“Los jóvenes, un espejo en el que mirarnos” Vigilia de canto y oración

4 de mayo de 2012

Reflexión en torno a Lucas 4,16-19 Esta noche se cumple el Evangelio. Aquí, con nosotros, en medio nuestro, está Jesucristo. Entre los jóvenes y los adultos de nuestra diócesis. En esta parroquia que nos acoge. En nuestra ciudad, y en nuestra tierra. Hoy volvemos a Nazaret y escuchamos su Palabra. Fijamos nuestros ojos en él. Os anuncio la Palabra de Dios, su voluntad y su compromiso con todos. ¡Con vosotros! Os anuncio la vida que viene de Dios. Una vida que nos envuelve y nos transforma. Que nos cautiva y nos renueva. Y, como siempre, sus favoritos… los que están peor. Los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos. ¡Los jóvenes! Todos esperamos el año de gracia del Señor. Todos anhelamos que su salvación impregne nuestra vida y nuestro entorno. Esta noche abrimos los ojos y vemos la realidad frágil de los jóvenes. El paro y la precariedad laboral, la emigración encubierta, la difícil puesta en marcha de proyectos de vida, a largo plazo... constituyen algunas de las cruces de los jóvenes. El resultado es una epidemia de desencanto y desesperanza que impregna toda la sociedad. Jesucristo no cerró los ojos ante el sufrimiento ni perdió la esperanza cuando parecía que nada tenía sentido. Devolvió la vida al hijo de la viuda, a la hija de Jairo, a la niña muerta… Su palabra y su gesto rotundo: ¡No están muertos. Están dormidos! Hoy los jóvenes no están muertos. Quizá dormidos, adormilados por la desesperanza, cautivos del paro, confundidos por un futuro incierto. ¡Levántate y anda!¡Thalita kumi! La mirada y la palabra de Jesús despierta, levanta y remueve. Su voz transforma. Hoy, como ayer, el evangelio se cumple. Siempre se cumple. Sólo hay que abrir los ojos. Y cuando el evangelio se cumple brota la esperanza. Así es Dios, un derroche de vida… que muchas veces no vemos. Hoy miramos a los jóvenes para ver el evangelio realizado en acciones solidarias y en la conciencia ecológica. En la indignación que se compromete con la situación del prójimo. En el interés de cambiar la sociedad desde una participación real, concreta y responsable. Jesucristo es el evangelio realizado. Su vida fue el grano de trigo que dio fruto abundante, la levadura que transformó la masa, la sal que dio sabor de vida. En Jesús vemos la potencia del amor y de Dios. Su indignación contra los mercaderes, su predicación revolucionaria, su perdón absoluto… sus gestos de cariño, entrega y amor… fueron capaces de transformar la realidad. Es el estilo de Dios: cercano, rotundo, utópico… transformador. “Los jóvenes: un espejo en el que mirarnos”. Los jóvenes mostráis la cruz y la esperanza de nuestro mundo. Vuestros problemas nos interpelan. Vuestro futuro nos conmueve. Vuestra vida nos apasiona. Los jóvenes sois el espejo frágil de las falsas seguridades del mundo. ¡Cuántos se han roto! Víctimas de un mundo injusto y de una realidad dura, inmisericorde y agresiva. Los jóvenes también sois un espejo de esperanza y futuro y una llamada a la responsabilidad personal y social. Los jóvenes nos hacéis vivir con más responsabilidad, somos deudores vuestros, os debemos un mañana que se construye hoy. Los jóvenes sois futuro… y presente al que todos nos debemos.

Si los jóvenes sois el espejo en el que mirarnos toda la sociedad. Jesús el espejo en que mirarnos los cristianos. Un espejo que devuelve vida y esperanza, compromiso, apuesta y responsabilidad. Un espejo de solidaridad y futuro. Jesús es el reflejo de Dios. Su presencia con nosotros es garantía de futuro para todos... si nos dejamos hacer por Él. Hoy nos reunimos una iglesia joven. La iglesia siempre es joven y debe seguir siéndolo. Inconformista, utópica, ligera de equipaje... como vosotros. La seguridad de la iglesia es Dios, sólo él. Aunque a veces también tiene debilidades y pobrezas, son las nuestras, las de sus hijos. Todos formamos la Iglesia. Vosotros también, los jóvenes. Una iglesia solidaria y utópica que quiere estar cerca de los que sufren y abrir brechas de esperanza en esta situación de crisis que nos envuelve a todos. Dentro de un rato, cuando salgamos a la calle, buscaremos la luna… su luz es la del sol, su presencia es misteriosa, cautiva y sugerente. Una luz clara en medio de la noche, a veces creciente, otras más pequeña… a veces ni se ve, pero está, siempre está. Así es la Iglesia… su luz no viene de sí misma, su reflejo, su palabra y su acción es la de Dios. Y la luz de Dios es una referencia en medio de la noche para aquellos que buscan, sueñan y trabajan por una vida mejor para todos.

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