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Requena (Valencia) 26 de Noviembre de 2011 MARÍA LUISA, ¡CÁLLATE UN POCO!.................................................................2 MONÓLOGO DE LA ESPADA.............................................................................5 DE DOS MUNDOS...........................................................................................8 1

María Luisa, ¡cállate un poco!
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María Luisa, ¡cállate un poco!

Eso le decían pero ella no parecía que escuchara. María Luisa estaba cansada, se palpaba y sentía que su cuerpo había mermado, se había convertido en algo ridículo, no abultaba nada. Se sentía así porque hacía mucho tiempo que no se veía ni a ella ni a su alrededor. No recordaba desde cuando sus ojos se habían quedado secos. Ya había perdido la cuenta, en realidad era como si las cosas siempre hubieran sido así. Se sentía como una pasa, ya no tenía peso, era como si levitara y sus ropas se hubieran quedado huecas, creando un espacio enorme entre la ropa y su cuerpo. Sólo deseaba que la pusieran limpia, pero no lo podía expresar. Ya se había acostumbrado a estar como en una cueva, a oscuras, incómoda y extraña al tacto, la piel seca y pegada a los huesos. Se oía diciendo: - ¡señorita, señorita, señorita! No decía otra cosa. En su cabeza se mezclaban lo sueños y los recuerdos. Se le venían de forma intermitente y aleatoria. Uno de ellos era agradable y le llegaba cuando la sacaban a la terraza, junto a los demás, a tomar el sol. Se veía por el paseo, el único que había, saltando a la comba, con el aire fresco dándole en la cara, con la cabeza alta mirando al cielo azul sin nubes. Su cola de caballo se balanceaba al ritmo que saltaba. Su madre la llamaba desde el balcón que daba a la plaza: María Luisa sube…….y ella no hacía caso, porque había un chico que la miraba mientras movía el flequillo en la esquina de enfrente. Su coleta, ya sin movimiento, le rozaba la espalda y le hacía sentirse erguida. Pedro era el chico que salía cada tarde del portal de enfrente y se quedaba esperándola a que ella llegara a casa, siempre tan risueña, parecía que le daban brillo cada día antes de salir. Tan guapa… con ese pelo tan rubio. Él sabía de ella que se llamaba María Luisa, un ángel y que era un fruto prohibido porque su padre era el farmacéutico y, según le habían dicho, un alto cargo de la Falange en la zona. Se conformaba con mirarla. Ella había indagado y sabía de él que se llamaba Pedro, que había llegado nuevo al barrio porque era hijo de la nueva portera de la finca, viuda de un rojo. Pero… era tan guapo …. Sabía que no debía fijarse en él porque era pobre y del grupo de los vencidos, que tenía la miseria en la cara y que parecía triste y que en sí era un problema, pero no podía evitarlo le gustaba más que el vecinito del 2º, José Antonio, el hijo del notario, desgarbado y flojo. El que decía su madre que pronto sería su marido.
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María Luisa, ¡cállate un poco!

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Cuando se iba el sol entraban en la residencia, sentía la umbría que le calaba hasta los huesos y volvía a tener miedo. Había perdido la cuenta del tiempo y se sentía débil y vulnerable. Temía tener hambre, tener la boca seca, pero sobre todo temía tener frío. Le horrorizaba tener frío en los pies. Habría la boca y sólo le salían unos sonidos guturales, absurdos y repetitivos: Ahrr! Ahrr!, las auxiliares le acababan poniendo calcetines a esos pies secos y desnudos que movía sin parar al ritmo de sus gemidos. Entonces ella se callaba. Cuando le ponían los calcetines entonces se acordaba de otros de sus recuerdos. Éste era su preferido. Se veía volviendo a su casa en bicicleta y pensando: ….. pues hoy le echo cuento y me paso por el portal de enfrente, hago como que me caigo, me tuerzo un tobillo de mentira o algo así y…….Así fue como Pedro la vio llegar y no salía de su asombro pero, de pronto, la tenía en sus brazos, en la portería, dándole unas friegas en el tobillo dañado. Ella agarrada a su cuello le decía a su oído, que tenía los pies fríos, que tuviera cuidado, porque le podía hacer daño. Pedro le contestó que se los calentaría siempre que ella quisiera. María Luisa aprovechó el momento para dejarle un papelito, que llevaba preparado, en el bolsillo de su chaqueta de punto, en el que ponía:

Mañana, cuando vuelva de las clases de piano en casa de doña Socorrito Ramos, te espero a la espalda del cementerio. María Luisa

Al día siguiente disfrutaron a escondidas de más que caricias y se hicieron todo tipo de promesas. Así fue como encontraron un lugar donde disfrutar furtivamente de un amor prohibido. Sentía hacer movimientos absurdos y repetitivos. Siempre estaba sentada. Levantaba una pierna a la vez que se llevaba el brazo a la cabeza. Era como si le tiraran de unos hilos de forma sincronizada. Empezaba y no acababa. A la vez que gritaba: ¡señorita, señorita, señorita!… Las auxiliares cuando pasaban cerca de su silla hacían un requiebro para no tropezar con su pierna. Preferían acercarse a María porque esa, aunque gritaba también, no hacía movimientos tan bruscos. ¡Ahrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
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¡María Luisaaaaaaa!, ¡Cállate un poco!

Había un recuerdo o sueño, que no sabía si era mentira o verdad, si era de su vida o no…No lo sentía cercano. Se veía junto a un hombre mayor, calvo y delgado, triste y resentido, con arrugas duras en la cara, en una sala de estar llena de ganchillos y
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adornos. Ella se levantaba torpemente de su sillón, sin ver y se caía un jarrón de una mesita, de las múltiples que había en aquella habitación y, se rompía, haciendo mucho ruido. El señor se levantaba y gritaba, como con monotonía y sentía que una voz de dentro de ella, que no parecía que lo fuera, le decía también gritando: -

¡Ya has vuelto a liarla!, te tengo dicho que te estés quieta y callada. José Antonio, yo no te quiero, nunca te he querido, me casé contigo y ya estaba embarazada de Pedro, quiero que lo sepas, ahora que estoy perdiendo facultades pero que todavía sé lo que digo, quiero que sepas que siempre lo quise a él. No puedo más y rompió a llorar. Me da igual lo que hagas conmigo. María Luisa, eso siempre lo supe, pero nunca pensé que te atreverías a decírmelo. Eres, y siempre has sido, una desvergonzada. Además de una ingrata. Eres mala y por eso el Señor no permitió que ese hijo del pecado naciera y además ya no pudiste tener más porque yo te repudié. Pero ahora diré a todo el mundo que ya estás loca, además de ciega y que has intentado hacerme daño y que tengo miedo. Con toda la medicación que tomas, tus depresiones habituales y tu pronóstico, a nadie le extrañará. Te meteré en una residencia. A ver quién va a querer ir a verte si no tenemos hijos ni amigos. Haz lo que quieras…..ya no tengo miedo.

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Cuando la pusieron a merendar, no llegaba a la taza y tenía hambre. - ¡Señorita, señorita, señorita! - ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! - María Luisa, ¡cállate, por favor! Ya vamos a darte la merienda. Aquella tarde se paró en la puerta de la residencia un taxi del que descendió un hombre mayor, de pelo blanco y aire cansado, que llevaba de la mano una niña con una muñeca. Preguntaron por una tal María Luisa Villaverde y en el mostrador le tomaron sus datos y le indicaron que subiera a la primera, que estaba en la planta de dependientes. El abuelo se dirigió a la niña:
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María Luisa espera aquí un poco a tu abuelo, que voy a visitar a una antigua amiga. Pero abuelo Pedro, no quiero quedarme aquí, quiero ir contigo. Como quieras, pero si no estás a gusto, si te asustas, te das media vuelta y te vienes a esta sala y me esperas. Vale. 9 de noviembre de 2011 Verónica Voz

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Monólogo de la espada
Viajero o paseante, que has entrado en esta tienda de anticuario y pasas distraído, ¡escúchame! Tus ojos no se han posado en mí, tal vez porque me ves oxidada, sin filo, sin la guardia que me adornada y con la que tantas veces me empuñaron. Escúchame, porque no soy una antigualla cualquiera; soy una espada, y tampoco una espada cualquiera: soy la espada de un héroe de tiempos pasados. Un héroe de tierras lejanas que anduvo de la brumosa Irlanda a Cornualles para morir por culpa de un amor adúltero nacido de un brebaje, en Bretaña. Soy su espada: la espada de Tristán. Los juglares de otros tiempos han contado mil veces la historia de Tristán e Iseo. No se olvidaron de mí, ciertamente, pero nunca me dieron la palabra. Por un extraño sortilegio alguien hoy me la ha dado. Y haciendo uso de ella quiero contarte lo que una vez me ocurrió y, tras siglos y siglos, sigo sin entender. Serví con gozo y alegría a mi señor Tristán desde su más tierna juventud. Envainada, el roce de mi frío hierro con su pierna le deba prestancia y aplomo al héroe. Pues en cualquier momento estaba yo dispuesta a salir y morder si él me lo pedía. Nunca le fallé. Déjame contarte algunas hazañas antes de llegar a la extraña historia que sigo sin entender ahora que soy un trozo de hierro oxidado, que alguien comprará algún día por unas monedas y se llevará a casa sin saber lo que ha comprado. Yo maté al Morholt, el caballero más temible de los irlandeses, ese que los juglares describen a veces como una mezcla de hombre y monstruo. Cada año los irlandeses venían a Cornualles a cobrar un antiquísimo tributo: veinte jóvenes, de ambos sexos, que se llevaban como esclavos. El Morlhot iba con ellos desafiando a quien se resistiera. Y así ocurrió años y años porque nadie en Cornualles, donde reinaba a la sazón el rey Marke, tío de Tristán, se atrevía a desafiar al Morholt. Hasta que mi joven señor, pese a los temores de su tío que tanto le quería, lo hizo. No os contaré el combate pues son muchos los aedas que lo refieren en sus versos. Yo maté al Morholt empuñada por Tristán, liberando los irlandeses de ese injusto tributo que pagaban. Le di el beso de la muerte en el cráneo con tanta fuerza que un trozo de mí se quedó incrustado en él. Desde entonces todo el mundo me reconoce por la inequívoca mella que me distingue. Las costumbres eran crueles por aquellos tiempos y, para burla y escarnio de los irlandeses, cortaron la cabeza del Morholt y la enviaron a su prometida, que no era otra sino una hermosa doncella, rubia como el oro, hija de la reina de Irlanda: Iseo. Cuando esta recibió el elegante regalo, una vez que hubo aplacado su llanto y su furia, sacó el trozo de metal del cráneo y lo guardó como oro en paño. Esperando así reconocer algún día la espada que le trajo esa desgracia y vengar su amado con la muerte de quien la empuñara. He soñado muchas veces con ese trozo de metal que perdí en la refriega. ¿No lo tendrás tú, viajero, por casualidad? Unos años después, Tristán me clavó en el corazón del dragón que asolaba Irlanda. Mi hierro reía atravesando las entrañas de aquella bestia y bañándose en su sangre. Curiosamente, el premio de aquella hazaña era la mano de Iseo. El rey de aquel país, desesperado, había prometido su hermosa hija a quien librara Irlanda de aquella alimaña. Mas mi señor cometió un terrible error que a punto estuvo de costarnos la vida: cortó la lengua de dragón y la metió en sus calzas para llevarla como prueba de su hazaña. ¡Nunca hagas tal cosa joven caballero que me estás escuchando, sorprendido de
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que un trozo de metal pueda hablar! Palabra de espada: las lenguas de dragón exhalan un veneno mortal… Déjame proseguir, porque no tengo tiempo para contarte los detalles, que a bien seguro oirás o, como hacéis ahora, leerás algún día. Iseo, por un cúmulo de coincidencias, recogió poco después a mi moribundo señor y nos llevó a su casa. La rubia doncella no había reconocido que era Tristán, el autor de su desgracia al haber dado muerte a su prometido el Morholt. Unos juglares dicen que en ese momento Amor encendió ya una chispa en su corazón, otros sin embargo dicen que eso no ocurrió hasta que ambos por error bebieron el infausto brebaje que los ataría hasta la muerte. Iseo pues desnudó al héroe maltrecho e inconsciente y extendió por su cuerpo un ungüento mágico que ella sola conocía para curarlo. Y a mí, sus suaves manos me dejaron junto al lecho. Yo callaba sabiendo en manos de quién estaba mi señor por el peligro que suponía. Acallaba mi brillo mortecino en la vaina para no llamar la atención. Y de súbito, una repentina intuición hizo que Iseo me desenvainara y me llevara al cuarto donde guardaba en un paño el trozo de metal que dejé clavada en el cráneo del Morholt. Yo encajaba con mi astilla, por lo que, furiosa, la rubia irlandesa me empuñó y al instante me blandió sobre mi señor que, por el efecto de los ungüentos, estaba recobrando sus sentidos. Los juglares se preguntan por qué Iseo no consumó su venganza y acabó entregándose al héroe que la había ganado matando el dragón pero también la había agraviado antaño matando a su prometido. No saben que mientras me blandía yo le susurraba: “Iseo: el que venció noblemente al Morholt te merece más que el Morholt. La hija del rey de Irlanda tiene el deber de respetar la voluntad de su padre y entregarse al héroe que ha liberado su pueblo del temible dragón”. Hundirme en las carnes de mi amado señor habría sido el más triste destino para mí que yo pudiera imaginar. Pero mis palabras hicieron efecto y la rubia doncella me envainó. No os referiré cuantas veces desde entonces serví al héroe. Yo le corté la cabeza al noble felón que quería delatar a mi señor e Iseo cuando huyeron al bosque para protegerse de la ira de Marke. Yo corté las ligaduras de Iseo cuando el celoso Marke –y con motivo, pues mi señor Tristán pasaba las noches con su esposa Iseo– la entregó a una banda de leprosos que la llevaban a sus aposentos para humillar su belleza y dignidad. Yo corté las ramas con que Tristán hizo una choza para resguardarse en el bosque junto a Iseo. Cuando mi señor se disfrazó de vagabundo para que le dejaran pasar a ver a su amada, yo iba escondida en sus ropas, preparada para salir como el rayo si fuera necesario. He dado la muerte mil veces, sonriente y luminosa. También he brillado suavemente junto al fuego de los amantes. Mis hazañas son incontables. Pero aquí estoy, ahora que solo soy un hierro oxidado, haciéndome preguntas que no consigo entender por un suceso que me ocurrió. Tristán mi señor y su dama Iseo llevaban ya largo tiempo viviendo en el bosque, desde que el rey pusiera precio a su cabeza por adúlteros. Aquel día hacía calor, entraron en la choza y se tumbaron confiando en resguardarse así del sol. ¿Por qué no se desnudaron como tantas veces hacían en los juegos del amor? ¿Por qué no se abrazaron estrechamente como solían? ¿Y por qué ese día mi señor me desenvainó y me puso entre sus cuerpos tumbados? La suave piel de la doncella entibiaba un lado de mi filo, el noble pulso del héroe hacía levemente vibrar el otro. Yo permanecía quieta, alerta y orgullosa al mismo tiempo de la confianza que depositaba en mí mi señor. De pronto, una mano abre la cortina y una forma se dibuja en la penumbra. Lancé el más agudo de mis reflejos al darme cuenta que ese intruso no era sino el propio rey Marke. Pero mi señor no despertó y tampoco Iseo. Seguí resplandeciendo sin resultado mientras el rey se iba acercando y su resuello emponzoñaba el aire fresco que respiraban los amantes. ¿Por qué no se despertaba mi señor y me empuñaba para dar su merecido a ese viejo celoso empeñado en luchar contra la fuerza del amor
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que unía su joven esposa a Tristán? No lo entendía y sigo sin entenderlo, pues muchas veces había comprobado lo fino que eran su sueño y la agudeza de su oído para escapar de los peligros. Marke ya estaba frente a los amantes, sudando y tembloroso y yo me esperaba lo peor. Desenvainó y blandió su espada sobre los amantes, dispuesto a consumar su venganza. Yo, tristemente, ya me despedía de mi señor pensando en lo triste que sería me vida cuando otro me empuñara. Ya iba a bajar el hierro dando muerte cuando, inesperadamente, el brazo de Marke se detuvo. Escucha viajero el extraño suceso. La mano que iba a dejar caer la muerte se detuvo. Y el rey suavemente me cambió por su espada, sin que Tristán se despertara. ¿Por qué el rey ultrajado no descargó su furia? ¿Qué pasó por su mente? ¿Por qué no despertó mi señor y empuñándome le dimos muerte al viejo? Yo que he sido forjada para matar no entiendo la actitud del rey ni tampoco que mi señor no se despertara. Y para colmo, una vez que Marke me envainó sacó el anillo con que desposara Iseo de su dedo –bien delgado que estaba de tantas privaciones- y se lo cambió por el suyo. Y antes de salir tapó con su guante el agujero por el que un rayo de sol hería la blanca faz de su esposa. Desde entonces la vida no me ha interesado. Me han empuñado unos y otros, poco a poco se ha olvidado la mella que me distingue y ahora estoy aquí entre otras reliquias del pasado indignas de mí. Viajero, dime por qué el rey no abatió su espada, dime por qué Tristán no se despertó my me empuñó. Pero claro ya es mucha casualidad que una espada hable para que además un extraño le conteste.

Husdent

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DE DOS MUNDOS
La anciana cepilla sus largos cabellos blancos sentada en una silla baja de enea. Sobre su ropa negra resplandecen con un brillo azulado, tan finos, tan suaves. -No quiero ir. -No vols anar? Per què? El niño, sentado a la mesa, cubre con sus manos un tazón de leche desportillado y medio vacío, como si quisiera calentarse, mientras observa, admirado, cómo la anciana recoge sus cabellos y los retuerce en un moño prieto, que fija con una pequeña peineta negra. Nunca deja de sorprenderle su precisión, su capacidad para peinarse así, sin necesidad de un espejo. -Es que no me gusta, - No t’agrada? Tens por? -Sí, me da un poco de miedo. -No cal tindre por però, si no vols, no anirem. La anciana le espera ya en la puerta. Extendiendo su mano delgada, le sonríe. -Anem? -¡Vamos! El niño le devuelve la sonrisa y le agarra con fuerza la mano. Salen a la calle y bajan en silencio una cuesta terrosa y polvorienta, camino del mar. Al llegar al puerto, el niño duda, asustado, y la anciana le aprieta la mano, entendiendo. Se detienen frente a un pequeño barco, desde cuya proa les saluda un joven marinero, rogándoles que se apresuren. La anciana explica que no van a viajar con ellos, que han cambiado de idea, que el niño se marea. Mientras, le acaricia la mano con su pulgar, arriba y abajo, abajo y arriba. El niño se tranquiliza y ambos emprenden la marcha, pero esta vez no siguen la ruta esperada. La anciana gira hacia la derecha, camino del rompeolas. El niño se asusta de la cercanía de las olas, de su creciente rugido, y el terror le paraliza. La anciana le mira y se inclina con esfuerzo para acercarse a su pequeño rostro. -Tú tens por del mar i jo no vuic anar a l’esglesia. Però si tú vens amb mi, jo aniré després amb tú. Què penses?
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El niño siente un sudor frío recorriendo su espalda pero, tras de mirarse en la profundidad de esos ojos que le reflejan, asiente y sigue a la anciana; aferrado a su delgada mano, con la vista fija en esas otras pupilas que le insuflan valor con cada pestañeo de sus abultados párpados, sube uno a uno los escalones de cemento. Ella le anima con su sonrisa y, al llegar arriba, se arrodilla torpe y le abraza. -Tanca els ulls. El niño, tembloroso, obedece. Nota cómo el aire le azota el rostro, virulento; cómo le clava mil espinas, humedeciéndole la piel al salpicarle. La anciana le susurra al oído y, al son de sus palabras, el niño se tranquiliza, poco a poco, muy poco a poco. Aún con los ojos cerrados, comienza a sentir el olor penetrante de la sal, el calor tibio del sol en sus mejillas, la brisa que le acaricia el pelo, la música de las olas al romper en las rocas de la escollera. Sonríe. Abre los ojos y comprueba que sigue allí, sobre las ondas, sobre la espuma, junto a las gaviotas. Sonríe y se suelta de la mano de la anciana. Se atreve a dar unos pasos él solo, riendo. Cuando se gira, feliz, ve a la anciana aún arrodillada en el extremo donde se había quedado. Corre hacia ella y le ayuda a incorporarse. De la mano, nuevamente, desandan el camino y se dirigen al pueblo. La iglesia es grande y fría; inhóspita. Ahora es el niño quien dirige la marcha, sin poder entender porqué la anciana se demora, remolonea en la puerta, se estira la falda negra, la blusa negra, se ajusta las gafas sobre sus ojos azules, comprueba que no se le ha aflojado el moño. Por fin entran y el niño va directo hacia el pasillo central, buscando el altar. Sabe qué debe hacer; se santigua y hace una genuflexión, animando a la anciana con su mirada. Ella, apresada en sus ojos, levanta dos dedos de su mano derecha hacia el rostro pero se detiene y se queda inmóvil, inerte, la vista fija en un sacerdote que arregla un gran libro en el púlpito. El niño espera, observando cómo sólo la barbilla de la anciana parece tener vida, antes de tomar su mano y retroceder con ella hacia un banco del fondo. Se sientan. El niño cierra los ojos y percibe el olor de las velas que se entremezcla con el de las flores, dulzón, intenso; permanece así, tratando de captar los sonidos, de sentir las corrientes de aire. Cuando vuelve a abrir sus párpados, ve que la anciana retuerce un pañuelo en su regazo, junto a las gafas; la barbilla aún le tiembla. Él le toma de la mano y se levanta. Ya fuera, caldeados por el sol, se abraza a su cintura. La anciana le sonríe. El niño no sabe que la anciana, siendo una muchacha joven, casi niña, tuvo un hijo. Que años después un hombre se casó con ella y adoptó a ese crío como propio y le quiso como a la hija que más tarde ambos tendrían. Desconoce que acogieron en su casa a un joven, compartieron con él su comida, ya escasa, sus temores, sus luchas; le ocultaron en los tiempos revueltos. Ignora que después, en los tiempos del miedo, el joven confesó su escondite y el hombre acabó

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preso; acabó muerto. Nunca sabrá que aquel joven sigue allí, en el pueblo, en la iglesia. El niño y la anciana vuelven a casa, despacio. Ella le habla en su lengua. Él, le contesta en la suya. El niño ríe, feliz. Ha descubierto el mar. La anciana sonríe al mirarle, serena. Marc

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