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LA ELECCIÓN DEL SENTIMIENTO A TRAVÉS DEL PENSAMIENTO

<p>En una de mis charlas ante padres que como problema común argumentaban que no
podían entender a sus hijos, se manifestaron una serie de preguntas que les preocupaba
profundamente: <<¿Por qué no puedo evitar que mi hijo se deprima?>>;<< No quiero
que mi hija esté triste y ansiosa, ¿qué puedo hacer?>>;<<¿tengo yo la culpa de que esté
sucediendo esta situación? Seguramente es que no sé ser una buena madre.>>;<< Es
inútil lo que se haga porque lo he intentado todo y siento una rabia y una ira interior
tremenda cuando veo cómo va mi hijo/a tan mayor, ¿qué hago mal?>>...</p>
<p>Como comprenderán se dieron el lugar, el momento y el ambiente adecuados
para que se propiciara una tormenta de preguntas e ideas que cada conjunto parental
“echaba en la mesa”. Por lo menos estaban preocupados e intentaban ocuparse de la
situación, pero se sentían inermes e impotentes ante la cruda realidad: “No logro
solucionar nada”; “todo sigue igual”; “Me rindo, que sea lo que Dios quiera”...</p>
<p>Es complicado ser padre o madre; es un arte, un trabajo que hay que
aprender; un oficio en el que hay que especializarse “a la fuerza”. Nuestros hijos, y
perdonen que use el tópico, no vienen con un libro de instrucciones debajo del brazo. A
ser padres se aprende siéndolo, errando, buscando soluciones, pero, sobre todo,
utilizando la voluntad para querer hacerlo. No podemos abandonar y menos lo que
hayamos querido escoger esta “profesión”. Es conveniente no olvidar dentro del sistema
familiar palabras como YO, NOSOTROS, PERDÓN, GRACIAS...Da igual desde quién
a quién se tengan que decir o posicionar a la hora de hablar. Da igual que un hijo diga a
su madre: <<Perdóname>> (se supone que es lo normal) o que una madre diga a su
hijo:<<Perdóname, me he equivocado>>, que es lo que no se acostumbra a hacer y
también debería ser totalmente normal, cuando se da la situación.</p>
<p>En algo debería notarse que somos los Adultos, con lo que eso debe de llevar
implícito, pero ¿realmente lo somos?</p>
<p>Tras todas las aportaciones que se puedan imaginar (más que una charla se convirtió
en un taller temático: estuvimos cuatro horas), empezamos a vislumbrar una serie de
puntos comunes que la mayoría de padres tenían (también asistieron padres que habían
dimitido de sus funciones): no se sabía reconocer en realidad el sentimiento o la
emoción que sentían sus hijos y que ellos mismos interpretaban, por lo que al
conceptuarlas mal la intromisión y el propio pensamiento de la figura parental se
distorsionaba a la hora de afrontar la situación (que por otro lado no se atrevían a
confrontar con sus hijos).</p>
<p>En primer lugar extrajimos de sus preguntas los sentimientos, emociones o
estados que habían comentado: TRISTEZA, DEPRESIÓN, INQUIETUD, ANSIEDAD,
DOLOR, CULPA, DISGUSTO, IRA.</P>
<P>¡Que mal!, pensaron. <<¿Ve usted?, no hay nada positivo>></p>
<p>Todo eran emociones que querían ahuyentar de sus hijos a toda costa, sin pensar
que, como humanos individuales y distintos a ellos que son, pueden y deben sentir, si
quieren, y por lo tanto estaban en su derecho de expresar y sentirse como eligieran. Algo
mucho más importante es que no es lo mismo la TRISTEZA que la depresión, la
INQUIETUD que la ansiedad, el DOLOR que la culpa, el DISGUSTO que la ira.</p>
<p>Se diferencian en que las del primer término, las escritas en mayúscula, pueden ser
lógicas, racionales; pueden explayarse en nuestro cerebro porque sentimos; pueden
trabajarse adecuadamente desde las propias creencias racionales, en cambio las del
segundo término de la comparación pueden, desde el mismo sistema de creencias, o sea,
desde el individual y propio, hacer patológica nuestra vida y las acciones o decisiones
que en ella tomemos.</p>
<p>Estar triste es lícito, puede ser normal estando ante situaciones que así nos lo hagan
sentir. Pero de la tristeza puedo salir (seguramente con ayuda) porque aunque haya
perdido algo, me hayan hecho algo, la verdad es que se dio esa situación, tal vez, porque
era lógico que ocurriera. No había ninguna razón para que eso no hubiera podido ocurrir
y, además, no he podido hacer nada, por eso ha ocurrido y me hace sentir así de
“tristísimo/a”. En cambio, la depresión que ocurre, según A. Ellis, por la creencia
irracional, aborda el hecho que nos causa tristeza como “algo totalmente terrible y más
aún, por el hecho de considerarse responsable de la situación, uno mismo se condena y
autocensura: <<Soy malo/a.>> no logrando ver que esas situaciones que nos
“desbordan” pueden ser un capítulo dentro de la “normalidad” de la propia vida.</p>
<p>Puedo permitirme estar inquieto por un cúmulo de situaciones que se están
dando en mi vida o se pueden dar y aunque inquieto puedo esperar que la suerte me
acompañe y no suceda lo que puede suceder. Pero si lo que “rumia” mi mente es que
esto no debe ocurrir, no será justo, por favor, que no ocurra, “sería terrible si
ocurriese”...precisamente este estado de pensamiento me sitúa de la inquietud más o
menos lógica, en una ansiedad que hasta puede paralizarme y ocasionar que lo que tal
vez no iba a suceder, suceda.</p>
<p>Como ven son dos forma distintas de afrontar una misma situación o
pensamiento</p>
<p>En cuanto al dolor, y he de citar irremediablemente de nuevo a Albert Ellis, “si esa
emoción, sensación, es derivada de la creencia racional se infiere de un pensamiento,
por ejemplo, como este: <<Prefiero no hacer las cosas mal, intentaré hacerlas mejor, y si
no ocurre así, ¡mala suerte!>> En cambio, sentirse culpable, con lo que ya de por sí hace
daño el dolor, deriva de la creencia irracional y crea pensamientos como éste: <<No
debo hacer las cosas mal, y si las hago o las he hecho, que malo/a soy, que malvado/a,
no me lo perdono.>></p>
<p>En teoría quien mejor se conoce es uno mismo y hasta aquí se puede elegir
(aprendamos a ello) el pensamiento para no “patologizar” mi vida ni la de los demás.
Una cosa es que esté enfadado, que tenga un disgusto y que me permita expresar que
“no me gusta lo que ha hecho; me gustaría que no hubiera ocurrido, pero entiendo
(aunque me cueste tiempo y ayuda) que los otros no son como yo y pueden romper mis
normas” y ese hecho, me haga estar muy contrariado, muy enfadado, muy disgustado, y
otra cosa es que cambie mi forma de ver la situación y desde el pensamiento << no
debería haber hecho eso, no me ha gustado, es un malvado, no lo soporto, es un egoísta,
es...>>, me venga una tormenta de rabia e ira que va a trastocar mi mente y de igual
modo todo lo que diga. Está claro, pues, que hemos de notar la diferencia entre estar
disgustado y tener ira.</p>
<p>Por todo esto, si aprendemos primero a vernos nosotros y conceptuar bien la
situación (hay técnicas y profesionales), entenderemos el comportamiento no sólo de
nuestros hijos, sino de las personas con las que convivimos y amamos. </p>
<p> MUCHO HAY QUE TRABAJARSE, PERO ÁNIMO, PODEMOS SI
VERDADERAMENTE QUEREMOS Y NOS MERECE LA PENA</P>

<P>JUAN JOSE LOPEZ NICOLAS, Orientador Familiar</p>