Ilustrado por: José Luis Suárez Sánchez El más eterno y el más azul de mi vida

La insignificante sombra de sus manos rozándose le parecía lo más valioso de su vida. Por un segundo apretaba fuerte los dedos de los pies como si con ello liberase toda la fuerza que no podía con un grito de felicidad. Ahora Martina soñaba con llegar a sonreír como entonces. Miraba desde su ventana pasar las nubes y soñar... que la playa se llevaba en una ola todas sus preocupaciones y las arrastraba mar adentro. Y que en la arena volvería a ver la sombra de sus manos, con las ganas de alcanzar la suya de una vez, atreverse a entremezclar sus dedos. “Vamos, señorita, no llore por lo que se fue, sonría porque sucedió” le repetía Guillaume todas las mañanas, cuando dejaba el desayuno en su cómoda. Giraba la cabeza levemente hacia el criado y sin levantar la mirada de la moqueta volvía a fijar su vista en el horizonte marino. La voz de Carles cobraba vida y volvía a su cabeza en cada parpadeo. Solo él sabía mirarla como un eclipse, ardiendo, la hacía despertar sin haber estado siquiera en su habitación, la besaba en la frente cuando solo era un recuerdo que venía a su presente por un instante, y ella sonreía, entre abrazos que se morían por volver. “Los cuentos de amor más bonitos se van a escribir con nuestra historia”. Cartas entrelazadas como sus manos a la orilla del mar, llenas de sentencias como esa, le taladraban las entrañas cuando volvía a recordar su ausencia. Se acordaba de todas y cada una de las miradas cómplices y las palabras que aquel marinero un día le había regalado, ruborizando una tez que ahora solo empalidecía con el paso de los días. “¿Sabes porqué me enamoré de ti? Porque

tu nombre empieza por Mar, y cuando no esté contigo estaré zarpando sobre él. Así siempre estaremos juntos”. Cincuenta años de flores marchitas esperando que su marinero catalán las recogiese del jardín para ella. Con sus dedos escribía en la arena un siempre en todos los idiomas que podía, antes de que una ola lo borrase como hizo con el amor de su vida. Y cada quince de septiembre volvía a aquel muelle con un ramillete de violetas a ver los barcos llegar, por si de alguno desembarcaba Carles y despertaba de su eterno sueño sin él. En los últimos años Guillaume le ayudaba prestándole su brazo, se apoyaba y poco a poco arrastraba sus blancos pies por las callejuelas que bajaban hacia el puerto. Hacía más larga la caminata por lugares estrechos, donde en los rincones se había besado con Carles hacía media centuria. Se ponía un vestido azul, como el mar, para que al bajar él por la escalinata del buque se le reflejase en la cara y tras sonreír le susurrase aquel “Así es como me gustas: de azul mar, tan eterno como tú”. Y desafiando al oleaje, miraba el mar con valentía, con los ojos empapados en salitre y lágrimas ya caídas que parecían volver a nacer en su mirada. Hablaba con las olas, y parecían no contestar. Cuando observaba a todas las parejas abrazarse, los reencuentros, las risas, a cada cual le volvía su rostro más lleno de entusiasmo. “Vamos, señorita, este año tampoco podrá ser...” Martina daba la vuelta lentamente con resignación y cuando Guillaume insistía en arrastrarla otra vez

a tierra firme, se resistía. Ya sólo sabía llorar por dentro. Y una mañana de septiembre, cuando los barcos llegaron a puerto, Martina no se presentó en el muelle para esperar a Carles. El último compás de su corazón había sonado con el nacer del sol, y una sonrisa de las que Guillaume le pedía, sellaba su boca pálida. Las arrugas de su anciano rostro se habían ido. Olía a tostadas en su cómoda y desayunó mirando el mar sin dejar de sonreír. Se puso su vestido azul y sus pies, ligeros de pronto, la llevaron por toda la habitación, como levitando. Recogió todo a su paso y salió por la puerta de atrás al jardín. Las violetas brotaban en su pecho y las arrancó, las llevó con un lazo blanco en su mano y en la otra el corazón que le latía de nuevo sin parar. Los barcos zarpaban de nuevo y en el muelle solamente se escuchaba la brisa del mar. Bajó hasta la playa y sus pies descalzos se acercaron a la orilla. Caminando hacía el agua, hizo una parada y escribió en la arena Siempre, como lo haría cincuenta años atrás. Y el agua se la tragó poco a poco, como las letras que había dibujado con su mano. Y cuando creyó haberse cubierto por completo, oculta entre las olas con su vestido del color del mar, soltó el ramillete de violetas. Una mano las recogió una por una y con una sonrisa se las brindó de nuevo en su regazo, una sonrisa de marinero catalán que esta vez nadie podría alejar de ella. “Así me gustas: de azul mar, tan eterno como tú”.

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