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Historia de la

Astronomı́a Argentina
AAABS No 2 (suplemento)

La Plata, 2009
ASOCIACIÓN ARGENTINA DE ASTRONOMÍA

Historia de la Astronomı́a Argentina


Facultad de Cs. Astronómicas y Geofı́sicas, UNLP, La Plata, Argentina
29–30 Mayo 2008

Editado por

Gustavo E. Romero
IAR-CONICET, FCAG-UNLP

Sergio A. Cellone
IALP-CONICET/UNLP, FCAG-UNLP

Sofı́a A. Cora
IALP-CONICET/UNLP, FCAG-UNLP

LA PLATA
Índice
Prefacio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . vii

55 Años de tiempo y latitud en el OAFA . . . . . . . . . . . . . . . 1


E. Actis, E. Alonso, A. Gonzales, A. Pacheco, R. Podestá
El Observatorio de San Luis. Un caso singular de la dimensión
mundial de la ciencia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
J. Bartolucci
La Biblioteca del IAR: del fichero al OPAC . . . . . . . . . . . . . 17
C. E. Boeris
La Expedición Austral del Observatorio Naval (EE.UU.) de 1967-
1973 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27
R. L. Branham, Jr.
First echoes of relativity in Argentine astronomy . . . . . . . . . . 31
A. Gangui, E. L. Ortiz
El Mesón de Fierro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39
E. Minniti, S. Paolantonio
Historia del Observatorio Nacional de Fı́sica Cósmica San Mi-
guel, Pcia. de Buenos Aires . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47
M. S. Santos, R. Girola
La Astronomı́a en el diseño curricular de la Argentina . . . . . . 53
M. S. Santos

v
vi
Prefacio

Entre los dı́as 29 y 30 de mayo de 2008 se celebró en la Facultad de Ciencias


Astronómicas y Geofı́sicas de la Universidad Nacional de La Plata un Workshop
organizado por la Asociación Argentina de Astronomı́a y dedicado a la discusión
de la historia de la astronomı́a en el paı́s. La reunión fue parte de un proceso
de rescate de la memoria histórica de esta ciencia encarado por la Comisión Di-
rectiva (2005-2008) de la Asociación, que incluyó la investigación de todas las
actas existentes de las Asambleas Ordinarias de la institución, el estudio de los
Boletines publicados hasta esa fecha, y las actas de las reuniones de Comisiones
Directivas previas, ası́ como reportajes a figuras claves de la astronomı́a argen-
tina. Parte del material reunido fue hecho público en el renovado sitio web de la
institución (http://www.astronomiaargentina.org.ar/).
El Workshop realizado en mayo de 2008 fue el resultado de un anhelo que la
Comisión Directiva habı́a albergado desde su misma elección en septiembre de
2005. La idea era reunir en un volumen las contribuciones, no sólo de astrónomos,
sino también de historiadores profesionales, para producir una obra heterogénea
que pudiese servir como fuente para futuras investigaciones historiográficas. El
temario de la reunión fue el siguiente:

1. Historia de la Astronomı́a Argentina.


2. Historia de las Polı́ticas Cientı́ficas en Argentina.
3. Historia de los distintos Observatorios e Institutos Astronómicos Argenti-
nos.
4. Primeros pasos de nuevas áreas astronómicas.
5. Trabajos pioneros en Argentina.
6. Año Internacional de la Astronomı́a.

Participaron unos 40 investigadores y estudiantes, y se presentaron contribu-


ciones originales relacionadas con los temas arriba enumerados. Los trabajos
invitados que fueron presentados se publicaron en el volumen No 2 de la AAAA
Book Series: “Historia de la Astronomı́a Argentina”, constituyendo, según cree-
mos, una contribución mayor al estudio de la evolución de la ciencia astronómica
en Argentina. Presentamos en este suplemento los textos correspondientes a las
contribuciones orales y pósters, material valioso que completa la citada obra.

Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, Sofı́a A. Cora, editores.


La Plata, agosto 30, 2009.

vii
viii
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

55 Años de tiempo y latitud en el OAFA

E. Actis1 , E. Alonso1 , A. Gonzales1 , A. Pacheco, R. Podestá1


(1) Observatorio Astronómico Félix Aguilar (OAFA)

Resumen. Desde su fundación en 1953 el Observatorio Astronómico


Félix Aguilar se ha dedicado ininterrumpidamente a la determinación sis-
temática y precisa de tiempo y latitud, participando durante muchı́simo
tiempo en las redes del Bureau International de l’Heure (BIH) y del Inter-
national Polar Motion Service (IPMS), hoy reunidos en el International
Earth Rotation Service (IERS).

1. El anteojo de pasos Bamberg

En 1942 el Ing. Tomagheli, Decano de la Facultad de Ingenierı́a y Ciencias


Exactas, Fı́sicas y Naturales de la Universidad Nacional de Cuyo (en aquella
época el único enclave universitario en la provincia) adquirió en un remate un
telescopio ecuatorial Steinheil y un anteojo de pasos Bamberg. En 1953, sobre la
base de estos instrumentos se crea el Observatorio Astronómico Félix Aguilar,
que comienza inmediatamente sus tareas de investigación.
Con el anteojo de pasos Bamberg, y la participación de J. J. Nissen, C. U. Ces-
co, W. T. Manrique y R. A. Carestia comienzan las determinaciones sistemáticas
de tiempo y latitud en el OAFA. Para las determinaciones de tiempo (longitud)
se utilizaba un ocular especial que permitı́a medir con muy buena precisión el
tiempo de pasaje meridiano de estrellas de coordenadas conocidas. Para las de-
terminaciones de latitud se utilizaba el método de Horrebow-Talcott, con un
ocular y niveles especiales (niveles Talcott) que permitı́an medir con muy buena
precisión la diferencia de distancias cenitales de dos estrellas meridianas simétri-
cas respecto del Cenit. Como base de tiempo se utilizaba un reloj pendular que
era diariamente comparado con las señales radiales de las estaciones emetrices
de hora.
Este grupo de trabajo participó muy activamente en las campañas astronó-
mico - geodésicas de determinación de la posición y fijación de los hitos de la
frontera argentino-chilena en la zona Mendoza-San Juan.
Este instrumento realizó su tarea de determinación hasta 1966, cuando fue
reemplazado, pero continuó operando como elemento de prácticas de los alum-
nos de la asignatura Astronomı́a Esférica y Determinaciones Geográficas en la
carrera de Ingeniero Agrimensor hasta 1980.

2. El astrolabio Danjon

En 1966 la Facultad de Ingenierı́a y Ciencias Exactas, Fı́sicas y Naturales


de la Universidad Nacional de Cuyo adquiere a la firma francesa Optique et
Precision de Levallois el astrolabio impersonal Danjon OPL No 36. Este instru-
mento es un telescopio refractor de 19 cm de abertura de objetivo y 1.9 m de
1
2 E. Actis et al.

distancia focal. En el plano focal está provisto de un prisma birrefringente y un


mecanismo de seguimiento y su alcance es hasta la magnitud 6.0.
W. Manrique es enviado por 6 meses a Francia para perfeccionamiento en el
uso de este nuevo instrumento. Trabaja primero en el Observatorio de Becançon
bajo la dirección de F. Arbey y luego en el de Paris con S. Debarbat y B. Guinot.
Acompañan a W. Manrique, en el armado del Astrolabio, A. Serafino, y en la
electrónica, N. Labate y N. Polimeni. Las observaciones comienzan en julio de
1968. En diciembre se incorpora al grupo E. Actis. Posteriormente, en 1971 se
incorporan J. Baldivieso y A. Navarro. Luego A. Andreoni, E. Alonso y más
recientemente R. Podestá.
La calidad y cantidad de observaciones hacen que en 1973 el instrumentro
sea incorporado al Bureau International de l’Heure y al International Polar Mo-
tion Service, donde permanece hasta 1988, cuando tras la fusión de éstos en el
International Earth Rotation Service son descartados los instrumentos ópticos
clásicos y reemplazados por los VLBI, SLR y LLR.
El astrolabio Danjon permitı́a la toma de 20 tiempos de pasaje de estrellas
extrameridianas en su cruce por la almicantárada de 30◦ de distancia cenital.
Estos tiempos se tomaban con un cronógrafo impresor a martillo Wetzer que
permitı́a la lectura directa de la centésima de segundo y la apreciación de la
milésima, lo que originaba un trabajo de seis horas para la lectura y promedio
de la cinta de tiempos impresos por noche de observación. Esto fue reemplazado
por un cronógrafo totalizador Ebauches de fabricación suiza y luego por un
cronógrafo integrador fabricado en los talleres del OAFA.
La base de tiempo fue proporcionada al principio por un reloj a cristal de
cuarzo marca Rohde & Schwarz de estabilidad de frecuencia de 1 × 10−8 Hz
(prestado por el Instituto Nacional de Prevención Sı́smica), que luego fue reem-
plazado por otro de la misma marca con estabilidad 1 × 10−9 Hz. Posteriormente
se incorporó un reloj de cuarzo Rohde & Schwarz de estabilidad 1 × 10−10 Hz
y finalmente un atómico de rubidio Tracor que aseguraba una estabilidad de
frecuencia de 1 × 10−11 Hz.
El método utilizado fue el de iguales alturas, observando grupos de 28 es-
trellas cada uno, distribuidas uniformemente en azimut. Se observaban 2 a 3
grupos por noche. Para el procesamiento se utilizó al principio una computadora
IBM 1130 de 16 kb de RAM del Instituto de Cálculo de la Facultad de Ingenie-
rı́a. Posteriormente se utilizó una IBM 4341 en sociedad con el Gobierno de la
Provincia y luego una IBM 360/60 del Centro de Cómputos de la Universidad
Nacional de San Juan
Además de su protagonismo durante 15 años en el BIH e IPMS este grupo
de investigación produjo con este instrumento tres catálogos estelares y gran
cantidad de determinaciones de las correcciones ∆α y ∆δ a las ascensiones rec-
tas y declinaciones de estrellas FK4 y FK5, como asimismo correcciones a las
coordenadas de planetas como Marte, Júpiter, Saturno, Urano y radiofuentes
ópticas. Los recuerdos más vı́vidos que nos quedan de esta época son el intenso
frı́o de las observaciones a la intemperie en las noches invernales y el tedio de
largas horas “leyendo” la cinta de tiempos observados con una calculadora Facit,
el elemento más moderno con que contábamos en aquellos tiempos. También
recordamos cuando un fuerte viento Zonda (caracterı́stico de la zona) destruyó
55 Años de tiempo y latitud en el OAFA 3

la cúpula y, cada noche, durante su reconstrucción, debı́amos retirar la carpa


que cubrı́a el pabellón y volverla a colocar al final de la observación.
El Astrolabio Danjon operó ininterrumpidamente hasta 1992, en que fue
reemplazado, tras 26 años de servicios eficientemente prestados.

3. El astrolabio fotoeléctrico PA2

Tras negociaciones iniciadas en Rosario en 1988 se firmó en 1990 un con-


venio de cooperación entre la Universidad Nacional de San Juan y la Academia
China de Ciencias para la instalación en el OAFA de un Astrolabio Fotoeléctri-
co Mk2 (Photoelectric Astrolabe MkII o, simplemente, PA2). Inmediatamente
comenzaron en China las tareas de preparación del instrumento para su envı́o a
la Argentina y, en San Juan, el acondicionamiento del pabellón que lo albergarı́a.
El instrumento inauguró su operación en 1992.
A diferencia del Danjon, el telescopio PA2 es un reflector de 30 cm de diá-
metro con foco Cassegrain. Además, en lugar del birrefringente y el ocular tiene
una grilla óptica de ranuras y dos células fotoeléctricas para el registro de los
pasajes. El reemplazo del ojo humano que se cansa por detectores electrónicos
que no se cansan produjo un incremento factor 10 en la eficiencia observacional.
Este instrumento alcanzó la magnitud 9.0 en Beijing y 11.5 en San Juan.
De acuerdo al convenio de cooperación, este instrumento fue operado por
cientı́ficos chinos designados por el Observatorio Astronómico Nacional de China
junto con investigadores del Observatorio Astronómico Félix Aguilar.
Si bien con él no se participó en las tareas del IERS, se realizaron estudios
de latitud - longitud como base de estudios astrogeodinámicos, especialmente de
desviación de la vertical, e intentos de descubrir una relación entre las anomalı́as
de la vertical con la actividad sı́smica que en San Juan es importante. Pero su
principal aplicación en este perı́odo fue la confección de catálogos estelares. Se
confeccionó, conjuntamente con un instrumento similar ubicado en Beijing, un
extenso Catálogo Estelar Global cubriendo todas las declinaciones. También se
elaboraron tres extensos Catálogos del Hemisferio Sur.
Quienes observaron en él fueron E. Actis, E. Alonso, R. Podestá, A. Pacheco,
G. Bustos, A. González, J. Alacoria, y L. Peñaloza. Con la llegada del Láser
Satelital se suspendió provisionalmente su operación debido, principalmente, a
la falta de observadores.

4. El láser satelital

En base a negociaciones comenzadas en las playas del Complejo Náutico


Ullum de la Universidad Nacional de San Juan entre el entonces Director del
OAFA, Esp. Ing. Eloy Actis y el representante para América Latina y el Caribe
del Ministerio de Tecnologı́a de la República Popular China, Dr. Liu Yuanwen,
surge un nuevo convenio con la Academia China de Ciencias que firman en
2000 en San Juan el Director del Observatorio Astronómico Nacional Chino y
el Vicerrector de la Universidad Nacional de San Juan. En su cumplimiento el
Observatorio de Beijing comienza inmediatamente la construcción de un teles-
copio láser satelital y la Universidad Nacional de San Juan comienza a preparar
4 E. Actis et al.

el edificio que lo albergue. El acuerdo final se plasma en 2002 en Acta Com-


plementaria para cuya firma concurren a Beijing la Decana de la Facultad de
Ciencias Exactas, Fı́sicas y Naturales y el Director del OAFA. Tras variados in-
convenientes, especialmente en la construcción de la cúpula móvil y el traslado
del equipamiento desde China, el instrumento finalmente entra en servicio en
febrero de 2006.
Se trata de un generador de pulsos láser de 10 cm de diámetro y una potencia
de 10 Gigawatts, que son lanzados a un satélite revestido de espejos y cuyo reflejo
es captado por un telescopio reflector de 60 cm de diámetro y foco Cassegrain. Se
toma el tiempo de partida del pulso y un detector de fotones dispara la lectura
del tiempo de regreso. De su diferencia se calcula la distancia al satélite y de
ésta y el conocimiento de los parámetros de la órbita del mismo, las coordenadas
del punto estación.
Esto significa el reingreso del OAFA en los servicios internacionales a través
del ILRS (International Laser Ranging System) de NASA, en el cual es admiti-
do como estación No 7406. Casi de inmediato esta Estación alcanza los primeros
puestos en la observación de los satélites más importantes y adquiere gran im-
portancia en el sistema por su ubicación en el Hemisferio Sur, que se destaca
por la escasez de estaciones que sufre.
Agradecimientos. En su instalación y observación participaron Wang, T.,
Guo, T., Liu, W., Xiang, Q., Huang, D., Liu, C., Zhao, L., Actis, E., Alonso, E.,
González, A., Pacheco, A., Podestá, R., . . .
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

El Observatorio de San Luis. Un caso singular de la


dimensión mundial de la ciencia.

Jorge Bartolucci1
(1) IISUE/UNAM, México

1. Introducción

El establecimiento de un observatorio en la ciudad de San Luis, Argentina,


en 1908, en una ciudad pequeña, que contaba entonces con escasos 10 000 habi-
tantes y con una actividad cientı́fica prácticamente nula, hace que las preguntas
que uno se formula sobre la puesta en marcha de cualquier proyecto o institu-
ción cientı́fica se vuelvan más pertinentes. ¿Cuáles fueron las motivaciones para
echarlo a andar? ¿Bajo qué circunstancias fue posible que ello ocurriera? ¿Por
qué se instaló en ese preciso lugar? ¿Quiénes se involucraron en el hecho? ¿Qué
es lo que hizo la institución al fin de cuentas? ¿Quiénes llevaron a cabo el traba-
jo? ¿Cuál fue el significado que tuvo para la ciencia su fundación y desarrollo?
¿Qué nos enseña su experiencia en cuanto a su contribución al conocimiento
especializado, a su articulación con el medio cientı́fico en general y respecto a su
implantación en una época y una sociedad determinadas?
En este artı́culo se presentan algunos resultados preliminares de investiga-
ción al respecto, derivados de la revisión documental realizada en los archivos
del Dudley Observatory, Albany, New York, y en el Mary Lea Shane Archives de
la Universidad de California (EEUU). La investigación se inscribe en el proyecto
que comparto con Santiago Paolantonio y Edgardo Minniti, “The Cooperation
of American Astronomers in the Establishment of the National Observatory of
Córdoba, Argentina. The Case of Dudley Observatory”, galardonado con el 2005
Herbert C. Pollock Award.

2. Antecedentes de la expedición a San Luis

La persona que hizo posible la creación del Observatorio de San Luis, fue
Lewis Boss, un astrónomo nacido en Providence, Rhode Island (EEUU) en 1846
que se hizo cargo de la dirección del Observatorio de Dudley en 1876, o sea,
20 años después de su fundación. Durante su formación, Boss solamente habı́a
tomado un curso de astronomı́a en el Darmouth College, con el profesor Charles
Young, quien habı́a estado relacionado con el Observatorio de Dudley como parte
interesada. Young era uno de los astrónomos norteamericanos más destacados
de la época, un pionero de la astrofı́sica, cuyos éxitos incluyeron las primeras
fotografı́as de las protuberancias solares y la primera observación detallada del
espectro solar.
Después de graduarse, Boss fue a trabajar para el Gobierno Federal en Wa-
shington D. C., donde conoció algunos astrónomos del U. S. Naval Observatory,
incluyendo a Edward Holden y Asaph Hall, los hombres más prominentes del
Observatorio Nacional. De manera autodidacta aprendió a usar los instrumentos
5
6 J. Bartolucci

de cálculo astronómico más usados en la época, como el sextante, el cronómetro


y el tránsito. Gracias a su enorme capacidad para los cálculos matemáticos, en
1872 ganó un nombramiento como asistente de astrónomo en el gobierno de los
Estados Unidos para la determinación de la porción correspondiente a la frontera
con Canadá que va desde el Lake of the Woods hasta Rocky Mountain.
Su primera contribución al conocimiento astronómico fue una publicación
sobre las declinaciones de las 300 estrellas mayores. Esta apareció en 1877 di-
rigida a encontrar la aprobación de la comunidad astronómica. El método de
Boss para corregir los catálogos anteriores sobre la declinación habı́a seguido la
lı́nea trazada por Simón Newcomb, sobre la ascensión recta, que posteriormente
devino en el método de Boss-Newcomb para la determinación de las posiciones
fundamentales de las estrellas. El lugar de Boss en la historia de la astronomı́a
podrı́a ser sucintamente resumido en la cita por su premio a la medalla de oro
otorgada por la British Astronomical Society en 1905: “por su largo y continuo
trabajo en la posiciones y movimientos propios de las estrellas fundamentales”.
Cabe aclarar que la palabra “fundamental” tiene una leve connotación dife-
rente en astronomı́a comparada con las otras ciencias: no es solamente una vaga
etiqueta para calificar la profundidad del análisis o la importancia del mismo. En
astronomı́a un sistema fundamental para localizar las estrellas, significa poner
la observación y la teorı́a dentro del sistema más preciso, riguroso y coordinado
posible. Más allá de los problemas de observación, en este desafı́o también inter-
viene la propia naturaleza de las llamadas estrellas fijas, las cuales no están fijas
en realidad. Ellas no sólo están moviéndose relativamente una con respecto a la
otra, sino que también parecen moverse en la esfera celeste por otras razones,
tales como el cambio en la dirección del eje de la Tierra y el movimiento del Sol.
La pregunta por un sistema fundamental, en este caso, implica, por lo tan-
to, crear un marco de referencia confiable en el espacio para ubicar objetos que
siempre están en movimiento. Si nos atenemos a la opinión que Boss tenı́a al
respecto, la exactitud del resultado de este tipo de observaciones astronómicas
dependı́a más de las capacidades del calculador que de la precisión de los te-
lescopios. Según él, cada instrumento era hecho dos veces, una, en el negocio
del fabricante con cristal y acero y la otra por el astrónomo sobre el papel. En
consonancia con estas ideas, Boss concebı́a la astronomı́a como una larga y lenta
acumulación de números confiables más que el descubrimiento de nuevos tipos
de objetos estelares. Desde su perspectiva, el astrónomo era considerado como
una máquina humana de calcular y la cualidad más valiosa que debı́a tener para
hacer ciencia era la paciencia.
No obstante, sus investigaciones no estaban animadas por la precisión como
un fin en sı́ mismo; antes bien, eran hechas para avanzar en el conocimiento
astronómico del origen, la estructura y el destino del Universo. La generación
de astrónomos anterior a la de Boss, habı́a basado su trabajo en observaciones
y cálculos que hicieron los astrónomos ingleses a finales del siglo XVIII. Tal fue
el caso de Bradley, cuyos cálculos sobre la posición de las estrellas eran de la
más alta rigurosidad que se habı́an hecho hasta entonces. Para los astrónomos
de su época, la información que Bradley habı́a recabado durante sus observa-
ciones desde 1820 representaban una referencia invaluable, pero la astronomı́a
habı́a seguido creciendo desde aquellos tiempos. Boss pensaba que el gran núme-
ro de observaciones de alta calidad hechas por Bradley eran un punto de partida
El Observatorio de San Luis 7

inmejorable para calcular los movimientos propios de las estrellas y que a los
astrónomos que junto con él estaban atravesando del siglo XIX al XX, les per-
mitirı́an obtener mejores resultados de los que habı́a obtenido Bradley, a pesar
del menor intervalo de observación.
Hemos de tener en cuenta que en la década de 1870, se estaba llevando a
cabo el mayor esfuerzo realizado a nivel internacional por estudiar el cielo, bajo
el nombre de Germany’s Allgemeine Astronomische Gesellschaft. Este proyecto
astronómico habı́a dividido el cielo en zonas, como si fueran cinturones paralelos
al Ecuador celeste. Quince de los mejores observatorios del mundo se habı́an
comprometido voluntariamente a medir la posición de alrededor de 8000 estre-
llas en una zona particular. Por 1877, el Observatorio de Zurich abandonó su
misión y Boss aprovechó la oportunidad de integrarse al proyecto, ofreciéndole al
presidente de la Comisión, Arthur Auwers, hacerse cargo de esa parte del cielo.
La estrategia de Boss se centró en el Cı́rculo Meridiano Olcott instalado en
el Observatorio de Dudley. Él consideraba que este instrumento era el recurso
técnico más valioso del Observatorio, y rápidamente encontró la oportunidad de
ponerlo a trabajar. Las observaciones con el cı́rculo meridiano se apoyaban en
una idea bastante simple. Habı́a que sentarse y poner su ojo en el telescopio y
esperar a ver que la imagen de una estrella cruzara una lı́nea muy delgada, punto
en el cual se apretaba un botón. Mediante esa operación, una pluma dejaba una
marca que quedaba registrada en una tira de papel añadida al cronógrafo.
Pero esta idea simple debı́a ser ejecutada con una disciplina extrema y
sus resultados, analizados en una forma que sólo las altas matemáticas podı́an
hacer. No obstante la perfecta construcción del telescopio y sus adecuados po-
sicionamiento y orientación, los errores ocurrı́an. De manera que una adecuada
corrección matemática era esencial. Por tres años, de 1879 a 1882, Boss hizo
personalmente cada observación y ejecutó cada pulso del botón que registraba el
tiempo en que una estrella cruzaba la lı́nea que marcaba en meridiano de Albany.
En total efectuó cerca de 20 000 observaciones de un total de 8241 estrellas.
Las reducciones matemáticas de las observaciones empezaron a efectuarse
enseguida. En astronomı́a se llama reducción a los cálculos que deben hacerse
para convertir las coordenadas del observatorio de Dudley en coordenadas celes-
tes, y de las fechas de la observación a una fecha de referencia predeterminada.
En esa época, dichas operaciones tomaban mucho tiempo. Boss reportó en el
Informe Anual de 1883, que de cada hora de observación le llevó al menos 20
horas de trabajo de cómputos especializados, sin contar el tiempo empleado en
la búsqueda, la compilación y la investigación en general. Boss les dedicó los
cinco años siguientes a estos cálculos. El observatorio de Dudley, que habı́a sido
el segundo de los observatorios que se hicieron cargo de una zona, se convirtió
en el primero en tener en sus manos los resultados finales. Ellos fueron entrega-
dos para la publicación en 1888 y publicados en 1890. El esfuerzo de los otros
continuó hasta bien entrado el siglo XX y algunos nunca fueron completados.
En agosto de 1887 Boss viajó a Europa para ponerse al dı́a de los planes
y programas de trabajo de los astrónomos lı́deres en Europa. Pero resultó ser
muy tarde para integrarse al mayor proyecto astronómico emprendido a nivel
internacional a finales de la década; un programa de investigación organizado
en Parı́s para producir el primer mapa fotográfico de la bóveda celeste conocido
como Carta del Cielo. Aún cuando Boss no pudo integrarse al proyecto, la Carta
8 J. Bartolucci

del Cielo subrayaba la importancia del programa de investigación desarrollado


en el Observatorio de Dudley. La fotografı́a podrı́a multiplicar la productividad
de acumular las posiciones de estrellas pero ella no podı́a proveer un sistema
fundamental riguroso para medirlas como podı́a hacerlo el método fundamental
de Boss. Tampoco podı́a substituirse el trabajo del Cı́rculo Meridiano. Con los
resultados de las mediciones de las posiciones de cerca de 8 000 estrellas, una
comparación de estas con observaciones hechas en el pasado mostraba que las
estrellas participaban en el efecto paraláctico del movimiento del Sol en el espacio
en un grado antes insospechado.
Este movimiento propio de las estrellas habı́a sido descubierto por Edmund
Halley en 1717. En la perspectiva convencional de finales del siglo XIX las es-
trellas eran bastante similares en su medida y su luminosidad. Aquellas que
aparecı́an débiles lo eran porque estaban lejos. Inversamente, las estrellas que
parecı́an brillantes eran porque estaban cerca. Hoy dı́a esto se explica mediante
la identificación de estrellas brillantes que son gigantes, muy grandes y a la vez
muy lejanas, pero en 1887 una categorı́a de estrella gigante no podrı́a haber sido
imaginada ni siquiera en sueños.

3. The Carnegie Institution of Washington

A medida que el Observatorio de Dudley entraba al siglo XX su meta habı́a


sido fijada en un Catálogo General de 20 000 estrellas. Esto implicaba un costo
total de 40 000 dólares. ¿De donde vendrı́a el dinero? Justo en ese momento,
al comenzar el año 1902, apareció en el firmamento una nueva fuente de finan-
ciamiento a la ciencia norteamericana. Andrew Carnegie se habı́a retirado de su
vida activa en los negocios y puso en manos de un Consejo de Administración de
veinticuatro miembros, la cantidad de 10 000 000 de dólares, a un interés anual
del cinco por ciento, para fomentar de la manera más amplia y libre posible,
investigaciones, estudios y descubrimientos, ası́ como la aplicación de esos cono-
cimiento al desarrollo de la humanidad. Ası́, la institución Carnegie con sede
en Washington se convirtió en la fuente no gubernamental de sustentación más
grande de la investigación cientı́fica de la época. En lugar de donar los fondos
para crear una nueva Universidad Nacional, Carnegie prefirió apoyar la investi-
gación en un amplio espectro de campos cientı́ficos, incluyendo el estudio de las
estrellas. En el centro de los criterios oficiales, se puso como prioridad apoyar a
los proyectos de trabajo cuya ejecución requiriera de un proceso de investigación
a cargo de un equipo de investigadores sostenido durante varios años con una
finalidad especı́fica a cumplirse en un tiempo preestablecido.
Para entonces la combinación de fı́sica y astronomı́a habı́a atraı́do la aten-
ción de un amplio número de lı́deres en la ciencia norteamericana, desde Edgard
Pickering y Charles Young hasta George Hale y el fı́sico Albert Michelson. El
Astrophysical Journal, fundado 1895, estaba superando en el número, variedad
y calidad de sus contribuciones, al antiguo Astronomical Journal creado por
Benjamin A. Gould a mediados de siglo. Los horizontes de la investigación as-
tronómica fijados en torno a la determinación de las posiciones de los cuerpos
celestes y de sus movimientos de toda clase, reales y aparentes, se abrieron pa-
ra darle cabida a la investigación de los componentes fı́sicos y quı́micos de los
objetos estelares. Como resultado de ello, la astrometrı́a y la astrofı́sica compar-
El Observatorio de San Luis 9

tieron la mayor parte del presupuesto destinado por la Fundación Carnegie para
apoyar los estudios celestes.
En 1903, un Comité Asesor en astronomı́a conformado por George H. Hale,
William Campbell y presidido por Lewis Boos, recomendó el establecimiento de
dos observatorios astronómicos. Uno, en el sur de California, que consistı́a en
una estación de observación para la investigación solar a ser establecida en un
lugar con condiciones atmosféricas excepcionales, y mantenida por un perı́odo
calculado entre siete y doce años. El otro, en el hemisferio sur, para la realización
de trabajos de observación estelar que se estimaba completar en diez o doce años
a partir de la fecha inicial. El propósito de este último era asegurar mediciones
precisas de las posiciones de las estrellas llamadas fijas, que eran visibles desde el
hemisferio sur y usarlas en conexión con las correspondientes medidas registradas
en el hemisferio norte, para producir finalmente un catálogo preciso de todas las
estrellas hasta la 7a magnitud en toda la esfera celeste.

4. Fundamentos cientı́ficos de la observación astronómica desde el


hemisferio sur

¿A qué necesidades disciplinarias respondı́a la recomendación de establecer


un observatorio en el hemisferio sur? Hasta la segunda mitad del siglo XIX,
la astronomı́a habı́a estado casi enteramente absorbida por los estudios sobre la
forma y las dimensiones de la Tierra y la posición y el movimiento de los cuerpos
del Sistema Solar. Es natural que esos temas hubieran captado la atención de los
astrónomos. El número de objetos celestes conocidos era relativamente pequeño,
de manera que el trabajo de observación no debı́a soportar el peso de cálculos
matemáticos complejos. Pero en el último tercio de siglo, los astrónomos em-
pezaron a sentirse saciados de sus conquistas en el campo de los conocimientos
terrestres y planetarios. Hechos y observaciones relativas a la astronomı́a de las
estrellas habı́an ido siendo acumulados lentamente y comenzaron a aparecer en
el horizonte intelectual nuevos planes, donde el interés viraba hacia la extensión
y el valor de esas observaciones.
En consecuencia, la astronomı́a planetaria, caracterı́stica de los astrónomos
del siglo XVIII, dio paso a la astronomı́a sideral, campo de interés prioritario
de los astrónomos del siglo XX. En ese sentido, colaboraron los astrónomos
que hicieron posible obtener información sistemática, precisa y exhaustiva de
las posiciones de las principales estrellas. El proyecto titulado Astronomische
Gesellschaft, dedicado a observar todas las estrellas debajo de la 9a magnitud en
el norte, constituyó el trabajo más exhaustivo llevado a cabo en astronomı́a antes
de la Carta del Cielo. A su vez, este último resultó ser el intento más ambicioso
por cubrir el cielo mediante medios fotográficos. También se habı́a avanzado
notablemente en los numerosos intentos por medir el movimiento propio de las
estrellas. Veinte años antes parecı́a casi imposible hacerlo con suficiente precisión.
A principios del siglo XX, en algunos observatorios este tema se habı́a convertido
en un asunto de rutina y cada vez más se estaban dedicando en parte a este
trabajo.
Pero el mayor obstáculo para esclarecer la visión de los problemas estelares,
era la carencia de información comparativa acerca de las estrellas que solamente
son visibles desde el hemisferio sur. Los trabajos en estas lı́neas y otras simi-
10 J. Bartolucci

lares estaban casi confinados al cielo del norte. Salvo contadas excepciones, los
recursos humanos, técnicos y económicos requeridos para extender estas investi-
gaciones a los cielos del sur no estaban disponibles. Gran Bretaña era la única con
poder suficiente para sostener una estación de alto rango en el Cabo de Buena
Esperanza, pero con la obligación de hacer en el hemisferio sur lo que Greenwich
hacı́a en el norte. Los demás observatorios ubicados en el hemisferio sur, salvo
uno, estarı́an absorbidos en los siguientes 10 o 15 años en la consecución de la
Carta del Cielo.
Por ejemplo, de los tres observatorios ubicados en Australia, dos estaban
completamente abocados a cuestiones meteorológicas, y el restante habı́a agota-
do todas sus energı́as y recursos en la Carta del Cielo. En Chile, de 1854 a 1862,
habı́a funcionado el Observatorio Nacional bajo la dirección de un astrónomo
alemán. Posteriormente, también se involucraron en el proyecto de Carta del
Cielo, pero su director Loewy, informó de que no se habı́a hecho prácticamente
nada al respecto.
En Córdoba, el Observatorio Nacional Argentino, fundado en 1870 por Do-
mingo F. Sarmiento y dirigido por Benjamin Gould, primer director del Obser-
vatorio de Dudley, fue el único observatorio sureño que terminó exitosamente los
trabajos de la Carta del Cielo. Pero debido a los problemas financieros del paı́s,
en esos momentos no se encontraba en condiciones de tomar nuevas obligaciones
que lo distrajeran de aquel compromiso. El único que quedaba era el observa-
torio de Arequipa, Perú, pero éste se encontraba completamente abocado a los
estudios de fotografı́a y de fotometrı́a estelar similares a los que se hacı́an en el
Observatorio de Harvard. De modo que quedaba fuera de toda posibilidad de
ser considerado en el programa propuesto por la Carnegie.
Al fin de cuentas, el hemisferio sur, que contaba con la décima parte de los
recursos humanos y técnicos disponibles en el norte debı́a ocuparse de estudiar
una cuarta parte del cielo. Pero no sólo eso, además, esos recursos, de por sı́
escasos, estaban ocupados en otros proyectos. En consecuencia, para acortar la
abismal disparidad entre el norte y el sur en materia astronómica no quedaba
otra solución que aumentar la capacidad de observación desde el hemisferio sur.
En vista de estas consideraciones, a mediados de 1903, el Comité Asesor de la
Carnegie creyó que serı́a de gran utilidad contar con el consenso de una opinión
astronómica experimentada con respecto a la urgencia de planear una larga serie
de observaciones en ese hemisferio, las cuales no podrı́an ser provistas por las
instituciones existentes allı́. Dicha consulta llevarı́a también la consigna de saber
si existı́an planes similares por parte de otras instituciones o si hubiera algún
prospecto de ello.
Los encargados de investigar y reportar de la manera más completa posi-
ble lo concerniente a estas proposiciones fueron Campbell, Hale, y Boss, quie-
nes integraron una comisión con ese afán. Los astrónomos consultados fueron:
H. H. Turner, de la Universidad de Oxford, Presidente de la Royal Astrono-
mical Society; Michael Loewy, del Observatorio de Parı́s y Presidente del Con-
greso para la Carta del Cielo; el Director Küstner, del Royal Observatory de
Bonn; H. Seeliger, del Royal Observatory de Munich, Presidente del Astrono-
mische Gesellschaf; Sir David Gill, Astrónomo del Royal Observatory del Cabo
de Buena Esperanza; Dr. M. Nyrén, Pulkova Observatory; O. Backlund, Direc-
tor del Imperial Observatory, Pulkova; E. Becker, Director del Observatorio de
El Observatorio de San Luis 11

la Universidad de Strassburg; Dr. Ralph Copeland, Astrónomo Real de Escocia;


Dr. W. H. M. Christic, Astrónomo Real de Greenwich; Profesor J. C. Kapteyn,
Director del Laboratorio Astronómico de Groningen, Holanda y el Dr. Arthur
Auwers, Secretario de la Royal Prussian Academy, de Berlı́n.
En diciembre de 1905, es decir, dos años después de haber decidido realizar
la consulta, la Institución Carnegie decidió financiar el establecimiento de un
observatorio en el hemisferio sur bajo la dirección de Lewis Boss. En marzo de
1907, se creó el Departamento de Astronomı́a Meridiana de la propia Institución
y el mismo Boss fue nombrado Director. Con semejante apoyo, Boss tuvo la
oportunidad de ensanchar los estrechos confines del observatorio de Dudley, y
completar su sueño de coleccionar la mayor parte posible de la información
relativa al movimiento de las estrellas, y emprender una discusión exhaustiva de
dichos movimientos y de su significado.
El plan consistı́a en enviar al hemisferio sur el Cı́rculo Meridiano que estaba
en funcionamiento en Dudley. Su uso en ambos hemisferios darı́a como resultado
un catálogo de estrellas que abarcarı́a la totalidad de la esfera celeste, de un
polo al otro. Un ejemplo de este método, habı́a sido publicado por David Hill
en 1885, quien efectuó un estudio comparativo de las estrellas que podı́an ser
observadas desde Greenwich y desde el Cabo de Buena Esperanza, con excelentes
resultados. Desde la perspectiva de la Comisión, se presentaba ahora una nueva
oportunidad para comparar las posiciones de las estrellas determinadas por un
mismo instrumento ubicado alternativamente en los dos hemisferios.
David Hill estaba comenzando un estudio de observación fundamental de
las principales series de estrellas observables desde el Cabo de Buena Esperanza.
Para la Comisión era de la mayor importancia que ambos proyectos, el de Hill y
el del hemisferio Sur, se apoyaran mutuamente en la detección de la presencia o
la ausencia de anomalı́as en los resultados de cada serie. El peso de las determi-
naciones de movimientos estelares al sur de los −30◦ era en esos años sólo una
quinta parte, comparada con el cómputo de los movimientos estelares al norte
de −20◦ . Se esperaba que con las nuevas observaciones, el peso del hemisferio
sur se elevara a más del doble. El hecho de trabajar los problemas generales de
la astronomı́a con base en la observación de los movimientos estelares en ambos
hemisferios, serı́a de fundamental importancia para completar el conocimiento
que entonces se tenı́a sobre el cielo.
Al menos seis grandes telescopios ubicados en el hemisferio norte estaban
dedicados totalmente o en parte, a la determinación de los movimientos radiales
de las estrellas. En el sur, únicamente estaban siendo utilizados para observar
este tipo de fenómenos, el telescopio Mc Clean, en el Cabo de Buena Esperanza
y el reflector Mills, propiedad del Lick Observatory, que habı́a sido instalado en
Chile y estuvo en operación durante tres años. Se consideraba altamente deseable
que otro gran reflector fuese provisto para este uso en el hemisferio sur.
Algo similar acontecı́a en la temática relativa a las paralajes estelares. Fren-
te a las observaciones hechas en el Cabo de Buena Esperanza en este campo,
se encontraban varios observatorios en el hemisferio norte activamente ocupados
en la cuestión. En opinión del Comité Asesor en Astronomı́a de la Institución
Carnegie, ninguna conclusión general de valor definitivo en la solución de los
problemas estelares podrı́a ser propuesta hasta que las paralajes estelares no hu-
bieran sido estudiadas en un número grande de estrellas en toda la esfera celeste.
12 J. Bartolucci

Por lo tanto la determinación de los mismos fue considerada una caracterı́sti-


ca esencial del trabajo del observatorio propuesto. En el observatorio de Lick,
además, habı́an puesto en marcha un programa de observación para estudiar el
movimiento de las estrellas binarias. Desde entonces se percibı́a que el campo
abierto por los nuevos descubrimientos en la lı́nea de las estrellas binarias serı́a
de un elevado valor en el futuro, y era deseable que observaciones similares fue-
sen llevadas a cabo en el hemisferio sur. Un instrumento de este tipo podrı́a ser
incluso usado en otras investigaciones que requieren de medios ópticos como la
espectroscopı́a y la fotografı́a.

5. Elección del sitio y emplazamiento del observatorio

Con respecto al lugar donde se iba instalar el observatorio del sur, en prin-
cipio el Comité Asesor en astronomı́a no tenı́a preferencia alguna. Lo único que
se habı́a acordado era que serı́a ubicado al sur de los −30◦ y que lo ideal serı́a
instalarlo en un lugar que tuviera condiciones atmosféricas excepcionales y que
para facilitar el tipo de trabajo a realizar, tuviera un clima saludable. Desde
1902, Boss habı́a comenzado la búsqueda de sitios promisorios debajo del Ecua-
dor y pidió a varios astrónomos que emitieran un dictamen sobre locaciones que
iban desde Nueva Zelandia, Australia, hasta Sudáfrica. El Profesor W. J. Hussey,
director del Observatorio de Ann Harbor, quien habı́a destinado mucho tiempo
en localizar sitios adecuados para la observación astronómica, fue contactado
para solicitarle que buscara un lugar indicado en Australia. Después de algunas
semanas, Hussey reportó que los sitios que habı́a encontrado con buenas condi-
ciones de acceso y de vida no eran favorables para la observación; y viceversa,
aquellos con buenas condiciones de observación resultaban poco favorables desde
el punto de vista de su acceso y condiciones de vida.
Mientras tanto, los contactos hechos por el Comité con otros astrónomos
que habı́an explorado Sudáfrica y Sudamérica, respectivamente, en busca de bue-
nos sitios de observación, inclinaron la balanza a favor de este último. Walter
G. Davis, un norteamericano a cargo del Servicio Meteorológico Argentino, en
Buenos Aires, les informó que en la ciudad de San Luis, Argentina, las condicio-
nes climáticas eran excelentes y que la nubosidad era mı́nima; ambos factores
de capital importancia para llevar a cabo el programa impulsado por Boss. San
Luis tenı́a entonces 10 000 habitantes y estaba ubicada en el trayecto de la carre-
tera transandina, aproximadamente 500 millas al oeste de Buenos Aires y a 800
metros sobre el nivel del mar.
En orden de ganarse el interés del Gobierno Argentino hacia la expedición,
Lewis Boss se puso en contacto con el Jefe del Departamento de Estado nor-
teamericano, Elihu Root, entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos.
Elihu Root se mostró sumamente dispuesto a transmitirle al Gobierno Argen-
tino la necesidad de que este proyecto contara con su apoyo. Por intermedio del
representante del Ministerio de Relaciones Exteriores Argentino en Washington,
Epifanio Portela, y contando con el respaldo de Walter Davis y de Leo S. Rowe,
último director general de la Unión Panamericana, Root obtuvo una rápida y
favorable respuesta del Gobierno Argentino. Se les ofrecı́a un lugar ubicado en
los terrenos de la Escuela Regional de San Luis. En este sentido el observato-
rio de Dudley estaba a punto de reeditar en alguna medida la experiencia de
El Observatorio de San Luis 13

Benjamin Gould, cuando se hizo cargo de la dirección del Observatorio Nacional


Argentino.
En 1907 Boss fue a visitar el sitio por primera vez y a su regreso comen-
zó a formar un equipo con 10 astrónomos y asistentes. Como director de este
equipo eligió a Richard Tucker, antiguo asistente en el Observatorio de Dudley
entre 1879 y 1883. Tucker se encontraba trabajando ahora en el Observatorio
de Lick, pero obtuvo una licencia por parte del director, William W. Campbell,
para hacerse cargo de la expedición de San Luis. Tucker no sólo contaba con una
probada experiencia de trabajo con el cı́rculo meridiano, sino que habı́a traba-
jado varios años en el observatorio de Córdoba. De modo que hablaba español
con bastante fluidez y se habı́a familiarizado con las costumbres y la forma de
ser de los argentinos. Como sus colaboradores más cercanos, Boss decidió llevar
también a William B. Varnum y Arthur Roy, quienes formaban parte del staff
del Observatorio de Dudley.
El 20 de agosto de 1908, Boss, Tucker, Varnum y Roy, zarparon para Ar-
gentina llevando consigo los materiales de construcción que serı́an difı́ciles de
conseguir en San Luis y algunos pequeños aparatos de medición. En octubre de
1908, Boss regresó a su paı́s y en el trayecto el buque naufragó frente la isla de
San Sebastiao, ubicada a 75 millas al noreste de Santos, frente a las costas bra-
sileñas. Afortunadamente no hubo vı́ctimas que lamentar y todos los tripulantes
y pasajeros del barco fueron rescatados por un bote salvavidas que partió de
Santos en su ayuda y los llevó sanos y salvos a tierra.
El 20 de enero de 1909, Boss emprendió otro viaje a la Argentina a bordo del
barco Verdi, trayendo el Cı́rculo Meridiano Olcott y el resto del equipo astronó-
mico empacados en 52 cajas y 5 toneladas de peso. Le acompañaban la esposa de
Roy y los astrónomos Zimmer, Sanford, Fair, y Delavan. El Gobierno Argentino
prestó su apoyo para transportar los instrumentos desde el barco hasta el tren
que se dirigı́a a San Luis. Una vez allı́, el personal del nuevo observatorio se dio a
la tarea de consumar las operaciones de montaje y revisión de los instrumentos.
Tan pronto como Boss tuvo la seguridad de que el programa de observación es-
taba listo para ser emprendido, regresó a Albany dejando a Tucker a cargo de las
operaciones del observatorio. A finales de marzo de 1909, el Observatorio estuvo
listo para comenzar sus operaciones y las primeras observaciones se hicieron el
dı́a 6 de abril.

6. Plan de trabajo y realización del proyecto

Considerando que en el observatorio de Córdoba ya habı́an asegurado las


observaciones para la zona −22◦ a −32◦ , solo quedaba por ser cubierta una cuarta
parte del cielo. Con un instrumento apropiado, especialmente diseñado con ese
fin, y con un grupo de unos ocho a diez observadores y calculadores, se estimaba
que el trabajo podrı́a ser cubierto a un promedio de más de 5◦ anuales. Lo cual
implicaba observar cerca de 60 000 estrellas que requerirı́an aproximadamente
150 000 observaciones. La idea era ofrecer una cooperación eficiente para que
este trabajo fuese realizado a un paso de 20 000 observaciones anuales. Con una
organización apropiada y metódica esas observaciones podrı́an ser cubiertas en
unos tres años de trabajo aproximadamente.
14 J. Bartolucci

Al principio, la expedición a Argentina prometı́a una aventura placentera


para el equipo de astrónomos norteamericanos, la mayorı́a de ellos recientemente
graduados y sin responsabilidades familiares. Ellos podrı́an ahorrar dinero y
mientras vivı́an con pocos gastos y disfrutando de las atenciones del personal de
servicio, un lujo al que no estaban acostumbrados en los Estados Unidos. Sus
tardes podrı́an ser amenizadas jugando al golf, al tenis, y montando a caballo
o cazando. Estas dos últimas actividades eran muy preciadas para Tucker, un
ávido jinete y cazador que trajo consigo sus armas y perros.
Pero las observaciones con el meridiano convirtieron la aventura en un traba-
jo muy pesado y dañino para la salud. Cada noche antes de que oscureciera uno
de los tres observadores principales, Tucker, Varnum o Roy, comenzaban a mirar
a través del telescopio las estrellas brillantes que circulaban por el Polo Sur y que
servı́an como referencia. Entonces uno de los tres observaba hasta la mediano-
che, empezando con las estrellas fundamentales seleccionadas. Este observador
apretaba el botón para registrar el momento en que la estrella seleccionada cru-
zaba por el meridiano mientras dos ayudantes manejaban el microscopio para
registrar su declinación.
Después de un breve descanso el observador se retiraba para dormir un poco
mientras otro observador lo relevaba el resto de la noche. Al amanecer el primer
observador retornaba para terminar la sesión. En las noches buenas, eran obser-
vadas alrededor de 250 estrellas. Los observadores miraban cómo una lucecita
muy tenue aparecı́a aproximándose a los delgados filamentos del meridiano y
trataban de apretar el botón exactamente cuando la luz de la estrella y el alam-
bre coincidı́an. Los asistentes se esforzaban por leer las marcas en el cı́rculo a
través de los microscopios bajo la mortecina luz de las lámparas de kerosene.
Seis dı́as consecutivos de observación requerı́an dos semanas de recuperación. A
medida que la totalidad de estrellas alcanzaban la cantidad de miles, comenzaba
a hacerse evidente que ese paso no podı́a ser mantenido. Para 1910, cuatro de
los miembros originales del equipo habı́an acabado con serios problemas en su
vista. Dos de ellos se tomaron un receso y se recuperaron, pero los otros dos
tuvieron que ser regresados a los Estados Unidos y reemplazados por otros.
A pesar de estos problemas el equipo terminó su trabajo en el tiempo pre-
visto. Trabajando a una velocidad que se recuerda como el más rápido registrado
para las observaciones con el cı́rculo meridiano, en enero de 1911 el equipo con-
cluyó las más de 87 000 observaciones que sirvieron para determinar la posición
de 15 333 estrellas. No obstante, debido a que los trabajos de reducción requi-
rieron de mucho más tiempo que el dedicado a la observación, no fue sino hasta
1928 que apareció impreso el Catálogo de San Luis, reportando la posición de
15 333 estrellas para la época de 1910; mientras que el Catálogo de Albany, que
reportaba 20 811 estrellas, para la misma época de 1910, apareció publicado en
1931. El Catálogo General, conteniendo 33 342 estrellas fue publicado en 1937
en cinco volúmenes.

7. Conclusiones

A pesar de los problemas y el largo tiempo que llevó producirlo, el Catálogo


General demostró que habı́a valido la pena el esfuerzo. Por una parte, si bien ya
existı́an otros catálogos fundamentales que podrı́an ser considerados más preci-
El Observatorio de San Luis 15

sos, estos cubrı́an un número mucho menor de estrellas. Por la otra, los catálogos
más extensos que existı́an eran menos precisos. De modo que el Catálogo Gene-
ral producido en Dudley y San Luis combinaba al mismo tiempo la precisión de
unos y la extensión de otros como ninguno lo habı́a hecho hasta ese momento.
Gracias a ello, el Catálogo preparado bajo la dirección de Lewis y Benjamin
Boss ocupó y mantuvo un lugar prominente durante las décadas siguientes. El
reconocimiento obtenido entre los interesados en estudiar las posiciones y movi-
mientos propios de estrellas es indiscutible, a tal punto que es considerado como
el sistema de referencia más útil disponible hasta la actualidad.
Considerada como hecho histórico, la expedición a San Luis, financiada por
la Carnegie Institution bajo la dirección de Lewis Boss asume un valor especial.
En el marco de las condiciones en las cuales se constituyeron la mayorı́a de los
observatorios astronómicos en América Latina en aquella época, asume particu-
lar importancia el hecho de que su establecimiento y operación haya respondido
a necesidades e intereses genuinamente astronómicos. La relevancia del hecho
surge ante la tendencia que generalmente marcó la fundación de observatorios
latinoamericanos entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX; casi
todos los demás respondieron a la necesidad de resolver problemas ı́ntimamente
ligados a la formación del Estado Nacional, tales como los geográficos, geodé-
sicos y cartográficos, cuando no al proyecto particular de algún polı́tico de que
la astronomı́a sirviera como sı́mbolo polı́tico de progreso. En este caso, tanto
la idea de la expedición como la elección del sitio, la construcción y operación
del Observatorio respondieron a la solución de problemas astronómicos propia-
mente dichos, en cuya discusión intervinieron las instituciones y astrónomos más
prominentes de la época.

Referencias

Bell, Trudy E. 2005, Heartbreak in San Luis. The nearly forgotten Southern Observing
Station of the Dudley Observatory, Griffith Observatory, vol. 69, No 7.
Boss, B. 1968, History of the Dudley Observatory. 1852-1956, Dudley Observatory, Al-
bany, NY.
Bush, V. 1945, Atlantic Monthly. (http://www.theatlantic.com/doc/194507/bush)
Confidential Statement in relation to matters referred to in accompanying letter, sin
fecha, Dudley Observatory Archives, Schenectady, NY.
Letters Relating to Southern and Solar Observatories, Appendix B to Report of Com-
mittee on Observatories, Carnegie Institution, Washington, June 1903, Dudley
Observatory Archives.
Southern and Solar Observatories, Report of Committee, Published by Carnegie Insti-
tution, Washington USA, December 1903, Dudley Observatory Archives.
The Carnegie Institution of Washington. Scope and Organization, Issued on the Occa-
sion of the Dedication of the Administration Building at Washington, December
13, 1909, Dudley Observatory Archives.
Wise, G. 2000, Civic Astronomy. Albany’s Dudley Observatory, 1852-2002, Kluwe Aca-
demia Publishers, Dordrecht, Holanda.
16
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

La Biblioteca del IAR: del fichero al OPAC

Claudia E. Boeris1
(1) Instituto Argentino de Radioastronomı́a

Resumen. La Biblioteca del IAR tiene sus orı́genes casi al mismo tiem-
po que el Instituto, en la década del sesenta. En los últimos cuarenta años
se han producido numerosos cambios, especialmente en el desarrollo de la
tecnologı́a, hecho al que las bibliotecas no han permanecido ajenas.
Se realiza una reseña1 de la evolución de las prácticas bibliotecarias y
de los servicios prestados a los usuarios de las bibliotecas, en relación con
la adopción de las nuevas tecnologı́as de la información y la comunicación
(TICs).

1. Introducción

A lo largo de la historia las bibliotecas han pasado de ser archivos donde se


conservaban celosamente los documentos, a servicios que almacenan, organizan,
recuperan y distribuyen información. Las herramientas para acompañar estos
cambios han evolucionado conjuntamente con los avances en la tecnologı́a.
Se plantean diferentes estadı́os en el desarrollo de los catálogos. Una pri-
mera etapa representada por listas de documentos manuscritas o impresas, una
segunda etapa en la que aparecen las fichas de papel o cartón, una tercera repre-
sentada por la automatización de los catálogos y una cuarta que ha comenzado
con la aparición de Internet y los nuevos estándares de codificación.
Las bibliotecas se están encontrando con nuevas modalidades de acceso a
los documentos y es Google la primera herramienta que más de un usuario
utiliza para obtener información. Por tal motivo es necesario producir recursos
y servicios que aprovechen esas potencialidades y las complementen.

2. Antecedentes históricos de los catálogos

Una de las listas de libros más antiguas de las que se tiene noticias fue
hallada en una tablilla de arcilla de la civilización sumeria en Nipur, alrededor
del año 2000 A.C. La lista contenı́a sesenta y dos tı́tulos, de los cuales se sabe
que veinticuatro eran trabajos sobre literatura.
No hay evidencia de que esa lista fuera un catálogo, no obstante, a través
de diversas excavaciones arqueológicas, puede verse el interés por registrar libros
históricos, prescripciones médicas, poemas, documentos contables, que pertene-
cerı́an a reyes o sacerdotes.

1
Versión gráfica de este póster: http://www.iar.unlp.edu.ar/biblio/htdocs/ws2008/ws2008.pdf

17
18 C. E. Boeris

Hacia 1500 A.C. los hititas incluı́an en sus tablillas colofones que identifi-
caban el número de tabletas en una serie, sus tı́tulos y en ocasiones el nombre
del escriba.
Las bibliotecas de Pérgamo y Alejandrı́a ya poseı́an sus Pinakes 2 . En esta
última se supone que Calı́maco habı́a desarrollado una bibliografı́a de los clásicos
griegos alojados en la biblioteca.
En las bibliotecas de los monasterios y abadı́as de la Edad Media se copiaban
los manuscritos antiguos y también se confeccionaban listas de tı́tulos cuyas
primeras manifestaciones datan del siglo VIII. Son muy conocidas las referencias
a códices encadenados en estas bibliotecas.
La primera lista que podrı́a considerarse un catálogo data de 1389 y fue
redactada en St. Martin’s Priory, en Dover (Reino Unido). En el siglo XV apa-
recieron las primeras referencias bibliográficas, y la creación de la imprenta de
tipos móviles facilitó la multiplicación de listas dando lugar a la aparición de los
primeros bibliógrafos. Para fines de este siglo Johann Tritheim dió los primeros
pasos en el control bibliográfico confeccionando no sólo listas bibliográficas con
ordenamiento cronológico, sino ı́ndices alfabéticos de autor.
Durante el siglo dieciséis los bibliógrafos continuaron haciendo mejoras.
Konrad Gesner publicó en 1545 una bibliografı́a de autores, y un ı́ndice de ma-
terias en 1548. En 1595 Andrew Maunsell, un vendedor de libros inglés, compiló
Catalog of English Printed Books con un prefacio donde se establecı́an normas
para la redacción de las entradas en el catálogo.
A principios del siglo XVII estos catálogos se irı́an convirtiendo en herra-
mientas de recuperación dejando de ser simples inventarios. En el siglo XVIII ya
podı́an encontrarse catálogos alfabéticos, clasificados, cronológicos y con ı́ndices.
Algunos estaban divididos de acuerdo al tamaño de los libros que registraban.
En 1791, después de la revolución francesa, el nuevo gobierno francés ordenó
catalogar las colecciones de las bibliotecas que habı́an sido confiscadas. Para
esta tarea se debieron confeccionar fichas y se supone que esta es la primera
experiencia de un catálogo en fichas y del primer código de catalogación.
El siglo XIX se caracterizó por la abundancia de discusiones acerca de la
conveniencia de usar catálogos alfabéticos o clasificados, y de la forma en la que
debı́an confeccionarse. Anthony Panizzi, un bibliotecario asistente del British
Museum redactó el primer código de catalogación, que se conoció como The 91
Rules aprobado en 1839 y que marca el comienzo de la catalogación moderna,
dado que muchas de las reglas que allı́ se instauraron son de discusión en la
actualidad.
En 1850 Charles C. Jewett, bibliotecario norteamericano, publicó un código
para la Smithsonian Institution y en 1876, Charles Cutter publicó las Rules for
a Printed Dictionary Catalogue lo cual representó un importante aporte para la
organización de la información contenida en los catálogos.
El siglo XX puede reconocerse como “el siglo de los códigos de cataloga-
ción”. A partir de los trabajos realizados en el siglo anterior la discusión se fue
centrando en cómo se debı́a realizar la descripción bibliográfica para lograr que
los catálogos sirvieran a determinados fines que fueron resumidos en una reu-
nión en Parı́s en 1961, y a los que se conoce como los “Principios de Parı́s”. En

2
http://www.greece.org/Alexandria/Library/library11.htm
La Biblioteca del IAR 19

dicha declaración se establece la necesidad de contar con un código internacional


de catalogación y se definen cuáles son las funciones de un catálogo: localizar,
identificar, reunir y obtener el documento que se busca.
A lo largo de la historia esas simples listas de documentos que la mayor
parte de las veces servı́an para registrar pertenencias –a las que difı́cilmente se
podı́a acceder– fueron convirtiéndose en instrumentos de acceso a la información.

3. La documentación y la mecanización en las bibliotecas

En 1870 se introdujeron, no sin controversia, las máquinas de escribir en las


bibliotecas. La revolución industrial reciente habı́a traı́do consigo un desarrollo
de las organizaciones profesionales y el crecimiento de la investigación cientı́fica,
hecho que se traducı́a en un aumento del número de publicaciones, a lo que se
denominó “Explosión de la información”.
Paul Otlet y Henri LaFontaine crearon en Parı́s el Instituto de Bibliografı́a,
institución que promovı́a el control bibliográfico: en algún momento se podrı́a
reunir y organizar todo el conocimiento publicado, y se podrı́a tener acceso no
sólo a libros sino a artı́culos de revistas, a partes de libros, a fotografı́as, a docu-
mentos de investigación. El desarrollo de las técnicas de microfilmación llevado
a cabo durante la Segunda Guerra Mundial hacı́a más cercana la posibilidad
del objetivo perseguido por Otlet y LaFontaine. En esta misma época surgió
la noción de hipertexto descripta por Vannevar Bush en su artı́culo As we may
think. Bush desarrolla la idea del “memex”, un dispositivo que permitirı́a conec-
tar documentos y consultarlos, del mismo modo que funciona el pensamiento
humano.
En las décadas siguientes continuaron aplicándose adelantos tecnológicos a
las bibliotecas con el objeto de desarrollar métodos que permitieran recuperar
en forma eficiente los datos contenidos en sus catálogos. En 1950 Calvin Mooers
incluye el término information retrieval y es la época en la que comienzan a
usarse las fichas perforadas para realizar búsquedas por materias. Se utilizaron
diferentes métodos como las fichas con columnas tipo Taube-Uniterm, las fichas
Peek-a-Boo con perforaciones totales, el sistema compacto TDCK, las fichas con
perforaciones marginales o las microfichas Filmorex.
Ya para la década del 60 los avances en las comunicaciones y el procesa-
miento de información se aceleran notablemente, con lo cual las computadoras
se adoptan en forma inmediata.

4. Los catálogos automatizados. El formato MARC

Los primeros sistemas utilizados por las bibliotecas eran aplicados exclu-
sivamente al préstamo y se basaban en el modelo usado por las aplicaciones
comerciales utilizadas en ese momento. Estos sistemas estaban diseñados para
ser usados por personal especializado, no por el público.
Sus registros eran de longitud fija, lo cual significaba que cada registro
o campo estaba diseñado para albergar una cantidad fija de caracteres. Estos
sistemas no estaban preparados para procesar los datos que se debı́an manipular
en un catálogo. El espacio reservado al tı́tulo eran unos 120 caracteres: si el tı́tulo
20 C. E. Boeris

era más largo, parte de la información se perdı́a, si era más corto el campo se
llenaba con espacios en blanco. Los problemas habituales tenı́an que ver con la
necesidad de abreviar datos o de eliminar elementos como los artı́culos iniciales,
prácticas que dificultaban la recuperación.
Library of Congress of Washington (LC) era la agencia nacional que creaba,
usaba y distribuı́a fichas catalográficas en las bibliotecas de Estados Unidos
desde principios del siglo XX. Los dos objetivos que se proponı́an al comenzar
sus investigaciones eran el desarrollo de un registro legible por computadora y el
uso potencial de los registros bibliográficos en un ambiente automatizado. Para
comenzar con el proyecto se eligieron varias bibliotecas que colaborarı́an con LC
en el desarrollo del MARC Pilot Project. A medida que avanzaba el proyecto se
hacı́an más evidentes los beneficios de cooperar en la producción e intercambio de
registros entre las bibliotecas. Este intercambio ahorraba el trabajo de retipear
los registros distribuidos por LC en cinta magnética. El formato desarrollado
en 1966 por el MARC Pilot Project fue diseñado para cubrir los requerimientos
de los registros que describieran libros impresos. En los siguientes años LC fue
desarrollando diferentes versiones para otros tipos de materiales como mapas,
revistas, música, pelı́culas, manuscritos y registros sonoros.
Casi al mismo tiempo en que se desarrollaba el proyecto en los Estados
Unidos, la British Library comenzó a trabajar en la producción de su bibliografı́a
nacional por medios automáticos, de modo que ambas instituciones estuvieron
de acuerdo en considerar el intercambio de registros. El formato británico fue
conocido como UKMARC. Luego se fueron sumando otros paı́ses como Francia,
Alemania, Italia, Canadá y Australia, donde se desarrollaron formatos nacionales
compatibles con MARC, para más tarde sumarse paı́ses de Asia.
Entre las tareas que hubo que desarrollar para lograr el intercambio de re-
gistros redactados en alfabetos diferentes, fue el establecimiento de un conjunto
de caracteres. La estructura de los registros USMARC (ası́ se conoció al forma-
to desarrollado por LC) es el resultado de la implementación de la American
National Standard for Information Interchange on Magnetic Tape (ANSI Z39.2-
1979) y delDocumentation-Format for Bibliographic Information Interchange on
Magnetic Tape (ISO 2709-1981). En 1999 las agencias bibliográficas de Estados
Unidos y Canadá integraron sus formatos conocidos como CANMARC y US-
MARC para formar MARC21, el formato de intercambio de registros del siglo
XXI.

5. La experiencia en el IAR

Al mismo tiempo que en los Estados Unidos se implementaba y consolidaba


el formato MARC, el IAR comenzaba a formar su Biblioteca. Debieron pasar
algunos años para que la biblioteca tuviera un bibliotecario de profesión, tarea
que en los inicios era llevada a cabo por cientı́ficos e ingenieros.
Para principios de los ochenta la biblioteca ya contaba con su catálogo en
fichas, con accesos por autor, tı́tulo, materia y sistemático. Mientras tanto en
otras bibliotecas del mundo se analizaban los problemas que presentaban los
catálogos en lı́nea.
Promediando la década del noventa una primera decisión estratégica con-
virtió el catálogo en fichas en una base de datos CDS/ISIS la cual se basaba en
La Biblioteca del IAR 21

un formato bibliográfico propio denominado Astro, donde se habı́an comenza-


do a cargar los datos de los libros que poseı́a la biblioteca. Esta base de datos
permitirı́a realizar consultas en una terminal operada por el bibliotecario. La-
mentablemente hacia fines de 1996 la biblioteca perdió a su bibliotecario, con lo
cual el trabajo quedó estancado hasta 1999.
Para el año 2000 el panorama habı́a cambiado notablemente. Con la apa-
rición de la Web las bibliotecas argentinas fueron incorporando paulatinamente
sus colecciones. El proceso fue bastante anárquico: cada biblioteca subı́a su catá-
logo como le era posible, sin que hubiera uniformidad de formatos ni de criterios.
En algunos casos, como en las universidades se habı́a logrado cierta uniformidad
a partir de las tareas del SISBI3 y del formato BIBUN.
No corrieron la misma suerte las bibliotecas del CONICET, quienes for-
maban parte de una red cuyos miembros aportarı́an sus registros para la con-
formación del Catálogo Colectivo de Publicaciones Periódicas que estaba en la
órbita del CAICyT. Las bibliotecas enviaron sus datos durante varios años lo
cual constituyó una tarea valiosa. No obstante nunca hubo acuerdos ni polı́ticas
que fueran más allá, como la conformación de un catálogo colectivo donde se
definiera un formato de intercambio, con lo cual cada biblioteca quedaba librada
a su elección y a la buena voluntad del bibliotecario, o del informático quien, en
numerosos casos, no tenı́a actividad especı́fica dentro de la biblioteca.
La Biblioteca del IAR tuvo su catálogo en lı́nea hacia fines del 2001, sin
contar en ese momento con un formato estándar para sus registros. A pesar de
que se podı́a acceder sin inconvenientes a las colecciones, el OPAC4 presentaba
grandes dificultades para la recuperación. Otro de los problemas lo constituı́a la
imposibilidad de compartir registros con otras bibliotecas y de realizar catalo-
gación por copia.
La segunda decisión estratégica llegó en 2004 cuando se resolvió adoptar el
formato MARC21. Para llevar a cabo el proyecto hubo que realizar una migración
de las bases existentes, y adoptar un nuevo software para la catalogación del
material y para el Catálogo que estarı́a disponible en la Web.
Catalis y Opacmarc son las herramientas con las que se está trabajando y
que permiten catalogar y poner en la Web la colección de la biblioteca en un
formato de intercambio internacional que se viene usando en el mundo desde los
años sesenta.

6. Nuevas tendencias: estándares de metadatos

Con la adopción del formato MARC21 se ha dado un paso importante en


dirección a la normalización de la información, sin embargo los avances en las
tecnologı́as de la Web demuestran que aún se está a mitad de camino. La incor-
poración de recursos electrónicos a las colecciones de las bibliotecas ha provocado
en los catálogos la coexistencia de formatos diferentes por naturaleza y, por lo
tanto, la adopción de nuevas polı́ticas de selección, de almacenamiento y preser-
vación, como además un cambio gradual en la normativa y por lo tanto en su

3
http://www.sisbi.uba.ar/
4
On Line Public Access Catalog
22 C. E. Boeris

Figura 1. Opacmarc: catálogo en lı́nea del IAR

Figura 2. Catalis: software de catalogación

descripción. Estos documentos se caracterizan por su falta de orden, su inestabi-


lidad y su variedad, razón por la cual se hace muy difı́cil llevar a cabo cualquier
tipo de control bibliográfico. Los procesos técnicos tradicionales se han puesto
La Biblioteca del IAR 23

en tela de juicio para ser utilizados en su descripción, sobre todo por el hecho
de haber sido diseñados para documentos fı́sicos.
No es casual que con el desarrollo de la Web hayan aparecido nuevas moda-
lidades de descripción, que muchas veces parecen contraponerse a las habituales
prácticas bibliotecarias y presentan como el exponente más caracterı́stico a los
tan nombrados “metadatos”. Según su etimologı́a, la definición más común de
metadatos es la de “datos sobre datos”, datos estructurados que describen infor-
mación: describen el contenido, la calidad, la condición y otras caracterı́sticas de
los datos. Los datos describen objetos digitales o representaciones digitales de
objetos, los metadatos dan información acerca del objeto (por ej. tı́tulo, autor,
etc.).
Existen dos interpretaciones del término que pueden dividirse en dos ten-
dencias. Por un lado, el utilizado frecuentemente en el ámbito bibliotecario, que
considera metadatos a los datos contenidos en un registro bibliográfico o en una
ficha de catalogación tradicional, y por otro, la interpretación que restringe el
concepto al ámbito de la información electrónica, distribuida a través de Internet
y que entiende a los documentos como objetos de información. La noción de Do-
cumento como Objeto (DLO), u objeto de información, puede explicarse como
“un elemento o un grupo de elementos que constituyen una unidad informativa”
susceptible de ser manipulada a través de una computadora independientemente
del formato5 que posea y del tipo de información que contenga. Para dar una
definición que sintetice las distitas interpretaciones puede decirse que los meta-
datos tienen la función de ordenar y describir la información contenida en un
documento entendido como objeto y que dan cuenta de su descripción formal,
como del análisis de contenido con el objetivo de facilitar el acceso a esos objetos
de información en la Red (Méndez Rodrı́guez, 2002).
El término también es usado para designar a los estándares de metadatos
en sı́ mismos, los elementos de esos estándares, el conjunto de metadatos que
describen a un recurso en particular y conforman un registro de metadatos y has-
ta los tradicionales formatos bibliográficos. Entre los estándares de metadatos
más conocidos se encuentran Dublin Core, Metadata Encoding and Transmis-
sion Standard (METS), Metadata Object Description Schema (MODS), Encoded
Archival Description (EAD), Learning Object Metadata (LOM), Online Infor-
mation Exchange (ONIX), entre otros.
Los lenguajes de marcado son la base de los nuevos sistemas de recupe-
ración de información (SRI), cuyo principal medio de comunicación es la Web.
Internet, en un principio se basó exclusivamente en documentos codificados en
lenguaje HTML, con el que es posible ver las páginas a través de marcas dentro
del texto. Este lenguaje de marcado es una herramienta de visualización y no
permite identificar la naturaleza de la información dentro de los documentos.
Los últimos desarrollos han permitido darle un contenido semántico a la infor-
mación contenida en la Web, lo que se logró a partir de la incorporación de
metalenguajes que permiten definir sus propias etiquetas como el SGML, y su
derivado el XML (Extensible Markup Language).
Uno de los objetivos de estas herramientas es permitir la interoperabiblidad
entre los sistemas de información, para lo cual se han desarrollado los esquemas

5
formato del archivo.
24 C. E. Boeris

y estándares de metadatos. Para poder utilizar los metadatos y aprovechar sus


potencialidades es necesario estructurarlos y estandarizarlos de alguna forma.
La unidad básica que los representa, en términos de descripción de un recurso,
es el esquema de metadatos y sus elementos (Taylor, 2004). Existen distintos
esquemas de acuerdo a la comunidad que los utilice: se han creado en el ámbito
de la información geoespacial, gubernamental, educativa, de recursos visuales,
de negocios, etc.
En cualquier esquema pueden identificarse tres caracterı́sticas comunes: una
estructura, una sintaxis y una semántica. La estructura refleja cuál es el modelo
de datos o la infraestructura del esquema, la sintaxis tiene que ver con cómo se
escriben esos datos, es decir con el código en el cual se han desarrollado, y la
semántica finalmente con el significado que se le asigna a cada elemento.
Un esquema de metadatos muy relacionado con la actividad bibliotecaria es
el Dublin Core (DCMI), diseñado con el objetivo de que los motores de búsque-
da pudieran encontrar y recuperar páginas Web; en un principio fue de carácter
general para luego ir evolucionando para constituirse en un formato de inter-
cambio de información digital. El esquema consta de 15 elementos que permiten
describir un recurso mediante metadatos, que pueden estar insertos, o no, en
el documento. Los elementos se registran en forma de etiquetas que permiten
identificar la información que describen.
Library of Congress y la Oficina de desarrollo de MARC han desarro-
llado dos esquemas compatibles con el formato MARC21: MODS6 (Metadata
Object Description Schema) y MADS (Metadata Authority Description Sche-
ma), el primero compatible con MARC bibliográfico y el segundo con MARC
Autoridades. Fue publicado oficialmente en 2002 y se encuentra en un periodo
de experimentación. Está desarrollado en XML y posee veinte elementos. LC
presenta a MODS como un esquema de metadatos más rico que Dublin Core y
especı́ficamente orientado al uso en bibliotecas. Mantiene la semántica del for-
mato MARC y juntamente con MARCXML se presenta como una herramienta
para interoperar entre MARC y el entorno XML.

7. El acceso a la información

Los modelos que aparecen en la arquitectura tecnológica y de la información


revelan cada vez más una asociación entre los procesos comerciales y el inter-
cambio de información y el procesamiento de datos. Una muestra indiscutible es
Worldcat7 : a partir de una consulta en el catálogo es posible acceder a la compra
del libro en Amazon.
Estas tendencias se basan en cuatro aspectos que seguramente afectarán la
creación, la divulgación y la diseminación de la información. El primero tiene
que ver con la estructuración de datos no estructurados, por ejemplo la orga-
nización de archivos fotográficos, las notas de investigación y una infinidad de
información que se encuentra oculta en las bibliotecas y a la que no se tiene
acceso. El segundo tiene que ver con el uso de software distribuido ofrecido a

6
http://www.loc.gov/standards/mods/mods-overview.html
7
http://www.worldcat.org/
La Biblioteca del IAR 25

través de la Web que permite modularizar aplicaciones. El tercer aspecto tiene


que ver con la adopción de software de código abierto, que se impone a partir
de las restricciones presupuestarias y de una tendencia al trabajo colaborativo.
El cuarto aspecto se relaciona con la administración de medidas de seguridad y
de derechos digitales que están provocando modificaciones en la legislación y en
las formas de comercialización.
Por otro lado, también se presentan cambios en la investigación y el apren-
dizaje. Nuevas herramientas como las plataformas virtuales o los repositorios
institucionales de comunicación académica representan una nueva modalidad y
por tanto una oportunidad para las bibliotecas. Por otro lado, la contratación
de proveedores de información a través de los consorcios o de las compras cen-
tralizadas por parte de las administraciones, obliga a transformar los sistemas
de búsqueda. Los catálogos de las bibliotecas deben ofrecer el acceso a las sus-
cripciones electrónicas y al texto completo de los materiales que poseen.
Otro componente que no deja de tener influencia en este nuevo entorno es la
aparición de la denominada Web social representada por wiki s, blogs, sistemas
de mensajerı́a instantánea o RSS. Planificar servicios basados en estas nuevas
herramientas permitirı́a satisfacer las necesidades de los usuarios que no pueden
acceder a la biblioteca por problemas de distancias u horarios, y además serı́a
una forma de modificar la percepción negativa que se tiene en muchas ocasiones
acerca de los servicios bibliotecarios.

8. Conclusiones

A lo largo del tiempo las bibliotecas se han visto influidas notablemente


por los desarrollos tecnológicos. Cada nuevo descubrimiento ha provocado cam-
bios en los modelos de acceso a la información. Se ha pasado de un modelo de
pertenencia o propiedad a un modelo de acceso y cooperación. Cada vez más
los servicios se aprecian en función de la rapidez y facilidad con que se obtiene
el documento, sin importar tanto el soporte como el contenido. Sin importar
realmente dónde se encuentre alojada fı́sicamente la información que se busca.
Estos cambios paradigmáticos plantean interrogantes relacionados con el
futuro. ¿Podremos leer dentro de unos años nuestros textos digitales tal como
lo hacemos hoy con las tabletas de arcilla de los sumerios o con los papiros de
los griegos? Aún no se tienen respuestas, pero es necesario reflexionar en este
sentido.
Otra cuestión se plantea con el desarrollo de sistemas que posibiliten aplicar
en las bibliotecas la nueva infraestructura de información. Esta tarea deberá ser
analizada y consensuada por bibliotecarios e informáticos, y apoyada desde las
administraciones, con polı́ticas que fomenten y faciliten su desarrollo.

Referencias

Bush, V. 1945, Atlantic Monthly. http://www.theatlantic.com/doc/194507/bush


Byrne, D. 2003, Manual de MARC. Grebyd.
Hildreth, C. R. 1995, Online Catalog Design Models.
http://myweb.cwpost.liu.edu/childret/clr-opac.html
Méndez Rodrı́guez, E. M. 2002, Metadatos y recuperación de información. TREA.
26 C. E. Boeris

NISO. Understanding metadata. 2004.


http://www.niso.org/standards/resources/UnderstandingMetadata.pdf
Taylor, A. 2004, The organization of information. LU.
Van Dijk, M., & Van Slype, G. 1972, El servicio de documentación frente a la explosión
de la información.
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

La Expedición Austral del Observatorio Naval (EE.UU.)


de 1967-1973

R. L. Branham, Jr.1
(1) Instituto Argentino de Nivologı́a, Glaciologı́a y Ciencias
Ambientales (IANIGLA) - CCT Mendoza

Resumen. El Observatorio Naval de los EE.UU. participó en el pro-


grama internacional Southern Reference Star (SRS) entre 1967 y 1973,
enviando el cı́rculo meridiano de 7 pulgadas al Observatorio Austral Yale-
Columbia en la Pcia. de San Juan. En ese perı́odo se obtuvieron más de
150 000 observaciones de 23 275 estrellas, 1047 observaciones de los aste-
roides 1-4, y 113 observaciones de la Luna. La observaciones se incorporan
en un catálogo que se usó para el establecimiento del sistema fundamental
FK5.

1. Introducción

La expedición austral del Observatorio Naval de los EE.UU. tiene su origen


en una reunión internacional llevada a cabo en el Observatorio de La Plata en
1960 (Observatory of La Plata 1961). Tres observatorios del hemisferio septen-
trional decidieron enviar cı́rculos meridianos al hemisferio austral para ayudar a
los observatorios ya trabajando en el programa Southern Reference Stars (Estre-
llas Australes de Referencia): el Observatorio de Hamburgo a Perth, Australia,
el Observatorio de Pulkova a Cerro Calan, Chile, y el Observaotrio Naval de
los EE.UU., por invitación del Dr. Dirk Brouwer, al Observatorio Austral Yale-
Columbia (actualmente Estación de Altura “Carlos Cesco”) en la Pcia. de San
Juan (φ = −31.◦ 802694, λ = 4h 37m 19.s 0 O, h = 2348 m). Para más infor-
mación acerca del programa SRS, y un programa compañero en el hemisferio
septentrional, AGK3R, vea Scott (1967).
El cı́rculo meridiano de 7 pulgadas (18 cm), que se ve en la Fig. 1, llegó al
Observatorio Austral en octubre de 1966. Este telescopio, que entró en servicio
en 1957, ya habı́a participado en el programa internacional AGK3R. Las obser-
vaciones rutinarias, que se hicieron visualmente, comenzaron en febrero de 1967
y duraron hasta agosto de 1973. La Fig. 2 muestra el pabellón con techo desli-
zante que se contruyó para albergar el telescopio, con la Cordillera en el fondo.
Actualmente el cı́rculo meridiano del Observatorio de San Fernando, España,
está instalado en este pabellón.

2. El programa

El plan de observar constaba de una lista de 23 275 estrellas en la zona del


declinación +10◦ hasta −90◦ , los cuatro asteroides más brillantes, 1-4, y empe-
zando en febrero de 1972, la Luna. Para la administración local del programa el
Observatorio Naval envió por un turno de dos años un astrónomo a cargo y un
27
28 R. L. Branham, Jr.

Figura 1. El cı́rculo meridiano de 7 pulgadas.

ayudante. La primera tanda fue J. A. Hughes y E. J. Coyne, después C. A. Smith


y T. E. Corbin, R. L. Branham y J. Zimmerman y finalmente M. D. Robinson
que, por estar solamente un año y cuatro meses, no tenı́a ayudante. T. E. Cor-
bin también sirvió como astrónomo a cargo entre septiembre de 1970 y enero de
1971. Cuatro de los astrónomos a cargo, Hughes, Smith, Branham y Robinson
recibieron nombramientos del Observatorio Yale para servir como director resi-
dente del Observatorio Austral. La mayorı́a de las observaciones fue hecha por
observadores contratados en la Pcia. de San Juan: J. C. Camuñas, M. Cesco, N.
Goubat, H. Mira, A. R. Palma, J. Roitman, G. Sánchez y J. G. Sanguin. Algu-
nos de estos obervadores, Cesco, Mira, Sánchez y Sanguin, ya tenı́an experiencia
en la astronomı́a o seguirı́an en la ciencia después del programa. Sanguin, por
ejemplo, fue tesorero de la Asociación Argentina de Astronomı́a por varios años.
Otras personas prestaron ayuda esencial al éxito del programa: en los Es-
tados Unidos, J. A. Schombert, director de la división del cı́rculo meridiano de
7 pulgadas del Observatorio Naval; G. M. Clemence, presidente de la fundación
Yale-Columbia Southern Observatory; P. Moore, tesorero de la Universidad Ya-
le, que manejaba los fondos destinados para ambos el Observatorio Austral y el
programa del cı́rculo meridiano; en la Argentina, J. A. López, director del Ob-
servatorio Astronómico “Felix Aguilar” y después gobernador de la Pcia. de San
Juan; C. Cesco y J. Victoria, asesores; Z. Kapalczynski, administrador residente.
La Expedición Austral del Observatorio Naval (EE.UU.) 29

Para la importación y exportación de material y bienes personales fue crucial


la intervención de A. Simonpietri y M. Kratzer, agregados cientı́ficos de la Em-
bajada de los EE.UU. en la Capital Federal, y la profesora Lili Olga Trevisan,
representante de la Universidad Nacional de Cuyo en la Capital.
En el perı́odo febrero 1967 hasta agosto de 1973 se obtuvieron más de
150 000 observaciones de 23 275 estrellas –aunque 274 fueron eliminadas del ca-
tálogo final–, 1047 observaciones de los asteroides 1-4, y 113 observaciones de
la Luna. La gran cantidad del observaciones obtenidas fue consecuencia de la
calidad del cielo en El Leoncito. Utilizar más de 300 noches durante el año fue
tı́pico y en el perı́odo 1 de octubre de 1970 hasta el 30 de septiembre de 1971 se
obtuvieron más de 40 000 observaciones durante 330 noches.

Figura 2. Pabellón del cı́rculo meridiano.

3. El catálogo

El cı́rculo meridiano volvió a Washington en octubre de 1973. Entre ese año


y 1980 se prepararon los resultados del programa, conocidos como el Catalog
WL50 (sigla que significa Washington-El Leoncito, equinoccio 1950), aunque la
versión impresa no se publicó hasta 1992 como parte de la serie de publicaciones
del Observatorio Naval (Hughes, Smith y Branham 1992). Las observaciones de
los asteroides se usaron también para determinar los errores del equinoccio y
ecuador del sistema del Fourth Fundamental Catalog (FK4) (Branham 1979).
Las observaciones de las estrellas, asteroides y la Luna, aunque fundamentales
y por ende independientes de observaciones previas, no obstante se ajustaron al
equinoccio y ecuador del sistema FK4, el sistema fundamental de referencia que
se usaba en aquel entonces.
Cuando el Astronomishes Rechen-Institut en Heidelberg, Alemania, pre-
paró el Fifth Fundamental Catalog (FK5) (Ficke, Schwan y Lederle 1988), el
catálogo WL50 fue incluido, con 32 catálogos fundamentales adicionales, para
30 R. L. Branham, Jr.

mejorar el sistema del FK4. El FK5 sirvió como el sistema fundamental de refe-
rencia astronómica hasta la adoptación, por resolución de la Unión Astronómica
Internacional, del sistema del satélite astrométrico Hipparcos.

4. Conclusión

La expedición austral del Observatorio Naval fue un éxito. Se lograron las


metas de la expedición, observaciones de estrellas australes de referencia, que
entraron en un catálogo que se incorporó al sistema fundamental de referencia
astronómica FK5. En términos humanos la expedición estableció vı́nculos im-
portantes entre el Observatorio Naval. y la comunidad astronómica argentina y
sanjuanina. El autor de este artı́culo se casó con una hermana del observador
sanjuanino A. R. Palma y los observadores de asteroides del Observatorio As-
tronómico “Felix Aguilar” nombraron tres asteroides en honor de algunos de los
astronómos a cargo: 3119, Clayton Smith, 4008, Corbin, y 4140, Branham.

Referencias

Astronomical Observatory, National University of La Plata 1961, Proceedings of the


International Meeting on Problems of Astrometry and Celestial Mechanics, 1961
Branham, R. L. Jr. 1979, AJ, 84, 1399
Fricke, W., Schwan, H., & Lederle, T. 1988, Veröffentlichungen Astronomisches Rechen-
Institut Hiedelberg No. 32, Fifth Fundamental Catalogue (FK5)
Hughes, J. A., Smith, C. A. & Branham, R. L. 1992, Results of Observations made with
the Seven-Inch Transit Circle 1967-1973, Publ. USNO, 26, Part 2.
Scott, F. P. 1967, AJ, 72, 570
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

First echoes of relativity in Argentine astronomy

Alejandro Gangui1,2 , Eduardo L. Ortiz3


(1) IAFE – Instituto de Astronomı́a y Fı́sica del Espacio – CONICET,
Ciudad Universitaria, Buenos Aires, Argentina
(2) CEFIEC – Facultad de Ciencias Exactas y Naturales – UBA,
Ciudad Universitaria, Buenos Aires, Argentina
(3) Imperial College London,
South Kensington Campus, London SW7 2AZ, England

Abstract.
In this note we consider the attitude of astronomers in Argentina in
connection with the new problems posed by relativity theory, before and
after General Relativity was presented in its final form. We begin con-
sidering, very briefly, the sequence of “technical” publications related to
relativity that appeared in Argentina and use it to attempt to identify who
were the relativity leaders and authors in the Argentine scientific com-
munity of the 1910-1920s. Among them there are natives of Argentina,
permanent resident scientists, and occasional foreign visitors. They are
either academic scientists, or high school teachers; we leave aside the
philosophers and the aficionados. For the main characters we discuss,
very briefly again, the scientific facts and publications they handled, the
modernity of their information and the “language” they use to transmit
their ideas to their readers.
Finally, we consider astronomers proper; first Charles Dillon Perrine,
an astronomer interested in astrophysics, contracted by the government
of Argentina in the USA as director of its main observatory. He became
interested in testing the possible deflection of light rays by the Sun to-
wards 1912; his Argentine expedition was the first to attempt that test.
Perhaps Perrine was not so much interested in Einstein’s formulation of
relativity theory, which then was perceived as very far away from his own
field of research, as in testing the particular astronomical effects it pre-
dicted. In any case, he attempted to do so with the acquiescence and
financial support of the Argentine state, and as a leading member of its
official scientific elite. We briefly contrast his very specific and strictly
scientific efforts with those of our second astronomer, José Ubach, SJ, a
secondary school teacher of science at a leading Buenos Aires Catholic
school who reported in response to Eddington’s expedition. Finally, our
third astronomer is Félix Aguilar, a leading scientist with a more definite
interest in astrometry, who made an effort to contribute to the public un-
derstanding of Einstein’s theories in Argentina in 1924, when Einstein’s
visit to Argentina had become a certainty.

31
32 A. Gangui, E. L. Ortiz

1. First publications

Even some years after 1905, it was only a few authors that discussed ad-
vanced dynamics, electron theory and radiation in Argentina. In their works
they did not necessarily refer to the 1905 work of Einstein. We follow (Ortiz
1995) to present a list of “technical” papers connected with relativity. The main
responses are those of Lepiney (1906-8), who makes reference to work of Max
Abraham on electron dynamics, and again (Lepiney 1907), now with a general
discussion of dynamics with a velocity-dependent mass. Also Broggi (1909) dis-
cussed Lorentz’s electrodynamics and included a mathematical analysis of the
works of Minkowski. Following the early experiments of J. J. Thomson, physi-
cists knew that the motion of an electron was modified in the presence of an
electromagnetic field, which could be interpreted as an increment of its mass.
Lorentz’s aether theory and descriptions of the behaviour of the electron, com-
patible with Maxwell’s equations, were also discussed at the time. All these
ideas, as well as Abraham’s description of the electron as a perfect sphere with
surface charge, were descriptions that agreed with ordinary “common sense”.
In 1910 Vito Volterra delivered a lecture at the Sociedad Cientı́fica Ar-
gentina (the Argentine Scientific Society; SCA herein) in Buenos Aires; in Volterra
(1910) he discussed the now well-known paper which started the relativity revo-
lution and, with it, Einstein’s annus mirabilis (see Gangui 2007). In the decade
of 1910 Jakob Johann Laub, a physicist of Polish origin, trained in Germany
and hired by the Physics Institute at La Plata, offered lectures and gave courses
connected with the theory of relativity. Pyenson (1985), who has studied Laub’s
personality in detail, has indicated that he was the first physicist to co-author
a paper with Einstein, and also suggested that a set of lectures on relativity
theory given by him at La Plata may have been the first course on that subject
given in the Americas. Once in Argentina, Laub translated into Spanish some
results obtained in Europe. In Laub (1912) he discussed briefly optical effects
in moving bodies in a paper published in the Anales of the SCA. The French
physicist Camilo Meyer, a former secondary school companion of Henri Poincaré
in France, delivered a series of optional courses on mathematical physics at the
University of Buenos Aires in 1910-15; even if he did not specialize in relativity,
his courses mentioned recent research in physics, including Kaufmann’s experi-
ments on the velocity dependence of the electron mass; he also made reference
to Einstein’s work without entering into details. Again, between 1916 and 1919,
Laub (1916, 1919) considered physical and philosophical questions connected
with relativity theory from the point of view of a physicist. In the same years
there were also translations or adaptations of general articles that reflected an
interest on relativity theory; mostly, they were taken from the foreign press or
from popular science journals.

2. Perrine’s involvement in the first attempts to verify observation-


ally Einstein’s ideas

In the meantime, Einstein laboriously worked to complete his theory and,


eventually, incorporate gravitation to his new relativistic framework. In Einstein
(1907) he made his first statement of what later became known as the equivalence
First echoes of relativity in Argentine astronomy 33

principle. In it he assumes “the complete physical equivalence of a gravitational


field and a corresponding acceleration of the reference system.” Einstein then
combined this principle with key assumptions of Special Relativity and was
able to predict that clocks would run at slightly different rates if located in
different places within an inhomogeneous gravitational field (smaller rates for
strongest fields). Another conclusion he derived, which turned out to be a most
important one for the acceptance of the theory, was that light-rays would bend
in a gravitational field. Einstein developed his thoughts in an article published
in 1911, in which he was looking for a new framework that would allow him
not to postulate, but to derive the equivalence principle, and led to a more
general relativity principle as compared to his 1905 proposal. It is in this work
that Einstein combined his equivalence principle with Newton’s gravitational
theory and computed, wrongly, the deviation suffered by a light-ray of a far-away
background star, as it travelled close to the Sun’s limb, towards an observer on
Earth. He gave the value of 0.′′ 87 for the bending of light in the gravitational field
of the Sun, which he would later revise. For both, the gravitational red-shift
and the bending of light-rays, Einstein found a useful collaborator in Erwin
Freundlich, a young astronomer who became interested in putting these new
ideas to test by astronomical means.
Perrine, of Lick Observatory, California, was a world class astronomer with
a solid reputation for his achievements in his field (see Hodge 1977); in 1909 he
accepted the position of director of the Argentine National Observatory, Córdoba
(see Landi Dessy 1970; Bernaola 2001). In Perrine (1923, 1931) he has described
with concision, but accurate details, his early involvement with the testing of
relativity. Let us recount the main points. In a brief visit of Perrine to Berlin,
in 1911, young Freundlich asked him for advice on Einstein’s deflection problem;
the matter involved an eclipse observation, which was an area in which Perrine
was a world leader. The topic was also close to Perrine’s past interests and,
as a consequence of Freundlich requests, he made early efforts to test relativity
in several eclipse expeditions he conducted from Argentina. Perrine’s attempts
began with the Brazil total solar eclipse of 1912, which he observed as head of
the Argentine mission; sadly, as it often happens with eclipses, adverse meteoro-
logical conditions prevented him from making good observations and producing
the required results. Laub also travelled to Brazil for the observation of the
eclipse, but his interests were not directly connected with relativity, but with
atmospheric electricity. The same happened to Perrine on a second Argentine
expedition organized a couple of years later, this time to Russia. Perrine’s old
friend and colleague at Lick, William Wallace Campbell, who had also became
interested in the testing, was also in Russia, as well as Freundlich. The latter, a
German, was prevented from making observations on account of the First World
War. Bad weather again, made it impossible for anyone to produce accurate
results. As it is well known, in 1919 it was Arthur S. Eddington who resolved
the matter.

3. “Post-eclipse” publications

After the November 1919 announcement of Eddington’s eclipse results,


notes on Einstein’s ideas attracted considerable public interest and articles ap-
34 A. Gangui, E. L. Ortiz

peared in journals of different levels all over the world. This was also the case in
Argentina, where a number of lectures and articles, neither fully technical nor
entirely at popular level, appeared. Some of them clearly stated that they were
not expositions for the expert, or scientific innovations, but contributions to sat-
isfy the interests of the general reader, as for example the astronomer Aguilar
(1924) made quite clear.
In addition to the ones cited above from a much larger list, the main au-
thors involved in disseminating the new ideas of relativity in the Argentine com-
munity included visitors such as Blas Cabrera, Richard Gans (director of La
Plata’s Institute of Physics), or Georg Friedrich Nicolai (visiting professor of
physiology in the University of Córdoba); stable members of Argentina’s aca-
demic or education circles such as Aguilar, engineers Enrique Butty and Jorge
Duclout, physicists José Collo and Teófilo Isnardi, writer and poet Leopoldo
Lugones, mathematician Julio Rey Pastor and the astronomer and Jesuit priest
and teacher José Ubach. A number of philosophical and pseudo-philosophical
interpretations of relativity found also a fertile soil in the Argentina of the 1920’s
(see Asúa & Hurtado de Mendoza 2006). More details can be found in Ortiz
(1995), Gangui & Ortiz (2005), and Ortiz & Rubinstein (2008).
In Argentina relativistic ideas were propagated through journals associated
with scientific societies, university, professional associations or student union’s,
as well as by literary journals. Among others: Anales de la Sociedad Cientı́-
fica Argentina, Anales de la Universidad de Buenos Aires, Revista Humanidades
(University of La Plata), Revista Técnica, Boletı́n del Centro Naval, Revista
Politécnica (later Revista del Centro de Estudiantes de Ingenierı́a, or CEI), Ver-
bum (journal of the Buenos Aires Humanities Student’s Union, the Centro de
Estudiantes de Filosofı́a y Letras), Revista de Filosofı́a and Nosotros.
However, an interesting and rather unusual channel for the diffusion on Ein-
steiniana in Argentina was La Vida Literaria, a fringe literary journal of limited
circulation, produced by left-wing writers and poets, which was responsible for
the publication of what has been called Einstein’s inédito: the philosophically
oriented text of the lecture Einstein intended to use to open his courses at the
University of Buenos Aires, but which somebody persuaded him to leave aside
“to keep everybody happy” (see Gangui & Ortiz 2008).

4. Astronomy: the Collo-Isnardi-Aguilar paper and the testing of


relativity

Some of the references mentioned above touched upon certain topics of as-
tronomy, but did not consider them in any detail. The first thorough description
of the astronomical testing of Einstein’s ideas in Argentina, as Ortiz (1995) has
shown, is a neglected contribution of Father José Ubach. A science teacher at
Colegio del Salvador, Buenos Aires, Ubach had received training in Cataluña.
He reviewed the results of Eddington’s expedition in Ubach (1920) immediately
after the former published his results. His views were critical and circumspect,
but on the whole balanced. His main point being that the results of the 1919
observations were important but, on account of the complexity of the observa-
tions, not yet definitive. Within the Argentine scientific community, Ubach’s
views reflected a more open attitude of the Catholic Church in Europe vis-à-vis
First echoes of relativity in Argentine astronomy 35

contemporary scientific research, and a further manifestation of the movement


who supported becoming more directly involved in it.
Some four years later, in 1924, in preparation for Einstein’s arrival in Ar-
gentina, Félix Aguilar published a note on the results of the same expedition in
Boletı́n del Centro Naval, the journal of the navy officers club (Centro Naval).
His review is the third in a set of three articles on relativity theory; the first
two were written by José Collo and by Teófilo Isnardi, respectively. These three
authors were among the young most promising Argentine researchers of the
time. As we pointed out before, the articles were neither technical nor popu-
lar, addressed to “those who, without being experts, possess enough knowledge
to become interested in some of the details of the development of the theory”
(Collo, Isnardi & Aguilar, 1923-24). Their reviews, they said, were motivated
by cultural considerations; that is, strictly, they were not “scientific” papers.
We will only highlight some of the main ingredients of the first two of these
three papers, and then concentrate a bit more on the third one, the astronomical
review by Aguilar. Collo was in charge of the first part, dealing with “prelim-
inaries” on the special theory, from Galilean mechanics up to Einstein’s con-
ceptions of time, simultaneity, the postulates of Special Relativity, and ending
with Lorentz transformations and Minkowski geometric representations (Collo
1923). In the second paper Isnardi focused on General Relativity and gave a
discussion up to the theory’s predictions regarding the deflection of light in a
homogeneous gravitational field and also the resulting gravitational red-shift of
light propagating in an inhomogeneous field as that of the Sun. In the second
half of his contribution, he computed geodesics in Schwarzschild spacetime get-
ting the classical value of 43′′ per century for the anomalous perihelion advance
of the planet Mercury and the 1.′′ 74 deflection of light-rays of background stars
passing close to the Sun (Isnardi 1923).
The third paper (Aguilar 1924) began with a historical review of the ques-
tion of the anomalous perihelion advance of Mercury (to which Perrine, with his
observations and search of a possible intra-mercurial planet and celestial pho-
tography, had contributed substantially), and Einstein’s interpretation of this
phenomenon. Aguilar then discussed the observations related to the verification
of the second classical test of General Relativity: the deflection suffered by back-
ground starlight passing close to the limb of the Sun. In this part, he reviewed
briefly the 1914 eclipse, but did not mention Perrine’s work or the Argentine
expeditions of 1912 and 1914. He gave a detailed account of the famous British
eclipse expeditions of 1919 to Sobral, in Northern Brazil, and to the island of
Prı́ncipe, near Africa, which confirmed Einstein’s predictions. For these, as well
as for the following Lick Observatory eclipse expedition in Australia of Septem-
ber 21st, 1922, he included tables and diagrams of the shifts in the position
of many background stars, quoted even with error bounds, and photographs of
the eclipsed Sun and of the experimental setting. Aguilar’s article finished with
three pages in which he explained the extraordinary difficulties involved in try-
ing to test the third classical prediction of General Relativity, namely, the tiny
red-shift of the Sun light spectrum due to the gravitational field of our star.
He quoted the analysis Freundlich and others performed on Sun plates obtained
for previous studies of the Sun; however, he failed to remark that these plates
had come to Freundlich’s hands through the generous intervention of Perrine,
36 A. Gangui, E. L. Ortiz

the astronomer from local Córdoba. Aguilar carefully emphasised the difficult
problem of differentiating the Doppler shifts, kinematical in origin, from the
gravitational shifts. As Ubach before him, Aguilar concluded that the situation
was not clear, neither in favour nor against General Relativity predictions, and
that Einstein’s theory was pushing experimental observations to their technical
limit.

5. Final remarks

New developments in mathematics and in theoretical physics attracted at-


tention in Argentina from at least the last third of the nineteenth century; from
the early part of the twentieth century there was an interest in the new theory of
“quanta”, and later in Einstein’s relativity theory. Argentina’s economical pros-
perity made it possible to attract to its universities and advanced institutions
scientists with a remarkable record. One of them, Charles Dillon Perrine, direc-
tor of the Córdoba National Observatory, played an interesting role in the earlier
efforts to verify Einstein’s theory, personally and through his advice to others,
Freundlich, among them. The importance of these attempts, understandably,
may not have been as clear then as they were after 1919. However, even as
late as 1926, after Einstein’s visit to Argentina in 1925 and after the publication
of Perrine (1923), such perception is still absent in both Aguilar (1924) and in
the official SCA’s history of astronomy in Argentina for the period 1872-1922
(Chaudet 1926). In his review, Chaudet makes reference to the 1912 and 1914
eclipse expeditions of the Córdoba Observatory, of which he was an employee,
but without any reference to Perrine’s attempts in connection with relativity the-
ory (Chaudet 1926, p. 72). In any case, Perrine attempted to prove or disprove
relativity with the acquiescence and financial support of the Argentine state,
and as a leading member of its official scientific elite. Ubach’s interesting paper
had also gone into oblivion. Clearly, there was some lack of communication at
the highest scientific levels of the astronomical community in the Argentina of
the mid 1920s.
Acknowledgments. The work of A.G. was partially supported by grants
PIP-6332 (CONICET) and UBACyT X439 (University of Buenos Aires).

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38
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

El Mesón de Fierro

E. Minniti1 , S. Paolantonio1
(1) Observatorio Astronómico, Universidad Nacional de Córdoba

Resumen.
El trabajo muestra –entre otras cosas– la historia de un misterio de
más de dos siglos, que apasionó a cientı́ficos y exploradores: el Mesón de
Fierro, el mayor de los meteoritos caı́dos en la Tierra, perdido en la ac-
tualidad; las expediciones realizadas al sitio de ubicación del “Fierro del
Tucumán”, también históricamente denominado “Meteorita”, “Fierro del
Chaco”, etc., tanto en el periodo de la colonia, como las modernas efectua-
das por expediciones del norteamericano William Cassidy, del Instituto
Lamont de la Universidad de Columbia (EE.UU.), conjuntamente con un
grupo de argentinos al Chaco profundo, lugar donde fue primitivamente
hallado.
En base a una exhaustiva investigación, se ofrecen los datos precisos
documentados, de sus caracterı́sticas, ubicación y posibles causas de la
extraña y hasta hoy inexplicable desaparición. Se incluyen trabajos inédi-
tos sobre la estructura de un meteoro de Campo del Cielo y de una zona
de posibles paleocráteres, no explorada aún.

1. Introducción

El Mesón de Fierro constituye el más grande meteorito del mundo conocido,


que se encuentra o se encontraba en el sureste de Santiago del Estero, en la zona
de paleocráteres y gran dispersión meteorı́tica denominada “Campo del Cielo” o
“Hatum Pampa” por los indı́genas. Muy superior en peso al descrito por Pallas
y propiedad del gobierno ruso, expuesto en la Exposición de Parı́s en 1867, o el
de Bahı́a, Brasil, de más de 7 000 kg. El punto de su ubicación servı́a en algún
tiempo como referencia para fijar los lı́mites entre esa provincia y el Chaco, ¡aun
cuando se habı́a perdido el mismo!
Por orden del 3 de julio de 1576 del gobernador del Tucumán, Capitán Ge-
neral Gonzalo Abreu y Figueroa, Hernán Mexı́a de Miraval organizó una expedi-
ción y llegó hasta el “Fierro del Tucumán”, también históricamente denominado
“Meteorita”, “Fierro del Chaco” o “Mesón de Fierro”, nombre este último dado
por Rubı́n de Celis en razón de su apariencia y por el cual es conocido en la ac-
tualidad. Después de diversas dificultades, el explorador arribó al sitio del mismo
en 1576, extrayendo muestras y fijando su derrotero en función de referencias
locales y/o circunstanciales, imposibles de restituir con posterioridad por falta
de hitos permanentes. A su vez, el Virrey de Chile y Perú ordenó una expedición
al lugar, que efectuó Francisco de Maguna en 1774. Tuvo éxito y también extrajo
muestras del meteorito al que definió como “una gran barra o planchón de me-
tal”, calculando su peso en 500 quintales (casi 23 000 kg). Conforme los análisis
efectuados en España, la muestra dio “una quinta parte de plata y el resto fierro
39
40 E. Minniti, S. Paolantonio

de extraordinaria pureza”. En 1776 repitió la expedición al lugar, trayendo consi-


go varias muestras. Levantó un plano “de la situación, circunstancia, anexidades
y figura del expresado planchón.” Dicho plano y dibujos de la masa de metal, se
han perdido.

Figura 1. Dibujo del “Mesón de Fierro”. Expedición de Rubı́n de Celis 1783.

En 1779 por orden del Virrey Pedro Ceballos, el Sargento Mayor Francisco
de Ibarra efectuó una nueva expedición, trayendo consigo muestras del metal.
¡Ya fueron tres las extracciones! La misma partió de Matará el 20 de julio de
1779 y llegó el 26 de julio al lugar “del fierro”.
El Capitán Melchor Miguel Costa efectuó la medición correspondiente de
la masa de hierro, estableciendo una longitud de Este a Oeste de 4,5 varas
(1,85 m); altura del lado Este 1,5 varas (1,19 m); 1 vara del lado Oeste y Sur
(1,36 m). De dicha expedición se levantó plano y se confeccionó una suerte de
diario con detalles de las circunstancias, accidentes y referencias destacadas de
los distintos lugares atravesados hasta llegar al meteorito.
La última que lo avistara, llevada a cabo por el Teniente de Fragata Miguel
Rubı́n de Celis por orden del Virrey Vértiz, que a su vez seguı́a mandatos de
la corona española, se llevó a cabo en 1783. Fijó la “posición de mina” en la
latitud sur 27◦ 28′ . Cabe aclarar que esta posición en las traducciones usuales de
las Royal Traslation, se habla de “latitud mı́nima”, correspondiente al informe
que el explorador presentara sobre su campaña en la Royal Society inglesa, años
después de su informe a la corte española. En esa oportunidad, cavó debajo de la
mole metálica para determinar su naturaleza y la volcó por medio de palancas.
Estimó el peso en 41 000 kg (900 quintales), brindando sus dimensiones: 2,89 m
×1, 28 m ×1, 37 m. La dibujó y describió como “una inmensa mesa de fierro
que sobresalı́a de la llanura” (de ahı́ su nombre último y definitivo: “Mesón de
Fierro”).
Todo ello sin contar con las indeterminaciones resultantes de las divagacio-
nes del curso del rı́o Salado del Norte en el perı́odo histórico, principal referencia
de origen de la mayorı́a de las dejadas por las distintas expediciones. Ası́, en el
mapa trazado por Rubı́n de Celis, se marca un cauce seco (paleocauce) de dicho
rı́o que cruzaba a unos 30◦ , 40 km al noroeste de Tintina, llevando un rumbo
El Mesón de Fierro 41

sureste, cruza la laguna salada de Los Cisnes y atraviesa en proximidades de la


estación ferroviaria de El Toba.
De las imágenes reproducidas y de los análisis efectuados en distintos mo-
mentos surge una diversidad de criterios con la natural dificultad para afirmar
que se trata de muestras correspondientes a un mismo ejemplar, las citadas y en-
contradas históricamente. Pues mientras algunos hablan de excelente “fierro de
forja”, otros encuentran alto tenor de plata; hecho factible dada la alta propor-
ción de nı́quel en algunas muestras posteriores, que ennoblecı́a el hierro; hecho
corroborado por uno de los autores en un análisis realizado en el Departamento
de Metalurgia de la Universidad Nacional del Litoral. Dicho análisis fue efec-
tuado sobre una muestra obtenida en “Campo del Cielo” por la expedición del
Instituto Lamont, de la que participaran el Dr. William A. Cassidy del Instituto
Lamont de la Universidad de Columbia (EE.UU.), la profesora Blanca Marı́a
Stoffel, integrante recomendada por el Instituto de Investigaciones Cientı́ficas y
Técnicas, y el Ing. Juan R. Báscolo con el Arq. Marcos Severı́n, por la Asociación
“Amigos de Urania”, los tres de la ciudad de Rafaela. La muestra le fue facilitada
por el señor Eduardo Przybyl a uno de los autores, quien la cedió al Museo de
Historia Natural “Florentino Ameghino” de la ciudad de Santa Fe, donde hoy se
exhibe.
Este grupo realizó intensas investigaciones en el lugar en reiteradas opor-
tunidades entre los años 1963 y 1972, levantando mapas topográficos, buscando
meteoritos con magnetómetros de muy alta sensibilidad y efectuando aerofoto-
grafı́as antes y después de precipitaciones pluviales, para trazar las curvas de
nivel del terreno en pleno monte, que les permitieran descubrir cráteres meteó-
ricos, uno de los objetivos de la campaña. No olvidemos que el paı́s del norte
estaba comprometido en los viajes a la Luna y necesitaba reunir información so-
bre las caracterı́sticas y mecánica de formación de los cráteres. Se cartografiaron
varios, bautizados como: “La Cañada”; “Rubin de Celis”; “Laguna Negra”; “La
Negra”; “Luis Salas”; cráter doble “Carmen Sosa”; “Laguna Seca”; “La Perdida”
y “ Rafael Gómez”.
De la zona se ha extraı́do, entre otros múltiples menores, el meteoro de “Ru-
na Pocito”, en 1803, por la expedición de Bravo de Rueda y Miguel Castellanos.
Originalmente con un peso aproximado a los 1000 kg, un fragmento de 634 kg se
donó en 1825 al cónsul inglés Mr. Woodbine Parish, para su remisión al British
Museum. El mismo se hallaba entonces en la fábrica nacional de armas y le fue-
ron extraı́das varias muestras para la fabricación de fusiles y pistolas de arzón
por Esteban de Luca. Un par le fue obsequiado al general Manuel Belgrano y
otro al presidente Jackson de Estados Unidos. También se realizó una imagen de
Santiago Apóstol, conservada por la familia Bravo de Rueda hasta su remisión a
Córdoba para la Gran Exposición Nacional de 1871, donde se extravió. Se carece
de noticias respecto de la actual ubicación de esas armas tan peculiares, como
ası́ de la citada imagen, resultando inútil la investigación efectuada para dar con
esta última.
Resulta sumamente interesante y hace a la tesis sostenida en este trabajo, el
siguiente suelto aparecido en El Progreso de Córdoba, tanto como el posterior:

1 - 11 - 1879
MINA DE PLATA
Se ha presentado al Dpto. de Ingenieros el Sr. D. David Carreras,
42 E. Minniti, S. Paolantonio

denunciando y solicitando una mina de plata que ha descubierto en


el territorio del Chaco, en campos que fueran de los indios tobas. So-
licita se le adjudique en propiedad la extensión de una legua cuadrada
que braza en su centro la mencionada mina, ası́ como la propiedad de
ese terreno y nueve leguas cuadradas más contiguas, con condición
de población e instalación de trabajos en el término de dos años.

9 - 11 - 1879
OTRA MINA EN EL CHACO
Se ha presentado al Minist. del Int. el Sr. D. Adolfo Giménez, de-
nunciando una mina de plata que ha descubierto en el territorio del
Chaco. La mina se encuentra como 50 leguas fuera de la lı́nea de
fronteras, y por consiguiente, en territorio habitado por los indios.
Si quiera éste no pide como D. David Carreras, 9 leguas de campo y
otras pequeñeces por el estilo.

Tres años después informa sobre la publicación del mencionado Fontana,


incansable explorador y estudioso de la zona:

“El Eco de Córdoba” 5 - 2 - 1882


EL GRAN CHACO
“El Gran Chaco” por D. Luis Jorge Fontana. Se ha publicado con
este tı́tulo en un volumen de cerca de 300 páginas, con las minas, un
libro que representa un nuevo y rico contingente para la ciencia y que
hace honor a la inteligencia y el espı́ritu investigador de su autor el
Sr. D. Luis Jorge Fontana.
El Sr. Fontana ha consagrado su vida al estudio del territorio del
Chaco, sus habitantes indı́genas y sus producciones, y su trabajo es
bajo todo aspecto una verdadera revelación que proyecta luz sobre esa
región tan misteriosa y desierta. (Autor denuncia mina plata).

2. Un error a tener en cuenta

Existe otro elemento de juicio hasta ahora no tenido en cuenta, a favor de


la hipótesis sustentada, que surge de ponderar el error probable cometido por
Rubı́n de Celis al medir la posición en latitud, en base al error cometido por
el mismo al fijar contemporáneamente la latitud de la ciudad de Santiago del
Estero en 27◦ 41′ 42′′ S, comparada con la correcta 27◦ 47′ 22′′ S; lo que arroja una
diferencia de 5′ 40′′ en la determinación. Ello permite, al efectuar las correcciones
necesarias a la posición que fijara para el Mesón de Fierro, establecer que el sitio
se halla en las inmediaciones del cráter meteórico existente en proximidades del
paraje “Las Vı́boras”. A saber:
27◦ 41′ 42′′ S: Latitud fijada por Rubı́n de Celis para Santiago del Estero;
27◦ 47′ 22′′ S: es la correcta.
Diferencia: 5′ 40′′ .
Posición del Mesón de Fierro según Rubı́n de Celis: 27◦ 28′ .
Posición del Mesón de Fierro corregida (agregando 5′ 40′′ ): 27◦ 33′ 40′′ .
El Mesón de Fierro 43

Posición posible cráter: 27◦ 37′ 53′′ S.


Diferencia: 4′ 13′′ .

Figura 2. Reproducción sectorizada del plano original del itinerario de la


expedición de Rubı́n de Celis, 1783.

La posición de Rubı́n de Celis (corregida) se encuentra a 7,8 km de la del


cráter existente; o sea en las inmediaciones, zona muy explorada por cierto. Sin
corregir, se halları́a a 18 km.
El cráter se encuentra a 250 km al Este de Santiago del Estero; distancia
concordante –dentro de las diferencias posibles por las estimas de tiempo de
mulas o caballos utilizadas– con la dada por los distintos expedicionarios en sus
respectivos informes.

Figura 3. Plano de Anjel Justiniano Carranza (Expedición del Cnel. Bosch).


Indica con lı́nea cortada la expedición de Ibarra 1779; lı́nea entera la de Celis
1783 y de punto y guión la de Castellanos 1803.

3. La posible solución del enigma

Es muy simple a esta altura de los acontecimientos y en virtud de que la


técnica desarrollada para detección de metales utilizada en las últimas expe-
diciones ha crecido enormemente, no escapándoseles pequeñas alteraciones del
campo magnético terrestre producidas por masas menores, afirmar que el Mesón
44 E. Minniti, S. Paolantonio

de Fierro, de cuarenta toneladas, ya no se encuentra en el tan rastrillado terri-


torio de Campo del Cielo del entonces misterioso Chaco Gualamba, santiagueño
o chaqueño, como quieran que sea. No se ha esfumado, simplemente circula por
ahı́ disperso en miles de adornos de rastras, aperos, espuelas, bombillas y mates
que orgullosos exhiben nuestros criollos en las fiestas domingueras. Los diligentes
plateros de la zona, reconocidos orfebres con artı́stica técnica, hubieron de dar
cuenta fácilmente con el correr del tiempo, de las cuarenta toneladas de metal
que brindaba aquel mensajero celeste.
No es esta aseveración un capricho. A las conocidas incursiones contem-
poráneas que han obtenido diverso material meteórico en la zona, por todos
conocidas, que dieron lugar a la recuperación de muestras para museos y pa-
seos: meteoros tales como El Taco, Las Vı́boras, etc; que adornan ya el Parque
Centenario en Rosario, o el parque Benjamı́n Gould en el ámbito del Planetario
porteño, el Chaco en su zona de origen, muestran elocuentemente la continuidad
e infructuosidad del rastrillaje palmo a palmo del territorio, en la búsqueda de
esa excepcional masa de hierro-nı́quel.
Máxime, si no olvidamos las exploraciones realizadas en dos oportunida-
des por el Dr. Cassidy en compañı́a del Arq. Severı́n de Rafaela, que utilizaron
magnetómetros de muy alta sensibilidad para detección de masas metálicas, aún
pequeñas; además del sobrevuelo de la zona en oportunidad de precipitaciones
pluviales y con un repaso fotográfico de la misma por las mañanas y las tardes de
los dı́as subsiguientes para obtener las curvas de nivel en la zona de montes, gra-
cias al escurrimiento y evaporación progresiva del agua de lluvia superficial, sin
resultado alguno, excepto la localización del cráter sugestivamente vacı́o “Rubı́n
de Celis”; hechos a los que se han referido en reiteradas oportunidades no solo
sus protagonistas en Science o Sky and Telescope, sino la profesora Clara Stoffel
y Eduardo Przybyl en El Litoral, en fecha que lamentablemente no conservamos
pero sı́ leı́mos sus respectivos artı́culos.
No puede ser para menos lo aseverado en cuanto a la explotación directa
del vénero, ası́ lo evidencia la información llegada a nuestras manos: como se
mencionara, en 1879 hizo una formal presentación ante el Departamento de
Ingenieros de la Nación, el señor David Carreras, denunciando una mina de
plata que descubriera en pleno territorio de los indios tobas (recordemos que el
hierro meteórico de Campo del Cielo es rico en nı́quel, metal que lo ennoblece).
Solicitó en la oportunidad que se le adjudique la licencia para explotarla y
la propiedad de una legua cuadrada de tierras con centro en el sitio de la misma;
como ası́ nueve leguas cuadradas más contiguas, con la condición de poblarlas
y efectuar las instalaciones necesarias para su explotación en el término de dos
años.
Contemporáneamente y con igual objetivo, se presentó directamente ante el
Ministerio del Interior el señor Adolfo Giménez, denunciando a su vez una mina
de plata descubierta por él en el territorio del Chaco. Manifiesta que se halla a
unas cincuenta leguas fuera de la lı́nea de fronteras y en consecuencia, en pleno
territorio ocupado por los indios.
Ası́ tendrı́amos supuestamente, la historia completa de lo que fueron la
exploración y explotación de las mimas de plata que aún figuran en los catálogos
de riquezas minerales de la región, desde Azara en adelante.
El Mesón de Fierro 45

Aún ası́, los meteoros no se han terminado en el lugar y, con el correr de los
años, la zona nos regalará con algún presente celeste, más arriba a o más abajo
de aquella “posición de mina” de Rubı́n de Celis. Esa convicción tienen quienes
han dedicado su esfuerzo por años, a la exploración de búsqueda meteorı́tica en
la región, como la gente de Rafaela.

Referencias

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46
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

Historia del Observatorio Nacional de Fı́sica Cósmica San


Miguel, Pcia. de Buenos Aires

Marta Susana Santos1 , Rafael Girola1


(1) EnDiAs (Enseñanza y Divulgación de la Astronomı́a)

1. La inauguración

El 12 de diciembre de 1935, con la presencia del presidente de la Nación


Argentina Agustı́n P. Justo, y la bendición de monseñor Devoto, se deja inau-
gurado el Observatorio de Fı́sica Cósmica de San Miguel, Provincia de Buenos
Aires.
Hacia el año 1951 las obras del observatorio. tomaron gran impulso. La torre
estaba en construcción ası́ como los comienzos del edificio del espectroheliógrafo.
En el lugar donde están actualmente el aula magna y el grupo de radiación
solar, existı́a una edificación destinada a los talleres. La estación meteorológica
se ubicada donde actualmente están el comedor y el pabellón de becarios. Ya
se veı́an por aquel entonces los primeros edificios que albergarı́an los telescopios
que funcionarı́an allı́.
Los sacerdotes jesuitas fueron participantes activos de las actividades del
entonces Observatorio de Fı́sica Cósmica. Ya en la década de 1960 las construc-
ciones y las actividades habı́an avanzado lo suficiente: los pabellones del 1 al 4
y la incipiente construcción del comedor, el pabellón de becarios y el edificio del
espectroheliógrafo, sin cúpula aún.
Durante la década del 60 ya se observaban la estación meteorológica en su
posición actual, las cúpulas del telescopio de manchas, el filtro Lyot; pero aún
el espectroheliógrafo estaba sin cúpula.

2. Historia del centro de investigaciones San Miguel:

El Observatorio de San Miguel fue la obra emprendida por la Compañı́a


de Jesús, a cargo del sacerdote jesuita español, Ignacio Puig S.J., habiéndose
implementado como un anexo al Colegio Máximo de San José. Dentro de los
propósitos fundacionales merece citarse el de fomentar la elevación intelectual y
moral del respectivo paı́s, en la persuasión de que el conocimiento ı́ntimo de la
naturaleza y de las relaciones mutuas entre los diversos órdenes de seres, como
fundamento de donde derivan los deberes y los derechos del hombre y de las
actividades humanas, han de contribuir poderosamente a labrar ese bienestar
moral y material de los pueblos que anhelamos.
Luego de muchos años de sostenido avance cientı́fico - tecnológico y de la
diversificación de los proyectos de investigación, con el correr del tiempo, dado
el carácter del organismo, privado de bien público, junto a la experiencia de
discontinuidad en la polı́tica oficial de ayuda a la institución, fue indicando la
conveniencia de revisar la situación del observatorio, ya que ingresó en una etapa
de pocos aportes estatales y el consecuente escaso uso del valioso instrumental
47
48 M. S. Santos, R. Girola

adquirido a partir del esfuerzo del organismo. Además, en dos ocasiones la insti-
tución habı́a perdido una buena parte de sus investigadores y técnicos. Por ello
se elabora un proyecto desde el Poder Ejecutivo Nacional que autoriza al Con-
sejo Nacional de Investigaciones Cientı́ficas y Técnicas (CONICET) a comprar
el Observatorio San Miguel.
Ante la negativa por parte del CONICET, el Observatorio es ofrecido a la
Fuerza Aérea argentina, la cual efectiviza la compra a la Asociación Civil Facul-
tades Loyola. Además se transfieren a la Comisión Nacional de Investigaciones
Espaciales (CNIE), los bienes muebles, inmuebles y personal que pertenecı́an a
la Comisión Nacional de Estudios Geo-Heliofı́sicos.
Es ası́ como el 12 de diciembre de 1977, en estas mismas instalaciones
comienza a funcionar el llamado Centro Espacial San Miguel, el cual luego de
algunos cambios en la estructura pasa a denominarse Centro de Investigaciones
San Miguel. Durante varios años la CNIE, participó de programas como Exa-
menet, que tenı́a por finalidad la organización iberoamericana de lanzamiento
de cohetes sonda meteorológicos. Ası́ mismo se desarrollaron diversas etapas del
proyecto de colección automática de datos por satélite, lanzamiento de globos
a grandes alturas para medir la intensidad y la energı́a de la radiación electro-
magnética, medición de rayos X y gamma. También se estableció el grupo de
lucha antigranizo el cual desarrolló cohetes experimentales para evitar las preci-
pitaciones de este meteoro en zonas agrı́colas, especialmente en la provincia de
Mendoza.
Entre los años 1985 y 1986 se inició el proyecto Satélite de Aplicaciones
Cientı́ficas (SAC-I), que consistı́a en la puesta en órbita de una plataforma con-
cebida en la Argentina con finalidades cientı́fico-técnicas. Este proyecto incluı́a
la participación del Instituto de Astronomı́a y Fı́sica del Espacio, tenı́a por fina-
lidad el desarrollo, capacitación, diseño y fabricación de sistemas satelitales con
fines prácticos. Las necesidades polı́ticas y económicas del paı́s derivaron en la
creación de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) organis-
mo que prosiguió con el tema de los sistemas satelitales, quedando el Centro de
Investigaciones San Miguel solamente con el objetivo de la rutina de manchas
solares y las investigaciones (con aportes externos) que realiza el Instituto de
Geoquı́mica (Ingeoqui). En este sentido el Ingeoqui se dedica fundamentalmente
a investigar la contaminación de aguas superficiales y subterráneas.
Las tareas efectuadas se refirieron a la contaminación con arsénico de las
aguas del sur de la provincia de Córdoba, de la cuenca del rı́o Salı́ en Tucumán
y actualmente las investigaciones se centran en la provincia de Santa Fe. Ade-
más se tomaron muestras y se analizaron aguas de las instituciones de la Fuerza
Aérea del Gran Buenos Aires y de la Base Marambio en la Antártida Argenti-
na; pero como sucedió en muchos organismos estatales sobrevino una etapa de
escasos recursos, pese a lo cual con el fervor del personal remanente, se continuó
con la tarea encomendada y se avanzó en la consigna de la Dirección General de
Investigación y Desarrollo para realizar la apertura hacia la comunidad a través
de actividades educativas. Ası́ comenzó con un plan de divulgación de las activi-
dades que se desarrollaban en el centro, a partir de la comunidad educativa. Se
puso en marcha un programa de visitas guiadas para escuelas, el cual continuó
hasta el año 2005 y principios del 2006, con dos áreas fundamentales, la astro-
nomı́a y las ciencias de la tierra. Además se realizaron varias publicaciones de
Observatorio Nacional de San Miguel 49

divulgación en soporte papel y digitales que permitieron una mejor interacción


con los docentes y alumnos. Ası́ también se implementaron varios cursos para
docentes y público en general, algunos de ellos con puntaje. Finalmente desta-
camos que el Centro de Investigaciones San Miguel cuenta con una biblioteca
especializada en temas de Astronomı́a, Aeroespaciales, Quı́mica, Matemática,
Geologı́a, siendo parte de la red de bibliotecas de las Fuerzas Armadas.

3. Departamento de Fı́sica Solar

El Observatorio Nacional de Fı́sica Cósmica de San Miguel fue creado en


diciembre del año 1935 como anexo del Colegio Máximo de San José. La insti-
tución quedó en manos de la Compañı́a de Jesús y a cargo del sacerdote jesuita
español Ignacio Puig. El objetivo de este observatorio, como fue señalado por
monseñor Devoto, en el discurso del acto inaugural, era el estudio de los fenó-
menos que algunos astros producen sobre la Tierra y no la observación de su
marcha a través del espacio.
Desde su creación fue creciendo con diversas actividades cientı́ficas paralela-
mente a un incremento en el número de sus instalaciones. Dentro de los objetivos
perseguidos, era de importancia el desarrollo de la investigación astronómica,
que se orientó exclusivamente hacia la parte solar. Una de las actividades inicia-
les estuvo dedicada a la rutina de manchas solares, integrándose como estación
de observación a una red mundial organizada a partir de 1952, relación que se
mantiene hasta la fecha. Se cuenta para ello con dos telescopios refractores con
montura ecuatorial de 180 mm y 130 mm de abertura.
En los años 60 comienza el patrullaje regular de eventos solares con tres
nuevos equipos: un espectroheliógrafo, un telescopio con filtro monocromático y
un radiotelescopio, dándose además el comienzo de una etapa de investigación
en Fı́sica Solar.
Una década más tarde comienzan a restringirse los presupuestos y disminuye
el número de trabajos experimentales y de investigación. Al llegar a finales del
siglo ya nada permanecı́a igual, ni a sus comienzos ni a la fugaz prosperidad
de los sesenta y setenta. La apertura hacia la comunidad se mostraba como
una nueva actividad que permitı́a al observatorio ofrecer un servicio social. El
departamento de Fı́sica Solar consideró necesario la creación de un proyecto que
permitiera potenciar las áreas educativa, cientı́fica y cultural, en el ámbito de
las ciencias astronómicas.
Con el mismo se pretende generar un espacio que permita a las personas
interesadas desarrollarse integralmente mediante el acercamiento a las ciencias
astronómicas y afines. Solo generando una estructura capaz de cumplir con so-
brada idoneidad la trabajosa tarea de brindarse como centro de conocimiento
hará que la consecución de este proyecto tenga múltiples efectos en el campo
educativo, social y de divulgación de las ciencias. El medio a utilizar, la astro-
nomı́a, una herramienta poderosa que nos permite acercarnos a la creación y
encontrar en los cielos la respuesta a innumerables preguntas que nos surgen de
modo natural. Ninguna otra ciencia posee tal potencial.
50 M. S. Santos, R. Girola

4. Manchas solares

Cuando se comenzó a utilizar el telescopio para la observación del Sol, se


notó que presentaba manchas oscuras sobre su superficie. Las ası́ llamadas man-
chas solares aparecen como zonas de menor brillo localizadas sobre el disco solar.
El estudio de los fenómenos solares se intensificó progresivamente, descubriendo
que las manchas rotan con el Sol y que su vida varı́a entre un dı́a y varios meses.
El número de manchas varı́a con el tiempo dentro de un ciclo de aproximada-
mente once años (oscilando entre 9 y 13), siendo un buen ı́ndice de la actividad
del Sol.

4.1. Departamento de radiación solar


El departamento de radiación solar está integrado por personal de:
1. Servicio Meteorológico Nacional (SMN)
2. Dirección de Investigación y Desarrollo de la Fuerza Aérea
3. Consejo Nacional de Investigaciones Cientı́ficas y Técnicas (CONICET).

Durante diez años a partir de 1923 se realizaron mediciones de la constante


solar desde el observatorio heliofı́sico de La Quiaca, Jujuy, ubicado a una altura
de 3462 m, con instrumental similar al del Smithsonian Institution que operaba
en Chile.
En la década del cuarenta el Servicio Meteorológico Nacional comienza a
realizar la medición de la radiación solar con piranómetros bimetálicos fabrica-
dos por la casa Fuess en unas veinte estaciones, incluyendo la del Observatorio
Central de Buenos Aires desde el año 1938.
Alrededor de 1963 se creó la Red Nacional de Estaciones Agro-Meteorológi-
cas en el Instituto Nacional de Tecnologı́a Agropecuaria (INTA), instalándose
aproximadamente 30 piranógrafos bimetálicos (Fuess y Siap) y una veintena de
piranómetros Bellani; la información adquirida era enviada al SMN. En 1964
esta institución instala y comienza a operar en seis estaciones piranómetros ter-
moeléctricos acoplados a registradores potenciométricos.
En la reunión llevada a cabo en Vaquerı́as, Córdoba en diciembre de 1975,
que puede considerarse como la primera de la Asociación Argentina de Energı́a
Solar, el personal del Departamento de Radiación Solar y Meteorologı́a de la
ex Comisión Nacional de Estudios Geo-Heliofı́sicos informó acerca de la idea de
montar una red de relevamiento equipada con instrumental confiable y de bajo
costo que redujera la intervención humana en la adquisición y procesamiento de
los datos. Presentada la solicitud a la OEA, bajo el tı́tulo de “Aprovechamiento
de la energı́a solar: relevamiento solarimétrico”, ésta aprobó un subsidio para
un perı́odo entre el 1 de julio de 1976 al 1 de julio de 1977, lo que permitió
comenzar a caminar en la dirección planteada; este proyecto se apoyó durante
10 años. En 1976 con el apoyo de la entonces Secretarı́a de Estado de Ciencia
y Tecnologı́a se instalaron las primeras estaciones de medición en el noroeste
argentino, equipadas con sensores fotovoltaicos, publicándose en julio de 1979,
el primer boletı́n con datos relevados de cinco de las doce estaciones que estaban
funcionando. En 1985, ya estaban instaladas las estaciones de medición diaria
de radiación solar global, a la que se agregarı́an tres en Bolivia, bajo el marco
de un convenio, y dos en Paraguay.
Observatorio Nacional de San Miguel 51

Dificultades de diferente tipo (restricción de fondos por parte de la CNIE,


cese de apoyo de la Secyt, falta de pago de Argentina de la cuota a la OEA)
produciendo el abandono del proyecto y finalmente la disolución de la CNIE
llevaron a que el número de las estaciones solarimétricas en operación se redujera
a tres: una en Cerrillos (Salta), Paran (Entre Rı́os) y San Miguel (Buenos Aires).

5. Convenios

Para facilitar el funcionamiento de este departamento, la asociación civil


hubo firmado convenios con diferentes instituciones nacionales:

8/07/99: convenio especı́fico con la Comisión Nacional de Actividades Espacia-


les (CONAE) y la Universidad del Salvador (USAL), dentro del marco de
acuerdo de cooperación firmado entre ambos organismos, de la que forma
parte la ACOSM1 , de manera explı́cita en la primera cláusula, para la rea-
lización de estudios sobre la distribución de la radiación solar global sobre
la superficie de la Tierra complementada con la determinada utilizando la
tecnologı́a satelital.
16/10/02: se firma el convenio marco de cooperación con la Universidad Nacio-
nal de Luján (UNLu).
27/11/02: se firma el convenio de cooperación mutua con la Universidad Tec-
nológica Nacional (UTN) para la actualización de la red solarimétrica en
Argentina, lo que permitirı́a en el 2006 la instalación de 10 estaciones de
medición de la radiación solar global distribuidas en sendas facultades re-
gionales.
23/09/03: se firma el protocolo adicional al convenio marco de cooperación entre
la UNLu y la ACOSM para calibrar instrumentos e intercambiar informa-
ción de radiación solar global.

6. Departamento de Ciencias de la Tierra

Ciencias de la Tierra tiene como objetivo la investigación geológica en ge-


neral y la divulgación del conocimiento en particular para que los alumnos de
diferentes niveles de la enseñanza puedan aprovechar la amplia experiencia que
existe en el tema. El área nace en el año 1972 y desde entonces se desarro-
llan tareas de investigación en mineralogı́a, sedimentologı́a, prospección minera,
etc. Estas actividades contribuyeron para que los profesionales integrantes del
equipo hayan acumulado vasta experiencia. Además hace años que desempeñan
tareas docentes en los niveles polimodal, terciario y universitario. Por otra parte
acreditan experiencia en los niveles inicial y E.G.B.

1
Asociación Civil Observatorio San Miguel (N. del E.)
52
Asociación Argentina de Astronomı́a
AAABS, Vol. 2 (suplemento), 2009
Gustavo E. Romero, Sergio A. Cellone, & Sofı́a A. Cora, eds.

La Astronomı́a en el diseño curricular de la Argentina

Marta Susana Santos1


(1) EnDiAs (Enseñanza y Divulgación de la Astronomı́a)

1. La historia nos lleva de la mano

La Astronomı́a se practica en nuestro paı́s en forma oficial desde el año


1871 con la inauguración del Observatorio Astronómico Nacional en la ciudad
de Córdoba. Inauguración que estuvo a cargo del entonces presidente Domingo
Faustino Sarmiento, de quien hemos rescatado esta cita textual, con fecha 24 de
octubre de 1871:

Es anticipado o superfluo, se dice, un observatorio en pueblos


nacientes y con un erario o exhausto o recargado. Y bien: yo digo que
debemos renunciar al rango de nación, o al tı́tulo de pueblo civilizado,
si no tomamos nuestra parte en el progreso y en el movimiento de
las ciencias naturales.

Claro está que esta notable creación ubicaba a la Argentina en una posición
receptora de conocimientos, ası́ fue que de muchos lugares del mundo llegaron
astrónomos, cuya misión fue la de formar profesionales, como ası́ también obser-
var e investigar. La razón de ser de esta creación y de las actividades que más
adelante mencionaremos tendrá relación con las reformas que los diseños curri-
culares de la época ameritaron, como ası́ también del concepto de curriculum y
del paradigma subyacente al momento histórico (Contreras, 1990). Recorriendo
un poco de la historia de nuestro paı́s, podemos ver que en el año 1883 se fundó,
junto a la ciudad de La Plata, el Observatorio Astronómico. Luego fue creada la
Escuela Superior de Ciencias Astronómicas y Conexas que dependı́a de la Uni-
versidad Nacional de La Plata, en el año 1935. Esta escuela fundada dio lugar
en el año 1983 a la actual Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofı́sicas.
Todo tiene un por qué y un código al cual responde. El por qué de esta crea-
ción allı́ por esos años, tiene su fundamento en el código curricular de la época.
Un curriculum es una construcción social y cultural dice Sacristán (1986). Los
códigos curriculares tienen estrecha vinculación con los aspectos socio-históricos
y la función de la escuela en un contexto histórico especı́fico a nivel cultural,
económico, religioso, etc. Lungdren, en su texto Teorı́a del Currı́culo y Escolari-
zación (Lundgren 1992), plantea que el cambio de códigos a lo largo de la historia
distingue el código curricular clásico del realista y del racional, muy ligados cada
uno a lo que la sociedad esperaba que la escuela enseñara a su población para
la participación en la vida social y/o económica. Revisando un poco la historia
de los códigos curriculares, podemos decir que:

Código Curricular Clásico: fue propio de la Grecia antigua, dividido en


dos grandes bloques: Trivium (Gramática, Retórica, y Lógica), y el Qua-
drivium (Aritmética, Geometrı́a, Astronomı́a, y Fı́sica).
53
54 M. S. Santos

Código Curricular Realista: se vinculó con el desarrollo de las Ciencias


Naturales, descubrimientos geográficos y la idea de que el conocimiento
podı́a construirse a partir de los sentidos, a través de la observación y
la experimentación. Bacon decı́a que el conocimiento se activaba por los
sentidos y se construı́a por inducción. Comenius, transformó esta idea en
un programa curricular enciclopédico, basado en las Ciencias Naturales y el
uso de los sentidos. El estudio de las Ciencias Naturales llevó a una nueva
práctica educativa, en la que aparecen nuevas disciplinas a estudiar, como
Mecánica, Geografı́a, Historia Natural, Dibujo Lineal, al mismo tiempo
que cambian los métodos de enseñanza a partir de la incorporación del
microscopio y el material audiovisual. Este código va unido a los procesos
de industrialización del siglo XVIII hasta el siglo XIX, se impone por el
momento socio-histórico y dominio que adquiere la ciencia en los siglos
XIX y XX sobre otros campos del conocimiento o creencias.
El Código Racional aparece con su hegemonı́a en los inicios del siglo XX,
está constituido sobre las bases de las asignaturas de la escuela y en el
conocimiento real que se necesitaba para la vida social y el desarrollo del
individuo. El conocimiento cientı́fico resulta fuente fundamental que le da
sentido a este código.

Ası́ vemos cómo van cambiando los perfiles curriculares en las distintas
épocas, y encontramos las razones por las cuales las creaciones de estas escuelas
sucedieron. Los códigos curriculares son cualquiera de los elementos que inter-
vienen en la selección, secuencia, instrumentación metodológica y presentación
de los currı́culos a los alumnos de acuerdo a la relación de los contenidos en-
tre sı́. Por todo lo expuesto, podemos decir que el mundo contemporáneo está
caracterizado por la ciencia, sin lugar a dudas. Y la Astronomı́a a partir de su
nacimiento en nuestro paı́s, ha demostrado ser una actividad social compleja que
pretende conocer y explicar el cosmos utilizando la metodologı́a cientı́fica.

2. El avance de la ciencia y la alfabetización cientı́fica

El avance de la ciencia ha obligado al ciudadano a desarrollar actitudes


reflexivas, criticas y fundamentadas hacia los procesos y productos obtenidos,
que le permitan resolver situaciones problemáticas. Si la Argentina poseı́a una
larga tradición cientı́fica y muchos logros que contribuyeron al desarrollo de la
ciencia universal, pareciera ser que nuestra sociedad actual, da a la ciencia un
lugar secundario respecto a otros aspectos que tienen relación con la cultura.
Esto merece ser analizado, aunque se deja entrever una solución, que será la
de incentivar la alfabetización cientı́fica de los ciudadanos, especialmente en la
escuela.

3. De la inclusión a la exclusión

Y aquı́ es donde todo lo expuesto nuevamente comienza a tener sentido para


el docente, para el maestro, para el profesor. Nuevamente aparece en escena la
actualización de los contenidos escolares, que fue parte integrante de decisiones
polı́ticas que orientaron la enseñanza de la ciencia y la tecnologı́a en un sentido o
Astronomı́a en el diseño curricular 55

en otro. Ya estamos hablando entonces de inclusión de contenidos y exclusión de


los mismos. La inclusión de determinados contenidos, ya dijimos, responde a la
voluntad polı́tica de formar ciudadanos aptos para desenvolverse en sociedades
modernas y liberales, ciudadanos activos y partı́cipes en el Estado-Nación, pero
también la exclusión de estos contenidos, está hablando de una escuela que abor-
da una visión más conservadora de la realidad. Pero ¿de qué y de quién depende
la actualización de los contenidos de ciencia en el sistema educativo argentino?
Son dos preguntas que llevarán a debates continuos, porque tendrá que entrar
en escena el concepto de selección cultural del curriculum que, como proyecto
educativo se planifica y desarrolla partiendo de una selección de la cultura y
las experiencias que contribuyan a la socialización de las nuevas generaciones.
Uno de los temas centrales en la concreción de la construcción curricular es la
involucración de los actores, los niveles de decisión, el grado de participación
que se le reconozca a los distintos estamentos, dependerán de la estructura ad-
ministrativa y de la polı́tica educativa vigentes. La enseñanza de la ciencia y la
tecnologı́a reconoce un punto importante, que es la necesidad de que haya una
correcta correlación entre el nivel de conocimiento alcanzado por la comunidad
cientı́fica en un momento histórico determinado, y los contenidos trabajados en
la escuela. Por supuesto que cualquier plan de alfabetización tecnológica, si quie-
re cumplir con los objetivos propuestos, debe analizar el grado de actualización
de la enseñanza que se va a transmitir.
Gvirtz y Aisenstein (1999) dicen, si se pidiera a cientı́ficos y docentes de
distintos niveles una opinión sobre cuál fue la problemática que históricamente
afectó a la enseñanza de las ciencias en la Argentina, aparecerı́an respuestas
como:
Uno de los grandes problemas del sistema educativo argentino, desde sus
orı́genes, es la falta de actualización de los contenidos que tienen relación
con el saber cientı́fico, especialmente en las Ciencias Exactas y Naturales.
En distintas épocas de nuestra historia, los contenidos que se enseñaron en
la escuela han sido objeto de un proceso de politización, vinculado a las
vicisitudes sociales vividas por la Argentina. Esta politización se observa
en la elección de los contenidos correspondientes a Ciencias Sociales, pero
también puede detectarse en los referidos a Ciencias Naturales (Gvirtz y
otros, 2000).
La falta de actualización disciplinar parece estar relacionada con la ausencia
de algún contenido clave o con que las informaciones cientı́ficas novedosas tardan
en aparecer en el currı́culum escolar. Pero se puede asegurar que no siempre fue
ası́, y la falta de actualización responde a otros mecanismos. A esta última se
la relaciona con la tardanza en la inclusión de contenidos en los programas o
en los libros de texto, o bien estos presentan la inclusión de los contenidos pero
en forma incompleta o parcial. Algunas investigaciones realizadas hasta 1950
demuestran que los contenidos de algunas disciplinas integrantes de las Ciencias
Naturales estaban aceptablemente actualizados, habiendo una correspondencia
entre la fecha de los nuevos descubrimientos y la de la inclusión en los textos
escolares. Una muestra de ello está en los libros para nivel medio de Fı́sica de
López Arriazu edición 2000 y Astronomı́a de Cornejo edición 2000.
La politización de los contenidos se observa claramente en el campo de la
Astronomı́a. Hubo una época en que el modelo copernicano y el rol de Galileo
56 M. S. Santos

al conformar el mismo, fueron objeto de discusiones entre los sectores religiosos


y laicos. Por un lado las crı́ticas a Galileo por parte del primer sector, iban en
detrimento de su aporte al saber cientı́fico (Thévent 1935); transcribimos aquı́
un párrafo que aporta esta postura:

Históricamente, la Astronomı́a fue el ariete que asestó el golpe


de muerte a toda la filosofı́a medieval, y cambia, en algo más de un
siglo de dilatadas expectativas y esperanzas, toda la estructura fı́sica
y metafı́sica del mundo de las cosas y de las ideas. A las viejas ideas
cosmológicas, procedentes de la Fı́sica de Aristóteles y de la Astrono-
mı́a de Ptolomeo, entremezcladas con tradiciones bı́blicas, el espı́ritu
libre y valeroso de Copérnico opuso una nueva y atrevida concep-
ción racionalista del Sistema del Mundo, que arrasó bien pronto con
las doctrinas y creencias dominantes en su tiempo. Las alternativas
de aquella lucha dramática entre los actores del movimiento libera-
dor –liberador de la ciencia y de las conciencias– y la reacción que
culminó con la condenación de Galileo y la proscripción de las teo-
rı́as copernicanas, son más edificantes, por su contenido espiritual y
moral, para la formación del carácter de la juventud, que todas las
historias protervas sobre guerras sangrientas, traiciones obscuras y
amores bastardos, que todavı́a circulan infortunadamente en los an-
tiguos textos de enseñanza de nuestros Liceos.

Por otro lado, para los laicos, la Astronomı́a se presentaba como una ciencia-
piloto, que podı́a convertirse con el correr del tiempo en un agente eficaz de
cambio ideológico-social (Brugier 1896); transcribimos el texto:

Galileo de Pisa descubrió además cuatro satélites de Júpiter y


su movimiento en torno de éste; pero debe observarse que, si bien
los hechos mencionados prueban que no todos los astros describen
órbitas en torno de la Tierra, no dan, sin embargo, un argumento
decisivo en favor del nuevo sistema. Efectivamente, estos hechos po-
dı́an explicarse con la hipótesis de Tycho Brahe, según la cual otras
pruebas que daba Galileo en sus célebres Diálogos, eran mal inter-
pretados textos de las Sagradas Escrituras, llevándose ası́ la cuestión
al terreno de la Teologı́a.

Este libro gozó de amplia aceptación, siendo mencionado como referencia en


varios manuales, tuvo como mı́nimo siete reediciones (efectuadas por la editorial
Estrada; la última es de 1933) y es uno de los pocos textos en la materia que contó
con el imprimatur oficial del Ministerio de Instrucción Pública de Argentina y
del Consejo Superior de Instrucción de Chile. La Astronomı́a entonces, según
Monserrat (1998), compartı́a este rol con el evolucionismo biológico.
Las polémicas se sucedieron tanto en los libros de texto como en las conti-
nuas modificaciones de los planes y programas de estudio, junto a la metodologı́a
didáctica para enseñar las disciplinas cientı́ficas. Modernistas y conservadores
enfrentados y las modalidades de enseñanza memorı́stica frente a los métodos
basados en la observación y experimentación de los alumnos.
Astronomı́a en el diseño curricular 57

4. ¿Es que todavı́a no hemos decidido qué postura adoptar?

Los usos polı́ticos e ideológicos de la ciencia en la escuela, estuvieron vin-


culados a la construcción de un currı́culum que respondiera a la modernidad
escolar. Alentar la inclusión en el currı́culum, indicaba una escuela formadora
de un ciudadano moderno, a favor del progreso, utilizando ya la figura del código
racional en su diseño. Pero en el vaivén de las decisiones polı́ticas que llevaron
a nuestro sistema educativo a moverse entre un evidenciado deseo de inclusión
del paı́s en las formas de vida moderna y liberal, la exclusión nos llevaba nueva-
mente a una estructura de la realidad más conservadora. Y nosotros los docentes
en actitud pasiva, solamente ejecutores de la voluntad polı́tica reflejada en un
diseño curricular (Gvirtz y Aisenstein, 1999).

5. La llegada de la modernidad

Llegada la modernidad, la escuela se implica en la cosmovisión de la ciencia


y habrı́a que reconocer que ocupaba un lugar destacado: ya nadie habla de pro-
greso indefinido a partir de los desarrollos cientı́ficos, ni a nadie se le ocurrirı́a
decir que las ciencias naturales son el modelo único de acceso al conocimien-
to (Gvirtz y Aisenstein, 1999), las editoriales renovaron en los libros lo surgido
de la producción cientı́fica para dar cuenta de su actualización. Claro está que
en la Argentina moderna, el positivismo tuvo influencia en los maestros de las
escuelas primarias y en la literatura con las que trabajaban las Escuelas Norma-
les, (Gvirtz, 1991), las corrientes que orientaron la formación de maestros en la
Argentina fueron principalmente dos:
la doctrina positivista de Augusto Comte, junto con las teorı́as de Herbert
Spencer y los principios darwinianos.
El positivismo cientificista basado en la psicologı́a experimental y la socio-
logı́a.
Hay textos en los que puede verse con claridad esta tendencia, por ejemplo:
el texto de Insaurralde y Maradona (1910), un Manual de Cosmografı́a para las
Escuelas Normales utilizado en las primeras décadas del siglo XX. Aquı́, para
el positivismo la Astronomı́a era vista como la disciplina intelectual de un gran
potencial secularizador. Este texto presenta muchas citas de Comte, en donde
se explica la evolución de la idea del cielo utilizando cuatro figuras de las cuales
daremos una como ejemplo:
El estadio teológico, dividido en dos fases: la fase greco-egipcia
(identificada con el sistema de Tolomeo. . . ) y la fase cristiana, co-
rrespondiente al esquema que describe Dante en la Divina Come-
dia . . .

6. ¿Pero a quién le enseñamos Astronomı́a entonces después de tan-


tas reformas?

Es la pregunta que nos hacemos los docentes del Nivel Polimodal, en esta
suerte de mejora del sistema educativo, pues con la reforma de los 90, muchos de
58 M. S. Santos

nosotros vimos desaparecer de nuestras currı́culas la materia Astronomı́a, que se


diluye en nuestras manos y para los adolescentes fue el recuerdo de un contenido
del área de las Ciencias Naturales en su Educación Primaria, que se ha llamado
de tantas formas distintas ya. Hemos pasado por tantas reformas, tratando de
cumplir con el diseño curricular vigente, y por supuesto con la gestión polı́tica de
turno, participando pasivamente de este escenario que va más allá de decisiones
polı́ticas, hay decisiones en el marco de la polı́tica educativa que habrı́a que
tomar en cuenta, en la cual los docentes de todos los niveles no podemos estar
en actitudes pasivas, todo lo contrario, participar activamente en el escenario de
las decisiones que tienen que ver con la educación, es nuestra obligación y ahora
nuestra oportunidad.
Entonces, desde las creaciones del presidente Domingo Faustino Sarmien-
to, hasta nuestros dı́as, institutos de investigación astronómica, facultades de
Astronomı́a, observatorios astronómicos nacionales, municipales o provinciales
ubicados en distintas partes del paı́s, todos implican seguramente un aporte de
dinero que no se reduce a una simple veintena de monedas, sabemos que es mu-
cho más, pero tiene un objetivo que no sólo es altruista, sino acercar la ciencia
al hombre común.
Hay una brecha y grande, un alumno de nuestro sistema educativo perte-
neciente a la Educación Primaria Básica ve algunos contenidos de Astronomı́a
durante un periodo determinado de tiempo, y puede ser un contenido yuxta-
puesto o integrado. Luego durante la formación escolar en la Educación Secun-
daria, los contenidos de Astronomı́a desaparecen de la currı́cula, esto hablando
de los diseños curriculares que nos han regido en la Provincia de Buenos Aires.
Solamente contamos con el aporte –que no es poco– y muy reconocido de las
asociaciones civiles que se dedican a la enseñanza y la divulgación cientı́fica,
incluyendo a la Astronomı́a. Ese aporte ha servido para mantener latente no
solo la divulgación y el conocimiento del área, sino para despertar vocaciones
astronómicas; el trabajo de acercarle la ciencia al hombre común, sin importar
la edad, lo hace partı́cipe de una vida social y cultural integrada. Pero la com-
plejidad del saber y su transmisión es responsabilidad de la escuela, que con el
trabajo de la transposición didáctica transforma el saber cientı́fico en un saber
a enseñar, y a través de la utilización de estrategias didácticas lo transforma en
el saber enseñado.
Un currı́culum exige replantear el sentido y el contenido del aprendizaje,
que en definitiva es un problema social y polı́tico, como dice Lawton. Cuando
se implementa una propuesta curricular, detrás hay una toma de decisiones po-
lı́ticas y técnicas, en relación al papel que juega el Estado, los funcionarios y
los técnicos que trabajan en el ámbito del Gobierno y el rol de las diferentes
personas involucradas: directivos, docentes, alumnos, padres, organizaciones de
la comunidad, gremios y el sector académico. Todas intervienen en el escenario
educativo.
En ciertos casos el currı́culum se pone en marcha con la implicancia de la
ejecución de una propuesta diseñada externamente a la propia escuela y su rea-
lidad. En cambio en otros casos el proceso de elaboración e implementación se
realiza a partir de una serie de etapas con acuerdos y consensos institucionales,
articulando en ellos la lógica polı́tica y la lógica técnica. Detrás de toda polı́tica
curricular se guarda la concepción de cuál es el papel profesional del profesor y
Astronomı́a en el diseño curricular 59

cuál es el tipo de aprendizaje legı́timo que deben realizar los alumnos. Taylor
y Richard afirman que el desarrollo del currı́culum fue y es más que una pro-
puesta, es una respuesta educativa pedagógica que tiene implicaciones polı́ticas,
ideológicas, sociales, económicas en la medida que ayude a modelar la visión que
tienen los jóvenes de sı́ mismos y del mundo. Al silenciar la Astronomı́a durante
el ciclo secundario, no podemos saber cuál es la visión que tiene el joven acerca
de ella, su vocación, su pasión por el conocimiento del cosmos depende pura y
exclusivamente de momentos imborrables que su docente desde el área de las
Ciencias Naturales pueda haber generado utilizando las estrategias didácticas
adecuadas, y con la visita de algún planetario móvil, o de alguna asociación que
con gusto visita la escuela haciendo divulgación de la Astronomı́a, para luego
perderse el compromiso de continuar desde la escuela misma con la formación
en esta área del conocimiento sabiendo que presenta complejidad creciente. El
despertar de una vocación, será responsabilidad de todos los que estamos com-
prometidos con la educación. Este puede ser el primer paso para comenzar una
reforma real, sin olvidar que despertar una vocación como en este caso la de
ser astrónomo profesional, implica una particular responsabilidad del Estado de
promover campos de acción para el desarrollo de estos hombres que han decidido
invertir su tiempo y trabajo al servicio de esta ciencia.
Quiero cerrar este trabajo con dos citas de alguien, que fue mi gran maestra,
de ella aprendı́ sobre el arte de enseñar, a seguir trabajando por lo que realmente
amamos:

Cuando acercamos a un niño a la Astronomı́a lo hacemos repen-


sar el mundo y reaseguramos su futuro.

La armonı́a del Universo es contagiosa, solo se necesita abrir la


mente y dejarla pasar

Norma Beatriz Racchiusa


(sencillamente una maestra)

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