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Tema:

ALEGRÍA EN EL
CORAZÓN
Docente: Judith Aldave Carrión

Nivel: Primaria
ALEGRÍA EN EL CORAZÓN
Referencia: Hechos 16:16-40; Salmo 147:1; Arturo S.
Para memorizar: “No hay mejor medicina que tener pensamientos alegres”
(Proverbios 17:22, TLA).
OBJETIVOS
• Saber que Pablo y Silas cantaron en la prisión porque sabían que lo que
hacían era lo correcto y Dios estaba con ellos.
• Comprender que es posible tener un corazón alegre aun cuando pasamos
por situaciones difíciles, porque Jesús deshace el miedo y la tristeza.
El apóstol Pablo viajaba por
muchos lugares para hablar del
amor de Jesús a las personas.
En uno de sus viajes,
acompañado por Silas, conoció
a una joven esclava adivina,
esta característica hacía que
redituara mucho a sus dueños.
Cuando ella los vio, dijo:
“Estos hombres son siervos del
Dios altísimo y les anuncian el
camino de la salvación”.
Por muchos días, ellos escucharon
esas palabras. En cierto momento,
Pablo, indignado con la situación en
que la joven estaba, ordenó que el
espíritu saliera de ella y que fuera
curada, por el poder de Jesús.

Cuando sus dueños vieron que


ella no tenía más el don de la
adivinación y no ganarían más
dinero con ella, se enojaron
mucho con Pablo y Silas y los
denunciaron a las autoridades.
La multitud que los acompañaba también se airó y las autoridades ordenaron que
fueran azotados y encerrados en la cárcel. El carcelero recibió instrucciones para
vigilarlos con atención, por eso los puso en la celda más segura y sujetó sus pies
a un tronco.
Pablo y Silas tenían muchos
motivos para estar tristes y
desanimados, ¡pero grande fue
la sorpresa de
los demás presos cuando ellos
comenzaron a orar y cantar
alabanzas a Dios!
Cerca de las doce de la noche hubo un terremoto tan
violento que sacudió el edificio. Las puertas
se abrieron y las cadenas se soltaron.
El carcelero, cuando percibió lo que había sucedido,
pensó en quitarse la vida porque pensó que los presos
había huido, pero Pablo gritó: “¡No hagas eso! Estamos
todos aquí”.
Admirado con la actitud de Pablo y Silas,
el carcelero los llevó afuera y les
preguntó: “¿Señores, qué
debo hacer para ser salvo?” Ellos
respondieron: “Cree en el Señor Jesús, y
serán salvos, tú y tu casa”.
Entonces, en aquella misma noche,
hablaron sobre Jesús a él y su familia. En
agradecimiento, el carcelero
lavó sus heridas y, en seguida, él y su
familia fueron bautizados.
Cuando amaneció, el carcelero recibió
órdenes para que Pablo y Silas fueran
liberados.