Las herramientas Entre 2003 y 2006 Luciana Lamothe desarrolló una serie de intervenciones: pequeños actos vandálicos en la calle

o en edificios de acceso público o semipúblico, registrados en fotografías. Por el modo en que definió una impronta, así como también un conjunto de recursos que L.L. iría retomando y precisando a lo largo del tiempo, Intervenciones ofrece un punto de partida lógico. Si pensamos en los trabajos anteriores de L.L. (los gofrados y los cartones, que serán analizados desde una perspectiva histórico-contextual en el epílogo, ver página 77), encontraremos en este dos pautas básicas que en gran parte de su proyecto artístico posterior tendrán un valor axiomático: la obra se realizará siempre fuera del taller, y hará hincapié en el rol de las herramientas, estudiando diferentes posibilidades en la concepción, ejecución y registro. Al ver una por una las fotografías de las intervenciones, varias similitudes hacen suponer que configuran un conjunto homogéneo: el medio de registro es el mismo, en todas se nos muestra una acción ejecutada por una única persona y realizada en un espacio exterior con una herramienta específica (aerosol, candado, removedor…), en ninguna aparece la persona que realizó la acción, etcétera. Pero al aproximarnos más a los procedimientos registrados y sus consecuencias, notaremos divergencias visibles, que hacen que el conjunto sea no solamente compacto, sino también complejo. Sin dudas, es esta complejidad la que le permitirá a este núcleo de obra funcionar como base para las operaciones realizadas hasta hoy en día, en cuanto a su instrumental, su tono y su sentido. A partir de Intervenciones, el protagonismo de las herramientas será recurrente, y cada una de sus iteraciones añadirá complejidad y espesor conceptual al cuerpo de obra

de L.L. Comenzaremos entonces con el análisis de los conceptos de las herramientas, tal como se perfilan en esta serie de fotografías. a. Herramienta-Función-Uso En la serie de fotografías se establece un triángulo entre los siguientes puntos: herramienta, el objeto a utilizarse; función, la acción para la cual aquella se inventó socialmente; y uso, el empleo que se le da. Podríamos decir que se trata de un triángulo equilátero, en el sentido de que ninguna de las partes prevalece sobre otra. Ahora bien, si nos detenemos en cada uno de los vértices, veremos que el único que admite modificaciones es el de uso, dado que es un factor intrínsecamente variable: de manera general, el repertorio de funciones de una herramienta dada no es infinito, pero tampoco es sumamente acotado: un cutter puede cortar, raspar; una soga puede atar, o soportar cierta carga de peso, etcétera. Del mismo modo, el cúmulo de herramientas que puede cumplir una función determinada es amplio, pero limitado: podemos atar con una soga o con un elástico, cortar con un cutter o con una tijera. Podríamos pensar las funciones de una herramienta como un conjunto de verbos en infinitivo, y las herramientas como un paradigma de sustantivos vinculado con ese conjunto de funciones. Ahora bien, las posibilidades de uso de una herramienta dependen exclusivamente del usuario, quien emplea el instrumento en un objeto de un determinado contexto. Si tenemos un cutter, podemos cortar una cartulina o bien un sillón de hotel; si tenemos una soga podemos atar el caño de escape de un auto a una de las ruedas o bien usarla para colgar ropa. El usuario es quien elige el lugar y el input que le dará a la herramienta (actualizando una o varias de sus funciones), y es también quien puede expandir o alterar ilimitadamente sus posibilidades de uso. De este modo, lo que parecía un sistema cerrado (triángulo equilátero) encuentra en el usuario su flexibilidad inventiva. Volviendo a las fotografías, encontramos que la variedad de contextos introducidos por el usuario (supermercado, universidad, hotel, garage, consultorio, locales) juega en ellas un rol central. En un efecto retroactivo, la variación de contextos realza la condición física de cada herramienta; es decir, las capacidades elementales asociadas a su función: el poder de corte, el poder de presión, el poder de precisión, el poder de resistencia, el poder de vuelo, la flexibilidad, entre otras. Es así que las fotografías hacen un énfasis doble, al interior (resaltando su función genérica) y al exterior (la aplicación) de cada herramienta. El simple hecho de hacerlas trabajar en un espacio puntual, en un momento que no hay nada que resolver, hace que el acento recaiga sobre el conglomerado de microprocesos físicos propios de su función (la pintura pinta, el cutter corta, el removedor despinta). b. Simetría y antisimetría En algunas de las fotografías podemos observar las herramientas utilizadas. Esta presencia vuelve a la acción “reversible”: al ver las llaves Alem junto a una silla desarmada, confiamos en que fueron usadas para ese fin y en que pueden usarse para volver a

armarla (lo mismo sucede al ver la soga en el auto). Las fotografías en las que no vemos el instrumento empleado, en cambio, son aquellas en las cuales la misma herramienta no serviría para revertir la acción (removedor, cutter, etc.). Esta división nos permite pensar que existen dos tipos de herramientas: las que pueden funcionar en dos sentidos (simétricas) y las que sólo pueden hacerlo en uno (antisimétricas). En ambos casos, lo que nos devuelve la fotografía es la idea de que una tarea le quedará al propietario de la locación damnificada. c. Autor y espectador Existe un claro primer espectador de estas intervenciones, y a él llegamos de la siguiente manera: si tenemos en cuenta que estas acciones fueron realizadas en lugares muy precisos, de propiedad privada, y que muchas de ellas son poco visibles, difícilmente nadie que no sea el propietario o uno de sus empleados se fijaría en las intervenciones. Es él el probable primer espectador de lo que las herramientas produjeron sobre sus pertenencias: descascaramientos, colores intensificados, interrupciones, nudos a desatar, cosas a atornillar, a descolar. Salvo en el caso del sillón desplumado o el del sachet de yogurt derramado, la mayoría de las acciones tienen un grado de visibilidad reducido. Además, singularizan un elemento único: no se despintan todas las persianas del barrio de Once, sino una sola. La víctima, por decirlo así, es singular. Por otro lado, las acciones hablan de una tarea rápida, puntual y expeditiva. Las herramientas que aparecen en los trabajos tienen una característica en común: todas pueden comprarse en una ferretería. Cutter, soga, destornillador, tijera, pintura, removedor: materiales básicos y baratos, transportables en una mochila y que pueden ser adquiridos y usados por cualquier persona. Esto nos permite representarnos a un usuario sin una profesión u oficio que lo definan socialmente: un saboteador genérico, enfrentado conceptualmente a un propietario también abstracto. La relación entre uno y otro aparece mediada por la interacción entre las herramientas (instrumentos de sabotaje) y los objetos sobre los que operan (pertenecientes al propietario). Ahora bien, la cualidad de evento imprevisto de las acciones realizadas (no son sucesos de todos los días) genera un primer impacto que dirige a aquel potencial primer espectador, el propietario, a pensar en una dirección por sobre todas las cosas material y no autoral. Nos representamos inicialmente una serie de preguntas referidas a lo específicamente material: qué hace esto acá, qué le pasó a esto. Luego sí, imaginamos las especulaciones del primer espectador referidas a un posible autor del hecho: quién habrá sido, por qué lo habrán hecho. Y, de todos modos, esta segunda instancia rápidamente tendrá que ser desplazada por una tercera donde se lleve a cabo la reconstrucción del objeto, la cual será en gran medida dependiente de la acción del autor material: si despintó, el propietario seguramente tendrá que pintar; si ató, tendrá que desatar; si cortó, tendrá que coser. La trayectoria iniciada por el acto material (qué se hizo) desemboca en una consecuencia material que recae sobre el primer espectador (cómo se reconstruye). Y si bien nosotros no podemos interactuar en este campo dado que sólo estamos frente a las fotografías, mentalmente leemos este recorrido material probable.

d. Locaciones-ángulos. Los tres autores del hecho El encuadre que se eligió para cada una de las fotografías no siempre es el mismo. En el conjunto total notamos dos tipos de planos, abierto y cerrado. Ambos nos ubican rápidamente en un lugar calculado, los dos tienden a resumir la información, apuntando exclusivamente a la acción realizada. En el primero, plano abierto, identificamos el contexto que circunda al lugar preciso de la acción. Se nos muestran diferentes elementos contextuales, como en el caso del yogurt que se derrama sobre la góndola con jabones o el de la silla Wassily desarmada en una sala de la universidad Di Tella. Hay una intención de mencionar expresamente el contexto; así y todo, la información es sintética. En el caso del plano cerrado, el registro del espacio es más genérico que contextual. Este tipo de plano sustrae el contexto: vemos un pedazo pequeño de reja con la pintura levantada, o vemos solamente cuatro candados, un poco de cadena, un poco de reja, nada más. Esta falta de homogeneización formal del encuadre es consecuencia de la parte final del recorrido realizado por L.L.: la documentación de un acto vandálico, que no puede realizarse más que con rapidez. Así, en las fotografías (como luego en los videos 5 acciones y Autor material), las acciones en el espacio urbano tienen tres autores constitutivos. Uno es el autor intelectual, otro el material y otro el documental. El primero piensa la acción, su logística; el segundo la realiza; el tercero se constituye en el acto de mirar, de enmarcar, de documentar. Los tres son funcionales para la realización del hecho. Cada uno actúa antecedido por el otro. Uno planea, el otro corta o pinta o pega o ata; el último encuadra y documenta. El segundo interviene materialmente un lugar siguiendo el guión del primero, el tercero fotografía esa intervención. La materia del tercero es la acción del segundo, mientras que la materia del segundo son las ideas del primero. Idea (plan), acción (ejecución) y registro (documentación) son así fases imbricadas en un mismo proceso. Esta continuidad entre proyección, ejecución y documento del sabotaje instaura un concepto que funcionará en paralelo con el de transformación material: la planificación delictiva.

e. Función, objeto y contexto en los títulos 1) 20 minutos antes de entrar a terapia. Recorriendo consultorios vacíos. (Encolar los muebles). 2) Aerosol amarillo sobre candados de rejas amarillas. (Pintar los candados).Parte de una serie. 3) Ascensor hasta el piso 15 del Sheraton Hotel de Buenos Aires. (Cortar el sillón). 4) Un auto dentro de un estacionamiento. Medrano y Corrientes. (Atar el auto). 5) Un sachet de yogurt en la góndola de los jabones de un supermercado Coto. (Desplazar y Cortar el sachet). 6) Fajas. Negocios en el microcentro. (Sellar la puerta). Parte de una serie. 7) Removedor de pintura sobre la reja de un negocio cerrado. (Sacar la pintura). 8) Silla Wassily en la Universidad Di Tella. (Desarmar la silla). 9) Candado dorado en un negocio de Once. (Colocar el candado). Al leer cada uno de los títulos advertimos una referencia teatral, un tipo de enunciado que remite a la didascalia (indicaciones de lugar y marcaciones de acciones para los actores con frecuencia muy breves y sintéticas). Por otro lado, este estilo también remite a las instrucciones de uso o guía de funcionamiento de un producto. La principal nota común a todos los títulos se encuentra en las indicaciones entre paréntesis: ahí se señala cuál es la acción que se lleva a cabo, y sobre qué. Sintácticamente, siempre es un verbo con un objeto directo; semánticamente, siempre es una acción sobre un objeto. f. Unión de partes, círculo completo

En algunas acciones el usuario ha elegido unir dos elementos diferentes por medio de la herramienta. Lo hacen la soga (caño de escape-rueda), el cartel de Communion (puertas), la prensa con la cola (silla-escritorio). En estas situaciones, el usuario utiliza dos objetos para componer una tercera cosa. El sabotaje, en estos casos, toma la forma de una construcción y termina de dar sentido a los conceptos de las herramientas, base del proyecto de L.L.: del triángulo herramienta-función-uso se derivan las interacciones básicas entre función, objeto y contexto; la definición de la función como conglomerado de capacidades físicas que muestran a la herramienta como un agente de transformación, empleado por un usuario/saboteador encargado de planificar, ejecutar y documentar acciones; y, por último, la pregnancia de estos procesos de destrucción al interior de un proyecto de construcción, y viceversa. En este punto se enuncian los dos temas más importantes que emergen del triángulo equilátero y que serán fundamentales en las últimas obras de L.L.: la arquitectura como construcción moderna y, a través de ella, la violencia de un material sobre otro material.

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