La Deuda Externa es un fenómeno bastante reciente y, sin embargo, su

papel en el marco político y económico internacional de éste último
cuarto de siglo ha sido fundamental. Los principales prestamistas, la
banca comercial privada, ve en estos préstamos la mejor manera de
rentabilizar el capital, y considera a los Estados clientes privilegiados
(un Estado no puede declararse insolvente) El uso de éste dinero varía
en cada país, pero por lo general sirve para dotar de armamento
moderno a los ejércitos estatales e impulsar empresas cercanas al
gobierno (en el peor de los casos, para asegurar la permanencia de
gobiernos dictatoriales y corruptos).
Éste fenómeno se inicia durante los años sesenta y principio de los setenta, en un
contexto de auge del comercio internacional, los países de América Latina registraron un
notable crecimiento en sus economías. Tal crecimiento obedeció esencialmente a dos
factores:
• Un rápido y continuo aumento de las exportaciones de productos manufacturados –
que derivó en mejoras sustanciales de los términos de intercambio (saldos positivos
entre exportaciones e importaciones)-
• El surgimiento de un mercado internacional de dinero y de capitales a los cuales los
países de la región tuvieron fácil acceso por la abundante disponibilidad y las tasas
de interés relativamente bajas.
Existen varios objetivos en cuanto a los préstamos de los países del Norte
hacia los del Sur, pero los cuatro fundamentales son:
• Enriquecimiento de los gobernantes del Norte y los del Sur.
• Disminución del déficit de la balanza de pagos de los países del Sur.
• Préstamos para infraestructura (ejemplo: mega-proyectos
energéticos)
• Créditos a la exportación para sostener las industrias exportadoras
del Norte. (Fomentar la demanda de países del Tercer Mundo de
productos del Norte)
De los cuatro objetivos el tercero es el que merece una mayor
atención pues en él se pone al descubierto los intereses
económicos y comerciales de los países industrializados.
Tanto los bancos del Norte, el Banco Mundial y los gobernantes
de los países industrializados buscan conectar poderosamente
los países de la periferia al mercado mundial, desarrollando la
especialización de estos países en la producción de algunos
productos para la exportación, incrementando así su
vulnerabilidad y dependencia.
• Los efectos de los procesos de apertura y la entrada libre de capitales llevaron a los gobiernos a adoptar una política
de endeudamiento como instrumento correctivo de desequilibrios y de regulación monetaria. Este tipo de
endeudamiento ha generado un vuelco en la relación de endeudamiento interno-externo: La deuda interna ha
presentado una tendencia creciente en los últimos diez años y, en contraste, la externa ha mostrado un
comportamiento hacia la disminución.
• También durante esta década se ha venido revirtiendo la relación de la participación de la deuda con organismos
multilaterales y con la banca comercial. Los créditos con organismos multilaterales han disminuido, mientras los
adquiridos a través de la banca comercial se han incrementado en forma considerable. El Banco Mundial y el BID han
cedido espacios cada vez más amplios de financiamiento que tradicionalmente les correspondía como banca
especializada para impulsar el desarrollo. El énfasis que la banca multilateral da a los créditos cedidos a los países
en desarrollo ya no tiene que ver con la financiación de proyectos de inversión sino con la ejecución de políticas de
ajuste y reformas estructurales.
• La influencia que ejercieron las dos características anteriores en el abrupto encarecimiento del perfil de la deuda
externa: se sustituye la fuente con plazos más largos y tasas de interés razonables por fuentes que resultaron ser
más onerosas y a plazos más cortos. Y también se acude más al endeudamiento interno, recursos que han resultado
más costosos y con plazos demasiado breves.

Estas tres características de la deuda externa terminarían influyendo al deterioro de los términos de intercambio en la mayor
parte de los países de América Latina, el crecimiento de los déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos y la pérdida
generalizada del dinamismo de la economía.
está referido a los bajos precios que en los mercados
internacionales manejados, manipulados y controlados,
por ese grupo de países privilegiados, tienen los
productos que exportan los países del llamado Tercer
Mundo, exportaciones en su mayoría y por imperiosa
necesidad, dirigidos a los mercados de los llamados
países desarrollados, frente a las manufacturas que
éstos reciben de aquellos
genera un fuerte empobrecimiento en los países
subdesarrollados y centraliza la riqueza en el que más
tiene, condicionando al primero y favoreciendo al más rico.

Así que definimos el desigual intercambio internacional, al
hecho de que los productos que exporta el Tercer Mundo,
bajan permanentemente de precio, mientras que los
productos que exporta el Primer Mundo, aumentan
constantemente de precio.

Las clases dirigentes de las sociedades que
conforman el Tercer Mundo, que heredan,
forjan e incrementan sus fortunas succionando
el sudor y la sangre a sus propios pueblos
los países subdesarrollados no tienen muchas cosas que exportar y lo que exportan casi
siempre se lo pagan a precio de gallina flaca, no tienen dólares para cumplir con las
exigencias de estas clases dirigentes, lo que ha venido originando que éstas, dueñas del
poder, utilicen al Estado para que pida a esa banca internacional los dólares que tanto ansían,
que ingresan como bien público, pero que al cambiarle por las devaluadas monedas
nacionales, vuelven a salir para el bolsillo de esa misma banca, pero como un bien privado,
individual.

Cuando esto ocurre, ha sucedido una fuga de capitales y esa riqueza producida en los países
subdesarrollados, al fugarse condiciona, frena el desarrollo de quien lo produjo y viaja a
beneficiar a países que nada han hecho para generarlo. De esta manera, se condena a quien
lo produce y se beneficia a quien nada ha hecho, pero gracias a esta injusticia, el país queda
más endeudado y cuando recurra a pedir nuevos créditos le devolverán esos mismos dólares
que antes compró, pero por los que tendrá que pagar intereses y amortizaciones.

Hoy hablaremos de la Deuda Externa, sin embargo, para ello, es indispensable
hablar también de cómo ésta se relaciona con el Neoliberalismo.

El endeudamiento externo de los últimos 17 años ha sido quizá aún más nocivo
que el registrado en los periodos anteriores, incluidos los de dictaduras militares.

Un análisis minucioso de la evolución del saldo de la deuda, de la deuda
contratada y en especial de su destino y uso, nos muestra que una elevada
proporción de los créditos se han destinado a sustentar la institucionalidad
neoliberal que son un subsidio directo para la corrupta clase política y su
entorno y nada tienen que ver con el fomento a la producción.
Como el Estado debía abandonar toda actividad productiva, el crédito para la
producción desapareció. Naturalmente los resultados fueron de insolvencia, que es
prácticamente una cesación de pagos que se ha disfrazado con el programa de alivio
de la deuda a los países más pobres, altamente endeudados (HIPC I y II).
El estado y partidos neoliberales han mostrado esta iniciativa, como un gran triunfo
para el país.

Se propagandiza profusamente el uso de dineros supuestamente provenientes de éste
ahorro en ítemes para salud y educación, pero no mencionan que el saldo de la deuda
no disminuye de 4.400 millones de dólares, por la exigua o nula incidencia del HIPC en
el stock global de la deuda y por la nueva contratación de créditos. Más grave aún es la
condición que impone éste programa, para continuar en los próximos 15 años con las
medidas de ajuste estructural.
No debemos olvidar además que el endeudamiento de éste período (1.985-2.002) se
produjo con fuentes principalmente multilaterales que suponen condiciones
concesionales. Más aún, los sucesivos gobiernos, “lograron” en 8 rondas de París,
tratamientos especiales para la reprogramación de la deuda que en muchos casos
significó la condonación de intereses y en algunos hasta de fracciones del principal.

En resumen podemos señalar que la deuda externa no disminuye, los nuevos créditos
sólo sirven para engordar a la parasitaria clase política y la condonación de ciertos
montos se otorga a cambio de destruir la producción nacional abriendo
indiscriminadamente nuestro pequeño mercado y regalando nuestras empresas
estratégicas y nuestros recursos naturales no renovables a empresas transnacionales y
finalmente entregando toda la política económica a manos del FMI.
Las estructurales crisis en que están enterradas las sociedades
latinoamericanas, son por desdicha lo suficientemente fuertes y dolorosas
para no admitir dudas, el 80% de marginalidad de casi todas las
sociedades de América Latina, los altos índices de desempleo, más de un
30% de analfabetismo en promedio, el millón de niños que muere
anualmente antes de cumplir los 5 años por hambre y enfermedades de
fácil curación, la terrible inflación, los crónicos déficit presupuestarios, las
caídas del Producto Interno Bruto (PIB), y tantas otras cosas son
lamentablemente elementos suficientes para hablarnos de que esos
cuantiosos recursos no han creado progreso y felicidad, como hubiese
sido lo lógico y lo racional.
Las clases dirigentes y los políticos colocados en la cúspide de la dirección,
con sus raras excepciones, usurparon estos recursos a través de múltiples
componendas falsos proyectos presentados únicamente como excusa para
obtener el dinero, y que en muchos casos ni siquiera fueron más allá del
papel.

Y los pocos que se llevaron a cabo, al poco tiempo de haberse desarrollado
presentaban problemas de calidad tanto en el material empleado como en
las técnicas deficientes con que se desarrollaron, y lo peor de esto es que
no había nadie a quien responsabilizar.
Otras veces la deuda se amparó en la conclusión y creación de proyectos
seria y responsablemente necesarios, pero una larga cadena de
intermediarios, propinas, comisiones, terminaba multiplicando su costo por
un dígito alto o dos.

Lo dicho y otras cosas, nos hablan bien claro del por qué éste enloquecido
endeudamiento no ha servido para el desarrollo de estos países, pero si
para hundirles en estas crisis estructurales que hoy les agobia y al mismo
tiempo aclara quienes se han beneficiado, quienes son los responsables
de estos desastres y quienes tendrán que responder ante la historia por
los sufrimientos y los dramas de todos los calibres y tamaños que hoy
azota a los pueblos de América Latina.
Las consecuencias dramáticas de éste endeudamiento se
manifiestan, no sólo en sus implicaciones económico-financieras,
sino también en el campo político, social, cultural, moral, ético...
El problema de fondo no está en si se puede o no se puede pagar, sino en si se debe o no se
debe pagar.
Pero para encontrar una respuesta de carácter moral al problema de la deuda externa tenemos
que responder a un conjunto de misteriosas preguntas.
Los términos en los cuales fueron firmados esos créditos, ¿Eran justos y morales en sí mismos?
Quienes contrajeron esas deudas en nombre del pueblo, ¿Tenían representatividad jurídica y
poder legal suficiente para hacerlo?
Los gobiernos y los bancos financiadores, ¿No tenían conocimiento de esa inhabilitación
jurídica?
El que otorga dinero irracionalmente, ¿No es tan culpable como el que se endeuda
irracionalmente?
¿Es éticamente aceptable el que los intereses sean fluctuantes y que puedan elevarse
unilateralmente por decisiones ajenas y contrarias a la voluntad de los deudores?
Falta de conocimiento, preparación o medios para realizar una acción.

Si bien el endeudamiento externo puede generar crecimiento
económico, éste no podrá generar desarrollo económico, mientras el
servicio de la deuda siga constituyendo una pesada carga para las
economías y agravando las cifras de las variables macroeconómicas.
Sin embargo, las condiciones financieras internacionales como el
contagio de crisis financieras, incremento en las tasas de interés,
contracción del crédito, entre otras, también agravan el ya pesado
servicio de la deuda y las posibilidades de desarrollo de cualquier
país en vías de desarrollo.