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SÁBADO, 7 DE JULIO DE 2012 abc.es/opinion

LA TERCERA 3

F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O LU C A D E T E NA

POR UN BACHILLERATO COMO DIOS MANDA
POR ESPERANZA AGUIRRE
«Aquel bachillerato humanístico y clásico, que había nacido en la Alemania de Bismarck y que después habían copiado todos los países de Europa, sirvió para crear unas generaciones de europeos que compartían una cultura, unos conocimientos y unos valores. Se convirtió en la columna vertebral de la cultura de toda Europa»
convirtió en la columna vertebral de la cultura de todos los países y, en consecuencia, de la cultura de toda Europa. Sin temor a exagerar podemos afirmar que ese bachillerato está en la base del progreso científico, intelectual y cultural de la Europa de los últimos 150 años. Sin embargo, ese bachillerato empezó a perderse en muchos países de Europa, incluido el nuestro, cuando, en los años sesenta, algunos políticos que confunden la igualdad de oportunidades con el igualitarismo en los resultados académicos y algunos pedagogos que creen que protegen a los alumnos si les evitan esforzarse decidieron que era mejor que la Secundaria se convirtiera en una prolongación de la Primaria. Esos políticos y pedagogos se han llevado por delante aquel bachillerato ejemplar que formaba unos ciudadanos responsables, ambiciosos de saber, respetuosos con la cultura y preparados para emprender con solvencia estudios superiores. Es verdad que no todos están capacitados para afrontar un bachillerato así, ni todos tienen las ganas de aprender y de estudiar que este bachillerato exige, pero más verdad es que, con el actual sistema, muchísimos chicos que podrían aprovechar esos años de su vida para hacerse con un imponente bagaje cultural e intelectual están perdiendo el tiempo en las aulas. Es absurdo pensar que, si restauramos el bachillerato que las modas peJAVIER MUÑOZ dagógicas y las políticas de falso igualitarismo han eliminado, nuestros colegios e institutos se van a llenar de personalidades existía la Unión Europea ni abundaban tanto como Max Mazin, pero sé que con el sistema accomo ahora los discursos europeístas, no había, tual es muy difícil que aparezca siquiera uno sin embargo, la menor duda acerca de que las como él. bases de la cultura europea eran el pensamiento de Grecia y Roma y la moral y los valores de or eso, con el ejemplo del bachillerato la tradición religiosa judeocristiana. Por eso, en de ese judío polaco educado en Lituael bachillerato de entonces las lenguas clásicas nia, me atrevo a pedir que se restaure ocupaban un lugar prominente en todos los paíen España el bachillerato clásico que ses de Europa. Además, sin Unión Europea ni fue la columna vertebral de la cultura europea. otras superestructuras administrativas, todos Para eso no hacen falta cambios de leyes edulos países europeos habían implantado un ba- cativas —esos cambios que acaban mareando a chillerato de siete u ocho años, desde los diez u padres, profesores y alumnos—, basta con que once de los alumnos hasta sus 17 o 18, en el que se permita que algunos colegios e institutos se estudiaba lo mismo: una lengua clásica, casi ofrezcan unos planes de estudio acordes con el siempre el latín y a veces algo de griego; mate- espíritu y la letra de lo que es un bachillerato máticas hasta asomarse al cálculo infinitesimal; como el que han sabido conservar los países de una lengua moderna distinta de la propia; unas lengua alemana. La solución, como tantas velecturas de obras fundamentales de la literatu- ces, es la libertad. Que el Estado garantice que ra universal, para que a ningún bachiller euro- todos los alumnos puedan educarse libremenpeo le resultaran ajenos Dante, Cervantes, Sha- te según sus aptitudes y sus preferencias, inclukespeare o Goethe; algo de filosofía para fami- so aquellos que quieran leer a Virgilio en latín, liarizarse con autores como Platón, Aristóteles, saber quiénes eran Piero della Francesca y TurSan Agustín o Kant; y unos buenos resúmenes ner, encontrar los límites de una función o esde la Historia Universal. cribir correctamente su lengua y otra lengua Aquel bachillerato humanístico y clásico, que moderna. Que el ejemplo de Max Mazin sirva había nacido en la Alemania de Bismarck y que para que, al menos, se plantee esta resurrección después habían copiado todos los países de Eu- del bachillerato perdido. ropa, sirvió para crear unas generaciones de europeos que compartían una cultura, unos conoESPERANZA AGUIRRE cimientos y unos valores. Ese bachillerato se PRESIDENTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID

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L pasado 17 de mayo fallecía Max Mazin. Era una personalidad extraordinaria que había tenido que enfrentarse a situaciones de un dramatismo y una intensidad impresionantes. En las últimas semanas muchos han recordado su biografía excepcional. Nacido en una familia judía de un pequeño pueblo bielorruso bajo administración polaca en 1923, la II Guerra Mundial lo separó de sus padres, a él le llevó hasta Siberia, mientras los alemanes acababan con todos los miembros de su familia. A partir de ahí, su odisea para sobrevivir es una historia apasionante: trabajador en una fábrica en Siberia, Gobernador Económico de la provincia de Cracovia con apenas 22 años, prófugo del comunismo e internado en un campo de refugiados en Alemania, preso en una cárcel belga, vendedor ambulante por las calles de Gante, hasta llegar por casualidad a España, donde se convertirá en un próspero empresario. Su vida es un ejemplo de hasta dónde se puede llegar con esfuerzo y con espíritu de superación. Pero si hoy hablo de Max Mazin no es para glosar toda su apasionante biografía, sino para fijarme solo en un aspecto clave: su formación. Dados los acontecimientos de su vida, Max Mazin sólo hizo de manera regular sus estudios de Secundaria, que terminó con 16 años, y no fue nunca a ninguna universidad. Me decían sus hijos que, hasta los últimos años de su vida, les sorprendía de vez en cuando recitando de memoria largas tiradas de versos de Virgilio o de Horacio, que, les decía, había aprendido en una Escuela Secundaria de Vilna, la capital de Lituania, adonde con 11 años le mandaron sus padres para que estudiara el bachillerato, viviendo en casa de unos tíos. Hoy no faltarán —más bien sobrarán— pedagogos que objetarán que para qué tiene que aprender latín un niño judío de 11 años, que tiene como lengua paterna el yiddish; como lengua materna, el ruso, y como lengua de la escuela primaria, de relación con sus amigos y de la calle, el polaco. ¡Ah!, y que, además, en la sinagoga y en la piadosa lectura de la Biblia que se hacía en su casa y en casa de sus tíos, usaba el hebreo con bastante fluidez. ¿Para qué, entonces, en Vilna, en el colegio donde hizo su bachillerato, que, además, era judío confesional, le hicieron estudiar, y muy a fondo, latín? La respuesta a esa pregunta en los años treinta del siglo pasado, cuando Max Mazin hizo su Secundaria, no ofrecía ninguna duda en ningún país de Europa. En aquellos años en los que no

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