LA CITA EBONY CLARK

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La observa mientras se mueve con destreza, sorteando los obstáculos, sirviendo café humeante con una mano y retirando platos vacíos con la otra. El local está abarrotado, es la hora punta de los desayunos y todo el mundo tiene prisa. El ruido es infernal, una mezcla de bocinas que provienen del exterior, conversaciones superfluas en la barra y crepitar de salchichas y tocino sobre la plancha industrial. Ella no ha perdido la sonrisa un segundo, a pesar de que un cliente ha escapado sin pagar la cuenta y otro ha intentado tocarle el trasero cuando pasaba junto a él. Lleva una camiseta gris de algodón bajo el delantal oscuro y unos vaqueros negros y ceñidos. El cabello recogido en una trenza de la que se escapan algunos mechones en las mejillas. Tiene el cable de su MP3 rodeándole la esbelta garganta, el aparato en el bolsillo trasero del pantalón y un solo auricular colocado en la oreja derecha. Seguro que escucha música para hacer más llevadero su trabajo de locos. La imagina terminando el día, agotada, sudorosa, los pies hinchados y los ojos irritados a causa del humo de los cigarrillos de los clientes. La imagina llegando a casa, un piso diminuto decorado con muebles de segunda mano. Sonriendo y abriendo una lata de sardinas para su gato adoptado. Una chica como ella siempre tiene uno. Se le ve en la mirada. Una buena chica. Con un corazón enorme, dispuesta a compartir un tazón de leche caliente con un gato callejero que es su mejor amigo y la acompaña mientras dan noticias horribles en el telediario. Es una superviviente nata. Una heroína de verdad. Hay que serlo para levantarse cada mañana y soportar todo lo malo de este mundo. Por eso le gusta. La admira. Admira que pueda reír después de todo. Admira que brinde su sonrisa a los demás, incluso a los que tienen prisa, a los que no dan los buenos días, o una propina o simplemente las gracias por el buen servicio. Incluso a los gilipollas que le tocan el culo y hacen el chiste típico de “ey, nena, ¿eso va en el menú o se paga aparte?” Incluso a esos. Durante un segundo, le ha parecido que se volvía hacia él. Tal vez ha sentido la intensidad de su mirada. Como siempre, le puede la timidez, el miedo escénico le traiciona. Ella le impone. Es preciosa. Es perfecta, más allá de su físico. Desde el fondo de sus ojos azules puede verse su interior, su mirada franca lo dice todo. Como siempre, sus cuerdas vocales se niegan a emitir sonido alguno. Pero le lanza un mensaje silencioso, aún a sabiendas de que ella jamás lo recibirá. Demasiadas interferencias. Pero lo intenta. Ya sé que no puedes oírme. Y probablemente te reirías de mí si lo hicieras. Pero tengo que decírtelo. Tienes la sonrisa más bonita que he visto nunca.

*** Riiiiiiiiiiiing. ¡Servicio! Vamos, deprisa, servicio ¿De qué se trata, Fred? – Preguntó mientras corría hacia el camión colocándose el equipo. 2

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Otro incendio. Mierda. Acabo de prepararme un bocadillo de atún con pimientos. Espero que no se lo coma el gato antes de que volvamos. ¿Qué es esta vez? ¿Otro pirado que quiere ver como arde el mundo?

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Parece que no – el otro se calzó las botas y el pantalón de intervención, colocándose también el chaquetón con extraordinaria habilidad, todo en un gesto – Incendio en una cafetería. Podría haber una chica atrapada. ¡Venga, no hay tiempo que perder! ***

En nuestra primera cita, estaba tan nervioso que compré las entradas del cine para una sesión tres horas más tarde de la planeada. Menos mal que no te importó y aceptaste que diéramos un paseo por el puente para hacer tiempo. No fue premeditado, pero me encantó equivocarme. Tuve oportunidad de mirarte largamente. Tú no parabas de hablar, me contabas cosas sobre tu padre jubilado, sobre tu hermano pequeño al que le encantaban los cómics, sobre los libros que te gustaba leer… Confieso que no escuché una sola palabra con atención. Mientras hablabas a mil por hora, solo podía pensar en una cosa. Tenía que besarte. Tenía que atrapar tu sonrisa en mi boca o me moriría. En un descuido, reuní el valor necesario y me lancé. Tenías restos de helado de frambuesa en la comisura y deslicé el dedo índice para retirarlo. Pero lo dejé allí más tiempo del necesario. Siendo sincero, aguardaba expectante tu reacción. No te alejaste, no parecías disgustada. Así que tuve mi oportunidad y la aproveché. Rodeé tu cuello con ambas manos y te acerqué a mí. Antes de inclinar la cabeza y apresar tu boca, ya conocía su sabor. Dulce, fuerte, dulce… Fue la primera vez que creí en lo que decían las películas románticas, aquello de los fuegos artificiales estallando sobre tu cabeza. Estallaron. Todo el tiempo. Fue genial y el efecto me duró hasta el final de la película. Era Jerry McGuire, Tom Cruise nos gustaba a los dos. El metraje era de menos de dos horas, pero se me hizo una eternidad. Rezaba por ver los créditos del final y porque Cuba G. Junior se hiciera millonario y mantuviera a Jerry como representante. Rezaba porque acabase, fuera cual fuera el final. Al diablo con ellos. Solo quería acompañarte a casa y besarte y hacerte el amor hasta que uno de los dos suplicase un respiro. Y quizá por el camino, soltarte aquello de tú me completas, para conquistarte y ser tu Jerry McGuire hasta la eternidad. Por suerte, querías lo mismo. No titubeaste en invitarme a tu casa. Dijiste que no perderías el tiempo con tonterías porque lo tenías claro desde el primer minuto de nuestra cita. Me habías encontrado. Sabías que era yo. La persona que habías esperado durante toda tu vida. Lo habías leído en mis ojos, y en el modo en que te había besado. Lo tenías claro. Y querías más de mí. Lo querías todo en realidad. Y fuiste a por ello sin dudarlo. Nos quitamos la ropa en una carrera atropellada hasta el dormitorio. Me caí un par de veces y otro par de veces evité que te cayeras con los vaqueros enredados en los tobillos. Me contenía para no reír y tú hacías lo mismo, pero me lanzabas miraditas ardientes y eso me 3

encendía otra vez, y entonces reparaba en tus braguitas de corazones y sentía que el mundo se detenía a mi alrededor. Y así, entre risas y prendas que volaban sobre nuestras cabezas, te hice el amor. En todo el sentido de la palabra. En el más amplio. Me dí entero. Y tú fuiste mía, hasta el último gemido, hasta el último suspiro extenuado. Después, silencio. Paz. Seguridad. Aquella sensación de estar al fin en casa. Nuestros rostros mirándose frente a frente sobre la almohada, nuestros dedos entrelazados, tus muslos sobre los míos, cálidos. Me miraste largamente. Supe que ya te amaba. *** El día más feliz de mi vida. Aún puedo verte, con tu sencillo vestido color melocotón y unas flores de lluvia adornándote el cabello suelto sobre los hombros. Estabas nerviosa, aunque fingías lo contrario para no contagiarme. No habías dormido en toda la noche ni querías que yo lo hiciera, por temor a no escuchar el despertador y perdernos aquella ocasión especial. Pero no se notaba. Estabas preciosa. Radiante. Ni en un millón de años había soñado merecer a alguien así. Tu padre había amenazado con castrarme si le hacía daño a su princesa. Yo temía que llevase a cabo su amenaza, pero me miró desde su posición y asintió con la cabeza. Sin duda, él también creía que no te merecía, pero reconocía todo aquel amor que me salía por los poros cada vez que te miraba. Aún así, yo estaba hecho un flan. Sin embargo, tú parecías serena y confiada. Recorriendo el estrecho pasillo de la sala de ceremonias con paso firme, mientras mis compañeros del trabajo y tus amigas flirteaban cada grupo desde el lado contrario de la estancia. Nos decían que estábamos locos, que apenas nos conocíamos, que tendríamos que devolver los regalos de boda al mes siguiente porque no estabas preparada para soportar a un idiota como yo. Seguro que tenían razón, pero no contaban con tu extraordinario coraje y mi buena estrella. Bromeaban sobre mi pajarita mal anudada por las prisas, porque al final, sí que caímos rendidos al cansancio y no escuchamos el despertador. Pero nuestro padrino acudió al rescate y se convirtió en nuestro héroe, aunque pasó toda la celebración haciendo chistes sobre la chaqueta nueva a la que no le había quitado la etiqueta. No le dimos importancia. Era una buena persona con un par de copas de más y un poco de envidia sana porque eras la chica más bonita de la fiesta. Y eras mi mujer. En el mismo instante en que pronunciaste aquel sí, nuestros destinos quedaron sellados y entonces pensé que nunca el destino había sido tan generoso conmigo. Durante la fiesta, te deslizabas por la pista de baile y me hacías gestos provocativos para que me uniera a ti. Te dejabas llevar entre mis brazos y te apresaba y te soltabas con aire travieso, pero sólo para caer en ellos al instante siguiente. Tu mirada era una promesa de amor infinito. Me fundía en ella, anhelante, con el convencimiento de haber hecho la cosa más sensata de mi vida. Con la certeza de que el único error había sido no conocerte antes. Te rescaté de las felicitaciones y los abrazos, de los buenos consejos, de las advertencias… Te saqué de aquella locura y montamos en mi viejo coche al que los amigos habían tenido la delicadeza de colgar el 4

original cartel de recién casados. Para nosotros, la música había dejado de sonar hacía mucho rato, en el primer baile, en el primer roce de nuestros dedos sobre la pista de baile. Solos tú y yo, y nuestras respiraciones agitadas, una danza tremendamente sensual que solo era el principio de lo que nos aguardaba en la intimidad. Aquella noche, creímos desfallecer. Nos entregamos una y otra vez, salvajemente, dulcemente. Y al amanecer, seguíamos despiertos observando la mañana a través del cristal de nuestra ventana. Ninguno de los dos dijo nada, pero al día siguiente, mientras compartíamos un tazón de cereales con fruta, confesaste que habías sentido lo mismo que yo. Que habíamos apostado al número ganador y la fortuna nos había sonreído. *** La tarde que recibí la noticia, me convencí de que era posible sufrir un infarto de alegría. Yo había tenido un día duro en el trabajo. Uno de esos días que te hacen desear llegar a casa y darte una ducha, y no pensar en nada más, excepto en lo agradable que es recostar la cabeza sobre los senos de tu mujer. Yo lo deseaba. Tomar algo rápido en la cena y buscar nuestro hueco preferido en el sofá de casa, frente al televisor, con tu dedo índice dibujando círculos en mi sien, alejando los momentos amargos de la jornada. Llevándome contigo a nuestro paraíso privado, derramando tu amor en forma de besos tiernos sobre mi frente, deslizándote sobre mí para provocarme y encenderme. Lográndolo a pesar del agotamiento, porque te sigo deseando una y mil veces y no me canso jamás de ti. Esa tarde, giré la llave en la cerradura y te llamé como siempre. Me sorprendió que no salieras a mi encuentro como solías hacer. Pero había un motivo. Tenías un plan. Tu nota pegada en el lugar donde sabías que colgaría las llaves, me dio la primera pista. Lo habías escrito con aquella caligrafía infantil tuya, con tu estilo particular, colocando corazones en lugar de la letra “o”. Sólo una palabra: “Espero” y unos puntos suspensivos que también eran corazones diminutos. Estaba intrigado y excitado. Busqué con avidez la siguiente nota. Justo donde suponía. En la puerta de la nevera, donde iría en busca de mi zumo para echar un trago antes de recibir tu ración de besos maravillosos. No me defraudaste. Allí estaba, la siguiente pista: “que estés preparado”. Con sus corazones, grandes y pequeños. Sonreí divertido. Te imaginaba dando saltitos alborotados para colocar tus notas y esconderte a tiempo de que no te descubriera en tu juego. Caminé con lentitud, sólo para crear expectación, en dirección al dormitorio, a sabiendas de que resolvería el enigma. La habitación estaba en penumbra, pero la luz del cuarto de baño estaba encendida y yo había adivinado tu silueta tras la puerta. Fingí no verte, aunque mentalmente contaba los segundos que faltaban para desvelar el misterio y abrazarte. Me contuve y leí muy despacio y en voz alta, la última nota que habías dejado en el espejo: “para recibir mi regalo”. Desvié la mirada hacia el objeto que hábilmente habías pegado bajo la nota. Era una prueba de embarazo, uno de esos test de farmacia que cuestan poco dinero y te 5

muestran el resultado en una ventanita con una delgada línea rosa. En aquel momento, me asaltó un pensamiento. Uno estúpido, lo confieso. Pensé: Dios, nunca nada tan barato y pequeño ha significado tanto para mí. Me volví hacia donde permanecías, expectante, hermosa… Dime que es verdad, exigí con la voz ronca por la emoción. Lo era. Tus ojos me lo dijeron. Te levanté en volandas y te estreché en mis brazos. Te solté de pronto y me quedé mirándote como un estúpido. Y mantuve mi cara de estúpido durante todo el tiempo que duró tu embarazo. Dijiste que no ibas a romperte cuando llegase el momento. Pero yo tenía tanto miedo. A perderte, a que alguien se equivocara y te diera algún fármaco perverso que te haría dormir para siempre, a que algo saliera mal… A perderte. Me volvía loco de pensarlo. También los médicos y las enfermeras que te atendieron en el parto creyeron que era un lunático. Sobre todo, cuando les amenacé y quise matar a aquel médico sádico que metía su mano ensangrentada entre tus piernas abiertas… Pero no. Todo salió bien. El pobre hombre sólo hacía su trabajo. Todo fue perfecto. Nuestro bebé era perfecto, con sus deditos pequeños y su cara un poco amoratada y arrugada por el esfuerzo de venir al mundo. Hiciste un gran trabajo. El mejor. Tendrían que premiar a las madres por algo así. Grandioso. Excepcional. Un verdadero milagro. Y tú lo habías hecho. Por mí, por los dos. No podría amarte más por mucho que lo intentase. Pero nunca he dejado de intentarlo porque cada esfuerzo merece la pena por ti. *** ¿Quién es, un familiar? – el doctor Harris tomó un sorbo de su café de máquina y tras arrugar el ceño con desagrado, arrojó el vaso de plástico a la papelera. Echó un vistazo a la hoja con los datos clínicos de la paciente que se recuperaba lentamente al otro lado de la puerta. La enfermera de guardia negó con la cabeza, mordisqueaba pensativa la tapa de su bolígrafo. ¿Es familiar o no?- insistió Harris, impaciente. No, no lo es – Johanna Davis se giró hacia él y le apuntó con el bolígrafo – Dígame una cosa, doctor. ¿Cómo se imagina usted el amor? ¿Por qué me lo pregunta? ¿Acaso está intentando ligar conmigo, enfermera Davis? – lo preguntó con un deje burlón. La enfermera Davis era toda una institución en el hospital. Según solían bromear los más veteranos, Davis era más vieja que cualquier enfermedad o virus que pudieran detectar. Y aunque Harris apenas había cumplido los cuarenta y estaba de bastante buen ver, se dijo que existían pocas probabilidades de que la enfermera Davis quisiera hacer manitas con él en el cuarto de los apósitos – Está bien, perdone. Lamento el sarcasmo, pero no la pillo.

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Verá – Davis le invitó a acercarse más a la ventana de cristal de la puerta. Harris obedeció, intrigado – Mire bien a ese hombre. ¿Qué le parece?

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Que está hecho polvo. ¿Cuántas horas lleva aquí sin dormir? Tendría que haberlo enviado a casa – la regañó, pero ella le silenció con un leve movimiento de cabeza, indicándole que se concentrara en lo que veía al otro lado.

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Observe, doctor. ¿Qué ve? Ya se lo he dicho. ¿Qué es esto, el juego de las adivinanzas? ¿Si acierto ganaré algo? – como ella aún aguardaba su respuesta, suspiró y se concentró en la escena que tenía lugar en el interior de la habitación. El hombre estaba sentado en una silla incómoda que había acercado a la orilla de la cama. La joven dormía plácidamente, su respiración parecía regular. El tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia delante y parecía haberse quedado dormido mientras le hablaba al oído. Mantenía la mano de la joven fuertemente unida a la suya, cerca de su pecho. Desvió la mirada hacia la enfermera Davis y arqueó las cejas - ¿Está segura de que no es familiar de la chica?

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Muy segura. Intentamos avisar a la familia, pero sólo tiene a su padre y a su hermano pequeño. Y casualmente, los dos habían viajado a ver a unos parientes unas horas antes del incendio. Aún no saben nada.

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Mejor. A veces, los familiares solo hacen estorbar cuando queremos hacer nuestro trabajo. Y por suerte, los bomberos lograron rescatarla a tiempo. La chica saldrá de esta- Harris volvió a leer el informe de entrada en la unidad de urgencias aquella nocheAún no me explico cómo pudo salir ilesa… Ah, ya veo. Según pone aquí, el local había cerrado. Ella se encontraba sola en la cafetería, limpiando, cuando se declaró el incendio.

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Y entonces – continuó la enfermera – una de las planchas del falso techo se desplomó sobre ella, y quedó aislada en una esquina. Y cuando los bomberos llegaron…

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La encontraron en situación de parada cardio respiratoria por inhalación de humo, pero sin una sola quemadura y sin más rasguños que los ocasionados por el golpe recibido – Harris se alegraba de que no hubiese sido más grave, pero le gustaba hacer rabiar a la señora Davis, así que añadió – Final feliz para la chica. Pero sigo sin saber qué pinta aquí el fulano ese.

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Ahora viene lo mejor, doctor – la enfermera puso cara de éxtasis por la revelación que estaba a punto de hacerle – Resulta que ese fulano, como usted lo llama, es el bombero

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que la encontró. Según contaron sus compañeros, nadie se explica cómo logró encontrarla tan rápido. Es como si hubiera sabido donde tenía que buscar exactamente. Porque la pobre chica, estaba oculta bajo la plancha y el humo y las llamas impedían ver nada. Pero la encontró. ¿Y sabe otra cosa? Resulta que ese joven me contó que acudía cada mañana desde hace un año a tomar el desayuno a esa misma cafetería. Me dijo que ella era fantástica y que pensaba invitarla a salir el día que reuniera valor para ello. Y que aunque pareciera una locura, en cuanto entró al local en llamas, sintió que algo le guiaba hasta ella. Harris cruzó los brazos sobre el pecho, realmente intrigado ahora con su historia. ¿Y entonces…? Entonces, doctor, le dije que cogiera una silla y le autoricé a quedarse toda la noche. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando esa chica despierte, sabrá que tenía un buen motivo para no morirse todavía – concluyó satisfecha. Y cuando parecía a punto de retirarse a hacer su paseo por el resto de los pacientes, lo pensó un instante y se acercó para dedicarle una última confesión – Está bien. Hay más. Y sí, soy culpable. No he podido evitar echar una ojeadita de cuando en cuando. Y no puede usted figurarse, doctor, hasta qué punto me ha conmovido escuchar como ese hombre, le relataba a la chica todas las cosas que harían juntos si le concedía esa cita. Aún tengo la piel de gallina, doctor. Porque, ¿sabe qué? Así es como yo me imagino el amor. *** Ya sé que no puedes oírme. Y probablemente te reirías de mí si lo hicieras. Pero tengo que decírtelo. Tienes la sonrisa más bonita que he visto nunca – presionó con ternura los dedos delgados que se aferraban a los suyos involuntariamente – Sólo quería que lo supieras. Por si no tengo valor de repetirlo. Aunque algunos me consideran ahora una especie de héroe, solo porque me guiaste hasta ti y te encontré, no lo soy. Soy un tipo corriente. Y un cobarde en las cosas del corazón. Me conozco. Me allano ante lo extraordinario. Y tú lo eres. Muy especial. Muy extraordinaria. Así que por eso estoy aquí. Tenía que compartir contigo todos los recuerdos que aún no hemos creado juntos. Las veces que hicimos el amor, los besos que nos dimos, cada abrazo, nuestra boda, nuestro hijo… Tenías que verlo. Por si acaso decidías que te había llegado la hora, y pretendías largarte del mundo sin saber lo maravillosa que te ves desde este lado. Sin saber… Hola.

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Annie había despertado. Le miraba con aquellos ojos azules inmensos y sinceros. Ella también estaba hecha un asco, pero nunca la había visto más bonita. El corazón del hombre dejó de latir por un instante para alcanzar al siguiente un ritmo desenfrenado. ¿Te llamas Luka… verdad? – lo preguntó como si no necesitara respuesta, como si lo conociera de toda la vida. Su voz era débil y sonaba ronca. Parecía costarle un gran esfuerzo pronunciar cada palabra, pero no se resignaba a que muriesen en sus labios. No soltaba su mano. La apretaba con fuerza y la guiaba hasta su pecho, dejándola estar allí, firmemente, sin dejar de mirarle un segundo – Yo… soy Annie. Lo sé. Te recuerdo…- hizo una pausa, entornando los párpados, tratando de ubicarle tal vezEres el que siempre pide esos donuts… una docena… Los chicos del turno siempre están hambrientos. ¿Luka…?- ella parecía confusa, pero no asustada – Tuve un sueño muy raro… Y tú… tú aparecías en él. Luka no contestó. Estuvo bien... los dos parecíamos… felices – ahora enredaba los dedos entre los suyos y Luka contuvo el aliento. Ella le miró largamente y volvió a hablar con su voz distorsionada por el estragos del humo - Me alegra… haberte conocido… Mi padre… me ha prohibido que salga con desconocidos. Nuevamente cerró los ojos y Luka se alegró de que no pudiera verle. Quizá Annie prefería quedarse a solas, así que hizo el ademán de apartarse. Pero ella le animó a quedarse, presionando suavemente su mano contra el pecho. Me has salvado, Luka – murmuró de repente, antes de que su voz se apagase definitivamente, indicando que entraba en un profundo sueño. Y tú a mí, Annie… Y tú a mí.

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