BILBAO Y SU DOBLE

Andeka Larrea Garikoitz Gamarra

ÍNDICE

Introducción. Astenia urbana I. Pulsión urbana 1. Política sin estética 2. Todo lo tropical se desvanece en el aire 3. Cultura es inversión II. Ilusiones 1. Hitos en Abandoibarra 2. Posturbanismo 3. Del ciudadano de a pie al consumidor motorizado 4. Zafios bazares III. IV. Pulsión urbana 2 Decepciones 1. Generaciones 2. Ojos que no ven V. Bilboko Begiradak 1. Casco Viejo 2. Ría 3. San Francisco 4. Ensanches 5. Desarrollismos 6. Catedrales del consumo 7. Margen derecha 8. Panteones industriales Bibliografía / Discografía

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Astenia Urbana

En los últimos años, Bilbao ha sido objeto de una larga serie de transformaciones espaciales de gran importancia en el marco de un cuidado y diseñado proceso de regeneración urbanística. El inicio simbólico de este proceso aconteció en el preciso instante en que la administración autonómica vasca y la Fundación Solomon Guggenheim anunciaron al mundo la intención de ésta de edificar en la ciudad del Nervión un museo-franquicia de arte contemporáneo. Las estrategias de seducción puestas en marcha por los gestores de la operación no se hicieron esperar y fueron dirigidas, en lo fundamental, a una ciudadanía que había asistido impotente y desconcertada al desmantelamiento del tejido industrial. La villa de Bilbao se encontraba sumida en una neblina de incertidumbre y confusión: el Bilbao industrial y todo lo que contribuyó a la formación de una identidad urbana colectiva —aunque escindida en clases o, si se prefiere, en márgenes— se desvanecían súbitamente ante los ojos asombrados de todos. Este momento de crisis se mostró, a la larga, como el motivo fundamental esgrimido por los adalides del museo, desde políticos o periodistas hasta financieros oportunistas: se trataba de que Bilbao no se apeara del tren del progreso y la Modernidad, de que asumiera esta gran oportunidad que la Solomon Guggenheim brindaba a los bilbaínos por el módico precio de unos cuantos milloncejos de dólares. Aunque al principio hubo críticas, pronto se fueron desvaneciendo en un vago rumor apagado frente al ensordecedor entusiasmo de los gacetilleros y de la plana mayor de las instituciones vascas, que vieron la oportunidad de situar, por fin, lo vasco en el mundo. Sin embargo, se urdía otra cosa bien diferente a la sola instalación de un museo en una u otra ciudad de Europa, en este caso Bilbao. En realidad se estaba maquinando el inicio de una gran operación económico-urbanística que, a la vista del

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jugoso pastel inmobiliario cuya primera porción se comió el propio museo, iba a transformar el espacio industrial degradado y en desuso de la ribera de la ría en una zona residencial de lujo y ocio cultural que inaugurase una nueva centralidad urbana atractora de turistas y, por supuesto, de grandes inversiones. Es decir, como muy bien lo resume Gamarra en las páginas que siguen, asistimos al surgimiento de una nueva sintaxis arquitectónica (e incluso política) y de una nueva estética urbana que sigue la pauta de lo que los economistas eufemísticamente denominan “marketing urbano”, amparándose en un argot que encubre descaradamente la privatización del espacio público, el servilismo de los políticos municipales y la entrega de espacios urbanos a la empresa privada para su gestión mercantil. Como se ve, nuestro proyecto de aproximación a este fenómeno quiere obviar los lugares comunes y la propaganda superficial con que se ha adornado este proceso de transformación urbana para centrarse en los presupuestos estéticos y, sobre todo, políticos que pretende ocultar. Pretendemos sacar a la luz la trama oculta que esconden los eslóganes y las encendidas defensas de un concepto de modernidad y de progreso urbano tan hueco como absurdo. Hueco, porque no contiene más que una caduca y deformada apología de la escatología secularizada de la Ilustración; absurdo, porque de lo que se trata, hoy, es de la crisis de la ciudad moderna. Algunos oyen campanas... Bilbao y su doble surge de una necesidad y de un encuentro. Sentimos la necesidad de dar una respuesta crítica a la despolitización de la ciudadanía y al deterioro del espacio público urbano (que es, en esencia, político); ambos son la desgraciada consecuencia del acoso que el capitalismo internacionalizado ejerce desde hace décadas sobre la ciudad. En este texto se analizará la transición de la ciudad industrial a la ciudad de ocio y servicios, así como la profunda imbricación de los procesos de generación de capital con el surgimiento de un modelo de ciudad volcada hacia la vigilancia-espectáculo o el espectáculo vigilante. La progresiva mercantilización del objeto ciudad y la consolidación de la economía simbólica son fenómenos coextensivos a la creciente complejidad informacional del mundo, al menos en los países ricos, así como a un creciente aislamiento social en zonas protegidas y vigiladas. La generación 3

de una ciudad-residuo como contraparte a la lógica de la exclusión pone en evidencia no sólo la panoplia de desigualdades sobre las que se levanta la ciudad contemporánea, sino también los procesos de invisibilización puestos en marcha en contra de los excluidos del sueño urbano. Éstos y otros procesos y fenómenos han sido agrupados en el concepto “ciudad posmoderna”, y son comunes a muchas de las grandes aglomeraciones urbanas del mundo, con las lógicas diferencias locales y culturales. De estos procesos y de su incorporación en las estrategias urbanísticas de una ciudad de tamaño medio como Bilbao hablamos en este libro, atentos, por supuesto, a la propia diferencia que la aplicación del modelo ha supuesto en nuestra ciudad. Fijaremos nuestra atención en tres momentos decisivos de la historia de Bilbao: la Guerra Civil, la industrialización y la actual transformación urbana. Posteriormente, trazaremos un recorrido por las frustradas esperanzas de las tres generaciones que han visto cómo el sueño urbano se convertía en pesadilla, actuando muchas veces políticamente contra esta inercia, pero derrotados al fin. La memoria ocultada de estas luchas, los lugares destruidos que han sido sustituidos por brillantes objetos arquitectónicos, supone un esfuerzo ideológico por privar a Bilbao del recuerdo de acontecimientos históricos que han conformado su identidad en las últimas décadas, hacer de la ciudad un espacio sin historia, en un intento ridículo de lograr una mal entendida "armonía" social. De un encuentro, decíamos. En este caso, del encuentro de dos filósofos preocupados por la cuestión, tan olvidada, del espacio —tanto el político como el estético—, atentos a sus mutaciones desde dos aproximaciones disciplinares que quieren converger en la unidad del libro: aproximación crítica y aproximación apologética, es decir, filosofía y fotografía urbanas. Por tanto, creemos conveniente defender un acercamiento al hecho urbano desde la filosofía, bien entendida ésta como un método genealógico y crítico que indaga acerca de los fundamentos, del origen y de las estrategias de construcción de la ciudad contemporánea. Pero una filosofía atenta no sólo a las cuestiones, problemas y reflexiones desde el ámbito de la pura teoría, sino una

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filosofía que encuentra en la propia experiencia urbana el lugar del cuerpo y del espacio para una teorización de este experimentar a dos. Es evidente que muchos sucesos y aconteceres no se han limitado a transformar el paisaje, sino que han afectado incluso a las identidades de ambas márgenes de la ría del Nervión, al compás de los cambios acelerados del capitalismo global. La desaparición de la geografía, de la que habla Virilio, se concreta aquí en el desvanecimiento de la frontera fluvial que la ría encarnó durante décadas, separando y zonificando las clases y posibilitando los discursos ideológicos de la burguesía y de la clase obrera. Así como estas distinciones de clase se desvanecen en un centro urbano en el que la masa anónima es la protagonista, en este texto se hace una revisión de la supuesta desaparición definitiva de éstas, insistiendo en la evidente zonificación de las periferias, así como en la existencia de un ocio y de un consumo de primera, segunda y tercera categoría que los gestores empresariales han sabido entender muy claramente. Por lo que respecta al trabajo fotográfico que acompaña a la reflexión teórica, con el cual forma la unidad ensayística de la misma, éste surge de la necesidad de dotar de imágenes contemporáneas y de documentar para el archivo muchos espacios urbanos destinados a la desaparición y al olvido. En el impulso por la consecución de una imagen-marca Bilbao, la actual hiper-estetización del espacio urbano y el recurso a la arquitectura monumental de firma producen un efecto de invisibilización de gran parte de la ciudad y, sobre todo, de sus gentes, que es la contraparte del visible esfuerzo político por domesticar a una ciudadanía que se había mostrado en el pasado reciente sumamente activa como sociedad civil, autoorganizándose y protagonizando luchas urbanas de todo tipo. En este sentido, es lamentable y revelador constatar la progresiva desaparición de aquellos lugares que dieron cobijo y apoyo a estas luchas, en un descarado intento de borrar las huellas políticas que constituyen el pasado urbano de Bilbao y presentar el tiempo presente como el producto abstracto de fuerzas impersonales, eso sí, esforzadas en la consolidación de un espacio urbano absolutamente despolitizado en su base social.

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Estas fotografías del otro y del Nuevo Bilbao deberían ser vistas como un discurso político, más que como un reflejo estético del Bilbao duro e industrial que parece que nunca fuimos. Político, bien entendido en el sentido de posibilidad de acción y de reflexión, es también estético, tal y como defendemos en este libro contra la concepción de lo estético como puro fascismo del mito, cuyo reflejo imaginal más evidente lo encontramos en las postales que podemos comprar en cualquier quiosco de Bilbao. Estos souvenirs muestran el Bilbao de la utopía narcisista y absoluta de quienes han imaginado y construido el presente de la morfología urbana de Bilbao a través de las maquetas blancas y asépticas que han precedido siempre todos los proyectos de regeneración urbana, en las cuales los cuerpos son ignorados u obviados como el resto matérico despreciable de la gran fiesta de las Ideas. De la misma manera infame que la gestión inmobiliaria del suelo desprecia a las personas que habitan o habitarán sus moradas estándar, la gestión política del Bilbao contemporáneo desprecia a las claras su opción por un urbanismo social, responsable y sostenible, en una enconada defensa del modelo neoliberal de ciudad cuya crisis y nefastas consecuencias son bien visibles en su lugar de origen, la ciudad norteamericana. En cualquier caso, además de la crítica, tal y como hemos dicho, las fotografías quieren ser la parte apologética y esperanzadora de nuestra contribución personal en el esfuerzo por ampliar o iniciar el debate sobre el Bilbao actual, tan escaso y limitado a determinados foros académicos. Se pretende evitar el puro y duro criticismo de salón para afrontar, junto con otros colectivos, la posibilidad de vislumbrar una dignidad reconocida en el uso de los espacios urbanos más marginados y, también, la de alumbrar nuevos usos creativos, imaginativos y reivindicativos en los espacios diseñados para el confort anodino y el uso restringido al consumo. Creemos que la ciudad actual, en contra de quienes se oponen e imponen su proyecto a toda la ciudadanía, es un hervidero latente de fuerzas sociales, de ideas y de vivencias urbanas que deben encontrar un cauce de expresión y manifestación en el espacio público urbano, auténtico pilar de una posible democracia urbana aún por venir.

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En este esfuerzo, ofrecemos nuestro trabajo y nuestra colaboración.

Andeka Larrea Bilbao, diciembre de 2006

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I. Pulsión urbana
Mamá, gran puta, mal educas: siempre quiero más y ahora busco en la mierda lo que no me puedas dar.

Patrullero Mancuso: “T.V.”

La ciudad está de moda. Durante los últimos años, en las sociedades de consumo se ha producido un fenómeno que podríamos calificar como retorno de lo urbano. Los escenarios metropolitanos vuelven a abundar en el cine, la televisión o la prensa gráfica; se habla en términos de “marketing urbano” y “ranking de ciudades”; se puja por conseguir la firma de los arquitectos estrella para remodelar nuestras ciudades; el urbanismo ya no es el fruto de un auge económico, la guinda en el pastel del Capital, sino que se utiliza como agente dinamizador para economías deprimidas. No hay duda: la imagen de la ciudad vende. Esto es lo que está ocurriendo, claramente, desde 1993 con Bilbao, pero también lo que ocurrió en 1992 con Barcelona y Sevilla y en los últimos 25 años con tantas y tantas ciudades del Primer Mundo afectadas por la desindustrialización. Las ruinas de las viejas fábricas hoy inútiles dejan paso a atractivos diseños arquitectónicos. La imagen de la ciudad parece, por tanto, estar hoy de nuevo en alza. Sin embargo, la metrópoli moderna, en tanto que fenómeno geográfico, y su estética propia, la estética urbana, han tenido a lo largo de su historia una prensa muy desigual. Desde mediados del siglo XIX, momento en el que se suele fechar el nacimiento de ese complejo fenómeno llamado “ciudad de la multitud”, lo urbano ha sido sinónimo de “ciencia”, “progreso”, “cosmopolitismo”, “juventud” y “vida”, pero también de “inseguridad”, “suciedad”, “crimen”, “enfermedad” y “muerte”. Se ha pasado de periodos en los que la ciudad era considerada un objeto de deseo preferente por la opinión pública a otros en los que el consenso se ha forjado alrededor del repudio de lo urbano. Hoy, al menos en Europa, vivimos un relativo relanzamiento de la ciudad, pero

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se trata de una ciudad dulcificada, una ciudad acotada por los dirigentes y sus arquitectos, una ciudad de diseño que, en el mejor de los casos, nace de la imaginación de los artistas y no de las espontáneas fuerzas económicas y sociales que la constituyeron en tiempos anteriores. Hoy lo urbano es sólo un objeto de deseo en cuanto “logotipo” o “marca”, previamente inmunizado, por tanto, a las connotaciones más turbias que han rodeado a la ciudad. A pesar de los pesares (y del marketing), en “lo urbano” —Manuel Delgado (1999)— siguen todavía resonando ecos contradictorios. Más que de “atracción urbana” o “repulsión urbana” debemos de hablar, en estrictos términos freudianos, de “pulsión urbana”, con el ambiguo e irresuelto carácter de las pulsiones: erótico y thanático a la vez. Por eso, antes de acometer el estudio de las transformaciones urbanísticas del Bilbao actual, queremos repasar brevemente las vicisitudes de esta “pulsión urbana” a lo largo de nuestra historia urbana más reciente, desde los referentes más generales de la cultura urbana (y antiurbana) de los EEUU y Europa hasta la propia historia urbana de Bilbao.

Aparentemente, las instituciones públicas locales promocionan y ensalzan el Bilbao “urbano”; “Bilbao Metropolitano” lo llaman. Pero la historia inmediata de Bilbao nos habla de una relación compleja entre el cuerpo socio-político que constituyen los bilbaínos y el espacio urbanístico-fabril que les tocó vivir. Se trata, como casi todas, de una relación de amor/odio con la propia ciudad, tan ensalzada como criticada. Se habla con nostalgia del “Bilbao que se nos fue” y se aparta la mirada de un Bilbao que ya no se reconoce, o se alza la vista hacia un próximo renacer económico y cultural de la capital vizcaína. De cualquier modo, se trata de una identidad, ante todo, compleja y problemática. Las preguntas al respecto de Bilbao son desde hace más de cien años siempre las mismas: ¿ciudad o pueblo? ¿Cosmopolita o endogámica? ¿Capital financiera o ciudad fabril? ¿Sede del progreso vasco o de la explotación laboral? ¿Símbolo de modernidad o catástrofe urbanística? A lo largo de este primer capítulo realizaremos un viaje, un tanto vertiginoso, sin duda, a través de las culturas urbanas recientes, más específicamente, de las culturas urbanas del Bilbao que hoy dejamos atrás con el lanzamiento del Nuevo Bilbao o Bilbao Metropolitano. Pasaremos del Bilbao de la dictadura al de la transición; de las luchas político-sociales de los sesenta y setenta a las nuevas culturas urbanas de los ochenta; de la militancia antifranquista al punk y el Bilbao tropical. Y, todo ello, 9

atravesado por las referencias artísticas, políticas y culturales que dan un sentido universal o global a lo que en Bilbao ha sucedido y está sucediendo: Baudelaire, los surrealistas, los situacionistas y mayo del 68, la revolución musical y cultural de los sesenta y setenta; todas ellas referencias ineludibles para cualquier historia cultural urbana. Mezclaremos, por tanto, registros y contextos de una forma que tanto al lector más académico como al más informal pueden resultar chocantes, pero que componen una unidad viva en el crisol imposible de la vida urbana. Éste es, a nuestro parecer, el único modo de penetrar, de algún modo, en la intrahistoria reciente de Bilbao, aquélla que nos permitirá juzgar la actual. Por todo ello, la historia de la pulsión urbana tiene que ser una historia doble: historia política e historia estética. La historia política de una sociedad civil y sus luchas por reivindicar los usos autónomos de los espacios urbanos (espacios públicos) y la historia estética de la cultura popular y, en primera línea, su música, como intento trágico de hacer propio el abigarrado y gris paisaje del Bilbao industrial que hoy vamos dejando atrás.

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1. Política sin estética
Desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera del XX, se había asistido a una explosión urbana de facto, a la vez que a una “atracción ambigua” (mezcla de atracción y repulsión) por la emergente ciudad de la multitud. Esta erótica de la imagen de la ciudad se registra en todos los ámbitos de la cultura de masas, desde el cine negro, que puede considerarse como su canto de cisne, hasta los orígenes rastreables en la literatura urbana del XIX. Aquella seducción típicamente moderna por la “jungla de asfalto” aparece ya en el Baltimore de Poe, en el San Petersburgo de Dostoievski, en el París de Víctor Hugo y de Las flores del mal de Baudelaire, con sus ambiguas escenas de la capital del siglo XIX, la de la burguesía industrial y financiera auspiciada por Luis Felipe. Baudelaire llora la caída del París medieval, demolido por Haussmann y el desarrollismo burgués pero, a la vez, queda hipnotizado por el nuevo París, el de los amplios bulevares y sus cafés, el de los tranvías y los paseantes, la ciudad anónima de la multitud, y queda fascinado igualmente por la prostitución callejera y el París nocturno, por el tedio urbano y la indolencia de los desclasados como él, por los contrastes de opulencia y miseria, entre lo nuevo y lo viejo, entre el esplendor y la ruina, por la ciudad bajo el signo de Satán. Tras la Segunda Guerra Mundial y con la Guerra Fría todo cambia. La gran ciudad empieza a perder su magnetismo a pesar de que no dejan en ningún momento de aumentar la población urbana, así: tanto el tamaño como el número de ciudades. El Capital sigue acumulándose progresivamente en grandes núcleos urbanos, tanto es así que las antiguas metrópolis coloniales, las ciudades de la multitud, dejan paso a las mastodónticas conurbaciones que hoy conocemos. La vida ajetreada de las calles, cuyo protagonista era el atareado peatón representado en el cine a través del slapstick de Buster Keaton o Harold Lloyd, queda en segundo plano tras la generalización del automóvil; el cine negro deja paso a las road movies; los barrios son perforados por las autopistas. El american way of life, alimentado por el nuevo imperialismo del Plan Marshall, es antiurbano y suburbanizador, y es que, si algo tenían en común Nixon, los hippies y la “clase media” americana era el deseo de huir de la ciudad sucia y caótica hacia las afueras, en un regreso a las “fuentes naturales”. A la vez que las ciudades crecen y crecen, quien puede se escapa a dormir a los suburbios. La especulación inmobiliaria que derivó en el crack del 29 abandona el

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centro de la ciudad; sus viejas viviendas son ocupadas por las clases con menos recursos o se desploman para dejar paso a nuevos edificios de oficinas. En el mundo anglosajón despuntan las urbanizaciones con viviendas unifamiliares generando un crecimiento urbano horizontal descontrolado. En las socialdemocracias, por el contrario, se opta por la edificación en vertical en las “ciudades dormitorio”, siguiendo los planteamientos del urbanismo racionalista, pero con el mismo trasfondo de repudio hacia la vida callejera. Sin embargo, al lado de este movimiento generalizado hacia la periferia y de la subsiguiente cultura antiurbana, podemos localizar diversos momentos y movimientos de resistencia —siempre relativamente aislados, siempre excepcionales—, que reivindican la vuelta a las calles. Mientras los hippies se montaban su viaje a Oriente, en las ciudades estadounidenses el movimiento por los derechos civiles se radicalizaba con los Panteras Negras, tomando un cariz netamente urbano por el simple hecho de que los denostados centros de las ciudades eran el hábitat disponible para los grupos sociales menos favorecidos y para los excluidos de todo tipo. A la vez que la clase obrera afroamericana protagonizaba su propia lucha política urbana, la vanguardia artística de Nueva York —principalmente blanca, en su mayoría de extracción burguesa— reivindicaba, frente al bucolismo hippie, los placeres prohibidos de la gran ciudad. La Factory de Andy Warhol y, especialmente, la Velvet Underground son un ejemplo del contraste entre la atracción neoyorquina por el abismo urbano y el imaginario hegemónico en la Costa Oeste. De este modo, en los EEUU de los sesenta podemos aún hallar movimientos de resistencia ante la tendencia generalizada antiurbana, movimientos de una identidad fuertemente urbana, pero en los que lo político y lo estético están definitivamente escindidos. Por un lado el cinismo y agnosticismo político de los integrantes de la Factory; por el otro, el movimiento político negro, que encarna la dureza de las calles americanas, no sueña sino con volar de la ciudad, como su odiada clase media blanca. El “en-sí” y el “para-sí” de lo urbano permanecen escindidos. Tenemos que viajar hasta Francia para encontrar un movimiento, también minoritario, también aislado, que resiste el rechazo cultural a lo urbano de aquel momento, pero que, frente al caso americano, lo hace de una manera íntegra: a la vez política y estéticamente y, además, haciendo de todo ello teoría y praxis.

En primera línea de la rebelión parisina de mayo del 68 y, sobre todo, a la vanguardia de su nuevo imaginario político —nuevas formas de participación, nuevas 12

formas de acción, nuevas reivindicaciones— estuvo la autoproclamada Internacional Situacionista (antes Letrista). Ellos ya hablaban en el año 1959 un lenguaje que podríamos hacer nuestro en el contexto inmediato del actual Bilbao postmoderno:
Mientras que hoy las mismas ciudades se dan como un espectáculo lamentable, un suplemento a los museos, para que los turistas que se pasean en autocares de vidrio, el Urbanismo Unitario considera el medio urbano como un terreno de juego en participación (Internacional situacionista 1997, pág. 94).

El Urbanismo Unitario era una de las armas revolucionarias que proponía el grupo de Guy Debord, compartiendo planteamientos (aunque desde ámbitos muy distintos) con el también marxista Henry Lefebvre de El derecho a la ciudad. El testigo de la ambigua pulsión urbana de Baudelaire y los Surrealistas es recogido por los situacionistas, apologetas de la ciudad indisciplinada, de lo urbano como amplificación del carnaval. Pero aquellos eran casos excepcionales incluso entre la izquierda. El urbanismo por el que finalmente acababan abogando los partidos comunistas en el poder no se diferenciaba del que genera la ciudad funcional de la socialdemocracia. Por aquel entonces Bilbao sufría los milagros del desarrollismo. El plan comarcal de 1964 tuvo como única virtud dotar al Área Metropolitana de Bilbao — AMB, siguiendo el concepto que desarrolla Marisol Esteban (Esteban 2000)— de unidad, al menos nominal, más allá de la treintena de términos municipales que componían el “Gran Bilbao”. La política económica del régimen se cebaba —de forma no muy distinta a la actual— con la especulación inmobiliaria. El Plan Comarcal se redujo a un “todo vale” que modeló el caótico y abigarrado crecimiento de Bilbao. Lejos quedaban los ensayos de posguerra de una arquitectura y proyección urbanas que articulasen el ideario falangista de la “familia-municipio-sindicato”. De aquellos tiempos de autarquía provenían las primeras viviendas sociales y algunas construcciones monumentales, como el Museo de Bellas Artes de Bilbao, inaugurado en 1945 y en cuya construcción participó el entonces jefe de la D.G.R.D. (Dirección General de Regiones Devastadas), Gonzalo Cárdenas. Con el ingreso en la ONU, los tecnócratas ocupan su lugar, y del caduco capitalismo de estado pasamos a las nuevas formas neoliberales: todo por preservar el orden social (la paz social lo llaman hoy), motor primigenio del alzamiento nacional.

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Las reapropiaciones urbanas del 68 francés tuvieron un eco lejano en la bien controlada España del sereno y el toque de queda, aunque ya desde principios de los sesenta el movimiento obrero se estaba reestructurando en el país. Junto al desarrollismo llega el aumento y la concentración progresiva de la clase obrera, así como las primeras huelgas durante el año 1962, con unas muy activas Comisiones Obreras infiltradas en el sindicato vertical, por inspiración de Stalin. Entre el 67 y el 69, después de que el Tribunal Supremo declare subversiva la organización sindical de origen comunista, se generaliza la conflictividad obrera con especial virulencia en la industria metalúrgica vizcaína. Sin embargo, la lucha ocupa la fábrica antes que la ciudad en el AMB. Mayo del 68 había nacido como un movimiento obrero pero, sobre todo, como un movimiento estudiantil; el carácter netamente urbano se lo daba esta presencia de jóvenes estudiantes al frente de la revuelta, con las principales universidades parisinas en el centro de la ciudad. Una de las consecuencias del 68 fue que los gobiernos tomaron nota del peligro que supone mantener en el corazón de la ciudad unas instituciones dedicadas al conocimiento —del que nunca se sabe lo que puede venir—. Tras la revuelta se generalizó el emplazamiento de las nuevas universidades en la periferia, en lugares aislados, evitando así el peligro de propagación de la crítica a otros ámbitos sociales. En Madrid y Barcelona se habían dado conatos de lucha estudiantil desde finales de los cincuenta y el tardofranquismo calcó la estrategia europea de suburbanización del saber. De este modo, la Universidad Autónoma de Madrid, fundada en 1968, se traslada a Cantoblanco, en la periferia de la ciudad, en el 71, construyéndose a medida para permitir la entrada de la caballería en caso de “motín” en sus pasillos. El ejemplo de Bilbao tiene algunos paralelismos. La universidad más antigua y prestigiosa era la Universidad de Deusto, una institución religiosa cuyas facultades de Económicas y Derecho estaban directamente controladas por la elite burguesa local. En 1955 se creaban las facultades de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales en el barrio de Sarriko, donde aún permanece la de Económicas y Empresariales. En el mismo año 1968, al sumarse las nuevas facultades de Medicina y Ciencias al campus de Sarriko, se constituye la efímera Universidad Autónoma de Bilbao, antecedente de la Universidad Pública del País Vasco. En 1969 se decide la construcción del nuevo campus en Leioa, a 15 km de Bilbao, cuyas obras comienzan ese mismo año. Las primeras clases se imparten durante el curso 1972-1973. Finalmente, tras la extensión del distrito universitario a las tres capitales vascas, se crea la UPV-EHU en 1980. Para 14

este momento, además de Deusto, las facultades que están presentes en el cuerpo urbano de Bilbao son únicamente la de Económicas y Empresariales y la de Ingeniería. Las humanidades y las políticas, agentes clásicos de la crítica social, han sido expulsadas del núcleo urbano; en concreto, la Facultad Pública de Filosofía se dispersa hasta San Sebastián, y la de Historia, a Vitoria. Pero este aislamiento de la intelectualidad bilbaína no era nuevo.

Como han insistido varios historiadores (García Merino 1992; Montero 1994; Lorenzo Espinosa 1989), desde su despegue industrial a finales del XIX, Bilbao ha sabido separar nítidamente los barrios obreros de los emplazamientos burgueses, especialmente a través de su ría. Se evita la conflictividad social haciéndola cotidianamente menos visible. Pero el aislamiento de los grupos sociales no se quedó aquí. La estructura urbana de Bilbao se desarrolló de tal modo que la clase proletaria quedó separada respecto a las clases medias constituidas por oficinistas y letrados, aquel colectivo subalterno con un suficiente acceso a la cultura para constituirse en vanguardia política de los trabajadores. Hemos de buscar una explicación a la peculiar identidad política de Vizcaya también en estos elementos de carácter puramente topológicos, así, el gran auge del nacionalismo vasco en detrimento de las ideologías revolucionarias de carácter obrero tiene mucho que ver con esta “falsificación” de la experiencia cotidiana. El contraste entre el lujo de los patronos y la miseria de los obreros se disfraza a través de su disposición geográfica, a la vez que se cultiva la desconfianza aldeana de las clases medias locales con respecto a la inmigración. Históricamente, la clase media bilbaína se afincó en la antigua anteiglesia de Begoña, una ladera relativamente aislada del cuerpo urbano. Si en lo básico las viviendas de Begoña no se diferenciaban de las obreras —igual que sólo levemente se diferenciaba el sueldo de un obrero del de un oficinista—, las condiciones económicas para su acceso eran ligeramente superiores, marcando así la distinción que buscaba esta clase media local que se creía emergente, clase media que no quería ser confundida con la inmigración obrera. El barrio de Begoña aún hoy conserva por tradición un carácter distinguido difícil de comprender para el visitante o para los mismos jóvenes de la ciudad. Está presidido por su basílica, en la que se aloja la patrona (matrona) de Bilbao, signo de la beatitud de la villa y, en concreto, de la de aquella clase media que se refugiaba en las faldas de su señora ante los horrores del industrialismo y la pagana clase obrera. No hay que olvidar, además, que la basílica de Begoña se convirtió en 15

santuario de los carlistas y después cuna del nacionalismo vasco de signo más tradicionalista.

La desconexión entre el movimiento obrero y la elite intelectual continuó en Bilbao hasta bien entrados los años setenta. No sin motivo, el intelectual era visto con recelo por la clase trabajadora, y el conocimiento, como algo extraño. Cuando en el barrio obrero de Rekalde se decide a dar sus primeros pasos la Universidad Popular, lo que se pretende es, básicamente, superar esta situación creando una universidad obrera construida por obreros y para obreros, proyecto de claras resonancias sesentaiochistas.

La Universidad oficial es un claro y valioso instrumento de la clase dominante, la burguesía. Los libros, los programas, los sistemas de enseñanza, etc., todo es un montaje que huele a pozo séptico, y donde la verdad que debería descubrir la ciencia, está tapada (…) Nuestra Universidad no se parecerá en nada a la Universidad oficial. Sólo en el nombre (…) Ya ha habido en la Historia otros intentos por crear un saber universal y profundo, enraizado en los trabajadores. Recordemos la Universidad obrera de Segovia en la República, la Escuela obrera de París, etc. Vamos, una vez más, a intentarlo entre todos (Universidad Popular de Rekaldeberri 1977, pág. 33).

La Universidad Popular de Rekaldeberri fue una de las experiencias de asociacionismo vecinal más intensas y emocionantes de la historia de Bilbao. Tuvo su antecedente en la biblioteca de Rekalde, nacida en pleno franquismo, que fue creada, financiada y gestionada por vecinos del barrio ávidos de cultura y reflexión. De las charlas que se empezaron a organizar en la biblioteca durante el año 1976 nació la idea de organizar esta Universidad Popular que impartía sus cursos de ocho de la tarde a diez de la noche para un ochenta por ciento del alumnado conformado por trabajadores. De estructura asamblearia y autogestionada, tampoco eran insensibles a la problemática urbana. La memoria de su fundación comienza haciendo hincapié en esta cuestión:

Recaldeberri es una de esas grandes verrugas urbanas que crecen sobre el cuerpo enfermo de la gran ciudad monopolista. Esa gran ciudad que no es el resultado natural de la propia naturaleza humana, porque nada hay más antihumano y antinatural que el engranaje monstruoso de estas grandes ciudades. Esa gran ciudad que es fruto de una historia concreta que ha favorecido a unos pocos en perjuicio de la mayoría. Esa gran ciudad industrial que se convierte en la “Meca” de los inversionistas, al buscar éstos el máximo rendimiento a sus capitales en el mínimo plazo (UPR 1977, pág. 13).

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A pesar de la inspiración parisina de esta Universidad obrera, muy lejos queda la actitud de los situacionistas ante la ciudad capitalista heredada, muy lejos sus psicogeografías y derivas urbanas. El grupo de Debord era heredero directo de los surrealistas que durante los años veinte y treinta habían descubierto en el París de la multitud el renacer del mito y con él la poesía (Benjamin 2005). El marxismo que lideraba los movimientos urbanos del todavía Bilbao industrial era, por el contrario, mucho más sensible a la racionalidad política de reivindicación del espacio para el uso público que a la imaginación poética que liberan aquellas “verrugas urbanas”. Si se puede hablar de una política urbana en los últimos años del franquismo y los primeros de la transición, no podemos hablar de una reivindicación popular de una estética urbana hasta la siguiente generación. De nuevo, lo urbano “en sí”, pero no “para sí”. Las luchas anticapitalistas, máxime tras el maoísmo y los movimientos postcoloniales de liberación nacional, han tendido a desconfiar de las reivindicaciones netamente urbanas, como las de los situacionistas. Con la entrada en escena del ecologismo, la ciudad sostenible ha buscado modelos en la Ciudad Jardín de Geddes, en Kropotkin y en Howard, en el socialismo utópico y anarquista del XIX (Masjuan Bracons 1992); también ha encontrado inspiración en los autogobiernos municipales protocapitalistas de la Baja Edad Media (o última Edad Media), en los ritmos y las artes útiles de la ciudad gótica. La reivindicación del pequeño comercio por amplios sectores de la izquierda hoy tiene mucho que ver con este espíritu. Malos tiempos para los trances urbanos de Baudelaire, Breton o Fritz Lang, pero ni siquiera Bilbao fue inmune a otra nueva y ocasional, aunque intensa, reminiscencia de “lo urbano”, en lo que se ha dado en llamar la “Euskadi Tropical” (Estebaranz 2005). Para poder abordar este punto, debemos antes hacer un alto en el camino para introducir un anunciado fenómeno, sin duda fundamental a la hora de hablar de cultura urbana: la cultura Pop.

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2. Todo lo tropical se desvanece en el aire
El “espacio” por excelencia de cultura de masas, agente de la cultura popular del siglo XX y XXI y de su secuestro, es, sin lugar a dudas, el de la música Pop. Y con el término Pop nos referimos al amplio espectro de la música popular moderna y postmoderna entre el rhythm and blues y el techno, pasando por el rock, el heavy o el pop (con minúsculas) etc., si no hasta el tango, el pasodoble y el jazz. No nos vamos a detener en acotar ni en definir el amplio espectro de variantes musicales que abarca lo que entendemos por Pop, pero sí apuntaremos a que no es una música ni exclusivamente occidental, ni su origen es necesariamente anglosajón —aunque sea allí donde ha tenido su gran industria mediática—. Es la música popular de una sociedad moderna, por tanto, con aspiraciones universalistas implícitas. en algún sentido, y una música íntimamente unida a su reproducción técnica. El Pop y sus distintas manifestaciones tienen un carácter netamente urbano, a pesar de sus habituales excursiones a la periferia. Era así en los orígenes. El blues de la algodonera se electrifica al calor de la industria automovilística. Sus sonidos estridentes de guitarra son los chasquidos de la ciudad. Cuando desembarca en Londres en forma de rhythm and blues, esta música se recibe desde una sensibilidad doblemente industrial y doblemente urbana. La reverberación en las producciones se exagera, generando sensación de espacios amplios; las percusiones se metalizan; la acústica “natural” de los instrumentos tradicionales se electrifica variando su campo de acción, que ahora depende sólo de la potencia del amplificador; además, los sonidos y ruidos se modifican en la mesa de mezclas para imitar la sonoridad de los materiales de la ciudad. La música se vuelve espacial y se emplaza en la dinámica urbana. A partir de los años sesenta, la música Pop hegemónica va a ser la anglosajona. Ya hemos comentado la deriva antiurbana del movimiento de masas hippie y su música; sin embargo, a partir de finales de los setenta y como consecuencia directa de la crisis del petróleo y su consabida desindustrialización y conflictividad social, las cosas cambian; se produce una nueva explosión urbana. El icono en el movimiento juvenil musical de este momento es el punk, con los Sex Pistols y su ideólogo Malcom McClaren a la cabeza. Algún autor ha señalado la conexión de facto entre los situacionistas y McClaren quien, habiendo militado durante los sesenta en grupos

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cercanos, adaptaría durante los setenta la imaginería de aquellos para gestar los signos de identidad del movimiento punk (Marcus 1993). El punk aborrece los festivales al aire libre y los sonidos exóticos y acústicos de la era hippie. De Londres a Nueva York, la música se compone de los materiales oxidados, de los espacios ruinosos de la ciudad industrial en desmantelamiento. La propia indumentaria de los punkies es un collage de basura urbana, colecciones de mercancías en estado de ruina que parchean el cuerpo exhausto de la juventud. La del punk es una reapropiación civil directa de la ciudad —se puede decir que un tanto irreflexiva pero no menos política—, nacida de una política de la desesperación. Los grupos de música que lideraron el movimiento en el Reino Unido entendieron a su manera la tradición política en que se engarzaba el punk; los Sex Pistols, por ejemplo, lo llamaron anarquía aunque, muy probablemente, conscientes de que su anarquismo poco tenía que ver con el terrorismo de Bakunin o el bucolismo de Kropotkin. El término anarquía, que era pronunciado por individuos que utilizaban bolsas de basura como elemento de tocado y mezclaban esvásticas con hoces y martillos, recogía las connotaciones demoníacas que le atribuyó históricamente la burguesía liberal del XIX. La anarquía de los Pistols es la del Teatro de la Crueldad de Artaud o, mejor aún, la expresión cultural, sin tapujos, del orden económico y social imperante. Sólo que el punk, al menos originalmente, a pesar de sus aristas tenía un carácter menos reivindicativo que festivo: celebraba la ciudad en llamas de la era Thatcher.

En España aparecen grupos de música punk ya a finales de los setenta. Sin embargo, no se tratará aún de un fenómeno de masas ni de un movimiento cultural propiamente dicho, representan una avanzadilla musical que sólo excepcionalmente incorpora una orientación radical, dadas las circunstancias políticas del país. Conviene aclarar la anomalía de la historia social del Pop en España; y es que si en EEUU y el Reino Unido el Pop había sido un fenómeno que nacía de las clases populares y para las clases populares, en España, los músicos eran los hijos más o menos “rebeldes” de la oligarquía en el poder que, gracias a sus privilegios económicos, pudieron tener noticias de las nuevas modas que venían de ultramar. El freno de la dictadura a la expresión popular venía dado doblemente: por un lado, desde los mecanismos normales de la censura franquista; por otro, desde la autocensura de clase de los “artistas”. Así, el pop español se fue gestando como cultura de masas en el peor sentido, en tanto que industria cultural disciplinante. Tonadillas como “Tengo un amor”, “En la fiesta de Blas” o 19

“Digan lo que digan” no sólo eran un espejo para los guateques de los niños bien, sino la escuela ideológica del cuerpo proletario más dócil; la clase obrera iba urbanizando su futuro, sus sueños hipotecarios, en el más puro american way of life. Tras la muerte de Franco los cambios se precipitan, aunque ya hemos visto que el activismo político y las reivindicaciones se hacían oír en toda España desde finales de los sesenta, y en Euskadi, particularmente, durante la década de los setenta. En este tiempo y con el comienzo de la crisis industrial, nos encontramos en el AMB con una sociedad civil profundamente concienciada, muy sindicalizada y muy activa en la lucha por sus derechos políticos y laborales. Es el momento del auge del asociacionismo barrial, la efervescencia democrática que quiere una participación directa de todos los ciudadanos. De aquí surgió, como vimos, el movimiento vecinal de Rekalde y otros barrios, igual que las primeras fiestas de Bilbao (Aste Nagusia), organizadas independientemente por las asociaciones y las “konparsas” de la clase obrera de Bilbao. Se puede pensar que fue gracias a esta tendencia a la autogestión de espacios y a la libre expresión de las reivindicaciones populares de donde nació lo que se dio en llamar “Rock Radical Vasco” (RRV), pero no se puede dejar de destacar una fisura, una grieta entre dos generaciones y dos modos de entender la cultura, la crítica y la política. Propiamente, el punk llega a Bilbao de la mano de grupos como Eskorbuto, Parabelum o MCD, bien entrados los ochenta, cuando en Inglaterra el movimiento ya está extinto. De nuevo, el activismo político tras la muerte de Franco hizo que los efectos de la programada desindustrialización no se hicieran ver hasta que los ánimos sociales estuvieron más calmados, encauzados hacia la sociedad que los herederos del régimen querían construir. Entre estos grupos de punk, Eskorbuto, banda formada hacia 1981, es la más representativa del corte generacional con respecto a la generación de la lucha política clandestina, tanto por su actitud como por su historia.

Provenientes de Mamariga, barrio marginal en la obrera Santurtzi, Eskorbuto eran pioneros en la margen izquierda en estética y cultura punk. Por sus canciones, por sus entrevistas, no cabe duda de que estaban firmemente enraizados en la zona, pero no podían evitar lanzar durísimas críticas a aquel degradado entorno urbano que representaba el Área Metropolitana de Bilbao en los años ochenta; sin embargo, su crítica es ciertamente ambigua, tan fulminante como pasiva.

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Mirarás al cielo y verás una gran nube sucia. No lo pienses, no lo dudes: Altos Hornos de nuestra ciudad. Mirarás las fachadas llenas de mierda, llenas de mierda. Desde Santurce a Bilbao vengo por toda la orilla. Somos ratas en Vizcaya, somos ratas contaminadas y vivimos en un pueblo que naufraga (Eskorbuto 1985).

Eskorbuto critica el naufragio del Bilbao industrial pero, a la vez, hace de esa estética ruinosa su bandera y seña de identidad. El título de su primer disco, Esquizofrenia, es la síntesis de su posición escindida frente al mundo que les ha tocado vivir. Quizás su postura tenía mucho de reacción frente a aquellas asociaciones de vecinos que programaban excursiones campestres y celebraban asambleas en las campas de Santimamiñe, a los pies de las “ancestrales” cuevas (UPR 1977); reacción y crítica despiadada contra la oligarquía explotadora, contra los burócratas y torturadores estatales, pero mucho más allá –mucho más allá de donde se quedaba el RRV–, contra los sueños ultramundanos del ciudadano medio, del obrero engañado, pero también del ciudadano reivindicativo, del militante radical, del huelguista, del “gudari”. Tal vez, sin darse cuenta del todo, Eskorbuto estaban reactivando una vez más el sueño nietzscheano de hacer frente a este mundo sin refugiarnos en un más allá, redimir toda la realidad realmente existente, redimirla en alguna forma, quizás la única posible, porque “sólo como hecho estético tiene justificación la vida”. El punk no huye a la naturaleza en busca de imágenes del futuro no contaminadas de presente, en todo caso, siguiendo con los hábitos de trapero de los surrealistas de los años veinte, “busca en la basura algo mejor, busca en la basura algo nuevo, busca en la basura solución” (Eskorbuto 1985). Pero esta reivindicación de la ambigua “pulsión urbana” fue, una vez más, minoritaria, incomprendida e incluso perseguida. Es conocido el boicot que sufrió el grupo tras su enfrentamiento con las Gestoras pro-Amnistía; más tarde, ellos mismos, en su gusto por mimetizar el cuerpo enfermo del Bilbao industrial, caían descompuestos por la heroína. El No Future que también cantaba Eskorbuto —“El pasado ha pasado y por él nada hay que hacer, el presente es un fracaso y el futuro no se ve”— se hizo palpable en la suerte de aquellos mártires de la margen izquierda. Como vimos, la izquierda marxista más ortodoxa sospecha y critica estas tendencias mimetizadotas al respecto del paisaje alienado de la ciudad capitalista por

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parte de la cultura popular. La teoría se resiste a comprenderlo pues es, sin duda, la gran paradoja de la ciudad capitalista: junto a la opresión, y tal vez haciendo de la necesidad virtud, se genera una cultura popular urbana, una estética urbana, un “hacer propio” el espacio urbano inhóspito en el que hacina la masa obrera. Así lo hicieron Eskorbuto como otros tantos punkies de su tiempo y, hasta cierto punto, el hip hop en la actualidad. Parece casi un acto reflejo, una forma de instinto, como la del camaleón que se refugia en los colores y texturas de su medio, tal vez para defenderse, tal vez sólo para fundirse sin solución de continuidad con su hábitat. La gran acusación del marxismo sobre estos procesos de estetización de la ciudad –como la de cualquier otra mercancía– es la de “fetichismo”. La ciudad se “naturaliza”, del mismo modo que cualquier otra mercancía, para ocultar los procesos sociales de producción que la han llevado a existir. Sin embargo, la reducción de estos fenómenos a ideología no explica lo suficiente o simplifica en exceso la realidad; una tendencia iconoclasta de raigambre judía se cuela en el comunismo vía Marx para secar el ánimo de un pueblo acostumbrado, por necesidad, a buscar las imágenes redentoras en su vida cotidiana, a redimir la vida cotidiana.

Eskorbuto fue el exponente más extremo de una generación nacida en el último franquismo y que no detectaba grandes diferencias entre los dos regímenes que le había tocado vivir. Las posibilidades políticas abiertas por la democracia les movilizaban bastante menos que a sus padres y hermanos mayores; estaban mucho más interesados en acciones directas sobre espacios inmediatos. No les interesaba planificar una política cultural nacional tanto como ocupar un local vacío para hacer cultura; no pensaban en alistarse en el ejército de liberación nacional, sino en desertar del ejército de ocupación nacional; no soñaban con largos viajes a Oriente, sino que se pegaban un viaje en el portal más cercano. En este sentido se ha hablado de una tropicalización de la política y cultura vascas protagonizada por diferentes colectivos de jóvenes. El movimiento de insumisión y el movimiento okupa, que sembró de gaztetxes Euskadi, fueron los más destacados. La tropicalidad venía marcada, frente a la contención de la militancia obrera tradicional, por un gusto por la inmediatez a la vez que por una fusión entre ámbito público y privado, entre lucha política y organización de la vida íntima. El Gaztetxe del Casco Viejo se convirtió en emblema de esta época, auténtico santuario del punk bilbaíno. La experiencia del gaztetxe (‘casa joven’ o ‘casa de jóvenes’, nombre en euskera de las casas okupa) comenzó en abril de 1986, con la ocupación de un antiguo 22

local de la BBK (Caja de Ahorros Bilbao-Vizcaya) en las Siete Calles, el corazón histórico de la villa. En este local ensayaban y actuaban grupos de rock y de teatro locales, además de ofertar una intensa programación cultural. Su funcionamiento era asambleario y totalmente autogestionado, financiándose con el bar. Su clausura en 1993, rodeada de una campaña “informativa en el más puro estilo atutxiano” (Ortega Lahera 1995), constituyó el “fin de fiesta” del Bilbao radical y tropical. En los últimos años, el Gaztetxe había sobrevivido gracias al acuerdo entre la asamblea del local y el ayuntamiento, que por aquel entonces presidía Gorordo. Durante su mandato, el peneuvista Gorordo se fue distanciando de su partido, que lo acusaba de personalista y megalomaniaco por proyectos como el del museo de arte contemporáneo vasco en la Alhóndiga, el entonces célebre cubo de la Alhóndiga, imaginado mano a mano por el alcalde y Jorge Oteiza, que debía saludar el nuevo milenio junto al cubo de Londres (Zulaika 1997). Expulsado Gorordo del partido, llegaría Josu Ortuondo a la alcaldía, responsable e impulsor del cierre del Gaztetxe, no sin prometer una “escuela de rock” para sustituir el hueco cultural que dejaba el Gaztetxe, la cual se emplazaría en la antigua iglesia de La Merced. Este proyecto tomaría forma años más tarde con el nombre de Bilborock; venía a cumplir las funciones del clausurado Gaztetxe, sólo que con ciertos matices de distinción que vienen a resumir el paso a la nueva etapa, al nuevo Bilbao del Guggenheim, el Bilbao del siglo XXI. El Bilborock, que se habilitó originalmente como sala de conciertos para albergar el concurso de rock “Villa de Bilbao”, está ubicado también en la parte vieja de Bilbao, pero en su margen izquierda, en Bilbao la Vieja, la zona históricamente más degradada, los antiguos arrabales. La sala de conciertos supuso el primer movimiento en la “recuperación” de este barrio, colocando una serie de cebos a la bohemia local para que se instalase en lo que habría de ser el Montmartre bilbaíno (o más bien el Lavapiés y, si fuera posible, La Latina o Chueca). Este proceso se ha desarrollado principalmente a través de la sociedad municipal para la promoción empresarial y el autoempleo, Lan Ekintza, la cual puso en marcha un proyecto para la creación de empresas de "sociedad, ocio y cultura" que, con el apoyo financiero y el alquiler a precios bajos de locales, ha conseguido que en el barrio se establezca un importante número de artistas jóvenes y empresarios de hostelería quienes, consciente o inconscientemente, son los agentes principales en el inicio de la regeneración de un barrio en el que la especulación inmobiliaria promete convertir esta zona degradada por

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años de indiferencia, olvido y políticas de hacinamiento de minorías en la ampliación residencial del Casco Viejo de Bilbao. Frente a la autogestión e independencia del Gaztetxe, el Bilborock se organiza jerárquicamente desde el ayuntamiento, con varios trabajadores asalariados que se dedican a mantenerlo y mantener el orden. Y el orden y la pulcritud son elementos destacados en el sustituto del Gaztetxe. Las primeras ediciones del Villa de Bilbao, concurso que en aquel entonces todavía permitía a bandas locales amateur tocar en un escenario profesional, contaban con el morbo adicional de celebrarse en una iglesia abandonada. Cuando el ayuntamiento decidió utilizar el recurso improvisado de la iglesia de La Merced como equipamiento cultural estable, se puso manos a la obra en una reforma que transformó el interior del templo en una especie de plató de televisión (templo del tele-capital, por otra parte); resulta muy significativo, en este sentido, que el primer espectáculo estrenado en este espacio fuese una producción para Euskal Telebista, una versión televisiva de La Pasión y en la que uno de los autores de este libro participó como apóstol. La bóveda fue tapiada para habilitar un piso con locales de ensayo, locales, por supuesto, de alquiler, gestionados por la administración del Bilborock. De la democracia directa a la mercadotecnia burocrática. La estética del Gaztetxe era puramente punk. Utilizaba el reciclaje como modo de decoración privilegiado. Los cuadros donados por los artistas locales reposaban sobre paredes desnudas, los materiales se exhibían sin disfraces plásticos, la rugosidad de la piedra y el hierro estaba tan presentes en la música como en el suelo, las columnas y los muros. En los últimos años, unas jornadas “góticas” habían colocado en el techo una enorme araña, muy parecida a la que hoy nos encontramos enfrente del Guggenheim. Hoy la juventud bilbaína es mucho más pulcra; del “jako” se han pasado al “perico” (aunque algunos nostálgicos prefieren todavía el “speed”), y el famoso concurso de grupos de música locales se ha convertido en un prestigioso certamen internacional que pretende abrir las puertas (las de la imaginación, claro) del mercado “global” del rock a los concursantes. Bilbao empieza a ser “capital cultural” o tal vez “franquicia” de la cultura del Capital. Es cierto, la ciudad vuelve a estar de moda.

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3. Cultura es inversión
Si a partir de la Segunda Guerra Mundial la tendencia generalizada en el Primer Mundo era al abandono de los centros urbanos hacia la periferia suburbial, a partir de los ochenta y, sobre todo, ante la llegada del nuevo milenio, el proceso parece invertirse hasta cierto punto. Se construyen nuevas viviendas en el centro urbano, se publicitan las maravillas de la vida en la metrópoli, a la vez que se acusa una revalorización económica y social de la ciudad. Como veíamos, en los años sesenta y setenta, cierta sociología de corte marxista heterodoxo (Lefebvre, Castells, Harvey) criticaba la tendencia suburbanizadora y antiurbana inherente tanto a la cultura del individualismo posesivo neoliberal como al racionalismo socialdemócrata de los años sesenta y setenta. Estos intelectuales reclamaban por aquel entonces la calle como espacio de conflicto, conflicto social en tanto que valor positivo desde el que establecer una sociedad (más) justa. La calle se entendía como condición de posibilidad de un espacio auténticamente tolerante, radicalmente democrático, en el que lo público fuese algo más que la coincidencia de intereses egoístas de individuos aislados. El nacimiento de la llamada ciudad postmoderna (Amendola 2000), sin embargo, hace necesaria hoy la revisión de esta vieja reivindicación de la cultura de las aceras de la que ya hablase Jane Jacobs en el Nueva York de los años cincuenta. La calle vuelve a estar de moda, pero ahora de mano de los propios poderes fácticos. Los valores del espacio urbano en tanto que lugar de encuentro parecen despuntar; las jóvenes generaciones retornan a los cascos antiguos y al centro, abandonando las tranquilas viviendas de los suburbios que sus padres conquistaron con esfuerzo; dan nueva vida a las plazas a la vez que nacen nuevos museos, parques, palacios de la música... El ocio toma la ciudad.

Hacia el año 1999, cuando el proceso de regeneración urbana de Bilbao estaba ya bien avanzado, pude asistir a una conferencia de Ibon Areso, concejal peneuvista de urbanismo y destacado protagonista en la “aventura” del nuevo Bilbao. La conferencia fue leída en la Universidad de Deusto, y estaba dirigida a alumnos de la Universidad de Nantes, con los que Deusto mantenía un programa de intercambio para estudiar de forma compartida los procesos de regeneración de ambas ciudades. Areso, tras una

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somera explicación de los grandes planes de la villa, concluye emocionado desvelando el axioma que sostiene el gran puzzle económico-urbanístico del Bilbao postmoderno: “Hasta ahora, en las administraciones públicas, pensábamos que cultura equivalía a gasto; pero con la experiencia del Guggenheim estamos demostrando que cultura equivale a inversión”. Aunque el plan general de ordenación urbana fue presentado algunos años antes, podemos decir que el hecho determinante del proceso de regeneración urbanística de Bilbao lo constituye, en el año 1993, la puesta en marcha del Museo GuggenheimBilbao. Y es que aquel plan de ordenación municipal muy poco ha influido sobre unas intervenciones urbanístico-arquitectónicas millonarias, igual que los planes del resto de municipios afectados. En concreto, los elementos primeros y más visibles fueron administrados directamente por el Gobierno Vasco y la Diputación. Los ayuntamientos (únicamente los de Bilbao y Barakaldo) pasan sólo en un segundo momento a formar parte de la empresa de regeneración de área metropolitano de Bilbao y sólo dentro de contextos interadministrativos en los que sus competencias quedan muy mermadas. Finalmente, el papel que les toca a los alcaldes de los municipios afectados por las reformas es el de portavoces y animadores de un plan diseñado desde instancias políticas y económicas superiores, que van más allá de las propias administraciones vascas. Los ciudadanos, por su parte, asisten paralizados a un espectáculo económico hermético, decidido por técnicos y expertos, en el que, al parecer, no hay lugar para la discusión política o, en todo caso, el debate habrá de hacerse sobre hechos consumados. Mientras tanto, otros sospechamos que esta “inversión en cultura” no es otra cosa que “cultura de la inversión”, disolución de la política en la economía de mercado y rapto de la democracia en pos de los grandes lobbies del Capital multinacional.

A diferencia de lo que ocurre en otras ciudades europeas o americanas, el paso del movimiento antiurbano y suburbanizador en política de vivienda al reencantamiento urbano y la consiguiente revalorización de la ciudad como hábitat, se produce en Bilbao de forma más tardía y menos diferenciada. Si el movimiento hacia la periferia no se desarrollaba hasta mediados de los ochenta, la vuelta de la ciudad lo hace bien entrados los años noventa. Su ejemplo nos resulta especialmente útil, pues el solapamiento y continuidad entre ambos procesos —la diáspora hacia la periferia no se ha detenido con este retorno de lo urbano— es aquí más evidente que en ningún otro lugar: la suburbanización de facto y la apología mediática de lo urbano coinciden. 26

Lo tardío del movimiento suburbano de Bilbao se da sobre todo por el retraso económico de España y Portugal respecto a sus vecinos del norte. Con la joven democracia, la ratificación de la permanencia en la OTAN y la entrada en la CEE, las clases obreras se hacen crecientemente propietarias —propietarias de, al menos, un coche y una hipoteca—, y corriendo tras el paradigma de la calidad de vida desplazaban su tradicional residencia en la industrial margen izquierda del río Nervión hacia la margen derecha, tradicionalmente burguesa. Si no se da una nivelación efectiva de las clases sociales, sí se produce una homogenización de la identidad de clase: todo el mundo se considera clase media —incluso los que no tienen más que para las rebajas—. Poblaciones como Leioa o Sopelana, en la margen derecha, reciben miles de “exiliados” provenientes de las barriadas obreras de la grisácea margen izquierda. Otros puntos fuera del País Vasco, como Castro Urdiales, en Cantabria (otro tradicional punto de veraneo), acogen cantidades ingentes de población de la margen izquierda gracias a las mejoras en las autopistas que permiten a los nuevos residentes ir y venir de sus residencias a su trabajo en el Área Metropolitana de Bilbao en un tiempo récord. El fondo infraestructural que se esconde detrás de este nuevo escenario es la transformación en sector servicios del anteriormente dominante sector secundario. Esta llamada “reconversión industrial” es de sobra conocida, pero quizás no lo es tanto el cambio cultural e ideológico que conlleva. Todo esto se ha materializado en una mutación morfológica del Área Metropolitana. El vaciamiento de enormes solares industriales se solapa con su mutación en diversos espacios públicos de ocio; ocio entendido como otro modo de industria, un ocio que fomenta el consumo y la inversión. En el caso de Bilbao no asistimos, por de pronto, a la desaparición física de la ciudad pero, a cambio, se invisibilizan los agentes políticos, auténtica materia prima de la ciudad; los ciudadanos se presentan hoy en el lugar de espectadores pasivos de este gran parque arquitectónico que quiere ser hoy el centro de Bilbao.

La ya clásica obra sobre cultura urbana, Todo lo sólido se desvanece en el aire de Marshall Berman, toma una escena del final del Fausto II de Goethe para ilustrar el sentimiento trágico del hombre moderno frente al progreso económico y tecnológico. El afán constructor del Fausto ingeniero le hace pensar en canalizar toda la fuerza del mar para aprovechar su energía en favor del bienestar del género humano. Esta empresa altruista encuentra, sin embargo, un escollo en dos ancianos que viven en su pequeña casita junto a la playa. El resto de los habitantes de la zona han aceptado el realojo para 27

hacer posible la obra, pero aquellos dos ancianos prefieren pasar sus últimos días en el lugar en que gastaron toda su vida. Fausto no sabe cómo resolver la situación y lo deja en manos de sus técnicos, puestos a su servicio por Mefistófeles, quienes deciden librarse de los ancianos asesinándolos de noche. Una vez descubierto el crimen, Fausto comprende el destino fatal de su alianza con las fuerzas del mal para conseguir el bien, descubre las consecuencias no deseadas de su amor a la humanidad y el anhelo de progreso. Los sueños de la razón crean monstruos y los gobernantes que se desentienden del momento político por excelencia, el de la decisión, dejándolo todo en manos de los técnicos generan catástrofes. En la era postmoderna, lo que no se ve ya por ninguna parte es siquiera el impulso utópico original que motivó nuestras empresas desarrollistas, el amor a la humanidad que llevó a Fausto a cometer su crimen. Si los sueños de la razón crean monstruos, las pesadillas del marketing ¿Qué es lo que nos traerán? Los ancianos del Fausto bilbaíno podrían situarse en Bilbao la Vieja o en cualquiera de los otros destinos de la “gentrificación” de la villa del siglo XXI. El término “gentrificación”, tomado del inglés gentrification (de gentry: ‘gente bien’, educada, pero no rica) , se usa frecuentemente en los últimos estudios de cultura urbana para hacer referencia al proceso de “rehabilitación” de los cascos antiguos degradados, a través de su reconversión en destino de los jóvenes “bohemios” , “artistas” o simplemente estudiantes, hijos de las clases medias altas, que buscan espacios de cultura y ocio donde poder desarrollar su creatividad y su vida despreocupada. En 2005, en el contexto de una reunión internacional de urbanistas organizada por la asociación Bilbao Ría 2000, se estableció un pequeño concurso entre “jóvenes urbanistas” para proyectar la rehabilitación del marginal barrio de Bilbao la Vieja. Según narra la revista de divulgación que edita esta asociación (Ría 2000 nº 12 2005), el grupo de trabajo decidió llamar a esta zona Bilbi, diminutivo cariñoso para denominar a Bilbao la Vieja. En realidad, este es el nombre con el que los vecinos y jóvenes que viven y frecuentan la zona la han denominado tradicionalmente; quién les iba a decir a ellos que estos “jóvenes urbanistas internacionales” se apropiarían de su mote para diseñar un futuro “Bilbi” lleno de restaurantes, tiendas y cafés de diseño al más puro estilo Montmartre. La bohemia mercantilizada ya puja hoy por la “renovación” de los viejos arrabales de la villa. La empresa prometeica de la Modernidad capitalista está marcada en su experiencia original por el signo de la violencia y la injusticia. En su famoso poema “El 28

cisne”, Baudelaire lanzaba su queja frente al primer gran urbanismo moderno que, en nombre del progreso, había transformado su ciudad hasta hacerla irreconocible. “El corazón de un hombre cambia más lento que la forma de una ciudad”, se lamentaba el poeta francés. Parece que la única crítica concebible ante tales atropellos es el llanto conservador de quien ve alterados sus “hábitos”, sus inercias cotidianas. De hecho, es del hábitat de lo que se trata también en la ciudad (algo que parecen olvidar nuestros políticos). Este inmovilismo al respecto de los lugares heredados parece tener ya, de entrada, un regusto tecnófobo. Se trataría de la queja del débil, del cobarde que se queda atrapado en la melancolía por un pasado perdido. Pero el carácter bilbaíno, como la historia nos demuestra, es otro. Así lo fue cuando, en pos del progreso industrial, fue quitándose de encima sus viejos símbolos de identidad a lo largo del siglo XIX, los mismos símbolos que figuran todavía en el escudo de la villa, incluido finalmente el viejo puente de San Antón, un puente medieval sustituido por el actual sin más necesidad que “estar a la altura de los tiempos”. Es conocido el carácter desprendido de los bilbaínos; hay que renovar el mobiliario. El Bilbao viril coge el toro del futuro por los cuernos. Más allá de la indolencia política de Baudelaire, algunos de los históricos “héroes urbanos” que hemos ido presentando sí ofrecían una alternativa política para defender sus intuiciones al respecto de la ciudad, alternativas que difícilmente pueden tacharse de “conservadoras”. Algunos surrealistas se acercaron al anarquismo y otros, como Breton, se hicieron militantes comunistas. A pesar de la fidelidad de Breton al partido, no fueron pocas las sospechas e incomprensiones de los comunistas hacia las extravagancias de los surrealistas. Los situacionistas, por su parte, habían extraído las conclusiones políticas inherentes a la crítica de la representación de las vanguardias modernas; desde ahí concibieron su crítica a la “sociedad del espectáculo”. El espectáculo era la forma final en las transformaciones de la mercancía, por tanto, el modo más eficiente de enajenación de la vida cotidiana. Para la oficialidad marxista la Internacional Situacionista sólo eran una panda de chalados, y sus “derivas urbanas”, callejeos de borracho. De los punkies ni qué decir. Al contrario que los anteriores, provenían de la clase obrera, la cultura urbana les salía de su más profunda entraña. Pero, tan fuerte era su intuición al respecto de la emergente cultura urbana, como su impotencia en cuanto a organización política. Su amor por la ciudad enferma del capitalismo era una pasión fatal, semejante a la de Baudelaire, y su destino sólo podía

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ser morir contagiados por su amante. La tarea que nos queda consiste, por tanto, en reintegrar todas estas tradiciones urbanas en una alternativa política y estética posible. La pulsión urbana, decíamos, es aquel instinto que nos sitúa ante nuestro propio hábitat, el de la ciudad capitalista moderna, de un modo ambivalente. Podríamos hablar de la encrucijada urbana. Encrucijada sentimental ante “las fachadas llenas de mierda” a las que cantaba Eskorbuto, ante el paisaje abrupto, ni tan siquiera urbano en aquel sentido de la ciudad de la multitud, más bien simplemente contaminado, contaminado cultural y tecnológicamente, incoherente, extraviado, como salido de una película de Emil Kusturika. De hecho, la época del punk en la que Eskorbuto se engancharon al decadente Bilbao industrial era también el tiempo en que Victor Coyote cantaba: “El día en que España y Portugal se miren cara a cara, le den la espalda a Europa y se consideren un país más del tercer mundo, ese día eu voi cantar, ese día eu voi bailar” (Los Coyotes 1985). Y aunque pareciera una broma —y en gran medida lo fuera—, en aquel momento aquello era algo concebible y por eso, tal vez, algo posible: la no alineación en la OTAN, el no ingreso en la CEE, la no ratificación de la monarquía heredada del régimen franquista. En los primeros ochenta España era considerado un país en vías de desarrollo. Los últimos quince años de la vida de Bilbao han supuesto el definitivo ingreso en la economía y la cultura neoliberal. Muchas cuestiones que inquietan a nuestra sociedad hoy se responden rápidamente recordando este cambio. Hace quince años no existía ninguna gran superficie comercial en el Área Metropolitana y la mayoría de la población se trasladaba en transporte público. Hoy, de Santurce a Bilbao ya no se va por toda la orilla —a no ser que se construya la amenazadora “vía” del Nervión—, sino por la autovía de Santander, desde donde podremos ver la auténtica ciudad de centros comerciales que constituyen Max Center y Megapark.

Como comprendió el psicoanálisis, la pulsión, forma humana del instinto, tiene aún todo el carácter ambiguo que connota la ley natural. En la pulsión actúan tanto el principio de vida (Eros) como el de muerte (Thanatos). En el instinto ambos principios estarían unificados, pero esa síntesis, exclusiva del paraíso animal, es lo que le viene negado al hombre de base; ésta es la enseñanza de todos los mitos al respecto de la caída y de la capacidad de juicio y pecado por parte del ser humano frente a la naturaleza.

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Los grandes deseos que mueven nuestro cuerpo tienen este carácter ambiguo: los deseos sexuales, los alimenticios e, igualmente, los deseos contradictorios al respecto del espacio: los deseos motrices y los deseos de estatismo. El objeto de la pulsión urbana es esa contradicción entre el quedarse y el escapar de la ciudad, entre conservar y transformar la ciudad, entre el habitar y el romper los lazos. Al respecto de la pulsión del “morar”, sentimos un apego tal por “nuestro lugar”, por el barrio de toda la vida, por los rincones de nuestra niñez, por las calles recorridas hasta la saciedad que quisiéramos fundirnos con nuestra ciudad. Pero, justo en ese momento, nos sorprende una sensación de repulsión, todos estos lugares se abalanzan sobre nosotros como una costra viscosa que nos quisiera enterrar vivos. Por el contrario, y en gran medida como reacción a lo anterior, la pulsión del “escapar” nos ofrece la gran ciudad de la multitud como un objeto erótico irresistible; la metrópoli es el “lugar” paradógico por excelencia, puro movimiento, no deja espacio para las costumbres, es el lugar que no permanece. Pero en su extremo, este espacio de deseo se revela como un abismo inhóspito, una tierra inhumana sin ningún calor. La pulsión no puede ser reprimida ni apartada, pues es lo que moviliza nuestro ánimo. Sin pulsiones nos quedamos sin vida; las pulsiones son nuestro propio cuerpo, nuestro cuerpo en movimiento. Negar las pulsiones equivaldría a creernos espíritus inocuos. La pulsión no se puede negar, sino que tiene que ser reconducida, expresada, y la cultura es, en gran medida, la expresión o represión de estas pulsiones. Una cultura activa es aquella que expresa las pulsiones, una represiva la que las niega. La expresión de las pulsiones no significa la completa traducción a una forma simbólica, cultural, de nuestro lado biológico. El cuerpo nunca es domesticado del todo. El proceso es circular: se trata de una retroalimentación infinita, la cultura vuelve a la biología cuando sus interpretaciones empiezan a sonar a falsas, cuando la intuición matricial se difumina. De la pulsión urbana pasamos al impulso utópico urbanístico para volver a la pulsión urbana en la que se corrobora lo certero de nuestra visión, de nuestra política. En este proceso de retroalimentación, política y estética están muy cercanas la una de la otra. Es la estética, en tanto que sensibilidad abierta que informa a la política de los caminos trillados y de los espacios por abrir. Últimamente se ha hablado mucho de la política de los cuerpos, de la micropolítica, que opera a un nivel pre-individual. Activistas Queers y transexuales, igual que antes feministas y grupos de gays y lesbianas, insisten en la problematicidad de las relaciones entre sexo y género, entre cuerpo e identidad. En el mismo sentido se 31

debe hacer justicia e hilar fino en el terreno político al respecto del cuerpo urbano. De forma correlativa a las micropolíticas y los dispositivos del poder que actúan sobre el cuerpo humano, existen los dispositivos del espacio urbano, como supo ver ya Foucault (Foucault 1999). Si la política no “busca entre la basura algo nuevo”, sólo caerá en los mismos errores. Lo que aquí planteamos es un materialismo radical, el que escarba en los complejos pliegues epidérmicos en la búsqueda de nuevos mundos. Más allá del reconocimiento, hacia el descubrimiento.

Dice el tango que 20 años no es nada, pero son muchas las cosas que han cambiado en Bilbao en los últimos 20 años. Hace 20 años uno todavía podía constatar la presencia viva de vestigios de un pasado que hoy casi ni se recuerda: las últimas sardineras de Santurce gritaban aquello de “Sardina freskue!!”, el hierro fundido todavía caía de las vagonetas en el horno alto de Altos Hornos de Vizcaya (AHV), las fiestas populares aún eran eso, tan sólo populares (y no tele-populares). Cuando el primer gran centro comercial se estableció en Barakaldo, aquello supuso un acontecimiento insólito, recibido entre las quejas del pequeño comercio, cuya sentencia estaba clara, y la curiosidad desconcertada de la clientela. Éste fue quizás el primer signo de que algo estaba cambiando en Bilbao, de que, tras la triste sentencia de muerte de la industria local, Bilbao entraba en una nueva etapa de modernización. La sensación de extrañeza no podía ser mayor: ¿iba la destrucción del tejido económico a traer una nueva abundancia? Pocos años atrás si se quería acceder al “gran mercado global” había que escaparse, por lo menos, hasta Andorra, referente local comparable a lo que para los habitantes de Berlín Este debía de representar la zona occidental. Según Fredric Jameson, la Postmodernidad emerge no contra la época moderna, sino precisamente cuando el impulso modernizador ha acabado con los últimos vestigios del antiguo régimen, cuando no queda rastro de la experiencia previa a la revolución tecnocientífica moderna. Los nuevos ritmos, perspectivas y rituales de la ciudad de la multitud y las máquinas se expanden espacial y temporalmente hasta teñir los mismos recuerdos de nuestra historia reciente. Algo de esto sucede en Bilbao pero, sobre todo, lo que se constata es una sed de “borrón y cuenta nueva”. Es cierto que el 32

pasado cae por sí solo —la debacle de las viejas tecnologías y formas de organización ante los nuevos tiempos es constatable—, pero su caída se acelera desde una voluntad de quemar todo rastro del pasado reciente, como si se tratase de un divorcio mal avenido que no quiere dejar nada en el presente que le recuerde a aquel fracaso humillante. Hasta a la custodia de los hijos renuncia hoy Bilbao en el divorcio de su pasado. Se puede objetar que, si de algo se ha cuidado el nuevo Bilbao, es de conservar memoria monumental de sus grandes industrias (el cargadero de Barakaldo, el horno alto en Altos Hornos de Vizcaya, la grúa de Euskalduna) y de recuperar algunos elementos que la ciudad de las décadas anteriores había dejado atrás (el tranvía). La cuestión sería, sin embargo, hasta qué punto esta “monumentalización de la historia” contribuye verdaderamente a borrar el rastro de los últimos conflictos sociales aún sangrantes, el de las últimas derrotas y, con ello, a disolver finalmente los vínculos vitales y las estructuras políticas que componían la vida efectiva de aquel Bilbao industrial: su sociedad civil. Como muy bien apunta Zygmunt Bauman, la mejor caracterización para comprender el paso de la Modernidad a la Postmodernidad (o lo que él llama Modernidad pesada y Modernidad líquida) es el tránsito de una “sociedad de productores” a una de “consumidores”. La sociedad de productores trabaja como un enorme engranaje en el cual todo está conectado y la buena marcha de la producción depende de la estabilidad de cada función; la sociedad de productores era la del panóptico, la del gran hermano orwelliano que todo lo ve y todo lo controla, pero era también la de las organizaciones obreras, la de la lucha hombro con hombro de los compañeros por los derechos laborales y sociales. En la sociedad de consumidores los individuos no reconocen más vínculo entre ellos que el de competidores. La estabilidad laboral es tan frágil como dinámica la economía; a la misma velocidad que mutan las ofertas, que aparecen nuevos y revolucionarios productos, el trabajador cambia de empresa y función. Pero es que el mismo trabajador ha perdido la vieja fidelidad a la empresa que ya nadie le exige: antes de que le echen ya habrá encontrado nuevo destino, por el momento. Su conducta en el mercado laboral no dista mucho de la que tiene como cliente en el supermercado, como consumidor al otro lado de la barra. El modelo de vida que establece esta Modernidad líquida tiene su rito iniciático en el “ir de compras”. Los bilbaínos aprendieron el abecedario del mundo en el que se metían yendo de compras al Max Center, Pryca o a Artea. Mientras “los mayores” parecían resistirse a las nuevas corrientes y aconsejaban a sus hijos sólidos planes 33

vitales –carreras técnicas que les asegurasen un futuro en la empresa que velase por su jubilación–, esos mismos “prejubilados” de la vieja industria bilbaína se convertían en la vanguardia del consumismo local; más aún que sus hijos, ellos son quienes han aprendido el abecedario y han podido ejercer de “sujetos” en el hipermercado global. La latente guerra entre generaciones, que empieza a encenderse hoy en toda Europa, tiene su raíz inmediata en el caso de Bilbao en esta paradoja vital que se da entre padres e hijos: entre la generación propietaria —los viejos productores de una industria ahora desmantelada—, y los jóvenes desposeídos —los universitarios hijos de trabajadores—, que desembocan en un presente de precariedad, inestabilidad y agnosticismo con respecto a ningún futuro, social o personal. La completa dependencia de la juventud con respecto a sus padres les lleva a una absoluta impotencia ante la tarea de su propia autonomía, que empieza por la imposibilidad de acceder dignamente a una vivienda (en ningún régimen) y termina con su desentendimiento al respecto de la política ¿Si ni siquiera eres dueño de tu propia biografía cómo vas a sentirte protagonista de tu tiempo? Pero, si los jóvenes se han apeado de la historia, ¿quién es hoy el sujeto político de Bilbao? ¿Acaso sus padres? ¿La derrotada generación del acero? Pareciera que, generación tras generación, junto con la información genética se heredasen ciertas claves que revelan la fatalidad del propio destino, pues desde la Guerra Civil hasta nuestros días el hombre público no levanta cabeza. En Bilbao, un simple ejemplo que caracteriza muy bien la Europa de hoy, la sociedad se desentiende de un pasado, presente y futuro que no siente suyo y, mientras tanto, los poderes económico-político-mediáticos hacen y deshacen a su gusto ante el aplauso de un público que asiste al espectáculo de su propia ciudad como si la copla no fuese con ellos. Bilbao se apresura a quitarse de encima un montón de sueños que no entendió nunca demasiado bien, y lo hace en todas las esferas. El simulacro de la historia política, económica y social es completo, abarca todo el espectro ideológico, todo se monumentaliza, todo se hace mercado. Los poderes fácticos justifican la empresa de marketing urbano bilbaíno como la única oportunidad de la ciudad para levantar cabeza tras su naufragio industrial. Tal vez sea esa la cuestión de Bilbao. Que la misma ciudad se convierte en mercancía para, de algún modo, lograr sobrevivir en estos tiempos… por tanto, para no sobrevivir, ni en su presente, ni en su incierto futuro, y ni siquiera en su pasado pues, como comprendió Walter Benjamin, “tampoco los muertos estarán seguros

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ante el enemigo cuando este venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer” (Benjamin 1982, pág. 181).

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II. Ilusiones
La ciudad se descubre cada vez más iconizada. La ciudad nueva en tanto objeto de deseo y de consumo debe de hacer visible, exaltándolas, las propias cualidades y las referencias simbólicas y prácticas. Estas deben ser inmediatamente reconocibles por todos (...) la ciudad ha comenzado a representarse a sí misma.

Giandomenico Amendola: La ciudad postmoderna.

Si durante el periodo de la Modernidad la ciudad ha representado una imagen liberadora de anonimato y libertad, se puede decir que en la época posmoderna la ciudad se está convirtiendo en el campo de batalla de la oposición entre propiedad pública y privada. Las zonas urbanas deprimidas se están poniendo en manos del capital internacional recodificadas como lugar de ocio y consumo. La imagen de decadencia, muerte y regeneración de la ciudad se complementa con el declive y abandono de barrios enteros que luego son redescubiertos y puestos a disposición de la nueva burguesía. A las reformas económicas hay que añadir una oposición mítica entre las imágenes de una ciudad en ruinas y la visión utópica de una ciudad milenaria del siglo XXI.

Joseba Zulaika: Crónica de una seducción

En los últimos tiempos, el adjetivo “ilusionante” se oye insistentemente de labios de los políticos vascos. Cada vez que se propone un nuevo proyecto de renovación en Euskadi, ya sea el “plan Ibarretxe” o el Bilbao del siglo XXI, se añade el dichoso adjetivo. Supongo que todo parte de una política-marketing bien calculada, en la que se eligen unas palabras tabú y otras palabras tótem en un uso puramente mágico

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del lenguaje. Cuando a alguien se le atribuye una palabra prohibida, poco puede hacer para librarse del sortilegio —la favorita hoy en día, claro está, es “terrorismo”—. Al contrario, cuando se adjetiva una política con la palabra mágica, de inmediato se convierte en algo angelical. Son palabras muy indefinidas, incluso con significados contradictorios, que parecen tener una vocación de engullir toda la realidad. Los políticos repiten sus palabras fetiche hasta la extenuación, para que le entre en la cabeza a la ciudadanía, para que, de tanto oírlas, el pueblo se crea que es lo “natural”. La psicología descubrió hace tiempo la importancia del hábito en la configuración de las creencias, algo que ya era conocido desde mucho antes por el saber popular: “El hábito hace al monje”. Hoy, todos monjes, ni un solo ciudadano. El Partido Popular y el PSOE, los gigantes de la mercadotecnia política, nos tienen bien acostumbrados a este lenguaje, especialmente los populares, que por algo son los legítimos representantes de la clase dominante y sus tecnologías de la persuasión; el PNV es un aprendiz adelantado. No he tenido el valor de acercarme al misterioso mundo de los expertos en imagen que acotan el léxico de nuestros políticos, pero puedo constatar que el adjetivo “ilusionante” es, según Google, patrimonio prioritario del mundo del deporte (siendo el deporte el patrimonio prioritario de la cultura española) y de cualquier tipo de plan estratégico, generalmente de carácter público. El término “ilusión” proviene del latín illusio, que significa ‘engaño’, derivado a su vez de ludere, que significa ‘jugar’. Aplicar el adjetivo “ilusionante” al terreno lúdico puede estar justificado, no tanto, quizás, al de la política. Desde luego, a los expertos en marketing político no les interesan demasiado las etimologías.

El punto de partida de la aventura del Nuevo Bilbao tiene sus orígenes más remotos en 1978, con la reforma de la ley del suelo. Aunque es antes, en el comienzo del franquismo, cuando se empiezan a elaborar los primeros planes de ordenación urbana, a la vez que toda Europa vive el auge del urbanismo fruto de la necesaria reconstrucción de la posguerra. La ley del 78 tardará en aplicarse a los distintos municipios de España y, del mismo modo, tardará en llegar a Bilbao, tanto que “a mediados de 1990 sólo 46 de los 109 municipios vizcaínos (50,3 por ciento de su

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población y el 55 por ciento del territorio) tenían aprobadas sus normas subsidiarias o planes generales de ordenación urbana” (Esteban 2000, pág. 161). El proyecto de renovación del Nuevo Bilbao tiene su antecedente en el Plan General de Ordenación Urbana, presentado por el ayuntamiento bilbaíno, finalmente, en 1994, tras una dilatada gestación que se remonta a 1988. Este plan se ceñía, como es natural, al ámbito de la villa, pero ya en su primera forma se miraba de cara al 700 aniversario de la fundación de la villa como la oportunidad de convertir todo el “área metropolitana” –que viene a ser el nuevo término políticamente correcto para referirse a lo que el franquismo llamó Gran Bilbao– en una “ciudad de servicios avanzados” (Esteban 2000, pág. 89). En los años siguientes se pasaría de aquel plan general de ámbito municipal a un plan parcial de ámbito metropolitano, escenificando en sus mismos términos el cambio de paradigma de los últimos tiempos, de lo local pero general a lo global pero parcial, desde el urbanismo integral hasta el urbanismo puntual o lo que podemos denominar post-urbanismo. El sentimiento de oportunidad histórica, más allá del consistorio bilbaíno, era generalizado. Corrían los aires de 1992, y los fondos europeos de cohesión estaban por repartir. Las mastodónticas operaciones para ventilar de una vez las ruinas industriales, estando además implicadas todas las administraciones en la responsabilidad de su desmantelamiento, hacían que el marco de acción y el presupuesto necesario sobrepasasen las capacidades del ayuntamiento. El problema afectaba a toda el área, no sólo al municipio de Bilbao, y es así que desde instituciones supralocales se decide por fin poner la primera piedra, determinante en los desarrollos posteriores: en 1995 se inaugura el primer tramo del metro. El adjetivo metropolitano, que hizo caracterizar posteriormente a todo el área de actuación, tiene mucho que ver con este artefacto tan típicamente moderno y su imaginario, tal vez mucho más que con un análisis científico de las condiciones de vida de la zona.

Como veíamos, en la época franquista y con el plan comarcal de 1964 se constituyó una unidad administrativa regional con el nombre de “Gran Bilbao”. Ésta tuvo realmente muy pocas atribuciones propiamente de política urbana: la única política urbana del desarrollismo consistía en la máxima de “cuanto más crecimiento

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demográfico y urbano, mejor”… y ya se irán improvisando las soluciones según llegan las inversiones. Con la llegada de la democracia se ventila la unidad administrativa del Gran Bilbao y se comienza una política de desanexiones municipales. En una entrevista, el arquitecto Fede Arruti, se lamentaba de la situación:

Bilbao perdió la oportunidad a principios de los ochenta de hacer otro Plan General, probablemente mucho más progresista, mirando más a los barrios, zonas periféricas, zonas suburbiales que eran la herencia de los últimos años del franquismo. La pérdida de aquella oportunidad vino complementada con la desaparición del Gran Bilbao, que era un fenómeno franquista pero necesario en cuanto a coordinación territorial y a estructuración de una comarca que es un hinterland metropolitano. No se podría ni siquiera pensar Bilbao al margen de la metrópoli entera. Eso, junto a la política de desanexiones, lamentabilísima, que tuvo lugar… es un caos total. Pierde posibilidades de hacer una estructuración a nivel comarcal (Ortega Lahera 1995, pág. 204).

Durante los ochenta, las políticas descoordinadas de los distintos municipios en materia urbana era algo que sufrían (y siguen sufriendo) los ciudadanos. Los trazados de bidegorris (paseos peatonales y para bicicletas) que se iban construyendo en la periferia de los municipios quedaban cortados al llegar al siguiente pueblo, a pesar de ser un continuum de conurbaciones; las aceras recién ampliadas se vuelven a estrechar en el municipio vecino (que no ha hecho nada al respecto) y, sobre todo, los municipios adyacentes tienen una conexión muy complicada para el peatón; es el caso claro de la margen izquierda, sobre todo en las conexiones entre Portugalete, Sestao y Barkaldo. Aun más dramático es el aislamiento entre la zona minera y la margen izquierda: recuerdo a las amas de casa de Trapagaran con sus carritos de la compra, cruzando con gran peligro los nudos de carreteras que unen Portugalete y la zona minera. Estos dos municipios colindantes entre sí, separados únicamente por un kilómetro no urbanizado (excepto por carreteras, claro); los habitantes de Trapagaran (12.580 habitantes)

optaban por abastecerse en la mayor oferta comercial de Portugalete (49.788 habitantes). Claro que todo esto era antes del boom de los grandes centros comerciales,

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donde hasta para quien no posee coche —y alguna familia queda aún sin coche, porque no quiere o porque no puede por motivos económicos o físicos—, le resulta económico pagar el viaje en autobús para desplazarse hasta el Megapark de San Vicente. Pero de las penurias del peatón en esta Meca de las ofertas hablaremos más adelante.

Varios expertos en el tema han detectado en el proceso de regeneración de Bilbao y su entorno una “falta de liderazgo”, algo de lo que se culpa, especialmente, a los agentes políticos. Posiblemente este problema tenga que ver, de nuevo, con la falta de correspondencia estricta entre el cuerpo urbano sobre el que había que actuar y una institución pública específica. ¿Quién se supone que debería liderar el proceso? ¿El alcalde de Bilbao, el de algún otro municipio, representantes de urbanismo de la Diputación Foral de Bizkaia o el propio Lehendakari?. De hecho, el sobrado “liderazgo” de Gorordo le valió su descabezamiento por parte de la cúpula del PNV. Él ya había visto la necesidad de la gran obra que requería Bilbao, y por ello reclamaba una mayor partida presupuestaria para los ayuntamientos, para que fueran los propios ciudadanos (o quizás simplemente su alcalde en nombre de aquellos) quienes administrasen y decidiesen el modo de renovar la ciudad. La Diputación Foral de Bizkaia es la que cuenta con mayores partidas en este sentido y los ayuntamientos deben recurrir a sus favores. La idea de Gorordo era que estos fondos fuesen directamente a parar a los ayuntamientos, sin mediaciones de concursos y subvenciones con las que no se puede contar hasta el último momento. Pero el problema no atañía exclusivamente a la villa de Bilbao sino que era una cuestión de toda la comarca, como ya hemos insistido. La desindustrialización de la ría dejaba, además de unas cifras alarmantes de paro, una imagen desastrosa, de chatarras industriales que se iban oxidando y desmoronando, mercancías y materiales acumulados que no encontraban salida y, mientras se iba desmantelando el tejido industrial, barricadas y brutales enfrentamientos entre policía y trabajadores. Se admitió a España en la UE a cambio de centrar la economía española en el sector servicios. La industria metalúrgica se iba desmantelando aquí (no en Alemania, por ejemplo) y la amplia producción en agricultura, ganadería y pesca se limitaba; el sector terciario, especialmente el turismo, debía ser y es el motor económico de nuestro

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país. Bilbao toma buena nota de ello y decide ponerse en acción.

Otro de los términos fetiche, no tanto de los políticos como de los economistas —o de los políticos entendidos en economía—, es el de las mercancías de “alto valor añadido”. La clave del resurgimiento de la ría está en centrarse en una economía que produzca mercancías con un gran “valor añadido”. Eso era lo que el Diputado General de Hacienda, José Luis Laskurain, debió de ver en el Guggenheim cuando se le planteó la posibilidad de pujar por su construcción en Bilbao, lo mismo que vería, según Joseba Zulaika, la otra persona que estuvo desde el principio informada del plan, Ibon Areso. De la filosofía del concejal de urbanismo al respecto de la política cultural pública ya he dado noticia. De hecho, Joseba Arregi, el entonces consejero de cultura del Gobierno Vasco, sólo se enteró de los planes del ejecutivo autónomo una vez hubo dado su visto bueno Arzallus (Zulaika 1997). Estaba claro que el Museo Guggenheim no era una cuestión de cultura, sino de economía: una inversión. Sin embargo, el proyecto de un museo de arte contemporáneo en Bilbao era anterior. Gorordo había presentado, mano a mano con Jorge Oteiza, el proyecto de la Alhóndiga, la restauración y renovación del viejo almacén considerado patrimonio histórico, que debía ser coronado con un inmenso cubo (tan de moda de cara al tercer milenio). El proyecto respondía a la importante escuela de arte contemporáneo vasco, especialmente en la escultura de Oteiza y sus discípulos; se iba a tratar, por tanto, de un museo de arte contemporáneo vasco. La sustitución de aquella idea por el Guggenheim es paralela –aunque a distinta escala económica, claro está– al intercambio del Gaztetxe del Casco Viejo por el Bilborock, dado que en ambos casos apreciamos el mismo fenómeno de preferencia por una política cultural controlada por las instituciones y vaciada de potencialidades “subversivas”. Todo encaja en el gran puzzle del Bilbao Postmoderno. Finalmente, el problema de la coordinación entre ayuntamientos, a falta de un organismo como el del Gran Bilbao, se resolvió con la creación de Bilbao Metrópoli-30 y Bilbao Ría 2000. Pero antes, la iniciativa la tenía el Gobierno Vasco, quien, junto a la Diputación, concibió e hizo realidad en un tiempo record los edificios más

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emblemáticos de todo el proceso: el Museo Guggenheim-Bilbao y el Palacio Euskalduna de Congresos y de la Música.

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1. Hitos en Abandoibarra
Joseba Zulaika, en su imprescindible libro Historia de una seducción, compara de modo muy acertado Abandoibarra con Canary Wharf, antigua zona industrial de Londres que, tras la desindustrialización, se decide renovar convirtiéndola en un centro financiero al estilo de Manhattan, pero un Manhattan redimensionado por toda su historia en celuloide:

La ciudad proyectada de los Docklands de Londres es por supuesto armónica y justa. Esta fantasía postmoderna de comunidad bien avenida en medio de un espectáculo arquitectónico encomendado al Star System, con la esperanza de que los ciudadanos se conviertan en felices Voyeurs de su propia grandeza progresista era la quintaesencia de la regeneración que se pretendía en Londres. Es también lo que quiere ser la experiencia de Bilbao (Zulaika 1997, pág. 129).

El proyecto de reconversión de lo que eran los restos del viejo corazón industrial de Bilbao empezó por el Museo Guggenheim-Bilbao, el buque insignia de todo el proyecto de regeneración del área metropolitana, tal y como se afirmaba pomposamente en la exposición autocelebrativa que el Guggenheim Bilbao dedicó a su arquitecto creador. La azarosa historia de la negociación para la apertura de una sede de la Fundación Solomon Guggenheim en Bilbao (una inversión total de 142.782.445 €) pasa por la ignorancia de los representantes vascos al respecto de la fundación americana y su estado de finanzas, a la vez que por un apresuramiento en firmar el acuerdo a toda costa. Como Zulaika demuestra, esta situación sólo se puede entender en el contexto de un sentimiento de inferioridad por parte de los políticos vascos, sentimiento de inferioridad basado en la imagen exterior proyectada por Euskadi.

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1.1. McGuggenheim
Recién inaugurado el Museo Guggenheim-Bilbao, se podía leer en una guía de arquitectura editada en Londres para el gran público al respecto del nuevo edificio que era “una gran noticia que los vascos se dediquen a invertir en arquitectura de vanguardia en lugar del terrorismo de ETA”. Parece que no estaba del todo injustificado el sentimiento de los políticos; no obstante, lo grave del asunto es que se quiera entrar en un club donde se tienen socios como el autor de aquella guía o como Thomas Krens. Krens, el director del Museo Guggenheim, fue el inventor de lo que la prensa neoyorquina dio en llamar McGuggenheim (y que Oteiza, mucho más inspirado y lúcido, bautizó como Guggenheim euskodisney). Krens, un “joven lleno de ideas renovadoras”, arriesgadas y un tanto megalómano, pone en poco tiempo al borde de la bancarrota a la fundación Solomon Guggenheim para la que trabaja. Una política de adquisiciones y ventas un tanto extravagante, junto a varios proyectos de dudoso valor cultural –y evidente interés crematístico– le hacen ganar una merecida fama de “tiburón de las finanzas” entre los círculos artísticos de Nueva York (Zulaika 1997). Su proyecto más “renovador” y ambicioso es el de crear una serie de museos Guggenheim satélites del neoyorquino, que actuarán como franquicia del primero. La justificación “moral” de la idea era la gran cantidad de obra almacenada que no tenía suficiente espacio para ser expuesta en Nueva York. Frente a esto, resulta curioso destacar que las obras más apreciadas de la colección Solomon Guggenheim tienen cláusulas que impiden su traslado por cuestiones de conservación, como es el caso de la mayoría de las obras de las vanguardias europeas. Por el contrario, entre las últimas adquisiciones están muchas obras del escultor canadiense Richard Serra, uno de los escultores favoritos de la Solomon Guggenheim; las esculturas de Serra, muy bien conocidas a estas alturas en Bilbao, son de un tamaño tal que dificultan su exposición en el limitado espacio del Guggenheim Nueva York. El nombre de Richard Serra es fundamental, en cualquier caso, para comprender el periplo bilbaíno al respecto del Guggenheim y algo más al respecto de lo que esta

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ciudad post-industrial representaba para cierta vanguardia cultural postmoderna.

(Bilbao) era la ciudad dura que había entusiasmado a Serra, la ciudad sin concesiones a lo bonito, a lo blando, a lo decorativo (…) Bilbao poseía la estética de lo duro y feo hasta un grado sublime. Era el espejo perfecto de las ruinas del mismo capitalismo que les habían hecho a ellos (Gehry y Serra) famosos y ricos. Ellos eran artistas y sabían cruzar estéticamente las barreras entre lo bonito, lo feo, la riqueza y la pobreza, la gloria y la ruina. Nada más emblemático del mundo postindustrial, postmoderno, posthumanista que los despojos de las fábricas tan productivas antaño, los recuerdos de hermosos teatros y edificios modernos desaparecidos, las ruinas de los grandes proyectos mesiánicos de la ciencia y el progreso (Zulaika 1997, pág. 97).

Unos años antes de que se iniciasen los contactos entre el Gobierno Vasco y Thomas Krens, Serra había donado una enorme escultura de título Bilbao al Museo de Bellas Artes. Frank Gehry, el famoso arquitecto que se encargó del edificio, “se impregnó”, a su decir, de la estética dura de Bilbao. El museo no quería sustituir la ciudad, sino ser un centro que coordinase las miradas sobre el entorno urbano. Como insiste Zulaika, para Gehry “bastaba su museo para transformar todas aquellas ruinas en visión gloriosa”. En un principio, su única preocupación era no ser comprendido por los bilbaínos y que se produjese una “dulcificación” (getxificación, decimos nosotros, en relación al municipio de Getxo, residencia tradicional de la oligarquía vasca). Años más tarde, cuando Abandoibarra había sido, efectivamente, dulcificado, de lo que se quejaría Gehry era de la suciedad de su edificio, de que no brillase como una piedra preciosa.

Merece la pena detenernos en los entresijos estéticos que encierra la propuesta de Gehry y, para ello, nada mejor que remitirnos a un artículo clave sobre el arquitecto. Fredric Jameson, filósofo marxista estadounidense y gran admirador de Gehry, había dedicado un artículo en los años ochenta a la vivienda en Santa Mónica que el arquitecto de origen canadiense acondicionó para trasladarse con su familia. En los ensayos “El postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío” y “Equivalentes espaciales en el sistema mundial”, dentro de su ya clásico Teoría de la Postmodernidad,

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originalmente publicado en 1984, Jameson utiliza la Casa Gehry (1978) como metáfora de la lógica del postmodernismo, no en un sentido negativo, como era lo habitual en el marxismo, sino desde un examen fino de sus posibilidades políticas. El postmodernismo es considerado por Jameson como el punto de vista supraestructural de una modificación acaecida en la propia base del capitalismo que, siguiendo al economista Ernst Mandel, llama “capitalismo tardío”; el postmodernismo no es, por tanto, una cuestión de gustos, si no el lugar donde estamos y desde el que debemos pensar nos guste o no. En cuanto a Gehry, por aquel entonces se dedicaba a construir edificios desnudos con materiales pobres, sencillos cubos que adaptaba a los entornos más distintos. La filosofía de Jameson tiene una profunda huella derridiana, y el Gehry de finales de los setenta era fácilmente asimilable a la lógica de la deconstrucción. Frente al historicismo monumental, la comodificación y la reificación que traía la arquitectura postmoderna más cercana a los intereses del capital —Robert Venturi publicaba por aquel entonces Learning from Las Vegas)—, Gehry despuntaba como una forma de entender la crisis de la arquitectura moderna sin venderse a la mercadotecnia. La Casa Gehry no era, en realidad, una casa nueva, sino una casa antigua, de estilo colonial, que Gehry se encargó de reconstruir o, más bien, de de-construir. Jameson encuentra en este edificio un modelo para pensar el postmodernismo más allá del historicismo neoconservador de corte heideggeriano o, en el plano de la arquitectura, de otros arquitectos como Charles Moore o el propio Bofill. Al contrario que aquellos, la recuperación que Gehry realiza de la arquitectura tradicional americana no se hace de cara al mercado, como un revival estilístico adaptado a los materiales actuales y a la escala que el mercado requiere. Sin embargo, el arquitecto californiano sí comparte con los otros postmodernos su “superación” de los cánones del Movimiento Moderno, el que a partir de los años veinte había renovado los principios de la arquitectura con autores como Le Corbusier, Walter Gropius o Mies Van De Rohe.

El Movimiento Moderno tenía el mismo componente demiúrgico y confianza en la razón que habían caracterizado a la Modernidad en el ámbito político o filosófico; era una arquitectura utópica, que confiaba plenamente en la capacidad modeladora, para

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bien, del espacio construido sobre sus habitantes. Eliminando la irracionalidad de nuestros edificios y nuestras ciudades, creando hábitats “claros y distintos”, borraremos el mal que condujo a los hombres a los grandes desastres del siglo XX. La caída de la URSS y el auge del neoliberalismo en los tiempos de Thatcher y Reagan hicieron mella en estos grandes principios, lo mismo que en las organizaciones clásicas de la lucha obrera. El postmodernismo arquitectónico pasa página de aquel intento de partir de cero y recupera todo lo que había sido tabú en el Movimiento Moderno: la ornamentación, el historicismo, el irracionalismo de los espacios, la representación. La narratividad, el eclecticismo e incluso el gusto por lo kitsch son elementos fundamentales en la arquitectura postmoderna. Con la caída de los grandes sueños de la razón cae también la distinción entre cultura de masas y cultura para elites: el Partenón tiene tanto que enseñarnos como un casino de Las Vegas. Gehry, a pesar de estar “más allá” de la Modernidad, no parece estar dominado por el cinismo de Venturi, ni por el clasicismo de Aldo Rosi. Su casa de Santa Mónica no imita un estilo pasado sino que, directamente, lo cita; lo que tiene de histórico el edificio no es fruto de una imitación actualizada con nuevas tecnologías y nuevos materiales. Gehry no representa el pasado, lo “presenta” en carne y hueso; no trata de componer un simulacro, un escenario que nos haga cercano y lejano aquel tiempo que soñamos idílico. El antiguo edificio es recubierto y atravesado por nuevas paredes y una cubierta metálica, como si estuviese infectado por alguna forma de tecnología alienígena. La sensación general es de extrañamiento: en lugar de la empatía que buscan los historicistas al respecto de los estilos representados, Gehry nos coloca en una posición distanciada frente al antiguo edificio, realmente presente; frente al espacio de ensueño, cómplice del ensueño mítico de la mercancía, un espacio del shock, el shock de quien despierta sobresaltado, de quien descubre una ilusión óptica. A este respecto, un tema en el que insistía Jameson es en la confusión entre interior y exterior que se producía por la superposición de paredes y cubos en la casa de Santa Mónica. Se podría decir que, al contrario, el postmodernismo conservador no sólo ratifica las distinciones burguesas entre espacio privado y espacio público, sino que, con los juegos y engaños visuales, se adentra en el terreno intermedio del ensueño: un exterior hecho interior.

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Con su residencia familiar, Gehry altera todas las convenciones, reinventa las posibilidades hasta el punto que su propia esposa seguía teniendo problemas al cabo de un tiempo para encontrar un orden:

He notado que mi mujer deja papeles y cosas encima de la mesa, que en la organización de nuestra vida casera hay una especie de caos. Empecé a pensar que tenía algo que ver con el hecho de que ella no sabe aún si he terminado ya o no (Jameson 1996, pág. 138).

Por tanto, las preguntas que queremos las dudas que nos asaltan ahora son: ¿Qué queda en el Guggenheim-Bilbao de esta provisionalidad? ¿Qué queda de la distancia crítica hacia la historia reificada por el poder? En el caso de Bilbao, el elemento histórico que se debería citar sería la ciudad de las ruinas industriales pero, al contrario que en su casa de Santa Mónica, aquí nadie le iba a asegurar que su tough city no fuera reformada, ornamentada, dulcificada por sus habitantes. A pesar de sus intenciones, el “historicismo” postmoderno se adueña de Bilbao a medida que avanza su regeneración urbanística. Lo paradójico del estilismo postmoderno de Bilbao es que, a diferencia de lo que ocurría en la primera arquitectura postmoderna, Bilbao da un paso más en la vorágine historicista de anulación de la historia: recupera la propia “Modernidad” arquitectónica, tecnológica y urbanística como un “estilo” descargado de cualquier efectividad política. Si el postmodernismo arquitectónico había sido originalmente un movimiento de contestación al Movimiento Moderno, en los albores del siglo XXI, la Postmodernidad está tan asentada que se puede permitir citar a sus propios rivales como parte de su filosofía de la historia. Hoy hasta la estética del nacionalismo stalinista o maoísta pueden ser cita en un spot publicitario sin peligro de ofender a nadie, todo ha sido perdonado, todo olvidado, “todo es entrañable”, como ya adelantó Warhol. El historicismo se caracteriza por construir una narración de la historia en la que el presente es conclusión lógica y cima de un continuum de progreso. A la vez se produce un efecto de homogeneización de todas las épocas: igual que no hay alternativa al presente, no existen diferencias radicales entre presente y pasado, ni entre las distintas épocas del pasado, ni siquiera entre las culturas.

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El acercamiento al pasado se realiza a través del reconocimiento, por la empatía de la actualidad con lo remoto; el ejemplo más claro de este modo de proceder es el de la novela histórica, tan de moda últimamente: viajamos al antiguo Egipto, a la época de las Cruzadas o a la Revolución Industrial londinense, con una caracterización de personajes, ritmos, lógicas de acción que nos son completamente familiares; se evita cualquier extrañamiento, tan fácil cuando exploramos seriamente otro tiempo o cultura —e incluso a nosotros mismos con cierto rigor—. El historicismo arquitectónico hace lo propio con los modos históricos de construir: los descontextualiza y los mezcla unos con otros; conserva las formas pero la técnica, siempre bien escondida, es actual; reduce la historia a una serie de “estilos”, de modas al uso que no añaden más que el capricho del momento, sin novedad infraestructural que expresar. El historicismo obvia el sustrato económico, las fuerzas materiales que operan por debajo de la cultura. El primer postmodernismo arquitectónico reivindicaba herencias de la arquitectura que, supuestamente, el Movimiento Moderno había despreciado frente al Art Nouveau o el Neoclasicismo que le precedían. Sin embargo, como ha sido sobradamente demostrado, autores como Mies Van Der Rohe o Le Corbusier no dejaron de tener presente desde sus inicios los grandes hitos de la historia universal de la arquitectura, pero a la vez se esforzaban en expresar estéticamente la tecnología moderna que estaban utilizando. Denunciaban al Neoclasicismo por citar estilos pasados que escondían nuevas técnicas de construcción completamente extrañas a las que habían dado sentido a aquellas formas. Estilos como el gótico no se comprenden sin conocer las técnicas constructivas del momento: el arco ojival fue un hallazgo tecnológico sin precedentes que permitía aumentar la altura de los edificios en un tiempo en el que no se utilizaba más material que la piedra en la construcción. Tras introducir el hierro, el hormigón o el vidrio en la construcción, citar aquel ingenio técnico tiene el doble efecto de ocultar la novedad de la actual tecnología y producir una falsificación de la historia. La ojiva aparece como capricho formal, el presente como colección de estilos pasados transformados en moda.

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El Guggenheim-Bilbao no cae en esta forma de historicismo, al contrario, utiliza todas las posibilidades formales y dinámicas que ofrece una tecnología de construcción actual, lleva el vanguardismo hasta sus últimos límites. Su componente ideológico actúa en otro nivel. La posición en la que se sitúa el espectador –el turista o el propio viandante bilbaíno– ante este museo-escultura es de pura contemplación, vivencia sensorial donde queda muy poco espacio para una mediación lingüística: aún no existe o no conocemos el dialecto que pueda leer correctamente el Guggenheim de Gehry. Pero es que el mismo creador, su arquitecto, participa en el modo de composición de esta lógica espectacular. Fue noticia y elemento polémico en todos los medios el hecho de que los cálculos para construir las formas curvas que Gehry había dibujado fueran realizados a través de un programa de ordenador especialmente diseñado para ello. La mente humana no es capaz de hacer los cálculos necesarios para alzar la visión sublime de Gehry: tenemos la imagen, no su explicación. Esto es algo novedoso en arquitectura, pues si nos retrotraemos a cualquier arquitectura previa, como la gótica, son los adelantos en matemática e ingeniería los que dan pie a los nuevos estilos. Aquí la visión es completamente libre y sólo en un segundo momento se trata de traducir racionalmente esta imagen a través de los cálculos matemáticos de la computadora. Recuerdo una película de ciencia ficción de los últimos años —mediocre, pero no por eso menos interesante— que podría servir de ejemplo para esta nueva situación en la que se encuentra el hombre frente a su producción. Se trata de la famosa Contacto, de Robert Zemeckis, basada en el libro homónimo de Carl Sagan y estrenada en 1997, con Jodie Foster en el papel de una científica que recibe un mensaje de las estrellas para construir una máquina teletransportadora que la permitirá viajar más allá de Orión. En este caso, ella no recibe una imagen profética de cómo será la máquina, sino “los planos” informáticos que le permitirán construir la máquina. La ciencia terráquea es incapaz de explicar el modo de funcionamiento de la máquina que se describe en la información recibida, pero sí se posee la tecnología para construirla, no hay más que seguir las instrucciones. En los términos clásicos heredados de la filosofía griega, la comunidad científica no tiene, en este caso, Episteme, si no que se mueve en el terreno de la mera Doxa, de la opinión; posee la tecnología para construir la máquina y tiene las

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instrucciones de funcionamiento, pero no conoce el mecanismo, ni siquiera si en realidad llegará a funcionar, si en verdad no es más que una broma pesada. Sabe el para qué y sabe el cómo, pero no sabe el porqué. En el fondo, todo el conocimiento que tiene la científica sobre esta máquina se asienta en una “creencia” que no está o no puede contrastarse críticamente. El personaje interpretado por Jodie Foster está convencido de la veracidad del mensaje, así como de su origen extraterrestre y sus buenas intenciones. La trama de la película se completa con un párroco para establecer así el diálogo ferazón que tanto interesa al cine hollywoodiense. Como decíamos, el mensaje es recogido a través de una computadora, del mismo modo que la computadora otorga la posibilidad racional al sueño imaginario de Gehry. La ocultación en el proceso de producción se asienta aquí en la misma tecnología que la lleva a cabo: es tal la cantidad de cálculos que la mente humana se siente, en cierto sentido, desbordada, es una forma del sublime matemático que aparece en Kant, la vivencia estética por excelencia del romanticismo. Desde luego, habría mucho que hablar de ordenadores a la hora de tratar de comprender el complejo tema del postmodernismo. Si hay una tecnología que determina la forma cultural de nuestro tiempo, ésta es, sin duda, la informática: una tecnología difícilmente representable, como también apunta Jameson. Frank Gehry dejó atrás sus orígenes constructivistas; pasando por encima de la simbología del Movimiento Moderno, pero también por las recuperaciones narrativas del postmodernismo historicista, Gehry construye hoy en día espacios volumétricos curvilíneos, donde prima lo aleatorio y donde el único lenguaje reconocible es el de la matemática.

En el caso del Guggenheim-Bilbao, la “experiencia fundacional” vino dada por la mirada instantánea del forastero, del recién llegado que vislumbra una nueva forma deslizándose sobre el paisaje sólo entrevisto. Thomas Krens, en su primera visita no programada a Bilbao, localizó él mismo el futuro emplazamiento del museo sin apenas conocer la ciudad. En un footing de última hora de la tarde, mientras cruzaba el puente de La Salve, decide la ubicación del futuro museo y, además, concibe él mismo que el puente debía ser integrado en la arquitectura del museo. Así lo confirmó en la entrevista

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que le hizo Joseba Zulaika, y el arquitecto nunca ha desmentido que fuera el director del Museo Guggenheim quien decidiese el emplazamiento de su obra. Poco más tarde, con todos los papeles prácticamente firmados, Gehry visitaría la ciudad de la mano de Krens, su promotor —promotor asimismo de Richard Serra, amigo común—. El concurso organizado por el Gobierno Vasco para elegir arquitecto se convocaría varios meses después, pero hacía tiempo que el premio estaba dado. Por otro lado, resulta sorprendente el miedo y la aversión de Gehry ante la posibilidad de que Bilbao quisiese convertirse en una Disneylandia, ya que el Guggenheim-Bilbao posee claros parecidos con el edificio que el arquitecto de origen canadiense había diseñado para el ConcertHall de Walt Disney en California. Diseñado en 1987, los responsables no se dieron tanta prisa como el Gobierno Vasco, y el edificio no fue concluido hasta 2003 —la primera piedra se colocó en 1999—, aunque Gehry parece que aprovechó “algunas” de las ideas para el Guggenheim-Bilbao.

1.2. Euskalduna después de Euskalduna
Muy distinto en significado e importancia es “el otro” gran hito arquitectónico del Nuevo Bilbao, el Palacio de Congresos y de la Música “Euskalduna”. Desde la misma página web para su promoción, el Palacio Euskalduna se presenta como “el segundo hito tras el Museo Guggenheim de Gehry”. Su condición de segundón es endémica, ya desde el mismo hecho de que se conciba como “Palacio de Congresos y de la Música”, espacio multifuncional donde “la temporada de ópera, los conciertos

sinfónicos, el ballet y los recitales conviven, sin interferencia alguna, con los grandes congresos, las juntas y asambleas generales, las convenciones y las reuniones de empresa, dando también cabida a una autónoma sede de la Orquesta Sinfónica de Bilbao”. No hace falta ser un experto en psicología para descubrir en esta especie de disculpa un afán autojustificativo por tener que aglutinar todas estas actividades en un mismo y emblemático edificio. Como veremos, en el proceso de regeneración urbana de la zona se repite la tendencia a construir o proyectar grandes edificios en los que prima

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la forma y el simbolismo urbano sobre la función y los usos posibles, todo ello en un área metropolitana de un tamaño y unas características bien conocidas; la función del inmueble deberá de ser ajustada con posterioridad a su construcción según las oportunidades, aglutinando algunos servicios o desviando otros desde sus localizaciones previas —es el caso de la Diputación Foral de Bizkaia, que se trasladará innecesariamente al rascacielos de César Pelli—. A diferencia del Guggenheim, el Euskalduna fue diseñado por dos arquitectos españoles, Federico Soriano y Dolores Palacios, siendo su obra más importante hasta la fecha. El edificio, financiado por la Diputación Foral de Bizkaia e inaugurado —con cierta precipitación— en febrero de 1999, simboliza, según los autores, el último buque construido en el antiguo astillero. La memoria de los astilleros de Euskalduna, cuyo cierre se convirtió en icono de la lucha por la pervivencia de la industria naviera en la zona, no pasa desapercibida en este edificio; algo más dudoso es que ocurra lo mismo con el titánico edificio de Gehry. El óxido que preside el imponente navío del Euskalduna es el de las ruinas industriales que durante años presidieron las orillas de la ría. Los trazos del Euskalduna nos hablan un lenguaje más cercano al del Movimiento Moderno que al del postmodernismo de cualquier signo. El simbolismo de una Modernidad trágica queda impreso en este buque fantasma como recuerdo de que no todo es esplendor y progreso, de que el presente está sembrado de los fantasmas del pasado. El edificio no prescinde de una narratividad histórica pero, desde luego, no es nada triunfalista. Es muy destacable el impresionante auditorio, que podría remitirnos a las fuentes del Movimiento Moderno, al expresionismo de, por ejemplo, el Hans Poelzig, del Gran teatro de Berlín, construido en 1919 para Max Reinhardt. Pero aquí lo telúrico se mezcla con lo cubista, el mito es enfriado a través de la mediación de la historia.

En 2004 se inauguraba junto al Euskalduna el Museo Marítimo ría de Bilbao. Este museo fue “resultado del trabajo realizado por la fundación privada sin ánimo de lucro que lleva el mismo nombre, surgida en 1996” (Esteban 2000). En 1997 se constituye el patronato “formado por representantes de los principales ámbitos públicos

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y privados de Bilbao” (Esteban 2000). El edificio que alberga el museo fue construido por el arquitecto Juan Francisco Paz; como símbolo destacado, en su superficie conserva la grúa Carola, la más grande adquirida por los astilleros Euskalduna, que se encontraban en este emplazamiento. La memoria marítima de una zona con tanta tradición en este sector era algo que ya echaba a faltar Julio Caro Baroja en 1974. En toda Euskadi no se empiezan a valorar y conservar las reliquias navales existentes hasta fechas muy tardías, coincidiendo con el declive de la productividad del sector, algo que resulta habitual en el fenómeno museístico. En concreto, en el proceso de regeneración de la ría fue un hito importante la restauración de un embarcadero del siglo XIX en Barakaldo, por parte de la asociación Bilbao Ría 2000, así como la apertura del Museo Marítimo. Sin embargo, una vez más, la memoria se rescata no desde los protagonistas que vivieron las luchas y derrotas del sector, sino desde grupos de poder y antiguos patronos, que cuentan la historia “a su manera”, a la manera de los vencedores. Además de presente y futuro, los trabajadores perdieron en aquellas luchas su propio pasado.

En julio del mismo 2004, trabajadores del astillero de La Naval de Sestao se manifestaban en “lo que ayer fueron los terrenos de Euskalduna, que hoy están

ocupados por palacios de congresos, museos, grandes hoteles y centros comerciales, hasta finalizar en la sede del PSE. Impotentes ante esos muros, los trabajadores pitaron e intensificaron las consignas de «Ayer, Euskalduna; hoy, La Naval» y «PSOE, Izar está en lucha», y reclamaron carga de trabajo para tener futuro” (Gara 16-07-2004). Un antiguo trabajador de Euskalduna y hoy sindicalista del astillero La Naval comentaba emocionado al diario Gara:
Todavía no he visto el Museo Marítimo, porque tengo metido muy dentro el cierre de Euskalduna. Cada vez que paso cerca del Museo Guggenheim, el puente de Deusto y el Palacio Euskalduna, por poner tres ejemplos, siento mucha emoción. No sólo por el cierre, sino por lo que se fue con él: la lucha y el compañerismo. Porque una empresa es una empresa, pero está llena de trabajadores, de gente. Al final, recuerdas a todos esos que pelearon y que terminaron. Me da mucha pena (Gara 16-07-2004).

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Euskalduna se fundó en 1900. Cuando le llegó la hora de cerrar contaba con casi cien años de historia, en los que varias generaciones de bilbaínos habían entregado su vida a aquella fábrica naval. En otros países, como Francia, de tradición sindical e historia política tan distinta a la de España, la memoria de estos sectores es conservada, en gran medida, por aquellos trabajadores que se sentían dueños y legítimos herederos del valor y simbolismo de su trabajo, pese a estar en lucha constante contra el patrón. Las dictaduras no pasan en balde, y el trabajador que vive en un país sin derecho a voz ni a opinión siente que cada aspecto de su vida está determinado de forma dictatorial, que nada de lo que ha hecho le pertenece. Nuestra “modélica transición” parece que heredó, de paso, algunos tics del antiguo régimen, como el de no escuchar demasiado la voz de sus trabajadores, pero además ha dejado, sobre todo, un carácter fuertemente marcado para varias generaciones sobre lo que es el trabajo —un deber más que un derecho— y sobre el valor que otorga a la persona —el de servir a la sociedad—. La jubilación (o la prejubilación, tan frecuente en estos sectores desmantelados a marchas forzadas) es la justa recompensa al sacrificio y, con ella, el antiguo trabajador parece librarse de una condena; si tiene suerte de resolver favorablemente su futuro económico, pocos son los que echan en falta algo de su pasado… Tal vez tener otra historia que contar. Cuánto de Nacional-Catolicismo subyace a estos pensamientos.

El contraste entre el punto de vista de Krens, Gehry y los dirigentes vascos que encargan la construcción del emblemático museo y el de estos trabajadores, protagonistas de la historia inmediata de Abandoibarra, no podría ser mayor. Pareciera que hablásemos de dos ciudades distintas, de dos mundos aparte, y así es. El mundo del Guggenheim-Bilbao es el de las pulcras imágenes redentoras, el mundo de la pura vivencia estética; el de los prejubilados y parados de Euskalduna es un mundo más acá de la realidad, una realidad tan insoportable que prefiere ser borrada, arrasada tras emblemas arquitectónicos de carácter universal, que no dejen huella de las miserias concretas.

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2. Post-urbanismo
Tras la era neoliberal de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, después de la atrofia de la utopía yuppie, el urbanismo en el Primer Mundo ha seguido unas pautas de acción fragmentarias, más preocupado por intervenciones sistemáticas en áreas muy limitadas de la ciudad —y muchas veces privadas— que en planes de ordenación precisos y holísticos. El ejemplo de Canary Wharf, que traíamos antes a colación, es muy representativo de este tipo de intervenciones, emparentadas con las que sufre Bilbao. En una sociedad que recibe caracterizaciones como “sociedad moderna tardía o postmoderna”, “sociedad de la segunda Modernidad” o “sociedad de la Modernidad líquida” (Bauman 2004), las viejas ideas de la “Modernidad épica” o la “Modernidad sólida” al respecto de un urbanismo sistemático están tan pasadas de moda como las de una economía planificada. Zygmunt Bauman lo explica de forma diáfana al hablar del paso de una sociedad de productores, con el sector secundario como motor de la economía y el homo faber como modelo antropológico, a una sociedad de consumidores, terciarizada, individualista y hedonista. Este cambio en el Primer Mundo no queda explicado simplemente por la robotización de la producción sino, especialmente, por el desplazamiento de la producción hacia países del Tercer Mundo, bastante menos “líquidos”, por otra parte. Pero la distinción entre las dos etapas de la Modernidad sí se ajusta perfectamente al tema que nos ocupa. Giandomenico Amendola destaca la importancia del principio de identidad en la ciudad postmoderna en contraposición al principio de utilidad, que connotaba al urbanismo funcionalista típicamente moderno (Amendola 2000). Pero, si los observamos en detalle, ni aquel urbanismo funcionalista era tan funcional, ni este urbanismo iconizante deja en un segundo plano la cuestión de la productividad; en ambos momentos del desarrollo del capitalismo tanto el principio de identidad como el de utilidad van de la mano, aunque con una metodología y unos resultados diversos en ambas épocas. Si las grandes ciudades planificadas de la era socialdemócrata —Brasilia es su modelo más logrado, pero podemos reconocer los mismos principios compositivos 56

en ciudades mucho más cercanas, como Gazteiz-Vitoria— trataban de mostrar una imagen global de “maquinaria bien ajustada”, las nuevas intervenciones pretenden destacar nódulos concretos dentro de la ciudad para simbolizar el dinamismo de un magma económico de ofertas y demandas en constante efervescencia. El urbanismo se puede leer siempre como metáfora de la economía dominante, es una de las expresiones más descarnadas de las exigencias de la sociedad a los individuos que la componen. La sociedad de productores pedía al hombre corriente que se convirtiera en un técnico especializado, el esfuerzo constante y monótono le llevarían por sí solo y con el tiempo al triunfo social. La sociedad de consumo exige al individuo dinamismo y capacidad de adaptación a las nuevas demandas, tanto del consumo como de la administración de mercancías —la otra cara de esta economía—; su temporalidad no es la del esfuerzo rutinario, sino la de la “oportunidad”, la de velocidad y, más allá, la de la “aceleración” (Bauman 2005).

Los economistas han desarrollado una suerte de “arte” al respecto de la ciudad en tanto que agente de inversiones o, más bien, de la ciudad como mercancía en sí misma. El marketing urbano trata de descubrir las técnicas adecuadas para vender una ciudad. Al respecto de Bilbao, son varios los estudios que se han realizado en este sentido. Marisol Esteban publicaba en 1999 Bilbao, luces y sombras del titanio. El proceso de regeneración del Bilbao Metropolitano desde la Facultad de Económicas de la Universidad del País Vasco, y comenzaba repasando los elementos imprescindibles para hacer a una ciudad competitiva en la carrera de ciudades por capitalizar la distribución de servicios de “alto valor añadido”. La gestión de las ciudades de cara a la mejora de su competitividad económica se asienta, según la autora, sobre varias claves:

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La existencia de una infraestructura industrial y tecnológica adecuada. La existencia de un sistema de información y asesoramiento a empresarios e inversores.

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El desarrollo de infraestructuras básicas de servicios urbanos y un sistema de comunicaciones, así, flujos de personas, información y mercancías.

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Promocionar una imagen internacional, con campañas internacionales para atraer inversores y visitantes, recintos feriales, centros de convenciones y congresos.

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Garantizar la existencia de recursos humanos de calidad a través de una formación educativa adecuada.

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Condiciones de vida satisfactorias con respecto a la vivienda y servicios sociales.

La posición moderadamente crítica de Esteban al respecto del proceso, le lleva a cuestionar hasta qué punto está suficientemente desarrollado el primero de los puntos de este listado. Al contrario, parece que el proceso de regeneración del área del Bilbao Metropolitano quiere enfrentarse a una crisis en sus infraestructuras productivas mediante la renovación de la fachada urbana y los servicios.

El fomento tan buscado por la mayor parte de las instituciones de este país, de la especialización en servicios, como se ha hecho en los últimos años en el Área Metropolitana de Bilbao, no garantiza un crecimiento sostenido del empleo, si no va asociado a un crecimiento del resto del sistema productivo (Esteban 2000, pág. 75).

Todo esto, de hecho, coincide con un repliegue del transporte ferroviario de largo recorrido y del naviero. Una renovación del “chasis” urbano de Bilbao atraerá inversores que llevarán a consolidar nuevas infraestructuras tecnológicas e industriales. El vivero actualmente existente de estas nuevas infraestructuras se localiza en el Parque Tecnológico de Zamudio, la mayor apuesta del Gobierno Autonómico en la renovación del sector secundario vasco, con una fuerte inversión en tecnologías de la comunicación y en I+D. El Parque Tecnológico de Zamudio se instala en una zona rural porque, según se explicó en el momento, no había suelo disponible en el Área Metropolitana de Bilbao. “En ningún momento (…) se planteó la posibilidad de ubicar esta infraestructura tecnológica en terrenos obsoletos a lo largo de la ría” (Esteban 2000, pág. 180); la dificultad para liberar aquellos espacios ruinosos, en manos de diferentes

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administraciones públicas y privadas, y, sobre todo, su posible y lucrativa recalificación inmobiliaria —al encontrarse en pleno corazón de Bilbao—, hicieron que el Gobierno Vasco prefiriese la periferia rural vizcaína como destino en el que localizar el parque tecnológico. Curiosamente, las administraciones locales pasarán años después a promocionar aquellos espacios ruinosos de la ría (Abandoibarra, Zorrozaure…) como lugares de inversión sobre los que erigir un nuevo centro financiero que sustituya la desaparecida industria pesada. Ése es el discurso aunque, de paso, se construye algún que otro edificio de viviendas de lujo con la excusa de ir pagando los gastos que se generan. Para entender el caso del Parque Tecnológico de Zamudio, sin embargo, no es necesaria ninguna justificación de por qué no se hizo en los terrenos disponibles de la antigua industria bilbaína, sustituyendo las viejas por nuevas tecnologías, los viejos por nuevos puestos de trabajo. La estética del espacio construido y la interacción entre trabajo y vida cotidiana de finales del siglo XX y principios del XXI hablan un lenguaje muy distinto al del industrialismo decimonónico; a nadie se le ocurre ya plantar una industria en el centro de la ciudad, a unos metros de las viviendas, y no sólo por el efecto ecológico o la peligrosidad, sino por una cuestión de gusto: la separación espacial de las funciones productivas fue una lección del urbanismo moderno de corte racionalista que la ciudad postmoderna no ha querido olvidar. El parque tecnológico de Zamudio pretendía brillar como un pequeño Silicon Valley de prosperidad, siguiendo con los modelos estadounidenses que tanto parecen gustarles a los dirigentes locales; una vez más la apariencia guiando el futuro.

Además de los elementos que enumera Esteban, existen otra serie de elementos que deberían tenerse en cuenta para cualquier ciudad que quiera ser imán de inversores:

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Entorno social (paro, pobreza, marginalidad), algo que parece igualmente sin resolver hoy en el Área Metropolitana de Bilbao (AMB);

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entorno cultural, concepto tan amplio que es difícil saber cómo debe de caracterizarse para, efectivamente, atraer al inversor;

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y entorno estético y ambiente urbano, esto es, la calidad de espacios públicos, arquitectura, monumentos, formas de vida colectivas, uso social del ocio, etc.

Si en la primera serie de factores que enumeraba Esteban podemos reconocer para el caso bilbaíno la insistencia tanto en la red de comunicaciones como en la promoción de la imagen de la ciudad, en este segundo grupo de factores de tipo más “social” parece que los gestores del Nuevo Bilbao están, sobre todo, interesados en el tercer elemento, en el cuidado del “entorno estético y urbano”. La estética predomina, por tanto, sobre la política e, incluso, sobre la economía, pues se concibe a la propia estética como “motor” de la economía. Pero, antes de seguir adelante, debemos definir mínimamente el ámbito sobre el que se está actuando en esta regeneración urbana que, como venimos adelantando, no corresponde sólo a la villa de Bilbao, sino a todo su entorno. Esta ausencia de un marco político específico para el espacio geográfico sobre el que se trabaja tendrá, como veremos, unas consecuencias directas en lo que se refiere al carácter democrático del proceso.

Veíamos que con la transición llegaba también el fin del Gran Bilbao, única aportación de cierto valor venida de los planes de ordenación franquistas. El concepto de “Gran Bilbao” tenía la virtud de hacer referencia a un conglomerado de municipios sin apenas solución de continuidad urbana, que funciona con una relativa autonomía económica y, sobre todo, como unidad de hábitat para sus pobladores. Tras la disolución de aquella entidad, los problemas de coordinación de actuaciones entre los municipios fueron un tema habitual: las competiciones entre los ayuntamientos por hacerse con las subvenciones de la Diputación, las escalas rígidas de población que ésta exigía para optar a un nivel de ayudas u otro. Los ayuntamientos competían por hacerse con las subvenciones de la Diputación, cuya exigencia para optar a los mejores niveles de ayudas era muy alta. El AMB tiene, sin embargo, más allá de los municipios que lo integran, unas características que lo convierten en un espacio urbano homogéneo. El área estaría compuesta por la zona minera, la margen izquierda, Bilbao, el Txorierri (con Leioa como municipio destacado), la margen derecha y los municipios más

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occidentales de Uribe Costa (Sopelana). La concentración de población es visiblemente superior no sólo a la del resto de la provincia, sino a la de la Comunidad Autónoma Vasca. Según los últimos datos disponibles, en el AMB se registran alrededor de 1.800 metrohabitantes de media por kilómetro cuadrado, seis veces lo que en el resto de la CAPV (INE 2005). Se trata de una de las aglomeraciones urbanas más densas de toda España, sólo por detrás de Madrid y Barcelona, y a la par de Sevilla y Valencia. Esta densidad oscila también dentro del AMB; Portugalete continúa encabezando la lista —a pesar del descenso de población en los últimos años—, con 16.897 por kilómetro cuadrado; Bilbao, la capital, cuenta por su parte con una densidad de 8.689, lejos también de los 300 de la media de la comunidad autónoma. De este modo, el AMB es una zona de concentración urbana visible que necesita, por tanto, de políticas a la vez autónomas y coordinadas para dotarse de unos servicios y comunicaciones coherentes entre los distintos municipios. A pesar de ser el municipio más poblado de la zona, el plan estratégico que empezó a elaborar el ayuntamiento de Bilbao desde 1988 se prometía inevitablemente insuficiente; con menos de 400.000 habitantes, Bilbao no llega a la mitad de la población del AMB, que se aproxima a un millón. Cuando el Gobierno Vasco decide que, tras Barcelona y Sevilla, es el turno del relanzamiento de Bilbao, y se embarca en la aventura del Guggenheim, no existe ninguna entidad administrativa que represente específicamente los intereses del área. Como hemos visto, la primera iniciativa la tendrá el propio Gobierno Vasco, que actúa sobre Bilbao a distancia, desde Vitoria (Guggenheim y Metro) o a través de la Diputación (Euskalduna); el Ayuntamiento de Bilbao, como ya señalaba Gorordo con insistencia, no contaba con suficiente capacidad económica para financiar tales inversiones y, por tanto, tampoco estaba en su mano decidir lo que se iba hacer. Por ello, junto con la coordinación entre las distintas administraciones que controlan ruinas industriales y suelos en la zona que se quería regenerar, se empiezan a establecer asociaciones en las que todas las administraciones implicadas están representadas para dirigir conjuntamente la operación. La primera que se constituye y da los pasos iniciales hacia la regeneración del AMB es Bilbao Metrópoli-30.

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2.1. Bilbao Metrópoli-30
La asociación Bilbao Metrópoli-30, antes de nada y, sobre todo, ha servido para vincular estrechamente el término “metrópoli” con Bilbao y su entorno. Más allá de las características diferenciales de la conurbación de Bilbao —un concepto mucho más preciso y adecuado para la realidad urbana a la que nos referimos— que observábamos hace un momento, debemos detenernos en el propio término “metrópoli” para comprender el inconsciente político en el que se desarrolla todo el plan de regeneración urbana. Mencionábamos anteriormente la importancia del metro en la definición del AMB, importancia porque acerca puntos que antes estaban más alejados, porque construye un mapa cognitivo unitario que borra las distancias entre los distintos lugares de la conurbación bilbaína, tanto como pronuncia otras distancias, como borra barrios y municipios enteros de la psicología colectiva cotidiana por el simple hecho de carecer de parada de metro. De hecho, los mapas de metro son uno de los mejores ejemplos de mapas cognitivos que se pueden dar: tan fáciles de reconocer, tan sencillos y tan útiles como falsificadores del espacio real. Para darse cuenta de ello basta con comprobar que, en ciudades con un metro más complejo y consolidado –como Madrid–, la gente, acostumbrada a hacer todos los trayectos en metro, desconoce las distancias reales por la superficie. Del mismo modo, otras partes de la ciudad, directamente, desaparecen, y cuando uno se extravía de su rutina y su metro y cae en ellas se siente transportado a una suerte de interzona. El metro es vital en este sentido para comprender el concepto de metrópoli en referencia a la conurbación bilbaína, su capacidad homogeneizadora del espacio, la posibilidad de hacer desaparecer lo que no gusta. Pero es que además, aunque parezca mentira, en una ciudad como Bilbao el metro es cosa de glamour y de prestigio; como veremos, el metro y la misma metrópoli son una marca de lujo. Consultando la enciclopedia libre de Internet Wikipedia, encontramos como primera acepción de “metrópolis”: ‘país gobernante de otro en la época Colonialista’. La metrópoli es la gran ciudad que expolia a sus colonias, es la ciudad imperial de los imperios británico, francés, español e, incluso, romano; un “Bilbao metropolitano”

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tendría, por tanto, la connotación de ser un Bilbao dispuesto a, literalmente, comerse el mundo. Y si seguimos con las siguientes acepciones de metrópolis en esta ejemplar, filantrópica y útil enciclopedia —que recoge mejor que ninguna otra los usos actuales y más extendidos—, nos encontramos, en la segunda acepción, con que metrópolis se refiere a varias ciudades de ficción y fantasía, la de Lang en su homónima película o la ciudad de Superman, por ejemplo; el esteticismo que pretende el Nuevo Bilbao compite con estas dos ciudades del imaginario fascista. Sólo en una tercera entrada el término metrópolis hace referencia simplemente a “una gran ciudad”.

La “Asociación para la revitalización del Bilbao Metropolitano” fue creada en 1989 por instituciones privadas y públicas, pero el mayor capital fue y sigue siendo, a pesar de los deseos y el espíritu de la asociación, público. Entre las instituciones se cuentan universidades, centros de investigación, organizaciones sin ánimo de lucro, medios de comunicación y las principales empresas de la comarca. El nombre de Bilbao Metrópoli-30 hace referencia a la treintena de municipios que quedan comprendidos en su área de actuación; su finalidad “es la continuación y finalización del Plan Estratégico de 1991”. El Plan General de Ordenación Urbana de Bilbao sería el antecedente que el plan parcial metropolitano debía redimensionar en el marco de acción superior del Área Metropolitana. Con la constitución de esta asociación independiente, la participación de la ciudadanía en el proceso de regeneración quedaba limitada, y no sólo por no depender directamente de la administración pública y por su dispar composición. Ya desde la redacción del mismo Plan Estratégico, se dejaba ver su vocación “profesional”: el Plan no estaba firmado ni por el alcalde de Bilbao ni por el lehendakari Ardanza, sino que aparecía vinculado a la empresa Andersen Consulting. La cientificidad y neutralidad de la mercadotecnia se exhiben como bandera de Bilbao Metrópoli-30; la forma de la ciudad no es una cuestión política, sino técnica. De cualquier modo, a tenor de cómo han ido las cosas en la realidad, hoy por hoy se reconocen más méritos que defectos en aquel Plan Parcial del Área Metropolitana.

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Los antecedentes municipales del plan se remontan, como vimos, a la liberalización de la ley del suelo de 1978. En junio de 1985, con Robles como alcalde, se crea la “Oficina municipal del plan” con desavenencias entre PNV y PSOE. Más tarde, en la época Gorordo, se abre una serie de concursos de ideas sobre la ciudad; abundarán las maquetas, tantas que acabaron formando parte de una gran exposición en 1993 en el Museo de Bellas Artes, como muestra del “impulso utópico” bilbaíno de la época. El PGOU (Plan General de Ordenación Urbana) comenzaba planteando paralelismos con otras ciudades industriales en similares procesos de reconversión, por ejemplo Glasgow, Hamburgo, Rotterdam o Turín. Con Ortuondo en la alcaldía se insiste en la necesidad de salir de la crisis y redefinir la ciudad en la relación con su entorno; uno de los aspectos que destacaba en primer lugar el Plan era la falta de suelo verde. Sin embargo, en 1989 el PGOU ya recibía críticas por parte de HB y EA, especialmente por la discriminación que se ejercía sobre los barrios obreros, las zonas más densamente pobladas de Bilbao: “Los barrios grandes perdedores frente a la preferencia por los grandes proyectos urbanos. Se cede a las presiones especulativas”. Finalmente, en 1993 se redacta el documento definitivo del PGOU de Bilbao con Eduardo Leira y Damián Quero como responsables del mismo. Una de las propuestas que se incluyen es un gran vial para vehículos y peatones de Santurce a Bilbao. Más tarde, en el Plan Territorial Parcial del Bilbao Metropolitano —el modelo estratégico de Metrópoli-30—, se traducen las sugerencias del plan municipal proponiendo como gran apuesta original la “Avenida del Nervión”. A pesar de las bondades sociales de aquel Plan Parcial del Bilbao Metropolitano, los propios informes de Bilbao Metrópoli-30 al respecto de su cumplimiento dejaban mucho que desear ya en 1995:

Uno de cada cuatro vizcaínos con posibilidades de trabajar engrosaba las listas del paro, que en el caso de los jóvenes afectaba al 55 por cien de la población. Si el problema no se corregía, se corría el peligro de que al cabo de algunos años Bilbao sería una ciudad que contaría con equipamientos de primera línea, pero también con agudos problemas sociales (…) El Gran Bilbao llegará al siglo XXI con museos de proyección mundial, un puerto puntero y un metro

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recién estrenado; pero cabe la posibilidad de que una parte de su población, los actuales parados, queden al margen de todos estos grandes proyectos (Esteban 2000, pág. 91).

El informe de Bilbao Metrópoli-30 señalaba que “no se perciben avances en la integración laboral de los colectivos marginales”. La concentración de pobreza en la margen izquierda y Bilbao, y el aumento de los indigentes en todo el AMB era un dato contrastado. De cualquier modo, estos apuntes autocríticos iniciales de la asociación Bilbao Metrópoli-30 desaparecen paulatinamente, en la misma medida en que la asociación va apareciendo en un orden secundario frente a Bilbao Ría 2000, de la que hablaremos más adelante. En 1999 se constituye una comisión de expertos que estudiarán diversos modelos de éxito desarrollados en ciudades de tamaño y situación comparables a Bilbao. Fruto de este estudio nació el documento actualmente vigente “Bilbao as a Global City. Bilbao 2010. La estrategia”. Desde el mismo título comprendemos la actualización de lenguaje y pretensiones. Los factores sociales, al menos en sus líneas generales, quedan definidos siempre en un segundo ámbito; de las cuestiones de participación ciudadana en las decisiones sobre el futuro de su ciudad: ni rastro. Bilbao Metrópoli-30 imagina el Bilbao del 2010 “como ciudad internacional de clase mundial en la nueva Sociedad del Conocimiento”. Una vez superados los hitos del metro, comenzado en 1995, y el Guggenheim, de 1997, se trata de aspirar a metas concretas para articular todo el poder estratégico de la ciudad. En primer lugar, actuar sobre el elemento fundamental de los “recursos humanos”, “formando, reteniendo y atrayendo profesionales”; junto a ello, fomentar las actividades empresariales de alto valor añadido; y, en tercer lugar, cuidar del atractivo de la ciudad, una ciudad que debe de ser habitable, por tanto atractiva. Los principios del marketing aplicados a la ciudad dominan Bilbao Metrópoli-30 hoy por hoy. Entre los tres grandes proyectos que apunta el actual plan “Bilbao as a Global City” están:

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La creación de una ciudad de la innovación y el conocimiento en Zorrozaurre, el Manhattan de Bilbao, antigua zona industrial hoy en declive (aunque no desierta, ni mucho menos, de pequeños negocios en activo).

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La organización de una Exposición Universal en Bilbao. La regeneración urbanística del Casco Viejo de Bilbao y la revitalización de la ría como nódulo de conexión.

Al informe de 2004, en formato PDF, no se puede acceder desde su página web, aunque se ofrece —y lleva así seis meses, que sepamos—. Por lo demás, en sus páginas virtuales se felicitan, como gran logro inmediato, por la inauguración del Bilbao Exhibition Centre (popularmente conocido como BEC), a la vez que señalan la próxima acometida de los eternos retos pendientes: “Y” vasca y la variante sur. El dato de que las cosas marchan bien lo trae el aumento del turismo en el último año en un 19% con un total de 739.685 visitantes. En cuanto a las actividades, destaca para el presente 2006 (del 2 al 4 de mayo) la organización por parte de Bilbao Metrópoli-30 del Foro Mundial de Valores para el Desarrollo de la Ciudad. Este evento y otros semejantes son la vía de acceso y debate a las decisiones sobre el futuro de nuestra ciudad, todo en torno a temas prefijados con el indiscutible marco de los “valores para el desarrollo competitivo y sostenible —fíjense en el orden de los factores— de una ciudad de las dimensiones medias como Bilbao Metropolitano”. Los valores ya presupuestos son tales como “la innovación, la profesionalidad, identidad, comunidad y apertura”. Para que el ciudadano se haga partícipe de las reflexiones de este foro sólo debe, además, pagar 400 euros por los tres días. Pero es que ya se concluía en un crítico informe de 1996 que:

El sector cultural es uno de los de mayor valor añadido en las sociedades avanzadas y un medio relativamente barato para la creación del empleo (…) El Gran Bilbao debe, por lo tanto, olvidarse de su pasado industrial si quiere hacerse con un hueco en la Europa del siglo XXI (Esteban 2000, pág. 110).

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Por lo demás, la cuestión medioambiental, central en el Plan Parcial del Área Metropolitana, pasa a un puesto secundario en la nueva orientación de Bilbao Metrópoli-30 cara a 2010; la necesidad de oxigenación de Bilbao se arregla contabilizándose los montes circundantes como parte de su zona verde.

Es sintomático que esta página web ("http://www.bm30.es") se abre complaciéndose en mostrar el grado de orgullo de la ciudad que muestran los encuestados (un 68% se sienten orgullosos) además de lo segura que “sigue siendo la ciudad” (74%: sigue siendo segura). El tono autojustificativo de estas preguntas es evidente, como es habitual en los informes públicos de todo el proceso de regeneración urbana de Bilbao. Como vemos, la asociación Bilbao Metrópoli-30 está a la defensiva, pero ¿a la defensiva de qué, si según las encuestas los ciudadanos están tan contentos de que hagan y deshagan a su gusto? ¿Y por qué esa pregunta al respecto de si “Bilbao sigue siendo segura”? ¿Se plantean en algún rincón de sus informes inaccesibles la sensación creciente de inseguridad ciudadana? ¿Inseguridad virtual ante qué y quién? Sobre la inmigración y su inclusión social, desde luego, no dice nada el Bilbao del 2010, como tampoco sobre paro, explotación laboral, mafias de la droga y prostitución —más explotación laboral—; nada sobre la condición de desposeídos de la juventud bilbaína, nada sobre un racismo que viene de atrás y que no deja de aumentar. Pero, por si acaso, Bilbao Metrópoli-30 responde por adelantado y en nombre de toda la ciudadanía a preguntas tan imprecisas como inquietantes. Un informe del Ministerio de Fomento de 1999 sobre la pobreza urbana señala que en España hay 374 barrios calificados como guetos, con un total de 2,8 millones de residentes. En el AMB se identifican nueve: Otxarkoaga-Txurdinaga, Bilbao la Vieja, Rekalde y Basurto en Bilbao; en la margen izquierda, Beurko, Rontegui y Desierto en Barakaldo, San Juan en Santurtzi y el Casco Viejo en Portugalete. 74.508 personas censadas en estos lugares. Se trata de centros históricos habitados por gente de edad avanzada y sin recursos, además de zonas periféricas de casas baratas construidas entre los años 50 y 60 que, tras el declive industrial, dejan una imagen de paro y miseria. Quien mejora su situación en estas zonas es para dejar el barrio; su sitio lo ocupará

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alguien en una situación similar —otro joven marginal—. En estas zonas se registraban en 1999 las tasas más altas de paro, con un 30 por ciento, cuando la media nacional estaba en el 19; se contabilizan varios pisos sin inodoro; en Bilbao la Vieja nueve de cada diez domicilios carecían de lavabo. En los años siguientes, si bien se ha intensificado el lavado de imagen de alguno de los puntos más céntricos (Bilbao la Vieja), la situación no sólo no mejora, sino que aparecen nuevos problemas nacidos de las desigualdades sociales. Se registra un aumento de los sin techo, generalmente atribuido a la llegada de inmigrantes irregulares (casi la mitad lo son), crecimiento de violencia criminal —recordemos la huelga general de taxistas tras un asesinato— y varios índices que alertan del aumento del racismo. En la Encuesta de Personas sin Hogar 2005 (EPHG), de 1.833 sin techo, 648 manifestaban haber sido insultados, 611 robados y 412 agredidos y, por otra parte, 481 denunciados, 645 detenidos y 371 condenados. Un lúcido artículo alertaba sobre el emergente racismo en la zona, perfecto caldo de cultivo de extremismos de derecha, comparable a otras antiguas ciudades industriales portuarias como Marsella, nicho electoral de Le Pen:

La izquierda tradicional ha perdido su influencia en lo que se llamó cinturones rojos de las ciudades. Sus líderes no tienen predicamento. Esa izquierda se ha quedado sin clientela puesto que al no haber industria no hay trabajadores en el sentido convencional. En la comarca de Bilbao, que no recibe población de otros colores de forma masiva, el alejamiento quizá se camufle mejor que en otras regiones. Por eso no nos vemos, todavía, con skin-heads ultras ni posicionamientos nítidamente racistas. Otros conflictos políticos ocupan a la opinión. (Frías 2005).

La inadaptación de la vieja ideología de izquierdas ante el desmantelamiento del escenario por antonomasia de la lucha de clases —la fábrica, con la clase obrera agrupada y los principios de la explotación claramente explícitos— abre la veda para que los que sufren marginación y miseria, en su arrinconamiento respecto al Nuevo Bilbao de las inversiones, busquen chivos expiatorios, enemigos fáciles entre sus vecinos de otra etnia, una de las clásicas estrategias de despiste que ha gustado al Gran 68

Capital desde sus orígenes, sobre todo en sus tiempos más épicos con el auge del racismo en Alemania y EEUU. Como parece señalar el artículo mencionado, cuando los “otros conflictos políticos” parecen ir quedando rezagados poco a poco, podemos esperarnos un auge notorio del racismo y las ideologías para-nazis. Como señalaba recientemente Manuel Delgado para el caso de Barcelona ante la ley sobre civismo, al marketing urbano le importa menos que siga existiendo o aumente la miseria urbana como que se vea. Bilbao Metrópoli-30 parece estar ahora mucho más interesada en construir una ciudad atractiva para la inversión que una ciudad verdaderamente justa.

2.2. Ría 2000
Si Bilbao Metrópoli-30 se ha acabado especializando en el marketing internacional de la ciudad a través de congresos y foros, quien verdaderamente ha gestionado las obras (Leira, 2004) ha sido la asociación Bilbao Ría 2000. Bilbao Ría 2000 nace en 1992, no sin polémica ni tensiones, como asociación interadministrativa con un 50% de administraciones vascas y 50% estatales. La componen por parte estatal: SEPES (entidad pública empresarial de suelo adscrita al Ministerio de la Vivienda nacida tras la desaparición del INI como administradora de sus suelos), Autoridad Portuaria de Bilbao, ADIF y Feve; por la parte vasca: Gobierno Vasco, Diputación de Vizcaya, Ayuntamiento de Bilbao y Ayuntamiento de Barakaldo. Esta asociación surge como modo de agilizar las tramitaciones al respecto de los suelos que eran objeto de interés en el plan de regeneración. Se trataba de poner en contacto a todas las administraciones con competencias sobre estos terrenos en los que se acumulaban las ruinas industriales. En la revista que publica periódicamente Bilbao Ría 2000, como medio de divulgación de sus acciones, se deja clara la naturaleza de la asociación así como su modo de financiación:

Bilbao Ría 2000 nació con una aportación de capital de 1,8 millones de euros. A partir de ahí, la entidad ha demostrado capacidad para lograr su equilibrio financiero sin necesidad de recurrir a

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presupuestos públicos. Esto es posible gracias a que los accionistas ceden los terrenos que poseen en zonas centrales de Bilbao y Barakaldo, al tiempo que los ayuntamientos modifican los usos previstos para dichos suelos. Bilbao Ría 2000 invierte en su urbanización y vende las parcelas a promotores privados, con lo que se obtiene un excedente que se reinvierte en actuaciones importantes para la metrópoli (…) Cuenta además con subvenciones de la UE” (Ría 2000 12-2005).

Ría 2000 ha encontrado un medio sencillo para autofinanciar sus grandes obras. Consiste en recalificar para viviendas “los suelos de sus socios” –entidades públicas, por tanto, los suelos de todos–, suelos que muchas veces están en el centro de la ciudad con lo que llegan a venderse por cantidades record en el mercado inmobiliario; será con lo que ganan por el método de la subasta inmobiliaria con lo que financien —más las ayudas europeas, claro— las obras que se realizan en “el resto” de los solares (los que no se recalifican). Esta estrategia le ha valido a Ría 2000 la hegemonía del proceso frente a Bilbao Metrópoli-30; el precio que deberá pagar es que, a pesar de todos sus defectos, Bilbao Metrópoli-30 partía de una concepción holística y organizada de todo el proceso —el Plan de Ordenación Metropolitana—, aunque carecía de las garantías de financiación, confiando en una inversión privada que nunca llegó. Bilbao Ría 2000, por el contrario, ha intervenido siempre en función de los terrenos disponibles y las oportunidades del mercado inmobiliario, comenzando por lo más fácil y dejando pendiente lo más complicado, muchas veces lo más urgente. Si de los Planes Generales Municipales pasábamos, con Bilbao Metrópoli-30, a un Plan Parcial Metropolitano, con Bilbao Ría 2000 llegamos a un urbanismo “circunstancial” en toda regla: partiendo de una idea general y una filosofía concreta de renovar la ciudad desde los parámetros del marketing urbano, se interviene en función de la oportunidad inmobiliaria. Los principales puntos de actuación de Ría 2000 han sido los barrios de Ametzola y Abandoibarra, además de la zona de Galindo en Barakaldo y los futuros barrios residenciales ganados a antiguas minas en La Peña y Miribilla. El primero de los que se han considerado grandes logros de Ría 2000 —y en gran medida lo ha sido— es la urbanización de Ametzola, junto al barrio de Rekalde,

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que comenzó en 1996. El barrio de Rekalde quedaba separado del Ensanche por la vieja línea de ferrocarril de Feve, además de un antiguo almacén de Renfe. Al quedar obsoleta la industria que antaño se desplegaba por toda la ría hasta Bilbao, el transporte de mercancías desde la capital se vuelve innecesario, y las cargas se almacenan en el mismo puerto de Santurtzi. Ría 2000 actúa, por tanto, intercambiando los terrenos entre sus socios (Puerto Autónomo de Bilbao, Renfe y Feve) por el interés general, claro que las obras públicas subsiguientes se financian a través de la recalificación de los terrenos con mayor valor inmueble. La construcción de los bloques de viviendas que hoy luce Ametzola, constituyó una de las primeras polémicas derivadas de las actuaciones de Bilbao Ría 2000. Si inicialmente se hablaba de reservar un tanto por ciento importante para vivienda protegida —siguiendo la ley autonómica vigente, que en este punto es más social que la estatal—, al final se optó por eliminar este punto, saltándose de paso la ley, por poner en peligro la financiabilidad de todo el proyecto. La venta inmobiliaria de estos terrenos permitía, de este modo, la construcción del parque, la construcción de la nueva estación de cercanías de Ametzola (margen izquierda) y el soterramiento de las vías para construir la avenida del ferrocarril, un nuevo vial para coches y peatones, todo ello dentro de la misma zona de Ametzola. Entre estas actuaciones cabe destacar la estación de Renfe y Feve de Ametzola, que la propia asociación ha adoptado casi como icono propio —así aparece en sus revistas—, obra de arquitectura que consideramos, tal vez, la más destacable de todo el Nuevo Bilbao. En ella, así como en la técnica de soterramiento de vías repetida por Ría 2000 para ganar superficie urbana, nos centraremos más adelante; pasemos ahora al principal centro de actuaciones o al menos uno de los trabajos más visible de esta asociación.

Abandoibarra, buque insignia de la revitalización del Bilbao Metropolitano, era una zona de evidente abandono industrial en el mismo corazón de la ciudad; su vista, junto con el clima grisáceo de la zona, contribuían a mermar el ánimo de los bilbaínos cada mañana. Como vimos, Zulaika comparaba Abandoibarra con los Docklands de Londres sobre los que se construyó Canary Wharf, el nuevo distrito financiero

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postmoderno comenzado en la era Thatcher, que sería inaugurado con el nuevo milenio, en la era Blair. Como en Canary Wharf, el arquitecto estrella que daría unidad a todo el proyecto de Abandoibarra es el argentino César Pelli. Pelli es conocido por sus imponentes rascacielos, contando con el segundo más alto del mundo, las Torres Petronas, de 452 metros, en Kuala Lumpur (Malasia). Y no es el único nombre de arquitecto especializado en rascacielos que se ha barajado en el Nuevo Bilbao. También oíamos el de Tai Pei, el recordman de altura con su torre de Taiwan (508 metros); criterio incontestable, éste de “cuanto más alto, mejor el arquitecto”. En la capital inglesa, Pelli fue el responsable de levantar su rascacielos de mayor altura, One Canada, también conocida como Torre de Canary Wharf. Terminado en 1991, este rascacielos de 244 metros de altura es visible desde cualquier punto de la ciudad, incluso al popular y negro barrio de Brixton llega su haz de luz de torreta de vigilancia. En Bilbao, Pelli fue elegido para el diseño urbanístico del Nuevo Abandoibarra*, diseño que debía integrar los proyectos ya en marcha del Guggenheim y el Palacio Euskalduna. El master plan de Abandoibarra es el planning sobre el que se están urbanizando los solares de lo que fueron los antiguos astilleros y los almacenes de Renfe, junto a la ría. En su página web, Pelli señala como objetivo prioritario rellenar el hueco que, tras la desindustrialización, se abre entre el Ensanche y la ría; se trata, por tanto, de construir una prolongación del Ensanche, algo que nos vuelve a recordar el caso bilbaíno al de Barcelona, con la continuación del ensanche en la Barceloneta de Oriol Bohigas. El conjunto de edificios, paseos peatonales y zonas verdes que va ocupando este espacio se coordina a través de un edificio central, firmado por el propio Pelli: la Torre Iberdrola. Este rascacielos, de entre 150 y 165 metros, va a ser el edificio más alto de Bilbao, superando los 110 metros del edificio del BBVA, el más alto hasta ahora. Este rascacielos ha sido, más que el centro comercial, incluso más que los pisos de lujo, una de las fuentes de mayor polémica. Las desavenencias dentro del mismo consistorio bilbaíno y con la Diputación Foral obligaron a Pelli a corregir el proyecto original haciendo disminuir varios metros la altura del edificio. Sin embargo, el arquitecto argentino insistía en la necesidad “formal” de su gran tamaño, que coordinaría el nuevo Abandoibarra y serviría de eje unificador de la ciudad. Pero la polémica continuó, ya que, cuando salio a subasta la

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ocupación del edificio, destinado originalmente a un uso financiero, los responsables del proyecto se encontraron con que no tenían clientes; la inversión privada, reclamo fundamental del marketing urbano bilbaíno, o no se interesaba por ocupar un lugar en el emblemático edificio, o no era suficientemente grande para llenar todo el volumen que formalmente necesitaba Pelli para dotar a su master plan del remate arquitectónico adecuado. Esto llevó a plantearse una nueva reducción de tamaño pero, cuando peligraba la realización del edificio, uno de los socios de Bilbao Ría 2000, la Diputación Foral de Bizkaia, decide trasladar sus oficinas al nuevo rascacielos —actualmente la sede de la Diputación está ubicada en el Palacio Foral obra del arquitecto Luis Alardrén, edificio de comienzos de siglo y uno de los reclamos arquitectónicos de la Gran Vía de Don Diego López de Haro—. De cualquier modo, ni con el traslado de todas las oficinas de la provincia de esta administración había suficiente para dar uso a todo el rascacielos. Finalmente, Iberdrola, empresa energética que a principios de año tenía un futuro inminente arrollador, se hace cargo de la torre que llevará su nombre. De cualquier modo, dada la inestabilidad de este sector en los últimos tiempos, nada se puede asegurar al respecto del futuro de la emblemática torre. Hacia febrero de 2006, la propia Bilbao Ría 2000 hablaba de trasladar sus oficinas al edificio. Éste es, quizás, el episodio más significativo al respecto de la cuestión del marketing urbano en Bilbao. Más allá de la ausencia de control democrático del proceso, más allá de su espíritu abiertamente privatizador y neoliberal, la estrategia de construir una fachada y pensar que más tarde llegarán por sí mismos los inquilinos es lo que resulta más escandaloso del proceso. De este mismo automatismo se quejaba Marisol Esteban en su libro:

En el discurso sobre la regeneración urbana puede identificarse un cierto automatismo entre la nueva imagen de Bilbao y su capacidad de convertirse, efectivamente, en un entorno atractivo para la localización de los servicios avanzados; especialmente banca, alta tecnología y comercio especializado (Esteban 2000, pág. 258).

Las administraciones públicas ofrecen todo tipo de facilidades a las grandes

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multinacionales para que hagan uso de las instalaciones que se les diseñan y, en último extremo —algo que se viene repitiendo en el caso bilbaíno—, si el sector privado falla, las administraciones públicas estarán dispuestas a hacerse cargo de las pérdidas, los edificios construidos y lo que haga falta. La consabida lógica cotidiana del capitalismo tardío: subvencionar a los pirómanos del estado y darles las gracias una vez han arrasado con todos los fondos públicos. El proyecto de Pelli, con el gran rascacielos de cristal organizando el espacio, recoge un eco lejano de los dibujos del expresionista Paul Scheebart, que en la Primera Posguerra Mundial imaginaba ciudades de cristal, comunidades utópicas donde las oposiciones entre ciudad y campo, ricos y pobres —que llevaron a Europa a la guerra—, habrían desaparecido. Aquellas ciudades estaban coronadas por catedrales de cristal para una religión venidera, una “religión universal de la pura forma”. Si finalmente se llega a construir la Torre de Iberdrola (que estaría lista para 2010), desde su último piso se podría contemplar 15 kilómetros más allá, hasta el Abra, la costa cantábrica que tanto ha sufrido los enveses de la economía vasca con sus distintas “urbanizaciones” (superpuertos y minipuertos deportivos). Claro que no todos podrían disfrutar de tan apetecibles vistas, como entiende el propio arquitecto: “En ciudades con rascacielos de estas características se ha comprobado que, por medidas de seguridad, no es posible que tengan acceso los ciudadanos ajenos a la empresa propietaria” (Deia 05-02-2005). Ahora conocemos el contenido de la religión de la “pura forma” que creía vislumbrar Scheebart: la pura forma del dinero.

Los edificios de la zona que más rápidamente se han puesto en funcionamiento, algunos de ellos ya en el comienzo del Ensanche, han sido las viviendas de lujo, el centro comercial Bidarte y el hotel de la cadena Sheraton, diseñado por el arquitecto mexicano Ricardo Legorreta. En breve estarán listas también las llamadas Bilbo Ateak (‘puertas de Bilbao’), obra del japonés Arata Isozaki, rascacielos que llegó también envuelto en polémica, tanto por construirse sobre las ruinas de un edificio considerado patrimonio histórico, como por su altura, 23 plantas, en pleno centro de una ciudad con poca verticalidad hasta el momento. Las “viviendas de lujo” de Abandoibarra son obra,

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por su parte, del arquitecto vasco Luis Peña Ganchegui y el austriaco Robert Krier, y el centro comercial Zubiarte (‘en medio del puente’) del británico Robert Stern. A todo ello debemos sumar el puente Zubizuri (‘puente blanco’) de Calatrava, otra de las primeras obras acabadas de la zona; la pasarela Pedro Arrupe, que conecta la Universidad de Deusto con la nueva Biblioteca, al otro lado de la ría y cuyas obras están avanzadas; y por último un edificio colindante destinado a ser sede del rectorado de la UPV, para hacer visible esa capacidad de “generar recursos humanos”, tan básica, como vimos, para generar los dividendos estimados. En Abandoibarra, además del Euskalduna y el Guggenheim, contamos con esta colección de arquitectos de lujo y un paseo de esculturas firmadas por artistas de la talla de Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Vicente Larrea, William Tucker, Manolo Valdés, Ulrico Rückriem, Markus Lüpertz, José Zugasti o Ángel Garrazacon: concentración de artistas estelares que no es fruto, como sería lógico, de una economía a su vez estelar, sino como imán de inversores.

Si el Sheraton y las torres de Isozaki nacen de un impulso privado, Bilbao Ría 2000 se responsabiliza de la gestión de las viviendas de lujo y el centro comercial Bidarte, ambos finalizados en 2004. El Sheraton y el bloque de viviendas resultaron polémicos antes de construirse por su posición al respecto del pequeño parque de Doña Casilda, el único parque histórico de la ciudad, sin duda el de mayor significado sentimental. Entre el final del parque y la ría sólo mediaban los antiguos almacenes de Euskalduna, ningún gran edificio que cerrase el espacio. Una vez desmantelada la naviera, la posibilidad de prolongar el parque hasta la ría parecía evidente, haciendo ganar a la ciudad una necesaria zona verde que se extendería por el mismo corazón de Bilbao. Sin embargo, el modo de financiación del Nuevo Bilbao aconsejaba rentabilizar esta zona cediendo algún espacio a la industria más pujante del momento: la inmobiliaria. Entre el parque y la ría se han construido finalmente las famosas “viviendas de lujo” (la primera se entregó en 2004) y el hotel Sheraton, dos bloques que ahogan inevitablemente el parque, tal y como cualquiera puede comprobar, y por mucho que algún poder fáctico insista en desmentir. A cambio está en proyecto extender el parque más allá de estas viviendas y hasta la ría, con lo que los habitantes de lujo de

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estas casas van a contar con un panorama inmejorable en pleno centro de Bilbao, al alcance de muy pocos: parque a ambos lados y vistas en primera línea de ría, una ría saneada, no la histórica de los mubles, las ratas y las manchas de aceite. Habrá que preguntarse —siempre hay que sospechar—, qué régimen de accesibilidad tendrá el público no propietario a ese parque en las inmediaciones de unas viviendas de lujo… ya sabemos que los habitantes de lujo gustan de seguridad privada, vallas protectoras y gustan, sobre todo, de proteger su intimidad y sus vergüenzas… ¡en pleno centro de Bilbao! A su lado está Zubiarte, la galería comercial “de lujo” accesible desde el Puente de Deusto. Al respecto de este centro, se rumoreó que un comentarista de arquitectura de Bilbao lo calificaba de “zafio bazar”. Lo cierto es que, tanto el centro comercial como los bloques de viviendas, tienen un aspecto telúrico muy poco elegante, que en nada se asemeja a la ligereza del Guggenheim, de las pasarelas de Calatrava o Arrupe o al proyectado rascacielos de cristal de Pelli; ni siquiera con el más distante Palacio de Euskalduna, a pesar de todo su óxido. La preponderancia de la piedra de tono rojizoanaranjado resulta, evidentemente, muy poco adecuada para resaltar el elemento acuático, que sería el elemento paisajístico-comunicativo que se ha querido destacar en todo el proyecto; así, el Euskalduna como navío en ruinas, el Guggenheim físicamente abrazado al Puente de La Salve y a la ría, y las livianas pasarelas. Una vez más, más allá de los elementos previos desde los que merece una crítica feroz toda esta actuación, las mismas soluciones estéticas resultan contradictorias. Desde Ría 2000 se ha repetido que con esta actuación en Abandoibarra se venía a unir la parte “recuperada” para uso público de Bilbao al Ensanche; la culminación de esta reunión estaría en la nueva Plaza de Euskadi, junto al Puente de Deusto, que vertebraría todo el espacio, lo viejo y lo nuevo. Sin embargo, cabe preguntarse a vista de los hechos, si “para sacar adelante la regeneración urbanística de Abandoibarra no se ha potenciado un proceso de especulación inmobiliaria en el centro de la ciudad, que se transmite de manera inmediata al resto de la urbe y la metrópoli” (Esteban 2000, pág. 151).

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Aunque no tenemos ánimo de ser completamente exhaustivos —pues no queremos dejar exhausto al lector—, debemos dar una breve noticia de los proyectos restantes de Bilbao Ría 2000, concretamente, de las operaciones realizadas en Barakaldo. El edificio más emblemático de los construidos en Barakaldo ha sido el BEC, pero no fue responsabilidad de Ría 2000, sino de una nueva asociación fundada con el nombre del centro para su construcción y administración. Ésta es, de nuevo, una asociación inter-administrativa, pero formada mayoritariamente por administraciones vascas: Gobierno Vasco 47,7%, Diputación 47,7%, y pequeñas participaciones del Ayuntamiento de Barakaldo, Cámara de Comercio de Bilbao y Feria Internacional de Bilbao. Sin embargo, si repasamos cualquier número del boletín que publica periódicamente Bilbao Ría 2000, podemos ver que, entre las obras finalizadas, el mayor número se concentra en el municipio de Barakaldo, aunque seguramente no el mayor presupuesto. En el número 12 de la revista, se contabilizaban como finalizadas las obras de:

Polideportivo de Lasesarre; campo de fútbol de Lasesarre; parque de Lasesarre; Bulevar Murrieta; plaza Desierto; Ronda Norte de circunvalación, desvío y ampliación de la carretera BI 37-39; rehabilitación del cargadero de mineral; calles Arana, Aldapa, Portu, plaza Auzolan, Herriko plaza y Paseo de los Fueros; centro de Servicios Sociales; rehabilitación del edificio Ilger; central de recogida de RSU; parque ribera de Galindo (Ría 2000 12-2005).

La presencia del Ayuntamiento de Barakaldo en la asociación Bilbao Ría 2000 — recordemos que no hay más ayuntamiento en Ría 2000 que el de Bilbao y el de Barakaldo— tiene algo que ver con ser el municipio que albergaba más metros cuadrados de ruinas industriales, tanto del lado de la ría, con Altos Hornos como la más representativa, como en el interior, con la zona alrededor de San Vicente y hasta Sestao, llena de viejas industrias abandonadas, o semiabandonadas. La zona más transformada estaba destinada hasta el momento a actividades económicas poco compatibles con la habitabilidad del área. Por un lado, las industrias más antiguas se aposentaban en el margen de la ría, conectando con el afluente Galindo, uno de los ríos más castigados por

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la polución de toda el AMB. Aquí, Bilbao Ría 2000 se ha centrado en la urbanización a través de viviendas (éstas sí, de protección oficial), parques y la construcción del nuevo Lasesarre, el campo de fútbol del equipo local —destacado por su diseño, a cargo de Jorge Muntañola y Álvaro Pérez de Amézaga—, al que se le ha sumado un polideportivo municipal. Se ha aprovechado, además, para recuperar alguna joya histórica, como un cargadero de mineral del siglo XIX, algo que ocurría en 1997; mientras que en 1999 se declaraba monumento el horno nº 1 de AHV, en Sestao. Del otro lado, en el lado interior de Barakaldo, nos encontrábamos con una zona reservada hasta el momento a almacenes industriales y un cordón de fábricas que conecta con Sestao, con Babcock Wilcox como empresa destacada, y hasta Portugalete, toda la margen interior de Eskeraldea (margen izquierda), separando la zona minera con una red de autovías. Estos espacios se están reciclando alrededor de una iniciativa previa de tipo privada, una iniciativa que ha “dinamizado” la economía de la margen izquierda como pocas: Max Center, Pryca y el conglomerado llamado Megapark; una de las concentraciones de centros comerciales más densas de España. El asentamiento de los primeros centros comerciales (Baliak, Pryca y Max Center de Eroski) abren la veda para la reurbanización de una zona muy poco valorada hasta el momento por el sector inmueble. El gran complejo comercial se conecta, de esta forma, con el recinto ferial a través de nuevos paseos y parques, y nuevas viviendas, uniendo el barrio de San Vicente, hasta ahora bastante aislado, a Barakaldo. Lo más espectacular, más que el BEC incluso, son sin duda los cinco rascacielos construidos en semicírculo, llevando al extremo las proporciones gigantescas con que se ha construido en esta área. Lo cierto es que hace años IKEA parecía interesarse por la zona para construir un gran centro comercial, mucho mayor del que actualmente tiene pero, a la vez, se mostraron interesados en la construcción de una serie de rascacielos de viviendas. En aquel momento, la multinacional sueca entró en conflicto con los intereses de la Diputación, que planeaba solventar las deudas de impuestos de años y años de crisis industrial e irresoluciones que con ella tenía contraído el INI (responsable estatal de Altos Hornos), expropiando los ruinosos terrenos industriales que allí quedaban. Finalmente se construyó el BEC en aquel terreno sobre el que IKEA había

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lanzado la oferta pero, de hecho, IKEA ha abierto una sucursal en la zona, y las cinco mastodónticas máquinas de habitar —un habitar muy inhóspito, con unas vistas tremendas al monte y a la red de macrocomercios— hoy lucen al viento con una estética que se nos antoja genuinamente ikeaniana. La rumorología decía que una de las torres iba destinada a viviendas de protección oficial para realojar a los “gitanos de La Iberia (Sestao)”, algo que, afortunadamente, no se ha materializado. Lo interesante de los rumores, por falsos que acaben siendo, es que dicen más sobre el inconsciente popular que cualquier estudio sociológico: San Vicente en Barakaldo queda configurado según el sueño hitleriano, con su macrocentro de reuniones (BEC), su centro de ocio para la clase obrera y su campo de concentración/exterminio para el lúmpen racial. El plan Urban de cohesión europea toma su forma en Urban-Galindo.

Bilbao Ría 2000 fue organizadora a finales de 2005 del 41 congreso de la Internacional Society of City and Regional Planning, foro de una asociación internacional de urbanistas creada en 1965, que nada parece tener que ver con el regionalismo de Mumford en la época del new deal. Bilbao se complacía de contar con la notable presencia, entre los participantes de este foro, de Albert Speer, hijo del famoso arquitecto y urbanista de Hitler. Coincidencias. En el último número hasta la fecha de la revista que publica Bilbao Ría 2000, se recogen unas declaraciones muy significativas del presidente de esta asociación internacional al respecto del espíritu que alienta el marketing urbano de Bilbao.

Hace año y medio, el Instituto Americano de Arquitectos adoptó un lema. Es este pensamiento que enlaza, en última instancia, con el renacimiento de vuestra ciudad: Arquitectos: creando comunidades saludables, seguras y sostenibles para las generaciones futuras. Quizás Bilbao sea uno de los mejores, si no el mejor ejemplo, del propósito que nosotros hemos asumido (…) Éste es el objetivo definitivo de la renovación urbana, creando sitios para que las personas disfruten, elevando la calidad de vida y asegurando un entorno más segura y más saludable (Ría 2000 122005).

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Al respecto de la sostenibilidad, parece irónico que una ciudad como Bilbao, cuyo tráfico rodado la circunda y atraviesa diariamente, embadurnándola con sus combustibles, pueda ser calificada como sostenible ecológicamente. A nivel social, a juzgar por los grados de marginalidad y exclusión de sus barrios, tampoco parece muy adecuado el adjetivo “sostenible”. El término de “ciudad segura”, sin embargo, puede ser mucho más interesante, por la importancia que tiene en el discurso del nuevo urbanismo norteamericano. Que una ciudad deba ser ante todo segura, significa que tiene una amenaza constante que se debe rechazar. A pesar de que Bilbao ha convivido con la lucha armada y la acción política directa de todo tipo desde hace décadas, hasta ahora, cuando se pensaba en trasformaciones urbanas, no parecía ser interés prioritario el tema de la seguridad, muy al contrario que en EEUU. Bilbao, en su lucha por embarcarse en el capitalismo más pujante –el único accesible, por otro lado–, se trae de paso de América una lógica política y una ética personal basadas en la evitación del conflicto, el miedo y, consiguientemente, una dominación silenciada. El sociólogo norteamericano Mike Davis estudió a fondo el caso de Los Ángeles en su ya clásico City of Quartz. En el mundo del capitalismo más salvaje, desde EEUU hasta Sudáfrica pasando por México, donde unos pocos privilegiados han de convivir con una gran parte de la población por debajo del umbral de la pobreza, ha nacido en los últimos veinte años un tipo de urbanismo privado que colma las expectativas de la población adinerada. Se trata de urbanizaciones seguras que deben generar comunidades bien cohesionadas. Protegidas del exterior por barreras electrificadas y del interior por un sistema de video-vigilancia, estas comunidades del miedo, aunque prácticamente desconocidas en nuestro país, constituyen el paradigma de la ocupación del espacio en el capitalismo tardío. El objeto de miedo por excelencia, ratificado por los poderes públicos, es “el merodeador” no identificado, aquel sujeto que “no pertenece al sitio donde aparece”, el agente pasivo del miedo-ambiente contemporáneo”. A esto se une la obsesión por la higiene y la transparencia de los espacios, lo cual delata una falta de hábito en el necesario trato con el otro, con el diferente; inexperiencia que parece haber degenerado en paranoia colectiva.

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Marisol Esteban terminaba su análisis del año 1999 al respecto del “proceso bilbaíno” reseñando un análisis del vicepresidente de la sociedad para la revitalización de Emschen, en la zona del Rhur alemán, donde se vivió, en los años setenta, un proceso semejante al del Bilbao actual. Este directivo señalaba que “no aceptamos proyectos para los que no existan compromisos de inversión” (El Correo 21-10-1993). Esteban remarca una serie de signos inquietantes al respecto de la marcha del proceso de revitalización, entre los que destaca que “el motor del proceso siguen siendo las administraciones públicas, a pesar de las recurrentes invitaciones al sector privado de hacerse protagonista de dicho proceso”; los “pocos hoteles, aparte del Sheraton”, que se han abierto, necesarios sobre todo para generar una demanda que hoy día no es suficiente para hacer funcionar la maquinaria del marketing urbano; el gran turismo actual nace de campañas promovidas por las grandes multinacionales del sector y no por una supuesta decisión espontánea de los clientes, lo cual es una contradicción en los términos.A estos dos puntos se suman las críticas de los arquitectos locales con las distintas actuaciones; se contratan grandes obras “con firmas internacionales, mientras los muelles de Bilbao se agrietan y se hunden”. En general, en todo el proceso urbano se tiende a un gusto por el “maquetismo” que lleva a los políticos a filtrar y a publicitar los proyectos antes de que existan decisiones estables, con lo que uno puede pensar que el entusiasmo infantil es parte del criterio decidor, como lo fue, por ejemplo la decisión de dónde construir el Guggenheim. El tipo de marketing en el que se ha embarcado Bilbao es más propio del mundo del rock que de un estudio económico serio. Parece similar a las estrategias de promoción de estrellas como David Bowie, cuyo manager a mediados de los setenta, Tony De Fries, manejaba la hipótesis de que, si quieres convertirte en una estrella del rock, debes comportarte, vestirte, viajar y vivir como una estrella, de tal forma que se gastó una fortuna que nunca consiguió amortizar. Más allá de todo esto, junto a Marisol Esteban, nos preguntamos sobre las consecuencias en el mercado del suelo de la “filosofía del Patrimonio a cambio de Patrimonio” que ha guiado a Bilbao Ría 2000.

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No parece razonable que sean las propias instituciones, aunque Bilbao Ría-2000 opine que no hace política de vivienda, las que están incentivando con sus estrategias la subida de los precios en este mercado, para así poder financiar los proyectos diseñados (Esteban, 2000 pág. 259).

¿Es el objetivo final en realidad generar actividad en el sector inmobiliario? ¿Es esta la “sinergia” económica de la que tanto se habla? Las consecuencias del dinamismo en este sector las llevamos sufriendo todos en España desde hace unos años, y sabemos que este tipo de actuaciones de autofinanciación sin impuestos, a través de privatización de patrimonio, son usos habituales en Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia y, sobre todo, en todas las zonas más turísticas de España. Quizás, finalmente, el referente de Bilbao no sea el Londres de los Docklands, ni Frankfurt, ni Manchester, ni el Rhur, ni ninguna otra antigua ciudad industrial sino, simplemente, Benidorm, Mallorca o Tenerife.

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3. Del ciudadano de a pie al consumidor motorizado

La comunicación es a la vez la característica y el reto principal de las ciudades metropolitanas. La competitividad en la globalización exige maximizar tanto la comunicación con el exterior (puertos, aeropuertos, telecomunicaciones, nuevas infraestructuras, ferrocarril…) como la comunicación interna, en la medida en que la ciudad metropolitana es un sistema de centros urbanos.

Marisol Esteban: Luces y sombras del titanio

Una de las cosas que más han llamado la atención en Bilbao en los últimos diez años es su apuesta decidida por los transportes públicos: ferrocarril, metro, tranvía, puentes y, más allá, puertos, aeropuertos, el Tren de Alta Velocidad (TAV). Desde el punto de vista del urbanismo —de lo que podríamos llamar urbanismo estático— nos encontrábamos con una apología mediática de la ciudad que coincidía con un proceso de suburbanización de facto y, sobre todo, de iure: como modelo de vida que representa el triunfo económico y social. En el ámbito del transporte —lo que podríamos llamar urbanismo dinámico—, a la vez que se promociona la imagen de los nuevos transportes públicos —casi como iconos más que como herramientas—, aumenta el número de vehículos privados, se construyen zonas de ocio y consumo sólo accesibles en coche, se abren nuevas carreteras sobre las vías cubiertas, y se “dinamiza” el mercado laboral obligando al trabajador a desplazarse en su propio automóvil para optar al puesto. La vida cotidiana del bilbaíno sigue teniendo mucho que ver con la contaminación, los atascos y los accidentes de tráfico. Según noticia del Observatorio Vasco de la Juventud a principios de 2006, los accidentes de tráfico son la principal causa de fallecimiento entre los jóvenes vascos; con respecto a los cuatro años anteriores, ha descendido la

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mortandad por sida y sobredosis, se mantienen los suicidios, pero aumentan los accidentes de tráfico. Sin embargo, más allá del marketing —el metro de Bilbao antes que nada fue una “marca registrada”—, existe una importante inversión en este tipo de infraestructuras, aunque más centrada en mercancías que en los pasajeros, si es que a estas alturas hay alguna diferencia.

La larga lista de iniciativas para abrir nuevas vías de comunicación exteriores e interiores comenzó con el proyecto más costoso, el que más tiempo está llevando poner en marcha: la llamada “Y” Vasca, que conectaría por TAV las tres capitales vascas. Desde luego, algún tipo de conexión ferroviaria sería necesaria, ya que Renfe no ofrece conexión directa entre Bilbao y las otras dos capitales vascas, y las propias oficinas de turismo de San Sebastián y Bilbao desaconsejan el uso de los servicios que presta Eusko Trenbideak entre Bilbao y Donosti —en su página web ni informan del horario; la duración del viaje no está muy lejos de las cuatro horas que tardaba ya a finales del XIX—. Los proyectos de conexión rápida por ferrocarril entre las cuatro capitales vascas (incluida Pamplona) se remontan a 1850, con diversos trazados como el ferrocarril a Tudela o el Bilbao-San Sebastián, inaugurado en 1882; pero varios factores llevaron a que, finalmente, las líneas más desarrolladas fueran, tras la Guerra Civil, las que conectan Bilbao con Castilla, máxime con la construcción de la autopista BilbaoSan Sebastián. El consejero de transportes y obras públicas, Álvaro Amann, en entrevista para Confebask (central patronal vasca) en 2004, daba cuenta de la estrategia de su cartera al respecto de la inversión en infraestructuras de comunicación. El reto histórico al que se enfrentaría la CAV, y con ella Bilbao, es la “deslocalización”; en palabras del consejero: “nos pueden deslocalizar empresas, pero nunca el territorio, y la base operativa logística es la llave”. No se puede frenar la tendencia inherente al neoliberalismo de deslocalización industrial, con sus rápidos desplazamientos y cambios de plantillas; lo único que queda es hacer competitivo el marco territorial vasco para que las multinacionales asienten sus evanescentes negocios por algún tiempo. La tendencia europea es llevarse la producción hacia el Este, y es aquí donde una red de

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transportes fiable, sobre todo de mercancías, puede jugar una baza “a favor de Euskadi”. En todo ello el proyecto emblemático es la “Y”, que ha de conectar las capitales vascas con París por el norte y con Madrid por el sur a “gran velocidad”; Bilbao estaría en una punta de la “Y” pero, en verdad, sería su centro mismo, con la superestación “intermodal”. De la intermodal fue casi de lo primero que se habló para el Nuevo Bilbao, es también el proyecto más ambicioso, el más costoso (12 millones de euros gastados de un presupuesto de 240 millones) y, hoy por hoy, el más polémico. Sin embargo, parece que su puesta en marcha es segura, así como la decisión de construir la estación intermodal en los terrenos de la estación de Abando-Renfe mediante el soterrado de la misma y la urbanización de su superficie. El transporte ferroviario de mercancías es el eje principal de la revolución infraestructural en marcha, en la cual tiene un lugar destacado la conexión ferroviaria del puerto de Bilbao, hasta el momento inexistente. El Superpuerto vino a sustituir al anterior puerto de Bilbao, creado en la histórica industrialización de la zona, y fue proyectado durante una década —los ochenta— que coincidía con la mayor crisis económica de la zona y con un boom sin precedentes del transporte por carretera y la potenciación pública de sus infraestructuras en detrimento del ferrocarril. La extensión de nuevas y más modernas carreteras por España no ha frenado, igual que no han dejado de desmantelarse las viejas vías ferroviarias de comunicación interprovinciales —donde el marketing de las “vías verdes” ha tenido un papel esencial para tranquilizar una conciencia ecológica vinculada al consumo responsable y sostenible—. Pero las posibilidades abiertas por el TAV y, sobre todo, la necesidad de competir y converger con otros países europeos que cuentan con este tipo de comunicación, han llevado a que en los últimos años el AVE sea una de las apuestas e iconos de modernidad de los distintos gobiernos españoles. Muy lejos quedan los tiempos de Abel Ramón Caballero, ministro de transportes del PSOE entre el 85 y el 88, que consideraba “una agresión medioambiental inaceptable este tipo de transporte” (Ecologistas en Acción 2006). Frente a las resistencias de la asamblea anti-TAV, el gobierno justifica la “Y” vasca como un medio ecológico para evitar la saturación del transporte de mercancías por carretera que sufre la CAV, dada la ausencia de comunicación ferroviaria. Sin embargo,

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el Tren de Alta Velocidad está principalmente diseñado para transporte de viajeros y no se adapta para muchas de las mercancías que llegan al Puerto Autónomo de Bilbao, a lo cual debemos sumar que el 97% de los desplazamientos en Euskadi son intracomarcales, y el TAV se limitaría a conectar las tres capitales vascas sin paradas intermedias, con el efecto previsible de una mayor acumulación de las empresas en estos puntos para detrimento de la provincia (Diagonal nº 30). Pero, como decíamos, esta apuesta por el tren y el barco no frena el crecimiento de la hipertrofiada red de carreteras vasca —y la aún más hipertrofiada concentración de utilitarios privados—, y así lo muestra el Plan General de Carreteras para Donostia y Bilbao, con su eterna promesa de eliminación de accesos y pasos a nivel (a nivel de vivienda) que dificultan la vida de los vecinos. Sin embargo, el Gobierno Vasco quiere dejar claro que ésta no es su apuesta, que “ya no es la solución tener más carreteras, sino más puertos y, sobre todo más ferrocarriles”. Pero no se trata de cualquier tipo de ferrocarril.

Todos los planes de “mejora” del sistema conllevan un precio ecológico y social considerable, corresponden al modelo de “desarrollo” neoliberal harto conocido, irrespetuoso con el medio ambiente natural y con el hábitat humano. El TAV tal vez sea el exponente más claro, con la agresión al medio natural, lo inaccesible para la mayoría de la población —pues no deja de ser un tren de lujo— y su discriminación de todo lo que no sean grandes capitales (en ambos sentidos). Las movilizaciones anti-TAV, según señalan los propios grupos implicados, están dejando mucho que desear; la sociedad civil vasca no es la que era en la época de Lemoiz, cuando se contaba con un presente industrial sólido y se podían despreciar unos pocos puestos de trabajo. El argumento que frena hoy la conciencia social ante el auge neoliberal en Euskadi es la eterna promesa de estabilidad y puestos de trabajo —25.000 según el consejero—, y es que, una vez más, igual que ocurría con la cultura, las nuevas claves de la economía política hacen del vino, sangre, y del gasto, inversión, también en el caso del transporte:
Hasta este momento el transporte crece por encima de la economía. Esto no es bueno y nos traslada a un escenario de insostenibilidad (…) Gestionar el transporte. Ésta es la única solución.

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Pero esto también es, al mismo tiempo, la gran oportunidad del desarrollo del sector del transporte y la logística, abriendo un nuevo campo de la economía. Aprendamos a gestionar el transporte y conseguiremos una sostenibilidad de nuestra economía y una oportunidad de negocio empresarial de alcance elevado como lo es en estos momentos del 12% del PIB (Amann 2004).

Claro que, en esos 25.000 puestos de trabajo y en el negocio que se pueda hacer con la nueva red de transportes, debemos contar con los miles de precarios, los servicios subcontratados a través de ETTs, los teleoperadores, la larga red de vigilantes de seguridad, etc.; todo lo que rentabiliza hoy por hoy las economías del Primer Mundo. Pero empecemos por el principio, y en el comienzo era el metro; antes de Gehry ya estaba Foster.

3.1. Bajo tierra
Según una noticia publicada por El Correo el 14 de diciembre de 1993, el Guggenheim y el metro estaban considerados como los “mejores ganchos publicitarios de España”, algo que entronca directamente con la nueva política de marketing urbano de la villa. Sin embargo, si hacemos caso a la genealogía de la S.A. de Metro Bilbao (empresa creada para la gestión del metro), el metro tendría un sentido y orígenes bien distintos. Podemos remontarnos hasta 1971 como primer indicio de la construcción de un ferrocarril metropolitano en Bilbao, “cuando el Ayuntamiento de Bilbao y la Cámara de Comercio constituyen la comisión de comunicaciones de Vizcaya para analizar el problema del transporte en el Gran Bilbao”. Para entonces, el AMB era ya una abigarrada conurbación de cerca de un millón de habitantes, y la red de transportes — especialmente la que comunicaba la margen izquierda del Nervión (la zona de mayor densidad de poblacion) con la capital— parecía insuficiente. El primer ferrocarril construido en el Área Metropolitana era el de la margen derecha, y se remontaba a principios de siglo. A diferencia de lo que ocurría en

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Inglaterra, espejo industrial en el que la clase empresarial bilbaína se miraba —y a cuya burguesía y sus costumbres trataba de imitar de forma enfermiza—, en Bilbao el tren de pasajeros no aparece como medio de transporte para los obreros. Hasta mediados de siglo, las viviendas obreras se localizan en las inmediaciones de las fábricas, de tal modo que la vida cotidiana de éstos se confundía con los efluvios y explosiones de las metalúrgicas, algo que se mantuvo intacto hasta los años ochenta en localidades como Sestao. El tren de la margen derecha se construyó para los patronos. Era el tiempo en que la burguesía industrial y financiera bilbaína, ante el “deterioro de las condiciones de vida” en la urbe, decide reservar sus residencias en el Ensanche para oficinas, y trasladar su vivienda a los tradicionales puntos de veraneo en la margen derecha. En este tiempo se crea Neguri, pensado ya no para la temporada estival, sino como residencia permanente, de invierno (Neguri viene de negu: ‘invierno’), para la burguesía bilbaína. Para evitar intromisiones de grupos no deseados, se impusieron una serie de normas de edificación para la zona relativas al tamaño de las viviendas o la obligatoriedad de incorporar piscina y jardín. El tren de la margen derecha debía llevar diariamente a los patronos de la industria bilbaína, desde sus residencias en Neguri hasta sus centros de trabajo en el Ensanche. Esta línea de la margen derecha estaba gestionada en su tiempo por la empresa ferroviaria pública local Eusko Trenbideak (Ferrocarriles Vascos); su trazo, que unía Plentzia con el Casco Viejo (con parada en la Universidad de Deusto), coincide, salvo pequeñas modificaciones, con el primer tramo de metro inaugurado por el lehendakari Ardanza en 1995. Del tren de lujo de principios de siglo al metro de lujo a finales del mismo. Por su parte, en la margen izquierda fue también necesaria finalmente una conexión entre Santurce y Bilbao para el transporte de trabajadores, con el creciente aumento de población de la zona, y la complejificación de la vida económica y de su red de empresas. La primera línea llegaría sólo hasta Portugalete, terminando en la hoy jubilada estación de la Canilla; este trazado es el que serviría más tarde para el cercanías Renfe, ampliado hasta Santurce, antigua aldea de pescadores que fue creciendo exponencialmente a la par de la industrialización.

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A pesar de las crecientes necesidades de una red de transporte más amplia, durante los años setenta queda pendiente el estudio de un posible metro, y se apuesta por el transporte público por carretera, reforzado con los servicios de transporte privado que las empresas se veían obligadas a prestar a sus trabajadores. A decir verdad, el transporte público hacia el año ochenta en Bilbao era envidiable en frecuencia y condiciones si lo comparamos con muchos otros puntos de España en aquel momento, incluso con las grandes capitales. Cada una de las márgenes estaba conectada con Bilbao por sus respectivas líneas de cercanías y, si existía una desconexión esencial, ésta era entre ambas orillas de la ría: con el Puente Colgante y un pequeño trasbordador, unos pocos metros entre Portugalete y Las Arenas se convertían en una distancia considerable, sobre todo a nivel social —en este sentido las cosas no han cambiado demasiado, el puente sigue siendo de pago—. Más allá de este “principio fundamental de segregación urbana” en el AMB, el mayor problema aparecía en la desconexión de muchos barrios, tanto de Bilbao como de la margen izquierda. En la margen obrera, las poblaciones de la zona más alejada de la orilla del Nervión quedaban aisladas, sumándose a la distancia que les separaba de las estaciones de tren, el terreno accidentado que obligaba a convertir en verdaderos atletas a los pobladores de estos barrios (Mamariga y Cabiezes en Santurtzi, La Florida y Repélega en Portugalete, toda la zona alta de Sestao, San Vicente en Baracaldo). En la villa, los últimos barrios construidos durante el desarrollismo sufrían una suerte igual o peor (Rekalde, la Peña y, sobre todo, Santutxu, Otxarkoaga, Txurdinaga y otras, que hoy no están mejor en este sentido, como Zurbaran). De este modo, dada la densidad y la cantidad de población, las zonas más discriminadas por los trazados del transporte ferroviario se encontraban a lo largo de toda la margen izquierda de la ría hasta adentrarnos en el mismo Bilbao. Claro que esto no era fruto sino de un urbanismo caótico rayando lo imposible, que decidía el terreno sobre el que asentar la siguiente barriada obrera por puros motivos especulativos, comprando el terreno más barato, construyendo allí donde la lógica humana y el instinto animal dicen que no se puede vivir; detrás de todo desarrollismo hay una fe en el progreso tecnológico que sabe que tarde o temprano las barreras

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naturales serán superadas con otro ingenio tecnológico… Y aquí es donde llega la máquina tele-transportadora, el metro. A pesar de aquellos largos antecedentes, no se puede negar que el metro y, en concreto, un metro de diseño, como el que se trajo a Bilbao, fue el primer elemento del marketing urbano que pretendía cambiar la imagen internacional de la ciudad. Más allá de que finalmente esté sirviendo para conectar barrios “dejados de la mano de Dios”, el metro aparece en Bilbao junto a una parafernalia propagandística fuera de lo común para un transporte público. Esto nos recuerda un ejemplo muy ilustrativo relativo a los ferrocarriles en Gran Bretaña. Durante el gobierno neoliberal de los ochenta, el Reino Unido privatizó su red de ferrocarriles. De aquella privatización se derivaron dos consecuencias visibles: por un lado, un incremento alarmante en los accidentes con decenas de muertos en los años posteriores; por otro, una inversión espectacular en marketing para promocionar la imagen renovada y dinámica de aquellos ferrocarriles, liberados del gris encorsetamiento de lo público. Aquí todavía no hemos llegado a la privatización de los ferrocarriles, pero la privatización de su gestión es ya un elemento en esta dirección y, como vimos, la gestión privada es la clave de la rentabilidad del transporte público, según el propio Gobierno Vasco. En 1987 el Gobierno Vasco apoyaba la financiación y construcción del metro, que empezaría al año siguiente. En 1993 se crea la S.A. de Metro Bilbao, empresa creada para gestionar este bien público —toda la infraestructura es propiedad del Gobierno Vasco— de manera privada y según criterios de “excelencia”. El 11 de noviembre de 1995 se inaugura el primer tramo de la línea 1, el que sale desde Plentzia y llega hasta el Casco Viejo. En aquel momento, uno podía pensar que todo el aparato publicitario y el bombo que se daba al metro venían a justificar una obra que, además de muy cara, no aportaba gran cosa al trazado de ferrocarril ya existente hasta el momento. De hecho, la única diferencia entre el tren de la margen derecha y el nuevo metro eran unas pocas estaciones entre Deusto y el Casco Viejo (San Mamés, Indautxu, Zabalburu y Abando). El resto del trazado era similar, con el tren viajando por la superficie — como un tren, no como un metro— y con algunas estaciones “enterradas” (Areeta o Algorta), para que, efectivamente, pareciese que uno se “metía en el metro” o en el tren

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de la bruja; desde luego, algo había que hacer para convencer a los bilbaínos de que aquello era un metro y no simplemente el tren de toda la vida al que habían cambiado los vagones y colocado un par de “fosteritos".

Antes de Gehry fue Foster, Norman Foster. La britanofilia bilbaína, que en casos concretos ha degenerado, sin exageración, en enfermedad mental, se reinauguraba en la sociedad bilbaína. Años después tendríamos a James Bond actuando para su enésima película en las inmediaciones del Guggenheim, y todo podría parecer fruto de una casualidad de no existir realmente en Bilbao lugares tan anacrónicos como La Bilbaína, club privado al viejo estilo de los gentlemen británicos donde “se cuecen muchas cosas de las que se decide en empresas y administraciones públicas”, según declaran sus propios responsables. El arquitecto de Manchester comenzaba, a finales de los sesenta, dentro del movimiento que se dio en llamar hi-tech. Entre sus obras más conocidas y destacadas está el edificio central del Hong Kong and Shanghai Banking Corporation, en Hong Kong, terminado en 1986. Este edificio parece recoger la herencia futurista de la ciudad maquínica de San´t Elia, exponiendo en la superficie todo el entramado tecnológico con orgullo; de hecho, se trata de un edificio dotado de un complejo sistema mecánico e informático, que regula la cantidad de luz que entra en el interior a través de espejos. Pero lo más impresionante es su interior, semejante a un gran portaviones, no apto para personas que sufran de vértigo: los pisos literalmente cuelgan de las paredes dejando un enorme espacio vacío en el centro. Es la estética de la tecnología punta que no busca ornamentos ni disimulos. La Torre Eiffel asomaba al nuevo siglo superando la barrera entre ingeniería y arquitectura, pero aún cargada con el impulso humanista que llevó a la revolución científica del Renacimiento; en el final del siglo XX y de los sueños de la razón, arquitectos como Foster, Richard Rogers o Peichl explotan todas las posibilidades de la tecnología aplicada a la arquitectura, pero ya no hay nada de aquel simbolismo ilustrado: es la tecnología secularizada en manos de las grandes multinacionales que pagan el encargo. El lugar en el que quedan los empleados en estas “máquinas de trabajar”, como la de Hong Kong de Foster, es la penumbra; no son más que

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insignificantes masas de carne al lado del mamotreto de metal en el que se encajan. El metro de Bilbao se diseña en este mismo estilo high tech pero sin el brutalismo que se podía encontrar en Hong Kong. El diseño de una serie de estaciones de metro podría resultar poco visible en la superficie urbana; sin embargo, en el caso de Bilbao se quería que las nuevas paradas tuvieran un efecto para el exterior de la ciudad, ya que era el primer paso hacia el Nuevo Bilbao, y el viandante lo tenía que notar. La solución fueron los famosos fosteritos, cubiertas para las estaciones de metro que emergía desde el subsuelo como embudos que pretenden llevarse de paseo en metro a toda la ciudad; éste es uno de los elementos más innovadores y de mayor orgullo para Metro Bilbao. El mayor espectáculo lo encontramos, sin embargo, en el interior de las estaciones. Como en sus anteriores arquitecturas, Foster aprovecha visualmente los grandes espacios horadados en pos de un monumentalismo tan espectacular como, a veces, agobiante. En la estación de Sarriko podemos contemplar la enorme altura y todo el volumen vaciado si montamos en su ascensor o desde las mismas escaleras mecánicas, en un travelling ascendente que nos coloca en una dimensión intermedia entre “La estrella de la muerte” de la Guerra de las galaxias y el estadio de Nüremberg de El Triunfo de la Voluntad. Recuerdo concretamente el primer corte de luz que pude vivir en el metro de Bilbao. Las escenas de la multitud ascendiendo serenamente desde la profundidad de la parada del Casco Viejo eran propias de un grabado de Piranesi. No se trata tanto de la efectiva profundidad —que en algunas líneas del metro de Madrid, que nada tiene de diseño, es mayor— como de la acentuación, a través de la gran altura de todos los techos, del volumen espacial. Foster, en contra de la tendencia general de la arquitectura a “hacer como si nada pasase”, como si realmente no estuviésemos a 100 metros sobre el suelo en un rascacielos o a 30 metros de profundidad bajo el suelo en el metro, nos insta a que tomemos el toro por los cuernos y asumamos cotidianamente la grandeza de la construcción, pero también la brutalidad de nuestra tecnología en relación a nuestros miserables cuerpos. Supongo que si Foster diseñase coches eliminaría la carrocería para que sintiésemos el vértigo de los 100 km/h en nuestra humana dimensión, tal y como gustaba Marinetti. Igual que ocurría con Gehry, en el caso de Foster nos encontramos con un arquitecto radical, que no quiere esconder las contradicciones de la vida moderna

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pero, como ocurría con el californiano, el proyecto de marketing urbano en que está embarcado Bilbao engulle y convierte en marca todo lo que contrata, y cuando más espectacular y llamativo, mejor.

No se puede negar la habilidad, inconsciente o no, de los administradores locales. El metro de Bilbao es un metro-icono, es el “Meta-metro”. Lo era ya cuando sólo se había inaugurado la primera línea, el antiguo tren de la margen derecha disfrazado que no deja de ser hoy. Por otra parte, que un medio de transporte tan tortuoso para el usuario se convierta, precisamente, en un signo de prestigio y lujo no puede dejar de resultarnos paradójico. El metro como medio de transporte fue históricamente, y hoy recoge esta herencia, una claudicación del peatón ante las exigencias de la vida moderna. El coche irá por la superficie; el peatón, con las ratas, bajo tierra; el consumidor bajo la luz del sol; el ciudadano de a pie, a la sombra de las miles de cámaras “que velan por su seguridad”. Y en cuestiones de seguridad va sobrado nuestro metro, con su interminable lista de prohibiciones; al menos parece que finamente Metro Bilbao S.A. ha claudicado ante el intento de preservar la exclusividad de su imagen frente a los fotógrafos anónimos. Últimamente, las páginas de la revista que publica la empresa Metro Bilbao se quejan del creciente vandalismo registrado en sus instalaciones, cosa que no deja de ser sorprendente si tenemos en cuenta el celo y la agresividad de sus empleados y la política de no permitir la más mínima puesta en duda de su autoridad represora y sus prerrogativas como policía de este espacio vigilado. Ya en el Renacimiento, Leonardo pensaba una ciudad utópica en la que los humanistas y los practicantes de las artes liberales caminarían por la superficie, sobre pasos elevados, en contacto con el sol vivificante, mientras que los mecánicos, la plebe dedicada a artes innobles, habría de desplazarse por subterráneos, evitando el encuentro entre los hombres vulgares y la aristocracia del espíritu. Fritz Lang repetiría el esquema en Metrópolis, aunque ambos modelos están, posiblemente, inspirados en la distribución de las artes en los barcos. Bilbao, sin embargo, parece tener otra cultura cinematográfica, gusta más de adentrarse en el interior de la tierra, cual molochs… O eso piensan nuestros dirigentes, quienes no cogen el metro más que en las

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inauguraciones. El tedio que produce el hábito del metro es digno de un estudio antropológico: basta con ocultar una cámara en un vagón para ver la felicidad que transmite a sus viajeros el metro más “elegante” de Europa. Pero como vimos, de lo que se trataba con el metro era de convertir a Bilbao en metró-poli; tendremos que decidir cuáles van a ser nuestras colonias. El metro es el primero de aquellos “iconos” de modernidad que el marketing urbano ha querido extender sobre la imagen de Bilbao. En la competición mundial entre ciudades, Bilbao no puede competir contra iconos de lo urbano como Nueva York, Buenos Aires, París o Londres. Sin embargo, en una segunda división, se vuelve competitiva y rentable mediante otras estrategias. Al contrario que las grandes ciudades de la Modernidad, Bilbao no puede realizar la operación postmoderna de auto-iconización de, por ejemplo, Nueva York, a través de su cine. En la Postmodernidad no sólo las ciudades históricas convertidas en turísticas se preocupan por lucir su “identidad” en cada rincón; la idiosincrasia de Bilbao no existe en el imaginario global, como sí existe la de Londres, París, Roma, Venecia o San Francisco. Para competir en la carrera del marketing urbano, Bilbao abandona el cultivo de su propia intimidad para significar, con sus nuevas arquitecturas, con sus nuevos medios de transporte, con su nuevo Casco Viejo, la “idea” de ciudad moderna: la imagen mítica de la Modernidad urbana. Paradójico.

La “Y” del metro de Bilbao, con el centro de la “Y” en San Inazio, a partir de donde se bifurca hacia ambas márgenes de la ría por un lado y ascendiendo hasta Etxebarri por el otro, ha sido la justificación “social” de este transporte, conectando zonas hasta ahora relativamente aisladas, tanto los barrios más altos en Bilbao como los más alejados de la ría en la margen izquierda. El tortuoso urbanismo bilbaíno, sobre todo a nivel de alturas, hizo que se instalasen ya a principios de siglo ascensores para conectar la parte baja del Casco Viejo con la nueva en expansión en Begoña, ascensores (aún existentes) que, al igual que el Puente Colgante de Portugalete, unían dos espacios y dos clases sociales previo pago del importe del billete. Como veíamos, Begoña se convirtió históricamente en refugio para una clase “media” letrada con conciencia diferencial al respecto de la inmigración obrera; el pago del peaje de su ascensor

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marcaba la distancia. Pero las necesidades del desarrollismo borraron esta diferenciación y, alrededor de Begoña, se extendieron bloques obreros rodeando todo el Casco Viejo, circundando completamente la colina que lo recorre. Y la extensión siguió más allá hasta Otxarkoaga, rincón marginal por excelencia de Bilbao, donde hoy por hoy sigue sin atreverse a ascender el metro. El centro de metadona y los corros de gitanos saludan la entrada a este barrio saneado con un parque y un diseño corbuseriano de ciudad residencial —o campo de exterminio— del extrarradio parisino, todo él bordeado de autopistas que lo aíslan del tejido urbano. Para otras zonas periféricas el metro sí ha supuesto uno de los pocos parabienes que han sacado del Nuevo Bilbao. Los barrios más populosos de Bilbao —Santutxu, San Inazio (no así Rekalde) y las zonas interiores de Barakaldo y Sestao— están ahora conectadas con el centro como nunca, lo cual no sólo redunda en beneficio de sus habitantes, sino también de la especulación inmobiliaria, siempre en contacto con los planes de los políticos. El caso de San Vicente en Barakaldo es notable. Pero no lo es menos el de Cabiezes, en Santurtzi, donde está prevista la llegada del metro para 2010, el glorioso año para Bilbao Metrópoli 30. El AMB, saturada de espacios edificados y de viviendas vacías, no desaprovecha la oportunidad para construir allí donde va a haber una nueva parada de metro.

La otra reforma ferroviaria que ha ayudado a reconectar barrios ha sido la del recorrido de cercanías Renfe de la margen izquierda. El primer trazado de un tren “obrero” para desplazar trabajadores de sus puestos de trabajo a la fábrica a lo largo de la margen izquierda (1888) conectaba Bilbao con la estación de La Canilla, en Portugalete; posteriormente se extendería hasta Santurtzi, conectando el antiguo municipio pesquero con El Arenal bilbaíno (La estación de La Naja, hoy abandonada). Para la intervención sobre Abandoibarra, el trazado de aquel tren fue desplazado junto al de mercancías que hacía el camino de Santurce a Bilbao inaugurado in hilo tempore por las titánicas sardineras. Las estaciones de Deusto (universidad) y La Naja desaparecían; a cambio, el tren inauguraba otras nuevas en San Mamés, Autonomía, Ametzola y Zabalburu, para ir a desembocar en la estación de Abando, histórico punto de llegada de los ferrocarriles interprovinciales y primera estación de ferrocarril

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construida en Bilbao –paradójicamente, fuera del término municipal de la villa pues, por aquel entonces, Abando aún era una anteiglesia independiente; fue anexionado en 1890– . Esto permitía centralizar la mayor parte de los servicios ferroviarios en Abando, tanto los de cercanías (margen izquierda, zona minera y encartaciones) como los que conectaban con el resto de España. La centralización de las líneas de cercanías y provinciales en Abando se vio acompañada de una sencilla pero eficaz reforma arquitectónica en la estación, tal vez el precedente por excelencia de todo lo que vendría después a nivel estético y político en Bilbao. En este caso, se cambió el austero acceso lateral a las vías para abrir el espacio en una perspectiva majestuosa; la acumulación de multitudes se hace visible para el usuario (y el turista), así como se aprovecha toda la altura del edificio, mostrando sus distintos niveles unidos por las escaleras mecánicas. Este tipo de escenario es común a todas las estaciones renovadas en Bilbao, tanto las de metro como las de cercanías, espacios que se abren frontalmente al espectador como enormes auditorios o teatros. Por otra parte, según la obra prevista por Bilbao Ría 2000 para este año 2006, la operación estética de estaciones de tren se va a ver completada con la reforma del vestíbulo y la parte posterior de la estación de La Concordia, una de las primeras grandes estaciones de Bilbao, y auténtico icono arquitectónico de la ciudad. Al parecer, la reforma que se va a realizar en esta estación es muy similar a la que describíamos anteriormente en Abando; entre estas dos estaciones, además, distan sólo unos metros y un callejón en el que se van a habilitar pequeños comercios. Los “puntos muertos” urbanos se rellenan con espacios de consumo, para cubrir los “tiempos muertos” de los pasajeros.

Si bien la proyectada estación intermodal no ha visto la luz aún, en el perímetro de la estación de Abando y La Concordia se concentra gran parte del transporte ferroviario urbano e interprovincial, quedando sólo al margen la Estación del Norte, en Atxuri, que conecta Bilbao con San Sebastián, línea que, como vimos, vive en el siglo XIX. En concreto, y volviendo a la estación de Abando, a la centralización de los distintos Cercanías y los interprovinciales se suma la conexión con el metro a través de una parada en Abando. El efecto que, además, se produce con esta centralización es el

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de una indiferenciación espacial entre el usuario del tren de la margen izquierda, el del metro (prácticamente de la margen derecha, hasta ahora) y el usuario de líneas de largo recorrido nacional e internacional —por lo general ocasional y de carácter heterogéneo—; la llegada del AVE hará que la confusión sea aún mayor. Si en las antiguas fábricas la acumulación de los trabajadores y su separación de las clases dominantes hacía que la “clase obrera” apareciese como algo tangible, la indiferenciación en un mismo espacio de los viajeros procedentes de diversos puntos, con distintos destinos, viajando por muy diferentes motivos y de muy desigual extracto social, hace que las masas de individuos se perciban sólo como “usarios”, como clientes, por tanto “consumidores” de determinado bien, el transporte, cada uno desde sus intereses y su conformación individual e intransferible, como el DNI. Por contraste, el desvío del tren de la margen izquierda, recogiendo ahora pasajeros de la zona de Autonomía y del barrio de Rekalde –de extracción y tradición típicamente obrera–, viene a aglutinar y separar más si cabe una serie de zonas marcadas por su marginalidad al respecto del actual proceso, como residuos o deshechos sociales del proceso previo de desindustrialización. Esta es una lógica que se repite a lo largo de las distintas actuaciones en el Nuevo Bilbao: acumulación y separación de los grupos sociales (polarización y guetificación) por un lado, a la vez que masificación y homogeneización de todos ellos en la metrópoli, en la metrópoli “de paso”, como es el caso de Abando, y en la metrópoli de consumo, como los paseos marítimos, puertos deportivos, y macrocentros comerciales. Es una estrategia doble: a pesar de poner en juego nuevas armas –el consumismo–, el Poder no desprecia las viejas identidades de clase, sino que las utiliza en su propio beneficio, para que se vuelvan de hecho contra la clase como posible sujeto político y, por tanto, adversario. Los trabajadores en tanto que individuos se sienten ahora impotentes ante su identidad de clase, no saben qué hacer con ella. En su lugar de trabajo están sometidos a tal inestabilidad laboral, que las alianzas entre los compañeros, la vieja fraternidad obrera, se resquebraja; la sensación de ser para la empresa simplemente provisionales y, por tanto, prescindibles dinamita cualquier ánimo de organización en el ámbito laboral. Fuera del trabajo, en un espacio como el tren de la margen izquierda, que aglutina un grupo homogéneo a nivel de extracción social, la identidad colectiva tampoco concierne

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al individuo, es más, aparentará no pertenecer a este grupo disfrazándose con los signos del simple y llano “consumidor” universal. De hecho, sabe que en cuanto llegue a la metrópoli y se confunda con el gentío de (in)diferentes consumidores desaparecerá cualquier posible espejismo de clase.

No existe un icono de la metrópoli más fotogénico y cinematográfico que el tren y sus estaciones. La operación de centralización que hemos descrito al respecto de Abando, operación de estética, actuaba en este sentido. El marketing urbano aprovecha todos sus recursos disponibles para significar la ciudad en tanto que gran bazar, motor de los anhelos, gran mercado que a la vez se hace mercancía a sí mismo (paradoja lógica), gran mercado que a su vez es objeto de los anhelos del consumidor. En este proceso ad infinitum la ciudad de facto queda oculta bajo la fantasmagoría de lo ciudad: Bilbao metropolitano representa ahora “cualquier gran ciudad”.

Si el ferrocarril es todo un signo de la Modernidad —con su buqué melancólico, por tanto periclitado, de vieja película—, el tranvía lo es de forma más intensa, por haber desaparecido de la vista con aquellos buenos años. Todos tenemos un tío-abuelo que murió atropellado por un tranvía, si no, siempre podemos remitirnos a la figura de Gaudí. Y es que morir atropellado por un tranvía parece un lujo, modo romántico de dejar este mundo donde los haya, superior incluso a la tuberculosis. El primer tranvía eléctrico se construyó en Bilbao en 1896. Más de cien años después, “el asesino silencioso” volvía, con un look renovado, inspirado quizás en La fuga de Logan, pero mantenía intactas sus siniestras inclinaciones y, de nuevo, se llevaba por delante a algún peatón despistado en tanto que víctima propiciatoria. En este caso, el muerto no era Gaudí ni nuestro tío, sino un inmigrante, mujer y que, para colmo, estaba hablando por teléfono móvil… ¡Si es que no se puede andar así por la calle! No hubo mayor escándalo, los bilbaínos entendían que éste es el precio del progreso y, en pos del progreso, ni en Euskadi ni en España, a nadie le pesan las víctimas, que siempre son víctimas de su imprudencia, como cada temporada nos recuerda la DGT. El tranvía es atractivo para el turismo, con un recorrido por las zonas insignes del nuevo y el viejo Bilbao y, además, era muy útil para el transporte de cortas distancias dentro de la capital. Además, esto hay que reconocérselo, el tranvía es el único medio de transporte público perfectamente adaptado para los minusválidos, a quienes verdaderamente sí ha hecho un gran servicio y no sólo nominal, como es lo 98

habitual. Pero, remarcando la cuestión de la acumulación en la que insistíamos antes, el tranvía realiza una operación de montaje urbano inversamente proporcional a la que veíamos en el cercanías de la margen izquierda. Si este último entrelaza los espacios de mayor marginación y que menos interesan mostrar del AMB, el tranvía es un fundido encadenado de esas imágenes que vemos en calendarios, libros, revistas y todo tipo de folletos publicitarios de Bilbao. Lo feo con lo feo, lo bonito con lo bonito; el pasado con el pasado, el futuro con el futuro.

Al respecto del elemento puramente icónico del ferrocarril en el nuevo Bilbao (y esto a pesar del intenso uso del cercanías y el metro), considero importante destacar la cuestión del soterramiento de vías, por la que tan obsesionados están en Bilbao Ría 2000. Este tipo de acción urbanizadora me recuerda en su lógica al ecologismo que remeda el impacto visual de los tendidos eléctricos en paisajes naturales soterrándolos: el típico ecologismo de “adosado”, cuya concepción del desarrollo sostenible y el respeto al medioambiente se reduce a una estética purista que esconde un despilfarro energético y una agresión medioambiental reduplicativa. En Bilbao se reconocen las vías que cruzan la ciudad como “heridas”, y se soterran para dar paso a nuevas carreteras de incluso cuatro carriles que se contemplan con normalidad, como si los coches no cortasen la libre circulación del peatón, no atropellasen habitualmente ciudadanos de a pie, no emitiesen contaminación combustible y acústica (el 90% de la que sufren las ciudades). El ferrocarril se potencia como logo, como objeto de contemplación, pero los modos de vida que se prescriben y las propias condiciones laborales y los servicios están atados al uso del vehículo privado; la hipocresía no podía ser mayor. Uno de los soterramientos de vías a mi juicio más desafortunados fue el de San Mamés. El antiguo ferrocarril de transporte de mercancías que venía desde Olabeaga “partía en dos” la zona de San Mamés, para adentrarse después en un túnel y salir a la superficie por la zona de La Casilla (Ametzola, el otro soterramiento más visible). La Facultad de Ingenieros de Bilbao se construyó junto a las vías y, con su crecimiento, los ingenieros responsables en el diseño, se vieron obligados a convertir el propio edificio en un puente sobre las vías, de tal forma que se extendió un pasillo y varias aulas elevadas sobre el vacío, con las vías por debajo. El simbolismo, precisamente, de una facultad de ingeniería, quedaba reflejado en esta síntesis; aquel abrazo que realiza físicamente el Guggenheim entre pasado y presente al integrar en su arquitectura el puente de La Salve, estaba realizado en otro sentido en este edificio: el 99

abrazo entre la teoría y la práctica, entre la formación de ingenieros de puentes y caminos y el trazado de puentes, vías y caminos para el desarrollo industrial. Claro que, con la terciarización de la economía española, estos símbolos resultan un tanto demodé frente a una dinámica laboral basada en la oportunidad y la inestabilidad a la que incluso los jóvenes ingenieros se tendrán que adaptar. Con el soterramiento de las vías y el enterramiento de algún piso de la Facultad de Ingeniería, la antigua metáfora queda deshecha, a la vez que la belleza y efecto de aquel edificio quedan reducidos al absurdo. Se potencia el uso del ferrocarril urbano como parche al límite del crecimiento del parque automovilístico, que satura todas las ciudades españolas, pero esto se hace en detrimento del ferrocarril interurbano, cada día más cercano a su extinción. La clave de este proceso es muy sencilla, se basa en el simbolismo que posee el automóvil al respecto de la propiedad privada vertebrada sobre la unidad familiar, frente al ferrocarril, en el que el conflicto público se hace inevitable. Podríamos pensar en núcleos de grandes comercios como Megapark en la margen izquierda o Artea en la margen derecha, cuyo acceso primario fuera un ferrocarril de cercanías, habilitado para el transporte de las mercancías que los usuarios de los centros comerciales adquiriesen; algo que aparece irrealizable no por cuestiones técnicas, sino porque repugna al gusto del consumismo contemporáneo. El “ir de compras”, ese ritual fundacional de la Modernidad líquida según Bauman, está muy estrechamente vinculado en estos casos al “ir en coche”. En este rito, el continuum del consumo no se rompe, porque el coche se entiende como parte de este hacer uso del consumo privado con lo que de la “burbuja doméstica” nos desplazamos hasta el mercado en la “burbuja automovilística”, reduciendo la interacción y el conflicto público al de la vivienda: los saludos en el portal o, en el peor de los casos, las amenazas y reyertas entre vecinos, los bocinazos y las agresiones en la carretera. El tren, por su parte, no se exhibe más que en puntos de concentración, allí donde su imagen puede ser un fondo de reclamo al consumo, como claramente se está desarrollando en la estación de Abando. Al contrario, cuando Gehry concibió y construyó su Guggenheim quiso aprovechar el trazado de líneas que circulaban por debajo del museo de tal modo que, cuando el tren pasaba, el interior del museo actuaba como caja de resonancia, magnificando, una vez más, el paisaje de la Modernidad en ruinas que tanto fascina al arquitecto norteamericano. Esto podía tolerarse en el Nuevo Bilbao como parte del espectáculo retro y tras el pago del ticket del museo, ya que fuera del consumo la experiencia estética de la ciudad moderna está vedada; lo que queda es 100

la experiencia estética y política inconsciente de la vida postmoderna, de la economía terciarizada y el consumismo feroz. Frente a lo anterior, una de las intervenciones ferroviarias y arquitectónicas más destacables artísticamente en el Nuevo Bilbao es, sin duda, la de Ametzola. La nueva estación de cercanías, creada tras el cambio de trazado del tren Santurtzi-Bilbao, se construyó a la altura del cuidado estético del nuevo Bilbao. Los responsables del diseño fueron los arquitectos De la Brena, Iriarte y Múgica, un equipo (IMB) del que hay escasa noticia para lo que es habitual en el Nuevo Bilbao metropolitano; el proyecto se enmarca dentro de las acciones de Bilbao Ría 2000, en concreto, en la renovación del cercanías de Renfe de la margen izquierda, que ha traído también otras nuevas estaciones, la de San Mamés, Autonomía y Zabálburu, y la remodelación de la estación de Santurtzi, bastante menos afortunada que la de Ametzola. Con un acceso de vidrio y metal de aspecto high tech, cercano a los fosteritos del metro, pero eludiendo sus curvas —de un trazado, así, más clásicamente “moderno”—, lo más atractivo en diseño del equipo IMB se encuentra, sin embargo, en el interior “subterráneo” de la estación. Los viajeros esperan en un anden muy largo; la vista se prolonga hasta confundirse el andén con el propio túnel desde el que llega el ferrocarril; como en el metro de Foster es el hormigón quien domina el espacio pero, al revés que en la obra del arquitecto británico, se acentúa la horizontalidad del desplazamiento del tren, en lugar de los amplios espacios monumentales. Los arquitectos han abierto una serie de “respiraderos” a lo largo del andén y el túnel que lo continúa, y han aprovechado estas claraboyas para plantar una línea de árboles que trepan desde la oscuridad de las vías hacia la luz, desplegando sus ramificaciones ya en la superficie. Para el viajero que espera el tren, estos árboles en busca de la luz exterior representan una visión liberadora; no se niega el carácter alienante de la estación subterránea, al contrario, la masa de hormigón acentúa su carácter opresivo de arquitectura militar, de búnker a la espera de un bombardeo, sin embargo, la inserción de la naturaleza, de la línea de árboles, da un lugar a los cuerpos sepultados y una esperanza de “respirar” ante la opresión tecno-económica que nos circunda. Es, sin duda, la arquitectura más interesante, más incluso que el Euskalduna, de las que se pueden encontrar en Bilbao; a pesar de ello, y de ser icono para la sociedad Bilbao Ría 2000, es difícil encontrarlo destacado en las guías turísticas. El organicismo de IMB no habla el lenguaje consolador de Frank LLoyd Wright, si acaso el trágico de Saenz de Oíza pero, más allá, plantea un diálogo crudo entre cuerpo y técnica, no oculta la realidad, y por eso plantea el problema. Esta arquitectura alberga, además, una 101

interesante escultura de Vicente Larrea, una protoforma de hierro oxidado, magma telúrico que expresa todo el potencial crudo de la materia.

3.2. En la superficie
Si la ría del Nervión ha sido protagonista de la historia del AMB en sus distintas fases y momentos históricos, sus puentes no lo han sido menos. Desde el histórico puente medieval de San Antón —del que aún se guarda recuerdo en el escudo de la villa—, derribado en aras del progreso tecnológico por la oligarquía industrial bilbaína, hasta el Puente de Portugalete, auténtico icono de la modernización vizcaína, la construcción de los distintos puentes, sus usos y sus reglas han determinado la vida económica y social de la zona. Del mismo modo, los artífices del Nuevo Bilbao han subrayado su pretensión de recuperar la ría, sus orillas y sus aguas como vía de comunicación. Sin embargo, si el tráfico de pasajeros o turístico por las aguas del Nervión sigue siendo esporádico, entre ambas orillas y dentro del término municipal de Bilbao, se han lanzado varios nuevos puentes. La repercusión mediática de éstos ha sido, en cualquier caso, bastante desigual; a los lobbies del Nuevo Bilbao les ha interesado más promocionar la imagen de los puentes y pasarelas peatonales que se han trazado entre ambas orillas que hacer publicidad de los nuevos enlaces destinados principalmente para el tráfico rodado, en los que en realidad se han centrado las nuevas realizaciones de los últimos años, como ocurrió en toda la historia industrial de Bilbao. De hecho, la destrucción del antiguo puente de San Antón (construido antes de 1318), sólo se puede explicar para mejorar la comunicación “rodada” en este punto. Y es que ésta sigue siendo la historia de Bilbao, como la de las principales ciudades españolas: el arrinconamiento del peatón en espacios específicos para su “esparcimiento”, y el soterramiento del transporte público (metro), todo para dejar vía libre sobre la superficie al transporte privado.

Una vez más, el acto fundacional, en cuanto a la recuperación “icónica” del puente bilbaíno, lo establecieron el dueto Krens-Gehry, al abrazar el puente de La Salve en la arquitectura del Guggenheim-Bilbao. Este puente es otro de esos símbolos del desarrollismo, ideado a finales de los sesenta para aliviar la congestión de tráfico en el

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norte de Bilbao, se construyó en 1972 según diseño del ingeniero Juan Batanero. Su nombre oficial es “Príncipes de España”; el popular viene del lugar en el que se construye desde el que, según se dice, los marineros que por ahí pasaban cantaban salves a la virgen de Begoña, pues su santuario era visible desde ese punto. El puente de La Salve se construyó a 23,5 metros por encima del mar para permitir el tránsito de barcos, constituyendo aún hoy un icono de la dureza industrial de Bilbao. La enorme mole de hormigón y hierro, pintado de un verde absurdo, conecta la Alameda Rekalde y Mazarredo, en el Ensanche, con la autovía de Begoña, soportando un tráfico diario de 65.000 vehículos, con sus accidentes y atropellos. Desde la orilla derecha de la ría, los peatones tienen acceso a la superficie del puente a través de unas escaleras y de un ascensor de pago (0,16 euros, según última tarifa), pero la incomodidad para los noconductores no acababa en el duro ascenso hasta el puente, sino que, una vez allí, son recibidos por el comité de bienvenida de cuatro carriles de coches que salen o entran a Bilbao a toda velocidad, y esto, recordemos, a más de 20 metros de altura sobre la ría. No es de extrañar que este puente se convirtiera en una cita habitual para los suicidas bilbaínos: el ascenso de los treinta metros invita más a lanzarse al vacío que a cruzar a la otra orilla del Nervión. A pesar de que la demanda de soterramiento de la autovía de Begoña por parte de los vecinos no haya llegado a buen puerto —antes se soterra a los vecinos que al transporte rodado en Bilbao—, actualmente se está acondicionando esta autovía para transformarla en una vía urbana y reducir su tráfico y siniestralidad a la mitad, con lo que es de esperar que mejoren en algo las condiciones del Puente de La Salve. Sin embargo, cuando el promotor americano Thomas Krens quedó extasiado ante este puente, se encontraba atravesándolo en su footing vespertino; quizás a aquella hora el tráfico fuese menos intenso de lo habitual pero la impronta estética, de nuevo, provenía de encontrarse cara a cara con otra de aquellas ruinas vivientes de la modernidad industrial occidental. Y es que somos muchos también los que pensamos que no habría habido mejor monumento conmemorativo del 11-S que conservar sus ruinas humeantes como memoria viva del desastre de la Postmodernidad occidental; claro que a tanto no se atrevían Gehry y Krens.

Pero, a la vez que el museo Guggenheim abrazaba el Puente de La Salve, se trazaba otro —hoy junto al Palacio Euskalduna de Congresos y de la Música— para “agilizar” el tráfico rodado, en este caso en su conexión entre el valle de Asúa y el Txorierri (en la margen derecha), y las autopistas A-8 y A-68 (hacia Santander, Vitoria 103

y San Sebastián). Con el puente de Euskalduna se pretendía librar al de Deusto, en medio de todo el “tinglado” turístico de Abandoibarra, del denso tráfico rodado que lo puebla, haciéndolo de este modo más atractivo para el consumidor de a pie (o de “a parking”) que se acerca al centro comercial Zubiarte o a los paseos de camino al Guggenheim. El puente de Euskalduna viene a completar por el lado tecnológico al Palacio de Congresos y de la Música, de modo análogo a como La Salve complementa al Guggenheim. Este puente, que no fue fruto del desarrollismo franquista, hace convivir de “igual a igual” a peatones y coches, con unas condiciones menos brutales para el ciudadano de a pie, pero sin eliminar su papel secundario en el centro urbano. Diseñado por el ingeniero Javier Manterota, fue saludado con admiración técnica por su trazado en curva que permitía un tránsito eficaz entre la perpendicular a la ría de Sabino Arana y la paralela de Botica Vieja, en la otra margen. Pero lo que para el vehículo a motor es una suave transición, para el ciudadano de “a pie” es un recorrido duro y poco amable, a pesar de la ancha acera y del tejado que resguarda de las habituales lluvias bilbaínas, no tanto del viento imponente que llena de paraguas la superficie de la ría. La curva del Puente de Euskalduna fue uno de los mayores reclamos en el Bilbao Urban Circuit, aquel día de verano de 2005 en que Bilbao creyó convertirse en Montecarlo. A este puente-scalextric, ideal para carreras de coches, debemos sumar un tercer puente “automovilístico”: el puente de Miraflores. Fue abierto al uso el 28 de abril de 1995, sin ceremonia inaugural por miedo a las protestas vecinales que, en fechas supuestamente tan alejadas del “desarrollismo”, se encuentran con un nuevo foco de ruidos y contaminación a la puerta de sus viviendas. El puente une la autopista A-8 y Bolueta; con una altura de 45 metros supera al de Róntegui (en Barakaldo), que en los años ochenta se levantó a 42 metros de altura para permitir el paso de unos barcos que en muy pocos años después se dejarían de construir. Tanto puente de altas velocidades no resulta muy atractivo para el Nuevo Bilbao cívico y sostenible que se trata de construir, por ello, los distintos grupos que gestionan el plan de regeneración metropolitano han puesto un especial énfasis propagandístico en sus pasarelas o puentes peatonales sobre el Nervión y alrededor del núcleo urbano-turístico de Abandoibarra. Uno de los últimos puentes en colocarse ha sido la pasarela de Pedro Arrupe, ligera, sencilla, eficaz y barata —nada que ver con la multimillonaria obra de ingeniería de Miraflores—, que une la privada y pía Universidad de Deusto con su nueva Biblioteca, construida en el nuevo centro de Abandoibarra; por si los alumnos de Deusto consultaban poco su biblioteca, ahora tienen un aliciente más para quedarse en la cafetería, al trasladar los libros al otro 104

lado de la ría, ni más ni menos. La pasarela de Pedro Arrupe no será la última, pues se conciben constantemente nuevos nudos peatonales entre ambas márgenes pero, sin duda, el más insigne fue el de Calatrava, el primero. Los protagonistas locales de la empresa bilbaína quisieron amortiguar el valiente y un tanto brutal gesto artístico de Gehry y Krens para con el puente de La Salve con la construcción del Zubi-zuri (‘puente blanco’), más conocido como Pasarela de Calatrava. Otro hijo del high-tech, el arquitecto valenciano se hizo famoso con su Ciudad de las Artes y de la Ciencia en Valencia. Al contrario que Foster, ha querido siempre presentar un aspecto más humano y orgánico de la tecnología, una “estética de la sostenibilidad tecnológica”. La rumorología dice que incluso se manejaba su nombre en caso de que Gehry fallase para el Guggenheim. Al final se tuvo que conformar con el aeropuerto de Loiu, conocido como La Paloma. Ya la pasarela trajo sus problemas. La climatología y la luminosidad mediterránea, a la que tan bien se adapta la arquitectura de Calatrava, poco tienen que ver con la gris condena de Bilbao. El Puente-blanco tenía originalmente un suelo transparente que permitía ver la ría a los viandantes, pero la suave y constante lluvia frecuente de Bilbao (sirimiri) convirtió la pasarela en paseo deslizante, con lo que hubo que cubrirlo de una resina adherente que le ha hecho perder su transparencia. Para más inri, esta resina, a costa de tanta humedad, ha tomado un aspecto verdoso un tanto repulsivo. Otro tanto le ha ocurrido a la propia superficie del puente, ya que las inclemencias del tiempo, la humedad y la contaminación hacen que pierda su aspecto inmaculado y parezca, simplemente, sucia. El aumento del tráfico aéreo en el antiguo aeropuerto de Sondika hacía necesaria una ampliación desde finales de los ochenta. Bilbao tenía prácticamente el monopolio del tráfico de pasajeros en la CAV; los aeropuertos de Foronda en Álava y de Hondarribia en Guipúzcoa se han especializado en el transporte de mercancías, y el crecimiento de la economía terciaria española, en general, y de la vasca, en particular, conllevaban un aumento del tráfico de pasajeros. Las autoridades de la Diputación aprovecharon esta oportunidad y, en lugar de ampliar el aeropuerto de Sondika, deciden construir uno ex nihilo. Contando con el plan estratégico urbano del AMB, se entiende que lo primero que van a ver los turistas e inversores de Bilbao, su aeropuerto, debe estar a la altura de lo que Bilbao quiere representar. Un metro de diseño para la metrópoli y un aeropuerto de diseño para dejar claras las ambiciones bilbaínas.

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Con “La Paloma” los problemas fueron de la misma índole, tanto técnicos como climatológicos; parece ser una constante de este arquitecto la inadaptabilidad de sus construcciones a contextos distintos a su hábitat de origen. Poco después de su inauguración, el nuevo aeropuerto de Loiu perdió sus “alas”: un alerón ornamental que coronaba el edificio fue arrancado por los fuertes vientos que arrecian en la zona. Además, los usuarios empezaron a descubrir las numerosas trampas mortales que Calatrava había escondido en su aeropuerto: paredes transparentes que uno descubre después de haber empotrado su carro contra ellas, asientos en forma de tabla de surf más adecuados para este deporte que para el descanso y, sobre todo, una sala de espera para quien recibe a los viajeros, en la calle, expuesta a las inclemencias del tiempo que, como decimos, en Bilbao no suelen ser para descuidarse y, concretamente, en Loiu con sus vientos, menos. Detenernos en cada detalle sería tedioso, pero basten estos ejemplos para señalar la paradoja de un arquitecto que, supuestamente, tiene como seña de identidad crear una tecnología a la medida del hombre y, sin embargo, encuentra serias dificultades para hacer comprender a los hombres cómo utilizar sus utensilios más cotidianos, especialmente en aeropuertos o puentes, lugares más dados a las prisas y carreras que a la contemplación. La arquitectura de Calatrava representa como ninguna las virtudes de las que se quiere investir el imaginario bilbaíno: higienismo y sostenibilidad, ciencia y tecnología del siglo XXI, todo con un toque místico, de un extraño humanismo extraterrestre con la presencia abrumadora de la luz y el color blanco que nos introducen en el imaginario post mortem del "2001" de Kubrick.

A nivel económico, las inversiones y esperanzas de Bilbao habían sido puestas, desde que la desindustrialización empezaba a llamar a la puerta de la comarca, en la ampliación de su puerto, el que se llamó durante una temporada Superpuerto, al igual que López de Arriortúa se convertía en Superlópez: la salvación de la economía vasca era cuestión de superhéroes. El Puerto Autónomo de Bilbao está dirigido directamente desde el Ministerio de Fomento, que en una fecha tan temprana como 1985 ya sospechaba algo de lo que iba a ser el futuro de la industria bilbaína. El puerto proyecta entonces su ampliación, sobre todo en tanto que puerto comercial, en detrimento previsible de la actividad industrial que había sido históricamente su mayor fuente de trabajo. Esta ampliación, que comenzó en 1992, finalizaba el primer tramo en 1998. La tendencia histórica del puerto 106

había sido hacia su desplazamiento desde el centro de Bilbao, donde comienza, hacia la desembocadura de la ría, primero en Portugalete (1887) y finalmente a Santurce (1902), en busca de espacios más amplios que facilitasen el acceso a los cargueros. Este proceso culmina cuando la asociación Bilbao Ría 2000, de la que el Puerto Autónomo de Bilbao es uno de los socios más importantes, recalifica los terrenos del puerto que aún quedaban en el centro de Bilbao, concretamente en Abandoibarra. La ampliación del puerto fue objeto de múltiples críticas de algunos grupos ecologistas agrupados para la defensa del Abra, espacio natural de una belleza y biodiversidad constatadas que en varios puntos se ha visto invadida por el hormigón de las descomunales instalaciones del puerto, además de expuesta a los peligros de la carga y descarga de combustibles, una de las actividades que más ha aumentado en el puerto. Según cifras del propio Puerto Autónomo de Bilbao, en 2005 la actividad se incrementó en un 2,25% respecto al año anterior, lo que supone un record histórico. Parece, por tanto, que en este punto la apuesta económica de reajuste sí que viene seguida de un relativo éxito. Pero más que esta cuestión y este puerto, para comprender la experiencia urbana que los poderes fácticos están construyendo en Bilbao es interesante tomar en consideración una empresa portuaria mucho más discreta en cuanto a inversión, pero mucho más visible por el ciudadano medio: el Puerto Deportivo del Abra, o Puerto Deportivo de Getxo. Situado en Las Arenas, uno de los núcleos urbanos del principal municipio de la margen derecha, Getxo, el Puerto Deportivo ha concentrado una parte importante de la publicidad del Nuevo Bilbao como rincón de ocio y esparcimiento por antonomasia. Hace unos meses era noticia que los cruceros que arriban a la costa bilbaína, que hasta ese momento anclaban en el puerto de Santurtzi, atracarían a partir de ahora en el de Getxo, mucho más atractivo para el turismo que empieza a llegar a Bilbao. El Puerto Deportivo, además, esta dotado de un centro comercial con franquicias de las marcas más internacionales para que los turistas, como es habitual, se sientan como en casa. Por su parte, en Santurtzi, donde hasta hace poco se frotaban las manos con la llegada de turistas a sus calles procedentes del puerto, ya pueden empezar a desmantelar el Burger que inauguraron en la euforia inicial. De nuevo, aquel proceso de concentración y homogenización del que nos hacíamos eco anteriormente. Los restos de la industria secundaria y los transportes de mercancías a gran escala se concentran en el final de la margen izquierda, mientras que el consumo de productos de alto valor añadido se hace visible en los nuevos centros de 107

Bilbao y la margen derecha; los espacios cuidados y amables como Getxo se miman más aún, y se facilita el acceso a turistas y vecinos del AMB; mientras que los espacios más atacados estéticamente por el desarrollismo y socialmente por la

desindustrialización se alejan de la vista pública, se invierte antes en hacerlos invisibles que en resolver sus problemas —lo cual equivaldría a replantear toda la cuestión política y económica—. En términos de marketing, la relación entre el Puerto Mercantil y el Puerto Deportivo es análoga a la que se daba entre puentes para vehículos y los peatonales: se publicitan las inversiones más vistosas, a la vez que la parte más dura y engorrosa de la economía, la tecnología y el trabajo (los modos más tradicionales de la vida económica y laboral), se alejan de la vista cotidiana hacia la periferia, una periferia, más mediática que geográfica, donde se concentra la mayor parte de la población. Por el contrario, en el centro del espectáculo urbano se construyen mini-puertos de formato acogedor, hechos a la medida de las capacidades del gran consumidor y de los deseos inalcanzables de la masa de pequeños consumidores. No creo que en este punto deba justificarse lo privativo de este tipo de ocio para la gran mayoría de la sociedad, así como el nítido simbolismo de opulencia que representa el inmaculado universo de los yates. El disfrute de estos espacios públicos por las masas de consumidores virtuales es básicamente visual, como lo puede ser en Saint Tropez o, sin ir más lejos, en el Puerto Deportivo de Barcelona — claro ejemplo y precursor de lo que se está haciendo en Bilbao—. Oriol Bohigas, arquitecto responsable de semejante atropello al litoral mediterráneo, aún defiende su “recuperación” para el “uso público” de unos terrenos ocupados por ruinas industriales hasta 1992; limitada concepción de los “usos públicos” la del arquitecto catalán, semejante a la de los agentes del Nuevo Bilbao —al menos, éstos, hablan un lenguaje mucho más transparente de mercadotecnia y reducción de la esfera pública al consumo y al trabajo—.

Debemos llamar la atención sobre el proceso de publicitación del sector terciario y, sobre todo, el de servicios “de alto valor añadido”, y la simultánea invisibilización de las formas y espacios de trabajo más tradicionales, no sólo el sector primario y secundario, sino también aquellos en los que las mercancías aparecen en una forma inacabada en tanto que no están listas aún para ser exhibidas ante el consumidor individual. El Poder —autoconsciente o no— pone un cuidado extremo en evitar que el consumidor tropiece con la imagen incompleta del objeto de sus deseos, la imagen que 108

delate el truco del que proviene la magia de la mercancía; es un recelo semejante al que ponen los padres para acostar a los niños el día antes de Reyes. Este es otro exponente más de la tendencia de las economías capitalistas de los últimos treinta años, no tanto a desposeer a los trabajadores de los medios de producción, algo que está más que asentado tras la Segunda Guerra Mundial, sino a alejar de la experiencia cotidiana la evidencia de esta desposesión. A partir de la crisis de 1973, el proletariado del Primer Mundo no ha visto tan mermados sus derechos laborales como perdida su conciencia de clase y su autoconcepción como ser político. Mientras que el creciente proletariado de los sectores tradicionales (primario y secundario) lo constituye una mano de obra casi esclava del Tercer Mundo que siente la modernización tecnológica y política como algo impuesto y ajeno, el viejo proletariado de Occidente se ha cultivado en una potente escuela del consumismo; su autoidentidad como humanos se basa en el consumo económico o visual de mercancías reificadas. La Postmodernidad parece una suerte de vuelta al antiguo régimen, donde la naturaleza viene dada y es inmutable, sólo que, extrañamente, muta a cada momento: misterio encarnado en la memoria televisiva, esencias acabadas pero que se gastan a cada momento, a tiempo para ser sustituidas por la mercancía consecutiva en la cadena de la moda. El Capitalismo tardío elabora los argumentos narrativos que hacen que el proletariado mundial, tanto el del Primer como el del Tercer Mundo, pierdan de vista cualquier identificación en tanto que protagonistas de la Historia. El Tercer Mundo se inviste de símbolos étnicos o, especialmente, religiosos que le hace participar (materialmente y vivencialmente) en la Postmodernidad capitalista, mientras mantienen una falsa conciencia de un pseudotradicionalismo; el Primer Mundo, por su parte, se autoconcibe como protagonista de su narración pero no de la Historia, protagonista en un contexto natural: el individuo como Rey de de la Selva Universal. Resumiendo todo el tema del transporte, a pesar de la insistencia en tipos de transporte más ecológicos y cívicos, el Nuevo Bilbao no ha dejado de potenciar el uso del vehículo privado, a la vez que se han construido nuevas carreteras. La autovía que une Bilbao con Santander propició a finales de los noventa una huída de población desde la margen izquierda hacia Cantabria en busca de un mercado inmobiliario menos saturado. Mientras tanto, los vecinos de Rekalde siguen esperando a que se desmonte la autopista que sobrevuela el barrio, o se promete desviar la entrada oeste por Sabino Arana después de más de quince años de protestas de los vecinos afectados por el ruido de la autopista (podemos contemplar todavía los carteles en las viviendas colindantes 109

que lo exigen). Bilbao se sigue trasladando preferentemente en coche, y la prueba de ello son los múltiples parkings que continúan constituyéndose en el mismo centro de la ciudad y, más aún, las distintas ofertas de ocio consumista en forma de grandes centros comerciales, a ambas orillas del Nervión, de difícil acceso por transporte público y muy incómodo uso (por no decir olímpico) por parte de los peatones, dadas sus gigánticas dimensiones. En cuanto al transporte público por carretera, la estación de autobuses de largo recorrido Termibús, situada en Garellano, muy cerca de San Mamés, a la salida de la ciudad, es un muy buen ejemplo del lugar que ocupa en el “ranking de los transportes”. Esta estación fue trasladada desde su anterior emplazamiento, en la calle Autonomía, por la necesidad de ampliación y modernización de unas instalaciones francamente desfasadas, como ocurre en gran parte de las estaciones de autobuses de largo recorrido de España. La anterior estación, por su ubicación —cerca de la degradada Zabalburu— y por el envejecimiento y estado de descuido de las instalaciones, tenía una imagen de servicio de segunda a este tipo de transporte, un servicio de “bajo valor añadido”. Con el proyecto de la intermodal lo que se buscaba era, precisamente, unificar todos los transportes públicos en una gran estación integrada. El problema que se esgrimió para la construcción de la intermodal fue el bloqueo de Renfe a ceder el terreno (la estación de Abando) para este uso común. Lo cierto es que, si bien se está produciendo una paulatina unificación de todos los transportes ferroviarios, la estación de autobuses, que originalmente iba a ser provisional, ha quedado definitivamente ubicada en los márgenes de la ciudad, eso sí, con conexión al cercanías, al metro (estación de San Mamés) y al tranvía. Esta estación de Termibús ha sido objeto de polémica. El diputado electo por Bizkaia comentaba en una entrevista en El Correo al respecto de la misma que se trata de “una estación que nos acerca a una ciudad arcaica más propia de países del tercer mundo en lugar de la moderna homologada a otras de Europa que se trata de crear” (El Correo 8-10-1994). Desde luego, frente a los 40.000 millones en que estaba presupuestada la intermodal, la solución de Termibús se puede considerar útil y económica, muy alejada de los planes faraónicos en los que se ha embarcado el Nuevo Bilbao cada vez que ha tenido que renovar una estación o aeropuerto. Termibús parece salirse de esta lógica general del marketing urbano aunque, tal vez y a pesar de las palabras de algún representante del PNV, esto sea más coherente de lo que parece. El autobús, tanto urbano como interurbano y, especialmente, el interprovincial (y más aún los viajes regulares a otros países), tal y como se suele apreciar en su situación 110

marginal, descuidada y periférica, es un transporte de segunda categoría o mejor, tercermundista. Si nos acercamos a Termibús, podemos reconocer una mayoría de pasajeros de pocos recursos: estudiantes, inmigrantes, tercera edad, precarios de todo tipo y lumpen en sus variadas formas. El autobús es el transporte público de largo recorrido más barato y, con la creciente subida de precio del ferrocarril y su tendencia a invertir en Alta Velocidad, la distancia entre los dos se hace aún mayor. Esta estación prefabricada, “provisional”, es el perfecto decorado para simbolizar la relación que Bilbao quiere representar con respecto al tipo de usuarios de este transporte. Son provisionales, están por error, pero no deberían estar y, por lo tanto, no se les debe prestar mayor atención, por lo que la infraestructura que los alberga debe ser lo más liviana posible. La estación de Termibús es el ejemplo más perfecto en el Nuevo Bilbao de aquellos espacios que invitan a no demorarse, a pesar de que no hay lugar de mayores demoras y esperas que estas estaciones. La estación está al aire libre, bordeada por las casetas prefabricadas que albergan a los despachadores de billetes de las distintas compañías. El único espacio cerrado de acceso público es la cafetería y una tienda, lugares, como no, mediatizados por el consumo. Quien espera a su autobús debe hacerlo, aunque resguardado de la lluvia, expuesto al viento y al frío, sobre asientos de hierro que en invierno se tornan de hielo y en verano queman; pequeña sala de torturas para que la gente no se demore en este rincón.

Zygmunt Bauman rescataba en su Modernidad Líquida la serie de distinciones conceptuales entre espacios públicos urbanos que elaboró el sociólogo Richard Sennett en su libro La caída del hombre público. Sennett distinguía primero entre “espacios públicos civiles”, que son los “espacios que la gente puede compartir como persona pública —sin que se la inste, presione u obligue a quitarse la máscara y “soltarse”, “expresarse”, confesar sus sentimientos íntimos y exhibir sus pensamientos, sueños y preocupaciones más profundos—“ (Bauman 2005, pág. 105) y “espacios públicos no civiles”, aquellos en los que, a pesar de la acumulación de masas en un mismo punto, la sociedad civil no tiene oportunidad de expresarse, ni siquiera de formarse, las masas se reducen a “masas de individuos”. Estos últimos espacios públicos no civiles son los que más proliferarían en las ciudades contemporáneas, dentro de la recesión del hombre público y la invasión de las esferas de lo público por lo privado, por la masa de egos. Entre los espacios públicos no civiles, Bauman distingue tres: espacios émicos, fágicos y no-lugares. Empezando por esta última categoría, la que es en primer lugar más 111

interesante para lo que ahora nos ocupa, el no-lugar es una noción que puso de moda Marc Augé en 1992 y se refiere a espacios de tránsito como estaciones de servicio, aeropuertos, el transporte público, etc. “Los no-lugares aceptan la inevitabilidad de una permanencia prolongada de extraños, de modo que esos lugares permiten la presencia meramente física —aunque diferenciándola muy poco de la ausencia de sus pasajeros, ya que anulan, nivelan o vacían de toda subjetividad idiosincrásica” (Bauman 2005, pág. 111). La estación de Termibús puede ser un claro ejemplo de este tipo de “nolugares”, un espacio doblemente periférico, un lugar vacío de sentido e interés, curiosamente cuando se encuentra junto a la catedral bilbaína, su estadio de fútbol, San Mamés, uno de los espacios de mayor centralidad simbólica; todo el carácter de centro simbólico de San Mamés sólo sirve para exagerar la insignificancia estética y simbólica de la estación contigua. Este tipo de espacios exentos de genius loci, cuyo paradigma son las estaciones de servicio, opera sobre los cuerpos que se demoran una brutal reducción del individuo a sus meras funciones fisiológicas, en cierto sentido los no-lugares son escenarios para una pornografía desexualizada. No hay espacio para la Historia, ni para la memoria ni para la utopía en el no-lugar, estos espacios que se extienden como una antimateria más y más por nuestros territorios.

Volviendo a los otros dos tipos de espacio público no civil, tal vez más interesantes en tanto que originales, los espacios émicos y mágicos son dos categorías tomadas del antropólogo Levi Strauss; eran los dos modos primitivos de expulsión y asimilación de la diferencia por parte de las comunidades humanas. Del lado émico encontramos ejemplos históricos de esta estrategia en la expulsión (destierro), el aislamiento en espacios cercados y periféricos o, sencillamente, la eliminación del otro, del diferente, del criminal, el loco, el poseído. La estrategia fágica no busca la expulsión de la diferencia, sino su asimilación a lo semejante; sus ejemplos históricos más comunes estarían en la “conversión” forzosa (por ejemplo, de judíos y musulmanes al cristianismo en la España de los Reyes Católicos), el “lavado de cerebro” o, en su modo más primitivo, el canibalismo, vía primordial de asimilación de la otredad a la mismidad por el proceso de digestión. Al aplicar estas categorías al contexto urbano, Bauman pone como ejemplo del espacio público no civil de tipo émico la plaza de La Défense de París, espacio inhóspito donde los haya, que sólo invita a los transeúntes a salir rápidamente de la estación en busca de su destino y abandonar aquella inmensa y 112

expuesta explanada. Si la estación de Termibús, por lo necesario de la demora de los pasajeros, no permite localizarla claramente en esta tipología (sí en la de no-lugares), con las estaciones de metro nos encontramos con un caso algo distinto. Al imponente despliegue estético podemos sumar la gran frecuencia de trenes, con lo que el viajero no tiene excusa para demorarse, a no ser que esté tramando algo no previsto, por tanto sospechoso de criminalidad. Los inhóspitos diseños de Foster se aditamentan con una reglamentación exhaustiva que prácticamente no le permite otra cosa al transeúnte que circular. Las estaciones de Abando y La Concordia o el aeropuerto de Loiu podrían ser otros ejemplos, y lo son en gran medida, pero ya se trata de ejemplos mixtos en los que la estrategia fágica de asimilación de la diferencia empieza a tener un papel creciente, y esto por el “relleno” de estos lugares con “espacios de consumo”. Los espacios fágicos por excelencia en las modernas ciudades son los templos del consumo, auténticos “templos” de la Postmodernidad en sentido estricto. Los grandes centros comerciales protegen al individuo que sale de su espacio doméstico de los peligros del espacio público, de los conflictos con la diferencia, del peligro de exponerse a lo desconocido. En el templo del consumo, los individuos son asimilados en tanto que consumidores, y refuerzan su actividad por la confluencia masiva de otros consumidores; la diferencia es marginalizada, todos saben que están ahí por algo, y la presencia de los demás confirma la importancia de la tarea, se trata de un consenso por el número. Este espacio público no civil, el de tipo fágico, representado específicamente por el gran almacén, es, sin duda, la principal apuesta en el Nuevo Bilbao.

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4. Zafios Bazares
Desde mediados del XIX, las Exposiciones Universales constituyeron un fenómeno destacado en el primer capitalismo. En primer lugar, eran la representación ritual y espectacular del abstracto concepto de “progreso universal”, que el positivismo había pregonado, y en el que la burguesía liberal creía a pies juntillas (o le venía bien creer). El progreso era el caballo que tiraba de las riendas del imperialismo occidental, el lugar en el que las ciencias aplicadas, de la mano de la expansión capitalista, podían demostrar ante los ojos atónitos de las masas sus logros y conquistas sobre el reino de la naturaleza y la tradición. En segundo lugar, marcaron un antes y un después en la relación de las masas obreras con las mercancías que fabricaban; si los medios de producción habían sido negados al proletariado, ahora se pretendía compensar esta desposesión mediante determinada “participación” en el proceso general de la acumulación de Capital. Claro que esta “participación” no era aún en calidad de inversor, sino una participación de tipo visual, como espectador: es el nacimiento de la sociedad del espectáculo mercantil. Por último, las Exposiciones Universales suponían un ensayo general para un urbanismo renovado. Walter Benjamin establecía una continuidad entre los pasajes comerciales parisinos de principios de siglo XIX, la utopía arquitectónica de Fourier (falansterios) y los palacios de cristal que se pusieron de moda en las Exposiciones Universales a partir de la de Londres de 1851 y su famoso Crystal Palace. Esta arquitectura de cristal tendría un resurgir en su aspecto más utópico en el expresionismo alemán, poco antes de la Primera Guerra Mundial; la obra más perfecta de este movimiento fue el Pabellón de Cristal que Bruno Taut hizo para la exposición de industria siderúrgica de Colonia en 1914, pero el péndulo entre uso mercantil y políticoutópico de las nuevas posibilidades tecnológicas aplicadas a la arquitectura se iría inclinando progresivamente hacia el lado del Capital. Se puede reconocer en Disneylandia un punto de llegada, la exposición universal definitiva, donde el impulso utópico es puesto íntegramente al servicio del fetichismo de la mercancía, donde la ciudad se transfigura en un inmenso bazar; son varios los sociólogos urbanos que han

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establecido paralelismos entre este parque de atracciones y las formas del urbanismo del miedo norteamericanas. Durante los años treinta, la contienda latente en Europa se escenifica en las distintas Exposiciones Universales como duelos arquitectónicos entre los distintos pabellones, a cual más monumental, a cual más arrogante, agrupándose en calles y avenidas de la guerra y el Capital. Tras la Segunda Guerra Mundial, las Exposiciones Universales entran en crisis perdiendo el protagonismo que tuvieran antaño, de modo paralelo a la pérdida de protagonismo económico de los estados nacionales. Fenómenos como Sevilla 92 o Zaragoza 2008 son un claro ejemplo de cómo ciudades periféricas pueden optar a ser sedes de los viejos festivales del capital. Hasta Bilbao ha soñado con ser sede de una Exposición Universal, como confirman los proyectos actuales de Bilbao Metrópoli 30, y es posible que en el futuro lo acabe siendo.

El BEC ha sido presentado como uno de los recintos feriales más grandes de Europa. Su imponente volumen, desplegado en una zona periférica de Barakaldo, en San Vicente, sobre antiguos terrenos de Altos Hornos, ha sido construido en las dimensiones del movimiento financiero que se pretende generar con el Nuevo Bilbao, un lugar para la exhibición e intercambio de mercancías de alto valor añadido. La nueva y majestuosa feria de muestras viene a sustituir al edificio que aún reconocemos en las inmediaciones de San Mamés, instalación rápidamente envejecida, inaugurada en los últimos ochenta, que se ha quedado pequeña para las aspiraciones del moderno Bilbao. La principal exposición que albergaba la antigua feria de muestras —y que se ha trasladado ahora al BEC— es la prestigiosa feria de la máquina-herramienta, dedicada a la tecnología punta del sector secundario, como resto del antiguo industrialismo que Bilbao “no supo actualizar”. Pero para el gran público, más que aquella feria, lo que llegaban eran sus usos más lúdicos, como el Parque Infantil de Navidad, con sus tiovivos o sus exhibiciones de juegos de construcción (mecanos, tentes…), escuela maquinística para los sueños de los hijos del metal. En los últimos años, la feria de muestras ajustaba sus gastos alquilándola a los universitarios de Sarriko para que

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celebrasen sus maratonianas fiestas, en la época en la que el botellón no sólo no era perseguido, sino que encontraba sus cauces legales para hacerse con una techumbre. Los recintos feriales de un país terciarizado, sin embargo, son bien distintos a aquel del Bilbao industrial. Madrid, eje de la economía española, por mérito o por decreto, tiene larga experiencia con IFEMA en este tipo de ferias postmodernas del intercambio de todo tipo de mercancías. Las ferias que encontramos en IFEMA son del tipo Calzado y Marroquinería, Salón Náutico, Fitness, Bebés y Mamás, Casa Pasarela, Encuentro Nupcial Puerta, Expodental, Deporte Total. La más mediática, y una de las que mueve gran capital, es ARCO, la feria internacional de arte; tal vez el arte sea el paradigma de la mercancía con “alto valor añadido” que el marketing urbano que comenzó por el Guggenheim y el metro quiso atraer a Bilbao. Por el momento, el BEC sigue haciendo uso de las citas de su precursor, la Feria de Muestras de Bilbao, con su estrella indiscutible de la Feria de Máquina Herramienta; junto a ella reconocemos otras dedicadas al sector tecnológico secundario (más mecánica que altas comunicaciones, desde luego), pero se empiezan a incluir otras del tipo Bricoforma, CreaModa, Expobodas, Expovacaciones, Nagus. El sector terciario va tomando lugar, como si el BEC fuera una continuación del Megapark, el gran centro comercial que crece en sus inmediaciones: de la Expoboda del Megapark uno puede pasar a la Expoboda del BEC, sin saber muy bien en qué lado del sistema económico está, a qué lado de la barra: cliente o camarero, consumidor o trabajador. Paradójicamente, mientras se cultiva la ignorancia en los consumidores al respecto del proceso de producción y, de este modo, no se les muestran las mercancías hasta que éstas están bien empaquetadas, hasta que los escaparates debidamente decorados, en el momento en que las mercancías son exhibidas por primera vez, se borran las diferencias entre el mayorista, el minorista y el cliente final, entre el político, el técnico y el ciudadano: el producto les habla a todos el mismo lenguaje encantado, es una única seducción, la que ejerce la mercancía sobre el espectador-consumidor. Por el lado del pasado, el de la antigua Feria de Muestras, se reconocía aún el impulso utópico (además de su represión ideológica) propia de las Exposiciones Universales, como la de 1900 que erigió la Torre Eiffel, tan hermanada en su estilo al

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Puente Colgante de Portugalete. En las exposiciones, como en el falansterio de Fourier, se confundían los sueños tecnológicos de la edad adulta con los juegos de los niños y, en el caso de Bilbao, niños y mayores se daban cita conjuntamente en ferias de minerales, sellos y monedas. El mineral, del que había vivido toda la comarca desde el siglo XIX, se abría a la mirada atenta, fascinada, como recuperando las cualidades mágicas que otorgara el alquimismo. Volviendo a la gigantesca mole del BEC, digna por su monumentalismo de la arquitectura fascista de Albert Speer —padre—, necesita también de eventos no estrictamente feriales para rentabilizar su construcción y su misma existencia. En 2005, por primera vez, se celebraba el campeonato “mundial” de Bertsolaritza en un municipio vizcaíno. Éste concurso recoge la tradición del bertsolari (‘el que hace versos’), en el que, de dos en dos, los participantes deben improvisar unos poemas sobre una estructura y una temática dada. Y, precisamente, el campeonato se iba a celebrar en Barakaldo, tan poco euskaldún en tanto que el mayor municipio de la margen izquierda, conformada ésta por la inmigración interna española antes y durante el franquismo. El acontecimiento artístico-deportivo, uno de los más masivos celebrados en el BEC, sirvió por ello como acto de demostración del proceso de “normalización lingüística” de las zonas tradicionalmente no euskaldunes de la CAV. Por otra parte, parece que, en general, al mundo abertzale le gusta el nuevo BEC y prueba de ello es el intento fallido de celebrar a finales del mismo 2005 una asamblea general de lo que antes de su ilegalización se llamaba Batasuna. La autocelebración de la identidad, como consigna política central en la izquierda vasca, liga bien con estos espacios de exhibición de la mercancía ¿o no es la nación una protoforma de la mercancía, hoy perfectamente subsumida bajo su legítima heredera? Si uno ya no sabe exactamente qué cambios de nombres de la formación abertzale se debían a una estrategia legal y cuáles a la transformación política real, desde luego sí parece claro que fue voluntario el cambio de nombre de su periódico, desde Egin, que en euskera significa ‘hacer’, a Gara, que se traduce como ‘somos’. De que somos mercancía no cabe ninguna duda, por eso éste es nuestro lugar propio, la feria, a los tres lados de la barra: detrás, delante y encima.

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A unos metros del BEC encontramos una de las superficies comerciales más grandes de toda Europa. Lo que a principios de los noventa comenzó con el Hiper Baliak, un simple supermercado junto a una carretera —eso sí, algo más grande de lo que estaban acostumbrados en la zona—, poco después dio paso al Max Center, gran superficie con supermercado de Eroski incluido pero, además, un paseo de tiendas de diversas marcas. Más tarde llegó Pryca y, finalmente, Megapark. La oferta de centros comerciales se ha extendido como una mancha de aceite sobre el borde de la A8, en el municipio de Barakaldo. En un foro de Internet descubríamos al respecto de esta zona comercial la siguiente descripción detallada:

Baracaldo se está convirtiendo en la capital del comercio de la zona norte. A la gran oferta de supermercados y tiendas que hay en el casco urbano hay que sumar el gran número de centros comerciales y grandes almacenes que se han instalado en la periferia; el número de éstos se ha incrementado casi exponencialmente en los últimos años. Uno de los primeros fue el MAX CENTER; en su momento uno de los mayores centros comerciales del País Vasco. En él podemos encontrar una oferta muy variada de productos y servicios, que va desde tiendas de ropa como Zara, Cortefiel, etc. hasta un gran supermercado (Eroski), pasando por joyerías, tiendas de animales, zapaterías, bares y restaurantes, y cines; es decir, prácticamente cualquier cosa que necesitemos. Debido a la gran afluencia de gente y a pesar del tamaño del centro comercial ha habido que hacer una ampliación en los terrenos del antiguo HIPER BALIAK, conocida como MAX OCIO. A esta zona se han trasladado todos los bares y restaurantes y 16 salas de cine. Además tiene una bolera con 26 pistas, esta sección tiene todo lo necesario para pasar estas frías tardes de invierno. Sin embargo, y por si esto no fuera suficiente, a esta oferta hay que sumarle otro gran centro comercial situado aproximadamente a 500 metros del MAX CENTER; este centro, llamado MEGAPARK, de reciente construcción e inauguración (1 año), consta de múltiples y variados pabellones comerciales: MEDIAMARK, LEROY MERLIN, CONFORAMA, SURCOUF, DECATHLON, PC CITY, KIABI, DOSHER e IKEA, entre otros. MEGAPARK cuenta con más de 4.000 aparcamientos, pero es impresionante ver cómo la gran

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afluencia de gente no deja ni una plaza libre. Desde luego, si eres de los que te gusta ir a un sitio y poder comprar todo lo que se te ocurra, esta zona de Baracaldo es el sitio ideal para ti.

Obviando la compleja psicología de este anónimo forista de Internet (que parece hacer suya toda la publicidad que ha podido recoger a su paso, aderezada con algún estudio sociológico y de mercado), este texto resume perfectamente todo el complejo de centros comerciales de Barakaldo que ha transformado radicalmente la vida cotidiana de la margen izquierda en los últimos años. Sin embargo, si de este tema ya habíamos hablado anteriormente, lo que no habíamos examinado hasta ahora es la forma diferenciada en que esta nueva Modernidad consumista hacía su aparición en ambas márgenes del Nervión. La supuesta homogeneización de la Postmodernidad, en la que todo el mundo se convierte en clase media, al menos ideológicamente, no es tan pura como se predica.

Igual que donde a la margen izquierda le tocaba el Puerto Comercial, y a la Derecha correspondía el Puerto Deportivo, lo que en la margen izquierda es la superficie comercial compuesta por Max Center, Pryca y Megapark, en la derecha es Artea, y en el nuevo centro “de lujo” de Abandoibarra, Zubiarte. Particularmente interesante, Megapark es un conglomerado de centros comerciales en pugna entre ellos, ofreciendo constantes rebajas de precio para hacerse competitivos; el acceso primario es por carretera (está junto a la autopista) y, una vez allí, siempre es preferible ir en coche hasta el parking correspondiente al centro comercial elegido, si no, la caminata se convierte en procesión inacabable. Para esto baste recorrer la inmensa avenida resguardada que se ha habilitado para los “peatones” que se atreven a acercarse hasta allí, una inmensa y penosa calle que se prolonga a lo largo de toda la línea de centros comerciales. Lo inhóspito de la zona, a pesar de la habilitación de paseos, convierte el exterior del Megapark en uno de aquellos “no-lugares” de los que hablara Augé; extrañamente, uno de aquellos “templos del consumismo” se ve investido con las connotaciones de los interespacios inhóspitos de las estaciones de servicios o los aeropuertos. Todo lo contrario ocurre con Artea, el gran centro comercial de la margen

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derecha, de dimensiones mucho más “humanas” y con cierta estética “calatraviana”, en el cual la mayor parte de los comercios están albergados dentro de un mismo edificio. El tipo de consumo es mucho más especializado; no es tan importante el “ofertismo” como los “productos de alto valor añadido”, esto es, las prestigiosas marcas que ofrecen los distintos comercios. Es un tipo de comercio más pequeño y más especializado y un tipo de consumismo más refinado, el cual llega a su cima en Zubiarte, el centro comercial de Abandoibarra. La diferencia entre estos dos tipos de consumo dice mucho al respecto de las distintas capacidades y culturas consumistas de la margen izquierda y de la Derecha o el Ensanche bilbaíno, cuna de la burguesía de la zona. El consumo en Artea o Zubiarte, igual que el del Puerto Deportivo de Getxo, es un consumo “con clase” y ya lo dijo el propio alcalde Ortuondo: “no queremos hacer un hipermercado, aunque nos lo quitarían de las manos, sino algo de mucha calidad, diseño cuidado y espíritu de ocio” (Esteban 2000, pág. 130). A pesar de que algún crítico haya calificado el edificio de Stern para Zubiarte como “zafio bazar”, lo que desde luego son bastante zafias son las condiciones a las que se enfrenta el cuerpo masificado y expuesto a todo tipo de inclemencias en los inmensos hangares del Megapark o del mismo Max Center. El modo de consumo que se da aquí bebe de los lugares tradicionales donde se han formado los consumidores más populares, las amas de casa, aunque en este caso no se puede hablar propiamente de consumidores, sino de auténticos “ingenieros del abastecimiento doméstico”. Es un encuentro entre las grandes superficies para mayoristas —tipo Merca-Madrid o el propio Merca-Bilbao— y los mercados tradicionales, sobre todo los que aún se ven en la margen izquierda igual que en las zonas populares y rurales de toda España, los mercadillos callejeros y ambulantes, entre cuyos vendedores se encontraban las hoy desaparecidas sardineras de Santurtzi. El capitalismo multinacional se las ha de ver de forma diferenciada con esta población: si quiere integrarla en una cultura del puro consumismo, ha de aprender a hablar su dialecto de procedencia, por tosco y de pocos modales que éste sea. Pero claro, a costa de aceptar esta forma de cultura del regateo basada en una competencia feroz entre los comercios colindantes, afinando los precios hasta sus límites (y más allá, a juzgar por los pleitos entre las distintas marcas), el consumo de segunda división se ve

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sazonado por una precariedad mayor si cabe entre sus trabajadores, pero también por una falta de cuidado para con el “cliente”. Ante el Megapark uno se pregunta si está ante un espacio de servicios o ante naves industriales; el cuerpo del consumidor no tiene otra que volverse duro si quiere hacerse con su oferta, luchar por su parte. Todo lo contrario es el reino luminoso de Zubiarte, el comercio que debe tener como clientes más fieles a los futuros habitantes de las viviendas de lujo que se han levantado a su lado; semejante idea parecen tener las torres de Isozaki, con viviendas y centro de ocio y comercial incluido, en un ecosistema donde lo doméstico y lo mercantil no conocen más espacio intermedio que ascensores, escaleras y pasillos: el sueño de la Postmodernidad, la debacle de la sociedad civil. Y como vimos, también el Megapark posee sus propias viviendas aunque, en este caso, no de lujo; son aquel grupo de rascacielos del que hablamos anteriormente, de dimensiones gargantuescas.

Pero el terciarismo del Nuevo Bilbao no se completaría sin su momento de ocio y esparcimiento. Éste está muy bien representado en sus pretensiones por el Puerto Deportivo pero, claro está, si más o menos “cualquiera” puede tomarse una cerveza (cualquiera con algo de dinero sobrante, claro) en sus bares-franquicia-prefabricados, no todo el mundo puede tener un yate, además de que somos muchos a los que poco nos interesa, precisamente, tener un yate. Por eso también la clase ex-obrera iba a tener su espacio propio de ocio, el que se calificó del Guggenheim de la margen izquierda. El proyecto Urban-Galindo de Ría 2000, en Barakaldo, con fondos europeos destinados, en este caso, para el saneamiento de la zona y el río; incluye “un parque de ocio dirigido a la familia y de entrada libre, que incorpora atracciones, restaurantes y tiendas especializadas, ocupando una superficie de doce hectáreas al borde de la ría” (Esteban 2000, pág. 156). Para poder hacer rentable este proyecto tiene que haber más de 600.000 visitantes al año pero, por ahora, el parque de ocio queda aparcado a la espera de la dinamización de lo ya puesto en marcha, básicamente Abandoibarra y el BEC; por ahora la margen izquierda deberá conformarse con el ocio de segunda división de la extensión del Max Center, Max-Ocio. De cualquier modo, el parque de ocio de Galindo no parece que fuese a diferir mucho del de Eroski, sabiendo que la idea de Ría 2000 era

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dejarlo íntegramente en manos de la iniciativa privada. En el caso del ocio de altas miras, el dinero público no tiene tanto miedo de circular y perderse por el camino, como no lo tiene para subvencionar grandes empresas privadas o para cubrir sus goteras; en el caso del ocio de la masa obrera, el estado —sea el español, el vasco o el bilbaíno— confía en los mercaderes que sabrán ofrecer un producto de entretenimiento a la altura de la sensibilidad del vulgo. Todos somos clase media. En ciudades como Madrid, donde la cultura del centro comercial está bien asentada, podemos experimentar las sensaciones intensas que se nos ofrecen en lugares tan aconsejables como el Xanadú de Arroyomolinos ¿Qué más puede aspirar a hacer la clase obrera con su tiempo libre? Bilbao Metrópoli: Metrópolis de Fritz Lang.

Más significativo incluso a este respecto resulta explorar la modificación del ocio juvenil en los últimos años en Bilbao. Los nuevos espacios y tendencias del fin de semana vienen determinados por el cambio de escalas, por la cultura del coche, por el gran desplazamiento en busca de una centralidad global, más allá del “provincianismo” local resistente. La escapada del sábado noche no cabe ya en el propio municipio, espacio geopolítico que hoy equivale al doméstico. “Salir” no es sólo salir de casa sino salir del barrio, salir del pueblo y salir “afuera”. El erotismo del “escapar” emana de la economía multinacional, de la autopista, de las líneas ADSL, de un espacio que no tiene lugar, que es puro “más allá”, “después”, “After”. La cultura del House, del Electro o simplemente del After, han traído nuevas discotecas durante los últimos diez años y más aún desde que el Guggenheim ha construido el consenso general sobre las virtudes del Nuevo Bilbao. Dejando al margen las clásicas discotecas de la villa (Congreso, Conjunto Vacío o Distrito), de menor tamaño e integradas en el continuum y la noche urbana, nuevos espacios de gran tamaño, periféricos en cuanto a su localización geográfica, casi tan autónomos como los propios centros comerciales, se van apoderando del fin de semana del Bilbao Metropolitano. Estas discotecas, cuanto más grandes mejor, pretenden ser un universo alternativo; como los templos del consumo (al fin y al cabo muchas veces acaban siendo sólo esto, templos de un consumo de tipo más arriesgado), constituyen auténticos centros ontológicos escindidos del resto del cuerpo

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urbano, “otro-mundo” que no busca ser imagen mejorada de éste; ni de los templos del consumo, ni de estas discotecas se extrae enseñanza alguna para la transformación política del espacio cotidiano, su relación con la realidad y el cuerpo es de pura transfiguración, lo cual tampoco es intrínsecamente negativo, por cierto. Desde la ya histórica Factoría en Berango (hoy Image), pasando por el Columbus (hoy Xtrem) en Zorrozaurre, hasta la reciente Fever de Bolueta (o Santana 27, según el día), podemos establecer un tríptico que nos permite comprobar cómo se organiza hoy esta noche bilbaína, la que está en mayor armonía, en cuanto globalización de la diversión, con el Nuevo Bilbao.

La sala Image, en la localidad de Berango, cerca de Getxo, es ya todo un clásico del House de la zona. Que sea en la margen derecha donde aparezca por primera vez esta nueva forma de ocio no debería sorprender; con unas rentas y unas condiciones socioeconómicas mucho más “avanzadas”, Getxo y su periferia han destacado como vanguardia del proceso de regeneración del , un proceso que, como hemos señalado en otra ocasión, puede calificarse de getxificación de Bilbao. Algo más tarde, pero sin competir con la anterior, aparecía la también consolidada —aunque siempre más inestable— Columbus (Xtrem). Afincada en la periferia de Bilbao, en Zorrozaurre, se adelantó a los proyectos de convertir esta península de ruinas industriales en el Manhattan de Bilbao. El público y las tendencias de esta discoteca estuvieron desde el comienzo claramente diferenciadas de la Image. Dirigida a la cultura más “ultra” del electro y a un espectro social de clase obrera, sus asiduos provenían principalmente de la margen izquierda y, especialmente, de los barrios más humildes de Santurtzi, Portugalete, Sestao, Barakaldo y del mismo Bilbao, y es que también en aquellos municipios obreros se establece una sutil distinción entre barrios: hay barrios con menos “casta” que otros, precisamente, los de mayor y más tardía inmigración, curiosamente los más pobres. Y es que la solidaridad entre obreros es bastante menos compacta de lo que se la pinta, como todos sabemos. Pero las distinciones culturales de clase tienden hoy a desaparecer, gracias a Aznar quien, a juicio del filósofo José María Ripalda, nos consiguió convencer de dos

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cosas fundamentales y fundamentalmente falsas: que España pertenece al Primer Mundo y que todos somos clase media. La entrada del neoliberalismo feroz y su Modernidad licuada —sus contratos temporales, los convenios basura, las ETTs, el telemarketing: la sociedad de servicios— adquiere en Bilbao un rostro particular, presidido por su Guggenheim y su metro de lujo, una iconología que se extiende también al ámbito del ocio juvenil, incluso hasta el aparentemente más autónomo. Si las salas Image y Columbus mantenían una clara distinción de clase y márgenes, el Fever representa la homogeneización de la sociedad bilbaína en un único grupo. Con una oferta musical mucho más amplia, varios ambientes, varias velocidades, pretende acoger en tanto que semejantes a los distintos jóvenes, no importa de dónde provengan ni hacia dónde vayan, sólo que están en el hiperespacio del fin de semana. Se podían detectar ensayos previos en esta dirección al respecto de la noche bilbaína ya en el institucional Bilborock, con su estética de plató de televisión, o en la vertiente más bailable del Kafe-Antzoki, antiguo teatro reciclado en sala de conciertos y, especialmente, sala de fiesta que, a pesar de su vocación original de apoyo a la euskaldunización de Bilbao (o tal vez por ello), terminó expresando muy bien ese espacio común donde la lucha de clases se detiene y la comunidad de iguales se hace visible (tal vez como metáfora de la orgánica Euskal-Herria a construir). El Fever es una continuación de aquel imaginario, restando peso al elemento localista-folklorista y poniéndoselo al global y, todo ello, con cierto toque de estilo, al que aspira cualquiera que se sienta clase media. La “mugre” del “bareto”, los perfiles cerveceros o los uniformes agresivos del punk y el heavy se transmutan en cuerpos de gimnasio, las drogas de diseño y espacios asépticos. Claro que a este nivel todo está aún por decidir, y más en un espacio tan novedoso y complejo como el Fever; los mensajes reaccionarios y utópicos se entrecruzan de forma ambigua, no está claro si la igualación de los diferentes es la del centro comercial, semejantes en tanto que consumidores, o la que Victor Turner describía en el proceso pitual, la communitas de la temporalidad ritual de la que cualquier cosa puede salir —o nada—. Como veía Benjamin, sobre el carácter sagrado o mítico de la violencia fundadora nada sabremos hasta que sea demasiado

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tarde.

Para terminar este recorrido simbólico de los espacios de ocio bilbaínos es interesante acercarse a uno de los fenómenos festivos más importantes de la zona y que mejor han registrado el cambio de paradigma de los últimos tiempos: la Semana Grande bilbaína o Aste Nagusia. Se celebra en la segunda quincena de agosto, durante ocho días y nueve noches, siendo una de las fiestas estivales más exitosas de toda España, con gran afluencia de público desde otras partes del territorio nacional y unos presupuestos crecientes, muy centrados, sobre todo, en los espectáculos musicales y pirotécnicos de escala internacional. Pero para comprender el devenir de estas fiestas debemos adentrarnos antes en sus orígenes. La Aste Nagusia, al contrario de lo que sucede en la mayoría sino en todas las fiestas que se celebran en las capitales españolas durante el verano, no conmemora el patrón de la villa, no tiene por tanto carácter religioso alguno ni en su forma actual ni en su origen. La virgen de Begoña es la patrona - más bien matrona- de la ciudad, pero su festividad no coincide con las fechas en que se celebra la Aste Nagusia. La Semana Grande tiene su inicio en los primeros años ochenta, y es fruto de la voluntad de las asociaciones populares de la villa; de hecho, tradicionalmente son ellas y ningún otro grupo quien organiza los festejos con cuya recaudación financian sus actividades del resto del año. Grupos antimilitaristas, ecologistas, feministas, asociaciones de vecinos, grupos de teatro, asociaciones deportivas, etc. eran hasta hace bien poco los protagonistas de estas fiestas. Con la transformación de la sociedad y, sobre todo, de la ideología vasca en los últimos diez años —su envejecimiento y aburguesamiento delirante— los poderes fácticos han ido adueñándose de la Aste Nagusia a golpe de talonario, de grandes espectáculos que invitan a las masas a desplazarse fuera del espacio dominado por las asociaciones, el Casco Viejo y sus alrededores. El Ayuntamiento, que originalmente potenciaba o al menos no dificultaba la actividad de estas asociaciones ciudadanas, se complica con los poderes económicos y patrocina una fiesta paralela localizada crecientemente en los márgenes de la ciudad. La fiesta se suburbaniza y se convierte en una celebración del consumo y la inversión, una fiesta programada por técnicos y profesionales del

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espectáculo, una fiesta que, además, busca especialmente abrazar el espacio urbano del Nuevo Bilbao. El toque autóctono en la estrategia del poder para el desmantelamiento de las asociaciones populares autogestionadas está en su criminalización creciente, relacionando directamente a estos grupos con ETA, dentro del contexto de la paranoia del "entorno". Toda política no teledirigida, toda organización espontánea de ciudadanos que sea obrera y no tenga como interés particular el mundo taurino, es sospechosa de ir tramando los crímenes más inmundos. Durante los años setenta y ochenta, la vida urbana del se caracterizó por una intensa actividad pública y política entretejida alrededor de una importante red de asociaciones. El trabajo de estas asociaciones locales era destapar a todos los niveles desde el marco barrial hasta el global- el conflicto social oculto por los intereses de la clase dominante. La amplia proletarización de la zona creaba un caldo de cultivo idóneo para la conciencia de clase y la conciencia política subsiguiente, generando un flujo y reflujo entre la fábrica y la ciudad que sacaba las contradicciones económicas y sociales fuera del ámbito laboral e individual para plantear una lucha global al sistema capitalista. Con la crisis y el paulatino desmantelamiento de la mayor parte del tejido industrial de la zona, este panorama social languidece de forma paralela. Sin embargo, cuando las antiguas asociaciones y la vida callejera empezaban a evaporarse, los poderes fácticos redescubren el espacio público urbano reclamándolo para sus propios intereses. La apropiación por parte del Ayuntamiento y de distintos grupos económicos y mediáticos de la Aste Nagusia es un ejemplo muy interesante de este cambio de estrategia. El ocio se transforma en el negocio fundamental de la ciudad postmoderna, además de su principal escuela de consumismo.

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III. Pulsión urbana 2
Hay un paraguas roto en la basura, tengo las zapatillas tan gastadas, recojo trozos de un espejo partido. Todos los días dicen que sale el sol, yo hoy no lo he visto. Llueve en Bilbao…

Doctor Deseo: “Llueve en Bilbao”

Este es un libro de textos e imágenes. Se pueden leer por separado, como dos libros independientes, o a la vez. El texto cumple la función crítica; las imágenes, la apologética; y el libro en su totalidad debería constituir la síntesis entre ambas. La parte crítica trata de diseccionar el Bilbao del marketing urbano, analizar en detalle un proceso hecho a espaldas de la sociedad civil y explorar la naturaleza de la seducción que comanda todo el proyecto. Más allá de los lobbies económicos, de los agentes políticos y de los técnicos, en el Nuevo Bilbao detectamos un deseo común de una ciudad connotada por el prestigio y la clase, un Logo mercantil del que participan las realizaciones urbanas en la misma lógica en que lo sensible participaba de las ideas en la filosofía de Platón. Como explicábamos al respecto de las grandes ferias de exposiciones, el lenguaje que habla la mercancía es siempre el mismo, ya se dirija a mayoristas, minoristas, clientes individuales, o incluso a directivos de compañías y dirigentes políticos, es un único arte de la seducción. Frente a este nuevo Bilbao fotogénico —tantas veces planificado en maquetas y reproducido después en guías turísticas, memorias institucionales de autobombo, incluso videoclips o películas—, la parte fotográfica del libro quiere hacer visible y, de algún modo, redimir estéticamente al otro Bilbao, el periférico —por muy en el centro que esté—, el Bilbao de los barrios más populosos, el construido por los múltiples desarrollismos, el Bilbao marginal y/o marginado, el ruinoso, los restos del Bilbao industrial aún presentes. Pero también queremos retratar el Bilbao más actual, el que se está levantando ahora mismo de forma silenciosa, el de los no-lugares, el de los 127

espacios anodinos que ocupan la mayor parte del espacio recientemente construido. Son todos aquellos espacios “feos”, según los parámetros hegemónicos; los lugares que el Poder invisibiliza y, a pesar de ser los más presentes, denota con la marca de lo pasado, de lo insignificantes. Nuestra labor apologética sería, en este caso, dotar al menos de un “proto-sentido” a estos no-lugares vaciados de significado. No lo entiendo. ¿”No” los fotografiamos? El “sería” me confunde. Bilbao sufre un proceso de iconización creciente, con nuevos edificios y lugares que denotan su ambición de convertirse en un referente urbano. Cada nueva actuación se convierte en fetiche, los paseos se llenan de estatuas, la nueva ciudad se monumentaliza, es una ciudad llena de mensajes, o tal vez con un único mensaje repetido por doquier. Pero a la vez, mientras estos puntos densos reclaman toda la atención, los lugares donde se acumula cotidianamente la mayor parte de la población, los barrios y zonas residenciales, se vacían de sentido, no dicen nada. El área metropolitana se organiza en dos espacios con distinta densidad simbólica, el centro y la periferia, algo análogo a la lógica espacial religiosa que explicaba Mircea Eliade en Lo Sagrado y lo Profano; unos pocos centros (templos) constituyen el espacio sagrado concentrando toda la fuerza simbólica y ontológica sobre sí, mientras el resto del espacio se constituye como profano en relación a aquel, vacío de su poder organizador y redentor. El espacio profano está regido, a su vez, por una temporalidad profana, un tipo de temporalidad de una lógica degenerativa, entrópica. A medida que pasan su tiempo en la profanidad, los hombres se van cargando de pecados, su conducta se aleja más y más del arquetipo sagrado. Por este motivo, periódicamente, los hombres deben visitar los centros sagrados —y a veces es suficiente con inclinarse hacia ellos en su rezo cotidiano— para renovarse, para limpiarse de los errores cometidos, borrar toda huella de la temporalidad profana en la que se han desviado de los preceptos sagrados y reintegrar su vida, desde cero, en la vía correcta. La temporalidad del ritual religioso es la que permite refundar el sentido del universo y el de la propia vida, pasar del Caos profano al Cosmos. En el caso de la ciudad postmoderna —por llamarla de alguna manera— nos encontraríamos ante algo semejante sólo que las intensidades y los significados, obviamente, varían, pero permanece esa lógica dicotómica de arquetipos imaginarios perfectos a un lado y una realidad intematizable al otro. A medida que se mima, se embellece y se fija la atención mediática sobre el Nuevo Bilbao monumental, el “otro 128

Bilbao” se va arrinconando, se torna más insignificante, se convierte en un fenómeno inexplicable a la luz de la reluciente ciudad de titanio. De este modo, no sabemos ya por dónde coger las experiencias y conflictos cotidianos y, frente a ellos, sólo podemos oponer la pureza del Bilbao imaginario: el camino recto, la ley y el orden. Afinando un poco más, en el terreno urbano contemporáneo aquellos centros — templum— los encontramos no sólo en todos los espacios públicos para el consumo, sino en el espacio doméstico en tanto que dominado por los iconos televisivos: la tele como “hogar” sagrado. Pero entre la propaganda televisiva y el centro comercial se encuentran los múltiples intersticios, la interzona profana que escapa a toda razón. Esta interzona está compuesta por los no-lugares en la periferia pero también en el centro de la ciudad, por los rincones marginales que deben ser evitados, por nuestra propia barriada, nuestro inhóspito portal, el solar de la esquina, las obras que crecen por doquier y, más allá aún, por nuestros propios conflictos laborales, las desavenencias domésticas e incluso nuestros desencuentros biológicos: la enfermedad y la grasa asaltan nuestro cuerpo igual que el merodeador nuestras calles, “aparecen allí donde no pertenecen”. Los espacios fotografiados en este libro serían por tanto espacios “merodeadores”, pues aparecen por Bilbao sin pertenecer a Él, al Nuevo Bilbao.

Pero antes de empezar a sospechar y criticar la nueva ciudad que emerge como gran fetiche colectivo, debemos plantearnos en qué medida nuestra propia investigación, por muy bien intencionada que sea, contribuye a esta mistificación de la ciudad. Es vital, a la hora de escribir un libro, preguntarse por el contenido o el valor político de lo que uno está proponiendo, ya que, tal y como advierte el filósofo norteamericano Fredric Jameson (Jameson 1996), nada está exento de un contenido político. Cuando alguien se propone la tarea de hacer un libro sobre “la ciudad”, llega un momento en el que empieza a sospechar al respecto de la naturaleza del impulso que le lleva a pensar o escribir sobre ella, como si la ciudad tuviera algún tipo de entidad y autonomía verdadera en sí misma, separada del entramado económico, político y social más amplio en el que está inserta. Y, sobre todo, la sospecha se hace más aguda al descubrir que estamos concibiendo y fotografiando la ciudad como si se tratase de un decorado, calles y espacios vacíos, sin los habitantes que se supone son la materia prima de cualquier ciudad. Uno, no sin motivos, comienza a sentirse víctima de una perniciosa abstracción metafísica, de una cosificación del espacio público.

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¿Qué es hoy “la ciudad” separada del resto del todo socio-económico? Porque, en realidad, la ciudad no puede ser considerada autónoma, ni económica ni política, ni siquiera culturalmente. Cuando la sociología urbana se ha planteado esta cuestión, ha terminado siempre en un callejón sin salida: lo urbano al final se disuelve en niveles más amplios a la vez que más concretos de análisis o, finalmente, lo urbano se convierte en una caracterización tan general que lo abarca todo y hasta el campo se vuelve hoy, en las sociedades plenamente modernizadas con sus medios de comunicación y transporte, en urbano. Desde una perspectiva materialista, la ciudad, en tanto que objeto de estudio autónomo, resulta ciertamente sospechosa. Si la ciudad hoy no se puede considerar política ni económicamente como un sujeto autónomo, tal vez, en todo caso, se la pueda concebir como una “unidad de hábitat”, aunque, como vemos en el caso de Bilbao, esta unidad debe definirse más allá de los límites meramente municipales con su fenómeno de conurbación; en cualquier caso, la misma noción de “unidad de hábitat” resulta bastante sospechosa ¿Cómo acotar los límites de esa “unidad” de hábitat? ¿Serían límites exclusivamente territoriales, como los demarcados por el espacio geográfico real? ¿Podemos definir acaso el hábitat al margen de los media? ¿No habitamos igualmente los media? Y siendo así, ¿no habitan el mismo espacio cotidiano —por virtual que sea— personas que no comparten espacio real alguno? ¿No tendrán razón por tanto los apologetas de la telépolis, quienes reconocen el nuevo espacio cívico más allá de los viejos muros espaciales de la ciudad?.

Hubo un tiempo en que la ciudad sí constituía —hasta cierto punto— una unidad económica, política y social. El caso más claro está representado por las ciudades-estado griegas pero, en general, en toda la Antigüedad se encuentran casos semejantes; al fin y al cabo Roma no era más que una ciudad. Pero antes que como realidad económica, política o jurídica, la ciudad aparece aquí como realidad narrativa. La idea de ciudad es una herencia que podemos rastrear hasta los orígenes de la civilización; simboliza los esfuerzos del hombre por conquistar un lugar estable frente al caos y la amenaza exterior. Es, por tanto, un símbolo que condensa todos los temores y las dificultades sufridas por el hombre del Neolítico en su determinación sedentaria. Todos los mitos occidentales están llenos de referencias a la ciudad, aunque en muy distintos tonos: desde el odio bíblico a la cultura urbana, con Caín como fratricida fundador de ciudades, y Sodoma y Gomorra como iconos de los vicios urbanos, pasando por los 130

mitos y rituales fundacionales de las colonias griegas de la península itálica, o los de la propia Roma —con un Rómulo igualmente fratricida, pero ahora de manera justificable por su virtud constructora—, hasta la más remota cultura mesopotámica con el Poema de Gilgamesh, dedicado a Uruk, la ciudad edificada por el rey Gilgamesh. Durante la antigüedad, por tanto, a pesar de poderse detectar un proceso de desencantamiento de la tierra (dominada por los ancestros enterrados), y a pesar de la aparición de una auténtica identidad política urbana —con su momento de esplendor en las Polis griegas—, la ciudad continuó dominada por concepciones míticas. Después de la caída del Imperio, Roma, que había llegado a tener más de un millón de habitantes — densidad que ninguna ciudad volvería a alcanzar hasta mediados del XIX— y el resto de las ciudades del Imperio prácticamente desaparecen, junto al sistema tributario del que dependían. La economía feudal se construyó al margen de las ciudades pero, en el final de la Edad Media, la cultura urbana y la fuerza política de las ciudades gozaron de un auge sin precedentes. Tras el año 1000, las rutas comerciales que se extendían por toda Europa empezaron a generar una acumulación de capital, gracias a lo cual los antiguos mercados itinerantes que se establecían en las murallas de las viejas ciudades romanas semiabandonadas dieron paso a los burgos, asentamientos de comerciantes y artesanos estables que constituirán la base del desarrollo de las ciudades medievales, al margen de los poderes feudales. La cultura del gótico, con sus calles laberínticas, sus catedrales y las órdenes mendicantes dedicadas a la enseñanza, crece al calor de aquel protocapitalismo; por primera vez la ciudad no vive del dinero expoliado al campo, como un fortín monumental para los poderosos, sino que se expande desde la propia economía que ella moviliza. Los plebeyos artesanos y comerciantes (proto-burgueses) se autoorganizan creando gobiernos y milicias municipales de defensa contra las incursiones de los señores feudales, lo que reforzará aún más esta nueva identidad urbana en ciernes. Aquella autonomía, sin embargo, se corta de raíz ya en el renacimiento, con la creación de los grandes reinos. Los gobiernos municipales aceptaron la ayuda de determinados poderosos aristócratas que les defenderían con sus ejércitos de caballeros de los otros señores feudales. Pero aquellos ejércitos que debían proteger las ciudades se convirtieron a la vez en dominadores de estas ciudades. La autonomía política de estos centros de población llegaba a su fin. La organización política y económica tiende a centralizarse y, con el tiempo, los estados nacionales buscan la eliminación de los viejos fueros y leyes especiales que se pactaron en su momento con los gobiernos municipales 131

locales; la debilidad de los gobiernos municipales en la actualidad es una consecuencia notable de la historia urbana occidental. Sin embargo, este momento de esplendor urbano no pasa en vano. Si la idea más remota de ciudad tenía unos orígenes míticos, construida sobre el sentimiento de amenaza y contra la naturaleza, la ciudad gótica supondrá una refundación de la idea de ciudad en un sentido mucho más político, como defensa de la autonomía popular no frente a la naturaleza, sino frente a la aristocracia, frente a los poderosos. Y es esta idea política de ciudad la que habrá de volver posteriormente, ya en la historia moderna, como “resistencia urbana”; la historia de Occidente está atravesada por un hilo rojo de agitación y rebelión contra los poderes centralistas que devuelven el poder a sus dimensiones inmediatas. Los alzamientos revolucionarios en Francia desde 1789, la Comuna de París de 1871, el alzamiento del Soviet de Petrogrado en 1917, o la revolución de 1934 en las ciudades de Oviedo y Barcelona, más allá de que alguno de ellos se inscribiese en lógicas revolucionarias meta-urbanas, el momento de toma local del poder hace revivir aquella independencia urbana de las ciudades del final de la Edad Media. Y la confirmación de esta imagen viene de los fracasos del alzamiento, cuando los herederos de los reyes renacentistas y barrocos envían sus ejércitos desde las capitales a reprimir los alzamientos; la narratividad estatalista cuenta después cómo aquellas ciudades han sido “liberadas”. El ambiguo simbolismo de la ciudad tiene, por tanto, sus raíces históricas en estas dos concepciones, la mítica y la política. Sin embargo, más allá de la memoria histórica, la consideración de la ciudad y, sobre todo, de “lo urbano”, como una entidad autónoma genuina –por encima de su fantasmagoría mercantil– tiene otro punto fuerte desde el ámbito estético y cultural, considerando la “estética” como teoría del arte a la vez que teoría de la “sensibilidad”, en sentido kantiano. La estética urbana, como arte urbano que se desarrolla a partir del siglo XIX, vendría a dar razón de una transformación sin precedentes en la experiencia colectiva, en la sensibilidad compartida por los habitantes de la ciudad de la multitud. A partir de mediados del XIX, con la industrialización, se produce una auténtica revolución urbana. A la par que las nuevas ciudades industriales, las grandes capitales europeas y americanas empiezan a crecer a un ritmo inédito en la historia de la humanidad; el caso de EEUU es paradigmático. Una ciudad como Nueva York, que en 1800 tenía una población de 50.000 habitantes, cincuenta años después multiplica por 132

10 el número de habitantes (515.000) y para 1900 contaba ya con 3.437.000. El proceso en países como Inglaterra o Francia es similar, y algo más lento y tardío en otros más atrasados, como Alemania o Rusia. De cualquier modo, incluso en países que por aquel entonces vivían una crisis histórica como España —pérdida de las últimas colonias—, el proceso de urbanización empieza a hacerse notar. El caso de Bilbao, teniendo siempre en cuenta que no se trata de una gran capital, sino de una mera ciudad industrial periférica, es muy significativo: en 1800 tenía una población de unos 1.000 habitantes; cincuenta años después cuenta ya con 18.000 habitantes, para pasar en 1900 a 83.306 y alcanzar en 1940 los 229.334 habitantes. Es decir, en 140 años había multiplicado su población por más de 200. El trasvase de población rural hacia las ciudades tiene un efecto que podríamos denominar de shock sobre los hábitos, las creencias y, en general, sobre la experiencia colectiva. En un par de generaciones, una parte importante de la población descubre que ha perdido y olvidado su marco de referencia tradicional, los apoyos rituales en los que se apoyaba toda su concepción de la vida. De la noche a la mañana, y sin demasiadas explicaciones, han sido trasplantados del antiguo régimen, con una economía rural, una política semifeudal y una ideología teocéntrica, a un escenario de masas proletarias hacinadas, que conviven en jornadas inhumanas de trabajo junto a humeantes máquinas de hierro. Como veíamos, EEUU fue el lugar donde más violentamente se produjo la modernización, y por ello mismo es allí donde se encuentran los primeros ensayos de tratar de dar un cauce simbólico a las nuevas circunstancias, algo así como una cultura urbana moderna. Y es que si “lo urbano” tiene un lugar propio, mucho antes que como disciplina académica (sociológica, histórica, geográfica, antropológica) es como “arte” urbano. La narrativa toma formas urbanas en los folletines literarios, en las revistas editadas para el gran “público”, ese nuevo fenómeno que traen consigo las ciudades. Géneros nuevos, como el policíaco abren la imaginación popular al laberinto urbano, a sus recovecos y misterios. La música merece especial atención. De carácter siempre más claramente popular y con más alcance, el jazz mimetiza los ritmos de la ciudad, igual que bailes como el tango e incluso el chotis. Más tarde el rock se atreverá a llevar la mimesis de la electricidad urbana hasta sus últimas consecuencias; hablar de “rock urbano” es una reiteración, como lo es decir “cine urbano”. Tanto el cine como el rock son esencialmente urbanos, nacen en la ciudad y hablan desde el lenguaje de la ciudad,

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desde sus sonidos, desde sus ritmos; el que oye y escucha el rock, igual que aquel que es capaz de seguir una película, está ya iniciado en lo urbano, infectado por lo urbano. No cabe duda de que lo urbano tiene que ver con una modificación en la experiencia colectiva y así lo vieron los primeros que fueron acuñando el concepto: Georg Simmel o Walter Benjamin detectaron esta modificación “estética”, en el “sentir común” de su tiempo. La ciudad moderna, por tanto, la ciudad de la multitud, del transporte mecanizado, la ciudad maquínica, se confirma como un tipo de hábitat diferente. Por tanto, aquella definición que dábamos de “unidad de hábitat”, para la ciudad, tal vez no sea tan despreciable, lo urbano tiene que ver con el habitar, con la costumbre, o tal vez con la dificultad para establecer costumbres; lo que resultaría más difícil es definir dónde empieza y dónde acaba esa “unidad” del habitar pues, tal vez, no sea ya la ciudad el límite que acote el perímetro de lo urbano.

Volviendo a la “idea de ciudad”, los restos de la concepción mítica más arcaica que siguen vigentes a través de sus reflejos mercantiles, hoy descubrimos cómo los media y los políticos insisten en vendernos la idea de “la propia ciudad” como motivo de orgullo y complacencia, y encienden los ánimos para defenderla con la misma fuerza con que defendemos los colores de nuestro equipo; el estadio de fútbol, que en Bilbao es por algo llamado La Catedral, es el lugar por excelencia donde la ciudad y sus ciudadanos se encuentran cara a cara autocelebrándose: los restos de Roma. Pero, ¿qué buscan los poderes fácticos con esta identificación del colectivo con la propia ciudad? Tal vez tenga que ver con la impotencia de facto que representan hoy los marcos políticos municipales, con su insignificancia respecto a los poderes estatales y regionales e, incluso, con la falta de acceso de los ciudadanos a las decisiones municipales. Si el colectivo, en tanto que sujeto político, se identifica hoy con “su ciudad”, lo hace de modo análogo a su identificación con el equipo de fútbol, con un sentimiento de “pertenencia y destino”, o de “fatalidad”, según las suertes de la liga. Como vimos, a partir de la creación de los grandes reinos y estados europeos, el poder municipal se minimiza. El fenómeno de la ciudadela, casa cuartel primitiva, es el más claro ejemplo de cómo este ejército real sitió de hecho las ciudades que decía defender. Los reyes, sin embargo, conservaron la imagen de las grandes ciudades como sello de los reinos. El absolutismo barroco reforzó la imagen de la ciudad con sus espectaculares avenidas; la ciudad se volvió escenografía del poder de la corte; las grandes capitales eran nuevas romas, centros desde los que se dominan los imperios 134

(español, francés, británico), ciudades que se enriquecen a costa de las provincias y colonias. Los estados decidieron, por tanto, que el recuerdo popular de la ciudad medieval autogestionada no debía ser simplemente reprimido sino corregido: redirigido. La ciudad, orgullosa de sí, se convierte en símbolo del lujo imperial. La burguesía estuvo lista para tomar el poder cuando se olvidó de sus ciudades autogestionadas del medioevo, para rendirse al poder imperial y global del capital financiero. Dentro de esta misma lógica, el marketing urbano vende hoy la ciudad como imagen. El experto en marketing, el publicista, y detrás de él el promotor, el empresario, venden la ciudad al ciudadano devenido consumidor, le seducen a través de la mirada; no sin antes vendérsela también al intelectual, al artista e incluso al técnico, pues son ellos los que deben justificar el proyecto, y alimentar la imaginación y el deseo de los consumidores-ciudadanos, son ellos los que pueden “erotizar” la imagen de la ciudad, y es que no hay negocio sin deseos. “Lo ciudad”, en tanto que ente imaginario, logotipo, idea platónica de la ciudad concreta, pasa a concentrar todo el encanto ambiguo de la Nueva York cinematográfica, el París de los boulevares, la Venecia de postal, el San Petersburgo de las pasiones novelescas del XIX, el Shanghai y el Hong Kong del siglo XXI, la Metrópolis de Fritz Lang y Los Ángeles de Blade Runner. “Lo ciudad” se refiere sobre todo a sus iconos de modernidad: el tranvía, el metro, la autopista urbana, los rascacielos de vidrio, las galerías laberínticas, los neones. “Lo ciudad” es un parque de atracciones: túnel del terror y del amor a la vez; es la imagen exótica de la ciudad, la cosificación de lo urbano. Y “lo ciudad”, como mercancía de gran valor añadido, se vende bien y se vende caro. Se vende a la conciencia burguesa, a la del conductor, a la del propietario (real o potencial) pero también al arquitecto, al artista y al sociólogo, al antropólogo, al filósofo y a todo investigador que será agraciado con la beca que, temporalmente, le permita salir de su precariedad natural; “lo ciudad” tiene una larga clientela asegurada. Pero no hay engaño mercantil ni triquiñuela de publicista que no esté asentado sobre un genuino impulso utópico. El deseo es siempre ambiguo y el trabajo de mercadotecnia es concentrarlo en el objeto, de tal forma que quede paralizado y no regrese al sujeto en forma de motor político. “Lo ciudad” en cuanto objeto de deseo entronca con la mirada sorprendida del niño. Algo de utópico encierra sin duda todo esto pero, en tanto que no se traduce en una alternativa política, lleva a la traición del componente emancipador. En una conferencia reciente, Jameson hacía mención de esta ambigüedad del impulso utópico: 135

puede engendrar tanto un programa emancipatorio como uno represivo; tras los fascismos latía también un impulso utópico. Y, precisamente, son estas formas degradadas de utopía, las fascistas, las que mantienen más vivo el impulso utópico virgen. Los programas revolucionarios beben del impulso utópico a costa de secularizarlo; el nacionalismo fascista, en cambio, crea alrededor del impulso utópico una red mágica de significantes que impiden su definitivo desvelamiento para mantener vivas así las fuentes matriciales de la acción. “Lo ciudad”, la ciudad del marketing urbano, actúa de modo semejante al respecto de los elementos utópicos inherentes al deseo de la ciudad, ya que mantiene vivo aquel deseo a costa de no revelar su potencial revolucionario, de mantener inapalabrado el programa político emancipador que de él debe derivarse. “Lo ciudad”, la ciudad mercantilizada, es la ciudad mítica, la ciudad en la que nuestros prejuicios ilusionados, nuestras supersticiones más arcaicas —miedos y anhelos— se enredan perniciosamente. Pero el deseo que desata la ciudad no se detiene en este deseo de tipo óptico, lo que se desea al respecto de la ciudad no es simplemente mirarla; la ciudad deseada es también la del adolescente erotizado por ese constante flujo urbano. La ciudad no se percibe en este punto por el sentido de la vista, que es la mirada arquitectónica del niño, sino por el tacto, se trata del estar inmerso en el oleaje de la urbe. Aquí nos situamos ya un paso por encima de la mirada mítica, el cuerpo se empieza a integrar en el colectivo. El vándalo adolescente, como el coro de borrachos, está más cerca de constituirse como genuino sujeto político, aunque todavía sería un sujeto en sí, que no para sí; es aquella ciudad rebelde de la toma de La Bastilla, el calor de los compañeros en los instantes en que todo es posible. Desgraciadamente, por su condición de inmediatez, esta rebelión está condenada a la traición y al fracaso.

Pasamos, por tanto, de la ciudad y “lo ciudad” a “lo urbano”, de límites mucho más indefinidos, pues no identifica la subjetividad política con un referente sensible. La experiencia sensible sólo puede ser ambigua y compleja, por ello el sujeto, que siempre está lingüísticamente constituido, en un momento posterior, es y debe ser revisable en aquella experiencia sensible previa, en aquel hábitat. Igual que nadie confunde ya sexo y género, no debemos confundir lo urbano y la ciudad. No nos interesan tanto los límites y la condición autoconsciente de una posible nueva Polis —que también— como la “sensibilidad” urbana, la matriz de la que bebe la Política, sea esta municipal, regional, estatal, internacional o mundial. 136

Volviendo a Bilbao y a ese “Bilbao urbano” oculto tras la fantasmagoría mercantil del Nuevo Bilbao, es evidente que no podemos tomar esta ciudad como un referente de “modernidad”, ni mucho menos. Bilbao tiene muchos componentes urbanos, pues fue durante mucho tiempo vanguardia de la modernización de España, pero tiene también muchos, quizás más, componentes provincianos, aldeanos, restos del Bilbao premoderno que se hicieron fuertes en la ideología nacionalista, y restos de una modernización forzosa para muchos habitantes, llegados del campo castellano, extremeño, gallego o andaluz con lo puesto. Quizás la característica más magnética de Bilbao sea su carácter mixto, de collage imposible entre tradición y modernidad —y ahora Postmodernidad—, entre naturaleza y artificio, con su paisaje accidentado y desbordante que parece contagiar en su dureza a las mismas construcciones. Si hay un elemento predominante en Bilbao, éste es la “contaminación”. No nos referimos sólo, que también, a la contaminación atmosférica aún presente, sino a una contaminación estética entre distintos espacios. Es difícil, o era difícil hasta hace poco, encontrar un rincón estéticamente coherente y bien diseñado; las prisas del desarrollismo y la especulación se hacen notar en cada rincón, pero también en la imaginación de sus habitantes para adaptarse a unas condiciones geográficas y socioeconómicas duras. La tradicional paciencia de los habitantes del norte de España (y no sólo del norte) para adaptarse a una climatología y un terreno difíciles, parece continuar en el carácter de los bilbaínos, oriundos e inmigrantes, capaces de hacer habitable una estructura urbana tortuosa, diseñada por y para el gran Capital. Aunque lo pretenda, Bilbao no es ni ha sido un símbolo de la modernización ejemplar, al contrario. Igual que en el resto de España o, incluso, de forma más exagerada, su modernización tecnológica y económica no tuvo el reflejo equivalente a nivel ideológico; mientras en otras urbes españolas el anarquismo y el socialismo se extendían, poniendo las bases para una modernización alternativa, en Bilbao, el auge del tradicionalismo nacionalista, frenaba los impulsos revolucionarios. Esta última característica la convierte en un caso raro, que contrasta con las demás ciudades industriales españolas, rareza que llegó a llamar la atención de Max Weber. Esa es la tradición de Bilbao, para lo bueno y para lo malo, la que se debe asumir, y desde la que se podría transformar coherentemente la ciudad. Lo demás es expolio de la memoria, lavado de cerebro. Bilbao, y cualquiera que “quiera” esta ciudad lo sabe, no es la ciudad de la multitud, la gran metrópoli con las masas que aceleran el paso y la marcha por grandes avenidas. No es la ciudad de metros y aglomeraciones, de 137

tranvías y autopistas. El Bilbao que ha fascinado a tantos, incluidos posiblemente Gehry y Serra, y el que nos fascina a nosotros mismos, como prueban las fotografías, es, como dijimos, el de los contrastes: entre centro y periferia, que se solapan en cualquier sitio, como un collage descuidado, entre la ciudad industrial y desarrollista y la tradicional, entre ciudad y naturaleza, entre vegetación y basura, entre agua y óxido; la ciudad basura de Eskorbuto, ciudad collage donde lo viejo y lo nuevo se anulan mutuamente y se convierten en naturaleza inorgánica; todo se amontona sin orden, se pisa, se solapa; no las oculta: muestra sus aristas. Bilbao es, por tanto, una ciudad desbordante, que advierte algo al respecto de cualquier intento de una pretendida dominación total del espacio: el espacio es una matriz de la que nacen imágenes, pero imágenes que tan pronto salen de la materia se derriten y se reintegran en ella.

Sin embargo, la ciudad y esta ciudad no existen al margen de una mirada concreta, de modo que, antes de acabar con este punto, queremos descubrir nuestras cartas, nuestra mirada. En primer lugar, debemos dejar claro que nuestra mirada es una mirada individual y aislada, la del espectador que se re-crea, la del poeta que con-crea, la del filósofo que re-flexiona; es una mirada, por tanto, escindida. No es la mirada de un colectivo sobre su praxis política, que mira la ciudad como su herencia y su tarea, que piensa su ciudad como su producto siempre inacabado –necesariamente inacabado–, su praxis y su responsabilidad, el lugar para la vida buena. Nuestra mirada, por mucho que nos pese, se parece más a la mirada del turista, a la mirada fascinada de la ciencia ficción sobre la vida extraterrestre. Nuestra subjetividad estética se parece al cosmonauta, lejos de su tierra o quizás proveniente de una tierra destruida para siempre, que navega por un limbo interespacial en el que todo le es tan ajeno como propio; porque ya no tiene un lugar propio todos los lugares le son tan ajenos como propios. La ciudad, por tanto, como “puro hecho estético”. Decía Nietzsche que sólo como hecho estético tiene justificación la vida, y desde esta perspectiva contemplamos nosotros Bilbao. No estamos reivindicando simplemente una vuelta a la política, frente a la mirada estetizante actualmente hegemónica. Pues, si es prioritario denunciar el desentendimiento contemporáneo de la responsabilidad política, la nueva política debe venir acompañada de una nueva forma de mirar que sustituya al esteticismo paralizante, de otra estética que no sea en sí misma mítica. A la mala estetización de Bilbao, que nos trae el marketing urbano, no vamos a oponer una repolitización carente de estética, sino una estetización que es en sí misma política, una estética política, porque la propia 138

estética es desde el principio política, y viceversa. El problema no es que se estetice Bilbao, sino que se haga desde una mala estética, desde una estética políticamente reaccionaria, por no decir, simplemente, fascista.

Bilbao como un decorado, así lo contemplamos en este libro. Bilbao sin gente, obviándola, considerándola pero manteniendo las distancias, sobre todo con los que se sienten más partícipes en la responsabilidad urbana, en los movimientos sociales y asociaciones de vecinos, siempre vigilantes frente a las incursiones del extraño. En Bilbao el poeta, el artista, el filósofo son generalmente confundidos con el secreta y, ciertamente, muchas veces con razón. La mirada que reivindicamos aquí es una mirada puramente moderna. No soñamos con comunidades cohesionadas, perfectamente autonarradas y ritualizadas. Los antecedentes de esta mirada que reivindicamos se dan en el romanticismo, en la primera Modernidad crítica, como bien la ha caracterizado Patxi Lanceros. El turismo que conocemos hoy de los paraísos exóticos y vegetales es una degeneración mercantil de lo que Novalis, Goethe y otros románticos descubrieron como pioneros: el éxtasis sublime ante lo absolutamente otro de la Razón, el otro que ya no puede ser Dios, pues Dios para entonces había sido reducido a pura Razón, a superyo. El marxismo siempre ha criticado estos éxtasis vivenciales como el fetichismo más propio de la relación a la que se entrega el hombre con la naturaleza en su alienación capitalista. Hombre y naturaleza, unidad dialéctica, no se reconocen, igual que el consumidor no reconoce en la mercancía su propia huella, la del género humano. Algo de eso puede haber en este éxtasis sublime de la ciudad tomada como alien; este proceso de extrañamiento, igual que tiene una forma de ensueño degenerado en el capitalismo, de onanismo de lo imaginario, de paraíso inmediato, tiene algo propio de la creatividad humana. Es la misma forma del sueño —y parece ser que antes del capitalismo los hombres también soñaban—. Si habría que marcar una diferencia entre la cosificación y la recreación estética del artista, ésta sería correlativa a la que se produce entre el sueño diurno, lleno de narcisismo y autocumplimiento de deseos, y el sueño nocturno, perturbado por deseos mal cumplidos, monstruos de todo tipo y, sobre todo, lleno de contaminaciones entre distintos campos semánticos. El sueño establece una suerte de exterioridad en la propia intimidad. Por eso resultan tan peculiarmente oníricos los espacios confusos como los que suelen aparecer en las películas de Alfred Hitchcock, exteriores que parecen interiores y viceversa. 139

Siguiendo con la crítica marxista, que sólo parece concebir en la perspectiva urbana aquella perspectiva clásicamente política, la del sujeto colectivo que reflexiona sobre sus condiciones materiales y el programa de emancipación, la cuestión del “fetichismo de la mercancía” tuvo una elaboración teórica posterior en la Escuela de Frankfurt. Walter Benjamin, por ejemplo, centra parte de su breve pero intensa obra en mostrar la continuidad entre la estética romántica y la mercancía en tanto que objeto de exhibición y deseo; la vivencia estética de lo sublime sería la antesala que prepara la relación entre el consumidor y la mercancía. Simplificando, podríamos establecer una línea continua entre la experiencia que refleja C. D. Friedrich en su Caminante sobre mar de niebla —un caminante arrebatado por la inmensidad montañosa—, la del marchante de arte burgués contemplando sus colecciones —el propio padre de Benjamin—, el obrero invitado a la Exposición Universal, o el bilbaíno medio contemplando un yate en el puerto deportivo de Getxo. Si Benjamin y Bloch eran ciertamente ambiguos a la hora de enjuiciar la naturaleza del deseo que moviliza la mercancía, tras Auschwitz, a otros como Adorno no les cabía duda del destino irremediable al que conducía aquella lógica del sortilegio estético en la sociedad capitalista. Sea como fuere, hay un halo de iconoclastia y ascetismo que recorre gran parte de la tradición marxista, el cual no podemos dejar de criticar; ésta tal vez comenzó con la crítica de Marx al socialismo utópico y a toda su imaginería, que no venía según él más que a paralizar el nervio revolucionario, pero también en su falta de interés al respecto del arte y la estética en general; como buen hegeliano, posiblemente pensaba que el arte en nuestro tiempo carecía de potencial político. Este punto, sin embargo, no ha dejado de traer problemas. Las preguntas sobre la posible función crítica o ideológica del arte, o sobre el arte en la sociedad postrevolucionaria son algunas de las cuestiones que más controversia han derivado.

Recientemente, en las jornadas sobre nacionalismo organizadas en la Facultad de Historia de la Universidad de Oviedo —organizadas por la Asociación de Jóvenes Historiadores/Conceyu de Xóvenes Historiadores de la Universidad de Oviedo en marzo de 2006—, pudimos asistir a varias mesas redondas en torno a la cuestión del nacionalismo. En todas ellas se repetía un enfrentamiento semejante: de un lado un representante de la izquierda (generalmente marxista) atacaba el nacionalismo por tratarse de un irracionalismo pernicioso; del otro, un representante de algún nacionalismo periférico de izquierdas trataba de justificar, con dificultades, su postura. 140

El auditorio y la organización se componían en su mayoría por gentes de izquierdas, muchos de ellos marxistas. Uno de los ponentes —intelectual orgánico del Partido Comunista de Asturias y competente historiógrafo—, en su ataque contra la postura de su oponente —eminente hegelianista y polémico nacionalista vasco—, resumió sus argumentos en contra de cualquier posible entendimiento entre izquierda y nacionalismo afirmando que la tradición de izquierda se había caracterizado por su racionalismo, frente a la nacionalista, de carácter mitologizante y por tanto irracionalista. El “nacionalista vasco” matizó, sin querer crispar los ánimos en tanto que filósofo polizonte en aquel encuentro de historiadores, aquella tajante oposición entre mito y razón, a la que un marxismo prehegeliano, una suerte de kantismo disfrazado, nos tiene bastante acostumbrados. El auditorio, sin embargo, no quedó convencido, o más bien, no pareció entender. Introduzco aquí esta anécdota porque me parece que ilustra a la perfección la asfixiante concepción racionalista en que ha caído la tradición marxista más militante, aquélla que está al frente de los partidos comunistas y de muchos movimientos sociales. Este racionalismo nos transporta en el tiempo, ni más ni menos, que hasta la Ilustración, a la política del “ciudadano” y al marco kantinano del enfrentamiento de razón y naturaleza. Mucho ha llovido desde entonces como para caer en tan restringido enfoque. Para empezar, llovieron Hegel y el propio Marx. La dialéctica hegeliana y luego marxista, precisamente, venía para corregir y radicalizar la Modernidad ilustrada, evitando tanto las limitaciones del individualismo ahistórico ilustrado –calvinismo disfrazado– como la divinización romántica de la naturaleza y reconociendo un carácter abierto de la historia, siempre en manos de la praxis concreta, siempre por decidir. La raíz del nacionalismo es romántica, como reacción a la estrecha concepción política del racionalismo ilustrado. La Revolución Francesa muy pronto superó los marcos del pensamiento kantiano, y más aún de la posterior máquina represiva napoleónica. El romanticismo venía a recuperar el valor del mito, y la nación se representa como mito fundador de identidad colectiva. Los peligros históricos de este mito los conocemos todos pero, frente a él, no vale retirarse a un momento previo, y esto vale doblemente para un marxista que, si debería tener a un enemigo filosófico enfrente es al liberalismo burgués, el liberalismo individualista y racionalista criticado por los románticos y por Hegel.

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El mito es consustancial a la narratividad misma de la identidad, es inherente al lenguaje y a la imaginación humana. Sin mito no hay poesía, y sin poesía no se moviliza el nervio político. Por eso debemos volver a una visión más compleja de la interrelación entre imagen y lenguaje, entre mito y razón. Con la idea de pulsión urbana queríamos representar este mismo problema desde la perspectiva de la cuestión urbana. Y así es como vimos que de la ciudad, observada desde el punto del vista del deseo y el mito, extraemos imágenes ambiguas, las cuales nos empujan hacia un horizonte utópico pero que, a su vez, nos pueden encerrar en un sueño totalitario. El peligro es el lugar propio del deseo y de la imagen que lo moviliza. Sin embargo, sin imagen y sin deseo no tenemos absolutamente nada, ni programa político ni aliento para despertar cada la mañana.

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IV. Decepciones
¿Dónde está el porvenir que crearon nuestros viejos? ¿Dónde está el porvenir que forjaron nuestros viejos?

Eskorbuto

El esfuerzo por publicitar la imagen de Bilbao tiene a nivel inmediato unos resultados un tanto ambiguos, sin embargo, los actores políticos y técnicos insisten en la dificultad de realizar aún una evaluación seria sobre la sinergia económica que, a largo plazo, todo el proceso pueda generar. Las estadísticas parecen mostrar una mejora en la imagen, del mismo modo que se habla de aumentos espectaculares en la ocupación hotelera. Por nuestra parte, a estas alturas ya hemos dejado claro que nos importa más bien poco el triunfo o fracaso de la regeneración económica que persigue el marketing urbano de Bilbao, partiendo de nuestra denuncia de esas mismas formas de economía que se tratan de atraer: formas de explotación globales, ecológicamente insostenibles y social, cultural y personalmente degradantes. El mal no está en si esta estrategia sirve o no para enriquecer la comarca; partiendo de la arriesgada hipótesis de buena voluntad de nuestros dirigentes —buena voluntad que sólo podría estar basada en una ignorancia que raya la idiotez—, en el caso de Bilbao parece protagonizarse un pacto mefístico en el que se busca hacer el bien a través del mal, vendiendo la propia alma al diablo. Sin embargo, si es difícil evaluar de forma científica el impacto causado por todas las obras y publicidad de la zona, lo que sí parecen corroborar las encuestas y nuestra propia experiencia –por mal que nos pese– es la aceptación mayoritaria de la “apuesta ilusionante” del nuevo Bilbao por parte de la sociedad local.

Gracias a los motores de búsqueda de Internet, está al alcance de la mano de cualquiera hacer un pequeño estudio “amateur” al respecto del grado de proyección de

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Bilbao a nivel internacional. Antes de nada, debemos atender a una serie de factores, como la especificidad del uso de la palabra que introducimos o la diferencia de la extensión de Internet en el mundo, sin olvidarnos de que a esto debemos sumar el grado de objetividad que le da a Internet su característica espontaneidad. Para realizar el estudio basta con introducir el término “Bilbao” en alguno o varios de los principales buscadores y compararlo con el número de entradas obtenido para otras ciudades. De esta manera podemos hacernos la idea de la difusión de la villa en este medio virtual. Pusimos en práctica este “experimento” un caluroso 22 de mayo de 2006. El buscador elegido fue Google, el de mayor implantación mundial. Realizando primero una comparativa entre diferentes ciudades internacionales, establecimos las cifras en que se mueve el asunto: Nueva York, 2.610 millones de entradas, Londres (London) 1.120 millones, Paris 822 millones, Manchester 223 millones, Turín (Torino) unos 110 millones (sumando su nombre en los distintos idiomas), Tolouse 84 millones, Lille 68 y Florencia (Firenze) unos 60 millones. Pasamos a las principales de España y nos encontramos con 295 millones de entradas para Madrid y 220 para Barcelona, lo cual nos da una idea del arco de cifras teniendo en cuenta el grado de implantación de Internet en España y la imagen de sus distintas ciudades. Con este dato al respecto de las principales ciudades españolas, pudimos ver ya que Barcelona, con un millón y medio de habitantes (tres millones en el área metropolitana), tiene una difusión telemática bastante superior a la capital de España (el doble de habitantes); Barcelona sí ha logrado una repercusión mediática importante con su fuerte marketing urbano desarrollado a partir de 1992 y continuado con su Forum de las culturas, un modelo urbano de ciudad-marca que Bilbao ha ansiado siempre emular. Si pasamos ya a las distintas ciudades españolas, comprobamos que la mayoría se mueven en un arco entre los 6 millones de entradas e las más pequeñas (Logroño) y cerca de 60 millones para las más grandes y turísticas (Sevilla o Granada), pudiendo apreciar ya que es el turismo el sector que más moviliza la imagen de las ciudades españolas. Para Bilbao, por su parte, descubrimos cerca de 38 millones de entradas, al nivel de San Sebastián, Murcia o Salamanca, algo por encima de Santander, Valladolid o Pamplona (entre 20 y 26 millones) y por debajo de Zaragoza (40 millones). Bilbao, de casi un millón de censados en su área metropolitana —un tercio de la población del área metropolitana de Barcelona— cuenta con 38 millones de entradas en Google, poco más de la sexta parte que la exitosa ciudad del marketing urbano español; en relación a sus tamaños, Bilbao cuenta con la mitad de difusión que la ciudad condal. Las cifras hablan 144

por sí solas, si bien la conciencia de los bilbaínos al respecto de su ciudad no parece adecuarse exactamente a la realidad.

Posiblemente, el futuro económico de Bilbao y de Euskadi tenga más que ver con coyunturas macroeconómicas que con sus esfuerzos de autopublicitación pero, en caso de que en los próximos años las cosas no vayan mal del todo, podemos estar seguros de que nuestros gobernantes se colgarán los laureles por aquel proyecto visionario que salvó Bilbao de su ruina. Si finalmente no salen las cuentas, no habrá dimisiones ni arrepentimientos, nuestros políticos saben muy bien a quién deben culpar en estos casos: a aquellos “pájaros de mal agüero” que pusieron en duda sus ambiciosos planes, a aquellos sin la paciencia suficiente para dejar que las aguas de la abundancia lleguen al cauce previsto, tal y como recientemente hizo el alcalde Azkuna al no poder renovar la locura de las World Series (que convirtieron en el verano de 2005 el centro Bilbao en una pista de Fórmula I) ante las presiones desde distintos frentes y colectivos y ante la evidencia de un fiasco económico anunciado con sobrado fundamento por sus críticos más activos. Una vez realizada la comprobación del Google, por supuesto revisable, desde luego que completamente acientífica, pero indudablemente sintomática, nos queda preguntar: ¿cómo se ha llegado a convencer a toda la ciudadanía de la idoneidad de embarcarse en el proyecto del Nuevo Bilbao? ¿Cómo han podido hacer propio algo decidido desde las elites gobernantes? El debate y la intervención de la sociedad civil en la construcción del Nuevo Bilbao ha sido insignificante, excepto honrosas, por no decir milagrosas, excepciones, como la de la asociación de vecinos de Bilbao la Vieja y, sobre todo, la asociación de vecinos Euskaldunako Zubia, cuyos encuentros para reflexionar, debatir y negociar el futuro de la península de Zorrozaure se están realizando a la vez que los poderes urbanísticos hacen sus cálculos y diseños, algo raro en el proceso de Bilbao, donde el debate llega cuando todo está en marcha y decidido desde arriba. La pregunta es, entonces: ¿cómo se entiende que hayamos pasado de la sociedad civil activa y contestataria de los setenta y ochenta a la pasividad y a la identificación con los poderosos? No debemos despreciar el efecto de ETA y cómo ha podido determinar la marcha de la sociedad vasca y sus motivaciones pero, desde luego, tampoco podemos reducir la problemática local a ETA, ni reducir la cuestión de la lucha armada a la mitología imperante. La conexión entre el asociacionismo bilbaíno y 145

nacionalismo de izquierda fue y sigue siendo enormemente compleja. Desde luego, ni todo el asociacionismo es ni era abertzale, ni todo el asociacionismo abertzale apoya la lucha armada, a pesar de lo que diga y “demuestre” la Audiencia Nacional. La criminalización creciente e interesada de la sociedad civil vasca en su conjunto por parte de los poderes fácticos —l sumario 18/98 es, por ahora, la cumbre de este disparate con tintes totalitarios que empezó con la ilegalización de Batasuna y el cierre de medios de comunicación— ha cubierto la opinión pública de un “velo de ignorancia” al respecto del “tema vasco” que, antes de nada, convendría aclarar, por lo menos en los temas que nos conciernen.

No debemos desechar, decíamos, el impacto de la vorágine de la violencia armada sobre la salud de la sociedad civil vasca, y no debemos hacerlo tanto desde el punto de vista de que las prioridades políticas abertzales –autodeterminación, amnistía, euskaldunización– puedan ensombrecer otras luchas más cotidianas, más sutiles, como desde el lado de la criminalización y persecución del asociacionismo vasco en su conjunto, por parte de los poderes centrales judiciales y políticos y de los poderes locales, incluido Gobierno Vasco y ayuntamientos. Sin embargo, tampoco tenemos que ser ciegos en este punto a que la suerte de muchos fenómenos locales obedece a cambios globales, como puedan ser la inserción de España en el neoliberalismo duro, con la modificación de la experiencia cotidiana de sus ciudadanos que lleva consigo: la suerte que la sociedad civil vasca y bilbaína ha corrido en los últimos veinte años no ha sido muy distinta a la de otros puntos de España, como Asturias o, incluso, Madrid. Un caso interesante para comprobar las complejas relaciones entre asociacionismo, movilización política y lucha armada independentista fue el del movimiento de insumisión, especialmente fuerte (aunque no sólo) en Euskadi. La estrategia del Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), principal protagonista histórico de la lucha antimilitarista en España, a finales de los ochenta, asombró y cogió despistados a todos: políticos, militares, sindicatos y partidos de todo signo. Tras el acuerdo con el Gobierno para aprobar una Ley de Objeción de Conciencia, que superaba todas las existentes en Europa en ese momento. El MOC, en lugar de retirarse, decide llevar su lucha antimilitarista más allá, y promueve el boicot, no sólo del servicio militar obligatorio, sino de la propia objeción de conciencia legalizada: se trataba de trabajar incondicionalmente por el “utópico” desmantelamiento de todos los ejércitos.

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El antimilitarismo radical del MOC era difícil de masticar por parte de la izquierda abertzale que apoyaba en su coyuntura la lucha armada, y esto provocó más de un desencuentro entre ambos frentes en un primer momento. Pero esto no era un problema exclusivo de la izquierda revolucionaria vasca. El propio PCE, hasta que el movimiento estuvo muy desarrollado, no reconoció al movimiento antimilitarista y el PCPE (Partido Comunista de los Pueblos de España), con su orientación marxistaleninista, hoy mismo sigue apoyando la estrategia de “entrismo” en los cuarteles, la concienciación política de los soldados en pos de la creación de un ejército al servicio de la revolución. Al fin y al cabo, el movimiento de objeción de conciencia no era en sus orígenes más que un grupo de cuatro “curas chalados”. Herri Batasuna y, sobre todo, sus juventudes (Jarrai), fueron claros en un primer momento al respecto de su postura: no al ejército español, sí al ejército vasco de liberación. La insumisión de este tipo, por tanto, se alejaba del movimiento antimilitarista que dominaba en el resto de España. Este era el mensaje lógico que se derivaba del proyecto nacional de Herri Batasuna. Pero para entonces, Euskadi ya vivía los calores de la “tropikalidad” —lo que se dio en llamar “Euskadi Tropikal” (Estebaranz, 2005)— y estrategias tan poco ortodoxas de lucha política como la ocupación se habían convertido en prácticas comunes entre la población juvenil más activa, radicales de todos los signos: ácratas, socialistas y abertzales de izquierda. La insumisión convergía con esta nueva sensibilidad política del “queremos esto y lo queremos ahora” —un Gaztetxe— o el “no queremos esto y no lo vamos a hacer de ningún modo” —la mili—. El burocratismo de la política tradicional, con sus inacabables órdenes del día y su organización jerárquica y tecnocrática se cambiaron por las prácticas asamblearias y la acción directa, lo cual podía, en muchos casos, llevar a resultados un tanto arbitrarios y a decisiones aún menos democráticas, si cabe, que en los partidos. Pero sobre todo se trataba de contestar las formas acartonadas de organización, y de despertar el nervio político del colectivo, de construir una sociedad civil realmente activa, que no agotase sus fuerzas a mitad del camino, en los previos. Era preferible conducir las fuerzas limitadas en acciones directas que, al menos, tendrían algún resultado, a quedarse en casa o quedarse dormido en el próximo congreso de no sé qué partido maoísta. El Movimiento de Objeción de Conciencia, que en Europa había tenido siempre unos tintes más morales e individualistas, acabó estando muy ligado en España a este tropicalismo de raíces utópicas y antisistema. Podríamos relacionarlo con el antimilitarismo europeo de la Primera Guerra Mundial o con el colectivismo libertario 147

de la Guerra Civil, pero le faltaba su teleología salvífica. Esta nueva forma de política, que podía llegar a asentarse y alimentarse de estructuras partidistas, venía realmente a destruir los viejos esquemas de la lucha obrera, a renovar sus anquilosadas formas de organización que ya no respondían a la realidad económica y social. Todavía a finales de los ochenta, todo esto fue quizá un destello desde el futuro, un “recuerdo del porvenir” de esos que se suelen colar en la historia. Cuando el Instituto Nacional de Industria (INI) comenzó a desmantelar la industria vasca, la juventud empezó a comprender que su vida laboral iba a ser mucho más incierta que la de sus padres. El fordismo, su fidelidad obligada y el paternalismo patronal quedaban atrás, la economía se volvía mucho más ágil y, de aquella agilidad en la destrucción de industrias centenarias, era testigo la población bilbaína; algunos supieron extraer sus conclusiones al respecto de lo que podían esperar en cualquier futuro alternativo, incluso en un futuro nacional independiente, y de que no podían esperar a cambiar las cosas o éstas les cambiarían a ellos. Dentro del complejo entorno de HB, y a la vez que en el seno del Movimiento Comunista (MC) y Liga Comunista Revolucionaria (LCR) nacía “Mili KK” —EMK y la LKI en Euskadi (grupos comunistas de orientación trotskista), de los que sale Zutik—, surge en Euskadi “Kakitzat” (Díaz Alonso, 2006), coordinadora local vasca del movimiento de insumisión. Kakitzat, independiente del MOC —aunque en muchos casos actuasen conjuntamente—, era también de clara y definida ideología antimilitarista. Paradójicamente, el militarismo vasco se quedaba así en minoría dentro del propio entorno de HB, la coalición de partidos que supuestamente apoyaba o justifica la lucha armada de ETA. Y todo esto ocurre a finales de los ochenta y principios de los noventa, bastante antes de la primera tregua. La sociedad civil vasca era mayoritariamente antimilitarista y, a la vez, en gran medida independentista: no había contradicción.

Éste es un ejemplo de la complejidad del asociacionismo vasco y de sus relaciones con ETA. Atribuir su declive a su perniciosa connivencia con la banda armada resulta, por tanto, más que exagerado, falso. Ni siquiera la criminalización de bulto que se realiza repetidamente desde Madrid, Vitoria y Bilbao, explica la pasividad actual de los bilbaínos ante la transformación radical de su entorno y el vaciamiento físico de su memoria histórica. Para comprender el declive de su lucha urbana, convendría acudir a las raíces históricas de la sociedad civil del propio Bilbao y su entorno, historia que podría entenderse como la de tres generaciones y tres derrotas: la 148

derrota de los padres que perdieron la Guerra Civil, la de los hijos que sufrieron la desindustrialización y la prematura –tal vez pendiente– derrota de los nietos de la “Euskadi tropikal”. Podemos hablar de tres traumas consecutivos que hunden a cada generación en sendas depresiones colectivas: el colectivo queda inmovilizado ante la sensación de que, haga lo que haga, luche lo que luche, nada va a cambiar, de que está en manos de fuerzas superiores: las fuerzas de ocupación nacionales durante la Guerra Civil, las fuerzas políticas del estado español —eso era al menos lo que decía el gobierno autonómico— durante la desindustrialización, o las fuerzas económicas globales durante la resistencia de los últimos tiempos. En psicología conductista este tipo de reacción se conoce con el nombre de “indefensión aprendida”, y se suele definir como una “experiencia de incontrolabilidad de una situación que incapacita a la persona para emitir una respuesta que le permita controlar adecuadamente los eventos del medio”. Cuando un sujeto tiene la vivencia de que, actúe como actúe, no se va a librar de un estímulo negativo, terminará por acostumbrarse a sufrirlo y, en el momento en que vuelva a ser atacado, no se esforzará por defenderse sino que, simplemente, se resignará ante su fatal destino. El sujeto ha aprendido a estar indefenso, seguro de que haga lo que haga nada va a conseguir.

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1. Generaciones
Llegados a este punto, la cuestión fundamental es saber cómo hemos llegado hasta aquí, cómo es posible que la mayor parte de la sociedad bilbaína no sólo se quede inmóvil ante la dirección de la política urbana local, sino que además la apoye “ilusionada”. Y este apoyo incondicional al Nuevo Bilbao no es sólo un dato estadístico, sino que se puede contrastar con los vecinos, con los familiares, incluso con los amigos. Claro que tal vez las preguntas ya estén viciadas desde el principio: ¿Qué te parece el Guggenheim? Claro, “feo no es”, pero no es de esto de lo que se trata. Podríamos calificar la situación de la sociedad vizcaína de síndrome de Estocolmo, un síndrome cultivado a lo largo de casi un siglo de cautiverio. Desde los abuelos hasta los jóvenes, la sociedad bilbaína en pleno defiende con pocas fisuras el planning urbano en marcha. Por tanto, habremos de rastrear generación tras generación el drama psicológico que les lleva a dar por buenos tanto su secuestro político como los inquietantes planes que los secuestradores tienen para ellos. Tres generaciones de decepciones, tres generaciones de fracasos, tres generaciones vencidas. Por lo general, de niños suelen ser, al menos durante unos meses, personas despiertas que se interesan por todo, seres que quieren participar en todo lo interesante. Es después, cuando las instituciones pedagógicas ponen en nuestros labios preguntas que no son las nuestras, que no son las que queremos hacernos, cuando empezamos a dejar de preguntar. Podemos trazar una analogía con nuestra sociedad urbana ¿Cuándo empezaron a poner en nuestros labios las preguntas que no nos interesaban? ¿Cuándo empezaron a responder por nosotros? ¿Cuándo empezamos a creer que se trataba de nuestras propias decisiones? Aunque en términos absolutos el período de mayor acumulación de Capital y trabajo en la historia de Bilbao se registre en la época franquista, la verdadera edad de oro de la ciudad se debería situar en el período de la revolución industrial. Hasta la Guerra Civil, Bilbao era claramente la tercera ciudad de España, sólo por detrás de Madrid y Barcelona, auténtica vanguardia viva de la modernización de España, con un panorama socio-político, además, claramente diferenciado (García Merino 1987). La invención del convertidor Bessemer provoca en el Reino Unido una enorme demanda de hierro no fosfórico, tipo de mineral que no existía en aquel país. Bilbao,

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que desde tiempos remotos exportaba hierro a Inglaterra, era, al parecer, el destino más accesible para explotar los yacimientos de este tipo de hierro no fosfórico, factor que hace despegar inicialmente a la industria metalúrgica vizcaína. La transformación económica se precipita entre 1895 y 1910. De las pequeñas y aisladas explotaciones metalúrgicas que se remontaban a los orígenes de la propia villa se pasa,a partir de 1905, a una industria metalúrgica propiamente dicha. Las fábricas siderúrgicas – extracción y transformación del hierro– son las que más actividad concentran pero, junto a ellas, surge una red de navieras, hidroeléctricas y una actividad bancaria diversificada, creándose en estas fechas el Instituto de Crédito para financiar el fomento industrial. El capital se concentra en pocas manos: los Ybarra, De la Sota, Chavarri, Salazar, y de más empresarios, crean monopolios metalúrgicos comprando minas dispersas por España. Según el análisis de Manuel Montero, el rápido despegue de la industria bilbaína que acontece entre 1898 y 1901, se gesta sin tener en cuenta la viabilidad a largo plazo, todo un signo de la impaciencia burguesa que se corrobora en el desplome de la bolsa de 1901 (Montero, 1994). Pero este breve revés no servirá para detener la marcha imparable de la economía local ni la de las ansias burguesas de acumulación de Capital. La estructura urbana moderna de Bilbao se empieza a configurar en este momento. Desde el asentamiento tradicional de la villa, Bilbao la Vieja y las Siete Calles, Bilbao se desborda anexionando las anteiglesias (término semimunicipal autónomo) colindantes. La absorción de Abando fue determinante al posibilitar el crecimiento de la ciudad tal y como hoy la conocemos; el Ensanche, con varias versiones corregidas durante la segunda mitad del XIX, constituye la metáfora urbana del sueño económico de la burguesía el momento: un crecimiento sólo limitado por la plantilla cuadriculada del estado liberal y por las mismas fronteras físicas del terreno. La nueva ciudad de la burguesía liberal erigía sus palacios, oficinas, bancos y su edificio de la bolsa, todo embebido de una Modernidad neoclásica y modernista, al más puro estilo parisino o londinense. Pero este nuevo Bilbao del Ensanche no se hacía sin el apoyo y la promoción de los poderes públicos, al contrario: no existía diferencia entre los intereses privados de los empresarios y los poderes públicos del Estado. Hacia 1891 los nuevos empresarios empezaban ya a figurar en la nómina vizcaína de diputados a cortes y senadores; la burguesía industrial toma el poder político para administrar lo público de acuerdo a sus intereses. El siglo XIX había estado determinado por la tensión entre la burguesía liberal y los tradicionalistas, que representaban los poderes resistentes del antiguo régimen. 151

Bilbao había destacado como un bastión liberal en Euskadi, resistiendo por tres veces el asalto de los carlistas. Al entrar el nuevo siglo, y con el despegue industrial de la capital vizcaína, los signos políticos también se modernizan. La abolición de los fueros por Cánovas y la introducción del servicio militar obligatorio a finales del XIX sería el detonante para la evolución nacionalista de parte de la burguesía bilbaína pues, si los ánimos liberales y expansionistas de los industriales no podían compaginarse con el punto de vista carlista, había una serie de privilegios forales que les resultaban ciertamente provechosos. Por este motivo, muy pronto el nacionalismo ruralista, independentista y antiliberal de Sabino Arana deja paso a un nacionalismo burgués, el de Ramón de la Sota y Llano, con afanes meramente autonomistas. Para 1923 Bilbao había tenido ya cuatro alcaldes nacionalistas. La dictadura de Primo de Rivera supone finalmente el despegue definitivo del nacionalismo, incluso entre las clases más populares locales. Con la prohibición de los partidos políticos, la actividad nacionalista se expande por el ámbito cultural. Se crean entonces las diversas asociaciones culturales nacionalistas y los batzokis: el nacionalismo hace de la cultura local un patrimonio exclusivo construyendo un discurso que cala tanto entre la burguesía como entre las clases populares nativas. Si a la burguesía local le interesa un discurso que ponga frenos a los aranceles de Castilla, a las clases populares vizcaínas, identificar todos los males como provenientes de fuera, les ahorra la ardua tarea de comprender la compleja modernización que se está dando en Bilbao. Para el nacionalismo, todo mal y todo conflicto vienen de los poderes estatales liberales, del alejamiento de “Dios y la vieja ley” —Jangoikoa eta Lege Zaharra— y de la cercana invasión de los “maketos”, nombre peyorativo de la población inmigrante utilizado y popularizado por la teoría racista de Sabino Arana. El nacionalismo divide a la propia clase trabajadora en nativos e inmigrantes y, por otro lado, imagina una unidad orgánica entre las clases obrera y burguesa nacionales.

En el auge nacionalista y, sobre todo, en el freno de las ideologías obreras revolucionarias, fue determinante, como ya habíamos adelantado, la propia estructura urbana. A la separación por la ría entre la Margen obrera y la burguesa se suma el aislamiento de la clase de oficinistas (en Begoña), grupo asalariado pero con cierta formación intelectual, tan necesaria en la ideologización del colectivo (García de Cortázar 1980). La situación en la zona divide el signo político entre Bilbao (con su ensanche burgués) dominado por el nacionalismo, y la zona minera y margen izquierda, 152

mayoritariamente de origen inmigrante y de signo socialista, anarquista y, en un tercer término, comunista. La crisis de 1929 afecta tardía pero profundamente a la economía española coincidiendo –fatalmente– con la II República. Tampoco Bilbao se libra de las penurias. Como reacción a esta situación y con la derecha en el poder llega la revolución de 1934 que, aunque fracasada, se produce en Bilbao en forma de levantamiento armado, muy lejos sin embargo de la unánime respuesta popular que recibe en la cercana Asturias. Asturias era también una región industrial en la que se daba una gran concentración obrera pero que, igual que Bilbao, no llegaba a constituir una gran metrópoli como Barcelona o Madrid. A pesar de ello, varios factores, entre los que no es despreciable la ausencia del elemento nacionalista, hicieron que en Asturias prendieran los ánimos emancipadores de la clase obrera con mucha más fuerza que en Bilbao. En este sentido es de señalar que el anticlericalismo del movimiento obrero español contrasta con la notable tolerancia —incluso durante la Guerra Civil— y presencia del clero local en la vida cotidiana vasca y su constatable poder sobre la clase obrera; hasta en la distribución y promoción de la vivienda obrera en Bilbao tuvo un control importante el clero vasco, dictando las condiciones de acceso. Y es que, a pesar de su concentración obrera y de formar parte de la gran conurbación, municipios como Sestao, Barakaldo, o el propio Bilbao no dejaban de ser “aldeas con fábrica” y su vida cotidiana hasta bien avanzado el franquismo seguía los rituales y ritmos propios del mundo rural, conservando sus festividades, así como la fuerte estructura y control familiar y eclesiástico.

La llegada al poder del Frente Popular y el estallido de la Guerra Civil profundizan más si cabe la diferenciación política de Vizcaya, con la constante ambigüedad del gobierno de Aguirre, más preocupado en sus ansias autonomistas que en la lucha frente al fascismo. De hecho, la firma por parte de Aguirre de la lealtad a la República contra el fascismo coincide con la salida del PNV de su presidente Luis Arana Goiri, hermano del fundador del PNV que “no estaba conforme con que en el Gobierno de Euskadi hubiese representantes de partidos de fuera y, sobre todo, con que su tierra natal anduviese metida en una contienda entre españoles y a favor de uno de los dos bandos; en su opinión, a Euskadi no se le había perdido nada en aquella guerra” (BRU, A. 2006). Aguirre forma un ejército independiente del Ejército del Norte, militarizando desde el principio los múltiples batallones de distinto signo político para 153

evitar, de este modo, la formación de milicias populares que prendiesen la llama revolucionaria entre los vascos. La tensión y desconfianza entre el ejército vasco y los demás batallones republicanos sería constante; no era para menos pues, mientras el lehendakari se mantenía firme al lado de la República, varios párrocos y dirigentes nacionalistas insistían en tender puentes y contactos con representantes del bando enemigo. A los sinsabores de la cárcel y el exilio, Bilbao debe sumar no sólo su ambiguo y titubeante papel en la contienda, sino también las tensiones internas entre los combatientes de distinto signo político. Esto dejó para el futuro una memoria turbia de la guerra, poco cómoda y nada épica. Un episodio controvertido y sangrante lo constituye la propia entrega de Bilbao y su industria prácticamente intacta a las tropas franquistas. En el momento de su capitulación, el ejército vasco se planteó no sólo la voladura de los puentes, como se hizo, sino la destrucción de AHV y del mismo casco urbano de Bilbao. El lehendakari Aguirre finalmente no dio la orden de destruir todas aquellas infraestructuras, pero tranquilizó al gobierno de Azaña explicándole que, con los sabotajes realizados en las fábricas, las fuerzas de ocupación no podrían hacer un uso rentable de su capacidad productiva hasta el final de la contienda. En septiembre de 1937, la industria bilbaína ya estaba trabajando al cien por cien de su capacidad del lado del fascismo. La relativamente rápida caída de Bilbao en la Guerra Civil hace que frente a otras ciudades, como Madrid u Oviedo, la estructura urbana y, sobre todo, la estructura industrial se conservase, como vimos, intacta. Se ha analizado con detenimiento el importante auge de la industria vizcaína en la posguerra (Lorenzo Espinosa, 1989); la Guerra Civil recupera las formas más duras del capitalismo histórico español, ayudándose en muchas de sus grandes obras públicas de la mano de obra esclava de los vencidos. Gracias a la “economía de posguerra”, las grandes empresas se recuperaron en aquel momento de la crisis de los años 30; “no se trata de una revolución nacionalsindicalista, como llamó el régimen al milagro industrial, sino un puro negocio de la burguesía monopolista adepta al caudillo” (Lorenzo Espinosa, 1989). Desde comienzos de siglo asistíamos a un modelo de crecimiento del capital en esta región “semiespontáneo”, sin intervención estatal o, más bien, en la intervención de la burguesía en los escasos poderes públicos para su propio beneficio. Pero es durante los años 40, durante el periodo de la “autarquía económica” de posguerra, cuando el Capital bancario español se asienta, sin competencia alguna, en Bilbao, dinamizado desde el Banco Central, que emite créditos según disposiciones del régimen. La 154

depresión general de la sociedad española y las hambrunas contrastan con los dividendos en la industria bilbaína.

Así pues, en Junio de 1937 no sólo había caído Bilbao sino también toda una etapa de su historia política y social. Podríamos decir que la historia de Bilbao vuelve a comenzar de cero cuando el primer alcalde de la dictadura, José María de Areilza, pronuncia su discurso inaugural:
Que quede esto bien claro: Bilbao ha sido conquistada por las armas. Nada de pactos y agradecimientos póstumos. Ha habido, vaya que si ha habido vencedores y vencidos. Ha triunfado la España una, grande y libre. Ha caído para siempre esa horrible pesadilla que se llama Euskadi, y que era resultante del socialismo pietista por un lado y la imbecilidad vizcaitarra por otro. Vizcaya es otra vez un trozo de España por pura y simple conquista militar (Ugarte, P. 1999, pp. 129-130).

Estas palabras suponían un sopapo al nacionalismo vasco que había tratado de pactar con los italianos primero y después con el mismo Franco una rendición benevolente. La persecución del nacionalismo y cultura vasca, y el exilio de sus líderes y la burguesía local más cercana al PNV, llevaría más tarde a muchos hijos y herederos del pensamiento aranista a un desengaño con respecto a sus orígenes, y una radicalización y cambio de perspectivas en los siguientes 30 años. Franco concibió la Guerra Civil como una cruzada. La presencia del PNV, confesional y tradicionalista, en el bando republicano, resultaba por tanto incoherente con esta interpretación. El fusilamiento y excomunión de muchos curas nacionalistas vascos tras la derrota es fruto lógico de esa búsqueda de simplificar la realidad por parte del dictador y sus seguidores. Pero sería, precisamente, en las aulas de la jesuita Universidad de Deusto donde se fraguase el comienzo de la transformación en el seno del nacionalismo vasco, donde una parte importante del nacionalismo abandona su anclaje tradicionalista y religioso para buscar su propio destino. Ya durante la República, además del Partido Nacionalista Vasco, existían varios grupos nacionalistas (ANV, STV o ENB) que representaban la compleja estructura social del movimiento y sus matices. Estas diferencias se profundizarán y darán a luz un movimiento nacionalista netamente obrero y revolucionario. ETA nace en 1959 de varias escisiones de EGI (Juventudes del PNV) y de EKIN. Los hijos de la burguesía local, conscientes de la connivencia entre los grandes industriales y el régimen, deciden dar un giro radical 155

a los planteamientos del nacionalismo del XIX, y poco a poco se va modernizando en forma de nacionalismo popular postcolonial. Hacia finales de los setenta el discurso de ETA había construido una identidad narrativa muy distinta, no se trata de etnias y razas en pugna, sino un estado colonial que invade y niega la subjetividad política legítima de la colonia. Finalmente, Franco sí había logrado su principal propósito: borrar todo rastro del gobierno legítimo de la República y de sus promesas revolucionarias. El nacionalismo vasco de izquierdas ya no tiene otro recuerdo de España que la de Franco y su nacional-catolicismo.

En este punto, y en lo que al desarrollo de la sociedad civil urbana se refiere, podríamos entroncar con experiencias como la Universidad Popular de Rekalde, de la que hablábamos al comienzo del libro. Están surgiendo, efectivamente, una nueva Euskadi y un nuevo Bilbao. Un Bilbao mucho más moderno y autoconsciente, en el que madura una sociedad civil que reclama su protagonismo político. Pero este nuevo Bilbao no es sólo el de los hijos de los bilbaínos que perdieron la guerra. Pertenece igualmente a los hijos de los extremeños, andaluces, gallegos, castellanos o riojanos, que no sólo perdieron la guerra, sino que perdieron su mismo campo en busca de un futuro en las capitales industriales de España. El Bilbao anterior, el de los abuelos, había sido el de aquellos primeros bilbaínos que vieron transformarse su paisaje natal a un ritmo exacerbado y también el de quienes desde el siglo XIX llegaban del mundo rural con apenas la edad de trabajar —muchos ni eso—, encontrándose por primera vez con el mar y los monstruos de hierro y humo que descansaban a lo largo de la ría. Fueron generaciones, tanto de nativos como de inmigrantes, que vivieron en sus propias carnes el paso abrupto desde el mundo rural al industrial y urbano, que vivían la dureza de este hábitat con una mezcla de resignación y orgullo: la ciudad taller, la ciudad fragua. En gran medida, habían asistido a un antes y un después de este mundo, un adentro y un afuera, y se sentían partícipes en la construcción de un futuro que creían mejor, de una vida que no quedaba en manos de los caprichos de la naturaleza y el mito; la decepción ante la pérdida de la guerra no pudo ser mayor. Podríamos decir que aquella primera generación del Bilbao industrial se sentía partícipe de su ciudad como si se tratase de una gran maquinaria en marcha. Bilbao era más una obra de la ingeniería que de la política, y sus ciudadanos se concebían más como técnicos que como ciudadanos.

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La siguiente generación, la de nuestros padres, está igualmente determinada por la inmigración desde el mundo rural, pero ya no se trata tanto de la experiencia de ruptura entre el mundo tradicional-rural y el urbano-moderno. En medio ha habido una Guerra Civil como trauma colectivo que no deja una sola mirada inocente sobre la superficie de España. A partir de los años cincuenta se produce la mayor llegada de emigrantes en términos absolutos a Bilbao y su entorno; es la época del desarrollismo, de la especulación inmobiliaria y el momento de la mayor extensión periurbana de bloques de vivienda obrera. La inmigración rural viene ahora para incorporarse políticamente a las estructuras clandestinas de los hijos de quienes perdieron la Guerra Civil para incorporarse a la nueva narratividad identitaria de este nuevo Bilbao emergente. La experiencia que determina este momento es, por tanto, una experiencia puramente política: la de la dictadura militar, la represión, la falta de libertad y el recuerdo de los padres asesinados, exiliados y encarcelados. Esta segunda generación ha nacido sobre una estructura industrial y financiera asentada. A partir de los años sesenta verán un desembarco de empresas extranjeras que se suman a las existentes pero, en general, sigue siendo el Capital nacional español adepto a Franco el que domina en la gran conurbación de Bilbao. La mentalidad de la generación de los héroes fundadores no tiene lugar ante una maquinaria ya construida, casi como paisaje natural, ahora es tiempo de pasar a una perspectiva política que reclama, antes que nada, la caída del orden de explotación Capitalista-Franquista: la reapropiación de los medios de producción. Sin embargo, aunque el momento heroico de los padres fundadores haya pasado, hay algo que conecta a esta generación politizada con la de la Guerra Civil y que separa a ambas, definitivamente, de la tercera generación: su autoconcepción antropológica como homo faber, sobre la que se articula todo el proyecto político, pues quien reclama sus derechos frente a la dictadura sigue siendo el trabajador. La sociedad civil bilbaína se siente llamada a “construir su ciudad”; el obrero tiene conciencia de su ciudad como de su propia producción, producción “en sí” pero no “para-sí”, le es enajenada por la dictadura y el patrón, dos caras del mismo poder, y por ello reclama la legítima reapropiación de “lo suyo”. El trabajador/ciudadano siente enajenados sus derechos, y es que estamos aún en un tiempo en el que todavía son visibles y reconocibles las fuentes de esta misma enajenación. El trabajador aún tiene a la vista el claro proceso de dominación, su participación en todos los momentos de la producción –desde la extracción del mineral, pasando por su tratamiento químico hasta su transformación en útil– se corresponde con 157

su conciencia de la alienación. Como hemos visto, en la siguiente generación esto nunca más será posible. A pesar del estado dictatorial, la concentración obrera en las fábricas llevó a una profunda ideologización. Los trabajadores se reconocían como grupo, se sabían más necesarios para el funcionamiento del sistema de lo que ellos necesitaban a los patronos y, sin duda, al aparato represivo de la dictadura. Más que herederos de la Segunda República se sentían enemigos del estado español, que prácticamente sólo habían conocido en su forma dictatorial. En los últimos años de la dictadura y, sobre todo, tras la muerte de Franco se suceden mes a mes, semana a semana las huelgas, los encierros y las manifestaciones secundadas masivamente, a lo que se suma el apoyo armado de ETA. El cuerpo social obrero es uno por primera vez en la historia de Vizcaya, tanto contra el patrón como contra el franquismo. Pero con la democracia llega también la desindustrialización y, lo que debería haber sido el alumbramiento a una nueva era de libertad, toma los tintes de una nueva forma de opresión económica que el colectivo en lucha sólo sabe ya identificar con España. En un momento en el que el esquema del Estado-Nación y su control y planificación de la economía han entrado en crisis, el nacionalismo vasco no posee otros conceptos para explicar el desastre de la economía local que su tesis colonialista. Las hostilidades hacia el estado y hacia España en general no terminan; el nuevo régimen monárquico se revela heredero del franquismo y el apoyo plebiscitario de la mayoría de la sociedad española a la OTAN y a la CEE es contestado masivamente en las urnas vascas. A la tradicional desconfianza respecto al estado español se suma la confrontación y diferenciación entre las opiniones públicas vasca y española (Ripalda, J. M. 2005 y Diagonal nº 25). Cualquier análisis de esta etapa tan importante en la configuración actual de Bilbao y el País Vasco que pudiéramos elaborar sería incompleto, pero cabe insistir en un punto que venimos destacando desde el comienzo del libro. En esta segunda generación se reconoce tanto una pasión por la futura Euskadi que se ansía construir como, finalmente, un creciente desapego a la vida cotidiana en la pequeña vivienda, en el barrio obrero y en la explotación fabril. En la efervescencia del primer Bilbao industrial no constatábamos aún esta decadencia simbólica del Bilbao desarrollista, este habitar apresurado y provisional de una ciudad construida a golpe de especulación, siempre en busca de otro futuro, primero un futuro sin Franco, después tal vez un futuro sin España, un futuro siempre aplazado, viviendo con la vista puesta en un “más allá” que degrada y desvaloriza el “más acá”, cada día más molesto. El tedio que hoy 158

reconocemos en la actitud del prejubilado hacia su propia memoria laboral, hacia las viejas luchas sindicales y políticas, no lo es ante su memoria de la dictadura, sino ante la memoria de la transición y el gobierno socialista de Felipe González. Tras la esperanzadora muerte del caudillo, los cierres indiscriminados de fábricas que siguieron a pesar de la dureza de las huelgas y encierros lleva a la clase trabajadora a una sensación de impotencia y fatalismo que le hace perder toda esperanza al respecto del control de la marcha de las cosas. Es en este encuentro entre transición y desindustrialización donde cae esta segunda generación poco a poco y donde se da su misteriosa y portentosa transformación de trabajadores a consumidores.

Tanto el período que acababa con la Guerra Civil como el que termina con la desindustrialización están determinados por un aumento constante de la población frente al descenso de los últimos veinte años (cerca de 100.000 habitantes sólo en la capital vizcaína). Hasta la Guerra Civil, el municipio y su entorno experimentaron un aumento constante pasando de los 83.309 habitantes en 1900 a 195.186 en 1940; con el desarrollismo franquista llega el mayor auge industrial de Bilbao y la inmigración masiva desde otras partes de España, aumento que no se detiene hasta los años 80; así, la población de la capital vizcaína se sitúa en 1981 en 433.030 habitantes y el conjunto de la provincia en 1.181.401. En 2004, por el contrario, la población de Bilbao había descendido hasta 352.317 (aunque según los datos del INE para 2005, siempre estimativos, se daría un ligero aumento de algo más de 1000 personas para Bilbao). Más que la positiva disminución de un hacinamiento asfixiante, el dato que determina la vida urbana con la caída de la natalidad es el progresivo envejecimiento de la población. En la época previa a la Segunda República, la mayor parte de la población, máxime en las zonas obreras, tenía una edad comprendida entre los 16 y los 40 años; en el propio gobierno vasco de la Guerra Civil sólo había un miembro que superaba los 40. Este dato es fundamental para comprender el nervio vital de cada época, máxime en un régimen democrático como el actual, en el que la mayor parte de los mensajes político van dirigidos a una población que ya no es joven, algo que no es de extrañar, dado que la gran parte de la renta española pertenece a la población de más de cuarenta y cinco años. La hegemonía de los discursos de la seguridad y el miedo tienen, sin duda, mucho que ver con esta preponderancia de la población adulta e, incluso, anciana, tanto en número como en poder: si hay alguna clase media son ellos, los propietarios de las casas. Si comparamos los datos de Bilbao con los de toda España descubrimos que, 159

aunque en los últimos treinta años se produce en todo el territorio estatal una caída en el crecimiento vegetativo que llegaba a cero en 1998, en Vizcaya ya había caído hasta cifras negativas (-1,74) en 1995 y, a pesar de que se produce una cierta recuperación en los últimos años, como en el resto del estado, aún en 2004 el crecimiento era prácticamente cero mientras que en el resto de España llega ya al 2%. Algo semejante se comprueba en la edad media de maternidad que en España está en 30,86 años mientras en Vizcaya se situaba en 2004 en 32,39 años. El descenso de natalidad en todo el territorio español se da, en primer lugar, por las transformaciones sociológicas de las nuevas generaciones españolas, unidas a la crisis económica que hoy se salda con unas cifras alarmantes de endeudamiento de las familias. La caída del modelo de vida nacional-católico —con excepción de algunos grupúsculos fundamentalistas— instaura modos de vida no volcados en la construcción de familias numerosas, que emancipan a la mujer de su mero rol de madre y abren la construcción doméstica a muchas otras opciones vitales. Pero aún más determinante en la caída de la natalidad es, sin duda, la llegada del neoliberalismo a nuestro territorio, que incorpora a la mujer al mercado de trabajo —por gusto y/o por necesidad— empeorando, paradójicamente, el poder adquisitivo de las familias: el país duplica su mano de obra y, a cambio, desatiende la crianza de unos hijos que ya a penas puede permitirse tener. En esta disminución de la población en el Área Metropolitana de Bilbao (AMB) se cuenta como factor principal la caída de la natalidad, pero también la emigración fuera de la CAPV en busca de trabajo, y el abandono de la capital y de la margen izquierda hacia entornos de mayor “calidad de vida” en la margen derecha o Cantabria. Este descenso de población varía, por tanto, en las distintas zonas del AMB. Si en la margen izquierda y las zonas tradicionalmente obreras se acusa cierto descenso, en otras zonas, como la margen derecha (Getxo), se pasa de 67.321 habitantes en 1981 a 84.024 en 2002, con un leve descenso en los últimos años, otros municipios, como Sopelana, crecen claramente también en los últimos años, de 9.460 en 1996 a 11.469 en 2005, indicativo de una de los lugares de mayor huída interior de población en el AMB. Cabría aclarar, de cualquier modo, qué es lo que se esconde detrás de la “calidad de vida” de estos lugares de destino de la inmigración interior dentro del AMB. Si pensamos en equipamientos públicos, nos podemos sorprender al descubrir que estos lugares de destino tienen en algunos casos menos equipamientos y espacios de esparcimiento que los puntos de origen. No es el caso de Sopelana, pero sí el de Castro 160

Urdiales (Cantabria), destino de muchos emigrantes de la margen izquierda con un grado extremo de terreno construido y masificación. En estos casos se produce otra forma de marketing urbano del que saben mucho las promotoras inmobiliarias, y que empieza por aquellas maquetas higiénicas que fotografían para sus carteles promocionales: la calidad de vida es entonces sinónimo de una vida en miniatura, sin huellas. La calidad de vida equivale a un nuevo modo de vida que hemos desarrollado sobradamente en los capítulos anteriores, modo de vida en el que se depende enteramente del automóvil. De hecho, Castro Urdiales se ha convertido en destino de muchos emigrantes que trabajan en Bilbao gracias a la conexión por autopista inaugurada en unos años; desplazarse a vivir allí implica un uso cotidiano del automóvil tan importante o más que el nuevo “lugar” elegido, y es que tal vez el nuevo lugar sea ese no-lugar entre la autopista y los media. La calidad de vida implica, por tanto –y esto se puede aplicar también a los destinos en la margen derecha–, una vida en torno al coche; por tanto, un traslado a un paraje aparentemente más natural, pero atravesado por agentes doblemente contaminantes y antinaturales, una hipócrita agresión al medio físico. A los procesos de migraciones internas dentro de la AMB se le suma uno de emigración fuera de la CAV. Igual que en otras regiones hermanas que han sufrido la desindustrialización, como Asturias, en Bilbao pasamos de un escenario de inmigración constante en los anteriores 100 años a uno de emigración. La huída de población joven en busca de mejores oportunidades a los grandes centros financieros de España y del mundo es creciente en los últimos años. “El AMB viene siendo, en términos agregados, responsable de más del 80 por cien del saldo migratorio externo de toda la CAPV y, en concreto, de Bilbao y de la margen izquierda salen de manera continua dos de cada tres emigrantes netos” (Esteban 2000, pág. 51). Esta emigración tiene como protagonistas, generalmente, a jóvenes titulados en busca del primer trabajo.

Parece que las cosas han cambiado mucho en los últimos veinte años. Sin embargo, a pesar de las diferencias de este período con los dos anteriores y, aunque marcados por tres acontecimientos históricos diferenciales bien conocidos (la Guerra Civil, la desindustrialización y el Euro), estas tres etapas históricas y sus tres generaciones coinciden con tres fases de la continua concentración urbana en España. Hasta 1936 la población urbana llegaba a un 30%; hacia 1970 se había alcanzado un 45%, lo cual, además, dado el crecimiento de la población total del país, suponía el 161

mayor crecimiento urbano en términos absolutos. Pero lo más sorprendente es que, el tercer período, aquel en el que Bilbao sufre una pérdida de población y España entera una caída en la natalidad, la densidad urbana en el conjunto del país no desciende, sino que llega a cifras inéditas: en 1998 el 78% de la población española vivía concentrada en las ciudades. Como ya habíamos mencionado, la Postmodernidad se caracteriza por ser el momento de modernización total en el que el histórico conflicto entre la ciudad y el campo ha quedado superado, pero ni se ha resuelto en la utópica síntesis que pensaron los socialistas utópicos, ni en revolución que predicase el marxismo. El campo, sencillamente, ha sido engullido por la ciudad: hoy todo es telépolis, con las filas de adosados y chavolas periurbanas extendiéndose en las márgenes de las carreteras.

La tercera generación es la nacida, por tanto, a la Postmodernidad. Los nietos de los que perdieron la Guerra Civil —a la postre hijos de los que perdieron la transición— , a diferencia de sus abuelos, han nacido a un mundo completamente construido y decidido, a diferencia de sus padres, con una industria madura hasta la senectud. Pero el cuerpo descompuesto de aquella antiguas fábricas se aprendió en la infancia como paisaje natural, igual que ha visto nuestra colega, la filósofa Irene Fortea, con la misma naturalidad con la que observan los niños las arrugas de los viejos, como si se tratase de otra especie que nada tiene que ver con ellos ni con el paso del tiempo (Fortea 2006). Sin el afán constructivo de sus abuelos, sin las grandes aspiraciones políticas de sus padres, la tercera generación parece descolgada de aquella herencia o, más bien, parece haber integrado todo aquello que le vino de sus antecesores de un modo insólito. Esta última generación ha recibido este hábitat duro como un don. No lo siente como fruto de la limitación, sino como estética dura que se opone a la estética blanda de la tele. Tal vez también la melancolía de un siglo de derrotas transfigura el espacio en ruina shakesperiana. Sueño de una noche de otoño, del otoño del treinta y tantos, del sesenta y tantos, del ochenta y tantos; el otoño del siglo XX. De Altos Hornos en funcionamiento sólo tiene esta generación, si acaso, una imagen infantil o adolescente. El recuerdo más profundo que les queda de la industria pesada local es la del óxido y la ruina arquitectónica, la técnica no como espacio artificial ganado a la naturaleza, sino como espacio natural, una extraña y atractiva naturaleza de fango y óxido. Si los padres heredaron la industria en funcionamiento como paisaje natural, la mirada infantil de los hijos ha dado por naturales las mismas 162

ruinas que se extendían por doquier. Esta generación ha crecido al son cotidiano de las luchas y encierros en Euskalduna, La Naval, Altos Hornos, Babcock & Wilcox, al calor de las huelgas de padres y tíos, el cierre de sus fábricas, el paro y la prejubilación. Igual que veía Walter Benjamin para la joven generación europea que se batió en la Primera Guerra Mundial, esta generación de bilbaínos está saturada de experiencias, harta de un pasado que se atraganta y parece por ello querer empezar de cero, de muy poco, con una austeridad y unos proyectos tan humildes como inmediatos. Estrategias políticas como la ocupación y la insumisión dicen mucho de todo ello. No se aspira a ser la cumbre de la cultura universal ni la vanguardia de la política revolucionaria, basta con hacer una política genuina aquí y ahora, una cultura cara a cara, quitándose de en medio las enormes mediatizaciones burocráticas, técnicas, institucionales, jerárquicas de la política tradicional. La sociedad civil que se constituye a partir de esta experiencia tiene una forma novedosa tanto en su organización como en sus acciones, como explicaba Josetxo Estebaranz, autor de “Tropicales y Radikales”, en una reciente entrevista para el periódico Diagonal:
Se trataba de movimientos que no eran anecdóticos, que implicaban a un montón de gente, y no eran de laboratorio, fruto de una estrategia política o de una receta ideológica, sino que eran unas resistencias a un proyecto de modernización, en el sentido de incorporación a un capitalismo que ahora padecemos (…) Movimientos caracterizados por una tropicalidad, un calor y goce por la lucha, y una faceta autónoma radical, la independencia de medios y fines de las mismas. (Diagonal, 30, pág. 28)

El movimiento de insumisión es ya historia, el de ocupación resiste de algún modo, aunque sin el esplendor del que gozó a mediados de los ochenta. La cuestión sigue siendo ¿Por qué naufragó también aquella lucha?. El fascismo fue el verdugo de la generación de los abuelos, la desindustrialización neoliberal lo fue el de los padres ¿Y el de los hijos? ¿Quién el de la tercera generación? ETA, desde luego, algo ha tenido que ver, como lo ha tenido la estrategia obsesiva, monocromática y falta de imaginación de una dirección abertzale de estructura semi-stalinista; el ideario nacionalista ha acabado dogmatizando proclamas que en su momento tenían un sentido, convirtiendo derechos en obligaciones y castigos colectivos. El grado de enviciamiento del clima político y de los propios movimientos sociales que Herri Batasuna generó con sus tácticas militarizadoras ha sido determinante en la corrosión de la vida pública en Euskadi igual que en Bilbao. Las sospechas, rencores y desaliento que introduce en la vida cotidiana la 163

cultura de la amenaza física y el asesinato se acaba escapando, irremediablemente, de las manos e imposibilitando ninguna forma de vida política, genera unas relaciones de poder viciadas cercanas a la lógica de la mafia. Pero, sin duda, más allá del hecho diferencial de la lucha armada, la caída de la sociedad civil no es un dato exclusivo de Bilbao, por tanto, no se puede atribuir exclusiva ni principalmente a ETA el desaliento de la vida política bilbaína. Incluso los movimientos radicales y tropicales más espontáneos, a pesar de construirse desde subjetividades muy alejadas de las mentalidades institucionalistas de padres y abuelos, estaban también atados a un contexto urbano local y se articulaban sobre una lógica política muy concreta a nivel espacial. La globalización, con su poder teledirigido sobre las decisiones locales y la destrucción de las estructuras barriales a través del fomento del vehículo privado, ha desmontado los presupuestos vitales de aquel auge asociacionista de mediados de los ochenta. El dinamismo y la imaginación de una juventud con mucho tiempo libre —por aquello del paro masivo de los ochenta— y mucho mundo por descubrir y construir, han sido aplacados por la cultura del consumismo, cultivada por todos los medios de persuasión imaginables desde la más tierna infancia. El Euro ha dinamitado las coordenadas económicas, topológicas y simbólicas de la lucha política previa: nos hemos quedado sin referencias. Se ha producido un salto cuántico en la dimensión del enemigo y, sin embargo, continuamos con las armas del siglo anterior. A pesar de todo, en las nuevas luchas permanece algo de aquella filosofía tropical, de aquella espontaneidad en la acción y desvinculación de los modos clásicos y jerarquizados de hacer política. Podría verse aquella época como un ensayo temprano de lo que sería la lucha antiglobalización actual. Desde el movimiento planetario antiglobalizador hasta actos colectivos tan aparentemente banales y despolitizados como los macrobotellones, el nervio político de los jóvenes trata de expresarse con desigual fortuna, trata de construir una nueva sintaxis política que hoy por hoy es un mero balbuceo, pero por algo se empieza; y es que no es poco reclamar el derecho a ocupar masivamente la calle de forma espontánea simplemente para disfrutar de ella. En la sentada por una vivienda digna del 14 de mayo de 2006, convocada al margen de toda institución política o sindical y por simples correos electrónicos, se puede continuar la senda de aquel espíritu de tropicalismo de los ochenta pero, desde luego, Bilbao ha dejado de ser un punto de referencia de movilización política en España, tal y como demostró la modesta sentada en la plaza del teatro Arriaga. Tras el 13-M la resistencia 164

se ha instalado de forma esperanzadora en Madrid, tantos años dormida, destino hoy de los jóvenes de Bizkaia y de otras provincias del estado en busca de empleo para sólo encontrar precariedad; Madrid, hoy, como auténtica metrópoli colonialista del estado español, cruda y crecientemente cruda “verdad urbana” de nuestra economía y política, verdad urbana donde hoy parece tomar poco a poco forma una contestación frontal al capitalismo. Pero no debemos de hacernos falsas ilusiones. Ni estos jóvenes que protestaban por una vivienda digna en Bilbao, ni aquellos que aún defienden la ocupación como modo de protesta ante el terrorismo urbanístico ejercido por las grandes promotoras inmobiliarias y aplaudido, subvencionado y aprovechado por las administraciones públicas, representan a la gran masa de jóvenes del Bilbao actual. Durante los ochenta, la insumisión activa era practicada por una minoría pero apoyada de modo entusiasta por la inmensa mayoría de la juventud, ejemplo del clima político y combativo de la juventud vasca y españolan de la joven democracia. En los albores del siglo XXI, la apatía política de los jóvenes bilbaínos es constatable. Las luchas directas se disuelven en un clima político local esterilizador que rinde a la sociedad a los placeres inmediatos del consumismo de la nueva ciudad mercantil. En lugar de sentadas por una vivienda a la que nadie puede acceder, el domingo es más atractivo para ir a la playa o al centro comercial en el Área Metropolitana de Bilbao. Algo no muy distinto de lo que ocurre en otras muchas capitales de provincia de España pues, a pesar de todo el afán metropolitano, Bilbao se hunde cada vez más en una conciencia de inferioridad de ciudad periférica, algo insólito en la historia de Bilbao: Bilbao ha conseguido convertirse en una ciudad de provincias. El sentimiento de aislamiento, de encontrarse en un espacio al margen de los centros en los que se decide hoy la historia no podía ser mayor entre los jóvenes, algo muy distinto a la conciencia social del Bilbao de sólo hace 15 años, que se sentía capaz de inventar y ser vanguardia en la lucha por la emancipación universal. Ante el clima de impotencia, ante el síndrome de “indefensión aprendida” de esta generación de bilbaínos que creció a la sombra de la inmersión de España en el neoliberalismo más atroz —contra el cual parece que ni los movimientos más radicales estaban conceptualmente preparados—, los jóvenes se rinden a los esquemas mentales de las generaciones anteriores, responden y aceptan preguntas que hoy carecen de todo sentido. ¿Cuándo te vas a comprar una casa? ¿Cuándo vas a conseguir un empleo fijo? ¿Cuándo te vas a casar? La generación nacida en la posguerra creció con la necesidad 165

como eterna compañera y la libertad como la eterna ausente. Sus hijos han vivido en una burbuja de bienestar que se resquebraja nada más salir de la universidad. La situación de estos jóvenes recuerda bastante a la de uno de los replicantes de Blade Runner quien, tras haber vivido toda su vida engañada pensando que era un ser humano, descubre que es un robot, que todos sus recuerdos son falsos, han sido programados para construir un perfil psicológico determinado. El shock que sufre esta generación, entre las expectativas vitales en que fueron educados y las expectativas reales de vida que descubren en el mundo exterior, tiene efectos aún por determinar. Desde luego, una de las reacciones es la protesta y la lucha, lucha espontánea y compleja, que desconfía de cualquier institución pues todas son cómplices del engaño de su propia vida. Pero la reacción mayoritaria, de momento, no es ésta, sino la del propio personaje de Blade Runner, una suerte de desensibilización, se hace como si no pasase nada y se imitan sin ningún tipo de pasión ni credibilidad los modelos paternos, replegándose sobre el núcleo familiar en una eterna y culpable minoría de edad. Igual que Bilbao no acepta su debacle y se encierra en su burbuja del Nuevo Bilbao –que como hemos visto no es más que burbuja inmobiliaria–, esta generación no acepta su desamparo histórico, económico y simbólico. Y no se trata sólo de esos jóvenes que al no poder acceder a un piso propio y se quedan en casa de los padres hasta más allá de los treinta, sino también de aquellos que consiguen una hipoteca gracias al aval de los suyos, convirtiéndose, de nuevo en eternos deudores no sólo de los bancos sino del favor, creencias e ideología paternas; el conservadurismo e inmovilismo social al que esta situación aboca es más que evidente, el secuestro de toda una generación, de su imaginación y nervio político sólo pueden llevar a la senectud de la propia sociedad, tal y como hoy ocurre de forma especial en Bilbao. La generación del franquismo quemó su vida en asegurar para los suyos lo que ellos no pudieron tener. Aquellos hombres gastados en las fábricas, y las mujeres sacrificadas entre la cocina y el mercado, dieron un sentido a su vida como mártires por un futuro mejor, un futuro del que a ellos sólo les correspondían las migajas de la jubilación, premio de consolación por los servicios prestados. Hoy, a sus hijos, a los que les corresponde heredar aquel anhelado porvenir, incluso esas pensiones públicas les parecen ya una utopía inalcanzable. Esta juventud que pudo disfrutar de su infancia y juventud en un eterno jardín de infancia irreal, es criticada ahora por su indolencia, por su falta de previsión pero ¿qué se puede prever en un mundo erigido como un castillo de naipes? Tal vez la única previsión sensata es apostar a cuándo llegará la ráfaga que se 166

lleve todo por delante. Los jóvenes del botellón, la juventud eternamente criminalizada, son esos niños que lo han tenido todo y esos jóvenes que no tienen nada, ni casa ni futuro, nada (y, desde luego, poco dinero); esos niños sin patio, que de la videoconsola se les quería mandar directos al taller o a la oficina, pero que hoy reclaman su patio, reclaman su calle. Estos jóvenes sufren la opresión más dura: la edipización, el nido de la esquizofrenia. No tienen libertad, viven con sus padres, atados a ellos, dependen de su firma en un banco para verse agraciados con una hipoteca o simplemente un alquiler, cualquier acción estará supervisada por aita y ama, eternamente niños, atrapados en una matriz viscosa que no les deja ser libres. Edipo no se anda con tonterías, porque de lo que se trata y lo que a Edipo le es negada es, sencillamente, la posibilidad de SER. La esquizofrenia es la expresión individual de esta represión; el terrorismo (y no estamos hablando de ETA) es su expresión colectiva. Los grandes patriarcados nacen de este miedo, son respuestas a la absorción sin piedad en la matriz. Este enfrentamiento generacional de jóvenes y viejos que proyectan e inflaman los poderes mediáticos día a día es más peligroso que el de las razas y las culturas, que no dejan de ser imaginados y difundidos hoy por los voceros de la burguesía, y viene para ocultar una vez más la verdadera lucha, la de pobres y ricos. El sistema capitalista, una vez más, y repitiendo estrategias de la época hitleriana, oculta su propia opresión buscando chivos expiatorios: los gitanos, los inmigrantes, los jóvenes; el sistema capitalista juega con fuego, una vez más.

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2. Ojos que no ven
La gente como tú lo encuentra fácil, Anhelando ver, caminando por el aire, Cazando en las riberas, por las calles, Todas las esquinas abandonadas demasiado pronto, Establecidas con el debido cuidado.

Joy Division: Atmosphere

La del Nuevo Bilbao es la historia de los edificios monumentales, las esculturas en paseos idílicos junto a la ría, los centros comerciales punteros, los puertos deportivos o las infraestructuras públicas de lujo. Pero es también la historia de otros lugares que hasta no hace mucho saludaban a la ciudad con la misma arrogancia con la que se elevan hoy las torres de Isozaki, otros lugares que ahora, sin embargo, ante la gloria del Nuevo Bilbao, quedan oscurecidos en una segunda o tercera división del ranking comercial, triste sombra de lo que fueron. Podemos recordar la vieja feria de muestras, empequeñecida y casi invisible ahora, cuando hace diez años reclamaba para sí toda la atención y miradas. Igual o peor suerte ha corrido la estación de “La Naja”, en pleno corazón de Bilbao, bajo la estación de la Concordia, hasta hace unos años punto de llegada y salida de los viajeros que cada día llegaban de la margen izquierda y la zona minera, horas y horas de cientos de miles allí esculpidas, ahora invisibles. Pero incluso espacios y comercios como El Corte Inglés —símbolo del modo de vida de la clase acomodada franquista— aunque aún resistente ha visto acartonarse en los últimos años su brillo, algo que se puede comprobar las últimas navidades, reciclando sus anteriores guirnaldas, porque la meca del comercio se ha trasladado a la periferia, a los megacentros comerciales. Pero más claramente aún, otras zonas que en su momento fueron vanguardia y signo del “alto valor añadido” hoy languidecen, sucias y prematuramente envejecidas, avergonzadas ante las miradas de los transeúntes. Autonomía y su plaza de Zabálburu fueron la última zona hasta donde se extendió el burgués —como todos— ensanche bilbaíno. Cuando se inauguró la última

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de las torres de Zabálburu, en 1975, se vendió como una zona de prestigio, símbolo de modernidad y marca de ascenso social. Hoy es una de las zonas céntricas de la villa más marginales, próxima a convertirse en residuo urbano. Se trata de un grupo de rascacielos de sesenta metros de altura en los que viven más de 1000 personas con apartamentos considerados en su momento de lujo, no sólo por su tamaño sino por su localización; los grupos ascendientes del último franquismo podían hacerse un sitio en el hasta entonces limitado ensanche: la burguesía se ensanchaba algo más, había sitio para unos cuantos ricos más en el mismo centro de Bilbao. Los inmaculados rascacielos, hoy ennegrecidos por la contaminación albergaban, además de las viviendas, un complejo comercial a la última que hacía del edificio la panacea de la comunidad autosuficiente. La galería comercial, llamada “Calle Pop” —con las reveladoras resonancias de este nombre para la generación de los guateques—, en el momento de su estreno no podía ser menos que el último grito. Hace unos meses fue definitivamente clausurada después de cerrar todos los negocios y ante la peligrosidad de sus recovecos; el hipermercado Simago fue en los ochenta una marca de prestigio que los habituales de El Corte Inglés no se avergonzaban en visitar, todo esto antes de su quiebra y conversión, vía absorción empresarial, en Champion, centro comercial de segunda por excelencia. El “Instituto Vasco de Nuevas Carreras”, nombre prometedor para lo que finalmente fue una escuela de paro como tantas otras, se esconde también en este complejo como un viejo falansterio abandonado. En menos de diez años, este vanguardista edificio empezaba a verse invadido por sex shops, cines X y la cercana calle General Concha se convertía en la nueva sede de la prostitución en Bilbao. Los yonkies, por su parte, subían de San Francisco y deambulaban como sonámbulos desde la Plaza de Toros hasta Zabálburu. La mercancía tiene como marca de nacimiento el signo de la ruina. Cuanto más brille en su comienzo, cuanto más marcada esté por la moda, más rápidamente quedará degradada como signo demodé: es el precio justo que debe de pagar por su brillo desmesurado. En el ejemplo de las modelos y estrellas del espectáculo, uno de los tipos de mercancía más valorados socialmente, podemos reconocer claramente esta dialéctica: en los patéticos intentos por remedar los efectos del tiempo sobre la piel que aceleran y desnaturalizan el envejecimiento natural, precipitando el efecto de la descomposición postmortem sobre el rostro vivo. En el momento de la emergencia del capitalismo industrial, escritores como Poe o Wilde entrevieron metafóricamente la naturaleza del nuevo tipo de vida que se imponía en el mundo moderno. Así, en “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, el protagonista logra una larga juventud a cambio de encerrar en 169

un lienzo los efectos de su mala vida, pero cuando la mala conciencia del protagonista le haga enfrentarse a tal contradicción entre apariencia y esencia su cuerpo real se verá llevado a la ruina en un solo instante: el tiempo se cobra en un instante lo que le fue robado. A las mercancías con mayor valor de exhibición, y no sólo a las humanas, les llega el final tan pronto como el mercado aparta la vista de ellas ante la siguiente novedad, cayendo en estado de ruina. Esta lógica es inherente al propio mercado capitalista y su sistema de la moda. De hecho, las mercancías no están elaboradas para durar —como cualquiera puede comprobar con su calzado y ropa—. Habrá que ver qué tal envejece el Nuevo Bilbao, la “marca” Bilbao en tanto que ciudad devenida mercancía ¿Tendremos dentro de diez años unas torres Isozaki comparables a lo que representan las torres de Zabálburu hoy? ¿Sucias y pasadas de moda? Es tan peligroso jugar a la moda con la propia epidermis como con la de lo público. Por otra parte, si unos lugares caen en las sombras de lo demodé, la gran mayoría caen en las sombras de lo periférico, del lugar sin prestigio. Son los barrios más populosos, aquel Bilbao cotidiano que casi nadie reclama, del que hasta muchos de sus moradores quisieran volar. Y es que constantemente se publican memoranda nostálgicos del Bilbao del XIX y de la primera mitad del siglo XX, del mismo modo que el tranvía gusta de conducir a los turistas hasta el Casco Viejo, aquel pequeño Bilbao tan entrañable. Pero del Bilbao construido durante el desarrollismo, del Bilbao populoso de los barrios periféricos nadie quiere acordarse, pocos publican sus memoranda, casi nadie los lee, casi ni sus propios moradores. Además, tenemos también otra serie de espacios que, directamente, han desaparecido en los últimos diez años: los lugares destruidos. Lugares que continúan tal vez en la memoria de algún individuo aislado pero que han desaparecido de la memoria colectiva. A dos de estos espacios vamos a dedicar las últimas líneas del libro, dos muestras de arte público que no tuvieron lugar en el Bilbao del arte público, el que llena plazas y museos de arte vanguardista.

La construcción del Guggenheim coincidió con la modificación del trayecto del tren de cercanías de la margen izquierda a su paso por el centro de Bilbao. Las vías pasaban por la orilla del Nervión, justo por el lugar en el que se estaba construyendo el Guggenheim, y con el desmantelamiento de los almacenes de Renfe y los pocos trenes de mercancías que hacían para entonces aquel recorrido, se aprovechó a modificar el trayecto del cercanías. La primera parada que desapareció fue la de La Naja, en el 170

centro de Bilbao; más tarde lo haría también la de Bilbao-Parke, junto al histórico parque de Doña Casilda —hoy ensombrecido por el Sheraton y las viviendas de lujo—, muy cerca de donde hoy se encuentra Zubiarte, en el puente de Deusto. Esta parada era lugar de llegada para los estudiantes de la Universidad de Deusto que viajaban desde la margen izquierda, que en aquella época todavía eran numerosos. Antes de su desmantelamiento, cuando ya se había habilitado el actual recorrido (por San Mamés y Autonomía hasta Abando), se mantuvo una “lanzadera” desde Olabeaga hasta la estación de Bilbao-Parque. Los viajeros que se dirigían a la estación de Bilbao-Parke se apaeaban, por tanto, en Olabeaga y cambiaban de tren para llegar a su destino en un fantasmagórico trayecto de una sola estación. Los viajeros seguían tomando el tren con la incertidumbre de no saber hasta cuándo, cuándo se cerraría definitivamente la estación de Bilbao-Parke. El trance duró varios cursos académicos y temporadas de rebajas y, mientras tanto, alguien —tal vez Renfe— tuvo la feliz idea de instalar sobre el tejado de la estación, de cara a las obras del Guggenheim que se estaba construyendo, una escultura. El acceso al tren se hacía desde el puente de Deusto. Los viajeros debían descender por unas escaleras hacia la estación, que quedaba en parte debajo del puente y en parte avanzando hacia Abandoibarra. Sobre el tejado, el escultor José Ibarrola colocó varias siluetas humanas de metal oxidado, siluetas grises y anodinas, que proyectaban hacia el espectador unas sombras dibujadas sobre el techo de la estación, sombras de colores. El título de la obra era Las sombras del Guggenheim son de colores; las figuras estaban mirando hacia el museo y, claro está, sus sombras de colores venían proyectadas por la “luz” que emanaba de la obra en ciernes de Gehry. Durante varios años los pasajeros que salían o entraban a la estación y los viandantes que cruzaban el puente de Deusto podían detenerse a observar la entonces tal vez enigmática escultura. Años después, cuando no queda rastro ni de la estación ni de la escultura —ni noticia en Renfe de qué se hiciera con ella—, la luz que proyecta el Guggenheim ha hecho crecer muy cerca de allí Zubiarte, el centro comercial del puente de Deusto. “Zubiarte” significa “en medio del puente” pero, sin duda, quien bautizo el centro comercial con este nombre tenía en mente la correspondencia entre el término “Arte” (entre) en Euskera y el término latino tan pujante en el Bilbao de los museos, juego de palabras e idiomas del que se ha hartado la mercadotecnia bilbaína desde que el museo americano se colase en Abandoibarra. Las sombras del Guggenheim son de colores y de colores muy brillantes, pero fácilmente degradables, como ocurría en la 171

escultura de la estación. La degradación alcanzaba no sólo a las siluetas de aquellos hombres de hierro oxidado, sino a sus sombras de colores, borradas cada mes por la lluvia por mucho que se afanasen en intentar evitarlo los responsables del mantenimiento de la escultura. Muy lejos de allí, en la margen derecha, próximo a la parada de metro de Gobela (Getxo), existía otra muestra de arte público realmente destacable que,

lamentablemente, no existe desde hace ya algunos años. La expresión artística se encontraba en un pequeño complejo deportivo con un frontón y varios campos de fútbol sala. En una de las paredes permaneció pintado durante un tiempo un graffiti impresionante, una explosión de colores y de formas que transfiguraban el anodino paisaje del Antiguo Golf —es el nombre con que se conoce este barrio residencial, por el campo de Golf que, al parecer, existía aquí para disfrute de la burguesía local—. Los arabescos se entrelazaban a partir del Tag —“el alias” del artista, su firma sobre la que se articula el arte del graffiti— en una trasgresión salvaje contra el imperativo de Adolf Loos; pero lo más interesante de este graffiti, más que su belleza, que sin duda la tenía, era un detalle figurativo que surgía en el centro de la composición, entre la maraña de formas abstractas. Casi invisible, semioculto entre la maleza de grafos, emergía en blanco y negro un rostro ambiguo, quizás de una chica joven, con una expresión gélida, robótica, y debajo un solo mensaje: “Stop the virtual Show!”. Mucho se ha escrito y se ha dicho sobre los graffiti (De Diego 2000), desde que son auténticas obras de arte hasta que son un acto gratuito de narcisismo bárbaro, como el orín del perro para marcar el territorio. Lo cierto es que, salvo excepciones, no deja de ser perseguido con lo que parece que, al menos, los poderes públicos tienen claro que se trata de un acto delictivo que atenta contra la propiedad, lo cual no es un mal comienzo. Siempre he pensado que existe una continuidad entre los garabatos que uno hace distraído y estas elaboradas firmas. De hecho, cuando los niños juegan con un bolígrafo se suelen distraer a veces adornando formas abstractas que parecen grafos de un lenguaje por inventar: el grado cero de la escritura. En todo ello la escritura redescubre su aspecto menos representativo, lo que los propios grafos tienen de puro y abstracto juego de la imaginación, lo que tienen de más corporal, expresiones detenidas del cinetismo del niño, la primera expresión de unas “formas trascendentales de la sensibilidad” (espacio y tiempo) mucho menos fijas y universales de lo que Kant pensó (Benjamin 1986).

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En otros sistemas de escritura, estoy pensando especialmente en los orientales, éste es un arte mucho más desarrollado, y que se sigue trabajando, mientras que en occidente, máxime con la extensión de los tipos estándar de las máquinas de escribir, la parte “sensible” de la escritura se tiende a pasar por alto. El arte del graffiti, a mi entender, tiene mucho de reacción contra esta desensibilización tan propia de Occidente y que empieza por su misma escritura, en la primacía del elemento comunicativo e instrumental del lenguaje frente al aspecto expresivo: gráfico y fonético. En este sentido, el graffiti sería a la escritura lo que en su momento supuso el rock para el lenguaje y el canto, con la ruptura de los standares de la música burguesa. Creo que el graffiti del Antiguo Golf expresaba muy bien esta idea: la de la resistencia frente a la “representación”. El graffiti representa un juego con el lenguaje en el que se toma en consideración sólo la parte menos genérica del lenguaje, la más concreta, su materia prima, el lado menos instrumental del lenguaje, el más resistente a la comunicación. Desde el punto de vista del habla se trataría de la fonética así, tras la repetición en tanto que el factor determinante de la comunicación, permanece una diferencia difícilmente abarcable: el sonido. Por otro lado, desde el punto vista de la escritura, encontramos esta parte concreta, resistente a la comunicación, del lado del grafo. No nos referimos al signo, sino al mero grafo, antes de asignarle ningún valor en la cadena de significantes: el grafo “suelto”. Nuestro tiempo y nuestra sociedad son los de la iconización creciente, pues, para nosotros, todo es signo, todo está conectado a una cadena de significantes, todo representa algo. Tras la invención de la fotografía, las artes pictóricas desecharon su función figurativa y su trabajo por hacer representaciones verosímiles de la realidad, no sólo porque esta labor había sido automatizada en la fotografía —por tanto, difícilmente superable—, sino porque aquella función representativa se estaba apoderando de todos los ámbitos de la vida cotidiana, desplazando el elemento propiamente poético y expresivo del arte, como libre juego de la imaginación. La pintura quería denunciar el simulacro general de la representación y reclamar la vuelta del “Ser” frente al “Representar”, tal y como señalaba también Feuerbach; claro está que en un mundo que orbita alrededor del dinero, puro valor de cambio, es fácil perder de vista el sentido propio de las cosas. Con la extensión de la cultura audiovisual, técnicamente heredera del ingenio de la fotografía, el imperio de la verosimilitud avanza más aún. Las representaciones son cada vez más elaboradas, rozan la realidad virtual, el umbral de distinción entre ficción y realidad está cerca de traspasarse, la representación quiere aparecer ella misma como 173

realidad. Cuando la población mundial asistió en tele-directo a la caída de las Torres Gemelas, había presenciado ya tantos ensayos perceptuales doblemente verosímiles que el atentado terrorista sólo podía ser visualizado con la vivencia y el magnetismo propios de un espectáculo más, un acontecimiento externo, ajeno al propio espectador, como un acto “sublime” –como lo consideró en algún sentido un famoso músico contemporáneo– , siempre atentos por si aquella orgía de destrucción podía extenderse más aún en un fin de fiesta apoteósico. Bilbao se constituye como Ciudad-Marca, en el mismo sentido en el que lo hacen Barcelona o Sevilla, con la gentrificación de su Casco Viejo y la erección de edificios emblemáticos, rascacielos vanguardistas que reclaman la atención de las miradas resumiendo todo el paisaje urbano en una imagen arquitectónica simple y fácilmente identificable. La ciudad se iconiza, se virtualiza, interesada más en su “parecer” que en su “ser”. Los vecinos pobres son expulsados de unos cascos viejos revalorizados por la burbuja inmobiliaria; las guías turísticas y de arquitectura se llenan con los nuevos espacios de lujo. Pero la población sobrante y los espacios ausentes en la representación no dejan por ello de existir, sólo que ya no se ven: la miseria aumenta pero no se representa y, como dice el refrán “ojos que no ven, corazón que no siente”. El graffiti de Gobela, con su advertencia “Stop the virtual Show!”, denuncia alarmado esta situación. Por su propia naturaleza “expresionista-abstracta”, el graffiti escarba en la materia, oculta hoy mediante la iconización de todo lo visible; su misma capacidad de abstracción hace del graffiti un arte doblemente concreto. Hay que escarbar en la piel, ir más allá de la figura, horadar en hormigón, la piedra, el vidrio o el titanio, viajar más adentro de la forma de la arquitectura, para redescubrir la fuente de la imaginación, para poder reconstruir un lenguaje poético y político que nos podamos creer, que no sea la repetición de un mundo muerto por inanición. Stop the Virtual Show, “parad el simulacro de la vida”.

Garikoitz Gamarra Madrid, diciembre de 2006

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V. Bilboko Begidarak
Las fotos que formaron parte de la exposición "Bilboko Begiradak" (Miradas sobre Bilbao) nacen del impulso por dar a mi investigación sobre el espacio urbano contemporáneo un reflejo visual que le era imprescindible y que, a la larga, se ha independizado y se ha convertido en una investigación fotográfica propia. En el intento por recuperar para la visualidad pública un Bilbao escondido e invisibilizado por los medios productores de imágenes, mi trabajo ha confluido felízmente con el del también filósofo Garikoitz Gamarra, con quien sufre una nueva metamorfosis; de este modo, pasará a convertirse en un libro conjunto en el que fotos y teoría urbana establecen un diálogo a través del cual se muestran las posibles líneas de apertura democrática del espacio urbano contemporáneo, así como los diques y los muros que el esteticismo barato del marketing urbano pretenden imponer en nuestra ciudad. Estas fotografías son un testimonio mudo de la pluralidad de espacios silenciosos en los que es habitada la ciudad; silenciosos, por cuanto no gritan deseosos de ser mirados, tal y como acontece con los edificios de la nueva arquitectura que se edifican por doquier en Bilbao; silenciosos, también, porque en ellos transcurre la vida cotidiana y silenciada (por el marketing) de la mayoría de cuantos vivimos en esta ciudad y hacemos uso del espacio de lo cotidiano sin espectacularizar cada gesto de nuestra vida. Lejos de la exhaustividad y el rigor, esta muestra fotográfica está próxima al concepto situacionista de "deriva": son el producto del deambular urbano y del encuentro, del azar y, por qué no decirlo, de la suerte de encontrar una mirada devuelta en el lugar inesperado. Este trozo de Bilbao que aquí se muestra es más que el envés del Bilbao-logo, es el eco de los afectos y de los sentimientos que tienen estos lugares en nuestra memoria, así como la afirmación de una dignidad perdida del paisaje industrial, de la fealdad edificatoria, del abigarramiento y mezcolanza de estilos imposibles; en suma, del desastre urbano que un día fue producto de la historia, de sus luchas, de sus injusticias y de sus desigualdades. De aquel Bilbao feo, industrial, marcado en gris bajo el incesante sirimiri en cuyas melancolías tantos olvidos se han padecido.

Andeka Larrea Bilbao, diciembre 2006 175

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1. Casco Viejo

Marijaia como espectro en el Casco Viejo de Bilbao. Aste Nagusia 2005

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Mercado de la Ribera

Muelle de Marzana

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Mirador de Bailén

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Calle Tendería

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Iglesia de San Nicolás

Iglesia de San Antón

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Puente del Arenal

Obras del parking del Arenal. Bilbao 2006

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Begoña

Cementerio en Begoña

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¡Arde Marijaia, arde!. Aste Nagusia 2005

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2. Ría

Olabeaga

186

Ribera de Olabeaga

Zorrozaurre

187

Ría de Bilbao

Muelle de anguleros

188

Harria

189

Grúas en Zorroza

190

191

192

Dársena Portugalete

193

3. San Francisco

Bilbi asesinado…

Alrededores de la Plaza de la Cantera

194

Desde el puente de Cantalojas

195

Calle Aretzaga

Las Cortes

196

Trinchera de Zabala

197

Calle San Francisco

Las Cortes

198

Alrededores de la Plaza Tres Pilares

199

4. Ensanche y alrededores

Estación de Abando

Fosterito

200

Acceso Metro Indautxu

1 de mayo (ascensor del Metro)

201

Hurtado de Amezaga

Plaza Biribila

202

Nueva bilblioteca de la Diputación Foral de Bizkaia

203

Torre de Izozaki

Centro comercial Zubiarte

Hotel Sheraton y edificio de viviendas de lujo

204

Puente de Euskalduna

Palacio de Euskalduna

Acceso peatonal al puente de Euskalduna desde Botika Vieja

205

Punete de Euskalduna

Universitas Deustensis

206

Pantocrator de la Universidad de Deusto (Sapientia Melior Auro)

Puente de “La Salve”

207

En el ensanche bilbaíno

Memoria de los Astilleros de Euskalduna

208

5. Desarrollismos

Casas en Autonomía

209

210

Zabalburu desde Begoña

Obras en la plaza de Zabalburu

211

Calle Autonomía

Rascacielos de La Casilla

212

Antigua fábrica de pan de Irala

Viviendas en Santutxu

Talleres en Errekalde

213

Estación de Ametzola

Andén de RENFE Ametzola

214

Viaducto de (sobre) Errekalde

Kukutxa. Errekaldeko Gaztetxea

215

216

Deusto

Puente de La Salve

217

Termibús

Antigua Feria de Muestras de Bilbao

218

219

Periferias

220

6. Catedrales del consumo (Barakaldo)

B.E.C. (Bilbao Exhibition Centre)

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San Vicente (zona B.E.C.)

San Vicente

222

B.E.C.

223

B.E.C.

224

Megapark

Max Centre

225

Megapark

Max Centre

226

Rascacielos Megapark

AutopistaA-8

227

Autopista A-8 desde inmediaciones de Megapark

Cafetería en Megapark

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7. Margen Derecha

Palacetes junto a la playa de Ereaga

229

Centro comercial Artea

De compras por Artea

230

Puerto Deportivo de Getxo. Distintos ángulos.

Con Las Arenas (Getxo) de fondo

Con Santurtzi (Margen Izquierda) de fondo

231

UPV (Leioa). Agosto 2006

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8. Panteones industriales

Horno Alto nº 2 (Sestao)

233

Sestao

Sestao (La Iberia)

234

+ Sestao

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Erandio

Lutxana

236

Galindo (Sestao)

237

Galindo (Sestao)

Babcock Wilcox (Sestao)

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Lutxana

239

Lutxana

Basauri

240

Petronor (Muskiz)

241

Lutxana

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Lutxana

Zorroza al fondo

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Central térmica

Puerto de Santurtzi

Puerto de Santurtzi

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Petronor (Muskiz)

245

Superpuerto

Castro Urdiales (Cantabria)

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249

Mira quién mira

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