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Jorge Luis Borges, "El simulacro", En El hacedor, 1960.

En uno de los das de julio de 1952, el enlutado apareci en aquel pueblito del Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de mscara; la gente lo trataba con deferencia, no por l sino por el que representaba o ya era. Eligi un rancho cerca del ro; con la ayuda de unas vecinas, arm una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartn con una mueca de pelo rubio. Adems, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tard en acudir. Viejas desesperadas, chicos atnitos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetan: Mi sentido psame, General. Este, muy compungido, los reciba junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendan y contestaba con entereza y resignacin: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible. Una alcanca de lata reciba la cuota de dos pesos y a muchos no les bast venir una sola vez. Qu suerte de hombre (me pregunto) ide y ejecut esa fnebre farsa? Un fantico, un triste, un alucinado o un impostor y un cnico? Crea ser Pern al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increble pero ocurri y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella est la cifra perfecta de una poca irreal y es como el reflejo de un sueo o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Pern y la mueca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Pern era Pern ni Eva era Eva sino desconocidos o annimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crdulo amor de los arrabales, una crasa mitologa.