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MATERIAL DE TRABAJO PAGINAS DE FILOSOFIA

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CINCO PAGINAS DE FILOSOFIA MATERIAL PARA LA LECTURA Y EL DEBATE
PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO norojor@cablenet.com.ar

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LUIGI AMARA: FUNCION DE LOS FILOSOFIA Y DE LA FILOSOFIA EN NUESTROS DIAS

MEXICO. 1971

No tienen remedio los filósofos, que un día abandonaron su papel desestabilizador, su impulso prometeico, su elaborado incendio, para apagarse y consumirse en el espejismo del rigor. No tienen remedio los filósofos, cuyos cuestionamientos dejaron de ser intempestivos y urgentes, y desde hace tiempo se acumulan en las sombras, encuadernados en tesis autoreferenciales, en cansinos proyectos de investigación. No tienen remedio ni cabida casi, hoy, que sus nuevas preguntas, como Aquiles desorientados ante el paso imparable de la tortuga de la realidad, están siempre a la zaga, irremediablemente detrás. No tienen siquiera sentido del decoro, refocilados en lo más alto de las torres de marfil de la academia, planteando sus problemas inocuos, que nadie quiere oír, que no interpelan ni sacuden a nadie, cada vez menos y menos pertinentes que el camello que vacila en el umbral del ojo de la aguja. No tienen salvación porque les falta enjundia, náusea, arrojo o insolencia; parapléjicos siempre en busca de las muletas de la prueba, burócratas del vértigo, pulgas pensativas hartándose de polvo en el búho disecado de Minerva. No tienen salvación porque abjuraron de la risa, y todavía se atreven a defender, como si nada, que al hombre puede salvarlo su propia reflexión. No tienen remedio porque adoran a esa diosa bastarda, la coherencia, y porque en definitiva ir a la raíz de las cosas es la forma en que los seres rastreros se andan por las ramas. No tienen remedio porque no han terminado de escribir su nota al pie de página a los Diálogos, de Platón; porque optaron por hilar demasiado fino, por agotar la minucia, ser amos y señores de su esotérica parcela, mientras el tren expreso de lo impostergable pasaba ruidosamente frente a ellos. No tienen remedio ni tampoco perdón, porque se obstinaron en reducir el orificio de su oído para sólo dejar pasar el hilo un tanto frígido de la razón, taponándolo con cera a todo lo que pareciera sugerencia, mito, insinuación. Porque el mareo de sus cavilaciones no los ha llevado a crear un nuevo estilo de pensamiento, una forma distinta de escribir, tan oxidados se encuentran por redactar informes, glosas, comentarios del comentario del comentario. Porque incluso la tecnología, cada nueva criatura proveniente del Valle de Silicón, genera más conceptos, más desajustes en la realidad que todos los filósofos juntos. No tienen remedio y mucho menos vergüenza, hoy que se les ve tan cómodos e inofensivos en las

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vacaciones pagadas de los congresos, que al encerrarse a meditar frente al fuego de la chimenea, de espaldas al mundo, con un guiño posiblemente de desprecio a René Descartes, no es sino para la ensoñación de su año sabático. No tienen remedio, en fin, por tanta gravedad y suficiencia. Por razonables, por bien portados, porque hace siglos que no se caen a un hoyo al mirar las estrellas. No tienen remedio ni futuro los filósofos, porque sencillamente un día, acaso sin saberlo, renunciaron al radicalismo de inventar de nueva cuenta el porvenir.

ESTANQUE
De tarde en tarde, cuando la superficie en calma restituye la inalterada imagen de las cosas que pasan (y aún antes de que el limo se pose blandamente en la tensión de la tela del agua) dejo caer un guijarro, un amuleto inútil o el cadáver de algún hermoso insecto –volutas de lo habitual para encontrar lo nuevo– al estanque del ánimo; me inclino a verlo hundirse rápido helado sereno, que expanda en sus anillos los tesoros del eco,el ritmo de la alteración que provoca en la calma. EL CAZADOR DE GRIETAS

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MIGUEL DE UNAMUNO: SAN BUENO MARTIN: CREER QUE SE CREE

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La historia es simple, como son simple las novelas de Unamuno, aunque sean complejos sus mundos. Una feligresa creyente recuerda la vida y la muerte de MANUEL BUENO, a quien el obispo está iniciando el proceso de Beatificación. ANGELINA tiene más de 50 años y ha conocido al Sacerdote y Párroco desde siempre: es el ejemplo de una vida totalmente dedicada a la gente, al pueblo, al prójimo, a Dios. Un sacerdote que había logrado que todo el pueblo creyera y que encontrara en sus manifestaciones de fe, un atractivo especial. LAZARO, un hermano de Angela, regresa de América y se resiste a aceptar la religión. Pero pronto se hace amigo y confidente del cura, porque misteriosamente los une la misma condición: ambos no CREER EN LO QUE DICEN CREER, pero están dispuesto a simular que creen para no matar la ilusión de nadie. Para ANGELA el cura es DOBLEMENTE SANTO: por su vida entregada al servicio de los demás, y por ese esfuerzo que le hace transmitir con su vida precisamente aquello que no cree. Una selección de fragmentos, amplia la comprensión del drama interior: 01. PRIMERA ACUSACION: “Mas aun así ni entraba en la iglesia ni dejaba de hacer alarde en todas partes de su incredulidad, aunque procurando siempre dejar a salvo a Don Manuel. Y ya en el pueblo se fue formando, no sé cómo, una expectativa, la de una especie de duelo entre mi hermano Lázaro y Don Manuel, o más bien se esperaba la conversión de aquel por este. Nadie dudaba de que al cabo el párroco le llevaría a su parroquia. Lázaro, por su parte, ardía en deseos -me lo dijo luego- de ir a oír a Don Manuel, de verle y oírle en la iglesia, de acercarse a él y con él conversar, de conocer el secreto de aquel su imperio espiritual sobre las almas. Y se hacía de rogar para ello, hasta que al fin, por curiosidad fue a oírle. -Sí, esto es otra cosa -me dijo luego de haberle oído-; no es como los otros, pero a mí no me la da; es demasiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar. -Pero ¿es que le crees un hipócrita? -le dije. -¡Hipócrita... no!, pero es el oficio del que tiene que vivir.” 02. REVELAR LA VERDAD: “Y llegó el día de su comunión, ante el pueblo todo, con el pueblo todo. Cuando llegó la vez a mi hermano pude ver que Don Manuel, tan blanco como la nieve de enero en la montaña y temblando como tiembla el lago cuando le hostiga el cierzo, se le acercó con la sagrada forma en la mano, y de tal modo le temblaba esta al arrimarla a la boca de Lázaro que se le cayó la forma a tiempo que le daba un vahído. Y fue mi hermano mismo quien recogió la hostia y se la llevó a la boca. Y el pueblo al ver llorar a Don Manuel, lloró diciéndose: «¡Cómo le quiere!». Y entonces, pues era la madrugada, cantó un gallo. Al volver a casa y encerrarme en ella con mi hermano, le eché los brazos al cuello y besándole le dije: -¡Ay Lázaro, Lázaro, qué alegría nos has dado a todos, a todos, a todo el pueblo, a todos, a los vivos y a los muertos, y sobre todo a mamá, a nuestra madre! ¿Viste? El pobre Don Manuel lloraba de alegría. ¡Qué alegría nos has dado a todos! -Por eso lo he hecho -me contestó. -¿Por eso? ¿Por darnos alegría? Lo habrás hecho ante todo por ti mismo, por conversión. Y entonces Lázaro, mi hermano, tan pálido y tan tembloroso como Don Manuel cuando le dio la comunión, me hizo sentarme en el sillón mismo donde solía sentarse nuestra madre, tomó huelgo, y luego, como en íntima confesión doméstica y familiar, me dijo: -Mira, Angelita, ha llegado la hora de decirte la verdad, toda la verdad, y te la voy a decir, porque debo decírtela, porque a ti no puedo, no debo callártela y porque además habrías de adivinarla y a medias, que es lo peor, más tarde o más temprano.

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Y entonces, serena y tranquilamente, a media voz, me contó una historia que me sumergió en un lago de tristeza. Cómo Don Manuel le había venido trabajando, sobre todo en aquellos paseos a las ruinas de la vieja abadía cisterciense, para que no escandalizase, para que diese buen ejemplo, para que se incorporase a la vida religiosa del pueblo, para que fingiese creer si no creía, para que ocultase sus ideas al respecto, mas sin intentar siquiera catequizarle, convertirle de otra manera. -Pero ¿es eso posible? -exclamé consternada. -¡Y tan posible, hermana, y tan posible! Y cuando yo le decía: «¿Pero es usted, usted, el sacerdote, el que me aconseja que finja?», él, balbuciente: «¿Fingir?, ¡fingir no!, ¡eso no es fingir! Toma agua bendita, que dijo alguien, y acabarás creyendo». Y como yo, mirándole a los ojos, le dijese: «¿Y usted celebrando misa ha acabado por creer?», él bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y así es como le arranqué su secreto.” 03. LA VERDAD DESNUDA: “-Entonces -prosiguió mi hermano- comprendí sus móviles, y con esto comprendí su santidad; porque es un santo, hermana, todo un santo. No trataba al emprender ganarme para su santa causa -porque es una causa santa, santísima-, arrogarse un triunfo, sino que lo hacía por la paz, por la felicidad, por la ilusión si quieres, de los que le están encomendados; comprendí que si les engaña así -si es que esto es engaño- no es por medrar. Me rendí a sus razones, y he aquí mi conversión. Y no me olvidaré jamás del día en que diciéndole yo: «Pero, Don Manuel, la verdad, la verdad ante todo», él, temblando, me susurró al oído -y eso que estábamos solos en medio del campo-: «¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella». «¿Y por qué me la deja entrever ahora aquí, como en confesión?», le dije. Y él: «Porque si no, me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Jamás olvidaré estas sus palabras. -¡Pero esa comunión tuya ha sido un sacrilegio! -me atreví a insinuar, arrepintiéndome al punto de haberlo insinuado. -¿Sacrilegio? ¿Y él que me la dio? ¿Y sus misas? -¡Qué martirio! -exclamé. -Y ahora -añadió mi hermano- hay otro más para consolar al pueblo. -¿Para engañarle? -le dije. -Para engañarle no -me replicó-, sino para corroborarle en su fe. -Y él, el pueblo -dije-, ¿cree de veras? -¡Qué sé yo ! Cree sin querer, por hábito, por tradición. Y lo que hace falta es no despertarle. Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas de lujo. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!” 03.LA VERDAD DE DON MANUEL: Después de aquel día temblaba yo de encontrarme a solas con Don Manuel, a quien seguía asistiendo en sus piadosos menesteres. (…) -Pero tú, Angelina, tú crees como a los diez años, ¿no es así? ¿Tú crees? -Sí creo, padre. -Pues sigue creyendo. Y si se te ocurren dudas, cállatelas a ti misma. Hay que vivir... Me atreví, y toda temblorosa le dije:

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-Pero usted, padre, ¿cree usted? Vaciló un momento y, reponiéndose, me dijo: -¡Creo! -¿Pero en qué, padre, en qué? ¿Cree usted en la otra vida?, ¿cree usted que al morir no nos morimos del todo?, ¿cree que volveremos a vernos, a querernos en otro mundo venidero?, ¿cree en la otra vida? El pobre santo sollozaba. -¡Mira, hija, dejemos eso! Y ahora, al escribir esta memoria, me digo: ¿Por qué no me engañó?, ¿por qué no me engañó entonces como engañaba a los demás? ¿Por qué se acongojó? ¿Porque no podía engañarse a sí mismo, o porque no podía engañarme? Y quiero creer que se acongojaba porque no podía engañarse para engañarme. -Y ahora -añadió-, reza por mí, por tu hermano, por ti misma, por todos. Hay que vivir. Y hay que dar vida. 04. MISION COMUN (LAZARO Y EL HERMANO): “Don Manuel tenía que contener a mi hermano en su celo y en su inexperiencia de neófito. Y como supiese que este andaba predicando contra ciertas supersticiones populares, hubo de decirle: -¡Déjalos! ¡Es tan difícil hacerles comprender dónde acaba la creencia ortodoxa y dónde empieza la superstición! Y más para nosotros. Déjalos, pues, mientras se consuelen. Vale más que lo crean todo, aun cosas contradictorias entre sí, a no que no crean nada. Eso de que el que cree demasiado acaba por no creer nada, es cosa de protestantes. No protestemos. La protesta mata el contento.” 05. RELIGION Y COMPROMISO SOCIAL Y POLITICO: -“El otro mundo, Lázaro, está aquí también, porque hay dos reinos en este mundo. O mejor, el otro mundo... Vamos, que no sé lo que me digo. Y en cuanto a eso del sindicato, es en ti un resabio de tu época de progresismo. No, Lázaro, no; la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres. Piensen los hombres y obren los hombres como pensaren y como obraren, que se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo esto tiene una finalidad. Yo no he venido a someter los pobres a los ricos, ni a predicar a estos que se sometan a aquellos. Resignación y caridad en todos y para todos. Porque también el rico tiene que resignarse a su riqueza, y a la vida, y también el pobre tiene que tener caridad para con el rico. ¿Cuestión social? Deja eso, eso no nos concierne. Que traen una nueva sociedad, en que no haya ya ricos ni pobres, en que esté justamente repartida la riqueza, en que todo sea de todos, ¿y qué? ¿Y no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio a la vida? Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio... Opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe. Yo mismo con esta mi loca actividad me estoy administrando opio. Y no logro dormir bien y menos soñar bien... ¡Esta terrible pesadilla! Y yo también puedo decir con el Divino Maestro: «Mi alma está triste hasta la muerte». No, Lázaro; nada de sindicatos por nuestra parte.” 06. ESTA VIDA ES LA DEFINITIVA: Al llegar la última Semana de Pasión que con nosotros, en nuestro mundo, en nuestra aldea celebró Don Manuel, el pueblo todo presintió el fin de la tragedia. ¡Y cómo sonó entonces aquel: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», el último que en público sollozó Don Manuel! Y cuando dijo lo del Divino Maestro al buen bandolero -«todos los bandoleros son buenos», solía decir nuestro Don Manuel-, aquello de: «Mañana estarás conmigo en el paraíso». ¡Y la última comunión general que repartió nuestro santo! Cuando llegó a dársela a mi hermano, esta vez con mano segura, después del litúrgico «.,. in vitam aetemam», se le inclinó al oído y le dijo: «No hay más vida eterna que esta... que la sueñen eterna... eterna de unos pocos años...». Y cuando me la dio a mí me dijo:

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«Reza, hija mía, reza por nosotros». Y luego, algo tan extraordinario que lo llevo en el corazón como el más grande misterio, y fue que me dijo con voz que parecía de otro mundo: «... y reza también por Nuestro Señor Jesucristo...». 07. VIVIR DE UNA ILUSION: -“Él, Lázaro, continuaba la tradición del santo y empezó a redactar lo que le había oído, notas de que me he servido para esta mi memoria. -Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado -me decía-. Él me dio fe. -¿Fe? -le interrumpía yo. -Sí, fe, fe en el consuelo de la vida, fe en el contento de la vida. Él me curó de mi progresismo. Porque hay, Angela, dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan, como inquisidores que son, a los demás para que, despreciando esta vida como transitoria, se ganen la otra, y los que no creyendo más que en este... -Como acaso tú... -le decía yo. -Y sí, y como Don Manuel. Pero no creyendo más que en este mundo, esperan no sé qué sociedad futura, y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro... -De modo que... -De modo que hay que hacer que vivan de la ilusión.“ 08. NO TODO SE PUEDE CONTAR: “-No, hermana, no; ahora y aquí en casa, entre nosotros solos, toda la verdad por amarga que sea, amarga como el mar a que van a parar las aguas de este dulce lago, toda la verdad para ti, que estás abroquelada contra ella... -¡No, no, Lázaro; esa no es la verdad! -La mía, sí. -La tuya, ¿pero y la de...? -También la de él. -¡Ahora no, Lázaro; ahora no! Ahora cree otra cosa, ahora cree... -Mira, Angela, una de las veces en que al decirme Don Manuel que hay cosas que aunque se las diga uno a sí mismo debe callárselas a los demás, le repliqué que me decía eso por decírselas a él, esas mismas, a sí mismo, y acabó confesándome que creía que más de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había muerto sin creer en la otra vida. -¿Es posible? -¡Y tan posible! Y ahora, hermana, cuida que no sospechen siquiera aquí, en el pueblo, nuestro secreto... -¿Sospecharlo? -le dije-. Si intentase, por locura, explicárselo, no lo entenderían. El pueblo no entiende de palabras; el pueblo no ha entendido más que vuestras obras. Querer exponerles eso sería como leer a unos niños de ocho años unas páginas de santo Tomás de Aquino... en latín.” 09. CREER QUE SE CREE: “¡Hay que vivir! Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas. Él me enseñó con su vida a perderme en la vida del pueblo de mi aldea, y no sentía yo más pasar las horas, y los días y los años, que no sentía pasar el agua del lago. Me parecía como si mi vida hubiese de ser siempre igual. No me sentía envejecer. No vivía yo ya en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí. Yo quería decir lo que ellos, los míos, decían sin querer. Salía a la calle, que era la carretera, y como conocía a todos, vivía en ellos y me olvidaba de mí, mientras que en Madrid, donde estuve alguna vez con mi hermano, como a nadie conocía, sentíame en terrible soledad y torturada por tantos desconocidos.

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Y ahora, al escribir esta memoria, esta confesión íntima de mi experiencia de la santidad ajena, creo que Don Manuel Bueno, que mi san Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada. Pero ¿por qué -me he preguntado muchas veces- no trató Don Manuel de convertir a mi hermano también con un engaño, con una mentira, fingiéndose creyente sin serlo? Y he comprendido que fue porque comprendió que no le engañaría, que para con él no le serviría el engaño, que sólo con la verdad, con su verdad, le convertiría; que no habría conseguido nada si hubiese pretendido representar para con él una comedia -tragedia más bien-, la que representaba para salvar al pueblo. Y así le ganó, en efecto, para su piadoso fraude; así le ganó con la verdad de muerte a la razón de vida. Y así me ganó a mí, que nunca dejé transparentar a los otros su divino, su santísimo juego. Y es que creía y creo que Dios Nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escrudiñaderos designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda. ¿Y yo, creo?”. 10. INTERROGANTES : “¿Es que sé algo?, ¿es que creo algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal y como lo cuento? ¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que todo esto es más que un sueño soñado dentro de otro sueño? ¿Seré yo, Angela Carballino, hoy cincuentona, la única persona que en esta aldea se ve acometida de estos pensamientos extraños para los demás? ¿Y estos, los otros, los que me rodean, creen? ¿Qué es eso de creer? Por lo menos, viven. Y ahora creen en san Manuel Bueno, mártir, que sin esperar inmortalidad les mantuvo en la esperanza de ella. Parece que el ilustrísimo señor obispo, el que ha promovido el proceso de beatificación de nuestro santo de Valverde de Lucerna, se propone escribir su vida, una especie de manual del perfecto párroco, y recoge para ello toda clase de noticias. A mí me las ha pedido con insistencia, ha tenido entrevistas conmigo, le he dado toda clase de datos, pero me he callado siempre el secreto trágico de Don Manuel y de mi hermano. Y es curioso que él no lo haya sospechado. Y confío en que no llegue a su conocimiento todo lo que en esta memoria dejo consignado.” 11. VIGENCIA DE LOS RELATOS: “Bien sé que en lo que se cuenta en este relato, si se quiere novelesco -y la novela es la más íntima historia, la más verdadera, por lo que no me explico que haya quien se indigne de que se llame novela al Evangelio, lo que es elevarle, en realidad, sobre un cronicón cualquiera-, bien sé que en lo que se cuenta en este relato no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda, como se quedan los lagos y las montañas y las santas almas sencillas asentadas más allá de la fe y de la desesperación, que en ellos, en los lagos y las montañas, fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron.”

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BARUCH SPINOZA: O FILOSOFIA O EDUCADOR

(1) CARTA DE LUDOVICO FABRITIUS A BARUCH DE SPINOZA

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Mi clementísimo señor, el serenísimo Elector Palatino, me ordena escribirle a Ud. - hasta ahora desconocido para mí, pero apreciadísimo por el serenísimo Príncipe- pedirle que acepte la profesión ordinaria de la filosofía, en su ilustre Academia. El estipendio anual es el que perciben actualmente los profesores ordinarios (...) Ud. tendrá la más amplia libertad de filosofar. El Príncipe confía que no abusará de ella con el fin de perturbar la religión públicamente profesada (...) Esto sólo agrego, que se verá que transcurrirá plácidamente una vida digna de un filósofo, a menos que ocurra todo lo contrario de lo que es nuestra esperanza y nuestra opinión. Le ofrezco, ilustrísimo señor, mis saludos. Suyo atentísimo J. LODOVICO FABRITIUS, Profesor de la Universidad de Heidelberg y Consejero del Elector Palatino. Heidelberg, 16 de febrero de 1673.

(2) RESPUESTA DE SPINOZA A FABRITIUS.

Si yo hubiese tenido alguna vez el deseo de ejercer la profesión de una facultad, ésta que me es ofrecida por su intermedio por el serenísimo Elector Palatino habría sido la única que yo hubiese podido considerar. (...) Pero, como no fue nunca mi intención enseñar públicamente, no puedo dejar de aprovechar esta bella ocasión para expresar lo que largamente he reflexionado. De hecho, si quisiese dedicarme a la educación de los jóvenes, debería en primer lugar renunciar a hacer filosofía. En segundo lugar, yo no sé entre qué límites deba entenderse comprendida aquella libertad de filosofar, para que yo no parezca querer perturbar la religión públicamente constituida (...) Suyo : Baruch de Spinoza (3) COMENTARIO DE MARIO TROMBINO 1 Spinoza no dice por qué, si quisiese dedicarse a la educación de los jóvenes debería renunciar a hacer filosofía, mientras que es posible seguir haciéndola puliendo lentes. El silencio sobre el por qué no hace menos neta la afirmación, sin embargo. A menos que la segunda razón de la negativa deba entenderse como comprendiendo a la primera. Puliendo lentes no se pone en juego la propia búsqueda filosófica; pero educando jóvenes a través de la filosofía, sí. Respeto la determinación muy digna de Spinoza... y al mismo tiempo pienso que tal vez ese ejercicio de la educación le hubiera puesto interlocutores y diálogo a su filosofía, enfrentamiento y discusión, cierta anticipada dialéctica... porque no imagino a Baruch sin defender y ejercer la libertad del pensamiento, también en sus clases... Tal vez por eso, tal vez porque los lentes y su taller fueron mudos testigos de sus cavilaciones y de sus escritos, es posible que haya temido que la generosidad de quien le ofrecía el trabajo podía chocar contra esa necesaria libertad de la especulación... Pero la educación, ¿no es un territorio abierto a la libertad?

BORGES: SPINOZA
Las traslúcidas manos del judío labran en la penumbra los cristales y la tarde que muere es miedo y frío. (Las tardes a las tardes son iguales.)
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TROMBINO, MARIO (1999): Elementi di didattica teorica della filosofia. Bologna, Calderini, Traducción de Mauricio Langon

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Las manos y el espacio de jacinto que palidece en el confín del Ghetto casi no existen para el hombre quieto que está soñando un claro laberinto. No lo turba la fama, ese reflejo de sueños en el sueño de otro espejo, ni el temeroso amor de las doncellas. Libre de la metáfora y del mito, labra un arduo cristal: el infinito mapa de Aquél que es todas sus estrellas".

BORGES: BARUCH SPINOZA
Bruma de oro, el Occidente alumbra la ventana. El asiduo manuscrito aguarda, ya cargado de infinito. Alguien construye a Dios en la penumbra. Un hombre engendra a Dios. Es un judío de tristes ojos y de piel cetrina; lo lleva el tiempo como lleva el río una hoja en el agua que declina. No importa. El hechicero insiste y labra a Dios con geometría delicada; desde su enfermedad, desde su nada, sigue erigiendo a Dios con la palabra. El más pródigo amor le fue otorgado, el amor que no espera ser amado.

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JULIEN OFFRAY DE LA METTRIE: LA VOLUPTUOSIDAD DEL SABER Y DE LA FILOSOFIA

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“La voluptuosidad de los sentidos, por mas agradable y cara que sea, por más elogios que le hayan tributado (…), tan sólo tiene un goce que es su tumba. Si el placer perfecto no lo mata definitivamente, necesita cierto tiempo para resucitar. ¡Qué diferentes son los recursos de los placeres del espíritu! Cuanto más se aproxima uno a la verdad, mas encantadora la encuentra. No sólo su goce aumenta los deseos, sino que se goza ya desde que se intenta gozar. Se goza mucho tiempo, y sin embargo más de prisa que la velocidad del rayo. ¿Hay que sorprenderse si la voluptuosidad del espíritu es tan superior a la de los sentidos, como el espíritu al cuerpo? ¿No es el espíritu el primero de los sentidos, y como la reunión de todas las sensaciones? ¿No convergen allí todas, como otros tantos rayos a un centro que los produce? No indaguemos más, por qué encantos invencibles un corazón, que el amor a la verdad inflama, se halla de pronto transportado, por así decir, a un mundo mas bello, donde goza placeres dignos de los dioses. De todas las atracciones de la naturaleza, la más fuerte es la de la Filosofía. ¡Qué mayor gloria que la de ser conducido a su templo por la razón y la sabiduría! ¡Hay conquista más halagadora que la tener sumisos a todos los espíritus! Pasemos revista a todos los objetos de estos placeres desconocidos para las almas vulgares. ¿Qué belleza o qué magnitud no poseen? El tiempo, el espacio, el infinito, la tierra, el mar, el firmamento, todos los elementos, todas las ciencias, todas las artes, todo forma parte de este género de voluptuosidad. Demasiado contraída en los límites de un mundo, ésta imagina un millón de ellos. La naturaleza entera es su alimento, y la imaginación su triunfo. Entremos en algún detalle.

Tan pronto es la poesía como la pintura, la música o la arquitectura, el canto o la danza, las que hacen experimentar a los entendidos placeres arrebatadores. (…) Voltaire no puede contener el llanto ante su Mérope, por sentir el valor de la obra y de la actriz. Vos habéis leídos sus escritos: ¿en las manos y en la memoria de quien no están? Cuando un gran pintor habla de pintura, ¿qué elogios no le prodiga? Adora su arte, lo pone por encima de todo, y duda de que se pueda ser feliz sin ser pintor, porque está encantado de su profesión. ¿Quién no ha sentido los mismos transportes que el Padre Malebranche, al leer algunos pasajes de los poetas trágicos, griegos, ingleses, franceses, o ciertas obras filosóficas? (…) Si se experimenta una especie de entusiasmo en traducir y desarrollar las ideas de otro, ¿qué debe ser si se piensa por sí mismo? ¿En qué consiste desarrollar esta generación, este parto de ideas que produce el gusto por la naturaleza y por la búsqueda de la verdad? Cómo describir este acto de la voluntad o de la memoria, por el cual al alma se reproduce de alguna manera, al juntar una idea con otro signo semejante, para que de su semejanza y como de su unión nazca una tercera. (…) Los placeres de los sentidos mal regulados pierden toda su vivacidad y dejan de ser placeres. Los del espíritu se les parecen hasta cierto punto. Precisa suspenderlos para agudizarlos. En, el estudio tiene su éxtasis como el amor. Si se me permite decirlo, es una catalepsia o inmovilidad del espíritu, que parece separado por abstracción de su propio cuerpo y de todo lo que le rodea, para entregarse por entero a lo que persigue. A fuerza de sentir, nada siente. Tal es el placer que se experimenta tanto al buscar como la hallar la verdad. (…) Si el estudio es un placer de todas las edades, de todos los lugares, de todas las estaciones y de todos os momentos. ¿En quién no ha provocado Cicerón el ansia de hacer la dichosa experiencia? (…) ¡Qué placer ver todos los días con los propios ojos y por las propias manos, crecer y formarse una obra que encantará a los siglos venideros e incluso a los contemporáneos. (…)¿Por qué ensalzar tanto los

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placeres del estudio? ¿Quién ignora que es un bien que no lleva consigo el hastío o las inquietudes de otros bienes, un tesoro inagotable, el mas seguro contraveneno del cruel hastío, que pase y viaja con nosotros y, en una palabra, nos sigue por todas partes? ¡Dichoso el que ha roto la cadena de todos sus prejuicios! (…) La primera utilidad de las ciencias consiste pues en cultivarlas, lo que ya es un bien real y sólido. ¡Dichoso quien tiene afición por el estudio! Mas dichoso aun quien a través de él logra liberar al espíritu de sus ilusiones, y al corazón de su vanidad, meta deseable a la que vos habéis sido conduce ido en una edad una tierna por las manos de la sabiduría; mientras tantos pedantes, tras medio siglo de vigilias y trabajos, mas encorvados por el fardo de los prejuicios que por el del tiempo, parecen haberlo aprendido todo salvo pensar. Ciencia rara en verdad, sobre todo en los sabios, pese a que debiera ser al menos el fruto de todas las demás. A esta sola ciencia me he dedicado desde la infancia, juzgad señor, si he triunfado, y que este homenaje a mi amistad sea eternamente grado a la vuestra”. DEDICADO AL SEÑOR HALLER, PROFESOR DE MEDICINA EN GOTTINGA. Por eso La Mettrie señala específicamente entre los saberes y la ciencia, a la medicina: “El médico es el único filósofo que merece bien de su patria; aparece como los hermanos de Elena en las tempestades de la vida. Su sola vista calma la sangre, devuelve la paz a un alma agitada y hace renacer la dulce esperanza en el corazón de los desdichados mortales. Anuncia la vida y la muerte, como un astrónomo predice un eclipse. Cada cual tiene su antorcha que le ilumina.”

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HANNA ARENDT: SOCRATES

“Generalmente se ha dicho que Sócrates creía en la posibilidad de enseñar la virtud y, en realidad, parece haber sostenido que hablar y pensar acerca de la piedad, de la justicia, del valor, etc. permitía a los hombres convertirse en más piadosos, más justos, más valerosos, incluso sin proporcionar definiciones ni valores para dirigir su futura conducta. Lo que Sócrates creía realmente sobre tales asuntos puede ser ilustrado mejor a través de los símiles que se aplicó a sí mismo. Se llamó tábano y comadrona, y, según Platón, alguien lo calificó de "torpedo", un pez que paraliza y entumece por contacto; una analogía cuya adecuación Sócrates reconoció a condición de que se entendiera que "el torpedo, estando él entorpecido, hace al mismo tiempo que los demás se entorpezcan. En efecto, no es que, no teniendo yo problemas, los genere en los demás, sino que, estando yo totalmente imbuido de problemas, también hago que lo estén los demás", lo cual resume nítidamente la única forma en la que el pensamiento puede ser enseñado; aparte del hecho de que Sócrates, como repetidamente dijo, no enseñaba nada por la sencilla razón de que no tenía nada que enseñar: era "estéril" como las comadronas griegas que habían sobrepasado ya la edad de la fecundidad. (Puesto

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que no tenía nada que enseñar, ni ninguna verdad que ofrecer, fue acusado de no revelar jamás su opinión personal, como sabemos por Jenofonte, que lo defendió de esta acusación.) Parece que, a diferencia de los pensadores profesionales, sintió el impulso de investigar si sus iguales compartían sus perplejidades, un impulso bastante distinto de la inclinación a descifrar enigmas para demostrárselos a los otros (...) Sócrates es un tábano: sabe como aguijonear a los ciudadanos que, sin él, "continuarían durmiendo para el resto de sus vidas", a menos que alguien más viniera a despertarlos de nuevo. ¿Y para qué los aguijoneaba? Para pensar, para que examinaran sus asuntos, actividad sin la cual la vida, en su opinión, no sólo valdría poco sino que ni siquiera sería auténtica vida. Sócrates es una comadrona. Y aquí nace una triple implicación: la "esterilidad", su experiencia en saber librar a otros de sus pensamientos, esto es, de las implicaciones de sus opiniones, y la función propia de la comadrona griega de decidir de si la criatura estaba más o menos adaptada para vivir o, para usar el lenguaje socrático, era un mero "huevo estéril" del cual era necesario liberar a la madre (...) atendiendo a los diálogos socráticos, no hay nadie entre los interlocutores de Sócrates que haya expresado un pensamiento que no fuera un "embrión estéril". Sócrates hace aquí lo que Platón, pensando en él, dijo de los sofistas: hay que purgar a la gente de sus "opiniones" -es decir, de aquellos prejuicios no analizados que les impiden pensar, sugiriendo que conocemos, donde no sólo conocemos sino que no podemos conocer- y, al proporcionarles su verdad, los ayuda a liberarse de lo malo -sus opiniones- sin hacerlos buenos, como decía Platón.”