Domingo de Ramos en la Pasión del Señor 1 abril 2012

Evangelio de Marcos 15, 1-38
Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los letrados y el sanedrín en pleno, prepararon la sentencia; y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:  ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondió:  Tú lo dices. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:  ¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan. Jesús no contestó nada más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:  ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:  ¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos? Ellos gritaron de nuevo:  Crucifícalo. Pilato les dijo:  Pues ¿qué mal ha hecho? Ellos gritaron más fuerte:  Crucifícalo. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:  ¡Salve, rey de los judíos! Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. 1

Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de “La Calavera”), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: “Lo consideraron como un malhechor”. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:  ¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz. Los sumos sacerdotes se burlaban también de él diciendo:  A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:  Eloí, Eloí, lamá sabaktaní. (Que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían:  Mira, está llamando a Elías. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo:  Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:  Realmente este hombre era Hijo de Dios. ****** DOLOR, SUFRIMIENTO Y VIDA Popularmente, el cristianismo es visto como la “religión de la cruz”. Lo que era uno de los elementos de tortura más temidos, en el que fue ejecutado Jesús, se habría de convertir en el símbolo por excelencia de sus seguidores. Asumirlo como símbolo implicaba un grave riesgo. Porque si bien es cierto que la cruz podría verse como signo de una vida fiel que no retrocede ni ante la peor de las muertes –incluso como signo de solidaridad con todos los eliminados por el poder injusto y cruel-, no lo es menos que podría dar pie a una lectura dolorista de la muerte de Jesús, enalteciendo el sufrimiento y contaminando la misma imagen de Dios. De acuerdo con esa lectura, Dios habría querido la cruz de Jesús como “precio” a pagar por el pecado de nuestros primeros padres. El propio Jesús se habría sometido voluntariamente a ello, y eso mismo lo habría convertido en nuestro “redentor”: redimidos o rescatados por su sangre. 2

En la simplicidad de ese esquema encontramos algunos elementos anudados de una manera peligrosa: pecado – culpa – castigo – el dolor como expiación – una “justicia divina” que exige expiación… Se trata, sin duda, de conexiones que se hallan grabadas en el inconsciente humano, individual y colectivo. El niño ha conocido, en mayor o menor grado, esa dinámica: culpa – castigo – expiación… Es comprensible que el mismo esquema se proyectara, de un modo automático, a las relaciones con Dios. Al hacerlo, la imagen de Dios quedó falseada hasta el extremo blasfemo de presentarlo como un ser rencoroso, cuya “justicia” únicamente podría quedar reparada por el sacrificio cruento de una víctima infinita: su propio Hijo. La vida, la práctica y el propio mensaje de Jesús quedaron también oscurecidos por aquel esquema. De hecho, su modo de vivir importaba poco, comparado con el sacrificio de la cruz, que era realmente la misión de su vida: padecer y morir para salvarnos. El propio creyente llegaría a verse abrumado por la culpabilidad de la muerte de Jesús, que se decía debida a sus pecados, y abocado a una reparación en la que el dolor ocupaba el lugar más destacado. Es decir, si Dios mismo había elegido la cruz y si Jesús la había vivido como el medio idóneo para salvarnos, parecía evidente que el dolor tenía, por sí mismo, un valor indiscutible. La cruz significaba, en la práctica, la entronización del dolorismo. A nadie se le escapa que el dolor toca fibras muy sensibles en el corazón humano, porque pone de relieve, a la vez, la propia vulnerabilidad, el miedo a sufrir y la cercanía sensible a quien padece. Estos factores, sumados a la ya nombrada “necesidad de reparación”, que suele habitar en el inconsciente humano, pueden explicar lo que la cruz ha llegado a significar en la conciencia de muchos creyentes durante siglos. Todo ello parece estar detrás de las devociones que han surgido en torno a la cruz; la forma como se ha celebrado la Semana Santa; la relevancia de la cruz frente a la fe en la resurrección; la práctica de autoflagelaciones y otras “exaltaciones” dolorosas… Frente a todos esas lecturas de la cruz, que no son evangélicas, sino que nacieron con posterioridad –fruto, a la vez, de proyecciones mentales y de determinadas circunstancias históricas y culturales-, me parece importante “rescatar” el núcleo del mensaje del evangelio en este punto, así como plantear adecuadamente el tema del dolor y del sufrimiento. Por lo que se refiere al hecho de la cruz, parece claro que ni Dios ni Jesús la quisieron. Sólo la quiso el poder arbitrario –religioso y político-, que buscaba eliminar al maestro de Nazaret. El poder tiende a acabar con aquellas personas que lo cuestionan: así fue en el pasado y así sigue siendo ahora (aunque los métodos se hayan modificado). La cruz de Jesús, por tanto, se explica desde la arbitrariedad del poder. Ni Dios ama el dolor de sus hijos, ni Jesús era masoquista. Quizás pudo haberla evitado, huyendo o modificando su mensaje. En este momento de su vida, no hizo ni lo uno ni lo otro. En este sentido, puede decirse que Jesús asumió la cruz como consecuencia de su fidelidad. Y éste parece ser el sentido cristiano de la cruz. No es cualquier dolor, sino aquél que es consecuencia de una opción de fidelidad o de amor. Lo que el evangelio privilegia, por tanto, no es el dolor por el dolor, sino el amor y la fidelidad. El dolor, en cuanto tal, no tiene ningún valor: por sí mismo, ni 3

salva ni redime. Lo único que salva y que construye es el amor…, que, tal como es nuestra condición, suele ir acompañado de dolor. De hecho, para quien se compromete en el amor sincero, el dolor aparecerá solo. A este dolor es al que puede llamarse “cruz”, cuando se vive apoyado en el mismo amor del que es consecuencia no buscada. En toda la naturaleza, el dolor es una realidad inevitable y nuestra mente es incapaz de comprenderlo. Provocado o despertado por infinidad de factores, es la otra cara del placer. Hagamos lo que hagamos, el dolor aparecerá. Frente a este dolor inevitable, la actitud sana no puede ser otra que la aceptación. Una aceptación que no es claudicación ni indiferencia, sino el reconocimiento lúcido de lo que en este momento se da. Tras esa aceptación inicial, podrá surgir alguna acción encaminada a resolverlo, en la medida de lo posible. Pero si el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Y aparece cuando resistimos el dolor o cuando construimos “historias mentales” sobre él. El dolor, sea físico o emocional, es la realidad bruta, tal como se da; el sufrimiento, por el contrario, es consecuencia de nuestra actitud errónea ante el dolor. Mientras que el primero duele, pero no hace daño, este segundo enrarece y envenena nuestra vida. Para hablar de esta diferencia, puede emplearse esta sencilla fórmula: S = D + R; (sufrimiento es igual a dolor más resistencia); o bien, S = D + Hªm (sufrimiento es igual a dolor más alguna “historia mental). Es sabido que todo lo que se resiste, persiste. Y que la propia resistencia, al costreñir el dolor, incrementa el sufrimiento. La aceptación, por el contrario, crea un “espacio” en torno a él y, paradójicamente, logra que se alivie. Pero es sobre todo cualquier historia mental que construimos sobre el dolor la que lo complica en extremo, impidiendo incluso su resolución. Las historias mentales pueden tomar la forma de cavilación, rumiación, dramatización, culpabilización, justificación, hundimiento… Sea de la forma que sea, todo ello provoca e intensifica el sufrimiento, introduciendo a la persona en un laberinto del que no saldrá mientras no se rinda ante la realidad. Se trata, por tanto, de afrontar el dolor y de evitar el sufrimiento. Al hacer así, podemos vivir aquél como oportunidad de crecimiento. En ese sentido puede decirse que la cruz es fuente de vida: cuando la vivimos desde el amor y desde la aceptación. Como la vivió Jesús. En la cruz, según las palabras que los evangelistas ponen en sus labios, Jesús experimentó, a la vez, abandono (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”; a no ser que haya que entenderlo como la recitación del salmo 22, que en su conjunto es un salmo confiado) y confianza (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”). Son sensaciones profundamente humanas, que también nosotros podemos vivir en circunstancias difíciles o dolorosas: por un lado, soledad, angustia, sinsentido; por otro, confianza en la Realidad mayor, que trasciende la inmediatez de lo que nos ocurre. Para el creyente en Jesús, la cruz es fuente de confianza: porque remite a la Vida que no muere (resurrección) y porque aprende del propio Jesús esa actitud confiada, que sabe abandonarse en el Misterio, incluso cuando no entiende nada. Desde esta perspectiva, ver a Jesús en la cruz es una invitación a depositar el dolor en el Misterio, con la conciencia clara de que ese mismo Misterio constituye nuestra más profunda identidad, sin ningún tipo de distancia ni separación. 4

Al abrirnos así, el dolor puede vivirse como “puerta de entrada” a nuestra verdadera identidad, que está a salvo de él y no puede ser afectada. Percibimos el dolor en nuestro cuerpo o en nuestro psiquismo, y nos abrimos a conectar con quienes realmente somos, la Presencia consciente y amorosa “en quien somos, nos movemos y existimos”. Esa Presencia que es –y que somos- nos libera de la identificación con el dolor, a la vez que nos “baña” de Luz, de Amor y de Plenitud. Solo necesitamos permanecer conectados a Ella, habiendo tomado distancia de la falsa identidad del ego, dándonos tiempo para dejarnos impregnar… hasta reconocernos en Ella. A esa Presencia las religiones la han llamado “Dios”. Y, con frecuencia, se han dirigido a él como si de un ser separado se tratara. Reconociendo la legitimidad de una oración relacional, dirigida a Dios como a un “Tú”, el Espíritu parece conducirnos a reconocernos en Él en todo, sin ninguna separación, y percibirnos “conectados” a Él en todo momento. Esa es la fuente de la paz…, tal como pone de manifiesto la hermosa reflexión de Pierre Teilhard de Chardin: ADORA Y CONFÍA “No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele, en medio de inquietudes y dificultades, el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su providencia. Poco importa que te consideres un frustrado si Dios te considera plenamente realizado; a su gusto. Piérdete confiado ciegamente en ese Dios que te quiere para sí. Y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas. Piensa que estás en sus manos, tanto más fuertemente agarrado, cuanto más decaído y triste te encuentres. Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz. Que nada te altere. Que nada sea capaz de quitarte tu paz. Ni la fatiga psíquica, ni tus fallos morales. Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro, una dulce sonrisa, reflejo de la que Dios continuamente te dirige. Y en el fondo de tu ser coloca, antes que nada, como fuente de energía y criterio de verdad, todo aquello que te llene de la paz de Dios. Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso. Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida y de las promesas de Dios. Por eso, cuando te sientas apesadumbrado, triste, adora y confía…” ****** (¿Cómo “entender” hoy la cruz, la salvación, la encarnación, la resurrección…? ¿Cómo hablar de Dios y de Jesús? He tratado de plantear los contenidos de la fe cristiana, “traduciéndolos” a nuestro “idioma cultural”, en el libro: “¿Qué decimos cuando decimos el Credo? Una lectura no-dual”, que acaba de publicar la editorial Desclée de Brouwer. Podéis ver la introducción y el índice en: www.enriquemartinezalozano.com/libro10.htm

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