

-Hay que hablar con la gente, Mari-

-Coño Daniel, pero es que me duele- le dije en medio de una


sonrisa triste.
-Aquí cerca está la casa de El Libertador, la plaza El Venezolano…
¿le damos?- me propuso mi compañero de fotografía. A lo que respondí
con mi mano sobre su hombro.

Seguimos pues. Mientras él fotografiaba a un heladero que conversaba


con un efectivo de Tránsito, al lado de los conteiner de basura, yo
miraba a la gente; que a su vez miraba al enorme monumento recién
inaugurado: una altísima torre que se erigen entre los árboles
(probablemente más viejos que la misma independencia) y que está
compuesta en piezas cilíndricas rojas y negras. El monumento no tiene
ningún sentido pero ahí está, casi posando para mi cámara. Yo
experimentaba ángulos tirada en el suelo de la plaza que estaba
impecable por los motivos de la celebración esa, la que mencioné al
principio.

De ahí seguimos hacia la Plaza Bolívar. Estaba preciosa, adornada con


una especie de toldos tricolor que resaltaban desde lejos. Era como un
mosaico compuesto por las hojas de los árboles inmensos y verdes, la
gente, los toldos, en fin. Había mucha gente que caminaba, comía y
conversaba en la plaza, como se hace desde siempre. Había también
una especie de patrulla que se dedicaba únicamente a hacer sonar un
silbato cada vez que alguien se acercaba mucho a la estatua ecuestre
de don Simón Antonio. Dimos varias vueltas, hicimos muchas fotos. La
gente era receptiva, incluso nos pedía que la fotografiáramos.
Estábamos casi en éxtasis. De pronto un señor se nos acercó a
preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos; le dijimos que somos
estudiantes, que salimos a sacar fotos para entretenernos. Era una
verdad a medias. Nos creyó completamente, estuvimos seguros cuando
nos dijo:

-Menos mal que no son como los del otro día; unos muchachos
disfrazados de estudiantes que los agarraron por ahí… pa mi que eran
espías, espías de la CIA-

Puse cara de preocupación -una parte genuina y otra fingida-, le sonreí


un poco, le di la mano y nos fuimos. Seguimos caminando. Ahora rumbo
a la Plaza Caracas.

-¿Te acuerdas cuando esto estaba lleno de buhoneros?- Me


preguntó Daniel.

-Sí-, respondí mintiendo.


En realidad no recuerdo a los buhoneros de Plaza Caracas. Siento que es
casi un crimen, pero no logro recordar Plaza Caracas más allá de un par
de meses atrás. Me aterroricé en silencio. La memoria suele escabullirse
por cada resquicio tan curioso.

En Plaza Caracas hice algunas tomas del busto de El Libertador. Mientras


tanto le dije a Daniel, que estaba a mis espaldas como un guardián:

-Coño, está repetido el carajo ¿no?-

Se rió y yo igual. Del cielo comenzaron a caer algunas gotas, de modo


que la gente, que estaba a los pies del busto se levantó para refugiarse
bajo los portales de la plaza. Yo me dirigí hacia un extremo y Daniel en
seguida dijo:

-Vente para acá, vamos- Sin chistar, cosa que no es muy común en
mí, lo seguí.

-No me dan buena espina esos carajos-, explicó.

No le discutí nada. Me dolían los pies, decidí que era hora de irme a
casa. Se nos ocurrió llegar hasta el Teatro Municipal y seguir por la calle
hasta la estación del metro, cosa que fue especialmente complicada
porque la mayoría de las calles estaban cerradas incluso para los
peatones, debido a que pronto se haría el acto (otro acto) de lo del
bicentenario.

La gente intentaba pasar, se molestaba, una señora les dijo a los


Guardias:

-¡Esto lo hacen pa justificar su sueldo, parásitos! Están


guarimbeando, parecen escuálidos-

Daniel y yo nos miramos con algo de risa. De pronto llegó el Comando


Lina Ron, iban uniformados con sus franelas verde militar de letras
amarillas y sus gorritas del mismo color con un bordado de “La
comandanta” gritando con un megáfono. Yo buscaba a la líder con la
mirada cuando Daniel me dijo, como si supiera exactamente lo que
estaba pensando

-La jefa está presa, ¿no? Y que secuestrada por la policía”. Le


respondí que no tenía ni idea, y no la tengo.
Por fin logramos llegar a la estación de metro Teatros. Daniel se despidió
con un abrazo y un agradecimiento profundo por una tarde de
fotografía, yo igual. Me señaló que vive “ahí mismito” y me dejó en las
escaleras mecánicas del Metro, que “es la gran solución para Caracas”.
Cuando estaba por la mitad de las escaleras un tipo se me acercó por la
espalda, metió la mano en mi bolso y dijo, casi susurrando:

-Dame esa cámara que traes ahí-

Se me adelantó sujetando el bolso que yo me resistía a soltar y acto


seguido me arrastró por las escaleras mecánicas, que estaban
encendidas por supuesto, hasta que me dejó en el suelo y se llevó mi
cámara -que por cierto no es mi cámara; es una cámara prestada-.
Cuando logré apartarme de las escaleras mecánicas y medio
incorporarme alcancé a ver que el sujeto subía las escaleras fijas casi
con calma. Entonces, enajenada por la ira, empecé a gritar:

-¡Agárrenlo, agárrenlo!-

Tomé mi billetera del suelo y empecé a subir las escaleras corriendo,


mientras que un tipo me amenazaba con que me iban a matar si lo
seguía. En un estado totalmente inconsciente e imprudente subí
corriendo y gritando.

Al llegar a la superficie de la ciudad vi al hombre cruzando la Lecuna


tranquilamente. Verlo caminar así, con una total indiferencia, me
enfureció. Empecé a correr como creo que nunca lo había hecho. Al
mismo tiempo gritaba, y los gritos parecían más alaridos que otra cosa.
Entonces él comenzó a correr más y más rápido, y yo detrás de él. Los
efectivos de la Guardia Nacional comenzaron a perseguirlo. La gente se
apartaba pero corría después, yo sólo los veía pasar como recortados
mientras corría y corría desaforada. Los carros se detenían para darme
paso, no sé cómo no me atropellaron. Cuando comenzaba a entrar en mi
misma y a sentir los dolores de los golpes un señor me dijo:

-Yo creo que ahí lo agarraron. Sigue, no te canses que la Guardia


lo agarró en el estacionamiento- Usé el último aliento para llegar hasta
ahí.

Cuando entré en el estacionamiento un Guardia tenía al sujeto agarrado


por el cuello y lo empujaba hacia el portón de aluminio que sonaba con
cada impacto. Entré y un montón de personas se acercaron detrás de mí
para ver lo que sucedía.
-Señorita, ¿este es el tipo?-

Lo miré y en seguida asentí. El tipo me miró pidiendo compasión


mientras aseguraba:

-No mi amor, te equivocastes. Yo no fui

Enfurecida le grité:

-¡Claro que fuiste, guevón! ¿Tú crees que yo soy idiota?

Nadie más decía nada, la gente sólo murmuraba entre ellos mismos.
Parecía casi un duelo entre el tipo y yo, en el que los jueces eran los
Guardias. Entonces revisaron el bolso del tipo y estaba vacío salvo por
una especie de bufanda negra. Al ver el bolso vacío me entró un
doloroso vértigo, un desconsuelo sin dimensiones. Comenzaba a dudar
de todo; de él, de mí, de los Guardias. Sentí de pronto que todo era
irreal. Nada tenía sentido. De pronto una voz, que fue como una luz, dijo:

-El carajo tiró algo por allá-, mientras la mano del cuerpo que
había hablado y que yo no alcanzaba a ver, señalaba hacia el fondo del
estacionamiento.

En ese momento llegaron dos otros de la Guardia que sujetaron al ladrón


mientras que el primero que lo había agarrado se dirigía hacia el final
del estacionamiento. Se agachó y efectivamente, debajo de un taxi
pirata y destartalado, estaba mi cámara –que ya dije que no es mía- en
su estuche, intacta. Cuando vi venir al guardia con la cámara en la mano
entré en la ira nuevamente. Arrodillaron al tipo, lo esposaron y acto
seguido viene lo que considero la mejor parte de esta historia:
levantaron al tipo, me paré frente a él y, entre empujones iracundos, le
di un discurso:

-Cabrón, ¿tú crees que porque soy una jeva que anda sola me vas
a venir a joder?, ¿tú crees que no tengo piernas para correr, ni voz para
gritar? Esto es para que aprendas que las mujeres no somos pendejas,
no joda-

Cada vez me enfurecía más. Cada vez parecía más un duelo de honor
que un atraco frustrado. El delincuente ni me miraba, entonces le grité
que me mirara, que aprendiera que no siempre va a joder a la gente, y
le repetía que las mujeres no somos pendejas. Uno de los Guardias me
preguntó, señalándome la rodilla izquierda:
-¿Eso también te lo hizo él?-

No sabía a qué se refería así que bajé la vista. Cuando mis ojos se
encontraron con la rodilla izquierda, vi mi pantalón –nuevo, por cierto-
roto y manchado de sangre. Con los dedos como pinzas alcé la tela y vi
una herida pequeña pero profunda. Ahí volví a la furia. Hice que el
ladrón viera la herida mientras le gritaba:

-Mira lo que me hiciste, cabrón de mierda-

Los Guardias no atinaban a detenerme, nadie intervenía. Hasta que un


par de señoras en bata y sin sostén, que habrán estado en sus casas y
que habrán decidido bajar al ver el alboroto, comenzaron a gritar:

-¡Así mismo es! Las mujeres estamos cansadas de que nos anden
jodiendo así, nada más por mujeres-

La miré y me sentí hasta reconfortada. Había en ese momento un aire


de movimiento de liberación femenina del que estoy segura de que mis
amigos se reirán, pero así lo viví. Y pensé: “Carajo, esa sí es una
independencia” Luego todo me pareció una ridiculez y salí de los
pensamientos nuevamente. Me subí en la moto de uno de los Guardias y
fuimos a la carpa a hacer la denuncia.

Cuando llegamos a la carpa me bajé de la moto. A mi encuentro salieron


dos efectivos más. No tengo ni idea en dónde exactamente me
encontraba. Era como si estuviera aislada, como si la visión del mundo
se me hubiera reducido y en vez de tener un campo de 180° tuviera uno
sólo de 100°. Me acerqué y alcancé a ver al ladrón esposado, arrodillado
en el suelo, rodeado de guardias. Al verlo sentí dolor. Y no es que sea
una pendeja, ya dije que no lo soy. Pero algo en esa imagen de un
hombre arrodillado y esposado me recordó a los torturados. Yo qué sé.
No soy mala gente pero tampoco idiota, así que antes de que me
entrara la compasión giré la vista. El efectivo que tenía mi cámara en la
mano se acercó y me dijo:

-Señorita, usted debe hacer la denuncia-

-Bueno, aquí estoy- dije tratando de hacer cuerpo y de verme más


fuerte de lo que me sentía ahí rodeada de militares en un lugar
que no conozco y cerca del ladrón.

El Guardia prosiguió:
-Pero lo único es que va a perder la cámara…-

Un Policía Metropolitano intervino:

-No es que la va perder, es que queda en custodia como evidencia


del robo-

Yo no lo podía creer. Yo, que comenzaba a calmarme y a sentir el dolor


agudo en las heridas de la pierna y del codo, volví a la furia. Respiré y
les pregunté, alzando la voz:

-¿Ustedes me están diciendo que este tipo me tiró por las


escaleras, que lo perseguí, que lo agarramos, que lo insulté, para
que al final no recupere mi cámara? No, pana… Claro, en custodia;
¿igual que los carros? Ni de vaina. Me llevo mi cámara y ni modo…

No hallaban qué responder hasta que unió dijo, prácticamente


amenazándome:

-Entonces lo tendremos que soltar…-

Sin poder creerlo aún aseguré:

-Si tengo que elegir entre mi cámara y él, elijo mi cámara porque
pa eso hice todo esto. ¿O ustedes creen que, qué? Esa vaina ni es
mía, yo no tengo real pa comprarme una y entonces logro
recuperarla y me van a salir con lo de la custodia… Además, todas
las fotos que hice. No panita, ese es mi trabajo. No, no. Ustedes
verán qué hacen con el carajo. Si lo van a soltar por lo menos
denme chance de llegar a mi casa pa que no me joda de nuevo en
el camino…-

Los Guardias se encogieron de hombros, me dieron mi cámara –que ya


dije que no es mía-Llamé a mi madre a quien le conté todo en resumen,
temiendo que le diera un yeyo. La pobre sólo alcanzó a decirme:

-Ay, Maribel-

Les di las gracias a todos los Guardias y me subí en la moto de uno de


ellos, rumbo de nuevo al metro, a la misma entrada donde hacía unos
cuarenta minutos me habían asaltado. En la entrada, una señora que fue
un ángel, me esperaba con mi bolso; había recogido mis cosas
personales, entre las que estaban las llaves de mi casa, y me estaba
esperando para devolvérmelas. Casi lloro. La abracé y le di las gracias.
Entré al Metro, bajé las mismas escaleras por las que me habían
arrastrado, hasta llegar a los torniquetes.

En la caseta pedí que me curaran la herida. Me hicieron pasar por un


pasillo largo y poco iluminado. Tuve miedo, un poco. En una cartelera
colgaba un artículo de algún periódico que rezaba: “Delincuentes viajan
cómodos en los vagones de El Metro”. Estaba a punto de sentarme a
llorar histéricamente pero, no sé por qué, me reí. Me curaron y me
acompañaron hasta el andén.

-Chama pero tú eres restíaa… porque pa correr así detrás de un


malandro…- dijo el trabajador de El Metro. –eso pasa todos los días
por acá, pero casi nunca recuperan las cosas…- concluyó.

Yo sólo le dije:

-Es que estoy cansada de que nos jodan.-

El me sonrío. Llegó el tren y abordé. Par de estaciones y llegué a casa


con una sensación indescriptible. No sabía cuánto tiempo había
pasado, no sabía tampoco qué hacer. Sentía que todos me miraban,
que todos sabían. En fin; la clásica paranoia post robo. Subí cojeando,
el dolor en la rodilla es cada vez más fuerte. Al llegar a casa le conté
a Daniel, quien en un acto de profunda amistad y cariño no dejaba de
disculparse. Como si hubiera sido culpa de él.

-No seas pendejo, que no fue culpa tuya ni de nadie. O de todos…


pero eso es otro peo-

Llamé a mi Ernesto, antes de saludarlo le dije:

-Mi amor, no me interrumpas. Te tengo una nueva…

Pobre. Otro más que casi se infarta. Mi tía Clara –mi otra mamá-, mis
primos, mi hermana Masiola, Fernando, Arturo, Rocío y demás amigos
y familiares me llamaron y estuvieron pendientes de mí. A ellos las
gracias totales, toda la vida.

Logré dormir a ratos. El dolor sigue ahí, punzando a ratos. Me cuesta


caminar, duele mucho doblar la pierna. El traumatólogo no está
seguro de qué tan graves sean las lesiones porque la rodilla aún está
inflamada. En el muslo tengo una especie de tatuaje de escalera
mecánica que se ha ido poniendo morado y seguirá cambiando de
color, es posible que sea un desgarre, pero aún no se sabe. En todo
caso mi querido traumatólogo aseguró que eso se cura solo y con
reposo. El tobillo está resentido también, puede ser esguince pero
muy leve. Tendré algunos días de reposo y ahora, que estoy un poco
más en calma pienso de dónde saqué esas palabras, esa fuerza, esos
argumentos. Ahora que recuerdo todo lo que dije, cómo me moví,
cómo fui, me sorprendo de mi misma. No me siento una heroína, en
absoluto. Pero sí siento la satisfacción de haber protegido lo mío y en
esto no sólo entran mis pertenencias, sino mi trabajo de horas, mis
ideas, mi posición de mujer joven que anda sola y que no por eso se
va a dejar atropellar.

No sé de qué sirva todo esto, pero siento la profunda e imperiosa


necesidad de contarlo. Quizás en un pequeño homenaje a todas las
mujeres que no se dejan joder, aunque las jodan al final, aunque no
siempre salgan airosas. Salud pues por todas las mujeres que luchan
y por las que quieren luchar y aún no han reunido todas las fuerzas.
Aunque suene cursi, por ellas y por la dignidad de todos los que
estamos expuestos corrí, grité y defendí lo que me pertenece.

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