RAVAL SUNRISE

David Navarro Lloret
Registro de la propiedad intelectual: B-1973-12 (número provisional)

1

La religión sirve para impedir el conocimiento, promover el miedo y la dependencia. Es
responsable en gran parte de la guerra, opresión y miseria del mundo.
Bertrand Russell

Sólo conozco dos tipos de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón
porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen.
Blaise Pascal

2

COMUNICADO 1
Según nos acaba de informar el departamento de prensa de los Mossos d'esquadra, hubo
un aviso de la bomba en la línea 3 del metro de Barcelona apenas tres minutos antes de
la detonación. Según la misma fuente, la explosión ha causado un muerto y un herido
grave, pero se desconoce todavía la identidad y la nacionalidad de estas dos personas.
Hay, además, una decena de heridos leves de diversa consideración.
Por otra parte, seguimos a la espera de alguna información sobre la autoría del atentado.
Desde la Conselleria d'Interior de la Generalitat de Catalunya transmiten un mensaje
de tranquilidad, pero también de prudencia. Según Feliu Pons “podría haber más
víctimas entre los restos de los vagones”. De cualquier modo, los cuerpos de seguridad
llegados desde toda Cataluña están trabajando sin descanso para que a lo largo del día se
restablezca la circulación en toda la línea 3. Mientras tanto, los usuarios afectados
tendrán a su disposición un servicio de autobús que cubrirá el tramo entre Plaça
Espanya y Plaça de Catalunya.

3

0. Otoño. Un año antes de la gran crisis económica.
A la gente de la calle, a los compañeros de la editorial, incluso a mi mujer, se les notaba
el miedo en las comisuras de los labios, en los ojos sin brillo, en el rictus amargo.
Aparentemente hacían vida normal, pero andaban todo el tiempo con la mirada perdida,
incapaces de desvincularse de ese terror que les urgía a correr por las calles, evitar las
conversaciones profundas y quedarse pegados ante cualquier pantalla, ya fuera de
televisión, de ordenador o de teléfono móvil.
Después del shock mundial de las torres gemelas, los occidentales, con Estados Unidos
a la cabeza, invadieron Afganistán e Iraq. La respuesta de los radicales musulmanes
llegó en forma de explosiones salvajes con el atentado de los trenes en Madrid en 2004.
Al poco, en julio de 2005, ocurrió el ataque al metro de Londres, que pudo ser peor,
pero, ¡qué lejos queda la historia cuando se persigue el momento!, supuso un auténtico
trauma para los ingleses sólo comparable al recuerdo todavía vivo de los bombardeos
durante la Segunda Guerra Mundial.
La barbarie no se detuvo. Hizo una pausa en Occidente, pero las matanzas se sucedieron
en Oriente Medio, África y Asia. Los ciudadanos del mundo occidental se las prometían
felices, porque todo lo que ocurriera al este de Turquia y al sur de Gibraltar, en el fondo
y en la forma, se las traía al pairo.
Los medios de comunicación hacían su agosto disparando las alarmas sobre posibles
objetivos en Europa que nunca se materializaban y al cabo del tiempo la gente se
acostumbró al sonido de esas alarmas. Sólo los conspiranoicos (término que se puso de
moda en Internet) se mostraban seguros de que el penúltimo apocalipsis estaba a punto
de sacudir la civilización de la eterna crisis, la de los europeos de a pie que se
esforzaban en mantener un trabajo mal renumerado y temían que sus cuentas de ahorro
desaparecieran.
Un día cualquiera, cuando dijeron que la crisis económica formaba parte del pasado,
volvieron los atentados islamistas a sacudir Europa. Lo de Roma, a pesar de su
brutalidad, fue una inocentada en comparación con la masacre de Oporto: el centro de la
ciudad arrasado por un camión cargado de explosivos. El mismo camión que repartía
pescado cada tarde por los puestos más antiguos de la ciudad. Las imágenes de los
cadáveres de hombres, mujeres y niños hechos pedazos sacudieron la conciencia global
de esa entelequia que es el mundo civilizado.

4

Yo estaba seguro de que después de aquello, Estados Unidos y la Unión Europea
invadirían Irán, Siria, Catar y los países que creyeran necesarios, pero pasó un año y
nadie movió ficha.
Entonces, en lugar de ponernos a temblar, los españoles nos convencimos de que
estaríamos seguros, porque las probabilidades de sufrir otro golpe como el de Madrid
eran escasas. Los catalanes también teníamos motivos para estar seguros. La capital,
Barcelona, era un modelo mundial de convivencia entre etnias y culturas distintas.
Pocas ciudades tan cosmopolitas y abiertas.
Por la misma época tendría que haberme percatado de que las cosas con Silvia andaban
mal, de que en el trabajo iba aún peor, y de que posiblemente todo lo que tenía que ver
conmigo estaba en proceso de ruina. Pero no hice nada, porque pensaba que eran cosas
mías. Igual que la paranoia atraía al miedo, creía que eran cosas del estrés, que se
dedicaba a fabricar motivos infundados para sentirme ansioso.
En aquel momento, poco antes de que el mundo estallara sobre mi cabeza, me limitaba a
sobrevivir, sin mayores reflexiones ni análisis. Como cualquier ciudadano, me convencí
de que la normalidad era aquel cúmulo de vivencias sin pena ni gloria. Tuvo que ocurrir
el desastre, tuve que rescatar estas notas y, con ellas, los recuerdos enquistados, para
poder narrar lo más parecido a la verdad.

5

1.
Una noche cualquiera, Silvia corregía montones de exámenes sobre su regazo, en su
parte del sofá, la derecha. Yo me senté quejicoso, lo más separado de ella que pude
(para no molestarla), cogí el mando y, sin pedirle permiso, cambié varias veces de canal.
Sin querer, con el codo, provoqué que varios de los exámenes apilados junto a Silvia se
descolocaran. Seguí dándole al mando a distancia como si no pasara nada.
–¿Otra vez nervioso? ¿Qué te pasa ahora? –me dijo sin dejar de corregir, sin mirarme a
la cara.
–Nada, ¿qué me va a pasar? Lo de siempre.
–¿Qué tal el trabajo? –me echó una mirada, breve y de reojo.
–Hoy fatal.
Ella mostró esa media sonrisa irónica detrás de la que se ocultaba un “como cada día”.
Luego se lo repensó y se interesó por mi estado anímico. Sin dejar de pasar canales, le
conté mi percance con la visita a Nivea, el gigante de los cosméticos.
Me había retrasado quince minutos, y entré en la agencia como moto cuesta abajo. La
recepcionista intentó decirme algo (seguramente, “¿tiene usted cita?”) y, como sabía
dónde estaba el despacho de Quim, mi contacto, abrí la puerta sin avisar. Resulta que
estaba reunido, muy serio, con dos cuarentonas que parecían baronesas a punto de
enviudar.
Las dos giraron su elegante cuello y me miraron como si se hubiera manifestado un
fantasma y Quim, aprovechando que ellas habían torcido la cabeza, me hizo un par de
aspavientos para que saliera de su despacho.
Un poco disgustado con las maneras de Quim, salí sin pedir disculpas y me senté en la
primera silla que vi libre en el descansillo del corredor, una especie de sala de espera,
deduje, porque había cuatro sillas encaradas.
Pasó casi una hora y en todo ese tiempo no me moví de la silla, en realidad, no moví ni
las pestañas. Cada vez que oía una puerta tenía la esperanza de que marcara el final de
la reunión interminable de Quim. Además, si rebajaba la tensión, corría el riesgo de
bostezar, y eso queda feísimo, así que me mantuve rígido en la silla. Sólo cuando vi
entrar a un chico (un filipino que les hace los recados y les limpia) con una bandeja de
café y pasteles en su despacho, supe que la cosa iba para largo y entonces, porque me
estaba poniendo muy nervioso, cerré los ojos y traté de concentrarme en la respiración.

6

Ya había pasado hora y media. Tenía casi tanta hambre como sueño. Supongo que me
quedé dormido.
Me despertó Quim con su voz de becerro despidiéndose efusivamente de las señoras en
algún idioma similar al alemán. Las baronesas me echaron una ojeada sorprendidas
antes de irse. Quim forzó una sonrisa. Se avergonzaba de mí. Estoy seguro de que
exageró por eso.
Cuando las dos desaparecieron, me llamó a su despacho muy serio. Le seguí. Me esperó
en el umbral, cerró la puerta tras de sí y empezó a gritarme.
Que si sabía quiénes eran aquellas. Ni idea, le respondí. Pues dos de las jefazas de
Beiersdorf. Me quedé igual.
Es el grupo de Nivea por si no lo sabías. Y estábamos intentando renovar la
representación: cientos de miles de euros, y no hemos llegado a nada en claro. Se han
pasado casi diez minutos preguntándome si estabas enfermo, si trabajabas aquí, si eras
de confianza.
Me extrañó tanto interés por mi persona. Se lo hice saber a Quim, pero él continuó
echándome la culpa del fracaso de la negociación. En su opinión, había causado una
impresión muy negativa en sus clientas. Según él, parecía un cadáver. Y cuando me
vieron en la sala de espera agazapado como un murciélago, todo tieso, con la cara verde
y roncando, las dos alemanas casi se mueren del susto.
Intenté calmarlo: ya será menos, le dije. Pero era tarde: Quim estaba hecho una furia.
Para apaciguarlo, le recordé que teníamos una visita concertada. Él me respondió
poniéndome delante de los ojos la agenda abierta por la fecha de mañana. “La visita es
mañana” y, además, me dijo que había sido muy pesado con que fuera ese día y no otro.
–¿Qué te parece? –le pregunté a Silvia.
–Así contado… suena horrible, la verdad, pero puede que exageres. Lo haces
continuamente. Además, nunca has conseguido publicidad de Nivea.
Y siguió corrigiendo exámenes. Yo puse un concurso en la tele, el primero que vi, y me
quedé traspuesto en el sofá.
A la mañana siguiente intenté llamar a Quim desde la oficina, pero no se quiso poner.
La recepcionista me dijo que estaba ocupado y, después, que había salido a una reunión,
pero era mentira. No me quería ver.
Los comerciales pueden tener una mala racha, vender más o vender menos, pero lo que
nunca deberían hacer es ganarse la enemistad de un cliente.
7

Aunque lo hubiera arreglado con Quim, el día habría seguido siendo un desastre. Ni una
sola

página

de

publicidad

para

ninguna

de

las

revistas

que

llevaba.

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2.
Dos días después del atentado, entre todos los momentos para recordar, elegí el día de
mi boda. No sé si lo recordé o si se quedó en un sueño. El caso es que lo vi con claridad,
como si estuviera sentado en un cine pequeño a media tarde.
Mi padre nos esperaba en doble fila. El coche, su posesión más preciada, era un BMW
de gama baja conseguido a precio de ganga hacía diez años. Cuando bajamos, en lugar
de recriminarnos la tardanza, como era de esperar, mi padre nos recordó que nos
abrocháramos el cinturón.
Antes de salir de casa, en el zaguán, mi hermana Esperanza me dijo que hacía mal en
engañar a Silvia, que no me casaba convencido. Le saqué la lengua en señal de burla y
ella, por toda respuesta, me llamó gilipollas.
El trayecto parecía una pesadilla de Buñuel, pero a mí, al Pepito –así me llamaban mis
familiares y amigos de confianza– de aquel entonces, me daba lo mismo. Mi madre
siguió criticando las pintas que llevaba. “Qué falta de respeto para el cura. ¡A saber qué
piensa la familia de Silvia cuando te vea llegar así, mal afeitado, con el pendiente, el
traje sin corbata y todo!”. Lo de “todo” preferí no tratar de entenderlo. En cambió, me
concentré en creerme que pasaría rápido. Para relajarme, asocié la boda con una de esas
reuniones con los jefes de la editorial que me tenían en tensión hasta minutos antes y
que luego se esfumaban como el vapor de la ducha caliente en invierno.
Seguí preparándome. En la iglesia pondría la mente en blanco hasta que me tocara
hablar y repetiría lo que dijera el cura, y, luego, sonreiría para las fotos. Nada de mirar a
mi madre o a mi hermana mayor. Ni caso a las lágrimas de mi suegra o de alguna de las
viejas. De pronto, un miedo atroz desarmó mis endebles defensas autoinducidas. ¿Y si
Esperanza tenía razón? Primer error: no miraría a los ojos a Silvia. La duda era el peor
enemigo del hombre de éxito. También soportaría con buen humor la lluvia de arroz y
quizá de guisantes, lentejas o garbanzos (con la gente de barrio nunca se sabía).
Durante el banquete, como buen comercial que era, saludaría a todo el mundo con una
sonrisa reconfortante y repartiría abrazos y besos. Como manda la tradición, entraría
con la espada a matar el pastel, luego bailaría el vals y, en fin, imitaría el ritual antiguo
de todas las bodas a las que había asistido.
Cuando el coche estaba a punto de subir la cuesta hacia la ermita que había elegido
Silvia, caí en la cuenta de dos asuntos que por primera vez en la mañana me pusieron
nervioso: la primera, no recordaba por qué demonios nos casábamos en aquella iglesia
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minúscula en lo alto de una colina, a las afueras de Barcelona. Y la segunda, por más
que lo intentara, no conseguía visualizar la cara de Silvia. Ya no es que no la viera
vestida de novia. Es que no lograba acordarme de su cara. Y entonces, me percaté de
que en la explanada frente a la iglesia había tanta gente como a la entrada de un
concierto de Bruce Springsteen. Repasé aquellos rostros y la mitad no me sonaban. Mi
madre seguía atacándome, mi hermana mayor, aún de morros para mí, exhibía su mejor
sonrisa de carmín por la ventana para la muchedumbre; Marta, la pequeña, a lo suyo con
el móvil y mi padre, el único capaz de entenderme, no quería darse por enterado. Papá
aparcó donde le dijo mi madre, a pesar de que era una maniobra poco más que
imposible, y sólo en aquel instante, en mitad de una bronca a mi padre por no aparcar
bien a la primera, me di cuenta de que no había sido capaz de distinguir entre la gente a
Silvia. Su cara refulgía artificialmente. Estaba guapa, pero no parecía ella. El traje era el
de todas las bodas, demasiado merengue, demasiado cursi. No tenía apenas escote,
tampoco destacaba por su sencillez, pues le sobraban lazos y volantes. Era el último
traje que yo habría escogido en un pase de modelos de novias. Entonces, por esa
tontería, supe que Esperanza tenía razón: me iba a casar porque sí. Y, sin embargo, me
convencí de que era lo normal entre todos mis amigos y el resto de hombres a los que
no conocía.

10

3.
Unos años después, nueve días antes del desastre, intentaba aguantar las horas de vigilia
en la cama cuando me vinieron a la mente los momentos de aquella boda: demasiado
nervioso para bailar como en los ensayos, muy borracho para follar. Tampoco quedé
bien con la mayoría de la gente. Estaba nervioso y bebido como una cuba… Fue un
desastre de boda.
El regusto a hiel me invadió la boca y me invadió la imagen del hombre que había sido
hacía más de una década: un tipo en forma, que apretaba la mandíbula resuelto,
saludaba a la gente con una sonrisa y salía de la oficina con la camisa inmaculada. La
copia de la copia de un triunfador en el duro mundo de los comerciales de alto nivel. Un
engaño que se esfumó. Como todas las desgracias. Sin avisar.
No acababa de amanecer, me sentía pesado y al tocarme la barriga laxa e hinchada me
dio asco de mí mismo. Con razón Silvia me daba la espalda cada noche. Me había
convertido en una miseria humana.
Me preguntaba tantas cosas que estaba aturdido en la cama, y sin embargo la respuesta
era siempre la misma: no era feliz.
Pero con el arsenal de medicamentos que me tomaba para la ansiedad y la depresión,
¿acaso no podía ser que estuviera insensibilizado?
Me agarré a tan flojo estímulo y me levanté de la cama. Al menos en aquella ocasión,
llegué puntual a la oficina, algo que no ocurría desde hacía mucho tiempo.
Durante todo el día sufrí un dolor de cabeza agudísimo en la parte derecha de la frente.
Del estómago tampoco me encontraba bien, por lo que tuve que encerrarme en el baño
cinco o seis veces. Montse se lo pasó bomba con mis constantes desfiles al váter. Yo no
tenía fuerzas ni para mandarla a la mierda. Al final, me las compuse para salir antes de
la oficina con la esperanza de descansar un poco en casa e ir al entrenamiento de
baloncesto con Migue y los demás si las pastillas hacían efecto.
En casa, en vez de relajarme en el sofá como tenía costumbre, me obsesioné con la idea
de que no había conseguido ni un solo cliente en todo el día. Quise tranquilizarme
pensando que era la tónica habitual en los últimos tres meses, que el sector comercial
estaba mal y el editorial, peor, pero mi otro yo, el del pasado, no habría consentido que
me atrincherara en mojigaterías y me vi (lo vi) con su cuerpo fibroso, las venas azules
de la frente acentuadas y el traje de chaqueta impoluto. Me echaba la bronca por llorica.

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En la foto, Silvia besaba mi cráneo rasurado y sudoroso. Acababa de quedar quinto en
una maratón. Sudoroso y condenado al papel de fotografía, el hijo de puta me echaba la
bronca.
El del sofá, mi yo en la realidad, tuvo ganas de asesinarlo, pero hasta donde yo sabía los
fantasmas sólo se dejaban capturar en las películas de los ochenta.
Absorto en mis miserias, no me di cuenta de que era el primer día desde el verano en
que no sonaba el teléfono con un número oculto. Hasta esa tarde, cada vez que me
encontraba solo en casa, independientemente de la hora, el timbre me despertaba de la
cabezada y, al descolgar el auricular, alguien respiraba hondo al otro lado del teléfono.
Fuera quien fuera nunca se cansaba. Una tarde decidí aguantar el máximo de tiempo
posible escuchando el resuello débil de la persona que estaba al otro lado. Nueve
minutos de reloj. Me cansé. Mejor dicho, me cagué de miedo. De esto Silvia no sabía
nada. No me atreví a decírselo. ¿Y si era ella? Imposible, porque Sara estaba muerta.
A los diez minutos de llegar Silvia, salí hacia el entrenamiento más para que no me
viera tirado en el sofá que por las ganas que tenía de hacer ejercicio. Me bajé del
autobús con la bolsa de deporte al hombro, pero me detuve a los dos metros. No estaba
seguro de haber metido la toalla para secarme tras la ducha. Tampoco llevaba conmigo
la equipación. Lo peor es que no lo había comprobado en el trayecto cuando ya me
había asaltado la duda.
La noche caía limpia sobre la acera húmeda. Caminé arrastrando los pies, a pesar de que
llegaba tarde al entrenamiento. Las suelas de los zapatos parecían forradas de plomo y,
sin embargo, notaba cada grieta de la acera en la planta de los pies. Cuando por fin vi al
Migue y a los demás tirando a canasta tras las rejas del polideportivo, sentí que la
distancia hasta allí era infinita. Así que me giré y emprendí el camino de vuelta a casa.
El siguiente autobús pasaría en media hora. Sin pensármelo dos veces, decidí regresar a
casa a pie. Por extraño que parezca, noté cierto alivio en incumplir la costumbre de
entrenar. Pese a una larguísima caminata, llegué antes de lo normal, pero Silvia no me
preguntó el motivo. En cuanto metí la bolsa de deporte en el armario, quise sentarme en
el sofá con ella, pero se despidió de mí con un “buenas noches” que sonó a “hasta
nunca” y se fue a la cama con el microportátil que le había regalado. Extrañado, pues su
comportamiento superaba la hosquedad a la que estábamos acostumbrados, me quedé
viendo un reality de la tele sin poder pensar en nada.

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Supongo que aquella noche empezó todo, pero sería demasiado doloroso y aburrido
empezar a contarlo desde aquel instante. Lo cierto es que por aquella época, aunque
tardara bastante tiempo en darme cuenta, mi vida empezó a irse a pique. O tal vez ya se
había hundido el barco y desperté justo en el momento en el que el crucero de lujo se
convertía en una pobre balsa que se iba al pairo.

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4. SEGUNDO Y TERCER DÍA
Las últimas gotas de una lluvia intensa resbalaban por los postigos de la persiana
desconchada. No podía dormir desde hacía rato y, convencido de que me había
desvelado por completo, miré la hora en el reloj despertador: cinco y diez de la
madrugada. De repente, tuve la certeza de que Silvia no dormía a mi lado. A tientas,
traté de encontrar el hueco aún caliente de su cuerpo, pero no hallé nada más que el olor
agrio de mi propio sudor. Las sábanas frías como el hielo.
Incapaz de hacerme a la idea, me giré y, en efecto, comprobé que era algo más real que
un pálpito y un mal sueño. De súbito, me angustié. ¿Y si me había abandonado? No
pude evitar llamarla. A los tres tonos recordé que se había quedado a dormir en casa de
su madre, y colgué. Temeroso de haberla preocupado inútilmente, los nervios me
atacaron al estómago y estuve rabiando en la cama un buen rato.
Luego, sonó el despertador, y juro que intenté levantarme, pero la idea de desayunar un
café recalentado con un par de magdalenas plastificadas me dio náuseas (de haber
estado Silvia, me habría preparado tostadas con aceite y un zumo de naranja).
Necesitaba ponerme en pie, pero no podía hacer frente a la crisis del sector editorial ni a
mi posición en la empresa.
En lugar de plantarle cara a la vida, hinqué la rodilla, de forma que me quedé dormido
toda la mañana y parte de la tarde. No fue premeditado, pero pasó así. Nervioso después
de ver que el radio despertador marcaba las siete, encendí la radio para situarme:
hablaban en pasado de la intensa lluvia que había limpiado el aire gris de Barcelona.
También comentaban el peligro de un ataque terrorista en Barcelona después de las
tragedias de Roma y de Oporto. Apagué la radio de un manotazo: no quería que los
agoreros de Radio Catalunya me infundieran más miedo aún.
Probablemente, pensé, era el único ser humano que estaba a salvo en Barcelona. Ni
siquiera los enfermos que tenían que guardar cama podían decir lo mismo porque a ellos
los acabarían sacando de sus madrigueras. Dado que un hospital era un objetivo
terrorista goloso como pocos, probablemente yo era el único habitante con futuro de
Barcelona.
Tras dormitar un poco más, intenté ponerme en marcha.
En el fijo, ninguna llamada. En el móvil, tampoco. Ni siquiera de Silvia.
Por debajo de la puerta se colaba un triste reguero de luz que parecía darme una última
oportunidad de darle un ligero mordisco al día. Me levanté por fin. Al tiempo que abría
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la puerta hacia el salón desordenado, supliqué que Silvia volviera. Lo dije en voz alta
mientras distinguía la figura de Silvia, recostada en el sofá, rodeada de papeles,
seguramente exámenes por corregir. Me miró de reojo, luego volvió a la pila de folios
que sostenía, y me habló como si tuviera enfrente a un alumno conflictivo:
—Por fin te has despertado.
—Ya, me he quedado dormido. Esta mañana me encontraba fatal.
—¿Sólo esta mañana? —se rio, pero no era de felicidad.
—Ya estoy bien. No me pasa nada.
Los ojos azules de Silvia se volvían muy oscuros cuando me miraba de aquella manera.
No me atreví a replicarla. Y entonces su voz sonó grave, como en las peores
discusiones:
—Si no pones un poquito de tu parte, no sé cómo acabará esto. Llevas más de un día sin
querer salir de la cama. Me has dicho que llamara a un médico de pago y no le has
hecho ni puto caso; además, me has obligado a mentir a tu empresa, a tu madre, a tu
hermana mayor... A todo el mundo. Y dices que no te pasa nada.
—Te lo juro —le supliqué—, pensaba que llevaba dormido desde esta mañana. ¿Me he
tirado más de treinta horas en la cama? —pregunté con la boca abierta.
—No me vengas con ésas —me gritó. Todos los papeles esparcidos por el sofá. Ella ya
en pie—. Me has dicho cosas horribles cuando he intentado despertarte. Y según el
médico, estás fuerte como un roble. ¡No te pasa nada! Lo tuyo es de psicólogo y lo
sabes perfectamente. Dime, ¿es por eso que haces cosas tan raras? ¿Es por la depresión?
Pues yo también estoy deprimida. ¿Crees que eso te da derecho a hacerme la vida
imposible?
—No, no, espera... Te juro que creía que sólo habían pasado unas horas... —me atreví a
mirarla, porque de repente me daba más miedo lo que me estaba ocurriendo que ella
misma—. ¿Cuánta gente lo sabe?
—Ya te lo he dicho: tu madre, los del trabajo, todos. ¿Y qué más da eso ahora?
—Joder, me cago en la puta —la idea era pensarlo, no gritarlo a menos de un metro de
Silvia.
—¿Vas a ponerte violento otra vez?
—No, no, lo que he dicho... —me acerqué a ella, pero se apartó un metro hacia el otro
extremo del sofá con cara de espanto, como si mis intentos por gesticular una excusa
fueran a dañarla.
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Dejé de moverme y respiré hondo, muy quieto, guardando las distancias para que no se
pudiera más nerviosa.
No funcionó.
Silvia recogió los papeles sin dejar de observarme con los ojos hinchados y acuosos, y
con el mismo gesto de terror se fue con el maletín en la mano y los folios desordenados
alrededor del brazo izquierdo. Luego intentó dar un portazo, pero la vieja puerta blanca
del salón apenas daba de sí. La del rellano, en cambio, produjo tal estruendo que noté
cómo el suelo quería quebrarse bajo mis pies.
Me quedé como un idiota en mitad del salón. El reloj mostraba las siete, sí, pero de la
tarde. En cuanto dejé de temblar, comprobé en la agenda del móvil que el 12 de
septiembre había quedado atrás y luego corroboré que, efectivamente, el teletexto de la
televisión hablaba del jueves 13.
La oscuridad era casi absoluta en el salón y la pantalla negra de la televisión me hizo
sentir muy solo.
Hundido en el sofá, intenté no pensar demasiado en la cara de espanto de Silvia y en su
determinación para que volviera a ver a un psicoterapeuta. Ya tenía las putas medicinas,
¿y si no era ansiedad? ¿Y si tenía un tumor cerebral? Lo que más me dolía en el fondo
era no entender qué me estaba ocurriendo y, en segundo lugar, que Silvia me negara la
posibilidad de disculparme como primer paso para afrontar un problema que iba más
allá de mi control.
Sin dejar de darle vueltas a lo que me parecía una conjura contra mí, me hice una cena
de sobras y, a pesar de la mucha angustia acumulada, me dormí en cuanto me cubrí con
la sábana, las dos mantas y el edredón.

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5. CUARTO DÍA

A la mañana siguiente, cuando el despertador sonó a las siete, no había ni rastro de
Silvia. Otra vez me encontré sin fuerzas para moverme. Sin embargo, el miedo a volver
a quedarme dormido —también a perder el trabajo, a que Silvia no me perdonara, y a
acabar en un psiquiátrico— me proporcionó un impulso efímero pero suficiente para
levantarme.
Antes de salir, me miré al espejo de la entrada y no me gustó nada el calvo de la barriga
fofa con cara de lástima.
El corredor de la foto, el que se parecía a mí remotamente, me dijo que ya estaba bien
de tonterías, y le hice caso.

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6.
Nadie en el metro. Un par de turistas por la calle. La puerta de la editorial cerrada.
Saqué las llaves, entré, abrí las persianas, encendí las luces, puse en marcha el servidor
principal, fui al despacho grande, encendí la calefacción, luego mi ordenador y empecé
a contestar correos electrónicos: la mayoría eran negativas bastante educadas que se
disculpaban por no tener presupuesto para ninguna de las dos revistas que llevaba.
Hasta la hora del almuerzo no me di cuenta de que era festivo. Fue al poner la radio.
Una cuadrilla de comentaristas hablaba de las fiestas de la Mercè.
A sabiendas de que no encontraría ningún bar abierto en la parte alta de la ciudad, y sin
ganas de enfrentarme a los clientes de Madrid, que no celebran el día de la Patrona de
Barcelona como es natural, usé el teléfono de la empresa para llamar a Silvia. Me
esforcé en repetirme varias veces que descolgara su móvil, pero era tan inmune a mis
palabras como a mis pensamientos. Me cabreé y la emprendí a patadas contra una de las
sillas baratas de oficina. Al cabo de unos minutos observé el matadero en el que había
convertido el despacho y, tras poner los muebles en su sitio, me senté en el suelo
paralizado por el miedo. Cuando me calmé un poco, reparé en que aquel descuido, la
desidia y la posterior ira no tenían nada de normal y volví a acariciar la idea de probar
con un centro de tratamiento integral del estrés. Me puse al ordenador. En Internet
encontré un par; demasiado caros. También vi que había consultas en las que aplicaban
un plan contra el estrés que duraba entre uno y tres meses. Al parecer la terapia Gestalt
hacía milagros. Enseguida pensé en la Gestapo y me imaginé a la presidenta de la
editorial de uniforme dirigiendo el cotarro. La ocurrencia me puso de mejor humor. Sin
embargo, justo cuando me decidí a llamar al centro de Gestalt Catalunya, la perspectiva
de contar mis chorradas en público me pareció tan alentadora como hacer el Camino de
Santiago en pelota picada.
Luego, simplemente, me fui a casa. Ni siquiera pensé en la ausencia de Silvia hasta que
abrí la puerta: entonces noté que el piso, con sus cincuenta metros escasos, era
demasiado grande para un hombre solo.
Noqueado otra vez, me senté en el sofá y puse la tele para hacer tiempo con la esperanza
de que Silvia se acordara de que seguía vivo. Al poco, me entró hambre, pero la nevera
estaba vacía, así que pedí una pizza por teléfono y, en la espera, me quedé dormido.
Al despertar, salté del sofá y entré en el dormitorio, pero Silvia no estaba allí. Aunque
parezca increíble, me sentía peor por la mala jugada que le había hecho al pizzero, que
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se habría largado cansado de tocar al timbre o de llamar a un teléfono móvil apagado.
No me atreví a llamar a la pizzería para pedir disculpas, pero con el teléfono en la mano,
volví a conectar con la realidad y llamé a Silvia. Esta vez daba línea y, sin embargo, no
lo cogió. Me hice otra cena de sobras por no bajar al badulaque, que siempre me había
dado algo de grima, pero en aquella ocasión me repugnaba sólo pensar en las manos
sucias del paquistaní de la caja.
En la cama recapitulé lo que me estaba ocurriendo. A decir verdad, empecé a
reflexionar a partir de un libro que encontré en la estantería de Silvia. El libro, “Tú
puedes”, me recomendaba hacer balance y llegué a leerme el primer capítulo dos veces
y media. La pregunta “¿tú quién eres?” se me había atragantado. En realidad, era la
cuestión más difícil a la que me había enfrentado en la vida. No conseguí resolverla ni
tampoco dormir más que un par de horas hasta que escuché cómo una llave hurgaba en
la cerradura de la puerta del piso.

19

7.
El portazo me sacó de los dominios del sueño. En la oscuridad, intenté averiguar si
entraban o salían de casa. Estuve varios minutos concentrado en captar cualquier ruido.
Nada. “Demasiado silencioso”, pensé. A pesar de mi temor a que alguien hubiera
entrado en casa con el ánimo de hacerme daño me levanté en la penumbra como un gato
erizado. Según el radiodespertador eran apenas las cuatro de la mañana.
Busqué a tientas la linterna en los cajones de la mesita de noche, pero sólo encontré
calzoncillos, calcetines y unas pilas para el despertador. Me tranquilizó un poco que
todo siguiera en calma tras el trasiego de la búsqueda y, de puntillas, muy despacio, me
atreví a salir al salón. De casualidad di con una linterna en uno de los estantes. La
encendí enseguida y proyecté la luz hacia la puerta en dirección a la salida. Con el
corazón a ciento cincuenta pulsaciones tuve que rendirme a la evidencia: no había nada.
Por si acaso, seguí inspeccionando la casa con la única ayuda de la linterna. Cada
habitación a la que me enfrentaba se convertía en una inyección de adrenalina que hacía
que la sangre se me subiera a la cabeza. Después, me sentía exhausto. Tras haber
comprobado la casa palmo a palmo, encendí la luz del salón y me senté en el sofá. Traté
de calmarme. A los pocos minutos, cuando pensaba que el corazón me iba a una
velocidad normal, escuché un resuello en la habitación. De nuevo, apagué la luz y, con
la ingenuidad del que se cree en peligro de muerte, enfundé la misma linterna, entré en
la habitación y en el haz de luz mortecina la vi: era Silvia. Dormía en el lado derecho de
la cama. La respiración acompasada, toda ella tapada hasta el cuello. Lo normal.
Primero salí al salón, pero me sentía ridículo con la luz apagada, en pijama y descalzo,
con la linterna encendida. Así que volví a la habitación con la determinación de
acostarme y olvidar lo ocurrido.
Me metí en la cama cuidadosamente, sin saber muy bien si la extraña aparición de Silvia
era producto de mi imaginación. Al contemplar su rostro, como el de un bebé dormido,
quise creer que el portazo había sucedido mucho antes. “Lo habré soñado”, pensé.
Luego, recostado a su lado, la observé dormir. Un buen rato. Ni rastro del mal humor
que le dejaba señales en la comisura de los labios y en el ceño. Era la Silvia de antes.
Después me dio la espalda y sentí mucha nostalgia por las noches en las que Silvia abría
los ojos en mitad de la noche para asegurarse de que no había trasnochado demasiado y,
después de una sonrisa fugaz, si me veía con un libro entre manos, me decía: “no leas
más, que es tarde”. Luego se volvía a quedar dormida sin perder la sonrisa.
20

Encendí la lucecilla de la lámpara de noche y cogí un libro al azar de los que se apilaban
en el suelo. Me desagradó escoger precisamente ése, aunque un repentino ánimo me
empujó a abrirlo. El libro de autoayuda seguía con la marca al final del primer capítulo
en la pregunta “¿Quién eres en realidad?” Subrayada y resaltada en negrita por los
editores. Quise mantener la concentración para solventar aquel enigma de una vez, pero
había tomado demasiados tranquilizantes o quizá estaba demasiado cansado.

21

8. EL QUINTO DÍA
Nada más abrir los ojos, con urgencia, busqué a Silvia a mi lado. Estaba allí. Dormía y
eso significaba que la vida me daba otra oportunidad. Eran pasadas las siete y me
levanté apurado. Quería llegar impoluto al trabajo. Demasiadas excusas que dar como
para ir hecho un guiñapo. Así que tiré el pijama en el piso del lavabo y me metí en la
ducha. Al salir, me acerqué al espejo y no encontré al joven fibroso, alopécico, pero
atractivo, que convencía a los clientes sólo con su mirada. Seguía el tipo seborréico, con
papada, y pelusa en lugar de pelo en la cabeza. La calva de la España que se consume en
los bares en los que sólo hay una barra, cañas mal tiradas, dos periódicos deportivos,
uno regional y tipos que no tienen ganas de hablar entre sí pero se insultan a gritos sin
enfadarse.
Estuve tentado de llamar al centro de salud para pedir hora con el psicólogo, pero
cuando ya tenía el teléfono en la mano me lo repensé: ¿y qué le iba a decir, que había
engordado y que tenía pinta de perdedor? Ya había hablado con aquel pobre hombre
muchas veces y sólo sabía que estaba peor que yo. Si acaso no mejoraba mi estado de
ánimo, con el paso de los días ya buscaría uno de pago. A fin de cuentas es lo que Silvia
quería. De momento, lo mejor, me dije, era salir disparado hacia la editorial con la
mejor de las pintas posibles.
Pero una sensación extraña, algo así como un dolor de tripa en la cabeza, me dejó
estancado en el sofá del salón, en silencio, con las persianas casi bajadas del todo. Antes
no podía pasar un momento a oscuras. Ahora no soportaba la luz del sol. Tal vez era
cierto lo que decían: había cambiado.
Entonces lo vi con claridad: no podía responder quién era, pero sí quién fui. De joven
soñaba con ser director de cine, como mi tío Justo. Pero un año antes de empezar la
universidad, mi tío sólo había ganado un premio con un corto y se había ido a la ruina al
intentar rodar su primer largometraje. Además, me enteré de que había pasado largas
temporadas en el manicomio, aunque tardé mucho tiempo en saber que en el
Franquismo todos los enfermos sin un diagnóstico claro acababan en pabellones más
parecidos a una cárcel que a un hospital de reposo. El caso es que, con 19 años recién
cumplidos (perdí un año del instituto entre Alicante y Barcelona), y para evitar un
disgusto a mis padres, tuve que renunciar a mi vocación y me matriculé en
Empresariales. De todas maneras, en aquel tiempo me convencí de que lo del cine sólo
podía ser un hobby, y enseguida pasé a pensar que lo que merecía la pena era conseguir
22

dinero para vivir a todo tren. Dirigir una empresa innovadora me pareció, en pocos
meses, a mis diecinueve años, un pasaporte para el éxito mucho más seguro que rodar
películas de bajo presupuesto.
Desde el primer año de carrera me obsesioné con el lanzamiento de hipotéticos
productos que saciarían las ansias de consumo. Monté y desmonté hipotéticas empresas
con varios compañeros, pero por unas cosas o por otras me fui quedando solo. La
inercia de los estudios, los momentos perdidos en fiestas, contrafiestas y resacas, me
fueron llevando por un camino que parecía tan bueno como el de preparar mi salto a los
negocios: ser el mejor con los estudios. Los compañeros dejaron de serlo y pronto nos
convertimos en rivales. Me licencié sin demasiados problemas, aunque me quedé lejos
de los sobresalientes. Enseguida cada cual tiró por su lado. Sólo necesité tres meses para
pasar de la ilusión de ver terminados mis estudios al desánimo por no encontrar un
empleo en condiciones.
Estuve rondando por dos compañías enormes como chico para todo hasta que los
contratos temporales se terminaban y venía otro a suplirme. La única oportunidad de
trabajo serio me vino del campo de la publicidad y no tuve más remedio que adaptarme.
Lo poco que había asimilado en la carrera no me servía para nada en una editorial
mastodóntica (algo menos que cuando la absorbió Planeta). Sin embargo, era joven y las
ganas de comerme el mundo seguían inalterables, por lo que cambié de estrategia:
vender lo invendible se convirtió en mi misión. Al año escaso, ya me había convencido
de que todo se podía vender en manos de un buen comercial, y el sumun, que mi
objetivo en la vida era ser el mejor vendedor de todos. Me moví bien por el sector hasta
que terminé en el paro por un expediente de regulación de empleo. Por entonces ya salía
con Silvia. El año y medio del paro fue duro, pero me recoloqué como publicista en otra
editorial, la actual, y me sentí renacer. Mis métodos expeditivos para conseguir
contratos de publicidad hablaban casi tan bien de mí como mi imagen externa. Desde
luego que había cambiado. Durante los últimos años de mi vida había sido el que
siempre llevaba las camisas impolutas, el que nunca iba al trabajo sin afeitar, al que le
abrían las puertas de todos los departamentos de promoción y marketing.
El tipo que estaba hundido en el sofá se encontraba a años luz de aquel otro yo
triunfador, de manera que al quinto día de la gran hecatombe, nada de mi pasado
inmediato parecía casar conmigo. La pregunta clave era ¿desde cuándo había dejado de
ser el de antes?
23

El insomnio venía de largo. En mis buenos tiempos ya dormía mal. Sin embargo, hasta
hacía unos meses aprovechaba el tiempo que pasaba despierto en la cama para repasar
mis obligaciones en la editorial, de manera que, en poco más de una hora, acababa
planificando el día y solucionando cuestiones que se me habían atragantado el día
anterior. Por ejemplo, revisaba los contactos de mi lista y buscaba las palabras
adecuadas para convencer a los encargados de marketing de invertir en mis revistas.
“Jaime, este número parece hecho para tu revista. Lola, notaréis el aumento de ventas
desde ya”. Sin embargo, últimamente era incapaz de ver más allá del momento y, por la
noche, me quedaba bloqueado esperando a que los somníferos y la carga de ansiolíticos
hicieran su efecto.
En definitiva, había cambiado, y había sido el último en darme cuenta.
Desde el sofá, escuché a Silvia desperezarse. Me levanté para hablar con ella, pero
cuando abrí la puerta, ella se recostó hacia el otro lado. Ni siquiera sabía a ciencia cierta
qué horario tenía. De hecho, dudaba incluso de la dirección de su instituto. Quise darle
un beso, pero no me pareció buena idea. ¿Y si tenía el día libre y la despertaba? Entorné
la puerta con cuidado y la dejé en paz.
Para no molestarla, me acabé de vestir en el salón con la ropa que había apartada a un
lado del sofá. Mientras, me esforzaba en sacar algo en claro sobre mi situación. Lo poco
que sabía a ciencia cierta es que me había transformado en un escarabajo pelotero, como
el de la lectura obligatoria del instituto. Delante del espejo me pregunté si sería un
cambio definitivo.
Luego, volví al sofá: no tenía fuerzas ni estímulos para moverme de allí.

24

EL TÍO JUSTO

Mi tío Justo apenas tuvo relación conmigo. Era el menor de los hermanos de mi padre y
el único que se saltaba todas las bodas, bautizos y demás espectáculos familiares. A mi
padre le parecía un bala perdida, aunque nunca supe si lo decía por su dedicación al cine
o por su fama de marica.
Con todo, tuvo el detalle de venir a buscarme el día que estrenaban su primer corto en
un cine de ésos que han borrado del mapa de Barcelona. Recuerdo que había mucha
gente moderna, con pendientes algunos, otros con los pelos de colores, algún
engominado. Todos lo recibieron con una ovación, y me gustó que no separara de mí ni
un momento cuando se abrazaban y se besaban a la puerta del cine.
Tenía apenas doce años y, aunque no entendí nada de la película (ni siquiera creo que
fuese apta para menores), me sentí al borde de las lágrimas cuando aparecieron los
títulos de crédito en la pantalla, las luces de la parte trasera de la sala se encendieron y
todo el mundo (quizá no pasaban de cincuenta personas, pero aborrotaban el cine) se
levantó de la butaca para aplaudir a mi tío.
Nosotros estábamos sentados en la primera fila. Él me guiñó un ojo, se levantó y con un
gesto de las manos los mandó callar. Después, con el mismo gesto, hizo que se
levantaran los tres actores del corto y hasta que la gente no se deshizo en aplausos con
ellos, no se volvió a sentar.
Después del pase, me dejó en el portal de mi casa, avisó a mi madre desde el portero
automático y se fue a la fiesta que había preparado en un bar de Gràcia.
Desde aquella noche soñé en ser como mi tío y a pesar de que en mi casa sólo se le
nombraba para comentar que no sentaría nunca la cabeza, siempre esperé que me
viniera a buscar para un nuevo estreno. Sin embargo, le perdimos la pista durante más
de dos años hasta que mi madre me avisó de que había muerto.
No me enteré de que había sido un suicidio hasta mucho más tarde, cuando ya no quería
ser director de cine y apenas lo recordaba.
Lo que siempre tuve en mente, otra cosa es que lo interpretara bien o mal, es su consejo
mientras íbamos al estreno: Sant Andreu es un barrio para llevar una vida convencional.
Y conformarse con una vida triste en un barrio triste es lo último que debes hacer.

25

9.
Como suele ocurrir con las desgracias, ya se me habían anticipado de diversas maneras.
El primero en avisarme de que me estaba alejando de mí mismo fue el Migue. Había
quedado en su peluquería, en mi antiguo barrio, para que me cortara el pelo. En realidad
era una excusa para charlar con él, ya que por unas cosas o por otras siempre acababa
postergando un encuentro. Me daba pena decirle siempre que estaba ocupado y, a fin de
cuentas, el tiempo de ir al barbero era tiempo perdido. Con el Migue había compartido
los años de colegio en Sant Andreu y últimamente algunos partidos de baloncesto. Visto
desde la distancia, había sido mi mejor amigo hasta la adolescencia, a pesar de los años
del instituto en Alicante. Lo mismo debió de pensar él cuando se tomó la molestia de
localizarme por Internet. De eso hacía unos meses, y a pesar de que cada vez iba más
sobrecargado de problemas, contestaba a casi todos sus mensajes. Escribirme con él era
una manera de ajustar las cuentas con mi parte nostálgica. Además, disfrutaba al
encontrármelo tan sereno, casi un filósofo a pesar de no haber salido nunca del barrio y
de tener un trabajo tan poco dado a la apertura de mentes. Apreciaba, sobre todo, que
hubiera dejado atrás su papel de pepito grillo, que tanto me fastidiaba de adolescente.
Aquella tarde, en su local de Sant Andreu, insistió en afeitarme y cortarme el pelo
gratis. La charla también corría de su cuenta. Entonces ya estaba demasiado ocupado en
buscar el botón del ascensor que me ayudara a salir del pozo. Sólo que no era consciente
todavía de en qué nivel del sótano en el que me encontraba.
Primero me insinuó que ya no quería nada con los viejos amigos. Medio broma o medio
en serio. Todavía no lo sabía. Continuó regañándome por haber dejado de ir a entrenar.
Y dejó caer... en fin, mejor escucharlo a él:
—Te encuentro distinto, Pep, muy cambiado, pero que mucho —sin anestesia—. Y no
es porque hayas aumentado de peso, tampoco lo digo por esa manía que te ha entrado
ahora de dejarte crecer los cuatro pelos que te quedan. A los calvos, la cabeza os queda
mejor rapada, eso es así.
—Hombre, Migue, si quieres ser mi estilista, no te preocupes, que ya vendré más a
menudo –le contesté de buen humor a pesar de que me pareció que se había pasado de
serio con el tono. Seguramente me encontraba susceptible–. ¿Y en qué me notas tan
cambiado aparte de la calva y los kilos de más?

26

Vi a mi amigo reflejado en el espejo con el rostro turbado. Dejó el peine y las tijeras en
la encimera cubierta de tarros y pelos, y abrió una navaja antigua. Me dio la sensación
de que la navaja y sus dedos bailaban un vals diferente.
—Pep, que somos colegas de toda la vida, que sabes que me daría de hostias con
cualquiera, que aunque sigo aquí en Sant Andreu y tú ya no te pasas por el barrio, nunca
hemos dejado de ser amigos. Que eso lo sabes, tío –me dijo a través del espejo, mientras
la navaja empezaba a rasurarme con tibieza el contorno de la oreja izquierda.
Me temblaron las rodillas. Intenté controlarme con tal de que no me arrancara la oreja.
—Sí, sí, Migue, pero dime por qué me ves tan distinto. Hazme el favor, que me estás
poniendo nervioso —le dije más intranquilo por el movimiento azaroso que iba
tomando la navaja entre los dedos de su mano que por el significado de sus palabras.
—Pues eso, que le das muchas vueltas a las cosas, que te veo apagado, que pasas de
hacer deporte, todo eso… —replicó airadamente, tanto que me hizo un pequeño corte al
mover la mano para acompañar la frase.
El Migue se sorprendió al ver la sangre y pidió disculpas mientras corría hacia el
botiquín. Sentado junto a la puerta esperaba un señor mayor. Demasiado entretenido
con la chica de la portada de Interviu. Ni se enteró.
Supongo que fue la certeza de que me iba a volver a cortar lo que me hizo estallar. Así
que le grité algún improperio y me froté la herida con una de las puntas de la capa
peluda.
—Joder, Migue, que me vas a degollar con los putos nervios. Aquí nadie ha cambiado,
coño. Mi círculo es distinto al tuyo, y si no nos hemos visto es porque he estado muy
liado. Si me llamas, vengo, ¿no es verdad?
Migue ya estaba de vuelta con el algodón y un tarro de alcohol en la mano. Enseguida
se puso a limpiarme la herida. Mientras me pasaba el algodón empapado en alcohol por
el cuello, estaba muy serio. Parecía muy ofendido. Se me ocurrió sonreírle al espejo más
por cortesía que por otra cosa: vamos, tío, no pasa nada (supongo que sonó forzado)..
—Sí, hombre, sí, que eso ya lo tengo asumido: tú y yo sólo nos podemos cruzar aquí en
el barrio, siempre que yo te llame. No conozco a tu mujer ni me has invitado nunca a tu
casa, por eso, porque somos no de círculos, sino de mundos distintos.
Aquello me puso histérico.
—¿Eso es lo que crees? ¿que soy un snob? ¿Un pijo de mierda? ¿Para eso me montas
todo esto de que he cambiado?
27

Mi viejo amigo dejó de intentar restañar la herida, se puso erguido, con la frente alta, y
me habló a través del espejo, como si en realidad se dirigiera a un hipotético consejo de
sabios en la barbería.
—Pep, no te lo tomes a mal, a mí me parece bien que cada uno sea como es —adoptó
un tono conciliador, aunque seguía con la misma canción—, pero te pongas como te
pongas: has cambiado. La seguridad, el empuje y esa vitalidad, falsa o verdadera, se te
han escapado por alguna parte. Te has vuelto más reservado, más plomizo... Que te
conozco, joder.
Tiré de las juntas de velcro con fuerza y arrojé el trapo al suelo forrado de pelos y caspa.
Inmediatamente después, grité que ya tenía bastante y me levanté dispuesto a irme. Ni
siquiera me importó que sólo me hubiera recortado la parte de las sienes y una de las
patillas. Antes, de pie junto a la puerta, quise dejar las cosas claras:
—No sé de qué me hablas, vengo a relajarme un rato con un viejo colega, y ¿qué me
estás contando, que soy otra persona? ¿Tienes alguna pista para ver si yo también me
encuentro? ¡Eh! Responde, hombre, ¿quién soy?
Me sacó de quicio. Por eso le grité y el Migue se encogió de hombros, sin rehuirme la
mirada, como si estuviera delante de un caso sin remedio. Aquella forma tan
condescendiente de tratarme me hizo cabrear más. Lo miré con odio, lancé el segundo
exabrupto, supongo que otro “me cago en la puta” (no soy de tacos y, por tanto, no
empleo una variedad importante), y me largué. Al Migue le dolió este gesto, estoy
seguro, pero, cómo explicarlo, en aquel preciso instante de mi vida vivía con la tensión
al máximo y, para ser sincero, no estaba acostumbrado a que la gente me dijera lo que
realmente pensaba sobre mí.
Aquella noche mi Peppación fue a peor. En mitad de una cena familiar, Silvia, delante
de mi hermana y mi cuñado, me dejó de una pieza acusándome: yo no me parecía ni en
pintura al chico vitalista del que se había quedado prendada unos años antes. Nadie
respondió al comentario y yo me quedé mosqueado, más por la reprimenda en público
que por el mensaje. A decir verdad, no me fijé en los ojos acuosos de Silvia. Nada más
marcharse mi hermana Esperanza y su marido, se lo recriminé. Pero, ella, fiel a su
estilo, se armó de entereza, se tragó las lágrimas y me dejó sentado en el sofá con una de
sus advertencias: haz algo para cambiarlo y, añadió, no te lo tomes como una obsesión,
por favor, que nos conocemos. Se fue al dormitorio y me quedé recogiendo los restos de

28

la cena intentando cauterizar las heridas de una jornada en la que parecía haberme
lanzado por un tobogán de minas antipersona.
A los pocos días empezaron los dolores de barriga, los pálpitos en la cabeza, el
insomnio improductivo y un montón de molestias en los huesos y las articulaciones.
Félix, el médico de cabecera que me visitaba desde hacía tres años me lo advirtió:
—Escucha, Pep, no puedo darte cita con el psicólogo hasta dentro de un mes, pero algo
he leído de esto y, no te miento, tú tienes una ansiedad tan agarrada ahí adentro que
como no la sueltes, se convertirá en depresión.
—Un poco de estrés, como mucho –le repliqué.
—Que sí, hombre, que trabajas demasiado y por eso enfermas cada dos por tres —
estuve a un tris de protestar, pero me lo pensé dos veces y tenía razón—. Yo te doy la
baja, tú te replanteas todo lo que creas que no funcione y, sobre todo, aprendes a
disfrutar de los placeres de la vida.
—Imposible —le dije antes de levantarme y abandonar la consulta—, ahora tengo
mucha responsabilidad en la editorial. Toda la publicidad depende de mí.
Menudo iluso, debió de pensar, se va a ir a pique sin remedio por su trabajo de tres al
cuarto. Cuando regresé de la mutua, Silvia se preocupó por mi estado y le mentí sin
dudarlo: un virus, nada grave. ¿Cómo me iba a arriesgar a que aprovechara mi
minusvalía temporal para atacarme? La verdad es que se lo tragó, y aprendí a callarme
la cantidad de síntomas que me estropeaban el día a día. Sin darme cuenta, en apenas
tres o cuatro semanas, le tomé asco a muchas situaciones, lugares y personas que antes
apenas me molestaban. Sobre todo, a los centros comerciales.
Pienso en la muerte en cuanto piso uno, y en los baños de los multicines de los centros
comerciales, me dan ganas de llorar. Mi lista de las fobias se ha hecho interminable.
Imposible volar en avión, por ejemplo. No puedo dejar nada al azar, todo debe estar
planificado, como esas vacaciones en un complejo turístico: lo reservé por Internet sin
pensármelo dos veces (Silvia no lo sabe todavía). Al cabo de dos meses me vi tomando
hierbas con efectos tranquilizantes a escondidas, hasta que descubrí en una comida
familiar, la de cada dos domingos, que mi madre tomaba unas pastillas que salían en
todas las películas, Prozac. A partir de entonces, hice lo posible por pasarme más a
menudo por su casa, a pesar de que se habían instalado en la costa, cerca de Blanes, y
me llevaba casi tres horas ir y volver. Además, mi relación con mi madre seguía siendo
mala. No me perdonaba que me hubiera casado, en su opinión, con la primera que me
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echó el guante. Pero no hay mal que por bien no venga, o eso dicen los que han perdido
la esperanza.
Una de las veces mi madre me pilló robándole pastillas del cajón de su mesita de noche
y, sin decirme nada, se encerró en el cuarto de baño y salió con una caja entera. Me la
dio sin pedirme explicaciones y, a partir de entonces, se encargó de que nunca me
faltara mi dosis mensual, de Prozac, o de las pastillas que a ella le recetaran.
Los primeros días me estuvo llamando al móvil casi cada día. Estaba preocupada. Tanto
que dejé de ir a Blanes para no enfrentarme a sus abrazos que me dejaban sin aliento.
No estaba acostumbrado y temía que en su vehemencia se enterara toda la familia. La
pobre no desistió y me llegó a enviar un par de cajas por Correos, pero cuando vio que
no le contestaba las llamadas perdidas, debió de enfadarse y, aparte de poner a mis
hermanas en contra, dejó de enviarme las medicinas.
Poco después empecé a ir al psicólogo de la mutua. A las dos visitas infructuosas, me
derivó a una psiquiatra, que me mandó una lista enorme de medicamentos sin que
apenas pudiera contarle nada sobre lo que me pasaba. En la tercera visita, el psicólogo
sustituto coincidió conmigo en que la psiquiatra debería haberme escuchado, pero nada
más, y a mí me parecía una pérdida de tiempo que aquel señor se limitara a escucharme
sin cortarme, sin decirme cómo narices se curaba la ansiedad generalizada, el trastorno
obsesivo compulsivo y todas las enfermedades que me iba sacando. Lo volví a visitar y,
ante mis quejas, me pasó una ristra de folios mal fotocopiados con consejos para ver el
vaso medio lleno, marcarme objetivos sencillos, apoyarme en los míos, cultivar
ilusiones, controlar las respiraciones, etc. Ya no volví a verlo más.
Silvia no se llegó a enterar de que dejé al psicólogo plantado. Sólo me faltaba una
bronca o, peor aún, su cara de decepción. Sin embargo, quería atajar el problema y de la
noche a la mañana me descubrí leyendo fragmentos de libros de autoayuda que surgían
de las estanterías de Silvia como si manasen de una fuente.
Mientras los leía, a escondidas por supuesto, me sentía relajado. No sabía nada sobre el
autor, me bastaba con que nombrara la ansiedad, el estrés o la paz interior en el título.
Entre las medicinas y los libros de Silvia, que nunca terminaba, caí en la trampa al
creerme que el estrés era como una gripe común que se iría sola y que aliviaría con
consejitos de la abuela bien hilvanados. Un verdadero error porque aquello que me
estaba pasando era solamente el olor a azufre de un volcán a punto de erupcionar.

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Así que fui a peor todavía porque dejé al psiquiatra y me quedé con sus pastillas y, de
noche, para consolarme de que no era el único que se había dado cuenta de que el
mundo estaba tocado de muerte, consumía documentales y reportajes basados en
decenas de teorías de la conspiración. El resultado fue que me convencí de que los
estadounidenses habían demolido las Torres Gemelas y que estaban preparando una
monedad común, el amero, para llevar la globalización a su último extremo. También
supe los entresijos de las organizaciones que gobernaban el mundo, como el club
Bilderberg, y entre estas y otras pruebas acientíficas aprendí a trasnochar más de la
cuenta con una extraña sensación en el cuerpo, una especie de inseguridad compartida
con el mundo.

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COMUNICADO 2
La tragedia del metro de Barcelona va arrojando nuevos datos. Al parecer, uno de los
dos implicados en la explosión se trata de Josep Grande, un varón de 32 años. En sus
pantallas pueden ver una imagen reciente de este joven director comercial rodeado de
sus compañeros de trabajo en una conocida editorial catalana.
Las hipótesis de que se trate de un atentado van cobrando fuerza, sobre todo tras la
última acción de Al-Qaeda en Oporto. Sin embargo, el delegado del Gobierno ya ha
advertido de que es pronto para buscar culpables a pesar de la psicosis creada a partir de
los últimos atentados en grandes ciudades europeas. Estas manifestaciones han
disparado todo tipo de rumores: según expertos en lucha antiterrorista, cobra fuerza la
posibilidad de que Al-Qaeda haya cometido otro atentado. Asimismo, operarios del
metro afirman que podría haber muchos más muertos aún por identificar. Les
seguiremos informando en próximos boletines informativos.

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10. DÍA 5, ALGO MÁS TARDE
Hundido en el sofá, esperé a que Silvia se levantara de la cama y mostrará una pizca de
preocupación por mí. Mientras, los minutos transcurrían con una terquedad torpe e
inexorable hacia las ocho. El quinto día acababa de reventar y sólo podía evitar que
fuera a peor. Las consignas era intentar salvar el puesto de trabajo y mi relación con
Silvia. Lo repetí en voz baja: hay que hacer algo, hay que actuar.
¡Las ocho! Más valía que me diera prisa para llegar a tiempo a la oficina.
Como poseído, me armé de valor, me vestí con la misma ropa que la última vez que
había salido a la calle y, sin mirarme al espejo, salí rumbo a la editorial.
De repente me alivié al recordar un capítulo de un libro de Silvia. Se titulaba Líbranos
de la ansiedad, estrés y, aparte de su ridículo título, recalcaba la necesidad de
marcarnos objetivos sencillos y avanzar poco a poco. Un mensaje claro y directo
repetido a lo largo de todo el libro. Por el momento funcionaba: me concentré en llegar
a la siguiente esquina, y luego a la siguiente hasta la boca de metro.
Antes de llegar al metro, una señora obesa me entorpeció el camino por la diminuta
acera y, al querer adelantarla, un señor con traje me arrolló sin contemplaciones. Desde
el suelo vi, para mi asombro, cómo el tipo del traje desaparecía sin preocuparse de mí y
la señora seguía su rumbo.
Me levanté y eché mano del móvil. Un mensaje urgente en el buzón de voz. El brazo de
derecho de la jefa me impelaba a una reunión vital. Lo llamé, claro, pero sólo escuché
su voz: ¿sí, eh, eh? ¿Diga?
Me mareé antes de alcanzar la boca de metro. Y de nada me sirvió fijarme en mis
andares ni en la forma de caminar de los demás. Más que nada porque a la que me
detenía un segundo me llevaba empujones y pisotones.
Al intentar acceder al metro constaté que la Humanidad entera se había vuelto loca.
Hasta tres personas me empujaron cuando intentaba acceder al torno con destino a los
andenes.
Luego en el vagón del metro, quise ver a Montse, mi compañera y subordinada en el
trabajo, pero nadie me dejó pasar a pesar de mis protestas y empecé a olerme una
conspiración.
Cuesta arriba, ya en territorio rico barcelonés, comprobé que el quiosquero, al que
saludaba cada día, me ninguneaba y, al llegar al portal, el portero pasó por delante de mi

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atribulada presencia con el mango de la fregona sin darme los buenos días a pesar de
que todas las mañanas me decía: “Hola don Pepito”.
EL METRO

A pesar de mi intención de permanecer fiel a las notas, tengo que reconocer que para ir
al trabajo no tomaba el metro. Pero, no me pareció adecuado marear al lector
explicándole que en Barcelona hay una red muy pequeña de ferrocarriles que realizan la
parte del recorrido que atraviesa el casco urbano por debajo de la tierra. En el fondo,
funcionan como el metro, pero sin apenas turistas.
Y la verdad es que no tengo nada bueno que decir sobre ese medio de transporte. El
metro crea ilusiones: te hace recorrer barrios enteros sin nada que ver entre ellos para
que te formes una idea falsa, en este caso, la de Barcelona heterogénea, Pepol de razas y
culturas.
Es mentira y supongo que ocurre en otras muchas ciudades. La realidad es que cada
barrio, y cuanto más hacia la periferia mejor se percibe, tiene entidad propia. Y si viven
catalanes de pura cepa, por ejemplo, no encontrarás andaluces; si hay negros, habrá
pocos chinos, y al contrario.
Mi tesis: el metro une cualquier punto de Barcelona (relativamente) con el Liceo. Pero,
no encontrarás ni un gitano ni un musulmán ni un negro ni un chino en la platea de la
ópera. No creo que tampoco se encuentren en las localidades sin visión. Allí vamos los
catalanes de clase inferior cuando sale una oferta en Internet y alguien se empeña en
escuchar una buena ópera.
El caso es que el viejo Pep consideraba que el metro era una maravilla, una forma barata
y rápida de conectar toda la diversidad barcelonesa. Ahora no. Ni siquiera resulta útil
para un comercial: los clientes de un producto cualquiera suelen vestir ropa similar,
ganar sueldos idénticos, compartir creencias y, por tanto, compartir barrios.
Son guetos. Y el metro te engaña, porque al decirte que no hay barreras, al llevarte por
la oscuridad de los túneles, te está metiendo la pelusa de la realidad, incluso la mierda si
viene al caso, por debajo de una alfombra, que por cierto ya no resulta tan barata ni tan
rápida.

34

11.
A Maties el portero parecían preocuparle más unas manchas en la puerta del vetusto
ascensor que mi presencia. Así que decidí no molestarlo y subir por las escaleras. Sólo
era un segundo piso, con principal y entresuelo, o sea, un cuarto. A pesar de que me
consideraba invisible, mis pasos resonaban fuerte en el hueco de la escalera, así que
traté de subir despacio.
En mitad de la ascensión, sonó el móvil dos veces, pero el telefonito se escurría tras la
cartera cada vez que alargaba los dedos dentro del bolsillo del pantalón. Al final, lo
saqué, y lo desplegué sin saber quién era. Me lo llevé al oído y Silvia se dirigió a mí
como si estuviera delante del contestador: estaba enfadada, que por qué no lo había
cogido antes. Que comprase el pan al volver, añadió antes de colgar. Me preparé para
mi derecho a réplica, pero ya no había nadie al otro lado. Al menos me animó pensar
que no estaba muerto. De lo contrario no me habría llamado.
Reemprendí la subida hasta el rellano del segundo (el falso cuarto) y me quedé plantado
delante de la puerta imaginando qué ocurriría en unos minutos. De repente, estaría
sentado al ordenador y aparecería la directora de la revista, que como de costumbre,
sería la última en llegar, y me preguntaría: “¿cómo vamos de publicidad?”. Entonces
dudaría entre decirle “igual que ayer por la tarde” o mandarla a la mierda con cariño.
La puerta no se iba a abrir sola por más que lo deseara. Piensa en presente, me dijo
Silvia el domingo pasado, cuando le confesé que no era feliz. En realidad fue ella quien
interpretó que yo no era feliz. Lo único que le dije es que desde hacía un tiempo no
dejaba de hacerme preguntas, tantas que se me borraban las pocas respuestas claras que
me quedaban. Ella se largó a hacer no sé qué al instituto. Me quedé con toda la tarde del
domingo por delante y descubrí que el presente por sí mismo podía ser muy tediosa.
De vuelta a la realidad, probé suerte empujando la puerta. Tras un golpe seco con la
rodilla cedió. A pesar del dolor en el hueso, estaba contento por la facilidad con la que
la había abierto hasta que mi cerebro me volvió a boicotear: Pepet, eres un esmirriado.
Así que considéralo: o han dejado la puerta mal cerrada o te están esperando para que
caigas en la red como un pajarito.
Por si acaso se trataba de la segunda opción, ensayé una sonrisa antes de entrar. La
recepcionista, cabizbaja en su sillón, parecía absorta en la lectura de un novelón. Le
dediqué uno de los saludos de Pep, el comercial del buen rollo, el de los viejos buenos
tiempos. En lugar del gritito habitual me salió una especie de eructo. Ridículo pero
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audible. Aunque la recepcionista no levantó la cabeza del libro. Repetí el gritito, esta
vez bien, ¡Buenos días por la mañana!, pero ella siguió sin inmutarse.
Ya sin la sonrisa de idiota, me acerqué al despacho donde competimos codo a codo
todos los comerciales. Montse tenía la cara pegada al monitor. Gisbert no estaba. Al
fondo, Horacio el maquetista movía la cabeza con los auriculares puestos mientras
parecía divertirse con algún e-mail. Cuento con detalle mi entrada en la oficina, porque
en realidad en ese momento fue cuando más me alarmó el asunto de la invisibilidad.
Una cosa es pasar desapercibido para la gente de la calle y otra muy distinta que tus
compañeros de trabajo, los que te tratan a diario, te hagan el vacío.
Más inquieto que enfadado por la falta de consideración, grité “bon dia”, pero nadie se
giró. Repetí la jugada. El mismo resultado. Por consiguiente, me quedé paralizado bajo
el dintel. De repente, empecé a dudar de que mi voz se escuchara, e incluso de que ese
sonido existiera más allá de mi cabeza. Una especie de mareo me hizo tambalear. Sentí
que aquel lugar se venía abajo: las vigas del edificio, de todos los edificios de oficinas
de la zona pija de Barcelona se estaban pudriendo y me iban a enterrar en el anonimato
para siempre. “A la mierda”, pensé, y maldije en voz alta a mis tres compañeros. A toda
prisa, volví a pasar por delante de la recepcionista, pero tampoco esa vez levantó la
cabeza. Aceleré aún más el paso, y a punto de cerrar la puerta escuché un chasquido.
Entreabrí la hoja y miré en el suelo: alguna parte de mi cuerpo había derribado el jarrón
favorito de la jefaza. Estaba hecho añicos. A pesar de que era feo con avaricia, el jarrón
presidía la recepción desde antes de convertir los dos pisos señoriales en una oficina
mastodóntica. Supuse que la recepcionista habría dejado el novelón por un instante al
temer que el estallido del jarrón significara su despido. Se rumoreaba que allí reposaban
las cenizas del primer marido de la gran jefa. Siempre había pensado que era una broma
macabra, pero... ¿y si era verdad? Por si acaso, cerré la pesada puerta de golpe y huí
hacia el ascensor. Todavía me encontraba en el rellano cuando escuché mi nombre
pronunciado con angustia: “¡Pep!, ¿pero qué coño has hecho?”. Era la voz de la
recepcionista. Había dejado de ser invisible, pero… ¿tenía que ser justo ahora?

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