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“El Señor nos amó dando la vida por nosotros” - 1 Seminario Mercedario San Pedro

“El Señor nos amó dando la vida por nosotros” - 1

Seminario Mercedario San Pedro Nolasco Vicaría Mercedaria de Venezuela

San Pedro Nolasco Vicaría Mercedaria de Venezuela CATEQUESIS PASCUALES El Señor nos amó dando la vida

CATEQUESIS PASCUALES

El Señor nos amó dando la vida por nosotros

“El Señor nos amó dando la vida por nosotros” - 2

“El Señor nos amó dando la vida por nosotros” - 2 1. Vivir la Liturgia es

1. Vivir la Liturgia es vivir la pasión del Señor

2. La entrada en Jerusalén

 

3. Jueves Santo

4. Viernes Santo

5. Sábado Santo: preparación a la Resurrección

6. Con espíritu misionero

 

Estas Catequesis pascuales iniciaron mucho tiempo atrás, en las Pas- cuas Juveniles de San Mateo del Gállego (Zaragoza, España), cuando nos dedicábamos con pasión de jóvenes a compartir el camino pascual de Jesús con otros jóvenes.

esos encuentros inolvidables, cada celebración iba precedida de

una “Catequesis de los Signos”, de un detallado Ensayo de cantos y una hora o dos de silencio contemplativo.

Aquellas viejas explicaciones se cruzaron andando los años con expe- riencias de servicio a la Iglesia de Jesús, como religiosos mercedario, y con estudios sobre la persona de Jesús y la salvación que nos ha regalado.

Publicamos una nueva revisión, manteniendo esas coordenadas inicia- les, con la esperanza de continuar alimentando la admiración y adhesión ha- cia aquel que, en la Cruz, nos dio la vida.

En

+ fr. Fernando Ruiz, 2012

“El Señor nos amó dando la vida por nosotros” - 3

1. Vivir la Liturgia es vivir la pasión del Señor

- 3 1. Vivir la Liturgia es vivir la pasión del Señor No me mueve mi

No me mueve mi Dios para quererte El cielo que me tienes prometido, Ni me mueve el infierno, tan temido, Para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte Clavado en esa cruz y escarnecido; Muéveme el ver tu cuerpo tan herido, Muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme en fin tu amor, y en tal manera, Que aunque no hubiera cielo yo te amara, Y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, Pues aunque lo que espero no esperara, Lo mismo que te quiero, te quisiera. (Anónimo s. XVI)

La Pascua es el acontecimiento funda- mental de nuestra fe. Sin la pasión y la re- surrección de Jesucristo, no existiría el cristianismo, sería otra cosa. Por ello la ce- lebración de estos días santos –especial- mente del Triduo Pascual, es lo máximo para los cristianos. Si quieres vivir de verdad todos estos días, aprovechar su mensaje y su poder de salvación, la clave es muy sencilla: ¡víve- los con Jesús! Pregúntate qué está hacien- do Jesús en cada momento, y, sobre todo, ¿porqué lo hace? ¿qué vive, qué siente? Para ello es muy importante la cave del AT, que Jesús conocía y oraba, que no- sotros conocemos y oramos. Esta comunidad formativa del Seminario Mercedario quiere ofrecer estas ca- tequesis pascuales para acompañar la vivencia cristiana del misterio pascual. Un misterio en el que nos sentimos implicados en primera persona, que queremos vivir con pasión, para poder así compartirlo con las personas que siguen, hoy en día, crucificadas con Jesús. En la pasión de Jesús, somos liberados para ser, con Él, liberadores. Y un último aviso: No intentes llegar a la Pasión con tus puros sentimientos, aunque sean tan santos como el dolor por los pecados. Hay que ir más allá, por- que sólo él puede sanarnos; hay que ir a la fe, en esa profundidad misteriosa en la que digo con todo mi ser: ¡entra en mi vida! ¡cámbiame! ¡Sí, creo que tú eres el Mesías!

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2. La entrada en Jerusalén

¿Qué vive Jesús?

Jesús indica a sus discípulos que le preparen una montura para entrar solem- nemente en Jerusalén. No pide un caballo de carreras ni un carro de guerra, sino un humilde burro (Mt 21,1ss). Pero la gente capta enseguida el mensaje y estalla el júbilo: viene el Mesías prometido (Is 62,11; Zac 9,9). Y así es finalmente aclamado, acompañándole en su entrada hasta la explanada del Templo: «¡Ho- sanna al Hijo de David! ¡Bendito al que viene en nombre del Señor!». Sin embargo, este hecho no se puede separar de lo que sucede a continua- ción: al llegar al templo, Jesús hace el signo profético de expulsar a los vende- dores del templo, signo mesiánico (Is 56,7; Jer 7,11) que le enemistará definiti- vamente con los sumos sacerdotes. Finalmente, no hay que olvidar que de noche no se quedaba en la pobladísi- ma Jerusalén: se iba a dormir a Betania.

¿Porqué?

En este día hay tres claves en la vivencia de Jesús que debemos comprender (y compartir):

Ante todo, Jesús pone en marcha la profecías antiguas sobre el Mesías en Jerusalén. Para él, como para todo judío, eran la filosofía de vida, la manera habitual de interpretar el mundo. Y él está así haciendo ver que se acerca la hora definitiva para el Mesías de Dios.

Con la purificación del templo, Jesús deja ver su pasión por el Padre, su deseo absoluto de que sea glorificado y adorado en espíritu y en ver- dad, sin la manipulación de intereses humanos: ganancia, miedo, pres- tigio,… Más que un signo de violencia, es un signo de intransigencia:

¡esto no se puede soportar!

En tercer lugar, Jesús sabe que va a morir en Jerusalén. Deben sonarle muy raras estas aclamaciones (hosannas) llenas de entusiasmo, pero vacías de compromiso.

¿Cómo lo celebramos?

La Liturgia del Domingo de Ramos tiene dos signos fundamentales: la pro- cesión con palmas y la lectura completa de la Pasión.

La procesión con palmas: según el axioma de la liturgia, «el que cele- bra pasa (el mar rojo), y el que pasa, celebra». Si te unes a la proce- sión litúrgica de corazón, estás ofreciendo tus vivas y tu ramo a Jesús que entra a cumplir con su destino. Tú, ¿cómo le saludas mientras entra en tu corazón? ¿Qué tan profundo es tu entusiasmo por Jesús y su estilo de vida?

La Lectura de la Pasión. Cuando se lee el Evangelio, la Palabra de Dios se hace viva y eficaz, nos entra hasta el fondo del corazón, inter- pelándonos y renovándonos desde dentro. Esto es especialmente cierto con la Lectura de la Pasión: contemplamos a Jesús que, paso a

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paso, va dando la vida por nosotros, desplegando su amor que intuye puede salvarnos.

Vivencia

¿Porqué Jesús no entra más discretamente, o se evita el conflicto y se va a celebrar la Pascua a otra ciudad, si se da cuenta de que le espera el sacrificio en la cruz? Acompañando a Jesús con nuestros ramos: ¿Qué tienes para alabar al Señor? ¿Cuáles son los ramos de compromiso, de servicio, que puedes poner ante Jesu- cristo? Contemplando a Jesús que purifica el templo de Jerusalén: Y tu templo, ¿Cómo está para recibir a Jesús? ¿Qué expulsará Jesús de él?

3. Jueves Santo

La fecha de la muerte. Todos los evangelistas coinciden en que fue

un Viernes, “el día de preparación, el día antes del reposo del Sábado” (Mc 15,42). La última cena fue con seguridad el día anterior, Jueves, dentro de las murallas de Jerusalén (Mc 14,17; Mt 26,20; Lc 22,14-15;

Jn

13,1-2). El descubrimiento del sepulcro vacío ocurre en la mañana

del

primer día de la semana, Domingo (Mc 16,1-2; Mt 28,1; Lc 24,1; Jn

20,1).

Ese año la Pascua se celebraba al día siguiente (Jn 18,28; Jn 19,31). Eso ocurrió solamente los años 30 y 33, y como se calcula el inicio de la actividad pública (Lc 3,1-2; Jn 2,20) entre otoño del 27dC y la Pas- cua del 28dC, casi todos los historiadores asumen como año de muer- te de Jesús el 30 dC. El 14 de Nissan fue ese año un 7 de abril (algu- nos prefieren la datación sinóptica (muerte un 15 de Nissan), con lo que la fecha sería el 27 abril del 31 dC.

¿Qué vive Jesús?

La última cena. La noche en que Jesús había de ser entregado (1 Cor 11,23). El Jueves Jesús manda preparar un lugar dentro de las murallas de Jeru- salén para una cena especial. Su cena de despedida.

¿Era cena pascual? Así lo dicen los sinópticos, y queda en el am-

biente de Jn y Pablo, pero la cronología no coincide (¡ejecutar a un condenado judío el día de Pascua! ¡y Simón trabajando en el campo ese día!). La cena pascual era al día siguiente, Jesús o bien la adelan- tó (idea sinóptica) o bien celebró una cena especial, que para él era de despedida, sin el ritual de la Pascua (¡y sin cordero ni hierbas amar- gas, Ex 12,1-20). En este caso (como lo presenta Juan) el carácter pascual se pospone al sacrifico de Jesús, en el momento en que se sa- crifica el cordero pascual. ¿Porqué las indicaciones del hombre con el cántaro, Mc 14,13; Lc 22,10? (Mt lo resuelve con el nombre del propietario, Jn las salta). En

Mc y Lc acentúa el aire de misterio y el secreto que rodea la cena; a

falta de significado simbólico, puede ser un dato histórico residual, bien

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de una clave que ha preparado Jesús con un conocido suyo, bien de una familia de costumbres esenias. ¿Con platos o sin platos, sentados o recostados, con una copa o va- rias? ¿sólo Jesús y los doce? Busca respuestas e imaginalas.

La cena siguió el ritual de los banquetes judíos festivos: oración de bendi- ción, acción de gracias sobre el pan, el banquete propiamente dicho, bien abun- dante, y la oración final de acción de gracias, a veces con brindis con la copa del presidente. Se continuaba dialogando en torno a la mesa. Los gestos y palabras singulares de Jesús sobre el pan y el vino arraigan en lo más profundo de la tradición cristiana, con 1 Co 11,23-26 escrito entre el 56 y 57 dC y trasmitido a Pablo quizás el 36 dC.

Palabras sobre el pan, que Jesús parte y reparte (al inicio de la cena)

Palabras sobre la copa llena de vino, de la que hace beber a todos (para concluir la cena)

Palabras finales sobre el Reino de Dios (en la conversación de sobre- mesa).

Mc y Mt transmiten el conjunto todo seguido, incluyendo el aviso de la traición de Judas que debió ocurrir a media cena A todo ello hay que añadir el gesto del lavatorio de los pies, que en Jn sustituye los elementos anteriores, y que con los datos que da es difícil que sea invención.

y que con los datos que da es difícil que sea invención. ¿Porqué? Significado que Jesús

¿Porqué?

Significado que Jesús da a estos gestos.

Proximidad a la Pascua: Jesús interpreta su muerte a la luz de la Pas- cua de Dios para su pueblo. Dentro de cada judío queda una experien- cia real de que Dios libera. Ocurrió hace tiempo, las plagas, el pueblo atrapado ante el mar pasando a pié seco por en medio…Pero lo han aprendido de memoria, lo han estudiado, lo han celebrado, lo han vivi- do. Se ve que Jesús siente que debe llegar una nueva Pascua, una nue- va liberación, la que pueda sacar al ser humano de su encierro en el pe- cado. Es lo que habían visto Jeremías y Ezequiel, la promesa de una Nueva Alianza, en un Nuevo Corazón (Jer 31,31-34; Ez 36,24-28).

Despedida, porque Jesús va a muerte. Los discípulos no lo entienden, confían en una solución de última hora, pero Jesús se da cuenta de que debe dejar a los suyos, los que han estado con él en los buenos y malos momentos de los dos últimos años y medio. Tristeza. Soledad. Angus- tia. Por encima de todo, un inmenso amor por cada uno de ellos.

Fracaso en nombre de Dios. La entrega de Judas es la gota de agua que colma el vaso del fracaso. Los seres humanos no han querido reco- nocer la Buena Noticia que el Padre les enviaba. La traición y la muer- te van a sellar este escándalo. En esta situación las profecías de Isaías sobre el Siervo de Yahveh debieron ser la clave para asumir un fracaso que podía ser útil en los planes de Dios. El Reino empieza por cosas muy pequeñas…

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Donación; especialmente con el gesto-sacramento del lavatorio. Jesús decide en esta cena singular dejarles un memorial especial, un gesto que revele y sintetice lo que ha predicado y vivido: la jerarquía de va- lores del Reino: vale quien sirve, quien sale de la cárcel del egocentris- mo y da la vida por los que ama.

Presencia eucarística. Es una revelación de la aceptación de su muer- te. Por todo lo anterior, Jesús asume el plan de Dios y le da un sentido:

dará su carne y su sangre por nosotros. Y este don de si mismo abre la puerta, por el poder del Espíritu y la Voluntad del Padre, a la presencia Eucarística, el pan del camino que nos da fuerzas para caminar, el vino de la alegría que ratifica la alegría de la vida.

¿Cómo lo celebramos?

Los gestos de este día son sencillos y evidentes. Es importante dejarse llevar por la celebración.

El ambiente. Jesús preparó cuidadosamente esta cena. Nosotros la pre- paramos también con cuidado: el lugar, la mesa, la decoración, el silen- cio, los cantos.

Las lecturas. La Palabra de Dios nos habla con elocuencia. Es la histo- ria de nuestro amor. El relato eucarístico es el de 1 Cor23ss; El Evan- gelio es el de Juan, con el gesto del amor y la enseñanza que Jesús da a los suyos como testamento. Escucharlo y entenderlo es algo personal.

El lavatorio de los pies. Es el mismo gesto de Jesús: Primero se lo ve- mos hacer al sacerdote, en nombre de Jesús. Luego lo podemos prolon- gar nosotros en un profundo acto de servicio, un compromiso en el compromiso de Jesús: servir, ponerme en el último lugar, asumir una vida para los demás, una vida que tenga sentido en el amor.

La eucaristía. Hoy celebramos la institución de la eucaristía. Preparé- monos para participar (especialmente a través de la confesión) y asom- brémonos ante la humildad de esta nueva encarnación: Jesús llega a nosotros en la humildad del pan y el vino. Un regalo a su Iglesia. Un regalo para ti.

Vigilia final. En vez de la conclusión habitual, acompañamos, simbóli- camente, a Jesús hacia el huerto de los Olivos. Él necesita orar, y nece- sita que oremos con él. Velad y orad. Noche de oración.

Vivencia

Ante el valor de Jesús que afronta su fracaso y su final: ¿cómo veo mis deci- siones? ¿Soy capaz de poner a mal tiempo buena cara? ¿Cómo vivir para poder afrontar el morir de esta manera? Ante el lavatorio de los pies. Jesús quiere lavar tus pies también, y se te acerca sin ningún rechazo: ¿qué sientes? ¿cómo llevas tu indignidad contem- plando a Jesús a tus pies? (Deja que tu dignidad se haga pedazos). Comunión eucarística. Profundo silencio. Adoración. Comunión de volunta- des. Acción de gracias.

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4. Viernes Santo

¿Qué vive Jesús?

Jesús afronta su muerte. Es decisiva la oración en el huerto de los olivos, donde afronta la tentación del sinsentido, y la tentación aún más grande de hacer su propia voluntad, de abandonar el insensato e incomprensible plan del Padre. Pero decide seguir. No le para a la angustia ni a la perspectiva del sufrimien- to que ya ha comenzado en su corazón. Los datos sobre el juicio de Jesús son confusos. Parece que se hace de noche (Mc 14,53-65; Mt 26, 57-67; Jn 18,12-24) Estaba vetada una reunión del Sane- drín de noche para realizar un juicio. Pero probablemente se trata de una vista previa, que viene ratificada después al amanecer con la sentencia de muerte y la decisión de entregarlo a Pilato (Mc 15,1; Mt 27,1). EL juicio oficial es el único que Lucas describe, Lc 22,66-71. El juicio de Pilato tiene un estilo similar, Jesús calla, y sólo habla para con- firmar su identidad, sin echarse atrás. Los evangelios describen una actitud de Pilato ambigua, probablemente para exonerar a las autoridades romanas de la culpa del asesinato de Jesús. Juan ha construido un relato muy complejo (siete entradas y salidas de Pilato) en el que Jesús lleva a Pilato a afrontar sus debilidades: tanto poder, y tanto miedo a los que están abajo y a los que están arriba. Su pragmatismo se revela cobardía existencial, especialmente ante las palabras de Jesús: “¿Qué es la verdad?” (18,38). Y al final se pliega ante las presiones y el oportunismo. Le condena aún sabiendo que es inocente. A partir de ahí los detalles de la flagelación, el cami- no de la Cruz y la crucifixión son bien conocidos y reveladores. Jesús es clavado en la cruz a la hora sexta. Muere a la hora nona (de un 7 de abril del 30 dC). Junto a él, los soldados, los dos malhechores, su Madre y un único discípulo.

los dos malhechores, su Madre y un único discípulo. ¿Porqué? Las primeras respuestas se han dado

¿Porqué?

Las primeras respuestas se han dado ayer. En la última cena Jesús ha asumi- do que “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13).

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Algunos han pensado que Jesús debe pagar la multa, el castigo, por nuestros pecados. Es una línea de interpretación peligrosa: Jesús, que conoce y nos ha presentado un Dios que es misericordia, ¿puede aceptar un castigo universal por el pecado? ¡No! Jesús, más bien, se está enfrentando a la batalla definitiva. La batalla contra nuestro pecado. Es una batalla en la que Dios Padre no está en su contra, ni tam- poco está como juez imparcial. Está junto a Jesús, reconciliando al mundo con- sigo. Lo que debe pasar es que hay algo en el pecado, algo tan fuerte que, habien- do destrozado el corazón humano, debe ser recompuesto por un ser humano que afronte la total soledad, el total abandono, el total sinsentido, y aún así confíe en Dios, tanto, tanto, como para dejarse envolver por la muerte y los lazos del abis- mo. Jesús lo hace, asume nuestra desorientación, nuestra equivocación, y la fun- de en puro amor a Dios y a nosotros. Por eso podemos decir: “¡en él, nuestra muerte ha sido vencida!”. Hay otra clave a explorar, quizás al mismo nivel que esta lucha “escatológi- ca” contra el pecado. Es la lucha existencial contra el dolor y el abandono de tantos seres humanos. Hoy en día tantos, tantos, millones, son los que sufren la cruz. Cruces sin sentido, cruces de hambre, enfermedad, miseria, cautividad, opresión, explotación. Cruces que se condensan en barriadas y cerros, en ranchi- tos y chiveras. ¿Cómo vive Jesús estos momentos? El dolor físico en una tortura y ejecu- ción romana debía ser atroz. Había sido diseñada cuidadosamente para ello. Pero más duro para Jesús debe ser el abandono, la negación de Pedro, el despre- cio de la muchedumbre… Y especialmente el rechazo de su pueblo, que lo en- trega a los romanos para deshacerse de él, como había pronosticado (Lc 20,9-

19).

Especialmente duro ver el sufrimiento de su madre que le ve acabar así.

¿Cómo lo celebramos?

Ante todo, debemos continuar sosteniendo que lo celebramos. Sí, celebra- mos la muerte del Señor, quizás la muerte más terrible, pero la única muerte que nosotros, pobres mortales, podemos celebrar en este mundo. Por dos razones:

Una muerte abierta a la esperanza. Porque no separamos nuestra con- templación de la Pasión del Señor de la culminación pascual que anhe- lamos y esperamos.

Una muerte que da la vida. Celebrando esta muerte que se tornará en

vida, podemos entregarle a él nuestras muertes para que las torne en vida. La celebración de hoy no es una eucaristía. Es algo diferente, único en todo el año.

Postración inicial. La celebración comienza con un largo silencio. El sacerdote y los ministros se postran, el gesto de máxima oración. Lo acompañamos poniéndonos, profundamente, de rodillas: es tiempo de pedir y adorar.

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Lecturas. Hoy especialmente dramáticas. Debemos implicarnos, Jesús está muriendo por mí. Y eso marca la diferencia al escuchar esto, que es mi propia historia, porque es la historia del que me amó y dio su vida por mí.

Adoración de la Cruz. Es el momento central. Es el momento de de- positar junto al Señor todos nuestros sufrimientos y los sufrimientos de las personas que amamos. Más aún, únete a la cruz de Cristo, déjate hacer por él precio de redención, causa de liberación de los que sufren.

Peticiones por toda la humanidad. En este día la oración universal se extiende a toda la humanidad, y se detiene en tantos y tantos grupos de personas sufrientes. Y es que hoy es un día para suplicar a Dios, en presencia del sacrificio de su hijo, por toda la humanidad, por cada ser humano.

Comunión de gracia. Hoy no hay consagración. Pero dentro del pro- ceso litúrgico, podemos comulgar de Jesús en el pan consagrado ayer. Es un regalo para atravesar el desierto del Sábado santo.

Final abierto. Se concluye sin bendición. Todo queda en silencio, el altar desnudo, la Iglesia sin sacramentos, la humanidad desprotegida. Tan solo nos queda… esperar.

Vivencia

Hay muchas entradas para esta celebración: el dolor de mis pecados; la mi- seria y el hastío ante mi vida que no cambia; la cruz que estoy soportando en mi vida; el sufrimiento de seres muy queridos que siento como casi propios. Pero el camino a recorrer es uno solo: abandonar nuestras miserias en Jesús, para poder recobrarlas resucitadas en su cuerpo glorioso. Eso supone contemplarle a él y avanzar por el camino del amor. Amor a Jesús, que nos supone con Jesús amor al Padre, que nos supone con Jesús… amor a cada ser humano. La escucha de la Pasión. La escucharemos con la clave del “para mi”. Cada cosa sucedió para mí, para mi salvación. La adoración de la Cruz: eso, simplemente adórale, deposita ante él tu vida y tus angustias que él las tomará sobre sí.

5. Sábado Santo: preparación a la Resurrección

¿Qué vive Jesús?

Jesús murió un Viernes en la tarde (hora de nona, 3 pm.). Los judíos pidie- ron que fuera descolgado junto con los otros para que no fastidiara la solemni- dad de la Pascua (Jn 19, 31-37). El entierro fue precipitado, incluso provisional. La tumba era propiedad de José de Arimatea, o quizás una tumba nueva todavía no usada, allí cerca (Jn

19,38-42).

Y eso es todo. Aquí se acaba la aventura de Jesús. Jesús está total y comple- tamente muerto. Como él gritó en el instante anterior: “Todo está cumplido” (Jn

19,30).

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¿Porqué?

Ya lo hemos anticipado en el día anterior: Jesús asume hasta el final la op- ción por el Padre y por el Reino. No hay vuelta atrás, y para redimirnos parece que es necesario que viva totalmente su seguimiento. Y eso incluye también la muerte. ¿Qué significa la muerte para Jesús? No podemos saberlo. El antiguo Credo de Nicea dice que en estas horas “descendió a los infiernos”, es decir, se interna en las regiones profundas de la muerte, y lo hace también para llamar a la resu- rrección a los que están esperando la redención, empezando por Adán y Eva, si- guiendo por Abraham,… es decir, invitando a todos los justos a ir al lugar pre- parado para ellos desde la creación del mundo (Mt 25,34; Proemio de 1272). Para nosotros significa el silencio de Dios. Un silencio tremendamente den- so en muchas de nuestras horas. Silencio de Dios que aparentemente parece co- bardía o desinterés por su parte: silencio ante el dolor del justo, ante la muerte del inocente. Es un silencio que se come cualquier palabra que lo intente justifi- car, un silencio que debemos pasar para llegar a la Resurrección.

¿Cómo lo celebramos?

El Sábado Santo es un día sin sacramentos. La Iglesia ora y espera. Es el momento de hacerse las grandes preguntas de la vida y viajar, muy adentro, a las fuentes de la esperanza.

Vivencia

Una simple pregunta: ¿qué pasaría si Cristo no hubiera resucitado? ¿qué pa- saría si Cristo no resucita para mí esta noche?

Vigilia Pascual

En la madrugada del Domingo, a mitad de la noche, la Iglesia atraviesa con su Señor el reino de las tinieblas y canta la resurrección del Cristo Redentor. Esta es la Eucaristía de las Eucaristías, la primera del año, de la que brotan to- das las demás. Su estructura está repleta de riquezas.

Rito de la Luz. Se empieza bendiciendo el fuego, signo claro de la “Luz de Cristo”, que arderá en el Cirio Pascual del que encenderemos nuestras velitas.

Con nuestras luces en las manos, participamos en el pregón de la fies- ta: el Pregón pascual. En un antiguo y bellísimo himno lleno de reso- nancias de victoria y alegría. Procuremos que “nos ponga a tono”.

Liturgia de la Palabra. Las lecturas de hoy son totalmente singulares:

un recorrido por toda la historia de la salvación. Son siete del antiguo testamento, una de San Pablo (con el Gloria de por medio), y el Evan- gelio de la Resurrección. Todas ellas con su salmo y su oración.

Tras la homilía, se hace el rito bautismal. En él se bendice el agua bendita y se renuevan las promesas de nuestro bautismo, que es el que nos incorpora a Cristo. ¡Que nos renueve de veras!

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Y todo concluye con la gozosa Liturgia eucarística, que toma de aquí si nombre: liturgia de “acción de gracias”: ¡gracias por la resurrección de Cristo!

de gracias ”: ¡gracias por la resurrección de Cristo! 6. Con espíritu misionero El Señor, tras

6. Con espíritu misionero

El Señor, tras la resurrección, mandó a los discípulos predicar en su Nombre (Mt 28,19-20; Lc 24,47). La Iglesia es esencialmente misionera, sin el anuncio perdería su sentido como comunidad de testimonio que sirve la Buena Noticia de Jesús a la humanidad amada de Dios. Isaías y otros profetas habían ya intuido toda la belleza del anuncio:

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: «¡Ya reina tu Dios!»”(Is 52,7)

El mismo Señor Jesús, en su predicación, enseñó a los discípulos una especí- fica práctica misionera. No podían ir de cualquier modo a anunciar la Buena Nueva. Debían:

“Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los de- monios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bas- tón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuan- do entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban…” (Lc 9, 1-6)

Mateo, en el discurso misionero (Mt 10), explicita: “gratis lo recibisteis, dadlo gratis”. Asume que el obrero merece su salario, es decir, que la comuni- dad que lo acoge proveerá al sustento del mensajero. Marcos en el pasaje paralelo, explica de donde viene este mandato misione- ro: “Y recorría [Jesús] los pueblos del contorno enseñando” (Mc 6,6). Además, es más realista: indica que se puede llevar bastón, y se deben calzar sandalias (los instrumentos del caminante). Otro dato es esencial a la misión de los discípulos: la alegría de Jesús por la misión de los discípulos. Mt 11,25.

Creer en Jesús, y comprender su mensaje, ese que él vivió y anunció, signifi- ca vivir como él vivió. Es decir: anunciando el reino. ¿Es tu vida un anuncio del reino? ¿De que “Solo Dios basta”? ¿De que el Padre es mi Padre, y me cuida con su misericordia que me hace libre? ¿De qué nos podemos ocupar por el Reino de Dios y su Justicia, porque todo lo demás se dará por añadidura?