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U. o N.B.

Nº 3

Transferencia

-2 Textos de J. A. Miller
-Gabriela Mineo
-Claudia Lijtinstens
C.S.T.

CLÍNICA BAJO TRANSFERENCIA

Jacques – Alain Miller


• “C.S.T. (Conservamos las iniciales francesas del título, que
son imposibles de reproducir literalmente en castellano).
• Lo que distingue a la clínica psa. es ser una clínica bajo
transferencia.
• En efecto, ¿Qué es la clínica psa.? Un saber determinado,
de punta a punta, por las condiciones de su elaboración,
es decir, por la estructura de la experiencia analítica que
se denomina discurso del analista. La clínica psa.,
hablando estrictamente, sólo puede ser el saber de la
transferencia, es decir, el saber supuesto -que en el curso
de la experiencia funciona como verdad- que se vuelve
transmisible, por otras vías y con otros efectos que los de
la experiencia en que se constituye.
• En consecuencia, la clínica se le presenta al analista
como antitética con el discurso, porque implica que el
saber se desprende del lugar que le toca en la
experiencia: explicitar el saber es des-suponerlo.
• Vale la pena hacer la pregunta: ¿el único saber clínico
que existe es el de la semántica de los síntomas de un
sujeto?
• Lo más frecuente es que la entrada en análisis sea una
conmoción de la rutina en la que se mantiene la realidad
cotidiana del sujeto: aun en quien piensa haberlo
meditado tranquilamente induce una conmoción; en
todos los casos en que hay entrada hay encuentro con
lo real.
• En ciertas ocasiones éste reviste una forma que resulta
traumática: descubrimiento por el sujeto de un goce
que le es desconocido, el suyo o el de su pareja;
tropiezo con un deseo que excede los límites habituales
en que se desplaza el sujeto; dificultades en una carrera
profesional; irrupción de una muerte en una existencia
que no solía tomarla en cuenta. La entrada en análisis
connota, invariablemente, el golpe sufrido por la
seguridad que obtiene el sujeto de su fantasma,
matriz de toda significación a la que corrientemente
tiene acceso.
• ¿Desde dónde se datan los comienzos de un análisis? Sería un
error ubicarse exclusivamente a partir de la demanda al
analista. Dicha demanda tiene para el sujeto, sin duda, valor de
acto, tiene sus coordenadas simbólicas y, en todos los casos, un
estilo de pegar el salto. Para algunos, ese salto se connota con
un afecto de decaimiento, para otros asume la forma de algo
semejante al pánico; puede presentar en el obsesivo un
carácter de exigencia agresiva; revestirse en la histeria con una
temática pasional, de intriga o de catástrofe. Pero, si se califica
de “acto analítico” el acto del analista que autoriza la
experiencia y no así al del analizante que se compromete en
ella, es porque la demanda de análisis, por poca que sea la
información que se tiene acerca de la práctica analítica, debe
considerarse como la consecuencia de una transferencia ya
establecida con anterioridad. “Al comienzo del psicoanálisis
-dice Lacan- está la transferencia”, no la demanda de análisis.
• El paso del que se trata no se confunde en modo alguno con
las diligencias que efectúa el sujeto cuando se dirige al
analista, es anterior a ellas, y tiene que ver con lo que llamaré
la pre-interpretación de sus síntomas por parte del sujeto.
• Esta pre-interpretación, que supone la erección del Sujeto
Supuesto al Saber, queda indicada en el plano clínico por el
estilo de sin-sentido que adquieren para el sujeto algunos de
sus pensamientos, de sus comportamientos, incluso toda su
existencia. Este sin-sentido, que equivale a un encuentro con
lo real, tiene como consecuencia un llamado al saber
supuesto.
• Por ello, esas entrevistas que se llaman, tan inadecuadamente,
“preliminares”, cuando se trata justamente de entrevistas
“secundarias” respecto a una T ya presente.
• El viraje por el que el Otro como lugar significante es erigido por
el paciente como Sujeto Supuesto al Saber, conduce a lo que
Freud había aislado desde su abordaje del caso Dora: a una
puesta en forma del síntoma.
• El síntoma, en la definición que recibe en análisis, exige la
implantación del significante de la transferencia.
• Se puede plantear una secuencia en análisis que puede
reconstruirse en 3 tiempos:
• 1º El tiempo en que el síntoma, en tanto desconocido, se
identificaba a la realidad cotidiana -el obsesivo lo demuestra
evocando la regularidad de una existencia dedicada a satisfacer
minuciosamente los imperativos de la vox familiae; también lo
hace la histérica narrando en detalle el excitante desorden de sus
pasiones que desafían a esos mismos imperativos-, sólo sabemos
sobre él retroactivamente, cuando el sujeto nos lo relata.
• El síntoma tiene aquí estatuto imaginario: se identifica
para el sujeto, sin solución de continuidad, con su vida
misma.
• 2º En un segundo tiempo se ubica la emergencia del
síntoma como solución de continuidad: rajadura
donde se revelará, quizá, posteriormente la incidencia
de la relación con el objeto a. Esta emergencia impone
en todo caso dar al síntoma un estatuto de real.
• 3º La demanda que se hace al analista se inscribe en
un tercer tiempo: momento de concluir, sostenido por
el síntoma, cuyo efecto consiste en restituirle su
estatuto simbólico, es decir, su estatuto de mensaje
articulado del Otro.
• A esta “neurosis de T”, la clínica de la psicosis le da sus
coordenadas más seguras: digamos que el sujeto, en su
entrada en análisis, se coloca en oposición simbólica con el
Sujeto Supuesto al Saber en su lugar en el Otro, por el
llamado que se hace a un sujeto supuesto al saber en la
realidad, SSS que puede ser cualquiera. Captamos así cómo el
inicio del análisis constituye una coyuntura eminentemente
favorable para el desarrollo de la psicosis.
• El síntoma, en tanto analítico, se constituye por su captura
en el discurso del analista, gracias al cual, transformado en
demanda, queda enganchado al Otro. El “cierre del
síntoma” por el analista, en tanto éste, agregándose a él, lo
complementa con el objetivo implícito de restituirle su
sentido, tiene entonces como consecuencia la histerización
del sujeto, lo que quiere decir su apertura al deseo del Otro.
• Ésta se revela en las formas de “resistencia” que provoca
en el obsesivo, patente cuando es agresiva, más sutil
cuando asume la forma de la obediencia, incluso de la
complacencia extrema, tras la cual el sujeto retiene la
puesta en juego de su deseo, en la histérica, lo que ésta
redobla, libera ensayos de extravío (del Otro), incluso
una angustia que señala que el deseo del Otro está
denudado ahora en su función de enigma. En todos los
casos, el saber supuesto del sentido del síntoma sirve
de pantalla al objeto del fantasma, cuyo lugar prepara
al mismo tiempo.
• Debe abrirse aquí la rúbrica de los fenómenos marginales,
de los síntomas transitorios que acompañan el embrague
del síntoma. Al mismo capítulo pertenecen los primeros
sueños, los primeros lapsus, los primeros actos fallidos,
que connotan el embrague del síntoma sobre el SSS y
sobre el deseo del Otro.
• Aquí, puede concebirse siempre un comentario por
partida doble: por un lado en la vertiente del saber, por
otro, en la vertiente de la causa del deseo; pero, esta 2da
vertiente sólo aparece retroactivamente. El único punto
de referencia de la clínica del análisis al inicio de la cura es
el significante de la transferencia”.
• Y finalmente, Miller -se- pregunta: “¿No es éste acaso el
término que merece hacer juego con el atravesamiento del
fantasma: la precipitación del síntoma?”
“Cinco conferencias caraqueñas sobre Lacan”

-Cap. IV “La transferencia de Freud a Lacan”

-Cap. V “La transferencia (fin) El Sujeto Supuesto


Saber”

J. A. Miller
-Cap. IV “La transferencia de Freud a Lacan”
• “Se trata en primer lugar de la T en tanto conceptualiza el
modus operandi del psicoanálisis, el resorte mismo de la
cura, su motor terapéutico y el principio mismo de su
poder.
• Lacan pone en el fundamento de la T una función, inédita
en Freud, la del Sujeto Supuesto Saber.
• Primero quiero indicarles una frase de Lacan que nos
servirá de punto de referencia: “el SSS es para nosotros el
pivote con respecto al cual se articula todo lo que tiene
que ver con la T”. “Pivote” es una palabra interesante que
puede designar ese trozo de metal o de madera sobre el
cual gira algo, y en el fondo en forma figurada señala el
sostén principal de algo, de una cosa que gira en torno.
• Lo interesante es que el SSS sólo interviene en la teoría de
Lacan en una fecha relativamente tardía, hacia los años 64-
65, más precisamente en el texto del Seminario XI,
llamado “Los cuatro conceptos fundamentales del Psa.”, en
el cap. 18.
• Algo fundamental en ello es que: el Icc está estructurado
como un lenguaje, y por lo tanto, la intervención del
psicoanalista es de naturaleza tal que puede modificarlo.
• Con el SSS se advierte en qué sentido el psicoanalista y su
discurso forman parte del Icc mismo.
• En Freud, hay 3 formas de T: la 1era es la que identifica la
T con la función de repetición. La 2da identifica la T con la
resistencia, y la 3era la identifica con la sugestión.
• Diría que lo que Lacan trató de deslindar con el SSS es el
pivote a partir del cual giran estos distintos aspectos de
la T, que Freud había despejado. Diría que éstos
pertenecen a los fenómenos que se producen en la
experiencia analítica, mientras que el SSS es de otro
orden que el de los fenómenos, es del orden, hablando
estrictamente, de un fundamento transfenoménico de
los fenómenos de la T.
• La primera T freudiana es el proceso general de las
formaciones del Icc. Y este principio general de las
formaciones del Icc –el sueño, el lapsus, el chiste-
consiste en que el deseo se enmascara y se aferra a
significantes vaciados, en tanto tales, de significación.
Ésta es aún una acepción muy general. de la T.
• A partir del Caso Dora, emerge la significación precisa de
la T freudiana. La T en sentido psicoanalítico se produce
cuando el deseo se aferra a un elemento muy particular
que es la persona del terapeuta. Quizás puedan ver en
cortocircuito que esta persona no es exactamente una
persona. Esta “persona” es más bien “el sgte. del analista”
que su persona. Por cierto, esto siempre resultaba
misterioso, si se imaginaba que era de la persona del
psicoanalista de lo que se trataba. Hay un artículo muy
divertido de Tomás Szasz sobre la T que dice: “cuando me
miran, a mí que soy feo como un piojo, me pregunto
cómo es posible finalmente que se aferren a mi persona”.
Es éste un pequeño cortocircuito para hacerles ver que a
“la persona del analista” hay que tomarla entre comillas.
• Entonces, la T freudiana es el momento en que el deseo del
paciente se apodera del terapeuta, en que el psicoanalista
-no su persona- imanta las cargas liberadas por la represión.
• Esto implica que no hay exterioridad del analista al
inconsciente. Evidentemente, si se imagina que el Icc es
algo que está en el paciente así, en algún lugar, se dice que
el psicoanalista que está al lado, separado por una pequeña
distancia, y que está ahí en su sillón, con sus diferentes
preocupaciones, su cuerpo que le molesta, su espalda que le
hace daño, su peso que cuida, eso no tiene evidentemente
nada que ver con ese Icc supuesto escondido en el paciente.
Pero la idea misma de la T nos conduce ya a comprender
que el analista, en tanto que opera en la cura psicoanalítica
no es exterior al Icc del paciente, que es quizás necesaria
una idea más sofisticada del Icc que esta idea burda.
• Es precisamente todo lo que hace la particularidad de la
observación psicoanalítica, del relato de casos. Si la
escritura del caso en Psa. es difícil es porque en definitiva
siempre es un psicoanálisis del analista mismo. No hay en
la observación psicoanalítica esa relación de exterioridad
que conserva la observación psiquiátrica.
• En este sentido, el caso Dora es también el caso Freud.
• Lo que nos enseña también la T desde sus comienzos, es
que el enganche se hace mucho más a un sgte. que a una
persona. Digamos que el analista como sgte. forma parte de
la economía psíquica. Éste es el descubrimiento de la T. Hay
un lugar en la “economía psíquica” que el analista viene a
ocupar. Me atrevería a decir que es imposible hacer la
teoría del Psa. si no se admite que el psicoanalista es una
formación del Icc.
• Con Freud, se puede plantear que hay una doble cara
de la T:
-Por un lado la emergencia de la T en la cura es
testimonio del Icc. Hay que ser Icc para amar a Tomás
Szasz. Es testimonio de la puesta en acto del Icc, y es
ésta, por cierto, una de las definiciones lacanianas de la
T: la T es la puesta en acto de la realidad del Icc.
Cuando Lacan dice esto, está muy cerca de los textos de
Freud, pero desde una formulación que no está en el
mismo nivel que la del SSS. Quiero decir, Lacan pasó 10
años en su seminario para lograr elaborar esta teoría
del SSS.
• La T tiene su valor por lo siguiente: se ve funcionar un
mecanismo Icc en la actualidad misma de la sesión, y por
ello Freud puede aconsejar, a todo terapeuta que
comience, a interpretar solamente cuando ha empezado
la T, porque la emergencia de la T señala que los procesos
Icc han sido activados. Ahora bien, y éste es el 2do
aspecto: es un obstáculo para la cura.
• En cierto sentido, la T tiene una función de tapón sobre
las asociaciones Icc, viene a interrumpir. Ésta es la
ambigüedad profunda de la T: cierre y apertura. El
análisis se hace en cierto sentido gracias a la T y en otro
sentido, a pesar de la T. En el fondo, captamos allí 2
aspectos de la T: el aspecto mediante el cual se identifica
a la repetición Icc, y el aspecto mediante el cual se
identifica, al contrario, con la resistencia.
• Respecto de las psicosis, Lacan dice que el psicoanalista
nunca debe retroceder ante la psicosis.
• Si Freud puede decir que todos los síntomas adquieren una
nueva significación, a partir del momento en la cura analítica
empieza, es porque el síntoma es un elemento que tiene una
significación que se dirige al Otro. Que el síntoma es
fundamentalmente un mensaje dirigido a un Otro. Se trata de
determinar en qué lugar el psicoanalista se coloca en la cura,
se coloca en el lugar adonde se dirige el síntoma, es el
receptor esencial del síntoma, y por eso el lugar que debe a
la T le permite operar sobre el síntoma.
• Pues bien, Lacan funda la T, en su dimensión radical, sobre el
dispositivo mismo de la cura. Funda la T como una
consecuencia inmediata del procedimiento freudiano, como
una consecuencia inmediata de la regla fundamental del Psa.
• El SSS es fundamentalmente un principio que hace a la
lógica misma del Psa., a una lógica que depende de ese
principio puesto al comienzo por el analista, que tiene
que ver con esta invitación que hace al paciente de decir
todo en desorden, sin retener nada, sin ser detenido ni
por la decencia ni por el displacer. El SSS en el sentido de
Lacan es si se quiere el principio constituyente de la T,
luego sobre este fundamento toda la diversidad de esos
fenómenos que Freud discierne pueden producirse.
• El SSS no es de ningún modo, como se imagina, que el
analizante, el que viene a pedir un psicoanálisis, imagine
que el psicoanalista sabe todo. Puede incluso más bien
desconfiar de su analista, y en vez de suponerlo tan sabio
poner en duda su calificación.
• No se trata entonces de pensar que el SSS se encarnaría en la
presencia física del analista y supondría que el paciente le
atribuye la omnisciencia. Esto puede ocurrir, pero entonces
hay que tener cuidado de no estar en presencia de una
psicosis alucinatoria. Se encuentran así psicosis
desencadenadas por la experiencia analítica, a partir de lo
cual efectivamente, allí la T funciona. Funciona, de algún
modo en estado puro. El paciente está convencido de que el
analista conoce sus pensamientos e incluso los fomenta en su
cabeza. Eso pues, más o menos, es lo que le ocurrió a
Schreber en su T con el profesor Fleschig. La psicosis en tanto
que provocada por el psicoanálisis, nos hace ver en estado
puro la emergencia del SSS en una forma aterradora, puesto
que el terapeuta se convierte en el otro emisor de los propios
pensamientos del sujeto, se convierte en la referencia del
automatismo mental”.
• Un señalamiento muy importante que hace Miller
finalizando este capítulo es el siguiente: “el lenguaje no es
fundamentalmente visual, el lenguaje, como el
funcionamiento de estos aparatos, es vocal, es oral y
también puede ser puesto en forma de signos escritos, que
leemos, y aún un sordomudo puede acceder a la dimensión
del lenguaje como un sistema articulado. Cuando Lacan dice
que el Icc está estructurado como un lenguaje, comprende
al lenguaje en su estructura, independientemente de su
realización, es decir, independientemente del tipo de
materialidad sgte. que puede encarnar el lenguaje a
descifrar. Entonces, esencialmente, como una dimensión
que llamó del sgte., pero en la cual los sgtes. quedan por
descubrir, y por descubrir en sustituciones de sgtes. de tal
forma que el significado tiene eclipses”.
• Y finalmente plantea: “¿En qué punto se detuvieron los
analistas post-freudianos? En que el analista ocupa el
lugar del superyó, y esto es precisamente identificar la
operación analítica a la sugestión. Lacan sitúa al analista
en un lugar muy diferente”.

Cap. V “La transferencia (fin) El Sujeto Supuesto Saber”


• La estructura de la situación analítica coloca, primero, al
analista en posición de oyente del discurso que él
estimula en el paciente, puesto que lo invita a
entregarse a él según en el movimiento que se
denomina asociación libre. ¿Esta posición de oyente es
pasiva? Obviamente, el que aparece en actividad en la
experiencia analítica, fundamentalmente, es el paciente.
• Pero hay que ver -y Lacan nunca cesó de insistir acerca
de este punto de las formas más diversas, y cada vez
más y más lógicas- que el oyente, su respuesta, su aval,
su interpretación, deciden el sentido de lo que es dicho,
y aún más, sigo aquí muy precisamente el texto de
Lacan, la identidad misma de quien habla. Al respecto,
existe lo que Lacan no vacila en llamar un poder, el
poder del analista sobre el sentido, lo cual es cierto para
toda comunicación humana, para toda relación.
• En Psa. la estructura misma de la relación es disimétrica,
puesto que uno entrega material, mientras que el otro
tiene como función estructural interpretar este material,
escucharlo, recibirlo, apreciarlo, y en ocasiones
interpretarlo.
• La posición de intérprete del analista hace de él exactamente
lo que podemos llamar, aún cuando hay que ser muy
prudente con esta expresión, el amo de la verdad. Hay que
ser muy prudente con lo que dicha expresión recubre, pues
implica la responsabilidad del analista, responsabilidad
esencial que hace la dignidad de su función. Por eso Lacan
puede escribir que el analista duplica el poder discrecional de
la palabra.
• Es un punto decisivo de la teoría de Lacan, pero puedo decir
que no escapa a quienes tienen un sentimiento profundo de
las propiedades del lenguaje. Leyendo la obra de Rosenblat
“Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela”,
encontré esta frase muy lacaniana: “El que habla está
pendiente del interlocutor porque las palabras se tiñen con
lo que dice el oyente, y no se sabe a dónde pueden llegar las
palabras”.
• Evidentemente, no está dicho con los términos de Lacan, pero
se trata de alguien que tiene el verdadero sentimiento de lo
que es el campo del lenguaje, que se acerca muy bien a esta
estructura fundamental.
• Para Lacan hay “apertura a la T” por el hecho único de que el
paciente se coloca en posición de entregarse a la asociación
libre. Se coloca en la posición de buscar la verdad sobre sí
mismo, sobre su identidad, sobre su verdadero deseo.
¿Dónde busca la verdad? La busca, dice Lacan, al cabo de su
palabra, y el cabo de su palabra está allí, en el analista en
tanto que Otro, oyente fundamental que decide la
significación, y por ello su silencio es tan esencial, su silencio
que deja sitio al despliegue de la palabra, y no debe
precipitarse a satisfacer la demanda del paciente, que es la
demanda de ¿Quién soy? ¿Cuál es mi deseo? ¿Qué quiero
verdaderamente?
• Tenemos allí la base de la relación analítica, y Lacan
formalizó de modo sumamente sencillo, elemental
dicha célula constitutiva:

significado
T
A (analista)
________´______________´______ significante
• Colocamos al analista en este punto, al mismo tiempo
como aquél a quien se dirige el sgte. y en tanto es quien,
retroactivamente, decide acerca de la significación de lo
que le es dirigido.
• El psicoanalista no debe identificarse al SSS: el SSS es
un efecto de la estructura de la situación analítica, lo
cual es muy distinto a identificarse a esta posición.
• Esta posición, el SSS no es una creencia, no se trata aquí
de un sentimiento del sujeto. Se trata de una suposición
de estructura que puede traducirse por el fenómeno
exactamente contrario. Existe la tendencia a confundir, a
superponer la dimensión fenomenal a la dimensión
estructural.
• La T, entonces, es la relación misma de la cura, es el
TIEMPO mismo del psicoanálisis. La T es a la vez el
tiempo de la experiencia y la reelaboración, el trabajo
de la experiencia analítica en tanto que tiene como
pivote al Otro en esta posición. Localizamos el lugar
del pivote: el analista como Otro donde se constituye
la Bedeutung, la significación.
• Está la T amorosa: el amor de T, la dimensión
imaginaria de la T.
• Lo que Lacan señala es que: hay un error subjetivo
inmanente (una ilusión necesaria) a la experiencia
analítica y es esa ilusión fundamental de que su saber,
el saber del Icc, está ya todo constituido en el
psicoanalista.
• Podemos llamar a la T, T del sin-sentido a la significación, a la
promesa de significación. Percibimos así por qué Lacan puede
decir que la exp. analítica histerifica al sujeto en entra en
análisis, precisamente porque su más mínima palabra, su
menor producción es inmediatamente valorizada por la
experiencia analítica misma. Es valorizada en la forma más
material del mundo, por el precio el sujeto tiene que pagar
sus propias producciones. Éste es el hallazgo del Psa.: hacer
pagar el trabajo por el que trabaja, en lo cual es mejor que el
capitalista.
• Quisiera tratar de mostrarles las consecuencias que tuvo en
la historia del Psa., la identificación del psicoanalista con la
posición del Otro. Ésa es una posición de amo, y el
psicoanalista se identificó gustoso al amo, al maestro, al que
exhorta, al que demanda, al Otro poderoso y omnisciente
(lo que le permite NO saber gran cosa).
• La teoría del Psa., de la exp. analítica, se refiere
esencialmente a su comienzo y a su final. Como dice
Freud, el desarrollo mismo de la partida es sumamente
variable y, como en el ajedrez, lo que es estructurable
es el comienzo y el final. Y Lacan retoma esta
comparación y dice, el Psa. es como el ajedrez, hay
aperturas y desenlaces, en el medio las combinaciones
son demasiado múltiples, son demasiado particulares y
no se puede hablar de ellas en la misma forma.
• El SSS en el sentido de Lacan, es la estructura de la
apertura de la partida, de la entrada en juego, y la
cuestión es la del final de la partida.
• El analista tiene la función de garantizar la experiencia
analítica, es decir que interviene legítimamente en tanto
que Otro, y en el seno de este marco es el paciente quien
realiza un trabajo, una tarea que toma tiempo. El acto en
tanto que simbólico corresponde al psicoanalista,
consiste en plantear el axioma: “todo tiene una causa”.
La producción, está del lado del analizante.
• Lacan siempre promovió la importancia del silencio del
analista, quien no debe considerar que la interpretación
debe duplicar constantemente el discurso del paciente,
no se trata de yuxtaponer un 2do texto al 1ero, y de
descifrar todo, precisamente porque el poder de la
interpretación es enorme. Debe medir exactamente el
peso de cada una de sus palabras.
• Lacan considera que un vector constitutivo entonces de
la T es el tiempo, que el tiempo en sí mismo es una
modalidad de la T, y es una variable interpretativa.
• Otro punto nodal es el final del análisis, el análisis de la
T que consiste en descubrir que no hay, en el sentido
real, SSS. Es efectivamente esto lo que constituye el
deseo del analista, deseo muy singular que Freud
localizó en un momento de la historia, el deseo del
analista de no identificarse al otro, de respetar lo que
Freud, en su lenguaje, llama la individualidad del
paciente, de no ser un ideal, un modelo, un educador,
sino dejar libre la salida del deseo del paciente.
• Lacan está muy cerca de M.K. cuando ella formula que el
final del análisis posee un carácter depresivo que muestra
en cierta forma que debe ser relacionado con la pérdida
del objeto, el duelo del objeto, como es simbolizado en el
psicoanálisis mismo sino por el rechazo, el abandono del
psicoanalista. Al respecto, es el psicoanalista el que
representa el residuo de la operación analítica, y Lacan
elaboró esta teoría que hace de aquél el desecho de toda
la operación, y al mismo tiempo la causa que, en el fondo,
desde siempre animaba el deseo del paciente. Así, Lacan
formula la exp. analítica como el rechazo, el escupir el
sujeto su significante-amo”.
• Y concluye con esta paradoja: “La grandeza del
psicoanalista es consagrarse a permanecer en el lugar del
desecho”.
EL LUGAR DEL ANALISTA EN LA TRANSFERENCIA Y LA
DIRECCIÓN DE
LA CURA

Autora: Gabriela Mineo


• Muchas veces se habla del “analista” en un sentido
sustancial, sin tener en cuenta que su lugar no es el de
“alguien que se dedica al psicoanálisis”. Dicho de otra
manera: ¿Qué es un analista?
• Freud plantea que al ingresar en el lenguaje, el sujeto
debe renunciar a cierta satisfacción pulsional: a partir de
ese momento la satisfacción no será sino parcial. A partir
de entonces el objeto que aportaría a la pulsión su
satisfacción queda perdido para siempre. Por eso la
pulsión no tiene objeto, o dicho de otro modo, el objeto
de la pulsión (el que sería adecuado a la satisfacción) es
un vacío, este objeto se constituye en tanto
irremediablemente perdido.
Pero el sujeto no acepta de buen grado la renuncia a la
satisfacción: si el objeto de satisfacción se pierde, esto no
será sin un intento de resarcimiento. El ser humano se
procurará entonces “satisfacciones sustitutivas” a esa
que se perdió en el inicio. Intentará recuperar algo de
esa satisfacción por otros caminos, esencialmente por el
camino de la repetición, y, en el análisis, por la repetición
en transferencia.
• Entonces, la pulsión deberá realizar un rodeo a través de
algún objeto que vendrá a sustituir a aquel que no existe.
Este movimiento pulsional es la condición de la
transferencia.
• “La carga pulsional se transfiere de la falta de objeto a
un objeto indiferente. Es aquí donde el analista, […]
“paga con su persona”, […] la presta a encarnar ese
objeto pulsional. La “presencia del analista” […] llega a
ocupar el lugar del objeto ausente engendrando […] la
“falsa conexión de la transferencia”. No porque exista
otra verdadera, sino “necesariamente falsa, en tanto la
falta de objeto es la condición estructurante del aparato
psíquico”.
• Distingamos los tres registros en la transferencia.
• En el registro imaginario, nos encontramos con el
costado de la transferencia referido a los sentimientos y
la sugestión. Los sentimientos amistosos facilitan la
sugestión.
Este componente sugestivo es irreductible y el analista debe
aprovecharlo para la curación. Esto es diferente a ejercer la
sugestión. La transferencia coloca al analista en una posición
privilegiada que le otorga un cierto poder sobre la palabra del
paciente, en la medida en que éste lo supone el sujeto del
saber inconsciente. Pero será sólo absteniéndose de ejercer
ese poder que el analista podrá ubicarse en el lugar adecuado
para dirigir la cura.
• Pero, ¿de dónde proviene el amor de transferencia que
origina la sugestión? Lacan dice que al que se le supone un
saber, se lo ama. Encontramos aquí la segunda vertiente de la
transferencia, la transferencia simbólica. Ésta consiste en una
suposición de saber al otro. El saber inconsciente que porta el
discurso del paciente es transferido al Otro que encarna el
analista. Es lo que Lacan denominó Sujeto Supuesto Saber.
• El Sujeto Supuesto Saber es un efecto que se produce
cuando el analista ocupa el lugar de objeto, ya que así
presta su persona para que el analizante instituya al Otro al
cual van a dirigirse los síntomas. Este lugar es un producto
del encuentro entre la palabra del analizante y la escucha
del analista.
• Allí donde sólo hay un vacío, en tanto el analista no se
encuentra como persona, el sujeto va a erigir al Otro que
detenta el saber. Esta es la equivocación necesaria del
análisis: suponer que por medio del saber del Otro se puede
acceder a la verdad.
• El analista, entonces, va a ser ubicado en el lugar del ideal
mientras que el analizante se va a colocar en el lugar del
supuesto yo ideal del analista, en la medida en que se le
supone no sólo un saber sino también un deseo.
• Un saber y un deseo supuestos a un sujeto también
supuesto, ya que el analista, lejos de estar como sujeto, está
siempre como objeto, aunque el analizante lo ignore. Éste es
el lugar que corresponde al analista: el de "ofrecer un lugar
vacante para que el deseo del paciente se realice como deseo
del Otro".
• En tanto el analista está como objeto, encontramos el tercer
aspecto de la transferencia: el que está en relación con lo
real. En este sentido, la transferencia se nos presenta como
fenómeno de goce, articulado con la repetición. Pero, ¿cómo
es que el analista puede llegar a ocupar el lugar de objeto?
En Freud encontramos algunos intentos de responder a esta
pregunta, refiriéndola a una determinada posición que
correspondería al analista. A dicha posición la llama “de
abstinencia” y la considera condición de posibilidad del
análisis.
• La abstinencia para Freud no se refiere a la privación corporal, ni a la
privación de cuanto se apetece, sino al principio de que “hay que dejar
subsistir en el paciente necesidad y añoranza como unas fuerzas
pulsionantes del trabajo y la alteración, y guardarse de apaciguarlas
mediante subrogados”. Ante la demanda del paciente, su respuesta es: ni
aceptarla ni rechazarla, sino tomarla como material del trabajo de
análisis.
• Por otra parte, sabemos que la satisfacción de la demanda es imposible
por estructura. Por eso cualquier objeto que el analista pudiera ofrecer a
su paciente sería solamente un subrogado, un mero sustituto de aquel que
no existe. Es contra esta última posibilidad que Freud se pronuncia en ese
texto. Si el paciente enfermó, dice él, justamente a raíz de una frustración
y sus síntomas cumplen la función de una satisfacción sustitutiva, no
renunciará fácilmente a ellos. No sin procurarse alguna satisfacción en otra
parte. En particular, en la cura misma. “El enfermo busca la satisfacción
sustitutiva sobre todo en la cura misma, dentro de la relación de
transferencia con el médico, y hasta puede querer resarcirse por este
camino de todas las renuncias que se le imponen en los demás campos”.
• Por lo tanto, la abstinencia del analista se fundamenta en una
razón de estructura.
• Para Lacan, la abstinencia es la operación que permite distinguir
la transferencia de la sugestión, en la medida en que consiste en
no gratificar la demanda. Así, aparta la transferencia del plano
imaginario para reconducirla al eje simbólico en el cual, más
allá de los dos que están en la sesión, hace intervenir al
tercero allí en juego, al Gran Otro que encarna el analista. Es
en relación con la abstinencia que Lacan sitúa otro término
presente sobre todo en el psicoanálisis posfreudiano: la
contratransferencia. Lacan habla de ella para diferenciarla de la
función que corresponde al analista. La contratransferencia a la
que alude es la que los posfreudianos entendían como los
sentimientos del analista hacia su paciente.
• Lacan no la niega, y la define como la suma de los prejuicios
del analista.
• El problema no es la contratransferencia, sino
considerar la relación entre el analizante y el analista
como una situación interhumana suponiendo cierta
reciprocidad entre ellos. Allí apunta la crítica lacaniana.
Ya que lo que sucede como consecuencia de la supuesta
“reciprocidad sentimental” es que se toma la
contratransferencia como el medio instrumental del
análisis interpretando desde ella el discurso del
paciente. En este sentido, Lacan habla de la
impropiedad conceptual de la contratransferencia, en
tanto que tomarla como garantía del éxito del análisis
reduce éste a ser una reeducación emocional del
paciente.
• Para Lacan, la posición del analista debe ser otra.
Justamente es la contratransferencia aquello que el
analista tiene que abstenerse de hacer jugar en el
análisis. Pero para eso debe “saber en particular que el
criterio de su posición correcta no es que comprenda, o
que no comprenda”. No se trata de que el analista
comprenda a su paciente, porque la comprensión se
encuentra a nivel de lo consciente: comprendemos en la
medida en que creemos poder responder a la demanda.
• Entonces, Freud y Lacan acuerdan en que el analista
debe abstenerse de responder a la demanda. Cualquier
respuesta (positiva o negativa) haría suponer al
paciente que el objeto que le falta es el que demanda,
impidiendo el encuentro con lo estructural de esa falta.
• Responder a la demanda comprendiendo desde la
contratransferencia reduce la transferencia al registro
imaginario. Si el analista hace intervenir sus sentimientos
en el análisis hace intervenir también lo que Lacan
nombraba con el “Tú me agradas” o “Tú me desagradas”.
Justamente no hacer jugar la contratransferencia implica
no colocar allí ninguna de estas dos opciones. La
abstinencia del analista pasa exactamente por ahí, por
mantener la extracción de esta dimensión.
• Dice Lacan: “es contratransferencia todo aquello que, de
lo que recibe en el análisis como significante, el
psicoanalista reprime”. Por lo tanto la dificultad del
abordaje de la contratransferencia la sitúa en un
problema que denomina deseo del analista.
• En principio, el deseo del analista no es
contratransferencia. Tampoco es el deseo de ser
analista. El deseo del analista está no en lo que el
analista enuncia conscientemente, sino en lo que de
ello se lee a nivel inconsciente. Pero para que esto
opere, ese deseo debe ser una x. Sólo sosteniendo este
deseo enigmático, despojado de todo deseo que
pueda tener como sujeto, podrá el analista ocupar su
lugar en la transferencia. Aclaremos que no se trata de
un objeto-sustancia, sino del objeto a. Objeto que sólo
designa el lugar de un vacío, de una ausencia que
causa el deseo, pero que también puede devenir un
exceso en tanto puede funcionar como plus de goce.
• El analista rehúsa responder a la demanda, porque está
advertido por su análisis, porque ese objeto que el
analizante pide, sabe que él no lo tiene. Sabe que no hay en
él nada que sea amable y por eso rechaza haber sido el
amado, rechaza haber sido él mismo un objeto digno del
deseo de nadie. En la neurosis de transferencia el yo se
identifica con el falo imaginario, mientras que la función del
analista es la de producir un corte en esta identificación.
• El psicoanalista entonces guía al paciente hasta el umbral
de la acción ética que luego le tocará al analizante llevar a
cabo. Y, la libertad que se obtiene luego de esta acción no
sigue ningún patrón universal de medida. El análisis lleva así
a la revelación del objeto, a la revelación del vacío de esta
causa, vacío de un valor universal y medible del objeto.
• Para Freud el analista tenía que analizarse. Lacan
propone, en cambio, que todo aquél que haya llevado
su análisis hasta las últimas consecuencias es analista,
allí se construye un deseo más fuerte que el de ser
amado, por eso el analista está en posición de poder
rehusarse a responder a la demanda de amor, porque
está advertido de que ni él ni nadie tiene ese objeto que
pide el analizante, porque sabe, pero por haberlo
experimentado él mismo, que el encuentro con esta
falta es el destino del recorrido. Este encuentro no será
sin angustia, ya que supone el encuentro con un vacío,
con la inexistencia del Otro que supuestamente lo
amparaba.
• Se entiende entonces por qué el deseo del analista no se
refiere al deseo de dedicarse al psicoanálisis sino a una
operación que tiene que producirse en el análisis del
analista. Operación que tiene como resultado un deseo
particular, un deseo que no es puro, sino que puede
definirse como deseo de obtener la diferencia absoluta,
en la medida en que se trata en él de mantener la
distancia entre el a y el-φ.
• Entonces: ¿qué es un analista? Podemos responder: no
hay un ser del analista, ya que esta posición se sostiene
en un deseo que es una función referida a un vacío de
ser, a un des-ser.
• Por otra parte, ¿es el deseo del analista homologable
con la abstinencia?
• Podemos pensar que, si bien la abstinencia está incluida
en él, se trata de una función que implica algo más, en
tanto supone para el analista haber atravesado el plano
de la identificación al objeto amable. Es este “algo más”
el punto en el cual este deseo resulta inasimilable a
ningún concepto anterior, en el que queda como un
ombligo, como aquello más desconocido (hasta para el
propio analista) en la medida en que nombra un lugar
imposible por estructura.
• Y, por último, nos encontramos con un problema que se
desprende de lo anterior y que podríamos formular así:
Siendo que el deseo del analista implica “haber ido más
allá del ideal”, ¿cómo no caer en el peligro de hacer de
este “más allá” un nuevo ideal?
La transferencia de Freud a Lacan o el deseo del
analista

por Claudia Lijtinstens
• Se me presentó la idea de guionar nuevamente estos
conceptos a la luz del anudamiento: transferencia –deseo del
analista.
• Comenzaré por Freud y la transferencia. La transferencia fue,
para Freud, un modo de decir del inconciente en las vías de
la creencia en el Otro, en el encuentro encarnado con el
Otro.
• Ya en el inicio de sus investigaciones, había advertido las
diferentes formas de ese lazo amoroso discursivo situándolo
en su doble vía: por un lado posibilitaba leer el inconciente,
pero por otro se volvía un obstáculo inconveniente. Así, la
nombró sucesivamente sugestión primero, luego repetición,
resistencia y, por último, motor del tratamiento analítico.
• De esta manera encuentra la cara positiva de soporte
significante y la cara pulsional de la transferencia.
• La operación freudiana con Dora, es justamente por la vía de la
verdad, o como amo de la verdad, encontrándose a su vez con el
obstáculo mismo de transferencia. Es decir, Dora se detiene
cuando el deseo de Freud es ocupado por el amor al saber,
como su insistencia en predeterminar cuál sería el objeto de
deseo de una mujer, es decir, él como regulador de la verdad, a
partir de un Ideal, ideal mismo que obturaba el lugar del analista
con una identificación.
• Fue J. Lacan quien ubicó la transferencia, inéditamente, como
una consecuencia de la regla fundamental, con la creación del
Sujeto Supuesto Saber.
• Tardíamente, ya en el SEM. XI, introduce las variaciones
necesarias en el concepto de transferencia, con su invención del
deseo del analista, concepto determinante para pensar el mas
allá de la transferencia., con la invención del concepto de
objeto a.
• ¿Cómo se establece este anudamiento entre transferencia y deseo
del analista?
• O podríamos preguntarnos: ¿qué sería de la transferencia sin el
deseo del analista?
• Jacques Lacan elaboró, en su doctrina de la experiencia analítica, el
concepto de deseo del analista, diferenciando la transferencia de
otras experiencias de amor o fenómenos ilusorios o imaginarios, en
las que habría que interrogarse acerca del tipo de apego o con-
fusión que generan.
• Es interesante formularlo, entonces, a la luz del Seminario de "La
Ética del psicoanálisis", en el que Lacan se pregunta solapadamente
¿qué tiene para dar el analista?
• "Lo que el analista tiene para dar, contrariamente al partenaire del
amor, es eso que la más bella desposada del mundo no puede
superar, esto es a saber: lo que él tiene. Y lo que él tiene es, como en
el analizado, no otra cosa que su deseo, con la única excepción que
éste es un deseo advertido[2]".
• Se trata de un operador al que hay que darle su justo valor y lugar.
• Un deseo advertido, podríamos agregar, que implica, justamente, no
responder a la demanda de felicidad, ni desear lo imposible.
• En el “Seminario XI”, Lacan intenta responder cuál es el deseo del
analista, ¿qué ha de ser del deseo del analista para que opere de
manera correcta?
• El deseo del analista es una X, es decir una incógnita, que instala,
vehiculiza, se hace portador de un vacío posibilitador.
• Pero una X quiere decir que "no se trata de un misterio insondable, ni
un inefable, ni si quiera de un deseo puro", es un deseo que tiene un
límite preciso que le permite ser operativo en el campo del lenguaje.
• Se trata de un deseo limitado, circunscrito, elucidado, vaciado de los
atributos del ser, que permanece regido por el significante, pero con
un límite que le da su lugar topológico, su espacio y su lugar
operatorio, un lugar de enunciación, limitado por la letra del
síntoma, lo que lo vuelve dócil y abierto a empalmar el deseo del
sujeto, más allá del amor.
• "El deseo del analista sirve de soporte del objeto a,
como separador…", es lo que permite conducir una cura
más allá del Ideal, separando el Ideal del objeto a, a
partir del tratamiento de la demanda, mas allá del amor,
en su carácter pulsional.
• El analista a partir de su acto de "desapego", promueve
una acción concertada en reconducir el significante a su
desnudez, es decir, a un no saber ni a suponer sobre la
significación que el otro le asigna a su palabra o al amor
mismo.
• Esta acción despegada del saber permite volver
operativo el semblante, tratar lo real por lo simbólico,
incidir en la modalidad sintomática del amor sin
quedarse cautivado por su ilusión o por su completud.
• Podríamos precisarlo en la experiencia.
• Un adolescente llega al consultorio relatando, a viva voz,
todos sus actings: robar, realizar actos destructivos,
vandálicos, y hasta hacerse echar de la escuela. Logra, en
el devenir de su análisis, nombrarse en su relación al
Otro con un equívoco: el boceador-boxeador, equívoco
que interpreta su goce y que se anuda al significante de
la transferencia a partir de haberse encontrando con el
semblante necesario que propició el pasaje de la viva voz
destructiva a la voz cantante. Esto le posibilitó un
tratamiento del objeto, despegado del Otro y del ideal,
encontrar otro fin que el destructivo mismo, a través de
una estetización del objeto, vía una actividad por la que,
ahora, decide llevar la voz musicalizada, de un lado a
otro.
• Podríamos decir que ese significante cualquiera, que
significa la particular implicación, se obtiene a partir de
un aflojamiento de las identificaciones, es decir
cuando ya no es el significante amo el que garantiza la
posición del sujeto, sino el significante cualquiera. El
sujeto se ha logrado desprender del sgte amo. Esto se
produce si el analista no da identificaciones al sujeto
en respuesta a la demanda y, paralelamente, deviene
un "objeto indiferente". Esto es lo que Lacan llamará
en televisión, la "caridad psicoanalítica", es decir, el
analista en el lugar del objeto ya perdido, el lugar de
ese vacío que completa paradójicamente al sujeto.
• Es por el recorrido analítico y, específicamente por el acto
analítico, que es posible servirse del padre, pasar del amor al
Otro al amor al síntoma como el Un cuerpo.
• Ir más allá de la impostura y la creencia implica depurar el
síntoma como partenaire mismo hasta extraer la sigla posible
con la que operar en una cura; significante cualquiera que
nombra lo real del síntoma y que materializa la reducción de un
límite.
• Ese es el deseo del analista que vuelve operativo el uso del
semblante.
• Extraerlo del recorrido analítico es lo que posibilita usarlo,
anudado a la práctica y al control.
• El deseo del analista delimita la singularidad de la transferencia,
de lo pulsional, sin confundirse con el Sujeto Supuesto Saber.
• Es invariablemente un efecto de formación.