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Noel Valle / El Muñeco Roto / 2

pandolina@hotmail.es

aproximadamente 2550 palabras

EL MUÑECO ROTO

por

Noel Valle

Noel Valle / El Muñeco Roto / 3

El Muñeco Roto

¡Lo admito! Soy demasiado buena. Siento cariño por todo. No puedo

evitarlo; aun así, ¿qué sería del mundo si tal cosa fuera un delito? Es

verdad que mi amor no conoce término medio, y también que ello me

hace perder el control de vez en cuando. Pero jamás le haría daño a

nadie, a menos que ese daño le acabe aportando algún bien. En mi

corazón hay sitio más que de sobra para cuanto existe en la Tierra. ¿Es

ese, decidme, un motivo para condenarme? Desde luego que no. Ahora

contaré mi versión de lo sucedido, para eliminar cualquier duda sobre mi

bondadosa naturaleza.

Hacer el bien es un impulso que tengo desde siempre. Se desarrolló por

si solo, en efecto, sin necesidad de esfuerzos ni sacrificios. Reconozco el

sufrimiento ajeno allá donde esté, y al momento lo asumo como propio.

Aliviar ese dolor es todo cuanto me importa. De ahí mis desvelos por el

Tecnoide. Que él hubiera sido fabricado en una cadena de montaje me

resultaba indiferente. Tampoco bastó para repelerme el instintivo miedo a

la fría máquina. Jamás le miré como a un vulgar electrodoméstico. Estaba

vivo. Para mí, mi pequeñín era tan ser humano como yo misma. Solo

hacía falta educarlo. Era menester enseñarle a comportarse como una

persona, y nada más. Puede que mi inculta condición no sea la ideal para

emprender semejante tarea, pero el caso es que yo parecía la única

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dispuesta a intentarlo. Me puse a ello de inmediato, llena de entusiasmo,

de esperanzas, ansiosa por inculcarle esa generosidad que es mi principal

virtud, así como el cariño hacia cuantos le rodeábamos, el aprecio a las

muchas cosas buenas que hay en el mundo.

Ya veis cuales eran mis intenciones. Habrá a quien le parezca una

ingenua. Es verdad que solo soy una pobre vieja ignorante. De haberse

ofrecido a hacerlo alguien más capacitado, quizá alguno de esos

científicos que tanto saben, pero tan desinteresado como yo, movido solo

por el amor, entonces le hubiese cedido a mi alumno sin pensármelo dos

veces.

Porque lo cierto es que mis lecciones empezaron con mal pie. Cada día,

puntual como un reloj, le ordenaba a mi pequeñín que se sentara a

escuchar atentamente la lección, ¡ay!, sin resultado. Debe ser que le

exigía algo fuera de su programación, tal vez, y el pobre era incapaz de

entender lo que yo pretendía, por lo cual se limitaba a mirarme

desconcertado, sorprendido, como si no supiera de qué modo debía

reaccionar. Pero mi otro don más preciado es el de la insistencia.

¡Pobrecillo! Si en el fondo ni siquiera tenía conciencia de ser un robot. Era

necesario armarse de paciencia, de mucha, de mucha paciencia, y desde

luego no desesperar jamás. Habiendo sido diseñado para funciones

meramente domésticas, por fuerza se extrañaba al ser tratado como una

persona. ¡Qué pena! ¿Acaso es posible tanto sacrificio sin amor? Él

empezó a rehuirme, cada vez más inquieto, mientras yo le perseguía a

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todas horas recitándole las lecciones – ¡cielos, y con qué esmero

preparaba cada mañana la clase del día, con qué incomparable

dedicación!–, incidiendo sobretodo en su desarrollo moral. Estaba

convencida de que podía encontrarse alguna chispa de alma dentro de

aquella carcasa artificial. Su resistencia no me amilanaba lo más mínimo,

al contrario, renovaba de forma constante mi férrea determinación. Por

desgracia, he de admitirlo, cuanto yo le decía parecía entrarle por un oído

y salirle por el otro, e incluso empezó a comportarse de un modo del todo

opuesto al que yo trataba de enseñarle, con evidente mala intención.

Llegué a tener la impresión de que se burlaba, no solo de mí, sino

también de cuanto yo le decía acerca de Dios, de la ética, e incluso del

deber de ser bueno y generoso. Así las cosas, como podréis entender, no

me quedó otro remedio aparte de hacer lo que hice, por más que me

pesase, ya que hubiera sido imperdonable desistir de mi hermoso

objetivo.

Espero no ser malinterpretada ahora. Se imponía endurecer los métodos

docentes. Opté por la violencia como un recurso, en modo alguno como

un fin. Era el momento de mostrarme muy severa. La otra opción hubiera

sido quedarme sentada para verle disipar su juventud entre indecentes

vicios y pecados… Una noche suspendió su actividad sentado en una silla

de la cocina, agotado por su desordenada conducta, momento que yo

aproveché para atarle firmemente con una cuerda. Lo hice con gran dolor

de mi alma. Mi único consuelo era la certeza de estar cumpliendo con mi

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deber. Tras tomar yo misma asiento al otro lado de la mesa, aguardé con

paciencia el momento en el que se reactivara –y sabía que no lo haría

hasta bien entrado el día–, mientras disponía con todo orden los libros

sobre la mesa, preparando la lección correspondiente, en silencio.

Cuando al fin volvió en si se puso a desgañitarse como un salvaje, sin

dejar de preguntar a grandes voces:

– ¿Por qué? ¿Por qué?

Me abstuve de responder. Abandoné la cocina sin decir nada, decidida a

ignorarle en tanto no se comportara como un buen chico. Todo ello

formaba parte de la instrucción, claro está, como el aprender a mantener

la compostura, o limitarse a guardar silencio y escucharme.

Pero él siguió gritando igual que un poseso. Una terrible idea cruzó

entonces por mi cabeza. Tal vez estaba estropeado, ¡qué horror!; ello

significaría que nada estaba en mi mano hacer para convertirle en un

hombre de provecho. Empecé a tenerle miedo. Si tal sospecha era cierta,

si el cerebro electrónico de mi pequeñín estaba roto, quizá sus malas

inclinaciones seguirían creciendo, sin control, hasta el punto de llegar a

hacerme daño. El terror se apoderó de mí. Aquella duda, aunque me

resistiera a aceptarla, caló hondo en mi espíritu. Le veía forcejear,

desesperado, hasta que llegó a volcar su silla. Parecía un animal

acorralado. Fui incapaz de reconocer nada humano en él. Trataba de

romper las ligaduras con un ímpetu bestial. Y qué decir de los sapos y

culebras que salían por su boca: tales insultos y blasfemias no se pueden

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transcribir aquí. Aullaba; mis ojos presenciaban la rabia de un demonio.

Temí que le estuviera dando un cortocircuito. El hecho de que estaba

sufriendo, agonizando casi, resultaba innegable. Ahora se veía enfrentado

a su merecido castigo –sus malas acciones se le hacían más patentes a

causa de mis buenas enseñanzas–, e incluso tenía que admitir que algo

en él no funcionaba como debería.

Transcurrió así un día entero, infernal de verdad, en el que apenas pude

soportar ser testigo de sus actos propios de un bárbaro, de un auténtico

bárbaro enloquecido, que se golpeaba sin parar la cabeza contra el suelo.

Pero yo seguí apartada, fingiendo permanecer impasible, a duras penas,

por supuesto, aunque aquella endemoniada actitud suya, por más que me

espantase, también afianzaba mi convicción de estar haciendo lo correcto.

Por fin quedó en silencio, exhausto, y ello fue un alivio para mí, un alivio

total, impagable. Reuní el valor para volver a acercarme a él. Yacía

rodeado de libros desperdigados y objetos que había ido destrozando con

su tremenda pataleta. Un leve rumor que le salía del pecho indicaba

débilmente que, a pesar de todo, su cuerpo seguía funcionando.

¿Cómo expresar la tristeza que sentí al ver en tan penoso estado al

objeto de mis afanes? Ahora le miraba de un modo tan distinto, a causa

del miedo, que por primera vez aprecié la perfección de su fisonomía,

hermosa, fuerte, idéntica a la de un ser humano real incluso en los más

nimios detalles, y ello me hizo admirar a la maravillosa magia de los

nuevos tiempos. Casi hasta llegué a dudar de que fuera un robot. Pero no

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encontré indicio de alma en él, es cierto. Asumir aquella terrible verdad

cambió del todo mi forma de afrontar la situación.

Al fin y al cabo, siendo francos, yo no soy más que una débil e indefensa

anciana. Un solo gesto de aquella poderosa máquina bastaría para

partirme en dos. El terror se enfrentaba ahora al deber que me había

impuesto. Con gran esfuerzo logré atreverme a alargar mi mano,

temblorosa, y, con dedos vacilantes, incluso vergonzosos, acaricié la

suave piel de su rostro inerme. Recordaba a un niño dormido. Hasta su

pecho, por simple sugestión, parecía subir y bajar al ritmo de una plácida

respiración. ¿Qué puedo decir? Insisto en cuánta compasión provoca en

mí cualquier criatura. Soy todo amor y, en consecuencia, tenía la

obligación de despertarle, de transmitirle la bondad de mi corazón

conmovido, sin poder evitarlo. Permanecí inmóvil sin decidirme a actuar.

Un nuevo impulso brotaba de la conciencia, y con él se nutrían de ternura

mis caricias. Se transformaban en instrumentos de calma y cariño,

mientras trataba a mi vez de adivinar la naturaleza de sus sueños

sintéticos: es de suponer que en ellos aparecería yo encarnada en un ser

horrible y malvado. Era necesario reanimarle para recuperar la

comunicación entre ambos. Me incliné lentamente hasta su oído, y en voz

baja pronuncié su nombre. Entonces le recorrió por entero una violenta

sacudida, y acto seguido despertó. De inmediato, comenzó a agitarse

lleno de ira sin querer escuchar mis palabras. Presa del pánico, retrocedí,

mientras veía desvanecerse de súbito mis últimas esperanzas. Su avería

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era completa, irreparable, a pesar de que me doliera admitirlo, y solo

cabía reaccionar ante ella de una única manera. Se hacía preciso

desconectarlo, cuanto antes. Pero cómo iba a saber yo el modo de

hacerlo. Usé lo primero que encontré a mano, un pequeño tenedor de

postre. Su ojo despidió un potente chorro de aceite color sangre. Una

terrible convulsión le estremeció de pies a cabeza. Tardó un rato

interminable en dejar de moverse; al fin, se quedó aun más quieto que

cuando solo estaba recargando baterías. Fue una sorpresa lo fácil que

había resultado. Luego me asaltó una gran pena. Mi pequeñín estaba

desconectado. No obstante, tenía la esperanza de que se pudiera reparar.

Sin duda, mi principal error fue no llamar a esos señores que todo lo

arreglan en el preciso instante en el que las cosas empezaron a ir mal. Me

lo impidió el temor a que se lo llevasen con ellos, para después cambiarlo

por otro que funcionase como es debido. Solo pensar en lo que hubiesen

hecho con él me causaba espanto. Tras desmembrarlo en pedazos,

acabarían reciclándolo hasta convertirlo en cualquier cosa.

Pero ahora ya no había otra alternativa aparte de la de acudir a ellos. Yo

estaba decidida a insistir en que lo reparasen, aunque tuviera que

denunciarles –con tal de que alguien me escuchara– para que lo hicieran

bien. La garantía seguía vigente. Le había desconectado por mi propia

seguridad, no por un simple capricho. Sabía de la existencia de leyes que

protegen al consumidor. Esta vieja que os habla poco se imaginaba a qué

granujas iba a tener que enfrentarse… ¡Pobre de mí!

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Tardé un buen rato en disipar mis dudas. Acabé llamando al fabricante,

cuyo número de atención al cliente figuraba en una esquina de la factura.

Llegaron en seguida, quizá demasiado pronto, pero, ¿qué podría temer de

ellos? Sonó el timbre de la puerta, y al abrirla me topé con dos hombres

vestidos con sendos uniformes de mecánico. Ni siquiera saludaron con

cortesía. Al contrario, me trataron con el mayor de los desprecios –a una

venerable anciana– mientras preguntaban por mi propietario.

Respondí indignada, y es que, ¿cómo podían permitirse esas bromas en

semejante momento? A medida que yo iba hablando sus ojos se

desorbitaban de un modo estúpido e irritante.

–Yo soy la propietaria –les repliqué– de su robot, señores. Insisto –

añadí– en que lo reparen.

Me siguieron a distancia. Cómo no, les expliqué la situación con todo

lujo de detalles. Entretanto, llegamos a donde yacía mi pequeñín. Sin

caber en mí de tristeza, reprimiendo a duras penas las lágrimas, les

mostré su ojo perforado por el pequeño tenedor. Mis palabras brotaban

entrecortadas, pero bastaban para describir muy bien todo lo sucedido,

aunque me costara un esfuerzo terrible, sobretodo cada vez que miraba a

aquel desgraciado ser tendido entre la repugnante y viscosa sustancia,

pálido e inmóvil.

Ellos se limitaban a desencajar las mandíbulas con asombro. Parecía

como si nunca antes hubiesen escuchado un caso igual. Su absurda

incertidumbre empezaba a enfadarme de veras. Les veía palidecer,

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helados como estatuas. De algún modo, a pesar de la desdicha, un

apremiante impulso de echarlos de casa fue creciendo en mi interior.

Daban la impresión de estar contemplando a un horrible monstruo de

feria. Yo conocía bien aquella mirada, pues era la misma que mi pequeñín

había clavado en mí tantas veces antes. Debían de creer que chocheaba.

Pero en modo alguno iba a renunciar a mis derechos. Quizá habían

acudido a mi llamada pensando que podrían aprovecharse de una vieja

desamparada, muy fácil de estafar. Sin embargo, si tal era lo que

esperaban, se habían equivocado por completo, porque yo no iba a

dejarme arrebatar sin más al amor de mi vida, en absoluto.

Fui perdiendo con rapidez el control de mí misma, debo reconocerlo. No

podía soportar aquel fingimiento suyo, como si en el caso que yo les

contaba hubiese algo anormal. El robot era mío. ¿Quién podía negarme

cualquier derecho sobre él? Tendido a mis pies, podía apreciarse con

claridad la perfección de su fisonomía, hermosa, fuerte, idéntica a la de

un ser humano real incluso en los más nimios detalles. Convertirlo en una

buena persona era mi responsabilidad. Los mecánicos seguían simulando

estar confusos. Sentí la fuerte tentación de ir a por la escoba, para con

ella demostrarles cómo las gasta una vieja indefensa. Pero empezaban a

reaccionar con cierta cautela. Iban rodeándome lentamente, al tiempo

que decían majaderías. De pronto, empecé a sentirlos como una

amenaza. ¿Qué era lo que se negaban a comprender? Retrocedí

instintivamente y, para mi sorpresa, lo hice con una agilidad impropia de

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alguien de mi avanzada edad. Una fuerza nueva surgía en mí. ¡Dios mío,

estaba rejuveneciendo! ¡Lo que sucedía era un auténtico milagro!

Repentinamente, era capaz de aferrar con una energía inusitada, de

dislocar cualquier cosa con mis propias manos. Mis miembros disponían

de una flexibilidad juvenil desconocida. Los mecánicos echaron a correr

presas del pánico. Su edad no les sirvió de nada, y aun menos su

corpulencia, porque fueron alcanzados por con apenas esfuerzo.

Postrados de rodillas, suplicantes, entrelazaban sus trémulas manos ante

las caras llorosas. ¿Había razón para tan ridícula pantomima? ¡Claro que

sí! ¡Desde luego, la había! ¡Su misión era arrastrarme al asilo, deshacerse

de mí como de un trasto viejo! ¡Robot! ¡Con el mayor de los descaros me

llamaban robot! Con insultos se paga el desvivirse por los demás. Ellos

eran las máquinas, y me dolió verlas también defectuosas. Alguien tenía

que asumir la carga de desconectar a tanta criatura mal fabricada.

Cuando ya no funcione ninguno, quienes los han creado tendrán que

repararlos a todos… ¿No es evidente? ¡Nosotros les damos la vida!

¡Nosotros, sin excepción, somos responsables de hacer de ellos buenas

personas, de que lleguen a ser perfectos!

– ¡Pequeñines! –exclamé–. ¡Yo me ocuparé de vosotros! ¡Haré que os

arreglen! ¡Seréis buenos para siempre! ¡Dormid ahora, dormid! ¡Cuando

despertéis seréis tan buenos como yo!

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