La sombra del ave del paraíso y otros textos

César Moro

Prosas escritas en francés entre 1939 y 1945, durante la estadía del autor en México. La edición impresa incluye los textos originales en francés. La traducción al castellano le pertenece a Franca Linares. Edición digital: Miguel Zavalaga Flórez.

Índice
Nota sobre César Moro por Mario Vargas Llosa..................................4 La sombra del ave del paraíso................................................................6 Por una infancia mejor..........................................................................10 Imaginaba la circulación... ...................................................................11 Aquello comienza un día... ..................................................................13 Por un amor más amplio... ...................................................................14 Siete cantos de dolor... .........................................................................15 Cogí una rata muerta... .........................................................................16 Cuaderno mistagogo..............................................................................17

Nota sobre César Moro
Recuerdo imprecisamente a César Moro, lo veo, entre nieblas dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés, la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio. Nadie se interesaba por el curso de francés que dictaba, nadie escuchaba sus clases. Extrañamente, sin embargo, este profesor no descuidaba un instante su trabajo. Acosado por una lluvia de invectivas, carcajadas insolentes, bromas monstruosas, desarrollaba sus explicaciones y trazaba cuadros sinópticos en la pizarra, sin detenerse un momento, como si, junto al desaforado auditorio que formaban los cadetes, hubiera otro, invisible y atento. Jamás adulaba a sus alumnos. Nunca utilizaba a los temibles suboficiales para imponer la disciplina. Ni una vez pidió que cesara la campaña de provocación y escarnio desatada contra él. Su actitud nos desconcertaba, sobre todo porque parecía consciente, lúcida. En cualquier momento hubiera podido corregir de raíz ese estado de cosas que, a todas luces, lo estaba destruyendo: le bastaba servirse de uno de los innumerables recursos de coacción y terror que aplicaban, en desenfrenada competencia, sus “colegas” civiles y militares; sin embargo, no lo hizo. Aunque nada sabíamos de él, muchas veces, mis compañeros y yo, debimos preguntarnos qué hacía Moro en ese recinto húmedo e inhóspito, desempeñando un oficio oscuro y doloroso, en el que parecía absolutamente fuera de lugar. Ocho años después me pregunto cómo situar a Moro en la poesía peruana, a la que parece, también, sustancialmente extraño. En efecto, ¿cómo situar a un poeta auténtico, a una obra realmente original y valiosa, junto a tanta basura, cómo integrarlo dentro de una tradición de impostores y plagio, cómo rodearlo de poetas payasos? Quizá baste señalar que nada vincula a Moro con la vacilante poesía peruana, que nada lo enlaza ni siquiera con las direcciones estimables que ésta ha alcanzado en períodos fugaces. Es cierto que se trata de un poeta puro, porque jamás comercializó el arte, ni falsificó sus sentimientos, ni posó de profeta a la manera de quienes creen que la revolución les exige sólo convertir a la poesía en una harapienta vociferante, pero su pureza no tiene nada que ver con esa suerte de juego de artificio, con esa actitud de aislamiento, de prescindencia del hombre y de la vida, que impregna a cierta poesía de gabinete con un penetrante olor a onanismo y sarcófago. Es cierto que se trata de un poeta comprometido con una fe y una emoción a las que nunca traicionó. Pero la lealtad y la limpieza con que asumió su compromiso, niega y deja en ridículo, precisamente a aquellos, poetas que se llaman comprometidos porque repiten una retórica ajena y explotan ciertos tópicos que sólo los preocupan de la piel para afuera, con una insinceridad snob tan evidente, como la de aquellos pintores indigenistas, fabricantes de pastiches, y traficantes innobles de una realidad lacerante, que clama por combatientes, no por mercaderes fotógrafos. Pero además de ser auténtico, sincero, Moro es también un gran poeta. Es sabido que este calificativo no se gana como el cielo, sólo con buenas intenciones. No basta ser consecuente consigo mismo, ajustar estrictamente una conducta a la moral que le puede respaldar una obra con una actitud convincente, para leer un gran poeta. Es preciso aquella cualidad indefinible, que ciertos autores nos revelan al ponernos en contacto inmediato con aspectos inusitados de la realidad al descubrirnos zonas imprevistas de

la sensibilidad y la emoción, al transmitirnos el misterio, la alegría o el dolor de las cosas y los hombres. César Moro murió hace dos años, el 10 de enero de 1956. Al igual que su obra, su vida es casi totalmente desconocida en el Perú. Nació en Lima, en 1903. En 1925, viajó a Europa. Formó parte del movimiento surrealista. Colaboró en el “Surréalisme au service de la Revolution” y el homenaje a Violette Noziéres. En 1933 los surrealistas franceses firmaron, a su iniciativa, una nota de protesta por los fusilamientos ordenados por Sánchez Cerro. Los originales de su primer libro de poemas, que data de ese año, fueron extraviados por Paul Éluard. Al regresar a Lima editó con Emilio Adolfo Westphalen y Manuel Moreno Jimeno, un boletín a favor de la República Española, que acarreó persecución policial a sus autores. Tuvo una polémica violenta con el chileno Vicente Huidobro. Con Westphalen fundó la revista “El Uso de la Palabra”. Viajó a México en 1938. En 1940 organizó allí, con André Breton y Wolfgang Paalen, la Exposición Internacional del Surrealismo. En México, también, publicó “Château de Grisou” y “Lettre d'Amour”. En esa época se aparta del movimiento surrealista. Regresa a Lima en 1948. “Trafalgar Square” aparece en 1954. Al morir, dejó varias obras inéditas. André Coyné, que editó el año pasado en París “Amour á Mort”, ha preparado la publicación de sus dos únicos libros en español, “La Tortuga Ecuestre” y “Los Anteojos de Azufre”. Los poemas que aparecen en estas páginas1 pertenecen al primero de los libros nombrados. Al publicarlos, quienes editamos esta revista queremos rendir nuestro homenaje a César Moro y señalar que, sin participar de muchas de sus convicciones, su obra nos merece profunda admiración y respeto. Mario Vargas Llosa

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1 Este texto era la introducción a una selección de poemas de Moro publicada en la revista Literatura nº 1, febrero

de 1958, Lima.

La sombra del ave del paraíso
Y yo repetía entre sueños: “¡Cuán hermosa era!” Hermosa hasta confundir los árboles con las nubes, la lluvia con el ave del paraíso y el árbol del ave del paraíso con una mano tendida para siempre sobre la tierra. La tierra ya no era laborable; era ampliamente un simple olor de tierra al aproximarse la tormenta y la propia ave del paraíso lo sabía. En su leve sombra brincaban unos minúsculos fuegos fatuos que traían sin cesar a la memoria, el nombre adorado y victorioso, tu prodigioso nombre de langosta negra ornada de diamantes o de caprichos de sangre aún caliente. El amor se había acabado, abatido en territorio enemigo, ya no pensaba defenderse, estaba doblado en cuatro y todo el oro del mundo no hubiera podido extinguir su hálito exhausto pero vencedor. Un hilo muy fino de sangre manaba de su sien o de otro árbol en forma de amor, no puedo recordarlo, sólo una reja recordaba nuestra presencia tardía en el mundo. Era de noche, un sol atrasado reingresaba lentamente en su concha negra. El viento agobiado de injurias hacía el ridículo entre los helechos rechazados y obsesivos que llevaban puestas cintas de colores poco discretas; todas habían trasnochado y por ello lucían tan ojerosas como se supone que lucen las bellísimas prostitutas en busca de carbones y de otras vanidades, al día siguiente de sus nupcias con el diablo disfrazado de apuesto mozo de carnicero. Pero era hermosa, tan hermosa que los gatos maullaban y se tiraban al agua ante su paso tranquilo como la actividad del modelo más perfeccionado de una metralleta. Había tigres que desde todas las ramas escupían bellas coronas de perpetuas de sangre muy caliente, fluyente, retenida en las telas de araña frenética que sacuden convulsiones de primer orden. Magníficas convulsiones que os sacuden hasta lo más recóndito sin dejar traslucir nada, excepto una pequeña marca azulada y verdusca, alternadamente, según la disposición vertical u horizontal del espectador atado a una de las enormes ubres de un hipopótamo hembra disfrazado de ternera cubierta de oro ardiente, un oro fundido, parecido hasta confundirse con la más hermosa mierda del mundo antiguo. A los cautivos no les importaba, seguían tejiendo sus trenzas, de vez en cuando aullaban suavemente, para renovar su desfalleciente virilidad en la cercanía de crepúsculo que se encaminaba rápidamente a su punto capital, fácil de reconocer por todos los tipos de quejas que a dicha hora exhalan los más feroces tiburones con su majestuosa serenidad, plena de tan conmovedora dignidad erótica y ampliamente diáfana y esmaltada como corresponde a los carniceros de las mejores aguas. Ningún ruido en torno a la caída de algunas lágrimas de tamaño inusitado, lágrimas centenarias que se acumulan por la fuerza del espíritu, muy por encima de las ciudades ya abandonadas felizmente, solitarias y divinamente lúgubres. El niño más pequeño hubiera podido circular en medio de lindas avenidas sin ser atropellado ni verse expuesto a las miradas más o menos inocentes de los adultos, ni temer sus venenosas caricias llenas del venenoso placer que destila hasta por la punta de los pelos, un perfume inolvidable y encantadoramente malsano, en las relaciones de los adultos con los niños más adorablemente perversos que víbora de primer veneno celeste. La noche maullaba como una gata mientras que su macho desconocido la acosaba con agradabilísimas e inmundas caricias; ella arrastraba una fértil cabellera por el suelo,

y extendida cuan larga era, ocultaba los cuerpos retorcidos en el éxtasis de los ofidios que sodomizaban a las más bellas tortugas de caparazones color tierra seca. Un ruido continuo de agua corriendo impedía la erección, un deseo insostenible de llorar oprimía la garganta con follajes y rocas para amortiguar la caída interminable de un suicidio sin fin. Había que recomenzar; por haberse olvidado de cerrar las puertas, un jabalí arrastraba por el suelo los retratos de familia, y la más cara imagen se hallaba coronada entre sus cuernos color de loza. Los limones requerían la ayuda inútil del viento para caer en pleno sexo de una mujer descuidada bajo un árbol móvil y hablador que la amenazaba con nombres tiernos: “Ven mi victimaria, ven a escuchar mi sangre que anhela llamarse savia, ven mi alcaloide caduco y ebrio, a comer mis raíces terrosas y llenas de hormigas; los leones frotan su corteza contra la rugosidad de mi piel, puedes desenmarañar tus pelos con los relieves de mi corteza; ¡oh! asesina, ofrece tu piel y cuelga tu cabeza de durmiente en mis ramas cubiertas con los más leves excrementos de pájaros. Durante toda una noche, soporté el cadáver del pájaro más conmovedor que exista en el mundo y que habita el mar: una tortuga velluda como un ángel pasó toda una noche bajo mis ramas, la noche de su muerte en el aire y de su entrada en la marea que la respeta como madre de toda magnitud de movimiento que exhibe el mar”. De vez en cuando, un suspiro tan violento como una piedra al atravesar la oscuridad: algunos seres pasaban su noche sin estremecerse antes de librarse a una profunda esperanza de reposo, al pasar silenciosa una locomotora nocturna. Sólo una sonrisa en la naturaleza, la tierra sentía que su vientre se partía, y algunos hombres, presas fáciles del insomnio, declaraban con los ojos abiertos, haber escuchado como una caída prolongada en lo más profundo de sus borros cerebros; y nadie pensaba ya en el paso de la marta doble del amor. Ella dejaba colgar sus entrañas y decía a quien quería escucharla: “Mi mujer era bella pero un día su moño cayó a la tierra y la tierra retrocedió presa de terror; yo mismo debí morderla con todas mis fuerzas sin lo cual seguiría aún quejándose de la variabilidad del tiempo y de los accidentes imprevistos que despeinan una marta o una golondrina, transformándolas súbitamente en colchoncillos para enfermos de la vejiga; colchoncillos excelentes para el tratamiento de la orina megalómana, a condición de tomar los colchoncillos de golondrina y sólo ellos, mezclados con piedra en polvo y pimienta salpicada con algunas gotas de sangre de perdiz. Ninguna respuesta podía levantar su moño de piedra; heme pues, viudo del moño y sin poder seguir cubriendo a mi mujer adorada de moño ligero y abatido”. La marta tuvo que alejarse seguida de una horda de monos que se masturbaban sin cesar y que no deseaban oír otra historia salvo la del zapatero y de su mujer que fueron encontrados asfixiados y atados al pie de su lecho nupcial. A decir verdad, nada lograba hacerme llorar tanto como la brusca aparición de ese caballo vacío; llevaba puesta una espuela luminosa sobre la frente y a su paso desenrollaba una leyenda: “No toquéis a los muertos, su espuma es más pura que mi sombra sobre la tierra; adiós troje divino y antiguamente adorado. Parto, pero encontrarás mi relincho como una flor tenaz en el fondo de la jofaina que te sirve de sombrero. ¡Adorado caballo abandonado! Todas las desgracias me persiguen desde que perdí de vista la torre puntiaguda de la ventana que con la ayuda de una de tus uñas había abierto a lo largo de mi pecho. Adiós ventana amada, olvida hasta las cenizas de tu tierno caballo, adiós caballo, y tú, más profunda que la mirada de una nutria reseca, adiós, veneno de mis noches. Sobre mi tumba, quiero este epitafio: “Un caballo que se extravió en el bosque, una mañana más clara que de costumbre. Escupid sobre él, sobre todo oh tú, escúpeme hasta perder el conocimiento: sólo soy un caballo pero mi ventana está abierta y tu saliva es el pasto de las estrellas. Escupe, estrella fugaz”. Luego de la aparición del caballo y de su leyenda,

todo el mundo se sumió en una terrible melancolía, sin saber si debían atribuirla al paso del caballo o al ruido armonioso, oído hacía algunos minutos, de la risa feliz de dos muchachas que la corriente acababa de arrastrar; sin embargo, cada uno estuvo de acuerdo en asumir su parte de pena que, como culebra, se insinuaba por doquier. Nada sensacional vino a turbar nuestro reposo, todo estaba tranquilo, como si la tierra no hubiera sido más que un inmenso avispero, un nido de escorpiones donde el más dulce os escupe al cerebro después de haber largamente orinado a lo largo de vuestro camino. “Vete, podrido, vete. La tierra debe borrarte del número de los seres vivos; escupo sobre ti y sobre tu descendencia de larvas”. Y acompañando la palabra con el gesto, soltó un gas y escupió. Pero la hembra del canario que había escuchado todo, comenzó a cantar una canción reprobadora muy oportuna para condenar la vil acción de la maléfica escolopendra: “Oh tú, escorpión querido, ¿por qué malgastar tu saliva con esta basura?, escupe sobre mí, escorpión de dientes afilados y sodomitas, escupe sobre mí, escorpión... Aunque soy hembra de un verdadero canario, te maldigo con todas mis fuerzas y la melodía de mi canto te perseguirá hasta que advenga la muerte; sofocado, triste zorro castrado, escorpión maldito”. Me quedé allí, sin saber a qué atenerme, lo cual, visto por la alondra, mereció otra cancioncita apropiada: “Raza de perro, ¿qué haces allí con tus piernas que parecen dos escaleras muertas?, ¿a dónde vas con tus piernas, dulce comedor de inmundicias? Si el escorpión escupe sobre ti, yo escupo sobre la puta mujer del canario castrado, vieja puta que corre tras los excrementos de todas las bestias, sucia burguesa, y tú, más sucio aún, que has soportado su canción sin abalanzarte sobre ella y violarla, porque he visto en tus ojos el deseo de rodar con ella. Que las ladillas no concedan ni un descanso a tus noches de loco lúgubre, vete, podrido”. Después de haber agradecido con la más dulce de mis sonrisas a la alondra por su brillante defensa, continué mi camino, baboseando a diestra y a siniestra con la esperanza de formar una estatuilla de sal o una tina portátil, pero en vano, unos conejos se precipitaban inmediatamente sobre mi saliva y en un abrir y cerrar de ojos borraban toda huella de tina o de diccionario portátil, desaparecían enseguida, no sin reír bajo capa de mis sabias preocupaciones por obtener una tina portátil o un colador automático. Pero nada lograba consolar mi atroz pesadumbre: en la mañana había comido algunas hojas embriagantes y me encontraba en un estado vecino de la vulgaridad más ordinaria, sentía un deseo muy fuerte de beber sangre de víbora o de tragar una avispa encinta o de bailar con anteojos amarrados a las muñecas mientras que una música de cajas de sardinas me hostigaría sin tregua: “Abre tu morada, sucio estiércol, escupe tu oro”. Apenas había logrado calmarme, un viento de extrema insolencia se desencadenó derrumbando así mis últimos proyectos; a duras penas pude guarecerme de una lluvia naciente pero de ejemplar tenacidad. Estaba yo todo ensangrentado, no quería recibir ni una gota de esta agua cuya procedencia se ignoraba. Ella chorreaba sin vergüenza y lograba fácilmente clasificarse entre los fenómenos estúpidos y regulares que constituyen el único alimento sin sabor del hombre que sabe vivir siendo amo de su distinguida y coja educación. Después de sumergir su pañuelo en un poco de lodo y de enrollarlo alrededor de mi frente, continué mi camino en búsqueda de tranquilidad o de un correcto sacudón. Apenas había avanzado algunos kilómetros cuando una sanguijuela saltó en el aire tratándome con improperios que su imaginación de sanguijuela le dictaba; me llamaba “casa querida” o decía que yo era “el último de los elegantes” y siguió aproximadamente de la misma manera: “Di, pues, tú, tierna víctima de la esencia, tú, el último de los elegantes, claro espejo en el que bailan las sanguijuelas, ven a enlodarte en mi agua, pedazo de tierra ambulante; ¡si no será vergonzoso ver a tal patriota calzar medias como un vulgar cretino! Ve, arroja tus medias a la cara de la reina de España, ella

te dará una de sus hijas que tú me traerás, mi querido paralítico general, ve, muleta de paja, sostén de lodo, chulo sin empleo, docto energúmeno, me gustas, pero más que a ti me gustaría babosear el trono de España”. Al no poder soportar semejante vecindad, decidí modestamente pasar la noche ahí sin escuchar tales proposiciones que hubieran tenido la desagradable ventaja de conducirme a las más altas cumbres de la fama humana. Pero entonces, consideraba la gloria como una planta que se cultivaba en los burdeles y no habiendo poseído nunca un burdel, no sabía cómo comportarme. La sanguijuela furiosa, cogió una hoja podrida y me dijo indolentemente: “Allí está tu colcha, oh mi rey, que tu noche sea dulce y que todas las chinches del mundo no te hagan recordar que tienes hambre, salvador de la especie humana, vino fino, mi adorado y maldito idiota”. “Duerme panoplia”, fue mi última y única respuesta; instantes después, era yo el huésped mimado de las chinches que me encontraron tan poco apetitoso que prefirieron un viejo hueso que por descuido adornaba mi sombrero de viaje; así, aprovechando la ocasión, me puse a meditar acerca de la inutilidad de los viajes y de la vulgaridad de la gente que poco a poco os confinan familiarizarse con las pocas banalidades que un hombre que no tiene la costumbre de chuparse el puño puede permitirse. ¡Ira de Dios! Las chinches se ponían místicas y discutían interminablemente sobre temas ardientes: la inmortalidad de las pieles vacías de las chinches, la poesía pura y la belleza de las formas; si la cumbre era o no suficiente para producir el encanallamiento progresivo e irremediable de las masas de liendres; o si el alejandrino debía vengarse en los tiempos venideros. Pero nada las emocionaba tanto como una poesía bien lograda, con todas sus sílabas, sin que faltara una, y despidiendo ese olor particular que exhalan los poemas bien hechos. Lo que no pudieron provocar mis compañeros de ruta se produjo solo; comencé a reír mientras que mi meato soltaba un chorro de orina que iba tomando la forma de un alejandrino, o la forma de un soneto y todas las chinches venían a saludar quedamente mi orina y decían fuerte: “Una nueva edad de oro comienza, un chorro de sonetos nos ha sido dado benévolamente por el arte redescubierto y renaciente; ¡viva el arte! ¡viva la forma de cicuta de los versos inmortales!” Cuando paré de orinar, el chorro de sonetos seguía corriendo bajo mis pies; horrorizado, huí con toda la fuerza relativa de mis piernas, de los lugares funestos en los que me habían tomado por el propiciador de una nueva edad de oro. A pocos pasos de allí, una serpiente con cabeza humana blandía una lira y un par de tijeras: venía a dictar la ley de las chinches abrumadas de rimas y sonetos; la anarquía era de temer y el chorro debía tomar una senda fluida pero espesa, un camino viscoso. México, 17-1-39

Por una infancia mejor
No hay nada que distinga un colador de una linterna. Apenas el ruido que desde hace siglos realza este vestido de mujer de luto. Un ruido de zócalos lagrimeantes. Un ruido de cisterna y de ciudadela, un ruido de vivero ubicado a profundidad deseada, profundo como una sonda. Que un viento rencoroso, hábil, implacable destruya los escaparates: los juguetes quedarán reservados a los adultos capaces de ignorar su patria, su sombra, su idioma, que tendió desde tiempos inmemoriales tantas trampas al nacimiento de la violenta lentitud de la temible pereza. Se depositará en las manos de la infancia, todos los símbolos de los órganos genitales masculinos y femeninos; primero en materias blandas que irán endureciéndose progresivamente y crecerán proporcionalmente a la edad del niño: sombreros, bastones blandos, objetos magullados y rosados, árboles de caucho, vidrios opacos que se convertirán durante la adolescencia en vidrios de obsidiana y espejos de amor. Símbolos coprofágicos, piedras, encajes de lodo petrificado y algunas golondrinas que dan el tiempo; sólo el crepúsculo marcará la frente de los despertadores-golondrinas. Muertas para siempre las muñecas. los niños amarán cada vez más violentamente a las mujeres maduras que serán, más tarde, sus amantes; los hombres escogerán entre las niñas a sus amantes que deberán lucir peinados de trencitas muy finas y ropa interior excesivamente perversa: calzones de tela burda con huecos de velo, de encaje, de celofán, de carne trabajada, de espesor imperceptible hasta volverse transparente. Las niñitas aprenderán desde la más tierna edad, a dibujar con las más ricas, barrocas y delirantes formas, los números 6 y 9. En cambio, los niñitos no conocerán más que el 7, el 3 y el 2, hasta los 12 años, edad en la que efectuarán las diferentes operaciones aritméticas que permiten formar los clamorosos números 6 y 9. La recompensa será un 8 vegetal que deberán cultivar para que tome la apariencia exacta de una hidra o de un pulpo que colgarán al pie de la cama, acompañado por un instrumento musical: piano, violín u oboe. Por una infancia mejor, agoten la fuente de la represión, haciendo circular todos los complejos y creando otros relacionados con la multiplicación de los órganos sexuales. México, 14 de abril de 1939

Imaginaba la circulación...
Imaginaba la circulación del barco o quizá la cadencia de un cañonazo en el desmoronamiento de la ciudad que había sido revuelta la víspera, en el profundo silencio en el que permanecían los hoyos y otros pájaros de poca importancia, durante el salvamento agitado que se llevó a cabo entre las dos de la tarde y medianoche, en todos los banquetes que ahogaron flores y ofrendas de vituallas de los carniceros. Con tal que resista, refunfuñaba con todas sus fuerzas Madame Leticia, la cocinera madre, al abalanzarse como una catapulta sobre el imperio de las ollas. Más de una campana tañó intermitentemente en la oscuridad en la que se apelmazaban abundantes carretillas de carne fresca goteando sangre. El silencio se hubiera dejado oír cada vez más si las moscas encadenadas a voluntad no se hubieran movido a todo correr. Crueldad de las costumbres humanas: cada embarcación debía traicionar su pabellón y, luego, eliminar limpiamente a sus hombres, en nombre de una teoría cualquiera, de un programa ampliamente ridículo, donde las palabras importantes se convertían en sinónimos de las más turbias empresas. —Veo cómo te aturdes, amiguita. —Sólo verás fuego, granuja. Ni la herminia ni el ratón almizclero podrían disparar esa flecha que espero en vano de tus deseos modestos y desviados hacia dios sabe quién. Preferiría mil veces morir antes que oírte balbucear: Mi paloma fastidiosa, mi opinión limitada y encarecida, entrega tus labios para coserlos, ven a que te bese los labios, ven a bailar un vals en la cama. Vals insensato. —Siempre serás la misma, desdibujada perla de regadera, aun si los árboles siguen creciendo. Gota a gota, el silencio lo invadía todo. Lo que llamamos paisaje vivía un sueño pesado y ordinario. Si toda la pena del mundo lo hubiera atravesado, ninguna piedra se hubiera movido, ninguna hoja se hubiera aventurado a caer dos segundos antes o después. Los colores alegres, sí, los verdes claros y otros oscuros que acaban en las tierras de Siena y un cielo límpido como el cielo de cada día, ya que la vida es hermosa y el sol siempre hermoso y el aire frío o tibio según el deseo contenido durante siglos para estallar como la preciosa gavilla que conocemos todos al acercarse conmovedoramente el amor. —Tú puedes hablar del amor. Con él todo comienza y todo acaba. No conozco peor fiebre tan dispuesta a ejercer la más cobarde de las tiranías. La tiranía de la asfixia. De la desesperación que tritura los huesos de la víctima voluntaria. —No comprenderás nunca lo que significa amor. Haces el vacío alrededor de tu corazón o de tu cuerpo, quizá. Pero ese león se arroja como loco sobre el corazón. ¡Ah! nunca conocerás su sabor de rancia almendra garapiñada que deja un mar de felicidad sobre la lengua. Hacía tiempo que habían dado las doce. Todo dormía. ¿Todo? No, puesto que una lámpara quedaba encendida en un suntuoso dormitorio del cuarto piso de un edificio. Alfombras mullidas a medida del deseo ensordecían los pasas elásticos del andrógino. Las cortinas, las pieles, las múltiples doraduras, el maravilloso negro del tapizado de ranúnculo amarillo, la seda roja de los

muros, el mármol que hacía juego con el terciopelo negro de la cama, el acuario tan silencioso como mil muertes ignoradas; todo ardía en el mismo fuego pálido y persistente. La encantadora trivialidad del fasto se manifestaba por la disposición de un precioso libro abierto sobre el velador de nácar. En su transformación actual de mujer hermosa hasta provocar el resquebrajamiento de los muros, el andrógino soñaba, al recostarse sobre la cama que parecía hecha de espuma negra de un mar tres veces nocturno, con nubes grises de la más hermosa tempestad y algún basalto ultrasensible. —Deambularé, es inevitable, a lo largo de esas sendas prohibidas en pleno ocaso de mi sangre bastarda, de mi sangre aniquilada en la frialdad de esta noche soleada y dura como la evidencia. Debe hacer mucho frío pero me asfixian todos los placeres de la tibieza perfecta. Subir esas escaleras, y entrar en el salón y luego en el otro salón y en el otro hasta perder la memoria. Cada salón es el más hermoso ejemplar de su signo; uno consagrado a la luna, otro al sol, otro al sol negro del genio poético de Baudelaire, otro ondulante como el tapiz del río bajo la lluvia, otro en pleno bosque con sus muebles de espuma y liquen y sus rocallas encalladas, una catarata y los puentes rústicos y todo nuestro oro visible bajo la capa de hojas muertas. Extenuada de tanto esperar llego a mi propio centro, a ese lugar sin nombre ni drama, insensible, donde la piedra evoca sólo la piedra y el dolor no es más que la sombra necesaria de la vida, pero no es ni mejor ni peor que la felicidad cuyas huellas reales no existen en la trayectoria de la vida humana. Moriré mil veces para renacer cada vez bajo la techumbre aturdidora de este coro de pájaros irisados hasta perderlos de vista, masa de pájaros funestos que desgarran la noche como un encaje demasiado frágil y se enganchan durante su carrera desenfrenada al arbusto de zarzas. Hace poco, esa expresión me aísla en un claro donde un mármol orienta en la partida hacia viajes imaginarios, los únicos. Su dedo índice señala la tierra, sin indicar por ello que habría que abandonar el avance circular. Caminaré, a pesar de todo, para ver a los generales frenéticos y a los obispos paralíticos golpear con sus báculos la cabeza la cabeza inclinada del mendigo de Roma. Pero este año, el diálogo difiere ligeramente del que animan las familias burguesas o mundanas. El apellido, tremenda abstracción, desprovisto de olor.

Aquello comienza un día...
Aquello comienza un día. Una rueda se pierde en el horizonte. El agua salobre se vuelve límpida, el aire escaso ofrece racimos interminables de benéfico rocío. La naturaleza apaciguada provoca el revoloteo de las nubes y el cielo desciende a la altura de la mano de hombre. Reina el encanto, el recuerdo amargo se enloda, la voz clara del día se alarga en el crepúsculo. Un solo pájaro, un solo árbol, un solo corazón. Esperamos vivir, y en realidad, hasta la esperanza ha muerto; de sus despojos nacen mil colores y sus reflejos revisten la divisa única, el nombre inesperado, la revelación súbita en la que todo se dice sin pronunciar ni una palabra. La sangre zozobra, baila, corre, desea, sueña, ama. Radiante, el amor impregna el mundo. Olvida el hambre, el miedo, la soledad, por este deslumbrante nacimiento. Todo está sereno. Uno se pregunta cómo puede haber vivido sin conocer un nombre, sin haber estrechado una mano, y el abismo se abre en un minuto. El color de pronto resplandeciente, el rocío se vuelve fuego, el arco iris falso, el reflejo sombra, el silencio trueno, el destello estalla. Un viento desatado persigue a su hombre y lo arroja a las manos tenebrosas de la sospecha. La angustia libera sus conocimientos animales: el insomnio, el asco, los celos. Un rostro obsesivo se configura en el vapor o en la piedra, el hielo atraviesa el corazón del bebedor, un gancho oprime su corazón, su cerebro calentado al blanco martillea su sien. El invierno o el calor tórrido se instalan. De un lado a otro, la bruma ahoga la vista voraz. El reino de la desesperación genera la dinastía sedienta de sangre.

Por un amor más amplio...
Por un amor más amplio He deseado el silencio sobre el mundo Un mar de sangre del mundo Por un amor más vasto He deseado el mar Deseé agotar el hormigueo de las estrellas Quemar mis ojos. Por un amor más amplio he deseado que el silencio reine sobre el mundo, he deseado la sangre a raudales del mundo, sus venas, los manantiales, las fuentes, los ríos secos. Por un amor más vasto he deseado todo el mar para mi pena, toda el agua del cielo para mi tristeza, para borrar el siniestro hormigueo de las estrellas y he deseado una noche más negra y la ausencia del sol que amo, y que no es el más favorable entre los astros. Hubiera deseado quemar mis ojos y lanzar quejas formidables como el asalto del mar a las rocas inquebrantables, hacerle daño al mar que aúlla durante la noche cerrada y que bajo la gran luz del sol oculta su pena y sonríe con el collar de sus dientes dispersos. Tarea inútil, la espuma como único premio de la lucha, los magníficos resplandores de todas sus lágrimas para el color más profundo de sus aguas, para el sabor salobre que las vuelve imbebibles para el testigo de fundimiento inútil, de hueso de tiburón con corazón de hiena y ojos ciegos. Leer el futuro de los huecos, las montañas, las grietas, las fisuras, y herido hasta que la mortal agonía alcance su paroxismo inigualado, inigualable, intermitente y feroz para escalar y trepar los pisos y encerrarse en una estrecha tumba alta y aérea en medio de la tierra, del mundo. Oh polvo, oh gestos, puñales quebrados, lágrimas ardientes, estupor. El amor se levanta de entre los escombros y se extiende todo, oscureciendo el sol para brillar como la estrella funeraria y bestial que me persigue con su odio contenido y solitario, por la llanura vacía del cielo con sus ranuras violentas y voraces.

Siete cantos de dolor...
Siete cantos de dolor. Veinticuatro alfileres enmohecidos. Doce simulacros de incendio. Siete naranjas peladas. Tantos cuchillazos en el aire frío y seco. Una enorme pereza que envuelve la vida diurna de los mediocres empleados cuidadosamente cercados en su deberes diurnos. Y en la noche, todos sueñan sus sueños comunes a todos los hombres, presencian asesinatos, ven que arden sus tiendas, oyen venir de lejos el rayo. A pesar de haber cogido el sol esta mañana, tengo frío. Me aburro. La otra noche estaba bien inspirado al hablar del amor. Lo sentía tan cerca de mí, que podía hablar con conocimiento de causa. Hoy, ni siquiera sé lo que significa, aparte del contacto epidérmico y de la interpenetración de los sentidos afilados. ¿Acaso se justifica que por ello perdamos apetito y sed? ... Debía estar más inspirado y mucho más cerca de mí mismo y de la realidad. Cada vez me siento menos desligado de esa especie de venda que oprime mis ojos y me oculta la visión de mi ser y de los objetos que caen dentro de mi campo visual. Conozco la tibieza, el terrible estado de tibieza que tanto ha hecho sufrir a los místicos, mis predecesores. “En el fondo”, toda la trivialidad del lenguaje se revela para mí bajo esta fórmula vacía: “en el fondo”. ¿Existe acaso fondo y superficie? ¿Existe acaso gente más inteligente o más tonta que yo? Todo es posible. No lo sé. Me quejo y me detesto y me halago y tomo infinitas precauciones para hablar, para pensar, para no vivir, para mantener un equilibrio precario y relativo. ¿Y si todo esto fuera falso y yo fuera sólo un imbécil que se ignora? Sería divertido ...

Cogí una rata muerta...
Cogí una rata muerta por la cola (trampa infantil) cuando una golondrina (desabrida salubridad) desató el reloj asesino. La horrible humedad de la condesa se disolvió en copos de nieve y diversos árboles se convirtieron y encararon alegre y decididamente su futuro inmanente de troncos desnudos, al acercarse fatalmente los tres golpes dirigidos a sus cabezas pobladas y congeladas. El rumor de la noche me impedía hablar; yo ya no escuchaba más que a un astro color ceniza que barría con su cola un urinario dorado, pestilente y en forma de capilla. Me acostumbré al azufre que crecía en el césped, armoniosamente dispuesto a lo largo de la avenida Suffren. Preso en la trampa, entre el borde de la vereda y la pista, vi un gigante acercarse. Me convertí en lápiz. Fue un esfuerzo inútil puesto que años más tarde, los gigantes desaparecieron de la tierra y lo único que quedó en el mundo fueron letrinas coronadas de rosas y floreros festoneados y expresivos. El alcohol remató mi experiencia; me fui, como se suele decir, mareado. Mi tortuga familiar era mi tortura; mi péndulo, mi dobladillo; el veinte, el vino; el pan, el ¡pum!; el pino, lo fino; acaecer, moler. Confundía cesta y asesta, sablón y salón, sangrar y sentir, desconocido y no oído, limón y linterna, despojo y celaje, la lucerna era la celdilla del áloe, acacia seguía siendo fantasía y rumi era oro oxidado y vino disperso sobre un mantel de altar manchado. Polución, el frío polar y elevación solar. Paila y pelo representaban un drama reciente en el que la tetera adoptaba un aspecto de inocencia magullada y de marfil frotado por el cobre rígido de un ojo de mujer ebria cerrado a la noche, sangrando al alba, punzante en el día, a medianoche visible como una torrecilla inclinable sobre la mar argentada, difusa, estancado el deseo de perder, buscando una argolla de rimas en los prados calcinados por los santos recién nacidos, de carbón bombardeado y resonante que alisan plumas y uñas de navíos ávidos, que los esclavos ceden a los a los cuervos marinos mortuorios, la abundancia de un porvenir fértil y fluido en el escape del gas sabio y agresivo de las babosas que el trigo reduce a polvo si el yunque se embriaga de espuma y la bruma en el ámbar asediado, el hambre de las arcadas, pestañeando ligeras a los tiernos pisos de corcho reabiertos, a la enredadera tenaz de una cabeza de roca fundida como vidrio por una mirada multicolor. El faro acuchillado anuncia la carnicería alumbrada tomada por caserío.

Cuaderno mistagogo
Ya tengo el valor necesario para peinar mi cabello. Todo el mundo juega a ser marino, a ser lobo de mar. Es muy bonito, generalmente. *** A nuestro sirviente lo llamamos Hailé Sélassié. Acabo de exigirle que vista turbante y pantuflas cuando nos sirva en la mesa. *** Todo juicio debe ser revisado. Pretender alcanzar la objetividad absoluta sería delirar. ¿Es acaso de lamentar si todo juicio se apoya fatalmente sobre el sentimiento? (junio-julio 45) *** Estoy muy enfermo. Impresión de animal que se lleva al matadero. Casi no resisto. Quisiera resistir, vivir más. El estado enfermizo me decepciona mucho. Siempre anhelé hacer algo al llegar a este punto. Quizá no me encuentre aún maduro para la obra. Hace algunos días leí a Kafka: Diario íntimo. Páginas admirables, testimonio del desamparo que es la vida cuando se alcanza un cierto grado de conciencia. (octubre 45) *** El domingo en las ciudades, los dioses descansan. Qué bueno sería para Francia si se dijera: se juega rugby con verdaderos jugadores de rugby. Jugadores y jugadoras parecían constelados por las hojas que se adherían a sus cuerpos; las jugadoras llevaban en las manos un cofre con ajo y cebolla.

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