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~ LA PROFECÍA ~

Capítulo 8: "Intrigas"

En el capítulo anterior...
Tras descubrir que todos estaban infectados con el virus del desierto, exc
epto yo, les suministraron las vacunas y quedamos bajo observación. Al sal
ir del hospital fuimos hacia el Museo arqueológico para asegurarnos que lo
s objetos de la expedición habían llegado bien. Pero cuál fue nuestra sorp
resa al descubrir que la caja que contenía el papiro de la destrucción no
estaba. Kirash, un ladrón de tumbas muy conocido, la había robado. Por sue
rte pudimos recuperarla. Nos dirigimos inmediatamente al campamento para r
ecoger nuestras cosas, pero fuimos testigos de la traición de Javier. En e
sos momentos unos vehículos se acercaron inmediatamente hacia el campament
o, haciendo que huyésemos de él. La persecución parecía interminable, pero
aquellos tipos consiguieron hacernos volcar. Medio insconsciente, entre m
is manos tenía la caja que me fue arrebatada antes de perder totalmente la
consciencia. ¿Quién puede estar tan interesado en el papiro como para ata
carnos de aquella manera?

Y ahora, la conclusión...

No sé cuanto tiempo pasó, cuando me volví a despertar me encontraba en la


cama de un hospital, tenía varios puntos en la frente y la mano izquierda
la tenía vendada, me sentía desorientada y no conseguía recordar qué había
pasado. Un médico entró poco después de despertarme.

-¿Cómo se encuentra?-me preguntó mientras se acercaba hacia mí.


-¿Qué me ha pasado?-le pregunté desorientada.

Sacó del bolsillo de su bata blanca una pequeña linterna médica y comenzó
a examinarme la vista.

-Al parecer tuvieron un accidente de coche en el desierto-me explicaba el do


ctor.

Ya lo recordaba. Aquellos tipos habían conseguido hacer volcar el todoterr


eno y dimos varias vueltas de campana.

-¿Cómo están los demás que iban en el vehículo?-le pregunté.


-Están bien, algunas heridas leves. La que peor salió fue usted-me respondió
el médico mientras guardaba su linterna médica en el bolsillo de su bata.

Al oír aquello me quedé descansada. Menos mal que no les había pasado nad
a. El médico estaba anotando alguans cosas en la ficha médica cuando le p
regunté intrigada:

-¿Quién nos ha traído al hospital?


-Por lo que sé un tal Juan Cañizares los encontró, aunque no sé muy bien c
omo ocurrió-me respondió el médico.

¿Juan?, no podía creerlo. Que suerte que apareciese en aquel momento pero
sentía curiosidad de saber cómo nos había encontrado. El médico terminó de
escribir en la ficha médica y me dijo:

-Aún debe quedarse en observación toda la noche para ver como progresa. Ma
ñana ya podrá recibir visitas.
-Muy bien-le repsondí.

El médico se marchó y me quedé sentada en la cama pensativa sobre lo ocurr


ido. Al poco tiempo me dormí por los analgésicos que tenía puestos en el s
uero.
Al día siguiente ya dejaron que recibiese visitas. Laura y Clara tan sólo t
enían unos cuantos arañazos y unos moratones gracias al cinturón de segurid
ad, Daniel tenía también unos golpes y la mano derecha vendada. Juan estaba
completamente bien después del tratamiento para el virus del desierto. Dan
iel se sentó a mi lado en la cama y me preguntó:

-¿Cómo te sientes?
-Mucho mejor, casi ya no me duele-le respondí con la mirada cabizbaja.

Daniel me cogió la barbilla e hizo que levantase la mirada. Sin darme cuenta
mis ojos estaban llorosos, a punto de soltar unas lágrimas.

-Lo siento chicos. Si les hubiese entregado la caja con el papiro nadie estarí
a herido-dije soltando las primeras lágrimas.

Laura se acercó y se sentó en el otro lado de la cama y me cogió de la mano.

-No te preocupes. Esos tipos nos hubiesen hecho lo mismo aunque les hubiés
emos entregado el papiro-me dijo ella.
Entonces Juan se acercó un poco más, poniéndose a los pies de la cama.

-Juan, quería preguntarte algo-le dije secándome las lágrimas.


-Dime-respondió él completamente atento.
-¿Cómo nos encontraste en el desierto?-formulé mi pregunta.
-Cuando me dieron el alta fui al museo arqueológico porque pensé que llevarí
an allí los objetos. En el museo Andish me dijo lo ocurrido con la caja que
contenía el papiro,a sí que le pedí un todoterreno para ir al campamento y a
lcanzaros. Por el camino vi el coche estrelaldo contra una duna y a vosotros
heridos. Os traje al hospital y..., eso es todo. Fue una suerte- explicó Ju
an.

Realmente fue una suerte que nos encontrase, sino hubiese sido por él segu
ramente estaríamos muertos. Clara cogió del brazo a Juan y le dio un beso
en la mejilla como muestra de agradecimiento por salvarnos. Juan parecía m
uy serio, entonces dijo:

-No puedo creer que Javier sea un traidor y nos haya vendido de esa manera.
Lo conozco desde que íbamos al instituto y jamás imaginé que hiciese algo
así. El único culpable de todo esto es él.

Al parecer las chicas le habían contado todo. Entonces se me pasó por la cab
eza una cosa...

-Daniel ¿y Javier y Kirash? ¿Dónde están?-le pregunté extrañada.


-Detenidos. No tenían nada grave así que se los llevaron-me respondió él.

Daniel volvía mirarme con aquella mirada tan seria. Por un momento había
olvidado que Daniel me odiaba. Seguro que ahora más que antes. Primero el
virus y ahora el intento de asesinato. cada vez estaba más convencida de
que Daniel estaba odiándome con todas sus fuerzas.

-¿Te encuentras mal?-me preguntó Jose.

Tenía la mirada cabizbaja. Me sentía realmente culpable. Además pensar que


me habían quitado tan fácilmente la caja con el papiro me hacía sentir aú
n más culpable. todo lo que habíamos pasado en el templo, todo lo que esta
ba sufriendo, se había desvanecido tan fugazmente. Me sentía realmente mal
.

-Chicos nos podéis dejar solos por favor-pidió Daniel a todos.


Sin decir nada todos salieron de la habitación dejándome a solas con Daniel
. Aquella situación me resultaba incómoda, sobre todo por lo culpable que m
e sentía. ni siquiera podía mirarlo a la cara. Daniel me cogió d ela mano y
me dijo:

-Te estas sintiendo culpable, ¿verdad?


-Me quitaron el papiro con mucha facilidad. Con lo que nos costó conseguirlo
-le dije sin levantar la mirada.
-Tenías un corte en la cabeza. Estabas perdiendo mucha sangre. Nadie te re
procha nada-me decía él.
-¿Ni siquiera tú?-le pregunté mirándolo fijamente.

Daniel se acercó más a mí. tras aquella pregunta me miró desconcertado.

-¿Qué quieres decir?-me preguntó él.


-Sé que me odias. No te lo reprocho. Habéis sufrido mucho pro mi culpa, incl
uso casi moríis-le dije con los ojso llorosos.

De pronto Daniel me besó.

-Nunca. Óyeme bien. Nunca podría odiarte-me dijo él.


-Yo pensé que me odiabas por todo lo que había pasado-le dije mientras una
s lágrimas resbalaban por mis mejillas.

Daniel me secó las lágrimas y me abrazó muy fuerte.

-Te dije que siempre estaría contigo. Te quiero y eso no cambiará-me dijo s
in dejar de abrazarme.

Que tonta había sido. Danile me quería, no había dejado de quererme ni p


or un momento. Todo había sido producto d emi imaginación, de mis lucubr
aciones. Ahora me había dado cuenta de que Daniel estaría conmigo siempr
e.
Hacia mediodía me dieron el alta y salimos todos del hospital.

-¿Qué vamos a hacer ahora?-preguntó Laura.

Yo lo tenía muy claro, quería ir a la comisaría de policía donde estaban ence


rrados Kirash y Javier.

-Quiero hacer una visita. Ahora volveré-dije con la intención de ir a la comis


aría.
En eso Daniel me cogió del brazo.

-¿No pensarás en ir tú sola a la comisaría verdad?-me preguntó él.


-¿Cómo sabías que...?
-Te conozco muy bien, Dra Gutiérrez-me dijo mientars me sonreía.

No pude negarme a que viniese conmigo así que nos dirigimos hacia la comisa
ría mientras los chicos se dirigían al hotel internacional para pedir unas
habitaciones. Nos dejaron entrar con mucha facilidad. Pensé que era mejor h
ablar con Kirash, era mucho más fácil de intimidar,además Javier había sido
capaz de engañarnos descaradamente y no nos diría nada. Fuimos a la celda
de Kirash para hablar con él, aquella celda era muy pequeña en la que sólo
había una cama vieja y un retrete sucio. Se sorprendió en vernos porque cre
ía que estábamos muertos, nos dejaron entrar dentro con él, me senté a su l
ado mientras Daniel se paseaba por la celda.

—¿Qué queréis?—preguntó Kirash.


—¿Quién los envió?—le pregunté.
—No sé de qué me hablas—respondió.
—Mira, estoy de un pésimo humor y no tengo ganas de oír más gilipolleces
. Así que dime todo lo que sepas—le dije enfadándome.
—Sólo sé que se llama Ricardo León. Se hace llamar el sr. León por los que
trabajan para él—dijo tembloroso.
—¿Dónde está?—le pregunté.
—Olvídalo, si te digo más me matará, seguro—decía él.

Estaba ya cansándome de las evasivas de Kirash y mi enfado iba en aumento


.

-Si no me dices lo que queremos saber, el que te corten la mano por ladrón s
erá el apraiso en comparación con lo que te haré yo-le dije cogiéndolo de la
camisa y gritándole.
-Sólo sé que está en una isla griega llamada Gâvdos, en el sur de Creta. te
juro que es lo único que sé-me respondió aún con más miedo.

Lo solté y me levanté. Aunque Kirash era un ladrón de tumbas seguía siendo


muy supersticioso en cuestiones de profecías, sobre todo si eran referent
es al antiguo Egipto. Salimos de la comisaría, en eso Daniel me miró extra
ñado por mi comportamiento allí dentro.

-Vaya, te juro que incluso a mí me has dado miedo-me dijo Daniel.


Me giré hacia él y lo abracé muy fuerte.

-Gracias por todo Daniel-le dije al oído.

Me aparté con los ojos llenos de lágrimas y me fui corriendo sin rumbo fij
o por las calles de la ciudad mientras escuchaba como Daniel me llamaba:

—¡Elizabeth! ¡Espera! ¡Elizabeth!

Debía ir al aeropuerto para ir a Heraclion, la capital de Creta, para averi


guar qué estaba pasando, no sé por qué tenía que hacerlo, sentía que era mi
obligación, algo me impulsaba a recuperarlo de las manos de aquel tipo lla
mado Sr. León, tenía que ir yo sola aunque dejar a Daniel me dolía muchísim
o, pero no quería arriesgar su vida. No sé pero tenía una extraña sensación
con aquel tipo que me daba muy mala espina.
Regresé al Museo Arqueológico para recoger mis cosas y también coger el c
uaderno donde estaba anotada la traducción de la mitad del papiro que nos
otros habíamos encontrado. Cuando ya tuve todas mis cosas escribí una not
a para Daniel y los chicos.

-Andish por favor dale esto a Daniel cuando venga a por sus cosas-le pedí dá
ndole la nota.

Después de entregarle la carta salí del museo en dirección al aeropuerto.


Por otro lado Daniel se reunió con los demás en el hall del Hotel Internacion
al.

-¿Qué ha pasado?-preguntó Juan.

Daniel tenía una cara de tristeza que les sorprendió a todos. Estaba totalmen
te abatido, entonces Laura le preguntó:

—¿Dónde está Elizabeth?


—Se ha ido — dijo completamente afligido.
—¿A dónde?—preguntó Jose.
—No lo sé—decía Daniel mientras caían unas lágrimas por su mejilla.

Los chicos jamás lo habían visto así.

-No puedo creer que te quedes así como así. Debes ir a buscarla-le dijo Laur
a a Daniel.
Daniel se secó las lágrimas. Abrazó a Laura.

-Tienes razón. Aunque no sé por donde buscarla-dijo Daniel.


-Quizás ha ido al Museo para recoger sus cosas-dijo Clara.
-Tienes razón-dijo Daniel.

Daniel y los otros se marcharon corriendo hacia el museo en mi busca. Cua


ndo llegaron Daniel fue corriendo a donde se encontraba Andish, que seguí
a catalogando objetos en el almacén del museo.

-Andish, ¿has visto a Elizabeth?-le preguntó Daniel.


-Oh, sí. Me dijo que te diese esto-dijo él sacando de su bolsillo la nota medi
o arrugada.

Danile cogió la nota y los chicos formaron un círculo para escuchar lo que
en ella decía. Daniel con las manos un poco temblorosas la abrió y comenzó
a leer en voz alta lo que ponía:
“Para Daniel y los demás:
Es difícil lo que tengo que decir por eso prefiero escribirlo porque sé qu
e si os tuviese delante no podría despedirme. Me marcho, no puedo deciros
a donde porque esto lo he de hacer yo misma. Sé que no entendéis muchas co
sas que han pasado durante la excavación, ni yo misma lo sé, por esa razón
me marcho, para buscar las respuestas. Por favor seguid siendo tan buenos
chicos y chicas como siempre, el poco tiempo que he pasado con vosotros h
a sido suficiente para que os llegue a querer. Perdonadme, os quiero, adiós.
PD: Daniel te amo y siempre te amaré”.

Tras leer la carta las chicas empezaron a llorar y los chicos les cayeron al
guna que otra lágrima, entonces Daniel imaginó que el lugar a donde me march
aba podría ser en busca del papiro. Daniel se guardó la nota en el bolsillo
del pantalón.

-Andish dales las cosas de los chicos-dijo Daniel.

Mientras Andish iba a por todas las cosas Daniel les dijo a todos:

-Gracias por todo chicos. Ahora podéis regresar a casa.


—¿Estás seguro? ¿No quieres que vayamos contigo?-preguntó Juan.

Daniel negó con la cabeza. No quería que corriesen ningún riesgo. Llegó An
dish con todas las pertenencias de los chicos y cada uno cogió sus cosas,
salieron del museo acompañados por Andish. Cuando Andish entró de nuevo en
el museo Daniel comenzó a despedirse de los chicos uno a uno, todos estab
an tristes por la despedida pero entendían que Daniel tuviese que irse por
que sabían que estaba enamorado. Cuando se despidieron Daniel cogió un tax
i para ir al aeropuerto en mi búsqueda, el resto de los chicos cogerían má
s tarde otro taxi para ir al aeropuerto y volver a casa esperando que noso
tros dos estuviésemos bien.

Llegué al aeropuerto y fui a recepción para comprar mi billete pero los vue
los estaban todos ocupados por lo que me tuve que esperar a que se cancelas
e alguna plaza. Al cabo de media hora volví a recepción para ver si había a
lguna noticia.

-Ha habido una cancelación. Hay dos plazas libres para el siguiente vuelo a
Heraclion-dijo la recepcionista.

Saqué la cartera de mi mochila y le dije:

-Quiero un billete.
-Mejor que sean dos-escuché por detrás.

Me giré y vi que era Daniel.

-¿Qué haces aquí?-le pregunté.


-Sabes eres una chica muy cabezota. No pienso dejar que te vayas tú sola, t
e prometí que siempre estaría contigo-me respondió.

Al decirme aquello unas lágrimas resbalaron por mis mejillas porque yo ta


mbién estaba enamorada de él. El encanto de aquel momento se rompió cuand
o la recepcionista nos dijo:

-Será mejor que se den prisa porque el avión está a punto de despegar. Ade
más hay más gente esperando para comprar sus billetes.

Cogimos los billetes y nos fuimos corriendo hasta la puerta de embarque pa


ra subir inmediatamente después al avión.
En el avión mi asiento estaba al lado de la ventanilla y Daniel estaba a mi
lado, durante todo el vuelo Daniel no dejó de cogerme la mano, le quería t
anto pero temía que le pasase algo por venir conmigo. A medida que nos acer
cábamos a Heraclion una extraña sensación se apoderaba de mí, una sensación
que jamás había sentido, sentía como si fuese a ocurrir algo inevitable.

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