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shandy.

Valéry Larbaud dijo:


Shandy Satam Aliv E., un amigo de la revista, nos comentó
en una carta que un par de décadas atrás una con-
spiración shandy en Estocolmo hacía su aparición
DIRECTORIO con la revista Akran (que en su traducción al es-
pañol significa “Pato”). En su carta, Satam parecía
muy conmovido por las líneas cabalísticas del
Consejo Editorial: tiempo: justamente veinte años después, revista
Omar Cadena Shandy revive el mito de Historia abreviada de la
Pío Daniel literatura portátil de Enrique Vila-Matas. Soy un
lector asiduo de abismos, dijo Satam en la décimo
Franco Félix octava línea de su misiva, me encantaría poder
Óscar Ariel Grajeda lanzar una cuerda con un señuelo en la punta,
pero eso es imposible (comienza la décimo no-
Consejo Consultivo vena), a estas alturas uno debe dejarse caer al
Imanol Caneyada vacío sin vacilaciones. El golem, el trol, la piraña
David Miklos piernuda en el fondo deben ser una sorpresa in-
Enrique Vila-Matas minente (concluye en la vigésima línea). Satam
nos comenta que esta revista nórdica publicó dos
números solamente. Para Shandy tal suerte no se
repite con esta tercera edición. Aunque a Satam
le parezca un desengaño cósmico romper lazos
de extinción con Akran, en Shandy celebramos la
continuidad con este número dedicado a la litera-
tura y el fracaso, aunque en lo editorial no lo prac-
tiquemos religiosamente. Sin embargo, citaremos
el final de la carta de Satam donde nos comenta
que no es tan malo después de todo que las cosas
sigan tirando: “resulta como en El viaje vertical, es
bastante kafkiano por cierto, subir un poco para
después seguir cayendo”.

Shandy 3. Agosto de 2008.


Hermosillo, Sonora, México. Contacto:
En Portada: Samuel Beckett. revistashandy@hotmail.com
Lufti Ozkök/SIPA www.revistashandy.blogspot.com
ÍNDICE
MALETÍN DUCHAMP
Vidas perpendiculares 04
Los culpables 06
Bolaño salvaje 08
06 RAYÓGRAFO MAN RAY 10
EL WHISKEY DE PICABIA
Literatura y Fracaso
Motivos de escritura 12
Pessoa: la gloria de ser nada 14
16
10 Kafka: la poética del desencanto
Beckett: el impostor 20
El peor de los tatuajes 24
Ribeyro: en el margen del fracaso 28

EL CAJÓN DE FITZGERALD
16 John Kennedy Toole 32

EL BOTÓN DE RIGAUT
That’s it 40

LA MÁQUINA WALTER BENJAMIN


Bajo el asedio de los signos 42
32
Shandy
COLABORADORES
Iván Ballesteros Rojo (Hermosillo, Franco Félix (Hermosillo, 1981). Es
1979). Edita la guía de cultura y artes narrador. Ha publicado en revistas lo-
de La tempestad. Es asistente del es- cales y nacionales como Nectar, La
critor Mario Bellatin en la Escuela Tempestad y Universidades.
Dinámica de Escritores. Está por pu-
blicar el libro de relatos: Historias del Óscar Ariel Grajeda (Hermosillo,
gato sin tiempo. 1987). Es mesero y se la pasa recupe-
rando objetos perdidos en su tiempo
Omar Bravo (Bacobampo, 1979). Ha libre que tampoco es poco. Es autor del
publicado el cuentario El tercer cajón. libro Sombrero de copa.
Durante su vida ha efectuado varias
profesiones. Actualmente reside en San Paola Tinoco (Ciudad de México, 1974)
Francisco donde trabaja en un albergue Licenciada en Sociología por la UAM.
para inmigrantes latinoamericanos. Ha publicado cuentos en las revistas
Playboy, El Huevo, DF por travesías.
Omar Cadena y Aragón (Ciudad de Ha colaborado con el diario Milenio
México, 1974). Ha publicado los po- y las revistas Replicante y Conceptos.
emarios Espejos en la Hoguera y Actualmente es gerente de promoción
Newalohapoems; además del cuentario y prensa de las editoriales españolas
Ojo avizor, ganador por este último del Colofón y Anagrama.
concurso de Libro Sonorense 2002.
Andrei Vásquez (Oaxaca, 1982). Es di-
Iván Camarena (Hermosillo, 1981). señador gráfico, narrador y reseñista de
Egresado de Literaturas Hispánicas libros. Colabora para las revistas Open,
por la Unison. Publicó los libros: Cuer- Loop y Vuelo, así como en las versiones
pos de quedarse, Magdalena desnuda digitales de Diario La Tempestad y
jugando a los poemas, Lamenavajas. Periódico de Poesía de la UNAM.
Recientemente ganó el concurso de .
Libro Sonorense 2008 con el poemario David Miklos (San Antonio, 1970). Es
Andarlanada. escritor y editor. Autor de las novelas
La piel muerta, La gente extraña y
Imanol Caneyada (San Sebastián, 1968). La hermana falsa, trilogía publicada
Autor de las novelas Los ahogados no por Tusquets. Director de la revista de
saben flotar, Un camello en el ojo de la creación y crítica literarias Cuaderno
aguja y Tiempo de conejos. También es Salmón. En agosto de 2008 ingresó al
autor del cuentario Historias de la gaya Sistema Nacional de Creadores de Arte.
ciencia ficción. Es editor del suplemen-
to cultural Perfiles.

Shandy
maletín duchamp

Álvaro Enrigue
Vidas perpendiculares
Editorial Anagrama. 238 páginas

Llevada a un extremo metafísico, me atrevo a decir, esta novela es un cues-


tionamiento fantástico sobre la certeza de la memoria. Si nuestros actos son
una consecuencia de lo que hemos vivido, ¿qué pasa si nuestra memoria es
en realidad una ficción? La memoria tan frágil, nosotros tan inventivos y
nuestros actos tan inexplicables. De esta manera, Jerónimo Rodríguez Loera,
el protagonista central de la novela, puede ser un fenómeno que recuerda
sus reencarnaciones anteriores, como también puede ser una máquina mitó-
mana parricida. En ese contraste drástico está la genialidad del personaje.
Jerónimo nace en 1936 en Lagos de Moreno, Jalisco, sospechosamente pro-
ducto del matrimonio entre don Eusebio, un empresario español, y Mer-
cedes, hija de buena familia conservadora de provincia. Por su actitud ca-
llada e introspectiva, Jerónimo es tachado de retrasado mental y su papel
de primogénito se degrada poco menos que al de un empleado incómodo
de don Eusebio. Es en esta infancia marginal, en medio del desdén fami-
liar, que Jerónimo comienza a recordar sus vidas pasadas. Su muerte en la
Germania latinizada, mientras limaba puntas de lanza. El sexo salvaje que
sostiene con una de las madres de su tribu, de cueva en cueva, antes de la
Historia. El amor imposible que contiene por la amante de Francisco de
Quevedo en una Nápoles escatológica. O su matrimonio arreglado en las
tierras que Jesús acababa de pisar.
Al morir don Eusebio, el resto de la familia viaja a la ciudad de México. Allí,
mientras Jerónimo y su hermano lidian con la crueldad de la pubertad chi-
langa, Mercedes tiene sus encuentros clandestinos con el amor de su vida:
Octavio, el padre biológico de nuestro personaje. La abuela se entera de esos
encuentros y va por los púberes para salvarlos del pecado. Miguel regresa
a Jalisco y Jerónimo es enviado a Filadelfia a un internado católico. Es allí
donde lee todos los libros que es capaz de devorar y aprende, o recuerda,
todos los idiomas posibles. Es también en esta ciudad en donde se convierte
en escritor: comienza a acomodar sus recuerdos de reencarnaciones pasa-
das y a reflexionar en torno a ellas: una incesante búsqueda por el olor de
una fruta extinta: una constante lucha frente al obstáculo, siempre, en todas
las vidas: su padre. A los 19 años y tras la muerte prematura de su madre,
Jerónimo vuelve a México a resolver el futuro de él y de su hermano menor.
Es recibido por Octavio y su esposa Tita, cuyo olor es idéntico al de una
fruta olvidada. ¿Les tengo que contar lo demás?
04
Fotografía del archivo de Anagrama México

Enrigue ha dicho que siempre se escribe el mismo libro. Aun cuando es dis-
tinta la situación, el momento histórico, el sexo, la cosmogonía o la persona-
lidad, la entidad de Jerónimo vive siempre la misma vida. Todas sus encar-
naciones convergen siempre en el mismo duelo. (El título no es gratuito).
Si bien al inicio de la novela el narrador parece lejano y demasiado campe-
chano, a lo largo de las páginas se solidifica y es precisamente ese tono la
clave para que cierre la obra. Son, pues, los apuntes de un veinteañero lú-
cido y caliente, la conclusión y fuente de todo. Este riesgo que toma Enrigue
para narrar distintas épocas y personajes desde la misma voz y en un espa-
cio corto, salvo en algunos brincos abruptos, lo libra con sutileza y armonía.
De allí se derivan los mejores episodios, ensambles compactos que le exigen
al lector no perderse y disfrutar del vértigo entre el pasado contundente y
el presente difuso. La fuerza de algunos pasajes, como el del cazamonjes
napolitano o la griega filocabras, rebasan la injerencia que tienen sobre el
relato principal. Sin embargo, esta misma distribución de intensidad le resta
impacto al ofuscamiento que padece Jerónimo hacia el final.
Tal como Álvaro Enrigue, este reseñista tampoco cree en la reencarnación.
Aún así, al terminar de leer Vidas Perpendiculares, la realidad se hundió en el
mar de la especulación. A final de cuentas, como dice Sergio Pitol, todos los
tiempos son en el fondo un tiempo único. Andrei Vázquez.

05
maletín duchamp

Juan Villoro
Los culpables
Editorial Almadía. 126 páginas

No quiero mostrarme como misógino, ni tampoco quiero decir que Villoro


lo sea -para él quizás la culpa sea de la iguana- como para todos la culpa
siempre es de alguien más. Para mí, la culpa, toda ella, es de las mujeres.
Y es que la culpa más que un sentimiento tormentoso es un estado psi-
cológico que responde a la necesidad de acción-reacción, donde el proceder
desemboca en un resultado (sea el deseado o no) siempre cuestionable.
Todos sentimos la punzada de la culpa alguna vez, como todos, sin excep-
ción nos hemos lastimado con una engrapadora o con un rastrillo. Todos
sabemos cómo duele y lo perturbador que esto puede llegar a ser.
La culpabilidad es hermana del remordimiento de conciencia -quizás hasta
gemela-, pero se diferencian en que uno como ser humano siempre trata de
evadir la culpa, en cambio el remordimiento es intrínseco, ineludible. Sólo
conozco a unas personas, un género completo que masoquistamente suelen
echarse la culpa: las mujeres. Y me atrevo a decir que este sentimiento es
meramente femenino, que tiene su génesis en la mujer y sólo a través de ella
y de la sensibilidad (algunos le dicen lado femenino) se extrapola a los hom-
bres. Dicho está en el “libro de dios” (al menos el “dios de las letras mexi-
canas”), El laberinto de la soledad (1950), donde Octavio Paz (Cd. de México,
1914-1998) retrata el espíritu de la mexicanidad, abordando en uno de sus
ensayos la idiosincrasia de la mujer mexicana, evidenciando su debilidad,
su “rajada” como una abertura a las flaquezas, y yo digo, una entre ellas, la
culpa. En el libro del otro dios (el católico), alegóricamente, la mujer tiene
la culpa al tomar el fruto prohíbido: la responsabilidad del pecado origi-
nal. Eva habría querido echarle la culpa a la serpiente, Juan Villoro (Cd. de
México, 1956), como ya dije, se la echa a otro reptil.
En Los culpables (Almadía, 2008), Juan Villoro aborda este nefasto sentir que
en ocasiones albergamos todos en nuestra psique. En cada uno de los siete
relatos del libro, los personajes cruzan por esta crisis, la culpabilidad. Cada
uno de los protagonistas experimenta una condena, son víctimas de su pro-
ceder pero sobre todo de su condición.
Cada narración nos presenta una catarsis, un diálogo del personaje con el
lector, con nosotros. Nos convertimos en los confidentes de “los culpables”.
En un momento un cantante de ranchera nos relata al oído el desdén que
tiene hacia su oficio y al dar vuelta a la hoja podemos percibir las frus-
traciones de un futbolista (o lo que queda de él) al viajar a un equipo de

06
Fotografía de Alberto Ibáñez “El negro”.

segunda división en la desértica ciudad de Mexicali. Nosotros como inter-


locutores sólo podemos percibir sus realidades, obtusas señales del com-
portamiento del hombre mexicano, de los hombres mexicanos.
Villoro logra con cada cuento ese diálogo de los protagonistas, cada uno
de ellos relata sus penas convirtiéndolas en un acto introspectorio y sólo
entonces, mientras desarrollan la trama, descubren el detalle -esa señal que
siempre estuvo allí frente a sus narices, provocándoles alergia- pero ya de-
masiado tarde. Sólo al final descubren al culpable.
Cada narración refleja a un hombre, siempre un hombre, el mexicano, el
mexicano actual que convive con una realidad que pocos autores abordan.
Características “exóticas” se imprimen en cada uno de los relatos. Juan Vi-
lloro es un conciente observador de la realidad mexicana, sabe superar los
clichés e incluso combatirlos con una mujer fanática de las filosofías orien-
tales, o un hombre en la frontera escribiendo un guión de cine. Éstas son
algunas muestras del ingenio narrativo del escritor y su capacidad de perci-
bir la realidad frente a la globalización con la que somos bombardeados los
mexicanos muy continuamente, es decir, a diario..
Todos hombres. Todos los protagonistas son hombres, y es que en Los cul-
pables, una mujer no habría logrado cumplir el perfil necesario, habría sido
vencida por su naturaleza. Carecería de esa incertidumbre que cada perso-
naje se plantea y que se convierte en el motor narrativo y que, curiosamente,
en la mayoría de los relatos comienza con una mujer. Óscar Ariel Grajeda.

07
maletín duchamp

Paz Soldán y Faverón Patriau


Bolaño salvaje
Editorial Candaya. 502 páginas
Justamente hace diez años apareció Roberto Bolaño (Santiago de Chile,
1953-2003) en la escena literaria hispanoamericana. No fue sino hasta 1998
que se le reconoció el oficio de escritor gracias al premio Rómulo Gallegos,
otorgado por decisión unánime por la novela que ha marcado a toda una
generación de jóvenes escritores: Los detectives salvajes, que también logró
el Premio Herralde ese mismo año. No se le reconocía en otros países, ni
siquiera en Chile, pero sí en España donde ya había acertado a publicar
Consejos de un discípulo de Joyce a un fanático de Morrison (a cuatro manos con
Antoni García Porta. 1984), La pista de hielo (1993) La literatura nazi en América
(1996), Estrella distante (1996) y Las llamadas telefónicas (1997). Se puede dis-
tinguir un Bolaño antes de Los detectives salvajes y un Bolaño –quizá el más
leído- después de Los detectives salvajes. El segundo es un Bolaño que nos
duró muy poco y que, sin embargo, en cinco años de reconocimiento inter-
nacional, escribió trece libros más (entre ellos cinco son póstumos) y se hizo
de amigos muy importantes que ahora le rinden homenaje en las páginas de
una nueva publicación de la editorial española Candaya.
Bolaño salvaje es una compilación de paisajes narrativos y ensayos en torno a
Roberto Bolaño, su obra, sus amistades, su literatura, editada por un par de
escritores: el boliviano Edmundo Paz Soldán y el peruano Gustavo Faverón
Patriau. Participaron en este proyecto editorial escritores que, sin duda, tu-
vieron una relación más cercana con el autor de 2666 (2004). Entre los nom-
bres que ya conocemos se hallan el de Enrique Vila-Matas, Juan Villoro,
Fernando Iwasaki, Carlos Franz, Jorge Volpi, Alan Pauls, Rodrigo Fresán,
Ignacio Echeverria y Carmen Boullosa. Que hacen de esta revisión sobre el
escritor chileno un digerible ágape literario de quinientas páginas.
También hay algunos textos muy académicos que diseccionan la narrativa
de Roberto Bolaño con bisturí. Algo bastante interesante: en las páginas es
posible encontrar la perspectiva que tienen los academicistas sobre este es-
critor abismal, y por sobre todo antiacadémico. Algo inminente: la instau-
ración de Roberto Bolaño como uno de los narradores más importantes del
siglo XXI, más allá de la estéril controversia de que su imagen ha sido miti-
ficada por las grandes industrias editoriales, o no. Es irremediable, tenemos
Bolaño para siempre. En esta edición de Candaya, aparece un obsequio pe-
gado en la tercera de forros. Un dvd que contiene un documental sobre este
poeta infrarrealista dirigido por Erik Haasnoot oriundo de la impronun-
ciable Katwijk Aan Zee, en los Países Bajos. La Redacción.

08
Fotografía del archivo de Candaya Editores
Rayógrafo man ray
Kafka en la mira
Franz Kafka es imparable. Es de entenderse. Kafka es y será uno de los más im-
portantes escritores de la historia a pesar de la limitada obra que dejó. Lástima que
no fuera tan prolífico, aunque eso está por cambiar. Se debe a que el mejor amigo
de Kafka, Max Brod (Praga, 1884-1968), no se atrevió a destruir los textos que le
fueron conferidos con ese propósito. En cambio huyó con ellos a Israel y los ocultó
en su despachó en Tel Aviv, dejando a la custodia de los documentos a su secretaria
Esther Hoffe. A la muerte de Brod, ésta continuó con el encargo de su jefe: mantener
ocultos los textos, aunque como es sabido, vendió el manuscrito de El proceso en
1988. Ahora, Esther Hoffe ha muerto y los textos le pertenecen a las hijas de esta
guardiana de la obra oculta de Kafka. La decisión de darlos a luz pertenece a ellas.
Esto no es todo. La revelaciones que del escritor checo se han hecho últimamente
no paran allí, sino que se han encontrado nuevos datos de la vida íntima del autor
de obras como El castillo (1922) y La metamorfosis (1915). El periodista James
Hawes publicó un artículo en el Times donde dice que Kafka mantenía bajo llave,
ocultas de sus padres, una par de revistas pornográficas bastante eróticas. Amethyst
y Opale eran un par de publicaciones con contenido muy específico como la forni-
cación lesbiana y las felaciones con animales. Franz Kafka sin duda, siempre será
atendido por los ojos del mundo.

Casi listo el filme salvaje


A pesar de que el director Carlos
Sama ya se ha reunido con Gael
García Bernal para revisar la posi-
bilidad de que éste represente a Ar-
turo Belano, personaje de la famosa
novela de Roberto Bolaño (Santiago
de Chile, 1953-2003) Los detectives
salvajes (1998) en esta adaptación
al cine, la viuda del escritor chileno,
Carolina López, no está de acuerdo
en los adelantos que toma el direc-
tor, pues como declaró hace ya algún
tiempo, no existe ningún contrato vi-
gente con terceros que autorice la adaptación cinematográfica de la novela de su
marido por parte de una productora mexicana. Y es que Carlos Sama ya está más
que listo: ha preparado el guión con ayuda de Luis Felipe Fabre y Arcadi Palerm-
Artís. Este año, la novela que alguna vez ganara el premio Rómulo Gallegos y el
premio Herralde, ambos por unanimidad, cumple diez años de su publicación. Y
si los problemas legales se resuelven satisfactoriamente, la filmación comienza en
septiembre de 2009 en el desierto de Sonora.

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10
rayógrafo man ray
Murakami otra vez
Un escritor que se ha convertido
rápidamente en una figura im-
prescindible en la literatura es el
japonés Haruki Murakami (Kyo-
to, 1949), quien está por publicar
el próximo mes de octubre con la
casa editorial Tusquets su nueva
novela After Dark, que en reali-
dad no es tan nueva. Se trata de
la traducción al castellano de la
obra, pues fue escrita en 2004 y
ya cuenta con su traducción al in-
glés. Aunque es muy pronto aún,
el nipón ya perfila entre los can-
didatos al Premio Nobel de Lite-
ratura, esto por obras como Kafka
en la orilla (2002) y Crónica del
pájaro que da cuerda al mundo (1992). Alrededor de la atmósfera murakamiana:
se planea un homenaje fílmico a este autor, a cargo del director franco-vietnamita
Tran Anh Hung, quien llevará a la pantalla grande la más famosa obra del escritor
japonés, Tokyo Blues (1987), relato que sin duda lo disparó a la fama. Esta narración
le valió ser reconocido como uno de los más grandes escritores vivos. El rodaje
comenzó este mes de septiembre y se espera el estreno para antes de 2010.

Dietario voluble de Vila-Matas


El escritor catalán Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) acaba de publicar su nue-
vo libro Dietario voluble bajo el sello de la editorial Anagrama. Su nueva obra es
un compilado de extractos de su diario entre el año 2005 y 2008. Las expectativas
hacia esta publicación son grandes, sobre todo para la crítica enfocada en el autor
de Bartleby y compañía (2001), pues le ofrece nuevas herramientas para explorarlo,
o como dijo el propio escritor: “Mi interés era darle al lector más datos sobre mi
mundo estético, sobre mis afinidades literarias, estéticas, ampliar lo que... lo artís-
tico de mi obra, por dónde se mueve y por dónde me desplazo”. Entre los textos que
componen este libro se encuentran algunos artículos publicados en prensa, anota-
ciones hechas en su diario de acontecimientos cotidianos y algunos apuntes toma-
dos en sus viajes. Los lectores de Enrique Vila-Matas esperan con vehemencia la
llegada de esta compilación a las librerías en todo el país. Mientras tanto, el autor se
ha dedicado a presentar su obra por España e incluso en México. Pronto tendremos
la reseña de Dietario voluble para la sección Maletín Duchamp.

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11
El whiskey de Picabia

motivos de escritura:
Literatura y fracaso
El silencio es un lote industrial de literatura. No se escribe si antes
no le antecede un silencio a la palabra. Iván Camarena inaugura
este dossier con una apología del mutismo. Demanda un espacio
mínimo para la autocrítica desde la poética del fracaso. Y por sobre
todo se suscribe a la locura: un mal necesario en el abismo.

Situarnos en el fracaso o al menos en la idea que tenemos de él nos compro-


mete con la depuración de las tacañerías mentales, a posicionarnos frente a
la honestidad que evitamos civilizadamente a secas todos los días, pues el
fracaso como mínimo relator, es también ese hálito tabú que nos lleva a las
oscuras regiones de la duda humana, la única duda, donde el observador
detrás de los ojos se activa para desmembrar con usura todo signo de nues-
tra voluntad, asesinando así el poema al saturar de voces y reflejos patológi-
cos la contemplación del silencio que nos petrifica o nos libera.
Siguiendo esta relevancia del no-lenguaje, el silencio, en el poeta es el vien-
tre posibilitador del poema y otras sanidades más óseas, mientras que las
voces, aparecen como síntoma de celebrada neurosis, como enfermedad de
nuestra especie y genética de nuestro tiempo. No sin astucia, no sin mística,
el poeta reconoce en las ropas de su exilio las manifestaciones de lo uno y lo
otro, del silencio como absolución creativa, y las voces como burdo fracaso
existencial, ese acto íntimo y público que se contempla en nuestro catálogo
del desastre, y en el que participamos como enardecidos actuantes o inváli-
dos desertores.
El silencio pleno, cualitativo, es en realidad la conciencia expansiva que nos
permite los descubrimientos trascendentales y las experiencias brujas donde
sangra la poesía; desde la identificación con la totalidad del universo hasta
la carcajada desbordante de una mujer en rojo que bendice con su trago el
balar de las cantinas. Por lo que una vez atizado el mutismo imaginario de
la intuición, como última voz nos dice algo entre todas las voces: sería un
fracaso no elevar el corazón a las alturas de la boca, de la salivita demencial
en la que habita nuestra efervecencia divina y nuestro pastoso báratro; sería
12
El whiskey de Picabia

un fracaso no entender que el poeta sana y se expande en el silencio, que su


salud lo exenta de prejuicios irreconocibles y posibilita el arsenal crítico que
lo devuelve, como círculo perfecto, a la articulación de un compromiso que
lo obliga a trenzar los polos de la vida en su lengua de serpiente.
A nadie le cabe duda, la sociedad capitalista empuja al poeta hacia el fracaso
de las voces, al griterío sin espacio, al incesto del eterno acompañante, al
hábitat reducido, a la imposibilidad de entrañar; le encarga que sobreviva
en un mundo que no lo ha adoptado del todo ni le guarda siquiera un lugar
en el silencio, ya de por sí, muy engentado. Nada solicita al poeta, nada lo
pide y sin embargo todo lo ocupa, todo lo está llamando. Y es que el poeta
ante todo comunica porque antes que nada escucha, lee el cosmos sentado
en cada uno de sus poros esperando que el cuerpo sude o lo infinito se re-
viente.
Identificando las voces de nuestro inconsciente sublevado, las voces es-
quizofrénicas que nos neurotizan, esas voces que nos rabian una vez evapo-
rados los muros defensivos de lo interno, las voces arbitrarias que rompen
la armonía del silencio con el todo que entra permitido por la ausencia, el
poeta es capaz de vivir dicho silencio como máximo receptor de los mundos
posibles y de las realidades no tan evidentes junto a las aguas de lo sublime
y los colores de la nada, “plaf”.
En el silencio naufragan las desviaciones económicas y las crónicas dictadu-
ras democráticas. Por lo tanto, el silencio purga, protege al poeta de sus in-
numerables voces fracasadas, de su múltiple lengua que habita en la histo-
ria. La ausencia del silencio lleva a la locura, a la enfermedad de los abismos
cotidianos, a la lucha de los espejos con tensión materialista de por medio.
Nada hay que no diga el silencio, en el silencio caben los alfabetos, los cartí-
lagos numéricos de la ecuación evolucionada, todo entra en el silencio, todo
le nace, le supura, le emerge sin urgencia, como volutas de paz.
Si existe alguna responsabilidad a priori en la escritura literaria más allá
de la vida misma, es la obligación del narrador y del poeta ante el silencio.
Más por naturaleza de oficio que por cuestiones neocerebrales y otras cha-
manerías, el silencio será para el poeta que se despierta siempre un acto
por cumplir, aunque sea entre ciudades de helio y nativos navegantes. El
poeta debe dirigirse al silencio, pero no desde ese misticismo trasnochado
que ya nadie se cree por estar repleto de voces evidenciadas, sino desde una
conciencia plena de latido, total de nuestro cuerpo y de nuestra época, de
nuestra tradición literaria y nuestra afectividad sin precedentes, porque es
“nuestro sentir”, “señores poetas”, lo que pare la historia.

Iván Camarena

13
El whiskey de Picabia

Pessoa
la gloria de no ser nada

Los casos de escritores que llegan al reconocimiento póstumamente son


muchos. Uno de los más interesantes es el de Fernando Pessoa (Lisboa,
1888-1935). El poeta, en su afán por desdibujarse, se creó una cantidad im-
presionante de heterónimos. El más cercano a su persona y sensibilidad es
Bernardo Soares. Descreído, anónimo, lírico y sobre todo, practicador de
saudade (esa alegre y ligera tristeza). Es el personaje que utiliza Pessoa para
escribir su obra más personal y no menos bella. El inagotable libro de su
vida: El libro del desasosiego (1913-1935).
Pessoa tuvo una infancia asistida por el amor de su madre y los gritos de la
abuela Dionisia, loca de remate. La felicidad de aquel niño enfermizo duró
hasta los cinco años. Tras la muerte del padre, la madre contrajo matrimo-
nio con un militar que se los llevó a vivir a Sudáfrica. Allí Pessoa ingresaría
a la high school para luego matricularse en la Universidad del Cabo de Buena
Esperanza, donde esbozaría sus primeros poemas en lengua inglesa.
Después de 10 años la familia regresó a Lisboa de vacaciones, pero Pessoa
no dejaría la ciudad nunca más. Bajo el techo de la tía Ana Luisa se matriculó
en Filosofía. Devorándose a los pensadores en boga: Hegel, Tennyson, Kant,
Shelley, Keats, el joven comenzaba a llevar una vida bohemia viéndose con
sus amigos tres veces al día en el café A Brasileira, lugar donde hoy en día
hay una pequeña estatua en su honor.
Pessoa se ganaba la vida como traductor en una oficina comercial, misma
donde conoció a Ofelia, joven con la que ensayó una especie de romance es-
cribiéndole poemas, cartas y dando paseos bucólicos donde el poeta jamás
se atrevió a tocarle un cabello. Tal vez por su tendencia homosexual, que por
lo demás, tampoco saldría a la luz, o por su empresa de negarse a sentir en
carne viva el tremendo malestar de la vida. “La amo como al ocaso o a la luz
de la luna, con el deseo de que ese instante permanezca, pero sin que sea
mío en él nada más que la sensación de haberlo vivido.”
Con el poeta Sa Carneiro, hijo de aristócratas, Pessoa emprendió aventuras
editoriales que terminaron en el fracaso. De vez en vez, Pessoa mandaba po-

14
El whiskey de Picabia

emas y ensayos a revistas que no pasaban del tercer número. Pessoa escribía
donde le encontraran sus amigos imaginarios; en los tranquilos parques
de Lisboa se le podía ver escribiendo en pequeños papelitos, mismos que
después guardaba en el que quizá es el tesoro literario más rico del siglo
veinte: un baúl con más de 25 mil papeles escritos por las dos caras donde
se ha podido encontrar ensayo literario, sobre artes plásticas, político, co-
merciales y por su puesto, su impresionante obra poética, que le ha valido ser
considerarlo “El gran poeta de la modernidad.”
Para Pessoa ser un genio desconocido resultaba “el más bello de los des-
tinos”, “la gloria nocturna de ser grande no siendo nada”. El poeta no se
dejaba ver por sus escasos admiradores y mantenía correspondencia con
escritores y metafísicos. La ya célebre relación con el mago inglés, Aleister
Crowley (1875-1947), evidencia el gran interés que tenía Pessoa por las cien-
cias ocultas.
Tras la muerte del padrastro, la madre de Pessoa regresaba, entrada en años,
a vivir al lado de su hijo. Un tiempo de borracheras y escritura asistidas por
los dos bastiones principales en su vida: el amor de la madre y la amistad
de su amigo Sa Carneiro.
Luego de que muriera la madre y de que su amigo se suicidara en París
a los escasos 26 años, Pessoa se dejó morir lentamente. El desasosiego era
ya una forma de vida. Siempre elegante, sin hogar propio y en la ruina, en
octubre de 1935 sufrió un cólico hepático que lo llevaría al coma. El 30 de
noviembre, tras despertar brevemente, el “poeta de la modernidad” dijo sus
últimas palabras: “Dadme las gafas”. Su muerte revelaría una de las obras
más humanas, existenciales y vanguardistas del siglo pasado. El libro del
desasosiego se puede leer como breviarios de una gran intensidad y belleza
lírica, y también como la novela más íntima del gran poeta lusitano.

Iván Ballesteros
15
El whiskey de Picabia

Kafka
la poética del desencanto

Un hombre en busca de sentido es aquel que se empeña en definirse, no


sólo frente a otros, sino frente a sí mismo, dado que quiere ser cada vez
menos una máscara, ¡su propio rostro! Una proyección del sentido de las
creaciones y/o recreaciones artísticas de la vida y obra de algunos de estos
licántropos, desarrolladas en el discurso y metadiscurso de todos los tiem-
pos (que contienen el arte y la ciencia del momento, el no mal llamado es-
píritu de época), se encuentra en dos tipos de poéticas no siempre presentes
en un tipo de poeta. Ambas poéticas señalan su posición en su oposición; no
sólo como rostros y máscaras, cuando cada una se conforma frente a la otra:
su oposición las complementa.
La poética del encanto: se encuentra en aquellas expresiones de identidades
prestigiadas con innumerables jerarcas (que sólo algunos reyes-poetas y
aristócratas del espíritu consiguieron para sí); solo es visible en algunos po-
etas de la antigüedad y de la modernidad, entre los que se encuentra Walt
Witman (Suffolk, 1819-1892), quien dejó la marginalidad cuando su vida y
obra tardía se convirtió en el centro de sí y para los otros. La otra se revela
como una La poética del desencanto y se ejemplifica con la vida y obra de
Franz Kafka (Praga, 1883-1924).

Aunque la palabra y la luz constituyen los elementos esenciales del reino


de algunos escritores comprometidos con la vida, cuyas acciones se desa-
rrollan fuera de la escritura, la mayoría de ellos se sitúan en la oscuridad y
el silencio de papel, que hacen de este oficio de tinieblas un ámbito propio
de las almas melancólicas, de aquellos sustraídos y/o marginados del uso
y el abuso del poder. Este fue el reino de Kafka: un espacio y un tiempo
dentro de la escritura (dado que, agónico, murió para la vida y vivió para la
muerte. Su escritura fue un castillo de naipes donde sus personajes vivieron
condenados a la incertidumbre, siempre en la periferia de la justicia y de la
ley. De esta manera, ambas poéticas reaparecen con características distintas

16
El whiskey de Picabia

en todo el periodo de modernización de la cultura; la poética encantada o la


desencantada por la novedad nos abarcan desde hace varios siglos.
La simbolización del hombre mediante su transmutación tiene una larga
tradición (el símbolo se reelabora de manera distinta en cada época y mu-
chas de ellas coinciden en la concepción de una estética, aunque también de
una ética en su arte poético). Ovidio (Sulmona, 43 a. C.-17 d. C.) es de corte
patriarcal, es decir apolíneo; Kafka es de corte matriarcal, es decir, de corte
dionisiaco. Sin embargo, la diferencia fundamental en el uso de la alegoría
en las obra mitográficas de Ovidio y Kafka no se encuentra en el proceso
de simbolización (es decir, de transformación) que adquiere el ser humano
frente a su vida y su muerte, con la de los otros, siendo reducido a las ca-
racterísticas más esenciales. Se trata de una distinción para la identificación
de las posiciones que los objetivarán en su vida y frente a las vidas posibles
en una sociedad y cultura determinada (la cual es distinta en cada hombre
por la práctica de su voluntad, la elección de un destino en cada uno de sus
actos; es decir, el sentido de su poética), porque ambos autores muestran el
trasunto espiritual del hombre en un proceso de diferenciación basada en
el perfeccionamiento o la degradación del hombre, la cual se dirige hacia lo
sublime y o hacia lo terrible. Ovidio, en este caso, retrata seres de cualidades
extraordinarias: belleza, inteligencia; mientras que Kafka dibuja hombres
ordinarios. Aunque ambos autores muestran la tragedia ante la debilidad
humana, la definición del individuo se establece en la trascendencia de sus
actos, en el nombre que dicta su origen y muchas veces su destino, como fue
descrito en la figura de Narciso y Pigmaleón, Joseph K y Gregorio Samsa.

De las fábulas zoomórficas a las antropomórficas


A Kafka la emulación de la fábula grecolatina le permite reutilizar los vehí-
culos hermenéuticos clásicos. La concepción de unos frente a otros se mues-
tra desde la antigüedad en parábolas y fábulas con personajes de distintas
especies de animales, a la manera de instrumentos formadores de una iden-
tidad, donde la ambigüedad y la ambivalencia no son permitidas y mere-
cen ser castigadas. En ellas se expresa la naturaleza positiva, divina, de lo
humano: el uso de la razón para discernir lo verdadero, lo bello y lo bueno,
en el universo de todo lo antropomorfo; y la naturaleza negativa, mundana,
de lo humano: el uso de la sinrazón para sentir todo lo falso, lo feo y lo ma-
ligno, en el universo de todo lo zoomorfo.
Las visiones reflejadas en estas historias –que provienen de fábulas y bes-
tiarios- derivan en definiciones de orden ontológico de otredad y de mis-
midad en la tradición griega y latina que hereda la cultura occidental; en
la cual se imponen una serie de normas estéticas y éticas que rigen a los
grupos sociales y culturales. Las historias de Las metamorfosis (Metamorphoseon 8 a. C.)
17
El whiskey de Picabia

de Ovidio mostrarán esta visión positiva, en la que las cosas y los seres
transmutan de forma y contenido (no en la conversión ni transformación
sólo del cuerpo, sino también de la mente o el alma). De manera distinta,
El Asno de Oro (Siglo 2 d.C.) de Lucio Apuleyo (Madaura 125-180 d. C.) al
igual que La metamorfosis (1915) de Kafka y el cuento “Axolotl” de Cortázar
(Bruselas, 1914-1984), se mostrará la visión negativa de unos hombres que
sufren las consecuencias de sus actos, dado que son castigados a tener una
forma menor por su falta de prudencia o de mesura, ante su intenso deseo
de emancipación.
En este sentido, La metamorfosis de Kafka se muestra distinta a la de Ovidio
pero similar a la de Apuleyo: relata el despertar de la conciencia de un hom-
bre a otra condición de vida como consecuencia de sus actos; ya que no sólo
se trata de la conversión morfológica de un ser mayor a uno inferior (del
cambio de la forma corporal de un hombre a la de un asno en Apuleyo, o de
un insecto en Kafka), sino de una paulatina metamorfosis de orden psíquico
y espiritual, que no dejará de servir de símbolo en una fábula donde se
muestran los trasuntos del hombre en la modernidad. Al igual que el “Axo-
lotl” de Cortázar y El asno de oro de Apuleyo, Kafka señala una transfor-
mación del hombre en quien se identifica según su monótona existencia. Sea
un renacuajo en su jaula de cristal o un insecto en claustro familiar; ambas
transformaciones simbolizan la caída espiritual de: ser un parásito domesti-
cado en un zoológico, sujeto al escrutinio público o privado.

De esta manera, la imitación de los sentidos más característicos de la re-


presentación zoomorfa de los otros y de sí mismos, en estos vehículos de ex-
presión, mostrará a la transformación ya no como símbolo de una identidad
sino como identidad misma, cuando se muestre la semejanza de un cuerpo
con el alma que mora dentro, más acá y más allá de su existencia terrena.
Ajeno a las paradojas rampantes, Kafka imprime una sensación de opresión
en el destino de algunos hombres cuando fabula y confabula sobre la trage-
dia de los quienes están desvinculados de los valores y principios más pre-
ciados de una sociedad. A diferencia de la victoria del hombre, Pigmaleón
con la metamorfosis de Galatea (la estatua de marfil del color de la nieve,
transmutada en una mujer de carnes del color de la leche) , el fracaso del
padre Samsa con la metamorfosis de su hijo simboliza el fracaso de los des-
poseídos, mas no de los privilegiados. Las consecuencias del amor de Pig-
maleón por su obra son distintas al desamor del señor y la familia Samsa
por Gregorio. De esta manera, el efecto Pigmaleón (utilizado por las ciencias
de la conducta) es distinto al novísimo: el efecto Samsa.

Omar Cadena

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Fotografía de Atelier Jacobi
El whiskey de Picabia
El whiskey de Picabia

Beckett
el impostor

Toda biografía transita por los mitos. Es más, la biografía de un escritor


suele configurarse desde un mito continuo despojado de la vulgaridad de
comer, pagar impuestos o pelearse con el vecino por el estacionamiento. Así
que tenemos que partir del mito para acercarnos al pesimismo y al vacío
de Samuel Beckett. Y nótese que escribo de Samuel Beckett y no de su obra,
porque en este caso, hombre y creación son uno mismo. Es decir, entre los
personajes dramáticos del irlandés y él mismo no media línea divisoria.
Beckett vivía en un bote de basura y articulaba el lenguaje al igual que sus
personajes, desde la conciencia de su inutilidad.
A diferencia de Bukowski, para quien la crudeza del realismo es un me-
dio práctico para hablar del fracaso, el autor de Fin de partida emprende el
camino de la oscuridad, el vacío y la vanidad de los gestos cotidianos desde
el lenguaje, al que paulatinamente orilla a su negación.
Muchos críticos de Beckett interpretan la preferencia del escritor por el fran-
cés (a pesar de que el inglés era su lengua materna), porque el idioma galo
le proporcionaba una pobreza expresiva (por haberlo aprendido de adulto)
acorde a su obsesión por la síntesis, un jadeo de 35 segundos, por ejemplo.
Pero vuelvo al mito. Beckett renuncia a la gloria académica en Dublín y
elige deambular por los suburbios de Europa atendiendo trabajos dispares,
al filo de la marginalidad. Beckett se deprime cuando le notifican que le han
otorgado el premio Nobel.

Otro mito, el de la epifanía en un cuarto de la casa de su madre: la revelación


de que hasta entonces ha vivido a la sombra de su mentor, James Joyce, en la
senda del conocimiento sumado, y la toma de conciencia de que su camino
es restar, simplificar, despojarle al hombre de todo maquillaje hasta dejarlo
desnudo o mejor, citando a Sabina, abrazado a una duda y desnudo.
De manera obsesiva, Beckett dispara preguntas para las que no tiene res-
puestas, más aún, para las que no quiere respuestas, porque de antemano

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El whiskey de Picabia
Fotografía de John Minihan

Las manos de Beckett en la habitación 604 del Hyde Park Hotel, en Londres, 1980.

niega la existencia de éstas. Es un entusiasta del pesimismo, un adicto al


fracaso, un desesperado consumidor de la nada.
Pero también es un tramposo, un poco impostor. ¿Por qué no guardar un si-
lencio definitivo si nos condena al balbuceo de sus personajes? ¿Por qué una
obra tan prolija si en ella el lenguaje es la negación del lenguaje? ¿Por qué
no un prolongado grito de dolor donde no medie palabra alguna? Porque la
literatura es vocablo y el vocablo, esperanza.
Beckett sabe que el nacimiento y la existencia no se tratan más que de una
tragedia irremediable, y el sinsentido ésta, una razón para vivir. Pero su
pasividad es engañosa. El autor emprende una cruzada desde su obra para
encontrarle una justificación en la derrota, en el pesimismo que se convi-
erte al final en una coartada. Hay un impulso, un hálito siempre, y el verbo
seguir lo conjuga Beckett una y otra vez.
Seguir hacia la nada, hacia el vacío, pero seguir al fin, no pegarse un tiro
con la esperanza de que a la vuelta de la sintaxis (por más desarticulada que
sea), podamos encontrar el silencio que nos justifique.
Hay que tener cojones para vivir más de ochenta años proclamando el vacío.
En ese sentido Beckett es hermano de Cioran o el propio Sartre: somos una
porquería, pero cuán sabrosos el lodo en el que folgamos.

Imanol Caneyada
21
El whiskey de Picabia

Fotografía de John Minihan

Fotografía de John Minihan


Fotografía de John Minihan
El whiskey de Picabia
El whiskey de Picabia

El peor de los tatuajes


anotaciones sobre el fracaso

Pienso en Beckett. Hay que admitirlo antes que todo. Soy un fracasado. De-
cidí tatuarme la espalda. En esta ocasión no me tatué mujeres desnudas. Ni
revólveres asesinos. Nunca fui tan idiota –o tal vez nunca tuve una solvencia
económica para hacerlo, lo cual agradezco a Visnú, a Buda y al crudo capi-
talismo- como para tatuarme el nombre de alguna novia. Que ahora que lo
pienso no estaría nada mal. Porque de ellas no guardo ni el menor recuerdo.
Aunque un par de bragas quizá sí. Y si tengo que ser preciso, mucho menos
podría decir que tuve una novia. Pero como no tengo que ser preciso en esto
mejor regreso al tema. Decía que me he tatuado. Es un texto de Beckett que
reza: No matter. Try again. Fail again. Fail better.

Lo he tomado del libro Rumbo a peor (1984) de Samuel Beckett (Dublín, 1906-
1989). Su traducción, para aquellos que no fuimos a Disneylandia en la in-
fancia y el inglés no es una lengua tan natural sino gutural: Da igual. Trata
otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

Se encuentra en la parte alta de la espalda, casi en el cuello. Sobre el otro


texto de El castillo de Kafka. Lo puse en la parte trasera de mi cuerpo porque
no podría soportar estar mirando todos los días esa sentencia. Tiene el si-
guiente efecto. Cuando me quito mi americana para tomar el sol en la calle
–jamás en la repulsiva playa-, afuera de mi departamento, llega alguien y
me pregunta qué significa mi frase. Hasta entonces recuerdo que tengo esa
leyenda detrás de mí. Cuando tengo intimidad con las mujeres me dicen:
“Con la terrible explosión mediática de productos que evitan la impotencia
sexual, tu tatuaje me provoca muchísima desconfianza”. Pienso en Beckett,
no en mi pene confundido, alerta. “Pienso en Beckett” alcanzo a decirle a los
curiosos fuera de mi casa, a mis cientos de mujeres. Ahora mismo, pienso
en Beckett.

24
El whiskey de Picabia

Podría pensarse que entre más libros publica un escritor más dócil debe ser
su escritura. Más elocuente su discurso. Más lectores contentos con la luci-
dez que su autor preferido ha acumulado con los años. El lector de libros
cerrados, redondos, aplica la fórmula jackobsoniana: autor+mensaje+lector
+recepción=obra literaria. Pero con Beckett pasa lo contrario. Rumbo a peor,
del que tomo la frase para recordarme a diario que no estoy diseñado para
que me salgan las cosas bien, es un completo desastre de la comunicación
humana. Ya desde Esperando a Godot (1952) puede percibirse el fracaso del
lenguaje en su obra. Se intuye que la naturaleza humana raya en el absurdo,
y que aunque pareciera una obra codificada, su contenido carece de un sig-
nificado axiomático. Godot nunca llega. Godot no es nadie. Aunque algunos
expertos en carne clasificada han opinado que Godot es el diminutivo de la
palabra dios (disculpen la minúscula, mera gramática, no se me tache de
ateo a quemarropa). Lo que haría de esta importantísima obra de teatro un
tremendo desplegado nihilista recargado hacia el existencialismo cristiano.
Qué desagradable.

Samuel Beckett lo sabe desde entonces: la vida y el arte, carecen de signifi-


cado. Luego viene una trilogía que dejará sin aliento a los lectores con una
experimentación demencial. Molloy (1951), Malone muere (1951) y El innom-
brable (1953). En la primera, la desintegración del cuerpo, de la identidad,
de la humanidad refleja su poco compromiso con los tópicos de su época.
Esto anuncia Estocolmo cuando galardona con el Nobel a este autor: “Por
su escritura, que, renovando las formas de la novela y el drama, adquiere
su grandeza a partir de la indigencia moral del hombre moderno”. Mientras
Beckett lleva su angustia, su desagrado, su apatía por la raza humana a las
páginas de sus libros, la Fundación del Premio Nobel termina concediendo
un galardón que está dirigido a escritores humanistas. Pero el hombre mo-
derno y el anterior, y el posmoderno, y el protomoderno, y el inframoderno,
siempre será un indigente. Por eso Beckett es tan actual. Por eso Beckett
permite una lectura en todos los tiempos. Sus personajes se parecen tanto
al producto amorfo que somos, con una identidad bastante sospechosa, sin
estructura real, totalmente solos.

Rumbo a peor es una novela corta escrita en una sintaxis desconocida. Una
sintaxis totalmente beckettiana, la más beckettiana, absurda, donde queda
escarificado el testamento de muerte –se trata de su último libro, dos años
antes de fallecer-: el dolor humano y el asombro que le ocasiona el malestar

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El whiskey de Picabia

de estar vivo. Nada es claro. Mientras que los demás escritores se volvieron
más convincentes más verosímiles, Beckett se volvió más alucinante, incom-
prensible. Él mismo se vio incapacitado para traducir este último libro al
francés. La editorial Lumen tiene una edición bilingüe muy decente, donde
cinco traductores se aventuraron a convertir al español este corto pero ad-
mirable texto. Muy recomendable.

La obra de Beckett anuncia lo inevitable: fracasará el lenguaje. Porque el


planeta, aunque parezca drástico, está forjado en el lenguaje. Habría que
anotar teorías lingüísticas y nombres como los de Sapir y Whorf, pero el
espacio es reducido y las ganas son menores. El panorama que se nos pre-
senta en el mundo moderno es devastador. Sería estúpido obviar los miles
de crímenes cometidos contra el hombre a diario. Porque existe un lenguaje
alterno, un discurso tan acabado, tan obsceno, muy alejado de la derruida
realidad: que hemos echado abajo el proyecto humano. Pero encima del te-
gumento, hay un mundo construido con palabras, una realidad artificial
que se alimenta de los medios masivos. El éxito no significa pervivir. El
éxito en esa espesa capa de hidrógeno que nos contiene y que originó el
sistema significa poder, autos, comestibles, ropa de marca, cuentas de ban-
co, noche de viernes, amistades nepotistas, apellidos, monopolios, priva-
tización, etcétera. No es un enfisema de clases. La gente más marginada
busca este éxito. Los artistas, los escritores mismos buscan ser reconocidos
y ganar pasta para comprar un automóvil, tener un departamento, un re-
conocimiento ambiguo. No es un mal ajeno. Todos buscan estar bien y estas
fórmulas de consumo son sencillas. Pero está lo otro. Lo que se intuye. Que
la calidez humana es un mamotreto dramático que raya en la hipocresía.
Porque mientras nos aplaudimos los logros, los avances tecnológicos, los
premios importantes, los aumentos de sueldo, los ascensos, hay otros que se
arrastran, que reptan de hambre como los personajes de Beckett.

Pienso en Beckett. Me tatúo la espalda por eso. Para recordarme por qué soy
así, por qué estoy aquí: porque no me trago el discurso que ha vencido la fe
humana. No me trago el éxito ni con aguardiente. Escribo desde el fracaso.
Junto a los caídos. Los que nunca vamos a ganar nada. Los que tenemos un
rumbo mucho peor.

Franco Félix

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Fotografía de John Minihan
El whiskey de Picabia
El whiskey de Picabia

Ribeyro
en el margen del fracaso
1. Uno, digamos, lo deja todo.
Uno abandona mujer, gatos, perro y apacible vida suburbana, se va de la
casa en la que pretende vivir en paz, feliz y asalariado.
Atrás quedan el país y sus estertores de cambio, uno le da la espalda al te-
rruño y, guiado por una sentencia del I Ching, cruza las grandes aguas, la
mar océano que, sabia, separa uno y otro continente, lo viejo de lo nuevo.
Uno hace una sola maleta, mete su vida allí y se va con un par de docenas
de libros elegidos, un cuaderno, una pluma.
No hace falta más, piensa uno, y traspone, súbito, el umbral de su vida
pasada.

2. Hoy, ocho años después, uno abre un libro al azar, da con la página 323,
lee y ahora transcribe:

El hombre que se sienta a la seis de la tarde ante la máquina de escribir, en


esta casa, no es sino el saldo, el excremento del que, a las diez de la mañana,
estuvo en la oficina. Fresco, despejado, todos los días entrego para poder
vivir las siete mejores horas de mi vida. Durante ese tiempo uso y abuso
de mi inteligencia, pulverizo mi resistencia física, me fumo el paquete de
cigarrillos que luego en casa me hace tanta falta y que ya no podré consumir
ni soportar. De este modo el que trabaja aquí es un hombre marginal, una
subpersona mía, una sombra agotada, casi un pordiosero de las letras, que
se afana, puja, se echa un par de tragos para recobrar un poco de fuerza o de
entusiasmo y a la hora de penurias solo aspira a comer y dormir. ¿Qué pue-
do dar de mí? Más aún cuando llego con un lenguaje romo, con un vocabu-
lario decapitado, automatizado por la chatura y la banalidad, casi incapaz
de combinar palabras puesto que en la Agencia toda combinación de este
tipo es un error profesional. Esto me hace pensar que los círculos viciosos

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El whiskey de Picabia

me persiguen o que tengo una tendencia a caer en su remolino. Para salir de


la Agencia tendría que escribir una buena obra pero para escribir una buena
obra tendría que salir de la Agencia. En dos o tres ocasiones he roto el cír-
culo mediante un viaje, una escapada, una renuncia. Pero ya tengo 37 años.

Las palabras fueron escritas en París, en septiembre de 1966, por un hombre


que, a su pesar y sin saberlo, dejó tras de si una gran obra, más que una
buena obra: La tentación del fracaso, título que le fue otorgado a sus diarios,
publicados por Seix Barral en 2003. Su nombre es Julio Ramón Ribeyro,
nació en Lima, el 31 de agosto de 1929, y murió en esa misma ciudad el 4 de
diciembre de 1994. Lo mismo que Kafka y muchos otros escritores, fue ofi-
cinista, parte de una Agencia que, a final de cuentas, no le impidió escribir
una obra que cabe bien en una maleta.

3. Uno acaba de cumplir 38 años.


Escribe estas líneas, uno, dentro de un cubículo, una oficina que no le roba
tantas horas del día como las que la Agencia le quitaba a Ribeyro.
Uno piensa en el éxito y en su fugacidad.
Y concluye, uno, que no queda de otra más que abrazar el fracaso, perma-
nente y nuestro sino.

Uno deja de pensar y abre otro libro al azar. Página 513, dos entradas:

29 de agosto de 1914. Fracasado el final de un capítulo, y otro capítulo que


comencé bien casi, o mejor dicho, seguro de que no podré continuarlo igual
de bien, mientras que aquella noche sí que lo habría logrado sin ninguna
duda. Pero no tengo derecho a abandonarme, estoy completamente solo.

30. Frío y vacío. Siento demasiado los límites de mi capacidad, que cuando no
estoy completamente alterado son sin la menor duda restringidos. E incluso
estando alterado creo estar constreñido dentro de esos estrechos límites,
que entonces, desde luego, no siento, pues me dejo llevar. No obstante, den-
tro de esos límites hay espacio para la vida y por eso los aprovecharé sin
duda hasta la abyección.

Son palabras de Franz Kafka, tomadas de los legajos que acompañan a sus
diarios en la versión definitiva publicada por Galaxia Gutenberg en 2000.
No es difícil tender un puente entre sendos diarios, piensa uno.
La quintaesencia de un escritor es siempre la misma: el fracaso como der-
rotero último, a pesar de las inevitables iluminaciones, las breves epifanías
que lo dotan todo de sentido, aunque no lo tenga.

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30
El whiskey de Picabia

Fotografía de Flores Olea


El whiskey de Picabia

4. Uno lee.
De pronto, casi al final del libro que se ha pegado casi literalmente a sus
manos, uno descubre las siguientes palabras:

Siempre he pensado que en este mundo hay dos clases de personas: los que,
impotentes ante el peso del mal que el mundo contiene, se niegan a actuar
porque no le ven el sentido, y los que eligen sus batallas y las libran hasta
el final, porque comprenden que no hacer nada es infinitamente peor que
hacer algo y fracasar.

Uno suscribe las palabras de Charlie Bird Parker, el investigador privado


con nombre de jazzista creado por John Connolly, cuya última entrega, The
Unquiet (publicada en español por Tusquets bajo el título de Los atormenta-
dos, 2008), le parece un libro negro y notable.

5. Uno sopesa las citas encontradas, las coincidencias entre los escritores,
Kafka y Ribeyro, y el personaje, Bird.
Uno piensa en la vida de Ribeyro, su existencia contenida por una maleta,
los millares de cigarrillos que se fumó hasta la muerte, cuando apenas se
comenzaba a reconocerlo como un escritor de valía, más importante que
cualquiera de sus contemporáneos del Boom, entre ellos su paisano Mario
Vargas Llosa.

Uno piensa en Kafka, en la leyenda –Quema mi obra, Max–, en su encierro


burocrático, sus amores fallidos, el escaso reconocimiento en vida, su trans-
formación en clásico cruzado el umbral de la muerte.
¿Qué pinta Bird en todo esto, piensa uno?
Nada, se dice uno, es la lectura que se cruzó en su camino cuando escribía
estas líneas.
Y todo, concluye uno.

6. Uno escucha El arte de la fuga, de Bach, a manos del pianista francés Pierre-
Laurent Aimard, grabación reciente (Deutsche Gramophon, 2008), y, entre
contrapuntos, ignora cómo concluir este texto, abismado.

7. Uno fracasa.

8. Así el fracaso, así las cosas.

David Miklos
31
El cajón de fitzgerald

Kennedy Toole
Escribió Jonathan Swift: “Cuando en el mundo aparece un ver-
dadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios
se conjuran contra él”. John Kennedy Toole es autor de sólo dos
novelas. Su prematuro suicidio impulsado por el rechazo de los
editores reafirmó al autor de la novela norteamericana contem-
poránea por excelencia. Omar Bravo narra la historia del fracaso.

La tarde del 26 de Marzo de 1969, Herbert Montgomery, 42 años de edad,


empleado del Departamento de Policía de Biloxi, Mississippi, abandonaba
el viejo edificio ubicado sobre la avenida Porter y señalado con el número
170 en el que se localizaba la estación local de vigilancia. Para una comu-
nidad como Biloxi, que entonces contaba solamente con menos de 50 mil
habitantes y apenas unas 18 mil unidades habitacionales repartidas en esa
área del delta, el día había transcurrido sin demasiados sobresaltos. En los
archivos públicos del departamento de policía que se corresponden con la
fecha arriba señalada, se consignan solamente siete sucesos de relativa im-
portancia: dos casos graves de violencia doméstica que requirieron la hos-
pitalización de uno de los cónyuges, un robo a mano armada en una joyería
y uno más perpetrado en una estación de combustible, dos intentos falli-
dos de violación y, finalmente, el hallazgo de un cadáver en el interior de
un viejo automóvil Chevrolet Chevelle de color blanco, a las orillas de un
camino vecinal que conducía a los pantanos.

Famosa por sus clubes de Blues, la comida cajun de New Orleans, la arqui-
tectura francesa de casas y edificios públicos, los artículos de piel de coco-
drilo, las playas del golfo, y la constante propensión a sufrir inundaciones,
Biloxi, Mississippi, nunca destacó propiamente en el escenario nacional es-
tadounidense debido al número de suicidios cometidos anualmente. Ha-
ciendo justicia a la historia de la ciudad, y más específicamente a los datos
estadísticos correspondientes al censo estadounidense de 1970, habría que
decir que eventos como esos eran entonces rarezas ocasionales. Y es que,
pese a todo, incluso a los índices de criminalidad y de violencia que se han
incrementado en un 400 por ciento durante la última década, la gente de
esta pequeña población del Mississippi se cataloga a sí misma como uno de
los grupos urbanos más felices que pueblan el territorio americano.

32
El cajón de fitzgerald

Por esa razón, precisamente, Her-


bert Montgomery, padre de dos ni-
ñas y entonces esperando la llegada
de un tercero, no se sorprendió de-
masiado cuando Bryan O’Hagan y
Shawn Majano, oficiales estatales
de la división de homicidios del
estado de Mississippi, revelaron la
identidad del desconocido de 32
años a partir de los documentos en-
contrados en el interior del vehícu-
lo. Entre estos se hallaban una licen-
cia de conducir, una identificación
escolar del Hunter College, un ca-
tálogo de armas cortas de grueso
calibre, un recibo de pago en una
tienda de artículos de jardinería, y
una agenda telefónica de bolsillo
con el logo de la Universidad de
Columbia estampado en cada una de sus páginas. Sobre el tablero del coche
había también un sobre amarillento con un nombre femenino rotulado muy
cuidadosamente. Antes de ordenar el levantamiento del cadáver, Majano y
O´Hagan permi-tieron al fotógrafo del Biloxi Sun Herald, uno de los pocos
periódicos locales que en ese entonces se editaba en la región, que realizara
algunas tomas. Esa misma tarde, antes de regresar a casa tras terminar las
labores de su turno, Herbert Montgomery marcó la clave 504 de la ciudad
de New Orleans en el viejo teléfono de disco de la estación de policía. No
tuvo que esperar demasiado para que, en el otro extremo de la línea, a más
de 120 kilómetros de distancia, una voz femenina le contestara.

Después de dos largos meses de no tener noticia alguna sobre el paradero


de su hijo, Thelma Agnes Ducoign Toole, exmaestra de piano, septuage-
naria oriunda de New Orleans, esposa de John Dewey Toole Jr. (mecánico
retirado y exvendedor de automóviles afectado de demencia senil), supo
que la causa de la muerte de su único hijo había sido envenenamiento auto-
inducido por monóxido de carbono.
Entre las fotografías que todavía se conservan de la escena destaca una en
la que se puede observar una brillante manguera de jardín conectada a la
bocaza plateada del escape del Chevrolet Chevelle. En otra de las imágenes,
tomada desde el ángulo contrario Ken Toole, como era conocido entre ami-
gos y familiares, parece dormir placidamente en el asiento del conductor:

33
El cajón de fitzgerald

Fotografía de Christopher R. Harris


Walker Percy, 1978. Quien recibió de manos de Thelma Ducoing el manuscrito de La conjura
de los necios fue el primero en publicar la obra del escritor rechazado incontables veces.

los ojos entornados, la boca ligeramente abierta, la cabeza inclinada un poco


a la derecha, laxos los brazos a ambos costados de las amplias caderas, el
nudo impecable de la corbata azul. En el background de la fotografía, como
introduciéndose furtivamente por la ventana trasera del automóvil blanco,
e irguiéndose luego como una serpiente a punto de lanzar la dentellada,
se dibuja el otro extremo de la manguera de jardín que Toole utilizó para
quitarse la vida.
Ese es, de alguna forma, el principio de la historia que consigna el éxito pós-
tumo de Toole. Once años después, en 1981, y al igual que hicieran Hemin-
way, Faulkner , Eudora Welty y más recientemente autores como Corman
McCarthy y Philiph Roth, John Kennedy Toole obtendría el premio Pulitzer
por la publicación de su novela La Conjura de los Necios, una fresca e irreve-
rente sátira de la cultura norteamericana que ha vendido a la fecha más de
un millón y medio de copias y ha sido traducida a cerca de 20 idiomas.

Toole inició la escritura de su novela durante sus primeros años de servicio


militar en el Centro de Entrenamiento Militar de Fort Buchanan de Puerto
Rico, al que fue enviado en 1961 como maestro de inglés para las tropas his-

34
El cajón de fitzgerald
panoparlantes durante la guerra de Vietnam, y fue terminada algunos años
después durante sus estadías esporádicas en Nueva York y Lousiana.
La comedia de Toole, de alguna forma épica, pero siempre absurda y de-
lirante, retrata los avatares de uno de los personajes más quijotescos que
ha producido la literatura norteamericana en los últimos tiempos y, junto
con Un tranvía llamado deseo, El despertar, y El hombre que miraba películas
(de Tenesse Williams, Kate Chopin y Walker Percy respectivamente), es
considerada uno de los cuatro libros quintaesenciales de la literatura esta-
dounidense cuya atmósfera se ubica en Nuevo Orleans.

Descrita a muy grandes rasgos, y plenamente conciente del pecado que ello
implica, la anécdota de La conjura… se construye a partir del conflicto de
poder que subyace entre dos visiones de mundo claramente contrapuestas:
aquella que privilegia la supervivencia del complicado aparato ideológico
norteamericano (representada en cierta forma por su madre), y la propia
de Ignatius J. Reilly, que es finalmente un medievalista desfasado y naif, un
crítico per se con evidentes problemas de integración que ejercita su derecho
a la crítica tozuda y constante acerca de las distintas manifestaciones de la
cultura moderna americana, desde los horrores que implica el pertenecer
a la pujante clase media, las marcadas distinciones raciales presentes en el
Nuevo Orleans de la época, las tendencias imperantes en la comunicación
de medios, la multiétnica gastronomía americana, la presencia cada vez más
evidente de las minorías sexuales ganando terreno en las esferas públicas, el
modelo educativo nacional o la política exterior y de defensa.

Nada se escapa de la mirada aterrorizada e incrédula de Ignatius J. Reilly


para quien, en un mundo de caos elemental y apocalíptico desorden, no
existe mejor bálsamo que la aplicación de los principios de geometría y teo-
logía expresados por Boethius en sus Consolaciones de la filosofía (524 NE) y
que, de alguna manera, se corresponden con el universo conceptual adopta-
do por el escritor cristiano durante sus traducciones del griego al latín de las
obras de Platón y Aristóteles. Las siguientes, elegidas por que sí, correspon-
den a un par de razonamientos expresados por Ignatius en los que cifra su
futuro éxito editorial:

Sobre el estado del arte en Norteamérica:


“Cualquier conexión entre el arte y la naturaleza americanas es una comple-
ta coincidencia; y esto se debe únicamente a que la nación completa no tiene
ningún contacto con la realidad” (119, Grove Press)

Sobre la aberración que le reporta la clase media:


“Personalmente, yo me indignaría completamente si sospechara que alguno
intenta ayudarme a arribar a la clase media… Si un blanco de clase me-
35
El cajón de fitzgerald

dia fuera lo suficientemente suicida como para sentarse a un lado mío, me


imagino que lo golpearía sonoramente en la cabeza y en los hombros con
mi gran manota, y al mismo tiempo, desafiante, utilizando la mano libre,
arrojaría un cóctel molotov hacia un camión de pasajeros atiborrado con
blancos clasemedieros” (122, Grove Press)

Sobre sus consideraciones acerca de la infiltración de sodomitas en los ejér-


citos mundiales como una vía posible para la paz mundial:
“Ninguno de los pederastas en el poder, por supuesto, sería lo suficiente-
mente práctico para conocer de artefactos de guerra como las bombas; las ar-
mas nucleares terminarían pudriéndose en sus almacenes… cualquier clase
de conflictos internacionales serían fácilmente resueltos en el baño de cabal-
leros de las redecoradas Naciones Unidas. Ballets, musicales de Brodway y
espectáculos de semejante naturaleza florecerían en todos lados y muy pro-
bablemente harían más feliz al ciudadano común que los hostiles, descolori-
dos y fascistas pronunciamientos de los líderes actuales” (269, Grove Press)

Estos son sólo algunos tímidos ejemplos de los alcances filosóficos de Igna-
tius J. Reilly con los que pretende, al igual que su creador, alcanzar la cima
del éxito editorial. Sin embargo, inmerso como se encuentra en un estado
de paranoia y sobre excitación constantes (debido en parte a la negación
de sus pulsiones sexuales: basta recordar las descripciones de las fantasías
eróticas de Ignatius durante sus muy breves pero constantes sesiones mas-
turbatorias, en las que su oscuro objeto del deseo es representado por Roxy,
el perro muerto) y a la relación enfermiza de completa dependencia que
mantiene con su madre, Reilly emprenderá un viaje tortuoso en el que sus
fallidos intentos de asimilación al estado de cosas imperante, lo llevarán a
un punto muy cercano a la locura.

“Todas las madres están llenas de mierda”


Todavía hay quien se empeña en sostener que estas palabras, puestas por el
autor en labios de uno de sus extraños personajes llamado Lana Lee (debu-
tante amateur de la industria porno, estafadora y tratante de blancas, entre
otras delicias), son un franco golpe bajo dirigido al régimen matriarcal tota-
litario impuesto por Thelma Ducoign en el hogar de los Toole. Las múltiples
correspondencias que críticos y biógrafos se han empeñado en identificar
entre la obra de Toole y su vida personal han alimentado, desde el suicidio
del autor, el surgimiento del mito Tooliano y más precisamente la leyenda
negra acerca de las agitadas relaciones familiares presentes en el hogar de
los Toole durante los años previos a su suicidio.

36
Fotografía de J. Armando Boedo
El cajón de fitzgerald

Las salchichas Lucky Dogs son las más famosas en Nueva Orleans. Toole se basó en ellas para in-
ventar las Salchichas Paraíso que vendió Ignatius Reilly en esta magnífica novela norteamericana.

Se dice, por ejemplo, que la madre de Toole, quien nunca confió verdadera-
mente en el talento de su hijo como escritor, intentó a través de todo los me-
dios disponibles reorientar el futuro profesional del hijo, empujándolo ha-
cia derroteros absolutamente más rentables que la escritura de novelas que
nadie leería. Aunque Thelma Ducoign siempre negó esos rumores hasta el
día de su muerte, en una de las muy pocas cartas que Ken escribió mientras
aún se encontraba en Puerto Rico, enfatiza su postura acerca de su futuro
profesional. En las últimas líneas, alentado por las altas expectativas que
depositaba en la novela, John Kennedy Toole dice a su madre: “Debes tener
un punto muy claro. Yo no voy a ir a una escuela de leyes ni de ninguna otra
cosa en estos momentos”.

La aparente falta de confianza de la madre en las capacidades literarias del


hijo, que ella se empeñó en negar hasta el día de su propia muerte, se corres-
ponde de alguna manera con uno de los episodios de la conjura que ahora
me permito transcribir. En la escena se describe una conversación telefónica
sostenida entre Irene Reilly y Santa Bataglia en la que la primera se queja
del suplicio que implica tener un hijo como Ignatius:
37
El cajón de fitzgerald

“-Voy a tener que hacer algo, voy a tener que llamar a las autoridades para que
vengan y se lleven a ese chico- Msr. Reilly sollozó. Luego hizo una pausa para
tomar un gran trago de Early Times. -Quizá ellos puedan ponerlo en una casa
de detención o algo como eso”
-Pero que no tiene treinta años?
-Mi corazón está roto
-Pero que no está Ignacio escribiendo alguna cosa-
-Una estupidez que nunca nadie va a tener ganas de leer- (202, Grove Press)”

Sumado a esto, el régimen castrante, la estricta vigilancia sobre sus amista-


des, principalmente las femeninas, y en general la omnipresencia de Thelma
en todos los aspectos de la vida de Toole contribuyeron al empeoramiento
paulatino de su salud mental. El miedo al fracaso y a la perpetuación de
una vida adulta en los límites impuestos por el control materno debilitaron
a tal grado el estado de Ken que pocos meses antes de su muerte uno de sus
pocos amigos le sugirió que buscara ayuda siquiátrica profesional. Pero el
consejo llegó, al parecer, demasiado tarde.

Pese a todo, la publicación de la obra de Toole y el abrumador éxito de la


misma, se debe a su santa madre. Nunca sabremos cuáles fueron las últi-
mas palabras que el autor escribió en la carta suicida encontrada junto a su
cuerpo. Thelma destruyó el documento y se negó completamente a dar los
pormenores del asunto incluso a los familiares más cercanos. Pero fue la
conmoción de ese último reclamo, no obstante, el que finalmente impulsó
a Thelma Toole a tocar innumerables puertas en casas editoriales por cerca
de siete años hasta que la obra de su hijo, después de haber sido rechazada
múltiples veces con los argumentos más dispares, fue por fin publicada en
una editorial americana.
Irónicamente, en La conjura de los necios Ignatius rescata todos sus manu-
scritos antes de huir de su casa ayudado por su Némesis femenina Myrna
Mynkoff, sólo momentos antes de que los empleados del hospital siquiátri-
co se hicieran cargo de él. Apunto de abandonar el sitio Myrna pregunta:

“-No hay nada que quieras empacar?


-Oh, claro. Están todas mis notas y apuntes. No debemos dejar que caigan
en manos de mi madre. Ella podría hacer una fortuna. Sería demasiado
irónico-“

En la vida real, sin embargo, Thelma Toole consiguió que los parientes cer-
canos renunciaran a las regalías de la obra, amasó una fortuna a los pocos

38
Fotografía de Christopher R. Harris
El cajón de fitzgerald

Thelma Ducoing, la madre de Toole. De carácter conservador, acusaba a su hijo de no buscar un


empleo prolífico. Luego de ser publicado, hizo una fortuna con sus dos libros. Inmensas regalías.

años del lanzamiento del libro y se convirtió en la estrella principal de un


drama iniciado por su hijo al que rápidamente fueron enfocados los reflec-
tores literarios. Fue de esa forma que Thelma Toole asistió a cocteles, firmas
de libros, premiaciones, lecturas y ofreció tertulias y pequeños conciertos
musicales en casa para un nutrido círculo de críticos literarios que súbita-
mente se interesaban en la novela. El éxito, de alguna forma, había llegado.
La muerte del autor garantizó la inmortalidad de la obra.

Thelma Toole murió a los 84 años en casa de su hermano por causas natu-
rales. Antes de morir pronunció públicamente que su hijo era un genio.

De la necesidad de las tragedias


“Es una verdadera lástima -dice Walker Percy en el prólogo que ha acom-
pañado cada una de las ediciones del texto desde su primera aparición- que
John Kennedy Toole no esté vivo y bien y escribiendo”.
No hubieran sido las cosas como fueron, pienso yo, y quizá nunca hubiése-
mos tenido un libro semejante entre las manos.

Omar Bravo

39
El botón de rigaut

That’s it
Paola Tinoco

Cumplimos nueve años de vivir juntos. Me trajo, igual que el año pasado, un
emparedado de jamón ibérico y una ensalada de frutas, para librarme de pre-
parar la cena. Estrenamos las copas francesas que me regaló hace un año,
en esta misma fecha, cuando el emparedado era de queso gruyere y ¡claro!
Jamón ibérico. Descorchó un vino rosado made in USA. ¿Quién dijo a los es-
tadounidenses que sabían hacer vino? Deberían expedirse licencias y desde
luego, negársela a toda la unión engreída y americana. Eugenio se olvidó de
mis odios. Se olvidó que hace tres meses dije que sólo bebería whiskey porque
engorda menos.

—¿Quieres beber algo más?


—Otro whiskey
—Es vino
—Ah… entonces quiero un vaso de agua, cariño

No sólo no trajo mi bebida, sino que lejos de tener una conversación sobre
nuestros años juntos, intentó explicar la razón por la que hace meses no tene-
mos sexo. Dijo, mientras mordisqueaba un trozo de lechuga con aderezo, que
éste era el mejor momento para ocuparse de trabajar, porque somos jóvenes,
porque es ahora, y sólo ahora, que podemos correr riesgos en el trabajo. Tam-
bién es el mejor momento para tener sexo, pensé. Luego seremos un costal de
pellejos, que como muy afortunados nos habremos vuelto hiposexuales. Le di
la razón, dije que a mi el estrés del trabajo me dejaba con poco apetito sexual.
Le dije, casi, que la culpa era mía. Sonrió satisfecho y se fue a encender su com-
putadora, a seguir revisando el ensayo que ha estado escribiendo por meses y
con quién ha pasado más noches que conmigo.

40
El botón de rigaut

No sé si estaba enojada, pero de pronto pensé que la celebración de nuestro


aniversario debía ser completa, y no necesitaba a Eugenio para eso. Mandé un
mensaje telefónico a una de mis amigas y le pedí que me llamara. Cuando lo
hizo, fingí que era completamente necesario ir a buscarla, que estaba muy mal.
Le dije a Eugenio que pasaría la noche con ella porque su esposo se había ido
de casa y tenía una crisis nerviosa. Eso realmente había pasado, pero hacía un
mes. Paulina y yo habíamos dedicado ya una noche a emborracharnos hablan-
do de su pérdida. Así que usé ese pretexto para salir, y llegué sin avisar a casa
de Julien.

—¿Qué tomas, linda?


—¿Me lo preguntas?
—Whiskey, claro

Vaya. Al menos él, que me conoce hace menos tiempo que Eugenio, recuerda lo
que quiero beber. Y sabe que sólo tres vasitos de whiskey, después, los besos
serán más intensos.

Un rato más tarde ya estaba nuestra ropa en el suelo. ¿Tienes qué volver a casa?
No, le dije. Sonrió. Se tomó su tiempo para hacerme sexo oral, para divertirse
con mi cuerpo, y yo para dejarme hacer. A él le gusta hacer. Yo soy una perezosa
incluso para cambiar de posición. Si quiere hacérmelo, tendrá qué ser de mi-
sionero. Esta pancita no es gratuita y me gusta. Yo termino antes de que se le
acabe la energía a su lengua. Sin que termine de contraerme por el orgasmo,
Julien se pone encima de mí. Es la gloria. Feliz aniversario. Todo bien. Yo, satis-
fecha. Julien dormido junto a mí. Trata de subir su pie encima de mi pierna y yo
en ese momento, y únicamente en ese momento, siento que soy una traidora.
No puedo permitir que suba su pie en mi pierna y lo deslice en una larga caricia
que siempre detengo. Eso le pertenece a Eugenio. No es negociable. Cuando es-
cucho el segundo ronquido, me deslizo lentamente fuera de la cama. Me pongo
la ropa y salgo de ahí. Llego a casa y Eugenio ya se ha dormido. Tomo una du-
cha silenciosa, sin mojarme el pelo, y me meto en la cama. Eugenio reacciona
de inmediato. Sube su pie en mi pierna y la acaricia con el empeine. That’s it.
That’s ok.

Shandy

41
La Máquina de walter benjamin

PUBLIRREPORTAJE

Es un hecho. Este próximo mes de noviembre se repetirá el ya recono-


cido Encuentro de Escritores “Bajo el asedio de los signos” en Cajeme,
Sonora. Año con año se presenta este evento que reúne a los escritores,
poetas, narradores, dramaturgos, del estado de Sonora para celebrar la
palabra y los subterfugios irreales de la ficción –aunque hay que decirlo,
suele haber autobiografías en las mesas de lectura-. De la misma mane-
ra, la invitación se extiende a escritores de reconocido prestigio en el
país para que visiten la localidad y brinden con los autores del noroeste
de México en esta ciudad de Obregón. La fiesta literaria se llevará a cabo
del 20 al 22 de noviembre. La organización siempre está bien bien plan-
tada por parte de los anfitriones quienes demuestran sus dotes de hospi-
talidad a tantos participantes que procuran no perderse este magnífico
acontecimiento literario. Por cierto, hay que dar la noticia.

Las buenas nuevas: “Bajo el asedio de los signos” se consolida como


Asociación Civil con Juan Manz como presidente, Mara Romero funge
como la coordinadora, Silvia Rousseau es la tesorera, Trinidada Ruiz
ostenta el cargo de Comisaria y Vilma Perez el de secretaria.

Por supuesto, seguro que en esta sexta edición será posible ver a los
escritores que nunca faltan: Fidelia Caballero, Raúl Acevedo Savín, Cris-
tina Rascón, Cristina Murrieta, Francisco Luna, Arturo Valencia, Elya
Casillas, Cristina Murrieta, Francisco González, Esteban Domínguez,
Laura Delia Quintero, Miguel Ángel Avilés, Ignacio Mondaca, Miguel
Maríquez, Juan Diego González, entre muchísimos otros.

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La Máquina de walter benjamin

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La Máquina de walter benjamin
Resulta una oportunidad importante para que los escritores de las dis-
tintas generaciones participen en las mesas de lectura, para que inter-
cambien sus materiales y por sobre todo para que se conozcan. Algo
importante que hay que reconocerle a este encuentro de escritores: sus
lecturas, por tener la característica de ser incluyentes, generan un diá-
logo entre los autores de trayectoria y los novísimos.

Cabe aclararlo: el evento no es estrictamente para escritores, sino para el


público en general, que asisten a escuchar las distintas propuestas narra-
tivas y poéticas de quienes están escribiendo en su localidad. Asimismo,
es posible encontrar en el programa talleres de lectura y escritura im-
partidos por los mismos escritores que participan en este sexto Encuen-
tro de Escritores “Bajo el asedio de los signos”. Al final, lo importante es
el contacto que se logra entre un autor y sus lectores. Bravo por eso.

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Shandy
Descubre el maravilloso mundo que el turismo cultural te puede ofrecer. En
PROTUR emprendemos la aventura de la Cuaresma Yaqui. Trazamos la Ruta
Yaqui, un recorrido por las principales festividades realizadas durante estos
cuarenta días de fiestas y rituales de valor religioso y espiritual. El pueblo Yaqui
está presente en varios puntos de Sonora, desde Vícam, pasando por Pótam,
Huíviris, Tórim, Cócorit, Loma de Bácum, Rahúm, y hasta Belém. Pueblo gue-
rrero, combativo, su historia está escrita con sangre y hazañas. En sus ritos se
puede percibir cómo se funden la fuerza y la belleza de su cultura, sus danzas,
su música, su identidad. Acompáñanos en este viaje que te abrirá otra perspec-
tiva de la cultura que existe en el estado de Sonora.
www.revistashandy.blogspot.com