Fragmento inédito

Fragmento inédito

Olga Salar

EDICIONES KIWI, 2012 info@edicioneskiwi.com www.edicioneskiwi.com Editado por Ediciones Kiwi S.L. Primera edición: Abril 2012 © 2012 Olga Salar © de la fotografía de cubierta: Istockphoto © Ediciones Kiwi S.L.

Fragmento inédito
Era mi primer día en el instituto de Armony, había intentado pasar desapercibido, pero había sido prácticamente imposible, ya que todo el alumnado en pleno estaba en el gimnasio a esa hora, jugaba el equipo de baloncesto de la escuela y al parecer eso era como un día de fiesta aquí. Paseé la mirada por las gradas, buscando algún sitio libre en el que sentarme, pero apenas miré más allá de la tercera fila. Mis ojos se clavaron en los ojos azules más brillantes que había visto jamás. La chica captó mi atención como no lo había hecho nadie nunca. O al menos no que recordara. Sin pensármelo mucho, me acerqué sigilosamente, estaba tan concentrada en el partido que no se percató de mi presencia. Reprimí un gemido al oler su perfume, floral y dulce, con

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un toque de desafío. Me senté lo más cerca de ella que permitía la buena educación y la saludé. —Hola, soy Oliver, —me presenté sentándome su lado en las gradas, mientras nuestro equipo de baloncesto ganaba por ocho puntos. —Yo soy Danielle —respondió con una franca sonrisa. —¿Animas a alguien en especial? ¿Un novio? —mi pregunta fue directa y me sorprendí a mí mismo pendiente de su respuesta. —No al equipo en general —contestó mirándome a los ojos y ruborizándose al mismo tiempo—. ¿Y tú no juegas? Negué con la cabeza sin apartar mis ojos de los suyos. —¿Fútbol? ¿Atletismo? ¿Lucha libre? —aventuró. —¿Lucha libre? —pregunté fingiendo estar escandalizado por la idea. —¿Qué tiene de malo la lucha libre? —interrogó juguetona. Sus ojos azules eran oscuros. Me trajeron a la mente el color del cielo al anochecer. —No estoy preparado para morir —confesé con toda la sinceridad de la que era capaz y me mordí la lengua intentando que ella no entendiera cuanta verdad escondían esas palabras. —Nadie lo está —contestó sin la chispa con la que le brillaban los ojos unos momentos antes. —Parece que sabes de lo que hablas —comenté sorprendido. —Ni te lo imaginas —me respondió ausente. No tuve que imaginármelo, era imposible guardar un secreto como ese. En cuanto terminó el partido me alejé de ella decidido a no doblegarme nuevamente. Danielle era demasiado tentadora, la clase de persona de la que yo huía despavorido, alguien que

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sería capaz de hacerme sentir, algo contra lo que luchaba denodadamente. Estaba intentando abrir mi nueva taquilla, cuando una morena con una sonrisa descarada se acercó a mí. —¿Eres nuevo? No te había visto antes, estoy segura. —Entonces debo serlo —le respondí mostrándome poco interesado en la conversación. —Soy Theresa —me dijo muy segura de sí misma —Oliver —Te he visto hablando con Danielle, ¿sabes? No es una buena idea. Está en las últimas —dijo con malicia, transformando su sonrisa en una mueca. —No entiendo lo que quieres decir —me sentía incómodo hablando de ella con esta chica, que evidentemente no la apreciaba mucho. —Se está muriendo, igual que su madre. Murió cuando ella nació, en el parto… Es huérfana —me contó como si se tratara de un secreto oscuro. —Y tú lo sabes, porque… —Somos amigas —confesó triunfal. Una carcajada que expresaba más repulsa que diversión escapó de mis labios, Danielle me había parecido una chica dulce, tranquila, me molestaba y no entendía por qué, que alguien como Theresa estuviera cerca de ella, podía sentir como la dominaba la ambición, los celos, la lujuria… Tardé un instante en comprender que había algo más importante que la envidia de la morena, Gabriel… —Tengo que irme Theresa, gracias por el chisme —le dije plenamente consciente de lo que acababa de insinuar.

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Iba camino de la salida cuando la vi girar un pasillo por delante de mí, llevaba el pelo suelto y los fluorescentes del techo hacían que su pelo brillara con cien tonalidades diferentes. Inconscientemente me pregunté cuál era el color de su cabello, ¿castaño, color miel, rojizo? Todos esos matices estaban presentes en él. Me sacudí la cabeza desechando la idea, ¿qué clase de hombre se para siquiera tres segundos a pensar en el color del cabello de una chica? Me obligué a no buscarle una respuesta. Después de todo, Danielle era la persona que más me interesaba tener lejos, no podía ponérsela en bandeja a Gabriel. No podía permitirme acercarme a ella. A pesar de mis pensamientos, la seguí hasta que se paró en medio de un pasillo desierto. No quería hablarle, no podía acercarme, pero lo hice de todos modos: —Hola Dani —la saludé como si hiciera años que no nos hubiésemos visto. Supe que había reconocido mi voz, cuando se giró sonriente hacía mí. —Hola Oliver —su alegría era tan sincera que me sentí culpable por encontrarla interesante. Sabía que tenía que alejarme de ella, nunca podría tenerla. Pero en ese momento no me importaba volver a ser el que era, hubiera hecho cualquier cosa por estar cerca de ella. —¿Te llevo a casa? —le ofrecí olvidando lo que acababa de prometerme a mí mismo. —No gracias, estoy esperando a Samuel, le he dicho que volvería a casa con él —me explicó con su dulce sonrisa. —Pero Samuel no tiene coche y yo sí —le rebatí dispuesto a salirme con la mía. —Samuel tiene mi edad aún tenemos que esperar unos meses

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para poder sacarnos el carnet de conducir —me explicó sin perder su eterna sonrisa— así que vamos en moto o andando ,depende del día. Hoy toca andar —confesó finalmente. Inesperadamente me pregunté si el chico rubio al que había animado durante el partido era su novio, no debería extrañarme, era realmente guapa, sobre todo destacaba su pelo, castaño claro en el que brillaban mechones rojizos y dorados. Aunque su cabello no era lo único destacable de su rostro, sus profundos ojos azules y su expresión amable y serena atraían todas las miradas. —¿Es tu novio? —indagué curioso e interesado como no lo había estado desde hacía mucho tiempo. —¿Samuel? —se echó a reír como si le hubiera contado un chiste realmente bueno—. No, es mi vecino y mi mejor amigo- Explicó con sus expresivos ojos mirándome fascinados. Me molestó que la noticia me alegrara tanto. De todas las chicas a las que había conocido en mi extensa vida. Danielle Collins era la más peligrosa. Tenía que mantenerla lejos de mí costara lo que costara. O jamás conseguiría redimirme. —Me alegra que no lo sea —le confesé mientras me acercaba a ella. Estábamos en el pasillo que daba a los vestuarios de los chicos, no había nadie por allí. Los únicos sentimientos que percibía eran la fascinación de Danielle y mi deseo por ella. Los jugadores acababan de entrar a las duchas y los demás habían abandonado el gimnasio y estaban subiendo a sus vehículos y marchándose a una de las celebraciones que se organizaban ese fin de semana. Estábamos solos, esa fue la idea que me empujó a besarla. Una idea que me asustó profundamente, tan profundamente como me sentía atraído por ella, besarla haría que rompiera con todas mis promesas…

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Noté sobre mis labios el respingo que dio cuando pose mi boca sobre la suya, era cálida y suave, parecía tan inocente, tuve que ejercer presión sobre ella para que me dejara besarla más profundamente. Lo primero que noté fue su sabor dulce y afrutado. Casi tan sublime como el olor de su pelo o el tacto de sus mejillas en mis dedos. La escuché gemir sorprendida y fue entonces cuando comprendí que por alguna inexplicable razón, este era su primer beso y yo se lo había robado. No me importó, me sentí eufórico incluso, a pesar de no entender el motivo de mi estado, durante varios segundos me perdí en la calidez de su cuerpo, el delicado perfume que desprendía su piel, y durante esos segundos me olvidé de todo, de mis problemas e incluso de quién era, de quién había sido y de quién sería durante el resto de mi vida… Profundicé más el beso y me bebí el suspiro que salió de sus labios, no quería pensar, por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi vida volvía a tener sentido.

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