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Juan el Apóstol (hebreo ןנחוי

Yohanan, «el Señor es
misericordioso») fue, según
diversos textos neotestamentarios
(Evangelios sinópticos, Hechos de
los Apóstoles, Epístola a los
Gálatas), uno de los discípulos más
destacados de Jesús de Nazaret,
nativo de Galilea, hermano de
Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo.
Su madre podría ser Salomé. Era
pescador de oficio en el mar de
Galilea, como otros apóstoles. La
mayoría de los autores lo considera
el más joven del grupo de «los
Doce». Probablemente vivía en
Cafarnaún, compañero de Pedro.
Junto a su hermano Santiago,
Jesús los llamó םער ינב Bnéy-ré'em
(arameo), Bnéy Rá'am (hebreo), que
ha pasado por el griego al español
como «Boanerges», y que significa
«hijos del trueno», por su gran
ímpetu. Juan pertenecía al llamado
«círculo de dilectos» de Jesús.

Juan, quien luego sería
apóstol de Jesús de Nazaret,
es presentado en las
Sagradas Escrituras como
uno de los dos hijos de
Zebedeo, hermano de
Santiago y compañero de
Simón Pedro (Lucas 5:10).
Los tres Evangelios
sinópticos lo sitúan
inicialmente como pescador
de Galilea, cuya vocación
por el seguimiento de Jesús
irrumpe a orillas del lago de
Genesaret, situándose Juan
entre sus primeros cuatro
discípulos.
Siempre según los Evangelios,
Juan, junto con Pedro y
Santiago,acompaña a Jesús:
• A la casa del jefe de una
sinagoga, Jairo, a cuya hija
resucita: «Al llegar a la casa, no
permitió entrar con él mas que a
Pedro, Juan y Santiago, al padre
y a la madre de la niña» (Lucas
8:51; también en Marcos 5:37);
• cuando sube a la montaña para
transfigurarse: «Jesús tomó
consigo a Pedro, Santiago y Juan
y los llevó a ellos solos a un
monte alto» (Marcos 9:2; también
en Lucas 9:28);
• al monte de los Olivos, donde
frente al imponente templo de
Jerusalén pronuncia su discurso
sobre el fin de la ciudad y del
mundo (Marcos 13:3), ocasión en
que se suma Andrés.


• Esta situación de relieve
hace comprensible que Juan
tome la iniciativa para
mantener posiciones de
privilegio:

• En ese momento, Juan tomó
la palabra y dijo: «Maestro,
hemos visto a uno que hacía
uso de tu nombre para echar
fuera demonios, y le dijimos
que no lo hiciera, pues no te
sigue junto a nosotros.»
La suprema expresión de
confianza en el discípulo
amado tiene lugar cuando,
desde la Cruz, el Señor le
hace entrega del amor más
grande que tuvo en la tierra:
su Madre. Si fue
trascendental en la vida de
Juan el momento en que
Jesús le llamó para que le
siguiera, dejando todas las
cosas, ahora, en el Calvario,
tiene el encargo más
delicado y entrañable: cuidar
de la Madre de Dios.

Existe la opinión
generalizada entre los
exégetas acerca de la
participación de Juan en
las deliberaciones del
Concilio de Jerusalén
(hacia el año 48 a 50) a las
cuales hace referencia la
epístola a los Gálatas.
El águila es
probablemente el atributo
más conocido de Juan,
como símbolo de la
«devoradora pasión del
espíritu» que caracterizó a
este hombre.
Diversos textos
patrísticos le adjudican
su destierro en Patmos
durante el gobierno de
Domiciano, y una
prolongada estancia en
Éfeso, constituido en
fundamento de la
vigorosa «comunidad
joánica», en cuyo
marco habría muerto a
edad avanzada.
La interpretación de
que Juan el Apóstol
murió mártir en
Palestina un poco más
adelante, entre los años
60 y 70 d.C., tendría
como principal
supuesto testigo a
Papías de Hierápolis.
Se dice que Papías
narró en el segundo
libro de su obra que los
dos hijos de Zebedeo
fueron muertos por los
judíos.
Sesenta y siete años
después de la Pasión del
Señor, cuando san Juan
tenía ya 98 de edad,
Jesucristo, escribe san
Isidoro, se apareció al
apóstol y le dijo: "Mi
querido amigo, ven a mí;
ha llegado la hora de que
te sientes en mi mesa
con el resto de tus
hermanos". Al oír estas
palabras, Juan intentó
ponerse en pie e hizo
ademán de ir hacia su
Maestro