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Análisis de la

Física
De Aristóteles
Analizando la obra de Aristóteles,
la diferencia entre su metafísica y
su física no siempre resulta clara,
como diría Wieland “el tema de la
metafísica es sólo el problema-
límite de una física llevada
consecuentemente hasta el final”.
De este modo, el Libro A de la
Metafísica está consagrado a una
introducción histórica que podría
servir igualmente para la Física.
Aristóteles quiere mostrar que es el
primero en haber percibido en su
totalidad el sistema de las cuatro
causas de cuanto existe: la causa
material, la formal, la eficiente y la
final.
De este modo, en el ejemplo de una
estatua, las causas son como siguen a
continuación:
La causa material es el bronce.
La causa formal es la forma que
preexiste en el espíritu del escultor.
La causa eficiente es la escultura.
La causa final es aquello para lo cual
existe la estatua: ornamento o culto,
por ejemplo.
Fácilmente se observará, tanto
en los ejemplos puestos por
Aristóteles como en el análisis
que de ellos hace, que estas
relaciones de causalidad (las
cuatro causas) únicamente
tienen sentido por referencia al
fenómeno fundamental del
cambio, al cual aplica
Aristóteles, con más o menos
éxito, según los casos,
analogías obtenidas a partir de
la actividad artística o
artesanal (como la estatua).
Fueron precisamente los primeros
filósofos quienes plantearon la
cuestión del porqué de los fenómenos.
Pero no respondieron a ellos sino
reduciendo los fenómenos a su
elemento material, único para algunos
(el agua, según Tales; el aire, según
Anaxímenes; el fuego, según
Heráclito), múltiple para otros (los
cuatro elementos: agua, aire, tierra,
fuego, según Empédocles).
Dicho de otro modo, estos filósofos,
denominados por esta razón físicos
(pero hemos de ver cómo la física
auténtica es otra cosa muy distinta),
solo conocieron la causa material.
Algunos de ellos se dieron cuenta, sin
embargo, de que la materia no puede ponerse
a sí misma en movimiento, y fueron obligados
a plantear en este sentido la causa eficiente:
descubrimiento que Aristóteles atribuye
misteriosamente a Parménides. Pero, ¿con
relación a qué la causa eficiente pone a la
materia en movimiento?
Hubiera sido necesario plantear en este
momento la causa final, pero los filósofos que
se dieron cuenta de este problema sólo
plantearon los principios (la Inteligencia en
Anaxágoras, el Amor y el Odiosactúan en
Empédocles) que, a pesar de su nombre, no
en ellos más que de modo mecánico, es decir,
como causa eficiente. Los pitagóricos, gracias
a sus especulaciones matemáticas; Sócrates,
por su búsqueda de definiciones, los
platónicos, con su teoría de las Ideas; todos
presintieron la causa formal.
Pero los platónicos,
hipostasiando la esencia, la
impiden actuar de principio
del movimiento y aniquilan
de este modo el estudio de
la naturaleza, como
menciona Aristóteles en la
Metafísica, Libro A.
Sería, finalmente,
Aristóteles, si le creemos, el
primero que ordenó los
balbuceos de sus
predecesores y mostró que
para dar cuenta del
movimiento son a la vez
suficientes y necesarias
cuatro causas.
Libro I de la Física
El libro I de la Física está consagrado
también a una confrontación con sus
predecesores, orientada expresamente
hacia el número y la naturaleza de sus
principios. De hecho, lo que se plantea
en este debate es la posibilidad misma
de una física, es decir, de una ciencia de
los seres en movimiento. Aristóteles
quiere mostrar que, si no se plantea más
que un único principio, el movimiento se
hace imposible, y por consiguiente se
permanece en un estadio anterior a la
constitución de una física.
Tal fue el error de los eleatas, para
quienes el ser es uno, y por
consiguiente no tiene otra realidad
que la de la esencia. A un ser de tal
tipo nada le puede ocurrir.
Recíprocamente, el tomar en
consideración al movimiento lleva a
reconocer que el ser es a la vez uno
y múltiple: uno en acto y múltiple en
potencia. Los eleatas tropezaban
igualmente con esta dificultad:
¿cómo puede provenir del no-ser el
ser? Aristóteles se enfrenta
directamente con ella, admitiendo
que, en un sentido, el no-ser no
puede engendrar el ser, y que, a
partir de ello, lo que es era ya
necesariamente.
Pero la experiencia nos obliga a
reconocer dos modos de significarse
para el ser: existe el ser en potencia y el
ser en acto, y a partir de ello se
comprenderá que el ser en acto
procede de aquello que no estaba en
acto, pero sí en potencia. Los eleatas
representan la fidelidad más elevada a
la exigencia de la univocidad del logos.
Pero la experiencia del movimiento
obliga a Aristóteles a ampliar el lenguaje
sobre el ser con pluralidad de
significaciones (ser en potencia y ser en
acto, ser en sí y ser por accidente, ser
según las categorías), pluralidad que
refleja en sí misma la escisión que opera
el movimiento en el ser.
El movimiento, dirá Aristóteles, es
estático, lo cual quiere decir que hace
salir al ser de sí mismo, impidiéndole
ser únicamente esencia, obligándole a
ser también sus accidentes,
expresando en este caso este
“también” no solamente una
superabundancia, sino una profusión
parasitaria, y, por consiguiente, una
deficiencia ontológica. Luego es al
precio del reconocimiento de una
pluralidad de sentidos del ser como se
adquiere la posibilidad de una física.
Según Aristóteles, los principios del
movimiento son tres. Inicialmente, es
preciso colocar dos contrarios, que son el
punto de partida y el punto de llegada
del movimiento. Este último principio es
la forma, es decir, lo que la cosa llega a
ser por generación; el punto de partida
del advenimiento de la forma es la
privación de esta forma: así, nadie se
convierte en letrado sino únicamente un
iletrado.
Pero es preciso un tercer principio que
asegure la continuidad del movimiento y
le impida ser una sucesión desordenada
de muertes y renacimientos (de este
modo, lo no ilustrado moriría al devenir
ilustrado, el niño al convertirse en adulto,
tesis sostenida por algunos sofistas).
Este tercer principio es el sustrato o materia,
que es lo que subsiste bajo el cambio; así, la
arcilla no deja de ser arcilla al cesar de ser
informe para recibir forma de estatua. Podría
decirse también que la forma es el futuro del
móvil, la privación de su pasado; la materia,
lo que permanece eternamente presente (no
es casual que una de las palabras que, en
Aristóteles, designan la materia,
hypokeimónon, signifique posteriormente,
para los gramáticos, el tiempo presente).
Esta caracterización temporal no debe sin
embargo inducirnos a error a propósito de la
forma. Esta no es menos eterna que la
materia; al no poseer apenas partes que
podrían componerse progresivamente, es
innegable; no deviene en el tiempo, sino
adviene o desaparece en el instante.
Libro II de la Física
El libro II comienza definiendo al ser natural (physeion), objeto propio de la física. Se distingue del
ser artificial en que posee en sí mismo un principio de movimiento y de reposo. Mientras que, en
el arte, el agente es exterior al producto, la naturaleza es un principio inmanente al ser natural. La
naturaleza semeja a un médico que se curase a sí mimo y, “si el arte de construir navíos estuviese
en la madera, actuaría como la naturaleza” (199b28-29). La analogía del arte permite comprender
que, como el arte, la naturaleza actúa como causa final, como principio organizador: en este
sentido, la naturaleza y el arte se oponen al azar.
Pero, mientras que Platón en la Leyes estimaba que el arte es anterior a la naturaleza (queriendo
mostrar con ello que una Inteligencia divina preside la organización de la naturaleza), Aristóteles
enseña la relación inversa: para él, es el arte quien imita a la naturaleza, esforzándose en
reproducir, mediante meditaciones laboriosas, la espontaneidad que no pertenece de hecho más
que a los seres naturales.
Pero, ¿cuál es el principio del movimiento
que denominamos naturaleza? ¿Es la
forma o la materia? Aristóteles sostiene
que es la forma, porque la forma es el fin
del proceso natural. Sin embargo, la física
no estudia la forma en cuanto separada
de la materia, porque este estudio
pertenece más bien a la filosofía
primera. En oposición al físico
materialista, ligado únicamente a la
materia, el físico verdadero es aquel que
considera a la vez la forma y la materia,
tan inseparables una de la otra como el
chato respecto a su nariz.
No obstante, la parte principal del libro II está
consagrada a la teoría de la causalidad, en la cual
pretende Aristóteles incluir la noción popular de
azar. El azar, de ordinario, se define como “una
causa, aunque oculta a la razón humana, puesto que
tendría algo divino y demoníaco” (196b5-7).
Aristóteles no había sido insensible a semejante
concepción mística del azar (que, bajo el nombre de
Tyché será divinizado en la época helenística): le
consagró un análisis muy poco crítico a la Ética a
Eudemo.
Otros aspectos de su filosofía le habían llevado a
reconocer que el mundo sublunar conlleva una
cierta indeterminación, cuyo principio es la materia,
y que posibilita la acción humana (de ahí la célebre
teoría según la cual las proposiciones singulares
cuyo verbo se expresa en futuro son contingentes
en De la Interpretación, 9). Pero, en la Física su
preocupación principal es mostrar que el azar no es
la ausencia de causa, ni una causa trascendente, y
que esta palabra encubre una relación de
causalidad semejante a las demás.
¿En qué caso hablamos, entonces, de azar? Ni
más ni menos que cuando de un modo
retrospectivo superponemos a la relación real
de causalidad una finalidad imaginaria sugerida
por el resultado: por ejemplo, voy al mercado
para comprar legumbres, y encuentro allí un
deudor que me paga su deuda. Todo sucede
como si hubiera ido al mercado para recuperar
mi dinero; pero, de hecho, este resultado jamás
constituyó un fin y no pudo tener, por
consiguiente una eficacia causal.
El azar no es, pues, la coincidencia de dos series
causales reales, sino la relación retrospectiva de
una serie causal real, dotada de una cierta
finalidad, con una finalidad distinta a la primera,
pero imaginaria. Según puede verse, tal
concepción del azar no introduce ninguna falla
en el encadenamiento causal: el azar
únicamente añade una intención, que, siendo
ficticia, ni añade ni priva de nada, de hecho, a la
realidad del proceso natural.
Libro III de la Física
Con el libro III se inicia lo que constituirá el
objeto esencial de la Física: el estudio del
movimiento. Aristóteles propone una
definición del mismo en términos de acto y
potencia: tentativa realmente impugnable,
porque al acto y a la potencia se les definió
en relación al movimiento. Sería muy fácil
decir que el movimiento es la actualización
de una potencia o el tránsito de la potencia
a acto, pero eso sería una definición
extrínseca del movimiento, considerado no
en sí, sino en las posiciones que lo
encuadran.
Sin embargo, Aristóteles no cae en tal error,
que denunciará Bergson. Considerado en sí
mismo, el movimiento es “el acto de lo que
está en potencia en cuanto tal” (201 a 10),
es decir, en tanto que está en potencia. El
movimiento es una acto imperfecto, es
decir, aquel cuyo acto mismo es, en tanto
que movimiento, no estar jamás totalmente
en acto.
Desde este punto de vista, el movimiento se aproxima al infinito, noción
analizada a continuación en el libro III. El infinito es una cierta potencia, cuya
particularidad consiste en no poder pasar jamás al acto hacia el cual tiende.
El infinito no es una cosa determinada, al modo de un hombre o de una casa;
es más bien comparable a una lucha o a una jornada, cuyo ser consiste en
una renovación perpetua. Podría resultar extraña la paradoja según la cual,
para Aristóteles, los seres en movimiento, es decir, sensibles, son
sustancias, mientras que el movimiento es aquello que tiene lo menos
sustancial. Pero podría responderse que, para Aristóteles, las sustancias
sensibles son cuasi-sustancias, en cuanto que están afectadas por la
escisión interior que en ellas introduce el movimiento.
Aristóteles permanece en cierto
sentido platónico, y casi podría decirse
parmenídico. Únicamente la
“separación” que Platón afirmaba
entre las realidades inmutables,
inteligibles, y las realidades
cambiantes, sensibles, deviene, en
Aristóteles, interior a la propia
sustancia sensible: la distinción entre
forma y materia, y entre acto y
potencia no constituye sino dos
expresiones de esta escisión.
Libro IV de la Física
El libro IV de la Física está consagrado al
esclarecimiento de ciertas nociones
implicadas por el movimiento.
Primeramente, el lugar, que no es un
principio inmanente del cuerpo, como la
forma o la materia, porque entonces se
desplazaría con él; pero el lugar no se
desplaza, puesto que es de donde y hacia
donde se desplaza la cosa. No es
tampoco el intervalo de los cuerpos
(como lo será para los estoicos); porque
una de dos: o el intervalo es inseparable
del cuerpo, y entonces abandona el lugar
al tiempo que el cuerpo, o el intervalo
está vacío, noción que rechaza
Aristóteles. Por consiguiente, sólo queda
que el lugar sea un límite, no del propio
cuerpo, sino del cuerpo envolvente.
Deberemos retener de este análisis lo
siguiente: en primer lugar, que excluye la
idea de un espacio infinito y vacío,
indiferente al movimiento; después, que la
noción de lugar supone un desplazamiento
posible al menos, que el lugar es por
consiguiente una propiedad, no del cuerpo
en sí, sino en cuanto dotado de
movimiento; finalmente, que la noción de
lugar no tiene sentido a nivel del
envolvente supremo, es decir, del cielo, que
es el lugar de todo, pero que no puede
hallarse en un lugar.
Aristóteles completa su análisis del lugar
rechazando la noción de vacío: Leucipo y
Demócrito habían planteado el vacío
como noción de posibilidad del
movimiento. Porque en este medio
indiferenciado que es el vacío, los cuerpos
no tendrían razón alguna para moverse
más en una dirección que en otra;
suponiendo, sin embargo, que se
movieran, deberían hacerlo a una
velocidad infinita, con nula resistencia.
Pero la idea de una velocidad infinita es
absurda; por ello, en el vacío, la velocidad
de todos los cuerpos sería igual, lo cual
parece, a Aristóteles, que contradice la
experiencia.
Para Aristóteles existen movimientos
naturales, según los cuales los cuerpos
alcanzan su lugar propio (el fondo, los
más pesados; la superficie, los cuerpos
ligeros), de donde únicamente serían
desplazados por un movimiento
violento (semejante a aquel por el cual
lanzamos una piedra al aire). El
movimiento natural agota la hipótesis
del vacío, que sólo tenía sentido en la
perspectiva atomística de movimientos
desordenados producidos en un medio
indiferente. Y a la objeción de que el
movimiento es imposible en un medio
lleno, Aristóteles responde que el
desplazamiento recíproco de las
partes, expeliéndose unas a otras
como en el torbellino de un líquido, es
del todo suficiente para eliminar la
dificultad (teoría del envolvimiento o
antiperístasis).
El libro IV se cierra con el célebre y difícil análisis del
tiempo, que no es el movimiento en general, ni un
movimiento privilegiado (aunque se encuentre
medido por el movimiento más regular: el
movimiento del Cielo), sino “un cierto movimiento”,
más precisamente “el número del movimiento según
lo anterior y lo posterior”. Si se recuerda que el
movimiento es un continuo, divisible en potencia, pero
indivisible en acto, podría decirse que el tiempo es
como la medida de la continuidad del tiempo.
¿Es, por consiguiente, discontinuo el tiempo? Parece
estar compuesto por instantes perpetuamente
diferentes. Pero ello no es más que una apariencia,
porque el instante no es parte del tiempo, sino
únicamente un límite, que determina en cada
momento lo anterior y lo posterior; y si el instante no
deja de variar en cuanto a su esencia, permanece
idéntico en cuanto al sujeto, que no es sino el sujeto
del cambio.
El tiempo no es por consiguiente un
flujo continuo, sino la unidad de un
antes y un después, que se
constituyen siempre de nuevo en
torno al presente, auténtico sustrato
del tiempo. Pero este sustrato, siendo
móvil él mismo, participa de lo que
Aristóteles denomina el carácter
estático del movimiento.
Finalmente, más que por la
permanencia de un sustrato en
permanente movimiento, la unidad de
los diferentes momentos del tiempo
podría estar mejor garantizada por la
actividad abstracta de una conciencia:
tal parece reconocer Aristóteles al final
de su análisis, cuando dice que “sin el
alma, es imposible que exista el
tiempo”.
Libro V-VIII de la Física
Los últimos libros de la Física derivan mediante el
análisis del movimiento considerado esta vez en sí
mismo, hacia la demostración de la existencia del
Primer Motor, expuesta anteriormente.
En el libro V encontramos la célebre distinción de las
cuatro especies de cambio (o movimiento) según las
categorías del ser en las cuales es dicho: el cambio según
la esencia es el nacimiento y la muerte; el cambio según
la cualidad es la alteración; el cambio según la cantidad
es el crecimiento y la disminución; el cambio según el
lugar es el transporte.
Estas últimas tres especies, a excepción de la primera,
constituyen el “movimiento” en sentido estricto (pero,
según el uso más frecuente en Aristóteles, utilizamos
aquí el término “movimiento”, kínesis, -que de todos
modos, nunca designa en Aristóteles, como en los
modernos, el solo movimiento local- en el sentido
general de “cambio”, teniendo este último término el
inconveniente de evocar demasiado exclusivamente lo
que Aristóteles considera como una de sus especies: la
alteración).
Posteriormente, Aristóteles establecerá
una cierta prioridad del movimiento
local (transporte), que es la condición de
los demás: de este modo, es el
transporte de los cuerpos celestes lo
que, a través de la sucesión de los días y
al alternar de las estaciones, condiciona
el nacimiento, el crecimiento y la
muerte de los seres naturales, así como
sus transformaciones cualitativas. Pero
si bien es cierto que los demás
movimientos no existirían sin el
movimiento local, no se reducen a él,
como sostendrá la doctrina mecanicista.
Tras haber demostrado en el libro VI que
el movimiento sólo es infinito en el
sentido de la divisibilidad en potencia
(desconocido por Zenón de Elea en sus
célebres aporías), y que no puede ser
infinito en extensión, puesto que el
mundo no es infinito, y que por
consiguiente debe tener un comienzo y
un fin, Aristóteles podrá demostrar en los
libros VI y VII la existencia de un Primer
Motor, en nombre de este doble principio
según el cual todo lo que se mueve es
movido por algo, y que no es posible
remontarse hasta el infinito en la
regresión hacia los motores. Es necesario,
pues, un Primer Motor, que sea él mismo
inmóvil, y es difícil no identificarlo con
aquél que el libro A de la Metafísica nos
señala como el que mueve como “objeto
de amor”.
Así, la Física, que estudia los seres físicos o
naturales, es decir, en movimiento
(Aristóteles recuerda en dos ocasiones la
etimología de physis, que procede de un
verbo que significa “crecer”), parece exigir
un principio suprafísico, o si se quiere,
metafísico, pero cuya trascendencia no
consigue fundar en cuanto tal.
Sería inútil querer caracterizar con una
palabra la física de Aristóteles, que no se
esfuerza tanto en establecer tesis como
en describir la experiencia y sus
condiciones de posibilidad.