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JUAN B. BÈRGUA

HISTORIA

EL

DE

LAS

TOMO

IV

RELIGIONES

CRISTIANISMO (II)

Dedico especialmente este libro a aquellos que, no cegados aún completamente por una creencia a la que han sido llevados por el interés o por falta de conocimiento, sean ca- paces de admitir que frente a su VERDA D pueda haber otra, a la que tienen derecho a discutir e incluso negar; pero luego de cono- cerla. No a hacerlo empujados tan sólo por puro fanatismo. Fanatismo tan ignorante como irracional.

CLASICO S

BERGU A

Apartado 8.085 - Teléfono 243 98 37 - Madrid

©

JUAN

B.

BERGUA,

1977

Clásicos Bergua - Madrid (España)

ISBN :

ISBN:

84-7083-080-5

84-7083-081-3

Tomo

O.

C.

II

Dep. legal: M . 33.142-1977 (II)

Impreso en España

Printed in Spain

IMPRENTA FARESO -

PASEO DE

LA DIRECCION,

5

- MADRID-29

EXAMEN DE LAS EPISTOLAS DE SAN PABLO

EPISTOLA

A

LOS

ROMANO S

En un estilo deplorable, confuso, oscuro, en ocasiones pun- to menos que ininteligible, como, por supuesto, todas las Epístolas, salvo en contados momentos , prueb a clar a de un espíritu, o mejor sería decir, espíritus no ordenadamente

equilibrados y ademá s fanáticos, lo primero que hace saber Pablo, si queremos que él sea su únic o autor, o él y sus co- laboradores, en esta Epístola, primer a de las que figura n como suyas (no cronológicamente , sino a causa de la im - portancia que se le atribuye en la colección canónica), son

de las que él, por lo que se puede juz-

gar, estaba absolutamente seguro: «Qu e habí a sido llamado

al apostolado y elegido par a predica r el Evangeli o de Dios.»

Que este Evangelio habí a sido prometido por los profetas

en las Santas Escrituras (307). Que el Evangelio se referí a

a su Hijo (al Hijo de Dios), que por la carne descendía de

David (308). Que este Hij o era poderoso, «según el Espírit u Santo» , a partir de la resurrecció n de entre los muertos (¿ante s no?). Y que es de Jesucristo de quien, com o se lee se- guidamente: «H e recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe, para gloria de su nombre en todas las naciones. » Y tras ta n innegables verdades (309)

unas cuantas cosas

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I.

B.

BERGUA

empieza el sermó n epistolar: «La gentilidad desconoció a Dios y éste la castigó entregando a los hombres a las pa- siones vergonzosas» (310), es decir, segú n Pablo, a amarse, tanto los hombres como las mujeres, contra natura, y tam- bié n a todos los pecados y crímene s que enumera. Pero cons- te que, según Pablo, fue Dios quien «les entregó a su reprobo sentir, que les lleva a cometer torpezas», por no haber pro- curado conocerle. Por lo demás , si los gentiles se apartan del camino de la salvación, también los judíos. Naturalmen- te, que tanto unos como otros estaban en pecado, ya habí a sido escrito. Y para probarlo copia dos encantadores troci- tos de los Salmo s XI V y LIII (1-3 y 2-4, respectivamente).

Por fortuna. Dios no se limita tan sólo a entregar a su «reprob o sentir» a los que le enfadan no procurando cono- cerle, sino que, aunque ello esté en abierta contradicció n con lo anterior, ha otorgado a la Humanidad la salud me- diante Cristo, al que ha puesto Dios como sacrificio propi- ciatorio (311). Y tras declarar, pensando en los profetas, que Dios no es tan sólo Dios de los judíos, sino también de los gentiles, «puesto que no hay má s que un solo Dios que jus- tificará la circuncisión por la fe, y el prepucio por la fe», preciosa frase, que quiere decir, sin duda, tal interpreto, al menos (creo, perdónesem e la inmodestia, que me he vuelto listísim o a fuerza de tratar de comprender a Pablo, a no ser que el Espírit u Santo se digne de cuando en cuando acercarse a mí) , que la fe salva, se tenga o no disminuida la parte terminal de uno de los órgano s má s adecuados no sólo para la eliminación de residuos líquidos, sino para agradar al sexo contrario al que pertenecían Adán y Jesús. Cito a ambos para sacar de su obra la consoladora consecuencia de que si bien a causa del inmoderado afán del primero a las manzanas «entró el pecado y la muerte en el mundo» , el don de la justicia reinará en la vida «por obra del otro». Amén. Lo entrecomillado es del gran apóstol. Y tras declarar—de- cía—qu e Dios lo es tanto de los judíos , como de los gentiles, afirmació n sumamente tranquilizadora, continú a siempre acertado y clarividente.

Así, en el capítulo IV aprendemos cosas que si al princi-

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LAS

EPISTOLAS

DE

SAN PABLO

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p i ó asombran («qu e cuantos hemos sido bautizados en Cris- to Jesús, fuimos bautizados para participar en su muerte» , crucigram a que da un poquito que pensar), luego nos llenan de alegría al saber que «si hemos muerto con Cristo, tam- bién viviremos con él». En el VII , tras declarar a los cristianos libres, no ya de

las leyes, per o sí de la le y judía , escrib e (versículo s 7 a 12) las siguientes líneas: «¿Qué diremos entonces? ¡Que la ley es pecado! ¡No, por Dios! Pero que yo no conocí el pecado sino por la ley. Pues yo no conocería la codicia si la ley no dijera: 'No codiciarás.' Mas con ocasión del precepto obró en mí el pecado toda concupiscencia, porque sin la ley el pe- cado está muerto. Y yo viví algú n tiempo sin ley, pero sobre- viniendo el precepto, revivió el pecado, y yo qued é muerto,

y hallé que el precepto, que era para vida, fue para muerte.

Pues el pecado, con ocasión del precepto, me sedujo y por él me mató . En suma, que la ley es santa, y el precepto san- to, y justo, y bueno.» A propósit o de estas palabras, ejem-

pl o entre mi l de l estilo enrevesado y oscuro y del ma l es-

cribir de Pablo o de quien sea, ¡cuánto no se ha discutido

y opinado! Pero, la verdad, ¿valía la pena? Que lo prohibido

mueve a codicia sabido es. Pablo, tan crédul o para las le- yendas bíblicas, sabía mu y bien, sin duda, que nada hubiera incitado tanto a Eva , y a todas las Evas, como la prohibi- ción, no la elocuencia de la serpiente, aunque dentro de ést a hubiera estado Demóstenes . Millones de hijas suyas mordería n despué s la manzana antes que les estuviese per- mitido, y la mayor parte a causa precisamente de no estar permitido. De modo que este crucigrama no es ni má s ni menos interesante que todos los que se encuentran hasta llegar a él. E igual lo que sigue, no obstante tratar de la potencia maligna del pecado y de la vida del espíritu . Pues cuanto sobre ello se dice, leído sin el espíritu embargado por la fe, tan dispuesta siempre a aceptar cuanto se le ordena que acepte y admire, es tan nimio y tan pedestre que no sé si a aquellos romanos a quienes iba dirigidos les interesaría, admirarí a y edificaría (creo que no o eran ton- tos de remate); pero hoy no hay medio de leerlo sin bos-

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T. B. BERGUA

tezar a fuerza de intentos por comprender, ademá s de tener que volver sobre ello una docena de veces, sobre lo que se va leyendo. Que, por supuesto, una vez, al fin , entendido, se encuentra vulgar, insignificante, sandio y vacío. Vaya un botó n de muestra: «Los que son segú n la carne sienten las cosas carnales, los que son segú n el espíritu sienten las co- sas espirituales.» Perogrullo al parche. Además, ¿acaso lo interesante no hubiera sido enseñar , si ello era posible, a los carnales a volverse espirituales? Ell o sin contar lindezas tan claras como la que apunta un momento antes: «Pues lo que a la ley era imposible, por ser débil a causa de la carne, Dios , enviando a su propi o Hij o en carne semejante a la del pecado, y po r el pecado, conden ó el pecado en la carne para que la justicia de la ley se cumpliese en nos- otros, los que no andamos segú n la carne, sino según el espíritu.» La solución mañana . A menos de ser teólogo, claro.

Por fortuna, al punto dos afirmaciones consoladoras: que el Cristianismo es hijo de Dios, y que «los padecimientos del tiempo presente nada son en comparació n con la gloria que ha de manifestarse en nosotros, porque el continuo anhelar de las criaturas ansia la manifestació n de los hijos de Dios, pues las criaturas está n sujetas, no de gracia, sino por razó n a quien las sujeta, con la esperanza de que tam- bié n ellas será n libertadas de la servidumbre de la corrup- ción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios». ¿Cómo? ¿Que no se entiende? ¿Pues por qué, sino porque no se entiende, digo que es consolador? ¿Habr á algo má s consolador que no entender las estupideces? Pues, ¿y esto?:

«Y el mism o Espírit u viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mism o Espírit u aboga por nosotros con gemidos in- falibles, y el que escudriñ a las cosas conoce cuál es el deseo del Espírit u porque intercede por los santos segú n Dios.» ¿Que esto tampoco ni el propio Cristo lo entiende? Pacien- cia, hermano. Y perseverancia. Tengamos en cuenta que se trata de cosas inspiradas y que la llam a que ilumin a no gus- ta de caer sino sobre los escogidos. Po r lo demás , Pablo

EXAMEN DE LAS

EPÍSTOLAS

DE

SAN

PABLO

habla de los profetas de Dios con una seguridad que des-

concierta. Pues mueve a considerar qu é demencia es mayor,

si la suya o la de los que le creen. Oigámosle: «Ahora bien:

sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados. Porque a los que de antes conoció, a éstos los predestin ó a ser conformes con la imagen de su Hijo , para que éste sea el primogénit o entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó,

a éstos los justificó; y a los que justificó, a éstos también los glorificó.»

No sigo copiando por no privar al lector del placer incom-

parable de acudir él mism o al texto y descubrir con sus propios ojos cosas tan sublimes, tan claras, tan interesan- tes, tan profundas y tan admirables. Llenémonos, pues, de esperanza y adelante sin desfallecer. El propio Pablo, te- miendo, sin duda, la «espanta», nos anima al punto dicien- do: «Mas en todas estas cosas venceremos por aquel que nos amó . Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni

la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni

lo venidero, ni las virtudes, ni la altura, ni la profundidad,

ni ninguna otra criatura podr á arrancarnos el amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor.» Amén. Amén y ¡admirable! ¡Admirable de todo punto! Pues, ¿y la modestia de detener- se en la hermosísima enumeración? Tras «la profundidad» pudo seguir: ni las carracas, ni los grillos, ni las moras de

zarza, ni las de árbol, ni las golondrinas, ni las abejas, ni

Y seguir enumerando hasta

dos minutos antes de entrar en el coma que dulcemente

los zánganos, ni las hortalizas

elevó su alma a la mansió n inefable.

Luego la emprende de nuevo con los judíos . Este movi- miento de sublime arrojo, en el capítulo IX . Pero en el XI nos consuela saber, ¿qu e tal vez va ya a acabar pronto? Por supuesto, pero no es esto sólo, sino que la reprobació n de los judío s no es total. La Iglesia, sin duda por seguirle en todo, com o es justo, acaba de reconocer generosamente:

que ni siquiera son «deicidas» ¡Generosidad admirable! Al -

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T.

B. BERGUA

gunos judío s seguramente habrá n muerto de gozo. Pero si- gamos. Luego, en los capítulos XI I al XV , el alm a se ensancha

al llegar en ellos a la parte moral. Esta parte empieza con

un ruego hermosísimo . Sí, muy hermoso, aunque yo no

comprenda bien ni lo que quiere decir ni cóm o se puede

hacer. Pero antes de copiar sus palabras vaya un breve in- ciso, que me tiene desconcertado. A saber: Que este Dios de Pablo es incomprensible. En el IX , 14, acaba de decirnos

una

cosa que, aunque la sospechábamo s con sólo conside-

rar

el espectáculo que ofrece el Mundo, nos parecía un poco

fuerte: Que no hay justicia en Dios. Por supuesto, a Moisés se lo había dicho ya bien clarito: «Tendré misericordia de

quien tendr é misericordia, y tendré compasión de quien ten-

d r é compasión.» Total, que, como todo dictador, no hay otra

justicia ni otra ley que su capricho. Pero olvidemos esto tan duro y desagradable, y veamos lo que decía hace un instan-

te que no comprendí a cóm o se puede hacer (en el texto, en

XII

, 1 y sigs.): «Os ruego, pues, hermanos, por la misericor-

dia

de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia

viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional. Que no os conforméis a este siglo, sino que os transforméi s por

la renovació n de la mente, para que procuréis conocer cuál

es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta.»

Si aquellos romanos entendieron a la primera, me decla- ro sin rubor inferior a ellos. Luego, sin enseñar cómo se

puede llegar a la perfección, lo que parece probar que para

sus amados hijos no era problema, se limita a aconsejar

a

los ribereño s del Tíbe r que sean modestos; que obedezcan

a

los poderes públicos; que no olviden lo de «ama al próji-

m

o com o a ti mismo», consejo bonito , bie n que algo difícil

de ejecutar a causa de este poquito de cascara egoísta en la

que al nacer nos envuelve la Naturaleza, y, en fin, que no

se flaquee en

Paso en silencio los consejos menores, por decirlo así, tales como: «No destruyáis por amor de la comida la obra de Dios.» «Todo lo que no es según conciencia, es pecado.» «Los fuertes debemos sobrellevar la flaqueza de los débi-

cuestiones

de fe.

 

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

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les.»

Etc. Saludable y hermosísim o

todo. Má s

otras

cosas

tan ciertas y claras como que:

nistr o d e l a circuncisió n po r l a veracida d d e Dios » (XV , 8).

Y con ello y de propina unas palabras diciéndoles de dón- de viene, adonde va y qu é piensa hacer luego, glorioso epí- logo que a causa de mencionar a Españ a nos ha valido glo- ria inmarcesible; má s que no hace mucho tiempo paseasen por nuestro conmovido suelo algo que se harí a ma l dudando que era uno de sus brazos, ¡quién sabe si incluso el que es- cribió estas cosas admirables que estamos viendo!; má s re- cordarles que no olviden saludar de su parte a unos cuantos hermanos y hermanas, a los que estimaba muy particular- mente, acaba esta admirabl e Epístola, que ahora me pregun- to si, dado que es la que se considera la mejor de todas, ha- b r é hecho bien hablando de ella la primera. Porque, ¿n o encontraremos al punto inferiores a las demás ? Pero no creo que debamos preocuparnos mucho, pues aunque no alcancen las otras la hermosura sin par y méritos , que yo algún día conseguiré, sin duda, advertir en ésta, tan llenas está n tam- bién, como se va a ver, de cosas admirables, como reveladas y divinas que son, que no podremos menos de considerarlas como otras doce perlas canónicas. En cuanto a ésta , si es por ella por la que debiéramo s de- cidir de la «genialidad» del Apóstol de los Gentiles, no po- dríamo s menos de quedar perplejos. Pero que ello no nos desanime. No se consigue así como así, de golpe, como si dijéramos , entender bien y familiarizarnos con algo cuya inspiración vino de tan alto. Sin contar que los genios son los genios, y a los humildes no nos queda otro recurso que admirarlos sin comprenderlos. Pasemos, pues, a ver si con las otras Epístolas tenemos má s fortuna . Quiero decir má s capacidad de juicio. Y vamos con la segunda que nos brinda la colección canónica : la a los Corintios.

«Os digo que Cristo fue mi-

EPISTOLAS

A

LOS

CORINTIOS

¡Gran ciudad, Corinto! Bie n situada en un istmo casi tan encantador como una carta paulina. Dos puertos, mucho

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I.

B.

BERGUA

comercio, riqueza, placeres costosos. En la antigüeda d no habí a juerguista con dinero que no lo pasase allí muy bien. Naturalmente, Pablo, que llegó sin blanca y sin otro tesoro que el incomparable de su misticismo, con sus piernas tor- cidas, sus ojitos azules y su cara de ángel feo, las pas ó mo- radas. Tanto má s cuanto que en vez de ir con el propósit o de recorre r las snack-tabernas de la gra n ciuda d ofreciendo judía s de las no comestibles y sí tan sólo gratamente mor- disqueables u otros artículo s de contrabando, llegó con la turbia intenció n de fundar el primer grupo, sea de eseniós, sea de cristianos, lo que, fuese una u otra cosa, qu é má s da, como bien se comprende, siendo los esenios de una pureza total, y los cristianos hay que creer que lo mismo, pues en lo que a jolgorio afectaba, no hay ni que pensar en ello. Total, que—como decía—en vez de a las bodegas y a los prostíbulos, se le ocurrió ir a la sinagoga; una vez en ella se ech ó a hablar, de mod o que, si damos crédit o a los He- chos (XVIII) , veremos que tuv o que salir de allí al cabo de un añ o y seis meses, si no por piernas, pues las suyas no eran de las má s sólidas, y quizá por ello, por velas. Entién- dase, en un barco. Si como polizón o como viajero normal, esto no lo dice el libro que habla de sus viajes. En todo caso, en una nave que no par ó hasta Cesárea. Esto ocurría , po r lo visto, entre los año s 51 y 53 de nuestra era. El 56 Ies

escribi ó desde Efes o la Epístola que vamo s a tener el place r de admirar. A Corinto, sin duda, no volvió. Fue lástim a por- que con un poco menos de entusiasmo apostólico y algo má s de alegría mundana se pasaba allí, por lo que sabemos, pero que muy bien. El propio Horacio, no obstante ser regordete, blandito, no má s alto que Pablo y quié n sabe si de los que gustaban del amor contra natura, del que acabamos de oír protestar al patizambillo de Tarsis, habí a cantado Con su aburrida elegancia poética, acostumbrada a la sodomític a Korinto s griega: Non cuivis homini contingit adire Corin- thum («N o todos los hombre s pueden ir a Corinto») . Per o los ángeles sí, y Pablo lo era, y como acabo de decir, a Co- rinto fue y en Corinto permaneci ó bastantes meses, sin aso-

el suntuoso templo consagrado a Afrodita, des-

marse po r

EXAMEN DE LAS

EPISTOLAS

DE

SAN PABLO

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preciando a los viciosos y despreocupados, huyendo de la vida rica y de las costumbres licenciosas, y dedicándos e tan sólo a la admirable misió n de convencer a los que quisieron escucharle que el Ungido, predicho y anunciado por los pro- fetas judío s como justo entre los justos, hablaba por su boc a invitándole s a salvarse. Per o vengamos a la Epístola, que de la gran ciudad tan sólo tuvo el nombre. Mejor dicho,

a las Epístolas. Porqu e escribi ó dos. Ta l vez más . Pero , po r desgracia, tan sólo dos han llegado a nosotros. S i n duda, porque la primera carta no produjo los efectos apetecidos en un a ciuda d tan endurecida en los vicios, es- cribió una segunda. Ya digo que seguramente má s incluso, pero se han perdido. Cierto que si se hubiesen perdido tam- bié n las dos que han quedado, el ma l no hubiese sido muy grande. Pero vamos con la primera . Comenza r po r la se- gunda no sería lógico. Esta primera empieza asegurando que por «voluntad de Dios» es apóstol de Jesucristo. Excelente empiece, en ver- dad. Y afirmació n de la que seguramente no duda ninguno de cuantos creen que todo, por estar en manos de lo que llaman Providencia, de esta Providencia depende. Por su- puesto, si es verdad, como muy bien pudiera ocurrir, que no cae una hoja de árbo l sin su mandato, mucho menos, como bien se comprende, un apostolado tan importante. Dice tambié n que Sostenes (acentú o esta primera sílaba para que no haya confusiones), a quien seguramente dictó la carta, pues de otro modo no se comprende por qu é ni para qu é le cita, está con él. Y a continuación, nueva afirma- ción sumamente esperanzadora. Esta, para cuantos aspiran

a la santidad (yo he estado a punto de decidirme muchas

veces, pero siempre un puntillo de modestia me ha dete- nido): Que todos aquellos «que invoquen el nombre de nuestro Seño r Jesucristo están llamados a ser santos». Tam-

bié n les promete acto seguido que Jesú s se les manifestar á

y «confirmará plenamente para que sean hallados irrespon-

el día de nuestro Seño r Jesucristo». Y tras instarles

a que no hagan discursos entre ellos y no digan unos, «soy

de Pablo»; otros, «yo de Kefas (Pedro)», y un tercero, «yo de

sables

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J.

B. BERGUA

Apolo» (312), lo que indica, sin géner o de duda, que tres

corrientes luchaban ya (siria, judí a heterodoxa y egipcia) en

la formació n del mito de Cristo, a causa de haber sido bau-

tizados (rito esencialmente esenio) por uno u otro de ellos,

y asegurar que a él «no le envió Cristo a bautizar, sino a

evangelizar» (313), continú a con frases de ordinario suma- mente oscuras y enrevesadas, aconsejando a los corintios

que no se envanezcan ni se alaben de ser sabios y letrados, porque «Dios ha hecho necedad la sabidurí a de este mun- do». Y tras tan alentadora afirmación , para inclinar a sus

bautizados hacia los pesebres, se ofrece él mism o como ejemplo, pues «qu e nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me pre- senté a vosotros en debilidad, temor y mucho temblor» . ¿Quería decir que llegó a ellos aquejado de muchos males físicos, pese a lo cual les hablaba gracias «al espíritu de

fortaleza»?

En todo caso (que cada uno entienda lo que pueda, si es capaz de entender algo), al punto asegura que los «perfec-

tos», entre los que se cuenta, hablan «un a sabiduría que no

es de este siglo, ni de los príncipe s de este siglo (314), que quedan desvanecidos, sino que enseñamo s una sabiduría di- vina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria» (315). Este tono; esta maní a de predilección divina, de grandeza

y elección particular puramente soñada y enteramente ilu-

soria; este desvariar sobre lo incognoscible, que él, como asegura una y otra vez, tiene gracias a particular revelación, se advierte continuamente a travé s de sus cartas: «Pues Dios nos lo ha revelado por su Espíritu; que el Espíritu todo lo advierte, hasta las profundidades de Dios.» Nad a más . Es decir sí, aú n más : Que él, pobre, desdichado, infe- liz, todo «debilidad, temor y mucho temblor » en cuanto al cuerpo, en cuanto al espíritu se sentía tan fuerte y seguro como para escudriña r «hasta las profundidades de Dios».

Y llevado de incontenible vesania de protección divina, si-

gue: «Nosotro s no hemos recibido el espíritu del mundo,

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

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sino el Espírit u de Dios, para que conozcamos los dones que Dios mismo ha concedido.» Luego se levanta de nuevo entre prolijidades fatigosas, en las que para rellenar el vacío total que las forma invoca constantemente «la gracia de Dios» («según la gracia de Dios que me fue dada, yo, como sabio arquitecto, puse los ci- mientos» , dice en cierto momento) contra las divisiones de la Iglesia de Corinto, donde, como ha sido dicho, unos se fiaban de él, otros de Kefas y otros de Apolo. Acabando,

luego de hacerles saber que son templos de Dios y que el Espírit u de Dios habita en ellos, que, no obstante, com o ase- gura al punto, si alguno se cree sabio tendr á que hacerse necio para llegar a serlo «porqu e la sabidurí a de este mun- do es necedad ante Dios», y «que es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios». Acabando—decía—po r instarles a que se pasen a su bando: «Os exhorto, pues, a ser imitadores míos.» Y hasta les amenaza para cuando vaya a la ciudad:

«¿Qué preferís, que vaya a vosotros con la vara o con amor

espíritu de mansedumbre? » Luego, tras dura reprimenda

a los judío s de Corinto, «pues es ya públic o que entre vos- otros reina la fornicación, y tal fornicación cual ni entre los gentiles, pues se da el caso de tener uno la mujer de su padre» , y de advertirles sobre que es preferible sufrir la injusticia y ser despojados, a tener pleitos unos con otros, y que ni los injustos, ni los fornicadores, ni los idólatras , ni los adúlteros , ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los ebrios, ni los maledicentes, ni los rapaces, poseerá n el Reino de Dios, y tras insistir y condenar espe- cialmente la fornicación (para ello emplea argumentos que, de creerle, moverá n a los que de tal cosa sean capaces, a huir de la carne y a considerar como la primera de las virtudes enfrentarse, en lo que a esto afecta, a la Naturale- za: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar yo los miembros de Cristo para ha- cerlos miembros de una meretriz?»), responde a preguntas que, por lo visto, le había n hecho algunos hermanos de Co-

y

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J.

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BERGUA

rinto (316). La primera, relativa al matrimonio Est a cues- tió n es bastante conocida. No obstante, diré lo esencial. Según Pablo, «bueno es para el hombre no tocar mujer». Añade : «Quisiera que todos los hombres fuesen como yo.»

Pero, sin duda, dándos e cuenta

mentos no eran iguales y que «cad a uno tiene de Dios su propia gracia», con lo que los eróticos quedaban disculpa- dos, añade : «Que el que no pueda guardar castidad, que se case, pues mejor es casarse que abrasarse » (a lo mejor, en vez de esta palabra escribió otra, que en españo l incluso rim a con ella, y que por pudor fue sustituida). Y que «en cuanto a los casados es precepto del Señor , no suyo (317), que la mujer no se separe del marido » (318). Po r lo demás , tanto el casado como la casada deben ocuparse de las cosas del mundo y de agradarse el uno al otro. Insistiendo sobre que: «La mujer casada ligada est á por todo el tiempo de vida a su marido.»

Como, por lo visto, le había n preguntado tambié n si se

podí a comer las carnes sacrificadas en honor de los ídolos,

costumbre para decir que «aunqu e

algunos sean llamados dioses y muchos señores , para nos- otros no hay sino un Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, po r quien son todas las cosas y nosotros también » (319). E inmediatamente, y entre mucha palabrerí a vana, pues Pablo es má s generoso en retóric a complicada y torcida que en razones claras y derechas, dice lo siguiente (IX , 11, 12), que no deja de ser interesante: «Si sembramos en vosotros bienes espirituales, ¿qu é mucho que recojamos bienes ma- teriales? Si otros tienen derecho a participar en vuestros bienes (alusión, sin duda, a las gabelas e impuestos de to- das clases), ¿no lo tendremos nosotros?» Y a continuación, poniendo como ejemplo «qu e los que ejercen las funciones sagradas viven del santuario, y los que sirven al altar, del altar participan » (cuando convenía, bueno era imitar a los paganos; cuando no, ¡duro con ellos!), afirma con la mayor tranquilidad la siguiente mentira, que en adelante justifi- carí a la manera de obrar de la Iglesia en cuestiones econó-

aprovecha reprobar tal

de que todos los tempera-

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS DE

SAN PABLO

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micas : «Pue s as í ha ordenado el Señor a los que anuncian

el Evangelio , que del Evangelio vivan» (320). E inclus o aña -

de al punto, taimadamente (sin duda, pensaría : la semilla echada está; aguardemos a que fructifique), que él no hace uso «de este derecho» ni escribe «par a hacerlo valer». Es- condiendo la mano tras haber tirado la piedra, continú a llenándose de pronto de santa unció n mística : «Prefiero mo- r i r antes que privarme de esta mi gloria. Porque evangeli- zar no es gloria para mí (¿e n qu é quedamos?; sin duda, es- tos arrebatos de celestial ventura se le llevaban, con el al- bedrío , la memoria), sino necesidad. ¡Ay si no evangeliza- ra!» Es decir, que él, como no predicaba voluntariamente, sino obligado, lo hacía, al menos trataba de hacerlo creer, gratuitamente. Claro que al punto le vamos a ver pedir de nuevo. Pero no adelantemos los acontecimientos.

En el capítulo XI ,

que

empieza

diciendo

una

vez

más :

«Sed imitadores míos», encontramos el origen de la, sin duda, santa y piadosa práctica, puesto que de él viene en-

trar los hombres en la iglesia descubiertos y, por el contra- rio, las mujeres con algo sobre la cabeza. La cosa es idiota, pero ahorremos todo comentario o tendríamo s que tener continuamente en los labios palabras agrias de condenación,

y

sigamos adelante limitándono s a transcribir sus consejos

y

afirmaciones. A propósito de «que la cabeza de todo va-

r ó n es de Cristo; la cabeza de la mujer, del varón, y la ca- beza de Cristo, Dios», y luego de tan linda y caprichosa concatenación añade : «Todo varó n que ora o profetiza ve- lada la cabeza, deshonra su cabeza (¿no la deshonrar á má s

pensar y decir majaderías?) ; es como si se rapara. Si una mujer no se cubre, que se rape. El varó n no debe cubrir la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es

mujer, sino

gloria del varón, pues no procede el varó n de la

la muje r del varó n (la fabulita del Génesis admitid a com o verdad inconcusa); ni fue creado el varó n para la mujer,

sino la mujer para el varón.» Amén. Esto es también , sin duda, genial y admirable. En todo caso, tiene un tufo a ma- jaderí a total que no hay quien le aguante. Cierto que como los genios escriben para los genios, y yo disto mucho de

18

].

B.

BERGUA

serlo, estas genialidades y otras muchas del mism o tono me parecen todo lo contrario. Sigamos.

A continuació n habla del modo de celebrar los ágapes.

Y aqu í leemos nuevas afirmaciones peregrinas. Veamos:

«Porqu e yo he recibido del Señor lo que os he transmitido :

que el Seño r Jesús, en la noche que fue entregado, tom ó

el pan, y despué s de dar gracias, lo parti ó y dijo: Este es

mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria

mía . Y asimismo despué s de cenar tom ó el cáliz diciendo:

Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; cuantas veces bebáis hacedlo en memoria mía . Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este vino anunciaréis la muerte del Seño r hasta que venga.» Esta escena es una alteración

de la que semejante, pero distinta, figuraba en el Evange-

lio de Marción . El Jesú s de éste , el 14 nisan, dí a en que los

judío s inmolaban el cordero pascual, fundaba un rito nue-

destinado a sustituir la pascua judía , pues, segú n su ma- nera de entender las cosas, habí a que olvidar y renegar de todo lo judío . Para ello, en vez del cordero pascual daba

vo

a

comer a sus discípulos un pan ofrecido como figura de

su

cuerpo. Siendo este cuerpo inmaterial, ya que el Jesú s

de

Marció n tan sólo de hombre tenía la apariencia, pues,

como él decía: «Dios no hubiera podido tomar carne y per- manecer puro » (321), podí a ofrecerle de este modo. Y al hacerlo decía simplemente: «Tomand o el pan, luego de dar gracias le partió. Y le distribuyó a los discípulos diciendo:

Este es mi cuerpo, que se da por vosotros. Y lo mismo la copa, diciendo: Esta copa es mi testamento, por mi sangre, que es vertid a po r vosotros. » Est a copa, en Pabl o er a ya

cáliz; luego llegarí a a riquísim o grial de oro y piedras pre-

en España) . Y en

ciosas (del que hay varios ejemplares, uno

la mesa un mantel, ¡que a aú n se conserva y se venera! (322).

Creo que vale má s pasar a otra cosa.

Luego habla de los dones espirituales para decir que son varios, no obstante ser el Espírit u uno. Como uno es el cuer- po, no obstante estar compuesto de muchos miembros. Todo para acabar que en la Iglesia, «según la disposición

de Dios», hay, sin romper su unidad, una jerarquía . Jerar-

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

19

quí a que enumera y establece. Com o ya he dicho, siempre que en una Epístol a oímo s nombra r a la Iglesia, podemos estar seguros de haber tropezado con una interpolación . En todo caso, a medida que la Iglesia, tal Iglesia ya un siglo m á s tarde, no antes, iba ayudándos e del nombre de Pablo para formarse, se comprende que llenase a éste de fam a y de gloria, puesto que iba cimentando a su costa cuanto edificaba. Pero creo que no haga falta insistir sobre que un místic o como Pablo, que de vivir, vivió mucho antes que hubiese Iglesia, y que cuanto le importaría , por lo que pode- mos imaginar, era predicar su Evangelio de Cristo, ¿se hu- biera detenido jamá s a establecer jerarquía s innecesarias entonces, puesto que en las ciudades en que se iban agru- pando adeptos y formando pequeña s comunidades o colo- nias (si se trataba de esenios), estas colonias estaría n inte- gradas por un puñad o de fieles que se consideraría n com o hermanos? Hasta que apareciesen los «guardianes» , los «pro- tectores» , los «episkopoi » (-------obispos), tendrí a que pasar aú n algú n tiempo. E l necesario para que los grupos de fieles fuesen ya suficientemente numerosos y sus recur- sos económico s de determinada importancia. Pero segura- mente Pablo no alcanz ó este tiempo.

Seguidamente se ocupa de la caridad. Pero una vez más , palabras y má s palabras. Si n duda, hermosísimas , pero cuya belleza, si la tienen, a mí , una vez más , ¡ay!, se me escapa. Palabras y piropos, pero no razones que expliquen si con- viene ser caritativos. Porque decir que la caridad es pacien- te y benigna, que no es envidiosa, ni jactanciosa, ni se hin- cha, etc., no es sino enhebrar adjetivos, enfilar palabras tras palabras, para acabar afirmando que entre la fe, la esperan- za y la caridad, la má s excelente es ésta . Pero de acuerdo, q u é diantre. Fe en quimeras, por mu y celestiales que se asegure que son, y esperanzas sin fundamento y puramente quimérica s tambié n para quien las quiera. En cuanto a la caridad, si se olvida lo que representa com o subterfugio para salir al paso y tratar de remediar injusticias sociales e in- cluso sostenerlas, buena es, útil muchas veces, necesaria

1

20

J.

B.

BERGUA

siempre mientras la riqueza esté mal repartida. Sin olvidar la caridad por excelencia, la espiritual: enseñar al que no sabe. Pero verdades, no mentiras en tono solemne. Al punto habla de los dones de lenguas y profecía. Pasar esto por alto es lo má s razonable que se puede hacer. Y a continuación, de la resurrección. Sobre esto asimismo, ¿qué mejor se puede hacer racionalmente que volver la hoja, de- jando dormir la abundante palabrería , sin fundamento, de Pablo? Porque, ¿cóm o tomar en serio lo de: «E n un instan-

te, en un abrir y cerrar de ojos, al últim o toque de la trom- peta—pues tocar á la trompeta—, los muertos resucitará n

incorruptos y nosotros seremos

bién? ¿Puede ser genial, ni tan siquiera prudente, elevar las estupideces a la categoría de dogmas? ¿Y seguir afirmando que todas estas insanidades son divinas y reveladas? Cierto que la fe ciega los ojos y pone un tupido velo sobre las in- teligencias. Que muchas inteligencias nacen con tan escasas alas que imposible les es salir de los planos má s bajos, torpes y vulgares, a causa de lo cual, lo falso, lo absurdo y lo tontamente asombroso y falsamente maravilloso es su natural elemento. Pero ¿y las que para otras actividades in- telectuales demuestran poseer alas poderosas? ¿Cóm o ésta s pueden luego hundirse o volverse para otras enseñanza s cie- gamente irracionales? Incomprensible.

inmutados» ? ¿Genial tam-

En cuanto a Pablo, una vez más , ¡ay!, baja del Cielo, sin duda tambié n por mandato divino, a la prosaica Tierra, y ¡ea!, digámoslo , por poco evangélico que esta vez parezca:

Baj a par a pedi r d e nuevo. L a Epístola acaba, sí, tendiendo la mano. Pide y pide que se haga una colecta para cuando él vaya a Corinto. Co n esto y unas amables palabras de exhor- tació n y unos afectuosos saludos, pues Pablo, ademá s de exaltado, enclenque y elegido de Dios, es hombre fino, acaba esta primer a carta a los corintios. Ta l vez lo grande, lo ge- nial, lo digno del Apóstol de los Gentiles, esté en la segunda. Veámoslo. En ésta, al llegar al epígrafe IV , tras haberme parecido ab- solutamente insignificante (ganas me dan de escribir tonto de solemnidad) todo lo anterior, me doy cuenta de por qu é

,

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

21

me ha ocurrido tal cosa: Porque, sin duda, soy uno de «los infieles que van a la perdición, cuya inteligencia cegó Dios en este mundo para que no brille en ellos la luz del Evange-

lio, de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios». Cierto. Mi inteligencia debe estar cegada cuando algo tan claro, cierto

e importante como lo de «la luz del Evangelio, de la gloria de

Cristo, que es imagen de Dios», y lo que dice a continuación,

a saber: «Porqu e Dios es el únic o que ha hecho brillar la luz

de nuestros corazones para que demos a conocer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo», todo esto tan evi- dente, tan hermoso y seguramente tan profundo, a mí me parezca, como la casi totalidad de cuanto escribió el gran Pablo, o se dice que escribió, un hatajo ininterrumpido de vaciedades y majaderías , destinadas de toda buena fe, esto por supuesto, a hacer brilla r la gloria de un Dios, para él des- lumbrante y deslumbradora, que en unión de su Señor Hijo tan cumplidamente embargaba su agitado espíritu con objeto de llenar asimismo el de aquellos a los que se dirigía.

Lo que va a continuación es un ejemplo vivo de esa mane- ra de pensar que, juzgada sin esa fe ciega gracias a la cual en el campo religioso todo es orégan o (323), hace que sorpren- da que se encuentren cosas divinas e inspiradas en aquello que los no ganados por tal fe sólo ven puras demencias. Juz- gúese: «Pero llevamos este tesoro» (este tesoro es, sin duda, el ministerio o apostolado del que dice en líneas anteriores haber sido él investido por obra de Dios, má s todo lo ya transcrito, y proclamar, como tambié n afirma hacer sin desfallecimiento, la verdad). «En vez de adulterar la palabra de Dios, manifestamos la verdad y nos recomendamos nos- otros mismos a toda humana conciencia ante Dios (lo que también , como observamos, no puede ser má s claro); en va- sos de barro para que la excelencia del poder de Dios sea de Dios y no parezca nuestra.» Y: «Llevando siempre en el cuer- po la mortificación de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.» Otra frase sublime: «Sabiendo que resucitó el Señor Jesucristo, tambié n con Jesús nos re- sucitará y nos har á estar con vosotros; porque todas las cosas suceden por vosotros, a fin de que la gracia difundida

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J.

B.

BERGUA

en muchos acreciente la acción de gracias para gloria de Dios.» En fin: «Pues por la momentáne a y ligera tribulación nos pagar á un peso eterno de gloria incalculable y no pone- mos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisi- bles, ya que las visibles son temporales, y las invisibles, eternas.»

S i n nadar en plena demencia, sin contar ya con la casi absoluta ininteligibilidad de todo lo anterior, ¿se puede afir- mar algo, como en lo últim o copiado, sobre cosas en modo alguno conocidas? ¿Se puede hacer tal cosa a menos de ser guiados por el desvarío o por el interés? ¿E s en un caso sensato, y en el otro honrado, hacerlo? Y los serenos de espíritu y libres del propósito de engañar, ¿pueden intere- sarse por cosas como las transcritas o como ésta que va a continuación, con la que empieza el epígrafe o capítulo V? Véase : «Pue s sabemos que si la tienda de nuestra mansió n terren a se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombre, eterna, en los Cielos.» Todo lo que va a continuació n de lo anterior es de un misticismo tan desatinado que recuerda, sólo que con mu- cha menos hermosura en la expresión, a Teresa de Jesús , que quié n sabe si no encontrarí a aqu í la chispa que encen- dió su inspiración : «Gemimo s en esta nuestra tienda anhe- lando sobrevestimos de aquella nuestra habitació n celes-

Pero confiamos partir del cuerpo y estar presentes al

tial

Señor.» La santa de Avila escribió mucho má s hermosamen- te, es lo mejor que salió de su pluma: «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero.» El que quiera una lección de misticismo, repito, que ven- ga aqu í a aprender. Si , por supuesto, es capaz de compren- der algo. Claro que comprender equivaldría a dejar de ser místico . Pero ¿digo comprender? Seguro que de tener ten- dencia hacia esa sublime enfermedad del espíritu compren- dería. Para él ha sido escrito. Ahora que seguro tambié n que los pobres corintios se quedaría n poco má s o menos como yo. Es decir, en ayunas de casi todo lo que oían. Y, consi- guientemente, ma l dispuestos a hacer aquello que no po- dían comprender. Porque escuchemos aún : «Sabedores,

EXAMEN DE LAS EPISTOLAS DE SAN PABLO

23

Señor , hacemos por sincerarnos ante

los hombres, que a Dios bien de manifiesto le estamos; empero, que tambié n a vuestra conciencia.» Y: «Porque si hacemos el loco, es por Dios; si nos mostramos juiciosos,

es por nosotros.» Aún: «La caridad de Cristo nos constriñe, persuadidos como estamos de que si uno muri ó por todos, luego todos son muertos.» En fin, y acabo con esto, pues ya es demasiado: «De manera que desde ahora a nadie conoce- mos según la carne, y aun a Cristo sí le conocimos según

Ma s todo esto viene de

Dios, que po r Crist o nos ha reconciliado consigo y nos ha

confiado el ministeri o de la reconciliación . Porqu e a la ver- dad, Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo

y no imputándol e sus delitos, y puso en nuestras manos la

palabra de reconciliación.»

Creo que habr á bastado lo dicho. No puede ser má s con- vincente. ¿Qué corintio leyendo o escuchando todo esto no le seguiría convencido y entusiasmado? Porque, ¡qué clari- dad! Y, sobre todo, ¡qué verdad en todo ello! Tan verdadero como lo de que a Cristo «le conocimos según la carne». ¿Quién le conoció según la carne, él? ¿Pablo? ¿Kefas (Pe- dro)? ¿Apolo? En todo caso, no él ni nadie, o miente cuando

dice en la 1." a los Corintios (XII , 3) que sól o espiritualmen- te es conocido («Nadie puede decir Jesús es Señor a no ser en Espíritu Santo»). Lo que ya sabía bien Renán cuando escribí a (San Pablo, cap. X) : «Par a Pablo, Jesú s no es un hombre que ha vivido y enseñado , es un ser enteramente divino.» Como lo era para Marción y para todos los gnós- ticos. De ser otra cosa, ¿hubier a dejado de dar detalles de su persona y de su doctrina, sobre todo habiendo conocido

y hablado, como se quiere hacer creer, con los que, como

asimism o se asegura, fueron sus discípulos? Y, sin embar-

go, ni una palabra sobre ello. «Pablo guarda silencio sobre

el arresto, sobre el proceso, la condenación

pues, del temor del

la carne, pero ahora ya no es así

No nombra

jamá s a Pilato, a Caifas, ni al Sanedrín, ni a Herodes, ni

a las santas mujeres

una manera general, como un rito de sacrificio conocido que no describe. » (G . Ory : ¿Ha sido crucificado Jesús?

No hace alusió n a la pasió n sino de

24

J.

B.

BERGÜA

Cuadernos del Círcul o E . Renán , 1955.) Per o s e podr á ar- güir , en la 1. a a los Corintios también , que en XV , 5-8, dice:

«Que se apareció a Kefas, luego a los doce. Después se apa- reció otra vez a má s de quinientos hermanos, de los cua- les muchos viven todavía y algunos murieron; luego se apa-" recio a Santiago, despué s a todos los apóstoles y má s tarde, como a un aborto, se me apareció tambié n a mí.» Pero aun no desechando todo el fragmento, como probablemente con much a razó n hace Alfari c (Les origines sociales du christia- nisme, pág . 157), pues desde el moment o que empieza afir- mando que todo lo que va a decir lo sabe él por haberlo recibido, ya es para no hacer caso, basta observar que lo que asegura es que todos los demá s vieron a Jesús , com o él, a travé s de una aparición, para comprender que ninguno de los citados vieron otra cosa que lo que él vio en el ca- mino de Damasco. «Yo no veo razó n alguna que haga creer que Pablo haya prestado a la experiencia de Pedro otro carácte r que a la suya propia: Pedro, como él, ha visto al Maestr o glorificado. » (Guignebert: Jesús, págs . 634 y sigs.)

A lo anterior sigue un párraf o en el que con reiteració n

y vehemencia habla de lo mucho que ha sufrido a causa de

su apostolado. Y otro en el que exhorta a los corintios a que

huyan de la sociedad de los paganos, porque: «¿Qué con- sorcio hay entre la justicia y la injusticia? ¿Qué hay de comú n entre la luz y las tinieblas? ¿Qu é concordia entre

Cristo y Belial?» Sin contar que al decir esto parecía haber olvidado lo de «ama al prójimo como a ti mismo», ni que

contradecía las afirmaciones que habí a

que ya no habí a ni cristianos, ni judíos, ni gentiles, ni pa- ganos, ni esclavos, ni hombres libres, sino tan sólo, gracias

a Cristo, hermanos, a cualquiera se le podrí a ocurrir pre-

guntar: Entonces, ¿bastab a no creer en lo que él creía para ser fatalmente un ignorante, un depravado y un perverso? ¿U n foco de tinieblas, en vez de un manantial de luz? ¿Todo s los hombres hasta entonces, y a los que les ha ocurrido otro tanto después, habría n sido y serían luego injustos y malvados, empezando por Akhenatón , Confucio, el Buda, Pi - tágoras, Sócrates, Platón, Epikouros y ciento má s absoluta-

hecho asegurando

 

EXAMEN DE LAS

EPISTOLAS

DE

SAN PABLO

25

mente

dignos

de

aprecio

y

admiración ,

y,

en

cambio,

él,

pobre

desdicha

física

y total

extraviado

mentalmente,

sólo

por predicar evidentes

En todo caso, ni Akhenatón , ni Confucio, que sepamos, ni Sócrates , ni el Buda , ni siquiera el Jesú s de los Evangelios, pidieron algo a cambio de sus enseñanzas , mientras que al seráfico Pablo (lamento tener que cargar sobre sus débiles costillas, lo que habrí a que cargar, si se supiese quiéne s fue- ron los que se valieron de su nombre para ir cimentando con trochos de piedra y engalanando con mármole s una Iglesia de barro nacida sobre arena) le vemos una vez más , tras elogiar a los que quiere creyentes y disponerlos, si n duda, par a que fuesen tambié n donantes, incitarle s par a que fuesen generosos, como los macedonios, que «constan- temente nos rogaban les hiciésemo s la gracia de participar en el socorro a favor de los santos». Los santos eran los que dedicaban su vida a enseñar a los demás verdades tan úti- les, necesarias y admirables como las que él enseñaba .

Y con muchas exhortaciones, asimismo admirables, jus- tifica la justicia y necesidad de lo que solicita: «Porque no se trata de que para otros haya desahogo y para vosotros estrechez, sino de que ahora, con equidad, vuestra abundan- cia (monetaria) alivie la escasez de aquéllos (los santos), para que asimismo su abundancia (esta vez de buenos con- sejos y santas palabras) alimente vuestra penuria.» Breve:

Dad dinero contra ilusiones y esperanzas. La Iglesia harí a suya tambié n esta excelencia. La excelencia modesta de pedir «por amor de Dios» a cambio de bendiciones. En cuan- to a Pablo, tras bien muleteado el toro, la estocada: «E n cuanto al socorro en favor de los santos no es necesario que yo escriba (pero lo hace); conozco vuestra pronta vo- luntad, que es para mí motivo de gloriarme de vosotros.» Y para que no se enfriasen y pudiera empezar la colecta, enviaba a Tito en compañí a de otros santos o aspirantes a ello: «Por eso he creíd o necesario rogar a los hermanos que anticipasen el viaje y preparasen de antemano vuestra prometida bendición (veía, sin duda, como una bendición el caer de las monedas, como el labrador la de la lluvia en

locuras, un

sabio y un

santo?

26

J.

B. BERGUA

tierra sedienta), y con esta preparació n resulte obra de libe- ralidad y no de mezquindad.» ¡Dad, y no poco, amados her- manos en Cristo! Dad, dad: «Pues os digo, el que escaso siembra, escaso cosecha. Cada uno haga según se ha pro- puesto e n su corazón , n o d e mal a gana n i obligado, que Dios ama al que da con alegría.» Nad a más . Clar o que yo , perple- jo, me pregunto: ¿Cóm o Pablo, oscuro, confuso, difícilmen- te comprensible siempre, ahora para pedir lo hace de modo tan comprensible y claro? Sin duda, se trataba de un mila- gro más . De una verdadera inspiración. Semejante a otras muchas idéntica s con las cuales ha favorecido y sigue favo- reciendo el Cielo a los que han seguido tras las excelentes huellas de Pablo en el curso de los siglos.

Acto seguido, los puntos sobre las íes por si alguno cer- deaba en llevarse la mano a la bolsa. Enfadarse o aparen- tarlo seria buen remedio a la falta de generosidad, y Pablo amenaza con ser implacable con cuantos «se levanten con- tra la conciencia de Dios» y dispuesto «a castigar toda des- obediencia». Tan seguida está su cólera de la petición, que mueve a creer que la «conciencia de Dios» consistía en mo- ver a los hombres en favor de la parte inmediatamente in- ferior al pecho de los santos. Y el «castigo», merecido si se desobedecía y no se «sudaba » abundantemente. En todo

caso, bien claro dice que de ocurrir tal cosa decidido estaba,

a hacer valer su

En fin, en el epígrafe XI , que, por cierto, empieza con estas sinceras y verídicas (no todo iba a ser hablar de lo que no podía probar) palabras: «Ojalá soportéis un poco mi

demencia (en Derecho se dice: A confesión de parte, rele- vación de prueba). Pero soportadla, porque es celo de Dios, porque os he desposado a un solo marido para presentaros

a Cristo como casta virgen.» (¿Habla de «un poco de demen-

cia»? ¡Modestia admirable!) Tras este empiece ejemplar, demostrar que es superior a sus émulo s (otro tipo de mo- destia) a causa de lo mucho que ha sufrido (sigue larga enumeració n de estos sufrimientos; larga y seguramente conmovedora para los que lloran, por ejemplo, por los cía-

autoridad.

EXAMEN DE LAS

EPISTOLAS DE SAN PABLO

27

vos de Cristo) y repetir que har á valer su autoridad, se des- pide deseando «qu e la gracia del Seño r Jesucristo y la ca- ridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sea con vosotros» . Vosotros son, ya se comprende, los corintios ge- nerosos.

de-

Lo s

propio s

santos

moderno s

(que,

po r

cierto ,

par a

mostrar que no olvidan a Pablo, tampoco suelen ser man- cos en aconsejar y recoger colectas) reconocen, como dice un o de ellos: «Qu e esta Epístola revela en su composició n que el autor no la escribió o la dictó de una sentada y con ánim o sereno (¿y cóm o hubiera podido escribir o dictar con

ánim o sereno, si precisamente de lo que carecí a era de se- renidad de ánimo?) . Se notan en ella interrupciones, cambios de pensamiento, página s que indican muy diversos estados de ánimo , tanto que han dado motivo a que algunos auto- res pensasen si podrí a estar compuesta de varias cartas del apóstol.» ¿Por qué no ser sinceros ya y decir que en ella, como en todas las demás , intervinieron seguramente una docena de manos, cuando menos, con objeto de añadi r o su- primi r lo que se juzg ó má s conveniente para los intereses de la Iglesia? En todo caso, añadida , recortada y amañada , lo esencial no est á en el manejo a que fue sometida, sino en su mucho o poco valor. Si unos dicen mucho, yo digo lo contrario. Si tras todo lo enumerado y lo no enumerado, pero que puede leerse acudiendo al texto mismo, aú n se habla de inspiración divina y de revelación, yo me limitaré

a encogerme, una vez más , de hombros. ¡Famosa inspiración

divina en obras que cuando, en efecto, se trata de lo su- puesto divino, de ser en realidad inspiradas y reveladas mostraría n un Dios tan vanidoso y necio como para alabar- se a sí mism o incesantemente! Y si de lo divino descende- mos a lo humano, prueba de su excelencia es su pésim o modo de escribir, la falta de originalidad y grandeza en las ideas y la facilidad con que el redactor o redactores se apean de su pedestal de santidad para pedir.

A otr a cosa, pues. Vamo s co n la Epístola a los Gdlatas,

a ver si nos saca la espina que nos han clavado las anteriores.

28

J.

B.

BERGUA

EPISTOLA

A

LOS

GALATAS

Los hombres a los cuales se dirigía Pablo, espíritu s sim- ples, gente inculta e infinitamente modesta, tanto social

como intelectualmente, había n oído, es más , estaban ya

miliarizados con los dioses que moría n y resucitaban en bien de las criaturas humanas, a causa de lo cual, al saber que el últim o de ellos habí a estado tan próxim o como para que alguno de los que le predicaban hubiese podido cono- cerle, se sintieron atraídos , como las mariposillas por la luz, hacia la nueva claridad. De modo que la acción de Pa- blo sobre esta ilusión, insistiendo sobre ella con la autori- dad que le daba haber sido encargado por el propio Dios,

cosa que, como sabemos, repetí a sin cesar, de la obra de su apostolado, fue definitiva en lo que afecta a que tal doctri- na fuese aceptada sin gran dificultad. Y a esto fue preci- samente a lo que contribuy ó su desbordado celo de un modo incomparable. Si n este celo, seguramente se hubiese apagado sin tardar mucho, absorbida por los otros cultos semejantes a base de misterios y de salvación. Como es in- dudable tambié n que la propia oscuridad de las cartas de Pablo contribuiría a que fuesen admiradas y, por tanto, él.

Y esto, por aquello de que los simples de espíritu son siem-

pre los má s dispuestos a maravillarse y celebrar lo que no comprenden. Así como los que carecen de criterio propio,

a sumarse incondicionalmente a lo ya admirado y celebra-

do. Por lo que nada má s cierto que conservar la fama es

mucho má s fácil que adquirirla. Y lo que justifica tambié n

el

A causa de ello mismo , el que en todo lo alejado de la cien-

cia, com o lo religioso, nad a má s eficaz par a produci r fe que

lo misterioso, lo difícilmente descifrable, lo que se supone

que puede tener un doble sentido, aquello en que lo ale- górico puede ser en todo momento admisible. En una pala-

bra, lo que por excusar, a causa de su dificultad verdadera

o buscada, de comprender, pues ello obligaría a pensar, in- vita de un modo cómod o y natural a creer. En cambio,

fa-

triunfo de muchas

medianías .

EXAMEN

DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

29

cuanto va guiado por la razón, como sólo avanza a travé s de la claridad, y esta claridad no se consigue sino mediante verdades y demostraciones, exige un trabajo duro, mu y dis- tinto, por enteramente contrario, que la facilidad que pro- cura creer. Y po r ello que tantos crean y tan pocos dis- curran. Para éstos , para los amigos de lo oscuro y de lo misterioso, descorrer un poco el velo que envuelve a oscu- ridades y misterios, o hacerse la ilusión de que lo descorren, es ya una felicidad, que al acariciar la inocente vanidad del iniciado, le vuelca por entero en favor de lo que espera acabar de comprender un día. Y se contenta, feliz, por el momento, con lo poco que cree saber y que, no obstante, le llena de orgullo. Recuerdan a uno que no teniendo mé - rito ni título alguno siquiera que poner en sus tarjetas de visita hizo imprimi r en ellas, bajo su nombre, esto: «Ex pasajero de l Antonio López», viejo barc o de la Compañí a Trasatlántica Española. ¡Cuántos son pasajeros efectivos, por obra de su insignificancia espiritual y de su fe, de to- dos los buques en que son embarcados por la audacia de avisados armadores!

La Epístola a los Gálatas, much o má s cort a que las ante- riores, es también , por varias razones, bastante má s inte- resante. La primera, porque si alguna de las cartas atribui- das a Pablo tiene probabilidades de ser realmente suya es ésta. En las otras hace falta estar animados de grandes deseos de encontrar algo que pueda ser de él para hallarlo, en ciertos momentos, a travé s de determinados latigazos de su rabia frenética en defensa de sus ilusiones. Rabia que convenía conservar y que viene a ser como su firma en unió n de su otra forma de manía : la de creerse favorecido por revelaciones divinas directas. En todo lo que en las Epístolas roz a estos dos puntos, si no se encuentra su mano , sí, cuando menos, su espíritu . Todo lo demá s se puede ase- gurar que fue añadido . E s , además , interesante esta Epístola porqu e demuestra que la Iglesia, que apenas nacida iba a ser sacudida por tanto cisma, pues, la verdad, tendí a a abrirse paso entre el bosque de sus mitos y de sus mentiras, ella mism a debió

30

J.

B.

BERGUA

su

origen a uno: el causado por la separació n de Pablo de

los Apóstoles. Y tal vez, si se quisiera hablar con má s pro- piedad, de la comunidad esenia de Damasco, en la que acabarí a por aparecer Pablo como rebelde, a causa de su propio celo; comunidad, a su vez, disidente y má s avanzada ideológicamente de aquella a la que tal vez pertenecieron o hubieran podido pertenecer Pedro y Santiago. En fin, es interesante tambié n por el hecho de dar a conocer cóm o la

Iglesia salió,

Y ello a causa de haber seguido no solamente la dirección

que marcaban sus ideas, sino su manera de exponerlas, y, además , su tono doctrinal y moral. Así vemos, por ejemplo, en esta Epístola, con motivo de la diferencia entre las obras de la carne y las del espíritu, condenar aquéllas, cosa que luego harí a siempre, teóricamente , la Iglesia. Y fijar, siguien- do igualmente a Pablo, es decir, copiando lo que éste dijo aquí, lo que luego serían llamados «los dones del Espírit u Santo». Y, finalmente, tomar asimismo los consejos pos- treros de Pabl o en esta Epístola par a forma r co n ellos la base de su catecismo moral.

Permite tambié n adivinar el proceso de armonizació n que

fue preciso combinar para ver de cerrar el abismo abierto por Pablo entre él y los Apóstoles, del que se tiene noticia

po r el capítul o segundo de la Epístola a los Galotas. Por-

que aunque hija directa de Pablo, la Iglesia no podí a desen- tenderse de los que ella mism a habí a hecho compañero s de

Jesús , insistiendo y mejorando lo dicho por

ello, a modo de reconciliación y para echar tierra en la zanja abierta por el ciego fanatismo del tarsiota en favor de Cristo, tan ajeno en él al Jesú s de los sinópticos, hubo que urdir la leyenda de la venida de Pedro a Rom a a mori r junto a Pablo. Con lo que no sólo se pretendi ó realizar la unió n de éste con los supuestos discípulos del no menos supuesto Jesús, sino, en cierto modo, evitar la separació n entre estas dos figuras tan distintas en la novela que en realidad constituye su leyenda: el modesto profeta al que se habí a hecho recorrer Galilea durante unos meses y el Dios que, gracias a Pablo, destinado estaba a recorrer el

Marción . Y por

no

de

lo s

llamado s Apóstoles , sin o

de

Pablo .

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN PABLO

31

mundo durante siglos. Se mataron, además , dos pájaro s de un tiro. Pues haciendo mori r a Pedro, márti r incluso, en Roma , en vez de tranquilamente en Oriente, en unió n de Pablo, en lo que a aqué l afecta si su existencia no fue tam- bié n una pura fantasía y haber muerto, a su vez, quié n sabe cuándo ni dónde, sin pena ni gloria, como había vivido, ha- ciendo que esta muerte acaeciese en Rom a tambié n y por

obra de martirio, se justificaba el «tu es Petrus», inventado para, contra todo derecho, vincular en la ciudad de los Césares el origen de la autoridad papal. En cuanto a Pablo, se le hizo mori r asimismo por la causa que defendía, sim-

esto mucho mejor y má s edificante

atribuirle una muerte gloriosa, que, como la de Pedro, re- dundaría en beneficio de la Iglesia. Que era lo que se quería conseguir.

En cuanto al cisma, éste se habí a producido al quedar sentado, segú n Hechos y Epístolas, que Pedr o (Kefa s o Ce- fas) y demás Apóstoles habían seguido fieles a Jesús sin por ello apartarse enteramente del mosaísmo , es decir, sin ata- car a la ley y respetando la circuncisión, mientras que Pa- blo, desde el momento de su conversión, habí a renegado de ambas cosas, no prescribiendo, para ingresar en la doctrina

defendida por él, otra práctic a de iniciación que el bautis- mo (324). Y como luego de evangelizar Pablo en la Galacia

del Su r a

los Hechos (XI , 14), fueron, po r lo visto, a esta regió n pre-

salvarse

era necesaria la circuncisión, Pablo, indignado al saberlo, escribi ó la Epístola que nos ocupa . Epístola cuy a esencia es que lo que salvaba no era la obediencia a la ley, sino la fe en Cristo. Afirmación que Pablo justifica, a su modo, claro, barajando la figura de Abraham y la promesa hecha a éste por Yahvé. Sin hacer caso, por supuesto, pues él no seguía sino aquello que le daba vueltas en la cabeza, que ya sabemos cóm o carburaba , d e que e n Génesis, XVIII , 10-12, Yahv é habí a establecido un pacto con el Patriarca basado precisamente en la circuncisión.

dicadores judaizantes, quienes enseñaba n que para

los que quisieron escucharle, según es referido en

plemente por parecer

Que un Dios, bien que de tercera categoría, como era en-

32

J.

B. BERGUA

tonces el Yahv é judío , hiciese pactos con un rabadá n es tan estúpido , que parece increíble que sirviese de base para una afirmació n cualquiera. Pero Pablo, cuyo cerebro, sin duda, se armonizaba perfectamente con esta variedad de fábulas, no dudó , por lo que se puede juzgar, en servirse de ella. Por supuesto, el detalle no tiene importancia ni valdría la pena ponerlo a discusión. Volvamos, pues, a la Epístol a dando por bueno, por malo que sea, todo lo demás . Decía, pues, que Pablo, para probar a los gálatas la ver- dad de lo que sostiene en su carta, empieza por contar sus desaveniencias con Kefas, comenzando por afirmar que él

es el Apóstol de los Gentiles por gracia y voluntad de Dios. T a l cual dice del modo siguiente: «Pero cuando plugo al

que me segregó desde el seno de mi madre y me llam ó para

su gracia, para revelar en mí a su Hijo , anunciándol e a los

Y, en efecto, cuenta que una vez convertido por

obra de revelació n (325), ocurriese esta revelació n donde

ocurriese, en la Epístola no se habla de momento ni de

lugar, es decir, en el camino de Damasco o en otra parte, no fue a Jerusalén a ver a los Apóstoles, sino a Arabia. Y a aquella ciudad sólo al cabo de tres año s «par a conocer

a Kefas, a cuyo lado permaneció quince días». «A ningún

otro apósto l vi—sigue diciendo—, si no fue a Santiago, her-

mano del Señor.» «E n esto que os escribo—dice aún— , bien sabe Dios que no miento.» Añade que iba con Bernabé y Ti - moteo, y que fue «en virtud de una revelación» (le llovían

ya las revelaciones; cierto que llevaba la nube en su propia cabeza) a comunicar a los hermanos de esta ciudad, a los que seguían dirigiendo dos apóstoles, que él predicaba el Evangelio a los gentiles. Y cuando Pedro, Santiago y Juan, «que pasaban por ser allí las columnas» y que habían reci- bido el Evangelio de la circuncisión, «vieron que yo había

nos dieron a

, Bernab é y a mí la mano en señal de comunió n para que nosotros nos dirigiésemos a los gentiles y ellos a los circun- cidados».

El cisma quedó , pues, virtualmente planteado. ¿De cuá l de los dos partidos saldría, si conseguía salir, la nueva Iglesia?

gentiles

»

recibido el Evangelio de la incircuncisión

EXAMEN DE LAS

EPISTOLAS DE

SAN PABLO

33

Salió del de Pablo, que era el único que, por lo visto, tenía algo en la cabeza. Y que precisamente a causa de ser un desequilibrado, se mostr ó infatigable y supo imprimi r con su fe un ardor del que carecía el otro grupo, formado por gentes, sin duda, enteramente vulgares y absolutamente ignorantes. Y el cisma fue ya un hecho cuando el propio Pablo en Antioquía (el mism o tarsiota nos lo refiere) se enfrentó con

Pedro, que, por lo visto, habí a ido allí al frente de un grupo de Jerusalén que predicaba el Evangelio de la circuncisión (el hecho pudiera admitirse, sobre todo viendo en él a otro grupo de esenios), es decir, dispuestos a pisarle el terreno. ¡Ah, ah í era nada oponerse abiertamente a un fanático como Pablo, que estaba má s seguro aú n que de que vivía, de que

habí a recibido del propio Dios la

gelio de su Hijo ! En presencia de todos le dijo: «Si tú,

siendo judío , vives como gentil y no como judío , ¿po r qu é obligas a los gentiles a judaizar?» Lo que contestó Pedro, que a juzgar po r los Hechos tampoco tení a buenas pulgas, no lo sabemos. Posiblemente hablarí a con los puño s antes que con la boca. Pues cada uno emplea en las discusiones los medios mediante los cuales se cree má s elocuente. En

caso, n i Epístolas n i Hechos dice n cóm o acab ó aquello .

Pues de haberlo dicho, tal vez hubiera sido muy difícil luego

arreglar la supuesta reconciliación, que se dejó adivinar con objeto de hacer posible que se encontrasen en Rom a e in- cluso muriesen juntos.

T a l es el interé s de esta Epístola. Así com o comproba r que ciertas interpolaciones se hicieron de acuerdo con los Evangelios, antes de decidi r la Iglesia que Jesús , aunque Dios, habí a nacido de Marí a y que ésta no tuvo otro hijo que El . Com o demuestra el detalle de «Santiago, hermano de Jesús». Afirmación garantizada aú n co n el «bien sabe Dios que no miento». En fin, no quiero pasar en silencio tampoco que esta car- ta es la que ha dado a los mitólogos pretexto para negar la autenticida d de todas las Epístolas y ver en ellas el simpl e resultado de una enorme falsificación realizada en el si-

tod o

orden de predicar el Evan-

34

J.

B.

BERGUA

glo ii (326). Y ello porque—dicen—que haya existido un apósto l llamado Pablo puede ser, mas ¿cóm o admitir que un hombre contemporáne o de Jesús , aunque no le hubiese conocido personalmente, bien que sí a los Apóstoles, escri- biese lo que hemos vist o en la 1.ª a los Galotas (II, 24), o sea, que el Evangelio que él predicaba no lo habí a recibido de los hombres, es decir, de los compañero s de Jesús , sino que le habí a sido revelado por el propio Jesucristo, y que mostrase hacia la únic a tradición , que hubiese sido autén- tica de no ser todo ello un fabuloso mito, tal desprecio e in- cluso hacia los supuestos depositarios de ella? ¿Er a posi- ble, además , que un hombre que necesariamente tenía que estar perfectamente informado, de haber existido Jesús , so- bre su personalidad y predicación , escribiese, como se pre- tende que escribió , en la 2. a los Corintios (III, 17): «E l Se- ñ o r es Espíritu, y donde está el Espíritu del Seño r está la libertad»? Esto—dicen, y no parece faltarles razón—tuv o que escribirlo un gnóstico. Un místico de aquellos que identi- ficaban a Jesú s con el Pneuma de Dios . N o pud o escribirl o un hombre que habí a pasado quince días hablando sobre Jesú s con Pedro, Santiago y Juan. Y que necesariamente tenía que saber mucho del hombre. De aquel hombre al que se suponí a tan llorado y recordado, al que los judío s acaba- ban de crucificar.

Claro que los que tal escriben, bien que todo ello tenga el aspecto de una enorme falsificación, no parecen, en lo que a Pablo respecta, tener en cuenta una cosa esencial:

el modo de ser, la idiosincrasia de este hombre. Es decir, su profundo extravío de tipo religioso. Parecen olvidar tam- bié n cóm o habí a visto Pabl o a Jesús . Qu e habí a trabad o conocimiento co n E l (en realida d n o co n Jesús , sino co n Cristo ) a travé s de revelaciones, la primer a de las cuales habí a bastado, pues era un paranoico tipo, para persuadirle no tan sólo de la naturaleza divina y espiritual del Señor, sino de la predilección de este Seño r hacia él. Y que, natu- ralmente, anclada esta idea en su cerebro, cuanto posterior- mente pudieran decirle los Apóstoles o quien fuese y lo que fuera., contrari o a lo que ya habí a adquirido, escurri ó sobre

EXAMEN DÉ

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

35

él. Fue inútil. Tiempo perdido. Así, le oímo s repetir insisten-

temente en

sus

Epístolas,

y

entre

ellas

en

la

a

los Gála-

tas (I,

16),

que

si

él

era

apóstol ,

po r

la

gracia

de

Dios

lo

era,

que

expresamente

le

habí a

revelado

a

su

Hij o

par a

que

anunciase su Evangelio a los gentiles.

 

A un hombre, pues, a quien Dios y el Señor, su Hijo , dis-

tinguía n de tal manera, como él dice, «desde el seno de mi madre» , y destinado desde antes que naciese a predicar el Evangelio de Cristo, ¿qu é le importaba cuanto sobre Jesú s supieran otros, que cuanto hubieran podido conocer habrí a sid o al Hijo del hombre? ¿Qu é tení a que ver co n ellos ni por qu é someterse a ellos? De modo que Pablo hubiese sacrificado Jesú s a Cristo y sólo se ocupase de éste era lo lógico dada la idea que acerca de El se habí a formado. Lo que no excluye que las Epístolas que com o suyas ha n llega- do hasta nosotros, no sean ni sombra de las que él pudo escribir o dictar. Tanto má s cuanto que lo probable parece ser que todo lo relativo a Jesú s y a los Apóstoles, sobre todo suponiendo a éstos discípulos del imaginado Hij o de Dios, fuese introducido posteriormente cuando el mito a propósit o de Jesú s y de sus andanzas estaba ya formado

y

en circulación, habiendo pasado unos posibles dirigentes

de una comunidad esenia ortodoxa y judía : Pedro, Santiago

y Juan, a discípulos preferidos del Dios-hombre imaginado. Pasemos a la Epístola a los Efesios.

EPISTOL A A LOS

EFESIO S

A medid a que se va n leyendo las Epístolas nos damos

cuenta de por qu é en realidad la Iglesia está tan llena de Pablo, y por él, de Cristo, como vacía de Jesús . Este es para ella tan sólo un cimbel, un pretexto para enternecer a costa de su pasió n y de su muerte. Un cebo para atraer incautos. La artificiosa nasa en la que caen a millares los pececillos atraído s por el siempre engañoso cebo de la fe. En una pala- bra: un medio de cautivar conciencias. Mu y especialmente

36

J.

B.

BÉRGUA

la de las mujeres, que en todas las religiones forman la masa má s fiel y constante. Y que las cristianas acuden solí- citas atraída s por la seducción que las ofrece la hermosa y dolorida figura de Jesús crucificado. E l principi o de esta Epístola, durante los dos primero s capítulos, es un ejemplo típico de majadería total. Una sarta de palabras de tonta beatitud, que no obstante su in- sensatez absoluta, con tanto gusto ofreció siempre la Igle- sia, que precisamente encontrando perfecto este tipo de palabras para su literatura darí a con ellas el ejemplo y norm a del tono en que escribiría ya siempre al tener que dirigirse a sus fieles. E incluso el que emplearí a de prefe- rencia al tener que ponerse en contacto con ellos verbal- mente desde los pulpitos. Vo y a copiar algunos trozos para que no se crea que exagero. Y tambié n para que se vea, una vez más , que hay muchas cosas que gozan de una fama que no merecen. Fam a que perdura a costa de aceptar como «verdadero» lo afirmado por quien se cree que puede afir- mar. Sin pararnos a reflexionar sobre lo que estas afirma- ciones pueden encerrar de simple conveniencia para aquel o aquellos que las hacen. A causa de lo cual es, en defini- tiva, nuestra pereza en informarnos bien, o nuestra inca- pacidad para juzgar, lo que les confiere un valor que en realidad no tienen.

Empiezo a transcribir: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Seño r Jesucristo, que Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los Cielos, por cuanto que nos eli- gió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados como El.» Nada más . Y tras tan ad- mirable exordio, sigue en el mism o inspirado y verídico tono ensartando fantasías tonto-místicas, asegurando al ins- tante que: «Conform e al beneplácito de su voluntad y para alabanza de la gloria de su gracia (obsérvese qu é sarta de palabras sin sentido) nos hizo gratos a su amado, en quien tenemos la redenció n por la virtud de su sangre, la remisió n de los pecados, según la riqueza de su gracia, que super- abundantemente derram ó sobre nosotros en perfecta sabi- durí a y prudencia. Por éstas nos dio a conocer el misterio

EXAMEN DÉ

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

37

de su voluntad, conforme a su beneplácito , que se propuso

realizar en la plenitud de los tiempos, resumiendo todas las cosas, las del Cielo y las de la Tierra, en El , en quien hemos sido herederos por la predestinación , según el pro- pósito de aquel que hace todas las cosas conforme al con- sejo de su voluntad, a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de su gloria.» ¿Par a quié n se escribieron estas cosas? ¿E s posible que hayan sido jamá s admiradas? ¿Per o se puede imaginar una sarta de demen-

cias má s totales? ¿U n entrar, po r mod o oscuro

la volunta d de un a imaginada Divinidad , co n la

facilidad y del mism o disparatado modo con que lo harí a en la suya propia? ¿Un ejemplo má s perfecto y vacío de aparentar afirmar mucho para no decir en realidad nada útil, verdadero ni sensato?

No satisfecho con lo anterior, el que compuso este dispa- rate sigue asegurando que los efesios había n sido «sellados con el sello del Espírit u Santo prometido, prenda de nues- tra herencia, rescatando la posesión que El se adquirió para alabanza de su gloria. Por lo cual yo también , conocedor de vuestra fe en el Seño r Jesús , así como de vuestra caridad para con todos los santos (como se ve, una vez más , el bendito redactor de este puñad o de majaderías—tengamo s la caridad de suponer a Pablo ausente de ellas—no perdí a el norte en cuanto creía llegada la ocasión), no ceso de dar gracias por vosotros (¿no nos parece estar oyendo a mu- chos de sus sucesores, dignos apóstoles de su Iglesia?) y de hacer de.vosotros memoria en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Seño r Jesucristo y Padre de la gloria os conceda el espíritu de sabiduría y revelación en el cono- cimiento de El (¿y el de paciencia, no?) iluminando los ojos de vuestro corazón». Amén. Precioso; claro, celestial. Y ahora algo no menos verdade- ro y exacto, pero que, no obstante, ha pasado al «Credo» católico. En efecto, escribe a continuación, el que fuese:

«De la fuerza de su poderosa virtud (la de Dios; Pablo o su sustituto conocían mejor a Dios, sí fue Pablo, que el arte de hacer tiendas), que El ejerci ó en Cristo , resucitándole de

librado , en

y desequi-

J.

S.

BERGUA

entre los muertos y sentándole a su diestra en los Cielos, por encim a de todo principado, potestad, virtu d y domina- ción, y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino tambié n en el venidero.» Y a continuación otra afirma- ción, no menos cierta para cientos de miles de seres, afir- mación peregrina; véase: «Que la Iglesia es mi cuerpo.» Al decir esto, Pablo no se refiere a él, sino a aquel «bajo cuyos pies Dios sujetó todas las cosas». Es decir, el Señor Jesús. Co n palabras y razones semejantes demuestra al punto el

poder de Dios en los cristianos y la reconciliación de judío s

y gentiles por Cristo. E inmediatamente habla de su misión .

Empezando por estas enternecedoras palabras: «Po r esto yo ('esto' es, segú n acaba de decir, que los afortunados efe- sios, a los que se dirige, han sido 'edificados para morada de Dios en el Espíritu'), Pablo, estoy prisionero de Cristo Jesú s por amor de vosotros, los gentiles.» Y asegura que habí a sido hecho ministro del Evangelio de Cristo Jesús por el don de la gracia de Dios. Y que a él, «el menor de todos los santos, le fue otorgada esta gracia de anunciar a los

gentiles la incalculable riqueza de Cristo y darles luz acerca de la dispensació n del misterio oculto desde los siglos en Dios, creador de todas las cosas, para que la multiform e

»

¿Vale la pena seguir citando cosas semejantes? ¿Y tanto citar a la Iglesia, una Iglesia que en modo alguno hubiera podido existir, como ya he dicho, en tiempos de Pablo? ¿ N o es evidente que todo esto tuvo que ser escrito mucho despué s de la tal vez posible existencia del hombre al que fue achacado?

En el mism o tono falsamente santo, torpe e insoportable, Pablo o su sustituto empiezan a moralizar. A moralizar a la manera como luego durante siglos lo harí a la Iglesia. Oiga- se un poco: «Así, pues—empieza—, os exhorto yo, preso en el Señor, de una manera digna de la vocación con que fuis- teis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longani- midad, soportándoo s los unos a los otros en la ciudad.» Al punto, y a propósit o de la diversidad de dones (de IV , 7,

sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia

EXAMEN DE LAS EPISTOLAS DE

SAN

PABLO

39

plum a es indigna de copiar. Acuda, acuda el lector curioso

al texto, y segú n su modo de pensar quedará , o sumamente

asqueado.

Luego má s sanísimo s consejos de esos que siempre se es- cuchan, cuando no hay otro remedio, para olvidarlos al punto: «Os digo, pues, y os exhorto en el Seño r a que no viváis ya como viven los gentiles, en la vanidad de sus pen- samientos, oscurecida su razó n y ajenos a la vida de Dios por su ignorancia y la ceguedad de su razón.» Y: «Despo-

jaos del hombre viejo, viciado por la corrupció n del error; renovaos en vuestro espíritu, y vestios de hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas.» Y a continuació n otros consejos no menos admirables, en el primero de los cuales les insta a despojarse de la mentira. E l , el que fuese, que como el má s solemne de los embuste- ros se manifestaba hablando de Dios y de su Hijo , cual si

a diario alternase con ellos. Consejos que de seguirlos les

impediría «entristecer el Espíritu Santo de Dios, en el cual habéis sido sellados para el día de la redención», como aña- de devotamente. Oigámosle aún , y perdónam e lector, si no eres ni archipío, hacerte oír aú n su santo y aburrido piar, pero no tengo má s remedio para probar que no es oro todo lo que reluce: «Sed, en fin, imitadores de Dios, como hijos amados, y vivi d en caridad, como Cristo nos am ó y se en- tregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave.» Que haya espíritus tallados por la Naturaleza con facetas místicas a los que todo esto suene a melodía s an- gélicas, es posible. Pero que a otros les sonará a majadería s solemnes y a sartas de palabras vacías y sin fundamento, no es menos cierto y posible.

Un púlpito, una de esas cátedra s sagradas a las que cual- quiera con tonsura y sobrepelliz puede encaramarse para pronunciar verdades parecidas, mientras todas las viejas del pueblo o del barrio duermen a sus pies, es lo único que se echa de menos leyendo lo anterior. Por fortuna, luego se construyeron muchos, desde los que fueron pronunciadas palabras no menos huecas, vacías y edificantes. En cuanto

a él, tras llamar a los efesios, sin duda a causa de estar ya

satisfecho

o

sumamente

40

J.

B.

BERGUA

bien iluminados por su verbo, «hijos de la luz», les acon- seja aú n que no se emborrachen con vino, «en el que está la liviandad». Y asimismo, a otros se lo ha dicho ya, pero no a ellos, o mejor aún , a ellas: «Que las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia y salvador de su cuerpo.» Y ahora a los maridos: «Vosotros

amad a vuestras mujeres, como Cristo am ó a la Iglesia y se entregó a ella.» Luego se dirige a los hijos, instándoles a que obedezcan a sus padres. Y los esclavos o siervos, a sus amos. En fin, a todos, que se revistan «de toda la armadura de Dios para que puedan resistir a las insidias del Diablo». Más : «Que se ciñan los ríñone s con la verdad (leve cintu- r ó n si esta verdad es como las suyas), se apliquen la coraza de la justicia y calcen sus pies para estar siempre dispues- tos a anunciar el Evangelio de la paz.» Tras lo cual corta el chorro de admirables consejos. Pero no sin instarles aú n

a que tomasen «el yelmo de la salud y la espada del espí-

ritu, que es la palabra de Dios, con toda suerte de oracio- nes y plegarias, rezando en todo tiempo con fervor y siem- pre en continua súplica por todos los santos y por mí». Y

(327). Va -

as í acaba, po r fortuna, esta prodigios a Ejrístola

mos con otra. Ahora la enderezada a edificar a los fili- penses.

EPISTOLA

A

LOS

FILIPENSE S

Aquí se presenta este dilema: O ponerse, si ello es posi- ble, en el estado de espíritu en que hay que suponer a Pa- blo escribiendo esta carta, o encogerse de hombros ante su manera de pensar, viendo en ella simples exudados místi- cos de un espíritu enfermo. Los capaces de colocarse en la primera la encontrará n edificante, admirable. Los que no, leerán sus afirmaciones y su inclinación a la mansedumbre

y al martirio, sin ver en todo ello otra cosa que lo que acabo de decir; el extravío de tipo religioso de una mente des-

EXAMEN

DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

41

arreglada. Mas para que podamos juzgar con la mayor ecuanimidad posible, empecemos por oír con toda serenidad alguna de las afirmaciones que hace en esta Epístola. «Testigo me es Dios de cuánt o os amo a todos en las entraña s de Cristo Jesús » (328). «Porqu e sé que esto redun- dar á en ventaja mí a por vuestras oraciones y por la dona- ción del Espírit u de Jesucristo » (329). «Cristo tambié n ahora ser á glorificado en mi cuerpo, o por vida o por muerte » (330). «Que para mí la vida es Cristo y la muerte ganancia.» Lo que sigue (de I, 27, a I, 50, fina l del capitulillo) es una invitación al martirio. Pablo, en el momento en que escribe esta carta, no sabe qu é prefiere, si morir por Cristo o vivir par a seguir evangelizando. Pues, com o dice en 23-24: «Po r ambos lados me siento apretado, pues, de un lado, deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor, pero, por otro, quisiera permanecer en la carne, que es má s necesa- rio para vosotros » (331). Sigue: «Tene d los mismos senti- mientos que tuvo Cristo Jesús , quien existiendo en la form a de Dios, no reput ó codiciado tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonad ó tomando la forma de siervo y ha- ciéndos e semejante a los hombres (332), y en la condició n de hombre se humilló , hecho obediencia hasta la muerte, y muerte en cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorg ó un nombre sobre todo nombre, para que el nombre de Jesú s doble la rodilla cuanto hay en los Cielos, en la Tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Seño r para gloria de Dios Padre.» El resto de la carta ya no tiene importancia. Claro que, ¿la tiene tampoco la anterior? Les envía a Epafrodito con ella. A Epafrodito, a quien los filipenses mandaron con di- nero para que Pablo viviese mejor. Como antes se lo ha- bía n mandado asimism o «má s de un& vez estando en Te- salónica» , com o dice en IV , 16. D e mod o que, com o añad e al punto (en 18): «Tengo ya de todo, vivo en abundancia y estoy al colmo despué s que recibí de Epafrodito lo que de vosotros me trajo: olor de santidad, hostia acepta de Dios.» Sin tanto circunloquio y en buen castellano: rico di- nero. Luego o mucho nos equivocamos o los consejos mo-

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J.

B.

BERGUA

rales que les da y las exhortaciones para que vivan digna- mente es pura mercancí a espiritual, que satisfecho y con- tento trueca, cambio ventajoso, contra buen numerario. Ha- b í a cobrado por anticipado y les consideraba como clientes de primera clase. En esto tambin la Iglesia seguiría su ejemplo: dar buenos consejos y cuantas bendiciones sean necesarias, a cambio de lo que caiga. Los sublimes esfuer- zos del papa actual en favor de la paz y la fraternidad no son invención suya.

Pablo , o quie n fuese, dice en esta Epístola un a innegable verdad: que el juicio acerca de las cosas espirituales co- rresponde a los espirituales. Que equivale a lo que yo de- cía , a m i vez, al principi o de esta Epístola: que los inclina - dos a la mística encontrará n en ella excelente y de incom- parable valor, lo que para los racionalistas no tendr á nin- guno. Sí, tal vez, en cambio, a propósit o de un nuevo ataque a los judaizantes, como hace aquí, en el capítulo III, hacer unas consideraciones acerca de la evolución de su espíritu, causa de su conversión del Judaismo al Cristianismo, de

creer a las Epístolas canónicas , o del Judaism o ortodox o

al

Judaismo esenio disidente, que es lo má s probable. Pero el fenómen o es el mismo. Y el resultado, crear una nueva re- ligión de salvación transformando en Cristo al Servidor del Dios de Isaías y al Hij o del hombre de las visiones de Da- niel y Henoc. Esta evolución puede seguirse perfectamente con sólo re- flexionar, sin preocuparse de si fueron alterados o no los testimonios que sobre El nos quedan. Pues lo que se trata ahora de saber es lo que resulta de lo que estos testimonios

dicen, en lo que afecta a la evolución del espíritu del hombre reflejado en ellos. Nos muestran, en efecto, a Pablo, judío ,

judí o rabiosamente ortodoxo, persi-

hij o de judío s (333) y

guiendo por celo fariseo a los disidentes de su fe. Hasta que de pronto un día , com o él mism o cuenta en la 2. a Epístola a los Corintios (XII , 2): «S i es menester gloriarme , aunque no conviene, vendr é a las visiones y revelaciones del Señor. Sé de un hombre que hace catorce años—si en el cuerpo, no

EXAMEN DE LAS

EPISTOLAS DE

SAN PABLO

43

lo sé; si fuera del cuerpo, tampoco lo sé; Dios lo sabe—fue arrebatado al paraís o y oyó palabras inefables que el hom- bre no puede decir. De tales cosas me gloriaré.» He aqu í la causa de que súbitament e pasase de encarnizado persegui- dor de una doctrina incierta aún , naciente, a ser su má s apasionado defensor. ¿Qué le ocurrió ? ¿Qué le pudo ocurrir para ello? No es difícil explicárselo pensando con un poco de lógi- ca y siguiendo, de una manera lógica también , la línea de su extravío. Es decir, no olvidando cóm o era, por naturale- za, tanto física como espiritualmente. Y cuando sabemos de él que físicamente era una ruina, y mentalmente un exaltado, un inquieto, un desarreglado mental, pues nos lo dice su manera de comportarse, se explica, y ayuda a com- prender su tránsito , su paso de fariseo judí o a místico, en sentido contrario. Pablo, mientras cree en la ley, la defiende, siguiendo irre- primiblemente su manera de ser, como el má s rabioso de los judío s ortodoxos. Pero no es hombre, a causa de su tem- peramento, capaz de creer mucho tiempo por obra de lo aprendido de niño . Necesita creer por convicción propia. En virtud de seguridad íntim a y profunda. A causa de ello, la doctrina recibida en la cuna debió de vacilar pronto en un espírit u como el suyo, tan susceptible a toda influencia ex- tramaterial. Por ello seguramente, al enterarse de que la secta disidente, a la que odiaba, creía en un hombre que habí a resucitado luego de morir, su primera impresió n sería de duda. Pero no porque le pareciese imposible tal afirma- ción, pues demasiado sabía que varios cultos, que no le eran desconocidos, se fundaban en la resurrección , a favor de los hombres, de supuestos dioses (334). Luego lo que de- b i ó empezar a preocuparle y hacerle pensar fue la duda acerca de la verdad y realidad de la nueva afirmación. De modo que en un principio, bien que no lo creyese, como no creía seguramente en lo que se afirmaba de Osiris, Attis, Adonis y demá s dioses salvadores semejantes, lo que en realidad le llenaría de dudas sería no la posibilidad de que un dios resucitase, sino que aquellos de los que tal se decía

44

J.

B.

BERGUA

hubiesen sido dioses. Pues para él no habla, no podí a haber otro Dios que Yahvé. Ahora bien, pronto una duda inquietante empezarí a segu- ramente a atormentarle. A turbar su espíritu , tan ávid o de todo lo religioso: lo que era difícilmente creíble, a no ser de un modo alegórico (el resucitar periódico de la Natura- leza), de un dios extranjero, ¿no sería posible de ser obra y voluntad del Dios judío ? Por otra parte, ¿cóm o los que lo afirmaban enfrentándos e audazmente a los doctores de la ley, aquellos hermanos de raza y de culto, puesto que inclu- so a la ley seguía n sometidos en muchas cosas, podía n ase- gurar tal cosa si no era verdad? Pablo, además , no era un iletrado, como luego fueron pin- tados los discípulos de Jesús . Pablo era muy versado en el Antiguo Testamento. Precisamente a causa de ello y súbita - mente, como se produce todo en los espíritu s fácilmente impresionables, la duda y la preocupació n a causa de aquel hombre que tras morir habí a resucitado, empezarí a a in- quietarle porque, ¿n o habría n anunciado los profetas la lle- gada de algú n Mesías distinto, en cuanto a su modo de apa- recer y presentarse, al que esperaba la masa del pueblo ju- dío, es decir, espada en mano, como en tiempos de Judas Macabeo? Y la primera chispa del cambio debió ser recor- dar de pronto, al venirle al pensamiento súbitament e la imagen del Hij o del hombre de la visión de Daniel.' De Da- niel, medio ángel, medio hombre él mismo, cuya maravi- llosa visión, si visión hubo, situaba la leyenda en la corte de Nabucodònosor. El que tuvo la visión, si, como decía, tal visión hubo, e in- cluso tal Daniel (pero esto era, en todo caso, lo de menor importancia, puesto que allí estaba la leyenda, y ¿qued a de ordinario otra cosa que leyendas en torno a los grandes he- chos y a los grandes hombres? ¿N o empiezan incluso a for- marse durante su vida, por obra del servilismo y de la de- voción irreflexiva y estúpida de los que les rodean?); el que

Pablo,

sin duda, habí a visto cuatro vientos que se lanzaban hacia el mar; vientos que dieron nacimiento a cuatro bestias

tuvo la visión—decía— , no menos perturbado que

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

45

(león alado, oso, pantera y la bestia de los once cuernos,

diez grandes y uno pequeño ; los diez grandes, los reyes de Siria; el pequeño, Antíoco Epifanos), en las que encarnó el testigo de la visión a los cuatro grandes Imperios que ha- bían dominado a Israel: Babilonia, Media y Persia, Alejan-

dr o el Grande y Siria . Al momento , el gran Juez llega. Allí

está Dios «con su rostro blanco como la nieve», y con El llega asimismo, al fin, el triunfo de Israel. . A las monstruosas bestias sigue una figura humana, figu-

ra ést a que seguramente fue para Pablo la chispa primera de su conversión. Chispa de la que saldría Cristo mismo. Daniel, el primer visionario de esta historia, habí a escrito:

«Miraba las visiones nocturnas cuando vi venir con las nu-

bes del cielo como a un Hijo de hombre

ra, que no habí a salido del mar, habitual generador de mons-

truos enemigos de Dios, sino que llegaba por el camino de las nubes del cielo, que era el camino de Yahvé, como habí a dicho Isaías (XIX , 1), ¿qu é representaba? Representaba el imperio de los santos. Es decir, de los judíos elegidos.

Y tras el Libro de Daniel, conservado co n todos los hono- res entre los escritos sagrados y colocado entre Ester y Esdras, el de Henoc, el patriarc a que antes del Diluvi o ha-

bía sido transportado vivo al Cielo, donde habí a visto, junto al Jefe de los días, al lado del Señor de los Espíritus, tan traíd o y llevado despué s por Pablo, pero oigamos al libro mismo. Ya lo he citado, pero tengo que repetirlo ahora:

«Vi al Jefe de los días, cuya cabeza era blanca como la lana, y con El a otro. Á otro como una visión de hombre, de aire gracioso como uno de los ángeles santos. Pregunt é

a un ángel que venía conmigo y me reveló todos los secre-

tos: ¿Quién es ese Hij o de hombre y de dónd e viene? ¿Por

qué está con el Jefe de los días? Me respondió:

del hombre , al que pertenece la justicia, co n el que justicia habita, que revela todos los tesoros ocultos porque el Señor de los Espíritus le ha elegido. Ante el Señor de los Espíritus prevalece su justicia par a siempre. Este Hij o de hombr e que has visto hace que se levanten de sus lechos los reyes y los poderosos, de su trono los fuertes. Anula las riendas de

Es el Hijo

»

Y

aquella

figu-

46

J.

B.

BERGUA

los fuertes y romp e los dientes a los poderosos » (Henoc,

, Aquel Hij o de hombre, cuyo nombre ocultaba Henoc,

existía de toda eternidad, como dijo má s tarde el gnóstico

al principi o de l Evangelio que, luego de manipulad o y adap-

tado, fue atribuido a Juan. Dios le habí a tenido oculto es-

perando «poder revelárselo a los elegidos». De tan impor-

tante personaje, tanto tiempo oculto y que surgía de pronto

por obra de dos visionarios, habí a dicho aú n el desconocido redactor de l Libro de Henoc: «Ser á el bastó n en que los jus- tos se apoyará n sin caer. Ser á la luz de las naciones. La es- peranza de aquellos que tienen el corazón roto.» Es decir, exactamente lo mismo que Isaías en XLIX , 6, y en LXI , 1.

XLVI

1-4).

Si Daniel fue la chispa, Henoc e Isaías el incendio en que se abrasó Pablo: ¡Lo que se decía del crucificado era ver-

dad! ¡La gran verdad anunciada por los profetas! ¡La únic a

verdad!

Y no hizo falta má s para que el Cristianismo empezara

a ser un a realidad. En el momento mism o en que esta se-

guridad se apoderó de él, Pablo tendría la primera visión, ocurrida en el camino de Damasco o donde fuese. El hecho

debió ser de este modo: Ve r en su espíritu al Hij o del hom-

bre, unirle con el Señor de la Justicia y aparecérsele, ha-

blarle y ordenarle que predicase su Evangelio en vez de oponerse a él, fue una y la mism a cosa. Y a causa de ello, es decir, del honor y de la merced recibida, que se creyese

superior a Pedro y a todos los defensores de la doctrina de la circuncisión, puesto que el rito de la verdadera doctrina

er a no la circuncisión judía , sino el bautism o esenio. Aun -

que hubiese sido verdad el mito evangélico y los Apóstoles discípulos de Jesús, ello no hubiese variado un ápice la dis-

posición y seguridad de su espíritu, puesto que si ellos le

había n conocido él habí a sido nombrado apóstol y encarga- do de predicar su Evangelio por el propio Hijo de Yahvé,

¡Y

aquél,

el

Señor

de

la

Justicia

de

los

eseníos!

¡por

el

Señor

Cristo!

dirá que no hay casos má s

numerosos y frecuentes que los de extravíos de tipo religio- so. Y entre ellos, los paranoicos, afectados de delirios visua-

Preguntad a un psiquiatra y os

EXAMEN

DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

47

les y auditivos. Y asimismo, que estos enfermos, salvo los casos ya muy avanzados, fuera del campo de su manía , en la que es fácil hacerles entrar con sólo recordársela , se suelen comportar de un modo enteramente normal. E in- cluso que su desvarío parece activar todas sus funciones, tanto mentales como físicas. Y sabiendo esto y teniendo en cuenta lo anterior es fácil comprender el caso de Pablo. Tanto su primer modo de proceder cuando perseguí a a los adeptos de la doctrina disidente de la ortodoxia judía , como su súbit o cambio e incluso sus andanzas posteriores y su resistencia física para soportarlas, no obstante los sufri- mientos a que le sometí a su salud precaria. E incluso sus bondades y sus cóleras: aquéllas para los que pensaban como él, ésta s para los que se le oponían . Y por todo ello su vida y su obra. ¿Obra ésta de un loco? Póngase, si se quiere, otra palabra. Por ejemplo, «iluminado», con objeto de equipararle, y no es poco honor, al Buda. O «iniciado», con objeto de acercarle a todos los fundadores de reli- giones.

Por lo demás , si las leyendas sagradas, tan pródiga s en hechos asombrosos y extraordinarios, no son puras y tota-

les fantasías embusteras, ¿qu é sino visionarios, en mayor o menor grado, fueron todos los santos favorecidos con apa-

riciones milagrosas y sobrenaturales?

¿Y qu é sino puros

fenómeno s de histerismo o de ilusionismo, las pretendidas apariciones celestes a niño s y niñas , a favor de cuyas apa- riciones han nacido leyendas que aú n se cultivan y que aca- ban siendo fuente de cuantiosos ingresos, tanto para los medios religiosos como civiles, única cosa no milagrosa, sino positiva y real, de la patrañ a a cuyo amparo medran? En cuanto a los verdaderos visionarios, que todos ellos vieron, oyeron e incluso, a creer a sus biógrafos, recibieron dones materiales de la Virgen o del crucificado (claro que esto último , ¿cóm o creerlo sin una dosis de fe que yo para mí no quisiera?), pero que vieron, oyeron y conversaron con quienes aseguraban, y que estaban tan ciertos de ello como el propio Pablo, de esto se harí a ma l en dudar. En dudar, claro, de que ellos fuesen víctima s de tal ilusión, no, por

48

T.

B.

BERGUA

supuesto, de que ocurriese. Pues, ¿qu é otra cosa se podrí a suponer acerca de la verdad a propósit o de las conversiones de un Agustín, un Francisco de Asís o un Ignacio de Loyo-

la y de tantos más , conocidos o desconocidos, cuya vida

transcurri ó oscura para todos, pero vivamente iluminada para ellos en el silencio y recogimiento de claustros y con- ventos? ¿Per o no acaban de iniciar un proceso de canoniza-

ción en favor del venturosísim o Pí o XII , que a su vez tuvo

la inmensa felicidad de «ver» antes de tiempo a Jesús, lo

que, sin duda, le deslumbr ó de tal modo como para igno- rar, por sumamente negro, tétrico y oscuro, lo que nazis

con los judío s e incluso seguramente los

• demá s crímene s hitlerianos? Entonces, sin duda creyendo sus ovejas inmediatas que el tiempo no era a propósito para otros milagros que los que se llevaban a cabo con las armas

en la mano, se echó tierra al asunto. Pero hoy, que las armas

han callado un poco en Europa, sin duda, se ha juzgado oportuno que hablen los milagros, y por ello pensar en enri- quecer con uno má s el ya bien nutrido santoral. Claro que como ni dañ o ni beneficio se hace con ello, lo mism o da.

Pero sigamos, no con Pablo, ya juzgado, sino con sus Epístolas, cuyo verdadero mérito , com o vamo s comproban - do, está en haber dado tipo, tono, cauces, normas y reglas

y ustachis hacía n

de vida a la Iglesia. Y asimismo, modelo y maneras de es- cribir y pensar a todos los místicos cristianos. Mu y particu- larmente a los tan abundantes como indigestos españoles, de los que yo no podía menos de considerar como maestro

a Pablo , al repasar, par a comentarlas, las Epístolas ante- riores. Y vamo s co n la a los Colosenses.

EPISTOLA

A

LOS

COLOSENSE S

En todo tiempo y en todo lugar, antes de Pablo, cuando Pablo y después , la Iglesia fundada por él y todas las de-

m á s pertenecientes a no importa qu é religió n (335) son ejem- plos vivos de que unas, otras y todas son uno de los medios

EXAMEN DE LAS EPISTOLAS DE

SAN

PABLO

49

m á s fáciles de vivir haciendo que se trabaja; y como nego-

cio, de los má s lucrativos, puesto que contra dinero o cosa que lo valga sólo se dan palabras, bien que estas palabras, para aparentar algú n valor, tomen con frecuencia el aspec- to de consejos, reglas morales o esperanzas, que los que creen en ellas lo hacen a causa de empezar admitiendo que quienes tales enseñanza s y consuelos les prodigan son los representantes, aquí, en la Tierra, de supuestas divinidades, que habitan ora en alguno de los astros, bien en un sitio desconocido denominado con el calificativo de Cielo o Cielos.

Pablo , en esta Epístola, y si n dud a par a entra r en ella co n buen pie, empieza haciendo la mism a afirmación . Y como tal

y verdadero ministro que era, a creerle a él, claro, del Dios

de la religión que predicaba, no cesaba de orar para que sus hijos en Cristo no sólo estuviesen cada vez má s «llenos de conocimiento de la voluntad de Dios», sino que asimismo creciesen en este conocimiento. Así como daba gracias a Dios Padre, por haberles «hecho capaces de participar de la heren- cia de los santos en el seno de la luz». Y no contento con

ello, pues cuando se lanzaba a ser generoso en camelos pa- terno-celestiales era infatigable, en los versículos 13 al 20 del capítulo primero, daba a sus ovejas de Colosas, célebre ciu- dad de Frigia, lo que los teólogos estiman como la má s ele- vada exposición de lo que es Jesucristo, exposición que voy

a copiar, porque a mí me parece tambié n tan admirable, que

considero como deber del que no puedo excusarme estam- parla aqu í para instrucció n de aquellos de mis lectores que, aunque increíble parezca, hayan podido vivir hasta aqu í sin tener noticia de esta maravilla; véase: «El Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos traslad ó al reino del Hij o de su amor, en quien tenemos la redenció n y la remisió n de los pecados; que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque en El fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la Tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por El y para El . El es antes que tpdo y todo subsiste en El . El es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. El es el prin- cipio, el primogénit o de los muertos, para que tenga la pri-

50

I.

B.

BERGUA

mací a sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en El habítase toda la plenitud y por El reconciliar consigo, purifi- cando por la sangre de su cruz, todas las cosas, así en la Tierra como las del Cielo.» Nada más . Nad a má s y nada menos. Creo haber transcrito descripción tan admirable y clara sin dejarme nada. Por su- puesto, de haberme comido algo o, por el contrario, de haber

añadid o algo sería igual. Pues la cosa es tan inconcebiblemen- te admirable y soberana, que aunque se pusiese lo que está

al principio donde va lo final o al revés, o aunque se leyese

en sentido contrario, no por eso dejarí a de ser menos claro

y evidente, en medio de su iluminadora oscuridad, ni nos

asombrarí a menos cóm o Pablo, sublime escarabajo físico, podía, por obra y gracia, sin duda, del Espírit u Santo, siem- pre dispuesto a iluminar con una de sus lenguas de fuego,

saber tanto no sólo del Padre, sino del Hijo . Lo que sí lamento es no ser teólogo para si alguno no bien enhebrado aú n en sutilezas sublimes preguntase: ¿Per o qu é quiere decir esto y a qu é viene ahora?, poder explicárselo

bien. En todo caso, y para ir acostumbrando a los aú n no metidos en harina místico-celestial, voy a transcribir otras

frases hermosísima s

peñ a en lo contrario, que, en efecto, Pablo no mentí a cuando hablaba de las revelaciones con que era honrado por la fa- milia celestial. Pues no hay duda de que sólo hablando mano a mano con Cristo o con su santísim o Padre era posible que supiese ciertas cosas con la precisión, claridad y verdad con que las sabía. Si no nos las enseñaba del mismo modo, no le censuremos por ello. Sin duda, era porque no habien- do tal vez en Colosas pitagóricos, es decir, desconociéndose allí las ecuaciones de segundo grado y el binomio de New- ton, él se complacía lanzándoles, para que los resolviesen, amables embrollos celestiales.

y que demuestran, si alguien no se em-

Por supuesto, alguno podrí a decir, claro, a propósit o de

la fuente de donde Pablo tenía tanta sublime ciencia, que

podían habérsela enseñado los ángeles, que, como es sabido,

a veces hacía n a ciertos profetas revelaciones admirables

(a uno nacido en cierto de los lugares má s abundantes en

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

51

piedras y menos de manantiales de la Tierra le fue dictado de este modo un libr o entero). Pero ocurre, como luego ve- remos, que Pedro consideraba el «culto a los ángeles» como un puro camelo, propio sólo de los falsos doctores, que trataban de chafarle a él la papeleta y hacer que la «cari- dad» de los fieles fuese, cosa indigna y grave, a parar a su bolsa. De modo que nada de angelitos. Para él, entre los hombres y Dios el únic o mediador es Jesucristo. De esto no deben haberse dado cuenta muchos que desde enton- ces, y no obstante tener a Pablo en la mayor estima, creen lo contrario. Quiero decir que sin necesidad de haber sido deslumhrados yendo hacia Damasco, ni siquiera cepillándo- se la sotana en la sacristía, su apacible e insignificante ma- nía consiste en creerse tales y verdaderos intermediarios, ellos, entre los hombres y el Señor. Y sigo con objeto de dar las frases que tanto admiro. Ta l vez porque dada mi cortedad de inteligencia, me suele costar trabajo compren- derlas. Helas aquí:

«Y a vosotros, otro tiempo extraño s y enemigos de cora- zón por las malas obras, pero ahora reconciliados en el cuer- po de su carne por su muerte, para presentaros sanos e in- maculados e irreprensibles delante de El si perseveráis fir- memente fundados e inconmovibles en la fe y no os apartái s de la esperanza del Evangelio bajo los cielos.» Un momento de respiro y allá va otra: «Quiso Dios dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio (el misterio es- condido desde los siglos y desde las generaciones y ahora manifestado en sus santos). Este, que es el mism o Cristo en medio de vosotros, es la esperanza de la gloria, a quien anunciamos, amonestando a todos los hombres e instruyén- dolos en toda sabiduría , a fin de presentarlos a todos per- fectos en Cristo.» No desmayemos. Allá va otra: «Pues como habéis recibido al Seño r Cristo Jesús, andad en El , arraiga- dos y fundados en El , corroborados por la fe según la doc- trina que habéis recibido, abundando en acción de gracias.» Supongo que cuando leyesen todo esto los otros doctores, que había n llegado sólo Con ánimo s de rapiña, comprende- ría n que con un hombre como Pablo, capaz de disparar fra-

52

J.

B.

BERGUA

ses com o las anteriores, era imposible meterse. Vay a otra solemne y desatinada, que acabar á de convencernos del su- blime extravío del gran Pablo: «Con El fuisteis sepultados en el bautismo, y en El asimismo fuisteis resucitados por la fe en el poder de Dios, que le resucitó de entre los muertos. Y a vosotros, que estabais muertos por los delitos y por el prepucio de vuestra carne, os vivificó en El , perdo- nándoo s todos vuestros delitos, borrando el acta de los decre- tos que nos era contraria, que era contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.» ¡Y esto se admira! ¡In- creíble! ¡Y al que se supone su autor, se le presenta como ad- mirable ejemplo! Sigamos. Allá va otra, interesante a causa de ser tal vez origen, sea o no de Pablo, pero yo no tengo m á s remedio que creerla de él, como todas las demás , puesto que a él le son atribuidas, el origen—decía—de la privilegiada situación, y mejor aú n que situación, postura, manera de estar, de Cristo hace veinte siglos: «Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde est á Cristo sentado a la diestra de Dios» (336).

Otra frase sublime: «Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces tambié n os manifestaréis gloriosos en El.» En fin, citaré, y será la última, una en la que se apoyó la Iglesia de Roma para trocar su título de «cristia- na» por el todavía má s esperanzador y bonito de «católica», es decir, universal: «N o os engañéis unos a otros, despo- jaos del hombre viejo con todas sus obras y vestios del nue- vo, que sin cesar se renueva, para lograr el perfecto cono- cimiento según la imagen de su Creador, en quien no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbar o o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos.» Pablo, con estas humanas y generosas palabras, acab ó de mata r al Yahv é de l Antiguo Testamento, que sól o querí a judíos , y al que ya había n dado una estocada en los rubios los profetas. Fue el puntillero celestial del Júpiter del Sinaí.

Pero

vamos

a

un

terreno má s posible, por má s humano.

Porque

francamente, para entrar,

como Pedro, por su casa.

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

53

por lo divino, como hacía nuestro apósto l con la mayor na- turalidad, o hacen falta revelaciones especiales y sublimes, de las que sólo gozan los privilegiados, como él, o someter- se ciegamente a lo que ellos digan, lo que tampoco es fácil cuando en el modesto huerto propio no se cultivan ese tipo de hortalizas, cuya mejor variedad es la fe. Vamos, pues, al terreno que motiv ó esta carta, de la que todo lo anterior no pasa de un puñad o de preciosos alamares. Metámono s con los picaros doctores, que aprovechando la ausencia de Pa- blo se había n hecho los amos, por lo visto, allá en Colosas, de los necesitados de dioses nuevos. Porque ocurría , como vemos repetidamente en las Epístolas y com o he id o seña - lando, que a medida que crecía la nueva doctrina y se iban formando grupos (337), al frente de cada uno de los cuales, como aqu í mism o dice Pablo en I, 2, habí a hermanos; cier- tos hermanos, los «santos», de que asimismo habla Pablo, encargados de instruirles, dirigirles y manejar, espiritual- mente siempre, y si creemos a los Hechos, tambié n en lo que afectaba a lo material, a los que componía n el gru- po (338). Estos santos no sólo vivían de su ministerio, evi- dentemente santo tambié n (339), sino que se encargaban de las colectas, que, com o hemo s visto en otras Epístolas, era n enviadas a los santos de otras iglesias, a quienes, sin duda, no sentaba bien el ayuno.

Naturalmente , estos santos no pedían, lo que se dice pe- dir, directamente. Hubiera sido impropio de su santidad y de la de su importante ministerio. Sino que llenos de santa humildad, se limitarían , ademá s de aconsejar lo que en esto les pareciese conveniente, a recibir sin enrojecer lo que cayese en sus manos, no seguramente como dádiva, sino como caridad. ¡Caridad! Virtu d por excelencia, muy alabada po r Pabl o en todas sus Epístolas y puesta en práctica , tanto por él como por sus santos compañero s directores de gru- pos, a favor de santísimos trueques: Ellos hacían a sus fie- les e ignorantes hermanos la caridad de sus enseñanza s y les enriquecía n con el dulce bálsam o de sus consejos, y los fíeles hermanos a ellos, la caridad necesaria para que se mantuviesen en buen estado de espíritu gracias a un buen

54

J.

B.

BERGUA

estado de cuerpo. El mens sana in corpore sano de Juvena l (Sátiras, X , 356). L a indudablemente bie n llevad a pancit a d e Pablo no hay duda que tenía este piadoso origen. Piadoso y perfectamente legal de acuerdo co n el do ut des romano . E n esta Epístola nad a má s dulce y conmovedo r que est é cambio de caridades mutuas, que se puede admirar en III, 12-14: Po r un lado , exhortació n a las virtude s seguid a de alabanza a la clemencia y al perdón ; inmediatamente exal- tació n de la caridad, como en espera de justo pago a la en realidad impagable lección. Véase : «Vosotros, pues, como elegidos de Dios santos y amados, revestios de entraña s de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimi- dad, soportaos y perdonaos mutuamente siempre que algu- no diese a otro motivo de queja. Com o el Seño r os perdonó , así tambié n perdonái s vosotros. Pero encima de todo esto, revestios de caridad, que es víncul o de perfección. » Her - mosísimo . Y generoso. Porque la verdad es que por consejos que excedían a todo valor, ¿qu é pedía n los cien veces san- tos? Un poco de caridad, cuya práctic a era la mejor esca- lera para subir por el camino de la perfección. Es más , Pa- bl o ya habí a enseñad o en su 1. a a los Corintios que sin la caridad nada sería algo en orden a cuanto afectaba a la vida eterna. Y habí a dicho de esta virtu d cosas absoluta- mente magníficas. Recordémoslas : «La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha (es decir, no es panzudilla ni cogotuda), no es descortés , no es interesada, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera (esto, evidentemente), todo lo tolera.»

Se podrí a replicar, claro, que todo esto no es sino un rosario de palabras má s o menos apropiadas a lo que se aplica. Cierto. Pero ¡qué bonitas! Y en todo semejantes a las perlas falsas de bisuterí a fina, ¡qué bien enhebradas! Si n

conta r que, com o dirí a el redactor de l Evangelio atribuid o a Juan, que en el desgranar camelos gnóstico-divinos tampoco

«Dios es caridad.» Y Tomás de Aquino, el in-

comparable «buey mudo» , mugirí a sabiamente má s tarde, en su Summa Teológica, que la carida d es la form a de todas

era manco:

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

55

las virtudes. Y los teólogos, que en esto de enseña r a los demás , desde la barrera, a ser virtuosos, son los grandes maestros, no solamente dicen que todas las demá s virtudes sólo sirven como preparació n en esta vida para otra (afir- mació n de doble filo, pues expone a lanzar a los vicios a los descreídos), sino que hasta las teologales fe y esperanza desaparecen, por innecesarias, en la vida eterna una vez conseguida la visión y posesión de Dios, y sólo la caridad perdura perfeccionada—atención , que ahora viene algo pre- cioso—en el abrazo estrecho con que el alm a se unir á a Dios. Pero volvamos a lo que nos ha traíd o hasta aquí. A saber, que cuando Pablo supo por Epafras el peligro que corrí a la Iglesia de Frigia a causa de las predicaciones de otros doctores que allí se había n presentado, aquellos falsos doc- tores que le quitaba n el sueño , tratand o de que la caridad de los que les escuchaban tomase como vía natural la que conducí a a sus bolsas, escribi ó la Epístola que nos ocupa co n la esperanza de que la fe (en danza ya las tres grandes virtudes) de sus amados colosenses no hiciese caso de nadie sino de él y de los suyos. Y a la sombra de estas tres virtu- des teologales fue como les dirigió los má s sanos consejos, tras asegurarles que «unidos en la caridad » y bien dirigi- dos, claro está, alcanzarían «todas las riquezas de la plena inteligencia» y conocerían «el misterio de Dios, esto es, de Cristo, en que se hallaban escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Sentadas estas solemnes verdades, les advertía aú n que no se dejasen engaña r «con argumentos capciosos» (tan distin- tos de la sencillez, claridad y verdad con que él les hablaba), añadiendo: «Mirad que nadie os engañe con filosofías fala- ces y vanas fundadas en tradiciones humanas, en los ele- mentos del mundo y no en Cristo.» En fin : «Que nadie con afectada humilda d o co n el culto de los ángeles os priv e de l premio.» El premio era Cristo, en quien, como bien sabía Pablo, «habitab a toda la plenitud de la divinidad corporal- mente».

Y

tras

recordar, una vez más , a

las

estar sometidas

a

los

maridos (por lo

mujeres

que

de

se puede ver, el

el

deber

36

}.

B.

BERGUA

uso, sin duda, de la minitúnic a para má s fácilmente come- ter adulterio estaba generalizado en Frigia, cuando tanto in- sistía Pablo en este punto), los hijos a los padres (¿gam- berrismo ya?) y los siervos a sus amos (abolición de la ley Spartaco); aconsejar a los colosenses que no dejasen de orar, y el saludo final con menció n de los hermanos santos encargados de dar ejemplo y recoger colectas, acaba esta admirabl e Epístola, cort a de líneas , pero larg a de enseñan - zas. Y que no nos hace deplorar el tiempo empleado en leerla si, por supuesto, no teníamo s otra cosa mejor que hacer.

EPISTOLAS

A

LOS

TESALONICENSE S

A propósit o de las dos Epístolas a los Tesalonicenses, los teólogos ortodoxos no vacilan en afirmar que son los prime- ros escritos de Pablo y, por consiguiente, los má s antiguos de l Nuevo Testamento. Ma s par a aceptar estas afirmacio- nes, lo primero que habrí a que probar era que este apósto l escribió , en efecto, las Epístolas, que abundantemente mo- dificadas, enmendadas e interpoladas durante la primera mitad del siglo n, sirvieron de base a las que han llegado hasta nosotros. Dando esto por cierto, aú n habrí a que inter- pretar de un mod o lógic o lo relativo a la parousia, de que se hace menció n en ellas. Porque si se acepta que esta parousia se refiere a la esperanza que tenía n lo s supuestos Apóstoles de Jesú s relativas a la inmediata vuelta de éste, entonces se puede suponer, y a causa de ello darles la pri- mogenitura en el orden cronológico de los escritos de Pa- blo, que éste las escribiese a raíz de su viaje a Jerusalén. Pero si co n esta parousia Pabl o querí a referirse a la vuelt a del Seño r de la Justicia esenío, entonces pudiera cambiar ya el aspecto de la cosa. En todo caso, fuese la ilusión por un personaje o por el otro, lo únic o que parece cierto es que tal ilusión dur ó poco, al menos en Pablo, puesto que esta palabr a no volvi ó a figura r en ningun a de las Epístolas.

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN PABLO

57

Por lo demás , es lo únic o que en ambas cartas, y ello como recuerdo de una posible ilusión, merezca la pena de ser mencionado. El resto, en la primera, se reduce a unas palabras preliminares felicitando a la Iglesia de Tesalónica (entiéndas e al grupo de adeptos de esta ciudad) por su fi- delidad al Evangelio, seguida de una relación inútil (inútil, pues la dirige, o aparenta dirigirla, a los que fueron testi- gos .de ella) de cóm o ejerci ó su ministeri o cuand o estuvo en aquella ciudad, la expresió n de sus deseos de volver, así como de la alegría que le causaba haber recibido buenas noticias de allí, má s unos consejos y exhortaciones en pro de la santidad y del trabajo. Y acaba con lo que luego no olvidaría ya en ninguna de sus cartas, y que pudiera ser uno de los detalles que demostrasen que manos distintas a las suyas intervinieron en todas ellas, si juzgamos que se aviene mal con el temperamento de un místic o fanático, com o tod o hace pensar que er a Pablo : el interés económico que en todas las Epístolas demostraba . Oigámosl e aquí : «O s rogamos, hermanos, que acatéis a los que laboran con vos- otros presidiéndoo s en el Seño r y amonestándoos , que ten- gái s co n ellos la mayor caridad para su labor y que entre vosotros viváis en paz.»

Este continuo aconsejar a los aconsejados que no dejen de acordarse pecuniariamente de sus santos directores espi- rituales, celo por lo terrestre que tanto ha distinguido siem- pre a muchos de aquellos cuya mayor preocupació n parece que hubiera debido estar al otro lado de las nubes, debió de brotar espontáneament e al nacer la Iglesia, como la mala hierba en los campos. Y, sin duda, para ver de disimular el m a l efecto que pudiera producir que apareciese continua- mente lo terrenal en lo que se las daba de tan celestial, se lo cargaron suavemente a Pablo, como tantas otras cosas, para que sus flacas costillas, tan sólidas en soportar cuanto afectaba al Seño r Jesucristo, obrasen como santo y autori- zado vehículo del interé s por lo material, ya sin duda abier- to desde el despertar de la Iglesia. Claro que se dir á que habí a que comer tres veces al día, cuatro si se cuenta la merienda, cinco incluso si un refrigerio a media mañana ,

58

J.

B.

BERGUA

muy conveniente si se habí a madrugado para tocar a misa, pues lo del cuervecito con el pan en el pico no pasaba de literatura. Y que com o el gran trabajo de los santos no te-

n í a otra recompensa que la caridad de los fieles, habí a que estimular ésta. Sea como sea y piense cada uno lo que pien- se, el hecho es que en esta Primera Epístola a los Tesalo-

fue,

hace punto final luego de instar a los que se dirige a que

no apaguen el Espírit u y a no despreciar las profecías, má s

po r

todos los hermanos» . En la Segunda, se felicita de los progresos de los tesalo- nicenses en la fe y en la caridad, y volviend o sobre la parou- sia, les aconseja que no pierda n la cabeza y que no olviden , ni se engañen , ni crean, a quienes les digan que se trata de algo inminente. Y que antes de volver Cristo (o el Seño r de la Justicia), se manifestar á «el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición , que se opone y se lanza contra todo lo que se dice de Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse Dios él mismo». Afirmación que huele que atufa a ataque contra ciertos gnósticos, lo que la aleja de Pablo. Luego, una vez más , las consabidas exhortaciones, para acabar con que «la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros». De las Epístolas llamada s Pastorales (dos a Timote o y un a a Tito) no vale la pena ocuparse. Su total inautenticidad ha sido demostrada por la crític a histórico-científica. E l pro- pósito de los que las redactaron es evidente: La Iglesia, tras haber arreglado a su provecho y conveniencia lo que pudo escribir Pablo (si es que no se valieron simplemente de un nombre en torno al cual se habí a formado una leyenda; pero en este caso habrí a que pensar antes que en la Iglesia, en Marción) , le fue atribuyendo asimism o durante algú n tiem- po cuanto iba elaborando para su buena constitució n inte- rior. Y de paso, para atacar a los gnósticos, cuyas doctrinas, de triunfar, hubiesen anulado todo en la nueva Iglesia: tra- bajos y esperanzas. La Epístola a Filemón es aú n má s insignificante.

nicenses, tras estimularla , Pablo , o quie n fuese si él no

conjurarles

po r Jesucristo

«a

qu e

su Epístola

sea

leíd a

EXAMEN

DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLÓ

59

Antes

propósit o

de

dejar

a Pablo voy a hacer

unas

consideraciones

a

Sobre esta muerte, los Hechos no dicen nada. Est o es ya sorprendente. En efecto, ¿po r qu é los que redactaron este libro, escrito, por lo menos, un siglo despué s de la fecha en que pudo morir Pablo, nada dicen a propósit o de esta muerte? Sin embargo, debía n estar perfectamente entera- dos, si no de cóm o acaeció exactamente, sí, al menos, de lo que contaba la tradició n antes que la Iglesia estimara conveniente para sus intereses, que acabase en Rom a márti r de la nueva doctrina.

En todo caso, lo que por este texto se puede saber, sin que ello quiera decir, por supuesto, que lo que refiere sea verdad, es (capítulos XX I al XXVIII ) que habiendo ido Pa-

blo a Jerusalén , Santiago y los ancianos le aconsejaron que,

en unió n de otros

un voto, fuese al Templo, con objeto de que al verle allí (ellos, por su parte, seguían acudiendo a él normalmente, por lo que se puede juzgar) se calmasen los que creía n que predicaba y enseñab a a los judío s ortodoxos que se apar- tasen de la ley de Moisés. Ma s he aqu í que al ver a Pablo, ciertos judíos de Asia empezaron a incitar a los demá s con- tra él acusándole de haber introducido gentiles en el san- tuario, a causa de haberle visto antes en la ciudad con un tal Trofonio de Efesos. Total, que lo hubiera pasado mu y m a l de no haber sido protegido por la guarnició n romana, llegada a toda prisa, atraíd a por el escándalo que armaban aquellos fanáticos enfurecidos. No nos detengamos mucho en los capítulos XXI I y XXIII , enteramente novelescos, en el primero de los cuales el redactor de esta parte de los supuestos hechos aprovecha un discurso inventado por él, bien que, como es natural, pone en boca de Pablo, e incluso como si hubiese sido pronunciado por éste desde las gradas mismas del Templo, para referir otra vez su conversión, por cierto que de un modo no enteramente exacto a como ya ha sido referida, y el segundo, para enfrentarse de nuevo ante los enfurecidos judíos , que esta vez, capitaneados por el príncip e de los sacerdotes, a quien Pablo llam a «pare d

de su muerte.

cuatro judío s conversos que había n hecho

60

t.

6.

BÉRGUA

blanqueada » (hombre sin fe y sólo con apariencia de ella),

se proponen matarle. Entonces el tribuno romano, advertido

por un sobrino de Pablo y sabiendo, además , que éste es

ciudadano romano, le envía, con objeto de salvarle, bien

custodiado, a Cesárea, donde queda en manos del presiden-

te Félix. Y en esta ciudad, nueva confrontación de Pablo

con sus acusadores, que para esta vez proceder de un modo

má s legal, llevan con ellos a un tal Tértulo, orador de ofi-

cio. Félix, oída s ambas partes, aplaza su decisión, limitán- dose a meter a Pablo en la cárcel y autorizando a cuantos familiares suyos quieran para que vayan a verle y ayudarle.

Y esto porque, sin duda, esperaba, como es dicho en XXIV ,

26, «qu e de parte de Pablo le sería n dados dineros » para que

le soltase. Y así transcurren dos años, al cabo de los cuales

Félix es sustituido por Festo, que tras nuevas peripecias, en que interviene incluso el propio rey Agripa, al que, por cier- to, Pablo está a punto de convertir y hacerle cristiano (XXIV , 28), le envía a Rom a luego de decirle Agripa: «Este hombre podrí a ser suelto si no hubiese apelado a César.»

Lo lógico parece ser que tal se hubiese hecho y que allí hubiera acabado la cuestión, pero no pidamos lógica en lo

que todo parece carente de ella. Sobre todo, que, sin duda, fue juzgado preciso que la narració n continuase con lo

m á s interesante literariamente: el viaje de Pablo a Roma .

Y, en efecto, a esta ciudad llega tras un períod o de tiempo

no corto, puesto que, según el relato, parece durar seis me-

ses. Y una vez en la capital, el centurió n que le conduce le deja en manos del prefecto de los ejércitos, que se limita

a ponerle en libertad vigilada. Es decir, con un soldado junto

a él, por pura fórmula, porque ¿adond e ni para qu é hubiera intentado huir de la ciudad? Luego dice el libro que Pablo alquiló una casa, en la que permaneció dos años recibiendo

a cuantos venía n a verle, «predicand o el Reino de Dios y en-

señand o lo que es el Seño r Jesucristo con toda libertad, sin impedimento» . Y co n ello acaban los Hechos.

¿Po r qué—repito—el redactor de esta segunda parte del libro no refirió la última de la vida de Pablo? Imposible responder de una manera categórica. Ni , por falta de datos,

EXAMEN DÉ

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

61

someter la cuestión a controversia. Cuanto se puede hacer es pensar con lógica acerca de lo que pudo ocurrir. Y de acuerdo con ésta, lo primero que se puede afirmar de un modo categórico es: que no habí a razón para condenar a Pablo a muerte, y que ni Félix, ni Festo, ni el rey Agripa, lo había n pretendido. Este último , muy por el contrario, habí a opinado, recordemos sus palabras, que lo natural hubiera sido dejarle en libertad. Por otra parte, si el centurió n que fue con él hasta Rom a llevó un atestado a propósit o de lo ocurrido, este atestado no hubiera podido decir otra cosa que la verdad, a saber: Que durante un altercado con un grupo de judío s fanáticos, que le acusaban sin pruebas de haber introducido gentiles en el Templo, para evitar vio- lencias graves contra él, le había n detenido sin otra inten- ción que la de protegerle. ¿Y acusación, o por mejor decir, relato semejante, a propósit o de un hombre como él, en modo alguno peligroso (y la prueba era la conducta del prefecto a cuyas manos fue a parar), hubiera podido aca- rrearle mucho tiempo después una sentencia de muerte? Nada má s improbable.

¿Por qu é entonces se asegura lo contrario? Pues sencilla- mente, porque convenía que personaje al que se daba tanta importancia no acabase de un modo normal. Es decir, ago- tado por sus propias andanzas o por obra inmediata de alguno de sus muchos achaques corporales. Era , por el con- trario, mucho má s edificante y glorioso, tanto para él como para la Iglesia que habí a fundado, que acabase márti r de la

doctrina que con tanto tesón habí a defendido. Y, claro, pron- to una tradició n nacida muchos año s despué s de la muerte de Pablo, pero que pronto adquirirí a crédit o entre los dis-

tragarse todo, y con tanta má s avidez cuanto má s

favorable a la fe que les animaba, tradición que aseguraba lo de la muerte gloriosa, sería divulgada y creída. Es más , para que todo acabase a gusto y conveniencia de los que a toda costa quería n que la cabeza de la nueva Iglesia estu- viese en Rom a (que era tambié n donde lógicamente no hu- biera debido estar, puesto que la doctrina habí a nacido en Oriente; de Oriente eran sus fundadores, reales o supuestos,

puestos a

62

J.

B.

BERGUÁ

y

a Oriente, pues, correspondí a la primacía) , junto a Pablo

se hizo morir a Pedro, al que, para este mism o efecto, una interpolació n descarada en el primitiv o Evangelio, en el de Marcos, atribuí a a Jesú s unas palabras que éste jamá s hu- biese pronunciado, nombrando a Pedro cabeza de su Igle- sia; El , al que presentaban predicando tan sólo el inmediato advenimiento del Reino de su Padre, y que a causa de ello hablar de Iglesia hubiera sido el má s estúpid o de los con- trasentidos. Pero como lo que importaba era lo que impor- taba, se hizo esta afirmació n sin ton ni son, como tantas otras.

En todo caso y a falta de datos ciertos y bien demostra-

dos, el fin de Pablo va unido a dos tradiciones, cuya única garantí a está en la fe que se las quiera conceder. Segú n la primera, Pablo, tras comparecer ante el tribunal imperial

y ser absuelto, vino a España . En efecto, habiendo prome-

tid o en la Epístola a los Romanos (XV , 24), que pasarí a

a ver a los hermanos de Rom a cuando viniese a Españ a

(«cuand o vaya a España» ; tambié n se puede leer que pen- saba ir a Jerusalé n a entregar a «los pobres de entre los santos» cierta colecta hecha para ellos en Macedonia y en

Acaya, añadiendo : «per o una vez cumplid o esto, cuando Ies entregue este fruto, pasando por vosotros, me encaminar é

a España») . De modo que la primera tradició n habla de un

viaje a España , para apoyar la cual, pues no ha quedado

testimonio alguno de tal viaje, se ha acudido a dos textos no solamente muy posteriores, sino poco probantes. Cierto

. en la cual, pensando seguramente en la afirmació n mencio- nad a d e lo s versículo s 24-28 de l capítul o X V d e l a Epístola a los Romanos, se dice: «qu e el apósto l enseñ a la justici a a todo el Universo», y que para ello ha ido «hasta las extre- midades de Occidente». Extremidades que se han interpre- tado como España , olvidando que habí a otras regiones co- nocidas e incluso sometidas militarmente a Rom a má s occi- dentales. El otro apoyo trata de agarrarse a la autoridad, harto débi l también , del Canon de Muratori, en el que se habla «de la marcha de la ciudad hacia España» .

la

que a falta de pan

primer a Epístola a Clemente,

Uno ,

EXAMEN DE LAS

EPISTOLAS

DE

SAN PABLO

63

Total, que este viaje no pasarí a probablemente de un buen deseo, no ya de Pablo, sino luego de él, de los que a toda costa quería n hacerle el gran campeó n de la nueva doctri- na, y para ello hacerle recorrer todo el mundo romano. En todo caso, no hay acerca de este viaje ningú n testimonio digno de crédito. Cierto que a propósito de Santiago aú n hay menos y, no obstante, bast ó otra leyenda para hacer de Compostela uno de los grandes centros de peregrinació n y para que se hayan asegurado, y sigan asegurándose , las má s absurdas y pintorescas «verdades» a propósit o de Santiago, Compostela y la predilección del santo por España . En lo que al viaje de Pablo afecta, con mu y buena volun- tad y por no negarle rotundamente, puesto que no habiendo pruebas, la mism a razó n hay para rechazarle que para acep- tarle, pudiera suponerse que, en efecto, si no quedaron tes- timonios de él fue debido a que tal vez result ó de breve du- ración . Tanto má s cuanto que lo que importaba era hacer que el gran apósto l estuviese rápidament e de nuevo en Rom a el añ o 64, co n objeto de justifica r y encajar su muerte cuan- do las persecuciones de cristianos atribuidas a Nerón . En todo caso, no nos desanimemos: Si él no llegó a venir a Es- paña , lo ha hecho, y de esto podemos estar tan orgullosos como seguros, uno de sus santísimo s brazos, que luego de muerto y enterrado, piadosísimo s profanadores de tumbas le arrancaría n de su cuerpo para que, conservado milagro- samente durante siglos y siglos, fuese admiració n y embe- leso religioso de los afortunadísimo s por entre los cuales fuese paseado. Aquí, tras recibido con todos los honores (se rindió, como era justo, los má s altos de éstos de tipo mili- tar), fue paseado en triunfo por todas partes. Alg o es algo y todos contentos. A falta de santo entero podremos tener un gloriosísim o pedazo de cuando en cuando. Al Seño r sean dadas.

Además , com o a veces con la intenció n basta, puesto que Pablo tuvo tal intención (la de venir a España) , movido de hermosísim o celo apostólico, lo que parece indudable, ello debe bastarnos y llenarnos de gozo, De modo que pasemos,

64

i.

b . bergua

rebosando felicidad y orgullo, a la segunda tradición . La re- lativa a su decapitación en Roma. Claro que no tengo má s remedio que confesar que, por mi parte, cuando algo que se pretende dar como un hecho no tiene otros fundamentos que una tradició n caprichosa e in- teresada, o documentos que han sido amañado s en favor de esta tradición , movidos los que tal han hecho por convenien- cias apologéticas, para mí, estos subterfugios no tienen va- lor alguno. Pues yo, para llegar hasta algo de interé s no acepto sino un camino: el de las pruebas. Que es el camino de la razón. Y en este caso, la lógica má s elemental parece apuntar, como indicaba ya antes, que puesto que Agripa dijo

a Festo: «Este hombre podrí a ser dejado en libertad si no

hubiese apelado al César», todo induce a creer que en Roma ,

donde vemos, com o fina l de los Hechos, qued ó no sola- mente libre, sino facultado para seguir propalando ideas

que no perjudicaban a nadie, tras un simulacro de juicio,

si juicio hubo siquiera. Y esto supuesto, ¿qu é peligro ofre-

cía un pobre desdichado que lleno de celo rabioso predicase ensueños que había tenido? ¿N o era lógico que le dejasen en libertad sin volver a ocuparse de él?

Hubiéras e tratad o de un moliíor rerum novarum, es de-

cir, de un fautor, de un instigador de novedades peligrosas,

el caso hubiese sido distinto. Pero tratándos e en

realidad, com o debió ocurrir, si en este personaje hay algu- na realidad, de un pobre diablo atacado de una maní a tan inofensiva como que era preciso amar a un Dios más , entre los muchos que había entonces, y sólo a El y a su hijo, el Seño r Jesucristo, y que para hacerlo debidamente había , como en las demá s religiones a base de misterios, que lim- piarse moralmente siendo buenos, justos, tolerantes y cari- tativos, ¿qu é le importaba a Burrhus, prefecto del pretorio, que le juzgaría, si es que no tuvo, que es lo má s probable, que comparecer, por pura fórmula , ante un magistrado in- ferior, que le despacharía aconsejándole que se marchase en paz y que siguiera siendo bueno y procurando no hacer mucho ruido? Pero, naturalmente, siempre por realzar su figura, en torno a esta falsa persecució n se ha n inventado

y entonces

examen

de

la s

epistola s

de

san

pablo

65

otras leyendas encaminadas a dar al asunto una importan- cia que lógicamente no tenía por qué tener (¡una querella

entre judíos , tan despreciados en Roma, y má s siendo uno

de ellos, el inculpado por estúpido s

dano de la gran urbe!), como la que hace intervenir a Sabi- na Popea, que ganada por los judío s de la ciudad, de los que si alguna vez oyó hablar sería para sentir asco y des- precio hacia ellos, habí a mediado para que le condenasen. Que era de lo que se trataba: De hacer creer a toda costa que habí a sido condenado y decapitado, sin razón, causa ni motivo, para que muriese mártir , hecho que se consideraba glorioso y digno de su figura. Pero todo ello no parece que sean otra cosa que cuentos interesados e indignos de ser tenidos en consideración . Que siempre que acerca de hom-

celos religiosos, ciuda-

bres y hechos se carece de datos ciertos y positivos, el me-

jo r criterio para opinar sea la lógica y el buen sentido. Y

éste, en lo que a Pablo afecta, dice a todo el que quiera es- cucharle, que Pablo importaba tanto a los magistrados ro- manos de entonces, como cualquiera de los dulcísimo s bea- tos a quienes se les humedecen los ojitos en la plaza de San Pedro cuando el papa se asoma al balcó n para bende- cir al emocionado rebañ o congregado a sus pies, al resto de los que componen la Rom a actual.

Ma s aunque convenía, como acabo de indicar, para fines apologéticos, que muriese mártir , y aunque, no obstante, seguramente cuando el redactor de la segunda parte de los

Hechos, la que trata especialmente de Pablo , esta idea em - pezaba ya a cuajar, él termin ó prudentemente su narració n como lo hizo: dejando a su héro e tranquilamente en la ciu- dad sin que nadie, como era lógico, se metiese con él, ni, por su parte, meterse a contar nada a propósit o de dónd e

oíd o sobre ellos se lo

calló. Pensaría : si interesa hacerle morir de modo violento, que lo haga el que quiera. Y, en efecto, lo que convenía que

se creyese siguió su camino, el propósit o tom ó cuerpo, se

convirtió en tradición , y esta tradició n empez ó a asegurar,

y sigue asegurando, no sólo que muri ó mártir , sino el lugar:

fue decapitado en el camino de Ostia. Y aún , por si todo lo

y cóm o habí a muerto. Si algo

habí a

66

I.

B.

BERGUA

anterior fuese dudado, señaland o el lugar exacto y proban- do que allí habí a sido, mediante un detalle de esos de no te menees: Una vez que el hacha impí a hubo separado la ben- dita cabeza de los flacos hombros, aquélla, dando, con los ojitos azules cerrados y todo, tres admirables saltos, hizo brotar, al chocar contra el suelo en cada uno de ellos, un manantial de agua, ni que decir tiene que triplemente ben- dita. Allí está n manando aú n para ejemplo y admiració n de todo el que quiera ir a contemplarlos. El lugar es llamado de las Tres Fuentes. Todo el mundo puede comprobarlo. Si tras esto alguno duda aún, peor para él. En cuanto a Pedro, asimismo tradiciones no menos dignas

de crédit o haría n ir tambié n a mori r a Roma, por el grave motivo, cual ya he indicado, de que convenía a los obispos de esta ciudad que estuviese allí la cabeza de la nueva Iglesia. Y como se trataba de hacer de él el primer papa

e interesaba, ademá s de que no fuese un ilustre desconoci-

do (como unos cuantos de los que le siguieron en tan alta dignidad, de los que cuanto se sabe es el nombre que qui- sieron darles), que muriese tambié n gloriosamente, aú n le cupo la suerte de hacerlo por modo todavía má s significa- tivo e importante: crucificado. Crucificado exactamente como su Maestro. Es decir, por obra y gracia de los que inventaron una y otra muerte. Si la cosa no era verdad, sí, por lo menos, bien pensada, puesto que Pablo, por su parte, como ciudadano romano, no podía morir de muerte infa- mante, como era considerada entonces la crucifixión, sólo

aplicada a los esclavos. Mientras que, por el contrario, nada

m á s justo y conmovedor que Pedro, a quien, como cuenta

Mateo, presintiendo lo que le iba a ocurrir, Jesú s le habí a nombrado cabeza de su Iglesia, muriese, como El , en una cruz.

Naturalmente, si a esta segunda tradición, dejándono s de

fantasías, le aplicamos el mismo criterio que a la anterior, ¿cóm o imaginar otra cosa sino que el lepórid o que neg ó

a su Maestro tres veces, murió , si es que vivió, como todos

los demá s de la banda, menos el pobrecido Judas, tranqui- lamente allá en Galilea, tras la últim a partida de pesca?

EXAMEN DÉ

LAS

EPISTOLAS

SAN

PABLO

67

Pero, claro, esto no tenía interés. Y como lo que convenía era continuar la novelita que se habí a inventado en torno

a la figura de Jesús , los Hechos, segunda parte de ella , lo hicieron. Empezando por allanar la gran dificultad: que unos pobres pescadores y demá s compañeros , totalmente iletrados, menos el publicano Mateo, que incluso conocería hasta las cuatro reglas, pudiesen lanzarse a predicar con elocuencia suficiente para atraerse partidarios. Lo que se solucionó, como es sabido, con el ingenioso cuentecito de

las lenguas de fuego. Tras lo cual pudo el sapientísim o Pe- dro, políglota y todo, lanzarse a discursear. Pero con tal éxit o que, com o leemos en los Hechos, co n el prime r ser-

m ó n

cuatro mil ; con el segundo, a cinco mil .

Si el redactor no se detiene contando cristianos, allí lo son hasta los pájaros . Claro que lo asombroso fio es que él, lleno de celo por la causa, inventase tales bobaditas, sino que estas bobaditas fuesen creídas, y por si ello fuese poco, ¡que aú n se sigan imprimiendo y creyendo!

convirtió

a

En

todo

caso,

entre

tanta mentira una

cosa es

innegable:

Que para justificarlas, es decir, lo esencial, la muerte de

Pedro y de Pablo en Roma, hubo que fabricar otro nuevo infundio a costa de un emperador que, por haber pasado

a la historia con merecida fama de cruel, podía soportar

sobre sus costillas una crueldad más : la de las antorchas vivas mandadas encender por Neró n el añ o 64, para justifi- car su pretendido incendio de Roma, y echar de ello la culpa a los cristianos. Lo que daba una ocasión excelente para, con motivo de la hecatombe, hacer perecer tambié n

a los

En todo caso, la fábula de la mencionada persecució n del enobarbo fue inventada mucho má s tarde. Ningú n historia- dor romano, excepto Tácito, habla de tal persecución. Ni , lo que es aú n má s raro, ningú n autor cristiano, que lo hu- bieran hecho con tanto gusto, de los siglos n y ni . Y si Tá- cito lo menciona es porque el trozo de su historia que habla de ell o fue fabricad o en el siglo xv (véas e Hochardt : Etudes au sujet de la persécution des chrétiens sous Nerón, y Georges Roux : Nerón, Fayard , París , 1962), tomand o com o

dos

apóstoles.

68

J.

B.

BERGUA

base un texto de Sulpicio Severo, mediocre historiador de

fines del siglo iv . No habiendo hablado de tal persecució n

ni Tertuliano; ni Orígenes; ni Clemente, el romano, que de

haber tenido noticia se hubiese apresurado a mencionarla,

y ni siquier a el propi o Eusebi o en su Historia eclesiástica, que, no obstante, acogió tanta fábula, es evidente que la leyenda relativa a las famosas «antorcha s vivas» fue fabri- cada entre Eusebio y Sulpicio Severo. Es decir, en el decur- so del siglo iv, con objeto—lo repito—de hallar un pretexto para hacer de Pablo un mártir , y de Pedro, el fundador, en Rom a misma, de la Iglesia. Iglesia que de este modo usur- paba a las de Oriente una supremací a que a cualquiera de

ellas

les correspondí a con má s derecho.

Y

así

se

escribió, y

así se

sigue

escribiendo, la historia

de

Vuelvo a recordar lo de Shakespeare: «Ser o no ser.» Aquí, «creer o no creer». Si se es creyente, si se es un pan- tano de fe, adelante con los faroles. Es decir, con tradicio- nes, prodigios, milagros y demás . Todo lo que se afirme ex cáthedra y po r un a boc a infalible, o com o resultado de

divin a revelación, ser á poco, y tanto má s fácilment e creíd o

Y algunos pre-

cuanto má s imposible. Si no se es creyente fieren pensar a creer a ciegas.

Y ya no queda sino mencionar, pues no vale la pena hacer

la Iglesia.

otr a cosa, las Epístolas menores. Es decir, las Epístolas de

Santiago, las dos atribuidas a Pedro, las tres a Juan y la de san Judas. Todas ellas apócrifas, según opinión unánim e de los críticos independientes modernos. En el Fragmento de Muratori, texto precioso descubierto por el ilustre erudito de este nombre en un manuscrito del siglo vi n de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, fragmento que contiene la lista de los libros que la Iglesia romana admití a como canónicos a fines del siglo II, no figura ni la Epístola a los Hebreos, ni la de Santiago, ni las dos atri- buidas a Pedro, así como tampoco la tercera de Juan. Esto no quiere decir que otras Iglesias, por su parte, no las ad- mitiesen, y ello no es lo interesante, sino advertir que los libros considerados hoy como canónicos, no lo eran, ni mu-

EXAMEN DE

LAS

EPISTOLAS

DE

SAN

PABLO

69

cho menos, para las diferentes Iglesias de la antigüedad .

Y que sólo tras muchas discusiones algunos, com o el Apoca-

lipsis y el Cuarto Evangelio, y sól o co n much a repugnancia, consiguieron al fin ser admitidos. Po r supuesto, en este Fragmento de Muratori se adivin a perfectamente la luch a en pro y en contra de lo que, según unos y otros, debía o no ser canónico. En la frase siguiente, con que acaba la lista propiamente dicha, se advierte: «Nosotro s recibimos igualmente los Apocalipsis de Jua n y de Pedro , que ciertos de entre nosotros no quieren que sean leídos en la Iglesia.»

la autenticida d de estas Epísto-

las, lo que ocurre es que su valo r en realida d resulta nulo . Pues no contienen sino exhortaciones e instrucciones de carácte r general. Po r ejemplo, la Epístola de Santiag o es una leccioncita de moral, de acuerdo con el nuevo tipo de moral de entonces, dulce, falsamente santo, llorón. Habí a que convencer conmoviendo, y atraer y engaña r en nombre del bien y de la bondad. Como luego se siguió, y se sigue haciendo, porque ¡qué alm a seráfica y grande, por ejemplo,

Per o si n

ocuparnos

ya

de

la

del actual papa, siempre laborando en pro de la paz y de

la

fraternidad!

Esta moral nació en la Iglesia en forma de una perfecta moneda de dos caras, como enseñ a la historia. Mora l falsa y ñoña , que caía siempre del lado que convenía que cayese:

Francisco de Asís, si Francisco de Asís; Torquemada, si Tor- quemada. La historia de las persecuciones de la Iglesia, de

los mártire s de otras ideas, de la represió n de las herejías,

de las luchas religiosas y de la Inquisición, nada, ni siquiera

los infinitamente bondadosos propósito s actuales de una Iglesia ya sin dientes y que trata de ocultar sus poderosas garras de oro, podr á borrar.

Per o volvamo s a las Epístolas. En las dos atribuidas a

Pedro,

ciencia a base de mentiras pseudomorales. En la primera se acude de cuando en cuando a las Escrituras (Salmos, Profecías) con objeto de dar valor y autoridad a lo que se quiere hacer creer. E insistiendo una y otra vez sobre los padecimientos de Jesú s por nosotros. Y en la segunda, lo

panorama. Son dos soporíferos de con-

el

mism o

70

j .

B.

BERGUA

mismo. La primera de Juan es la mentira Organizada bajo el má s suave y dulce de los manto s protectores: Hijitos —dice un a y otr a vez dirigiéndos e a los lectores— , hijitos amados: nad a de cuanto hay de mal o en el mund o es obr a de Dios. El que tiene al Hijo, tiene la vida. Para vencer al mund o es preciso creer que Jesú s es Hij o de Dios. El que no tiene a Jesús , no tiene la vida. Y cosas semejantes. Todo faslo, todo ñoño , todo calculado para embaucar, para en- gañar, para producir fe, una vez adquirida la cual, las espi- nas se tornan rosas, y las mentiras, verdades. La segunda y tercera de estas Epístolas de Juan , menos aún . La nad a total. Y la de Judas, lo mismo.

apó-

crifas. Fe aparte, claro está, varios ceros a la izquierda.

Por ello,

como

decía,

es

igual

que

sean

auténticas

o

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

El orden en que la Iglesia presenta los libros que llama canónicos, po r falso que sea, es lógic o si se tiene en cuenta no la verdad, sino su conveniencia. Conveniencia o interé s que consiste esencialmente en que los lectores crean en el hombre-Dios que les ofrece y, si es posible, incluso que le amen, como a su vez El , como asegura la Santa Madre, porque les amaba, dio su vida por ellos. Y como de este hombre-Dios tan abnegado, los que hablan má s especial- mente son los Evangelios, natura l era ponerlos en prime r lugar, pues admitido cuanto se dice en ellos, todo lo demá s sería ya creíd o con má s facilidad, por extraño , absurdo e im - posible que fuese.

Y tras los Evangelios viene n los Hechos de los Apóstoles, lo que, en cuanto a orden, es natural también , puesto que lo que se cuenta en ellos viene a ser como una continuació n de los Evangelios, ya que refieren lo que fue de los Após- toles, según los que narran, tras la muerte de Jesús . Con lo que, al mism o tiempo, pretenden dar a conocer los primeros pasos de la nueva doctrina. Todo lo demá s que integra lo canónic o oficial , Epístolas de Pabl o y otras, viene n a ser a modo de complementos doctrinales, a los que, po r lo ge- neral, no llegan, por decirlo así, los posibles lectores de este rico tesoro sagrado. Pues es algo tan cierto, negarlo sólo demostrarí a evidente deseo de engañar , que si en- tre mi l cristianos apenas hay media docena que hayan

72

J.

B.

BERGUA

leíd o los Evangelios, de tratarse de los Hechos habrí a que elevar el númer o a cincuenta mi l y puede que me quede corto ; a cie n mi l respecto a las Epístolas de Pablo , y todo lo demás , incluyend o e l Apocalipsis, si ponemos un o po r cada millón, tal vez pueda ser tachado de optimista. Como es natural, de invertir el orden y citar estos libros cronológicamente, o sea, según la fecha de su posible apa- rición , a saber: Apocalipsis, Epístolas, Evangelios y Hechos, y, al revés de como ahora ocurre, se empezase a hablar a los niño s y se predicase en los púlpitos partiendo de algo ta n incomprensible , fantástic o y absurd o com o el Apocalip- sis, y las oscuras, enrevesadas y poco interesantes Epístolas atribuidas a Pablo, pero que manipuladas por Marción, y luego por la Iglesia, precisamente para hablar lo contrario de lo que las habí a hecho decir éste del llamado Apóstol de los Gentiles, deben tener muy poco, si es que tienen algo; de empezar a enseña r la doctrina—decía— a base de Apoca- lipsis y Epístolas, en luga r de las parábola s imputada s a Je- sús, el Sermó n de la Montañ a y el relato de su muerte, ¿cuánto s cristianos habrí a que, a no ser por referencias, sabría n algo de lo que má s importaba que supiesen? Por consiguiente, es natural que la Iglesia, aun sabiendo que haciéndolo falta a la verdad, ponga sus libros canónicos en el orden que lo hace y no en el verdadero.

En lo que a los Hechos respecta, este libr o parece corres- ponder, como acabo de decir, a la necesidad que indudable- mente se sintió de explicar cóm o nació el Cristianismo. En efecto, de todos los escritos que compone n el Nuevo Testa- mento, el destinado a informa r acerca de los primero s pa- sos de esta religión, es decir, a referir, o tratar de hacerlo, lo ocurrido tras la muerte de Jesú s (pues creado el mito, ést e necesitaba un a continuación) , es el de los Hechos de los Apóstoles. Y, ciertamente, a primer a vista , dirías e com - puesto par a continua r el Tercer Evangelio, de ta l mod o que incluso la tradición ortodoxa atribuye su redacción al mis- mo que la de éste, a Lucas, amigo y compañer o de Pablo. Ahora bien, como desde Norden es cosa ya corriente admi- ti r que la actual redacció n de los Hechos no es la prime-

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

73

ra, sino que estuvo precedida de otra má s próxim a a los acontecimientos que describe, para oponerse a esto, que parece innegable, la Comisión Bíblica Pontificia, en vez de aportar, como hubiera sido lo justo y lo convincente, prue- bas que demostrasen que tenía má s razó n que Norden,

cuanto hiz o fue limitars e a decretar, co n fecha 12 de juni o de 1913, a favor de esa audacia , ta n a propósit o par a con- vencer a los ignorantes, es decir, a los incontables pucheri- tos de fe, que en cuestiones de religión se contentan con

que el libr o que contiene los Hechos

«no debe ser atribuido sino a un solo autor», y que la opi- nió n contraria «está desprovista de todo fundamento» . Es más , que su autor es, sin duda alguna, «el evangelista Lu - cas», que termin ó su libro «en los últimos días de la cauti- vidad de san Pablo en Roma» . Admirable seguridad, que —como dice Guignebert—«nadie sino aquellos que no han

leíd o ni los Hechos ni las Epístolas de Pablo puede recoger» ,

y que—como sigue diciendo—es un vivo ejemplo «de esas

sonoras proclamaciones romanas que tranquilizan a los sim-

ples». A los simples, sí, porque a los compuestos a favor de algunos conocimientos no hay medio de que lo consigan.

M u y particularmente si, tras haber leído a Norden, se han

recreado con otro libro de todo punto excelente, de Loisy, titulad o Les Actes des Apotres (Nourry , París , 1920; edició n abreviada, Rieder, París , 1925). A los que conozcan estos libros, en efecto, no habr á medio de convencerles de que los Hechos no sean obr a de dos autores distintos, de los cuales el segundo ha corregido y completado al primero. Cierto que ambas cosas, corrección y complementación , bas- tante mal, si se tiene en cuenta no tan sólo la indigencia y falsedad de lo añadido , sino las contradicciones y redobla- mientos que se observan en el relato.

El primer autor, en cuanto a fecha, segundo en prelación

en el relato actual, hubiera podido ser Lucas, como quiere

la honorable Comisió n Bíblic a (340), si no repugnase la idea

de que un amigo amado de Pablo incurriese en las confu- siones que se observan en la redacción que se le atribuye. Por ejemplo, con motivo de los viajes de Pablo, uno de los

echar ést a po r delante,

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I.

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cuales es referido, siendo el mismo, de modo diferente en

X I , 27-30; XII , 25, y XV , 1 . El segundo autor, primero en el libro, segundo en cuanto

a fecha, redactó en mal imitado estilo bíblico un cuadro tan

lleno de propósito s edificantes como falto de verdad y car- gado de milagros. Cuadro destinado a poner en evidencia,

a sacar a primer plano, a un personaje, Pedro, hasta enton-

ces sin otro brillo que el que por reflexión habí a recibido

de su Maestr o en los Evangelios. Y ell o a causa

duda, se querí a ya, a toda costa, que sobre él recayese el mérito y gloria de habe r fundado la Iglesia. Par a lo cual ,

y con objeto de que no sorprendiese, tras ser evidente por

los mismo s Evangelios, que ma l podí a Jesú s tener intenció n de fundar una Iglesia, puesto que cuanto predicaba era el inmediato advenimiento del Reino de Dios, se interpoló en el atribuido a Mateo lo de: «Tú eres Pedro, y sobre esta pie-

dr

Iglesia » (Mateo, XVI , 18). Par a acaba r d e

gaño , luego, y con objeto de asegurar mejor la primací a de la Iglesia de Roma , en mengua de otras de Oriente con má s derecho que ella a esta primacía, se harí a incluso—como ya he dicho—venir a Pedro a esta ciudad, donde seguramente jamá s estuvo. Al menos, que se sepa.

Sobre todo lo relativ o a los Hechos (fuentes en que pud o

inspirarse el segundo autor, su nombre y personalidad, así como del primitivo; si este mism o se inspir ó en una redac- ción anterior; fecha en que pudieron escribir ambos, etc.) se ha discutido tanto, que sería salirme del cuadro que me propongo trazar, que no es otro que dar una somera indi- cación de este libro, ocuparme de ello. Me limitaré , pues,

a enviar al lector que se interesa por esta cuestió n al exce-

lente resumen que hace Goguel en el libr o II I de su Intro-

ducción al Nuevo Testamento, París , 1922-1926. Po r m i parte ,

y como breve anticipo, diré que como lugar de su composi-

ción parece que no hubiese inconveniente en aceptar que fuera Roma . Hablo, naturalmente, de la redacció n actual. Como fecha, se han propuesto varias, que varían según se cre a o n o e n l a existenci a d e Jesús . Guigneber t d a l a d e 100

y o completa r e l en-

de que, si n

a (barajando

e l

doble sentido d e petrus)

edificar é

m i

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

75

y 115 par a la primer a redacción , y entr e 130 y 140 par a la segunda, Loisy no debe andar lejos de la verdad, tal vez, hablando de tiempos de Nerva y Trajano. Si n afirmar nada rotundamente, como es natural, Couchoud y Sthal dejan caer los nombres de Marción , como autor de la primera redacción, y de Clemente, el que escribió la carta anónim a de la comunidad romana a los corintios, la segunda.

d e los Hechos, poco má s que

E n

cuanto a l valo r históric o

nada es, si se tiene en cuenta que es un documento ente- ramente novelesco, sobre todo la primera parte, con sus

imposibles milagros y sus conversiones en masa por obra,

segú n se pretende, de las palabras enteramente

cantes y anodinas de Pedro. Aburridos sermones en reali- dad. Cierto que mu y por encima de lo que se hubiera podi-

do esperar de l pobre pescador de los Evangelios. Clar o que cuando el tampoco muy brillante redactor de esta parte del libro, a juzgar por ellos, los inventa, ya habí a tenido cuida- do de enseña r que Pedro fue lleno de Espírit u Santo, gra- cias al cual habí a adquirido por arte de magia la glosolalia

y el absoluto conocimiento de lenguas.

En lo que afecta a los acontecimientos que ocurrieron a la muerte de Jesús, pues si se quiere hablar sobre este li - bro hay que suponer por unos instantes, siquiera para po- der hacerlo , que existió , los Hechos de los Apóstoles no dan—como dice Guignebert—sino «una representació n arti- ficial que compete a la apologética y a la hagiografía, no a la historia» . En el Evangelio atribuid o a Lucas , la llama - da «segunda vida de Jesús» (su supuesta presencia en Gali- lea una vez resucitado) dura unas horas. Mientras que aquí, en los Hechos, que segú n la Comisió n Bíblic a Pontifici a fue- ron escritos po r el mism o Lucas, éste empieza afirman- do (I, 3) que estuvo con los Apóstoles cuarenta días. Cuaren- ta, la cifra bíblica también. Dejémoslo pasar. Ya digo que se trata de una novelita milagrera, mala, sobre todo la pri- mera parte, dedicada a ensalzar a Pedro. Es decir, hasta que empiezan los viajes de Pablo , donde tal vez, no es se- guro tampoco, haya algo que pudo, detalle má s o menos, ser verdad. Pero en la primera, evidentemente, ni una línea.

insignifi-

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puesto que incluso pinta a los Apóstoles reunidos en Jeru- salén cuando las «apariciones» de su Maestro. Siendo así que toda la tradició n evangélica, hasta que a Lucas o quien fuese le convino modificarla, las situaba en Galilea. .Sin hacer caso de estas diferencias, tanto má s cuanto que se mir e hacia donde se mire , Evangelios o Hechos, es difí-

c i l salir del campo de lo mític o y de lo fantástico, el cuadro que ofrece este últim o libro es el de una comunidad de judíos, de judíos puros, por decirlo así, mezclados con otros helenizantes, que para justificar su presencia en Jeru- salén no habrí a otro remedio que suponer que acudía n a esta ciudad ora con motivo de festividades religiosas (Pen- tecostés u otras), ya atraído s por asuntos particulares o fa- miliares. El libro que nos ocupa se ha hecho eco de ello en el capítul o VI , donde aparecen siete helenizantes frente

a los doce Apóstoles . En todo caso, a lo que parece que no

hay que prestar la menor atenció n es a la leyenda apostó-

lica, que habla de una comunidad gobernada por una espe- cie de colegio fundado por los Doce, presididos por Pedro. Sí, en cambio, que si habí a un grupo de hombres, esenios

o no, bien que probablemente esenios, que esperaban en el

Mesías de la nueva religión de salvación, que, sin duda,

flotaba ya como últim a aspiració n nacional judí a (si esenios en el Seño r de la Justicia), sobre ellos la obra infatigable

y fanátic a de Pablo serí a decisiva (341). Po r otra parte, un

siglo má s tarde y ya en Roma , publicado s los Evangelios surgiría la necesidad, era fatal, de continuar éstos uniéndo- los con lo que hubo que suponer que habí a ocurrido a la muerte de su protagonista, Jesús , pues la curiosidad de los que se iban afiliando a la nueva doctrina lo exigiría. Si n

contar que hacerlo podía constituir, como

Evangelios, un a nueva fuente de lecturas y de predicació n para los cada vez má s numerosos componentes de las co- munidades, ya sí de día en día má s nutridas e importantes. Integradas, además , por fieles tan cortos de alcances como largos de fe, carentes de espíritu crítico y, po r lo mismo, dispuestos a creer cuanto convenía a sus dirigentes que creyesen. Si n que les detuviese en esta tarea, mu y por el

ocurrí a con los

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

77

contrario, lo milagrero y extraordinario, por imposible y fenomenal que fuese. Y como debió parecer conveniente que la narració n fuese obra del mism o que habí a compuesto el

m á s detallado y novelesco de los Evangelios, a causa de ello ,

si n

auto r de l Evangelio que llev a su nombre , siguiese relatan- do lo acaecido tras los hechos ocurridos en éste. Es decir, empalmando el nuevo relato con el que habí a hecho ante- riormente.

Y a causa de ello, que el medio de relatar fuese el mismo. El que refiere, sin otra preocupació n que «justificar», a su modo, claro está, lo que iba imaginando que habí a ocurri- do, o que podía haber ocurrido de haber existido el supues- to Mesías de Galilea, acudió a lo único que podía acudir para dar como cierto y sucedido lo que de otro modo hu- biera sido imposible: A impresionar a los posibles audito- res o lectores con el ungüento , siempre eficaz en el campo de la ignorancia, de lo sobrenatural y milagroso; recurso que tan admirable e invariablemente se hermana y acomo- da siempre con toda fe de tipo religioso. A causa de ello, los que escribiero n los Hechos, mu y particularmente el redactor de la primera parte, consecuente con lo ya hecho antes que él y seguro de su buen resultado, no tuvo incon- veniente, sino que, al contrario, juzgó que era lo mejor, empezar la nueva narració n recordando las apariciones de Jesú s antes de su ascensión al Cielo. Y, en efecto, al empe- zar a leer vemos cóm o los testigos de hecho tan maravillo- so miran aú n cóm o el Maestro desaparece tras una nube, cuando dos ángeles, en forma de hombres vestidos de blan- co, les prometen que, igual que le han visto desaparecer, volverá. Tras lo cual ellos, reconfortados, dejan el monte Olívete, donde se supone que ocurre la escena, y vuelven a Jerusalem ¿Sorprender á que un libro que empieza con afirmaciones de tal naturaleza continú e plagado de hechos no menos verdaderos? Po r supuesto, en realidad, ¿qu é de- berí a sorprender más , la audacia de contar cosas semejan- tes o la candidez de creerlas?

Pero no nos apartemos del texto. Quedábamo s que tras

duda, que los Hechos empiecen com o si Lucas , presunto

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la aparición de «los dos varones con hábitos blancos», como dice éste, que mejor enterado que los teólogo s poste- riores, que aseguraron que los ángeles eran espíritu s puros que carecía n de cuerpo, mientras que el excelente Lucas, el «médico querido», garantiza lo contrario; a propósito de aquellos reales y positivos «varones» que les anunciaron la parousia, los Apóstole s vuelven a Jerusalén , donde se reúne n con las santas mujeres y «con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (I, 14). Po r supuesto, que vol* vería ya se lo había dicho el propio Jesús, e incluso que no se apartasen de Jerusalé n hasta que ocurriera (I, 4). En cuanto al detalle de los hermanos de Jesús , prueba que cuando fueron redactados los Hechos aú n no se habí a de- cidido que Marí a fuese la Virgen entera y absolutamente virgen. Y tras tan admirable introito, que como el resto del libr o y demá s que compone n el Nuevo Testamento adquiri ó y sigue conservand o la categorí a de texto divino y revelado, nos entera de que la pequeñ a comunidad constaba de unos ciento veinte hermanos (I, 15); viene la enumeració n de los once Apóstoles, al referir la muerte del que fue el dozavo, Judas, y el nombramiento de su sustituto, Matías . Po r cier- to, que Judas muri ó de un modo horrible, digno de su trai- ción: «Tras adquirir un campo con el precio de su iniqui- dad, precipitándose , reventó y todas sus entraña s se des- parramaron » (I, 18). Esta mism a muerte es contada de modo diferente por otros, pero no es cuestió n ahora de preocuparnos por quié n estaba mejor enterado. Y ya com- pleto el cuadro, es decir, doce Apóstoles, como doce había n sido las tribus de Israel, no quedaba sino empezar a insis- tir sobre la doctrina del Maestro.

Pero, claro, con ello el primer escollo grave: explicar o justificar, de modo que fuese sin dificultad creíd o por to- dos, no tan sólo los fácilmente asequibles a la fe, sino los otros (pues la experiencia habí a mostrado ya con las prime- ras herejía s que no todos eran de ignorancia supina ni es- taban dispuestos a creer sin má s ni más , sino que algunos preguntaban el cóm o y el porqu é de las cosas), y, sin duda, una de las primeras cosas que necesitaba explicación era

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

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cóm o aquellos Apóstoles zafios y de inteligencia no muy despierta, puesto que los propio s Evangelios había n dich o con toda claridad que cuando Jesú s lanzaba sus camelos- parábolas no entendían ni una palabra y éste tenía que explicárselo s despué s (Marcos, IV , 10 y sigs.; Mateo, XIII , 10 y sigs.), había n podido ser los mensajeros de una doc- trina destinada a extenderse por todo el mundo romano, el redactor de los Hechos no dud ó en sali r del paso del mejo r modo: echando mano otra vez del ungüent o amarillo de los milagros. Y, en efecto, en el segundo capítulo refiere con la mayor naturalidad lo de la segunda Pentecosté s (342), es decir, la famosa bajada del Espírit u Santo en forma de lenguas de fuego sobre la cabeza de los doce zafios, que al punto quedaron iluminados milagrosamente, enardecidos y sabiendo, po r arte de magia divina, todas, absolutamente todas, las lenguas. Com o dice el texto: «Llenos de Espírit u Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas.» Entién- dase diferentes del arameo. Pero gracias a las cuales po- dría n entenderse con los naturales de pueblos, cuya enume- ració n hace el que cuenta en 9 y 10 del libro II. Natural- mente, ello les iba a permitir lanzarse sin inconveniente al- guno a predica r urbi et orbi la doctrin a que tan maravillo - samente les habí a sido inculcada, sin que ya a nadie pu- diese chocarle que Pedro, por ejemplo, el modesto pescador que ni en su lengua era seguramente capaz, a juzgar por com o le pinta n los Evangelios, de emiti r medi a docena de frases elocuentes y bien ordenadas, estuviese al punto en condiciones no sólo de distinguirse en Galilea, sino salir de ella y hacer otro tanto en cualquier ciudad, fuese cual fuese la lengua que allí se hablase. Pues qué , ¿n o fue incluso a Rom a a enseña r en latín la nueva doctrina o a afirmarla con la autoridad de su elocuencia? Admitid o y creíd o esto, que es el verdadero milagro, milagro que dura y se renueva hace veinte siglos, ¿qué no se podrí a ya afirmar?

Y, en efecto, inmediatamente, es decir, apenas «ilumina- dos» y «enlenguados», vemos (capítulo II) levantarse a Pe- dro y decir su primer discurso con la facilidad que antes echaba las redes en el mar de Galilea, aconsejando a los

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I.

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que le escuchan que se arrepientan y se bauticen en el

nombre de Jesucristo. Y «ellos recibieron su palabra y se

bautizaron, y

mas » (II, 41). ¡Buen empiece, vive Dios! Es más , aterroriza- dos «a la vista de los muchos prodigios y señales que hacía n los Apóstoles, todos los que creía n vivían juntos, teniendo sus bienes en común , pues vendía n sus posesiones y hacien- das y las distribuía n entre todos según la necesidad de cada uno» (II, 4345).

Al punto (capítulo III), Pedro empieza a hacer milagros por su cuenta. La lengua de fuego, ademá s de sabidurí a

y don de lenguas, le habí a dado el santo y maravilloso poder

de oponerse a las leyes de la Naturaleza. Pedro cura a un tullido de nacimiento que pedía limosna a la puerta del Templo. Y tras ello, como resultado de un nuevo sermón , en el cual demuestra grandísim o conocimiento de las Es- crituras, empieza a tener los primeros disgustos con los sacerdotes y magistrados del Templo, saduceos y demás , en quienes, por lo visto, cosa sumamente extraña , ni los mila- gros hacía n mella. Es decir, que no obstante las cabriolas del tullido, que habí a entrado con Pedro y Juan en «el Tem- plo saltando y brincando » de contento, meten a los admi- rables curanderos en la cárcel, com o vemos en el capítu- lo IV . El texto lo dice bien claro: «Los metieron en prisió n hasta la mañana , porque era ya tarde.» Pero, claro, todos no eran descreídos y perversos como ellos, y como se apren-

de en seguida: «Muchos de los que había n oíd o la palabra creyeron, hasta el númer o de unos cinco mil» (IV, 3, 4). Tres

y cinco, ocho. ¡Ya tenemos ocho mi l cristianos! Más, sin

duda, pues el redactor, el excelente Lucas, seguramente es incapaz, al contrario, de exagerar. Pedro no ha hecho sino empezar a hablar y ya ocho mi l en el bote. Y tan convenci- dos como para renunciar a su existencia anterior y empezar

a hacer la vida en común , como ha sido indicado y como aú n

se puede leer en IV , 32-37. Ha y que supone r que a falta de locales donde comer juntos, lo haría n todo a lo largo del Jordán . O al otro lado, en el desierto, donde poco antes

Juan el Bautista se hartaba de saltamontes y de miel. Ello s

se convirtieron aquel día unas tres mi l al-

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

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¡con qu é placer vería n llegar una de aquellas plagas de lan- gostas, hasta entonces tan temidas! Pero no echemos a vo- lar la fantasía. No hagamos como Lucas, y adelante. El capítulo V empieza tristemente. Lo de que no hay quinto malo, sin duda, no rezaba todavía. Si no, que se lo digan al pobre Ananías y a Safira, su mujer, que por haber vendido un campo y retener una parte de lo recibido per- dieron la vida. Verdugo: una reprimenda excesiva de Pe- dro, Lenin sin marxismo, pero Leni n de aquella importante célula comunista (343). Tras el entierro de los desdichados, Pedro y los suyos siguen realizando milagros: «Era n mu- chos los milagros y prodigios que se realizaban en el pueblo por mano de los Apóstoles » (V , 12). Y , com o no podí a me- nos de ocurrir, aumentaba el númer o de creyentes: «Cre- cían má s y má s los creyentes, en gran muchedumbre de hombres y mujeres, hasta el punto de sacar a la calle los enfermos y ponerlos en lechos y camillas, para que llegan- do Pedro siquiera su sombra los cubriese; y la muchedum- bre concurrí a de las ciudades vecinas de Jerusalén , trayendo enfermos y atormentados por espíritu s impuros, y todos eran curados.» Prodigioso.

Sin embargo (repito que no hay má s remedio que con- siderarlo como otro milagro, pero éste, sin duda, obra del Malo), el sumo sacerdote, los suyos y toda la secta de los saduceos, no obstante ver que bastaba la sombra del santí- simo cuerpo de Pedro para que un atacado de viruela, por ejemplo, quedase como una rosa, o que un demonio saliese de estampida dejando libre el cuerpo del infeliz del que se habí a adueñado , ellos como si nada. Pero qu é digo: a cada momento má s llenos de envidia, como dice Lucas. Tanta, «que echaron mano a los Apóstoles y les metieron en la cárcel. Pero el ángel del Seño r les abri ó de noche las puer- tas de la prisión, y les mand ó que fueran al Templo y si- guiesen predicando » (V , 17-20). Y as í lo hiciero n hasta que se presentaron un oficial, sus alguaciles, y llevaron a Pedro ante el Consejo, donde un nuevo discurso de Pedro casi les persuadió , de modo que se limitaron a azotarles y luego los despidieron. «Y ellos se fueron contentos de la presen-

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J.

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cia del Consejo, porque había n sido dignos de padecer ul- trajes por el nombre de Jesús.» ¡Admirable ejemplo de sa- ber sufrir para mejor merecer! Y siguen las conversiones, como se lee a principios del capítulo VI . En efecto, «la palabra de Dios fructificaba, y se multiplicaba grandemente el númer o de los discípulos en Jerusalén , y numerosa muchedumbre de sacerdotes se so- metí a a la fe». Evidentemente, el que escribe no se atreve ya a decir a cuántos ascendía el númer o de los convertidos. Pero no hay duda que a redadas de cinco mil , menos el sumo sacerdote y algunas docenas de fariseos extrafanáti- cos, todos los demás , tanto en Jerusalé n como en los pueblos de los alrededores, eran ya partidarios de la nueva doctri- na. Tanto má s cuanto que aqu í aparecen ya los judío s hele- nistas, es decir, judío s menos aferrados a la ley que los rabiosamente ortodoxos, en lo que afectaba al ritual, y, además , adictos incondicionales de Jesús , puesto que entre ellos estaba Esteban, que iba a morir por El . Esteban, al que le habí a bastado la imposición de manos de los Após- toles para quedar lleno de Espírit u Santo. Es decir, de sabi- durí a y elocuencia en favor de la nueva doctrina. Pero ¡ay!, sin duda estaba escrito, por ser lo que má s convenía, que esta imposición de manos fuese para él como si se las hu- biesen echado al cuello y apretado mucho después . Porque tanta sabiduría y elocuencia súbita había n de ser causa de su muerte. Sí que gloriosa. Gloriosísima, pues le valió el envidiable y nunca suficientemente bien alabado títul o de

«protomártir» , luego de haber realizado «prodigios y mila- gros grandes en el pueblo», según hace constar el libro VI d e lo s Hechos en su versícul o 8.° Per o en el siguient e vemo s a Esteban, tras proclamar valerosamente en voz alta mu- chas cosas interesantísima s de los comienzos de l Antiguo Testamento y recorda r a Abraham , a Moisés , a Isaac, a Ja-

¡Qué sé yo! Acúdase, acúdas e al texto, si se tiene

tiempo que perder, y se sabr á con exactitud lo que dijo. Pues bien, tras asegurar a los judío s ciento por ciento que le escuchaban; a los pocos, poquísimo s seguramente, no convertidos; a los insensibles a los milagros y a toda divina

cob, a

LOS

HECHOS DE LOS APOSTOLES

83

elocuencia; tras asegurar él, Esteban, con sublime gesto trágico y voz celestialmente inspirada: «¡He aquí lo que veo (por lo visto, lo veía de modo semejante a como má s tarde vería Pablo en el camino de Damasco), los Cielos abiertos y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios!», los im- pío s que le escuchaban, que habíans e apresurado a taparse los oídos, empezaron al punto a dar ellos grandes voces, para finalmente arremeter contra él, «y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon» , mientras Esteban, puesto de ro- dillas, y tras decir: «¡Señor Jesús , recibe mi espíritu!», y «Señor, no les imputes este pecado» , durmi ó (344). Dolorosísimo . Pero ejemplar y edificante. Además , como no hay ma l que por bien no venga, gracias a la muerte de Esteban conocemos a Saulo (Pablo), a cuyos pies los dis- puestos a acabar con el pobre Esteban dejaron sus vestidos por si las moscas, mientras libres ya de trabas ejercitaban su punterí a sobre el arrodillado. En cuanto a Saulo, aú n mancebo, se limitó a consentir tal muerte. Pues entonces era todavía malo, perverso y estaba lleno de sentimientos anticristianos. Triste día aquel. En efecto, mientras hubo luz, «se hizo una gran persecución en la Iglesia que habí a en Jerusalén , y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaría , salvo los Apóstoles». Este últim o he- cho merecerí a un comentario si valiese la penar tomar en consideració n la serie de fantasías de que está formada, muy particularmente, la primera parte de este libro de los Hechos. Pero no vale la pena. Bast a seguir relatando breve- mente lo que cuenta. Su propia exposición ahorra el trabajo de desmentirle. El capítulo VII I se inicia con el odio de Saulo hacia los cristianos, a los que, no obstante ser un chaval, por mejor decir, un cuarto de kilo de chaval, ya que má s tarde sabre- mos de su casi absoluta miseria física, persigue y encarcela. Pues, como se puede leer: «Entrand o por las casas cogía a hombres y mujeres y los llevaba a la cárcel.» Todo mientras Felipe, que habí a descendido a Samaría , realizaba, en nom- bre de Cristo, muchos milagros, expulsando espíritu s in- mundos de quienes los tenía n y sanando a paralítico s y

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I.

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cojos. Tambié n nos ponemos en contacto con Simó n el Mago, que asimismo es bautizado y convertido. Si n duda, el re- dactor de esta parte de los Hechos no sabí a lo que a pro- pósito de este personaje se contaría después. Pedro y Juan, por su parte, acudía n a Samaría , mientras Felipe seguía

realizando milagros y má s milagros. Aquellos tiempos, ¡ay!, eran magníficos. No como hoy, que la ciencia lo ha estropea- do todo, porque lo que en ella ocurre, por milagroso que parezca en ocasiones, nada de ello tiene. Pues en ciencia todo aquello que no se explica experimentalmente, se de- muestra y se puede repetir a voluntad, no llega a milagro, aunque lo parezca. Y si se demuestra y se puede repetir, mucho menos. Claro que queda sentado como algo mucho mejor: como verdad científica. Así, por ejemplo, demostra- do que el libro que nos ocupa está integrado por una co- lección de fábulas, entre los libros de pura y aburrida fan- tasía ha sido colocado. Y ya no habr á ni Comisión Bíblica

ni Comisión

Luego vemos la conversión, tambié n por obra de Felipe, del eunuco «ministro de Candaces, reina de Etiopía, e in- tendente de sus tesoros». E inmediatamente llega la primera versión de la conversión de Saulo en el camino de Damasco, conversión que ya conocemos. Más todo lo que le acaeció en la ciudad. Y tambié n en este capítul o (IX , 33), nuevos milagros de Pedro. En Lid a cura a Eneas, «paralítico desde hacía ocho años, echado en una camilla. Díjole Pedro:

Eneas, Jesucristo te sana; levántate y toma la camilla. Y al

punto se levantó. Visto lo cual, todos los habitantes de Lid a

y de Sarona se convirtieron al Señor». Admirable. Claro que

se parece tanto a lo que cuent a Marco s en II , 9-12, donde Jesú s habí a dicho a otro paralítico, tras curarle: «Levánta- te, toma tu camilla y vete a tu casa», que ha habido quien ha supuesto que agotada un momento la fantasía de Lucas, se habí a puesto a rebuscar milagros para copiarlos. Luego, en Joppe, resucita a Tabita. En seguida, la conversión del centurión, también muy linda y edificante. Cierto que a lo mejor, si nos ponemos a recordar, en los Evangelios hay historias tambié n de centuriones y de niña s resucitadas.

de

Fe

que pueda

sacarlo

de este

grupo.

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

85

Al punto es referida la predicació n llevada a cabo por los

que había n huido de Jerusalén , al ser perseguidos, tras la muerte de Esteban, fuera de Palestina (XI , 19 y sigs.). Y en XII , la muerte de Santiago, decapitado por orden de Herodes Agripa. Lo que conviene hacer notar, pues el cuer- po de este santo, traíd o no se sabe por quién a España , al ser encontrado cerca de Compostela, ni el que lo encontr ó

ni nadie despué s parece ser que hayan dicho que tuviese la

cabeza separada del tronco, no obstante haber muerto a espada. Claro que en caso de duda se puede echar mano del otro Santiago. Pues, por lo visto, hubo dos. O asegurar que se produjo un milagro postumo. Un caso curioso de sol- dadura celestial no autógena . En fin, a los que esto interese m á s que a mí, que lo arreglen como quieran.

El propio Agripa, hombre despiadado y feroz, carga a Pe-

dro de cadenas, y no contento con ello, «le meti ó en la cár- cel, encargando su guarda a cuatro escuadras de soldados». Cien hombres. Pero no sabía con quién tenía que habérse- las. Pues «un ángel del Seño r se present ó en el calabozo, que qued ó iluminado, y golpeando a Pedro en el costado,

le despertó , diciendo: Levántate, pronto. Y cayeron las ca-

denas de sus manos» . Total, que salieron juntos, y «atrave- sando la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad. La puerta se les abri ó por sí misma, y salieron y avanzaron por una calle, desapa- reciendo luego el ángel». Más difícil aú n que cuando «el últim o pirata del Mediterráneo» , como le llamaban sus ene- migos, escapó de la cárcel de Alcalá. Aquí, el ángel fue un carcelero ganado por la verdadera gracia, que ora de Dios, ora del Diablo, se ha paseado triunfante siempre por la Tierra: el dinero. El capítulo que cuenta, entre otras, la admirable mentira de Pedro y el ángel libertador, acaba

con la muerte de Herodes, que el redactor de esta primera parte de los Hechos cuenta de este modo : «E l dí a señala - do, Herodes, vestido con las vestiduras reales, se sentó en su estrado y les dirigió la palabra. Y el pueblo comenzó

a gritar: Palabra de Dios y no de hombre. Al instante le

hirió el ángel del Señor, por cuanto no había glorificado a

86

h

B.

BERGUA

Dios, y comido de gusanos expiró.» Como Felipe II, que

tambié n acab ó lleno

narcas, glorifiquen o no glorifiquen a Dios, acaban lo mis-

mo: comidos de gusanos. Es decir, peor que sus subditos,

de carroñ a gusanera. A veces, los mo-

que,

por lo

general, no

son

devorados por

estos

animalitos

sino después

del óbito.

Y yo, por lo de expirar también , harto como estoy de co- piar estupideces, suspiro contento pensando que vamos a entrar en la segunda parte de este libro, hasta ahora lleno de mentiras y de insanidades. ;Y no he hecho sino un breví- simo resumen! Empieza, pues, la segunda parte, dedicada a Pablo, porque, sin duda, se juzgó que Pedro habí a hecho mérito s suficientes haciendo entrar en la nueva fe a milla- res y millares de creyentes, curando enfermos, sacando de- monios de los cuerpos que los albergaban y hasta resucitan- do muertos, es decir, com o su Maestro y aú n en mayo r es-

cala, para aspirar al glorioso título, que no dejaría de con-

cedérsele : el de prime r papa

En esta segunda parte voy a ser aú n má s breve, limitán- dome a indicar el itinerario de los viajes atribuidos a Pa- blo. Viajes que el nuevo redactor apunta como justificación de la posible verda d de las Epístolas, sin dud a mu y adap- tadas ya a la conveniencia de la Iglesia. En el primer viaje, Pablo y Bernabé , saliendo de Antioquía, bajaron a Seleucia y desde allí navegaron hasta Chipre, donde, tras predicar en las sinagogas, atravesaron la isla y llegaron a Pafos, ciudad en la que dejó Pablo, mediante un primer milagro (descontando, claro, el de su conversión), ciego a Berjesús, mago y falso profeta judío . Milagro a retroceso, como cier- tas carambolas, pues hasta este momento, los similares habían consistido en dar vista a los ciegos. Ell o hizo que el procónsu l Sergio Paulo, a cuyo servicio estaba el poco an- tes vidente, creyese. Sigo extractando y sin hacer comen- tarios para no tener que decir a todo: mentira. De Pafos, «navegaron Pablo y los suyos» hasta Perge de Panfilia. Y de allí a Antioquía de Pisidia, donde Pablo, en la sinagoga, habl a de Jesú s (en las Epístolas que se le atri- buyen, como sabemos, salvo las evidentes interpolaciones,

(345).

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

tan sólo lo hace de Cristo, que no es lo mismo), de su mi- sión, de su muerte y de su resurrección . De allí fueron

a Iconia, de donde tuvieron que huir, pues a causa de lo

que predicaban se produjo un tumulto. Yendo a Licaonia, Listra y Derbe. En Listra, nuevo milagro. Un «paralítico desde el seno de su madre, que nunca habí a podido andar» . Pablo «le dijo en voz alta: Levántate, ponte en pie. Y él,

dand o u n salto, ech ó a andar » (XIV , 8-10). Luego , com o e l apóstol intentase impedir un sacrificio, a punto estuvieron

él y los suyos de ser ellos los sacrificados. En todo caso,

Pablo fue apedreado y arrastrado fuera de la ciudad, donde

le dejaron creyéndole muerto. No lo estaba, y rodeado de

sus discípulos salió, en unión de Bernabé, camino de Derbe. Allí, en cambio, hicieron muchos discípulos, tras lo cual volvieron a Listra, a Iconia y a Antioquía. Y atravesando luego la Pisidia, llegaron a Panfilia, y tras predicar en Perge, bajaron a Atalia, y de allí navegaron hacia Antioquía, «de donde había n salido».

En el capítulo XV , Pablo y Bernab é van a Jerusalén para discutir sobre la circuncisión, a propósito de la cual los de Jerusalén decían: «Si no os circuncidáis conforme

a la ley de Moisés , no podréi s salvaros» , co n lo que no es- taban conformes Pablo, Bernab é y los suyos. Pedro y Santia- go, tras sendos discursos decidieron dar a Pablo, a Bernabé , a Judas (llamado Barsabas) y a Silas, «varones principales entre sus hermanos» , un a Epístola par a aquellos a los que tal había n predicado en Antioquía. Y así acab ó el asunto. En el segundo viaje, Pablo y Bernab é deciden volver a las ciudades ya evangelizadas. Pero «se produjo cierto disenti- miento, de suerte que se separaron uno de otro, y Bernabé , tomando consigo a Marcos, se embarc ó para Chipre, mien- tras Pablo, llevando consigo a Silas, parti ó encomendado por los hermanos a la gracia de Dios». Atravesaron Siria y Cilicia. Estuvieron en Derbe y en Listra. Luego cruzaron Frigia y el país de Galacia, «donde el Espíritu Santo les prohibió predicar en Asia. Llegando a Misia, intentaron di- rigirse a Bitinia, mas tampoco se lo permitió el Espíritu Santo. Por lo que pasaron de largo y bajaron a Tróade».

88

J.

B.

BERGUA

Allí tuvo Pablo una visión, y empujado por ella, fueron a Europa , a Macedonia. En este país , y a causa de haber ex- pulsado Pablo del cuerpo de una sierva un espírit u pitónico, que la hacía profetizar, arte mediante el cual sus amos ga- naban mucho dinero, éstos, al quedar muda su fuente de ingresos, furiosos, llevaron a Pablo y los que le acompaña - ban ante los magistrados, que mandaron fuesen «desnuda- dos y azotados con varas. Y despué s de hacerles muchas llagas, los metieron en la cárcel, intimando al carcelero par a que Ies guardase co n sum o cuidado. Este , recibido ta l mandato, los meti ó en el calabozo y les sujetó bien los pies con cepos». Ni que decir tiene que aquello no podía quedar así, de modo que luego de un terremoto y de haber con- vertido al carcelero a su fe, acabaron por partir de la ciu- dad con todos los honores. De allí, «pasand o por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde habí a una sinago- ga de judíos». Y en Tesalónica nuevo alboroto, a causa del cual un amigo suyo, Jasón , lo pas ó muy ma l durante unas horas. Finalmente, «aquella mism a noche, los hermanos en- caminaron a Pablo y a Silas hacia Berea, donde, en cambio, hicieron muchas conversiones». Y de Berea a Atenas.

En Atenas, Pablo se atrevió, en pleno Areópago, a diri- girse a un auditorio menos ignorante que los que de ordi- nario le escuchaban. Aquellos hombres, má s instruidos, «oye- ron lo de la resurrecció n de los muertos, unos se echaron a reír, otros dijeron: Sobre esto ya te oiremos otra vez».

Mas, no obstante, no perdi ó el viaje, puesto que «algunos se adhirieron a él y creyeron, entre los cuales estaba Dioni- sio Areopagita y una mujer de nombre Damaris, y otros más.» Y de Atenas a Corinto, donde «mor ó un añ o y seis meses, enseñand o entre ellos la palabra de Dios». Después, en Acaya, tras un incidente con otros judíos , a propósit o del cual Galión, el procónsul, se negó a intervenir, Pablo salió en barco camino de Siria . Y tras detenerse breve tiem- po en Efeso, «desembarcó en Cesárea, subió a Jerusalén y

salud ó a la Iglesia,

En el tercer viaje entra en escena Apolo, «de origen ale- jandrino, varón elocuente», a quien Priscila y Aquila, her-

bajando luego a Antioquía».

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

89

manos a quienes Pablo habí a dejado en Efeso, acabaron de

instruir en lo que afectaba a Jesús . Pablo, volviendo a esta

ciudad, empez ó a hacer «milagros extraordinarios, de

que hasta los pañuelo s y delantales que había n tocado su cuerpo, aplicados a los enfermos, hacía n desaparecer de ellos las enfermedades y salir a los espíritu s malignos». Tras un nuevo alboroto promovido por un platero, Deme- trios, que construí a templos de Artemis en plata, al que, como es natural, atac ó Pablo, tuvo ést e que partir vía Ma - cedonia, con lo que llegó a Grecia, donde estuvo tres me- ses. De allí fue a Tróade, ciudad en la que permaneció siete días. De Tróade a Asón. De Asón a Mileto. De Mileto a Cos. De Cos a Rodas. Y de Rodas a Pátara , donde se embarcó , llegando al cabo de unos días de navegación a Tiro . Y de Tir o a Tolemaida. En todos estos sitios, po r supuesto, fue encontrando discípulos, que le aclamaban y celebraban. Y ni que decir tiene que deploraban su partida cuando, siem- pre lleno de celo, les abandonaba para continuar su tarea misionera (346). Tod o no iban a ser alborotos y malos tra- tos. En fin, de Tolemaida a Cesárea, lugar en el que perma- neció varios días. Y de esta ciudad a Jerusalé n de nuevo, donde a punto estuvo de ser muerto por obra de un grupo de judíos fanáticos, que creían que había introducido en el Templ o a un gentil, a Teófim o el Efesio. Y como , no obstan- te hablar a los amotinados, éstos persistiesen en matarle, el tribuno, que para salvarle de los alborotadores se habí a apoderado, al principio, de él, orden ó que le metiesen en el cuartel, le azotasen y que incluso le sometiesen a tor- mento, con objeto de que confesase por qu é los demá s se enconaban contra él. Entonces Pablo invocó su condición de ciudadano romano, lo que al punto detuvo a los que iban a atormentarle.

El tribuno que le habí a salvado, «deseand o saber con seguridad de qu é era acusado por los judíos, le soltó y or- den ó que se reunieran los príncipe s de los sacerdotes y todo el Sanedrín, y llevando a Pablo, se lo presentó». Pablo ha- bla y promueve un nuevo alboroto. Pero esta vez entre los propios fariseos y saduceos, a causa de haber hablado so-

suerte

90

J.

B.

BERGUA

bre la resurrección . «Porqu e los

rrección y la existencia de ángeles y espíritus, mientras que los fariseos profesan lo uno y lo otro.» Total, que «el tu- multo se agravó, y temiendo el tribuno que Pablo fuese despedazado por ellos, orden ó a los soldados que bajasen, le arrancasen de en medio de ellos y le condujesen al cuar- tel». Mas habiendo los judío s tramado una conspiració n para matar a Pablo, un sobrino de éste se lo dijo al centu- rión, el centurió n al tribuno y el tribuno, para salvarle, le envió, en unió n de una carta, al procurador Félix. Carta en la que relataba lo sucedido. Pablo fue conducido a Cesárea. Allí, Félix hizo saber a Pablo que le oiría cuando llegasen sus acusadores. Y entretanto «dio orden de que fuese guar- dado en el pretorio de Herodes» .

saduceos niegan la resu-

«Cinco días después bajó el sumo sacerdote Ananías con algunos ancianos y cierto orador llamado Tértulo , los cuales presentaron al procurador la acusación contra Pablo.» Así

empieza el capítulo XXIV , que se ocupa del proceso del apóstol ante el procurador Félix, el cual, tras oír a Tértul o

y a Pablo, «difirió la causa diciendo: Cuando venga el tri-

buno Lisias examinar é vuestra causa». Luego mand ó al cen- turió n que guardase a Pablo, «dejándole cierta libertad y

permitiendo que los suyos le asistiesen». Al punto, cuenta el redactor de esta parte de los Hechos, que Félix convers ó varias veces con Pablo, mientras dejaba pasar el tiempo «esperand o que Pablo le diese dinero». As i transcurrieron dos años, al cabo de los cuales Félix fue sustituido por Porcio Festo, que, por «congraciarse con los judíos, dejó

a Pablo en la prisión». En nueva comparecencia, ahora ante

Festo, Pablo apeló al César, y Festo le prometi ó que al César iría. Días después llegó a Cesárea el rey Agripa. Este oyó tambié n a Pablo y por poco se convirtió. Com o dice el texto (XXVI , 28): «Agripa dijo a Pablo: Poco má s y me persuades a que me haga cristiano.» Y a Festo: «Podría po- nérsele en libertad si no hubiese apelado al César.»

Y a Rom a fue enviado en compañí a de otros presos, con- ducidos todos y custodiados «por un centurió n llamado Julio, de la cohorte Augusta». Cesárea, Sidón, luego nave-

LOS HECHOS DE LOS

APOSTOLES

91

gación a lo largo de Chipre con vientos contrarios. Después,

por los mares de Cilicia y de Panfilia, hasta llegar a Mir a

de Licia . Allí, cambio de nave a otra que iba a Italia. Tras

lento caminar llegaron a Gnido. Luego, siempre con vientos

contrarios, bajaron Creta, junto a Salmona, «y costeando penosamente la isla» alcanzaron Puerto Bueno, «cerca del cual está la ciudad de Lasea». Decidido el centurión a al-

canzar Fenice con objeto de invernar allí, volvieron a ha- cerse a la mar, empezando a costear «má s cerca de la isla

de Creta». Mas desencadenándos e de pronto «un viento im-

petuoso llamado euroaquilón», tuvieron que dejarse arras- trar por él «pasand o por debajo de una islita llamada Cau-

da», siempre zarandeados por el viento, y «sin que en va- rios días apareciese el So l ni las estrellas y continuando con fuerza la tempestad, perdimos al fin toda esperanza de sal- vación». Tras nuevos contratiempos, la nave acab ó por en- callar en una playa. Entonces «propusiero n los soldados ma- tar a los presos para que ninguno escapase a nado; pero

el centurión , queriendo salvar a Pablo, se opuso a tal pro-

pósito y orden ó que los que supiesen nadar se arrojasen los primeros y saliesen a tierra. Y los demá s saliesen bien sobre tablas, bien sobre los despojos de la nave. Y así todos llegaron a tierra».

Había n llegado a la isla de Malta sin saberlo. Los natu- rales, bárbaros , como se lee en el texto, les trataron huma- namente, y «com o llovía y hacía frío», encendieron fuego y les invitaron a acercarse. Una víbora que escapa del fuego mordi ó a Pablo. Pero no le sobrevino ma l alguno. El prin- cipal de la isla, Publio, les acogió y hospedó «amistosamen-

te durante tres días». Pablo impuso sus manos sobre el

padre de Publio, «qu e estaba postrado en el lecho afligido por la fiebre y la disentería», y le curó. En vista de ello, todos los enfermos de la isla empezaron a acudir, y fueron

igualmente curados. Al cabo de tres meses embarcaron de

nuevo en una nave alejandrina, que luego de tocar en Sira- cusa fueron costeando hasta Regio. De Regio a Pozzuoli.

Y de Pozzuoli a Roma. Allí, «dos años enteros permaneció

Pablo en una casa alquilada, donde recibía a todos los que

92

I.

B.

BERGUA

venían a él, predicando el Reino de Dios y enseñando con toda libertad y sin obstáculo lo tocante al Seño r Jesucristo» . Y as í acaba esta segunda parte de los Hechos, que, bie n que menos fantástic a que la primera, tampoco merece en- tero crédito . Y ello no sólo a causa de los milagros, sino de la parte geográfica. El que redacta lo hace de oída s y, claro, comete errores graves. Pero la cosa no tiene impor- tancia mayor, en definitiva. Si cuanto se refiere a Pablo no es un mito má s y se admite, por qu é no, su obra misionera, fatalmente tendrí a que hacer viajes semejantes a los apun- tados. Y si vino a Roma, ora a causa del proceso que se cita o sin proceso y simplemente empujado por el deseo de llevar a todas partes lo que creía y predicaba, fatalmente tambié n tuvo que hacer un viaje semejante al que se des- cribe, aunque los detalles variasen. En todo caso, esta se- gunda parte pudiera encerrar, por todo lo dicho, algo má s de verdad que la primera. Además , literariamente, es má s agradable, su estilo má s ágil y grato y las peripecias, tanto en las andanzas misioneras de Pablo como en la últim a parte, desde el proceso a la llegada a Roma, má s interesan- te, aun añadido s los milagros, que bien que falsos, tontos y sin ningún interés, el redactor juzgaría que eran muy con- venientes para realzar la figura de su héroe .

Total,

un

libro

integrado

por dos

relaciones

de

distinta

mano,

destinadas

a

traer

a

primer

plano

dos

figuras

con

fines

apologéticos,

probablemente

las

dos

igualmente

fal-

de Pedro, pero necesarias para

los

vimiento.

Falso igualmente, segú n la crítica moderna, cuanto la Iglesia afirma respecto al autor único, segú n ella, de este libro, Lucas, y en lo que afecta a la fecha en que coloca su aparición . E n efecto, leyéndol e s e v e que hasta XVI , 10, habla el que cuenta, que, como digo, la tradició n canónica asegura que es Lucas. ¿Po r qu é o en virtud de qué ? Pues simplemente a causa de inaugurar el relato con estas pa-

labras:

mo-

sas, muy particularmente la

propósito s

y

fines

de

la

Iglesia,

que

las

puso

en

«E n el primer libro, ¡oh caro Teófilo!, trat é de todo

lo que Jesú s dij o y enseñó. » Y com o en el Evangelio atri-

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

93

buido a Lucas empieza asimismo dirigiéndose al, como dice, «óptim o Teófilo», por ello suponer que ambas obras eran producto de la mism a mano. Dejando aparte la inocencia de tal suposición, pues pro- bablemente se hiz o empezar los Hechos de este mod o par a ver de garantizar, haciéndolo , un autor y una fecha de apa- rición que nada tenía n que ver con lo verdadero, así como la cuestión de si Lucas fue compañero de Pablo, según se lee en la Epístola a los Colosenses (IV , 14: «O s salud a Lu - cas, el médico amado»), y autor, según se asegura también ,

de l tercer Evangelio, lo , po r el contrario , cierto y evidente es que a partir del versículo 11 del capítulo XV I cambia de tono, y el que habla lo hace con frecuencia en primera per- sona del plura l («texto s en nosotros» , Wirstücke). Véase :

«Zarpand o de Tróade , navegamos derecho a - Samotracia. » «Así que separándonos de ellos nos embarcamos, fuimos

(XXI , 1). «Despué s de esto, provisto s de

lo necesario, subimos a Jerusalén » (XXI , 15), etc.

T a l diferencia ha hecho suponer a varios eruditos que estos trozos podría n pertenecer al diario de viaje de un compañer o de Pablo, diario encontrado por el redactor de esta parte de los Hechos e insertado en ellos. Harnack , gra n entusiasta de este libro, hasta el punto de suponerle un documento histórico de primer orden, creía que no, que era tambié n de Lucas (347). En cambio Zeller, Holsten, Hilgenfeld, Overbeck, Schwegler, Drews y varios má s creía n que no y sólo le concedían un valor histórico muy limitado. Cierto que a menos de cerrar los ojos y entregarse atados de pies y manos en poder de la fe, ¿cóm o conceder valor histórico , sobre todo, a la parte de este libro que habla de milagros, empezando por lo que cuenta a propósit o de la ascensió n de Jesús ? Además , ¿n o empieza por ser muy sos- pechoso el hecho de las analogías que ofrecen estos mila- gros co n los de los Evangelios, las referencias al Antiguo Testamento y el propi o paralelism o que se observa entre los milagros de Pedro y los de Pablo? (348). Cuando leemos que un ángel saca de la prisión, donde han sido metidos, primero a Pedro y luego a Pablo, y a ambos resucitar muer-

derechos a Cos

»

94

J.

B.

BERGUA

tos (349), ¿cóm o dar crédit o a tales cosas ni patente de his- toricidad al libro que las relata? Asimismo, ¿cóm o creer, con Harnack, que Lucas seguía a Pablo en sus viajes, vién- dole tan ignorante de la geografía del Asia Menor, como en e l Evangelio que llev a su nombre , d e Palestina? E n cuanto a la parte que pudiéramo s llama r «histórica » de los Hechos, Revers y Vo n Manen, en Holanda, y Hausrath, Overbeck

y Holzmann , en Alemania, han demostrado de un modo

irrebatible que todo cuanto a esto atañ e habí a sido tomado de Flavio Josefo. Empezando por la ascensión de Jesús, calcad a de la de Moisé s en Josefo (Antigüedades judaicas, I V , 6, 48), y siguiendo por todos los personajes principales:

Anas, Caifas, Gamaliel, Simó n el Mago, Herodes Agripa , Berenice, Drusilla, Félix, Festus, todos han sido sacados de Josefo po r el redacto r de esta segunda parte de los Hechos. S i n contar que, como ya he señalado , a veces lo que se lee en los Hechos, como, po r ejemplo, la afirmació n de Gama - liel a propósit o de Teudas (V , 36), ocurri ó diez año s despué s de cuando se supone que habla «Gamaliel, doctor de la ley, muy estimado del pueblo». Mientras que lo de Judas Gali- leo, que dice que ocurrió después, había acaecido cuarenta año s antes. ¿Qué pensar, pues, de la «verdad» e «historici- dad » de este libro?

En lo que a la fecha de su composición atañe, lo mismo.

Se pretende que fue escrito por un contemporáne o de Pa- blo , muerto éste , segú n se cree, en 64, y se habla de cosas que sólo llegaron a ser una realidad un siglo má s tarde. Como, por ejemplo, la institución de los sínodos, que, según Eusebio, fueron creados en el siglo n con ocasión del cism a montañista . Asimismo, se hace menció n del sacramento de la consagració n de los sacerdotes mediante la imposició n de manos, cosa que sólo los obispos, dignidad creada mucho

m á s tarde, podía n realizar. Todo sin contar que los redac-

tores de los Hechos se esfuerzan po r demostrar que los ro- manos eran sumamente benévolos con los cristianos y en cargar, por el contrario, toda la culpa, a propósit o de la su- puesta muerte de Jesús , sobre los judíos , tendencia que ya se observ a tambié n en lo s Evangelios (350), siendo as í que,

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

95

a juzgar por lo que se sabe de aquellos tiempos, la separa- ción total entre judío s y cristianos, y a causa de ella, el im- placable encono de unos contra otros, no empez ó en reali- dad sino tras Bar-Cochebas, que fue tan implacable con los judío s enemigos de la ley como contra los romanos, y con Marción , que, como se sabe, se oponía a cuanto se relacio- nab a co n el Antiguo Testamento. Es decir, ya casi a media- dos del siglo ii . Lo que señala la fecha en que, como muy pronto , pudiero n ser escritos los Hechos. Por lo demás , todos los discursos puestos en boca de Pedro y de Pablo, ¿cóm o admitir que sean otra cosa que invenciones de los redactores de este libro atribuidas a ambos apóstoles? De otro modo habrí a que admitir que, por obra tambié n del Espírit u Santo, alguno de los que pu- dieron oírlos adquirieron milagrosamente una memoria tan fiel como para poder retenerlos con sólo escucharlos una vez. En todo caso, si era Lucas el que refería, ¿cuánd o habí a recibido éste el prodigioso auxilio del Espíritu Santo? Por otra parte, en las dos ocasiones que el que sea, Lucas u otro, hace que Pedro se ocupe de Jesús, lo que éste dice es tan incoloro, insignificante, tonto y falso, que no hay má s remedio que reconocer, com o dice W . B. Smit h (Ecce Deus, págin a 88), que: «Cuand o se oye hablar a Pedro, nadie tiene la impresió n de que habla de un hombre extraordinario, de ese Jesú s que pretende haber conocido y amado.»

Hay , además , entre las Epístolas y los Hechos diferencias notables, que no es posible, como dice Brückner , que esta «deformación consciente y buscada » de lo que Pablo atesti- gua en las Epístolas sea obr a de un compañer o suyo. Pues es, añade : «Inimaginable y absolutamente imposible que un contemporáneo , un compañero , un colaborador, haya po- dido dar una narració n tan deformada de los hechos ates- tiguados por Pablo mismo. Luego el médic o Lucas no puede ser el auto r de lo s Hechos de los Apóstoles.» En efecto, tan- to en las Epístolas com o en los Hechos, se habla del con- flicto entre Pablo y los Apóstoles a propósit o de la circun- cisión; pero lo que sobre ello se dice en el capítulo XV de ésto s est á tan en desacuerdo con lo que se lee en la Epís-

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J.

B.

BERGUA

tota a tos Gálatas, que si se pretende que se trata de hechos históricos, fatal es que si una relación es verdad no lo sea la otra . Asimismo , los Hechos nada saben del conflicto de Antioquí a entre Pedr o y Pablo , que igualmente relata la Epís- tola a los Gálatas, conflicto del que dependerí a la conducta posterior de éste, y a causa de ello, del porvenir del Cristia- nismo . Es más , a creer a los Hechos, no serí a Pablo , sino Pedro, el primero en llevar el Evangelio a los paganos. Tam - poco se dice nada de la dificultad o dificultades que los demá s Apóstoles suscitaron a Pablo con motivo de su obra misionera ni de la desaprobación encontrada por éste. En los Hechos, los adversarios de Pablo son los judío s ortodo- xos, no los judío s cristianos. Esto, que no tuvo má s reme- dio que reconocerlo Harnack, bastaría , como dice Drews, para destruir sus hipótesis. Pues de ser el autor de los Hechos un compañer o de Pablo , ¿hubier a dejado en silencio hecho tan important e y ta n unid o a un a de las Epístolas como los conflictos entre Pablo y los Apóstoles, especial- mente Pedro?

Otros sucedidos importantes, por ejemplo, la muerte de Esteban, ofrecían, como ya he dicho, analogías tan eviden- tes con la pasió n de Jesús , que, como hace observar Baur,

el gran teólogo de Tübingen , parecen una pura ficción. Si n contar que el Sanedrí n no podí a condenar a muerte a nadie sin consentimiento del gobernador romano. Y lo mism o to- das las persecuciones que son referidas a continuació n del

que tanto

hacen intervenir a Pablo en plena adolescencia. Es decir, contra todo buen sentido y sin otro fin que el inmediato de su conversión produzca má s efecto. No se olvide, ade-

más , que si el perseguidor del Mesías, hijo de David (Jesús),

Saulo , el Saul o de l Antiguo Testamen-

to perseguía, o había perseguido, en efecto, a David. Esto, ¿sería una casualidad o que una cosa fue sacada de la otra? Por lo demás , tal persecució n y su causa, ¿n o parecen res- ponde r a la afirmació n de la 1.ª a los Corintios (XV , 9), don- de Pablo confiesa haber perseguido a la Iglesia de Dios? Si n contar, como ya he hecho notar en otra ocasión , que no de-

pretendido «protomártir» . Persecuciones en las

llevab a el nombr e de

 

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

 

97

pendiendo

los

judíos

de

Damasco

de

la

jurisdicción

del

Sanedrín

de

Jerusalén,

imposible

que

Pablo

(olvidando

ya,

por

supuesto,

que

era

un

adolescente)

fuese

encargado

de

perseguirlos. Total , que los Hechos nos sitúa n en medio de un a serie de mentiras, fantasía s y supuestos tan sólo destinados a

continuar el mit o evangélico , tratando, por su parte, de ex- plicar cómo se inició, a la muerte de Jesús, la comunidad cristiana que habrí a de encargarse de que no muriese su doctrina. Y si una cosa no era sino un mito, ¿cóm o esperar

encontrar má s verdad y má s lógica en

tar, po r otr a parte, que los Hechos nad a enseña n en reali- dad a propósito de Jesús. Y nada tampoco, ¿y cómo, puesto que no ocurrió?, acerca del períod o en que hubiera debido empezar la propagació n de la nueva fe. Cuanto en realidad querí a el redactor de la primera parte, de este libro era hacer creer que Jerusalé n habí a sido el punto de partida de la nueva doctrina. Y a causa de ello, y a falta de pruebas, dejar correr la fantasía llegando hasta la lapidació n de Es- teban, inventada para hallar un pretexto que consider ó no solamente suficiente, sino digno, para presentar a Pablo,

y que al punto éste empezase su carrera. Carrera iniciada

brillantemente mediante el contraste entre su odio primero

y su inmediata conversión. Despué s de todo esto, y má s

la segunda? Si n con-

detalles probantes que sería largo e incluso innecesario ya mencionar, ¿cóm o hacer creer, a no ser a fuerza de audacia en afirmar, que los Hechos puedan tener, as í com o los Evan- gelios, a los que viniero n a continuar, carácte r histórico ?

0 sea, que en esta ocasión, como en tantas otras, el pro- blem a cristiano puede ser planteado de dos modos: o de acuerdo con un criterio enteramente alejado de la luz de la razón y dentro, en cambio, de la fácil y cómoda oscu- ridad de la fe, criterio que viene manteniendo la Iglesia hace diecinueve siglos, o, de otro, atento tan sólo a lo que enseñ a una crítica serena y racional, de acuerdo con una interpretació n desapasionada de los elementos de que se dispone para juzgar. Po r supuesto, natural es que los que siguen a la Iglesia admitan sin discusió n cuanto ésta afirma

98

1.

B.

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respecto a lo que nos ocupa. A saber: Que muerto Jesús, sus discípulos fundaron en Jerusalé n una pequeñ a comu- nidad, fuente, por decirlo así, del Cristianismo. Ahora bien, cuanto se puede suponer, pensando lógicamente a favor de los documentos que han quedado, es no sólo que el Cristia- nismo, como ya he dicho, y como es generalmente admiti- do, no nació en Jerusalén, sino en Antioquía, y que no hay prueba alguna que permita, no ya asegurar, sino tan siquie- ra hacer suponer, que hubo tal comunidad cristiana (entién- dase por «cristiana» no una serie de afiliados a un Cristo del tipo del imaginado por Pablo, de un Ungido, de un Mesías nacido en Isaías, Daniel y Henoc, sino una serie de afiliados discípulos del supuesto Jesús evangélico) en Jeru- salén. Esto, como es natural, para los que piensan que Jesú s es un puro mito, es no solamente lo lógico, sino lo cierto. Mientras que la Iglesia y cuantos la siguen se obsti- nan, pues para ellos es absolutamente indispensable afir- marlo, en lo contrario. Y a falta de pruebas hacen como con Jesús : seguir creyendo en la continuación del mito de éste , imaginad o com o segunda parte de los Evangelios. Com o «prueba » y garantí a de Jesú s ofrecen lo s Evangelios canónicos . Par a la de la supuesta comunidad , los Hechos

de los Apóstoles, cuy a verda d e historicida d ya hemos vist o

en

qu é

consisten.

Ahora bien, del mism o modo que respecto a la figura de

Jesú s no hay testimonio alguno anterio r al Evangelio de Marción, fuente de los de la Iglesia, como hemos visto ya,

o sea, que para encontrar testimonios de esta figura hace

falta llegar a mediados de l siglo II, pues las propia s Epísto-

las atribuidas a Pablo , sobre ocuparse de Cristo , no de Jesús, hasta Marción tampoco fueron conocidas, asimismo

ha y que llegar a los Hechos par a tener noticias, falsas a to-

das luces, pero siquiera menció n de ellas, de las supuestas comunidades cristianas de Jerusalén.

Naturalmente, al llegar aqu í surge otra duda: De haber existido esta comunidad de Jerusalé n como algo distinto de las demá s de Galilea, ¿n o la hubiera conocido y hablado de ella Flavio Josefo? ¿Y no es argumento probante, en contra

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de este segundo mito cristiano, para los no cegados por la fe, claro está, que un hombre tan enterado como Josefo de todo cuanto afectaba a su patria, no mencione esta supues- ta primitiva comunidad cristiana, secuencia natural de un Jesú s que, evidentemente, no habí a tenido má s realidad que ella? De modo que tenemos: Que Josefo cita todas las sec- tas judía s (fariseos, zeloteos, esenios, etc.), menos la cristia- na primitiva, y a todos los agitadores de tipo mesiánico , menos al que debía de haber citado en primer lugar, siquie- ra no fuese sino a causa de sus milagros y de los signos tremendos que ocasionó su muerte, y ni una palabra tam- poco. ¿Qu é quiere deci r esto? Com o dice e l Evangelio: E l que sepa entender, que entienda.

Cierto que, como últim o recurso, se podrí a invocar en favor de ta l comunida d la Epístola a los Gálatas de Pablo, en la que se habla de cierta comunidad de Jerusalén , a cuya cabeza estaban Kefas, Santiago y Juan. Pero sin contar que conviene tener el mayor cuidado en aceptar de buenas a pri- meras lo que dice n estas Epístolas atribuida s a Pablo , no tan sólo por ser cosa fuera ya de dudas para la crítica mo- derna, que está n formadas por pedazos yuxtapuestos por Marción, en el caso má s favorable, es decir, que todo no fuese de su cosecha y el nombre de Pablo el pretexto para que fueran mejor aceptados sus escritos y lo que en ellos ofrecía, si hubo un Pablo que se distinguió por su ardor en favor de una nueva doctrina de salvación nacida de los profetas y escritores apocalípticos judíos , y, además , que estas Epístolas fueron luego largamente interpoladas y ma - nipuladas por la Iglesia con objeto de hacer con ellas, en pro de su causa, lo que seguramente habí a hecho Marció n en provecho de la suya, es decir, la Iglesia por contrarrestar precisamente esto y darles un sello marcadamente antimar- cionita (351); pues bien, aun olvidando todo ello y admitien- do com o posible lo que se lee en esta Epístola (en I, 11) al final del capítulo primero, y en el segundo, de los versícu- los 1 a 15, ¿qu é dice todo ello a propósit o de la supuesta comunidad de Jerusalén ? Mu y poco, en realidad. Y, sobre todo, nada que indique que se trataba de una comunidad

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cristiana, en el sentido de que los que pertenecía n a ella

hubiesen sido

ticantes de la ley y, como ést a ordenaba, de la circuncisión.

Y en todo caso, si se piensa en ciertos detalles ya mencio-

nados, detalles que los Hechos aumentan, haciéndono s sa-

ber su régime n de vida en comú n que se trataba muy pro- bablemente de una comunidad esenia.

E n l a Epístola leemos qu e Pablo , «pasado s tres años » luego de su conversión, volvió a Jerusalén para «conocer

a Kefas», a cuyo lado permaneció quince días. Añadiendo

algo que precisamente por constituir una reafirmació n de la que no habí a necesidad, hace dudar de lo que pretende probar con ella: «En esto que os escribo, bien sabe Dios que no miento.» Detalle que parece indicar no la veracidad de Pablo, sino que se trata simplemente de una interpola- ción. Y que quien la hacía, temiendo que su artificio se reconociese, trat ó de justificar su falsa veracidad mediante estas última s palabras.

Luego, en el capítulo II, que «al cabo de catorce año s volvió otra vez a Jerusalé n en virtu d de una revelación» .

Y que conoció a los que allí practicaban el Evangelio de la

circuncisión a los judíos , pero que él predicaba el de la incircuncisión a los gentiles. «Que falsos hermanos que secretamente se entrometían » trataron, por lo visto, de que Tito, que acompañab a a Pablo y era gentil, fuese circunci- dado. Pero que ellos (Pablo, Bernab é y Tito) no consintie- ron. Y que los que parecía n ser algo, Kefas, Santiago y Juan,

nada les enseñaro n («De los que parecía n ser algo, nada recibí».) Y que, finalmente, quedaron en que ellos «se diri- girían a los gentiles», y las tres columnas, a los circunci- dados. Pero en todo ello, ni una palabra que induzca a hacer creer que aquellos judío s ortodoxos, partidarios tan decidi- dos de la circuncisión, hubiesen sido discípulos de un pro- feta llamado Jesús . Lo que evidentemente hubiera tenido que evidenciarse, y largamente, en las Epístolas de Pablo , sobre todo tras la primera estancia de quince días de Pa- blo junto a Pedro. Porque de ser verdad lo de Jesú s y no

discípulos de Jesús , sino simples judío s prac-

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES

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un simple mito, ¿d e qu é sino de él hubiesen hablado? Mien- tras que a juzga r po r estas Epístolas, Pablo , de quie n est á lleno es, no de Jesús , al que como tal Maestro no nombra, sino del Crist o que se le habí a revelado, com o dice en I, 11, 12. Cosa tanto má s sorprendente cuanto que si creemos

a los

no estaba en marcha, por acusar Pedro y los suyos a los demá s judío s de haber dado muerte a su Maestro, eran per- seguidos. Persecució n en la que la fantasía del redactor de esta sección del libro hizo que Pablo tomase una parte im- portante.

Y , n o obstante, e n las Epístolas, n i un a palabr a d e ta l sucedido, ni del tal Jesú s como personaje que habí a re- corrido Galilea sembrando doctrina y milagros, ni de la comunidad como tal comunidad salida de El y distinta. Los propios Hechos, inventados para habla r de ella, ¿qu é dicen en realidad? Pues ya lo hemos visto: Que los que la inte- graban eran muy piadosos; que cumplía n rigurosamente lo que ordenaba la ley; que vivían unidos, poniendo todos sus bienes en común ; que acudía n con asiduidad al Templo; que tenían un solo corazón y una sola alma; que «ninguno de ellos tenía cosa propia, antes bien, lo tenían todo en co- mún» , y que los dirigentes repartía n los bienes según las necesidades de cada uno. Es decir, exactamente como los esenios. ¿S e trataba, pues, de un a comunida d de esenios, como parece indicar el buen sentido? ¿Se aprovech ó de ella, únic a que en realidad se diferencia en Jerusalén , a causa de su modo de vivir, de las demás afiliadas también a las prác- ticas de la ley, para poder hallar un grupo distinto de los que cada vez la nueva Iglesia tenía má s interés en cargar sobre sus espaldas la muerte del hombre-Dios que habí a inventado?

Vist o todo lo dich o a propósit o de Epístolas y Hechos de los Apóstoles, que cada uno juzgue lo que le parezca má s probable. Y lo mism o acerca de ambos escritos canónicos.

Hechos,

redactados cuando ya el mit o cristiano-roma-

LOS EVANGELIOS

Puesto que n i e n e l Apocalipsis, n i e n las Epístolas, n i e n los Hechos de los Apóstoles, ha y algo que valg a la pen a de ser tenido en cuenta, en lo que a la vida de Jesú s afecta, así como tampoco respecto a sus enseñanzas , no tenemos m á s remedio que acudir, de pretender saber algo sobre ambas cosas, a los Evangelios (352). En efecto, imposible no reconocer que, a menos de dejar intervenir la fantasía, es improbable, con los datos de que disponemo s hoy, inclus o contand o co n los Evangelios (353), hacer una biografía de Jesús , ni siquiera mu y extractada, a menos que el extracto sea el siguiente: Que segú n los tres sinópticos hay que suponer que nació en Galilea, en el seno de una familia mu y modesta de artesanos. Que su padre se llamaba José , y su madre, María . Que tuvo cuatro herma- nos: Santiago, José, Judas y Simón , y varias hermanas. Que hacia los treinta año s se lanzó a predicar, y que durante unos meses recorri ó Galilea seguido de unos cuantos com- pañeros . Y que habiendo ido a Jerusalé n fue acusado de agitador mesiánico , de falso profeta y de blasfemo por los

jefes del Sanedrín , que acabaron po r conseguir que

el go-

bernador romano Poncio Pilato le condenase a ser cr