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Alianza Universidad

Geoffrey Leech

Semántica

Versión española de

Juan Luis Tato G. Espada

Alianza

Editorial

Semantics - Esta obra ha sido publicada en inglés por Penguin Books Ltd., Harmondsworth, Middlesex, Inglaterra.

© Geoffrey. Leech, 1974

© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1977 Calle Milán, 38; a' 200 00 45 ISBN: 84-206-2197-8 Depósito legal: M. 34.904-1977 Impreso en Closas-Orcoycn, S. L. Martínez Paje, 5. Madrid-29 Printed in Spain

INDICE

Agradecimientos

9

Símbolos

10

Introducción

11

1. Los significados de significado

15

2. Siete tipos de significado

25

3. «Conceptos con armazón»

44

4. Semántica y sociedad

65

5. ¿Es la semántica una ciencia?

88

6. Componentes y contraposiciones del significado

115

7. La estructura semántica de las oraciones

147

8. La lógica en el lenguaje cotidiano

178

9. Semántica y sintaxis

200

10. La semántica y el diccionario

226

11. Color y parentesco: dos estudios concretos sobre «se- mántica universal»

258

12. Equivalencia semántica y «semántica profunda»

292

13. Presuposiciones y facticidad

321

14. Otras teorías

356

Bibliografía básica

395

Bibliografía

404

Indice alfabético

414

AGRADECIMIENTOS

El estudioso de la semántica ha de tener de varias cosas al mis- mo tiempo; no sólo de lingüista, sino también de filósofo, de antro- pólogo, de psicólogo, e incluso un poco de r eformador social y de

crítico literario. Por ello, estoy sumamente a gradecido a las perso- nas siguientes, que me han ayudado con su c olaboración, sus ideas

y sus autorizadas sugerencias a salir airosamente en el desempeño

de estos papeles adoptivos: Michael Breen (lenguaje y formación de conceptos), David Lightfoot («islas anafóricas»), Floyd Louns-

bury (semántica del parentesco), Colin Lyas (filosofía y lingüística)

y

Humphrey Prideaux (por sus puntos de vista como profano en

la

materia).

Este libro lo redacté durante el semestre que estuve en calidad de Visiting Professor en la Brown University. Estas páginas, pues, deben mucho a mis colegas en la especialidad de lengua inglesa de Lancaster por posibilitarme esa estancia; al Departamento de Lin- güística de Brown por proporcionarme un semestre grato y estimu- lante, con abundante tiempo libre para escribir, y a Donald Freeman por sustituirme en Lancaster durante mi ausencia. David Crystal, el responsable de las series lingüísticas de Pen- guin, merece mi reconocimiento más sincero por sus consejos, su paciencia y su amabilidad.

SIMBOLOS

Para mayor claridad, enumeramos las convenciones simbólicas siguientes (la mayor parte de ellas atañe a los últimos capítulos del libro):

* (asterisco) precediendo a uni frase, un enunciado, etc., indica que éste es inaceptable o está mal formado. «chico» (etc.) —la expresión que vaya entre comillas indica un sig- nificado, no una forma (p. 123) chico (etc.) —la expresión que vaya en cursiva indica una forma, no un significado el (etc.) —una palabra en negrita indica un formador, o rasgo «lógi co» del significado (pp. 182-186) <PN> = predicación degradada (pp. 170-175) ( PN) = predicación incrustada (pp. 168-170)

A

= argumento (p. 149)

P

= predicado (p. 149)

INTRODUCCION

¿Por qué estudiar la semántica? Esta disciplina —en tanto que estudio del significado— es fundamental para el análisis de la co- municación; y dado que ésta resulta ser cada vez más un factor crucial en la organización social, la necesidad de entender aquélla resulta más acuciante cada vez. La semántica está también en la base misma del estudio de la mente humana: fenómenos tales como los procesos del pensamiento, el conocimiento o la conceptualiza- ción están estrechamente relacionados con la forma en que cla- sificamos y expresamos nuestra experiencia del mundo a través del lenguaje. Debido a que todo esto —bajo esa doble perspectiva— es tul aspecto muy importante del estudio del hombre, la semántica ha sido el punto donde han confluido varias corrientes contrapuestas del pensamiento y diversas disciplinas de estudio: tanto la filosofía como la psicología y la lingüística afirman que tienen un gran in- terés por el tema; pero sus intereses en realidad son diversos a causa de sus distintos puntos de partida: para la psicología será el com- prender la mente; para la lingüística, el lenguaje y las diversas len- guas; y para la filosofía, cómo sabemos lo que efectivamente sabe- mos, las reglas del razonamiento correcto y la evaluación de la ver- dad y la falsedad. Debido a los muchos enfoques que se le ha dado — cuyas relaciones entre sí son, por lo general, muy poco claras, incluso para los estudiosos ciel tema—, la semántica ha parecido frecuentemente algo incomprensible y misterioso; y se ha visto asi

también por su carácter de «conocimiento que se pliega sobre sí mismo», es decir, por ser una actividad que puede parecer que tenga mucho en común con la de un perro que se persigue su propio rabo. Por todas esas razones, o simplemente porque es un tema fasci- nante, la semántica ha proporcionado material para muchos libros. Por supuesto que ha habido otros libros con el mismo título que lleva éste, pero esto no quiere decir que cada nuevo libro que se aventure a expresarse sobre cl tema sea una pérdida de tiempo o una simple copia de otro anterior; más bien consiste en el intento particular de su autor de arrojar una luz nueva sobre un problema que siempre amenaza con volver a su oscuridad primitiva, siendo tal la diversidad de enfoques que se pueden leer dos libros sobre semántica sin apenas encontrar entre ellos algo en común. Ningún autor puede abordar un estudio completo del ámbito de la semántica (y si lo hace, no logrará más que un compendio superficial de «lo que otros han pensado» acerca del significado); el único proceder razonable es trillar su propio camino a través del yermo y no prestar más atención de la necesaria a lo que se encuen- tra a ambos lados. Ese es el espíritu que me anima al escribir este libro; entiendo la semántica como una rama de la lingüística, la cual es, a su vez, el estudio del lenguaje; como una esfera de estudio paralela a —y en interacción con— las de la sintaxis y la fonología, que tratan de las pautas formales del lenguaje y de la manera en que éstas se traducen en sonido, respectivamente; mientras que la sintaxis y la fonología estudian la estructura de las posibilidades expresivas del lenguaje, la semántica se dedica a los significados que se pueden expresar. Se puede afirmar de modo concluyente que el considerar la semántica como una disciplina integrante de la lin- güística es el punto de partida más fructífero y apasionante en la actualidad: hace veinte años, si bien la lingüística se desarrollaba rápidamente en varias direcciones, había dejado totalmente aban- donada la semántica en manos de los filósofos y los antropólogos; sin embargo, en los últimos diez años ha habido un considerable viraje: desde una consideración de la semántica como una tierra de nadie intelectual confusa y carente de todo orden, prácticamente ajena a la lingüística, hasta una tendencia que le otorga una posición más central cada vez en los estudios lingüísticos (posición a la que, al menos en mi entender, tiene derecho). La concentración de es- fuerzo intelectual sobre la semántica, posiblemente haya alcanzado ya su punto culminante; y, desde luego, ha conducido ya a unos planteamientos igual de originales —si no más— que los que los filósofos del lenguaje tales como Wittgenstein y Carnap alumbra- ron en las décadas de 1920 y 1930.

La lingüística, en cuanto que estudio científico del lenguaje, ha dado al tema de la semántica un cierto grado de rigor analítico combinado con un enfoque del estudio del significado según el cual éste es un componente integrado en la teoría global de cómo funciona el lenguaje. En realidad, estudiar el plano del «contenido» del lenguaje sin hacer referencia al plano de la «expresión» no es más provechoso que estudiar éste sin hacer referencia a aquél (cosa esta última que los lingüistas ya han intentado y han comprendido que es estéril). La solidez de la concepción integradora antedicha reside en que hace posible que se puedan aplicar a la semántica técnicas de análisis que ya han demostrado ser fructuosas en otros aspectos del lenguaje; pero la ampliación de su horizonte en esa di- rección ha supuesto al mismo tiempo una limitación en otra: los precisos métodos analíticos que se han desarrollado para el estudio de la gramática y la fonología sólo se aplican a un tipo de signifi- cado que se llama tradicionalmente «conceptual» o «cognoscitivo», mientras que otros tipos que se pueden añadir, como el significado «connotativo» o «asociativo», se han descuidado un tanto. Preci- samente, uno de mis propósitos es corregir ese desequilibrio. Este libro se divide en dos partes, actuando el capítulo 5 («¿Es la semántica una ciencia?») a modo de puente tendido entre ambas. Los cuatro primeros capítulos constituyen una introducción «pre- teorética» con la que he pretendido ofrecer una orientación general sobre el tema, procurando seguir un camino con el que se pueda tanto atender a los numerosos planteamientos y enfoques erróneos a los que es propensa la semántica, como explorar los problemas de la comunicación y del significado que la hacen estar en estrecha relación con los problemas de la vida moderna: se presta atención a cuestiones tales como la organización conceptual del pensamiento humano (capítulo 3) y la «semántica estratégica» de la publicidad y de la propaganda (capítulo 4). Desde el capítulo 6 hasta el final, el libro se dedica al aspecto fundamental del significado, es decir, al cognoscitivo, exponiéndo- se una teoría semántica basada en los principios desarrollados por la lingüística moderna. En esta parte del libro estudiaremos deta- lladamente cómo se organiza la estructura semántica de una lengua, e intentaremos dar respuesta a cuestiones como «¿cómo se propórciona una definición exacta de una palabra determinada?», «,cómo se formulan las reglas que expliquen de 'qué manera tal o cuál sucesión de símbolos fonéticos posee tal o cuál significado?». Este estudio teorético del significado puede ser muy apasionante intelectualmente, pero llevado a la precisión extrema de una formulación matemática resulta sobremanera complejo y abstracto; todo lo que

puedo hacer en un libro introductorio como éste es, simplemente, dar una idea de las diferentes clases de análisis que entran en juego y de las razones que conducen a adoptar una solución antes que otra referente a los problemas de descripción semántica. Sin duda, el ir desde las consideraciones introductorias sobre la comunicación humana hasta el ámbito especializado de la se- mántica teórica representa un salto considerable, y los perseverantes lectores que lleguen a los últimos capítulos notarán algo así como «un cambio de marcha» y un incremento de las dificultades, espe- cialmente en el capítulo 7 y del 11 al 14. Puede suceder muy bien que alguien me reproche el que haya pretendido incluir en el mis- mo libro dos tipos tan dispares de investigación; creo, sin embargo, que elfo puede justificarse. Los problemas generales de la comuni- cación sólo se pueden valorar cabalmente en el contexto de una comprensión exacta de la estructura lógico-conceptual del lenguaje (en los capítulos 1 al 4 hay muchos puntos que explico más detalla- damente en páginas posteriores del libro); por el contrario, la se- mántica teórica puede perder contacto fácilmente con los problemas prácticos de la comunicación y adolecer, así, de dar una visión un tanto descolorida y deformada del tema que se pretenda estudiar ( la lógica formal de los filósofos proporciona numerosos ejemplos de esto). Dicho de otra manera, creo firmemente que se gana mu- cho intentando estudiar conjuntamente la semántica «pura» y la «aplicada». Hay una escuela del pensamiento —la que se conoce como «se- mántica general»— que sostiene que el estudio de los procesos comunicativos puede ser un medio idóneo para resolver los proble- mas entre los hombres; aunque yo vacilaría al fomular las categó- ricas afirmaciones de este grupo —que, en mi entender, parece tener una visión más bien ingenua de las causas de tales proble- mas—, no hay duda de que cuanto más comprendamos las estruc- turas cognoscitivas y comunicativas del lenguaje, más capaces se- remos de detectar y controlar los elementos «patológicos» o nocivos de la comunicación, y de valorar y fomentar las tendencias que conducen a la concordia. Dicho esto, debe reconocerse que la principal apelación de la semántica es de carácter intelectual, análoga, pues, a la de las ma- temáticas o a la de cualquier ciencia pura. Sólo después de procu- rar entender para entender se puede adquirir la prudencia que con- siste en emplear ese entendimiento para fines nobles.

Capítulo 1

LOS SIGNIFICADOS DEL SIGNIFICADO

Ogden y Richards, y lo que ha venido después

La palabra «significado» y su verbo correspondiente, «signifi- car», se encuentran decididamente entre los términos más contro- vertidos de nuestro idioma; parece que los semantistas han consu- mido frecuentemente un tiempo excesivo en descifrar los «signifi- cados del significado», como un preliminar supuestamente necesa- rio para el estudio de su tema. El libro quizá más conocido que se haya escrito nunca sobre semántica, el que publicaron O. K. Ogden e I. A. Richards en 1923, tenía precisamente como título The Mean-

ing of Meaning [El significado del significado], y contenía —en las

páginas 186-7— una lista de nada menos que veintidós definiciones ( desde diversos puntos de vista teoréticos y no teoréticos) de la palabra en cuestión. He aquí, por el interés que ofrece, una selec- ción de esos significados:

• una propiedad intrínseca

• las palabras que se adjuntan a una palabra del Diccionario

• la connotación de una palabra

• el lugar de algo en un sistema

• las consecuencias prácticas que para nuestra experiencia fu- tura tiene una cosa

• aquello a lo que realmente se refiera el que utiliza un símbolo

• aquello a lo que debería referirse el que utiliza un símbolo

• aquello a lo que crea referirse el que utiliza un símbolo

• aquello a lo que el que interpreta un símbolo:

(a)

se refiera

(b)

crea referirse

(c) crea que se refiere el que lo utiliza

Al presentar esta lista, Ogden y Richards pretendían hacer ver ide qué manera el desacuerdo acerca de términos tan básicos como el de significado puede producir confusión y malentendidos, aunque esperaban que llegase por fin el día en que —como resultado de la preparación del público conseguida gracias a su libro y a otros medios— «se comprenda la influencia del lenguaje sobre el pen- samiento, y se ahuyenten los fantasmas que producen una idea equivocada de lo lingüístico». A partir de tal momento, creían, el camino quedaría expedito «hacia unos métodos de interpretación más fructíferos y un arte de la conversación gracias al cual los ha- blantes puedan disfrutar de algo más que de la aridez y monotonía [ lit. de las piedras y escorpiones] habituales». El sugestivo vislum- bre de una utopía de conversación pura y correcta que nos ofrecen Ogden y Richards constituye en parte un punto de vista propio y peculiar suyo; pero, igualmente, otros semantistas (especialmente los pertenecientes a la Semántica General, inaugurada en 1933 por

Korzybski con su Science and Sanity [Ciencia y cordura]) han visto

en la solución de los problemas del significado, del pensamiento y de la comunicación un posible ungüento amarillo para todos los males de la sociedad moderna; y también otros investigadores, al igual que Ogden y Richards, han buscado en la ciencia el esclare- cimiento de los conceptos semánticos. Así, estos últimos autores, en 1923, tenían la suficiente confianza en el progreso de la ciencia para afirmar lo siguiente:

En los últimos años, los adelantos de la Biologia y la investigación psicológica de la memoria y de la herencia han situado el «signifi- cado» de los signos en general fuera de toda duda, probándose con ello que el pensamiento y el lenguaje deben tratarse de idéntica manera. (p. 249)

Diez años más tarde, Bloomfield, en Language (1933) —el libro sobre el lenguaje más influyente de entre los que se publicaron en- tre las dos guerras mundiales— vinculaba de forma parecida la se- mántica con el avance de la ciencia, si bien resaltando algo un poco distinto; lo que él veía que proporcionaba respuestas a los seman- tistas no era el estudio científico de los fenómenos psíquicos (pen-

samiento y simbolización), sino la definición científica de todo aquello a lo que pueda referirse el lenguaje;

Podemos definir con exactitud el significado de una forma lingüís- tica cuando aquél está relacionado con algo que conocemos científi- camente. Podemos, por ejemplo, definir los nombres de los minera- les mediante términos químicos y mineralógicos (así, decimos que el significado normal de la palabra sal es «cloruro sódico [NaCI]»); y también los nombres de los vegetales o de los animales mediante términos técnicos de la Botánica y la Zoología. Sin embargo, no te- nemos ninguna manera precisa de definir palabras tales como amor u odio —que constituyen la gran mayoría, por otra parte—, porque atañen a situaciones que no se han clasificado con exactitud». (Lan-

guage, p. 139)

Bloomfield, pues, era menos optimista que Ogden y Richards sobre los prodigios de la ciencia; y en sus conclusiones —cosa no sor- prendente— resonó una nota pesimista que vino a ser el toque de difuntos virtual de la semántica en los EE. UU. durante los veinte años subsiguientes: «La formulación de los significados es, por lo tanto, el punto débil del estudio del lenguaje, y así será hasta que el conocimiento humano vaya mucho más allá de donde ahora se encuentra». (p. 140). El argumento de Bloomfield, llevado hasta sus últimas conse- cuencias lógicas, supone la quimera de una época futura en la que todas las cosas recibirán una definición científica y autorizada; o, dicho más llanamente, la de una .época en la que se sabrá todo lo que hay que saber acerca de todo (cosa aún más ilusoria que el idílico paraíso conversacional de Ogden y Richards). Aun teniendo en cuenta que Bloomfield escribía en unos tiempos en que el con- cepto de la «ciencia unificada» (es decir, la idea de que todas las ciencias, desde la Física a la Psicología, podrían quedar reunidas en un inmenso monolito de saber) gozaba de prestigio, su retrato del semantista como una persona que aguarda pacientemente a que la totalidad del saber humano se haya acumulado y consolidado se apoya en lo que ahora vemos que es una concepción ingenua de la naturaleza de la ciencia. El enfoque bloomfieldiano contenía tres defectos soterrados. Por lo general --en primer lugar—, para dar cuenta científicamen-\. te de un mismo fenómeno concurren varias explicaciones simultá- neamente; ¿cuál de ellas escogeremos para nuestra definición? En segundo lugar, la ciencia no avanza como el agua que va llenan do un recipiente hasta colmarlo, sino que lo hace por un proceso

ininterrumpido de revisión y aclaración que lleva a una mayor cla- ridad y profundidad de comprensión. Dado que los enunciados científicos son privisionales por naturaleza, se hace difícil prever el día en el que todo el mundo esté suficientemente seguro de que no aparecerán nuevas formulaciones para poder acometer sin ninguna dificultad la definición de palabras como amor y odio. Por último, una definición que se dé a base de una fórmula científica, como la de sal = NaCI, lo que hace es simplemente sustituir una serie de símbolos lingüísticos por otra, y de esa manera pospone la tarea de explicitación semántica a un momento posterior. Así pues, suponiendo que el lenguaje científico tenga como el coti- diano un significado, el problema que se nos presenta es el de de- finir el significado de «NaCI»; si para hacerlo pudiéramos reem- plazar esta fórmula científica por otra más precisa e informativa, ésta originaría a su vez el mismo problema, y así ad infinitum. Con otras palabras: la receta de Bloomfield para descubrir el significa- do conduce a una ruta de regresión infinita; resulta ser un callejón sin salida, por razones no sólo prácticas, sino lógicas. Los problemas que acompañan al tratamiento del significado por parte de Ogden y Richards y de Bloomfield provienen ante todo de su determinación de explicar .la semántica por medio de otras disciplinas científicas: y cabe sostener que ello es la causa de buena parte de la ambigüedad —que tanto molestaba a Ogden y Richards— del vocablo significado. Es claro que, de las veintidós definiciones que ofrecen (y como muestran los ejemplos de las pp. 15- 16), casi todas son una mera transcripción de las definiciones téc-

nicas de los filósofos, los psicólogos, los filólogos, los críticos lite- rarios y otros especialistas; y es claro también que muchas de las incompatibilidades de tales definiciones se explican atendiendo a la necesidad o al deseo de cada especialista de adaptar el estudio del significado a las exigencias de su propio campo. Así, un filósofo puede definir para sus propósitos el significado a base de la verdad

y la falsedad; un psicólogo conductista, apoyándose en el estímulo

y la respuesta; un crítico literario, en la reacción del lector; y así sucesivamente. Sus definiciones, por tanto, al provenir de diversos marcos de referencia, tendrán muy poco en común. Aunque se admita que el estudio de otros campos relacionados con la semántica puede proporcionar una estimable ayuda al estu- dioso de esta última, muchos pueden preguntarse por qué sería ne- cesario considerarla, así, dependiente de consideraciones ajenas a ella. De hecho, desde el momento en que comenzamos a tratar la semántica como merecedora de su propio marco referencial, en lugar de tener que tomar uno prestado de otra parte, hacemos que

se disipen muchas de las dificultades que han obstaculizado su des- arrollo en los últimos cincuenta años: una disciplina autónoma no nace con respuestas, sino con preguntas; podríamos decir, pues, que toda la razón de ser del intento de construir una teoría de la semántica reside en proporcionar una «definición» de significado (es decir, una exposición sistemática de la naturaleza del significa- do); y pedir tal definición antes de haber empezado a estudiar el tema sería simplemente empeñarse en tratar otros conceptos (por ejemplo, los de estímulo y respuesta) como si fuesen en cierto sen- tido más fundamentales e importantes. Un físico no se ve precisado a definir nociones como las de «tiempo», «calor», «color» o «áto- mo» antes de comenzar a investigar sus propiedades: las definicio nes, si son necesarias, surgirán del estudio mismo. Una vez que se acepta algo tan trivial, el problema de cómo de- finir significado, que tanto preocupó a Ogden y Richards, aparece visto bajo su verdadera luz como un trampantojo.

Un punto de partida lingüístico para la Semántica

Hasta aquí he intentado allanar el terreno, mostrando que el estudio del significado debe liberarse de todo sometimiento a otras disciplinas. Esto, naturalmente, conduce al siguiente tipo de répli- cas: «Entonces, ¿cómo se ha de estudiar el significado?; al cons- truir una teoría de éste, ¿cuáles son las preguntas a las que debe- rnos intentar responder?; ¿qué principios deben constituir sus fun- damentos?». Uno de los puntos claves de cualquier enfoque lingüístico mo- derno de la semántica, es el de que no hay que salirse del lenguaje I

mismo. Una ecuación como centavo = centésima parte del dólar o

sal = NaCI, no es un emparejar un signo lingüístico con algo exterior al lenguaje, sino una correspondencia entre dos expresiones lingüísticas que se presume tienen «el mismo significado»: la búsqueda de una explicación de los fenomenos ámenos lingüísticos apoyándose en lo que no es lenguaje es tan vana como la tentativa de salir de una habitación que no tenga puertas ni ventanas, ya que la misma palabra «explicación» implica un enunciado del lenguaje. Nuestra solución, pues, es conformarse con explorar lo que hay dentro de la habitación, es decir, estudiar las relaciones que existen dentro del lenguaje, tales como la paráfrasis o la sinonimia, que equivalen aproximadamente a «identidad de significado» (de la primera, junto con otras relaciones de significado susceptibles de estudio sistemático, daremos un ejemplo inmediatamente). El t

t

ñ

il

ment] y la presuposición son tipos de dependencia semántica que median entre dos locuciones; y la incoherencia lógica es una forma de contrastividad semántica entre varias de éstas.

1. X: los defectos del plan eran manifiestos ES UNA PARÁFRASIS DE Y: las imperfecciones del proyecto eran evidentes

2. X: la Tierra gira alrededor del Sol ENTRANA Y: la Tierra se mueve

3. X: el hijo de Juan se llama Manuel PRESUPONE Y: Juan tiene un hijo

4. X: la Tierra gira alrededor del Sol ES INCOHERENTE CON Y: la Tierra es inmóvil

Estas son algunas de las relaciones semánticas entre dos locuciones, X e Y, que una teoría del significado puede intentar explicar con

gran provecho (las trataremos más detalladamente en las pp. 104-106). Un segundo principio que subyace a los enfoques actuales de la semántica es el de entender la tarea del estudio del lenguaje como la de explicar la COMPETENCIA LINGUISTICA del hablante nati- vo de una lengua cualquiera; o lo que es lo mismo, el conjunto de reglas y estructuras que caractericen los mecanismos mentales que toda persona que «sepa» una lengua dada tiene que poseer. Al aplicar lo dicho a la faceta semántica del lenguaje surge la pregunta si- guiente: «¿Qué es saber el significado de una palabra, de una ora-

ción, etc

y el reconocer las relaciones semánticas antedichas, 1-4, se puede aducir como una de las pruebas de la posesión de tal saber. Otro hecho que certifica que una persona sabe la semántica de su lengua es que pueda darse cuenta de que, aunque algunas locu- ciones o expresiones están construidas de acuerdo con las reglas de la gramática del idioma en cuestión, son sin embargo «no semánti- cas», en el sentido de aberrantes o extrañas desde el punto de vista del significado. Una de tales rarezas es la TAUTOLOGIA, o sea, un enunciado que ha de ser verdadero en virtud de su mismo signifi- cado, como sucede con:

en lugar deja consabida: «¿Qué es el significado?»;

?»,

El lunes llegó antes del día (de la semana) que lo seguía.

Sin embargo, pocas veces tenemos ocasión de emplear tales enunciados, debido a que no dicen al oyente nada que no supiera de antemano (salvo en los casos en que estemos explicando un uso lingüístico desconocido para él); es decir, porque no comunican nada.

En el lado opuesto respecto de la aceptabilidad están las llama- das CONTRADICCIONES, que son enunciados necesariamente falsos, también en virtud de su significado:

Todo lo que me gusta no me gusta Mi hermano ha tenido un dolor de muelas en la punta del pie

Esta son, con mucho, más anómalas que las tautologías: no son ya vacuas en cuanto a la información que transmiten, sino autén- ticos absurdos. Para definir una lengua dada, la lingüística moder- na se ha esforzado por especificar cuáles oraciones son aceptables y cuáles inaceptables en la lengua en cuestión; es decir, por fijar los límites entre lo que es posible e imposible dentro de las reglas del lenguaje. Esto ha hecho que merezca una atención considerable la capacidad del hablante para distinguir entre oraciones «gramaticales» y «agramaticales»; y es que a ella hemos de recurrir si se establece que ese diferenciar las oraciones semánticamente extrañas de las dotadas de pleno sentido es una manifestación de que sabe las reglas del significado del idioma en cuestión. El cupo de las oraciones extrañas o anómalas semánticamente no se cubre con las contradicciones y las tautologías: hay, por ejemplo, preguntas que lógicamente admiten sólo una respuesta —sí o no—, y por ello no se pueden plantear en forma disyuntiva: ¿

Tiene tu madre algún hijo o hija? Hay también preguntas que no

se pueden contestar debido a que contienen presuposiciones ab-

surdas: ¿Sabes cómo se castigó al hombre que mató a su viuda?

Esta clase de caprichos recuerda los trabalenguas y los galimatías disparatados con que se entretienen los niños a modo de deporte verbal:

I went to the pictures tomorrow

1 took a front seat at the back

1 fell from the pit to the gallery

And broke a front bone in my back.

A lady she gave me some chocolate, 1 ate it and gave it her back;

1 phoned for a taxi and walked it,

And that's why 1 never came back.

Fui al cine mañana, ocupé un asiento delantero detrás, me caí de la platea al gallinero

y me rompí un hueso de delante que tenemos en la espalda

Una señora me dio chocolate, me lo comí y se lo devolví; llamé un taxi y me fui a pie, y por eso nunca regresé.*

(Opio, The Lore and Language of Schoolchildren, p. 25)

La fascinación natural que sienten los niños por sobrepasar los lími- tes de la significatividad se podría incluir entre los síntomas de esa «captación intuitiva» del significado —0 COMPETENCIA SEMÁNTICA, como la llamaría un lingüista— que comparten los hablantes de un idioma.

El Lenguaje y el «Mundo real»

Sin embargo, para el lingüista, igual que para el filósofo, la principal dificultad reside en trazar una línea divisoria no ya entre lo que tiene sentido y lo que no lo tiene, sino entre la clase de falta de sentido que surge al contradecir lo que sabemos acerca del lenguaje y del significado y la que tiene lugar cuando se con- tradice lo que sabemos acerca del «mundo real». Si a un hablante del castellano se le pide que comente la oración:

(1) Mi tío duerme siempre (derecho) sobre la punta de un pie es posible que exclame: «¡Eso es imposible! ¡Nadie puede dormir así!»; y parecida respuesta daría si se le presentase la contradicción:

(2) Mi tío duerme siempre despierto

Pero, tras reflexionar, probablemente daría una explicación distinta de los dos absurdos: la oración (1) es increíble por lo que sabemos acerca del mundo en que vivirnos (más concretamente, por lo que sabemos acerca de la postura en que es posible dormir); la oración (2) es más que increíble: se refiriría a algo inimaginable, por la contradicción existente entre los significados de dormir y de estar despierto. Aunque, por otra parte, a ese hablante le parecerían ambos enunciados idénticamente absurdos, en la medida en que los dos son necesariamente falsos. Podemos establecer una analogía entre las reglas del lenguaje y las del juego: los hechos presuntamente acaecidos en un partido de fútbol pueden ser imposibles (a) porque vayan contra las reglas

* Recuérdense, en castellano, cancioncillas análogas: «Ahora que vamos des- pacio / vamos a contar mentiras, / Por el mar corren las liebres / por el

monte las sardinas, tratará

»

[N. del TI

del juego, o (b) porque violen algunas leyes naturales concernientes a la resistencia física de los seres humanos, por la incapacidad de los balones de contravenir las leyes ordinarias del movimiento (por ejemplo, moverse en el aire como los boomerangs), etc. Por esto, una información futbolística que dijese: «El delantero centro ha metido un gol rematando con la cabeza el balón desde su propia portería», sería increíble por pura imposibilidad física, mientras que «El delantero centro consiguió un gol metiendo el balón en la portería de un puñetazo», sería increíble en cuanto que si efectivamente ha ocurrido tal cosa, el partido no puede haber sido de fútbol. Las distintas estrategias que adoptamos al intentar dar sentido a las oraciones (1) y (2) recalcan la diferencia que ya hemos apre- ciado entre ellas. Parece ser que un principio incontrovertible de la semántica es el de que el pensamiento humano aborrece el vacío de sentido; por ello, un hablante de nuestra lengua al que se le presen- ten oraciones absurdas exigirá un esfuerzo supremo a su facultad interpretativa hasta que logre hacérselas inteligibles; y es posible que los lectores de estas páginas se hayan sorprendido ejercitando esa facultad con las dos oraciones anteriores. Así, para (1), Mi tío

duerme siempre (derecho) sobre la punta de un pie, parecen posi-

bles dos estrategias de interpretación: la primera es suponer una

TRANSFERENCIA DE SIGNIFICADO por la que tanto

duerme como

(derecho) sobre la punta de un pie adquieren un sentido nuevo o desusado ((derecho] sobre la punta de un pie, por ejemplo, podría

considerarse una hipérbole o un substituto exagerado de «boca abajo» o «en una postura extraña»); y la segunda estrategia consis- te en imaginar una situación prodigiosa e inaudita (por ejemplo, que mi tío se hubiera ejercitado en una versión del yoga nunca practicada hasta ahora) en la que tal enunciado pudiera ser ver- dadero.

En cambio, para (2), Mi tío duerme siempre despierto, sólo es

aplicable la primera estrategia, la de transferencia de significado:

en este caso la solución tiene que resolver el conflicto semántico entre «dormir» y «despertar» merced (por ejemplo) a entender duerme en forma metafórica («actúa como si estuviese dormido»). Algo que sea absurdo de hecho se puede convertir en razonable imaginando un mundo posible —onírico o novelesco— en el que tal cosa pudiera existir o suceder. De otro lado, una contradicción lógica es un absurdo lingüístico al que, si se quiere dar sentido, ha de aplicarse un remedio lingüístico: un «trastocar las reglas del jue- go del lenguaje», del mismo modo que la imposible acción que he- mos descrito en el apartado (b) requeriría rehacer las reglas del

La diferencia entre el lenguaje (incluido el «lógico»), por una parte, y los hechos o el «mundo real», por otra, la estudiaremos con más detalle en el capítulo 2 (pp. 29-30); y en el capítulo 10 analizaremos también el concepto de transferencia de significado, y veremos en qué sentido equivale a un «trastocar el lenguaje». Por ahora basta simplemente con notar que sentimos que tal dife- rencia existe, aun cuando para el lingüista o el filósofo no sea fácil justificarla, ni prescribir cómo se ha de trazar la línea di- visoria en cada caso. A modo de advertencia para escépticos se ha t de señalar también que el precio de pasar por alto esta diferencia entre el lenguaje y el «mundo real» es el de ensanchar la esfera de la semántica (como Bloomfield lo hizo por implicación) hasta convertirla en el imposible estudio, de puro vasto, de todo lo que se sepa acerca del universo en que vivimos.

Resumen

He intentado en este capítulo señalar tres cuestiones fundamen- tales acerca del estudio del significado, a saber:

1. Que es un error tratar de definir el significado reduciéndolo a

conceptos de otras ciencias que no sean la del lenguaje (por ejemplo

a base de la Psicología o de la Química). 2. Que la mejor manera de estudiarlo es considerándolo un fenómeno lingüístico por derecho propio, y no algo «fuera del lenguaje». Esto quiere decir que investiguemos semánticamente lo que es «saber una lengua»; por ejemplo, saber lo que lleva consi-

go el captar relaciones semánticas entre oraciones, y cuáles de éstas tienen sentido y cuáles no lo tienen.

3. Que el punto (2) presupone una distinción entre «conoci-

miento del lenguaje» y «conocimiento del `mundo real'».

Capítulo 2

SIETE TIPOS DE SIGNIFICADO

Algunos autores querrían que la semántica se dedicase al estu- dio del significado, dando a este término el amplio sentido de «todo lo que se comunica por medio del lenguaje»; otros —entre los cua-. les se encuentran los autores más modernos dentro del marco de la lingüística general— lo limitan, en la práctica, al estudio del sig- nificado lógico o conceptual, en el sentido que vimos en el capítu- lo 1. No hace falta mucha agudeza para comprender que la semán- tica, en el primer y más amplio sentido, puede llevarnos al mismo vacío que en el que Bloomfield se había refugiado por sus compren- sibles recelos, o sea, la descripción de todo lo que pueda competer al conocimiento o al intelecto humanos; por otra parte, si diferen- ciamos cuidadosamente los tipos de significado podemos mostrar cómo todos ellos son válidos con respecto al resultado complejo y completo de la comunicación lingüística, y también cómo los mé- todos de estudio que son apropiados para un tipo no lo pueden ser para otro. Con arreglo a esto, descompondré el «significado», en su sen- tido más amplio, en siete componentes distintos, otorgando una importancia principal al significado lógico o —como yo prefiero llamarlo— SIGNIFICADO CONCEPTUAL, del que ya he hablado antes a propósito de la «competencia semántica»; los otros seis tipos que voy a tratar son el significado connotativo, el estilístico, el afectivo, el reflejo, el conlocativo y el temático.

El significado conceptual

Siempre se ha dicho que el SIGNIFICADO CONCEPTUAL —llama- do a veces «denotativo» o «cognoscitivo»— es el factor fundamen- tal de la comunicación lingüística, y creo que se puede mostrar que es, además, una parte integral del funcionamiento esencial del len- guaje, diferenciándose en esto de los demás tipos de significado (lo cual, por supuesto, no quiere decir que el significado concep- tual sea siempre el elemento más importante de un acto de comu- nicación lingüístico). Mi principal razón para dar prioridad al sig- nificado conceptual es que éste posee una organización sutil y compleja, comparable a —y relacionable con— la de los niveles sintáctico y fonológico del lenguaje; en particular, quiero señalar los dos principios estructurales que parecen estar en la base de todo modelo lingüístico: el principio de CONTRASTIVIDAD y el de ESTRUC- TURA CONSTITUYENTE. Los rasgos contrastantes, por ejemplo, susten- tan la clasificación de los sonidos en la fonología, donde cual- quiera que sea la etiqueta que apliquemos a uno de ellos los rasgos antedichos los definen positivamente —en virtud de los rasgos que poseen— y, por implicación, negativamente —en virtud de los ras- gos que no posee`—; así, el símbolo fonológico /b/ se puede expli- citar como una representación de un haz de rasgos contrastantes + bilabial, + sonoro, + oclusivo, — nasal. Con lo que, en realidad, se da por sentado que los sonidos distintivos o fonemas de una lengua se caracterizan a base de contraposiciones binarias, al menos en su mayor parte. De forma parecida, los significados conceptuales de un idioma parecen estar organizados en su mayoría a base de rasgos contrastantes; así, por ejemplo, el significado de la palabra mujer

se podría especificar por +

HUMANO, — MASCULINO * , + ADULTO, y

ser diferente por tanto del de, pongamos por caso, muchacho, que podría «definirse» por + HUMANO, + MASCULINO, — ADULTO (ver página 116). El segundo principio, el de la estructura constituyente, es aquél que sostiene que las unidades lingüísticas mayores están compuestas de otras más pequeñas; o —mirando el problema desde el lado contrario— que podemos descomponer una oración, siguiendo un criterio sintáctico en las partes que la constituyen, yendo desde

sus constituyentes inmediatos hasta sus constituyentes últimos (o

* Salvo que se indique lo contrario, el término masculino (male) se refiere a una oposición de sexo (sexo masculino/femenino), y no a una de género (género masculino/femenino). IN. del T.]

Semántica

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elementos sintácticos más pequeños), pasando por una serie de es- tadios jerarquizados. Este aspecto de la organización del lenguaje se representa gráficamente por lo general por un diagrama arbóreo:

gráficamente por lo general por un diagrama arbóreo: Lo cual también se puede representar por encorchetamiento:

Lo cual también se puede representar por encorchetamiento: {(

Ningún) (hombre)} €[(es)]

[(una) (isla)]}

Aunque es un hecho aceptado desde hace tiempo que la sintaxis de un idioma se debe tratar de esta manera, sólo recientemente los lingüistas se han rendido a la evidencia de que el nivel semántico de los lenguajes naturales tiene su propia estructura constituyente ( ver pp. 147-170), su propia correspondencia con la estructura sintáctica o —para usar una analogía más precisa por muchos conceptos— con los sistemas de la lógica simbólica construidos por los matemáticos y los filósofos. Los dos principios anteriores —el de la oposición y el de la es- tructura constituyente— representan el modo en que se organiza el lenguaje respecto a lo que los lingüistas llaman eje PARADIGMÁTICO (o selectivo) y eje SINTAGMÁTICO (o combinatorio), respectivamente, de la estructura lingüística. En la mayor parte de este libro (capítu- los 6-14), mi objetivo será precisamente estudiar tan comple- tamente como me sea posible la aplicación de esos principios al análisis semántico, y hacer ver 'así cómo los métodos de estudio ideados en principio para otros niveles del lenguaje pueden dar a la semántica conceptual una precisión y una profundidad mucho mayores. En este planteamiento, he dado por supuesta la existencia de un tercer principio de la organización lingüística generalmente recono- cido, según el cual cualquier pieza del lenguaje está estructurada en dos o más «niveles» simultáneamente; parece que, por lo menos,

los tres niveles que aparecen en la figura —en ese mismo orden— son necesarios para rendir plena cuenta de la competencia lingüísti- ca, mediante la cual podemos producir o entender diversas locu- ciones:

la cual podemos producir o entender diversas locu- ciones: Y esto significa que para el análisis

Y esto significa que para el análisis de cualquier oración es preciso

elaborar una «representación fonológica», una «representación sintáctica» y una «representación semántica», y explicitar también los puntos por los que un nivel de representación puede derivarse de otro; el objetivo de la semántica conceptual es, pues, propor- cionar una determinada configuración de símbolos abstractos para cualquier interpretación determinada de una oración, de tal manera que esa configuración sea la «representación semántica» de la ora- ción en cuestión, y que muestre con exactitud lo que se precisa saber para poder diferenciar un significado determinado de todos los demás que pueden dársele a la oración en el idioma de que se trate; y que empareje, además, ese significado con las formulacio-

nes sintáctica y fonológica adecuadas. Esta propiedad del empare- jamiento de los niveles funciona en una dirección si DESCODIFICAMOS,

es decir, si escuchamos una oración y la interpretamos; y en la di-

rección contraria si CODIFICAMOS, o sea, si construimos y pronun- ciamos la oración (en la figura, A -+ B C y C B A, res- pectivamente). Teniendo en cuenta lo que se ha expuesto, parece evidente que el significado conceptual es una parte compleja y esencial del lenguaje mismo, hasta tal punto que es muy difícil de- finir cabalmente éste sin hacer referencia a aquél; por otra parte, un lenguaje cuya transmisión se efectuase no por el significado conceptual, sino por otros medios (por ejemplo, mediante palabras

expletivas como ¡Oh!, ¡Ah!, ¡Vale!, ¡Ay! y ¡Hala! únicamente) no

sería verdaderamente un lenguaje, al menos en el sentido en que empleamos ese término para referirnos a las lenguas humanas.

Significado connotativo

Podremos observar algunas características más del significado conceptual cuando lo comparemos con el SIGNIFICADO CONNOTATIVO, que es el valor comunicativo que tiene una expresión atendiendo sólo a lo que ella se refiere, es decir, dejando de lado su contenido puramente conceptual. Se puede decir que la noción de «referen- cia» coincide en un grado muy considerable con la de significado conceptual: si la palabra mujer se define conceptualmente median-

te tres rasgos (+ HUMANO, - MASCULINO, + ADULTO), esas tres pro-

piedades «humano», «adulto» y «no masculino» deben suministrar un criterio para el uso correcto de esa palabra; ahora bien, esos rasgos contrastantes, traducidos a términos del «mundo real», re- sultan atributos del referente (aquello a lo que se refiere la pala- bra). Pero hay una gran cantidad de propiedades adicionales que

sabemos que posee normalmente cualquier referente de mujer; aquéllas comprenden no sólo características físicas («bípedo», «tie- ne matriz»), sino también propiedades psicológicas y sociales («gre- gario», «posee instinto maternal»), e incluso pueden mentar carac- teres que son concomitantes típicos más bien que invariables del sexo femenino («hablador», «experto en la cocina», «lleva falda o vestido»). Además, el significado connotativo puede englobar las «propiedades supuestas» del referente, o sea, las que se deban al punto de vista que adopte un solo individuo, un grupo de ellos o una sociedad entera; así, antiguamente la mujer portaba algunos atributos que el macho dominante le había adjudicado graciosa- mente («débil», «propensa al llanto», «cobarde», «sentimental»,

«irreflexiva», «inconstante»,

unas cualidades más positivas tales como «dulce», «compasiva», «sensible», «laboriosa». Evidentemente, las connotaciones son sus- ceptibles de variar de una época a otra y de una sociedad a otra:

hace cien años, «no lleva pantalones» parecería una connotación totalmente definitiva de la palabra mujer y sus equivalentes en otras lenguas occidentales, del mismo modo que en muchas socie- dades orientales se asocia hoy la feminidad con atributos que son extraños para nuestra manera de pensar. Es igualmente evidente que las connotaciones pueden variar, hasta cierto punto, de un in- dividuo a otro, dentro de la misma comunidad lingüística: para un castellano-parlante misógino, mujer tendrá muchas asociaciones

);

y, de la misma manera, poseía

desfavorables que no se darán en el pensamiento de otros hablantes que opinen más favorablemente sobre el feminismo. Está claro que al hablar sobre la connotación, estoy, de hecho, hablando sobre la ,experiencia del «mundo real» que se asocia

con una expresión cuando se la emite o se la escucha; por lo tanto,

el límite entre e

l

significado conceptual y el connotativo coincide con

el límite, impreciso pero crucial, que existe entre el «lenguaje» y el «mundo real» (y del que ya se ha tratado en el capítulo 1). Para confirmar nuestra opinión de que la connotación es algo accidental de algún modo al lenguaje y no una parte esencial de él, p odemos reparar en que el _significado connotativo no es específico del len- guaje, sino que también lo poseen otros sistemas comunicativos como las artes plásticas y la música: todas las connotaciones que tiene la palabra niño pueden hacerse presentes por un dibujo que represente a un niño, o por la imitación de su llanto (aunque más eficazmente en el primer caso, debido a que el médium es directa- mente figurativo). La superposición de las connotaciones lingüís- ticas y visuales es particularmente perceptible en la publicidad, en la que, a menudo, las palabras son unos meros acompañantes de las imágenes, cuando se trata de otorgar una aureola de asociacio- nes positivas al producto en cuestión. Un segundo hecho que indica que el significado connotativo es secundario si se le compara con el significado conceptual es que las connotaciones son relativamente inestables: como hemos visto, varían considerablemente de s acuerdo con la cultura, el período históri co y la experiencia del individuo. Aunque sea demasiado ingenuo pretender que todos los hablantes de una misma comunidad lingüística hablen «la misma lengua» exactamente, sí se puede su- poner —porque es un principio sin el cual la comunicación a través de esa lengua no sería posible— que, en general, comparten el mismo sistema conceptual, del mismo modo que comparten, aproximada- mente, la misma sintaxis. De hecho, muchos semantistas sostienen en la actualidad que la . organización conceptual, básica es la misma para todas las lenguas y que, por lo tanto, es una propiedad uni- versal del pensamiento humano (ver pp. 47-49). En tercer lugar, el significado connotativo es algo indeterminado límites precisos, lo contrario precisamente de lo que, hasta cierto punto, sucede con el significado conceptual; aquél no tiene límites fijos del mismo modo que tampoco los tienen nuestros co- nocimientos y creencias acerca del universo: cualquier característi- ca del referente que se ha identificado subjetiva u objetivamente \ puede contribuir a ampliar el significado connotativo del enun- ciado que lo expresa; por el contrario, cualquier persona que inves-

tigue el significado conceptual considera un principio inamovible el que el significado de una palabra o de una oración puede ser co- dificado a base de una serie limitada de símbolos (v. gr. en forma de una serie finita de rasgos discretos del significado), y el que se puede especificar la representación semántica de una oración por medio de un número finito de reglas. Este postulado de la finitud y la delimitación del contenido conceptual no es arbitrario, sino que se le ha dado forma teniendo muy en cuenta las bases que los lin- güistas establecen generalmente cuando analizan otros aspectos de la estructura lingüística: sin tales bases difícilmente se puede in- tentar describir el lenguaje como un sistema totalmente coherente.

El significado estilístico y el afectivo

Vamos a considerar ahora dos aspectos de la comunicación que están relacionados con la situación en que tiene lugar una expresión. El SIGNIFICADO ESTILÍSTICO es lo que un elemento de la lengua expresa acerca de las circunstancias sociales de su empleo; así, podemos «descodificar» el significado estilístico de un texto sólo después de que hayamos reconocido la existencia de distintas dimensiones y ni- veles de uso dentro del mismo idioma: reconocemos que algunas palabras o pronunciaciones son dialectales, es decir, que nos mani- fiestan algo acerca del origen geográfico o social del hablante; asi- mismo, otros rasgos de la lengua nos informan sobre la relación social existente entre el hablante y el oyente, pues tenemos una escala de usos estatuidos (por ejemplo, en un extremo estaría el castellano formal y literario, y desde aquí se descendería hasta el otro extremo constituido por el castellano coloquial, familiar e in- cluso vulgar). En un reciente estudio sobre el estilo del inglés (Crystal y Davy,

Investigating English Style [Investigaciones sobre el estilo de la

lengua inglesa]) se ha visto que las dimensiones principales de la variación estilística son las siguientes (he añadido ejemplos de las categorías de uso que se pueden distinguir en cada dimensión):

A (rasgos de estilo relativamente permanentes)

INDIVIDUALIDAD (el lenguaje del Sr. X, de la Sra. Y, de la Srta. Z, etcétera) DIALECT° (el lenguaje de una región geográfica o de una clase social) TIEMPO (el lenguaje del siglo xviii, etc.)

B

DISCURS O

(a) N tEDio (habla, escritura, etc.) (b) PA RTICIPACIÓN (monólogo, diálogo, etc.)

c (rasgos de estpodamosrade significadositorios)

ESPECIALIDAD (el asíucontraponertífico, publicionceptuales.). RANGO lenguaje cortés, coloquial, vulgar, etc.) MODALIDAD (MEDIOje de los informes, de las conferencias, de los chistes, etc.) SINGULARIDAD (el estilo de Dickens, el de Hemingway, etc.) Aunque no es exhaustiva, esta relación señala algunos hechos

sobre la gama de diferenciación estilística que cabe dentro de un solo idioma. Por ello, puede que no resulte sorprendente el que sólo raramente encontremos palabras que tengan el mismo significado conceptual y el mismo significado estilístico; esta observación ha llevado a la gente a afirmar a menudo que «los auténticos sinóni - mos no existen»: si entendemos la sinonimia como una equivalencia completa de efecto comunicativo, verdaderamente se hace muy di- fícil hallar un ejemplo que refute esa afirmación; pero es mucho más ventajoso restringir el término «sinonimia» a la equivalencia

e tual

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,. de_sjgnifiéádo conceptual, 1? ,Para que, así damos mós - contraponer los

sinónimos concptuales con respecto de sus diversos matices esti-

concptuales con respecto de sus diversos matices esti- La dimensión estilística del «rango» es especialmente

La dimensión estilística del «rango» es especialmente importante a la hora de diferenciar expresiones sinónimas. Ofrezco un ejemplo en el que la diferencia de rango se mantiene a lo largo de toda una oración, y se refleja tanto en la sintaxis como en el vocabulario:

(1) Soltaron una pedrada a los polis y luego se piraron con la pasta. (2) Después de lanzar una piedra a la policía, huyeron con el di - nero.

a oración (1) podría ser emitida por dos maleantes que charlan

lespreocupadamente del robo un poco después; la oración (2) pue- le ser empleada por el inspector jefe al hacer su informe oficial; pero ambas podrían describir el mismo suceso, y su base común de significado conceptual se hace evidente por la dificultad que para cualquiera entrañaría afirmar la verdad de una de esas oraciones negar, al mismo tiempo, la de la otra (ver p. 113). Si ampliamos un poco más la idea de situación lingüística, ver e mos que el lenguaje puede reflejar también las opiniones y las creencias personales del hablante, incluyendo su actitud para con

oyente o su postura ante algo de lo que esta hablando. El SIGNIFIC ADO AFECTIVO, como se puede llamar a este tipo de significado, ;e transmite a menudo explícitamente a través del contenido conceptual o connotativo de las palabras empleadas. Alguien que sea interpelado de la siguiente forma: «Es usted un tirano perverso y an réprobo infame, y le odio por ello», tiene muy pocas dudas >obre lo que el hablante opina de él; pero existen otras maneras henos directas que ésa de revelar nuestro parecer:

por ejemplo, graduando nuestras observaciones de acuerdo con las normas de cortesía. Así, para conseguir que un grupo de gente se calle podríamos pronunciar cualquiera de estas dos oraciones:

;3) Siento muchísimo interrumpirles, pero me pregunto si ustedes serían tan amables de bajar sus voces un poquito.

'4) Cállense de una vez.

Factores como la entonación y el timbre de voz —lo que denomin aremos normalmente «tono de voz»— son importantes también en estos casos: la impresión de cortesía que produce (3) puede resultar exactamente la contraria si se emplea un tono de sarcasmo mordaz; igualmente, la oración (4) se puede trocar en una simple broma entre amigos íntimos si se la pronuncia con la entonación de una amable petición. El significado afectivo es, en gran medida, una categoría para- sitaria, en él" sentido de que para expresar nuestras emociones te- nemos que contar con la ayuda de otras categorías del significado ( conceptual, connotativo o estilístico); así, aparece una expresión emocional merced al estilo cuando, por ejemplo, adoptamos un tono incorrecto para expresar disgusto (como en la oración (4) prece- dente), o también cuando adoptamos un tono despreocupado para expresar cordialidad. Por otra parte, hay elementos del lenguaje

(sobre todo interjecciones, como ¡ajá! y ¡hurra!) cuya principal función es la de manifestar emoción: cuando las utilizamos comu- nicamos sentimientos y opiniones sin ayuda de ninguna otra clase de función semántica.

El significado reflejo y el conlocativo

Aunque menos importantes, hay otros dos tipos de significado que suponen una interconexión en el nivel léxico del lenguaje. En primer lugar, el SIGNIFICADO REFLEJO es aquel que se da en los casos de significado conceptual múltiple, es decir, cuando un sen- tido de una palabra forma parte de nuestra respuesta a otro sentido. Cuando oigo en un oficio religioso las expresiones sinónimas The Comforter [El Consolador o Confortador] y The Holy Ghost [El Espíritu Santo], que se refieren ambas a la Tercera Persona de la Trinidad, veo que mis reacciones ante esos términos están condi- cionadas por los significados profanos cotidianos de comfort [ bienestar, confort] y ghost [fantasma, espíritu]: The Comforter sugiere algo cálido y confortable (aunque en el contexto religioso significa «el que da fuerza o ánimo»), mientras que The Holy Ghost sugiere algo aterrador. Un sentido de una palabra parece, pues, «raspar» a otro sentido en la forma descrita sólo cuando tiene un poder sugeridor domi- nante debido o bien . a su relativa frecuencia y familiaridad (como en el caso de El Espíritu Santo) o bien a la intensidad de sus aso- ciaciones; sólo en poesía, que impone al lenguaje una sensibilidad elevada en todos los aspectos, podemos hallar funcionando al sig- nificado reflejo en unas circunstancias no tan abiertamente favo- rables:

Are limbs, so dear-achieved, are sides, Full-nerved -still warm- too hard to stir?*

En estos versos de Futility (Inutilidad], un poema sobre un solda- do muerto, Wifred Owen emplea abiertamente la palabra dear [que- rido, caro] en el sentido de «costosa(mente)», pero también alude —así se aprecia en el contexto global del poema— al sentido de «querido».

Traducción aproximada: «¿Son los miembros, tan costosamente realizados, son los costados, / rebosantes de vida —calientes todavía— demasiado difíciles de mover?». Es imposible trasladar al castellano los matices derivados de la palabra inglesa dear [N. del T.].

Los casos en que el significado reflejo se introduce por la pura fuerza de la sugerencia emotiva pueden ejemplificarse de una ma- nera sorprendentemente clara por las palabras que tienen un signi- ficado tabú; debido a su popularización con los sentidos relacio- nados con la fisiología del sexo, resulta extremadamente difícil em-

plear términos como cópula, eyaculación, y erección en sus senti-

dos «inocentes» sin evocar sus asociaciones sexuales. Este proceso de contaminación por el tabú puede explicar la extinción, en tiem- pos pasados, del sentido de una palabra sin matices prohibitivos:

Bloomfield ha explicado la sustitución de cock [gallo, macho de ave], en el sentido de ave de corral, por rooster [gallo] debido a la influencia del uso tabú de la primera, y creo que nos podemos preguntar si cópula no está corriendo una suerte parecida en la actualidad.

El SIGNIFICADO CONLOCATIVO consiste en las asociaciones que una palabra adquiere al tener en cuenta los significados de las palabras que suelen aparecer en su entorno; pretty [guapo, bonito, mo-

no,

] y handsome [bello, hermoso] tienen en común el significa-

do de 'good-looking' [«bien parecido»], pero se pueden diferenciar

por la clase de nombres junto a los que pueden coaparecer o —pa- ra usar el término de los lingüistas— «conlocarse»:

ra usar el término de los lingüistas— «conlocarse»: Naturalmente, puede haber coincidencla en tas ciases de

Naturalmente, puede haber coincidencla en tas ciases de nombres . handsome woman y pretty woman son dos expresiones aceptables,

aunque sugieren un tipo distinto de atractivo, debido precisamente a las asociaciones conlocativas de los dos adjetivos. Otros ejemplos pueden ser los verbos cuasi sinónimos tales como

vagar y deambular (las vacas pueden vagar pero no deambular), o también, temblar y estremecerse (temblamos de miedo, pero nos

estremecemos de emoción). No es preciso que todas las diferencias de coaparición potencial se expliquen a base del significado conlocativo: algunas se pueden deber a diferencias estilísticas, y otras a diferencias conceptuales: precisamente, lo que hace que algunas combinaciones, como «cabalgaba en su arre-arre» o «iba subido en su corcel», sean improbables es que se combinan estilos distintos; por otra parte, la aceptabilidad de «El burro comía heno» confrontada con la de «El burro comía silencio» es un problema de compatibilidad en el nivel de la semántica conceptual (sobre las «restricciones selectivas» véanse las pp. 162-168). Sólo necesitamos invocar la categoría especial del significado conlocativo cuando la explicación no se realiza a base de otras categorías del significado:

en estos niveles se pueden establecer generalizaciones, mientras que el significado conlocativo es simplemente una propiedad idiosincrásica de determinadas palabras.

El significado asociativo: un término sumario

Significado reflejo y significado conlocativo, significado afectivo y significado estilístico: todos ellos tienen más en común con el significado connotativo que con el conceptual; todos tienen el mis- mo carácter indeterminado y poco preciso en la fijación de sus límites, y además, se prestan mejor al análisis hecho a base de es- calas o grados que al que se basa en la elección de una opción que, por fuerza, excluya a las demás; todos ellos, por fin, se pueden agrupar bajo el rótulo de SIGNIFICADO ASOCIATIVO y para explicar la comunicación a esos niveles necesitamos valernos de algo tan poco complicado como es una teoría «asociatoria» elemental de las co- nexiones mentales basadas en la contigüidad de las percepciones empíricas. Los contraponemos conjuntamente al significado con- ceptual porque éste parece requerir la postulación de unas intrin- cadas estructuras mentales que sean específicas del lenguaje y de la especie humana. El significado asociativo contiene tantos factores imponderables que sólo se lo puede estudiar sistemáticamente mediante técnicas estadísticas aproximativas. En efecto, Osgood, Suci y Tannen- baum han propuesto un método para un análisis parcial del sig

nificado asociativo, que podemos encontrar en el libro que pu- blicaron en 1957 y que titularon ambiciosamente The Measure-

ment of Meaning [La medición del significado]. Osgood y sus

colegas inventaron una técnica (basada en un dispositivo de me- dición estadística, el Diferencial Semántico) para organizar el sig- nificado a base de un espacio semántico multidimensional, utili- zando como datos los juicios de los hablantes, que se registraban de acuerdo con unas escalas divididas en siete grados cada una; estas escalas estaban rotuladas mediante pares de adjetivos contra-

puestos tales como alegre-triste, duro-blando, lento-rápido, de tal

manera que una persona podía, por ejemplo, registrar en una ficha sus impresiones sobre la palabra gaita de la siguiente manera:

impresiones sobre la palabra gaita de la siguiente manera: Valiéndose de la estadística, los investigadores

Valiéndose de la estadística, los investigadores descubrieron que lo realmente esencial parece residir en las tres dimensiones prin- cipales, a saber: la evaluación (bueno-malo), la potencia (duro- blando) y la actividad (activo-pasivo); es claro que este método, según este brevísimo esquema, no puede proporcionar más que una explicación parcial y aproximada del significado asociativo:

parcial porque entraña una selección de entre las infinitas escalas posibles, las cuales, en cualqujer caso, podrían explicar el signi- ficado asociativo sólo en la medida en que éste es explicable a base de aquéllas; y aproximada debido al muestreo estadístico, y porque una escala dividida en siete grados constituye la división de un continuo en siete segmentos dentro de los cuales no se hace diferenciación alguna (un proceso parecido a éste, por su tosquedad, es el de la división del espectro en siete colores primarios). Sin embargo, lo expuesto anteriormente no quiere decir que se denigre la técnica del Diferencial Semántico en cuanto sistema para cuanti- ficar el significado asociativo: la enseñanza que hay que recoger es que, de hecho, el significado asociativo sólo se puede estudiar sistemáticamente con unos instrumentos tan relativamente poco finos como los descritos: no se presta a análisis precisos que su- pongan la elección rotunda de una alternativa y unas estructuras de elementos segmentables de una forma única. Otra observación importante que cabe hacer acerca del Dife- rencial Semántico es que se ha visto que es útil en algunos campos

de la Psicología tales como los estudios de la personalidad, la «medición de la actitud» y la psicoterapia, es decir, donde lo que se somete a examen son las diferencias existentes entre las reac- ciones de los individuos, y no el conjunto de reacciones que les son comunes; esto corrobora lo que decía anteriormente refirién- dome al significado connotativo: mientras que el significado con- ceptual es una parte substancial del «sistema común» del lenguaje que comparten los miembros de una comunidad lingüística, el significado asociativo es menos estable y varía de acuerdo con la experiencia de los diversos individuos.

El significado temático

La última categoría del significado que voy a distinguir es el SIGNIFICADO TEMÁTICO, o sea, lo que se comunica gracias a la forma en que el que habla o escribe organiza el mensaje atendiendo a la ordenación, al foco y al énfasis. Por ejemplo, a menudo se aprecia que una oración activa como (1) posee un significado distinto de su pasiva correspondiente (2), aunque el contenido conceptual parezca ser el mismo:

(2), aunque el contenido conceptual parezca ser el mismo: (1) La Sra. Bessie Smith concedió el

(1) La Sra. Bessie Smith concedió el primer premio (2) El primer premio fue concedido por la Sra. Bessie Smith

Ciertamente, estas dos oraciones tienen valores comunicativos dis- tintos ya que sugieren contextos distintos: la oración activa res- ponde a una pregunta implícita como «¿Qué ha concedido la Sra. Bessie Smith?», mientras que la oración pasiva responde a algo como «¿Por quién se ha concedido el primer premio?», o dicho de forma más simple «¿Quién ha concedido el primer pre- mio?». O sea, (1) sugiere, contrariamente a (2), que ya sabemos quién es —quizá por una mención previa— la Sra. Bessie Smith; no obstante, se pueden aplicar las mismas condiciones de vera- cidad a cada una: sería imposible dar con una situación que (1) describiese a la perfección y (2) no lo hiciese, o viceversa. El significado temático es ante todo una cuestión de escoger entre construcciones gramaticales alternativas; así:

entre construcciones gramaticales alternativas; así: Pero el tipo de contraposición en la ordenación y en el
entre construcciones gramaticales alternativas; así: Pero el tipo de contraposición en la ordenación y en el

Pero el tipo de contraposición en la ordenación y en el énfasis representado por (1) y (2) puede lograrse también por medios léxicos: por ejemplo, reemplazando poseer por pertenecer (a):

por ejemplo, reemplazando poseer por pertenecer (a): En otros casos, lo que destaca la información en

En otros casos, lo que destaca la información en una parte de la oración es el acento de intensidad [stress] y la entonación, en vez de la construcción gramatical; así, si a la palabra eléctrica se le da en (12) acento de intensidad contrastante:

se le da en (12) acento de intensidad contrastante: el efecto que se logra es que

el efecto que se logra es que la palabra que contiene la informa- ción nueva resalte sobre un fondo constituido por lo que se da por ya sabido (exactamente, que Guillermo usa maquinilla). Esta clase de énfasis se podría haber conseguido igualmente en castellano por una construcción sintáctica distinta, como (13). Todas las oraciones anteriores agrupadas bajo una misma llave tienen, evi- dentemente, en un sentido, «el mismo significado»; pero, a pesar de ello, es preciso reconocer que sus efectos comunicativos pueden ser algo distintos, ya que cada una no será igual de apropiada en el mismo contexto.

El significado proyectado y el significado interpretado

Ya he tratado los siete tipos de significado que había prome- tido al comienzo del capítulo, pero no quiero que se tenga la im- presión de que esto es un catálogo exhaustivo que puede dar cuenta de todas las cosas que pueda comunicar un elemento del idioma:

sólo son, en mi entender, las categorías más importantes; pero se podría haber añadido, por ejemplo, otra categoría que corres- pondiese a la información fisiológica que se transmite en un acto de habla o de escritura: la información acerca del sexo del hablan- te, de su edad, del estado de sus senos frontales, etc.

Cabe preguntarse por qué he eludido hacer una diferenciación entre el significado PROYECTADO, es decir, el que está en la mente del hablante cuando está construyendo su mensaje y el significado INTERPRETADO, o sea, el que se transmite a la mente del oyente cuando éste recibe el mensaje. Hasta aquí he equiparado el signi- ficado en su sentido más amplio con el «efecto comunicativo», y «comunicación» significa normalmente transferencia de infor- mación desde un origen (A) a un destino (s); además, cabría decir que sólo podemos afirmar que la comunicación ha tenido lugar cuando sabemos realmente que lo que había en la mente de (A) ha sido transferido a —o registrado en— la mente de (B). Todo esto es cierto; sin embargo, un lingüista puede sentirse con derecho a ignorar la diferencia existente entre la intención de un mensaje y el efecto del mismo, debido a que su campo de interés es más el estudio del sistema de comunicación en sí mismo que el buen o el mal uso que se haga de él; es decir, el lingüista se aplica al estudio del aspecto semántico del lenguaje que, se supone, es común a (A) y a (B), y eso incluye, entre otras cosas, el estudio de las ambigüedades y de otros aspectos del lenguaje (p. ej., la variabilidad del significado asociativo) que son

los que causan el deterioro - en la comunicación. Pero la cuestión

f más importante es que, para la lingüística, el significado es neutral entre el «significado del hablante» y el «significado del oyente»; y ello es enteramente justificable si se atiende al hecho de que sólo conociendo las posibilidades neutrales del medio mismo de comunicación podremos averiguar las diferencias existentes entre lo que una persona pretende transmitir y lo que realmente transmite.

Problemas de demarcación

Una última observación sobre los siete tipos de significado. Siempre hay problemas de «demarcación», y más concretamente, problemas relativos a la separación del significado conceptual de las otras categorías más periféricas; como ya se ha señalado, la dificultad que se presenta al delimitar el significado conceptual del connotativo, se presenta también en otras zonas fronterizas, por ejemplo, la que existe entre el significado conceptual y el esti- lístico:

(1) Se ha echado la llave en el bolsillo

(2) Se ha metido la llave en el bolsillo Podemos afirmar que (1) y (2) son sinónimas conceptualmente, y que la diferencia entre ambas reside en el estilo (la oración (2) no

expresa nada especial, mientras que la (1) manifiesta un habla coloquial y descuidada). Por otra parte podemos afirmar también que el cambio de estilo está ligado a una distinción conceptual:

echar, en un contexto como el de (1), tiene una denotación más precisa que en el de (2), y se podría definir aproximadamente como «poner descuidada y rápidamente». La ligera anomalía de las oraciones siguientes apoya la segunda explicación:

?* Se ha echado lentamente la llave en el bolsillo ?* Se ha echado cuidadosamente la llave en el bolsillo

(El asterisco situado delante de una oración indica, de acuerdo con una convención lingüística, su inaceptabilidad.) De hecho, la solución que muy a menudo se da al problema de la delimitación es concluir que los cuasi sinónimos difieren en, al menos, dos planos del significado. Podemos considerar, también a modo de ejemplo, un caso que se encuentra en la línea divisoria entre el significado concep- tual y el conlocativo, concretamente el de los verbos smile [sonreír levemente (con los labios sólo)] y grin [sonreír abiertamente (mos- trando los dientes)]. ¿Tienen estas palabras significados concep- tuales distintos, o lo que las distingue es, precisamente, la clase de expresiones con las que se combinan normalmente? De hecho, casi nadie dudaría sobre cuál de los dos verbos debe insertarse en:

The duchess ed graciously as she shook hands with her guests La duquesa (sonreía) cortésmente mientras estrechaba la mano a sus invitados.

Gargoyles

ed hideously from the walls of the building

Las gárgolas (sonreían) horriblemente desde las paredes del edificio La cuestión, sin embargo, es saber si tales diferencias conlo- cativas provienen de unos contenidos conceptuales y connotativos distintos: por ejemplo, si grin se puede definir como una expre- sión facial más clara, más abierta y más hostil en potencia que la de smile, y que por esa razón sea más probable encontrarla en el rostro de una gárgola que en el de una duquesa. Este es un caso especialmente complejo pues en él están claramente involucradas las diferencias entre el significado estilístico y el afectivo; de hecho, y como se ha visto, el significado afectivo es una categoría que recubre en gran manera al estilo, a la connotación y al contenido conceptual.

Resumen Ya que este capítulo ha introducido toda una serie de términos para nombrar otros tantos tipos de significado, es justo que acabe con un cuadro sinóptico y un par de sugerencias para simplificar la terminología:

Los siete tipos de significado

1.

SIGNIFICADO CONCEPTUAL

 

Contenido lógico,

o sentido

cognoscitivo

o

de-

 

notativo.

 

2. SIGNIFICADO

Lo que se comunica

CONNOTATIVO

en virtud de aquello

a lo que se refiere lenguaje.

el

   

3. SIGNIFICADO

Lo que se comunica sobre las circunstan- cias sociales del uso del lenguaje.

ESTILISTICO

4. SIGNIFICADO

y

Lo que se comunica sobre los sentimientos actitudes del que habla o escribe.

SIGNIFICADO

AFECTIVO

ASOCIATIVO

 
 

5. SIGNIFICADO

 

REFLEJO

Lo que se comunica merced a la asociación con otro sentido de la misma expresión.

 

6. SIGNIFICADO

Lo que se comunica merced a la asociación con las palabras que suelen aparecer en el entorno de otra pa- bra.

CONLOCATIVO

7 .

SIGNIFICADO

TEMÁTICO

Lo que se comunica por la forma en que el mensaje eAFECTIVOnizado respecto del orden y

1 He empleado en este cuadro SENTIDO como una forma abre- viada de «significado conceptual» —o «significado», en el sen- tido más estricto— y de ahora en adelante voy a utilizarlo con toda libertad por su mayor claridad y comodidad. A su vez, para el término «significado» en su sentido más amplio, que abar- ca los siete tipos enumerados, es útil contar con la alternativa

terminológica VALOR COMUNICATIVO.

Capítulo 3

«CONCEPTOS CON ARMAZON»

En el capítulo anterior he recalcado el papel que desempeña el lenguaje como un instrumento de comunicación; pero es mucho más que esto: es el medio por el que interpretamos nuestro en- torno, por el que clasificamos o «conceptualizamos» nuestras experiencias, y por el que podemos estructurar la realidad con el fin de utilizar lo que ya hemos observado para el aprendizaje y el conocimiento presente y futuro. Así, por ejemplo, no se ha apre- ciado debidamente hasta qué punto el progreso del conocimiento humano gracias a la ciencia 'es, en realidad, una actividad lingüís- tica. En este capítulo consideraré el lenguaje, en su aspecto semán- tico, como un sistema conceptual, entendiendo éste no como algo cerrado y rígido que tiranice los procesos intelectuales de sus usua ¬rios, sino como un sistema conceptual sin límites fijos, o dicho con otras palabras, como un sistema conceptual que «rezuma», en el sentido de que nos permite trascender sus limitaciones me- diante diversos tipos de creatividad semántica.

El lenguaje como un sistema conceptual

El primer problema que se plantea es determinar si el lenguaje es un sistema conceptual único,. o si hay tantos sistemas concep- tuales como lenguas humanas. Aunque muchas corrientes intelec- tuales actuales se han inclinado a formular la hipótesis de una ar

mazón conceptual universal, y común por ello a todas las lenguas, la mera observación muestra que éstas se diferencian entre sí por cómo clasifican la experiencia. Un ejemplo clásico de esto es la semántica de palabras que designan los colores; los seres humanos, igual que muchas otras criaturas, poseemos un órgano visual para distinguir los diversos colores a base de gradaciones de tono, lu- minosidad y saturación; pero además poseemos también —al con- trario que los animales— el mecanismo que nos capacita para ca- tegorizar esos colores verbalmente, es decir, para colocar un tono determinado en la «casilla» adecuada y no en otra. Por ejemplo,

el inglés (según Berlin y Kay, Basic Color Terms [Los términos

de color básicos], 1969) tiene una escala de once términos de color primarios («negro», «blanco», «rojo», «verde», «amarillo», «azul», «castaño», «violeta», «rosa», «naranja» y «gris») mientras que la lengua filipina de Hanunóo (según Conklin, «Hanunóo Color Ca- tegories» [Las categorías de color del Hanunóo], 1955) tiene sola- mente cuatro:

(ma)biru = negro, matices oscuros de otros colores ( ma)lagti ? = blanco, matices claros de otros colores ( ma)rara' =marrón, rojo, naranja (ma)latuy = verde claro, amarillo y castaño claro.

La diferencia existente entre las dos terminologías cromáticas puede esquematizarse gráficamente como sigue:

Inglés

blanco

rojo negro
rojo
negro

Hanunóo

(ma)lagti ?

Hanunóo (ma)lagti ? (ma)biru (En estos diagramas —que son reproducciones de los que apa- recen en

(ma)biru

(En estos diagramas —que son reproducciones de los que apa- recen en cl libro de Berlin y Kay 1969 (pp. 22 y 29)— la realidad cromática tridimensional se proyecta sobre un rectángulo bidi- mensional mediante la omisión de los grados de saturación; así mismo, no se ha representado el color neutral gris). Podrían citarse innumerables ejemplos de esta clase de «rela- tividad lingüística», incluso entre idiomas como el francés, el ale- mán y el inglés que están asociados con unas culturas estrecha- mente relacionadas; donde el inglés reconoce una categoría sola- mente (`river' [«río»]), el francés establece una diferenciación entre un río que desemboque en el mar (`fleuve [«río»]) y otro que sea un afluente (`rivière' [«río»]); representado en un sencillo esquema:

[«río»]); representado en un sencillo esquema: Por otro lado, el inglés también se distingue abiertamente

Por otro lado, el inglés también se distingue abiertamente del alemán en algunos aspectos; por ejemplo, aquél tiene dos cate-

gorías, 'chair' [silla] y 'stool' [taburete], para nombrar lo que en alemán se designa con una sólo, `Stuhl'. Y esto es así porque el inglés concede una extraordinaria importancia al hecho de que el mueble para sentarse posea respaldo o no; sin embargo, no hay, en principio, ninguna razón clara por la que se deba dar tanta importancia a este hecho en vez de a otro cualquiera, por ejem- plo que el mueble tenga tres o cuatro patas, que esté hecho de madera, que tenga brazos, etc. Esto nos lleva al problema de la «arbitrariedad» parcial de las categorías que nos proporciona el lenguaje. Entiendo por «arbitra- riedad», en primer lugar, el que los límites conceptuales varían frecuentemente de un idioma a otro de tal manera que se resisten a una explicación escrupulosa; un segundo tipo de arbitrariedad del lenguaje que, en realidad, ya presupone el primer tipo, es la que atañe a la realidad vivida: las diversas lenguas tienden a «imponer una estructura al mundo real», considerando cruciales algunas diferencias e ignorando otras. A veces, también, la forma en que el lenguaje clasifica las cosas depende del criterio humano de una manera patente; por ejemplo, junto a las categorías más motivadas biológicamente como perro, árbol, vegetal etc., el inglés posee los términos pest («animal nocivo») y weed («planta nociva»); pues bien, una misma planta — un ranúnculo, por ejemplo— se puede clasificar como «weed» o como «flower» [flor] según se halle dentro o fuera del jardín. Es instructivo apreciar cómo tal clasificación puede influir en —o, al menos, propiciar— la reacción de una persona ante el objeto:

aunque un campesino, mientras pasea al atardecer, se deleite viendo un campo de ranúnculos, cuando vuelva a casa los verá como plantas peligrosas y repugnantes que tiene que eliminar a toda costa de su jardín. Sin embargo, nos equivocaríamos si considerásemos tales diferenciaciones de valor como algo puramente arbitrario: en estos casos, la motivación se suple más por normas culturales que por la realidad externa.

Los puntos de vista «relativista» y «universalista»

Con el fin de aclarar las cosas se ha echado mano con cierta frecuencia de una imagen según la cual cada lengua impone su propio «enrejado» sobre nuestra experiencia, o —trocando la metáfora— que proporciona un conjunto de «casillas» mediante las cuales ordenamos nuestro universo. Esta observación ha lle-

vado a los investigadores, en el pasado, a suponer que el idioma que una persona habla afecta profundamente a sus procesos inte- lectuales y a su forma de interpretar el mundo; y por supuesto, las distinciones serán mucho más marcadas, por ejemplo, entre la visión del mundo de un hablante nativo del castellano y la del de un hablante de una lengua amerindia en la que se representan de una manera muy distinta no sólo las clasificaciones de los fenómenos naturales, sino las relaciones abstractas como las de tiempo y lugar; este enfoque relativista de la estructura cognoscitiva de las diversas lenguas ha recibido el nombre de «hipótesis de Sapir-Whorf», pues fueron estos dos lingüistas antropológicos estadounidenses los que la defendieron en las décadas de 1920 y 1930. Sin embargo, se pueden presentar varios argumentos en contra de la postura de Sapir y Whorf; en primer lugar, si hemos aceptado una versión extrema del punto de vista de que cada lengua nos somete a su peculiar camisa de fuerza mental, no sabremos explicar cómo, en la práctica, se puede traducir de un idioma a otro. Por otra parte, una sola lengua presenta con frecuencia varias conceptualizaciones alternativas de un mismo fenómeno: en castellano, por ejemplo, podemos categorizar por la edad a los seres humanos en «niños», «adolescentes» y «adultos», o también en «mayores de edad» y «menores de edad». Además, si establecemos una diferenciación entre significado y referencia (p. 29), podemos afirmar que aun cuando no haya ningún concepto en nuestra propia lengua que co- rresponda a uno de otra lengua, se puede, con todo, dar una des- cripción —incluso una descripción muy minuciosa si hace falta— de su referente. Actualmente goza de más crédito el enfoque según el cual el lenguaje es básicamente una capacidad innata o transmitida gené- ticamente que todo ser humano tiene desde su nacimiento hasta su completo desarrollo; esto implica, pues, un rechazo de la hipó- tesis de Sapir-Whorf —al menos, en sus formas más extremas—, y la adopción de la postura de que las lenguas comparten la misma armazón conceptual básica: se puede suponer, por ejemplo, que hay una serie universal de categorías semánticas (animado/in- animado, humano/no humano, concreto/abstracto, etc.) de las que cada lengua extrae su propia subserie de categorías, y según esto, los diversos idiomas sólo se diferenciarán por la elección de esa subserie y por las combinaciones válidas que son la expre- sión de esas categorías. Uno de los ejemplos más llamativos ba- sado en la tendencia «universalista» lo constituye el reciente y su- gestivo intento por parte de B. Berlin y P. Kay (en Basic Color Terms, 1969) de mostrar que la terminología de los colores pri

marios —una parcela del significado que tan bien parece acoplarse a las ideas de Sapir y Whorf— se puede explanar a base de once categorías de color universales, que se pueden dar o no en cualquier idioma. En cualquier caso, en el capítulo 11 se estudiará más a fondo la propuesta de Berlin y Kay, y de una forma más general, el debate universalista-relativista.

La adquisición de las categorías conceptuales por el niño

¿Cómo adquirimos las categorías conceptuales en la infancia? Respecto a esto hay también puntos de vista totalmente divergen- tes, que van desde el «empirismo» recalcitrante de quienes afirman que el sistema cognoscitivo se adquiere completamente a través de la experiencia que el individuo tiene de su entorno (y que, por su- puesto, incluye los condicionamientos culturales), hasta el raciona- lismo extremoso de aquéllos que pretenden que la armazón cog- noscitiva no ha de ser adquirida puesto que ya forma parte de unos mecanismos mentales heredados que son específicos de la I especie humana. Esta polaridad de enfoques es, evidentemente, la misma controversia universalista-relativista presentada de una for- ma un poco distinta: la postura de Sapir y Whorf sobre la diver- sidad del lenguaje está ligada al enfoque empirista de la adquisi- ción del lenguaje, ya que la exposición del niño a entornos cul- turales distintos, en los que aprende lenguas distintas, puede ex- plicar cómo llega a adquirir conceptualizaciones distintas de la experiencia. Por el contrario, la creencia en los universales lin- güísticos conduce a postular una disposición innata en los seres humanos para desarrollar esos universales: de no ser así, ¿cómo podrían estar los mismos rasgos distribuidos entre todas las len- guas del mundo? Así como los lingüistas de la generación de Sapir y Whorf daban por sentada la corrección del enfoque empirista, la rueda ha dado una vuelta completa, y hoy goza de más crédito una ver- sión modernizada de la antigua doctrina filosófica de las «ideas innatas» (hecho debido, en gran parte, a la influencia de Chomsky a través de algunos de sus escritos como Cartesian Linguistics [

Lingüística cartesiana][1966] y Language and Mind [El lenguaje y

la mente] [1968]. Los dos argumentos que a primera vista resultan de las investigaciones lingüísticas actuales propician este punto de vista: dado que la lingüística sonda más profunda y escrupu- losamente los estratos de la estructura del lenguaje, resulta en

primer lugar más difícil explicar cómo un niño aprende tan pron- to a manejar las notables complejidades del lenguaje, especial- mente en el nivel semántico, si no tiene una «disposición inicial» representada por una capacidad específica de aprendizaje del len- guaje; en segundo lugar, así resulta más sencillo entender cómo en un análisis del lenguaje en varios niveles, unas estructuras fo- nológicas y sintácticas completamente distintas se corresponden con otras estructuras idénticas —o semejantes, al menos— en el nivel semántico. Por otra parte, es obvio que al menos parte de la adquisición de los conceptos se hace según la tesis empirista; para percatarse de ello sólo es menester observar la forma en que los niños pe- queños adquieren las categorías conceptuales de su idioma por un procedimiento de tanteo [trial-and-error].Se ha señalado desde hace tiempo que aprehender un concepto como «gato» entraña dos procesos complementarios: (1) la generalización, es decir, ex- tender el nombre que se ha aprendido a aplicar a algunos refe-

rentes (gato„ gato 2 , gato 3 , etc.) a todos los objetos que compartan

determinados atributos de esos referentes (gato,,

la diferenciación, o sea, restringir la referencia de una palabra a los objetos que compartan ciertas características, pero no otras

(p. ej., no aplicar la palabra gato a los perros, los tigres, etc.).

Estos dos procesos son inseparables en el aprendizaje de los límites

categoriales, pero un niño no puede captar ambos aspectos simul-

táneamente, sino que más bien tiende o a sobregeneralizar (p. ej., identificando «papá» con todos los hombres), o a subgeneralizar

(p. ej., identificando «hombre» con todos los hombres descono-

cidos que lleven sombrero). Estas son algunas de las generaliza- ciones equivocadas que establecía mi hija a los dos años de edad:

, gato s ); y (2)

PALABRA EMPLEADA

choo-choo (o sea, loco-

motora de juguete)

baba (o sea, oveja)

book [libro]

soo (o sea, shoe[zapato])

cup [copa]

Tom (su hermano)

on (o sea, orange [na-

ranja])

ALCANCE APARENTE DE LA REFERENCIA

juguetes con ruedas

animales en el campo (incluyendo las vacas) libros, prospectos y periódicos calzado en general, incluyendo botas y zapatillas recipientes para beber, incluyendo tazas, vasos y la escudilla del gato niños en general el amarillo y el naranja

En cierto modo, sus categorías eran menos arbitrarias que las instituidas en el lenguaje adulto; por ejemplo, es seguro que ne- cesitamos un minuto poco más o menos para exponer razonada- mente lo que diferencia exactamente a una «bota» de un «zapato»; las categorías «zapato»/«bota»/«zapatilla» de nuestro idioma son, por tanto, difíciles de justificar lógicamente, y en muchos aspectos es más sensato tener una sola palabra para todos los artículos de calzado. El hecho de que los métodos de tanteo sean un apartado cua- litativa y cuantitativamente relevante en el aprendizaje del lenguaje sugiere que la «capacidad lingüística innata» en este aspecto se asemeja más a una estrategia general por la que se puede llegar a j las categorías partiendo de la experiencia, que a una predisposi- ción para seleccionar una serie de categorías y desechar otra. Ahora i bien, dado que los enfoques «empirista» y «racionalista» tienen cada uno parte de verdad, parece aconsejable —en un problema tan especulativo como éste— adoptar una prudente y desapasio-

nada postura de compromiso. Una que yo encuentro atractiva,

se basa en la diferenciación entre dos tipos de categorías semán- ticas (ver capítulo 8, p. 182): los DESIGNADORES, que se refieren a objetos, cualidades, actividades, etc. del «mundo real» (por ejemplo «gato», «rojo», «correr»), y los FORMADORES O elementos lógicos, cuya función y definición es inherente al sistema del len- guaje (p. ej. los operadores lógicos tales como «negación», «todo», «algún»). Teniendo esto en cuenta podemos afirmar que sólo los componentes lógicos —o formadores— son intrínsecos a la capa- cidad lingüística —universal— del hombre, y que los designadores son, pues, universales sólo potencialmente, en el sentido de que los consideramos neutrales respecto de las diversas lenguas y acep- tamos su existencia como base común entre dos o más lenguas siempre que haya fundamentos para hacerlo. Algunas categorías designadoras importantes («animado»/«inanimado», «concreto»/ «abstracto», etc.) parece que son, efectivamente, comunes a un gran número de lenguas, y quizá universales. Sin embargo, no es siempre fácil trazar la línea divisoria entre formadores y designadores, pues conceptos tales como «causación» que cabría esperar que son universales, parece que atañen, en ocasiones, a dos idiomas tan sólo. Las traducciones aportan ele- mentos de juicio que apoyan la existencia de los conceptos com- partidos en el sentido expuesto: si podemos explicar cómo es po- sible traducir correctamente de un idioma a otro apelando a esa comunidad de conceptos, ya tenemos ahí una razón para postular su existencia.

Creatividad (1): La innovación léxica

Las argumentaciones en pro y en contra de los universales se- mánticos parecen suponer por lo general que un idioma constituye un sistema conceptual estático y cerrado, y que una vez se han adquirido las categorías fijas del lenguaje, nuestro bagaje semán- tico está ya completo. De ser cierto, esto daría opción a que con- siderásemos muy seriamente la siniestra idea de que nuestro idioma es una camisa de fuerza mental que determina totalmente nuestros procesos intelectuales y nuestras opiniones y creencias acerca del universo. Pero afortunadamente para la especie humana, el lenguaje sólo es una camisa de fuerza si permitimos que llegue a serlo: el sistema semántico, como cualquier otro sistema relacionado con la sociedad humana, se amplía y se modifica continuamente. En un idioma como el nuestro, se introducen numerosos conceptos nue- vos día a dia y semana a semana, y en muy poco tiempo (debido a los medios actuales de comunicación) resultan familiares a la mayoría de la gente; no hay que esperar mucho para que esos conceptos nuevos pierdan su matiz novedoso, antes al contrario, se asimilan plenamente al idioma y se convierten, así, en parte integrante de nuestro bagaje intelectual estándar. La técnica me- diante la cual se introducen nuevos conceptos es la innovación léxica, que puede tomar bien la forma de NEOLOGISMO (la invención de nuevas palabras, o más exactamente, de piezas léxicas —ver capítulo 9, p. 201), bien la de TRANSFERENCIA DE SIGNIFICADO (la derivación de sentidos nuevos de palabras ya consolidadas). Me limitaré ahora al estudio del neologismo, posponiendo el de la transferencia de significado hasta el capítulo 10. Como ejemplo de neologismo y del efecto que produce de am- pliar el sistema conceptual, voy a considerar el caso harto impro- bable de la palabra defenestración, que significa «acción y efecto de tirar por la ventana», y que sólo aparece, según creo, en la frase «la defenestración de Praga», que mienta un suceso acaecido en los comienzos de la Guerra de los Treinta Años, cuando una asamblea de protestantes bohemios mostró su oposición al empera- dor tirando a sus regentes desde una ventana al foso del castillo. Dejando a un lado cómo y cuándo se inventó la palabra (su pri- mera mención en el Oxford English Dictionary data de 1620), hay que suponer que sus promotores han sido durante muchas gene- raciones los historiadores pedantes y de mentalidad estrecha que han pensado que «la Defenestración de Praga» podría resultar un rótulo vistoso y rimbombante en un cuadro de fechas y hechos,

o en una lista de las causas de la Guerra de los Treinta Años. El hecho de que esa palabra haya alcanzado algún uso (aunque su utilidad sea mínima) significa que nuestra lengua ha acogido un nuevo concepto de «tirar-por-la-ventana», que puede ser manejado en un idioma como si, por ejemplo, se tratase del nombre de una planta no descubierta hasta ahora. Por ser un nombre abstracto, puede en principio emplearse con diversas funciones, como mues- tran las siguientes palabras nuevas, que son ficticias aunque no impensables:

los

sumaria

alborotadores fueron amenazados con la defenestración

el

el

su

elevado índice de casos inmotivados de defenestración

.

inquieta a las autoridades de los ferrocarriles británicos

movimiento antidefenestración ha celebrado un mitin pú-

blico conducta ha resultado verdaderamente defenestratoria

De esta manera, una palabra nueva no sólo nos proporciona un uso conceptual principal, sino también una plataforma desde la que se pueden construir otras palabras (como antidefenestra-

torio).

Puede parecer que he establecido una asociación injustificada entre el crear palabras nuevas y el crear conceptos nuevos; y que el efecto del neologismo sea un mero condensar en una sola pa- labra el significado que, de otra manera, se habría expresado por una frase o una oración completas. Sin embargo, mi argumento es que la palabra, al mismo tiempo que tiene una función abre- viadora, desempeña como elemento sintáctico el papel de defini- dora de conceptos; los ejemplos siguientes ayudarán a verlo: los nombres de agente tales como driver [conductor], copywriter [es- critor de material publicitario], bed-maker [fabricante de camas], tienen en las primeras etapas de su adopción una equivalencia transparente con cláusulas de relativo; así, por ejemplo, driver se puede definir como «persona que conduce», bed-maker como «alguien que fabrica camas», etc.; pero sería falso afirmar que la palabra aislada y la construcción sintáctica tienen el mismo significado exactamente, ya que la palabra transmite un mensaje adicional, a saber: postula la existencia de una categoría: la palabra bed-maker afirma que existe una categoría especial e instituida de personas cuya función o tarea habitual es la de fabricar camas. Nótese la diferencia que hay, por ejemplo, entre preguntar Is she a bed-maker? [¿Es (ella) fabricante de camas?] y preguntar Does she make beds? [,Hace (ella) camas?]. Si se le hiciera a alguien

esta última pregunta podría muy bien responder: 'Well, she does make beds, but she's not a bed-maker' [«Bueno, ella hace camas, pero no es una fabricante de camas»]. Igualmente, si se acuñase según esta pauta una palabra nueva inverosímil —desmenuzador de diamantes, pongamos por caso—, tendría un valor innovador

mucho mayor que la frase una máquina que desmenuza los dia-

mantes, porque aquélla indicaría que en alguna parte o alguna vez alguien la habría encontrado necesaria para instituir una clase de objetos con esta inaudita función. Este carácter instituciona- lizador del neologismo se observa también en otros tipos de pa- labras tales como los nombres abstractos y los adjetivos. Tenemos

las formas Powellismo, McCarthysmo y Gaullismo, pero no *Heath- ismo, *Nixonismo o *Kosyginismo (el asterisco es la forma de

marcar las expresiones inexistentes o incorrectas); pero si estas últimas palabras se hubiesen introducido en el uso, nos habrían obligado a buscar algún -ismo especial —una filosofía o una forma de vida— que asociar con esas figuras políticas. Los publicistas son muy aficionados a acuñar nuevos compuestos de carácter adjetivo, así 'ready-to-eat cereal' [«cereal listo para comer»], 'top- of-the-stove cookery' [aprox. «cómo cocinar sobre la placa»], y parte de la motivación de esto parece ser el hecho de que el voca- blo compuesto encierra una idea especial y quizá recién inventada que el publicista quiere que asociemos con su producto: «top-of- the-stove cookery» es un nuevo concepto de cocina, en la que presumiblemente el ama de casa no tenga que encorvarse enojo- samente para sacar las cosas del horno; de la misma manera un «ready-to-eat cereal» es un tipo singularmente cómodo de este producto que no necesita ser preparado. Es, un síntoma del poder de «formación de conceptos» que tiene la palabra el que una vez formada una nueva adopte una trayectoria propia de evolución semántica, independiente del signi- ficado de los elementos que la compongan. Cuando la palabra baby-sitter [su significado exacto es «persona a la que se paga por cuidar de un niño muy pequeño durante un período de tiempo breve»] se utilizó por primera vez no cabe duda alguna de que significaría algo así como «a person who sits with a baby (while the parents are out)» [«una persona que se sienta junto a un niño muy pequeño (mientras los padres están fuera)»]; pero desde en- tonces, la institución del «baby-sitting» se ha convertido en algo mucho más general de lo que su nombre implica: abarca el cuidado de niños más mayorcitos, y por supuesto, una (o un) «baby-sitter» puede cumplir perfectamente con su cometido sin sentarse ni una sola vez.

Si el neologismo representa a algún tipo de creatividad lingüís- tica, éste es el que se da mucho más profusamente en el lenguaje de la tecnología y de la ciencia que en la literatura. Los científicos adaptan y reordenan continuamente su aparato conceptual para dar una explicación exacta de lo que observan; para, podríamos decir también, sistematizar el universo merced a nuevos métodos más perfectos. Sólo tenemos que considerar la gran afluencia de términos nuevos a un campo en rápido desarrollo como es la cien- cia y la técnica de las computadoras (términos como megabit [me- gabitio], flip-flop [conmutador basculante], multiplexer [multi- plexor], on-line [en línea] y Write Data Scoop Loop) para darnos cuenta de qué manera el idioma tiene que adaptarse para satis- facer las nuevas demandas que el hombre le hace.

La tendencia anticreativa del lenguaje: la «formación de jergas»

La metáfora que parece caracterizar la innovación léxica es la de una cápsula, un receptáculo o un paquete en el que se encierra un contenido semántico determinado, de modo que en lo sucesivo pueda ser manejado y tratado como una unidad indivisible de significado. De hecho, toda categorización del lenguaje se puede entender, según lo anterior, como una «experiencia preempaque- tada», y es importante comprender que ese «preempaquetamiento» no es una ganancia limpia del todo: mirado de una forma es algo positivo (y por supuesto, necesario) pues sin ello no tendríamos una mínima visión ordenada del universo e, igualmente, no podría- mos contar con los conocimientos adquiridos en etapas anteriores de nuestra cultura y ni siquiera podríamos comunicar nuestra ex- periencia, salvo con sistemas semióticos muy rudimentarios como los que poseen algunas especies animales. Pero por otro lado, el empaquetamiento tiene su aspecto nega- tivo (como ya sugiere, claro, la frase «experiencia preempaque- tada») en cuanto que corremos siempre el peligro de admitir los cómodos paquetes como sustitutos de la realidad subyacente. Los paquetes —cuyo tamaño y forma los fija, como hemos visto, la lengua, frecuentemente de un modo arbitrario— son como los billetes de banco: su utilización es sencilla y práctica, y funcionan bien con tal que todo el mundo acepte la saludable ficción de que tal o cuál trozo de papel equivale a tal o cuál cantidad de oro. Precisamente, la gran virtud y el gran pecado de las categorías lingüísticas es que nos hacen las cosas más sencillas, a costa de hacer caso omiso de las subdivisiones y de las gradaciones que

teóricamente se podrían distinguir; el que la simplificación llegue

a una sobresimplificación errónea depende en gran manera de los

hablantes mismos. Con las oposiciones polares binarias (vid. pági-

na 129) como fuerte/débil, duro/blando, rico/pobre, se produce

uno de estos tipos de simplificación. En realidad hay una transi- ción gradual, y no una división tajante entre una categoría y otra;

pero en lugar de decir, por ejemplo, que el Sr. García mide 162 ems.

y el Sr. Pérez 173 cms. en relación a una talla media nacional de

168 ems., es mucho más simple decir que el Sr. García es bajo y el Sr. Pérez alto.

Esta tendencia a la polarización se ha resumido (por Alfred

Korzybski en Science and Sanity [Ciencia y cordura], 1933, y por S. I. Hayakawa en Language in thought and Action [El lenguaje en el pensamiento y en la acción], 1964) con la frase «orientación

bivalorativa», que se contrapone a «orientación multivalorativa», la cual daría cuenta con más exactitud de las circunstancias reales. El pensamiento bivalorativo [o pensamiento «en blanco y negro»] tiene sus raíces en la naturaleza misma del lenguaje, ya que en todas las facetas de éste —incluyendo la semántica—, parece que la binaria es el tipo más corriente de oposición; pero igual que antes, debemos tener cuidado de no exagerar la medida en la que el hombre es esclavo del lenguaje: éste proporciona los medios necesarios para que se produzca tanto el pensamiento multivalo- rativo como el bivalorativo, y lo más que puede decirse es que el lenguaje nos predispone claramente a establecer diferenciaciones binarias, y, por lo tanto, a conformar nuestras experiencias con una estructura simplista. Simone de Beauvoir nos ha ofrecido una muestra gráfica de la presión ejercida en la dirección del pensamiento bivalorativo en la parte de su autobiografía que describe los años infantiles:

El mundo que me rodeaba estaba armoniosamente basado en unas coordenadas fijas y dividido en compartimientos estancos. No se permitían las medias tintas: todo era blanco y negro; no había postura intermedia entre el traidor y el héroe, el renegado y el mártir: todas las frutas no comestibles eran venenosas; se me había dicho que yo «quería» a todos los miembros de mi familia, inclu- yendo a mis tías abuelas más aborrecidas. Todas mis experiencias posteriores desmintieron este esencialismo: el blanco sólo muy rara- mente era totalmente blanco y la negrura del mal se suavizaba con pinceladas claras; vi grises y tonos medios por todas partes. Tan pronto como intenté definir sus apagados matices, tuve que utilizar las palabras y me encontré en un mundo de conceptos con armazón; todo lo que contemplaba con mis propios ojos y toda la experien-

cia real tenía que acomodarse de un modo u otro en una categoría rígida: los mitos y las ideas estereotipadas prevalecían sobre la verdad: incapaz de concretarla, permití que la verdad se redujese hasta la insignificancia.

Memoirs of a Dutiful Daughter [Memorias de una hija obediente],

Libro I

Esta perspectiva que nos ofrece una mente juvenil aguda e ima- ginativa nos brinda un retrato admirable del aspecto anticreativo e inhibidor del proceso de formación de conceptos. El efecto simplificador y estereotipador de las categorías con- ceptuales, que es inherente, a todas luces, al lenguaje, puede ser explotado por la innovación léxica en ciertos usos del lenguaje, por ejemplo, en el periodismo político. A esta explotación es a lo que llamo la «formación de jergas». Podemos decir que una de las funciones de este tipo de periodismo es interpretar, masticar o «preempaquetar» los sucesos públicos con el fin de hacerlos asi- milables para unos lectores que no tienen ni el tiempo ni la dis- posición intelectual necesaria para hacer un análisis preciso y mi- nucioso de lo que acontece. Por ejemplo en las informaciones sobre el conflicto entre comunistas y anticomunistas en el Sudeste Asiático se han utilizado términos como confrontación, escalada, desescalada y vietnamización, a modo de cómodas fichas canjeables por complejos acontecimientos en una situación política confusa; se ha clasificado a los gobernantes y políticos estadounidenses ya como gavilanes, ya como palomas (,puede haber un ejemplo de pensamiento bivalorativo más claro que éste?). Tales términos son unos señalizadores conocidos que ayudan a nuestra mente a ver una estructura tranquilizadora en lo que de otra manera sería un estado de cosas continuamente cambiante e incomprensible para nosotros. Se han empezado a utilizar otros términos relacionados con las negociaciones y las gestiones; así, si en una crisis industrial o internacional, un bando hace una concesión estratégica —y ra- zonable quizá— al otro, es casi seguro que eso se representará en algún periódico por medio de la expresión backing-down [dar marcha atrás] (es decir, estar al borde mismo del conflicto y luego ceder). Una forma más drástica de sumisión sería un climb-down [ abandonar las pretensiones], o sea, una renuncia ignominiosa, bajo presión, a una demanda que se había sostenido enérgicamen- te; igualmente, sell-out [venderse] es el término utilizado ineludi- blemente para referirse a una de las partes litigantes cuando se considera que ha traicionado a su causa al ceder en una cuestión

de principios, y así sucesivamente. En cierto sentido, tales términos son esenciales en la actualidad: compensan nuestra falta de medios para estructurar y clarificar la complejidad de los conflictos que no llegan a guerra, o al menos a guerra total, en un mundo en el que los esfuerzos encaminados a resolver los problemas por medios pacíficos son inmensos. Pero tenemos que estar continuamente en guardia contra la simplificación y el encasillamiento artificiales a los que tal jerga nos puede acostumbrar, y también contra la intensificación y la polarización exageradas de los hechos, median- te las cuales se hacen aparecer como perfectamente claros unos problemas que en realidad son confusos. La jerga, pues, puede llegar a reemplazar a unos criterios libres y a un modo de pensar independiente.

Creatividad (2): la «vigilancia» semántica de la buena prosa

Ya he indicado la forma en que el abuso o la explotación del aspecto preempaquetador del lenguaje puede acarrear una «deva- luación de la moneda lingüística»; el lenguaje, por consiguiente, tiene unas tendencias anticreativas inherentes y la función del lite- rato es, con palabras de T. S. Eliot, «purificar el dialecto de la tri- bu», o siguiendo con nuestra imagen, restaurar el pleno valor de la moneda, resistir ante la tendencia natural a la devaluación. Los escritores siempre se han considerado a sí mismos como enemigos resueltos de la jerga y del cliché, y un ejemplo patente que corro- bora esto es la campaña que George Orwell realizó en contra de la degeneración del idioma, especialmente en contra de aquellos tipos de usos lingüísticos que han merecido los despreciativos ró- tulos de 'journalese' [«jerga periodística»] y 'officialese' [«jerga burocrática o tecnocrática»]. Orwell comparó la jerga más rabiosamente actual con la prosa concreta y sencilla de la Biblia, y con el fin de señalar los contras- tes, compuso una famosa paráfrasis del versículo del Ecclesiastes, que dice:

I returned and saw under the sun, that the race is not to the swifí nor the battle to the strong, neither yet the bread to the wise, nor yet riches to men of understanding, nor yet favour to men of skill; but time and chance happeneth to all. Tornéme y vi debajo del sol que no es de los ágiles el correr, ni de los valientes el vencer, ni aun de los sabios el pan, ni de los enten- didos la riqueza, ni aun de los cuerdos el favor, sino que el tiempo y cl acaso en todo se entremezclan.

_,o cual se convierte en la parodia que hace Orwell del «inglés moderno» en esto:

Objective consideration of contemporary phenomena compels tire conclusion that succes of failure in competitive activities exhibits no tendency to be commensurate with innate capacity, but that a considerable element of the unpredictable must invariably be taken into account. Una consideración objetiva de los fenómenos contemporáneos hace inevitable la conclusión de que no parece haber ninguna dis- posición a que el éxito o el fracaso en las actividades competitivas se deba corresponder con una capacidad innata, sino que debe te- nerse invariablemente en cuenta el importante factor del azar.

En su ensayo 'Politics and the English Language' [«La polí- tica y la lengua inglesa»], al que pertenece este pasaje, Orwell deplora el hábito de lo que él llama «pegar una junto a otra largas tiras de palabras que otra persona ha puesto previamente en orden, y obtener unos resultados presentables por pura chiripa». Los destinatarios directos de su menosprecio eran las frases estereo- tipadas que contienen metáforas fosilizadas, como toe the line [ someterse, conformarse], ride rougshod over [tratar sin miramien- tos a alguien, no hacer caso a alguien], play a leading part in [re- presentar un papel importante en], militate against [militar contra],

y stand shoulder to shoulder with [estar hombro con hombro (con

alguien)]; también lo eran las frases grandilocuentes y vagas que se pueden sustituir por expresiones más sencillas y directas, por ejemplo, volver inoperable se puede sustituir por malograr o es-

tropear, y asimismo, tomar en consideración se puede sustituir

por considerar. Lo problemático en tales frases es que dada una palabra, las demás la siguen como si se tratase de una respuesta condicionada automática: no nos paramos mucho tiempo a pensar en los significados de sus componentes; en realidad, estos manidos cauces expresivos son un reflejo de los estrechos y obtusos cauces del pensamiento que los subyacen. Orwell consideró esta tendencia no como una invitación a pen- sar negligentemente, sino como una influencia perniciosa sobre la vida intelectual, estética y moral de la comunidad: «la lengua puede resultar fea e inexacta porque nuestros pensamientos sean toscos, pero el desaliño de nuestro idioma propicia el que tengamos pen- samientos virulentos». Otros autores actuales tienen una visión aún más dramática del actual proceso de degradación del lenguaje.

Hayakawa (en Language in Thought and Action) habla del «Niá-

gara de palabras» al que estamos sometidos diariamente por los

diversos medios de comunicación (televisión, radio y prensa); de- bido a este Babel de estímulos lingüísticos simultáneos ya ni siquiera prestamos atención, igual que la gente que está en un mercado donde cada vendedor vocea con todas sus fuerzas; esto, a su vez, conduce a un empleo del idioma más torpe e indiscriminado. En unos tiempos en que la blancura de un lavado parece considerarse algo decisivo para entrar en el Cielo el día del Juicio Final, ¿cómo demonios vamos a idear una terminología para las cosas que real- mente importan? Ante esa trivialización progresiva del idioma, algunos poetas se han refugiado en la incoherencia, y pueden llegar incluso —como

sospecha George Steiner en Language and Silence ¡Lenguaje y

silencio— a renunciar eventualmente a toda tentativa de comu- nicación cabal. Sin embargo, no tenemos que adoptar por fuerza una visión apocalíptica del asunto: tanto los escritores como la gente con conciencia lingüística luchan continuamente contra el uso irresponsable de la lengua, que supone frecuentemente la es- tereotipación de las reacciones lingüísticas. La resistencia que se ofrece ante esas presiones se puede equiparar al ideal de la buena prosa, que consiste, en resumen, en la búsqueda de la mot juste, o siguiendo la definición que da Pope de la inteligencia, en «lo que a menudo se ha pensado pero nunca se ha expresado con exactitud». Se podría argüir que este objetivo apenas si merece el término creativo; a lo más «recreativo», pues lo que consigue es, simple- mente, devolver al idioma su pleno valor semántico; pero en rea- lidad, esto se puede relacionar con un sentido puramente mate- mático de «creatividad lingüística» que es corriente en la lingüís- tica moderna. Nuestra competencia lingüística —como Chomsky ha señalado— es un mecanismo tal que nos permite, con un nú- mero finito de reglas, generar e interpretar un número infinito de oraciones. Así, día tras día oímos y producirnos oraciones con las que no nos habíamos encontrado en toda nuestra vida. En su aspecto semántico, la existencia real de esa creatividad de los recursos lingüísticos se puede demostrar por nuestra capacidad para formar y entender las locuciones (p. ej. cl enunciado «me tomé ciento setenta y nueve caimanes para desayunar el martes pasado») que, virtualmente, no tienen ninguna probabilidad de aparecer en la comunicación cotidiana; pero en la actuación, ese poder creativo o innovador inherente a nuestra competencia del idioma se debilita a causa de nuestra tendencia a circular por los senderos más pisoteados que se extienden por todo el conjunto teóricamente infinito de oraciones del castellano. De este modo, resultan este-¬

reotipados no sólo los conceptos aislados sino también las estruc- turas conceptuales; así pues, el escritor que se opone al principio del mínimo esfuerzo explorando nuevos caminos y no dando por sentado ningún significado, es realmente «creativo».

Creatividad (3): la «fusión conceptual» de la poesía

Los tipos descritos de creatividad que he asociado con cl cien- tífico y el escritor no están de ninguna manera ausentes en la poe- sía: los poetas, con frecuencia, han aspirado al ideal de la prosa, y también con frecuencia, han ampliado sus recursos comunica- tivos mediante un neologismo; pero hay una tercera noción de creatividad lingüística, quizá aún más importante, que se aplica sobre todo a la poesía: la que significa una ruptura real de las ataduras conceptuales con que el lenguaje nos sujeta. Si una de las principales funciones de éste es la de sistematizar la experiencia, la de «preempaquetarla» para nosotros, entonces el poeta es la per- sona que desata la cuerda; es en este contexto donde resulta ex- plicable el carácter «irracional» o «ilógico» de la poesía. Un ejemplo muy sencillo de irracionalidad poética lo repre- senta la célebre paradoja del poeta latino Catulo Odi et amo; la tendencia bivalorativa del lenguaje nos hace ver el amor y el odio como unas categorías que se excluyen mutuamente: «amo a Les- bia» y «odio a Lesbia» se consideran, pues, como enunciados contradictorios. Pero el poeta, al presentar un absurdo aparente incita al lector a reordenar sus categorías; se destruye el concepto estereotipado del amor y el odio como emociones contrapuestas:

se da, pues, una especie de «fusión conceptual». La cualidad observada en la paradoja poética está presente también en la metáfora (uno de los componentes semánticos de la poesía más penetrantes e importantes). Igual que antes, su meca- nismo se puede mostrar con un ejemplo sencillo: en un antiguo poema anglosajón, la expresión mere-hengest [«corcel marino»] se usa como metáfora de «barco», la conexión entre corcel y barco se basa en connotaciones comunes: tanto los caballos como los barcos llevan a las personas de un sitio a otro; ambos se utilizan (en el contexto heroico del poema) para viajes aventurados y para la guerra; ambos, también, llevan al que monta en ellos con un movimiento oscilante vertical. Al presentar los dos conceptos si- multáneamente, como imágenes superpuestas, el poeta diluye los aspectos lingüísticamente cruciales que determinan su diferencia- ción: el hecho de que un caballo es animado mientras que un barco

no lo es; y el hecho de que un caballo se mueve en la tierra mien- tras que un barco lo hace en el agua. La reorganización conceptual producida en esta metáfora se puede representar gráficamente como sigue (los componentes encorchetados se consideran como rasgos connotativos o secundarios —ver p. 29):

como rasgos connotativos o secundarios —ver p. 29): La metáfora, merced a su poder de fusionar

La metáfora, merced a su poder de fusionar los límites concep- tuales, puede lograr un efecto comunicativo que está de algún modo, «más allá del lenguaje»; es, pues, un efecto liberador que contrarresta y obstaculiza la dominación progresiva que el mundo «con armazón» del lenguaje ejerce sobre la mente del niño, tal y como lo señala Simone de Beauvoir en su autobiografia. Como instrumento principal de la imaginación del poeta, la metáfora es el medio por el que éste se venga del lenguaje por las «ideas este- reotipadas» que «han prevalecido sobre la verdad». No es sorpren- dente que el lenguaje infantil produzca muchos ejemplos de «erro- res» semánticos que al adulto le parezcan poéticos; dos casos que he oído directamente son el de la descripción infantil de un via- ducto como un puente con ventanas, y la de la Luna como esa moneda que hay en el cielo, basados evidentemente en la analogía visual. El ejemplo del puente con ventanas es muy parecido al mere-hengest del antiguo poeta anglosajón: los vanos de un via- ducto, cuando se ven de lado, son, efectivamente, muy semejantes en aspecto y en construcción a los huecos de las ventanas de la fachada de una casa; de esta forma, empleando su capacidad de generalizar, el niño otorga a la apariencia física el papel de criterio primordial, en detrimento del criterio funcional que es el que la lengua considera como el más importante. Lo que diferencia a los dos casos es, naturalmente, que mientras el poeta está familiari- zado con las categorías establecidas y es consciente de que se des- vía de ellas, el niño no tiene aún tal familiarización ni la con- ciencia subsiguiente.

Resumen

Las cuestiones que he intentado señalar en este capítulo son las siguientes:

1. El significado conceptual de una lengua se puede describir

como un sistema de categorías.

2. Las categorías varían de un idioma a otro y son a menudo

arbitrarias, en el sentido de que imponen una estructura artificial a los hechos empíricos. 3. Está aún por solventar hasta qué punto las categorías va- rían de un idioma a otro y hasta qué punto, por ende, es posible postular categorías universales, comunes a todas las lenguas hu- manas. 4. El sistema conceptual de la lengua nos predispone a esta- blecer unas diferenciaciones antes que otras, pero, con todo, no

debería sobrevalorarse el grado hasta el cual el hombre es un es- clavo del idioma, porque hay al menos tres sentidos en los que puede decirse que aquél utiliza creativamente el sistema.

5. «La creatividad semántica» en el primer sentido es la inno-

vación léxica, que nos capacita para crear nuevas categorías con- ceptuales. Este sentido se aplica —al menos hasta donde la inno- vación léxica equivale al neologismo— sobre todo al lenguaje cien- tífico y técnico.

6. El segundo tipo de creatividad semántica es la «vigilancia

semántica» que obstaculiza la tendencia estereotipadora del uso

lingüístico y utiliza de una manera plenamente original las infini- tas configuraciones posibles del significado que pueden expresarse por medio del lenguaje. Este sentido se aplica especialmente a la prosa literaria.

7. El tercer tipo de creatividad es la «fusión conceptual» ori-

ginada por los recursos «ilógicos» como la metáfora y la para- doja. Este tipo está especialmente relacionado con la poesía.

Capítulo 4

SEMANTICA Y SOCIEDAD

En una sociedad ideal de robots, cada uno de los cuales tuviese un papel asignado de antemano que desempeñase sin vacilaciones,

la única función del lenguaje sería la de exponer los conocimien-

tos

los

que ese no es el caso de la sociedad humana: entre los indivi- duos o entre los grupos surgen toda clase de conflictos y tensio- nes, y el lenguaje participa activamente en la conformación de esas interacciones. Aunque en teoría —y frecuentemente, en la práctica— el significado conceptual es el elemento más importante

de la comunicación lingüística, su importancia en ciertas situacio-

nes queda reducida casi a nada; y en términos más generales, los

siete tipos de significado expuestos en la pág. 42 varían sobre-

manera respecto de su contribución al efecto comunicativo total.

Mi cometido en este capítulo es, pues, considerar de qué manera

nuestra competencia semántica está aparejada para dar cuenta de necesidades sociales diversas; es, pues, un cometido en el que no puedo omitir algunas consideraciones sobre las cuestiones morales que trae consigo la «semántica estratégica» de la propaganda . y del lenguaje intencionado en general.

y transmitir información, a fin de facilitar la cooperación entre

miembros de la sociedad; sin embargo, sabemos muy bien

Las cinco funciones del lenguaje

Antes que nada, atendamos a las funciones comunicativas más importantes del lenguaje. Aparte de la neutral función informativa*

* Llamada también referencia! o denotative (N. del T.J.

que todo el mundo se inclina a pensar que es la más importante, el lenguaje puede tener una función expresiva*; esto es, se puede usar para expresar los sentimientos y actitudes del emisor (los tacos y las exclamaciones son los ejemplos más evidentes). El significado conceptual predomina en el uso informativo del lenguaje; en cambio para la función expresiva el significado afectivo (lo que el lenguaje comunica acerca de las actitudes del hablante) es, con mucho, lo más importante. La tercera función es la conativa, por la cual pretendemos influir en la conducta o actitudes de otras personas; los casos más claros de función conativa son los mandatos y los ruegos. Esta función de control social subraya más el polo del receptor que el del emisor del mensaje; pero se parece a la función expresiva en que concede menos importancia, en conjunto, al significado conceptual que a los otros tipos de significados, especialmente el afectivo y el connotativo. Se ha dado por sentado frecuentemente que la función expresiva incluye el uso poético del lenguaje, pero este enfoque, según creo, se basa en una visión inaceptable, aunque popular, de la poesía, según la cual ésta es simplemente una efusión de las emociones del poeta; en lugar de esto, prefiero reconocer en la poesía la existencia de una función independiente, la estética**, que puede definirse como «el uso del lenguaje atendiendo al aparato lingüís- tico mismo y sin ninguna finalidad ulterior». Esa función estética, como vimos en las pp. 58-63, puede tener que ver, al menos, tanto con el significado conceptual como con el afectivo; pero la principal cuestión semántica acerca de la poesía es que se trata de un lenguaje que comunica «a la máxima potencia»: todas las vías posibles de comunicación, todos los niveles y los tipos de sig- nificado están dispuestos para el uso; así, el poeta y el lector inten- sifican la sensibilidad de los significados al establecerse una comu- nicación entre ambos. Otra función del lenguaje, que el profano raras veces considera con la seriedad debida, es la llamada función fática (siguiendo el término «comunión fática», de Malinowski), es decir, la que man- tiene abierto el canal para la comunicación, y las relaciones so- ciales en buen estado (en nuestra cultura, un conocido ejemplo de esta función es el hablar del tiempo). La función fática es exacta- mente lo contrario de la función estética, en cuanto que en aquélla la función comunicativa del lenguaje está reducida al mínimo: lo

* Conocida también como función emotiva IN. del T.J

** O poética IN. del T.J

que interesa no es lo que se diga, sino el hecho mismo de que se diga. No quiero decir que estas cinco funciones del lenguaje consti- tuyan una clasificación ideal: se han propuesto otros muchos aná- lisis de la función y, como veremos más adelante, existen ciertas dificultades para separar especialmente las funciones expresiva y conativa. En cualquier caso, hay que admitir al menos la existencia de un cierto número de funciones distintas que actúan coordina- damente: raras veces un elemento de la lengua es exclusivamente informativo, exclusivamente expresivo, etc. Así, la observación «Me apetece una taza de café» se puede entender, en las circuns- tancias apropiadas, como informativa, expresiva y conativa a la vez. Sin embargo, la clasificación anterior —que se basa aproxi- madamente en la de Jakobson, 1960— tiene un interés especial:

se puede establecer una limpia correlación entre esas funciones y los cinco elementos esenciales de cualquier situación comunicativa, a saber, (1) el referente, (2) el emisor (es decir, hablante o escritor), (3) el receptor (es decir, oyente o lector), (4) el

canal de comunicación existente entre ellos y (5) el mensaje

lingüístico mismo; y a su vez, cada una de las cinco funciones que he enunciado se puede identificar con una orientación particular del lenguaje hacia cada uno de estos factores:

FUNCIÓN

informativa:

expresiva:

conativa:

fática:

estética:

o en forma de diagrama:

ORIENTACIÓN HACIA

el referente el hablante/escritor el oyente/lector el canal de comunicación el mensaje

de diagrama: ORIENTACIÓN HACIA el referente el hablante/escritor el oyente/lector el canal de comunicación el mensaje

Las funciones que más tienen que ver con los papeles sociales de la lengua son la expresiva, la conativa y la fática, y a éstas voy a dedicar el resto del capítulo. Se me podría preguntar por qué se incluye la función expresiva en este trío: después de todo, se puede usar el lenguaje expresivo en un vacío social (Robinson Crusoe podría haber lanzado un juramento cuando vio que sus ropas se iban flotando con la marea). Pero cuando consideramos la expre- sión pública de las opiniones y las actitudes es muy difícil señalar un límite preciso entre la manifestación de los sentimientos pro- pios y el deseo de influir sobre los de los demás; no hay forma alguna de determinar, inspeccionando un texto cualquiera, si la postura adoptada por el escritor es la expresión real de sus propias convicciones, o si lo ha escrito con fines polémicos meramente; en los tratados ideológicos y religiosos, al menos, las dos cosas corren parejas. Esta es la razón por la que trataré en el estudio que sigue las funciones expresiva y conativa conjuntamente.

Significado conceptual frente a significado afectivo

Hay peligro de confusión siempre que el lenguaje está «dirigi- do» a favor o en contra de una serie determinada de actitudes, a menos que el destinatario sea capaz de distinguir entre el conte- nido conceptual y el afectivo del mensaje. Como hemos señalado en el capítulo 2, existe una imbricación entre el significado con- ceptual y el afectivo, en cuanto que las distintas actitudes se pue- den manifestar abiertamente por medio de palabras que denotan emoción («Te quiero»), o por palabras cuyo contenido principal es evaluativo («Pronunció un discurso excelente, pero la comida era horrible»). Se podría decir que con esto lo que se hace sim- plemente es exponer claramente una opinión con la que el oyente puede estar o no de acuerdo; pero sucede que pueden surgir dos peligros si las opiniones y las emociones se transmiten por medio de los significados asociativos de las palabras (pp. 36-38): uno de ellos es que habrá un deterioro de la comunicación y mal- entendidos debido a que —como hemos visto en el capítulo 2— las connotaciones, y los significados asociativos en general, suelen variar de una persona a otra. El segundo peligro es que si el signi- ficado afectivo del mensaje predomina sobre el conceptual, el oyente/lector fracasará al intentar hacer una apreciación justa de lo que se está diciendo; en pocas palabras, se encontrará «despis- tado». Es muy razonable afirmar que el significado conceptual es el significado patente o literal de un texto, pues aquél se iden- tifica, según parece, con aquello sobre lo que «versa» el texto.

De la misma manera, en el significado afectivo hay algo encubier- to, implícito y potencialmente pernicioso: si un escritor interpela a nuestras emociones, no podremos responder a su interpelación con un «no estoy de acuerdo con lo que usted dice» o un «no com- parto sus opiniones», cosa que sí podríamos haber hecho si el autor en cuestión hubiese explicitado sus sentimientos y aprecia- ciones. De ese modo sólo tenemos cierto sentimiento ante el cual se nos solicita que reaccionemos emocionalmente; un sentimiento, por otra parte, que puede ser difícil de traducir a palabras y que puede ser más difícil aún de combatir con argumentos y razona- mientos. Las palabras que difieren de forma más notoria en cuanto al significado asociativo son las que se refieren a los grupos sociales:

por ejemplo, los vocablos que indican la nacionalidad: Todos estamos totalmente de acuerdo en que un estadounidense es una persona nacida y educada en los Estados Unidos y que tiene dicha nacionalidad; sin embargo, las connotaciones afectivas pueden diferir de acuerdo con nuestras experiencias y nuestros prejuicios adquiridos sobre los estadounidenses: un conjunto de asociaciones podría ser «los estadounidenses son toscos, jactanciosos y mate- rialistas», y otro «los estadounidenses son razonables, generosos, imparciales y prácticos». Los términos que se refieren a sectas reli- giosas son igualmente apropiados para comunicar cosas distintas. En Irlanda del Norte, el término católico es muy apto para tener connotaciones muy intensas (inequívocamente diferentes en un grupo y en otro) que, en general, no pueden apreciar los que viven en Inglaterra; por ejemplo, es posible que un habitante del Ulster considerase la expresión «un católico leal y patriota» como una contradicción básica. El mayor peligro parece encontrarse en las palabras que se re- fieren a ideas o movimientos políticos: anarquismo, comunismo,

fascista, imperialismo, nazi, racista, socialista, etc. En este género

de palabras parece haber unas connotaciones tan vigorosas para los unos o para los otros que el sentido de la palabra que nos dé el diccionario puede estar ya casi olvidado. Así, según el Concise Oxford Dictionary, un liberal es alguien «partidario de las refor- mas democráticas y (de la) abolición de los privilegios»; sin em- bargo en Sudáfrica, y de forma muy general en los EE. UU., las connotaciones de liberal serán las de alguien que se identifica con o alienta tendencias destructivas para la sociedad —quizá un peligroso agitador político—. Por el contrario, alguien que sea izquier- dista en el espectro político de Gran Bretaña considerará al liberal como un moderado inútil.

En una palabra como democrático, el significado connotativo ) crece predominar completamente, pues los partidarios de dos sistem as políticos opuestos afirmarán que su sistema es el realmente d emocrático y que el otro es antidemocrático; en tal estado de co- as, es dudoso que el enunciado «La forma de gobierno de Liecht enstein es una democracia» nos pueda decir algo sobre la institución t que se refiere, salvo que el hablante lo confirme explícitamente. El usuario del idioma que sea un partidista desenfrenado tender á a emplear lo que Hayakawa (en la obra citada anteriormente)

lama palabras-gruñido y palabras-ronroneo.Las primeras son aquél

las cuyo significado conceptual resulta irrelevante porque quien las usa lo único que hace es resaltar sus connotaciones desfavorables tara expresar su hostilidad enérgicamente. Los términos que carac- erizan a puntos de vista extremos o intransigentes, políticamente iablando, tales como comunista o fascista, son especialmente prop ensos a degenerar en palabras-gruñido; la categoría opuesta, las >palabras-ronroneo, se ha ejemplificado ya con el vocablo democ rático; otros términos políticos potencialmente asimilables a esta

egunda categoría son libertad, derechos humanos, patriótico,' atria e igualdad.

Hayakawa ofrece un sugerente ejemplo del tipo de desastre omunicativo que puede acarrear la variabilidad del significado fectivo:

Un eminente sociólogo de raza negra relata un incidente que le ocu- rrió en su juventud, en cl transcurso de un viaje en auto-stop por unas regiones lejanas, donde los negros están mal vistos siempre. Un matrimonio blanco extraordinariamente simpático lo recogió, le invitó a comer y le ofreció una habitación en su casa. Sin embargo,

le llamaban continuamente 'littler nigger' [«negrito»]*, cosa que le molestaba profundamente, a pesar de estarles muy agradecido por su amabilidad. Finalmente se decidió a pedirle al buen señor que no le llamase más ese «término insultante». —«¿Quién te está insultando, hijo?» —dijo el hombre. —«Usted, señor, con ese apodo que me está diciendo a todas horas». — «¿Qué apodo?».

—«Eh

—«Yo no te apodo de ninguna manera, hijo». —«Me refiero a que me está llamando `nigger'». —«Bueno, ¿y dónde está el insulto en eso? ¿Acaso no eres un nigger?»

usted lo sabe».

Language in Thought and Action, pp. 90-1

* Nigger y negro («negro») son términos sinónimos

aunque aquél tiene un

¿Cuál fue la causa de este malentendido en una cuestión tan deli- cada? Sencillamente que el hombre blanco empleaba, al parecer, la palabra en cuestión sin ser consciente de su significado afectivo:

empleaba nigger simplemente como un sinónimo familiar de negro; pero para el joven viajero ese término tenía unas connotaciones afectivas muy marcadas: era algo así como una palabras-gruñido utilizada por los blancos para despreciar a los de su raza; por eso, para él era un símbolo del odio y de la opresión racial (y así se considera actualmente por la mayoría de la gente). Nigger es, pues, un miembro de la clase de los términos deni- gratorios en cuanto a lo racial, lo político o lo nacional que tienen incorporados sus propios matices afectivos: Yank [yanqui], Wops [ italianos], Jape [japonés], red [rojo], pigs [cerdos] son otros ejem- plos de lo mismo*; casi se podría decir que tales términos están hechos para utilizarse como «palabras-gruñido». Los ejemplos que he presentado hasta aquí sugieren que los pe- ligros más graves para la comunicación plena los ocasionan aque- llos casos en que el significado afectivo representa la mayor parte —si no la totalidad— del mensaje. En el diagrama siguiente, si convenimos en que los círculos representan el significado global y las zonas rayadas el significado conceptual, las proporciones de éste disminuirían, aproximadamente, como se indica (y suponiendo, claro está, que las palabras citadas tienen el mismo valor aquí que en su uso más corriente):

tienen el mismo valor aquí que en su uso más corriente): La «ingeniería asociativa»: el eufemismo

La «ingeniería asociativa»: el eufemismo y la creación de imágenes

Las palabras en las que las asociaciones afectivas ocupan un puesto importante no están limitadas, por supuesto, a unas esferas determinadas, como la de la raza o la de la política. En la vida

* En nuestro idioma no faltan ejemplos: gitano, moro, judío, zul ú, etc. (y también rojo, ciertamente). ¡N. del T

privada, las asociaciones desagradables son inevitables cuando se tratan temas tales como la muerte, la enfermedad, el crimen y el castigo, y es precisamente en esos temas, así como en los sexuales dominados por un tabú y en la referencia a los procesos de excre- ción en el cuerpo humano, donde el eufemismo —el equivalente lingüístico del desinfectante— influye inevitablemente. El eufemis- mo (que en griego quiere decir «modo correcto de hablar») es la práctica de referirse a algo desagradable o delicado a base de tér- minos en los que la cosa resulta más agradable y decorosa de lo que realmente es; la técnica consiste en reemplazar una palabra que tenga connotaciones desagradables por otra expresión que no haga una referencia clara al aspecto molesto del tema, y que aunque sea inapropiada resulte positiva (como cuando la anfitriona pre- gunta al invitado si le gustaría «lavarse las manos»). De esta mane- ra, las personas encuentran posible convivir con —y hablar sobre— hechos y cosas que, de otra manera, les incomodarían y les resul- tarían molestos. Desazón e indisposición, que actualmente ya están consolidados como equivalentes de enfermedad, han sido eufemis- mos en su origen: significaban «falta de sazón» y «falta de capaci- dad para hacer las cosas», respectivamente; campo de concentración fue también un eufemismo en su origen («un lugar donde se aco- modaba a los no combatientes de una zona») con el que se desig- naba un campo donde se encerraba a los prisioneros políticos y a los de guerra —un lugar no mucho mejor, y en algunos casos mucho peor, que una cárcel. Es claro que se podrían dar muchos otros ejemplos perfectamente conocidos de este fenómeno. Un eufemismo es, en cierto sentido, lo opuesto de una palabra- gruriido: en lugar de amplificar las asociaciones desagradables de un término, se intenta purgar el tema, eliminando de él sus aso- ciaciones afectivas perjudiciales; sin embargo, un eufemismo, en realidad, sólo es un paliativo y no una cura verdadera. De las connotaciones desagradables de una palabra no hay que culpar, después de todo, a la palabra misma, sino a lo que ella se refiere; por eso, la expresión eufemística que sustituye al término original acaba pronto convirtiéndose en esto mismo: ésta es la razón de que haya en castellano muchos eufemismos para referirse a retrete (que ya de por sí, en su origen, era un eufemismo, pues significaba «cuarto pequeño, apartado e íntimo de una casa»): excusado,

servicio, inodoro, cuarto de baño, lavabo, para no mencionar el

ahora omnipresente aseo. Otro ejemplo, aunque de distinto tipo, lo constituye en el plano político la proliferación de términos que empleamos para referirnos a las zonas del mundo menos favoreci- das económicamente: no decimos de tales regiones que están atra

sadas o subdesarrolladas,sino que son países en vías de desarrollo, países menos desarrollados, naciones surgentes,etc.

Precisamente, la expresión «ingeniería asociativa» parece apro- piada para ejemplos como éste último, en los que el eufemismo tie- ne un carácter más consciente y persuasivo; en cierto sentido, no son eufemismos cabales: naciones surgentes no quiere ser un rótulo bonito para designar algo repugnante y hediondo: se trata más bien de un rótulo escogido con tacto político para hacer resaltar el lado optimista y progresista del fenómeno en cuestión, y restar impor- tancia al lado pesimista; así pues, la elección del término manifiesta por sí misma un punto de vista, un argumento político. Un caso en el que se ve aún más claro que las asociaciones se escogen con fines políticos es el de apartheid («separación»), considerado como un eufemismo de «discriminación racial» o «marginación de los hombres de color». Sin embargo, es importante notar que es casi seguro que los que utilizan este término no lo consideran un eufe- mismo y no admiten, además, que sea injurioso; la «separación», dirán, no tiene por qué entrañar desigualdad racial, y afirmarán seguidamente que la elección de un nombre no supone un pro- blema de significado connotativo, sino más bien de significado con- ceptual: así, reemplazar «apartheid» por «discriminación racial» sería hablar de una cosa totalmente distinta. La «ingeniería asociativa» no es sólo un proceso negativo, consistente en encubrir las asociaciones que no agraden; su aspecto positivo —la adquisición de las asociaciones agradables— es igual- mente importante, como claramente muestran las técnicas de «la creación de imágenes» de la publicidad actual. Los fabricantes de cosméticos masculinos intentan destruir la posible imagen de afe- minamiento de su producto por medio de asociaciones rotunda- mente varoniles, y así, a la hora de escoger un producto, el que se llama Bruto desempeña un papel nada despreciable. Se puede conseguir, de igual manera, una imagen atractiva de opulencia y lujo sin par mediante la utilización de palabras cromáticas («cor- bata blanca, fajín rojo, mujeres bronceadas y brazaletes de acero:

o, indirectamente, mediante de-

una verdadera aventura caribe

talles estilísticos:

»)

From the most distinguished tobacco house in the world [De la casa de tabacos más famosa del mundo] ( de un anuncio de Dunhills) Cigarettes by John Player, England [ Cigarrillos: John Player, Inglaterra]

En el primero de estos dos fragmentos de anuncios de cigarrillos, la elección de la palabra casa es el detalle que considero significativo:

el no iniciado podría pensar que casa es un sustituto poco afortu- nado de firma o fabricantes; sin embargo, sus asociaciones evocan los negocios distinguidos que conservan y continúan las empresas familiares de larga tradición —imagen que poco tiene que ver con la cinta transportadora de una fábrica. En el segundo caso, lo que evoca el carácter único del producto no son las palabras escogidas, sino más bien la construcción sintáctica (o sea, la partícula by* que conecta los dos sintagmas nominales); y es que, precisamente, esa construcción indica normalmente un determinado tipo de acti- vidad artística: Landscape gardening by X [Arquitectura de jardi- nes: X]; Floral arrangements by Y [Arreglos florales: Y]; Cost umes by Z [Vestuario: Z]; así pues, en este caso también se aprecia un esfuerzo por dignificar la un tanto deslucida imagen de los fa- bricantes y expendedores de cigarrillos, mediante algunas notas de calidad y distinción. Nuevamente, al considerar la «ingeniería asociativa» en el sen- tido más general de «elección estratégica de rótulo para obtener asociaciones positivas», nos encontramos con casos —como el de naciones surgentes— que encierran un problema de significado conceptual, es decir, de cómo se «conceptualisa» un hecho deter- minado. Un programa de televisión del 11 de febrero de 1969 in- formaba acerca de una propuesta presentada para establecer una nueva categoría de sacerdote, cuando se dé el caso de que compa- gine sus obligaciones pastorales con un trabajo de horario nor- mal en una fábrica o en una oficina; cuando surgió la cuestión de cómo debería llamarse a este nuevo tipo de clérigo, el presentador del programa sugirió tres nombres: auxiliary priests [curas auxilia-

res], part-time priests [aprox. curas a ratos] y worker priests [curas

trabajadores u obreros]. Por razones casi obvias, se rechazaron los tres: los dos primeros suenan demasiado a ayudantes de segunda categoría y el tercero parece decir que los otros curas son unos holgazanes; de esta manera, el dar con un nombre satisfactorio ( selfsupporting priests [curas autónomos]) fue mucho más una cues- tión de ir eliminando nombres con asociaciones inconvenientes y que podrían suponer algún tipo de ofensa, que de intentar dar con uno

* Partícula que traduzco en esta ocasión por los dos puntos («:»), atendiendo a lo que el autor va a señalar inmediatamente. Adelantando un poco los aconteci- mientos, creo, que la relación entre la función o labor artística o técnica desempe- ñada (vestuarios, montaje, etc.) y el nombre del que la desempeña se expresa en castellano mediante los dos puntos (p. ej.: Dirección: Orson Welles). IN. del T.

que evaluase positivamente el trabajo. Pero hay que tener muy en cuenta que la explicación que yo he dado es intuitiva: las autorida- des eclesiásticas, por su parte, darían una explicación conceptual; por ejemplo, que part-time priests es algo incorrecto teológicamen- te, ya que un cura lo es en todo momento, incluso cuando está tra- bajando en una fábrica; que, a su vez, worker priests es una re- dundancia en cuanto que todos los curas tienen mucho trabajo que hacer. Y así, un problema de asociaciones, de precisar la «imagen correcta», se puede trocar fácilmente en una discusión sobre los significados que da el diccionario.

La «ingeniería conceptual»

Ejemplos como el de apartheid hacen ver que la propaganda no adopta necesariamente la postura de resaltar el significado afectivo de una palabra a expensas de su significado conceptual; de lo que se trata, más bien, es de delimitar perfectamente el significado conceptual de una palabra para, de ese modo, poder utilizar las asociaciones favorables en beneficio propio y las desfavorables para desacreditar al competidor. Si se entiende —y así lo entiendo aquí— que el significado conceptual es un elemento de la comunicación lingüística mucho más importante que el significado asociativo, ha- brá de admitirse que es parecido a lo del «rabo moviendo al perro» el hecho de que se lleve el lenguaje a un punto en el que las asocia- ciones de una palabra determinen su elección y en el que, por con- siguiente, el significado conceptual quede reducido a una conse- cuencia secundaria que ha de «aceptarse» para que el uso del tér- mino sea legítimo. Esta situación recuerda el principio de «la ley del embudo»: del mismo modo que lo primero que se hace tras el éxito de una rebelión es legitimar su autoridad e invalidar la del predecesor en el poder, muchas personas se dirigen al diccionario académico (o al diccionario privado que tienen almacenado en sus cerebros) como una simple garantía de legalidad verbal; de esta forma, la «ingeniería conceptual» resulta ser sólo un aspecto y una porción de la «ingeniería asociativa». Considérese la palabra violencia. Debido a sus asociaciones de- cididamente negativas, cualquier justificación pública o actividad política que acarree el empleo de la fuerza física o la lucha debe mantener la tesis de que «nuestras acciones son no violentas». El 2 de septiembre de 1969, el diario The Guardian daba la noticia de que un tal Sr. O'Sullivan había sido arrestado por intentar robar armas de una fábrica; cuando se le preguntó si era un «mili-

tante», O'Sullivan respondió que no sabía lo que significaba esa palabra, y añadió: «Si quiere decir que empleo la violencia, no lo soy. Prefiero usar la palabra fuerza; a veces se hace preciso utilizar la fuerza para conseguir algo». Con estos datos es difícil decir si O' Sullivan estaba empleando exclusivamente la ingeniería asociativa (es decir, si estaba empleando fuerza como un sinónimo más suave de violencia, igual que se puede preferir llamar a alguien señora en vez de mujer), o si su preferencia la basaba en razones extraídas del diccionario; v. gr. que violencia encierra matices como «un grado extremo de fuerza», «fuerza agresiva» o «fuerza que produce lesiones», etc., ninguno de los cuales se puede aplicar a sus ac- ciones. Se da un caso aún más claro de definición oportunista de la palabra violencia, cuando los grupos militantes afirman —como ha sucedido recientemente en Irlanda del Norte— que no emplean la violencia cuando rompen los cordones policiales con el peso de sus cuerpos; seguramente, en este caso la argumentación se base en que como los policías son de por sí agentes de la fuerza, cual- quiera otra que se les oponga es, por naturaleza, una mera resis- tencia pasiva: no se da por tanto el componente «agresión». Esta especie de manipulación semántica resulta posible debido a que el significado conceptual de la mayoría de las palabras —y muy espe- cialmente el de las palabras abstractas, como lo son las que entran en las discusiones políticas— permanece, hasta cierto punto, inde- terminado (ver p. 144). Siempre cabe discrepar en si un rasgo dado del significado (como el componente «agresión» asociado a violencia) es esencial o es, simplemente, una connotación frecuen- te de la palabra. La definición influida por el partidismo puede llegar hasta el punto de rehacer el significado conceptual de una palabra de forma tal que se aparte de la interpretación de la mayoría de los hablan- tes del idioma. Tras el secuestro de un diplomático inglés por el Frente de Liberación de Quebec, un portavoz de esa organización se refería al suceso como una «acción puramente militar» en contra del «gobierno colonial británico en Quebec». La utilización de co- lonial (a pesar de la existencia del Acta de la Norteamérica Britá- nica de 1867) es algo sobre lo que no voy a especular ahora; sin embargo, militar sí es un caso clarísimo de ingeniería conceptual, pues se suprime la noción de lucha abierta y armada, pero se man- tiene las implicaciones morales de guerra: en una situación de mili- tarización, el asesinato y el secuestro pueden, en cierto modo, jus- tificarse. El mismo comunicado hacía referencia a las exigencias de liberación de «prisioneros políticos», que en realidad eran miem- bros del F.L.Q. encarcelados por delitos tales como instalar bom

bas y chantajear; en este caso se pusieron en juego otra vez las asociaciones positivas de prisionero político (insinuaciones sobre la existencia de una policía especial, encarcelamiento sin juicio, condenas por el mero hecho de sostener ciertas ideas, Amnistía Internacional, etc.) en contra de las autoridades canadienses, en detri- mento de la correcta comprensión de lo que es un prisionero polí- tico: los miembros del F.L.Q. que estaban en la cárcel eran proba- blemente «prisioneros políticos» en el sentido literal del término, es decir, que habían actuado por motivos políticos; pero las ac- ciones eran «criminales» en un sentido legal, con independencia de su contenido político. Transformada en un razonamiento semántico, la cuestión a debate es: ¿Significa prisionero político «una persona encarcelada por sostener ciertos puntos de vista políticos» (como creo que significa normalmente), o «una persona encarcelada como resultado de las actividades ilegales que acarrean sus puntos de vista políticos»?

«Posición»

La estrategia de la semántica adquiere una forma más elabora- da aún cuando el problema no consiste sólo en definir palabras, sino en elaborar un argumento cabal en pro de una actitud deter- minada. Si se analiza un texto propagandístico, normalmente po- demos encontrar en él una estructura análoga a la de una inferencia lógica, salvo que las conexiones entre una proposición y otra, e incluso los postulados subyacentes, tienden a ser asociativas en lu- gar de conceptuales. Esta estructura cuasi lógica, que podemos llamar la posición del propagandista, es algo así como una arma- dura lingüística que protege sus asertos; el problema para él reside, pues, generalmente en procurar mantener intacta la propia posición, al tiempo que se abren brechas en la del enemigo. Con el fin de estudiar un ejemplo sencillo de lo que es una posición, volvamos al término violencia tal y como se ha considerado anteriormente, y reconstruyamos la siguiente inferencia a partir del proceso mental subyacente a la actividad lingüística de un individuo:

(1) Ser violento es malo (2) Ser violento entraña ser agresivo (3) No somos agresivos (4) Luego no somos violentos (5) Luego no somos malos

He encontrado otro ejemplo mucho más sugerente en un pasaje de un panfleto que las autoridades del Pacto de Varsovia difundie- ron en Checoslovaquia durante la ocupación militar del país, el 21 de agosto de 1968:

Como respuesta a la solicitud de ayuda cursada por el Partido y por los dirigentes estatales de Checoslovaquia que han permanecido fieles al socialismo, hemos ordenado a nuestras fuerzas armadas

acudir en ayuda de la clase obrera y de todo el pueblo de Checoslo- vaquia, para defender sus logros socialistas, más amenazados cada

vez por las conspiraciones de las fuerzas reaccionarias nacionales y extranjeras (Subrayado mío).

Se da por sentado que las cuatro expresiones subrayadas de este texto tienen —a efectos propagandísticos— unas connotaciones favorables muy fuertes; al mismo tiempo, estas expresiones sumi- nistran los «postulados asociativos», que son el punto de partida de mi análisis:

(1) Socialismo*** (2) La clase obrera*** (3) El pueblo de Checoslovaquia*** (4) Logros socialistas*** Los tres asteriscos (***) son una marca de significado afectivo fa- vorable, y podemos traducirlos mentalmente a términos conceptua- les, si así lo deseamos, por medio de la frase «es/son bueno(s)»; así, «socialismo***» puede transformarse en «El socialismo es bueno». El objetivo de este análisis es llegar por deducción tantas veces como sea posible a la proposición «Nosotros***»; la inten- sidad del poder afectivo del pasaje quedará reflejada en el número de veces que consigamos llegar a esa proposición final. Veamos dos «inferencias» de muestra:

A. (1) Socialismo***

(dado)

(5) Luego ser fiel al socialismo*** (de 1) , (6) Luego el Partido y los dirigentes estatales de Checoslova quia que han permanecido fieles al socialismo*** (de 5) (7) Luego prestar ayuda al Partido y a los dirigentes esta tales

(de 6)

(8) Luego responder a una solicitud de ayuda del Partido y de

(de 7)

(9) Hemos respondido a una solicitud de ayuda del Partido

(afirmado) A (de 8 y 9) I

(10) Luego nosotros***

.***

los dirigentes estatales

***

y de los dirigentes estatales

B. (4) Logros socialistas***

(dado)

(11) Luego defender los logros socialistas***

(de 4)

(12) Nuestras fuerzas armadas han acudido a defender los lo-

gros socialistas (13) Luego nuestras fuerzas armadas***

(14) Luego ordenar a nuestras fuerzas armadas que defiendan

(afirmado) (de 11 y 12)

los logros socialistas***

(de 11 y 13)

(15) Hemos ordenado a nuestras fuerzas armadas que defien dan

los logros socialistas

(16) Luego nosotros***

(afirmado) (de 14 y 15)

De igual modo se podrían construir «inferencias» semejantes a B partiendo de los postulados (2) y (3). El análisis es fragmentario y ni que decir tiene que es sólo una parodia de una inferencia lógica estricta; de cualquier manera, hace ver cómo se puede contar con el contenido lógico y conceptual del lenguaje para apoyar al con- tenido afectivo. A esto se le puede llamar propaganda eufemística:

su objetivo es mostrar que lo que en apariencia es una invasión, en realidad no es más que una intervención amistosa. De ahí que el hecho de que muchas valoraciones sean positivas dependa indirec- tamente del emisor del mensaje: si la propaganda se hubiese dedi- cado a la denigración del «enemigo» se podría haber realizado el mismo tipo de análisis, sólo que entonces las valoraciones represen- tadas anteriormente por *** serían «malas» en vez de «buenas». En el ejemplo del Pacto de Varsovia hay una relación muy di- recta entre la «posición» y lo que el texto realmente dice; con otras palabras, los argumentos son claros y abiertos. Pero en otras cirl cunstancias la «posición» se manifiesta de una manera más sutil e indirecta; este pasaje, extraído de un informe publicado por la So- ciedad John Birch el año 1964 en EE. UU., constituye un buen ejemplo de esta otra manera de manifestarse la «posición»:

¿Cómo reaccionamos ante las realidades de nuestro mundo? ¿Qué pensamos del auge ininterrumpido del comunismo, de los millones de seres asesinados, torturados y esclavizados por esta conspiración criminal? ¿Nos mofamos aún de la afirmación de Kruschev de que nuestros hijos vivirán bajo el comunismo? ¿Negamos la importancia de Cuba? ¿Negaremos la de Méjico? ¿Nos preocupa la influencia real, documentada y cierta que el comunismo ejerce en Washington? ¿ Vigilamos con la debida atención? ¿Hacemos caer el telón sobre esas ideas inquietantes? ¿Nos arrancamos los cálidos mantos de la apatía de alrededor de nuestros cuellos?

Lo interesante de este texto es que sin aseverar nada (consta única- mente de preguntas), presupone o da por sentado, sin embargo, un considerable número de proposiciones acerca del comunismo:

(1) El comunismo está en continuo auge. (2) El comunismo es una conspiración criminal. (3) Millones de seres han sido asesinados por el comunismo. (c (4) Millones de seres han sido torturados por el comunismo. (5) Millones de seres han sido esclavizados por el comunismo. (6) Kruschev ha afirmado que nuestros hijos vivirán bajo el comunismo. (7) El comunismo ejerce una influencia cierta en Washington. (8) El comunismo ejerce una influencia documentada en Washington. (9) El comunismo ejerce una influencia real en Washington.

Los enunciados forman parte de la «posición» del autor, pero se presentan oblicuamente, en forma de presuposiciones que contienen los sintagmas nominales. La presuposición es una relación semán- tica que se ha estudiado ampliamente en los trabajos más recientes de semántica teórica y que trataremos más detenidamente en pági- nas posteriores (ver pp. 321 y As.); pero por el momento, señalemos simplemente que como táctica de la propaganda posee no sólo la ventaja de su sesgadura, sino también la de ser un modo de pre- sentar al lector la postura propia como si fuese algo de sentido común y que nadie en su sano juicio podría objetar. Hasta aquí he presentado la «ingeniería conceptual» y la «cons- trucción de la posición» desde el punto de vista conativo; sin embargo, se las podría haber considerado igualmente desde el ex- presivo, en cuyo caso se estudiarían los diversos modos en que las personas racionalizan sus actitudes mediante los procesos intelec- tuales. A nosotros, igual que a Orwell, nos preocupa también la cuestión de si los hábitos nocivos del pensamiento y del sentimiento y los hábitos nocivos del lenguaje forman parte del mismo círculo vicioso; nos preocupa, por ejemplo, si la costumbre de razonar par- tiendo de definiciones ad hoc, que sólo valgan para el caso de uno mismo, pueda no tener unas causas y unas repercusiones más pro- fundas, hasta el punto de que se consienta en que los sentimientos y los prejuicios de la gente priven sobre los procesos intelectuales. Igualmente, mirando la sociedad en su conjunto, podemos presu- mir que cuanto más se utilice la propaganda carente de responsabi- lidad, más difícil resultará razonar clara, ordenada y consecuente- mente.

La función fática

Habiendo visto ya cómo las funciones conativa y expresiva del lenguaje pueden reflejar las diferencias y tensiones que se dan entre los grupos sociales, volvamos ahora a la función fática del lengua- je, la encargada de mantener la cohesión en el seno de esos grupos. A pesar de que la comunión fática es importante —quizá mu- cho más de lo que imaginamos— para mantener el equilibrio de la sociedad, tiene el gran inconveniente de ser, en conjunto, sosa y vulgar. Para hacer ver que nuestras intenciones son amistosas nos entregamos a toda suerte de trivialidades, chismes y fórmulas de cortesía; por ejemplo, los saludos, las despedidas y las preguntas de cortesía formularia como «¿Y la familia?» o «¿Qué le pasó al Atletic el domingo?». En tales casos las palabras están vacías de significado, en el sentido de que poco importa lo que se diga con tal de que se llene un vacío surgido en la conversación. Cuando se habla casualmente con un desconocido es aconsejable disponer de un repertorio de fórmulas inocuas, y en general, lo que se diga en estas situaciones debe ser indiscutible; de ahí la importancia (en nuestro país) de las observaciones y comentarios sobre el tiempo:

si usted dice «Las noches se van haciendo más largas, ¿verdad?», es casi seguro que todo el mundo estará de acuerdo con usted; por otro lado, si le dice a un desconocido con el que ha coincidido ca- sualmente: «Hace fresco, ¿verdad?», y éste contesta: «No, real- mente la temperatura de hoy es más alta que la media normal en esta época», usted se dará cuenta en seguida de que su interlocutor no ha comprendido la finalidad de la observación, pues la ha con-

siderado referencia! en lugar de fálica.

Los investigadores de otras ramas de la ciencia no relacionadas directamente con la lingüística han propuesto unas explicaciones muy interesantes del lenguaje fático. Así, el etálogo Desmond

Morris, en su libro The Naked Ape [El mono desnudo], señala que

la cháchara humana tiene su paralelo en el mundo animal, espe- cialmente en el hábito de los monos de lavarse mutuamente. Indica este autor que ésta es una de las principales actividades sociales en la que participan los monos, y que a pesar de que tal actividad tiene la función primordial de conservar la piel limpia y libre de parásitos, sólo podremos explicar la desmesurada cantidad de tiempo que dedican los monos a lavarse por una ampliación de esta función a la función social de mantener la cohesión del grupo. El lenguaje del hombre es equivalente al aseo mutuo de los monos: es, ante todo, uno de los tipos de comportamiento social más importantes (puede tener su origen en la necesidad de una estrecha cooperación en ac-

Navidades tales como la caza); sin embargo, la exagerada cantidad de tiempo que se dedica a la conversación y a la charla sólo se puede explicar atendiendo a la función secundaria de mantener el contacto social. El psiquíatra social Eric Berne ha caracterizado, en Games

People Play [Los juegos que la gente práctica] (1966), cl lenguaje

fático como una actividad sustitutiva. Afirma este autor que la co- municación fática (que él llama 'stoking' («por golpecitos»]) es para el adulto un sustituto del sinnúmero de cuidados y mimos que necesita, y normalmente recibe, un niño pequeño para des- arrollarse equilibradamente. El ser humano no pierde su constante necesidad de placidez física por el hecho de ir creciendo, lo que ocurre es que una buena porción de esa necesidad se canaliza ahora hacia una satisfacción proporcionada por el contacto verbal, en vez de por el físico; así, el lenguaje fático consiste, según Berne, en un ritual de halagos mutuos, en el que se mantiene un equilibrio entre la cantidad de placer que se da y el que se recibe. Veamos un ejemplo de lo que Berne llama un «ritual escandido en 8 golpecitos» (el dialecto es inglés americano):

A: Hi! B: Hi! A: Warm enough forya? B: Sure is. Looks like rain, though. A: Well, take cara yourself. B: I'll be seeing you. A: So long. B: So long.

A: ¡Hola! B: ¡Hola! A: ¿Qué tal te va? B: Estupendamente. Parece que va a llover, ¿eh? A: Bueno, a cuidarse. B: Ya nos veremos. A: Hasta luego. B: Hasta luego.

El ritual es satisfactorio porque cada interlocutor recibe cuatro «golpecitos», y se separan bien dispuestos recíprocamente, habiendo recibido su correspondiente porción de placidez. Cuando A y B se conocieran por primera vez es posible que tuvieran que participar en un ritual más complicado; sin embargo, ahora que se conocen

lo suficiente, es casi seguro que utilizarán un sencillo ritual escan- dido en dos «golpecitos»:

A: ¡Hola! B: ¡Hola! Si B da demasiados «golpecitos» o demasiado pocos se altera el equilibrio; igualmente, una respuesta excesivamente efusiva de B hará pensar a A que el otro quiere pedirle algún tipo de favor; por el contrario, una respuesta fría como:

A: ¡Hola! B: (silencio) hará que el primero se sienta preocupado y frustrado. En un contexto como el descrito podemos apreciar perfecta- mente por qué el silencio puede deteriorar el buen estado de unas relaciones sociales, pues es más corriente considerarlo como una respuesta hostil que como una indiferente; por lo tanto, podemos identificar, en líneas generales, la función fálica con la evitación del silencio inopinado. De un modo especial, en las reuniones y fiestas de sociedad, la pelota de la conversación debe mantenerse en movimiento a toda costa, ya que de otro modo puede parecer que uno rompa las relaciones diplomáticas con su interlocutor. Esto plantea un problema: los temas como la salud y el tiempo se ago- tan pronto y hay que pensar cosas nuevas que decir. Así pues, tras lo dicho es fácil comprender por qué las bromas, los chistes y, en general, las fruslerías verbales adquieren una importancia total- mente desproporcionada en relación con su valor aparente. El lenguaje fático se da también en los asuntos públicos. Todo el mundo sabe de sobra que muchas veces los estadistas y los polí- ticos hacen declaraciones que no son más que una forma estudiada de no decir absolutamente nada; así, la fórmula estereotipada «conversaciones extensas y cordiales sobre una amplia gama de te- mas de interés mutuo» resulta ya casi de rigueur para anunciar el resultado de unas reuniones políticas cuyo carácter secreto per- manece, así, invulnerado. Pues bien, podemos decir que tales «an- ticomunicados» se utilizan para mantener abiertos los canales de la comunicación (especialmente, para satisfacer la presunción de los medios de comunicación y de la gente sobre que se haría algún tipo de declaración) en aquellos casos en que una información auténtica sacaría a relucir las discordancias que las partes negocia- doras intentan fingir que no existen. Este hecho es notoriamente opuesto al de unos enunciados propagandísticos del género más agresivo, pues en ellos el poder político hace hincapié en la solida-

ridad de su propio grupo, queriendo indisponer a la gente contra las fuerzas enemigas. En un caso, pues, hay dependencia respecto

de términos neutrales como problemas, discusiones e interés mutuo,

mientras que en el otro existe una fuerte tendencia hacia el pensar «en blanco y negro» y hacia la polarización de asociaciones «bue- nas» y «malas». Cualquiera que describa una situación política como un «problema» está ya considerando sus dos caras. La función fática aparece en su grado más elevado y notorio en los discursos ceremoniales de los jefes de Estado. Así, por ejem- plo, el discurso de toma de posesión del Presidente Kennedy fue el siguiente:

Sr. Presidente del Tribunal Supremo, presidente Eisenhower, vice- presidente Nixon, presidente Truman, reverendo clero, conciuda- danos todos: celebramos hoy no la victoria de un partido, sino una conmemoración de la libertad, que simboliza un fin y un comienzo; que significa reafirmación y cambio. Acabo de prestar ante ustedes y ante Dios Todopoderoso el mismo juramento solemne que nues- tros antepasados prescribieron hace ciento setenta y cinco años apro- ximadamente. El mundo es ahora muy, distinto: el hombre tiene en sus mortales manos el poder necesario para acabar con todas las formas de mise- ria humana y con todas las formas de vida humana. Y sin embargo, en muchas partes del Globo aún se ponen en cuestión las mismas creencias revolucionarias por las que lucharon nuestros antepasados ( la creencia de que los derechos del hombre no son un regalo de la generosidad del Estado, sino de la voluntad divina). No osamos olvidar hoy que somos los herederos de aquella pri- mera revolución. Difundamos desde este momento y lugar, tanto entre los amigos como entre los enemigos, que la antorcha ha pasa- do a una nueva generación de estadounidenses —nacidos en este siglo, atemperados por la guerra, disciplinados por una paz dura y amarga, orgullosos del patrimonio recibido— que no están dispues- tos a presenciar o a permitir la lenta agonía de aquellos derechos humanos que esta Nación ha defendido siempre y defiende en la ac- tualidad tanto dentro como fuera de sus fronteras.

En este discurso —una obra maestra en su género— la función informativa del lenguaje está reducida al mínimo, y aunque se po- dría analizar cómo se funden las funciones expresiva y conativa con la fática, lo que merece de verdad destacarse es su carácter indiscutible y no-informativo. Si consideramos que la principal audiencia del discurso estaba constituida por una gran mayoría de «estadounidenses medios», ligados emocionalmente a las institu- ciones de su país, habrá que reconocer que no hay prácticamente nada que se pueda discutir en ese discurso. Naturalmente, este

parecido tan significativo entre las palabras del presidente Kennedy y una observación sobre el tiempo no debe impedirnos apreciar el poder emotivo del discurso y el uso de términos positivos política-

mente (derechos del hombre, derechos humanos), que muestra su

afinidad con la propaganda política. Sin embargo, la función del discurso no es tanto la de cambiar las actitudes como la de refor- zarlas o intensificarlas.

¿Puede el lenguaje reemplazar a la acción?

Hemos visto cómo se puede considerar, en varios aspectos, que el lenguaje fático reemplaza, en cierto sentido, a la actividad física ( recuerdénse los «golpecitos» y el «lavado» de los monos); lo mis- mo —y quizá más enérgicamente— podría decirse con respecto a las funciones expresiva y conativa del lenguaje: un insulto verbal es 1 como amenazar con el puño, en cuanto que representa (o es un símbolo usual de) un ataque físico; igualmente, el intentar cambiar por vía oral la conducta de alguien no es más que una alternativa de la coerción pura. El lenguaje del extremismo (empleando esta palabra, tan rica en significado, en su sentido más amplio) se ca- racteriza ante todo por preferir las metáforas militares: combate,

lucha, victoria, rendirnos, nunca, campaña, cruzada, cerrarnuestras filas, defender nuestros derechos, hacernos fuertes en. Viene al

caso recordar la célebre opinión sobre las Naciones Unidas que se resumen en la expresión `Jaw, jaw, is better than war, war' [ aprox. «La cháchara es mejor que la guerra» ): la gente compren- dería mucho mejor el porqué y el para qué de las discusiones degradantes y ásperas de las Naciones Unidas si se diesen cuenta de que es necesario —si es que los seres humanos han de vivir en paz y sobrevivir— poder reemplazar al enfrentamiento físico con las amenazas orales. La escuela de la Semántica General (que ha tenido una influen- cia ininterrumpida, aunque moderada, en los EE. UU. desde que Alfred Korzybski publicó Science and Sanity en 1933) se dedica, precisamente, a demostrar la hipótesis de que el uso incorrecto del lenguaje es la causa principal de las disensiones entre los hombres, y un hecho peligroso a tener muy en cuenta para el futuro de la especie humana. Hayakawa, el divulgador más conocido de esta escuela del pensamiento, lo expresa en la introducción a Language

in Thought and Action (p. 18) como sigue:

Será un supuesto básico de este libro el que la cooperación intra- específica generalizada merced al uso del lenguaje es el mecanismo

fundamental de la supervivencia humana. Un supuesto subsiguiente será el de que cuando el uso del lenguaje ocasiona, como ocurre a menudo, la creación o agravación de desavenencias y disensiones, es seguro que el hablante, el oyente, o ambos a la vez, han incurrido en alguna incorrección o impropiedad lingüística. La «aptitud para sobrevivir» de los seres humanos no significa otra cosa que la capa- cidad para hablar y escribir, y escuchar y leer de un modo tal que aumente las posibilidades de que usted y los demás miembros de su especie sobrevivan juntos.

Aunque estoy de acuerdo con Hayakawa en líneas generales, creo que tanto él como otros partidarios de la antedicha escuela come- ten el error de dar por sentado demasiado rápido que el lenguaje «malo» es una causa —en lugar de un síntoma— de los desacuer- dos entre los hombres; esa - postura puede llevar a una confianza exagerada en los poderes curativos de la semántica:

No ha aparecido aún ninguna ciencia [de la semántica] hecha y de- recha, pero es evidente que está de camino. Cuando aparezca, que Dios ayude a los oradores, a los embaucadores, a los adivinos, a los propagandistas, a los Hitlers, a los marxistas ortodoxos, a los dog- matizadores, a los filósofos y a los teólogos: entonces se verá clara- mente para qué sirve el país de Jauja en el que realizan sus prodigios. ( Stuart Chase, The Tyranny of Words [La tiranía de las palabras], 1937, p. ix).

Pero es de temer que si hubiese alguna manera de prohibir el em- pleo incendiario del lenguaje, los hombres pronto recurrirían a los puñetazos y las bofetadas; si se eliminan los «persuasores ocultos», la fuerza bruta dejará de ser una alternativa de última instancia para convertirse en el primer recurso. Por otra parte, parece haber un sentido según el cual hacer ex- cesivo hincapié en el significado afectivo, en vez de en el concep- tual, constituye una adulteración del lenguaje: el aspecto central y explícito del significado, del cual se sirve el hombre para organizar y transmitir su experiencia y conocimiento del mundo a los demás, no debería ponerse irresponsablemente al servicio de la emoción y del prejuicio. La lección que se desprende es la de que sólo educán- donos y educando a otros para desempeñar la «vigilancia semánti- ca» se pueden mantener a raya tales peligros.

Resumen

Según el esquema presentado al principio del capítulo, el len- guaje tiene, por lo menos, cinco funciones en la sociedad:

(i) transmitir información (informativa)

(ii) expresar los sentimientos y actitudes del hablante o del escritor

(expresiva)

(iii)

controlar o influir en la conducta de los demás (conativa)

(iv)

crear un efecto artístico (estética)

(v)

mantener los vínculos sociales (fática)

resultando, además, que la abundancia de abusos o errores en la comunicación supone el que se confundan estas funciones. He analizado sobre todo las funciones conativa y fática del len- guaje, pues ellas hacen ver de un modo especialmente claro cómo puede estar el lenguaje al servicio de, o en interacción con, otros factores de la sociedad. Por otra parte, el estudiar tales funciones es también pertinente para acabar con la falacia de que el principal objetivo del lenguaje es, en todo momento, transmitir información, y con la falacia subsiguiente de que el significado conceptual es el componente semántico más importante en todos los mensajes. El lenguaje conativo (generalmente en la propaganda y en el lenguaje intencionado) subraya el poder afectivo y asociativo de las palabras, resultando a menudo que el significado conceptual se subordina al asociativo y se manipula en beneficio de éste. Asimismo, la función fática desplaza al significado conceptual de su posición central en el proceso comunicativo: qué informa- ción se transmita puede muy bien ser un problema insignificante en comparación con el de que se mantenga realmente una comu- nicación; así pues, lo que resulta crucial no es lo que se diga, sino

el hecho de que se diga.

Aun reconociendo el indudable poder que el lenguaje puede ejer- cer sobre las actitudes y las conductas de los seres humanos, es erróneo suponer que en la esfera social, aún más, incluso, que en la esfera psicológica, el hombre es el esclavo y el lenguaje el tirano:

la relación entre éste y la organización o el control social es algo muy complejo y que supone dependencia recíproca; lo cual significa que deberíamos, en bien de la humanidad, adoptar la costumbre de analizar crítica y seriamente las comunicaciones lingüísticas, igual que hacemos con las instituciones políticas o sociales.

Capítulo 5

¿ES LA SEMANTICA UNA CIENCIA?

Los cuatro primeros capítulos de este libro han sido notoria- mente acientíficos, o mejor, precientíficos: he expuesto y propuesto en ellos diversas hipótesis y clasificaciones, y varias estructuracio- nes de los fenómenos semánticos, pero ninguna de ellas equivale, en realidad, a una teoría científica. Un ejemplo de este precientifis- mo es la clasificación de las funciones del lenguaje (referencial, expresiva, etc.) de la página 87: no nos proporciona ningún criterio por medio del cual se pueda confirmar o demostrar la falsedad de la división propuesta. ¿Cómo, por ejemplo, se podría mostrar, empleando datos objetivos, qué funciones son aplicables a una locución determinada? Es claro que no hay ningún experimento por el que se pueda aislarlas, como un análisis químico hace con los ingredientes de un compuesto. Lo más que se puede decir de un análisis como el propuesto es que, como método para orga- nizar de algún modo los fenómenos en cuestión, parece cuadrar con los datos empíricos que conozco, y parece, también, que es de al- guna manera satisfactorio intuitivamente. Por estudiar otro ejemplo, atendamos a la explicación que he dado de la metáfora como una «fusión conceptual», en las pp. 61-63; tal explicación trae con- sigo, de forma totalmente natural, la cuestión de qué es un con- cepto, o de qué pruebas empíricas hay que presentar para mostrar que la fijación conceptual se da realmente cuando se describe un barco como un «corcel marino». ¿Cómo diantres se puede justificar en términos científicos el hablar de un «concepto» —algo que, si

existe, está encerrado en el cerebro, lejos por tanto de toda ob- servación— como de un elemento de una descripción absolutamen-

te científica? No pretendo, sin embargo, disculparme por haber hecho uso del

pensamiento precientífico: es útil tener métodos toscos pero eficaces para guiarse en un terreno que casi no se ha explorado (pues no otra cosa es la semántica); necesitamos, pues, métodos provisio- nales para abordar y clasificar una gama de fenómenos tan amplia

y confusa. Pero hay una diferencia apreciable entre decir «éste

es un método útil para tratarlo», y decir «éste es el método para tratarlo (porque es el único correcto)». Precisamente, en esa cer- teza absoluta consiste la meta que la ciencia se propone alcanzar

decididamente; y lo que hay que salvar si se quiere que la semántica llegue a ser una ciencia en el sentido más estricto, es el abismo exis- tente entre la carencia relativa de confianza y la confianza relativa en la verdad de lo que se afirma. Uno de los puntos más importan- tes para salvar ese abismo es construir teorías cuya formulación sea estricta y explícita, de tal manera que cualquiera pueda ver clara- mente lo que se sostiene y lo que se deja de sostener con ellas; pre- cisamente, éste ha sido uno de los principales logros de la reciente semántica lingüística, si lo comparamos con los intentos de épocas anteriores. Otro punto importante es el de hacer tales teorías sen- sibles a los datos empíricos (punto éste que preocupó enormemente

a los lingüistas de la época de Bloomfield, pero que parece traer bas- tante sin cuidado a los lingüistas de la actual época de Chomsky). Otras etapas a cubrir para conseguir un método científico plena- mente desarrollado serían, por un lado, poder dar cuenta de todos los datos manejables, y por otro, dar cuenta de ellos de la mane- ra más simple posible. Así pues, enumerando estos cuatro requi- sitos uno tras otro (aunque, en realidad, deben darse simultánea- mente), tendríamos: (a) - se ha conseguido un grado muy apreciable

de explicitud, el sine qua non de la tarea científica; (b) sin embargo, en los trabajos más recientes sobre el tema no se ha intentado si- quiera alcanzar la objetividad en general, y por lo tanto, ni que de- cir tiene que no se puede contar como un logro; (c) la sencillez de una explicación ha sido algo implícito en toda argumentación des- tinada a hacer preferible una teoría o solución antes que otra, pero

la formulación explícita de la medición de la sencillez, que era algo

ya bastante tratado por los lingüistas de hacia la mitad de la década pasada, no se ha convertido en algo verdaderamente importante hasta que los lingüistas no dirigieron seriamente su atención a la semántica, desde hace, aproximadamente, siete u ocho años; (d) la exhaustividad de la descripción es probable que no se tenga en

cuenta por un buen período de tiempo, debido a que la compleji- dad de los datos lingüísticos es tal que cuanto más explícita resulta una formulación, menos datos parece ser capaz de abarcar el inves- tigador. Nadie ha logrado explicar el lenguaje en general, o al me- nos una lengua, o al menos el aspecto semántico de una lengua, o al menos, por fin, la parte principal de la semántica de una lengua:

todas las teorías semánticas son muy provisionales y muy parciales. Por todo eso, la semántica es una aspirante a ciencia, más bien que una ciencia sin más; pero ser una aspirante a ciencia es ya muy importante: significa haber alcanzado el punto desde el que se va directamente hacia los objetivos que aseguran una aproximación progresiva a la verdad, y esto es algo que no puede desdeñarse. Este es, precisamente, el ideal al que aspira cualquier esfera del co- nocimiento; y no porque el poder calificar de «científicas» a nues- tras investigaciones resulte muy esnob o represente una garantía de respetabilidad, sino porque el mero perseguir los objetivos de la investigación empírica para poder dar con la verdad es, de por sí, una muestra de seriedad y honestidad.

El enfoque contextual del significado

Así como la lingüística actual ha subrayado el aspecto teórico de la investigación científica, los lingüistas de la época anterior ( aproximadamente, de 1930 a 1960) concedieron prioridad al as- pecto EMPÍRICO u OBSERVACIONAL: un modo de enfocar la cuestión que evidenciaba por sí mismo el intento de basar el significado en el contexto. El «contextualismo» —como llamaré a esta tendencia— ha demostrado ser un fracaso claro, pero aun así es importante estudiarlo y tomar buena nota de las razones de su fracaso, si lo que se pretende es entender cabalmente la situación actual de la semántica. El contextualismo tiene un atractivo superficial para cualquiera que aspire al ideal de objetividad científica: si el significado se es- tudia a base de ideas, conceptos o mecanismos mentales profundos, es claro que queda fuera del alcance de la observación científica; en lugar de eso —dicen los contextualistas— deberíamos estudiar el significado a base de la situación, del uso y del contexto, que son elementos externos y observables relacionados con el compor- tamiento verbal. En 1930, J. R. Firth, el lingüista inglés más influ- yente de ese período, lo expresaba así:

Si consideramos el lenguaje como «expresivo» o «comunicativo», damos por sentado que es un instrumento de unos procesos men-

tales profundos; y como sabemos tan poco de esos procesos, aun valiéndonos de la introspección más minuciosa, el problema del len- guaje resulta más misterioso cuanto más intentemos explicarlo haciendo referencia a hechos mentales profundos que no son obser- vables. Al considerar las palabras como actos, sucesos o hábitos, li- mitamos nuestro campo de investigación a lo que es objetivo en la vida colectiva de nuestros congéneres.

Speech [El habla], recogido en The Tongues of Men and Speech [ Las lenguas de los hombres y el habla], 1964, p. 173.

El gran antropólogo de origen polaco B. Malinowski influyó en esta manera de pensar de Firth, pues aquél, en su estudio sobre el papel que desempeña el lenguaje en las sociedades primitivas, había llegado a la conclusión de que era más apropiado considerarlo como

«un modo de acción que como un instrumento de reflexión». «El lenguaje en la acción» y «el significado es el uso» se pueden consi- derar dos lemas gemelos de esta escuela. Es seguro que en una épo- ca no muy lejana, la afirmación del filósofo Wittgenstein: «En un

el significado de una palabra es su utiliza-

ción en el lenguaje», fue la declaración sobre el significado más citada, aunque quizá no la más analizada. De forma análoga, los sencillos «juegos lingüísticos», inventados por este filósofo para mostrar cómo en un contexto restringido el significado de una pa- labra se puede entender atendiendo simplemente a lo que viene a continuación de ella, aparecieron a los ojos de los lingüistas como una demostración perfecta de cómo se debía abordar el significado. No sólo la antropología y la filosofía, sino también una terce- ra disciplina relacionada con la semántica, la psicología, se ha pre- sentado para dar fe del punto de vista contextualista. Así, Bloom- field se estaba inspirando en la psicología conductista al definir el significado de una forma lingüística como «la situación en que el hablante la enuncia, y la respuesta que aquélla provoca en el oyen- te»; a modo de ejemplo (en el capítulo 2 de Language) describía una situación muy simple, en la que la ya célebre pareja, Jack y Jill, está paseando por un camino:

gran número de casos

Jill tiene hambre. Ve una manzana en un árbol. Produce unos so- nidos con su laringe, su lengua y sus labios. Entonces, Jack salta la cerca, sube al árbol, coge la manzana, se la lleva a Jill y se la pone en la mano. Jill se come la manzana.

Language, p. 22.

En esta situación, Bloomfield distinguía tres componentes:

Y la interpretaba a base del esquema estímulo-respuesta, como sigue: (donde s y r representan

Y la interpretaba a base del esquema estímulo-respuesta, como sigue:

a base del esquema estímulo-respuesta, como sigue: (donde s y r representan el estímulo y la

(donde s y r representan el estímulo y la respuesta verbales, y S y R el estímulo y la respuesta físicos). Así, pues, en opinión de Bloomfield, el lenguaje debe conside- rarse básicamente como un sistema de control remoto, según el cual un estímulo dirigido a un organismo de la especie humana puede dar lugar a una respuesta en otro organismo. Otro enfoque conductista del significado ha sido el del filósofo estadounidense Charles Morris, cuyas ideas lograron cierta pu- janza entre los lingüistas en las décadas de los cuarenta y cincuen- ta. Este autor postulaba la existencia de cinco componentes básicos en cualquier situación comunicativa:

un signo

un intérprete:

un organismo para el cual algo es un signo

un interpretante: la reacción del intérprete ante el signo

un denotatum:

la cosa de la que el interpretante es una res- puesta parcial (o, en otras palabras, el refer-

Drente)

un significatif: aquellas propiedades que determinan que algo sea precisamente un denotatum del signo (o, en otras palabras, el significado).

Estas sólo son mis explicaciones simplificadas de la terminología de Morris: una muestra del carácter extremadamente técnico de sus explicaciones la constituye esta definición de signo:

Aproximadamente: algo que dirige el comportamiento con respecto a algo que no es de momento un estimulo. De forma más precisa:

Si A es un estimulo preparatorio tal que, en ausencia de objetos-es-

timulo que inicien unas series de respuestas de una clase de compor- tamiento determinada, produce en algún organismo una disposición a responder por medio de series de respuestas de esa clase de com- portamiento, entonces A es un signo.

Una situación semiótica simple de las que se ocupa Morris es la siguiente: Un perro está encerrado en una jaula con fines experi- mentales. Cuando se coloca su comida en un lugar determinado A, suena un timbre. Al poco tiempo, el perro aprende a asociar el timbre (que podemos llamar E l ) con la comida, de tal manera que cuando lo oye reacciona, hasta cierto punto, como si hubiese visto u olido realmente la comida: o sea, se traslada al punto A, que es donde se le coloca normalmente ésta. Pues bien, el sonido del timbre E l es un signo; el perro es el intérprete; el movimiento de traslación hacia A es el interpretarte;la comida que se coloca en A ( un hueso, pongamos por caso) es el denotatum; la serie de condi- ciones (por ejemplo, las cualidades de comestible, apetitoso, nutri- tivo) que hacen al hueso un denotatum de E 1 constituye el signifi- catif del signo. Podemos ver también que el timbre, en esta situa- ción semiótica, es algo análogo a un mensaje lingüístico simple, como «¡La comida!» o «¡A comer!» Es interesante notar que las situaciones a las que Malinowski, Bloomfield y Morris aluden instintivamente, cuando quieren acla- rar la tesis contextualista, son todas «rudimentarias» en un sentido o en otro. De hecho, el contextualismo en su forma más pura (que

se puede resumir en la fórmula «SIGNIFICADO = CONTEXTO OBSERVABLE»),

sólo puede dar cuenta de los casos más sencillos y vulgares del uso lingüístico; sin embargo, en muchas ocasiones en las que se da la comunicación lingüística (contar un cuento, dar una conferencia, cotillear sobre los vecinos, leer un folleto), el mero atender a la si- tuación en que se hallan el hablante y el oyente podrá decirnos muy poco —si es que nos dice algo— acerca del significado del mensaje. Hay, pues, insuficiencias evidentes en este contextualismo simplista; así, por ejemplo, se puede hablar aun en ausencia de ob- jetos a los que referirse (lo que Bloomfield llama «habla despla- zada»); existen, por otra parte, muchas formas lingüísticas, como las palabras que se refieren a procesos mentales, que no tienen nin- gún correlato observable; y existen también algunas formas lingüís- ticas que no tienen ningún correlato en nuestro mundo real (v. gr.

dragón, gladiador, el 1990 d.C.).

Por lo tanto, en la práctica, los lingüistas como Bloomfield lo que hicieron fue adherirse a la forma más endeble de contextualis- mo: en ella, la relación entre el contexto y el significado es bastan-

te indirecta y se puede expresar con una fórmula como «EL SIGNIFI-

CADO SE DERIVA EN ÚLTIMO EXTREMO DEL CONTEXTO OBSERVABLE» / O <L SIGNIFICADO SE REDUCE EN ÚLTIMO EXTREMO AL CONTEXTO OBSERVABLE».

Una forma de modificar el contextualismo puro en este sentido es sostener que si bien es verdad que los significados se aprenden en t relación a un contexto, una vez que esto ha ocurrido se pueden utilizar con entera libertad; en realidad, esto

quiere decir que se admite que el registro mental profundo de los contextos anteriores es equivalente a esos mismos contextos. De una forma más gene- ral, el requisito de que el contexto deba ser observable podría sua- vizarse de tal manera que se pudiesen tener en cuenta las opiniones y las creencias del hablante y del oyente, sus experiencias intelec- tuales precedentes, etc. Se ha admitido incluso que aun las abstrac- ciones más fuertes, como la de «cultura hispánica», forman parte de la descripción contextual de una locución dada. Una ampliación adicional de la tesis contextualista es tener en cuenta el contexto lingüístico además de —o en lugar de— el no lingüístico; de ese f modo, la probabilidad de coaparición o de conlocación de una palabra con otra se puede considerar como parte de su «significado». Aunque ese tipo más endeble de contextualismo tiene la ventaja de aproximar más claramente el «contexto» a lo que normalmente entendemos por «significado», tiene la consiguiente desventaja de hacer de aquél una noción más abstracta, hasta el punto de que así es muy difícil establecer una conexión entre éste y la obser- vación. Por este camino, el deseo de lograr la objetividad científica, que había sido la principal razón para adoptar una postura contex- tualista, se sume en el olvido; o peor aún, se puede caer en una es- pecie de mestizaje como el del «contextualismo mentalista», me- diante el cual el investigador afirme estar relacionando el lenguaje con la situación cuando en realidad lo que hace es relacionarlo con aquellos «procesos mentales profundos» que criticaba Firth. Una objeción supletoria y lógica que se le puede presentar al contextualismo es que es víctima de la «falacia lingüística de los cordones de los zapatos», que ya vimos en el capítulo 1 (p. 19). Con tal cosa me refiero a que el semantista «intenta levantarse a sí mismo estirando de los cordones de sus zapatos», en el sentido de que describe el significado valiéndose del lenguaje, dando por sentado, así, el cómo se ha de describir el significado del lenguaje que ha empleado para describir el significado mismo. En el libro

de Morris Signs, Language and Behavior [Signos, lenguaje y con-

ductal se halla un ejemplo de esta falacia, precisamente en el pasaje donde complica un tanto el caso del perro y el timbre, para dar

una explicación conductista del significado de los formadores, o elementos lógicos del significado, tales como «y» y «o»:

Supongamos que E 1 , E, y E, son, para el perro, señales de alimen- tos en tres lugares distintos, de forma que cuando el perro tenga hambre busque la comida en el lugar que indique el estimulo que se

le ha presentado. Si ahora se combina siempre otro estimulo, E

con dos de los anteriores (como en E l , E 6 , E 2 , pongamos por caso),

y si entonces el perro —sin demostrar preferencia alguna—

busca alimento en uno de los dos lugares conocidos, mientras que

lo hace en cl otro si y sólo si no ha encontrado comida en el primer

lugar al que ha acudido, en tal caso, E 6 será un estimulo que tendrá mucho en común con la partícula disyuntiva «o» de nuestra lengua ( «uno al menos, pero no ambos»).

Lo que salta a la vista es que Morris, al dar una explicación con- ductista, nos presenta un objeto comunicativo cuyo análisis y ex- plicación son mucho más complicados que los de la sucesión de signo original. Su descripción de lo que significa el «o disyuntivo» presupone que sabemos ya el significado de unos elementos lógicos como si, si y sólo si y no. Por otro lado, todo lo que se dice en el pasaje citado viene a ser lo mismo que igualar dos fórmulas lógicas:

X o (disyuntivo) Y = (X si y sólo si no-Y) y (Y si y sólo si no-X).

Por lo tanto, lo más que se puede decir de tales explicaciones cont extualista es que relacionan dos series de expresiones lingüísticas ( lo cual no es una tarea vana, sino, más bien, distinta de lo que se proponían aparentemente). La única salida posible de ese círculo vicioso sería recurrir a los aspectos no verbales del contexto (por ejemplo, señalar los objetos en vez de describirlos mediante términos lingüísticos); pero en ese caso, la semántica obtendría la absurda índole de ciencia de lo inefable. Teniendo en cuenta estos defectos no es sorprendente que, en la práctica, la semántica contextual haya experimentado unos pro- gresos tan exiguos; aunque ha habido muchas formulaciones pro- gramáticas y aclaraciones detalladas sobre la forma en que se podría realizar el proyecto, no se ha dado prácticamente ninguna explica- ción sistemática de ningún significado concreto de ninguna lengua concreta. Con todo, no hay que ocultar que es un mérito suyo el haber prestado atención a algunos aspectos que habían sido des- atendidos hasta entonces, como cl significado estilístico y el con- locativo. Pero, en general, el contextualismo ha tenido un resultado contrario al previsto: ha desviado, en vez de encauzarlo, el afán del investigador del estudio riguroso de los datos.

¿Cómo abordar el contexto?

Los trabajos más recientes sobre semántica han vuelto otra vez I al mentalismo», contra el que habían reaccionado Firth, Bloom! field y sus contemporáneos. Se puede decir que esta vuelta es, sim- j plemente, la aceptación de una realidad evidente: el significado es 1 realmente un fenómeno mental y es inútil pretender que sea de otra j manera; más adelante, en este mismo capítulo, analizaremos este i punto más detenidamente y consideraremos en qué sentido esposibl ee una «ciencia» de los fenómenos mentales. Pero, ante todo,ee- i conozcamos que hay una buena dosis de sentido común en la afir- mación de los contextualistas de que el contexto es un factordecididamentee fundamental de la comunicación; y consideremos de qué manera el contexto puede desempeñar este papel semántico en una teoría basada en el significado conceptual. La observación cotidiana confirma la importancia del contexto de muchas maneras; así, todos hemos experimentado la perpleji- dad a que da lugar la falta de información contextual: por ejemplo, cuando escuchamos únicamente el capítulo doce de un serial com- puesto por 12 capítulos. Por otra parte, podemos recordar también ejemplos muycono- 1 cidos en los que la prefiguración contextual del significado nos per mite entender unos mensajes esquemáticos como:

(1) SPLASH! UPSIDE DOWN

Amenizóó al revés!

(2) IT'S OFF!

¡Se fue!

(3) STICK IT ON FOULNESS

Ponedlo en Foulness

(4) JANET! DONKEYS!

¡Juana! ¡Los burros! Sin las claves del contexto original, al que las lea ahora le resultará difícil entender cualquiera de esas, expresiones. La (1) es un titular de un periódico anunciando el amerizaje del Apolo 13, en octubre de 1970; la (2) es otro titular que anuncia la terminación de la huelga de estibadores ingleses, en julio de 1970; la (3) es de un ad- hesivo para coches que se veía cuando tuvo lugar la controversia acerca de la ubicación del tercer aeropuerto de Londres (1971) ( Foulness, naturalmente, es una localidad determinada)*; la (4) es

* El original inglés añadía además: (« foulness significa «porquería». IN. del T.]

y no un estado de suciedad»), pues

una célebre observación que repetía la tía del protagonista, Betsey Trotwood, en el David Copperfield de Dickens (la observación era una orden a su criada para que realizase una tarea rutinaria consistente en ahuyentar a los burros del césped). En cada uno de estos cuatro casos el que compone el mensaje ha dado por supuesto que el lector sabe perfectamente a qué se refiere. En un sentido más amplio, podemos decir que la especificación del contexto (sea lingüístico o extralingüístico) tiene como conse- cuencia el restringir las posibilidades comunicativas que el mensaje tiene fuera de todo contexto. Esta particularización del significado puede darse, por lo menos, de las tres maneras siguientes:

(A)

El contexto elimina ciertas ambigüedades o polisemias del mensaje (p. ej., sabemos que en unos casos determinados mono significa una prenda especial de vestir, y no un animal cuadru- mano).

(B)

El contexto señala los referentes de determinados tipos de pa- labras que podemos llamar DEÍCTICAS (ése, aquél, aquí, allí, ahora, entonces, etc.) y de otras expresiones que tienen un sig-

nificado determinado (como Juan, yo, tú, él, eso, el hombre).

(C)

El contexto suministra la información que el hablante/escritor ha omitido mediante la elipsis (p. ej., podemos comprender que ¡Juana! ¡Los burros! significa algo parecido a «¡Juana! ¡ Ahuyente aquellos burros!», y no «¡Juana! ¡Traiga aquellos burros!», o cualquier otra de las infinitas posibilidades teóricas).

La primera de esas funciones, la llamada función DESAMBIGUA- DORA del contexto, se puede ejemplificar con la sencilla oración Shall I put this on? [¿Puedo poner(me) esto?]. Es indudable que entenderemos la oración de un modo muy distinto según sepamos que lo que el hablante tiene en la mano es (1) una radio portátil; (2) un jersey; o (3) un trozo de madera. Y la diferencia no reside simplemente en que el referente de this [esto] cambia, sino en el sentido que se atribuya a put on [poner(se), echar, encender, re- presentar, aumentar (y un buen número de significados más)]:

(1) = `switch X on' [enchufar X] (2) = `don X', i.e. 'put X on oneself' [ponerse X, es decir, poner X sobre sí mismo] (3) = `place X on top of (something else, such as a fire)' [poner X encima de (otra cosa; una hoguera, por ejemplo)] Se podría haber obtenido lo mismo sustituyendo en esa oración esto por las frases nominales (1) la radio portátil,(2) el jersey o (3) el trozo de madera, si bien de esta manera se hábría logrado de un

modo un poco distinto: no podríamos hablar ya del entorno no- lingüístico de la oración completa, sino de entorno lingüístico del sintagma put (la) Shall I put the portable radio on? [ ¿Puedo poner la radio portátil?] ( 2a) Shall I put the sweater on? [.Puedo ponerme el jersey?] (3a) Shall I put the lump of wood on? [ ¿Puedo poner el trozo de madera?]

Pero, con todo, la manera en que el contexto actúa sobre el signi- ficado no es tan sencilla como se ha dejado ver hasta ahora; de hecho, la «desambiguación» es un término no sólo torpe, sino en- gañoso, en tanto que el efecto del contexto es tan sólo otorgar una probabilidad determinada a cada sentido (siendo la exclusión comp leta de un sentido el caso límite de probabilidad cero). La oración ( 2a) no da cabida sólo al sentido de ponerse que aparece en ella ( sentido 2), sino también, al de «colocar encima de otra cosa», un montón de ropa, por ejemplo (sentido 3) [así, en «¿puedo poner(me) la ropa en este estante?»]; la primera alternativa suele darse más a menudo debido a que es mucho más probable que la segunda, pero ésta no es, ni mucho menos, imposible. Una vez que estamos de acuerdo en esto podemos darnos cuenta de que hay otras ambigüe- dades mucho más sutiles que las que saltan a primera vista. Así, el sentido (2) de put on podría aplicarse a la oración (la) en el im- probable caso de que se considerase a la radio como un objeto para llevar puesto (si, por ejemplo, una persona la llevase en la cabeza a modo de sombrero), y lo que es más: la oración (2a) podría tener incluso los tres significados: el (1) se daría si alguien inventase un jersey eléctrico (a imitación de una manta eléctrica); los contextua- listas, por supuesto, prefieren quitar importancia a esta clase de ambigüedades, arguyendo que no se producirían si hubiésemos sido capaces de proporcionar una especificación más detallada del con- texto; pero, en realidad, como todo el mundo ha experimentado, las ambigüedades se producen por y pueden ser causa de confusio- nes en la comunicación. Un ejemplo bastante claro de esto podria ser el pedirle en voz alta a alguien que se encuentra en el dormitorio que ponga la manta eléctrica; el significado que a lo mejor se ha querido dar a esa petición es el de que se la coloque sobre la cama, pero la interpretación real puede haber sido la de que se la enchufe a la red. En un enfoque semántico basado en el significado conceptual, todas estas observaciones hacen pensar en que el significado en el

on:

contento debiera considerarse como un factor restrictivo y probab iliste en relación con la serie de significados posibles que están a disposición del usuario del idioma. Por ejemplo, si suponemos que la rúbrica léxica de put on nos proporciona precisamente los tres significados que hemos visto hace un momento, en ese caso el contexto modificará esos sentidos del diccionario —representados en el recuadro superior del diagrama siguiente—, más o menos co- mo se indica en los tres recuadros inferiores:

 

= (1)

`switch X on'

put X on

= (2)

`put X on oneself'

= (3)

`put X on (something else)'

on oneself' = (3) `put X on (something else)' Las porciones rayadas de cada rectángulo representan

Las porciones rayadas de cada rectángulo representan mi cálculo aproximado de las probabilidades relativas de los tres significados. De esta manera, se vuelve del revés la tesis contextualista: en lugar de entender el significado global como un agregado derivado de los contextos, nosotros entendemos los significados contextuales como dependientes de una serie de significados virtuales previamen- te establecida; lo cual no contradice lo que sabemos acerca de la forma en que el contexto coadyuva al aprendizaje del significado, sino que más bien quiere decir que se considera el aprendizaje del significado a través del contexto como un proceso de aproximación inductiva a las categorías semánticas con las que opera la comuni- dad lingüística tal y como se ha descrito en la página 97. Además, el aprendizaje a través del contexto se entiende como un apartado tan sólo del proceso de aprendizaje del significado: se debe conce- der mucha importancia también a la explicación verbal (defini- ción, etc.), que en los estadios avanzados del aprendizaje del len- guaje desempeña un papel tan significativo, al menos, como el del contexto. Este modo de enfocar el contexto nos vuelve a llevar a la dis- tinción entre COMPETENCIA y ACTUACIÓN lingüísticas, a la que ya aludimos en la pág. 20. Así, saber que put tiene, al menos, los tres significados lexicológicos que acabamos de analizar forma

on

parte de nuestra COMPETENCIA (las reglas, las categorías, etc.) que poseemos en virtud de ser hablantes del castellano. Pero, decidida- mente, es un problema de nuestra ACTUACIÓN lingüística (el uso efec- tivo que hacemos de esas reglas y categorías) saber qué significado es el más idóneo, teniendo en cuenta nuestro fondo de conocimien- tos del contexto. En este «fondo de conocimientos» puede entrar cualquier cosa concerniente al estado del universo en el momento en que se pronunció la expresión lingüística en cuestión; así, por ejemplo, es pertinente saber para la interpretación (1) de la oración ( 2a) Shall I put the sweater on?, si alguien ha inventado ya un jersey que se caliente conectándolo a la red eléctrica. Pero consi- derando así las cosas, es claro que el análisis de la interpretación en el contexto puede suponer ese conocimiento vasto y enciclopédico del universo que, como hemos indicado (pp. 24, 30), no puede formar parte del estudio de la semántica. De esta manera, aunque no hemos dado con la forma de superar los problemas de descrip- ción contextual que habían surgido en la sección anterior, sí tene- mos una justificación para eludir hasta donde sea posible el estudio del contexto en las zonas en que interfiere con el estudio de la competencia; es decir, vemos claro, al menos, que el estudio del significado-en-el-contexto es subsiguiente, lógicamente, al estudio de la competencia semántica, y no al revés. Hasta cierto punto, el conocimiento del «mundo real» es una clase de competencia —una parte de la «competencia comunicativa» general—, pero debido a que se mantienen separados teoréticamente, el conocimiento lingüís- tico y el conocimiento del «mundo real» sólo se mezclan en el plano de la actuación. La solución de hacer manejable la semántica mediante el rele- gamiento del contexto al plano de la actuación es demasiado drás- tica desde varios puntos de vista. Los factores de la situación pue- den dar lugar a que converjan o diverjan los significados concep- tuales de un modo tal que se hace necesario un estudio sistemático de la cuestión; por ejemplo, aunque «complacencia» y «posibili- dad» son, en general, dos conceptos diferentes, concurren prag- máticamente en la respuesta convencional a una invitación, como muestra el modelo impreso de respuesta siguiente:

como muestra el modelo impreso de respuesta siguiente: Normalmente, lo contrario de me complace sería no

Normalmente, lo contrario de me complace sería no me com- place, pero en este contexto se establece una oposición pragmá-

tica —borrando, así, los límites conceptuales— por razones de cortesía (realmente, para anticiparse a la cortesía de la persona que ha de contestar). Los detalles de este tipo escapan a una teoría conceptual limitada a la competencia; pero ya se ha dicho lo sufi- ciente para explicar por qué las teorías semánticas recientes han preferido concentrar su atención en el significado conceptual, ha-

(

ciendo abstracción, pues, de las particularidades del contexto Volveremos a tratar el contexto, en el sentido más preciso de «situación de la locución», en el capítulo 14.)

Mentalismo e «Intuición» Lo visto anteriormente suscita la siguiente pregunta: «Entonces, 1¿

qué posturas plausibles podemos contraponer al contextualismo?». La reacción de la mayor parte de los lingüistas actuales ante esta cuestión —seguidores, en esto, de los postulados de Chomsky— ha sido un retorno descarado al «mentalismo», del que los contex- t tualistas querían escapar. La noción de que la función primordial 1

del lenguaje es «la comunicación de ideas» resulta aceptable de nuevo; y lo que es más: se da por sentado, como un axioma de l trabajo en las indagaciones lingüísticas, que los datos que preci- samos sobre el lenguaje se pueden obtener recurriendo directa- j mente a la intuición. ¿Cómo los lingüistas actuales han osado adoptar esta postura que parece estar en total desacuerdo con los postulados contextualistas y completamente en contra, también, de toda la tradición empírica de la ciencia? La respuesta de Choms- ky consiste en un encogerse de hombros puramente retórico: res- pondiendo a la pregunta de «cómo sabemos que tal o cuál oración es gramatical, que tal o cuál expresión es sinónima de tal o cuál otra, etc.», dice: «No hay una respuesta plenamente satisfactoria para esa pregunta; los datos de este tipo son, sencillamente, lo que constituye el objeto de la teoría lingüística; si no tenemos en cuen- ta, pues, estos datos, nos quedaremos sin tema de estudio» (Current

Issues in Linguistic Theory (Problemas actuales de la teoría lin- güística], p. 79).

Afirma incluso que la relación entre la competencia y los datos obtenidos operativamente (v. gr., los resultados de las contrasta-

ciones (tests) en las que los hablantes tienen que juzgar la acepta- bilidad de las oraciones) es tan indirecta que «las contrastaciones

operativas

deben encontrar la condición de correspondencia me-

iante el juicio introspectivo» (p. 80); y justifica esta actitud apar entemente desdeñosa sosteniendo que (p. 81):

el estado actual del estudio del lenguaje, parece del todo evi-

dente que, muy probablemente, intentar formarnos una idea del conjunto de datos que poseemos sea más fructifero que intentar fijarlos, p. ej., mediante contrastaciones de sinonimia, gramatica- lidad y cosas por el estilo. Los criterios operativos para estas nociones podrian satisfacer el prurito de cientifismo en cl caso de que fueran correctos y asequibles, pero ¿cómo incrementarian, de hecho, nuestro conocimiento acerca del lenguaje ?

en

Dicho de otro modo, el lingüista tiene ya bastante trabajo con ex plicar lo que se sabe comúnmente sobre el lenguaje. No tiene, ni con mucho, una teoría lingüística o una descripción suficiente de este o aquel idioma; está rodeado por todas partes por una masa e datos confusos. Así las cosas, ¿va a preocuparse el lingüista de sus datos tienen un linaje intachable, más de lo que se preocupa-a un primigenio Linneo, abandonado libremente en el jardín del dén, de la veracidad epistemológica de sus propios sentidos? ,sí, lo que parece arrogancia en el rechazo chomskyano del criterio de objetividad, se puede considerar, más comprensivamente, como una manifestación de extrema modestia: reconocer que la lingüística está aún muy lejos de alcanzar un rango científico imparable al de la Física, la Química o la Biología. Los semantistas se han adherido firmemente a las ideas de ' homsky referentes a nuestro acceso intuitivo a los «hechos del lenguaje», y debe reconocerse que la liberación de las sujeciones preocupaciones que representaban los datos, ha venido acompa ñada de progresos notables, tanto en lo concerniente a la prof undización en la estructura semántica, como en lo referente a la formulación explícita de la teoría semántica. Es asombroso observar hasta qué punto las discusiones semánticas parecen progresar, en general, sobre una base convenida de datos comunes:

los invesgadores están de acuerdo casi siempre en qué oraciones son sinónimas, cuáles son ambiguas, cuáles otras son aberrantes o absurdas, así sucesivamente. Las intuiciones, por tanto, son idóneas para sentar las bases de unos análisis satisfactorios. Las diferencias existentes en las intuiciones de los distintos hablantes de una lengua consideran, a menudo, relativamente irrelevantes:

pueden indicar na diferencia de «dialecto» entre un hablante y otro, pero es muy improbable que afecten en gran manera al argumento dado 1 pro o en contra de una teoría determinada o de i

i

ti

Para decirlo con el filósofo W. V. Quine, la objeción funda- mental de los contextualistas al mentalismo residía en que éste

engendra

la ilusión de que se ha explicado algo. Y la ilusión

se acrecienta por el hecho de que las cosas paran en un estado lo suficientemente vago como para asegurar una cierta estabilidad, o la inmunidad contra ulteriores progresos. (`The Problem of Meaning in Linguistics' («El problema del sig- nificado en la lingüistica»], en From a Logical Point of View [Desde un punto de vista lógicoJ, p. 47).

Pero por una extraordinaria ironía, parece que lo que ocurre es precisamente lo contrario: el mentalismo ha traído consigo el progreso, o al menos, un estado notable de inestabilidad, que es difícil diferenciar del progreso, mientras que el contextualismo ha conducido, precisamente, a la ilusión descrita por Quine. Esto no quiere decir que nos hayamos de sentir satisfechos con la continuación indefinida de una ciencia basada en cl conocimiento a priori, y gobernada por el principio de «Todo lo que intuyo que es así, es así»; llevando esta formulación a su extremo lógico, no habría nada que impidiese a una persona pretender tener un cono- cimiento directo e intuitivo de las reglas de nuestra lengua, en cuyo caso, sería totalmente imposible presentar un argumento que cuestionase la exactitud de la descripción. Sin embargo, volvamos a juzgar el enfoque atendiendo a los frutos que ha cosechádo. Aunque la nueva aceptación de la intuición ha traído consigo, sin duda alguna, avances estimables, no se puede dejar de señalar al mismo tiempo el auge, en algunos sectores, de una indiferencia negligente ante los peligros del subjetivismo. Por ejemplo, Wallace Chafe, en un libro reciente y muy interesante,

Meaning and the Structure of

Language (El significado y

la

estructura del lenguaje], se conduce como si la asignación del papel primordial a la intuición por parte de Chomsky se tratara de un dogma incontrovertible: «Cuando los datos obtenidos por introspección y los directamente observables son contradictorios, son aquéllos los que prevalecen» (p. 122). Sin embargo, en otro lugar, Chafe se queja de que «la teoría lingüística más reciente ha adolecido de concebir la identidad de significado de una manera burda», lo que quiere decir, en la práctica, que nuestro autor considera las intuiciones de los demás sobre la sinonimia menos fidedignas que la suya propia. Cuando se llega al punto de razonar y discutir dando por sentada la superioridad o la mayor sutileza de las introspecciones propias, en comparación con las de los demás, ¿no se está alejando la lingüística de la línea trazada de aceptar la respuesta intuitiva? Los

lingüistas han estado siempre prestos a rechazar la subjetividad; con todo, ¿dónde se halla la línea divisoria entre el lingüista con sus datos obtenidos por instropección, y el crítico literario (pon- gamos por caso) con su respuesta individual basada en unas incli- naciones y unas apreciaciones puramente personales?

Enunciados básicos: el control de la intuición

Lo que hace falta, a mi modo de ver, es, en primer lugar, un control del modo en que se hace uso de la intuición, y en segundo lugar, una investigación de los métodos mediante los cuales se pueda apoyar con pruebas objetivas a los análisis «intuitivos». En realidad, los semantistas casi nunca «abusan» de la intuición, en el sentido de exigirle un conocimiento directo y explícito de las reglas del lenguaje; más bien, lo que hacen es partir de ciertos tipos de observación que consideran evidentes —por ejemplo, «La oración X es semánticamente anómala»— sobre los cuales (a pesar del comentario de Chafe) los lingüistas parecen reconocer que hay una considerable conformidad entre sus intuiciones. Por lo tanto, controlar el empleo de la intuición equivale en gran medida a de- terminar las reglas del uso práctico de la intuición. Así, por ejem- plo, los lingüistas tratan la sinonimia de oraciones, el hecho de que una oración entrañe o presuponga otra, los diversos tipos de irregularidad semántica. Todos esos fenómenos pueden incluirse en una lista de tipos de enunciado acerca del significado, a los que vamos a denominar ENUNCIADOS BÁSICOS, y que consideraré como algo «dado» por razones puramente prácticas. La tarea de la se- mántica es, pues, dar cuenta de tales enunciados mediante la ela- boración de teorías, reglas descriptivas y categorías de las que se puedan deducir aquéllos. (A continuación se da una definición de cada tipo.)

Tipos de enunciado básico

(Se puede suponer por el momento que X e Y representan oraciones cualesquiera). 1. X es sinónima de Y (v. gr., «soy huérfano» es sinónima de «soy un niño y no tengo ni padre ni madre»)*

En ocasiones, «huérfano» (adjetivo o sustantivo) se aplica al niño que ha perdido uno de sus progenitores sólo; sin embargo, como esta acepción es infre- cuente, hemos adoptado aquí la más corriente.

2. X entraña Y

(v. gr., «Soy huérfano» entraña «No tengo padres»)

3. X es incoherente con Y

(v. gr., «Soy huérfano» es incoherente con «Tengo padre»)

4. X es una tautología

(v. gr., «Este huérfano no tiene padres»)

5. X es una contradicción

(v. gr., «Este huérfano tiene padre»)

6. X presupone (positivamente) Y

(v. gr., «¿Está tu padre en casa?» presupone «Tienes padre»)

7. X presupone negativamente Y (v. gr., «Si tuviese padre, las cosas serían distintas» presu- pone negativamente «Tiene padre»

8. X es semánticamente anómala

(v. gr., «El padre del huérfano bebe mucho»)

Esta no es una lista completa de los tipos que cabría considerar como enunciados básicos, pero es suficiente para lo que nos pro- ponemos ahora. Por otra parte, la relación de oposición que guar- dan entre sí los tipos agrupados bajo una llave se hace evidente con sólo observar los ejemplos presentados. ¿Por qué los escogemos como enunciados básicos? En primer lugar porque son enunciados en un nivel en el que los investiga- dores parecen concordar intuitivamente; una segunda razón, indu- dablemente ligada a la primera, es que son enunciados fácilmente traducibles a términos de verdad y falsedad; lo que significa, a su vez, que se prestan a las pruebas de validación (de las que habla- remos más adelante). La cuestión de la verdad y la falsedad puede hacerse patente por medio de las definiciones parciales siguientes:

1.

X es sinónima de Y

X

tiene el mismo valor de verdad que Y, es decir, si X es verda-

dera, Y es verdadera, y viceversa; igualmente, si X es falsa, Y es falsa, y viceversa.

2. X entraña Y

Si X es verdadera, Y es verdadera; igualmente, si Y es falsa, X es

falsa.

3. X es incoherente con Y

Si X es verdadera, Y es falsa; igualmente, si Y es verdadera, X es

falsa.

4.

X es una tautología

X

es invariablemente verdadera

5.

X es una contradicción

X

es invariablemente falsa

6.

X presupone (positivamente) Y

Cualquiera que pronuncie X da por sentado que Y es verdadera

7. X presupone negativamente Y

Cualquiera que pronuncie X da por sentado que Yes falsa

8. X es semánticamente anómala

X es absurda en el sentido de que presupone una contradicción ( por lo que no tiene sentido preguntar si X es verdadera o falsa).

¿Por qué las anteriores no son más que definiciones parciales? Porque si las nociones como la sinonimia se definiesen a base sim- plemente de verdad y falsedad, serían lo suficientemente amplias como para incluir casos que nosotros sabemos que pertenecen a esa categoría debido más bien al conocimiento fáctico del «mundo real», que al significado conceptual, y de esa manera nos encon- traríamos con el mismo problema de la teoría semántica que hemos visto antes (ver pp. 24,30), es decir, que no puede esperarse que dé una explicación exhaustiva de nuestro conocimiento del universo. Para cada categoría «semántica» (es decir, lingüística) hay una ca- tegoría «fáctico» correspondiente; por ejemplo:

1. «Carlota vive en París» es fácticamente sinónima de «Carlota vive en la capital de Francia».

2. «Ha llovido mucho» entraña Tácticamente «El suelo está mo- jado».

3. «Arturo acaba de comerse siete platos de estofado» es Táctica- mente incoherente con «Arturo tiene hambre».

4. «Las casas se hacen con materiales sólidos» es el equivalente fáctico de una tautología.

5. «Pérez se ha mordido una oreja» es el equivalente fáctico de una contradicción.

Puesto que no exigimos —por las razones ya estudiadas— que una teoría semántica sea capaz de dar cuenta de esta clase de fe- nómenos, debemos añadir a las definiciones de los diferentes tipos de enunciado básico la salvedad de que las condiciones de verdad

se dan «en virtud solamente del significado conceptual».

Por otro lado, insistir en el punto de que la contrastabilidad de las descripciones semánticas depende de sus consecuencias en cuanto al valor veritativo, es, quizá, conceder una importancia excesiva a las aserciones, en detrimento de otros tipos de acto de habla, como son las preguntas y los mandatos. No hay duda alguna de que éstos —por no hablar de las promesas, las advertencias y

las exclamaciones— tienen sus propias condiciones de «felicidad» ( ver p. 377) o validez, equivalentes a la validación a base de ver- dad y falsedad que es aplicable, de hecho, a las aserciones. Por ejemplo, una prueba de validación o de significatividad de una pregunta consiste en si permite al que tiene que responder

escoger entre las respuestas «Sí» y «No» desde este punto de vista, pues la pregunta «¿Es tu padre un hombre?» es absurda; de forma parecida, un mandato sólo es válido si permite a la persona inter- pelada actuar del modo que se le indica: por esta razón, «Cierra la ventana» sería una locución incongruente si la ventana estu- viese ya cerrada. Si fuera posible medir con precisión —por medio de instrumentos electrónicos, pongamos por caso— la «reacción ante la incongruencia» de una persona a la que se la interpele de ese modo, habría motivos poderosos para ampliar nuestro conjunto de enunciados básicos, de forma que incluyera «X es incongruente»

o «X es absurdo», siendo X una pregunta o un mandato. Sin em-

bargo, mientras nos limitemos a contrastar basándonos en las reac- ciones verbales de la gente, probablemente sea mucho mejor confiar ante todo en los juicios de verdad y falsedad, pues estas nociones parecen tener un significado muy preciso para todos los usuarios psicológicamente normales de un idioma. Sin embargo, con todo lo dicho, aún está pendiente la cuestión de cómo se decide si un caso determinado es «semántico» o mera- mente «fáctico». Existen indicios (p. 112) de que la contradicc ión puede ayudar a resolver el problema; pero, por el momento,

podemos advertir que el investigador ha de tomar esta decisión sólo en el sentido implícito y pragmático de que los ejemplos que querrá

y necesitará contrastar

fáctico. Así pues, esta distinción equivale, en realidad, al problema de cuánto se puede ampliar una teoría semántica:

cuantos más hechos pueda explicar, mejor; pero así se Llega a un punto de ganancias decrecientes, precisamente cuando la noción de una especificación finita y exhaustiva del significado no puede hacer frente a la ilimitada inmensidad del conocimiento humano. Tomemos, como caso concreto, la definición de la palabra elefante. Hay un sinfín de propiedades de los elefantes (positivas y negativas) sobre las que podemos construir aserciones absurdas y necesariamente falsas:

serán

semánticos

(lógicos)

en vez

de

El elefante tenía ochenta patas. Los elefantes tienen antenas. Algunos elefantes hablan con sensatez. etc.

108

Geoffrey Leech

Si quisiéramos que nuestra teoría semántica diese cuenta de lo absurdo de esos enunciados, tendríamos que incluir rasgos como «c on cuatro patas», «sin antenas» e «incapaz de hablar» en nuestra definición de elefante; pero si incluyéramos todos esos rasgos, conformaríamos no una rúbrica del lexicón, sino una rúbrica de ciclopedia, de una extensión indefinida. Por lo tanto, las dos Ú

icas solucione s posibles son: (a) incluir algunos rasgos de esta clase , pero no otros; o (b) excluir todos estos rasgos. La primera es poco atractiva porque no hay una base firme para diferenciar las Propiedades que son fundamentales para el significado de la palabra, de las que no lo son; así, escoger entre el sinfín de defi- niciones posibles a las que podemos llegar, es igual de arbitrario e un echar a cara o cruz; dicho de otra manera: hemos de reco- nocer que elefante tiene infinitos significados pero que ninguno de ellos es más «correcto» que otro. La segunda solución, que no tiene las manifiestas desventajas de la anterior, equivale a negarse

a llevar el análisis del significado de elefante más allá de la defi- nición de esta palabra como «un animal de la especie elefante». La conclusión de este argumento —la cual para algunos es deplo- rable es por lo tanto que la oración «El elefante tenía ochenta patas», y todas las de esa clase, son absurdas debido a algo que

el análisis semántico no puede explicar.

Según todo lo anterior, la frontera entre lo «semántico» y lo « fáctico» deja de ser un problema filosófico crucial y se convierte en el menos crucial problema pragmático de cómo delimitar el ámbito de una teoría semántica; o, más exactamente, el problema de saber hasta qué punto se puede acometer la atomización del significado por métodos lingüísticos antes de habérsenos presentado el dilema de elegir entre los diversos criterios concurrentes. Este m étodo de intentar «trazar la raya» refleja una supuesta diferencia entre el carácter finito y sistemático del significado conceptual y la naturaleza irregular e inacotable del conocimiento extralingüístico (ver pp. 30-31). Otra cuestión que hay que tratar es si la ambigüedad debe con- siderarse como un dato básico de la semántica; es decir, si «X es ambigua» se debe clasificar como un tipo más de «enunciado bá- sico». Es cieno que los lingüistas afirman a menudo que la ambi- güedad de una oración es algo palmario; pero la naturaleza y el alcance de la ambigüedad son cosas que, las más de las veces, están lejos de ser tan evidentes y tienen, por lo tanto, que explici- tarse recurriendo a las paráfrasis, a las claves contextuales, etc. Se pu ede sostener, pues, que la ambigüedad se puede reducir en todos los casos a una serie de tipos de enunciado básico que ya cono

qu

n

en

cemos; por ejemplo, para mostrar por qué en Hugo is drawing a cart [Hugo está sacando un carro] hay ambigüedad, yo puedo em- parejar, por un lado, esta oración con su sinónima (a) Hugo is drawing a picture of a cart [Hugo está dibujando un carro], y por otro con su también sinónima (b) Hugo is pulling a cart [Hugo

está tirando de un carro]: lo importante es que (a) y (b) no son

sinónimas entre sí. Dado que la ambigüedad se puede reducir, de este modo, a nociones más básicas, y dado que sólo indirecta- mente se puede traducir a términos de verdad y falsedad, parece que lo más conveniente es excluirla de la categoría de enunciado básico. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que los lingüistas no puedan contar de una manera informal siempre que lo deseen con la intuición de la ambigüedad como un indicio para la formulación de los análisis. Este problema de la ambigüedad lleva incidentalmente a otra observación: es erróneo considerar la X y la Y de las fórmulas de los enunciados básicos como oraciones. Estas, entendidas del modo más corriente, son unidades sintácticas; de modo que, por ejemplo, es más natural describir Hugo is drawing a cart como «una oración ambigua» (es decir, una sola oración con dos o más significados) que como «dos oraciones que poseen la misma forma sintáctica». Así pues, la X y la Y, que entran en relaciones como el entrañe y la sinonimia, son en realidad significados concretos de oraciones, y no las oraciones mismas. Podemos, pues, reco- nocer esta diferencia y evitar, así, confusiones llamando a X e Y «aserciones» o «proposiciones», o —empleando un vocablo de gran trascendencia (ver p. 149)— PREDICACIONES. Por tanto, podemos decir que una oración ambigua es la que expresa dos o más pre- dicaciones; si una oración (según la definición tradicional) «ex- presa un pensamiento completo», entonces una predicación se pue- de caracterizar informalmente como el «pensamiento completo» que expresa la oración.

La contrastación semántica

La noción de «enunciado básico» no sólo codifica y controla el uso de los datos introspectivos; también muestra la forma de llegar a unos procedimientos de contrastación objetivos que capa- citen al investigador para ir más allá de sus propias intuiciones y averiguar hasta qué punto sus propias apreciaciones tienen una validación completa en la comunidad lingüística en general. Esto es totalmente imprescindible cuando el lingüista estudia un idioma

del que no es hablante nativo, pues, en ese caso, es probable que sus intuiciones sean indirectas o inseguras. Una manera de proporcionar un apoyo objetivo' a un análisis sería observar qué oraciones aparecen realmente en un corpus de locuciones; se podría predecir así, por ejemplo, que las locuciones contradictorias y otras igualmente absurdas no aparecen en las si- tuaciones lingüísticas cotidianas. Desgraciadamente, es muy difícil reunir esta especie de datos negativos y, en cualquier caso, suelen interferir todo tipo de factores de la actuación. Por ejemplo, las tautologías y las contradicciones se dan, efectivamente, en la con- versación, pero normalmente con alguna interpretación especial que abarca a factores como la ironía, la metáfora y la hipérbole: Si

tienes que ir, tienes que ir; Es hijo de su padre; Me morí mate- rialmente de risa cuando le vi; etc.

Una posibilidad más prometedora es la de contrastar los enun- ciados básicos, sonsacando las reacciones de un grupo de hablantes nativos. Si se pretende que los resultados sean verdaderamente representativos de toda la comunidad lingüística, tales contrastaciones han de presentarse de manera que puedan entenderlas las personas sin ningún conocimiento técnico del idioma; así, por ejemplo, no sería provechoso presentar a un grupo representativo de hablantes de nuestra lengua la pregunta «,Entraña la oración X la oración Y?», en cambio sí lo podría ser si les preguntásemos «Si la oración X es verdadera, ¿tiene que ser verdadera la ora- pp ción Y?». De aquí la importancia de reducir las cuestiones de sig nificado conceptual a cuestiones de verdad y falsedad: operar con nociones que son familiares a todo el mundo. Presento a conti- nuación dos ejemplos de tales contrastaciones, la primera prepa- rada para contrastar el.entrarie y la incoherencia; la segunda para hacer lo mismo con la tautología y la contradicción:

Contratación del entrañe y la incoherencia

contradicción: Contratación del entrañe y la incoherencia Instrucciones: Supuesto que X es verdadera, decir si Yes

Instrucciones:

Supuesto que X es verdadera, decir si Yes o no verdadera. Si usted cree que Y debe ser verdadera, escriba «si». Si usted cree que Y no puede ser verdadera, escriba «NO». Si usted cree que Y puede o no ser verdadera, escriba «SIGNO». Si usted no sabe qué respuesta dar, escriba «?».

Las respuestas «sí» y «NO» en esta contrastación son corno el diagnóstico' el entrañe y la incoherencia, respectivamente.

Contratación de la tautología y la contradicción Mi hermanastro es mi hermano

Instrucciones::

Si el enunciado debe ser verdadero en cualquier situación, es- criba «sí». Si el enunciado debe ser falso en cualquier situación, escriba

«NO».

Si el enunciado puede ser verdadero o falso, escriba «sí/No». Si usted no sabe qué respuesta dar, escriba «?».

Igual que antes, en esta ocasión son las dos primeras respuestas ( «si» y «No») las que tienen valor de diagnosis: señalan la tautología y la contradicción, respectivamente.

Atendiendo a los primeros experimentos que he llevado a cabo en este sentido (`On the Theory and Practice of Semantic Testing' [ «Sobre la teoría y la práctica de la contrastación semántica»], 1970), se puede decir que tales métodos de contrastación empírica nos hacen ser optimistas en cuanto a su validez para obtener result-, tados claros y precisos. Sin embargo, no se debe esperar una con- firmación al cien por cien, debido a que todas las contrastaciones tienen lugar a nivel de la actuación y no al de la competencia, y por lo tanto, las interpretaciones metafóricas ad hoc y otros «fac- tores molestos» tienen que interferir por fuerza. (El que tal inter- ferencia sea inevitable viene dado por el hecho de que las contrast aciones operan a nivel de ACTUACIÓN, mientras que los fenómenos que se contrastan son factores de la COMPETENCIA.) La confirma-' ción, pues, se debe considerar como algo probabilistic y, por tanto, lo más que puede esperarse es un predominio del 80% en un sentido o en otro. Algunos ejemplos de lo que se pueden con- siderar como resultados definitivos del entrañe y de la incoherencia son los siguientes:

Contratación del entrañe y la coherencia

Ejemplos tomados de Leech y Pepicello, 1972)

Otro rasgo favorable de tales contrastaciones es el modo en que los informantes, al dictar juicios sobre la verdad y la falsedad, pa- recen capaces de dejar a un lado las diferencias de significado aso- ciativo: en una prueba similar a la Contrastación 1 anterior, la sinonimia cognoscitiva de las dos oraciones quedó reflejada en un

? decisivo 90% de respuestas «sí», a pesar de que los significados mántico.e las dos oraciones eran muy distintos. Estas oraciones eran:

X: Les lanzó una piedra a los policías.

 

Porcentajes

No

Sí/No

96

0

3

4

88

7

Oraciones a contrastar

X: Algucontrastacioneste al jefe de policía de Madrid la noche pasada.

jefe

de

policía

de

Madrid

1 Y: Les soltó una pedrada a los polis. Pienso que tanto esta observación como la anterior son alen- tadoras, pues confirman la realidad de esa abstracción del «signi- ficado conceptual» sobre la que se basa el presente enfoque se- mántico.
1 Con todo, hay muchos problemas que resolver antes de que estas contrastaciones puedan adquirir el grado de seguridad que se precisaría para hacer dudar a un lingüista de sus propias intui- ciones. La ambigüedad es la que origina el problema más grave:

si bien el objetivo de las contrastaciones semánticas es averiguar significados, en la práctica éstos sólo se pueden concretar citando las formas sintácticas en las que están contenidos; a menudo, estas formas contienen otros significados posibles que son totalmente ajenos al propósito de la contrastación y adulteran un resultado. Pero con lo dicho ya es suficiente para entrever que, con el tiempo, la contrastación semántica proporcionará una base firme y objetiva para esta disciplina.

Conclusión

En este capítulo hé presentado dos enfoques opuestos de la semántica como ciencia: el contextualista y el mentalista. Mientras que el primero se resiste a aceptar entidades abstractas (como los «conceptos») que no se puedan someter a contrastaciones opera- tivas, el «neomentalista» adopta una visión menos rigurosa de la verdad científica, considerando que una teoría abstracta de la com- petencia semántica es aceptable siempre que se ajuste a ciertos reqisitos —sobre todo, al de correspondencia con la intuición, y posteriormente (como he sostenido) al de las contrastaciones que «objetivizan» la intuición. Los mentalistas varían en cuanto al grado de realidad psico- lógica que atribuyen a las reglas postuladas de la competencia, y

Y: El

murió la noche pasada.

Z. X: Las radios que fabrica Stumpel tienen 12 meses de garantía. Y: Hay algunas radios fabricadas por Stumpel que no tienen gen trañea.

De acuerdo con el pensamiento científico ordinario, estas con- trastaciones han de entenderse como que confirman o refutan une hipótesis, y no como que descubren nuevos hechos sobre el signi ficado. Si se las considera como procedimientos para descubrir cosas, son inservibles puesto que no pueden diferenciar el entrañe «semántico» del «fáctico», etc.; sin embargo, si se las considera corno comprobaciones de hipótesis, no exigen que el lingüista el informante hagan tales discriminaciones: la categoría «fáctico> se define, simplemente, como el conjunto de observaciones que a lingüista no le interesa analizar minuciosamente. No obstante, existe un alentador indicio de que las contrasta ciones de sonsaque como éstas pueden proporcionar un medie operativo para trazar la línea divisoria «semántico/fáctico». Apa rentemente, la gente encuentra mucho más sencillo imaginar excep ciones a las leyes «fácticas» que a las «semánticas»; por lo tanto estas contrastaciones les obligan a ejercitar su imaginación en estsentido. Por ejemplo, el 88% de respuestas «NO» de la contrasta ción 2 precedente se contrapone con el mucho más comedido 50 0 /, de respuestas «NO» para el par de oraciones Todos los hijos de

señor García miden más de 180 cms. y Algunos de los hijos del se ñor García tienen menos de cinco años, que son incoherentes má

por los hechos que por el sentido.

en último caso, esto debe depender del grado de confianza que tenga un semantista en sus propios análisis, lo que a su vez de- pende de hasta qué punto haya conseguido objetivos científicos como la explicitud, la exhaustividad, la sencillez y la conformidad con los datos. Un mentalista apenas si discutiría la afirmación de que aunque su explicación de un conjunto determinado de datos sea correcta, no tiene nada que ver con lo que realmente sucede en el cerebro del hablante nativo. Mientras la validación se base en la intuición, hay que reco- nocer que la semántica conceptual necesita de una «deferente di- lación de la incredulidad» por parte de los que la estudian; por lo que se me alcanza, esto es un sacrificio que a muchas personas de talante empírico les parece muy difícil realizar. Sin embargo, de ahora en adelante voy a dar por hecho tamaño acto de fe por parte del lector, y espero que el interés intrínseco del tema y la forma en que funcionan las «reglas del juego» le persuadirán de que vale la pena seguir adelante, dejando a un lado todos los re- celos escépticos, aunque crea que están justificados.

Capítulo '6

COMPONENTES Y CONTRAPOSICIONES DEL SIGNIFICADO

En los capítulos que restan de este libro esbozaré una explica- ción cabal de algunos aspectos importantes del significado con- ceptual, dedicando una atención especial a nuestra lengua. El mé- todo de análisis que voy a seguir es, básicamente, el que ya he desarrollado más detalladamente en un libro anterior (Towards a

Semantic Description of English [Hacia una descripción semántica

de la lengua inglesa], 1969). Sin embargo, voy a intentar ahora ampliar este método, de modo que pueda dar cuenta de una serie

de temas de gran importancia en la teoría semántica actual; entre

éstos está el de la relación de la semántica con la lógica (capítulo 8),

el

de la semántica y su relación con el lexicón (capítulo 10), el

de

los universales semánticos (capítulo I 1) y el de las presuposi-

ciones (capítulo 13). Sobre la marcha haré referencia a otros mé- todos de investigación, y de forma más general, las notas de la Bibliografía básica (pp. 396-404) aclararán hasta qué punto mis ideas son análogas a —o deudoras de— las de otros investi- gadores del tema. En líneas generales se puede decir que los ac- tuales enfoques lingüísticos del significado coinciden en buena parte, a pesar de las diferencias superficiales en cuanto a notación

y de los puntos de partida teóricos distintos. No existen convenciones notacionales estándar para la semán- tica lingüística; por ello, los lectores que comparen este libro con otros de idéntica temática, apreciarán sin duda alguna diferencias --que posiblemente les confundirán— en cuanto a simbolización y

a representación gráfica del significado; pero una vez que se da por sentado que tales convenciones son meros recursos para aclarar las estructuras y las interrelaciones del significado, es extremada- mente sencillo hacerse a las variantes notacianales usuales. En este capítulo voy a dedicarme únicamente a describir cabal- mente los significados a nivel de la palabra, dejando para el capí- tulo siguiente el problema de cómo han de combinarse estos signi- ficados para formar los de las oraciones completas.

Componentes del significado

A menudo, el análisis del significado de las palabras se entien- de como un proceso consistente en descomponer el sentido de una palabra en sus rasgos distintivos mínimos; o sea, en unos compo- nentes que se contraponen a otros. Un ejemplo elemental de lo que se acaba de decir lo proporcionan las palabras hombre, mujer, mu- chacho, muchacha y otros vocablos de nuestro idioma relacionados con éstos; todas estas palabras pertenecen al campo semántico de «la especie humana», y las relaciones entre ellas se pueden repre- sentar adecuadamente mediante un «diagrama de campo» bidi- mensional:

mediante un «diagrama de campo» bidi- mensional: El diagrama anterior muestra las dos dimensiones del

El diagrama anterior muestra las dos dimensiones del signifi- cado: la del «sexo» y la de la «edad»; y se presupone, además, una tercera dimensión tomando el campo como un todo: aquélla por la que se contraponen las especies «humano» y «no-humano». Otra forma, preferible por varias cosas, de representar esto mismo es escribir fórmulas en las que las dimensiones del signai-

fichado se expresen mediante símbolos de rasgos, como HUMANO y

ADULTO:

mediante símbolos de rasgos, como HUMANO y ADULTO: Deb esta manera, los significados de las piezas

Deb esta manera, los significados de las piezas léxicas aisladas se pueden expresar por combinaciones de tales rasgos:

hombre:

+ HUMANO + ADULTO + MASCULINO

mujer:

+ HUMANO + ADULTO - MASCULINO

muchacho:

+ HUMANO - ADULTO + MASCULINO

muchacha:

+ HUMANO - ADULTO — MASCULINO

A esas fórmulas se les llama DEFINICIONES COMPONENCIALES de los vocablos de que se trate: se las puede considerar, de hecho, como definiciones lexicológicas precisas; por otra parte, a las dimensio- nes mismas del significado se les llamará OPOSICIONES semánticas. He de precisar en seguida que los rasgos que forman parte de una oposición son, hablando en general, de igual importancia y

se definen recíprocamente: el sistema de rotulación tiene un funesto efecto secundario consistente en que los rasgos rotulados como «+» parece que son positivos o marcados, y los rotulados como «—» negativos o no marcados. En realidad, en vez de «masculino»

y «femenino» se podrían utilizar perfectamente los símbolos inver-

sos, -FEMENINO y + FEMENINO, O incluso símbolos convencionales como d o 9 ; además, como se verá más adelante, no todas las oposiciones semánticas son binarias. Utilizando fórmulas como las descritas podemos hacer ver la sinonimia de dos oraciones al dar para ambas la misma definición componencial. Por ejemplo, tanto para adulto (en un sentido huma- no) como para persona mayor se puede dar la misma definición

componencial + HUMANO + ADULTO, y ello a pesar de que se distin- guen claramente las dos por su significado estilístico, pues el primero es ante todo oficioso y el segundo es coloquial. El caso opuesto

a la sinonimia es la POLISEMIA, en la que una pieza léxica tiene

más de una definición; hombre, por ejemplo, tiene además de su definición +HUMANO + ADULTO + MASCULINO otra más amplia que está constituida simplemente por el rasgo + HUMANO. (Este es el significado de hombre en una oración como Los hombres han

vivido en este planeta más de un millón de años.) Otro ejemplo de polisemia es child [niño, hijo], que se define + HUMANO - ADULTO de una forma, y de otra (ver p. 275) como opuesto a «padre». Las definiciones de adulto, child y hombre aclaran una cuestión supletoria que es la de que no es preciso que todas las oposiciones semánticas pertinentes para un campo semántico determinado funcionen en una definición dada en ese campo: child y adulto no están especificadas en cuanto al sexo, a hombre (= «ser hu- mano») le ocurre lo mismo respecto al sexo y la edad, y respecto del adjetivo femenino (—MASCULINO), no se dice a qué especie y edad corresponde. Podríamos, pues, representar, si conviniese, esta neutralización de oposiciones por el símbolo «o», en cuyo caso las definiciones estarían expresadas con más perfección y serían las siguientes:

hombrAD

ULTOto:

child:

femenino:

+ HUMANO (MASCULINO) (ADULTO)

+ HUMANO + ADULTO (MASCULINO)

+ HUMANO - ADULTO (MASCULINO) (

HUMANO) (ADULTO) -MASCULINO

Así pues, se pueden omitir, en general, las dimensiones neu- trales, pues verdaderamente puede ser erróneo tratar de incluirlas debia que el número de opCOMPONENTIALmánticas potencialmente disponibles puede ser muy grande y, por lo tanto, es probable que todo intento de enumerarlas exhaustivamente se vea frustrado. -. El término ANÁLISIS COMPONENCIAL se ha empleado a menudo para designar al .cialo de análisis que se acaba de describir, es decir, el de reducir el significado de una palabra a sus elementos dis- tintivos esenciales. Como técnica diacrítica, el análisis componen- - cial se desarrolló primeramente en la lingüística antropológica a modo de instrumento para estudiar las relaciones entre términos de parentesco, pero ya ha demostrado su utilidad en muchos as- pectos del estudio del significado. Se puede decir que guarda algún parecido con la operación matemática consistente en sacar factores de un número; la analogía con las proporciones aritméticas nos puede proporcionar, pues, un método útil —aunque casero— de llegar a los componentes del significado: igual que podemos sacar un factor común de un conjunto de números al apreciar una pro-

   

esa

10

4

esa

15

como

6

como

8

esa

20

 

(2x)

 

(5x)

del mismo modo podemos extraer los rasgos de sexo y

 

«hombre»

es a

«mujer»

como

«muchacho»

es a

«muchacha»

como

«caballo»

es a

 

«yegua»

como

«carnero»

es a

«oveja»

 

(masculino x)

   

(femenino x)

 

«hombre»

es a

 

«muchacho»

como

«mujer»

es a

«muchacha»

como

«caballo»

es a

«potro»

como

«cerdo»

es a

«lechón»

 

(adulto y)

 

Í

(joven y)

Si el análisis componencial es un modo de reducir el signifi- cado a sus elementos atómicos, la interrogante que inmediata- mente se plantea es «¿Dónde se detiene la atomización?» ¿Por qué detenerse, por ejemplo, en el rasgo +HUMANO? ¿Por qué no des- componer este rasgo en dos elementos más pequeños como, pon-

gamos por caso, TROPOMORFO»? A estas preguntas ya he respondido en términos generales en las pp. 107-109; sin embargo, una regla práctica muy

útil es reconocer que una oposición de significado, dondequiera que aparezca, demuestra su rendimiento si nos permite establecer generalizaciones que abarquen un conjunto ampli de piezas

«SIN PLUMAS» + «BÍPEDO» O «SIN PELAJE» + «AN-

120

Geoffrey Leech

léxicas: el rasgo + HUMANO, por ejemplo, se precisa para un

gran número de palabras (limpiabotas, pacifista, sacerdote, púgil,

etcétera), además de las que hemos visto anteriormente; asimismo, el rasgo -HUMANO se precisa para otro gran número de palabras (

gato, pelícano, jabalí, oso panda, etc.) que mientan distintos

tipos de animales. Además, los rasgos + HUMANO y -HUMANO Son importantes para explicar las restricciones selectivas (pp. 162-168); por ejemplo, para hacer ver por qué *El oso panda ha confesado su error es una oración anómala, mientras que El limpiabotas ,, ha confesado su error no lo es. Por el contrario, la utilidad de tener a dos dimensiones del significado distintas como ± con PLUMAS y ± BÍPEDO sería bastante escasa; es verdad que gracias a ellas sa- bríamos apreciar la anomalía de oraciones como *El limpiabotas

tenía tres piernas y *El púgil tenía plumas, pero eso estaría contra-

rrestado por el despilfarro que representaría tener que usar dos rasgos en lugar de uno en las múltiples ocasiones en que es nece- sario establecer una distinción entre la especie humana y la no humana.

Relaciones de significado

Las únicas palabras que empleamos generalmente en nuestro idioma para expresar la relación semántica son sinónimo (palabra de idéntico significado) y antónimo (palabra de significado con- trario). Sin embargo, incluso los sencillos ejemplos que he presen- tado antes revelan lo inadecuado de esta terminología, especial- mente respecto a las contraposiciones de significado; las propor- ciones anteriores muestran que no hay ninguna respuesta para la pregunta «¿Cuál es el antónimo de mujer?»: muchacha y hombre aparecen como candidatos con unas posibilidades muy igualadas. El problema es que el término «antónimo» nos da pie para creer que las palabras se contraponen respecto de una dimensión sola- mente, cuando la verdad es que, de hecho, pueden contraponerse a otras palabras respecto de varias dimensiones a la vez. Por eso, una noción bastante más útil y general de «contraposición semán- tica» que la de antonimia es la de incompatibilidad (otras veces llamada exclusión de significado). Podemos decir que dos fórmulas componenciales, o los significados que éstas expresan, son incom- patibles si una contiene al menos un rasgo que se contrapone a un rasgo de la otra; así, el significado de mujer es incompatible con el de niño debido al desacuerdo entre + ADULTO y -ADULTO:

de niño debido al desacuerdo entre + ADULTO y -ADULTO: Otros significados incompatibles con «mujer» son

Otros significados incompatibles con «mujer» son «hombre>, «muchacho», «muchacha», «vaca», por no hablar de otros cuy contraposición con el primero es más acusada aún, como «árbol o «destornillador». Otra relación de significado que es útil distinguir es la «inch sión de significado» o hiponimia. Esta relación se da entre de significados si una fórmula componencial contiene todos los ra:

gos que haya en otra fórmula; así, «mujer» es hipónimo de «pe] sona mayor», porque los dos rasgos que constituyen la definició de éste último (+ HUMANO + ADULTO) se dan en la de «mujer> + HUMANO + ADULTO - MASCULINO. El significado «mujer» es tan bién hipónimo de «hembra» y de «ser humano», como muestr el siguiente esquema (la hiponimia está representada por la inch sión de una fórmula, señalada con una línea continua, en la otra señalada con una línea discontinua):

continua, en la otra señalada con una línea discontinua): Por una razón que se aclarará después,

Por una razón que se aclarará después, a la identidad de signi- ficado se la considera como un caso especial de hiponimia; por lo tanto, «mujer», igual que toda significado componencial, es hipónimo de sí mismo:

caso especial de hiponimia; por lo tanto, «mujer», igual que toda significado componencial, es hipónimo de

Una forma de describir la hiponimia es a base de «género» y «diferencia específica»: al término más específico se le llama el hipónimo del más general, y a éste se le llama término supraordi-

nado.

«Inclusión» es una palabra equívoca cuando se la emplea en relación al significado, porque si bien, por un lado (como vemos en el diagrama siguiente) «mujer» incluye a «persona mayor», por otro lado ocurre lo contrario: éste incluye a aquél, en tanto en cuanto se puede decir que un término general incluye el signi- ficado de otro más específico:

general incluye el signi- ficado de otro más específico: Pero, de hecho, en este último sentido

Pero, de hecho, en este último sentido del vocablo «inclusión» lo que hacemos realmente es hablar de la referencia de un término ( el conjunto de individuos u objetos a los que se refiere) y no de su significado. Debido a esta relación inversa entre «inclusión de significado» e «inclusión de referencia» es más prudente evitar hablar de inclusión en conjunto, y —siguiendo a John Lyons 1968:453-4)— emplear, mejor, el término hiponimia. Resumiendo, las cuatro relaciones componenciales que hemos discutido en lo que va de capítulo se pueden dividir en dos parejas:

(I) La sinonimia y la polisemia, que son relaciones entre la forma y el significado:

(a)

Sinonimia: dos o más formas que tienen el mismo significado.

(b)

Polisemia: una sola forma que tiene más de un significado.

(II) La hiponimia y la incompatibilidad, que son relaciones entre dos significados:

(a)

Hiponimia: la inclusión de un significado en otro.

(b)

Incompatibilidad: la exclusión de un significado de otro.

Naturalmente, es necesario considerar la hiponimia y la incompa- tibilidad como relaciones entre sentidos y no entre formas, y la razón de ello es la misma que se dio para el entrañe y la incoheren

cia, etc. en el capítulo 5: en los casos de ambigüedad o de signifi cado múltiple, será sólo un significado de la forma cl que, por lo general, guardará una relación semántica. Sería erróneo decir que

la palabra child [niño, hijo] es incompatible con la palabra woman [

mujer], pues ese enunciado es verdadero si atendemos sólo a uno de los dos sentidos principales de la palabra child (el que se repre- senta por + HUMANO - ADULTO); Si lo empleamos como término de parentesco, es perfectamente admisible afirmar de una mujer cincuentona que es child de alguien que tenga setenta u ochenta años de edad. Para evitar los malentendidos a que da lugar el confundir forma

y significado, me he valido de la letra cursiva cuando se trata de

polisemia y homonimia, y de las comillas cuando se trata de hipo- nimia e incompatibilidad; con lo cual no hago más que seguir una convención, según la cual las palabras en cursiva representan for- mas y las que van entre comillas representan los significados que corresponden a esas formas. En todo lo que sigue me atendré re- gularmente a esta norma. Así, por ejemplo, child es el modo de referirse al sustantivo child, mientras que «child» es la manera de referirse al significado de este sustantivo, es decir, a lo que equivale inexacta e imprecisa- mente a +HUMANO -ADULTO (o cualesquiera otros significados que pueda tener la palabra). «Child», pues, es un símbolo impre- ciso por la sencilla razón de que es ambiguo, al igual que la pala- bra child: según esto, sólo atendiendo al contexto podemos decir qué definición es la adecuada.

La notación semántica

Otro tipo de imprecisión, aunque esta vez no sea especialmente

peligrosa, viene dado por la utilización de una notación semántica. Así, al emplear una fórmula como +HUMANO + ADULTO - MASCU- LINO puedo referirme con ella, o bien a un elemento de notación

(v. gr., cuando afirmo

contiene tres símbolos de rasgos), o bien al significado que repre-

senta (v. gr., puedo afirmar que +HUMANO + ADULTO - MASCULINO es incompatible con + HUMANO - ADULTO). Esta ambivalencia es relativamente inofensiva pues lo único importante que se pretende con una notación es que plasme un significado determinado —ése

y no otro— sin ambigüedad alguna. Hablando idealmente, la nota-

ción —y las reglas que se formulan mediante ella— debería reflejar

con precisión la estructura que existe en el idioma en cuestión,

que + HUMANO + ADULTO - MASCULINO

de acuerdo con la descripción lingüística que se haya hecho de él; pero, en la práctica, no puede hacerlo, por la sencilla razón de que es una secuencia lineal de símbolos que representa una estruc- tura multidimensional. Para lograr que la notación refleje con exac- titud la estructura de los significados hemos de prescribir algunas normas entre las que se cuentan:

(a)

Que el orden en que se colocan los componentes no es perti- nente para diferenciar los significados; así, + HUMANO +

+

ADULTO + MASCULINO y + MASCULINO + HUMANO + ADULTO

son, simplemente, dos variantes notacionales de una misma cosa.

(b)

Que si aparece dos veces el mismo rasgo en una fórmula, uno de los dos es redundante; así, +HUMANO + ADULTO + MASCULINO

+

ADULTO es, sencillamente, una variante notacional de

+ HUMANO + ADULTO + MASCULINO.

(c)

Que la aparición de rasgos contrapuestos en la misma fórmula ( v. gr., + MASCULINO y — MASCULINO) es una violación del sis- tema notacional. De esta manera, la fórmula + HUMANO

+ + ADULTO + MASCULINO - MASCULINO es incorrecta y no se

re-

fiere a ningún elemento de la realidad (no existen mujeres de sexo masculino): por eso, si nos encontramos con la frase mujer de sexo masculino nos veremos obligados a conside- rarla un juego de palabras, o a intentar buscarle algún signi- ficado especial no contradictorio (por ejemplo, entendiéndose figuradamente como «una persona de sexo masculino que se conduce —en algunas cosas— como una mujer»). Tener un sistema notacional para el significado es importante porque gracias a tal sistema y a las convenciones que observemos en su empleo (como las tres anteriores) podemos especificar las reglas que gobiernan la estructura del significado. Aunque, como hemos visto, dos series de símbolos puedan ser «sinónimas», en el sentido de ser variantes que representen el mismo significado, es importante mantener el principio de que ninguna fórmula es am- bigua: sólo de esa manera podemos asegurar que la notación re- fleja exactamente los significados para cuya representación ha sido creada.

Justificación del análisis componencial

Justificar el análisis componencial significa no sólo justificar el hecho de que se rechace el atomizar más y más, sino también mostrar e las contra osiciones las combinaciones del si nifi

cado que se han admitido son necesarias y suficientes para explicar los datos pertinentes. Entendemos aquí que los datos del análisis semántico son (de acuerdo con los argumentos del capítulo 5) un conjunto de enunciados básicos de entrañe, etc.; así, entre las pruebas que yo aduciría en favor de las definiciones que he dado de las palabras mujer y hombre, se cuentan las relaciones de en- trañe siguientes:

«El notario es una mujer» entraña «El notario es un adulto» «He encontrado a dos niñitas» entraña «He encontrado a dos criaturas».

La conexión entre el análisis componencial y los enunciados bá- sicos se logra por mediación de relaciones de significado como la hiponimia y la incompatibilidad: igual que se han definido éstas a base del análisis componencial, las relaciones lógicas básicas tales como el entrañe y la incoherencia (o, por lo menos, los tipos más importantes de sendas relaciones) se pueden definir a base de hiponimia e incompatibilidad. Aunque hasta el capítulo 7 no se comprenderán estas interconexiones de una forma más exacta, sí podemos, de momento, señalar, basándonos en los ejemplos ante- riores, que si dos aserciones difieren solamente en el reemplaza- miento de un término supraordinario por un hipónimo, entonces una de las aserciones entraña la otra. Una clase parecida de rela- ción (aunque más restringida) es la que media entre la incompati- bilidad y la incoherencia:

«El notario es una mujer» es incoherente con «El notario es un hombre». «Su (de ella) mejor alumno es un niño» es incoherente con «Su (de ella) mejor alumno es un adulto». (Señalemos, de paso, que en todas estas relaciones hemos de suponer que las expresiones con un significado determinado, como el notario, ella, Juan, etc., tienen el mismo referente en ambas oraciones.) Algunos tipos de tautología y contradicción se pueden definir también a base de hiponimia e incompatibilidad, como puede colegirse de estos ejemplos:

«Aquel hombre es un adulto» es una tautología. «Aquel niño es una mujer» es una contradicción. Ya que la sinonimia de valor veritativo de dos aserciones es un caso especial de entrañe (v. gr., «Juan es una persona mayor» entraña «Juan es un adulto»), lo más sencillo es definir la hipo-

nimia (como ya hemos hecho). para, así, incluir la identidad de significado componencial; en ese caso, se da una correspondencia exacta entre el entrañe y la hiponimia, y del mismo modo que toda aserción se entraña a sí misma, todo concepto componencial es hipónimo de sí mismo. Lo dicho en los párrafos anteriores es útil para entender cómo