Está en la página 1de 7

La preparación del termidor en la URSS

Stalin había preparado la sucesión, Jruchov se la sacó de encima.


La casa editorial “Patriot” ha publicado el libro de V. Dobrov titulado “El asesinato
del socialismo o cómo fueron desautorizados los sucesores designados por Stalin (Libre
reconstrucción de las actas de una serie de mesas redondas)”. Reportamos un retazo de
la obra concerniente a uno de los momentos más trágicos de nuestra historia.

“¿Georgi, qué ha pasado? Pensaba que eras un verdadero amigo… ¿De dónde han
salido estos personajes? Al menos podías haberme advertido de los cambios.” Nikita
Jruchov, secretario del Comité Central y jefe del comité del Partido de Moscú, estaba
realmente preocupado. También su interlocutor Georgi Malenkov, miembro de larga
fecha del Buró Político como responsable del trabajo de cuadros, se había quedado muy
sorprendido por la promoción de hombres nuevos a la dirección del Partido en base a las
decisiones del XIX Congreso que se había apenas concluido. Generalmente Stalin se
consultaba con ellos y con los restantes más estrechos colaboradores antes de efectuar
cualquier cambio de cuadros. Esta vez, en cambio, había mantenido en secreto sus
intenciones hasta el último momento. Fue un golpe duro y Malenkov se lo confesó
abiertamente a Nikita, a quien no escondía nada, porque lo consideraba de los “suyos”.
Malenkov, al igual que otros integrantes del Buró Político, miraba a Jruchov por encima
del hombro; tan limitado y mediocre le parecía este protegido de Stalin. En realidad
conocía bien la real actitud del “jefe” con respecto a Nikita, cooptado en el Buró
Político solo por su méritos de “dedicación”, capaz de acatar con rapidez y
determinación cualquier disposición de Stalin, sin pararse frente a nada y mostrando a
veces una crueldad inaudita… Stalin por su parte, no daba el menor crédito a Jruchov
como hombre político, evidentemente recordando su pasado trotskista y su inclinación
por el aventurismo de izquierda. Por eso era que también los otros miembros del Buró
Político, que con los años habían aprendido a captar al vuelo los humores
predominantes del líder, manifestaban ante él una actitud como mínimo paternalista…

De todas formas, el mismo Malenkov y los demás representantes de la cima del Partido
estaban preocupados no menos que Jruchov por el cariz que habían tomado los
acontecimientos después del XIX Congreso y tenían motivos fundados.

El XIX Congreso del Partido, que se celebró en octubre de 1952, se inició como de
costumbre de la forma más tranquila: después del tradicional reporte al Comité Central
subsiguieron las intervenciones y todas con las pautas de las más recientes tesis
expresadas por el “gran líder y maestro”, pero de pronto se perfiló una auténtica
revolución de cuadros. Stalin, que parecía tener la máxima confianza en sus más
estrechos colaboradores, inesperadamente lanzó un duro golpe contra ellos… Propone
así al Congreso de votar por una composición del Comité Central fuertemente ampliada
y renovada mediante el ingreso de elementos casi desconocidos. Además, en el Plenum,
el cual se convoca inmediatamente después, se aumenta en 2,5 veces el número de
miembros del Presidium del Comité Central. Seguido a este masivo aflujo de jóvenes
cuadros, provenientes sobretodo de las estructuras locales y de jóvenes estudiosos de
ciencias sociales, la “vieja guardia” se encontró sustancialmente en minoría. Si se tiene
en cuenta que en aquel plenum Stalin criticó abiertamente a Molotov y a Mikoyan, que
parecían ser los dirigentes más cercanos a él, excluyéndolos así del grupo de sus
posibles sucesores, parece claro que la “vieja guardia” tenía los días contados y estaba
por ser sustituida por las nuevas generaciones.

El golpe fue realmente inesperado, aunque se había preparado mucho antes del congreso
y Stalin no había ni siquiera escondido sus intenciones. Sin embargo sus colaboradores,
juzgando evidentemente sobre la base de sus propios caracteres, consideraban que el
líder, que ya pasaba de los setenta años y en condiciones físicas precarias, difícilmente
habría osado efectuar cambios drásticos. Así de chocantes y dolorosas resultaron para
ellos las últimas decisiones de la rotación de cuadros.

Jruchov, que había comprendido exactamente el humor de la mayoría, no por casualidad


fue a ver al influyente Malenkov. Con su visita, Nikita quería dar a entender sin sombra
de dudas que en el inevitable enfrentamiento con los candidatos de Stalin, él estaría de
la parte de la “vieja guardia”. Su apoyo le convenía a Malenkov, ya que en el congreso
había habido una señal alarmante y no actuar habría significado aceptar las decisiones
asumidas por “el guía de los pueblos” y la pérdida inminente de los propios cargos por
parte de Malenkov y de los dirigentes de la “vieja guardia”.

En mayo de 1948, después que Zhdanov había dejado la dirección de la Secretaría del
Comité Central por motivos de salud, se nombraron como secretarios de CC dos
representates de la nueva generación: A. Kuznecov, jefe del comité del partido de
Leningrado, y P. Ponomarenko, primer secretario del CC del Partido Comunista
Bielorruso. Al primero se le encomendó la atención de los asuntos de la industria, al
segundo la de los asuntos de la planificación estatal, de las finanzas, del comercio y del
transporte. Durante la discusión que se llevó a cabo en el Buró Político sobre este punto,
Stalin afirmó que se precisaba cooptar en el Secretariado del CC del Partido algunos
jóvenes dirigentes de las organizaciones locales y republicanas dotados de una adecuada
instrucción y de la necesaria experiencia de trabajo. “Tienen que tener en cuenta
nuestra experiencia mientras estemos vivos, - subrayó – y aprender a trabajar en la
dirección central”. Se hace evidente que Stalin tenía intenciones de postular a uno de
ellos como su sucesor. Molotov, el más cercano a Stalin en la dirección del Partido,
resultaba así excluido del círculo de pretendientes. Ya había sustituido al “guía de los
pueblos” durante el tiempo en éste estuvo enfermo y no había demostrado estar a la
altura de un dirigente de Partido y de Estado, lo cual decidió su propio destino político.
No solo estaba en juego la sucesión del líder. En una reunión restringida, Stalin propuso
sin términos medios a todos los miembros de la dirección política, seleccionar entre sus
funcionarios a cinco o seis personas capaces de sustituirlos cuando el CC lo hubiera
considerado oportuno. Stalin retomó varias veces esta petición, insistiendo en la
necesidad de satisfacerla. Naturalmente, estas propuestas no eran del gusto de los
miembros del Buró Político, acostumbrados al poder, ligados a éste por los honores y
privilegios. ¿Por qué tendrían que ser apartados, justamente ellos que habían asumido
tareas dificilísimas? ¿Acaso habían trabajado mal? Además la juventud es un concepto
relativo. La mayor parte de los miembros del Buró Político tenía menos de cincuenta
años, con la excepción de Molotov, que seguía teniendo sus buenos 11 años menos que
Stalin. En muchos países esta edad representaba el nivel mínimo para el comienzo de la
carrera política y a los cargos más elevados se llegaba entre los sesenta y setenta años.

Se empezó entonces a murmurar que el compañero Stalin se había vuelto excesivamente


“caviloso” y “receloso” y que ostentaba preocupación por su cada vez más debilitada
salud. Pero nadie planteó abiertamente el problema, ni habría podido hacerlo. No
solamente porque todos le tenían un miedo terrible al líder, que todavía a su avanzada
edad sabía tener en mano la situación y que en los asuntos de Estado sobrepasaba en
varias veces a sus colaboradores. En realidad, en lo profundo de sus almas, estos
últimos reconocían lo correcto de las solicitudes de Stalin aunque eso sí, como sucede a
muchos, no querían extraer de ello las necesarias y voluntarias “conclusiones
organizativas”. Es difícil renunciar a los altos cargos, a los honores y a los privilegios.

La edad y la enfermedad no podían no influir en el comportamiento de Stalin. Sin


embargo él advertía con más agudeza y profundidad la necesidad de un cambio en el
grupo dirigente. Se trataba sobre todo de salvaguardar los intereses supremos del
Partido y del Estado y en cuanto a esto para él no contaban nada las relaciones de
amistad con las personas más cercanas. Si lo hubiese considerado necesario, Stalin no
hubiera dudado en declarar “enemigos del pueblo” a sus colaboradores, con todas las
consecuencias que se hubieran derivado de ello.

El viejo lider había entendido que la nueva situación que se creaba a los inicios de los
años cincuenta necesitaba de nuevos enfoques y de nuevos hombres capaces de
adoptarlos en la realidad. La era de las “emergencias” y de los “grandes líderes”
pertenecía al pasado. La utilización de las ventajas objetivas del sistema socialista
exigía ahora métodos totalmente diferentes que los usados en el pasado y sobretodo
exigía el comprometimiento del intelecto y de la voluntad colectiva de los dirigentes y
de todo el partido en la elaboración y actuación de las decisiones estratégicas. En otros
términos, se trataba de pasar a una amplia democratización de la vida del Partido y de la
sociedad, a una forma colectiva de dirección, de pasar por ejemplo a ese sistema que se
trató de crear en China después de la muerte de Mao Tse Tung, que permitió llevar a
cabo en este país un recambio eficaz e indoloro de las cúspides políticas.

Justamente este tema, el del empeño de los comunistas por la defensa de las libertades
democráticas, cuya bandera había sido arrojada para siempre por la clase burguesa en el
tanque de basura de la historia, fue desarrollado por Stalin en su canto del cisne, su
intervención en el XIX Congreso del Partido, la última de su vida. Y en el Plenum del
CC, convocado inmediatamente después del congreso, Stalin indicó claramente la
necesidad de que la “vieja guardia” pasara los testigos del poder a las nuevas
generaciones de comunistas. El trabajo de ministro, dijo Stalin en aquella ocasión, es un
trabajo duro y requiere una contribución enorme de tensión y energía, lo cual los
exponentes de la vieja guardia no están más capacitados para dar y debido a esto han
tenido que ser liberados de sus cargos. Stalin habló también de la falta de unidad en la
dirección del Partido, cosa que ya difícilmente se podía remediar. La única salida real
era el paso del timón del Estado a una nueva generación de dirigentes, y se llamaba al
Congreso a favorecer este traspaso. En efecto, ya antes del inicio del Congreso todos los
miembros del Buró Político o habían perdido sus importantes cargos estatales o habían
obtenido en cambio, cargos de prestigio pero de escasa influencia. Molotov por
ejemplo, había sido exonerado del cargo de Ministro del Exterior y había sido
nombrado por un cierto tiempo Vicepresidente del Consejo de Ministros, responsable de
los ministerios para la metalurgia y la geología. Sucesivamente le había sido confiada la
supervisión del Ministerio del Exterior, guiado por Vishinsky que sin embargo no
admitía ningún supervisor por encima de él. Voroshilov fue encargado de ocuparse de la
cultura, de la salud y de la Asociación de voluntarios para el apoyo al ejército, a la
aviación y a la marina. Kaganovich ocupaba el cargo no muy importante de presidente
del Gossnab (Sistema estatal de suministros). Andreiev había sido completamente
excluido del olimpo del poder, a pesar de que poco antes se le hubieran confiado los
importantes problemas de la agricultura.

Malenkov, Beria y Jruchov no habían sido todavía tocados por los cambios. Stalin
consideraba que estaban a la altura de sus cargos. Para Beria más bien, muy superior a
los otros miembros en cuanto a capacidad práctica y organizativa, se perfilaba una
fuerte ampliación de poder, puesto que debería haber guiado el Ministerio unificado de
la Seguridad del Estado y del Interior. Sin embargo, el advenimiento de jóvenes
dirigentes a puestos cruciales rendía también su posición bastante insegura: no se podía
saber hasta qué punto las nuevas generaciones habrían mostrado reverencia hacia los
viejos cuadros y cuáles habrían sido sus exigencias.

El gobierno ya estaba controlado por los jóvenes promovidos por Stalin. Los tres cargos
del Consejo de Ministros que atendían los ministerios y los entes decisivos estaban en
sus manos. Stalin se reunía casi cotidianamente con Malishev, Pervuchin y Saburov,
vicepresidentes del gobierno y responsables de los tres cargos, para discutir sobre los
principales problemas económicos, de los cuales hasta entonces se ocupaban sus viejos
compañeros del Buró Político. En el XIX Congreso el mismo Buró Político había sido
sometido a una reorganización radical y rebautizado como Presidium del Comité
Central: habían sido llamado 36 dirigentes para formar parte de éste, comprendido los
secretarios del CC. Quedaba la composición estrecha del máximo órgano, el Buró del
Presidium del cual formaban parte los representantes de la vieja guardia, incluida la
probada y “combativa” troika formada por Malenkov, Beria y Jruchov, pero donde
ahora los nuevos cuadros tenían claramente mayoría. Además de esto, el tránsito del
estado de iure al de facto era inminente, porque el curso de los eventos lo hacía
necesario…

A parte de la evidente tendencia hacia la ampliación de la cima del poder partidista, la


“vieja guardia” parecía estar amenazada por otro peligro. En los últimos años el Consejo
de Ministros había paulatinamente asumido el papel determinante. Los comités de
partido ponían simplemente en práctica las decisiones del gobierno y de los ministerios.
Después de la muerte de Stalin se hizo exactamente los contrario: el diktat del Partido, a
menudo inapropiado e incompetente, decidía el desarrollo de los sectores reales de la
economía. Durante la última fase de la dirección de Stalin, el papel de los especialistas
que conocían bien la propia materia había sido determinante, mientras el Partido se
limitaba a establecer las líneas estratégicas de desarrollo de la sociedad y se ocupaba del
trabajo ideológico y de los cuadros. Stalin consideraba natural una semejante “división
del trabajo”, la consideraba conforme a las enseñanzas de Lenin e invitaba a los bonzos
del Partido a escuchar a los especialistas preparados e inteligentes y a aprender de ellos.
Entre estos especialistas prevalecían los exponentes de las jóvenes generaciones que,
convencidos de sus conocimientos y de su preparación moderna, no tenían muy en
cuenta los méritos de los veteranos del Partido. Para estos últimos el peligro mayor
derivaba de la probabilidad de que Stalin propusiese como sucesor suyo a un hombre
perteneciente a la dirección del Partido, pero capaz al mismo tiempo de establecer
sólidos contactos con esta juventud “tecnocrática”.

Al inicio el diálogo entre Jruchov y Beria no anduvo muy bien. Acostumbrado a tratar
los problemas de forma práctica, Beria no gustaba de conversaciones vagas y alusivas.
Jruchov, por su parte, no tuvo el coraje de enfrentar de inmediato el núcleo de la
cuestión. Pero al final, se percató de la irritación de interlocutor y pasó a los hechos:
“Laurenti, no me gusta el nombramiento de Ponomarenko. Por supuesto que sabe
hacer bien su trabajo, pero para un puesto como el suyo se necesita la experiencia y la
capacidad de ligar con las personas. Haría falta conocerlo mejor. El compañero Stalin
quizás se ha precipitado demasiado”.

Jruchov había puesto el dedo sobre la llaga. Según el procedimiento habitual (que
solicitaba a cada uno de expresar por escrito y separadamente la propia opinión sobre
las propuestas de nombramientos), los miembros del Presidium del CC habían dado su
consentimiento al documento para la designación de Panteleimon Kondratevich
Ponomarenko para Presidente del Consejo de Ministros de la URSS. Stalin había hecho
su propia elección: sobretodo en aquel momento el puesto de jefe de gobierno era
decisivo, ya que aquí se concentraba la gestión efectiva del desarrollo económico y
social del país. No por casualidad el presidente del Consejo de Ministro en cargos era el
mismo Stalin.

Una vez asumido el cargo de jefe de gobierno, Ponomarenko se habría convertido de


hecho en sucesor de Stalin, aún así no estando en el primer puesto de la jerarquía del
Partido. También porque los puestos claves del gobierno estaban ya en las manos de las
jóvenes generaciones y en una situación de ese tipo la “vieja guardia” no tenía la menor
posibilidad de defender sus posiciones. Al final Ponomarenko había trabajado largo y
tendido en el aparato del Partido, disponía de los suficientes resortes para influenciar las
decisiones y no habría permitido que fuera utilizado para alejar del timón a los
dirigentes jóvenes y capaces. Jruchov entendió todo esto antes que los otros y comenzó
a tramar una pérfida conjura contra el sucesor de Stalin. Por otra parte, sabía bien que
también Beria, Malenkov y los otros veteranos del Partido advertían el peligro, aún más
cuando Ponomarenko en el pasado, ocupando todavía cargos secundarios, había sido
capaz de predominar sobre ellos, potentes miembros del Buró Político.

En 1938, cuando era instructor del Comité Central, Ponomarenko no tuvo ningún temor
de entrar en conflicto no solo con su jefe directo, el potente Malenkov, responsable del
trabajo con los cuadros en el seno del Buró Político, sino incluso con Beria, que sucedía
a Ezov en la guía del NKVD. Enviado a Stalingrado para verificar la validez de las
acusaciones hechas a un grupo como enemigos del pueblo, pudo juzgarla de montaje
después de minuciosos controles, y una vez obtenido el apoyo del secretario del comité
regional Yujanov, ordenó la excarcelación inmediata de todos los arrestados. Y
continuó insistiendo en sus posiciones incluso cuando Malenkov y los dirigentes de la
NKVD lo amenazaron de procedimientos severos por abuso de poder. Stalin entra en
conocimiento del hecho e inesperadamente, después de tirarle las orejas a Malenkov, le
da la razón al joven instructor indicando incluso su conducta como ejemplo de
“fidelidad bolchevique a los principios”.

Ya en los años de la guerra, Ponomarenko había salido vencedor en algunos


enfrentamientos con Beria y Jruchov. El primero quería poner a su vice Serguenko a la
cabeza del Comandancia del movimiento partisano. El segundo, que estaba a la guía de
la organización del Partido en Ucrania, quería modificar en beneficio de su República
las fronteras con Bielorrusia. En cambio fue Ponomarenko quien obtuvo la dirección de
la Comandancia del movimiento partisano después de haber presentado al Buró Político
un programa de actividades mucho más ponderado y ponderoso que el propuesto por el
favorito de Beria. Jruchov, por su parte, no logró obtener la modificación de las
fronteras ucranianas, ya que los argumentos de Ponomarenko, defensor de los intereses
de Bielorrusia, resultaron mucho más convincentes y Stalin se lo dice sin términos
medios a Jruchov, el cual se sentía seguro en sobresalir. Desde entonces el revanchista
Jruchov, sintió solo odio por aquel “principiante”, tan insignificante según él, pero del
cual el “guía de los pueblos” se mostraba bastante favorable. Poco instruido e incapaz
de componer dos oraciones, éste estaba molesto sobretodo por la vasta cultura y por la
preparación del dirigente político bielorruso, que junto a Zhdanov era considerado como
uno de los pocos “intelectuales” en la dirección del país. Brézhnev, que conocía bien a
los dos, definió a Ponomarenko como la antítesis de Jruchov, y efectivamente los dos
eran en muchos aspectos antitéticos.

Antes de acudir a la conferencia de Potsdam, Stalin hace una parada en Minsk, donde
tiene con Ponomarenko, jefe del Partido en Bielorrusia, una larga conversación al
término de la cual le pide de acompañarlo. Este sin embargo declinó la invitación a
causa de importantes obligaciones en su república y promete alcanzarlo más tarde. Si
bien Stalin lo estaba esperando e incluso había preparado una casita junto a su
residencia, Ponomarenko no llegó. La situación en Bielorrusia era en su opinión mucho
más importante. Jruchov, al contrario, se hubiera precipitado hacia Stalin al instante,
dejando de lado cualquier tipo de obligación…

El resultado de la conversación entre Jruchov y Beria fue un acuerdo recíproco para


obstaculizar la llegada al timón del estado de los candidatos de Stalin, sobre todo de
Ponomarenko. El astuto Jruchov, favorecido por su cargo de jefe del comité moscovita
del Partido, logra el mismo acuerdo, silencioso pero claro, también con Malenkov.

La muerte de Stalin llega inesperadamente. Sobre las probables causas se han hecho
numerosas y diferentes suposiciones. Como quiera que sea, resulta poco creíble la
hipótesis de una eliminación violenta del líder por parte de sus colaboradores temerosos
de una purga inminente. Stalin era un “dios”, cada dirigente tenía en la sangre, en el
ADN, una especie de veneración y al mismo tiempo una sensación de miedo hacia él.
Solamente un loco desesperado habría osado levantarle la mano y locos desesperados no
existían en la dirección del país. Sin embargo el recambio en la dirección del Partido y
del Estado promovido por el líder habría podido claramente inducir a la “vieja guardia”
a dejar de lado las divergencias, las simpatías y las antipatías personales, y formar un
frente único contra sus últimas decisiones. Y así sucede: ésta se unió y se jugó el todo
por el todo.

Como se sabe, Stalin se apaga en el transcurso de pocos días. El 5 de marzo de 1953,


cuando según los comunicados oficiales estaba todavía vivo, pero en condiciones
desesperadas, se convoca en el Kremlin una reunión conjunta del Plenum del CC de
PCUS, del Consejo de Ministros y del Presidium del Soviet Supremo de la URSS. La
“vieja guardia”, preparada para la batalla contra los candidatos de Stalin por las densas
y ocultas maniobras de Jruchov, activamente apoyado por Malenkov y Beria, se toma
allí la revancha total. El Presidium ampliado del Comité Central se desmantela, con la
consiguiente desautorización de los jóvenes cuadros y los exponentes de las jóvenes
generaciones fueron expulsados también de la secretaría del CC. Al contrario, Molotov
y Mikoyan fueron readmitidos en el Buró del Presidium del CC. Naturalmente, ninguno
se acordó de las decisiones de Stalin de designar a Ponomarenko jefe del gobierno. Este
fue para colmo expulsado de la dirección del Partido y condenado al declive: primero se
le nombró Ministro de Cultura, después se le mandó a la lejana Kazajastán y al final se
le colocó políticamente a reposar en una embajada en el extranjero. Perdieron también
sus cargos decisivos Malishev, Pervuchin y Saburov, desplazados a ministerios poco
importantes.

Se trató de un golpe al Estado y al Partido. La “vieja guardia” había logrado evitar la


pérdida inminente de sus altos cargos, en la práctica ya decididos. El ascenso de
hombres como Ponomarenko, Saburov, Pervuchin y Malishev representaba su condena
política, les recordaba que su tiempo ya estaba pasado y que, sin quitarse nada de sus
méritos, deberían hacerse a un lado. Pero los dirigentes del Partido habituados al poder,
a los honores y al respeto no supieron resignarse a este destino. Y de esta forma
regresaron al timón del Estado los representantes del pasado, hombres incapaces de
dirigir el país con competencia y conocimiento de causa. En las bases de un estado
potente y en fase de desarrollo dinámico se abrió la primera grieta que extendiéndose
paulatinamente, habría llevado en pocos decenios al derrumbe del todo el edificio. Pero
los colaboradores de Stalin, a diferencia del líder desaparecido, pensaban en última
instancia en el país y en el pueblo.

El éxito de las tramas para la eliminación de los candidatos de Stalin consintió a


Jruchov de conquistar posiciones políticas cruciales que jamás hubiera podido soñar. En
la batalla subterránea para los más altos cargos, hecha a base de intrigas oscuras y
golpes bajos, el enérgico, astuto e inescrupuloso Nikita se sentía perfectamente a sus
anchas y se imponía con facilidad sobre sus colegas más torpes por medio de la vetusta
costumbre de la observancia de los principios elementales de la vida del Partido y del
Estado. Sobre el camino de la instauración del poder personal quedaba solamente un
obstáculo: la contrariedad de Beria. Pero de éste, que se destacaba por sus cualidades
prácticas y conocía los lados oscuros de las actividades de muchos miembros del Buró
Político, la “vieja guardia” abrigaba sentimientos poco amigables. Jruchov naturalmente
se aprovechó apelando al método experimentado de “convocar a las fuerzas
ejemplares”. Después de Beria le llega el turno a los otros excolaboradores de Stalin que
querían frenar al ambicioso Nikita en su carrera a la dictadura personal: en la nueva
situación esta misma habría sido dañina para el desarrollo del país. Pero a estas alturas a
esto ya no se le prestaba atención, los intereses de grupo, de clanes y de élites habían
tomado la delantera a aquellos del estado y de la sociedad. A los máximos niveles de la
dirigencia del país se habían impuesto esas “fuerzas y tradiciones de la vieja sociedad”
contra las cuales Stalin había luchado despiadadamente.

Después de haber hecho fracasar el proyecto de Stalin de un traspaso “suave” del poder
a las nuevas generaciones, la “vieja guardia” con sus propias manos se cavó la tumba en
la cual pronto Jruchov la habría enterrado sin muchos esfuerzos. Y así un gran estado se
encaminaba ineluctablemente al final, después que a su timón llegara un aventurero
ignorante, incapaz de liberarse de los métodos trotskistas y de los mandos de la
administración del país.

Fuente original: “Zavtra”, N° 12, 16.3.2003


http//: zavtra.ru/cgi//veil/data/zavtra/03/487/61.html
Traducción del original al italiano: Stefano Trocini

Traducido al castellano a partir del texto en italiano


Fuente: http://www.aginform.org/dobrov.html

Intereses relacionados