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Las cítaras cuelgan de los sauces

Aturdido por diez minutos de noticias de la actualidad, aparco el coche en la calle Avicena, atravieso la Avenida Concejal Alberto Jiménez Becerril y me siento junto al río. Quizás el lento fluir del agua ponga un poco de orden en mi ánimo.

No logro comprender el origen de tanta sinrazón. Se supone que nuestra civilización ha alcanzado cierta madurez, que la Ilustración comenzó a hacernos adultos. Sin embargo, ahora la herencia del Siglo de las Luces me resulta más bien tenebrosa. ¿Qué nos ha pasado?

Me siento exiliado.

Exilio

ciudad de Babilonia. La cítara de un israelita cuelga de un sauce, muda, abandonada. No hay fiesta, no es posible la fiesta. ¡Quién pudiera estrellar tus hijos contra las piedras, Babilonia

criminal!

sí, como en Babilonia. Retrocedo 2600 años en el tiempo. El río Éufrates rodea la

Se oye el agrio grito de un ebrio babilonio:

¡Judío, cántanos un cantar de tu pueblo!

El israelita mira hacia Sión:

¿Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extraña? Si de ti me olvido, Jerusalén, que se me pegue la lengua al paladar

Él ha nacido en Babilonia, pero no es babilonio; es un exiliado judío. Su padre le ha contado la historia de su pueblo. También fueron esclavos en Egipto.

Egipto, con otro río, el Nilo, que no se desborda como otros, sino que se derrama. Desierto

convertido en vergel. Pero

tierra de esclavitud.

El Éxodo, los amores de Dios con su pueblo en la soledad del desierto, la Alianza.

¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?

y la Tierra Prometida

la libertad.

El Palacio de David, el Templo, las Fiestas

¿Qué nos ha sucedido? Hemos perdido nuestra tierra, han destruido nuestro templo. ¿Será el dios de Babilonia más fuerte que nuestro Dios?

Babilonia domina sobre la tierra. Sabe construir armas de hierro, ha inventado el ariete, no

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hay muralla que se le resista. En cambio, su propia muralla, de más de veinte kilómetros de longitud, 100 metros de altura y 25 metros de espesor, es inexpugnable. El mismo río Éufrates hace de enorme foso defensivo.

¿En qué cree la poderosa Babilonia? El relato Enuma Elisch describe cómo fue la creación:

cuando todo era el Caos, los tenebrosos poderes maléficos luchaban entre sí. El joven Marduk, el dios de la luz, despedazó el cuerpo del dragón primitivo. De los trozos del dragón surgieron los cuerpos celestes y la tierra. Con la sangre del dragón, Marduk formó a los hombres.

Ésta es la horrible imagen del mundo y del hombre que tienen los babilonios.

¿Y cómo no creer en esta cosmogonía? ¿Qué hay dentro de la tierra? Estalla un volcán y ¿qué sale?: fuego, gases tóxicos; la tierra vomita piedras incandescentes que arrasan, capaces de sepultar en momentos una ciudad entera. ¿Qué hay dentro de la tierra?:

violencia, destrucción, muerte,

el dragón. Toda la naturaleza mantiene oculta una continua

amenaza de muerte: tormentas, huracanes, inundaciones, terremotos,

el furor del dragón.

¿Y qué hay en el interior del hombre? Basta mirar la historia: guerras, odios, crímenes,

holocaustos,

la sangre del dragón.

Pero el israelita vuelve a mirar hacia Sión:

No es cierto, no fue así. Al principio no había nada. Y de la nada, Yavé creó el cielo

y todo era bueno. El sol

para el gobierno del día y la luna para el gobierno de la noche.

y la tierra; las estrellas, los montes, los mares, los animales

El babilonio se indigna:

¡Qué desfachatez! ¡La Luna y el Sol convertidos en luminarias! El dios Shamash, una simple farola!. Mira, judío, lo cierto, lo evidente, la pura verdad, es que yo estoy en Mi tierra y tú, exiliado, eres Mi esclavo.

No hay defensa posible. El argumento es contundente. En el corazón de las promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob está la Tierra Prometida. Moisés arrancó al pueblo de la esclavitud de Egipto para llevarlo a la tierra de la libertad. Salomón levantó el Templo que guardaba el Arca de la Alianza, donde reposaba la Shekiná de Yavé, la gloria de Dios. Ahora no hay Tierra y han destruido el Templo. ¿Ha fracasado Yavé?

Estas escenas fluyen como las aguas del río. El río de la historia. ¿Cómo puedo parecerme tanto a este israelita de hace casi tres mil años? ¿Son siempre las mismas aguas?

Un profeta grita:

¡No se ha secado el brazo de Yavé! ¡Dios escucha el grito de los anawin!

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¡De los fracasados como Abraham! ¡De los esclavos, como Israel! ¡De los sin tierra,

y sin templo! ¡Porque Yavé es el Dios del cielo y de la tierra!

El babilonio grita más:

¡¡El emperador es dios!! ¡La autoridad, el poder! Frente a la maldad del hombre él impone la ley, la justicia. Él frena la sangre del dragón, sujeta a los malvados, impone el orden. Pongamos nuestra libertad en manos del emperador, que él gobierne la sociedad, que nos defienda del mal. El rey de Babilonia nos defenderá. Sea él nuestro padre.

Frente a la maldad de la naturaleza, acudamos a la magia y a la técnica. Que nuestros

sacerdotes conjuren los poderes maléficos, las epidemias, los males de ojo

técnica ponga coto a los ríos, al mar; construcciones fuertes frente a los terremotos También para esto necesitamos al emperador. Sea él nuestro dios. Encarne él a

Que la

Marduk, que destrozó al dragón.

El fluir de este río me tiene conmovido. Sí, realmente cambian poco las cosas. Veintisiete siglos después, parece que todo sigue igual.

¡Yo tampoco voy a cantarle a Babilonia! ¡Pero no voy a dejar colgada mi guitarra en el árbol! ¡Yo entonaré un Cántico Nuevo!

Pero ¿de qué aguas beberé? Grité yo también al profeta:

¡¡Oye, profeta, ¿dónde está tu Dios?!! ¿Es que no hay solución? ¿Es que no hay

salvación?

El profeta mira a lo lejos y dice:

He aquí que una "almah" está encinta y va a dar a luz un hijo,

y le pondrá por nombre Emmanuel.

Un estremecimiento me arrancó de la escena. Pero no desperté del ensueño. Aparecí junto

a otro río: el Jordán.

El Jordán no es como el Éufrates, el río de Babilonia, el río del paraíso. Ni como el Nilo, el río de Egipto. Él desciende hasta lo más profundo de la tierra. A sus orillas, un hombre vestido con piel de camello hace un rito de purificación. A él acude una multitud de personas

a las que sumerge en el río. Al entrar uno de ellos, se abrió el cielo y se oyó una voz.

Ahora sí desperté. Al ritmo de mi taquicardia comenzaron a desfilar, como ráfagas, un sinfín de “no-exiliados”, mis compositores del Cántico Nuevo:

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Juan Pablo II: ¡No tengáis miedo! Teresa de Calcuta, tan gigante la diminuta. Juan de la Cruz, noche oscura, noche de encuentro. Francisco de Asís, hermano del sol, hermano de la luna. Teresa de Jesús, ese huracán que vivía sin vivir en ella. Ángela de la Cruz, la nuestra. Y una inmensa, incontable, multitud vestida de blanco.

Y yo descuelgo mi guitarra y empiezo a cantar:

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador

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