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Si esto es un hombre, de Primo Levi


Autor Julien Sorel
domingo, 25 de febrero de 2007

Si esto es un hombre Primo Levi


TítuloSi esto es un hombreAutorPrimo LeviEditorialMuchnikPáginas212Año de edición -TraducciónPilar Gómez Bedate
Quisiera en primer lugar efectuar una confesión, sospecho que no del todo políticamente correcta: siento repulsión por esos
personajes pusilánimes que hacen de su desgracia una declaración de principios, una bandera.
Me resultan especialmente indigestos aquellos relatos de judíos, ambientados durante la segunda guerra mundial, del
tipo La lista de Schindler o El pianista, donde la principal preocupación parece ser la de reflejar la desmesurada bondad
del pueblo hebreo y los enormes padecimientos que le fueron infligidos.
Los nazis se bastan ellos solos para retratarse. Una ideología que se nutre de lo peor del ser humano sólo puede dar
como resultado la más absoluta bazofia.
Pero, ¿qué opinar de las víctimas? Se encaminan a su final con una resignación más propia de una res que de un ser
humano. Cada uno ve como apalean a su vecino y mira para otro lado, preocupado sólo en salvar su pellejo.
Pienso que detrás de esa sumisión subyace un profundo egoísmo. Un egoísmo que me irrita hasta la exasperación. En el
fondo se hacen merecedores de su destino. El holocausto, en los términos en que se llevó a cabo, sólo es posible con
individuos así. Un hombre no es un cordero y no puede comportarse como tal: debe rebelarse contra su agresor,
organizarse con su vecino y luchar. Tiene la obligación moral de vender cara su piel.
No entiendo, ni perdono a los cobardes. Por su culpa el mundo resulta tan pestilente. “De vegades la pau no és
més que por” cantaba Raimon allá por los años setenta. Creo necesario realizar esta declaración previa para
explicar por qué me acerque al texto de Levi con la mayor de las precauciones. Es más, no lo hice voluntariamente,
vino a mí por casualidad. Estudio italiano y el libro cayó entre mis manos en su lengua vernácula. Empecé a leerlo sólo
para ejercitarme en el idioma.
Para sorpresa mía, el texto me atrapó desde su inicio. Línea a línea, fui dejando a un lado todos mis prejuicios iniciales y
acabe sintiendo como propias, haciendo mías, todas las vivencias que su autor había rescatado para evitar que cayeran
en el olvido: la crónica de un ser humano en su particular descenso a los infiernos.
El relato de Primo Levi se ocupa del periodo de su vida en que fue detenido y deportado en 1944 al campo de
concentración de Auschwitz, en la Polonia ocupada por los nazis, donde sobrevivió desempeñando trabajos de laboratorio
hasta que, diez meses más tarde, el campo fue liberado.
Poco a poco, de manera imperceptible, Levi va tomando posesión de nuestra persona y empezamos a sudar por su piel,
a sufrir sus incertidumbres, a experimentar sus miedos. Y de repente, se opera el milagro y se produce la transmigración:
Levi soy yo; Levi eres tu; todos somos Levi. Lo importante de una narración, no es tanto que sea cierta, sino que sea
verosímil. Muchos personajes surgidos de la pluma de un gran escritor resultan más cercanos, son más reales, que la
mayoría de nuestros compañeros de trabajo.
En el caso que nos ocupa, a la portentosa capacidad narrativa de que hace gala el autor, se añade el aliciente de que
los hechos son absolutamente verídicos. Constituyen un documento de primera mano sobre uno de los acontecimientos
más vergonzantes que ha conocido la historia de la humanidad.
Los episodios que la novela va desgranando ultrapasan los límites de la literatura para entrar a formar parte de la historia
contemporánea. La calidad de la prosa es deslumbrante. Las cifras que conocemos, por ejemplo, los millones de
muertos en los campos de exterminio, palidecen ante el poder evocador de las imágenes.
Tómese como ejemplo el párrafo donde describe la vigilia de la partida hacia Auschwitz: “Cada uno se despidió de
la vida del modo que le era más propio. Unos rezaron, otros bebieron desmesuradamente, otros se embriagaron con su
última pasión nefanda. Pero las madres velaron para preparar con amoroso cuidado la comida para el viaje, y lavaron a
los niños, e hicieron el equipaje, y al amanecer las alambradas espinosas estaban llenas de ropa interior infantil puesta
a secar; y no se olvidaron de los pañales, los juguetes, las almohadas, ni de ninguna de las cien pequeñas cosas que
conocen tan bien y de las que los niños tienen siempre necesidad.”
Ese obstinado canto a la esperanza en un entorno completamente hostil, simbolizado por esa ropa tendida en las
alambradas, esa apuesta por la vida que más tarde los hechos se encargarán de refutar, resulta más impactante que
diez tratados de historia. Primo Levi, influido tal vez por su formación científica, se limita a enunciar los hechos a modo de
inventario. En ningún momento enfatiza sobre ellos. No lo precisa. Resultan aplastantes, incontrovertibles.
Esto es lo que distingue este trabajo del resto de testimonios sobre los campos nazis y de la abundante literatura nacida
a partir de esta situación histórica.
Ni hay victimismo, ni su mirada trasluce odio hacia sus verdugos. Confía en la inteligencia del lector para extraer sus
propias conclusiones.
Con la frialdad de un entomólogo, su pluma va destilando la sucesión de los acontecimientos. El resultado es demoledor:
su simple exposición muestra una maldad sin límites y deja, a su vez, a los agresores en el más profundo ridículo.
A pesar de estar escrito en primera persona, toma la suficiente distancia con respecto a los hechos que está relatando,
que su narración no parece nada subjetiva.
Durante todo el relato Levi se sorprende, y nosotros con él, de la maldad gratuita, de la cotidianidad del mal de que
puede ser capaz el ser humano:
“Allí nos esperaba el tren y la escolta para el viaje. Allí recibimos los primeros golpes: y la cosa fue tan inesperada
e insensata que no sentimos ningún dolor, ni en el cuerpo ni en el alma. Sólo un estupor profundo: ¿cómo es posible
golpear sin cólera a un hombre?”.
Una infinita tristeza se va apoderando del ánimo del lector, una tristeza que llega en algunos momentos a resultar
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insoportable.
Debo hacer una íntima confesión. En muchos momentos del texto he sentido unas enormes ganas de llorar, de estallar en
un llanto sordo, incontrolado y caudaloso. No, no me creáis poseído de una especial emotividad, con muy pocos otros
textos me ha ocurrido. En realidad, sólo recuerdo otros dos.
Valgan como ejemplo, las palabras que le transmite un compañero más inveterado para aleccionarlo en la lucha
cotidiana por mantener la dignidad:
“Que precisamente porque el Lager es una gran máquina para convertirnos en animales, nosotros no debemos
convertirnos en animales; que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo,
para dar testimonio; y que para vivir es importante esforzarse por salvar al menos el esqueleto, la armazón, la forma de la
civilización. Que somos esclavos, sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura,
pero que nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de
negar nuestro consentimiento. Debemos, por consiguiente, lavarnos la cara sin jabón, en el agua sucia, y secarnos con la
chaqueta. Debemos dar betún a los zapatos no porque lo diga el reglamento sino por dignidad y por limpieza. Debemos
andar derechos, sin arrastrar los zuecos, no ya en acatamiento de la disciplina prusiana sino para seguir vivos, para no
empezar a morir.”
Ante la entereza de estas declaraciones, resulta difícil no sentir un nudo en la garganta. El texto suscita un sinfín de
preguntas sin respuesta, de reflexiones que van más allá de las coordenadas históricas objeto del relato. Interrogarnos,
por ejemplo, sobre la verdadera esencia de la naturaleza humana, sobre la utilidad real de la cultura.
Todas las optimistas ideas sobre el progreso científico y moral del hombre que vinieron de la mano de la Ilustración yacen
sepultadas entre los muros del campo de exterminio. Alguien dijo, no acierto a recordar quién, que nada podía ser igual
después Auschwitz. Permitidme una reflexión antes de concluir: no podemos dejarnos engañar con la idea de que la
malignidad en estado puro era algo intrínseco al nazismo, en lo que nosotros seríamos incapaces de caer. Estudios
posteriores sobre la personalidad de los verdugos han demostrado que en su mayoría, con anterioridad a la guerra, no
se habían distinguido por su crueldad y respondían a la imagen de ciudadanos corrientes. Como sentenció Terencio:
"Homo sum; humani nihil a me alienum puto." (Hombre soy; nada de lo que es humano me es ajeno).
Sospecho que mi calidad moral no está muy por encima de la del criminal que apunta al niño con las manos en alto de
la fotografía del ghetto de Varsovia. Por más que me avergüence admitirlo, ese soldado sin alma y yo pertenecemos a la
misma especie. Debo mantenerme siempre alerta para no acabar algún día convirtiéndome en él.{moscomment}

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