Que hable el Nkukuma

La Casa de la Palabra esta llena de hombres: todos sentados al lado del Nkukuma. En las afueras se encuentran las mujeres, algunas sentadas al suelo, otras sobre pequeños bancos traídos de sus hogares. “En el pueblo ha cambiado algo” comentan las miradas de la gente y el Nkukuma, Jefe de la Tribu y del Poblado se tiene que pronunciar. Adá se suicidó hace cinco días. Adá era hija suya y la tradición está siendo cuestionada por su nieto, quien interpuso una denuncia contra el viudo de su madre y su propio abuelo. Además, el pueblo espera que se pronuncie también sobre una demanda interpuesta contra su primo hermano Alogo para recuperar la herencia de su hermano: la esposa que dejó embarazada y las dos niñas reproducidas. El Nkukuma está nervioso. Todos los ancianos esperan que aplique las leyes; comparten con el Presidente de la República y partidos políticos que las instituciones tradicionales deben ser conservadas. Al margen de los ancianos del pueblo se encuentra la Juventud, chicas y chicos de apenas treinta años que se solidarizan con su nieto y exigen Justicia. También las mujeres, sentadas en las afueras de la institución política murmuran entre dientes que ya está bien, piden libertad para ellas y reclaman no sólo Justicia, sino la reforma de las leyes consuetudinarias elaboradas para humillarlas. Pero hablan en voz baja para que no las manden callar y algún varón exaltado diga: -Deberíais estar en la cocina. ¡Mujeres! Por fin reacciona el Nkukuma envuelto en un traje de popó en el que se puede visualizar la imagen del Jefe de Estado sosteniendo una antorcha con la mano derecha. Pospone para más tarde el caso del suicidio de Adá y llama declarar al demandante de su primo Alogo y éste manda llamar a su hermana, embarazada de ocho meses y sentada junto a las mujeres en las afueras. Ambos se sientan sobre dos sillas elaboradas con melongo y frente al Nkukuma, quien pregunta a viva voy si el asunto no se podía resolver en la familia. -No y no, rechaza el demandante cruzado de brazos. Si no quieres resolver el problema devuélveme el dinero de la demanda. Estoy a cargo de dos cosas y sólo una puede ser mía. Como varón fang, miembro de una tribu honorable y consecuente con las costumbres, exijo que venga por una: mi hermana, sus dos niñas y el embarazo por un lado, o la dote por el otro. En las afueras las féminas murmuran entre dientes si a una persona se le puede llamar “cosa”. El demandante sigue declarando. -Hace ocho meses que falleció el hermano de tu primo en un accidente de tráfico y nadie ha venido por la herencia o la dote. Hasta donde yo sé es el único varón que queda en la familia. El demandado toma la palabra y alega un motivo: la mujer le rechaza como hombre. En la Casa de la Palabra se arma un bullicio. Los varones exigen que la mujer se abra de piernas y acate la tradición. Las mujeres en las afueras se dividen en dos grupos. Algunas apoyan la versión de los hombres y otras la rechazan. El Nkukuma manda callar al público y le concede la palabra a la protagonista, una mujer tímida que coloca los brazos sobre la crecida barriga. -Por fin me conceden la palabra. La protagonista de este caso soy yo. ¿No debí ser la primera en hablar? Las protestas llegan en seguida de parte del Nkukuma. -Tú no, tu hermano sí. Tenía que hablar antes por eso..., por ser tu hermano. -¿Y qué? ¿Soy una niña? Tengo treinta y cinco años, un trabajo, dos niñas y llevo encima un embarazo. ¡No soy una niña! -No eres una niña. Eres una mujer fang. -¿Y...? -No seas tonta y no me hagas perder el tiempo. -No soy tonta y... cómo que te hago perder el tiempo. ¿No eres tú el Nkukuma de todo el pueblo? Si mi hermano quiere que desaparezca del hogar de nuestros progenitores que lo diga aquí y ahora para que todo el mundo se entere. ¿Está a cargo de dos cosas? Vivo de mi esfuerzo y trabajo, no me da de comer. Y por cierto, soy una persona, no una cosa. Estuve siete años conviviendo con un hombre que falleció desgraciadamente. Yo amaba a mi marido. Si su hermano quiere ocupar su lugar en mi corazón, cosa que me parece imposible, que me conquiste. Sólo viene a mi casa por las

noches porque quiere sexo. Dice que estoy en la obligación de copular con él. ¿Copular contigo? Ni muerta. El Nkukuma enfadado emite una resolución final. Decide que la mujer como manda la tradición tiene la obligación de abrirse de piernas aceptando a su cuñado como esposo, y si no está de acuerdo, que devuelva la dote y las niñas de dos y cuatro años cuando alcanzan cada una cinco años. El hermano de la mujer celebra la resolución y cuando se levanta recibe un largo aplauso de los miembros de su tribu y de los ancianos. Su hermana se levanta y se marcha llorando con las dos niñas a cuestas y detrás recibe abucheos y una justificación de su hermano: -Yo sólo cumplo la tradición. Es mi deber respetar y mantener las instituciones tradicionales. Se extiende el silencio entre el público. Ahora llega el turno de Nsí, un joven de 22 años, nieto del Nkukuma y muy repudiado por los ancianos del pueblo. “No respeta la tradición”, abuchean a viva voz. Y es que tampoco espera que le invite a declarar su abuelo. Directamente le pregunta si cuando aplica y conserva las instituciones tradicionales recuerda que su madre fue una mujer, su esposa es una mujer, tiene hijas y amistades femeninas y hace pocos días se suicidó precisamente una de sus hijas por culpa de estas leyes. El Nkukuma se calla y deja asomar unas lágrimas en sus ojos. Un anciano le llama mujercita por llorar en pública y reclama su inmediata sustitución. -El cargo que ocupas es sólo para varones de verdad. El Nkukuma no llora. Un hombre fang no llora. Como no estás a la altura del cargo es mejor que dimitas antes de que te obliguemos nosotros. Pero su hijo si llora. Llora porque encontró a su madre colgada en el tejado de la cocina con una cuerda atada en el cuello. Llevaba muerta unas horas, pero sólo dos días después de haber amenazado a su padre con matarse si entregaba a sus dos niños a un hombre que no era su padre, sino su todavía esposo porque no había devuelto la dote. El matrimonio de Adá fracasó cuando fue declarada estéril por su esposo. Regresó al hogar de sus progenitores y conoció a otro hombre. Después de varios meses de relación se quedó embarazada de gemelos. Cinco años después apareció su todavía esposo exigiendo la patria potestad de los gemelos. Su padre, el Nkukuma y honorable miembro de su tribu aplicó la tradición según la cual una mujer separada si no devuelve la dote los hijos y las hijas que reproduce con otro hombre pertenecen a su todavía esposo. ¿Por qué? Por que la dote en la tradición fang legaliza los matrimonios y su devolución los extingue; además, determina la tribu de pertenencia y la paternidad biológica o legal de las hijas y los hijos. Adá se negó a devolver la dote alegando que la tomó su padre. Su padre el Nkukuma tampoco la devolvió y llamó a su hija “ignorante de la tradición” porque no estaba en la obligación de cumplir la exigencia demandada. Quien a penas abrió la boca fue el hombre demandado. La ley estaba de su lado, se marchó antes del veredicto final. Los ancianos también se marcharon acusando al Nkukuma de no establecer orden en su casa como autoridad establecida por la ley, pero entes, expulsaron a la juventud que apoyaba a Nsí. Las mujeres se marcharon igualmente, algunas llorando por la suerte de Adá y otras en silencio pero se quedó la abuela del muchacho, quien le recriminó : -Tu madre era una exagerada, gritó la mujer señalando el dedo causador a su nieto. El nombre Adá significa exagerada. Adá sabía lo que pasaría si no cerraba las piernas antes de devolver la dote. Pues... haberlas cerrado. Anda, vete a casa y deja de molestar a tu abuelo. ¿Desde cuando un nieto denuncia a su abuelo? ¡Desvergonzado! -¿Sabías que el hombre que ha llevado a mis hermanos pequeños es estéril?, cuestionó el muchacho. Antes de Mamá se casó tres veces y no reprodujo con ninguna. ¿Sabías que ha abandonado a los niños en manos de una prima lejana? ¿Sabíais que traía a casa a sus amantes y le ordenaba a mamá no sólo salir de la cama conyugal sino arreglarla para copular con sus amantes? Los abuelos contestaron que todo eso lo sabían y que la tradición contemplaba dichos comportamientos. -Los niños no se devolverán y punto, habló el Nkukuma. Tu madre era una exagerada.

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