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M ístico

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en la

CIUDAD

Un

M ístico

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en la

CIUDAD

/7S

ANTIAGO

c^7TRANEGUI

Diseño de cubierta: Juan Guerra Foto de cubierta: Alberto J. Martínez. Diseño gráfico: Juan Guerra

Primera edición: octubre de 1991

©1991: Santiago Aranegui

Ol'HN R oad PkliSS

2230 South West Calle Ocho Miami, Florida 33135 (305) 643-6893

ISBN: 0-918901-83-9 Library of Congress Catalog Card Number: 91-076221

P k in t k d

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t iii; U n itf.d

S i a t i-.s

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A

m k k ic a

Ninguna partc de esta publicación incluyendo el diseño de la portada puede ser reproducida de manera alguna ni por ningún medio, sin permiso previo di-1 autor.

Este libro está dedicado a mi esposa Mirisela, a mis hijos, a mis estudiantes, y a todos aquellos que están preparados

para el Conocimiento Secreto.

I

UN EXTRAÑO ENCUENTRO

La intención de lo bueno lleva al hombre a encontrarse con su más noble destino

.R ecu erd o

aguardaba aquel día. Caminaba con paso rápido para alcanzar el autobús que me llevaba a mis clases en la Universidad de La Habana. Me encon­ traba a sólo dos cuadras del apartam ento en el barrio residencial del Vedado donde vivía con mi fam ilia. En esos momentos mi m ente estaba enfoca­ da en la prueba académica que me esperaba en el recinto universitario aquella cálida tarde de junio de 1957. De pronto, casi llegando a la esquina donde tomaba el autobús sentí una fuerte corriente eléc­ trica que recorría mi columna vertebral desde abajo hacia arriba". Inm ediatam ente, como un resorte, me volví para enfrentarme con un hombre que me miraba fijamente. Aquel hombre, de unos cuarenta años, corpulento y que vestía guayabera de color blanco y pantalones oscuros, con una am plia sonrisa —como sabiendo lo que en mi interior ocurría - y sin m ás reparos, me

perfectamente la experiencia que me

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S a n tia g o A r a n eg u i

dijo:

—¿Sentiste

el toque de la hermandad?— sola­

m ente

para él; asen tí con m i cabeza en gesto afirmativo.

me quedaba responderle lo que era obvio

Era la primera vez que veía aquel individuo quien, a claras v stas, poseía un poder superior y él lo sabía. Con un absoluto control de sí mismo me dijo algo que ya otras veces me había sido dicho, y ésto que me estaba ocurriendo era como una pai u

m ás del plan de redescubrimiento de un propósito

superior que yo mismo me había impuesto en algún momento del pasado y del que, en aquel instante, aún no estaba com pletam ente claro en mi m ente

conciente. La presencia de este hombre volvía nue­ vam ente a recordármelo. —Eres un ser con una m isión muy especial,

pronto

Sus palabras eran firmes y dulces a la vez, pero me turbaban. Era como si alguien me estuviera vigilando, sin yo saberlo. Me dijo su nombre y su

profesión, pero detrás de su sonrisa yo podía entre­ ver que sabía m ás, pero mucho m ás de mí, que yo

m ismo. Sabía adem ás que aún yo no tenía la sufi­

ciente capacidad y comprensión para confiarme lo que algún día tenía que descubrir por m í mismo.

em pezarás a darte cuenta.

Contaba yo a la sazón dieciocho años y no había sido ésta mi primera experiencia con eso que los hom bres corrientem ente llam an lo sobrenatural

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razón por la que este encuentro no me causó gran

sorpresa. Al

alguien que por vez primera se enfrenta a estas manifestaciones extrañas. Son muchas de estas experiencias las que relataré en este libro que me he decidido a escribir para despertar en muchos de ustedes el conocimiento dormido. Aquel hombre especial era una clave más en el sendero del conocimiento secreto que me esperaba. Se apellidaba Torras, era un Ingeniero que trabaja­ ba en la compañía telefónica cuando no estaba ocupado en lo que para él era lo m ás im portante, su misión espiritual. Brevem ente me dijo que mi aura

(o el campo m agnético espiritual) que me circunda­

ba había hecho contacto con el suyo, el cual era muy fuerte y debido a que había una condición especial de armonía mutua que estaba ocurriendo en otros pianos, s«i me había manifestado en mi cuerpo, al igual que en el suyo, a través del sistem a sim pático como una corriente eléctrica.

m enos la que le hubiera producido a

Al día siguiente --lo más pronto que pude fui a v isita r a mi querida am iga y vecina B ertha Soldevilla, con quien ine unía un fuerte lazo, de esos que los hum anos que viven solam ente en lo m ate­ rial, no comprenden. Algo así, como si viniese de otras vidas anteriores. Debido que ya habíamos sostenido anteriorm ente varias conversaciones so­ bre el tema, le conté mi experiencia con aquel extraño hombre. Bertha me dijo inm ediatam ente

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S an tiag o A ranegui

que lo conocía bien, que sabía de sus grandes poderes síquicos y sanativos y sobre todo de su habilidad de

transm itirlos a distancia. experim entarlos durante

hijo Frank. Bertha Soldevilla es una de las mujeres más

valientes quf hemos conocido, pues a pesar de que sufrió de niña de una poliom elítis m uy fuerte y que tuvo que ser som etida a dolorosas operaciones y largos tratam ientos, logró formar una fam ilia con su esposo Francisco González y pudo tener su hijo, a pesar de las recomendaciones de médicos y fa­ miliares que estim aban que ese parto ponía en peligro su vida. Aquel día mi am iga Bertha me contó algo sobre el extraño personaje de mi encuentro, que aún se me tornaba más enigmático. Su nombre completo era :

Rogelio Torras y se dedicaba a curar a distancia

cuando

Bertha que tam bién había sentido en muchas opor­ tunidades aquella fuerza poderosa proyectada so­ bre ella, me dijo:

— La razón por la que tu sentiste esa fuerte corriente por tu columna vertebral es porque allí reside el sistem a sim pático, el cual funciona como si fuera un cuadro telefónico o de comunicaciones entre las fuerzas que se m anifiestan y que provie­ nen del mundo que podemos llam ar espiritual. Es ésta su expresión en el mundo físico y el ser humano es como el mediador entre estos dos mundos.

Ella m ism a había podido el difícil embarazo de su

no le era posible hacerlo personalm ente.

Un m ístic o

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Nosotros podemos también existir y movernos conscientem ente en el mundo del espíritu cuando logramos desarrollar las facultades necesarias. M uchas de las impresiones internas que nosotros sentim os y que no sabemos de dónde nos llegan, provienen de ese otro mundo y es precisam ente a través del nervio llamado simpático que hacen contacto con nuestra mente subconciente que es nuestra gran mente oculta.

Ese día Bertha tam bién me m encionó a otra persona que igualmente tenía grandes poderes o aún mayores. Se refería a George E. Lord, a quien yo conocería m eses más tarde y quien se convertiría en mi maestro. Ella al referirse a Lord me dijo: « él posee un gran poder curativo y adem ás grandes poderes síquicos.» Poco a poco alguien estaba poniendo claves ante mí y éstas comenzaban a señalar hacia una direc­ ción. Años más tarde sabría toda la verdad que aun en ese instante se encontraba oculta. Así tema que ser. La paciencia sería una de las llaves hacia la maestría.

NOTAS Se sabe que sobre la colu m n a v e rte b ra l

( 1)

centros síquicos y u niversales del ser hum ano. cu alq u ier fuerza que proviene de los m undos

se

todos los

E s allí por donde pasa del esp íritu

e n c u e n tra n

II

MI ENCUENTRO CON LA MAGIA BLANCA OPERATIVA

Tocia la vida es una magia, pero sólo unos pocos pueden detectarla.

N o sé precisam ente cuando comenzó todo en la

presente vida, pues desde muy pequeño tenía como la certeza de tener un conocimiento que era intrín­ seco y parte de mi propio ser. A los diez años y durante una sencilla enfermedad juvenil, me atacó una fiebre alta, que me hizo delirar. Lo recuerdo perfectam ente, como si hubiese sido ayer mismo. No sé cómo, ni de dónde le pedí a mi padre que me trajese un libro sobre los Rosacruces. Mi padre que ignoraba el contenido del tema, sim plem ente fue a una librería que le quedaba junto a la oficina donde trabajaba en aquella época (en la compañía de electricidad), y como quien satisface el capricho de un niño me trajo un libro sobre el tem a. Cabe anotar que este libro fue una de las pocas posesiones que traje conmigo de Cuba, al emigrar a los Estados Unidos, unos cuantos años m ás tarde. El libro se titulaba Cartas a los estudiantes del autor Max H eindei, viejo místico de origen alem án.

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Lo cierto es que me escondía para leerlo y releerlo con gran temor de que alguien en mi fam ilia descu­ briese su verdadero contenido. No creía que una fam ilia típica y tradicionalmente católica pudiera entender que tem as filosóficos tan profundos, como eran el alma, su m isión y contenido, se encontraran en las manos de un niño de diez años. Había descu­ bierto un lugar apartado en la vieja casona (ubicada en la parte más antigua de la ciudad) en la cual había nacido. Era en la azotea donde sólo se tendía la ropa lavada. Allí, en dos habitaciones que alguna vez habían sido dormitorio de un pariente que ya no vivía con nosotros, encontré el sitio ideal para retirarme,

En los cuatro años que siguieron, dividía mi tiempo entre mi trabajo escolar, y la lectura de otros muchos libros sobre el mismo tema. Estos libros los había ido comprando poco a poco con m is pequeños ahorros del dinero que me daban para mis gastos o como regalo de cumpleaños. Esta fecha yo la espe­

raba con gran entusiasm o

por los obsequios mone­

tarios, por pequeños que fueran, que me hacían algunos de mis muchos tíos.

Todo aquel conocimiento que adquiría de los libros no era nuevo para mí, era como si lo reviviese de un pasado verdadero y remoto. Pero no todo estaba tranquilo a m í alrededor; desde hacía algu­ nos m eses mi señora madre había enfermado de un padecimiento que le hacía entrar y salir constante­

U n m

í s t i c o

kn i.a ciudad

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m ente del hospital. Se ha! ta sometido a una larga

y peligrosa operación y de la cual todos en la casa hablaban en secreto. Muchas veces me quedaba en

el hospital días enteros, teniendo que ir de’ colegio

al hospital y viceversa. Allí buscaba refug: •en m is libros y aprendí a entrar en el silencio de mi propia alma, buscando una explicación a todo aquello. Fue precisam ente durante esos m eses, al cumplir yo quince años, cuando un vecino me contó acerca de aquella señora ya muy viejita, que vivía sola en un sitio distante y apartado. Mi vecino me dijo que ella poseía grandes facultades síquicas y que tal vez podía ayudarm e. Decidí ir a visitarla por mi cuenta,

sin decírselo a nadie. Allí me esperaban grandes experiencias. Aquella anciana no era ni rem otam ente lo que yo esperaba encontrar. Pensaba que en el mejor de los casos se trataba de una can ndera de las muchas que abundaban o pusiblenicrm alguien adentrado

en la sam aría, eí espiritism o o en la iin.gta. No fue así. Teresa Hernández era una mujer de aproxi

m adam enie setenta años, delgada, muy erguida

para su edad, de unos cinco pies cuatro pulgadas, v de piel tersa y blanca que no representaba aquellos años. Su pelo estaba com pletam ente blanco v sus ojos de un azul muy claro. El día que la conocí vestía toda con una sencilla bata blanca, y zapatos bajos del mismo color. Pero lo que me i mpresionó tren ion • dam ente fue lo que sentí al acercarme a ella. Como un mareo ligero me envolvió, (era ia potencia. de -<u

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S a n t ia g o

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aura, lim pia y fuerte) y por primera vez pude ver alrededor de alguien un resplandor brillante. Me

sentí feliz, había paz en aquella pequeña casa, (situada en un barrio pobre en las afueras de n u es­ tra ciudad habanera), toda de madera, también pintada de blanco y en la cual entraba mucha luz a través de los grandes postigos de madera, De nuevo se repetía una coincidencia. Se me presentaba nuevam ente la oportunidad de conocer

a otra persona vinculada con los Rosacruces, pues

Teresa se encontraba desde hacía muchos años ligada con esta orden m ística. Mis visitas a la casa de Teresa se hicieron frecuentes, casi podría decir, sem anales. Mi fam ilia no sabía a donde iba en tales escapadas una vez por sem ana. De todas formas casi toda la concentración y cuidado de la familia,

giraba alrededor de la enfermedad de mi madre.

Teresa me permitió adentrarme a un mundo

nuevo para mí. Era el mundo de lo que podríamos llam ar magia blanca o p e r a tiv a Por primera vez presencié como con su voluntad y el poder de su mirada, formaba una nubecilla de color casi perla, que iba tomando forma y giraba a un extremo de la sala. Esa pequeña nube, me explicaba Teresa, es­ taba formada sim plem ente de electrones atraídos hacia un punto de la habitación por la fuerza de la

m

irada y dirigida por el poder de la voluntad hu­

m

ana. Según ella, cualquiera con un poco de prác­

tica lo podía hacer. Claro está, ésto se logra después

U n MISTICO EN LA CIUDAD

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de haber desarrollado varios centros síquicos que todos los seres hum anos tenem os dormidos y que su despertar es parte de la evolución futura del hom­ bre. Me ratificó a continuación que en el cuerpo humano existían siete centros, situados a lo largo de la colum na verteb ra l y que esta b a n

interconectados con el cuerpo físico, con el síquico,

y con toda la creación. Recuerdo que

tam bién m en­

cionó un axioma que ya yo había leído y que me parecía muy fam iliar, «como es arriba, es abajo™.» El cuerpo físico del hombre era un pequeño universo y se encontraba en correspondencia con el Gran U ni­ verso.

Pero la mayor experiencia con aquella anciana

m aravillosa vino m ás tarde. U n día, durante una de mis ya asiduas visitas; me dijo:

—Esta noche iré a hacer una proyección en forma de viaje astral hasta donde se encuentra tu señora madre y quisiera que estuvieras allí a la hora que acordemos, para que seas testigo de una bella e interesante manifestación mística. A la hora acordada, entré a la habitación de mi

madre, y me coloqué frente a la cama Fowler,

(de esas

que perm iten subir y bajar la cabeza y los pies de) enfermo). Me quedé tranquilo aunque con un poco de temor, mirando siempre alrededor de la cabecera, ("orno a las doce de la noche comencé a ver tres luces de colores que se m ovían de un lado a otro en la penumbra de la habitación, eran tenues, pero per­

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fectam ente visibles. Estuvieron allí como cinco m i­ nutos y después se desvanecieron. Noté durante su estancia un suave perfume, como a pétalos de rosas. Había sido ella, pero ¿quién m ás había estado allí? ¿qué fueron las otras dos luces?.

Al día siguiente me apresuré a dirigirme en otro largo viaje en autobús, hacia la casa de Teresa. El viaje en autobús me pareció interm inable con la inquietud de llegar y averiguar. Presentía que en­ traría en conocimiento de algo demasiado grande e importante. Cuando llegué ya me estaba esperando, en su rostro siempre alegre, pude notar una ligera som­ bra de tristeza. Abordó el tema rápidam ente, me dijo:

tiempo

en este plano, su misión ha sido así, no ha habido casualidad, ni destino equivocado, ni otra cusa. Sencillam ente su misión está a punto de termina) Su purificación en esta tierra la ha logrado de ese modo y su alm a a silo sabía. Al proyectarme junto a su lecho me encontré a otras dos alm as que le hacían compañía, están allí para acompañarla en el mom ento de su despegue. Son aquellos los que fueron sus padres en esta vida. D espués pasó a describirme la habitación como la había visto en detalle. Todo era exacto, no había la m as m ínim a duda, Teresa había estado allí.

— Santiago, a tu mam á no le queda mucho

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Pasada esta experiencia, todas las noches subía a la azotea situada en el tercer piso de mi casa, donde podía observar el mismo centro de la ciudad habanera y contemplar el cielo. Me quedaba por horas sentado en el suelo y sin temor a nada. Había aprendido a hacerme uno con el Infinito. Mi alma

.se elevaba y sentía el frescor de lo infinito rozando mis mejillas. Aquellos momentos u horas eran mi comunión más íntim a y sagrada. Teresa m e había enseñado a hacer contacto con el Sanctum Celes­ tial, un lugar cósmico al cual se llegaba a través del

pensam iento y allí me retiraba

El contacto con lo Infinito se había establecido para siem pre o mejor dicho se había restablecido para siempre.

cada vez que podía.

En aquellos momentos mi contacto con elSanctum

Celestial era mi alim ento del alma. Ese sitio sola­ mente conocido por los m ísticos Rosacruces, (aun que se encuentra al alcance de cualquier persona con altos ideales espirituales), fue la hermosa e inspirada creación del doctor H. Spencer Lewis, quien quiso llevara las vidas de hombres y mujeres un contacto m as íntimo con los poderes espirituales

y cósmicos y con los principios que establecen Armo - nía, Luz y Amor en la vida de cada ser. Hemos sabido tam bién que él encontró un camino para alcanzar la conciencia del ser, dentro de la conciencia del Cósmico, para morar allí por espa­

cios de tiempo y encontrar inspiración, ilum inación

y con tacto con cientos de seres que han sido lenta y apropiadam ente preparados para reunirse con él,

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h a n k g u i

mentalmente. El doctor H. Spencer Lewis fue siem pre cuidado­ so de la gran ambición de su vida, que era, su constante deseo de que vendría el día en que podría tener, en esos períodos de contacto cósmico, la compañía de aquellas m iles de almas dignas que buscaban que se les dirigiese, para llegar al Sende­ ro que conduciría al Reino Cósmico.

Siempre lavábamos nuestras manos y nuestra

boca como símbolo de pureza y hum ildad

bamos nuestro corazón con la sagrada invocación al

cósmico "que la Divina Esencia del Cósmico se infunda en mi ser y me lim pie de todas las impure zas de m ente y cuerpo, para poder entrar en el Sanctum Celestial y entonarme en pureza y digni­ dad. ¡ Que a sí sea !” Con esta oración, no sectaria, la E sencia de Nuestro Ser Interno se elevaba a aquel punto

y elevá­

irradiante de todo poder positivo, de luz, paz y arm onía con el Infinito. Allí, escuchaba el canto de

m iles de

hacia el Creador. Allí, compartía con la luz del Cósmico. Allí, mi Ser Interno se pasaba horas y horas, u n as veces con cien te, otras atraído autom áticam ente por la intención que ya se había creado. Recoxdemos que no siempre nuestro Ser Interno está junto a nosotros. Son muchas las veces en que uno se escapa allá, donde nuestras intencio­ nes inconcientes han estado enfocadas.

ángeles que alzaban sus voces ai unísono

U n MISTICO EN I.A CIUDAD

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Cada día el contacto era m ás fácil, mi juventud y principalmente el hecho de que vivía alejado del mundo material, eran factores favorables que me uyudaban mucho a elevar mi Conciencia. Los niños creen y el creer es una fuerza tan poderosa que logra que aquello que se espera, sim plem ente se realice. Los mayores han perdido esa esperanza y han rodeado su corazón con el hielo de la incredulidad. Cuando hemos vivido mucho en este plano, y vemos h o Iámente el enfoque material nos volvemos es­ cépticos y con el escepticism o se pierde la Gracia Divina. Allí, en aquel lugar sagrado, hacia donde la pureza del Ser Interno me llevaba, me encontraba con otras almas a quienes nos urna el mismo vínculo.

Yo sabía que allí la edad física no importaba, sola­

mente el deseo y la intención pura.

Más tarde al regresar a la conciencia física, cerraba

mi comunión con las siguientes palabras, tal como

era lo requerido:

“Que el Dios de mi Corazón santifique este entonamiento del Ser con el Sanctum Celestial

Un corto tiempo m ás tarde el alma de la que fue

mi madre en esta vida, alzaba el vuelo hacia pianos

más elevados, los cuales había ganado con la puri­ ficación alcanzada.

unas

cuantas sem anas a una finca que poseían unos tíos en la Provincia de Cam agüey, al este de La Habana.

Mi familia

quiso

que

me

fuera

a

pasar

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Nosotros accedimos, ya que nuestro cuerpo necesi­ taba aquel cambio de ambiente. La finca era una extensa y bien cuidada estancia ganadera, dotada de un amplio y acogedor chalet con todas las comodidades de la ciudad. La primera noche que llegué, me encontraba recostado en la cama de la habitación que me habían asignado, cuando de pronto comencé a notar un resplandor junto al pie derecho de la cama y vi como iba tomando forma dentro de una nube la figura de mi madre. No me habló, pero en su rostro pude ver que había paz. Vino solamente a darme un mensaje sin palabras, no había muerte, la vida continuaba tal y como yo lo creía. Aquella experiencia, demasiado fuerte para mí, me enfermó del estómago por varios días, hasta que, como siempre he hecho en la vida, la analicé y llegué a entenderla como natural, al menos dentro del contexto en el cual yo siempre he vivido, aunque no es fácil cuando se tienen tan pocos años de edad.

Por espacio de casi un año la experiencia conti­ nuó, manifestándose una o dos veces a la semana. Esto que me estaba ocurriendo solamente se lo conté a un tío materno, aquel mismo tío que me había llevado a la finca*-11, y con quien tenía gran confianza y afinidad. Los mensajes de mi madre eran variados. Muchos tenían que ver con mi vida y sobre todo, me pedía que ayudara a mi padre, quien había sido muy bueno con ella. Una noche me

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dijo que tenía que irse a otro plano y que ya no le sería posible continuar el contacto, pero que siem­ pre estaría ayudándome y velando por mí. Años más tarde tuve la comprobación de que todos aquellos contactos eran totalmente verdaderos. Más adelante explicaré como transcurrió todo.

NOTAS

(2) Me habló del Karma o la Ley de Evolución, que vivíamos sumergidos en un Universo vivo donde la Energía Divina se manifes­ taba en todo y decidió probármelo.

(3) Este axioma fue presentado por Hermes Trimegistro. Indica la Ley de la Correspondencia entre cosas de similar vibración.

(4) Al regresar a la antigua casona en el centro de La Habana, donde vivía, la encontré casi vacía. La familia había decidido irse a vivir a otro lugar. La vieja casona nos traía demasiados recuerdos. Nos mudamos a un barrio alegre y tranquiloy a la vez muy elegante, con muchos árboles, parques, y casas muy bellas. En el barrio del Vedado, sin yo saberloy a muy pocas cua Iras vivía Bertha Sol devilla, u ia entrañable amiga que conocería un corto tiempo más tarde.

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r a t e r

l .o r d

III

ENTONCES, YO TE AYUDARÉ

E l deseo cuando es definido se materializa como simples ocurrencias.

iWTari o Salas, un conocido conferencista de fama mundial, llegaba a La Habana. Su gran carisma y conocimiento de los temas m ísticos atrajo a gran cantidad de personas. La Gran Logia M asónica que se acababa de inaugurar se llenaba a capacidad total para escuchar a aquel hombre maravilloso. Yo no podía faltar tampoco y no me perdí ni una sola conferencia. Salas, oriundo de Chile, era un inge­ niero químico, que después de haber servido en las fuerzas aéreas de su país, se había dedicado a estudiar misticismo, convirtiéndose en conferencis­ ta oficial de los Rosacruces. Viajaba por el mundo entero. En sus conferencias, presentaba por prime­ ra vez un misticismo auténtico, libre de oscurantismo o fanatismo. Dios bien sabe cuantas m iles de perso­ nas deben a Mario el privilegio de haber encontrado un camino con respuestas a sus vidas. La caridad mayor que podemos hacer es devolverle a un ser humano su dignidad y la perspectiva de su vínculo eterno con el Creador.

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S a n t i a i ;<)

A r a n u c í .1!

No perdí tiempo en ir a conocer personalmente: a Mano Salas Aquella m ism a tarde, después de mis clases, me dirigí al Hotel Sevilla Biltmore donde Salas se hospedaba. Me recibió cariñosam ente, pero note sorpresa en su rostro. Posiblem ente, muy pocas veces en su am plia experiencia se había encontrado con un joven, casi un niño, que !e pedía le facilitara e! acceso a unos estudios que s;egún el criterio de la época estaba reservado a los más viejos v experim entados en la vida

 

imposible, no tienes edad suíiei'-nUv en

ca^i.

mi

ni un de

quince

o dieciséis

años.

T im es

que

esperar a que seas mayor de edad. Es 1111 reglam en­

to que no podemos romper— fue lo primero que me

dijo, agregando —Haz cosas relativas a tu edad y si cuando seas mayor sigues pensando igual, escríbe­

me que entonces yo te ayudaré.

Aquello era definitivo, tenía que continuar por mi propia cuenta al m enos por el m om ento y así io hice.

Los próximos dos años y medio seguiría visitando

a Teresa, llevando a cabo las prácticas que ella me

enseñaba y leyendo.

cho. Sin saberlo, ya me había convertido en un místico moderno o al menos en un aprendiz. Finalm ente, un tiempo m ás tarde, después de cruzar unas veinte cartas, y tras conseguir a regañadientes la firma de mi padre autorizándome

Todo aquello me valió de m u­

a entrar en aquellos estudios, comencé como estu ­

diante Rosacruz oficialm ente antes de cumplir los

dieciocho años de edad. Yo me sentía el hombre

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joven más feliz del mundo. Había logrado mi prime ra m eta de importancia por el camino que me había propuesto y que era tan sagrado para mí, aunque

para muchos. N ada podía detenerm e

ahora. No tenía temor alguno. Iba a hacer las cosas bien hechas y si realm ente había una verdad, yo iba a encontrarla. Con mi acceso oficial a un mundo secreto, comencé a asistir a las reuniones que se celebraban en aquellas Logias que representaban para mí un cónclave de hombres y mujeres sabios. Asi si ía, escuchaba, miraba, escudriñaba y callaba. Sentía dentro de mí que había regresado a mi verdadera fam ilia, pero que lo mejor era, m antener el silencio. Allí, conocería a la persona que sería mi próximo m aestro y con quien continuaría por siem pre un vínculo espiritual profundo y eterno. La primera vez que escuché hablar en una con fe reacia privada a George E. Lord, me quedé m aravi­ llado. Era un hombre alto y corpulento de raza negra pura, con ese fuerte acento de las colonias inglesas. Tenía una voz de barítono y una risa fuerte y limpia. De su corazón emanaba un amor increíble. Comencé a observarlo durante mucho tiempo, sin que él lo supiera. Era ingeniero, dedica­ do a la construcción, y trabajaba en su profesión solam ente medio día. El resto de su tiempo lo dedicaba a visitar enfermos sin fam ilia en el hospi­ tal de la Universidad de La Habana, donde iban todos aquellos que no podían pagar un hospital privado.

desconocido

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S a n tia g o

A b a n k u u i

Una vez presencié como con gran sencillez volvía a la conciencia a una niña que se había desmayado en un acto públicu. Sim plem ente cerrando sus ojos, llevó su mano derecha detrás del cuello de la niña, tomó una respiración profunda, e inm ediatam ente la niña se levantó como si nada hubiese pasado. Ese día supe que yo tenía que conocer de cerca a aquel hombre que me había maravillado.

IV

FRATER LORD

A comencé a cooperar con la ('om isión de Bienestar, de la cual Frater Lord, (como iodos ¡e

llamaban), era el presidente. N uestra laboi ■■(insis­ tía en visitar personas enferm as, pobre:; ocuaiquie- ra que necesitara ayuda. V isité hospitales, casas

donde vivían personas solas y enferm as i ,c

llevá­

bamos comida, m edicinas, algunas veces les

pagá­

bamos la renta que estaba vencida. Una tarde después de visitar juntos a una señora v ú h í m , sola y

enferma, para llevarle unos comestibles, una m e­ dicina que necesitaba y sobre todo un poco de calor humano, FraterLord me invitó a su hogar. Vivía en una sencilla casa de dos plantas que él misino había fabricado. En la planta baja residía su hermana casada con hijos. La segunda planta era la vivienda de Fraler Lord. Era un salón amplio sin ninguna división interior, al m enos esa fue la primer a im pre­ sión que recibí. Solam ente se podían apreciar t res pequeñas puertas en uno de los lados, los <>l ros »res

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S a n tia g o

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lados estaban penetrados por amplias ventanas del tipo de persiana, de ésas que se usan tanto en los climas tropicales y sobre todo cuando aún el aire acondicionado era un lujo reservado solamente para los lugares públicos o muy sofisticados. De las tres pequeñas puertas, una conducía a un pequeño dor­ mitorio donde apenas cabía una cama, de esas de una sola plaza, detrás de la otra puerta se encon­ traba el Sanctum o, lugar sagrado donde Frater Lord meditaba. Me habían dicho aquellos que le conocían bien, que él nunca dejaba a nadie entrar en el Sanctum, por lo que me quedé estupefacto cuando me dijo que si yo lo deseaba podía pasar y hacer una meditación allí dentro. Accedí inmediatamente tra­ tando de demostrarle con la expresión de mi rostro que estaba conciente del privilegio que aquello representaba para mí.

Entré en aquella pequeña habitación de algo así como dos metros de ancho por dos metros y medio de fondo. No tenía ventanas, pero había una luz azulosa que provenía de un cristal, de esos emplomados, que se encontraba empotrado en un marco más arriba de la altura de la cabeza. Un suave y profundo olor a rosas flotaba en el aire. Una mesita larga pero de poca profundidad, sobre ella había un mantelito, que me pareció blanco, dos velas en sus pequeños candelabros de metal, un diminuto in­ censario y un amplio espejo. En una de las paredes estaba el cuadro del Maestro Jesús, el Cristo, quien con su mirada santificaba aquel lugar tan especial

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para los que conocemos su significado, como un lugar de contacto Cósmico.

Me senté en una cómoda silla que se encontraba

frente a la mesita, encendí las dos velas y el incienso con unos fósforos que convenientemente estaban sobre la misma y repetí aquellas frases que ya conocíamos para abrir el entonamiento de nuestra Conciencia interna con el Cósmico. Cerré los ojos y

al poco rato comenzó a aparecer ante la pantalla de

mi mente una imagen que nunca antes había visto.

Era un caballero, de aquellos antiguos, de las Cruzadas. Se encontraba sobre un corcel blanco y como en un acantilado. Su armadura era plateada

y bajo la misma había algo así como una blusa

blanca, con una gran cruz de malta roja. Su escudo

en la mano izquierda llevaba en símbolo de la cruz

cristiana y en su otra mano una espada desenfundada, alzada, saludando a un sol saliente o poniente, que se veía en el horizonte, a lo lejos. Aquella visión nunca más se me ha olvidado, aún la veo con toda claridad cada vez que recuerdo aquel instante. La visión tenía vida, no era estática.

Al regresar al salón, donde me esperaba Frater

Lord, le conté en detalles todo lo que había visto. Me parecía que solamente habían transcurrido unos minutos, pero al mirar el reloj me di cuenta de que habían pasado casi tres cuartos de hora. Aquel que

yo había visto con mi visión interna era un maestro,

era el caballero de la Rosa Cruz, era Saint James,

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S a n t ia g o

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(San Jaime para los españoles). Aquella visión

tenía un profundo significado para mi vida, según me informaba Frater Lord. Mi misión en esta vida

se encontraba ligada a aquella visión.

Poco a poco Frater Lord comenzó a enseñarme

los secretos que él había descubierto y que me podía revelar. Después de contarle mi experiencia duran­

te mi estancia en su Sanctum desperté en él una

gran confianza, sobre todo respecto a mi sinceridad

y capacidad para comprender. El hablaba y yo

escuchaba atentamente y callaba en señal de res­ peto.

Muchos años más tarde me enteré por otra per­ sona que Lord, quien poseía grandes poderes sí­ quicos, había visto en mí un alto grado de desarrollo cósmico.

V

LAS PRIMERAS LECCIONES

Desarrollar la paz interna y la ausencia de crueldad como forma de vida, son las mayores expresiones de armonía del Ser con el infinito

C o m o ya me había sido revelado, Hermes, El Trimegistro , enseñó entre sus leyes Divinas la de la Correspondencia. Todo en el Universo estaba conectado entre sí por leyes de simpatía. Hay una r e c ipr o c id a d absoluta entre vibraciones afines. El color, una manifestación también afín con las notas musicales correspondientes, así como con los cen­ tros síquicos del cuerpo. Frater Lord era un experto en Cromoterapia. Mantenía botellas de cristal de colores transparentes llenas de agua de lluvia, las cuales exponía a los rayos solares durante períodos de seis a siete horas diariamente. Esa agua la usaba con fines curativos. Me explicó como el azul era especialmente favorable para los estados nerviosos

y las digestiones difíciles. El ámbar se utilizaba

para curar debilidades, al igual que el rojo. El verde

lo usaba igualmente para problemas de los riñones

como un reconstituyente general. A muchas perso­ nas él les daba aquellas aguas cargadas de energía

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solar y como no sabían el sistema, simplemente la usaban y se curaban. A lo mejor si hubiesen sabido que era simplemente agua cargada de vibraciones muy poderosas, pero no visibles, no le hubiesen dado importancia.

Me llamaban poderosamente la atención, los am­ plios diagramas a colores que ocupábanlos espacios vacíos en las paredes entre las grandes ventanas. Le pregunté sobre los mismos, su respuesta fue directa:

—Son diagramas astrológicos, hoy día son muy pocas las personas que conocen la astrología au­ téntica, la cual practicaban los astrólogos caldeos y que en el presente ha caído en un burdo juego, para solamente satisfacer la curiosidad del ego de unos muchos. La verdadera astrología en manos de al­ guien que también conozca las demás leyes del Cósmico, se convierte en un elemento más que nos ayuda a saber nuestro sitio en el gran Islam Cósmi­ co.

En mis ansias por conocer más, le hacía pregun­ tas sobre variados temas y muchas veces él se reía, con aquella risa amplia. Algunas veces me contes­ taba, otras me decía simplemente:

—Tú quieres saber demasiado, ya te llegará ese conocimiento. Eres digno de él, pero todo a su tiempo. Sobre todo cuando le preguntaba por las ciudades

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secretas del Tíbet, —asunto que a mí me ha fascina­ do siempre y del cual, tenía un fuerte presentimien­ to de que Frater Lord sabía mucho de ese tema—, él me respondía:

—Por el momento te diré que he estado allí en proyección. Aquel lugar se llama Shambala y sola­ mente viven Arhats o sea, seres que han trascen­ dido la materia. Tu podrás ver físicamente el día que se manifiesten a los pueblos que existen sobre la tierra. —¿Quiere usted decir entonces, que ese pueblo sagrado no vive sobre la tierra?— le pregunté. —No precisamente, Shambala es una ciudad secreta situada en un valle, con estructuras majes­ tuosas, pero al cual se llega solamente por subte­ rráneos. Algún día sabrás bastante, pues tu llega­ rás a la Maestría de lo espiritual y esos secretos te serán revelados. Después de eso no quiso hablar mas del tema, aunque se lo abordé en varias ocasiones.

Un día le pregunté sobre cuales eran algunos de los misterios más grandes, los que habían cambiado el curso de la historia. Especialmente aquellos en los cuales nosotros como místicos habíamos tenido algo que ver. Se puso serio y comenzó a hablarme sobre la Orden de los Caballeros Templarios, esa Orden de Caballeros Cruzados que existió allá por el año 1118 y que dejó un profundo misterio, al que pocos han podido llegar. Me reveló cómo aquella

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Orden mágica de caballeros todavía existía en la actualidad, de forma secreta. Su misión fue la de salvar grandes reliquias, las más importantes para la humanidad, tales como el Arca de la Alianza y el Santo Grial. Hay en el presente tantos misterios, como en el pasado, pero debido a que el hombre de hoy en día sólo se ocupa de lo material, estos secretos no le son revelados. Solamente unos pocos privilegiados los conocen. Existe un vínculo continuo, constante e indes­ tructible, entre la gran gnosis de un pasado que se pierde en lo más remoto del tiempo conocido por el hombre, hasta el presente mismo. Grandes sucesos de la historia que los hombres ignorantes han visto solamente como sucesos aislados y producto de la casualidad, han sido parte de ese mismo Gran Plan Cósmico. Desde la construcción de las Pirámides de Egipto, el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, hasta el viaje de los astronautas al espacio exterior, todo se encuentra relacionado. Siempre ha habido un grupo de hombres y mujeres despiertos, que conocen la razón de la humanidad y han tra­ bajado y seguirán trabajando en la Gran Obra hasta que la criatura humana se despierte y se convierta en ser humano. —La Profecía existe porque el tiempo se curva. Yo no lo veré en esta vida, pero tú sí. Verás para fines de este siglo, el descorrer delVeío de Isis. Aquellos que se han reído y burlado de lo místico, de lo espiritual y de lo sagrado no se reirán ni se burlarán

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mas. Antes del fin de este siglo, cerca del año 2000, verás cumplirse mucho de lo que te he hablado. Tu continuarás con la misión de enseñar 1^ luz verda­ dera a unos pocos. Esos serán poseedores del autén­ tico y raro conocimiento. Muy pocos tendrán ese gran privilegio, otros ni siquiera podrán acercarse. Yo, cuando termine mi misión en esta tierra bendi­ ta, desde donde me encuentre, ayudaré a los míos, y llamo los míos, aquellos a quienes amo, aquellos que son mí - hermanos del espíritu y con quienes me unen lazos que van mas allá de la vida y de la muerte. Tú llegarás a la Maestría de lo espiritual. Aún no estás conciente de ello. Yo sí. Tu misión

comenzó hace varios miles

convergerán y se manifestarán muchos ideales y

compromisos del pasado. Aquellos que estén junto

a tí, lo serán porque vienen contigo desde hace

de años. B u esta vida

mucho. Tu signo será la humildad y una profunda paz, que todos los que se aproximen a tí, sentirán en sus vidas— continuó diciándome. —Tu emblema exterior será la rosa y la cruz, con

la cual comenzaste desde hace muchos siglos, aún

en el antiguo Egipto, en los templos donde el sagrado conocimiento se impartió por primera Vez en este período evolutivo de la humanidad. A llí estabas tú,

junto con otros que encontrarás en tu camino en la vida presente. Ellos serán incondicionalmente tus hermanos y tus aliados. Vienen traídos por una fuerza mucho mayor de la que ellos creen. Y sólo junto a tí encontrarán la paz que les h a faltado

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Aquellas profundas palabras no engrandecían mi ego, ni me hacían sentir orgulloso siquiera. Por el contrario, me llenaban de una profunda paz y sentía dentro de mi corazón una sensación, que cuando miraba hacia fuera por aquellas amplias ventanas de madera, sentía la luz del día tornarse más clara. La naturaleza se quedaba quieta y el espíritu de aquella naturaleza se comunicaba con mi alma. Qué experiencia tan maravillosa. Todavía hoy día la practico. Especialmente a las tres de la tarde. Hago un alto en mis labores, miro hacia el cielo y siento el contacto de aquellos momentos, cuando mi conciencia comenzaba a reconocer la ruta hacia lo Infinito.

Todo acerca de aquel hombre me maravillaba, yo tenía tantas preguntas, tenía tanta sed de conoci­ miento que las horas que pasabajunto a mi Maestro me parecían solamente instantes.

Una mañana de sábado nos habíamos reunido para realizar una visita de las que él usualmente hacía a personas enfermas o desamparadas y a las que yo siempre trataba de acompañarle. Sentía yo gran satisfacción por prestar el servicio, pero tam­ bién aprovechaba al máximo el tiempo que podía compartir con él y escuchar todas sus palabras. Al regreso de la visita pasé a dejarlo en su casa, ya que íbamos en mi pequeño auto vw. Me invitó a subir a tomar un refresco. Acepté inmediatamente, pues

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ésto me permitía la oportunidad de hacerle más preguntas. Era una mañana de puro verano. Recuerdo per­ fectamente que cuando llegamos a su amplia ha­ bitación, él tuvo que abrir las grandes ventanas, para dejar entrar la brisa que siempre disfrutába­ mos en nuestra Isla, aún en los meses más cálidos del verano. Frater Lord me ofreció una limonada que había preparado y unos cubitos de hielo, y se sentó al otro lado de uno de las cuatro grandes mesas o mejor dicho tableros, los cuales ocupaban casi todo el espacio de aquella amplia habitación. Había llegado el momento de preguntarle por aquellos diagramas, (algunos con colores, otros en blanco y negro) que colgaban de las paredes, entre los espacios ocupados por los amplios ventanales. Yo sabía que eran diagramas astrológicos, o al menos eso me parecían, pero eran bastante raros y me intrigaban. Sólo tuve que darle pie para que entrara en una amplia explicación. Yo sabía que él disfrutaba tanto en dármela, como yo en recibirla. —Algunos de estos diagramas son astrológicos, otros representan los ciclos Universales a los cuales se encuentra sujeto el ser humano, cuando aún no conoce como usar su voluntad y el conocimiento de las leyes para liberarse de dichos ciclos y convertirse en un ser autónomo— comenzó explicándome Frater Lord. —La verdadera astrología no puede tomarse so­

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lamente desde el punto de vista de las influencias planetarias, como se hace erróneamente en el pre­ sente por la mayoría de las personas que la practi­ can y que sólo la buscan como respuesta a sus problemas. Es necesario contemplar las caracte­ rísticas astrológicas conjuntamente con las condi­ ciones karmáticas de las personas. Las experiencias de vidas pasadas se manifiestan a través de nues­ tras emociones, ala vez que los aspectos y tendencias mentales tienen que ver con la estadía del alma en planos de conciencia entre vidas. Estos planos de conciencia se encuentran realmente, en muchos otros planetas, que aunque se hallan deshabitados en el plano material, si lo están en lo espiritual. —Las influencias adquiridas durante esas estan­ cias planetarias siguen ejerciendo cierta influencia en la persona durante la encamación posterior en la Tierra. Todo esto es parte del plan para lograr que el alma experimente la Creación en toda su diver­ sidad, para que vaya poco a poco comprendiendo su relación con el Creador, cuya unión con Él será el fin de nuestra existencia. La relación del ser humano con su aspectación planetaria es una representa­ ción emblemática de cómo ese mismo ser ha reac­ cionado a las varias experiencias y situaciones del pasado. El propósito de esta aspectación astrológica debe ser usada solamente para la evolución del alma y no para obtener ventajas de ningún otro tipo en el mundo que vivimos. Como un manantial brotaban las palabras de

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Frater Lord:

—La evolución positiva o el retraso de un alma durante una vida en particular, depende en lo que mantenga como su Ideal y sobre todo lo que haga, tanto mental como materialmente, para manifestar ese Ideal. La Vida es una experiencia con un Propósito determinado y el lugar, así como el motivo y las condiciones en las cuales una persona se encuentra en una determinada vida, se designan para que utilice sus presentes habilidades, virtudes, faltas y errores para hacer posible la realización de aquel Propósito para el cual el alma decidió manifestarse en este plano tridimensional. —El Universo se encuentra dirigido por leyes inmutables, puestas en movimiento desde el princi­ pio mismo. Tal como condenes a otros, así serás condenado. Así como perdones, también así serás perdonado. Así como te manifiestes al más peque­ ño de tus semejantes, así también tu Creador se manifestará contigo. Estas son las leyes. Son las verdades y aunque nos parezca que tardan en manifestarse, eso no quiere decir que no sean demoledoramente y eventualmente reveladas. Frater Lord continuó su explicación con estas palabras:

---- La Astronomía ha sido siempre vista como una ciencia y la Astrología como una tontería, pero, ¿no es el Sol el centro de nuestro sistema planetario? ¿no es ese mismo Sol el que da vida a todo lo que existe sobre nuestro planeta?, entonces, ¿no puede

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ese mismo Sol también influenciar la vida del hom­ bre sobre la Tierra? Como dicen las Sagradas Escrituras; la Tierra y los Cielos fueron creados para que marcharan juntos y como parte de la Creación. Ellos funcionan mediante las leyes Divinas e Infinitas. Solamente el Hombre tiene el poder de ejercer su libre Albedrío cuando llega a encontrarlo. Así llegamos a entender que el Ser Humano es como un rebelde que necesita volver a encontrar la verdad de su existencia en medio de toda la Crea­ ción. Esta rebeldía humana comenzó cuando el propio ser se proyectó dentro de la materia y se dio cuenta de que podía ejercer su poder sobre la ma­ teria; entonces se volvió egoísta, vanidoso y perdió el conocimiento de su Unidad con el Padre. De este modo la Tierra se convirtió en una escuela en la cual el alma del hombre tiene que demostrar lo que ha aprendido en sus otras vidas, combinándolo con las lecciones que aprendió en su estancia enlos distintos planos (o planetas) en las cuales moró en los espa­ cios de tiempo entre las vidas físicas. Los aspectos astrológicos representan en parte, lo aprendido, así como lo que nos queda por aprender. —Pero escucha lo más importante de todo; siem­ pre se ha dicho que el hombre es influenciado por los planetas, por las estrellas, la luna y el sol. Lo que nunca se ha dicho es que en realidad, es el hombre mismo el que afecta al sistema solar completo. Las manifestaciones y cambios del Zodiaco se deben a las acciones y los pensamientos de los hombres. Los planetas fueron hechos para el Hombre y no el

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Hombre para los Planetas. Con estas palabras tan sabias, comprendí el ver­ dadero significado. No era necesario, por el momen­ to, adentrarse más en la influencia de los Planetas en los Hombres. Mi meta era lograr que aquel conocimiento trajera a mi ser aquel cambio a través del cual el Universo sería parte de mi propio ser. No iba a preocuparme de cómo él nos influenciaría, sino como nosotros lo haríamos armoniosamente. La llave estaba en las manos del Hombre mismo. Aquella profunda e íntima amistad entre un joven y un Maestro del Conocimiento Arcano duró hasta el día en que tuve que abandonar mi patria. Poco tiempo después supe de su transición y sé que su alma se encuentra en los planos más altos. Después de eso, cada vez que entro en mi Sanctum a meditar, siento el perfume de rosas que FraterLord siempre usaba en su persona. Su fotografía cuelga junto a mis recuerdos más preciados. Cada vez que transmito ese mismo conocimiento a aquellos que me escuchan, sé que Frater Lord™ está junto a mí.

Fue durante ese período —de casi tres años, antes de marcharme a tierras norteamericanas— cuando tuve la experiencia de la sacudida eléctrica por mi columna vertebral que expliqué en el primer capítulo de este libro. Ahora comprenderán porqué aquella experiencia no me asustó ni me asombró demasiado. Era una prueba más en una cadena de acontecimientos. Sentía como si algo o alguien me

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estuviese guiando a través de un sendero maravi­ lloso. Durante ese tiempo conocí a otro hombre extre­ madamente interesante. Se llamaba Delio Parlá y vivía solo en una pequeña casa en una playa llamada Cojímar, cerca de La Habana. Estaba retirado del

servicio de cartero postal y se sentía feliz con lo que tenía. Un fin de semana decidí tomar el autobús y dirigirme hacia aquellaplaya situada, más o menos,

a una hora de distancia de donde yo vivía entonces. Delio era muy alto y delgado. Su rostro era

agradable y sus ojos transmitían una gran nobleza

e igual conocimiento. Había oído hablar de él an­

teriormente a través de una familia amiga, pero las casualidades que se iban juntando me intrigaban y fueron creando un deseo mayor de saber más de él. Pero primero pasaré a relatarles los aconteci­ mientos que me llevaron a conocerle, los cuales, como el resto de las circunstancias, fueron muy poco usuales. Corría el año de 1958.

(5)

Frater Lord

NOTAS

se convirtió en mi Maestro y Mentor, pasaba

largas horas con él, explicándome aquellos grandes misterios, los cuales él había descubierto a través de sus contactos directos con el Cósmico y con los Grandes Maestros, ya que Frater Lord era un místico completo y tenía desarrolladas todas las facultades síquicas,

las cuales permitían ese contacto cc nsciente.

VI

CUANDO SE VIVE SIN TEMOR NUESTRO DESTINO SE MANIFIESTA

Yo soy el Ser Inmortal, Yo soy el Ser sin Temor.Puedo ir más allá de los Sentidos Materiales,y darle muerte al Temor.

U n a noche, recuerdo era un viernes, venía hacia

mi hogar, ya de retirada de una velada donde se

había proyectado una película que siempre me ha interesado mucho, Parsifal. Me había bajado de un autobús para hacer conexión con otro, que me lleva­

ría casi hasta la esquina de mi casa en el barrio del

Vedado. Eran como las once de la noche y al bajarme vi sentado en la acera y con los pies en la calle, como si su vida no le importara para nada, a un hombre

joven, de unos veinticuatro años. Lo primero que me llamó la atención fue que vestía de traje completo, quiero decir con saco y camisa de cuello y corbata, pero toda su ropa estaba extremadamente ajada y

un poco sucia. Tema barba de varios días y una

delgadez impresionante que destacaba sus grandes

ojos negros. Casi todos nos hemos encontrado en nuestras vidas en algún ser humano ese estado, donde el

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hambre se hace tan aparente. Quizás en otra opor­ tunidad hubiera hasta temido hablarle, pero algo dentro de mí me dio el valor necesario. Cuantas veces vemos espectáculos de miseria en la calle y no tenemos la humildad necesaria para involucrarnos. No es la falta de caridad, es como si temiéramos envolvemos con todas las tragedias del mundo.

Me acerqué y sencillamente le pregunté:

—¿Qué te sucede? Levantó la mirada que hasta ese instante man­ tenía fija en el asfalto. Me observó de pies a cabeza y respondió:

—¿Que es lo que me sucede?, mira, para empezar hace días que no como.— Yo le contesté, haciendo un esfuerzo para parecer natural y que no se ofen­ diera:

—Pues esa parte la podemos resolver, vamos, te invito a comer, yo hoy tampoco he comido nada y podemos hacerlo juntos. Con esas palabras le tendí la mano como a un amigo, y nos encaminamos a un restaurante de esos muchos que abundaban allá en La Habana de aquella época, especialmente en los sitios donde los autobuses se detenían. Aquel lugar se llamaba Cuatro Caminos, pues precisamente allí se encon­ traba una famosa intersección de cuatro impor­ tantes avenidas habaneras. En aquel muchacho, mayor que yo, se notaba la dignidad por encima de su pobreza.

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Después de sentamos junto a una mesa de már­ mol y patas de hierro, de esas muy elaboradas, se nos acercó un joven camarero de origen español, acento que pude apreciar por su fuerte sonido cas­ tizo. Mi invitado casi le imploró. —Tráeme lo que se pueda preparar más rápido y que no cueste mucho. Después de asegurarle que el costo no era importante y que lo más esencial en aquellos momentos era que él se alimentara, le pregunté su nombre. —Me llamo Gerardo, Gerardo Alvarez para ser­ virle a usted y a Dios, sobre todas las cosas. Sabes lo que me pasa, que he caído en desgracia. Desde hace tres meses para acá todo me ha salido mal. Me quedé fuera en una fábrica de escobas donde tra­ bajaba desde haría tres años. Enseguida, mi madre se enfermó de gravedad y tuvimos que ingresarla en el Calixto García™. Usé unos pocos ahorros que te­ níamos en la enfermedad de mamá y no he podido pagar el alquiler de la casita que tenemos en Guanabacoa. He buscado trabajo hasta cansarme, pero no sé si es mi aspecto o que ya no tengo ilusiones, pero en todas las partes me cierran las puertas. Ya he perdido toda la esperanza. -Bueno Gerardo, Dios aprieta pero no ahoga, a veces nos presentan pruebas muy duras, para que hagamos conciencia de lo que es en realidad la vida. Pero puedes estar seguro de que esta noche ese mismo Dios, en quien sé aún confías, me ha colocado en tu camino, verás que de aquí en adelante todo

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comenzará a cambiar, sólo necesito que vuelvas a

tener fe y confianza—

—Vamos a hacer un plan para resolver to­ das las cosas. De pronto noté que sus ojos se enrojecían y vi lágrimas en ellos. —Gerardo, no es para tanto, comprendo cómo te sientes, pero tú verás como ya todo pasó. Come ahora y tranquilízate, que mañana comenzará un nuevo día para tí— tratando de persuadirlo. Pagué la comida y le entregué el dinero que me sobró, no era mucho, pero si lo suficiente para que llegara a su casa y para que al otro día fuera a buscarme a la oficina de ingenieros»’ en donde yo trabajaba medio día.

le dije calmado

y agregué:

Efectivamente, al día siguiente, como a las once de la mañana, se apareció Gerardo a la oficina. Pedí permiso para ausentarme, lo cual no me fue difícil,

y le dije:

—Vamos a mi casa, lo primero que necesitas es alguna ropa nueva, casi tenemos el mismo tamaño

y creo que con un poco de esfuerzo y buena intención, mucha de la ropa mía te puede servir. Ya a esa hora me había comunicado con el resto de los miembros del Comité de Bienestar Rosacruz, (era así como se llamaba) para que atendieran a la mamá de Gerardo que se encontraba en el Hospital Calixto García. (Un importante Hospital de Bene­ ficencia Pública)

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—Ahora tenemos que resolver el asunto del al­ quiler de tu casa— le mencioné. Después que sali­ mos de mi casa, ya equipado con tres pares de pantalones y tres camisas nuevas, un par de zapa­ tos, etc., nos dirigimos al Banco Garrigó en donde yo tenía una pequeña cuenta de ahorros, (costum­ bre que había comenzado desde muy pequeño).

Luego de averiguar la cantidad que Gerardo nece­ sitaba, (llamando ala oficina del casero, cuyo número telefónico me proporcionó el mismo Gerardo), y después de asegurarle al casero que ya su dinero iba en camino, me dirigí a Gerardo y le dije:

—Resuelve los problemas de la casa, recórtate el cabello y ven a verme o mejor llámame mañana como a esta misma hora, que seguramente te doy la sorpresa y te tengo un trabajo. También le informé que unos amigos míos irían esa misma tarde a visitar a su mamá al hospital y

a llevarle todo lo que necesitara. Me cercioré de tener el nombre completo de ella y la sala del hospital donde se encontraba recluida.

Esa misma tarde esperé a que mi padre llegara a

la oficina, para tratarle el asunto de cómo podíamos

conseguirle un trabajo a Gerardo. No hubo vacila­

ción por su parte, inmediatamente tomó el teléfono

y llamó a un contratista que hacía trabajos para

nuestra compañía<7). —Estoy seguro que Manuel Echarte tiene alguna posición en su compañía. De todas formas no creo

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que rechace nuestra petición dado la gran cantidad de obras que nosotros le referimos— me dijo mi padre. Cuando Gerardo me llamó por teléfono al día siguiente, le di las buenas nuevas. —Ven que nosotros mismos te llevaremos a cono­ cer al dueño de la compañía constructora— le dije lleno de alegría. Yo creía que con eso, prácticamente terminaría mi intervención y que de ahí en adelante, el propio Gerardo empezaría a resolver sus problemas. Pero me esperaba una experiencia todavía larga y bas­ tante difícil, que me enseñaría algo más sobre la naturaleza oculta del ser humano.

No habían transcurrido tres días, después de que Gerardo comenzara a trabajar con aquella firma (como ayudante en trabajos generales de construc­ ción, y con un sueldo bastante aceptable), cuando se apareció a mi oficina. Al verle el rostro comprendí que estaba disgustado. —No puedo seguir en ese lugar, aquella gente me detesta— a continuación me relató sus quejas. Pude notar a simple vista que todas eran infundadas y producto de su imaginación. Su disgusto giraba alrededor de sus compañeros de trabajo, que si éstos le miraban mal, porque sabían que era muy pobre, que si él era inadecuado para el trabajo, y muchas, muchas otras quejas. En fin que no quería continuar en aquel sitio.

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—Entonces prefieres volver a la situación de antes, estar en la calle, no tener ni para comer, ni para pagar el alquiler?— le dije calmadamente. —No puedo estar donde no me quieren— me contestó con la misma matraquilla de antes.

Al cabo de dos horas logré convencerle de su error.

Esa mañana ya me habían entregado mi pt jueño automóvil VW, el cual se encontraba roto la noche anterior en que le conocí. En el VW lo llevé de re­ greso al trabajo. Allí hablé con su jefe, —a quien conocía bastante bien— y me confirmó que los temores de Gerardo eran infundados. Aquella si­ tuación se repitió como tres veces más, hasta que un

día comprendí que tenía que cambiar mi actitud con respecto a Gerardo. —Pues bien— le dije —creo que tienes razón; debes volver a la vida de antes. Pero, no me molestes más, ni dependas de mí para absolutamente nada. Por favor, ahora vete que estoy muy ocupado.

Y así lo hizo, se marchó, pero solamente para

regresar una semana más tarde. —Quiero hablar contigo, Santiago. —Bien,— le contesté— ¿que deseas? —He llegado a darme cuenta de donde está mi problema, me he analizado todos estos días y reco­ nozco que hasta había llegado a sentir lástima de mí mismo, y que dentro de esa misma creencia, sentía un placer masoquista pensando que ¡no existe el bien! ¡no existe un Dios! ¡no hay nadie bueno en la Tierra!. Había llegado a una conclusión que dentro

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de mi miseria me hacía feliz en cierta forma morbo­

sa. Tú viniste a destruir todo aquello de lo cual yo había llegado a estar convencido. No podía aceptar

mi equivocación, prefería pasar hambre y hasta no

tener un techo. El ego de los hombres es más fuerte que la verdad.

Gerardo, volvió al trabajo. Un día me dijo que se casaba y asistí a su boda. Poco tiempo después me vino a visitar acompañado por su esposa y me dijo unas frases que no olvidaré, o mejor dicho, me preguntó algo que me llenó de orgullo, (lo reconoz­ co). —Sé que tienes una filosofía mística, no se cuál, pero cualquiera que sea, es buena. Quiero que me digas cuál es, para yo seguirla.

Muchos años más tarde, cuando ocupaba un cargo

de Maestro en una Logia Rosacruz, en los Estados

Unidos, alguien me dio un pequeño boletín, hecho en papel de muy mala calidad. Tenía solamente una

hoja y provenía de una Logia de la misma organi­ zación, pero de La Habana, Cuba. Al leer el nombre

de aquellos oficiales que lo firmaban encontré el

nombre del Maestro Gerardo Alvarez. Siempre he pensado que se trata de la misma persona.

En los últimos tiempos antes de marcharme de Cuba, y ya después de haber estabilizado su vida con su esposa, en su pequeña casa y junto a su

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madre, Gerardo me vino a ver y me dijo que tenía gran interés en que yo conociera a un hombre cuya amistad me iba a gustar mucho, pues según él, funcionaba parecido a mí. Así fue como conocí a Delio Parlá en su modesta casita de madera en la Playa de Cojímar.

Durante el poco tiempo que traté a Delio Parlá, (pues ya se aproximaban malos tiempos para nues­ tra Patria, con la llegada del comunismo, esa fuerza infernal que hace presa de los sentimientos más bajos del ser humano y los dirige en forma de odio destructivo hacia todo lo que se le interponga en el camino), comprendí que era un ser humano que había llegado a una forma tan grande de impersonalismo, que casi se había vuelto uno con la vida misma. Un día, de esos pocos en que fui a visitarle, antes de llegar a su casa, me detuve en una bodeguita para comprar algunos comestibles y llevárselos de obsequio. El los tomó con gran na­ turalidad y comenzó a preparar una comida simple para los dos. Me entregó un plato de loza (al que le faltaban algunos bordes) y un tenedor, indicándo­ me que saliéramos al pequeño portal que había al frente de la casa, para contemplar la caída de la tarde. El paisaje era impresionante desde aquellos lares. Así sentados los dos en taburetes, —de esos tan usados en mi Patria, especialmente en las casas de campo— Delio me hizo un gesto para que apoya­ ra el mío contra la pared para estar más cómodo y

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que disfrutáramos mejor de aquella comida senci­ lla, pero llena de amor que él había preparado, mientras yo lo observaba y escuchaba atentamente. —Ves aquel yate tan lindo que cruza frente a nosotros. Pues bien, te garantizo que no son tan felices como nosotros. Quien puede pedir más, un mar tan bello, la caída de la tarde majestuosa, esta comida tan sabrosa y sobre todo un amigo que vibra con nuestra alma. Pues bien aquellas frases y la forma en que fueron dichas, nunca se han borrado de mi memoria y cuando alguna vez he sentido tristeza por algo que ha sido inevitable, me he trasladado a aquel mo­ mento, lo he vuelto a revivir y he logrado, como por arte de magia, que la tristeza desapareciera.

Como tres semanas después de aquella expe­ riencia de la comida, y del yate, una tarde como a las seis, fui a visitarle. Lo encontré sentado en la hamaca que colgaba de un frondoso árbol. Estaba como en un estado de trance, mirando al mar. No quise interrumpir su éxtasis, pero como a los diez minutos comenzó a hablar con una voz que parecía distinta a la que siempre le había escuchado. —Hijo, tienes una misión importante. Esa misión la aceptaste hace mucho, para bien de la humani­ dad. Tu nombre saldrá por la radio y la televisión, también escribirás. Serás conocido por aquellos que buscan la luz, pero antes tienes que dominar tres condiciones innatas en tu naturaleza. Primero, no

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estudies ni leas tanto, traes bastantes conocimientos de otras vidas. Sólo hace falta que los medites y los traigas a tu conciencia objetiva. Segundo, siempre mantén controlada tu naturaleza de fuego y terce­ ro, sé siempre tolerante con los que no conocen. Al terminar, entró en un silencio absoluto que duró varios minutos y, después volvió a ser el mismo Delio de antes. —Que pasó, pero quién fue él que habló— le interrogué. —No sé, esto ya me había pasado antes varias veces. Quizás sea mi ser interno, puede ser alguien más avanzado, pero lo cierto es que no sé., me ha ocurrido durante ocasiones especiales y siempre los mensajes han sido exactos, según hemos podido comprobar. Después de aquella experiencia, vi a Delio sola­ mente una vez más. Me despedí de él con tristeza, ya tenía la certeza de que me iba de Cuba. No podía vivir con tanto rencor y tanto odio entre hermanos. Seguiría mi destino. Destino que me llamaba a otras tierras, a las cuales marcharía solo físicamen­ te, pero acompañado de un conocimiento que ya había echado profundas raíces en mi ser. Aunque no sabía exactamente cuando tendría que irme de mi Patria, presentía que las condicio­ nes que trataba de soportar llegarían al punto que ahogarían mi espíritu. Cuando se ha alcanzado cierto grado de sensibilidad no se puede vivir entre tanta mentira, tanta demagogia y tanto llamado a

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S an tiag o A ranegui

la muerte y la destrucción. Evitábamos por todos los

medios el tener que abandonar el suelo que nos vio nacer, pero veíamos al pueblo completamente ciego, vitoreando a los mismos que le llevarían a la forma más primitiva de vida material y espiritual. Aplau­ dían a los farsantes que fomentaban en el pueblo el odio y que irremediablemente hundirían en la no­ che más negra que recuerda nuestra historia. Como unos seis meses, antes de marcharnos, a

principios del mes de abril de 1959, los jóvenes que nos habíamos conocido en los estudios secundarios

y en la Universidad, tratábamos de reunimos y

hacer grupos entre los cuales nos sentíamos prote­ gidos de la continua programación comunista a la que todo el pueblo se encontraba expuesto. En una de esas reuniones, conocí a unjoven médico, llamado José Geller, nacido en Cuba de padres lituanos, que se estaba especializando en siquiatría y se encon­ traba haciendo experimentos con regresiones de tipo hipnótico. Recuerdo perfectamente aquella tarde cuando reunidos en casa de una compañera universitaria llamada Raquel Gold, cómo aquel joven nos expuso su teoría sobre la causa de muchos tipos de la llamada locura. El estimaba que estaba relacionada por la influencia externa de ciertas entidades de carácter espiritual, y que podían ma­ nipular el cerebro de algunas personas que por su debilidad de carácter o alguna experiencia traumática les permitían actuar. Esta entidades entraban a ejercer influencias mentales, —debili­

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tado el sistema— y más tarde terminaban en una completa posesión. Aquella teoría me parecía bastante acertada, pues recordé que había presenciado unos meses antes, como otro médico de origen alemán, unía a su práctica médica tradicional sus conocimientos de tipo espiritual adquiridos durante unalarga estancia transcurrida en la India. Aquel médico apellidado López Domenech, ante mis ojos, había curado a un joven de catorce años, hijo de una familia amiga. Este joven se encontraba, desde hacía más de un año, padeciendo de ataques esquizofrénicos. Había sido atendido por varias autoridades siquiátricas y ya se le habían aplicado electrochoques. Yo conocía bien el caso, pues era la persona que había actuado como intermediario entre la familia del muchacho y el doctor López Domenech, quien ya se había semiretirado, y sólo atendía a unas pocas personas.

Yo había conocido al doctor López Domenech a través de mis continuas búsquedas de personas con conocimientos espirituales, y conversando con él, creí que entre las personas con capacidades curativas espirituales que yo conocía, él era el más adecuado. La familia del chico enfermo era extremadamente conservadora y me pareció que aceptarían mejor a un médico con todas la de la ley. En presencia de los padres del jovencito, un tío y este servidor, el doctor López Domenech le ordenó a esta entidad que abandonara el cuerpo de aquella

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Santiag o A ranegui

criatura. Inmediatamente el jovencito enfermo se lanzó al piso, y comenzó a brotarle espuma por la boca. Al volver en sí reconoció perfectamente a sus padres, algo que no hacía desde que había enferma­ do. Luego de recetarle algo para fortalecer el cere­ bro, la familia se marchó agradecida, pero yo decidí quedarme para preguntarle al buen doctor qué es lo que había hecho. —Simplemente el niño se encontraba poseído por un ser de muy baja evolución. Seguramente que durante una perreta, de esas que a menudo cogen losjóvenes, se le abrió una brecha por la cual se alojó el intruso. La receta que le he mandado es solamente para fortalecer la parte física del cerebro. Por lo demás ya él está curado— me respondió con gran humildad.

José Geller, el joven médico continuó sus prac­ ticas de regresiones hipnóticas con algunas perso­ nas que se prestaban dentro de los círculos de amistades cercanas. Quise compartir las experien­ cias, asistiendo durante algunos meses, casi todas las noches, a aquellos sitios, donde podíamos re­ unimos a llevar a cabo las regresiones. Allí pude experimentar y comprobar por primera vez a mu­ chas personas —a quienes conocía bien— hablando en idiomas extranjeros, relatando historias lejanas, en países y épocas anteriores. Todas parecían ser como hilos del tejido de un tapete que representaba su vida presente. Hoy día esos experimentos son

U n m ístico en la ciudad

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mucho más comunes y aceptados por la mayoría de las personas.

NOTAS

(6) Un importante hospital de Beneficencia Pública.

(7) Aquel negocio había sido fundado por mi padre junto a otros Ingenieros norteamericanos que se habían trasladado a Cuba, atraí­ dos por el clima e ideales condiciones de negocios en aquellos momentos en los cuales nuestra Isla florecía.

VII

LA VIDA ES MOVIMIENTO EL MOVIMIENTO ES CAMBIO EL CAMBIO ES EVOLUCION

No temamos al cambio. El es parte del mundo finito. Lo infinito es siempre eterno. Busca lo infinito y te verás libre del cambio

A l fin los Estados Unidos. Tierra de libertad. Tierra que le da la oportunidad al hombre de subir hasta donde su voluntad lo lleve. Llegué completa­ mente solo, sin ningún familiar, pero aquí estaba dispuesto a trabajar, luchar y a continuar superán­ donos. El hecho de haber estudiado la primera y segunda enseñanza en un colegio norteamericano en mi patria, Cuba, me ayudaría al menos con el idioma. Detrás dejaba la familia; a mi padre y a su esposa Lolita y Manolo, mi medio hermano, al que le había cobrado gran cariño, pues veía en él al hermano que siempre quise tener.

Establecerme no fue cosa fácil, primordialmente porque no tenía dinero. Al fin conseguí un trabajo a través de la iglesia Metodista, a la cual pertenecía el colegio en el que había estudiado. Alquilé un pequeño cuarto en la zona del sur oeste de Miami.

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S an t ia g o A ranegui

Así comencé a desenvolverme poco a poco. El traba­ jo era duro y tenía que caminar todos los días más de treinta cuadras para llegar al mismo, simple­ mente para ahorrar unos centavos que en aquel entonces eran imprescindibles. El primer sueldo que cobré me pareció maravilloso, compré comes­ tibles, que bien administrados, me durarían cerca de un mes. El segundo sueldo semanal me asegura­ ba otro mes de alquiler. En esa época, felicidad era el tener suficiente para hacerle frente a las nece­ sidades mas primordiales. Muchas veces cuando veo a algunos que siempre están descontentos y protestando por el trabajo que tienen, pienso que bien les vendría una experiencia así. Ayer, por ejemplo, leía en una revista de fama internacional la protesta de un grupo de modelos (de ésas que posan ante las cámaras para aparecer en anuncios comerciales de modas) quejándose por lo difícil y extenuante que era su labor y el trabajo que les costaba llegar a triunfar; simplemente, pensé, qué falta les haría trabajar solamente un día en una de las cafeterías locales, de esas que sirven hambur­ guesas, papas fritas y refrescos a cientos de personas, diariamente.

Lolita, se había casado con mi padre como cuatro años después de la muerte de mi madre. Ella, que era una mujer admirable, y que hacía todo lo posible por hacemos sentir bien, me había dado la dirección de un antiguo amigo de su familia, el Dr. Charles

Un m ístico e n l a ciudad

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Justiz y su esposa Gloria. Pronto me comuniqué con ellos y hablé con Charles, médico cirujano famoso en Miami y quien llevaba muchos años en los Estados Unidos. Al conocerle sentí un profundo afecto por él, algo así, como si nos hubiéramos conocido siempre. El y Gloria también eran buscadores de lo místico, y pertenecían a un grupo llamado I AM, fundado muchos años antes, por un ingeniero de minas de apellido Ballard. Este Inge­ niero había tenido una serie de experiencias con el famoso conde de San Germán, durante unos trabajos de investigación que llevaba a cabo en las cercanías del Monte Shasta al norte del estado de California. El grupo del I AM me interesó mucho, leí toda su literatura y libros que existían y gracias a mis nuevos amigos, visité varias veces su templo en el noroeste de la ciudad de Miami. Al templo sólo podían entrar los conocidos. Su atmósfera era maravillosa, al igual que las personas que profe­ saban aquella filosofía o mejor dicho, religión, pero yo sentía que algo en mi interior me decía que continuara con mis estudios místicos en la Orden Rosacruz, y así lo hice. Más tarde mis nuevos amigos Charles y Gloria también se me unieron, en mis investigaciones. Allí, en la casa de ellos conocí a una persona extremadamente interesante, que se reunía con ellos todos los fines de semana para analizar y discutir sobre el conocimiento esotérico y me refiero al Dr. Francisco León Fesser0*’. El Dr. Fesser por

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S an tiag o A ranegu i

muchos años nos ayudaría grandemente a entender los profundos y enigmáticos libros escritos por la famosa mística Elena Petrona Blavatski, fundado­ ra del movimiento Teosófico. Su famosa Doctrina Secreta fue, durante mucho tiempo, el centro de nuestras reuniones, a las cuales asistían otras personas, igualmente maravillosas, como el Dr. Rolando Amador, famoso abogado.

Tan pronto tuve una oportunidad, continué mis estudios de arquitectura en la Universidad de Miami. Primeramente, con una asignatura, que era todo a lo que podía hacerle frente económicamente. Después tomé cursos completos. Todo era muy difícil. El duro trabajo durante el día, y la Univer­ sidad por la noche. Pude comprar un viejo automóvil con unos modestos ahorros y una pequeña suma de dinero, que la familia en Cuba me envió a través de alguien. Aquello alivió tremendamente mis es­ fuerzos. Pocos se dan cuenta de lo que es la ventaja de un automóvil, que nos permite movernos en los momentos necesarios y no tenernos que ajustar a los horarios de los autobuses públicos.

Como a los dos años de estar en Miami, contraje matrimonio con la que sería la madre de mis dos hijos. Hijos que fueron una bendición del cielo. Tanto la hembrita, que llegó primero, como el varón después, vinieron a dar un nuevo significado a mi vida. Siempre le pedí al Cósmico que me enviaran

Un m ístico e n l a ciudad

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como hijos almas altamente espirituales, para po­ der encaminarlas aquí en este plano. Así ha sido. Recuerdo muy nítidamente la madrugada en que llegó a este mundo mi niña Margie. Me encontraba completamente solo, en una sala de espera de un hospital de Miami. Aún no se por qué la luz estaba apagada, pero para mí aquella penumbra era algo, como si la hubiera pedido especialmente, pues es­ tuve en meditación profunda por más de una hora, hasta que sentí llegar su alma. Lo recuerdo per­

fectamente bien, pues un rato después abrí los ojos,

y miré al reloj. Eran las 6y 5minutos de la mañana.

Sentí cuando aquella alma me saludaba con su luz, sentí dentro de mi pecho la alegría de que un alma bella y adelantada, me daría la oportunidad de ayudarla a venir a este mundo y cumplir su misión.

Solamente la llegada de mi segundo hijo —un varón

a quien llamaríamos igualmente Santiago—, y la

llegada de la luz del Cósmico (muchos años más tarde) han sido, con ésta, las experiencias mas conmovedoras de esta vida. Por primera vez sentí la mas profunda ternura que un ser humano puede sentir. Desde ese instan­ te ,a todos los niños del mundo los siento también un poco mis hijos.

Por estas fechas el resto de mi familia había sa­ lido de Cuba y se había establecido en la hermana Isla de Puerto Rico. Decidí correr fortuna en aquella Isla, que todos me decían era tan parecida a la que

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San tia g o A ranegui

dejé atrás por necesidad, al igual que tantos cuba­ nos lo estaban haciendo, y me trasladé junto a los míos.

Desde el primer instante que llegué a Puerto Rico, sentí que allí estaría largo tiempo y así fue. Esa Isla de sol y de gente tan profundamente cariñosa, robaron mi corazón, y sentimientos. En Puerto Rico terminé la carrera de Arquitecto y trabajé también, en la construcción primeramente,

y después en la preparación de proyectos en los cuales participé en su organización.

Pronto conocí a otro hombre increíble, me refiero

a don Armando Font de la Jara, uno de los miem­ bros mas antiguos que tenía la Orden Rosacruz en

el Mundo entero. Había participado en su organi­

zación en el presente ciclo. Font de la Jara había

logrado un profundo desarrollo síquico y espiritual, a la vez que era poseedor de un misterioso conoci­ miento de la Cábala, aquella ciencia que tanto me fascinaba. Una vez terminada mi carrera universi­ taria, todas las tardes me escapaba de mi oficina para ir a visitar a don Armando, como todos los que

le conocíamos y le amábamos le decíamos. El tiempo

volaba cuando estaba junto a don Armando Font de la Jara. Cada día me desentrañaba más y más aquellos misterios, que sin la clave necesaria, nos llevaría muchas vidas comprender y descifrar, pero que junto a un maestro iniciado estos misterios se hacían claros y diáfanos como el sol de aquella Isla.

U n m Istico en la ciudad

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Así, por años, estudiamos los misterios de la Cábala y pudimos ver manuscritos, que pocos ha­

bían tenido el privilegio de leer, debido a su anti­ güedad y que habían sido confiados a don Armando que se había convertido en mi maestro de la Cábala. Un día recibí una llamada telefónica desde Mia­

mi de mi querido amigo y hermano del alma, el Dr.

Charles Justiz. Me informaba que se había enterado que en Puerto Rico radicaba un auténtico Swami Hindú , discípulo del famoso maestro de la India Sivananda de los Himalayas. Me pedía mi amigo que fuera a visitar al Swami y que le informara de

mi impresión. Charles se mostraba muy entusias­

mado y quería venir a Puerto Rico para visitarlo. Al día siguiente como a las seis de la tarde me aparecí a las puertas de aquella mansión frente a la playa en un lugar conocido como Ocean Park. La dirección era enigmática, Swami Jyotirmayananda,

Dolphin House, Santa Ana No. 1, Ocean Park, San Juan, Puerto Rico. Me recibió un hombre de apariencia hindú, con

cara redonda y completamente rapada. Vestía un hábito color azafrán y unas sandalias de cuero. Su sonrisa fue amplia, aunque no cordial. Hablamos

en inglés, el idioma que él dominaba a la perfección. Por su forma de expresarse enseguida me di cuenta que estaba ante una persona con altos estudios académicos. Más tarde supe algo de su historia, contada por la otra persona que ocupaba aquella casa. Esta era una norteamericana que se haría

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S antiag o A ranegui

llamar Lalitananda. Esta mujer era quien había traído al Swamiji (así le llamaban en Puerto Rico). Sinclair era el apellido de Lalitananda, quien se había decidido a viajar a la India para estudiar yoga. Llegó al Ashram, algo así como un convento, que había fundado Sivananda, quedándose allí por algunos años. Un tiempo después convencía al

M aestro Sivananda para que enviase a

Norteamérica a su más aventajado alumno para enseñar yoga. En la india los discípulos no discuten a su maestro y Swami Jyotirmayananda llegó a los Estados Unidos a través de Puerto Rico, esa bella Isla donde había vivido Lalitananda. Aquella casa era suya desde esa época. La Biografía del Swami decía que había nacido en la villa de Bihar en el año 1931, y que desde su niñez experimentó señales de futura santidad. Se convirtió en monje en 1953, a los 22 años de edad. Allí, en el convento de Ashram, al

lado de Swami Sivananda, se inició en la orden Sanyasa, donde vivió los próximos nueve años has­

ta su viaje a los Estados Unidos.

Por espacio de tres años, todas las mañanas, antes del amanecer, nos encontrábamos ya senta­ dos sobre una estera, meditando en posición Yoga, junto a otros quince discípulos frente al Swami, cuya figura tomaba un aspecto casi fantasmagórico iluminado por la pequeña llama de una lámpara de aceite en forma de loto, situada ante él. En cada amanecer las prácticas que había aprendido y lleva­

U

n M fsnco e n l a

ciudad

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do a cabo anteriormente durante años me hacían el aprendizaje de la meditación Yoga extremadamen­ te fácil. Aprendí a poner la mente completamente en calma, concentrándome en el entrecejo, (el Agni Chakra), controlando el ritmo de mi respiración y sintiendo la sola existencia de mi naturaleza inter­ na. Después comenzábamos a entonar aquellos Mantras sagrados de la India, los cuales el Swami nos había enseñado perfectamente: sonido, entonamiento y significado. El Yoga enseña que solamente a través del M antra, un hombre puede hallar la liberación del mundo de la ilusión. Tam­ bién enseña que el Mantra puede disolver los obs­ táculos que se presentan ante la vida de cada uno. A mí el que siempre me ha gustado más dice así:

OM TRYAMBAKAN YAHAMEHE SUGANDHIM PUSHTIVARDHANAM URVARUKAMIVA BANDHANAN MRITYOR

MUKSHEEYA

MAAMRITAT

(Om, rendimos reverencia al Absoluto, dador de fragancia y alimento, así como la fruta del pepinillo se deshace de la vaina, así mismo permítenos liberarnos de las cadenas de la muerte y obtener la inmortalidad.)

Después, de frente al sol que comenzaba a le­ vantarse, hacíamos los ejercicios deHatha Yoga para tonificar el cuerpo físico con los centros espirituales internos. Comenzábamos por paramos sobre la

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S an tia g o A ranegui

cabeza, después sobre los hombros, la Cobra y muchos otros durante más o menos tres cuartos de hora. Terminábamos aquella sesión de todas las mañanas con una clase de Yoga Vedanta. De allí nos trasladábamos a nuestro hogar para desayunar y después dirigimos a nuestro trabajo en la oficina de Arquitecto o hacia el campo donde se llevaba a cabo alguna construcción, de la cual éramos respon­ sables. A pesar de las prácticas de Yoga, continuábamos visitando casi todas las tardes a Don Armando Font de la Jara y estudiábamos con él, los misterios mas profundos de la Cábala, aquel conocimiento secreto que une al hombre aún del presente, con un mundo pasado, presente y futuro más misterioso que la vida misma. Allí, buscaba un balance dentro del conocimiento espiritual entre el Oriente y el Occi­ dente. Entre el Bramham y el antiguo Jehovah. Allí comprendía mejor al maestro Jesús quien pudo apreciar al mismo Padre a través de varias filoso­ fías pues es bien sabido por los estudiantes de las enseñanzas arcanas que el Cristo estudió en el Egipto, Caldea y en la India. Las noches las pasábamos en veladas con nues­ tros hijos y el resto de la familia.

Un día le expresé a Swamiji mi interés por sos­ tener una entrevista personal con él para conocer sobre mi adelanto en sus clases, así como saber hacia qué objetivo nos dirigíamos. Me citó para

U n MISTICO EN LA CIUDAD

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aquel mismo día a las cinco de la tarde. Llegué al Dolphin House a la hora acordada. Swamiji me estaba esperando. Después de salu­ darlo de la forma usual, juntando las manos en forma parecida a la oración cristiana, (haciendo una pequeña reverencia con la cabeza y diciendo o m t a t s a t , que la Paz y el conocimiento estén contigo,) nos dirigimos a la pequeña salita en el segundo piso de aquella magnífica residencia frente al mar. Allí nos sentamos en un cómodo sofá que daba frente a una amplia puerta con marcos de madera y con grandes paneles de cristal y a través de la cual contemplábamos todo el litoral de aquella zona tan bella de San Juan. Yo rompí el silencio y le pregunté:

Swamiji, quiero saber sobre mi adelanto y qué más puedo hacer?, también quiero saber más sobre los misterios del Yoga— su respuesta fue rápida. —Te llamaré Shanti, que aunque es parecido a tu nombre, nada viene por casualidad, porque tam­ bién este nombre representa en Sánscrito, la pro­ funda búsqueda de tu alma, la búsqueda de la Paz Interna. Estás en buen camino, pero solamente la práctica exhaustiva de la meditación diaria, el Mantra y el estudio de los Vedas, te llevará a la Iluminación. El Yoga enseña que la mente es una corriente continua de pensamientos y según fluye permite al Espíritu crecer. La mente, debido a su incesante actividad, aparece oscilando siempre, creando dudas y fantasías en el intelecto. En estado

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S antiag o A ranegui

de concentración enfoca su atención en un solo objeto y aunque continúa oscilando, da la aparien­ cia de estar fija. La mente es por tanto, la esclavizadora y también la liberadora de los seres humanos. La conquista de la mente turbulenta, nos lleva a la paz y a la felicidad sin límites, pero la esclavitud bajo la mente es la causa de grandes aflicciones que el hombre constantemente sufre. El Alma, como parte del Absoluto, entra en lo que es el mundo de la ilusión, conocido como Maya, y se manifiesta como innumerables individuos. Cuando la mente, (que es la causa de la aparicitn del hombre en el océano de la consciencia pura), se encuentra serena y libre de esas turbulencias, así se encuentra identificada con el absoluto y converge con El. Es entonces, que el hombre descubre el Paraíso aquí mismo. Muchos creen que hay que retirarse a una montaña o a u n monasterio para alcanzar esa libertad. La verdad es que, aquel que es capaz de hallar ese equilibrio y esa paz dentro del mundo en que vive, tiene más mérito. Busca esa Paz interna y desarróllala aún en contra de tus deseos más fuertes, que no son más que el producto del Mundo de Maya, del Mundo de la ilusión pasajera de los sentidos. Conviértete en un guerrero, pero en un guerrero del espíritu. Solamente los que luchan tienen derecho a la victoria. Conviértete en un místico aquí mismo, en tu Mundo, y encontrarás la única Paz que es perdurable. Esa nadie, nunca, te la podrá arrancar.

Un M lsnco e n l a ciudad

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A continuación se levantó, salió de la salita donde estábamos sentados, y regresó unos minutos mas tarde, con un M alaw, o rosario Hindú en las manos. Swamiji entró en meditación y me dijo:

—Tu Matra debe ser dirigido a Sivalim.Tú deberás repetir tu Mantra a esa fuerza que trae el cambio rápido y el preciso. Om Ñamo Shiuaya .— agregó.

Continuamos aquella forma de vida por espacio

de tres años, y aunque no temamos grandes prue­

bas —dentro del campo síquico— que fueran visi­

bles, ni aparentes, se estaba produciendo un proceso

de entonamiento y desarrollo interior. Sentía la

intuición más despierta y la imaginación mucho más activa, pero no había una experiencia marca­ da, que me indicara un desarrollo específico. Aque­ llas experiencias tenidas al comienzo de nuestro

sendero, no se habían repetido. A veces pensaba que

en algún punto del camino me había equivocado. No

obstante, continué adelante. Todas las noches me sentaba en mi pequeño Sanctum (o sitio que había dedicado a llevar a cabo el ritual) y encendía dos velas blancas, un poco de incienso, hacía mi oración

al Cósmico y elevaba mi Conciencia a los Mundos de luz. Todo esto, en medio de momentos de gran esfuerzo y lucha en el mundo físico. Mis dos hijos estaban muy pequeños, las necesidades materiales apremiaban, al igual que las responsabilidades de

mi carrera. A pesar de todo, trataba de no desespe­

rarme ante nada y mantener ese equilibrio que me

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S an tia g o A ranegui

había propuesto entre los dos mundos que vibraban intensamente dentro de mi Ser. El fuerte deseo de una respuesta espiritual, y un sentido de responsabilidad ante mi familia y mi carrera, los logré combinar. Es aquí, donde la mayor parte de los aspirantes a una vida superior se cansan, y abandonan todo el trabajo. Lo que adelan­ tamos, nunca se pierde, aunque no nos demos cuenta, queda impregnado en nuestro Ser para encamaciones futuras, cuando estemos listos para el cambio.

NOTAS

(8) Al Dr. Francisco León Fesser me referiré mas ampliamente en el capítulo XI.

(9) Mala es el rosario hindú que tiene ciento ocho cuentas, usualmente de madera y es usado para recitar el Mantra. Usualmen­ te cada persona debe buscar su propio Mantra.

(10) Los occidentales y aún el pueblo ignorante de la India ven estos nombres como dioses actualmente. En realidad son fuerzas o manifestaciones del Unico Creador, pero que cada una trabaja en un sentido específico.

VIII

UNA EXPERIENCIA MÁS

El ser humano se encuentra sumergido en un Universo de fuerzas misteriosas que tiene que aprender a contactar para que copartícipe en su poder.

U n día, y debido al esfuerzo físico que estaba realizando comencé a sentir un fuerte dolor en la zona del nervio ciático. El dolor aumentó y no desaparecía con el tratamiento usual que me prodi­ gaba un amigo médico especialista en neurología del Hospital de Veteranos. Aunque no era veterano, había conocido al amable doctor en las clases de Yoga y él se había ofrecido para ayudarme. Y lo hizo poniendo todo su interés. Pero sencillamente el dolor no menguaba. La búsqueda de un alivio me llevó a conocer a un famoso doctor en Quiropráctica. Este doctor puertorriqueño, (que Dios tenga en la Gloria, por su gran bondad y amor por la humani­ dad), era el doctor Rafael Sierra, quien a pesar de su avanzada edad, tenía un conocimiento extraordina­ rio de esa ciencia, en la cual tengo gran confianza, después de haber podido comprobar la cura total de aquella situación, en apenas tres visitas. Inmediatamente surgió un cálido afecto entre el

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San tia g o A ranegui

doctor Sierra, (que era como todo el mundo le conocía en Puerto Rico), y nosotros. La tercer^ voz que nos trató, después de decirme que por el mo­ mento no necesitaba más tratamiento para aquella dolencia al menos, me contó que llevaba varios años experimentando con un antiguo método que había sido parte del conocimiento secreto de los Egipcios de las famosas escuelas iniciáticas. Me citó a su residencia, en la urbanización San Gerardo y, al llegar, me llevó a un muy amplio laboratorio que había construido en una adición, al fondo de su casa. Allí habían cientos de plantas, colocadas en distintos grupos y se veía a las claras que estaban clasificadas por experimentos. Después me condujo a la raíz del misterio. —Aquí tengo imanes de todo tipo. Los campos magnéticos de los imanes naturales o artificiales hechos por el hombre, tienen el poder de alterar o restaurar el balance magnético de las células, tanto las de las plantas y animales, como las de los humanos. Es de vital importancia que se use el polo correcto para el resultado deseado. Por ejemplo, en el caso de dolencias físicas humanas, existe un desbalance en el equilibrio magnético de las células afectadas. Aplicando el polo indicado del Imán, he logrado resultados milagrosos. Aquí tienes este grupo de plantas, a éstas las he rociado diariamente con agua corriente del acueducto, y a éstas otras, con agua de lluvia y al tercer grupo de plantas las he rociado con agua magnetizada que cargo magnéti­ camente, a través de estos coils de tubo plástico,

U

n m ístico e n l a ciudad

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enrollados alrededor de magnetos o imanes linea­ les. Aquí con este metro que mide la cantidad de magnetismo que el agua ha recibido, calculo cual es

el nivel o cantidad de carga que mejor resultado da.

Como verás el tercer grupo ha crecido un treinta por

ciento más que las otras en sólo un período de cuatro

a cinco meses— me explicaba entusiasmado el doctor Sierra.

Y lo que más yo ansiaba preguntarle, él, como leyéndome el pensamiento, se adelantó a contestar­ me:

—Si, ya lo he utilizado con un éxito absoluto en

varios pacientes. Conoces, como es natural, al famo­

so pelotero Roberto Clemente, pues bien , él tenía

una seria lastimadura en una rodilla, que no le sanaba. Le apliqué los imanes y el éxito fue com­ pleto— no salía aún de mi asombro, a la vez que crecía mi interés, cuando el doctor Sierra me con­ dujo a su oficina, junto al laboratorio y me mostró un gran cartapacio de cartas que él se cruzaba con otros científicos que llevaban a cabo experimentos similares en otras partes del mundo. —No estoy solo en esta búsqueda, ni he sido yo quien lo ha descubierto. Cuando se encontró la tumba del famoso Faraón Tutankhamon, se supo que de los cetros que los Faraones egipcios soste­ nían en sus manos, uno era un imán natural. Este cerraba un circuito magnético, que cruzaba por el cuerpo del Faraón. Esta, era por lo tanto, uno de los

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Santiag o A ranegu i

muchos secretos de los antiguos egipcios. Su uso era, posiblemente, para armonizar al Faraón con las fuerzas magnéticas del medio ambiente y tam­ bién para aumentar sus facultades mentales y espirituales— continuó su explicación el doctor Sierra —el polo positivo hace crecer y regenerar tejidos o restaura las facultades naturales debilita­ das de un órgano, mientras que el polo negativo, calma y tranquiliza todo aquello con lo que se pone en contacto. Hay imanes planos y flexibles, como si fueran láminas de 1/16" de espesor, que se pueden llevar junto al cuerpo en las zonas que fuese nece­ sario, ya sea para reáctivar o para tranquilizar aquella parte del organismo que lo necesite. Transcurrió algo así como una semana, durante la cual estuve leyendo, lleno de interés, una tremen­ da cantidad de literatura, folletos, copias de cartas, etc., que el doctor Sierra me había facilitado. En su esplendidez y falta de egoísmo, no vaciló en com­ partir conmigo toda aquella información, que yo sabía que para él era tan valiosa. Una tarde sonó el teléfono y me dijeron que el doctor Sierra me llama­ ba, supe que algo interesante quería compartir de nuevo conmigo. No me equivocaba. —Arquitecto— que era como él me llamaba —un grupo de amigos que comparten al igual que noso­ tros el interés por lo desconocido, vamos a costear los gastos para traer a Puerto Rico a un famoso san ador filipino, de esos, que operan sin

bisturí

¿quieres

compartir con nosotros los gastos

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y ser partícipe de esta aventura?— al enterarme de que no estábamos hablando de una suma de dinero que yo no pudiera aportar, le dije que sí, que inmediatamente le enviaría un cheque por la suma acordada, que creo era algo así como unos 150 dólares.

Los días de espera transcurrieron rápidos y casi sin darme cuenta. Como un mes más tarde el doctor Sierra me llamó para informarme que nuestro hombre, Tony, como todos lo conocían, llegaría ese mismo día y que durante el fin de semana nos reuniríamos en un sitio, que había sido cuidadosa­ mente seleccionado, para verlo operar. Ese fin de semana nos trasladamos al sitio convenido, acom­ pañado por mi padre que se había interesado al escucharme toda la historia del hombre que opera­ ba sin bisturí. Tony era un hombre pequeño, de unos cuarenta años, que evidenciaba los rasgos típicos de los filipinos, y lucía una persona educada. Se desenvol­ vía muy bien y tenía gran aplomo y seguridad en sí mismo. Le acompañaba una señora mayor que vestía un traje blanco de enfermera. Me informaron que aquella señora era una enfermera norteameri­ cana que había padecido de cáncer. Estaba des­ ahuciada cuando acudió a Tony. Según su testimo­ nio había sido curada por él, y en agradecimiento, la mujer había decidido convertirse en su ayudante. Tony vestía una simple camisa blanca de mangas

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S an t ia g o A ranegui

cortas y pantalón y zapatos igualmente blancos El sitio escogido era una amplia casa en las afueras de la ciudad. No pregunté, pero posible­ mente era propiedad de alguno de los integrantes del grupo que había sufragado los gastos para traer

aquellas personas desde las Filipinas. Quiero agre­ gar que aquel grupo estaba formado por personas prominentes, entre los que se encontraban varios doctores en medicina interesados en este fenómeno, motivo por el cual la llegada de Tony a Puerto Rico

se mantuvo dentro del más estricto marco de silen­

cio, por las consecuencias profesionales que hubiese podido traer.

En la sala de la casa, que era amplia y soleada, esperaban unas veinte personas. Todas eran pa­

cientes, que sufrían de alguna dolencia y que se habían prestado voluntariamente al experimento.

A mí el Dr. Sierra me indicó que pasara a una

habitación contigua, donde se había colocado una camilla de esas usadas para reconocimiento en las oficinas médicas. Me situé cerca de los pies de la camilla y tomé desde allí, mi posición. En la habita­ ción habían solamente unas seis personas, además de Tony y la enfermera. El primer paciente fue traído. Era una joven que padecía de cataratas en ambos ojos. La sentaron enla camilla y Tony se situó

detrás de ella, colocando ambas manos sobre los ojos de la joven, comenzó con sus dedos a frotar los párpados. De los ojos de la joven comenzó a salir un

U n MISTICO EN LA CIUDAD

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líquido claro, que bien podían ser lágrimas. El proceso continuó por unos minutos, después Tony se puso al frente y le abrió los ojos a la joven con la punta de sus dedos, y comenzó a extirpar lo que parecía una membrana. No supe más del resultado, ya que la enfermera colocó unas gasas sobre los ojos de la joven y se le condujo a otra habitación. El próximo paciente era un hombre alto y corpu­ lento, que debía ser operado de piedras en la vesí­ cula. Después de acostarlo en la camilla, lo despo­ jaron de sus prendas de vestir, dejándole puesta solamente una camiseta (de ésas que se usan debajo de la camisa) que le fue subida hasta cerca de los hombros. Una sábana blanca le cubrió la parte inferior y Tony procedió a pasarle las manos sobre el área donde se le debía de hacer la intervención. De repente, para mi sorpresa, vi como una de las manos del curandero filipino se deslizaba dentro de la piel de aquel hombre sin que saliera una gota de sangre. Sólo un líquido semitransparente y colo­ reado con un poco de sangre se deslizaba. Vi salir grasa por entre la mano y la piel. Tony no miraba, solamente palpaba con la mano que había intro­ ducido y con la otra mano, de repente, comenzó a sacar, lo que parecían piedras. Mantenía el orificio abierto con una mano, y con la otra dispoma de las piedras, las cuales echaba en un cubo de metal color acero, que se encontraba junto a la camilla. Aquello siguió por unos veinte minutos. En ningún momento el paciente había sido anestesiado y no mostraba

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señal alguna de dolor. Al terminar todo, la piel estaba muy roja, pero sin ninguna cicatriz. Le pasaron por la superficie un pequeño aparatito, que despedía un fuerte olor a ozono. Después de esto, el paciente se incorporó y fue ayudado a levantarse fuera de la camilla. Se veía atontado. Le pregun­ tamos:

—¿Sentiste dolor?— la respuesta fue sencilla:

— Molestia, pero no dolor, me siento bien. El proceso siguió por varias horas más. Presencié cuatro operaciones similares a las que he relatado. Decidí retirarme, ya lo había visto todo. En ningún momento me pareció que hubiese fraude.

A los dos días me comuniqué con el doctor Sierra y le pregunté si habían sometido a aquellos pacien­ tes a radiografías antes y después, como compro­ bación. Me respondió que si se habían hecho:

—En todos los casos han desaparecido los cálcu­ los, tumores, etc.

Yo he leído, después de aquella experiencia, que los supuestos curanderos filipinos resultan un frau­ de. Puede que muchos lo sean, pero de aquella ocasión que presencié en Puerto Rico, estoy conven­ cido de que fue verdadera.

LX

LO MÁS IMPORTANTE ESTÁ OCULTO AL OJO FÍSICO

Según el Vedanta es la mente quien nos causa esclavitud o libertad. Vence a tu mente y te darás cuenta de que siempre has sido libre.

L o s 18 meses que siguieron y mis últimos en Puer­

to Rico, fueron meses difíciles en lo que respecta al mundo material, pero de un gran crecimiento en el aspecto espiritual. La situación económica del ne­ gocio de arquitectura y construcción pasó a un período de caída vertical y de una increíble situación

económica. Vi el negocio nuestro derrumbarse sin remedio. Mi familia se marchó a Miami, en busca de aires nuevos y de ampliar las fronteras. No obstante eso, me vi en la necesidad de mantenerme solo, por un año y medio. En este tiempo, meditaba casi constantemente. Me leía una y otra vez la vida de Sidharta Gautama, El Buda, El Iluminado. En sus enseñanzas de desapego a lo material, encontraba la explicación a aquella situación, muy traumática en lo material, pero muy constructiva en lo espiri­ tual.

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S an tiag o A ranegui

En uno de los viajes que durante ese tiempo di a Miami, mi entrañable amigo el doctor Charles Justiz me informó que había conocido a un maestro Rosacruz iniciado en el Egipto. Se nombraba Ma­ nuel Lamas, había sido un famoso virtuoso de la guitarra clásica y al momento vivía en Washington D.C.; donde pasaba parte del año. Temamos que ir a verlo, era parte de nuestra experiencia conjunta. Así que planeamos viajar a su encuentro lo antes posible.

Llegamos a la capital de los Estados Unidos un par de meses más tarde. Me acompañaba mi colega el arquitecto Frank Martínez, ya que el doctor Charles Justiz había tenido durante largos años, (aún antes de habernos conocido), una serie de revelaciones que nos relacionaba a los tres. De acuerdo a las mismas habíamos llegado juntos por primera vez a este planeta, hacía ya muchos miles de años, veníamos procedente del mismo sitio en el Universo. (Estas revelaciones habían comenzado como un sueño constante, más tarde le había sido revelado en plena vigilia.) Al llegar a Washington D.C. nos recibió el Maes­ tro en su residencia. Su casa estaba toda decorada al estilo del antiguo Egipto, y la adornaban varios objetos de arte, del mismo período, que pude apre­ ciar eran legítimos y de gran valor. Nosotros le entregamos como obsequio una gran lámina de una Rosacruz Hermética, la cual habíamos dibujado

U n MISTICO EN LA CIUDAD

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expresamente para tal ocasión. Cuando cambiamos impresiones, enseguida nos dimos cuenta de la autenticidad de su Maestría. Acordamos para el día siguiente la celebración de la tradicional iniciación, con la cual nos honraría.

A las ocho de la noche nos reunimos en la casa del maestro Manuel Lamas tal como habíamos acor­ dado. Todo estaba listo para la iniciación. Como a las diez y media ya habíamos terminado. Fue ésta una experiencia extraordinaria. Mi alma se había remontado a través del tiempo a momentos de gran trascendencia en el pasado.

Al regreso a Puerto Rico y a partir de aquel momento, las cosas empezaron a transcurrir de una manera inesperada. Todos los problemas comen­ zaron a resolverse, como por arte de magia. El trabajo realizado se quedaba atrás, pero todos los inconvenientes se resolvían, poco a poco y podíamos salir, completamente limpios y sin arrastres de ningún tipo. Me encontraba más tranquilo que nunca. Había aprendido la lección del Buda, «lo más importante está oculto al ojo físico.»

X

EL SANCTUM SAGRADO

Nuestras intenciones más altas convierten un rincón cualquiera en un Lugar Sagrado

M e mudaba de nuevo para la ciudad de Miami. Después de casi siete años de ausencia me establea en vina pequeña oficina de proyectos en compañía de un socio. Dedicándonos a trabajar con todo nues­ tro empeño en nuestra profesión. El Miami que habíamos dejado años atrás, ya no existía. Volvía­ mos a una ciudad cosmopolita y llena de una fuerte competencia en el mundo de la construcción. El negocio comenzó a prosperar, y trabajábamos lar­ gas horas, hasta avanzada la noche. No importaba la hora que regresaba a la casa, todas las noches me sentaba en aquel rincón sagrado por el hecho de nuestras intenciones. Allí, nos poníamos en contacto con la luz del Universo. El ritual ha sido siempre igual: nos sentamos ante nuestro Sagrado Sanctum, aquel pequeñito espacio, donde sobre una mesita, reposan como si fueran las columnas de la entrada a un Templo del Alma, dos velas blancas en sus sencillos candelabros, en el

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centro, un incensario (el nuestro siempre me fasci­ nó, pues representa a un antiguo Faraón Egipcio, Amenhotep IV arrodillado ante un altar, de donde sale el incienso). Ante nosotros la Cruz Aurea con la Rosa en el Centro, símbolo del Alma Humana. El rostro del Maestro Jesús, el Cristo, como ideal de nuestras mas altas intenciones. Las dos velas re­ presentan la Luz del Padre y la del Hijo. Al en­ cenderlas, invocamos la presencia de la Luz Infinita en aquel sitio hecho sagrado por nuestras más puras intenciones y así elevamos nuestra consciencia hasta lo alto, dejando atrás las preocupaciones y tribulaciones de la vida terrestre. Nuestro Maestro Cósmico siempre se nos hada presente, unas veces situado detrás de nosotros, otras a nuestra derecha. En completo silencio, para no interrumpir la más perfecta y absoluta comunión con el Cósmico. Este Maestro se nos presentaba cada vez que entrábamos en nuestro Sanctum. Todavía no conocíamos con exactitud su personalidad, pues solamente lo veíamos como un monje, de esos Carmelitas, que usan una capucha. Su rostro se vislumbraba debajo de la capucha con una barba oscura y corta. Un rostro mas bien redondo, y con una mirada llena de amor. Algunos años más tarde supe de quién se trataba y que aún después , siempre estará presen­ te. Absolutamente a todos los buscadores de la Luz Mayor seles aparece su Maestro. En el Cósmico hay una Sagrada Asamblea de Maestros que se en­ cuentran atentos a cada vez que se enciende una luz en los planos espirituales. Cuando un ser humano

Un m ístico e n l a ciudad

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el ansia interna del conocimiento de lo Divino, una pequeña y brillante luceáta se enciende en el Plano aquel en el cual los Maestros Cósmicos moran. También todos los aspirantes a la vida superior deben de tener su Sanctum .Aquel sitio, no importa lo pequeño que sea, a donde puede retirarse y elevar su conciencia hasta lo más alto. Como Dios es la Mente y el Alma de cada individuo es posible que al entrar en el Sanctum, —ya sea en oración, medita- ción o contemplación— nos entonemos con ese Mundo tan especial del cual volvemos cargados con la Luz del conocimiento y la fuerza interna del espíritu para hacerle frente a los obstáculos y pro­ blemas del diario vivir. A medida que hacemos el hábito de sentamos en nuestro Sagrado Sanctum , aprendemos a escuchar la voz de Espíritu que es la que nos abre la conciencia a la percepción espiritual de nuestro bien, el cual ha estado y estará por siempre accesible cuando nos acercamos con humildad de corazón, pues para recibirla Gracia de Dios tenemos que retiramos por un tiempo del mundo de los sentidos materiales y buscar una audiencia con Dios. Cuando nos alimen­ tamos con las Energías Divinas nos iluminamos con la Luz del Alma, nos refrescamos con el Agua de la Vida y recibimos el sustento que nunca perece o termina.

XI

DE NUEVO FESSER

É l y Su nombre son Uno. Mediante la meditación en Su nombre llegaremos a Él

.D esp u és de establecidos nuevamente en Miami comencé a enseñar Arquitectura y diseño en el MDCC, además, también al poco tiempo, comenza­ mos todos los fines de semana unas reuniones en la casa de mi amigo el doctor Charles Justiz. A las mismas acudía un famoso sabio de origen chino, pero nacido en Cuba, el doctor Francisco León Fesser, a quien ya había tenido la oportunidad de conocer en los primeros meses de mi estancia en Miami al llegar de Cuba. Aunque su nombre no denotaba su descendencia sus padres habían naci­ do en China, pero al llegar a Cuba, se habían convertido al cristianismo y con la conversión ha­ bían adoptado el nombre de una familia amiga.

Con el doctor Fesser recomenzamos a estudiar los libros de la famosa Elena Petrona Blavatski, especialmente la Doctrina secreta, en cuyo estudio nos demoramos varios años, recibiendo clases dos y

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tres veces a la semana. Un día el doctor Fesser nos informó que debíamos estudiar el libro chino más difícil de todos, El se­ creto de la flor de oro, que contenía los secretos y los ejercicios mas trascendentales del yoga chino. Es­ tos ejercicios se deben hacer un período de cuarenta días, durante los cuales hay que hacer varias prác­ ticas diarias de meditación dentro de un marco de una total limpieza física y espiritual. El objetivo principal es mover la luz espiritual que todos los humanos llevamos dentro, sin saberlo, y hacerla circular por todo el cuerpo. Hicimos fielmente los ejercicios durante el tiempo determinado, pero no obtuvimos un resultado po­ sitivo. habíamos aprendido la técnica, pero nos faltaba la luz. En esos precisos instantes supimos de la llegada a los Estados Unidos de un famoso místico de la India, un Mahatma llamado Sri Rajeswar, quien venía precedido de la fama de tener el poder para abrir los centros síquicos supe­ riores del hombre. Pero existía un inconveniente: el Mahatma escogía a unos pocos de entre los tantos cientos que se le presentaban. Nuestra próxima misión era llegar al encuentro del Mahatma. Su­ pimos que se presentaría en la Universidad de Emory en Atlanta, Georgia para dar una conferen­ cia. Allá nos dirigimos, junto al doctor Charles Justiz y al doctor Fesser, en busca de la luz. Llegamos tarde en la noche, después de manejar como doce horas seguidas, pero la emoción de lo inesperado, nos hizo pasar el tiempo inadvertido.

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Después de conseguir donde alojamos esa noche, nos levantamos al amanecer, y nos dirigimos lo más temprano que pudimos, a la Universidad de Emory donde el famoso Mahatma se disponía a dirigir en una conferencia a un público formado por estudian­ tes y profesores de ese afamado centro de estudios superiores. A pesar de que llegamos temprano, ya el anfiteatro se encontraba lleno de personas de todas las edades y sexo, por lo que tuvimos que quedarnos parados junto a una de las paredes. A los pocos minutos, apareció la figura de un hombre de aspecto hindú, de cabellera muy negra, como de cuarenta años de edad y de rostro muy agradable. De él se desprendía una gran paz y seguridad de sí mismo, cosa que habíamos encontrado a través de los años, en todas las personas que habían descubierto una respuesta en el camino espiritual. Esa mañana, el Mahatma habló durante más de dos horas sobre el estado de la humanidad presente, sobre la vida en la India. Enseñando vistas de diapositivas de dis­ tintos aspectos del pueblo, así como de los Ashrams. Después entonó algunos Mantras y nos habló sobre la existencia de un conocimiento, el cual tenía un fuerte paralelismo con el misticismo cristiano. Nos dijo que dentro de todo ser humano había una poderosa luz del alma de la que estábamos in­ conscientes, al igual que del poder de la fuerza secreta de la respiración cuando se hacía consciente. Todo aquello ya lo conocíamos. Lo que necesitába­ mos era encontrarnos en la presencia de alguien con

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S antiag o A ranegui

el poder de despertar aquellas fuerzas dentro de nosotros. Cuando terminó la conferencia el Mahatma se quedó absorto por un rato bastante largo. Después informó a la audiencia que escogería de entre aquel grupo a algunas personas para invitarlas a la ce­ lebración de un ritual que era utilizado desde mu­ chos siglos atrás, y mediante el cual el maestro le abría los centros espirituales a sus discípulos. El corazón nos saltó del nerviosismo. Cuánto deseá­ bamos ser escogidos. Pero mi ser físico dudaba, no podía ser posible que entre tantos miles de concu­ rrentes pudiésemos nosotros caer entre aquel pe­ queño puñado de no más de doce personas que serían escogidas. El Mahatma se incorporó del asiento donde se había sentado. El público saltó de entusiasmo y todos levantaban la mano, pidiendo ser escogidos. El Mahatma caminó entre las perso­ nas y comenzó a escoger. Primeramente una dama de edad avanzada, después a tres jóvenes, luego a un hombre como de cincuenta años. Caminó de nuevo al frente y señaló un grupo de jóvenes de ambos sexos que se encontraban como en la tercera fila. Ya no veíamos ninguna posibilidad. Estábamos lejos, al otro extremo del salón. De repente, cuando ya estaba punto de terminar se viró hacia donde estábamos nosotros y nos hizo una señal con la mano para que nos acercásemos a él. Nos miró a los ojos y nos dijo —Estén aquí mismo,.mañana al amanecer. Ha­

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gan ayuno esta noche. H oy, durante el resto del día ingieran solamente jugos y agua, mañana en el desayuno hagan lo mismo. En el transcurso de ese día, que fue maravilloso, comentábamos entre nosotros cómo sería la expe­ riencia que nos esperaba al amanecer. Desde ese momento las calles que rodeaban la Universidad, todas llenas de árboles frondosos, nos parecieron con mucha más vida y color.

A la mañana siguiente, a pesar de que llegamos al recinto universitario muy temprano, ya habían otras personas, que al igual que nosotros, espera­ ban ansiosamente por aquella experiencia. Por fin, como a las ocho y media de la mañana, fuimos conducidos a una habitación de tamaño mediano, y cuyas paredes y pisos se encontraban totalmente cubiertas por sábanas blancas. Unos cuantos coji­ nes, también de color blanco perla, se encontraban esparcidos por el piso, junto a algunas flores que habían sido colocadas cerca del centro del salón. Bajo una tenue luz que creaba una apariencia verdaderamente extraña, nos sentamos en el piso, buscando acomodarnos lo mejor posible sobre al­ gunos de los cojines. Como occidentales, no está­ bamos acostumbrados a tal forma de sentam os. Mi experiencia en Puerto Rico me ayudó bastante, pues sabía cómo sentarme en posición de loto, o sea, con las piernas cruzadas delante del cuerpo.

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Sa n tia g o A ranegui

Unos minutos más tarde entró el Mahatma', con una gran sonrisa se sentó de frente a nosotros. Ante un total de doce personas, comenzó por explicamos cómo todos los seres humanos éramos en realidad Almas Divinas encamadas en un cuerpo físico y dotadas de una mente, la cual, en muchos de los casos, casi su totalidad, hacía al hombre vivir lleno de temores por un mundo irreal llamado Maya. El revelarle al ser humano, el conocimiento de su naturaleza Divina, era la misión mayor de los Maestros. Así mismo, el Alma Divina, humana se manifiesta como Luz. Esa Luz se ha perdido en los hombres, por no tener conciencia de todo lo ante­ rior. Esa Luz podía ser despertada nuevamente por alguien con la debida autorización espiritual. Asi­ mismo la respiración es la vida misma y el nombre del Altísimo se encuentra secretamente escondido en ella. Cuando hacemos conciencia de que al res­ pirar nacemos nuevamente.

El tercer ojo había respondido y manifestado su respuesta como una luz cegadora. Era la luz del Ser, la que siempre había estado escondida, esperando a que se le abriesen las puertas para manifestarse.

Al regreso de Atlanta, comenzamos a utilizar diariamente las nuevas técnicas de meditación, sintiendo como la luz se fijaba y aparecía en cuanto cerrábamos los ojos y nos sentábamos en posición meditativa. Después de esta experiencia, como un

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mes más tarde, un día mientras manejábamos el automóvil saliendo hada nuestro trabajo en el Miami-Dade Community College, colocamos nues­ tra lengua en el punto que se nos había enseñado y de repente sentimos una sustancia dulce, como si fuera miel, que se desprendía del mismo centro de la boca. Era el místico Am rita del cual habíamos leído sobre los secretos de la antigua India. Los meses que siguieron continuamos nuestras clases con el Dr. Fesser. Ya habíamos hecho contac­ to con la Luz. Ahora podíamos pasar a los ejerddos del Secreto de la Flor de Oro, que consistía en cir­ cular la Luz por todo el cuerpo. Así lo hidmos du­ rante cuarenta días, como lo indicaba el antiguo libro secreto de los chinos. Usábamos los meridia­ nos de energía del cuerpo, los mismos que utiliza­ ban en la acupuntura. Un día se nos presentó la oportunidad de llevar a cabo un maravilloso experimento, que, además, nos permitió poner en práctica todos los conod- mientos adquiridos. También fue un vínculo con aquellas experiencias de regresión hipnóticas, que habíamos hecho muchos años antes en nuestra querida patria, junto al siquiatra José Geller.

Entre los muchos alumnos con que contábamos en nuestras clases en el Miami Dade Community College se encontraba un simpático joven de origen cubano, de unos 23 años de edad. Tenía ese tipo, tan característico del cubano de origen español. Se

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llamaba Francisco Hernández, pero todos le llama­ ban simplemente Frank. Siempre hemos admirado aquellos jóvenes que estudian una carrera que demanda tanto tiempo como es la arquitectura, y que a su vez, se ganan la vida desempeñando trabajos de tiempo completo para sostenerse a sí mismos y en muchos casos sostener a una familia. Frank era uno de esos jóvenes, aunque todos desco­ nocíamos detalles sobre su vida íntima, sabíamos que era soltero y que vivía junto a una señora de color bastante anciana a quien llamaba Mima. Todo esto me lo habían comentado algunos de sus compañeros de clases, quienes también le admira­ ban, pero tampoco conocían su secreto.

Una noche, cuando terminé una clase, Frank se me acercó y me dijo:

—Profesor, todos sabemos que usted además de arquitecto, es una persona que ha penetrado de una forma científica- en el campo de los conocimientos del alma y del espíritu, desconocidos por el hombre. Por la consideración y el respeto que le tengo es que me he atrevido a acercarme a usted pidiéndole su ayuda para tratar de lograr conocer algo de una importancia trascendental para mí vida. Necesito saber el paradero de mis padres. Por el momento no quise conocer más detalles. Nunca me ha gustado mezclar mis estudios y cono­ cimientos del campo síquico con mi trabajo como profesor, ni tampoco como arquitecto. Este conoci­

U

n m ístic o e n l a ciudad

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miento de lo que llaman espiritual, fue apareciendo en mi vida, no como una forma de actividad a la cual me hubiese abrazado en la búsqueda de una forma para ganarme la vida, sino como una respuesta a una necesidad interna. Nunca vi relacionada la profesión que había escogido para proyectarme personalmente en el mundo físico. Por estas consi­ deraciones, simplemente ,le contesté a mi discípulo que lo invitaba durante el fin de esa semana a una de las reuniones que siempre hacíamos en casa de algunos de nuestros amigos. En esa oportunidad lo invitamos a nuestra casa. Llegó el domingo y Frank se apareció en nuestra casa como a las dos y media de la tarde. Ya se encontraban las mismas personas que siempre acu­ dían a aquellas reuniones aparentemente sociales, pero que tenían como verdadero objetivo el reunir personas que teníamos aquella sed de conocimiento interno. Después de las presentaciones de rigor, invitamos a Frank que nos contase un poco sobre su vida. Su relato se desarrolló así:

—Sé muy poco de mis padres. La señora que me ha criado, a quien llamo Mima, trabajaba para ellos en calidad de encargada del hogar. Nací en la provincia de Oriente unos meses antes de la llegada al poder del llamado Gobierno Revolucionario de Fidel Castro. Mi padre era un destacado político que militaba en las filas del gobierno de Batista. Durante el violento cambio que tuvo lugar y sobre todo en la provincia oriental, que fue donde más se

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S an tiag o A ranegui

luchó, mi padre fue hecho prisionero y enviado a la cárcel. Mi madre, que no era de origen cubano, temió por su vida y se escondió, dejándome a mí al cuidado de aquella señora que me había atendido y cuidado desde mi nacimiento. Más tarde mi madre supo que la estaban buscando los soldados de Raúl Castro; por esa razón tuvo que escaparse al extran­ jero, sabiendo que yo me encontraba en buenas manos. Mi padre, antes de que lo detuvieran, te­ miendo que algo así pudiera suceder, entregó a mi protectora una amplia suma de dinero para que subsistiéramos hasta que las cosas se normaliza­ ran, como todos esperaban que sucediera rápida­ mente. Lo cierto es que mi protectora decidió salir de Cuba conmigo, en la primera oportunidad que tuvo. Huimos en un bote, junto con otras muchas personas que estaban preparando su escapada del infierno que se había desatado, llegando más tarde a Miami, después de haber sido recogidos en alta mar por un carguero americano. Todo ésto lo sé porque lo ha contado la señora que me ha criado a quien reconozco como a mi única familia. No obstante ésto, me gustaría saber por la suerte de mis padres. ¿Cree usted que por algún medio se podría lograr algún contacto con ellos? Mientras Frank nos estaba hablando, habíamos estado imaginando cuál sistema podíamos utilizar para establecer el contacto. El propio subconsciente de nuestro estudiante era la clave. El vínculo entre él y sus padres nunca se había perdido a un nivel

Un m ístico kn l a ciudad

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mucho más alto de lo que nosotros podemos perci­ bir, mediante nuestras facultades objetivas. Para una persona no entrenada en sistemas como la meditación, por ejemplo, la forma mas directa y limpia es la hipnosis.

Mediante la hipnosis podemos establecer un puente entre el subconsciente de la persona hipno­ tizada y sus facultades sensoriales objetivas. De esa forma la persona podría exteriorizar verbalmente lo que su subconsciente capta y también nosotros podemos darle instrucciones al mismo, de forma directa. Es importante que la persona que practi­ que la hipnosis sea una persona de integridad, con ética y a la vez que no solamente conozca como inducir una hipnosis, sino que también conozca el funcionamiento espiritual de las leyes que operan sobre la mente y el alma humana. Es por esto que recomendamos a los lectores que no permitan a cualquier persona que los hipnotice sin tener la más completa y absoluta seguridad de la más alta cali­ dad humana y espiritual de dicha persona. Frank asintió cuando le explicamos sobre el uso de la hipnosis. Procedimos a utilizar el sistema que habíamos aprendido con el siquiatra, con el cual habíamos realizado varios experimentos. Primera­ mente el relajamiento total de todo el cuerpo de la persona, después la fijación de su atención a un solo elemento. En este caso, nuestra voz y el uso sinergístico de la sugestión de que con cada número

KM

San tiag o A ranegui

de un conteo regresivo le iba llevando su atención a un nivel más profundo de conciencia. Quiero agre­ gar en este punto que cuando nosotros hemos lleva­ do a cabo esta práctica, hemos agregado a la misma un elemento muy personal que se nos manifestó poco a poco debido a las otras prácticas de carácter místico que formaron parte de todo nuestro entre­ namiento síquico anterior, así como nosotros en­ tramos a los niveles más profundos conjuntamente con la persona. Esto nos permite sentir y ver lo mismo que la persona que está hipnotizada, y experimentando esas mismas sensaciones.

—Veo a mi madre caminando por las aceras de una ciudad muy congestionada de público, la veo alta y bien vestida, es ella. A la misma vez que Frank nos relataba lo que veía con los ojos del alma, por sus dos mejillas rodaba un río de lágrimas. Todo su ser estaba viviendo intensamente aquella experiencia. Después de calmarlo, le sugerí que hablara con ella, como si se parara delante y le dijera «Mamá, quiero que te comuniques conmigo, yo soy tu hijo Frank, estoy en Miami, necesito verte.» Yo le insistía: Frank, repí­ teselo, ella te escucha, repíteselo con todas tus fuerzas internas. A continuación le preguntamos a Frank en qué ciudad estaba su mamá. —No sé bien, puede ser Nueva York, se parece a Nueva York. Acto seguido le interrumpí de nuevo.

U n m ístico en l a ciudad

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—Te escuchó, ¿crees que te escuchó?. No tuve respuesta alguna, pues ya Frank había entrado en ese estado en que el sujeto lucha contra su propia subconsciencia por salir de la experiencia. Se volvió inquieto, me di cuenta de que ya no quería seguir más, por lo que inmediatamente empecé a devolverlo al estado de vigilia lenta, pero de una forma tranquila y sin que le quedaran recuerdos

conflictivos o tristes del trance hipnótico. Al regreso

a la conciencia de vigilia, Frank se sorprendió de las

lágrimas que tenía en su rostro y que habían caído sobre parte de su camisa. Tomó un tono jocoso y dijo:

—No me digan que hasta he llorado. Todos nos adelantamos cariñosamente a contarle la experiencia. Después tratamos de darle un tono menos dramático a la reunión y procedimos a bus­ car temas un poco más ligeros, mientras tomába­

mos un refresco. Exactamente una semana más tarde, para ser

más exactos, el sábado siguiente, por la noche, como

a las doce, Frank había regresado al pequeño apar­ tamento que compartía con aquella buena mujer que había sido como su verdadera madre. Se fue a

su cuarto y se acostó a leer, cuando sonó el teléfono

y una voz de mujerjoven comenzó a hacerle pregun­

tas al otro lado de la línea: «¿Cómo te llamas?» «¿Qué edad tienes?» «¿Dónde naciste?», y muchas otras más. Frank, lo primero que pensó que era

alguna chica, a la cual alguna amiga suya le había dado el número de teléfono y que simplemente tenía

ganas

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S an tiag o A ranegui

ganas de jugar con él. Su respuesta fue bastante tajante, pues según él mismo me contó aquella noche no estaba para bromas. Pero Frank no sabía lo que le esperaba. La joven continuó insistiendo v le explicó el por qué de toda la indagación. —Mira, yo estoy buscando a un medio hermano mío, que se supone esté en Miami. Yo vivo con mis padres en Puerto Rico, donde nací, y trabajo para una compañía de viajes. Hace unos días, mi mamá,

que tuvo un hijo de un matrimonio anterior y al cual

no ha visto desde pequeño, debido a unos graves

problemas de familia, me tiene loca diciéndome de que ella tema un fuerte presentimiento que su hijo se encontraba en Miami. Me hizo volar acá, adonde llegue hoy por la mañana. Estoy en el hotel y he llamado a todas las personas con el apellido que mi madre me dijo tiene mi medio hermano. Les he preguntado a todos , y nadie me sabe decir nada,

pero a tu teléfono llamé anteriormente, pero tú no estabas. Cuando me dijeron que eras joven, tuve el presentimiento que podías ser tú. Puede que tú seas

mi medio hermano.

A Frank no tuvo que contarle la historia dos veces, se vistió y en menos de lo que canta un gallo,

estaba en el aeropuerto buscando a la que de verdad era su medio hermana.

Al día siguiente Frank voló a Puerto Rico y regresó unos días después para vender todo lo que tenía, se despidió de mí, se llevó con él a aquella

U n MISTICO

EN LA CIUDAD

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mujer que lo había criado y se marchó para Puerto Rico. He sabido algunas veces de él. Sé que terminó de estudiar y que encontró la familia que tanto había añorado. No es éste un cuento de hadas, es una historia real que forma parte de lo que siempre he llamado, mi vida mágica. Por eso creo en la magia de la vida. Creo en lo que los otros no creen. Aquel que cree de verdad, tiene el poder de la inocencia, por eso dijo el Maestro «Dejad que los niños vengan a mí.»

XII

LA NOCHE OSCURA DEL SER

La paciencia y la calma son la clave del Ser. La impaciencia y el desasosiego pertenecen al ego humano.

U n nuevo ciclo se iniciaba para nosotros en la presente vida, nos encontrábamos, de repente, fue­ ra de aquello que considerábamos nuestro mundo. Me había mudado a un pequeño apartamento, a la orilla de la playa de Miami Beach que era lo único que podía pagar. La cercanía del mar era para mí, como una bendición en aquellos instantes de sole­ dad. Tenía que aferrarme firmemente al conoci­ miento espiritual que Dios me ha permitido encon­ trar. Comencé por pintar de blanco todo aquel apartamentito, que contaba solamente de una pe­ queña salita/comedor, una cocina del tamaño de un closet, un pequeño baño y una mínima habitación para dormir. Pegada a una de las paredes había una mesita con dos sillas, donde supuestamente se encontraba el comedor. Allí en aquella pared pegué a todo lo largo y ancho una fotografía de esas de tipo mural de un amanecer en un bosque. Construí

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San tia g o A hanegui

libreros en el resto de las paredes, utilizando tabla sencilla, a la cual le di una mano de tinte claro y sobre todo dejé un espacio en la pared que daba al este, donde situé mi pequeño Sanctum.

Todos los días, me despertaba temprano, antes de amanecer, y salía a la orilla del mar a contemplar la grandiosidad del Astro Rey, el Ra del gran Iniciado Akenhaton. Caminaba y me sumergía en las aguas frescas y limpias del mar de la mañana. Esto lo hacía todos los días y lo repetía igualmente a la caída del sol. Después regresaba a mi pequeño apartamento y me sentaba a meditar y a hacer aquellos ejercicios que tan bien conocía, pero que ahora salían desde muy profundo de un alma que buscaba con todas sus fuerzas el último bastión de la búsqueda humana: La Paz Interna. Aquella vida meditativa solo era interrumpida por las horas en que acudía a enseñar mis clases, clases que cons­ tituían en aquel momento, la única fuente de ingre­ sos económicos. En aquellos días construí un artefacto muy in­ teresante para desarrollar la fuerza de la voluntad, y lo coloqué como centro de mesa, sobre una mesita que se encontraba entre el sofá y la butaca, únicos muebles que habían en la sala. Consistía este ar­ tefacto un pequeño pozuelo de cristal transparente de sólo dos pulgadas de profundidad y de unas cuatro de ancho y casi lleno de agua limpia. Dentro del mismo había una rebanada de un corchito

U n m ístico e n l a ciudad

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redondo, atravesado con una aguja de coser con la punta hada arriba. Sobre la punta de la aguja había

colocado una flechita de papel blanco, algo así, como si fuese una brújula. La flechita se balanceaba perfectamente sobre a aguja, ya que le había dado una pequeña curva hada abajo, lo cual le permitía

a la aguja mantenerse en su equilibrio. Todo aque­

llo lo tenía tapado con una cubierta redonda de plástico, para que el aire no lo moviera. Todos los días practicaba a mover la flechita solamente con el pensamiento. Al prindpio comenzaba a moverse un poco, después se movía y giraba tanto hada la derecha como hada la izquierda con simplemente mirarla y desear que se moviera. Había llegado a desarrollar aquella parte de la fuerza de voluntad

dirigida, aunque todavía a muy pequeña escala. Notaba que dentro de mí se había desarrollado una paz interna inmensa. Me sentí preparado para comenzar a ayudar en la Logia local de la orden Rosacruz, a la cual había perteneddo siempre. Allí, pensé me podría encontrar almas afines a nuestra búsqueda. Comencé a asistir semanalmente a las reuniones

y simplemente me sentía como en un mundo distinto

cuando participaba de las que llamábamos «Con­ vocaciones Místicas». A las pocas semanas me ofrecieron un cargo de tipo ritualístico de Guardián

del Templo durante las Convocadones. Allí pasaba ahora mucho del tiempo de mis fines de semana, que era cuando más extrañaba a mis hijos; ayudando

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S antiag o A ranegu i

en los muchos menesteres que siempre se presenta­ ban. Cuando regresaba a mi nuevo hogar, meditaba y leía mucho. El cambio hay que saber aceptarlo y sacarle el provecho de las lecciones que el Cósmico tiene que enseñamos.

Uno de los aspectos mas fascinantes que para mí tienen los estudios místicos es la proyección fuera del cuerpo. Así que me dediqué, con todo mi entu­ siasmo, a realizar todos aquellos ejercicios —que tan bien conocía— relacionados con la respiración

y de ciertos sonidos que obraban sobre el centro

síquico, que me permitían llevar a cabo la proyec­

ción.

Hay dos tipos de proyecciones, una del pensa­ miento, la cual, todos los seres humanos efectuamos

a veces, sin saber cómo. La otra, la que más me

interesaba, era la proyección del Ser completo a

través del espacio y aún del tiempo. La paciencia y la calma son la clave del ser. La impaciencia y el desasosiego pertenecen al ego humano. Así que me

m antenía practicando todos los días

sistemáticamente, pero con gran paciencia y con­ fianza. Al fin comencé a sentir resultados que se podían medir objetivamente. Sentía que me sepa­ raba algo así como un pie hacia adelante y otras veces sobre mi cabeza. Era mucho más que una sensación, sentía que toda mi consciencia se des­ plazaba. En esta fase me pasé semanas enteras. Lo más sorprendente de todo me estaba ocurriendo en

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las convocaciones m ísticas de la Logia, ya que cerraba los ojos y continuaba viendo lo que ocurría a mi alrededor. Era el comienzo de la manifestación de una dualidad de conciencia, a la cual llegaría a acóstumbrarme.

E l t e m

p l o

d e

m is

v i s i t a c i o n e s

XIII

EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

La mayoría ha escogido el bien. De no ser así, no habría tantos que pretenden serlo.

E r a una noche de jueves y me había retirado a dormir leyendo un libro, costumbre que he mante­ nido durante toda mi vida. Estaba acostado y tenía tapado con una sábana casi todo el cuerpo. Acerqué la cabeza, cerca de la lamparita de noche, que se encontraba sobre la pequeña mesa a mi derecha. Leí algo así como medio capítulo del tema, cuando decidí apagar la luz, para hacer mis ejercicios de relajamiento y de masaje síquico que siempre he hecho antes de echarme a dormir. No hice más que apagar la luz, cuando sin ningún intervalo de tiem­ po me encontré de pie, al lado derecho de la cama. Veía todo el cuarto resplandeciente con una luz iridiscente de un color azul claro. Mi cuerpo también estaba cubierto de una luz igual que la del cuarto. El resto del espacio entre mi Ser que estaba afuera y la habitación, se encontraba lleno de luces de colores variados, que se movían suavemente. Veía

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S antiag o A ranegui

mi cuerpo físico inmóvil sobre la cama. Era como si

yo me encontrara en otra dimensión, muy cerca a la física pero que no era la misma. Sentía un sonido como de un órgano que tocaba una sóla nota y una sensación de alegría y de comprensión universal infinitas. Quería salirme y moverme lejos, pero no podía hacerlo. Una fuerza superior me mantenía cerca de mi cuerpo. Todo aquello duró entre dos y tres minutos, que me parecieron una eternidad, de la cual no quería salir. Al fin, comencé a sentirme atraído hacia mi cuerpo y me encontré nuevamente mirando todo, pero ya desde mi cuerpo físico. No podía moverme. Ni siquiera podía mover las manos, pero nada me preocupaba. Demoré un largo rato, creo que como diez minutos, en volver a tomar control de mis manos y de mis brazos, piernas y de todo el resto de mi cuerpo. Inmediatamente que

pude, me moví e incorporándome me senté en el borde de la cama. Aquella experiencia había sido una bendición. Ya sabía que no existía muerte. Había experimentado por mí mismo, el estar cons­

cientemente fuera del cuerpo y aún seguir pensan­

do, y sintiendo, pero sobre todo en un estado que no

se igualaba en nada a lo que anteriormente había

sentido. Había experimentado la «conciencia Cós­ mica.»

Todas las noches la experiencia se repetía aunque

en menor grado. Había entrado en un parámetro mágico, el cual nunca ya jamás me ha abandonado.

U n m ístico k n l a ciudad

117

Muchas veces cuando alguien me habla y yo siento como mi ser interno viene a ayudarme, simplemen­ te me sonrío. Una noche, como un mes más tarde, unos amigos me invitaron a asistir a una exhibición de arte italiano. A los pocos minutos de entrar, me quedé mirando fijamente a una bella mujer hada la cual sentí que me unía algo muy espedal, que venía del pasado. Me acerqué a ella y de mi corazón salieron unas frases, que según pensé mas tarde le habrían hecho imaginar a ella que yo estaba loco. Porque sendllamente, me le acerqué y le dije:

—Aún no lo sabes bien, pero nosotros terminare­ mos casándonos, pues traemos mucho (juntos) del pasado. Aquella experiencia era solamente un preludio del futuro, que no llegó a realizarse hasta varios años más tarde, seis para ser exactos. Mientras tanto, nos habíamos abierto completamente a la manifestadón de nuestro destino, en toda su ple­ nitud.

Sabíamos bien que el destino es sólo el resultado de nuestras opdones. Ante nosotros yacen siempre varios caminos, algunos de ellos están en armonía con los ideales espirituales que hemos creado du­ rante vidas anteriores, otros son solamente ilusio­ nes que nos apartan del mismo. Es derto que hasta que el ser humano no se haga consciente de su naturaleza inferior y de la superior, le será muy

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Santiag o A ranegui

difícil reconocer cuál es cuál. Es por eso que el aprendizaje logrado a través de la diseminación de este conocimiento es el mayor servicio que se le puede prestar a la humanidad para sacarla de su sueño que la conduce por caminos de destrucción y de dolor. La voluntad es aquella fuerza interna que le hace frente a las opciones falsas, pues éstas últimas son siempre productos de la fantasía del egoísmo. Cuando descubrimos esa realidad, comen­ zamos a ser amos de nuestras vidas, y no esclavos de la manipulación de otros.

Unas pocas semanas más tarde recibí el nom­ bramiento de Maestro Auxiliar de nuestra Logia Rosacruz y unos meses después Maestro. Corría el mes de marzo de 1981. Muy pocas experiencias puede vivir un estudiante místico como la de ser investido con el Grado de Maestro. Por la belleza y el profundo significado de la ceremonia en la que todos los hermanos y hermanas funden sus ideales espirituales, en el Maestro, que a la vez habrá de guiarles y también de servirles con la mayor hu­ mildad. Durante el tiempo que ejercimos la función de Maestro de la Logia, tuvimos una gran cantidad de experiencias espirituales. Siempre íbamos completamente preparados a la convocación Mís­ tica meditando largamente antes de la ceremonia, con todos los oficiales que servían en ella. Un domingo, al llegar muy temprano para la celebración de una de nuestras convocaciones

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Místicas, nos encontramos el local, que teníamos alquilado, con un sello de clausura del Departa­ mento de Bomberos. Aquel local que nos resultaba un poco incómodo, pues se encontraba situado en un segundo piso, detrás de una clínica local, que era la propietaria, no era una gran cosa, pero lo habíamos arreglado entre los miembros, con nuestras manos y lo que era el salón del Templo, resultaba muy hermoso, decorado con motivos del antiguo Egipto. La Orden Rasacruz tuvo su origen en la época dorada del conocimiento místico en el antiguo Egip­ to, cuando el famoso faraón Amenhotep IV (también conocido como Akhenaton) la estableció durante su reinado, es por eso que siempre vemos motivos Egipcios asociados con la Orden. Al principio nos sentimos profundamente decep­ cionados, pero aplicando los conocimientos adqui­ ridos, siempre pensamos que los obstáculos en el camino, son oportunidades para crecer. Esa misma mañana salimos a caminar junto a un grupo de otros miembros y amigos, dejando que nuestros pasos fueran dirigidos por esa fuerza que sabíamos estaba con nosotros. Al llegar a la esquina de la Avenida Ponce de León y Flagler, vimos un amplí­ simo local con un letrero anunciando que se alqui­ laba. Todos nos miramos. El local era amplio y por su magnífica localización suponíamos que su valor debía ser muy elevado. El lunes temprano nos pusimos en contacto con los dueños, quienes nos informaron que el alquiler del local era de $1400

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S an tiag o A ranegui

dólares mensuales, más los gastos de electricidad y agua. Aquel alquiler era casi cinco veces mayor que la cantidad que pagábamos en el local anterior. ¿Que podíamos hacer? Al día siguiente tuvimos una reunión de emer­ gencia con todos los miembros de la Logia. En dicha reunión se decidió, por imanimidad, alquilar el local. Daríamos cada uno una cuota mayor para ayudar al pago del alquiler y comenzaríamos a dar conferencias públicas, en las cuales se podría solici­ tar alguna cooperación económica de entre los asistentes. Así comenzamos, todos los limes, a brindar conferencias al público interesado en los misterios del Ser. Aquellas conferencias llegaron a ser algo trascendental, por la cantidad de público que asistía, y por las personas, que durante las mismas, cambiaron el rumbo de sus vidas hacia uno más espiritual. Fue durante ese tiempo, el 31 de agosto de 1981 que nuestro querido amigo Raúl de la Cruz, profe­ sor del Miami-Dade Community College, fue nom­ brado director del programa Fronteras de la Mente en la emisora Unión Radio. Raúl nos invitó a co­ laborar en dicho programa sobre los tem as que nosotros —durante algunos años— llevábamos discutiendo y analizando: el misterio de la Mente, el Alma y el comportamiento humano. El programa salía al aire diariamente de lunes a sábado. Raúl hacía el programa de lunes a jueves, nosotros los viernes y sábados. Raúl trataba de temas sicológicos,

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nosotros tratábamos de temas místicos. La audien­ cia de Miami no estaba aún muy acostumbrada a escuchar por radio asuntos de tipo místico y eran muchas las personas que, debido a informaciones erróneas nos confundían con temas de otras clases. Al principio tuvimos mucha resistencia por parte de aquellos ignorantes que confundiendo los temas con otros —de tipo religioso— nos presentaban alguna oposición. Pero salimos siempre adelante, llevando a nuestro público un aspecto muy poco conocido de un conocimiento místico completamen­ te limpio y puro, como no lo habían escuchado nunca antes. Sólo Dios sabe la cantidad de personas que han visto sus vidas mejoradas a través de nuestros programas en la radio y la televisión. Programas que tratan temas que dan una perspectiva distinta y llena de esperanzas, en medio de un mundo lleno del dolor que ha traído el materialismo mas craso y desenfrenado.

Para fines del año 82 hasta 1986 trabajamos casi diariamente con el progreso de la Orden Rosacruz tanto en Miami como en todo el estado de la Florida. También tuvimos la oportunidad de asistir a re­ uniones especiales por distintos países. Una de estas maravillosas experiencias la tuvimos en Francia, durante la gran convención mundial cele­ brada en París. Allí conocimos personalmente al Gran Maestro para toda Europa: Raymond Bemard, persona con

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S an tiag o A ran e g u i

la cual tendríamos en años subsiguientes varias entrevistas trascendentales para nosotros. Duran­ te esas entrevistas tuvimos la oportunidad de pre­ guntar y encontrar respuestas sobre las muchas experiencias de Raymond Bernard, las cuales —aunque parecen increíbles— son completamente ciertas y de las que me había enterado, leyendo

varias monografías de índole privada, escritas por el propio Bernard. En estas monografías él relata

sus experiencias con los miembros del Consejo de

A del Gobierno Invisible del Mundo, así como sus

«Iniciaciones secretas» que le han llevado a ser una

de las personas de mayor grado en el campo Iniciático de estos tiempos. Otras grandes y maravillosas reuniones tuvieron lugar en Londres, México, Ho­ landa, España, Francia de nuevo y en el mismo Cairo, capital de Egipto. Deseo relatar una expe­ riencia muy especial en relación con estas reunio­

nes la cual tuvo lugar durante nuestra estancia en Londres con motivo de un Cónclave Mundial.

Después de un día de reuniones y de maravillosas lecciones ofrecidas por los Grandes Maestros de las

distintas regiones del globo, nos retiramos a nues­

tra habitación en el Hotel Penta de Londres. Está­

bamos en el usual proceso de prepararnos para acostarnos a dormir, después de haber llevado a cabo una breve meditación, cuando de pronto toda la habitación empezó a llenarse de una fuerte luz blanca. La experiencia la conocíamos bien, por lo

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que simplemente, nos quedamos en espera de lo que vendría después. Entre la blanca luz, comenzó a formarse una imagen que, poco^apoco, iba tomando forma. La luz fue desapareciendo lentamente, de­ jando perfectamente visible, como si fuera una película en colores, un misterioso paraje de unas pirámides que reconocí que no eran las de Egipto, sino de las del tipo Maya o Azteca. En el paisaje que veíamos con movimiento era de noche. En el mismo, aparecían dos largas hileras de Columbas Vestales, vestidas de blanco y portando en sus manos cada una vela encendida. Las Columbas que yo veía eran muchas (aquellas niñas o jóvenes utilizadas desde los tiempos remotos del antiguo Egipto para man­ tener vivo el fuego sagrado de los templos en donde se impartía la sabiduría eran las Columbas o pa­ lomas del templo) y estaban formando dos filas, mientras caminaban lentamente hacia un altar o plataforma cuadrada, la cual tenía escaleras por dos lados y se encontraba situado en el medio de una amplia explanada y entre dos pirámides. En la visión, las vi subir y encender tres velas que se encontraban situadas en el suelo en forma de trián­ gulo. Después la visión comenzó a desaparecer. Tal como me había sucedido anteriormente, no hice conjeturas sobre la misma, pues sabía que en ese tipo de experiencia no había connotación de tiempo. Lo mismo podía ser una experiencia del pasado, o del presente como del futuro. No tuve que esperar

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S an t ia g o A kankgui

mucho; exactamente casi un año después, fuimos invitados a asistir a un Cónclave en México, en el cual la sorpresa era, que parte del mismo, se lleva­ ría a cabo en las pirámides de Teotihuacán. Me­ diante un permiso especial, aquella zona había sido designada —por una noche— para que se llevase a cabo el Cónclave. Desde el lugar donde me encon­ traba situado y casi temblando por un tremendo frío, esa noche, pudimos ver exactamente la repro­ ducción de nuestra visión del año anterior. Aquella parte que habíamos visto, era el principio de una muy bella ceremonia que no podemos relatar por formar parte de los misterios iniciáticos, los cuales están protegidos por el más profundo secreto. Ese tipo de experiencia sería una de las manifestacio­ nes de las facultades síquicas que nos continuarían ocurriendo en lo adelante.

XIV

EL SECRETO DE LOS SIGLOS

Los humanos adquirimos nuestros conocimientos mediante dos formas: una interna y otra externa.

L os humanos adquirimos nuestros conocimientos mediante dos formas. La primera es la que nos llega desde nuestro ambiente físico, con la ayuda de la lectura de libros, un maestro o alguien con mayor conocimiento o experiencia, la observación de los acontecimientos y otros estímulos que recibimos a través del uso de nuestros sentidos objetivos o materiales. La segunda forma es aquel conocimiento que nos penetra por nuestra percepción interna. Al hombre que solamente funciona mediante lo que se llama el razonamiento lógico, racional o científico, la per­ cepción interna le tiene sin ningún cuidado, pues ha aprendido a funcionar por patrones que le han enseñado otros y le han dicho; «confía sólo en lo que puedas pesar y probar en el mundo físico». Pero recordemos que muchos de los campos que hoy forman parte de la vida diaria de la mayoría de los humanos, provienen de la aplicación de fuerzas,

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S an tiag o A ranegui

que en el pasado eran parte de misterios que los científicos de su época llamaron, inclusive, produc­ to de fuerzas maléficas. Así por ejemplo, cuando el radio comenzó a experimentarse, muchos religiosos se opusieron a dichos trabajos, pues consideraban la transmisión de la voz por el espacio, el producto defuerzas del mal. La electricidad y el magnetismo

son otro ejemplo del uso de fuerzas invisibles al ojo visible del humano. Sin embargo, su uso ha llevado

a la humanidad a los increíbles adelantos que hoy

día disfrutamos. En la actualidad los estudios de los sueños se encuentran dentro de los más sofisticados experimentos que se están haciendo sobre las fan­

tásticas facultades de la mente humana. En muchos centros científicos se han traspasado las barreras de lo conocido, para adentrarse dentro de lo des­ conocido. Las facultades de poder predecir aconte­ cimientos futuros durante el sueño, y las soluciones de difíciles problemas confrontados durante horas

o días de vigilia, parecen muchas veces resueltos,

durante las horas de sueño. En esta década de los 90' veremos los resultados de lo que hasta ahora se

había considerado imposible. A partir de nuestra experiencia con la llegada de la luz interna, su presencia y manifestación ha continuado, pero siempre bajo nuestro absoluto control. Simplemente nos acostamos, como si fuéra­ mos a dormir, relajamos nuestro cuerpo desde aba­ jo hacia arriba, manteniendo nuestra mente con­ centrada en el entrecejo'1», hasta que a los pocos

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segundos, comienza a aparecer por una esquina de nuestro campo visual, una tenue luz que va ocupan­ do toda esa pantalla que forma el espacio designado para la visualización. Quiero hacer una pequeña aclaración, la visualización es controlada y no debe confundirse con esas imágenes, producto del dejar vagar libremente la mente objetiva o consciente. Durante la visualización nuestra atención se en­ cuentra fijada en un solo aspecto: pensamiento o imagen. Nuestra atención llega a encontrarse tan profundamente concentrada en la experiencia, que ya pronto se pierde la conciencia del mundo físico y uno se encuentra en otro plano plenamente cons­ ciente. Siempre sabemos cuando hay algún mensaje o lección para nosotros, pues sentimos la necesidad interna de establecer el contacto, algo así como si nos estuvieran esperando. Solamente tenemos que retirarnos a nuestro Sanctum o recostarnos sobre nuestra cama, y prontamente aparece la luz y detrás de ella las formas de varias personas: sentados algunos, otros de pie escuchando las explicaciones que nos da aquel personaje de aspecto juvenil, vestido con una bata de color púrpura ceñida a la cintura con un cordón de color amarillo dorado. Es como si estu­ viéramos despiertos, pero en otro tipo de conciencia. Hay dualidad en lo que estamos viviendo, yo diría un 90% de nuestra conciencia está en la proyección y un 10%se mantiene en el cuerpo. Después, a veces,

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Sa n tia g o A ranegui

en medio de la noche nos levantamos para anotar todas las cosas que se nos dice. Allí, junto a mí, en el grupo puedo apreciar —al menos— la presencia de dos personas que conocemos perfectamente en nuestra vida material. Esas personas son también estudiantes del conocimiento secreto, al igual que nosotros. Después de algún tiempo las experiencias se vuelven aún más conscientes.

Al hombre moderno se la ha hecho difícil el restablecer el contacto con la conciencia superior. La conciencia superior siempre está esperando que la regresemos a su sitio, del cual nunca debió de ser desplazada por el concepto completamente analíti­ co. Cuando vamos recobrando le conciencia de lo Infinito, nuestras experiencias diarias ser convier­ ten en alimento para el Ser. Al contemplar nosotros nuestra vida, obtendremos las claves ocultas para reconocer los patrones que los seres conscientes, que nos contemplan desde los planos más altos, nos permiten enfrentar. La experiencia, el dolor, la pena, la tristeza, así como la alegría tienén que convertirse en elementos que vayan más allá de lo que nosotros hemos aprendido a denominar «éxitos» o «fracasos». Al final del camino sólo existe la posibilidad de utilizar la experiencia como algo que engrandece nuestra alma. Nunca se nos presenta algo que nosotros no podamos vencer. La voluntad tiene que convertirse

U

n m I stico e n l a ciudad

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en el alma del que anda en la luz. El deseo, la fuerza opuesta nos da la oportunidad de fortalecer la voluntad. Cuando llegamos a entender este conocimiento oculto, descubrimos el «secreto de los siglos». A medida que regresamos, la voluntad que se va desarrollando llega a convertirse en nuestro mejor aliado. La personalidad falsa, débil, temerosa y llena de dolores, cede el paso al Ser interno invencible, el eterno que vive dentro y junto a nosotros, nuestra verdadera Identidad. El verdadero conocimiento tiene que llegar des­ pués de que hemos vaciado nuestra copa inter­ na —nuestro cáliz— de los temores y dolores del pasado. Hay que vaciar ese cáliz de las sustancias putrefactas para que la luz del conocimiento lo limpie y lo prepare para que el nuevo Ser, el alma «valiente y eterna» vuelva a entronizarse en su trono. A continuación, entonces, llega el «verdadero y único conocimiento», aquel que fue entregado por los Angeles al hombre en su caída, para que encontrase su regreso a su verdadero hogar.

(11)

El misterioso¿4gm Chakra o centro del fuego de los hindúes.

El mágico tercer ojo.

XV

EL CONOCIMIENTO

Cuando la fuerza de voluntad se hace fuerte, el hombre externo se armoniza con el interno.

Entonces llega la

Maestría.

L a s primeras lecciones se desarrollaron acerca del Karma o la «Ley de Causa y Efecto». Muchas de las mismas variaron bastante los conceptos que ha­ bíamos leído en algunos libros.

Aquella primera noche me retiré, pues tenía el presentimiento de que me estaban esperando. Al llegar ante aquel grupo algo de mi ser me decía que yo pertenecía a aquel lugar, que allí estaba el Grado que me correspondía. El tema que estaba siendo abordado, continuó tan pronto formé parte del grupo. Aquel hombre de apariencia joven con gran maes­ tría y paz nos decía:

—El ser humano es completamente libre de es­ coger los caminos que él prefiera, pero cuando se encuentra en el mundo físico desconoce que el mismo, durante vidas anteriores o antes de la presente, hizo decisiones que podemos llamar idea­ les espirituales, aunque todos se encuentran liga-

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S an tia g o A rane gu i

dos con su presente ambiente y manifestación de los sucesos aparentemente insignificantes que ocu­ rren a diario. Aunque el hombre desconoce casi siempre estos ideales, ellos le son presentados como uno de los varios caminos a escoger, mediante las aparentemente inicuas decisiones que tiene que tomar en su vida cotidiana. —Estas decisiones son unas veces influenciadas por el medio ambiente o por su Ser inferior, que le demandan la acción deseada y más adecuada para el mundo material, aunque siempre, en todos los casos, su conciencia trata de llevarlo a aquella que está de acuerdo con lo que es su misión espiritual. Es una lucha entre el tener y el ser, entre el deseo y la voluntad. El futuro de esa persona se encuentra formado por el conjunto de esas pequeñas decisio­ nes. Cuando se aprende a separar el ser inferior o la falsa personalidad, de lo que es la verdadera iden­ tidad o la personalidad del alma, entonces estamos más capacitados para saber cuando una decisión beneficiará o perjudicará a la razón principal de nuestro viaje o estancia en la Tierra. A veces, el camino hacia la verdadera misión se alarga y se entorpece, por continuas decisiones equivocadas que todas son producto del falso ser, que se encuentra lleno de temor al futuro o de dolores por el pasado. Una vez que llegamos a comprender que la verda­ dera razón de la existencia va mas allá de lo que podemos lograr materialmente, entonces nos libe­ ramos del dolor y del temor.

U n m ístico en l a ciudad

133

El Maestro terminó diciendo:

—Regresen a sus respectivas vidas materiales y mediten durante los próximos días sobre esta pro­ funda lección.

Es extremadamente curioso el ir comprendiendo la relación tan absoluta que existe entre la vida interna y la vida física del ser humano. Durante los días subsiguientes a una lección, los sucesos ma­ teriales cotidianos eran como comprobaciones de las leyes aprendidas. Simplemente en silencio, elevábamos el pensamiento y decíamos: «Gracias Maestro, por la oportunidad de comprobar lo aprendido.»

Las reuniones de este grupo no tenían lugar todas las noches, pues cuando nos acostábamos o entrá­ bamos en meditación y no había contacto, simple­ mente entrábamos en la luz y a través de ella nos remontábamos a sitios distantes y desconocidos. Un rato más tarde volvíamos la conciencia al cuerpo, nos incorporábamos, bebíamos un poco de agua y volvíamos al sueño normal.

Pero volvamos a las lecciones: durante los próximos contactos, el tema que se abordó fue el de la fuerza de voluntad, como el factor más poderoso que el Cósmico había dotado al hombre, para poder progresar y evolucionar espiritualmente. La vo­ luntad humana, diametralmente opuesta al deseo,

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S antiag o A ranegu i

se encuentra íntimamente ligada al libre albedrío, que es la libertad del hombre para decidir por él mismo sobre aquellas decisiones que debe tomar. Unas de acuerdo a su Propia Ley y otras en abierta desarmonía con la misma. El hombre común se ha perdido en una terrible confusión creada por su propia ilusión de que conoce la verdad. La única realidad es que el ser humano se encuentra en un exilio autocreado por él mismo. El Unico Camino que el hombre tiene es el del Regreso.A ese «Regreso» se le llama La Gran Obra, pero primeramente él tiene que aprender a hacer contacto con su Ser In­ terno. La voluntad está manifestada por el aspecto masculino del Ser, mientras que la conciencia re­ presenta el aspecto femenino. Los antiguos egipcios conocían muchos sonidos secretos que al ser entonados ayudaban a la manifestación y al desarrollo de la conciencia del Ser. Estos me fueron confiados por mi Maestro Cósmico. Solamente mediante el contacto con el Ser Interno, este ser humano se irá dando cuenta de que su verdadera felicidad se encuentra dentro de su propia experien­ cia.

Son muchos los que hablan sobre el Bien del Ser Humano. Algunos son ignorantes que pretenden conocer, otros quieren mantener al hombre dentro de la confusión intencionadamente. El único Bien que el hombre puede llegar a encontrar es el cami­ nar en su propia Ley. Cada uno de nosotros tiene

Un m ístico e n l a ciudad

135

solamente una sola Ley, y esta Ley es la realización en este mundo de su propio destino, de acuerdo con la Ley Divina. Pero el ser humano tiene que encon­ trar —usando su propio libre albedrío— aquella forma de iluminación que lo lleve al retomo de su estado original. En este proceso es donde la fuerza de voluntad le permite manifestarse a sí mismo tal como es, sin las limitaciones y presiones que cons­ tantemente le presenta el mundo material, que lo intimidad como el miedo constante de perder lo alcanzado creyendo que lo material es todo lo que existe. Para lograr eso, el ser humano no se puede dejar manipular y tiene que dejar de imitar a los demás, manifestando su propia naturaleza, a tra­ vés de la cual tiene que encontrar su destino. Cuando esta «Fuerza de voluntad» se hace fuerte, el hombre externo se armoniza con el hombre in­ terno. Es a través de la «Fuerza de voluntad» que el hombre interno —que es el verdadero— gobierna y permite el desarrollo de todas las condiciones que anteriormente han estado limitadas o dormidas. La «Fuerza de voluntad» es, por lo tanto, el poder más importante que puede usar el ser humano para lograr los cambios necesarios en el camino hacia lo Divino.

Todo esto venía a confirmar experiencias ante­ riores y a la vez nos hacía ratificar otra de las grandes claves hacia la Maestría. La respuesta estaba clara, no podíamos dejar que

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Santiag o A hankgui

aún bajo pretensiones ilusorias que nos presenta­ sen los demás, nos apartáramos del camino que a cada uno de nosotros nos había ñjado nuestra propia «Ley Interna.» Aunque muchas veces aque­ llos que habían sido enviados a probarnos y a

tentam os tratasen de enmascarar su interés

confundimos con el disfraz de que al actuar de cierta forma, contraria a nuestra Ley, estábamos en realidad haciendo un sacrificio de caridad. El Hombre tenía, primeramente, antes que todo que hallar su «Propia Ley Interna». Nada que tratara de alejarlo de la misma, podía ser bueno. Si nos fijáramos enla Ley del Karma, nos daríamos cuenta que nuestros problemas nacen de nuestra desarmonía con esa «Ley Interna» que cada uno tiene.

de

DONDE ESTÁ NUESTRO PROBLEMA, AHÍ ESTÁ NUESTRO KARMA

Ahí está la lección para aprender, el campo de acción donde tenemos que trabajar. El Karma o la «Ley de Causa y Efecto» no fue creada para casti­ gam os, sino para alertamos de cuán dispersos estábamos de nuestro objetivo. Siempre habíamos creído que la reencarnación era algo así, como un derecho que nosotros mismos habíamos alcanzado como seres humanos. Mi próximo regreso a recibir nuevas instrucciones me llenó de asombro y a la vez me demostró una vez más que el conocimiento y la verdad no son fáciles

Un M lsnco e n l a ciudad

137

y que siempre nos encontramos aislados de la mis­ ma por nuestros propios pensamientos humanos.

Sabíamos que aquella noche tendríamos un inte­ resante contacto, pues aún horas antes habiendo estado en una reunión familiar en la casa de mi

hermano Manuel Gajano, sentí todo el tiempo como

si mi Ser Interno se separaba constantemente de mi

cuerpo físico, razón por lo que terminé lo más

temprano que pude y me dirigí a mi casa. Al llegar, inmediatamente me senté en mi Sanctum e inicié

el proceso que me llevaría hada aquel sitio mara­

villoso. Como siempre, primeramente vemos una luz muy brillante delante de nuestro campo visual. Esta luz se mantenía igualmente con los ojos ce­ rrados como con los ojos abiertos. Lal uz comienza

a desaparecer y deja paso a otra más suave. El

contacto no se hizo esperar, el lugar donde nos encontrábamos brillaba con una luz muy tenue entre un violeta claro y un rosa viejo. Al fondo, me

hice consdente de una suave música, la cual no había notado anteriormente, posiblemente por la novedad de mis primeras experiendas anteriores. En esta ocasión estábamos el mismo grupo de antes, pero el Maestro no se encontraba. Yo no hablaba, sino que simplemente miraba a todos quienes me devolvían la mirada con gran dulzura y amor. Sentía internamente que yo era el más re- dente de aquel grupo. Tampoco sabía con exactitud cuántos éramos, ni si siempre estábamos los mis­

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San tia g o A ranegui

mos. El movimiento no era físico, sino más bien, la propia voluntad me hacía colocarme donde yo sentía

que debía estar. De repente me encontré sentado sobre algo suave, algo así como si fuera un cojín. Por primera vez me percaté de muchos detalles que anteriormente habían pasado inadvertidos. O bien

mi

proyección era más completa ahora o el hecho de

no

estar en presencia de aquel Maestro, me daba la

oportunidad de observar con más nitidez todos los detalles. Nos encontrábamos en un templo fuera del

plano terrestre. El edificio tenía la Arquitectura de

un antiguo Templo Griego, pero en perfecto estado.

Sus columnas estaban construidas de un material parecido al alabastro. No tenía techo, aunque las columnas estaban unidas entre sí sobre su capitel, por bellos arquitrabes y frisos. Nos encontrábamos cerca de una de las esquinas, sentados muchos y otros de pie, junto a un muro bajo, pero ancho. El muro estaba en el perímetro mismo del edificio, más allá veíamos como unos anchos peldaños que se perdían sobre lo que parecía ser una luz tenue de color azul y blanca. Más allá de aquellos pasos, veíamos algo así como la luz de un amanecer. De repente, una voz sonó en mi mente, «que la Luz, la Vida y el Amor del Universo esté con vosotros por

Siempre». Allí estaba nuestro Maestro, de pie, vestido con la misma túnica, «es necesario que co­ nozcan más sobre la relación entre el Hombre y las Leyes que lo rigen» Al entrar el alma humana en el mundo material,

U n M tím co en l a ciudad

139

dio ii .10 al proceso de manifestación llamada Karma. Este Karma o proceso de Causa y Efecto se hizo necesario para compensar los desequilibrios creados por las acciones de estas almas, que en desafío de las Leyes de Armonía Universal se en­ contraban utilizando el poder que les había dado Nuestro Creador del libre albedrío. Aquel grupo de almas de cierta forma llegaron a creerse capaces de llevar a cabo cualquier acto sin necesidad de tener que rendir cuentas por los mismos. Otras almas que no habían dado ese paso contemplaban con asom­ bro y disgusto a la vez la rebeldía de aquellas otras que abusaban del poder que el Padre les había otorgado. Fue entonces cuando la Ley Universal de Causa y Efecto fue decretada por el Creador como un medio para lograr que aquellas almas apren­ dieran el valor de esas acciones y el precio que debían pagar por sus actos irresponsables. Dios no quiso que aquellas almas fueran destruidas o que desaparecieran, algo que pudiera haber ocurrido. El Amor que El manifestó en su Creación no podía dar lugar ni siquiera a ese pensamiento. Es a partir de aquel momento que se establecieron los Conve­ nios que regirían la Evolución del Alma Humana. Pero hada falta un cuerpo más perfecto y más de acuerdo con la nueva situación en la cual el alma se encontraba, fue entonces que Dios creó un nuevo cuerpo que sirviera a estas almas como vehículo a través del cual pudieran manifestarse y experi­ mentar las lecciones que debían de aprender. Otras

140

S antiag o A ranegu i

almas que no se habían lanzado irresponsablemen­ te fuera del Plan del Creador, pidieron permiso para entrar a ese nuevo mundo, para ayudar a traerlas de regreso. El Padre aceptó. Más tarde, ambas, olvidarían los detalles de la causa de su ingreso al mundo físico, pero no sus intenciones, pues éstas están profundamente gra­ badas en los cimientos de sus conciencias y aún constituye la fuerza que impulsa inconscientemen­ te las mismas. Las almas rebeldes tendrían que aprender su rebeldía y compensar dentro del Plan Divino Universal el vacío creado por sus actos hostiles. Esta situación en gran parte ha sido mantenida por los llamados Angeles Caídos que nunca se favorecieron de la creación del Alma Hu­ mana con poderes y privilegios Divinos. Poderes y privilegios que ellos no tenían. Estas entidades han querido siempre mantener al hombre actuando contrariamente al Creador para demostrarle a El lo imperfecto de su Creación. Pero el Alma Humana tendrá que enfrentarse en el Juicio Final con la Divinidad de su Naturaleza y ser fiel a ella. Los que reconozcan su unión indivisible con su Padre antes del Juicio Final serán los hijos de la luz. Ellos re­ cordarán entonces el día que, como un paso autoafirmativo de amor, se lanzaron a perder su paraíso espiritual para auxiliar a las demás almas como un acto de amor. Sólo en el mismo mundo donde ha creado su rebeldía, el Alma Humana podrá evolucionar a través de las pruebas y el

U n m ístico en l a ciudad

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enfrentamiento de las mismas situaciones hasta que las venza. La reencarnación nos da la oportuni­ dad de restituir los daños causados a los demás. Por tanto la reencarnación se ha convertido en un privilegio. En otros planos les será revelado más sobre la Razón del Ser. «Que la Paz Interna sea con Voso­ tros», así concluyó aquella experiencia que desde entonces iluminó mi vida. Es un privilegio poder enseñarlo a otros pues es la vida que sustentamos, la cual, muchas veces, desdeñamos.

En aquellos días, mi padre y Lolita vinieron de Puerto Rico a vivir a Miami. Al llegar me contaron de aquella experiencia que un día habían tenido los dos con el Alma de mi madre. En un breve, pero preciso mensaje, ella les había ratificado su más firme ayuda a nuestro trabajo y que mis contactos con ella durante mi juventud, habían sido reales, pero que para confirmarlo me lo hacía llegar a través de ellos.

Mientras nos encontrábamos viviendo todas esas experiencias en los mundos superiores, también en el mundo físico fue uno de los períodos de mayor crecimiento. En junio de 1983, lo mismo que en agosto de 1984 nos habíamos trasladado a España y Francia. En ambos países pasamos por iniciaciones muy elevadas, otorgadas por la Escuela Mística de la Orden de Estudios Cabalísticos (una de las

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S an tiag o A ranegu i

principales sedes se encuentra en Francia) Allí, visitamos los castillos de la Orden y hablamos con Maestros que nos dieron mas luz y facultades en nuestro trabajo. Sobre estas iniciaciones y expe­ riencias no podemos hablar, pues constituyen parte de promesas elevadas de carácter secreto, que por supuesto, debemos respetar ante todo. Aquellos viajes y contactos continuaron en el futuro y las experiencias y despertares, así como las instruc­ ciones en los planos superiores que recibimos, for­ man parte de nuestro trabajo espiritual que hemos continuado, transmitiendo a aquellos que estén preparados para recibir el verdadero conocimiento superior que ha estado oculto al hombre hasta el presente.

Durante el próximo contacto en los planos más altos, tuvimos una nueva experiencia. Llegamos al lugar acostumbrado. Ya el Maestro —al parecer— hacía rato se encontraba allí. Todos estaban unidos por las manos formando una cadena. A mi llegada, me encontré incorporado a la misma. El Maestro repitió las instrucciones que evidentemente ya ha­ bía dado:

—Elevemos nuestros pensamientos de amor a nuestro Creador y toda su Creación, así nuestras vibraciones serán aumentadas hasta el Grado nece­ sario para cruzar a un Umbral o Plano Superior. Así fue lo que sentimos y exactas las impresiones que nos hacían entrar a aquel plano.

U n MISTICO EN LA CIUDAD

143

Lo que dirige a la Conciencia a un sitio en parti­ cular es la intención o el ideal que se encuentra ligado al propósito original del Alma. Cuando el propósito humano se hace casi igual o parecido al del Alma, se manifiesta esa facultad de percibir la dualidad de la Conciencia. Una zona fronteriza en que nos volvemos conscientes de lo subjetivo.

En aquel plano superior no hubo lecciones ni explicaciones de ningún tipo, simplemente, entra­ mos a un bello paisaje todo alumbrado de una luz azul muy clara. Allí pudimos ver muchas personas en un estado de «Paz absoluta.» Estaban meditan­ do. Noté que muchos que estaban sentados al estilo hindú. Los rodeaba un maravilloso resplandor tam­ bién azul, pero más intenso que el del resto del paisaje. Allí me recibió aquella alma gloriosa que en la tierra tanto me había enseñado. No mediaron palabras, pues yo no sabía ni como poder expresarme en aquel nivel. Solamente sentí que de mi alma salía un profundo sentimiento de gratitud. Mi pe­ cho resplandeció y un rayo de luz formado por infinitas líneas pequeñas se dirigió hacia mi Maes­ tro. Simplemente, se comunicaba y me hacía sentir que siempre estaba conmigo. La emoción fue enorme. Experimenté como que una fuerza muy poderosa me llevaba de nuevo hacia mi cuerpo. Tímidamente sentí cuando entré. Demoré un largo rato, quizás unos quince o veinte minutos en volver a recobrar toda la conciencia de mi cuerpo.

144

S an tiag o A ranegui

Me senté en el borde de la cama, como lo había hecho otras veces y revisé con mi mente consciente­ mente la experiencia en toda su magnitud. Aquella noche no pude cerrarlos ojos, pues seguía viviendo todo en tiempo dentro de aquel estado fronterizo. A la mañana siguiente, me levanté y me bañé muy temprano. Antes del amanecer ya estaba vestido y así fui para mi trabajo como profesor. Esperé que abrieran una cafetería que había en la esquina. Creo que eran como las siete de la mañana. No tenía sueño, ni cansancio. Miraba mi vida completa mientras tomaba una taza de café americano, lo único que me pudo ofrecer Ramiro, el joven dueño del lugar. El me hablaba y de verdad, yo no lo escuchaba. No podía salir de aquella mágica expe­ riencia tan fácilmente. Aún no he salido. Creo que nunca más saldré.

XVI

LOS NUEVOS CAMINOS LACÁBALA

A la Cabala se entra, pero nunca escaparemos de su atracción.

A . mi memoria volvían diariamente los recuerdos de aquella vida pasada en el antiguo Egipto en los días del Faraón Akhenaten, aquel hijo de la Luz, que trató de llevar a su pueblo al conocimiento de una religión muy parecida a lo que más tarde enseñaría el Cristianismo. Me veo perfectamente arrodillado (apoyado so­ lamente sobre la rodilla derecha) y con las manos sobre el pecho (mi mano izquierda sobre el corazón y la derecha sobre mi mano izquierda). El rostro mirando hacia lo alto en medio de una noche llena de estrellas, las cuales podía mirar a través del espacio abierto sobre el centro de aquel templo dedicado al conocimiento eterno. Sobre mi cabeza tenía aquel toque blanco típico de los iniciados del antiguo Egipto. Sobre mi pecho colgaba la cruz que simbolizaba la inmortalidad y la vida, el Ankh. En mi corazón sentía un ardiente amor por todo lo Divino que inundaba aquel espacio que se extendía hacía el Infinito. Al frente del altar, que simboliza-

146

S a n t ia g o A ran egu i

ba a Divino, al Padre eterno, (cuya manifesta­ ción en nuestro sistema es el Sol) se encontraba el Maestro. Allí mi ser juraba fidelidad eterna a la misión del infinito.

Varias vidas tuvieron que transcurrir para que aquella misión que comenzó en el antiguo Egipto

llegara -como lo he repetido, día a día a mis alumnos-

a cerrar el círculo y se nos presentara la oportuni­

dad de continuarla. Ellos (mis alumnos) serán esa continuación y cómo me dijera un día un Maestro de la Luz «Recuerda que al aceptar entregar tus cono­ cimientos, tú los llevarás por siempre contigo a través de la eternidad.»

Nos hacemos responsables de la vida y del Karma

de aquellos con quienes con amor superior nos unimos, sobre todo cuando es el conocimiento eterno, el único, el cual, ha sido presentado a los hombres de distintas razas y épocas, de muchas formas, pero detrás existe solamente la misma verdad. La Cába­ la (o Kabalah) fue una de esas formas y fue presen­ tada a unos pocos hombres del pueblo judío durante su cautiverio en el antiguo Egipto. Desde tiempos que se pierden en el pasado más ignoto del hombre,

el conocimiento Divino ha existido y ha sido conser­

vado secretamente por los iniciados de las distintas escuelas y razas. Desde la Atlántida, el Egipto, los israelitas, los Templarios, las escuelas secretas

como los Rosacruces, los masones y los Martinistas. Siempre he tenido la seguridad de que el verda-

U n m ístico en l a ciudad

147

Siempre he tenido la seguridad de que el verda­ dero conocimiento no puede, sencillamente, encon­ trarse en un libro. Los libros sirven para despertar el Alma, el intelecto y esta lecturas ayudan si son dirigidas por la parte superior del Ser, de lo contra­ rio se vuelven peligrosas, pues engrandecen el Ego, cuando éste Ego se cree que ha desarrollado un poder o un entendimiento superior al del resto del nuestros semejantes. Las fuentes con las que siempre he trabajado han sido —sin que ésto represente un orden de priori­ dades— la Biblia, (considerando sus diferentes in­ terpretaciones), La doctrina Secreta, Las enseñan­ zas de los Rosacruces y la Cébala. Esta última ha sido durante los últimos 15 años la que más me ha absorbido por la belleza con que nos presenta la Verdad Infinita. Existe un viejo adagio en la ciudad de Saffed, la cuna presente del conocimiento cabalístico, que dice lo siguiente «A la Cúbala se entra, pero nunca escaparemos de su atracción.» En otras palabras: si se inicia su estudio, jamás podrá abandonarse. El significado de Cábala (Kabalah) quiere decir tradición, lo dicho verbalmente.

Quiero compartir en este capítulo algunos de los conocimientos que hemos adquirido en nuestros estudios de la Cábala, aunque ya tenemos en pre­ paración otro libro enteramente dedicado al conte­ nido completo de las enseñanzas de la Cábala. Primeramente, la Cábala considera que los hom­

148

Santiag o A rankgui

bres y las mujeres disponen de una cantidad de energía que se amplía o disminuye de acuerdo a la forma que éstos utilizan dicha energía. Esta ener­ gía la ampliamos cuando actuamos en armonía con el gran Plan Divino"*, llegando a disolver las carac­ terísticas negativas del Ego, manifestándonos en nuestra verdadera naturaleza interna, sin temor a nada ni con el dolor a cuestas, pues ambos son manifestaciones de la propia ignorancia. Por otro lado esta energía la disminuimos cuando permitimos que el Ego nos fuerza ha actuar en forma contraria a nuestra naturaleza. Las tensiones que son producto de estas actuaciones negativas, atraen el temor y el sufrimiento constante. Esta conducta nos enferma v acorta nuestra existencia en el plano terrenal.

Es mediante el reconocimiento de que detrás de cada experiencia humana, está la potencialidad del crecimiento. Al igual que el cuerpo necesita nutrirse de alimentos físicos, el Alma utiliza las experiencias cuando éstas han sido capaces de ser entendidas cómo oportunidades de sobrepasar condiciones que antes nos cerraron el paso. Al superar nosotros estas condiciones, las vencemos al igual que el hierro se hace más duro mediante la fragua. Es el fuego la fuerza transmutadora del Alma.

El origen de la Cábala oral se encuentra en los principios de la creación, cuando el hombre después de su rebelión, caminó hacía el gran Plan Divino. En

U n MISTICO EN LA CIUDAD

149

su búsqueda del placer y la arrogancia de su propio Ego, el hombre descendió hasta la materia, contra­ rio al Plan de Dios Creador. Es allí donde está la causa del dolor y del sufrimiento de nuestros días. Es este hombre contemporáneo él que vive en la más completa ignorancia pues desconoce que el Alma no fue creada para corromperse por la sensualidad del Ego, sino para ser la compañera del eterno y compartir con el mismo el paraíso de la creación misma. Las versiones Cabalísticas nos dicen que fue el propio ángel Raziel quien se la entregó a Adán y a su hijo Set (hermano de Caín y Abel) para que algún día pudiesen regresar al paraíso perdido. Un paraí­ so realmente espiritual. Hay una historia muy antigua que es conocida en la India, que nos hará comprender el proceso. Según la parábola, Dios envió a un mensajero para que realizara cierta labor en la Tierra. El mensajero Divino, comenzó primero a estudiarlas condiciones de la Tierra y maravillado con la belleza de las hijas de los hombres, decidió posponer su misión sólo por un poco tiempo, y desposarse con una de las bellas jóvenes, siempre esperando acometer su misión dentro de un corto plazo de tiempo. Pronto su esposa le dio un hijo, y después otro. Las obligacio­ nes y los compromisos contraídos le hacían cada vez más alargar el cumplimiento de su misión. Un día el mayor de sus hijos enfermó de gravedad. Hincán­ dose de rodillas, clamó al Padre, pidiéndole por la

ISO

Santiag o A ranegui

curación de su hijo. El Padre le contestó. -¿Y dónde está la misión que te encomendé? Al hombre y a la mujer de hoy día les ha ocurrido lo mismo. Se han olvidado de la razón por la que llegamos a esta Tierra. Cuánto nos lamentamos de los problemas que afrontamos en nuestra existencia, debemos pre­ guntamos y meditar sobre el por qué estamos aquí y quien escogió que ocupásemos este cuerpo y este mundo. En la respuesta está la clave del Ser. Según la Cábala el Universo fue creado mediante tres formas de expresión: números, letras y palabras. Cada nombre bíblico de la Cábala esconde muchos significados ocultos. Estudiar el valor vibratorio de las palabras, las letras y los números equivale al estudio de las energías creativas divinas y sus manifestaciones. Por tanto la Cábala no puede estudiarse como expresión pura de la razón lógica, sino como una revelación, la cual sólo el aspecto subjetivo del alma humana puede llegar a com­ prender. Las enseñanzas antiguas del Génesis son fundamentalmente una revelación. La Prosa Sa­ grada del Génesis encierra la verdad oculta del misterio de la creación. El Universo es la obra de un solo Ser que ha delegado en otros seres, también únicos, el continuar con la acc >n primera y su cumplimiento. El Sefer Yetzirah o el Libro de los Esplendores dice:

«Desgraciado el hombre que cree que la Escritura sólo nos enseña cosas simples, porque cada palabra

U n m ístic o e n l a ciudad

151

de la Escritura encierra un misterio esencial.» Los misterios contenidos en la Escritura, con los cuales fueron creados todos los mundos, sólo podían des­ cender a la Tierra, ocultos, disfrazados, pues el mundo material no podría soportar el brillo de todo aquello , que es inmaterial. Para que la verdad oculta no cayera en manos impuras, los primeros traductores usaron una téc­ nica que es conocida como: Gematría, Notaricón y Ternura. A través de ellas el significado está es­ condido dentro del valor numérico y vibratorio de las letras, de las palabras y de los números. ¡Que distinto es el significado oculto y esplendor de lo sagrado, cuando se comprende ! El significado de lo sagrado ha sido preparado o traducido para que lo razonen de manera distinta:

la masa, el intelectual, el teólogo y el místico. Este último a través del SOD«\ encuentra la sabiduría divina escondida en las Sagradas Escrituras.

Como hemos dicho anteriormente la concentra­ ción es la clave de este plano físico. Quien logre concentrarse en su trabajo físico, tendrá éxito ma­ terial, quien logre concentrarse en sí mismo, des­ cubrirá las potencialidades internas que conducen a los niveles más sublimes del Ser. Estas potencia­ lidades internas nos permitirán elevarnos hasta las alturas desde donde podemos contemplar las esencias espirituales del Ser que están escondidas al ojo del hombre físico. La Cábala tiene un aspecto

15E

S an tiag o A ranegui

teórico o religioso académico, pero tiene también otro práctico , que nos permite acercamos a un Universo mágico del que podemos pasar a formar

parte, mediante el cual podemos llegar a resolver en el mundo cotidiano aquellos aspectos que son ma­ nifestaciones o proyecciones de causas espirituales más elevadas pero que como dice la antigua ley hermética «como es arriba, es abajo». El dominio de lo material nos convierte en maestros de lo infinito

e inmaterial. Así llegamos a darnos cuenta que el

paraíso también está aquí, junto a nosotros ahora,

y no más tarde. La Cábala me permitió comprender cómo una parte de mi ser al igual que el de todos los humanos,

jamás ha abandonado el reino del Dios único y que desde allí, contempla nuestra evolución, nuestras intenciones y acciones. Sólo es necesario hacer contacto nuevamente con esa parte interna. «El reino de los cielos se encuentra dentro de cada uno de nosotros». Podemos elevamos hasta nuestro Padre por derecho propio y por medio de la gracia y misericordia del hijo que llegó hasta nosotros, aun­ que nunca comprenderemos su capacidad de amarnos hasta que nos llegue nuestra salvación, mediante el regreso, primeramente mental y des­ pués espiritual.

NOTAS

(12) En los capítulos anteriores hemos explicado el significado del Gran Plan Divino, representado en cada ser humano como su destino.

(13)E1 significado oculto de las antiguas Sagradas Escrituras.

E

l

Á r b o l

d e

la

V id a

L a C ábala

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t a n d o EL ALFABETO HEBREO Y EL SER HUMANO CORRESPONDIENTE AL ÁRBOL

e l a c ió n

e n t r e

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á r b o l

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la

vida

c o n

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c a m in o s

r e p r e s e n ­

XVII

ESTE SERÁ EL SAGRADO AUM

L a noche que conocí en una exposición de arte a aquella bella mujer, supe perfectamente que en un futuro próximo nos encontraríamos juntos de nue­ vo. Apareció para colmar mi vida de un nuevo aliento. Ella poseía la vida, la alegría y la fuerza física que necesitaba para ayudarme y poder lan­ zarme, de una forma completa, a la misión que tenía por delante. Desde el primer momento, nuestra alianza fue sinergística. El vínculo cósmico que había comen­ zado en otra vida, asilo designaba. Aquellos años de conferencias, varias veces a la semana, dirigida hacia los hermanos de las logias, cobraban una nueva dirección. Esta vez iban dirigidos a todos aquellos que buscaban, inconscientemente, la luz que habían perdido. Nos alegraba la cantidad de personas que nos pedían que les enseñáramos las verdades eternas. Los grupos crecían y gracias a la ayuda que nos daba Bertha Soldevilla, —aquella bella alma que

156

S antiag o A ranegui

habíamos conocido en nuestra juventud y que estoy seguro fue mi madre en ana vida anterior—, coor­ dinaba perfectamente a todos los que nos llamaban pidiéndonos participar en las clases y conferencias.

Por fin Marisela y yo nos casábamos. Aquel feliz momento llene mi alma de profundo regocijo. Dios me había premiado dándome la compañera que me complementaría en la difícil tarea de llevar, el único, auténtico y divino conocimiento, sin altera ciones, tal como lo habíamos recibido. Comenzamos las clases una vez a la semana, después dos y tres veces a la semana, debido a la cantidad de personas que acudían en busca de un maestro, que no estuviese comprometido, ni conta­ minado. Las vidas de los que a nosotros acudían comenzaba a cambiar como por arte de magia. Aquella ley eterna y antigua se manifestaba in­ mediatamente:

AL COMPRENDER LA VERDAD, EL ALMA SE REGOCIJA DENTRO DE SI MISMA Y VUELVE A RECONOCERSE NUEVAMENTE CONECTADA A LA UNIDAD DEL TODO.

El mundo externo es un reflejo de nosotros mis­ mos, aunque el karma no se disuelve inmediata­ mente. La luz del conocimiento comienza a disipar las nubes que cubren la conciencia del ser humano y la luz se infiltra cada vez con mayor fuerza y amplitud. Aun dentro del conocimiento divino, el

Un M fsnco en la ciudad

157

ser humano se encuentra bajo la influencia de las leyes de los ciclos. Algunos van y vienen, no impor­ ta, cada vez que se regresa, alcanzamos un nivel superior. El conocimiento y la experiencia van de mano. Hasta que no se utiliza el conocimiento en la experiencia diaria no se reconoce bien el valor de las verdades que hemos recibido. El hombre ha acumulado mucho Karma durante sus vidas anteriores. Cuando al fin se decide a optar por el camino que antes había abandonado, se encuentra que dicho karma se alza ante sí y no es fácil el flanquearlo, hay que entrarle de frente, probándonos a nosotros mismos cómo podemos salir victoriosos en las pruebas que antes nos agobiaban y nos vencían. Solamente venciendo los obstáculos que a diario nos presenta la vida, es que podemos demostrar que somos guerreros del espíritu y que usando el conocimiento como herramienta, la vo­ luntad como fuerza, y el espíritu como lanza, nos convertimos en maestros de la vida. Esa es la maestría verdadera. El que conoce no trata de suprimir aquellas fuerzas que vienen a alimentar la naturaleza espiritual del ser humano de igual forma que el alimento físico, nutre nuestro cuerpo. Aquellos que se acercan a los canales de la luz transmutan su Karma, pues la transmutación es el único modo de eliminarlo para así evitar que el propio Karma se convierta en sufrimiento directo. Fueron cientos las personas que al terminar las clases se acercaban a nosotros para que los ayudá­

ISB

S an tiag o A ranegui

ramos a curarlos de sus múltiples enfermedades, otras veces nos pedían ayuda para familiares o amigos. Nosotros nunca nos negamos a esas peti­ ciones, y todas las madrugadas a las dos, nos sentá­ bamos en nuestro Sanctum a trabajar utilizando las distintas técnicas para lograr que esos Karmas se transmutaran en condiciones más tenues. A veces, el trabajador de la luz se olvida de sí mismo. Se siente que es más espíritu que materia, y lleva a su materia, es decir, al cuerpo, a los extremos. Así nos pasó a nosotros. Las duras y largas horas como profesor en un College; los pro­ gramas diarios en la radio; los artículos para varias publicaciones con las que colaborábamos; las clases, y el trabajo espiritual, nos llevaba a dormir, algu­ nas veces, no más de cuatro horas al día. Esto debilita al cuerpo físico, que aunque es una mani­ festación del espíritu divino, se rige por las leyes de la tierra. Comenzamos a sentirnos débiles. Los médicos nos diagnosticaron anemia, por mi defi­ ciente alimentación. Según los doctores los alimen­ tos a base de carnes rojas, que desde hacía mucho tiempo habíamos eliminado de nuestra dieta, eran la causa. Como nuestro cuerpo no respondió a los tratamientos tradicionales para la anemia, se nos sometió a rigurosos exámenes médicos, los que esta vez demostraron la existencia de un pólipo en el colón. Procedieron rápidamente a la remoción del mismo por medios quirúrgicos. La recuperación fue lenta, aunque firme. El organismo se encontraba

U n MISTICO EN LA CIUDAD

19»

débil, principalmente por los esfuerzos, casi sobre­ humanos, a los que habíamos sido expuestos por tantos años. Personalmente creo que toda esta enfermedad fue consecuencia de una curación que realizamos unas semanas antes de viajar al Perú. En esos días habíamos dado tratamiento a distancia a un fami­ liar de un alumno que sufría de un tumor maligno del cual se recuperó como por arte de magia. Esta persona ya iba a ser intervenida quirúrgicamente, cuando los médicos encontraron que había desapa­ recido el tumor. Estos casos son considerados por la ciencia como de recesión normal. Al llegar al Perú, comenzamos a sentirnos mal del colón. Allí el stress de las entrevistas en radio y televisión; las conferencias, y los viajes al Cuzco dieron lugar, en mi opinión, a que las defensas del organismo bajaran a un límite muy por debajo de lo normal y este estado nos impidió que pudiéramos utilizar los medios que tantas otras veces, nos habían servido para sacar aquellas vibraciones que posiblemente se nos habían adherido al hacer cu­ raciones a distancia. No buscamos excusas a las causas de la enferme­ dad, pues creo que todas son parte del crecimiento interno del Ser. Durante todo el proceso de la operación tuvimos grandes experiencias síquicas. Me vi en otra vida anterior y en ciertas condiciones que tuvieron que ver con ese estado presente. Pero

160

S antiag o A ranegui

de esta tremenda experiencia saqué una lección;

que a diario repito.

«Dios mío, quisiste que me hirieran en mi carne,

para hacerme más humano; para comprender me­ jor el dolor de los demás; para sentir en mi cuerpo el dolor ajeno. Gracias Dios mío, pues esta lección

me

acercó más a tí. Gracias Dios mío por el amor de

mi

esposa, de mis hijos y de mis queridos alumnos.

Todos ellos fueron, junto a Tí, la Fuerza que me permitió volver a la Divina labor con más humildad aún.»

Sé que nuestro trabajo se encuentra cósmicamente dirigido. Las pruebas nos han sobrado; así como los mensajes que hemos recibido directamente de los Maestros de la Sabiduría Cósmica. Los vemos a Ellos junto a nosotros, cada vez que enseñamos o mejor ¡Somos sus canales de comunicación!

La más reciente prueba la tuvimos junto a mi esposa durante un anhelado viaje a Mont Saint Michel, en la costa occidental de Francia. Este maravilloso lugar fue construido —a petición del propio Arcángel— a principios de los años 700 de nuestra era por el Abad San Aubert, y se encuentra situado sobre una isla que es a su vez un pico alto que sobresale del océano. Cuando la marea baja, se puede llegar caminando, pero cuando ésta sube, el Monasterio queda aislado, conformando una bella y

U n MISTICO EN LA CIUDAD

161

solitaria isla. Desde hacía muchos años nuestro Ser interno nos pedía llegar hasta allí. Tal era nuestro interés que un gran retrato del Monasterio adorna­

ba una pared de nuestra casa desde hacía mucho

tiempo. De esa forma, cada vez que llegábamos al hogar, lo podíamos contemplar y nos recordaba la

necesidad de llevar a cabo ese profundo deseo es­ piritual. En el mes de junio de 1991 se nos presentó la oportunidad. Las condiciones para el viaje eran propicias. Nuestra estancia nocturna en el Monasterio se

vio

premiada con una experiencia maravillosa. Tanto

mi

esposa Marisela como yo, recibimos una señal

del

mismo San Miguel Arcángel. Después de entrar

al Monasterio, a eso de las once de la noche, y recorrerlo todo por dentro, los dos casi completa­ mente solos, (ya que a esa hora no van muchos visitantes) llegamos a la iglesia que se encuentra en la misma cima del Monasterio. Eran pasadas las doce de la medianoche. Allí, desde una amplia explanada que se encuentra frente a la iglesia (esta iglesia está dedicada al propio Arcángel), pudimos contemplar la hermosa isla separada de la tierra firme —la marea estaba alta— de la cual solamente podíamos ver, a los lejos, pequeñas luces que casi se perdían en el horizonte. Aquella visión era impre­ sionante. Caminamos hacia la iglesia y entramos. Era pequeña, y sobre el altar tenía unos vitrales de tipo gótico, que hacían que la poca luz de las estre-

102

San tia g o A ranegui

lias penetraran en el recinto Sagrado, el cual estaba ligeramente iluminado por unas cuantas velas, de las que se usan en muchos templos.Los bancos eran pocos, irnos veinte. Todo aquel recinto Sagrado se veía, inclusive, moderno, por la sencillez de su decorado. Allí estaba la imagen del Arcángel San Miguel, venciendo a las Fuerzas del Mal. Qué satis­ facción interna nos proporcionó su presencia. «El mal no tendría nunca permanencia», pensamos en ese instante. Nos sentamos a meditar por largo rato, no sabemos cuánto tiempo, pero la paz del lugar penetró profundamente en nuestras almas. Finalmente nos levantamos para marcharnos. Al salir, junto a la puerta, en la semi penumbra, pude observar un libro donde los visitantes escriben sus mensajes, experiencias y nombres. Le pedí a mi esposa:

—Marisela, escribe un mensaje por los dos— ella escribió «San Miguel, te hemos venido a visitar, queremos poder llevar tu mensaje a todos los nuestros. Espe­ ramos tu respuestas

•MARISELA y SANTIAGO ARANEGUI»

Comenzábamos a salir, cuando de pronto todo quedó a oscuras. Hasta las pocas lucecitas de las velas se habían debilitado de tal manera, que pare- ría que se hubiesen apagado. Nos encontrábamos en la más completa oscuridad. —No te muevas— le dije a mi esposa.

E l

a u t o r

y

su

espo sa

M

a r is e l a

104

S antiag o A ranegui

Así nos quedamos por espacio de unos minutos, tras los cuales las velas y las luces, todas, comenza­ ron a subir su intensidad, poco a poco. Mientras tanto, una bella música —que no supimos nunca de dónde salía— empezó a escucharse por todo el recinto. —Ahí tenemos la respuesta, Dios y los Seres de luz cuando responden o nos quieren mandar men­ sajes, utilizan los mismos medios del mundo ma­ terial. Solamente tenemos que estar despiertos para escucharlos.

Cuando regresamos de nuestro viaje, comentamos esta experiencia con la querida amiga y hermana espiritual Sister Ana Luisa Borja de las Orden Hermanitas Mañanitas y ella que conoce profunda­ mente todo los relacionado con el Arcángel nos dijo:

—San Miguel Arcángel escoge a los que él quiere que lleven su mensaje.

En estos tiempos la maldad se ha disfrazado de mil formas distintas y ha hecho presa de aquellos que están en la búsqueda del frenesí material. Ellos caen fácilmente bajo las garras de las fuerzas sa­ tánicas, que aunque muchos defienden como formas libres de expresión del hombre, son mani­ festaciones cruentas del más sórdido mal. Cuantas civilizaciones cayeron presa de la misma ignoran­ cia, y de la misma mentira. Los valores Divinos inherentes al Ser son eternos e iguales.

U n MISTICO EN LA CIUDAD

165

Nuestra vida estará dedicada —por la eterni­ dad— a ayudar a los humanos a ser más conscientes de sí mismos. En el presente, a través de mis clases, sin pretensiones ni sectarismos o fanatismo. Las ofrecemos a todos aquellos a los cuales les ha llegado el momento de dar el primer paso afirmativo hacia su única realidad e inmortalidad, levantando su mirada al Infinito y buscando allí, entre los millo­ nes de estrellas y planetas, su origen y su destino. Nuestros programas diarios en la radio y otros por televisión, cada día abrirán más la brecha, y toca­ rán las fibras del alma de aquellos que, como rosas aún en capullo, están listos para abrirse al único conocimiento que es Eterno, y nos conduce de vuelta

a nuestro verdadero Padre.

SABEMOS:

1—QUE existe un conocimiento que une de nuevo al Ser humano con su Creador. Ese conocimiento se ha mantenido oculto, pero es accesible a los que buscan con sinceridad. Por lo general este conoci­ miento no se encuentra en los libros, es posesión de los Altos Iniciados.

2—QUE el Ser humano una vez en contacto con ese conocimiento verdadero lo restablece con su origen. Este conocimientojamás se vuelve a romper,

y es tanto inductivo como deductivo. Se encuentra

oculto al hombre que solamente vive en el mundo de

IflB

la pasión.

S antiag o A ranegui

3— QUE el mundo físico, aunque es parte de una ilusión de los sentidos físicos, es la primera clave para la Maestría Espiritual. Mediante la com­ prensión del mundo físico, se encontrará el camino hacia los mundos superiores de los cuales somos parte y es nuestro verdadero origen.

4—QUE como almas, somos de origen Divino. Contamos con una mente que se manifiesta en distintos niveles. A través de nuestro libre albedrío nos entonamos con el nivel que más se asemeja a nuestra propia naturaleza. Cuando solamente nos armonizamos con los niveles inferiores, llegamos a olvidar por completo esa naturaleza Divina, que es la Verdadera y Real.

5—QUE el dolor y el sufrimiento humanos son el reflejo del nivel de separación entre nuestro Ser presente y el Ser verdadero. Muchos o casi todos de estos males tienen sus raíces en causas anteriores a nuestro nacimiento y aún antes de que existiéra­ mos con nuestro presente cuerpo físico.

6—QUE lo físico es mutable, cambiante, y en continua transformación. Solamente lo espiritual es Eterno.

7—QUE el Universo físico es una manifestación

U n M tsnco en la ciudad

167

incomprendida de las Fuerzas de Espíritu del Crea­ dor y que en el propio Universo se encuentran explícitamente inherentes todos los secretos del Supremo Creador.

8—QUE existen multiplicidad de planos, a través de los cuales, en forma ascendente, se manifiesta la vida por la vía de la conciencia. El último de estos planos es la realidad absoluta y única del Creador desconocido, «El Dios Padre Todopoderoso» al cual se refirió El Cristo.

9—QUE la energía desarrollada por nuestros sentimientos y por nuestras emociones puede ser transmitida por el éter hasta el Infinito y que también puede ser impregnada a objetos materia­ les. Cuando un sacerdote bendice la Hostia, la impregna, y se convierte en parte de ella misma.

10—QUE las notas musicales, el poder del hablar y los números son manifestaciones capaces de armonizarse por la Ley de Correspondencia, con esa Fuerza Universal que todo lo dirige y anima.

11—QUE el cuerpo del hombre contiene los cen­ tros glandulares que tienen correspondencia con las grandes Fuerzas Etéreas del Universo. Que el llevar la conciencia hacia esos centros, nos comuni­ ca con los Centros Cósmicos que corresponden.

168

Santiag o A ranegu i

12—QUE el camino del hombre es ascendente. Mediante la evolución la gran mayoría de la huma­ nidad alcanzará la realización del Ser y la Concien­ cia Cósmica, haciéndose entonces consciente del resto de la humanidad aún no encamada y que habita todo el Universo manifestado.

ANTES de encarnar, cada Alma asume la respon­ sabilidad de cierta misión en el mundo físico. Esta misión no consiste sólo en pagar sus deudas Kárm icas sino tam bién en contribuir al enriquecimiento de sus hermanos como Seres hu­ manos. Cuando el Alma ha conseguido cumplir esta misión, se encuentra llena de una satisfacción in­ terna, de una paz casi absoluta; a la vez que esta paz es reconocida por sus semejantes. Algunos la en­ cuentran místicamente, otros, sólo materialmente.

EL ALMA que no ha podido reconocer su misión, porque sus sentidos más sutiles se encuentran aún bloqueados por el Velo de la Ilusión (Maya), siente un profundo vacío y una falta total de sentido a su vida. Solamente cuando una personalidad logra transitar por el sendero de su Alma, llegará a llenar el vacío de su propia existencia.

CUANDO solamente decidimos aquello que resul­ ta más satisfactorio al deseo de la personalidad humana, estamos bloqueando la verdadera misión del Ser. Esta misión es la única que nos conducirá

I

U n

m ís t ic o

e n

la ciu d a d

a la verdadera realización.

CONFIA en la vida superior, confía en el espíritu,

y escucha la Voz del Silencio que te susurra al oído interno, tu verdad. Mírate a tí mismo como entran­ do en una Sociedad Divina con la vida. Entonces de

lo profundo de tu Ser saldrá un canto —maravilloso

y hermoso— a la Vida y a la Eternidad. Este será:

EL SAGRADO AUM

R e p r o d u c c ió n

d e

la

o b r a

"Un M ís t ic

o

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l a

C iu d a d " ,

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d e

la

p in t o r a

V ksna

V e r

a

q u ie n

e s

t a m b ié n

a l u m n a

d e l

a u t o r .

L a a r t i s t a

c r e ó

e s t a

o b r a

e s p e c ia lm e n te

p a r a

i l u s t r a r

e s t e

l i b r o

INDICE

C a p ítu lo

I

Un extraño encuentro

9

C

a p í t u l o

III

Mi encuentro con la Magia Blanca Operativa

15

C

a p í t u l o

III

Entonces, yo te ayudaré

27

C

a p í t u l o

IV

FraterLord

 

31

C

a p ítu lo

V

Las primeras lecciones

35

C

a p í t u l o

VI

Cuando se vive sin temor nuestro destino se manifiesta

47

C

a p í t u l o

VII

La vida es movimiento, el movimiento es cambio, el cambio es evolución

63

C

a p í t u l o

VIII

Una experiencia más

77

C

a p í t u l o

IX

Lo más importante está oculto al al ojo físico

85

C apíitlo X

El Sanctum

Sagrado

89

C

a p ítu lo

X I

De nuevo Fesser