Vía Crucis de la otredad Gaddiel F.

Ruiz Rivera

Gaddiel F. Ruiz Rivera

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Diseño de cubierta: Samarie Vega Vélez y Nelson Vargas Vega Edición y maquetación: Lissette Rolón Collazo ISBN- 13: 978-1-4675-2552-7 Editora Educación Emergente Alturas de Joyuda #6020 C/Stephanie Cabo Rojo, PR 00623-8907 editora@editoraemergente.com http://www.editoraemergente.com

Vía Crucis
de la
Gaddiel F. Ruiz Rivera

otredad

Tabla de contenido
Primera estación••• Segunda estación••• Tercera estación••• Cuarta estación••• Quinta estación••• Sexta estación••• Séptima estación••• Octava estación••• Novena estación••• Décima estación••• Undécima estación••• Duodécima estación••• Decimotercera estación••• Decimocuarta estación••• 11 13 15 17 19 21 23 25 27 29 31 33 35 37

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¿Será, tal vez, tu soledad total, tu colosal hastío, tu complejo de culpa con tantos genocidios, tu frustración sexual con los apóstoles o la ingenua ilusión de creer que el derecho al amor, a la carne secreta, a la vida y la muerte aún te pertenecen con affidavit de cuna? Manuel Ramos Otero

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El hijo de Trinidad se retorcía como un garabato. -¡Que no vuelva! -¡Que no vuelva! -¡Que no vuelva! Extendidos los brazos como cruces. Luis Rafael Sánchez

Tú, clavada al estático dividendo ancestral, y yo, un uno en la cifra del divisor social, somos el duelo a muerte que se acerca fatal. Julia de Burgos

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Primera estación
Vallejo, ¿quién aparta de mí este cáliz? Yo soy el hijo condenado a muerte. El exiliado por apaciguar el pene que tiene el corazón hombre que amo. Habrán faltado tantas cenas a la hora de mi muerte que no se salvará nadie, ni este odio prometido por la eternidad que me guarda. Hoy no hay sagradas escrituras sino absurdas leyes que me aplacan, y un cordero desvalido puesto a sacrificio sobre un libro, sin pezuñas pero abanderado. Para cortar mi vida me han cortado la lengua. Me han quitado la corona; me han dejado las espinas. Para darles mi respuesta, un tributo de saliva. El silencio se hace eco que anuncia por las calles, asustado, la condena.

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Segunda estación
Andando entre secas gentes, perturbado azorado ensangrentado de vida y sudado de muerte. Cargo un espanto de cruz que se crece con las amanecidas miradas como lluvia que a las vértebras se inyecta. Cae muerta una paloma sobre cada huella a mi paso, y una voz de piernas triste marca mi camino descalzo como con y entre las piedras como con y entre los brazos. No sé qué me harán, no tuve tiempo de leer alguna biblia. No sé quién me vendió cuando Judas se repite en cada uno de ellos. Se grita la censura como antónimo a mi cuerpo.

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Tercera estación
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa con la espada en la mano? ¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios? ¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser? Vicente Huidobro

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Caer como Altazor único padre, caer como bandera rasgada por el 98 de dios como semen insurrecto como cuatro tetas en un mismo cuerpo como cuatro tetas y dos penes como si no pudiese levantarme, nacido en las circunstancias de Vallejo, juzgado por el amor que tuvo Lorca dolido, pisado por los tacos, los zapatos amarrados con rosarios de granate; hay piececillos inocentes que no entienden por qué de entre su pureza de sueños hay que detestarme. Me levanto con el peso en cruz de todos ellos. Resurjo tierno, armado con el ojo contra el cielo y el infierno. Galopo Neruda. Tan vivo como galopó el azote al hueso.

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Cuarta estación
Una madre dice ya no ser mía y entre ellos se encuentra. ¡Ha sido la primera en tirar la piedra sin esconder la mano! Santísima madre, tápate, que te va mi ira a destilar el velo. ¡Tiara de alegría eres al verme vagando en este infierno! Inclina tu cabeza tras mi muerte un poco más de lo que muestran las estatuas, pues eres asco al no atreverte tan siquiera a pronunciar algún te quiero hueco. Los caimancitos nadan lo que no llora mi madre santa. Mi madre es una sangre que calienta en mis entrañas. Cierva bruja: te preñó el susto de aceptarte cuatro tetas.

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Quinta estación
Mi piel fue de mi hombre y ahora se quema sola a fuego lento, como un grito de garganta irritada tras el susto de un abominable cielo, como un hijo del dios del miedo fusilando su muerto ensueño. De entre todos los demonios mi amado es un ángel seco. Aquello que talló conmigo se lo grita mi rodilla de mirada lasciva sobre el suelo. Te has unido a todos ellos y has vuelto a la fosa de los cuervos. He cargado esta cruz sobre la espalda en sustituto de tu cuerpo. Tras mi sangre serás otro cordero relamiendo suelos.

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Sexta estación
Verónica, guarda tu paño Verónica porque buscas no limpiar mi rostro, sino tapar mi boca. Ya me han callado el hambre con la sed la boca con el libro el cuerpo con el asta. De entre las multitudes vienes y hacia las multitudes quieres ir con mi rostro humillado entre tus piedras. Si mi cuerpo se extingue vela, tu cuerpo se pierde cual la fiera en la hoguera de mi cara deshecha. Mujer de sacro mundo que Julia ahogará en su río: Verónica. Mujer de hienas en la seda: Verónica. Verónica: histórica nota misógina de su armónica.

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Séptima estación
¿Dónde está el atrevido jinete? Vengando a su pueblo y su gente. ¿Dónde está el solitario insurgente? Pablo Neruda

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Recaer, con la droga poética de Huidobro y el amargo cáliz de Vallejo. Recaer como dados eternos enjuiciado por los cientos de heraldos que han engendrado las perras y parido los perros en esta cárcel abiertamente llamada pueblo. Recaer como cuatro tetas de un cuerpo biclitoral-plurilabial, como semen insurrecto del hombre cuyo pene y ano son resonancia de otro cuerpo. Como si no pudiese levantarme, caído menguante como el último Lorca de la luna y la última gota noble en la sangre de Manuel dolido; pisado por los tacos y los zapatos rodeado de crucecitas de palomas de ojomundo; hay piececillos inocentes que no entienden por qué de entre su pureza de sueños hay que detestarme.

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Me levanto con el peso de la cruz de todos ellos. Resurjo tierno, armado con el ojo contra el cielo y el infierno. Galopo Neruda. El jinete es vengado al ¡jum! de su muerte.

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Octava estación
Hay en la multitud distintos tipos de mujeres: unas pintas, unas niñas y ¡unas tan santa marías! Me hacen cosquillas en las llagas con sus tablonazos de aguada y son cañonazos a los poros cuando sus cricas histéricas no soportan mi erección de insomnio a la luna llena del espejocuerpos. Se van volando sus marginaciones y caen muertas tras mis pies como recuerdos que una vez fueron mi cruz tras la mirada carcelaria buscando inútilmente mi consuelo, y oigo la paz de Corretjer desde la torre, pues ando de día y solo, más triste que las mismas palomas que me siguen muertas en el suelo. Todo el que suba este calvario tiene clavos en la sangre, piel por huesos. Mi vida con sus alas rotas, las pintas con sus rotos velos. El consuelo es para las santas lo que el pobre es para el cuervo.

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Novena estación
Las patas heridas, las crines heladas, dentro de los ojos un puñal de plata. Federico García Lorca

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Caer una tercera vez, he aquí un pilarcito rogando la rendición de mis pies. Tropiezo de nuevo con la piedra misma con la misma piedra que al principio me arrojaran, con los virus que inventan los cincuenta heraldos, engendros de perras, abortos de perros que pululan de las puertas a la calle. Recaer como cuatro tetas y un pene sorpresivo como semen insurrecto del hombre cuyo amor es más pene y es más ano que él. Como si no pudiese levantarme, abaleado cualquier día en el camino donde se aman las fosas, dolido. ¡Ay, cómo bajaban! pisado por los tacos y los zapatos decorados con amén entre camándulas y dientes; hay piececillos inocentes

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que no entienden por qué de entre su pureza de sueños hay que detestarme. Me levanto con los belfos en la cruz de todos ellos. Resurjo el monte ungulando contra el cielo y el infierno. Galopo. Duérmete, clavel, que el caballo no vuelve a caer.
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Décima estación
Insurrecto por amor, insurrecto por amor a mi hombre insurrecto por amor a mi cuerpo, despojado por el amor de mi cuerpo despojado de la ropa de mi cuerpo por las pintas, las niñas, las marías, ni siquiera con el paño de Verónica, ni siquiera con el velo puto, ni siquiera con el aura blanca que cae de mis pies, como palomas agonizando que revientan muriendo al sol hirviendo. Despójenme de la ropa, que es lo mismo que esta cruz. Ellos son toda cruz, han marginado sus cuerpos con mi cuerpo. Avísenle a las vísceras sin cáscara el mísero látigo del ¡jum! sobre la pulpa.

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Undécima estación
Soy un cuerpo desarmado, para la cruz que cargaba soy ahora el peso desnudo, con las manos teñidas de un solo clavo en cada una, así de largas como mi mirada sobre el pueblo fiero, sus libros se levantan a las caras sus rezos se relevan por inventos soy analfabeta del altar o sólo leo lo tallado en el deseo de mi cuerpo. Mis pies están clavados como un mapa sin su nombre verdadero. Amaba un hombre que asustado me mira ensimismado entre la gente y no vale más que el cadáver de la última paloma que pisé al suelo. Cincel resonando todavía en mi cerebro como si aún martillaran los heraldos ese odio de hierro que no se filtra ni en venas abiertas, ni en mis huesos abiertos, ni en mi sangre sorprendida por el fuego que quemó de ardor la astilla confinándome a esta cruz estacada en la colina.

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Un clavo es otra forma de decir prisión. Una cruz es otra forma de marginación. La biblia porta las instrucciones para urdir el uno sobre el otro.

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Duodécima estación
Adiós doce demonios que siempre me acompañaron, que a todo me seguían mas siempre me juzgaron. Adiós madre de todos, adiós ladrones fríos, adiós bocas de cáliz desmesura de ríos; a mi seca garganta la fosa con mi sierpe. Han acercado a mi boca cubriéndolo de semen el paño de Verónica para aplacar mi sed. Todo lo que la historia dijo de mí es: vil fábula, leyenda presuntuosa, cuento de mierda y de fango. ¡Ay! Mi vida escapando con sus patas rotas desde lo alto de esta cruz de ceiba lanza un grito multitudinario: “No te perdono padre; no sabes lo que haces.” Me han quitado la corona; me han dejado las espinas. Para dar con la respuesta se tributa carne viva. Me hago un eco horrible de silencio que despierta las palomas muertas.

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Decimotercera estación
Tengo un río, muerto tengo un río grande bajando por el costado acumulándose en mis ojos calabazos perdidos en el más oscuro mar. Caigo y conmigo caen los clavos cuyo ruido es un campaneo fúnebre a solas. Sólo una persona está abajo: no es consoladora alguna, mucho menos mi madre, ni Verónica y su paño. Es una que sufrió mi propio daño y en llanto recoge mi cuerpo en sus brazos de hombre, me acurruca sobre sus piernas lisas, me limpia la boca y el rostro con sus telas largas, con su cabellera, larga melena negra que dejóse crecer para poder llamarse Magdalena. No hubo terremoto, lluvia o trueno de algún dios hueco. Trueno del grito, la lluvia del llanto, el temblor de los brazos de Magdalena.

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Hay hombres más dulces que la sensibilidad materna. Hay mujeres con más coraje que los hombres del pueblo. Magdalena, sensible de coraje, eres tú la santa reina.

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Decimocuarta estación
Hecho escombros de muñeco, la porcelana de María Magdalena carga mi percudido resto procelosa, colina abajo, sola. Llego casi intacto a la entrada del sepulcro –un costado destrozado, la cabeza erizada de espinas a la esquina del morrito, tierra vencida, saliva muda, sangre pálida, coágulo de siglos, ojos disecados al sol. Magdalena me acomoda como puede entre las páginas del odio que tergiversan esta historia: vil fábula, leyenda presuntuosa, cuento de mierda y de fango. Tanto es esto así que sólo Magdalena sabe la verdad de este misterio y me acurruca cadáver entre las olas que sepultan mi verdad de barrio viejo. A la biblia un Inrirí picoteó y le manchó su pecho. Han faltado tantas leyes a la hora de mi muerte que nadie se salvará, sólo yo, esta mujer juzgada de hombre,

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y este biblia asediada, ahora, con su eterno hueco. Todo odian los profetas repetidos por sus fauces. Todo el que juzga este calvario es producto del cielo o del infierno. Todo el que pase este vía crucis: bienvenido a tierra, paraíso del destierro.

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