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Clásicos

El Lazarillo y sus autores

FRANCISCO MÁRQUEZ VILLANUEVA

ROSA NAVARRO DURÁN

Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes»

Gredos, Madrid 202 págs. 15

C orrespondió a Dámaso Alonso establecer en 1961 cómo el La-

zarillo de Tormes, más que iniciar el género picaresco, contribuye al naci- miento de la novela moderna por su decisivo abrir camino al arte narra- tivo de Cervantes. Difícil de imagi- nar, por lo mismo, un problema o

conjunto de ellos ante los cuales se juegue tanto la crítica ni requiera de ésta la más refinada atención, a cuyo desafío ha tratado de responder una amplia floresta de estudiosos esfuer- zos en los últimos cincuenta años. Es el empinado terreno en que pro- cura implantarse el libro de la profe- sora barcelonesa Rosa Navarro Du- rán, bajo un palio de radicales aser- tos que virtualmente supondrían la liquidación del panorama de perple- jidades que por tanto tiempo viene estando sobre la mesa. La paterni- dad de Alfonso Valdés como autor del Lazarillo es pregonada en el tí- tulo como una certeza y no a modo de posibilidad o modesta hipótesis de trabajo. Y es justo esta formulación apodíctica la que a su vez obliga a un cuidadoso tamiz de su metodología

y conclusiones. La adjudicación del Lazarillo a Alfonso de Valdés comienza por un replanteamiento de las cuestiones relativas al prólogo de las cuatro ediciones de 1554. El hecho de que el Diálogo de la lengua de Juan de Valdés (ca. 1535) ofrezca una muti- lación de un par de páginas se ofre-

ce como coincidencia repetida, en opinión de la autora, por el prólogo de la Vida de Lazarillo de Tormes. Iniciado éste bajo una voz dirigida al lector, tiene en sus últimas líneas por destinatario a esa «Vuestra Merced» que define uno de los mayores enig- mas de la obra. El abrupto cambio no ha escapado al escrutinio de la crítica, y los impresores de Burgos

y Medina del Campo, fieles a un ar-

quetipo impreso, trataron de disi- mularlo como pudieron. Para Rosa

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Navarro dicha anomalía se explica por la mutilación de un folio al final del prólogo. El motivo de ambos cortes no sería otro que una burda censura, tanto más de lamentar por cuanto ha supuesto la pérdida para el Lazarillo del canónico «argumento» o resumen donde se expondrían sus intenciones profundas, además de aclarar los nexos que ligan al pre- gonero con «Vuestra Merced». La tesis se prolonga sobre un terreno ya independiente, al adjudicar a esta úl- tima una identidad femenina, pues sólo podría ser cierta desconocida señora que, como hija de confesión del arcipreste de San Salvador, sien- te una explicable curiosidad por tan vergonzoso caso de amores sacríle- gos y adulterinos. El elemental punto flaco sería aquí, para empezar, el clásico axio- ma De possibile ad esse, nulla illa- tio. Son meras suposiciones enun- ciadas a partir de especulaciones in- teresadas y poco firmes (autocensu- ras retóricas de Alfonso de Valdés, presencia de «argumento» en obras coetáneas, crítica de la confesión en- tre los erasmistas). Pudo ser así, o simplemente no haber ocurrido tal cosa, que para quien esto escribe es, mientras no haya otra prueba, lo más probable. No se tiene en cuenta la

naturaleza integralmente transgresi- va de la obra, con su descarado re- fregar desde el primer momento su audaz pisoteo de normas. Nada más incongruo que esperar un canónico tratamiento humanista de la humilde pluma del pregonero, en una pieza que, como reconoce la autora, es «puro vinagre» (pág. 193). El dislo- camiento formal es por eso en ella mucho más explicable a modo de un buscado anacoluto narrativo, trasla- ticio de los que campean en la tex- tura de aquel pavoneado maravillo- so «grosero estilo». En cuanto epís- tola, pero «hablada» (Claudio Gui- llén), ¿no empieza el prólogo por ser también otra provocación o herejía literaria? Y más aún, ¿cómo saber

del contenido de una página perdida? Dicha identificación de «Vuestra Merced» marcha en contra de una

tradición crítica que, si no ha podi- do decir hasta ahora «quién», coin- cide en traslucir allí a un superior en capacidad de algún modo judicial. Por tratarse de un delito o «caso», penado por la ley, de marido con- sentidor, es lo más probable que Lá- zaro se halle en aquel momento pre- so y escriba por mandato que lo mis- mo podría venir de algún gran señor de Toledo, su arzobispo, un inquisi- dor, un munícipe o hasta el rey mis- mo (Aubrun). La prueba (axiomáti- ca para la autora) se encuentra en la frase del tratado séptimo: «me han certificado que antes que conmigo casase había parido tres veces, ha- blando con reverencia de Vuestra Merced, porque está ella delante». Ella, y por tanto un referente feme- nino, será entonces la clave de siem- pre tan buscada. No se advierte que si el pronombre concuerda en efec- to con Vuestra Merced no lo hace como género personal del interlocu- tor (que es varón), sino como fór- mula de cortesía hacia éste, que no es allí otro que el poderoso arci- preste. Lázaro (ya cortesano) se ex- cusa por la materia escabrosa que acaba de mencionar ante el alto ecle- siástico (se pedía perdón incluso por mencionar al asno). Ella juega a la vez como una locución pérfidamen- te tornátil, pues referida de primera intención al arcipreste lo funde (por figurar en frase independiente) con su cómplice, la esposa infiel, tercer vértice del triángulo que también se halla «delante» y no está nada dis- puesta a callarse, pues «entonces mi mujer echó juramentos sobre sí». Ninguna de ambas funciones gra- maticales son por tanto aplicables a ella como una cuarta persona desti- nataria de la epístola. Vuestra Mer- ced (causa indirecta de la epístola) pervive en el Lazarillo como signo diegético de la más inviolada ambi- güedad narrativa. No es de discutir desde luego la idea de que Alfonso de Valdés no po- día permitirse el lujo de firmar con su nombre aquel libro, pero lo mis- mo cabría decir de cualquier otro hi- jo de vecino en aquellos años. La

identificación detectivesca del autor, iniciada en el mismo siglo XVII, ha conocido últimamente cierta tregua ante la cómoda alternativa crítica del anonimato como exigencia integrada en el concepto mismo de la obra. Es en realidad una idea nacida del de- saliento y que, a prueba de la «muer- te» del autor para recientes escuelas, en absoluto detrae de la siempre ur- gente necesidad de iluminar el más frustrador punto ciego de toda nues- tra historia literaria. El Lazarillo tu- vo un autor material y físico, que sin posible discusión era uno de los más excelsos creadores de su tiempo. Na- da hay que oponer en principio a una vuelta metodológica al laborioso ta- jo de las identificaciones y el eje del libro es, conforme al título, la suso- dicha autoría, alumbrada entre fi- nales de 1529 (fecha de La lozana andaluza) y octubre de 1532 (muer- te del autor). La tesis no es en reali- dad del todo nueva, pues ya Morel- Fatio aconsejaba indagar en el círcu- lo de ambos hermanos y en 1959 Manuel Asensio estudiaba, a título de posibilidad, la autoría de Juan, tan aficionado en su obra a la inserción de cuentecillos y animadas viñetas narrativas. En este otro intento se pretende utilizar el erasmismo de fondo como cepa común del libro anónimo y los dos grandes diálogos del humanista conquense «para po- ner de relieve la tela de araña que los une y que con hilo casi invisible va perfilando de manera nitidísima e incontestable —creo— la autoría de Alfonso de Valdés» (pág. 11). Ha sido siempre visible desde lue- go una afinidad de grandes brocha- zos sobre terrenos que en la época han llegado a ser tópicos del huma- nismo cristiano. La tarea de colación textual se basa en un corto número de muestras y casi ninguno de los pa- sajes, frases y vocablos llega o es su- ficiente para acreditar una intertex- tualidad en regla. Se trata, sí, de una tela de araña, pero en modo alguno nítida ni menos aún incontestable. No se reflexiona sobre la naturaleza en muchos casos tópica, ni las dese- mejanzas o divergencias que debe-

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rían también tomarse en cuenta para calibrar y dar peso a la argumenta- ción. La cantera de Alfonso de Val- dés se centra sobre el mencionado estudio del prólogo y la mayor parte del razonamiento, lo mismo concep- tual que lingüístico, se abastece de materiales ajenos al secretario im- perial, Rosa Navarro tiene mayor éxito relativo con los modelos, que desde el principio postula de La Ce- lestina, La comedia Thebaida y La lozana andaluza, participantes tam- bién esquemáticos del mismo espíri- tu bajo una simplificación acerca de la cual cabrían igualmente reservas. No interesan dichas obras en sí mis- mas, sino sólo por la pequeña medi- da en que pisan comúnmente al La- zarillo y a Alfonso de Valdés como pruebas de común autoría. El razo- namiento sería válido si se tratara de títulos algo recónditos y si su ads- cripción o presencia quedase esta- blecida más allá de cualquiera duda, lo cual dista de ser aquí el «caso». La autora procura sacar mucho parti- do al hecho de que los tres eran co- nocidos de Alfonso de Valdés, pero (aparte de La Celestina) no ofrece prueba sólida de la presencia de las dos últimas en el Lazarillo, ni habría tampoco problema con que cualquier otro autor de este último las cono- ciera independientemente, La Celes- tina, se nos asegura, dejó huella en los diálogos del secretario, pero mu- cho más en «su» Lazarillo de Tor- mes. Propone también la profesora una familiaridad de conjunto con To- rres Naharro, pero que de nuevo par- ticulariza interesadamente, tratando de explicarla por la vía del juicio fa- vorable de Juan de Valdés (posterior en varios años) y que supone com- partido o extensible a su ya falleci- do hermano. Lo que sí se desprende del recorri- do de materiales narrativos del La- zarillo es su continuidad respecto a un brote de literatura diversamente transgresiva y carnavalesca, integra- da a partir de las continuaciones de La Celestina y el teatro prelopista y activa poco más o menos hasta me- diados del siglo XVI. Ofrecía además parentesco ideológico con epístolas (Villalobos) y diálogos (hermanos Valdés, Villalón), así como empal- mes religiosos no tan subterráneos y siempre de signo avanzado. Fue te- sis formulada hace mucho por el au-

tor de estas páginas para acotar un mundo irreverentemente burlesco, obseso por la herencia de Rojas, pe- ro en pareja con elementos de un hu- manismo de oposición que justo ha- bría de coronarse en el Lazarillo de Tormes. Un abigarrado corpus unifi- cado por su acogida a la cúpula de Erasmo «y corrientes espirituales afi- nes» (Eugenio Asensio), que hunde también sus raíces en el problema

Valdés, resultado en sí decepcionan- te y más aún al recordar lo que en es- to da de sí la obra del toledano Se- bastián de Horozco. Se ha ignorado aquí además la eventual presencia de otros autores como Sánchez de Ba- dajoz, Autos viejos, Villalobos, Ale- jo Venegas y hasta Garcilaso, dignos (a título de orientación previa) de una atención metodológica menos dispuesta a brûler les étapes. El ras-

menos dispuesta a brûler les étapes. El ras- socio-religioso de los conversos. Si se quiere, una

socio-religioso de los conversos. Si se quiere, una pre o parapicaresca to- davía no bien conocida desde este punto de vista. Constituye ésta, de una parte, el alvéolo genérico y nor- malizador del Lazarillo, pero difi- culta no poco, por otra, el reconoci- miento de autorías, préstamos e in- tertextualidades. Que la presencia de hágote saber, Dios mantenga, dígote, contraminar, trasponer, acaecer, acontecer, el ponderativo gentil, con- formar «ponerse de acuerdo», el po- liptoton, rechazo de prolijidad, etc., puedan sostener conclusiones de tan- ta monta es por entero despropor- cionado. Dado el relevante papel del refrán en el Lazarillo, sólo Arri- marse a los buenos aparece duplica- do, y no en Alfonso, sino en Juan de

treo léxico y fraseológico es limita- do y del todo insuficiente para una caracterización general de estilos, que no es siquiera intentada. El ar- duo problema de cómo compaginar la sobria elegancia de Alfonso de Valdés con el lenguaje abrupto anti- gramatical y oralista del Lazarillo no llega a ser ni siquiera mencionado. ¿No serían quizás dos formas extre- mas (moderada una y radical la otra) de proyectar el Anticiceronianus de Erasmo? Las aproximaciones del tipo temá- tico o léxicamente tópico aquí ofre- cidas podrían multiplicarse de un modo masivo si no se limitaran (con- forme a la tesis) a obras anteriores a 1532. Lo posterior a esa fecha sería en todo caso eco de un Lazarillo im-

preso de preferencia en Italia o fan- tasma circulante por espacio de casi un cuarto de siglo y cuya postulación por entero gratuita no es que se diga pequeño compromiso. Y es por eso que se rehúye, por vía de ejemplo, lo mucho que da de sí un recorrido del teatro hispano-portugués de Gil Vi- cente (Aubrey Bell y otros) o todo el tema del menosprecio de corte gue- variano, fundamental para el tratado tercero. La posibilidad de que la edi- ción sevillana (1542) del Baldus de Teófilo Folengo (heterodoxo semi- luterano de la otra península) haya sido influida por el Lazarillo, y no al contrario, es remotísima. Lo mismo cabe decir de un conocimiento de las epístolas de Guevara (de cronología desvergonzadamente trucada) en vida de Alfonso de Valdés. La cuestión esencial y básica no es aquí otra que el erasmismo, que Ro- sa Navarro da por a priori resuelta en relación con el Lazarillo. Formu- lada desde el principio por Foulché- Delbosc y Menéndez Pelayo, se vio sorprendentemente negada por Ba- taillon, a partir de un análisis más profundo y aun tal vez algo hiper- crítico del mismo. La idea se vio por eso controvertida por algunos de los que éramos jóvenes en los años cin- cuenta y sesenta, que aún hicimos asumir al maestro un enjuiciamiento más razonado. En realidad, Bataillon no negó nunca que el erasmismo de- jara de ser en un sentido amplio el subsuelo natural del Lazarillo. En lo que sí disentía, y en ello llevaba to- da la razón, es que en la novela se proyectara una doctrina o forma ca- nónica de aquél, es decir, justo lo que un Erasmicior Erasmi como Alfon- so de Valdés desplegaba a través de su obra. El Lazarillo era y sigue sien- do una obra de calificación difícil so- bre el terreno espiritual del momen- to. Y es que nuestro erasmismo ha- bía dejado de ser una etiqueta de mo- nolítica condena de «abusos»: re- vestía modalidades, poseía una com- pleja historia evolutiva, se había con- trovertido y aun parcialmente recha- zado bajo estrictas y peculiares con- diciones autóctonas. La huella de Erasmo, sobre todo, se involucraba aquí en una paradójica relación, al mismo tiempo etiológica y adversa- ria, con el iluminismo y sus inconta- bles irisaciones, las cuales precisa- mente hallaban en el Lazarillo de

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Tormes uno de sus más visibles cam- pos de despliegue y enfrentamiento. Nacido de alguien nutrido en el eras- mismo doctrinal, su autor ha pasado después a rozarse con formas extre- mas del fenómeno alumbrado, para terminar a las puertas de un radica- lismo contrario a cuanto no sea un evangelismo elemental y alérgico a cuanto pueda oler a eclesiástico. La resbaladiza cuestión del Lazarillo iluminista dispone, como se sabe, de

una amplia y valiosa bibliografía, aquí ignorada en su totalidad. Ahora bien: bastará topar con las irreveren- cias antieucarísticas del tratado se- gundo para hacer palpable la extre- ma dificultad de colgarlas a la puer-

ta de Alfonso de Valdés.

El pivote crítico del Lazarillo no es otro que su fecha de redacción,

bien temprana (poco posterior a 1525),

o bien tardía (posterior a 1539), por

referencia a las dos posibles Cortes toledanas que menciona en sus últi- mas líneas. Por mucho tiempo pre- dominó la primera debido a que, por tratarse de un relato supuestamente bonachón y optimista, sólo aquéllas se celebraron en un ambiente de glo- ria imperial, muy al contrario de las otras, que representaron un fracaso para Carlos V y uno de los baches más serios de su reinado. Era una te- sis tipo belle époque, cuando todo se perfilaba elemental y diáfano. Las al- ternativas parecían muy claras y al- gunos todavía recordarán quizás los tiempos cuando se rechazaba la au- toría de don Diego Hurtado de Men- doza alegando que un gran señor co- mo él no podía conocer las costum-

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bres del pueblo bajo. El edificio in- terpretativo de la fecha temprana, re- forzado por una cronología interna de la autobiografía de Lázaro, pre- dominó con pocas excepciones en calidad casi oficial hasta 1955, con Cavaliere, pero se mostró un castillo de naipes que no resistiría a la ex- plosión de conocimientos en la se- gunda mitad del siglo XX. Permitía

ésta leer el fondo negativo y ácido de toda la obra, así como el devastador sarcasmo de su desenlace, con Láza-

ro en el goce de su buena fortuna ba- jo velas hinchadas al soplo de su

«oficio real». El pregonero, ayudan-

te habitual del verdugo, prospera (es

un decir) como última piececilla de

un complejo establishment, corrupto

y corruptor de almas, además de

puesto irónicamente a los pies del «victorioso emperador», comprome-

tido a la sazón en el exterior y polí-

ticamente derrotado en Toledo por las desdichadas Cortes de 1538-

1539.

Se producía el bascular de la críti-

ca en 1958, con el preliminar de Ba- taillon a la edición francesa de Au- bier, en que el maestro recapitulaba

el problema religioso y sorprendía

con su cauto apoyo a la candidatura de fray Juan Ortega. Se accedía a partir de allí a una plataforma de iné-

dita madurez, en que el Lazarillo se proyectaba, en una perspectiva razo- nada, sobre el florecimiento de la li- teratura epistolar hacia mediados del siglo XVI y la irrupción simultánea de la autobiografía novelada como un gran empuje renovador (Guillén, Rico, Molho). El libro salía de su

mudo solipsismo y por primera vez dejaba de ser un bólido caído de otro planeta. Tenía familia y congéneres que no eran casuales ni arbitrarios, piezas de un mundo intelectual, reli- gioso y político, como pocos denso

y complejo que ahora extraían a flo-

te los estudios de historia social, li- teraria y religiosa. Un tejido referen- cial concentrado en torno a la peno- sa década de 1540 (Redondo) con su ocaso de la estrella carolina, e inclu- so una historia editorial verosímil-

mente iniciada en 1533 (Rico). La fecha tardía se mostraba clave de un deshielo que permitía una lec-

tura mucho más plena de aspectos profundos de la obra, aportados por críticos de altura aunque alejados, a

su vez, de agotar los respectivos ca- pítulos. El sentido de los materiales folclóricos, el toledanismo disidente de la ciudad orgullosa y su burgue- sía empapada de rencor comunero, además del malestar causado en la intelligentsia conversa por el estatu- to de 1547. El mismo «cambio» que en su boca realiza el destrón de las blancas de su amo el ciego era len- guaje cifrado de un discurso moral

decisivo para una naciente economía moderna (Rico). Quedaba en espe- cial documentado el eco de las leyes sobre el control civil de la mendici- dad, copia de las implantadas por las ciudades flamencas veinte años

atrás, pero que aquí fueron discutidas

y suscitaron profunda aversión. Se

hallaba en juego la caridad frente a

la beneficencia (medievo contra mo-

dernidad), de donde la polémica en- zarzada entre el dominico fray Do- mingo de Soto y el benedictino fray Juan de Robles en 1545. El Lazari- llo se entremete con un discurso tá- cito frontalmente opuesto a las ideas de Erasmo y el De subventione pau- perum (1525) de Luis Vives, pero con no menor claridad a las de Al- fonso de Valdés, cuyo buen rey del Mercurio y Carón recurría al mismo expediente de expulsar a los pobres no naturales. El problema continuó sobre la mesa durante la década de los años treinta, y en 1540 el Conse- jo Real preparaba una legislación ad hoc. No entró ésta en vigor hasta la pragmática dada en Medina del Campo en 1544 y es sólo entonces cuando el régimen civil de la pobre- za ascendió a un primer plano de apasionada atención general. Como-

quiera que sus medidas parecían mo- ralmente inaceptables, se ejecutaron en muy pocas ciudades y las inves- tigaciones de Agustín Redondo de- muestran cómo en Toledo (que se- gún confirmado testimonio del La-

zarillo atraía pobres de muy lejos) se vaciló en aplicarlas hasta el 21 de abril de 1546, cuando en vista de la hambruna y el costo «espantoso» del trigo, decidieron aplicar la pena de sesenta azotes prescrita, pero que se sepa nunca aplicada, por las Cortes de Briviesca de 1385 para holgaza- nes y vagabundos viciosos (no exac- tamente mendigos). Poco o nada de todo esto halla mención en Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes y su muy es- casa bibliografía, cuya mayor obje- ción a la fecha tardía es la sin duda poderosa de haber fallecido Alfonso de Valdés en 1532. El rechazo a todo trance de aquélla se realiza en suma- ria repetición de argumentos familia- res desde muy atrás, sin mención al- guna de la polémica doctrinal y sólo recordando que las Cortes de 1523 incluían ya una petición de conteni- do similar. Se desatiende a que ésta fue ineficaz (como prueba su reapa- rición en cortes posteriores) y no lle- gó a ejecutarse hasta veintitrés años después. No se calibra por tanto el peso testimonial del Lazarillo, que no discute lo acertado o reprobable de dicha ley, sino sólo su ejecución en

Toledo, lo cual hoy día constituye un término ad quem muy preciso, pero

que allí funciona bajo un alcance her- menéutico de orden muy superior. No hay más que la aborrecible «pro- cesión» a secas, y es la maligna iro- nía de siempre con el léxico ecle- siásticamente preñado, porque esta vez no es nada que pueda sonar a sa- cro, sino una realidad sin adornos de pobres bajo el látigo. Atroz espec- táculo que, sin precisar de considera- ciones legales ni teológicas, aterra a Lazarillo lo mismo que asquea a to- da conciencia cristiana de entonces o de ahora. Y en este momento la iden- tidad del autor sí podría parecer una curiosidad frívola, porque se palpa la certeza no de quién pudiera ser, si- no de lo que en definitiva era, una cuestión, pues, de esencia y no de accidentes. No un producto de es- cuela ni hombre de un solo libro, aunque éste se llamara Erasmo. Al- guien a quien, por encima del espa-

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cio y del tiempo, le dolía en propia carne la humana empatía del sufri- miento ajeno, abocándonos a un ar- duo pero fecundo problema que no es legítimo ignorar desde entonces. Sería fácil regresar desde aquí no

a la «muerte» del autor, pero sí a su

eclipse ontológico ante el peso de la obra que nos hace interesarnos en él o, dicho en otras palabras, la muda prioridad del texto ante nuestros

ojos. El del Lazarillo de Tormes cuenta como sabemos entre los abis-

males de todos los tiempos en lo que toca a su capacidad de sugestión

y de disparador de siempre inéditas y

renovables lecturas. El goce, a ren- glón seguido, y también la respon- sabilidad que conlleva todo acer- camiento crítico a esta clase de clá- sicos universales. Es un terreno de riesgos a todo por el todo y no siem- pre felizmente asumidos en el li- bro que ahora se comenta. Hay en él también juicios o lecturas erró- neas, como el suponer que la rela- ción de Lázaro con su señor el arci- preste de San Salvador se inicia en torno al vino (temático en el libro) por ser éste un bebedor. No hay tal:

lo que ocurre es que aquél «le pre- gonaba sus vinos», porque era obli- gatorio hacerlo conforme a la regla- mentación de una importante activi- dad económica toledana que se do- cumenta en detalle (una vez más) hacia mediados del siglo (Redondo). El arcipreste queda a mala luz no por borracho, sino por traficar en te- rrenos indignos para cualquier sa- cerdote, y no se diga para una jerar- quía eclesiástica, conforme a lo que, por lo demás, vedaban las sinoda- les y era también uno de los abusos más combatidos por Erasmo y sus tropas. El bien pagado arcipreste co- mercia con vinos igual que antes el capellán catedralicio lo hacía, a con- digna inferior escala, con el agua del Tajo. La escalada de agua a vino (las asociaciones sacramentales son tam- bién esta vez inevitables) es parale- la, sobre otro plano, a la subida de un odioso nivel en la explotación de Lá- zaro, laboral primero y después a precio de indignidad humana. El Lazarillo de Tormes se halla hoy bajo un verdadero asedio crítico, del que este presente esfuerzo se margi- na con cierta indiferencia. Aparte de cuestiones de documentación y téc- nica filológica, la tesis de Alfonso de

Valdés suscita dificultades en lo que hace a sensibilidad y categorías crí- ticas de base. Contra la acumulación de transgresividad que el libro termi- na por denunciar como un sistema puesto a los pies del emperador en

sus sarcasmos finales, la paternidad propuesta no puede menos de con-

contradicción con la «devoción ab- soluta» (pág. 194) de Alfonso de Val- dés a su señor, lo mismo que tampo- co tiene problema con la entrada triunfal en Toledo, pues para ella «la intención política de su autor es evi- dente: la glorificación del Empera- dor» (pág. 150).

evi- dente: la glorificación del Empera- dor» (pág. 150). Fotografía de R. P. Napper. ducir a

Fotografía de R. P. Napper.

ducir a un panorama de incongruen- cias. Alfonso de Valdés, intelectual al servicio de la política y persona imperiales, de las que mesiánica- mente espera una reforma de la Igle- sia imposible para la corrupción ro- mana, ha montado de cara al mundo las grandes operaciones de diplomá- tico blanqueo que suponen sus dos grandes diálogos. Su erasmismo se extiende sin matices a revestir a don Carlos de un manto providencialista con ribetes de ensueños medievales y no se ve cómo nadie hubiera podido transformarlo en aquel otro ingenio de signo tan opuesto, para quien la religión cristiana es un ideal traicio- nado por las estructuras oficiales y, con el Concilio de Trento ya en mar- cha, no abriga un asomo de ilusiones reformistas a cuenta de nadie. Natu- ralmente, no hay tal conflicto para es- te libro, cuya autora prefiere no ver

Semejante negación de una es-

tructura irónica integradora del La- zarillo de Tormes supone proclamar-

lo un experimento fracasado o una

obra manquée por incapaz de man- tener ninguna cohesión interna y quedar al final reducida a un entre- tenimiento de poco más o menos. Pero entonces, ¿qué es el Lazarillo? ¿Y acaso un clásico universal se po-

ne en pie con un puñado de banali- dades incapaces de resistir el análi- sis? Semejante línea de meta deja en

el aire cómo pudiera aquél contribuir

a la modernidad literaria, ni docu-

mentar el nacimiento en España de un nuevo tipo de escritores que, ba-

jo la opresión del bloque Iglesia-Es-

tado, legarán al mundo un arte fasci- nante de decir sin expresas palabras

todo lo que llevan dentro, como re- clamaba con orgullo Mateo Alemán.

Y el Lazarillo nos enfrenta después

con serios desafíos cara de elementa- les aporías. ¿Cómo dar razón, sin ir más lejos, de la presencia avasallado- ra del tema del hambre? Y no de un hambre filosófica ni poética, sino de esa otra que da cornadas en el estó- mago y se yergue ahora en medio de una literatura de pastores, cortesanos, ninfas y dioses mitológicos. También aquí se ha pretendido una salida del paso, con la cita de unos cuantos tex- tos de Plauto, a cuya inanidad lo mis- mo daría responder que no. Es, por el contrario, un puro problema de módulo y de saber qué percal esta- mos cortando. Ingenua ilusión de imaginar que unos chistes de escla- vos y parásitos romanos, al alcance en el momento de cualquiera, puedan justificar el alumbramiento de una nueva estética de la experiencia hu- mana, sobre la cual se edificará al- gún día el naturalismo y la literatura social. Y de hacerlo no a través de ningún impalpable Geist, sino de un hombre de carne y hueso, limitado y concreto en lo tempoespacial, que a mediados del siglo XVI escribía en España y nada más que en ella (el in- menso Rabelais es otra cosa). El problema, no ya de aquellos hombres, sino de nosotros, no afec- ta sólo al Lazarillo, y es el sinsenti- do o el padecimiento de negarse a ver ninguna trascendencia en obras por otra parte universales. Es el ca- so del Quijote como un trivial funny book, del Guzmán de Alfarache co- mo un pesadísimo sermón barroco, de Goya (en gran parte un escritor con pinceles) como un patán que dis- parata barbaridades con sus grandes

dotes pictóricas. Ya se sabe: el La- zarillo de Tormes, pues, obra de un laudator temporis, un librico de chascarrillos en ristra y una oleada de lexicalización que de un soplido barre todo asomo de problema reli- gioso (que ahí dolía y aún sigue do- liendo). Siempre cuestión de prejui- cio atávico: bien sea el de los que aún no se han recuperado del susto

de la Invencible (los de fuera), o el de

quienes se agarran, náufragos, a la salvadora tabla biempensante de que en España no ha pasado nunca nada

de que asustarse (los de dentro).

Francisco Márquez Villanueva dirige la cátedra Arthur Kingley Porter de la Univer- sidad de Harvard. Es miembro de la Hispa-

nic Society of America.

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Respuesta a Francisco Márquez V illanueva Distinguido Sr. Director: tor el nuncio del papa, Castiglione;

Respuesta

a

Francisco

Márquez

V illanueva

Distinguido Sr. Director:

tor el nuncio del papa, Castiglione; el hecho de que el

selo sería a su marido

,

que era pregonero de Toledo.

en 1529, en Venecia. En la segunda edición del ensa-

Rosa Navarro Durán

Leer la extensa reseña que ha dedicado a mi ensa- yo Alfonso de Valdés, autor del «Lazarillo de Tormes» Francisco Márquez Villanueva me ha llevado a pensar si, al estar tan cercano el centenario del Quijote, algún maligno encantador no habría trocado el texto de su ejemplar. Afirmaciones como las que cierran su ar- tículo me han hecho meditar seriamente en tal posibi- lidad; me acusa en ellas de ser uno más de los que se niegan «a ver ninguna trascendencia en obras por otra parte universales»; y concluye que, a partir de mi in- vestigación —con «semejante negación de una estruc- tura irónica integradora del Lazarillo de Tormes»—, el Lazarillo es una obra que queda «al final reducida a un entretenimiento de poco más o menos», es «un li- brico de chascarrillos en ristra y una oleada de lexica- lización que de un soplido barre todo asomo de pro- blema religioso (que ahí dolía y aún sigue doliendo)». Creo, por ello, entender que formo parte de los que «se agarran, náufragos, a la salvadora tabla biempensante de que en España no ha pasado nunca nada de que asustarse». Como tal vez no sea el suyo el único libro cambiado por los perversos encantadores, y algún lec- tor pueda leer lo mismo que él, me atrevo a dirigirme a usted para que me ayude, con la publicación de esta nota, a poner las cosas —o el texto— en su sitio. No sé de dónde puede sacarse la especie de que niego la estructura irónica de la obra. No sólo no la niego, sino que hasta quiero creer que la demuestro. Si mostrar cómo el objetivo de la finísima sátira de Al- fonso de Valdés son los miembros corruptos de la Igle- sia supone barrer «todo asomo de problema religioso», debo haber utilizado el recurso del mundo al revés sin darme cuenta. Por lo que veo, tampoco atañe al pro- blema religioso introducir en el contexto de la com- prensión del Lazarillo la ejecución del tío de Alfonso de Valdés, los procesos inquisitoriales de su padre y hermano mayor, el ataque que le hizo al propio escri-

escritor conquense no pudiera pensar en imprimir sus obras en España, etc. La vida de Lazarillo de Tormes tiene una estructura perfecta: tras el prólogo, escrito por su autor (acaba en «vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades»), empieza la declaración de Lázaro —y no carta, como yo afirmaba— porque la dama a quien se dirige, «Vuestra Merced», ha solicitado que se haga una información sobre «el caso», que es lo que da sen- tido y unidad a la obra, como muy bien vio Francisco Rico. Y la dama está interesada no por «una explica- ble curiosidad», sino porque sabe que su secreto de confesión puede peligrar en boca de un clérigo vicio- so; es previsible además que se lo confiase a su man- ceba, y la primera persona a quien ésta podría contár-

La novela IX del Novellino de Masuccio le ofreció el modelo a Alfonso de Valdés, como también se lo ha- bía dado la novela IV para el tratado del buldero, co- mo señaló Morel-Fatio. La identidad femenina de «Vuestra Merced» viene indicada por la frase que dice Lázaro, «hablando con reverencia de Vuestra Merced porque está ella delante», y el pronombre concuerda, en efecto, con «Vuestra Merced», pero no «como fór- mula de cortesía», como dice Márquez Villanueva, si- no por designar tal tratamiento a una dama; si Rafael Lapesa tiene razón al escribir: «Cuando los tratamien- tos con abstractos femeninos como vuestra o su mer- ced, vuestra o su señoría, Vuestra o Su Majestad, etc., designan varón, llevan en masculino el pronombre que los representa en anáforas o catáforas». De las lecturas de Alfonso de Valdés que aporto co- mo lazos literarios que traban las tres obras del escri- tor, dice Márquez Villanueva que «el razonamiento se- ría válido si se tratara de títulos algo recónditos»; pe- ro él sabe muy bien que La lozana andaluza no había circulado por España porque se imprimió sólo una vez,

yo —ya publicada–, he añadido muchas más lecturas, desde el Arcipreste de Talavera a las Quincuagenas de fray Luis de Escobar, desde las glosas de Hernán Nú- ñez a las Trescientas de Mena a la Obra de agricultura de G. Alonso de Herrera. Y no hablo de lexicalizacio- nes, sino de huellas de lectura. Márquez Villanueva calla mi argumentación sobre la fecha temprana de la obra a partir de la referencia his- tórica que la cierra; habla de las cortes como punto de partida y omite la palabra clave: «entró», porque el emperador entró en Toledo el 27 de abril de 1525, he- cho al que se está refiriendo Alfonso de Valdés. El texto que nos ha llegado del Lazarillo está in- completo porque ningún escritor oculta la estructura de su obra ni omite datos esenciales para que se en- tienda mal: nos falta el argumento, en donde se indi- que a quién y para qué está contando Lázaro el caso, y de paso, su vida. Dice Márquez Villanueva que los impresores de Burgos y Medina del Campo trataron de disimular «como pudieron» el abrupto cambio de in- terlocutor del final del prólogo; no, ellos no disimula- ron nada, y gracias a que no lo hicieron, su impresión del texto guarda la anomalía que, interpretada, nos lle- va a la correcta lectura de la obra. La vida de Lazari- llo de Tormes es una agudísima sátira erasmista contra la avaricia y la lujuria de miembros de la Iglesia, con- tra la vivencia externa de la religiosidad (las oraciones del cruel ciego rezador, la estafa del buldero y su fal- so milagro), contra escuderos vanidosos muertos de hambre, que halagarían y mentirían a su señor si lo tu- vieran. Vean, por favor, si lo que digo tiene algo que ver con lo que afirma que digo F. Márquez Villanueva y como sólo recurriendo a los encantadores quijotescos puede explicarse tal metamorfosis.

 

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50 Octubre, 2004. Nº 94. REVISTA DE libros