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Santos Profetas del Antiguo Testamento

Elías, Ezequiel y Jeremías


En el Antiguo Testamento los profetas se dividen
en dos clases: Profetas mayores, los que
redactaron escritos más largos. Estos son Isaías
y Jeremías, Ezequiel y Daniel. Y Profetas
Menores, los que redactaron escritos más
breves. Estos son 12. Por ej. Oseas y Miqueas.
Sofonías, Zacarías, Abdías y Malaquías. Joel y
Amos, etc. Jeremías pertenece al grupo de los
Profetas Mayores.

Francisco Martínez A.

Julio 2009
San Elías, Profeta 20 de Julio
Elías Es el profeta más grande y
maravilloso del Antiguo Testamento. Un
altar había sido levantado por los
adoradores de Baal donde la víctima
fue colocada; pero sus gritos, bailes
salvajes y locas automutilaciones, a lo
largo del día, no dieron resultados: "No
se oyó ninguna voz, ninguna
respuesta, ninguna atención a sus
oraciones". Elías reparó el altar en
ruinas de Yahveh, que se levantaba
allí, y preparó su sacrificio;
cuando llegó el tiempo de ofrecer la oblación de la
tarde, mientras estaba orando seriamente, "el
fuego del Señor cayó, y consumió el holocausto,
la madera, las piedras, el polvo y lamió el agua
que había en la zanja". La consecuencia fue que
luchó y venció. El pueblo, enloquecido por el
triunfo y bajo las órdenes de Elías, cayó sobre los
profetas paganos matándolos en el arroyo Cisón.
El Apocalipsis de Elías es una visió apócrifa de la
llegada del Anticristo.
A la hora de la ofrenda vespertina Elías oró: "Yahvé,
Dios de Abraham, Isaac e Israel; sépase hoy que tú
eres el Dios de Israel, y yo tu siervo, que por tu
orden he hecho esto. Respóndeme, Yahvé;
respóndeme; sepa este pueblo que tú eres Yahvé, el
Dios, que conviertes los corazones a Ti". Y cayó el
fuego de Yahvé, devoró la víctima y la leña, las
piedras y el polvo, y lamió las aguas de la zanja. Lo
vio el pueblo, y cayó rostro a tierra diciendo: "Yahvé
es Dios, Yahvé es Dios". Y dijo Elías: "Prended a los
profetas de Baal, que no se salve ni uno"; y los
prendieron. Elías los bajó al torrente Cisón y los
mató allí. (1 Re 18,41 s)
Vi la tierra de Palestina reseca por falta de
lluvia y a Elías subiendo con dos
servidores al monte Carmelo; al principio, a
lo largo de la ladera; luego sobre
escalones, hasta una terraza, y después de
nuevo sobre escalones en una planicie con
una colina que tenía una cueva hasta la
cual llegó. Dejó a sus servidores sobre la
ladera de la planicie para que mirasen al
mar de Galilea, que aparecía casi seco,
con honduras, pantanos y hoyos llenos de
peces y animales muertos.
Profeta Elías
Elías se inclinó sobre sí hasta poner su
cabeza sobre las rodillas, se cubrió y
clamó con fuerza a Dios. Por siete veces
llamó a sus siervos, preguntándoles si no
veían alguna nube levantarse sobre el
mar. Finalmente vi que en medio del mar
se levantaba una nubecilla blanca, de la
cual salió otra nube negra, dentro de la
cual había una figura blanca; se agrandó y
en lo alto se abrió ampliamente.
Elías reconoció cuatro misterios de la
Virgen Inmaculada que debía venir en la
séptima época del mundo y de qué estirpe
debía venir; vio también a un lado del mar
un árbol pequeño y ancho, y al otro, uno
muy grande, el cual echaba sus ramas
superiores en el árbol pequeño. Observé
que la nube se dividía. En ciertos lugares
santificados, donde habitaban hombres
justos que aspiraban a la salvación, dejaba
la nube como blancos torbellinos de rocío,
que tenían en los bordes todos los colores
del arco iris, y vi concentrarse en ellos la
bendición, como para formar una perla
dentro de su concha.
Mientras la nube se levantaba, vio
Elías dentro de ella la figura de
una Virgen luminosa. Su cabeza
estaba coronada de rayos, los
brazos levantados en forma de
cruz, en una mano una corona de
victoria y el largo vestido estaba
como sujeto bajo los pies. Parecía
que flotaba y se extendía sobre la
tierra de Palestina.
Fuéme explicado que era ésta una
figura profética y que en los lugares
bendecidos donde la nube había
dejado caer los torbellinos hubo
cooperación real en la
manifestación de la Santísima
Virgen . Vi en seguida un sueño
profético, en el cual, durante la
ascensión de la nube, conoció Elías
muchos misterios relativos a la
Santísima Virgen.
Desgraciadamente, en medio de
tantas cosas que me perturban y me
distraen, he olvidado los detalles,
como también otras muchas cosas.
Supo Elías que María debía nacer en
la séptima edad del mundo; por esto
llamó siete veces a su servidor. Otra
vez pude ver a Elías que
ensanchaba la gruta sobre la cual
había orado y establecer una
organización más perfecta entre los
hijos de los profetas.
Algunos de ellos rezaban
habitualmente en esta gruta para
pedir la venida de la Santísima
Virgen, honrándola desde antes de
su nacimiento. Esta devoción se
perpetuó sin interrupción, subsistió
gracias a los esenios, cuando
estaba ya sobre la tierra, y fue
observada más tarde por algunos
ermitaños, de los cuales salieron
finalmente los religiosos del
Carmelo."
El profeta Ezequiel
Ezequiel

Profeta (s. VII a. C) Ezequiel, hijo de Buzi,


linaje sacerdotal, fue llevado cautivo a
Babilonia junto con el rey Jeconías de Judá
(597 a.C) e internado en Tel Abib, a orillas del
río Cobar. Cinco años después, a los treinta de
su edad (cfr.1,1), Dios lo llamó al cargo de
Profeta, que ejerció entre los desterrados
durante 22 años, es decir, hasta el año 520
a.C. A pesar de las calamidades del destierro,
los cautivos no dejaban de abrigar falsas
esperanzas, creyendo que el cautiverio
terminaría pronto y que Dios no permitiría la
destrucción de su templo y la Ciudad Santa
“La visión de Ezequiel” (véase Jer. 7,4)
Había, además, falsos profetas que
engañaban al pueblo prometiéndole en un
futuro cercano el retorno al país de sus
padres. Tanto mayor fue el desengaño de
los infelices cuándo llegó la noticia de la
caídad de Jerusalén. No pocos perdieron
la fe y se entregaron a la desesperación.
La misión del profeta Ezequiel consistió
principalmente en combatir la idolatría, la
corrupción de las malas costumbres, y las
ideas erróneas acerca del pronto regreso a
Jesuralén. Para consolarlos pinta el
profeta, con los mas vivos y bellos colores,
las esperanzas de la salud mesiánica.
Divídese el libro en un prólogo, que relata el
llamamiento del Profeta (cap. 1 a 3), y tres
partes principales. La primera (cap. 4 a 24)
comprende las profecías a cerca de la ruina de
Jerusalén; la segunda (cap.25 a 32), el castigo
de los pueblos enemigos de Judá; la tercera
(cap. 33 a 48), la restauración. " es notable la
última sección del profeta (40 a 48), en que
nos describe en forma verdaderamente
geométrica la restauración de Israel después
del cautiverio: el Templo, la ciudad, sus
arrabales y la tierra toda de Palestina repartida
por igual entre las doce tribus "
(Nácar-Colunga).
Las profecías de Ezequiel descuellan por las
riquezas de alegorías, imágenes, y acciones
simbólicas, de tal manera, que San Jerónimo las
llama " mar de la palabra divina" y " laberinto de
los secretos de Dios". Fue una época
dificultosa para el pueblo de Israel. En Jerusalén
reina Joaquín, hijo del piadoso rey Josías que
murió en la batalla de Megiddo (609 a. C.). En
un primer momento, Joaquín intenta halagar al
coloso babilónico, pero termina uniéndose en
coalición con pequeñas potencias contra
Nabucodonosor. Jeremías ya dio la voz de
alerta, sugiriendo la sumisión, pero el orgullo de
los elegidos la hizo imposible.
En 598 los babilonios ponen cerco a
Jerusalén y capitula Judá. Su precio es la
deportación de gran parte de la población,
entre ellos el rey Jeconías, hijo de Joaquín
que murió durante el asedio. Con los
deportados va también el joven Ezequiel que
será el profeta del exilio. Dos etapas
enmarcan su acción profética. La primera es
antes de la destrucción de Jerusalén por los
caldeos (598 a. C.) Aquí el hombre de Dios se
encuentra con un pueblo ranciamente
orgulloso y lleno de falso optimismo, fruto de
la presunción. Es verdad que siglo y medio
antes había permitido Dios la desaparición de
Samaria, el Reino del Norte; pero Jerusalén
es otra cosa; Yahvéh habita en ella.
Pensaban que pasaría como en
tiempos de Senaquerib, un siglo
antes, cuando tuvo que abandonar el
asedio por una intervención
milagrosa; ahora Dios repetiría el
prodigio. Ezequiel no piensa como
ellos. Afirma y predica que Jerusalén
será destruida con el Templo. Dice
a todos que ha llegado la hora del
castigo divino para el pueblo israelita
pecador; sólo queda aceptar con
compunción y humildad los designios
punitivos de Yahvéh.
A esta altura el profeta tiene una
misión ingrata porque es un agorero
de males futuros y próximos. La
segunda se desarrolla una vez
consumada la catástrofe. Ahora ha de
levantar los ánimos oprimidos; debe
dar esperanzas luminosas sobre un
porvenir mejor. Creían sus
compatriotas deportados que Dios se
había excedido en el castigo, o que
les había hecho cargar con los
pecados de los antepasados.
Ezequiel se preocupará de
hacerles ver que Dios ha sido
justo y que el castigo no tiene otra
finalidad que la de purificarlos
antes de pasar a una nueva etapa
gloriosa nacional. Ezequiel
empleando un estilo que no tiene
nada que ver con el de los
profetas preexilios Amós, Oseas,
Isaías y Jeremías; no goza de su
sencillez y frescor. Ezequiel
pertenece a la clase sacerdotal,
está cabalgando entre dos épocas
y se aproxima a la literatura
apocalíptica del judaísmo tardío.
Fue la vida profética de Ezequiel un
período de veinte años (593-573) de
amplia actividad para salvar las
esperanzas mesiánicas de sus
compañeros de infortunio, al
derrumbarse la monarquía israelita.
Bien puede estar el secreto en copiar
la fidelidad de Ezequiel. El Profeta
Ezequiel, según tradición judía, murió
mártir. La Iglesia celebra su
conmemoración el 10 de abril.
El Profeta Jeremías (566 A.C.)
07 de mayo
El Profeta Jeremías
(566 A.C.)
El nombre Jeremías significa: "Dios me eleva".

Vivía en Anatot un pueblecito cercano de


Jerusalén (a 5 kilómetros) en la finca de sus
padres, cuando fue llamado por Dios a profetizar.
Jeremías se resistía aduciendo como excusa que
él era demasiado joven y débil para este oficio
tan importante y Dios le respondió: "No digas que
eres demasiado joven o demasiado débil, porque
Yo iré contigo y te ayudaré".
Los primeros 17 años profetizó solo por medio de
la palabra hablada. Después empezó a dictar sus
profecías a su secretario Baruc, y lo que le dictó
son los 52 capítulos del Libro de Jeremías en la
Biblia (unas 70 páginas).
Empezó a profetizar durante el reinado
del piadoso rey Josías (año 627 antes de
Cristo). Siguió profetizando durante los
reinados de Joacaz, Joaquín, Jeconias y
Sedecías. Presenció la destrucción de
Jerusalén y su templo (año 585 antes de
Cristo) y se quedó en la ciudad destruida
consolando y corrigiendo a los israelitas
que allí habían quedado. Estos lo
obligaron luego a irse con ellos a Egipto y
allá lo mataron a pedradas porque les
El detalle inferior representa la muerte corregía sus maldades. Quizás Jesús
del Profeta, apedreado por los judíos.
pensaba en Jeremías cuando decía: "Oh
Israel que apedreas a los profetas que te
son enviados" (Lc. 13,34).
El principal problema para
Jeremías fue que la gente no
lo comprendió ni le quiso
hacer caso. De los cinco
reyes en cuyo tiempo tuvo
que vivir, sólo uno le hizo
caso: fue el piadoso rey
Josías, que se propuso
restaurar la religiosidad en
todo el país y se dejó ayudar
de Jeremías para entusiasmar
al pueblo por Dios.
Pero los otros cuatro lo despreciaron y no
quisieron atender a los avisos que él les deba
en nombre de Dios (como hacen los
gobernantes de ahora cuando los obispos les
advierten acerca de las leyes dañosas que
apoyan el aborto, el divorcio, la inmoralidad, y
el quitar la religión de la enseñanza. Se
hacen los sordos. Pero después, como les
sucedió a los reyes malos del tiempo de
Jeremías, verán los malos efectos de no
haber querido obedecer a Dios que habla por
medio de sus enviados).
A esta altura el profeta tiene una
misión ingrata porque es un agorero
de males futuros y próximos. La
segunda se desarrolla una vez
consumada la catástrofe. Ahora ha de
levantar los ánimos oprimidos; debe
dar esperanzas luminosas sobre un
porvenir mejor. Creían sus
compatriotas deportados que Dios se
había excedido en el castigo, o que
les había hecho cargar con los
pecados de los antepasados.
El rey Joaquín quemó las
profecías que había mandado
escribir Jeremías, y este tuvo
que hacerlas escribir otra vez.
En tiempos del rey Sedecás
encarcelaron al profeta y lo
metieron en un pozo muy
profundo lleno de lodo, y casi
se muere allí, y probablemente
Jeremías y Baruc
ese estarse allí en tan grande
humedad debió afectarle
mucho la salud.
Muchísimas veces fue
amenazado de muerte si
seguía profetizando en contra
de la ciudad y los gobernantes.
Pero Dios le anunció: "Te haré
fuerte como el diamante si no
te acobardas. Pero si te dejas
llevar por el miedo, me
apartaré de ti". Y Jeremías no
se acobardó y siguió
predicando.
El oficio de este profeta era anunciar al pueblo
y a sus gobernantes que si no se convertían
de sus maldades tendrían espantosos castigos
y la ciudad sería destruida y ellos muertos o
llevados al destierro. Esto lo gritaba él
continuamente en el templo y en las calles y
plazas. Pero la gente se burlaba y seguían
portándose tan mal como antes.
Muchas veces Jeremías clamaba a
Dios diciendo: "Señor, estoy
cansado de hablar sin que me
escuchen. ¡Todos se burlan de mí!
Cuando paso por las calles se ríen
y dicen: „Allá va el de las malas
noticias‟. ¡Miren al que regaña y
anuncia cosas tristes! Señor me
propongo decirles cosas amables y
Tu en cambio pones en mis labios
anuncios terroríficos!".
Pero los otros cuatro lo despreciaron y no quisieron
atender a los avisos que él les deba en nombre de
Dios (como hacen los gobernantes de ahora cuando
los obispos les advierten acerca de las leyes dañosas
que apoyan el aborto, el divorcio, la inmoralidad, y el
quitar la religión de la enseñanza. Se hacen los
sordos. Pero después, como les sucedió a los reyes
malos del tiempo de Jeremías, verán los malos
efectos de no haber querido obedecer a Dios que
habla por medio de sus enviados).
Dicen que el profeta Jeremías fue en la
antigüedad el que más se asemejó a Jesús
en sus sufrimientos y en ser incomprendido
y perseguido. Solamente después de su
muerte reconoció el pueblo la gran
santidad de este profeta. Y cuando todas
sus profecías se hubieron cumplido a la
letra, se dieron cuenta de que sí había
hablado en nombre de Dios. Lástima que lo
reconocieran cuando ya era demasiado
tarde.