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©2011, Cuando muere un ruiseñor nº2 ©2011, Margarita Rodríguez “Nina R” ©2011, Portada e ilustraciones interiores: Margarita Rodríguez “Nina R” Colección Andarta nº2 Ediciones Babylon Calle Martínez Valls, 56 46870 Ontinyent (Valencia-España) e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es http://www.EdicionesBabylon.es/ ISBN: 978-84-15565-08-6 Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos. El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor.

A nuestros amigos los animales y a la gente sensibilizada con su causa A todos los “guerreros” que luchan por sus sueños

e Capitulo 1 f

«El Ruiseñor ha muerto.» Pocas veces se pronunciaron palabras más desconcertadas entre la sorprendida Corte de Lothir. Fue aquella la mayor proclama tras conocerse la inmediata sucesión al trono del nuevo rey Nevothenien, el insurrecto Erieon, anteriormente duque de Emril. Dadas las primeras medidas, que hicieron correr tanta sangre en tan poco tiempo, todos temieron que un nuevo suplicio no hubiera hecho más que empezar. El país entero se tambaleaba, se decía que hasta los cimientos del colosal castillo, cuyas paredes mudas albergaban sobradas tragedias que habían acaecido, en su mayoría, entre los propios Nevothenien. Esto llevó a diezmar este noble linaje y nadie esperaba que el enfrentamiento por derechos sucesorios terminase algún día. Tenía el duque la obligación de respetar y proteger los símbolos sagrados de su estirpe, pero nada de esto había hecho, al contrario. Con intención de proclamar sus propios mandatos, desterró todo aquello que le recordase a las dos últimas generaciones de reyes, sobre todo la de su propio primo, quien, según él, había usurpado su puesto durante demasiado tiempo. Nadie sabía realmente qué estaba pasando. Las gentes iban y venían sin orden alguno, horrorizadas al ver cómo irrumpían en la ciudad de la Corte temibles hordas y ejércitos, entre ellos los bárbaros del Este, que no dudaron en hacer su entrada triunfal a la vez que saqueaban y aterrorizaban a los vasallos del futuro rey Erieon Nevothenien, aún duque de Emril. Tampoco se sabía de la suerte del derrocado monarca, Edner I, cuyo destino era un enigma para la casi totalidad de la población. Se deliberaron toda suerte de teorías; las más probables, que había muerto o que se hallaba en esos momentos fraguando algún plan en contra de su traicionero primo, aun en caso de lograr este hacerse con la Corona. Para exaspero del futuro rey, la realidad era justo esta última. Edner permanecía refugiado en una de las propiedades de su consejero, el conde de Nisthilen, junto a demás fieles que ya habían empezado a recibir ayuda de los países aliados en contra del usurpador. ef Así había llegado el invierno a Lothir, entre la incertidumbre y casi la seguridad de que todo iría a peor. La nieve hizo acto de presencia para cubrir la Corte con su yermo manto blanco, lo cual auguraría perspectivas aún más infaustas que darían pie a forjar historias imaginarias, tan típicas de los pueblos sometidos y poco eruditos que elevan la base de su cultura a meras supersticiones y leyendas. Cuenta una de ellas que el invierno es la única época del año en la que no llueve en Lothir, al parecer, por el agotamiento de los dioses en descargar sus

lágrimas y lamentos sobre un país arruinado y asolado por guerras y conflictos de siglos. Ya no contaban ni con el honor de ser respetados y venerados por sus mandatarios, que prefirieron un día creer en sus posibilidades más que en el poder de lo alto, rendidos por la desesperanza que derivó en el célebre escepticismo de los últimos soberanos. Pero la coherencia, aunque menos fascinante, explicaba las cosas de otra manera. La única época del año en la que no llueve..., porque durante tres meses solo hiela y nieva, inclusive en sus costas y zonas más cálidas, como el Sur, donde se hallaba ubicada la Corte. No así en el Norte, cuyo frío extremo perduraba todos los días del año, para convertir este lugar en el menos propicio y deseado para vivir y, por ello, en la única posibilidad de los habitantes menos favorecidos de Lothir. Y justamente de allí provenía un misterioso personaje que se encaminaba a pie hacia la costa, de noche, mientras trataba de esquivar a los soldados del duque de Emril, cuya coronación estaba prevista para dentro de tres días. Se dirigía rumbo al emplazamiento donde, supuestamente, se refugiaba el aún rey Edner junto a algunos fieles. Una vez llegado, pidió ser atendido de inmediato por el monarca. Este accedió, siempre escoltado por su consejero y demás leales, aunque no dejó de sorprenderle verse de pronto frente a frente con un individuo extrañamente familiar, pese a ocultar su rostro bajo una capucha. —Revela tu identidad —ordenó el rey—. Sólo entonces accederé a escucharte. El forastero así hizo… Todos, incluido el propio soberano, quedaron sobrecogidos, a la vez que atisbaban con incredulidad al desvelado personaje. Este se echó a reír ante la sorpresa que había causado. —¿No lo esperabas? —se dirigió a Edner, con su habitual falta de formalidad—. He arriesgado mucho al venir aquí, pero creo que la causa lo merece. Pocos dudan de que seas un rey nefasto…, pero tu primo te supera. Yo y mis guerreros nos hemos propuesto vencerlo. —¿Quién me dice que tú, líder de los Conspiradores, puede aportar algo a mi favor? —Nunca será a tu favor. Solo de Lothir. Edner volvió la vista a sus leales, tentado de ordenar la inmediata detención de este gran enemigo de los Nevothenien, momento en el que su consejero tomó la palabra: —¿Qué es lo que buscáis aquí? —Participaremos en la lucha en contra del usurpador. ¡Haremos rodar su cabeza, no podemos permitir que suba al trono! —Casualmente, es lo que pretendo —intervino Edner—. Así que mucho me temo que te has arriesgado en vano. Ahora, dame otra razón de peso para que no sea tu cabeza la que ruede esta noche. El conde de Nisthilen volvió a tomar el relevo, al no desmerecer la ayuda del líder rebelde: —Si queréis contribuir a la derrota del duque, estad alerta. No creemos que tome medidas por ahora, pese a conocer nuestro paradero. La presencia de los ejércitos de apoyo que se asientan en esas playas nevadas, nos han descubierto. Pero

también lo han disuadido de atacarnos. Ahora se limita a asegurarse de que todo lo referente a su ascensión al trono salga según lo previsto. —Así haremos —concluyó el veterano guerrero—. Aunque no deja de asombrarme que el rey no trate de evitar la coronación. No sé qué pretende, pero vista su falta de escrúpulos… —Se pensó mejor la frase, a la vez que ambos se atisbaban con verdadero odio—. Dejémoslo en «facilidad» para conseguir sus objetivos, no dudo de que el suyo sea un plan muy efectivo. Y nosotros solo buscamos la derrota de ese duque desquiciado que destruirá lo poco que queda en este país. Dicho esto, volvió a colocarse la capucha, dispuesto a partir. Allí, de brazos cruzados y visiblemente tenso, Edner se exasperó aún más ante la confianza de aquel criminal al saber que no iba a ser arrestado. Porque hasta el propio rey supo que toda ayuda era poca, si es que pretendía recuperar el trono. Aunque nunca hubiera esperado obtenerla de su gran enemigo de años, el líder de los Conspiradores. ef Al igual que al jefe rebelde, lo que más había causado estupor a los partidarios de Edner fue su negativa a movilizar a los ejércitos aliados para atacar al duque de Emril y tratar así de impedirle su ascensión al trono. El rey fue claro y contundente: —Esta orden es mi responsabilidad —alegó ante sus escépticos oficiales—. Está meditada a conciencia y espero con ella no volver a verme involucrado en nada similar en el futuro. Confiad en mí. Todos examinaron con atención al monarca, allí tan tranquilo, quizás demasiado para la gravedad de los hechos. Alarmados, se volvieron hacia el conde de Nisthilen, cuya actitud era tanto o más tranquila que la del soberano… —Ya lo habéis oído —instó el conde—. Haced caso y obedeced. Aquello los desconcertó aún más. Se suponía que el loco era el rey y a nadie se le ocurrió pensar que al noble consejero también se le había ido la cordura. Porque esto ya sería el colmo de sus desgracias. Por este motivo, los ejércitos llegados de los países aliados y el propio y dividido ejército de Lothir recibirían órdenes solo para proteger la vida del monarca y los suyos ante cualquier posible ofensiva del duque de Emril. Ningún otro ataque iba a llevarse a cabo. ef Desde su recién conquistado castillo, no alcanzaba Erieon a comprender esta inusitada contemplación de su primo, que parecía no tener intenciones de entorpecerle su inmediata subida al trono. O quizás le tuviera reservada alguna sorpresa de última hora... Fuese como fuese, el duque vivió esos días presa de la desconfianza, viendo complots y traiciones por todas partes, la mayoría fruto de su enajenación. Muchos desdichados no llegarían a verlo ser coronado rey, al acabar sus vidas de forma trágica a causa de los repentinos desvaríos de su mandatario. Lo que este

desconocía era que parte del ejército de Lothir simulaba estar de su lado, con la única intención de permanecer en el castillo el mayor tiempo posible, en espera de que su depuesto monarca ordenara un ataque antes de que fueran descubiertos. Pero nada de esto sucedió. ef Dos días antes de la coronación, los bárbaros del Este se personaron ante el futuro rey para recordarle la devolución de sus territorios, tal y como se les había prometido desde el principio. Erieon los recibió con forzada cortesía, al saber que eran un refuerzo importante para dificultar a los partidarios de su derrocado primo en su más que supuesto afán de impedirle acceder al trono. Por ello, no dudó en renovar la promesa que lo llevara a tenerlos de su parte: —¡Id, amigos míos! En cuanto tome posesión de lo que me corresponde por pleno derecho, veréis vuestros países devueltos a sus legítimos dueños. Marchad tranquilos, no volverán los Nevothenien a expoliar vuestras tierras. Aquello logró, al menos, que sus fieros aliados se retiraran, aunque no muy convencidos. Ese mismo día, el duque tomó medidas al nombrar a su particular gobierno. A estas alturas, ya el Pleno estaba prácticamente disuelto y solo dos o tres oficiales permanecían al lado del futuro rey, habiendo huido la gran mayoría de la Corte en espera de mejores tiempos que les permitieran regresar. De todos modos, los hombres de mayor confianza del duque eran viejos conocidos que habían colaborado con él en la destitución de Edner, militares corruptos y dudosos jefes de tribus que también esperaban sacar una buena tajada de aquella turbia guerra de poderes. ef Y Edner permanecía tranquilo. Aun contando con la protección de los ejércitos aliados y del suyo propio, él y sus fieles corrían gran riesgo de ser apresados, y más ahora, con la presencia de los bárbaros en la Corte. Hubiera agradecido más apoyo de otros países, tales como el vecino Avith, con cuyo monarca mantenía Edner una sonada discordia, pero aquel trance lo iban a padecer todos, por lo que no pudo entender, ni menos perdonar, tal negación de ayuda. Nada convencidos con la aparente inmutabilidad del rey, sus capitanes se reunían en secreto para disponer algún recurso alternativo en contra del engañoso duque, en caso de que las previsiones fallasen. Edner sabía de esto, pero parecía tener muy claro el camino a seguir. Fue por ello que pidió calma a sus militares, para desvelarles por fin que la pronta coronación de su primo era la parte más importante de sus planes. Y así, las revueltas aguas parecieron serenarse. No volvería a alzarse voz, puño ni espada en contra del duque, llegando finalmente el esperado día en que Lothir tendría un nuevo regente. ef En la víspera del histórico y más que pregonado evento, toda la Corte estaba

alborotada entre preparativos y festejos a los que acudirían todos los gobernadores y nobles de Lothir, aparte de representantes de los países vecinos que permanecían neutrales, cuyo principal propósito era afianzar las buenas relaciones y ahorrarse así problemas futuros. Un fuerte cerco de seguridad rodeaba el lugar en el que se refugiaba el aún rey Edner, cuya corona era ya tan solo un símbolo entre sus fieles. Pero allí seguía el monarca, ocupado en sus habituales paseos por los jardines nevados en compañía de su sobrina. Únicamente lograba tranquilizar a sus súbditos la igual entereza del conde de Nisthilen. Fuese como fuese, contaban con medios para intentar impedir la coronación y nadie se explicaba por qué no se daba la orden de ataque. Edner, su sobrina Nerien, el conde de Nisthilen y la esposa e hija de este último se pasaban las horas disfrutando de los parajes y estancias de la majestuosa propiedad del real consejero, al saber que pronto se separarían. Habían decidido refugiar a su familia en alguno de los países aliados, cuyos barcos estaban preparados para este fin. Nerien lloraba, abrumada por tan duro trance. Pese a haber padecido algo similar durante su secuestro hacía varios meses, ahora lo revivía de distinto modo, al verse privada y alejada de todo cuanto le era esencial. Y esto empeoraba el ánimo de su tío, al saberse único responsable de su pesar. —Partirán hoy mismo —se dirigió a su consejero, en referencia a sus familias—. Nada tienen que hacer aquí, salvo correr riesgos innecesarios. El conde respiró hondo mientras rodeaba con sus brazos a su esposa e hija. Eran su mayor apoyo y la idea de separarse lo llenaba de desazón. —Estoy de acuerdo —se conformó—. Pronto volveremos a reunirnos… Esa es mi confianza. La soledad del rey se vio aún más acentuada al equiparar su yerma vida con la de su consejero, para volver a sentir aquel vacío hiriente que, en el fondo, él mismo había buscado. No tenía más familia que su sobrina y un primo conspirador que buscaba su muerte. Tampoco se sentía orgulloso del dolor ocasionado a los suyos, incluida su propia sobrina, y fue por esto que no retrasó por más tiempo su partida de Lothir para ponerla a salvo, junto con demás mujeres, niños, ancianos y otros nobles que poco podían aportar a la causa. Embarcarían rumbo a los países aliados aquella misma tarde. ef Y llegó el gran día, en el que el embanderado castillo se preparó para el festejo del siglo. Entre grandes loas y estridentes sonidos de trompetas, Erieon sería, finalmente, coronado nuevo rey de Lothir. Llevaría desde entonces el nombre de Erieon IV, el último de los Nevothenien. El último..., porque era justo lo que pretendía, ser el único de su linaje, y su siguiente paso sería encontrar el modo de deshacerse de los dos estorbos, Edner y Nerien, para su mayor tranquilidad. La ceremonia sería de lo más sonada en mucho tiempo, ante todo por la exagerada pompa y fastuosidad, incluido el propio duque, que apareció engalanado hasta la bandera. No le faltaba detalle. Al contrario que Edner, que rozaba lo austero, Erieon no podía llevar más abalorios encima, dando un aspecto excedido y ridículo, lo que provocó la risa a más de uno que verían así expuestas sus vidas

de la forma más absurda. Las celebraciones duraron tres días. Se festejó y derrochó hasta límites inimaginables, mientras el pueblo seguía allá afuera muriéndose de hambre. Pero no era el pueblo el que más se indignaba o impacientaba; al fin y al cabo, no habían conocido otra cosa en aquel bendito país. Los bárbaros del Este, hartos de tanta sobrada celebración, tomaron al nuevo monarca por banda y le exigieron que cumpliera en ese mismo instante con su palabra de devolverles los territorios ocupados. Erieon, totalmente borracho, los observó algo absorto. Se tambaleó, para mirar esta vez al techo y luego a las paredes y de nuevo al jefe de los bárbaros, que, aunque también ebrio, parecía sobrellevarlo mucho mejor que el enfermizo rey. Acabó este por reírse a carcajadas, para luego darle unas palmadas en el hombro al gigantesco y ceñudo personaje, al que todo aquello no hacía la más mínima gracia. Terminó por asegurarle que hablarían de eso al día siguiente, cuando se hallaran todos sobrios y asentados. El bárbaro, aunque nada conforme, accedió a retirarse, siendo seguido por los guerreros que lo acompañaban. Por su lado, Erieon hizo llamar de inmediato a uno de sus soldados y le dio algunas órdenes. Tras esto, se reincorporó a la jarana, con intención de allí proseguir toda la noche, entre vino y festejos. ef Al día siguiente, el líder de los bárbaros apareció muerto. El nuevo rey fue enseguida requerido por el segundo de a bordo del ejército que acababa de perder a su jefe, quien exigió con muy malos modos la inmediata comparecencia del monarca para dar las obligadas explicaciones. Erieon apareció en la gigantesca sala del trono dando tumbos, vestido con un batín mal abotonado, con profundas ojeras, sin peinar y con la barba desarreglada. Olía a vino a distancia y su voz ebria e imagen desaliñada distaban mucho de rozar lo majestuoso. Más que sentarse, se tumbó en el trono y, con un tremendo dolor de cabeza, escuchó a aquellos hombres sin tener intención alguna de hacerles caso. —Daré orden de investigar la muerte de vuestro líder —fueron sus únicas y forzadas palabras, a la vez que se incorporaba, con el propósito de marcharse. Los iracundos guerreros asieron con fuerza la empuñadura de sus espadas, y de no ser por los guardias que escoltaban al rey, este hubiera corrido la misma suerte que su expirado colaborador. Tras esta singular primera audiencia de su reinado, Erieon regresó a su cuarto, más que propuesto a seguir durmiendo y que nadie más volviera a incomodarlo, bajo severas amenazas de muerte y horribles torturas. Lógicamente, esta exagerada y ruda actitud no tardó en depararle las más formidables antipatías de sus propios aliados y servidores. No pasó mucho tiempo y nunca en Lothir se había vivido tal desgobierno, firmado tantas órdenes de ejecución ni padecido tantos y tan absurdos decretos, como los habidos en el escaso mes de reinado de Erieon Nevothenien. La ley del terror imperó más que nunca, para ensañarse con crudeza contra aquellos que osaran desafiar o contradecir a su rey. Había alcanzado por fin el poder… Y lo usaba a su libre albedrío, sin tener en cuenta leyes ni razones. ef

Desde su refugio en la costa, Edner estaba al tanto de todo esto. Contaba con partidarios camuflados en el castillo que lo informaban al detalle de todas las lamentables andanzas de su primo. La última, su aislamiento absoluto del resto de países vecinos con los que Lothir comerciaba, hecho que lo estaba arrastrando a la ruina. Aparte de la paupérrima imagen de Erieon en el extranjero, que caía cada vez más en picado. Curiosamente, no se percibió gesto alguno de satisfacción en el semblante del destituido rey, aunque todo parecía suceder tal y como él esperaba. Y, por fin, entendieron sus fieles más escépticos la verdadera naturaleza de sus planes. Era necesario descartar para siempre la idea de que Erieon pudiera ser una alternativa digna, para evitar en el futuro una nueva desavenencia como la que estaban sufriendo. Tras dejar a los presentes, incluido el conde de Nisthilen, en la sala central sumidos en alegre algazara, riéndose del recién estrenado y, según ellos, patético monarca, Edner se ausentó del recinto para dirigirse al patio interior de la residencia de su consejero. Había dejado de nevar y aprovechó para caminar sobre el suave manto blanco, después de recorrer todo el hermoso claustro de piedra tallada. Se dirigió hacia la fuente central, totalmente helada, y allí se quedó, tras arrimarse ligeramente al tronco del árbol que crecía justo al lado. Cerró los ojos y, de nuevo, trató de vislumbrar aquella imagen que, al menos, aún lograba producirle un poco de paz. Era esta nítida y clara como el agua que destellaba al sol bajo la escarcha de la fuente. Edner no era un hombre creyente, nunca se encomendaba a ninguna deidad ni figura sagrada, pero este recuerdo venía siempre a apartarlo de sus peores inquietudes y temores, conectándolo al instante con su lado más profundo y humano. El derrocado monarca se acordó de Ori. El desaparecido joven no había vuelto a dar señales desde la noche en la que ambos se separaran, hacía más de mes y medio, una eternidad según su parecer. Lo observó con claridad en su mente, sin evitar preguntarse dónde se encontraría en aquel preciso instante. Sintió una especie de desazón, incluso resquemor, al creerse abandonado y privado de su apoyo en circunstancias tan difíciles. Le había dado muchas vueltas a este asunto y siempre acababa por discurrir nuevas teorías sobre su desaparición. Tal vez deseara Ori desentenderse de todo, quizás temiera a Edner debido a los desvaríos de su enfermedad, o, por el contrario, se sintiera culpable de haberle traído la ruina y no deseaba con su presencia causarle más problemas, o el conde de Nisthilen le había dejado las cosas bien claras bajo algún tipo de amenaza, o quizás... hubiera muerto. Edner se frotó los ojos con fuerza, en el intento de desechar aquellas ideas funestas. Se le ocurrió entonces que el muchacho bien podía haber regresado a su tierra natal, Noried... ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Se apartó de la fuente y apresuró el paso hacia la casa, dispuesto a escribirle al gobernador de Noried, por si pudiera darle alguna información al respecto. Y empezó a escribir la misiva, para caer enseguida en la cuenta de que aquello era una temeridad. Erieon, desde la Corte, había ordenado que se interceptara a todo aquel que saliese del lugar en el que se refugiaban su primo y sus leales. Por ello, los mensajeros debían viajar en grupos bien armados y este no le pareció motivo de máxima prioridad como para movilizar y arriesgar la vida de sus hombres. Y fue

por eso que desistió de su propósito, al menos, por ahora. Sumido en sus pesares allí se quedó, apartado en un oscuro rincón mientras aún escuchaba la algarabía de sus oficiales al mofarse de Erieon, a la vez que le pronosticaban un muy corto reinado. Se tomó un sorbo de la medicina que siempre llevaba consigo, para luego retirarse a su cuarto a descansar. Oficialmente, hacía seis semanas que había dejado de ser rey de Lothir.

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